Libros · Clásicos del judaísmo
Antigüedades de los judíos I
Libros I–X: de la Creación al cautiverio de Bavel
Flavio Josefo
Capítulo I
Libro primero
Quienes se proponen escribir historia no lo hacen, según observo, por una sola y misma razón, sino por muchas y muy distintas entre sí.
Unos, en efecto, para lucir su destreza con las palabras y cazar la fama que de ella se sigue, se lanzan a esta rama de la cultura; otros, por complacer a aquellos de quienes toca dar cuenta, asumen el esfuerzo aun por encima de sus fuerzas; hay quienes se ven forzados por la necesidad misma de los hechos en que participaron, a recogerlos en un escrito que los dé a conocer; y a muchos la magnitud de asuntos útiles que yacían en el olvido los movió a sacar a la luz su historia, para provecho común.
De estas razones que acabo de enumerar, las dos últimas también a mí me han tocado. Pues la guerra que nosotros, los judíos, sostuvimos contra los romanos, sus lances y el desenlace que tuvo, los aprendí por experiencia propia, y me vi forzado a narrarlos a causa de quienes, al escribir, adulteran la verdad.
Esta obra que ahora emprendo la he acometido persuadido de que a todos los griegos les parecerá digna de atención, pues abarcará toda nuestra antigüedad y la disposición de nuestra constitución, vertida de los escritos hebreos.
Ya antes, cuando componía la historia de la guerra, había concebido el propósito de mostrar quiénes eran los judíos desde el principio, qué vicisitudes atravesaron, bajo qué legislador se formaron en la piedad y en el ejercicio de las demás virtudes, y cuántas guerras libraron a lo largo de los siglos antes de verse arrastrados, contra su voluntad, a esta última contra los romanos.
Pero como el alcance de aquella obra era mayor, la separé y le di, con su propio comienzo y su final, una medida ajustada. Sin embargo, con el paso del tiempo —cosa que suele ocurrirles a quienes se proponen acometer grandes empresas— me asaltaron la vacilación y la demora ante la idea de trasladar un tema tan vasto a una lengua para nosotros extranjera y ajena.
Había, con todo, algunos que por afán de esta historia me animaban a ella, y más que nadie Epafrodito, hombre que ama toda forma de saber y que goza en especial con la experiencia de los asuntos, pues él mismo ha tenido trato con grandes empresas y con azares de toda especie, y en todos ha mostrado un vigor de carácter admirable y una inclinación a la virtud inquebrantable.
Cediendo, pues, a este hombre —que siempre alienta a cuantos son capaces de emprender algo útil o hermoso— y avergonzado de mí mismo, no fuera que pareciese más amigo de la molicie que del esfuerzo por lo más noble, cobré ánimo con mayor empeño; y a lo dicho añadí estas otras consideraciones, que no tuve por baladíes: si nuestros antepasados estuvieron dispuestos a compartir tales cosas, y si algunos de los griegos se esforzaron por conocer lo nuestro.
Hallé, en efecto, que Tolomeo, el segundo de ese nombre, rey que como ninguno se dedicó a la cultura y a reunir libros, puso especial empeño en verter a la lengua griega nuestra ley y la disposición de la constitución conforme a ella; y que Elazar, sumo sacerdote que a ninguno de los nuestros cedía en virtud, no envidió al mencionado rey el disfrute de ese beneficio —de seguro se lo habría negado, si no fuera tradición nuestra no tener oculto nada de lo bueno—.
Juzgué, pues, que también a mí me correspondía imitar la magnanimidad de aquel sumo sacerdote, y suponer que hoy, como entonces, hay muchos amantes del saber semejantes al rey. Porque ni siquiera él alcanzó a recibir toda la escritura, sino que solo lo referente a la ley entregaron los que fueron enviados a Alejandría para su interpretación.
Innumerables son las cosas que se declaran a través de los libros sagrados, ya que en ellos está comprendida la historia de cinco mil años; y hay allí toda suerte de peripecias imprevistas, muchos avatares de guerras, hazañas de caudillos y mudanzas de gobiernos.
En suma, quien quisiera recorrer esta historia aprendería sobre todo esto: que a quienes siguen la voluntad de Dios y no se atreven a transgredir lo que fue bien legislado, todo les sale bien más allá de lo creíble, y por recompensa Dios les depara la dicha; mientras que, en la medida en que se apartan del cuidado escrupuloso de estas cosas, lo asequible se les vuelve inaccesible, y cuanto emprenden como si fuera un bien se les torna en desgracias irremediables.
Ya desde ahora exhorto a quienes se acerquen a estos libros a que dispongan su ánimo hacia Dios y a que examinen si nuestro legislador comprendió dignamente su naturaleza y le atribuyó siempre obras acordes con su poder, guardando el discurso acerca de Él limpio de la indecorosa mitología que se halla entre otros pueblos.
Y eso que, por lo dilatado del tiempo y por su antigüedad, tenía plena licencia para inventar ficciones, pues vivió hace dos mil años, una distancia de siglos tan grande que ni siquiera los poetas se atrevieron a remontar hasta ella los nacimientos de sus dioses, y menos aún las acciones o las leyes de los hombres.
Los pormenores exactos de lo que consta en las escrituras los irá señalando el relato, a su debido orden, a medida que avance; pues eso es lo que me comprometí a hacer en esta obra, sin añadir nada ni tampoco omitir cosa alguna.
Y puesto que casi todo depende para nosotros de la sabiduría de nuestro legislador Moshé, me es forzoso decir antes unas breves palabras acerca de él, no sea que alguno de los lectores se pregunte de dónde viene que este relato, que trata de leyes y de hechos, participe en tan gran medida de la explicación de la naturaleza.
Ha de saberse, pues, que él tuvo por lo más necesario de todo que quien vaya a administrar bien su propia vida y a legislar para los demás comprenda primero la naturaleza de Dios y, hecho con la mente contemplador de sus obras, imite así el modelo, el mejor de todos, en la medida de lo posible, y procure seguirlo.
Porque ni el legislador mismo tendría jamás recto entendimiento si le faltase esta contemplación, ni nada de lo que se escribiera redundaría en cuenta de virtud para quienes lo recibieran, si antes que ninguna otra cosa no se les enseñara que Dios, siendo padre y señor de todo y velando por todo, concede a quienes lo siguen una vida dichosa, y a quienes se salen del camino de la virtud los envuelve en grandes desgracias.
Queriendo, pues, Moshé inculcar esta enseñanza a sus conciudadanos, no comenzó el establecimiento de las leyes por los contratos y por los derechos de unos con otros, como los demás legisladores, sino que elevó sus mentes hacia Dios y hacia la fábrica del universo, y los persuadió de que, de las obras de Dios sobre la tierra, la más hermosa somos los hombres; y una vez que los tuvo obedientes a la piedad, ya con facilidad los persuadía de todo lo demás.
Pues los demás legisladores, siguiendo mitos, atribuyeron en sus discursos a los dioses la vergüenza de los pecados humanos, y dieron con ello a los malvados una gran excusa. Nuestro legislador, en cambio, tras declarar que Dios posee la virtud pura y sin mezcla, estimó que los hombres debían esforzarse por participar de ella, y a quienes no pensaban así ni lo creían los castigó sin remisión.
A este propósito, pues, invito a los lectores a hacer su examen; porque a quienes lo consideren de este modo se les mostrará que nada hay en ello irracional, ni ajeno a la grandeza de Dios y a su amor por los hombres. Todo tiene una disposición acorde con la naturaleza del conjunto, ya insinuando el legislador las cosas con destreza, ya alegorizándolas con solemnidad, ya exponiendo con claridad y de manera expresa cuanto convenía decir sin rodeos.
Para quienes quieran indagar también las causas de cada cosa, sería larga y en extremo filosófica la investigación, que por ahora aplazo; mas, si Dios me concede tiempo, intentaré escribirla después de esta obra.
Me volveré ya a la narración de los hechos, no sin recordar antes lo que Moshé dijo acerca de la fábrica del universo; y esto lo hallé consignado en los libros sagrados. Dice así:
En el principio creó Dios el cielo y la tierra. Y como esta no cayera bajo la vista, sino que estaba oculta en profundas tinieblas y un soplo corría sobre ella desde lo alto, Dios mandó que se hiciera la luz.
Y hecha esta, contempló toda la materia y separó la luz de las tinieblas; a estas les puso por nombre noche, y a aquella la llamó día, dando a los comienzos de la luz y a su descanso los nombres de aurora y de tarde.
Y este sería el primer día; pero Moshé lo llamó «uno». La razón de ello podría exponerla también ahora, mas, como he prometido escribir aparte la explicación de las causas de todo, dejo para entonces también la interpretación de esto.
Después de esto, en el segundo de los días, colocó el cielo sobre el conjunto, cuando, distinguiéndolo de lo demás, dispuso que quedara aparte; le cristalizó alrededor un firmamento y lo hizo húmedo y lluvioso, ordenándolo de modo conveniente para el provecho que la tierra recibe de los rocíos.
En el tercero asentó la tierra y derramó en torno a ella el mar; y en ese mismo día hizo brotar de la tierra plantas y semillas. En el cuarto adornó el cielo con el sol, la luna y los demás astros, señalándoles sus movimientos y sus cursos, con los que se marcarían los giros de las estaciones.
En el quinto día produjo los animales que nadan y los que se remontan, unos por las profundidades y otros por el aire, uniéndolos por comunidad y unión para la procreación y para que su especie creciera y se multiplicara. En el sexto día formó el género de los cuadrúpedos, haciéndolos macho y hembra; y en este mismo modeló también al hombre.
Y afirma Moshé que en seis días en total fueron hechos el mundo y todo cuanto hay en él, y que en el séptimo descansó y tomó reposo de sus obras; de ahí que también nosotros, en ese día, hacemos tregua de nuestros trabajos y lo llamamos Shabat, palabra que en la lengua de los hebreos significa reposo.
Y comenzó Moshé, después del séptimo día, a explicar la naturaleza, hablando de la formación del hombre de este modo: modeló Dios al hombre tomando polvo de la tierra, e infundió en él aliento y alma. A este hombre lo llamaron Adam, que en lengua de los hebreos significa «rojizo», por haber sido formado de tierra rojiza amasada; pues tal es la tierra virgen y verdadera.
Presenta Dios a Adam los animales por especies, macho y hembra, y él les pone los nombres con que aún hoy se los llama. Y viendo que Adam no tenía compañía ni convivencia con hembra alguna —pues no la había— y que se extrañaba al ver que los demás animales sí la tenían, mientras él dormía le sacó una costilla y de ella formó a la mujer.
Y Adam, cuando se la presentaron, reconoció que había salido de él. En la lengua de los hebreos «mujer» se dice *isha*, y el nombre de aquella mujer era Java, que significa «madre de todos».
Dice que Dios plantó también un paraíso hacia el oriente, floreciente con toda clase de plantas; y que entre ellas estaban la planta de la vida y otra, la del entendimiento, por la que se discernía qué era lo bueno y qué lo malo.
Y que, tras introducir en este jardín a Adam y a la mujer, les mandó cuidar de las plantas. Riégase este jardín por un solo río que fluye rodeando toda la tierra en círculo, y que se divide en cuatro brazos. El Fisón —nombre que significa «abundancia»—, llevándose hacia la India, desemboca en el mar, y los griegos lo llaman Ganges; el Éufrates y el Tigris van a parar al mar Rojo. El Éufrates se llama Forás, que significa «dispersión» o «flor»; el Tigris, Diglat, que expresa lo veloz unido a la estrechez; y el Gehón, que corre a través de Mitsraim, significa «el que sube hacia nosotros desde la parte opuesta», al que los griegos llaman el Nilo.
Ordenó, pues, Dios a Adam y a la mujer que comieran de las demás plantas, pero que se abstuvieran de la del entendimiento, advirtiéndoles de antemano que, si la tocaban, les sobrevendría la ruina.
Como en aquel tiempo todos los animales tenían una misma voz, la serpiente, que convivía con Adam y con la mujer, sintió envidia de la dicha que, según creía, alcanzarían por obedecer los mandatos de Dios; y pensando que caerían en desgracia si desobedecían, indujo con malicia a la mujer a probar de la planta del entendimiento, diciéndole que en ella estaba el discernimiento del bien y del mal, y que, alcanzándolo, llevarían una vida dichosa y en nada inferior a la de Dios.
Y así engaña a la mujer para que despreciara el mandato de Dios. Ella probó de la planta y, complacida con aquel manjar, persuadió también a Adam a que se sirviera de ella.
Entonces comprendieron que ya estaban desnudos y, teniendo su vergüenza al descubierto, idearon cubrirse; pues la planta era de agudeza y de entendimiento. Se cubrieron, pues, con hojas de higuera y, poniéndoselas delante del pudor, se creían más dichosos, como si hubieran hallado lo que antes les faltaba.
Cuando Dios llegó al jardín, Adam, que antes solía acudir a conversar con Él, se retiró, consciente de su falta. A Dios lo extrañó aquel proceder y le preguntó la causa por la que, gozando antes con su trato, ahora lo huía y lo esquivaba.
Y como él nada respondiese, por saberse culpable de haber quebrantado el mandato de Dios, dijo Dios: «Yo tenía decidido acerca de vosotros que vivierais una vida dichosa, libre de todo mal, sin que ningún cuidado desgarrase vuestra alma; que todas las cosas que contribuyen al disfrute y al placer os brotaran por sí solas, por mi providencia, sin trabajo ni fatiga vuestra; y que, con ellas presentes, la vejez no os llegase pronto y vuestra vida fuese larga.
Mas ahora has ultrajado esta decisión mía al desoír mis mandatos; porque no guardas silencio por virtud, sino por una conciencia culpable».
Adam se excusaba de su pecado y rogaba a Dios que no se irritase con él, echando la culpa de lo sucedido a la mujer y diciendo que había pecado engañado por ella; y ella, a su vez, acusaba a la serpiente.
Dios, por haberse dejado él vencer por el consejo de una mujer, lo sometió a castigo, diciendo que la tierra ya no les daría nada por sí misma, sino que, esforzándose y consumidos por el trabajo, les entregaría algunas cosas y les negaría otras. A Java la castigó con los partos y con los dolores de los alumbramientos, porque, con las mismas artes con que la serpiente la había engañado, había ella trastornado a Adam y lo había envuelto en desgracias.
Privó también a la serpiente de la voz, irritado por su malicia contra Adam, y le puso veneno bajo la lengua, declarándola enemiga de los hombres y ordenándoles descargar los golpes sobre su cabeza, pues en ella residían el daño para los hombres y la muerte más fácil para quienes se defendieran; y, quitándole los pies, la hizo arrastrarse por el suelo, retorciéndose.
Y Dios, tras disponer que padecieran estas cosas, trasladó a Adam y a Java del jardín a otro lugar.
Les nacen dos hijos varones. El primero se llamaba Káyin, nombre que, traducido, significa «posesión»; el segundo, Hével, que no significa nada.
Les nacen también hijas. Los hermanos se dedicaban a ocupaciones distintas: Hével, el menor, cuidaba de la justicia y, creyendo que Dios estaba presente en todo cuanto hacía, se preocupaba de la virtud; su vida era la de un pastor. Káyin, en cambio, era en todo pésimo, atento solo a la ganancia, y fue el primero en idear arar la tierra; y mató a su hermano por la siguiente causa: habiéndoles parecido bien ofrecer sacrificio a Dios, Káyin trajo los frutos de la agricultura y de las plantas, y Hével leche y las primicias de sus rebaños. Y Dios se complace más con este sacrificio, honrado con lo que se produce por sí solo y conforme a la naturaleza, y no con lo obtenido por la fuerza, según el cálculo de un hombre codicioso.
Por ello, Káyin, exasperado de que Dios hubiese honrado antes a Hével, mata a su hermano y, tras hacer desaparecer su cuerpo, supuso que quedaría oculto. Pero Dios, que conocía la obra, vino a Káyin y le preguntó por su hermano, dónde podía estar, pues hacía muchos días que no lo veía, cuando antes lo miraba andar en su compañía todo el tiempo.
Káyin, apurado y sin saber qué decir a Dios, al principio decía que también él estaba perplejo al no ver a su hermano; pero, exasperado porque Dios insistía tenazmente y lo apremiaba, dijo que no era él el ayo ni el guardián de su hermano ni de lo que este hacía.
Entonces ya Dios convencía a Káyin de haberse hecho asesino de su hermano, y le dijo: «Me asombra que digas no saber qué ha sido de un hombre a quien tú mismo has dado muerte».
Del castigo por el homicidio lo eximió, por haber ofrecido un sacrificio y suplicado con él que no recibiera una ira más dura contra sí; pero lo hizo maldito, y amenazó con castigar a sus descendientes hasta la séptima generación, y lo expulsó de aquella tierra junto con su mujer.
Y como él temiera caer, en su vagar, entre las fieras y perecer de ese modo, le mandó no recelar por tal motivo ningún mal, sino recorrer sin temor toda la tierra, pues nada terrible le vendría de las fieras; y, poniéndole una señal por la que fuese reconocible, le ordenó marcharse.
Tras recorrer mucha tierra, Káyin se establece con su mujer en un lugar llamado Naid, y allí fija su morada, donde también le nacieron hijos. Mas no tomó el castigo por escarmiento, sino para acrecentar su maldad, procurándose todo placer para su cuerpo, aunque hubiera de lograrlo con ultraje de sus allegados; y acrecentando su casa con abundancia de riquezas obtenidas por rapiña y violencia, e incitando al placer y al bandidaje a cuantos trataba, se convirtió en maestro de perversas ocupaciones. La vida sencilla en que antes convivían los hombres la trocó, con la invención de medidas y pesos, en astucia, y de aquella ignorancia sin doblez y magnánima en que vivían los llevó a la malicia.
Fue el primero en poner lindes a la tierra, edificó una ciudad y la fortificó con murallas, obligando a sus parientes a reunirse en un mismo sitio. Y a esta ciudad la llamó Anoja, por Anoj, el mayor de sus hijos.
De Anoj era hijo Irad, y de este Mejuyael, cuyo hijo es Metushael, y de este Lámej, que tuvo setenta y siete hijos de dos mujeres, Tsilá y Adá.
De ellos, Yaval, nacido de Adá, alzó tiendas y se aficionó al pastoreo de ovejas; Yuval, hermano suyo de madre, cultivó la música e inventó los salterios y las cítaras; y Tuval, de los nacidos de la otra mujer, superando a todos en fuerza, se dedicó con brillo a lo militar y, con ello, a procurarse los placeres del cuerpo, y fue el primero en idear la forja del bronce.
Lámej, que había sido padre de una hija llamada Naamá, como conocía con claridad las cosas divinas y veía que había de dar cuenta por el fratricidio de Káyin, con castigo mayor que aquel, lo hizo saber a sus mujeres.
Viviendo aún Adam, sucedió que los descendientes de Káyin llegaron a ser malísimos, cada uno peor que el anterior por sucesión e imitación, hasta el último; pues eran desenfrenados para la guerra y se lanzaban al bandidaje, y si alguno era remiso en matar, se mostraba insolente en otra clase de temeridad, ultrajando y robando.
Adam, el primero nacido de la tierra —pues la narración reclama el relato acerca de él—, degollado Hével y huido Káyin a causa de aquel crimen, se cuidó de la procreación, y un vehemente deseo de descendencia lo poseía, habiendo cumplido ya doscientos treinta años de vida; tras los cuales, viviendo otros setecientos, muere.
Le nacen, pues, otros muchos hijos, y entre ellos Shet. De los demás sería largo hablar; intentaré recorrer solo lo referente a los descendientes de Shet. Criado este y llegado a una edad ya capaz de juzgar lo bueno, y hecho él mismo el mejor de los hombres, dejó descendientes imitadores de sus mismas virtudes.
Todos ellos, nacidos buenos, habitaron sin discordias la misma tierra y vivieron dichosos, sin que hasta su muerte les sobreviniera contratiempo alguno; e idearon la sabiduría acerca de los cuerpos celestes y su ordenación.
Y para que sus hallazgos no se perdieran para los hombres ni pereciesen antes de llegar a conocerse —pues Adam había predicho que habría una destrucción del universo, una por la fuerza del fuego y otra por la violencia y el cúmulo de las aguas—, hicieron dos columnas, una de ladrillo y otra de piedra, y en ambas grabaron sus hallazgos, para que, si la de ladrillo se destruía por la inundación, quedase la de piedra y permitiera a los hombres conocer lo grabado, indicando además que también había sido levantada por ellos una de ladrillo. Permanece hasta hoy en la tierra de Seiris.
Y estos permanecieron durante siete generaciones teniendo a Dios por señor del universo y mirando en todo a la virtud; pero después, con el paso del tiempo, se mudaron a peor y abandonaron las costumbres de sus padres, sin rendir ya a Dios los honores establecidos ni tener cuenta de la justicia hacia los hombres; y el celo por la virtud que antes tenían lo mostraban ahora, con sus obras, doblado en maldad. Con ello se enemistaron con Dios.
Pues muchos ángeles de Dios, uniéndose a mujeres, engendraron hijos insolentes y despreciadores de todo lo bueno, por la confianza en su fuerza; se cuenta que también estos cometieron desmanes semejantes a los que los griegos atribuyen a los gigantes.
Nóaj, disgustado por lo que hacían y afligido por sus designios, los persuadía a mudar a mejor su pensamiento y sus obras; pero, viendo que no cedían, sino que estaban fuertemente dominados por el placer de la maldad, y temiendo que lo mataran junto con sus mujeres e hijos y las esposas de estos, salió de aquella tierra.
Dios amó a este hombre por su justicia, y condenó no solo la maldad de aquellos, sino que le pareció bien destruir a todo cuanto entonces era humano y hacer otro linaje limpio de maldad; y, acortando su vida y reduciéndola no a los años que antes vivían, sino a ciento veinte, tornó en mar la tierra firme.
Y así perecen todos, y solo Nóaj se salva, pues Dios le sugirió un artificio y un medio de salvación de este modo: construyó un arca de cuatro pisos, de trescientos codos de largo, cincuenta de ancho y treinta de alto; en ella subió con la madre de sus hijos y con las mujeres de estos, cargando además cuanto había de servirles para sus necesidades, e introduciendo también animales de toda especie, machos y hembras, para la conservación de su género, y otros por siete veces más en número.
Era el arca robusta en sus paredes y en su techo, de modo que no pudiera anegarse por ninguna parte ni fuese vencida por la violencia del agua. Y así Nóaj, con los suyos, se salva.
Era él décimo a partir de Adam, pues era hijo de Lámej, cuyo padre era Metushélaj, y este de Anoj, hijo de Yéred; de Mahalalel había nacido Yéred, el cual fue engendrado por Kenán, hijo de Enosh, junto con muchas hermanas; y Enosh era hijo de Shet, hijo de Adam.
Sobrevino esta calamidad en el año seiscientos ya del gobierno de Nóaj, en el segundo mes, llamado Dío por los macedonios y Marsuán por los hebreos; pues así habían dispuesto el año en Mitsraim.
Pero Moshé fijó como primer mes para las fiestas el de Nisán, que es Xántico, por haber sacado en él a los hebreos de Mitsraim; este era para él el primero en todo lo tocante a los honores debidos a la divinidad, si bien para las ventas, las compras y los demás asuntos conservó el orden primero. Dice que la lluvia comenzó el día veintisiete del mes mencionado.
Este tiempo, desde Adam, el primero que nació, era de dos mil doscientos sesenta y dos años. Y está consignado el tiempo en los libros sagrados, pues los de entonces anotaban con mucha exactitud los nacimientos y las muertes de los hombres ilustres.
A Adam, cuando había cumplido ya doscientos treinta años, le nace un hijo, Shet, que vivió novecientos treinta años. Shet, en su año doscientos cinco, engendró a Enosh, que, viviendo novecientos cinco años, entregó a su hijo Kenán el cuidado de los asuntos, habiéndolo engendrado hacia su año ciento noventa; este vivió novecientos doce años.
Kenán, tras vivir novecientos diez años, tuvo un hijo, Mahalalel, cuando contaba ciento setenta. Este Mahalalel, viviendo ochocientos noventa y cinco años, murió dejando un hijo, Yéred, a quien había engendrado a los ciento sesenta y cinco años.
A este, que vivió novecientos sesenta y nueve años, lo sucede su hijo Anoj, nacido cuando su padre contaba unos ciento sesenta y dos años. Este, tras vivir trescientos sesenta y cinco años, se retiró junto a la divinidad, por lo que ni siquiera consignaron su muerte.
Metushélaj, hijo de Anoj, nacido cuando aquel contaba ciento sesenta y cinco años, tuvo un hijo, Lámej, a los ciento ochenta y siete; a él le entregó el gobierno, que él mismo había retenido durante novecientos sesenta y nueve años.
Lámej, tras gobernar setecientos siete años, nombra rector de los asuntos a su hijo Nóaj, que le nació cuando Lámej había cumplido ciento ochenta y ocho años, y que gobernó los asuntos durante novecientos cincuenta años.
Estos años, sumados, completan el tiempo antes consignado. Y que nadie escrute las muertes de estos hombres, pues prolongaron su vida junto a sus hijos y a los descendientes de estos; mírense solo sus nacimientos.
Cuando Dios dio la señal y comenzó a llover, el agua caía durante cuarenta días enteros, hasta rebasar la tierra en quince codos. Y esta fue la causa de que no se salvaran más, al no tener medio de huida.
Cesada la lluvia, apenas comenzó a bajar el agua durante ciento cincuenta días, de modo que hacia el séptimo mes, el día siete de su comienzo, iba retirándose poco a poco al menguar. Después, detenida el arca sobre cierta cima de un monte en Armenia, Nóaj, al advertirlo, la abre y, al ver un poco de tierra en torno a ella, ya con mejor esperanza, se quedó tranquilo.
Pocos días más tarde, retirándose más el agua, suelta un cuervo, queriendo saber si alguna otra parte de la tierra, abandonada por el agua, era ya segura para salir; pero este, hallándola toda todavía encharcada, volvió a Nóaj. Siete días después envió una paloma para conocer el estado de la tierra; y, al regresar cubierta de lodo y trayendo consigo un ramo de olivo, comprendió Nóaj que la tierra estaba libre del diluvio y, tras aguardar otros siete días, deja salir del arca a los animales, y él mismo, saliendo con su familia y ofreciendo sacrificio a Dios, celebró un banquete con los suyos. A este lugar lo llaman los armenios «el desembarcadero»; pues allí, salvada el arca, muestran aún hoy sus restos.
De este diluvio y del arca hacen memoria todos los que han escrito las historias de los bárbaros, entre ellos Beroso el caldeo, quien, al referir lo del diluvio, cuenta más o menos así: «Se dice que en Armenia, junto al monte de los cordieos, subsiste aún parte de la nave, y que algunos se llevan trozos del betún que raspan de ella; y los hombres usan lo que se llevan como amuletos contra los maleficios».
De esto hacen memoria también Jerónimo el egipcio, que compuso la antigüedad fenicia, y Mnaseas, y otros muchos; y Nicolao de Damasco, en el libro nonagésimo sexto, cuenta acerca de ello, diciendo así:
«Hay sobre la Miníade un gran monte en Armenia, llamado Baris, al que, según la tradición, muchos huyeron durante el diluvio y se salvaron; y se cuenta que uno, llevado sobre un arca, encalló en la cumbre, y que los restos de las maderas se conservaron largo tiempo». Podría ser este mismo a quien también describió Moshé, el legislador de los judíos.
Nóaj, temiendo que Dios inundara la tierra cada año, tras haber sentenciado la destrucción de los hombres, quemó ofrendas y rogó a Dios que en adelante permaneciera en el primer orden y no trajera ya semejante calamidad, por la que corriera peligro de perecer todo el género de los animales, sino que, castigados los malvados, tuviera clemencia con los que por su bondad habían quedado y habían sido juzgados dignos de escapar del desastre.
Pues serían, dijo, más desventurados que aquellos y condenados a un mal peor, si no se salvaran del todo, sino que se reservaran para otro diluvio, habiendo aprendido del primero el terror y su relato, y del segundo la ruina.
Le rogaba, pues, que acogiera con benevolencia el sacrificio y que no descargara sobre la tierra una ira semejante, para que, aplicándose a las labores de esta y levantando ciudades, pudieran vivir dichosos y no carecieran de ninguno de los bienes de que gozaban antes del diluvio, alcanzando una larga vejez y una duración de vida semejante a la de los antiguos.
Hechas por Nóaj estas súplicas, Dios, amando al hombre por su justicia, le asintió a que llevaría sus ruegos a cumplimiento, diciendo que no había sido Él quien había destruido a los corrompidos, sino que ellos habían sufrido este castigo por su propia maldad; y que, si hubiera decidido aniquilar a los hombres una vez nacidos, no los habría traído a la vida, pues cuerdo era desde el principio no concederles siquiera la vida antes que darla y luego destruirla; «pero con aquello con que ultrajaban mi piedad y mi virtud, me forzaron a imponerles este castigo.
Cesaré en adelante de exigir con tanta ira las penas por los delitos, y mucho más rogándolo tú. Y si alguna vez descargo tempestad más fuerte, no temáis la magnitud de las lluvias; porque ya no anegará el agua la tierra.
Os aconsejo, sin embargo, absteneros de la matanza humana y guardaros limpios de sangre, castigando a quienes cometan algo semejante; pero servíos de todos los demás animales conforme a lo que queráis y a vuestros apetitos. Pues os he hecho señores de todos, de los terrestres, de los que nadan y de cuantos tienen morada y curso en las alturas, salvo de la sangre; porque en ella está la vida.
Os daré una señal de que ha cesado, indicándola con mi arco». Y señalaba el arco iris, pues allí se tiene por costumbre que es el arco de Dios. Y Dios, tras decir esto y hacer esta promesa, se aparta.
Nóaj, viviendo después del diluvio trescientos cincuenta años, y pasando dichosamente todo ese tiempo, muere, habiendo vivido un número de años de novecientos cincuenta.
Y que nadie, comparando la vida de ahora y la brevedad de los años que vivimos con la de los antiguos, tenga por falso lo que de aquellos se dice, infiriendo, porque nadie hoy prolonga tanto su vida, que tampoco aquellos llegaron a esa duración.
Pues, siendo ellos amados de Dios y hechos por Dios mismo, y por ser sus alimentos más apropiados para una vida más larga, con razón vivían tan gran número de años; y, además, por su virtud y por la utilidad de lo que ideaban, la astronomía y la geometría, Dios les concedió vivir más, cosas que no habrían podido predecir con seguridad si no hubieran vivido seiscientos años; pues en tantos se cumple el gran año.
Dan testimonio de mi palabra todos los que, entre griegos y bárbaros, han escrito las antigüedades; pues también Manetón, que compuso la crónica de los egipcios, y Beroso, que reunió lo caldeo, y Moco, y Hestieo, y además el egipcio Jerónimo, que escribieron lo fenicio, concuerdan con lo que digo, y Hesíodo, Hecateo, Helánico, Acusilao, y además Éforo y Nicolao refieren que los antiguos vivieron mil años. Pero sobre estas cosas, que cada cual juzgue como mejor le parezca.
De Nóaj eran tres hijos —Shem, Yefet y Jam—, nacidos cien años antes del diluvio. Fueron los primeros en bajar de los montes a las llanuras y establecer allí su morada; y a los demás, que por causa del diluvio temían mucho las llanuras y se resistían a descender de los lugares altos, los persuadieron a cobrar ánimo y a imitarlos.
La llanura donde primero se asentaron se llama Shinar. Y como Dios les mandó, por su gran número, enviar colonias —para que no riñeran entre sí, sino que, cultivando mucha tierra, gozaran de frutos en abundancia—, por ignorancia desoyeron a Dios; y por ello, cayendo en desgracias, sintieron su pecado.
Pues cuando florecían por la multitud de sus jóvenes, otra vez Dios les aconsejó fundar una colonia. Ellos, sin embargo, no creyendo tener sus bienes por la benevolencia de Aquel, sino tomando su propia fuerza por causa de su prosperidad, no obedecieron.
Y a la desobediencia al designio de Dios añadieron la sospecha de que se los empujaba a colonizar por asechanza, para que, divididos, resultaran más fáciles de someter.
Los incitó a la afrenta y al desprecio de Dios Nimrod, nieto de Jam, hijo de Nóaj, hombre audaz y de mano vigorosa. Los persuadía, pues, a no atribuir a Dios su bienestar, sino a considerar que era su propia valentía la que se lo procuraba.
Y poco a poco fue mudando las cosas en tiranía, pues creía que solo así apartaría a los hombres del temor de Dios, si vivían amparados en su propio poder; y amenazaba con vengarse de Dios si de nuevo quería anegar la tierra: levantaría una torre más alta de lo que el agua pudiera subir, y así vengaría la perdición de sus antepasados.
La multitud estaba pronta a seguir los dictados de Nimrod, teniendo por esclavitud el ceder a Dios, y edificaban la torre sin escatimar esfuerzo ni flaquear en la obra; y crecía en altura más rápido de lo que nadie habría esperado, por la muchedumbre de manos.
Su grosor, sin embargo, era tan recio que, a quien la miraba, la altura le parecía menor. Se edificaba de ladrillo cocido, trabado con betún, para que no se filtrara el agua. Viéndolos Dios así enloquecidos, no juzgó destruirlos del todo —pues ni con la muerte de los primeros habían escarmentado—, sino que los arrojó a la discordia haciéndolos de lenguas distintas y, por la multitud de voces, incapaces de entenderse entre sí. El lugar donde edificaron la torre se llama ahora Bavel, por la confusión de aquella lengua antes clara; pues los hebreos llaman a la confusión «bavel».
De esta torre y de la diversidad de lenguas de los hombres se acuerda también la Sibila, que dice así: «Siendo todos los hombres de una misma lengua, algunos edificaron una torre altísima, como para subir por ella al cielo. Pero los dioses, enviando vientos, derribaron la torre y dieron a cada uno su propia lengua; y por esto ocurrió que la ciudad fuera llamada Bavel.»
De la llanura llamada Shinar, en la región de Bavel, hace memoria Hestieo, diciendo así: «De los sacerdotes, los que se salvaron, tomando los objetos sagrados de Zeus Enialio, llegaron a Shinar de Bavel.»
Desde allí, en adelante, se dispersaron a causa de la diversidad de lenguas, fundando colonias por todas partes; y cada grupo ocupaba la tierra con que topaba y adonde Dios lo llevaba, de modo que se llenó de ellos todo el continente, tanto el interior como las costas. Hubo incluso quienes, cruzando en naves, poblaron las islas.
Algunos de estos pueblos conservan los nombres que les pusieron sus fundadores; otros los cambiaron; y otros los alteraron para que parecieran más claros a los que se establecían junto a ellos. Los griegos fueron los causantes de esto: pues, cobrando fuerza en tiempos posteriores, se apropiaron incluso de la gloria antigua, adornando a los pueblos con nombres que ellos entendían y dándoles formas de gobierno como si descendieran de ellos mismos.
Los nietos de Nóaj fueron aquellos cuyos nombres, en su honor, pusieron a los pueblos quienes ocupaban alguna tierra. Yefet, hijo de Nóaj, tuvo siete hijos. Estos habitan comenzando desde los montes Tauro y Amano, y avanzaron por Asia hasta el río Tanais, y por Europa hasta Gádira, ocupando la tierra con que topaban; y como nadie la había habitado antes, llamaron a los pueblos con sus propios nombres.
Pues a los que ahora los griegos llaman gálatas, y antes se decían gómaros, los fundó Gómer. Magog asentó a los llamados por él magogas, a quienes ellos denominan escitas.
De los hijos de Yefet, Javán y Madai: de este último proceden los madeos, pueblo que los griegos llaman medos; y de Javán proceden Jonia y todos los griegos. Tuval asentó a los tubelos, que ahora se llaman iberos.
Y los mesquenos, fundados por Méshej, ahora se llaman capadocios; pero de su antiguo nombre queda una señal: pues hay entre ellos, todavía hoy, una ciudad llamada Mázaca, que muestra a quienes saben entender que así se llamaba en otro tiempo todo el pueblo. Tirás llamó tiros a los que gobernó, a quienes los griegos renombraron tracios.
Tantos pueblos habitan los hijos de Yefet. De los tres hijos de Gómer: Ashkenaz asentó a los ashkenazos, que ahora los griegos llaman reginos; Rifat, a los rifateos, llamados paflagonios; y Togarmá, a los togarmeos, que en opinión de los griegos se nombraron frigios.
Javán, hijo de Yefet, tuvo también tres hijos: Elishá llamó eliseos a los que gobernó, que ahora son los eolios; y Tarshish, a los tarseos —pues así se llamaba antiguamente Cilicia. Prueba de ello: la más notable de sus ciudades, siendo metrópoli, se llama Tarso, habiendo ellos trocado la tau por la zeta en el nombre.
Kitim tuvo la isla de Kitima, que ahora se llama Chipre; y de ella todas las islas y la mayor parte de las tierras junto al mar son llamadas «Kétim» por los hebreos. Testigo de mi palabra es una de las ciudades de Chipre, que logró conservar el nombre: pues «Kición» la llaman quienes la helenizaron, sin escapar ni así del nombre de Kitim. Tantos pueblos tuvieron, pues, los hijos y nietos de Yefet.
Y algo que quizá ignoran los griegos: tras decirlo, volveré al relato de lo que dejé pendiente. Los nombres han sido helenizados por el decoro de la escritura, para agrado de los lectores; pues tal forma no es propia de nosotros, sino que entre nosotros tienen una sola figura y una sola terminación. Así, al que aquí aparece como «Noco» nosotros lo llamamos Nóaj, y esa forma nuestra se conserva en cada nombre.
Los hijos de Jam ocuparon la tierra desde Siria y los montes Amano y el Líbano, tomando cuanto de ella daba al mar y apropiándose de lo que llega hasta el océano. Los nombres de algunos se han perdido del todo; los de otros, cambiados y transformados en otras formas, resultan difíciles de reconocer; y pocos son los que conservaron intactos sus nombres.
De los cuatro hijos de Jam, a Kush no lo dañó el tiempo: pues los etíopes, a quienes gobernó, todavía hoy son llamados «kuseos» por sí mismos y por todos los de Asia.
También en los mesreos se conservó la memoria del nombre: pues a Mitsraim la llamamos «Mesré», y «mesreos» a los egipcios, todos los de esta tierra. Put fundó Libia, llamando «putos» a los naturales del país.
Hay también un río en la tierra de los moros que lleva este nombre, por lo cual puede verse que la mayoría de los historiadores griegos hacen memoria del río y de la región vecina a él, llamada Putis. Pero mudó el nombre que ahora tiene por uno de los hijos de Mitsraim, llamado Libios; y dentro de poco diremos la razón por la que también se dio en llamarla África.
Kena’an, cuarto hijo de Jam, pobló la que ahora se llama Judea y la nombró «Kanaanea» por sí mismo. De ellos nacen hijos: de Kush, seis, de los cuales Sabá fundó a los sabeos, Havilá a los havileos —que ahora se llaman gétulos—, y Sabtá a los sabteos, llamados «astábaros» entre los griegos; asienta también Sabtejá a los sabtequeos; Ramá fundó a los rameos y tuvo dos hijos, de los cuales Yudadás, poblando a los yudadeos, pueblo etíope de occidente, les dejó su nombre, y Sabá, a los sabeos. Nimrod, hijo de Kush, quedándose entre los babilonios ejerció allí la tiranía, como ya antes he mostrado.
De los ocho hijos de Mitsraim, todos ocuparon la tierra desde Gaza hasta Mitsraim, pero solo de Filistino conservó el país el sobrenombre: pues los griegos llaman «Palestina» a su porción.
De los demás —Ludim, Anamim, Lehabim (el único que habitó en Libia, y que por sí llamó así al país), Naftuim, Patrusim, Casluim y Caftorim— nada sabemos fuera de los nombres; pues la guerra etíope, de la que hablaremos más adelante, arrasó sus ciudades.
Hubo también hijos de Kena’an: Sidonio, que fundó una ciudad de su nombre en Fenicia, llamada Sidón por los griegos; Amatús, que pobló Amatunte, la cual todavía hoy es llamada «Amate» por los naturales, aunque los macedonios la nombraron «Epifanía» por uno de los sucesores; Arudeo, que tuvo la isla de Arados; y Aruceo, que tuvo Arce, en el Líbano.
De los otros siete —Heveo, Heteo, Jebuseo, Amorreo, Gergeseo, Sineo y Samareo— nada tenemos en los libros sagrados fuera de los nombres; pues los hebreos destruyeron sus ciudades, que cayeron en desgracia por la siguiente causa:
Nóaj, después del diluvio, restablecida la tierra a su naturaleza, se puso a las labores del campo; y habiéndola plantado de vides, cuando el fruto maduró en su sazón, vendimió, y estando ya el vino listo para el uso, ofreció sacrificio y se entregó al festín.
Embriagado, cayó en sueño y quedó tendido, desnudo sin decoro. Al verlo, el menor de sus hijos lo mostró a sus hermanos riéndose; pero ellos cubrieron a su padre.
Y Nóaj, al percatarse, deseó felicidad a sus demás hijos; mas a Jam, por su parentesco, no lo maldijo a él, sino a sus descendientes. Y aunque los otros escaparon de la maldición, a los hijos de Kena’an alcanza el castigo de Dios. De esto hablaremos en lo que sigue.
A Shem, el tercero de los hijos de Nóaj, le nacen cinco hijos, que habitan el Asia hasta el océano de la India, partiendo desde el Éufrates. Elam dejó a los elameos, progenitores de los persas; Ashur pobló la ciudad de Ninve y llamó «asirios» a sus súbditos, que fueron los más prósperos; Arpajshad llamó «arpajsadeos» a los que ahora se llaman caldeos, gobernándolos; Aram tuvo a los arameos, a quienes los griegos llaman sirios; y Lud fundó a los que ahora llaman lidios, y entonces «ludos».
De los cuatro hijos de Aram: Uts funda la Traconítide y Damasco, que está entre la Tierra de Israel y la Celesiria; Otros, Armenia; Guéter, a los bactrianos; y Mash, a los mesaneos, que ahora se llama «Cárax de Espasines».
De Arpajshad nace un hijo, Shélaj; de este, Éver, del cual desde el principio llamaban «hebreos» a los judíos. Éver engendró a Yoktán y a Péleg; y se llamó Péleg porque nació durante la separación de las moradas: pues los hebreos llaman «féleg» a la división.
Los hijos de Yoktán, de entre los descendientes de Éver, fueron: Almodad, Shélef, Jatsarmávet, Yéraj, Hadoram, Uzal, Diklá, Eval, Avimael, Shevá, Ofir, Havilá y Yovav. Estos habitan desde el río Cofén de la India y parte de la Seria vecina a ella. Baste con lo dicho acerca de los hijos de Shem.
Trataré ahora de los hebreos. De Péleg, hijo de Éver, nace un hijo, Reú; de este, Serug, al que le nace un hijo, Najor; de este, Téraj; y este es el padre de Avram, que es el décimo desde Nóaj y nació el año novecientos noventa y dos después del diluvio.
Pues Téraj engendra a Avram a los setenta años; Najor engendró a Téraj cuando ya tenía ciento veinte; a Serug le nace Najor hacia el año ciento treinta y dos; Reú engendró a Serug a los ciento treinta; y a esa misma edad tuvo Péleg a Reú; Éver engendra a Péleg a los ciento treinta y cuatro, habiéndolo engendrado a él Shélaj cuando tenía ciento treinta; a este lo engendró Arpajshad hacia el año ciento treinta y cinco; y Arpajshad fue hijo de Shem, nacido doce años después del diluvio.
Avram tenía por hermanos a Najor y a Harán. De estos, Harán, dejando un hijo, Lot, y por hijas a Sará y a Milká, murió entre los caldeos, en una ciudad de los caldeos llamada Ur, y su sepulcro se muestra hasta hoy. Y toman por esposas a sus sobrinas: Najor a Milká y Avram a Sará.
Como Téraj aborreciera la Caldea por el duelo de Harán, todos se trasladan a Jarán de Mesopotamia, donde también sepultan a Téraj, muerto tras vivir doscientos cinco años. Pues ya se acortaba a los hombres la vida y se hacía más breve, hasta el nacimiento de Moshé, después del cual el límite de la vida fue de ciento veinte años, tantos cuantos Dios fijó y cuantos también le tocó vivir a Moshé.
A Najor, de Milká le nacieron ocho hijos: Uts, Buz, Mauel, Zaham, Azau, Iadelfás, Iadafás y Betuel; estos son los hijos legítimos de Najor. Pues Tabeo, Gádamo, Taau y Majás le nacieron de Reumá, su concubina. Y de Betuel, uno de los hijos legítimos de Najor, nacen una hija, Rivká, y un hijo, Laván.
Avram adoptó a Lot, hijo de su hermano Harán y hermano de su mujer Sará, por carecer de hijo legítimo; y deja la Caldea a los setenta y cinco años, por mandato de Dios, para pasar a Kena’an, donde habitó y que dejó a sus descendientes. Era hombre hábil para comprenderlo todo, persuasivo con quienes lo escuchaban, y no se equivocaba en aquello que conjeturaba.
Por esto empezó a pensar más alto que los demás en cuanto a virtud, y resolvió renovar y cambiar la idea acerca de Dios que todos tenían. Fue, pues, el primero que se atrevió a declarar que Dios, creador del universo, es uno solo, y que las demás cosas, si algo contribuyen a la felicidad, cada una lo aporta por mandato suyo y no por su propia fuerza.
Esto lo conjeturaba a partir de los fenómenos de la tierra y del mar, y de los del sol y la luna, y de todo lo que sucede en el cielo: pues, si tuvieran poder propio, habrían provisto por sí mismos a su propio orden; pero, careciendo de él, se hace manifiesto que ni siquiera cuanto obran en provecho nuestro lo hacen por su propia autoridad, sino que sirven según la fuerza del que ordena, al cual solo conviene rendir el honor y la acción de gracias.
Por lo cual, habiéndose sublevado contra él los caldeos y los demás pueblos de Mesopotamia, decidió emigrar; y por voluntad y ayuda de Dios tomó la tierra de Kena’an. Establecido allí, edificó un altar y ofreció sacrificio a Dios.
De Avram, nuestro padre, hace memoria Beroso, sin nombrarlo, diciendo así: «Después del diluvio, en la décima generación, hubo entre los caldeos un varón justo y grande, experto en las cosas celestes.»
Hecateo hizo algo más que mencionarlo: pues dejó escrito un libro compuesto sobre él. Y Nicolao de Damasco, en el libro cuarto de sus Historias, dice así: «Abrames reinó, llegado como forastero con un ejército desde la tierra que está más allá de Bavel, llamada de los caldeos.
Poco tiempo después, emigrando también de esta región con su propio pueblo, se trasladó a la entonces llamada Kena’an y ahora Judea, y allí se multiplicaron sus descendientes, cuya historia expondré en otro libro.» Y hasta hoy se honra el nombre de Avram en la región de Damasco, y se muestra una aldea llamada «Morada de Avram» por él.
Sobreviniendo tiempo después una hambre en Judea, Avram, al enterarse de que los egipcios prosperaban, estaba dispuesto a pasar a ellos, tanto para participar de su abundancia como para oír a sus sacerdotes lo que dijeran acerca de los dioses: pues, si los hallaba mejores, los seguiría, o los corregiría hacia lo mejor, pensando él con más acierto.
Llevando consigo a Sará y temiendo la locura de los egipcios por las mujeres —no fuera que, por la hermosura de su mujer, el rey lo matara—, ideó una treta como esta: fingió ser hermano de ella, y le enseñó a ella a representar lo mismo, pues les convenía.
Cuando llegaron a Mitsraim, le sucedió a Avram tal como había sospechado: la belleza de su mujer se divulgó, de modo que Paró, el rey de los egipcios, no contento con lo que de ella se decía, sino ansioso también de verla, estuvo a punto de poner mano en Sará.
Pero Dios estorbó su injusto deseo con una enfermedad y con la revuelta de sus asuntos; y ofreciendo él sacrificios por su liberación, los sacerdotes le declararon que el mal le sobrevenía por la ira de Dios, por haber querido ultrajar a la mujer del extranjero.
Atemorizado, preguntó a Sará quién era y a quién traía consigo; y sabida la verdad, se disculpó ante Avram: pues, creyéndola su hermana y no su mujer, había querido emparentar con ella, deseoso de un vínculo de familia, y no movido a ultrajarla por deseo. La colmó de muchas riquezas y trató con los más doctos de los egipcios; y de ahí resultó que su virtud, y la fama que le venía de ella, se hicieran más ilustres.
Pues como los egipcios se complacían en costumbres distintas y despreciaban unos las leyes de los otros, y por ello vivían en enemistad mutua, Avram, tratando con cada grupo y examinando los argumentos que hacían sobre lo suyo, los mostraba vanos y sin nada de verdad.
Admirado, pues, por ellos en las reuniones como el varón más sagaz y hábil no solo para comprender, sino también para persuadir hablando de aquello que emprendía a enseñar, les regala la aritmética y les transmite lo tocante a la astronomía.
Pues antes de la llegada de Avram los egipcios ignoraban estas cosas: de los caldeos pasaron a Mitsraim, y de allí llegaron también a los griegos.
Cuando llegó a Kena’an, se repartió la tierra con Lot, pues los pastores de ambos reñían por la región en que apacentaban; y cede a Lot la elección y la preferencia.
Tomando él la ladera que aquel había dejado, habitaba en la ciudad de Nabró, la cual es más antigua en siete años que Tanis de Mitsraim. Lot tenía la tierra que se extiende hacia la llanura y el río Yardén, no lejos de la ciudad de los sodomitas, que entonces era buena y ahora está destruida por voluntad de Dios. La causa la señalaré en su lugar.
Por aquel tiempo, dominando los asirios el Asia, a los sodomitas les florecían los asuntos: habían crecido en riqueza y en abundante juventud. Cinco reyes gobernaban su región: Balas, Baleas, Sinabanes, Simoboro y el rey de los balenos; y cada uno mandaba en su propia parte.
Contra estos marcharon los asirios, y dividiendo el ejército en cuatro cuerpos los sitiaron; cada cuerpo tenía asignado un general. Trabada la batalla, vencieron los asirios e impusieron tributo a los reyes de los sodomitas.
Doce años, pues, permanecieron sirviendo y pagando los tributos que se les habían impuesto; pero al decimotercero se rebelaron, y pasa contra ellos un ejército de asirios al mando de Amarapsides, Arioc, Codolámor y Tadal.
Estos saquearon toda Siria y sometieron a los descendientes de los gigantes; y llegados frente a Sodom, acampan en el valle llamado «pozos de betún». Pues en aquel tiempo había pozos en aquel lugar; mas ahora, destruida la ciudad de los sodomitas, aquel valle se ha convertido en lago, el llamado Asfaltites.
De este lago hablaremos de nuevo dentro de poco. Habiendo trabado combate los sodomitas con los asirios, y siendo recia la batalla, muchos de ellos murieron y los demás fueron hechos cautivos, entre los cuales fue llevado también Lot, que había venido como aliado de los sodomitas.
Al oír Avram su desgracia, le entró a la vez temor por Lot, su pariente, y compasión por los sodomitas, que eran sus amigos y vecinos.
Y resuelto a socorrerlos, no aguardó, sino que, apresurándose, cayó a la quinta noche sobre los asirios cerca de Dan —así se llama la otra fuente del Yardén—; y adelantándose antes de que tomaran las armas, a los que estaban en sus lechos los mató, sin que tuvieran siquiera noticia de la desgracia, y los que aún no se habían entregado al sueño, incapaces de pelear por la embriaguez, huyeron.
Avram los persiguió y al segundo día los acorraló en Oba, de la tierra de Damasco, mostrando que la victoria no reside en el número ni en la muchedumbre de manos, sino que el arrojo de los combatientes y la nobleza vencen a cualquier cantidad: pues con trescientos dieciocho de sus criados y tres amigos venció a un ejército tan grande. Y cuantos de ellos escaparon, regresaron sin honra.
Avram, habiendo salvado a los cautivos de los sodomitas, a quienes los asirios se habían adelantado a tomar, y a su pariente Lot, se volvió con paz. Le salió al encuentro el rey de los sodomitas en un lugar que llaman «llanura real».
Allí lo recibe Malki-Tsédek, rey de Shalem —esto significa «rey justo»; y tal era en verdad, por confesión de todos, de modo que por esta causa llegó a ser también sacerdote de Dios—. A Shalem, más tarde, la llamó Yerushaláyim.
Este Malki-Tsédek proveyó de hospedaje al ejército de Avram y le dio gran abundancia de provisiones; y durante el festín comenzó a alabarlo a él y a bendecir a Dios, que le había puesto en las manos a los enemigos. Y dando Avram el diezmo del botín, aceptó el don.
El rey de los sodomitas rogaba a Avram que se quedara con el botín, pero pedía recobrar a las personas que había salvado de los asirios, por ser de los suyos. Avram dijo que no haría tal cosa, ni que le vendría otro provecho de aquel botín salvo cuanto sirviera de alimento a sus criados; a algunos de sus amigos que lo habían acompañado en la campaña, sin embargo, les dio una parte. El primero se llamaba Eshkol, y los otros Aner y Mamré.
Alabando Dios su virtud, dijo: «No perderás las recompensas que es justo que recibas por tales hazañas.» Y replicando él qué gracia habría en tales recompensas, no habiendo quien lo sucediera después de él —pues aún no tenía hijos—, Dios le anuncia que le nacerá un hijo y una descendencia numerosa, tanto que su número sería semejante al de las estrellas.
Al oír esto, ofrece un sacrificio a Dios, según se lo había mandado. Y el modo del sacrificio fue este: una novilla de tres años, una cabra de tres años y un carnero igualmente de tres años, y una tórtola y una paloma; y por mandato suyo partió los animales, sin partir ninguna de las aves.
Luego, antes de que se levantara el altar, revoloteando aves de rapiña por deseo de la sangre, se hizo presente una voz divina que anunciaba que sus descendientes tendrían vecinos malvados por cuatrocientos años en Mitsraim; que padecerían en ellos, mas sobrevivirían a sus enemigos, y, venciendo en guerra a los cananeos, poseerían su tierra y sus ciudades.
Avram habitaba junto a la encina llamada Ogigues —está este paraje de Kena’an no lejos de la ciudad de Jevrón—; y afligido por tener una mujer que no concebía, suplicaba a Dios que le concediera la generación de un hijo varón.
Exhortándolo Dios a cobrar ánimo, ya que en todo lo demás lo había traído desde Mesopotamia para bien y tendría hijos, Sará, por mandato de Dios, le acuesta a una de sus siervas, de nombre Hagar, egipcia de linaje, para que engendrara de ella.
Y quedando encinta la sierva, se atrevió a ultrajar a Sará dándose aires de reina, como si la autoridad hubiera de pasar al que ella iba a dar a luz. Entregándola Avram a Sará para castigo, tramó la huida, no soportando los malos tratos, y suplicaba a Dios que se compadeciera de ella.
Le sale al encuentro, mientras avanzaba por el desierto, un ángel de Dios que le ordena volver a sus señores: pues alcanzaría mejor vida si era prudente; que ahora estaba en aquellos males por haberse mostrado ingrata y altiva con su señora; y le decía que, si desoía a Dios y seguía adelante, perecería, pero que, si regresaba, llegaría a ser madre de un hijo que reinaría en aquella tierra. A esto obedece, y volviendo a sus señores obtuvo perdón. Y poco después da a luz a Yishmael, que podría decirse «el oído por Dios», por haber escuchado Dios su súplica.
A Avram, que tenía ya ochenta y seis años, le nació el susodicho; y cuando llegó a los noventa y nueve, apareciéndosele Dios le anunció que tendría un hijo de Sará; y le manda llamarlo Yitsjak, declarando que de él vendrían grandes pueblos y reyes, y que, guerreando, poseerían toda Kena’an, desde Sidón hasta Mitsraim.
Y le ordenó, queriendo que la estirpe que de él viniera se mantuviera sin mezclarse con las demás, que se circuncidaran el prepucio, y que lo hicieran al octavo día después de nacer. La razón de nuestra circuncisión la explicaré en otro lugar.
Preguntando Avram también por Yishmael, si viviría, Dios le indicó que sería de larga vida y padre de grandes pueblos. Y Avram, dando gracias a Dios por esto, se circuncida al punto, y con él todos los suyos y su hijo Yishmael, que aquel día tenía trece años, mientras él pasaba de los noventa y nueve.
Por aquel tiempo, los sodomitas, ensoberbecidos por la multitud y la magnitud de sus riquezas, eran ultrajadores para con los hombres e impíos para con la divinidad, hasta el punto de no acordarse ya de los beneficios recibidos de Dios; eran enemigos de los forasteros y rehuían todo trato con los demás.
Irritado, pues, por esto, Dios resolvió castigarlos por su soberbia, y arrasar la ciudad misma y aniquilar de tal modo la región que ni planta ni fruto alguno brotara ya de ella.
Habiendo Dios decidido esto acerca de los sodomitas, Avram vio a tres ángeles —estaba sentado junto a la encina de Mamré, a la puerta de su patio—; y creyendo que eran forasteros, se levantó, los saludó y los invitó a hospedarse en su casa y a participar de su hospitalidad.
Habiendo ellos asentido, mandó al punto que se hicieran panes de flor de harina; y matando y asando un ternero, se lo llevó mientras estaban recostados bajo la encina. Ellos le dieron la impresión de comer, y además preguntaban por su mujer, dónde estaba Sará. Diciendo él que estaba dentro, dijeron que vendrían en el tiempo por venir y la hallarían ya hecha madre.
Sonriéndose la mujer por esto y diciendo que era imposible la procreación, teniendo ella noventa años y su marido cien, ya no se ocultaron más, sino que se revelaron ser ángeles de Dios, y que uno había sido enviado a anunciar lo del hijo, y los dos a destruir a los sodomitas.
Al oír esto, Avram se afligió por los sodomitas, y levantándose suplicó a Dios, rogándole que no destruyera juntamente a los justos y buenos con los malvados. Diciendo Dios que ninguno de los sodomitas era bueno —pues, si hubiera diez entre ellos, perdonaría a todos el castigo de sus pecados—, Avram se apaciguó.
Los ángeles llegaron a la ciudad de los sodomitas, y Lot los invitó a hospedarse: pues era en extremo hospitalario con los forasteros y discípulo de la bondad de Avram. Pero los sodomitas, al ver a aquellos jóvenes de aspecto hermosísimo y singular, hospedados en casa de Lot, se dieron a la violencia y al ultraje de su juventud.
Aunque Lot los exhortaba a la mesura y a no proceder para vergüenza de los forasteros, sino a respetar el hospedaje que les daba, y les decía que, si de tal modo se dejaban llevar de su desenfreno, les entregaría a sus hijas en lugar de aquellos para sus deseos, ni aun así se dejaron persuadir.
Indignado, pues, Dios por su osadía, cegó a unos, de modo que no pudieran hallar la entrada de la casa, y condenó a los sodomitas a una ruina general. Lot, habiéndole Dios anunciado la venidera perdición de los sodomitas, se marcha llevándose a su mujer y a sus hijas, que eran aún dos doncellas; pues los prometidos desdeñaron la salida, achacando necedad a lo que Lot decía.
Y Dios lanza un rayo sobre la ciudad y, con sus habitantes, incendiaba la tierra, aniquilándola con semejante conflagración, como ya antes lo he referido al escribir la Guerra de los judíos. La mujer de Lot, durante la huida, volviéndose sin cesar hacia la ciudad y curioseando lo que en ella pasaba, aunque Dios lo había prohibido, se mudó en columna de sal. Yo mismo la he visto, pues aún hoy permanece.
Él mismo escapa con sus hijas a un pequeño paraje, ocupando un lugar circundado por el fuego; todavía hoy se llama Tsóar, pues así llaman los hebreos a lo pequeño. Allí, pues, vivía miserablemente, por la soledad de hombres y la falta de alimento.
Las doncellas, creyendo que todo el género humano había perecido, se unen a su padre, procurando que no lo notara; lo hacían para que no se extinguiera la estirpe. Y nacen hijos: de la mayor, Moav —diría alguno que «del padre»—; y la menor da a luz a Amón, cuyo nombre significa «hijo de mi linaje».
Y funda el uno a los moabitas, pueblo grandísimo todavía hoy, y el otro a los amonitas; ambos están en la Celesiria. Y a Lot le sucedió así su salida de entre los sodomitas.
Avram se trasladó a Guerar de la Tierra de Israel, llevando a Sará bajo apariencia de hermana, fingiendo lo mismo que antes por temor: pues temía a Avimélej, el rey de los naturales, el cual, prendado también él de Sará, estaba dispuesto a violarla.
Pero se ve apartado de su deseo por una grave enfermedad que le sobreviene de Dios; y habiéndolo desahuciado los médicos, mientras dormía ve en sueños que no debía ultrajar a la mujer del forastero. Y hallándose mejor, dice a sus amigos que Dios le envía esta enfermedad en venganza del forastero, guardándole intacta a su mujer; pues no la traía como hermana, sino como esposa unida a él por ley. Y promete mostrarse benévolo con él en adelante, quedando aquel sin temor por su mujer.
Dicho esto, y por consejo de sus amigos, mandó llamar a Avraham y le pidió que ya no temiera nada por su mujer, como si fuera a sufrir algo vergonzoso, pues Dios cuidaba de él, y gracias a aquella alianza la recibía de vuelta intacta. Poniendo por testigos a Dios y a la conciencia de la mujer, le dijo que jamás la habría deseado al principio de haber sabido que era casada, sino que la había tomado como hermana, sin cometer con ella injusticia alguna. Le rogó además que se mostrara benévolo con él y que le hiciera propicio a Dios; que, si quería quedarse a su lado, tendría toda clase de abundancia, y que, si prefería marcharse, recibiría escolta y cuanto necesitara para llegar hasta él.
A esto respondió Avraham que no había mentido sobre el parentesco de la mujer, pues era hija de su hermano, y que sin tal disimulo no había juzgado segura su estancia allí. En cuanto a que en nada había sido causa de la enfermedad, sino que se había afanado por la salvación del rey, dijo estar dispuesto a quedarse con él. Y Avimélej le asignó tierras y bienes, y convinieron en tratarse con lealtad, prestando juramento junto a un pozo que llaman Beer-Sheva —que podría traducirse como «pozo del juramento»—. Así lo siguen llamando todavía hoy los del lugar.
No mucho después le nació a Avraham un hijo de Sará, tal como Dios se lo había anunciado, al que llamó Yitsjak, nombre que significa «risa». Se lo puso así porque Sará se había sonreído cuando Dios le dijo que daría a luz, cosa que ya no esperaba, siendo tan anciana; pues ella tenía noventa años y Avraham cien. Les nació el hijo en el último de esos años, y al octavo día lo circuncidaron. Desde entonces los judíos acostumbran hacer la circuncisión al cabo de ese mismo número de días, mientras que los árabes la hacen a los trece años, pues Yishmael, fundador de su nación, nacido a Avraham de la concubina, fue circuncidado a esa edad. De él expondré todo el relato con mucha exactitud.
Sará, al principio, amaba a Yishmael, nacido de su esclava Hagar, con no menos cariño que si fuera hijo propio, pues se criaba como heredero del mando; pero una vez que ella misma dio a luz a Yitsjak, no quiso que Yishmael se criara junto a él, siendo mayor y capaz de hacerle daño cuando muriera su padre. Persuadía, pues, a Avraham de enviarlo lejos, a otra tierra, junto con su madre. Él, al principio, no se sumaba al parecer de Sará, teniendo por la mayor de las crueldades enviar a un niño pequeño y a una mujer sin recursos para lo necesario. Pero después —pues también Dios aprobaba lo que Sará ordenaba— se dejó convencer y entregó a Yishmael a su madre, que aún no podía valerse por sí mismo; y le mandó partir llevando agua en un odre y pan, tomando por guía la necesidad.
Cuando, ya en camino, se le acabó lo necesario, se vio en apuros; y faltándole el agua, puso al niño moribundo bajo un abeto, para no verlo expirar en sus brazos, y se alejó más adelante. Pero le salió al encuentro un ángel de Dios, que le señaló una fuente cercana y le mandó cuidar de la crianza del niño, pues grandes bienes la aguardaban de la salvación de Yishmael. Ella cobró ánimo con lo anunciado y, topándose con unos pastores, gracias al cuidado que de ellos recibió escapó de sus penurias.
Cuando el muchacho se hizo hombre, le dieron por mujer a una egipcia, de donde ella misma era originaria de antiguo, y de ella le nacieron a Yishmael doce hijos en total: Nevayot, Kedar, Adbeel, Mivsam, Mishmá, Dumá, Masá, Jadad, Temá, Yetur, Nafish y Kedma. Estos habitan toda la región que se extiende desde el Éufrates hasta el mar de los Juncos, y la llamaron Nabatene. Son ellos quienes dan nombre a la nación de los árabes y a sus tribus, tanto por su valor como por el prestigio de Avraham.
Avraham amaba entrañablemente a Yitsjak, hijo único, nacido en el umbral de su vejez por don de Dios. También el propio muchacho se hacía querer y merecía más el amor de sus padres, entregándose a toda virtud, atento al cuidado de ellos y celoso en el culto a Dios. Avraham cifraba su propia felicidad únicamente en dejar a su hijo, al partir de la vida, a salvo de todo mal. Y esto lo alcanzó por voluntad de Dios, quien, queriendo poner a prueba su devoción, se le apareció y le enumeró cuanto le había concedido: cómo lo había hecho superior a sus enemigos, y cómo su presente prosperidad y su hijo Yitsjak procedían de su favor. Entonces le pidió que se lo ofreciera en sacrificio, y le mandó llevarlo al monte Moriá, levantar allí un altar y ofrecerlo en holocausto. Pues así mostraría su devoción hacia Él: si prefería lo grato a Dios antes que la salvación de su propio hijo.
Avraham, juzgando que por ninguna razón era justo desobedecer a Dios, sino servirle en todo —pues cuanto sucede por su providencia es para bien de aquellos a quienes es propicio—, ocultó a su mujer tanto el anuncio de Dios como su propia resolución sobre el sacrificio del niño; y sin decírselo tampoco a ninguno de sus criados, pues se lo habrían impedido, tomó a Yitsjak con dos siervos, cargó en un asno lo necesario para el sacrificio y partió hacia el monte. Dos días caminaron con él los siervos; al tercero, cuando ya divisaba el monte, dejó en la llanura a sus acompañantes y subió con su hijo a solas, a aquel monte sobre el cual el rey David erigiría más tarde el Templo.
Llevaban consigo cuanto faltaba para el sacrificio, salvo la víctima. Yitsjak, que tenía veinticinco años, iba levantando el altar y preguntó qué iban a sacrificar, faltando la víctima. Avraham le respondió que Dios se la proveería, pues Él era capaz de dar a los hombres abundancia de lo que no tienen y de quitar lo que tienen a quienes confían en ello; así que también a él le daría una víctima, si es que iba a asistir propicio a su sacrificio.
Cuando estuvo dispuesto el altar y hubo apilado la leña y todo quedó a punto, dijo a su hijo: «Hijo mío, con mil plegarias pedí a Dios que nacieras; y desde que viniste a la vida, no hubo nada en tu crianza en que no pusiera mi empeño, ni cosa con que creyera ser más dichoso que verte hecho hombre y dejarte al morir por heredero de mi mando. Pero, ya que por voluntad de Dios llegué a ser tu padre, y de nuevo por su designio te devuelvo, soporta con nobleza la consagración; pues te cedo a Dios, que ha querido recibir de nosotros este honor, en pago de haber sido para mí benévolo asistente y aliado, y de tenerlo ahora propicio. Y ya que naciste, mueres no del modo común a los vivientes, sino enviado por tu propio padre a Dios, padre de todos, con el rito de un sacrificio. Creo que Él, juzgándote digno, ha querido apartarte de la vida no por enfermedad ni por guerra ni por ninguno de los males que suelen sobrevenir a los hombres, sino recibiendo tu alma entre plegarias y ofrendas sagradas, para tenerla junto a Él. Y serás para mí sostén y amparo de mi vejez —por lo cual sobre todo te crié—, dándome a Dios en lugar de ti mismo.»
Yitsjak —pues, siendo hijo de tal padre, noble había de ser su ánimo— recibió con agrado estas palabras y dijo que ni siquiera habría sido justo que naciera, si iba a rechazar la decisión de Dios y de su padre y a no entregarse de buen grado a la voluntad de ambos, cuando, aun si solo su padre lo dispusiera, sería injusto desobedecer. Y se lanzó hacia el altar y hacia el sacrificio. Y se habría consumado el acto de no interponerse Dios, pues llamó a Avraham por su nombre, apartándolo del sacrificio de su hijo. Dijo que no por deseo de sangre humana le había ordenado la matanza del niño, ni por querer arrebatarle, con tan impía acción, a aquel de quien Él mismo lo había hecho padre, sino que había querido probar su ánimo, si obedecería aun ante semejantes órdenes.
Y sabiendo ya su disposición y la grandeza de su devoción, dijo que se complacía en cuanto por él le había ofrecido, y que nunca dejaría de prodigar todo cuidado a él y a su linaje; que su hijo viviría larguísimos años y, tras una vida dichosa, transmitiría a hijos buenos y legítimos un gran dominio. Le anunció de antemano que su descendencia crecería en muchas naciones y en riqueza, que sería eterna la memoria de aquellos patriarcas, y que conquistarían por las armas Kena’an y serían la envidia de todos los hombres. Dicho esto, Dios les proporcionó, salido de lo invisible, un carnero para el sacrificio. Ellos, habiendo recobrado el uno al otro contra toda esperanza y oído la promesa de tan grandes bienes, se abrazaron y, tras el sacrificio, regresaron junto a Sará y vivieron dichosos, contando con la ayuda de Dios en cuanto se propusieran.
Sará murió no mucho después, tras vivir ciento veintisiete años. La sepultaron en Jevrón —pues los cananeos consentían incluso en costear públicamente su tumba—, aunque Avraham compró el terreno por cuatrocientos siclos a un tal Efrón, de Jevrón. Y allí levantaron Avraham y sus descendientes los sepulcros.
Más tarde Avraham desposó a Keturá, de la que le nacieron seis hijos, resistentes para el esfuerzo y de aguda inteligencia: Zimrán, Yokshán, Medán, Midián, Yishbak y Shúaj. También a estos les nacieron hijos: de Shúaj, Sheva y Dedán; y de este, Letushim, Ashurim y Leumim; de Medán, Efá, Éfer, Janoj, Avidá y Eldaá. A todos estos hijos y nietos les organizó Avraham expediciones de colonos, que ocuparon la Troglodítide y la parte de la Arabia Feliz que llega hasta el mar de los Juncos. Se cuenta que este Éfer hizo una expedición contra Libia y la ocupó, y que sus nietos, al establecerse en ella, dieron a la tierra, por el nombre de aquel, el nombre de África.
Da testimonio de mi relato Alejandro Polihístor, que dice así: «Cleodemo el profeta, llamado también Málico, narrando la historia de los judíos, tal como la narró Moshé su legislador, cuenta que de Keturá le nacieron a Avraham numerosos hijos.» Menciona también sus nombres, nombrando a tres: Yaférá, Súres y Yafrán. De Súres se llamó Ashur; de los otros dos, Yafrá y Yaférá, tomaron nombre la ciudad de Efrá y la región de África. Pues estos combatieron junto a Hércules contra Libia y Anteo; y Hércules, tras casarse con la hija de Afrán, engendró de ella un hijo, Dídoro; y de este nació Sofón, de quien los bárbaros se llaman sófaces.
Cuando Yitsjak tenía unos cuarenta años, su padre Avraham decidió buscarle esposa; y para pedir a Rivká —hija de Betuel, hijo de su hermano Najor— envió al más anciano de sus criados, tras ligarlo con solemnes garantías. Estas se hacían de este modo: se metían mutuamente las manos bajo los muslos y luego invocaban a Dios como testigo de lo que iba a suceder. Envió también regalos a los de allá, cosas muy apreciadas por ser raras o del todo desconocidas en aquella tierra.
Este, al marchar —siendo Mesopotamia penosa de recorrer, en invierno por el barro profundo, en verano por la falta de agua, y además infestada de bandidos, a los que no era posible esquivar sin tomar precauciones—, llegó a la ciudad de Jarán. Y hallándose en las afueras, se encontró con muchas doncellas que iban a por agua. Rogó entonces a Dios que, si este matrimonio había de cumplirse conforme a su designio, Rivká —a quien Avraham lo enviaba a pedir para su hijo— se hallara entre ellas, y que la reconociera porque, al pedir de beber, las demás se lo negaran y solo ella se lo diese.
Con esta intención se acercó al pozo y pidió a las doncellas que le dieran de beber. Como ellas se negaban, alegando que llevaban el agua a casa y no para dársela a él, pues tampoco era fácil de sacar, una de todas las reprendió por su descortesía con el forastero, diciendo: ¿de qué otra cosa iban a hacer partícipes a los hombres, si ni siquiera compartían el agua? Y le dio de beber con amabilidad. Él, ya con la esperanza puesta en todo el asunto, pero queriendo conocer la verdad, la elogió por su nobleza y su bondad, ya que no había rehuido socorrer a los necesitados aun a costa de su propio esfuerzo; y le preguntó de qué padres era, y les deseó gozo de tal hija y que la casaran, dijo, con quien les fuera grato, en la casa de un hombre bueno, para que le diera hijos legítimos.
Ella no le escatimó tampoco esto, ya que quería saberlo, sino que le declaró su linaje: «Me llamo Rivká —dijo—; mi padre fue Betuel, pero ya ha muerto; Laván es hermano nuestro, que junto con mi madre gobierna toda la casa y vela por mi virginidad.» Al oír esto, se alegró de lo sucedido y de lo dicho, viendo así con claridad que Dios lo asistía en su camino; y sacando un collar y algunos adornos, de los que es propio que lleven las doncellas, se los ofreció a la muchacha en recompensa y premio por haberle dado de beber, diciendo que era justo que los recibiera ella, que se había mostrado buena entre tantas doncellas.
Le pidió alojarse en su casa, ya que la noche le impedía seguir adelante; y, como traía consigo adornos femeninos de gran valor, dijo que no podía confiarlos a nadie más seguro que a los suyos, a quienes él mismo había puesto a prueba. Añadió que también conjeturaba la afabilidad de la madre y del hermano de ella, y que no lo tomarían a mal, por la virtud que en ella veía; pues no les sería una carga, ya que pagaría el hospedaje y correría con sus propios gastos. Ella dijo que en cuanto a la afabilidad de sus padres conjeturaba bien, pero le reprochó que los hubiera tenido por mezquinos: pues de todo participaría sin pago alguno. No obstante, dijo que primero avisaría a Laván, su hermano, y que, con su permiso, lo llevaría.
Así, hecho esto, condujo al forastero; y los criados de Laván se hicieron cargo de sus camellos y los atendieron, mientras él era llevado a cenar con ellos. Después de la cena dijo a Laván y a la madre de la muchacha: «Avraham es hijo de Téraj y pariente vuestro; pues Najor, el abuelo de estos hijos, mujer, era hermano de Avraham por parte de padre y de madre. Este, pues, os envía a pedir a esta muchacha para su hijo en matrimonio, hijo legítimo y único, criado por encima de todo lo demás. Pudiendo tomar por esposa a la más rica de las mujeres de aquella tierra, no ha querido desposarla, sino que, honrando el linaje, dispone este matrimonio. No despreciéis su empeño ni su voluntad; pues por designio de Dios me salió al paso todo lo demás en el camino, y encontré a la muchacha y vuestra casa. Al llegar cerca de la ciudad, viendo a muchas doncellas que venían al pozo, pedí caer con esta, y así ha sucedido. Ratificad, pues, también vosotros este matrimonio concertado por aparición divina, y honrad a Avraham, que con tanto empeño me ha enviado, consintiendo en dar a la muchacha.» Ellos, ya que la propuesta les parecía buena y grata, comprendieron la voluntad de Dios y enviaron a su hija en las condiciones que él pedía. Y Yitsjak la desposó, pues a él habían pasado los bienes; que los hijos de Keturá habían salido a las colonias.
También Avraham murió poco después, varón consumado en toda virtud y honrado por Dios de modo digno de su devoción. Vivió en total ciento setenta y cinco años, y fue sepultado en Jevrón, junto a su mujer Sará, por sus hijos Yitsjak y Yishmael.
Tras la muerte de Avraham, la mujer de Yitsjak quedó encinta; y como el vientre se le hinchaba en exceso, él, inquieto, interrogó a Dios. Este le declaró que Rivká daría a luz gemelos, que de los niños tomarían nombre dos naciones, y que el mayor sería aventajado por el que parecía menor. Le nacieron poco después, según el anuncio de Dios, dos niños gemelos. El mayor era velludo en exceso, de la cabeza a los pies; el menor tenía asido por el talón a aquel al salir. Amaba el padre al mayor, llamado Esav —por sobrenombre de su vellosidad, pues los hebreos llaman «ésau» al pelaje—, y Yaakov, el menor, era el preferido de su madre.
Sobrevenida el hambre a la tierra, Yitsjak, que había pensado ir a Mitsraim por ser buena la comarca, se dirigió a Guerar por orden de Dios. Lo recibió el rey Avimélej en hospitalidad y amistad, en memoria de Avraham; y aunque al principio lo trató con mucha benevolencia, la envidia le impidió mantenerla hasta el fin. Pues viendo que Dios acompañaba a Yitsjak y lo favorecía con tanto cuidado, lo apartó de sí. Yitsjak, sufriendo de nuevo, por el cambio, semejante trato del envidioso Avimélej, se retiró entonces al paraje llamado la Cañada, no lejos de Guerar; y mientras cavaba un pozo, unos pastores lo asaltaron y se pusieron a pelear, impidiéndole la obra, y como él no quiso porfiar, creyeron haber vencido. Retirándose, cavó otro; y forzado también de este por otros pastores de Avimélej, lo abandonó igualmente y se apartó, procurándose la tranquilidad con prudente juicio. Luego, como pudo cavar sin estorbo un pozo por sí mismo, lo llamó Rejovot, que significa «lugar espacioso». De los anteriores, uno se llama Esek —que se traduciría como «disputa»—, y el otro Sitná —nombre que significa «enemistad»—.
A Yitsjak le sucedía que su poder crecía por la magnitud de sus bienes; y Avimélej, creyendo que Yitsjak se hacía fuerte en contra suya, sospechosa ya la convivencia entre ellos, y habiéndose apartado Yitsjak sin enemistad declarada, temió que de nada le sirviera su antigua amistad para defenderse de lo que había padecido si Yitsjak cambiaba de ánimo; y renovó desde el principio la amistad con él, llevando consigo a uno de sus generales, Filoco. Y habiendo obtenido todo cuanto pedía, gracias a la bondad de Yitsjak, que anteponía el antiguo favor hecho a él y a su padre a un enojo reciente, partió a su tierra.
De los hijos de Yitsjak, Esav —por quien más se afanaba el padre—, cumplidos los cuarenta años, desposó a Adá, hija de Helón, y a Oholibamá, hija de Eusebeón, hijos de hombres poderosos entre los cananeos, haciéndose a sí mismo dueño de la decisión sobre su matrimonio y sin siquiera consultar a su padre. Pues no se lo habría permitido Yitsjak, de haber estado la decisión en su mano, ya que no le agradaba emparentar con los del país. Pero, no queriendo malquistarse con su hijo mandándole dejar a esas mujeres, decidió callar.
Siendo ya viejo y del todo privado de la vista, llamó a Esav y, tras hablarle de su vejez —que, aun sin la ceguera y el mal de sus ojos, le estorbaba para servir a Dios—, le mandó salir de caza y, cobrando cuanto pudiera, prepararle una comida, para después suplicar a Dios que le fuera aliado y colaborador en toda su vida; pues, dijo, no sabía cuándo moriría, y antes de ello quería procurarle, mediante las plegarias elevadas por él, el favor de Dios.
Esav partió, pues, a la caza; pero Rivká, juzgando que había que mover a Dios a la benevolencia hacia Yaakov, aun contra el parecer de Yitsjak, le mandó degollar unos cabritos y preparar una comida. Y Yaakov servía a su madre en todo, obedeciendo cuanto ella le indicaba. Cuando la comida estuvo lista, se envolvió el brazo con la piel de un cabrito, para que su padre lo creyera Esav por la vellosidad —pues en todo lo demás era semejante a él, por ser gemelos, y solo en esto se diferenciaba—; y temiendo que, descubierto en su engaño antes de las plegarias, irritara a su padre a hacerlas en sentido contrario, le llevó la comida. Yitsjak, advirtiendo algo peculiar en su voz, llamó a su hijo; y como este le tendiera el brazo, en torno al cual llevaba envuelta la piel de cabra, la palpó y dijo: «Por la voz me pareces semejante a Yaakov, pero por el espesor del vello me parece que eres Esav.»
Y sin sospechar engaño alguno, tras comer se volvió a las plegarias y a la invocación de Dios: «Soberano de toda la eternidad —decía— y artífice de toda la existencia: Tú concediste a mi padre gran caudal de bienes, y a mí me juzgaste digno de los presentes, y a los que de mí nazcan prometiste ser auxiliador benévolo y dador de todo lo mejor. Confírmame, pues, esto y no me abandones a causa de mi presente flaqueza, por la cual más aún te necesito; y consérvame propicio a este hijo, guárdalo de todo mal, dándole una vida dichosa y la posesión de cuantos bienes esté en tu poder conceder; hazlo temible para los enemigos y honrado y grato para los amigos.»
Y él, creyendo hacer las plegarias por Esav, invocaba a Dios; apenas había acabado, cuando llegó Esav de la caza. Yitsjak, advirtiendo el error, guardó silencio; y Esav reclamaba obtener de su padre lo mismo que su hermano. Pero al negarse el padre, por haber agotado todas las plegarias en favor de Yaakov, Esav hacía duelo por el yerro. Y el padre, conmovido por sus lágrimas, le dijo que sobresaldría en la caza y en la fuerza del cuerpo, en las armas y en toda clase de proezas, y que cosecharía por ello gloria perpetua, él y su linaje; pero que serviría a su hermano.
A Yaakov, que temía a su hermano, empeñado en vengar el yerro de las plegarias, lo salvó su madre; pues persuadió a su marido de traer de Mesopotamia una mujer pariente para Yaakov. Pues Esav ya había tomado por esposa a Basemat, hija de Yishmael; que los de la casa de Yitsjak no querían bien a los cananeos, de modo que, disgustados por sus matrimonios anteriores, para agradarles tomó a Basemat, esmerándose mucho por ella.
Yaakov, enviado por su madre a Mesopotamia para casarse con la hija de Laván, hermano de ella —consintiendo Yitsjak el matrimonio por deferencia a los deseos de su mujer—, marchaba por Kena’an; y por el odio que sentía hacia los del país no quería hospedarse en casa de nadie, sino que acampaba al raso, poniéndose bajo la cabeza unas piedras que él mismo juntaba. Y durante el sueño tuvo una visión que se le apareció así: le pareció ver una escalera que desde la tierra alcanzaba el cielo, y por ella descendían figuras de aspecto más augusto que el de la naturaleza humana; y en lo más alto de la escalera se le mostró Dios con claridad, lo llamó por su nombre y le habló de este modo:
«Yaakov, siendo hijo de un padre bueno y de un abuelo que alcanzó fama de gran virtud, no te conviene desfallecer ante lo presente, sino esperar lo mejor. Pues abundante presencia de grandes bienes te aguarda en todo, gracias a mi auxilio. A Avraham lo traje aquí desde Mesopotamia, perseguido por sus parientes, e hice dichoso a tu padre; y no menor parte de esos bienes depositaré en ti. Ten, pues, ánimo, y emprende este camino teniéndome a mí por guía. Se cumplirá el matrimonio que anhelas, y tendrás hijos buenos, cuyo número será incontable, dejando a hijos aún mayores; a ellos les doy el dominio de esta tierra, y a sus hijos, que llenarán cuanto el sol contempla, tierra y mar. No temas peligro alguno ni receles la multitud de fatigas, pues yo velo por cuanto has de emprender, tanto ahora como mucho más en lo por venir.»
Esto, pues, anunció Dios a Yaakov. Él, henchido de alegría por lo visto y lo anunciado, ungió las piedras, ya que sobre ellas se le había hecho el anuncio de tan grandes bienes, e hizo voto de ofrecer sobre ellas un sacrificio si, tras haber logrado sustento, regresaba a salvo, y de dar a Dios el diezmo de lo adquirido si así volvía. Y juzgó honrado el lugar, poniéndole por nombre Bet-El, que en lengua de los griegos significa «hogar de Dios».
Avanzando por Mesopotamia, con el tiempo llegó a Jarán; y hallando en las afueras a unos pastores, y a muchachos ya adolescentes y a doncellas sentados junto a un pozo, se quedó con ellos por necesitar de beber; y entrando en conversación, les preguntó si por casualidad conocían a un tal Laván y si aún vivía. Todos dijeron que lo conocían, pues no era hombre para pasar inadvertido, y que una hija suya apacentaba el ganado con ellos, de lo que se extrañaban de que aún no hubiera llegado; «pues de ella —dijeron— sabrías con más exactitud cuanto deseas oír acerca de ellos». Aún estaban hablando cuando llegó la muchacha con los pastores que bajaban con ella. Y le señalaron a Yaakov, diciéndole que aquel forastero había venido preguntando por su padre. Ella, alegrándose con inocencia por la presencia de Yaakov, le preguntó quién era, de dónde venía y qué necesidad lo había traído hasta ellos, y le deseó que pudieran darle aquello por lo que venía.
Yaakov, no ya por el parentesco ni por la buena disposición que este suscita, sino vencido de amor por la muchacha, quedó pasmado ante su belleza, al verla tan hermosa como pocas mujeres de entonces florecían, y dijo: «Entre tú y tu padre y yo, si es que eres hija de Laván, hay un parentesco más antiguo que tu nacimiento y el mío; pues de Téraj fueron hijos Avraham, Harán y Najor, de los cuales Betuel, tu abuelo, es hijo de Najor, y de Avraham y de Sará, hija de Harán, nació Yitsjak, mi padre. Y aún tenemos entre nosotros una prenda de parentesco más cercana y reciente: pues Rivká, mi madre, es hermana de Laván, tu padre, del mismo padre y de la misma madre; y nosotros dos, tú y yo, somos primos. Y ahora he venido a saludaros y a renovar el parentesco que ya nos une.»
Ella, por el recuerdo —como suele ocurrir a los jóvenes—, habiendo oído antes a su padre lo de Rivká y sabiendo que sus padres añoraban su nombre por el afecto hacia el padre de él, se echó a llorar y abrazó a Yaakov, y, estrechándolo, le dijo que traía la más anhelada y grande alegría a su padre y a todos los de la casa, para quien vivía pendiente del recuerdo de la madre de él y solo en ese recuerdo hallaba consuelo; que él le parecería digno de todo bien. Y le mandó ir ya hacia su padre y seguirla en su camino, y no privarlo por más tiempo de aquel gozo demorándose.
Dicho esto, lo condujo ante Laván; y reconocido por su tío, él mismo quedó sin temor al hallarse entre amigos, y a ellos les procuró gran alegría apareciendo cuando menos lo esperaban. Pocos días después, Laván le dijo que se alegraba de su presencia más de lo que podía expresar con palabras, y le preguntó la razón por la que había venido, dejando a su madre y a su padre, ya ancianos y necesitados de sus cuidados; pues él le prestaría ayuda y lo socorrería en toda necesidad. Yaakov le expuso toda la causa, diciendo que a Yitsjak le habían nacido dos hijos gemelos, él y Esav; y que este, al perder las plegarias de su padre —vueltas hacia él por la astucia de su madre—, buscaba matarlo, por haberle arrebatado la realeza que Dios le destinaba y los bienes que su padre había implorado. «Esta es la causa de mi presencia aquí, según el mandato de mi madre; pues para todos nosotros son hermanos, y la madre añade un vínculo mayor aún que el suyo. Poniéndote a ti y a Dios por baluarte de mi destierro, confío en lo presente.»
Laván prometió que, tanto por sus antepasados como por su madre, le haría partícipe de toda benevolencia —mostrando, por el afán en atenderlo, el afecto hacia ella aun ausente—; pues dijo que lo pondría al frente de sus rebaños y lo honraría a cambio con el derecho de apacentar, y que, cuando quisiera volver junto a sus propios padres, regresaría con regalos y con cuanta honra era natural que recibiera un pariente tan cercano. Yaakov oyó esto con gusto y dijo que de buena gana soportaría, para agrado de él, todo trabajo quedándose a su lado; pero pidió recibir por ello, como salario, el matrimonio con Rajel, digna de honra por otras razones y porque había sido la ocasión de su llegada a él; pues el amor por la muchacha lo había forzado a hablar de esto.
Laván, complacido con ello, consintió el matrimonio de su hija, diciendo que no podía desear mejor yerno; con tal, eso sí, de que se quedara con él algún tiempo, lo haría; pues no enviaría a su hija a Kena’an, ya que se arrepentía también de que el enlace de su hermana se hubiera concertado allá. Consintiendo Yaakov en ello, se acordó un plazo de siete años; pues tantos había decidido servir a su suegro, para que, dando prueba de su valía, se conociera mejor quién era. Y aceptando Laván el trato, cumplido el plazo, dispuso el banquete de bodas.
Pero, llegada la noche, sin que Yaakov advirtiera nada, le acostó a la otra de sus hijas, mayor que Rajel y de rostro no agraciado. Se unió él a ella por la embriaguez y la oscuridad; y luego, de día, al reconocerla, reprochó a Laván su injusticia. Este pidió perdón por la necesidad que lo había llevado a obrar así; pues no le había dado a Leá por malicia, sino vencido por una razón mayor. Esto, sin embargo, en nada estorbaba el matrimonio con Rajel, sino que, en atención a su amor, se la daría al cabo de otros siete años. Se dejó persuadir Yaakov —pues el amor por la muchacha no le permitía hacer otra cosa—, y transcurridos otros siete años tomó a Rajel.
Tenía cada una de ellas una sierva que su padre les había dado: Zilpá a Leá y Bilhá a Rajel, esclavas de ningún modo sometidas, sino subordinadas. Y a Leá la afligía cruelmente el amor de su marido por su hermana, y esperaba que, si tenía hijos, sería honrada; y suplicaba a Dios sin cesar. Al nacerle un hijo varón, por lo cual el marido se volvió hacia ella, llamó al hijo Reuvén, porque le había nacido por misericordia de Dios; pues esto significa el nombre. Con el tiempo les nacieron otros tres: Shimón —nombre que indica que Dios la había escuchado—, luego Leví —como afirmador de la unión—, y después Yehudá, que significa «acción de gracias».
Rajel, temiendo que por la fecundidad de su hermana le tocara menor parte del afecto del marido, acostó junto a Yaakov a su propia sierva Bilhá. De ella nació un niño, Dan —que algunos, en lengua de los griegos, llamarían «decidido por Dios»—, y tras él Neftalí —como «de artificio», por haber contrarrestado con ardides la fecundidad de su hermana—. Lo mismo hizo también Leá, contrarrestando con ardid la treta de su hermana: acostó a su propia sierva, y de Zilpá nació un hijo, Gad —que alguien llamaría «de la fortuna»—, y tras él Aser —que se diría «bienaventurado», por lo que sumaba a su buena fama—.
Y como Reuvén, el mayor de los hijos de Leá, trajera a su madre unas mandrágoras, Rajel, al verlas, le pidió que le diera parte, pues le había entrado deseo de aquel fruto. Como Leá no accediera, y le dijera que le bastaba con haberle quitado el afecto del marido, Rajel, ablandando el enojo de su hermana, le dijo que le cedería al marido para que aquella noche durmiera con ella.
Como Leá accedió a ese favor, Yaakov se unió a ella por complacer a Rajel. De nuevo tuvo hijos: Yisajar —cuyo nombre significa «el nacido de una paga»— y Zevulún —«prenda del afecto hacia ella»—, y una hija, Diná. Tiempo después también Rajel tuvo un hijo, Yosef, nombre que anuncia «algo que habrá de añadirse».
Durante todo ese tiempo —veinte años en total— Yaakov apacentó los rebaños de su suegro. Pasados estos, quiso tomar a sus mujeres y volver a su tierra; pero como el suegro no lo consentía, ideó hacerlo a escondidas. Sondeó, pues, a sus mujeres para ver cómo veían la partida, y ellas la aceptaron de buen grado. Rajel se llevó consigo, además, las imágenes de los dioses —a los que, por ser de sus mayores, era costumbre rendir culto— y huyó junto con su hermana, con los hijos de ambas, las siervas y sus hijos, y cuanto tenían.
Yaakov se llevó también la mitad de los ganados, sin que Laván lo supiera de antemano. Rajel cargaba con las imágenes de los dioses: Yaakov le había enseñado a despreciar semejante veneración, pero ella las guardó para que, si su padre los alcanzaba en la persecución, tuviera dónde refugiarse y obtener perdón.
Al día siguiente supo Laván de la marcha de Yaakov y de sus hijas, y, muy dolido, se lanzó tras él con una tropa, apretando el paso; al séptimo día los sorprendió acampados en una colina. Por entonces, como era ya de tarde, se detuvo. Pero Dios se le apareció en sueños y le advirtió que tratara con calma a su yerno y a sus hijas, que no se atreviera a nada contra ellos por ira, sino que hiciera un pacto con Yaakov —diciéndole que Él mismo pelearía del lado de Yaakov si Laván, despreciando su escaso número, iba contra él en batalla.
Con semejante aviso, Laván llamó al día siguiente a Yaakov a parlamentar y le refirió el sueño; y cuando este, persuadido, acudió, empezó a reprocharle: que lo había recibido pobre y sin recursos de ninguna clase, y le había dado abundancia de todos sus bienes. «Es más —dijo—, te uní a mis propias hijas, pensando que con ello crecería tu afecto hacia nosotros. Pero tú, sin respeto ni a tu propia madre ni al parentesco que tienes conmigo, sin reparo hacia las mujeres que desposaste ni cuidado por los hijos de los que soy abuelo, me has tratado como en guerra: te llevas mi hacienda y has persuadido a mis hijas a huir de quien las engendró. Y te vas cargando con los objetos sagrados de mis padres, honrados por mis antepasados y por mí tenidos en el mismo culto que ellos. Cosas que ni quienes hacen la guerra a sus enemigos harían, las has hecho tú, mi pariente, hijo de mi hermana, marido de mis hijas, huésped y comensal de mi casa.»
A esto respondió Yaakov en su defensa: que Dios había sembrado el amor a la patria no solo en él, sino en todos los hombres, y que, tras tanto tiempo, era justo que volviera a la suya. «En cuanto al botín que me imputas —dijo—, tú mismo resultarías el culpable ante cualquier otro juez. Por aquello por lo que deberías estarnos agradecido —que nosotros guardamos y aun aumentamos—, ¿cómo no te apartas de la justicia al enojarte conmigo, si hemos tomado de ello una parte pequeña? Y respecto de tus hijas, sabe que no me siguen por maldad mía que las obligue a partir, sino por el justo afecto que las esposas tienen hacia aquellos con quienes conviven; me siguen, pues, no tanto por mí cuanto por sus propios hijos.»
Esto decía para mostrar que en nada obraba mal; y a su vez le hizo cargos y lo acusó: que, siendo hermano de su madre y habiéndole unido a sus hijas, lo había extenuado con órdenes penosas, reteniéndolo veinte años. Y afirmaba que lo hecho bajo pretexto de las bodas, aun siendo duro, era lo más llevadero, pero que peor había sido lo posterior a las bodas —cosas que un enemigo habría rehuido—. Pues muy pérfidamente había obrado Laván con Yaakov: viendo que Dios lo asistía en cuanto quería, le prometía darle de las crías unas veces las que nacieran blancas y otras las negras; y cuando se multiplicaban las que nacían a favor de Yaakov, no le mantenía la palabra en el momento, sino que se comprometía a entregárselas al cabo del año, pues codiciaba la abundancia de la hacienda: prometía porque le parecía improbable que nacieran tantas, y mentía cuando nacían.
En cuanto a los objetos sagrados, Laván pidió que se hiciera una búsqueda. Consentida esta, Rajel, al enterarse, metió las imágenes en la albarda del camello que la llevaba y se sentó encima, alegando que la purificación propia de su naturaleza la aquejaba. Y Laván desistió de seguir buscando, pues no imaginó que su hija fuera a acercarse a las imágenes en tal estado. Luego intercambió juramentos con Yaakov: que no le guardaría rencor por nada de lo sucedido, y que Yaakov, por su parte, trataría con amor a sus hijas. Sellaron sus compromisos sobre unos montes, en los que erigieron una estela a modo de altar, por lo que al otero se le llama Galad; y de ahí que aún hoy llamen Galadena a aquella tierra. Tras celebrar un banquete por los juramentos, Laván emprendió el regreso.
Mientras Yaakov avanzaba hacia Kena’an, le salieron al paso visiones que le anunciaban buenas esperanzas para el porvenir; y a aquel lugar lo llamó «campamento de Dios». Queriendo saber qué sentía su hermano, envió por delante a algunos para que lo averiguaran todo con exactitud, pues le temía por la vieja rencilla. Encargó a los enviados que dijeran a Esav que Yaakov, juzgando injusto convivir con su enojo, se había marchado de la tierra por su propia voluntad, y que ahora, teniendo por suficiente al tiempo como mediador, regresaba trayendo mujeres e hijos junto con los bienes ganados —poniéndose en sus manos con lo más preciado que tenía—, porque estimaba el mayor de los bienes compartir con su hermano lo que Dios le había dado.
Así se lo comunicaron, y Esav se llenó de alegría y salió al encuentro de su hermano con cuatrocientos hombres armados. Yaakov, al saber que venía a recibirlo con tantos, quedó lleno de temor; con todo, confió a Dios la esperanza de su salvación y tomó precauciones con lo que tenía a mano, para salir él mismo ileso y salvar a los suyos, venciendo a los enemigos si querían agraviarlo. Dividió, pues, a los suyos: a unos los envió delante, y a los que quedaban les ordenó seguir de cerca, de modo que, si los primeros eran atacados por su hermano, tuvieran refugio en los que iban detrás. Dispuestos así los suyos, envió a algunos con presentes para su hermano: eran acémilas y una multitud de animales de toda clase, que resultarían muy apreciados para quienes los recibieran, por lo raros que eran. Y los mandó a intervalos, para que, presentándose sin cesar, parecieran muchos; pues confiaba en aplacar su ira con los regalos, si es que seguía airado. Y aún encargó a los enviados que le hablaran con buenas palabras.
Dispuesto todo esto a lo largo del día, al caer la noche puso en marcha a los suyos. Cuando ya habían cruzado un torrente llamado Yabok, Yaakov, que se había quedado atrás, topó con una aparición y luchó con ella —fue esta la que empezó el combate— y logró vencerla. Y ella, sirviéndose de voz y de palabras, lo exhortó a alegrarse de lo sucedido y a no creer que había vencido en cosa pequeña, sino que había derrotado a un ángel de Dios, y que tuviera aquello por señal de grandes bienes venideros: que su linaje jamás se extinguiría y que ningún hombre lo aventajaría en fuerza. Le ordenó también que se llamara Israel, nombre que en lengua hebrea significa «el que se enfrentó a un ángel de Dios». Esto se lo anunció a ruego de Yaakov: pues al comprender que era un ángel de Dios, le había pedido que le revelara qué suerte le aguardaba. Y la aparición, dicho esto, se hizo invisible.
Contento con ello, Yaakov nombró a aquel lugar Fanuel, que significa «rostro de Dios». Y como a causa de la lucha le quedó un dolor en el tendón ancho, él mismo se abstiene de comerlo, y por él tampoco es para nosotros comestible.
Al saber que su hermano estaba ya cerca, ordenó a cada una de las mujeres que avanzara aparte con sus siervas, para que desde lejos pudieran observar lo que hicieran los hombres si peleaban, en caso de que Esav lo quisiera así; y él mismo se inclinó ante su hermano cuando estuvo cerca, sin abrigar hacia él ningún pensamiento traidor. Y Esav lo abrazó y le preguntó por la muchedumbre de niños y por las mujeres; y, enterado entonces de todo lo tocante a ellos, quiso acompañarlos él mismo hasta el padre. Pero como Yaakov alegó el cansancio de las acémilas, se retiró a Se'ir; pues allí tenía su morada, y había dado a aquel paraje el nombre de «Velluda», por lo velludo de su cuerpo.
Yaakov llegó a las que aún hoy se llaman Tiendas, de donde pasó a Shejem; la ciudad es de los cananeos. Como los siquemitas celebraban una fiesta, Diná —la única hija de Yaakov— entró en la ciudad para ver el atavío de las mujeres del lugar. Al verla, Shejem, hijo del rey Jamor, la deshonró raptándola; y, prendado de ella, suplicó a su padre que le tomara a la muchacha por esposa. Este, persuadido, acudió a Yaakov pidiéndole que uniera a Diná con su hijo Shejem conforme a la ley. Yaakov, que ni podía negarse por el rango de quien se lo pedía ni juzgaba lícito casar a su hija con un extranjero, le pidió que le permitiera reunir consejo sobre lo que solicitaba.
Se marchó, pues, el rey esperando que Yaakov concedería la boda. Yaakov, revelando a sus hijos la deshonra de la hermana y la petición de Jamor, les pidió que deliberaran qué debía hacerse. Los más callaban, faltos de parecer; pero Shimón y Leví, hermanos de la muchacha por parte de madre, concertaron entre sí tal empresa: siendo día de fiesta y estando los siquemitas entregados al descanso y al festín, cayeron de noche primero sobre los guardias y los mataron mientras dormían, y, entrando en la ciudad, dieron muerte a todo varón —al rey y a su hijo con ellos—, aunque perdonaron a las mujeres. Hecho esto sin el consentimiento de su padre, recobraron a la hermana.
Yaakov quedó consternado por la magnitud de lo ocurrido y airado contra sus hijos; pero Dios se le apareció y le ordenó cobrar ánimo, y que, tras purificar las tiendas, ofreciera los sacrificios que al principio, al partir para Mesopotamia, había prometido a raíz de la visión del sueño. Al purificar, pues, a los que lo seguían, dio con los dioses de Laván —pues no sabía que Rajel los había robado— y los escondió en Shejem, bajo tierra, al pie de una encina. Partiendo de allí, ofreció sacrificios en Bet-El, donde había tenido el sueño cuando antes iba camino de Mesopotamia.
Prosiguiendo desde allí, al llegar a la región de Efrata, sepultó a Rajel, muerta de parto —la única de los suyos que no obtuvo el honor de la sepultura en Jevrón—. Y, tras un gran duelo, llamó Binyamín al niño que de ella le nació, por el dolor que este causó a su madre. Estos son todos los hijos de Yaakov: doce varones y una hembra. De ellos, ocho legítimos —seis de Leá y dos de Rajel— y cuatro de las siervas, dos de cada una, cuyos nombres ya he referido todos.
Desde allí llegó a Jevrón, ciudad situada en tierra de los cananeos; allí tenía Yitsjak su morada. Poco tiempo convivieron uno con otro, pues a Rivká no la halló Yaakov con vida. Y muere también Yitsjak no mucho después de la llegada de su hijo, y sus hijos le dieron sepultura junto a su mujer en Jevrón, donde tenían un sepulcro de sus antepasados. Fue Yitsjak varón amado de Dios y juzgado digno de mucha providencia por Él, después de su padre Avraham, y muy longevo: pues vivió ciento ochenta y cinco años en la virtud, y así murió.
Capítulo II
Libro segundo
Tras la muerte de Yitsjak, sus hijos se repartieron entre ellos el lugar donde habitar, pero no conservaron el que en un principio habían tomado. Esav cedió a su hermano la ciudad de Jevrón y se estableció en Seír, donde gobernó Idumea —así llamó a aquella tierra por sí mismo, pues su otro nombre era Adom—. Y recibió ese sobrenombre por lo siguiente.
Siendo aún niño, volvió una vez de la caza extenuado por el hambre y por la fatiga del acecho. Se encontró con su hermano, que se había preparado para el almuerzo un guiso de lentejas de un color rojo muy vivo, y precisamente por ese color el deseo se le avivó todavía más y le pidió que se lo diera para comer. Yaakov, aprovechando el hambre como aliada, obligó a su hermano a venderle la primogenitura a cambio de la comida; y aquel, empujado por el apetito, le cedió sus derechos de primogénito con juramentos. Desde entonces, por el color rojo de aquel plato, sus compañeros de edad lo apodaron Adom en broma —pues los hebreos llaman «adoma» a lo rojo—, y con ese nombre bautizó a la tierra; los griegos, para darle mayor prestigio, la llamaron Idumea.
Fue también padre de cinco hijos. De ellos, Yaús, Yolam y Kóreo nacieron de una sola mujer, llamada Alibama; de los restantes, Alifaz nació de Adasa, y Reuel, de Basamata. Estos eran los hijos de Esav. A Alifaz le nacieron cinco hijos legítimos: Teimán, Ómero, Ófus, Yótam y Kanaz; pues Amalek era bastardo, nacido de una concubina suya llamada Tamna. Estos habitaron la parte de Idumea llamada Gobolítide y la que, por Amalek, se llamó Amalekítide. Idumea, que en otro tiempo llegó a ser muy extensa, conservó tanto el nombre que la abarcaba toda como las denominaciones que, en cada comarca, procedían de sus pobladores.
A Yaakov le tocó alcanzar una prosperidad tan grande como difícilmente la logró ningún otro. En riqueza superaba a los del país, y por las virtudes de sus hijos era envidiado y admirado, pues en nada quedaban por debajo de nadie: para el trabajo de sus manos y para soportar la fatiga eran esforzados, y agudos para entender. Tanto cuidado puso lo divino en su bienestar y en su dicha, que incluso de lo que le pareció motivo de tristeza le hizo brotar una abundancia extraordinaria de bienes, y a él y a sus descendientes los convirtió en causa de la salida de Mitsraim de nuestros antepasados —y ello por el siguiente motivo—.
Yaakov había tenido de Rajel a Yosef, y lo amaba más que a sus otros hijos, tanto por la nobleza de su cuerpo como por la virtud de su alma, pues sobresalía en discernimiento. Este cariño del padre despertó en los hermanos envidia y odio hacia él, a lo que se sumó la dicha que anunciaban unos sueños que Yosef, al tenerlos, contó a su padre y a ellos —pues los hombres sienten celos hasta de los éxitos de sus seres más cercanos—. Las visiones que Yosef vio durante el sueño fueron estas.
Enviado por su padre, junto con sus hermanos, a recoger los frutos en pleno verano, tuvo una visión muy distinta de los sueños que suelen visitarnos en el reposo. Al despertar, la expuso a sus hermanos para que le interpretaran su significado: dijo que la noche anterior había visto que su gavilla de trigo permanecía inmóvil en el lugar donde la había puesto, mientras las de ellos acudían corriendo a inclinarse ante la suya, como los siervos ante sus señores. Los hermanos comprendieron que la visión le presagiaba poder y grandeza en sus asuntos, y un dominio futuro sobre ellos mismos; pero nada de esto le declararon a Yosef, fingiendo que el sueño no les resultaba claro, y por dentro pedían que nada de lo que sospechaban llegara a cumplirse, y cada vez lo trataban con mayor aversión.
Como oponiéndose a la envidia de ellos, lo divino envió a Yosef una segunda visión, mucho más asombrosa que la primera: le pareció que el sol, acompañado de la luna y de las demás estrellas, bajaba a la tierra y se inclinaba ante él. Esta visión se la contó a su padre, sin sospechar ninguna malicia por parte de sus hermanos, que estaban presentes, y le rogó que le explicara qué quería anunciar. El padre se alegró con el sueño, pues captó en su mente lo que presagiaba y, con sabiduría, no lo interpretó sin fundamento: se gozaba con lo mucho que aquello anunciaba, pues auguraba dicha para su hijo y la llegada de un tiempo, si Dios lo concedía, en que sería honrado por sus padres y sus hermanos y digno de reverencia. La luna y el sol los comparaba con la madre y el padre —aquella que a todo hace crecer y alimenta, este que da forma y aporta la demás fuerza—, y las estrellas, con los hermanos, pues también estos eran once, como las estrellas, y del sol y de la luna reciben su fuerza.
Así interpretó Yaakov la visión, no sin acierto. Pero a los hermanos de Yosef aquellas palabras los afligieron sobremanera, y quedaron como quien piensa que los bienes anunciados por los sueños iban a ser para un extraño y no para un hermano —bienes de los que era natural que ellos disfrutaran también con él, siendo, como eran, compañeros de su nacimiento, y por tanto también de su dicha—. Y se lanzaron a matar al muchacho. Firme ya esta decisión, cuando terminaron la cosecha se dirigieron a Shejem —comarca buena para apacentar ganado y de pastos abundantes— y allí se ocupaban de los rebaños, sin avisar a su padre de que habían ido allí. Este, por ignorancia, y porque nadie llegaba desde los rebaños que pudiera decirle la verdad sobre sus hijos, cada vez con ánimo más sombrío y lleno de temor por ellos, envió a Yosef a los rebaños para que se informara de cómo estaban sus hermanos y qué hacían, y se lo comunicara.
Cuando vieron llegar a su hermano, se alegraron, pero no como por la venida de un familiar enviado por su padre, sino como por la de un enemigo entregado en sus manos por designio divino, y ya se lanzaban a matarlo sin dejar pasar la ocasión que tenían delante. Al verlos así dispuestos y de acuerdo para llevarlo a cabo, Reuvén, el mayor de ellos, intentó contenerlos poniéndoles ante los ojos la enormidad del atrevimiento y el horror que suponía: parecía cosa malvada, impía ante Dios y ante los hombres, verter con las propias manos la sangre incluso de un hombre no emparentado; pero mucho más execrable era ser vistos como autores de la muerte de un hermano, con cuya desaparición también se agravia al padre y se arrastra a la madre al duelo y a una pérdida de hijo contraria a toda ley humana.
Por eso les rogaba que se avergonzaran ante estas cosas, que sopesaran con su propio juicio qué sufrirían de morir a sus manos un hermano bueno y el más joven de todos, y que renunciaran a semejante atrevimiento; que temieran a Dios, que ya era espectador y testigo del plan que habían tramado contra su hermano, y que se apartaran de la acción: los amaría por su arrepentimiento y por haber cedido a la cordura; pero, si seguían adelante con la obra, no había castigo por el crimen de fratricidio que Él no fuera a exigirles, por haber mancillado su Providencia, presente en todas partes y que no se ausenta ni de lo que se hace en el desierto ni de lo que ocurre en las ciudades —pues dondequiera que haya un hombre, hay que dar por seguro que también allí está presente Dios—. Les decía además que tendrían por enemigo a su propia conciencia por lo osado, y de esa conciencia no hay modo de huir: ni para quienes la tienen buena, ni menos para quienes, tras matar a un hermano, cargarán con una tal como la suya.
Añadía a lo dicho que ni siquiera contra un hermano que hubiera cometido injusticia era lícito matar, y que hermoso era además no guardar rencor a personas tan queridas por aquello en que parecían haber errado; pero es que a Yosef, que ni siquiera se había portado mal con ellos, iban a darle muerte —a Yosef, cuya débil edad reclama más bien compasión y cuidado de nuestra parte—. Y la causa misma de la muerte hacía la acción mucho peor, pues por envidia de los bienes que a él le esperaban se habían resuelto a quitarle la vida, bienes de los que igualmente disfrutarían compartiendo su participación, ya que no eran extraños, sino de la familia. Debían considerar propio suyo cuanto Dios diera a Yosef; y esto avivaba más su ira, y por ello convenía —pensaban— que el mal fuera aún más grave, pues, si mataban a quien Él había juzgado digno de los bienes esperados, se los arrebatarían al mismo Dios que se los iba a otorgar.
Reuvén, diciendo esto y aún mucho más, y suplicándoles, trataba de apartarlos del fratricidio. Pero, al ver que sus palabras no los habían vuelto más moderados, sino que se apresuraban a la matanza, les aconsejó que al menos hicieran el mal menos cruel por el modo de darle muerte. Decía que habría sido mejor dejarse persuadir por lo que primero les había recomendado, pero que, ya que se empeñaban en matar a su hermano, no serían tan malvados si obedecían a lo que ahora les proponía: en ello estaba también la obra que ansiaban, aunque no de tal modo, sino, entre soluciones difíciles, la más llevadera. Les pidió que no fueran ellos mismos, con sus manos, quienes mataran a su hermano, sino que lo arrojaran al pozo cercano y así lo dejaran morir, ganando al menos el no manchar sus manos. Consintieron en ello los jóvenes, y Reuvén, tomando al muchacho y atándolo con una cuerda, lo descolgó suavemente al pozo —pues estaba bastante seco—. Hecho esto, se alejó en busca de parajes apropiados para los pastos.
Yehudá, otro de los hijos de Yaakov, vio a unos mercaderes árabes de la estirpe de los ismaelitas que, desde Guilad, transportaban aromas y mercancías sirias hacia los egipcios. Tras la marcha de Reuvén, aconsejó a sus hermanos que sacaran a Yosef del pozo y lo vendieran a los árabes, pues, llevado lo más lejos posible, moriría entre extranjeros, y ellos así se librarían de la mancha. Aprobada la idea, sacaron a Yosef del pozo y se lo vendieron a los mercaderes por veinte minas; tenía diecisiete años. Reuvén, llegado de noche al pozo, había resuelto salvar a su hermano a escondidas de los demás; pero, al llamarlo y no obtener respuesta, temiendo que lo hubieran matado tras su partida, reprochó a sus hermanos lo ocurrido. Cuando le contaron lo que habían hecho, Reuvén dejó su duelo.
Después de obrar así con Yosef, se preguntaron qué hacer para quedar libres de sospecha ante su padre. Tomaron la túnica con que Yosef había llegado hasta ellos y que le habían quitado al descolgarlo al pozo, y decidieron desgarrarla, mancharla con sangre de macho cabrío y llevársela a su padre para mostrársela, de modo que le pareciera que había muerto devorado por fieras. Así lo hicieron y se presentaron ante el anciano, que ya tenía noticia de lo de su hijo. Le dijeron que no habían visto a Yosef ni sabían qué desgracia le había ocurrido, pero que habían encontrado esa túnica ensangrentada y desgarrada, por lo cual sospechaban que había perecido cayendo entre fieras, si es que había salido de casa vestido con ella.
Yaakov, que hasta entonces abrigaba la esperanza más leve de que su hijo hubiera sido reducido a esclavitud, abandonó ese pensamiento al tomar la túnica como prueba evidente de su muerte —pues reconoció que era la misma con que lo había enviado a sus hermanos—, y desde entonces quedó como quien llora a un muerto, en duelo por el muchacho. Y como si fuera padre de uno solo, privado del consuelo de los demás, tan hundido estaba en su desdicha que, antes aún de encontrarse con los hermanos, ya imaginaba que Yosef había desaparecido devorado por fieras. Se sentó ceñido de saco y tan agobiado por el dolor que ni los hijos que lo consolaban lograban aliviarlo, ni él, agotado por las penas, cedía a la fatiga.
A Yosef, vendido por los mercaderes, lo compró Potifar, un egipcio que era jefe de los cocineros del rey Paró, y lo tenía en toda estima: le daba una educación liberal, le permitía llevar un régimen de vida mejor que el que corresponde a la suerte de un esclavo y le confió el cuidado de su casa. Yosef disfrutaba de todo ello, y la virtud que había en él ni siquiera con el cambio de fortuna lo abandonó, sino que mostró que la nobleza de ánimo puede vencer las dificultades de la vida cuando de verdad se halla en alguien y no está ajustada solo a la prosperidad del momento.
Pues la mujer de su señor, prendada de él por su hermosura y por su destreza en los asuntos, se enamoró; y creyendo que, si se lo hacía patente, fácilmente lo persuadiría a mantener trato con ella —pensando él que sería una fortuna que su señora se lo pidiera—, y fijándose ella en la condición servil de aquel momento y no en el carácter, que permanecía firme a pesar del cambio, le manifestó su deseo y le habló de yacer con ella. Pero él rechazó la petición, pues no juzgaba lícito concederle un favor semejante, en el que resultaba haber injusticia y ultraje contra quien lo había comprado y lo había honrado con tanta estima. La exhortó más bien a dominar su pasión, poniéndole por delante la imposibilidad de alcanzar lo que deseaba, pues aquel arrebato se le pasaría en cuanto faltara la esperanza; y decía que él antes soportaría cualquier cosa que consentir en aquello: pues aunque, siendo esclavo, no debía hacer nada contrario a su señora, la negativa a mandatos de esa índole tenía mucho de disculpa.
Este rechazo, cuando ella no esperaba que Yosef resistiera, encendió aún más su amor; y, terriblemente asediada por su mal, se propuso lograrlo con un segundo intento. Llegada, pues, una fiesta pública en la que era costumbre que también las mujeres acudieran a la celebración, fingió estar enferma ante su marido, buscando soledad y ocasión para rogar a Yosef. Conseguido esto, le dirigió palabras aún más insistentes que las primeras: le decía que habría estado bien que él cediera ya tras el ruego inicial y no la hubiera contradicho, por respeto a quien se lo pedía y por lo desmesurado de su pasión, que la había forzado, siendo señora, a rebajarse por debajo de la dignidad de su rango; pero que con cordura, cediendo ahora, corregiría el desatino de lo pasado. Pues si él esperaba una segunda súplica, ahí la tenía, y hecha con mayor empeño, ya que había pretextado enfermedad y había preferido el trato con él a la fiesta y a la celebración; y si a las primeras razones se había resistido por incredulidad, el que ella persistiera en lo mismo era señal de que no había en ello malicia alguna.
Le decía que esperara provecho de los bienes presentes de que ya gozaba —y aún mayores— si se plegaba a su amor y se hacía obediente; pero que solo obtendría venganza y odio de su parte si rechazaba su ruego y anteponía la apariencia de continencia al favor de complacer a su señora. Pues eso de nada le serviría, ya que ella se volvería contra él, lo acusaría y mentiría a su marido imputándole un intento; y Potifar atendería antes a sus palabras que a las de él, por muy conformes con la verdad que estas fueran.
Aunque la mujer decía esto entre lágrimas, ni la compasión lo indujo a faltar a la cordura ni el miedo lo forzó, sino que resistió a las súplicas y no cedió a las amenazas, y prefirió padecer injustamente y soportar lo más duro antes que gozar de lo presente concediendo aquello por lo que sabía que justamente merecería perecer. Le recordaba su matrimonio y la vida en común con su marido, y la exhortaba a dar más valor a eso que al placer pasajero del deseo: pues este le acarrearía luego un arrepentimiento que le traería dolor, no enmienda de lo mal hecho, y el temor de ser descubierta, teniendo que agradecer que el mal quedara ignorado; mientras que la unión con su marido le ofrecía un goce sin peligro y, además, mucha franqueza ante Dios y ante los hombres nacida de la buena conciencia; y que, permaneciendo pura, ejercería más bien de señora sobre él y usaría con él su autoridad de dueña, en vez de compartir con él la vergüenza del pecado. Pues mucho mejor era tener confianza apoyándose en una vida honesta y sabida que en una maldad oculta.
Diciendo esto y otras muchas cosas parecidas, intentaba refrenar el ímpetu de la mujer y volver su pasión a la razón. Pero ella recurrió a un empeño más violento y, echándole las manos encima, quiso obligarlo por la fuerza, desesperando ya de persuadirlo. Cuando Yosef, indignado, escapó dejándole hasta el manto —pues ella lo retenía por él y él, soltándolo, saltó fuera de la habitación—, ella, sobrecogida de miedo de que la denunciara a su marido y dolida por la afrenta, resolvió adelantarse y mentir a Potifar acusando a Yosef; y con este modo juzgó, a la vez taimado y propio de mujer, vengarse del que la había despreciado tan gravemente y anticiparse a la calumnia.
Se sentó abatida y turbada, fingiendo con rabia como dolor por un intento de violación lo que era pena por haber fracasado en su deseo. Cuando llegó su marido, alterado ante aquel aspecto, y preguntó la causa, ella empezó su acusación contra Yosef: «Ojalá mueras, esposo», dijo, «o castiga al esclavo malvado que quiso mancillar tu lecho, que no se ha portado con la cordura debida al recordar en qué estado llegó a nuestra casa ni lo que obtuvo de tu bondad; que, siendo un ingrato de no habernos mostrado en todo su lealtad, tramó ultrajar tu matrimonio, y eso durante la fiesta, aprovechando tu ausencia. Así que cuanto antes parecía moderado, lo estaba por miedo a ti, y no por bondad natural. Fue el haber sido elevado a un honor que no merecía y que no esperaba lo que lo puso así: como quien, habiendo recibido la confianza de tus bienes y la administración de tu casa, y siendo preferido a los criados más antiguos, hasta se atrevió a poner las manos en tu mujer». Terminadas sus palabras, le mostró el manto, como dejado por él al intentar forzarla.
Potifar, sin poder desconfiar de su mujer, que lloraba, ni de lo que decía y él veía, y dando más peso a su amor por ella, no se volvió hacia una averiguación de la verdad, sino que, alabando la cordura de su mujer y condenando a Yosef por malvado, lo arrojó a la cárcel de los criminales; y de su mujer pensó aún mejor, dando testimonio de su decoro y su castidad.
Yosef, poniéndolo todo en manos de Dios, no se dedicó a defenderse ni a dar una explicación exacta de lo ocurrido, sino que soportó en silencio las cadenas y la coacción, confiado en que sería más fuerte que quienes lo habían encadenado, pues Dios conocía la causa de su desgracia y la verdad; y muy pronto tuvo prueba de su Providencia. En efecto, el carcelero, al advertir su diligencia y su fidelidad en todo lo que le encomendaba, y la dignidad de su porte, le aflojó las cadenas y le hizo más leve y llevadero aquel trance, permitiéndole un régimen de vida mejor que el de los presos.
Cuando los que compartían prisión, si acaso descansaban de la fatiga de sus tareas, se ponían a conversar, como suele ocurrir por la comunión en una misma desgracia, y se preguntaban unos a otros las causas por las que habían sido condenados, el copero del rey, que había gozado de gran estima ante él y estaba encadenado por su enojo, y que compartía las cadenas con Yosef, se hizo más cercano a él; y como parecía que este lo aventajaba en discernimiento, le contó un sueño que había tenido y le rogó que le declarara si algo significaba, quejándose de que a los males venidos del rey lo divino le añadía todavía las inquietudes de los sueños.
Decía, pues, que había visto en sueños una vid crecida con tres sarmientos, y de cada uno colgaban grandes racimos, ya maduros para la vendimia; y que él mismo los exprimía en una copa que el rey sostenía, y que, tras colar el mosto, se lo daba a beber al rey, y este lo recibía complacido. Tal era lo visto, y le pidió que, si había recibido algo de discernimiento, le declarara lo que la visión presagiaba. Yosef lo exhortó a tener ánimo y a esperar que en tres días quedaría libre de las cadenas, pues el rey echaría de menos su servicio y lo restablecería en él. Le explicó que el fruto de la vid lo daba Dios a los hombres para bien: con él se le hacen libaciones a Él mismo, y entre los hombres es prenda de confianza y amistad, pues disipa enemistades y aparta padecimientos y penas de quienes lo toman, llevándolos al placer. «Dices, pues, que exprimido de tres racimos con tus manos el rey lo aceptó. Sábete, entonces, que la visión ha sido buena para ti y anuncia la liberación de tu presente aprieto en tantos días cuantos fueron los sarmientos de los que vendimiaste el fruto en sueños. Pero acuérdate de mí, ahora que has tenido prueba de quien te anunció los bienes, y, cuando estés en el poder, no nos olvides en la situación en que nos dejas al partir hacia lo que te hemos anunciado; pues no por delito alguno hemos venido a dar en cadenas, sino que por nuestra virtud y nuestra continencia fuimos condenados a padecer lo de los criminales, por no haber querido, con placer propio, ultrajar a quien tal cosa nos hacía». El copero, como es natural, se alegró al oír semejante interpretación del sueño y quedó a la espera del cumplimiento de lo anunciado.
Otro esclavo, encargado de los panaderos del rey, encadenado junto con el copero, viendo la explicación que Yosef había dado a aquel sobre su visión, cobró buenas esperanzas —pues también él había tenido un sueño— y le pidió a Yosef que le dijera qué querían anunciarle las cosas vistas la noche anterior. Eran estas: «Me pareció», dijo, «llevar tres canastas sobre la cabeza, dos llenas de panes y la tercera de manjares y viandas variadas, de las que se preparan para los reyes; y unas aves, bajando en picado, lo devoraron todo, sin hacer caso de mí, que las espantaba». Él esperaba que el pronóstico fuera semejante al del copero; pero Yosef, tras sopesar con su juicio el sueño, y diciéndole que habría querido ser para él intérprete de bienes y no de lo que el sueño le anunciaba, le declaró que le quedaban en total dos días de vida, pues eso significaban las canastas: al tercero sería crucificado y serviría de pasto a las aves, sin poder defenderse. Y, en efecto, la cosa tuvo para ambos un desenlace igual al que Yosef había dicho, pues en el día anunciado el rey, celebrando con sacrificio su cumpleaños, hizo crucificar al jefe de los panaderos y, soltando de las cadenas al copero, lo restableció en el mismo servicio.
A Yosef, que sufría en las cadenas durante dos años sin recibir del copero ayuda alguna, pese al recuerdo de lo dicho, Dios lo liberó de la prisión valiéndose de la siguiente ocasión. El rey Paró, una misma noche, contempló dos visiones en sueños y, junto con ellas, la interpretación de cada una; pero de esta última se olvidó, y retuvo los sueños. Angustiado por lo visto —pues aquello le parecía sombrío—, al día siguiente convocó a los egipcios más doctos, deseando conocer la interpretación de los sueños. Y como estos no acertaban a resolverlo, el rey se turbaba aún más. El copero, viendo la turbación de Paró, recordó de pronto a Yosef y su perspicacia con los sueños, y, acercándose, se lo mencionó al rey, junto con la visión que él mismo había tenido en la prisión y su cumplimiento tal como aquel se lo había predicho: que el jefe de los panaderos había sido crucificado ese mismo día, y a él le había sucedido lo que había sucedido, según la interpretación del sueño anunciada de antemano por Yosef. Añadió que este estaba encarcelado por Potifar, el jefe de los cocineros, como esclavo, pero que decía ser de linaje hebreo, de los principales, e hijo de un padre ilustre. «Manda, pues, traerlo, y sin desdeñarlo por su reciente desgracia, sabrás lo que los sueños te anuncian».
Ordenó, pues, el rey que llevaran a Yosef a su presencia, y los encargados lo trajeron tras haberlo aseado, según el mandato del rey. El rey, tomándolo de la mano derecha, le dijo: «Joven, tú, a quien mi propio criado ha atestiguado como el mejor y el más capaz de entender, concédeme a mí también los mismos bienes que le diste a él y declárame cuanto me presagian, en sueños, las visiones que se me han mostrado. Y quiero que en nada te retraigas por miedo, ni me halagues con palabras falsas o dichas para agradar, si la verdad resultara más sombría. Me pareció que, caminando junto a un río, veía siete vacas gordas y de tamaño extraordinario que subían de la corriente hacia el pantano; y otras, en número parecido a aquellas, salían a su encuentro desde el pantano, muy escuálidas y espantosas a la vista, las cuales devoraban a las gordas y grandes sin sacar provecho alguno, atormentadas cruelmente por el hambre. Después de esta visión, despertado del sueño y turbado, y considerando conmigo mismo qué podría ser aquella aparición, volví a caer en el sueño y vi un segundo, mucho más asombroso que el primero, que aún más me atemoriza y me turba. Veía siete espigas brotadas de una sola raíz, ya cargadas e inclinadas por el peso del grano y por hallarse en sazón para la siega; y junto a ellas, otras siete espigas ralas y débiles por falta de riego, que, echándose a consumir y devorar las lozanas, me dejaron atónito».
Yosef, tomando la palabra, dijo: «Este sueño, oh rey, aunque se te haya mostrado en dos formas, anuncia un solo y mismo desenlace de lo que ha de venir. El ver que aquellas vacas, animal nacido para la fatiga del arado, eran devoradas por las peores, y las espigas consumidas por las más débiles, anuncia para Mitsraim hambre y esterilidad por otros tantos años cuantos antes fue próspera, de modo que la abundancia de estos años quedará consumida por la carestía de otros tantos que vendrán después. Habrá, pues, una escasez de lo necesario muy difícil de remediar. La señal es esta: las vacas escuálidas, tras devorar a las mejores, no lograron saciarse. Pero Dios no muestra a los hombres el futuro por afligirlos, sino para que, conociéndolo de antemano, hagan con discernimiento más llevaderas las pruebas de lo anunciado. Así que tú, guardando los bienes que se producirán en el primer tiempo, harás que a los egipcios les pase inadvertida la desgracia que ha de venir».
Admirado el rey de la prudencia y la sabiduría de Yosef, le preguntó de qué modo debería administrar de antemano, en los tiempos de la buena cosecha, lo relativo a los que vendrían después, para que la esterilidad resultara más llevadera. Yosef le propuso y aconsejó que ahorrara los bienes y no permitiera a los egipcios usarlos con derroche, sino que cuanto fueran a gastar por lujo en exceso lo reservaran para el tiempo de la penuria; y le recomendó que tomara el grano de los labradores, entregándoles solo lo suficiente para su sustento. Paró, admirado de Yosef por ambas cosas —la interpretación del sueño y el consejo—, le confió aquella administración, para que hiciera cuanto juzgara conveniente tanto para la multitud de los egipcios como para el rey, considerando que quien había hallado el camino del asunto sería también su mejor rector. Con esta autoridad concedida por el rey, usando su sello y vestido de púrpura, recorría en carro toda la tierra, recogía de los labradores el grano y repartía a cada uno lo bastante para la siembra y el sustento, sin revelar a nadie la causa por la que hacía aquello.
Había cumplido ya el trigésimo año de su edad y gozaba de toda honra por parte del rey, que lo llamó Psontonfáneco atendiendo a lo extraordinario de su discernimiento —pues el nombre significa «descubridor de secretos»—. Contrajo también un matrimonio de lo más distinguido: por gestión del propio rey tomó como esposa, aún virgen, a la hija de Potifar, uno de los sacerdotes de Heliópolis, llamada Asenat. De ella tuvo también hijos antes de la esterilidad: el mayor, Menashé —que significa «que hace olvidar», porque, alcanzada la dicha, halló olvido de sus desdichas—; el menor, Efráyim —que significa «que restituye», porque le fue restituida la libertad de sus antepasados—.
Mientras Mitsraim pasaba dichosamente siete años, según la interpretación de los sueños hecha por Yosef, al octavo año se abatió el hambre; y como el mal cayó sobre ellos sin haberlo previsto, todos, gravemente afligidos, acudían en tropel a las puertas del rey. Este llamaba a Yosef, y él les repartía el grano, convertido, por reconocimiento de todos, en salvador de la multitud. Y no ponía la venta solo a disposición de los del país, sino que también los extranjeros podían comprar, pues Yosef estimaba que todos los hombres, por el parentesco de la sangre, debían recibir socorro de quienes gozan de prosperidad.
Envió también Yaakov —pues Kena’an se hallaba gravemente extenuada, ya que la calamidad había alcanzado todo el continente— a todos sus hijos a Mitsraim a comprar grano, al saber que la venta se había abierto también a los extranjeros; solo retuvo a Binyamín, nacido de Rajel, hermano de Yosef por parte de madre. Llegados a Mitsraim, se presentaron ante Yosef pidiendo comprar, pues nada se hacía sin su decisión; y el modo de servir entonces al rey era ganarse la buena voluntad hacia Yosef. Él reconoció a sus hermanos, que nada sospechaban de él —pues él se había separado de ellos siendo un muchacho, y había llegado a tal edad, y con los rasgos cambiados les resultaba irreconocible, y por la grandeza de su dignidad ni siquiera podían concebir la idea—, y los puso a prueba para ver qué pensaban del conjunto de las cosas. No les vendía el grano y les decía que habían venido como espías de los asuntos del rey, reunidos de muchos lugares y pretextando parentesco; pues no era posible que a un hombre particular se le hubieran criado hijos tales y de aspecto tan destacado, siendo difícil una crianza semejante incluso para los reyes. Y hacía esto por conocer lo relativo a su padre y lo que le había sucedido tras su propia partida, y también por saber de Binyamín, su hermano, pues temía que también a este lo hubieran apartado de la familia como se habían atrevido a hacer con él.
Ellos estaban turbados y temerosos, creyendo que se cernía sobre ellos el mayor peligro, y sin sospechar nada respecto a su hermano. Puestos ante las acusaciones, se defendían por boca de Reuvén, que era el mayor de ellos. «Nosotros», dijo, «no hemos venido aquí con intención injusta ni para dañar los asuntos del rey, sino buscando salvarnos y un refugio de los males que oprimen nuestra tierra, confiando en vuestra humanidad, de quienes oíamos que habíais abierto la venta del grano no solo a vuestros propios conciudadanos, sino también a los extranjeros, resueltos a dar la salvación a cuantos la necesitan. Que somos hermanos y de una misma sangre lo muestra el aire de familia de nuestro semblante, que no difiere mucho. Nuestro padre es Yaakov, un hombre hebreo, de quien nacimos doce hijos de cuatro mujeres; y mientras todos vivíamos, éramos dichosos. Pero al morir uno de los hermanos, Yosef, nuestra suerte cambió a peor, pues nuestro padre lleva por él un largo duelo, y nosotros padecemos tanto por la desgracia del muerto como por el sufrimiento del anciano. Ahora hemos venido a comprar grano, tras confiar el cuidado de nuestro padre y el gobierno de la casa a Binyamín, el más joven de los hermanos. Puedes, enviando a nuestra casa, averiguar si algo de lo que decimos es falso».
