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Libros · Clásicos del judaísmo

Antigüedades de los judíos II

Libros XI–XX: del retorno de Bavel a la víspera de la guerra

Flavio Josefo

10 capítulosHebreo y español

Capítulo I

Libro undécimo

En el primer año del reinado de Ciro —que era el septuagésimo desde el día en que nuestro pueblo hubo de ser trasladado de su tierra a Bavel— se apiadó Dios del cautiverio y de la desdicha de aquellos desventurados, y tal como se lo había anunciado por medio del profeta Yirmiyahu antes de que la ciudad fuera arrasada —que, después de servir a Nabucodonosor y a sus descendientes y de soportar esa servidumbre durante setenta años, los restituiría de nuevo a la tierra de sus padres, y edificarían el Templo y gozarían de su antigua prosperidad—, todo eso se lo concedió.

Pues movió el ánimo de Ciro y le hizo escribir por toda Asia lo siguiente: «Así habla el rey Ciro: puesto que el Dios altísimo me ha designado rey de la tierra habitada, estoy persuadido de que él es aquel a quien adora el pueblo de los israelitas. Porque anunció mi nombre por medio de los profetas, y que yo edificaría su Templo en Yerushaláyim, en la tierra de Judea.»

Esto lo supo Ciro leyendo el libro que Yeshayahu había dejado de su profecía doscientos diez años antes; pues este había dicho que Dios le declaraba en secreto lo siguiente: «Quiero yo, tras haber designado a Ciro rey de muchas y grandes naciones, enviar a mi pueblo a su propia tierra y edificar mi Templo.» Esto profetizó Yeshayahu ciento cuarenta años antes de que el Templo fuera arrasado. Así pues, Ciro, al leer esto y admirar lo divino, sintió un impulso y una noble ambición de cumplir lo escrito; y, llamando a los más ilustres de los judíos que estaban en Bavel, les dijo que les permitía marchar a su patria y reedificar la ciudad de Yerushaláyim y el Templo de Dios, pues él mismo sería su aliado en esto, y escribiría a los gobernadores y sátrapas suyos vecinos de aquella tierra para que les aportaran oro y plata para la edificación del Templo y, además, reses para los sacrificios.

Anunciado esto por Ciro a los israelitas, los jefes de las dos tribus, la de Yehudá y la de Binyamín, junto con los leviim y los sacerdotes, partieron hacia Yerushaláyim. Pues muchos permanecieron en Bavel, no queriendo abandonar sus posesiones. Y al llegar ellos, todos los amigos del rey los ayudaban y contribuían a la construcción del Templo: unos con oro, otros con plata, otros con multitud de reses y con caballos. Y cumplían sus votos a Dios y celebraban los sacrificios acostumbrados desde antiguo, como si la ciudad les estuviera siendo reconstruida y reviviera la antigua costumbre del culto. Ciro les devolvió también los utensilios de Dios que el rey Nabucodonosor había saqueado del Templo y llevado a Bavel. Los entregó a Mitrídates, su tesorero, para que los llevara, con orden de darlos a Abasar, para que los guardara hasta la edificación del Templo, y una vez concluida esta, los entregara a los sacerdotes y a los jefes del pueblo, para depositarlos en el Templo.

Ciro envía también una carta a los sátrapas de Siria, que decía así: «El rey Ciro saluda a Sisines y a Sarabazanes. A los judíos que habitan en mi territorio he concedido que quienes lo deseen, volviendo a su propia patria, reedifiquen la ciudad y edifiquen el Templo de Dios en Yerushaláyim, en el mismo lugar en que antes estaba. He enviado también a mi tesorero Mitrídates y a Zerubavel, el jefe de los judíos, para que echen los cimientos del Templo y lo edifiquen con una altura de sesenta codos y otro tanto de anchura, construyendo tres hiladas de piedra tallada y una de madera del país; e igualmente un altar sobre el cual sacrifiquen a Dios. Y quiero que el gasto de todo esto salga de mis propios recursos. Y los utensilios que el rey Nabucodonosor saqueó del Templo, los he enviado entregándolos a Mitrídates el tesorero y a Zerubavel el jefe de los judíos, para que los trasladen a Yerushaláyim y los repongan en el Templo de Dios.

»El número de ellos es este: cincuenta enfriadores de oro, cuatrocientos de plata; cincuenta copas tericleas de oro, cuatrocientas de plata; cincuenta cántaros de oro, quinientos de plata; cuarenta vasos de libación de oro, trescientos de plata; treinta cuencos de oro, dos mil cuatrocientos de plata; y otros mil vasos grandes. Les concedo también el tributo acostumbrado de sus antepasados en reses, vino y aceite, doscientas cinco mil quinientas dracmas, y para la sémola de trigo veinte mil quinientas artabas. Ordeno que este suministro provenga de los tributos de Shomrón. Estos sacrificios los ofrecerán los sacerdotes en Yerushaláyim según las leyes de Moshé, y al ofrecerlos rogarán a Dios por la salvación del rey y de su linaje, para que el reino de los persas se mantenga. A quienes desobedezcan esto y lo invaliden, quiero que sean crucificados y que sus bienes pasen a ser del rey.»

Esto declaraba la carta. De los que volvieron del cautiverio a Yerushaláyim había cuarenta y dos mil cuatrocientos sesenta y dos.

Mientras echaban los cimientos del Templo y se afanaban mucho en su edificación, los pueblos de alrededor, y sobre todo el de los cuteos —a quienes Salmanasar, rey de los asirios, había traído de Persia y de Media y asentado en Shomrón cuando desterró al pueblo de los israelitas—, instaban a los sátrapas y a los encargados a estorbar a los judíos, tanto en la reconstrucción de la ciudad como en la edificación del Templo. Y ellos, sobornados con dinero, vendieron a los cuteos su desidia y negligencia respecto de los judíos en cuanto a la obra; pues Ciro, ocupado en otras guerras, ignoraba estas cosas, y al hacer campaña contra los maságetas le sucedió morir enseguida.

Al recibir el reino Cambises, hijo de Ciro, los que estaban en Siria, Fenicia, Amanítide, Moabítide y Shomrón escriben a Cambises una carta que declaraba lo siguiente: «Señor: tus siervos Rátimo, que registra todos los asuntos, y Semelio el escriba, y los jueces del consejo de Siria y Fenicia. Debes saber, oh rey, que los judíos que fueron llevados a Bavel han venido a nuestra tierra y edifican la ciudad rebelde y malvada, y sus plazas, y reparan sus murallas y levantan un templo. Sabe además que, si esto se realiza, ni consentirán en pagar tributos ni querrán obedecer, sino que se opondrán a los reyes y preferirán mandar antes que obedecer. Así pues, estando en marcha las obras del templo y afanándose por rematarlas, nos ha parecido bien escribirte, oh rey, y no dejarlo pasar, para que examines los libros de tus padres; pues hallarás en ellos que los judíos son rebeldes y enemigos de los reyes, y su ciudad, que por esto también ahora ha quedado desolada. Nos ha parecido también declararte esto, que quizá ignoras: que, reconstruida así la ciudad y ceñida por el círculo de sus murallas, te queda cerrado el camino hacia Celesiria y Fenicia.»

Cambises, al leer la carta, siendo de suyo malvado, se conmueve por lo declarado y escribe lo siguiente: «El rey Cambises a Rátimo, que registra los sucesos, y a Belzemo, y a Semelio el escriba, y a los demás asociados a ellos que habitan en Shomrón y Fenicia, dice lo siguiente. Al leer las cartas enviadas por vosotros, ordené examinar los libros de mis antepasados, y se halló que la ciudad ha sido siempre enemiga de los reyes, y que sus habitantes han urdido revueltas y guerras, y supimos que sus reyes fueron poderosos y violentos, y que impusieron tributos a Celesiria y Fenicia. Yo, por tanto, he ordenado no permitir a los judíos edificar la ciudad, para que no crezca más su maldad, la que no han cesado de emplear contra los reyes.»

Leídas estas cartas, Rátimo y Semelio el escriba y los asociados a ellos, montando al punto a caballo, se apresuraron hacia Yerushaláyim llevando consigo una gran multitud, e impidieron a los judíos edificar la ciudad y el Templo. Y así quedaron detenidas estas obras hasta el segundo año del reinado de Darío el persa, por otros nueve años más; pues Cambises, tras reinar seis años y someter en ellos a Mitsraim, murió a su regreso en Damasco.

Tras la eliminación de los magos —quienes, después de la muerte de Cambises, retuvieron el poder de los persas durante un año—, las llamadas siete casas de los persas proclamaron rey a Darío, hijo de Histaspes. Este, siendo aún un particular, había hecho voto a Dios de que, si llegaba a ser rey, enviaría al Templo de Yerushaláyim todos los utensilios de Dios que aún quedaban en Bavel. Sucedió que por aquel tiempo había llegado ante Darío, desde Yerushaláyim, Zerubavel, que había sido designado jefe de los judíos cautivos; pues de antiguo tenía amistad con el rey, por la cual había sido juzgado digno de ser uno de sus tres guardias de corps, junto con otros dos, y gozaba del honor que esperaba.

En el primer año de su reinado, Darío recibe espléndidamente y con gran aparato a los de su corte y a los nacidos en su casa, y a los jefes de los medos y a los sátrapas de Persia y a los toparcas desde la India hasta Etiopía, y a los generales de las ciento veintisiete satrapías. Y cuando, tras banquetear hasta la saciedad y el hartazgo, se retiraron a dormir cada uno en su morada, el rey Darío, al ir a su lecho y descansar un poco de la noche, se despierta, y no pudiendo ya volver a conciliar el sueño, se pone a conversar con sus tres guardias de corps. Y promete que a quien exponga el razonamiento más verdadero y sensato sobre aquello que él va a interrogar, a ese le dará como premio de la victoria vestir púrpura, beber en copas de oro, dormir sobre oro, un carro con freno de oro, una tiara de lino fino y un collar de oro, y que después de él tendrá el primer asiento por su sabiduría, «y será llamado —dijo— pariente mío».

Habiéndoles prometido concederles estos dones, pregunta al primero si el vino prevalece; al segundo, si los reyes; y al tercero, si las mujeres, o más que estos la verdad. Habiéndoles propuesto esto para que lo indagaran, se quedó tranquilo. Al amanecer, mandó llamar a los magnates y sátrapas y toparcas de Persia y de Media, y sentándose donde solía despachar los asuntos, ordenó a cada uno de los guardias de corps que, en presencia de todos, declarara lo que le parecía sobre las cuestiones planteadas.

Y el primero comenzó a hablar del poder del vino, exponiéndolo así: «Varones —dijo—, yo, al juzgar la fuerza del vino, la hallo superior a todo por esta razón: hace tropezar el entendimiento de quienes lo beben y lo engaña, y pone la mente del rey igual a la del huérfano necesitado de tutor, e incita la del esclavo a la libre franqueza del hombre libre, y la del pobre se vuelve igual a la del rico. Pues transforma y regenera las almas cuando entra en ellas, y a los que se hallan en desgracia les apaga la pena, y a los que han contraído deudas ajenas los lleva al olvido y les hace parecer los más ricos de todos, de modo que nada mezquino profieren, sino que hablan de talentos y de los títulos que corresponden a los prósperos. Más aún: vuelve insensibles a generales y a reyes, y borra el recuerdo de amigos y allegados; pues arma a los hombres contra sus seres más queridos y les hace parecer los más extraños de todos. Y cuando resulta que se serenan y el vino los deja, tras dormir durante la noche, se levantan sin saber nada de lo que hicieron en la embriaguez. Por estas razones yo juzgo que el vino domina sobre todo y es lo más poderoso.»

Cuando el primero, tras declarar lo dicho sobre la fuerza del vino, cesó, el que le seguía comenzó a hablar del poder del rey, mostrándolo como el más fuerte y capaz por encima de los demás, más que cuanto parece tener fuerza o inteligencia. Y tomó de aquí el modo de su demostración: «De todo —dijo— tienen dominio los hombres, que fuerzan a la tierra y hacen que el mar les sea útil para lo que quieren; y de estos mandan los reyes y tienen la autoridad. Y quienes son señores del ser más fuerte y poderoso, con razón serían insuperables en poder y en fuerza. En efecto, cuando ordenan guerras y peligros, son obedecidos por sus súbditos, y al enviarlos contra los enemigos los tienen dóciles por su fuerza; y ordenan allanar montes, derribar murallas y torres, y los que reciben la orden soportan matar y ser muertos, para no parecer que transgreden las órdenes del rey; y una vez vencedores, llevan al rey el provecho de la guerra. Y los que no van a la guerra, sino que labran la tierra y aran, cuando, tras fatigarse y soportar toda la penalidad de las labores, siegan y recogen los frutos, llevan los tributos al rey. Y lo que él diga y ordene, eso se hace por necesidad, sin que nadie se retrase en nada. Además, mientras él, colmado de todo lujo y placer, duerme, es guardado por quienes velan y están como atados por el temor; pues ninguno se atreve a dejarlo mientras duerme ni a retirarse a ocuparse de sus propios asuntos, sino que, teniendo por única obra necesaria guardar al rey, a esto se atiene. ¿Cómo, pues, no parecerá que el rey supera la fuerza de todos, cuando tan gran multitud le obedece cuando manda?»

Callado también este, el tercero, Zerubavel, comenzó a instruirlos acerca de las mujeres y de la verdad, hablando así: «Fuerte es el vino, y fuerte el rey, a quien todos obedecen; pero más poderosas que estos son las mujeres. Pues a la luz sacó al rey una mujer, y a los que plantaron las viñas que producen el vino los engendraron y criaron mujeres; y, en suma, no hay nada que no tengamos de ellas, pues ellas nos tejen los vestidos, y por ellas la casa recibe cuidado y guarda. Y no nos es posible separarnos de las mujeres, sino que, aun habiendo adquirido mucho oro y plata y cualquier otra cosa preciosa y digna de afán, cuando vemos una mujer hermosa, dejando todo aquello, quedamos boquiabiertos ante la belleza de la que vemos y consentimos en ceder cuanto tenemos, con tal de gozar y participar de su hermosura. Abandonamos también a padres y madres y a la tierra que nos crió, y a menudo olvidamos a los más queridos por causa de las mujeres, y hasta soportamos entregar por ellas nuestra vida. Y del modo siguiente comprenderéis mejor la fuerza de las mujeres: ¿acaso no, fatigándonos y soportando toda penalidad por tierra y por mar, cuando de nuestros afanes nos sobra algo, se lo llevamos y se lo damos a las mujeres como a señoras? Y al rey mismo, señor de tantos, lo vi una vez abofeteado por Apama, hija de Rabezaces el Temasio y concubina suya; y ella le quitaba la diadema y se la ponía en su propia cabeza, y él lo soportaba, y si ella sonreía él sonreía, y si se enojaba él se entristecía, y con los cambios de humor de ella halagaba a la mujer y la reconciliaba rebajándose en extremo, cada vez que la veía disgustada.»

Mientras los sátrapas y jefes se miraban unos a otros, comenzó a hablar de la verdad: «He mostrado —dijo— cuánto pueden las mujeres; pero más débiles que la verdad son ellas y también el rey. Pues si la tierra es grandísima y alto el cielo y veloz el sol, y todo esto se mueve según la voluntad de Dios, y él es veraz y justo, por esa misma causa hay que tener también la verdad por lo más fuerte, y nada injusto puede contra ella. Más aún: las demás cosas que tienen fuerza resultan ser mortales y de vida efímera, mas la verdad es cosa inmortal y eterna. Nos ofrece no una belleza que se marchita con el tiempo ni una riqueza que la fortuna arrebata, sino lo justo y lo legítimo, distinguiendo de ellos lo injusto y refutándolo.»

Zerubavel concluye su discurso sobre la verdad, y al aclamar la multitud que había hablado óptimamente, y que solo lo verdadero tiene una fuerza inmutable y sin vejez, el rey le ordenó que pidiera algo más de lo que él mismo había prometido; pues se lo daría por ser sabio y haberse mostrado más sensato que los demás. «Y te sentarás a mi lado —dice— y serás llamado pariente mío.» Dicho esto, Zerubavel le recordó el voto que había hecho por si obtenía el reino: este sería edificar Yerushaláyim, construir en ella el Templo de Dios y restituir los utensilios que Nabucodonosor había saqueado y llevado a Bavel. «Y esta —dijo— es mi petición, la que ahora me permites hacer, juzgado sabio y sensato.»

Complacido con esto, el rey se levantó, lo besó y escribió a los toparcas y sátrapas ordenándoles que escoltaran a Zerubavel y a los que con él iban a partir para la edificación del Templo. Escribió también a los de Siria y Fenicia que, cortando maderas de cedro del Líbano, las llevaran a Yerushaláyim y le ayudaran a reconstruir la ciudad; y a todos los cautivos que partían a Judea escribió que fueran libres. Y prohibió a sus intendentes y sátrapas imponer a los judíos las cargas reales, y les eximió de tributos toda la tierra que pudieran ocupar. Ordenó también a los idumeos, a los samaritanos y a los de Celesiria que devolvieran las aldeas de los judíos que retenían, y además que se dieran cincuenta talentos para la edificación del santuario. Les permitió ofrecer los sacrificios acostumbrados, y dispuso que todo el suministro y la vestidura sagrada con que sirven a Dios el sumo sacerdote y los sacerdotes salieran de sus propios recursos; y para los leviim, los instrumentos con que cantan himnos a Dios. Y a los guardianes de la ciudad y del Templo ordenó que se les dieran lotes de tierra y, cada año, cierta cantidad fija de plata para su sustento; y que se enviaran también los utensilios. Y todo cuanto Ciro antes que él había querido acerca de la restauración de los judíos, eso mismo dispuso también Darío.

Habiendo, pues, obtenido esto del rey, Zerubavel, al salir del palacio y alzar la mirada al cielo, comenzó a dar gracias a Dios por la sabiduría y por la victoria que con ella había obtenido en presencia de Darío; pues no habría alcanzado esto —dice— de no haberte hallado a ti, HaShem, propicio. Así pues, tras dar gracias a Dios por lo presente y pedirle que lo mantuviera igual para lo venidero, llegó a Bavel y anunció a sus compatriotas la buena nueva de parte del rey. Al oírlo, ellos dan gracias a Dios por devolverles de nuevo la tierra de sus padres, y entregándose a la bebida y a las fiestas pasaron siete días banqueteando y celebrando la recuperación y el renacimiento de su patria.

Después eligieron, de las tribus paternas, a los jefes que habían de subir a Yerushaláyim con mujeres, hijos y bestias de carga; los cuales, escoltados por orden de Darío, marchaban hasta Yerushaláyim con alegría y regocijo, al son de salterios, flautas y címbalos. Y los despedía también el resto de la multitud de los judíos que quedaba, con festejo. Así, pues, partieron, siendo de cada linaje paterno un número determinado. Mas a mí no me pareció bien enumerar los nombres de los linajes, para no distraer el entendimiento de los lectores del hilo de los hechos y hacerles difícil de seguir el relato.

El total de los que partían, mayores de doce años de edad, de la tribu de Yehudá y de Binyamín, era de cuatro millones seiscientos veintiocho mil; los leviim, setenta y cuatro; y de mujeres y niños juntos, cuarenta mil setecientas cuarenta y dos personas. Además de estos, había leviim cantores de himnos, ciento veintiocho; porteros, ciento diez; siervos sagrados, trescientos noventa y dos; y, aparte de ellos, otros que decían ser de los israelitas pero no podían demostrar su linaje, seiscientos cincuenta y dos. Fueron también excluidos del sacerdocio, de su dignidad, los que habían tomado mujeres cuyo linaje ni ellos mismos podían decir ni se hallaban en las genealogías de los leviim y sacerdotes; eran unos quinientos veinticinco. La multitud de servidores que seguía a los que subían a Yerushaláyim era de siete mil trescientos treinta y siete; cantores y cantoras, doscientos cuarenta y cinco; camellos, cuatrocientos treinta y cinco; bestias de carga, cinco mil quinientas veinticinco.

El jefe de la multitud enumerada era Zerubavel, hijo de Salatiel, de los hijos de David, de la tribu de Yehudá, y Yehoshúa, hijo de Yosedec el sumo sacerdote. Junto a estos, Mordejái y Serebeo, elegidos de entre la multitud, eran los jefes, quienes aportaron cien minas de oro y cinco mil de plata. Así, pues, los sacerdotes y los leviim y una parte de todo el pueblo de los judíos que estaba en Bavel se asentaron en Yerushaláyim; el resto de la multitud regresó a sus propias patrias.

En el mes séptimo de su salida de Bavel, el sumo sacerdote Yehoshúa y Zerubavel el jefe, enviando mensajeros por todas partes, reunieron en Yerushaláyim a los que estaban por el país, en masa, sin escatimar diligencia alguna, y construyeron un altar en el mismo lugar donde antes había estado edificado, para ofrecer sobre él a Dios los sacrificios legítimos según las leyes de Moshé. Al hacer esto, no complacían a los pueblos vecinos, que todos los aborrecían. Celebraron también la fiesta de las Cabañas por aquel tiempo, tal como el legislador dispuso acerca de ella, y después las ofrendas y los llamados sacrificios continuos y los sacrificios de cada Shabat y de todas las fiestas santas; y los que habían hecho votos los cumplían sacrificando desde el novilunio del mes séptimo.

Comenzaron también la edificación del Templo, dando mucho dinero a los canteros y carpinteros y lo necesario para el sustento de los que traían los materiales; y a los sidonios les resultaba grato y ligero bajar las maderas de cedro del Líbano, atarlas, formar una balsa y transportarlas al puerto de Yafo; pues esto lo ordenó primero Ciro, y entonces se hacía por orden de Darío. En el segundo año del regreso de los judíos a Yerushaláyim, habiendo llegado en el mes segundo, se proseguía la construcción del Templo; y levantando los cimientos, el primer día del mes segundo del año segundo edificaban sobre ellos, poniendo al frente de las obras a los leviim que ya tenían veinte años cumplidos, y a Yehoshúa y a sus hijos y a sus hermanos, y a Zodmuel, hermano de Yehudá el de Aminadab, y a sus hijos.

Y el Templo, empleando toda diligencia los encargados de su cuidado, llegó a su término más rápido de lo que alguien hubiera esperado. Concluido el santuario, con trompetas los sacerdotes, ataviados con sus vestiduras habituales, y los leviim y los hijos de Asaf se levantaron y cantaron himnos a Dios, tal como David fue el primero en mostrar la bendición hacia él. Pero los sacerdotes y los leviim y los ancianos de los linajes, recordando en su memoria el Templo anterior, grandísimo y suntuosísimo, y viendo el actual, por su pobreza más pobre que el edificado antaño, y calculando cuánto habían decaído de su antigua prosperidad y de la dignidad del Templo, se abatían, y no pudiendo dominar la pena por ello, prorrumpían en lamentos y lágrimas. El pueblo, en cambio, se contentaba con lo presente, y con el solo hecho de haber edificado el santuario, sin hacer caso ni recuerdo del anterior, ni atormentarse comparándose con aquel, como si tuvieran menos de lo que suponían. Pero sobre el son de las trompetas y la alegría de la multitud resonaba más alto el lamento de los ancianos y sacerdotes por aquello en que juzgaban que el Templo era menor que el destruido.

Al oír el estruendo de las trompetas, los samaritanos —pues resultaba que aborrecían a la tribu de Yehudá y a la de Binyamín— acudieron corriendo, queriendo enterarse de la causa del alboroto. Y al saber que los que habían sido llevados cautivos a Bavel de entre los judíos reconstruían el santuario, se acercan a Zerubavel, a Yehoshúa y a los jefes de los linajes, pidiendo que se les permitiera ayudar a construir el Templo y participar en la edificación: «Pues no menos que ellos —decían— veneramos a Dios, y a él suplicamos y somos deseosos de su culto desde el tiempo en que Salmanasar, rey de los asirios, nos trasladó aquí desde Cutia y Media.» Al pronunciar ellos estas palabras, Zerubavel y Yehoshúa el sumo sacerdote y los jefes de los linajes de los israelitas les respondieron que les era imposible participar en la edificación, habiendo recibido ellos la orden de construir el Templo, primero de Ciro y ahora de Darío; pero que les permitían adorar, y que esto solo sería común, si querían, con ellos y con todos los hombres que acudieran al santuario: venerar a Dios.

Al oír esto los cuteos —pues los samaritanos tienen este apelativo—, se indignaron y persuaden a los pueblos de Siria de que rogaran a los sátrapas, del mismo modo que antes en tiempo de Ciro y luego, tras él, en tiempo de Cambises, que detuvieran la construcción del Templo, y de que urdieran demora y dilación a los judíos que se afanaban en ella. Por este tiempo, habiendo subido a Yerushaláyim Sisines, prefecto de Siria y Fenicia, y Sarabazanes, con algunos otros, y preguntando a los jefes de los judíos quién les había permitido edificar así el Templo, de modo que fuera más una fortaleza que un santuario, y por qué habían rodeado la ciudad de pórticos y murallas tan sólidas, Zerubavel y el sumo sacerdote Yehoshúa respondieron que ellos eran siervos del Dios altísimo, y que este Templo, edificado para él por un rey suyo próspero y superior a todos en virtud, había perdurado largo tiempo; pero que, habiendo obrado impíamente sus padres contra Dios, Nabucodonosor, rey de los babilonios y caldeos, tomó la ciudad por la fuerza, la demolió, saqueó el Templo y lo incendió, y deportó al pueblo, llevándolo cautivo a Bavel; y que Ciro, rey de Bavel y de Persia después de él, escribió que se edificara el Templo, y entregando a Zerubavel y a Mitrídates el tesorero todas las ofrendas y utensilios que Nabucodonosor había sacado de él, ordenó llevarlos a Yerushaláyim y reponerlos de nuevo en su propio Templo, una vez edificado.

«Pues ordenó que esto se hiciera con presteza, mandando a Sabasar subir a Yerushaláyim y encargarse de la edificación del Templo. Este, tras recibir de Ciro las cartas, apenas llegado echó los cimientos; y desde aquel tiempo, aunque se ha ido construyendo hasta ahora, por la malicia de los enemigos está inacabado. Así pues, si queréis y lo aprobáis, escribid esto a Darío, para que, examinando las memorias de los reyes, halle que en nada de lo que decimos hemos mentido.» Dicho esto por Zerubavel y el sumo sacerdote, Sisines y los que con él estaban no resolvieron detener la edificación hasta que esto se declarara a Darío, y al punto le escribieron sobre ello.

Estando los judíos amedrentados y temerosos de que el rey mudara de parecer sobre la construcción de Yerushaláyim y del Templo, había entre ellos en aquel tiempo dos profetas, Jagái y Zejaryá, que los animaban a tener valor y a no recelar nada penoso de parte de los persas, pues Dios les predecía esto. Y creyendo a los profetas, se aplicaban con ahínco a la edificación, sin cejar un solo día. Darío, habiéndole escrito los samaritanos y acusando por carta a los judíos de que fortificaban la ciudad y edificaban el Templo más semejante a una fortaleza que a un santuario, y diciendo que no le convenía lo que se hacía, y mostrando además las cartas de Cambises por las que aquel había prohibido edificar el Templo, informado por ellos de que la restauración de Yerushaláyim no sería segura para sus asuntos, y habiendo leído también las cartas traídas por Sisines y los que con él estaban, ordenó que se buscara en las memorias reales lo referente a esto.

