Los Cuarenta Días: De Elul a Yom Kipur
Hay un camino que se abre una vez al año. No es un camino de tierra ni de asfalto, sino un camino del alma. Comienza en la oscuridad de Elul, cuando la luna se oculta y todo parece decir vuelve, y termina en el ayuno más profundo del año, cuando el cielo y la tierra se tocan por un instante que dura veinticinco horas.
Son cuarenta días exactos. Desde Rosh Jodesh Elul hasta Yom Kipur. Y no es casualidad ese número. Cuarenta es la medida del cambio verdadero en la Torá. Cuarenta días estuvo Moisés en la cumbre del Sinai, sin comer ni beber, mientras el pueblo abajo construía un becerro de oro. Cuarenta días duró el diluvio que lavó el mundo para que pudiera renacer. Cuarenta años vagó Israel por el desierto hasta que una generación nueva, libre de la esclavitud mental, estuviera lista para entrar a la Tierra Prometida.
אֲנִי לְדוֹדִי וְדוֹדִי לִי
Ani leDodi veDodi li
Yo soy para mi Amado, y mi Amado es para mí. (Cantares 6:3)
Estas cuatro letras — אֱלוּל — son el acróstico de esa frase. No es un mandamiento, no es una ley escrita en la Torá, es algo más íntimo: un susurro. Durante Elul, la Shejiná no permanece en su Palacio celestial. Baja al campo. El Baal Shem Tov comparó estos días con un rey que sale de su palacio y camina entre la gente común. No necesitas cita previa. No necesitas ropa especial. Solo necesitas acercarte.
Pero acercarse no es fácil. Requiere honestidad. Requiere mirar hacia adentro sin maquillaje. La Mishná enseña en el tratado Yoma:
עֲבֵרוֹת שֶׁבֵּין אָדָם לַמָּקוֹם, יוֹם הַכִּפּוּרִים מְכַפֵּר. עֲבֵרוֹת שֶׁבֵּין אָדָם לַחֲבֵרוֹ, אֵין יוֹם הַכִּפּוּרִים מְכַפֵּר, עַד שֶׁיְּרַצֶּה אֶת חֲבֵרוֹ.
Averot shebein adam laMakom, Yom haKipurim mejaper. Averot shebein adam lajaveró, ein Yom haKipurim mejaper, ad sheyeratze et javeró.
Las transgresiones entre el hombre y el Omnipresente, Yom Kipur las expía. Las transgresiones entre el hombre y su prójimo, Yom Kipur no las expía hasta que apacigüe a su prójimo. (Mishná, Yoma 8:9)
Esto es fundamental. La Teshuvá no es solo un asunto entre tú y Dios. Si has lastimado a alguien, si has robado palabras o silencios, si has dejado de cumplir una promesa hecha a un ser humano — no hay ayuno, no hay shofar, no hay confesión en hebreo que repare eso. Primero debes ir a esa persona. Mirarla a los ojos. Decir me equivoqué. Y si te pide algo para perdonarte, debes darlo, aunque te cueste.
El Rambam, en sus Hiljot Teshuvá, dedica diez capítulos enteros a este tema. No lo trata como un ritual. Lo trata como una ciencia del alma. Dice que el arrepentimiento completo requiere cuatro cosas: dejar el pecado, arrepentirse del pasado, confesar ante Dios, y tomar una resolución firme para el futuro. Pero luego agrega algo que muchos olvidan:
וְצָרִיךְ שֶׁיְּפָרֵט חֲטָאָיו בִּפְנֵי הַשָּׁם יִתְבָּרֵךְ
Vetzarij sheyefaret jetáav bifnei haShem yitbaraj.
Y debe detallar sus pecados ante el Santo, bendito sea. (Rambam, Hiljot Teshuvá 1:1)
No basta con un lo siento genérico. Hay que nombrar lo que se hizo. Nombrar es el primer paso para sanar. Lo que no se nombra, sigue vivo en la sombra.
Los treinta primeros días, los de Elul, son para el trabajo silencioso. Madrugar, si es posible, antes de que el sol asome. Decir las Slijot, esas plegarias penitenciales que algunas comunidades comienzan desde Rosh Jodesh y otras desde el domingo antes de Rosh Hashaná. El sonido del shofar cada mañana en la sinagoga no es una alarma. Es un llanto. Es la voz del alma que no puede articular en palabras lo que siente, así que lo grita a través de un cuerno de carnero.
שׁוֹפָר גָּדוֹל יִתָּקַע וְקוֹל מְבַשֵּׂר יִשָּׁמַע
Shofar gadol yitaka vekol mevaser yishamá.