Con estas palabras intentaba Reuvén persuadir a Yosef a pensar mejor de ellos. Pero él, sabiendo ya que Yaakov vivía y que su hermano no había perecido, por el momento los arrojó a la cárcel, como para interrogarlos con calma; y al tercer día los sacó de allí, Puesto que —dijo Yosef— insistís en que no habéis venido a dañar los asuntos del rey, y en que sois hermanos e hijos del padre que decís, me convenceréis de que es así si dejáis conmigo a uno de vosotros, que no sufrirá ningún ultraje, y, llevado el grano a vuestro padre, volvéis de nuevo a mí trayendo con vosotros al hermano que decís haber dejado allí; pues esto será la prueba de la verdad.
Ellos se hallaban en males mayores. Lloraban y sin cesar se lamentaban unos con otros por la desgracia de Yosef, convencidos de que, por lo que habían tramado contra él, Dios los castigaba haciéndolos caer en esto. Reuvén los reprendía largamente por su arrepentimiento, del que ningún provecho resultaba ya para Yosef, y les exigía soportar con firmeza cuanto padecieran, pues era Dios mismo quien lo hacía en venganza de aquel.
Esto decían entre sí sin pensar que Yosef entendía su lengua. El desaliento se apoderó de todos ante las palabras de Reuvén, y el pesar por lo obrado, como si también ellos hubieran votado aquello, por lo cual juzgaban con razón ser castigados por Dios.
Yosef, viéndolos así sin salida, quebrantado por la emoción, rompió a llorar; y, no queriendo hacerse reconocer por sus hermanos, se retiró, y tras un rato volvió de nuevo a ellos.
Y, reteniendo a Shimón como rehén del regreso de los hermanos, les mandó partir después de tomar su parte del grano comprado, ordenando al criado que pusiera a escondidas en sus cargas la plata que habían traído para la compra del grano y los despidiera llevándola también. Y él cumplió lo mandado.
Los hijos de Yaakov, llegados a Kena’an, contaron a su padre lo que les había sucedido en Mitsraim: que habían parecido llegar como espías del rey, y que, al decir que eran hermanos y que habían dejado al undécimo en casa con el padre, no habían sido creídos; que habían dejado a Shimón con el gobernador hasta que Binyamín, yendo allá, fuese para él prueba de lo dicho. Y pedían al padre que, sin temer nada, enviara con ellos al joven. Pero a Yaakov nada le agradaba de lo hecho por sus hijos y, llevando con dolor la retención de Shimón, juzgaba insensato añadir también a Binyamín.
Y él, ni aun rogándoselo Reuvén y ofreciendo a cambio a sus propios hijos —para que, si algo le sucedía a Binyamín en el viaje, el abuelo los matara—, se dejó persuadir por sus palabras. Ellos estaban sin salida ante los males, y aún más los turbó la plata hallada escondida en los sacos del grano.
Como el grano traído por ellos se agotara y el hambre apretara más, forzado por la necesidad, Yaakov resolvió enviar a Binyamín con los hermanos; pues no les era posible ir a Mitsraim si no partían con las promesas. Y, haciéndose el sufrimiento peor cada día y rogándoselo los hijos, no tenía qué hacer ante lo presente.
Yehudá, hombre por naturaleza audaz en lo demás, le habló con franqueza: que no le convenía temer por el hermano ni tomar por sospechoso lo que no era terrible, pues nada le sucedería al hermano a quien no asistiera Dios, y eso mismo le ocurriría también quedándose junto a él; que no condenara así su manifiesta perdición ni les quitara sin razón la abundancia de sustento venida de Paró, por temer irracionalmente por el muchacho, y que atendiera también a la salvación de Shimón, no fuera que, por escatimar el viaje de Binyamín, aquel pereciera; que confiara respecto de él en Dios, que también a él se lo aconsejaba, pues o le devolvería sano al hijo, o le haría acabar la vida junto con aquel.
Persuadido Yaakov, entregó a Binyamín y el precio del grano por duplicado, y de lo que se cría entre los cananeos —el ungüento de bálano, estacte, terebinto y miel— para llevarlo como regalo a Yosef. Muchas fueron las lágrimas del padre a la partida de los hijos, y de ellos mismos: pues él se preocupaba de si recobraría a los hijos salvos del viaje, y ellos, de si hallarían al padre firme y en nada dañado por la pena a causa de ellos. Su duelo duró un día; el anciano, agotado, se contuvo, y ellos marcharon a Mitsraim, curando con mejor esperanza la pena por lo presente.
Cuando llegaron a Mitsraim, se hospedaron en casa de Yosef. Un temor no pequeño los turbaba: no fueran a recibir acusaciones por el precio del grano, como si ellos hubieran cometido algún fraude; y ante el mayordomo de Yosef hacían larga defensa, diciendo que en casa habían hallado la plata en los sacos y que ahora venían a devolverla. Pero él, diciendo que ni siquiera sabía de qué hablaban, los libró del temor. Y, soltando a Shimón, lo atendió para que estuviera con los hermanos. Llegado en esto también Yosef del servicio del rey, le presentaron los regalos; y, preguntando él por el padre, dijeron que lo habían hallado con salud.
Él, sabiendo que vivía, y preguntando por Binyamín si aquel era su hermano menor —pues lo había visto—, los interrogó. Diciendo ellos que lo era, dijo que Dios era protector de todo; y, llevado por la emoción a las lágrimas, se apartó, no queriendo hacerse reconocer por los hermanos. Los tomó para el banquete, y se reclinaron tal como junto al padre. Yosef, agasajándolos a todos, honraba a Binyamín con porciones dobles de las que a él le servían.
Después del banquete, cuando se entregaron al sueño, ordena al mayordomo darles el grano medido y ocultar de nuevo el precio en los sacos, y poner en la carga de Binyamín una copa de plata con la que gozaba de beber, y dejarla allí. Hacía esto queriendo poner a prueba a los hermanos: si acaso socorrerían a Binyamín, llevado por robo y en apariencia en peligro, o si, dejándolo como quienes en nada habían delinquido, se irían junto al padre.
Hecho por el criado lo mandado, al día siguiente los hijos de Yaakov, sin saber nada de esto, partían, habiendo recobrado a Shimón y gozando de doble alegría —por esto y por llevar a Binyamín al padre, según habían prometido—. Pero los alcanzan unos jinetes que llevaban al criado que había puesto la copa en la carga de Binyamín. Turbados por el inesperado ataque de los jinetes, preguntaron la causa por la que habían venido contra hombres que poco antes habían recibido de su señor honra y hospitalidad. El criado los llamaba malvadísimos, que, ni siquiera guardando memoria de esa misma hospitalidad y afabilidad de Yosef, no vacilaron en ser injustos con él, sino que, llevándose la copa con la que él había brindado en su amistad, la portaban por ganancia injusta, poniendo en segundo lugar tanto la amistad con Yosef como su propio peligro si eran descubiertos. Y les amenazaba con que sufrirían castigo, pues no habían pasado inadvertidos a Dios ni escapado con el robo, aunque hubieran engañado al criado que los servía. «Y ahora preguntáis por qué hemos venido, como si no lo supierais; pero lo sabréis siendo al punto castigados.» Esto y más que esto les decía el criado, ultrajándolos.
Ellos, por ignorancia de lo suyo, se burlaban de lo dicho y se admiraban de la ligereza del criado, que se atrevía a lanzar acusación contra hombres que ni siquiera habían retenido el precio del grano hallado en sus sacos, sino que lo habían traído sin que nadie supiera lo ocurrido: tan lejos estaban de haber obrado mal a sabiendas. Considerando la búsqueda más digna de fe que la negativa, mandaron valerse de ella y que, si se hallaba a alguno que hubiera robado, se castigara a todos; pues, no teniendo conciencia de nada, mostraban una franqueza, según creían, sin riesgo. Pero él juzgó oportuno hacer la búsqueda, si bien dijo que el castigo sería de uno solo, aquel en quien se hallara cometido el robo.
Haciendo el registro y recorriendo a todos los demás en la búsqueda, llegaron al último, Binyamín, no ignorando que en su saco habían escondido la copa, sino queriendo dar la apariencia de hacer una búsqueda minuciosa. Los demás, librados de su propio temor, estaban ya en la sola preocupación por Binyamín, y confiaban en que ni en él se hallaría el delito, y reprochaban a los perseguidores el haberles estorbado el camino cuando ya podían haber avanzado. Pero, cuando, registrando la carga de Binyamín, encuentran la copa, al punto se volvieron a gemidos y lamentos; y, rasgándose las vestiduras, lloraban por el hermano ante el castigo que le esperaba por el robo, y porque habrían engañado al padre acerca de la salvación de Binyamín. Acrecentaba su desgracia el que, cuando ya creían haber escapado de lo penoso, fueran envidiados de ello; y decían que ellos mismos serían culpables de los males del hermano y de la pena del padre por él, por haber forzado al padre, contra su voluntad, a enviarlo con ellos.
Los jinetes, tomando a Binyamín, lo llevaron ante Yosef, siguiéndolos los hermanos. Él, viéndolo a él bajo custodia y a ellos en actitud de duelo, dice: «¿Qué habéis pensado, malvadísimos, de mi filantropía o de la providencia de Dios, para atreveros a obrar así contra un bienhechor y anfitrión?» Ellos se entregaban al castigo con tal de que Binyamín se salvara, y de nuevo recordaban lo que habían osado contra Yosef, y lo llamaban más dichoso: si había muerto, porque estaba librado de las tristezas de la vida; y si vivía, porque alcanzaba de Dios la venganza contra ellos. Decían que eran malditos para con su padre, porque a la pena que hasta ahora tenía por aquel añadirían la de Binyamín. Y también aquí Reuvén los increpaba con fuerza.
Yosef soltaba a los demás —pues en nada le hacían injusticia— y decía que se contentaba con el solo castigo del muchacho: pues ni era sensato, decía, soltar a este por causa de los que en nada habían pecado, ni castigar a aquellos junto con quien había cometido el robo; y prometía dar seguridad a los que se marcharan. A los demás los tomó el estupor y el enmudecimiento ante el dolor. Pero Yehudá —el que había persuadido al padre de enviar al muchacho, y hombre por lo demás emprendedor— decidió arriesgarse por la salvación del hermano, y dijo:
«Cosas terribles, general, hemos osado contra ti, dignas de castigo, y es justo que todos suframos pena, aunque el delito no sea de otro, sino de uno solo, el más joven. Sin embargo, a nosotros, que hemos desesperado de su salvación, nos queda una esperanza en tu bondad, que garantiza la huida del peligro. Y ahora, no mirando a lo nuestro ni considerando el delito, sino tomando por consejera tu propia naturaleza y tu virtud en lugar de la ira —de la cual se sirven los que en lo demás son pequeños respecto de la fuerza, usándola no solo en las cosas grandes, sino también en las de poca monta—, sé magnánimo ante ella y no te dejes vencer por ella hasta matar a quienes ya ni siquiera reclaman como propia la salvación, sino que piden recibirla de ti.
Pues no es esta la primera vez que nos la concederás: antes, cuando vinimos a comprar grano, nos otorgaste la abundancia de sustento, dándonos para llevar también a los nuestros cuanto los salvó de perecer en peligro por el hambre. En nada difiere no dejar perecer a quienes se pierden por falta de lo necesario, y no castigar a quienes parecen haber pecado y han sido envidiados por el beneficio espléndido venido de ti: es el mismo favor, aunque dado de otra manera. Pues salvarás a quienes con este fin también alimentaste, y conservarás con tus dones las vidas que no dejaste desfallecer de hambre; de modo que es admirable a la vez y grande darnos las vidas y proporcionarnos aquello con lo que estas, en la penuria, subsistirán.
Y creo que Dios, queriendo procurar ocasión para mostrar tu virtud sobreabundante, nos ha reducido a tal desgracia, para que aparezcas perdonando también a los que han faltado en las injusticias contra ti mismo, y no parezcas filántropo solo con quienes por otro motivo necesitan auxilio. Pues, aunque es grande hacer bien a algunos caídos en necesidad, más regio es salvar a quienes deben pena por lo osado contra uno mismo. Porque, si perdonar a quienes yerran en daños pequeños trajo alabanza a los que los pasaron por alto, el no airarse por aquellas cosas en que la vida de los culpables queda sujeta al castigo se atribuye a la naturaleza de Dios.
Y yo, si no tuviéramos un padre que muestra cuánto padece por la pérdida de hijos —por la pena que lleva por Yosef—, no habría hecho, por lo que a nosotros toca, discursos sobre la salvación, salvo en cuanto, complaciendo a tu carácter, fuese bueno salvarlo por él; y aun a estos, que se afligirían no teniendo ya a los muertos, nos ofreceríamos a sufrir lo que quisieras. Pero ahora, no por compadecernos a nosotros mismos —si acaso, jóvenes y sin haber aún gozado de la vida, hemos de morir—, sino considerando lo del padre y compadeciendo su vejez, te dirigimos estas súplicas y te pedimos por nuestras propias vidas, que nuestro delito te entregó para el castigo.
Ni él mismo es malvado, ni engendró hijos que hubieran de serlo, sino que, siendo bueno, no merece experimentar tales cosas; y ahora, estando nosotros ausentes, sufre por las preocupaciones a causa nuestra; pero, si supiera que hemos perecido, y la causa, no lo soportará, sino que por ello mucho más abandonará la vida, y la deshonra de nuestra ruina se adelantará a consumirlo, y le hará amargo el paso desde la vida: antes de que llegue a otros lo nuestro, se apresurará a llevarse a sí mismo a la insensibilidad.
Así pues, puesto en esta reflexión, aunque nuestra maldad te irrite ahora, otorga al padre lo que es justo contra ella, y pueda más la compasión hacia él que nuestra maldad; respeta la vejez que ha de vivir en soledad y morir si nosotros perecemos, concediendo este don al nombre de padre. Pues en esto honras también al que te engendró y a ti mismo te lo das, gozando ya del apelativo y siendo guardado en él sin daño por Dios, el padre de todos; hacia el cual, por la comunión que también tú tienes en el nombre, parecerás ser piadoso, tomando compasión de nuestro padre por lo que sufrirá privado de sus hijos.
Es tuyo, pues, teniendo poder para quitar lo que Dios nos dio, darlo, y en nada diferir de él en el favor; pues, habiendo alcanzado el poder en ambos sentidos, es hermoso mostrarlo en las cosas buenas, y, pudiendo también destruir, olvidar el poder para ello como si ni siquiera existiera, y creer que solo se te ha confiado salvar; y cuantos más lo reciban, tanto más aparecerá uno como dador. Tú a todos nos salvarás perdonando al hermano por aquello en que fue desdichado; pues ni para nosotros la vida es soportable si este es castigado, ya que no nos está permitido volver salvos a solas junto al padre, sino que aquí hemos de compartir con este el mismo fin de la vida.
Y te rogaremos, general, que, condenado a morir nuestro hermano, nos castigues también a nosotros como partícipes del delito; pues no querremos matarnos a nosotros mismos por la pena de su muerte, sino morir así por haber sido igualmente malvados que él. Y en cuanto a que pecó siendo joven y sin tener aún firme el juicio, y a que es humano conceder perdón a tales, dejándotelo a ti dejo de hablar más allá, para que, si nos condenas, parezca que lo no dicho nos ha dañado hacia lo más severo; y, si nos absuelves, se juzgue que, viendo también aquello por tu propia bondad, lo has desestimado, no solo salvándonos, sino concediéndonos aquello por lo que apareceremos más justos al alcanzarlo, habiendo pensado en nuestra salvación más que nosotros mismos. Así pues, si quieres matarlo, castígame a mí en su lugar y envíalo de vuelta al padre; y, si te parece retenerlo como esclavo, yo te soy más útil para las necesidades, siendo, como ves, mejor para cualquiera de los dos casos.»
Yehudá, dispuesto de buen grado a soportar todo por la salvación del hermano, se arroja ante los pies de Yosef, esforzándose por ablandar y aplacar su ira; y se postraron también todos los hermanos, llorando y entregándose a morir por la vida de Binyamín. Yosef, vencido por la emoción y ya no pudiendo mantener la ficción de la ira, manda salir a los presentes, para hacerse manifiesto solo a los hermanos; y, retirados aquellos, se da a conocer a los hermanos y dice:
«Alabo vuestra virtud y vuestra benevolencia hacia el hermano, y os encuentro mejores de lo que esperaba a partir de lo que en otro tiempo tramasteis en torno a mí; todo esto lo hice para probar vuestro amor fraterno. No creo que por naturaleza hayáis sido malvados ni siquiera conmigo, sino que fue por voluntad de Dios, que dispone el disfrute presente de los bienes y el futuro, si nos permanece propicio. Sabiendo, pues, la salvación del padre, ni siquiera esperada, y viéndoos tales para con el hermano, ya ni recuerdo aquello en que parecéis haber pecado contra mí; cesaré del rencor por ello y confieso teneros gratitud, como a coautores, para lo presente, de lo dispuesto por Dios.
Y quiero que también vosotros, tomando olvido de aquello, os alegréis más de que la insensatez de entonces haya venido a tal fin, que afligiros avergonzados por lo pecado. No os parezca, pues, motivo de pena el haber pronunciado contra mí un voto malvado, ni el arrepentimiento por ello, ya que lo tramado no salió adelante. Alegrándoos, pues, por lo sucedido de parte de Dios, id a declararlo al padre, no sea que, consumido por las preocupaciones por vosotros, malogre lo más hermoso de mi dicha muriendo antes de venir a mi vista y participar de lo presente. Y, tomando a este mismo, y a vuestras mujeres, a los hijos y a toda vuestra parentela, trasladaos aquí; pues no conviene que estén ausentes de nuestros bienes los que me son más queridos, sobre todo aguardando el hambre aún un lustro más.»
Dicho esto, Yosef abraza a los hermanos; y ellos estaban entre lágrimas y pena por lo que habían tramado contra él, mientras la benevolencia del hermano no les dejaba, según parecía, castigo alguno. Y entonces estaban en festín. El rey, al oír que los hermanos habían llegado junto a Yosef, se alegró grandemente y, dispuesto como ante un bien propio, les proporcionó carros llenos de grano, y oro y plata para llevar al padre. Recibiendo más aún de su hermano —parte para llevar al padre, parte para tener cada uno como regalos propios, siendo Binyamín tenido por más digno que ellos—, partieron.
Cuando, llegados los hijos, Yaakov supo lo de Yosef —que no solo había escapado de la muerte por la que vivía en duelo, sino que vivía en espléndida dicha, gobernando con el rey Mitsraim y teniendo encomendado casi todo el cuidado de ella—, nada de lo anunciado le pareció increíble, considerando la grandeza de las obras de Dios y su benevolencia hacia él, aunque hubiera cesado por el tiempo intermedio; y al punto se lanzó hacia Yosef.
Cuando se detuvo en el pozo del Juramento, tras sacrificar allí a Dios, y temiendo —a causa de la prosperidad en Mitsraim— que, aficionados los hijos a la morada en ella, ya no volvieran sus descendientes a Kena’an para poseerla, como Dios había prometido; y a la vez, no fuera que, hecha la partida a Mitsraim sin voluntad de Dios, pereciera su linaje; y además, temiendo salir de la vida antes de llegar a la vista de Yosef, se durmió dando vueltas en sí mismo a esta reflexión.
Presentándose Dios ante él y llamándolo dos veces por su nombre, al preguntar él quién era, dijo: «No es justo que Yaakov ignore a Dios, que siempre ha sido asistente y auxiliador de tus antepasados y, después de ellos, de ti. Pues, cuando eras privado del mando por tu padre, yo te lo procuré; y por mi benevolencia, enviado solo a Mesopotamia, alcanzaste buenas bodas y regresaste trayendo multitud de hijos y de bienes. Toda tu descendencia permaneció por mi providencia; y a aquel de tus hijos que creías perdido, a Yosef, lo conduje al disfrute de mayores bienes y lo hice señor de Mitsraim, de modo que difiere poco del rey. Y vengo ahora a ser guía de este camino, y a anunciarte de antemano que el fin de tu vida sucederá en manos de Yosef, y a proclamarte una larga era de tus descendientes en dominio y gloria, y a establecerlos en la tierra que he prometido.»
Confiado por este sueño, marchó con mayor ánimo a Mitsraim con sus hijos y los hijos de estos. Eran todos setenta y cinco. Los nombres de estos no me pareció bien exponer, sobre todo por su dificultad; sin embargo, para demostrar a los que no suponen que somos de Mesopotamia, sino egipcios, juzgué necesario mencionar los nombres. Los hijos de Yaakov eran doce; de estos, Yosef había llegado ya antes; declararemos, pues, a los que vinieron después de él y a los nacidos de ellos.
De Reuvén eran cuatro hijos: Anoj, Falús, Esarón y Jármiso. De Shimón, seis: Yumelo, Yámino, Pútodo, Yajino, Sóaro y Saarás. De Leví nacieron tres hijos: Golgomes, Kaat y Meraris. De Yehudá eran tres hijos: Salá, Fáreso y Ezeloós, y dos nietos nacidos de Fáreso: Esrón y Ámuro. De Yisajar, cuatro: Tulá, Frurás, Yobo y Samarón. Zevulún traía tres hijos: Sárado, Helón y Yánelo. Este es el linaje de Lea; y con ella subía también su hija Diná. Estos, treinta y tres.
De Rajel eran dos hijos: de estos, a Yosef le habían nacido hijos, Menashé y Efráyim; y al otro, Binyamín, diez: Bolo, Bákaris, Asabelo, Gelas, Neemanes, Yes, Aros, Nomftes, Opais y Arodo. Estos catorce, con los antes enumerados, llegan al número de cuarenta y siete. Y este era el linaje legítimo de Yaakov. De Bilhá, la sierva de Rajel, le nacen Dan y Naftalí, a quien seguían cuatro hijos: Elielo, Gunis, Sares y Selimo; y Dan tenía un único hijo, Usis. Añadidos estos a los antedichos, completan el número de cincuenta y cuatro. Gad y Asher eran de Zilpá —esta era sierva de Lea—, y traían hijos: Gad, siete: Zofonías, Ugis, Sunis, Zabrón, Irene, Eroídes y Arieles; y de Asher había una hija y varones en número de seis, cuyos nombres eran: Yomnes, Isusio, Eyubes, Bares, Abaró y Melquielo. Siendo estos dieciséis y añadidos a los cincuenta y cuatro, se completa el número antes dicho, sin contar entre ellos a Yaakov.
Sabiendo Yosef que su padre se acercaba —pues, adelantándose, su hermano Yehudá le había anunciado la llegada—, sale a su encuentro y se topó con él junto a la ciudad de Heroópolis. Aquel, por la alegría inesperada y grande, casi desfalleció; pero lo reanimó Yosef, que tampoco él pudo dominarse para no padecer lo mismo por el gozo, aunque no del mismo modo que el padre quedó vencido por la emoción. Después, mandándole caminar despacio, él mismo, tomando a cinco de los hermanos, se apresuró hacia el rey para anunciarle que Yaakov había llegado con su linaje. Este lo oyó con alegría y mandó a Yosef que le dijera de qué modo de vida se complacían en vivir, para permitirles llevarlo. Él dijo que eran buenos pastores y que a ninguna otra cosa se dedicaban sino solo a esta, procurando que, no separados sino hallándose en un mismo lugar, cuidaran del padre, y que fueran gratos a los egipcios no haciendo nada de lo que ellos hacían; pues a los egipcios les estaba vedado ocuparse de pastoreos.
Presentándose Yaakov ante el rey, y saludándolo y haciendo votos por su reino, Paró le preguntó cuánto tiempo llevaba ya de vida. Diciendo él que tenía ciento treinta años, se admiró Paró de la longitud de la vida de Yaakov. Y, al decir aquel que había vivido menos años que sus antepasados, le concedió vivir con sus hijos en Heliópolis; pues en ella también sus pastores tenían los pastos.
El hambre se agravaba para los egipcios y el mal se les hacía más y más sin salida, ni regando el río —pues no crecía— ni lloviendo Dios, y no habiendo ellos, por ignorancia, hecho ninguna previsión. Y, como Yosef les diera el grano por dinero, cuando esto se les agotó, compraban el grano con sus ganados y sus esclavos; y quienes tenían alguna parte de tierra, la cedían por el precio del sustento. Así, habiéndose hecho el rey dueño de toda su hacienda, fueron trasladados unos a un lugar y otros a otro, para que fuese firme para el rey la posesión de la tierra de estos, salvo la de los sacerdotes, pues para estos permanecía su tierra. Y el mal no solo esclavizaba sus cuerpos, sino también sus mentes, y en adelante los forzaba a un vergonzoso recurso para el sustento. Pero, aliviado el mal, y subiendo el río sobre la tierra y produciendo esta abundantemente sus frutos, Yosef, presentándose en cada ciudad y reuniendo en ellas a la multitud, les otorgó a perpetuidad la tierra que, por cesión de ellos, el rey podía tener y disfrutar solo; y, teniéndola por propiedad propia, los exhortó a trabajarla con celo, pagando al rey la quinta parte de los frutos por la tierra que les da, siendo suya. Ellos, constituidos contra toda esperanza en dueños de la tierra, se llenaron de alegría y aceptaron los mandatos. Y de este modo hace Yosef mayor su propia dignidad ante los egipcios, y aún mayor la benevolencia hacia el rey por parte de ellos; y la ley de pagar la quinta parte de los frutos permaneció hasta los reyes posteriores.
Yaakov, tras pasar diecisiete años en Mitsraim y caer enfermo, murió en presencia de sus hijos, tras haber pedido para ellos la adquisición de bienes y haberles predicho por profecía cómo cada uno de su descendencia había de habitar Kena’an —lo cual, en efecto, sucedió muchos tiempos después—; y, tras extenderse en elogio de Yosef —porque no guardó rencor a los hermanos, sino que, más aún que esto, fue benévolo con ellos, agraciándolos con bienes con los que algunos ni a sus propios bienhechores retribuyen—, ordenó a sus propios hijos que admitieran a los hijos de Yosef, Efráyim y Menashé, en su propio número, repartiendo con ellos Kena’an, de lo cual hablaremos después. Pidió, además, alcanzar sepultura en Jevrón. Muere habiendo vivido en total ciento cuarenta y siete años, sin quedar atrás de ninguno de sus antepasados en piedad hacia Dios, y alcanzando la recompensa que era justa para quienes habían sido tan buenos. Yosef, con permiso del rey, llevando el cuerpo del padre a Jevrón, lo sepulta allí con gran magnificencia.
No queriendo los hermanos volver con él —pues los tenía el temor de que, muerto el padre, se vengara de la conjura contra él, ya no existiendo aquel a quien complacía con la moderación hacia ellos—, los persuade a no recelar en nada ni tenerlo por sospechoso; y, llevándolos consigo, les otorgó gran hacienda y no dejó de emplear todo esmero para con ellos.
Muere también él, tras vivir ciento diez años, admirable en virtud, gobernándolo todo con razón y administrando con mesura el poder —lo cual, en efecto, fue causa de tal dicha para él entre los egipcios, viniendo de otra parte y tras tal infortunio como el que antes hemos referido—. Mueren también, tras él, los hermanos, habiendo vivido dichosamente en Mitsraim. Y los cuerpos de estos, transportados tiempo después por sus descendientes e hijos, los sepultaron en Jevrón; pero los huesos de Yosef, más tarde, cuando los hebreos emigraron de Mitsraim, los llevaron a Kena’an; pues así se lo había hecho jurar Yosef. De cada uno de estos, cómo le fue y con qué fatigas se apoderaron de Kena’an, lo indicaré tras haber narrado antes la causa por la que abandonaron Mitsraim.
A los egipcios, siendo muelles y perezosos para las fatigas, inferiores a los demás placeres y en especial al de la codicia, les ocurrió disponerse terriblemente contra los hebreos por envidia de su prosperidad. Pues, viendo el linaje de los israelitas floreciente y ya, por su virtud y su buena disposición para el trabajo, ilustre por abundancia de bienes, suponían que estos crecían en contra suya; y, olvidados por la longitud del tiempo de los beneficios que habían recibido de Yosef, y habiendo pasado el reino a otra casa, ultrajaban terriblemente a los israelitas y les ideaban penalidades variadas. Pues les mandaron cortar el río en muchos canales, y edificar murallas para las ciudades y diques, para que contuvieran el río y no se desbordara formando lagunas; y, edificando pirámides, agotaban a nuestro linaje, de modo que se ejercitaban en toda clase de artes y se hacían habituados a las fatigas. Y durante un tiempo de cuatrocientos años sobrellevaron las penalidades; pues rivalizaban: los egipcios, queriendo aniquilar a los israelitas con las fatigas, y estos, mostrándose siempre superiores a lo mandado.
Estando ellos en tal situación, sobrevino a los egipcios una causa como esta para afanarse más por la desaparición de nuestro linaje: uno de los escribas sagrados —pues son hábiles para decir la verdad sobre lo futuro— anuncia al rey que en aquel tiempo nacería entre los israelitas alguien que humillaría el dominio de los egipcios y engrandecería a los israelitas; que, criado en virtud, sobrepasaría a todos y ganaría una gloria memorable para siempre. Temeroso el rey, por consejo de aquel, manda que todo varón nacido de los israelitas sea destruido, arrojándolo al río, y que las parteras egipcias vigilen los partos de las mujeres hebreas y observen sus alumbramientos; pues ordenaba que estas fueran asistidas por aquellas, las cuales, por parentesco, no habían de transgredir la voluntad del rey. A quienes despreciaran el mandato y se atrevieran a salvar a escondidas al recién nacido, ordenó que fueran ejecutados junto con su descendencia.
Terrible era, pues, el sufrimiento para quienes lo padecían: no solo porque eran privados de sus hijos y, siendo ellos mismos padres, colaboraban en la destrucción de los que nacían, sino que también la idea de la extinción de su linaje —destruidos los que nacían y habiendo ellos mismos de desaparecer— les hacía dura e inconsolable la desgracia. Y ellos estaban en este mal; pero nadie prevalecería sobre el designio de Dios, ni aunque tramara para ello mil ardides. Pues el niño que predijo el escriba sagrado se cría escapando a la vigilancia del rey, y el que lo había predicho resultó veraz respecto de lo que de él había de venir. Y sucede así.
Amram, de los bien nacidos entre los hebreos, temiendo por toda la nación —no fuera que, por falta de juventud que se criara, desfalleciera—, y llevándolo con dificultad, pues su mujer estaba encinta, se hallaba sin salida, y se vuelve a la súplica de Dios, rogándole que tuviera ya alguna compasión de hombres que en nada habían transgredido el culto hacia él, y les diera liberación de los males que en aquel tiempo padecían y de la esperanza de la destrucción de su linaje. Y Dios, apiadándose de él y conmovido por la súplica, se le presenta durante el sueño y lo exhortaba a no desesperar de lo futuro, y decía que tenía en memoria la piedad de ellos y que siempre daría recompensa por ella, habiendo ya también agraciado a sus antepasados con el hacerse, de pocos, tan gran multitud.
«Y Avram, llegado él solo desde Mesopotamia a Kena’an, prosperó tanto en lo demás como en esto: su mujer, antes estéril para la descendencia, se volvió después, conforme a la voluntad de él, fecunda, y engendró hijos; y dejó a Yishmael y a los suyos la tierra de los árabes, a los nacidos de Keturá la comarca de los trogloditas, y a Yitsjak Kena’an.
Y cuantas hazañas realizó peleando bajo mi alianza —aunque vosotros parezcáis impíos y no lo tengáis en la memoria—. A Yaakov le sucedió ser conocido incluso por los de otra estirpe, por la grandeza de la prosperidad con que vivió y que dejó a sus hijos; él, que llegó a Mitsraim con setenta en total, y de él ya habéis llegado a ser más de seiscientos mil.
Ahora sabed que yo velo por vuestro provecho común y por tu gloria. Pues este niño, cuyo nacimiento temieron los egipcios cuando decretaron destruir a los que nacieran de los israelitas, será tuyo y pasará inadvertido a los que acechan para darle muerte; y, criado contra toda expectativa, librará al pueblo de los hebreos de la opresión que sufre entre los egipcios, y alcanzará memoria por todo el tiempo que dure el universo, no solo entre los hebreos, sino también entre los extranjeros: esto os lo concedo a ti y a los que de ti nazcan. Y su hermano será tal, que tendrá mi sacerdocio, él y sus descendientes por todo el tiempo.»
Cuando la visión le hubo revelado esto, Amram, al despertar, se lo contó a Yojéved, que era su mujer; y el temor se les hizo aún mayor a causa del anuncio del sueño. Pues no solo estaban inquietos como por un hijo, sino también por la magnitud de tamaña prosperidad que le esperaba.
Con todo, el parto de la mujer dio crédito a lo que Dios había predicho, pues pasó inadvertida a los guardias por lo benigno de los dolores y porque las molestias no cayeron sobre ella con violencia. Y durante tres meses lo criaron en su casa sin ser descubiertos.
Después Amram, temiendo ser sorprendido y que, cayendo bajo la ira del rey, pereciera él mismo junto con el niño y quedara anulada la promesa de Dios, resolvió confiar más bien a Dios la salvación y el cuidado del niño, antes que, fiándose de un ocultamiento que era incierto, arriesgarse no solo con el niño criado a escondidas, sino también consigo mismo; pues consideraba que Dios proveería toda seguridad para que nada de lo dicho resultara falso. Tomada esta decisión, idean una cesta de mimbre de papiro, semejante en su hechura a una cuna, del tamaño suficiente para que el niño reposara en ella con holgura; luego, tras untarla con betún
—porque el betún tapa por naturaleza la entrada del agua a través del trenzado—, meten dentro al niño y, echándolo al río, dejaron su salvación en manos de Dios. Y el río lo recibió y lo llevaba, mientras Miriam, hermana del niño, por orden de su madre, caminaba a la par por la orilla, vigilando adónde iría a parar la cesta arrastrada por la corriente.
Allí mostró Dios que la inteligencia humana no es nada, y que cuanto Él quiera hacer alcanza un final feliz; y que fracasan quienes, por su propia seguridad, condenan a otros a la ruina y ponen en ello mucho empeño, mientras que, contra toda expectativa, se salvan y hallan el bien casi en medio de los males los que corren peligro, por la voluntad de Dios. Que algo así ocurriera también con este niño manifiesta el poder de Dios.
Termutis era hija del rey. Ella, jugando junto a las riberas del río y viendo la cesta arrastrada por la corriente, envía nadadores con la orden de traérsela. Cuando llegaron con la cesta los enviados a ello, al ver al niño lo amó en extremo por su tamaño y su hermosura; pues Dios puso tanto empeño en Moshé que, por los mismos que habían decretado, a causa de su nacimiento, la destrucción de los demás de la estirpe de los hebreos, fue juzgado digno de crianza y cuidado. Y Termutis manda traer a una mujer que diera el pecho al niño.
Pero como él no aceptaba el pecho, sino que se apartaba, y esto lo hizo con muchas mujeres, Miriam, que se hallaba presente ante lo que ocurría —no como de propósito, sino al parecer por mera curiosidad—, dijo: «En vano, oh reina, llamas a estas mujeres para criar al niño, pues ninguna tiene parentesco con él. Pero si hicieras traer a alguna de las mujeres hebreas, quizá aceptaría el pecho de una de su propia raza.»
Pareciéndole que hablaba bien, le ordena procurarlo y ir a buscar a una de las nodrizas. Y ella, tomando semejante encargo, se presentó trayendo a la madre, a quien nadie conocía. Y el niño, complacido de algún modo, se prende al pecho, y a ruego de la reina se le confía por entero la crianza del pequeño.
Y a partir de esos mismos sucesos le puso ese sobrenombre, por haber caído al río; pues los egipcios llaman al agua «mou», y «eses» a los salvados del agua. Componiendo, pues, de ambas palabras la denominación, le dan este nombre: Moshé.
Y era, reconocidamente, conforme a la predicción de Dios, el mejor de los hebreos por la grandeza de su ánimo y su desprecio de las fatigas. Pues Avram era su séptimo padre: él era hijo de Amram, hijo de Kehat; y el padre de Kehat era Leví, el hijo de Yaakov, que había nacido de Yitsjak, y este era de Avram.
Le crecía un entendimiento no acorde con su edad, sino muy superior a la medida de esta; en sus juegos mostraba una madurez mayor que sus años, y lo que entonces hacía anunciaba cosas mayores para cuando fuese hombre. Cuando tenía tres años, Dios elevó su estatura a una talla admirable; y en cuanto a la belleza, nadie era tan insensible que, al ver a Moshé, no quedara pasmado de su hermosura; y sucedía que muchos, al encontrarlo por el camino mientras lo llevaban, se volvían ante la vista del niño y, dejando sus asuntos, se demoraban a contemplarlo; pues la gracia infantil, abundante y pura en él, cautivaba a quienes lo miraban.
Siendo él tal, Termutis lo hace hijo suyo, pues no le había tocado descendencia propia; y una vez, llevando a Moshé ante su padre, se lo mostró y le contó cómo había pensado en un sucesor, por si, por voluntad de Dios, no llegaba a tener hijo legítimo. Y le decía: «He criado a un niño divino en la forma y noble en el ánimo; como lo recibí de manera admirable, por gracia del río, pensé hacerlo hijo mío y sucesor de tu reino.»
Diciendo esto, ponía al niño en las manos de su padre; y él, tomándolo y estrechándolo contra su pecho por afecto, para complacer a su hija, le pone encima la diadema. Pero Moshé la echa a tierra, quitándosela —al parecer por su tierna edad—, y la pisoteaba con los pies.
Y esto pareció presagio acerca del reino. El escriba sagrado, que también había predicho que el nacimiento de aquel sería para el abatimiento del poder de los egipcios, al verlo se lanzó a matarlo, y, gritando terriblemente, dijo: «Este, oh rey, es aquel niño que Dios nos mostró que podíamos matar sin temor; confirma el vaticinio al haber puesto el pie sobre tu dominio y pisotear la diadema. Mátalo, pues, y libra a los egipcios del temor que viene de él, y quita a los hebreos la esperanza del valor que por él conciben.» Pero Termutis se le adelantó, arrebatándoselo, y el rey fue remiso al asesinato, pues Dios así lo dispuso, Él, cuya providencia velaba por la salvación de Moshé. Se criaba, pues, recibiendo mucho cuidado, y los hebreos tenían puesta en él su esperanza para todo el pueblo, mientras que los egipcios miraban con recelo su crianza. Pero, como no había nada manifiesto por lo cual el rey fuera a matarlo —pues no era nada suyo, ni pariente por adopción ni otra cosa—, y como a nadie asistía, en provecho de los egipcios y por conocer de antemano el porvenir, mayor motivo para atreverse a ello, se abstuvieron de darle muerte.
Moshé, nacido y criado del modo antes dicho, y llegado a la edad, mostró a los egipcios su valía y que había nacido para el abatimiento de ellos y el engrandecimiento de los hebreos, tomando la siguiente ocasión.
Los etíopes, que son vecinos de los egipcios, irrumpiendo en su tierra, saqueaban y se llevaban los bienes de los egipcios. Estos, indignados, marchan contra ellos para vengar el desprecio, y, vencidos en la batalla, unos cayeron y otros se salvaron huyendo vergonzosamente a su propia tierra.
Los etíopes los persiguieron de cerca y, teniendo por cobardía no dominar toda la comarca de Mitsraim, avanzaron aún más; y, gustado el sabor de aquellos bienes, ya no se apartaron de ellos. Y como las regiones vecinas, al ser invadidas primero, no se atrevieron a hacerles frente en campaña, progresaron hasta Menfis y el mar, sin que ninguna ciudad pudiera resistir.
Agobiados por este mal, los egipcios recurren a oráculos y adivinaciones. Y como Dios les aconsejó valerse del hebreo como aliado, el rey ordena a su hija entregar a Moshé para que fuera su general.
Ella lo entrega después de que él prestó juramento de no hacerle ningún daño, juzgando la alianza un gran beneficio y reprochando a los sacerdotes que, habiendo antes ordenado matarlo como enemigo, no se avergonzaran ahora de necesitar su auxilio.
Moshé, exhortado por Termutis y por el rey, acepta gustoso el encargo; y se alegraban los escribas sagrados de ambos pueblos: los egipcios, porque vencerían a los enemigos con el valor de aquel y acabarían con Moshé por el mismo ardid; los de los hebreos, porque podrían huir de los egipcios al tener a Moshé por general.
Pero él, adelantándose antes de que los enemigos siquiera se enteraran de su avance, tomó el ejército y lo condujo, haciendo la marcha no por el río, sino por tierra. Allí hizo una admirable demostración de su ingenio.
Pues siendo la tierra difícil de recorrer por la multitud de reptiles —ya que es fecundísima en ellos, hasta el punto de que solo ella cría los que no existen en otras partes, distintos por su fuerza, su malignidad y lo insólito de su aspecto; y algunos de ellos son incluso alados, de modo que dañan sin ser vistos desde el suelo y hieren a los desprevenidos volando por encima—, idea un estratagema admirable para la seguridad y el paso indemne del ejército: pues, fabricando cestas de papiro semejantes a arcas y llenándolas de ibis, las llevaba consigo. Este animal es el mayor enemigo de las serpientes; pues estas huyen cuando los ven acercarse, y las que se detienen son atrapadas y devoradas como por ciervos; y los ibis son mansos, y feroces solo con la raza de las serpientes.
De estas cosas dejo ahora de escribir, pues los griegos no ignoran la figura del ibis. Así que, cuando entró en la tierra criadora de fieras, con estos ibis combatía la naturaleza de los reptiles, soltándolos contra ellos y sirviéndose de ellos como avanzada. Habiendo marchado de este modo, cayó sobre los etíopes sin que estos lo supieran de antemano, y trabando batalla con ellos vence en el combate, les arrebata las esperanzas que tenían contra los egipcios, avanzó arrasando sus ciudades, y se hizo gran matanza de los etíopes. Y el ejército de los egipcios, gustado el bien que Moshé le procuraba, no se cansaba de la fatiga, de suerte que para los etíopes el peligro era de esclavitud y de ruina total; y al fin, acorralados en Saba, ciudad regia de Etiopía —a la que después Cambises llamó Meroé, por una hermana suya de tal nombre—, eran sitiados. Era el lugar muy difícil de asediar, pues el Nilo lo rodeaba, y lo ceñían otros ríos, el Astapo y el Astáboras, que hacían arduo el paso de la corriente a quienes intentaban cruzarla; pues la ciudad, situada dentro, se habita como una isla, con una muralla fuerte trazada en torno; y, teniendo por defensa contra los enemigos a los ríos, y grandes terraplenes entre la muralla y ellos para no ser inundada por las aguas que bajan con más fuerza en la crecida, todo lo cual hacía imposible la toma de la ciudad aun a quienes cruzaban los ríos.
Así pues, llevando Moshé con disgusto la inactividad del ejército —porque los enemigos no se atrevían a venir a las manos—, le sucedió algo semejante a esto.
Tarbis era hija del rey de los etíopes. Ella, observando a Moshé acercar el ejército a las murallas y combatir valerosamente, y admirando el ingenio de sus empresas, y considerándolo causa —para los egipcios, que ya desesperaban de su libertad, de su prosperidad; y para los etíopes, que se ufanaban de sus triunfos contra aquellos, del peligro extremo—, cayó en un terrible amor por él; y, dominada por la pasión, le envía a los más fieles de sus criados para tratar del matrimonio.
Y él, aceptando la propuesta a condición de que le entregara la ciudad, y dando garantías bajo juramento de que en verdad la tomaría por esposa y de que, tras apoderarse de la ciudad, no quebrantaría lo pactado, adelanta el hecho a las palabras. Y tras la destrucción de los etíopes, dando gracias a Dios, Moshé celebró la boda y condujo a los egipcios de vuelta a su tierra.
Aquellos que por Moshé se habían salvado concibieron por ello odio contra él, y juzgaban conveniente emprender con mayor ardor los planes en su contra, sospechando que, por su prosperidad, promoviese una revuelta en Mitsraim, e instigando al rey a matarlo.
Y él ya de por sí abrigaba el propósito de la cosa, por envidia del mando de Moshé y por miedo a verse abatido; y, urgido por los escribas sagrados, estaba dispuesto a emprender la muerte de Moshé.
Pero Moshé, adelantándose a conocer la conjura, se retira a escondidas; y, estando vigilados los caminos, hace su fuga por el desierto y por donde no había sospecha de que lo apresaran los enemigos; y, faltándole el alimento, seguía adelante despreciando la penuria con su entereza, y, llegado a una ciudad, Madián, situada junto al mar de los Juncos y llamada así por uno de los hijos que Avram tuvo de Keturá, se sentó junto a cierto pozo, agotado por la fatiga y la penalidad, y descansaba, siendo mediodía, no lejos de la ciudad. Allí le sucedió también un hecho, nacido de la costumbre de los lugareños, que puso de manifiesto su virtud y le brindó ocasión de mejor fortuna.
Pues, siendo aquellos parajes escasos de agua, los pastores se adelantaban a ocupar los pozos, para que, agotada de antemano el agua por otros, no faltara bebida a sus ganados. Llegan, pues, al pozo siete doncellas, hermanas, hijas de Reuel, sacerdote y hombre tenido en mucha honra entre los del país, las cuales, cuidando de los rebaños de su padre —porque este servicio es también propio de las mujeres entre los trogloditas—, adelantándose sacaron del pozo agua suficiente para los rebaños, en unos abrevaderos hechos para recibir el agua.
Y como unos pastores se plantaron sobre las doncellas para adueñarse ellos del agua, Moshé, teniendo por indigno consentir que las muchachas fueran agraviadas y dejar que la violencia de los hombres prevaleciera sobre el derecho de las doncellas, contuvo a los que querían abusar y prestó a ellas la ayuda debida.
Y ellas, favorecidas, se presentaron ante su padre, contándole la insolencia de los pastores y el socorro del forastero, y le rogaban que su buena obra no le quedara en balde ni sin recompensa. Él aprobó a sus hijas por su solicitud hacia el bienhechor, y mandó que trajeran a Moshé a su presencia para que obtuviera justa gratitud.
Cuando llegó, le refirió el testimonio de sus hijas acerca del socorro, y, admirando su virtud, le dijo que no había prestado su auxilio a gente insensible a los beneficios, sino a quienes podían pagar el favor y sobrepujar con la grandeza de la recompensa la medida de la buena obra.
Y lo hace hijo suyo, le da en matrimonio a una de sus hijas, y lo nombra cuidador y señor de los rebaños —pues en estos consistía antiguamente toda la riqueza de los bárbaros—.
Y Moshé, habiendo obtenido tales cosas de Yitró —pues tal era el sobrenombre de Reuel—, vivía allí apacentando los rebaños. Tiempo después, pastoreando, lleva los rebaños al monte llamado Sinaí; este es el más alto de los montes de aquella región y el mejor para el pasto, por la buena hierba que en él crece, y, por tener fama de que Dios moraba en él, no había sido pacido antes, pues los pastores no osaban poner el pie en él. Allí, en efecto, le sale al paso un prodigio admirable.
Pues un fuego que devoraba una zarza pasó de largo, sin dañarlos, sobre el verdor que la rodeaba y sobre su flor, y no destruyó ninguna de las ramas cargadas de fruto, y esto siendo la llama grande y vivísima.
Y él temió la visión misma, prodigiosa como era, pero se turbó aún más cuando el fuego emitió una voz, lo llamó por su nombre y pronunció palabras con las que le reprochaba su audacia por atreverse a entrar en un lugar al que ningún hombre había llegado antes por ser divino, y le aconsejaba apartarse cuanto pudiera de la llama y contentarse con lo que había visto, siendo él bueno y descendiente de grandes varones, y no indagar en nada más; con estas palabras le anunciaba, además, la gloria y la honra que tendría entre los hombres, con la asistencia de Dios; y le ordenaba que, cobrando ánimo, marchara a Mitsraim para ser general y guía de la multitud de los hebreos y librar a sus parientes de los ultrajes de allí;
«pues habitarán —dice— esta tierra feliz que Avram, vuestro antepasado, habitó, y disfrutarán de todos los bienes, guiándolos tú y tu prudencia hacia ellos. Y una vez que hayas sacado a los hebreos de Mitsraim, te ordeno que, al llegar a este lugar, ofrezcas sacrificios de acción de gracias.» Tanto oye de la divinidad desde el fuego.
Pero Moshé, atónito por lo que veía y mucho más por lo que oía, dijo: «Dudar de tu poder, HaShem, que yo mismo venero y sé que se manifestó a mis antepasados, lo tengo por más insensato de lo que mi propio juicio consentiría.
Solo que no acierto a ver cómo un hombre particular, sin fuerza alguna a su alcance, o persuadirá con palabras a los suyos a dejar la tierra que ahora habitan y seguirme adonde yo los guíe, o, aun cuando ellos se dejen persuadir, cómo forzaré a Paró a permitir la salida de estos, con cuyos trabajos y labores los egipcios acrecientan su propia prosperidad.»
Y Dios le aconsejaba tener ánimo en todo, prometiendo que Él mismo estaría presente y que, donde hicieran falta palabras, le daría persuasión, y donde obras, le suministraría fuerza; y le ordenó que, arrojando el bastón a tierra, recibiera prueba de lo que le prometía. Y al hacerlo, una serpiente se arrastraba y, enroscándose en espirales como para defenderse de quien la persigue, alzaba la cabeza; luego volvía a ser bastón.
Después de esto, le mandó meter la mano derecha en el seno. Obedeciendo, la sacó blanca y de color parecido a la cal; luego volvió a su estado habitual. Y, ordenándole tomar agua de la que había cerca y verterla en tierra, ve que su color se torna como de sangre.
Y como él se maravillaba de estas cosas, le exhortaba a cobrar ánimo y a saber que tendría en Él al mayor auxiliar, y a valerse de señales para ser creído por todos, «de que, enviado por mí, todo lo haces según mis mandatos. Y te ordeno que, sin demorarte ya, te apresures a Mitsraim, marchando noche y día sin perder tiempo, para no prolongarlo más a los hebreos que padecen en la esclavitud.»
Moshé, no pudiendo dudar de lo que la divinidad le prometía, habiéndose hecho espectador y oyente de tales confirmaciones, tras orar y pedir experimentar también este poder en Mitsraim, le rogaba que no le negara el conocimiento de su propio nombre, sino que, habiéndolo hecho partícipe de su voz y su visión, le dijera además su denominación, para que, al sacrificar, lo invocara por su nombre a asistir a los ritos sagrados.
Y Dios le revela su propia denominación, que no había llegado antes a los hombres, sobre la cual no me es lícito hablar. A Moshé estas señales le sucedieron no solo entonces, sino de continuo, siempre que las necesitaba; y de todas ellas, dando más crédito al fuego acerca de la verdad y creyendo que tendría a Dios por benévolo protector, esperaba salvar a los suyos y envolver a los egipcios en males.
Y habiendo sabido que había muerto Paró, el rey de los egipcios bajo el cual él había huido, pide a Reuel que le permita ir a Mitsraim en provecho de sus parientes; y, tomando a Tsiporá, con quien se había casado, hija de Reuel, y a los hijos que de ella tuvo, Guershom y Elazar, se puso en camino hacia Mitsraim.
De estos nombres, Guershom significa, en la lengua de los hebreos, que estaba en tierra extranjera, y Elazar, que, valiéndose del Dios paterno como aliado, había escapado de los egipcios.
Cuando llegó cerca de las fronteras, su hermano Aharón le salió al encuentro por orden de Dios, a quien le refiere lo sucedido en el monte y los mandatos de Dios. Y mientras avanzaban, los más notables de los hebreos les salían al paso, habiendo sabido de su llegada, a los cuales Moshé, ya que no era posible hablar de modo convincente, les brindó la vista de las señales. Y ellos, por el asombro de lo que veían contra toda expectativa, cobraron ánimo y estaban esperanzados en todo, como si Dios velara por su seguridad.
Cuando Moshé ya tenía obedientes a los hebreos, que se comprometían a seguirlo en cuanto ordenara y ansiaban la libertad, se presenta ante el rey, que hacía poco había recibido el mando, y le exponía cuánto había beneficiado a los egipcios cuando eran despreciados por los etíopes y su tierra saqueada, valiéndose de su generalato y de sus fatigas, como si por lo propio hubiera afrontado cualquier peligro; y le enseñaba que por ello recibía de ellos recompensas injustas.
Y le exponía en detalle, uno por uno, lo que le había sucedido en el monte Sinaí, las voces de Dios y las señales que Él le había mostrado para dar crédito a lo que le mandaba; y le exhortaba a no ponerse, por incredulidad, como obstáculo a la voluntad de Dios.
Y como el rey se burlaba, Moshé le ofreció ver de hecho las señales ocurridas en el monte Sinaí; pero él, indignado, lo llamaba malvado, que antes había huido de la esclavitud entre los egipcios y ahora había hecho su regreso mediante engaño, y que se empeñaba en asombrarlo con prodigios y hechicerías.
Y, a la vez que decía esto, ordena a los sacerdotes que le ofrezcan ver las mismas visiones, por ser los egipcios sabios también en esa ciencia, y para que no fuese él el único experto capaz de resultar convincente ante ignorantes atribuyendo a Dios lo prodigioso que en ello había. Y cuando aquellos arrojaron sus bastones, eran serpientes.
Pero Moshé, sin turbarse, dijo: «Tampoco yo, oh rey, desprecio la sabiduría de los egipcios; pero afirmo que lo que yo hago aventaja a su hechicería y a su arte tanto cuanto las cosas divinas superan a las humanas. Y mostraré que lo mío no aparece por brujería y error de la verdadera opinión, sino por providencia y poder de Dios.»
Y, dicho esto, arroja el bastón a tierra ordenándole que se transforme en serpiente; y este obedecía y, recorriendo los bastones de los egipcios, que parecían serpientes, los iba devorando hasta consumirlos todos; luego, tornado a su propia forma, Moshé lo recoge.
Pero el rey no se turba nada más por lo ocurrido, sino que, más irritado y diciendo que nada le saldría bien contra la sabiduría y la habilidad de los egipcios, ordena al encargado de los hebreos no darles descanso alguno en la fatiga, sino apremiarlos con más males que antes.
Y este, que antes les proporcionaba paja para hacer los ladrillos, ya no se la daba, sino que de día los hacía extenuarse en los trabajos y de noche recoger la paja. Y siendo doble la penalidad para ellos, culpaban a Moshé, como si por él se les hubieran vuelto más duras las labores y la fatiga.
Pero él ni desfallecía ante las amenazas del rey ni cedía ante los reproches de los hebreos, y, disponiendo su ánimo contra lo uno y lo otro, persistía en la fatiga y en procurar la libertad a los suyos.
Y, presentándose ante el rey, trataba de persuadirlo a que dejara ir a los hebreos al monte Sinaí para sacrificar allí a Dios —pues Él se lo había mandado— y a no oponerse en nada a lo que Aquel quería, sino que, teniendo en más que todo su benevolencia, les concediera la salida, no fuera que, convirtiéndose sin advertirlo en estorbo de ellos, tuviera él la culpa de sufrir cuanto es de esperar que sufra quien se opone a los mandatos de Dios; pues sobre quienes provocan contra sí la cólera divina brotan de todas partes los males, y ni la tierra ni el aire les son amigos, ni la generación de los hijos conforme a la naturaleza, sino que todo les es hostil y adverso. Decía que los egipcios experimentarían estas cosas, junto con la partida del pueblo hebreo de su tierra contra la voluntad de ellos.
Como el rey menospreciara las palabras de Moshé y no les prestara ya atención alguna, terribles sufrimientos sobrevinieron a los egipcios, cada uno de los cuales expondré: porque no habían acaecido antes a nadie, y los egipcios vinieron a conocerlos por experiencia; porque Moshé quería mostrar que nada de lo que les había predicho resultó falso; y porque conviene a los hombres, una vez que lo han aprendido, guardarse de hacer aquello con lo que la divinidad se irrite y, tornada en cólera, no se vengue de ellos por su injusticia.
Pues el río corrió para ellos como sangre, por orden de Dios, sin que pudiera beberse, y no teniendo otra fuente de aguas; y no solo era tal en el color, sino que además causaba dolores y amarga aflicción a los que probaban a beber.
Era así para los egipcios, pero para los hebreos dulce, potable y en nada alterada de su naturaleza. Así que el rey, sin salida ante el prodigio y temiendo por los egipcios, consentía que los hebreos partieran; pero, apenas remitió el mal, cambió de nuevo de parecer, no permitiéndoles la salida.
Y Dios, viéndolo insensato y que, pasada la calamidad, no quería ya ser sensato, trae otra plaga sobre los egipcios: una multitud incontable de ranas pacía en su tierra, y el río estaba lleno de ellas, de modo que quienes sacaban la bebida la tomaban corrompida por la podredumbre de aquellos animales, que morían en ella y se descomponían junto con el agua; y la comarca estaba llena de un cieno maligno, de las que nacían y morían; y arruinaban su vida doméstica, hallándose en las comidas y bebidas y pululando sobre sus lechos; y había un olor penoso y hediondo de las ranas que morían, vivas y ya descompuestas.
Acosados los egipcios por estos males, el rey ordenó a Moshé que se fuera llevándose a los hebreos; y al punto, apenas dijo esto, desapareció la multitud de ranas, y la tierra y el río volvieron a su propia naturaleza.
Pero Paró, tan pronto como la tierra se vio libre del sufrimiento, olvidó la causa y retuvo a los hebreos; y, como queriendo conocer la índole de más padecimientos, ya no dejaba salir a los de Moshé, concediéndoles esto por miedo más que por sensatez.
De nuevo, pues, con el asalto de otro mal perseguía la divinidad su engaño; pues brotó entre los egipcios una incontable multitud de piojos, surgidos de dentro, por los que los desdichados perecían miserablemente, sin poder destruir aquella plaga ni con baños ni con unturas de fármacos.
Y ante este mal el rey de los egipcios, turbado y temiendo a la vez la ruina del pueblo y considerando la vergüenza de tal destrucción, se veía obligado a medias, por su bajeza, a ser sensato: pues concedía a los hebreos mismos la partida, y, cuando esto remitió, exigía que dejaran a sus hijos y mujeres como rehenes de su regreso. Con ello encoleriza más a Dios, creyendo que engañaría a su providencia, como si fuera Moshé, y no Él, quien castigaba a Mitsraim por los hebreos; pues llenó su tierra de fieras de toda clase y muy diversas, a cuya vista nadie había llegado antes, por las que ellos mismos perecían y la tierra quedaba privada del cuidado de los labradores; y si algo escapaba también a la ruina que aquellas causaban, lo consumía la enfermedad, que padecían asimismo los hombres.
Y como Paró ni aun así cedía a los deseos de Dios, sino que pedía que las mujeres partieran junto con los hombres pero se quedaran los niños, no le faltó a la divinidad con qué atormentar su maldad, persiguiéndola con males variados y mayores que los anteriores: pues terriblemente se les ulceraban los cuerpos, corrompidos por dentro, y así perecía la mayor parte de los egipcios.
Como el rey ni aun con esta plaga se hacía sensato, cayó granizo —que ni antes había sufrido nunca el aire de Mitsraim, ni semejante al que baja en la estación del invierno entre otros pueblos, sino mayor que el de quienes habitan las regiones del norte y el ártico—, y, precipitándose en pleno vigor de la primavera, destrozó sus cosechas.
Después, una plaga de langostas se abate sobre la sementera que el granizo no había dañado, de suerte que arruinó por completo a los egipcios todas las esperanzas de frutos de la tierra.
Habrían bastado, pues, los males antedichos para hacer entrar en razón, hacia la comprensión de lo que le convenía, al necio sin maldad; pero Paró, no tanto por insensatez cuanto por malicia —pues, aun percibiendo la causa, porfiaba contra Dios y de grado se hacía traidor de lo mejor—, ordena a Moshé llevarse a los hebreos con las mujeres y los niños, pero dejarles a ellos el botín, ya que se les había destruido lo propio.
Y como Moshé le dijera que no exigía cosa justa —pues era menester que ellos ofrecieran a Dios los sacrificios de aquel botín—, y perdiéndose el tiempo por esta causa, una densa tiniebla, privada de toda luz, se derramó en torno a los egipcios; por ella, cerrados los ojos y obstruida la respiración por su espesura, sucedía que morían lastimosamente y temían ser tragados por aquella nube.
Luego, disipada esta al cabo de tres días y otras tantas noches, como Paró no se arrepentía respecto a la salida de los hebreos, Moshé, acercándose, dice: «¿Hasta cuándo desobedecerás a la voluntad de Dios? Pues Él ordena dejar ir a los hebreos. Y no hay otro modo de libraros de los males si no hacéis esto.»
Pero el rey, irritado por lo dicho, amenazó con cortarle la cabeza si volvía a presentarse importunándolo sobre esto. Y Moshé dijo que él ya no hablaría más de ello, sino que el propio rey, junto con los primeros de los egipcios, rogaría a los hebreos que partieran. Y, dicho esto, se retira.
Y Dios, tras declarar que con una sola plaga más forzaría a los egipcios a dejar ir a los hebreos, ordenó a Moshé que mandara al pueblo tener dispuesto un sacrificio, preparado el día décimo del mes de Xántico para el catorce —que entre los egipcios se llama Farmutí, Nisán entre los hebreos, y los macedonios lo llaman Xántico—, y llevarse a los hebreos con todas sus pertenencias.
Y él, teniendo ya a los hebreos listos para la salida y ordenados en clanes, los mantenía reunidos en un mismo lugar; y, llegado el día catorce, todos dispuestos a partir, sacrificaban y purificaban las casas con la sangre, sirviéndose de manojos de hisopo, y, tras cenar, quemaron lo que quedaba de las carnes, como quienes iban a salir.
De ahí que aún ahora, según la costumbre, sacrifiquemos así, llamando a la fiesta Pésaj, que significa «paso por encima», porque en aquel día Dios, pasando por encima de ellos, descargó la plaga sobre los egipcios. Pues la destrucción de los primogénitos cae sobre los egipcios en aquella noche, de modo que muchos de los que vivían en torno al palacio se reunieron para aconsejar a Paró que dejara ir a los hebreos.
Entonces aquel rey llamó a Moshé y le ordenó partir, pensando que, si salían del país, cesarían las calamidades de Mitsraim. Y los egipcios honraban a los hebreos con regalos: unos, para que se marcharan cuanto antes; otros, por el trato vecinal que habían tenido con ellos.
Así, pues, salieron entre las lágrimas y el arrepentimiento de los egipcios, que se dolían de haberlos tratado con dureza. Emprendieron la marcha en dirección a la ciudad de Leto, que en aquel tiempo estaba despoblada —allí se fundaría más tarde Bavel, cuando Cambises sometió Mitsraim—. Avanzando a paso rápido, al tercer día llegaron a un lugar llamado Beelsefón, junto al mar de los Juncos.
Como en aquel desierto no disponían de nada que sacar de la tierra, se alimentaban de panes hechos con harina amasada y apenas cuajada por un breve calor; y de estos comieron durante treinta días, pues no les alcanzó para más tiempo lo que habían traído de Mitsraim, y eso administrando el alimento y tomándolo por necesidad, no hasta saciarse. Por eso, en memoria de aquella escasez, celebramos durante ocho días la fiesta llamada de los ázimos.
Toda la muchedumbre de los que emigraban, contando a las mujeres y a los niños, era imposible de enumerar; pero los que tenían edad militar eran unos seiscientos mil.
Dejaron Mitsraim el día quince del mes de Xántico, según la luna, cuatrocientos treinta años después de que nuestro antepasado Avram llegara a Kena’an, y doscientos quince años después de que se produjera la emigración de Yaakov a Mitsraim. Moshé tenía ya ochenta años, y su hermano Aharón tres más. Llevaban consigo también los huesos de Yosef, tal como él mismo había encargado a sus hijos.
Los egipcios, en cambio, se arrepintieron de haber dejado partir a los hebreos, y como el rey lo llevaba muy a mal —convencido de que todo aquello había ocurrido por arte mágica de Moshé—, resolvieron ir tras ellos. Tomaron las armas y los pertrechos y salieron a perseguirlos, decididos a hacerlos volver si los alcanzaban; pues pensaban que ya no cargaban con culpa ante Dios, ya que su salida se había cumplido. Suponían, además, que los someterían con facilidad, desarmados como estaban y agotados por el camino. Preguntando a cada cual por dónde habían pasado, apretaban la persecución, aunque aquella tierra era difícil de recorrer, no ya para ejércitos, sino incluso para un solo hombre.
Moshé, por su parte, había conducido a los hebreos por esa ruta con dos fines: primero, para que, si los egipcios se arrepentían y querían perseguirlos, pagaran el castigo de su maldad y de haber quebrantado lo pactado; y segundo, a causa de los filisteos, que por una antigua enemistad les eran hostiles, y a quienes de cualquier modo quería evitar en su marcha —pues la tierra de aquellos linda con la de los egipcios—. Por eso no llevó al pueblo por el camino que conduce al país de los filisteos, sino que, tras recorrer una larga senda por el desierto y padecer muchas fatigas, quiso entrar así en Kena’an. Además, obedecía a los mandatos de Dios, que le había ordenado llevar al pueblo al monte Sinaí para ofrecer allí los sacrificios.
Cuando los egipcios alcanzaron a los hebreos, se dispusieron a la batalla y, con su multitud, los fueron acorralando en un lugar estrecho; pues los seguían seiscientos carros con cincuenta mil jinetes, y había doscientos mil soldados de a pie. Bloquearon los caminos por los que suponían que los hebreos intentarían huir, encerrándolos entre precipicios inaccesibles y el mar, porque un monte termina en el propio mar, impracticable por lo áspero de sus sendas y cerrado a toda fuga. Así, en el paso del monte que da al mar, cortaron la salida a los hebreos, plantando allí su campamento frente a la entrada, para privarlos de todo camino hacia la llanura.
De modo que, no pudiendo resistir como sitiados por la falta de víveres, sin ver salida posible para la huida y escasos de armas aun si decidían combatir, se hallaban en la certeza de perecer del todo, a menos que se entregaran por su propia voluntad a los egipcios. Y culpaban a Moshé, olvidados de todas las señales que Dios había obrado para su libertad; hasta tal punto que, cuando el profeta los alentaba y les prometía la salvación, quisieron, por su incredulidad, apedrearlo, y estaban resueltos a entregarse a los egipcios. Había duelo y lamentos de mujeres y niños, que tenían ante los ojos su ruina, encerrados entre montes, mar y enemigos, sin poder imaginar por ninguna parte una escapatoria.
Moshé, sin embargo, aunque la muchedumbre se enfurecía contra él, no desistió de velar por ellos ni de confiar en Dios, que ya les había otorgado cuanto había prometido para su libertad y que tampoco ahora, tras haberlos puesto en manos de los enemigos, iba a permitir que quedaran esclavos o perecieran. Y, puesto en medio de ellos, dijo: «Ni siquiera de unos hombres que hasta ahora se hubieran portado bien con nosotros sería justo desconfiar, como si no fueran a ser los mismos de cara a lo venidero; pero desesperar ahora de la providencia de Dios sería obra de locura. De él os ha llegado todo cuanto por mi mano os prometió para vuestra salvación y para libraros de la esclavitud, aun cuando no lo esperabais.
»Más bien, ahora que os veis, según creéis, sin recursos, deberíais esperar a Dios como auxiliador; pues obra suya es que ahora estéis encerrados en este mal paso, para que, de una situación sin salida —de donde ni vosotros pensáis tener salvación ni los enemigos os la conceden—, os rescate, y muestre así su propio poder y su providencia sobre vosotros. Porque no en pequeñeces concede la divinidad su alianza a quienes le son gratos, sino en aquello donde no ve presente para bien ninguna esperanza humana.
»Por eso, ya que confiáis en semejante auxiliador, que tiene poder para hacer grandes las cosas pequeñas y para condenar a la impotencia a fuerzas tan grandes como estas, no os dejéis espantar por los pertrechos de los egipcios, ni desesperéis de la salvación porque el mar y, a vuestra espalda, los montes no os ofrezcan camino de huida; pues también estos podrían volverse llanura para vosotros, si Dios lo quiere, y tierra firme el piélago».
Tras decir esto, los condujo hacia el mar, a la vista de los egipcios; pues estaban a su alcance, pero, agotados por el esfuerzo de la persecución, juzgaron oportuno aplazar la batalla para el día siguiente. Cuando Moshé llegó a la orilla, tomó el bastón y suplicó a Dios, invocándolo como aliado y auxiliador, y dijo:
«Bien sabes tú mismo que huir de la situación presente no está en nuestras fuerzas ni al alcance del ingenio humano; y si de algún modo ha de haber salvación para este pueblo que, por tu voluntad, abandonó Mitsraim, a ti toca procurarla. Nosotros, desesperados de toda otra esperanza y recurso, nos acogemos únicamente a ti, y aguardamos si algo puede venir de tu providencia capaz de arrancarnos de la ira de los egipcios. Que llegue pronto, para manifestarnos tu poder y para levantar a los ánimos, caídos en el desaliento hasta lo peor, hacia el buen ánimo y la confianza en la salvación. No están en tierra ajena estos apuros nuestros: tuyo es el mar, tuyo el monte que nos encierra, de modo que puede abrirse si tú lo ordenas, y volverse tierra firme el piélago; e incluso podríamos escapar por el aire, si te pareciera bien salvarnos por tu poder de ese modo».
Tras invocar así a la divinidad, golpeó el mar con el bastón. Las aguas, con el golpe, se replegaron y, retirándose sobre sí mismas, dejaron desnuda la tierra, para que fuera camino y huida de los hebreos.
Moshé, viendo la manifestación de Dios y que el piélago se había apartado para dejarles su propio suelo, fue el primero en entrar en él y ordenó a los hebreos seguirlo, haciendo la marcha por un camino divino, gozosos ante el peligro de los enemigos presentes y agradecidos por la salvación tan inesperada que de él les había venido.
Como ya no vacilaban, sino que avanzaban con presteza, seguros de que Dios los acompañaba, al principio los egipcios los tuvieron por locos que se lanzaban a una ruina manifiesta; pero cuando los vieron avanzar sanos y salvos gran trecho, sin que nada les saliera al paso como estorbo ni dificultad, se lanzaron a perseguirlos, creyendo que también para ellos el mar se aquietaría; y, poniendo por delante la caballería, bajaron a él.
Los hebreos, mientras aquellos se armaban y perdían el tiempo en ello, se adelantaron y alcanzaron la tierra de enfrente, escapando sin daño; lo cual dio a los egipcios más audacia para la persecución, pensando que tampoco ellos sufrirían nada. Pero se les ocultaba que aquel había sido un camino propio de los hebreos, y no común: hecho hasta la salvación de quienes habían corrido peligro, no para servir a quienes se lanzaban a la perdición de aquellos.
Así pues, cuando todo el ejército de los egipcios estuvo dentro, el mar se derramó de nuevo y, precipitándose en oleadas impulsado por los vientos, envolvió a los egipcios. Cayeron del cielo lluvias, y truenos violentos, con relámpagos que se encendían y rayos que se abatían. En suma, nada de cuanto sobreviene a los hombres para su ruina por la cólera de Dios dejó de reunirse entonces; pues también los sorprendió una noche tenebrosa y oscura. Y así perecieron todos, de modo que ni siquiera un mensajero de la desgracia volvió con los que habían quedado atrás.
A los hebreos, en cambio, no había manera de contenerlos en su alegría por la salvación inesperada y por la ruina de los enemigos, convencidos de que estaban firmemente libres de quienes los forzaban a la esclavitud, ahora que estos habían perecido y que tenían a Dios socorriéndolos de forma tan patente. Habiendo escapado ellos mismos de tal peligro y visto además castigados a sus enemigos como no se recuerda de ningún otro de los hombres de antaño, pasaron toda la noche entre himnos y regocijos; y Moshé compuso, en metro hexámetro, un canto a Dios que encerraba una alabanza y un agradecimiento por su benevolencia.
Por mi parte, tal como lo hallé en los libros sagrados, así he transmitido cada uno de estos hechos. Y que nadie se admire de lo asombroso del relato, si a hombres antiguos y ajenos a la maldad se les abrió un camino de salvación aun a través del mar, sea por voluntad de Dios, sea por azar. Pues también a los que acompañaban a Alejandro, rey de Macedonia —hombres de ayer y de anteayer—, se les retiró el mar de Panfilia y, no teniendo otro camino, les ofreció el suyo para derribar el imperio de los persas, por haberlo querido así Dios; y esto lo reconocen todos cuantos han escrito las hazañas de Alejandro. Sobre esto, que cada cual juzgue según le parezca.
Al día siguiente, las armas de los egipcios, arrastradas hasta el campamento de los hebreos por la corriente y la fuerza del viento que hacia allí las empujaba, fueron recogidas por Moshé, quien conjeturó que también esto había ocurrido por la providencia de Dios, para que no quedaran faltos de armas. Con ellas equipó a los hebreos y los condujo al monte Sinaí, a fin de ofrecer allí sacrificios a Dios y rendirle las ofrendas por la salvación de la multitud, tal como se le había anunciado de antemano.
Capítulo III
Libro tercero
Después de que la salvación llegara a los hebreos de aquel modo tan asombroso, pronto volvieron a sufrir, pues, mientras marchaban hacia el monte Sinaí, la comarca era por completo un desierto: sin nada de qué alimentarse y falta de agua hasta el extremo. No solo carecía de lo necesario para los hombres, sino que ni siquiera bastaba para apacentar a los demás animales, porque era una tierra árida, sin la menor humedad capaz de hacer brotar fruto alguno. Y aun siendo así aquella tierra, la atravesaban por necesidad, pues no tenían otra por donde ir.
Llevaban agua traída de la etapa anterior, por orden de su caudillo; pero, agotada esta, sacaban agua de pozos con gran esfuerzo, por la dureza del terreno, y lo poco que hallaban era amargo, no potable, y aun eso escaso.
Caminando así llegaron, ya al caer la tarde, a un lugar llamado Mar —nombre que le pusieron por la mala calidad del agua, pues mar significa «amargura»—. Allí, extenuados por lo continuo de la marcha y por la falta de alimento, que en ese momento se les había acabado del todo, hicieron alto.
Había allí un pozo —razón por la cual se detuvieron más tiempo—, aunque no bastaba para un ejército tan numeroso; con todo, les dio una breve alegría por haberlo encontrado en semejantes parajes, ya que los exploradores les advertían que más adelante no había nada. Pero aquella agua era amarga e imbebible, insoportable no solo para los hombres, sino también para las bestias de carga.
Al ver Moshé el desánimo de la gente y que la cosa no admitía réplica —pues no era un ejército de hombres endurecidos que pudiera oponer su valor a la presión de la necesidad, sino que la nobleza de ánimo de aquellos quedaba deshecha por la muchedumbre de niños y mujeres, demasiado débil para dejarse convencer con razones—, se hallaba en apuros aún mayores, haciendo suya la desgracia de todos. Pues no acudían a ningún otro sino a él, suplicándole: las mujeres por sus pequeños, los hombres por ellas, que no los abandonara, sino que les procurara algún medio de salvación. Se volvió entonces a Dios en súplica, para que cambiara el agua de su mal estado y se la diera potable.
Concedido esto por Dios, tomó el extremo de una vara que yacía a sus pies, la partió por la mitad rajándola a lo largo y luego la arrojó al pozo; y persuadió a los hebreos de que Dios había escuchado sus ruegos y prometía darles el agua tal como la deseaban, con tal de que sirvieran a lo que él les mandara no con desgana, sino de buen grado. Cuando le preguntaron qué debían hacer para que el agua mejorase, ordenó a los más vigorosos que se pusieran alrededor y la sacaran, diciendo que, una vez vaciada la mayor parte, la que quedara les sería potable. Se pusieron a la faena, y el agua, batida y ya purificada por los golpes continuos, quedó buena para beber.
Levantando el campamento de allí, llegaron a Elim, lugar que de lejos parecía hermoso, pues estaba plantado de palmeras, pero que de cerca se revelaba pobre: las palmeras, que no pasaban de setenta, crecían mal y raquíticas por falta de agua, ya que todo el paraje era árido. De las doce fuentes que había no manaba humedad alguna que, regando la tierra, sirviera de esperanza; incapaces de brotar y de aflorar, apenas dejaban unas gotas, y al escarbar la arena nada aparecía, y si tomaban en las manos alguna que goteara, la hallaban inútil por ser turbia. Los árboles daban fruto escaso por la falta del agua que los alimentara y estimulara. Culpaban, pues, a su caudillo y clamaban contra él, diciendo que por su causa padecían aquella miseria y aquella prueba de males; pues era ya el trigésimo día de marcha, habían consumido cuanto llevaban y, sin encontrar nada por el camino, desesperaban por completo. Con el ánimo puesto en el mal presente, impedidos de recordar los beneficios que habían recibido de Dios y de la virtud y prudencia de Moshé, se enfurecían contra su caudillo y se lanzaron a apedrearlo como principal culpable de la calamidad que tenían delante.
Pero él, aunque la muchedumbre estaba así soliviantada y amargamente enardecida contra él, confiando en Dios y en la conciencia de haber velado por sus compatriotas, se presentó en medio de ellos; y mientras clamaban y aún tenían las piedras en las manos —él, grato a la vista y muy persuasivo para hablar a las multitudes—, empezó a calmar su ira. Les rogaba que no dejaran, por acordarse de las presentes penalidades, que se les borrara el recuerdo de los beneficios anteriores, ni que, porque ahora sufrían, expulsaran de su pensamiento las gracias y dones de Dios, grandes y logrados de manera asombrosa; que esperaran también librarse de la actual estrechez por la solicitud de Dios, quien probablemente, para poner a prueba su virtud —cuánta entereza tenían y cuánta memoria de lo ya recibido—, los ejercitaba ahora con estas dificultades, por ver si no se volvían contra Él a causa de los males que tenían delante. Les decía que quedaban en evidencia como no buenos, ni en la paciencia ni en el recuerdo de lo bueno recibido, al despreciar así a Dios y su designio, por el cual habían salido de Mitsraim, y al tratar de este modo a su propio servidor, que en nada los había engañado en cuanto había dicho y ordenado hacer por mandato de Dios.
Y les enumeraba todo: cómo habían perecido los egipcios por retenerlos a la fuerza contra la voluntad de Dios; de qué manera aquel mismo río fue para ellos sangre e imbebible, mientras que para los hebreos era potable y dulce; cómo, al retirarse el mar muy lejos y abrirles un camino nuevo, por esa misma ruta se salvaron ellos y vieron perecer a sus enemigos; cómo, faltos de armas, Dios los proveyó también de ellas; y cuántas otras cosas, cuando ya se creían al borde de la ruina, Dios les había concedido, salvándolos contra toda lógica y según su poder. Les pedía que tampoco ahora desconfiaran de su providencia, sino que aguardaran sin ira, considerando que su socorro no llegaba tarde aunque no viniera al instante y antes de padecer alguna dificultad, y teniendo por cierto que Dios no demoraba por desdén, sino para probar su valor y su amor a la libertad: para saber si erais capaces de soportar con nobleza la falta de alimento y la escasez de agua por ella, o si más bien preferíais servir como el ganado a quienes lo dominan y lo ceban en abundancia para su propio provecho.
Y les dijo que temía, no tanto por su propia salvación —pues ningún mal padecería muriendo injustamente—, cuanto por ellos, no fuera que, con las piedras que le arrojaban, se los tuviera por condenar a Dios. Con esto los aplacó y contuvo su impulso de apedrearlo, llevándolos a arrepentirse de lo que iban a hacer. Y juzgando que no sin motivo padecían aquello a causa de la necesidad, decidió que debía acudir a la súplica y ruego de Dios; subiendo a un altozano, pedía algún recurso para el pueblo y el fin de su penuria, pues en Él estaba su salvación y en ningún otro. Rogaba que perdonara lo que ahora hacía el pueblo forzado por la necesidad, ya que el género humano es por naturaleza descontentadizo y dado a las quejas cuando le va mal. Y Dios prometió proveer y darles el recurso que anhelaban.
Moshé, oído esto de Dios, bajó hacia la muchedumbre. Al verlo alegre por las promesas de Dios, ellos pasaron del abatimiento a un talante más risueño; y él, puesto en medio, les decía que venía trayéndoles de parte de Dios el remedio para los apuros presentes. Poco después, una bandada de codornices —ave que el golfo Arábigo cría como ninguna otra región— cruzó volando el mar que hay en medio y, fatigada del vuelo y volando además más a ras de tierra que las demás aves, se abatió sobre los hebreos. Ellos las cogieron y remediaron su carencia, como alimento que Dios les había procurado; y Moshé se volvió a dar gracias a Dios, que tan pronto y aun antes de lo prometido les había traído el socorro.
En seguida, tras este primer recurso de alimento, Dios les envió un segundo. Mientras Moshé alzaba las manos en oración, cayó un rocío que se cuajó en sus manos; y Moshé, sospechando que también aquello les venía de Dios como alimento, lo probó y quedó complacido. La muchedumbre, ignorándolo y creyendo que nevaba y que era cosa propia de aquella estación del año, fue instruida por él: no caía del cielo aquel rocío según ellos suponían, sino para su salvación y sustento; y les daba a probarlo para que lo creyeran. Ellos, imitando a su caudillo, se deleitaron con aquel manjar, pues en dulzura y sabor se parecía a la miel, era semejante al bedelio de los aromas y del tamaño de la semilla del cilantro. Y se afanaban mucho en recogerlo.
Se les mandó a todos por igual recoger cada día un asarón —que es una medida—, en la seguridad de que no les faltaría aquel manjar, para que a los débiles no les fuera imposible obtenerlo por la fuerza de los más fuertes, que se llevarían más de la cuenta en la recolección. Ahora bien, quienes juntaban más de la medida prescrita no sacaban otro provecho que el de fatigarse, pues no encontraban más de un asarón; y lo que dejaban para el día siguiente no servía de nada, echado a perder por los gusanos y por su amargura: tan divino y prodigioso era aquel alimento. A quienes se sustentan de este alimento los libra de la escasez de todo lo demás; y aún hoy llueve en todo aquel lugar, igual que entonces la Providencia divina, por favor a Moshé, envió el sustento. Los hebreos llaman a este manjar maná, pues man es en nuestra lengua una pregunta, la que inquiere «¿qué es esto?». Y ellos continuaron gozosos con lo que del cielo se les había enviado; de este alimento se sirvieron cuarenta años, todo el tiempo que estuvieron en el desierto.
Cuando, levantando de allí el campamento, llegaron a Refidim, extenuados de sed hasta el extremo —pues en los días anteriores solo habían dado con unos pocos manantiales y ahora hallaron la tierra del todo sin agua—, se vieron en apuros y de nuevo se enfurecieron contra Moshé. Él, esquivando por un momento el ímpetu de la muchedumbre, se volvió a la súplica de Dios, rogándole que, así como había dado alimento a quienes carecían de él, les diera también bebida, pues sin bebida se malograba incluso el favor del alimento. Dios no dilató por mucho tiempo su don, sino que prometió a Moshé darle una fuente y abundancia de agua de donde no la esperaran, y le ordenó que, golpeando con su vara la roca que veían allí cerca, obtuviera de ella el caudal que necesitaban; pues cuidaba también de que la bebida no les costara fatiga ni trabajo. Moshé, recibida de Dios esta orden, se presentó ante el pueblo, que lo esperaba con los ojos puestos en él, pues ya lo veían venir desde el altozano. Al llegar, les dijo que Dios los libraría también de aquella necesidad y les concedería una salvación ni siquiera esperada, diciendo que de la roca les brotaría un río. Espantados ellos al oírlo —pensando que, agotados por la sed y la marcha, tendrían aún que romper la roca—, Moshé la golpeó con su vara, y, al abrirse, manó agua abundante y clarísima. Quedaron pasmados ante lo asombroso de lo ocurrido, y a su sola vista se les calmó la sed; bebían aquel manantial dulce y grato, tal como debía de ser el don de Dios cuando Él lo daba. Admiraban, pues, a Moshé, tan honrado por Dios, y con sacrificios correspondían a la providencia de Dios para con ellos. Un escrito depositado en el Templo declara que Dios había predicho a Moshé que de la roca brotaría el agua de aquel modo.
Como el nombre de los hebreos era ya muy pregonado por todas partes y la fama sobre ellos corría, sucedió que los pueblos de la comarca sentían un temor no pequeño; y, enviándose embajadas unos a otros, se exhortaban a defenderse y a intentar destruir a aquellos hombres. Los que impulsaban a esto eran los que habitaban la Gobolítide y Petra, llamados amalecitas, los más belicosos de las naciones de allí. Sus reyes, enviando mensajeros unos a otros y a los pueblos vecinos, los incitaban a la guerra contra los hebreos, diciendo que un ejército extraño, huido de la esclavitud de los egipcios, se cernía sobre ellos, y que no convenía dejarlo pasar, sino que, antes de que cobrara fuerza y llegara a la prosperidad y él mismo diera comienzo a la lucha contra nosotros —envalentonado al ver que de nuestra parte nada le sale al paso—, era seguro y prudente aniquilarlo, exigiéndole cuentas también por el desierto y por lo obrado en él, y no cuando ya haya puesto sus manos sobre nuestras ciudades y bienes. Pues quienes tratan de destruir la fuerza de un enemigo cuando apenas empieza obran con más acierto que quienes le impiden crecer una vez ya adelantada: los primeros parece que se irritan por lo superfluo; los segundos no dejan que se le dé ninguna ocasión contra ellos. Con tales embajadas a los vecinos y entre sí, resolvieron ir al combate contra los hebreos.
A Moshé, que no esperaba enemigo alguno, la actitud de aquellos pueblos le causaba desconcierto y turbación; y cuando ya se presentaron para la batalla y hubo que exponerse al peligro, cundió gravemente la alarma entre la muchedumbre de los hebreos, que, careciendo de todo, iban a combatir contra hombres bien pertrechados de cuanto hacía falta. Comenzó, pues, Moshé a alentarlos y a exhortarlos a tener valor confiados en el favor de Dios, por el cual, alzados a la libertad, vencerían a quienes se les enfrentaban en batalla por ella. Debían tener por cierto que su ejército era numeroso y no le faltaba nada —armas, dinero, alimento y lo demás con que, cuando lo tienen, combaten los hombres con seguridad—, juzgando que todo eso lo tenían en la alianza de Dios; y que el de los enemigos, en cambio, era escaso, desarmado y débil, tal que, por voluntad de Dios, no podía vencer a hombres como ellos sabían que eran. Sabían por muchas y más terribles pruebas que la guerra les había deparado qué clase de auxiliar era Él: pues este combate era contra hombres, mientras que lo que para ellos fue insuperable —el hambre, la sed, las montañas y el mar sin camino de huida— todo eso lo habían vencido por la benevolencia de Dios. Ahora los exhortaba a mostrarse animosísimos, pues la abundancia de todo estaba en vencer a los enemigos.
Con tales palabras Moshé infundía ánimo a la muchedumbre. Convocando a los jefes de tribu y a los que ocupaban cargos, a cada uno y a todos juntos, exhortaba a los más jóvenes a obedecer a los mayores, y a estos a escuchar a su caudillo. Ellos tenían el ánimo dispuesto para el peligro y prontos a afrontar lo temible, esperando librarse al fin de sus males, y pedían a Moshé que los llevara ya contra los enemigos y no demorara, pues la tardanza estorbaba su ardor. Él, apartando de la multitud a todos los aptos para el combate, puso al frente a Yehoshúa, hijo de Nun, de la tribu de Efráyim, hombre valerosísimo, noble para soportar fatigas, muy capaz de concebir y de expresar, que veneraba a Dios de manera insigne, que tenía a Moshé por maestro de piedad hacia Él y era honrado entre los hebreos. Apostó también un pequeño número de soldados junto al agua, para guardia de niños y mujeres y de todo el campamento. Toda la noche estuvieron en los preparativos: reparando las armas si algo estaba dañado y atentos a sus jefes, dispuestos a lanzarse al combate en cuanto Moshé se lo ordenara. Y Moshé velaba también, instruyendo a Yehoshúa sobre cómo desplegar el ejército.
Al comenzar a despuntar el día, exhortó de nuevo a Yehoshúa a no mostrarse en la acción inferior a la esperanza puesta en él y a ganarse gloria, con el mando de aquella jornada, entre los que gobernaba por las hazañas realizadas; y en privado animó a los más notables de los hebreos, y ya a toda la muchedumbre, armada, la incitaba al combate. Habiendo dispuesto así al ejército con sus palabras y con la preparación de las obras, se retiró al monte, encomendando a Dios y a Yehoshúa el ejército.
Trababan combate los enemigos y la lucha era cuerpo a cuerpo; y mientras unos y otros se animaban con ardor y voces de mando, en tanto que Moshé mantenía alzadas las manos, los hebreos iban dominando a los amalecitas. Como Moshé no soportaba la fatiga de tener así los brazos en alto —pues cuantas veces los bajaba, otras tantas sucedía que los suyos llevaban la peor parte—, ordenó a su hermano Aharón y a Jur, marido de su hermana Miriam, que, puestos uno a cada lado, le sostuvieran las manos y no dejaran que se le cansaran, ayudándole. Hecho esto, los hebreos vencieron por completo a los amalecitas, y todos habrían perecido de no haberse abstenido de matar al sobrevenir la noche.
Una victoria hermosísima y muy oportuna alcanzaron nuestros antepasados: derrotaron a los que los habían atacado y atemorizaron a los pueblos vecinos, y con su esfuerzo obtuvieron grandes y espléndidos bienes al tomar el campamento de los enemigos; consiguieron grandes riquezas, en común y en particular, ellos que antes no tenían siquiera el alimento indispensable. Aquella batalla, ganada así, fue causa de bienes no solo para el momento, sino también para siempre; pues no sometieron solo los cuerpos de los agresores, sino también sus ánimos, y, tras la derrota de aquellos, se hicieron temibles a todos los vecinos, y ellos mismos adquirieron gran poder por su riqueza. Pues mucha plata y mucho oro se hallaron en el campamento, y vasijas de bronce que usaban en su vida diaria, y gran cantidad de piezas labradas de una y otra clase, tejidos y adornos en torno a las armas, y todo el demás ajuar y aderezo de aquellos, y botín de toda especie de ganado y cuanto suele acompañar a los campamentos que salen de expedición. Los hebreos se llenaron de orgullo por su valor, y hubo en ellos una gran mudanza hacia la virtud: se aplicaban siempre al esfuerzo, convencidos de que por él todo era alcanzable. Y este fue el fin de aquella batalla.
Al día siguiente, Moshé despojó a los muertos de los enemigos y recogió las armaduras completas de los que habían huido; concedió honras a los más valientes y elogió al general Yehoshúa, cuyas hazañas atestiguaba todo el ejército. No murió ninguno de los hebreos, mientras que de los enemigos cayeron tantos que no era posible conocer su número. Ofrecido un sacrificio de acción de gracias, erigió un altar que llamó «de la victoria», invocando a Dios, y profetizó que los amalecitas perecerían en total ruina, sin que quedara ninguno de ellos para el futuro, por haber atacado a los hebreos y eso en tierra desierta y estando ellos extenuados; y reanimó al ejército con festines. Esta fue la primera batalla que libraron y así combatieron contra quienes se atrevieron a atacarlos tras su salida de Mitsraim. Cuando celebraron la fiesta de la victoria, Moshé, después de dar descanso unos pocos días a los hebreos tras la batalla, los hizo avanzar en formación. Era ya numerosa su tropa armada; y, avanzando poco a poco, a los tres meses de su partida de Mitsraim llegó al monte Sinaí, donde ya antes hemos referido que le habían acontecido lo de la zarza y las demás visiones.
Reuel, su suegro, al enterarse de su prosperidad, salió gozoso a su encuentro, acogiendo a Moshé, a Séfora y a los hijos de ambos. Se alegró Moshé con la llegada de su suegro y, tras ofrecer un sacrificio, dio un banquete a la muchedumbre junto a la zarza que había escapado a las llamas del fuego. La muchedumbre, por familias, tomaba parte cada cual en el festín; y Aharón, con los presentes, acompañando a Reuel, cantaban himnos a Dios como al autor y proveedor de su salvación y de su libertad, y elogiaban a su caudillo porque, gracias a la virtud de él, todo les había salido a medida de su deseo. Reuel dedicaba muchos elogios a la muchedumbre por su gratitud hacia Moshé, y admiraba también a Moshé por el valor con que había obrado en pro de la salvación de los suyos.
Al día siguiente, viendo Reuel a Moshé abrumado por la multitud de asuntos —pues dirimía los pleitos de cuantos se lo pedían, acudiendo todos a él por creer que solo obtendrían justicia si él era su árbitro; y a los que perdían les parecía llevadero ceder, pensando que era por justicia y no por codicia lo que padecían—, por entonces guardó silencio, no queriendo estorbar a quienes deseaban servirse de la virtud de su caudillo. Pero, cesado el ajetreo, lo tomó aparte, a solas, y le enseñó lo que debía hacer. Le aconsejó dejar a otros la fatiga de los asuntos menores, y reservarse él la providencia sobre los mayores y sobre la salvación de la muchedumbre; pues para juzgar podían hallarse otros hombres buenos entre los hebreos, pero para velar por la salvación de tantas miríadas nadie era capaz sino Moshé. «Conociendo, pues —le dijo—, tu propia virtud y lo que has llegado a ser sirviendo a Dios para salvar al pueblo, deja que la resolución de las querellas la lleven otros, y tú, dedicado solo al servicio de Dios, prosigue buscando cómo librar a la muchedumbre de su presente apuro. Siguiendo mis consejos sobre las cosas humanas, pasarás revista con cuidado al ejército, y nombrarás jefes elegidos sobre grupos de diez mil, luego sobre millares; después los dividirás en quinientos, de nuevo en cien y luego en cincuenta. Sobre estos pondrás jefes, que los repartan y ordenen por grupos de treinta, de veinte y de diez, contados juntos; y sobre estos haya uno que reciba su título del número de los que gobierna, hombres aprobados por toda la muchedumbre como buenos y justos, que juzguen los litigios entre ellos; y si hay algo mayor, remitan su decisión a los de más rango, y si también a estos se les escapa la dificultad del asunto, te lo remitirán a ti. Así se logrará una y otra cosa: los hebreos obtendrán justicia, y tú, dedicado a Dios, lo harás más benévolo para con el ejército.»
Aconsejado esto por Reuel, Moshé aceptó con agrado el consejo y obró conforme a su indicación; y no ocultó de quién había sido la idea ni se la apropió, sino que hizo público ante la muchedumbre a quien la había concebido. Más aún, en sus libros dejó escrito que Reuel había hallado aquella disposición, pues juzgaba honroso dar testimonio verdadero a quienes lo merecen, aunque ello fuera a traer fama a otro por lo hallado por él, para que también por esto se comprenda la virtud de Moshé. Pero de esto trataremos oportunamente en otro lugar de la obra.
Moshé, convocando a la muchedumbre, les dijo que él iba a subir al monte Sinaí para estar con Dios y, recibido de Él algo provechoso, regresar a ellos; y les ordenó acampar cerca del monte, prefiriendo la vecindad de Dios. Dicho esto, subió al Sinaí, que era el más alto de los montes de aquellos parajes y que, por lo excesivo de su tamaño y lo escarpado de sus precipicios, no solo era inaccesible a los hombres, sino que ni siquiera podía mirarse sin fatiga de la vista, tanto más cuanto que corría la voz de que Dios moraba en él, y por ello resultaba temible e inaccesible. Los hebreos, según las órdenes de Moshé, mudaron el campamento y ocuparon las faldas del monte, con el ánimo alzado por la esperanza de los bienes que él les había prometido a su regreso de junto a Dios. Aguardando a su caudillo, celebraban fiesta, purificándose con toda pureza y absteniéndose del trato con mujeres tres días, según él les había dicho, y rogando a Dios que, benévolo al encontrarse con Moshé, les diera un don con el que vivieran bien. Se servían de comidas más suntuosas, y con sus galas mujeres e hijos por igual se adornaban espléndidamente.
Durante dos días pasaron banqueteando, pero al tercero, antes de salir el sol, una nube se alzó por encima de todo el campamento de los hebreos, que nunca antes habían visto tal cosa, y envolvió el lugar donde tenían plantadas sus tiendas. Mientras todo lo demás permanecía sereno, vientos violentos desataron una lluvia recia, hubo relámpagos espantosos para quienes los veían, y rayos que caían anunciaban la presencia de Dios, con la cual se alegraba Moshé por haberle sido propicia. Sobre esto piense cada uno de mis lectores como quiera; a mí me es forzoso referirlo tal como está escrito en los libros sagrados. A los hebreos, lo que veían y el estruendo que hería sus oídos los turbaba terriblemente, pues no estaban acostumbrados a ello, y la voz que se había difundido sobre el monte —que a él mismo acudía Dios— sobrecogía en extremo su ánimo. Se retenían junto a sus tiendas, angustiados, creyendo que Moshé había perecido por la ira de Dios y esperando para sí algo semejante.
Hallándose ellos en tal disposición, se les apareció Moshé, ufano y de gran ánimo. Al verlo, se les disipó el miedo, y les infundió esperanzas mejores sobre el porvenir; y el aire quedó sereno y limpio de los trastornos de poco antes con la llegada de Moshé. Entonces convocó a la muchedumbre en asamblea para que oyera lo que Dios le había dicho; y, reunidos, puesto en pie sobre una altura desde donde todos podían oírlo, dijo: «Dios, oh hebreos, como también antes, me acogió benévolo, y, tras dictarme para vosotros una vida feliz y un buen orden de gobierno, Él mismo se ha hecho presente en el campamento. Por Él, pues, y por las obras que ya por Él se han realizado en favor nuestro, no despreciéis lo que se os dice fijándoos en mí, el que habla, ni en que os hable una lengua humana; considerando la excelencia de estas palabras reconoceréis la grandeza de quien las concibió y quien, para provecho vuestro, no se negó a comunicármelas. Pues no es Moshé, el hijo de Amram y de Yojébed, sino Aquel que forzó al Nilo a correr ensangrentado por vosotros y domó con diversos males la soberbia de los egipcios; el que os abrió un camino por el mar; el que trazó que os llegara alimento del cielo cuando carecíais de él; el que hizo brotar bebida de la roca a los sedientos; por quien Adam participa de los frutos de la tierra y del mar; por quien Nóaj escapó del diluvio; por quien Avram, nuestro antepasado, de errante se hizo dueño de la tierra de Kena’an; por quien Yitsjak nació de padres ancianos; por quien Yaakov fue honrado con las virtudes de doce hijos; por quien Yosef llegó a mandar sobre el poder de los egipcios: Él es quien os concede estas palabras por medio de mí, su intérprete. Séanos venerables y más dignas de defenderse que hijos y mujeres; pues llevaréis una vida feliz siguiéndolas, gozando de una tierra fecunda y de un mar sin tempestades, de hijos que os nacerán conforme a la naturaleza, y seréis temibles a vuestros enemigos; porque yo, llegado a la presencia de Dios, me hice oyente de una voz incorruptible: tanto le importan a Él la subsistencia de nuestro linaje y su permanencia.»
Dicho esto, hizo avanzar al pueblo, con mujeres e hijos, para que oyeran a Dios hablándoles acerca de lo que debían hacer, a fin de que la excelencia de lo dicho no se menoscabara al transmitírseles débilmente por una lengua humana. Todos oyeron una voz que llegaba de lo alto hasta todos, de modo que a nadie se le escapara, y las palabras que Moshé dejó escritas en las dos tablas; no nos es lícito enunciarlas abiertamente palabra por palabra, pero sí declararemos su contenido.
Nos enseña, pues, el primer mandamiento que Dios es uno y que solo a Él se debe adorar. El segundo ordena no hacer imagen de ningún ser vivo para adorarla. El tercero, no jurar por Dios en cosa vana. El cuarto, guardar las semanas descansando de toda obra. El quinto, honrar a los padres. El sexto, abstenerse del homicidio. El séptimo, no cometer adulterio. El octavo, no cometer robo. El noveno, no dar falso testimonio. El décimo, no codiciar nada ajeno.
La muchedumbre, tras oír del propio Dios lo que Moshé les había expuesto, gozosa por lo dicho, se disolvió la asamblea. En los días siguientes, acudiendo a la tienda, le pedían que les trajera también leyes de parte de Dios. Él las estableció, y sobre todos los asuntos indicó de qué modo debían obrarse en los tiempos venideros, cosas que mencionaré en su momento oportuno. La mayoría de las leyes las reservo para otra obra, en la que haré de ellas una exposición aparte.
Estando así las cosas, Moshé subió de nuevo al monte Sinaí, tras avisar a los hebreos, y ante los ojos de ellos hizo su ascensión. Como el tiempo se prolongaba —pues pasó cuarenta días lejos de ellos—, se apoderó de los hebreos el temor de que a Moshé le hubiera ocurrido algo; y de cuantas desgracias les habían sobrevenido, no hubo ninguna que tanto los afligiera como el creer que Moshé había perecido. Había entre ellos disputa: unos decían que había muerto devorado por las fieras —y sostenían este parecer sobre todo los que le eran hostiles—, otros que se había retirado junto a la divinidad. Pero a los sensatos, que no tomaban ninguna de las dos versiones como propia complacencia, sino que juzgaban humano el morir devorado por las fieras y verosímil que Dios lo hubiera trasladado junto a sí por la virtud que en él había, este razonamiento los mantenía serenos. Con todo, considerando que se habían quedado sin un jefe y protector cual no podrían hallar otro, no dejaban de afligirse hondamente, y ese pensar no les permitía ni abrigar esperanza alguna favorable sobre él ni dejar de entristecerse y abatirse. Pero no se atrevían a mover el campamento, pues Moshé les había dicho de antemano que permanecieran allí.
Transcurridos ya cuarenta días y otras tantas noches, se presentó Moshé sin haber probado ninguno de los alimentos acostumbrados entre los hombres. Al aparecer, colmó de alegría a la tropa, y les manifestó la providencia que Dios tenía sobre ellos, diciendo que en aquellos días Él le había indicado el modo en que vivirían felices bajo buen gobierno; y que Dios quería que se le hiciese una tienda, a la cual bajaría al venir a ellos, «para que, aun mudándonos a otro lugar, la llevemos con nosotros y no necesitemos ya subir al Sinaí, sino que Él mismo, frecuentando la tienda, se halle presente a nuestras oraciones. La tienda se hará con las medidas y la hechura que Él mismo ha mostrado, con tal de que os apliquéis sin desgana a la obra.» Dicho esto, les mostró dos tablas que llevaban grabadas las diez palabras, cinco en cada una. Y la escritura era de la mano de Dios.
Ellos, alegres por lo que veían y por lo que oían de su caudillo, no escatimaron su empeño según sus posibilidades, sino que aportaban plata, oro y bronce, maderas de la más hermosa calidad e incapaces de sufrir menoscabo por la putrefacción, pelo de cabra y pieles de oveja, unas teñidas de jacinto, otras de escarlata; unas ofrecían el matiz de la púrpura, otras un color blanco; lanas teñidas con los tintes antes dichos y lino de biso, y piedras engastadas en ellos, de esas que los hombres, encerrándolas en oro, usan como adorno suntuoso; y aportaban gran cantidad de perfumes, pues de tal materia dispuso el Mishkán. En nada se diferenciaba de un templo portátil que se traslada y va de un lado a otro.
Reunidos, pues, con diligencia todos estos materiales —esmerándose cada cual incluso más allá de sus fuerzas—, Moshé puso al frente de las obras a los maestros de obra que Dios le había ordenado, los mismos que el pueblo habría elegido de haber quedado la decisión en sus manos. Sus nombres —pues también están escritos en los libros sagrados— eran estos: Betsalel, hijo de Uri, de la tribu de Yehudá, hijo de Miriam, la hermana del caudillo; y Oholiav, hijo de Ajisamaj, de la tribu de Dan.
El pueblo acometió lo emprendido con tal ardor que Moshé tuvo que contenerlos, haciendo proclamar que bastaba con los que ya trabajaban —así lo habían advertido los artesanos—. Se aplicaron, pues, a la construcción del Mishkán, y Moshé les fue instruyendo en cada detalle sobre las medidas, conforme a la indicación de Dios, y sobre el tamaño y la cantidad de utensilios que debía albergar para el servicio de los sacrificios. También las mujeres rivalizaban en celo por las vestiduras sacerdotales y por cuanto la obra requería, tanto para su ornato como para el culto de Dios.
Cuando todo estuvo dispuesto —el oro, el bronce y los tejidos—, Moshé anunció una fiesta con sacrificios según las posibilidades de cada cual y procedió a levantar el Mishkán. Primero delimitó un atrio a cielo abierto, de cincuenta codos de ancho y cien de largo. Plantó postes de bronce de cinco codos de alto a cada lado —veinte en los costados más largos y diez en el ancho de la parte de atrás—, y a cada poste iban adosadas anillas. Los capiteles eran de plata; las basas, semejantes a los regatones de una lanza, eran de bronce, firmemente hincadas en el suelo.
De las anillas colgaban cuerdas atadas por un extremo a clavos de bronce de un codo de largo, que, hincados en el suelo junto a cada poste, mantenían el Mishkán inmóvil frente a la fuerza de los vientos. Una tela de lino finísimo, de labor muy variada, corría todo alrededor, cayendo desde el capitel hasta la basa en abundantes pliegues y cercando por completo el recinto, de modo que no parecía diferir en nada de una muralla. Así estaban tres de los lados del cerco. En cuanto al cuarto lado —pues, midiendo cincuenta codos como el opuesto, formaba el frente de todo el conjunto—, veinte codos quedaban abiertos a modo de puertas, en las que se alzaban de dos en dos los postes, imitando pórticos.
Estos postes estaban todos revestidos de plata sobre bronce, salvo las basas, que eran de bronce. A uno y otro lado de la entrada había tres postes plantados, encajados y afianzados en sus quicios, y sobre ellos se ceñía un tejido de lino fino. El cortinaje de las puertas, de veinte codos de largo y cinco de fondo, era un tejido de púrpura escarlata con azul y lino, floreado con muchos y variados adornos, salvo que no se figuraba en él forma alguna de animales. Dentro de las puertas había una pila de bronce, con su pie del mismo metal, de la que los sacerdotes podían lavarse las manos y derramar agua sobre sus pies. De este modo estaba dispuesto el recinto del atrio.
Levantó el Mishkán en el centro, orientado hacia levante, para que el sol, al salir, arrojara sobre él sus primeros rayos. Su largo se elevaba a treinta codos y su ancho se extendía diez; uno de sus muros daba al mediodía y el otro al norte, y a su espalda quedaba el poniente. Debía elevarse en altura en la misma medida en que se extendía a lo ancho. Había columnas de madera a cada costado, veinte, labradas en forma cuadrada, de codo y medio de ancho y cuatro dedos de fondo. Estaban recubiertas de láminas de oro por todas partes, por dentro y por fuera. Cada una llevaba dos espigas que encajaban en dos basas de plata, y cada basa tenía un encaje que recibía la espiga.
En el muro de poniente había seis columnas, todas tan ajustadas entre sí que, cerradas las junturas, su ensamblaje parecía un solo muro, dorado por dentro y por fuera. Pues el número de columnas concordaba: en los costados eran veinte, y como cada una medía codo y medio de ancho, entre todas completaban los treinta codos. En cuanto al muro posterior: como las seis columnas juntas dan nueve codos, añadieron otras dos, talladas de un codo, que colocaron en los ángulos, labradas iguales a las mayores.
Cada columna tenía en su cara exterior una anilla de oro, prendida como por raíces entretejidas, dispuestas en hilera unas frente a otras a lo largo del contorno; y por ellas pasaban barras doradas, de cinco codos de largo cada una, que servían de trabazón a las columnas, entrando la cabeza de cada barra en la siguiente mediante un ingenioso gozne labrado a modo de rosca. En el muro posterior había una sola barra que recorría todas las columnas, en la que encajaban de través las últimas barras de cada uno de los muros más largos, y quedaban sujetas por goznes, ensamblando la hembra con el macho. Esto mantenía el Mishkán a salvo de ser sacudido por los vientos o por cualquier otra causa, y había de conservarlo inmóvil en gran quietud.
Dividiendo por dentro su largo en tres partes, a diez codos del fondo levantó cuatro columnas, labradas como las demás y asentadas sobre basas semejantes, separadas un poco entre sí. Lo que quedaba dentro de ellas era el recinto vedado; el resto del Mishkán quedaba reservado a los sacerdotes. Esta disposición del Mishkán venía a ser una imitación de la naturaleza del universo: la tercera parte, la de dentro de las cuatro columnas, vedada a los sacerdotes, estaba consagrada a Dios como el cielo; y los veinte codos restantes, así como la tierra y el mar son transitables para los hombres, se confiaban solo a los sacerdotes.
En el frente, por donde habían hecho la entrada, se alzaban columnas de oro sobre basas de bronce, cinco en número. Cubrían el Mishkán con tejidos de lino y de púrpura, de azul y de tinte escarlata mezclados. El primero, de diez codos por todos lados, cubría las columnas que, dividiendo el santuario, encerraban dentro de sí el recinto vedado; y esto era lo que lo hacía invisible a todos. A todo el santuario se le llamaba el Santo, y a la parte inaccesible, dentro de las cuatro columnas del Santo, el Santo de los Santos.
Era hermoso aquel paño, floreado con toda suerte de flores que brotan de la tierra y entretejido con cuanto pudiera darle adorno, salvo formas de animales. Otro semejante a este en tamaño, tejido y color envolvía las cinco columnas de la entrada, sujetándolo una anilla en el ángulo de cada columna, desde lo alto hasta la mitad de la columna. El resto quedaba libre como entrada para los sacerdotes que pasaban por debajo. Sobre este había un paño de lino del mismo tamaño, tirado con cuerdas hacia un lado; las anillas servían tanto al tejido como a la cuerda para desplegarlo y, al recogerlo, dejarlo apartado en un ángulo sin estorbar la vista, sobre todo en los días señalados. En los demás días, y en especial cuando había nieve, tendido por delante, el tejido teñido lo hacía impermeable. De ahí quedó la costumbre, incluso después de que edificáramos el Templo, de poner una tela semejante en las entradas.
Otros diez paños, de cuatro codos de ancho y veintiocho de largo, con goznes de oro que ensamblaban hembra y macho, se unían de modo que parecían uno solo; luego, tendidos sobre el santuario, daban sombra a la techumbre y a los muros de los costados y de la espalda, quedando alzados del suelo cosa de un codo. Iguales en anchura, había otras telas, una más en número y mayores en largo —pues eran de treinta codos—, tejidas de pelo con la misma finura que las de lana, que caían hasta el suelo; ante las puertas ofrecían algo semejante a un frontón y a un pórtico, empleándose para ello la undécima tela. Otras por encima de estas, hechas de pieles, iban de sobrecubierta como abrigo y amparo de las tejidas, dispuestas contra los calores y cuando venía la lluvia. Gran asombro se apoderaba de quienes las contemplaban de lejos, pues su color no parecía diferir en nada de los tonos del cielo. Las de pelo y las de pieles descendían igual que el tejido de las puertas, defendiendo del calor y de la furia de las lluvias. Y de este modo se armaba el Mishkán.
Se hizo también para Dios un arca de una madera fuerte por naturaleza e incapaz de pudrirse; en nuestra lengua se llama arón, y su hechura era la siguiente: tenía cinco palmos de largo, y tres de ancho y otros tres de fondo. Estaba enteramente revestida de oro por dentro y por fuera, de modo que quedaba oculta la madera; y la tapa se unía a ella con goznes de oro de manera admirable, pareja por todas partes, sin que en ninguna hubiera saliente que estropeara el ajuste. A cada uno de los lados más largos iban dos anillas de oro que atravesaban todo el maderamen, y por ellas se pasaban barras doradas a lo largo de cada lado, para que por medio de ellas se la llevara, cuando fuera menester, al moverla; pues no se transportaba en carro, sino que la portaban los sacerdotes.
Sobre su tapa había dos figuras en relieve, a las que los hebreos llaman Keruvim: son criaturas aladas, pero de una forma que no se parece a ninguna de las vistas por los hombres. Moshé afirma haberlas visto figuradas junto al trono de Dios. En ella depositó las dos tablas en que estaban escritos los diez mandamientos, cinco en cada una, dos y medio por cara. Y colocó el arca en el recinto vedado.
En el santuario dispuso una mesa semejante a las de Delfos, de dos codos de largo, un codo de ancho y tres palmos de alto. Tenía patas rematadas por completo en su mitad inferior, como las que los dorios ponen a los divanes; y la parte que ascendía hacia ella era de labor cuadrada. Cada costado se ahuecaba, hundiendo el borde cosa de un palmo, mientras una moldura en espiral corría por la parte alta y la baja del cuerpo; y en cada pata, también aquí, iba clavada una anilla no lejos de la tapa, por las que pasaban vástagos dorados, de madera por dentro, no desmontables; pues llevaban un hueco por donde se juntaban con las anillas. Estos vástagos no eran de una pieza continua, sino que, antes de unirse hasta el fondo, remataban por un extremo en pasadores: uno entraba en la parte saliente de la mesa y el otro en la pata; y con ellos se la llevaba por los caminos.
Sobre esta —pues se colocaba en el santuario mirando al norte, no lejos del fondo— disponían doce panes ázimos, en dos hileras de seis, de flor de harina purísima, de dos assarones, medida hebrea que equivale a siete cotilas áticas. Encima de los panes se ponían dos copas de oro llenas de incienso; y al cabo de siete días se traían otros panes, en el día que nosotros llamamos Shabat —pues al séptimo día lo llamamos Shabat—; la razón por la que esto se instituyó la diremos en otro lugar.
Frente a la mesa, junto al muro que da al mediodía, se alza un candelabro de oro fundido, hueco, con un peso de cien minas; los hebreos lo llaman kínjares, palabra que, vertida a la lengua griega, significa «talento». Está labrado con bolas, azucenas, granadas y copitas —setenta piezas en total—, con las que se compuso en altura desde una sola base, hecho de tantas partes como las que asignan a los planetas y al sol. Remata en siete brazos dispuestos en hilera, correspondientes entre sí. Sobre ellos van siete lámparas que imitan el número de los planetas; miran hacia levante y hacia el mediodía, pues el candelabro está colocado de forma oblicua.
Entre él y la mesa, dentro, como dije antes, había un altar del incienso, de madera —la misma de que eran los utensilios anteriores, que no se pudre—, revestido de una lámina sólida, de un codo de ancho por cada lado y del doble de alto. Encima llevaba un fogón de oro que sobresalía, con una corona en cada ángulo y otra de oro que lo rodeaba, donde iban anillas y barras con las que los sacerdotes lo llevaban por los caminos. También delante del Mishkán se erigía un altar de bronce con alma de madera, medido asimismo en cinco codos por cada lado y tres codos de alto, adornado igual que el de oro, guarnecido de láminas de bronce, con el fogón a modo de reja; pues la tierra recibía el fuego que caía del fogón, ya que por debajo no había base alguna en todo su ámbito. Enfrente del altar de oro se colocaban jarras de vino y copas junto con incensarios y crateras; y cuanto se había hecho para el servicio sagrado era todo de oro. Tal era el Mishkán y los utensilios que lo acompañaban.
Se hicieron también vestiduras para los sacerdotes —para todos los demás, a los que llaman cohanim, y muy en especial para el sumo sacerdote, al que llaman arabajén, palabra que significa «sumo sacerdote»—. La vestidura de los demás es la que sigue.
Cuando el sacerdote se acerca al servicio sagrado, purificado con la pureza que la Torá prescribe, se pone primero lo que llaman manajasén —quiere decir «ceñidor»—: es un paño interior en torno a las partes pudendas, cosido de lino torcido, en el que los pies entran como en unos calzones; está cortado por encima de la mitad y, terminando a la altura de las ingles, se ciñe apretado en torno a ellas. Sobre esto lleva una prenda de lino de doble tela de biso, que se llama jetoméne —«lino» significa esto, pues al lino nosotros lo llamamos jéton—. Esta prenda es una túnica hasta los pies, ajustada al cuerpo, con las mangas ceñidas en torno a los brazos; la ciñen a la altura del pecho, un poco por encima de la axila, pasando alrededor un cinturón ancho como de cuatro dedos, tejido de forma tan calada que parece la muda de una serpiente; en él van entretejidas flores bordadas de escarlata y púrpura con azul y biso, siendo la urdimbre solo de biso.
Tomando el comienzo de la vuelta a la altura del pecho y dando la vuelta de nuevo, se anuda, y cae en abundancia hasta los tobillos mientras el sacerdote no hace nada —pues así resulta hermoso a la vista de los que miran—; pero cuando ha de aplicarse a los sacrificios y al servicio, para no verse estorbado en la faena por su movimiento, lo echa sobre el hombro izquierdo y lo lleva colgado. Moshé la llamó abaíth, pero nosotros, habiéndolo aprendido de los babilonios, la llamamos emián, pues así se la nombra entre ellos. Esta túnica no forma pliegue por ninguna parte, y, dejando holgada la abertura del cuello, se sujeta con cordones prendidos del borde y de las partes del pecho y de la espalda, atados por encima de cada clavícula; se llama masabanés.
Sobre la cabeza lleva un gorro no puntiagudo, que no cubre toda la cabeza sino que pasa un poco de la mitad; se llama masnaeftés, y por su hechura es tal que parece una diadema hecha de una cinta gruesa de tejido de lino, pues se pliega y se cose muchas veces. Después, un paño de lino lo rodea por arriba, llegando hasta la frente, cubriendo la costura de la cinta y lo que en ella resultaría impropio, y quedando liso sobre todo el cráneo; está ajustado con precisión, para que no se le resbale mientras se afana en el servicio. Y ya hemos mostrado cómo es la vestidura de los sacerdotes ordinarios.
El sumo sacerdote se engalana también con ella, sin omitir nada de lo dicho, pero poniéndose encima una túnica hecha de azul —también esta hasta los pies, que en nuestra lengua se llama meír—, ceñida con un cinturón bordado de los mismos tintes con que florecía el anterior, con oro entretejido; de su orla colgaban, cosidos, flecos imitados en tinte a modo de granadas, y campanillas de oro con mucho esmero de belleza, de suerte que entre cada dos campanillas quedaba prendida una granada, y entre las granadas una campanilla. Esta túnica no es de dos piezas cosidas por los hombros y los costados, sino un solo paño largo tejido, abierto de arriba abajo por delante, hacia el pecho, y por el medio de la espalda; se le cose una orla para que no se note lo impropio del corte; e igualmente está abierta por donde salen los brazos.
Encima de todo esto se pone, en tercer lugar, lo que llaman efod, semejante a la epomis griega. Se hace de este modo: tejido de un codo de profundidad, entreverado de toda suerte de colores y de oro, deja sin cubrir el medio del pecho, provisto de mangas y hecho en toda su forma como una túnica. En la abertura de la prenda encaja una pieza de un palmo de tamaño, floreada de oro y de los mismos tintes que el efod; se llama essén, que en la lengua de los griegos significa «oráculo»; llena con exactitud lo que, al tejer el efod, dejaron sin cubrir a la altura del pecho, y se une a él por anillas de oro puestas en cada ángulo de uno y otro, tomándose un hilo de azul para atar las anillas entre sí. Y para que no quedara flojo lo que media entre las anillas, idearon coserlo con hilos de azul. Sujetan la epomis dos sardónices sobre cada hombro, con un remate de oro que corre por encima de ellos, dispuesto para las trabillas.
En ellos están grabados los nombres de los hijos de Yaakov, en letras propias de nuestra lengua, seis nombres en cada piedra; los mayores van sobre el hombro derecho. Recorren también el essén doce piedras que sobresalen en tamaño y hermosura, un adorno que los hombres no pueden poseer por lo excesivo de su valor; estas, dispuestas de tres en tres en cuatro hileras, van engastadas en el tejido, rodeándolas el oro que introduce sus engarces en el tejido, hecho de tal modo que no se desprendan. La primera tríada es sardónice, topacio, esmeralda; la segunda ofrece carbunclo, jaspe y zafiro; de la tercera abre el ligurio, luego la amatista y el ágata en tercer lugar, siendo la novena de todas; de la cuarta hilera va delante el crisólito, tras él el ónice y después el berilo, esta la última. En todas estaban grabados con letras los nombres de los hijos de Yaakov, a quienes tenemos por cabezas de las tribus, honrada cada piedra con un nombre según el orden en que a cada uno le tocó nacer.
Como las anillas eran demasiado débiles para sostener el peso de las piedras, hacen otras dos anillas mayores, encajadas en el tejido, en la orla del essén, por donde asciende hacia el cuello, para recibir unas cadenas labradas que se juntaban en lo alto de los hombros con cordones trenzados de oro; su extremo, vuelto hacia atrás, entraba en una anilla que sobresalía de la orla dorsal del efod. Y esto daba firmeza al essén para que no se escurriera. Al essén se le cosía un cinturón, semejante en los tintes que antes dije, con oro, que tras dar la vuelta se ata de nuevo sobre la costura y cuelga; y unos canutillos de oro, recogiendo los flecos por cada extremo, los envuelven todos.
El gorro era el mismo que antes, labrado igual que el de todos los sacerdotes, pero, cosido bajo él, otro bordado de azul; lo rodea una corona de oro forjada en tres hileras. Florece sobre ella un cáliz de oro que imita la planta que entre nosotros llaman sakjar, y que los griegos entendidos en el corte de raíces llaman beleño. Y si alguien, por no haber visto la planta, ignora su naturaleza, o, conociendo su nombre, no la ha visto y quiere reconocerla, a quienes así se hallen les indicaré cómo es: es una planta que a menudo crece más de tres palmos de alto; su raíz se asemeja al nabo —pues no erraría quien la comparase con él—, y sus hojas a las de la oruga. De sus ramas brota un cáliz pegado al tallo, rodeado de una vaina que se desprende de él cuando empieza a mudar en fruto; el cáliz es del tamaño del hueso del dedo meñique y semejante a una cratera en su contorno. Indicaré también esto a los que no lo saben: cortada una esfera en dos, en torno a su fondo tiene la otra mitad; nace de la raíz redondeado; luego, estrechándose poco a poco, mientras el hueco se hunde con gracia, vuelve a ensancharse suavemente hacia el borde, cortado a semejanza del ombligo de una granada.
Una tapa hemisférica le está adherida —diría uno que labrada al torno con exactitud—, con las hendiduras sobresaliendo, las cuales, como dije, brotan a la manera de la granada, espinosas y rematadas por completo en punta aguda. Sobre esa tapa guarda el fruto, que permanece dentro del cáliz, semejante a la simiente de la planta llamada sideritis; y echa una flor que puede parecer semejante a la de la amapola. De aquí se forja una corona que va desde la nuca hasta cada una de las sienes. La frente no la cubre la efielís —así se llame el cáliz—; hay allí una lámina de oro grabada con caracteres sagrados con el nombre de Dios. Y tal es el ornato del sumo sacerdote.
Podría uno asombrarse de la aversión que los hombres nos tienen, que han mantenido sin cesar como si nosotros menospreciáramos lo divino que ellos mismos han elegido venerar; pues si alguien reparara en el armazón del Mishkán y viera la vestidura del sacerdote y los utensilios que empleamos en el servicio sagrado, hallará que el legislador fue un varón divino y que en vano oímos de los demás sus injurias; porque cada una de estas cosas, si se quiere mirarlas sin envidia y con inteligencia, se verá hecha a imitación y semejanza del universo: así, el Mishkán, que tenía treinta codos, dividiéndolo en tres y dejando dos partes a todos los sacerdotes como lugar profano y común, representa la tierra y el mar, pues también estos son transitables para todos; y la tercera parte la reservó solo a Dios, porque también el cielo es inaccesible a los hombres.
Al poner los doce panes sobre la mesa, señala el año dividido en otros tantos meses. Al hacer el candelabro compuesto de setenta piezas, aludió a las decenas de los planetas; y las siete lámparas sobre él, al curso de los planetas, pues tantos son en número. Las telas, tejidas de cuatro materias, muestran la naturaleza de los elementos: el biso parece señalar la tierra, porque de ella brota el lino; la púrpura, el mar, por estar teñida con la sangre de los peces; el azul quiere indicar el aire; y la escarlata sería prueba del fuego. También la túnica del sumo sacerdote señala la tierra, por ser de lino; el azul, la bóveda celeste, asemejándose por las granadas a los relámpagos y por el son de las campanillas a los truenos. Y el manto representa la naturaleza del universo, hecha de cuatro elementos, entretejido con oro, según creo, en atención al resplandor presente en todas las cosas.
Y el essén, que está en medio del manto, lo dispuso a modo de tierra, pues también ella ocupa el lugar más central; ciñéndolo con el cinturón, señala el océano, pues también este abarca todas las cosas. Y el sol y la luna los indican cada uno de los sardónices con que prendió al sumo sacerdote. Y la docena de piedras, ya se quiera entender los meses, ya el número de astros que los griegos llaman círculo zodiacal, no erraría uno en cuanto a la intención de aquello. Y el gorro me parece que atestigua el cielo, por estar hecho de azul, pues de otro modo no se habría puesto sobre él el nombre de Dios, resplandeciente con la corona, y esta de oro, por el brillo con que más se complace la divinidad. Y baste con lo dicho hasta aquí, ya que los hechos nos darán muchas veces y en muchos lugares ocasión de exponer la virtud del legislador.
Cuando lo antedicho quedó concluido, aún sin consagrar las ofrendas, Dios se presentó a Moshé y le mandó dar el sacerdocio a Aharón, su hermano, por ser, gracias a su virtud, el más justo de todos para alcanzar esa dignidad. Y reuniendo en asamblea a la multitud, refirió su virtud y su buena voluntad y los peligros que había soportado por ellos. Dando todos testimonio en su favor y mostrando su afecto hacia él, dijo: «Israelitas: la obra ya tiene el término que era del mayor agrado para Dios mismo y posible para nosotros; y puesto que hemos de recibirlo en el Mishkán, nos hace falta primero quien ejerza el sacerdocio y sirva en los sacrificios y en las plegarias por nosotros.
Y yo, de haberse dejado a mi juicio esta decisión, me habría creído digno de tal honor —tanto porque por naturaleza todos nos amamos a nosotros mismos, como porque me consta cuánto he penado por vuestra salvación—; pero ahora el propio Dios ha juzgado a Aharón digno de ese honor y lo ha elegido sacerdote, sabiéndolo más justo que nosotros, de modo que él vestirá la vestidura consagrada a Dios, tendrá a su cargo los altares y el cuidado de las víctimas, y elevará por nosotros las plegarias a Dios, que las oirá con agrado, porque cuida de nuestro linaje y las acepta por venir de un hombre a quien él mismo escogió.»
Los hebreos quedaron complacidos con lo dicho y consintieron en la elección de Dios, pues Aharón, por su linaje, su don profético y la virtud de su hermano, era el más digno de honra entre todos. Tenía por entonces cuatro hijos: Nadav, Avihú, Elazar e Itamar. Cuanto de lo preparado para la construcción del Mishkán sobraba, mandó gastarlo en paños que sirvieran de cubierta al propio Mishkán, al candelabro, al altar del incienso y a los demás utensilios, para que en el camino no sufrieran daño ni por la lluvia ni por el polvo.
Reuniendo de nuevo a la multitud, les ordenó aportar una contribución de medio siclo por cabeza —el siclo es una moneda hebrea que equivale a cuatro dracmas áticas—. Ellos obedecieron de buen grado lo que Moshé mandaba, y el número de los que contribuyeron fue de seiscientos cinco mil quinientos cincuenta. Aportaban la plata los hombres libres de veinte a cincuenta años. Lo recaudado se gastó en las necesidades del Mishkán.
Purificaba también el Mishkán y a los sacerdotes de esta manera, haciendo su consagración así: quinientos siclos de mirra escogida y otros tantos de iris, y de canela y de cálamo —también este una clase de perfume—, molidos a la mitad del peso de los anteriores, y de aceite de oliva un hin —medida local que equivale a dos coas áticas—, mandó mezclarlo, cocerlo y prepararlo, con el arte de los perfumistas, como un ungüento fragantísimo. Y luego, tomándolo, ungió a los propios sacerdotes y todo el Mishkán y los purificó; y los perfumes —que son muchos y variados— se quemaban en el Mishkán, sobre el altar de oro del incienso, siendo de grandísimo valor; de su naturaleza omito dar cuenta pormenorizada, para no resultar enojoso a los lectores. Dos veces al día, antes de salir el sol y hacia el ocaso, había que quemar incienso, y guardar aceite purificado para las lámparas, de las cuales tres debían alumbrar cada día ante Dios en el candelabro sagrado, y las restantes encenderse al caer la tarde.
Concluido ya todo, se tuvo por los mejores de los artesanos a Betsalel y Oholiav, pues se esmeraron en perfeccionar lo hallado por los primeros y fueron los más capaces de idear aquello cuya construcción antes ignoraban; de estos, sin embargo, se juzgó a Betsalel el más excelente. Todo el tiempo empleado en la obra transcurrió en siete meses, y con ello se completaba el primer año desde que salieron de Mitsraim. Al comenzar el segundo año, en el mes que los macedonios llaman Xántico y los hebreos Nisán, en la luna nueva, consagran el Mishkán y todos los utensilios que en torno a él he descrito.
Mostró Dios que se complacía con la obra de los hebreos y que no habían penado en vano, desdeñando servirse de ella, sino que se hospedó y moró en este santuario. Su presencia la manifestó así: el cielo estaba despejado, pero solo sobre el Mishkán se hizo una neblina que no lo envolvía en nube muy densa y espesa, como para parecer invernal, ni tan tenue que la vista pudiera distinguir algo a su través; de ella fluía un dulce rocío que revelaba la presencia de Dios a quienes lo querían y lo creían.
Moshé, tras honrar a los artífices con las dádivas que era justo dar a quienes tales cosas habían hecho, ofreció sacrificio en el atrio del Mishkán, por mandato de Dios: un toro, un carnero y un cabrito por los pecados; y en efecto —pues voy a exponer en lo tocante a los sacrificios lo que se hace en el servicio sagrado, mostrando allí sobre qué manda hacer holocausto entero y de qué permite la Torá tomar para comer—, con la sangre de las víctimas roció la vestidura de Aharón y a él mismo con sus hijos, purificándolos con aguas de manantial y ungüento, para que fueran de Dios. Durante siete días, de esta manera, atendió a ellos y a las vestiduras, y al Mishkán y a los utensilios que lo rodean, ungiéndolos con aceite, como dije, y con la sangre de los toros y carneros degollados cada día, uno de cada especie; y al octavo anunció una fiesta al pueblo y ordenó sacrificar según sus posibilidades.
Ellos, rivalizando unos con otros y ansiosos por superarse en los sacrificios que cada cual traía, obedecieron lo dicho. Y estando las ofrendas sobre el altar, de pronto se prendió en él un fuego por sí solo, que, visto como el fulgor de un relámpago, consumió con su llama todo lo que había sobre el altar. Sobrevino también a Aharón, a raíz de esto, una desgracia, considerada como propia de un hombre y de un padre, pero sobrellevada por él con nobleza, pues era firme de ánimo ante lo que acontecía y tenía por cierto que la desdicha había ocurrido por voluntad de Dios; porque, siendo cuatro sus hijos, como dije antes, los dos mayores, Nadav y Avihú, llevando al altar no las ofrendas que Moshé había prescrito, sino las que antes usaban, quedaron abrasados: el ímpetu del fuego se lanzó sobre ellos y empezó a quemarles el pecho y el rostro, sin que nadie pudiera apagarlo.
Y así murieron. Moshé ordena a su padre y a sus hermanos que alcen los cuerpos, los saquen fuera del campamento y los sepulten con magnificencia. La multitud los lloró amargamente, muy afligida por una muerte sobrevenida tan contra lo esperado. Pero Moshé pidió únicamente a los hermanos y al padre de ellos que no se ocuparan del duelo por ellos, anteponiendo la honra a Dios a la tristeza por los suyos; pues Aharón ya vestía la vestidura sagrada.
Moshé, declinando toda honra que veía a la multitud dispuesta a ofrecerle, se consagraba por entero al solo servicio de Dios. Se abstenía de subir al Sinaí, y, entrando en el Mishkán, recibía respuesta de parte de Dios sobre lo que necesitaba, conduciéndose como un hombre corriente tanto en el vestido como en todo lo demás, más llanamente, sin querer parecer en nada distinto de la mayoría, sino solo ser visto como quien vela por ellos. Escribía además su constitución y sus leyes, conforme a las cuales vivirían de manera grata a Dios, sin tener nada que reprocharse unos a otros; y esto lo redactaba según el dictado de Dios. Paso ahora, pues, a tratar de la constitución y de las leyes.
Lo que dejé sin exponer acerca de la vestidura del sumo sacerdote, quiero ahora tratarlo. Pues Moshé no dejó por parte alguna ocasión a las malas artes de falsos profetas: si algunos de esa clase pretendieran usurpar la dignidad de Dios, dispuso que fuera Dios, como soberano, quien asistiera a los ritos sagrados cuando quisiera, o no estuviera presente; y esto quiso que fuera manifiesto no solo a los hebreos, sino también a los extranjeros que se hallaran allí.
De las piedras que dije que el sumo sacerdote lleva sobre los hombros —eran sardónices, y creo superfluo señalar su naturaleza, pues todos las conocen— sucedía que resplandecía, cuando Dios asistía a los sacrificios, la que estaba prendida sobre el hombro derecho: saltaba de ella un fulgor visible incluso para los más lejanos, brillo que antes la piedra no tenía.
Ya esto es asombroso para quienes no han ejercitado su ingenio en menospreciar lo divino; pero diré algo aún más asombroso. Pues por medio de las doce piedras que el sumo sacerdote lleva sobre el pecho, cosidas al essén, Dios anunciaba de antemano la victoria a los que iban a combatir. Tan gran resplandor centelleaba de ellas cuando el ejército aún no se había movido, que era patente para toda la multitud que Dios estaba presente para socorrerlos. De ahí que los griegos que veneran nuestras costumbres, por no poder contradecir esto, llaman al essén «oráculo».
Ahora bien, tanto el essén como el sardónice dejaron de brillar doscientos años antes de que yo compusiera este escrito, por haberse indignado Dios ante la transgresión de las leyes —de lo cual hablaremos en momento más oportuno—. Pero volveré ya al relato que sigue.