Y se halló en Ecbatana, la fortaleza de Media, un libro en el que estaba escrito lo siguiente: «En el primer año de su reinado, el rey Ciro ordenó edificar el Templo de Yerushaláyim y el altar, con una altura de sesenta codos y otro tanto de anchura, mediante tres hiladas de piedra tallada a la fuerza y una hilada de madera del país; y dispuso que el gasto de esto saliera de los recursos del rey, y que los utensilios que Nabucodonosor saqueó y llevó a Bavel fueran devueltos a los habitantes de Yerushaláyim; y que el cuidado de esto correspondiera a Anabasar, prefecto y gobernador de Siria y Fenicia, y a sus compañeros, para que ellos se abstuvieran del lugar y permitieran a los siervos de Dios, los judíos y sus jefes, edificar el Templo. Y dispuso también contribuir a la obra, y que del tributo de la región que administraban se pagara a los judíos, a cuenta de los sacrificios, toros, carneros, corderos, cabritos, sémola, aceite, vino y lo demás que los sacerdotes indicaran; y que rogaran por la salvación del rey y de los persas. Y a los que transgredieran algo de lo ordenado mandó que, apresados, fueran crucificados y que sus bienes se incorporaran a la posesión real. Y además de esto suplicó a Dios que, si alguien intentaba impedir la edificación del Templo, Dios lo derribara y lo contuviera de la injusticia.»

Habiendo hallado esto en las memorias de Ciro, Darío responde por escrito a Sisines y a sus compañeros lo siguiente: «El rey Darío saluda a Sisines el prefecto y a Sarabazanes y a sus compañeros. Os he enviado la copia de la carta que hallé en las memorias de Ciro, y quiero que se haga todo tal como en ella se contiene. Adiós.» Enterados, pues, por la carta Sisines y los que con él estaban de la voluntad del rey, resolvieron obrar en lo demás conforme a ella. Así que supervisaban las obras sagradas, colaborando con los ancianos de los judíos y con los jefes de los mayores. Y avanzaba con mucha diligencia la construcción del Templo, profetizando Jagái y Zejaryá por mandato de Dios y con el consentimiento de los reyes Ciro y Darío; y fue edificado en siete años.

En el año noveno del reinado de Darío, el día veintitrés del mes duodécimo, que entre nosotros se llama Adar y entre los macedonios Distro, ofrecen sacrificios los sacerdotes y los leviim y el resto de la multitud de los israelitas, en renovación de los bienes de antes, tras el cautiverio, por haber recobrado el santuario renovado: cien toros, doscientos carneros, cuatrocientos corderos y doce machos cabríos por tribu —pues tantas son las tribus de los israelitas—, por aquello en que cada una había pecado. Y establecieron, según las leyes de Moshé, los sacerdotes y los leviim porteros en cada puerta; pues los judíos habían edificado también los pórticos que rodean el Templo, del santuario interior.

Al llegar la fiesta de los panes ázimos en el primer mes —el que los macedonios llaman Xántico y nosotros Nisán—, todo el pueblo afluyó de las aldeas a la ciudad, y celebraron la fiesta purificándose, junto con sus mujeres e hijos, según la ley de los padres. El día catorce de ese mismo mes ofrecieron el sacrificio llamado Pésaj y luego festejaron durante siete días sin escatimar en magnificencia: presentaban a Dios holocaustos y le ofrecían sacrificios de acción de gracias, en reconocimiento de que el Ser divino, echándolos de menos, los había devuelto a la tierra de sus padres y a las leyes que en ella rigen, y había dispuesto benévolo hacia ellos el ánimo del rey de los persas.

Así, pródigos en sacrificios y en su celo por Dios en agradecimiento por todo esto, se establecieron en Yerushaláyim bajo un régimen aristocrático con rasgos de oligarquía, pues los sumos sacerdotes estuvieron al frente de los asuntos hasta que llegaron a reinar los descendientes de Asamoneo. Antes del cautiverio y del destierro los había gobernado la monarquía, empezando primero por Shaúl y David, durante quinientos treinta y dos años, seis meses y diez días; y antes de estos reyes los dirigían magistrados llamados jueces y monarcas. Gobernándose de este modo pasaron más de quinientos años después de la muerte de Moshé y de Yehoshúa, el caudillo. Esto fue, pues, lo que ocurrió con los judíos rescatados del cautiverio en tiempos de Ciro y de Darío.

Los samaritanos, hostiles y llenos de envidia hacia ellos, causaron muchos males a los judíos, confiados en su riqueza y pretendiendo un parentesco con los persas, ya que de allí procedían. Cuanto se les había ordenado aportar a los judíos, de los tributos, por mandato del rey para los sacrificios, se negaban a entregarlo, y tenían de su parte a los prefectos, que se esforzaban y colaboraban con ellos en esto; y no vacilaban en cualquier otro daño que, por sí mismos o por medio de otros, pudieran hacer a los judíos. Por ello los habitantes de Yerushaláyim decidieron enviar embajadores al rey Darío para acusar a los samaritanos, y fueron como embajadores Zerubavel y otros cuatro de los jefes.

Cuando el rey conoció por los embajadores las quejas y los cargos que presentaban contra los samaritanos, les dio para llevar una carta a los prefectos de Shomrón y despidió al consejo. Lo escrito era lo siguiente: «El rey Darío a Taganás y Sambás, prefectos, y a los samaritanos Sadraques y Bouedón y a los demás compañeros de servidumbre suyos que están en Shomrón. Zerubavel, Ananías y Mordejái, embajadores de los judíos, os han acusado de estorbarlos en la construcción del Templo y de no proveerles los gastos que os ordené aportar para sus sacrificios. Quiero, pues, que, leída esta carta, les proveáis del tesoro real de los tributos de Shomrón todo cuanto les sea útil para los sacrificios, conforme lo pidan los sacerdotes, para que no dejen de ofrecer cada día sus sacrificios ni de rogar a Dios por mí y por los persas». Esto contenía la carta.

Muerto Darío, su hijo Jerjes, al recibir el reino, heredó también su piedad y su respeto hacia Dios: en todo lo relativo al culto obró siguiendo a su padre, y fue con los judíos extremadamente generoso. Por aquel tiempo el sumo sacerdote se llamaba Yoyakim, hijo de Yehoshúa. Había también en Bavel un hombre justo y de buena fama entre el pueblo, llamado primer sacerdote de Dios, de nombre Ezra, quien, muy versado en las leyes de Moshé, se hizo amigo del rey Jerjes. Habiendo resuelto subir a Yerushaláyim y llevar consigo a algunos de los judíos que se hallaban en Bavel, pidió al rey que le diera una carta para los sátrapas de Siria, con la que se les hiciese saber quién era.

El rey escribió a los sátrapas una carta así: «El rey de reyes Jerjes a Ezra, sacerdote y lector de las leyes de Dios, salud. Considerando obra propia de mi humanidad que quienes lo deseen, del pueblo de los judíos y de los leviim que están en mi reino, partan juntos hacia Yerushaláyim, lo he dispuesto así, y el que quiera, que vaya, tal como me ha parecido a mí y a mis siete consejeros, para que examinen los asuntos de Judea conforme a la ley de Dios y lleven presentes al Dios de Israel, los que yo y mis amigos hemos prometido. Y toda la plata y el oro que se halle en el país de los babilonios consagrado a Dios, que todo ello se lleve a Yerushaláyim para Dios, para los sacrificios; y cuanto quieras hacer de plata y de oro, te sea permitido hacerlo con tus hermanos. Los vasos sagrados que te han sido entregados los consagrarás, y cuanto te venga a la mente lo llevarás además a cabo, sufragando el gasto de ello del tesoro real. He escrito también a los tesoreros de Siria y de Fenicia, para que se ocupen de lo que les encargue Ezra, el sacerdote y lector de las leyes de Dios. Y para que ninguna cólera caiga sobre mí ni sobre mis descendientes de parte del Ser divino, pido que se cumpla para Dios todo, hasta cien coros de trigo, según la ley. Y a vosotros os digo que no impongáis a los sacerdotes, ni a los leviim, ni a los cantores del Templo, ni a los porteros, ni a los servidores sagrados, ni a los escribas del Templo, tributo alguno, ni recaiga sobre ellos ninguna otra carga insidiosa u onerosa. Y tú, Ezra, conforme a la sabiduría de Dios, nombra jueces, para que juzguen en Siria y en toda Fenicia a quienes conozcan tu ley; y a los que la ignoren, procúrales aprenderla, de modo que, si alguno de los de tu pueblo transgrede la ley de Dios o la del rey, sufra castigo, por no transgredirla por ignorancia, sino a sabiendas y desobedeciéndola con audacia y desprecio. Serán castigados con la muerte o con pena pecuniaria. Salud».

Al recibir esta carta, Ezra se llenó de gozo y comenzó a postrarse ante Dios, confesando que la bondad del rey hacia él había sido obra suya, y por eso decía que todo aquel favor le pertenecía. Leída la carta en Bavel a los judíos allí presentes, guardó el original y envió copia a todos los de su pueblo que estaban en Media. Estos, al conocer la piedad del rey hacia Dios y su benevolencia hacia Ezra, todos se alegraron sobremanera, y muchos de ellos, tomando sus bienes, vinieron a Bavel, anhelando el regreso a Yerushaláyim. Pero todo el pueblo de los israelitas permaneció en su tierra; de ahí que hayan quedado solo dos tribus sometidas a los romanos en Asia y en Europa, mientras que las diez tribus están al otro lado del Éufrates hasta hoy, miríadas incontables e imposibles de reducir a número.

Acudieron a Ezra muchos, en gran número, de sacerdotes, leviim, porteros, cantores del Templo y servidores sagrados. Habiendo reunido a los que venían del cautiverio al otro lado del Éufrates, y demorándose allí tres días, les ordenó ayunar, para que hicieran oraciones a Dios por su salvación y para no sufrir en el camino nada adverso, ni de parte de los enemigos ni por ninguna otra dificultad que les sobreviniera; pues Ezra, habiendo dicho antes al rey que Dios los salvaría, no tuvo por digno pedirle jinetes que los escoltaran. Hechas las oraciones, partieron del Éufrates el día doce del primer mes del séptimo año del reinado de Jerjes, y llegaron a Yerushaláyim en el quinto mes de ese mismo año.

De inmediato Ezra entregó a los tesoreros, que eran del linaje sacerdotal, los caudales sagrados: seiscientos cincuenta talentos de plata, vasos de plata por cien talentos, vasos de oro por veinte talentos, y vasos de bronce mejor que el oro, con un peso de doce talentos; pues estos los habían donado el rey, sus consejeros y todos los israelitas que permanecían en Bavel. Tras entregarlos a los sacerdotes, Ezra ofreció a Dios los sacrificios acostumbrados de holocaustos: doce toros por la salvación común del pueblo, noventa carneros, setenta y dos corderos, y doce cabritos para la expiación de los pecados. A los administradores del rey y a los prefectos de Celesiria y Fenicia les entregó las cartas del rey. Estos, obligados a cumplir lo que en ellas se ordenaba, honraron a la nación y la ayudaron en toda necesidad.

Todo esto lo planeó el propio Ezra, y le salió bien, porque Dios —según creo— lo juzgó digno de lo que quería, por su bondad y su justicia. Algún tiempo después se le presentaron algunos acusando a ciertos hombres del pueblo, de los sacerdotes y de los leviim, de haber transgredido el orden de la comunidad y disuelto las leyes de los padres, tomando por esposas a mujeres de otros pueblos y mezclando el linaje sacerdotal; y le rogaban que socorriera a las leyes, no fuera que, descargando una cólera común sobre todos, los arrojara de nuevo a la desgracia. Al oírlo, de dolor rasgó al punto su vestidura, se mesó la cabeza y la barba maltratándose, y se echó a tierra por que los primeros del pueblo hubieran incurrido en semejante culpa. Calculando que, si les ordenaba expulsar a las mujeres y a los hijos habidos de ellas, no sería escuchado, permaneció tendido en el suelo. Entonces corrieron hacia él todos los sensatos, llorando también ellos y compartiendo el dolor por lo sucedido.

Levantándose del suelo, Ezra alzó las manos al cielo y dijo que se avergonzaba de mirar arriba a causa de los pecados del pueblo, que había borrado de su memoria lo que les sobrevino a nuestros padres por su impiedad. Rogaba a Dios —que había salvado una simiente y un resto de aquella desgracia y cautiverio de entonces, y de nuevo los había restablecido en Yerushaláyim y en su propia tierra, y había forzado a los reyes de los persas a apiadarse de ellos— que perdonara a los que ahora habían pecado, aunque hubiesen obrado cosas dignas de muerte, pues era propio de la bondad de Dios eximir aun a tales del castigo.

Y cuando terminó sus oraciones, mientras lloraban todos cuantos habían acudido a él con sus mujeres e hijos, un tal Ajonios, de los primeros de Yerushaláyim, acercándose dijo que habían pecado al establecer en sus casas mujeres extranjeras, y le persuadió a que hiciera jurar a todos expulsarlas junto con los hijos nacidos de ellas, y que fueran castigados los que no obedecieran a la ley. Convencido de esto, Ezra hizo jurar a los jefes de los sacerdotes, de los leviim y de los israelitas que despedirían a las mujeres y a los hijos, según el consejo de Ajonios. Tomados los juramentos, se dirigió al punto desde el Templo a la cámara de Yojanán, hijo de Elyashiv, y, sin probar nada en absoluto por el dolor, pasó allí aquel día.

Hecho un pregón para que todos los del cautiverio se reunieran en Yerushaláyim —de modo que quienes no acudieran en dos o tres días quedarían apartados de la comunidad y sus bienes serían consagrados, por sentencia de los ancianos—, se congregaron los de la tribu de Yehudá y de Binyamín en tres días, el día veinte del noveno mes, que los hebreos llaman Xenios y los macedonios Apeleo. Sentados al aire libre en el Templo, presentes también los ancianos y molestos por el frío, se levantó Ezra y los acusó, diciendo que habían quebrantado la ley al casarse fuera de su pueblo; que ahora, sin embargo, harían cosas gratas a Dios y provechosas para ellos mismos si despedían a las mujeres.

Todos aclamaron que lo harían, pero que la multitud era grande, la estación del año invernal y la tarea no de uno ni de dos días. Que, más bien, los jefes en este asunto y quienes convivían con mujeres extranjeras se presentaran, tomándose un plazo, con ancianos del lugar que quisieran, para examinar con ellos el número de los casados. Parecido bien esto, empezando el primero del décimo mes a buscar a los que convivían con extranjeras, hicieron la pesquisa hasta el primero del mes siguiente y hallaron a muchos, entre los descendientes de Yehoshúa el sumo sacerdote, y de los sacerdotes, y de los leviim, y de los israelitas. Estos, dando más valor a la observancia de las leyes que al cariño hacia ellas, al punto expulsaron a las mujeres y a los hijos nacidos de ellas, y, para aplacar a Dios, le ofrecieron sacrificios inmolándole carneros. Sus nombres no nos ha parecido necesario referirlos. Así corrigió Ezra la falta relativa a los matrimonios de los antes mencionados, y purificó la costumbre en esta materia, de modo que en adelante quedara firme.

En el séptimo mes, mientras celebraban la fiesta de Sukot y se había reunido para ella casi todo el pueblo, subieron al espacio abierto del Templo, hacia la puerta que mira a oriente, y pidieron a Ezra que les leyera las leyes de Moshé. Él, puesto en medio de la multitud, las leyó, y así lo hizo desde que comenzaba el día hasta el mediodía. Los que escuchaban la lectura de las leyes aprendían a ser justos para el presente y el porvenir, pero se afligían por lo pasado, y llegaron incluso a las lágrimas, pensando para sí que no habrían padecido ninguno de los males experimentados si hubieran guardado la ley. Al verlos así, Ezra les ordenó volver a sus casas y no llorar, pues era fiesta y no se debía llorar en ella —no estaba permitido—; los exhortaba más bien a entregarse al festejo y a hacer lo propio de la fiesta y grato, y que el arrepentimiento y el dolor por las faltas anteriores les servirían de resguardo y de guardia para que nada semejante volviera a suceder. Ellos, ante estas exhortaciones de Ezra, comenzaron a festejar, y, haciéndolo así durante ocho días en las cabañas, se retiraron a sus hogares con himnos a Dios, agradecidos a Ezra por la corrección de las transgresiones de la comunidad.

A este le tocó, tras su renombre entre el pueblo, morir anciano y ser sepultado con muchos honores en Yerushaláyim. Por el mismo tiempo, muerto también el sumo sacerdote Yoyakim, su hijo Elyashiv le sucedió en el sumo sacerdocio.

Uno de los judíos llevados cautivos, copero del rey Jerjes, de nombre Nejemyá, paseando ante Susa, la capital de los persas, oyó a unos forasteros que entraban en la ciudad tras un largo camino conversar entre sí en hebreo; se acercó a ellos y les preguntó de dónde llegaban. Al responderle que venían de Judea, volvió a preguntar cómo estaban el pueblo y la capital, Yerushaláyim. Y como dijeran que iban mal las cosas —pues las murallas habían sido derribadas hasta el suelo y los pueblos vecinos causaban muchos males a los judíos, corriendo de día por el país y saqueándolo, y de noche haciendo daño, de modo que muchos, del país y de la misma Yerushaláyim, habían sido llevados cautivos, y los caminos se hallaban cada día llenos de muertos—, Nejemyá se echó a llorar, compadeciendo la desgracia de los suyos, y, alzando la vista al cielo, dijo: «¿Hasta cuándo, HaShem, dejarás que nuestra nación padezca así, convertida en presa y botín de todos?».

Mientras se demoraba junto a la puerta y así se lamentaba, alguien vino a avisarle de que el rey estaba ya a punto de reclinarse a la mesa. Al instante, tal como estaba, sin siquiera lavarse, se apresuró a servir al rey en la copa durante el banquete. Cuando, después de la cena, el rey se sintió a gusto y, más animado, miró a Nejemyá, viéndolo abatido le preguntó por qué estaba tan sombrío. Él, rogando a Dios que le concediera gracia y persuasión al hablar, dijo: «¿Cómo, oh rey, podría no aparecer así ante ti ni dolerme el alma, cuando oigo que de mi patria, Yerushaláyim, donde están las tumbas y monumentos de mis antepasados, las murallas han sido arrasadas y sus puertas incendiadas? Concédeme ir a levantar la muralla y a reconstruir lo que falta del Templo».

El rey asintió a otorgarle el favor y a que llevara cartas para los sátrapas, a fin de que lo tuvieran por digno de honor y le proporcionaran toda ayuda para lo que quisiera. «Deja ya de afligirte —le dijo— y sírvenos en adelante con alegría». Así pues, Nejemyá, tras postrarse ante Dios y dar gracias al rey por la promesa, borró de su rostro el abatimiento y la turbación con el gozo por lo prometido. Al día siguiente el rey lo llamó y le dio una carta para llevarla a Adeo, prefecto de Siria, Fenicia y Shomrón, en la que había escrito acerca del honor debido a Nejemyá y de la provisión para la construcción.

Llegado, pues, a Bavel, y tomando consigo a muchos de los suyos que voluntariamente lo seguían, vino a Yerushaláyim en el vigésimo quinto año del reinado de Jerjes; y, tras mostrar a Dios las cartas, las entregó a Adeo y a los demás prefectos. Convocando a todo el pueblo en Yerushaláyim, de pie en medio del Templo, les dirigió estas palabras: «Varones judíos, sabéis que Dios permanece fiel a la memoria de nuestros padres Avraham, Yitsjak y Yaakov, y que por la justicia de ellos no abandona su providencia sobre vosotros; y en efecto, me ha ayudado a obtener del rey autoridad para levantar vuestra muralla y terminar lo que falta del Templo. Mas quiero que sepáis con claridad la hostilidad de los pueblos que nos rodean, y que, en cuanto se enteren de que nos afanamos en la obra, se opondrán a la construcción y urdirán muchos estorbos contra ella. Confiad, pues, primero en Dios, con la seguridad de que resistiremos también su enemistad, y no ceséis ni de día ni de noche en la construcción, sino que, empleando toda diligencia, mantened firme la obra, pues el momento es especialmente propicio».

Dicho esto, ordenó al punto a los jefes medir la muralla y repartir su labor al pueblo por aldeas y ciudades, según lo posible para cada uno, y, prometiendo que él mismo con sus criados colaboraría en la construcción, disolvió la asamblea. Y los judíos se dispusieron a la obra. Recibieron su nombre —judíos— desde el día en que subieron de Bavel: de la tribu de Yehudá, que fue la primera en llegar a aquellos lugares, tomaron la denominación ellos y la tierra.

Al oír que se apresuraba la construcción de las murallas, los amonitas, los moabitas, los samaritanos y todos los que habitaban en Celesiria lo llevaron muy a mal, y no cesaban de tramar asechanzas para estorbar su propósito: mataron a muchos de los judíos y buscaban destruir al propio Nejemyá, contratando a algunos de los extranjeros para darle muerte. Los sumían en miedo y confusión, y hacían correr rumores de que muchos pueblos estaban a punto de marchar contra ellos; alborotados por esto, poco faltó para que abandonaran la obra. Pero nada de esto apartó a Nejemyá de su empeño en el trabajo: rodeándose de una pequeña escolta para guardar su persona, resistía sin desfallecer, insensible, por el afán de la obra, a la fatiga misma. Y de tal modo velaba, tenso y previsor, por su seguridad —no por temor a la muerte, sino convencido de que, tras su muerte, las murallas ya no se levantarían para sus conciudadanos.

Ordenó, además, que los constructores trabajaran ceñidos con armas: el albañil tenía su espada, y también el que acarreaba el material; mandó que los escudos estuvieran junto a ellos, y apostó trompeteros a quinientos pies de distancia, con orden de que, si aparecían los enemigos, dieran la señal al pueblo, para que, tomando las armas, combatieran y no cayeran sobre ellos desprevenidos. Él mismo recorría de noche el circuito de la ciudad, sin fatigarse en nada, ni por el trabajo, ni por la comida, ni por el sueño, pues de nada de esto se servía por placer, sino por necesidad. Soportó esta penalidad durante dos años y cuatro meses, pues en este tiempo se reconstruyó la muralla de Yerushaláyim, en el vigésimo octavo año del reinado de Jerjes, en el noveno mes.

Terminadas las murallas, Nejemyá y el pueblo ofrecieron sacrificios a Dios por la construcción, y pasaron ocho días en festejos. Y los pueblos asentados en Siria, al oír que la construcción de las murallas había llegado a término, se afligieron. Nejemyá, viendo la ciudad escasa de habitantes, exhortó a los sacerdotes y a los leviim a dejar el campo, trasladarse a la ciudad y quedarse en ella, construyéndoles las casas a sus propias expensas; y al pueblo que labraba la tierra le ordenó llevar los diezmos de los frutos a Yerushaláyim, para que los sacerdotes y los leviim, teniendo sustento continuo, no abandonaran el culto. Ellos obedecieron gustosos lo que Nejemyá dispuso, y así resultó que la ciudad de Yerushaláyim se hizo más poblada. Muchas otras cosas buenas y dignas de elogio realizó Nejemyá con celo, y murió llegado a la vejez. Fue un hombre de índole bondadosa y justo, y en extremo solícito por los de su pueblo, dejándose a sí mismo un monumento eterno en las murallas de Yerushaláyim. Esto, pues, ocurrió bajo el rey Jerjes.

Muerto Jerjes, el reino pasó a su hijo Ciro, a quien los griegos llaman Artajerjes. Bajo el mando de este sobre los persas, toda la nación de los judíos, con mujeres e hijos, estuvo en peligro de perecer. La causa la expondremos dentro de poco, pues conviene narrar primero lo del rey: cómo tomó por esposa a una mujer judía, del linaje real, que —según dicen— salvó a nuestra nación. Habiendo recibido Artajerjes el reino y establecido gobernadores de las satrapías, que iban desde la India hasta Etiopía y eran ciento veintisiete, en el tercer año de su reinado agasajó a sus amigos, a los pueblos de los persas y a sus jefes, ofreciéndoles un banquete espléndido —como es natural en un rey que se dispone a hacer alarde de su riqueza— durante ciento ochenta días. Después festejó a los pueblos y a sus embajadores en Susa por siete días. El convite se dispuso de esta manera: levantó un pabellón sobre columnas de oro y plata y extendió por encima tejidos de lino y de púrpura, de modo que se recostaran muchas miríadas de comensales.

Los servían con copas de oro y con otras labradas en piedra preciosa, hechas para deleite a la vez que espectáculo. Ordenó, además, a los sirvientes que no forzaran a beber ofreciendo la bebida sin cesar, como se acostumbra entre los persas, sino que dejaran que cada uno de los reclinados se agasajara según quisiera. Envió también órdenes por todo el país mandando que se suspendieran los trabajos y que la gente, libre de ellos, celebrara su reinado durante muchos días. Del mismo modo, la reina Vashtí reunió un banquete de mujeres en el palacio; y el rey, queriendo mostrarla a los comensales, la mandó llamar para que viniera al convite, pues sobrepasaba en belleza a todas las mujeres. Pero ella, por observancia de las leyes de los persas —que prohíben que las mujeres sean vistas por extraños—, no fue ante el rey; y aunque él le envió muchas veces a los eunucos, no por ello dejó de negarse a acudir.

Encolerizado por esto, el rey disolvió el banquete y, levantándose, llamó a los siete persas que tienen entre ellos la interpretación de las leyes, y acusó a la mujer, diciendo que lo había ultrajado, pues, llamada por él muchas veces al convite, no había obedecido ni una sola vez. Mandó, pues, que le declararan qué ley disponían contra ella. Uno de ellos, de nombre Mujeo, dijo que aquel ultraje no se había hecho solo a él, sino a todos los persas, que corrían peligro de vivir del modo más vergonzoso, despreciados por sus mujeres; «pues ninguna guardará ya respeto a su marido, teniendo por ejemplo la soberbia de la reina hacia ti, que eres el señor de todos». Y lo exhortaba a castigar con una gran pena a la que así lo ultrajaba, y, hecho esto, a comunicar a los pueblos lo decretado acerca de la reina. Pareció bien expulsar a Vashtí y dar su dignidad a otra mujer.

Pero como estaba enamorado de ella y no soportaba la separación, no podía reconciliarse a causa de la ley, y seguía apenado, como por cosas imposibles que deseaba. Viéndolo así de afligido, sus amigos le aconsejaron desechar el recuerdo de la mujer y aquel amor que de nada le servía, y enviar por todo el mundo en busca de vírgenes hermosas, de las cuales tomaría por esposa a la elegida; pues el afecto por la primera se apaga con la llegada de otra, y la ternura hacia aquella, poco a poco arrancada, se vuelve hacia la que se tiene al lado. Persuadido por este consejo, ordenó a algunos que escogieran a las vírgenes más celebradas por su hermosura en el reino y se las llevaran.