Un gran shofar será tocado, y una voz de buenas nuevas será oída. (Yeshayáhu 27:13)
El shofar tiene tres sonidos distintos en la tradición sefardí: Tekiá, un sonido liso y continuo, como la voz completa del alma. Shevarim, tres golpes quebrados, como el llanto contenido. Y Teruá, nueve o diez golpes rápidos y agudos, como el llanto que ya no puede contenerse. Tres formas de llorar. Tres formas de decir estoy aquí, he vuelto, no me dejes afuera.
Después viene Rosh Hashaná. Dos días que no son, a pesar de su nombre, días de júbilo desenfrenado. Son días de coronación. En la tradición cabalística, Rosh Hashaná es el día en que el Creador se revela como Rey. No como padre, no como amigo, sino como Soberano. Y nosotros, el pueblo, venimos a coronarlo. A decir: reconocemos Tu reinado. Pero también es el día del juicio. Se abren los libros. Se inscriben los destinos.
Entre Rosh Hashaná y Yom Kipur hay diez días que los sabios llaman עֲשֶׂרֶת יְמֵי תְּשׁוּבָה — Aseret Yeméi Teshuvá, los Diez Días de Teshuvá. Son los días más intensos del año. Cada día cuenta como si fuera un año. Cada hora, un mes. No hay tiempo que perder. Las Slijot se recitan con más urgencia. El shofar suena con más fuerza. Y la conciencia de que algo grande se acerca crece como una marea.
El Zohar, en su misterio característico, describe estos días como un período en que las puertas del cielo están abiertas de par en par. No es que Dios esté más cerca — Dios siempre está igual de cerca — sino que nosotros estamos más disponibles para sentirlo. Como un enfermo que deja de tomar medicinas que adormecen el dolor y de pronto siente todo con una claridad casi insoportable.
Y luego llega Yom Kipur. El día décimo. El día del ayuno total. Ni comida, ni agua, ni perfume, ni cuero en los zapatos, ni relaciones íntimas. Un día en que el cuerpo se reduce a su mínima expresión para que el alma pueda hablar sin interferencias. Es el único día del año en que el sumo sacerdote entraba al Kodesh HaKodashim, al Lugar Santísimo, y pronunciaba el Nombre Inefable una vez, una sola vez, ante el propiciatorio.
כִּי בַיּוֹם הַזֶּה יְכַפֵּר עֲלֵיכֶם לְטַהֵר אֶתְכֶם מִכֹּל חַטֹּאתֵיכֶם לִפְנֵי יְיָ תִּטְהָרוּ
Ki bayom hazé yechaper aleijem letajer etchem mikol jatotéijem lifnei Adonai titharú.
Porque en este día Él expiará por ustedes, para purificarlos de todos sus pecados; ante Adonai quedarán purificados. (Vayikrá 16:30)
Yom Kipur no es tristeza. Es seriedad. Hay una diferencia. La tristeza se queda en el pasado. La seriedad mira al futuro. Es el día en que decimos: quiero ser otra persona el año que viene. No mejor en el sentido de más exitoso o más admirado. Mejor en el sentido de más verdadero. Más alineado con lo que vine a hacer en este mundo.
Al final del ayuno, cuando se escucha el shofar por última vez y la oscuridad del Ne'ilá se disuelve en la luz del crepúsculo, hay un alivio que no se parece a ningún otro. No es solo el alivio de poder beber agua. Es el alivio de haber sido escuchado. De haber dejado todo en la mesa. De haber dicho: aquí estoy, con mis roturas y mis parches, y confío en que la próxima vuelta será diferente.
Los cuarenta días terminan, pero su efecto no debería terminar. La Teshuvá de Elul no es un sprint. Es un entrenamiento. Es la preparación para vivir los trescientos veinticinco días restantes del año con una conciencia que no se apaga. Con un shofar interior que siga sonando cada vez que estamos a punto de perder el rumbo.
Que estos días sean para cada uno de nosotros un puente verdadero. No un puente de palabras bonitas, sino de acciones concretas. De perdones pedidos y perdones otorgados. De promesas que esta vez sí se cumplen. De una vuelta que no es circular, sino en espiral: cada año más cerca del centro, más cerca de la Raíz.
לְשָׁנָה טוֹבָה תִּכָּתֵבוּ וְתֵחָתֵמוּ
LeShaná Tová ticatevú vetejatémú.
Que sean inscritos y sellados para un buen año.
Moré Imanuel Ben Efraim Rosh Jodesh Elul 5786 | Los Teques, Venezuela