Consagrado el Mishkán y ordenado todo lo relativo a los sacerdotes, la multitud juzgó que Dios moraba con ellos en la misma tienda, y se entregó a sacrificios y a descansos, como quien ya había alejado toda expectativa de mal; y, deseando para el porvenir cosas mejores, ofrecían dones a Dios, unos en común y otros en particular, por tribus. Los jefes de tribu, reuniéndose de dos en dos, trajeron un carro y dos bueyes —eran, pues, seis estos carros, y transportaban el Mishkán en los viajes—. Además, cada uno trae una copa, una escudilla y un incensario: este, con capacidad de diez daricos y lleno de perfumes. La escudilla y la copa —eran de plata— pesaban las dos juntas doscientos siclos, de los cuales en la copa sola se habían empleado setenta; estaban llenas de harina amasada con aceite, la que se usa sobre el altar para los ritos sagrados; y un becerro y un carnero, junto con un cordero de un año, para ser quemados enteros, y con ellos un cabrito para la remisión de los pecados.
Cada uno de los jefes ofrecía además otros sacrificios, llamados «de salvación», cada día: dos bueyes y cinco carneros, con corderos de un año y cabritos. Y estos sacrificaban durante doce días, uno cada día. Moshé, en cambio, ya no subía al Sinaí, sino que, entrando en el Mishkán, aprendía de Dios lo que debía hacerse y la ordenación de las leyes. Estas leyes, superiores a lo que alcanza la inteligencia humana, sucedió que se guardaron firmemente por toda la eternidad, teniéndose por don de Dios, de modo que ni en la paz por molicie ni en la guerra por necesidad transgredieron los hebreos ninguna de ellas. Pero sobre esto dejo de hablar, pues he resuelto componer otro escrito acerca de las leyes.
Ahora recordaré unas pocas cosas de las establecidas sobre las purificaciones y los ritos sagrados, pues ha venido a presentárseme el discurso sobre los sacrificios. Hay dos clases de ritos: uno lo realizan los particulares, otro el pueblo; y se hacen de dos maneras. En uno se quema por entero todo lo sacrificado, y por eso recibió tal nombre; el otro es de acción de gracias y se hace para el banquete de los que han sacrificado. Hablaré del primero.
Un hombre particular que ofrece holocausto sacrifica un buey, un cordero y un cabrito; estos, de un año, mientras que los bueyes se permite sacrificarlos ya crecidos. Todo lo que se quema por entero ha de ser macho. Degollados estos, los sacerdotes rocían con la sangre el contorno del altar; luego, tras limpiarlos, los descuartizan, y espolvoreándolos con sal los colocan sobre el altar, ya cargado de leña y con el fuego ardiendo. Las patas de las víctimas y las entrañas, tras limpiarlas cuidadosamente, las añaden a lo demás que ha de consumirse, tomando los sacerdotes las pieles. Y esta es la manera del holocausto.
Al celebrar los sacrificios de acción de gracias sacrifican los mismos animales, pero íntegros y más viejos que los de un año, machos apareados con hembras. Sacrificados estos, enrojecen con la sangre el altar, y ponen sobre él los riñones, el redaño y toda la grasa junto con el lóbulo del hígado, y con ellos la cola del cordero. El pecho y la pierna derecha se los entregan a los sacerdotes; durante dos días banquetean con lo que queda de las carnes, y lo que sobra lo queman.
Sacrifican también por los pecados, y de modo semejante al ya dicho se realiza el rito por los pecados. Los que no pueden procurarse víctimas perfectas ofrecen dos palomas o dos tórtolas, de las cuales una se quema por entero para Dios y la otra la dan a los sacerdotes para comer; con más detalle hablaremos del sacrificio de estos animales en el tratado sobre los sacrificios. Pues quien ha caído en falta por ignorancia ofrece una cordera y una cabrita hembra, de un año; y el sacerdote rocía con la sangre el altar, no como en el primer caso, sino las salientes de las esquinas; y ponen sobre el altar los riñones y la demás grasa junto con el lóbulo del hígado. Los sacerdotes se llevan las pieles y las carnes, para consumirlas ese mismo día en el santuario, pues la ley no permite dejar nada para el día siguiente.
El que ha pecado siendo consciente de ello, sin tener a nadie que lo acuse, sacrifica un carnero, según lo manda la ley, cuyas carnes igualmente comen los sacerdotes en el santuario el mismo día. Los jefes, cuando expían las faltas en que incurrieron, traen lo mismo que los particulares, pero se diferencian en que ofrecen como víctimas un toro y un cabrito machos.
Es ley que, tanto en los sacrificios privados como en los públicos, se aporte además harina purísima: por un cordero, la medida de un assarón; por un carnero, dos; por un toro, tres. La consagran sobre el altar amasada con aceite. Pues los que sacrifican traen también aceite: por un buey, medio hin; por un carnero, la tercera parte de esa medida; y una cuarta parte por un cordero. El hin es una antigua medida hebrea, equivalente a dos congios áticos. La misma medida que del aceite aportaban también de vino, y derraman el vino en torno al altar. Y si alguno, sin celebrar sacrificio, aportara flor de harina en cumplimiento de un voto, arroja de ella al altar una primicia, un puñado, y el resto lo toman los sacerdotes para alimento, ya cocida —pues está amasada con aceite— o hecha panes. Y si un sacerdote la aporta, es necesario quemarla por entero, sea cuanta sea.
La ley prohíbe sacrificar un animal el mismo día que a su progenitor en el mismo lugar, ni de otro modo antes de que hayan pasado ocho días desde su nacimiento. Se hacen también otros sacrificios por escapar de las enfermedades o por otras causas, en los cuales se consumen tortas junto con las víctimas, de las que no es lícito dejar nada para el día siguiente, tomando los sacerdotes su propia parte.
Con cargo al gasto público es ley que se degüelle cada día un cordero de un año, al comenzar y al terminar el día; y en el séptimo día, que se llama Shabat, degüellan dos, celebrando el rito de la misma manera. En el novilunio celebran los sacrificios diarios y sacrifican dos bueyes con siete corderos de un año y un carnero, y un cabrito para remisión de los pecados, si algo se hubiera cometido por olvido.
En el séptimo mes, que los macedonios llaman Hiperberetayo, añadiendo a lo dicho un toro, un carnero y siete corderos, sacrifican también un cabrito por los pecados. En el día décimo del mismo mes según la luna, ayunando hasta la tarde, sacrifican en ese día un toro, dos carneros y siete corderos, y por los pecados un cabrito. Y añaden a esto dos cabritos, de los cuales uno se envía vivo al desierto de allende las fronteras, para ser expiación y ruego de todo el pueblo por los pecados; al otro lo llevan a un lugar purísimo en las afueras y allí mismo lo queman con su propia piel, sin haberlo limpiado en absoluto.
Se quema juntamente un toro, no aportado por el pueblo, sino con cargo a los gastos propios del sumo sacerdote. Degollado este, lleva al Templo de su sangre junto con la del cabrito y rocía con el dedo el techo siete veces; con la misma rocía también el suelo, otras tantas veces, en el Templo y en torno al altar de oro; y el resto lo lleva al patio, en torno al altar mayor. Además, ponen sobre el altar las salientes, los riñones y la grasa junto con el lóbulo del hígado. El sumo sacerdote ofrece también un carnero como holocausto a Dios.
En el día decimoquinto del mismo mes, cuando el resto de la estación se vuelve ya hacia el tiempo invernal, manda que cada uno levante tiendas junto a su casa, precaviéndose del frío para guardarse durante el año; y que, cuando alcanzaran su patria, acudiendo a aquella ciudad que por el Templo tendrán como metrópoli, celebren fiesta durante ocho días y ofrezcan holocaustos y sacrifiquen entonces a Dios ofrendas de acción de gracias, llevando en las manos un ramo de mirto y sauce con una rama de palmera, a la que va unido el fruto del perseo. El primero de los días, el sacrificio de holocausto sea de trece bueyes, catorce corderos —uno más que los bueyes— y dos carneros, añadiéndose un cabrito por la remisión de los pecados. En los días siguientes se sacrifica el mismo número de corderos y de carneros con el cabrito, pero, quitando cada día uno de los bueyes, descienden hasta siete. Descansan de toda obra en el octavo día, y a Dios, como hemos dicho, sacrificamos un becerro, un carnero y siete corderos, y por la remisión de los pecados un cabrito. Y esto es lo que es tradición patria que celebren los hebreos al levantar las tiendas.
En el mes Xántico, que entre nosotros se llama Nisán y es el comienzo del año, el día catorce según la luna, estando el sol en Aries —pues en este mes fuimos liberados de la esclavitud bajo los egipcios—, estableció que se ofreciera cada año el sacrificio que mandó ofrecer cuando salíamos de Mitsraim, llamado Pésaj; y en efecto lo celebramos por familias, sin guardar nada de lo sacrificado para el día siguiente. El día quince sucede al Pésaj la fiesta de los Ácimos, que dura siete días, en la cual se alimentan de panes sin levadura, y cada día se degüellan dos toros, un carnero y siete corderos. Y estos se queman por entero, añadiéndose a todo también un cabrito por los pecados, para el banquete diario de los sacerdotes.
En el segundo día de los Ácimos, que es el dieciséis, participan de los frutos que segaron —pues antes no los habían tocado—, y, considerando justo honrar primero a Dios, de quien recibieron la abundancia de ellos, le ofrecen las primicias de la cebada de esta manera: tras tostar el manojo de espigas, majarlo y limpiar la cebada para molerla, ofrecen al altar un assarón para Dios, y, arrojando de él un puñado, dejan el resto para uso de los sacerdotes; y entonces ya es lícito a todos segar, tanto en público como en privado. Sacrifican, sobre las primicias de los frutos, un corderito en holocausto a Dios.
Cumplida la séptima semana después de este sacrificio —y estos son los días de las semanas, cuarenta y nueve—, en el día quincuagésimo, que los hebreos llaman Asartá —lo cual significa «quincuagésimo»—, ofrecen a Dios un pan de sémola de trigo, dos assarones hechos con levadura, y como víctimas dos corderos. Pues solo es ley ofrecer estos a Dios, mas se preparan para la cena de los sacerdotes, y no es lícito dejar nada de ellos para el día siguiente. Sacrifican como holocaustos tres becerros, dos carneros y catorce corderos, y dos cabritos por los pecados. No hay ninguna de las fiestas en que no ofrezcan holocaustos ni concedan descanso de las fatigas del trabajo; sino que en todas es ley tanto la clase de sacrificio como el reposo sin penalidad, y están en banquetes tras haber sacrificado.
Del erario común, además, se aporta pan cocido sin levadura, y se gastan en esto veinticuatro assarones. Se cuecen de dos en dos, dispuestos el día antes del Shabat, y, llevados en la mañana del Shabat, se colocan sobre la mesa sagrada, de seis en seis, vueltos unos hacia otros. Y, colocados encima dos platos de oro llenos de incienso, permanecen hasta el otro Shabat; entonces se traen otros en lugar de aquellos, y estos se dan a los sacerdotes para alimento, y, quemándose el incienso en el fuego sagrado —en el que también queman todo por entero—, se añade otro incienso en lugar de aquel, por los panes. El sacerdote sacrifica de sus propios gastos, y esto lo hace dos veces cada día: harina amasada con aceite y solidificada por breve cocción; y es un assarón de harina, del cual la mitad por la mañana y la otra por la tarde ofrece al fuego. El tratado sobre esto lo expondremos con más detalle en otra ocasión; me parece bastante lo dicho ya ahora sobre ello.
Moshé, apartando a la tribu de Leví de la convivencia con el pueblo para que fuera sagrada, la purificó con aguas de manantial y perennes y con los sacrificios que en tales casos se ofrecen a Dios según la ley; y les entregó el Mishkán, los utensilios sagrados y todo lo demás que se había hecho para cubrir el Mishkán, a fin de que sirvieran bajo la dirección de los sacerdotes, pues ya estaba consagrado a Dios. Y acerca de los animales distinguió cada uno, cuáles habían de comer y de cuáles debían abstenerse siempre; sobre lo cual, cuando tengamos ocasión en el escrito, hablaremos añadiendo las causas, movido por las cuales mandó que unos nos fueran comestibles y ordenó abstenernos de otros. Prohibió, sin embargo, el uso de toda sangre para alimento, considerándola alma y espíritu; y vedó comer la carne del animal muerto por sí mismo; y mandó abstenerse del redaño y de la grasa de la cabra, de la oveja y de los bueyes.
Expulsó también de la ciudad a los afligidos en sus cuerpos por la lepra y a los que padecen flujo seminal; y a las mujeres a quienes sobreviene la secreción natural las apartó hasta el séptimo día, tras el cual les permite habitar en la ciudad como ya puras. De igual modo, a los que han enterrado un muerto les es ley habitar en ella pasados otros tantos días; pero al que, superado ese número de días, permanece retenido en la impureza, es ley que sacrifique dos corderas, de las cuales una hay que consagrar y la otra la toman los sacerdotes. De modo semejante sacrifican también por el que padece flujo seminal. Y quien durante el sueño emite semen, sumergiéndose en agua fría, queda con licencia igual que los que según la ley se han unido a una mujer.
A los leprosos los expulsó por completo de la ciudad, sin que convivieran con nadie y sin diferir en nada de un muerto; pero si alguno, tras suplicar a Dios, quedara libre de la enfermedad y recobrara el color sano, este tal corresponde a Dios con variados sacrificios, de los que hablaremos después. Por lo cual bien podría uno reírse de los que dicen que Moshé, afligido él mismo por la lepra, huyó de Mitsraim, y que, puesto al frente de los expulsados por esta causa, los condujo a Kena’an. Pues si esto fuera verdad, no habría legislado Moshé para su propia deshonra tales cosas, a las que era razonable que se opusiera aun cuando otros las propusieran; y esto habiendo entre muchos pueblos leprosos que gozan de honor, no solo libres de ultraje y destierro, sino que hacen las más señaladas campañas militares, se les confían magistraturas y tienen licencia para entrar en templos y santuarios. De modo que nada impedía a Moshé, si él o la multitud que con él estaba hubiera sido menoscabada por algún accidente semejante en el color de la piel, legislar sobre ello lo más hermoso y no establecer castigo alguno de esa clase. Pero es claro que dicen esto sobre nosotros llevados por la envidia; Moshé, estando limpio de ello, entre compatriotas limpios legislaba sobre los enfermos, haciéndolo en honor de Dios. Pero sobre esto que cada cual juzgue como le parezca.
A las mujeres, después de dar a luz, les prohibió entrar en el santuario y tocar los sacrificios hasta cuarenta días, si lo nacido fuera varón; pues sucede que los días son el doble en los nacimientos de hembra. Entrando, sin embargo, tras el plazo dicho, celebran sacrificios que los sacerdotes reparten para Dios. Y si alguno sospechara que su mujer ha cometido adulterio, trae un assarón de cebada molida, y, arrojando de ella un puñado a Dios, el resto lo dan a los sacerdotes para alimento. Uno de los sacerdotes coloca a la mujer junto a las puertas, que están vueltas hacia el Templo, y, quitándole el manto de la cabeza, escribe el nombre de Dios en una piel; le manda jurar que en nada ha agraviado a su marido, y que, si ha violado la castidad, se le disloque la pierna derecha y, hinchándosele el vientre, muera así; pero, si el marido, movido por mucho amor y por los celos que de él nacen, la hubiera acusado temerariamente por la sospecha, que al décimo mes le nazca un niño varón. Cumplidos los juramentos, borrando el nombre de la piel lo exprime en una copa, y, trayendo del santuario algo de tierra, la que hallara a mano, y espolvoreándola, se la da a beber. Y ella, si fue acusada injustamente, queda encinta y lleva a término la gestación en su vientre; pero si engañó a su marido en el matrimonio y a Dios en los juramentos, acaba su vida con vergüenza, dislocándosele la pierna y apoderándose la hidropesía de su vientre. Y esto es lo que sobre los sacrificios y la purificación relativa a ellos previó Moshé para sus compatriotas; y les puso además tales leyes.
Prohibió del todo el adulterio, considerando dichoso que los hombres sean sanos en lo relativo al matrimonio, y provechoso para las ciudades y las casas que los hijos sean legítimos. También prohibió la ley, como el mayor de los males, unirse a las madres; e igualmente aborreció el yacer con la esposa del padre, con las tías, con las hermanas y con las mujeres de los hijos, por encerrar una injusticia contra natura. Prohibió también acercarse a una mujer manchada según la naturaleza, y frecuentar la unión con bestias, y estimar el ayuntamiento con varones, buscando por su lozanía un placer contrario a la ley. Y contra los que llegaran a tales ultrajes fijó la muerte como castigo.
De los sacerdotes hizo doble la pureza: pues de estas cosas los aparta igual que a los demás, y además les prohibió casarse con meretrices, con esclava o cautiva, con las que se han ganado la vida con el comercio y la posada, y con las repudiadas de sus anteriores maridos por cualquier causa que sea. Al sumo sacerdote no le permitió tomar ni siquiera la mujer de un hombre muerto, cosa que concede a los demás sacerdotes; solo le dio casarse con una virgen y guardarla. De ahí que el sumo sacerdote ni siquiera se acerque a un muerto, no estándoles prohibido a los demás acercarse a hermanos, padres e hijos propios que hayan fallecido. Manda que sean sencillos con toda sencillez. Al sacerdote que no esté íntegro le ordenó recibir de los sacerdotes las porciones, pero le prohibió subir al altar y entrar en el Templo. Y no solo que sean puros en los ritos sagrados, sino también que se esmeren en su propio modo de vida, de suerte que sea irreprochable. Y por esta causa los que llevan la vestidura sacerdotal son sin tacha, puros en todo y sobrios, teniendo prohibido beber vino mientras llevan la vestidura; y además sacrifican víctimas íntegras y en nada mutiladas.
Estas cosas, que ya se hacían durante el tiempo de su vida, las transmitió Moshé; y de las que habrían de venir proveyó de antemano, aunque vivía en el desierto, para que, cuando tomaran Kena’an, hicieran lo siguiente. Cada séptimo año concede reposo a la tierra, del arado y de la plantación, así como también ordenó a ellos el descanso de las obras cada séptimo día. Y de lo que brote por sí mismo de la tierra, sea común el uso para quienes quieran, tanto de los compatriotas como de los de otras tierras, sin guardar nada de ello; y que hagan esto también después de la séptima semana de años. Esto son cincuenta años en total, y los hebreos llaman al año quincuagésimo yovel, en el cual los deudores quedan libres de sus deudas y los siervos son puestos en libertad —aquellos que, siendo compatriotas y habiendo transgredido algo de las leyes, castigó con la condición de esclavitud sin acarrearles la muerte.
Devuelve también los campos a sus dueños originarios de esta manera: llegado el yovel —el nombre significa «libertad»—, se juntan el que vendió la heredad y el que la compró, y, calculando los frutos y los gastos hechos en la heredad, si se hallara que los frutos exceden, el que vendió recupera el campo; pero si excediera el gasto, el que vendió, pagando lo que falta, recobra la posesión; y, si se computan iguales los frutos y los gastos, la devuelve a los que antes la poseían. Lo mismo quiso que tuviera fuerza de ley respecto a las casas vendidas en las aldeas; pues respecto a las vendidas en la ciudad dispuso de otra manera: si antes de cumplirse el año paga el dinero, obliga al comprador a devolverla; pero si el año se cumple, confirma la posesión al comprador. Esta ordenación de las leyes la aprendió Moshé de Dios cuando había asentado el ejército al pie del Sinaí, y se la entrega por escrito a los hebreos.
Y, como le pareciera que lo relativo a la legislación estaba bien, se volvió por lo demás a la revista del ejército, teniendo ya en mente ocuparse de los asuntos de la guerra; y ordena a los jefes de tribu —excepto la tribu de Leví— que averigüen con exactitud el número de los capaces de servir en las armas, pues los leviim eran sagrados y exentos de toda carga. Hecha la revista, se hallaron seiscientos mil de los capaces de portar armas, con edad de veinte a cincuenta años, y, además, tres mil seiscientos cincuenta. En lugar de Leví incluyó entre los jefes de tribu a Menashé, hijo de Yosef, y a Efráyim en lugar de Yosef; pues esta había sido la petición de Yaakov a Yosef: que le concediera a sus hijos como adoptivos, según ya dije antes.
Al plantar el Mishkán en medio, lo rodeaban tres tribus acampadas a cada lado; se abrían caminos por el centro, y había orden de mercado, y cada una de las mercancías estaba dispuesta en su lugar, y artesanos de todo oficio estaban en sus talleres; y a nada se parecía sino a una ciudad que se traslada y se asienta. Lo que estaba en torno al Mishkán lo ocupaban primero los sacerdotes, y luego los leviim, que en total eran veintidós mil ochocientos ochenta —pues también estos fueron contados, todo varón desde que tenía treinta días de nacido—. Y mientras la nube se detenía sobre el Mishkán, les parecía que debían permanecer, como si Dios estuviera presente; pero cuando esta se movía, se trasladaban.
Inventó también una especie de trompeta hecha de plata, que es así: tiene de largo poco menos de un codo, es un tubo estrecho, algo más grueso que una flauta, y ofrece en la boca anchura suficiente para recibir el aliento, terminando en una campana semejante a las trompetas; se llama asosrá en lengua de los hebreos. Son dos, y una de ellas la usaban para la exhortación y para reunir a la multitud en las asambleas; al toque de una debían reunirse los jefes para deliberar sobre los asuntos propios, y con ambas se congregaba a toda la multitud. Cuando se trasladaba el Mishkán, sucedía esto: al primer toque se levantaban los que habían acampado al oriente, y al segundo, a su vez, los establecidos al mediodía. Luego el Mishkán, desmontado, era transportado en medio de las seis tribus que iban delante y las seis que seguían, y los leviim estaban todos en torno a él. Al tercer toque se movía la parte de los acampados vuelta hacia el poniente, y al cuarto, la vuelta hacia el norte. Usaban las trompetas también en los ritos sagrados, al presentar los sacrificios, en los Shabatot y en los demás días. Y sacrifica entonces por primera vez, tras la partida de Mitsraim, el llamado Pésaj, en el desierto.
Y, tras breve demora, parte del monte Sinaí y, atravesando ciertos lugares de los que hablaremos, llegó a un sitio llamado Esermot; y allí de nuevo la multitud comienza a amotinarse y a culpar a Moshé de las penalidades que habían experimentado en la marcha, y de que, habiéndolos persuadido a partir de una tierra buena, la habían perdido, y de que, en lugar de la felicidad que prometió darles, andaban errantes en estas miserias, faltos de agua; y, si sucediera que también el maná les faltara, perecerían por completo. Diciendo muchas y terribles cosas contra el hombre, uno de ellos les aconsejaba no olvidar a Moshé ni sus fatigas por la salvación común, ni desesperar del auxilio de Dios. Pero la multitud se irritó más con esto y, alborotándose, se encendió aún más contra Moshé.
Moshé, animándolos aun estando ellos tan desesperados, prometió —aunque vergonzosamente ultrajado por ellos— procurarles abundancia de carnes, no para un solo día, sino para muchos. Y, como no lo creyeran, y alguien preguntara de dónde proveería tanto a tantas miríadas, dijo: «Dios y yo, aunque somos mal tratados por vosotros, no dejaríamos de fatigarnos por vosotros; y esto no tardará en cumplirse». Al mismo tiempo que decía esto, se llena todo el campamento de codornices, y ellos, rodeándolas, las recogían. Sin embargo, Dios no tardó en tomar venganza de los hebreos por su insolencia y ultraje contra Él: pues murió no poca multitud de ellos, y aún hoy el lugar se llama, por sobrenombre, Kabrotabá, que podría traducirse «monumentos del deseo».
Conduciéndolos Moshé desde allí a la llamada Faranga, cercana a las fronteras de los cananeos y difícil de habitar, reúne a la multitud en asamblea y, puesto en pie, dice: «Habiendo Dios juzgado darnos dos bienes, la libertad y la posesión de una tierra dichosa, el uno ya os lo ha dado y lo tenéis, el otro lo recibiréis en breve. Pues estamos asentados en las fronteras de los cananeos, y de aquí en adelante no nos impedirán avanzar ni un rey ni una ciudad, ni aunque se reúna todo el pueblo entero. Preparémonos, pues, para la empresa; porque no nos cederán la tierra sin combate, sino que se la arrebataremos en grandes luchas. Enviemos exploradores que reconozcan la bondad de esta tierra y cuánta fuerza tienen ellos. Y, ante todo, mantengamos la concordia y honremos a Dios, que es para todos nosotros socorredor y aliado».
Dicho esto por Moshé, la multitud le corresponde con honores, y elige doce exploradores de los más notables, uno de cada tribu; los cuales, atravesando desde los confines de Mitsraim toda Kena’an hasta la ciudad de Amate y el monte Líbano, e indagando la naturaleza de la tierra y de sus habitantes, se presentaron a los cuarenta días, habiendo empleado en toda la tarea ese tiempo. Traían además frutos de los que la tierra producía; y, con la hermosura de estos y la abundancia de bienes que contaban que tenía la tierra, incitaban a la multitud a combatir; pero de nuevo la atemorizaban con la dificultad de la conquista, diciendo que había ríos imposibles de vadear por su magnitud y profundidad, montañas intransitables para los caminantes, y ciudades fuertes por sus murallas y por la solidez de sus recintos. Y en Jevrón afirmaban haber hallado a los descendientes de los gigantes. Así que los exploradores, habiendo visto que todo lo de Kena’an era mayor que cuanto habían encontrado tras la salida de Mitsraim, quedaron ellos mismos consternados e intentaban convencer a la multitud de que así era.
Estos, por lo que oyeron, tenían por imposible la conquista de la tierra; y, disueltos de la asamblea, pasaban el tiempo lamentándose con sus mujeres e hijos, como si Dios en nada los ayudara con obras, sino que solo prometía de palabra. De nuevo culpaban a Moshé y clamaban contra él y contra su hermano Aharón, el sumo sacerdote; y pasan la noche de mala manera y con blasfemias contra ambos. Por la mañana corren a la asamblea, teniendo en mente apedrear a Moshé y a Aharón y volver a Mitsraim. Pero, de los exploradores, Yehoshúa, hijo de Nun, de la tribu de Efráyim, y Kalev, de la tribu de Yehudá, temerosos, se colocan en medio y contenían a la multitud, rogándoles tener ánimo y no condenar a Dios de mentira, ni creer a los que, por no haber dicho la verdad sobre los cananeos, los habían aterrado, sino a los que los animaban hacia la felicidad y la posesión de los bienes. Pues ni la magnitud de las montañas ni la profundidad de los ríos serían obstáculo a las empresas para quienes han ejercitado la virtud, y máxime estando Dios dispuesto a colaborar y a combatir por ellos. «Vayamos, pues —decían—, contra los enemigos, sin recelo alguno, confiando en Dios como caudillo y siguiéndolo a Él, que nos guía». Y ellos, diciendo esto, intentaban apaciguar la ira de la multitud; y Moshé y Aharón, cayendo a tierra, suplicaban a Dios, no por su propia salvación, sino para que hiciera cesar la insensatez de la multitud y serenara su ánimo, turbado por la impotencia del sufrimiento que les había sobrevenido. Y se presentó la nube y, deteniéndose sobre el Mishkán, señalaba la manifestación de Dios.
Moshé, cobrando valor, se presenta ante la multitud y les declaraba que Dios, movido por su insolencia, les impondría un castigo, no digno de sus pecados, sino como el que los padres imponen a los hijos para corregirlos. Pues, habiendo entrado él al Mishkán y llorando ante Dios por la destrucción que estos iban a sufrir, Dios le recordó cuántos bienes habían recibido de Él y de cuán grandes beneficios habían participado, para hacerse ingratos hacia Él; y que ahora, seducidos por la cobardía de los exploradores, habían tenido las palabras de aquellos por más verdaderas que su promesa. Y por esta causa no los destruirá a todos ni hará desaparecer su linaje, al que tuvo en honor más que a todos los hombres; pero no les concederá tomar la tierra de Kena’an ni la felicidad que de ella viene, sino que los hará sin hogar y sin ciudad, y que pasen la vida en el desierto durante cuarenta años, pagando esta pena por su iniquidad. «A vuestros hijos, sin embargo, prometió entregarles la tierra, y a ellos hacerlos dueños de los bienes de los que vosotros, por vuestra incontinencia, os privasteis de participar».
Después de que Moshé les habló así, conforme a la voluntad de Dios, la multitud cayó en el dolor y el abatimiento, y suplicaban a Moshé que se hiciera su intercesor ante Dios y que, librándolos del vagar por el desierto, les procurase ciudades. Pero él respondió que Dios no accedería a semejante intento —pues no había sido llevado a la ira contra ellos por ligereza humana, sino que los había condenado con pleno juicio.
Y no hay que dudar de que Moshé, siendo un solo hombre, aplacara a tantas decenas de millares encolerizadas y las condujera a la mansedumbre; porque Dios, que estaba a su lado, disponía a la multitud a dejarse vencer por sus palabras, y muchas veces, tras haberlo desoído, reconocían —al caer en la desgracia— que su rebeldía había sido en perjuicio propio.
Admirable fue este hombre por su virtud y por la fuerza que tenía para ser creído en cuanto decía, y no solo durante el tiempo en que vivió, sino también ahora; pues no hay hebreo alguno que no obedezca las leyes por él dictadas como si él estuviera presente y fuera a castigar cualquier desorden, aun cuando pudiera hacerlo a escondidas.
Muchas otras pruebas hay de su poder por encima de lo humano. Ya algunos, incluso de los que viven más allá del Éufrates, tras recorrer un camino de cuatro meses en honor de nuestro Templo, con muchos peligros y gastos, y después de haber ofrecido sacrificios, no pudieron participar de las cosas sagradas, pues Moshé lo tenía prohibido a causa de algo que no era conforme a la costumbre ni concordaba con nuestras leyes ancestrales.
Y unos, sin haber siquiera sacrificado; otros, dejando sus sacrificios a medias; y muchos, sin haber podido entrar en absoluto en el Templo, se marchan, prefiriendo obedecer los mandatos de Moshé antes que obrar según su propia voluntad, y sin temer a nadie que pudiera reprenderlos por ello, sino solo recelosos de su propia conciencia.
Así, la legislación tenida por de Dios ha hecho que este hombre sea considerado superior a su propia naturaleza. Más aún: poco antes de esta guerra, cuando Claudio gobernaba a los romanos e Ismael era entre nosotros sumo sacerdote, y el hambre se apoderó de nuestra tierra —hasta el punto de venderse el asarón a cuatro dracmas—, y habiéndose traído harina, en la fiesta de los Ázimos, por valor de setenta coros —que son trescientos un medimnos sicilianos, o cuarenta y uno áticos—, ninguno de los sacerdotes se atrevió a comer ni una miga, pese a la enorme carestía que dominaba el país, por temor a la Torá y a la ira que lo divino guarda siempre contra las injusticias, aun contra las que no pueden ser probadas.
De modo que no hay por qué asombrarse de lo que entonces se hizo, cuando todavía hoy los escritos dejados por Moshé tienen tanta fuerza que aun quienes nos odian confiesan que fue Dios quien nos estableció nuestro régimen por medio de Moshé y de la virtud de aquel. Pero sobre esto que cada cual juzgue como le parezca.
Capítulo IV
Libro cuarto
A los hebreos les pesaba la vida del desierto, desabrida y dura, y aunque Dios les prohibía medirse con los cananeos, quisieron probar suerte. No se avenían a obedecer las palabras de Moshé y quedarse quietos: convencidos de que ellos solos, aun sin el empeño de él, vencerían a sus enemigos, lo acusaban y sospechaban que maquinaba mantenerlos sin recursos para que necesitaran siempre su auxilio.
Se lanzaron, pues, a guerrear contra los cananeos, diciendo que Dios los socorría no por hacerle un favor a Moshé, sino porque cuidaba en común de su nación, por causa de los antepasados de quienes había sido tutor y por la virtud de ellos mismos —que antes les había dado la libertad y ahora, si querían esforzarse, sería siempre su aliado.
Afirmaban que también por sí mismos eran capaces de someter a los pueblos, aunque Moshé quisiera enemistarlos con Dios; que, en definitiva, les convenía ser dueños de sí mismos, y no —alegrándose de haber escapado a la insolencia de los egipcios— soportar a Moshé como tirano y vivir engañados según su voluntad, como si a él solo le revelara lo divino nuestros asuntos, por el afecto que le tiene, cual si no todos fuésemos del linaje de Avraham, sino que Dios lo hubiese hecho a él el único encargado de conocer cuanto ha de venir, aprendiéndolo directamente de Dios.
Pasarían por hombres sensatos —decían— si condenaban su arrogancia y, confiando en Dios, se disponían a conquistar la tierra que Él les había prometido, en lugar de hacer caso a quien, con ese pretexto y en nombre de Dios, se lo impedía.
Así, pensando en la penuria y en el desierto —que aún les hacía parecer peor aquella penuria—, se lanzaron a la batalla contra los cananeos, poniendo a Dios por general, pero sin esperar la colaboración del legislador.
Cuando juzgaron que esto sería lo mejor y atacaron al enemigo, los cananeos no se amedrentaron ni por el ímpetu ni por el número, y los recibieron con valentía. Muchos de los hebreos mueren; el resto del ejército, deshecha su falange, es perseguido en desorden y huye en tropel al campamento.
Abatidos por completo ante aquel descalabro imprevisto, ya no esperaban nada bueno, pensando que también aquello lo padecían por la ira de Dios, por haberse arrojado a la guerra antes de tiempo, contra Su voluntad.
Moshé, viendo a los suyos anonadados por la derrota y temiendo que el enemigo, envalentonado por la victoria y ansioso de más, cayera sobre ellos, resolvió alejar el ejército de los cananeos, adentrándolo en el desierto.
Y como la multitud volvió a confiarse a él —pues comprendió que sin su previsión no podía salir adelante en nada—, levantó el campamento y avanzó al desierto, pensando que allí se aquietarían y no llegarían a las manos con los cananeos antes de recibir de Dios el momento oportuno para ello.
Lo que suele suceder en los grandes ejércitos —difíciles de gobernar y de convencer, sobre todo en la adversidad— le ocurrió también a los judíos. Siendo seiscientos mil, y quizá por su mismo número reacios a someterse a los mejores aun en tiempos buenos, entonces, por la penuria y la desgracia, se exasperaban todavía más, unos contra otros y contra su jefe.
Se apoderó de ellos una sedición como no sabemos que se haya dado ni entre griegos ni entre bárbaros, por la que todos estuvieron a punto de perecer; y a todos los salvó Moshé, sin guardar rencor, aunque poco faltó para que muriera lapidado por ellos.
Tampoco Dios se despreocupó de librarlos de todo mal; pues, aun habiendo ultrajado a su legislador y los mandamientos que Él mismo, por medio de Moshé, les había impuesto, los rescató de las desgracias que la sedición les habría acarreado de no haberlo previsto. Voy a narrar, pues, la sedición y cuanto Moshé dispuso después de ella, tras exponer primero la causa que la originó.
Cierto Kóraj, de los hebreos más notables por linaje y por riqueza, hábil orador y de lo más persuasivo al dirigirse al pueblo, veía a Moshé instalado en un honor extraordinario y lo llevaba a mal por envidia —pues resultaba ser de su misma tribu y pariente suyo—, dolido de que, no siéndole inferior en linaje y siendo más rico, no gozara él con más derecho de aquella gloria.
Ante los leviim —que eran de su tribu— y sobre todo ante sus parientes, clamaba diciendo que era intolerable que Moshé, buscando fama para sí y amañándola con malas artes, la hubiera conseguido con el pretexto de Dios: contra las leyes había dado el sacerdocio a su hermano Aharón, no por decreto común de la multitud, sino por decisión propia, y, a la manera de los tiranos, repartía los honores como favores a quien quería. Era ya algo peor que la violencia abierta este ultraje encubierto, porque despojaba de su fuerza no solo a quienes no consentían, sino a quienes ni siquiera advertían la maquinación.
Pues quien se sabe merecedor de recibir algo persuade para obtenerlo y no recurre entonces a la fuerza, por no atreverse; en cambio, aquellos a quienes es imposible ser honrados con justicia, si quieren parecer buenos, no emplean la violencia, pero son diestros en dañar con astucia.
Convenía a la multitud castigar a tales hombres mientras aún se creen inadvertidos, y no dejar que lleguen al poder y tenerlos luego por enemigos declarados. Pues ¿qué razón podía dar Moshé para haber entregado el sacerdocio a Aharón y a sus hijos?
«Si Dios decidió conceder este honor a alguien de la tribu de Leví, con más derecho me corresponde a mí, que soy del mismo linaje que Moshé y lo aventajo en riqueza y en edad. Y si había de recaer en la más antigua de las tribus, razonable sería que lo tuviera la de Reuvén, y lo recibieran Datán, Aviram y Falú, pues son los de más edad entre los de esa tribu y poderosos por su abundancia de bienes.»
Al decir esto, Kóraj quería aparentar que velaba por el bien común, cuando en realidad maquinaba trasladar hacia sí mismo el honor que estaba en manos de la multitud. Todo esto lo decía con malicia y buenas apariencias a los de su tribu.
Pero, como el rumor iba pasando poco a poco a los más, y los que lo escuchaban engrosaban las calumnias contra Aharón, todo el ejército se llenó de ellas. Los alineados con Kóraj eran doscientos cincuenta de los hombres principales, empeñados en arrebatar el sacerdocio al hermano de Moshé y en deshonrarlo a él mismo.
Se sublevó también la multitud, y se lanzaron a apedrear a Moshé. Se reunieron en asamblea desordenadamente, con tumulto y confusión, y, plantados ante la Tienda de Dios, gritaban que había llegado el tirano y que la multitud debía librarse de la esclavitud bajo él, que con el pretexto de Dios imponía órdenes violentas; pues Dios, si era Él quien elegía al que había de ser sacerdote, habría presentado para el honor al digno, y no lo habría conferido a uno muy inferior a muchos; y si juzgaba concederlo a Aharón, habría hecho la donación ante la multitud, y no la habría dejado en manos de su hermano.
Moshé, que desde hacía tiempo había previsto la calumnia de Kóraj y veía al pueblo enardecido, no se atemorizó, sino que, confiado en lo bien que había deliberado sobre los asuntos y sabiendo que su hermano había obtenido el sacerdocio por elección de Dios y no por favor suyo, se presentó en la asamblea.
A la multitud no le dirigió palabra alguna; a Kóraj, en cambio, gritando cuanto podía —pues era diestro en todo y hábil por naturaleza para hablar a las masas—, le dijo: «A ti, Kóraj, y a cada uno de estos —señalaba a los doscientos cincuenta hombres— os tengo por dignos de honor, y no privo de igual honor a toda esta gente, aunque queden por debajo de lo que a vosotros os da la riqueza y el resto de vuestra posición.
»Y no le di ahora a Aharón el sacerdocio porque aventajase en riqueza —pues tú nos superas a ambos en cuantía de bienes—, ni tampoco por nobleza, ya que en eso nos hizo Dios iguales al darnos un mismo antepasado, ni tampoco por amor fraterno concedí a mi hermano lo que otro con justicia habría de llevar;
»pues si, despreocupándome de Dios y de las leyes, hubiera otorgado el honor por favor, no me habría pasado por alto a mí mismo para dárselo a otro, siendo yo más pariente de mí que de mi hermano y estando mejor dispuesto hacia mí que hacia él. Y ni siquiera era sensato que, exponiéndome a los peligros de transgredir la ley, regalase a otro la felicidad que ello reporta.
»Pero yo estoy por encima de obrar mal, y Dios no habría consentido verse a sí mismo despreciado, ni a vosotros ignorar que, al hacer esto, es a Él a quien complacéis; sino que Él mismo, eligiendo al que había de ser su sacerdote, nos liberó de la responsabilidad en ello.
»Y para que quede claro que no lo recibió por favor mío, sino por juicio de Dios, Aharón lo pone en medio, sometido a disputa para quienes lo pretendan; no reclama, por haber sido ya preferido, que se le permita conservarlo ni que se le conceda ahora ese privilegio,
»pues prefiere, antes que retener la dignidad, veros a vosotros sin sedición, aun obteniéndola con vuestro propio consentimiento. Porque lo que Dios dio, no obramos mal al recibirlo, aunque a vosotros os pesara.
»Sería impío, por lo demás, no aceptar el honor cuando Él lo ofrecía; y pretender conservarlo para siempre, sin que Dios nos garantice su seguridad, sería del todo insensato. Que juzgue, pues, otra vez Él mismo a quiénes quiere que ofrezcan por nosotros los sacrificios y presidan la piedad;
»pues es absurdo que Kóraj, ambicionando el honor, le quite a Dios la potestad de otorgarlo a quien Él quiera. Cesad, pues, de la sedición y del alboroto que por ella hay, y mañana temprano, cuantos reclaméis el sacerdocio, venid cada uno trayendo de casa un incensario con incienso y fuego.
»Y tú, Kóraj, cede el juicio a Dios y aguarda su veredicto sobre esto, mas no te hagas superior a Dios; preséntate para ser juzgado así acerca de la dignidad. Nadie tendrá por injusto, creo, que también Aharón sea admitido a la comparación, siendo del mismo linaje y sin que pueda reprochársele nada de lo hecho en torno al sacerdocio.
»Ofreceréis, pues, incienso reunidos a la vista de todo el pueblo, y mientras ofrecéis, aquel cuyo sacrificio juzgue Dios más grato, ése os será proclamado sacerdote; y así me libro de la calumnia de haber favorecido a mi hermano con ese honor.»
Dicho esto por Moshé, cesa la multitud del alboroto y de la sospecha contra él, y aprobó lo dicho, pues era y parecía bueno para el pueblo. Entonces disuelven la reunión, y al día siguiente se congregaron en la asamblea para asistir al sacrificio y al juicio que por él se haría de los que se disputaban el sacerdocio.
Resultaba tumultuosa la asamblea, con la multitud en vilo por la esperanza de lo que iba a suceder: unos lo tomaban a gusto, por si Moshé quedaba convicto de fraude; los sensatos, por si se veían libres de líos y agitación, pues temían que, al avanzar la sedición, se les desvaneciera más bien el orden de su régimen.
Y toda la muchedumbre, que por naturaleza goza en clamar contra los que mandan y vuelve su ánimo a lo que cada cual dice, estaba alborotada. Moshé, por su parte, envió emisarios a Aviram y a Datán ordenándoles que vinieran según lo convenido y aguardasen el rito sagrado.
Como respondieron que no obedecerían a los mensajeros y que no consentirían que Moshé se engrandeciera a costa de todo el pueblo con malas artes, Moshé, al oír aquello, pidió a los notables que lo acompañaran y se fue hacia el grupo de Datán, sin creer indigno acudir a quienes lo habían desdeñado; y ellos, sin oponer nada, lo siguieron.
Los de Datán, al enterarse de que Moshé venía hacia ellos con los más respetados de la multitud, salieron con sus mujeres y sus hijos delante de las tiendas, y observaban qué iba a hacer Moshé; y todavía tenían a su alrededor sirvientes, para defenderse si Moshé empleaba alguna violencia.
Él, cuando estuvo cerca, alzando las manos al cielo y gritando con voz más potente, de modo que fuera oído por toda la multitud, dijo: «Señor de cuanto hay en el cielo, en la tierra y en el mar: Tú eres para mí el testigo más autorizado de cuanto he hecho, de que todo sucede por tu designio y de que Tú proporcionaste los medios a las obras, apiadándote de los hebreos en todas sus desgracias; ven a escuchar estas palabras.
»Pues nada de lo que se hace ni de lo que se piensa se te oculta, de modo que no me negarás la verdad, anteponiéndole la ingratitud de estos. Lo anterior a mi nacimiento Tú lo conoces con más exactitud, no por haberlo oído, sino por haberlo visto, presente entonces cuando ocurría; pero de lo posterior, que ellos conocen bien y sin embargo injustamente sospechan, hazte Tú mi testigo.
»Yo, que había labrado una vida sin sobresaltos por mi propio esfuerzo y por tu designio —vida que me había dejado mi suegro Reuel—, renuncié al disfrute de aquellos bienes y me entregué a las fatigas por este pueblo. Antes por su libertad, ahora por su salvación, he soportado grandes trabajos y he opuesto mi entrega a todo peligro.
»Ahora, pues, cuando se me sospecha de mala fe por parte de hombres a quienes de mis fatigas les vino el sobrevivir, con razón Tú mismo —que me mostraste aquel fuego en el Sinaí y me hiciste entonces oyente de tu voz y espectador de cuantos prodigios aquel lugar me concedió ver; que me mandaste ser enviado a Mitsraim y manifestarles tu voluntad;
»que sacudiste la prosperidad de los egipcios y nos diste la huida de la esclavitud bajo ellos, y rebajaste por debajo de mí el poder de Paró; que hiciste tierra el mar para nosotros, ignorantes de los caminos, y precipitaste sobre la ruina de los egipcios el agua abierta y luego vuelta a cerrar; que a nosotros, que estábamos desarmados, nos otorgaste la seguridad frente a las armas;
»que hiciste manar potables para nosotros unas fuentes corrompidas, y a quienes carecían por completo de agua les procuraste bebida de las rocas; que a quienes faltaba el sustento de la tierra los salvaste con lo del mar, y hasta del cielo enviaste un alimento nunca antes conocido; que nos inspiraste la invención de las leyes y la organización de un Estado—:
»ven, Señor del universo, como juez mío y testigo insobornable, de que ni acepté regalo de ningún hebreo contra la justicia, ni condené a la pobreza cuando la riqueza podía imponerse, ni gobernando en daño del común me lanzo a intrigas del todo ajenas a mi conducta, como si no fuera por mandato tuyo, sino por favor propio, que di el sacerdocio a Aharón.
»Muestra también ahora que todo se administra por tu providencia y que nada llega a su término al azar, sino resuelto por tu voluntad, y que te cuidas de quienes han de beneficiar a los hebreos: castiga a Aviram y a Datán, que te acusan de insensibilidad, como si te dejaras vencer por mi artificio.
»Haz manifiesto el castigo sobre ellos, enloquecidos así contra tu gloria: no los apartes de la vida de manera común, ni dejes que parezcan haber salido de ella por ley humana, como quienes mueren, sino que la tierra que pisan se abra en torno a ellos, junto con su descendencia y sus bienes;
»pues esto sería para todos una demostración de tu fuerza y una enseñanza de prudencia para quienes piensan de ti cosas impías; y así se me hallaría a mí buen servidor de lo que Tú ordenas.
»Pero si han hecho ciertas sus calumnias contra mí, guárdalos libres de todo mal, y la ruina que les he imprecado hazla caer sobre mí; y, tomando venganza de quien ha querido dañar a tu pueblo, arbitra en adelante la concordia y la paz, y salva a la multitud que sigue tus mandatos, manteniéndola ilesa y sin parte en el castigo de los que han pecado; pues Tú mismo sabes que no es justo que por la maldad de aquellos paguen en común todos los israelitas.»
Apenas dijo esto y rompió a llorar, se sacude de pronto la tierra; movida por un temblor como oleaje agitado por la fuerza del viento, todo el pueblo se atemorizó; y, con un estruendo y un ruido áspero que estalló, la tierra se hundió bajo las tiendas de aquellos y arrastró hacia sí cuanto les era querido.
Desaparecidos así, hasta el punto de que ni siquiera pudo reconocerse a ninguno, se cerró de nuevo la boca de la tierra que se había abierto en torno a ellos y quedó firme, de modo que ni rastro de lo dicho era visible para los que miraban. Y así perecieron, convertidos en demostración de la fuerza de Dios.
Cabría lamentarlos no solo por su desgracia, digna de lástima en sí misma, sino porque, aun padeciendo tales cosas, sus parientes se alegraron; pues, olvidando a los que se habían alineado con ellos, ante la vista de lo ocurrido confirmaron el juicio, y, teniendo por criminales a los del grupo de Datán, ni siquiera se afligieron.
Moshé convocó a los que rivalizaban por el sacerdocio para la prueba de los sacerdotes, a fin de que fuera proclamado aquel cuyo sacrificio aceptara Dios de mejor grado. Reunidos doscientos cincuenta hombres, honrados entre el pueblo tanto por la virtud de sus padres como por la suya propia, en la que aventajaban a aquellos, se presentaron también Aharón y Kóraj, y ante la Tienda todos ofrecieron sobre los incensarios cuanto habían llevado.
Y brilló un fuego tal como nadie recuerda que se haya visto: ni hecho por mano de hombre, ni surgido de la tierra por una acometida de calor, ni encendido por sí solo por la fuerza de los vientos al frotarse la materia contra él, sino como aquel que, por mandato de Dios, se enciende, resplandeciente y llameante en extremo; y por él, todos —los doscientos cincuenta y Kóraj—, al lanzarse sobre ellos, fueron destruidos, hasta el punto de que sus mismos cuerpos se hicieron invisibles. Solo Aharón se salva, sin recibir daño alguno del fuego, porque era Dios quien lo había enviado a quemar a quienes debía.
Moshé, muertos aquellos y queriendo que su castigo se transmitiera a la memoria y que las generaciones venideras lo conocieran, ordenó a Elazar, el hijo de Aharón, que depositara sus incensarios junto al altar de bronce, para que fuese recordatorio, a los que vinieran después, de lo que aquellos habían padecido y de que habían creído que la fuerza de Dios podía ser engañada. Y Aharón, que ya no parecía tener el sumo sacerdocio por favor de Moshé, sino por juicio de Dios hecho manifiesto, gozó desde entonces con firmeza de aquel honor junto con sus hijos.
Sin embargo, ni siquiera así cesó la sedición, sino que mucho más creció y brotó de nuevo, y tomó una causa más grave de agravamiento, por la que era verosímil que el mal no cesara nunca, sino que se prolongase largo tiempo.
Pues los hombres, convencidos ya de que nada sucede sin la providencia de Dios, no querían que aquello hubiese ocurrido sin el favor de Dios hacia Moshé, y lo acusaban de que la ira de Dios había sido tan grande no tanto por la injusticia de los castigados cuanto por las intrigas de Moshé; decían que aquellos habían perecido sin haber pecado en nada, salvo en haberse afanado por el culto de Dios, y que él, tras castigar al pueblo con la ruina de tales hombres, los mejores de todos, y sin sufrir por ello pena alguna, encima concedía el sacerdocio, ya sin disputa, a su hermano; pues nadie más lo reclamaría ya, viendo a los primeros tan miserablemente destruidos. Más aún: hubo de parte de los allegados a los muertos gran insistencia en que la multitud rebajara algo de la altivez de Moshé, pues eso les daría seguridad.
Moshé —que oía formarse el tumulto desde hacía tiempo— temiendo que se sublevaran otra vez y sobreviniese algo grande y grave, reunió a la multitud en asamblea; y, sobre lo que oía, no se puso a defenderse, para no exasperar a la multitud, sino que se limitó a ordenar a los jefes de tribu que trajeran los nombres de las tribus grabados en unas varas.
Pues recibiría el sacerdocio aquel en cuya vara Dios pusiera una señal. Aprobado esto, las traen, tanto los demás como Aharón, que grabó «Leví» en su vara, y Moshé las deposita en la Tienda de Dios. Al día siguiente sacó las varas; eran reconocibles, pues las habían marcado tanto los hombres que las llevaban como la multitud.
Y las demás las veían tal como Moshé las había recibido, sin cambio; pero de la de Aharón vieron brotar renuevos y ramas, y un fruto maduro —eran almendras—, pues de ese árbol se había hecho la vara.
Atónitos ante lo asombroso del espectáculo, aunque a algunos les fueran odiosos Moshé y Aharón, dejando eso de lado empezaron a admirar el juicio de Dios sobre ellos, y desde entonces, aclamando lo decidido por Dios, reconocieron que a Aharón le correspondía justamente el sumo sacerdocio. Y él, ordenado por Dios tres veces, poseyó con firmeza aquel honor, y la sedición de los hebreos, que había durado largo tiempo en su apogeo, cesó de este modo.
Moshé, puesto que la tribu de los leviim quedaba exenta de la guerra y de la campaña, dedicada al servicio de Dios, para que no descuidaran el santuario por penuria o por la búsqueda de lo necesario para vivir, ordenó a los hebreos que, cuando hubieran conquistado Kena’an conforme a la voluntad de Dios, repartieran a los leviim cuarenta y ocho ciudades buenas y hermosas, y que, delimitando la tierra en torno a ellas, les dejaran dos mil codos desde las murallas.
Además, dispuso que el pueblo pagase el diezmo de los frutos anuales tanto a los propios leviim como a los sacerdotes. Y esto es lo que la tribu recibe de la multitud; pero he creído necesario declarar lo que a los sacerdotes les corresponde en particular de parte de todos.
Ordenó que los leviim les cedieran a ellos trece de las cuarenta y ocho ciudades, y que les apartaran la décima parte del diezmo que reciben del pueblo cada año.
Además, que el pueblo, con justicia, ofreciera a Dios las primicias de todos los frutos que crecen de la tierra, y que, de los cuadrúpedos destinados por costumbre a los sacrificios, el primer nacido, si es macho, lo entregara a los sacerdotes para sacrificarlo, de modo que estos comieran con toda su casa en la ciudad sagrada.
De los animales que entre ellos no está permitido comer según las leyes patrias, los dueños habían de entregarles un siclo y medio; por el primogénito humano, cinco siclos. Habían de tener también primicias del esquileo de las ovejas, y quienes cocían el trigo y hacían pan debían aportarles algunos de los panes.
Cuantos se consagran a sí mismos habiendo hecho un voto —a estos se los llama nazireos, que se dejan crecer el cabello y no prueban el vino—, cuando consagran su cabello en un sacrificio y se lo cortan, han de entregar el pelo cortado a los sacerdotes.
Y los que se llaman a sí mismos «korbán» ante Dios —lo cual significa «ofrenda» en lengua griega—, si quieren librarse de esa obligación, han de pagar dinero a los sacerdotes: la mujer treinta siclos, el hombre cincuenta. Y a quienes tengan menos dinero de lo fijado, les es lícito a los sacerdotes resolver sobre ello como quieran.
También quienes sacrifican en casa por su propio festín, y no por culto, tienen la obligación de llevar a los sacerdotes el cuajar, la quijada y el brazuelo derecho de la víctima. Tal fue la abundancia que Moshé ideó para los sacerdotes, aparte de lo que el pueblo les da al sacrificar por sus pecados, como hemos declarado en el libro anterior a este.
Y dispuso que de todo lo que se paga a los sacerdotes participaran también sus criados, sus hijas y sus mujeres, salvo de los sacrificios ofrecidos por los pecados; pues estos solo los consumen en el santuario, en el mismo día, los varones de entre los sacerdotes.
Cuando Moshé hubo dispuesto esto después de la sedición, partió con todo el ejército y llegó a las fronteras de Idumea; y, enviando embajadores al rey de los idumeos, le pidió que le concediera el paso, prometiendo dar cuantas garantías él quisiera tomar de que no sufriría daño alguno, y proveer un mercado para el ejército, con orden de que ellos pagaran el precio del agua.
Pero el rey, disgustado con lo que Moshé le proponía y sin conceder el paso, sacó su ejército armado y salió al encuentro de Moshé, dispuesto a impedirles el cruce si osaban forzarlo. Y Moshé —pues Dios, cuando lo consultó, no le aconsejó iniciar la batalla— retiró su fuerza y dio un rodeo por el desierto.
Fue entonces cuando el fin de la vida alcanza a su hermana Miriam, cumplido el año cuadragésimo desde que había dejado Mitsraim, en el novilunio del mes Xántico según la luna. La entierran con solemnidad pública sobre cierto monte que llaman Sin, y, tras haber guardado el pueblo treinta días de duelo, Moshé lo purificó de este modo: una novilla, sin experiencia de arado ni de labranza, sin tacha, toda rojiza, la llevó el sumo sacerdote un poco lejos del campamento, a un paraje purísimo, la sacrificó y roció con el dedo, siete veces, la sangre frente a la Tienda de Dios.
Después, mientras ardía entera la res, con la piel y las entrañas, arrojan al centro del fuego madera de cedro, hisopo y lana escarlata; y un hombre puro, recogiendo toda su ceniza, la deposita en un paraje purísimo.
Así, a los contaminados por un cadáver, echando un poco de esa ceniza en agua de manantial y mojando hisopo, los rociaban con esa ceniza el tercer día y el séptimo, y en adelante quedaban puros. Ordenó que hicieran esto también cuando hubieran bajado a sus lotes de tierra.
Tras esta purificación por el duelo de la hermana del caudillo, condujo la fuerza a través del desierto y, llegando por Arabia a un lugar que los árabes tienen por su metrópoli —antes llamado Arce y ahora Petra—, allí, rodeando el sitio un alto monte, Aharón subió a él, habiéndole Moshé revelado que iba a morir; a la vista de todo el ejército —pues el lugar quedaba en cuesta y era visible—, se despoja del atuendo del sumo sacerdote y, entregándolo a Elazar su hijo, a quien por edad correspondía el sumo sacerdocio, muere mientras la multitud lo contemplaba, falleciendo en el mismo año en que había perdido a su hermana, tras haber vivido en total ciento veintitrés años. Muere según la luna, en el novilunio del mes llamado Hecatombeón entre los atenienses, Loo entre los macedonios y Sab entre los hebreos.
Guardando el pueblo treinta días de duelo por él, cuando este cesó, Moshé, levantando de allí el ejército, se plantó junto al río Arnón, que, naciendo de los montes de Arabia y corriendo por todo el desierto, desemboca en el lago Asfaltites, marcando el límite entre la tierra moabita y la amorrea. Esta tierra es fértil y capaz de alimentar a una gran población con sus bienes.
Moshé, pues, envió a Sijón, que reinaba en aquella región, a pedir paso para el ejército con las garantías que él quisiera, de modo que nada sufriera daño, ni la tierra ni los habitantes que Sijón gobernaba, y a proponer que usarían el mercado en provecho de aquellos, aunque les vendieran incluso el agua. Pero Sijón se negó, armó a su propio ejército y estuvo del todo dispuesto a impedir que los hebreos cruzaran el Arnón.
Moshé, viendo al amorreo hostil hacia ellos, resolvió que no debía tolerar ser despreciado, y decidió librar a los hebreos de la inacción y de la penuria que de ella se seguía —por la que antes habían caído en sedición y entonces estaban descontentos—, y preguntó a Dios si le concedía hacerle la guerra.
Como Dios le indicó también la victoria, se sintió confiado para el combate y arengó a los soldados, juzgándolos ahora dignos de gozar del placer de guerrear, cuando la divinidad les permitía usarlo. Y ellos, alcanzada la licencia que anhelaban y tomando toda su armadura, marcharon enseguida a la acción.
El amorreo ya no era el mismo cuando lo atacaron: él mismo se quedó pasmado ante los hebreos, y su tropa, que se presentaba como esforzada, quedó al punto convicta de estar aterrada. Así, sin aguantar el primer encuentro para resistir y recibir a los hebreos, se dan a la fuga, suponiendo que eso les daría más salvación que combatir; pues confiaban en la solidez de sus ciudades. Mas de nada les sirvieron, perseguidos como fueron hasta ellas; pues los hebreos, en cuanto los vieron ceder, se les echaron encima y, deshaciendo su orden, los llenaron de terror.
Y aquellos, dispersos, huían hacia las ciudades, pero los hebreos no se cansaban de perseguirlos; resueltos a añadir a lo ya penado un esfuerzo más, siendo excelentes con la honda y diestros en el manejo de toda arma arrojadiza, y ágiles para la persecución por su armamento ligero, corrían tras el enemigo y, con hondas y flechas, alcanzaban incluso a los que habían quedado más lejos.
Hubo, pues, gran matanza, y los que escapaban penaban con las heridas, y sufrían por la sed más que por nada de la guerra —pues era estación de verano— y por el ansia de beber. Así, precipitándose la mayoría hacia un río, y cuanto huía en grupo compacto, los hebreos, rodeándolos, los acribillaban, y a todos los mataron a la vez con jabalinas y flechas.
Muere entre ellos también el rey Sijón. Los hebreos despojaron los cadáveres, tomaron botín y tuvieron gran abundancia de los frutos de la tierra, que aún estaba llena de cosechas; y el ejército recorría todo sin temor, saqueando a placer, tomadas también las ciudades, pues de estas no había ya estorbo alguno, perecida toda la fuerza combatiente. Tal desastre se abatió sobre los amorreos, que no resultaron ni hábiles para pensar ni buenos en la acción, y los hebreos tomaron posesión de su tierra.
Hay un paraje que, situado entre tres ríos, es por naturaleza semejante a una isla: el Arnón lo limita por el sur, el Yabok bordea su lado norte —río que, desembocando en el Yardén, le transmite también su nombre—, y por el oeste del paraje lo rodea el propio Yardén.
Estando así las cosas, ataca a los israelitas Og, rey de Guilad y de la Gaulanítide, al frente de un ejército; acudía como en socorro de Sijón, que era su amigo, pero, hallándolo ya destruido de antemano, aun así decidió trabar batalla con los hebreos, pensando vencer y queriendo poner a prueba su valor; pero, frustrada su esperanza, muere él mismo en el combate y todo su ejército es destruido. Moshé, cruzando el río Yabok, recorrió el reino de Og, arrasando las ciudades y matando a todos sus habitantes, los cuales aventajaban en riqueza a todos los del continente de aquella región, por la bondad de la tierra y la abundancia de bienes.
Og era de una talla y una belleza como pocos hay, y también hombre valiente de brazo, de modo que sus hazañas igualaban a las ventajas de su estatura y su apostura. Su fuerza y su tamaño los infirieron al tomar su lecho en Rabá, ciudad regia de los amonitas: de hierro en su hechura, de cuatro codos de ancho y, de largo, un codo mayor que el doble.
Con la caída de este, no solo mejoraron para lo presente los asuntos de los hebreos, sino que, muerto, fue también causa de bienes para ellos de cara al futuro; pues se apoderaron de sesenta ciudades espléndidamente amuralladas que le estaban sometidas, y todos se hicieron de mucho botín, privada y públicamente.
Moshé, pues, acampa y, llevando la fuerza hasta el Yardén, se sitúa en la gran llanura frente a Yerijó —ciudad próspera esta, buena para dar palmeras y donde se cultiva el bálsamo. Empezaban los israelitas a tenerse en mucho y desbordaban su afán de guerra.
Y Moshé, tras ofrecer durante unos pocos días sacrificios de acción de gracias a Dios y agasajar al pueblo, envió una parte de los soldados a devastar la tierra de los madianitas y a expugnar sus ciudades. Y para hacerles la guerra tuvo la siguiente causa.
El rey de los moabitas, Balak —unido a los madianitas por amistad heredada de sus padres y por alianza—, cuando vio a los israelitas crecer tanto, temió mucho por sus propios asuntos; y, aunque no sabía que Dios había prohibido a los hebreos codiciar otra tierra una vez conquistada la de los cananeos, decidió atacarlos con palabras, más deprisa que prudentemente. No juzgó acertado hacerles la guerra —envalentonados ellos por sus éxitos, y él abatido por la mala fortuna—, pero, pensando en impedir, si podía, que se hicieran grandes, resolvió enviar embajada a los madianitas acerca de ellos. Y estos —pues había junto al Éufrates un tal Bilam, el mejor adivino de aquel tiempo y bien dispuesto hacia ellos— envían con los embajadores de Balak a varones distinguidos de los suyos, a rogar al adivino que viniera para lanzar maldiciones y traer la ruina de los israelitas.
Bilam recibe con amable hospitalidad a los embajadores que llegan y, tras darles de cenar, consultó cuál era el pensamiento de Dios acerca de lo que los madianitas pedían. Y como Dios se opuso, va a los embajadores mostrándoles su propia buena voluntad y su empeño en que lograran lo que deseaban, pero declarando que Dios se oponía a su propósito —Dios, que lo había llevado a tanta fama por su veracidad y por la predicción que de ella nacía—; pues el ejército al que lo llaman a maldecir gozaba del favor de Dios. Y por esta causa les aconsejaba volver a los suyos, deponiendo la enemistad contra los israelitas. Y dicho esto, despidió a los embajadores.
Pero, como Balak insistiera con fuerza y le presentara súplica pertinaz, los madianitas envían de nuevo a Bilam. Y este, queriendo complacer en algo a aquellos hombres, consultó a Dios; y Dios, molesto también por esta prueba, le ordena no contradecir en nada a los embajadores. Él, sin sospechar que Dios se lo mandaba con engaño, partió con ellos. Pero, en el camino, cuando un ángel divino le salió al paso en un lugar estrecho cercado por dobles tapias de piedra, la asna sobre la que Bilam cabalgaba, percibiendo el espíritu divino que le venía al encuentro, desvió a Bilam hacia una de las paredes, insensible a los golpes que él le daba, angustiado por la presión contra el muro. Y como, insistiendo el ángel, la asna golpeada se derrumbara, por voluntad de Dios emitió voz humana y reprochó a Bilam su injusticia: que, no teniendo nada de qué acusarla por sus servicios anteriores, le descargaba golpes sin comprender que ahora, por designio de Dios, se le impedía servir a aquello mismo a lo que él se apresuraba.
Y estando él turbado por la voz humana de la asna, se le apareció también el ángel, manifiesto, y le reprochó los golpes, pues no era culpable la bestia, sino que le estorbaba un camino emprendido contra la voluntad de Dios. Aterrado Bilam, estaba dispuesto a volverse, pero Dios lo instó a seguir el camino comenzado, ordenándole que anunciara solo lo que él mismo le pusiera en la mente.
Y él, habiéndoselo así mandado Dios, llega ante Balak. Recibido por el rey espléndidamente, pidió ser llevado a uno de los montes para observar cómo estaba el campamento de los hebreos. Y Balak en persona va, conduciendo al adivino con séquito real y con honor, a un monte que quedaba sobre el campamento de ellos, a sesenta estadios de distancia. Al verlos, aquel mandó al rey levantar siete altares y presentar otros tantos toros y carneros; y, habiéndolo cumplido el rey con rapidez, ofrece en holocausto las víctimas sacrificadas. Y cuando vio la señal de que Dios se mostraba propicio, dijo:
«Dichoso este pueblo, a quien Dios da la posesión de infinitos bienes y a quien ha concedido su propia providencia como aliada en todo y como guía. No hay linaje humano al que no superéis vosotros en virtud y en el afán de las mejores prácticas, puras de maldad; y esto dejaréis a hijos aún mejores que vosotros, pues Dios os mira solo a vosotros entre los hombres y os procura ser más dichosos que todos cuantos hay bajo el sol. Poseeréis, pues, la tierra a la que él mismo os envió, que servirá siempre a vuestros hijos, y de la fama sobre ellos se llenará toda la tierra y el mar; y bastaréis para dar al mundo, a cada tierra, moradores de vuestro linaje.
Asombraos, pues, oh ejército bienaventurado, de haber llegado a ser tantos de un solo padre. Pero a los que ahora sois os contendrá la pequeña tierra de los cananeos; sabed, en cambio, que la tierra habitada os está reservada como morada por los siglos, y vuestra muchedumbre vivirá tanto en las islas como en el continente, cuanto no es el número de las estrellas en el cielo. Y siendo tantos, la divinidad no dejará de proveeros: en la paz, abundancia de toda clase de bienes; en la guerra, victoria y poder. Que a los hijos de los enemigos les tome el deseo de guerrear contra vosotros y se atrevan a venir a las armas y a vuestras manos; pues ninguno volvería vencedor, ni siquiera para alegrar a hijos y mujeres. Tan grande es la superioridad de valor que os viene de la providencia de Dios, quien tiene fuerza para disminuir lo excesivo y dar lo que falta.»
Y él profetizaba tales cosas no estando en sí mismo, sino vencido por el espíritu divino en favor de ellas. Pero como Balak se enojara y lo acusara de violar los pactos por los cuales lo había traído a cambio de grandes dones de parte de los aliados —pues, habiendo venido a maldecir a los enemigos, cantaba sus alabanzas y los proclamaba los más dichosos de los hombres—, dijo:
«Balak, ¿piensas en el conjunto de las cosas y crees que está en nuestra mano callar o hablar sobre tales asuntos cuando nos toma el espíritu de Dios? Pues él lanza las voces que quiere y las palabras, sin que nosotros sepamos nada. Yo me acuerdo bien de aquello que tú y los madianitas me rogasteis, y por lo que me trajisteis aquí con empeño, y por lo que hice el viaje; y era mi deseo en nada frustrar tu anhelo. Pero Dios es más fuerte que aquello que yo había resuelto conceder; y completamente débiles son quienes suponen que por sí mismos conocen de antemano lo que atañe a los hombres, hasta el punto de no decir lo que la divinidad les dicta, sino de forzar la voluntad de ella; pues nada en nosotros es ya nuestro una vez que aquel ha entrado. Así que yo ni me propuse alabar a este ejército, ni recorrer los bienes que Dios ha dispuesto para su linaje, sino que él, benévolo con ellos y presuroso por darles una vida dichosa y gloria eterna, me inspiró el anuncio de tales palabras. Pero ahora —pues me es empeño complacerte a ti y a los madianitas, cuya petición no es decoroso rechazar— vamos, levantemos de nuevo otros altares y ofrezcamos sacrificios semejantes a los de antes, por si pudiera persuadir a Dios de que me permita atar a estos hombres con maldiciones.»
Consintiendo Balak, aunque Bilam hubo sacrificado dos veces, la divinidad no asintió a las maldiciones contra los israelitas; y habiendo sacrificado también una tercera vez, levantados de nuevo otros altares, tampoco entonces maldijo a los israelitas, sino que, caído de bruces, predijo cuántos sufrimientos habría para los reyes y cuántos para las ciudades más ilustres —algunas de las cuales ni siquiera estaban aún habitadas—, y cuanto ya había sucedido en tiempos anteriores a los hombres por tierra o por mar, hasta llegar a mi propia memoria. Y como todo ello tuvo el fin que aquel predijo, cualquiera podría conjeturar por ello lo que también sería en el porvenir.
Balak, indignado por que los israelitas no hubieran sido maldecidos, despide a Bilam sin juzgarlo digno de honor alguno. Pero este, ya de partida y estando a punto de cruzar el Éufrates, mandó llamar a Balak y a los jefes de los madianitas, y dijo:
«Balak, y vosotros, madianitas aquí presentes —pues es preciso complaceros aun contra la voluntad de Dios—, al linaje de los hebreos no lo alcanzará ruina total, ni en la guerra, ni en la peste, ni en la escasez de los frutos de la tierra, ni ninguna otra causa imprevista lo destruirá. Pues Dios tiene providencia de ellos para salvarlos de todo mal y no dejar que les sobrevenga ninguna calamidad tal que por ella pudieran perecer todos. Les ocurrirán cosas pequeñas y por poco tiempo, por las que, pareciendo abatidos, luego florecerán, para espanto de quienes les causaron los daños. Vosotros, en cambio, si anheláis ganar sobre ellos alguna victoria por breve tiempo, la lograríais haciendo esto: enviad a las más hermosas de vuestras hijas, capaces por su belleza de forzar y vencer la templanza de quienes las miren, tras realzar aún más su gracia con adorno, para que estén cerca del campamento de aquellos; y, cuando los jóvenes de ellos deseen unirse a ellas, ordenadles consentir. Y cuando las vean rendidas a sus deseos, que las abandonen; y, aunque les rueguen que se queden, que no accedan antes de haberlos persuadido de que, dejando las leyes patrias y al Dios que se las dio, honren a los dioses de los madianitas y de los moabitas; pues así se irritará Dios contra ellos.» Y habiéndoles sugerido esto, se marchó.
Enviando los madianitas a sus hijas conforme al consejo de aquel, los jóvenes de los hebreos quedan cautivos de su hermosura y, viniendo a conversar con ellas, les rogaban que no les negaran el goce de su belleza ni el trato de su intimidad. Y ellas, acogiendo de buen grado sus palabras, se unían a ellos. Y, habiéndolos atado con el amor hacia ellas, cuando el deseo estaba en su apogeo, se disponían a marcharse. A ellos les sobrevino gran abatimiento por la retirada de las mujeres, y con súplicas insistían en que no los abandonaran, sino que se quedaran allí para ser sus esposas y ser declaradas señoras de todo cuanto poseían. Y esto decían jurando y poniendo a Dios por mediador de lo que prometían, y llorando, y haciéndose de todos modos dignos de lástima ante las mujeres. Y ellas, cuando los comprendieron esclavizados y del todo presos por la intimidad, comenzaron a decirles:
«Nosotras, oh los mejores de los jóvenes, tenemos casas paternas y abundante posesión de bienes, y el afecto y cariño de nuestros padres y allegados; y no por falta de ninguno de ellos hemos venido aquí a este trato, ni acogimos vuestra petición para traficar con la flor de nuestro cuerpo, sino que, tomándoos por hombres buenos y justos, nos dejamos persuadir de honraros con tal hospitalidad a vuestro ruego. Y ahora, ya que decís tenernos afecto y os afligís porque vamos a partir, tampoco nosotras rechazamos vuestra súplica; pero, tomada la única prenda de vuestra buena voluntad que consideramos digna de estima, aceptaremos de buen grado pasar la vida con vosotros como esposas. Pues tememos que, saciados de nuestro trato, luego nos ultrajéis y nos despidáis deshonradas a nuestros padres.» Y pedían que se les disculpara por tomar tales precauciones.
Y como ellos prometieran dar la prenda que quisieran y no contradecir en nada, por la pasión que hacia ellas sentían, «puesto que —dijeron— así lo habéis resuelto, y usáis costumbres y una vida del todo ajenas a las de todos los demás, hasta el punto de que vuestros alimentos son de índole propia y vuestras bebidas no comunes con las de los otros, es necesario, si queréis convivir con nosotras, que veneréis también a nuestros dioses; y no habría otra prueba de la buena voluntad que ahora decís tener hacia nosotras y de la venidera, sino que adoréis a los mismos dioses que nosotras. Nadie os reprocharía que, en la tierra a la que habéis llegado, os volváis hacia sus propios dioses, siendo además nuestros dioses comunes a todos, mientras que el vuestro no lo es para nadie.» Decían, pues, que era preciso o tener por dioses los mismos que todos, o buscar otro mundo habitado en el que vivieran solos según sus propias leyes.
Y ellos, por el amor hacia ellas, teniendo esto por dicho de la mejor manera y entregándose a lo que aquellas los incitaban, transgredieron las tradiciones patrias: creyendo que había muchos dioses y proponiéndose sacrificarles según la costumbre del país propia de quienes los habían establecido, se complacían en manjares extranjeros y no cesaban de hacer todo para placer de las mujeres, al contrario de lo que su ley ordenaba, de modo que ya por todo el ejército se extendía la transgresión de los jóvenes, y les cayó encima una sedición mucho peor que la anterior y el peligro de la ruina total de sus propias costumbres. Pues, una vez que la juventud gustó de usos extranjeros, se hartaba de ellos con avidez; y si algunos de los principales varones eran ilustres por las virtudes de sus padres, se corrompían junto con los demás. Y Zimrí, jefe de la tribu de Shimón, uniéndose a Kozbí, madianita, hija de Ur —hombre poderoso entre aquellos—, a instancias de la mujer y anteponiéndolo a lo que Moshé había decretado, servía a cuanto a ella le resultara grato.
Estando así las cosas, Moshé, temiendo que sucediera algo peor, convocó al pueblo en asamblea; y no acusaba a nadie por su nombre, no queriendo llevar a la desesperación a quienes, por permanecer ocultos, podían arrepentirse, pero decía que obraban de modo indigno de sí mismos y de sus padres al anteponer el placer a Dios y a la vida conforme a él. Convenía, mientras aún estaban a tiempo y bien les iría, cambiar de rumbo, teniendo por hombría no el forzar las leyes, sino el no ceder a los deseos. Además de esto, decía que no era razonable que, habiendo sido moderados en el desierto, ahora, estando en la abundancia, se comportaran con desenfreno, ni que lo adquirido en la penuria se perdiera por la prosperidad. Y él, diciendo esto, procuraba enderezar a los jóvenes y llevarlos al arrepentimiento de lo que hacían.
Pero, levantándose después de él, Zimrí dijo: «Tú, Moshé, sírvete de las leyes por las que te has afanado, dándoles firmeza gracias a la simpleza de estos; pues, si no fueran ellos de tal índole, muchas veces ya, castigado, habrías sabido que los hebreos no son fáciles de engañar. Pero a mí no me tendrás por sumiso a lo que tú ordenas tiránicamente; pues hasta ahora no has hecho otra cosa que, con el pretexto de leyes y de Dios, maquinar servidumbre para nosotros y poder para ti mismo, quitándonos el placer y la libertad de vivir a nuestro arbitrio, que es propia de los libres y de quienes no tienen amo. Más duro con los hebreos que los egipcios serías, si pretendes castigar según las leyes la voluntad de cada cual respecto de lo que le agrada. Mucho más justamente sufrirías tú mismo el castigo, tú que te has propuesto abolir lo que entre todos se reconoce por bueno, y has erigido, contra el parecer de todos, tu propio disparate como algo fuerte. Yo, en cambio, con razón me vería privado de lo que ahora hago, habiéndolo juzgado bueno; y luego no vacilaría en confesarlo ante estos. He tomado, como dices, una mujer extranjera; pues de mí mismo oirás mis actos, como de un hombre libre, ya que ni siquiera me propuse ocultarlo; y sacrifico a los dioses a los que juzgo justo sacrificar, teniendo por bueno procurarme yo mismo la verdad a partir de muchos, y no vivir como bajo una tiranía, colgando toda la esperanza de la vida entera de uno solo; y nadie se alegraría de proclamarse más señor que yo de mi propio juicio sobre lo que yo haga.»
Habiendo dicho Zimrí estas cosas acerca de sus propias injusticias y de las de algunos otros, el pueblo callaba, por temor de lo que iba a venir y viendo que el legislador no quería llevar más lejos, mediante un enfrentamiento abierto, la locura de aquel; pues receló que muchos, hechos imitadores de la insolencia de sus palabras, perturbaran a la multitud. Y con esto se disolvió la asamblea. Y habría avanzado más aún la prueba del mal, de no haberse adelantado Zimrí a morir por una causa como la que sigue.
Pinjás, varón superior a los demás jóvenes en todo, y que aventajaba a los de su edad por la dignidad de su padre —pues era hijo de Elazar el sumo sacerdote—, muy dolido por lo hecho por Zimrí, resuelto a cobrarle en persona con la obra el castigo antes de que la afrenta se hiciera más fuerte por la impunidad, y a impedir que la transgresión pasara a más al no ser castigados los que la habían iniciado, y sobresaliendo tanto por audacia y por el valor de alma y cuerpo que, si se enfrentaba a algún peligro, no se apartaba de él antes de vencerlo y obtener sobre él la victoria, llegándose a la tienda de Zimrí, lo mató a él con la espada, y también a Kozbí. Y todos los jóvenes que aspiraban a la virtud y al amor del bien, hechos imitadores de la audacia de Pinjás, daban muerte a quienes habían incurrido en la misma culpa que Zimrí. Perecieron, pues, también por el valor de estos, muchos de los transgresores; pero perecieron todos, además, por la peste, enviándoles Dios esta enfermedad; y cuantos, siendo parientes que debían impedirlo, los habían incitado a estas cosas, murieron por parecer que ofendían a Dios. Perecieron, pues, de entre las filas, hombres no menos de catorce mil.
Irritado por esta causa, Moshé envió el ejército a la destrucción de los madianitas, sobre cuya expedición contra ellos hablaremos dentro de poco, tras haber referido primero algo que dejamos atrás; pues es justo, en este punto, no pasar sin elogio el proceder del legislador. Pues, aunque Bilam, requerido por los madianitas para maldecir a los hebreos, no pudo hacerlo por providencia divina, sí sugirió el plan usando el cual los enemigos estuvieron a punto de corromper a la multitud de los hebreos por aquellas prácticas —enfermando en efecto algunos en estas cosas—; y Moshé lo honró grandemente registrando sus vaticinios. Y, pudiendo apropiarse la gloria sobre ellos y hacerlos suyos, sin que hubiera testigo alguno que lo desmintiera, dio a aquel el testimonio y lo juzgó digno de que se lo recordara. Y sobre esto que cada cual opine como le parezca.
Moshé, por lo que ya antes dije, envió a la tierra de los madianitas un ejército de doce mil en total, escogiendo igual número de cada tribu, y designó como su general a Pinjás, de quien poco antes hicimos mención, que había guardado las leyes para los hebreos y castigado a Zimrí, que las transgredía. Los madianitas, informados de antemano de que el ejército marchaba contra ellos y de que estaría presente en cualquier momento, se reunían y, tras asegurar las entradas del país por donde esperaban a los enemigos, los aguardaban. Y, llegados estos y trabado el combate, cae de los madianitas una muchedumbre incontable y superior a todo número, y todos sus reyes; eran cinco: Oco y Sures, además Robees y Ures, y el quinto Rékemo, cuya ciudad epónima tiene toda la dignidad de la tierra de los árabes y hasta hoy es llamada por todos los árabes, con el nombre del rey que la fundó, Réqueme, la que los griegos llaman Petra.
Puestos en fuga los enemigos, los hebreos saquearon su país y, tomando mucho botín y dando muerte a los moradores junto con las mujeres, dejaron con vida solo a las doncellas, habiéndolo ordenado así Moshé a Pinjás. El cual vino trayendo el ejército indemne y un botín abundante: cincuenta y dos mil bueyes; seiscientas setenta y cinco mil ovejas; sesenta mil asnos; y de oro y plata una cantidad inmensa de ajuar del que se servían en casa —pues, por su prosperidad, vivían con mucho lujo—. Fueron traídas también las doncellas, unas treinta y dos mil. Moshé, repartido el botín, da la quincuagésima parte de una mitad a Elazar y a los sacerdotes, y a los leviim la quincuagésima parte de la otra, y el resto lo reparte al pueblo. Y en adelante vivían dichosamente, habiéndoles venido por su valor abundancia de bienes, sin que nada sombrío les estorbara el gozarla.
Moshé, siendo ya anciano, establece como sucesor suyo a Yehoshúa, tanto para las profecías como para ser general si en algún lugar hiciera falta, habiendo mandado también Dios que a este se le confiara la dirección de los asuntos. Y Yehoshúa había sido instruido en toda la enseñanza acerca de las leyes y de lo divino, habiéndoselo enseñado Moshé.
En esto, dos tribus, la de Gad y la de Reuvén, y la mitad de la de Menashé, prósperas por la muchedumbre de ganado y por todo lo demás, tras deliberar en común, rogaron a Moshé que les concediera aparte la tierra amorrea, conquistada por la lanza, pues era buena para criar ganado. Y él, suponiendo que, por miedo al combate contra los cananeos, habían hallado como pretexto decoroso el cuidado del ganado, los llamó cobardísimos y, tras haber ideado un pretexto honorable de su cobardía, dijo que ellos querían holgar viviendo sin fatiga, cuando todos habían padecido por adquirir la tierra que ellos pedían, y que no querían, tomando parte en los combates restantes, apoderarse de la tierra que Dios había prometido entregarles una vez que cruzaran el Yardén, sometiendo a los que aquel nos ha señalado como enemigos. Ellos, viéndolo airado y suponiendo que con justicia se había irritado por su petición, se defendían diciendo que no por miedo a los peligros ni por blandura ante la fatiga habían hecho la solicitud, sino para que, dejando el botín en lugar apropiado, pudieran ir ligeros a los combates y las batallas; y decían estar dispuestos, tras fundar ciudades para guarda de los hijos, las mujeres y los bienes, a marchar con el ejército, si él lo concedía.
Y Moshé, complacido con el razonamiento, llamando a Elazar el sumo sacerdote, a Yehoshúa y a todos los magistrados, les concedió la tierra amorrea a condición de que combatieran junto a sus parientes hasta que todo quedara establecido. Tomando, pues, con estas condiciones el país y fundando ciudades fuertes, depositaron en ellas a los hijos, las mujeres y todo cuanto, si lo llevaran consigo, les sería estorbo para la fatiga.
Edifica también Moshé las diez ciudades que serían del número de cuarenta y ocho, de las cuales señaló tres para los que hubieran de huir por homicidio involuntario; y fijó que el tiempo del destierro fuera el mismo que el del sumo sacerdote bajo el cual alguien, habiendo cometido el homicidio, huyó. Muerto este, permitía el regreso, teniendo los parientes del muerto autoridad para matar al homicida si lo cogían fuera de los límites de la ciudad a la que había huido; a ningún otro se le permitía. Las ciudades señaladas para los refugios eran estas: Bósora, en los confines de Arabia; Arimán, de la tierra de Guilad; y Golán, en la Batanea. Y, una vez que hubieran conquistado también la tierra de los cananeos, otras tres ciudades de las ciudades levíticas habrían de destinarse a los fugitivos para su residencia, según ordenó Moshé.
A Moshé, habiéndosele acercado los principales de la tribu de Menashé y declarándole que había muerto uno de la tribu, varón insigne llamado Tselofjad, sin dejar hijos varones sino hijas, y preguntándole si la heredad sería de estas, dijo: si van a casarse con alguno de la tribu, que la heredad pase a estos con ellas; pero, si se casaran con alguno de otra tribu, que dejaran la heredad en la tribu paterna. Y entonces dispuso que la heredad de cada uno permaneciera en su tribu.
Cumplidos los cuarenta años menos treinta días, Moshé, reunida una asamblea junto al Yardén —donde ahora está la ciudad de Abila, y el lugar está plantado de palmeras—, congregado todo el pueblo, dice lo siguiente:
«Varones compañeros de armas y partícipes de la larga fatiga: puesto que, siendo ya voluntad de Dios y de la vejez —cumplido un tiempo de ciento veinte años—, debo partir de la vida, y no voy a ser vuestro auxilio ni aliado en lo que se haga más allá del Yardén, impedido por Dios, juzgué justo no abandonar tampoco ahora mi empeño por vuestra dicha, sino procuraros el goce perpetuo de los bienes, y para mí memoria de que llegasteis a la abundancia de lo mejor. Vamos, pues: tras aconsejaros de qué modo seríais dichosos y dejaríais a vuestros hijos posesión perpetua de bienes, me iré así de la vida. Y merezco ser creído, tanto por mi anterior celo en favor vuestro como porque las almas, al llegar a su fin, conversan con toda virtud.
Oh hijos de Israel, una sola es para todos los hombres la causa de la posesión de bienes: Dios propicio; pues solo él es capaz de darlos a los dignos y de quitárselos a quienes pecan contra él. Si os ofrecéis a él tales cuales él mismo quiere —y yo, que conozco claramente su pensamiento, os lo aconsejo—, no dejaríais nunca de ser envidiados por todos como bienaventurados, ni caeríais en desgracia; sino que la posesión de los bienes que ahora tenéis permanecerá firme, y de los ausentes tendréis pronta la venida. Solo obedeced a aquello a lo que Dios quiere que sigáis, y ni antepongáis a las leyes presentes otra disposición, ni, despreciando la piedad que ahora tenéis hacia Dios, os paséis a otro modo. Haciendo esto, seréis los más fuertes de todos para sostener batallas y no fácilmente vencidos por ningún enemigo. Pues, estando presente Dios como auxilio vuestro, es razonable despreciar a todos.
Y para la virtud os aguardan grandes premios a lo largo de toda la vida, si la poseéis: ella misma es el primero de los bienes, el más venerable, y luego procura además la abundancia de los demás, de modo que, usándola entre vosotros, hagáis dichosa la vida, y, más gloriosos que los extranjeros, tengáis buena fama incontestada también entre los venideros. Y a esto podríais llegar si fuerais obedientes y guardianes de las leyes que, dictándomelas Dios, redacté, y os ejercitarais en la comprensión de ellas. Yo mismo parto, alegre por vuestros bienes, encomendándoos a la moderación de las leyes, al orden de la constitución y a las virtudes de los generales, que tendrán providencia de vuestro provecho.
Y Dios, que hasta ahora nos ha guiado y por cuya voluntad también yo os fui útil, no detendrá aquí su providencia, sino que, durante todo el tiempo que vosotros queráis tenerlo por protector —permaneciendo en las prácticas de la virtud—, otro tanto os serviréis de su cuidado. Y os propondrán los mejores consejos, siguiendo los cuales tendréis la dicha: el sumo sacerdote Elazar, y Yehoshúa, y el consejo de ancianos, y los magistrados de las tribus, a quienes escuchad sin enojo, sabiendo que todos los que saben ser bien gobernados sabrán también gobernar cuando lleguen a la autoridad. Y tened por libertad no el indignaros por lo que vuestros jefes os pidan hacer; pues ahora ponéis vuestra franqueza en ultrajar a los bienhechores, lo cual, si en adelante os guardáis de ello, mejor os irán las cosas; y nunca toméis contra ellos la misma cólera que tantas veces os atrevisteis a usar contra mí; pues sabéis que corrí más veces peligro de morir por obra vuestra que por la de los enemigos.
Esto no me lo propuse para reprocharos —pues no querría, al salir de la vida, dejaros disgustados trayéndolo al recuerdo, ni, en el momento en que lo padecía, me encolericé—, sino para que, precisamente por ello, seáis prudentes en el porvenir, y esto os sea seguridad, y en nada ultrajéis a vuestros gobernantes por la riqueza que, mucha, os rodeará una vez que crucéis el Yardén y conquistéis Kena’an. Pues, si, llevados por ella al desprecio y al menosprecio de la virtud, perderéis también la benevolencia de parte de Dios; y, hecho este enemigo, tanto la tierra que conquistaréis la perderéis, vencidos más tarde por las armas de otros, con las mayores afrentas, como, dispersados por el mundo habitado, llenaréis toda tierra y mar de vuestra servidumbre. Y a vosotros, cuando hagáis la prueba de esto, os será inútil el arrepentimiento y el recuerdo de las leyes no guardadas. Por lo cual, si queréis que estas os permanezcan, no dejéis con vida a ninguno de los enemigos, una vez vencidos, sino juzgad conveniente destruirlos a todos, para que, gustando de las prácticas de algunos, no corrompáis la constitución patria. Además, os aconsejo derribar cuantos altares, bosques sagrados y templos tengan, y consumir con fuego su linaje y su memoria; pues solo así os quedaría firme la seguridad de vuestros propios bienes. Y para que, por ignorancia de lo mejor, vuestra naturaleza no se incline hacia lo peor, os he compuesto también leyes, dictándomelas Dios, y una constitución, cuyo orden si guardáis, seríais juzgados los más dichosos de todos.»
Dicho esto, les da en un libro las leyes y la disposición de la constitución por escrito. Y ellos lloraban y hacían gran añoranza del general, acordándose de los peligros que había corrido y del celo que había puesto por la salvación de ellos, y desesperando acerca del porvenir, pensando que no habría otro caudillo semejante y que Dios menos proveería por ellos, por ser Moshé quien lo invocaba. Y, arrepentidos de aquello que en el desierto le habían dicho con cólera, se dolían, de modo que todo el pueblo, prorrumpiendo en lágrimas, hacía el dolor por él superior a todo consuelo de palabra. Pero Moshé los consolaba, y, apartándolos de tenerlo por digno de lágrimas, los exhortaba a servirse de la constitución. Y entonces así se disolvieron.
Quiero, tras haber expuesto primero la constitución —acorde con la dignidad de la virtud de Moshé, y que dará a conocer, a través de ella, a quienes lo lean cómo eran nuestros asuntos desde el principio—, pasar al relato de lo demás. Está escrito todo tal como aquel lo dejó, sin que nosotros hayamos añadido nada para embellecerlo ni nada que Moshé no dejara. Se ha innovado por nuestra parte el ordenar cada cosa por materias; pues fueron dejadas por aquel dispersas por escrito, según cada cosa la aprendía de Dios. Por esto juzgué necesario advertirlo de antemano, no fuera que nos viniera algún reproche de parte de nuestros compatriotas que se topen con el escrito, como si hubiéramos errado. Así es, pues, la disposición de nuestras leyes que atañen a la constitución. Las que nos dejó comunes y para nuestro trato mutuo, esas las he pospuesto para la exposición sobre costumbres y sus razones, que, con la ayuda de Dios, me propongo componer después de esta obra.
«Cuando, conquistada la tierra de los cananeos y teniendo ocio en el uso de los bienes, resolváis ya en adelante fundar ciudades, haciendo esto obraréis cosas gratas a Dios y tendréis firme la dicha. Sea una sola ciudad sagrada de la tierra de los cananeos, en el lugar más hermoso e ilustre por su excelencia, la que Dios elija para sí mediante profecía; y haya en ella un solo templo, y un solo altar de piedras no labradas, sino reunidas a mano, escogidas, que, untadas de argamasa, sean vistosas y limpias a la vista. Y el acceso a él no sea por gradas, sino por un terraplén en pendiente suave hecho ante él. En otra ciudad no haya ni altar ni templo; pues uno solo es Dios y uno solo el linaje de los hebreos.
El que blasfeme contra Dios, lapidado, quede colgado durante un día y sea enterrado sin honor y sin ser visto.
Reúnanse en la ciudad que designen para el templo, tres veces al año, los que vienen de los confines de la tierra que los hebreos dominen, para dar gracias a Dios por lo concedido y suplicarle acerca del porvenir, y para que, reuniéndose y banqueteando juntos, se hagan queridos unos a otros; pues es bueno que no se ignoren entre sí, siendo de un mismo linaje y partícipes de las mismas prácticas, y esto les vendrá de esa misma convivencia, imprimiendo en ellos el recuerdo mutuo por la vista y el trato; pues, permaneciendo sin trato unos con otros, serían tenidos por completamente extraños entre sí.
Haya también para vosotros una separación del diezmo de los frutos, aparte del que dispuse dar a los sacerdotes y a los leviim, el cual se venda en las tierras patrias y sirva para los banquetes y los sacrificios en la ciudad sagrada; pues es justo gozar de lo que produce la tierra que Dios les concedió poseer, en honra de quien lo dio.
No se ofrezcan sacrificios del salario de mujer prostituida; pues la divinidad no se complace en nada que proceda de la afrenta, y no habría cosa peor que la vergüenza sobre los cuerpos. Igualmente, si alguien toma salario por la monta de un perro, sea de caza o guardián de rebaños, que no sacrifique a Dios de ello.
Que nadie blasfeme contra los dioses que otras ciudades tienen por tales; ni saquee templos extranjeros, ni tome tesoro alguno que esté consagrado con el nombre de algún dios.
Que ninguno de vosotros lleve vestidura tejida de lana y lino; pues eso se ha asignado solo a los sacerdotes.»
Cuando el pueblo se reúna en la ciudad santa para los sacrificios, cada siete años, al llegar la fiesta de Sukot, que el sumo sacerdote se ponga en pie sobre una tribuna alta desde donde su voz alcance a todos, y lea las leyes a la asamblea entera. Que no se aparte a nadie de escucharlas —ni a las mujeres ni a los niños—, y ni siquiera a los esclavos; pues es bueno que queden grabadas en el alma y guardadas en la memoria, de modo que jamás puedan borrarse. Así nadie caerá en falta, ya que no podrá alegar ignorancia de lo que las leyes determinan; y las leyes tendrán plena autoridad para reprender al que peque, pues le habrán anunciado de antemano lo que sufrirá y habrán inscrito en su alma, por el oído, lo que mandan. De este modo su prescripción estará siempre dentro de cada uno: al despreciarla, obraron mal y se hicieron ellos mismos culpables del castigo. Que también los niños aprendan primero las leyes, el más hermoso de los saberes y causa de la felicidad.
Dos veces al día, al comenzar la jornada y al llegar la hora de entregarse al sueño, que den testimonio a Dios de los dones que les concedió al librarlos de la tierra de Mitsraim; pues el agradecimiento es justo por naturaleza, y se ofrece tanto en pago de lo ya recibido como para atraer lo por venir. Que inscriban también en las jambas de sus puertas los mayores beneficios que Dios les ha hecho, y que cada uno los lleve visibles en los brazos; y todo aquello que pueda mostrar el poder de Dios y su benevolencia hacia ellos, que lo lleve escrito sobre la cabeza y sobre el brazo, para que por todas partes se vea patente la solicitud de Dios hacia ellos.
Que en cada ciudad gobiernen siete hombres que se hayan ejercitado antes en la virtud y en el celo por la justicia; y que a cada magistratura se le asignen dos hombres como auxiliares, de la tribu de los leviim. Y que quienes reciban por suerte el oficio de juzgar en las ciudades gocen de todo honor, de modo que en su presencia a nadie le sea lícito injuriar ni insolentarse; pues el respeto ante hombres de dignidad hace a los demás más reverentes, hasta el punto de no despreciar a Dios. Que los jueces tengan autoridad para pronunciar según su parecer, salvo que alguien demuestre que recibieron dinero para corromper la justicia, o presente cualquier otra causa por la cual quede probado que no juzgaron rectamente; pues no conviene que dicten sus sentencias por afán de lucro ni por consideración a la dignidad de alguien, sino poniendo la justicia por encima de todo. De otro modo parecería que se desprecia a Dios y se le juzga más débil que aquellos a quienes, por miedo a su fuerza, se les diera el voto; porque la fuerza de Dios es la justicia. Y quien la regala a los que gozan de dignidad, hace a esos hombres más poderosos que Dios.
Si los jueces no aciertan a pronunciarse sobre los casos que se les presentan —y a los hombres les suceden muchas cosas de esta clase—, que remitan la causa a la ciudad santa; y, reunidos el sumo sacerdote, el profeta y el consejo de ancianos, dicten lo que les parezca.
Que no se dé crédito a un solo testigo, sino a tres, o a lo sumo a dos, cuya vida anterior confirme la verdad de su testimonio. Que no valga el testimonio de las mujeres, por la ligereza y el atrevimiento propios de su sexo; y que tampoco testifiquen los esclavos, por la bajeza de su condición, pues es probable que, por lucro o por miedo, no digan la verdad. Y si alguno es sorprendido dando falso testimonio y se descubre, que sufra lo mismo que iba a padecer aquel contra quien había atestiguado.
Si se comete un homicidio en algún lugar y no se encuentra al autor, ni se sospecha de nadie que haya matado por odio, que lo busquen con toda diligencia, ofreciendo recompensa a quien lo denuncie. Y si nadie lo denuncia, que los magistrados de las ciudades vecinas a la comarca donde se cometió el crimen, junto con el consejo de ancianos, se reúnan y midan la distancia desde el lugar donde yace el muerto. La ciudad que resulte más próxima, que sus hombres públicos compren una novilla y la lleven a una hondonada, a un paraje impropio para el arado y para el cultivo, y allí corten los tendones del cuello de la res. Entonces los sacerdotes, los leviim y el consejo de ancianos de aquella ciudad, tomando agua y vertiéndola sobre la cabeza de la res, proclamen en voz alta que tienen las manos limpias de aquel homicidio, que ni lo cometieron ni estuvieron presentes cuando se cometía, e invoquen a Dios propicio, para que jamás vuelva a sobrevenir a la tierra semejante desgracia.
La aristocracia es, pues, la mejor forma de gobierno, y también la vida conforme a ella; que no os invada el deseo de otro régimen, sino amad este, y teniendo por señores a las leyes, obrad en todo según ellas; pues basta Dios por caudillo. Y si os viniera el anhelo de un rey, que sea de vuestra misma estirpe, y que ponga siempre su cuidado en la justicia y en la demás virtud. Que este ceda a las leyes y a Dios lo más de su propio juicio, y no haga nada sin el sumo sacerdote y el parecer de los ancianos; que no tome muchas mujeres, ni acumule riquezas ni caballos en abundancia, pues, teniéndolos, se volvería soberbio y despreciaría las leyes. Y si pusiera empeño en alguna de estas cosas, que se le impida llegar a ser más poderoso de lo que os conviene.
Que a nadie le sea lícito mover los mojones de la tierra, ni los propios ni los ajenos, si con aquellos estáis en paz; que se guarde de arrancar, como si fuera decisión firme de Dios establecida para siempre, aquello de donde nacen guerras y sediciones, por el deseo de los codiciosos de avanzar más allá de sus lindes. Pues no anda lejos de traspasar también las leyes quien cambia de sitio el mojón.
Quien plante en una tierra: si los plantíos dan fruto antes de los cuatro años, que no ofrezca de ahí primicias a Dios ni las use él mismo; pues no las han producido en su sazón, sino que, forzada la naturaleza a destiempo, no cuadra ofrecerlas a Dios ni servirse de ellas el propietario. En el cuarto año que recoja todo lo producido, pues entonces está maduro, y reuniéndolo llévelo a la ciudad santa; y junto con el diezmo del demás fruto, que lo consuma en banquetes con sus amigos, y con los huérfanos y las viudas. En el quinto año, sea ya dueño de recoger para sí el fruto de los plantíos.
La tierra plantada de viñas, que no la siembre; pues le basta a esa tierra nutrir esta planta y quedar exenta de los trabajos del arado. Que se are la tierra con bueyes, sin uncir bajo el yugo con ellos ningún animal de otra especie, sino que también con las demás bestias se haga la labranza por especies afines. Que las semillas sean puras y sin mezcla, y que no se siembren juntas dos o tres clases; pues la naturaleza no se complace en la unión de lo desemejante. Que tampoco se apareen ganados que no sean de la misma raza; pues hay peligro de que, a partir de esto, la deshonra hacia la propia estirpe pase incluso a los asuntos humanos, tomando su comienzo primero en las cosas pequeñas y viles. No debe consentirse nada de esa clase, de lo cual, por imitación, pudiera surgir alguna desviación en el orden público; antes bien, las leyes, que saben proveer, no han descuidado ni las cosas más insignificantes, para que en ellas todo sea irreprochable.
Cuando seguéis y recojáis las mieses, que no se espiguen del todo, sino que se deje algo de las gavillas para los que carecen de sustento, como hallazgo con que alimentarse. Del mismo modo, en la vendimia, dejad los racimos rezagados para los pobres, y omitid parte del fruto de los olivos para que lo recojan quienes no tienen de lo propio de qué tomar. Pues no sería tan grande la abundancia que a los dueños les viniera de una recolección minuciosa, como el favor que les llegaría de los necesitados; y la Providencia hará la tierra más pronta a criar los frutos, si no se atiende solo al propio provecho, sino que se tiene cuenta también del sustento de los demás. Que tampoco, cuando los bueyes trillen las espigas, se les ate la boca en la era; pues no es justo apartar del fruto a los que han trabajado juntos y se han fatigado en producirlo. Que tampoco se impida a los que van de camino tocar la fruta madura, sino que se les permita hartarse de ella como si fuera suya, ya sean del lugar, ya extranjeros, alegrándose de darles parte de lo sazonado; pero que no les sea lícito llevarse nada. Que tampoco los vendimiadores impidan a quienes se encuentran en el camino comer de lo que llevan a los lagares; pues es injusto negar a los que lo desean parte de los bienes que, por voluntad de Dios, han venido a la vida, cuando la sazón está en su punto y se apresura a pasar. Sería, en cambio, grato a Dios; y si algunos, por vergüenza, vacilan en tocarlos, que los inviten a tomar: a los israelitas como copartícipes y dueños, por el parentesco; y a los hombres venidos de otra parte, dignándolos a recibir como huéspedes de aquello que Dios les concedió según la estación. Pues no ha de tenerse por gasto cuanto uno deja tomar a los hombres por bondad, ya que Dios provee la abundancia de bienes no para que solo unos la disfruten, sino también para repartir generosamente con los demás; y quiere, de este modo, manifestar también a los otros pueblos su benevolencia hacia el pueblo de Israel y la largueza de su felicidad, dándoles parte, de lo mucho que les sobra, también a aquellos. Y el que obre en contra de esto, que reciba, como hombre libre, cuarenta azotes menos uno con el látigo público, castigo el más vergonzoso, por haberse hecho esclavo del lucro y haber ultrajado su propia dignidad. Pues os conviene a vosotros, que habéis probado las desgracias en Mitsraim y en el desierto, tener cuidado de los que se hallan en semejante estado; y, habiendo alcanzado la prosperidad por la misericordia y la providencia de Dios, repartir esa misma, salidos de igual padecer, entre los necesitados.
En cuanto a los dos diezmos que antes ordené pagar cada año —el uno para los leviim y el otro para los banquetes—, conviene que cada tres años se añada un tercero, destinado a repartirse entre los necesitados, las viudas y los huérfanos. De los frutos, lo primero que a cada uno le madure, que lo lleve al santuario; y, bendiciendo a Dios por la tierra que lo produjo, la que les concedió poseer, tras cumplir los sacrificios que la Torá les manda ofrecer, entreguen a los sacerdotes las primicias de estos. Y cuando alguien, hecho esto y llevados los diezmos de todo, juntamente con los de los leviim y los de los banquetes, esté a punto de partir a su casa, que se detenga frente al recinto sagrado y dé gracias a Dios porque, librándolos del ultraje de los egipcios, les dio una tierra buena y extensa para disfrutarla; y, atestiguando que ha pagado los diezmos conforme a las leyes de Moshé, pida a Dios que le sea benévolo y propicio siempre, a él y a todos los hebreos en común, que les conserve los bienes que les ha dado y les añada cuantos pueda otorgarles.
Que se casen, al llegar a la edad del matrimonio, con doncellas libres, de padres honrados. El que no piense tomar a una doncella, que no se una a la que convive con otro, deshonrándola, ni cause pesar a su primer marido. Que las esclavas no se casen con hombres libres, ni aunque algunos, forzados por la pasión, se vean arrastrados a ello; que domine el deseo lo decoroso y lo conforme a la propia dignidad. Que tampoco se despose a una prostituta, cuyos sacrificios de boda Dios no aceptaría, por el ultraje de su cuerpo; pues así los ánimos de los hijos serían libres y rectos hacia la virtud, si no nacieran de matrimonios vergonzosos, ni de padres unidos por la pasión y no por decoro.
Si alguno, habiéndose desposado con una mujer como doncella, después no la encuentra tal, que la lleve a juicio y la acuse, valiéndose para la prueba de los indicios que tenga; y que la defiendan el padre de la muchacha, o su hermano, o quien después de estos parezca el pariente más cercano. Si se juzga que la muchacha no ha faltado, que conviva con el que la acusó, sin que este tenga ningún poder de repudiarla, salvo que ella le dé graves motivos contra los cuales no pueda alegar nada. Pero por haber presentado con temeridad y ligereza acusación y calumnia, que pague como multa cuarenta azotes menos uno y cincuenta siclos al padre. Mas si prueba que la muchacha estaba corrompida: siendo del pueblo, por no haber guardado castamente su virginidad hasta las nupcias legítimas, que sea lapidada; y si es hija de sacerdotes, que sea quemada viva.
Si alguno tiene dos mujeres —una tenida en gran honor y afecto, ya por amor y belleza, ya por otra causa, y la otra en menor estima—, y el hijo nacido de la amada, siendo menor que el nacido de la otra, pretende, por el amor del padre a su madre, obtener los derechos de primogenitura, de modo que reciba doble parte de la hacienda paterna —pues así lo dispuse en las leyes—, que no se le conceda. Pues es injusto que el mayor por nacimiento, porque lo de su madre pesa menos en el ánimo del padre, sea privado de lo que le corresponde.
El que corrompa a una muchacha prometida a otro: si la persuadió y obtuvo su consentimiento para la deshonra, que muera con ella; pues ambos son igualmente perversos: él, por haber persuadido a la muchacha a soportar voluntariamente lo más vergonzoso y a preferirlo a un matrimonio honroso; y ella, por haberse dejado convencer a entregarse al ultraje, por placer o por lucro. Pero si, hallándola sola, la forzó no estando presente nadie que la socorriera, que muera él solo. El que corrompa a una doncella aún no prometida, que se case él mismo con ella; y si al padre de la muchacha no le parece bien dársela por esposa, que pague cincuenta siclos como precio del ultraje.
El que quiera separarse de la mujer con quien convive, por cualquier causa que sea —y muchas de estas suelen darse entre los hombres—, que asegure por escrito que jamás volverá a unirse con ella; pues así ella podrá casarse con otro, ya que antes no le está permitido. Y si también con aquel fuera maltratada, y, muerto este, el primer marido quisiera casarse de nuevo con ella, no le sea lícito a ella volver a él.
A la que quede sin hijos al morir su marido, que se case con ella el hermano de aquel, y que al hijo que nazca le ponga el nombre del difunto y lo críe como heredero de la herencia; pues esto será provechoso también para el bien público, al no extinguirse las casas y quedar los bienes entre los parientes, y traerá a las mujeres alivio de su desgracia, al convivir con los más cercanos de sus primeros maridos. Y si el hermano no quiere casarse con ella, que la mujer se presente ante el consejo de ancianos y atestigüe que, queriendo ella permanecer en la casa y tener hijos de él, él no la acepta, ultrajando la memoria de su hermano difunto. Y al preguntarle el consejo por qué causa rehúsa el matrimonio, ya alegue una razón pequeña, ya mayor, que se atengan a ello: la mujer, tras descalzarle las sandalias al hermano y escupirle en el rostro, diga que es digno de recibir de ella esto por haber ultrajado la memoria del difunto. Y él salga del consejo llevando este oprobio para toda su vida; y ella cásese con quien de sus pretendientes quiera.
Si alguno toma cautiva a una doncella, o a una casada, y quiere convivir con ella, que no le sea lícito tocar su lecho ni unirse a ella antes de que ella, rapada la cabeza y tomando vestidura de luto, haya llorado a los parientes y amigos perdidos en la batalla; para que, saciado así el dolor por ellos, pueda luego entregarse a los banquetes y a las nupcias. Pues es honroso y justo que quien la toma para engendrar hijos atienda a lo que ella desea, y no que, persiguiendo solo su propio placer, descuide lo que a ella agrada. Pasados treinta días de luto —pues estos bastan a las mujeres prudentes para las lágrimas por sus seres más queridos—, que proceda entonces al matrimonio. Y si, saciado su deseo, desdeña tenerla por esposa, que ya no tenga poder de esclavizarla, sino que ella pueda ir adonde quiera, teniendo esta libertad.
A cuantos jóvenes menosprecien a sus padres y no les den el honor debido, ultrajándolos por vergüenza o por presunción, que primero los amonesten los padres de palabra —pues estos son jueces suficientes sobre sus hijos—, diciéndoles: «No nos unimos el uno al otro por placer, ni por acrecentar las riquezas, juntando lo de cada cual, sino para tener hijos que nos cuidaran en la vejez y de quienes recibiéramos cuanto necesitáramos; y cuando naciste, con alegría y con la mayor gratitud a Dios, te criamos con desvelo, sin escatimar nada de cuanto parecía útil para tu salvación y para tu educación en lo mejor. Ahora bien —pues hay que perdonar las faltas de los jóvenes—, básteme cuanto has descuidado del honor que nos debes; cambia a un proceder más sensato, considerando que también Dios se irrita por las osadías contra los padres, ya que él mismo es padre de todo el género humano, y le parece ser ultrajado junto con aquellos que llevan su misma denominación cuando no reciben de sus hijos lo que les corresponde; y la ley se hace castigadora inexorable de tales culpas: ojalá tú no la experimentes». Y si con esto se corrige la altanería de los jóvenes, que queden libres de los reproches por sus yerros; pues así el legislador será bueno y los padres afortunados, al no ver castigado ni a un hijo ni a una hija. Pero si las palabras y su enseñanza para la cordura resultan no ser nada, y él, por sus continuas osadías contra sus progenitores, se hace enemigo irreconciliable de las leyes, entonces, llevado por estos mismos padres fuera de la ciudad, siguiéndolo el pueblo, que sea lapidado; y, dejado a la vista de todos durante el día entero, que se le sepulte de noche. Del mismo modo también los que, por cualquier motivo, hayan sido condenados por las leyes a morir. Que se sepulte también a los enemigos, y que ningún cadáver quede sin parte de tierra, pagando así un castigo más allá de lo justo.
Que a nadie le sea lícito prestar a interés a un hebreo, ni alimento ni bebida; pues no es justo sacar provecho de la fortuna del compatriota, sino que, socorriendo sus necesidades, se ha de tener por ganancia la gratitud de aquellos y la recompensa que vendrá de Dios por la bondad. Y quienes reciben, ya sea dinero, ya algún fruto, húmedo o seco, cuando por gracia de Dios les hayan ido las cosas a su gusto, que lo devuelvan con gozo a quienes se lo dieron, como quien lo depositó en lo suyo propio y volverá a tenerlo si de nuevo lo necesita. Pero si actúan con desvergüenza en la devolución, que no se entre en su casa a tomar prenda antes de que haya juicio sobre ello; que la prenda se pida fuera, y que el deudor la lleve por sí mismo, sin oponerse en nada a quien viene contra él con el amparo de la ley. Y si el que ha dado prenda es acomodado, que el prestamista la retenga hasta la devolución; pero si es pobre, que se la devuelva antes de la puesta del sol, sobre todo si la prenda es un manto, para que lo tenga al dormir, ya que Dios por naturaleza concede misericordia a los menesterosos. Que no sea lícito tomar en prenda la muela ni los utensilios propios de ella, para que no queden privados también de los instrumentos para preparar el alimento, ni padezcan algo peor por la indigencia.
Por el robo de un hombre, sea la pena la muerte; el que sustraiga oro o plata, que pague el doble. El que mate a uno sorprendido robando en su casa, quede impune, aunque sea junto a un boquete abierto en la pared. El que robe ganado, que pague la pena cuádruple, salvo si es un buey, por el cual pagará el quíntuplo. Y el que, por indigencia, no pueda satisfacer la multa, quede como esclavo de los que lo condenaron.
El que sea vendido a un compatriota, que sirva seis años, y al séptimo quede libre. Y si, habiéndole nacido hijos de una esclava en casa del comprador, quiere seguir sirviendo por afecto y amor a los suyos, al llegar el año del jubileo —que es el año quincuagésimo— quede libre, llevándose consigo libres a sus hijos y a su mujer.
Si alguno encuentra oro o plata en el camino, que busque al que lo perdió, y, pregonando el lugar en que lo halló, se lo devuelva, teniendo por no buena la ganancia que viene del daño ajeno. Igualmente con los ganados que alguno encuentre errantes por un descampado: si no aparece el dueño de inmediato, que los guarde consigo, poniendo a Dios por testigo de que no se apropia de lo ajeno.
Que no sea lícito pasar de largo ante bestias que padecen, caídas en el lodo por el temporal, sino ayudar a salvarlas, teniendo por propia la fatiga. Que se indiquen también los caminos a los que los ignoran, y que nadie, buscando risa a costa de otro, le estorbe su necesidad con un extravío. Del mismo modo, que nadie injurie al ausente ni al mudo.
Si en una riña uno es golpeado sin hierro y muere en el acto, que se le vengue padeciendo el que golpeó lo mismo. Pero si, llevado a su casa y enfermo durante muchos días, muere después, quede impune el que lo golpeó; y si sanó, pero gastó mucho en su curación, que pague todo cuanto gastó durante el tiempo que estuvo en cama y cuanto dio a los médicos. El que dé una coz a una mujer encinta: si la mujer aborta, que los jueces le impongan multa en dinero, por haber disminuido la población con lo que se malogró en el vientre, y que dé además dinero al marido de la mujer; pero si ella muere del golpe, que muera también él, pues la ley juzga justo pagar vida por vida.
Que ningún israelita tenga veneno, ni mortal ni de los preparados para otros daños; y si se descubre que alguno lo posee, que muera, sufriendo lo mismo que habría infligido a aquellos contra quienes el veneno estaba preparado.
El que mutile a otro, que padezca lo mismo, siendo privado de aquello mismo de que privó al otro, a no ser que el mutilado prefiera recibir dinero, pues la ley hace al que sufrió el daño dueño de tasar el mal que le sobrevino, y se lo permite, si no quiere mostrarse más severo.
Al buey que hiera con los cuernos, que su dueño lo degüelle. Y si en la era mata a alguno de una cornada, que sea lapidado y muera, sin que se le juzgue útil siquiera para alimento; y si se prueba que el dueño conocía de antemano su índole y no lo guardó, que muera también, por haberse hecho culpable de la muerte del que el buey mató. Si el buey mata a un esclavo o a una esclava, que sea lapidado, y que el dueño del buey pague treinta siclos al amo del muerto. Y si un buey muere corneado así, que se vendan tanto el muerto como el que lo corneó, y que sus dueños se repartan el precio de ambos.
Los que caven un pozo o una cisterna, que pongan cuidado en tenerlos cerrados con tablas, no para impedir a nadie sacar agua, sino para que no haya peligro de que alguien caiga dentro. Y si en semejante hoyo, no cerrada, cae y perece el ganado de alguno, que se pague su precio al dueño. Que se pongan también parapetos en las azoteas, los cuales, sirviendo como de muro, impidan que alguien ruede y perezca.
El depósito que uno reciba, que lo guarde como cosa sagrada y divina, y que nadie se atreva a defraudar al que se lo confió, ni hombre ni mujer, ni aunque hubiera de ganar oro sin cuento, despreciando la ley porque no haya quien lo descubra. Pues, en general, conviene que cada uno obre bien conociéndolo su propia conciencia, y, contentándose con este testigo, haga todo aquello que le granjee el elogio de los demás; y sobre todo a Dios, a quien nadie que sea malvado le pasa inadvertido. Y si el depositario, sin haber tramado nada, pierde el depósito, que se presente ante los siete jueces y jure por Dios que nada se perdió por su voluntad ni por su malicia, ni por haber usado él parte alguna de ello, y así se marche sin culpa. Pero si usó, aunque fuera la mínima parte de lo confiado, y luego perdió el resto, que sea condenado a devolver todo cuanto recibió. Del mismo modo que en lo de los depósitos, sea aborrecido también quien defraude el jornal a los que trabajan con su propio cuerpo. Por eso no se ha de defraudar el jornal a un hombre pobre, sabiendo que, en lugar de tierra y demás bienes, Dios le concedió esto; y que ni siquiera se difiera el pago, sino que se abone el mismo día, pues Dios no quiere que el trabajador quede privado del disfrute de aquello por lo que se ha fatigado.
Que no se castigue a los hijos por las injusticias de los padres, sino que, por la virtud propia de ellos, se les tenga más bien por dignos de compasión, por haber nacido de padres malvados, que de odio, por descender de gente vil. Ni tampoco ha de imputarse a los padres el pecado de los hijos, ya que muchas veces los jóvenes, contra nuestra enseñanza, se lo permiten a sí mismos por soberbia de dejarse instruir.
Apartaos de los eunucos y huid de todo trato con ellos, pues se despojaron a sí mismos de su virilidad y del fruto de la procreación, que Dios concedió a los hombres para el crecimiento de la especie; expulsadlos como si hubieran dado muerte a hijos y, además, destruido la causa de engendrarlos. Pues es evidente que, afeminada su alma, transformaron a ese estado también su cuerpo. Del mismo modo tratad todo lo que se tenga por monstruoso a los ojos de quienes lo ven. Y que no sea lícito hacer castrados, ni entre los hombres ni entre los demás animales.
Sea, pues, esta la disposición pacífica de las leyes según vuestro régimen; y que Dios, propicio, mantenga su orden sin sedición, y ojalá no llegue tiempo alguno que innove algo de esto y lo mude a lo contrario. Mas, puesto que es forzoso que lo humano caiga en perturbaciones y peligros, involuntarios o buscados, dispongamos también sobre estos brevemente, para que, sabiendo de antemano lo que hay que hacer, tengáis a mano los remedios en la necesidad, y no os sorprendan los momentos desprevenidos, buscando entonces lo que conviene hacer.
Que la tierra que Dios os dio, a vosotros que despreciáis las fatigas y tenéis las almas ejercitadas para la virtud, os la conceda habitarla sin guerra, sin que los extraños marchen contra ella para dañarla ni os apodere la sedición interna, por la cual, obrando lo contrario de vuestros padres, echaríais a perder lo que ellos establecieron. Perseverad usando las leyes que Dios, tras aprobarlas como buenas, os entrega; y toda obra de guerra que ahora hagáis vosotros, o más tarde vuestros hijos, que se lleve a cabo fuera de las fronteras.
Cuando estéis a punto de guerrear, enviad una embajada y heraldos a quienes voluntariamente os hacen la guerra; pues, antes de las armas, es honroso usar de palabras con ellos, declarándoles que, aunque tenéis un ejército numeroso, caballos y armas, y por encima de esto a Dios propicio y aliado, pretendéis, no obstante, no veros forzados a combatirlos, ni, arrebatándoles lo suyo, tomar una ganancia no deseada. Y si obedecen, os conviene guardar la paz; pero si, confiando en sí mismos como superiores en fuerza, quieren cometer injusticia, conducid el ejército contra ellos, sirviéndoos de Dios como general supremo, y eligiendo por lugarteniente a uno solo, el más excelente en virtud; pues el mando de muchos, además de estorbar a quienes han de obrar con presteza, suele dañar a los que lo emplean. Que se lleve un ejército puro, formado por hombres que sobresalgan por el vigor del cuerpo y la valentía del alma, apartando a los cobardes, no sea que, si en plena acción se vuelven en fuga, aprovechen al enemigo. A los que hace poco han construido casa y aún no han disfrutado de ella un año, y a los que han plantado y aún no han gozado de sus frutos, dejadlos en su lugar; y también a los que se han desposado y a los recién casados, no sea que, por añoranza de ellos, ahorren su vida y, guardándose para el disfrute de esto, se acobarden por sus mujeres.
Cuando acampéis, cuidad de no cometer ninguna acción de las más groseras. Y al asediar, aun faltos de madera para la construcción de máquinas, no taléis la tierra cortando árboles cultivados, sino perdonadlos, considerando que fueron hechos para provecho de los hombres, y que, si tuvieran voz, alegarían en su defensa ante vosotros que, no habiendo sido en nada causa de la guerra, padecen mal contra justicia, y que, si pudieran, se trasladarían y pasarían a otra tierra. Y una vez vencidos en la batalla los que se os opusieron, matadlos; pero a los demás conservadlos para que os paguen tributos, salvo al pueblo de los cananeos, pues a estos hay que exterminarlos con casa y familia.
Guardaos sobre todo, en los combates, de que una mujer use vestimenta de hombre ni un hombre atavío de mujer.
Tal fue, pues, el régimen que Moshé dejó; y transmite además las leyes, escritas ya antes, en el año cuadragésimo, de las cuales hablaremos en otra obra. En los días siguientes —pues reunió la asamblea de continuo— les da bendiciones y maldiciones contra los que no vivieran conforme a las leyes, sino que transgredieran lo determinado en ellas. Después les leyó un poema en hexámetros, que dejó también escrito en un libro en el santuario, y que contiene la predicción de lo que había de suceder, conforme a la cual todo ha sucedido y sucede, sin que él se apartara en nada de la verdad. Entrega, pues, estos libros a los sacerdotes, junto con el arca, en la que había depositado también las diez palabras escritas en dos tablas, y el Mishkán; y exhortó al pueblo a que, una vez conquistada la tierra y establecidos en ella, no olvidaran el ultraje de los amalecitas, sino que, marchando contra ellos, tomaran venganza por el mal que les habían hecho cuando estaban en el desierto. Y, tras conquistar la tierra de los cananeos y destruir toda la muchedumbre que en ella había, como conviene, que levantaran el altar orientado hacia el sol naciente, no lejos de la ciudad de Shejem, entre dos montes: el Guerizim, situado a la derecha, y el llamado Bulé a la izquierda; y que el ejército, dividido en seis tribus, se apostara sobre los dos montes, y con ellos los leviim y los sacerdotes. Los primeros, los que estuvieran sobre el Guerizim, invocarían las mejores bendiciones para los que se esforzaran en el culto de Dios y en la guarda de las leyes, y no desoyeran lo que Moshé dijo; y las otras tribus aclamarían, y, orando de nuevo aquellas, alabarían a las que iban delante. Luego, del mismo modo, pronunciarían maldiciones contra los transgresores, respondiéndose unas a otras para la ratificación de lo dicho. Él mismo escribió las bendiciones y las maldiciones, para que su enseñanza jamás decayera con el tiempo; y estas, al fin, las inscribió también en el altar, en cada uno de sus lados, junto al cual, dice, el pueblo, puesto en pie, ofreció sacrificios y holocaustos, y después de aquel día no ofreció otra víctima, pues no era lícito. Esto, pues, ordenó Moshé, y el pueblo de los hebreos sigue obrando en conformidad con ello.
Al día siguiente reunió al pueblo en asamblea, con las mujeres y los niños juntamente, de modo que estuvieran presentes también los esclavos, y les hizo jurar que guardarían las leyes y que, haciéndose escrupulosos escrutadores de la voluntad de Dios, en nada las transgredirían, ni por favorecer a un pariente, ni por ceder al miedo, ni teniendo por causa alguna, en absoluto, más poderosa que la guarda de las leyes. Y que, si alguno de su misma sangre intentara turbar y derribar el régimen conforme a ellas, o si lo intentara una ciudad, se defendieran de él en común y en particular; y, una vez vencidos, los arrancaran de raíz y, de ser posible, no dejaran ni el suelo de los insensatos; y, si fueran demasiado débiles para tomar venganza, mostraran al menos que esto no sucedía por voluntad propia. Y el pueblo lo juró. Les enseñó también cómo los sacrificios serían más gratos a Dios, y cómo los que fueran a la guerra habían de salir sirviéndose de las piedras como señal, según antes he mostrado. Profetizó también Yehoshúa, estando presente Moshé. Luego, recordando cuanto había hecho por la salvación del pueblo, en la guerra y en la paz, componiendo leyes y disponiendo el orden del régimen, predijo que la divinidad le había revelado que, si transgredían el culto debido a él, experimentarían males: que la tierra se llenaría de armas enemigas, que las ciudades serían arrasadas y el Templo incendiado, y que, vendidos, servirían a hombres que no tendrían compasión alguna de sus desgracias; y que se arrepentirían de padecer esto sin provecho ninguno. «Sin embargo —dijo—, Dios, que os creó, devolverá a vuestros conciudadanos las ciudades y el Templo; y esta pérdida no ocurrirá una sola vez, sino muchas.» Tras exhortar, pues, a Yehoshúa a conducir el ejército contra los cananeos, asegurándole que Dios cooperaría en cuanto emprendiera, y bendecir a toda la muchedumbre, dijo: «Puesto que parto hacia nuestros antepasados, y Dios me ha fijado este día para reunirme con ellos,
«Confieso que, mientras aún vivo y estoy presente entre vosotros, guardo gratitud hacia Él por la providencia con que os ha cuidado —una providencia que no ejerció solo para libraros de vuestros males, sino también para concederos bienes mayores—, pues, cuando yo me afanaba y ponía todo mi empeño en pensar el modo de mejorar vuestra suerte, Él combatió a mi lado y se mostró benévolo con vosotros en todo.
Más aún: fue Él mismo quien dirigió la marcha de aquellos afanes y quien otorgó los resultados, sirviéndose de mí como lugarteniente y servidor de los beneficios con que quiso favorecer a nuestro pueblo.
Por todo ello, al partir, me pareció bien bendecir de antemano el poder de Dios —que velará también por vuestro porvenir—: pago yo mismo esta deuda de gratitud y os dejo grabado en la memoria que os corresponde reverenciarlo y honrarlo a Él, y guardar las leyes, el más hermoso don de cuanto os ha dado y de cuanto, si permanece benévolo, aún os dará.
Porque temible enemigo es ya un legislador humano cuando se ultrajan sus leyes y quedan en vano; no vayáis, pues, a probar a Dios airado por unas leyes descuidadas, las que Él mismo, tras engendrarlas, os entregó.»
Cuando Moshé hubo dicho esto al término de su vida, y hubo profetizado, con una bendición para cada una de las tribus, aquello que en efecto llegó a suceder, la muchedumbre rompió en llanto —hasta el punto de que las mujeres, golpeándose el pecho, dejaban ver el dolor por su muerte inminente—. También los niños, con lamentos aún mayores, mostraban ser demasiado débiles para dominar la pena, pues, pese a su corta edad, comprendían su virtud y la grandeza de sus obras.
Había como una rivalidad de dolor entre los jóvenes y los mayores: quienes sabían de qué protector quedaban privados lloraban por el futuro; los otros se afligían por eso mismo y, además, porque les tocaba perderlo cuando aún no habían gustado bien de su virtud.
La desmesura del gemido y de los lamentos del pueblo podría medirse por lo que le ocurrió al propio legislador. Él, que en todo tiempo estaba persuadido de que no hay que abatirse ante una muerte que se acerca —pues se la padece por voluntad de Dios y por ley de la naturaleza—, ante lo que hacía el pueblo se dejó vencer y lloró.
Mientras marchaba de allí hacia el lugar donde había de desaparecer, todos lo seguían deshechos en llanto; y Moshé, a los que iban lejos les hacía señas con la mano para que se quedaran quietos, y a los cercanos les rogaba con palabras que no le hicieran llorosa la despedida siguiéndolo.
Ellos, juzgando que también en esto le complacían —dejándolo partir a su gusto, como él quería—, se contuvieron, llorando unos sobre otros. Solo el consejo de ancianos lo acompañó en su marcha, junto con el sumo sacerdote Elazar y el general Yehoshúa.
Cuando llegó al monte llamado Abarim —que se alza, elevado, frente a Yerijó, y ofrece a quien está en él contemplar la mejor y más extensa tierra de los cananeos—, despidió al consejo de ancianos.
Y mientras se despedía de Elazar y de Yehoshúa y aún conversaba con ellos, una nube se detuvo de repente sobre él, y desapareció en cierta hondonada. Pero él escribió en los libros sagrados que había muerto, por temor a que, a causa de la desmesura de su virtud, se atrevieran a decir que había ascendido junto a la divinidad.
Vivió en total ciento veinte años, de los cuales gobernó la tercera parte menos un mes. Murió en el último mes del año, el que los macedonios llaman Distro y nosotros Adar, en el novilunio, habiendo superado en inteligencia a cuantos hombres han existido y habiendo usado del mejor modo lo que concebía; grato para hablar y para tratar con las multitudes, y, entre otras cosas, dueño de sus pasiones, hasta el punto de que parecía que estas ni siquiera existían en su alma, y que solo conocía su nombre por verlas en otros más que en sí mismo. General como pocos, y profeta como ningún otro, de suerte que, cuanto pronunciaba, parecía que se oyera hablar a Dios mismo.
El pueblo, pues, lo lloró durante treinta días; y ninguna otra pena de tal magnitud sobrecogió a los hebreos como aquella de entonces, a la muerte de Moshé.
Lo añoraron no solo quienes lo habían conocido de cerca, sino que también los que se encontraban con sus leyes hacían intensa su búsqueda, calculando por ellas cuán superior era su virtud. Y quede así expuesto por nosotros el final de Moshé.
Capítulo V
Libro quinto
Muerto Moshé de entre los hombres del modo que ya se ha contado, y cumplidos todos los ritos que la costumbre prescribía en su honor —una vez calmado el duelo—, Yehoshúa ordenó al pueblo que estuviera listo para la campaña. Envía espías a Yerijó para averiguar las fuerzas de sus habitantes y qué ánimo tenían; él, por su parte, pasaba revista al ejército, dispuesto a cruzar el Yardén en cuanto se presentara la ocasión. Llamó a los jefes de la tribu de Reuvén y a los que estaban al frente de las de Gad y Menashé —pues también a la mitad de esta tribu se le había concedido habitar la tierra amorrea, que es la séptima parte del país de los cananeos— y les recordó lo que habían prometido a Moshé, y los exhortó a que, en agradecimiento a la providencia de aquel —que no se había cansado de velar por ellos ni siquiera al morir— y por el bien común, se mostraran prontos a lo que se les mandara. Y, con cincuenta mil hombres de armas que lo seguían, salió de Abela hacia el Yardén, sesenta estadios.
Apenas hubo acampado, se presentaron los espías, que no habían dejado escapar nada de cuanto tenían los cananeos. Pues, entrados en la ciudad, la habían recorrido entera con toda tranquilidad: observaron qué tramos de la muralla eran fuertes y cuáles no ofrecían tanta seguridad, y qué portezuelas, por su debilidad, convenían para dar entrada al ejército. Quienes se cruzaban con ellos y los veían no se preocupaban, pues creían que examinaban cada cosa de la ciudad por la curiosidad propia de forasteros, y no con intención de enemigos. Mas al llegar la tarde se retiraron a cierta posada próxima a la muralla, adonde habían subido tras cenar, y ya no pensaban sino en cómo marcharse.
Pero, mientras el rey cenaba, le avisaron de que unos hombres venidos del campamento de los hebreos habían llegado a espiar la ciudad y estaban en la posada de Rajav, con gran cuidado de pasar inadvertidos. Al punto mandó gente a por ellos, con orden de prenderlos y traérselos, para que, sometiéndolos a tormento, averiguara qué buscaban. Cuando Rajav supo que venían —pues estaba secando en la azotea unas gavillas de lino—, escondió allí a los espías; y a los enviados por el rey les dijo que unos forasteros desconocidos habían cenado en su casa poco antes de ponerse el sol y se habían ido, y que, si a la ciudad le parecían temibles o venían con peligro para el rey, fácil sería atraparlos persiguiéndolos. Ellos, engañados así por la mujer, sin sospechar treta alguna, se marcharon sin registrar la posada. Y como se lanzaron por los caminos que juzgaban más probables para la huida y por los que llevaban al río, y no dieron con rastro ninguno, cesaron en su empeño.
Sosegado el alboroto, Rajav hizo bajar a los hombres y les contó el peligro que había afrontado por la salvación de ellos: pues, de haber sido sorprendida escondiéndolos, no habría escapado al castigo del rey, sino que habría perecido miserablemente con toda su casa. Y, tras rogarles que tuvieran presente —cuando fueran dueños de la tierra de los cananeos y pudieran pagar la deuda de aquel socorro— que la salvaran, les mandó volver a los suyos, no sin que antes juraran que en verdad la salvarían a ella y lo suyo cuando tomaran la ciudad y aniquilaran a cuantos había en ella, conforme al decreto acordado entre ellos; pues eso lo sabía, instruida por señales venidas de Dios. Ellos reconocieron su gratitud por el favor presente y juraron corresponderle con obras en lo por venir. Y le aconsejaron que, en cuanto advirtiese que la ciudad estaba a punto de caer, metiera en la posada sus bienes y a todos los suyos, y allí los encerrara, colgando telas de púrpura delante de las puertas, para que el general, conociendo la casa, se guardara de causarle daño. «Pues se lo advertiremos —dijeron—, por tu empeño en salvarnos. Y si alguno de los tuyos cayera en el combate, no podrás echarnos a nosotros la culpa; y rogamos a Dios, por quien hemos jurado, que no se irrite con nosotros como si hubiéramos quebrantado el juramento.» Convenido esto, se fueron descolgándose por la muralla con una cuerda; y llegados sanos y salvos a los suyos, contaron todo lo que habían hecho en la ciudad. Yehoshúa refirió al sumo sacerdote Elazar y al consejo de ancianos lo que los exploradores habían pactado con Rajav, y ellos confirmaron el juramento.