Reunidas muchas, se encontró en Bavel a una joven, huérfana de ambos padres, criada por su tío Mordejái —pues este era su nombre—, el cual era de la tribu de Binyamín, de los primeros entre los judíos. De todas resultaba que Ester —pues así se llamaba ella— sobresalía en belleza, y la gracia de su rostro atraía más las miradas de quienes la contemplaban. Entregada al cuidado de uno de los eunucos, recibió toda atención, ungida en abundancia con aromas y con los costosos afeites que necesitan los cuerpos; y de estos cuidados gozaron durante seis meses cuatrocientas jóvenes en total. Cuando el eunuco juzgaba que las vírgenes habían recibido, en el plazo dicho, cuidado suficiente y se habían hecho ya dignas de subir al lecho del rey, enviaba cada día una para que estuviera con él. Él, tras acercarse a ella, la devolvía enseguida al eunuco. Pero cuando llegó Ester ante él, prendado de ella y enamorado de la joven, la tomó legítimamente por esposa y celebró las bodas con ella en el duodécimo mes del séptimo año de su reinado, el llamado Adar.

Envió a los correos llamados ángaros a todo pueblo, ordenando celebrar las bodas, y él mismo agasajó a los persas, a los medos y a los primeros de los pueblos durante un mes entero por su matrimonio; y a ella, al entrar en el palacio, le ciñó la diadema. Así convivió Ester con él, sin declararle el pueblo del que procedía. Su tío, habiéndose trasladado de Bavel a Susa de Persia, pasaba allí cada día rondando junto al palacio y preguntando por la joven, cómo le iba, pues la amaba como a una hija propia.

Estableció además el rey una ley: que ninguno de los suyos se le acercara sin ser llamado cuando estaba sentado en el trono. En torno a su trono había hombres con hachas, para castigar a quienes se le acercaran sin ser llamados. Sostenía, sin embargo, el propio rey una vara de oro que, cuando quería salvar a alguno de los que se acercaban sin ser llamados, extendía hacia él; y este, al tocarla, quedaba fuera de peligro. Y sobre esto ya hemos dicho lo suficiente.

Algún tiempo después, mientras Bagatoo y Teodosito conspiraban contra el rey, Barnabazo, criado de uno de los dos eunucos y judío de origen, se enteró del complot y lo denunció al tío de la esposa del rey; y Mordejái, por medio de Ester, hizo manifiestos al rey a los conspiradores. Turbado, el rey averiguó la verdad y crucificó a los eunucos; pero a Mordejái, entonces, no le concedió nada, aunque había sido causa de su salvación: solo ordenó a los que redactaban las memorias que anotaran su nombre y que él permaneciera en el palacio como amigo muy allegado al rey.

A Hamán, hijo de Hamdatá, de raza amalecita, cuando entraba ante el rey, se postraban los forasteros y los persas, honor que Artajerjes había ordenado tributarle. Pero Mordejái, por su prudencia y por la ley de sus padres, no se postraba ante un hombre; y Hamán, fijándose en ello, preguntó de dónde era. Al saber que era judío, se indignó y se dijo a sí mismo que los persas libres se postraban ante él, mientras que aquel, siendo un esclavo, no se dignaba hacerlo. Y queriendo vengarse de Mordejái, tuvo por poca cosa pedir al rey su castigo, y resolvió aniquilar a toda su nación; pues también por naturaleza aborrecía a los judíos, porque el linaje de los amalecitas, del que él procedía, había sido destruido por ellos.

Presentándose, pues, al rey, lo acusó diciendo que había un pueblo perverso, esparcido por todo el mundo sometido a su reino, insociable, sin mezcla con nadie, que no tenía ni la misma religión que los demás ni se regía por leyes semejantes, hostil en sus costumbres y en sus prácticas a tu pueblo y a todos los hombres. «A este pueblo, si quieres hacer algún beneficio a tus súbditos, ordenarás que perezca de raíz, sin dejar de él resto alguno, ni reservados para esclavitud de nadie ni para el cautiverio. Y para que no salgas perjudicado en los tributos que de ellos provienen, yo mismo, de mi propia hacienda, me comprometo a dar cuarenta mil talentos de plata donde ordenes». Y decía que aportaba de buen grado ese dinero, con tal de que, gracias a él, el reino quedara libre de tales males.

Ante esta petición de Hamán, el rey le hizo gracia tanto de la plata como de aquellos hombres, para que hiciera con ellos lo que quisiera. Obtenido lo que deseaba, Hamán envió al punto, como si fuera del rey, un edicto a todos los pueblos, con este tenor: «El gran rey Artajerjes a los gobernadores de las ciento veintisiete satrapías, desde la India hasta Etiopía, escribe lo siguiente. Habiendo gobernado a muchos pueblos y dominado todo el mundo que quise, sin verme forzado por el poder a cometer contra mis súbditos nada arrogante ni perverso, sino mostrándome benigno y apacible, y velando por su paz y buen orden, buscaba cómo lograr que en todo disfrutaran de estos bienes. Y como Hamán —que por su sensatez y su justicia ocupa junto a mí el primer lugar en gloria y honra, y es el segundo después de mí por su lealtad y firme benevolencia— me ha señalado con solicitud que entre todos los hombres se halla mezclada una nación hostil, ajena a las leyes, insumisa a los reyes, distinta en sus costumbres, que odia la monarquía y es malévola con nuestros intereses, ordeno que todos los que indique mi segundo padre, Hamán, con sus mujeres e hijos, sean exterminados, sin ejercer compasión alguna, ni dejarse llevar por la piedad más que por lo mandado, desobedeciendo lo escrito. Y quiero que esto se cumpla el día catorce del duodécimo mes del año en curso, para que quienes por todas partes nos son enemigos, aniquilados en un solo día, nos permitan en adelante pasar la vida en paz».

Llevado este mandato a las ciudades y al país, todos quedaron dispuestos para la destrucción de los judíos en el día señalado; y también en Susa se apremiaba esto. Así, mientras el rey y Hamán estaban entre festines y bebidas, la ciudad se hallaba en turbación.

Cuando Mordejái supo lo que ocurría, rasgó sus vestiduras, se vistió de saco, se cubrió de ceniza y recorrió la ciudad clamando que se iba a exterminar a un pueblo que ningún mal había hecho. Repitiéndolo así llegó hasta el palacio y se detuvo ante él, pues no le estaba permitido entrar con semejante atavío.

Lo mismo hicieron todos los judíos de las ciudades donde se habían publicado las cartas sobre estos asuntos, llorando y lamentando las desgracias que se les anunciaban. Cuando algunos contaron a la reina que Mordejái estaba ante el patio en tan lastimoso estado, turbada por la noticia envió gente a que le mudara la ropa. Como él no se dejó persuadir de quitarse el saco —porque no había cesado la calamidad por la que se había visto forzado a vestirlo—, ella llamó al eunuco Ajrateo, que precisamente estaba con ella, y lo mandó a Mordejái para saber qué desgracia le había sobrevenido, que así se afligía y, cubierto de aquel atavío, no se lo quitaba ni aun rogándoselo ella.

Mordejái mostró al eunuco la causa: la carta contra los judíos enviada a todo el territorio sometido al rey y la promesa de dinero con que Hamán había pedido al rey la destrucción del pueblo. Le entregó además la copia de lo publicado en Shushán para que la llevara a Ester, y le encargó rogarle que intercediera ante el rey sobre estos asuntos y que, por la salvación del pueblo, no tuviera por indigno tomar un atavío humilde con el que suplicar por los judíos, que estaban en peligro de perecer; pues Hamán, que ocupaba el segundo honor junto al rey, tras acusarlos había encolerizado contra ellos al soberano.

Sabido esto, ella envía de nuevo a decir a Mordejái que no había sido llamada por el rey, y que quien entra ante él sin ser llamado muere, salvo si el rey, queriendo salvar a alguien, le tiende la vara de oro; porque aquel a quien el rey hace esto cuando se le acerca sin ser llamado, ese no muere, sino que, hallando gracia, se salva.

Cuando el eunuco le trajo estas palabras de parte de Ester, Mordejái le ordenó responderle que no mirara así por su propia salvación, sino por la común del pueblo; pues si ahora descuidaba esto, al pueblo no le faltaría de todos modos el auxilio de Dios, pero ella y la casa de su padre serían destruidas por aquellos a quienes había desatendido.

Ester envió a decir a Mordejái, mandándole el mismo criado, que fuera a Shushán y reuniera en asamblea a los judíos de allí, y que ayunaran por ella tres días, absteniéndose de todo; y que ella, haciendo lo mismo con sus doncellas, se presentaría entonces ante el rey contra la ley, y aunque tuviera que morir, lo soportaría.

Mordejái, conforme a las instrucciones de Ester, hizo ayunar al pueblo y él mismo suplicó a Dios que no dejara ahora perecer a su pueblo, sino que, como tantas veces antes había velado por él y le había perdonado cuando pecaba, también ahora lo librara de la destrucción anunciada; pues corría peligro de morir sin gloria sin haber cometido falta alguna. «Yo mismo soy la causa de la ira de Hamán —dijo—, porque no me postré ante él ni consentí en tributarle a él el honor que a Ti, HaShem, te rendía; y, encolerizado por esto, tramó todo esto contra quienes no quebrantan tus leyes.»

Las mismas voces lanzaba también la multitud, pidiendo a Dios que proveyera a su salvación y arrancara a los israelitas de toda la tierra de la desgracia que se avecinaba —pues ya la tenían ante los ojos y la aguardaban—. También Ester suplicaba a Dios según la ley de sus padres, arrojándose por tierra y vistiendo ropa de luto, y, renunciando por tres días a comida, bebida y placeres, pedía a Dios que se apiadara de ella y que, al presentarse ante el rey, pareciera persuasiva en sus palabras al suplicar y más hermosa de aspecto que antes, para valerse de ambas cosas —de las palabras y de la belleza—: tanto para aplacar la ira, si el rey se irritaba contra ella, como para abogar por sus compatriotas, que se debatían en el extremo peligro; y para suscitar en el rey odio contra los enemigos de los judíos, que preparaban la ruina que a estos aguardaba si él los desatendía.

Tras suplicar a Dios durante tres días, se despoja de aquella ropa y muda de aspecto; y ataviada como conviene a una reina, con dos doncellas —una de las cuales la sostenía suavemente mientras ella se apoyaba, y la otra, siguiéndola, le llevaba en las puntas de los dedos la larga cola del vestido, que se derramaba hasta el suelo—, llega ante el rey, el rostro lleno de rubor y revestida de una belleza a la vez dulce y augusta.

Entró ante él con temor. Cuando estuvo frente a él, que estaba sentado en el trono revestido del ornato real —que era de vestidura recamada, oro y piedra preciosa—, al verlo más temible aún por todo aquello, y al mirarla él con cierta dureza, con el rostro encendido de ira, al punto le sobrevino un desmayo y cayó sin sentido sobre las que estaban a su lado.

Pero el rey, por voluntad de Dios según creo, cambió de ánimo y, temiendo por la mujer, no fuera a sufrir algo peor por el miedo, saltó del trono, la recibió en sus brazos y la reanimó, abrazándola, hablándole con ternura y exhortándola a tener valor y a no sospechar nada sombrío por haber venido a él sin ser llamada; pues esa ley regía para los súbditos, mientras que ella, que reinaba igual que él, gozaba de plena inmunidad. Diciendo esto le puso el cetro en la mano y extendió la vara sobre su cuello, liberándola del temor que imponía la ley.

Reanimada por todo esto, dijo: «Señor, no me es fácil expresarte lo súbito de lo que me ha ocurrido; pues, en cuanto te vi grande, hermoso y temible, al instante se me fue el aliento y me quedé sin alma.» Como apenas profería estas palabras, y con debilidad, también a él lo ganó la angustia y el sobresalto, y animó a Ester a cobrar ánimo y a esperar lo mejor, pues le cedería incluso la mitad del reino si lo necesitaba.

Ester le pidió que viniera a un banquete con su amigo Hamán, pues decía haberle preparado una cena. Cuando él accedió y se presentaron, en medio de la bebida mandó a Ester que le declarara qué quería, pues nada le sería negado, ni aunque quisiera tomar la mitad del reino. Ella difirió para el día siguiente el decirle su deseo, si volvía otra vez con Hamán a un banquete.

Prometiéndolo el rey, Hamán salió rebosante de alegría por ser el único juzgado digno de cenar con el rey en casa de Ester, y porque ningún otro alcanzaba tanto honor junto a los reyes. Pero al ver a Mordejái en el patio se indignó sobremanera, pues no recibió de él ninguna muestra de honor aunque lo veía. Y llegando a su casa llamó a su mujer, Gazasa, y a sus amigos. En presencia de ellos les relataba el honor de que gozaba no solo de parte del rey, sino también de la reina; pues aquel día había cenado a solas con ella y con el rey, y estaba invitado de nuevo para el día siguiente.

Decía además que no le complacía ver en el patio a Mordejái el judío. Como su mujer Gazasa le dijera que mandara cortar un madero de sesenta codos y que por la mañana, tras pedírselo al rey, crucificara a Mordejái, aprobando el consejo ordenó a sus criados preparar un madero y levantarlo en el patio para el suplicio de Mordejái.

Y esto ya estaba listo; pero Dios se reía de la perversa esperanza de Hamán y, conociendo lo que iba a suceder, se complacía en lo que había de ocurrir; pues durante aquella noche quitó el sueño al rey. Este, no queriendo perder ociosamente el desvelo, sino emplearlo en algo que atañera al reino, ordenó al escriba que trajera las memorias de los reyes anteriores a él y de sus propios hechos, y que se las leyera.

Al traerlas y leérselas, se halló que alguien había recibido una región como premio por su valor, y su nombre estaba escrito. Y refiriendo a otro que había obtenido una recompensa por su lealtad, llegó también a Gabateo y Teodestes, los eunucos que habían conspirado contra el rey, de quienes Mordejái había sido el delator. Cuando el escriba solo hubo dicho esto y pasaba a otro hecho, el rey lo detuvo, preguntando si no constaba algún premio otorgado a aquel. Como respondiera que ninguno, mandándole callar, preguntó a los encargados de ello qué hora de la noche era.

Al saber que ya amanecía, ordenó que, de sus amigos, le anunciaran a cualquiera que hallaran ya presente ante el patio. Y quiso la suerte que se hallara a Hamán, pues había venido antes de la hora acostumbrada para pedirle la muerte de Mordejái. Cuando los servidores dijeron que Hamán estaba ante el patio, mandó que lo hicieran entrar. Al entrar, le dijo: «Amigo, sabiendo que solo tú me eres leal, te ruego que me aconsejes cómo podría honrar a alguien a quien aprecio en extremo, de un modo digno de mi grandeza.»

Hamán, calculando que cualquier consejo que diera lo daría en favor suyo —pues solo él era amado por el rey—, expuso el que creía mejor. Dijo: «Si quieres cubrir de gloria al hombre que dices amar, hazlo marchar a caballo llevando la misma vestidura que tú y un collar de oro, y que uno de tus amigos más allegados vaya delante pregonando por toda la ciudad que esto le sucede a aquel a quien el rey quiere honrar.» Hamán aconsejó esto pensando que ese premio recaería en él. Pero el rey, complacido con el consejo, dijo: «Tienes el caballo, la vestidura y el collar. Busca a Mordejái el judío y, dándole estas cosas, ve delante conduciendo su caballo, pues tú —dijo— eres mi amigo íntimo: sé el ejecutor de lo que tan bien has aconsejado. Esto será de nuestra parte para quien salvó mi vida.»

Al oír esto, contra toda esperanza se le trastornó el ánimo y, herido por el desconcierto, sale llevando el caballo, la púrpura y el collar de oro; y hallando a Mordejái ante el patio, vestido de saco, le mandó quitárselo y ponerse la púrpura. Él, no conociendo la verdad, sino creyendo que se burlaban de él, dijo: «Oh el más malvado de todos los hombres, ¿así te ríes de nuestras desgracias?» Pero convencido de que el rey le había dado aquel premio en pago de la salvación que le había procurado al descubrir a los eunucos conspiradores, se pone la púrpura que el rey siempre llevaba y se ciñe el collar, y montando a caballo dio la vuelta a la ciudad, mientras Hamán iba delante pregonando que esto tendría de parte del rey aquel a quien apreciara y juzgara digno de honor.

Cuando hubieron recorrido la ciudad, Mordejái entró ante el rey, y Hamán, de vergüenza, se retiró a su casa y entre lágrimas relató a su mujer y a sus amigos lo sucedido. Ellos le dijeron que ya no podría defenderse de Mordejái, pues Dios estaba con él.

Mientras aún conversaban entre sí, llegaron los eunucos de Ester apremiando a Hamán para la cena. Sabucadas, uno de los eunucos, al ver clavada en la casa de Hamán la cruz que habían preparado para Mordejái, y al enterarse por uno de los criados de para quién la tenían dispuesta —supo que era para el tío de la reina, pues Hamán iba a pedírselo al rey para el suplicio—, por el momento guardó silencio.

Cuando el rey, tras haber festejado con Hamán, pidió a la reina que le dijera qué don quería recibir, pues obtendría lo que deseara, ella se lamentó del peligro de su pueblo y dijo que, junto con su nación, había sido entregada a la destrucción, y que por eso hablaba de ello; pues no le habría importunado si hubiera ordenado venderlos a una amarga esclavitud, ya que ese mal era llevadero; y le rogaba que los librara de aquello. Al preguntar el rey por quién se había hecho esto, ella acusó ya abiertamente a Hamán y denunció que él, siendo un malvado, había tramado la conjura contra ellos.

Turbado por esto el rey y saltando del banquete hacia los jardines, Hamán se puso a suplicar a Ester y a rogarle que le perdonara sus faltas, pues comprendía que estaba en desgracia. Cuando cayó sobre el lecho de ella implorando a la reina, entró el rey y, más irritado aún por lo que veía, dijo: «Oh el más malvado de todos, ¿hasta pretendes forzar a mi mujer?» Aterrado Hamán por esto y sin poder ya articular palabra, el eunuco Sabuzanes, adelantándose, acusó a Hamán de que había hallado en su casa una cruz preparada para Mordejái —pues así se lo había dicho el criado cuando le preguntó, al ir a llamarlo a la cena—; y dijo que la cruz tenía sesenta codos de altura.

El rey, al oírlo, decidió no imponer a Hamán otro castigo que el ideado contra Mordejái, y ordena que al punto muera colgado de aquella misma cruz. De ahí me viene a admirar la acción divina y a comprender su sabiduría y su justicia: no solo castigó la maldad de Hamán, sino que hizo que el suplicio maquinado contra otro fuera el suyo propio, y dio así a los demás la ocasión de aprender que lo que uno prepara contra otro, primero, sin saberlo, lo dispone contra sí mismo.

Así, pues, Hamán, que había abusado sin medida del honor que le dispensaba el rey, pereció de este modo, y su hacienda la regaló el rey a la reina. Y mandando llamar a Mordejái —pues Ester le había revelado su parentesco con él—, el rey da a Mordejái el anillo que había dado a Hamán. La reina, por su parte, regala a Mordejái los bienes de Hamán y ruega al rey que libre del temor por su vida al pueblo de los judíos, revelándole lo que Hamán, hijo de Amadates, había escrito por todo el territorio; pues, destruida su patria y perecidos sus compatriotas, no podría soportar la vida.

El rey le prometió que no le negaría nada ni se opondría a aquello por lo que se afanaba, y le encargó que escribiera lo que quisiera acerca de los judíos en nombre del rey y, sellándolo con su sello, lo enviara a todo el reino; pues quienes leyeran las cartas aseguradas con el sello real en nada se opondrían a lo escrito. Así pues, mandando llamar a los escribas reales, ordenó escribir a los pueblos acerca de los judíos, y a los administradores y gobernantes desde la India hasta Etiopía, que estaban al frente de ciento veintisiete satrapías. Y lo escrito reza así:

«El gran rey Artajerjes, a los gobernantes y a quienes comparten nuestro modo de pensar, salud. Muchos, por la magnitud de los beneficios y del honor de que disfrutaban gracias a la sobreabundante bondad de quienes se los otorgan, no solo se ensoberbecen contra sus inferiores, sino que no vacilan en agraviar a sus mismos bienhechores, aboliendo la gratitud entre los hombres, y por grosería, cebando su hartazgo de unos bienes que no esperaban contra quienes se los procuraron, creen que en esto pasarán inadvertidos a lo divino y escaparán a su justicia.

Algunos de ellos, confiados por sus amigos con la administración de los asuntos y albergando un odio personal contra ciertas personas, engañando a los que mandan con falsas acusaciones y calumnias, los persuadieron a concebir ira contra quienes en nada obraban mal, por lo cual estos corrieron peligro de perecer. Y esto no cabe verlo así por ejemplos más antiguos ni conocidos de oídas, sino por lo osado ante nuestros propios ojos, de suerte que en adelante no se ha de prestar atención a calumnias ni acusaciones, ni a aquello de que otros intentan persuadir, sino juzgar cuanto uno mismo sabe que se ha hecho, y castigar si tal es el caso, o mostrar favor si es de otro modo, atendiendo a los hechos mismos y no a los que hablan.

Pues Hamán, hijo de Amadates, amalecita de raza, ajeno a la sangre de los persas, acogido por nosotros como huésped, gozó de nuestra bondad hacia todos hasta tal punto que llegó a ser llamado padre mío y a ser reverenciado de continuo, y a llevarse, después de nosotros, el segundo honor real de parte de todos; y no soportó su fortuna ni administró con juicio prudente la magnitud de sus bienes, sino que conspiró para arrebatarme el reino y la vida, a mí, que era el autor de su poder, pidiendo con perfidia y engaño la destrucción de mi bienhechor y salvador Mordejái y de Ester, compañera de nuestra vida y de nuestro gobierno; pues, dejándome de este modo desprovisto de quienes me eran fieles, quería traspasar el poder a otros.

Pero yo, habiendo advertido que los judíos entregados a la destrucción por este malvado no son perversos, sino que viven del mejor modo y están consagrados a Dios, que ha preservado el reino para mí y para nuestros antepasados, no solo los libro del castigo dispuesto en las cartas antes enviadas —que haréis bien en no atender—, sino que quiero que gocen de toda honra; y al que maquinó estas cosas contra ellos lo he crucificado ante las puertas de Shushán con su familia, imponiéndole Dios, que todo lo vigila, esta justicia.

Os ordeno que expongáis la copia de esta carta por todo el reino, que dejéis a los judíos vivir en paz según sus propias leyes y que los auxiliéis, para que puedan vengarse de quienes los agraviaron en los tiempos de su desgracia, el día trece del mes duodécimo, que es Adar, en ese mismo día; pues Dios ha hecho de ese día, en lugar de ruina, salvación para ellos. Sea día propicio para quienes nos son leales y recordatorio del castigo de los que conspiraron. Quiero, además, que sepan toda ciudad y todo pueblo que, si alguno desoye algo de lo escrito, será consumido por el fuego y el hierro. Que lo escrito se exponga por todo el territorio sometido a nosotros, y que todos se preparen sin falta para el día ya señalado, a fin de que se venguen de sus enemigos.»

Así pues, los jinetes que llevaban las cartas partieron de inmediato y cubrieron el camino que tenían por delante. Y cuando Mordejái salió revestido de la vestidura real, con la corona de oro y ceñido el collar, los judíos que había en Shushán, viéndolo así honrado por el rey, tuvieron por común su prosperidad. Alegría y una luz de salvación embargaba a los judíos, tanto los de la ciudad como los del campo, al exponerse las cartas del rey; hasta el punto de que muchos también de los demás pueblos, por miedo a los judíos, se circuncidaban, procurándose con ello quedar libres de peligro.

Pues el día trece del mes duodécimo, que entre los hebreos se llama Adar y entre los macedonios Distro, los que traían las cartas del rey hacían saber que en el mismo día en que ellos iban a correr peligro, en ese destruyeran a sus enemigos. Los gobernantes de las satrapías, los tiranos, los reyes y los escribas tenían en honor a los judíos, pues el miedo a Mordejái los obligaba a la mesura.

Y llegada la carta real por todo el territorio bajo su mando, sucedió que también los judíos de Shushán mataron a unos quinientos de sus enemigos. Cuando el rey reveló a Ester el número de los muertos y, dudando de lo que habría sucedido en el resto del país, le preguntó qué más quería que se hiciera además de esto —pues se haría—, ella pidió que se permitiera a los judíos emplear también el día siguiente del mismo modo contra los enemigos que quedaban, y crucificar a los diez hijos de Hamán. Y esto lo ordenó el rey a los judíos, sin poder negar nada a Ester; y ellos, reuniéndose de nuevo el día catorce del mes Distro, mataron a unos trescientos de sus adversarios, sin tocar ninguno de los bienes que estos poseían.

Murieron también, a manos de los judíos del campo y de las demás ciudades, setenta y cinco mil de sus enemigos. A estos los mataron el día trece del mes, e hicieron día de fiesta el siguiente. De igual modo, también los judíos de Shushán, reuniéndose el día catorce y el siguiente del mismo mes, celebraron un banquete. De ahí que aún ahora todos los judíos del mundo festejen estos días enviándose porciones unos a otros.

Mordejái escribió a los judíos que vivían en el reino de Artajerjes que guardaran estos días, los celebraran como fiesta y los transmitieran a sus descendientes, para que la fiesta perdurara por todo el tiempo y no se perdiera en el olvido; pues, habiendo estado a punto de ser exterminados en esos días por Hamán, obrarían con justicia si, tras escapar en ellos del peligro y haberse vengado de sus enemigos, los observaban dando gracias a Dios. Por esto celebran los judíos los días mencionados, llamándolos frureas. Y Mordejái era grande y esclarecido junto al rey, y compartía con él el gobierno, gozando a la vez de la común vida con la reina. También los asuntos de los judíos iban, gracias a ellos, mejor que toda esperanza. Y así ocurrieron las cosas que les sucedieron durante el reinado de Artajerjes.

Muerto el sumo sacerdote Elyashiv, le sucedió en el sumo sacerdocio su hijo Yehoyadá. Al morir también este, tomó el cargo su hijo Yojanán, por causa del cual Bagoses, general del otro Artajerjes, profanó el Templo e impuso tributos a los judíos: antes de ofrecer los sacrificios diarios, debían pagar públicamente cincuenta dracmas por cada cordero. La causa de esto fue la siguiente. Yojanán tenía un hermano, Yeshúa; a este, que era su amigo, Bagoses le había prometido darle el sumo sacerdocio.

Con tal confianza, Yeshúa, habiendo disputado con Yojanán en el Templo, irritó a su hermano hasta el punto de que este lo mató; y por la ira cometió Yojanán, contra un hermano y en el santuario, una impiedad tan grande —cosa terrible ya de antiguo— que ni entre griegos ni entre bárbaros se había perpetrado obra tan cruel e impía. Pero lo divino no lo pasó por alto: por esta misma causa el pueblo fue esclavizado y el Templo fue profanado por los persas. Pues Bagoses, general de Artajerjes, al saber que Yojanán, el sumo sacerdote de los judíos, había asesinado en el santuario a su propio hermano Yeshúa, se presentó al punto ante los judíos con furor y comenzó a decir: «¿Os habéis atrevido a cometer un homicidio en el santuario?»

E intentando entrar en el Templo, se lo impedían. Pero él les dijo: «¿Acaso no soy yo más puro que el que fue muerto en el Templo?» Y dichas estas palabras, entra en el Templo. Valiéndose, pues, de esta añagaza, Bagoses persiguió a los judíos durante siete años por la muerte de Yeshúa.

Al terminar Yojanán su vida, le sucede en el sumo sacerdocio su hijo Yadúa. Tenía también este un hermano de nombre Menashé, a quien Sanbalat —enviado a Shomrón por Darío, el último rey, como sátrapa, cuteo de raza, de los que también proceden los samaritanos—, sabiendo que la ciudad de Yerushaláyim era espléndida y que sus reyes habían causado muchos trastornos a los asirios y a los que habitaban en Celesiria, casó de buen grado con él a su hija, llamada Nicaso, pensando que el enlace le sería prenda de la buena voluntad de todo el pueblo de los judíos.

Por este mismo tiempo, Filipo, el rey de los macedonios, murió asesinado a traición en Egas por Pausanias, hijo de Cerastas, del linaje de los orestas. Su hijo Alejandro, tomando el reino y cruzando el Helesponto, vence a los generales de Darío al enfrentárseles en el Gránico; y recorriendo Lidia, sometiendo Jonia y arrasando Caria, se lanzó sobre las regiones de Panfilia, como se ha mostrado en otro lugar.

Los ancianos de los habitantes de Yerushaláyim, indignados de que el hermano del sumo sacerdote Yadúa, casado con una extranjera, participara del sumo sacerdocio, estaban en discordia con él; pues consideraban que su matrimonio sería un peldaño para quienes quisieran transgredir la ley en cuanto a la convivencia con mujeres, y que ello sería el comienzo de su mezcla con los extranjeros. Recordaban, además, que la causa de su anterior cautiverio y de sus males había sido que algunos habían faltado en materia de matrimonios y habían tomado mujeres no del país. Ordenaban, pues, a Menashé que se separara de su mujer o que no se acercara al altar.

Como el sumo sacerdote compartiera la indignación del pueblo y apartara a su hermano del altar, Menashé fue a su suegro Sanbalat y le dijo que amaba a su hija Nicaso, pero que, siendo la dignidad sacerdotal la mayor en el pueblo y perteneciendo a su linaje, no quería verse privado de ella por causa de ella. Sanbalat le prometió no solo conservarle el sacerdocio, sino también procurarle el poder y el honor del sumo sacerdocio y nombrarlo gobernador de todos los lugares sobre los que él mismo mandaba, si consentía en vivir con su hija; y le decía que edificaría un templo semejante al de Yerushaláyim sobre el monte Guerizim, que es el más alto de los montes de Shomrón, y prometía hacer esto con el consentimiento de Darío, el rey. Exaltado por las promesas, Menashé permaneció con Sanbalat, creyendo que obtendría el sumo sacerdocio por concesión de Darío; pues sucedía que Sanbalat era ya anciano.

Y como muchos sacerdotes e israelitas estaban enredados en tales matrimonios, no pequeña turbación se apoderó de los habitantes de Yerushaláyim; pues todos se pasaban a Menashé, ya que Sanbalat les proporcionaba dinero, les repartía tierras para cultivo y morada y en todo modo secundaba a su yerno.

Por este tiempo, Darío, al oír que Alejandro, tras cruzar el Helesponto y vencer a sus sátrapas en la batalla del Gránico, avanzaba más adentro, reunió un ejército de caballería e infantería, resuelto a salir al paso de los macedonios antes de que en su avance sometieran toda Asia. Así pues, tras pasar el río Éufrates y franquear el Tauro, monte de Cilicia, aguardaba a los enemigos en Iso, en Cilicia, dispuesto a librar allí batalla con ellos.

Complacido con la bajada de Darío, Sanbalat dijo al punto a Menashé que cumpliría sus promesas en cuanto Darío, vencidos los enemigos, regresara; pues estaba persuadido, y no solo él, sino todos los de Asia, de que los macedonios ni siquiera llegarían a las manos con los persas, por su número. Pero no resultó como esperaban; pues el rey, al trabar combate con los macedonios, fue derrotado y, perdida gran parte de su ejército y tomados cautivos su madre, su mujer y sus hijos, huyó a Persia.

Alejandro, llegando a Siria, toma Damasco y, dominada Sidón, sitiaba Tiro; y enviando cartas pidió al sumo sacerdote de los judíos que le mandara tropas de refuerzo, que abasteciera de mercado a su ejército y que le diera a él los tributos que antes pagaban a Darío, si elegían la amistad de los macedonios; pues no se arrepentirían de ello. Como el sumo sacerdote respondiera a los portadores de las cartas que había prestado juramento a Darío de no tomar armas contra él, y que no lo quebrantaría mientras Darío estuviera entre los vivos, al oírlo Alejandro se irritó, y, aunque no juzgó oportuno abandonar Tiro, que estaba a punto de caer, tras someterla amenazó con marchar contra el sumo sacerdote de los judíos y enseñar a todos a quiénes debían guardar sus juramentos; por lo cual, llevando el asedio con mayor empeño, toma Tiro. Ordenados los asuntos en ella, marchó contra la ciudad de Gaza y sitiaba tanto Gaza como al comandante de su guarnición, llamado Babemasis.

Juzgando Sanbalat que tenía ocasión propicia para su designio, renunció a Darío y, tomando ocho mil de los que estaban bajo su mando, se llegó a Alejandro; y hallándolo al comienzo del asedio de Tiro, le dijo que le entregaba los lugares que él gobernaba y que de buen grado lo tenía por señor en lugar del rey Darío. Habiéndolo recibido con agrado, Sanbalat, ya confiado acerca de sus propósitos, le dirigió la palabra revelándole que tenía por yerno a Menashé, hermano de Yadúa, el sumo sacerdote de los judíos, y que muchos otros de sus compatriotas, que lo acompañaban, querían edificar ya un templo en los lugares sometidos a él. Esto era también conveniente para el rey: que la fuerza de los judíos quedara dividida en dos, para que la nación, al no ser de un mismo parecer ni estar unida, no resultara difícil de dominar para los reyes si alguna vez se sublevaba, como también antes había ocurrido a los que gobernaban a los asirios.

Con el consentimiento de Alejandro, Sanbalat, poniendo todo su empeño, edificó el templo y nombró sacerdote a Menashé, teniendo esto por el mayor honor para los que nacieran de su hija. Transcurridos siete meses del asedio de Tiro y dos del de Gaza, Sanbalat murió. Y Alejandro, tomada Gaza, se apresuraba a subir contra la ciudad de los habitantes de Yerushaláyim.

El sumo sacerdote Yadúa, al oírlo, estaba en angustia y temor, sin saber cómo saldría al encuentro de los macedonios, estando el rey airado por la anterior desobediencia. Así pues, ordenando una súplica al pueblo y ofreciendo con él un sacrificio a Dios, le rogaba que protegiera a la nación y la librara de los peligros que se avecinaban. Y habiéndose dormido tras el sacrificio, Dios le habló en sueños diciéndole que tuviera ánimo y, adornando la ciudad con guirnaldas, abriera las puertas; y que los demás salieran al encuentro con vestiduras blancas, y él mismo con los sacerdotes con las túnicas rituales, sin temer sufrir mal alguno, pues Dios velaba por ellos. Levantándose del sueño, se alegró él en gran manera y, revelando a todos el oráculo que se le había dado y haciendo cuanto se le había ordenado en sueños, aguardaba la llegada del rey.

Y al enterarse de que no estaba lejos de la ciudad, sale con los sacerdotes y la multitud de los ciudadanos, disponiendo un recibimiento solemne y distinto del de los demás pueblos, hasta un lugar llamado Safín. Este nombre, trasladado a la lengua griega, significa «atalaya»; pues desde allí se alcanzaban a ver Yerushaláyim y el Templo. Mientras los fenicios y los caldeos que lo seguían calculaban que, como era de esperar por la ira del rey, este les permitiría saquear la ciudad y dar muerte con tormentos al sumo sacerdote, sucedió lo contrario de todo eso.

Pues Alejandro, viendo desde lejos la multitud con vestiduras blancas, y a los sacerdotes al frente con sus vestes de lino, y al sumo sacerdote con la túnica de jacinto y oro, con la mitra sobre la cabeza y en ella la lámina de oro en que estaba escrito el nombre de Dios, adelantándose solo se postró ante el nombre y fue el primero en saludar al sumo sacerdote. Y como todos los judíos a una sola voz saludaran a Alejandro y lo rodearan, los reyes de Siria y los demás, al ver lo que hacía, quedaron atónitos y supusieron que el rey había perdido el juicio. Solo Parmenión se le acercó y le preguntó por qué, cuando todos se postraban ante él, era él quien se postraba ante el sumo sacerdote de los judíos. «No me postré ante este hombre —respondió—, sino ante el Dios cuyo sumo sacerdocio se le ha confiado.

»A este mismo lo vi en sueños, con esta misma vestidura, hallándome en Dío de Macedonia. Mientras yo reflexionaba conmigo mismo cómo podría hacerme dueño de Asia, él me exhortaba a no demorarme, sino a cruzar con ánimo resuelto: él mismo conduciría mi ejército y me entregaría el imperio de los persas.

»Por eso, no habiendo visto a ningún otro con semejante atuendo, y viéndolo ahora a él, y recordando la visión de mi sueño y aquella exhortación, tengo por cierto que he emprendido esta campaña bajo escolta divina, que venceré a Darío, que destruiré el poderío de los persas y que todo cuanto tengo en mente saldrá adelante.»

Dicho esto a Parmenión, y tras estrechar la mano del sumo sacerdote de los judíos, mientras estos corrían a su lado, entró en la ciudad. Subió al Templo, ofreció sacrificio a Dios según la indicación del sumo sacerdote, y honró con la debida dignidad al propio sumo sacerdote y a los cohanim.

Cuando le mostraron el libro de Daniel, en el que se declaraba que un griego habría de destruir el imperio de los persas, creyó que era él el señalado; se alegró entonces y despidió a la multitud, pero al día siguiente los convocó y les mandó que pidieran las mercedes que ellos quisieran.

El sumo sacerdote pidió poder regirse por las leyes de sus padres y que el séptimo año quedara libre de tributo, y él lo concedió todo. Y cuando le rogaron que permitiera también a los judíos de Bavel y de Media regirse por sus propias leyes, prometió de buen grado hacer cuanto le pedían.

Dijo luego a la multitud que, si algunos querían servir en su ejército permaneciendo fieles a las costumbres de sus padres y viviendo conforme a ellas, estaba dispuesto a alistarlos; y muchos abrazaron con gusto la campaña a su lado.

Alejandro, pues, tras haber dispuesto todo esto en Yerushaláyim, marchó contra las ciudades vecinas. Todos aquellos a quienes llegaba lo recibían con benevolencia; pero los samaritanos —que tenían por entonces como capital a Shejem, situada junto al monte Guerizim y habitada por los que habían apostatado del pueblo de los judíos—, al ver que Alejandro había honrado tan espléndidamente a los judíos, resolvieron declararse ellos mismos judíos.

Porque tal es la índole de los samaritanos, como ya hemos mostrado antes: cuando los judíos están en desgracia, niegan ser parientes suyos —y confiesan entonces la verdad—; pero cuando ven que la fortuna les depara algo brillante, se lanzan sobre su comunidad diciendo que les pertenecen, y trazan su genealogía a partir de los descendientes de Yosef, Efráyim y Menashé.

Con gran pompa, pues, y mostrando mucho fervor hacia él, salieron al encuentro del rey casi a las puertas mismas de Yerushaláyim. Y como Alejandro los elogiara, los siquemitas se le acercaron, llevando consigo también a los soldados que Sanbalat le había enviado, y le rogaron que fuera a su ciudad y honrara asimismo el santuario que tenían allí.

Él les prometió que lo vería a su regreso; y como le pidieran que les remitiese el tributo del séptimo año, alegando que tampoco ellos sembraban en él, les preguntó quiénes eran los que hacían tal petición. Respondieron que eran hebreos, pero que en Shejem los llamaban sidonios. Volvió a preguntarles si acaso eran judíos, y como dijeran que no, «pero yo —respondió— concedí estas cosas a los judíos; a mi regreso, no obstante, e instruido por vosotros con mayor exactitud, resolveré lo que me parezca». Así despidió a los siquemitas.

A los soldados de Sanbalat les ordenó que lo siguieran a Mitsraim, pues allí les daría lotes de tierra; y, en efecto, poco después lo hizo, asignándolos a guarnecer la región en la Tebaida.

Muerto Alejandro, el imperio se repartió entre sus sucesores, pero el santuario del monte Guerizim permaneció. Y si alguno en Yerushaláyim era acusado de comer alimentos comunes, o de haber transgredido el Shabat, o de cualquier otra falta semejante, huía a los siquemitas alegando que había sido expulsado injustamente.

Por aquel tiempo había muerto ya también el sumo sacerdote Yadúa, y su hijo Onías había recibido el sumo sacerdocio. Tal era el estado de las cosas en lo que tocaba a los habitantes de Yerushaláyim.

Capítulo II

Libro duodécimo

Así pues, Alejandro, rey de los macedonios, tras derribar el dominio de los persas y ordenar los asuntos de Judea del modo antes referido, llegó al término de su vida. Al repartirse el imperio entre muchos, Antígono se hizo con Asia; Seleuco, con Bavel y las naciones de aquellas partes; Lisímaco gobernó el Helesponto; Casandro tenía Macedonia, y Tolomeo, el hijo de Lago, había recibido Mitsraim. Como estos andaban en discordia y rivalizaban entre sí por su propio poder, se sucedieron guerras continuas y largas; las ciudades padecieron y perdieron a muchos de sus habitantes en aquellas luchas, hasta el punto de que toda Siria, bajo Tolomeo hijo de Lago —llamado entonces Sóter, es decir, «Salvador»—, sufrió lo contrario de lo que ese sobrenombre indicaba.

También se apoderó de Yerushaláyim valiéndose de engaño y ardid: entró en la ciudad un Shabat, como si fuera a ofrecer sacrificios, y los judíos no se defendieron de él —pues nada hostil sospechaban—; y como no recelaban y aquel día lo pasaban en reposo y ociosidad, se hizo dueño de la ciudad sin esfuerzo y la gobernó con dureza. Da testimonio de este relato también Agatárquides de Cnido, el que escribió las gestas de los sucesores, que nos reprocha nuestra superstición como causa de haber perdido por ella la libertad, y dice así: «Hay un pueblo llamado los judíos, que, teniendo una ciudad fuerte y grande, Yerushaláyim, la dejaron caer en manos de Tolomeo por no querer tomar las armas, sino que, a causa de su intempestiva superstición, hubieron de soportar un amo cruel.»

Esto es lo que Agatárquides declaró acerca de nuestro pueblo. Tolomeo, por su parte, tomó muchos cautivos de la región montañosa de Judea, de los lugares en torno a Yerushaláyim, de la comarca de Shomrón y de los del Guerizim, y llevándolos a todos los asentó en Mitsraim. Sabía que los de Yerushaláyim eran gentes muy fieles en guardar los juramentos y los compromisos —lo había comprobado por las respuestas que dieron a Alejandro cuando este les envió una embajada tras vencer a Darío en batalla—; por eso alistó a muchos de ellos en las guarniciones, los hizo ciudadanos con los mismos derechos que los macedonios en Alejandría y les tomó juramento de que guardarían fidelidad a los descendientes de quien les confiaba aquello. No pocos, además, de los demás judíos vinieron a Mitsraim, atraídos por la bondad de aquellas tierras y por la munificencia de Tolomeo. Con todo, a sus descendientes les surgieron disputas con los samaritanos, pues estos querían conservar la conducta heredada de sus costumbres, y llegaron a hacerse la guerra unos a otros: los de Yerushaláyim afirmaban que el santuario que tenían era el santo y exigían que allí se enviaran los sacrificios, mientras que los siquemitas mandaban que fueran al monte Guerizim.

Reinó Alejandro doce años, y después de él Tolomeo Sóter cuarenta y uno; luego, Filadelfo tomó el reino de Mitsraim y lo tuvo durante treinta y nueve años. Él hizo traducir la Torá y liberó de la esclavitud a los de Yerushaláyim que servían como esclavos en Mitsraim —unos ciento veinte mil—, por una causa como esta: Demetrio de Falero, que estaba al frente de las bibliotecas del rey, se afanaba por reunir, de ser posible, todos los libros del mundo, y los compraba dondequiera que oyese de alguno digno de estima; secundaba así el propósito del rey, que sentía particular pasión por la colección de libros y por lo bello. Preguntándole una vez Tolomeo cuántas decenas de miles de libros tenía ya reunidos, respondió que de los que había unos veinte mil, y que en poco tiempo llegaría a juntar cincuenta mil.

Le dijo, además, que se le había informado de que también entre los judíos había muchos escritos de sus leyes, dignos de estudio y de la biblioteca real, pero que, redactados en los caracteres y la lengua de aquellos, les darían no poco trabajo para verterlos al griego. Pues su escritura parece semejante, por su rasgo propio, a la de las letras de los sirios, y su sonido resuena parecido al de ellas, aunque en realidad es de índole particular. Nada impedía, pues —decía—, verter también estos textos, ya que, contando con abundantes medios para ello, podría tener en la biblioteca igualmente los de aquel pueblo. El rey, juzgando que Demetrio le aconsejaba de modo excelente, pues él ambicionaba una gran cantidad de libros, escribe al sumo sacerdote de los judíos para que aquello se llevara a cabo.

Un tal Aristeo, que se contaba entre los amigos más íntimos del rey y a quien este apreciaba por su mesura, muchas veces antes había pensado en pedir al rey que liberase a cuantos judíos cautivos había en su reino; y juzgando que aquella era ocasión propicia para la súplica, habla primero de ello con los jefes de la guardia personal, Sosibio el tarentino y Andreas, pidiéndoles que le apoyaran en lo que iba a solicitar al rey. Aristeo, tras obtener también el parecer favorable de los ya mencionados, se acercó al rey y le dirigió estas palabras:

«No conviene, oh rey, que dejemos pasar las cosas engañándonos, sino que saquemos a la luz la verdad. Pues, habiendo decidido no solo transcribir las leyes de los judíos, sino también traducirlas para tu complacencia, ¿con qué razón lo haríamos mientras muchos judíos viven esclavos en tu reino? Líbralos de su desdicha, obrando conforme a tu propia grandeza de ánimo y bondad, pues quien rige tu reino es el Dios que estableció sus leyes para ellos, según pude aprender tras mucho indagar. Pues al Dios que compuso todas las cosas lo veneramos tanto ellos como nosotros, llamándolo Zena, nombre que le dimos con propiedad por infundir él la vida a todos. Por eso, en honor de Dios, restituye a quienes han hecho de su culto hacia él algo excepcional, a esos que han quedado privados de su patria y de la vida que en ella llevaban. Pero has de saber, oh rey, que no pido esto por ellos por ser de su linaje ni de su mismo pueblo, sino porque todos los hombres son hechura de Dios; y, sabiendo que él se complace en quienes obran el bien, a ello también te exhorto.»

Dicho esto por Aristeo, el rey, alzando la mirada hacia él con rostro alegre y risueño, dijo: «¿Cuántas decenas de miles supones que serán los que se han de liberar?». Y respondiendo Andreas, que estaba allí presente, y diciendo que serían algo más de ciento diez mil, el rey exclamó: «¡Pequeño don es, pues, Aristeo, el que nos pides!». Mas como Sosibio y los presentes dijeran que le convenía, en consonancia con su propia magnanimidad, hacer una ofrenda de gratitud al Dios que le había concedido el reino, el rey, animado por ellos, ordenó que, al pagar a los soldados su soldada, se abonaran también ciento veinte dracmas por cada uno de los cautivos que aquellos tuvieran. Y prometió publicar sobre lo que pedían un edicto redactado con magnificencia, que confirmara la propuesta de Aristeo y, antes que ella, la voluntad de Dios, en virtud de la cual —dijo— liberaría no solo a los que su padre había traído y a los de aquel ejército, sino también a los que ya estaban de antes en el reino y a cuantos hubieran sido introducidos después. Cuando le dijeron que el rescate ascendería a más de cuatrocientos talentos, lo concedió, y se resolvió conservar la copia del decreto como muestra de la grandeza de alma del rey. Era del tenor siguiente:

«Todos aquellos que, habiendo hecho campaña con nuestro padre, invadieron Siria y Fenicia y, sometida Judea, apresaron personas y las trajeron cautivas a nuestras ciudades y a nuestro territorio y allí las vendieron —así como quienes ya estaban antes de ellos en mi reino, y cuantos hayan sido introducidos ahora—, sean liberados por quienes los retengan, recibiendo por cada persona ciento veinte dracmas: los soldados, junto con su soldada; los demás, cobrando el rescate de la mesa real. Pues considero que fueron hechos cautivos tanto contra la intención de mi padre como contra lo justo, y que su tierra fue devastada por la insolencia de la soldadesca, y que del traslado de ellos a Mitsraim les vino a los soldados mucho provecho. Así pues, atendiendo a la justicia y compadeciendo a los que han sido oprimidos más allá de lo debido, ordeno que se libere a los judíos que se hallan en servidumbre, recibiendo por ellos sus dueños la suma antes fijada por cabeza; y que nadie cometa fraude en esto, sino que obedezca lo mandado. Quiero que las declaraciones se hagan, dentro de los tres días siguientes a la promulgación de esto, ante los funcionarios encargados de ellos, presentando de inmediato también a las personas; pues juzgo que ello conviene a mis propios intereses. Denuncie quien quiera a los que desobedezcan, cuyos bienes quiero que pasen a la propiedad real.»

Al leerse este decreto ante el rey, que lo contenía todo salvo que faltaba únicamente precisar acerca de los judíos introducidos antes y después, él mismo, con magnanimidad, añadió también respecto de estos la cláusula benévola, y mandó que la entrega del dinero, que se hacía en una sola suma, se repartiera entre los agentes de los asuntos públicos y los banqueros reales. Hecho esto, en siete días en total llegó pronto a término lo dispuesto por el rey, y los rescates ascendieron a más de cuatrocientos sesenta talentos; pues los dueños cobraban también por los niños de pecho las ciento veinte dracmas, ya que el rey había ordenado dar por estos igualmente, al haber prescrito que se recibiera lo antes dicho por cada persona.

Cumplido esto con magnificencia según la voluntad del rey, mandó a Demetrio presentar también el dictamen sobre la copia de los libros judíos; pues nada gestionaban los reyes a la ligera, sino que todo lo hacían con sumo cuidado. Por eso se han consignado la copia del memorial y la de las cartas, así como la cantidad de ofrendas votivas enviadas y lo que se labró en cada una, de modo que resulte clarísima ante quienes las contemplen la gran obra del artífice, y por la excelencia de las piezas cada una dé a conocer de inmediato a su autor. La copia del memorial era esta:

«Al gran rey, de parte de Demetrio. Puesto que ordenaste, oh rey, tanto que se reunieran los escritos que aún faltan para completar la biblioteca, como que los deteriorados recibieran el cuidado necesario, habiendo puesto en ello todo mi empeño, te informo: nos faltan los libros de la legislación de los judíos, junto con otros; pues, escritos en caracteres hebreos y en la lengua de aquel pueblo, nos resultan ininteligibles. Y ha sucedido que se han copiado con menos cuidado del debido, por no haber contado con la solicitud real. Es preciso que también estos textos se conserven con exactitud junto a ti; pues esta legislación es más filosófica e intacta, como que es de Dios. Por eso también Hecateo de Abdera dice que ni los poetas ni los autores de historias hicieron mención de ella, ni de los varones que gobernaron su vida pública conforme a ella, por ser cosa sagrada que no debía ser divulgada por bocas profanas. Si te parece bien, pues, oh rey, escribirás al sumo sacerdote de los judíos para que envíe a seis de los ancianos de cada tribu, los más versados en las leyes, de quienes, tras aprender a fondo la claridad y la concordancia de los libros y alcanzar la exactitud en la traducción de su contenido, reunamos estos textos de manera digna de tu propósito.»

Presentado tal memorial, el rey ordenó que se escribiera a Elazar, el sumo sacerdote de los judíos, acerca de estos asuntos, informándole al mismo tiempo de la liberación de los judíos que entre ellos vivían esclavizados; y para la fabricación de crateras, copas y vasos de libación envió oro por peso de cincuenta talentos y una cantidad incalculable de piedras preciosas. Ordenó también a los guardianes de los cofres en que estaban las piedras que dejaran la elección a los propios artífices, de la clase que quisieran. Dispuso, además, que se dieran al sacerdote hasta cien talentos en moneda, para los sacrificios y las demás necesidades. Describiré las piezas y el modo de su elaboración después de exponer primero la copia de la carta escrita a Elazar, el sumo sacerdote, que llegó a este honor por una causa como esta:

Al morir el sumo sacerdote Onías, le sucedió su hijo Shimón, llamado también «el Justo» por su piedad hacia Dios y su benevolencia hacia sus compatriotas. Cuando este murió y dejó un hijo pequeño llamado Onías, su hermano Elazar —de quien tratamos— recibió el sumo sacerdocio, y a él escribe Tolomeo de esta manera:

«El rey Tolomeo a Elazar, sumo sacerdote, salud. Puesto que muchos judíos se hallan asentados en mi reino —a quienes mi padre honró después de que fueran hechos cautivos por los persas cuando estos dominaban—, y a unos los alistó en el ejército con paga mayor, y a algunos que vinieron con él a Mitsraim les confió las fortalezas y su custodia, para que fueran temibles a los egipcios, yo, al hacerme cargo del gobierno, a todos traté con humanidad, pero sobre todo a tus conciudadanos, de los cuales liberé a más de cien mil cautivos que estaban en esclavitud, abonando el rescate a sus dueños de mi propio peculio. A los que estaban en la flor de la edad los incorporé al registro militar, y a algunos, capaces de estar a nuestro lado y merecedores de la confianza de la corte, los juzgué dignos de ella, pensando ofrecer a Dios, por su providencia sobre mí, esta ofrenda, la mayor de todas. Y deseando complacer también a estos y a todos los judíos del mundo entero, he resuelto traducir vuestra Torá y, transcrita del hebreo a letras griegas, tenerla depositada en mi biblioteca. Harás bien, pues, en elegir varones probos, seis de cada tribu, ya ancianos, que tanto por su edad conozcan bien las leyes como puedan hacer exacta la traducción de estas; pues creo que, cumplido esto, nos resultará la mayor gloria. Te he enviado, para tratar de estos asuntos, a Andreas, jefe de mi guardia personal, y a Aristeo, muy queridos por mí, por medio de quienes te he mandado también, como primicias de ofrendas votivas para el santuario y para los sacrificios y lo demás, cien talentos de plata. Y tú, escribiéndonos acerca de cuanto desees, nos harás un favor.»