Como el ejército temía el paso —pues el río venía crecido de corriente y no era vadeable por puentes, ya que antes no se había tendido ninguno, y suponían que, de querer construirlo, los enemigos no les darían tregua, y tampoco había barcas—, Dios les promete hacer el río transitable menguando su caudal. Yehoshúa, tras esperar dos días, hizo pasar al ejército y a toda la multitud de este modo: iban delante los sacerdotes llevando el arca; luego los leviim, portando el Mishkán y los utensilios para el servicio de los sacrificios; y detrás de los leviim seguía por tribus toda la muchedumbre, con los niños y las mujeres en medio, por temor de que la corriente se los llevara. Y cuando, entrados primero los sacerdotes, el río se mostró transitable —contenida la hondura, y quedando la grava en lugar de suelo, pues la corriente no era ni tan caudalosa ni tan rápida que la arrastrase con violencia—, todos cruzaron ya con audacia el río, comprobando que era tal como Dios había predicho que lo haría. Los sacerdotes permanecieron en medio hasta que la multitud pasó y alcanzó lugar seguro. Cruzados todos, salieron los sacerdotes, dejando ya correr libremente la corriente según su costumbre. Y el río, en cuanto los hebreos salieron de él, creció y recobró su tamaño propio.
Adelantados cincuenta estadios, acamparon a diez estadios de Yerijó. Yehoshúa levantó un altar con las piedras que cada uno de los jefes de tribu había sacado del fondo por orden del profeta —para que fuera testimonio de la detención de la corriente— y sacrificó sobre él a Dios; y celebraron el Pésaj en aquel lugar, con abundancia entonces de todo aquello que antes les escaseaba; pues segaban el trigo de los cananeos, ya en sazón, y se llevaban lo demás como botín. Fue también entonces cuando les faltó el alimento del maná, del que se habían servido durante cuarenta años.
Y como, mientras los israelitas hacían esto, los cananeos no salían a atacarlos, sino que se estaban quietos tras sus murallas, Yehoshúa resolvió sitiarlos. El primer día de la fiesta, los sacerdotes llevaban el arca, y en torno a ella, en círculo, iba una parte de los hombres de armas custodiándola; estos avanzaban tocando sus siete cuernos y animaban al ejército al esfuerzo, y dieron la vuelta a la muralla, siguiéndolos el consejo de ancianos; y, tras haber tocado solo los sacerdotes —pues nada más hicieron que esto—, regresaron al campamento. Y hecho esto durante seis días, al séptimo Yehoshúa reunió a las tropas y a todo el pueblo y les anunció como buena nueva la toma de la ciudad, diciéndoles que aquel día se la entregaría Dios por sí sola, y que, sin esfuerzo suyo, las murallas se vendrían abajo. Los exhortó a matar a todo aquel que apresaran, a no desistir de la matanza de los enemigos por cansancio, a no ceder a la compasión ni, ocupados en el saqueo, dejar escapar a los adversarios; antes bien, a destruir todos los animales, sin tomar nada en provecho propio; y cuanta plata y oro hubiese, mandó que lo reunieran y guardasen como primicia escogida de sus victorias para Dios, tomada de la primera ciudad conquistada; y que salvaran solo a Rajav y a su linaje, por los juramentos que los espías le habían hecho.
Dicho esto y ordenado el ejército, lo condujo contra la ciudad; y de nuevo la rodearon, con el arca al frente y los sacerdotes incitando a la tropa a la obra con sus cuernos. Y cuando la hubieron rodeado siete veces y se detuvieron un instante, cayó la muralla, sin que los hebreos le hubieran aplicado máquina ni fuerza alguna. Entrados en Yerijó, mataron a todos, pues los que estaban dentro quedaron pasmados ante el increíble derrumbe de la muralla y su ánimo había quedado inútil para la defensa; así perecían, degollados en las calles y sorprendidos en sus casas. Nada les valía de excusa, sino que todos perecieron, hasta mujeres y niños; la ciudad quedó llena de cadáveres y nada escapó. Y prendieron fuego a toda la ciudad y a su comarca. A Rajav, que con los suyos se había refugiado en la posada, la salvaron los espías; y, llevada ante él, Yehoshúa le declaró su agradecimiento por haber salvado a los exploradores y dijo que aquel beneficio no aparecería menor a la hora de la recompensa; al punto la obsequió con tierras y la tuvo en toda estima.
Cuanto de la ciudad había respetado el fuego, lo arrasó; y contra quienes fueran a habitarla —si alguno quisiera reedificar la ciudad devastada— lanzó una maldición: que, al echar los cimientos de las murallas, quedara privado de su primogénito, y, al acabarla, perdiera al menor de sus hijos. Y la divinidad no descuidó la maldición; mas en pasajes posteriores narraremos la desgracia que sobre ello sobrevino. Un sinfín de plata y oro, y además de bronce, se reunió del saqueo, sin que nadie infringiera lo decretado ni lo arrebatara en provecho propio, sino que se abstuvieron de ello como de cosa ya consagrada a Dios. Todo esto lo entregó Yehoshúa a los sacerdotes para que lo depositaran en los tesoros. Y así pereció Yerijó.
Pero cierto Ajar, hijo de Zavdí, de la tribu de Yehudá, halló un manto real todo tejido de oro y una masa de oro que pesaba doscientos siclos; y, teniendo por cosa dura privarse del provecho que con riesgo había ganado, para llevárselo a Dios, que no lo necesitaba, hizo un hoyo profundo en su tienda y allí lo enterró, creyendo que pasaría inadvertido a sus compañeros de armas, y con ellos también a Dios. Y el lugar donde Yehoshúa acampó se llamó Guilgal, nombre que significa «libertad»; pues, cruzado el río, se sabían ya libres de los egipcios y de la miseria del desierto.
Pocos días después del desastre de Yerijó, Yehoshúa envió tres mil hombres de armas a Ai, ciudad situada más arriba de Yerijó, para tomarla; pero, al trabar combate los de Ai con ellos, fueron puestos en fuga y perdieron treinta y seis hombres. Anunciado esto a los israelitas, les produjo gran pesar y terrible abatimiento, no tanto por el parentesco de los caídos —aunque todos los que perecieron eran hombres valientes y dignos de aprecio— cuanto por la desesperación. Pues, convencidos de que ya eran dueños de la tierra y de que conservarían intacto su ejército en los combates, según Dios lo había prometido de antemano, veían ahora, contra toda expectativa, envalentonados a los enemigos. Y, vistiendo sacos sobre sus ropas, pasaron el día entero en lágrimas y duelo, sin buscar alimento alguno, y llevaban con mayor pena lo sucedido.
Yehoshúa, viendo al ejército así abatido y concibiendo ya una pobre esperanza sobre el conjunto, tomó libertad para hablar a Dios: «Nosotros —dijo— no nos hemos lanzado por soberbia a someter esta tierra con las armas, sino que a ello nos movió Moshé, tu siervo, a quien por muchas señales prometiste concedernos la posesión de este país y hacer siempre a nuestro ejército superior en armas a sus enemigos. Algunas cosas, en efecto, nos han salido conforme a tus promesas; pero ahora, habiendo tropezado contra lo esperado y perdido a algunos de nuestra tropa, nos afligimos por ello como si no fueran firmes tus dones ni lo que Moshé predijo; y la esperanza de lo por venir nos angustia aún más, al habernos topado con semejante prueba en el primer intento. Mas tú, HaShem —pues en tu poder está hallar remedio a esto—, otórganos la victoria sobre nuestra presente pena y arranca así de nuestro ánimo el desaliento respecto de lo por venir.»
Esto pedía Yehoshúa a Dios, postrado de bruces. Y Dios le respondió que se levantara y purificara al ejército, pues había caído en él una mancha y se había cometido el robo de los bienes que le estaban consagrados —por eso les había sobrevenido la presente derrota—, y que, una vez buscado y castigado el culpable, siempre les procuraría la victoria sobre los enemigos. Yehoshúa refiere esto al pueblo, y, llamando al sumo sacerdote Elazar y a los magistrados, echó suertes por tribus. Como esto señaló que el hecho procedía de la tribu de Yehudá, volvió a echar la suerte por clanes de esta tribu. Y la verdad del delito resultó estar en la parentela de Ajar. Hecho el escrutinio hombre por hombre, prenden a Ajar; y él, no pudiendo negarlo, pues Dios lo había cercado de modo terrible, confesó el robo y sacó a la vista lo hurtado. Al punto fue ajusticiado, y de noche recibió una sepultura infame, propia de un condenado.
Yehoshúa, purificado el ejército, lo condujo en persona contra Ai; y, habiendo apostado de noche emboscadas en torno a la ciudad, al amanecer trabó combate con los enemigos. Como estos avanzaban contra ellos con audacia por su anterior victoria, fingió retirarse y así los arrastró lejos de la ciudad, creídos ellos de perseguirlo y despreciándolo como si ya vencieran. Luego, dando media vuelta a sus tropas, las puso frente a ellos, y, haciendo las señales convenidas con los de las emboscadas, los levantó al combate. Estos irrumpieron en la ciudad, mientras los de dentro estaban en las murallas y algunos tenían su atención distraída en la contemplación de lo que ocurría fuera. Aquellos tomaron la ciudad y mataban a cuantos hallaban; y Yehoshúa, forzando a los que llegaban a las manos, los puso en fuga. Empujados hacia la ciudad como hacia lugar intacto, cuando la vieron también tomada y ardiendo junto con mujeres y niños, fueron sorprendidos, dispersos por los campos e incapaces de defenderse por su aislamiento. Caída tal desgracia sobre los de Ai, fue apresada una muchedumbre de niños y mujeres, y de siervos y del resto de la impedimenta una cantidad inmensa; los hebreos se llevaron rebaños de ganado y muchas riquezas —pues el lugar era próspero—, y todo ello lo repartió Yehoshúa entre los soldados cuando volvió a Guilgal.
Pero los gabaonitas, que habitaban muy cerca de Yerushaláyim, viendo los males que habían caído sobre los de Yerijó y sobre los de Ai, y sospechando que la desgracia pasaría también a ellos, no resolvieron acudir a Yehoshúa; pues suponían que no obtendrían nada razonable, ya que él guerreaba por la destrucción de toda la nación cananea. En cambio, llamaron en su ayuda a los de Kefirá y a los de Kiriat-Yearim, vecinos suyos, diciéndoles que tampoco ellos escaparían al peligro si primero eran tomados los gabaonitas por los israelitas, y que, uniendo sus escudos a los suyos, esperaban esquivar aquel poder. Aceptadas por aquellos sus razones, envían a Yehoshúa embajadores para pactar amistad, escogiendo a los ciudadanos que juzgaban más capaces de lograr lo conveniente para el pueblo. Estos, teniendo por arriesgado confesarse cananeos, y creyendo que por ello escaparían del peligro si decían que en nada tenían que ver con los cananeos, sino que moraban lejísimos de ellos, afirmaban haber venido —por la fama de su valía— tras recorrer un largo camino, y mostraban como prueba de sus palabras su atuendo: pues sus vestidos, que estaban nuevos al partir, se les habían gastado con el tiempo del viaje —ya que a propósito se habían puesto ropas raídas para dar crédito a ello—.
Puestos, pues, en medio, dijeron que habían sido enviados por los gabaonitas y las ciudades vecinas —muy alejadas de esta tierra— para hacer amistad con ellos según los pactos que entre ellos eran de tradición; pues, habiendo sabido que por gracia y don de Dios se les había dado en posesión la tierra de los cananeos, decían que se alegraban de ello y estimaban justo hacerse conciudadanos suyos. Y ellos, diciendo esto y exhibiendo las señales de su viaje, instaban a los hebreos a un tratado y amistad; y Yehoshúa, dando crédito a que no eran de la nación cananea, pactó amistad con ellos, y el sumo sacerdote Elazar, con el consejo de ancianos, juró tenerlos por amigos y aliados y no maquinar contra ellos nada injusto, asintiendo el pueblo a los juramentos. Y ellos, conseguido con engaño lo que querían, se volvieron a los suyos. Yehoshúa, tras avanzar hacia la región montañosa de Kena’an y enterarse de que los gabaonitas habitaban no lejos de Yerushaláyim y eran del linaje de los cananeos, mandó llamar a sus magistrados y les reprochó el engaño. Como ellos alegaban no tener otro recurso de salvación que aquel, y que por necesidad habían acudido a él, convocó al sumo sacerdote Elazar y al consejo de ancianos; y, como estos juzgaron justo hacerlos siervos públicos para no quebrantar el juramento, dispuso que lo fueran. Así hallaron ellos, contra la desgracia que los amenazaba, tal amparo y seguridad.
El rey de los de Yerushaláyim, llevando a mal que los gabaonitas se hubieran pasado a Yehoshúa y habiendo llamado a los reyes de los pueblos vecinos a sumarse a la guerra contra ellos —cuando los gabaonitas vieron a estos, cuatro en número, presentes con él y acampados junto a cierta fuente no lejos de la ciudad y disponiéndose al asedio—, invocaron como aliado a Yehoshúa; pues su situación era tal que esperaban perecer a manos de aquellos, mas se figuraban que serían salvados por quienes habían marchado para la destrucción de la raza cananea, en razón de la amistad contraída. Y Yehoshúa, acudiendo en su auxilio con todo el ejército y cubriendo la marcha de día y de noche, al alba cayó sobre los enemigos, y, puestos en fuga, los persiguió por una comarca en pendiente que se llama Bet-Jorón. Allí experimentó también la ayuda de Dios, que la manifestó con truenos y con el lanzamiento de rayos y una caída de granizo mayor de lo acostumbrado; y aún más, sucedió que el día se alargó más de lo debido, para que la noche, al caer, no atajase el ardor de los hebreos —de suerte que Yehoshúa apresó también a los reyes, escondidos en cierta cueva junto a Makedá, y los castigó a todos—. Que la duración del día creció entonces y sobrepasó lo habitual, lo declaran los escritos guardados en el santuario.
Derrotados así los reyes que habían salido en campaña para combatir a los gabaonitas, Yehoshúa regresó de nuevo a la montaña de Kena’an y, tras hacer gran matanza entre sus habitantes y tomar botín, volvió al campamento de Guilgal. Y como corría mucha fama del valor de los hebreos entre los pueblos vecinos, el espanto se apoderaba de quienes oían la cantidad de los aniquilados; y los reyes de en torno al monte Líbano, que eran cananeos, y los cananeos de las llanuras, tomando consigo a los filisteos, marchan contra ellos y acampan cerca de la ciudad de Berot, en la Galilea alta, no lejos de Kédesh —también este lugar pertenece a los galileos—. El ejército entero contaba con trescientos mil hombres de armas, diez mil jinetes y veinte mil carros. La multitud de los enemigos asombró al propio Yehoshúa y a los israelitas, y se mostraban más recelosos ante la esperanza de vencer, por el exceso del miedo. Mas Dios, reprochándoles su temor y preguntándoles qué más deseaban que su auxilio, les prometió vencer a los enemigos y les mandó inutilizar los caballos y quemar los carros; y Yehoshúa, cobrando confianza ante las promesas de Dios, se lanzó contra los enemigos, y, al quinto día, llegando hasta ellos, entabla combate; y se traba una batalla encarnizada y una matanza que supera lo que darían por cierto quienes la oyen. Persiguiéndolos larguísimo trecho, se adentró y destruyó todo el ejército enemigo salvo unos pocos; y cayeron todos los reyes, de modo que, agotados los hombres a los que matar, Yehoshúa daba muerte a sus caballos y quemaba los carros, y recorría el país sin sobresalto, sin que nadie osara salir a combatir; sino que tomaba las ciudades por asedio y mataba cuanto apresaba.
Había transcurrido ya el quinto año, y no quedaba ninguno de los cananeos, salvo quienes se habían salvado por la solidez de sus murallas. Y Yehoshúa, levantando el campamento de Guilgal hacia la región montañosa, erigió el Mishkán sagrado en la ciudad de Siló, pues el lugar parecía apropiado por su hermosura, hasta que las circunstancias les permitieran edificar un Templo. Y, marchando de allí a Shejem con todo el pueblo, levanta un altar donde Moshé había indicado, y, dividiendo el ejército, coloca la mitad en el monte Guerizim y la mitad en el Eval —donde están el altar, los leviim y los sacerdotes—. Y, tras sacrificar y pronunciar imprecaciones —dejándolas grabadas en el altar—, volvieron a Siló.
Yehoshúa, ya anciano y viendo que las ciudades de los cananeos no eran fáciles de tomar, tanto por lo escarpado de los emplazamientos en que se hallaban como por la fortaleza de las murallas —que, sumadas a la ventaja natural de las plazas, les hacían esperar que los enemigos, desesperando de conquistarlas, se abstendrían del asedio; pues los cananeos, sabedores para su propia ruina de que los israelitas habían hecho la salida de Mitsraim, habían pasado todo aquel tiempo reforzando sus ciudades—, convocó al pueblo a una asamblea en Siló. Y, como acudieran presurosos, les dijo que lo ya logrado y las hazañas realizadas eran excelentes y dignas de la divinidad que se las había otorgado y de la bondad de las leyes que seguían, y les hizo ver que treinta y un reyes que se habían atrevido a venir a las manos con ellos habían sido vencidos, y que cuanto ejército, confiando alguna vez en su propia fuerza, había trabado batalla, había perecido por entero, de suerte que ni descendencia les quedaba.
Y en cuanto a las ciudades —pues unas ya estaban tomadas, mientras que contra otras hacían falta tiempo y un gran asedio por la solidez de las murallas y la confianza de sus moradores—, estimó justo dar ya licencia para volver a sus casas a los que, procedentes del otro lado del Yardén, habían salido con ellos y compartido los peligros, siendo parientes, agradeciéndoles los trabajos que con ellos habían sobrellevado; y enviar a un hombre por cada tribu, reconocido por sobresalir en mérito, para que, midiendo la tierra con lealtad y sin cometer fraude alguno, nos declararan sin engaño su extensión. Y Yehoshúa, hechos estos discursos, obtuvo el asentimiento de la multitud y envió a los hombres que habían de medir el país, poniendo a su lado a algunos versados en geometría, a quienes, por su arte, no se les escaparía la verdad, con el encargo de calcular por separado la medida de la tierra fértil y la de la menos buena. Pues la naturaleza de la tierra de los cananeos es tal que podría verse en ella grandes llanuras aptísimas para dar frutos, las cuales, comparadas con otra tierra, se tendrían por dichosísimas, mas puestas junto a los campos de los de Yerijó y a los de los de Yerushaláyim parecerían nada; y con todo, sucede que su tierra es en conjunto pequeña, y montañosa en su mayor parte, pero a ninguna otra cede en abundancia para la crianza de frutos y en hermosura. Por ello juzgó que los lotes debían tasarse por su valor más que por su medida, pues muchas veces un solo pletro llegaba a valer tanto como mil. Y los hombres enviados —eran diez—, tras recorrerla y tasar la tierra, se presentaron ante él en el mes séptimo, en la ciudad de Siló, donde habían erigido el Mishkán.
Y Yehoshúa, tomando consigo a Elazar, al consejo de ancianos y a los jefes de tribu, la reparte entre las nueve tribus y la mitad de los de Menashé, haciendo la medición según el tamaño de cada tribu. Echadas las suertes, la de Yehudá, al tocarle su parte, se queda con toda la Idumea alta, que se extiende hasta Yerushaláyim y llega en anchura hasta el lago de Sedom; y en este lote estaban las ciudades de Ascalón y Gaza. La de Shimón —pues era la segunda— obtuvo la parte de Idumea lindante con Mitsraim y con Arabia. Los benjaminitas recibieron la tierra que va desde el río Yardén, en longitud hasta el mar, y en anchura delimitada por Yerushaláyim y Bet-El; y este lote fue el más angosto, por la excelencia de la tierra, pues les correspondieron Yerijó y la ciudad de los de Yerushaláyim. La tribu de Efráyim obtuvo la tierra que se prolonga desde el río Yardén hasta Guézer, y en anchura desde Bet-El hasta terminar en la gran llanura; y la mitad de los de Menashé, desde el Yardén hasta la ciudad de Dora, y en anchura hasta Bet-Sheán, que ahora se llama Escitópolis. Y tras estos, la de Yisajar, poniendo como término de su longitud el monte Carmelo y el río, y del ancho el monte Tabor. Los de Zevulún obtuvieron la tierra que llega hasta Genesaret y se extiende en torno al Carmelo y al mar. Los de Asher reciben todo el valle que se denomina «del Carmelo» —por ser efectivamente un valle— vuelto hacia Sidón; y tenían en su lote la ciudad de Arké, que es también Ecdipa. Y las regiones vueltas hacia el levante, hasta la ciudad de Damasco y la parte superior de Galilea, las tomaron los de Naftalí, hasta el monte Líbano y las fuentes del Yardén, que brotan del monte, partiendo del confín que linda por el norte con la vecina ciudad de Arké. Y los de Dan obtienen las tierras de la vega vueltas hacia el poniente, delimitadas por Ashdod y Dora, y toda Yavne y Gat, desde Ekrón hasta el monte donde comenzaba la tribu de Yehudá.
Y de este modo dividió Yehoshúa a los seis pueblos que llevan el nombre de los hijos de Kena’an, y dio la tierra a las nueve tribus y media para que la ocuparan. Pues la tierra amorrea —llamada también así por uno de los hijos de Kena’an— la había tomado de antemano Moshé y repartido entre las dos tribus y media; esto ya lo hemos expuesto antes. Mas las regiones en torno a Sidón y las de los arqueos, los amateos y los aradeos quedaron sin repartir. Y Yehoshúa, como la vejez le impedía ya realizar cuanto concebía, y como los que después de él tomaron el mando velaron con negligencia por el bien común, ordenó a cada tribu no dejar nada de la raza cananea en la tierra que le había tocado en suerte; pues solo en esto estribaba su seguridad y la guarda de las costumbres patrias —así también se lo había predicho Moshé, y de ello estaban persuadidos—. Y ordenó dar a los leviim las treinta y ocho ciudades —pues ya de antemano habían recibido diez en el país amorreo—. De estas, señala tres para que sirvan de asilo a los fugitivos, a fin de que habiten en ellas —grande era el cuidado de no omitir nada de lo que Moshé había dispuesto—: de la tribu de Yehudá, Jevrón; de la de Efráyim, Shejem; y de la de Naftalí, Kédesh, lugar que pertenece a la Galilea alta. Reparte también cuanto quedaba aún del botín —que había resultado muy cuantioso—, y se habían rodeado de grandes riquezas, en común todos y en particular cada uno, en oro, plata, vestidos y demás enseres, con tal cantidad de ganado añadida que ni por número podía saberse.
Y después de esto, reunió en asamblea al ejército de los establecidos al otro lado del Yardén, en el país amorreo —que en la campaña les habían aportado cincuenta mil hombres de armas—, y les habló así: «Puesto que Dios, padre y soberano del linaje de los hebreos, nos ha dado en posesión esta tierra y, una vez poseída, ha prometido guardárnosla para siempre, y como vosotros, cuando por mandato suyo necesitábamos vuestra ayuda, os entregasteis del todo prontos a cuanto se ofrecía, es justo —ya que no os aguarda ninguna dificultad más— que alcancéis ahora descanso, por miramiento a vuestro ardor, para que, si de nuevo lo necesitáramos, lo tengamos sin demora para lo urgente y no más lento la segunda vez, agotado por las fatigas de ahora. Os quedaremos, pues, agradecidos por los peligros que compartisteis, y no solo ahora, sino siempre y del todo, ya que somos capaces de recordar a los amigos y de conservar en el ánimo cuanto de ellos nos vino: que aplazasteis el disfrute de vuestros propios bienes por nosotros y que, tras haberos afanado por lo que ahora, por la benevolencia de Dios, hemos alcanzado, resolvisteis después tomar parte de ello. Y, además de los bienes que ya poseíais, os ha llegado, de los trabajos compartidos con nosotros, riqueza sin tasa —os llevaréis mucho botín, oro y plata, y, más que esto, de nuestra parte buena voluntad y disposición a corresponder en aquello que quisierais—. Pues no faltasteis a lo que Moshé predijo, despreciándolo por haber partido de entre los hombres, ni hay nada por lo que no os debamos gratitud. Por eso os despedimos gozosos hacia vuestras heredades, y os rogamos que no consideréis límite alguno para el parentesco con nosotros, ni, porque este río quede en medio, nos tengáis por otros y no por hebreos. Pues todos somos de Avraham, tanto los que moramos aquí como los de allá, y uno es Dios, que trajo a la vida a nuestros antepasados y a los vuestros; cuidad de su culto y guardad enteramente el régimen que Él mismo dispuso por medio de Moshé; pues, si permanecéis en ello, también Dios se os mostrará benévolo y aliado, pero, si os desviáis a imitar a otros pueblos, apartará de sí a vuestro linaje.» Dicho esto, y tras abrazar uno por uno a los que ejercían cargos y en común a toda su multitud, él se quedó, y el pueblo los acompañó en su partida no sin lágrimas, y a duras penas se separaron unos de otros.
Y la tribu de Reuvén, la de Gad y cuantos de los de Menashé los acompañaban, tras cruzar el río, erigen un altar en la ribera del Yardén, para que fuera memorial a los venideros y símbolo de su afinidad con los establecidos al otro lado. Y los de este lado, al oír que las tribus despedidas habían levantado un altar —no con la intención con que ellas lo habían erigido, sino para sublevación e introducción de dioses extranjeros—, no se resistían a creerlo, sino que, teniendo por verosímil la acusación por tocar al culto divino, se pusieron en armas, dispuestos a cruzar el río para vengarse de los que habían construido el altar y castigarlos por su desvío de las costumbres patrias. Pues estimaban que no había que atender al parentesco ni a la dignidad de quienes habían caído en la acusación, sino a la voluntad de Dios y al modo en que, honrado, se complace. Y salieron en campaña movidos por la ira, pero Yehoshúa, el sumo sacerdote Elazar y el consejo de ancianos los contuvieron, aconsejándoles de palabra que primero pusieran a prueba su intención, y luego, si descubrían malicia en su ánimo, entonces marcharan contra ellos con las armas.
Envían, pues, como embajadores a Pinjás, hijo de Elazar, y con él a diez de los tenidos en honor entre los hebreos, para averiguar qué se habían propuesto al erigir el altar en la ribera del río, tras haber cruzado. Y cuando, tras haber cruzado y llegado hasta ellos, se reunió una asamblea, Pinjás se levantó y dijo que habían pecado demasiado gravemente para ser corregidos de cara al futuro con solo la reprensión de palabras; pero que, no mirando a la magnitud de la transgresión y lanzándose sin más a las armas y al castigo de propia mano, sino considerando el parentesco y que acaso también con palabras entrarían en razón, habían dispuesto así la embajada; «para que, sabida la causa por la que os movisteis a construir el altar, ni parezcamos temerarios yendo contra vosotros con armas —si es que erigisteis el altar por un piadoso propósito—, ni, en cambio, dejemos de castigaros con justicia si la acusación resulta verdadera. Pues no juzgábamos posible que vosotros —que habéis llegado a experimentar la voluntad de Dios y sois oidores de las leyes que Él mismo nos dio—, ahora que os habéis separado de nosotros y marchado a vuestro propio lote, que por gracia de Dios y por su providencia para con nosotros obtuvisteis, os olvidarais de Él y, abandonando el Mishkán, el arca y el altar que nos es patrio, introdujerais dioses extranjeros, pasándoos a los males de los cananeos. Mas se tendrá por no haber obrado mal alguno si os arrepentís y no lleváis más adelante la locura, sino que tomáis vergüenza y memoria de las leyes patrias. Pero si persistís en vuestras faltas, no rehuiremos el esfuerzo en defensa de las leyes, sino que, cruzado el Yardén, acudiremos en ayuda de ellas —y, antes que de ellas, de Dios—, teniéndoos en nada distintos de los cananeos y destruyéndoos igual que a ellos.»
No penséis que por haber cruzado el río habéis quedado fuera del poder de Dios: en todas partes estáis dentro de su dominio, y escapar de su autoridad y del castigo que de ella viene es imposible. Y si creéis que nuestra presencia aquí os estorba para conduciros con cordura, nada impide que os repartamos de nuevo la tierra y dejemos ésta como pasto de rebaños.
Pero haréis bien en recobrar el juicio y en corregir vuestras faltas mientras son recientes. Y os suplicamos, por vuestros hijos y vuestras mujeres, que no nos pongáis en la necesidad de castigaros. Deliberad, pues, como quienes tienen en juego en esta asamblea su propia salvación y la de sus seres más queridos, y considerad que os conviene más ser vencidos por palabras que aguardar la prueba de los hechos y de la guerra.
Cuando Pinjás hubo hablado así, los jefes de la asamblea y toda la multitud misma comenzaron a defenderse de las acusaciones que se les hacían, y dijeron que ni renunciarían al parentesco con ellos ni habían levantado el altar por afán de novedad, sino que reconocían a un solo Dios, común a todos los hebreos, y al altar de bronce que está ante el Mishkán, donde harían sus sacrificios; y que el que ahora habían erigido —por el cual habían caído en sospecha— no lo habían fundado por culto, sino para que fuera signo y prueba perpetua de su vínculo con vosotros y de la obligación de conducirse con cordura y de permanecer fieles a las costumbres de los padres, y no como comienzo de transgresión, según sospecháis.
Testigo nos sea Dios, digno de crédito, de que erigimos el altar por tal motivo; por lo cual, teniendo mejor opinión de nosotros, no nos condenéis por nada de esto, cosas por las que sería justo que perecieran todos cuantos, siendo del linaje de Avraham, emprenden costumbres nuevas y apartadas del modo habitual.
Alabando lo que habían dicho, Pinjás se presentó ante Yehoshúa y comunicó al pueblo lo que ellos respondían. Éste, gozoso de que no habría necesidad alguna de reclutar tropas ni de sacarlos a las armas y a la guerra contra hombres de su sangre, ofreció por ello a Dios sacrificios de acción de gracias. Y disuelta después la multitud hacia sus propias heredades, Yehoshúa mismo residió en Shejem.
Veinte años después, siendo ya muy anciano, mandó llamar a los de mayor dignidad de las ciudades, a los magistrados y al consejo de ancianos, y reunió cuanto pudo de la multitud; y cuando estuvieron presentes, les recordó todos los beneficios de Dios —que eran muchos para quienes desde una condición humilde habían llegado a tal gloria y prosperidad—, y los exhortó a conservar la voluntad de Dios, así dispuesta hacia ellos, y la piedad, la única con que la divinidad seguiría siéndoles propicia; pues a él, que estaba a punto de partir de la vida, le parecía bien dejarles tal consejo, y les pedía que guardaran en la memoria esa exhortación.
Y habiendo hablado tanto a los presentes, murió tras vivir ciento diez años, de los cuales pasó cuarenta junto a Moshé en el aprendizaje de lo provechoso, y fue caudillo veinticinco tras la muerte de aquél; hombre que ni carecía de inteligencia ni era inexperto en exponer con claridad a la multitud lo que había concebido, sino sobresaliente en ambas cosas; valeroso y de gran audacia para las obras y los peligros, muy hábil para gobernar en tiempo de paz, y con una virtud ajustada a toda ocasión.
Es sepultado en la ciudad de Timná, de la tribu de Efráyim. Muere por ese mismo tiempo también Elazar, el sumo sacerdote, dejando el sacerdocio a su hijo Pinjás; y su monumento y su tumba están en la ciudad de Guivá.
Tras la muerte de éstos, Pinjás profetiza, conforme a la voluntad de Dios, que el mando para la destrucción del linaje de los cananeos se confiara a la tribu de Yehudá; pues el pueblo tenía empeño en saber qué le parecía también a Dios. Y ésta tomó consigo a la de Shimón, con la condición de que, una vez exterminados los enemigos del territorio de aquélla, hicieran otro tanto en la heredad propia.
Los cananeos, floreciendo por entonces sus asuntos, los aguardaban con un gran ejército junto a Bézek, habiendo confiado el mando a Adoni-Vézek, rey de los de Bézek —este nombre significa «señor de los de Bézek», pues adoní en lengua de los hebreos quiere decir «señor»—; y esperaban vencer a los israelitas por haber muerto Yehoshúa.
Al trabar combate con ellos, los israelitas, con las dos tribus antes dichas, lucharon brillantemente y matan de ellos más de diez mil; y poniendo en fuga al resto y persiguiéndolo, capturan a Adoni-Vézek, quien, mutilado por ellos, dice: «Al fin no iba a ocultarse del todo a Dios, según parece, que yo padeciera esto mismo que antes no me avergoncé de hacer con setenta y dos reyes.»
Y vivo lo llevan hasta Yerushaláyim, y muerto lo sepultan en tierra. Y recorrían tomando las ciudades; y tras capturar muchísimas, sitiaron Yerushaláyim. Tomada la ciudad baja con el tiempo, mataron a todos sus habitantes; pero la parte alta les resultaba difícil de tomar por la solidez de las murallas y la naturaleza del lugar.
Por eso trasladaron el campamento a Jevrón, y tomándola matan a todos. Quedaba todavía una raza de gigantes que, por el tamaño de sus cuerpos y unas formas en nada semejantes a las de los demás hombres, eran un espectáculo asombroso y algo terrible de oír. Aún hoy se muestran huesos suyos que en nada se parecen a los de ningún ser conocido.
Esta ciudad la dieron a los leviim como privilegio escogido, junto con dos mil codos a la redonda; pero la tierra la dieron en don a Kalev, según los mandatos de Moshé —éste era uno de los espías que Moshé envió a la tierra de Kena’an—. Dan también tierra para que la habitaran a los descendientes de Yitró el madianita —pues era suegro de Moshé—; porque, dejando su patria, habían seguido a aquéllos y estuvieron con ellos en el desierto.
La tribu de Yehudá y la de Shimón tomaron las ciudades de la región montañosa de Kena’an, y de las de la llanura y junto al mar, Ascalón y Ashdod. Se les escapan Gaza y Ekrón, pues, por ser llanuras y haber abundancia de carros, maltrataban a los que las atacaban. Y estas tribus, tras haber prosperado grandemente con la guerra, se retiraron a sus propias ciudades y deponen las armas.
Los benjaminitas —pues suya era Yerushaláyim— consintieron a sus habitantes pagar tributos. Y así, cesando todos, unos de matar y otros de correr peligro, tuvieron ocio para labrar la tierra. Lo mismo hicieron también las demás tribus, imitando a la de Binyamín, y, contentándose con los tributos que se les pagaban, permitían a los cananeos vivir sin guerra.
Los de Efráyim, que sitiaban Bet-El, no hallaban resultado alguno digno del tiempo y las fatigas del asedio; pero, aunque molestos por aquella permanencia, persistían. Después, tras apresar a uno de los de la ciudad que había salido a por provisiones, le dieron ciertas garantías de que, si entregaba la ciudad, lo salvarían a él y a sus parientes. Y aquél juró, con esas condiciones, ponerles la ciudad en las manos. Así, habiendo traicionado de este modo, se salva con los suyos, y ellos, matando a todos los habitantes, tuvieron la ciudad.
Y después de esto, los israelitas se mostraban blandos con los enemigos, y cuidaban de la tierra y de sus labores. Al aumentarles la riqueza, por molicie y placer descuidaron el buen orden y ya no eran atentos escuchadores de las leyes de su régimen. Irritada por ello, la divinidad les anuncia, primero, que habían perdonado, contra su parecer, a los cananeos; y luego, que aquéllos usarían de mucha crueldad contra ellos en cuanto tuvieran ocasión.
Pero ellos tanto ante lo que venía de Dios estaban desanimados como ante la guerra estaban desganados, pues habían recibido muchos bienes de los cananeos y, por la molicie, estaban ya relajados para las fatigas. Y sucedía que ya la aristocracia se había corrompido: no designaban ni consejos de ancianos ni ninguna otra magistratura de las antes establecidas por ley, sino que estaban en los campos atados al placer de la ganancia. Y, por la mucha impunidad, de nuevo los toma una sedición terrible, y fueron llevados a guerrear entre sí por tal causa.
Un levita del pueblo llano de la heredad de Efráyim, que habitaba en ella, toma por mujer a una joven de Bet-Léjem —este lugar es de la tribu de Yehudá—. Amando ardientemente a la mujer y vencido por su belleza, era desdichado al no hallar en ella una disposición semejante. Como ella se mostraba esquiva, y por eso él se abrasaba más en su pasión, había entre ellos continuos reproches; y al fin la mujer, agobiada por ellos, dejó al marido y se va con sus padres, en el cuarto mes. Llevándolo mal el marido a causa de su amor, fue a casa de los suegros y, deshechos los reproches, se reconcilia con ella.
Y se queda allí cuatro días, agasajándolo los padres; y al quinto, decidido a volver a su casa, parte al caer la tarde —pues tardíamente dejaban ir los padres a su hija, y hacían pasar el día—. Los seguía un solo criado, y tenían un asno sobre el que iba montada la mujer. Cuando estuvieron a la altura de Yerushaláyim, habiendo ya recorrido treinta estadios, el criado aconsejaba hospedarse en algún sitio, no fuera que, caminando de noche, les sobreviniera algún percance, y más no estando lejos de enemigos, pues la ocasión a menudo vuelve peligroso y sospechoso hasta lo amigo.
Pero a él no le agradó la idea de alojarse entre hombres de otra raza —pues la ciudad era de los cananeos—, sino que quería que, avanzando veinte estadios, se hospedaran en una ciudad propia; e imponiéndose su parecer, llegó a Guivá, de la tribu de Binyamín, siendo ya entrada la noche. Y como nadie de los de la plaza lo invitaba a hospedarse, un anciano que bajaba del campo —de la tribu de Efráyim, pero que residía en Guivá—, encontrándose con él, le preguntó quién era y por qué motivos, ya en la oscuridad, tomaba lo necesario para la cena.
Él respondió que era levita, y que llevaba a su casa a una joven traída de casa de sus padres; y le indicó que su morada estaba en la heredad de Efráyim. El anciano, por el parentesco, por pertenecer a la misma tribu y por el encuentro, lo llevó a hospedarse en su casa.
Unos jóvenes de Guivá, que habían visto a la mujer en la plaza y admirado su hermosura, cuando supieron que se había hospedado en casa del anciano, despreciando su debilidad y su escaso número, vinieron a las puertas. Y como el anciano les rogaba que se marcharan y no emplearan violencia ni ultraje, exigían que, entregándoles a la forastera, se librara de complicaciones. Diciendo el anciano que era pariente suya y levita, y que ellos cometerían acciones terribles pecando por placer contra las leyes, hicieron poco caso de la justicia y se burlaban, y amenazaban con matarlo si estorbaba sus deseos.
Reducido a la necesidad y no queriendo ver ultrajados a sus huéspedes, les cedía a su propia hija, diciéndoles que satisfarían su deseo de modo más conforme a la ley, sin el ultraje a los huéspedes, y creyendo que él mismo así no haría ningún agravio a quienes había acogido. Pero como en nada cedían de su empeño sobre la forastera, sino que insistían pretendiendo llevársela, él suplicaba que no osaran nada contra la ley; ellos, sin embargo, arrebatándola y entregándose más aún a lo violento del placer, se llevaron a la mujer consigo, y saciados de ultraje durante toda la noche la soltaron al comenzar el día.
Ella, extenuada por lo sucedido, llegó al alojamiento y, por el dolor de lo que había padecido y por no atreverse, de vergüenza, a presentarse a la vista de su marido —pues juzgaba que él, sobre todo, quedaría inconsolable por lo ocurrido—, se desplomó y entrega el alma. Su marido, creyendo que la mujer estaba dominada por un sueño profundo y sin sospechar nada sombrío, intentaba despertarla, resuelto a consolarla, pensando que no se había entregado por voluntad propia a los que la ultrajaron, sino que se la habían arrebatado tras venir ellos al alojamiento.
Cuando supo que había muerto, sobreponiéndose con entereza a la magnitud de la desgracia, colocó a la mujer muerta sobre la bestia y la lleva a su casa; y dividiéndola miembro a miembro en doce partes, la envió a cada tribu, encargando a los portadores que dijeran quiénes eran los culpables de la muerte de la mujer y el desafuero de aquella tribu.
Y ellos, hondamente afligidos por la vista y el relato de las violencias —pues antes no habían tenido experiencia de nada semejante—, movidos de una cólera pura y justa, reunidos en Siló y congregados ante el Mishkán, al punto se lanzaban a tomar las armas y a tratar a los de Guivá como enemigos. Pero los contuvo el consejo de ancianos, persuadiéndolos de que no debían llevar tan precipitadamente la guerra contra los de su propio pueblo antes de tratar de palabra sobre las acusaciones —pues ni siquiera contra extraños permite la ley conducir un ejército contra quienes parecen haber obrado mal sin una embajada y sin tal intento de moverlos al arrepentimiento—; conviene, pues, obedeciendo a la ley, enviar mensajeros a los de Guivá reclamando a los culpables, y, si los entregan, contentarse con su castigo; y si lo desdeñan, entonces defenderse con las armas.
Envían, pues, a los de Guivá acusando a los jóvenes de lo relativo a la mujer y pidiendo, para el castigo, a los autores de aquellas acciones ilícitas, que en justicia debían morir ellos en lugar de todos los demás. Pero los de Guivá ni entregaron a los jóvenes y tenían por indignante obedecer, por miedo a la guerra, órdenes ajenas, considerándose no inferiores a nadie en las armas, ni por número ni por valor. Estaban en gran preparación también con las demás gentes de su tribu, pues éstas se habían obstinado junto a ellos, dispuestas a rechazar a quienes los forzaran.
Cuando tales respuestas de los de Guivá se anunciaron a los israelitas, hacen juramentos de que ninguno de ellos daría su hija en matrimonio a un hombre benjaminita, y de que marcharían contra ellos, estando más airados contra ellos que —según hemos recibido de nuestros antepasados que lo estuvieron— contra los cananeos. Y al punto sacaban contra ellos el ejército: cuarenta miríadas de hombres armados. Y la fuerza armada de los benjaminitas era de unos veinticinco mil seiscientos, de los cuales había hasta quinientos óptimos en tirar con honda con la mano izquierda, de modo que, habiéndose dado también batalla junto a Guivá, los benjaminitas ponen en fuga a los israelitas, y caen de ellos hasta veintidós mil hombres; y quizá habrían perecido aún más si la noche no los hubiera detenido y separado en la lucha.
Los benjaminitas se retiraban gozosos a la ciudad, y los israelitas, consternados por la derrota, al campamento. Al día siguiente, trabando de nuevo combate, los benjaminitas vencen, y mueren de los israelitas dieciocho mil, y, temiendo la matanza, abandonaron el campamento. Y llegando a Bet-El, ciudad muy próxima, y ayunando al día siguiente, suplicaban a Dios, por medio de Pinjás el sumo sacerdote, que cesara de su ira contra ellos y, satisfecho con sus dos derrotas, les diera victoria y poder sobre los enemigos. Y Dios lo promete por medio de la profecía de Pinjás.
Dividiendo, pues, el ejército en dos partes, apostan de noche la mitad como emboscada alrededor de la ciudad, mientras la otra mitad trabó combate con los benjaminitas y se retiraba ante su empuje; y los benjaminitas perseguían a los hebreos, que huían despacio a propósito y por largo trecho, queriendo sacarlos del todo, y seguían a los que se retiraban, de suerte que también los ancianos y jóvenes que habían quedado en la ciudad salieron corriendo, aun con dificultad por su debilidad, queriendo aplastar en masa a los enemigos. Pero cuando estuvieron lejos de la ciudad, los hebreos dejaron de huir y, volviéndose, se plantan para la batalla y alzan a los que estaban en las emboscadas la señal convenida.
Éstos, saltando con gritería, se lanzaban sobre los enemigos. Y ellos, apenas advirtieron que habían sido engañados, quedaron sin recursos; y empujados a un lugar hueco y quebrado por barrancos, los rodearon y los asaetearon, de modo que todos perecieron salvo seiscientos. Éstos, agrupándose y cerrando sus filas, y abriéndose paso por medio de los enemigos, huyeron a los montes cercanos, y, ocupándolos, se establecieron. Todos los demás, que eran unos veinticinco mil, murieron.
Los israelitas incendian Guivá y pasan a cuchillo a las mujeres y a los varones que no estaban en la flor de la edad; y hacen lo mismo con las demás ciudades de los benjaminitas. Y estaban tan irritados que, contra Yavesh de Guilad —porque no había combatido a su lado contra los benjaminitas—, enviando doce mil de sus filas, ordenaron aniquilarla. Y los enviados matan lo aguerrido de la ciudad, con niños y mujeres, salvo cuatrocientas doncellas. A tal punto los llevó la cólera, sumando al ultraje sobre la mujer también la aniquilación de sus hombres de armas.
Pero les sobreviene arrepentimiento por la desgracia de los benjaminitas, y proclamaron un ayuno por ellos, aunque juzgaran que habían padecido justamente por haber pecado contra las leyes; y a los seiscientos de ellos que habían escapado los llamaban por medio de embajadores, pues se habían asentado sobre cierta roca llamada Roá, en el desierto. Los embajadores, lamentándose de que no sólo a aquéllos les había sobrevenido la desgracia, sino también a ellos mismos, al haber perdido a sus parientes, los persuadían con suavidad a sobrellevarlo, a reunirse todos en uno y a no dictar, en cuanto de ellos dependía, la ruina total de la tribu de Binyamín. «Os concedemos —decían— la tierra de toda la tribu y cuanto botín podáis llevaros.»
Y ellos, reconociendo que lo que les había ocurrido había sido por sentencia de Dios y por su propia injusticia, bajaron a la tribu de sus padres, obedeciendo a los que los invitaban. Y los israelitas les dieron por mujeres a las cuatrocientas doncellas de Yavesh; y sobre los doscientos restantes deliberaban cómo también aquéllos, provistos de mujeres, engendraran hijos. Como habían hecho juramentos de no casar con ningún benjaminita a hija alguna antes de la guerra, unos aconsejaban hacer poco caso de lo jurado, por haberlo jurado bajo la ira, no con reflexión y juicio, y que en nada obrarían contra Dios si podían salvar a una tribu entera en peligro de perecer; y que los perjurios no son graves ni peligrosos cuando se cometen por necesidad, sino cuando se osan con malicia.
Como el consejo de ancianos se indignara ante el nombre de perjurio, alguien dijo que podía indicarles a la vez abundancia de mujeres y la observancia de los juramentos. Y preguntándole por la idea, dijo: «Cuando nosotros nos reunimos tres veces al año en Siló, nos acompañan, con motivo de la fiesta, las mujeres y las hijas. Que se permita a los benjaminitas casar por rapto a cuantas de ellas puedan, sin que nosotros ni las incitemos ni lo impidamos. Y a sus padres, si se irritan y pretenden tomar venganza, les diremos que ellos mismos son culpables por haber descuidado la guarda de sus hijas, y que conviene aflojar la ira contra los benjaminitas, ya que se ha usado de ella incluso más allá de la medida.»
Y ellos, persuadidos por esto, decretan para los benjaminitas el matrimonio por rapto. Llegada la fiesta, los doscientos, de dos en dos y de tres en tres, se apostaban ante la ciudad para acechar a las doncellas que iban a llegar, en viñedos y lugares donde pasarían inadvertidos, y ellas, entre juegos, sin sospechar nada de lo que iba a suceder, caminaban sin guardarse; y ellos, cuando se dispersaron, saltando las apresaron. Y así, casados de este modo, se dedicaron a las labores de la tierra y pusieron cuidado en volver de nuevo a su anterior prosperidad.
La tribu de los benjaminitas, pues, que había estado en peligro de perecer por completo, se salva del modo referido por la sabiduría de los israelitas, y floreció al punto e hizo un rápido incremento en número y en todo lo demás. De este modo, pues, terminó aquella guerra.
Algo semejante a esto le tocó padecer también a la tribu de Dan, llevada a ello por una causa como la siguiente. Habiendo abandonado ya los israelitas el ejercicio de la guerra y estando entregados a las labores de la tierra, los cananeos, despreciándolos, reunieron una fuerza, sin esperar ellos mismos padecer nada, sino que, cobrando firme esperanza de hacer mal a los hebreos, pretendían habitar en adelante sus ciudades con seguridad.
Preparaban, pues, carros y reunían la fuerza armada; sus ciudades se conjuraban, y de la tribu de Yehudá arrebataron Ascalón y Ekrón y otras muchas de las de la llanura, y a los danitas los forzaron a refugiarse en el monte, sin dejarles ni un poco de la llanura por donde pisar. Ellos, no siendo capaces de guerrear ni teniendo tierra suficiente, envían de entre sí a cinco hombres al interior a explorar una tierra a la que emigrar. Éstos, avanzando no lejos del monte Líbano y de las fuentes del Yardén menor, por la gran llanura a una jornada de camino de la ciudad de Sidón, y habiendo observado una tierra buena y muy fértil, la indican a los suyos. Ellos, poniéndose en marcha con un ejército, fundan allí una ciudad, Dan, del mismo nombre que el hijo de Yaakov, y epónima de su propia tribu.
A los israelitas les iba de mal en peor, tanto por la inexperiencia en el sufrir males como por su negligencia hacia lo divino; pues, alterado una vez el buen orden de su régimen, se dejaban llevar a vivir según su placer y su propia voluntad, hasta llenarse también de los males habituales entre los cananeos. Se irrita, pues, contra ellos Dios, y la prosperidad que con innumerables fatigas habían adquirido, ésa la perdieron por la molicie. Pues, habiendo marchado contra ellos Kushán-Rishatáyim, rey de los asirios, perdieron a muchos de los que se pusieron en línea de batalla, y, sitiados, fueron tomados por la fuerza; y hubo quienes, por miedo, se pasaron voluntariamente a él; y, impuestos tributos mayores de lo posible, los pagaban y soportaban toda clase de ultrajes durante ocho años, tras los cuales de este modo se libraron de los males.
Un hombre de la tribu de Yehudá, de nombre Kenaz, varón enérgico y de ánimo noble, tras habérsele dado un oráculo de que no mirara con indiferencia a los israelitas sumidos en tal aprieto, sino que se atreviera a rescatarlos para la libertad, exhortando a algunos a compartir con él los peligros —eran pocos aquellos a quienes tocaba la vergüenza por la situación presente y el ansia de un cambio—, primero destruye la guarnición de Kushán-Rishatáyim que había entre ellos; y, sumándose más combatientes al no haber fracasado en los primeros pasos de la empresa, traban batalla con los asirios y, rechazándolos por completo, los obligaron a cruzar el Éufrates. Kenaz, como quien había dado prueba con hechos de su valentía, recibe de la multitud, en premio por ella, el mando, de modo que juzgara al pueblo. Y tras gobernar cuarenta años, acaba su vida.
Muerto éste, de nuevo los asuntos de los israelitas enfermaban por la anarquía, y, por no tener en honor a Dios ni obedecer ya las leyes, padecían aún mayores males, de suerte que Eglón, rey de los moabitas, despreciando el desorden de su régimen, les llevó la guerra, y, tras vencerlos en muchas batallas y someter a los que sobresalían de los demás por su ánimo, abatió por completo su fuerza y les impuso pagar tributos. Y habiendo fijado su residencia real en Yerijó, sin descuidar nada del maltrato a la multitud, los sumió en la pobreza durante dieciocho años. Pero Dios, apiadado de los israelitas por lo que padecían y ablandado por sus súplicas, los libró del ultraje bajo los moabitas. Se libraron de este modo.
Un joven de la tribu de Binyamín, de nombre Ehud, hijo de Guerá, muy audaz para atreverse y capaz de servirse del cuerpo para las obras, mejor de la mano izquierda y teniendo en ella toda su fuerza, habitaba también él en Yerijó, y se hace familiar de Eglón, cultivándolo con regalos y adulándolo, de modo que por ello llegaba a ser grato también a los que rodeaban al rey. Y una vez, llevando regalos al rey con dos criados, tras ceñirse a escondidas un puñal en el muslo derecho, entraba a él. Era estación de verano y, mediado ya el día, estaban relajadas las guardias, tanto por el calor como por hallarse vueltos al almuerzo.
Habiendo dado, pues, el joven los regalos a Eglón —que pasaba el tiempo en cierta salita bien dispuesta para el verano—, se pusieron a conversar. Estaban solos, pues el rey había ordenado a los criados que entraban que se retiraran, por estar conversando con Ehud. Estaba sentado en su trono, y entraba temor a Ehud de errar y no dar un golpe mortal. Lo hace, pues, levantarse, diciéndole que tenía un sueño que revelarle por mandato de Dios. Y él, por la alegría del sueño, saltó del trono; y Ehud, golpeándolo en el corazón y dejando dentro el puñal, sale entornando la puerta. Y los criados se estaban quietos, creyendo que el rey se había entregado al sueño.
Ehud, haciendo señas en secreto a los de Yerijó, los exhortaba a recobrar la libertad. Ellos, oyéndolo con gusto, tanto acudían ellos mismos a las armas como enviaban por la región a los que hacían señas con cuernos de carneros —pues con éstos es costumbre patria convocar a la multitud—. Los de Eglón mucho tiempo ignoraron la desgracia que le había sobrevenido; pero cuando llegó la tarde, temiendo que le hubiera ocurrido algo grave, entraron en la salita y, hallándolo muerto, quedaron sin saber qué hacer; y antes de que la guarnición se reagrupara, la multitud de los israelitas se les echa encima.
Y unos son muertos al punto, y otros se dan a la fuga con ánimo de salvarse hacia el país de Moav —eran más de diez mil—. Y los israelitas, que habían ocupado de antemano el paso del Yardén, persiguiéndolos los mataban, y en el paso aniquilan a muchos de ellos, y ninguno escapó de sus manos. Los hebreos, de este modo, se libraron de la esclavitud bajo los moabitas; y Ehud, honrado por este hecho con el mando de toda la multitud, murió tras retener el poder ochenta años, varón digno de alabanza aun aparte de la acción antes referida. Y después de él, Shamgar, hijo de Anat, elegido para gobernar, acabó su vida en el primer año de su mando.
Los israelitas de nuevo —pues nada aprendían para su enmienda de las desgracias anteriores, por no venerar a Dios ni obedecer las leyes— antes aun de haber respirado, siquiera un poco, de la esclavitud bajo los moabitas, son sometidos por Yavín, rey de los cananeos. Pues éste, partiendo de la ciudad de Jatsor —que está por encima del lago Semaconítide—, mantenía un ejército de trescientos mil de infantería y diez mil de caballería, y disponía de tres mil carros. General de esta fuerza era Sisrá, que gozaba del primer honor ante el rey; y a los israelitas, que se le enfrentaron, maltrató terriblemente, hasta imponerles pagar tributos.
Padeciendo esto, pues, cumplieron veinte años, no siendo ellos mismos capaces de tener juicio por la desdicha, y queriendo Dios domeñar todavía más su soberbia por la ingratitud hacia él, para que, mudándose en adelante, se condujeran con cordura, enseñados de que las desgracias les venían del desprecio de las leyes; y a cierta profetisa, Devorá —este nombre significa «abeja» en lengua de los hebreos—, suplicaban que rogara a Dios que se apiadara de ellos y no los mirara perecer a manos de los cananeos. Dios les concedió la salvación y elige por general a Barak, de la tribu de Naftalí —«barak» es «relámpago» en lengua de los hebreos—.
Devorá, mandando llamar a Barak, le ordenó escoger diez mil de los jóvenes y marchar contra los enemigos, pues bastaban tantos, según había predicho Dios anunciando la victoria. Diciendo Barak que no acaudillaría si ella no acaudillaba con él, indignada, dijo: «Tú cedes a una mujer la dignidad que Dios te ha dado, pero yo no la rehúso.» Y reuniendo diez mil, acamparon junto al monte Tabor.
Les salió al encuentro Sisrá, por orden del rey, y acampan no lejos de los enemigos. A los israelitas y a Barak, aterrados por la multitud de los enemigos y resueltos a retirarse, Devorá los retenía, ordenando trabar el combate aquel mismo día, pues vencerían y Dios les ayudaría. Vinieron, pues, a las manos; y al chocar sobreviene un gran aguacero, mucha agua y granizo, y el viento impulsaba la lluvia contra el rostro de los cananeos, oscureciéndoles la vista, de modo que les resultaban inútiles los disparos de arco y las hondas; y los soldados de a pie, por el frío, no podían servirse de las espadas.
A los israelitas, en cambio, la tempestad, que les venía por detrás, los dañaba menos, y, ante la idea de la ayuda de Dios, cobraban valor, de suerte que, lanzándose al medio de los enemigos, mataron a muchos de ellos. Y unos por los israelitas, otros perturbados por su propia caballería, caían, de modo que muchos de ellos murieron bajo los carros. Sisrá, saltando del carro cuando vio que se producía la derrota, huyendo llega junto a una mujer de los quenitas, de nombre Yael, que lo acoge cuando le pide esconderse, y, al pedirle bebida, le da leche ya cortada.
Él, bebiendo más de la medida, se entrega al sueño. Y Yael, mientras dormía, clavando con un mazo un clavo de hierro por la boca y la mandíbula, lo atravesó hasta el suelo, y a los de Barak, que llegaron poco después, se lo mostró clavado en tierra. Y así esta victoria recayó en una mujer, conforme a lo dicho por Devorá. Barak, marchando contra Jatsor, mata a Yavín, que le salió al encuentro; y, caído el general, arrasó hasta los cimientos la ciudad, y fue general de los israelitas durante cuarenta años.
Muertos Barak y Devorá por el mismo tiempo, después de esto los madianitas, tras convocar a los amalecitas y a los árabes, marchan contra los israelitas y vencen en batalla a los que les hicieron frente, y, devastando la cosecha, se llevaban el botín. Haciendo esto durante siete años, la multitud de los israelitas se replegó a los montes y se retiraban de las llanuras, y, haciéndose galerías subterráneas y cuevas, guardaban en ellas todo lo que escapaba de los enemigos.
Pues los madianitas, guerreando en la estación del verano, permitían a los israelitas cultivar en invierno, para tener, tras haberse fatigado ellos, lo que dañar. Había hambre y escasez de alimento, y se vuelven a la súplica a Dios, rogándole que los salvara. Y Guidón, el hijo de Yoash, de la tribu de Menashé, llevando en secreto, entre unos pocos, unas gavillas de espigas, las trillaba en el lagar, pues temía a los enemigos para hacerlo abiertamente en la era. Presentándosele una aparición en forma de joven y diciéndole que era dichoso y amado de Dios, replicando dijo: «¡Buena prueba de su favor, la más grande, que ahora me sirva del lagar en vez de la era!»
Exhortándolo aquél a tener ánimo e intentar recobrar la libertad, decía que le era imposible, pues la tribu de la que provenía carecía de gente, y él era joven y demasiado débil para asuntos tan grandes. Pero Dios mismo prometía suplir lo que faltaba y dar la victoria a los israelitas bajo su mando.
Guidón contó esto a algunos de los jóvenes y le creyeron, y al punto el ejército estuvo listo para el combate: diez mil hombres. Pero Dios se le presentó a Guidón mientras dormía y le mostró que la naturaleza humana es amiga de sí misma y hostil hacia los que sobresalen en virtud —de modo que, dejando de lado que la victoria es de Dios, la tendrían por propia, creyéndose un ejército numeroso y capaz de medirse con el enemigo—. Para que aprendieran, pues, que la obra era fruto de su ayuda, le aconsejó llevar la tropa al río hacia el mediodía, en lo más fuerte del calor, y tener por esforzados a cuantos se echaran a beber con calma, pero por cobardes y espantados ante el enemigo a cuantos bebieran de prisa y con desorden. Guidón hizo según las indicaciones de Dios, y se halló que trescientos hombres, con miedo, se llevaban el agua a la boca con las manos, atropelladamente; y Dios le dijo que con esos atacara al enemigo. Acamparon junto al Yardén, dispuestos a cruzarlo al día siguiente.
Como Guidón estaba lleno de temor —pues Dios le había anunciado que atacara de noche—, queriendo librarlo de ese miedo le ordenó acercarse, con uno de sus soldados, a las tiendas de los madianitas: de ellos mismos sacaría ánimo y valor. Obedeció y fue, llevando consigo a su siervo Purá; y al acercarse a una tienda sorprendió despiertos a los que en ella estaban, y a uno de ellos contándole un sueño a su compañero de tienda, de modo que Guidón lo oyó. El sueño era este: le parecía que una torta de cebada, tan basta que ni los hombres la comerían, rodaba por el campamento y derribaba la tienda del rey y las de todos los soldados.
El otro juzgó que la visión anunciaba la ruina del ejército, y explicó por qué se le ocurría entenderlo así: la semilla llamada cebada es reconocidamente la más vil, y de todo lo asiático es cosa sabida que ahora lo de los israelitas ha venido a ser lo más despreciado, semejante al género de la cebada. Y lo que ahora tiene grandeza de ánimo entre los israelitas sería esto: Guidón y la tropa que lo acompaña. «Puesto que dices haber visto la torta derribando nuestras tiendas, temo que Dios haya concedido a Guidón la victoria sobre nosotros.»
Al oír el sueño, a Guidón lo invadieron buena esperanza y valor, y mandó a los suyos ponerse sobre las armas, tras contarles también la visión de los enemigos; y ellos, envalentonados por lo revelado, estaban prestos a cumplir las órdenes.
Hacia la cuarta vigilia, más o menos, Guidón acercó su tropa dividida en tres partes, de cien hombres cada una. Todos llevaban cántaros vacíos con antorchas encendidas dentro —para que su avance no fuera advertido por el enemigo— y en la mano derecha un cuerno de carnero, que usaban a modo de trompeta. El ejército enemigo ocupaba un vasto terreno, pues tenían muchísimos camellos; y, aunque repartidos por naciones, estaban todos dentro de un mismo círculo.
A los hebreos se les había ordenado que, en cuanto estuvieran cerca del enemigo, a una señal convenida hicieran sonar las trompetas, quebraran los cántaros y se lanzaran con las antorchas dando el grito de guerra, y que vencerían porque Dios socorría a Guidón; y así lo hicieron. Se apoderó de aquellos hombres, aún dormidos, la confusión y el espanto —pues era de noche y Dios así lo quería—. Pocos cayeron a manos del enemigo; los más, a manos de sus propios aliados, por no entenderse en la lengua. Una vez sumidos en el desorden, mataban a todo el que se les ponía delante, creyéndolo enemigo, y hubo gran matanza. Cuando llegó a los israelitas la noticia de la victoria de Guidón, tomaron las armas, y persiguiendo a los enemigos los alcanzaron en un valle hondo, ceñido de barrancos que no podían cruzarse; rodeándolos, los mataron a todos, y a dos de los reyes, Orev y Zeev.
Los demás jefes, llevando a los soldados que habían quedado —eran dieciocho mil—, acamparon muy lejos de los israelitas. Pero Guidón no cedió por el cansancio, sino que, persiguiéndolos con todo el ejército y trabando combate, aniquiló a todos los enemigos y, apresando a los otros dos jefes, Zévaj y Tsalmuná, se los llevó. En aquella batalla murieron, entre madianitas y los árabes que combatían con ellos, unos ciento veinte mil; y los hebreos tomaron mucho botín: oro, plata, tejidos, camellos y bestias de carga. Guidón, de vuelta en Ofrá, su patria, dio muerte a los reyes de los madianitas.
La tribu de Efráyim, molesta por la buena fortuna de Guidón, resolvió hacerle la guerra, reprochándole no haberles anunciado de antemano la empresa contra el enemigo. Pero Guidón, hombre mesurado y consumado en toda virtud, dijo que no había atacado a los enemigos sin ellos por decisión propia, sino porque Dios lo había ordenado; y que la victoria no era menos de ellos que de los que habían combatido. Con estas palabras aplacó su ira, y prestó a los hebreos mayor servicio con ese discurso que con el éxito sobre los enemigos, pues los libró de iniciar una guerra civil que estaban a punto de emprender. De todos modos, esa tribu pagó después el castigo de tal insolencia, lo cual expondremos en su momento oportuno. Guidón, que quería dejar el mando, se vio forzado a conservarlo, y lo ejerció cuarenta años administrándoles justicia; y en sus diferencias acudían a él, y cuanto él decía tenía plena autoridad. Murió anciano y fue sepultado en Ofrá, su patria.
Tenía setenta hijos legítimos, pues se casó con muchas mujeres, y uno bastardo, de una concubina, Drumá, llamado Avimélej. Este, tras la muerte de su padre, se retiró a Shejem, con los parientes de parte de madre —pues de allí era ella—, y, tomando dinero de ellos, que eran famosos por la multitud de sus injusticias, llega con ellos a la casa paterna y mata a todos sus hermanos, salvo a Yotam, que tuvo la suerte de escapar y se salvó. Avimélej convirtió el poder en tiranía, erigiéndose en dueño de hacer cuanto quisiera al margen de las leyes, y ensañándose terriblemente con los que defendían la justicia.
Y cierta vez, celebrándose en Shejem una fiesta pública y estando allí reunida toda la multitud, su hermano Yotam —el que dijimos que había escapado— subió al monte Guerizim, que domina la ciudad de los siquemitas, y a grandes voces, cuando el gentío le concedió silencio, pidió que atendieran a lo que iba a decir. Hecho el silencio, contó que los árboles, dotados de voz humana, se reunieron y pidieron a la higuera que reinara sobre ellos. Como ella se negó, porque prefería gozar de la honra propia de sus frutos y no de la que otros le trajeran de fuera, los árboles no desistieron del empeño de tener rey, y les pareció ofrecer la dignidad a la vid. La vid, elegida, se excusó del mando con las mismas razones que la higuera. Lo mismo hizo el olivo, y entonces rogaron a la zarza que asumiera el reino. La zarza, que da buena yesca para el fuego, prometió aceptar el mando y no ser remisa; pero debían cobijarse bajo su sombra, y, si tramaban su ruina, perecerían por el fuego que hay en ella. «No digo esto para provocar risa —añadió—, sino porque, habiendo recibido muchos bienes de Guidón, consentís que Avimélej se enseñoree de todos los asuntos, ayudándole a matar a sus hermanos: él en nada se diferenciará del fuego.» Dicho esto, se retiró y vivió oculto en los montes tres años, por temor a Avimélej.
No mucho después de la fiesta, los siquemitas —pues se arrepintieron de la muerte de los hijos de Guidón— expulsaron a Avimélej de la ciudad y de la tribu; y él se puso a maquinar cómo dañar la ciudad. Llegada la época de la vendimia, temían salir a recoger el fruto, no fuera que Avimélej les hiciera algún mal. Y, como se presentara entre ellos uno de sus jefes, Gaal, con hombres armados y sus parientes, los siquemitas le pidieron que les diera protección hasta que vendimiaran. Aceptó él la petición, y salieron, y con ellos Gaal llevando su propia tropa armada. Así se recogió el fruto con seguridad; y, banqueteando por grupos, ya se atrevían abiertamente a injuriar a Avimélej, mientras los jefes, apostando emboscadas en torno a la ciudad, prendían y mataban a muchos de los de Avimélej.
Un tal Zevul, magistrado de los siquemitas y huésped de Avimélej, le comunicaba por medio de mensajeros cuanto Gaal excitaba al pueblo, y le aconsejaba emboscarse delante de la ciudad: él persuadiría a Gaal de salir contra él, y lo demás quedaría en su mano para vengarse; y, hecho esto, le negociaría la reconciliación con el pueblo. Así pues, Avimélej se apostó al acecho, y Gaal, sin gran cautela, se demoraba en el arrabal, y con él Zevul. Al ver Gaal que unos hombres armados avanzaban, dijo a Zevul que venían contra ellos hombres en armas. Este respondió que eran sombras de las peñas; pero, cuando ya se acercaban, Gaal, observando con exactitud, dijo que no eran sombras, sino una emboscada de hombres. Y Zevul le dijo: «¿No eras tú el que reprochabas cobardía a Avimélej? ¿Por qué, pues, no muestras la grandeza de tu valor trabando combate con él?» Gaal, turbado, se enfrentó a los de Avimélej, y cayeron algunos de los suyos, y él huyó a la ciudad llevándose a los demás. Y Zevul maniobró políticamente para que Gaal fuera expulsado de la ciudad, acusándolo de haber peleado con flojedad contra los soldados de Avimélej.
Avimélej, sabedor de que los siquemitas volverían a salir para la vendimia, tendió de nuevo emboscadas en torno a la ciudad, y cuando salieron, la tercera parte del ejército tomó las puertas para cortar la entrada a los ciudadanos, y los demás persiguieron a los que se dispersaban; y por todas partes hubo matanza. Arrasó la ciudad hasta los cimientos —pues no resistió el asedio—, sembró sal sobre sus ruinas y siguió adelante. Así perecieron todos los siquemitas. Cuantos, dispersos por el campo, escaparon del peligro, hallaron una peña fuerte, se establecieron en ella y se disponían a fortificarla. Pero Avimélej se les adelantó: enterado de su propósito, marchó contra ellos con sus fuerzas, y, rodeando el lugar con haces de leña seca —él mismo los llevaba y ordenó a la tropa hacer lo mismo—, cercada rápidamente la peña con la madera, le prendieron fuego, arrojando cuanto por naturaleza arde más, y levantaron una inmensa llamarada. Nadie escapó de la peña: perecieron todos, con mujeres y niños, unos mil quinientos hombres, y buena parte del resto del gentío. Tal desgracia cayó sobre los siquemitas, mayor que el propio duelo que suscitó —salvo que fue merecida, pues habían tramado un mal tan enorme contra un hombre que los había beneficiado—.
Avimélej, tras aterrar a los israelitas con la ruina de los siquemitas, mostraba a las claras que aspiraba a mayores cosas y que en ningún punto pondría límite a su violencia hasta destruirlos a todos. Marchó, pues, contra Tevets y tomó la ciudad de un asalto; pero, como había en ella una gran torre a la que se había refugiado todo el gentío, se dispuso a sitiarla. Cuando se lanzaba cerca de las puertas, una mujer, arrojándole un pedazo de muela contra la cabeza, lo acertó; y Avimélej, caído, pidió a su escudero que lo matara, para que su muerte no pareciera obra de una mujer. Y aquel hizo lo mandado. Así pagó él la pena de su crimen contra los hermanos y de sus atrocidades contra los siquemitas; y a estos les sobrevino la desgracia conforme a la profecía de Yotam. El ejército que estaba con Avimélej, caído él, se dispersó y se volvió cada uno a su casa.
El mando de los israelitas lo recibió Yaír el galadita, de la tribu de Menashé, hombre dichoso en todo lo demás y padre de buenos hijos —treinta en número, diestrísimos jinetes, a quienes se habían confiado los gobiernos de las ciudades de Guilad—. Este retuvo el mando veintidós años, murió anciano y fue juzgado digno de sepultura en Kamón, ciudad de Guilad.
Todo lo de los hebreos se deslizaba hacia el desorden y el ultraje de Dios y de las leyes; y, despreciándolos, los amonitas y los filisteos saquearon el país con un gran ejército, y, ocupada toda la Perea, se atrevían ya a pasar a apoderarse de lo restante. Pero los hebreos, aleccionados por las desgracias, se volvieron a suplicar a Dios y le ofrecieron sacrificios, rogándole que se moderara y, cediendo a su súplica, cesara en su cólera; y Dios, mudándose a mayor mansedumbre, se dispuso a socorrerlos.
Como los amonitas hubieran hecho campaña contra la región de Guilad, los del lugar les salieron al encuentro junto al monte, buscando quien los acaudillara. Había un tal Yiftaj, hombre poderoso por la virtud paterna y por una tropa propia de mercenarios que él mismo mantenía. A este, pues, enviaron a pedirle que fuera su aliado, prometiéndole entregarle para siempre el mando. Pero él no aceptó su petición, reprochándoles que no lo hubieran socorrido cuando sus hermanos lo agraviaban a la vista de todos; pues, por no ser de la misma madre que ellos, sino ajeno en cuanto a la madre —a quien, por un capricho amoroso, el padre les había impuesto—, lo habían expulsado, despreciando su desamparo. Vivía él en la comarca llamada Galadítide, acogiendo a sueldo a cuantos de cualquier parte acudían a él. Y, como le suplicaran con insistencia y juraran darle el mando para siempre, salió a campaña.
Y, poniendo en los asuntos aguda diligencia, tras acampar el ejército en la ciudad de Mitspá, envió una embajada al amonita reclamándole por la invasión. Este, respondiendo, culpaba a los israelitas de la salida de Mitsraim y les exigía que le cedieran la tierra de los amorreos, por ser suya desde el principio. Yiftaj replicó que ni con razón acusaban a sus antepasados por lo de los amorreos, y que más bien debían estarles agradecidos por la tierra amonita que les habían dejado —pues Moshé bien pudo tomarla también—; y, diciendo que no cedería una tierra propia, que por concesión de Dios poseían desde hacía trescientos años, declaró que combatiría contra ellos.
Despedidos con estas palabras los embajadores, él mismo hizo voto de victoria y prometió, si volvía sano a su casa, ofrecer en sacrificio lo primero que le saliera al encuentro; y, trabado el combate, venció con gran ventaja, y persiguiendo y matando llegó hasta la ciudad de Maniat, y, pasando a la tierra amonita, arrasó muchas ciudades, se llevó botín y libró a los suyos de la servidumbre que habían soportado durante dieciocho años. Pero, al regresar, cayó en una desgracia en nada semejante a sus triunfos: le salió al encuentro su hija —era hija única, aún doncella—. Él, prorrumpiendo en llanto por la magnitud de la desdicha, reprochó a su hija el afán con que había salido a recibirlo, pues la había consagrado a Dios. A ella no le cayó mal lo que iba a suceder, ya que moriría por la victoria de su padre y la libertad de los ciudadanos; y le pidió que le concediera dos meses para llorar su juventud con las ciudadanas, y que entonces cumpliera lo del voto. Concedido el plazo antedicho, pasado este, sacrificó a la muchacha y la ofreció en holocausto, cumpliendo una ofrenda ni conforme a la ley ni grata a Dios, sin haber sopesado con el juicio cómo parecería a los que lo oyeran semejante hecho, una vez consumado.
Como la tribu de Efráyim marchara contra él, porque no les había hecho partícipes de la expedición contra los amonitas, sino que él solo se quedaba con el botín y con la gloria de lo realizado, primero les dijo que ni les había pasado inadvertido que sus parientes eran atacados, ni, llamados a la alianza, habían acudido, cuando debían haberse apresurado incluso antes de ser rogados, sabiéndolo; luego, que intentaban cometer una injusticia, al no haberse atrevido a venir a las manos con los enemigos y en cambio haberse lanzado contra sus parientes; y les amenazó con tomar de ellos venganza, con la ayuda de Dios, si no volvían a la cordura. Como no los persuadía, sino que trabó combate con ellos, que habían venido, sirviéndose del ejército llegado por convocatoria desde la región de Guilad; hizo en ellos gran matanza, y, persiguiendo a los que huían, con una parte de la tropa enviada por delante para ocupar los vados del Yardén, mató a unos cuarenta y dos mil.
Él mismo, tras gobernar seis años, murió y fue sepultado en su patria, Sevé, que es de la región de Guilad.
Muerto Yiftaj, recibió el mando Ivtsán, de la tribu de Yehudá, de la ciudad de Bet-Léjem. Tenía sesenta hijos, treinta varones y las demás hijas, a los que dejó a todos vivos, habiendo casado a las hijas con maridos y traído mujeres para los varones. Sin haber hecho en el septenio nada digno de mención, murió anciano y recibió sepultura en su patria.
Muerto así Ivtsán, tampoco el que tras él tomó el mando, Elón, que lo retuvo diez años y era de la tribu de Zevulún, hizo cosa digna de estima.
Avdón, hijo de Elón, de la tribu de Efráyim y de la ciudad de los piratonitas, nombrado caudillo con plenos poderes tras Elón, solo por su buena prole podría ser recordado, ya que tampoco él realizó obra alguna brillante, por la paz y la seguridad de los asuntos. Tenía cuarenta hijos, y estos le dejaron una descendencia de treinta; y cabalgaba con ellos —setenta en total—, todos diestrísimos jinetes; y, dejándolos a todos con vida, murió anciano y obtuvo espléndida sepultura en Piratón.
Muerto este, los filisteos dominaron a los israelitas y les cobraron tributos durante cuarenta años. De esta opresión se libraron de este modo. Un tal Manóaj, de los danitas, de los mejores entre pocos y reconocidamente el primero de su patria, tenía una mujer notable por su hermosura y superior a las de su tiempo. Como no le nacían hijos, apesadumbrado por la falta de descendencia, suplicaba a Dios, acudiendo sin cesar con su mujer al arrabal, que les diera una sucesión legítima; y es aquel un gran llano.
Era además locamente enamorado de su mujer y por eso desmedidamente celoso. A la mujer, cuando estaba sola, se le apareció un fantasma de Dios semejante a un joven hermoso y grande, que le anunció el nacimiento de un hijo por providencia de Dios, hermoso y de fuerza insigne, bajo cuyo brazo, ya hombre, penarían los filisteos. Y le advirtió que no le cortara los cabellos, y que se apartara de toda otra bebida —así lo ordenaba Dios— y solo tuviera familiaridad con el agua. Dicho esto, se marchó, habiendo venido por voluntad de Dios.
Ella refirió a su marido, cuando llegó, lo del ángel, admirando la belleza y la estatura del joven, de modo que él, por los elogios, cayó en turbación a causa de los celos y en la sospecha que tal pasión suscita. Ella, queriendo disipar la insensata pena de su marido, suplicó a Dios que enviara de nuevo al ángel, para que también su marido lo viera. Y de nuevo, por gracia de Dios, se presentó el ángel estando ellos en el arrabal, y se apareció a la mujer estando sola, sin su marido. Ella le rogó que aguardara mientras iba a traer a su esposo, y, concedido esto, fue a buscar a Manóaj.
Él, aun viéndolo, ni así cesaba en su sospecha, y le pidió que también a él le revelara cuanto había declarado a la mujer. Como aquel dijera que bastaba que ella sola lo supiera, le pidió que dijera quién era, para que, nacido el niño, le dieran las gracias y un obsequio. Respondió el otro que no necesitaba de nada, pues no había traído aquella buena nueva del nacimiento del niño por interés propio. Y como le rogara quedarse y participar de la hospitalidad, no accedió; pero, persuadido al fin por su insistencia, se quedó para que le trajera algún presente de hospitalidad. Manóaj sacrificó un cabrito y ordenó a la mujer asarlo; y, cuando todo estuvo dispuesto, el ángel mandó colocar sobre la peña los panes y las carnes, sin las vasijas. Así lo hicieron, y él tocó las carnes con la vara que llevaba; y estas, al brillar el fuego, ardían junto con los panes, y el ángel, subiendo al cielo por el humo como en un carro, se les hizo visible. A Manóaj, que temía que algo funesto les sobreviniera por la visión de Dios, su mujer lo animaba a tener valor, pues Dios se les había aparecido para bien suyo.
Ella concibió y guardó los mandamientos; y, nacido el niño, lo llamaron Shimshón, nombre que significa «fuerte». El niño crecía con facilidad, y se veía que sería profeta por la sobriedad de su régimen de vida y por dejar crecer sus cabellos.
Habiendo ido con sus padres a Timná, ciudad de los filisteos, mientras se celebraba una feria, se enamoró de una doncella del lugar y pidió a sus padres que se la trajeran en matrimonio. Como ellos se negaran por no ser ella de su pueblo, Dios, que planeaba la boda en provecho de los hebreos, hizo prevalecer que se desposara a la doncella. Yendo una y otra vez a casa de los padres de ella, se topó con un león y, desarmado, lo recibió, lo estranguló con las manos y arrojó a la fiera al soto, más adentro del camino. Y otra vez, marchando hacia la muchacha, encontró un enjambre de abejas que habían anidado en el pecho de aquel león, y, recogiendo tres panales de miel, se los dio a la muchacha junto con los demás regalos que llevaba.
Los de Timná, durante el banquete de bodas —pues los agasajaba a todos—, por temor a la fuerza del joven le dieron a los treinta más vigorosos, de palabra como compañeros, pero de hecho como guardianes, no fuera que quisiera intentar algún desmán. Avanzada la bebida y con el jolgorio propio de tales ocasiones, Shimshón dijo: «Os propongo un enigma; si lo resolvéis en el plazo de siete días de indagación, llevaréis cada uno de mí, como premio de vuestro ingenio, lienzos y vestidos.» Y, deseosos a la vez de parecer sagaces y de sacar provecho, y pidiéndole que hablara, dijo que el que todo lo devora había engendrado de sí un alimento dulce, siendo él muy desagradable.
Como durante tres días no pudieran hallar lo que significaba, pidieron a la muchacha que, enterándose de su marido, se lo revelara —pues incluso la amenazaron con quemarla si no lo lograba—. Shimshón, rogándoselo la muchacha, al principio intentó resistirse; pero, como ella insistía y rompía a llorar y ponía como prueba de su mala voluntad hacia ella el que no se lo dijera, le reveló lo de la muerte del león y cómo había llevado los tres panales de miel formados en él. Y él, sin sospechar engaño alguno, se lo declaró todo; y ella llevó el dicho a los que se lo habían pedido. Así, al séptimo día, en que debía explicárseles el enigma propuesto, reunidos antes de ponerse el sol, dijeron: «Nada hay más desagradable que un león para quienes se lo topan, ni más dulce que la miel para quienes la usan.» Y Shimshón dijo: «Ni hay nada más engañoso que una mujer, que os ha llevado nuestro dicho.» Y les dio lo prometido, tras despojar de botín a los de Ascalón que se topó por el camino —que también son filisteos—; pero rehusó aquella boda, y la muchacha, despreciándolo por su cólera, se unió a un amigo suyo que había hecho de padrino.
Irritado por este ultraje, Shimshón resolvió vengarse de todos los filisteos junto con ella. Como era verano y los frutos estaban ya en sazón para la siega, tomó trescientas zorras, ató a sus colas antorchas encendidas y las soltó por los sembrados de los filisteos. Así se les echó a perder la cosecha; y los filisteos, sabedores de que la obra era de Shimshón y de la causa por la que lo hizo, enviaron a los jefes a Timná y quemaron vivas a la que había sido su mujer y a sus parientes, por haber sido causantes de los males.
Shimshón, tras matar a muchos filisteos en la llanura, se estableció en Etam, que es una peña fuerte de la tribu de Yehudá. Los filisteos marcharon contra la tribu; y, como estos dijeran que no era justo que se les exigiera castigo por las faltas de Shimshón, siendo ellos tributarios, respondieron que, si no querían tener culpa, les entregaran a Shimshón en su poder. Ellos, queriendo quedar libres de reproche, se presentaron ante la peña, tres mil hombres armados, y, reprochándole las osadías cometidas contra los filisteos —hombres capaces de acarrear desgracia a toda la nación de los hebreos—, y diciendo que venían para prenderlo y entregarlo a aquellos, le pidieron que lo soportara de buen grado. Él, tras recibir de ellos juramento de que no harían nada más que eso, sino solo entregarlo a los enemigos, bajó de la peña y se puso en manos de sus tribuales; y ellos, atándolo con dos cuerdas, lo llevaban para entregarlo a los filisteos. Y, llegados a un lugar que ahora se llama Siagón —por la hazaña de Shimshón allí realizada, pues antes era anónimo—, habiendo acampado los filisteos no lejos, y saliéndoles al encuentro con alegría y griterío como por el logro de lo que querían, Shimshón rompió las ataduras, arrebató una quijada de asno que había a sus pies, se lanzó contra los enemigos y, golpeándolos con la quijada, mató a unos mil, y a los demás, sobrecogidos, los puso en fuga.
Shimshón, ensoberbecido más de lo debido por esto, dijo que no había sucedido por cooperación de Dios, sino que atribuyó lo ocurrido a su propia virtud, jactándose de que de los enemigos unos habían caído y otros huido por el terror que él inspiraba. Pero, sobrecogido por una sed violenta, reconociendo que la virtud humana no es nada, dio testimonio de que todo era de Dios y le suplicó que no tomara a mal nada de lo dicho ni lo entregara a los enemigos, sino que le prestara auxilio en el trance y lo librara del mal. Y Dios, conmovido por sus ruegos, hizo brotar de cierta peña una fuente dulce y abundante; por eso Shimshón llamó al lugar Siagón, y así se le llama hasta hoy.
Después de esta batalla, Shimshón, despreciando a los filisteos, llegó a Gaza y se hospedó en uno de los mesones. Los jefes de los gazeos, sabedores de su presencia allí, ocuparon con emboscadas el espacio ante las puertas, para que no escapara al salir. Pero Shimshón —pues no se le ocultó lo que tramaban— se levantó hacia la medianoche, embistió las puertas y, arrancándolas con sus jambas y cerrojos y toda la demás armazón que las rodeaba, las cargó al hombro y las llevó al monte que domina Jevrón, donde las depositó.
Ya transgredía las costumbres patrias y adulteraba su propio régimen de vida imitando usos extranjeros, y esto le fue principio de su ruina: pues se enamoró de una mujer que se prostituía entre los filisteos, llamada Delilá, y se unió a ella. Y los jefes de la comunidad de los filisteos, acudiendo a ella, la persuadieron con promesas de que averiguara de Shimshón la causa de su fuerza, por la cual era inasible para sus enemigos. Ella, durante la bebida y semejante trato, admirando sus hazañas, maquinaba averiguar de qué modo tanto sobresalía en valor.
Shimshón —pues aún era fuerte de juicio— engañó a su vez a Delilá diciéndole que, si lo ataban con siete sarmientos de vid aún capaces de enroscarse, quedaría el más débil de todos. Ella, por el momento, se calló; pero, dando aviso a los jefes de los filisteos, apostó dentro a algunos soldados y, estando él ebrio, lo ató con los sarmientos con toda firmeza; luego lo despertó y le hizo saber que venían algunos contra él. Él rompió los sarmientos e intentó defenderse, como si algunos lo asaltaran. Y la mujer, tratándolo Shimshón sin cesar, le decía que llevaba muy a mal que, por desconfiar de su afecto, no le dijera lo que ella le pedía, como si ella fuera a callar cuanto le conviniera a él que no se supiera. Él, engañándola de nuevo y diciendo que, atado con siete cuerdas, perdería su fuerza, como tampoco eso diera resultado al hacerlo, le indicó en tercer lugar que entretejiera sus cabellos. Y, como ni al hacerse esto resultara verdad, rogándoselo ella por última vez, Shimshón —pues debía caer en desgracia—, queriendo complacer a Delilá, dijo: «Dios cuida de mí, y, nacido por su providencia, dejo crecer esta cabellera porque Dios me encargó no cortarla; pues mi fuerza está en su crecimiento y permanencia.»
Sabido esto, y habiéndolo privado de la cabellera, lo entregó a los enemigos, ya sin fuerza para rechazar su asalto. Ellos le sacaron los ojos y lo entregaron para llevarlo atado. Con el paso del tiempo, la cabellera le crecía a Shimshón; y, celebrándose entre los filisteos una fiesta pública y banqueteando juntos los jefes y los más notables —era una casa cuyo techo sostenían dos columnas—, mandaron traer a Shimshón al convite para ultrajarlo durante la bebida. Él, teniendo por más grave de los males el no poder vengarse del ultraje, persuadió al muchacho que lo llevaba de la mano —diciéndole que necesitaba descansar por el cansancio— de acercarlo a las columnas. Cuando llegó, arremetiendo contra ellas, derribó la casa sobre tres mil hombres, al venirse abajo las columnas; todos ellos murieron, y entre ellos Shimshón. Tal fin lo alcanzó, tras haber gobernado a los israelitas veinte años.
Es justo admirar al varón por su virtud, su fuerza y la magnanimidad de su muerte, y por su cólera contra los enemigos hasta el morir. El haber sido vencido por una mujer hay que atribuirlo a la naturaleza humana, propensa a las faltas; pero da testimonio de él la sobreabundancia de virtud en todo lo demás. Sus parientes recogieron su cuerpo y lo sepultaron en Sarasá, su patria, con sus parientes.
Tras la muerte de Shimshón presidió a los israelitas Elí, el sumo sacerdote. En su tiempo, afligido el país por el hambre, Avimélej, de Bet-Léjem —ciudad esta de la tribu de Yehudá—, incapaz de resistir la calamidad, se trasladó a la tierra de Moav llevando consigo a su mujer Naamí y a los hijos que de ella había tenido, Kilyón y Majlón. Y, como las cosas le salieran a medida de su deseo, tomó para sus hijos mujeres moabitas: para Kilyón, Orpá, y para Majlón, Rut. Pasados diez años, murieron a poco Avimélej y, tras él, los hijos.
Y Naamí, llevando amargamente lo sucedido y no soportando la soledad, ante sus ojos, de sus seres más queridos —por la cual también había salido de su patria—, se volvía de nuevo a ella; pues ya se enteraba de que allí las cosas iban bien. No aguantaban separarse de ella sus nueras, ni, aun rogándoselo, podía persuadirlas de su voluntad de partir con ella; sino que, como insistieran, deseándoles un matrimonio más venturoso que aquel en que habían fracasado al casarse con sus hijos, y la adquisición de otros bienes, ya que así estaban las cosas para con ella, las exhortaba a quedarse allí y a no querer compartir con ella asuntos inciertos, dejando su tierra patria. Orpá, pues, se quedó; pero a Rut, que no se dejó persuadir, se la llevó, para que fuera compañera de todo cuanto le sobreviniera.
Llegada Rut con su suegra a Bet-Léjem, Bóaz, pariente de Avimélej, la acogió con hospitalidad. Y Naamí, cuando la llamaban por su nombre, dijo: «Con más justicia me llamaríais Mará»; pues en lengua de los hebreos naamí significa buena fortuna, y mará, dolor.
Tras la siega, Rut salió a espigar con el permiso de su suegra, para que tuvieran con qué alimentarse, y por casualidad llegó al campo de Bóaz. Bóaz se presentó poco después y, al ver a la muchacha, preguntó al capataz por ella. Este, que un momento antes se había informado de todo por boca de la propia joven, se lo declaró a su señor.
Bóaz, por el afecto que le inspiraba la suegra y por la memoria del hijo de ella con quien Rut había estado casada, la saludó y le deseó que conociera días prósperos. No consintió que anduviera espigando, sino que le permitió recoger y llevarse cuanto pudiera segar, y ordenó al capataz que en nada le estorbara la recolección, y que le diera de comer y de beber siempre que alimentara a los segadores.
Rut recibió de él harina de cebada y la guardó para su suegra, y volvió ya entrada la tarde trayéndola junto con las espigas. También Naamí le había reservado porciones de algunos alimentos con que los vecinos la habían atendido. Y Rut le contó cuanto Bóaz le había dicho.
Cuando Naamí le reveló que aquel hombre era pariente suyo y que quizá, por piedad, velaría por ellas, Rut volvió a salir los días siguientes a recoger espigas con las criadas de Bóaz.
No muchos días después llegó Bóaz y, aventada ya la cebada, se echó a dormir sobre la era. Al saberlo, Naamí ideó recostar a Rut junto a él, pues sería bueno para ambas que él tuviera trato con la muchacha; y envió a la joven a dormir allí, a los pies de Bóaz.
Rut, que tenía por impío contradecir en nada lo que su suegra le ordenaba, se presentó allí. Al principio pasó inadvertida para Bóaz, que dormía profundamente; pero él, al despertarse hacia la medianoche y advertir que una mujer yacía a su lado, le preguntó quién era.
Ella dijo su nombre y le rogó que, como señor suyo, la amparara. Entonces él guardó silencio, y de madrugada, antes de que los criados empezaran a moverse para el trabajo, la despertó y le mandó que tomara de la cebada cuanto pudiera y se fuera a casa de su suegra antes de que alguien la viera haber pasado allí la noche, pues era prudente precaverse de la murmuración en tales asuntos, sobre todo cuando nada había ocurrido.
«En cuanto al conjunto del asunto —le dijo—, se hará así: preguntaré al que resulta ser mi pariente más cercano si te quiere por esposa; si dice que sí, lo seguirás a él; pero si lo rehúsa, yo te tomaré para vivir contigo conforme a la ley.»
Cuando Rut declaró esto a su suegra, las embargó la alegría, con la esperanza de que Bóaz velaría por ellas. Y él, ya mediado el día, bajó a la ciudad, reunió al consejo de ancianos y, mandando llamar a Rut, convocó también al pariente; y al llegar este le dijo:
«¿Posees tú las porciones de herencia de Avimélej y de sus hijos?» Al reconocerlo aquel, ya que las leyes se lo concedían por derecho de parentesco, dijo Bóaz: «Pues bien, no hay que acordarse de las leyes a medias, sino cumplirlas en todo. Porque aquí ha venido la mujer de Majlón, y si quieres poseer los campos, debes casarte con ella conforme a las leyes.»
El pariente cedió a Bóaz tanto la herencia como la mujer, siendo también él pariente de los difuntos, alegando que ya tenía esposa e hijos.
Bóaz, entonces, poniendo por testigo al consejo de ancianos, mandó a la mujer que se acercara y, según la ley, le quitara la sandalia y le escupiera en el rostro. Hecho esto, Bóaz se casa con Rut, y al cabo de un año les nace un niño varón.
A este lo crió Naamí y, por consejo de las mujeres, lo llamó Oved, para que fuera criado en cuidado de su vejez; porque «oved» significa en lengua de los hebreos «el que sirve». De Oved nace un hijo, Yishái, y de este, David, el que reinó y dejó el poder a sus propios descendientes durante veintiuna generaciones de hombres.
He referido lo tocante a Rut porque era necesario, con el deseo de mostrar el poder de Dios: que le es posible elevar a espléndida dignidad aun a gentes de humilde condición, como elevó a David, nacido de tales antepasados.
Habiendo decaído sus asuntos, los hebreos vuelven a emprender guerra contra los filisteos, y por esta causa: Elí, el sumo sacerdote, tenía dos hijos, Jofní y Pinjás.
Estos, insolentes con los hombres e impíos con lo divino, no se abstenían de ningún crimen. Parte de las ofrendas se la llevaban a título del honor debido a su cargo, pero otra parte la tomaban al modo del saqueo; y a las mujeres que acudían al culto las deshonraban corrompiéndolas, a unas por la fuerza, a otras seduciéndolas con regalos. Su vida en nada quedaba por debajo de una tiranía.
El propio padre estaba consternado por ello, esperando de un momento a otro que les llegara de Dios el castigo por sus obras; y el pueblo estaba indignado. Y cuando Dios anuncia la desgracia venidera —a Elí y a Shemuel el profeta, que entonces era un niño— sobre sus hijos, Elí hizo abierto duelo por ellos.
Pero quiero exponer primero lo referente al profeta, y contar luego lo de los hijos de Elí y la desdicha que cayó sobre todo el pueblo de los hebreos.
Elkaná, un levita de condición media entre los ciudadanos del territorio de Efráyim, que habitaba en la ciudad de Ramatá, estaba casado con dos mujeres, Janá y Peniná. De esta última tenía hijos; a la otra, que era estéril, no dejaba de amarla.
Fue Elkaná con sus mujeres a la ciudad de Siló para ofrecer sacrificio —pues allí estaba plantado el Mishkán de Dios, como antes hemos dicho—, y mientras, durante el banquete, repartía porciones de carne a sus mujeres y a sus hijos, Janá, al ver a los hijos de la otra sentados alrededor de su madre, se echó a llorar y se lamentaba de su falta de hijos y de su soledad.
Y sobreponiéndose a su pena, pese al consuelo de su marido, se dirigió al Mishkán suplicando a Dios que le concediera descendencia y la hiciera madre, y prometiendo consagrar al servicio de Dios al primero que le naciera, que llevaría un género de vida distinto del de los hombres comunes.
Como se demoraba largo rato en sus plegarias, Elí, el sumo sacerdote —pues estaba sentado ante el Mishkán—, le mandó retirarse creyéndola ebria. Pero ella dijo que solo había bebido agua y que, afligida por la falta de hijos, suplicaba a Dios; y él la exhortó a tener ánimo, anunciándole que Dios le concedería hijos.
Volvió llena de esperanza junto a su marido y tomó alimento con alegría, y cuando regresaron a su tierra comenzó a concebir, y les nace un niño, al que llamaron Shemuel —que podría traducirse «pedido a Dios»—. Acudieron, pues, a ofrecer sacrificio por el nacimiento del niño y llevaron los diezmos.
La mujer, recordando el voto que había hecho a propósito del niño, se lo entregaba a Elí, consagrándolo a Dios para que llegara a ser profeta; por eso se le dejó crecer el cabello y su bebida era el agua. Shemuel se criaba, pues, en el santuario, y a Elkaná le nacen de Janá otros hijos y tres hijas.
Shemuel, cumplidos ya los doce años, comenzó a profetizar. Una vez, mientras dormía, Dios lo llamó por su nombre; él, creyendo que lo llamaba el sumo sacerdote, se presenta ante él. Al negar el sumo sacerdote haberlo llamado, Dios lo hace hasta tres veces.
Entonces Elí, comprendiéndolo, le dice: «Yo, Shemuel, guardaba silencio como antes; es Dios quien te llama. Dile, pues, que estoy presto.» Y cuando Dios volvió a hablar, Shemuel, al oírlo, le pidió que dijera lo que quería, pues no faltaría en ningún servicio que Él deseara.
Y Dios dijo: «Puesto que estás presto, entérate de una desgracia que ha de venir sobre los israelitas, mayor de lo que las palabras y la fe de quienes la presencien puedan abarcar: los hijos de Elí morirán en un solo día, y el sacerdocio pasará a la casa de Elazar; porque Elí amó a sus hijos más que a mi servicio, y más de lo que a ellos les convenía.»
Cuando Elí forzó con juramentos al profeta a decírselo —pues Shemuel no quería afligirlo con sus palabras—, tuvo aún más firme la expectativa de la perdición de sus hijos. Y la fama de Shemuel crecía cada vez más, al verse cumplirse como verdadero cuanto profetizaba.
Por aquel tiempo los filisteos, marchando contra los israelitas, acamparon junto a la ciudad de Afek. Cuando los israelitas les hicieron frente, al poco se trabaron en combate al día siguiente, y vencen los filisteos: matan a unos cuatro mil de los hebreos y persiguen al resto de la multitud hasta el campamento.
Temiendo por su suerte entera, los hebreos envían al consejo de ancianos y al sumo sacerdote la orden de traer el Arca de Dios, para que, presente esta, al disponerse en línea de batalla prevalecieran sobre los enemigos; ignoraban que mayor es Aquel que había decretado su desgracia que el Arca misma, y que por Él precisamente sucedía que esta existiera.
Llegó, pues, el Arca, y con ella los hijos del sumo sacerdote, aunque su padre les había ordenado que, si querían seguir vivos en caso de que el Arca fuera capturada, no se presentaran ante su vista. Pinjás oficiaba ya como sacerdote, pues su padre le había cedido el cargo a causa de la vejez.
Gran ánimo se apodera entonces de los hebreos, como si por la llegada del Arca fueran a imponerse a los enemigos, y los enemigos quedaban aterrados, temiendo la presencia del Arca entre los israelitas. Pero el resultado no correspondió a lo que unos y otros esperaban.
Trabado el combate, la victoria sobre los filisteos que los hebreos esperaban fue la de estos; y la derrota que los filisteos temían, esa la sufrieron los hebreos, que comprendieron cuán en vano habían confiado en el Arca. Pues, apenas llegaron a las manos con los enemigos, fueron puestos en fuga y perdieron a unos treinta mil hombres, entre los que cayeron también los hijos del sumo sacerdote; y el Arca fue llevada por los enemigos.
Cuando se anunció en Siló la derrota y el cautiverio del Arca —pues llegó a ellos como mensajero cierto joven benjaminita que había estado presente en lo sucedido—, toda la ciudad se llenó de duelo.
Y Elí, el sumo sacerdote —pues estaba sentado junto a una de las puertas, en un trono elevado—, al oír el clamor y creyendo que algo grave había ocurrido a los suyos, mandó llamar al joven; y cuando supo lo de la batalla, sobrellevó con más entereza lo que había caído sobre sus hijos en el campamento, como quien de antemano había conocido por Dios lo que iba a suceder y lo había anunciado; pues los males que sobrevienen tal como se esperaban se soportan con más firmeza.
Pero cuando oyó que también el Arca había sido capturada por los enemigos, traspasado de dolor porque esto le sobrevenía contra toda esperanza, se desplomó del trono y murió, tras haber vivido en total noventa y ocho años, y de estos haber ejercido el mando durante cuarenta.
Aquel mismo día muere también la mujer de Pinjás, su hijo, incapaz de sobrevivir a la desgracia de su marido. Estando encinta le llegó la noticia de lo sucedido a su esposo; da a luz un niño de siete meses que, aunque vivió, llamaron Ikavod, nombre que significa «deshonra», por la infamia que entonces había caído sobre el ejército.
Elí fue el primero en ejercer el sacerdocio de la casa de Itamar, el otro de los hijos de Aharón; pues la casa de Elazar lo había ejercido al principio, recibiendo cada hijo de su padre el honor. Aquel lo transmite a su hijo Pinjás, tras el cual Aviézer, su hijo, tomó el honor y lo dejó a su hijo llamado Bukí, de quien lo heredó su hijo Uzí; después de este obtuvo el sacerdocio Elí, de quien tratamos ahora, y su linaje lo conservó hasta los tiempos del reinado de Shlomo. Entonces los descendientes de Elazar lo recibieron de nuevo.
Capítulo VI
Libro sexto
Los filisteos, tras tomar cautiva el arca de sus enemigos —como dije poco antes—, la llevaron a la ciudad de Ashdod y la colocaron junto a su dios, llamado Dagón, como si fuera un despojo de guerra.
Al día siguiente, todos, al comenzar el día, entraron al templo para adorar a su dios, y lo hallaron haciéndole esto mismo al arca: yacía caído de la base sobre la que había permanecido erguido. Lo levantaron y volvieron a colocarlo sobre ella, disgustados por lo ocurrido. Pero como acudían muchas veces junto a Dagón y lo encontraban del mismo modo, postrado ante el arca en actitud de adoración, quedaron sumidos en gran desconcierto y confusión.
Y al fin la divinidad descargó sobre la ciudad de los ashdoditas y sobre su tierra destrucción y enfermedad. Morían de disentería —dolencia penosa que trae la muerte muy rápida—, antes de que el alma se les desprendiera plácidamente del cuerpo, vomitando sus entrañas roídas y del todo corrompidas por la enfermedad. Y en los campos, una multitud de ratones brotó de la tierra y la asoló, sin perdonar ni plantas ni frutos.
Sumidos en estos males, los ashdoditas, incapaces de resistir las calamidades, comprendieron que provenían del arca, y que la victoria y su captura no habían sido para su bien. Envían, pues, a los ascalonitas, pidiéndoles que reciban el arca entre ellos.
A estos no les desagradó la súplica de los ashdoditas, sino que les concedieron el favor; pero, al recibir el arca, se hallaron en los mismos males, pues el arca trajo consigo los sufrimientos de los ashdoditas a quienes la recibían de ellos. Y los ascalonitas la enviaron lejos, a otros.
Tampoco permanece entre aquellos: empujados por los mismos sufrimientos, la despachan a las ciudades vecinas. Y de este modo el arca recorrió las cinco ciudades de los filisteos, como exigiendo a cada una un tributo por su llegada: lo que padecían por su causa.
Agotados por los males, los que los habían experimentado —y sirviendo de lección a quienes los oían, para no recibir jamás el arca entre sí a semejante precio y con semejante final— buscaban en adelante un medio y una vía de librarse de ella.
Reunidos los jefes de las cinco ciudades —Gat, Ecrón y Ascalón, y además Gaza y Ashdod—, consideraban qué había que hacer. Al principio parecía bien devolver el arca a los suyos, ya que Dios la defendía sobradamente, y por eso las calamidades habían venido con ella y habían irrumpido junto a ella en sus ciudades.
Pero había quienes decían que no se hiciera eso, ni se engañaran atribuyéndole a ella la causa de los males; pues no era ese su poder ni su fuerza, ya que, si Dios cuidara de ella, nunca habría caído en manos de los hombres. Aconsejaban estar tranquilos y tomar con calma lo sucedido, sin considerar de ello otra causa que la naturaleza sola, la cual, en los cuerpos, la tierra, las plantas y todo lo que de ella se compone, produce, según los ciclos del tiempo, tales cambios.
Pero vence a las opiniones antedichas el consejo de unos hombres tenidos en tiempos anteriores por sobresalientes en sagacidad y prudencia, y que también entonces parecieron hablar con acierto sobre lo presente. Estos decían que ni se devolviera el arca ni se retuviera, sino que se ofrecieran a Dios cinco estatuas de oro, una por cada ciudad, en acción de gracias por haber velado por su salvación y haberlos librado en vida de los sufrimientos que de él los perseguían, a los que ya no podían hacer frente; y otros tantos ratones de oro, semejantes a los que se habían esparcido por su tierra y la habían destruido.
Después, que los metieran en un cofre y, poniéndolo sobre el arca, le fabricaran un carro nuevo; y que, unciendo vacas recién paridas, encerraran y retuvieran a las terneras, para que no siguieran a sus madres estorbándolas, sino que, por la añoranza de ellas, hicieran las vacas más veloz su marcha; y que, sacando a las vacas que llevaban el arca hasta una encrucijada, las dejaran allí, permitiéndoles ir por el camino que quisieran.
Y si iban hacia los hebreos y subían a su tierra, que dedujeran que el arca era la causa de los males; pero si tomaban otro rumbo —decían—, la perseguiremos, sabiendo que no tiene ninguna fuerza tal.
Juzgaron que aquello estaba bien dicho, y al punto confirmaron con los hechos la decisión. Hicieron lo antedicho, condujeron el carro hasta la encrucijada, lo dejaron y se retiraron. Y como las vacas tomaran el camino recto, cual si alguien las guiara, los jefes de los filisteos las siguieron, queriendo saber dónde se detendrían y a quiénes llegarían.
Hay una aldea de la tribu de Yehudá llamada Bet. A ella llegan las vacas; y, aunque una llanura grande y hermosa se abría a su paso, dejaron de avanzar más adelante y detuvieron allí el carro. Fue un espectáculo para los de la aldea, y se llenaron de alegría; pues, siendo tiempo de verano, todos estaban en los campos recogiendo la cosecha, y cuando vieron el arca, arrebatados de gozo, dejaron el trabajo de sus manos y corrieron enseguida hacia el carro.
Y bajando el arca y el cofre que contenía las estatuas y los ratones, los colocaron sobre una roca que había en la llanura; y, ofreciendo espléndido sacrificio a Dios y celebrando un banquete, quemaron en holocausto el carro y las vacas. Al ver esto, los jefes de los filisteos se volvieron atrás.
Pero la ira y el enojo de Dios alcanza a setenta hombres de la aldea de Bet, quienes, no siendo dignos de tocar el arca —pues no eran sacerdotes—, se acercaron a ella; e, hiriéndolos, los mató. Los aldeanos lloraron a los que así habían sufrido, y levantaron por ellos un duelo cual corresponde a una desgracia enviada por Dios, y cada uno lamentaba al suyo.
Y, declarándose indignos de que el arca permaneciera entre ellos, enviaron a la comunidad de los hebreos y les hicieron saber que el arca había sido devuelta por los filisteos. Aquellos, al enterarse, la trasladaron a Kiryat-Yearim, ciudad vecina de la aldea de Bet.
Allí, un levita de linaje, llamado Avinadav, que tenía fama de justicia y vivía en la piedad, llevó el arca a su casa —como a un lugar propio para Dios, en el que habitaba un hombre justo—. Los hijos de este atendían el arca y estuvieron a cargo de este cuidado durante veinte años; pues tanto tiempo permaneció en Kiryat-Yearim, después de haber estado cuatro meses entre los filisteos.
Durante todo aquel tiempo en que la ciudad de los de Kiryat-Yearim tuvo el arca, el pueblo entero se entregó a plegarias y sacrificios a Dios, mostrando gran devoción y celo hacia él. El profeta Shemuel, viendo su buena disposición y juzgando oportuno hablar a quienes así estaban acerca de la libertad y de los bienes que en ella hay, empleó palabras con las que pensaba atraer y persuadir sobre todo su ánimo:
«Hombres —dijo— para quienes todavía ahora los filisteos son enemigos pesados, mientras Dios comienza a haceros propicio y amigo: no basta con desear la libertad, sino que hay que obrar también aquello por lo que os llegue; ni basta con querer libraros de los amos, mientras seguís haciendo aquello por lo que estos perduran.
Sed, pues, justos: expulsad la maldad de vuestras almas, purificadlas y volveos con todo el ánimo hacia la divinidad, y honradla sin cesar. Pues, obrando así, os vendrán los bienes: liberación de la esclavitud y victoria sobre los enemigos, que no es posible alcanzar ni con armas, ni con la fuerza de los cuerpos, ni con multitud de aliados; pues no por eso promete Dios concederlos, sino por ser buenos y justos. Y yo me hago garante de sus promesas.»
Dicho esto, la multitud aclamó, complacida por la exhortación, y prometió entregarse a lo que fuera grato a Dios. Shemuel los reúne en cierta ciudad llamada Mitspá —que en lengua de los hebreos significa «atalaya»—. Allí sacaron agua y la derramaron en libación a Dios, y, tras ayunar todo el día, se entregaron a las plegarias.
Pero no les pasó inadvertido a los filisteos que se habían reunido allí; sino que, al saber de su concentración, marchan contra los hebreos con un gran ejército y con fuerzas, en la esperanza de caer sobre ellos cuando no lo esperaran ni estuvieran preparados.
Esto los aterra y los sume en turbación y miedo, y, corriendo hacia Shemuel, decían que sus almas habían decaído por el temor y por la derrota anterior, y que por eso se mantenían quietos, «para no provocar la fuerza de los enemigos; pero, habiéndonos tú conducido a plegarias, sacrificios y juramentos, los enemigos han marchado contra nosotros desarmados e inermes. No nos queda, pues, otra esperanza de salvación que la que venga de ti y de Dios, suplicado por ti, de concedernos escapar de los filisteos.»
Él los exhorta a tener ánimo y les promete que Dios los socorrerá; y, tomando un cordero de leche, lo sacrifica en favor de la multitud, y ruega a Dios que extienda sobre ellos su diestra en la batalla contra los filisteos y no los deje ser desdichados por segunda vez. Dios escucha las plegarias y, acogiendo el sacrificio con ánimo propicio y aliado, les concede victoria y poder.
Mientras Dios aún tenía el sacrificio sobre el altar y no lo había recibido todo por la llama sagrada, avanzó del campamento la fuerza de los enemigos y se dispuso en orden de batalla, con la esperanza de vencer, como si los judíos estuvieran atrapados sin salida, sin armas y sin haber acudido allí para combatir; pero cayeron en lo que, aunque alguien se lo hubiera predicho, no habrían creído fácilmente.
Pues primero Dios los sacude con un terremoto, y hace la tierra bajo ellos temblorosa y resbaladiza, de modo que, al agitarse, se les iban los pies, y, al abrirse, algunos caían en las grietas; después, atronándolos con truenos y relumbrando en torno con encendidos relámpagos, como para abrasarles la vista, y arrancándoles las armas de las manos, los volvió a la fuga desarmados.
Shemuel sale en su persecución con la multitud, y, matando a muchos, los persigue hasta un lugar llamado Corra; y, clavando allí una piedra como límite de la victoria y de la fuga de los enemigos, la llama «poderosa», símbolo de la fuerza que de Dios les había venido contra los enemigos.
Aquellos, después de aquel golpe, no volvieron a hacer campaña contra los israelitas, sino que, por el miedo y el recuerdo de lo sucedido, se mantenían quietos; y el valor que antes tenían los filisteos frente a los hebreos, ese pasó a estos tras la victoria.
Y Shemuel, haciendo campaña contra ellos, mata a muchos, abate por completo su soberbia y les arrebata la tierra que antes habían cortado de los judíos al vencerlos en batalla; esta se extendía desde los límites de Gat hasta la ciudad de Ecrón. Por aquel tiempo, lo que quedaba de los cananeos era amigo de los israelitas.
El profeta Shemuel, tras organizar al pueblo y darle una ciudad, les ordenó que se reunieran en ella para juzgar las diferencias que tuvieran entre sí; y él, recorriendo año tras año las ciudades, les impartía justicia y procuró un gran orden legal durante mucho tiempo.
Después, agobiado por la vejez e impedido de hacer lo acostumbrado, entrega a sus hijos el mando y el gobierno de la nación. De ellos, el mayor se llamaba Yoel y el menor tenía por nombre Aviyá. Ordenó que uno se estableciera en la ciudad de Bet-El para juzgar, y al otro en Beer-Sheva, dividiendo entre ambos el pueblo que debía obedecer a cada uno.
Estos se convirtieron en claro ejemplo y prueba de que algunos no resultan semejantes en carácter a quienes los engendraron, sino que unos, quizá, se vuelven honrados y moderados a partir de padres malvados, mientras que aquellos, entonces, se mostraron ruines habiendo nacido de un padre bueno.
Pues, apartándose de las prácticas de su padre y tomando el camino opuesto, por dádivas y torpes ganancias traicionaban la justicia, y dictaban sus fallos no según la verdad, sino según el lucro; y, entregados al lujo y a un modo de vida fastuoso, obraban, en primer lugar, en contra de Dios, y, en segundo, del profeta, su padre, que tanto empeño y providencia ponía en que el pueblo fuera justo.
El pueblo, ante los desafueros de los hijos del profeta contra el orden y la constitución anteriores, llevaba mal lo que hacían y acuden juntos a él —residía en la ciudad de Ramá—; y le referían las iniquidades de sus hijos, y que él mismo, siendo ya anciano y agotado por el tiempo, no podía seguir presidiendo los asuntos del mismo modo. Le rogaban y suplicaban que les designara a alguien como rey, que gobernara la nación y castigara a los filisteos, que aún les debían pena por sus agravios anteriores.
Estas palabras entristecieron mucho a Shemuel, por su justicia innata y por su aversión a los reyes; pues era profundamente adicto a la aristocracia, como cosa divina que hace felices a quienes usan de su régimen.
Por la preocupación y el tormento que le causaba lo dicho, no se acordó ni de comida ni de sueño, sino que, dando vueltas toda la noche a los pensamientos sobre estos asuntos, resistía en vela.
Estando así, se le manifiesta la divinidad y lo consuela para que no se aflija por lo que la multitud pedía, pues no lo despreciaban a él, sino a Dios mismo, al no querer que él solo reinara; y que esto lo venían maquinando desde el día en que los sacó de Mitsraim. «Pero no tardarán en tomar un arrepentimiento penoso, por el cual, aunque nada de lo que ha de suceder dejará de suceder, quedarán convictos de haber despreciado y de haber tomado resoluciones ingratas hacia mí y hacia tu profecía.
Te ordeno, pues, que les designes por rey a aquel que yo te indique, no sin antes declararles de qué males harán experiencia siendo gobernados por reyes, y advertirles solemnemente a qué mudanza se apresuran.»
Oído esto, Shemuel, al despuntar el alba, convocó a los judíos y les prometió que les designaría un rey; pero dijo que primero debía exponerles lo que vendría de parte de los reyes y con cuántos males toparían: «Sabed que, ante todo, os arrancarán a vuestros hijos, y a unos les mandarán ser aurigas, a otros jinetes y guardias de corps, a otros correos, comandantes de mil y de cien; harán también de ellos artesanos fabricantes de armas y de carros, constructores de máquinas, labradores y encargados de sus propios campos, y cavadores de viñas.
Y no hay nada que no hagan por mandato, a la manera de esclavos comprados con dinero. A vuestras hijas las harán perfumistas, cocineras y panaderas, y todo trabajo que las siervas, por necesidad y por temor a los golpes y a los tormentos, prestan. Os arrebatarán vuestras posesiones y las regalarán a eunucos y guardias, y adjudicarán a los suyos los rebaños de ganado.
En una palabra: seréis esclavos del rey, con todo lo vuestro, junto con vuestros propios siervos. Él, cuando llegue, os hará recordar estas palabras, y, al padecerlas, arrepentidos, suplicaréis a Dios que se apiade de vosotros y os conceda pronta liberación de los reyes; pero él no acogerá vuestras súplicas, sino que, desoyéndolas, os dejará pagar la pena de vuestra mala decisión.»
Mas la multitud fue insensata también ante las predicciones de lo que había de suceder, y difícil de sacar de su ánimo un juicio ya asentado en su razonamiento; pues ni se volvieron ni les importaron las palabras de Shemuel, sino que insistían con porfía y exigían que ya se les designara el rey, sin preocuparse de lo futuro.
«Pues para castigar a los enemigos es necesario tener con nosotros a quien combata, y nada tiene de extraño que, estando gobernados por reyes los pueblos vecinos, tengamos nosotros la misma constitución.» Viendo Shemuel que ni siquiera por lo antedicho se apartaban, sino que persistían, dijo: «Ahora id cada uno a los vuestros; os haré llamar cuando convenga, en cuanto sepa de Dios a quién os da por rey.»
Había un hombre de la tribu de Binyamín, de buena cuna y de carácter noble, llamado Kish. Tenía un hijo, joven de aspecto excelente y de gran estatura, y de ánimo y entendimiento mejores que lo que se veía. Lo llamaban Shaúl.
Este Kish, habiéndosele extraviado del pasto unas hermosas asnas —pues se deleitaba en ellas como en ninguna otra de sus posesiones—, envió a su hijo con un criado en busca de los animales. Este, cuando hubo recorrido la tribu paterna y llegó a las otras, al no hallarlas tampoco en ellas, había resuelto regresar, para no causar ya a su padre preocupación por sí mismo.
Pero como el criado que lo acompañaba, cuando llegaron cerca de la ciudad de Ramá, dijera que había allí un profeta verdadero y le aconsejara ir a él —pues por él conocería el desenlace acerca de las asnas—, Shaúl respondió que, si iban, no tenían nada que darle a cambio de la profecía, pues ya se les habían agotado las provisiones.
Como el criado dijera que tenía consigo un cuarto de siclo y que lo daría —pues por ignorancia andaban errados, creyendo que el profeta recibía paga—, se presentan; y, al toparse junto a las puertas con unas muchachas que iban a por agua, les preguntan por la casa del profeta. Ellas se la indican y los exhortaron a darse prisa, antes de que se reclinara para la cena; pues agasajaba a muchos y se reclinaba antes que los invitados.
Shemuel había reunido entonces a muchos para el banquete por esta razón: como cada día rogaba a Dios que le predijera a quién haría rey, y el día anterior se lo había revelado —que le enviaría un joven de la tribu de Binyamín a aquella hora—, él mismo, sentado en la azotea, aguardaba a que llegara el momento; y, cumplido este, bajó y se encaminó a la cena.
Se encuentra con Shaúl, y Dios le indica que este es el que ha de reinar. Shaúl se acerca a Shemuel y, saludándolo, le pedía que le indicara la casa del profeta, pues, siendo forastero, decía no conocerla.
Y como Shemuel le dijera que él era, y lo condujera al banquete, y le anunciara que las asnas por cuya búsqueda había sido enviado estaban a salvo, y que todos los bienes le estaban asegurados, Shaúl respondió: «Pero yo, señor, soy demasiado poco para tal esperanza, y de una tribu menor que para dar reyes, y de una familia más humilde que las demás familias. Tú bromeas y me pones en ridículo, hablándome de cosas mayores que las de mi condición.»
El profeta, conduciéndolo al banquete, lo reclina —a él y a su acompañante— por encima de los invitados, que eran setenta en número; y ordena a los sirvientes que sirvan a Shaúl la porción real. Cuando llegó la hora del descanso, los demás se levantaron y se retiraron cada uno a los suyos, mientras que Shaúl durmió junto al profeta, con su criado.
Al despuntar el día, Shemuel lo levantó del lecho y lo acompañó a la salida; y, ya fuera de la ciudad, le mandó hacer que el criado se adelantara, pero que él se quedara atrás, pues tenía algo que decirle sin que nadie más estuviera presente.
Y Shaúl despide a su acompañante; y el profeta, tomando el óleo sagrado, lo derrama sobre la cabeza del joven y, tras besarlo, le dice: «Sabe que has sido designado rey por Dios contra los filisteos y para la defensa de los hebreos. De ello tendrás esta señal, que quiero que conozcas de antemano: cuando partas de aquí, encontrarás en el camino a tres hombres que van a adorar a Dios en Bet-El; de ellos verás al primero llevando tres panes, al segundo un cabrito, y el tercero seguirá cargando un odre de vino. Estos te saludarán, te tratarán con afecto y te darán dos panes, y tú los tomarás.
Y de allí llegarás al llamado sepulcro de Rajel, donde te toparás con quien te anuncie la buena nueva de que tus asnas están a salvo. Después, yendo de allí a Guivá, te encontrarás con unos profetas reunidos en asamblea, y, poseído por Dios, profetizarás con ellos, de modo que todo el que te vea se asombre y admire, diciendo: “¿De dónde le ha venido tal ventura al hijo de Kish?” Cuando te sucedan estas señales, sabe que Dios está contigo. Saluda a tu padre y a tus parientes. Vendrás, llamado por mí, a Guilgal, para que ofrezcamos por ello sacrificios de acción de gracias a Dios.» Dicho y predicho esto, despide al joven; y a Shaúl todo le salió al encuentro conforme a la profecía de Shemuel.
Cuando llegó a la casa de su pariente Avner —pues a este lo quería más que a los demás allegados—, al preguntarle este por el viaje y por lo que le había ocurrido, no le ocultó nada de lo demás, ni que había ido junto a Shemuel el profeta, ni que aquel le había dicho que las asnas estaban a salvo; pero acerca del reino y de lo tocante a él, cosas que pensaba que, oídas, suscitarían envidia e incredulidad, calla ante él; y ni siquiera a quien parecía serle muy favorable y a quien amaba más que a los de su propia sangre le pareció seguro ni prudente revelarlo, considerando —creo yo— cuál es en verdad la naturaleza humana: que nadie, ni de los amigos ni de los parientes, guarda firmemente su afecto hasta el punto de tolerar los favores brillantes que vienen de Dios, sino que ante las grandezas ajenas se vuelven ya malévolos y envidiosos.
Shemuel convoca al pueblo a la ciudad de Mitspá y les dirige un discurso que decía pronunciar por mandato de Dios: que, habiéndoles concedido él la libertad y sometido a los enemigos, se habían olvidado de sus beneficios, y rechazaban a Dios de la realeza, sin saber cuán ventajoso es ser presididos por el mejor de todos
—y Dios es el mejor de todos—, y preferían tener por rey a un hombre, que usará de los súbditos como de una posesión, según su voluntad, su capricho y el ímpetu de sus demás pasiones, saciándose sin freno de su poder, y no se afanará por conservar la raza de los hombres como obra y hechura propia, según haría Dios, que por esa causa cuidaría de ella. «Pero, ya que así lo habéis resuelto y ha prevalecido el ultraje contra Dios, poneos todos en orden por tribus y por cetros, y echad suertes.»
Al hacer esto los hebreos, salió la suerte de la tribu de Binyamín; y, sorteada esta, tocó a la familia llamada de Matri; y, sorteada esta hombre por hombre, le cae en suerte reinar a Shaúl, hijo de Kish.
Sabido esto, el joven se adelantó a apartarse y a esconderse, no queriendo, creo yo, dar la impresión de tomar de buen grado el poder, sino que mostró tanta contención y templanza que —cuando la mayoría no puede contener la alegría ni siquiera ante pequeños éxitos, sino que se precipita a hacerse notoria a todos— él no solo no dejó traslucir nada de eso ante el reino y ante haber sido designado señor de tantos y tan grandes pueblos, sino que se hurtó a la vista de aquellos a quienes iba a reinar, y los obligó a buscarlo y a afanarse por ello.
Como estuvieran perplejos y preocupados de que Shaúl hubiera desaparecido, el profeta suplicó a Dios que mostrara dónde estaba y que sacara al joven a la vista.
Y, sabido de Dios el lugar donde Shaúl se ocultaba, envía a quienes lo trajeran, y, una vez presente, lo pone en medio de la multitud. Sobresalía entre todos, y por su estatura tenía el porte más regio.
Dice el profeta: «Este os ha dado Dios por rey; ved cómo es superior a todos y digno del mando.» Cuando el pueblo aclamó al rey deseándole salvación, el profeta, poniendo por escrito lo que había de suceder, lo leyó oyéndolo el rey, y coloca el libro en el Mishkán de Dios, como testimonio para las generaciones futuras de lo que había predicho.
Cumplido esto, Shemuel despide a la multitud. Y él mismo se dirige a la ciudad de Ramá, pues era su patria; y a Shaúl, que se retiraba a Guivá, de donde procedía, lo acompañaban muchos: los buenos, rindiéndole el honor que corresponde a un rey; pero los ruines, en mayor número, que lo despreciaban, se burlaban de él, no le ofrecían dádivas ni ponían empeño y consideración en agradar a Shaúl.
Un mes después, el honor unánime hacia él tuvo su comienzo en la guerra contra Najash, rey de los amonitas. Pues este causaba muchos males a los judíos que habitaban al otro lado del río Yardén, tras haber cruzado contra ellos con un ejército numeroso y aguerrido.
Y sometía a esclavitud sus ciudades, dominándolas por el momento con fuerza y violencia, pero, con astucia e ingenio, debilitándolas para que ni siquiera, sublevándose de nuevo, pudieran escapar de la esclavitud bajo él. Pues a los que acudían a él por pacto, o eran capturados por ley de guerra, les arrancaba el ojo derecho.
Hacía esto para que, cubierta la vista izquierda por los escudos, quedaran del todo inútiles.
El rey de los amonitas, hecho esto a los del otro lado del Yardén, marchó contra los llamados galaaditas; y, acampando junto a la metrópoli de los enemigos —que es Yavesh—, les envía embajadores ordenándoles que se rindieran de inmediato a cambio de que se les arrancara el ojo derecho, o amenazaba con sitiarlos y arrasar sus ciudades. La elección estaba en sus manos: si preferían cortar una pequeña parte del cuerpo o perecer del todo.
Los galaaditas, aterrados, no se atrevieron a decir nada sobre ninguna de las dos cosas, ni si se rendían ni si combatían, sino que pidieron una tregua de siete días, para enviar embajadores a sus hermanos de raza y pedirles que los socorrieran; y, si venía ayuda, combatir, pero, si lo de aquellos resultaba impracticable, decían que se rendirían para padecer lo que a él le pareciera.
Najash, despreciando a la multitud de los galaaditas y su respuesta, les concede la tregua y les permite enviar por los aliados que quisieran. Envían, pues, enseguida por las ciudades a los israelitas, quienes anunciaban lo de Najash y el apuro en que se hallaban.
Aquellos se vieron llevados a lágrimas y aflicción al oír lo tocante a los de Yavesh, y el miedo no les permitía hacer nada más allá de eso. Cuando los mensajeros llegaron también a la ciudad de Shaúl el rey y refirieron los peligros en que se hallaban los de Yavesh, el pueblo padecía lo mismo que los primeros, pues se lamentaba por la desgracia de sus parientes.
Shaúl, que llegaba a la ciudad de vuelta de las labores del campo, se topa con sus conciudadanos llorando; y, al indagar la causa de su turbación y abatimiento, se entera de lo que traían los mensajeros.
Y, poseído por Dios, despide a los de Yavesh prometiéndoles que acudiría en su ayuda al tercer día y que, antes de salir el sol, vencería a los enemigos, para que el sol, al despuntar, los viera ya vencedores y libres de temores; y mandó que algunos de ellos se quedaran para guiarlo por el camino.
Queriendo, por temor al castigo, mover al pueblo a la guerra contra los amonitas y hacer que se reunieran con más prontitud, cortó los tendones de sus propias vacas y amenazó con tratar igual las de todos, si no acudían armados al Yardén al día siguiente y no lo seguían a él y a Shemuel el profeta adondequiera que los condujeran.
Como aquellos, por cautela ante el castigo anunciado, se reunieran en el tiempo señalado, cuenta a la multitud en la ciudad de Bala; y halla que el número, sin la tribu de Yehudá, sumaba setecientos mil reunidos, y de aquella tribu había setenta mil.
Y cruzando el Yardén, tras recorrer un camino de diez esquenos durante toda la noche, se adelanta al sol naciente; y, dividiendo el ejército en tres, cae de improviso por todas partes sobre los enemigos, que no lo esperaban, y, trabando batalla, mata a muchos otros de los amonitas y a Najash, su rey.
Esta hazaña, gloriosa, la llevó a cabo Shaúl, y lo hizo famoso ante todos los hebreos, elogiado y gozando de admirable renombre por su valentía; pues, aunque antes hubo algunos que lo despreciaban, entonces cambiaron a honrarlo y a tenerlo por el mejor de todos. Pues no le bastó con haber salvado solo a los de Yavesh, sino que, marchando también contra la tierra de los amonitas, la somete toda, y, tomando mucho botín, regresó glorioso a su patria.
El pueblo, por el placer de los éxitos de Shaúl, se alegraba de haber elegido tal rey; y contra los que decían que no sería de ningún provecho para los asuntos, gritaban: «¿Dónde están ahora esos? ¡Que paguen la pena!» —y todo cuanto suele decir una muchedumbre exaltada por los éxitos contra quienes poco antes menospreciaban a los causantes de ellos.
Shaúl acogía la benevolencia de estos y su celo por él, pero juró que no permitiría que ningún compatriota fuera muerto en aquel día; pues era absurdo manchar con sangre la victoria dada por Dios y celebrarla con la matanza de parientes entre sí.
Como Shemuel dijera que era preciso confirmar el reino a Shaúl con una segunda designación, se reúnen todos en la ciudad de Guilgal, pues allí les había mandado ir. Y de nuevo, a la vista de la multitud, el profeta unge a Shaúl con el óleo sagrado y lo proclama rey por segunda vez. Y así la constitución de los hebreos mudó en realeza.
Pues en tiempos de Moshé y de su discípulo Yehoshúa, que era su caudillo, vivían gobernados por la aristocracia; y tras la muerte de aquel, durante dieciocho años en total, la anarquía se apoderó de su multitud.
Después volvieron a la constitución anterior, confiando el juicio de todos los asuntos a quien pareciera el mejor en la guerra y sobresaliente en valentía; y por eso a este tiempo de su gobierno lo llamaron «de los jueces».
El profeta Shemuel, celebrando una asamblea de los hebreos, dijo: «Os pongo por testigo al Dios altísimo, que trajo a la vida a aquellos hermanos —me refiero a Moshé y Aharón— y arrancó a nuestros padres de los egipcios y de la esclavitud bajo ellos: decid, sin condescender por respeto, ni retraeros por miedo, ni ceder a ninguna otra pasión, si algo he hecho torcido e injusto por lucro, o por codicia, o por favor hacia otros; probadme si acaso he aceptado de tales cosas un ternero o una oveja —que parece cosa no reprochable tomar para el sustento—, o si, arrebatando la bestia de carga de alguno para mi provecho, lo agravié: denunciad alguna de estas cosas ante vuestro rey aquí presente.» Ellos exclamaron que nada de eso había hecho, y que había presidido a la nación santa y justamente.
Shemuel, obtenido de todos este testimonio en su favor, dijo: «Ya que me habéis concedido que no podéis decir nada indebido acerca de mí, ea, escuchadme ahora con franqueza cuando os digo que habéis cometido gran impiedad contra Dios al pedir un rey.
Os conviene recordar que con solo setenta de nuestro linaje bajó a Mitsraim, por causa del hambre, el abuelo Yaakov, y que allí, engendradas muchas miríadas —a las que los egipcios llevaron a la esclavitud y a duros ultrajes—, Dios, habiéndolo suplicado los padres, sin rey concedió a la multitud librarse de aquella opresión, enviándoles a los hermanos Moshé y Aharón, que os condujeron a esta tierra que ahora tenéis.
Y tras haber gozado de estos bienes que os venían de Dios, traicionasteis el culto y la piedad. Pese a todo, cuando caísteis en poder de los enemigos, Él os liberó: primero os hizo superiores a los asirios y a su fuerza; luego os concedió vencer a los amonitas y a los moabitas, y por último a los filisteos. Y todo esto lo llevasteis a cabo sin un rey al frente, sino con Yiftaj y Guidón como caudillos.
¿Qué locura, entonces, os poseyó para huir de Dios y querer estar bajo un rey? Yo, por mi parte, he designado a este que Él mismo eligió. Pero, para dejar bien claro que Dios está airado y molesto con vuestra elección de una monarquía, haré que Él os lo muestre con toda evidencia por medio de señales: lo que ninguno de vosotros ha visto jamás suceder aquí —en pleno verano, una tormenta de invierno—, tras pedírselo a Dios, os lo daré a reconocer ahora mismo.
Y apenas hubo dicho esto Shemuel a la muchedumbre, lo divino confirma con truenos, relámpagos y una descarga de granizo la verdad del profeta sobre todas las cosas. De modo que, atónitos y sobrecogidos de temor, reconocieron haber pecado y haber caído en ello por ignorancia, y suplicaron al profeta que, como padre bondadoso e indulgente, les hiciera propicio a Dios y les perdonara este pecado, que habían añadido a los otros ultrajes y transgresiones que ya habían cometido.
Él les promete que rogará a Dios que se lo perdone y que lo persuadirá; pero les aconsejó ser justos y buenos y tener siempre presentes los males que les habían sobrevenido por apartarse de la virtud, y las señales de Dios y la Torá de Moshé, si es que anhelan la salvación y la prosperidad junto con el rey.