Llegada la carta del rey a Elazar, le responde con la mayor cortesía posible: «El sumo sacerdote Elazar al rey Tolomeo, salud. Si tú, la reina Arsínoe y los hijos gozáis de salud, todo nos va bien. Al recibir la carta, nos alegramos grandemente por tu propósito, y reunida la multitud, se la leímos, mostrándoles la piedad que tienes hacia Dios. Les mostramos también las copas que enviaste, veinte de oro y treinta de plata, y cinco crateras, y una mesa para la consagración, y los cien talentos para los sacrificios y para la reparación de cuanto el santuario pudiera necesitar, que trajeron Andreas y Aristeo, los más honrados de tus amigos, varones probos, sobresalientes por su cultura y dignos de tu virtud. Has de saber que soportaremos lo que a ti te convenga, aunque sea algo contrario a la naturaleza; pues debemos corresponder a tus beneficios, prodigados de tantas maneras a nuestros conciudadanos. Al punto, pues, por ti, por tu hermana, por tus hijos y amigos ofrecimos sacrificios, y la multitud hizo votos por que las cosas te salgan conforme a tu deseo, por que tu reino se conserve en paz y por que la copia de la Torá alcance, en tu provecho, el fin que te propones. He escogido a seis ancianos de cada tribu, que te hemos enviado portando la Torá. Propio de tu piedad y de tu justicia será devolvernos la Torá una vez copiada, con garantía de seguridad para quienes la lleven. Que estés bien.»

Esto respondió por escrito el sumo sacerdote. A mí, en cambio, no me pareció necesario dar a conocer los nombres de los setenta ancianos que llevaron la Torá, enviados por Elazar; pues iban consignados al pie de la carta. Con todo, la riqueza y la hechura de las ofrendas votivas que el rey envió a Dios no he juzgado impropio describirlas, para que a todos se haga patente el celo del rey por Dios; pues él, aportando sin tacañería el gasto para ellas y estando siempre junto a los artífices y vigilando las obras, no permitió que ninguna de las piezas se hiciera con descuido ni con desidia. De ellas describiré cómo era cada una en su suntuosidad —quizá la historia no exija ese relato, pero supongo que así presentaré a mis lectores el amor del rey por lo bello y su grandeza de espíritu.

Primero expondré lo relativo a la mesa. Tenía el rey el propósito de hacer aquella pieza de dimensiones descomunales, mas ordenó averiguar el tamaño de la mesa consagrada en Yerushaláyim, cuánto medía y si podía hacerse otra mayor que ella. Enterado de cuán grande era la existente y de que nada impedía hacer otra mayor, dijo que quería fabricar una hasta cinco veces mayor que aquella; pero temía que, por lo desmesurado del tamaño, quedara inservible para los oficios, pues quería que las ofrendas no solo estuvieran expuestas para ser contempladas, sino que también fueran útiles para el culto. Y considerando por ello que la mesa anterior se había hecho de tamaño proporcionado, y no por escasez de oro, resolvió no superar en tamaño a la ya existente, sino hacerla más notable por la variedad y la belleza del material. Y como era hábil para captar la naturaleza de toda clase de cosas y para concebir obras nuevas y sorprendentes, y aportaba él mismo, por su ingenio, la invención de cuanto no estaba prescrito y se lo indicaba a los artífices, mandó que se hicieran estas cosas y que también lo ya trazado se ejecutara del mismo modo, atendiendo a su exactitud.

Propuesto, pues, hacer la mesa de dos codos y medio de largo, uno de ancho y uno y medio de alto, la labraron toda de oro, ejecutando en oro toda la base de la obra. El borde lo hicieron de un palmo, y las molduras retorcidas, con un relieve en forma de cordón admirablemente imitado por el cincelado en los tres lados. Pues, siendo triangulares, cada ángulo tenía la misma disposición del repujado, de modo que, al girarlos, una sola forma, y no distinta, se veía en torno. De ese borde, la parte inclinada hacia abajo, bajo la mesa, tenía una hermosa factura, pero la vuelta hacia fuera estaba trabajada con aún mayor belleza de ejecución, por venir a la vista y a la contemplación. Por eso la arista de ambas partes resultaba aguda, y ninguno de los tres ángulos, como antes dijimos, se veía menor al mover la mesa. Engastadas en los cordones del cincelado había piedras preciosas dispuestas en fila paralela, sujetas mediante clavijas de oro que pasaban por unos orificios.

Las partes del costado del borde, que se elevaban hacia la vista, estaban adornadas con una disposición de óvalos hechos de piedra bellísima, semejantes en el relieve a estrías apretadas, que rodeaban en corona el contorno de la mesa. Bajo la figura de los óvalos, los artífices hicieron correr en torno una guirnalda cincelada con la naturaleza de todo género de frutos, de suerte que colgaban racimos, se erguían espigas y se cerraban granadas. Y labraron las piedras según cada una de las mencionadas clases de frutos, de modo que en cada una quedara impreso su color propio, y las engarzaron con el oro alrededor de toda la mesa. Bajo la guirnalda se dispusieron igualmente los óvalos y el relieve de las estrías, pues la mesa se fabricó de manera que a ambos lados presentara la misma vista de la variedad y primor de las labores, de suerte que también la colocación de las demás molduras y la del borde no fuera distinta a uno y otro lado de la mesa, sino que la misma apariencia de la ejecución se extendiera hasta los pies. Pues, hecha una lámina de oro de cuatro dedos de ancho a lo largo de toda la anchura de la mesa, encajaron en ella los pies; luego, con clavijas y trabas, los sujetaron firmemente a la mesa por el borde, para que ofrecieran la misma vista de novedad y suntuosidad por cualquier lado en que se colocara la mesa.

Sobre la mesa grabaron un meandro, engastando en su parte central piedras notables, como estrellas de aspecto variado: el carbunclo y la esmeralda, que despedían cada uno un resplandor gratísimo a los que las miraban, y de las demás clases cuantas son muy apreciadas y codiciadas por todos por lo precioso de su naturaleza. Tras el meandro corría en torno cierta trenza en forma de cordón, semejante en su parte central a un rombo, sobre la que estaban engastados el cristal de roca y el ámbar, que, por la vecindad paralela de sus aspectos, brindaban un deleite maravilloso a quienes los contemplaban. Los capiteles de los pies estaban imitados en forma de lirios, cuyas hojas se doblaban hacia atrás por debajo de la mesa, mientras que por dentro dejaban ver su brote erguido hacia arriba. Su base era de piedra carbunclo, de un palmo, con forma de pedestal, y tenía ocho dedos de ancho, y sobre ella se apoyaba toda la lámina de los pies. Cincelaron cada uno de los pies con labor menuda y muy esmerada, haciendo brotar en ellos hiedra y sarmientos de vid junto con racimos, de suerte que uno juzgaría que en nada quedaban por debajo de lo real; pues, al moverse con el viento por su finura y por extenderse hasta la punta, daban la impresión de cosas naturales antes que de imitaciones del arte. Idearon fabricar la forma de toda la mesa, por así decir, en tres piezas, con la ensambladura de las partes entre sí tan trabada que las junturas resultaban invisibles y ni siquiera cabía imaginarlas. Y el grosor de la mesa venía a ser no menor de medio codo.

Esta ofrenda, pues, conforme a la gran ambición del rey, quedó así rematada por lo costoso del material, la variedad de la belleza y la imitación del cincelado de los artífices, empeñado el rey en que, aunque no fuera a diferir en tamaño de la mesa consagrada antes a Dios, resultara con mucho superior y admirable por el arte, la novedad y el esplendor de su hechura. De las crateras, dos eran de oro y tenían, desde la base hasta la faja central, un cincelado en forma de escamas, con piedras de diversos colores engastadas en las espirales. Luego, sobre ella, se ejecutó un meandro de un codo de alto, compuesto de piedras de toda apariencia, y sobre este se grabó un estriado, encima del cual una trenza romboidal, semejante a redes, ascendía hasta el labio; y las partes centrales las colmaban de belleza unos pequeños escudos de piedra, de cuatro dedos cada uno. Los labios de la cratera estaban coronados en torno con lirios, sus zarcillos, florecillas y cordones de racimos ceñidos en círculo. Las dos crateras de oro, pues, cada una con capacidad de un ánfora, las fabricaron de este modo; en cambio, las de plata habían quedado mucho más lustrosas que el brillo de los espejos, de suerte que a través de ellas se veían con mayor nitidez los rostros de quienes se acercaban.

Además de estas, el rey mandó hacer también treinta copas, en las cuales, dondequiera que era oro y no estaba interrumpido por piedra preciosa, se hallaban sombreadas con zarcillos de hiedra y hojas de vid cinceladas con arte. Estas obras resultaron así tanto por la pericia de los operarios, admirables en el oficio, como, mucho más, por el celo y la ambición del rey, que las llevaron a una perfección sobresaliente; pues no solo proveía a los artífices con abundancia generosa y magnánima, sino que también, dejando de lado la gestión de los asuntos públicos, se hallaba en persona junto a quienes fabricaban las piezas y vigilaba toda la labor. Y esta fue la causa del esmero de los artífices, quienes, mirando al rey y a su afán, se aplicaban a las obras con mayor diligencia.

Estas fueron las ofrendas enviadas a Yerushaláyim por Tolomeo. El sumo sacerdote Elazar, tras consagrarlas, honrar a quienes las habían traído y entregar presentes para que los llevaran al rey, los despidió de regreso hacia el rey. Al llegar a Alejandría, Tolomeo, al oír de su presencia y de que habían venido los setenta ancianos, manda llamar de inmediato a los embajadores Andreas y Aristeo. Estos, presentándose, le entregaron las cartas que le traían de parte del sumo sacerdote y le expusieron todo cuanto aquel les había encargado transmitir de palabra. Impaciente por entrevistarse con los ancianos venidos de Yerushaláyim para la traducción de las leyes, ordenó despedir a los demás, que se hallaban presentes por diversos asuntos, cosa insólita y contraria a la costumbre; pues los que acudían por tales motivos se le presentaban al quinto día, y los embajadores solo al cabo de un mes; entonces, no obstante, despidió a aquellos y aguardó a los enviados por Elazar.

Cuando entraron los ancianos con los presentes que el sumo sacerdote les había dado para llevar al rey, y con los pergaminos en que tenían escritas las leyes en letras de oro, les preguntó acerca de los libros. Cuando, tras descubrirlos de sus envolturas, se los mostraron, el rey, admirado de la finura de las membranas y de lo imperceptible de las junturas —pues con tal maestría estaban ensambladas—, y habiéndolo contemplado largo rato, dijo que daba las gracias a ellos por haber venido, y mayores gracias a quien los enviaba, y, por encima de todo, a Dios, de quien resultaban ser aquellas leyes. Al exclamar a una voz los ancianos y cuantos allí estaban que le sobrevinieran bienes al rey, este, por exceso de gozo, prorrumpió en lágrimas, pues la naturaleza, en la gran alegría, experimenta también las señales propias de las penas.

Tras ordenar que los libros se entregaran a los encargados de su disposición, saludó entonces a los varones, diciendo que era justo hablar primero de aquello para lo cual los había mandado llamar y solo después dirigirse a ellos. Prometió hacer célebre el día en que habían llegado hasta él y señalarlo cada año a lo largo de toda su vida; pues coincidía con el de su llegada la fecha de la victoria que había obtenido sobre Antígono en una batalla naval. Ordenó, además, que banquetearan con él y dispuso que se les dieran los más hermosos alojamientos, junto a la ciudadela.

El encargado de la recepción de los extranjeros, Nicanor, llamando a Doroteo, que tenía a su cargo estos asuntos, le mandó preparar para cada uno lo necesario para su manutención. Así lo había dispuesto el rey: pues en cada ciudad, cuantos observaban las mismas costumbres en cuanto a la alimentación, de ellos se ocupaba, y conforme al uso de quienes venían a él, todo se lo preparaba, para que, agasajados según su modo habitual de vivir, disfrutaran más y por nada se sintieran molestos como ante algo ajeno. Y así ocurrió también con estos, quedando Doroteo puesto al frente de ellos por su exactitud en lo tocante a su régimen de vida. Dispuso por sí mismo todo lo relativo a tales recepciones e hizo los divanes en dos secciones, así por mandato del rey; pues ordenó que la mitad de ellos se reclinara a su lado y los demás detrás de su propio diván, sin omitir nada del honor debido a aquellos varones.

Cuando se hubieron reclinado así, ordenó a Doroteo servir conforme a las costumbres que observaban de continuo todos los que habían venido a él desde Judea. Por eso prescindió de los heraldos sagrados, de los sacrificadores y de los demás que solían pronunciar las plegarias, y a uno de los presentes, de nombre Elishá, que era sacerdote, le pidió el rey que dijera las bendiciones. Este, puesto en pie en medio, oró por bienes para el rey y para los gobernados por él; luego se alzó de todos un aplauso con alegría y clamor, y, cesando, se dieron al banquete y al disfrute de cuanto se había preparado. El rey, tras dejar pasar el tiempo que le pareció ocasión suficiente, se puso a filosofar y preguntaba a cada uno de ellos cuestiones de filosofía natural; y como aquellos varones aclaraban con exactitud, en el examen de lo indagado, cuanto se les proponía acerca de cualquier tema, complacido con ellos prolongó el simposio durante doce días, de suerte que quien quiera conocer en detalle las cuestiones tratadas en aquel simposio puede aprenderlas leyendo el libro de Aristeo, que él compuso a propósito de esto.

Como no solo el rey se admiraba de ellos, sino que también Menedemo el filósofo afirmó que todas las cosas se rigen por la providencia y que por eso era verosímil que en ellos se hallaran también la fuerza y la belleza del discurso, dejaron de indagar sobre estos asuntos. Dijo el rey que el mayor de los bienes le había llegado ahora que ellos estaban presentes; pues se había beneficiado de ellos al aprender cómo se debe reinar. Y ordena que se les den tres talentos a cada uno, así como quienes los reintegraran a su alojamiento.

Pasados tres días, Demetrio los tomó consigo y, recorriendo el dique de siete estadios que se adentraba en el mar hasta la isla y cruzando hacia el puente, avanzó hacia las partes septentrionales y celebró la reunión en la casa edificada junto a la orilla, bien dispuesta, por su quietud, para la deliberación de los asuntos. Llevados allí, los exhortó a que, teniendo a mano cuanto pudieran necesitar para la traducción de la Torá, llevaran a cabo la obra sin estorbo. Ellos, con el mayor afán y esmero posibles, haciendo exacta la traducción, permanecían en ello hasta la hora novena; luego se retiraban al cuidado del cuerpo, provistos con abundancia de cuanto atañía a su manutención, y aportándoles además Doroteo muchas de las cosas que se preparaban para el rey, pues así lo había ordenado. De madrugada acudían a la corte y saludaban a Tolomeo; luego volvían de nuevo al mismo lugar y, lavándose las manos en el mar y purificándose, se entregaban así a la traducción de las leyes.

Copiada la Torá y llegado a término el trabajo de la traducción en setenta y dos días, Demetrio, reuniendo a todos los judíos en el lugar donde también se habían traducido las leyes, en presencia de los traductores, se las leyó. La multitud dio su aprobación a los ancianos que habían aclarado la Torá, y elogió a Demetrio por su iniciativa, como que había venido a ser el descubridor de grandes bienes para ellos; y le pidieron que diera también a sus dirigentes la Torá para leerla. Y todos solicitaron —el sacerdote, los ancianos de entre los traductores y los que estaban al frente de la comunidad—, puesto que la traducción se había concluido bien, que aquello permaneciera tal como estaba y no se alterara. Aprobada por todos la propuesta, ordenaron que, si alguien viese algo superfluo añadido a la Torá o algo que faltase, lo examinara de nuevo, lo pusiera de manifiesto y lo corrigiera —obrando con prudencia en esto, para que lo una vez bien juzgado permaneciera bien para siempre.

El rey, pues, se alegró también de esto, al ver cumplido su propósito en algo provechoso, y sobre todo, cuando le leyeron las leyes, quedó pasmado del entendimiento y la sabiduría del legislador, y se puso a hablar con Demetrio de cómo, siendo tan admirable aquella legislación, ninguno de los historiadores ni de los poetas había hecho mención de ella. Demetrio dijo que nadie se había atrevido a poner mano en la transcripción de estas leyes, por ser cosa divina y venerable, y que algunos que ya lo habían intentado habían sido castigados por Dios, mostrando que Teopompo, por haber querido consignar algo acerca de estos asuntos, se vio perturbado en su mente por más de treinta días, y en las treguas de la dolencia trataba de aplacar a Dios, sospechando que de ahí le venía el trastorno; y aún más, tuvo un sueño en que se le revelaba que aquello le sucedía por entrometerse en las cosas divinas y querer divulgarlas a hombres comunes; y que, tras desistir, recobró la razón. Reveló también, acerca de Teodectes, el poeta de tragedias, que se cuenta que, habiendo querido mencionar en cierto drama cosas escritas en el libro sagrado, se le nubló la vista con cataratas, y que, reconociendo la causa, quedó libre del mal tras haber aplacado a Dios.

El rey recibió estos libros de manos de Demetrio, como ya se ha dicho, y después de inclinarse ante ellos ordenó que se cuidaran con esmero, para que se conservaran puros, y rogó a los traductores que fueran a visitarlo con frecuencia desde Judea —pues eso, les dijo, les convendría tanto por la honra que recibirían de él como por el provecho de sus regalos—. Justo era ahora despedirlos, añadió, pero si volvían a él por voluntad propia obtendrían cuanto merece su sabiduría y es capaz de dar su generosidad.

Entonces, pues, los despidió, dando a cada uno tres vestiduras espléndidas, dos talentos de oro, una copa de un talento y el lecho del banquete.

Todo esto se lo regaló para que lo conservaran. Y al sumo sacerdote Elazar le envió por medio de ellos diez lechos con pies de plata y su ajuar correspondiente, una copa de treinta talentos y, además, diez vestiduras, púrpura, una corona magnífica y cien piezas de lino finísimo; y aún más, tazas, fuentes y vasos para libaciones, y dos crateras de oro para ofrenda. Le rogó también por carta que, si algunos de aquellos hombres quisieran venir a él, se lo permitiera, pues tenía en mucho el trato con personas instruidas y con gusto gastaba su riqueza en gente así. Tales fueron las muestras de gloria y honra que los judíos recibieron de Tolomeo Filadelfo.

Recibieron también honra de los reyes de Asia, porque habían servido en sus ejércitos. En efecto, Seleuco Nicátor, en las ciudades que fundó en Asia, en la baja Siria y en la propia metrópoli de Antioquía, los consideró dignos de la ciudadanía y los declaró iguales en derechos a los macedonios y griegos allí asentados, de modo que esa ciudadanía perdura todavía hoy.

Prueba de ello es lo siguiente: como los judíos no querían usar aceite de extranjeros, ordenó que recibieran de los gimnasiarcas cierta cantidad fija de dinero por el valor del aceite. Y cuando el pueblo de Antioquía quiso abolir ese privilegio en la guerra actual, Muciano, que era entonces gobernador de Siria, lo mantuvo.

Y más tarde, cuando Vespasiano y su hijo Tito se hicieron dueños del mundo, los alejandrinos y los antioquenos pidieron que los derechos de ciudadanía dejaran de valer para los judíos, y no lo consiguieron.

De aquí puede uno advertir la equidad y magnanimidad de los romanos, y sobre todo la de Vespasiano y Tito: pues, aunque habían padecido mucho en la guerra contra los judíos y estaban amargamente dispuestos hacia ellos —porque no les entregaron las armas, sino que resistieron combatiendo hasta el final—, no les quitaron nada de lo que poseían según la ciudadanía mencionada. Dominaron a la vez su cólera anterior y las súplicas de los alejandrinos y los antioquenos, pueblos poderosísimos, de modo que ni por favor hacia estos ni por aborrecimiento hacia aquellos a quienes habían combatido cedieron a suprimir ninguna de las antiguas prerrogativas de los judíos. Antes bien, declararon que quienes habían tomado las armas contra ellos y llegado a la batalla ya habían pagado su castigo, y no juzgaban justo privar de sus bienes a quienes en nada habían delinquido.

Sabemos que Marco Agripa pensó algo semejante acerca de los judíos. Pues cuando los jonios se agitaron contra ellos y pidieron a Agripa que solo ellos gozaran de la ciudadanía que les había dado Antíoco, nieto de Seleuco, el llamado Dios entre los griegos, exigiendo que, si los judíos eran parientes suyos, veneraran a sus dioses —planteado el pleito sobre esto, vencieron los judíos y conservaron el uso de sus propias costumbres, con la defensa de Nicolao de Damasco, pues Agripa dictaminó que no le estaba permitido innovar nada—. Si alguien quiere conocer el detalle con exactitud, lea los libros centésimo vigésimo tercero y vigésimo cuarto de Nicolao. En cuanto a lo juzgado por Agripa, quizá no haya de qué asombrarse, pues nuestra nación no estaba entonces en guerra con los romanos.

Pero de la magnanimidad de Vespasiano y Tito bien puede uno quedar asombrado, ya que, después de guerras y luchas tan grandes como las que sostuvieron contra nosotros, se mostraron moderados. Volveré el relato al punto de donde me desvié hacia esto.

Los judíos, cuando Antíoco el Grande reinaba sobre Asia, tuvieron que padecer mucho, con su tierra devastada, y lo mismo los habitantes de Celesiria. Pues mientras él guerreaba contra Tolomeo Filopátor y contra su hijo Tolomeo, apodado Epífanes, les tocaba sufrir, y ya venciera él o fracasara, ellos padecían igual —de suerte que no se diferenciaban en nada de una nave sacudida por la tempestad y castigada por el oleaje de ambos lados, colocados como estaban entre la prosperidad de Antíoco y los reveses de su fortuna—. Con todo, Antíoco, tras vencer a Tolomeo, se anexionó Judea. Muerto Filopátor, su hijo envió un gran ejército y, como general, a Escopas contra los de Celesiria, quien tomó muchas de sus ciudades y también a nuestra nación, que, atacada, se le sometió.

No mucho después, Antíoco derrota a Escopas, trabando combate con él junto a las fuentes del Yardén, y destruyó gran parte de su ejército. Más tarde, cuando Antíoco sometió las ciudades de Celesiria que Escopas había ocupado, y también Shomrón, los judíos se le unieron por voluntad propia, lo recibieron en la ciudad, dieron abundante provisión a todo su ejército y a sus elefantes, y combatieron con entusiasmo a su lado cuando asediaba a la guarnición que Escopas había dejado en la ciudadela de Yerushaláyim.

Así pues, Antíoco, juzgando justo recompensar el celo y la generosidad de los judíos hacia él, escribe a sus generales y amigos dando testimonio a favor de los judíos por el bien que había recibido de ellos y declarando las mercedes que había resuelto concederles por ello. Expondré las cartas escritas a los generales acerca de ellos, después de mostrar cómo confirma estas palabras nuestras Polibio de Megalópolis; pues en el libro decimosexto de sus Historias dice así: «Escopas, general de Tolomeo, lanzándose a las regiones altas, sometió en el invierno a la nación de los judíos.» Y dice, en el mismo libro, que, vencido Escopas por Antíoco, este tomó Batanea, Shomrón, Abila y Gádara, y que poco después se le unieron también los judíos que habitaban en torno al Templo llamado Yerushaláyim; sobre lo cual, aunque tenemos más que decir —y en especial acerca de la manifestación que ocurrió en el Templo—, aplazaremos el relato para otra ocasión. Esto refirió Polibio. Nosotros volveremos el relato a la narración, tras exponer primero las cartas del rey Antíoco.

«El rey Antíoco saluda a Tolomeo. Los judíos, que ya desde el momento en que pusimos pie en su tierra mostraron su buena disposición hacia nosotros —y que, al llegar nosotros a la ciudad, nos recibieron espléndidamente y salieron a nuestro encuentro con el consejo de ancianos, y proveyeron abundante suministro a los soldados y a los elefantes, y ayudaron además a expulsar de la ciudadela a la guarnición de los egipcios—, hemos considerado justo, por nuestra parte, recompensarles todo esto y restaurar su ciudad, arruinada por los desastres de las guerras, y repoblarla reuniendo de nuevo a los que se habían dispersado. En primer lugar hemos decidido, por su piedad, asignarles para los sacrificios una provisión de animales aptos para el sacrificio, de vino, de aceite y de incienso —veinte mil piezas de plata—; y de flor de harina sagrada, conforme a la ley del país, en artabas; de trigo, mil cuatrocientos sesenta medimnos, y de sal, trescientos setenta y cinco medimnos.

Quiero que se les pague todo esto, según he ordenado, y que se termine la obra del Templo —los pórticos y cualquier otra cosa que fuera menester edificar—; y que la madera se traiga de la misma Judea, de las demás naciones y del Líbano, sin cobrarse impuesto alguno. Y lo mismo para lo demás en que hiciera falta hacer más notable la reparación del Templo.

Que todos los del pueblo se gobiernen según las leyes de sus padres, y que el consejo de ancianos, los sacerdotes, los escribas del Templo y los cantores sagrados queden exentos del impuesto que pagan por cabeza, del tributo de la corona y del que grava lo demás.

Y para que la ciudad se repueble más pronto, concedo a los que ahora la habitan y a los que bajen a ella hasta el mes de Hiperbereteo que estén exentos de tributos por espacio de tres años. Los eximimos también en adelante de la tercera parte de los tributos, para que se repare su daño. Y a cuantos, arrebatados de la ciudad, están esclavizados, tanto a ellos mismos como a los nacidos de ellos los dejamos libres, y ordenamos que se les devuelvan sus bienes.»

Esto contenía la carta. Y honrando el Templo, promulgó además por todo el reino un edicto que decía así: «Que a ningún extranjero le sea permitido entrar en el recinto del Templo vedado a los judíos, salvo a aquellos a quienes, purificados, la costumbre lo consiente conforme a la ley de sus padres. Que no se introduzca en la ciudad carne de caballo, ni de mulo, ni de asnos salvajes o domésticos, ni de leopardos, zorras o liebres, ni en general de ninguno de los animales prohibidos a los judíos; que tampoco se permita meter sus pieles, ni criar ninguno de estos animales en la ciudad; solo con las víctimas de sus antepasados, de las que también hay que ofrecer sacrificio grato a Dios, se les permite servirse. Quien traspase alguna de estas normas, pague a los sacerdotes tres mil dracmas de plata.»

Escribió también dando testimonio de nuestra piedad y fidelidad cuando supo que Frigia y Lidia estaban en rebeldía, en el tiempo en que se hallaba en las satrapías altas, ordenando a Zeuxis, su general y uno de sus más íntimos amigos, que enviara a algunos de los nuestros desde Bavel a Frigia.