Y si descuidaban todo esto, les dijo, un gran golpe de Dios caería sobre ellos y sobre el rey. Así profetizó Shemuel a los hebreos y los despidió a sus casas, tras haber confirmado por segunda vez la realeza a Shaúl.
Este, escogiendo de entre el pueblo unos tres mil hombres, tomó dos mil como guardia personal y permaneció él mismo en la ciudad de Bet-El; los restantes se los dio a su hijo Yonatán para que le sirvieran de escolta, y lo envió a Gueva. Y Yonatán toma por asalto un fuerte de los filisteos no lejos de Gueva.
Pues los filisteos, al someter a los judíos, les quitaban las armas y ocupaban con guarniciones los lugares más fortificados del país, y les prohibían terminantemente portar hierro y servirse de él. Por causa de esta prohibición, los labradores, siempre que necesitaban componer alguna de sus herramientas —una reja de arado, un azadón o cualquier otro útil de labranza—, acudían a los filisteos para que se lo hicieran.
Cuando llegó a oídos de los filisteos la destrucción de la guarnición, indignados y considerando aquel desprecio un ultraje intolerable, marchan contra los judíos con trescientos mil hombres de a pie, treinta mil carros, y llevaban consigo seis mil jinetes. Y cuando acamparon junto a la ciudad de Mijmash, Shaúl, el rey de los judíos, al saberlo, baja a la ciudad de Guilgal y proclama por todo el país, convocando al pueblo, en nombre de la libertad, a la guerra contra los filisteos —menospreciando su fuerza y desdeñándola como cosa sin importancia, no digna de temerse ni de arriesgar un enfrentamiento con ellos.
Pero al reparar en la multitud de los filisteos, los hombres de Shaúl quedaron aterrados: unos se escondieron en cuevas y galerías subterráneas, y la mayoría huyó a la tierra del otro lado del Yardén, que era la de Gad y Reuvén.
Shaúl, enviando a llamar al profeta, lo convocó junto a sí para deliberar sobre la guerra y la situación. Él le mandó que lo aguardara allí y que preparara víctimas para el sacrificio, pues al cabo de siete días vendría a él, de modo que sacrificaran el séptimo día y solo entonces trabaran combate con el enemigo. Y Shaúl aguarda, tal como el profeta le había ordenado; pero ya no cumple el mandato, sino que, al ver que el profeta se demoraba y que él mismo iba quedándose abandonado por los soldados, tomó las víctimas y llevó a cabo el sacrificio. Y cuando oyó que Shemuel se acercaba, salió a su encuentro.
Él le dijo que no había obrado bien, pues había desoído lo que le había mandado y se había anticipado a su llegada —la cual, sucediendo por voluntad de lo divino para las plegarias y los sacrificios en favor del pueblo, la había atropellado él oficiando mal y precipitándose. Se defendía Shaúl diciendo que sí había esperado los días que le había fijado, pero que la necesidad, la deserción de sus soldados por miedo, el campamento de los enemigos en Mijmash y la noticia de que descendían contra él a Guilgal lo habían apremiado a hacer el sacrificio.
Shemuel replicó: «Pues bien, si hubieras sido justo y no me hubieras desobedecido ni hubieras menospreciado lo que Dios me encomendó acerca de la situación presente, mostrándote más apresurado de lo que convenía a los asuntos, a ti mismo te habría sido dado reinar por muchísimo tiempo, y también a tus descendientes.»
Y Shemuel, apesadumbrado por lo ocurrido, se retiró a su casa. Shaúl, en cambio, llegó a la ciudad de Guivá con solo seiscientos hombres, junto a Yonatán su hijo. De estos, la mayoría no tenía armas, pues el país escaseaba de hierro y de quienes supieran forjar armas, ya que los filisteos no permitían que los hubiera, como poco antes hemos señalado.
Los filisteos, dividiendo su ejército en tres cuerpos y avanzando por otras tantas rutas, saqueaban la tierra de los hebreos, mientras Shaúl, su rey, y su hijo Yonatán lo contemplaban sin poder defender el país, pues no eran más que seiscientos. Sentados en lo alto de una colina —él mismo, su hijo y el sumo sacerdote Ajiyá, descendiente de Elí el sumo sacerdote—, y viendo la tierra devastada, se hallaban en una angustia terrible. Entonces el hijo de Shaúl se concierta con su escudero para adentrarse a escondidas en el campamento enemigo, provocar allí desconcierto y alboroto.
Como el escudero le dijera que lo seguiría de buena gana adondequiera que lo condujese, aunque hubiera que morir, se valió de la ayuda del joven y, bajando de la colina, avanzó hacia los enemigos. El campamento enemigo estaba sobre un despeñadero, ceñido en derredor por una roca afilada en tres crestas finas y alargadas que, como baluartes, rechazaban cualquier ataque. Por eso ocurría que la vigilancia del campamento estaba descuidada, porque la seguridad del lugar era natural y todos juzgaban imposible no ya subir por aquellas peñas, sino siquiera acercarse.
Así pues, cuando llegaron cerca del campamento, Yonatán animó al escudero y le dijo: «Ataquemos al enemigo; y si al vernos nos ordenan subir hacia ellos, toma esto como señal de victoria; pero si no dicen nada, como quien no nos llama, volvámonos.» Al acercarse ellos al campamento enemigo, ya cuando el día despuntaba, los filisteos, al verlos, se decían unos a otros que los hebreos salían de las galerías y las cuevas, y gritaron a Yonatán y a su escudero: «¡Venid, subid hasta nosotros, para que os castiguemos como merece vuestra osadía!»
El hijo de Shaúl saludó aquella voz como señal de victoria. Al punto se retiraron del sitio donde los enemigos los habían divisado, y rodeándolo llegaron a la roca, que estaba desierta de guardias por su misma solidez. Trepando desde allí con enorme fatiga, forzaron la naturaleza del terreno para subir sobre los enemigos, y cayendo sobre ellos mientras dormían, matan a unos veinte y los llenaron de tal confusión y espanto que algunos huyeron arrojando su armamento. Los más, no reconociéndose entre sí —pues el ejército enemigo se componía de muchas naciones— y sospechando unos de otros, se lanzaron a pelear entre ellos, ya que conjeturaban que habían subido contra ellos no solo dos hebreos. Y así, unos morían acuchillados y otros, huyendo, eran empujados por las rocas y despeñados al abismo.
Cuando los exploradores de Shaúl le avisaron al rey de que el campamento de los filisteos estaba en desorden, Shaúl preguntó si faltaba alguno de los suyos. Y al oír que su hijo y con él el escudero estaban ausentes, ordena al sumo sacerdote que, tomando la vestidura sacerdotal, le profetice sobre lo que había de suceder. Como aquel le anunciara que habría victoria y dominio sobre los enemigos, sale contra los filisteos, se lanza sobre ellos en su confusión y se matan unos a otros. Afluyen también hacia él los que antes se habían refugiado en las galerías y las cuevas, al oír que Shaúl vencía; y llegando a ser ya unos diez mil los hebreos, persigue a los enemigos, dispersos por todo el país.
Pero, ya fuera por la alegría de una victoria tan inesperada —pues suele ocurrir que quienes gozan de tanta fortuna no dominan su juicio—, ya fuera por ignorancia, incurre en un acto terrible y muy reprochable. Queriendo vengarse y tomar satisfacción de los filisteos, lanza una maldición sobre los hebreos: que quien, absteniéndose de matar al enemigo, comiese algo, y no siguiera hasta que cayese la noche en la matanza y persecución de los enemigos, ese quedase maldito. Dicho esto por Shaúl, como llegaran a cierto bosque espeso y lleno de abejas, en el lote de Efráyim, el hijo de Shaúl, que no había oído la maldición de su padre ni el asentimiento del pueblo a ella, exprimió un panal de miel y comió.
Mas al enterarse entretanto de que su padre había prohibido con terrible maldición que nadie probara bocado antes de la puesta del sol, dejó de comer y dijo que no había hecho bien su padre en prohibirlo; pues, con mayores fuerzas y ánimo en la persecución, si hubieran tomado alimento, habrían capturado y matado a muchos más enemigos.
En efecto, tras haber abatido a muchas decenas de miles de filisteos, ya caída la tarde se lanzan al saqueo del campamento de los filisteos, y tomando abundante botín y ganado, lo degollaban y lo comían aún con la sangre. Los escribas le informan al rey de que el pueblo está pecando contra Dios, pues sacrifica y come antes de lavar bien la sangre y purificar las carnes. Entonces Shaúl manda rodar al medio una gran piedra y proclama que la gente sacrifique sobre ella las reses y no se banquetee con la carne acompañada de la sangre, pues esto no es grato a Dios. Y habiéndolo hecho todos según la orden del rey, Shaúl levanta allí un altar y ofreció sobre él un holocausto a Dios. Este fue el primer altar que construyó.
Queriendo conducir de inmediato al ejército, antes del día, contra el campamento enemigo para saquear cuanto había en él —y no vacilando los soldados en seguirlo, sino mostrando gran ardor para lo que ordenaba—, el rey llamó a Ajituv, el sumo sacerdote, y le manda averiguar si Dios les concede y permite ir contra el campamento de los enemigos y destruir a los que allí se hallasen. Como el sacerdote dijera que Dios no respondía, y no sin motivo, exclamó Shaúl: «A nosotros, que le preguntamos, Dios no nos da voz, Él que antes nos anunciaba todo por sí mismo y, aun sin preguntarle, se adelantaba a hablarnos; hay, pues, algún pecado nuestro, oculto, contra Él, causa de este silencio. Y juro por Él mismo que, aunque sea mi propio hijo Yonatán quien haya cometido este pecado, lo mataré y así aplacaré a Dios, como si tomara la satisfacción por él de un extraño en nada emparentado conmigo.»
Cuando la multitud clamó que así lo hiciera, al instante los coloca a todos en un lugar, y se sitúa él mismo con su hijo en otra parte, y buscaba averiguar por sorteo al que había pecado; y la suerte parece señalar a Yonatán. Interrogado por su padre sobre qué había hecho mal y de qué falta contra la rectitud y la santidad se sabía culpable en su vida, respondió: «Padre, nada, salvo que ayer, ignorando tu maldición y tu juramento, mientras perseguía a los enemigos probé un panal de miel.» Shaúl jura darle muerte, y antepuso el juramento a su propia sangre y al amor natural.
Pero él no se amedrenta ante la amenaza de muerte, sino que, comportándose con nobleza y grandeza de ánimo, dice: «Tampoco yo te suplicaré, padre, que me perdones la vida; dulcísima me es la muerte, viniendo por tu piedad y sobre una victoria tan brillante; pues es el mayor consuelo dejar a los hebreos habiendo vencido a los filisteos.» Ante esto, todo el pueblo se dolió y compartió su sufrimiento, y juró no permitir que muriese Yonatán, el artífice de la victoria. Y así lo arrancan de la maldición de su padre, y ellos mismos hacen votos a Dios por el joven, para que lo librara del pecado.
Y Shaúl regresó a su ciudad, tras haber aniquilado a unos sesenta mil enemigos. Reina con fortuna, y guerreando contra las naciones vecinas las somete: la de los amonitas y los moabitas, los filisteos, los idumeos, los amalecitas y el rey de Tsová. Tenía tres hijos varones: Yonatán, Yishví y Malki-Shúa, y dos hijas: Merav y Mijal. Como jefe de su ejército tenía al hijo de su tío, Avner —aquel se llamaba Ner, y Ner y Kish, el padre de Shaúl, eran hermanos, hijos de Aviel—. Tenía Shaúl también gran número de carros y de jinetes, y contra quienquiera que combatiese salía vencedor; elevó a los hebreos a la prosperidad y a una gran dicha, los mostró más poderosos que las demás naciones y, de entre los jóvenes, a los que sobresalían por su estatura y hermosura los hacía guardias de su persona.
Shemuel, presentándose ante Shaúl, le declaró que Dios lo enviaba a él para recordarle que Dios, prefiriéndolo por encima de todos, lo había designado rey, y que por ello debía obedecerle y someterse a Él, pues él tenía el gobierno de las naciones, pero Dios tenía el gobierno sobre él y sobre todas las cosas. Le dijo, pues, que Dios hablaba así: «Puesto que los amalecitas causaron muchos males a los hebreos en el desierto, cuando, habiendo salido de Mitsraim, marchaban hacia el país que ahora poseen, ordeno que, tomando venganza en guerra de los amalecitas y venciéndolos, no dejes a ninguno de ellos con vida, sino que pases por toda edad, comenzando por matar a las mujeres y a los niños, y tomes tal represalia por lo que hicieron a vuestros antepasados. No perdones ni bestias de carga ni ninguna otra res para provecho o posesión propia, sino conságralo todo a Dios y, siguiendo los mandatos de Moshé, borra el nombre de Amalek.»
Shaúl acepta hacer lo que se le manda, y considerando que la obediencia a Dios no consiste solo en emprender la campaña contra los amalecitas, sino que muestra aún más su prontitud y rapidez sin admitir demora alguna, reúne todas sus fuerzas, y al pasarles revista en Guilgal halla, de los israelitas —fuera de la tribu de Yehudá—, unos cuatrocientos mil; pues esta tribu, ella sola, es de treinta mil soldados. Shaúl, invadiendo el país de los amalecitas, coloca numerosas emboscadas y partidas en torno al torrente, para no solo dañarlos combatiéndolos a campo abierto, sino también caer sobre ellos por sorpresa por los caminos y, cercándolos, aniquilarlos; y en efecto, trabando batalla con ellos, pone en fuga a los enemigos y los destruye a todos, persiguiéndolos mientras huyen.
Y como aquella empresa le resultó conforme a la profecía de Dios, atacó las ciudades de los amalecitas: unas las tomó con máquinas, otras con galerías excavadas y contramuros levantados por fuera, otras con hambre y sed, y otras por diversos medios; y tras rendirlas y tomarlas por la fuerza, procedió a la matanza de mujeres y niños, sin considerar que hacía nada cruel ni más duro que la naturaleza humana —primero, porque lo hacía a enemigos; después, por mandato de Dios, a quien desobedecer entrañaba peligro—. Toma también cautivo a Agag, el rey de los enemigos, cuya belleza y estatura admiró y juzgó digno de salvarse; mas ya no obraba en esto según la voluntad de Dios, sino vencido por su propia pasión y complaciéndose inoportunamente en la piedad, en asunto en que no tenía autoridad sin riesgo.
Pues Dios odió de tal modo a la nación de los amalecitas que mandó no perdonar ni siquiera a los niños, hacia quienes la compasión es más natural; pero Shaúl salvó a su rey, cabecilla de los males contra los hebreos, anteponiendo la hermosura del enemigo al recuerdo de lo que Dios le había encomendado. Pecó con él también la muchedumbre: pues también aquellos perdonaron las bestias de carga y el ganado y lo saquearon, aun habiendo mandado Dios no conservarlos, y se llevaron los demás bienes y riquezas, mientras que destruían lo que no valía la pena poseer.
Vencedor Shaúl, aniquiló a todos los enemigos que se extendían desde Pelusio de Mitsraim hasta el mar de los Juncos, dejando aparte a la nación de los siquemitas, pues estos habitaban en medio del país de Madián. Antes de la batalla, enviándoles aviso, les mandó retirarse, para que no compartieran la desgracia con los amalecitas; pues, siendo parientes de Reuel, el suegro de Moshé, tenía razón para salvarlos.
Y Shaúl, como quien nada había desoído de lo que el profeta le había encomendado al ir a emprender la guerra contra los amalecitas, sino como si hubiera guardado con exactitud todo aquello, tras vencer a los enemigos regresó a su casa gozoso por sus logros. Pero Dios se irrita por la salvación del rey de los amalecitas y por el saqueo del ganado por parte de la muchedumbre, porque se hizo sin su consentimiento; pues consideraba intolerable que venciesen y prevaleciesen sobre sus enemigos gracias a la fuerza que Él les daba, y que en cambio fuera menospreciado y desobedecido ni siquiera como un rey humano.
Dijo, pues, al profeta Shemuel que se arrepentía de haber elegido rey a Shaúl, que nada de lo que Él ordena cumplía, sino que seguía su propia voluntad. Al oír esto, Shemuel quedó hondamente turbado, y durante toda la noche comenzó a rogar a Dios que se reconciliara con Shaúl y no se mostrara severo. Pero Él no concedió el perdón para Shaúl que el profeta le pedía, razonando que no era justo condonar los pecados con la intercesión; pues de ninguna otra cosa nacen más que de la blandura de los agraviados, que, buscando fama de indulgencia y bondad, sin advertirlo engendran estos males.
Así pues, cuando Dios rechazó la súplica del profeta y era manifiesto que persistía en su decisión, al despuntar el día Shemuel llega a Guilgal, ante Shaúl. Al verlo, el rey corre a su encuentro y, abrazándolo, dice: «Doy gracias a Dios, que me ha dado la victoria; todo cuanto Él ordenó ha sido cumplido.» Shemuel, replicando a esto, dijo: «¿De dónde, entonces, oigo balidos de reses y mugidos de bestias de carga en el campamento?» Él respondió que el pueblo las había reservado para sacrificios; que, sin embargo, todo el linaje de los amalecitas había sido exterminado conforme al mandato y que no quedaba ningún otro, salvo que le había traído solo a su rey, conservado con vida, y que respecto de él debían deliberar juntos qué hacer.
El profeta le dijo que lo divino no se complace en los sacrificios, sino en los hombres buenos y justos. Y estos son los que siguen su voluntad y sus mandatos y no creen hacer bien nada por sí mismos sino aquello que hacen por orden de Dios; pues Él es despreciado no cuando alguien no le ofrece sacrificio, sino cuando parece desobedecer. De aquellos que no se someten ni practican el culto verdadero, el único grato a Dios, ni aunque inmolen muchas y pingües víctimas, ni aunque presenten un aparato de ofrendas labradas en plata y oro, recibe Él nada con agrado, sino que lo rechaza y lo tiene por muestra de maldad, no de piedad. En cambio, de aquellos que guardan en su memoria esta sola cosa —cuanto Dios pronuncie y ordene— y prefieren morir antes que transgredir nada de ello, se complace; y ni les exige sacrificio, y de los que sacrifican, aun cuando sea humilde, acoge con más agrado el honor de la pobreza que el de los más ricos.
«Sábete, pues, que estás bajo la ira de Dios; porque despreciaste y descuidaste lo que Él te encomendó. ¿Cómo crees, entonces, que Él mirará el sacrificio hecho de aquello que condenó a perecer? A no ser que juzgues que inmolarlo a Dios es lo mismo que su destrucción. Espera, por tanto, que se te arrebatarán la realeza y el poder, valiéndote de los cuales descuidaste al Dios que te los otorgó.»
Shaúl reconocía haber obrado mal y no negaba el pecado, pues había transgredido los mandatos del profeta; pero, por temor y miedo a los soldados, no había impedido ni contenido que saquearan el botín. «Perdóname, sin embargo, y sé benévolo, pues me guardaré de pecar en adelante.» Y rogaba al profeta que, volviendo con él, ofreciese a Dios sacrificios de acción de gracias; pero él, como no veía que Dios se reconciliara, se marchaba a su casa. Shaúl, queriendo retenerlo, se aferra a su manto, y como el tirón se hizo violento porque Shemuel se alejaba con ímpetu, rasga la vestidura. Dijo el profeta que así le sería arrancada la realeza, y la recibiría un hombre bueno y justo, pues Dios se atiene a lo que ha decidido acerca de él, ya que cambiar y mudar de parecer es cosa de pasión humana, no de poder divino.
Shaúl confesaba haber obrado impíamente, pero que no podía deshacer lo ya hecho; le rogaba al menos que lo honrase, viniendo con él a la vista del pueblo a postrarse ante Dios. Shemuel le concede esto, y yendo juntos se postra ante Dios. Es traído también ante él Agag, el rey de los amalecitas; y cuando este preguntaba cuán amarga era la muerte, le dijo: «Como tú hiciste que muchas madres de hebreos lloraran por sus hijos y guardaran luto, así harás gemir a tu madre por ti, ahora destruido.» Y ordena que sea ejecutado allí mismo, en Guilgal. Y él mismo se retira a la ciudad de Ramá.
El rey Shaúl, dándose cuenta de los males que padecía por haberse hecho enemigo a Dios, sube a su residencia real de Guivá —el nombre significa, traducido, «colina»—, y a partir de aquel día ya no vuelve a presentarse ante el profeta. A Shemuel, que se afligía por él, Dios le ordenó cesar en su preocupación y, tomando el óleo sagrado, ir a la ciudad de Bet-Léjem, junto a Yishái, hijo de Oved, y ungir de entre sus hijos a aquel que Él mismo señalara como el que había de llegar a ser rey. Él dijo que temía que Shaúl, al enterarse, lo matara tendiéndole una emboscada o incluso a las claras; pero, con la indicación de Dios, que le dio un camino seguro, llegó a la ciudad ya dicha.
Todos lo saludaron y le preguntaron el motivo de su llegada, y él dijo que venía a sacrificar a Dios. Tras hacer el sacrificio, llama a Yishái con sus hijos a los ritos sagrados, y al ver a su hijo mayor, bien crecido y hermoso, conjeturó por su buena figura que este era el que había de reinar. Pero se equivoca respecto de la providencia de Dios; pues al preguntarle si debía ungir con el óleo al joven que él mismo admiraba y juzgaba digno de la realeza, Él le dijo que no ven lo mismo los hombres y Dios: «Tú, fijándote en la hermosura del joven, lo tienes ya por digno de reinar; pero yo no hago de la realeza un premio a la belleza del cuerpo, sino a la virtud del alma, y busco a quien sea del todo hermoso en esto, adornado de piedad, justicia, valentía y obediencia, en lo cual consiste la belleza del alma.»
Dicho esto por Dios, Shemuel ordenó a Yishái que le mostrara a todos sus hijos. Este hizo venir a otros cinco, de los cuales el mayor era Eliav; el segundo, Avinadav; Shamá el tercero; el cuarto, Netanel; el quinto se llamaba Raddái, y el sexto, Otsem. Al verlos también a estos el profeta, en nada inferiores en figura al mayor, preguntó a Dios a cuál de ellos elegía por rey. Como respondiera que a ninguno, inquiere de Yishái si aún tiene otros hijos además de estos. Al decir aquel que había uno, de nombre David, pero que apacentaba y se ocupaba de la guarda del ganado, le manda que lo llame enseguida, pues no les era posible reclinarse al banquete sin que él estuviera presente.
Cuando llegó David, mandado buscar por su padre —un muchacho de tez rubia, de mirada viva y por lo demás hermoso—, Shemuel, diciéndose en voz baja para sí «Este es el que place a Dios para reinar», se reclina él mismo y hace reclinarse a su lado al joven, y a Yishái con sus hijos. Luego, tomando el óleo, a la vista de David lo unge, le habla quedamente al oído y le da a entender esto: que Dios lo ha elegido para reinar; y le exhortó a ser justo y obediente a sus mandatos, pues así le permanecería la realeza por largo tiempo y su casa se volvería ilustre y célebre, y sometería a los filisteos, y contra cualquier nación que guerreara, venciendo y prevaleciendo en el combate, tendría gloria digna de ser cantada, en vida, y la dejaría a los que vinieran después de él.
Y Shemuel se marcha, tras estas exhortaciones, y lo divino pasa a David, abandonando a Shaúl. Y David comenzó a profetizar, habiéndose trasladado a él el espíritu divino; en cambio, a Shaúl lo rondaban ciertos padecimientos y demonios que le provocaban ahogos y sofocos, de modo que los médicos no lograban idear para él otro remedio, sino que mandaron buscar, si lo había, a alguien capaz de entonar salmos y tañer el arpa, para que, cuando los demonios se le acercaran y lo perturbaran, lo pusieran de pie a su lado, sobre su cabeza, a tañer y recitar los himnos.
Él no lo descuidó, sino que ordenó buscar a tal hombre; y como uno de los presentes le dijera que había visto en la ciudad de Bet-Léjem a un hijo de Yishái, aún niño de edad, apuesto y hermoso y por lo demás digno de estima, y que además sabía tañer y cantar himnos y era un guerrero consumado, envió a Yishái y le mandó que le remitiera a David, apartándolo de los rebaños; pues deseaba verlo, habiendo oído hablar de la buena figura y el valor del joven. Yishái envía a su hijo y le da presentes para que se los llevara a Shaúl. Cuando llegó, le agradó, y haciéndolo su escudero lo tuvo en toda honra; pues David le cantaba, y contra la perturbación de los demonios, cuando le sobrevenían, era su único médico, recitando los himnos, tañendo el arpa y haciendo que Shaúl volviera a ser dueño de sí. Envía, pues, a Yishái, el padre del muchacho, con la orden de que dejara a David con él, pues le placía verlo y tenerlo cerca; y aquel no contradijo a Shaúl, sino que consintió en que lo retuviera.
No mucho tiempo después, los filisteos, reuniéndose de nuevo y juntando una gran fuerza, avanzan contra los israelitas y, situándose entre Sojó y Azeká, acampan. Shaúl saca también su ejército contra ellos y, acampando sobre cierto monte, obliga a los filisteos a abandonar su primer campamento y a acampar igualmente sobre otro monte, enfrente del que había ocupado Shaúl. Separaba a los campamentos, uno de otro, un valle en medio de los montes en que se hallaban.
Bajó, pues, uno de los del campamento filisteo, de nombre Goliat, hombre de la ciudad de Gat, descomunal; pues medía cuatro codos y un palmo, revestido de un armamento proporcionado a la magnitud de su cuerpo: llevaba puesta una coraza que pesaba cinco mil siclos, y un casco y unas grebas de bronce cuales convenían para cubrir los miembros de un hombre de tan asombrosa talla; y su lanza no era carga ligera para la diestra, sino que la portaba al hombro, y tenía además una punta de seiscientos siclos; y lo seguían muchos cargando con sus armas. Plantado, pues, este Goliat entre las dos líneas de batalla, lanza un gran grito y dice a Shaúl y a los hebreos: «Os libro del combate y de sus peligros; ¿qué necesidad hay de que nuestros ejércitos, al chocar, sufran daño? Dad a uno cualquiera de los vuestros que luche conmigo, y la suerte de la guerra la decidirá el único que venza: pues aquellos servirán a los otros, de quienes sea el vencedor. Mucho mejor y más sensato es alcanzar lo que queréis con el riesgo de uno solo que con el de todos.»
Dicho esto, se retiró al campamento de los suyos. Al día siguiente, viniendo de nuevo, repitió las mismas palabras, y durante cuarenta días no cesó de desafiar al enemigo en los términos dichos, hasta llenar de espanto al propio Shaúl y a su ejército. Y formaban como para el combate, pero no llegaban a las manos.
Estando trabada la guerra entre los hebreos y los filisteos, Shaúl había enviado de vuelta a David junto a su padre Yishái, contentándose con sus tres hijos, a quienes había mandado para la alianza y los peligros. David va primero de nuevo a los rebaños y a los pastos del ganado, pero al poco llega al campamento de los hebreos, enviado por su padre para llevar provisiones a sus hermanos y averiguar qué hacían. Como Goliat viniera otra vez, desafiando y echando en cara que no había entre ellos un solo valiente que se atreviera a bajar a combatir con él, David, que conversaba entretanto con sus hermanos sobre lo que su padre le había encomendado, al oír al filisteo injuriar al ejército y denostarlo, se indignó y dijo a sus hermanos que estaba dispuesto a batirse en duelo con el enemigo.
Ante esto, el mayor de sus hermanos, Eliav, lo reprendió, tachándolo de más osado de lo propio de su edad e ignorante de lo que convenía, y le mandó volver a los rebaños y a su padre. Avergonzado ante su hermano, se retiró y comentó a algunos de los soldados que quería luchar contra el que desafiaba. En cuanto le revelaron a Shaúl la resolución del joven, el rey manda llamarlo, y al preguntarle qué quería decir: «Que no decaiga tu ánimo ni se acobarde, oh rey; pues yo abatiré la arrogancia del enemigo, saliendo a su encuentro en combate y derribando bajo mí a ese hombre alto y grande. Así él quedará ridículo, y tu ejército, cubierto de gloria, si muere no a manos de un hombre ya capaz de guerrear y digno de confianza en la formación y en las batallas, sino de uno que aún parece un muchacho y tiene esta edad.»
Como Shaúl admirara su audacia y valentía, pero no confiara en él a causa de su edad, sino que dijera que por ello era demasiado débil para pelear contra alguien experto en la guerra, dijo David: «Esto prometo confiando en Dios, que está conmigo; pues tengo experiencia de su ayuda. Cuando un león atacó una vez mis rebaños y arrebató un cordero, lo perseguí y lo alcancé, y le arranqué el cordero de las fauces a la fiera; y al lanzarse él contra mí, lo agarré por la cola, lo estrellé contra el suelo y lo maté. Y lo mismo hago con el oso al defenderme. Téngase, pues, también al enemigo por una de aquellas fieras, él que desde hace tanto injuria a nuestro ejército y blasfema de nuestro Dios, el cual lo pondrá en mis manos.»
Así pues, Shaúl, rogando que de Dios viniera un final acorde con el ardor y la audacia del muchacho, dijo: «Ve al combate.» Y ciñéndole su propia coraza, ceñido el ceñidor con la espada y ajustándole un casco, lo despidió.
David, agobiado por el peso de las armas —pues no estaba adiestrado ni había aprendido a llevarlas—, dijo: «Que esto, oh rey, sea adorno tuyo, que puedes cargarlo; a mí permíteme, como a siervo tuyo, combatir como yo quiero». Deja, pues, las armas, toma su cayado, echa cinco piedras del torrente en el zurrón de pastor y, llevando una honda en la mano derecha, marchó contra Goliat.
El enemigo, al verlo venir así, lo desprecia y se burla: que con las armas con que se ahuyenta y se guarda uno de los perros, y no las que se usan contra un hombre, venía a pelear; ¿acaso lo tomaba por un perro en vez de por un hombre? David respondió que no lo tenía por tal, sino por algo aún peor que un perro. Esto enciende en cólera a Goliat, que lo maldice en el nombre de Dios y le amenaza con dar su carne a las bestias de la tierra y del aire para que la despedacen.
David le replica: «Tú vienes contra mí con espada, lanza y coraza; yo, en cambio, avanzando hacia ti, voy armado de Dios, que te destruirá a ti y a todo vuestro ejército por nuestras manos. Pues hoy te cortaré la cabeza y arrojaré el resto de tu cuerpo a los perros de tu misma especie, y todos aprenderán que lo divino ampara a los hebreos —esa es nuestra arma y nuestra fuerza, su cuidado—, mientras que todo otro pertrecho y poder es inútil cuando Dios no está presente».
El filisteo, estorbado por el peso de las armas para la rapidez y la carrera, avanza al paso hacia David, despreciándolo y confiado en que sin esfuerzo mataría a quien estaba desarmado y era todavía un niño por la edad.
Pero el joven le sale al encuentro con un aliado invisible para el enemigo —y ese aliado era Dios—. Y sacando del zurrón una de las piedras que había recogido del torrente, y ajustándola a la honda, la dispara contra la frente de Goliat; y el proyectil penetró hasta el cerebro, de modo que al instante Goliat, aturdido, cayó de bruces.
Corriendo, se planta sobre el enemigo caído y, con la propia espada de aquel —pues él no tenía ninguna—, le corta la cabeza.
Con la caída de Goliat sobreviene la derrota y la fuga de los filisteos. Pues al ver por tierra a su más reputado campeón, y temiendo por el conjunto, resolvieron no permanecer más, sino que, entregándose a una fuga vergonzosa y desordenada, intentaban arrancarse de los peligros. Pero Shaúl y todo el ejército de los hebreos, con gran alarido, se lanzan sobre ellos y, degollando a muchos, los persiguen hasta los confines de Gat y las puertas de Ascalón.
Mueren de los filisteos hasta treinta mil, y el doble quedan heridos. Shaúl, volviendo al campamento de ellos, saquea la empalizada y le prende fuego; y la cabeza de Goliat la llevó David a su propia tienda, y la espada la consagró a Dios.
La envidia y el odio de Shaúl hacia él lo azuzan las mujeres. Pues al salir al encuentro del ejército victorioso con címbalos, tambores y toda clase de alegría, cantaban las mujeres que Shaúl había destruido muchos miles de filisteos, y las doncellas que David había aniquilado a decenas de miles.
Oyendo esto el rey —que a él le tocaba la parte menor del elogio, mientras la muchedumbre de las decenas de miles se atribuía al joven— y calculando que, tras tan brillante fama, nada le faltaba a David sino el reino, empezó a temer y a sospechar de él.
Y del primer rango —pues por su temor le parecía que David estaba cerca, demasiado próximo, ya que lo había hecho su escudero— lo aparta y lo nombra jefe de mil hombres, dándole un puesto mejor, pero más seguro, según creía, para sí mismo; pues quería enviarlo contra los enemigos y a los combates, para que muriese en medio de los peligros.
David, llevando consigo a Dios por todas partes adondequiera que fuese, tenía éxito y se mostraba afortunado, de suerte que, por la excelencia de su valor, tanto el pueblo como la hija de Shaúl, todavía doncella, se enamoraron de él; y como la pasión de ella se hiciese más fuerte, se volvió manifiesta y fue denunciada al padre.
Este, sirviéndose de ello como base para su asechanza contra David, lo oyó con gusto y dijo a quienes le revelaron el amor de ella que de buena gana le daría la muchacha —pues ello se convertiría en causa de perdición y de peligros para quien la tomase—: «Pues le prometo —dijo— el matrimonio con mi hija, si me trae seiscientas cabezas de los enemigos».
«Él, con recompensa tan espléndida puesta ante sí, y queriendo ganar gloria con una hazaña arriesgada e increíble, se lanzará a la acción, pero será destruido por los filisteos, y su asunto se me resolverá convenientemente; pues me libraré de él habiéndolo matado por medio de otros y no por mi propia mano».
Ordena, pues, a sus servidores tantear la disposición de David, cómo se siente respecto a casarse con la muchacha. Ellos empezaron a hablar con él: que el rey Shaúl lo aprecia, y todo el pueblo, y que quiere darle su hija en matrimonio.
Él dijo: «¿Os parece cosa pequeña llegar a ser yerno de un rey? A mí no me lo parece, y sobre todo siendo humilde y sin parte en la gloria y el honor». Shaúl, cuando los servidores le comunicaron las respuestas de David, dijo: «Decidle que no necesito dinero ni presentes de boda —pues así se vende a una hija más que se la casa—, sino un yerno que tenga valentía y toda la demás virtud, que veo presente en él.
»Quiero, pues, recibir de él, a cambio del matrimonio con mi hija, no oro ni plata, ni que traiga esto de la casa de su padre, sino castigo de los filisteos y seiscientas cabezas de ellos.
»Pues para mí ningún regalo podría ser más deseable, ni más espléndido, ni más preciado que este; y para mi hija es mucho más envidiable que los presentes acostumbrados convivir con un hombre así, avalado por la derrota de los enemigos».
Llevadas estas palabras a David, complacido, creyendo que Shaúl anhelaba de veras el parentesco, sin esperar siquiera a deliberar ni ponderar con el juicio si la empresa propuesta era posible o difícil, se lanzó al punto con su compañía contra los enemigos y la acción anunciada para la boda; y —pues Dios era quien todo lo hacía fácil y posible para David— matando a muchos y cortando seiscientas cabezas, llegó ante el rey exigiendo, con la exhibición de estas, el matrimonio a cambio.
Shaúl, sin modo de escapar de lo prometido —pues juzgaba vergonzoso o parecer que mentía, o que, por una asechanza, había ofrecido la boda para que David muriese acometiendo lo imposible—, le da a su hija, llamada Mijal.
No iba a mantenerse Shaúl mucho tiempo en lo hecho. Pues viendo a David bien reputado ante Dios y ante las multitudes, se llenó de miedo, y como no lograba ocultar ese temor —que era por cosas grandes, el reino y la vida, de cualquiera de las cuales verse privado es terrible desgracia—, decidió matar a David y encarga su muerte a Yonatán su hijo y a los más fieles de sus servidores.
Pero él, asombrado del cambio de su padre respecto a David —de tanta benevolencia a la muerte, y no por motivos moderados—, y amando al joven y respetando su valor, le revela el secreto y el propósito del padre.
Le aconseja, sin embargo, guardarse quitándose de en medio el día siguiente; pues él mismo saludará a su padre y, en cuanto se le presente la ocasión, hablará con él acerca de David y averiguará la causa, y la desacreditará, mostrando que no se debía por ella matar a quien tantos bienes había hecho a la multitud y se había convertido en su benefactor —por lo cual con razón hallaría perdón aun de los mayores yerros—. «Y te haré saber la intención de mi padre». David, persuadido por el buen consejo, se retira de la vista del rey.
Al día siguiente, Yonatán, llegando ante Shaúl y hallándolo alegre y contento, empezó a dirigirle palabras acerca de David: «¿Qué agravio, padre, pequeño o grande, le has imputado, para ordenar que se dé muerte a un hombre que ha sido de gran provecho para tu propia salvación, y mayor aún para el castigo de los filisteos,
»y que libró al pueblo de los hebreos del ultraje y la burla que durante cuarenta días soportó, siendo el único que se atrevió a resistir el desafío del enemigo? Y después trajo cuantas cabezas de los enemigos le fueron ordenadas, y recibió por ello, como premio, a mi hermana en matrimonio, de suerte que su muerte nos sería dolorosa no solo por su valor, sino también por el parentesco. Pues junto con su muerte queda agraviada también tu hija, condenada a probar la viudez antes de llegar al provecho de la vida conyugal.
»Considerando esto, cambia a una disposición más benigna y no hagas ningún mal a un hombre que primero te hizo un gran beneficio —tu salvación—, cuando, asentados sobre ti el espíritu maligno y los demonios, echó a algunos fuera y procuró paz de ellos a tu alma; y en segundo lugar, la venganza sobre los enemigos. Pues es vergonzoso haber olvidado estas cosas».
Con estas palabras Shaúl se apacigua y jura a su hijo no hacer ningún mal a David; pues una palabra justa es más fuerte que la ira y el miedo. Yonatán, mandando llamar a David, le comunica lo bueno y salvador que venía de su padre, y lo lleva ante él, y David permaneció junto al rey como antes.
Por este tiempo, habiendo hecho campaña de nuevo los filisteos contra los hebreos, envía a David con un ejército a combatir contra ellos, y trabando batalla mató a muchos y, victorioso, regresa al rey. Shaúl lo recibe no como cabía esperar de tal éxito, sino apenado por su buena fortuna, como si él mismo, por las hazañas de aquel, quedase más en peligro.
Y cuando de nuevo el espíritu demoníaco vino sobre él y lo agitaba y turbaba, llamando a David a la estancia en que yacía, empuñando la lanza, le mandó cantar al son del salmo y de los himnos. Y mientras aquel hacía lo ordenado, tensando el brazo arroja la lanza; pero David, previéndolo, se apartó, huye a su propia casa y allí permaneció el día entero.
De noche, el rey, enviando gente, ordenó vigilarlo hasta el amanecer, no fuese que se le escapase del todo sin ser visto, para llevarlo al tribunal y, entregándolo a juicio, darle muerte. Pero Mijal, la mujer de David e hija del rey, enterada de la intención de su padre, se pone al lado de su marido, con temerosas esperanzas por él y angustiada por su propia vida; pues no soportaría vivir privada de él.
«Que no te sorprenda el sol —le dice— aquí, pues no volverá a verte. Huye mientras esta noche presente pueda concedértelo; y que Dios te la haga más larga. Pues sábete que, si te encuentra mi padre, perecerás». Y descolgándolo por una ventana lo salvó.
Luego, arreglando la cama como para un enfermo y poniendo bajo las mantas un hígado de cabra, al alba —cuando el padre envió a buscar a David— dijo a los enviados que había estado mal durante la noche, mostrándoles el lecho cubierto y, con el palpitar del hígado que sacudía la cobija, convenciéndolos de que el que yacía allí, David, jadeaba.
Cuando los enviados informaron que durante la noche se había puesto más débil, ordenó que lo trajesen tal como estaba; pues quería matarlo. Pero al llegar y descubrir el lecho y hallar el ardid de la mujer, se lo comunicaron al rey.
Reprochándole el padre que hubiese salvado a su enemigo y lo hubiese burlado con astucia, ella alega una excusa plausible: dijo que él, amenazándola con matarla, obtuvo del miedo su colaboración para escapar; por lo cual estaba bien perdonarla, ya que había sido por necesidad y no por elección. «Pues no creo —dijo— que buscases tanto que el enemigo muriera como que yo me salvara». Y Shaúl perdona a la muchacha.
David, escapado del peligro, llegó ante el profeta Shemuel a Ramá, y le reveló la asechanza del rey y cómo por poco muere alcanzado por él con la lanza, no habiendo sido malo en su trato con él ni cobarde en los combates contra los enemigos, sino en todo afortunado, junto con su arrojo. Y esto era la causa de la aversión de Shaúl hacia David.
Enterado el profeta de la injusticia del rey, deja la ciudad de Ramá y, llevando a David a cierto lugar llamado Galbuat, allí residía con él. Cuando se le comunicó a Shaúl que David se hallaba junto al profeta, enviando soldados les ordenó traérselo, apresándolo.
Pero ellos, llegando ante Shemuel y encontrando una asamblea de profetas, participan del espíritu divino y comenzaron a profetizar. Shaúl, al oírlo, envió a otros contra David; y padeciendo estos lo mismo que los primeros, mandó de nuevo a otros; y profetizando también los terceros, al fin, encolerizado, partió él en persona.
Cuando ya estaba cerca, Shemuel, antes de verlo, hizo que profetizase. Y Shaúl, al llegar a él, arrastrado por el mucho espíritu, se queda fuera de sí, y despojándose del vestido cayó por tierra y quedó tendido el día entero y la noche, mientras Shemuel y David lo miraban.
Yonatán, el hijo de Shaúl —cuando David vino a él desde allí y se lamentaba de la asechanza de su padre, diciendo que, sin haber cometido injusticia ni pecado, era buscado por su padre para ser asesinado—, le rogaba que no diese crédito ni a sus propias sospechas ni a los calumniadores, si es que hay algunos que hacen esto, sino que le prestase atención a él y tuviera valor; pues su padre nada semejante tramaba contra él, ya que se lo diría y lo tomaría por consejero, en decisión común, en todo cuanto hiciera.
David juraba que así era en verdad, y le pedía que, creyéndolo, cuidase de él, en vez de que, despreciando palabras verdaderas, las tuviera por ciertas solo cuando lo viera asesinado o lo oyera; y afirmaba que su padre nada le decía de estas cosas por conocer la amistad y el afecto que le tenía.
Apenado Yonatán de que, habiendo garantizado el propósito de Shaúl, no lograra convencerlo, le preguntó qué deseaba obtener de él. David dijo: «Sé que quieres complacerme en todo y darme cuanto pueda. Mañana es luna nueva, y tengo por costumbre cenar con el rey, sentado a la mesa;
»si te parece bien, saldré fuera de la ciudad y me quedaré oculto en la llanura, y tú, cuando él pregunte por mí, di que fui a mi patria, Bet-Léjem, porque mi tribu celebra una fiesta, añadiendo que tú me lo permitiste. Y si, como es natural y usual decir de los amigos que se ausentan, dice “ha ido por buen motivo”, sábete que no hay en él nada solapado ni hostil; pero si responde de otro modo, esto será prueba de lo que ha tramado contra mí.
»Me revelarás la intención de tu padre, concediéndomelo por compasión y por amistad, en razón de la cual tú mismo pediste recibir de mí garantías y dármelas, siendo mi señor. Y si hallas en mí algo perverso, mátame tú mismo y anticípate a tu padre».
Contrariado por lo último de sus palabras, Yonatán prometió hacerlo, y que, si su padre respondía algo sombrío que delatase su odio, se lo revelaría. Y para que tuviera más ánimo, sacándolo al aire libre y despejado, juró no omitir nada en favor de la salvación de David:
«Pues a este Dios —dijo— a quien ves inmenso y derramado por todas partes, y que aun antes de que yo exprese con palabras mi pensamiento ya lo conoce, lo pongo por testigo de mis pactos contigo: que no dejaré en paz a mi padre, tomando muchas veces prueba de su propósito, hasta averiguar cuál es y llegar a los secretos de su alma.
»Y una vez lo haya averiguado no te lo ocultaré, sino que te lo revelaré, esté suave o mal dispuesto. Bien sabe este Dios cómo ruego que él esté contigo por siempre; pues lo está ahora y no te abandonará, y te hará más fuerte que tus enemigos, sea mi padre, sea yo.
»Tú solo recuerda esto, y si me llegara a suceder morir, salva a mis hijos, y deposita en ellos la recompensa por lo que ahora hago». Habiendo hecho estos juramentos, despide a David diciéndole que fuera a cierto lugar de la llanura, en el que suele ejercitarse; pues, sabido lo que venía de su padre, dijo que iría allí con él, llevando solo a un criado.
«Y arrojando tres jabalinas al blanco, ordenaré al muchacho traerme las jabalinas, pues quedan delante de él. Y si oyes esto —dice—, sabe que no hay nada malo de parte de mi padre; pero si me oyes decir lo contrario de esto, espera también del rey lo contrario.
»De todos modos, obtendrás seguridad de mi parte y no sufrirás nada extraño; pero cuida de acordarte de esto en el tiempo de tu prosperidad, y sé útil a mis hijos». Así pues, David, recibidas de Yonatán estas garantías, se retiró al lugar convenido.
Al día siguiente —era luna nueva—, el rey, purificado como era su costumbre, vino a la cena, y sentados junto a él su hijo Yonatán a la derecha y Avner, el general en jefe, al otro lado, al ver vacío el asiento de David guardó silencio, sospechando que faltaba por no hallarse puro de trato conyugal.
Pero cuando tampoco el segundo día de la luna nueva se presentó, preguntó a su hijo Yonatán por qué, en el día pasado y en este, el hijo de Yishái había faltado a la cena y al banquete. Él dijo que había ido, conforme a lo acordado, a su propia patria, celebrando su tribu una fiesta, con su permiso; «y me invitó también a mí a ir al sacrificio, y, si se me consintiera —dice—, a partir; pues conoces mi afecto hacia él».
Entonces reconoció Yonatán la hostilidad de su padre hacia David y vio con claridad toda su intención; pues Shaúl no contuvo la ira, sino que, injuriándolo, lo llamó hijo de desertores y enemigo, y decía que era cómplice y colaborador de David, y que ni a él ni a su madre respetaba pensando así, y que ni siquiera quería convencerse de esto: de que, mientras David siga con vida, los asuntos del reino están en peligro para ellos. «Manda, pues, a buscarlo —dijo—, para que pague su culpa».
Al replicar Yonatán «¿de qué injusticia quieres castigarlo?», Shaúl ya no llevó su ira a palabras e injurias, sino que, agarrando la lanza, saltó sobre él queriendo matarlo. Y el hecho no lo llevó a cabo, impedido por sus amigos, pero se hizo manifiesto para su hijo que odiaba a David y ansiaba destruirlo, hasta el punto de que por poco, a causa de aquel, había llegado a ser asesino de su propio hijo.
Y entonces el hijo del rey, saltando de la cena e incapaz de probar bocado por la pena, llorando —por sí mismo, por haber estado a punto de perecer, y por David, por estar condenado a morir—, pasó la noche. Al amanecer sale delante de la ciudad, a la llanura, como para ejercitarse, pero para revelar a su amigo la disposición de su padre, según habían convenido.
Yonatán, cumpliendo lo pactado, despide a la ciudad al muchacho que lo seguía —y quedó vía libre para que David se le presentase a la vista y a la palabra—. Apareciendo este, cae ante los pies de Yonatán y, postrándose, lo llamaba salvador de su vida.
Él lo levanta del suelo, y abrazándose uno a otro se saludaron largamente y entre lágrimas, deplorando su juventud, la amistad que se les envidiaba y la separación inminente, que no les parecía en nada distinta de la muerte. A duras penas, recobrándose de los llantos y exhortándose mutuamente a recordar los juramentos, se separaron.
David, huyendo del rey y de la muerte que de él venía, llega a la ciudad de Nov, ante Ajimélej el sumo sacerdote, quien se asombró de verlo llegar solo, sin que lo acompañara amigo ni servidor alguno, y quiso averiguar la causa de que nadie estuviera con él.
Él dijo que el rey le había encomendado una tarea secreta, para la que, queriendo pasar inadvertido, no debía llevar comitiva; «a mis criados, sin embargo, les ordené acudir a este lugar». Pidió recibir provisiones, pues obraría como amigo si se las daba y le ayudaba en el asunto que traía entre manos.
Obtenido esto, pidió también algún arma para la mano, una espada o una lanza. Estaba presente también un siervo de Shaúl, sirio de nación, Doeg de nombre, que apacentaba las mulas del rey. El sumo sacerdote dijo que él no tenía nada de eso, pero que allí estaba la espada de Goliat, la cual, tras haber muerto al filisteo, David mismo había consagrado a Dios.
Tomándola David, huyó fuera del territorio de los hebreos a Gat, ciudad de los filisteos, sobre la que reinaba Ajish. Reconocido por los servidores del rey y hecho manifiesto ante él —pues aquellos denunciaron que era David, el que había matado a muchos millares de filisteos—, temiendo morir a manos de este y sufrir de aquel el mismo peligro que había escapado de Shaúl, finge locura y furia, con espuma corriéndole por la boca y todo lo demás que compone la demencia, para dar al rey de Gat crédito de la enfermedad.
Y el rey, irritado con sus servidores por haberle llevado un hombre fuera de juicio, ordenó echar a David cuanto antes.
Puesto a salvo desde Gat, llega a la tribu de Yehudá y, morando en una cueva junto a la ciudad de Adulam, envía a sus hermanos a revelarles dónde estaba. Ellos vinieron a él con toda la parentela; y de los demás, cuantos tenían necesidad o miedo del rey Shaúl afluyeron hacia él y decían estar dispuestos a hacer lo que le pareciese bien. Eran en total unos cuatrocientos.
Cobrando ánimo, como quien ya contaba con brazos y ayuda, partiendo de allí llega ante el rey de los moabitas, y le rogó que acogiera a sus padres en su propia tierra hasta que él supiera el desenlace de sus asuntos; y aquel, accediendo al favor, colmó de todo honor a los padres de David durante el tiempo que estuvieron con él.
Y él mismo —ordenándole el profeta abandonar el desierto y, marchando a la heredad de la tribu de Yehudá, vivir en ella— obedece, y llegado a la ciudad de Sarís permanecía en ella.
Shaúl, al oír que David había sido visto con una multitud, cayó en no pequeño alboroto y turbación, pues, conociendo el temple del hombre y su audacia, sospechó que de él no surgiría empresa pequeña, por la cual él ciertamente habría de llorar y penar.
Y convocando junto a sí a sus amigos, a los jefes y a la tribu de la que él mismo procedía, en la colina donde tenía el palacio, y sentado en Arura —era un lugar de honor—, con un orden ciudadano de guardias en torno suyo, les dice: «Hombres de mi tribu, os acordáis, lo sé, de mis beneficios: que a algunos os hice dueños de campos y os juzgué dignos de honores y rangos entre la multitud.
»Pregunto, pues, si esperáis del hijo de Yishái dádivas mayores y más numerosas que estas; porque sé que todos os habéis unido a él, habiéndolo así resuelto mi propio hijo Yonatán y habiéndoos persuadido de ello.
»Pues no ignoro los juramentos y los pactos que él ha hecho con David, ni que Yonatán es consejero y colaborador de los que se han conjurado contra mí, y que a ninguno de vosotros le importan estas cosas,
»sino que, callados, aguardáis a ver lo que resulte». Al callar el rey, ningún otro de los presentes respondió, salvo Doeg el sirio, el que apacentaba sus mulas, que dijo haber visto a David llegar a la ciudad de Nov, ante Ajimélej el sumo sacerdote, y aprender de este, que profetizaba, lo por venir, y recibir provisiones y la espada de Goliat, y ser escoltado con seguridad hacia quienes él quería.
Mandando llamar, pues, al sumo sacerdote y a toda su descendencia, Shaúl dijo: «¿Qué agravio terrible e ingrato has sufrido de mí, para que acogieras al hijo de Yishái y le dieras comida y armas, siendo él un conjurado contra mi reino? ¿Y por qué le consultaste sobre lo futuro? Pues seguro que no se te ocultaba que iba huyendo de mí y odiando mi casa».
El sumo sacerdote no se volvió a negar lo sucedido, sino que con franqueza confesó haberle proporcionado aquellas cosas, no por complacer a David, sino a él, Shaúl; pues dijo que no lo conocía como enemigo suyo, sino como un siervo fidelísimo entre todos, jefe de mil hombres y, mayor que esto, ya yerno y pariente.
«Y estas cosas los hombres no las prestan a los enemigos, sino a los mejores por su benevolencia y respeto hacia ellos. Y no le profeticé ahora por primera vez, sino que muchas otras veces lo había hecho; y al decir él que era enviado por ti con gran premura a una tarea, negándole lo que buscaba habría contradicho más bien a ti que a él en aquel punto.
»Por eso, no pienses nada perverso contra mí, ni, a partir de lo que ahora oyes que David emprende, sospeches de la benevolencia que entonces me pareció mostrarle; pues se lo di a un amigo, a tu yerno y jefe de mil hombres, no a un enemigo».
Diciendo esto, el sumo sacerdote no persuadió a Shaúl; pues terrible es el miedo, que no cree ni una defensa verdadera. Ordena a los soldados que lo rodeaban matarlo. Pero como aquellos no se atrevían a poner mano en el sumo sacerdote, y respetaban lo divino más que desobedecer al rey, encarga el crimen a Doeg el sirio.
Y aquel, tomando consigo a otros tan malvados como él, mata a Ajimélej y a su descendencia; eran en total unos trescientos cinco. Y Shaúl, enviando gente también a la ciudad de los sacerdotes, Nov, mató a todos, sin perdonar mujeres ni niños de pecho ni ninguna otra edad, y la incendió.
Se salva un solo hijo de Ajimélej, Evyatar de nombre. Esto, por lo demás, sucedió tal como Dios había profetizado al sumo sacerdote Elí, cuando dijo que, por las dos transgresiones de sus hijos, sus descendientes serían destruidos.
El rey Shaúl, tras haber ejecutado obra tan cruel y degollado una familia entera de dignidad sacerdotal, sin tomar ni piedad de los niños ni respeto de los ancianos, y tras arrasar además la ciudad —que lo divino había escogido allí como patria y nodriza de los sacerdotes y profetas, y designado como la única para engendrar tales hombres—, dio a todos motivo para aprender y comprender el modo de ser humano: que, mientras son gentes privadas y humildes, por no poder servirse de su naturaleza ni atreverse a cuanto quieren, son razonables y moderados, y persiguen solo la justicia, y hacia ella tienen entonces toda su benevolencia y empeño, y acerca de lo divino han creído que está presente en todo lo que sucede en la vida, y que no solo ve las obras que se ejecutan, sino que ya conoce con claridad los pensamientos de los que estas han de brotar; pero cuando llegan a la autoridad y al poder, entonces, despojándose de todo aquello y, como quien deja las máscaras en la escena, dejando a un lado sus caracteres y costumbres, toman en su lugar audacia, insensatez, desprecio de lo humano y de lo divino, y cuando más necesitan de la piedad y de la justicia —al haber llegado a lo más cerca de ser envidiados y a ser manifiestos a todos en cuanto piensen o hagan—, entonces, como si Dios ya no los viera o los temiera a causa de su autoridad, así atropellan desmesuradamente los asuntos.
Y todo aquello que, al oírlo, temen, o que, por antojo, odian, o que aman sin razón, les parece firme, seguro, verdadero y grato a los hombres y a Dios; pero del porvenir no tienen ni un solo pensamiento; y honran a los que mucho se afanaron, y tras honrarlos los envidian, y tras conducirlos a la eminencia no solo privan de esta a quienes la alcanzaron, sino que, por causa de ella, los privan también de la vida, con acusaciones perversas y —por lo excesivo de estas— inverosímiles; y castigan no por obras dignas de justicia, sino por calumnias y acusaciones no probadas, y no a cuantos debían padecerlo, sino a cuantos pueden matar.
Esto lo puso de manifiesto Shaúl, el hijo de Kish, el primero que reinó sobre los hebreos tras la aristocracia y el gobierno bajo los jueces, matando a trescientos sacerdotes y profetas por su sospecha contra Ajimélej, y arrasando además sobre ellos la ciudad y, en cierto modo, el santuario, empeñado en dejarlo desierto de sacerdotes y profetas: aniquilando a tantos, y no dejando subsistir ni siquiera su patria, para que después de aquellos surgieran otros.
Pero Evyatar, el hijo de Ajimélej, el único que de la estirpe de los sacerdotes muertos por Shaúl pudo huir, escapando junto a David, le reveló la desgracia de los suyos y el asesinato de su padre.
Él dijo que no ignoraba que esto les habría de suceder, por haber visto a Doeg; pues sospechó que el sumo sacerdote sería calumniado por él ante el rey, y se culpaba a sí mismo de aquella desdicha. Le rogaba que se quedase allí y pasara el tiempo con él, como quien en ningún otro lugar quedaría tan bien oculto.
Por este tiempo, David, al oír que los filisteos habían invadido la tierra de Keilá y la saqueaban, se ofrece a hacer campaña contra ellos, tras averiguar de Dios por medio del profeta si le concedía la victoria. Y diciendo este que se lo señalaba, se lanzó contra los filisteos con sus compañeros, hizo entre ellos gran matanza y arreó botín.
Y quedándose con los de Keilá hasta que hubieron recogido las eras y la cosecha, sin temor, es denunciado al rey Shaúl como que estaba entre ellos; pues la hazaña y el éxito no permanecieron con aquellos entre quienes se produjo, sino que la fama los llevó por doquier a oídos de los demás y a los del rey, dando testimonio a la vez del hecho y de quien lo había realizado.
Shaúl se alegra al oír que David estaba en Keilá, y diciendo «Dios lo ha puesto ya en mis manos, pues lo ha forzado a entrar en una ciudad con murallas, puertas y cerrojos», ordenó a todo el pueblo salir contra Keilá y, tras sitiarla y tomarla, matar a David.
Percatándose David de esto y sabiendo por Dios que, si permanecía con ellos, los de Keilá lo entregarían a Shaúl, tomando a los cuatrocientos partió de la ciudad al desierto que está por encima del lugar llamado Ein Guedi. Y el rey, al oír que había huido de manos de los de Keilá, cesó en su campaña contra él.
David, alzándose de allí, llega a cierto lugar llamado Kainé, en la región de Zif, adonde Yonatán, el hijo de Shaúl, saliéndole al encuentro y abrazándolo, lo exhortaba a tener valor y buenas esperanzas sobre lo por venir, y a no dejarse abatir por lo presente; pues reinaría y tendría bajo su mando todo el poder de los hebreos, y que tales cosas suelen alcanzarse con grandes fatigas.
Y de nuevo, haciendo juramentos de benevolencia y fidelidad mutua para toda la vida, y llamando a Dios por testigo —con las maldiciones que invocaba sobre sí mismo si transgredía lo pactado y se volvía a lo contrario—, lo deja allí, habiéndole aligerado un poco de sus cuitas y de su miedo, y él mismo regresa a los suyos.
Pero los de Zif, por complacer a Shaúl, le comunican que David residía entre ellos y afirmaron que se lo entregarían si iba contra él; pues, ocupados los desfiladeros de Zif, no le sería posible huir hacia otros.
El rey los elogió, declarándose agradecido por haberle denunciado a su enemigo, y prometiendo recompensarles su buena voluntad en breve, los envió a buscar a David y a rastrear el desierto, y respondió que él mismo los seguiría.
Los zifitas, pues, empujaban al rey a la caza y captura de David, ansiosos no solo de mostrarle su lealtad denunciando a su enemigo, sino de hacerla más patente entregándolo en su poder. Erraron, no obstante, en su injusto y perverso designio, pues ningún peligro habrían corrido por no revelar aquello a Shaúl; por adulación y por esperanza de ganancia calumniaron ante el rey a un varón amado de Dios, buscado contra toda justicia para darle muerte y capaz de pasar inadvertido, y prometieron entregarlo. Porque David, al conocer la maldad de los zifitas y la llegada del rey, abandona los desfiladeros de aquella comarca y huye hacia la gran peña que está en el desierto de Simón.
Hacia allí se lanzó Shaúl a perseguirlo; pues supo por el camino que David, retirado de los desfiladeros, había pasado al otro lado de la peña, y allá marchó. Pero cuando David estaba ya a punto de ser capturado, apartaron a Shaúl de la persecución los filisteos, de quienes se oyó que de nuevo habían hecho campaña contra la tierra de los hebreos —pues volvió contra ellos, juzgando más necesario rechazar a enemigos que lo eran por naturaleza que descuidar su propia tierra maltratada por afán de atrapar a un enemigo personal.
Así David, escapando por caso imprevisto del peligro, llega a los desfiladeros de En-Gedi; y a Shaúl, tras expulsar a los filisteos, vinieron algunos a anunciarle que David se hallaba en los términos de En-Gedi.
Tomando tres mil hoplitas escogidos, marchó apresurado contra él; y llegado no lejos de aquellos parajes, ve junto al camino una cueva profunda y honda, abierta en gran longitud y anchura, donde justamente David se había ocultado con cuatrocientos hombres. Apremiado por las necesidades naturales, entró en ella solo, y lo vio uno de los que estaban con David. Cuando el que lo había visto le dijo que tenía, de parte de Dios, ocasión de vengarse de su enemigo, y le aconsejó cortarle la cabeza a Shaúl y librarse así de tanto vagar y penalidad, David se levantó, cortó únicamente el borde del manto que Shaúl llevaba puesto, y al punto, arrepentido, dijo: «No es justo dar muerte al propio señor, ni a quien Dios ha juzgado digno del reino; pues aunque él sea perverso con nosotros, no debo yo serlo con él.»
Cuando Shaúl salió de la cueva, David avanzó y gritó, pidiendo que Shaúl lo escuchara. Vuelto el rey, se postró rostro en tierra ante él, según la costumbre, y dijo: «No debes, oh rey, prestar oídos a hombres malvados que forjan calumnias falsas, dándoles el crédito de creerles y albergando en cambio sospechas contra los más queridos; sino examinar por los hechos la disposición de cada uno. Pues la calumnia engaña, mientras que las obras son prueba clara de la lealtad; y la palabra, por su naturaleza, sirve para ambas cosas, verdadera y falsa, pero las obras ponen el pensamiento desnudo ante los ojos.»
«Reconoce, pues, por esto que estoy bien dispuesto hacia ti y hacia tu casa, y debes creerme a mí y no unirte a los que me acusan de cosas que jamás pasaron por mi mente ni pueden suceder, para perseguir mi vida y no tener otro cuidado, ni de día ni de noche, que mi muerte, que persigues injustamente.»
«¿Cómo, si no, has concebido de mí la falsa idea de que quiero matarte? ¿O cómo no ofendes a Dios, cuando un hombre que hoy podía vengarse y tomar de ti justicia no ha querido hacerlo ni ha aprovechado la ocasión —ocasión que, si a ti se te hubiera presentado contra mí, no la habrías dejado pasar, ansioso de acabar conmigo y teniéndome por enemigo?»
«Pues cuando corté el borde de tu manto, entonces también pude cortarte la cabeza.» Y mostrándole el jirón, le dio con qué creerlo al verlo. «Pero yo me abstuve de una venganza justa —dice—, y tú no te avergüenzas de alimentar contra mí un odio injusto. Que Dios juzgue esto y ponga a prueba el carácter de cada uno de nosotros.»
Shaúl, admirado por lo inesperado de su salvación y asombrado de la mesura y el natural del joven, prorrumpió en llanto; y como también David hiciera lo mismo, respondió que era él quien tenía justo motivo para gemir: «Pues tú —dice— has sido causa de bienes para mí, y yo, de desgracias para ti. Has mostrado hoy que posees la justicia de los antiguos, que ordenaban salvar a los enemigos cogidos en despoblado.»
«Estoy ahora convencido de que Dios te guarda el reino y te espera el dominio sobre todos los hebreos. Dame juramentos de fe de que no extinguirás mi linaje ni, por rencor contra mí, destruirás a mis descendientes, sino que conservarás y salvarás mi casa.» Habiendo jurado David como Shaúl le pedía, despidió a Shaúl a su propio reino, y él subió con los suyos al desfiladero de Masterón.
Por este mismo tiempo murió también el profeta Shemuel, varón que gozaba entre los hebreos de no pequeña honra; pues su virtud y el afecto del pueblo hacia él se manifestaron en el duelo que la gente guardó por largo tiempo, y en el celo y esmero con que atendieron a su sepultura y al cumplimiento de los ritos acostumbrados. Lo sepultaron en su patria, Armatá, y lo lloraron muchísimos días, no con dolor común, como por la muerte de un extraño, sino añorándolo cada uno como cosa propia y suya. Fue varón justo y bondadoso por naturaleza, y por ello muy amado de Dios. Gobernó y presidió al pueblo tras la muerte del sumo sacerdote Elí: solo, doce años, y con el rey Shaúl, dieciocho más. Y así llegó a su fin lo tocante a Shemuel.
Había entre los zifitas un hombre de la ciudad de Emán, rico y de muchos ganados: pacían para él un rebaño de tres mil ovejas y mil cabras. David ordenó a los suyos guardar aquel ganado indemne y sin daño, y no perjudicarlo ni por codicia, ni por necesidad, ni al amparo del despoblado y de poder pasar inadvertidos, sino poner por encima de todo esto el no hacer mal a nadie y tener por cosa terrible, y ofensiva a Dios, echar mano a lo ajeno. Esto les enseñaba creyendo hacer un favor a un hombre bueno y digno de tal cuidado. Pero Naval —que así se llamaba— era duro y perverso en su conducta, pues había hecho su vida a la manera de la escuela cínica, aunque le había tocado en suerte una mujer buena, sensata y de hermosa figura.
A este Naval, pues, en la temporada en que esquilaba las ovejas, envió David a diez de sus hombres, y por medio de ellos lo saluda y le desea seguir haciéndolo por muchos años; y le rogaba que le diera de lo que pudiese, sabiendo por los pastores que en nada los habían perjudicado, sino que habían sido guardianes de ellos y de los rebaños durante el mucho tiempo que llevaban en el desierto; y que no se arrepentiría de dar algo a David.
Cuando los enviados cumplieron su encargo ante Naval, este los recibió de modo muy inhumano y áspero; pues preguntándoles quién era David, y al oír que era el hijo de Yishái, dijo: «Ahora, por lo visto, tienen mucho orgullo de sí mismos los fugitivos, y se dan importancia los que han abandonado a sus señores.» Al referírselo, David se irrita, y ordenando que lo siguieran cuatrocientos hombres armados y dejando doscientos de guardia del bagaje —pues tenía ya seiscientos—, marchaba contra Naval, jurando que aquella misma noche aniquilaría su casa y toda su hacienda; pues no solo le pesaba que se hubiera mostrado ingrato con ellos, sin darles nada tras haberlo tratado ellos con mucha bondad, sino que además los había injuriado y maltratado de palabra sin haber recibido de ellos agravio alguno.
Pero uno de los siervos que guardaban los rebaños de Naval refirió a su señora —la mujer de aquel— que David había enviado gente a su marido y no había obtenido ninguna respuesta razonable, sino que hasta lo habían ultrajado con terribles insultos, a pesar de haber velado con todo cuidado por ellos y por la guarda de los rebaños; y que esto había sido para desgracia de su señor. Dicho esto, Avigáyil —pues así se llamaba— cargó los asnos, los llenó de toda clase de provisiones, y sin decir nada a su marido, que por la embriaguez estaba insensible, se puso en camino hacia David. Al bajar ella los desfiladeros del monte, le salió al encuentro David, que venía contra Naval con los cuatrocientos.
Al verlo, la mujer saltó del asno, cayó rostro en tierra y se postró, y le rogaba que no se acordara de las palabras de Naval —pues no ignoraba él que era semejante a su nombre, ya que Naval, en la lengua de los hebreos, significa «insensatez»—; y ella se disculpaba de no haber visto a los que él había enviado. «Por eso, perdóname —dice—, y da gracias a Dios, que te impide mancharte con sangre humana; pues, manteniéndote puro, Él mismo te vengará de los malvados. Y los males que aguardan a Naval, que caigan también sobre las cabezas de tus enemigos.»
«Séme benévolo, juzgándome digna de que recibas esto de mi mano, y depón, en honor mío, la ira y el enojo contra mi marido y su casa; pues conviene que seas manso y bondadoso, sobre todo estando destinado a reinar.»
Él, aceptando los dones, dijo: «Pero a ti, mujer, un Dios benévolo te ha traído hoy hasta nosotros; pues no habrías visto el día que viene, tras haber yo jurado esta noche destruir la casa de Naval y no dejar con vida a ninguno de vosotros, desde el hombre hasta la bestia, por haber sido él perverso e ingrato conmigo y con mis compañeros. Pero ahora te has adelantado a aplacar mi cólera, cuidando Dios de ti. Con todo, Naval, aunque por ti quede ahora libre del castigo, no escapará a la justicia: su propio carácter lo perderá, tomando otra ocasión.»
Dicho esto, despide a la mujer. Ella, al llegar a casa y hallar a su marido banqueteando con muchos y ya aturdido por el vino, no le declaró nada de lo ocurrido en aquel momento; pero al día siguiente, ya sereno él, se lo contó todo, y le causó tal quebranto que su cuerpo entero quedó paralizado y como muerto por aquellas palabras y por la pena que le dieron; y no sobreviviendo más de diez días, Naval acabó su vida.
Al oír David su muerte, decía que Dios lo había vengado como era debido: pues Naval había muerto por su propia maldad y pagado la pena, quedando limpia la mano de David; y comprendió también entonces que a los malvados los persigue Dios, que no descuida ninguna de las cosas humanas, sino que da a los buenos lo semejante y a los malvados les acarrea castigo veloz.
Y enviando David a la mujer para que conviviera con él y fuera su esposa, la llamó a su lado. Ella dijo a los presentes que no era digna ni de tocar los pies de aquel; con todo, vino con todo su séquito. Y se unió a él, alcanzando esta honra tanto por ser de carácter sensato y justo como, lográndolo también, por su belleza.
Tenía David antes otra mujer, con quien se había casado en la ciudad de Abisar; y a Mijal, la hija del rey Shaúl que había sido esposa de David, el padre la había unido a Falti, hijo de Lish, de la ciudad de Gétla.
Después de esto, vinieron algunos de los zifitas y anunciaron a Shaúl que David estaba de nuevo en su comarca, y que podían capturarlo si él quería colaborar. Y él marchaba contra él con tres mil hoplitas, y, caída la noche, acampó en un lugar llamado Tsiklag.
David, oyendo que Shaúl venía contra él, envió espías y les ordenó que le informaran hasta qué punto de la comarca había avanzado ya Shaúl. Cuando los de Tsiklag le dijeron que pasaba allí la noche, sin que lo advirtieran los suyos, se llegó al campamento de Shaúl llevando consigo a Avishái, hijo de su hermana Tseruyá, y a Avimélej el hitita.
Mientras Shaúl dormía, y en torno suyo yacían en círculo los hoplitas y el general Avner, David entró en el campamento del rey, y ni él mismo mató a Shaúl —tras reconocer su lecho por la lanza clavada junto a él—, ni permitió a Avishái, que quería matarlo y ya se había lanzado a ello; sino que, diciendo que era cosa terrible dar muerte al rey elegido por Dios aunque fuera perverso —pues con el tiempo le llegaría el castigo de parte de quien le había dado el poder—, contuvo su impulso.
Y como señal de que, pudiendo matarlo, se había abstenido, tomó su lanza y la vasija de agua que estaba junto a Shaúl, y, sin que ninguno de los del campamento lo advirtiera, pues todos dormían profundamente, salió, habiendo hecho sin miedo con la gente del rey todo cuanto la ocasión y su audacia le permitieron.
Cruzando el torrente y subiendo a la cima del monte, desde donde podía ser oído, gritó a los soldados de Shaúl y al general Avner, y lo despertó de su sueño, llamándolo a él y al pueblo. Cuando el general lo oyó y preguntó quién era el que lo llamaba, David dijo:
«Yo, el hijo de Yishái, vuestro fugitivo. Pero ¿cómo es que, siendo tú grande y teniendo el primer honor junto al rey, guardas tan descuidadamente el cuerpo de tu señor, y te es más dulce el sueño que su salvación y cuidado? Esto merece muerte y castigo, pues no os disteis cuenta de que hace poco entraron algunos en el campamento. Busca, pues, la lanza del rey y la vasija de agua, y sabrás qué gran mal os pasó inadvertido estando dentro.» Shaúl, reconociendo la voz de David y sabiendo que, habiéndolo tenido a su merced por el sueño y el descuido de los guardias, no lo había matado, sino que lo había perdonado cuando con justicia podía haberlo aniquilado, le decía que le agradecía su salvación, y lo exhortaba a retirarse a los suyos con ánimo y sin temer ya sufrir de él ningún mal; pues estaba convencido de que ni él mismo se amaba a sí tanto como era amado por aquel: por él, que expulsaba a quien podía protegerlo y le había dado tantas pruebas de lealtad, y lo había forzado a vivir tanto tiempo en el destierro y en angustias por su vida, privado de amigos y parientes; mientras que él no cesaba de ser salvado por David, ni de recibir la vida que a las claras estaba perdiendo.
David ordenó que enviara a recoger la lanza y la vasija de agua, añadiendo que Dios sería juez del carácter de cada uno y de lo obrado conforme a él; «Él, que sabe que también en el día de hoy, pudiendo matarte, me abstuve.»
Y Shaúl, escapado por segunda vez de las manos de David, se retiró a su palacio y a su casa. Pero David, temiendo ser capturado por Shaúl si permanecía allí, juzgó conveniente subir a tierra de los filisteos y morar en ella; y con los seiscientos que lo rodeaban, se llega a Ajish, rey de Gat, una de las cinco ciudades.
Habiéndolo acogido el rey con sus hombres y dádole morada, vivía en Gat teniendo consigo también a sus dos mujeres, Ajinóam y Avigáyil. Y a Shaúl, al oír esto, ya no le pareció razón enviar contra él ni ir en persona; pues dos veces ya había estado a punto de caer en peligro por su afán de capturarlo.
A David no le pareció bien quedarse en la ciudad de Gat, sino que rogó al rey de aquellos que, ya que lo había recibido con tanta bondad, le concediera también esto: darle algún lugar de la comarca para habitarlo; pues le daba reparo, viviendo en la ciudad, resultarle gravoso y molesto.
Ajish le da una aldea llamada Tsiklag, que David, ya rey, apreciando, honró como propiedad suya, y también sus hijos. Pero de esto trataremos en otra parte. El tiempo que David habitó en Tsiklag, en tierra de los filisteos, fue de cuatro meses y veinte días.
Atacando en secreto a los gesuritas y amalecitas, vecinos de los filisteos, saqueaba su tierra y regresaba llevando mucho botín de ganado y camellos; pues de las personas se abstenía, temiendo que lo denunciaran ante el rey Ajish; aunque le enviaba a él, como regalo, una parte del botín.
Cuando el rey le preguntaba a quiénes había atacado para llevarse el botín, decía que a los que están vueltos hacia el sur de los judíos y habitan en la llanura, y persuadía así a Ajish; pues este esperaba que David hubiese cobrado odio a su propio pueblo y que lo tendría por siervo todo el tiempo que viviera, quedándose en sus dominios.
Por este mismo tiempo, habiendo resuelto los filisteos hacer campaña contra los israelitas, y enviado mensajeros a todos sus aliados para que se les unieran en la guerra en Regán —de donde, una vez reunidos, iban a lanzarse contra los hebreos—, el rey de Gat, Ajish, ordenó a David que combatiera a su lado con sus propios hoplitas. Como este prometiera de buen grado y dijera que había llegado la ocasión en que le pagaría el favor y la hospitalidad, el rey le prometió hacerlo también guardián de su persona después de la victoria, si los combates contra los enemigos salían conforme a su deseo, acrecentando con la promesa de honor y confianza el ardor de David.
Ocurría que Shaúl, el rey de los hebreos, había expulsado del país a los adivinos, a los ventrílocuos y a todo arte semejante, salvo a los profetas. Al oír que los filisteos estaban ya presentes y acampados muy cerca de la ciudad de Shunem, en la llanura, se lanzó contra ellos con su ejército. Y llegado a un monte llamado Guilboa, plantó su campamento frente a los enemigos. Lo turbaba no poco la fuerza de los enemigos, muy numerosa y que se suponía superior a la propia, y consultaba a Dios por medio de los profetas sobre la batalla y sobre cuál sería su desenlace, para que se lo predijera.
Como Dios no le respondiera, Shaúl se atemorizó aún más y desfalleció en su ánimo, previendo el mal, como era natural, al no tener a su lado la mano de Dios. Ordena que le busquen alguna mujer de las ventrílocuas y de las que evocan las almas de los muertos, con la idea de conocer así hacia dónde iban a marchar sus asuntos; pues el linaje de los ventrílocuos, alzando por su medio las almas de los muertos, predice a quienes lo piden lo que ha de suceder. Cuando uno de sus servidores le indicó que había tal mujer en la ciudad de En-Dor, sin que lo advirtiera ninguno de los del campamento y despojándose de la vestidura real, tomó consigo a dos servidores que sabía muy fieles y fue a En-Dor, a casa de la mujer, y le rogaba que adivinara y le alzase el alma de quien él le dijera.
Como la mujer se resistía y decía que no despreciaría al rey, que había expulsado ese género de adivinos, y que él no obraba bien, cuando ella en nada lo había agraviado, tendiéndole una trampa para sorprenderla en lo prohibido y hacerla castigar, él le juró que nadie lo sabría ni llevaría a otro noticia de su adivinación, y que estaría fuera de peligro.
Cuando con sus juramentos la persuadió a no temer, le ordena que le alce el alma de Shemuel. Ella, sin saber quién era Shemuel, lo llama del Hades; y aparecido este, la mujer, al ver un varón venerable y de aspecto divino, se turba, y espantada por la visión, dice: «¿No eres tú el rey Shaúl?» —pues Shemuel se lo había revelado.
Al asentir él y preguntarle de dónde le venía su turbación, dijo que veía subir a alguien semejante a Dios en su forma. Y como él le mandara describir la imagen, el aspecto y la edad del que había aparecido, ella indicó que era ya un anciano ilustre, ceñido con un doble manto sacerdotal. Por esto reconoció el rey que era Shemuel, y cayendo en tierra lo saludó y se postró. Y como el alma de Shemuel le preguntara por qué la había perturbado y forzado a subir, se lamentaba de que los enemigos lo apremiaban con dureza, y de que él se hallaba sin recursos ante la situación, abandonado por Dios y sin obtener predicción alguna, ni por profetas ni por sueños; «y por eso me he refugiado en ti, para que veles por mí.»
Shemuel, viéndolo ya al término de su mudanza, dijo: «En vano quieres aún aprender de mí, cuando Dios te ha abandonado; escucha, con todo, que David ha de reinar y llevar a buen fin la guerra, y que tú perderás el reino y la vida, por haber desobedecido a Dios en la guerra contra los amalecitas y no haber guardado sus mandamientos, tal como te profeticé también en vida. Sabe, pues, que también el pueblo caerá en manos de los enemigos, y que tú mismo, con tus hijos, cayendo mañana en la batalla, estarás conmigo.»
Al oír esto Shaúl quedó sin voz por la pena, y derribado al suelo —fuera por el dolor que le sobrevino de lo revelado, fuera por la debilidad, pues no había tomado alimento el día y la noche anteriores—, yacía sin fuerzas como un cadáver.
Vuelto apenas en sí, la mujer lo forzó a probar bocado, pidiéndole ese favor a cambio de la arriesgada adivinación que, no siéndole lícito practicar por miedo a él —ignorando ella quién era—, con todo había afrontado y le había prestado. A cambio de ello le rogaba que le pusiera mesa y alimento, para que, recobrando fuerzas, se pusiera a salvo en el campamento de los suyos; y como él se resistía y estaba del todo apartado por el desaliento, ella lo obligó y lo persuadió.
Tenía la mujer un solo ternero, familiar y bien atendido y criado en su casa —como mujer trabajadora que era, y que solo en esa posesión hallaba descanso—; lo degolló, preparó la carne y la sirvió a los servidores de Shaúl y a él mismo. Y Shaúl, durante la noche, volvió al campamento.
Es justo alabar la generosidad de esta mujer: aunque el rey le había impedido ejercer el arte del que le habrían venido mejores y más abundantes medios para su casa, y aunque nunca antes lo había visto, no le guardó rencor por haber él condenado su ciencia, ni lo rechazó como a un extraño y a alguien con quien jamás había tenido trato, sino que compartió su pena, lo consoló, lo animó frente a aquello que tan mal lo tenía, y lo único que poseía —en su pobreza— se lo ofreció con largueza y afecto, sin corresponder a beneficio alguno recibido ni ir a la caza de un favor futuro —pues sabía que iba a morir—, siendo así que los hombres, por naturaleza, o bien se muestran generosos con quienes les han hecho algún bien, o bien cortejan de antemano a aquellos de quienes pueden sacar provecho.
Es, pues, hermoso imitar a esta mujer y hacer bien a todos los necesitados, y no juzgar que haya nada mejor ni más propio del género humano que esto, ni nada por lo que hayamos de tener a Dios benévolo y dispensador de bienes. Y basta con lo dicho acerca de la mujer.
Voy a hacer ahora un discurso provechoso para ciudades, pueblos y naciones, propio de los hombres buenos, por el cual todos serán movidos a perseguir la virtud y a anhelar una gloria y una memoria eterna; capaz de infundir en los reyes de las naciones y en los gobernantes de las ciudades un gran deseo y afán de las cosas bellas, de impulsarlos hacia los peligros y hacia la muerte por la patria, y de enseñarles a despreciar todo lo terrible.
Tengo para este discurso motivo en Shaúl, el rey de los hebreos; pues este, aunque sabía lo que iba a sucederle y la muerte que se le venía encima, predicha por el profeta, no decidió huir de ella ni, por apego a la vida, entregar a los suyos a los enemigos ni deshonrar la dignidad de la realeza; sino que, entregándose con toda su casa y con sus hijos a los peligros, tuvo por hermoso caer con ellos combatiendo por sus súbditos, y que sus hijos murieran siendo valientes antes que dejarlos con la incertidumbre de qué carácter llegarían a tener; pues tendría por sucesor y linaje la alabanza y una memoria que no envejece.
Este, pues, justo, valeroso y sensato, me parece a mí ser el único —y quienquiera que haya sido o llegue a ser así— digno de cosechar de todos el testimonio de su virtud. Pues a los que salen a la guerra con esperanzas, como quienes van a vencer y a volver sanos, y luego, tras realizar algo brillante, otros los llaman valientes en las historias y demás escritos, no me parece que obren bien; porque justo es también que aquellos alcancen aprobación; pero solo con razón podrían llamarse esforzados, de gran audacia y despreciadores de los peligros todos los que imitaron a Shaúl. Pues no ablandarse en la guerra sin saber lo que va a ocurrir, entregándose a un futuro incierto y bamboleándose en él, no es aún cosa noble, aunque acierten a realizar muchas hazañas; pero no esperar en el ánimo nada bueno, sino saber de antemano que hay que morir y sufrir eso combatiendo, y luego no temer ni espantarse ante lo terrible, sino marchar hacia ello conociéndolo de antemano: eso juzgo yo prueba de verdadero valor.
Esto, pues, hizo Shaúl, mostrando que todos los que ansían la buena fama después de la muerte deben obrar de modo que se la dejen a sí mismos, y sobre todo los reyes, a quienes, por la grandeza de su poder, no les es lícito ser malos con sus súbditos, ni siquiera moderadamente buenos.
Aún más que esto podría decir sobre Shaúl y su valor, pues el asunto me brinda materia; pero, para no parecer que uso sus elogios sin mesura, vuelvo de nuevo a aquello de lo que me desvié al entrar en ellos.
Acampados, pues, los filisteos, como antes dije, y contando su fuerza por naciones, reinos y satrapías, el último en desfilar fue el rey Ajish con su propio ejército, y David lo seguía con los seiscientos hoplitas.
Al verlo los generales de los filisteos, preguntaban al rey de dónde habían venido los hebreos y quién los había llamado. Él decía que era David, el que había huido de Shaúl, su señor, y que, habiendo acudido a él, lo había acogido; y que ahora, queriendo pagarle el favor y vengarse de Shaúl, combatía como aliado suyo.
Pero los generales le reprocharon haber acogido como aliado a un enemigo, y le aconsejaban despedirlo, no fuera que sin advertirlo causara por él un gran mal a sus amigos; «pues así le dará ocasión de reconciliarse con su señor tras hacer daño a nuestra fuerza.» Y por prever esto, le ordenaban despedirlo al lugar que le había dado para habitar, con los seiscientos hoplitas; «pues este es aquel David a quien cantan las doncellas por haber destruido a muchas miríadas de filisteos.» Oyendo esto el rey de Gat, y juzgando que estaba bien dicho, llamó a David y le dijo:
«Yo, por mi parte, doy testimonio de tu mucho celo y lealtad hacia mí, y por eso te traía como aliado; pero no les parece lo mismo a los generales. Vete, pues, mañana al lugar que te di, sin sospechar nada extraño, y guárdame allí la comarca, no sea que algunos de los enemigos irrumpan en ella. También esto es parte de la alianza.»
Y David, tal como le ordenó el rey de Gat, se fue a Tsiklag. En el tiempo en que había salido de ella para ayudar a los filisteos, el pueblo de los amalecitas, cayendo sobre Tsiklag, la tomó por la fuerza, y, tras incendiarla y coger mucho botín de ella misma y del resto de la tierra de los filisteos, se retiraron.
Hallando David Tsiklag devastada, todo saqueado y sus propias mujeres —pues eran dos— y las mujeres de sus compañeros, junto con los hijos, cautivas, se rasgó al punto la vestidura. Llorando y lamentándose con sus amigos, quedó tan postrado por los males que hasta le faltaron ya las lágrimas, y estuvo en peligro de morir apedreado por sus compañeros, doloridos por el cautiverio de sus mujeres e hijos; pues lo culpaban a él de lo ocurrido.
Reponiéndose de la pena y alzando el pensamiento hacia Dios, rogó al sumo sacerdote Evyatar que se vistiera la estola sacerdotal y consultara a Dios y profetizara si, persiguiendo a los amalecitas, le concedía alcanzarlos y salvar a las mujeres y a los hijos y vengarse de los enemigos.
Como el sumo sacerdote le ordenara perseguir, saltó fuera con los seiscientos hoplitas y siguió a los enemigos; y llegado a cierto torrente llamado Besor, y topando con un hombre errante, egipcio de raza, extenuado por la privación y el hambre —pues tres días había resistido vagando en ayunas por el despoblado—, lo reanimó primero con bebida y comida, y, tras reponerlo, le preguntó quién era y de dónde.
Este declaró que era egipcio de raza, y que había sido abandonado por su amo, al no poder seguirlo por enfermedad; y le reveló que era de los que habían incendiado y saqueado, entre otros lugares de Judea, también Tsiklag.
Sirviéndose David de él como guía contra los amalecitas y hallándolos tendidos por el suelo —unos almorzando, otros ya borrachos y sueltos por el vino, disfrutando del botín y de la presa—, cayendo de improviso hizo gran matanza de ellos; pues, estando desarmados y sin esperar nada semejante, sino todos vueltos a beber y banquetear, eran fáciles de vencer.
Y algunos de ellos, sorprendidos aún junto a las mesas puestas, eran muertos allí mismo, y la sangre arrastraba consigo sus viandas y su comida; a otros los mataba mientras se brindaban unos a otros con sus copas, y a algunos incluso caídos en sueño por el vino puro. Y a cuantos alcanzaron a ponerse las armaduras y plantársele enfrente, a esos los degollaban no menos fácilmente que a los desarmados que yacían.
Los de David continuaron ellos mismos matando desde la primera hora hasta la tarde, de modo que no quedaron con vida de los amalecitas más de cuatrocientos; y estos escaparon montando en camellos veloces. Recobró todo lo demás que sus enemigos les habían saqueado, y a sus propias mujeres y a las de sus compañeros.
Cuando, al regreso, llegaron al lugar donde habían dejado, junto al bagaje, a doscientos que no podían seguirlos, los cuatrocientos no querían repartir con ellos el resto del provecho y del botín, diciendo que, por no haberlos acompañado, sino haber flaqueado en la persecución, debían darse por contentos con recobrar a salvo a sus mujeres. Pero David declaró perversa e injusta esa opinión suya: pues, habiéndoles concedido Dios rechazar a los enemigos y recobrar todo lo suyo, era justo repartir el provecho por igual entre todos los que habían salido a campaña juntos, y esto siendo así que aquellos habían permanecido de guardia del bagaje.
Y desde entonces prevaleció entre ellos esta ley: que los que guardan el bagaje reciban lo mismo que los que combaten. Y estando ya en Tsiklag, David repartió porciones del botín a todos sus conocidos y amigos de la tribu de Yehudá. Y así ocurrió lo tocante al saqueo de Tsiklag y a la matanza de los amalecitas.
Trabados los filisteos en combate y librada una recia batalla, vencen los filisteos y matan a muchos de sus adversarios; pero Shaúl, el rey de los israelitas, y sus hijos, luchando valerosamente y empleando todo su ardor —como que en solo morir con honor y arrostrar con audacia el peligro frente a los enemigos tenían cifrada toda su gloria, pues nada más que esto les quedaba—, atraen sobre sí toda la falange de los enemigos, y, cercados, mueren tras derribar a muchos de los filisteos. Eran sus hijos Yonatán, Avinadav y Malki-Shúa. Caídos estos, se vuelve en fuga la multitud de los hebreos, y sobrevienen el desorden, la confusión y la matanza, echándoseles encima los enemigos.
Shaúl huye con lo más aguerrido de su gente en torno suyo, pero los palestinos lanzan contra él a todos sus arqueros y tiradores de jabalina, y pierde a los suyos salvo unos pocos. Él mismo peleó con brillantez y recibió tantas heridas que ya no podía resistir ni aguantar los golpes. Sin fuerzas para darse muerte, ordenó a su escudero que desenvainara su espada y lo atravesara con ella, antes de que los enemigos lo tomaran vivo.
Como el escudero no se atrevía a matar a su señor, Shaúl desenvainó la suya propia, la afirmó sobre la punta y se arrojó sobre ella. Pero no lograba ni sostenerse en pie ni clavarse el hierro apoyándose en él, de modo que se volvió; y al ver a un joven que estaba allí de pie le preguntó quién era, y al saber que era amalecita le rogó que empujara la espada por él, ya que con sus propias manos no era capaz de darse la muerte que quería.
El joven lo hizo, y despojándolo del oro que llevaba en el brazo y de la corona real, se marchó. Cuando el escudero vio muerto a Shaúl, se dio muerte a sí mismo. No sobrevivió ninguno de los guardias del rey, sino que todos cayeron en torno al llamado monte Guilboa.
Los hebreos que habitaban en el valle al otro lado del Yardén y los que tenían sus ciudades en la llanura, al oír que Shaúl había caído junto con sus hijos y que la multitud que estaba con él había perecido, abandonaron sus propias ciudades y huyeron a las más fortificadas. Y los palestinos, hallando desiertas las que habían quedado atrás, se instalaron en ellas.
Al día siguiente, mientras despojaban a los muertos de los enemigos, los palestinos dieron con los cuerpos de Shaúl y de sus hijos. Los despojaron, les cortaron las cabezas y enviaron mensajeros que pregonaran por todo el país que los enemigos habían caído. Sus armaduras las consagraron en el templo de Astarté, y sus cuerpos los colgaron de los muros de la ciudad de Bet-Sheán, que ahora se llama Escitópolis.
Pero cuando los que habitaban en la ciudad de Yavesh de Guilad oyeron que habían ultrajado el cadáver de Shaúl y los de sus hijos, teniendo por cosa terrible dejarlos así, sin sepultura, salieron los más valientes y de mayor arrojo —pues esa ciudad da hombres esforzados de cuerpo y de ánimo—, y marchando durante toda la noche llegaron a Bet-Sheán.
Acercándose al muro de los enemigos, descolgaron el cuerpo de Shaúl y los de sus hijos y los llevaron a Yavesh, sin que los enemigos se atrevieran a impedírselo, por el valor de aquellos hombres.
Los de Yavesh, llorando todos a una, sepultaron los cuerpos en el lugar más hermoso de la región, el llamado Arura, y guardaron duelo por ellos durante siete días, con sus mujeres e hijos, golpeándose el pecho y lamentando al rey y a sus hijos, sin probar alimento ni bebida.
Tal fue el fin que tuvo Shaúl, según lo había profetizado Shemuel, por haber desobedecido las órdenes de Dios acerca de los amalecitas y por haber exterminado a la familia de Ajimélej el sumo sacerdote, y a Ajimélej mismo, y a la ciudad de los sacerdotes. Reinó dieciocho años en vida de Shemuel, y veintidós después de su muerte. Así acabó Shaúl su vida.
Capítulo VII
Libro séptimo
Aquella batalla vino a darse el mismo día en que David, tras vencer a los amalecitas, regresaba a Tsiklag. Llevaba ya dos días en Tsiklag cuando, al tercero, llegó el hombre que había dado muerte a Shaúl, salvado de la batalla contra los filisteos, con las ropas desgarradas y la cabeza cubierta de ceniza. Se postró ante David, y al preguntarle este de dónde venía en tal estado, respondió que de la batalla de los israelitas. Le hizo saber que su desenlace había sido desgraciado: muchas decenas de miles de los hebreos habían caído, y con ellos también su rey, Shaúl, junto con sus hijos. Afirmaba conocer todo esto porque él mismo se había hallado presente en la derrota de los hebreos y había estado al lado del rey en su huida. Y confesaba que, cuando este iba a ser capturado por los enemigos, él mismo lo había matado a instancias suyas: pues Shaúl se había arrojado sobre su propia espada, y como por la gravedad de sus heridas estaba ya sin fuerzas para acabar consigo mismo, le pidió que lo rematara. Como prueba de la muerte, le mostraba el oro que el rey llevaba en los brazos y la corona, que había arrancado del cadáver de Shaúl para traérselos. David, ya sin poder dudar, viendo pruebas evidentes de la muerte de Shaúl, desgarró sus vestiduras y pasó el día entero llorando y lamentándose junto con sus compañeros.
Le hacía el dolor aún más amargo el pensar en Yonatán, el hijo de Shaúl, que había sido su amigo más fiel y el causante de su salvación. Tal virtud mostró David, y tal lealtad hacia Shaúl, que no solo llevó con pena su muerte —él, a quien tantas veces Shaúl había puesto en peligro de perder la vida—, sino que castigó también a quien lo había matado. Pues cuando aquel hombre le dijo que él mismo había dado muerte al rey, haciéndose así su propio acusador, y David supo que era de linaje de padre amalecita, ordenó que fuese ejecutado. Escribió además cantos fúnebres y elogios de duelo por Shaúl y Yonatán, que perduran hasta mi tiempo.
Después de haber honrado así al rey y de poner fin al luto, preguntó a Dios por medio del profeta qué ciudad de la tribu llamada de Yehudá le concedía para habitar. Al responderle Dios que le daba Jevrón, abandonó Tsiklag y se trasladó a aquella ciudad, llevando consigo a sus mujeres, que eran dos, y a los guerreros que lo acompañaban. Acudió a él todo el pueblo de la tribu mencionada y lo proclamó rey. Y al oír que los habitantes de Yavesh de Guilad habían dado sepultura a Shaúl y a sus hijos, envió mensajeros a alabarlos y a aprobar su obra, prometiendo recompensarlos por el celo mostrado hacia los muertos, y haciéndoles saber a la vez que la tribu de Yehudá lo había elegido rey.
Avner, hijo de Ner, jefe del ejército de Shaúl, hombre enérgico y de buena índole, cuando supo que habían caído el rey, Yonatán y los otros dos hijos, se apresuró al campamento, arrebató al hijo que quedaba con vida —se llamaba Ish-Bóshet— y lo pasó al otro lado del Yardén, proclamándolo rey de todo el pueblo salvo de la tribu de Yehudá. Estableció su residencia real en la ciudad llamada, en la lengua del país, Mánalis, y en la de los griegos, «los Campamentos». Desde allí se lanzó Avner con tropas escogidas, resuelto a enfrentarse con los de la tribu de Yehudá, pues estaba irritado con ellos por haber elegido rey a David. Le salió al encuentro, enviado por David, Yoav —hijo de Tseruyá, de padre Surí, nacido de la hermana de David y jefe de su ejército— junto con sus hermanos Avishái y Asael y todos los guerreros de David. Al topárselo en una fuente, en la ciudad de Guivón, se dispuso en orden de batalla.
Avner le dijo que quería saber cuál de los dos tenía soldados más valientes, y acordaron que se enfrentaran doce combatientes de cada bando. Avanzaron, pues, al espacio entre las dos formaciones los elegidos para la lucha por cada uno de los jefes, y tras arrojarse las lanzas unos a otros, desenvainaron los cuchillos, y agarrándose de la cabeza y sujetándose, se hirieron mutuamente en los costados y los flancos con las espadas, hasta que todos, como por concierto, perecieron. Caídos estos, chocaron también los dos ejércitos restantes, y tras una recia batalla fueron derrotados los de Avner. Yoav no dejó de perseguir a los que huían, sino que él mismo los acosaba exhortando a sus guerreros a seguirlos de cerca y a no cansarse de matar.
Los hermanos combatieron con ardor, y el más destacado de todos fue el más joven, Asael, célebre por la ligereza de sus pies: pues no solo vencía a los hombres, sino que, según cuentan, puesto a competir con un caballo lo dejaba atrás. Perseguía a Avner con ímpetu, y en su carrera recta no se desviaba ni a uno ni a otro lado. Avner se volvió e intentó frustrar su acometida con astucia: primero le dijo que dejara la persecución y tomara las armas de uno de sus soldados; y como no lograra persuadirlo de que lo hiciera, le aconsejó de nuevo que se contuviera y no lo persiguiera, no fuera que, si lo mataba, perdiera la buena relación con su hermano. Mas Asael no admitió sus palabras, sino que insistió en la persecución. Entonces Avner, huyendo tal como estaba, lo golpeó hacia atrás con la lanza en un punto mortal y lo mató en el acto.
Los que con él perseguían a Avner, al llegar al lugar donde yacía Asael, se detuvieron en torno al cadáver y ya no persiguieron a los enemigos. Pero el propio Yoav y su hermano Avishái pasaron de largo junto al cuerpo, y tomando por acicate para su mayor empeño contra Avner la ira por el muerto, con increíble rapidez y ardor lo persiguieron hasta cierto lugar que llaman Ómaton, cuando el sol se ponía ya. Avner subió a una colina que hay en aquel paraje, con la tribu de Binyamín, y observaba tanto a sus perseguidores como a los suyos. Alzó la voz y dijo que no convenía que hombres del mismo pueblo se enconaran en discordia y lucha; que también su hermano Asael había obrado mal, pues no le había hecho caso cuando le aconsejaba que no lo persiguiera, y por eso había muerto de un golpe. Yoav, comprendiéndolo y tomando aquellas palabras como una exhortación, hizo la señal con la trompeta para llamar a los soldados y detuvo la larga persecución.
Yoav acampó aquella noche en aquel lugar, mientras Avner, caminando toda la noche y atravesando el río Yardén, llegó junto a Ish-Bóshet, el hijo de Shaúl, a «los Campamentos». Al día siguiente Yoav contó todos los muertos y les dio sepultura. De los soldados de Avner cayeron unos trescientos sesenta; de los de David, diecinueve, y Asael, cuyo cuerpo llevaron de allí Yoav y Avishái a Bet-Léjem, y tras enterrarlo en el sepulcro de sus padres, se presentaron ante David en Jevrón. Desde aquel tiempo comenzó entre los hebreos una guerra civil que se prolongó largamente, haciéndose los de David cada vez más fuertes y saliendo mejor librados en los peligros, mientras que el hijo de Shaúl y sus súbditos iban a menos casi cada día.
Le nacieron a David por aquel entonces seis hijos, de otras tantas mujeres. El mayor, nacido de la madre Ajinóam, se llamó Amnón; el segundo, de la mujer Avigail, Daniel; al tercero, nacido de Maajá, hija de Talmái, rey de Guesur, le puso por nombre Avshalom; al cuarto lo llamó Adoniyahu, de la mujer Jaguit; al quinto, Shefatiá, de Avital; y al sexto lo nombró Yitream, de Eglá. Mientras duraba la guerra civil, con encuentros y batallas frecuentes por parte de ambos reyes, Avner, el jefe del ejército del hijo de Shaúl, hombre sagaz y muy querido por el pueblo, dispuso que todos permanecieran fieles a Ish-Bóshet; y durante bastante tiempo se mantuvieron de su parte.
Pero más tarde Avner cayó en falta y fue acusado de haberse unido a una concubina de Shaúl, llamada Ritspá, hija de Ayá. Reprendido por Ish-Bóshet, se dolió en extremo y se enfureció por no recibir de él trato justo cuando le prodigaba toda solicitud. Amenazó, pues, con pasar el reino a David, y con demostrarle que no reinaba sobre las tierras del otro lado del Yardén por su propia fuerza y prudencia, sino por la generalía y la lealtad de Avner. Y enviando mensajeros a Jevrón, ante David, pidió recibir juramentos y garantías de que lo tendría por compañero y amigo, una vez que persuadiera al pueblo de apartarse del hijo de Shaúl y lo proclamara a él rey de todo el país.
David hizo los pactos —pues se alegró de aquello que Avner le proponía por medio de sus embajadores—, y pidió como primera prueba de lo acordado que le devolviera a su mujer Mijal, comprada por él a costa de grandes peligros y de seiscientas cabezas de filisteos, que había llevado a su padre Shaúl como precio por ella. Se la envió Avner, arrancándola de Paltiel, con quien entonces convivía; y en esto colaboró también Ish-Bóshet, pues David le había escrito reclamando que se le devolviera con justicia a su mujer. Avner reunió a los ancianos del pueblo y a los capitanes y jefes de millares, y les habló, recordándoles que ellos mismos habían estado dispuestos a apartarse de Ish-Bóshet y unirse a David, y que él los había disuadido de ese impulso; que ahora, en cambio, les permitía ir por donde quisieran; pues sabía que Dios, por medio del profeta Shemuel, había elegido a David rey de todos los hebreos, y había predicho que sería él precisamente quien castigaría a los filisteos y, tras vencerlos, los sometería.
Al oír esto los ancianos y jefes, como coincidía con el parecer que ellos mismos tenían antes sobre los asuntos y con la opinión de Avner, se pasaron al bando de David. Persuadidos estos, Avner convocó a la tribu de Binyamín —pues todos los de ella eran guardias personales de Ish-Bóshet—, y tras hablarles del mismo modo, cuando vio que no se oponían, sino que se sumaban a lo que él quería, tomó consigo unos veinte de sus compañeros y fue a David para recibir en persona los juramentos —pues cuanto hace cada uno por sí mismo parece más digno de fe que lo realizado por medio de otro—, y además para informarle de lo que había hablado con los jefes y con toda la tribu. Lo acogió David con benevolencia y lo agasajó durante muchos días con mesa espléndida y suntuosa. Avner pidió entonces que se le dejara ir para traer al pueblo, a fin de que en presencia suya, viéndolo, le entregaran el poder.
Cuando David despidió a Avner, no había pasado mucho tiempo cuando llegó a Jevrón Yoav, su jefe de ejército. Al saber que Avner había estado con David y que poco antes se había marchado, tras pactos y acuerdos sobre el mando, temió que David lo pusiera en honor y en el primer rango, por haber de ser colaborador del reino y por ser hombre además hábil para juzgar los asuntos y aprovechar las ocasiones, mientras que él quedaría rebajado y sería apartado de la generalía; y tomó un camino malvado y perverso. Primero intentó calumniarlo ante el rey, aconsejándole que se guardara y no atendiera a lo que Avner pactaba, pues todo lo hacía para afianzar el mando del hijo de Shaúl; y que había venido a él con engaño y astucia, para marcharse con la esperanza que quería y con el plan de sus maquinaciones. Como no persuadiera a David con esto ni lo viera irritarse, se volvió a un camino más audaz: decidió matar a Avner y envió mensajeros a perseguirlo, a quienes ordenó, cuando lo alcanzaran, que lo llamaran en nombre de David, como si este tuviera algo que tratar con él sobre los asuntos que había olvidado decirle estando presente.
Cuando Avner oyó lo que le decían los mensajeros —que lo alcanzaron en cierto lugar llamado Beserá, a veinte estadios de Jevrón—, sin recelar nada de lo que iba a suceder, se volvió. Yoav le salió al encuentro junto a la puerta y lo saludó como si fuera el más benévolo y amigo —pues muchas veces, para no despertar sospecha de la trama, quienes emprenden acciones perversas fingen bien las maneras de los que de veras son buenos—. Lo apartó de los suyos como para hablarle en secreto y, llevándolo a la parte más solitaria de la puerta, estando solo con su hermano Avishái, desenvainó el cuchillo y lo hirió bajo el costado. Así murió Avner, víctima de esta emboscada de Yoav, según él decía por vengar a su hermano Asael, a quien Avner había matado al ser perseguido en la batalla de Guivón, pero en verdad por temor a su generalía y al honor que tenía junto al rey, no fuera que se los arrebataran a él y Avner recibiera de David el primer rango.
Por esto puede advertirse cuántas y cuán grandes cosas osan los hombres por codicia, por el poder y por no ceder a nadie en ello: pues, ansiando adquirirlos, los alcanzan a través de innumerables males, y, temerosos de perderlos, se aseguran su permanencia con actos mucho peores; como si no fuera cosa tan terrible procurarse tamaña magnitud de poder, cuanto lo es, una vez acostumbrado a sus bienes, perderlo después —siendo esto el colmo de la desgracia—. Por eso todos, cuando temen perder lo alcanzado, traman y osan actos más crueles. Mas sobre esto baste con lo dicho en pocas palabras.
David, al oír que Avner había sido asesinado, sintió dolor en el alma, y ante todos, alzando la diestra hacia Dios, protestó a voces que ni había sido cómplice de la muerte de Avner ni este había muerto por mandato o voluntad suya. Lanzó terribles maldiciones contra el que lo había matado, e hizo responsables de la pena por el muerto a toda su casa y a sus cómplices; pues le importaba no parecer haber obrado esto en contra de las garantías y los juramentos que había dado a Avner. Ordenó, además, a todo el pueblo que llorara y guardara luto por aquel hombre, y que honrara su cuerpo con los ritos acostumbrados, rasgándose las vestiduras y vistiendo cilicios, y que así fueran delante del féretro. Él mismo lo siguió, con los ancianos y los que ejercían el mando, golpeándose el pecho y mostrando con sus lágrimas tanto el afecto hacia el vivo como el dolor por el muerto, y que no había sido matado por decisión suya.
Tras enterrarlo en Jevrón con magnificencia y componer cantos fúnebres, él mismo, de pie junto al sepulcro, fue el primero en romper en llanto y luego dio ejemplo a los demás. Tanto le afligió la muerte de Avner que ni aun forzándolo sus compañeros quiso tomar alimento, sino que juró no probar nada hasta la puesta del sol. Esto le granjeó el favor del pueblo. Pues los que sentían afecto por Avner apreciaron mucho la honra que David le rindió muerto y el respeto de su lealtad, porque lo había juzgado digno de todos los ritos acostumbrados, como a pariente y amigo, y no lo había ultrajado, como a enemigo, con sepultura indigna y descuidada. Y todo el resto se alegraba, como ante un hombre bueno y de índole apacible, calculando cada uno que hallaría en el rey igual solicitud hacia sí, al ver la que había mostrado con el cadáver de Avner.
Por esto sobre todo se esmeraba David en procurarse, como es natural, buena fama: para que nadie sospechara que Avner había sido asesinado por él. Dijo también al pueblo que no era pequeño su dolor por la muerte de un hombre bueno, y que no era escaso el daño para los asuntos de los hebreos al verse privados de quien podía mantenerlos unidos y salvarlos con los mejores consejos y con la fuerza de sus brazos en las obras de la guerra. «Pero Dios —dijo—, a quien todo importa, no dejará esto sin castigo para nosotros. En cuanto a mí, sabéis que nada puedo hacer contra Yoav y Avishái, los hijos de Tseruyá, que tienen más poder que yo; mas la Divinidad les dará la paga por lo que han osado.» Y así llegó Avner al fin de su vida.
Al oír su muerte, el hijo de Shaúl, Ish-Bóshet, no la llevó con calma, privado de un hombre que era pariente suyo y que le había procurado el reino; antes bien sufrió en exceso, y la muerte de Avner lo llenó de dolor. Mas tampoco él sobrevivió mucho tiempo, sino que, víctima de una conjura de los hijos de Rimón —uno llamado Baaná y el otro Rejav—, fue muerto. Estos, siendo de linaje benjaminita y del primer rango, razonaron que, si mataban a Ish-Bóshet, obtendrían de David grandes recompensas, y que aquella obra les valdría la generalía o algún otro cargo de confianza junto a él. Al hallar a Ish-Bóshet solo, durmiendo la siesta, sin los guardias presentes ni la portera despierta —pues también ella, por la fatiga, por la labor que traía entre manos y por el calor, había caído en el sueño—, entraron en la alcoba donde dormía el hijo de Shaúl y lo mataron.
Cortándole la cabeza y haciendo el camino toda la noche y todo el día, como quienes huyen de los agraviados hacia el que había de recibir el favor y ofrecerles seguridad, llegaron a Jevrón. Mostrando a David la cabeza de Ish-Bóshet, se presentaban como bienintencionados y como quienes habían dado muerte a su enemigo y rival del reino. Pero él no acogió su obra como esperaban, sino que dijo: «¡Miserables, que al punto vais a sufrir castigo! ¿No sabéis cómo castigué al asesino de Shaúl, al que me trajo su corona de oro, y eso que le daba muerte por complacerlo, para que no lo capturaran los enemigos? ¿Acaso sospechasteis que yo había cambiado y ya no era el mismo, como para alegrarme con hombres malhechores y tener por favor vuestras acciones de matar a vuestro señor —habiendo dado muerte, en su propio lecho, a un hombre justo que a nadie había causado mal alguno, y que a vosotros os había tenido en mucha benevolencia y honra? Por ello pagaréis a él la pena, siendo castigados, y me daréis a mí satisfacción por haber creído que yo recibiría con gusto la muerte de Ish-Bóshet, al matarlo; pues no podíais agraviar más mi reputación que suponiendo tal cosa.» Dicho esto, tras infligirles todo tormento, los ejecutó; y la cabeza de Ish-Bóshet la sepultó en el sepulcro de Avner, con todos los honores.
Llegados los asuntos a tal desenlace, acudieron todos los principales del pueblo de los hebreos ante David, a Jevrón, con los jefes de millares y sus caudillos, y se le entregaron, recordándole la benevolencia que ya en vida de Shaúl le tenían y el honor con que no habían dejado de tratarlo cuando era jefe de mil; y le hacían presente que había sido elegido rey por Dios, por medio del profeta Shemuel, él y sus hijos, y que Dios le había dado la tierra de los hebreos para que la salvara venciendo a los filisteos. Él aceptó su buena disposición y, exhortándolos a mantenerse firmes —pues no tendrían de qué arrepentirse—, los festejó y los trató con afecto, y despidió al pueblo para que le trajeran a todos los suyos.
Se reunieron: de la tribu de Yehudá, unos seis mil ochocientos guerreros armados con escudo y lanza —estos habían permanecido con el hijo de Shaúl, pues sin ellos la tribu de Yehudá había proclamado rey a David—; de la tribu de Shimón, siete mil cien; de la de Leví, cuatro mil setecientos, con Yodam por jefe, y con ellos el sumo sacerdote Tsadok, con veintidós parientes suyos que eran jefes; de la tribu de Binyamín, cuatro mil guerreros —pues la tribu aún esperaba que reinara alguno del linaje de Shaúl—; de la tribu de Efráyim, veinte mil ochocientos de los más fuertes y sobresalientes en vigor; de la media tribu de Menashé, dieciocho mil de los más fuertes; de la tribu de Isajar, doscientos que conocían de antemano el porvenir, y veinte mil guerreros; de la tribu de Zevulún, cincuenta mil guerreros escogidos —pues solo esta tribu acudió entera a David—, todos con el mismo armamento que los de la tribu de Gad; de la tribu de Neftalí, mil hombres ilustres y caudillos, armados con escudo y lanza, seguidos de una tribu innumerable; de la tribu de Dan, veintisiete mil seiscientos hombres escogidos; de la tribu de Asher, cuarenta mil; de las dos tribus de más allá del Yardén y del resto de la tribu de Menashé, armados con escudo, lanza, casco y espada, ciento veinte mil; y las tribus restantes usaban espadas.
Toda esta multitud se reunió en Jevrón, ante David, con gran provisión de víveres, vino y todo lo necesario para el sustento, y con un solo parecer ratificaron que David reinase. Después de que el pueblo celebrara fiesta durante tres días y banqueteara en Jevrón, David, partiendo de allí con todos, llegó a Yerushaláyim.
Los yebuseos que habitaban la ciudad —son estos de linaje de los cananeos— le cerraron las puertas, y a los ciegos, a los cojos y a todos los lisiados los apostaron sobre la muralla en burla del rey, diciendo que los inválidos le impedirían entrar. Esto hacían por desprecio, confiados en la solidez de sus murallas. Irritado David, comenzó a asediar Yerushaláyim, y empleando gran empeño y ardor —para, tomándola, mostrar de inmediato su fuerza y sobrecoger a cuantos otros estuvieran dispuestos hacia él del mismo modo que aquellos—, tomó por asalto la ciudad baja. Quedando aún la ciudadela, el rey decidió disponer a sus soldados más animosos para la empresa con la promesa de honores y recompensas, y prometió que a quien subiera a la ciudadela por los barrancos que había debajo y la tomara le daría el mando de todo el ejército. Rivalizando todos por subir y no rehuyendo esfuerzo alguno por el deseo de la generalía, Yoav, hijo de Tseruyá, se adelantó a los demás, y una vez arriba gritó al rey reclamando el mando.
Tras expulsar a los yebuseos de la ciudadela, David reconstruyó Yerushaláyim y la llamó Ciudad de David, y en ella pasó todo el tiempo reinando. El tiempo durante el cual reinó solo sobre la tribu de Yehudá en Jevrón fue de siete años y seis meses. Habiendo establecido su capital en Yerushaláyim, sus asuntos iban siempre a mejor y más brillantes, pues Dios en su providencia los hacía prosperar y crecer. Le envió también mensajeros Jiram, rey de los tirios, y concertó con él amistad y alianza; y le mandó como regalos maderas de cedro y artesanos, carpinteros y albañiles, que le construyeron un palacio en Yerushaláyim. David tomó la ciudad alta y, uniéndole la ciudadela, hizo de ambas un solo cuerpo; y tras rodearla de muralla, puso a Yoav como encargado de las murallas.
Así que fue David el primero que, expulsando a los yebuseos de Yerushaláyim, dio a la ciudad su propio nombre; pues en tiempos de Avraham, nuestro antepasado, se llamaba Solyma, y después, según dicen algunos, también Homero la nombró así, Hierosolyma, pues en la lengua de los hebreos nombró como «hierón» a Solyma, que significa «seguridad». Todo el tiempo transcurrido desde la campaña de Yehoshúa, el caudillo, contra los cananeos, y la guerra en que, tras vencerlos, repartió esta tierra entre los hebreos —sin que ya los israelitas pudieran expulsar a los cananeos de Yerushaláyim hasta que David los venció por asedio—, fue de quinientos quince años.
Haré también mención de Aravná, hombre rico de entre los yebuseos, que no fue muerto por David en el asedio de Yerushaláyim, por la benevolencia que mostraba hacia los hebreos y por cierto favor y solicitud que tuvo con el rey mismo, lo cual señalaré un poco más adelante, en ocasión más oportuna. David tomó también otras mujeres, además de las que tenía, y tuvo concubinas. Engendró nueve hijos, a los que llamó Shamúa, Shovav, Natán, Shlomo, Yivjar, Elishúa, Nefeg, Yafía, Elishamá, Elyadá y Elifélet; y además una hija, Tamar. De estos, nueve nacieron de mujeres nobles, y los dos últimos que hemos nombrado, de las concubinas. Tamar era hermana de Avshalom por parte de madre.
Al saber los filisteos que David había sido proclamado rey por los hebreos, hicieron campaña contra él, sobre Yerushaláyim; y ocupando el valle llamado de los Gigantes —lugar no lejos de la ciudad—, acamparon en él. El rey de los judíos —pues nada emprendía sin profecía, sin el mandato de Dios y sin hacer de Él su garante respecto del porvenir— ordenó al sumo sacerdote que le predijera qué parecía a Dios y cuál sería el desenlace de la batalla. Como este profetizara victoria y triunfo, sacó su ejército contra los filisteos; y trabada la lucha, cayendo de improviso sobre los enemigos por la retaguardia, mató a unos y puso a otros en fuga.
Que nadie suponga que fue pequeño el ejército de los filisteos que vino contra los hebreos, conjeturando su lentitud y bajeza por la rapidez de la derrota y por no haber realizado ninguna hazaña noble ni digna de mención; sepa, al contrario, que toda Siria, Fenicia y, además de estas, otros muchos pueblos aguerridos hicieron con ellos la campaña y participaron en la guerra —lo cual era la única causa de que, tras ser vencidos tantas veces y perder muchas decenas de miles, acometieran a los hebreos con mayor fuerza cada vez—. En efecto, aun después de fracasar en aquellas batallas, un ejército tres veces mayor cayó sobre David y acampó en el mismo paraje. Preguntando de nuevo el rey de los israelitas a Dios sobre la salida a la batalla, profetizó el sumo sacerdote que mantuviera el ejército en los sotos llamados de los Llantos, no lejos del campamento enemigo, y que no se moviera ni comenzara la batalla antes de que los sotos se agitaran sin soplar el viento. Cuando los sotos se agitaron y llegó el momento que Dios le había anunciado, sin demora alguna salió a una victoria ya dispuesta y segura; pues no lo resistieron las falanges enemigas, sino que, vueltas en fuga desde el primer choque, las acosó matando. Los persiguió hasta la ciudad de Guézer, que es límite de su territorio, saqueó su campamento y, hallando en él mucha riqueza, destruyó sus dioses.
Habiendo tenido también esta batalla tal desenlace, David resolvió, tras deliberar con los ancianos, los caudillos y los jefes de millares, mandar llamar de todo el país, ante él, a los de su pueblo que estaban en la flor de la edad, y luego a los sacerdotes y leviim, para que fueran a Kiryat-Yearim y trasladaran de allí el Arca de Dios a Yerushaláyim, y para tenerla ya consigo y rendirle culto con sacrificios y los demás honores que agradan a la Divinidad; pues, si esto lo hubieran hecho ya en tiempos del reinado de Shaúl, no habrían sufrido ningún mal. Reunido, pues, todo el pueblo, tal como habían decidido, se dirigió el rey al Arca, que los sacerdotes sacaron de la casa de Aminadav y colocaron sobre un carro nuevo, encomendando tirar de él a los hermanos e hijos de este, junto con los bueyes.
Iba delante el rey y con él toda la multitud, cantando himnos a Dios y entonando toda clase de melodías del país, con variado son de instrumentos, danzas y salmos, y aun de trompeta y címbalos, mientras conducían el Arca hacia Yerushaláyim. Al llegar hasta la era de Kidón —un lugar así llamado—, murió Uzá por ira de Dios; pues cuando los bueyes hicieron inclinarse el Arca, él extendió la mano queriendo sostenerla, y por haberla tocado sin ser sacerdote, Dios lo hizo morir. El rey y el pueblo se afligieron por la muerte de Uzá, y el lugar donde murió se llama Rompimiento. David, temeroso y pensando que le sucedería lo mismo que a Uzá si recibía el Arca junto a sí en la ciudad —pues aquel, solo por haber extendido la mano hacia ella, había muerto así—, no la introdujo consigo en la ciudad, sino que, desviándola a cierta heredad de un hombre justo, de nombre Oved-Edom, levita de linaje, depositó allí el Arca. Permaneció allí tres meses enteros, y engrandeció la casa de Oved-Edom y le concedió muchos bienes.
Al oír el rey que esto le había sucedido a Oved-Edom, y que, de la pobreza y la humildad, se había vuelto de golpe próspero y envidiado por cuantos veían e indagaban acerca de su casa, cobró ánimo, seguro de que no experimentaría mal alguno, y trasladó el Arca junto a sí, llevándola los sacerdotes, precedidos de siete coros que el rey había dispuesto, tocando él mismo la lira y batiendo palmas, de modo que su mujer Mijal, hija de Shaúl, el primer rey, al verlo hacer esto, se burló. Introducida el Arca, la colocaron bajo la tienda que David le había levantado, y ofreció sacrificios de holocausto y de paz, y festejó a todo el pueblo, repartiendo a mujeres, hombres y niños una torta de pan, una porción cocida al horno, una hojaldra frita en sartén y una parte de la víctima. Y tras haber agasajado así al pueblo, lo despidió, y él mismo se retiró a su casa.
Su mujer Mijal, hija de Shaúl, se presentó ante él y, entre otros buenos deseos, pedía a Dios que le concediera cuanto le fuera posible otorgarle, siéndole propicio; pero le reprochó que se hubiera comportado sin decoro al danzar, siendo un rey tan grande, y al quedar desnudo por la danza ante siervos y esclavas. Él respondió que no se avergonzaba de haber hecho aquello en honor de lo que agrada a Dios, quien lo había honrado por encima de su padre y de todos los demás; que jugaba y danzaba a menudo, sin dar importancia a que pareciera vergonzoso a las esclavas ni a ella lo que hacía. Esta Mijal, que convivió con David, no tuvo hijos; pero casada más tarde con aquel a quien su padre Shaúl la entregó —y de quien luego David la arrancó para tenerla consigo— dio a luz cinco hijos. Sobre estos hablaremos en su lugar.
Viendo el rey que casi cada día sus asuntos iban a mejor por voluntad de Dios, pensaba que pecaba si él mismo habitaba en casas altas hechas de cedro y de bellísima factura, mientras dejaba el Arca yaciendo en una tienda. Quería, pues, edificar un Templo a Dios, como Moshé había dicho; y habiendo tratado de esto con el profeta Natán, cuando este le ordenó hacer cuanto se había propuesto, teniendo a Dios por colaborador presente en todo, se dispuso ya con mayor ardor a la construcción del Templo. Pero aquella misma noche se apareció Dios a Natán y le mandó decir a David que aceptaba su propósito y su deseo, ya que nadie antes había puesto en su mente edificarle un Templo, sino que él había concebido tal idea; mas que no le permitía, por haber librado muchas guerras y estar manchado con la sangre de sus enemigos, edificarle un Templo. Tras su muerte, sin embargo, cuando hubiera envejecido y cumplido larga vida, se levantaría el Templo por obra del hijo que había de sucederle en el reino, que se llamaría Shlomo, de quien Dios prometía cuidar y proveer como un padre a un hijo, conservando el reino para los descendientes de sus hijos y transmitiéndoselo, y castigándolo a él, si acaso pecara, con enfermedad y esterilidad de la tierra. Sabido esto por el profeta, David, lleno de gozo al conocer con certeza que el poder permanecería en sus descendientes y que su casa sería ilustre y célebre, se dirigió al Arca, Y postrándose sobre su rostro, comenzó a adorar y a dar gracias a Dios por todo: por lo que ya le había concedido —elevándolo de humilde pastor a tan alta grandeza de mando y de gloria— y por lo que había prometido a sus descendientes, la providencia que había dispuesto en favor de los hebreos y de su libertad. Dicho esto, y tras entonar un himno a Dios, se retira.
Dejando pasar poco tiempo, comprendió que debía marchar en campaña contra los filisteos y no permitir que nada quedara ocioso ni descuidado en los asuntos, para que —una vez sometidos los enemigos, tal como la divinidad le había predicho— dejara en adelante a sus descendientes reinando en paz.
Y convocando de nuevo al ejército y ordenándole estar pronto y preparado para la guerra, cuando le pareció que estaba en buen estado, partió de Yerushaláyim y marchó contra los filisteos.
Tras vencerlos en batalla y arrebatarles buena parte del territorio, que anexó al de los hebreos, trasladó la guerra contra los moabitas. A dos tercios de su ejército los aniquiló venciéndolos en combate, y al resto lo tomó cautivo.
Les impuso el pago de un tributo anual y marchó contra Hadad'ézer, hijo de Arao y rey de Sofene. Trabando combate con él junto al río Éufrates, le destruyó unos veinte mil infantes y unos cinco mil jinetes. Le tomó además mil carros; destruyó la mayoría de ellos y ordenó que solo cien se guardaran para sí.
Al enterarse Hadad, rey de Damasco y de los sirios, de que David hacía la guerra a Hadad'ézer —de quien era amigo—, acudió con un fuerte ejército para socorrerlo. Pero trabando combate junto al río Éufrates, no logró lo que esperaba: derrotado en la batalla, perdió a muchos de sus soldados, pues cayeron muertos a manos de los hebreos veinte mil hombres de las fuerzas de Hadad, y todos los demás huyeron.
Menciona también a este rey Nicolao, en el libro cuarto de sus Historias, con estas palabras: «Mucho tiempo después de aquello, uno de los naturales del país, de nombre Hadad, alcanzó gran poder y reinó sobre Damasco y sobre el resto de Siria, salvo Fenicia. Hizo la guerra a David, rey de Judea, y tras medir sus fuerzas en muchas batallas —la última junto al Éufrates, en la que fue derrotado—, pareció el más excelente de los reyes en fuerza y en valentía.»
Además de esto, dice también acerca de sus descendientes que, tras la muerte de aquel, se transmitían unos a otros el reino y el nombre, con estas palabras: «Muerto aquel, sus descendientes reinaron durante diez generaciones, recibiendo cada uno de su padre, junto con el poder, también el nombre, como los Tolomeos en Mitsraim.»
«Y el tercero de ellos, que fue el más poderoso de todos, queriendo desquitarse de la derrota de su antepasado, marchó en campaña contra los judíos y devastó la tierra que ahora se llama Shomrón.» Y no se apartó de la verdad, pues este es el Hadad que marchó contra Shomrón cuando Ajav reinaba sobre los israelitas, de quien hablaremos en su lugar.
David, por su parte, marchó contra Damasco y sometió toda la demás Siria; puso guarniciones en el territorio y les fijó el pago de tributos, y regresó. Las aljabas de oro y las armaduras completas que llevaban los guardias de Hadad, las consagró a Dios en Yerushaláyim; más tarde las tomó Shishak, rey de los egipcios, cuando marchó contra su nieto Rejavam, y se llevó de Yerushaláyim mucha otra riqueza —esto lo expondremos cuando lleguemos al lugar que le corresponde—. Y el rey de los hebreos, ayudándolo Dios y dándole el éxito en sus guerras, atacó también las más hermosas ciudades de Hadad'ézer, Bataia y Majón, y tomándolas por la fuerza las saqueó.
En ellas se halló muchísimo oro y plata, y también bronce, que decían mejor que el oro; con él Shlomo hizo el gran recipiente llamado el Mar, y aquellas hermosísimas pilas, cuando construyó el Templo para Dios.
Cuando el rey de Jamat se enteró de lo sucedido a Hadad'ézer y oyó que su ejército había sido destruido, temiendo por sí mismo y decidiendo ligarse a David con amistad y lealtad antes de que este marchara contra él, le envió a su hijo Hadoram, reconociéndose agradecido por haber combatido a Hadad'ézer, que le era enemigo, y estableciendo con él alianza y amistad.
Le envió también como regalos objetos de antigua labor, de oro, de plata y de bronce. David, habiendo hecho la alianza con Toí —pues tal era el nombre del rey de Jamat— y aceptado los regalos, despidió a su hijo con el honor que a ambos convenía. Y lo que este le había enviado, junto con el demás oro y plata que había tomado de las ciudades y de los pueblos sometidos, lo llevó y lo consagró a Dios.
Y no solo le concedía Dios vencer y triunfar cuando él mismo guerreaba y mandaba el ejército, sino que también, cuando envió a Idumea con un contingente a Avishái, hermano de Yoav el comandante en jefe, por medio de él dio la victoria sobre los idumeos, pues Avishái aniquiló a dieciocho mil de ellos en la batalla. Y el rey, ocupando toda Idumea con guarniciones, recibía de ellos tributos por el territorio y por cada persona.
Era además justo por naturaleza, y dictaba sus sentencias mirando a la verdad. Tenía por general de todo el ejército a Yoav; al frente de los registros puso a Yehoshafat, hijo de Ajilud; nombró sumo sacerdote, de la casa de Pinjás, a Tsadok, junto con Evyatar, pues era amigo suyo; hizo escriba a Sisán; a Benayahu, hijo de Yehoyadá, le entregó el mando de la guardia personal; y sus hijos mayores estaban en torno a su persona y a su custodia.
Se acordó también del pacto y los juramentos hechos con Yonatán, hijo de Shaúl, y de la amistad y el afecto que aquel le había mostrado; pues, entre todas las demás virtudes que tenía, era también el más agradecido de los hombres con quienes le habían hecho bien en el pasado.
Ordenó, pues, indagar si sobrevivía alguien de su linaje, a quien pudiera pagar la recompensa que debía a Yonatán por su amistad. Le llevaron a uno que había sido liberado por Shaúl y que podía conocer a los que quedaban de aquel linaje, y le preguntó si podía nombrar a algún pariente vivo de Yonatán capaz de recibir la retribución de los beneficios que él mismo había recibido de Yonatán.
Cuando aquel dijo que sobrevivía un hijo suyo, de nombre Mefivóshet, lisiado de los pies —pues, al anunciarse que el padre y el abuelo del niño habían caído en la batalla, su nodriza lo tomó en brazos y huyó, y al caérsele de los hombros quedó dañado de los pies—, David, sabiendo dónde y en casa de quién se criaba, envió a Majir, a la ciudad de Lo-Devar —pues en casa de este se criaba el hijo de Yonatán—, y lo mandó traer a su presencia.
Llegado Mefivóshet ante el rey, se postró sobre su rostro y lo adoró. David lo animó a tener confianza y a esperar cosas mejores; le dio la casa paterna y toda la hacienda que su abuelo Shaúl había poseído, y ordenó que fuera su comensal, que comiera a su mesa y que ningún día faltara a la vida en común con él.
Habiéndose postrado el joven por tales palabras y dádivas, David llamó a Tsivá y le dijo que había regalado al joven la casa paterna y toda la propiedad de Shaúl; le ordenó cultivar la tierra, ocuparse de todo y llevar la renta a Yerushaláyim, y conducir cada día a su mesa a él mismo. A Tsivá y a sus hijos —que eran quince— y a sus veinte siervos se los entregó al joven Mefivóshet.
Dispuesto esto por el rey, Tsivá se postró, prometió cumplirlo todo y se retiró. Y el hijo de Yonatán habitaba en Yerushaláyim, comiendo a la mesa del rey y recibiendo, como si fuera su hijo, toda clase de atenciones. Le nació también un hijo, al que llamó Mijá.
Los que sobrevivían del linaje de Shaúl y de Yonatán recibieron, pues, tales honores de parte de David. Por aquel tiempo murió Najash, rey de los amonitas, que era amigo suyo, y le sucedió en el reino su hijo Janún; David le envió mensajeros para consolarlo, exhortándolo a sobrellevar con serenidad la muerte de su padre y a esperar que se mantuviera con él la misma amistad que había habido con aquel.
Pero los príncipes de los amonitas recibieron esto con malicia, no al modo de David, e incitaron al rey diciéndole que David había enviado espías a explorar el país y sus fuerzas con el pretexto de la benevolencia; le aconsejaban ponerse en guardia y no prestar oído a sus palabras, no fuera a caer, engañado, en una desgracia sin remedio.
Pareciéndole, pues, al rey de los amonitas, Janún, que los príncipes hablaban con más verosimilitud que la verdad, ultrajó gravemente a los embajadores enviados por David: les rapó la mitad de la barba y les cortó la mitad de los vestidos, y así los despidió, llevando las respuestas en los hechos y no en palabras.
Al ver esto, el rey de los israelitas se indignó, y era evidente que no pasaría por alto el ultraje y la afrenta, sino que haría la guerra a los amonitas y exigiría al rey el castigo por su atropello contra los embajadores.
Comprendiendo los allegados y los jefes que habían violado el pacto y que debían pagar por ello, se prepararon de antemano para la guerra. Enviaron mensajeros al rey sirio de Mesopotamia con mil talentos, pidiéndole que fuera su aliado por esa paga, y también a Tsová; estos reyes tenían veinte mil infantes. Contrataron además al rey de la región llamada Maajá y, en cuarto lugar, a uno de nombre Ish-Tov, y estos tenían doce mil hombres de armas.
No se atemorizó David ni por la alianza ni por las fuerzas de los amonitas, sino que, confiado en Dios y en que iba a combatirlos con justicia por el ultraje recibido, dio a Yoav el comandante en jefe lo más aguerrido del ejército y lo envió contra ellos.
Este acampó junto a Rabá, la capital de los amonitas. Salieron los enemigos y se formaron, no en un solo cuerpo sino en dos: las tropas mercenarias se apostaron aparte en la llanura, mientras que el ejército de los amonitas se situó junto a las puertas, frente a los hebreos. Al ver esto, Yoav ideó una maniobra: escogió a los más valientes y los formó frente al sirio y a los reyes que estaban con él; el resto lo entregó a su hermano Avishái y le ordenó formar frente a los amonitas, diciéndole que, si veía a los sirios forzándolo y superándolo, trasladara la falange y acudiera en su ayuda, y que él haría lo mismo si lo veía a él abrumado por los amonitas.
Tras animar a su hermano y exhortarlo a luchar con brío y ardor, como corresponde a hombres que temen la deshonra, lo despidió para combatir a los amonitas, y él mismo se enfrentó a los sirios.