Escribe así: «El rey Antíoco saluda a Zeuxis, su padre. Si estás bien, me alegro; yo mismo también estoy con salud. Al enterarme de que los de Lidia y Frigia estaban en rebeldía, juzgué que esto exigía de mí gran atención, y, tras deliberar con mis amigos sobre lo que había que hacer, me pareció bien trasladar a las fortalezas y a los puntos más necesarios dos mil familias de los judíos de Mesopotamia y de Bavel, con su ajuar. Pues estoy persuadido de que serán guardianes leales de nuestros intereses por su piedad hacia Dios, y sé que nuestros antepasados dan testimonio de su fidelidad y de su buena disposición para aquello a que se les llama. Quiero, por tanto, aunque el traslado sea trabajoso, que, según lo prometido, se rijan por sus propias leyes.

Y cuando los hayas llevado a los lugares dichos, darás a cada uno terreno para construir casas y tierra para el cultivo y la plantación de viñas, y los dejarás exentos de tributo sobre los frutos de la tierra por diez años. Que se les mida también trigo para el sustento de sus servidores, hasta que reciban los frutos de la tierra; y désele lo suficiente a quienes sirven en las tareas necesarias, para que, al recibir nuestra benevolencia, se muestren más diligentes en nuestros asuntos. Y cuida de la nación, en la medida de lo posible, para que nadie la moleste.» Sobre la amistad de Antíoco el Grande hacia los judíos baste con estos testimonios.

Después de esto, Antíoco hizo amistad y tratado con Tolomeo y le da a su hija Cleopatra en matrimonio, cediéndole Celesiria, Shomrón, Judea y Fenicia a título de dote. Repartidos los tributos entre los dos reyes, cada uno de los notables compraba el derecho de recaudar los impuestos de su propia patria, y, reuniendo la suma fijada, la pagaba a los reyes.

Por aquel tiempo los samaritanos, que prosperaban, hicieron mucho daño a los judíos, talando su territorio y arrebatando personas; y esto ocurrió bajo el sumo sacerdote Onías. Pues, muerto Elazar, tomó el sumo sacerdocio su tío Menashé, tras el cual, cuando este acabó su vida, recibió el cargo Onías, hijo de Shimón, el llamado el Justo; y Shimón era hermano de Elazar, como ya dije.

Este Onías era de mente estrecha y esclavo del dinero, y por eso, al no entregar el tributo que sus padres pagaban a los reyes de lo suyo en favor del pueblo —veinte talentos de plata—, movió a ira al rey Tolomeo Evérgetes, que era el padre de Filopátor.

Y enviando un embajador a Yerushaláyim, acusaba a Onías de no pagar los tributos y amenazaba con repartir su tierra en lotes si no la cobraba, y con enviar soldados a ocuparla. Al oír lo que venía del rey, los judíos quedaron consternados, pero a Onías nada de esto lo avergonzaba, por su avaricia.

Un tal Yosef, todavía joven de edad, pero que gozaba entre los habitantes de Yerushaláyim de fama de dignidad y de rectitud, hijo de Toviyá y nacido de la hermana del sumo sacerdote Onías —pues su madre le había avisado de la llegada del embajador, ya que él mismo se hallaba fuera, en Fícola, aldea de la que era oriundo—, vino a la ciudad y reprendió a Onías por no velar por la seguridad de los ciudadanos, sino querer exponer a la nación a peligros por retener el dinero, dinero por el cual —decía— había recibido la dirección del pueblo y alcanzado la honra del sumo sacerdocio. Y si tan enamorado estaba del dinero como para consentir en ver a su patria en peligro por él y a sus ciudadanos padeciendo cualquier cosa, le aconsejó que fuera al rey y le pidiera que le remitiera todo el dinero o una parte.

Como Onías respondiera que ni quería gobernar —y que, de ser posible, estaba dispuesto a deponer de buen grado el sumo sacerdocio— ni subiría al rey, pues nada le importaban estas cosas, Yosef le preguntó si le permitía ir como embajador ante Tolomeo en favor de la nación. Y habiéndole dicho que lo permitía, Yosef subió al Templo y, convocando a la multitud en asamblea, los exhortó a no turbarse ni temer por el descuido de su tío Onías hacia ellos, y les pidió que tuvieran el ánimo libre de la más sombría expectativa; pues él mismo prometía ir de embajador ante el rey y convencerlo de que en nada obraban mal.

Y la multitud, al oír esto, da gracias a Yosef; y él, bajando del Templo, acoge con hospitalidad al que había sido embajador de parte de Tolomeo y, obsequiándolo con regalos costosos y agasajándolo espléndidamente durante muchos días, lo despidió hacia el rey, diciéndole que él también lo seguiría. Pues se había vuelto aún más deseoso de partir hacia el rey, ya que el embajador lo había animado e incitado a ir a Mitsraim, prometiéndole que le haría obtener de Tolomeo todo cuanto necesitara; pues había amado en extremo su liberalidad y la dignidad de su carácter.

Y el embajador, al llegar a Mitsraim, refirió al rey la insensatez de Onías y le dio a conocer la bondad de Yosef, y que este iba a venir a él para interceder por las faltas de la multitud, pues era su protector. En efecto, con tal abundancia siguió empleando los elogios acerca del joven, que predispuso al rey y a su mujer Cleopatra a sentir afecto por Yosef aun antes de que llegara.

Yosef, enviando recado a sus amigos de Shomrón y tomando dinero prestado, y preparando lo necesario para el viaje —vestiduras, copas y bestias de carga—, y habiendo reunido para ello unas veinte mil dracmas, llegó a Alejandría.

Sucedió que por aquel tiempo subían todos los principales de las ciudades de Siria y Fenicia, y los magistrados, para la compra de los impuestos; pues cada año el rey los vendía a los poderosos de cada ciudad. Al ver, pues, estos a Yosef por el camino, se burlaban de su pobreza y su sencillez. Y cuando, llegado a Alejandría, oyó que Tolomeo estaba en Menfis, salió a su encuentro y se topó con él.

Estando el rey sentado en un carruaje con su mujer y con su amigo Atenión —este era el que había ido de embajador a Yerushaláyim y había sido hospedado por Yosef—, al verlo, Atenión al punto lo dio a conocer al rey, diciendo que este era aquel de quien, al volver de Yerushaláyim, le había hablado como de un joven bueno y de noble ambición.

Tolomeo lo saludó el primero e incluso lo invitó a subir al carruaje; y, ya sentado, empezó a quejarse de lo hecho por Onías. Pero él dijo: «Perdónalo por su vejez; pues no se te oculta del todo que a los ancianos y a los niños les suele ocurrir tener el mismo entendimiento. De nosotros, los jóvenes, lo tendrás todo, de modo que no haya de qué quejarse.»

Complacido por la gracia y el ingenio del joven, comenzó a amarlo más, como si ya lo hubiera puesto a prueba, hasta el punto de ordenarle residir en el palacio y tenerlo cada día a su propia mesa. Y estando el rey en Alejandría, los principales de Siria, al ver a Yosef sentado junto a él, lo llevaban a disgusto.

Llegado el día en que iban a venderse los impuestos de las ciudades, pujaban los que sobresalían en dignidad en sus patrias. Y ascendiendo a ocho mil talentos los impuestos de Celesiria, Fenicia y Judea junto con Shomrón, Yosef se adelantó y acusó a los compradores de haberse concertado para ofrecer al rey un precio pequeño por los impuestos, mientras él prometía dar el doble y remitir al rey los bienes de quienes delinquieran contra su casa; pues también esto se vendía junto con los impuestos.

Como el rey lo oyera con agrado y dijera que le adjudicaba la compra de los impuestos por aumentarle la renta, y le preguntara si tenía también quien lo avalara, respondió con mucha agudeza: «Daré —dijo— hombres buenos y honrados, de quienes no desconfiaréis.» Y al decirle el rey que dijera quiénes eran: «Te doy —dijo—, oh rey, a ti mismo y a tu mujer como avales por una y otra parte.» Y Tolomeo, riendo, se lo concedió sin fiadores.

Esto afligió mucho a los que habían venido de las ciudades a Mitsraim, por verse superados. Y cada uno regresó a su propia patria con vergüenza.

Yosef, tomando del rey dos mil soldados de a pie —pues había pedido recibir alguna ayuda, para poder forzar a los que en las ciudades lo despreciaran— y habiendo tomado prestados en Alejandría quinientos talentos de los amigos del rey, partió hacia Siria.

Y estando en Ascalón, al reclamar los tributos a los ascalonitas —como no quisieran dar nada, sino que encima lo ultrajaban—, prendió a sus principales, mató a unos veinte y envió al rey los bienes de ellos, reunidos en mil talentos, dándole a conocer también lo sucedido. Tolomeo, admirado de su ánimo y alabando lo hecho, le permite obrar como quiera. Al oír esto, los sirios quedaron aterrados y, teniendo como duro escarmiento de la desobediencia a los ascalonitas muertos, abriendo las puertas recibían de buen grado a Yosef y pagaban los tributos.

Y como también los escitopolitanos intentaran ultrajarlo y no pagarle los tributos, que antes pagaban sin discusión alguna, matando también a los principales de estos envió sus bienes al rey.

Habiendo reunido mucho dinero y hecho grandes ganancias con la compra de los impuestos, empleó lo que tenía en mantener el poder de que gozaba, juzgando prudente conservar el recurso y fundamento de su prosperidad de entonces con aquello mismo que había adquirido. Pues enviaba muchos regalos, con disimulo, al rey y a Cleopatra, a sus amigos y a todos los poderosos de la corte, comprando por medio de ellos su buena voluntad.

Gozó de esta prosperidad durante veintidós años, y llegó a ser padre de siete hijos de una sola mujer, y tuvo además, de la hija de su hermano Solimio, uno de nombre Hircano.

Se casa con ella por la siguiente razón. Habiendo ido una vez con su hermano a Alejandría —que llevaba también a su hija, ya en edad de casarse, para desposarla con alguno de los judíos de dignidad— y cenando en casa del rey, entró en el banquete una bailarina hermosa; y, prendado de ella, se lo confía a su hermano, rogándole —puesto que la ley entre los judíos prohíbe unirse a una mujer extranjera— que le encubriera la falta y, mostrándose buen servidor, se la procurara para saciar su deseo. El hermano, aceptando de buen grado el encargo, ataviando a su propia hija, la condujo de noche hasta él y la acostó a su lado. Y él, por la embriaguez, sin conocer la verdad, se une a la hija de su hermano; y, repetido esto muchas veces, la amó con más ardor. Y le dijo a su hermano que corría peligro de muerte por amar a una bailarina, la cual quizá el rey no le cedería. Al exhortarlo el hermano a no angustiarse, sino a gozar sin temor de la que amaba y a tenerla por esposa, y al declararle la verdad —que había preferido deshonrar a su propia hija antes que consentir en verlo a él caer en la vergüenza—, Yosef, alabándolo por su amor fraterno, se casó con su hija y engendró de ella un hijo, Hircano, como antes hemos dicho.

Siendo aún de trece años, este muchacho, el más joven, mostraba una valentía y una inteligencia naturales tales que despertaba una terrible envidia en sus hermanos, por ser muy superior y capaz de suscitar celos.

Queriendo Yosef saber cuál de sus hijos estaba bien dotado para la virtud, y enviando a cada uno, uno por uno, a los que entonces gozaban de fama como maestros, los demás, por pereza y flojedad para el trabajo, volvieron a él necios e ignorantes; y después de aquellos, al más joven, Hircano, dándole trescientas yuntas de bueyes, lo envió a dos días de camino, al desierto, a sembrar la tierra, tras esconder las correas de los yugos.

Él, llegado al lugar y sin tener las correas, desdeñó el parecer de los boyeros, que le aconsejaban enviar a alguien al padre a por las correas; y, juzgando que no debía perder la ocasión aguardando a los que fueran enviados, ideó algo digno de un estratega y superior a su edad. Pues, degollando diez yuntas, repartió la carne entre los trabajadores, y, cortando las pieles y haciendo correas, ató con ellas los yugos; y, sembrando de este modo la tierra que su padre le había mandado, volvió a él.

Al llegar, el padre lo amó sobremanera por su ánimo, y, alabando la agudeza de su mente y la audacia que la acompañaba, lo quiso aún más como al único hijo legítimo, con enojo de sus hermanos por ello.

Cuando alguien le anunció, por aquel tiempo, que le había nacido un hijo al rey Tolomeo, y que todos los principales de Siria y del país sometido, para celebrar el día del nacimiento del niño, partían hacia Alejandría con gran aparato, él, retenido por la vejez, tanteó a sus hijos por si alguno quería ir al rey.

Como los mayores se excusaran, diciendo que eran demasiado rudos para tales reuniones, y aconsejaran enviar a su hermano Hircano, oyéndolo con agrado llama a Hircano y le preguntó si podía ir al rey y estaba dispuesto. Y como prometiera ir y dijera que no necesitaba mucho dinero para el camino —pues viviría con moderación, de modo que le bastarían diez mil dracmas—, se alegró de la sensatez del muchacho.

Al poco, el muchacho aconsejó a su padre no enviar regalos desde allí al rey, sino darle una carta para el administrador de Alejandría, a fin de que le facilitara dinero para comprar cuanto hallara de más hermoso y valioso. Él, creyendo que el gasto en regalos para el rey sería de diez talentos, y alabando a su hijo por aconsejar bien, escribe al administrador Arión, que gestionaba todos sus bienes en Alejandría, no menores de tres mil talentos; pues Yosef enviaba a Alejandría el dinero de Siria y, cuando se acercaba el plazo fijado en que debía pagar los tributos al rey, escribía a Arión que lo hiciera.

Reclamando, pues, a su padre una carta para este, y tomándola, partió hacia Alejandría. Cuando él salió, los hermanos escriben a todos los amigos del rey para que lo hicieran perecer.

Al llegar a Alejandría, entregó a Arión la carta; y, al preguntarle este cuántos talentos quería recibir —esperaba que pidiera diez, o poco más—, cuando dijo que necesitaba mil, encolerizado lo reprendió por haber resuelto vivir disolutamente, y le explicó cómo su padre había amasado la hacienda a fuerza de trabajar y de resistir a los deseos, y le pidió que se hiciera imitador de quien lo había engendrado; y que no le daría más de diez talentos, y aun esos para los regalos al rey.

Irritado, el muchacho echó a Arión en cadenas. Y la mujer de Arión, revelándoselo a Cleopatra y rogándole que reprendiera al muchacho —pues Arión gozaba de gran estima ante ella—, Cleopatra se lo hizo saber al rey.

Tolomeo, enviando recado a Hircano, decía que se admiraba de que, enviado a él por su padre, ni se le hubiera presentado y encima hubiera encadenado al administrador; que viniera, pues, y le expusiera la causa. Dicen que él respondió al enviado del rey que le dijese: que había entre ellos una ley que prohibía al recién nacido probar de los sacrificios antes de ir al Templo y ofrecer sacrificio a Dios; que, por este mismo razonamiento, tampoco él había venido a su presencia, aguardando a traer los regalos al bienhechor de su padre. Y que al siervo lo había castigado por desobedecer lo que le había mandado; pues en nada difiere que un amo sea pequeño o grande; «así que, si no castigamos a los tales, cuenta también tú con ser despreciado por tus súbditos.» Al oír esto, Tolomeo rompió a reír y se admiró de la magnanimidad del muchacho.

Al enterarse Arión de que el rey estaba dispuesto de este modo y de que no tenía ayuda alguna, dio los mil talentos al muchacho y fue liberado de las cadenas. Y, pasados tres días, Hircano saludó a los reyes.

Ellos lo vieron con agrado y lo agasajaron amablemente por la honra debida a su padre. Y, yendo a escondidas a los mercaderes, les compra cien muchachos que sabían letras y en la flor de la edad, cada uno por un talento, y cien doncellas del mismo precio cada una.

Invitado a un banquete con el rey, junto con los principales del país, se recuesta por debajo de todos, despreciado por su corta edad por los que distribuían los puestos según el rango. Y, como todos los que se recostaban con él fueran amontonando delante de Hircano los huesos de todas sus porciones —pues ellos se quedaban con la carne—, hasta llenar la mesa puesta ante él, Trifón, que era el bufón del rey y estaba destinado a las chanzas y a provocar risa en los convites, instado por los comensales, puesto en pie junto al rey, dijo: «¿Ves, señor, los huesos amontonados ante Hircano? De aquí conjetura que su padre despojó a toda Siria como este ha despojado de la carne a estos huesos.»

Riendo el rey ante las palabras de Trifón y preguntando a Hircano por qué tenía ante sí tantos huesos: «Con razón, señor —dijo—; pues los perros comen los huesos junto con la carne, como estos» —mirando a los comensales, porque nada había quedado delante de ellos—, «pero los hombres comen la carne y arrojan los huesos, que es lo que yo, siendo hombre, acabo de hacer ahora.»

El rey se admira de su respuesta, tan ingeniosa, y ordenó a todos que aplaudieran, acogiéndolo con favor por su agudeza.

Al día siguiente, yendo a cada uno de los amigos del rey y de los poderosos de la corte, a unos los saludaba, y a los criados les preguntaba qué pensaban dar al rey como regalo en el cumpleaños de su hijo. Como dijeran que unos iban a dar diez talentos cada uno, y otros, según su rango, cada cual conforme a la magnitud de su hacienda, fingía afligirse por no poder ofrecer semejante regalo; pues no tenía más de cinco talentos. Los criados, al oír esto, se lo referían a sus amos.

Alegrándose estos porque Hircano sería mal visto y chocaría con el rey por lo exiguo del regalo, llegado el día, los demás ofrecieron al rey —los que se tenían por muy espléndidos— no más de veinte talentos; pero Hircano, dando a cada uno de los cien muchachos y otras tantas doncellas que había comprado un talento para llevarlo, los presentó: los muchachos al rey, y las doncellas a Cleopatra.

Y como todos se maravillaran de la inesperada magnificencia de los regalos —y los reyes mismos—, dio también a los amigos y a los del servicio del rey presentes de muchos talentos de valor, para escapar del peligro que de ellos venía; pues a estos les habían escrito sus hermanos que dieran muerte a Hircano.

Tolomeo, admirado de la grandeza de alma del joven, le mandó tomar el regalo que quisiera. Pero él no pidió recibir de él nada más que escribir en su favor a su padre y a sus hermanos. Así pues, honrándolo con la mayor munificencia, dándole espléndidos regalos y escribiendo a su padre, a sus hermanos y a todos sus gobernadores y administradores, lo despidió.

Al oír los hermanos que Hircano había obtenido esto del rey y volvía con gran honra, salieron a su encuentro para hacerlo perecer, y con conocimiento del padre; pues, airado con él por el dinero de los regalos, no se cuidaba de su salvación. Con todo, Yosef ocultaba su enojo contra el hijo por temor al rey.

Trabando con él batalla los hermanos, mató a muchos otros de los que iban con ellos y a dos de los hermanos; los demás se salvaron huyendo a Yerushaláyim, junto al padre. Pero, al llegar él a la ciudad, como nadie lo acogiera, temeroso se retiró al otro lado del río Yardén, y allí permaneció cobrando tributo a los bárbaros.

Reinaba por aquel tiempo sobre Asia Seleuco, apodado Sóter, hijo de Antíoco el Grande.

Muere también Yosef, el padre de Hircano, hombre que fue bueno y magnánimo, y que sacó al pueblo de los judíos de la pobreza y de una situación endeble para llevarlo a más brillantes recursos de vida, tras haber tenido a su cargo durante veintidós años los impuestos de Siria, Fenicia y Shomrón. Murió también su tío Onías, dejando el sumo sacerdocio a su hijo Shimón.

Muerto también este, su hijo Onías le sucede en la dignidad; y a él, Areo, rey de los lacedemonios, le envió una embajada y cartas, cuya copia es como sigue: «Areo, rey de los lacedemonios, saluda a Onías. Al dar con cierto escrito, hemos hallado que los judíos y los lacedemonios son de un mismo linaje y proceden del parentesco con Avraham. Justo es, pues, que vosotros, siendo hermanos, nos enviéis recado sobre lo que queráis.»

Al morir Yosef, sobrevino una revuelta en el pueblo a causa de sus hijos. Pues los mayores movieron guerra contra Hircano, que era el menor de los hijos de Yosef, y la multitud quedó dividida. Los más combatían del lado de los hermanos mayores, y también el sumo sacerdote Shimón, por razón del parentesco; pero Hircano resolvió no regresar ya a Yerushaláyim, y estableciéndose al otro lado del Yardén guerreaba sin descanso contra los árabes, hasta el punto de matar a muchos de ellos y tomar cautivos a otros.

Construyó una fortaleza poderosa, toda de piedra blanca hasta el mismo techo, y grabó en ella animales de enorme tamaño; y la rodeó de un canal amplio y profundo. De la roca del monte que tenía enfrente cortó la parte saliente y labró cavernas de muchos estadios de longitud. Luego hizo dentro estancias, unas para banquetes y otras para dormir y habitar, e introdujo abundancia de aguas corrientes, que eran a la vez deleite y adorno del recinto. Las bocas de las cavernas las abrió estrechas, de modo que solo pudiera entrar uno por ellas y no más; y esto lo dispuso a propósito, por seguridad, para no ser sitiado por sus hermanos y correr el peligro de ser apresado. Construyó además patios de tamaño extraordinario y los adornó con jardines larguísimos. Y una vez concluido semejante lugar, lo llamó Tiro. Este sitio está entre Arabia y Judea, al otro lado del Yardén, no lejos de la Esebonítide.

Gobernó aquellas partes durante siete años, todo el tiempo que Seleuco reinó sobre Siria. Al morir este, le sucedió en el reino su hermano Antíoco, el llamado Epífanes. Murió también Tolomeo, el rey de Mitsraim, apodado igualmente Epífanes, dejando dos hijos aún de corta edad: el mayor se llamaba Filométor, y el menor, Fiscón. Hircano, viendo que Antíoco disponía de gran poder y temiendo que, capturado por él, fuera castigado por lo que había hecho contra los árabes, se dio muerte por su propia mano. Y Antíoco se apoderó de todos sus bienes.

Por aquel mismo tiempo murió también Onías, el sumo sacerdote, y Antíoco dio el sumo sacerdocio a su hermano Yehoshúa, pues el hijo que Onías había dejado era todavía un niño de pecho. De lo tocante a este niño hablaremos en detalle en su lugar. Ahora bien, este Yehoshúa —que era el hermano de Onías— fue despojado del sumo sacerdocio cuando el rey se irritó contra él y se lo dio a su hermano menor, de nombre Onías. Pues Shimón tuvo estos tres hijos, y a los tres les llegó el sumo sacerdocio, según hemos mostrado.

Yehoshúa se cambió el nombre por el de Jasón, y Onías fue llamado Menelao. Cuando el anterior sumo sacerdote Yehoshúa se enfrentó con Menelao, nombrado después de él, y la multitud se repartió entre ambos, los hijos de Toviyá se pusieron del bando de Menelao, mientras que la mayor parte del pueblo apoyaba a Jasón. Acosados por este, Menelao y los hijos de Toviyá se retiraron ante Antíoco, declarándole que querían abandonar las leyes de sus padres y el régimen que estas prescribían, y seguir las leyes del rey y adoptar el modo de vida griego. Le pidieron, pues, que les permitiera construir un gimnasio en Yerushaláyim. Y habiéndolo él consentido, disimularon la circuncisión de sus miembros, para parecer griegos también cuando se desnudaran; y dejando de lado todo lo demás que tenían por patrio, imitaban las obras de los otros pueblos.

Antíoco, como el reino le iba a medida de su deseo, resolvió hacer una campaña contra Mitsraim, movido por la codicia de ese país y también porque despreciaba a los hijos de Tolomeo, que aún eran débiles y todavía incapaces de manejar asuntos de tanta importancia. Llegado, pues, con gran ejército a Pelusio, y burlando con astucia a Tolomeo Filométor, se apoderó de Mitsraim; y una vez en la región de Menfis, tras tomarla, se lanzó sobre Alejandría, con ánimo de rendirla por asedio y someter al Tolomeo que allí reinaba. Pero fue rechazado no solo de Alejandría, sino de todo Mitsraim, pues los romanos le ordenaron apartarse de aquel territorio, según ya lo hemos referido antes en otro lugar. Voy a narrar en detalle lo tocante a este rey, cómo sometió a Judea y al Templo; pues en mi primera obra los mencioné de manera sumaria, y he juzgado necesario volver ahora sobre ellos en una exposición minuciosa.

Al regresar de Mitsraim por temor a los romanos, el rey Antíoco marchó contra la ciudad de los habitantes de Yerushaláyim; y llegado a ella en el año ciento cuarenta y tres después de los reyes que siguieron a Seleuco, tomó la ciudad sin combate, pues le abrieron las puertas cuantos eran de su partido. Dueño así de Yerushaláyim, dio muerte a muchos de los que pensaban de modo contrario, y tras saquear grandes riquezas regresó a Antioquía.

Sucedió, dos años después, en el año ciento cuarenta y cinco, el día veinticinco del mes que entre nosotros se llama Kislev y entre los macedonios Apeleo, en la Olimpiada ciento cincuenta y tres, que el rey subió con gran ejército a Yerushaláyim y, fingiendo paz, se apoderó de la ciudad por engaño. Y entonces no respetó ni siquiera a quienes lo habían acogido, a causa de la riqueza que había en el Templo; movido por la avaricia —pues veía mucho oro en el santuario y el demás adorno de las ofrendas, riquísimo— y por saquearlo, se resignó a quebrantar los pactos que con ellos tenía. Despojó, pues, el Templo, hasta llevarse los objetos de Dios: los candelabros de oro, el altar de oro, la mesa y los altares de los sacrificios; y no dejó siquiera los velos, que estaban hechos de lino fino y de púrpura escarlata; vació también los tesoros ocultos, y sin dejar absolutamente nada, sumió a los judíos por ello en gran duelo.

Pues hasta les impidió ofrecer los sacrificios diarios que ofrecían a Dios según la Torá; y saqueando toda la ciudad, a unos los mató y a otros los tomó cautivos, junto con mujeres y niños, de modo que los apresados con vida llegaron a unos diez mil. Incendió lo más hermoso de ella y, derribando las murallas, edificó en la ciudad baja una ciudadela; era esta alta y dominaba el santuario, y por eso, tras fortificarla con altos muros y torres, instaló en ella una guarnición macedonia. Y no por eso dejaban de morar en la ciudadela también los impíos y perversos del pueblo, por cuya mano les tocó a los ciudadanos padecer muchos y terribles males.

Levantó además el rey un altar sobre el altar del Templo, y sacrificó cerdos encima de él, ofreciendo un sacrificio ni legal ni patrio para el culto de los judíos. Los obligó a abandonar el culto a su propio Dios y a venerar a los dioses que él reconocía; a que edificaran en cada ciudad y aldea recintos sagrados de aquellos dioses, y a que, alzando altares, sacrificaran sobre ellos cerdos cada día. Ordenó además que no circuncidaran a sus hijos, amenazando con castigar a quien fuera hallado obrando contra estas disposiciones. Y estableció inspectores que los forzaran a cumplir lo mandado.