Y aunque estos resistieron con firmeza un poco, Yoav mató a muchos de ellos y a todos los obligó a darse a la fuga. Al ver esto los amonitas, y temiendo a Avishái y al ejército que estaba con él, no aguantaron, sino que, imitando a sus aliados, huyeron a la ciudad. Vencidos, pues, los enemigos, Yoav regresó brillantemente a Yerushaláyim, ante el rey.
Este descalabro no convenció a los amonitas de quedarse quietos, ni, conociendo a los que eran más fuertes, de mantenerse en paz; antes bien, enviaron mensajeros a Jalamán, rey de los sirios de más allá del Éufrates, y lo contrataron como aliado; tenía por comandante en jefe a Shovaj, y ochenta mil infantes y diez mil jinetes.
Al enterarse el rey de los hebreos de que los amonitas habían reunido de nuevo contra él tan gran fuerza, decidió no combatirlos ya por medio de generales, sino que él mismo, con todo el ejército, cruzó el río Yardén y, saliéndoles al encuentro, trabó combate y los venció. Aniquiló a unos cuarenta mil de sus infantes y a unos siete mil jinetes, e hirió también a Shovaj, el general de Jalamán, que murió de la herida.
Los mesopotámicos, tenido tal fin la batalla, se entregaron a David y le enviaron regalos. Y él, en la estación del invierno, regresó a Yerushaláyim; pero al comenzar la primavera envió al comandante en jefe Yoav a guerrear contra los amonitas. Este recorrió todo su territorio y lo devastó, y encerrándolos en su capital, Rabá, la puso sitio.
Le sobrevino también a David un grave tropiezo, siendo por naturaleza justo y piadoso y guardando con firmeza las leyes patrias. Pues, contemplando al caer la tarde desde la azotea del palacio —donde a aquella hora tenía por costumbre pasear— a una mujer que se bañaba con agua fría en su propia casa, de bellísima figura y superior a todas, de nombre Bat-Sheva, quedó vencido por la belleza de la mujer; y, no pudiendo dominar el deseo, se unió a ella.
Al quedar encinta la mujer, envió a decir al rey que buscara algún modo de ocultar el pecado, pues, según las leyes patrias, ella debía morir por haber cometido adulterio. El rey mandó llamar del asedio al escudero de Yoav —marido de la mujer, de nombre Uriyá— y, cuando llegó, le preguntó por el ejército y por el sitio.
Como este dijera que todo marchaba conforme a sus deseos, el rey tomó porciones de su cena y se las dio, y le ordenó que fuera a su casa a descansar con su mujer. Pero Uriyá no lo hizo, sino que durmió junto al rey con los demás escuderos.
Cuando el rey lo supo, le preguntó por qué no había ido a su casa ni a su mujer después de tanto tiempo, siendo esa la naturaleza de todos los hombres cuando vuelven de un viaje. Uriyá respondió que no era justo que, mientras sus compañeros de armas y su general dormían en el suelo, en el campamento y en tierra enemiga, él descansara y se regalara con su mujer.
Al decir esto, el rey le ordenó quedarse allí aquel día, con la intención de despedirlo al siguiente hacia el comandante en jefe. Invitado a cenar por el rey, Uriyá llegó hasta la embriaguez, pues en la bebida el rey lo agasajaba a propósito con brindis; y no por ello dejó de dormir de nuevo ante las puertas del rey, sin sentir ningún deseo de su mujer.
Irritado por esto, el rey escribió a Yoav ordenándole que castigara a Uriyá —le indicaba que había faltado— y, para que no quedara manifiesto que él lo había querido, le sugirió el modo del castigo: le ordenó apostarlo en la parte más peligrosa del frente enemigo, allí donde correría riesgo combatiendo, dejándolo solo; pues mandó que sus compañeros de fila se retiraran cuando arreciara la batalla. Escrito esto y sellada la carta con su propio sello, se la dio a Uriyá para que la llevara a Yoav.
Recibida la carta y leída la voluntad del rey, Yoav apostó a Uriyá en el lugar donde sabía que los enemigos se le harían más duros, dándole a algunos de los mejores del ejército; y dijo que él mismo acudiría en su ayuda con todas las fuerzas, si lograban derribar algo de la muralla y entrar en la ciudad.
Y como Uriyá era un soldado valeroso y gozaba de renombre por su valor ante el rey y ante todos sus compatriotas, le pidió que se alegrara de los grandes esfuerzos y no se enojara por ellos. Emprendiendo Uriyá la empresa con ardor, Yoav ordenó en privado a los que se formaban con él que lo abandonaran cuando vieran a los enemigos lanzarse.
Al atacar, pues, los hebreos la ciudad, los amonitas, temiendo que por aquel lugar donde estaba apostado Uriyá los enemigos se les adelantaran y subieran, pusieron al frente a sus más valientes y, abriendo la puerta, salieron de improviso contra los enemigos con ímpetu y a la carrera.
Al verlos, todos los que estaban con Uriyá se retiraron hacia atrás, tal como Yoav les había advertido; pero Uriyá, avergonzado de huir y abandonar su puesto, aguardó a los enemigos. Recibiendo su embestida, mató a no pocos; pero, cercado y sorprendido en medio, murió, y con él otros más, cayendo juntos varios.
Sucedidas así las cosas, Yoav envió mensajeros al rey, encargándoles decirle que se había apresurado a tomar pronto la ciudad, pero que, al atacar la muralla y perder a muchos hombres, se había visto obligado a retirarse; y que añadieran a esto, si lo veían irritado por ello, también la muerte de Uriyá.
Al oír el rey esto de labios de los mensajeros, se disgustó y dijo que habían obrado mal atacando la muralla, cuando debían haber intentado tomar la ciudad con minas y máquinas, teniendo además el ejemplo de Avimélej, hijo de Guidón —que, al querer tomar por la fuerza la torre de Tevets, alcanzado por la piedra de una anciana cayó, y con ser valentísimo murió vergonzosamente por lo arriesgado de la empresa—; recordando lo cual, no debían acercarse a la muralla de los enemigos; pues de todo lo hecho en la guerra, tanto lo bien logrado como lo que salió de otro modo con peligro, conviene conservar la memoria, para imitar unas cosas y guardarse de otras.
Pero cuando el mensajero le reveló también la muerte de Uriyá, cesó de su ira, y ordenó a Yoav que le dijera —al regresar aquel— que lo sucedido era propio de los hombres y que la guerra es de tal naturaleza que a veces el éxito favorece a un bando y a veces al otro; que en adelante, sin embargo, cuidara del asedio, para no sufrir ya ningún revés en él, sino que, tomándola con terraplenes y máquinas y sometiéndola, arrasara la ciudad y matara a todos los que en ella estaban. Y el mensajero se apresuró a llevar a Yoav lo ordenado por el rey.
La mujer de Uriyá, Bat-Sheva, al enterarse de la muerte de su marido, lo lloró durante muchos días; y, cesada su aflicción y las lágrimas por Uriyá, el rey al punto la tomó por mujer, y le nació de ella un hijo varón.
Este matrimonio no lo miró Dios con agrado, sino que, airado contra David, se apareció en sueños al profeta Natán y reprochó al rey. Natán, siendo hombre cortés y sensato, y considerando que los reyes, cuando caen en la ira, se dejan llevar por ella más que por la justicia, decidió callar las amenazas que venían de Dios, y le expuso otras palabras convenientes, invitándolo a pronunciarse de tal modo que el rey mismo dejara claro qué pensaba sobre cierto asunto. «Dos hombres —dijo— habitaban en una misma ciudad; uno era rico y tenía muchos rebaños de acémilas, de ganado menor y de bueyes; el pobre tenía una sola corderita.
»La criaba junto con sus hijos, compartiendo con ella el alimento y tratándola con el mismo cariño con que se trataría a una hija. Llegado un huésped al rico, este no quiso sacrificar nada de su propio ganado para agasajar al amigo, sino que mandó arrebatar la corderita del pobre, y, preparándola, dio de comer al huésped.»
Mucho apenó este relato al rey, y declaró ante Natán que aquel hombre que se había atrevido a tal cosa era un malvado, y que era justo que pagara cuádruple la corderita y que además fuera castigado con la muerte. Natán, tomando la palabra, le dijo que él mismo era el digno de sufrir eso, según su propio juicio, por haberse atrevido a una acción grande y terrible.
Y le descubrió y le puso al desnudo la ira de Dios, que lo había hecho rey de toda la fuerza de los hebreos y señor de todas las muchas y grandes naciones de alrededor, que además antes de eso lo había librado de las manos de Shaúl, y le había dado mujeres que había desposado justa y legalmente; y que, con todo, había sido despreciado y ofendido por él, que había tomado en matrimonio a la mujer ajena y había hecho matar a su marido, entregándolo a los enemigos.
Que pagaría, pues, por ello penas a Dios: que sus mujeres serían violadas por uno de sus hijos, que también él sería objeto de una conspiración por parte de aquel, y que, habiendo cometido este pecado a escondidas, sufriría el castigo por él en público; «y morirá también al instante el hijo tuyo nacido de ella.»
Turbado el rey por esto y bastante sobrecogido, diciendo entre lágrimas y dolor que había pecado —pues era, según reconocían todos, temeroso de Dios y en nada había faltado en toda su vida sino en lo tocante a la mujer de Uriyá—, Dios se apiadó y se reconcilió, prometiéndole conservarle la vida y el reino; pues, arrepintiéndose de lo sucedido, decía que ya no estaría airado con él. Y Natán, habiendo profetizado esto al rey, regresó a su casa.
Al hijo nacido a David de la mujer de Uriyá le envió la divinidad una grave enfermedad. Afligido por ella, el rey no probó alimento durante siete días, aunque los suyos lo forzaban; y, vestido de negro, se echó sobre un saco en el suelo, suplicando a Dios por la salvación del niño, pues amaba mucho a su madre.
Al séptimo día murió el niño; los servidores no se atrevían a anunciárselo al rey, temiendo que, al saberlo, se privara aún más del alimento y de todo cuidado, como quien ha perdido un hijo querido, ya que incluso estando enfermo el niño se maltrataba así de dolor.
Advirtiendo el rey que los servidores estaban turbados y padecían lo que suele ocurrir cuando se quiere ocultar algo, comprendió que el niño había muerto; y, dirigiéndose a uno de los servidores y sabida la verdad, se levantó, se lavó, tomó un vestido blanco y se presentó en el Mishkán.
Y ordenando que le sirvieran de comer, causó gran asombro por lo insólito a sus parientes y servidores, porque, no habiendo hecho nada de esto mientras el niño estaba enfermo, lo hacía todo una vez muerto. Le pidieron —rogándole primero que les permitiera preguntar— que les dijera la causa de lo sucedido.
Él, llamándolos ignorantes, les explicó que, mientras el niño vivía y tenía esperanza de su salvación, hacía todo lo debido, pensando que con ello haría propicio a Dios; pero, muerto ya, no había necesidad de un duelo vano. Al decir esto, alabaron la sabiduría y el buen juicio del rey. Y, uniéndose a su mujer Bat-Sheva, la dejó encinta; y, nacido un niño varón, lo llamó Shlomo, según lo había ordenado el profeta Natán.
Yoav, en el asedio, castigaba duramente a los amonitas, cortándoles el agua y el abasto de lo demás, de modo que padecían mucho por falta de bebida y de alimento; pues dependían de un pequeño pozo y de unas cisternas, y usaban de la fuente con moderación para que no se les agotara del todo.
Escribió, pues, al rey exponiéndole esto y exhortándolo a venir a la toma de la ciudad, para que a él mismo se le atribuyera la victoria. Escrito esto por Yoav, el rey, aprobando su buena voluntad y su lealtad, tomó consigo las fuerzas que tenía y llegó al asalto de Rabá; y, tomándola por la fuerza, dejó que los soldados la saquearan.
Él mismo tomó la corona del rey de los amonitas, que pesaba un talento de oro y llevaba en el centro una piedra preciosa de sardónice; y David la llevó siempre sobre su cabeza. Encontró en la ciudad muchos otros despojos espléndidos y valiosos; y a los hombres los hizo perecer entre tormentos. Lo mismo hizo con las demás ciudades de los amonitas, tomándolas por la fuerza.
Al regresar el rey a Yerushaláyim, un desastre cayó sobre su casa por la siguiente causa. Tenía una hija, virgen todavía y de hermosa figura, hasta superar a todas las mujeres más bellas, de nombre Tamar, hermana de Avshalom por parte de la misma madre.
Enamorado de ella Amnón, el mayor de los hijos de David, como no podía alcanzar su deseo ni por la virginidad de ella ni por su recato, se hallaba en penoso estado: el cuerpo se le consumía, devorándolo el dolor, y le cambiaba el color.
Se hizo evidente que padecía esto a un tal Yonatán, pariente y amigo suyo, hombre de los más sagaces y de agudo entendimiento. Viéndolo, pues, cada mañana con el cuerpo no según su natural, se le acercó y le rogó que le dijera la causa, aunque conjeturaba —dijo— que padecía de un deseo amoroso.
Confesando Amnón su pasión —que amaba a su hermana, siendo del mismo padre—, Yonatán le indicó un camino y una traza para alcanzar lo que ansiaba: le aconsejó fingir una enfermedad y, cuando su padre viniera a verlo, pedirle que le enviara a su hermana a servirlo; pues así se aliviaría y se libraría pronto de la enfermedad.
Echándose, pues, Amnón en la cama, fingió estar enfermo, según las indicaciones de Yonatán. Llegado el padre y preguntándole cómo se hallaba, le pidió que le enviara a su hermana; y él al punto ordenó que la trajeran. Cuando llegó, le mandó que le hiciera unas tortas fritas con sus propias manos, pues las tomaría con más gusto de manos de ella.
Ella, a la vista de su hermano, amasó la harina, formó unos bollos, los frió y se los ofreció; pero él entonces no los probó, sino que ordenó a los servidores que despidieran a todos de la habitación, pues quería descansar libre de bullicio y de ruido.
Cumplido lo ordenado, pidió a su hermana que le llevara la comida a la estancia interior; y, habiéndolo hecho la muchacha, la agarró e intentó persuadirla de que se uniera a él. Dando un grito, la joven dijo: «No; no me fuerces a esto ni cometas impiedad, hermano, transgrediendo las leyes y cubriéndote de terrible vergüenza. Cesa de este deseo tan injusto e inmundo, del que nuestra casa cosechará oprobio y mala fama.»
Y le aconsejaba que hablara de ello con su padre, pues aquel lo consentiría. Esto decía queriendo escapar de momento al ímpetu de su apetito. Pero él no se dejó persuadir, sino que, ardiendo de amor y aguijoneado por los estímulos de la pasión, forzó a su hermana.
Y al punto, tras el estupro, se apoderó de Amnón un odio, y, cubriéndola de injurias, le ordenó que se levantara y se fuera. Como ella replicara que aquel ultraje era aún peor —si, tras forzarla, ni siquiera le permitía quedarse hasta la noche, sino que le mandaba marchar al instante, en pleno día y a plena luz, para que se topara con testigos de su deshonra—, ordenó al servidor que la echara.
Ella, dolidísima por el ultraje y la violencia, rasgó su túnica —pues las vírgenes de los antiguos llevaban túnicas de mangas hasta los tobillos, para no ser vistas—, y, echándose ceniza sobre la cabeza, iba por medio de la ciudad gritando y lamentando la violencia.
Encontrándola su hermano Avshalom, le preguntó qué desgracia le había sobrevenido para estar así; y, habiéndole contado ella el ultraje, la consoló, exhortándola a callar y a sobrellevarlo con mesura, y a no considerarse ultrajada por haber sido forzada por un hermano. Persuadida, pues, cesó de gritar y de divulgar la violencia ante muchos, y permaneció mucho tiempo, en soledad, junto a su hermano Avshalom.
Sabido esto por su padre David, se afligió por lo ocurrido; pero, amando mucho a Amnón —pues era su hijo mayor—, se vio forzado a no apenarlo. Avshalom, en cambio, lo odiaba profundamente, y en secreto acechaba la ocasión propicia para vengar en él aquel pecado.
Había transcurrido ya el segundo año desde el ultraje contra su hermana, y, disponiéndose Avshalom a salir para el esquileo de sus propios rebaños en Baal-Jatsor —ciudad que está en la heredad de Efráyim—, invitó a su padre a ir con él, junto con sus hermanos, a un banquete.
Al excusarse el padre, para no serle gravoso, le pidió que enviara a sus hermanos. Habiéndolos enviado, ordenó a sus propios criados que, en cuanto vieran a Amnón vencido por la embriaguez y el sopor, a una señal suya lo mataran sin temer a nadie.
Cuando cumplieron lo ordenado, el espanto y la turbación se apoderaron de los hermanos, y, atemorizados, saltando sobre sus caballos, se lanzaron hacia el padre. Pero alguien se les adelantó y anunció al padre que todos habían sido asesinados por Avshalom.
Él, ante la pérdida de tantos hijos a la vez —y esto a manos de un hermano, lo que hacía el dolor más amargo aún que el hecho mismo de la muerte—, arrebatado por la pena, no indagó la causa ni aguardó a saber otra cosa, como era natural ante el anuncio de tan gran desgracia y por lo increíble de su exceso, sino que, rasgando su vestido y arrojándose al suelo, yacía llorando a todos sus hijos, tanto a los que se decía muertos como al que los había matado.
Pero Yonatán, hijo de su hermano Shimá, le rogó que aflojara algo en su dolor y que, respecto de los demás, no creyera que habían muerto —pues no hallaba motivo para suponerlo—, pero que sobre Amnón sí convenía indagar; pues era verosímil que, por el ultraje de Tamar, Avshalom se hubiera atrevido a darle muerte.
Entretanto, un ruido de caballos y el alboroto de algunos que se acercaban los hizo volverse: eran los hijos del rey que habían escapado del banquete. Su padre les salió al encuentro, dolorido, entre llantos, viendo contra toda esperanza a los que poco antes había oído que habían muerto.
De parte de todos había lágrimas y gemidos: de ellos, como por un hermano fallecido; del rey, como por un hijo degollado. Y Avshalom huyó a Gueshur, junto a su abuelo materno, que gobernaba aquella tierra, y permaneció con él tres años enteros.
Teniendo David el propósito de enviar por su hijo Avshalom —no para hacerlo bajar al castigo, sino para que estuviera con él, pues también la ira se le había calmado con el tiempo—, a esto lo impulsó más aún Yoav, el comandante en jefe.
Pues hizo que se le acercara una mujer ya entrada en años, en actitud de duelo, la cual decía que, habiéndose peleado en el campo sus hijos y llegado a la contienda, sin que apareciera nadie capaz de apaciguarlos, uno de ellos, herido por el otro, había muerto; y rogaba que, habiéndose lanzado los parientes contra el matador y buscando darle muerte, el rey le concediera la salvación de su hijo y no la privara de las últimas esperanzas de sostén para su vejez; que, impidiéndoselo, apartaría a los que querían matar a su hijo, pues nada los contendría en su empeño sino el temor de él.
Habiendo asentido el rey a lo que la mujer suplicaba, esta, tomando de nuevo la palabra ante él, dijo: «Gracias ya a tu bondad, que se ha apiadado de mi vejez y de mi casi orfandad de hijos; pero, para que me sea firme lo que viene de tu benevolencia, reconcíliate primero con tu propio hijo y depón la ira contra él.
»Pues ¿cómo podría yo persuadirme de que de veras me has concedido esta gracia, cuando tú mismo sigues hasta ahora enemistado con tu hijo por cosas semejantes?
»Y sería del todo insensato añadir voluntariamente otro hijo al que murió contra tu voluntad.» Comprendió el rey que la súplica era una añagaza urdida por Yoav y por su empeño; y, cuando, preguntando a la anciana, supo que así era la verdad, mandó llamar a Yoav y le dijo que había logrado su propósito conforme a su deseo, y le ordenó traer a Avshalom, pues ya no estaba airado con él, sino que había depuesto la ira y el enojo.
El propio Yoav, tras inclinarse ante el rey y agradecer sus palabras, partió al instante hacia Gueshur; recogió a Avshalom y regresó con él a Yerushaláyim.
El rey mandó recado por adelantado a su hijo —pues supo que había llegado— ordenándole retirarse a su propia casa: aún no estaba dispuesto a verlo apenas volviera. Y Avshalom, por mandato de su padre, se apartó de su vista y siguió viviendo atendido por los suyos.
Ni el pesar ni la falta de los cuidados propios de un hijo de rey habían dañado su belleza: seguía sobresaliendo y descollando en todo, tanto por su figura como por la altura de su cuerpo, y superaba incluso a quienes viven entre grandes lujos. Tan espesa era su cabellera que a duras penas la recortaba cada ocho días, y pesaba doscientos siclos —es decir, cinco minas.
Pasó dos años en Yerushaláyim; fue padre de tres varones y de una hija de hermosura extraordinaria, a la que más tarde tomó por esposa Rejavam, hijo de Shlomo, y de ella nació un niño llamado Aviyá.
El propio Avshalom envió recado a Yoav rogándole que apaciguara del todo a su padre y le suplicara que le permitiera presentarse ante él para verlo y saludarlo. Como Yoav lo descuidó, Avshalom mandó a algunos de los suyos y prendió fuego al campo que lindaba con el de Yoav. Este, al enterarse de lo ocurrido, fue a ver a Avshalom, se lo reprochó y le preguntó el motivo.
Avshalom respondió: «Ideé esta estratagema para hacerte venir, ya que descuidabas los encargos que te di para que reconciliaras a mi padre conmigo. Así pues, ahora que estás aquí, te ruego que me ablandes a quien me engendró; porque yo juzgo mi regreso más penoso que el destierro mientras mi padre siga enojado.»
Yoav, convencido y compadecido de su apuro, medió ante el rey; y al hablarle del muchacho lo dispuso tan gratamente que enseguida lo mandó llamar. Avshalom se arrojó al suelo y pidió perdón por sus culpas; David lo levantó y le prometió el olvido de todo lo sucedido.
Habiéndole salido así las cosas con su padre, Avshalom se procuró en muy poco tiempo muchos caballos y muchos carros, y a su alrededor había cincuenta hombres armados.
Cada mañana, muy temprano, se presentaba en el palacio; y, hablando con agrado a quienes acudían a los juicios y salían perdiendo —como si hubieran sido derrotados injustamente por no tener el rey buenos consejeros—, se granjeaba el favor de todos, diciendo que, si él tuviera esa potestad, les impartiría abundante justicia.
Con estas artes de demagogo, ya creía segura la benevolencia de la multitud. Cuatro años después de su reconciliación con el padre, se acercó a pedirle que le dejara ir a Jevrón para ofrecer un sacrificio a Dios, pues durante su huida lo había prometido. David accedió a la petición y Avshalom partió; y se le juntó un gran gentío, porque había mandado aviso a muchos.
Estaba presente también Ajitófel el guilonita, consejero de David, y unos doscientos hombres de la propia Yerushaláyim que ignoraban la conjura y habían sido convocados como para un sacrificio. Y por todos fue proclamado rey Avshalom, que había maquinado que así ocurriera.
Cuando esto se le comunicó a David y la noticia de su hijo le llegó cuando menos lo esperaba, sintió miedo y a la vez quedó asombrado ante su impiedad y su osadía —pues ni siquiera se acordaba del perdón de sus culpas, sino que se lanzaba a algo mucho peor y más criminal: una realeza que, en primer lugar, Dios no le había concedido y que, en segundo, buscaba despojar a quien lo había engendrado—; y resolvió huir al otro lado del Yardén.
Reunió a los más allegados de sus amigos, deliberó con ellos sobre la locura de su hijo y, encomendándolo todo a Dios como juez, dejó diez concubinas para custodiar el palacio y salió de Yerushaláyim. Con él partieron el resto de la multitud y los seiscientos soldados de a pie que ya habían compartido su primera huida, cuando vivía Shaúl.
A los sumos sacerdotes Evyatar y Tsadok, que estaban decididos a marchar con él, y a todos los leviim, los persuadió de quedarse con el arca, pues Dios lo salvaría aun sin trasladarla.
Les encargó que le informaran en secreto de cada cosa que ocurriese; y tuvo como fieles servidores para todo a los muchachos Ajimáats, hijo de Tsadok, y Yonatán, hijo de Evyatar. También Itái el gatita se lanzó a acompañarlo, forzando la voluntad de David —pues este intentaba convencerlo de que se quedara—, y precisamente por eso se mostró aún más leal.
Mientras subía descalzo por el monte de los Olivos, y todos los que iban con él lloraban, le anunciaron que también Ajitófel estaba con Avshalom y compartía su causa. Al oírlo, se le agravó el pesar, e invocó a Dios rogándole que apartara de Ajitófel el ánimo de Avshalom; pues temía que aquel hombre, sagaz y agudísimo para ver lo conveniente, lo convenciera con consejos contrarios a sus intereses.
Al llegar a la cima del monte, contempló la ciudad y, con muchas lágrimas, oró a Dios como quien ha caído de un reino. Salió a su encuentro un amigo suyo, fiel, llamado Jushái.
Viéndolo con la ropa rasgada y la cabeza cubierta de ceniza, lamentando el cambio de fortuna, David lo consoló y lo instó a dejar el duelo; y al fin le suplicó que fuera junto a Avshalom, fingiéndose de su bando, para conocer los secretos de su pensamiento y contrarrestar los consejos de Ajitófel: no lo ayudaría tanto acompañándolo como estando al lado de Avshalom. Convencido por David, se separó de él y marchó a Yerushaláyim; y poco después llegó también allí Avshalom.
Cuando David había avanzado un poco, salió a su encuentro Tsivá, el siervo de Mefivóshet —a quien había enviado a administrar los bienes que había regalado al hijo de Yonatán, el hijo de Shaúl—, con un par de asnos cargados de provisiones, de las que le dijo que tomara cuanto necesitasen él y los suyos.
Al preguntarle David dónde había dejado a Mefivóshet, respondió que en Yerushaláyim, esperando ser elegido rey a causa de la presente agitación, en recuerdo de los favores que Shaúl les había hecho. Indignado por esto, David concedió a Tsivá todo cuanto había cedido a Mefivóshet, convencido de que él lo merecía con mucha mayor justicia que el otro; y Tsivá quedó rebosante de alegría.
Al llegar David a un lugar llamado Jorán, salió contra él un pariente de Shaúl, de nombre Shimí, hijo de Guerá, que le arrojaba piedras y lo injuriaba. Y aunque sus amigos lo rodeaban y lo protegían, Shimí seguía blasfemando más y más, llamándolo hombre sanguinario y autor de muchos males.
Le mandaba además salir del país como maldito y execrable, y daba gracias a Dios por haberle quitado el reino y por cobrarle, mediante su propio hijo, el castigo de los agravios que había cometido contra su señor. Todos se irritaron contra él de rabia —y sobre todo Avishái, que quería matar a Shimí—, pero David contuvo su cólera:
«No añadamos —dijo— a los males presentes otro motivo aún más reciente de desgracia. No es respeto ni cuidado alguno lo que me inspira este perro que ladra rabioso contra mí: cedo ante Dios, por cuya causa este hombre ha perdido el juicio contra nosotros. Y nada tiene de extraño que padezca esto de su parte, cuando lo he sufrido incluso de un hijo impío. Pero tendremos alguna compasión de parte de Dios, y venceremos a nuestros enemigos si Él lo quiere.»
Así continuó su camino sin hacer caso de Shimí, que corría por la otra ladera del monte lanzándole toda clase de injurias. Al llegar al Yardén, dejó descansar a los suyos, que estaban allí rendidos.
Cuando Avshalom y su consejero Ajitófel llegaron a Yerushaláyim con todo el pueblo, también acudió a ellos Jushái, el amigo de David, y, postrándose ante Avshalom, le deseó que su reino durara para siempre y perviviera por todos los tiempos. Avshalom le dijo: ¿cómo, siendo de los más íntimos amigos de su padre y teniendo fama de fiel en todo, no estaba ahora con él, sino que lo había abandonado para pasarse a su bando? Y Jushái respondió con destreza y prudencia: dijo que había que seguir a Dios y a toda la multitud. «Puesto que ellos están contigo, señor, con razón te sigo yo también; pues has recibido el reino de manos de Dios. Y la misma lealtad y la misma buena voluntad que —bien lo sabes— presté a tu padre, esa mostraré yo, si se me tiene por amigo de confianza. Nada hay por qué disgustarse de la situación presente: el reino no ha pasado a otra casa, sino que ha permanecido en la misma al recibirlo el hijo.»
Con estas palabras lo convenció, pues lo tenía por sospechoso. Luego llamó a Ajitófel y le consultó qué debía hacer. Este le aconsejó unirse a las concubinas de su padre: de ese modo, dijo, el pueblo comprendería, convencido de que la enemistad con él era irreconciliable, y se sumaría con mucho ardor a la campaña contra el padre; pues hasta entonces temían declararse abiertamente enemigos, esperando que ambos os reconciliarais.
Convencido del consejo, mandó a sus criados que le levantaran una tienda sobre el palacio, a la vista de la multitud, y allí entró y se unió a las concubinas de su padre. Esto sucedió conforme a la profecía de Natán, quien, anunciándole a David la agresión que le vendría de su hijo, así lo había predicho.
Tras hacer lo que Ajitófel le había aconsejado, Avshalom le pidió que lo asesorase por segunda vez acerca de la guerra contra su padre. Ajitófel le pidió diez mil hombres escogidos y le prometió que mataría a su padre y traería vivos a los que lo acompañaban, y le aseguró que el reino quedaría entonces afianzado, muerto ya David; complacido con la idea, Avshalom mandó llamar también a Jushái, el amigo principal de David —así lo llamaba este—; y, exponiéndole el parecer de Ajitófel, le preguntó qué opinaba él al respecto. Jushái, dándose cuenta de que, si se hacía lo que Ajitófel aconsejaba, David correría peligro de ser apresado y muerto, procuró presentar un parecer contrario:
«No ignoras, oh rey —dijo—, el valor de tu padre y de los que están con él: ha librado muchas guerras y siempre ha salido vencedor de sus enemigos. Y ahora es probable que se mantenga en un campamento, pues es hábil como el que más para mandar tropas y para prever las emboscadas de los enemigos que se acercan.
Pero al caer la tarde dejará a los suyos y se ocultará en alguno de los barrancos, o tenderá una emboscada junto a una roca. Y cuando nuestras tropas traben combate, los de él se retirarán un poco; luego, cobrando ánimo al saber a su rey cerca, plantarán cara; y mientras estos luchan, el padre, apareciendo de repente, infundirá coraje ante el peligro a los suyos y sembrará el espanto entre los tuyos.
Sopesa, pues, también mi consejo en tu reflexión y, reconociéndolo como el mejor, descarta el parecer de Ajitófel. Manda por toda la tierra de los hebreos y convócalos a la campaña contra tu padre; toma tú mismo el mando del ejército, sé el general de la guerra y no confíes este cargo a otro.
Cuenta con vencerlo fácilmente, si lo sorprendes en campo abierto con pocos hombres mientras tú dispones de muchas decenas de millares deseosos de mostrarte su empeño y su fervor. Y si el padre se encierra a resistir un asedio, con máquinas y galerías subterráneas derribaremos aquella ciudad.»
Con estas palabras logró más crédito que Ajitófel, pues Avshalom prefirió su parecer al de aquel. Mas fue Dios quien inspiró en la mente de Avshalom que el consejo de Jushái pareciera el mejor.
Corriendo a ver a los sumos sacerdotes Tsadok y Evyatar, les expuso tanto el parecer de Ajitófel como el suyo, y que se había decidido hacer lo que él aconsejaba; y les mandó que enviaran aviso a David, le revelaran lo deliberado y le encarecieran que cruzara pronto el Yardén, no fuera que el hijo se arrepintiese, se lanzara a perseguirlo y lo alcanzara antes de ponerse a salvo.
Los sumos sacerdotes tenían adrede a sus hijos escondidos fuera de la ciudad, para llevar a David cuanto sucediera; enviaron, pues, a una criada de confianza que les comunicase lo que Avshalom había resuelto, y les ordenaron transmitirlo a David con toda prisa.
Ellos no lo aplazaron ni un instante, sino que, recibidas las órdenes de sus padres, se hicieron servidores piadosos y fieles a la vez; y, juzgando que lo mejor era la rapidez y prontitud del servicio, se apresuraron a reunirse con David.
Cuando estaban a dos estadios de la ciudad, unos jinetes los vieron y los delataron ante Avshalom, que al punto mandó gente a prenderlos. Al advertirlo, los hijos de los sumos sacerdotes se desviaron del camino y se metieron enseguida en una aldea cercana a Yerushaláyim —Bajurim era el nombre de aquel lugar— y pidieron a una mujer que los escondiera y les diera seguridad.
Ella descolgó a los jóvenes a un pozo y cubrió la boca con vellones de lana; y, cuando llegaron los perseguidores y le preguntaron por ellos, si los había visto, no negó haberlos visto —pues habían bebido en su casa y se habían vuelto a marchar—, y les vaticinó que, si perseguían con brío, los alcanzarían. Mas, tras perseguirlos largo trecho sin darles caza, se volvieron atrás.
Cuando la mujer los vio retirarse y comprendió que ya no había peligro de captura para los jóvenes por parte de aquellos, los sacó y los animó a proseguir el camino que tenían por delante. Con mucho empeño y rapidez en la marcha, llegaron ante David y le expusieron con exactitud todo lo que Avshalom había resuelto. Él ordenó a los suyos cruzar el Yardén, aunque ya era de noche, y no vacilar por ello.
Ajitófel, viendo desestimado su parecer, montó en su cabalgadura y partió a Guiló, su patria; y, reuniendo a toda su familia, les refirió lo que había aconsejado a Avshalom, y que, al no haber sido escuchado, era evidente que no tardaría en morir; en cambio, David vencería y recobraría el reino.
Por eso —dijo— más valía quitarse la vida con libertad y grandeza de ánimo que entregarse al castigo de David, contra quien todo lo había tramado junto a Avshalom. Dicho esto, se retiró al rincón más apartado de la casa y se ahorcó. Así Ajitófel se convirtió en juez de su propia muerte; y sus allegados lo descolgaron de la soga y le dieron sepultura.
David, tras cruzar el Yardén como antes dijimos, llegó a Majanáyim, ciudad hermosísima y muy bien fortificada; y todos los principales de aquella región lo acogieron con la mayor alegría, tanto por respeto ante su presente huida como en honor de su antigua prosperidad. Eran estos Barzilái el guiladita, Sifar, señor del país de los amonitas, y Majir, el principal de la tierra de Guilad.
Estos les proporcionaron a él y a los suyos toda abundancia de provisiones, de suerte que no faltaron camas dispuestas, ni pan, ni vino; es más, les surtieron de reses en abundancia y, a hombres ya extenuados, les brindaron cuanto convenía para el descanso y el sustento.
En esto se hallaban. Avshalom, tras reunir un gran ejército de los hebreos contra su padre y cruzar el río Yardén, acampó no lejos de Majanáyim, en el país de los guiladitas; y puso como general de toda la tropa a Amasá, en el puesto de su pariente Yoav. El padre de Amasá era Yitrá y su madre Avigáyil; y esta y Tseruyá, la madre de Yoav, eran hermanas de David.
Cuando David, tras contar a los que estaban con él, los halló en unos cuatro mil, decidió no aguardar a que Avshalom viniera contra él; les asignó jefes de mil y de cien y, dividiéndolos en tres cuerpos, dio uno al general Yoav, otro a su hermano Avishái, y confió el tercero a Itái, compañero y amigo suyo, natural de la ciudad de Gat.
Aunque quería salir a combatir con ellos, sus amigos no se lo permitieron, reteniéndolo con un consejo muy sabio: si eran derrotados a su lado, decían, perderían toda esperanza favorable; pero si, vencidos en una parte del ejército, podían refugiarse junto a él con el resto, este les procuraría mayor fuerza; y era también probable que los enemigos sospecharan que había con él otro ejército.
Convencido de este consejo, decidió quedarse él en Majanáyim; y, al despedir a sus amigos y generales rumbo a la guerra, los exhortó a mostrar empeño, lealtad y memoria de cualquier trato justo que hubieran recibido de él; y les rogó que, si vencían, respetaran a su hijo Avshalom, no fuera que, muerto este, él se causara a sí mismo algún daño. Y, deseándoles la victoria, envió al ejército.
Cuando Yoav hubo formado su tropa frente al enemigo en una gran llanura cercada por detrás de un bosque, también Avshalom sacó su ejército a su encuentro. Trabado el combate, ambos bandos desplegaron grandes hazañas de brazo y de audacia: unos, arriesgándolo todo y poniendo todo su ardor para que David recobrara el reino; los otros, sin vacilar en hacer ni en sufrir nada con tal de que a Avshalom no le fuera arrebatado y no pagara su castigo al padre por lo que había osado.
Y como, además, los más numerosos se afanaban en no ser vencidos por Yoav y los generales que lo acompañaban, que eran pocos —pues esto sería para ellos la mayor deshonra—, mientras que los soldados de David ansiaban derrotar a tantas decenas de millares, se produjo una lucha encarnizada; y vencieron los de David, superiores en fuerza y en pericia militar.
Persiguiendo a los que huían por bosques y barrancos, a unos los apresaban y a muchos los mataban, de modo que cayeron más huyendo que combatiendo: perecieron aquel día unos veinte mil. Y todos los hombres de David se lanzaron contra Avshalom, pues era bien reconocible para ellos por su belleza y su estatura.
Temiendo que los enemigos lo alcanzaran, montó en la mula real y huyó; y, arrastrado con ímpetu y llevado ligero por el vaivén y el movimiento, se le enredó la cabellera en un áspero árbol de grandes ramas muy extendidas, y quedó colgado de manera insólita. La bestia, por su rapidez, siguió adelante como si aún llevara encima a su dueño, mientras él, suspendido de las ramas, quedaba en poder de los enemigos.
Uno de los soldados de David, al verlo, se lo comunicó a Yoav; y, como el general dijera que le habría dado cincuenta siclos si lo hubiera abatido de un flechazo matando a Avshalom, el hombre replicó: «Ni aunque fueras a darme mil le haría yo eso al hijo de mi señor, y menos cuando él, oyéndolo todos nosotros, te pidió que respetaras al muchacho.»
Mandándole que le mostrara dónde había visto colgado a Avshalom, Yoav le disparó al corazón y lo mató. Y los que llevaban las armas de Yoav, rodeando en círculo el árbol, bajaron el cadáver; y, arrojándolo a una sima honda y abierta, echaron piedras sobre él hasta colmarla, de suerte que tomó la forma y el tamaño de una tumba. Luego Yoav tocó a retirada y contuvo a sus propios soldados de seguir persiguiendo a las tropas enemigas, para perdonar a sus compatriotas.
Avshalom había erigido en el valle real una estela de mármol, a dos estadios de Yerushaláyim, a la que llamó «su propia mano», diciendo que, aun cuando sus hijos perecieran, su nombre perduraría en la estela; pues tenía tres varones y una hija, de nombre Tamar, como antes hemos dicho.
Cuando esta se casó con Rejavam, hijo de Shlomo, nació un hijo, Aviyá, que heredó el reino. Sobre estos asuntos hablaremos más adelante en el lugar más propio de la historia. Tras la muerte de Avshalom, el pueblo se dispersó a sus casas.
Ajimáats, hijo del sumo sacerdote Tsadok, se acercó a Yoav y le rogó que le permitiera ir a anunciar la victoria a David y a llevarle la buena nueva de que había obtenido el auxilio y la providencia de Dios.
Yoav, diciendo que no era conveniente que él, que siempre había sido mensajero de buenas noticias, fuera ahora a anunciar al rey la muerte de su hijo, le pidió que se quedara; y, llamando al cusita, le encargó a él la misión, para que comunicara al rey lo que había visto.
Como Ajimáats insistiera de nuevo en que se le confiara el aviso —pues solo daría cuenta de la victoria y callaría acerca de la muerte de Avshalom—, Yoav le permitió partir hacia David. Y, tomando el más corto de los caminos, que solo él conocía, se adelantó al cusita.
Mientras David estaba sentado entre las puertas, aguardando a que alguien llegara del combate y le informara de lo ocurrido, uno de los centinelas, al ver a Ajimáats que corría, sin poder aún reconocer quién era, dijo a David que veía acercarse a alguien.
Al decir David que era mensajero de buenas nuevas, poco después el centinela le avisó de que otro venía detrás. Como también de este dijera David que era mensajero, el centinela, viendo a Ajimáats ya cerca, señaló que era el hijo de Tsadok el sumo sacerdote quien se acercaba corriendo. David, lleno de alegría, dijo que aquel era mensajero de buenas noticias y le traía de la batalla algo de lo que deseaba.
Aún hablaba el rey cuando apareció Ajimáats, se postró ante él y, a su pregunta sobre la batalla, le anunció la victoria y el triunfo. Al preguntarle David si tenía algo que decir sobre su hijo, respondió que él mismo había partido hacia allí en cuanto se produjo la derrota de los enemigos, pero que había oído un gran clamor de quienes perseguían a Avshalom y no había podido saber nada más, porque se apresuró, enviado por Yoav a anunciar la victoria.
Cuando llegó el cusita, se postró y comunicó la victoria; David lo interrogó sobre su hijo. Y él respondió: «Que a tus enemigos les suceda lo que le ha sucedido a Avshalom.»
Estas palabras no permitieron que perdurase la alegría por la victoria, con lo grande que era, ni en él ni en los soldados; pues subió a la parte más alta de la ciudad y lloraba a su hijo, golpeándose el pecho, mesándose los cabellos y maltratándose de mil modos, mientras gritaba: «¡Hijo mío! ¡Ojalá me hubiera llegado a mí la muerte y hubiera muerto junto a ti!» Pues, siendo de natural cariñoso, sentía por él una compasión más honda.
El ejército y Yoav, al oír que el rey lloraba así a su hijo, sintieron vergüenza de entrar en la ciudad con aire de vencedores, y todos pasaron cabizbajos y llorosos, como quien vuelve de una derrota.
Mientras el rey se cubría el rostro y gemía por su hijo, entró a verlo Yoav y, para consolarlo, le dijo: «Señor, sin darte cuenta te difamas a ti mismo con lo que haces; pues das a entender que odias a quienes te aman y se exponen por ti —a ti mismo y a tu linaje—, y que amas a tus mayores enemigos y añoras a quienes ya no existen, muertos con toda justicia.
Pues, si Avshalom hubiera vencido y afianzado el reino, no habría quedado rastro de ninguno de nosotros, sino que todos, empezando por ti y por tus hijos, habríamos perecido miserablemente, sin que los enemigos nos lloraran, antes bien alegrándose y castigando a quienes se apiadaran de nuestras desgracias. ¿Y no te avergüenzas de hacer esto por un enemigo, porque, siendo hijo tuyo, llegó a tal impiedad?
Deja, pues, ese duelo injusto; sal, muéstrate a tus soldados y agradéceles la victoria y el ardor que pusieron en los combates. Porque yo, hoy mismo, si persistes en lo que ahora haces, persuadiré al pueblo de que te abandone y entregue el reino a otro; y entonces te haré el duelo más amargo y verdadero.»
Con estas palabras, Yoav apartó al rey de su pesar y lo llevó a ocuparse de los asuntos del reino; pues David, mudando su aspecto y disponiéndose para presentarse ante la multitud, se sentó junto a las puertas, de modo que todo el pueblo, al enterarse, acudió corriendo a su encuentro y lo saludó. Y así fue como sucedió esto.
Los hebreos que se habían retirado de la batalla, tras haber estado con Avshalom, ya cada cual en su casa, se enviaban mensajes de ciudad en ciudad recordándose los beneficios que David les había hecho y la libertad que, habiéndolos librado de muchas y grandes guerras, les había otorgado; y se reprochaban que, habiéndolo expulsado del reino para ponerlo en manos de otro, ahora, muerto el caudillo que ellos mismos habían nombrado, no llamaran a David para que depusiera su ira, se mostrara benévolo con ellos y, recobrado el reino, velara por los asuntos públicos como ya antes había hecho.
Esto se le comunicaba a David con creciente insistencia; y él, por su parte, mandó recado a los sumos sacerdotes Tsadok y Evyatar para que hablaran con los jefes de la tribu de Yehudá: qué vergüenza era para ellos que otras tribus eligieran rey a David antes que aquella, y eso siendo vosotros sus parientes y compartiendo con él una misma sangre.
Les encargó decir lo mismo a Amasá, el general: que, siendo hijo de la hermana de David, no persuadiera a la multitud de devolverle el reino; y que aguardara de él no solo la reconciliación —pues eso ya había ocurrido—, sino también el mando de todo el pueblo, el mismo que también Avshalom le había concedido.
Los sumos sacerdotes dijeron unas cosas a los jefes de la tribu y persuadieron a Amasá transmitiéndole las palabras del rey, de suerte que este emprendió las gestiones en su favor. Y enseguida convenció a la tribu de que enviara embajadores a David rogándole que volviera a su propio reino. Lo mismo hicieron también todos los israelitas, a instancias de Amasá.
Cuando llegaron a él los embajadores, se dirigió a Yerushaláyim. Pero la tribu de Yehudá se adelantó a todas las demás para salir al encuentro del rey junto al río Yardén, y también Shimí, hijo de Guerá, con mil hombres que traía de la tribu de Binyamín, y Tsivá, el liberto de Shaúl, con sus hijos, quince en número, y veinte siervos.
Estos, junto con la tribu de Yehudá, tendieron un puente sobre el río para que el rey cruzara con toda facilidad con los suyos. Cuando llegó al Yardén, la tribu de Yehudá lo saludó; y Shimí, arrojándose ante él en el momento en que subía al puente y agarrándose a sus pies, le rogaba que le perdonara las ofensas que le había hecho, que no fuera severo con él ni tomara como primera medida la venganza ahora que estaba en el poder, y que considerara que, arrepentido de sus faltas, se había apresurado a ser el primero en presentarse ante él.
Mientras él suplicaba y se lamentaba, Avishái, el hermano de Yoav, dijo: «¿Y por esto no habrá de morir, después de haber injuriado a quien Dios estableció para reinar?» Pero David, volviéndose hacia él, replicó: «¿No cesaréis, hijos de Tseruyá? No nos suscitéis de nuevo, sobre las primeras, nuevas turbaciones y discordias.
Pues no os conviene ignorar que hoy comienzo mi reinado. Por eso juro condonar los castigos a todos los que obraron impíamente y no proceder contra ninguno de los que pecaron. Y tú, Shimí —dijo—, ten ánimo y no temas por tu vida.» Y Shimí, postrándose ante él, se adelantó.
Salió también a su encuentro Mefivóshet, el nieto de Shaúl, vestido con ropas mugrientas y con la cabellera larga y descuidada; pues, tras la huida de David, ni se había cortado el pelo en señal de duelo ni había lavado sus ropas, imponiéndose a sí mismo esta desgracia por el cambio de fortuna del rey; y, además, había sido injustamente calumniado ante él por su administrador, Tsivá.
Cuando lo hubo saludado y se hubo postrado ante él, David empezó a preguntarle por qué no había salido con él ni había compartido su huida. Respondió que aquello había sido culpa de Tsivá: pues, habiéndosele ordenado disponer lo necesario para la partida, no se ocupó, sino que lo desatendió como si fuera un esclavo cualquiera.
«En verdad, si mis pies estuvieran sanos, no me habría quedado atrás, pudiendo servirme de ellos para esa huida. Y no solo en esto agravió mi lealtad hacia ti, señor: además me calumnió y mintió sobre mí con malicia. Pero sé bien que tu ánimo no da cabida a nada de eso, pues es justo, quiere que la verdad prevalezca y ama lo divino.
Pues, aun habiendo estado en peligro de padecer cosas peores a manos de mi abuelo, y debiendo perecer por aquello toda nuestra estirpe, tú fuiste entonces, más que en ninguna otra ocasión, moderado y benévolo, echando al olvido todo aquello cuando el recuerdo tenía el poder de vengarlo. Me tuviste por amigo y me sentabas a tu mesa cada día, y en nada me hallé por debajo del más honrado de tus parientes.»
Dicho esto, David resolvió no castigar a Mefivóshet ni condenarlo como si Tsivá hubiera mentido sobre él; pero, por no haber venido con Tsivá, dijo que a aquel le había regalado todo; prometió, con todo, ser indulgente, mandando que se le devolviera la mitad de la hacienda. Mas Mefivóshet respondió: «Quédeselo todo Tsivá; a mí me basta con que tú hayas recobrado el reino.»
A Barzilái el guiladita —hombre grande y noble, que mucho le había suministrado en Majanáyim y lo había escoltado hasta el Yardén— lo invitó David a acompañarlo hasta Yerushaláyim; le prometía cuidar de su vejez con toda honra, atenderlo como a un padre y velar por él.
Pero él, por la añoranza de los suyos, rehusó quedarse con David; y, alegando que su vejez era tal que ya no podía disfrutar de los placeres, avanzado como estaba a los ochenta años, sino que más bien debía pensar ya en el reposo y en la sepultura, le pidió que, si quería complacerlo, lo dejara marchar conforme a su deseo; pues, por su edad, ni distinguía la comida ni la bebida, y también tenía ya cerrados los oídos al son de las flautas y a las melodías de los demás instrumentos con que se deleitan quienes conviven con los reyes. Como suplicara con tanta insistencia, David dijo: «A ti te dejo ir; pero déjame a tu hijo Kimham, pues le haré partícipe de todos mis bienes.» Y Barzilái, dejando a su hijo, postrándose ante el rey y deseándole el logro de cuanto ansiaba en su alma, regresó a su casa. David llegó a Guilgal teniendo ya en torno suyo la mitad de todo el pueblo y a la tribu de Yehudá.
Acudieron a él en Guilgal los principales de cada tribu con gran multitud, y reprochaban a la tribu de Yehudá haber ido a su encuentro a escondidas, alegando que todos juntos, de común acuerdo, debían haber hecho el recibimiento. Los jefes de la tribu de Yehudá les pedían que no se enojaran por haberse ellos adelantado; pues, siendo parientes de David y precisamente por ello más solícitos y afectuosos, se habían apresurado a ser los primeros; y no, por cierto, que por adelantarse hubieran recibido regalos, para que los que llegaron después tuvieran motivo de queja por ello.
Cuando los caudillos de la tribu de Yehudá dijeron esto, los jefes de las demás no callaron, sino que replicaron: «Nosotros, hermanos, nos asombramos de que llaméis pariente al rey solo de vosotros; pues quien recibió de Dios la autoridad sobre todos es tenido por pariente de todos nosotros. Por eso el pueblo tiene once partes y vosotros una; y somos más antiguos, y no obrasteis con justicia yendo a escondidas al encuentro del rey.»
Mientras los caudillos disputaban así entre sí, un hombre malvado que se complacía en la sedición —de nombre Sheva, hijo de Bijrí, de la tribu de Binyamín—, plantándose en medio, gritó con fuerza a la multitud y dijo: «¡Ninguno de nosotros tiene parte en David ni heredad en el hijo de Yishái!»
Y tras estas palabras, tocando el cuerno dio la señal de guerra contra el rey, y todos lo siguieron a él abandonando a David; solo le quedó la tribu de Yehudá, que lo restableció en su palacio de Yerushaláyim. En cuanto a las concubinas con las que su hijo Avshalom se había unido, las trasladó a otra casa, ordenando a los encargados que les proveyeran de todo lo necesario, pero él ya no se acercó a ellas.
Nombra también general a Amasá y le da el rango que tenía Yoav, y le ordenó reunir cuanto ejército pudiera de la tribu de Yehudá y presentarse ante él al cabo de tres días, para entregarle todas las tropas y enviarlo a combatir al hijo de Bijrí.
Pero como Amasá había salido y se demoraba en reunir el ejército, y al tercer día no había vuelto, el rey dijo a Yoav que no convenía dar tregua a Sheva, no fuera que, ganando tiempo para prepararse mejor, se convirtiera en causa de males y desórdenes mayores que los que Avshalom les había provocado.
«Así que no esperes a nadie —le dijo—, sino toma las tropas que hay y los seiscientos, y con Avishái tu hermano persigue al enemigo. Y dondequiera que lo alcances, procura trabar combate; date prisa en adelantarte a él, no sea que se apodere de ciudades fortificadas y nos prepare batallas y muchos sudores.»
Yoav decidió no demorarse más: tomó a su hermano y a los seiscientos, ordenó que lo siguieran cuantas tropas quedaban en Yerushaláyim y se lanzó contra Sheva. Ya en Guiv'ón —una aldea que dista cuarenta estadios de Yerushaláyim—, y trayendo Amasá una gran fuerza, Yoav salió a su encuentro ceñido con la espada y vestido con la coraza.
Al acercarse Amasá para saludarlo, Yoav se las ingenió para que la espada cayera como por sí sola de la vaina; la recogió del suelo y, cuando Amasá estuvo cerca, con la otra mano lo tomó de la barba como para besarlo y, sin que él lo previera, lo hirió en el vientre y lo mató —cometiendo un acto impío y del todo abominable, matando por celos a un joven valiente, pariente suyo y que en nada lo había agraviado, envidioso del mando y de la igualdad de honor que junto al rey se le concedía.
Por esta misma causa había asesinado también a Avner. Pero aquella transgresión suya parecía perdonable, con un pretexto decoroso —pues se creía que vengaba a su hermano Asael—, mientras que el asesinato de Amasá no tuvo semejante encubrimiento.
Tras matar a su compañero de mando, siguió persiguiendo a Sheva, dejando junto al cadáver a un hombre con el encargo de gritar al ejército que Amasá había muerto con justicia y con causa que merecía castigo; «y si sois del partido del rey, seguid a su general Yoav y a Avishái su hermano».
Como el cuerpo yacía en el camino y toda la multitud se agolpaba en torno a él y —como suele hacer el gentío— lo miraban con asombro y lástima, deteniéndose ante él, el guardia lo levantó de allí, lo llevó a un lugar bien apartado del camino, lo depositó y lo cubrió con un manto. Hecho esto, todo el pueblo siguió a Yoav.
Persiguiendo a Sheva por toda la tierra de los israelitas, alguien le informó de que estaba en una ciudad fortificada llamada Abel-Bet-Maajá. Llegado allí, cercó la ciudad con el ejército, clavó una empalizada a su alrededor y ordenó a los soldados socavar las murallas y derribarlas —pues, como los de la ciudad no lo habían recibido, estaba muy irritado contra ellos.
Una mujer sensata y prudente, viendo ya a su patria al borde de la ruina, subió a la muralla y, por medio de los soldados, llamó a Yoav. Cuando este se acercó, ella empezó a decir que Dios había puesto reyes y generales para que quitaran de en medio a los enemigos de los hebreos y les procuraran paz frente a ellos; «y tú, en cambio, te empeñas en derribar y saquear una metrópoli de los israelitas que en nada ha delinquido».
Él rogó que Dios le siguiera siendo propicio, y dijo que su intención no era matar a nadie del pueblo, ni mucho menos destruir una ciudad tan grande; que, si le entregaban al que se había alzado contra el rey, a Sheva hijo de Bijrí, para castigarlo, levantaría el asedio y retiraría el ejército.
Cuando la mujer oyó de Yoav estas palabras, le pidió que aguardara un poco —pues enseguida le sería arrojada la cabeza del enemigo—, bajó hacia sus conciudadanos y les dijo: «¿Queréis perecer miserablemente, malvados, con vuestros hijos y mujeres, por un hombre perverso, del que ni siquiera se sabe quién es, y tenerlo a él por rey en lugar de David, que tantos beneficios os ha hecho, y que una sola ciudad se alce contra un poder tan grande y tan considerable?»
Los persuadió de cortar la cabeza de Sheva y arrojarla al ejército de Yoav. Hecho esto, el general del rey tocó a retirada, levantó el asedio y, llegado a Yerushaláyim, fue nombrado de nuevo general de todo el pueblo.
El rey puso además a Benayahu al frente de la guardia personal y de los seiscientos, hizo a Adoram encargado de los tributos y a Yehoshafat, hijo de Ajilud, encargado de los registros; a Susá lo nombró escriba, y a Tsadok y Evyatar los designó sacerdotes.
Después de esto, como la tierra se consumía por el hambre, David suplicó a Dios que se apiadara del pueblo y le revelara la causa y el remedio de aquel mal. Y como los profetas dijeran que Dios quería que los gabaonitas obtuvieran reparación —pues el rey Shaúl había cometido impiedad al matarlos, engañándolos y no guardando los juramentos que el caudillo Yehoshúa y el consejo de ancianos les habían hecho—, prometió, por tanto, que si concedía a los gabaonitas la satisfacción que ellos mismos quisieran tomar por los que les habían sido muertos, se reconciliaría y libraría al pueblo de sus males.
Así pues, cuando esto aprendió de los profetas al consultar a Dios, mandó llamar a los gabaonitas y les preguntó qué querían obtener. Como pidieran, para su venganza, recibir siete hijos del linaje de Shaúl, el rey los buscó y se los entregó, perdonando a Mefivóshet, el hijo de Yonatán.
Los gabaonitas, tomando a aquellos hombres, los castigaron como quisieron. Y al punto empezó Dios a enviar lluvia, y a devolver a la tierra la fecundidad de los frutos, librándola de la sequía anterior; y de nuevo prosperó la tierra de los hebreos.
No mucho después, el rey emprendió campaña contra los filisteos; trabó batalla con ellos y los puso en fuga, pero, quedándose solo en la persecución y agotado, fue visto por uno de los enemigos, de nombre Acmón, hijo de Arafá.
Este era descendiente de los gigantes; llevaba una lanza cuya asta pesaba trescientos siclos, una coraza de malla y una espada, y se volvió y arremetió con la intención de matar al rey de los enemigos, pues estaba rendido de fatiga. Pero, apareciendo de pronto Avishái, el hermano de Yoav, cubrió con su escudo al rey plantándose sobre él, que yacía en tierra, y dio muerte al enemigo.
La tropa llevó a mal que el rey hubiera corrido tan de cerca semejante peligro, y los jefes le hicieron jurar que no volvería a salir con ellos al combate, no fuera que, por su valor y su ardor, sufriera algún mal y privara al pueblo de los bienes que por él recibía —tanto los que ya le había procurado como los que aún compartirían con él si vivía largo tiempo.
Reunidos de nuevo los filisteos en la ciudad de Gázara, el rey, al saberlo, envió tropas contra ellos. Se distinguió entonces sobremanera Sibecai el hitita, uno de los más valientes de los que rodeaban a David, pues mató a muchos de los que se jactaban de tener por antepasados a los gigantes y se enorgullecían de su valor, y fue la causa de la victoria de los hebreos.
Después de aquella derrota, los filisteos volvieron a hacer la guerra; y, enviando David tropas contra ellos, se distinguió Efán, su pariente, pues, batiéndose en duelo con el más valiente de todos los filisteos, lo mató y puso en fuga a los demás, y muchos de ellos murieron combatiendo.
Pasado un breve tiempo, acamparon junto a una ciudad no lejos de las fronteras de la tierra de los hebreos. Tenían entre ellos un hombre de seis codos de estatura, que tenía en cada uno de los pies y de las manos un dedo más de lo natural.
Del ejército que David envió contra ellos, Yonatán, hijo de Shimá, se batió en duelo con este, lo mató y, siendo el fiel de la balanza de toda la victoria, se llevó fama de campeón; pues también este filisteo se jactaba de ser descendiente de los gigantes. Después de esta batalla, ya no volvieron a hacer la guerra a los israelitas.
Libre ya de guerras y peligros, y gozando en adelante de una paz profunda, David compuso cantos e himnos a Dios en metros variados: unos los hizo en trímetros y otros en pentámetros. Fabricó también instrumentos y enseñó a los leviim a alabar a Dios con ellos, tanto en el día llamado del Shabat como en las demás festividades.
La forma de los instrumentos es, en su hechura, la siguiente: la kinor, tendida con diez cuerdas, se pulsa con un plectro; el nével, que tiene doce sonidos, se tañe con los dedos; y había además platillos anchos y grandes, de bronce. Baste lo dicho sobre esto, para no ignorar del todo la naturaleza de los instrumentos mencionados.
Todos los que rodeaban al rey eran hombres valientes; los más señalados y brillantes por sus hazañas eran treinta y ocho, de los cuales relataré las proezas de solo cinco —pues estos bastarán para poner de manifiesto también el valor de los demás—, porque eran capaces de someter regiones y de dominar grandes naciones.
El primero, pues, fue Isebo, hijo de Ajemai, que muchas veces, lanzándose en medio de las filas de los enemigos, no cesaba de combatir hasta abatir a novecientos de ellos. Después de él estaba Elazar, hijo de Dodó, que se hallaba con el rey en Erasamo.
Este, en cierta ocasión en que los israelitas, atemorizados ante la multitud de los filisteos, huían, permaneció solo, y cayendo sobre los enemigos mató a muchos de ellos, de modo que la espada se le quedó pegada a la mano derecha por la sangre; y los israelitas, viendo a los filisteos puestos en fuga por él, bajaron a perseguirlos y alcanzaron entonces una victoria admirable y famosa, matando Elazar y siguiéndolo la multitud, que despojaba a los caídos.
El tercero era hijo de Elú y se llamaba Sabías. También este, en los combates contra los filisteos, cuando estos formaron en un lugar llamado Siagona y los hebreos, atemorizados de nuevo ante su fuerza, no resistieron, se plantó solo como un ejército y una formación entera: a unos los abatió y a otros, que no soportaron su fuerza y su ímpetu, sino que se volvieron en fuga, los persiguió.
Estas fueron las proezas de mano y de combate que mostraron los tres. En cierta ocasión en que, estando el rey en Yerushaláyim, sobrevino el ejército de los filisteos para hacer la guerra, David subió a la ciudadela, como antes dijimos, para consultar a Dios sobre la guerra.
El campamento de los enemigos se hallaba en el valle que se extiende hasta la ciudad de Bet-Léjem, que dista veinte estadios de Yerushaláyim. Y David dijo a sus compañeros: «Buena agua tenemos en mi patria —admirando sobre todo la del pozo que hay junto a la puerta—; ¡si alguien me trajera de ella para beber!», más que si le dieran muchas riquezas.
Oído esto, aquellos tres hombres salieron al instante corriendo, se lanzaron por en medio del campamento enemigo y llegaron a Bet-Léjem; y, sacando el agua, volvieron de nuevo a través del campamento hacia el rey, de modo que los filisteos, pasmados de su audacia y valor, se quedaron quietos y nada se atrevieron a hacer contra ellos, despreciando su corto número.
Traída el agua, el rey no la bebió, diciendo que había sido traída con peligro y con sangre de hombres, y que por eso no le correspondía beberla; en cambio la derramó como libación a Dios y le dio gracias por la salvación de aquellos hombres. Después de estos venía Avishái, el hermano de Yoav, pues también este, en un solo día, mató a seiscientos de los enemigos. El quinto fue Nabeo, de linaje sacerdotal, quien, desafiado por dos hermanos ilustres en la tierra de Moav, los venció con su valor. Y de nuevo, cuando lo desafió un hombre de raza egipcia, de asombrosa estatura, él, desarmado, lo derribó con la propia lanza de aquel y lo mató; pues, tras arrebatarle la jabalina y despojarlo estando aún vivo y peleando, lo remató con sus propias armas.
Podría contarse también esto entre las hazañas antes mencionadas, ya como la primera de ellas por valentía, ya como igual a ellas: nevando Dios, un león resbaló y cayó en un pozo; como la boca era estrecha, era evidente que quedaría oculto al taparse con la nieve; no viendo, pues, salida alguna de escape y salvación, rugía.
Al oír a la fiera Nabeo —pues iba entonces de camino—, y acudiendo al rugido, bajó a la boca del pozo, lo hirió mientras aquel se defendía con el madero que llevaba en la mano y al punto lo mató. Y los demás eran de semejante valor.
El rey David, queriendo saber cuántas miríadas de hombres había en el pueblo, olvidándose de los mandamientos de Moshé —que había ordenado de antemano que, si se contaba a la multitud, se pagara a Dios por cada cabeza medio siclo—, mandó a Yoav, el general, que fuera y contara a todo el pueblo.
Y como este dijera que no era necesario hacerlo, no se dejó persuadir, sino que le ordenó ponerse en marcha sin demora para el censo de los hebreos. Yoav, tomando a los jefes de las tribus y a los escribas, recorrió la tierra de los israelitas, tomó nota de cuánta era la multitud y volvió a Yerushaláyim, ante el rey, al cabo de nueve meses y veinte días, y le entregó el número del pueblo, salvo la tribu de Binyamín; pues no había alcanzado a contarla, ni tampoco la tribu de Leví, ya que el rey se había arrepentido de aquello en que había pecado contra Dios. El número de los demás israelitas capaces de tomar las armas y hacer la guerra era de novecientos mil, y la tribu de Yehudá, por sí sola, era de cuatrocientos mil.
Cuando los profetas revelaron a David que Dios estaba airado con él, comenzó a suplicar y a rogar que le fuera benévolo y perdonara su pecado. Y Dios le envió al profeta Gad, que le traía tres opciones para que eligiera de ellas la que aprobara: si quería que hubiera hambre en la tierra durante siete años, o ser derrotado por sus enemigos tras tres meses de guerra, o que se abatiera una peste y una enfermedad sobre los hebreos durante tres días.
Él, caído en una imposible elección entre grandes males, se afligía y estaba muy turbado. Y como el profeta le dijera que aquello había de suceder por fuerza, y le ordenara responder pronto, para anunciar su elección a Dios, el rey razonó que, si pedía el hambre, parecería haberlo hecho a costa de los demás y sin temor por sí mismo —pues él tenía mucho grano almacenado—, pero con daño para ellos; y que, si sucedía que fueran vencidos durante los tres meses, se diría que, teniendo a los más valientes en torno suyo y fortalezas, y por ello sin temor a nada, había elegido la guerra. Pidió, pues, una calamidad común a reyes y a súbditos, en la que el temor de todos fuera igual, añadiendo que era mucho mejor caer en manos de Dios que en las de los enemigos.
Oído esto, el profeta lo anunció a Dios; y este envió la peste y la mortandad sobre los hebreos. Y morían no de un solo modo, ni de manera que fuera fácil reconocer la enfermedad, sino que el mal era uno solo, pero los arrebataba por mil causas y motivos que ni siquiera podían concebir.
Pues unos morían tras otros, y el mal, sobreviniendo sin ser advertido, traía una muerte rápida: unos entregaban el alma de súbito, con dolores violentos y amarga angustia; otros se consumían en sus padecimientos y no quedaba de ellos ni para el sepelio, sino que en el mismo penar se agotaban por completo; otros, cuando de pronto las tinieblas les nublaban la vista, gemían ahogados; y algunos, mientras sepultaban a alguno de los suyos, morían allí mismo antes de concluir el entierro. Y desde que la enfermedad pestilente comenzó de madrugada a diezmarlos hasta la hora de la comida, perecieron setenta mil.
El ángel extendió la mano también sobre Yerushaláyim, enviando allí el azote. El rey, vestido de saco, yacía en tierra suplicando a Dios y pidiéndole que ya cesara y que, contentándose con los que habían perecido, se detuviera. Y alzando la vista al aire, el rey vio al ángel que por él se dirigía hacia Yerushaláyim con la espada desenvainada, y dijo a Dios que él, el pastor, era el justo merecedor del castigo, y que el rebaño, que en nada había pecado, debía salvarse; y le suplicaba que descargara la ira sobre él y sobre toda su descendencia, y perdonara al pueblo.
Escuchada la súplica, Dios detuvo la peste, y enviando al profeta Gad, le ordenó subir al instante a la era de Oroná el jebuseo y, edificando allí un altar a Dios, ofrecer un sacrificio. David, al oírlo, no lo descuidó, sino que enseguida se apresuró al lugar que le había sido indicado.
Oroná, que estaba trillando el grano, cuando vio al rey que se acercaba con todos sus hijos, corrió hacia él y se postró. Era de linaje jebuseo, pero de los más íntimos amigos de David; y por eso no le había hecho ningún mal cuando destruyó la ciudad, como poco antes hemos referido.
Al preguntar Oroná a qué venía el señor donde su siervo, dijo que quería comprarle la era, para levantar en ella un altar a Dios y ofrecer un sacrificio. Y aquel le dijo que le regalaba la era, los arados y los bueyes para el holocausto, y que rogaba a Dios que aceptara con agrado el sacrificio.
El rey dijo que lo apreciaba por su sencillez y su generosidad, y que aceptaba el favor, pero que le pedía recibir el precio de todo; pues no era justo ofrecer un sacrificio de balde. Y como Oroná dijera que hiciera lo que quisiera, le compró la era por cincuenta siclos.
Y edificando el altar, ofició, presentó holocaustos y ofrendas de paz. Con esto se aplaca la divinidad y de nuevo se torna benévola. Sucedió que a aquel mismo lugar había llevado Avraham a su hijo Yitsjak para ofrecerlo en holocausto, y que, cuando estaba a punto de degollar al muchacho, apareció de pronto junto al altar un carnero, que Avraham sacrificó en lugar de su hijo, como antes dijimos.
Viendo el rey David que Dios había escuchado su plegaria y aceptado con agrado el sacrificio, decidió llamar a todo aquel lugar «altar de todo el pueblo» y edificar allí un Templo a Dios. Y pronunció esta palabra con acierto respecto a lo que había de suceder; pues Dios, enviándole al profeta, le dijo que allí edificaría el Templo su hijo, el que había de sucederle en el reino.
Después de esta profecía, el rey mandó contar a los extranjeros residentes, y se hallaron ciento ochenta mil. De ellos designó a ochenta mil como canteros, al resto de la multitud para acarrear las piedras, y puso a tres mil quinientos al frente de los que trabajaban. Preparó también mucho hierro y bronce para las obras, y maderas de cedro en gran cantidad y de enorme tamaño, que le enviaban los tirios y los sidonios —pues les había encargado el suministro de la madera.
Y decía a sus amigos que preparaba todo esto ahora para dejar listo el material de la construcción al hijo que había de reinar después de él, y que este no tuviera entonces que allegarlo, siendo joven e inexperto en tales cosas por su edad, sino que, teniéndolo a mano, llevara a cabo la obra.
Y llamando a su hijo Shlomo, le ordenó edificar un Templo a Dios cuando heredara el reino, diciéndole que a él, aunque lo quería, Dios se lo había impedido por estar manchado de sangre y de guerras, pero que le había predicho que Shlomo lo edificaría —un hijo menor que llevaría ese nombre—; de él prometía Dios cuidar como un padre, y hacer próspera la tierra de los hebreos bajo su reinado con toda clase de bienes y, sobre todo, con el mayor de todos: la paz, la liberación de las guerras y de las discordias civiles.
«Tú, pues, ya que aun antes de tu nacimiento fuiste designado rey por Dios, procura ser en todo digno de su providencia, siendo piadoso, justo y valiente; guarda sus mandamientos y las leyes que nos dio por medio de Moshé, y no permitas que los demás las transgredan.
Y el Templo, que Él ha querido que se construya durante tu reinado, empéñate en rendírselo a Dios, sin acobardarte ante la magnitud de la obra ni desanimarte frente a ella; pues todo te lo dejaré preparado antes de mi muerte.
Sabe que ya tengo reunidos diez mil talentos de oro y cien mil talentos de plata, y he acumulado bronce y hierro en cantidad incontable, y madera y piedra en abundancia; tienes también muchas miríadas de canteros y carpinteros. Y si algo de esto hiciera falta, tú lo añadirás. Sé, pues, el mejor, teniendo a Dios por protector.»
Exhortó además a los jefes del pueblo a ayudar a su hijo en la construcción y a que, libres de todos los males, se dedicaran al servicio de Dios; pues, a cambio de ello, cosecharían la paz y el buen orden, con que Dios recompensa a los hombres piadosos y justos.
Y ordenó que, una vez edificado el Templo, depositaran en él el Arca y los utensilios sagrados, que ya hacía mucho debían tener un Templo, si nuestros padres no hubieran desatendido los mandamientos de Dios, que había ordenado edificarle un Templo tras haber tomado posesión de esta tierra. Esto expuso David a los jefes y a su hijo.
Siendo ya anciano y enfriándose su cuerpo con el tiempo, era friolero, hasta el punto de que ni con el abrigo de muchas ropas encima entraba en calor. Reunidos los médicos, aconsejaron que, escogida de toda la región una doncella hermosa, durmiera con el rey, pues eso le serviría de remedio contra el frío, dándole calor la muchacha.
Se encontró en una ciudad a una mujer, la más bella de todas, de nombre Avishag, que, acostándose solamente con el rey, le daba calor; pues, por la vejez, estaba débil para el trato conyugal y la unión con mujer. Sobre esta doncella hablaremos poco después.
El cuarto hijo de David, un joven apuesto y de gran estatura, nacido de una mujer suya llamada Aguit y llamado Adoniyahu, semejante a Avshalom, se envanecía en su ánimo como si fuera a reinar, y decía a sus amigos que debía tomar el poder; preparó muchos carros, caballos y cincuenta hombres como corredores de vanguardia.
Viendo esto el padre, no lo reprendía ni lo apartaba de su propósito, ni llegó siquiera a preguntarle por qué obraba así. Tenía Adoniyahu como cómplices al general Yoav y al sumo sacerdote Evyatar; y solo se le oponían el sumo sacerdote Tsadok, el profeta Natán, Benayahu, el jefe de la guardia personal, Shimí, el amigo de David, y todos los más valientes.
Habiendo preparado Adoniyahu un banquete fuera de la ciudad, junto a la fuente del jardín real, e invitando a todos sus hermanos salvo a Shlomo, y tomando consigo al general Yoav, a Evyatar y a los jefes de la tribu de Yehudá, pero sin invitar al banquete ni al sumo sacerdote Tsadok, ni al profeta Natán, ni a Benayahu, el jefe de la guardia personal, ni a ninguno del partido contrario, el profeta Natán denunció esto a Bat-Sheva, la madre de Shlomo —que Adoniyahu quería reinar—, y le aconsejó que se salvara a sí misma y a su hijo Shlomo, por si Adoniyahu tomaba ya el poder, y que preguntara al rey sobre ello.
Y dijo el profeta que, mientras ella hablara de esto con el rey, él mismo entraría y corroboraría sus palabras. Bat-Sheva, persuadida por Natán, se presenta ante el rey, y postrándose y pidiendo licencia para hablar, le expone todo tal como el profeta le había sugerido: le denuncia el banquete de Adoniyahu y a los que este había invitado —Evyatar, el sumo sacerdote, Yoav, el jefe del ejército, y sus hijos, salvo Shlomo y los amigos íntimos de él—; y decía que todo el pueblo tenía puesta la mirada en a quién designaría rey, y le rogaba que tuviera presente que, tras su muerte, Adoniyahu, ya rey, la mataría a ella y a Shlomo, su hijo.
Mientras la mujer aún hablaba, los encargados de la cámara anunciaron que Natán quería verlo. Cuando el rey ordenó que entrara, este, ya dentro, le preguntó si aquel día había designado rey a Adoniyahu y le había entregado el poder; pues, dando este un espléndido banquete, había invitado a todos sus hijos salvo a Shlomo, y al general Yoav, quienes, festejando entre aplausos y mucha algazara, le deseaban un mando eterno; «pero no me invitó ni a mí, ni al sumo sacerdote Tsadok, ni a Benayahu, el jefe de la guardia personal; y es justo que todos sepan si esto se ha hecho según tu voluntad».
Dicho esto por Natán, el rey mandó llamar a Bat-Sheva ante sí, pues ella había salido a toda prisa de la cámara al llegar el profeta. Venida la mujer, le dijo: «Te juro por el Dios altísimo que en verdad tu hijo Shlomo reinará, como también antes juré, y que él se sentará en mi trono; y esto será hoy.»
Postrándose la mujer ante él y deseándole larga vida, mandó llamar a Tsadok, el sumo sacerdote, y a Benayahu, el jefe de la guardia personal, y a los que llegaron les ordena tomar a Natán, el profeta, y a los soldados de la corte, montar a su hijo Shlomo sobre la mula real, llevarlo fuera de la ciudad, a la fuente llamada Guijón, ungirlo con el óleo sagrado y proclamarlo rey; y encargó que hicieran esto Tsadok, el sumo sacerdote, y Natán, el profeta.
Y les ordenó que, siguiéndolo por en medio de la ciudad, tocando los cuernos, gritaran «¡Viva por siempre el rey Shlomo, sentado en el trono real!», para que todo el pueblo supiera que había sido designado rey por su padre, y que a Shlomo se le había encomendado el gobierno, para que presidiera con piedad y justicia a toda la nación de los hebreos y a la tribu de Yehudá.
Rogando Benayahu a Dios que fuera propicio a Shlomo, sin demorarse ni un poco montan a Shlomo sobre la mula, y llevándolo fuera de la ciudad, a la fuente, y ungiéndolo con el óleo, lo introdujeron en la ciudad entre aclamaciones, deseándole un reinado de muchos años, y conduciéndolo a la casa real, lo sientan en el trono; y todo el pueblo se entregó al punto al banquete y a la fiesta, danzando y deleitándose con las flautas, de modo que, por la multitud de instrumentos, resonaba toda la tierra y el aire.
Cuando oyeron el clamor, Adoniyahu y los presentes en el banquete se turbaron, y el general Yoav dijo que no le agradaban aquellos sones ni la trompeta. Estando servido el banquete y sin que nadie lo probara, sumidos todos en sus pensamientos, entra corriendo hacia ellos Yonatán, el hijo del sumo sacerdote Evyatar.
Al ver Adoniyahu al joven con agrado y llamarlo mensajero de buenas noticias, este les reveló todo lo referente a Shlomo y a la decisión del rey David; y, saltando del convite, Adoniyahu y todos los invitados huyeron cada uno a lo suyo.
Temiendo Adoniyahu al rey por lo sucedido, se hace suplicante de Dios y, agarrándose a los cuernos del altar, que sobresalían, se hace saber a Shlomo que ha hecho esto, y pide recibir garantías de que no le guardará rencor ni le hará ningún mal.
Él, con toda mansedumbre y prudencia, lo dejó libre de culpa por su falta de entonces, pero, diciéndole que si de nuevo era sorprendido tramando algo nuevo sería él mismo la causa de su castigo, envió a levantarlo de su súplica; y cuando llegó y se postró, le ordenó marcharse a su propia casa sin recelar nada, y le pidió que en adelante se mostrara hombre de bien, pues eso le convenía.
Queriendo David designar rey a su hijo ante todo el pueblo, convoca a Yerushaláyim a los jefes, a los sacerdotes y a los leviim. Contando primero a estos, halla que los de treinta a cincuenta años eran treinta y ocho mil.
De ellos designó veinticuatro mil como encargados de la construcción del Templo, seis mil como jueces del pueblo y escribas, cuatro mil como porteros y otros tantos como cantores de Dios que cantaban con los instrumentos que David había fabricado, como antes dijimos.
Los distribuyó también por casas paternas y, separando de la tribu a los sacerdotes, halló entre ellos veinticuatro casas paternas —dieciséis de la casa de Elazar y ocho de la de Itamar—, y dispuso que una casa paterna sirviera a Dios durante ocho días, de Shabat a Shabat.
Y así todas las casas paternas echaron suertes, hallándose presentes David, Tsadok y Evyatar, los sumos sacerdotes, y todos los jefes; y la primera casa paterna que salió fue inscrita la primera, y la segunda a continuación, hasta las veinticuatro; y esta distribución ha perdurado hasta el día de hoy.
Hizo también veinticuatro secciones de la tribu de Leví, y, echadas las suertes, subieron del mismo modo, según los turnos de los sacerdotes, por ocho días. A los descendientes de Moshé los honró, pues los hizo guardianes de los tesoros de Dios y de las ofrendas votivas que los reyes habían consagrado; y dispuso que todos los de la tribu de Leví y los sacerdotes sirvieran de noche y de día a Dios, según Moshé les había ordenado.
Después de esto, dividió el ejército en doce cuerpos, con sus jefes, centuriones y comandantes. Cada uno de los cuerpos tenía veinticuatro mil hombres, a los que ordenó estar de servicio, por treinta días, del primero al último, junto al rey Shlomo, con los jefes de mil y de cien.
Puso también al frente de cada cuerpo a quien conocía como bueno y justo, y designó a otros como administradores de los tesoros, de las aldeas, de los campos y del ganado, cuyos nombres no he juzgado necesario mencionar.
Cuando hubo dispuesto cada una de estas cosas del modo antes dicho, convocando a asamblea a los jefes de los hebreos, a los jefes de tribu, a los comandantes de las divisiones y a los encargados de todo asunto o posesión del rey, el rey, de pie sobre un estrado muy alto, habló a la multitud:
«Hermanos y compatriotas, quiero que sepáis que, habiendo yo pensado edificar un Templo a Dios, preparé mucho oro y cien mil talentos de plata; pero Dios me lo impidió, por medio del profeta Natán, por las guerras que sostuve en vuestro favor y por tener manchada la diestra con la sangre de los enemigos, y ordenó que fuera el hijo que había de sucederme en el reino quien le edificara el Templo.
Ahora bien, así como sabéis que, de los doce hijos que tuvo nuestro antepasado Yaakov, Yehudá fue designado rey, y que a mí, siendo seis mis hermanos, se me prefirió y recibí de Dios el mando, sin que ninguno de ellos se indignara, así también yo pido a mis propios hijos que no se enfrenten entre sí, ahora que Shlomo ha recibido el reino, sino que, sabiendo que Dios lo ha elegido, lo acepten con agrado como señor.»
No es cosa terrible, si Dios lo quiere, servir incluso a un soberano extraño; al contrario, convenía alegrarse por un hermano que ha alcanzado este honor, como partícipes de él. Ruego, pues, que las promesas de Dios lleguen a cumplirse, que esta prosperidad se siembre por toda la tierra y permanezca en ella todo el tiempo —la que Él mismo prometió otorgar bajo el rey Shlomo—. Esto será firme y tendrá buen término si te muestras piadoso y justo, y guardián de las leyes de nuestros padres, hijo mío; y si no, que espere lo peor quien las transgrede.
Con estas palabras el rey terminó, y a la vista de todos entregó a Shlomo el plano y la disposición de la construcción del Templo —los cimientos, las salas y las cámaras altas, cuántas en número y de qué altura y anchura habrían de ser—, y fijó cuántos utensilios de oro y plata habría, y el peso de cada uno. Lo animó además con sus palabras a poner todo su empeño en la obra, y exhortó a los jefes y a la tribu de los leviim a colaborar con él, por su juventud y porque Dios lo había elegido como protector tanto de la construcción del Templo como del reino.
Les hacía ver que la construcción sería fácil y no muy penosa, pues él ya tenía preparados muchos talentos de oro y más aún de plata, y maderas, y multitud de carpinteros y canteros, y esmeraldas y toda clase de piedras preciosas; y decía que, aún ahora, como primicia de su propio servicio, entregaría otros tres mil talentos de oro puro para el santuario interior y para el carro de Dios, los querubim, que habrían de alzarse cubriendo el Arca. Y cuando David calló, hubo gran entusiasmo entre los jefes, los sacerdotes y la tribu de Leví, que contribuyeron e hicieron promesas espléndidas y magníficas: se comprometieron a aportar cinco mil talentos de oro y diez mil estateres, diez mil talentos de plata y muchas decenas de miles de talentos de hierro; y quien tenía una piedra preciosa la trajo y la entregó a los tesoros, de los cuales era administrador Íalo, descendiente de Moshé.
Ante esto se alegró todo el pueblo, y David, al ver el celo y la magnanimidad de los jefes, los sacerdotes y todos los demás, comenzó a bendecir a Dios en alta voz, llamándolo padre y origen de todas las cosas, y artífice de lo humano y lo divino con que Él lo había adornado, protector y guardián del pueblo de los hebreos, de su prosperidad y del reino que le había concedido. Tras esto, pidiendo bienes para todo el pueblo y, para su hijo Shlomo, una mente sana, justa y firme en todas las partes de la virtud, ordenó también a la multitud bendecir a Dios. Y ellos, cayendo a tierra, se postraron, y dieron gracias también a David por todo lo que habían disfrutado desde que él tomó el reino.
Al día siguiente presentaron sacrificios a Dios: mil terneros, otros tantos carneros y mil corderos, que ofrecieron en holocausto; y ofrecieron también muchos sacrificios de paz, degollando decenas de miles de víctimas. Durante todo el día festejó el rey junto con todo el pueblo, y ungieron a Shlomo por segunda vez con el óleo y lo proclamaron rey, y a Tsadok sumo sacerdote de toda la multitud. Y llevando a Shlomo al palacio real y sentándolo en el trono de su padre, desde aquel día le obedecieron.
Poco tiempo después, David cayó enfermo a causa de la vejez y, consciente de que iba a morir, llamó a su hijo Shlomo y le habló de este modo: «Yo, hijo mío, parto ya hacia el destino y hacia mis padres, recorriendo el camino común de todos, los que ahora existen y los que existirán, del cual ya no es posible regresar para saber qué sucede en la vida. Por eso, mientras aún vivo y estoy al borde de la muerte, te aconsejo lo mismo que ya antes te aconsejé: sé justo con tus súbditos y piadoso con el Dios que te dio el reino; guarda sus mandamientos y las leyes que Él mismo nos envió por medio de Moshé, y no las descuides cediendo al favor, ni a la adulación, ni al deseo, ni a ninguna otra pasión; pues perderás la benevolencia de la divinidad hacia ti si transgredes algo de lo prescrito, y apartarás de todos tus asuntos su buena providencia. Pero si te muestras tal como debes ser y como yo te exhorto, conservarás el reino en nuestro linaje, y ninguna otra casa de los hebreos gobernará, sino nosotros mismos por toda la eternidad.
»Acuérdate también de la iniquidad de Yoav, el general, que por celos mató a dos generales justos y buenos, a Avner hijo de Ner y a Amasá hijo de Yitrá; venga su muerte como te parezca, ya que Yoav, por ser más fuerte y más poderoso que yo, hasta ahora ha escapado del castigo. Te encomiendo asimismo a los hijos de Barzilái el guiladita, a quienes tendrás en todo honor y cuidado, haciéndome con ello este favor; pues no somos los primeros en obrar bien, sino que saldamos la deuda de cuanto su padre nos ofreció durante la huida. Y en cuanto a Shimí hijo de Guera, de la tribu de Binyamín, que me insultó mucho durante la huida, cuando yo marchaba hacia Majanáyim, y luego salió a mi encuentro junto al Yardén y recibió mi juramento de que entonces no sufriría nada, ahora, buscando un motivo razonable, castígalo.»
Tras aconsejar a su hijo sobre todos los asuntos, sobre los amigos y sobre quienes sabía que se habían hecho merecedores de castigo, murió, habiendo vivido setenta años y reinado siete años y seis meses en Jevrón sobre la tribu de Yehudá, y treinta y tres en Yerushaláyim sobre todo el país. A un varón que fue el mejor, dotado de toda virtud, y a quien se había confiado como rey la salvación de tantas naciones, era justo alabarlo además por el vigor de su fuerza y la sensatez de su moderación; pues fue valiente como ningún otro, y en los combates por sus súbditos era el primero en lanzarse a los peligros, incitando a los soldados a esforzarse y a luchar en las batallas con su propio trabajo y su propio combate, y no ordenándoles como un amo. Fue capacísimo para pensar y comprender tanto lo por venir como la administración de lo presente; moderado, ecuánime, benévolo con quienes se hallaban en desgracia, justo, humano —cualidades que con toda justicia convienen únicamente a los reyes—, sin haber cometido, en medio de tan gran magnitud de poder, falta alguna, salvo la referente a la mujer de Uriyá. Y dejó tanta riqueza como ningún otro rey, ni de los hebreos ni de otras naciones.
Su hijo Shlomo lo enterró en Yerushaláyim con toda magnificencia, con todos los demás ritos que se acostumbran en un funeral regio, y en especial sepultó con él mucha y abundante riqueza, cuyo exceso podría inferirse fácilmente de lo que se va a decir: pues, transcurridos mil trescientos años, Hircano el sumo sacerdote, sitiado por Antíoco —llamado el Piadoso, hijo de Demetrio—, queriendo darle dinero para levantar el asedio y retirar el ejército, y no teniendo recursos de otra parte, abrió una de las cámaras del sepulcro de David y, sacando tres mil talentos, dio una parte a Antíoco y así puso fin al asedio, como también hemos expuesto en otro lugar. Y después de esto, transcurridos muchos años, de nuevo el rey Herodes abrió otra cámara y sacó mucho dinero. Sin embargo, ninguno de ellos dio con los ataúdes de los reyes, pues estaban sepultados bajo tierra con tal ingenio que no resultaban visibles a quienes entraban en el sepulcro. Pero sobre esto nos basta con lo dicho.
Capítulo VIII
Libro octavo
Sobre David, su valor, cuántos bienes procuró a sus compatriotas, cuántas guerras y batallas condujo con éxito y cómo murió anciano, lo hemos expuesto en el libro anterior a éste.
Cuando Shlomo, su hijo, siendo aún de corta edad, recibió el reino —al cual, todavía en vida, David lo había designado señor del pueblo conforme a la voluntad de Dios— y se sentó en el trono, toda la multitud lo aclamó, como es natural ante un rey que comienza, deseándole que sus asuntos acabaran bien y que alcanzara una vejez próspera y un gobierno del todo feliz.
Pero Adoniyahu —quien ya en vida del padre había intentado hacerse con el poder— acudió a la madre del rey, Bat-Sheva, y la saludó con afecto. Ella le preguntó si venía por alguna necesidad y le pidió que lo dijera, pues con gusto se lo concedería; y él comenzó a hablar. Dijo que también ella sabía bien que el reino le pertenecía a él, tanto por su edad como por la voluntad del pueblo; pero que, habiendo pasado a Shlomo, su hijo, conforme al designio de Dios, él lo aceptaba con agrado, amaba la sujeción bajo él y se complacía en la situación presente. Le pedía, pues, que intercediera ante su hermano y lo persuadiera de darle en matrimonio a Avishag, la que había compartido el lecho con el padre —pues el padre no se había unido a ella por la vejez, y ella permanecía aún virgen—.
Bat-Sheva prometió tanto interceder con empeño como llevar a cabo el matrimonio, por dos razones: porque el rey querría concederle algún favor y porque ella misma se lo pediría con insistencia. Él se marchó lleno de esperanza sobre el enlace, y la madre de Shlomo se dirigió enseguida a su hijo para hablarle de lo que había prometido a Adoniyahu. El hijo salió a su encuentro y la abrazó; luego la condujo a la sala donde estaba su trono real, se sentó y ordenó que colocaran otro asiento a la derecha para su madre. Sentada Bat-Sheva, dijo: «Un solo favor te pido, hijo mío; concédemelo y no me causes el disgusto ni el ceño de una negativa.» Shlomo la invitó a pedir —pues era piadoso conceder todo a una madre—, y le reprochó un poco al inicio que hiciera su petición sin la esperanza firme de obtener lo que pedía, sino recelando una negativa. Ella le pidió que diera la virgen Avishag en matrimonio a su hermano Adoniyahu.
El rey tomó a mal estas palabras, despidió a su madre diciendo que Adoniyahu aspiraba a cosas mayores, y que se admiraba de cómo no le pedía también que le cediera el reino, ya que era el mayor, cuando le pedía para él el matrimonio con Avishag y tenía amigos poderosos, Yoav el general y Evyatar el sacerdote. Y mandando llamar a Benayahu, el jefe de los guardias de corps, le ordenó matar a su hermano Adoniyahu.
Y llamando a Evyatar el sacerdote, le dijo: «De la muerte te libran las fatigas que compartiste con mi padre y el arca, que trasladaste junto con él. Esta pena te impongo por haberte alineado con Adoniyahu y compartido sus designios: no estés aquí ni te presentes ante mi vista, sino marcha a tu patria y vive en los campos, y conserva esta vida hasta la muerte, ya que has faltado como para no seguir siendo justamente digno de tu rango.»
Así, la casa de Itamar fue depuesta del honor sacerdotal por la causa antedicha, tal como Dios había anunciado a Elí, abuelo de Evyatar; y pasó al linaje de Pinjás, a Tsadok. Los que del linaje de Pinjás habían vivido como particulares durante el tiempo en que el sumo sacerdocio pasó a la casa de Itamar —al recibirlo Elí el primero— fueron éstos: Bokías, hijo del sumo sacerdote Yeshúa; de éste, Yotam; de Yotam, Merayot; de Merayot, Arofeo; de Arofeo, Ajituv; de Ajituv, Tsadok, quien fue el primero en ser sumo sacerdote bajo el rey David.
Yoav el general, al oír de la muerte de Adoniyahu, se llenó de temor —pues era más amigo suyo que del rey Shlomo—, y sospechando, no sin razón, el peligro que le venía por su afecto a aquél, se refugió en el altar, pensando procurarse seguridad gracias a la piedad del rey hacia Dios. El rey, cuando algunos le informaron del propósito de Yoav, envió a Benayahu con orden de levantarlo y llevarlo al tribunal para que se defendiera. Pero Yoav dijo que no abandonaría el santuario, y que prefería morir allí antes que en otro lugar. Cuando Benayahu comunicó su respuesta al rey, Shlomo ordenó cortarle allí mismo la cabeza, como él quería, y que recibiera esta pena por los dos generales a quienes Yoav había matado impíamente; y que sepultaran su cuerpo, para que los pecados nunca abandonaran su linaje, y que él y su padre quedaran inocentes de la muerte de Yoav. Benayahu, tras ejecutar lo ordenado, fue él mismo nombrado general de todo el ejército, y el rey hizo a Tsadok único sumo sacerdote en lugar de Evyatar, a quien había depuesto.
A Shimí le ordenó que, tras construirse una casa, permaneciera en Yerushaláyim junto a él y no tuviera licencia de cruzar el torrente Cedrón; y que, si desobedecía, la pena sería la muerte. Y por la gravedad de la amenaza le obligó a prestar juramentos. Shimí, tras decir que se complacía en lo que Shlomo le ordenaba y jurar que lo cumpliría, dejó su patria y fijó su residencia en Yerushaláyim. Pasados tres años, al enterarse de que dos esclavos habían huido de él y se hallaban en Gat, corrió tras los siervos. Cuando regresó con ellos, el rey advirtió que había despreciado sus órdenes y, lo más grave, que ningún cuidado había tenido de los juramentos hechos ante Dios; se irritó, lo llamó y dijo: «¿No juraste no abandonarme ni salir jamás de esta ciudad a otra? No escaparás, pues, del castigo por el perjurio, sino que te castigaré por él y por las afrentas con que ultrajaste a mi padre durante su huida, ahora que te has mostrado malvado, para que sepas que los malos nada ganan por no ser castigados en el momento mismo de sus injusticias, sino que en todo el tiempo en que se creen sin temor por no haber sufrido nada, se acrecienta y se hace mayor el castigo que el que habrían pagado al instante de la falta.» Y Benayahu, por orden suya, mató a Shimí.
Ya con el reino firmemente asegurado y castigados sus enemigos, Shlomo tomó por esposa a la hija de Paró, rey de los egipcios. Y tras levantar los muros de Yerushaláyim mucho mayores y más fuertes que los anteriores, gobernó en adelante los asuntos en gran paz, sin dejarse dañar por la juventud en cuanto a justicia, guarda de las leyes y memoria de lo que su padre al morir le había encargado, sino cumpliendo con gran esmero todo cuanto harían los avanzados en años y en la plenitud de su juicio.
Decidió ir a Guivón y sacrificar a Dios sobre el altar de bronce construido por Moshé; y ofreció en holocausto mil víctimas. Con ello pareció haber honrado grandemente a Dios, pues éste se le apareció aquella noche en sueños y le mandó elegir qué dones le concedería a cambio de su piedad. Shlomo pidió a Dios lo más hermoso, lo más grande, lo más grato de dar para Dios y lo más provechoso de recibir para un hombre; pues no pidió que le sobrevinieran oro ni plata ni las demás riquezas, como haría un hombre y joven —cosas que casi todos tienen por lo único digno de afán y por dones de Dios—, sino que dijo: «Dame, HaShem, un entendimiento sano y una buena prudencia, con los que, al recibir al pueblo, pueda juzgarlo según la verdad y la justicia.»
Dios se complació en estas peticiones y prometió darle además todo lo demás que no había mencionado en su elección: riqueza, gloria, victoria sobre los enemigos y, por encima de todo, una inteligencia y sabiduría cuales no había tenido ningún otro hombre, ni rey ni particular; y prometió conservar el reino para sus descendientes por larguísimo tiempo, si permanecía justo, obediente a Él e imitando a su padre en aquello en que fue excelente. Al oír esto de Dios, Shlomo saltó enseguida del lecho y, tras adorarlo, regresó a Yerushaláyim; y ofreciendo grandes sacrificios ante el Mishkán, dio un banquete a todos los judíos.
En aquellos días se le presentó un juicio difícil, cuyo desenlace era penoso de hallar. He considerado necesario exponer el asunto sobre el que versaba el pleito, para que a los lectores les resulte conocida la dificultad del caso y, hallándose en medio de asuntos semejantes, tomen —como de una imagen— de la sagacidad del rey la capacidad de pronunciarse con facilidad sobre lo que se investiga. Dos mujeres de vida de rameras acudieron a él. La que parecía haber sido agraviada comenzó primera a hablar: «Vivo, oh rey —dijo—, con ésta en una misma habitación; y sucedió que ambas dimos a luz el mismo día, a la misma hora, sendos niños varones. Pasados tres días, ésta, tras acostarse sobre su propio niño, lo mata; y tomando el mío de mis rodillas, lo pasó a su lado, y mientras yo dormía puso el cadáver en mis brazos. Por la mañana, queriendo dar el pecho al niño, no encontré el mío, y veo junto a mí el suyo muerto; pues examinándolo con atención lo reconocí. Por eso reclamo a mi hijo, y al no recuperarlo me he refugiado, Señor, en tu ayuda; porque, al estar solas y no haber nadie que pueda desmentirla, ella, sin temor, con desprecio y negándolo con firmeza, persiste.»
Dicho esto, el rey interrogó a la otra sobre qué tenía que replicar a lo dicho. Como ella negaba haberlo hecho, y decía que el niño vivo era el suyo y el muerto el de su adversaria, y como nadie atinaba con el juicio, sino que —como ante un enigma— todos tenían la mente cegada para su solución, sólo el rey ideó algo semejante a esto: mandó traer tanto al niño muerto como al vivo, hizo venir a uno de los guardias de corps y, tras desenvainar la espada, le ordenó partir en dos a ambos niños, para que cada una de las mujeres recibiera la mitad del vivo y del muerto. Ante esto, todo el pueblo, a escondidas, se burlaba del rey como de un muchacho. Pero entre tanto, la verdadera madre, la que reclamaba, gritó que no lo hiciera, sino que entregara el niño a la otra como suyo, pues le bastaba con que viviera y con verlo, aunque pareciera ajeno; mientras la otra estaba dispuesta a ver partido al niño y pedía además que también a ella la torturaran. El rey, reconociendo que las voces de una y otra procedían de la verdad, adjudicó el niño a la que había gritado, pues ella era verdaderamente la madre, y condenó la maldad de la otra, que había matado a su propio hijo y se afanaba por ver perecer también el de su amiga. La multitud tuvo esto por gran prueba e indicio de la prudencia y sabiduría del rey; y desde aquel día en adelante le prestaban atención como a quien tenía un juicio divino.
Sus generales y gobernadores de todo el país eran éstos: de la heredad de Efráyim, Ures; de la toparquía de Bitiemes, Diocleros; la región de Dora y la costa la tenía Avinadav, casado con la hija de Shlomo, bajo su mando. La gran llanura estaba bajo Benayahu, hijo de Ajilud, quien además gobernaba toda la región hasta el Yardén; la Galaadítide y la Gaulanítide, hasta el monte Líbano, con sesenta ciudades grandes y muy fortificadas bajo su mando, las administraba Gabares; Ajinadav gobernaba toda la Galilea hasta Sidón, casado también él con una hija de Shlomo, de nombre Basima. La costa junto a Aco la tenía Banacates; a Safates se le había encomendado todo el monte Tabor y el Carmelo y la baja Galilea, hasta el río Yardén; a Shimí se le había confiado la heredad de Binyamín; Gabares tenía la región del otro lado del Yardén; y sobre todos éstos se había designado, de nuevo, un solo jefe.
Notable incremento tuvieron el pueblo de los hebreos y la tribu de Yehudá, entregados a la agricultura y al cuidado de la tierra; pues gozando de paz, sin ser distraídos por guerras ni turbulencias, y saciándose además sin freno de la ansiadísima libertad, cada uno se dedicaba a acrecentar lo suyo y a hacerlo de mayor valor. Tenía también el rey otros gobernadores, que mandaban sobre la tierra de los sirios y de los extranjeros, la que se extendía desde el río Éufrates hasta la de Mitsraim, recaudando para él tributos de las naciones.
Contribuían también cada día a la mesa y a la cena del rey treinta coros de flor de harina y sesenta de harina común, diez bueyes cebados y veinte bueyes de pasto, cien corderos cebados. Todo esto, aparte de lo de la caza —me refiero a ciervos, búfalos, aves y peces—, se le traía cada día al rey de parte de los extranjeros. Tan grande era la multitud de carros de Shlomo, que había cuarenta mil pesebres de caballos uncidos; y aparte de éstos había doce mil jinetes, de los cuales la mitad estaban al servicio del rey en Yerushaláyim, y los demás permanecían dispersos por las aldeas reales. El mismo gobernador encargado del gasto del rey proveía también a los caballos lo necesario, reuniéndolo en el lugar donde el rey se hallaba.
Tanta era la prudencia y sabiduría que Dios dio a Shlomo, que superaba a los hombres antiguos, y ni siquiera los egipcios —de quienes se dice que sobresalen por su inteligencia sobre todos— quedaban, comparados con él, apenas por debajo, sino que se revelaban muy alejados de la prudencia del rey. Superó y aventajó en sabiduría incluso a los que en su mismo tiempo gozaban entre los hebreos de fama por su habilidad, cuyos nombres no pasaré por alto: eran Etán, Hemán, Kalkol y Darda, hijos de Majol. Compuso además libros: sobre cánticos y melodías, mil cinco; y de parábolas e imágenes, tres mil libros. Pues sobre cada especie de árbol dijo una parábola, desde el hisopo hasta el cedro; y del mismo modo sobre las bestias y todos los animales terrestres, los acuáticos y los aéreos; pues no ignoró ninguna naturaleza ni la dejó sin examinar, sino que en todas filosofó y mostró un conocimiento supremo de sus propiedades.
Dios le concedió también aprender el arte contra los demonios, para provecho y curación de los hombres; y compuso ensalmos con los que se alivian las enfermedades, y dejó modos de exorcismos con los que quienes los emplean expulsan a los demonios de suerte que ya no vuelvan. Y esta terapia tiene entre nosotros grandísima fuerza hasta hoy; pues vi a cierto Elazar, de nuestro pueblo, que en presencia de Vespasiano, de sus hijos, de los tribunos y de otra muchedumbre de soldados, liberaba de los demonios a los poseídos por ellos. El modo de la curación era éste: acercando a las narices del endemoniado el anillo que tenía bajo el sello una raíz de las que había indicado Shlomo, extraía luego, al olerla el enfermo por las fosas nasales, al demonio; y caído el hombre al instante, le conjuraba a no volver más a él, invocando a Shlomo y recitando los ensalmos que aquél había compuesto. Y queriendo Elazar persuadir y demostrar a los presentes que tenía esta fuerza, colocaba un poco delante una copa llena de agua o un lavapiés, y ordenaba al demonio que, al salir del hombre, los volcara y diera así a los espectadores prueba de haber abandonado al hombre. Sucedido esto, quedaba manifiesta la inteligencia y sabiduría de Shlomo; por la cual, para que todos conozcan la grandeza de su naturaleza y cuán amado era de Dios, y para que no pase inadvertida a nadie bajo el sol la excelencia del rey en toda forma de virtud, nos hemos visto llevados a hablar de estas cosas.
Jiram, rey de los tirios, al oír que Shlomo había sucedido a su padre en el reino, se alegró mucho —pues era amigo de David—, y enviándole mensajeros lo saludó y se congratuló con él por los bienes presentes. Shlomo le envió una carta que decía lo siguiente: «El rey Shlomo al rey Jiram. Sabe que mi padre quiso edificar a Dios un templo, mas se lo impidieron las guerras y las continuas campañas; pues no cesó de someter a sus enemigos antes de haberlos hecho a todos tributarios. Yo, en cambio, doy gracias a Dios por la paz presente, y disponiendo por ella de ocio, quiero edificar a Dios la Casa; pues Dios predijo a mi padre que esta Casa sería edificada por mí. Por ello te pido que envíes a algunos con los míos al monte Líbano a cortar madera; pues los sidonios son más expertos que los nuestros en el corte de madera. La paga que fijes, yo se la daré a los leñadores.»
Jiram, tras leer la carta y complacido con lo escrito, responde a Shlomo: «El rey Jiram al rey Shlomo. Justo es bendecir a Dios porque te ha entregado el gobierno de tu padre a ti, hombre sabio y dotado de toda virtud. Yo, gozoso por ello, cumpliré todo lo que me pides: cortando mucha y gran madera de cedro y de ciprés por medio de los míos, la enviaré hasta el mar, y ordenaré a los míos que, tras armar una balsa, naveguen hasta el lugar de tu país que quieras y la depositen allí; luego los tuyos la transportarán a Yerushaláyim. Cuida tú de proporcionarnos, a cambio de esto, trigo, del que tenemos necesidad por habitar una isla.»
Perduran hasta el día de hoy las copias de estas cartas, conservadas no sólo en nuestros libros, sino también entre los tirios; de modo que si alguien quisiera saberlo con exactitud, pidiéndolo a los encargados del archivo público de los tirios, hallaría que lo suyo concuerda con lo que hemos dicho. He referido esto queriendo que los lectores sepan que en nada decimos algo fuera de la verdad, ni que, entretejiendo la historia con ciertos elementos verosímiles, seductores para el engaño y el deleite, intentemos eludir el examen y pretendamos ser creídos de inmediato; ni se nos permite, apartándonos de lo que conviene a la obra, quedar impunes, sino que pedimos no obtener aceptación alguna si no somos capaces de manifestar la verdad con demostración y pruebas sólidas.
El rey Shlomo, cuando le llegaron las cartas del rey de los tirios, alabó su prontitud y buena voluntad, y le retribuyó con aquello que había pedido: enviándole cada año veinte mil coros de trigo y otros tantos batos de aceite —el bato equivale a setenta y dos sextarios—; y la misma medida le proporcionaba también de vino. Así, la amistad de Jiram y de Shlomo creció aún más a partir de esto, y juraron mantenerla para siempre. El rey impuso a todo el pueblo un tributo de treinta mil obreros, a quienes hizo llevadero el trabajo repartiéndolo con cordura: hizo que diez mil cortaran durante un mes en el monte Líbano y descansaran dos meses, volviendo a sus casas, hasta que de nuevo los veinte mil completaran el trabajo en el tiempo fijado; luego, así, tocaba a los primeros diez mil acudir a la obra al cuarto mes. Fue supervisor de este tributo Adóramo. De los residentes extranjeros que David había dejado, había setenta mil que transportaban la piedra y la demás materia, y ochenta mil canteros, y de éstos tres mil trescientos capataces. Les había ordenado cortar grandes piedras para los cimientos del templo, y que, tras ajustarlas y unirlas primero en el monte, las bajaran así a la ciudad. Esto lo hacían no sólo los constructores del país, sino también los artesanos que Jiram había enviado.
Shlomo comenzó la construcción del templo teniendo ya el cuarto año de su reinado, en el segundo mes, que los macedonios llaman Artemisio y los hebreos Iar, quinientos noventa y dos años después de la salida de los israelitas de Mitsraim, mil veinte años después de la llegada de Avraham desde Mesopotamia a Kena’an, y mil cuatrocientos cuarenta después del diluvio; y desde el primer creado, Adam, hasta que Shlomo edificó el templo, habían transcurrido en total tres mil ciento dos años. En el tiempo en que el templo comenzó a edificarse, corría ya el año undécimo del reinado de Jiram en Tiro; y desde la fundación de Tiro hasta la edificación del templo había transcurrido un tiempo de doscientos cuarenta años.
El rey echa los cimientos del templo a grandísima profundidad en la tierra, con material de piedras robustas y capaces de resistir al tiempo, las cuales, unidas a la tierra, habían de ser suelo y sostén de la construcción que se levantaría encima, y por su fuerza desde abajo soportarían sin fatiga tanto la magnitud de lo que se les pondría encima como la suntuosidad de la belleza, cuyo peso no había de ser menor que el de las demás cosas que, para altura y para volumen, así como para ornato y grandiosidad, se proyectaban. Lo levantó hasta el techo, hecho de piedra blanca. La altura era de sesenta codos, y otro tanto la longitud, y la anchura veinte. Sobre éste se había erigido otro igual en medidas, de modo que la altura total del templo era de ciento veinte codos.
Estaba orientado hacia el oriente. Delante levantaron su vestíbulo, de veinte codos de longitud, extendido a lo ancho de la casa, con diez codos de fondo, y erigido a una altura de ciento veinte codos. Rodeó el templo en círculo con treinta cámaras pequeñas, que habían de ser la trabazón del conjunto por su densidad y número, ceñidas por fuera; y además dispuso las entradas de unas a otras. Cada una de estas cámaras tenía cinco codos de ancho, otros tantos de largo y veinte de alto. Sobre éstas se habían edificado otras cámaras, y de nuevo otras sobre aquéllas, iguales en medidas y en número, de modo que en total alcanzaban una altura semejante a la de la cámara de abajo; pues el piso superior no estaba rodeado de edificación. Se les había puesto encima un techo de cedro; y para las cámaras éste era propio de cada una, sin unirse con las vecinas; para las demás había una cubierta común, construida entre unas y otras con vigas larguísimas que atravesaban todas, de modo que los muros intermedios, sostenidos por las mismas maderas, se hacían por ello más firmes.
El cielo raso bajo las vigas lo hizo todo de la misma materia, labrado en artesonados y con aplicación de oro. Los muros, revestidos de tablas de cedro, les incrustó oro, de modo que todo el templo relucía y las miradas de quienes entraban quedaban deslumbradas por el resplandor del oro que se difundía por todas partes. Toda la construcción del templo se hizo con gran arte, de piedras talladas a plomo, ensambladas de modo tan armonioso y liso que no se revelaba a quienes las examinaban obra de martillo ni de ningún otro instrumento de carpintería, sino que, sin el uso de éstos, toda la materia se ajustaba tan naturalmente que la armonía parecía más bien voluntaria que fruto de la necesidad de las herramientas. El rey ideó con arte una subida a la cámara superior a través del espesor del muro; pues ésta no tenía una gran puerta al oriente como la tenía la cámara de abajo, sino que por los costados había entradas por puertas muy pequeñas. Trabó el templo, por dentro y por fuera, con maderas de cedro unidas por gruesas cadenas, de modo que esto sirviera de fortificación y firmeza.
Dividiendo el templo en dos, hizo de la cámara interior, de veinte codos, un santuario inaccesible, y designó la de cuarenta codos como santo templo. Abriendo el muro intermedio, colocó puertas de cedro, labrándoles mucho oro y variado relieve. Las cubrió con velos de tejidos vistosísimos, hechos de jacinto, púrpura y grana, y también de lino finísimo y suavísimo. Consagró en el santuario, de veinte codos de ancho y otros tantos de largo, dos querubines de oro macizo, de cinco codos de altura cada uno; y cada uno tenía dos alas extendidas cinco codos. Por eso los erigió no lejos uno de otro, para que con una de las alas tocaran, uno el muro situado al sur del santuario, y el otro el del norte; y las otras alas, uniéndose entre sí, sirvieran de cobertura al arca colocada entre ellos. En cuanto a los querubines, nadie puede decir ni conjeturar qué forma tenían.
Recubrió también el suelo del templo con láminas de oro, y puso en el portal del templo puertas proporcionadas a la altura del muro, de veinte codos de ancho, y también éstas las revistió de oro. En suma, no dejó parte alguna del templo, ni por fuera ni por dentro, que no fuera de oro. Cubrió también estas puertas con velos semejantes a los del interior. La puerta del vestíbulo no tenía nada de esto.
Shlomo hace venir de Tiro, de parte de Jiram, a un artesano de nombre Jiram, de madre de linaje de Neftalí —pues era de esta tribu— y de padre de linaje israelita, Uriyá. Éste era entendido en toda obra, pero sobre todo era artesano en trabajar el oro, la plata y el bronce, por el cual se fabricó todo lo relativo al templo según la voluntad del rey. Este Jiram fabricó también dos columnas de bronce, de cuatro dedos de grosor por dentro. La altura de las columnas era de dieciocho codos, y el perímetro de doce codos; sobre cada capitel se alzaba, de fundición, un lirio de cinco codos de altura, en torno al cual había una red trenzada con follaje de bronce que cubría los lirios. De ésta colgaban, en doble hilera, doscientas granadas. De estas columnas, la una la colocó a la derecha del propileo como jamba, llamándola Yajín, y la otra a la izquierda, nombrándola Bóaz.
Fundió también un mar de bronce en forma de hemisferio; se llamó «mar» esta obra de bronce por su magnitud, pues la pila tenía diez codos de diámetro y estaba fundida con un palmo de grosor. Se apoyaba por su parte más central sobre una espiral que giraba en diez volutas; cada una era de un codo de diámetro; y en torno a ella estaban dispuestos doce bueyes, vueltos hacia las regiones de los cuatro vientos, tres por cada una, inclinados hacia atrás, de modo que el hemisferio se asentaba sobre ellos, volcado hacia dentro en su giro. El mar contenía tres mil batos.
Hizo también diez basas de bronce cuadradas para las pilas. Cada una tenía cinco codos de largo, cuatro de ancho y seis de alto. La obra estaba ensamblada, labrada por partes de este modo: había cuatro columnillas cuadradas que se erguían en cada ángulo, teniendo ajustados en sí, por uno y otro lado, los costados de la basa. Éstas estaban divididas en tres partes; cada espacio lo ocupaba un borde dispuesto a modo de peldaño, sobre los que había labrado aquí un león, allá un toro y un águila; y sobre las columnillas se había trabajado del mismo modo que en los costados labrados. Toda la obra descansaba, suspendida, sobre cuatro ruedas. Éstas eran de fundición, con cubos y llantas de codo y medio de diámetro. Se admiraría cualquiera que contemplara las curvaturas de las ruedas, cómo estaban labradas junto con los costados de las basas y unidas armoniosamente a las llantas; y sin embargo así estaban. Las esquinas, por arriba, las cerraban hombros de manos alzadas, sobre los que se asentaba una espiral, colocada en forma cóncava, que sostenía con las manos la pila reposada sobre ellos, con un águila y un león ajustados a ellos, de modo que parecieran a los espectadores connaturales. Entre éstos había palmeras labradas. Tal era la fábrica de las diez basas.
Fabricó además diez pilas redondas de bronce, en forma de calderos, cada una de las cuales cabían cuarenta congios; pues tenía cuatro codos de altura, y en otros tantos distaban entre sí sus bordes. Coloca estas pilas sobre las diez basas llamadas Mekenot. Cinco pilas colocó al lado izquierdo del templo —el cual estaba vuelto hacia el viento del norte— y otras tantas a la derecha, hacia el sur, mirando al oriente; y en ese mismo lado colocó también el mar. Tras llenarlos de agua, destinó el mar a que en él se lavaran las manos y los pies los sacerdotes que entraban al templo y se disponían a subir al altar, y las pilas para limpiar las entrañas de los animales que se ofrecían en holocausto, y sus patas.
Fabricó también un altar de bronce de veinte codos de largo, otros tantos de ancho y diez de alto, para los holocaustos. Hizo también todos sus utensilios de bronce: paletas y aventadores; y además de éstos, Jiram fabricó calderos, garfios y todo utensilio de bronce de resplandor y belleza semejantes al oro. El rey consagró también gran número de mesas: una grande, de oro, sobre la que ponían los panes de Dios, y semejantes a ésta otras diez mil, hechas de otra manera, sobre las que se colocaban los utensilios: copas y vasos de libación, veinte mil de oro y cuarenta mil de plata. Hizo también diez mil candelabros según el mandato de Moshé, de los cuales consagró uno en el templo, para que ardiera cada día conforme a la Torá, y una mesa con panes encima hacia la parte norte del templo, frente al candelabro; pues éste lo colocó al sur, y el altar de oro quedaba en medio de ambos. Todas estas cosas las tenía la cámara de cuarenta codos, delante del velo del santuario; y en éste había de estar el arca.
El rey fabricó ochenta mil jarras de vino, y cien mil copas de oro, y el doble de plata; y de fuentes de oro para ofrecer en ellas al altar la flor de harina amasada, ochenta mil, y el doble de éstas de plata; y crateras en las que amasaban la flor de harina con aceite, sesenta mil de oro y el doble de plata. Las medidas, semejantes a las que Moshé llama «hin» e «issarón», veinte mil de oro y el doble de plata. Incensarios de oro, en los que se llevaba el incienso al templo, veinte mil; e igualmente otros incensarios con los que llevaban fuego del gran altar al pequeño altar que había en el templo, cincuenta mil. Vestiduras sacerdotales para los sumos sacerdotes, con túnicas talares, efods, pectoral y piedras, mil; y la diadema, en la que Moshé grabó el nombre de Dios, era una y perduró hasta el día de hoy. Las vestiduras sacerdotales las hizo de lino, y cintos de púrpura, diez mil para cada uno. Y trompetas, según el mandato de Moshé, doscientas mil; y vestiduras para los leviim cantores, de lino, doscientas mil; y los instrumentos musicales inventados para el canto de himnos, que se llaman nablas y kinnyras, los fabricó de electro, cuarenta mil.
Todas estas cosas las fabricó Shlomo para honra de Dios con suntuosidad y magnificencia, sin escatimar nada, sino empleando todo empeño en el ornato del templo; y las depositó en los tesoros de Dios. Rodeó el templo, en círculo, de una cornisa —llamada en la lengua del país «gisón» y entre los griegos «trinco»—, elevándola a tres codos de altura, que había de apartar a la multitud de la entrada al recinto sagrado y señalar que éste estaba reservado sólo a los sacerdotes. Por fuera de ésta edificó un recinto sagrado: levantando, en forma cuadrada, pórticos grandes y anchos, abiertos con puertas altas, cada una de las cuales estaba vuelta hacia cada uno de los vientos y se cerraba con puertas de oro. En éste entraban todos los del pueblo que se distinguían por su pureza y por la observancia de las prescripciones. Pero mostró algo admirable y mayor que toda palabra, y aun que la vista misma, el recinto sagrado exterior a éstos; pues rellenando grandes barrancos, que por su inmensa profundidad no era posible mirar sin esfuerzo al asomarse, y elevándolos hasta cuatrocientos codos de altura, a nivel de la cumbre del monte sobre la que estaba edificado el templo, así lo construyó; y por ello el recinto exterior, siendo a cielo abierto, quedaba al mismo nivel que el templo.
Lo rodeó, además, con pórticos de doble estructura, cuyas columnas —de piedra viva— sostenían la altura; los techos eran de cedro, labrados con artesonados. Y todas las puertas de este recinto sagrado las revistió de plata.
Estas obras, con la magnitud y la belleza de los edificios y de las ofrendas consagradas al Templo, las remató el rey Shlomó en siete años, dando muestra de su riqueza y de su empeño. Tanto, que cualquiera que lo viese habría pensado que semejante empresa habría necesitado el tiempo entero para levantarse, y que, sin embargo, se había concluido en tan poco tiempo si se lo comparaba con la grandeza del Templo. Entonces escribió a los jefes y a los ancianos de los hebreos, y les ordenó reunir a todo el pueblo en Yerushaláyim, para que contemplaran el Templo y trasladaran a él el arca de Dios.
Cuando se pregonó por todas partes esta convocatoria a Yerushaláyim, apenas en el mes séptimo se congregaron —el mes que los naturales llaman Athyri y los macedonios Hiperbereteo—. Coincidió por esos mismos días la ocasión de la fiesta de Sukot, festividad sumamente sagrada y de las mayores entre los hebreos.
Levantaron, pues, el arca y el Mishkán que había montado Moshé, junto con todos los utensilios destinados al servicio de los sacrificios de Dios, y lo trasladaron todo al Templo. Iban en cabeza, con sacrificios, el propio rey y todo el pueblo y los leviim, regando el camino con libaciones y con la sangre de innumerables víctimas, y quemando una cantidad infinita de perfumes —tanta, que todo el aire de alrededor quedó saturado, y hasta a quienes se hallaban a mucha distancia les llegaba grato y les hacía reconocer la presencia de Dios y su morada, según el modo de entender humano, en aquel lugar recién construido y consagrado para Él—. Y es que no se cansaron de entonar himnos ni de danzar hasta que llegaron al Templo.
De esta manera, pues, trasladaron el arca. Y cuando había que introducirla en el Lugar Santísimo, la demás muchedumbre se apartó, y solo los sacerdotes la llevaron y la depositaron entre los dos querubim; estos, entrelazando sus alas —pues así los había fabricado el artífice—, cubrieron el arca como bajo una especie de tienda y de bóveda.
No contenía el arca ninguna otra cosa sino dos tablas de piedra, que conservaban grabadas en ellas las diez palabras que Dios había pronunciado a Moshé en el monte Sinaí. El candelabro, la mesa y el altar de oro los colocaron en el Templo, delante del Lugar Santísimo, en los mismos sitios que también antes ocupaban cuando estaban en el Mishkán, y ofrecían allí los sacrificios diarios. El altar de bronce lo levantó delante del Templo, frente a la puerta, de modo que, al abrirse esta, quedara de cara y se vieran los oficios sagrados y la magnificencia de los sacrificios. Los demás utensilios, todos, los recogió y los depositó dentro, en el Templo.
Cuando los sacerdotes, tras disponerlo todo en torno al arca, hubieron salido, de pronto se formó una densa nube —no espesa, ni cargada de lluvia como en época de invierno—, que, extendiéndose y difundiéndose, penetró en el Templo; oscureció la vista de los sacerdotes, de suerte que no se distinguían unos a otros, y a la mente de todos les infundió la imagen y la convicción de que Dios había descendido al santuario y había puesto en él con gusto su morada.
Mientras ellos permanecían absortos en este pensamiento, el rey Shlomó se levantó —pues estaba sentado— y dirigió a Dios palabras que juzgaba dignas de la naturaleza divina y convenía que él pronunciase: «Sabemos, oh HaShem —dijo—, que tienes por casa eterna y digna de Ti al cielo, el aire, la tierra y el mar, que Tú creaste; y que a través de todo ello te extiendes sin contentarte siquiera con eso. Y sin embargo, te he edificado este Templo que lleva tu nombre, para que desde él te enviemos hacia lo alto, sacrificando y ofreciendo, nuestras plegarias, y vivamos persuadidos de que estás presente y no te has apartado lejos. Pues Tú, que todo lo miras y todo lo oyes, ni aun ahora que habitas donde te es lícito dejas de estar cerquísima de todos —más aún, a cada uno, mientras delibera, le asistes de noche y de día—».
Tras invocar así a Dios, volvió su discurso hacia el pueblo, mostrándoles el poder y la providencia de Dios: que a su padre David le había revelado de antemano todo lo por venir —de lo cual mucho se había ya cumplido, y se cumpliría lo restante—; que Él mismo le había puesto el nombre cuando aún no había nacido, prediciendo cómo habría de llamarse, y que él edificaría el Templo, tras hacerse rey después de la muerte de su padre. «Viéndolo cumplido según aquella profecía —les dijo—, alaben a Dios y no desconfíen de nada de cuanto ha prometido para su felicidad, creyendo, por lo que ya se ve, que también se realizará».
Dicho esto a la multitud, el rey vuelve de nuevo la mirada al Templo y, alzando la diestra hacia el pueblo, dijo: «Con obras no les es posible a los hombres devolver a Dios la gratitud por los bienes que han recibido, pues lo divino de nada carece y está por encima de tal correspondencia. Pero con aquello en lo que, gracias a Ti, oh HaShem, hemos llegado a ser superiores a los demás seres vivos, con eso es forzoso bendecir tu grandeza y darte gracias por los favores concedidos a nuestra casa y a la de los hebreos. Pues ¿con qué otra cosa mejor y más apropiada podemos aplacarte cuando estás airado e indignado, y volverte benévolo, que con la voz, que del aire recibimos y que sabemos que de nuevo por él asciende? Con ella, pues, te confieso mi gratitud: primero por mi padre, a quien de la oscuridad elevaste a tan gran gloria; después por mí mismo, que hasta el día de hoy he cumplido cuanto predijiste. Y te ruego que en adelante nos concedas cuanto está en el poder de Dios para con los hombres a quienes Tú has honrado, y que acrecientes nuestra casa por siempre, tal como prometiste a mi padre David, en vida y a la hora de su muerte: que entre nosotros permanecerá el reino y que su linaje lo transmitirá por incontables sucesiones. Concédenos, pues, esto, y otorga a mis hijos aquella virtud de la que Tú te complaces.
Y, además de esto, te suplico que hagas morar una parte de tu espíritu en el Templo, para que parezca que también en la tierra estás con nosotros. Pues para Ti pequeña morada es toda la bóveda del cielo y cuanto en él existe, no ya este humilde Templo; pero te ruego que lo guardes por siempre libre del saqueo de los enemigos, como cosa propia, y que veles por él como por posesión tuya. Y si alguna vez el pueblo peca y luego es herido por algún mal a causa del pecado —esterilidad de la tierra, plaga mortífera o cualquiera de esos castigos con que Tú persigues a los que transgreden algo de lo santo—, y todos, reunidos, se refugian en el Templo suplicándote y pidiéndote salvación, escúchalo, y, como estando dentro, apiádate y líbralos de las desgracias.
Y esta ayuda no la pido de Ti solo para los hebreos cuando caigan, sino también si desde los confines de la tierra vienen algunos, de donde sea, dirigiéndose a Ti y rogando alcanzar algún bien: dáselo, escuchándolos. Pues así aprenderán todos que Tú mismo quisiste que se te edificara la casa entre nosotros, y que nosotros no somos de índole inhumana ni nos comportamos con hostilidad hacia los que no son de nuestra raza, sino que hemos querido que la ayuda que viene de Ti y el disfrute de los bienes sean comunes a todos».
Dicho esto, se arrojó a tierra y, tras adorar largo rato, se levantó y ofreció sacrificios a Dios. Y cuando hubo colmado el altar de víctimas enteras, conoció con toda claridad que Dios recibía con agrado el sacrificio: pues un fuego atravesó el aire y, a la vista de todos, se lanzó sobre el altar, arrebató todo el sacrificio y lo consumió.
Producida esta manifestación, el pueblo la interpretó como señal de que Dios habría de habitar en el Templo, y, lleno de gozo, se postró en tierra en adoración. El rey empezó a bendecir y exhortó a la multitud a hacer lo mismo, pues ya tenían pruebas de la benevolencia de Dios hacia ellos, y a rogar que siempre les llegasen de Él tales dones; a mantener su ánimo puro de toda maldad, en la justicia, en el culto y en la observancia de los mandamientos que Dios les había dado por medio de Moshé y que perduraban. «Pues así —dijo— será dichosa la nación de los hebreos, y más venturosa que todo el género humano». Y los exhortó a recordar que, con aquellas mismas cosas con que habían adquirido los bienes presentes, con esas los conservarían firmes y los harían mayores y más numerosos; que debían entender que no solo por su piedad y su justicia los habían recibido, sino que por lo mismo los mantendrían; y que para los hombres no es tan grande adquirir algo de lo que no tenían como conservar lo ganado y no cometer falta alguna en perjuicio de ello.
Habiendo dicho esto a la multitud, el rey disolvió la asamblea, tras concluir los sacrificios por sí mismo y por todos los hebreos: sacrificó doce mil bueyes y ciento veinte mil ovejas. Fue entonces cuando por primera vez el Templo probó los oficios sagrados, y todos los hebreos, con sus mujeres e hijos, celebraron en él un banquete. Además, la fiesta llamada de Sukot la celebró el rey ante el Templo con esplendor y magnificencia durante dos veces siete días, banqueteando junto con todo el pueblo.
Cuando ya tuvieron de todo esto suficiente y nada faltó a la piedad de cada cual para con Dios, el rey los despidió, y se marcharon dando gracias al rey por su solicitud hacia ellos y por las obras que había realizado, y rogando a Dios que les conservara por mucho tiempo a Shlomó como rey. Hicieron el camino con alegría y regocijo, cantando himnos a Dios, de suerte que, por el placer, todos recorrieron sin fatiga el camino de vuelta a sus casas. Así, tras haber introducido el arca en el Templo, contemplado su magnitud y su belleza y participado en él de grandes sacrificios y festividades, regresaron cada uno a sus ciudades.
Un sueño se apareció al rey mientras dormía y le anunció que Dios había escuchado su plegaria: que guardaría el Templo y permanecería siempre en él, mientras sus descendientes, él mismo y toda la multitud obraran con justicia; y que a él, en particular, si perseveraba primero en los preceptos de su padre, lo elevaría a una cima y grandeza de felicidad sin límites, y que reinarían siempre sobre el país los de su linaje y de la tribu de Yehudá. Pero que, si traicionaba las buenas costumbres, las echaba en olvido y se pasaba a rendir culto a dioses extranjeros, lo arrancaría de raíz, y no dejaría resto alguno de su estirpe ni pasaría por alto impune al pueblo de los israelitas, sino que los aniquilaría con guerras y con males incontables; que los expulsaría de la tierra que había dado a sus padres y establecería en ella a advenedizos extraños; que entregaría a las llamas y al saqueo de los enemigos el Templo ahora edificado; que arrasaría también la ciudad por mano de los enemigos, y haría que las calamidades de aquel pueblo llegaran a ser dignas de fábula por su enorme magnitud y por su increíble desmesura, de modo que los pueblos vecinos, al oír la desgracia, se asombraran e indagaran con curiosidad la causa por la que unos hebreos, antes conducidos por Dios a tanta gloria y riqueza, habían sido después así aborrecidos por Él; y que oirían de boca de los supervivientes la confesión de sus pecados y de sus transgresiones de las leyes patrias. Esto es lo que se ha dejado escrito que Dios le dijo mientras dormía.
Después de la construcción del Templo, terminada en siete años como ya dijimos, emprendió la edificación del palacio real, que apenas acabó en trece años; pues no se trabajó con el mismo afán que en el santuario. Este último, aunque grande y de obra admirable y sorprendente, con la ayuda además de Dios, a quien estaba dedicado, se concluyó en los años dichos; los palacios, en cambio, muy inferiores a la dignidad del Templo —porque ni el material se había preparado durante tanto tiempo y con el mismo empeño, y porque era morada de reyes y no de Dios—, se remataron más despacio.
Fueron construidos, con todo, de manera digna de mención y acorde con la prosperidad del país de los hebreos y del rey; pero es necesario describir toda su disposición y traza, para que por ella puedan conjeturar y comprender su magnitud quienes lleguen a leer esta obra.
Había una sala grande y hermosa, sostenida por muchas columnas, que dispuso para los juicios y el examen de los pleitos, capaz de acoger y contener a la multitud reunida para las causas: cien codos de largo, cincuenta de ancho y treinta de alto, apoyada toda en columnas cuadrangulares de cedro, con techumbre de estilo corintio, provista de jambas de igual medida y de portales de triglifos, sólida a la vez que embellecida.
Había otra sala en medio, dispuesta a lo ancho de todo el conjunto, cuadrada, de treinta codos de anchura, que tenía enfrente un vestíbulo alzado sobre gruesas columnas; y en ella una exedra soberbia, en la que, sentado, el rey administraba justicia. Junto a esta se hallaba construida otra sala para la reina, y las demás dependencias destinadas al vivir cotidiano y al descanso una vez despachados los asuntos, todas ellas revestidas de tablas talladas de cedro.
Unas partes las edificó con piedras de diez codos, y los muros los recubrió de otra piedra aserrada y costosa, de la que se extrae de la tierra para el ornato de los templos y de las mansiones reales, célebre en los lugares que la producen. Su hermosura estaba tramada en tres hileras, y una cuarta parte ofrecía admirar la maestría de los grabadores, que habían representado árboles y plantas de toda clase, tan sombreados por sus ramas y por las hojas que colgaban de ellas, que se creería que hasta se estremecían, por lo extremado de su finura, ocultando la piedra que había debajo. El resto, hasta el techo, estaba estucado y adornado con colores y tintes.
Añadió a esto otras estancias para el recreo y, en fin, pórticos larguísimos, situados en la parte más bella del palacio, entre los cuales una sala espléndida para banquetes y festines, colmada de oro; y todos los demás utensilios que tal sala debía tener para el servicio de los comensales estaban fabricados de oro. Difícil es enumerar la magnitud y la variedad del palacio: cuántas eran sus salas mayores, cuántas las menores, cuántas las subterráneas y ocultas; y las bellezas de los espacios abiertos al aire, y los bosquecillos, dispuestos para el más grato deleite de la vista y para refugio y sombra de los cuerpos en el verano.
En resumen, toda la construcción la hizo de piedra blanca, de cedro, de oro y de plata, engalanando los techos y los muros con piedras engarzadas en oro, de la misma manera que había adornado el Templo de Dios. Hizo también un trono de marfil, grandísimo, en forma de estrado, que tenía seis gradas; a cada lado de cada una de ellas se erguían dos leones, y arriba había otros tantos junto a él. El asiento del trono lo formaban unas manos que recibían al rey; su respaldo se recostaba en una cabeza de becerro que miraba hacia atrás, y todo él estaba recubierto de oro.
Estas cosas las construyó Shlomó en veinte años. Y como Jiram, rey de los tirios, había aportado para la obra mucho oro y aún más plata, y además maderas de cedro y de pino, también él correspondió a Jiram con grandes dones, enviándole cada año trigo, vino y aceite, de los que este continuamente tenía necesidad por habitar una isla, como ya hemos dicho antes. Además de esto, le regaló veinte ciudades de Galilea, situadas no lejos de Tiro; pero Jiram, al ir a verlas y examinarlas, quedó descontento con el regalo, y envió a decir a Shlomó que no necesitaba aquellas ciudades. Desde entonces fueron llamadas «tierra de Chabalón»; y «chabalón», traducido según la lengua de los fenicios, significa «lo que no agrada».