Y muchos de los judíos —unos de buen grado, otros por miedo al castigo prometido— cumplieron lo que el rey había ordenado; pero los más probados y de alma noble no hicieron caso de él, y tuvieron en más las costumbres de sus padres que el castigo con que los amenazaba si no obedecían; por lo cual, cada día atormentados y sufriendo amargos tormentos, morían. Pues eran azotados y, con los cuerpos mutilados, aún vivos y respirando, los crucificaban; y a sus mujeres y a sus hijos, a los que habían circuncidado contra la voluntad del rey, los estrangulaban, colgándolos del cuello de sus propios padres crucificados. Y se destruía todo libro sagrado y toda copia de la Torá que se hallara, y aquellos en cuyo poder se encontraba perecían también miserablemente, malvados en su mala suerte.

Viendo los samaritanos padecer así a los judíos, dejaron de reconocer que eran parientes suyos, ni que el templo del monte Guerizim fuese del Dios altísimo —obrando conforme a su natural, que ya hemos descrito— y afirmaban que eran colonos de los medos y de los persas; y en efecto lo son. Enviaron, pues, embajadores a Antíoco con una carta que declaraba lo siguiente:

«Al rey Antíoco, dios Epífanes: memorial de parte de los sidonios de Shejem. Nuestros antepasados, a causa de ciertas sequías del país, siguiendo cierta antigua superstición, hicieron costumbre de venerar el día llamado entre los judíos Shabat; y habiendo erigido un templo sin nombre en el monte llamado Guerizim, ofrecían sobre él los sacrificios debidos. Ahora bien, como tú has tratado a los judíos según merecía su perversidad, los que administran los asuntos del rey, creyendo que por parentesco hacemos nosotros lo mismo que aquellos, nos imputan las mismas acusaciones, siendo así que nosotros somos de origen sidonio; y esto queda claro por los registros públicos. Te rogamos, pues, a ti, nuestro bienhechor y salvador, que ordenes a Apolonio, el gobernador del distrito, y a Nicanor, el encargado de los asuntos reales, que no nos molesten atribuyéndonos las causas de los judíos, siendo nosotros ajenos a ellos por linaje y por costumbres; y que el templo sin nombre sea llamado de Zeus Helénico. Pues, sucedido esto, dejaremos de ser molestados, y, entregados a nuestras labores con tranquilidad, aumentaremos tus rentas.»

Habiéndolo pedido así los samaritanos, el rey les respondió por escrito lo siguiente: «El rey Antíoco a Nicanor. Los sidonios de Shejem presentaron el memorial adjunto. Y puesto que, al deliberar nosotros con nuestros amigos, los enviados por ellos han demostrado que no tienen nada que ver con las acusaciones de los judíos, sino que eligen vivir según las costumbres griegas, los absolvemos de los cargos, y que su templo, tal como lo han pedido, sea llamado de Zeus Helénico.» Lo mismo escribió también a Apolonio, el gobernador del distrito, en el año cuarenta y seis, el día dieciocho del mes Hecatombeón Hircanio.

Por aquel mismo tiempo había cierto hombre que habitaba en la aldea de Modín, en Judea, de nombre Matityahu, hijo de Yojanán, hijo de Shimón, hijo de Asmoneo, sacerdote de la división de Yehoyariv, natural de Yerushaláyim. Tenía cinco hijos: Yojanán, llamado Gadis; Shimón, llamado Tatis; Yehudá, llamado Macabeo; Elazar, llamado Aurán; y Yonatán, llamado Afús. Este Matityahu, pues, se lamentaba ante sus hijos por el estado de las cosas —el saqueo de la ciudad, el despojo del Templo y las desgracias del pueblo—, y les decía que era mejor para ellos morir por las leyes patrias que vivir de manera tan impía.

Cuando llegaron a la aldea de Modín los enviados por el rey para obligar a los judíos a hacer lo que había ordenado y mandar que sacrificaran allí, tal como el rey había dispuesto, pidieron a Matityahu —por su prestigio, tanto por lo demás como por su buena descendencia— que iniciara él los sacrificios, pues así lo seguirían también los demás ciudadanos, y por ello sería honrado por el rey. Pero Matityahu declaró que no lo haría, y que, aunque todos los pueblos obedecieran las órdenes de Antíoco, ya por miedo, ya por complacencia, jamás se dejaría persuadir, ni él ni sus hijos, de abandonar el culto de sus padres.

Y cuando él calló, se adelantó uno de los judíos y, a la vista de todos, sacrificó según lo había mandado Antíoco; entonces Matityahu, encendido en cólera, se lanzó sobre él con sus hijos, que empuñaban cuchillos, y lo mató a él mismo, y también dio muerte a Apeles, el general del rey que forzaba a la gente, junto con unos pocos soldados. Luego, derribando el altar, gritó: «¡Todo el que sea celoso de las costumbres patrias y del culto de Dios, que me siga!» Y dicho esto, huyó con sus hijos al desierto, dejando en la aldea toda su hacienda. Otros hicieron lo mismo y huyeron al desierto con sus hijos y mujeres, y vivían en las cavernas.

Al saberlo, los generales del rey tomaron cuantas tropas había en la ciudadela de Yerushaláyim y persiguieron a los judíos hasta el desierto. Y una vez que los alcanzaron, primero intentaron persuadirlos de que se arrepintieran y eligieran lo que les convenía, para no verse ellos obligados a tratarlos según la ley de la guerra. Pero como no aceptaban sus palabras, sino que pensaban lo contrario, los atacaron en combate en día de Shabat, y tal como estaban los quemaron en las cavernas, sin que se defendieran ni obstruyeran siquiera las entradas; pues se abstuvieron de defenderse a causa del día, no queriendo, ni aun en la desgracia, quebrantar el honor del Shabat, ya que nos es precepto reposar en él. Murieron, pues, sofocados en las cavernas junto con sus mujeres y niños unos mil; pero muchos otros se salvaron y se unieron a Matityahu, y lo nombraron su jefe.

Él les enseñó a combatir también en Shabat, diciéndoles que, si no lo hacían por guardar el precepto, se harían enemigos de sí mismos, pues, si los adversarios los atacaban en aquel día y ellos no se defendían, nada impediría que todos perecieran sin combate. Con estas palabras los persuadió, y hasta el día de hoy permanece entre nosotros la costumbre de combatir también en Shabat cuando es necesario. Reunido, pues, en torno a sí un gran ejército, Matityahu derribó los altares y dio muerte a los transgresores, a cuantos pudo tomar en sus manos —pues muchos, por miedo, se habían dispersado entre los pueblos vecinos—; y a los niños que no estaban circuncidados ordenó circuncidarlos, expulsando a los que habían sido puestos para impedirlo.

Tras gobernar un año, cayó enfermo, llamó a sus hijos y, poniéndolos a su alrededor, dijo: «Yo, hijos míos, parto por el camino del destino, y os confío mi voluntad, y os exhorto a no ser malos guardianes de ella; antes bien, acordándoos del propósito del que os engendró y crió, conservad las costumbres patrias y restaurad el antiguo régimen que está a punto de perecer, sin uniros a los que lo traicionan, ya por voluntad, ya por necesidad. Os pido, siendo hijos míos, que perseveréis y os pongáis por encima de toda violencia y necesidad, preparando así vuestras almas para morir por las leyes, si es preciso, pensando esto: que la Divinidad, al veros así, no os despreciará, sino que, admirando vuestra virtud, os devolverá lo vuestro y os restituirá la libertad, en la cual viviréis gozando con tranquilidad de vuestras propias costumbres. Pues mortales y perecederos son nuestros cuerpos, pero por el recuerdo de nuestras obras alcanzamos rango de inmortalidad; y quiero que, enamorados de ella, persigáis la buena fama, y que, afrontando las mayores empresas, no vaciléis en dejar la vida por ellas.

Sobre todo, os exhorto a la concordia, y a que, cediendo unos a otros en aquello para lo que cada cual es por naturaleza mejor que el otro, os sirváis de vuestras propias virtudes. A Shimón, vuestro hermano, que sobresale en prudencia, tenedlo por padre, y obedeced lo que él os aconseje; y a Macabeo, por su valor y su fuerza, tenedlo como general del ejército, pues él vengará a la nación y rechazará a los enemigos. Admitid también a los justos y piadosos, y acrecentad su poder.»

Habiendo hablado así a sus hijos, y rogado a Dios que se hiciera su aliado y devolviera al pueblo su propio modo de vida, murió poco después; y fue sepultado en Modín, haciendo por él todo el pueblo gran duelo. Le sucedió en la dirección de los asuntos su hijo Yehudá, llamado también Macabeo, en el año ciento cuarenta y seis. Ayudándolo con entusiasmo sus hermanos y los demás, expulsó a los enemigos del país, dio muerte a los de su propio pueblo que habían transgredido las leyes patrias y purificó la tierra de toda mancha.

Al oír esto Apolonio, el general de Shomrón, tomó sus tropas y marchó contra Yehudá. Este le salió al encuentro y, trabado el combate, venció en la batalla; mató a muchos de ellos, entre ellos al propio general Apolonio, cuya espada, la que este solía usar, tomó como despojo y la conservó consigo; hizo muchos más heridos y, cogiendo gran botín del campamento de los enemigos, se retiró. Serón, el general de Celesiria, al oír que muchos se habían unido a Yehudá y que ya había reunido un ejército considerable para contiendas y guerras, resolvió marchar contra él, juzgando que le correspondía intentar castigar a quienes transgredían las órdenes del rey. Reunió, pues, cuantas tropas tenía a mano, y agregando también a los desertores e impíos de entre los judíos, se dirigió contra Yehudá; y avanzando hasta la aldea de Bet-Jorón, en Judea, acampó allí.

Yehudá salió a su encuentro y, dispuesto a trabar combate, al ver que sus soldados vacilaban ante la batalla, tanto por su escaso número como por el ayuno —pues no habían comido—, los animó diciendo que la victoria y el dominio sobre los enemigos no está en la muchedumbre, sino en la piedad hacia Dios; y que de ello tenían el ejemplo más claro en sus antepasados, que, por su justicia y por combatir en favor de sus propias leyes y de sus hijos, muchas veces vencieron a muchos millares; pues no cometer injusticia alguna es una fuerza poderosa. Con estas palabras persuadió a los suyos a despreciar el número de los adversarios y a lanzarse contra Serón. Trabó combate y puso en fuga a los sirios, pues, caído el general, todos se dieron a la huida, como si en ello estuviera su salvación. Persiguiéndolos hasta la llanura, mató a unos ochocientos de los enemigos; los demás se salvaron hacia la costa.

Al oír esto, el rey Antíoco se enfureció grandemente por lo sucedido, y reuniendo todo su propio ejército y tomando muchos mercenarios de las islas, se preparaba para invadir Judea al comienzo de la primavera. Pero cuando, tras distribuir la paga a la tropa, vio que sus tesoros se agotaban y que había escasez de dinero —pues no se pagaban todos los tributos, a causa de las revueltas de los pueblos, y él, siendo de ánimo generoso y espléndido, no se contentaba con lo que tenía—, resolvió marchar primero a Persia y reunir los tributos de aquel país. Dejó, pues, al frente de los asuntos a un tal Lisias, hombre de prestigio ante él, y bajo su cargo el territorio que se extiende hasta las fronteras de Mitsraim y hasta la baja Asia, desde el río Éufrates, junto con una parte del ejército y de los elefantes. Le encargó que criara con todo cuidado a su hijo Antíoco hasta su regreso, y que, tras someter Judea y esclavizar a sus habitantes, arrasara Yerushaláyim y aniquilara a su pueblo.

Habiendo dado estas órdenes a Lisias, el rey Antíoco partió hacia Persia en el año ciento cuarenta y siete, y, cruzando el Éufrates, subió hacia los sátrapas de las tierras altas. Lisias, por su parte, escogió a Tolomeo hijo de Dorimenes, a Nicanor y a Gorgias, hombres poderosos entre los amigos del rey, y entregándoles cuarenta mil hombres de infantería y siete mil jinetes, los envió contra Judea. Ellos, llegados hasta la ciudad de Emaús, acamparon en la llanura. Se les sumaron aliados de Siria y de la región circundante, y muchos de los judíos que habían desertado; y también algunos mercaderes, para comprar a los que fueran hechos prisioneros, que traían grilletes con que atar a los cautivos y plata y oro para pagar su precio.

Yehudá, al reconocer el campamento y la muchedumbre de los adversarios, persuadió a sus propios soldados a tener buen ánimo, y les exhortó a poner las esperanzas de la victoria en Dios y a suplicarle, según la costumbre patria, ciñéndose de sacos, y, mostrándole la actitud habitual de súplica que adoptaban en los grandes peligros, a moverlo con ello a concederles la victoria sobre los enemigos. Los ordenó al modo antiguo y patrio, por capitanes de mil y de cien, licenció a los recién casados y a los que habían adquirido hacienda hacía poco, para que no combatieran con menos arrojo por apego a la vida y por el goce de aquellos bienes; y, puesto al frente, animó al combate a sus soldados con estas palabras:

«Ningún momento os queda, compañeros, más apremiante que el presente para el buen ánimo y el desprecio de los peligros; pues ahora es posible, combatiendo con valor, recobrar la libertad, que, siendo por sí misma amada por todos, para vosotros resulta aún más deseable por la facultad de dar culto a la Divinidad. Como está en vuestra mano, en este momento, recobrarla y recuperar la vida feliz y bienaventurada —que era la vivida según las leyes y la costumbre patria—, o bien padecer lo más vergonzoso y que no quede ni semilla de vuestro linaje, si os portáis como cobardes en la batalla, combatid de tal manera que consideréis que la muerte os aguarda aun sin pelear, y creyendo que por tan grandes premios —libertad, patria, leyes, piedad— os labraréis una gloria eterna. Preparad, pues, vuestras almas de modo que mañana, al amanecer, trabéis combate con los enemigos.»

Con estas palabras alentó Yehudá a su ejército. Los enemigos enviaron a Gorgias con cinco mil infantes y mil jinetes, para que cayera de noche sobre Yehudá, teniendo como guías para ello a algunos de los judíos que habían desertado. Pero el hijo de Matityahu lo advirtió y resolvió a su vez caer sobre los que estaban en el campamento de los enemigos, precisamente ahora que sus fuerzas se habían dividido. Habiendo, pues, cenado a su hora y dejado muchas hogueras en su campamento, marchó durante toda la noche contra los enemigos que estaban en Emaús. Gorgias, al no hallar a los adversarios en el campamento, sino sospechando que se habían retirado y ocultado en los montes, se puso en marcha resuelto a buscar dónde estarían.

Hacia el amanecer, Yehudá se presentó ante los enemigos que estaban en Emaús con tres mil hombres, mal armados por su pobreza; y viendo a los adversarios óptimamente pertrechados y acampados con gran pericia, exhortó a los suyos diciendo que había que combatir aunque fuera con los cuerpos desnudos, y que la Divinidad ya alguna vez había concedido, aun a hombres en tal estado, la victoria sobre los más numerosos y mejor armados, admirando su valentía; y ordenó que los trompeteros dieran la señal. Luego, cayendo de improviso sobre los enemigos y llenando de espanto y confusión sus ánimos, mató a muchos que le hacían frente, y persiguiendo a los demás llegó hasta Gázara, las llanuras de Idumea, Ashdod y Yavne; y cayeron de ellos unos tres mil.

Yehudá exhortó a sus soldados a no codiciar los despojos, pues aún les quedaba una contienda y una batalla contra Gorgias y las fuerzas que lo acompañaban; y decía que, una vez vencidos también estos, entonces podrían saquear con tranquilidad, teniendo la mira puesta solo en esto y en nada más. Y mientras aún hablaba de esto a sus soldados, los hombres de Gorgias, asomándose, vieron al ejército que habían dejado en el campamento puesto en fuga, y el campamento incendiado; pues el humo, aun estando ellos lejos, les daba señal de lo ocurrido. Cuando los de Gorgias comprendieron que así estaban las cosas y advirtieron que los de Yehudá estaban dispuestos a la batalla, también ellos, presos de temor, se dieron a la fuga. Yehudá, vencidos sin combate los soldados de Gorgias, regresó y recogió los despojos; y tomando mucho oro, plata, púrpura y jacinto, volvió a su tierra gozoso, cantando himnos a Dios por los éxitos alcanzados; pues no poco contribuyó aquella victoria a su libertad.

Lisias, abatido por la derrota de los que había enviado, al año siguiente reunió sesenta mil hombres escogidos y, tomando cinco mil jinetes, invadió Judea; y, subiendo a la región montañosa, acampó en la aldea de Bet-Tsur, en Judea. Yehudá le salió al encuentro con diez mil hombres y, viendo la muchedumbre de los enemigos, rogó a Dios que fuera su aliado, trabó combate con la vanguardia de los adversarios, la venció y, matando a unos cinco mil de ellos, se hizo temible para los demás. En efecto, al advertir Lisias el temple de los judíos —que estaban dispuestos a morir con tal de no vivir sino libres— y temiendo su desesperación como una fuerza, tomó el resto de sus tropas y regresó a Antioquía, donde permaneció reclutando mercenarios y preparándose para invadir Judea con un ejército mayor.

Así pues, derrotados ya tantas veces los generales del rey Antíoco, Yehudá convocó una asamblea y dijo que, después de tantas victorias que Dios les había concedido, debían subir a Yerushaláyim, purificar el Templo y ofrecer los sacrificios prescritos. Cuando llegó con toda la multitud a Yerushaláyim y halló el Templo desierto, las puertas quemadas y plantas nacidas por sí solas en el santuario a causa del abandono, comenzó a lamentarse con los suyos, sobrecogido ante la visión del Templo. Escogió a algunos de sus soldados y les encargó combatir contra los que guardaban la ciudadela, hasta que él purificara el Templo. Y una vez lo hubo limpiado cuidadosamente, introdujo enseres nuevos —candelabro, mesa y altar—, hechos de oro; colgó también las cortinas de las puertas y colocó las puertas mismas; y, derribado el antiguo altar, edificó uno nuevo con piedras sin labrar, no talladas con hierro.

El día veinticinco del mes de Kislev, que los macedonios llaman Apeleo, encendieron las luces sobre el candelabro, ofrecieron incienso sobre el altar, colocaron panes sobre la mesa y ofrecieron holocaustos sobre el altar nuevo. Y sucedió que esto se hizo en el mismo día en que, tres años antes, su culto santo había caído en costumbre profana y común; pues el Templo, desolado por Antíoco, permaneció así durante tres años. En efecto, en el año ciento cuarenta y cinco sucedió lo del Templo, el día veinticinco del mes Apeleo, en la Olimpiada ciento cincuenta y tres; y fue restaurado en el mismo día, veinticinco del mes Apeleo, en el año ciento cuarenta y ocho, en la Olimpiada ciento cincuenta y cuatro. La desolación del Templo ocurrió conforme a la profecía de Daniel, hecha cuatrocientos ocho años antes; pues él declaró que los macedonios lo destruirían.

Yehudá celebró con sus ciudadanos la restauración del culto en torno al Templo durante ocho días, sin omitir ninguna clase de alegría; sino que, con sacrificios espléndidos y magníficos, los agasajaba, y con himnos y salmos honraba a Dios y regocijaba al pueblo. Tal fue el gozo que sintieron con la renovación de sus costumbres, al hallarse de improviso, después de mucho tiempo, con libertad para su culto, que establecieron como ley para sus descendientes celebrar la restauración del Templo durante ocho días. Y desde entonces hasta hoy celebramos la fiesta, llamándola de las Luces, por haber aparecido, según creo, esta facultad para nosotros contra toda esperanza, dando ese nombre a la fiesta. Rodeó luego la ciudad de murallas y, construyendo altas torres contra las incursiones de los enemigos, apostó en ellas guardias; y fortificó también la ciudad de Bet-Tsur, para poder servirse de ella como plaza fuerte frente a los apremios que vinieran de los enemigos.

Sucedidas así estas cosas, las naciones de alrededor, malamente dispuestas ante el resurgir y la fuerza de los judíos, se coligaban en gran número y los destruían por emboscadas y asechanzas, apoderándose de ellos. Yehudá, moviéndoles guerras continuas, procuraba contener sus incursiones y los males que hacían a los judíos. Cayó sobre los idumeos, hijos de Esav, en la Acrabatene, mató a muchos de ellos y los despojó. Cercó también a los hijos de Baán, que acechaban a los judíos, y sitiándolos incendió sus torres y dio muerte a los hombres. Luego, desde allí, marchó contra los amonitas, que tenían un ejército grande y numeroso, mandado por Timoteo. Sometió también a estos, tomó la ciudad de Yazer, y, apresando a sus mujeres y a sus hijos e incendiando la ciudad, regresó a Judea.

Al enterarse las naciones vecinas de que había regresado, se congregaron en la Galaadítide contra los judíos que estaban en sus fronteras. Estos, refugiados en la fortaleza de Datema, enviaron aviso a Yehudá, declarándole que Timoteo se afanaba por tomar la plaza en la que se habían refugiado. Y mientras se leían estas cartas, llegaron también mensajeros de Galilea anunciando que se habían reunido los de Ptolemaida, Tiro, Sidón y los demás pueblos de Galilea. Ante ambas necesidades urgentes de lo anunciado, Yehudá, tras considerar qué debía hacer, ordenó a su hermano Shimón que tomara unos tres mil hombres escogidos y saliera en socorro de los judíos de Galilea. Él mismo y Yonatán, su otro hermano, se lanzaron con ocho mil soldados hacia la Galaadítide; y dejó al frente del resto de las tropas a Yosef, hijo de Zejaryá, y a Azarías, encargándoles guardar con cuidado Judea y no trabar guerra con nadie hasta que él regresara.

Shimón, pues, llegado a Galilea y trabado combate con los enemigos, los puso en fuga y, persiguiéndolos hasta las puertas de Ptolemaida, mató a unos tres mil de ellos; y tomando los despojos de los muertos, a los judíos cautivos y su bagaje, regresó de nuevo a su tierra. Yehudá Macabeo y su hermano Yonatán, cruzando el río Yardén y tras recorrer desde él un camino de tres días, se toparon con los nabateos, que salieron a su encuentro pacíficamente. Estos les refirieron lo tocante a los que estaban en la Galaadítide, cómo muchos de ellos padecían males, encerrados en las fortalezas y en las ciudades de la región, y le aconsejaron apresurarse contra los extranjeros y procurar salvar de sus manos a los de su propia nación. Persuadido, se volvió hacia el desierto, y cayendo primero sobre los habitantes de Bosora, la tomó, dio muerte a todo varón capaz de combatir e incendió la ciudad.

Ni aun así se detuvo al caer la noche, sino que, marchando toda ella hacia la fortaleza donde estaban encerrados los judíos —pues Timoteo cercaba el lugar con su ejército—, llegó ante ella al amanecer. Y hallando que los enemigos ya asaltaban las murallas, unos arrimando escalas para trepar por ellas, otros acercando las máquinas, ordenó al trompeta dar la señal y exhortó a los soldados a arriesgarse con brío por sus hermanos y parientes; luego, dividido el ejército en tres cuerpos, cayó sobre los enemigos por la espalda. Los hombres de Timoteo, al advertir que era el Macabeo —de cuyo valor y fortuna en la guerra ya tenían experiencia anterior—, se dieron a la fuga; y Yehudá, persiguiéndolos con su ejército, mató a unos ocho mil de ellos.

Torciendo luego hacia una ciudad de los extranjeros llamada Melá, la tomó también, dio muerte a todos los varones e incendió la ciudad misma. Partiendo de allí, arrasó Jasfomaqué, Bosor y muchas otras ciudades de Guilad.

Poco tiempo después, Timoteo reunió un gran ejército, tomó otros aliados y persuadió con paga a algunos árabes para que combatieran a su lado; y llegó conduciendo la tropa al otro lado del torrente, justo frente a Rafón —que era una ciudad—. Exhortaba a los soldados a que, si trababan combate con los judíos, lucharan con brío y les impidieran cruzar el torrente, pues, si lo cruzaban, les auguraba la derrota. Yehudá, al oír que Timoteo se había preparado para la batalla, tomó todo su ejército propio y se lanzó contra el enemigo; y, pasado el torrente, cayó sobre los adversarios: a los que le hacían frente los mataba, y a los demás, sembrándoles el terror, los obligó a arrojar las armas y huir. Algunos escaparon; otros, refugiándose en el recinto sagrado llamado de Carnáin, esperaron hallar allí salvación. Pero Yehudá se apoderó de la ciudad, los mató y prendió fuego al recinto, sirviéndose de formas variadas para acabar con los enemigos.

Cumplidas estas cosas, reunió a los judíos de Guilad con sus hijos, sus mujeres y todos sus enseres, y estuvo en condiciones de llevarlos de regreso a Judea. Al llegar a una ciudad llamada Efrón, situada sobre el camino —sin que le fuera posible marchar por otra vía torciendo el rumbo, ni quisiera volver atrás—, envió mensajeros a los de dentro pidiéndoles que abrieran las puertas y le permitieran atravesar la ciudad; pues habían obstruido las puertas con piedras y cortado el paso. Como los de Efrón no accedían, arengó a los suyos, la rodeó y la sitió; y, apostado ante ella día y noche, tomó la ciudad, mató a todo varón que había en ella, la incendió por completo y así se abrió camino. Tan grande era la multitud de los muertos, que marchaban sobre los propios cadáveres.

Cruzado el Yardén, llegaron a la gran llanura, frente a la cual se alza una ciudad llamada Bet-Sheán, que los griegos nombran Escitópolis. Desde allí se dirigieron a Judea, y entraron cantando salmos e himnos y celebrando los juegos acostumbrados en las victorias; y ofrecieron sacrificios de acción de gracias por los éxitos logrados y por la salvación del ejército, pues ninguno de los judíos murió en aquellas campañas.

Yosef, hijo de Zejaryá, y Azaryá —a quienes Yehudá había dejado como jefes en el tiempo en que Shimón estaba en Galilea combatiendo a los de Ptolemaida, mientras el propio Yehudá y su hermano Yonatán se hallaban en Guilad—, queriendo también ellos ganarse fama de generales valientes en la guerra, tomaron la tropa que tenían a su mando y marcharon a Yavne. Les salió al encuentro Gorgias, el general de Yavne; y, trabado el combate, perdieron dos mil hombres de su ejército y, en su fuga, fueron perseguidos hasta las fronteras de Judea. Este descalabro les sobrevino por haber desatendido lo que Yehudá les había ordenado: no trabar batalla con nadie antes de su llegada. Pues, entre las demás muestras de su pericia militar, cabe admirar precisamente lo del revés de Yosef y Azaryá, que él previó que ocurriría si en algo transgredían lo que les había mandado.