El rey de los tirios envió también a Shlomó agudezas y sentencias enigmáticas, rogándole que se las aclarara y lo librara de la dificultad de cuanto en ellas se indagaba. Pero, siendo Shlomó hombre hábil y sagaz, ninguna de ellas se le escapó, sino que las venció todas con su razonamiento, y, penetrando su sentido, las esclareció.
De estos dos reyes hace memoria también Menandro, el que tradujo los archivos de los tirios de la lengua fenicia a la griega, y dice así: «Muerto Abíbalo, le sucedió en el reino su hijo Jiram, quien, habiendo vivido cincuenta y tres años, reinó treinta y cuatro. Este terraplenó el Euríchoro y consagró la columna de oro que hay en el templo de Zeus; fue además a talar madera del monte llamado Líbano para los techos de los templos; y, derribando los santuarios antiguos, edificó un templo a Heracles y a Astarté, y fue el primero en celebrar la resurrección de Heracles en el mes de Peritio. Hizo una expedición contra los de Utica, que no pagaban los tributos, y, tras someterlos de nuevo, regresó. En su tiempo vivió un joven, hijo de Abdemón, que siempre resolvía los problemas que le proponía Shlomó, el rey de Yerushaláyim».
Lo menciona también Dío, que dice así: «Muerto Abíbalo, reinó su hijo Jiram. Este terraplenó las partes orientales de la ciudad y agrandó la urbe; y el santuario de Zeus Olímpico, que estaba aislado, lo unió a la ciudad rellenando de tierra el espacio intermedio y lo adornó con ofrendas de oro; y, subiendo al Líbano, taló madera para la construcción de los templos. Cuentan que Shlomó, el que gobernaba en Yerushaláyim, envió enigmas a Jiram y pidió recibir otros de él, con la condición de que quien no lograra resolverlos pagara dinero al que los resolviera. Jiram aceptó, y, al no poder descifrar los enigmas, gastó gran parte de su fortuna en la multa. Luego un tal Abdemón, varón tirio, resolvió los propuestos y, a su vez, planteó otros que, al no resolverlos Shlomó, le hicieron pagar mucho dinero a Jiram». Así lo ha referido Dío.
Cuando el rey vio que las murallas de Yerushaláyim necesitaban torres para su seguridad, y otras defensas más, pues consideraba que también el recinto debía corresponder a la dignidad de la ciudad, las reparó y las realzó con grandes torres. Edificó, además, ciudades que se contaban entre las más importantes: Jatsor, Meguidó y, la tercera, Guézer, la cual, siendo del país de los filisteos, Paró, rey de los egipcios, había tomado por la fuerza tras atacarla y sitiarla; y, después de matar a todos sus habitantes, la había arrasado, para luego dársela como dote a su hija, casada con Shlomó. Por eso el rey la reconstruyó, pues era fuerte por naturaleza y podía resultar útil en las guerras y en las mudanzas de los tiempos. No lejos de ella edificó otras dos ciudades: una tenía por nombre Bet-Jorón, y la otra se llamaba Baalat.
Además de estas, construyó otras, apropiadas para el placer y el recreo, favorecidas por la templanza del aire, fértiles en frutos de estación y frescas por sus manantiales de agua. Penetró también en el desierto de la Alta Siria y, tras apoderarse de él, fundó allí una gran ciudad, distante dos jornadas de la Alta Siria, una del Éufrates y seis de la gran Bavel. La razón de que esta ciudad se hallara tan apartada de las regiones habitadas de Siria era que en ningún lugar más abajo había agua en la tierra, y solo en aquel sitio se encontraban fuentes y pozos. Habiendo, pues, edificado esta ciudad y ceñídola de murallas fortísimas, la llamó Tadamora, y así se sigue llamando aún hoy entre los sirios, aunque los griegos la denominan Palmira.
En esto se ocupaba el rey Shlomó por aquel tiempo. A los que preguntan por qué todos los reyes de los egipcios, desde Mineo —el que edificó Menfis, y que vivió muchos años antes de nuestro antepasado Avraham—, hasta Shlomó, a lo largo de más de mil trescientos años transcurridos entre medias, fueron llamados «Paró», tomando la denominación de un rey llamado Paró que gobernó entre ellos en los tiempos intermedios, he creído necesario responder, para disipar su ignorancia y aclarar la causa del nombre: que «Paró», en egipcio, significa «rey».
Pienso que ellos, teniendo desde niños otros nombres, al hacerse reyes cambiaban su nombre por el que expresaba su autoridad en la lengua patria. Así, también los reyes de Alejandría, que antes se llamaban con otros nombres, cuando recibieron el reino fueron llamados «Tolomeos», por el primero de sus reyes. Y los emperadores de los romanos, que de nacimiento habían sido designados con otros nombres, se llaman «Césares», tomando esta denominación de su mando y de su dignidad, y no manteniendo aquellos con que sus padres los habían nombrado. Creo que también Heródoto de Halicarnaso, por esta causa, cuando dice que después de Mineo, el que edificó Menfis, hubo trescientos treinta reyes de los egipcios, no señaló sus nombres, porque en común eran llamados «Paró»; pues, muerto estos, al reinar una mujer, dice su nombre, llamándola Nicaulé, dando a entender que los reyes varones podían tener la misma denominación, pero la mujer ya no participaba de ella, y por eso mencionó el nombre que le correspondía por naturaleza. Yo mismo he hallado también en nuestros libros patrios que después de Paró, el suegro de Shlomó, ningún rey de los egipcios se llamó ya con este nombre; y que más tarde vino a Shlomó la mencionada mujer, que reinaba sobre Mitsraim y Etiopía. De ella hablaremos dentro de poco; ahora la he recordado para mostrar que nuestros libros y los de los egipcios concuerdan en muchas cosas.
El rey Shlomó, a los cananeos que aún no le obedecían —los que moraban en el monte Líbano y hasta la ciudad de Amata—, tras someterlos, les impuso tributo, y cada año escogía de entre ellos a quienes le sirviesen, cumplieran las tareas domésticas y trabajasen la tierra. Pues ninguno de los hebreos era esclavo, ni era razonable, habiéndoles dado Dios el dominio sobre muchos pueblos, y debiendo sacar de estos la servidumbre, rebajarlos a ellos a tal condición; antes bien, todos, en armas, sobre carros y caballos, pasaban el tiempo haciendo la guerra más que sirviendo. De los cananeos, a quienes redujo a servidumbre, nombró quinientos cincuenta jefes en número, que recibieron del rey la supervisión total sobre ellos, para enseñarles las labores y las obras en que los necesitara.
Construyó el rey en el golfo egipcio, en el mar de los Juncos, muchas naves, en un lugar llamado Etsión-Guéver, no lejos de la ciudad de Elat, que ahora se llama Berenice; pues aquel país era antaño de los judíos. Recibió además de Jiram, rey de los tirios, el regalo apropiado para las naves: le envió hombres pilotos y expertos en las cosas del mar en número suficiente, a quienes ordenó navegar, junto con sus propios administradores, a la que antes se llamaba Sofira y ahora «tierra del oro» —está en la India— y traerle oro. Y, tras reunir unos cuatrocientos talentos, regresaron de nuevo junto al rey.
La mujer que entonces reinaba sobre Mitsraim y Etiopía, ejercitada en la sabiduría y admirable en lo demás, al oír la virtud y la prudencia de Shlomó, sintió el deseo de verlo, por lo que a diario se decía acerca de aquellas tierras. Queriendo persuadirse por la experiencia y no por lo que había oído —pues lo que se oye es fácil que se acomode también a una opinión falsa y luego se cambie, ya que todo depende de quienes lo cuentan—, resolvió ir a él, deseando sobre todo poner a prueba su sabiduría, proponiéndole ella misma cuestiones y pidiéndole que le resolviese lo intrincado del pensamiento. Llegó a Yerushaláyim con gran fasto y despliegue de riqueza, pues trajo consigo camellos cargados de oro, de aromas variados y de piedras preciosas. Cuando llegó, el rey la recibió con agrado, y, además de mostrarse solícito en lo demás con ella, resolvía con facilidad, gracias a su ingenio, las agudezas que le proponía, más rápido de lo que nadie esperaba.
Ella quedó pasmada, tanto al comprobar por la experiencia que la sabiduría de Shlomó la superaba de aquel modo y era mayor de lo que se oía, como, sobre todo, al admirar el palacio por su belleza y su magnitud, y no menos por la disposición de sus edificios; pues también en ella advertía mucha prudencia del rey. La dejaban sobre todo atónita la casa llamada «Bosque del Líbano», la magnificencia de los banquetes diarios y su preparación y servicio, el vestido de los sirvientes y la pericia con que atendían el servicio con decoro, y no en último lugar los sacrificios que a diario se ofrecían a Dios y el esmero de los sacerdotes y de los leviim en torno a ellos. Viendo esto día tras día, se maravillaba en extremo, y, no pudiendo contener el asombro por lo que contemplaba, dejó ver claramente cuán prendada estaba de admiración; pues se adelantó a dirigir al rey unas palabras en las que se mostró rendida por completo, en su entendimiento, ante lo que había visto:
«Todo cuanto llega al conocimiento por el oído, oh rey —dijo—, viene acompañado de incredulidad; pero de tus bienes, los que tú mismo posees en ti —me refiero a la sabiduría y a la prudencia— y los que el reino te concede, no era, pues, falsa la fama que hasta nosotros llegó, sino que, siendo verdadera, mostraba una felicidad muy inferior a la que ahora veo presente. Pues aquella solo intentaba persuadir al oído, y no hacía tan patente la excelencia de las cosas como la vista y el hallarse uno entre ellas lo confirma. Yo, desde luego, que ni siquiera daba crédito a lo que se contaba, por la cantidad y la magnitud de lo que oía, he comprobado cosas mucho mayores que estas. Y juzgo dichoso al pueblo de los hebreos, y a tus siervos y amigos, que a diario disfrutan de tu presencia y viven escuchando tu sabiduría. Bien podría uno bendecir a Dios, que amó de tal modo este país y a los que en él habitan, que te hizo su rey».
Habiendo manifestado con sus palabras cuánto la había impresionado el rey, hizo aún más patente su disposición con los regalos: le dio veinte talentos de oro, una cantidad incalculable de aromas y piedras preciosas. Dicen que también la raíz del opobálsamo, que todavía hoy produce nuestro país, la tenemos por habérnosla dado esta mujer. Shlomó, a su vez, la correspondió con muchos bienes, y sobre todo con lo que ella escogió según su deseo; pues no había nada que, al pedirlo, no le concediera, sino que, con más presteza que las cosas que él mismo le regalaba por propia iniciativa, le entregaba cuanto ella pedía alcanzar, mostrando así su magnanimidad. Y la reina de los egipcios y de Etiopía, tras obtener lo que hemos dicho y hacer al rey partícipe, a su vez, de lo suyo, regresó a su tierra.
Por aquel mismo tiempo, habiéndose traído al rey desde la llamada «tierra del oro» piedra preciosa y maderas de pino, empleó las maderas como sostén del Templo y de los palacios, y para la fabricación de instrumentos musicales, kinorot y nevalim, con los que los leviim cantaran himnos a Dios. De todo cuanto se le había traído alguna vez, lo aportado aquel día sobresalía en magnitud y en belleza. Y que nadie suponga que aquellas maderas de pino son semejantes a las que hoy llaman así y que reciben ese nombre de quienes las venden para deslumbrar a los compradores; pues aquellas, aunque de aspecto parecido a las del sicómoro, son más blancas y más lustrosas. Esto lo hemos dicho para que nadie ignore la diferencia ni la naturaleza del verdadero pino, ya que, al mencionarlo por causa del uso que de él hizo el rey, nos pareció oportuno y provechoso aclararlo.
El peso del oro que se le trajo era de seiscientos sesenta y seis talentos, sin contar el comprado por los mercaderes ni los dones que le enviaban los toparcas y reyes de Arabia. Fundió el oro para fabricar doscientos escudos, de a seiscientos siclos cada uno. Hizo también trescientos broqueles, de tres minas de oro cada uno, y los colocó llevándolos a la casa llamada «Bosque del Líbano». Y además de esto fabricó, trabajándolas con el mayor primor, las copas de oro y de piedra preciosa para los festines, y todo el demás abundante ajuar lo ideó todo de oro.
Pues no había nada que se vendiera o se comprara con plata, ya que eran muchas las naves que el rey había establecido en el llamado mar de Tarsis y a las que ordenó traer toda clase de mercancías a las regiones más apartadas de los pueblos; con lo que de ellas se obtenía, llegaban al rey plata y oro, y abundante marfil, etíopes y monos. La travesía, de ida y vuelta, la cumplían en tres años.
Una fama brillante recorría toda la tierra en torno, pregonando la virtud y la sabiduría de Shlomó, de suerte que los reyes de todas partes deseaban presentarse ante él, no dando crédito, por su exceso, a lo que se contaba, y manifestaban con grandes regalos su afán por él; pues le enviaban vasos de oro y de plata, vestidos de púrpura, muchas clases de aromas, y caballos y carros, y cuantas mulas de carga escogían por su fuerza y su belleza para agradar a la vista del rey. De este modo, añadiendo a los carros y caballos que ya tenía los que le enviaban, hizo que el número de carros fuera cuatrocientos mayor —pues antes tenía mil— y el de caballos dos mil mayor —pues tenía veinte mil caballos—.
Estos estaban adiestrados para la hermosura y la rapidez, de manera que no se les podía comparar otros ni más gallardos ni más veloces, sino que se los veía como los más bellos de todos, y su presteza era incomparable. Los realzaban también los jinetes que los montaban, en la primera flor de una juventud gratísima, muy altos y muy por encima de los demás, con larguísimas cabelleras sueltas, vestidos de túnicas de púrpura de Tiro. Cada día espolvoreaban polvo de oro sobre sus cabellos, de modo que sus cabezas resplandecían al reflejar hacia el sol el brillo del oro.
Rodeado de estos, armados y provistos de arcos, el rey, montado en un carro y vestido de blanco, tenía la costumbre de salir de paseo. Había un paraje a dos schoenos de Yerushaláyim, llamado Etam, ameno a la vez que rico en jardines y corrientes de agua; hacia allí hacía, paseando, sus salidas. Sirviéndose en todo de un ingenio y un empeño casi divinos, y siendo en extremo amante de lo bello, tampoco descuidó los caminos, sino que también pavimentó con piedra negra los que conducían a Yerushaláyim, capital del reino, tanto para comodidad de los caminantes como para mostrar la magnitud de su riqueza y de su poder.
Repartió y distribuyó los carros de modo que en cada ciudad hubiese un número fijo de ellos, y él retuvo pocos junto a sí; a estas ciudades las llamó «de los carros». Y de plata hizo el rey en Yerushaláyim tanta abundancia como de piedras, y de maderas de cedro, que antes no existían, como de sicómoros, de los que están llenas las llanuras de Judea. Ordenó también a los mercaderes de Mitsraim que le traían mercancía que le vendieran cada carro con dos caballos por seiscientas dracmas de plata, y él, a su vez, los remitía a los reyes de Siria y a los de más allá del Éufrates.
Habiendo llegado Shlomo a ser el más ilustre de todos los reyes, el más amado de Dios, superando en sabiduría y en riqueza a cuantos antes que él habían tenido el gobierno de los hebreos, no perseveró en ello hasta el fin: abandonó la guarda de las costumbres de sus padres y no acabó su vida de modo semejante a lo que antes hemos referido de él. Enloquecido por las mujeres y por el desenfreno de los placeres, no se contentó con las de su propia tierra, sino que tomó por esposas a muchas de naciones extrañas —sidonias, tirias, amonitas e idumeas—, y con ello quebrantó las leyes de Moshé, que había prohibido convivir con las que no fueran del mismo pueblo. Y empezó a rendir culto a los dioses de aquellas, por complacer a sus mujeres y al amor que les tenía —justamente lo que el legislador había previsto cuando ordenó no casarse con extranjeras, para que, enredados en costumbres ajenas, no se apartaran de las de sus padres, ni adoraran los dioses de aquellas dejando de honrar al propio.
Pero Shlomo descuidó todo esto, arrastrado a un placer irracional: tomó setecientas mujeres, hijas de príncipes y de personas de rango, y trescientas concubinas, y además de estas a la hija del rey de los egipcios. Al punto quedó dominado por ellas, hasta imitar sus prácticas, y se vio forzado a darles prueba de su afecto y ternura viviendo como era costumbre entre ellas. Y al avanzar en edad, debilitándose con el tiempo su juicio para resistir el recuerdo de las prácticas patrias, aún más descuidó a su propio Dios y siguió honrando a los dioses de aquellos matrimonios traídos de fuera. Ya antes de esto le había ocurrido pecar y faltar en la guarda de las leyes, cuando fabricó las imágenes de los bueyes de bronce que sostenían el mar consagrado, y las de los leones que rodeaban su propio trono; pues tampoco fue piadoso obrar tales cosas. Teniendo el más hermoso y cercano ejemplo de virtud en su padre y en la gloria que a este le tocó dejar por su piedad hacia Dios, no lo imitó —y eso que dos veces se le apareció Dios en sueños y le exhortó a imitar a su padre—: murió sin gloria.
Vino, pues, en seguida el profeta, enviado por Dios, diciéndole que no se le ocultaban sus transgresiones y amenazándole con que no gozaría por mucho tiempo de lo que hacía. Que en vida no le sería quitado el reino, pues Dios había prometido a su padre David hacerle su sucesor; pero que, muerto él, dispondría estas cosas contra su hijo —no apartando de él a todo el pueblo, sino entregando diez tribus a su siervo, y dejando solo dos al nieto de David, por consideración a David mismo, porque amó a Dios, y por la ciudad de Yerushaláyim, en la que quiso tener su Templo.
Al oír esto, Shlomo se afligió y quedó hondamente turbado, viendo que casi todos los bienes por los que era envidiado se encaminaban a un cambio funesto. No pasó mucho tiempo desde que el profeta le anunció lo que iba a suceder, cuando Dios suscitó al punto contra él a un enemigo llamado Hadad, cuyo motivo de enemistad fue el siguiente. Era este un muchacho idumeo, de estirpe real. Cuando Yoav, general de David, sometió Idumea y en seis meses hizo perecer a todos los que estaban en edad y podían llevar armas, él huyó y llegó ante Paró, rey de los egipcios. Este lo acogió con benevolencia, le dio una casa y tierras para su sustento, y cuando llegó a la edad adulta lo amó tanto que le dio en matrimonio a la hermana de su propia mujer, de nombre Tafines, de la cual le nació un hijo que se crió junto con los hijos del rey.
Habiendo oído en Mitsraim la muerte de David y la de Yoav, se presentó ante Paró y le pidió que le permitiera marchar a su patria. Preguntándole el rey de qué carecía o qué mal había padecido para tener tanta prisa en dejarlo, y molestándolo muchas veces y rogándole, por entonces no fue dejado partir. Pero en aquel tiempo en que ya los asuntos de Shlomo empezaban a ir mal por las transgresiones antes dichas y por la cólera de Dios a causa de ellas, con el permiso de Paró, Hadad vino a Idumea. Y como no lograra apartarla de Shlomo —pues estaba ocupada por muchas guarniciones y por causa de ellas no había libertad ni la revuelta podía hacerse con seguridad—, partiendo de allí llegó a Siria. Encontrándose allí con un tal Rezón —así se llamaba—, que había huido de Hadad'ézer, rey de Tsová, su señor, y andaba saqueando la región, trabó amistad con él, que tenía en torno suyo una banda de bandidos, y con ellos subió: se apoderó de aquella parte de Siria, se hizo proclamar rey de ella, y haciendo incursiones por la tierra de los israelitas la maltrataba y saqueaba, viviendo aún Shlomo. Esto es lo que los hebreos sufrieron de parte de Hadad.
También se levantó contra Shlomo uno de su mismo pueblo, Yerovam, hijo de Nevat, que fundaba grandes esperanzas en una profecía que le había sido hecha tiempo atrás. Pues cuando aún era un muchacho, dejado por su padre y educado bajo su madre, Shlomo, viendo que era noble y de ánimo audaz, lo puso como encargado de la construcción de las murallas, cuando rodeó Yerushaláyim con su cerca. Cuidó tan bien de las obras que el rey lo aprobó y le dio como recompensa el mando sobre la tribu de Yosef. Y cuando Yerovam salía por aquel tiempo de Yerushaláyim, se encontró con él un profeta de la ciudad de Siló, de nombre Ajiyá; y tras saludarlo, lo apartó del camino, desviándose un poco hacia un lugar donde no había nadie más.
Desgarrando en doce jirones el manto que llevaba puesto, ordenó a Yerovam tomar diez, diciéndole que así lo quería Dios: «Voy a desgarrar el reino de Shlomo, y al hijo de este —por el pacto hecho con David— le doy una tribu y la que le sigue; a ti, en cambio, las diez, porque Shlomo pecó contra mí y se entregó a las mujeres y a los dioses de ellas. Conociendo, pues, la causa por la que Dios cambia su designio apartándolo de Shlomo, procura ser justo y guarda las leyes, pues se te propone, como premio de tu piedad y de tu honra hacia Dios, la mayor de todas las recompensas: llegar a ser tan grande como sabes que llegó a ser David.»
Enardecido, pues, por las palabras del profeta, Yerovam —joven ardiente por naturaleza y ávido de grandes empresas— no se estaba quieto. Ya en su cargo militar, y recordando lo que Ajiyá le había revelado, en seguida se puso a persuadir al pueblo de que se apartara de Shlomo, a agitarlo y a atraer hacia sí el poder. Al enterarse Shlomo de su intención y de su designio, buscó prenderlo y matarlo. Pero Yerovam, sabiéndolo a tiempo, huyó a Mitsraim, ante Shishak, rey de los egipcios, y quedándose allí hasta la muerte de Shlomo, ganó no sufrir nada de él y conservarse para el reino.
Muere Shlomo, ya anciano, tras reinar ochenta años y haber vivido noventa y cuatro. Fue sepultado en Yerushaláyim, superando en dicha, en riqueza y en sabiduría a cuantos habían reinado, salvo en lo que, hacia la vejez, engañado por las mujeres, transgredió; sobre lo cual, y sobre los males que por causa de ellas cayeron sobre los hebreos, tendremos ocasión más oportuna de explicarnos.
Después de la muerte de Shlomo, habiéndole sucedido en el reino su hijo Rejavam —nacido de una mujer amonita llamada Naamá—, los jefes de las multitudes enviaron al punto a Mitsraim a llamar a Yerovam. Y cuando este llegó ante ellos a la ciudad de Shejem, también Rejavam se presentó allí, pues los israelitas, reunidos en aquel lugar, habían decidido proclamarlo rey. Acercándose, pues, a él los jefes del pueblo y Yerovam, le pidieron que les aliviara algo de la servidumbre y se mostrara más benigno que su padre; pues bajo aquel habían soportado un yugo pesado, y le serían más adictos y amarían el servirle por su clemencia más que por temor. Él les dijo que al cabo de tres días les respondería sobre lo que pedían; y al punto se hizo sospechoso por no haberles concedido en seguida lo que les agradaba —pues esperaban que la bondad y la humanidad fueran prontas, y más en un joven—; con todo, parecía que también el deliberar, en vez de negarse de inmediato, daba lugar a buena esperanza.
Convocando a los amigos de su padre, deliberaba con ellos qué clase de respuesta debía dar a la muchedumbre. Ellos —como era propio de hombres leales y conocedores de la naturaleza de las multitudes— le aconsejaron hablar al pueblo con afabilidad y de manera más llana de lo que corresponde a la majestad real; pues así se lo ganaría para su afecto, ya que los súbditos aman por naturaleza el trato amable y que casi los iguala a sus reyes. Pero él rechazó ese consejo, tan bueno y quizá provechoso para todo, o al menos para aquel momento en que debía hacerse rey —haciendo Dios, según creo, que fuera condenado por él lo que convenía—; y llamando a los jóvenes que se habían criado con él, les expuso el consejo de los ancianos y les mandó decir qué les parecía hacer. Y ellos —pues ni la juventud ni Dios los dejaban comprender lo mejor— le aconsejaron responder al pueblo que su dedo más pequeño era más grueso que los lomos de su padre; y que, si habían experimentado a aquel muy duro, mucho más lo hallarían a él difícil; y que, si aquel los corregía con azotes, esperaran que él lo haría con escorpiones.
Complacido con esto el rey, y pareciéndole que la respuesta convenía a la dignidad del mando, cuando al tercer día se reunió la muchedumbre para escuchar —estando todo el pueblo en suspenso y deseoso de oír algo del rey, esperando incluso algo benigno—, dejando a un lado el consejo de los amigos, respondió conforme al de los jóvenes. Y esto sucedía según la voluntad de Dios, para que tuvieran cumplimiento las cosas que Ajiyá había profetizado.
Heridos por estas palabras y doloridos como ante una afrenta, se indignaron y todos a una gritaron en voz alta que ya no tenían nada, ni parentesco alguno, con David y sus descendientes desde aquel día; y diciendo que solo le dejaban el Templo que su abuelo había construido, amenazaron con abandonarlo. Tan amargamente se sintieron y de tal modo guardaron su ira, que, habiendo él enviado a Adoram, el encargado de los tributos, para apaciguarlos y ablandarlos —perdonando lo que se había dicho, si algo había habido de precipitado y áspero en ello—, no lo soportaron, sino que a pedradas lo mataron. Viendo esto Rejavam, y creyéndose alcanzado él mismo por las piedras con que la muchedumbre había matado a su servidor, temiendo sufrir de hecho la desgracia, subió al punto a un carro y huyó a Yerushaláyim. Y la tribu de Yehudá y la de Binyamín lo eligieron rey, mientras el resto de la muchedumbre, apartándose desde aquel día de los hijos de David, proclamó a Yerovam señor de los asuntos.
Rejavam, hijo de Shlomo, convocando en asamblea a las dos tribus que tenía por súbditas, estaba en condiciones de sacar de ellas ciento ochenta mil soldados escogidos y salir contra Yerovam y el pueblo, para forzarlos por la guerra a servirle. Pero, impedido por Dios, por medio del profeta, de emprender la campaña —pues este decía que no era justo hacer la guerra a los del mismo pueblo, y más habiéndose producido la defección de la muchedumbre por designio de Dios—, ya no salió. Referiré primero cuanto hizo Yerovam, rey de los israelitas, y luego, a continuación de esto, expondré lo hecho por Rejavam, rey de las dos tribus; pues así se conservaría hasta el fin el buen orden de la historia.
Yerovam, pues, habiendo edificado un palacio en la ciudad de Shejem, moraba en ella; y construyó otro también en la ciudad llamada Penuel. Y no mucho después, estando por llegar la fiesta de los Tabernáculos, pensó que, si permitía a la muchedumbre ir a adorar a Dios a Yerushaláyim y pasar allí la fiesta, quizá se arrepentiría y, seducida por el Templo y por el culto de Dios en él, lo abandonaría y se pasaría al primer rey; y que, de ocurrir esto, correría peligro de perder la vida. Por ello ideó algo así: hizo dos becerras de oro y edificó otros tantos pequeños santuarios, uno en la ciudad de Bet-El y el otro en Dan —que está junto a las fuentes del pequeño Yardén—; colocó las becerras en cada uno de los santuarios de las ciudades dichas, y convocando a las diez tribus que gobernaba, arengó al pueblo con estas palabras:
«Varones de mi pueblo, creo que sabéis esto: que todo lugar tiene a Dios, y que no hay un solo sitio señalado en el que esté presente, sino que en todas partes oye y vela por los que le rinden culto. Por eso no me parece que debáis ahora apresuraros a ir a Yerushaláyim, a la ciudad de vuestros enemigos, para adorar tras camino tan largo. Pues un hombre construyó aquel Templo; y también yo he hecho dos becerras de oro dedicadas a Dios, y he consagrado una en la ciudad de Bet-El y otra en Dan, para que los de vosotros que habitáis más cerca de estas ciudades vayáis a ellas a adorar a Dios. Os designaré además algunos sacerdotes de entre vosotros mismos, y leviim, para que no tengáis necesidad de la tribu de Leví ni de los hijos de Aharón; antes bien, el que de vosotros quiera ser sacerdote, ofrezca a Dios un novillo y un carnero, que es lo que dicen hizo también el primer sacerdote, Aharón.»
Diciendo esto engañó al pueblo y, apartándolos del culto patrio, hizo que transgredieran las leyes. Este fue el principio de los males para los hebreos, y de que, vencidos en la guerra por los extranjeros, cayeran en cautiverio. Pero esto lo expondremos a su tiempo.
Llegada la fiesta en el mes séptimo, queriendo también él celebrarla en Bet-El, tal como la celebraban las dos tribus en Yerushaláyim, edificó un altar delante de la becerra y, hecho él mismo sumo sacerdote, subió al altar con sus propios sacerdotes. Cuando estaba por ofrecer los sacrificios y los holocaustos a la vista de todo el pueblo, se presentó ante él, venido de Yerushaláyim, un profeta de nombre Yadón, enviado por Dios; el cual, puesto en medio de la muchedumbre y oyéndolo el rey, dijo así, dirigiendo sus palabras al altar: «Dios anuncia que nacerá uno de la estirpe de David, de nombre Yoshiyahu, el cual sacrificará sobre ti a los falsos sacerdotes que habrá en aquel tiempo, y quemará sobre ti los huesos de estos embaucadores del pueblo, impostores e impíos. Y para que crean que así será, os anunciaré de antemano una señal que sucederá: se romperá el altar al instante, y toda la grasa de las víctimas que hay sobre él se derramará por tierra.»
Dicho esto por el profeta, irritado Yerovam extendió la mano ordenando prenderlo. Pero la mano extendida al punto se le paralizó, y ya no fue capaz de recogerla hacia sí, sino que la tenía colgando, entumecida y muerta. Y se rompió también el altar, y todo cayó de él, tal como el profeta había predicho. Comprendiendo que el hombre era veraz y tenía conocimiento divino de lo futuro, le rogó que pidiera a Dios que le devolviera la vida a la diestra. Y él suplicó a Dios que se lo concediera; y habiendo recobrado la mano su estado natural, el rey, alegre por ello, invitó al profeta a comer con él. Pero Yadón dijo que no soportaba entrar en su casa ni probar pan ni agua en aquella ciudad, pues Dios se lo había prohibido, y le había mandado no volver por el mismo camino por el que había venido, sino por otro. El rey se maravillaba de su templanza, aunque él mismo estaba temeroso, sospechando por lo dicho un cambio no favorable de sus asuntos.
Había en la ciudad un anciano malvado, un falso profeta, a quien Yerovam tenía en estima, engañado por él porque le decía cosas agradables. Este entonces estaba en cama por la debilidad de la vejez; pero cuando sus hijos le contaron lo del profeta llegado de Yerushaláyim y las señales ocurridas, y cómo, habiéndosele paralizado la diestra a Yerovam, la había recobrado viva al rogar de nuevo aquel, temiendo que el forastero lo eclipsara ante el rey y gozara de mayor honra, ordenó al punto a sus hijos que le aparejaran el asno y se lo prepararan listo para salir. Y como ellos se apresuraron a hacer lo mandado, montó y persiguió al profeta; y hallándolo descansando bajo un árbol frondoso y sombreado, una encina de buen porte, lo saludó primero, y luego le reprochó que no hubiera entrado en su casa a participar de su hospitalidad.
Al decir aquel que Dios le había prohibido probar bocado en casa de nadie de aquella ciudad, «pero no en la mía, desde luego —dijo—, te ha prohibido Dios sentarte a la mesa; pues también yo soy profeta, y comparto contigo el mismo culto hacia Él, y ahora vengo enviado por Él para llevarte conmigo a mi casa, a que seas mi huésped.» Y aquel, dejándose persuadir por el mentiroso, se volvió. Mientras aún almorzaban y se agasajaban, se aparece Dios a Yadón y le dice que, por haber transgredido sus mandatos, sufriría castigo; y le mostraba cuál: le anunciaba que en el camino, al partir, se toparía con un león, por el cual sería muerto y quedaría privado de sepultura en los sepulcros de sus padres. Esto sucedió, según creo, conforme a la voluntad de Dios, para que Yerovam no prestara atención a las palabras de Yadón, convicto de mentira. Así pues, cuando Yadón marchaba de nuevo hacia Yerushaláyim, le salió al encuentro un león y, derribándolo de su cabalgadura, lo mató; y al asno no le hizo ningún daño, sino que, sentándose a su lado, lo guardaba a él y al cuerpo del profeta, hasta que algunos viandantes que lo vieron fueron a la ciudad y se lo contaron al falso profeta.
Este, enviando a sus hijos, hizo traer el cuerpo a la ciudad y lo honró con un sepelio suntuoso, encargando a sus hijos que, al morir él, lo enterraran junto a aquel, diciendo que era verdad todo cuanto había profetizado contra aquella ciudad, contra el altar, contra los sacerdotes y contra los falsos profetas; y que él mismo no sufriría ultraje después de su muerte si era sepultado junto a aquel, pues sus huesos no serían distinguidos. Habiendo, pues, sepultado al profeta y dado estos encargos a sus hijos, malvado e impío como era, se presentó ante Yerovam y le dijo: «¿Por qué te turbaste con las palabras de aquel insensato?» Y cuando el rey le refirió lo del altar y lo de su propia mano, llamándolo verdaderamente divino y profeta excelente, comenzó a deshacer aquella fama suya, obrando con malicia y valiéndose de razones verosímiles sobre lo ocurrido para dañar su verdad.
Pues intentaba persuadirlo de que su mano se había entumecido de cansancio, por sostener los sacrificios, y luego, descansada, había vuelto a su estado natural; y que el altar, por ser nuevo y haber recibido muchos y grandes sacrificios, se había roto y caído por el peso de lo que se le había echado encima. Y le manifestaba también la muerte del que había predicho aquellas señales, cómo había perecido por un león: así, nada tenía ni había proferido de profeta. Diciendo esto, persuadió al rey, y apartando por completo su mente de Dios y de las obras santas y justas, lo empujó a las acciones impías. De tal modo se insolentó contra la divinidad y transgredió la ley, que cada día no buscaba otra cosa sino qué novedad, más execrable que las ya osadas, podría cometer. Y baste con lo dicho por ahora sobre Yerovam.
El hijo de Shlomo, Rejavam, rey de las dos tribus, como antes dijimos, edificó ciudades fuertes y grandes: Bet-Léjem, Etam, Tecoa, Bet-Tsur, Sojó, Adulam, Ipán, Marisá, Zif, Adoráyim, Láquis, Azeca, Saram, Elón y Jevrón. Estas edificó primero, en la tribu y heredad de Yehudá; y construyó otras grandes en la heredad de Binyamín. Amurallándolas, puso en todas guarniciones y gobernadores, y en cada una de las ciudades almacenó en abundancia mucho trigo, vino y aceite y lo demás para el sustento, y además de esto escudos y lanzones por muchas decenas de millar. Se reunieron con él en Yerushaláyim los sacerdotes que había entre todos los israelitas, y los leviim, y cuantos otros del pueblo eran buenos y justos, dejando sus ciudades para rendir culto a Dios en Yerushaláyim; pues no soportaban de buen grado ser forzados a adorar las becerras que Yerovam había fabricado. Y engrandecieron el reino de Rejavam durante tres años.
Casado con una parienta suya, de la cual tuvo tres hijos, tomó después también a Maajá —hija de Tamar, la hija de Avshalom—, que era asimismo parienta suya; y de ella le nace un hijo varón, al que llamó Aviyá. Engendró también de otras muchas mujeres, pero a Maajá la amó más que a todas. Tenía dieciocho mujeres unidas a él según la ley y treinta concubinas; y le habían nacido veintiocho hijos y sesenta hijas. Designó como sucesor del reino a Aviyá, el hijo de Maajá, y le confió los tesoros y las ciudades más fuertes.
Causa, según creo, de males y de transgresión suele ser muchas veces para los hombres la magnitud de sus asuntos y su vuelta a mejor fortuna; pues Rejavam, viendo así crecer su reino, se desvió a acciones injustas e impías y despreció el culto de Dios, hasta el punto de que también el pueblo bajo su mando se hizo imitador de sus iniquidades. Porque las costumbres de los gobernados se corrompen a la par con los modos de los que gobiernan; y, dejando a un lado su propia templanza como si fuera un reproche del desenfreno de aquellos, siguen sus vicios como si fueran virtud; pues no es posible parecer que se aprueban las obras de los reyes sin hacer uno lo mismo. Esto, pues, les sucedía también a los que estaban bajo Rejavam, empeñados en secundar su impiedad y sus transgresiones, no fuera que, queriendo ser justos, chocaran con el rey. Y Dios, como vengador de las afrentas contra Él, les envió al rey de los egipcios, Shishak —acerca del cual, equivocándose, Heródoto atribuye sus hazañas a Sesostris.
Pues este Shishak, en el año quinto del reinado de Rejavam, marchó contra él con muchas decenas de millar de los suyos: le seguían mil doscientos carros, sesenta mil jinetes y cuatrocientos mil de a pie. La mayoría de estos los llevaba de entre los libios y los etíopes. Invadiendo, pues, la tierra de los hebreos, tomó sin combate las ciudades más fuertes del reino de Rejavam, y, tras asegurarlas, marchó por último contra Yerushaláyim, estando encerrados en ella Rejavam y la muchedumbre a causa de la campaña de Shishak, suplicando a Dios que les diera victoria y salvación; pero no persuadieron a Dios a ponerse de su parte. Antes bien, el profeta Shemayá les dijo que Dios los amenazaba con abandonarlos, así como ellos habían abandonado su culto. Al oír esto, al punto se desanimaron y, no viendo ya ninguna salvación, todos se apresuraron a confesar que justamente Dios los despreciaría, por haberse hecho impíos para con Él y trastornar las leyes. Viéndolos Dios en tal disposición y confesando sus pecados, dijo al profeta que no los destruiría, pero que los haría súbditos de los egipcios, para que aprendieran si es más llevadero servir a un hombre o a Dios.
Shishak, tomando la ciudad sin combate, pues Rejavam se la entregó por miedo, no se atuvo a los pactos hechos, sino que saqueó el Templo y vació los tesoros de Dios y los del rey, llevándose incontables decenas de millar de oro y de plata, sin dejar absolutamente nada. Se llevó también los escudos de oro y los broqueles que había fabricado el rey Shlomo; ni dejó siquiera las aljabas de oro que David había consagrado a Dios, tomándolas del rey de Tsová; y hecho esto, se volvió a su tierra. Menciona también esta campaña Heródoto de Halicarnaso, equivocándose solo en el nombre del rey, y dice que atacó a otros muchos pueblos y que sometió la Siria Palestina, tomando sin combate a los hombres que había en ella.
Es evidente que quiere señalar que nuestro pueblo fue sometido por el egipcio; pues añade que dejó estelas en la tierra de los que se le entregaron sin combate, grabando en ellas las partes pudendas de mujeres. Y Rejavam, nuestro rey, le entregó la ciudad sin combate. Dice también que los etíopes aprendieron de los egipcios la circuncisión de las partes pudendas: «pues los fenicios y los sirios de Palestina —dice— reconocen haberla aprendido de los egipcios». Es claro, pues, que ninguno de los sirios de Palestina se circuncida sino solo nosotros. Pero sobre esto, que cada cual diga lo que le parezca.
Retirado Shishak, el rey Rejavam, en lugar de los escudos de oro y los broqueles, hizo otros de bronce en igual número y los entregó a los guardias del palacio real. Y en vez de pasar el tiempo con mando glorioso y con brillantez en los asuntos, reinó en gran quietud y temor toda su vida, enemigo de Yerovam. Murió tras vivir cincuenta y siete años y reinar diecisiete de ellos, hombre de carácter jactancioso e insensato, que perdió el poder por no atender a los amigos de su padre. Fue sepultado en Yerushaláyim, en los sepulcros de los reyes. Le sucedió en el reino su hijo Aviyá, cuando Yerovam llevaba ya reinando dieciocho años sobre las diez tribus. Y estas cosas tuvieron tal fin; en cuanto a Yerovam, a continuación de esto podemos exponer cómo acabó su vida; pues no cesó ni se estuvo quieto en insolentarse contra Dios, sino que cada día levantaba altares sobre los montes elevados y no dejaba de nombrar sacerdotes de entre la muchedumbre.
Pero no tardaría la divinidad en volver estas impiedades y el castigo por ellas sobre su cabeza y la de toda su descendencia. Estando enfermo por aquel tiempo un hijo suyo, al que llamaban Ovime, ordenó a su mujer que, quitándose sus ropas y tomando el aspecto de una persona común, fuera al profeta Ajiyá; pues era un hombre admirable para predecir el futuro —de hecho, también acerca del reino se lo había revelado a él—; y le mandó que, al llegar, preguntara sobre el niño como si fuera una extraña, si escaparía de la enfermedad. Ella, disfrazada como le había ordenado su marido, llegó a la ciudad de Siló, pues allí residía Ajiyá. Y cuando estaba por entrar en su casa —teniendo él la vista debilitada por la vejez—, se le apareció Dios y le reveló ambas cosas: que la mujer de Yerovam había venido a él, y qué debía responder sobre aquello por lo que venía.
Entrando la mujer en la casa como persona común y extraña, él gritó: «Entra, mujer de Yerovam; ¿por qué te ocultas? No te escondes de Dios, que me reveló que vendrías y me ordenó qué palabras había de decir. Vuelve, pues, a tu marido y dile que Él dice así: Puesto que te hice grande de pequeño y de nada que eras, y arrancando el reino de la estirpe de David te lo di a ti, y tú te has olvidado de esto y, abandonando mi culto, has fabricado dioses de fundición y a ellos honras, por eso te derribaré de nuevo, y exterminaré toda tu estirpe, y haré que seas pasto de perros y de aves. Pues por mí es suscitado un rey de todo el pueblo, que no dejará con vida a nadie de la estirpe de Yerovam. Y participará del castigo también la muchedumbre, expulsada de la buena tierra y dispersada por las regiones del otro lado del Éufrates, porque siguió las impiedades del rey y adora a los dioses que él hizo, abandonando mi sacrificio. Y tú, mujer, apresúrate a llevar este mensaje a tu marido. Al niño lo hallarás muerto; pues, al entrar tú en la ciudad, se le acabará la vida. Será sepultado, llorado por toda la muchedumbre y honrado con duelo común; pues fue el único bueno de la estirpe de Yerovam.»
Habiendo él profetizado esto, la mujer salió de un salto, turbada y hondamente dolida por la anunciada muerte del niño; gimiendo por el camino y golpeándose el pecho por la inminente muerte de su hijo, desdichada en su padecer, se apresuraba entre males irremediables —con prisa desgraciada por causa de su hijo, pues, al apurar el paso, antes lo vería muerto, y con prisa forzosa por causa de su marido. Y al llegar halló al niño expirado, como había dicho el profeta, y refirió al rey todo.
Yerovam, sin preocuparse de nada de esto, reuniendo un gran ejército, salió a campaña para hacer la guerra contra Aviyá, el hijo de Rejavam, que había sucedido a su padre en el reino de las dos tribus; pues lo despreciaba por su juventud. Pero este, al oír la acometida de Yerovam contra él, no se atemorizó, sino que, sobreponiéndose con su ánimo tanto a su juventud como a la esperanza del enemigo, escogió un ejército de las dos tribus y salió al encuentro de Yerovam en un lugar llamado el monte Tsemaráyim; y acampando cerca de él, disponía lo necesario para la batalla. Su fuerza era de cuatrocientos mil hombres, y el ejército de Yerovam el doble de aquel. Cuando los ejércitos se formaron frente a frente para la acción y los peligros, y estaban por trabar combate, puesto Aviyá en un lugar elevado y haciendo señas con la mano, pidió que la muchedumbre y Yerovam lo escucharan primero en silencio.
Hecho el silencio, comenzó a hablar: «Que Dios concedió el mando a David y a sus descendientes para todo tiempo, tampoco vosotros lo ignoráis; pero me admiro de cómo, apartándoos de mi padre, os habéis unido al siervo Yerovam, y estáis ahora con él para hacer la guerra a quienes Dios ha juzgado que reinen, y para arrebatarles el poder que poseen —cuando la mayor parte la tiene aún injustamente Yerovam. Mas no creo que él la disfrute por más tiempo, sino que, pagando también a Dios la pena de lo pasado, cesará de su transgresión y de las afrentas con que no ha dejado de ultrajarlo, habiéndoos persuadido a hacer lo mismo a vosotros, que, sin haber recibido de mi padre agravio alguno —sino porque en una asamblea no os habló según vuestro gusto, dejándose persuadir por el consejo de hombres malvados—, lo abandonasteis en apariencia por ira contra él, pero en verdad os apartasteis de Dios y de sus leyes. Y sin embargo, os habría estado bien perdonar no solo unas palabras ásperas en un hombre joven e inexperto en el trato con el pueblo, sino aun si la juventud y la impericia en los asuntos lo hubieran arrastrado a algún acto enojoso, en atención a Shlomo, su padre, y a los beneficios de aquel; pues los buenos servicios de los padres deben ser excusa de los pecados de los hijos. Pero vosotros nada de esto tuvisteis en cuenta, ni entonces ni ahora, sino que ha venido contra nosotros un ejército tan grande. ¿Y en qué confiáis para la victoria? ¿Acaso en las becerras de oro y en los altares sobre los montes, que son pruebas de vuestra impiedad y no de vuestro culto? ¿O es la muchedumbre la que os hace concebir buenas esperanzas, por superar en número a nuestro ejército?»
Ni tampoco hay fuerza en unas miríadas de ejército que combaten con injusticias; pues solo en la justicia y en la piedad hacia lo divino se cifra la esperanza más firme de vencer a los adversarios —esperanza que está de nuestra parte, que desde el principio hemos guardado las tradiciones y veneramos a nuestro propio Dios, a quien no hicieron manos de materia corruptible, ni fabricó la invención de un rey malvado para engaño de las multitudes, sino que es obra de sí mismo, y principio y fin de todas las cosas—. Os aconsejo, pues, que aun ahora os arrepintáis y que, adoptando un mejor juicio, ceséis de guerrear y reconozcáis las tradiciones de vuestros padres y aquello que os condujo a tan gran magnitud de prosperidad.
Esto expuso Aviyá a la multitud. Mientras aún hablaba, Yerovam envió en secreto a algunos de sus soldados para que rodearan a Aviyá desde ciertas partes no visibles del campamento. Al quedar él cercado en medio por los enemigos, el ejército se atemorizó y decayó en sus ánimos; pero Aviyá los alentó y los exhortó a poner sus esperanzas en Dios —pues Él no estaba cercado por los enemigos—. Y todos juntos, invocando el auxilio de Dios, al dar señal los cohanim con la trompeta, avanzaron con gran clamor contra los enemigos. A unos les quebró Dios los ánimos y les debilitó el vigor, mientras que al ejército de Aviyá lo hizo superior.
Pues tal matanza cual nunca se recordó haber ocurrido en guerra alguna, ni de griegos ni de bárbaros, tantos mataron del ejército de Yerovam, que fueron dignos de recibir de Dios una victoria admirable y célebre: abatieron a quinientos mil de los enemigos y saquearon sus ciudades, tomando por la fuerza las más fortificadas —Bet-El y su toparquía, y Yeshaná y su toparquía—.
Y Yerovam ya no tuvo fuerza después de esta derrota mientras Aviyá vivió. Este murió tras sobrevivir poco tiempo a la victoria, habiendo reinado tres años, y es sepultado en Yerushaláyim, en los sepulcros de sus antepasados. Dejó veintidós hijos y dieciséis hijas; a todos estos los engendró de catorce mujeres. Le sucedió en el reino su hijo Asá, cuya madre, la del joven, se llamaba Maajá. Bajo su gobierno, el país de los israelitas gozó de paz durante diez años.
Y así hemos recibido lo relativo a Aviyá, el hijo de Rejavam, el de Shlomo. Murió también Yerovam, el rey de las diez tribus, tras gobernar veintidós años. Le sucede su hijo Nadav, cuando ya había transcurrido el segundo año del reinado de Asá. El hijo de Yerovam gobernó dos años, semejante a su padre en impiedad y maldad. En estos dos años, habiendo hecho campaña contra Guibetón, ciudad de los filisteos, se propuso tomarla por asedio; pero, siendo objeto de una conjura allí por parte de un amigo llamado Bashá, hijo de Sidó, muere. Y este, tras tomar el reino después de su muerte, destruyó todo el linaje de Yerovam. Y sucedió, conforme a la profecía de Dios, que los parientes de Yerovam que murieron en la ciudad fueron despedazados y devorados por los perros, y los que estaban en los campos, por las aves. Así, la casa de Yerovam pagó el castigo merecido por su impiedad y sus transgresiones.
El rey de Yerushaláyim, Asá, era excelente en su carácter y atento a lo divino, sin hacer ni pensar nada que no tuviera por referencia la piedad y la observancia de las leyes. Enderezó su reino extirpando cuanto había de malo en él y purificándolo de toda mancha. Tenía un ejército de hombres escogidos, armados con escudo y lanza: de la tribu de Yehudá, trescientos mil; y de la de Binyamín, portadores de broquel y arqueros, doscientos cincuenta mil.
Cuando ya llevaba diez años reinando, marcha contra él con gran fuerza Zéraj, el rey de Etiopía, con novecientos mil infantes, cien mil jinetes y trescientos carros. Y habiendo avanzado hasta la ciudad de Mareshá —esta pertenece a la tribu de Yehudá— con su propia fuerza, le salió al encuentro Asá. Disponiendo frente a él su ejército en un valle llamado Sabatá, no lejos de la ciudad, cuando vio la multitud de los etíopes, alzando la voz pidió a Dios la victoria y el aniquilamiento de las muchas miríadas de los enemigos; pues decía que en ningún otro había puesto su confianza sino en el auxilio de Él, capaz de hacer superiores los pocos a los muchos y de que los débiles salieran al combate contra los que los aventajaban, contra Zéraj.
Mientras Asá decía esto, Dios le anunció la victoria; y trabando combate con alegría por lo que Dios le había predicho, mata a muchos de los etíopes y, puestos en fuga, los persiguió hasta la región de Guerar. Y dejando la matanza, se dedicaron al saqueo de las ciudades —pues Guerar fue tomada— y de su campamento, de modo que se llevaron mucho oro y mucha plata, y arrastraron como botín camellos, bestias de carga y rebaños de ganado.
Así pues, Asá y el ejército que estaba con él, tras recibir de Dios semejante victoria y provecho, regresaban a Yerushaláyim. Al llegar, les salió al encuentro en el camino un profeta llamado Azaryá. Este, tras ordenarles detener la marcha, comenzó a decirles que habían alcanzado aquella victoria de parte de Dios porque se habían mostrado justos y santos y habían hecho todo conforme a la voluntad de Dios. Afirmaba que, si perseveraban, Dios les concedería siempre vencer a sus enemigos y vivir con felicidad; pero que, si abandonaban el culto, todo lo contrario les sobrevendría, y llegaría aquel tiempo en que ningún verdadero profeta se hallaría entre vuestra gente, ni sacerdote que dictara sentencias justas, sino que también las ciudades quedarían asoladas y la nación sería dispersada por toda la tierra, para vivir una vida de extranjeros y de errantes. Les aconsejaba que, mientras tenían oportunidad, se hicieran buenos y no se privaran de la benevolencia de Dios para con ellos. Al oír esto, el rey y el pueblo se alegraron, y todos, en común y en particular, pusieron gran cuidado en la justicia; y el rey envió por todo el país a quienes velaran por la observancia de las leyes.
Y las cosas del rey Asá, de las dos tribus, estaban en este punto. Vuelvo ahora a la multitud de los israelitas y a su rey Bashá, el que mató a Nadav, hijo de Yerovam, y se apoderó del poder. Pues este, residiendo en la ciudad de Tirtsá y haciendo de ella su morada, reinó veinticuatro años; y siendo malvado e impío más que Yerovam y su hijo, causó muchos males a la multitud y ultrajó a Dios. Este, enviándole al profeta Yehú, le predijo que destruiría todo su linaje y lo envolvería en las mismas desgracias con que había cubierto la casa de Yerovam, porque, hecho rey por Él, no correspondió al beneficio gobernando a la multitud con justicia y piedad —lo cual es, ante todo, un bien para quienes así obran, y luego grato a Dios—, sino que imitó al perversísimo Yerovam y, aunque el alma de aquel había perecido, mostró viva su maldad. Decía, pues, que con razón experimentaría una desgracia semejante, por haberse hecho semejante a él.
Pero Bashá, aun habiendo oído de antemano los males que le sobrevendrían junto con toda su descendencia por sus atrevimientos, no se sosegó para lo que quedaba —de modo de no morir con fama de ser aún más malvado y de alcanzar entonces al menos perdón por lo pasado, arrepintiéndose—, sino que, como quienes, teniendo premios ante sí, cuando se afanan por algo no dejan de trabajar en ello, así también Bashá, aunque el profeta le había predicho lo que sucedería, se volvió peor —como si los mayores males, la ruina de su linaje y la destrucción de su casa, fueran los mayores bienes— y cada día, como un atleta de la maldad, sumaba esfuerzos a los que ella exige.
Y por último, tomando el ejército, marchó de nuevo contra cierta ciudad no oscura, llamada Ramá, distante de Yerushaláyim cuarenta estadios; y tomándola, la fortificó, habiendo decidido dejar en ella una guarnición, para que, lanzándose desde allí, dañaran el reino de Asá. Temeroso Asá del ataque del enemigo, y considerando que muchos males causaría a todo el reino sujeto a él el ejército dejado en Ramá, envió al rey de los damascenos embajadores, oro y plata, pidiéndole alianza y recordándole que existía entre ellos una amistad heredada de sus padres. Este aceptó de buen grado la abundancia de riquezas e hizo alianza con él, rompiendo la amistad con Bashá; y enviando a las ciudades sujetas a este los comandantes de su propia fuerza, les ordenó dañarlas. Ellos, marchando, a unas las incendiaron y a otras las saquearon: la llamada Iyón, y Dan, y Avel-Bet-Maajá, y otras muchas.
Al oír esto el rey de los israelitas, cesó de edificar y fortificar Ramá, y con premura regresó para socorrer a los suyos, que estaban siendo dañados. Y Asá, con el material que aquel había preparado para la construcción, levantó en ese mismo lugar dos ciudades fuertes: una se llamaba Geva; la otra, Mitspá. Y después de esto Bashá no tuvo oportunidad para la campaña contra Asá, pues se le adelantó el destino; y es sepultado en la ciudad de Tirtsá. Toma su poder su hijo Elá. Este, tras gobernar dos años, muere, asesinado por conjura de Zimrí, comandante de la mitad de la caballería. Pues, habiéndose él embriagado en casa de su mayordomo, llamado Osá, tras persuadir a algunos de los jinetes bajo su mando a lanzarse contra él, lo mató por medio de ellos, aislado como estaba de los soldados y comandantes que lo rodeaban; pues todos estos se hallaban ocupados en el asedio de Guibetón, la de los filisteos.
Tras asesinar a Elá, el comandante de caballería Zimrí reina él mismo, y destruye toda la descendencia de Bashá conforme a la profecía de Yehú; pues del mismo modo sucedió que su casa pereciera de raíz por la impiedad, como hemos escrito que fue destruida la de Yerovam. El ejército que asediaba Guibetón, al enterarse de lo del rey y de que Zimrí, tras matarlo, tenía el reino, proclamó a su vez rey a su propio jefe, Omrí; el cual, levantando el ejército de Guibetón, llega a Tirtsá, la sede real, y atacando la ciudad la toma por la fuerza. Zimrí, viendo la ciudad tomada, se refugió en lo más recóndito del palacio y, prendiéndole fuego, se quemó a sí mismo junto con él, tras haber reinado siete días. Al punto se dividió el pueblo de los israelitas: unos querían que reinara Tivní, otros Omrí. Pero los que juzgaban que este debía gobernar, tras vencer, matan a Tivní, y Omrí reina sobre toda la multitud.
En el año treinta del reinado de Asá comenzó a gobernar Omrí, y lo hizo doce años: seis de ellos en la ciudad de Tirtsá, y los restantes en la ciudad llamada Shomrón —por los griegos llamada Samaría—. La llamó él mismo Shomrón, por Shémer, de quien había comprado el monte sobre el que edificó la ciudad. En nada se diferenciaba de los que habían reinado antes que él, salvo en ser peor que ellos; pues todos buscaban cómo apartar de Dios al pueblo con sus impiedades cotidianas, y por eso Dios hizo que se destruyeran unos a otros y que no quedara nadie de su linaje. Murió también este en Shomrón, y le sucede su hijo Ajav.
Se puede aprender de esto cuánta atención presta lo divino a los asuntos humanos, y cómo ama a los buenos y odia a los malvados, destruyéndolos de raíz. Pues los reyes de los israelitas, uno tras otro, por su transgresión e injusticias, en poco tiempo, muchos de ellos, perecieron miserablemente, y con ellos su linaje, según se ha sabido; mientras que el rey de Yerushaláyim y de las dos tribus, Asá, por su piedad y su justicia fue conducido por Dios a una larga y feliz vejez, y tras gobernar cuarenta y un años murió dichosamente. Muerto él, le sucedió en el mando su hijo Yehoshafat, nacido de una mujer llamada Abidá. A este todos, por sus obras, lo tuvieron por imitador de David, su bisabuelo, en valentía y en piedad. Pero de este rey no urge ahora hablar.
Ajav, el rey de los israelitas, habitaba en Shomrón, y mantuvo el poder hasta veintidós años, sin innovar nada respecto de los reyes anteriores a él, salvo cuanto ideó para lo peor, en exceso de maldad. Imitó todas sus fechorías y su ultraje contra lo divino, y sobre todo emuló la transgresión de Yerovam; pues también este adoró las terneras fabricadas por aquel, y a estas añadió con artificio otras cosas insólitas. Tomó por mujer a una hija de Etbaal, rey de tirios y sidonios, llamada Izével, de quien aprendió a adorar a sus propios dioses. Era esta mujer enérgica y audaz, y cayó en tal desenfreno y locura que edificó un templo al dios de los tirios, al que llaman Belías, y plantó un bosque sagrado de árboles de toda clase. Estableció también sacerdotes y falsos profetas para este dios; y el propio rey mantenía a muchos de tales en torno a sí, superando a todos los anteriores en insensatez y maldad.
Un profeta del gran Dios, de la ciudad de Tishbé, de la región de Guilad, presentándose ante Ajav, le dijo que Dios le anunciaba que no llovería en aquellos años ni enviaría rocío sobre la tierra, sino cuando él apareciera. Y jurándolo, se retiró a las partes del sur, morando junto a cierto torrente, del que también obtenía la bebida; pues el alimento se lo llevaban cada día los cuervos. Habiéndose secado el río por la falta de lluvias, va —por orden de Dios— a Tsarfat, ciudad no lejos de Sidón y Tiro, pues está situada entre ambas; porque allí, le dijo, hallaría a una mujer viuda que le proporcionaría alimentos.
Estando no lejos de la puerta, ve a una mujer jornalera recogiendo leña. Habiéndole revelado Dios que esta era la que iba a alimentarlo, se acercó, la saludó y le pidió que le trajera agua para beber; y cuando ella iba, la volvió a llamar y le pidió que le trajera también pan. Como ella jurase que no tenía sino un puñado de harina y un poco de aceite, y que iba recogiendo la leña para amasar y hacer pan para sí y para su hijo, tras el cual perecerían consumidos por el hambre, pues ya no había nada más, [el profeta le dijo:] «Pero ten ánimo —dijo—: ve y espera cosas mejores; y haciendo primero un poco para mí, tráemelo. Pues te anuncio que nunca faltará harina en aquel recipiente ni aceite en la vasija, hasta que Dios haga llover.» Dicho esto por el profeta, ella, volviendo a su casa, hizo lo dicho, y tuvo con qué sustentarse ella, su hijo y el profeta; y nada de esto les faltó, hasta que cesó la sequía.
Menciona esta falta de lluvias también Menandro en los hechos de Etbaal, rey de los tirios, diciendo así: «Hubo en su tiempo una sequía, desde el mes de Hiperbereteo hasta el Hiperbereteo del año siguiente; pero, habiendo él hecho súplicas, cayeron abundantes rayos.» Este fundó la ciudad de Botris en Fenicia y Auza en Libia. Y al referir esto, Menandro dejó consignada la sequía ocurrida en tiempos de Ajav —pues por entonces también Etbaal reinaba sobre los tirios—.
La mujer de la que hablamos antes, la que sustentaba al profeta, cayendo su hijo en enfermedad —hasta el punto de exhalar el alma y parecer muerto—, llorando y golpeándose con las manos y profiriendo las voces que le dictaba el dolor, culpaba al profeta de su presencia en su casa, como si hubiera puesto al descubierto sus pecados y por ello hubiera muerto su hijo. Él la exhortó a tener ánimo y a entregarle a su hijo, pues se lo devolvería vivo. Habiéndoselo entregado ella, lo llevó a la habitación en que él moraba y, depositándolo sobre el lecho, clamó a Dios que no había recompensado bien a la que lo había acogido y alimentado, al quitarle a su hijo; y le rogaba que enviara de nuevo el alma al niño y le concediera la vida. Y Dios, compadeciéndose de la madre y queriendo también complacer al profeta —para que no pareciera que había venido a ella para su mal—, contra toda expectativa lo hizo revivir. Ella daba gracias al profeta y entonces decía haber comprendido claramente que lo divino hablaba con él.
Pasado poco tiempo, se presenta ante el rey Ajav, por voluntad de Dios, para anunciarle la lluvia que iba a venir. El hambre entonces dominaba todo el país y había gran escasez de lo necesario, de modo que no solo escaseaban los hombres, sino que la tierra tampoco producía, por la falta de lluvias, ni siquiera lo que sirve de pasto a los caballos y a las demás bestias. El rey, llamando al encargado de sus bienes, Ovadyá, le dijo que quería ir con él a los manantiales de agua y a los torrentes, para que, si en algún lugar se hallaba hierba, la segaran como alimento para el ganado; y que, habiendo enviado por toda la tierra habitada a quienes buscaran al profeta Eliyahu, no lo habían hallado. Y le ordenó que también aquel lo acompañara.
Habiéndoles parecido bien partir, dividiéndose los caminos, Ovadyá y el rey se alejaron, cada uno por un camino distinto. Había sucedido que, en el tiempo en que la reina Izével mataba a los profetas, este había ocultado a cien profetas en las cuevas de Garis, y los alimentaba proporcionándoles solo pan y agua. Estando Ovadyá separado del rey, le salió al encuentro el profeta Eliyahu; y preguntándole quién era, y al saberlo, se postró ante él. Este le ordenó ir al rey y decirle que estaba presente ante él. Pero él le decía: ¿qué mal había sufrido de su parte para enviarlo hacia quien buscaba matarlo y había registrado toda la tierra? ¿O acaso ignoraba que no había dejado lugar alguno adonde no hubiera enviado a quienes lo condujeran a la muerte, si lo apresaban? Pues decía temer que, si Dios se le aparecía y se marchaba de nuevo a otro lugar, entonces, al no encontrarlo —habiéndolo enviado el rey—, incapaz de hallar dónde estaría en la tierra, él muriera.
Le pedía, pues, que velara por su salvación, aduciendo su celo por sus compañeros de oficio, diciendo que había salvado a cien profetas cuando Izével había matado a todos los demás, y que los tenía ocultos y alimentados por él. Pero Eliyahu le ordenó ir sin temor alguno al rey, dándole garantías bajo juramento de que sin falta se mostraría a Ajav aquel mismo día. Habiendo Ovadyá anunciado al rey la presencia de Eliyahu, salió Ajav a su encuentro y le preguntó con ira si era él quien había dañado al pueblo de los hebreos y había sido causa de la esterilidad de la tierra. Pero él, sin adularlo en nada, dijo que eran él y su linaje quienes habían hecho todos los males, introduciendo en el país dioses extranjeros y adorándolos, y abandonando al propio, que es el único Dios, sin ocuparse ya de Él en modo alguno.
Y ahora le ordenaba subir y reunir junto a él, en el monte Carmelo, a todo el pueblo, y a sus profetas y a los de su mujer —diciendo cuántos eran en número— y a los profetas de los bosques sagrados, que eran unos cuatrocientos. Cuando todos acudieron corriendo al mencionado monte, por haberlos convocado Ajav, el profeta Eliyahu, puesto en medio de ellos, les dijo: ¿hasta cuándo viviréis así, divididos en vuestro pensamiento y en vuestras creencias? Pues si tenían por verdadero y único al Dios del país, les exhortaba a seguirlo a Él y a sus mandamientos; pero si no lo tenían en nada y suponían de los extranjeros que a aquellos había que rendir culto, les aconsejaba seguirlos a ellos.
Como la multitud nada respondiera a esto, pidió Eliyahu, para poner a prueba tanto el poder de los dioses extranjeros como el del suyo propio —siendo él solo profeta de este, mientras que aquellos tenían cuatrocientos—, tomar él mismo un toro y, tras sacrificarlo, ponerlo sobre leña sin prenderle fuego; y que ellos, haciendo lo mismo, invocaran a sus propios dioses para que encendieran la leña; pues, sucediendo esto, conocerían la verdadera naturaleza de Dios. Agradando la propuesta, Eliyahu ordenó a los profetas que, escogiendo un toro, sacrificaran primero e invocaran a sus dioses. Como nada respondiera a la plegaria y a la invocación de los profetas, después de haber sacrificado, burlándose Eliyahu, les ordenó llamar a gritos a sus dioses; pues o estaban de viaje o dormían.
Como ellos hicieran esto desde el amanecer hasta el mediodía, cortándose con cuchillos y lanzas según su costumbre patria, cuando él iba a realizar su sacrificio, ordenó que unos se retiraran y que otros, acercándose, lo vigilaran, para que no metiera a escondidas fuego en la leña. Acercándose la multitud, tomó doce piedras, una por cada tribu del pueblo de los hebreos, y con ellas erigió un altar, y en torno a él cavó una zanja profundísima. Y colocando los leños sobre el ara y poniendo encima de ellos las víctimas, ordenó verter sobre el altar cuatro cántaros de agua de la fuente, de modo que rebosó y toda la zanja se llenó de agua, como si brotara un manantial. Hecho esto, comenzó a orar a Dios y a invocarlo, y a pedirle que mostrara al pueblo, extraviado ya por largo tiempo, su propio poder de manera manifiesta. Y mientras decía esto, de repente cayó fuego del cielo, viéndolo la multitud, sobre el ara, y consumió el sacrificio, de modo que se quemó incluso el agua y el lugar quedó reseco.
Los israelitas, viendo esto, cayeron a tierra y adoraban a un solo Dios, llamándolo el más grande y el único verdadero, y a los demás [los declaraban] hechos de mero nombre por una opinión vil y necia. Y prendiendo también a sus profetas, los mataron, por consejo de Eliyahu. Dijo además al rey que fuera a comer sin preocuparse ya de nada, pues dentro de poco vería a Dios hacer llover. Ajav se marchó, y Eliyahu, subiendo a la cima del monte Carmelo y sentándose en tierra, apoyó la cabeza sobre las rodillas, y ordenó a su siervo subir a cierto observatorio y mirar hacia el mar, y, si veía alzarse una nube por alguna parte, decírselo; pues hasta entonces el aire estaba despejado. Habiendo subido este y afirmado muchas veces que no veía nada, a la séptima vez que fue dijo que había visto oscurecerse algo del aire, no mayor que la huella de un pie humano. Eliyahu, al oír esto, envía a decir a Ajav que marchara a la ciudad antes de que se desatara el aguacero.
Y él llega a la ciudad de Yizreel; y no mucho después, habiéndose el aire nublado y cubierto de nubes, sobrevino un viento violento y mucha lluvia. El profeta, poseído por el espíritu divino, corrió junto al carro del rey hasta la ciudad de Yizreel. Al enterarse Izével, la mujer de Ajav, de los prodigios obrados por Eliyahu y de que había matado a los profetas de ellos, encolerizada envía mensajeros hacia él, amenazando por medio de ellos con matarlo, como también él había destruido a sus profetas. Temeroso Eliyahu, huye a una ciudad llamada Beer-Sheva —está esta en el extremo del país de los que tienen la tribu de Yehudá, junto a la tierra de los idumeos—; y dejando allí a su siervo, se retiró al desierto, rogando morir; pues no era mejor que sus padres, para que, habiendo perecido aquellos, él ansiara vivir.
Habiéndose dormido junto a cierto árbol, tras despertarlo alguien, se levanta y encuentra puestos junto a sí alimento y agua. Comiendo y recobrando con aquel alimento las fuerzas, llega al monte llamado Sinaí, donde se dice que Moshé recibió las leyes de parte de Dios. Encontrando en él una gruta hueca, entra y permanecía haciendo en ella su morada. Preguntándole cierta voz desde lo invisible por qué estaba allí, habiendo dejado la ciudad, dijo que era porque había matado a los profetas de los dioses extranjeros y había persuadido al pueblo de que solo era Dios Aquel que es, a quien desde el principio habían rendido culto; pues por ello era buscado para castigo por la mujer del rey. Habiendo oído de nuevo que saliera al aire libre al día siguiente —pues así sabría lo que debía hacer—, salió de la gruta de día, y oye un terremoto y ve un resplandor brillante de fuego.
Y hecho el silencio, una voz divina lo exhorta a no turbarse por lo que sucedía, pues ninguno de sus enemigos prevalecería; y le mandó que, regresando a su patria, designara rey de la multitud a Yehú, hijo de Nimshí, y de Damasco, sobre los sirios, a Jazael; y que en lugar suyo se haría profeta, por él, Elishá, de la ciudad de Abela; y que, de la multitud impía, a unos los destruiría Jazael y a otros Yehú. Eliyahu, al oír esto, regresa a la tierra de los hebreos, y encontrando a Elishá, hijo de Shafat, arando —y con él algunos otros conduciendo doce yuntas—, se acercó y le arrojó encima su propio manto. Elishá al punto comenzó a profetizar y, dejando los bueyes, siguió a Eliyahu. Habiendo pedido que le permitiera despedirse de sus padres, ordenándole aquel hacerlo, se despidió de ellos y lo siguió, y fue de Eliyahu, todo el tiempo de su vida, discípulo y servidor. Y tales eran las cosas relativas a este profeta.
Cierto Navot, de la ciudad de Yizreel, vecino de campo del rey —que le pedía venderle, por el precio que quisiera, el campo suyo colindante, para que, uniéndolo, hiciera de él una sola finca, y, si no quería tomar dinero, le permitía escoger alguno de los campos de aquel—, dijo que no lo haría, sino que él mismo cosecharía su propia tierra, que había heredado de su padre. Afligido el rey como por una afrenta, por no tomar lo ajeno, no tomó ni baño ni alimento. Al preguntarle Izével, su mujer, qué le afligía y por qué ni se bañaba ni se hacía servir almuerzo ni cena, le contó la terquedad de Navot y cómo, habiendo empleado con él palabras razonables e inferiores a la autoridad real, había sido ultrajado al no conseguir lo que pedía. Ella le pidió que no se acongojara por esto, sino que, cesando de la aflicción, volviera al acostumbrado cuidado de su cuerpo; pues ella se encargaría del castigo de Navot.
Y al instante envía cartas a los principales de los israelitas, en nombre de Ajav, ordenándoles ayunar y, celebrando una asamblea, sentar a Navot al frente de ellos —pues era de linaje ilustre—, y, disponiendo a tres hombres audaces que testificaran contra él como que había blasfemado contra Dios y contra el rey, lapidarlo y darle muerte de ese modo. Y Navot, tal como escribió la reina, así, acusado con falso testimonio de haber blasfemado contra Dios y contra Ajav, apedreado por la multitud, murió. Al oír esto Izével, entra ante el rey y le manda heredar gratis el viñedo de Navot. Ajav se alegró de lo sucedido y, saltando del lecho, fue a ver el viñedo de Navot.
Pero Dios, indignado, envía al profeta Eliyahu al terreno de Navot para que se encontrara con Ajav y le pidiera cuentas de lo hecho: que, tras matar al verdadero dueño del terreno, lo había heredado él injustamente. Cuando llegó ante él, tras decir el rey qué quería hacer de él —pues era vergonzoso ser sorprendido por él en un delito—, dijo Eliyahu que en aquel mismo lugar, donde había ocurrido que el cadáver de Navot fuera devorado por los perros, se derramaría la sangre suya y la de su mujer, y todo su linaje perecería, por haberse atrevido a tales impiedades y haber matado injustamente a un ciudadano contra las leyes patrias. Sobrevino a Ajav pesar por lo hecho y arrepentimiento; y vistiéndose de saco, andaba con los pies descalzos, sin tocar alimento, confesando sus pecados y aplacando así a Dios. Este dijo al profeta que, mientras Ajav viviera, aplazaría el castigo de su linaje, por lo que se arrepentía de sus atrevimientos, pero que cumpliría la amenaza sobre el hijo de Ajav. Y el profeta reveló esto al rey.
Estando así las cosas de Ajav, por el mismo tiempo el hijo de Adad, que reinaba sobre los sirios y sobre Damasco, reuniendo un ejército de todo el país y haciéndose aliados a treinta y dos reyes de allende el Éufrates, marchó contra Ajav. Él, no siendo igual a aquel en ejército, no se dispuso para la batalla, sino que, encerrando en las ciudades más fortificadas todo lo que había en el país, permaneció él mismo en Shomrón; pues esta estaba rodeada de murallas muy fuertes y por lo demás parecía difícil de tomar. El sirio, tomando su fuerza, llegó contra Shomrón y, cercándola con el ejército, la asediaba.
Y enviando un heraldo a Ajav, le pedía recibir embajadores de su parte, por medio de los cuales le declararía lo que quería. Permitiéndolo el rey de los israelitas, los embajadores, llegando, decían por orden de su rey que la riqueza de Ajav, sus hijos y sus mujeres pertenecían a Adad; y que, si lo reconocía y le permitía tomar de estas cuanto quisiera, retiraría el ejército y cesaría de asediarlo. Ajav ordenó a los embajadores ir y decir a su rey que tanto él como todo lo suyo eran posesiones de aquel. Comunicado esto, envía de nuevo hacia él pidiendo que, habiendo reconocido que todo era de aquel, recibiera al día siguiente a los siervos que le enviaría, a los cuales —que registrarían el palacio y las casas de sus amigos y parientes— ordenó dar todo lo más hermoso que en ellas hallaran, «y lo que no les agrade te lo dejarán».
Ajav, asombrado ante la segunda embajada del rey de los sirios, reuniendo a la multitud en asamblea, dijo que él, por su parte, estaba dispuesto, en aras de la salvación y la paz de ellos, a entregar al enemigo incluso a sus propias mujeres y a sus hijos, y a ceder toda su hacienda —pues eso pedía el sirio al enviar su primera embajada—; pero que ahora exigía enviar siervos a registrar las casas de todos y no dejar en ellas ninguna de las más hermosas posesiones, queriendo tomar pretexto de guerra, sabiendo que de lo mío no me privaría por vosotros, sino buscando ocasión, a partir de lo desagradable acerca de lo vuestro, para hacer la guerra. «Con todo, haré lo que os parezca.» La multitud decía que no debía hacerle caso, sino despreciarlo y estar dispuesta a la guerra. Así pues, respondiendo a los embajadores, les dijo que se marcharan y dijeran que en lo que él primero le había pedido persistía, por la seguridad de los ciudadanos, pero que a la segunda exigencia no accedía. Y los despidió.
Adad, al oír esto y disgustado, envió por tercera vez a los embajadores hacia Ajav, amenazando con levantar contra sus murallas, que despreciaba, un terraplén más alto que ellas, tomando su ejército un puñado de tierra cada uno —dándole a conocer la magnitud de su fuerza y tratando de atemorizarlo—. Habiendo respondido Ajav que no debía jactarse el que está armado, sino el que resulta vencedor en la batalla, los embajadores, llegando y encontrando al rey banqueteando con treinta y dos reyes aliados, le comunicaron la respuesta. Y él al punto ordenó esto: rodear la ciudad con una empalizada, levantar terraplenes y no abandonar de ningún modo el asedio.
Mientras esto ocurría, Ajav estaba, junto con todo el pueblo, en terrible angustia; pero cobra ánimo y se libra de sus temores cuando se le acerca un profeta y le dice que Dios le promete poner en sus manos a las incontables miríadas del enemigo. Al preguntarle él por medio de quiénes vendría la victoria, le respondió: «Por los jóvenes hijos de los jefes, y conduciéndolos tú mismo, a causa de la inexperiencia de aquellos». Convocó entonces a los hijos de los jefes —resultaron ser unos doscientos treinta y dos— y, sabiendo que el sirio se había entregado al banquete y al descanso, abrió las puertas y envió fuera a los muchachos.
Cuando los centinelas se lo comunicaron a Ben-Hadad, este manda a algunos a salirles al encuentro, con la orden de que, si habían salido para pelear, los apresaran y se los llevaran atados, y que hicieran lo mismo si venían en son de paz. Pero Ajav tenía preparado también el resto del ejército dentro de las murallas. Los hijos de los jefes, al chocar con la guardia, matan a muchos de ellos y persiguen a los demás hasta el campamento. Viéndolos vencer, el rey lanza también a todo el resto del ejército, que, cayendo de improviso sobre los sirios, los dominó —pues no esperaban que salieran a atacar, y por eso los sorprendieron desarmados y ebrios—, de modo que abandonaron sus armaduras huyendo de los campamentos, y el propio rey a duras penas se salvó emprendiendo la fuga a caballo.
Ajav, persiguiendo a los sirios largo trecho, avanzó dándoles muerte y saqueó lo que había en el campamento —una riqueza no escasa, sino gran cantidad de oro y de plata—, y, tomando los carros y los caballos de Ben-Hadad, regresó a la ciudad. Como el profeta le dijera que se preparase y tuviera lista la tropa, pues al año siguiente el sirio volvería a marchar contra él, en esto andaba Ajav.
Ben-Hadad, salvado de la batalla con cuanto ejército pudo reunir, deliberó con sus amigos sobre cómo hacer la guerra a los israelitas. Ellos le aconsejaron no trabar combate en los montes, pues el Dios de aquellos era poderoso en tales lugares, y por eso ahora había sido vencido por ellos; en cambio, dijeron, prevalecería si daba la batalla en la llanura. Le aconsejaron además despedir a sus casas a los reyes que había traído como aliados, retener a los ejércitos de estos poniendo sátrapas en su lugar, y reclutar, para cubrir las bajas, tropas de su propio país, con caballos y carros. Aprobando que aquello estaba bien dicho, dispuso así sus fuerzas.
Al comenzar la primavera, tomó el ejército y lo condujo contra los hebreos, y, llegando a cierta ciudad —la llaman Afeká—, acampa en una gran llanura. Ajav, saliéndole al encuentro con su fuerza, acampó enfrente; pero su tropa era muy escasa comparada con la del enemigo. Se le acercó de nuevo el profeta y le dijo que Dios le concedía la victoria, para mostrar que su propia fuerza no está solo en los montes, sino también en las llanuras —lo cual no les parecía así a los sirios—. Siete días permanecieron acampados frente a frente en calma, y al último de ellos, al alba, cuando el enemigo salió del campamento y se formó en orden de batalla, también Ajav sacó su propia fuerza. Trabado el combate, y siendo la lucha encarnizada, pone en fuga al enemigo y lo persigue acosándolo. Aquellos perecían tanto bajo los carros como unos a otros, y pocos lograron escapar hasta su ciudad de Afeká. Y aun estos murieron al desplomarse las murallas sobre ellos, siendo veintisiete mil. En aquella batalla fueron destruidos otros cien mil. El rey de los sirios, Ben-Hadad, huyendo con algunos de sus servidores más fieles, se escondió en una casa subterránea.
Cuando estos le dijeron que los reyes de los israelitas eran humanos y compasivos, y que podría, valiéndose del modo acostumbrado de súplica, obtener de Ajav la salvación, si les permitía ir a él, los dejó marchar. Ellos, vistiéndose de saco y ciñéndose cuerdas a las cabezas —pues así suplicaban antiguamente los sirios—, se presentaron ante Ajav y le dijeron que Ben-Hadad le rogaba que le perdonara la vida, y que sería para siempre esclavo de aquel favor. Él respondió que se alegraba con él de que siguiera con vida y no hubiera sufrido nada en la batalla, y le prometió el honor y la benevolencia que se dispensarían a un hermano. Recibiendo de él juramentos de que no le haría daño alguno cuando apareciera, lo sacan de la casa en que estaba escondido y lo conducen ante Ajav, que estaba sentado en su carro; y aquel se postró ante él. Ajav, tendiéndole la diestra, lo hace subir al carro y, besándolo, le mandó tener ánimo y no esperar nada malo. Ben-Hadad le daba las gracias y se comprometía a recordar aquel beneficio toda su vida, y prometió devolver las ciudades de los israelitas que los reyes anteriores a él habían arrebatado, y conceder Damasco de modo que Ajav pudiera entrar y comerciar libremente en ella, tal como los padres de aquel habían tenido ese derecho en Shomrón. Hechos entre ellos juramentos y pactos, Ajav lo colmó de regalos y lo envió a su propio reino. Y así tuvo tal fin la campaña de Ben-Hadad, rey de los sirios, contra Ajav y los israelitas.
Un profeta llamado Mijáyehu, acercándose a uno de los israelitas, le ordenó que lo golpease en la cabeza, pues así lo haría por voluntad de Dios. Como aquel no obedeció, le predijo que, por desatender las órdenes de Dios, toparía con un león y sería destruido. Cumplido esto en el hombre, el profeta se acerca de nuevo a otro dándole la misma orden. Aquel lo golpeó y le rompió el cráneo, y él, vendándose la cabeza, se presentó ante el rey diciéndole que había ido con él a la campaña y que había recibido del oficial a uno de los cautivos para custodiarlo, pero que, habiendo huido este, corría peligro de ser muerto por quien se lo había entregado, pues lo había amenazado con matarlo si el cautivo escapaba. Cuando Ajav dijo que la muerte era justa, se soltó la venda de la cabeza y fue reconocido por él como Mijáyehu el profeta. Había empleado esa estratagema con él a propósito de lo que iba a decirle. Pues dijo que Dios, por haber dejado escapar del castigo a Ben-Hadad, que había blasfemado contra Él, se volvería contra él y haría que él mismo muriera a manos de aquel, y el pueblo a manos de su ejército. Irritado Ajav contra el profeta, ordenó que se lo encerrara y custodiara, y él mismo, turbado por las palabras de Mijáyehu, se retiró a su casa.
En esto andaba Ajav; pero vuelvo a Yehoshafat, rey de Yerushaláyim, que había engrandecido su reino y establecido guarniciones en las ciudades del territorio de sus súbditos, no menos que su abuelo Aviyá: pues instaló también guarniciones en el lote de Efráyim, que había sido tomado cuando Yerovam reinaba sobre las diez tribus. Tenía propicio y aliado a lo divino, por ser justo y piadoso y buscar cada día qué hacer que resultara grato y agradable a Dios. Los pueblos de alrededor lo honraban con presentes regios, de manera que llegó a acumular una riqueza profundísima y a alcanzar grandísima gloria.
En el tercer año de su reinado, convocando a los jefes del país y a los sacerdotes, les ordenó recorrer la tierra y enseñar a todo el pueblo de ella, ciudad por ciudad, las leyes de Moshé, y guardarlas, y aplicarse al culto de Dios. Y se alegró todo el pueblo de tal modo, que a nada aspiraba ni nada amaba tanto como a observar los preceptos. Los vecinos seguían queriendo a Yehoshafat y manteniendo paz con él; los filisteos le pagaban tributos fijos, y los árabes le suministraban cada año trescientos sesenta corderos y otros tantos cabritos. Fortificó grandes ciudades, y también otras plazas fuertes, y preparó una fuerza militar para la guerra. Había, de la tribu de Yehudá, un ejército de trescientos mil hoplitas, cuyo mando tenía Ednáyo, y otros doscientos mil bajo Yojanán. Este mismo jefe tenía además, de la tribu de Binyamín, doscientos mil arqueros de a pie, y otro jefe de nombre Jávato asignó al rey ciento ochenta mil hoplitas, aparte de los que distribuyó en las ciudades más fortificadas.
Casó a su hijo Yehoram con la hija de Ajav, rey de las diez tribus, de nombre Ataliá. Habiendo ido este, tiempo después, a Shomrón, Ajav lo recibió afablemente y agasajó con esplendidez al ejército que lo acompañaba, con abundancia de trigo, vino y víctimas para el sacrificio, y lo exhortó a aliarse con él contra el rey de los sirios, para arrebatarle Ramot, en la tierra de Guilad; pues esa ciudad, que primero pertenecía a su propio padre, se la había quitado el padre de aquel. Yehoshafat le prometió su ayuda —pues tenía una fuerza no menor que la de aquel— y, mandando traer la tropa desde Yerushaláyim a Shomrón, los dos reyes salieron delante de la ciudad y, sentándose cada uno en su propio trono, repartían la paga a sus respectivos soldados.
Yehoshafat ordenó que, si había algunos profetas, se los llamara y se les consultase acerca de la salida contra el sirio, si aconsejaban emprender en aquel momento la campaña; pues por entonces había entre Ajav y el sirio paz y amistad, que llevaba tres años en pie, desde que, habiéndolo tomado cautivo, lo había soltado, hasta aquel día. Ajav, llamando a sus profetas, unos cuatrocientos en número, les ordenó preguntar a Dios si le concedía, al marchar contra Ben-Hadad, la victoria y la destrucción de la ciudad por la que iba a hacer la guerra. Como los profetas le aconsejaron salir a campaña —pues vencería al sirio y lo tomaría en su poder como la primera vez—, Yehoshafat, comprendiendo por sus palabras que eran falsos profetas, preguntó a Ajav si había también algún otro profeta de Dios, «para que aprendamos con más exactitud sobre lo que ha de venir». Ajav respondió que lo había, pero que lo odiaba por profetizarle males y por haberle predicho que moriría vencido por el sirio, y que ahora lo tenía en prisión; que se llamaba Mijáyehu, hijo de Yimlá. Al ordenar Yehoshafat que se lo trajera, envió un eunuco y hace venir a Mijáyehu.
Por el camino, el eunuco le contó que todos los demás profetas habían predicho la victoria para el rey. Él respondió que no le era lícito mentir acerca de Dios, sino que diría lo que Él mismo le dijera sobre el rey; y, al llegar ante Ajav y adjurarlo este a decir la verdad, dijo que Dios le había mostrado a los israelitas huyendo, perseguidos por los sirios y dispersados por ellos hacia los montes, como rebaños privados de sus pastores. Y añadió que esto significaba que ellos regresarían en paz a sus casas, pero que solo él caería en la batalla. Cuando Mijáyehu dijo esto a Yehoshafat, Ajav intervino: «Pero yo, hace un momento, te mostré la disposición de este hombre hacia mí, y que me profetizó lo peor». Al decir Mijáyehu que le convenía escuchar todo lo anunciado por Dios, y que los falsos profetas lo impulsaban a hacer la guerra con la esperanza de la victoria, pero que él debía caer combatiendo, quedó Ajav pensativo. Entonces cierto Tsidkiyahu, uno de los falsos profetas, acercándose, le aconsejó no hacer caso a Mijáyehu, pues no decía nada verdadero. Y adujo como prueba lo que había profetizado Eliyahu, mejor que este para discernir el porvenir: pues decía que aquel, profetizando en la ciudad de Yizreel, en el campo de Navot, había predicho que los perros lamerían la sangre de Ajav, tal como habían lamido la de Navot, apedreado por la muchedumbre por causa de él.
«Está claro, pues, que este miente, diciendo lo contrario que el profeta superior, al afirmar que dentro de tres días morirá. Y sabréis si es veraz y tiene el poder del espíritu divino: que ahora mismo, golpeado por mí, dañe mi mano, como Yadón secó la diestra del rey Yerovam cuando este quiso apresarlo; pues has oído, creo, que esto sucedió sin falta». Mas como, habiéndolo golpeado a Mijáyehu, no le ocurrió sufrir nada, Ajav, cobrando ánimo, estaba deseoso de llevar el ejército contra el sirio; pues vencía, según creo, el destino, y hacía más persuasivos que la verdad a los falsos profetas, para tomar la ocasión de su fin. Tsidkiyahu, fabricándose unos cuernos de hierro, dice a Ajav que Dios le anuncia con ellos que arrasará toda Siria. Y como Mijáyehu, no muchos días después, dijera que Tsidkiyahu andaría escondiéndose de aposento en aposento buscando huir de la pena de su falsa profecía, el rey ordenó que se lo llevara y lo guardara Amón, el gobernador de la ciudad, y que no se le suministrase nada más que pan y agua.
Ajav y Yehoshafat, rey de Yerushaláyim, tomando sus fuerzas, marcharon hacia Ramot, ciudad de la tierra de Guilad. El rey de los sirios, al oír de su expedición, condujo contra ellos su propio ejército y acampó no lejos de Ramot. Acordaron Ajav y Yehoshafat que Ajav se despojara de la vestidura real, y que el rey de Yerushaláyim permaneciese en la formación con su propia vestidura, burlando así lo predicho por Mijáyehu. Pero el destino lo halló aun sin la vestidura; pues Ben-Hadad, rey de los sirios, había ordenado al ejército, por medio de los jefes, no matar a ningún otro, sino solo al rey de los israelitas. Los sirios, al trabarse el combate, viendo a Yehoshafat de pie ante la formación y conjeturando que era Ajav, se lanzaron contra él y lo rodearon; pero, al estar cerca, reconocieron que no era él y se retiraron. Y aunque combatieron y vencieron desde que despuntaba el alba hasta la tarde, no mataron a nadie, conforme a la orden del rey, buscando dar muerte solo a Ajav, sin poder encontrarlo. Pero cierto joven de la casa real de Ben-Hadad, de nombre Amanós, disparando contra el enemigo, hiere al rey a través de la coraza, en el pulmón.
Ajav resolvió no hacer patente lo sucedido al ejército, para que no se diera a la fuga, y ordenó al auriga que, volviendo el carro, lo sacara de la batalla, pues estaba herido de gravedad y de muerte. Dolorido, permaneció en pie sobre el carro hasta la puesta del sol y, desangrado, murió. El ejército de los sirios, llegada ya la noche, se retiró a su campamento, y, cuando el heraldo anunció que Ajav había muerto, levantaron el campo hacia sus tierras. Llevando el cadáver de Ajav a Shomrón, allí lo entierran. Y al lavar el carro, ensangrentado con la muerte del rey, en la fuente de Yizreel, reconocieron como verdadera la profecía de Eliyahu; pues los perros lamieron la sangre, y las rameras siguieron desde entonces bañándose en aquella fuente. Murió en Ramot, tal como Mijáyehu lo había predicho.
Cumplidas, pues, en Ajav las cosas dichas por los dos profetas, conviene tener por grande a lo divino, y venerarlo y honrarlo en todas partes, y no juzgar más creíble lo que halaga el gusto y el deseo que la verdad, y comprender que nada hay más provechoso que la profecía y el conocimiento anticipado que por ella se obtiene, pues Dios señala así de qué debe uno guardarse. Conviene además razonar, conjeturando a partir de lo sucedido con el rey, la fuerza del destino: que ni aun conociéndolo de antemano es posible escapar de él, sino que se desliza sobre las almas humanas halagándolas con buenas esperanzas, por las cuales las conduce hasta donde ha de prevalecer sobre ellas. Se ve, pues, que también Ajav fue engañado por él en su entendimiento, hasta el punto de desconfiar de quienes le anunciaban la derrota y, persuadido por los que profetizaban a su gusto, morir. A este, entonces, lo sucedió su hijo Ajazyahu.
Capítulo IX
Libro noveno
Cuando el rey Yehoshafat regresó a Yerushaláyim de la alianza que había prestado a Ajav, rey de los israelitas, en su guerra contra Ben-Hadad, rey de los sirios —según ya lo hemos referido—, le salió al encuentro el profeta Yehú y le reprochó haberse aliado con Ajav, hombre impío y perverso. Le dijo que Dios estaba disgustado por ello; pero que, aun habiendo pecado, lo libraría de sus enemigos, por ser buena la propia índole del rey.
Entonces el rey se volcó en acciones de gracias y sacrificios a Dios. Después se lanzó a recorrer en círculo todo el país sobre el que reinaba, para enseñar al pueblo las leyes que Dios había dado por medio de Moshé y la piedad debida hacia Él.
Nombró jueces en cada una de las ciudades de su reino, y les encareció que, al juzgar a las multitudes, por nada velaran tanto como por la justicia —ni por dádivas ni por el rango de quienes pasan por eminentes a causa de la riqueza o del linaje—, sino que supieran dispensar a todos por igual, pues Dios ve cada una de las cosas que se hacen en secreto.
Habiendo enseñado esto en cada ciudad de las dos tribus, volvió a Yerushaláyim, y también allí estableció jueces sacados de entre los sacerdotes, los leviim y los principales del pueblo, exhortándolos a hacer cuidadosos y justos todos sus juicios. Y si algunos de sus compatriotas, teniendo pleito sobre asuntos mayores, se los remitían desde las demás ciudades, que con mayor diligencia se pronunciaran con justicia sobre esos casos —pues convenía sobre todo que fueran diligentes y justísimos los juicios de aquella ciudad en la que se halla el Templo de Dios y en la que el rey tiene su residencia—. Nombró como jefes de ellos a Amasyá el sacerdote y a Zevadyá, de la tribu de Yehudá, cada uno al frente de los suyos. De este modo disponía el rey los asuntos.
Por aquel mismo tiempo marcharon contra él los moabitas y los amonitas, llevando consigo también una gran parte de los árabes, y acamparon junto a Engadí, ciudad situada a orillas del lago Asfaltites, a trescientos estadios de Yerushaláyim —allí crece la más hermosa palmera y el opobálsamo—. Al oír Yehoshafat que el enemigo, tras cruzar el lago, había invadido ya el país sobre el que reinaba, atemorizado convocó en asamblea al pueblo de los habitantes de Yerushaláyim en el Templo; y, de pie ante el santuario, oraba e invocaba a Dios para que le concediera fuerza y poder con que castigar a los que habían marchado contra él. Pues eso mismo —decía— habían pedido quienes le construyeron el Templo: que combatiera en favor de aquella ciudad y rechazara a los que se atrevieran a venir contra ella, a los que ahora se presentaban para arrebatarle la tierra que Él había dado en morada. Orando así, lloraba, y toda la multitud, junto con las mujeres y los niños, suplicaba.
Un profeta llamado Yajaziel, adelantándose al centro de la asamblea, exclamó ante la multitud y ante el rey que Dios había escuchado sus oraciones y prometía combatir por él contra sus enemigos. Y ordenó que al día siguiente el ejército saliera al encuentro del enemigo: los hallarían en la subida que hay entre Yerushaláyim y Engadí, llamada Exoqué; pero que no trabaran combate con ellos, sino que se limitaran a estar quietos y a mirar cómo pelea por ellos lo divino. Cuando el profeta dijo esto, el rey y la multitud, cayendo de bruces, daban gracias a Dios y se postraban, mientras los leviim proseguían con sus instrumentos entonando himnos.
Al despuntar el día, el rey salió al desierto que hay debajo de la ciudad de Tecoa y dijo a la multitud que debían creer en lo dicho por el profeta, y no formarse en orden de batalla, sino, poniendo al frente a los sacerdotes con las trompetas y a los leviim, dar gracias como a Quien ya había librado nuestro país de los enemigos. Agradó el parecer del rey, e hicieron cuanto había aconsejado. Y Dios infundió miedo y confusión en los amonitas, de modo que, creyéndose enemigos unos a otros, se mataron entre sí, hasta el punto de que, de tan gran ejército, no se salvó nadie.
Yehoshafat, mirando hacia la hondonada donde había acampado el enemigo y viéndola llena de cadáveres, se alegró ante lo asombroso de la ayuda de Dios —que, sin fatiga alguna de ellos, por sí mismo les había dado la victoria—, y permitió al ejército saquear el campamento de los enemigos y despojar a los muertos. Durante tres días se afanaron en el despojo, y aun se cansaron: tan grande era la multitud de los caídos. Al cuarto día, reunido todo el pueblo en cierto lugar hueco y hondo, bendijeron el poder de Dios y su alianza; y de ahí el lugar recibió el nombre de «valle de la Bendición».
Desde allí el rey condujo el ejército de vuelta a Yerushaláyim y se entregó a festines y sacrificios durante muchos días. Y, después de que la destrucción de sus enemigos llegara a oídos de los pueblos extranjeros, todos ellos quedaron sobrecogidos ante él, viendo que Dios manifiestamente lo asistía en adelante. Yehoshafat, desde entonces, vivió con espléndida gloria por su justicia y su piedad hacia lo divino. Era también amigo del hijo de Ajav que reinaba sobre los israelitas; y, asociándose con él para construir naves que navegaran hacia el Ponto y los mercados de Tracia, fracasó en la empresa, pues por su gran tamaño las embarcaciones se perdieron; y por ello ya no volvió a poner su afán en las naves. Así estaban las cosas en torno a Yehoshafat, rey de Yerushaláyim.
El hijo de Ajav, Ajazyahu, reinaba sobre los israelitas fijando su residencia en Shomrón, siendo perverso y en todo semejante a ambos progenitores y a Yerovam, el primero que transgredió y empezó a engañar al pueblo. Cuando ya llevaba el segundo año de reinado, el rey de los moabitas se apartó de él y dejó de aportar los tributos que antes pagaba a su padre Ajav. Sucedió que Ajazyahu, al bajar de la azotea de su casa, cayó y, enfermo, mandó a preguntar por su curación al dios de Ekrón —Mosca, pues tal era el nombre de aquella deidad—.
Pero el Dios de los hebreos, apareciéndose al profeta Eliyahu, le ordenó salir al encuentro de los mensajeros enviados y preguntarles si es que el pueblo de los israelitas no tiene Dios propio, para que su rey envíe a uno ajeno a preguntar por su curación; y que les mandara volver y decir al rey que no escaparía de la enfermedad. Habiendo hecho Eliyahu lo que Dios le ordenó, los mensajeros, oídas sus palabras, regresaron al punto ante el rey. Extrañado este de la prontitud del regreso y preguntando la causa, dijeron que les había salido al paso cierto hombre y les había impedido seguir adelante, mandándoles volver y decirte, por orden del Dios de los israelitas, que la enfermedad irá a peor.
Cuando el rey les mandó que le describieran a quien esto había dicho, respondieron que era un hombre velludo y ceñido con un cinturón de cuero. Comprendiendo por ello que el señalado por los mensajeros era Eliyahu, envió contra él a un capitán con cincuenta soldados y ordenó que se lo trajeran. El capitán enviado, hallando a Eliyahu sentado en la cima del monte, le ordenó bajar y presentarse ante el rey —pues aquel así lo mandaba—, y que si no quería, lo forzaría contra su voluntad. Eliyahu, para poner a prueba si era verdadero profeta, le dijo que rogaría que un fuego caído del cielo destruyera a los soldados y a él mismo; y rogó, y un rayo, precipitándose, aniquiló al capitán y a los que iban con él.
Comunicada al rey la muerte de estos, irritado, envió otro capitán contra Eliyahu con tantos soldados como con el primero. Y como también este amenazara al profeta con llevárselo por la fuerza si no bajaba de buen grado, Eliyahu rogó contra él, y el fuego lo consumió igual que al capitán anterior. Enterado el rey también de esto, envió un tercero. Este, hombre sensato y de talante muy comedido, llegado al lugar donde estaba Eliyahu, se dirigió a él con afabilidad; le dijo que sabía que no por gusto, sino cumpliendo una orden real, había venido a él, y que también los enviados antes que él no habían acudido por su voluntad, sino por la misma causa; le rogaba, pues, que se apiadara de él y de los soldados que lo acompañaban, y que bajara y lo siguiera hasta el rey. Aprobando Eliyahu la cortesía de sus palabras y la finura de su talante, bajó y lo siguió. Presentándose ante el rey, le profetizó y le declaró que Dios dice: «Puesto que lo has condenado como si no fuera Dios y como incapaz de predecir la verdad acerca de tu enfermedad, y enviaste al dios de los de Ekrón a preguntarle cuál sería el desenlace de tu mal, sábete que morirás.»
Y él, transcurrido muy poco tiempo, murió tal como Eliyahu había predicho, y le sucedió en el reino su hermano Yehoram, pues acabó su vida sin hijos. Este Yehoram, semejante en la maldad a su padre Ajav, reinó doce años, entregado a toda clase de iniquidad e impiedad hacia Dios, pues, dejándolo a Él, veneraba a los dioses extranjeros; por lo demás, era hombre enérgico. Por aquel tiempo Eliyahu desapareció de entre los hombres, y nadie hasta el día de hoy conoce su fin. Dejó por discípulo a Elishá, como ya antes lo señalamos. Acerca de Eliyahu y de Janoj, que vivió antes del diluvio, está escrito en los libros sagrados que se hicieron invisibles, y nadie sabe de su muerte.
Tomado el reino, Yehoram resolvió marchar contra el rey de los moabitas, llamado Meshá, pues este, como antes dijimos, se había apartado, dejando de pagar a su padre Ajav como tributo doscientas mil ovejas con sus vellones. Reuniendo, pues, sus propias fuerzas, envió a Yehoshafat rogándole —ya que desde el principio había sido amigo de su padre— que se aliara con él, que estaba a punto de emprender guerra contra los moabitas que se habían apartado de su reino. Y él no solo prometió acudir en persona en su ayuda, sino también obligar a que se les uniera en campaña el rey de los idumeos, que estaba sujeto a él.
Yehoram, llegadas de parte de Yehoshafat tales respuestas sobre la alianza, tomó su ejército y fue a Yerushaláyim; y, hospedado espléndidamente por el rey de los habitantes de Yerushaláyim, les pareció bien hacer la marcha contra el enemigo a través del desierto de Idumea —pues el enemigo no esperaría que hicieran el ataque por allí—. Así, los tres reyes partieron de Yerushaláyim: el de estos mismos, el de los israelitas y el de Idumea. Y, dando un rodeo de siete días de camino, cayeron en falta de agua para las bestias y el ejército, al extraviarse de las rutas sus guías, de modo que todos se angustiaban, y sobre todo Yehoram, quien, de pena, clamó a Dios: ¿qué mal le imputaba, para conducir a los tres reyes a entregarse sin combate al rey de los moabitas?
Yehoshafat, hombre justo, lo animó, y le mandó que enviara al campamento a averiguar si algún profeta de Dios había venido con ellos, para que por él aprendamos de Dios qué debemos hacer. Habiendo dicho cierto sirviente de Yehoram que había visto allí a Elishá, hijo de Shafat, el discípulo de Eliyahu, los tres reyes se dirigieron a él por consejo de Yehoshafat. Llegados a la tienda del profeta —que se había alojado fuera del campamento—, le preguntaban acerca del porvenir del ejército, sobre todo Yehoram. Y como él le dijera que no lo importunara, sino que fuera a los profetas de su padre y de su madre, pues aquellos eran verdaderos, Yehoram le rogaba que profetizara y los salvara. Él, jurando por Dios que no le respondería sino por Yehoshafat, que es santo y justo, mandó traer a un hombre que supiera tañer —pues él mismo lo pidió—; y, quedando inspirado con el son del salmo, ordenó a los reyes cavar muchos hoyos en el torrente. «Pues, sin que haya nube ni viento ni lluvia que se desate, veréis el río lleno de agua, de modo que tanto el ejército como las bestias de carga se salven con la bebida. Y no será esto lo único que tendréis de parte de Dios, sino que además venceréis a los enemigos y tomaréis las más hermosas y fuertes ciudades de los moabitas, y talaréis sus árboles frutales, devastaréis el país y cegaréis las fuentes y los ríos.»
Dicho esto por el profeta, al día siguiente, antes de que saliera el sol, el torrente corrió abundante, pues sucedió que Dios había hecho llover con fuerza a tres días de camino, en Idumea, de suerte que el ejército y las bestias de carga hallaron bebida en abundancia. Cuando los moabitas oyeron que los tres reyes marchaban contra ellos y hacían el ataque por el desierto, su rey, reuniendo al punto un ejército, ordenó plantar el campamento en las fronteras, para que el enemigo no invadiera el país sin que ellos lo advirtieran. Pero, al ver a la salida del sol el agua del torrente —pues no estaba lejos del territorio moabita— semejante en color a la sangre (ya que entonces, sobre todo, con la luz el agua se enrojece), se formaron una falsa idea acerca del enemigo: que se habían dado muerte unos a otros por la sed, y que el río les corría sangre. Suponiendo, pues, que así era, pidieron al rey que los enviara a saquear a los enemigos; y todos, lanzándose como hacia un botín ya dispuesto, llegaron al campamento de los enemigos como si estuvieran muertos. Pero esta esperanza los engañó, y, rodeándolos el enemigo, unos fueron acuchillados y otros se dispersaron huyendo a su propio país.
Invadiendo el territorio moabita, los reyes derribaron las ciudades que había en él, saquearon y arrasaron sus campos llenándolos de las piedras de los torrentes, talaron los más hermosos árboles, cegaron las fuentes de agua y demolieron los muros hasta los cimientos. El rey de los moabitas, acosado por el asedio y viendo que la ciudad corría peligro de ser tomada al asalto, se lanzó con setecientos hombres a intentar abrirse paso a caballo por el campamento de los enemigos, por la parte donde creía que aflojaban la guardia. Pero, tras intentarlo, no pudo huir, pues dio con un lugar cuidadosamente vigilado. De vuelta a la ciudad, ejecutó una obra de desesperación y de terrible extremidad: a su hijo mayor, que había de reinar después de él, lo subió sobre la muralla, de modo que quedara a la vista de todos los enemigos, y lo ofreció en holocausto a su dios. Al verlo, los reyes se compadecieron de su extremidad y, movidos por algo humano y digno de lástima, levantaron el asedio, y cada uno volvió a su tierra.
Yehoshafat, llegado a Yerushaláyim y pasando su vida en paz, sobrevivió poco tiempo después de aquella campaña y murió, habiendo vivido sesenta años y reinado de ellos veinticinco. Obtuvo una sepultura magnífica en Yerushaláyim, pues había sido imitador de las obras de David.
Dejó también bastantes hijos, y designó como sucesor al mayor, Yehoram —que tenía el mismo nombre que el hermano de su esposa, el que reinaba sobre los israelitas, hijo de Ajav—. Llegado a Shomrón desde el territorio moabita, el rey de los israelitas tenía consigo al profeta Elishá, cuyos hechos quiero referir, pues son brillantes y dignos de historia, según los hemos conocido en los libros sagrados.
Cuentan que la mujer de Ovadyá, el mayordomo de Ajav, acudió a él y le dijo que no ignoraba cómo su marido había salvado a los profetas que la mujer de Ajav, Izével, mandaba matar —pues cien de ellos, decía, habían sido alimentados a escondidas con dinero que él tomó prestado—; y que, tras la muerte de su marido, ahora los acreedores se los llevaban a ella y a sus hijos a la esclavitud; y le rogaba que, por aquel servicio de su marido, se apiadara y le prestara alguna ayuda. Al preguntarle él qué tenía en la casa, respondió que ninguna otra cosa, sino muy poco aceite en una vasija. El profeta le mandó ir y tomar prestadas de los vecinos muchas vasijas vacías, y que, cerradas las puertas de la habitación, trasvasara el aceite a todas ellas, pues Dios las llenaría. Haciendo la mujer lo que se le ordenó y mandando a sus hijos que le acercaran cada una de las vasijas, cuando todas quedaron llenas y ninguna vacía, fue al profeta y se lo comunicó. Él le aconsejó ir a vender el aceite y pagar a los acreedores lo que les debía; y que algo sobraría del precio del aceite, que emplearía para el sustento de sus hijos. Así, Elishá libró a la mujer de sus deudas y la libertó del ultraje de los acreedores.
Elishá mandó aviso enseguida a Yehoram, aconsejándole que guardara cierto lugar, pues había en él unos sirios apostados para matarlo. Y el rey ya no salió a aquella cacería, obedeciendo al profeta. Ben-Hadad, fallida su emboscada, creyendo que los suyos habían delatado a Yehoram el acecho, se enojó y, mandándolos llamar, los llamó traidores de sus secretos y les amenazó con la muerte, ya que la abierta empresa que solo a ellos había confiado había llegado a conocimiento del enemigo. Cuando uno de los presentes dijo que se equivocaba, y que no sospechara que ellos hubieran denunciado a su enemigo el envío de quienes lo matarían, sino que supiera que es Elishá el profeta quien todo se lo revela y le hace manifiestos los planes que trama, ordenó enviar a averiguar en qué ciudad se hallaba Elishá.
Los enviados regresaron anunciando que estaba en Dotán. Así pues, Ben-Hadad mandó a la ciudad una gran fuerza de jinetes y carros para apoderarse de Elishá. Estos, de noche, rodearon toda la ciudad y la tuvieron bajo vigilancia. Al amanecer, enterado de esto el sirviente del profeta —y de que el enemigo buscaba prender a Elishá—, se lo comunicó corriendo hacia él con gritos y sobresalto. Él animó al criado a no temer, e invocó a Dios —en cuya alianza, despreocupado, estaba sin miedo— para que mostrara al criado su poder y su presencia, a fin de que cobrara un ánimo lleno de esperanza. Y Dios, atento a las súplicas del profeta, concedió al criado ver una multitud de carros y caballos que rodeaban a Elishá, de modo que abandonó el temor y cobró valor ante la visión de aquella supuesta alianza.
Después de esto, Elishá pidió a Dios que oscureciera la vista de los enemigos, echando sobre ellos una bruma que les impidiera reconocerlo. Sucedido también esto, avanzó hasta en medio de los enemigos y les preguntó a quién habían venido buscando; y, diciendo ellos que al profeta Elishá, prometió entregárselo si lo seguían hasta la ciudad en la que se hallaba. Ellos, con el profeta por guía, entenebrecidos por Dios en la vista y en el entendimiento, lo seguían con presteza. Y Elishá, conduciéndolos a Shomrón, ordenó al rey Yehoram cerrar las puertas y rodear a los sirios con su fuerza, y rogó a Dios que aclarara la vista de los enemigos y les quitara la bruma. Librados de aquella ceguera, se vieron en medio de los enemigos. Estando los sirios en terrible espanto y desconcierto —como era natural ante algo tan divino y asombroso—, y preguntando el rey Yehoram al profeta si mandaba abatirlos a flechazos, Elishá se lo prohibió, pues dijo que es justo matar a los que se toman por ley de guerra, pero que estos ningún mal habían hecho a su país, y habían venido a ellos, sin saberlo, por poder divino. Y aconsejó que, dándoles hospedaje y mesa, los soltaran ilesos. Así pues, Yehoram, obedeciendo al profeta, tras agasajar muy espléndida y generosamente a los sirios, los despidió hacia Ben-Hadad, su rey.
Cuando llegaron y le declararon lo sucedido, Ben-Hadad, maravillado de aquel portento y de la manifestación y el poder del Dios de los israelitas, y del profeta a quien lo divino asistía tan claramente, ya no resolvió atacar en secreto al rey de los israelitas, por temor a Elishá, sino que decidió hacerle la guerra abiertamente, pensando que por la multitud del ejército y su fuerza vencería a los enemigos. Y marchó con gran fuerza contra Yehoram, quien, no considerándose capaz de medirse con los sirios, se encerró en Shomrón, confiado en la solidez de las murallas. Ben-Hadad, calculando que tomaría la ciudad —si no con las máquinas, sí por el hambre y la escasez de víveres, con que rendiría a los samaritanos—, atacándola, la puso sitio.
De tal modo llegó a faltar a Yehoram la provisión de lo necesario, que, por el exceso de la penuria, en Shomrón se vendió una cabeza de asno en ochenta piezas de plata, y por cinco piezas de plata compraban los hebreos un sextario de estiércol de paloma en lugar de sal. Yehoram temía que, por causa del hambre, alguien entregara la ciudad a los enemigos, y cada día recorría las murallas y a los centinelas, examinando si había dentro algún traidor entre ellos, y, con hacerse ver y mostrar su preocupación, arrancaba tanto el deseo de semejante cosa como la obra misma, si alguno se había adelantado ya a concebir tal propósito. Al gritar cierta mujer «¡Señor, ten piedad!», creyendo él que iba a pedirle algo de comer, encolerizado la maldijo por Dios y le dijo que ni era suya la era ni el lagar, de donde pudiera darle algo de lo que en su necesidad pedía. Cuando ella dijo que de nada de eso tenía necesidad, ni lo importunaba por comida, sino que pedía ser juzgada frente a otra mujer, y él le mandó hablar y exponer aquello que reclamaba, dijo que había hecho un pacto con la otra mujer —vecina y amiga suya—: que, ya que el hambre y la penuria eran insoportables, sacrificaran a sus hijos —cada una tenía un niño varón— y se alimentaran una a la otra un día cada vez. «Y yo —dijo— fui la primera en degollar al mío, y el día pasado ambas nos alimentamos del mío; pero ahora ella no quiere hacer lo mismo, sino que quebranta el pacto y ha ocultado a su hijo.»
Esto afligió sobremanera a Yehoram al oírlo, y, rasgándose la vestidura y prorrumpiendo en un grito terrible, luego, henchido de ira contra el profeta Elishá, se lanzó a matarlo, porque no rogaba a Dios que les diera un recurso y una salida de los males que los cercaban; y al punto envió a uno a cortarle la cabeza. Y aquel se apresuraba a la muerte del profeta; pero a Elishá no se le ocultó la ira del rey, y, sentado en su casa con sus discípulos, les reveló que Yehoram, el hijo del asesino, había enviado a quien le quitaría la cabeza. «Pero vosotros —dijo—, cuando llegue el encargado de esto, vigiladlo cuando esté a punto de entrar, apretadlo contra la puerta y retenedlo; pues tras él vendrá a mí el rey, arrepentido.» Y ellos hicieron lo mandado cuando llegó el enviado por el rey a dar muerte a Elishá. Yehoram, condenando su ira contra el profeta y temiendo que el encargado se le adelantara matándolo, se apresuró a impedir que se cometiera el crimen y a salvar al profeta. Llegado a él, le reprochó que no pidiera a Dios una liberación de los males presentes, sino que los mirara con indiferencia mientras así perecían. Elishá le prometió que al día siguiente, a aquella misma hora en que el rey había llegado a él, habría gran abundancia de alimento, y se vendería en el mercado dos satas de cebada por un siclo, y una sata de flor de harina por un siclo.
Esto movió a alegría a Yehoram y a los presentes, pues no vacilaban en creer al profeta por la verdad de lo antes experimentado, y lo escaso y penoso de aquel día se lo aligeraba la abundancia esperada. Pero el capitán de la tercera parte del ejército, que era amigo del rey y que entonces lo llevaba apoyado sobre él, dijo: «Cosas increíbles dices, oh profeta; y así como es imposible que Dios derrame del cielo cataratas de cebada o de flor de harina, así es imposible que se cumpla lo que ahora dices.» Y el profeta le replicó: «Esto verás que llega a su cumplimiento, pero de nada de lo que haya participarás.»
Y se cumplió de este modo lo predicho por Elishá. Había en Shomrón una ley de que los que tuvieran lepra y no estuvieran limpios en sus cuerpos de tales males permanecieran fuera de la ciudad. Cuatro hombres, pues, que por esta causa se hallaban ante las puertas —sin que ya nadie les sacara alimento a causa del exceso del hambre—, impedidos por la ley de entrar en la ciudad, y calculando que, aun cuando se les permitiera, perecerían miserablemente de hambre, y que esto mismo sufrirían aun si se quedaban allí por falta de comida, resolvieron entregarse a los enemigos, de modo que, si los perdonaban, vivirían, y si los mataban, tendrían una buena muerte. Confirmada esta decisión, de noche llegaron al campamento de los enemigos. Ya comenzaba Dios a atemorizar y turbar a los sirios, y a hacer resonar en sus oídos un estrépito de carros y caballos como de un ejército que se acercaba, y a acercarles cada vez más esa sospecha. Y de tal modo quedaron dispuestos por ello que, abandonando las tiendas, corrieron en masa hacia Ben-Hadad diciendo que Yehoram, el de los israelitas, tras contratar aliados —al rey de los egipcios y al de las islas—, los conducía contra ellos, pues al aproximarse aquellos oían el estruendo. Ben-Hadad dio crédito a lo que decían —pues también a él le zumbaban ya los oídos igual que a la multitud—; y, con mucho desorden y tumulto, dejando en el campamento los caballos, las bestias de carga y una riqueza abundante, se dieron a la fuga.
Los leprosos que de Shomrón se habían pasado al campamento de los sirios, a quienes poco antes mencionamos, al llegar al campamento vieron que reinaba mucha quietud y silencio; y, entrando dentro y precipitándose en una tienda, no vieron a nadie: comieron y bebieron, se llevaron ropa y mucho oro, y, sacándolo fuera del campamento, lo escondieron. Luego, entrando en otra tienda, sacaron igualmente lo que en ella había, y esto hicieron cuatro veces, sin que absolutamente nadie los encontrara. De donde, conjeturando que el enemigo se había retirado, se reprocharon a sí mismos no comunicar esto a Yehoram y a los ciudadanos. Y ellos, yendo a la muralla de Shomrón y llamando a voces a los centinelas, les revelaron lo tocante a los enemigos; aquellos lo transmitieron a los guardias del rey, de quienes, enterándose Yehoram, mandó llamar a sus amigos y comandantes. A ellos, cuando vinieron, les dijo que sospechaba que la retirada del rey de los sirios era una emboscada y un ardid —pues había desesperado de destruirnos con el hambre—, para que, cuando nosotros, como si ellos hubieran huido, saliéramos del campamento al saqueo, cayera de improviso sobre nosotros, nos matara y tomara la ciudad sin combate; «por lo cual os aconsejo tenerla bajo guardia, sin confiaros porque el enemigo se haya retirado».
Cuando uno dijo que sospechaba con gran acierto y agudeza, pero aconsejó, no obstante, enviar a dos de los jinetes a explorar todo el camino hasta el Yardén, para que, si eran apresados por los enemigos que acechaban y perecían, sirvieran de salvaguarda al ejército contra sufrir algo semejante al avanzar sin sospecha; «y contarás —dijo— entre los muertos por el hambre a los jinetes, aun si son apresados por los enemigos y perecen». Complacido con el parecer, envió entonces a los exploradores; y ellos recorrieron el camino vacío de enemigos, pero lo hallaron lleno de víveres y armas que, por estar ligeros para huir, [los sirios] habían arrojado y dejado. Oído esto, el rey soltó a la multitud al saqueo de lo que había en el campamento. Y no sacaron provecho de cosa alguna vil ni escasa, sino mucho oro, mucha plata, rebaños de toda clase de ganado y, además, miríadas de trigo y cebada que ni en sueños habían esperado; y, habiéndolo hallado, quedaron libres de sus antiguos males y tuvieron tal abundancia que dos satas de cebada se compraban por un siclo, y una sata de flor de harina por un siclo, según la profecía de Elishá —y la sata equivale a un modio y medio itálico—. Solo uno no gozó de estos bienes: el capitán de la tercera parte del ejército, pues, apostado en la puerta por el rey para contener el gran ímpetu de la multitud y que no perecieran empujados y pisoteados unos por otros, esto mismo padeció y murió de tal modo, habiéndole profetizado Elishá su fin cuando, de todos, solo él no creyó en lo que dijo acerca de la venidera abundancia de víveres.
El rey de los sirios, Ben-Hadad, escapado a salvo a Damasco y enterado de que lo divino lo había sumido a él y a todo su ejército en aquel miedo y confusión, y que ello no había venido de un ataque enemigo, se desanimó grandemente al ver a Dios hostil hacia él y cayó enfermo. Hallándose por aquel tiempo el profeta Elishá de viaje en Damasco, Ben-Hadad, enterado de ello, envió a Jazael, el más fiel de sus servidores, a salirle al encuentro llevándole regalos, con orden de preguntarle acerca de la enfermedad y si escaparía del peligro de ella. Jazael, con cuarenta camellos que portaban los más hermosos y valiosos regalos de cuanto se produce en Damasco y hay en el palacio, se topó con Elishá, lo saludó con afabilidad y le dijo que había sido enviado por el rey Ben-Hadad para llevarle regalos y preguntar acerca de la enfermedad y si se aliviaría de ella. El profeta ordenó a Jazael que no anunciara al rey nada malo, pero dijo que moriría. El servidor del rey se afligió al oírlo, y Elishá lloraba y se deshacía en muchas lágrimas, previendo los males que el pueblo había de padecer tras la muerte de Ben-Hadad. Preguntándole Jazael la causa de su turbación, dijo: «Lloro compadeciendo a la multitud de los israelitas por los terribles males que sufrirán de tu mano; pues matarás a sus mejores hombres, incendiarás sus más fuertes ciudades, y a los niños los destruirás estrellándolos contra las rocas, y a las mujeres encintas les abrirás el vientre.» Y diciendo Jazael: «¿Qué poder tan grande tengo yo para hacer esto?», respondió que Dios le había revelado que él habría de reinar sobre Siria. Así pues, Jazael, llegado ante Ben-Hadad, le anunció lo mejor acerca de la enfermedad, pero al día siguiente, echándole encima una red mojada, lo estranguló con un lazo, y él mismo tomó el mando, siendo hombre enérgico y con mucha benevolencia por parte de los sirios y del pueblo de los damascenos —por quienes hasta hoy tanto el propio Ben-Hadad como Jazael, que gobernó después de él, son honrados como dioses por sus beneficios y por la construcción de los templos con que embellecieron la ciudad de los damascenos—. Y celebran procesiones cada día en honor de estos reyes y se ufanan de su antigüedad, sin saber que son recientes, y sin que estos reyes tengan mil cien años de antigüedad. En cuanto al rey de los israelitas, Yehoram, al oír la muerte de Ben-Hadad, respiró de los temores y del pavor que por causa de él sentía, acogiéndose de buen grado a la paz.
Yehoram, el rey de Yerushaláyim —pues también él tenía, como antes dijimos, el mismo nombre—, tomado el mando, al punto procedió a la matanza de sus hermanos y de los amigos de su padre, que eran también gobernadores, haciendo de ahí el comienzo y la muestra de su maldad, y sin diferir en nada de los reyes del pueblo que primero transgredieron las costumbres ancestrales de los hebreos y el culto de Dios.
Quien lo indujo tanto a los demás males como, en particular, a adorar a los dioses extranjeros fue Atalyá, hija de Ajav, con quien estaba casado. Pero Dios, por la promesa hecha a David, no quiso hacer desaparecer su linaje; sin embargo, Yehoram no dejaba de innovar cada día en su impiedad y en la corrupción de las costumbres patrias.
Por aquel tiempo se apartaron de él los idumeos y, dando muerte a su rey anterior —que estaba sujeto a su padre—, pusieron por rey al que ellos mismos quisieron. Yehoram, con los jinetes que tenía consigo y los carros, invadió Idumea de noche; destruyó a los que había alrededor de su reino, pero no avanzó más adelante.
Con hacer esto no obtuvo, sin embargo, provecho alguno, pues todos se apartaron de él, también los que habitaban la comarca llamada Lavená. Y era tal su furor que forzaba al pueblo a subir a las más altas cumbres de los montes y adorar a los dioses extranjeros.
Mientras él obraba así y había arrojado por completo de su mente las leyes patrias, le llegó de parte del profeta Eliyahu una carta que le declaraba que Dios tomaría de él gran castigo, porque no había imitado a sus propios padres, sino que había seguido las impiedades de los reyes de los israelitas, y había forzado a la tribu de Yehudá y a los ciudadanos de Yerushaláyim a que, abandonando la santidad debida al Dios del país, veneraran a los ídolos, tal como también Ajav había obligado a los israelitas; y porque había dado muerte a sus hermanos y matado a hombres buenos y justos. El profeta le indicaba en la carta el castigo que por ello había de sufrir: la ruina del pueblo, la destrucción de las mujeres y de los hijos del propio rey,
y que él mismo moriría de una enfermedad de las entrañas, atormentado largamente, mientras sus intestinos, por el exceso de la corrupción interior, se le derramaban, de modo que, viendo su propia desgracia sin poder valerse en nada, así al fin muriera. Esto declaraba Eliyahu por medio de la carta.
No mucho después, un ejército de árabes de los que habitan junto a Etiopía, con los filisteos, irrumpió en el reino de Yehoram, saqueó el país y la casa del rey, y además degolló a sus hijos y a sus mujeres. Solo uno de sus hijos le quedó, escapado de los enemigos, llamado Ajazyahu.
Tras esta desgracia, él mismo, enfermo por larguísimo tiempo de la dolencia predicha por el profeta —pues Dios descargó su ira sobre su vientre—, murió miserablemente, viendo cómo se le derramaban las entrañas. Y el pueblo ultrajó también su cadáver;
pues, pensando —creo yo— que quien así había muerto por la cólera de Dios ni siquiera merecía obtener las honras fúnebres propias de los reyes, ni lo sepultó en los sepulcros de sus padres ni lo juzgó digno de otro honor, sino que lo enterró como a un particular, tras haber vivido cuarenta años y reinado ocho. Y el pueblo de los habitantes de Yerushaláyim entrega el reino a su hijo Ajazyahu.
Yehoram, el rey de los israelitas, después de la muerte de Ben-Hadad, esperando arrebatar a los sirios la ciudad de Ramot de Guilad, marchó contra ella con gran aparato; pero, herido de flecha por uno de los sirios durante el asedio —aunque no de muerte—, se retiró a la ciudad de Yizreel para curarse allí la herida, dejando en Ramot todo el ejército y por jefe a Yehú, hijo de Amasí; pues ya la había tomado por la fuerza.
Se proponía, tras la curación, hacer la guerra a los sirios. Pero el profeta Elishá, entregando a uno de sus discípulos el óleo sagrado, lo envió a Ramot para que ungiera a Yehú y le declarara que lo divino lo había elegido rey; y, encargándole que dijera además otras cosas, le mandó hacer el viaje a modo de fuga, para pasar inadvertido a todos al partir de allí.
Llegado a la ciudad, el joven encuentra a Yehú sentado en medio de los jefes del ejército, tal como Elishá le había predicho; y, acercándose, dijo que quería tratar con él ciertos asuntos.
Levantándose Yehú y siguiéndolo hasta un aposento interior, el joven, tomando el óleo, se lo derramó sobre la cabeza y dijo que Dios lo nombraba rey para la ruina del linaje de Ajav, y para que vengara la sangre de los profetas muertos ilegalmente por Izével,
a fin de que la casa de aquellos desapareciera de raíz, del mismo modo que la de Yerovam, hijo de Nevat, y la de Basá, por su impiedad, y no quedara descendencia alguna de la estirpe de Ajav. Dicho esto, el joven salió de un salto del aposento, procurando no ser visto por ninguno de los del ejército.
Yehú salió y volvió al lugar donde estaba sentado con los jefes. Como estos le preguntaran y le rogaran que les dijera a qué había venido el joven, y añadieran incluso que estaba loco, respondió: «Bien lo habéis adivinado, pues sus palabras fueron de un loco.»
Y como se afanaban por oír y se lo pedían, dijo que Dios le había hecho saber que lo había elegido rey del pueblo. Dicho esto, cada uno, despojándose de su manto, se lo tendía debajo, y, tocando los cuernos, proclamaban que Yehú era rey.
Él, reunido el ejército, estaba a punto de lanzarse contra Yehoram, en la ciudad de Yizreel, donde —como dije— se curaba de la herida que había recibido en el asedio de Ramot. Se hallaba también allí Ajazyahu, rey de los habitantes de Yerushaláyim, que había llegado ante Yehoram; pues era hijo de su hermana, como ya dijimos, y había venido, por el parentesco, a visitarlo y ver cómo estaba de la herida.
Yehú, queriendo caer de improviso sobre los de Yehoram, pidió que ninguno de los soldados escapara y fuera a delatar aquello a Yehoram; pues sería esto una espléndida muestra de su lealtad y prueba de que lo habían proclamado rey de tan buena disposición.
Ellos, satisfechos con lo dicho, guardaban los caminos, no fuera que alguno se deslizara a Yizreel y lo delatara a los de allí. Yehú, tomando a los mejores de los jinetes y montando en su carro, marchaba hacia Yizreel; y, cuando estaba cerca, el vigía, que el rey Yehoram había apostado para observar a los que venían a la ciudad, al ver a Yehú avanzar con una multitud, anunció a Yehoram que se acercaba un escuadrón de jinetes.
Este, al punto, mandó que se enviara a uno de los jinetes a su encuentro para averiguar quién era el que venía. Llegado, pues, ante Yehú, el jinete le preguntó por lo que ocurría en el campamento, pues eso quería saber el rey. Pero él le ordenó no ocuparse de tales cosas, sino seguirle.
Viendo esto el vigía, anunció a Yehoram que el jinete se había mezclado con la multitud de los que venían y llegaba con ellos. Enviado por el rey un segundo jinete, Yehú le ordenó hacer lo mismo.
Cuando también esto declaró el vigía a Yehoram, este, por último, montando él mismo en su carro con Ajazyahu, rey de los habitantes de Yerushaláyim —que estaba allí, como antes dije, para verlo, por el parentesco, cómo seguía de la herida—, salió a su encuentro. Yehú avanzaba con lentitud y en buen orden. Y cuando lo alcanzó en el campo de Navot, Yehoram le preguntó si todo iba bien en el campamento; pero, como Yehú lo injuriara con amargura, llegando a llamar hechicera a su madre, el rey, temiendo su intención y sospechando que nada bueno tramaba, volvió el carro como pudo y huyó, diciendo a Ajazyahu que había sido burlado por emboscada y engaño. Yehú, disparándole una flecha, lo derribó, atravesándole el dardo el corazón.
Yehoram cayó al punto de rodillas y exhaló el alma; y Yehú ordenó a Bidkar, el jefe de la tercera parte del ejército, arrojar el cadáver de Yehoram al campo de Navot, recordándole la profecía de Eliyahu, que había vaticinado a Ajav, su padre, cuando dio muerte a Navot, que perecería tanto él como su linaje en la heredad de aquel;
pues esto lo había oído él mismo del profeta, sentado detrás del carro cuando Ajav lo dijo. Y así sucedió que ocurriera, según la predicción de aquel. Caído Yehoram, Ajazyahu, temiendo por su vida, desvió el carro por otro camino, suponiendo que pasaría inadvertido a Yehú.
Pero este, persiguiéndolo y alcanzándolo en cierta subida, lo hirió de flecha; y aquel, dejando el carro y montando a caballo, huye de Yehú a Meguidó, y allí, tratado de la herida, poco después muere de ella. Trasladado a Yerushaláyim, obtiene sepultura en aquel lugar, tras reinar un año, habiendo sido perverso y aun peor que su padre.
Cuando Yehú entró en Yizreel, Izével, ataviada y de pie sobre la torre, dijo: «¡Buen esclavo, el que mata a su señor!» Él, alzando la vista hacia ella, preguntó quién era y le mandó bajar y venir a su lado; y, al fin, ordenó a los eunucos que la arrojaran desde la torre.
Precipitada, salpicó el muro con su sangre y, pisoteada por los caballos, así murió. Sucedido esto, Yehú, entrando en el palacio con sus amigos, se repuso del camino con lo demás y con la mesa. Y ordenó a los servidores que recogieran a Izével y la enterraran, por su linaje, pues era de estirpe real.
Pero los encargados de las honras fúnebres no hallaron de su cuerpo sino las extremidades solas, pues todo lo demás había sido devorado por los perros. Al oírlo Yehú, admiró la profecía de Eliyahu, pues este había predicho en Yizreel que ella perecería de tal modo.
Teniendo Ajav setenta hijos, criados en Shomrón, Yehú envía dos cartas: una a los ayos, y otra a los magistrados de los samaritanos, diciéndoles que proclamaran rey al más valiente de los hijos de Ajav, pues tenían multitud de carros, caballos, armas y ejército, y poseían ciudades fuertes; y que, hecho esto, tomaran venganza en favor de su señor.
Esto lo escribió queriendo sondear el ánimo de los samaritanos. Al leer la carta, tanto los magistrados como los ayos se llenaron de miedo y, considerando que nada podían hacer frente a él —pues había vencido a dos reyes poderosísimos—, respondieron por escrito reconociéndolo por señor y que harían cuanto ordenara.
Él, a esto, les respondió mandándoles que le obedecieran y, cortando las cabezas de los hijos de Ajav, se las enviaran. Los magistrados, llamando a los ayos de los niños, les ordenaron matarlos, cortarles las cabezas y enviarlas a Yehú. Ellos, sin perdonar a ninguno en absoluto, así lo hicieron y, metiendo las cabezas en unos cestos de mimbre, las enviaron a Yizreel.
Llegadas estas, se anuncia a Yehú, que cenaba con sus amigos, que habían traído las cabezas de los hijos de Ajav. Él mandó que, delante de la puerta y a uno y otro lado, se levantaran con ellas dos montones.
Hecho esto, al despuntar el día salió a verlo y, tras contemplarlo, comenzó a decir al pueblo presente que él mismo había marchado contra su señor y le había dado muerte, pero que a aquellos no los había matado él; y les pedía que reconocieran, acerca de la estirpe de Ajav, que todo había sucedido según la profecía de Dios, y que su casa, tal como también Eliyahu había predicho, había perecido.
Y, dando muerte además a cuantos jinetes de la parentela de Ajav se hallaron entre los de Yizreel, marchaba hacia Shomrón. Por el camino, encontrándose con los allegados de Ajazyahu, rey de los habitantes de Yerushaláyim, les preguntó a qué habían venido.
Ellos dijeron que venían a saludar a Yehoram y a su propio rey Ajazyahu; pues no sabían que ambos habían sido asesinados por él. Yehú mandó también prender y matar a estos, que eran cuarenta y dos en número.
Tras estos, sale a su encuentro un hombre bueno y justo, de nombre Yehonadav, amigo suyo desde antaño, quien, saludándolo, empezó a alabarlo por haber hecho en todo la voluntad de Dios, haciendo desaparecer la casa de Ajav.
Yehú le rogó que subiera al carro y entrara con él en Shomrón, diciendo que le mostraría cómo no perdonaría a ningún malvado, sino que castigaría a los falsos profetas, a los falsos sacerdotes y a los que habían engañado al pueblo para que abandonara el culto del Dios altísimo y adorara a los dioses extranjeros; pues nada hay más hermoso ni más grato de contemplar, para un hombre honrado y justo, que ver castigados a los malvados.
Persuadido por esto, Yehonadav sube al carro y llega a Shomrón. Yehú, buscando a todos los parientes de Ajav, los mata. Y, queriendo que ninguno de los falsos profetas ni de los sacerdotes de los dioses de Ajav escapara al castigo, los prendió a todos con maña y engaño;
pues, reunido el pueblo, dijo que quería adorar el doble de dioses de los que Ajav había introducido, y pidió que se presentaran los sacerdotes y profetas de aquellos, y sus servidores, pues iba a ofrecer sacrificios costosos y grandes a los dioses de Ajav; y amenazó con la muerte al sacerdote que faltara. El dios de Ajav se llamaba Baal.
Fijado el día en que había de hacer los sacrificios, envió por todo el país de los israelitas a quienes le trajeran a los sacerdotes de Baal. Yehú ordenó al sacerdote que diera a todos vestiduras; y, cuando las recibieron, entrando en el templo con su amigo Yehonadav, mandó registrar si había entre ellos algún extraño o forastero, pues no quería que ninguno ajeno estuviera presente en sus ritos.
Como dijeran que no había presente ningún forastero, y comenzados los sacrificios, apostó a ochenta hombres, a quienes tenía por los más fieles de sus soldados, ordenándoles matar a los falsos profetas y vengar por fin las costumbres patrias, largo tiempo descuidadas; y les amenazó con que se les quitaría la vida en lugar de la de cualquiera que escapase.
Ellos degollaron a todos aquellos hombres y, prendiendo fuego al templo de Baal, purificaron así Shomrón de las costumbres extranjeras. Este Baal era un dios de los tirios. Pues Ajav, queriendo agradar a su suegro Etbaal, rey de los tirios y de los sidonios, le había edificado un templo en Shomrón, le había nombrado profetas y lo había honrado con todo culto.
Abolido este dios, Yehú permitió a los israelitas adorar a las becerras de oro. Y a él, que había hecho estas cosas y provisto al castigo de los impíos, Dios le predijo por medio del profeta que sus hijos reinarían sobre los israelitas hasta la cuarta generación. Y así estaban las cosas en torno a Yehú.
Atalyá, la hija de Ajav, al oír la muerte de su hermano Yehoram, la de su hijo Ajazyahu y la ruina del linaje de los reyes, se afanó por no dejar a nadie de la casa de David e hizo desaparecer toda la estirpe, para que ni uno solo de ella llegara ya a ser rey.
Y esto lo consiguió, según creía; pero se salvó un hijo de Ajazyahu, que escapó de la muerte de este modo. Tenía Ajazyahu una hermana de padre, de nombre Yehosheva; casada con esta estaba el sumo sacerdote Yehoyadá.
Esta, entrando en el palacio y hallando a Yoash —pues así se llamaba el niño, de un año de edad— escondido entre los degollados con su nodriza, lo tomó consigo y con ella, y lo encerró en el aposento de las camas; y, ocultos, lo criaron ella y su marido Yehoyadá en el templo durante los seis años en que Atalyá reinó sobre Yerushaláyim y las dos tribus.
Al séptimo año, Yehoyadá, tras confiarse a algunos —cinco jefes de cien en número— y persuadirlos a colaborar en el ataque contra Atalyá y a asegurar el reino al niño, tomándoles juramentos con que quedaba garantizada la seguridad por parte de los cómplices, cobró en adelante ánimo en sus esperanzas contra Atalyá.
Los hombres que el sacerdote Yehoyadá había tomado por partícipes de la empresa, recorriendo todo el país, reunieron de él a los sacerdotes, a los leviim y a los jefes de las tribus, y vinieron trayéndolos a Yerushaláyim, ante el sumo sacerdote.
Este les pidió una garantía bajo juramento: que guardarían el secreto que de él supieran, que necesitaba a la vez silencio y colaboración. Cuando, ya prestado el juramento, le fue seguro hablar, presentando al que del linaje de David había criado, dijo: «Este es nuestro rey, de aquella casa que sabéis que Dios nos profetizó que reinaría para siempre.
Os aconsejo que una tercera parte de vosotros lo guarde en el templo, otra tercera parte se aposte en todas las puertas del recinto, y la que sigue a esta tenga la guardia de la puerta que se abre y da al palacio; y el resto de la multitud esté sin armas en el templo; y no dejéis entrar a ningún soldado armado, sino solo al sacerdote.»
Dispuso además que una parte de los sacerdotes y de los leviim estuviera en torno al propio rey, dándole escolta con las espadas desenvainadas, y que se matara al instante a quien se atreviera a entrar armado en el templo; y que, sin temer nada, permanecieran en la guardia del rey. Ellos, persuadidos por lo que el sumo sacerdote les aconsejó, mostraron con la obra su decisión. Yehoyadá, abriendo el arsenal que había en el templo, el que David había construido, distribuyó entre los jefes de cien, y con ellos a los sacerdotes y leviim, todo cuanto en él halló: lanzas, aljabas y cualquier otra clase de arma que encontró, y a los armados los apostó en círculo alrededor del templo, trabados de la mano, para cerrar así la entrada a los que no debían pasar.
Reunido el niño en medio, le pusieron la corona real, y Yehoyadá, ungiéndolo con el óleo, lo declaró rey; y la multitud, alegre y batiendo palmas, gritaba: «¡Viva el rey!»
Atalyá, oyendo contra toda esperanza el tumulto y las aclamaciones, muy turbada en su ánimo, salió de un salto del palacio con su propia tropa. Y, al llegar ella al templo, los sacerdotes la reciben, pero a los soldados que la seguían les impidieron entrar los que estaban apostados en círculo por orden del sumo sacerdote.
Al ver Atalyá al niño de pie sobre el estrado, con la corona real puesta, se rasgó las vestiduras y, gritando de forma terrible, mandó matar al que había conspirado contra ella y se había afanado por arrebatarle el mando. Pero Yehoyadá, llamando a los jefes de cien, les ordenó llevar a Atalyá al valle del Cedrón y matarla allí; pues no quería manchar el templo dando muerte allí mismo a la malvada.
Mandó además que, si alguien se acercaba en su ayuda, también a aquel lo mataran. Así pues, los encargados de darle muerte, prendiendo a Atalyá, la llevaron hasta la puerta de las mulas del rey y allí la mataron.
Cuando así se hubo resuelto lo tocante a Atalyá, Yehoyadá, convocando al pueblo y a los soldados en el templo, les hizo jurar que serían leales al rey y velarían por su salvación y por la duración de su reino; y luego obligó al propio rey a dar garantía de que honraría a Dios y no traspasaría las leyes de Moshé.
Después de esto, entrando de golpe en el templo de Baal —que Atalyá y su marido Yehoram habían construido para ultraje del Dios patrio y honra de Ajav—, lo derribaron y mataron a Matán, que tenía su sacerdocio.
Yehoyadá encomendó a los sacerdotes y a los leviim el cuidado y la guarda del templo, conforme a la disposición del rey David, mandándoles ofrecer dos veces al día los sacrificios de holocausto prescritos y quemar incienso según la Ley. Y designó a algunos de los leviim como porteros para la guarda del recinto, de modo que ningún impuro entrara sin ser advertido.
Dispuesta cada una de estas cosas, con los jefes de cien, los caudillos y todo el pueblo, tomando a Yoash del templo, lo lleva al palacio; y, cuando se sentó en el trono real, la multitud lo aclamó y, entregándose a festines, celebraron durante muchos días. Y la ciudad, con la muerte de Atalyá, quedó en calma.
Tenía Yoash siete años cuando recibió el reino; su madre se llamaba Tsivyá, de patria Beer Sheva. Guardó con gran cuidado las leyes y puso su celo en el culto de Dios todo el tiempo que Yehoyadá vivió.
Casó también con dos mujeres, llegado a la edad conveniente, por dárselas el sumo sacerdote, y de ellas tuvo hijos varones y hembras. Así, pues, hemos declarado lo tocante al rey Yoash: cómo escapó de la conjura de Atalyá y recibió el reino.
Jazael, el rey de los sirios, haciendo la guerra a los israelitas y a su rey Yehú, devastó la parte oriental del país de allende el Yardén, la de los rubenitas, los gaditas y los de Menashé, y además la Guilad y la Basán, incendiándolo y saqueándolo todo y ejerciendo violencia contra cuantos le salían al paso.
Pues Yehú no se apresuró a rechazarlo cuando maltrataba el país, sino que, hecho despreciador de lo divino y menospreciando la santidad y las leyes, murió tras reinar sobre los israelitas veintisiete años. Fue sepultado en Shomrón, dejando por sucesor del reino a su hijo Yehoajaz.
A Yoash, el rey de los habitantes de Yerushaláyim, le vino el impulso de renovar el templo de Dios; y, llamando al sumo sacerdote Yehoyadá, le ordenó enviar por todo el país a los leviim y a los sacerdotes a pedir por cada persona medio siclo de plata para la reparación y renovación del templo, derribado por Yehoram y Atalyá y sus hijos.
Pero el sumo sacerdote no lo hizo, comprendiendo que nadie adelantaría el dinero; y, en el año vigésimo tercero del reinado, habiendo el rey mandado llamarlos a él y a los leviim, y reprochándoles haber desoído lo que había ordenado, y mandándoles proveer en adelante a la reparación del templo, el sumo sacerdote recurrió, para la recaudación de fondos, a un ardid con el que el pueblo se avino de buen grado, de este modo:
fabricó un arca de madera, la cerró por todas partes y le abrió un solo orificio. Luego, poniéndola en el templo junto al altar, mandó que cada uno echara en ella por el orificio cuanto quisiera para la reparación del templo. A esto se dispuso bien todo el pueblo, y con celo, aportando y contribuyendo, reunieron mucha plata y oro.
Vaciando el arca, y presente el rey, contaban lo reunido el escriba y el sacerdote de los tesoros, y luego la volvían a poner en el mismo lugar. Y esto hacían cada día. Cuando pareció suficiente la suma de los fondos, el sumo sacerdote Yehoyadá y el rey Yoash enviaron a contratar canteros y albañiles, y a por grandes maderos y de la más hermosa madera.
Reparado el templo, el oro y la plata que sobraron —que no era poco— lo emplearon en crateras, jarras, copas y los demás utensilios, y no cesaban de engordar el altar con costosos sacrificios cada día. Y esto tuvo el debido esmero todo el tiempo que Yehoyadá vivió.
Cuando este murió —tras vivir ciento treinta años, hombre justo y en todo bueno, y fue sepultado en los sepulcros reales de Yerushaláyim por haber restaurado el reino al linaje de David—, el rey descuidó el cuidado debido a Dios.
Con él se corrompieron también los principales del pueblo, de modo que pecaban contra lo que entre ellos se tenía por justo y legal como lo mejor. Disgustado Dios por la mudanza del rey y de los demás, envía a los profetas para dar testimonio de lo que se hacía y hacerlos cesar de su maldad.
Pero ellos tenían de esta un amor tan fuerte y un deseo tan terrible, que ni por lo que padecieron, castigados con toda su casa, los que antes de ellos habían ultrajado las leyes, ni por lo que los profetas les predecían, se dejaron persuadir a arrepentirse y apartarse de las transgresiones a que se habían vuelto; antes bien, el rey mandó lapidar en el templo a Zejaryá, hijo del sumo sacerdote Yehoyadá, olvidado de los beneficios de su padre,
porque, tras haberlo Dios designado para profetizar, de pie en medio de la multitud, aconsejaba tanto al rey como al pueblo obrar con justicia, y les predecía que sufrirían gran castigo si no obedecían. Al morir, Zejaryá puso a Dios por testigo y juez de lo que padecía a cambio de su buen consejo y de lo que su padre había hecho por Yoash, pereciendo amarga y violentamente.
No mucho después el rey pagó la pena de sus transgresiones; pues, habiendo invadido su país Jazael, rey de los sirios, y arrasado y saqueado Gat, y disponiéndose a marchar contra él a Yerushaláyim, Yoash, atemorizado, vació todos los tesoros de Dios y los del palacio, y, quitando las ofrendas votivas, se las envió al sirio, comprando con ellas no ser asediado ni peligrar por completo.
Aquel, persuadido por la abundancia de los fondos, ya no condujo el ejército contra Yerushaláyim. Sin embargo, Yoash, cayendo en una enfermedad grave, y conjurados contra él sus amigos —que, vengando la muerte de Zejaryá, hijo de Yehoyadá, tramaron contra el rey—, fue muerto por ellos;
y es sepultado en Yerushaláyim, pero no en los sepulcros de sus antepasados, por haber sido impío. Vivió cuarenta y siete años, y le sucede en el reino su hijo Amatsyahu.
En el año vigésimo primero del reinado de Yoash, tomó el gobierno de los israelitas Yehoajaz, hijo de Yehú, en Shomrón, y lo retuvo diecisiete años; tampoco él fue imitador de su padre, sino que fue impío como los primeros que despreciaron a Dios.
Lo humilló y lo redujo, de tan grande poder, a diez mil soldados y cincuenta jinetes, el rey de los sirios, marchando contra él, arrebatándole ciudades grandes y muchas y destruyendo su ejército.
Esto padeció el pueblo de los israelitas según la profecía de Elishá, cuando predijo que Jazael reinaría sobre los sirios y los damascenos tras matar a su señor. Hallándose Yehoajaz en males tan sin salida, se acogió a la súplica y ruego de Dios, pidiéndole que lo librara de las manos de Jazael y no consintiera que quedara bajo su poder.
Y Dios, acogiendo el arrepentimiento como virtud y pareciéndole mejor amonestar a los que aún podían enmendarse que destruirlos por completo, le concede el alivio de la guerra y de los peligros. Y la tierra, alcanzada la paz, volvió a su estado anterior y prosperó.
Tras la muerte de Yehoajaz, recibe el mando su hijo Yoash. En el año trigésimo séptimo del reinado de Yoash de la tribu de Yehudá, tomó el mando este Yoash sobre los israelitas en Shomrón —pues él tenía el mismo nombre que el rey de los habitantes de Yerushaláyim—, y lo retuvo dieciséis años.
Era bueno y en nada semejante a su padre por naturaleza. Por aquel tiempo, hallándose ya anciano el profeta Elishá y caído en enfermedad, fue a visitarlo el rey de los israelitas.
Y, encontrándolo en trance de muerte, empezó a llorar viéndolo, a lamentarse, y a llamarlo padre y arma suya; pues gracias a él nunca había tenido que usar armas contra los enemigos, sino que, por sus profecías, vencía sin combate a los adversarios; y ahora aquel partía de la vida y lo dejaba a él desarmado frente a los sirios y a los enemigos que de ellos vinieran.
Decía, pues, que ya tampoco a él le era seguro vivir, sino que bien estaría partir juntos y salir a la vez de la vida. A este, que así se lamentaba, Elishá lo consolaba y le mandó traer un arco y tensarlo. Preparado por el rey el arco, Elishá, tomándole las manos, le ordenó disparar. Y, tras haber lanzado tres flechas, se detuvo.
«Si hubieras disparado más —le dijo—, habrías arrancado de raíz el reino de los sirios; pero, ya que te contentaste con solo tres, en otras tantas batallas vencerás a los sirios al trabar combate, hasta recobrar el país que arrebataron a tu padre.» Oído esto, el rey se retiró.
No mucho después murió también el profeta, hombre célebre por su justicia y manifiestamente favorecido por Dios; pues por su profecía obró hechos asombrosos y prodigiosos, dignos de esplendorosa memoria entre los hebreos. Obtuvo también una sepultura magnífica, y cual convenía a quien tan amado de Dios había sido.
Sucedió también entonces que, arrojando unos bandidos al sepulcro de Elishá a uno que habían matado, el cadáver, al tocar el cuerpo de aquel, revivió. Y ya hemos declarado lo tocante al profeta Elishá: cuanto predijo en vida y cómo, aun después de su muerte, conservaba poder divino.
Muerto Jazael, rey de los sirios, el reino pasa a su hijo Ben-Hadad. Contra este traba guerra Yoash, rey de los israelitas, y, venciéndolo en tres batallas, le arrebató todo el país y cuantas ciudades y aldeas del reino de los israelitas había tomado su padre Jazael.
Esto, sin embargo, sucedió según la profecía de Elishá. Y como sucediera que también Yoash muriera, es sepultado en Shomrón, y el mando recayó en su hijo Yerovam.
En el segundo año del reinado de Yoash de los israelitas, reinó Amatsyahu sobre la tribu de Yehudá en Yerushaláyim, siendo su madre de nombre Yehoadán y de linaje ciudadana. Cuidaba admirablemente de la justicia, y eso siendo joven. Llegado a los asuntos y al mando, juzgó que debía, primero, vengar a su padre Yoash y castigar a los amigos que lo habían atacado.
Y, prendiéndolos a todos, los mató; pero a los hijos de aquellos no les hizo ningún mal, obrando conforme a las leyes de Moshé, que no juzgó justo castigar a los hijos por los pecados de los padres.
Después, escogiendo un ejército de la tribu de Yehudá y de la de Binyamín, de los que estaban en la flor de la edad y en torno a los veinte años, y reuniendo unos trescientos mil, les puso jefes de cien; y, enviando además al rey de los israelitas, contrata cien mil soldados por cien talentos de plata; pues había resuelto marchar contra los pueblos de los amalecitas, de los idumeos y de los gabalitas.
Preparado para la campaña y a punto de partir, el profeta le aconsejó despedir al ejército de los israelitas, pues eran impíos y Dios le predecía la derrota si se servía de aquellos como aliados; pero que vencería a los enemigos aun combatiendo con pocos, si Dios lo quería.
Como el rey se afligiera por haber ya adelantado la paga a los israelitas, el profeta le exhortó a hacer lo que a Dios pareciera, pues muchos bienes le vendrían de Él. Y así los despide, diciéndoles que les regalaba la paga, y él, con sus propias fuerzas, marchó contra los pueblos antedichos;
y, venciéndolos en batalla, mató a diez mil y tomó vivos a otros tantos, a los que, llevándolos a la gran roca que está en Arabia, despeñó desde ella, y se llevó mucho botín y abundante riqueza de aquellos pueblos.
Mientras Amatsyahu estaba en esto, los israelitas a quienes había despedido tras contratarlos, indignados por ello y creyendo un ultraje la licencia —pues no habrían sufrido tal cosa de no haber sido condenados—, cayeron sobre su reino y, avanzando hasta Bet Shémesh, saquearon el país, tomaron muchas acémilas y mataron a tres mil hombres.
Amatsyahu, envanecido por la victoria y sus triunfos, empezó a menospreciar al Dios que se los había dado, y siguió rindiendo culto a los ídolos que había traído del país de los amalecitas. El profeta se le acercó y le dijo que se admiraba de que tuviera por dioses a aquellos que ni siquiera a los suyos —entre quienes eran honrados— habían servido de nada ni habían librado de sus manos, sino que los habían dejado perecer en gran número y ser llevados cautivos; pues a Yerushaláyim habían venido del mismo modo que quien conduce a un prisionero de guerra capturado vivo. Estas palabras encolerizaron al rey, que ordenó callar al profeta y lo amenazó con castigarlo si seguía entrometiéndose. El profeta dijo que callaría, pero le anunció que Dios no pasaría por alto lo que él intentaba con sus impiedades.
Amatsyahu, incapaz de contenerse en su prosperidad —que, recibida de Dios, volvía insolentemente contra Él—, sino ensoberbecido, escribió a Yoash, rey de los israelitas, ordenándole que se le sometiera con todo su pueblo, como antes se habían sometido a sus antepasados David y Shlomo, o que, si no quería avenirse, supiera que la cuestión del mando se dirimiría por la guerra.
Yoash le respondió así: «El rey Yoash al rey Amatsyahu. Había en el monte Líbano un ciprés altísimo y un cardo. El cardo mandó a decir al ciprés que le diera a su hija en matrimonio para su propio hijo. Mientras esto decía, una fiera que pasaba pisoteó el cardo. Que esto te sirva, pues, de ejemplo para no aspirar a cosas mayores, y para que no, por haber tenido la fortuna de vencer en la batalla contra los amalecitas, te enorgullezcas de ello y atraigas peligros sobre ti y sobre tu reino.»
Al leer esto, Amatsyahu se enardeció aún más para la campaña —empujado a ella, creo, por Dios mismo, para que pagara la pena de los agravios cometidos contra Él—. Cuando salió con su ejército contra Yoash y estaban a punto de trabar batalla, un miedo repentino y un espanto como los que Dios infunde cuando no es propicio pusieron en fuga al ejército de Amatsyahu; y, antes de llegar a las manos, dispersados por el terror, sucedió que Amatsyahu quedó solo y fue apresado por los enemigos. Yoash lo amenazó de muerte si no persuadía a los habitantes de Yerushaláyim de que le abrieran las puertas y lo recibieran con su ejército en la ciudad.
Amatsyahu, por necesidad y por miedo a su vida, hizo que se admitiera al enemigo; y este, abriendo una brecha de unos cuatrocientos codos en la muralla, entró en Yerushaláyim en su carro por el boquete, llevando cautivo a Amatsyahu. Dueño así de los habitantes de Yerushaláyim, se apoderó de los tesoros de Dios y se llevó cuanto oro y plata había en el palacio de Amatsyahu, y de este modo lo liberó del cautiverio y se retiró a Shomrón.
Esto les ocurrió a los habitantes de Yerushaláyim en el año decimocuarto del reinado de Amatsyahu, quien después, víctima de una conjura de sus amigos, huyó a la ciudad de Lajish, pero fue muerto por los conjurados, que enviaron allí a hombres para matarlo. Trasladaron su cuerpo a Yerushaláyim y lo sepultaron con honras reales. Así acabó su vida Amatsyahu, también a causa de su novedosa negligencia para con Dios, habiendo vivido cincuenta y cuatro años y reinado veintinueve. Le sucede su hijo, de nombre Uziyahu.
En el año decimoquinto del reinado de Amatsyahu, Yerovam, hijo de Yoash, reinó sobre los israelitas en Shomrón durante cuarenta años. Este rey fue, para con Dios, terriblemente insolente e impío —adoraba ídolos y se entregaba a muchas obras extrañas y ajenas—, pero para el pueblo de los israelitas fue causa de innumerables bienes. A él le profetizó un tal Yoná que debía guerrear contra los sirios y vencería su poder y ensancharía su reino: por el norte, hasta la ciudad de Jamat; y por el sur, hasta el lago Asfaltites; pues antiguamente esos eran los límites de Kena’an, tal como los había fijado el caudillo Yehoshúa. Así pues, Yerovam, tras marchar contra los sirios, sometió toda su tierra, como había profetizado Yoná.
Y como había prometido transmitir con exactitud los hechos, juzgué necesario exponer también cuanto sobre este profeta hallé consignado en los libros hebreos. Pues habiéndole ordenado Dios que fuera al reino de Ninve y proclamara allí, en la ciudad, que perdería su dominio, por miedo no fue, sino que huyó de Dios a la ciudad de Yafo y, hallando una nave, embarcó y navegó hacia Tarso de Cilicia.
Sobrevino una tempestad violentísima y, en peligro de hundirse la nave, los marineros, los pilotos y el propio patrón hacían votos de acción de gracias por si escapaban del mar; pero Yoná, cubriéndose, se había echado a un lado, sin imitar nada de lo que veía hacer a los demás.
Como el oleaje crecía todavía más y el mar se embravecía por los vientos, sospechando que alguno de los que iban a bordo pudiera ser la causa de la tempestad, convinieron en averiguar por sorteo quién era. Echadas, pues, las suertes, le tocó al profeta; y al preguntarle de dónde era y a qué se dedicaba, dijo que era hebreo de nacimiento y profeta del Dios supremo. Les aconsejó entonces que, si querían escapar del peligro presente, lo arrojaran al mar, pues él era la causa de la tempestad.
Ellos, al principio, no se atrevían, pues juzgaban una impiedad monstruosa arrojar a una perdición manifiesta a un forastero que les había confiado su vida; pero, al fin, cuando el mal arreciaba y la nave estaba a punto de anegarse, incitados tanto por el propio profeta como por el temor por su propia salvación, lo lanzaron al mar.
Y la tempestad cesó; y cuenta el relato que, tragado por el cetáceo, al cabo de tres días y otras tantas noches fue arrojado vivo al ponto Euxino, sin que ninguna parte de su cuerpo hubiera sufrido daño. Allí, tras suplicar a Dios que le concediera el perdón de sus pecados, marchó a la ciudad de Ninve y, puesto donde pudieran oírlo, proclamó que dentro de poco perderían de nuevo el dominio de Asia; y, tras anunciar esto, se volvió. He expuesto el relato acerca de él tal como lo hallé consignado.
El rey Yerovam, tras pasar la vida en toda prosperidad y gobernar cuarenta años, murió y fue sepultado en Shomrón, y le sucede en el reino su hijo Zejaryá. Del mismo modo, también Uziyahu, hijo de Amatsyahu, reinó sobre las dos tribus en Yerushaláyim —cuando ya corría el año decimocuarto del reinado de Yerovam—, de madre llamada Ajiá, ciudadana de nacimiento. Era bueno y justo por naturaleza, magnánimo y muy diligente en atender los asuntos. Emprendió campaña contra los filisteos y, venciéndolos en batalla, tomó por la fuerza sus ciudades de Gat y Yavne y arrasó sus murallas. Después de esta campaña marchó contra los árabes vecinos de Mitsraim y, fundando una ciudad junto al mar de los Juncos, le puso una guarnición.
Luego, sometidos los amonitas y fijándoles el pago de tributos, y habiendo dominado todo hasta las fronteras de los egipcios, empezó a ocuparse en adelante de Yerushaláyim: cuanto de las murallas había caído por el tiempo o por la negligencia de los reyes anteriores a él, lo reconstruyó y reparó, así como cuanto había derribado el rey de los israelitas cuando, tras apresar a su padre Amatsyahu, entró en la ciudad.
Levantó además muchas torres, de cincuenta codos cada una. Amuralló guarniciones en los parajes desiertos y cavó muchos canales de agua. Tenía también una inmensa multitud de acémilas y demás ganado, pues la región era muy apropiada para los pastos.
Como era muy aficionado a la agricultura, cuidaba la tierra, plantándola y nutriéndola con toda clase de semillas. Tenía en torno a sí un ejército selecto de trescientos setenta mil hombres, cuyos jefes —comandantes y jefes de mil, valientes e irresistibles en su fuerza— eran dos mil en número.
Distribuyó todo el ejército en falanges y lo armó, dando a cada uno una espada, escudos, corazas de bronce, arcos y hondas. Y, además de esto, dispuso muchas máquinas para asedios: lanzapiedras, lanzadardos, garfios, aparejos y cuanto se les asemeja.
Pero, hallándose en este orden y aparejo, se le corrompió el entendimiento por la soberbia y, envanecido por una abundancia mortal, descuidó la fuerza inmortal y bastante para todo tiempo: esto es, la piedad para con Dios y la observancia de los preceptos. Resbaló por la prosperidad y cayó en los pecados de su padre, a los cuales también a aquel lo había arrastrado el brillo de sus bienes y la magnitud de sus asuntos, sin poder gobernarlos bien. Llegado un día señalado, con fiesta pública, se vistió una túnica sacerdotal y entró en el recinto sagrado para ofrecer sacrificio a Dios sobre el altar de oro.
El sumo sacerdote Azaryahu, con ochenta sacerdotes que estaban con él, se lo impedía —pues decían que no le era lícito sacrificar, y que eso solo estaba permitido a los del linaje de Aharón—, y le gritaban que saliera y no cometiera impiedad contra Dios; pero él, encolerizado, los amenazó de muerte si no guardaban silencio.
En esto, un gran terremoto sacudió la tierra y, abriéndose el templo, un rayo luminoso del sol brilló y cayó sobre el rostro del rey, de suerte que al punto le sobrevino la lepra; y delante de la ciudad, junto al paraje del monte llamado Erogué, se desgajó la mitad de la parte occidental y, rodando cuatro estadios hasta el monte oriental, se detuvo, de modo que quedaron obstruidos los caminos y los jardines reales.
Cuando los sacerdotes vieron el rostro del rey tomado por la lepra, le declararon la desgracia y le ordenaron que saliera de la ciudad como hombre impuro. Y él, por vergüenza de lo terrible que le había sucedido y porque ya no le quedaba libertad para presentarse en público, hizo lo que se le mandaba, sufriendo así una pena tan miserable y digna de lástima por su pensamiento por encima de lo humano y por las impiedades contra Dios que de ello nacieron.
Durante algún tiempo vivió fuera de la ciudad, llevando una vida de particular, mientras su hijo Yotam se hacía cargo del gobierno; luego, de pena y desaliento por lo ocurrido, murió, habiendo vivido sesenta y ocho años, de los cuales reinó cincuenta y dos. Fue sepultado, solo, en sus propios jardines.
El hijo de Yerovam, Zejaryá, tras reinar seis meses sobre los israelitas, murió asesinado a traición por un amigo suyo llamado Shalum, hijo de Yavesh, quien, tomando el reino después de él, no lo retuvo más de treinta días. Pues el general Menajem, que en aquel momento estaba en la ciudad de Tirtsá y se enteró de lo ocurrido a Zejaryá, partió con todo el ejército y llegó a Shomrón, y trabando batalla mata a Shalum y, proclamándose rey a sí mismo, marcha de allí a la ciudad de Tifsáj.
Los de la ciudad, cerrando las puertas con una tranca, no admitieron al rey. Él, en represalia, devastó la comarca de alrededor y toma la ciudad por la fuerza mediante asedio. Y, llevando muy a mal lo que habían hecho los de Tifsáj, los mató a todos, sin perdonar siquiera a los niños de pecho, sin dejar exceso de crueldad ni de fiereza; pues lo que ni siquiera respecto de algunos extranjeros hechos súbditos sería perdonable hacer, eso hizo él con los de su propia sangre.
Habiendo reinado de este modo, Menajem permaneció durante diez años torvo y el más cruel de todos. Cuando Pul, rey de los asirios, hizo campaña contra él, no salió a combate ni a batalla con los asirios, sino que, tras persuadirlo de que se retirara recibiendo mil talentos de plata, puso fin a la guerra. Esta suma la aportó a Menajem la multitud, recaudándose cincuenta dracmas por cabeza. Muerto después, es sepultado en Shomrón, y deja como sucesor del reino a su hijo Pekajyá, quien, siguiendo la crueldad de su padre, gobernó solo dos años.
Luego, asesinado a traición en un banquete con amigos, murió a manos de un tal Pékaj, que era jefe de mil y había conspirado contra él, hijo de Remalyahu. Y también este Pékaj, tras retener el poder veinte años, fue impío y transgresor de la Ley.
El rey de los asirios, llamado Tiglat-Pileser, tras hacer campaña contra los israelitas y someter toda Guilad y la tierra de más allá del Yardén y la región contigua a ella llamada Galilea, y Kédesh y Jatsor, cautivó a sus habitantes y los trasladó a su propio reino. Y quede esto por dicho por nosotros acerca del rey de los asirios.
Yotam, hijo de Uziyahu, reinó sobre la tribu de Yehudá en Yerushaláyim, nacido de madre ciudadana llamada Yerushá. Este rey no carecía de ninguna virtud, sino que era piadoso en lo tocante a Dios, justo en lo tocante a los hombres y diligente en los asuntos de la ciudad; pues cuanto necesitaba reparación y ornato, lo llevó a cabo con esmero: erigió los pórticos del templo y los propileos, levantó las partes caídas de las murallas edificando torres enormes y difíciles de tomar, y a todo lo demás que en el reino se hubiera descuidado le prestó mucha atención.
Emprendió también campaña contra los amonitas y, venciéndolos en batalla, les impuso pagarle cada año cien talentos de tributo, diez mil coros de trigo y otros tantos de cebada. Acrecentó de tal modo el reino que llegó a ser temible para los enemigos y próspero para los suyos.
Había por aquel tiempo un profeta llamado Najum, quien, profetizando acerca de la destrucción de los asirios y de Ninve, decía: «Ninve será un estanque de agua agitada; así también todo el pueblo, turbado y zarandeado como por el oleaje, se irá huyendo, diciéndose unos a otros: “Deteneos y quedaos, y arrebatad para vosotros el oro y la plata.” Pero no habrá nadie que quiera hacerlo, pues preferirán salvar sus vidas antes que sus bienes; porque una terrible discordia los dominará entre sí, y el llanto y la flojedad de los miembros, y sus rostros, por el miedo, se les pondrán del todo negros. ¿Y dónde estará la morada de los leones y la madre de los cachorros? Dios te dice, Ninve: te haré desaparecer, y ya no saldrán de ti leones que impongan su ley al mundo.»
Y muchas otras cosas, además de estas, profetizó este profeta acerca de Ninve, que no juzgué necesario referir, y las omití para no parecer fastidioso a los lectores. Todo lo predicho acerca de Ninve se cumplió al cabo de ciento quince años. Sobre estas cosas hemos hablado ya suficientemente.
Yotam murió tras vivir cuarenta y un años, de los cuales reinó dieciséis, y es sepultado en los sepulcros reales. El reino pasa a su hijo Ajaz, quien, siendo impiísimo para con Dios y transgrediendo las leyes patrias, imitó a los reyes de los israelitas: levantó altares en Yerushaláyim y sacrificaba sobre ellos a los ídolos, a los que incluso ofreció en holocausto a un hijo propio según los usos de los cananeos, y perpetraba otras cosas parecidas a estas.
Estando así las cosas y él fuera de juicio, hicieron campaña contra él el rey de los sirios y damascenos, Retsín, y Pékaj, el de los israelitas —pues eran amigos—; y, empujándolo hacia Yerushaláyim, la sitiaron largo tiempo, sin conseguir nada por la solidez de las murallas.
El rey de los sirios, tomando la ciudad de Elat, junto al mar de los Juncos, y matando a sus habitantes, asentó en ella a sirios. Y, destruyendo igualmente a los de las fortalezas y a los judíos de los alrededores, y arreando mucho botín, se retiró a Damasco con el ejército.
El rey de los habitantes de Yerushaláyim, al saber que los sirios se habían retirado a su tierra y creyéndose capaz de medirse con el rey de los israelitas, sacó su ejército contra él, y trabando batalla fue vencido, conforme a la cólera de Dios, que la tenía contra él por sus impiedades, muchas y grandes a la vez; pues ciento veinte mil hombres fueron muertos aquel día por los israelitas. El general de estos, llamado Amatsyá, mató en el combate a Zejaryá, hijo del rey Ajaz; y apresaron a Erkam, el mayordomo de todo el reino, y a Elkaná, el general de la tribu de Yehudá; y de la tribu de Binyamín se llevaron mujeres y niños, y, tras saquear mucho botín, se retiraron a Shomrón.
Un tal Oded, que por aquel tiempo era profeta en Shomrón, saliendo al encuentro del ejército delante de las murallas, con gran voz les declaró que la victoria no les había llegado por su propia fuerza, sino por la ira que Dios tenía contra el rey Ajaz. Y les reprochaba que, no contentos con el éxito obtenido contra él, se hubieran atrevido a cautivar a sus parientes de la tribu de Yehudá y de Binyamín. Les aconsejaba dejarlos volver a su tierra sin daño, pues, si desobedecían a Dios, pagarían la pena.
El pueblo de los israelitas, reunido en asamblea, deliberaba sobre esto. Y, levantándose un tal Berejyá, de los de buena reputación en la comunidad, y otros tres con él, dijeron que no permitirían a los soldados introducir a los cautivos en la ciudad, «para que no perezcamos todos a manos de Dios; pues basta con que hayamos pecado contra Él, como dicen los profetas, y no que cometamos impiedades más nuevas que estas.»
Al oír esto, los soldados concedieron a aquellos hombres hacer lo que juzgaran conveniente. Así pues, los mencionados, tomando a los cautivos, los liberaron y los trataron con esmero, y, dándoles provisiones, los enviaron a su tierra sin daño; y no menos los cuatro mismos los acompañaron y, escoltándolos hasta Yerijó, no lejos de Yerushaláyim, regresaron a Shomrón.
El rey Ajaz, tras sufrir esto de los israelitas, envió a decir al rey de los asirios, Tiglat-Pileser, rogándole que le prestara alianza para la guerra contra los israelitas, los sirios y los damascenos, y prometiéndole dar mucho dinero; y le envió, además, espléndidos presentes.
Este, llegados los embajadores ante él, vino como aliado de Ajaz, y, haciendo campaña contra los sirios, devastó su tierra, tomó Damasco por la fuerza y mató al rey Retsín. A los damascenos los deportó a la alta Media y, trasladando a algunos de los pueblos de los asirios, los asentó en Damasco.
Y, tras maltratar la tierra de los israelitas, tomó de ella muchos cautivos. Realizado esto por él contra los sirios, el rey Ajaz, tomando el oro que había en los tesoros reales y la plata del templo de Dios y cuanta ofrenda votiva más hermosa había, se la llevó a Damasco y se la dio al rey de los asirios según lo pactado; y, tras declararle su agradecimiento por todo, regresó a Yerushaláyim.
Tan insensato era el rey y tan incapaz de calcular lo que le convenía, que ni siquiera atacado por los sirios dejó de adorar a los dioses de ellos, sino que seguía venerándolos como si fueran a darle la victoria. Y, vencido de nuevo, empezó a honrar a los dioses de los asirios, y parecía dispuesto a honrar a todos antes que al Dios patrio y verdadero, el cual, airado con él, era la causa misma de su derrota.
Llegó a tal grado de negligencia y desprecio que hasta cerró por completo el templo, prohibió que se ofrecieran los sacrificios prescritos y lo despojó de sus ofrendas votivas. Tras ultrajar así a Dios, murió, habiendo vivido treinta y seis años y reinado dieciséis de ellos, dejando por sucesor a su hijo Jizkiyahu.
Murió por el mismo tiempo también el rey de los israelitas, Pékaj, tras conspirar contra él un amigo suyo llamado Hoshéa, quien, reteniendo el reino nueve años, fue malvado y negligente en lo tocante a Dios. El rey de los asirios, Salmanasar, hace campaña contra él y lo vence —pues Hoshéa no tenía a Dios propicio— y lo hizo aliado suyo y le impuso pagar tributos fijados.
En el cuarto año del reinado de Hoshéa, reinó en Yerushaláyim Jizkiyahu, hijo de Ajaz y de Aviyá, ciudadana de nacimiento. Su naturaleza era buena, justa y piadosa; pues al entrar en el reino no consideró nada más importante, ni más necesario, ni más provechoso para sí mismo y para sus súbditos, que dar culto a Dios. Así, convocando al pueblo, a los sacerdotes y a los leviim, les dirigió una arenga, diciendo:
«No ignoráis que, por los pecados de mi padre, que quebrantó la santidad y la honra debidas a Dios, experimentasteis muchos y grandes males, corrompido vuestro entendimiento por él y persuadidos a adorar a aquellos que él tenía por dioses. Os exhorto, ya que habéis aprendido por la experiencia cuán terrible es la impiedad, a hacer ya olvido de ello y a purificaros de las anteriores inmundicias, tanto vosotros como los sacerdotes y los leviim; y, reunidos así, a abrir el santuario, y, purificándolo con los sacrificios acostumbrados, a restituirlo a su antigua y patria honra. Pues de este modo haríamos a Dios propicio, para que deponga su ira.»
Dicho esto por el rey, los sacerdotes abren el santuario y, tras abrirlo, sacan los utensilios de Dios, echan fuera las inmundicias y ofrecen sobre el altar los sacrificios acostumbrados. Y el rey, enviando mensajeros por toda la región bajo su mando, llamaba al pueblo a Yerushaláyim para celebrar la fiesta de los ácimos, pues durante mucho tiempo se había dejado de celebrar a causa de las transgresiones de los reyes antedichos.
Envió también mensajeros a los israelitas, exhortándolos a abandonar su presente modo de vida y volver a la antigua costumbre y dar culto a Dios; pues les permitía también, si acudían a Yerushaláyim, celebrar la fiesta de los ácimos y festejar junto con ellos. Decía que aconsejaba esto no para que le obedecieran si no querían, sino por el propio bien de ellos, pues serían dichosos.
Pero los israelitas, cuando llegaron los mensajeros y les declararon lo que venía de parte de su propio rey, no solo no se dejaron persuadir, sino que hasta se burlaron de los mensajeros como de necios; y también a los profetas, que igualmente los aconsejaban y les predecían lo que padecerían si no se volvían a la piedad de Dios, los escarnecieron y, por último, prendiéndolos, los mataron.
Y ni siquiera hasta ahí les bastó en sus transgresiones, sino que maquinaban cosas peores que las dichas, y no cesaron antes de que Dios, castigándolos por su impiedad, los pusiera en manos de los enemigos. Y sobre esto hablaremos de nuevo más adelante.
Sin embargo, muchos de la tribu de Menashé, de Zevulún y de Yisajar, persuadidos por lo que los profetas aconsejaban, se convirtieron a la piedad. Y todos estos acudieron juntos a Yerushaláyim, ante Jizkiyahu, para adorar a Dios.
Llegados estos, el rey Jizkiyahu subió al templo con los jefes y todo el pueblo y sacrificó por sí mismo siete toros, otros tantos carneros, siete corderos y otros tantos cabritos. Y, poniendo las manos sobre las cabezas de las víctimas, tanto el propio rey como los jefes encomendaron a los sacerdotes la celebración del sacrificio.
Y mientras unos sacrificaban y ofrecían holocaustos, los leviim, dispuestos alrededor en círculo con los instrumentos musicales, cantaban himnos a Dios y salmodiaban como les había enseñado David, y los demás sacerdotes, con trompetas, tocaban acompañando a los que cantaban los himnos. Sucediendo esto, el rey y la multitud, arrojándose de bruces, adoraban a Dios.
Luego sacrifica setenta bueyes, cien carneros, doscientos corderos, y para el banquete de la multitud regaló seiscientos bueyes y tres mil cabezas de otro ganado; y los sacerdotes hicieron todo conforme a la Torá. El rey, complacido con ello, banqueteaba con el pueblo, dando gracias a Dios.
Llegada la fiesta de los ácimos, tras sacrificar el llamado Pésaj, celebraron durante siete días los demás sacrificios. Y a la multitud, aparte de lo que ellos mismos sacrificaron, el rey le regaló dos mil toros y siete mil cabezas de ganado. Lo mismo hicieron los jefes, pues les dieron mil toros y mil cuarenta cabezas de ganado.
Y de este modo, la fiesta —que no se había celebrado desde el rey Shlomo— se cumplió entonces por primera vez con esplendor y magnificencia. Cuando lo relativo a la fiesta llegó a su término, salieron al campo y lo santificaron; y limpiaron la ciudad de toda inmundicia de ídolos, y el rey dispuso que los sacrificios diarios se costearan de sus propios bienes conforme a la Torá, y fijó que la multitud diera a los sacerdotes y a los leviim los diezmos y las primicias de los frutos, para que permanecieran siempre en el culto y fueran inseparables del servicio de Dios.
Y la multitud aportaba toda clase de frutos a los sacerdotes y a los leviim, y el rey, tras construir almacenes y depósitos para ellos, repartió a cada uno de los sacerdotes y leviim y a sus hijos y mujeres; y así volvieron de nuevo al antiguo culto. Tras disponer estas cosas del modo dicho, el rey emprendió guerra contra los filisteos y, venciendo, tomó todas las ciudades de los enemigos desde Gaza hasta Gat. El rey de los asirios envió a amenazarlo con derribar todo su reino si no le pagaba los tributos que su padre había pagado al principio.
Pero Jizkiyahu no hizo caso de las amenazas, sino que confiaba en su piedad para con la Divinidad y en el profeta Yeshayahu, de quien se informaba con exactitud de todo lo por venir. Y quede por ahora lo que a este rey concierne.
Salmanasar, rey de los asirios, cuando se le anunció que el rey de los israelitas, Hoshéa, había enviado en secreto a Só, rey de los egipcios, pidiéndole alianza contra él, indignado hizo campaña contra Shomrón en el séptimo año del reinado de Hoshéa.
Como el rey no lo recibiera, tras sitiarla tres años tomó Shomrón por la fuerza —en el noveno año del reinado de Hoshéa y el séptimo de Jizkiyahu, rey de los habitantes de Yerushaláyim—, y aniquiló por completo el gobierno de los israelitas y deportó a todo el pueblo a Media y a Persia, entre los cuales tomó vivo también al rey Hoshéa.
Y, trasladando otros pueblos desde un lugar llamado Kutá —pues hay en Persia un río que lleva ese nombre—, los asentó en Shomrón y en la tierra de los israelitas.
Así emigraron las diez tribus de los israelitas fuera de Judea, al cabo de novecientos cuarenta y siete años desde el tiempo en que sus antepasados salieron de Mitsraim; y desde que tomaron posesión de esta tierra bajo el mando del caudillo Yehoshúa son ochocientos años; y desde que, apartándose de Rejavam, el nieto de David, entregaron el reino a Yerovam, como también antes he mostrado, son doscientos cuarenta años, siete meses y siete días.
Y tal fin alcanzó a los israelitas por haber transgredido las leyes y desoído a los profetas, que les predecían esta desgracia si no cesaban de sus impiedades. El principio de sus males fue la sedición que hicieron contra Rejavam, el nieto de David, al proclamar rey suyo a Yerovam, esclavo de aquel; el cual, pecando contra la Divinidad, la hizo enemiga de ellos, que imitaron su transgresión. Pero él pagó la pena de que era digno.
El rey de los asirios marchó guerreando contra toda Siria y Fenicia, y el nombre de este rey está también consignado en los archivos de los tirios; pues hizo campaña contra Tiro cuando reinaba en ella Eluleo. De esto da testimonio también Menandro, que compuso el registro de las crónicas y tradujo los archivos de los tirios a la lengua griega, quien lo expuso así:
«Y Eluleo, a quien pusieron por nombre Pías, reinó treinta y seis años. Este, cuando se rebelaron los citios, navegó contra ellos y los sometió de nuevo. En su tiempo, Selampsas, rey de los asirios, marchó guerreando contra toda Fenicia, y, tras pactar la paz con todos, se retiró; y se apartaron de los tirios Sidón, Arce y la vieja Tiro, y otras muchas ciudades que se entregaron al rey de los asirios. Por lo cual, no sometiéndose los tirios, el rey volvió de nuevo contra ellos, habiéndole aprestado los fenicios sesenta naves y ochocientos remeros. Contra estas los tirios, saliendo con doce naves y dispersando las naves adversarias, hacen prisioneros a unos quinientos hombres; y con ello se acrecentó en Tiro la honra de todos. Por esto, el rey de los asirios, tras retirarse, puso guardias sobre el río y los acueductos, para impedir que los tirios sacaran agua; y esto, que duró cinco años, lo soportaron bebiendo de pozos excavados.» Esto es lo escrito en los archivos de los tirios contra Salmanasar, rey de los asirios.
Los cuteos, trasladados a Shomrón —pues de este apelativo se sirven hasta hoy, por haber sido traídos de la región llamada Kutá, que está en Persia y da nombre también a un río—, habiendo llevado cada nación su propio dios a Shomrón (y eran cinco), y venerándolos según les era ancestral, provocan a ira y cólera al Dios supremo.
Pues se abatió sobre ellos una peste, por la que, viéndose diezmados y sin hallar remedio alguno de sus males, aprendieron por un oráculo a dar culto al Dios supremo, como cosa que les traería la salvación. Enviando, pues, embajadores al rey de los asirios, le pedían que les enviara sacerdotes de entre aquellos israelitas que había tomado cautivos al hacerles la guerra.
Y, habiéndoselos enviado él, e instruidos en los ritos y en la santidad concerniente a este Dios, le rindieron culto con celo y al punto cesó la peste. Y, sirviéndose todavía hoy de las mismas costumbres, continúan llamándose, en la lengua de los hebreos, cuteos, y en la de los griegos, samaritanos, quienes, dados a mudar, llaman parientes a los judíos cuando los ven prosperar, como nacidos de Yosef y teniendo de allí el origen de su afinidad con ellos; pero cuando los ven en desgracia, dicen que en nada les atañen y que no les asiste ningún derecho de benevolencia ni de linaje, sino que se declaran a sí mismos colonos de otra nación. Pero sobre esto tendremos ocasión más oportuna de hablar.
Capítulo X
Libro décimo
Corría ya el año decimocuarto del reinado de Jizkiyahu, rey de las dos tribus, cuando el rey de los babilonios, llamado Senaquerib, marchó contra él con grandes preparativos y tomó por la fuerza todas las ciudades de las tribus de Yehudá y de Binyamín.
Y cuando se disponía a llevar sus tropas también contra Yerushaláyim, Jizkiyahu se le adelantó enviándole embajadores, con la promesa de someterse y de pagar cuanto tributo le fijara. Senaquerib, enterado del mensaje de los enviados, resolvió no hacer la guerra, sino que aceptó la propuesta: recibiendo trescientos talentos de plata y treinta de oro, convino en retirarse como amigo, y dio a los embajadores garantías bajo juramento de que se volvería sin causarle ningún daño.
Jizkiyahu, persuadido, vació sus tesoros y le envió el dinero, creyendo que así se libraría de la guerra y del peligro para su reino.
Pero el asirio, una vez recibido aquello, no hizo caso de nada de lo acordado, sino que él mismo marchó contra los egipcios y los etíopes, mientras dejaba a su general Rabsaces con grandes fuerzas, junto con otros dos de sus altos oficiales, para que arrasaran Yerushaláyim. Los nombres de estos eran Tharata y Aracaris.
Cuando llegaron y acamparon ante las murallas, enviaron a decir a Jizkiyahu que saliera a parlamentar con ellos. Él, por temor, no salió en persona, sino que envió a tres de sus amigos más íntimos: al administrador del reino, llamado Eliakim, y a Sobna, y a Yoaj, el encargado de los archivos.
Estos, pues, avanzaron y se plantaron frente a los jefes del ejército asirio. Al verlos, el general Rabsaces les ordenó ir a decir a Jizkiyahu que el gran rey Senaquerib le preguntaba: ¿en qué se apoyaba, en qué confiaba, para huir de su señor, negarse a escucharlo y no acoger su ejército en la ciudad? ¿Acaso, contando con los egipcios, esperaba derrotar con ellos a su ejército?
Y si eso aguardaba, que le hiciera saber que era un insensato, semejante al hombre que, apoyándose en una caña rota, cuando está a punto de caer se atraviesa además la mano con ella y solo entonces siente el daño. Que supiera, además, que por voluntad de Dios se había emprendido esta campaña contra él —el mismo Dios que le había concedido someter también el reino de los israelitas—, para que del mismo modo destruyera también a sus súbditos.
Como Rabsaces decía esto en hebreo, pues conocía bien esa lengua, Eliakim, temiendo que el pueblo lo oyera y cayera en el desconcierto, le pidió que hablara en arameo. Pero el general, comprendiendo su recelo y el miedo que lo dominaba, respondió con voz aún más fuerte y clara que seguiría hablando en hebreo, para que todos oyeran las órdenes del rey y escogieran lo que les convenía: entregarse a ellos.
«Pues es evidente —dijo— que tanto vosotros como el rey engañáis al pueblo con esperanzas vanas y lo persuadís a resistir. Y si tenéis tal confianza y creéis que podréis rechazar nuestras fuerzas, estoy dispuesto a daros dos mil caballos de los que tengo aquí, para que pongáis sobre ellos igual número de jinetes y mostréis vuestro poder. Pero no podéis dar unos hombres que no tenéis.
¿Por qué, entonces, tardáis en entregaros a quienes son más fuertes y os capturarán aunque no queráis? Y sabed que la rendición voluntaria os traerá seguridad, mientras que la forzosa, para quienes hacen la guerra, resultará peligrosa y causa de desdichas.»
Al oír esto de boca del general asirio, tanto el pueblo como los embajadores lo comunicaron a Jizkiyahu. Este, ante tales palabras, se despojó de su vestidura real, se cubrió de sacos y, tomando un aspecto humilde, según la costumbre de sus padres se postró sobre su rostro y suplicó a Dios, rogándole que socorriera a quien no tenía ya ninguna otra esperanza de salvación.
Envió también a algunos de sus amigos y de los sacerdotes ante el profeta Yeshayahu, pidiéndole que rogara a Dios y, ofreciendo sacrificios por la salvación común, le implorara que frustrara las esperanzas de los enemigos y tuviera piedad de su pueblo.
El profeta hizo lo pedido y, tras recibir de Dios un oráculo, animó al propio rey y a los amigos que lo rodeaban, anunciándoles que los enemigos, vencidos sin combate, se retirarían vergonzosamente y no con la arrogancia que ahora mostraban.
Pues Dios velaba por que fueran destruidos; y predijo que el mismo rey de los asirios, Senaquerib, tras fracasar en sus empresas contra Mitsraim y regresar a su patria, perecería a hierro.
Sucedió que por aquel mismo tiempo el asirio había escrito también a Jizkiyahu unas cartas, en las que lo llamaba insensato por suponer que escaparía a la servidumbre bajo él, que había sometido a muchas y grandes naciones, y lo amenazaba con destruirlo por completo una vez lo capturara, si no abría de buen grado las puertas y acogía su ejército en Yerushaláyim.
Al leer esto, Jizkiyahu lo despreció por la confianza que tenía en Dios, y plegando las cartas las depositó dentro del Templo. Y como de nuevo elevara sus oraciones a Dios por la ciudad y por la salvación de todos, el profeta Yeshayahu le declaró que había sido escuchado, y que por el momento no sufriría el asedio del asirio, sino que en adelante todos, libres de todo temor por lo que él había causado, cultivarían sus campos en paz y atenderían a sus propias posesiones sin nada que temer.
Poco tiempo después, el rey de los asirios, fracasado en su intento contra los egipcios, se retiró a su casa sin haber logrado nada, por la siguiente causa: había consumido mucho tiempo en el asedio de Pelusio, y cuando ya estaban en alto los terraplenes que levantaba contra las murallas y estaba a punto de asaltarlas, oyó que el rey de los etíopes, Tharsices, venía con un gran ejército en socorro de los egipcios, decidido a hacer su marcha por el desierto e irrumpir de improviso en el territorio de los asirios.
Turbado, pues, por estas nuevas, el rey Senaquerib abandonó el asedio de Pelusio. Sobre esto, Heródoto cuenta que Senaquerib marchó contra el sacerdote de Hefesto —que era el rey de los egipcios— y que levantó el sitio de Pelusio por la siguiente causa: el rey de los egipcios rogó a Dios, y Dios, escuchándolo, envió una plaga contra el árabe.
Pues Heródoto se equivoca también en esto, al llamar al rey no de los asirios sino de los árabes; y dice que una multitud de ratones devoró en una sola noche los arcos y las demás armas de los asirios, y que por eso el rey, quedándose sin arcos, retiró su ejército de Pelusio.
Así lo cuenta, pues, Heródoto. Pero Beroso, el que escribió la historia de los caldeos, hace mención del rey Senaquerib, y refiere que reinó sobre los asirios y que combatió contra toda Asia y contra Mitsraim, hablando de este modo.
Al regresar Senaquerib de las guerras contra los egipcios a Yerushaláyim, y hallar allí las fuerzas que estaban a las órdenes del general Rabsaces, Dios envió sobre su ejército una enfermedad pestilente, y en la primera noche del asedio perecieron ciento ochenta y cinco mil hombres, con sus jefes y oficiales.
Sumido por esta desgracia en el miedo y en terrible angustia, y temiendo por todo su ejército, huyó con el resto de sus fuerzas a su propio reino, el llamado de Ninve.
Y tras permanecer allí poco tiempo, fue asesinado a traición por sus hijos mayores, Andrómaco y Seleucaro, y así acabó su vida, y fue enterrado en su propio templo, llamado Araske. Sus hijos, expulsados por los ciudadanos a causa del asesinato de su padre, partieron hacia Armenia, y sucedió en el reino, después de ellos, Asaracodas. Tal fue el final que tuvo la expedición de los asirios contra los habitantes de Yerushaláyim.
El rey Jizkiyahu, librado inesperadamente de sus temores, ofreció con todo el pueblo sacrificios de acción de gracias a Dios, pues ninguna otra causa había destruido a unos enemigos y apartado a los otros de Yerushaláyim por miedo a semejante muerte, sino la ayuda venida de Dios.
Mas después de haber empleado toda su diligencia y celo en honrar a Dios, poco tiempo después cayó en una grave enfermedad, y los médicos lo desahuciaron, sin que él ni sus amigos esperaran nada bueno de su estado. A la enfermedad se sumaba, además, un terrible abatimiento, pues el rey pensaba en su falta de hijos y en que iba a morir dejando su casa desierta y el reino sin heredero legítimo.
Consumido, pues, sobre todo por este pensamiento y deshecho en llanto, suplicaba a Dios que le concediera un poco más de vida hasta engendrar hijos, y que no dejara partir su alma antes de llegar a ser padre.
Dios se compadeció de él y acogió su ruego, porque no lloraba la muerte que temía por haber de verse privado de los bienes del reino ni pedía que se le concediera más tiempo de vida por eso, sino por tener hijos que recibieran su mando. Así, envió al profeta Yeshayahu y le ordenó anunciarle que escaparía de la enfermedad al tercer día, que después de ella viviría quince años y que tendría hijos.
Cuando el profeta le dijo esto por mandato de Dios, Jizkiyahu, incrédulo por lo extremo de su enfermedad y lo increíble de lo anunciado, pidió a Yeshayahu que le hiciera alguna señal y prodigio, para creerle cuando decía que venía de parte de Dios; pues lo que va contra toda razón y supera la esperanza se confirma con hechos semejantes.
Al preguntarle el profeta qué señal quería que se produjera, Jizkiyahu pidió que el sol, después de haber ya inclinado la sombra diez grados en la casa, volviera al mismo punto y la proyectara de nuevo. El profeta invocó a Dios para que mostrara esta señal al rey, y este, al ver lo que deseaba, quedó al instante libre de la enfermedad, subió al Templo, se postró ante Dios e hizo sus oraciones.
Por aquel tiempo sucedió que el imperio de los asirios fue derribado por los medos; pero de esto hablaré en otro lugar. El rey de los babilonios, llamado Baladán, envió a Jizkiyahu embajadores con regalos, invitándolo a ser su aliado y amigo.
Él acogió gustosamente a los enviados, los agasajó con un banquete, les mostró sus tesoros, sus armas y toda la demás riqueza que poseía en piedras preciosas y en oro, y, dándoles regalos para que llevaran a Baladán, los despidió de vuelta a él.
Habiendo acudido a él el profeta Yeshayahu y preguntándole de dónde venían aquellos hombres, Jizkiyahu le dijo que habían llegado de Bavel, de parte de su rey, y que él les había mostrado todo, para que, viendo su riqueza y su poder, pudieran calcularlos e informar de ello a su rey. El profeta le replicó:
«Sabe —dijo— que dentro de no mucho tiempo toda esta riqueza tuya será trasladada a Bavel, y tus descendientes serán castrados, y, perdida su condición de hombres, servirán al rey de los babilonios; pues esto es lo que Dios anuncia.»
Jizkiyahu, apenado por estas palabras, dijo que no habría querido que su pueblo cayera en tales desgracias, pero, ya que no era posible cambiar lo decretado por Dios, rogó que al menos durante su vida hubiera paz. Beroso hace también mención de Baladán, rey de los babilonios.
Este profeta, reconocido por todos como hombre divino y admirable por su veracidad, seguro de no haber dicho jamás nada falso, dejó por escrito en libros todas sus profecías, para que los hombres del futuro las conocieran por su cumplimiento. Y no solo este profeta, sino también otros doce en número hicieron lo mismo, y todo cuanto de malo o de bueno nos ocurre sucede conforme a sus profecías. Pero de cada uno de ellos daremos cuenta más adelante.
Habiendo vivido el rey Jizkiyahu el tiempo que hemos dicho, y pasado todo él en paz, murió tras cumplir cincuenta y cuatro años de vida y veintinueve de reinado.
Le sucedió en el reino su hijo Menashé, nacido de madre llamada Jefsibá, natural del país; pero se apartó de las prácticas de su padre y tomó el camino contrario, mostrando en su conducta toda clase de maldad y sin omitir ninguna impiedad, sino imitando las transgresiones de los israelitas, que por haber pecado contra Dios perecieron. Se atrevió incluso a profanar el Templo de Dios, la ciudad y todo el país.
Movido, en efecto, por su desprecio hacia Dios, dio muerte a todos los justos que había entre los hebreos, y ni siquiera perdonó a los profetas, sino que degollaba a algunos de ellos cada día, hasta el punto de que Yerushaláyim corría en sangre.
Irritado Dios por esto, envió profetas al rey y al pueblo, por medio de los cuales los amenazaba con las mismas desgracias en que habían caído sus hermanos los israelitas por haberlo ultrajado a Él. Pero ellos no daban crédito a aquellas palabras, de las que habrían podido sacar el provecho de no sufrir ningún mal, y solo con los hechos aprendieron que era verdad lo dicho por los profetas.
Pues, como persistían en su conducta, Dios suscitó contra ellos la guerra por parte del rey de los babilonios y los caldeos, el cual envió un ejército a Judea, saqueó su tierra y, apoderándose por engaño del rey Menashé, lo llevó ante sí y lo tuvo a su merced para infligirle el castigo que quisiera.
Menashé, comprendiendo entonces en qué males se hallaba y considerándose a sí mismo causa de todos ellos, suplicó a Dios que le hiciera al enemigo benévolo y compasivo. Dios escuchó su ruego y le concedió esto, de modo que Menashé, liberado por el rey de los babilonios, se salvó y volvió a su patria.
Ya en Yerushaláyim, se esforzó por arrancar de su alma, si le fuera posible, hasta el recuerdo de sus antiguos pecados contra Dios, aquellos que había maquinado y toda la superstición que había practicado; purificó el Templo, limpió la ciudad y en lo sucesivo no le quedó otra cosa que dar gracias a Dios por su salvación y conservarlo propicio durante toda su vida.
Enseñaba también al pueblo a obrar del mismo modo, tras haber aprendido, por la desgracia que estuvo a punto de sufrir, adónde conducía la conducta contraria. Reparó igualmente el altar y ofreció los sacrificios prescritos, tal como los había dispuesto Moshé.
Después de arreglar como convenía lo relativo al culto, proveyó también a la seguridad de Yerushaláyim: reparó con mucho esmero las viejas murallas, les añadió otra, levantó torres altísimas y reforzó las fortalezas que había ante la ciudad, tanto con lo demás como con la provisión de todos los víveres necesarios para ellas.
Y ciertamente, tras este cambio de conducta, pasó el resto de su vida de tal manera que fue tenido por dichoso y envidiable desde el momento en que comenzó a honrar a Dios con piedad.
Habiendo vivido, pues, sesenta y siete años, acabó su vida tras cincuenta y cinco de reinado. Fue enterrado en sus propios jardines, y el reino pasó a su hijo Amón, cuya madre se llamaba Mesulémet y era de la ciudad de Yotbá.
Este, imitando las obras que su padre se había atrevido a cometer siendo joven, fue víctima de una conjura de sus propios servidores y murió en su casa, tras haber vivido veinticuatro años y reinado dos de ellos.
El pueblo persiguió a los asesinos y enterró a Amón junto a su padre, y entregó el reino a su hijo Yoshiyahu, que tenía ocho años de edad, cuya madre era de la ciudad de Boscat y se llamaba Yedidá.
Por su naturaleza era hombre excelente y bien dispuesto a la virtud, y tomó como modelo, meta y norma de toda su conducta las prácticas del rey David.
Cuando cumplió doce años, dio muestras de su piedad y su justicia: exhortaba al pueblo a la moderación y lo instaba a apartarse de la creencia en los ídolos —que no eran dioses— y a venerar al Dios de sus padres. Revisando las obras de sus antepasados, corregía con prudencia lo que se había hecho mal, como el más anciano y el más capaz de discernir lo debido, y cuanto hallaba bien hecho lo conservaba en su lugar y lo imitaba.
Y esto lo hacía valiéndose de la sabiduría y el discernimiento de su carácter, y ateniéndose al consejo y a la tradición de los ancianos; pues, siguiendo las leyes, lograba prosperar tanto en la organización de la ciudad como en la piedad hacia lo divino, porque la impiedad de los primeros había sido borrada y suprimida.
Recorriendo, en efecto, el rey la ciudad y todo el país, taló los bosques sagrados consagrados a los dioses extranjeros, derribó sus altares y, si algún ofrenda había sido dedicada a ellos por sus antepasados, la arrancaba con desprecio.
Y de este modo apartó al pueblo de la creencia en tales dioses y lo condujo al culto de Dios; ofreció en su altar los sacrificios acostumbrados y los holocaustos. Nombró también jueces e inspectores, para que administraran los asuntos de cada lugar poniendo la justicia por encima de todo y velando por ella no menos que por su propia alma.
Y enviando por todo el país oro y plata, ordenó que los que quisieran trajeran para la reparación del Templo cuanto cada uno tuviera, según su voluntad o sus medios.
Reunido el dinero, puso al frente del cuidado del Templo y del gasto para ello a Amasías, gobernador de la ciudad, al escriba Safán, al encargado de los archivos Yoaj y al sumo sacerdote Eliakim, los cuales, sin dilación ni demora alguna, proveyeron arquitectos y todo cuanto era útil para la reparación, y se dedicaron a las obras. Y el Templo, reparado de este modo, hizo manifiesta la piedad del rey.
Cuando ya corría el año decimoctavo de su reinado, envió al sumo sacerdote Eliakim con la orden de fundir el sobrante y hacer cráteras, vasijas para libaciones y copas para el servicio, y además, cuanto oro y plata hubiera en los tesoros, sacarlo también y emplearlo igualmente en las cráteras y en tales utensilios.
Al sacar el oro, el sumo sacerdote Eliakim halló los libros sagrados de Moshé depositados en el Templo, y sacándolos los entregó al escriba Safán. Este, tras leerlos, se presentó ante el rey y le informó de que todo cuanto había ordenado estaba ya cumplido, y le leyó además aquellos libros.
Al oírlos, el rey rasgó sus vestiduras, llamó al sumo sacerdote Eliakim, al propio escriba y a algunos de sus amigos más íntimos, y los envió a la profetisa Juldá, mujer de Salum, hombre de renombre e ilustre por su noble linaje. Les ordenó que fueran a decirle que aplacara a Dios e intentara hacerlo propicio, pues había motivo de temor de que, por haber transgredido sus antepasados las leyes de Moshé, corrieran ellos peligro de ser desterrados y de acabar miserablemente su vida en tierra extraña, expulsados de la propia y privados de todo.
La profetisa, al oír de labios de los enviados aquello que el rey le encargaba, les ordenó que volvieran a decirle que la divinidad ya había pronunciado su sentencia contra ellos —sentencia que nadie podría anular con súplicas—: destruir al pueblo, expulsarlo del país y privarlo de todos los bienes que ahora poseía, por haber transgredido las leyes y no haberse arrepentido en tanto tiempo, pese a que los profetas los exhortaban a la moderación y les anunciaban de antemano el castigo por sus impiedades.
Y ese castigo lo cumpliría sin falta, para que se convencieran de que Él es Dios y de que en nada había mentido de cuanto les había anunciado por medio de los profetas. Sin embargo, por consideración a Yoshiyahu, que era justo, contendría todavía las desdichas, pero después de la muerte de él enviaría sobre las gentes los males decretados.
Los enviados, tras la profecía de la mujer, fueron y lo comunicaron al rey. Este mandó llamar por todas partes al pueblo y ordenó que se reunieran en Yerushaláyim los sacerdotes y los leviim, mandando que acudieran los de toda edad.
Congregados estos, primero les leyó los libros sagrados; después, de pie sobre la tribuna, en medio de la multitud, los obligó a prestar juramentos y garantías de que en verdad darían culto a Dios y guardarían las leyes de Moshé.
Ellos lo aprobaron de buen grado y se comprometieron a hacer lo que el rey les exhortaba, y ofreciendo al punto sacrificios y víctimas propicias, suplicaban ya a Dios que les fuera benévolo y clemente.
Ordenó al sumo sacerdote que, si quedaba en el Templo algún utensilio dedicado por sus antepasados a los ídolos y a los dioses extranjeros, lo sacara de allí. Y reunidos muchos, los quemó, esparció sus cenizas y dio muerte a los sacerdotes de los ídolos, que no eran del linaje de Aharón.
Cumplido esto en Yerushaláyim, marchó al país y destruyó cuanto había edificado allí el rey Yerovam en honor de los dioses extranjeros, y quemó sobre el altar que primero levantó Yerovam los huesos de los falsos profetas.
Y esto lo había anunciado de antemano un profeta que bajó ante Yerovam, mientras este sacrificaba y todo el pueblo lo escuchaba, prediciendo lo que había de suceder: que uno del linaje de David, llamado Yoshiyahu, haría lo dicho. Y sucedió que esto se cumplió trescientos sesenta y un años después.
Después de esto, el rey Yoshiyahu se dirigió también a los demás israelitas, a cuantos habían escapado del cautiverio y la servidumbre bajo los asirios, y los persuadió a abandonar sus acciones impías y a dejar los honores rendidos a los dioses extranjeros, y a venerar al Dios de sus padres, el más grande, y a mantenerse fieles a Él.
Registró las casas, las aldeas y las ciudades, sospechando que alguien guardara dentro algún ídolo. Más aún, se llevó incluso los carros consagrados que sus antepasados habían fabricado para sus dioses, y cualquier otra cosa semejante que hubiera y a la que adoraran como a un dios.
Y purificado así todo el país, convocó al pueblo en Yerushaláyim, y allí celebró la fiesta de los Ácimos y la llamada Pésaj; regaló al pueblo para la Pésaj veinte mil cabritos y corderos recién nacidos, y tres mil bueyes para los holocaustos.
También los principales de los sacerdotes dieron para la Pésaj, a los sacerdotes, dos mil seiscientos corderos, y los jefes de los leviim dieron a estos cinco mil corderos y quinientos bueyes.
Y siendo así tan abundante la provisión de víctimas, celebraron los sacrificios conforme a las leyes de Moshé, dirigiendo cada uno de los sacerdotes la ceremonia y sirviendo a las gentes; y la razón de que desde los tiempos del profeta Shemuel no se hubiera celebrado entre los hebreos otra fiesta como aquella fue que todo se cumplió según las leyes y según la antigua observancia de la costumbre patria.
Después de esto, Yoshiyahu, tras vivir en paz, y además en la riqueza y en la buena fama que gozaba entre todos, acabó su vida de la manera siguiente.
Nekó, rey de Mitsraim, reunió un ejército y marchó hacia el río Éufrates para combatir contra los medos y los babilonios, que habían derribado el imperio de los asirios; pues tenía el anhelo de reinar sobre Asia.
Al llegar a la ciudad de Mendé —que pertenecía al reino de Yoshiyahu—, este le salió al paso con sus fuerzas para impedirle atravesar su propio territorio en su marcha contra los medos. Nekó le envió un heraldo diciéndole que no marchaba contra él, sino que se dirigía hacia el Éufrates, y le pedía que no lo provocara hasta el punto de combatir con él por estorbarle avanzar adonde tenía resuelto.
Pero Yoshiyahu no atendió las palabras de Nekó, sino que estaba decidido a no permitirle atravesar su tierra; el destino, creo yo, lo empujaba a ello, para tener un pretexto contra él.
Pues mientras disponía sus tropas e iba en su carro de un ala a otra, uno de los egipcios lo alcanzó con una flecha y puso fin a su ardor por la batalla; agobiado por el dolor de la herida, ordenó que se hiciera retirar al ejército y regresó a Yerushaláyim. Allí murió a causa de la herida y fue sepultado con gran magnificencia en los sepulcros de sus padres, tras haber vivido treinta y nueve años y reinado treinta y uno de ellos.
Todo el pueblo hizo por él un gran duelo, llorándolo y afligiéndose durante muchos días; y el profeta Yirmiyahu compuso en su honor un canto fúnebre de lamentación, que aún hoy se conserva.
Este profeta anunció también de antemano las desgracias que habían de venir sobre la ciudad, dejándolas por escrito, así como la caída que ahora, en nuestros días, ha ocurrido, y la toma de Bavel. Y no solo este predijo estas cosas a las gentes, sino también el profeta Yejezkel, que fue el primero en dejar escritos dos libros sobre estos sucesos.
Ambos eran sacerdotes de linaje, pero Yirmiyahu residía en Yerushaláyim desde el año decimotercero del reinado de Yoshiyahu hasta que la ciudad y el Templo fueron arrasados. Lo que le sucedió a este profeta lo expondremos en su lugar.
Muerto Yoshiyahu, como hemos dicho, le sucedió en el reino su hijo llamado Yehoajaz, que tenía ya veintitrés años. Este reinó en Yerushaláyim, siendo su madre Jamutal, de la ciudad de Livná; era hombre impío y de costumbres perversas.
El rey de Mitsraim, de regreso de la batalla, hizo llamar a Yehoajaz ante sí a la ciudad llamada Amatá, que está en Siria, y cuando llegó lo apresó, y entregó el reino a su hermano mayor, hijo del mismo padre, llamado Eliakim, cambiándole el nombre por el de Yehoyakim; e impuso al país un tributo de cien talentos de plata y uno de oro.
Yehoyakim pagó esa suma de dinero, y Nekó se llevó a Yehoajaz a Mitsraim, donde este murió tras haber reinado tres meses y diez días. La madre de Yehoyakim se llamaba Zebudá y era de la ciudad de Rumá. Era este de natural injusto y malvado, ni piadoso ante Dios ni benévolo con los hombres.
Cuando corría ya el año cuarto de su reinado, tomó el poder de Bavel uno llamado Nabucodonosor, que por aquel mismo tiempo subió con grandes preparativos contra la ciudad de Carquémish —que está junto al río Éufrates—, resuelto a combatir contra Nekó, el de Mitsraim; pues bajo el poder de este estaba toda Siria.
Enterado Nekó del propósito del babilonio y de la campaña contra él, tampoco se descuidó, sino que con muchas tropas marchó hacia el Éufrates para rechazar a Nabucodonosor.
Trabada la batalla, fue vencido y perdió en ella muchos miles. El babilonio, cruzando el Éufrates, se apoderó de Siria hasta Pelusio, salvo Judea.
Cuando ya llevaba Nabucodonosor cuatro años de reinado, era el octavo de Yehoyakim al frente de los hebreos, y el babilonio marchó con grandes fuerzas contra los judíos, exigiéndole tributos a Yehoyakim y amenazándolo con la guerra si no los pagaba. Este, temiendo la amenaza y comprando la paz con su dinero, le pagó los tributos que le impuso durante tres años.
Pero al tercer año, al oír que los egipcios marchaban contra el babilonio, dejó de pagarle los tributos, y quedó defraudado en su esperanza; pues los egipcios no se atrevieron a emprender la campaña. Y esto lo predecía cada día el profeta Yirmiyahu: que en vano se aferraban a las esperanzas puestas en los egipcios, y que era forzoso que la ciudad fuera arrasada por el rey de los babilonios, y que el rey Yehoyakim fuera sometido por él.
Pero de nada servía decirlo, pues no había ya quienes hubieran de salvarse; en efecto, tanto el pueblo como los jefes, al oírlo, lo despreciaban, y tomando a mal lo dicho, acusaban a Yirmiyahu de agorar males contra el rey, y llevándolo a juicio pedían que se lo condenara al castigo.
Y todos los demás dieron su voto contra él, apartándose incluso del parecer de los ancianos; pero estos, que eran de mente prudente, absolvieron al profeta de la corte y aconsejaron a los demás que no le hicieran ningún daño a Yirmiyahu.
Decían, en efecto, que no solo este anunciaba a la ciudad lo que había de venir, sino que también Mijáyehu, antes que él, había proclamado lo mismo, y muchos otros, ninguno de los cuales había sufrido nada por parte de los reyes de entonces, sino que había recibido honores como profeta de Dios.
Con estas palabras apaciguaron a la multitud y libraron a Yirmiyahu del castigo al que se lo había condenado. Este, tras haber puesto por escrito todas sus profecías, mientras el pueblo ayunaba y se reunía en asamblea en el Templo, en el mes noveno del quinto año del reinado de Yehoyakim, leyó el libro que había compuesto acerca de lo que había de sobrevenir a la ciudad, al Templo y a las gentes.
Al oírlo, los jefes le quitaron el libro y le ordenaron a él y a su escriba Baruj que se apartaran de su vista, para no ser vistos por nadie, y llevando ellos mismos el libro se lo entregaron al rey. Este, hallándose presentes sus amigos, ordenó a su propio escriba que lo tomara y lo leyera.
Al oír el contenido del libro, el rey, encolerizado, lo rasgó y, arrojándolo al fuego, lo hizo desaparecer; y ordenó buscar a Yirmiyahu y a su escriba Baruj para que fueran traídos ante él y castigados. Pero estos escaparon de su cólera.
No mucho tiempo después, marchando contra él el rey de los babilonios, Yehoyakim lo recibió por miedo a lo que este profeta había predicho, pensando que no sufriría ningún mal, y no le cerró las puertas ni le hizo la guerra.
Pero el babilonio, una vez dentro, no guardó su palabra, sino que dio muerte a los más vigorosos y de mayor hermosura de los habitantes de Yerushaláyim, junto con el rey Yehoyakim, a quien mandó arrojar sin sepultura ante las murallas; y estableció rey del país y de la ciudad a su hijo Yehoyajín.
A los notables, que eran tres mil en número, los tomó cautivos y los llevó a Bavel; entre ellos se hallaba también el profeta Yejezkel, que era entonces un niño. Tal fue el fin que alcanzó al rey Yehoyakim, tras haber vivido treinta y seis años y reinado once de ellos. Le sucedió en el reino Yehoyajín, cuya madre se llamaba Nejustá y era natural del país, y reinó tres meses y diez días.
El rey de los babilonios, que había dado el reino a Yehoyajín, al punto sintió miedo; pues temió que este, guardándole rencor por la muerte de su padre, sublevara el país contra él. Por ello envió un ejército y puso sitio a Yehoyajín en Yerushaláyim.
Pero este, siendo de natural bondadoso y justo, no quiso permitir que la ciudad corriera peligro por su causa, sino que, tomando a su madre y a sus parientes, se entregó a los generales enviados por el babilonio, tras recibir de ellos juramento de que ni ellos ni la ciudad sufrirían daño alguno.
Mas ni un año duró aquel compromiso; pues el rey de los babilonios no lo cumplió, sino que ordenó a sus generales que tomaran cautivos a todos los de la ciudad que fueran jóvenes de edad y artesanos, y se los llevaran encadenados ante él —eran todos estos hasta diez mil ochocientos treinta y dos—, junto con Yehoyajín, su madre y sus amigos.
A estos, llevados ante él, los mantuvo presos; y al tío de Yehoyajín, Tsidkiyahu, lo proclamó rey, tras tomarle juramento de que en verdad le conservaría el país, no intentaría ninguna revuelta y no favorecería a los egipcios.
Tsidkiyahu tenía veintiún años cuando recibió el poder. Era hermano de madre de Yehoyakim, y despreciaba la justicia y el deber; pues quienes le rodeaban eran, pese a su edad, impíos, y todo el pueblo, con licencia, cometía los atropellos que quería.
Por eso el profeta Yirmiyahu, que acudió a él muchas veces, le advirtió con insistencia, exhortándolo a abandonar las demás impiedades e iniquidades y a cuidar de la justicia; a no seguir a los gobernantes —pues había entre ellos hombres perversos— ni dar crédito a los falsos profetas, que lo engañaban diciéndole que el babilonio ya no haría guerra a la ciudad y que los egipcios marcharían contra él y vencerían; pues eso no era verdad ni había de suceder así.
Tsidkiyahu, mientras oía al profeta decir esto, le hacía caso y reconocía que todo era verdad y que le convenía creerlo; pero de nuevo lo pervertían sus amigos y lo apartaban de las palabras del profeta hacia lo que ellos querían.
También Yejezkel profetizó en Bavel las desgracias que iban a venir sobre el pueblo, y, poniéndolas por escrito, las envió a Yerushaláyim. Pero Tsidkiyahu no dio crédito a sus profecías por la siguiente razón: en todo lo demás coincidían al decir que la ciudad sería tomada y que él mismo, Tsidkiyahu, sería llevado cautivo; pero Yejezkel discrepaba al afirmar que Tsidkiyahu no vería Bavel, mientras que Yirmiyahu le decía que el rey babilonio lo llevaría encadenado.
Y como no decían ambos lo mismo, concluyó que tampoco era verdad aquello en que parecían coincidir, y los condenó a los dos. Sin embargo, todo le ocurrió conforme a las profecías, como expondremos en el momento más oportuno.
Después de mantener durante ocho años la alianza con los babilonios, rompió la fe que les había dado y se pasó a los egipcios, con la esperanza de que, junto con ellos, derribaría a los babilonios.
Al enterarse de esto el rey de los babilonios, marchó contra él y, tras devastarle el país y tomar sus fortalezas, llegó a la propia ciudad de los habitantes de Yerushaláyim para sitiarla.
El egipcio, al oír en qué apuros estaba su aliado Tsidkiyahu, reunió una gran fuerza y llegó a Judea para levantar el asedio. El babilonio se retiró entonces de Yerushaláyim y, saliendo al encuentro de los egipcios, trabó combate con ellos, los venció y, poniéndolos en fuga, los persiguió fuera de toda Siria.
Cuando el rey de los babilonios se hubo retirado de Yerushaláyim, los falsos profetas engañaron a Tsidkiyahu diciéndole que el babilonio ya no le haría guerra, y que sus compatriotas, a quienes había desterrado de su tierra a Bavel, regresarían con todos los objetos del Templo que el rey había saqueado del santuario.
Pero Yirmiyahu, presentándose, profetizó lo contrario y verdadero: que obraban mal y engañaban al rey; que de los egipcios ningún provecho les vendría, sino que el babilonio, tras vencerlos, se disponía a marchar contra Yerushaláyim, a sitiarla y a destruir al pueblo con el hambre; que se llevaría cautivos a los supervivientes, saquearía las haciendas, se llevaría las riquezas del Templo y, además, le prendería fuego y arrasaría la ciudad; y que seríamos esclavos suyos y de sus descendientes durante setenta años.
Y entonces —dijo— nos librarán de esa servidumbre los persas y los medos, que derribarán a los babilonios; y, liberados por ellos, volveremos a edificar el Templo y a restaurar Yerushaláyim.
Al decir esto Yirmiyahu, la mayoría le creía, pero los gobernantes y los impíos lo despreciaban como a un hombre fuera de juicio. Y como decidió ir también a su patria, un lugar llamado Anatot, que dista veinte estadios de Yerushaláyim, al toparse en el camino con uno de los jefes, este lo apresó y lo retuvo, acusándolo falsamente de que se pasaba a los babilonios.
Él respondía que aquel le imputaba un cargo falso, y afirmaba que iba a su patria. Pero el otro, sin dejarse convencer, lo prendió y lo llevó a juicio ante los jefes, quienes, tras hacerlo sufrir toda clase de malos tratos y tormentos, lo tuvieron bajo custodia para castigarlo. Y durante algún tiempo pasó así, padeciendo injustamente lo dicho.
En el año noveno del reinado de Tsidkiyahu, el día décimo del décimo mes, el rey de los babilonios marchó por segunda vez contra Yerushaláyim y, acampando frente a ella, la sitió durante dieciocho meses con todo empeño. A la vez cayeron sobre los sitiados dos de los mayores males: el hambre y una peste mortal, que se abatieron con violencia.
El profeta Yirmiyahu, aun hallándose en la cárcel, no callaba, sino que gritaba y proclamaba, exhortando al pueblo a abrir las puertas y a recibir al babilonio; pues, si así lo hacían, se salvarían con todas sus casas, y, de lo contrario, perecerían.
Y anunciaba de antemano que, si alguno permanecía en la ciudad, sin duda moriría de uno de dos modos: consumido por el hambre o por la espada de los enemigos; pero que, si huía hacia los enemigos, escaparía de la muerte.
Sin embargo, ni siquiera en medio de tales peligros creían quienes oían esto de labios de los jefes; antes bien, fueron con ira ante el rey y, acusando al profeta, pedían que lo mataran, alegando que estaba loco, que quebrantaba el ánimo de la gente y que, con sus anuncios de desgracias, disolvía el coraje del pueblo, que estaba dispuesto a arriesgarse por él y por la patria, mientras que él los exhortaba a huir hacia los enemigos, diciendo que la ciudad sería tomada y todos perecerían.
El rey, por su bondad y su sentido de la justicia, no se irritó en nada por su cuenta; pero, para no enemistarse con los jefes oponiéndose a su voluntad en semejante momento, les entregó al profeta para que hicieran con él lo que quisieran.
Y así, con este permiso del rey, entraron enseguida en la cárcel, lo sacaron y lo descolgaron a una cisterna llena de fango, para que muriera ahogado en una muerte anónima. Él quedó hundido en el barro hasta el cuello, y en tal situación se hallaba.
Pero uno de los servidores del rey, hombre en gran estima, etíope de origen, le contó al rey lo que padecía el profeta, diciéndole que no habían obrado bien sus amigos y sus jefes al sumergir al profeta en el fango y al idear contra él una muerte más amarga que la de las cadenas.
Al oír esto el rey, y arrepentido de haber entregado al profeta a los jefes, ordenó al etíope tomar consigo a treinta de los hombres del rey, con cuerdas y todo lo que juzgara útil para salvar al profeta, y sacar de allí a toda prisa a Yirmiyahu. El etíope, tomando a los que se le había mandado, sacó del fango al profeta y lo dejó libre, sin vigilancia.
El rey lo mandó llamar en secreto y le preguntó qué podía decirle de parte de Dios y qué señalaba respecto de la situación presente. Él respondió que tenía algo que decir, pero añadió que no se le creería ni se le haría caso al aconsejar. «Como si hubiera cometido un gran crimen —dijo—, tus amigos decidieron matarme. ¿Y dónde están ahora los que afirmaban que el babilonio ya no marcharía contra nosotros y os engañaban? Pero ahora temo decir la verdad, no sea que me condenes a muerte.» El rey le prestó juramento de que ni él mismo lo mataría ni lo entregaría a los jefes; y él, cobrando ánimo con la garantía dada, le aconsejó entregar la ciudad a los babilonios.
Le decía que era Dios quien, por medio de él, así se lo profetizaba, si es que quería salvarse y escapar del peligro inminente, y que ni la ciudad caería por tierra ni el Templo sería incendiado; pero que, de lo contrario, él sería el causante de estos males para los ciudadanos y de la desgracia para sí y para toda su casa.
Al oír esto, el rey dijo que él mismo quería hacer lo que le aconsejaba y que aceptaba que le convendría hacerlo; pero que temía a los compatriotas que se habían pasado a los babilonios, no fuera que, denunciado por ellos ante el rey, fuera castigado.
El profeta lo animó y le dijo que en vano temía ese castigo; pues, si entregaba la ciudad a los babilonios, no sufriría ningún mal ni él, ni sus hijos, ni sus mujeres, y el Templo quedaría intacto.
Dicho esto por Yirmiyahu, el rey lo dejó marchar, ordenándole no revelar a ninguno de los ciudadanos lo que habían acordado, ni siquiera a los jefes; y que, si estos, al saber que había sido llamado por él, le preguntaban qué le había dicho al ser convocado, no les declarara nada de aquello, sino que les pretextara que le había suplicado no quedar entre cadenas y bajo custodia.
Y en efecto, eso fue lo que les dijo; pues los jefes, acudiendo al profeta, le preguntaron qué pretexto había llevado ante el rey acerca de ellos. Así, pues, se dijo esto.
El babilonio proseguía el asedio de Yerushaláyim con enorme tesón y empeño: levantó torres sobre grandes terraplenes y desde ellas rechazaba a los defensores de las murallas, y alzó en torno a todo el recinto numerosos terraplenes de igual altura que los muros.
Pero los de dentro soportaban el asedio con firmeza y coraje; pues no desfallecían ni ante el hambre ni ante la peste, sino que, aunque acosados por dentro por estos males, mantenían firme el ánimo para la guerra, sin dejarse aterrar por las estratagemas y las máquinas del enemigo, sino ideando contra todo lo de aquellos sus propias contramáquinas.
De modo que toda la lucha, tanto para los babilonios como para los de Yerushaláyim, era de agudeza e ingenio: unos creían que por ahí lograrían mejor la toma de la ciudad, y los otros no ponían su salvación en otra cosa que en no desfallecer ni rendirse, hallando siempre recursos con los que quedarían en nada las máquinas del enemigo.
Y así resistieron dieciocho meses, hasta que sucumbieron por el hambre y por los proyectiles que desde las torres les lanzaban los enemigos.
La ciudad fue tomada en el undécimo año del reinado de Tsidkiyahu, el noveno día del cuarto mes. La tomaron los jefes de los babilonios, a quienes Nabucodonosor había confiado el asedio, pues él mismo residía en la ciudad de Arabatá. Los nombres de los jefes que saquearon y sometieron Yerushaláyim, por si alguien desea conocerlos, eran: Regálsaro, Aremanto, Semégaro, Nabósaris y Acarámpsaris.
Tomada la ciudad hacia la medianoche, y habiendo entrado en el santuario los jefes de los enemigos, el rey Tsidkiyahu, al saberlo, tomó consigo a sus mujeres, a sus hijos, a sus jefes y a sus amigos, y huyó con ellos de la ciudad por la escarpada garganta y por el desierto.
Pero, al informar de esto a los babilonios algunos desertores, estos se lanzaron al amanecer a perseguirlo y, alcanzándolo no lejos de Yerijó, lo rodearon. Sus amigos y los jefes que habían huido con Tsidkiyahu, al ver cerca a los enemigos, lo abandonaron y se dispersaron cada uno por su lado, decidiendo cada cual salvarse a sí mismo.
A él, que quedó con unos pocos, lo apresaron vivos los enemigos junto con sus hijos y sus mujeres, y lo llevaron ante el rey. Cuando llegó, Nabucodonosor empezó a llamarlo impío y perjuro, olvidadizo de las palabras que antes había dado, cuando prometió conservarle el país.
Le reprochaba también su ingratitud: había recibido de él el reino —pues se lo había quitado a Yehoyajín para dárselo a él— y había usado ese poder contra quien se lo dio. «Pero grande —dijo— es Dios, que, aborreciendo tu conducta, te ha puesto en nuestras manos.»
Tras dirigir estas palabras a Tsidkiyahu, ordenó matar en el acto a sus hijos y a sus amigos, a la vista del propio Tsidkiyahu y de los demás cautivos; luego, arrancándole los ojos a Tsidkiyahu, lo llevó encadenado a Bavel.
Y así le sucedió lo que Yirmiyahu y Yejezkel le habían profetizado: que, apresado, sería llevado ante el babilonio y le hablaría cara a cara y vería con sus ojos los ojos de aquel. Esto había dicho Yirmiyahu; y, cegado y conducido a Bavel, no la vio, tal como Yejezkel había predicho.
Esto lo hemos referido porque basta para mostrar a los que la ignoran la naturaleza de Dios: que es varia y de muchos modos, que acontece a su hora con orden, que anuncia de antemano lo que ha de suceder, y también la ignorancia y la incredulidad de los hombres, por las que no se les permite prever nada de lo que va a ocurrir, sino que, indefensos, son entregados a las desgracias, de suerte que les es imposible escapar de la experiencia de ellas.
Así, pues, los que reinaron del linaje de David terminaron su vida de este modo, siendo veintiuno hasta el último rey, y habiendo reinado todos ellos quinientos catorce años, seis meses y diez días; de estos, veinte años tuvo el poder su primer rey, Shaúl, que no era de la misma tribu.
El babilonio envió a su general Nabuzardán a Yerushaláyim para saquear el Templo, ordenándole a la vez incendiarlo, junto con el palacio real, arrasar la ciudad hasta los cimientos y deportar al pueblo a Bavel.
Este, llegado a Yerushaláyim en el undécimo año del reinado de Tsidkiyahu, saqueó el Templo y se llevó los objetos de Dios, de oro y de plata, y en particular el gran mar que había consagrado Shlomo, y además las columnas de bronce con sus capiteles, las mesas de oro y los candelabros.
Tras llevarse esto, prendió fuego al Templo en el mes quinto, el primer día del mes, en el undécimo año del reinado de Tsidkiyahu y el decimoctavo de Nabucodonosor; incendió también el palacio real y arrasó la ciudad.
El Templo fue incendiado cuatrocientos setenta años, seis meses y diez días después de haber sido construido; desde la salida del pueblo de Mitsraim había entonces mil sesenta y dos años, seis meses y diez días; y desde el diluvio hasta la destrucción del Templo el tiempo total era de mil novecientos cincuenta y siete años, seis meses y diez días.
Y desde que nació Adam hasta lo sucedido con el Templo hay cuatro mil quinientos trece años, seis meses y diez días. Tal es, pues, la suma de estos años; y cuanto se hizo en cada uno de los acontecimientos lo hemos expuesto.
El general del rey de los babilonios, tras arrasar Yerushaláyim y deportar al pueblo, tomó cautivos al sumo sacerdote Sebeo y al sacerdote que le seguía, Tsefanías, a los tres jefes que guardaban el santuario, al eunuco que estaba al frente de los hombres de armas, a siete amigos de Tsidkiyahu, a su secretario y a otros sesenta jefes; a todos ellos, junto con los objetos que había saqueado, los llevó ante el rey, a la ciudad de Salábata, en Siria.
El rey ordenó cortar allí las cabezas del sumo sacerdote y de los jefes; y él mismo se llevó encadenados a Bavel a todos los cautivos y a Tsidkiyahu, y también a Yehotsadak, sumo sacerdote e hijo de Seraya, el sumo sacerdote a quien el babilonio dio muerte en la ciudad de Aribatá, en Siria, como ya antes hemos referido.
Puesto que hemos recorrido el linaje de los reyes y hemos declarado quiénes fueron y sus tiempos, he juzgado necesario decir también los nombres de los sumos sacerdotes y quiénes inauguraron el sumo sacerdocio en tiempo de los reyes.
El primero, pues, que fue sumo sacerdote del Templo que edificó Shlomo fue Tsadok; después de él, su hijo Ajimáas heredó la dignidad, y tras Ajimáas, Azarías; a este le sucedió Yoram, a Yoram, Ios, y después de él, Axioramo; a Axioramo, Fideas; a Fideas, Sudeas; a Sudeas, Juelo; a este, Yotam; a Yotam, Uriyá; a Uriyá, Nerías; a Nerías, Odeas; a este, Shalum; a Shalum, Jilkías; a Jilkías, Azaro; y a este, Yehotsadak, el que fue llevado cautivo a Bavel. Todos estos recibieron el sumo sacerdocio de padres a hijos.
Llegado a Bavel, el rey mantuvo a Tsidkiyahu en la cárcel hasta que murió; y, tras darle sepultura regia, consagró a sus propios dioses los objetos saqueados del Templo de Yerushaláyim, estableció al pueblo en la región de Bavel y liberó de las cadenas al sumo sacerdote.
El general Nabuzardán, tras llevar cautivo al pueblo de los hebreos, dejó allí a los pobres y a los desertores, y les puso como gobernador a un tal Guedaliá, hijo de Ajikam, de familia noble, hombre benévolo y justo; y les ordenó que, cultivando la tierra, pagaran al rey un tributo fijado.
Al profeta Yirmiyahu, sacándolo de la cárcel, lo persuadía a ir con él a Bavel; pues el rey le había mandado proveerle de todo, y, si no lo deseaba, que le indicara dónde había resuelto quedarse, para comunicárselo al rey.
Pero el profeta no quiso ni seguirlo ni quedarse en ningún otro lugar, sino que prefería pasar su vida entre las ruinas de su patria y sus desdichados restos. Al conocer su decisión, el general ordenó a Guedaliá, a quien había dejado, que cuidara de él por completo y le proveyera de cuanto necesitara; y, tras obsequiarlo con espléndidos regalos, lo dejó libre.
Yirmiyahu se quedó en Dana, en una ciudad de la región llamada Mosfotá, tras pedir a Nabuzardán que dejara libre con él a su discípulo Baruj, hijo de Neriyá, de familia muy distinguida y singularmente instruido en la lengua patria.
Nabuzardán, hecho esto, partió hacia Bavel. Los que, durante el asedio de Yerushaláyim, habían huido y se habían dispersado por el país, al oír que los babilonios se habían retirado y que habían dejado algunos restos en la tierra de Yerushaláyim, con quienes cultivarla, se reunieron de todas partes y acudieron a Guedaliá, a Mitspá.
Sus jefes eran Yoades, hijo de Caré, Sereas, Yoazanías y otros más; y del linaje real había un tal Yishmael, hombre perverso y sumamente taimado, que durante el asedio de Yerushaláyim había huido junto al rey de los amonitas, Baalim, y había pasado con él aquel tiempo.
A estos, pues, que se presentaron ante él, Guedaliá los persuadió a quedarse sin temer en absoluto a los babilonios; pues, cultivando la tierra, no sufrirían ningún mal. Esto se lo aseguraba con juramentos, y les decía que lo tendrían a él por protector, de modo que, si alguien los molestaba, hallarían su buena disposición; y les aconsejaba habitar cada uno en la ciudad que quisiera, enviando gente con los suyos a reconstruir los solares y a establecerse; y les recomendó proveerse, mientras aún fuera tiempo, de trigo, vino y aceite, para tener con qué alimentarse durante el invierno. Tras hablarles así, los dejó marchar por el país, cada uno al lugar que quería.
Corrió la noticia por los pueblos vecinos de Judea de que Guedaliá había acogido con humanidad a los que habían venido a él tras la huida y les había permitido habitar y cultivar la tierra, con la condición de pagar tributo al babilonio; y también ellos acudieron a Guedaliá y se establecieron en el país.
Al observar la tierra y la bondad y humanidad de Guedaliá, Yojanán y los jefes que estaban con él le tomaron gran afecto, y le dijeron que Baalim, el rey de los amonitas, había enviado a Yishmael para matarlo a traición, en secreto, a fin de gobernar él mismo sobre los israelitas, pues era del linaje real.
Le dijeron, además, que lo librarían de la conjura si les permitía matar a Yishmael, sin que nadie lo supiera; pues temían —decían— que, si aquel lo asesinaba, se produjera la total ruina de lo que quedaba de la fuerza de los israelitas.
Él confesó que no les creía cuando denunciaban semejante conjura contra un hombre que los había tratado bien; pues no parecía verosímil que Yishmael, sin haber carecido de nada de lo que necesitaba en medio de tan gran desamparo, resultara tan perverso e impío contra su bienhechor, como para que, siendo su deber salvarlo incluso de las asechanzas de otros, se afanara él mismo en convertirse en su asesino con su propia mano.
No obstante —decía—, si hubiera que dar por cierto esto, mejor era que él muriera a manos de aquel que dar muerte a un hombre que se había refugiado en él, que le había confiado su propia salvación y se la había encomendado.
Yojanán y los jefes que estaban con él, no habiendo logrado persuadir a Guedaliá, se marcharon. Pasado un plazo de treinta días, se presentó ante Guedaliá, en la ciudad de Mitspá, Yishmael con diez hombres, a quienes él acogió con espléndida mesa y hospitalidad, y llegó a embriagarse agasajando a Yishmael y a los que iban con él.
Viéndolo Yishmael en tal estado, sumido en la inconsciencia y el sueño por la embriaguez, se levantó de un salto con sus diez compañeros y degolló a Guedaliá y a los que yacían a la mesa con él en el banquete. Y, tras darles muerte, salió de noche y asesinó a todos los judíos que había en la ciudad y a los soldados que los babilonios habían dejado en ella.
Al día siguiente llegaron ante Guedaliá, con regalos, ochenta hombres del país, sin que ninguno supiera lo que le había ocurrido. Al verlos Yishmael, los invitó a entrar como si fueran a ver a Guedaliá, y, cuando hubieron entrado, cerró el portón y los mató, y arrojó sus cuerpos a una cisterna profunda, para que quedaran ocultos.
De aquellos ochenta hombres se salvaron los que le rogaron que no los matara antes de entregarle lo que tenían escondido en los campos: enseres, ropa y trigo. Al oír esto, Yishmael perdonó a esos hombres.
Pero al pueblo que estaba en Mitspá, con las mujeres y los niños, lo llevó cautivo, y entre ellos también a las hijas del rey Tsidkiyahu, que Nabuzardán, el general de los babilonios, había dejado al cuidado de Guedaliá. Hecho esto, se dirigió al rey de los amonitas.
Al oír Yojanán y los jefes que estaban con él lo que Yishmael había hecho en Mitspá y la muerte de Guedaliá, se indignaron y, tomando cada uno a sus propios soldados, se lanzaron a combatir a Yishmael, y lo alcanzaron junto a la fuente en Ibrón.
Los que habían sido llevados cautivos por Yishmael, al ver a Yojanán y a los jefes, se llenaron de ánimo, pensando que les llegaba ayuda, y, abandonando a quien los había cautivado, se pasaron a Yojanán. Yishmael, por su parte, huyó con ocho hombres hacia el rey de los amonitas.
Yojanán, tomando a los que había rescatado de manos de Yishmael, junto con los eunucos, las mujeres y los niños, llegó a un lugar llamado Mandra. Aquel día permaneció allí, pero habían resuelto partir de allí e ir a Mitsraim, temiendo que los babilonios los mataran si permanecían en el país, airados por la muerte de Guedaliá, el gobernador que ellos habían establecido.
Estando en esta deliberación, Yojanán, hijo de Caré, y los jefes que lo acompañaban se acercaron al profeta Yirmiyahu, rogándole que suplicara a Dios que, en su perplejidad sobre qué debían hacer, se lo indicara; y juraron que harían lo que Yirmiyahu les dijera.
El profeta prometió interceder por ellos ante Dios, y sucedió que, al cabo de diez días, se le apareció Dios y le mandó declarar a Yojanán, a los demás jefes y a todo el pueblo que, si permanecían en aquel país, Él estaría con ellos, cuidaría de ellos y los mantendría a salvo de los babilonios a quienes temían; pero que, si iban a Mitsraim, los abandonaría y, airado, les haría lo mismo que —bien lo sabéis— padecieron antes sus hermanos.
Al decir esto el profeta a Yojanán y al pueblo —que Dios se lo anunciaba— no se le creyó, pues suponían que, por orden de aquel, les mandaba quedarse en el país; y que, para complacer a Baruj, su propio discípulo, mentía contra Dios y los persuadía a quedarse allí, para que fueran destruidos por los babilonios.
Así, pues, tanto el pueblo como Yojanán desoyeron el consejo de Dios que por medio del profeta les había dado, y partieron hacia Mitsraim, llevando consigo también a Yirmiyahu y a Baruj.
Cuando estuvieron allí, la divinidad reveló al profeta que el rey de los babilonios iba a marchar contra los egipcios, y le mandó anunciar de antemano al pueblo la toma de Mitsraim: que a unos de ellos los mataría y a otros los tomaría cautivos y los llevaría a Bavel.
Y así sucedió; pues en el quinto año tras la destrucción de Yerushaláyim, que es el vigésimo tercero del reinado de Nabucodonosor, este marchó contra la Celesiria y, tras apoderarse de ella, hizo la guerra también a los moabitas y a los amonitas.
Y, sometidos estos pueblos, irrumpió en Mitsraim para conquistarla, mató al rey que entonces había, estableció a otro y, tomando de nuevo cautivos a los judíos que allí estaban, los llevó a Bavel.
Y hemos recibido por tradición que el pueblo de los hebreos, llegado a tal fin, cruzó dos veces al otro lado del Éufrates: pues el pueblo de las diez tribus fue expulsado de Shomrón por los asirios, siendo su rey Hoshéa; y luego las dos tribus lo fueron por Nabucodonosor, rey de los babilonios y de los caldeos, tras la toma de Yerushaláyim.
Salmanasar, pues, deportó a los israelitas y en su lugar estableció al pueblo de los cuteos, que antes vivían en el interior de Persia y de Media, y que entonces recibieron el nombre de samaritanos, al tomar la denominación de la tierra en que fueron establecidos; pero el rey de los babilonios, tras sacar a las dos tribus, no estableció a ningún pueblo en su país, y por eso toda Judea, Yerushaláyim y el Templo permanecieron desiertos durante setenta años.
Y el tiempo total transcurrido desde la cautividad de los israelitas hasta la deportación de las dos tribus vino a ser de ciento treinta años, seis meses y diez días.
Nabucodonosor, rey de los babilonios, tomó a los niños más nobles de los judíos y a los parientes de Tsidkiyahu, su rey, que destacaban por el vigor de sus cuerpos y la hermosura de sus rostros, y los entregó a preceptores y a su cuidado, haciendo eunucos a algunos de ellos; y lo mismo dispuso con los tomados de los demás pueblos que había sometido, cogidos en la flor de la edad: les proveía de lo de su propia mesa para su sustento, les hacía instruir en las cosas del país y les enseñaba las letras de los caldeos; y estos eran suficientemente hábiles en la sabiduría en cuya práctica les mandaba ocuparse.
Había entre ellos cuatro del linaje de Tsidkiyahu, hermosos y buenos por naturaleza: uno se llamaba Daniel, otro Jananyá, otro Mishael y el cuarto Azaryá. A estos el babilonio les cambió el nombre y les mandó usar otros nombres.
A Daniel lo llamaban Baltasar; a Jananyá, Shadraj; a Mishael, Meshaj; y a Azaryá, Abed-Negó. A estos el rey, por su extraordinaria buena índole, por su empeño en la instrucción y por los progresos que hicieron en la sabiduría, los tenía en estima y los apreciaba de continuo.
Habiendo decidido Daniel, junto con sus parientes, someterse a una vida austera y abstenerse de los manjares de la mesa real y, en general, de todo lo que tuviera alma, se acercó a Ascanés, el eunuco a quien se había confiado su cuidado, y le rogó que tomara para sí lo que el rey les enviaba y lo consumiera, y que a ellos les diera legumbres, dátiles y cualquier otro alimento sin alma; pues a tal dieta se sentían inclinados, y despreciaban la otra.
Él respondió que estaba dispuesto a servir a su deseo, pero que temía que, al hacerse notorio al rey por la delgadez de sus cuerpos y el cambio de su aspecto —pues era forzoso que, junto con la dieta, se les alteraran los cuerpos y el color—, sobre todo estando bien nutridos los demás muchachos, quedara al descubierto y él resultara causante de peligro y de castigo.
Como Ascanés se mostraba receloso ante esto, lo persuaden a proveerles aquello durante diez días, a modo de prueba, y a que, si no cambiaba el estado de sus cuerpos, siguieran con lo mismo, pues en nada se dañaría; pero que, si los veía enflaquecidos y en peor estado que los demás, los volviera a la dieta anterior.
Y como no solo no les perjudicaba en nada tomar aquel alimento, sino que además llegaron a estar de cuerpo más lozanos y crecidos que los demás —de modo que parecían más faltos aquellos a quienes correspondía la provisión real, y los de Daniel parecían vivir en toda abundancia y regalo—, desde entonces Ascanés, con toda tranquilidad, tomaba para sí lo que el rey enviaba a diario a los muchachos de su cena, y les proveía lo antes dicho.
Ellos, como por esto se les habían hecho el alma pura y limpia para la instrucción, y el cuerpo más vigoroso para el esfuerzo —pues ni arrastraban aquella pesada por la comida variada, ni este más blando por la misma causa—, aprendieron con facilidad toda la enseñanza que había entre los hebreos y los caldeos. Y sobre todo Daniel, ya suficientemente versado en la sabiduría, se aplicó a la interpretación de los sueños, y lo divino se le hacía manifiesto.
Al segundo año después de la destrucción de Mitsraim, el rey Nabucodonosor tuvo un sueño maravilloso, cuyo desenlace le reveló Dios mientras dormía; pero, al levantarse del lecho, lo olvidó. Mandó llamar a los caldeos, a los magos y a los adivinos, y les dijo que había tenido un sueño, y, revelándoles lo que le había ocurrido —el olvido de lo que había visto—, les mandó decir qué era el sueño y qué significaba.
Ellos respondieron que a los hombres les era imposible dar con eso, pero prometieron que, si él les exponía la visión del sueño, le declararían su significado. El rey los amenazó de muerte si no le decían el sueño, y mandó matarlos a todos, ya que confesaban no poder hacer lo que se les mandaba.
Daniel, al oír que el rey había ordenado matar a todos los sabios, y que entre ellos también él, con sus parientes, corría peligro, se acercó a Arioc, a quien se había confiado el mando de los guardias del cuerpo del rey.
Le pidió que le hiciera saber la causa por la que el rey había ordenado matar a todos los sabios, caldeos y magos; y, al enterarse de lo del sueño y de que, mandados por el rey a declarárselo cuando lo había olvidado, lo habían irritado al decir que no podían, rogó a Arioc que entrara ante el rey y pidiera para los magos una sola noche, y que en ella suspendiera la ejecución; pues esperaba, suplicando a Dios durante esa noche, conocer el sueño.
Arioc comunicó al rey lo que Daniel pedía. Y el rey ordenó suspender la ejecución de los magos hasta conocer la promesa de Daniel. El muchacho, retirado con sus parientes a su casa, suplica a Dios durante toda la noche que le dé a conocer —y también a los magos y a los caldeos, con quienes iban a perecer— la visión, para librarlos de la ira del rey, mostrándole y haciéndole clara la visión que el rey, tras verla la noche pasada mientras dormía, había olvidado.
Y Dios, a la vez compadecido de los que corrían peligro y admirado de la sabiduría de Daniel, le hizo conocer el sueño y su interpretación, para que también el rey aprendiera de él lo que significaba.
Daniel, al saber esto de parte de Dios, se levanta lleno de alegría y se lo comunica a sus compañeros —que ya habían perdido la esperanza de vivir y tenían el ánimo puesto en la muerte—, y los reanimó, devolviéndoles el buen ánimo y las esperanzas de conservar la vida. Tras dar gracias, junto con ellos, a Dios, que se había apiadado de su juventud, al llegar el día se presenta ante Aryoj y le pide que lo lleve ante el rey: pues quería revelarle el sueño que decía haber visto la noche anterior.
Al entrar ante el rey, Daniel primero se excusó, para que no lo tuviera por más sabio que los demás caldeos y magos por el hecho de que, no habiendo podido ninguno de ellos descubrir el sueño, fuera él a decirlo: «Pues esto no ocurre por pericia ni porque yo haya ejercitado mi mente más que ellos, sino que Dios, apiadándose de nosotros, que corríamos peligro de muerte, cuando le rogué por mi vida y por la de los de mi pueblo, hizo manifiestos tanto el sueño como su interpretación.
No menos que por la aflicción de nuestra propia condena a muerte, dictada por ti, me preocupaba por tu reputación, al haber ordenado tú que murieran injustamente unos hombres —y hombres buenos y honrados—, a quienes nada perteneciente a la sabiduría humana habías encomendado, sino que exigías de ellos lo que es propio de Dios.
A ti, pues, que te preocupabas por saber quién gobernará todo el mundo después de ti, Dios, queriendo mostrarte a todos los que reinarán, te mostró mientras dormías un sueño como este:
Te pareció ver una gran estatua en pie, cuya cabeza resultaba ser de oro; los hombros y los brazos, de plata; el vientre y los muslos, de bronce, y las piernas y los pies, de hierro.
Luego, una piedra desprendida de un monte caía sobre la estatua y, derribándola, la hacía pedazos, sin dejar entera ninguna de sus partes, de modo que el oro, la plata, el bronce y el hierro se volvían más finos que la harina; y, al soplar un viento más violento, arrebatados por su fuerza, se dispersaban, mientras la piedra crecía tanto que parecía que toda la tierra se había llenado de ella.
Este es, pues, el sueño que viste; y su interpretación es de este modo: la cabeza de oro te señalaba a ti y a los reyes que te precedieron, que eran babilonios; las manos y los hombros significan que vuestro dominio será derribado por dos reyes; y el de aquellos lo abatirá otro venido de occidente, revestido de bronce; y a esta fuerza le pondrá fin otra, semejante al hierro, que dominará sobre todo por la naturaleza del hierro: pues esta es más recia que la del oro, la plata y el bronce.»
Daniel expuso también al rey lo referente a la piedra, pero a mí no me ha parecido narrarlo, ya que debo escribir lo pasado y lo sucedido, no lo por venir. Sin embargo, si alguien, ansioso de precisión, no rehúsa indagar hasta el punto de querer conocer también lo incierto —qué habrá de ocurrir—, que se afane en leer el libro de Daniel: lo encontrará entre las Escrituras sagradas.
El rey Nabucodonosor, al oír esto y reconocer el sueño, quedó atónito ante la naturaleza de Daniel y, postrándose sobre su rostro —del modo en que se adora a Dios—, así saludó a Daniel; y ordenó incluso que se le ofrecieran sacrificios como a un dios; más aún, poniéndole el nombre de su propio dios, lo hizo administrador de todo el reino, y también a sus parientes —a quienes sucedió que, por envidia y malquerencia, cayeron en peligro al enemistarse con el rey por una causa como esta: el rey había mandado hacer una estatua de oro de sesenta codos de altura y seis de anchura y, tras erigirla en la gran llanura de Bavel y estando a punto de consagrarla, convocó de toda la tierra que gobernaba a los principales, ordenándoles primero que, en cuanto oyeran la señal de la trompeta, se postraran entonces y adoraran la estatua; y a quienes no lo hicieran amenazó con arrojarlos al horno de fuego.
Así pues, mientras todos, tras oír la señal de la trompeta, adoraban la estatua, los parientes de Daniel —se dice— no lo hicieron, por no querer transgredir las leyes de sus padres. Y ellos, delatados y arrojados enseguida al fuego, se salvan por providencia divina y de modo asombroso escapan de la muerte.
Pero, según mi juicio, creo que a quienes fueron arrojados a él sin haber cometido ninguna injusticia el fuego no los tocó, y quedó impotente para quemar, pues llevaba en sí a los siervos de Dios, que había hecho sus cuerpos más fuertes, de modo que no fueran consumidos por el fuego. Esto los acreditó ante el rey como justos y amados de Dios, por lo cual, en adelante, siguieron siendo tenidos por él dignos de toda honra.
Poco tiempo después, el rey ve de nuevo en sueños otra visión: que, caído de su trono, viviría entre las fieras y, tras pasar así siete años en el desierto, recobraría de nuevo el poder. Al contemplar este sueño, convocó otra vez a los magos y los interrogó acerca de él, pidiéndoles que le dijeran qué significaba.
Ninguno de los demás pudo hallar el sentido del sueño ni revelárselo al rey; solo Daniel lo interpretó, y todo sucedió tal como él se lo había predicho. Pues, tras pasar en el desierto el tiempo mencionado —sin que nadie osara apoderarse del gobierno durante aquellos siete años—, rogó a Dios recobrar el reino y volvió de nuevo a él.
Que nadie me reproche por referir cada una de estas cosas por escrito tal como las encuentro en los libros antiguos; pues ya al comienzo mismo de esta historia me previne frente a quienes fueran a poner objeciones o reproches sobre los hechos, diciendo que solo traducía los libros de los hebreos a la lengua griega y que los expondría sin añadir por mi cuenta nada a los hechos ni quitar nada.
El rey Nabucodonosor, tras reinar cuarenta y tres años, termina su vida, hombre activo y más afortunado que los reyes que lo precedieron. Beroso también recuerda sus hechos en el tercer libro de sus Historias caldeas, diciendo así:
«Al enterarse su padre Nabucodonosor de que el sátrapa puesto al frente de Mitsraim y de las regiones de la Celesiria y de Fenicia se había rebelado contra él, no pudiendo ya soportar penalidades él mismo, confió a su hijo Nabucodonosor, que estaba en edad, algunas partes del ejército y lo envió contra él.
Nabucodonosor, tras entrar en combate con el rebelde y presentarle batalla, lo venció y sometió aquella región a su reino. A su padre Nabucodonosor le ocurrió que, por aquel mismo tiempo, tras enfermar en la ciudad de los babilonios, partió de esta vida después de haber reinado veintiún años.
Al percatarse poco tiempo después de la muerte de su padre Nabucodonosor, y tras arreglar los asuntos de Mitsraim y del resto del país, encargó a algunos de sus amigos que condujeran a Bavel a los cautivos de los judíos, fenicios, sirios y de los pueblos de Mitsraim, junto con el ejército más pesado y el resto del botín; él mismo, partiendo con pocos hombres, llega a Bavel a través del desierto.
Al hacerse cargo de los asuntos, administrados por los caldeos y con el reino conservado por el mejor de ellos, y tomando posesión de la íntegra herencia paterna, dispuso que a los cautivos que iban llegando se les asignaran colonias en los lugares más idóneos de Bavel; y él mismo, con los despojos de la guerra, adornó espléndidamente el templo de Belo y los demás, y, agraciando la ciudad ya existente desde antiguo y otras más —y obligado a hacerlo para que en adelante los sitiadores no pudieran desviar el río y volverlo contra la ciudad—, la rodeó de tres recintos por la parte interior y tres por la exterior, estos de ladrillo cocido.
Y tras amurallar notablemente la ciudad y adornar sus pórticos con magnificencia digna de templos, construyó, junto al palacio de su padre, otro palacio contiguo a aquel, cuya elevación y demás suntuosidad quizá sería superfluo describir, salvo decir que, con ser tan grandes y soberbias, aquellas obras se acabaron en quince días.
En este palacio levantó terrazas de piedra, dándoles un aspecto muy semejante al de los montes, y, plantándolas con toda clase de árboles, hizo y dispuso el llamado jardín colgante, porque su mujer, criada en las regiones de Media, deseaba el paisaje propio de su tierra.»
También Megástenes, en el cuarto libro de sus Historias índicas, hace mención de ellos, con lo cual intenta demostrar que este rey superó a Heracles en valor y en la grandeza de sus hazañas: pues dice que sometió gran parte de Libia y de Iberia.
Y Diocles, en el segundo libro de sus Historias pérsicas, menciona a este rey, y Filóstrato, en sus Historias índicas y fenicias, dice que este rey sitió Tiro durante trece años, reinando por aquel tiempo Itobalo sobre Tiro. Y esto era lo que todos referían acerca de este rey.
Tras la muerte de Nabucodonosor, su hijo Abilmatadaco recibe el reino, quien enseguida liberó de las cadenas a Yejonyá, rey de Yerushaláyim, y lo tuvo entre sus amigos más allegados, dándole muchos regalos y poniéndolo por encima de los reyes que había en Bavel; pues su padre no había guardado la fe prometida a Yejonyá, que voluntariamente se había entregado con sus mujeres, hijos y toda su parentela en favor de su patria, para que no fuera arrasada al ser tomada por el asedio, según antes hemos dicho.
Muerto Abilmatadaco tras dieciocho años de reinado, su hijo Eglisar recibe el poder y, tras retenerlo cuarenta años, termina su vida. Después de él, la sucesión del reino pasa a su hijo Labosordaco, y, tras durar en su poder en total nueve meses, muerto él, pasa a Belshatsar, llamado Naboandelo entre los babilonios.
Contra este emprenden campaña Ciro, rey de los persas, y Darío, el de los medos. Y, mientras estaban sitiados los de Bavel, ocurrió un espectáculo admirable y portentoso: estaba recostado, cenando y bebiendo en una gran sala dispuesta para banquetes reales, con sus concubinas y sus amigos.
Y, ocurriéndosele, ordena que se traigan de su propio templo los vasos de Dios que Nabucodonosor había saqueado de Yerushaláyim y que no usaba, sino que había depositado en su propio templo. Y él, llevado por la insolencia hasta usarlos, entre trago y trago y blasfemando contra Dios, ve salir del muro una mano que escribía en la pared unas sílabas.
Turbado por la visión, convocó a los magos y a los caldeos —a todo aquel linaje, cuanto había entre los babilonios capaz de interpretar los signos y los sueños—, para que le revelaran lo escrito.
Como los magos decían no poder hallar ni comprender nada, el rey, por la angustia y la mucha aflicción ante el prodigio, proclamó por todo el país que a quien esclareciera las letras y el sentido revelado por ellas le daría —así lo prometía— un collar de oro para el cuello, una vestidura de púrpura para llevar, como los reyes de los caldeos, y la tercera parte de su propio reino.
Hecha esta proclama, los magos, acudiendo con aún mayor empeño y esforzándose por descifrar las letras, no quedaron menos perplejos.
Al ver al rey abatido por esto, su abuela empezó a animarlo y a decirle que había un cautivo de Judea, traído de allí de nacimiento por Nabucodonosor cuando devastó Yerushaláyim, de nombre Daniel, hombre sabio y hábil para descubrir lo imposible y conocido solo por Dios, el cual, cuando ningún otro pudo decir a Nabucodonosor lo que necesitaba, sacó a la luz lo que se buscaba.
Le pedía, pues, que mandara llamarlo, que averiguara de él lo referente a las letras y que condenara la ignorancia de quienes no las habían descubierto, aunque fuera sombrío lo señalado por Dios.
Al oír esto, Belshatsar llama a Daniel y, tras conversar con él según lo que había sabido acerca de él y de su sabiduría —que un espíritu divino lo asistía y que solo él era el más capaz de descubrir lo que a los demás no se les alcanza—, le pidió que le declarara lo escrito y le manifestara qué significaba; pues, si lo hacía, le daría la púrpura para vestir, el collar de oro al cuello y la tercera parte de su reino, como honra y galardón de su sabiduría, para que por ello llegara a ser muy señalado ante quienes lo vieran y ante quienes preguntaran la causa por la que había obtenido tales cosas.
Daniel le pidió que se quedara con los regalos —pues lo sabio y divino no admite soborno y auxilia gratis a los que lo necesitan—, pero que le revelaría lo escrito, que significaba el fin de su vida, porque ni siquiera con aquello por lo que su antepasado fue castigado, a causa de sus ultrajes contra Dios, había aprendido a ser piadoso ni a no maquinar nada por encima de la naturaleza humana; sino que, aun habiendo pasado Nabucodonosor a la vida de las fieras por sus impiedades y, tras muchas súplicas y ruegos, habiéndosele concedido por misericordia volver a la vida humana y al reino —y por ello, hasta que murió, no cesó de alabar a Dios como dueño de todo poder y providente de los hombres—, él mismo olvidó todo esto, blasfemó mucho contra la divinidad y se servía de aquellos vasos junto con las concubinas.
Al ver Dios estas cosas, se irritó contra él y, mediante lo escrito, anuncia de antemano en qué clase de fin habría de acabar. Las letras revelaban esto: mané; y decía que en lengua griega esto significaría «número», como diciendo que Dios había contado el tiempo de tu vida y de tu reino, y que aún te sobra un breve tiempo. técel: esto significa «peso»; pesando, pues, el tiempo de tu reino, dice, Dios muestra que ya declina. farés: y esto significa «fragmento» en lengua griega; quebrará, por tanto, tu reino y lo repartirá entre los medos y los persas.
Al declarar Daniel que estas letras escritas en la pared significaban esto para el rey, a Belshatsar —como es natural ante cosas tan graves como las reveladas— lo sobrecogieron la aflicción y la desgracia; mas no por haberse convertido en profeta de males dejó de darle los regalos que había prometido, sino que se los concedió todos, considerando que aquello por lo que se le darían era propio de él y de la necesidad, no del que había profetizado, y juzgando que lo pactado era propio de un hombre bueno y justo, aunque fueran sombríos los sucesos por venir; así lo juzgó; y no mucho tiempo después fueron capturados él y la ciudad, al emprender campaña contra él Ciro, rey de los persas: pues es Belshatsar aquel en cuyo tiempo ocurrió la toma de Bavel, tras haber reinado diecisiete años.
Tal es, pues, el fin que, según hemos recibido, tuvieron los descendientes del rey Nabucodonosor. Darío, que con Ciro, su pariente, puso fin al dominio de los babilonios, tenía sesenta y dos años cuando tomó Bavel; era hijo de Astiages, y entre los griegos se llamaba con otro nombre; el cual, tomando también al profeta Daniel, lo llevó consigo a Media y, otorgándole toda honra, lo tenía a su lado: pues era uno de los tres sátrapas que puso al frente de las trescientas sesenta satrapías —pues tantas estableció Darío en aquel reino.
Daniel, hallándose en tal honra y en tan brillante estima ante Darío, y siendo el único a quien este recurría para todo —como a quien se confiaba por tener en sí lo divino—, fue envidiado: pues quienes ven a otros en mayor honra que ellos ante los reyes les tienen envidia.
Y, aunque quienes se irritaban por su prestigio ante Darío buscaban un pretexto de calumnia y acusación contra él, no daba motivo alguno: pues, estando por encima del dinero y despreciando toda ganancia, y pareciéndole vergonzosísimo aceptar algo, aun por aquello que se diera con justicia, no ofrecía a los que lo envidiaban hallazgo alguno de cargos.
Estos, como no tenían nada con que, denunciándolo ante el rey, dañarlo con vergüenza y calumnia en la honra que gozaba, buscaban otro modo con el cual quitarlo de en medio. Al ver, pues, que Daniel oraba a Dios tres veces al día, creyeron haber hallado un pretexto con el cual perderlo.
Y, yendo ante Darío, le comunicaron que a sus sátrapas y gobernadores les había parecido bien conceder al pueblo un plazo de treinta días, para que nadie durante ellos elevara ruego ni súplica a él ni a los dioses; y a quien transgrediera esta disposición decidieron arrojarlo al foso de los leones, para que pereciera.
El rey, sin advertir la maldad ni sospechar que aquello estaba tramado contra Daniel, dijo que le complacían las cosas decididas por ellos y, prometiendo ratificar su propósito, publica un edicto que anunciaba al pueblo lo acordado por los sátrapas.
Y todos los demás, cuidándose de no transgredir lo ordenado, se estaban quietos; pero a Daniel nada de esto le importaba lo más mínimo, sino que, como tenía por costumbre, puesto en pie oraba a Dios a la vista de todos.
Los sátrapas, apenas se les presentó el pretexto que se afanaban en obtener contra Daniel, fueron enseguida ante el rey y lo acusaron, alegando que solo Daniel transgredía lo ordenado —pues ninguno de los demás se atrevía a orar a los dioses, y ello no por impiedad, sino por cautela y observancia nacidas de la envidia—; en efecto, suponían que Darío obraba así por una benevolencia mayor de la que esperaban —como si, aun habiendo Daniel despreciado sus órdenes, fuera a concederle de buen grado el perdón—; y, envidiándole precisamente esto, ni se ablandaban hacia una actitud más clemente, sino que exigían que se lo arrojara, conforme a la ley, al foso de los leones.
Darío, esperando que la divinidad lo salvaría y que no sufriría ningún mal de las fieras, le ordenó sobrellevar con ánimo lo que sucediera; y, arrojado Daniel al foso, tras sellar la piedra que hacía de puerta sobre la boca, se retiró, y pasó toda la noche sin comer y sin dormir, angustiado por Daniel; y, levantándose de día, fue al foso y, hallando intacto el sello con el que había marcado la piedra al dejarla, lo abrió y llamó a gritos a Daniel, preguntándole si estaba a salvo. Como este respondiera al rey y le dijera que no había sufrido nada, ordenó que lo sacaran del foso de las fieras.
Sus enemigos, al ver que Daniel no había sufrido ningún mal, no querían atribuirlo a lo divino y a su providencia, sino que, pensando que los leones estaban saciados de alimento y por eso no habían tocado ni se habían acercado a Daniel, así se lo decían al rey.
El rey, aborreciéndolos por su maldad, ordena que se eche a los leones abundante carne y, una vez saciados estos, mandó arrojar al foso a los enemigos de Daniel, para averiguar si por hartura no se acercarían a ellos los leones.
Y se hizo evidente para Darío, al ser arrojados los sátrapas a las fieras, que lo divino había salvado a Daniel: pues los leones no perdonaron a ninguno de ellos, sino que los despedazaron a todos como si estuvieran muy hambrientos y faltos de alimento. No los excitó, creo, el hambre —saciados poco antes de carne abundante—, sino la maldad de aquellos hombres; pues manifiesta era esta incluso para los animales irracionales, en orden al castigo que sobreviniera por voluntad de Dios.
Muertos, pues, de este modo los que habían conspirado contra Daniel, el rey Darío envió por todo el país alabando al Dios que Daniel adora, y decía que solo él era verdadero y que tenía el poder sobre todas las cosas; y tuvo a Daniel en honra extraordinaria, nombrándolo el primero de sus amigos.
Siendo así tan señalado e ilustre por la fama de ser amado de Dios, Daniel edificó en Ecbatana de Media una fortaleza, obra de bellísima traza y admirablemente ejecutada, que hasta hoy existe y se conserva, y a quienes la ven les parece construida recientemente y hecha el mismo día en que cada cual la contempla: tan nueva y lozana es su hermosura, en nada envejecida por tanto tiempo; pues también les ocurre a las construcciones lo mismo que a los hombres: encanecen, se disuelve su fortaleza con los años y se marchita su gala. En esa fortaleza sepultan a los reyes de los medos, los persas y los partos hasta hoy, y el encargado de su custodia es un sacerdote judío, y así se hace hasta el día de hoy.
Y es digno de este hombre —y lo que más admiraría uno al oírlo— referir también esto: pues le sobreviene de modo asombroso, como a uno de los más grandes, tanto durante el tiempo de su vida como después, la honra y la gloria de parte de los reyes y del pueblo, y, muerto ya, conserva memoria eterna.
Pues los libros que dejó escritos se leen entre nosotros aún ahora, y por ellos hemos creído que Daniel conversaba con Dios: pues no solo profetizaba de continuo lo por venir, como también los demás profetas, sino que además fijaba el tiempo en que ello habría de cumplirse; y, mientras los profetas predecían lo peor y por ello eran mal recibidos por los reyes y el pueblo, Daniel llegó a ser para ellos profeta de bienes, de suerte que, por lo favorable de lo predicho, se atraía la benevolencia de todos, y, por el cumplimiento de sus palabras, cobraba entre las gentes crédito de veracidad y, a la vez, fama de divinidad.
Dejó escrito —con lo cual nos hizo patente la exactitud y la infalibilidad de su profecía— lo siguiente: pues cuenta que, hallándose en Susa, la capital de Persia, cuando salió a la llanura con sus compañeros, produciéndose de repente un temblor y una sacudida de la tierra, quedó solo, huidos sus amigos, y cayó de bruces sobre sus dos manos, turbado, y que alguien lo tocó y, a la vez, le mandó levantarse y ver lo que había de sobrevenir a sus conciudadanos tras muchas generaciones.
Al levantarse, se le mostró —le indicaba— un gran carnero con muchos cuernos que le habían crecido, el último de ellos más alto. Después alzó la vista hacia occidente y vio un macho cabrío que, llevado por el aire desde allí, embistió contra el carnero y, golpeándolo dos veces con los cuernos, lo derribó a tierra y lo pisoteó.
Luego vio que al macho cabrío le brotaba de la frente un cuerno enorme, y que, quebrado este, retoñaban cuatro, vueltos cada uno hacia uno de los vientos. Y de ellos, escribió, surgía otro más pequeño, el cual, al crecer —le decía el Dios que le mostraba estas cosas—, haría guerra a su pueblo, tomaría por la fuerza la ciudad, trastornaría lo referente al Templo e impediría que se ofrecieran los sacrificios durante mil doscientos noventa y seis días.
Esto vio Daniel —escribió— en la llanura de Susa, y que Dios le declaró así la interpretación de aquella visión: decía que el carnero significaba los reinos de los medos y los persas; los cuernos, los que habían de reinar, y el último cuerno, el último rey —pues este sobresaldría entre todos por riqueza y por gloria.
Y que el macho cabrío mostraba que alguno de los griegos reinaría, el cual, enfrentándose al persa, lo vencería dos veces en batalla y tomaría todo el imperio.
Y que por el gran cuerno de la frente del macho cabrío se señalaba al primer rey; y el brote de los cuatro, tras caer aquel, y su vuelta hacia las cuatro regiones de la tierra, mostraban a los sucesores que, tras la muerte del primer rey, aparecerían cada uno por su lado, y el reparto del reino entre ellos, quienes, sin ser hijos suyos ni parientes, gobernarían el mundo durante muchos años.
Y que de estos surgiría cierto rey que haría guerra al pueblo y a sus leyes, les arrebataría el régimen conforme a ellas, saquearía el Templo e impediría que se ofrecieran los sacrificios durante tres años.
Y, en efecto, esto le tocó padecer a nuestro pueblo bajo Antíoco Epífanes, tal como lo vio Daniel y, muchos años antes, escribió lo que había de suceder. Del mismo modo, Daniel escribió también acerca del dominio de los romanos, y que por ellos sería asolado.
Todo esto, mostrándoselo Dios, lo dejó él escrito; de suerte que quienes lo leen y observan lo que sucede se admiran de la honra concedida por Dios a Daniel, y de ahí descubren cuán errados están los epicúreos, que apartan de la vida a la Providencia y no admiten que Dios gobierne los asuntos, ni que el conjunto de las cosas sea regido por una esencia dichosa e incorruptible en orden a la permanencia del todo, sino que dicen que el mundo se mueve por sí mismo, sin auriga y sin cuidado.
El cual, si estuviera sin guía de ese modo —como también vemos que las naves privadas de piloto se hunden por los vientos, o los carros vuelcan al no tener quien los conduzca—, se habría destrozado y perecido, arruinado por una desgracia carente de providencia.
Así pues, por lo predicho por Daniel, me parece que se apartan muy lejos de la opinión verdadera quienes declaran que Dios no tiene providencia alguna sobre las cosas humanas: pues, si sucediera que el mundo se rige por algún automatismo, no veríamos cumplirse todo conforme a la profecía de aquel.
Yo, por mi parte, he escrito sobre esto tal como lo hallé y lo leí; y si alguien quiere opinar de otro modo acerca de ello, téngase por libre de reproche su distinto parecer.