Yehudá y sus hermanos no cejaban en la guerra contra los idumeos, sino que los apretaban por todas partes: tomaron la ciudad de Jevrón, derribaron cuanto había de fortificado en ella y, tras incendiar las torres, devastaron el territorio extranjero y la ciudad de Marisa; y, llegando a Ashdod y apoderándose de ella, la saquearon. Con abundante botín y despojos regresaron a Judea.

Por aquel mismo tiempo, el rey Antíoco, recorriendo las provincias altas, oye que hay en Persia una ciudad de riqueza excepcional llamada Elimaida, con un suntuoso templo de Ártemis lleno de toda clase de ofrendas votivas, y aún más: armas y corazas que, según supo, había dejado allí Alejandro, hijo de Filipo, rey de los macedonios. Movido por esto, se dirigió a Elimaida y, atacándola, la sitió. Pero los de dentro no se amedrentaron ante su embestida ni ante el asedio, sino que resistieron con firmeza, y fue apartado de su esperanza; pues, rechazándolo de la ciudad y saliendo tras él, lo persiguieron, de modo que llegó a Bavel huyendo y con la pérdida de gran parte de su ejército.

Mientras se afligía por este fracaso, algunos le anuncian también la derrota de los generales que había dejado para combatir a los judíos, y el poderío que ya tenían los judíos. Sumada, pues, la preocupación por esto a la anterior, trastornado por el desaliento cayó enfermo; y, como la enfermedad se prolongaba y los males crecían, comprendiendo que iba a morir, convoca a sus amigos, les declara que la dolencia era grave y les da a entender que sufría todo aquello por haber maltratado a la nación de los judíos, saqueado el Templo y despreciado a Dios. Y, diciendo esto, expiró.

De modo que causa asombro Polibio de Megalópolis, quien, siendo hombre honrado, dice que Antíoco murió por haber querido saquear el templo de Ártemis en Persia; porque el mero haber deliberado hacer tal cosa sin llevarla a cabo no es digno de castigo. Pero si por ese motivo le parece a Polibio que Antíoco acabó así su vida, mucho más verosímil es que el rey muriera por el sacrilegio del Templo de Yerushaláyim. En esto, sin embargo, no discuto, pues tenemos por verdadera esta causa que aduce el de Megalópolis.

Antíoco, antes de morir, llamó a Filipo, uno de los compañeros del reino, y lo nombró tutor; y, entregándole la diadema, el manto y el anillo, le ordenó que los llevara a Antíoco, su hijo, y se los diera, rogándole que velara por su crianza y le conservara el reino. Murió Antíoco en el año ciento cuarenta y nueve. Lisias, tras declarar su muerte a la multitud, proclama rey a su hijo Antíoco —pues él tenía la tutela— y le da el nombre de Eupátor.

Por este tiempo, la guarnición de la ciudadela de Yerushaláyim y los desterrados judíos causaban mucho daño a los judíos; pues a los que subían al Templo con intención de sacrificar, la guarnición, saliendo de improviso, los mataba, ya que la ciudadela dominaba el Templo. Ante estos sucesos, Yehudá resolvió acabar con la guarnición; y, reuniendo a todo el pueblo, sitió con vigor a los de la ciudadela. Era este el año ciento cincuenta del gobierno de los sucesores de Seleuco. Construyó, pues, máquinas, levantó terraplenes con empeño y se aplicó a la toma de la ciudadela.

Muchos de los desterrados que había dentro salieron de noche al campo, reunieron a algunos de su misma calaña e impíos, y acudieron al rey Antíoco. No juzgaban justo que se los desatendiera mientras padecían cosas terribles a manos de sus propios compatriotas —y las padecían por causa del padre del rey—, ellos que habían abandonado el culto de sus mayores y abrazado el que él había impuesto. Corría, pues, peligro de que la ciudadela fuera tomada por Yehudá y los suyos, junto con la guarnición establecida por el rey, si de su parte no se enviaba algún socorro. Al oír esto, el joven Antíoco se irritó y, convocando a sus jefes y amigos, ordenó reclutar mercenarios y, del reino, a los que tuvieran edad militar. Se reunió un ejército de unos cien mil de a pie, veinte mil de a caballo y treinta y dos elefantes.

Al frente de esta fuerza partió de Antioquía, con Lisias al mando de todo el ejército. Y, llegando a Idumea, sube desde allí a Bet-Tsur, ciudad muy fuerte y difícil de tomar, y, cercándola, la sitió. Como los de Bet-Tsur resistían con firmeza e incendiaron los preparativos de sus máquinas —pues salieron contra él—, se consumió mucho tiempo en el asedio. Yehudá, al enterarse del ataque del rey, abandona el sitio de la ciudadela y, saliendo al encuentro del rey, acampa en los desfiladeros, en un lugar llamado Bet-Zejaryá, a setenta estadios de los enemigos. El rey, partiendo de Bet-Tsur, condujo su fuerza a los desfiladeros y al campamento de Yehudá, y al amanecer dispuso el ejército para la batalla.

A los elefantes los hizo avanzar uno tras otro, a causa de la estrechez, pues no podían formarse en línea; y en torno a cada elefante marchaban en círculo mil de a pie y quinientos de a caballo. Los elefantes llevaban altas torres y arqueros. Al resto de la fuerza lo hizo subir por ambos lados a los montes, poniendo delante a sus amigos. Ordenando dar el grito de guerra, se lanza contra los enemigos, descubiertos los escudos de oro y de bronce, de suerte que despedían un brillante resplandor; y los montes retumbaban con los gritos de los soldados. Al ver esto, Yehudá no se amedrentó, sino que, recibiendo con bravura a los enemigos, mató a unos seiscientos de la vanguardia. Elazar, su hermano —al que llamaban Aurán—, al ver al más alto de los elefantes revestido de corazas reales y creyendo que sobre él iba el rey, se expuso con gran ánimo lanzándose contra él; y, tras matar a muchos de los que rodeaban al elefante y dispersar a los demás, deslizándose bajo su vientre y asestándole un golpe, mató al elefante. Pero este, al desplomarse sobre Elazar, aplasta al hombre con su peso. Y así, tras haber destruido con valor a muchos enemigos de esa manera, acabó su vida.

Yehudá, viendo la fuerza de los enemigos, se retiró a Yerushaláyim y se preparó para un asedio. Antíoco envió parte del ejército contra Bet-Tsur para combatirla, y con el resto de la fuerza fue él mismo a Yerushaláyim. Los de Bet-Tsur, atemorizados ante su poderío y viendo escasear las provisiones, se entregaron, tras recibir juramentos de que no sufrirían ningún mal de parte del rey. Antíoco, tomada la ciudad, no les hizo otra cosa que echarlos desnudos, y estableció en ella una guarnición propia.

Durante mucho tiempo sitió el Templo de Yerushaláyim, apretándolo con fuerza mientras los de dentro se defendían; pues a cada máquina que el rey levantaba contra ellos, ellos, a su vez, oponían contramáquinas. Pero les faltó el alimento, agotado el fruto que había, y sin que la tierra hubiera sido cultivada aquel año, pues, por ser el año séptimo —en el cual es ley entre nosotros dejar el campo en reposo—, había quedado sin sembrar. Por eso muchos de los sitiados huían por falta de lo necesario, de modo que pocos quedaron en el Templo.

Tal era, pues, la situación de los sitiados en el Templo. Pero Lisias, el general, y el rey, cuando les llegó la noticia de que Filipo había vuelto de Persia y estaba disponiendo los asuntos en su favor, tenían intención de abandonar el asedio y marchar contra Filipo; solo que resolvieron no revelárselo a los soldados ni a los jefes. El rey ordenó a Lisias que hablara ante él y ante los jefes en público sin dejar traslucir nada de lo de Filipo, mostrando en cambio que el asedio sería larguísimo, y lo fortificado del lugar, y que ya les escaseaban los víveres, y cuántos asuntos del reino requerían arreglo, y que parecía mucho mejor hacer una tregua con los sitiados y amistad con toda su nación, permitiéndoles regirse por las leyes de sus padres —de las que, privados, se habían levantado ahora en guerra— y volver a sus casas. Cuando Lisias dijo esto, tanto el ejército como los jefes quedaron satisfechos con el parecer.

El rey envió mensajeros a Yehudá y a los sitiados con él, les proclamó la paz y les concedió vivir según las leyes de sus padres. Ellos, recibiendo de buen grado las palabras y tomando juramentos y garantías, salieron del Templo. Pero Antíoco, entrando en él y viendo tan fortificado el lugar, quebrantó los juramentos y ordena a la tropa allí apostada que arrase el muro hasta el suelo. Y, hecho esto, regresó a Antioquía llevándose a Onías, el sumo sacerdote, que también se llamaba Menelao. Pues Lisias había aconsejado al rey dar muerte a Menelao si quería que los judíos estuvieran tranquilos y no le causaran molestia alguna; porque este había sido el que inició los males, al persuadir a su padre de que obligara a los judíos a abandonar el culto de sus mayores. Así que el rey, enviando a Menelao a Berea de Siria, lo hizo matar, tras haber ejercido el sumo sacerdocio diez años, hombre perverso e impío que, para gobernar él mismo, había forzado a los suyos a transgredir sus propias leyes. Y, muerto Menelao, fue sumo sacerdote Álcimo, llamado también Yakim.

El rey Antíoco, viendo que Filipo dominaba ya los asuntos, le hizo la guerra y, apresándolo, lo mató. Pero el hijo del sumo sacerdote Onías —del que antes dijimos que había quedado aún niño al morir su padre—, al ver que el rey, tras matar a su tío Menelao, había dado el sumo sacerdocio a Álcimo, que no era del linaje de los sumos sacerdotes, sino que, persuadido por Lisias, trasladaba esa dignidad de esta casa a otra, huye a Tolomeo, el rey de Mitsraim. Y, considerado digno de honor por él y por su esposa Cleopatra, recibe un lugar que había solicitado en el nomo Heliopolita, en el cual edificó un templo semejante al de Yerushaláyim. Pero de esto será más oportuno tratar en su momento.

Por aquel mismo tiempo, Demetrio, el hijo de Seleuco, huyendo de Roma y apoderándose de Trípoli de Siria, se ciñe la diadema; y, reuniendo en torno suyo algunos mercenarios, entró en el reino, acogiéndolo todos de buen grado y entregándose a él. Prendieron vivos también al rey Antíoco y a Lisias y se los llevaron; y estos, por orden de Demetrio, fueron ejecutados al instante, tras haber reinado Antíoco dos años, como ya en otro lugar se ha mostrado.

Muchos judíos perversos y desterrados se agruparon en torno a él, y con ellos Álcimo, el sumo sacerdote, y acusaban a toda la nación, y a Yehudá y sus hermanos, diciendo que habían dado muerte a todos los amigos del rey y que a cuantos, siendo de su parte y aguardándolo, había en el reino, los habían destruido; y que, echándolos de su propia tierra, los habían convertido en fugitivos en país ajeno; y pedían que enviara a alguno de sus amigos para conocer por él lo que se habían atrevido a hacer los de Yehudá. Demetrio, exasperado, envía a Báquides, amigo del rey Antíoco Epífanes, hombre de valía a quien se había confiado toda Mesopotamia; le dio una fuerza, puso a su cargo al sumo sacerdote Álcimo y le encargó matar a Yehudá y a los suyos.

Báquides, partiendo de Antioquía con la fuerza y llegando a Judea, envió mensajeros a Yehudá y a sus hermanos hablándoles de amistad y de paz, pues quería apresarlo con engaño. Pero él no se fio, ya que veía que se había presentado con un ejército tan grande como el que se lleva a la guerra, no a la paz. Con todo, algunos del pueblo, atendiendo a lo que Báquides proclamaba y creyendo que no sufrirían nada terrible de Álcimo, siendo compatriota suyo, se pasaron a ellos; y, tomando de ambos juramentos de que ni ellos ni los de su misma opinión padecerían daño alguno, se confiaron a ellos. Pero Báquides, despreciando los juramentos, mató a sesenta de ellos, y a los demás, cuantos se disponían a pasarse a él, los rechazó, sin guardar la fe prometida a los primeros. Y cuando, saliendo de Yerushaláyim, llegó a una aldea llamada Berzetó, envió a prender a muchos de los desertores y a algunos del pueblo, y, tras matarlos a todos, ordenó a todos los del país obedecer a Álcimo; y, dejándolo con algunas tropas para que pudiera guardar la región, regresó a Antioquía, junto al rey Demetrio.

Álcimo, queriendo afianzar su mando y comprendiendo que gobernaría más seguro si se ganaba el favor de la multitud, atraía a todos con palabras amables y, tratando a cada uno con agrado y complacencia, muy pronto reunió una gran hueste y fuerza. La mayoría de estos eran de los impíos y desterrados, a quienes, sirviéndose de ellos como servidores y soldados, recorría el país y mataba a cuantos hallaba en él que fueran del partido de Yehudá. Yehudá, viendo que Álcimo se hacía ya grande y que había destruido a muchos de los hombres buenos y píos de la nación, recorría a su vez el país y daba muerte a los que eran del bando de aquel. Álcimo, viéndose incapaz de resistir a Yehudá, sino vencido por su fuerza, resolvió acudir a la alianza del rey Demetrio. Llegando, pues, a Antioquía, lo azuzó contra Yehudá, acusándolo de que muchos males había padecido por él, y aún más padecería si no se le anticipaba y pagaba su pena mediante una fuerza poderosa enviada contra él.

Demetrio, juzgando ya peligroso también para sus propios asuntos dejar que Yehudá alcanzara tanto poder, envía a Nicanor, el más adicto y fiel de sus amigos —pues es este el mismo que había huido con él desde la ciudad de Roma—; y, dándole una fuerza que estimó le bastaría contra Yehudá, le ordenó no tener consideración alguna con la nación. Nicanor, llegando a Yerushaláyim, no resolvió combatir a Yehudá de inmediato, sino que, decidiendo apresarlo con engaño, le manda palabras de paz, alegando que no había necesidad alguna de guerrear ni de correr peligro, y le da juramentos de que no sufriría nada terrible; pues venía con amigos para hacerles patente la intención del rey Demetrio, cuán bien pensaba acerca de su pueblo. Habiendo Nicanor tratado estas cosas, Yehudá y sus hermanos, persuadidos y sin sospechar engaño alguno, le dan garantías y reciben a Nicanor con su fuerza. Pero él, tras saludar a Yehudá y mientras conversaba con él, da a los suyos una señal para que prendieran a Yehudá. Este, comprendiendo la trama, se escapó de un salto y huyó a los suyos. Manifiesto ya su propósito y la emboscada, Nicanor resolvió combatir a Yehudá; y, tras reunir y preparar lo necesario para la batalla, traba combate junto a una aldea llamada Cafarsalamá y, venciendo, obliga a Yehudá a refugiarse en la ciudadela de Yerushaláyim.

Mientras aún bajaba de la ciudadela al Templo, algunos de los sacerdotes y ancianos, saliéndole al encuentro, lo saludaron y le mostraron los sacrificios que, según decían, ofrecían a Dios en favor del rey. Pero él, injuriándolos, los amenazó con que, si el pueblo no le entregaba a Yehudá, derribaría el Templo cuando regresara. Y, tras proferir estas amenazas, salió de Yerushaláyim; y los sacerdotes prorrumpieron en llanto por la aflicción que les causaban aquellas palabras, y suplicaban a Dios que los librara de los enemigos. Nicanor, cuando, saliendo de Yerushaláyim, llegó a una aldea llamada Bet-Jorón, acampa allí, sumándosele además otra fuerza venida de Siria; y Yehudá acampa en Adasá, otra aldea distante treinta estadios de Bet-Jorón, con dos mil soldados. Tras exhortarlos a no amedrentarse por la multitud de los adversarios ni a calcular contra cuántos van a luchar, sino a considerar quiénes son ellos y por qué premios se juegan la vida, y a marchar con ánimo contra los enemigos, los saca al combate; y, chocando con Nicanor y trabada una dura batalla, vence a los adversarios, mata a muchos de ellos, y por último cayó el propio Nicanor, combatiendo con brillantez. Caído él, tampoco el ejército aguantó, sino que, perdido su general, se dio a la fuga arrojando las armaduras. Yehudá, persiguiéndolos, los mataba, y con las trompetas señalaba a las aldeas de alrededor que vencía a los enemigos. Los de aquellas, al oírlo, saltaban fuera armados y, saliendo al paso de los fugitivos, los mataban colocándose frente a ellos, de modo que de aquella batalla no escapó ninguno, siendo nueve mil.

Esta victoria vino a suceder el trece del mes que los judíos llaman Adar y los macedonios Distro. En este celebran cada año la fiesta de la victoria y tienen ese día por festivo. Desde aquel tiempo, sin embargo, la nación de los judíos, tras descansar por poco de las guerras y gozar de paz, cayó luego de nuevo en luchas y peligros.

Al sumo sacerdote Álcimo, que quería derribar el muro del santuario —antiguo y construido por los profetas de antaño—, le sobrevino de improviso un golpe de Dios, por el cual, sin habla, fue derribado a tierra y, atormentado durante muchos días, murió, tras haber ejercido el sumo sacerdocio cuatro años. Muerto este, el pueblo da el sumo sacerdocio a Yehudá, quien, al oír acerca del poder de los romanos, y que habían sometido en la guerra a la Galia, a Iberia y a Cartago de Libia, y que además de estas habían dominado a Grecia y a los reyes Perseo y Filipo y a Antíoco el Grande, resolvió hacer amistad con ellos. Enviando, pues, a Roma a dos de sus amigos, Eupólemo, hijo de Yojanán, y Jasón, hijo de Elazar, les pidió por medio de ellos ser aliados y amigos, y que escribieran a Demetrio para que no hiciera la guerra a los judíos. Llegados a Roma los embajadores de Yehudá, el senado los recibe y, tras deliberar sobre aquello para lo que habían sido enviados, aprueba la alianza. Y, dictando un decreto sobre esto, envió la copia a Judea, mientras que el original lo grabaron en tablillas de bronce y lo depositaron en el Capitolio.

Era del tenor siguiente: «Decreto del senado sobre la alianza y la buena voluntad hacia la nación de los judíos. Que ninguno de los sometidos a los romanos haga la guerra a la nación de los judíos ni provea a quienes les hagan la guerra ni grano, ni naves, ni dinero. Y si algunos atacan a los judíos, que los romanos los socorran en cuanto les sea posible; y, a su vez, si algunos atacan a los romanos, que los judíos sean sus aliados. Y si la nación de los judíos quisiera añadir o quitar algo a esta alianza, hágase por decisión común del pueblo romano, y cuanto se añada, sea válido.» El decreto fue redactado por Eupólemo, hijo de Yojanán, y por Jasón, hijo de Elazar, siendo Yehudá sumo sacerdote de la nación y Shimón, su hermano, general. Y así vino a establecerse la primera amistad y alianza de los romanos con los judíos.

Demetrio, cuando le fue anunciada la muerte de Nicanor y la destrucción del ejército que iba con él, envió de nuevo a Báquides con una fuerza a Judea. Este, partiendo de Antioquía y llegando a Judea, acampa en Arbela, ciudad de Galilea; y, tras sitiar y tomar a los que estaban en las cuevas de allí —pues muchos se habían refugiado juntos en ellas—, partiendo de allí se apresuró hacia Yerushaláyim. Sabiendo que Yehudá estaba acampado en una aldea llamada Zeto, se lanzó contra él con veinte mil de a pie y dos mil de a caballo; y Yehudá tenía en total mil hombres. Estos, al contemplar la multitud de Báquides, se atemorizaron y, abandonando el campamento, huyeron todos salvo ochocientos.

Yehudá, abandonado por sus propios soldados, con los enemigos encima y sin que le dieran tiempo alguno para reunir su fuerza, estaba dispuesto a trabar combate con los ochocientos contra los de Báquides; y, animándolos a afrontar el peligro con brío, los exhortaba a avanzar a la batalla. Como ellos decían que no eran rivales para tan enorme ejército, y le aconsejaban retirarse ahora y salvarse, y luego, reunidos los suyos, atacar a los enemigos, dijo: «¡Que no vea el sol suceder tal cosa, que yo muestre las espaldas a los enemigos! Antes bien, aunque la ocasión presente me traiga la muerte y sea forzoso que perezca combatiendo, me mantendré con nobleza soportando todo lo que venga, antes que arrojar sobre mis pasadas hazañas y la gloria que de ellas tengo la vergüenza de una huida ahora.» Y, diciendo esto a los que quedaban, exhortándolos a despreciar el peligro y a marchar contra los enemigos, así habló.

Báquides, sacando su fuerza del campamento, la formó para la batalla: puso la caballería en ambas alas, colocó a los soldados ligeros y arqueros delante de toda la falange, y él mismo estaba en el ala derecha. Dispuesto así el ejército, cuando se acercó al campamento de los enemigos, ordenó al trompeta dar la señal y a la tropa avanzar dando el grito de guerra. Yehudá, haciendo lo mismo, choca con los enemigos; y, combatiendo ambos con firmeza y prolongándose la batalla hasta la puesta del sol, viendo Yehudá que Báquides y lo más fuerte del ejército estaban en el ala derecha, tomó a los más animosos y se lanzó contra aquella parte de la formación; y, atacando a los de allí, desgarró su falange. Empujando hasta el centro, los forzó a la fuga y los persigue hasta un monte llamado Azá. Pero los que ocupaban el ala izquierda, al ver la derrota de los del ala derecha, rodearon a Yehudá mientras perseguía y lo cogen en medio, situándose a su espalda. Él, no pudiendo huir, sino cercado por los enemigos, se detuvo y luchó con los suyos. Tras matar a muchos de los adversarios y quedar exhausto, cayó también él, tras hazañas gloriosas antes cumplidas y en circunstancias semejantes de gloria cuando entregó su alma al morir.

Caído Yehudá, los que estaban con él, sin tener ya a quién mirar y privados de tal general, huyeron. Shimón y Yonatán, hermanos de Yehudá, recobrando el cuerpo de manos de los enemigos bajo tregua, lo llevaron a la aldea de Modín, donde también estaba enterrado su padre, y lo sepultaron, tras haberlo llorado la multitud durante muchos días y honrado en común con los ritos acostumbrados. Y tal fue el fin que alcanzó a Yehudá, hombre valeroso y grande en la guerra, fiel a las órdenes de su padre Matityahu, y que se ofreció a hacer y a sufrir todo por la libertad de sus conciudadanos. Habiendo sido, pues, de tal virtud, dejó de sí la mayor gloria y memoria, tras liberar a la nación y arrancarla de la esclavitud bajo los macedonios. Y, tras retener el sumo sacerdocio tres años, murió.

Capítulo III

Libro decimotercero

Ya expusimos en el libro anterior de qué modo el pueblo de los judíos, después de que los macedonios lo hubieran sometido a servidumbre, recobró su libertad, y a través de cuántos y cuán grandes combates su general Yehudá, tras ponerse a su frente, murió luchando por ellos.

Tras la muerte de Yehudá, cuanto quedaba todavía de impíos y de quienes habían quebrantado el régimen de los padres brotó contra los judíos y, arreciando por todas partes, los maltrataba. A esta maldad se sumó también una hambruna que se apoderó del país, de suerte que muchos —por la escasez de lo indispensable y por no poder resistir los males que de ambos lados los acosaban, el hambre y los enemigos— se pasaron a los macedonios. Báquides reunió a aquellos judíos que se habían apartado de la costumbre patria y habían elegido la vida común de las naciones, y les encomendó el cuidado del país; ellos apresaban a los amigos de Yehudá y a los que pensaban como él, y se los entregaban a Báquides, quien primero los torturaba y los maltrataba a su gusto, y solo después los mataba.

Como esta desgracia fue para los judíos tan grande cual no la habían padecido desde el regreso de Bavel, los que quedaban de los compañeros de Yehudá, viendo perecer lastimosamente al pueblo, se acercaron a su hermano Yonatán y le rogaron que imitara a su hermano y el cuidado que este había tenido de sus compatriotas —él, que había muerto por la libertad de ellos— y que no dejara al pueblo sin caudillo, ni siquiera en medio de aquello que lo destruía. Yonatán respondió que estaba dispuesto a morir por ellos, y, considerado en nada inferior a su hermano, fue designado general de los judíos.

Báquides, al oírlo y temiendo que Yonatán causara problemas al rey y a los macedonios como antes Yehudá, buscó darle muerte con engaño. Mas este propósito no pasó inadvertido a Yonatán ni a su hermano Shimón; pues, enterados, tomaron consigo a todos sus compañeros y huyeron a toda prisa al desierto más cercano a la ciudad, y, llegados al agua llamada la cisterna de Asfar, permanecían allí. Báquides, advirtiendo que se habían marchado y estaban en aquel lugar, se lanzó contra ellos con todo su ejército y, acampando al otro lado del Yardén, dio descanso a su tropa.

Yonatán, sabiendo que Báquides venía contra él, envía a su hermano Yojanán, llamado también Gadis, a los árabes nabateos, para depositar entre ellos el bagaje hasta que combatieran contra Báquides; pues eran amigos. Pero los hijos de Amareo, tendiendo una emboscada a Yojanán cuando iba hacia los nabateos desde la ciudad de Medaba, lo apresan a él y a los que lo acompañaban, y, saqueando cuanto llevaba consigo, matan a Yojanán y a todos sus compañeros. Con todo, pagaron por ello a los hermanos de este el castigo merecido, que mostraremos dentro de poco.

Báquides, sabiendo que Yonatán estaba acampado en los pantanos del Yardén, aguardó el día del Shabat y marchó contra él, creyendo que no combatiría en aquella jornada a causa de la Torá. Pero él arengó a sus compañeros, diciéndoles que el peligro era por sus propias vidas, encerrados en medio como estaban entre el río y los enemigos, sin escape posible —pues por delante avanzaban los adversarios y a la espalda tenían el río—; y, tras rogar a Dios que les concediera la victoria, traba combate con los enemigos. Tras derribar a muchos de ellos, cuando vio a Báquides venir audazmente sobre él, extendió la diestra para herirlo. Pero como Báquides lo previó y esquivó el golpe, Yonatán, saltando con sus compañeros al río, lo cruzó a nado, y de este modo se ponen a salvo en la otra orilla del Yardén, sin que los enemigos cruzaran ya el río tras ellos, pues Báquides regresó de inmediato a la ciudadela de Yerushaláyim.

Perdió de su ejército unos dos mil hombres. Tras apoderarse de muchas ciudades de Judea, Báquides las fortificó: Yerijó, Emaús, Bet-Jorón, Bet-El, Tamnatá, Faratón, Tecoa y Gázara. Y, construyendo torres en cada una de las ciudades y ciñéndolas de murallas robustas y de extraordinaria altura, apostó en ellas una guarnición, para que, partiendo desde allí, tuvieran modo de dañar a los judíos. Sobre todo fortificó la ciudadela de Yerushaláyim. Y, tomando como rehenes a los hijos de los principales de Judea, los encerró en la ciudadela y así los custodiaba.

Por aquel mismo tiempo, alguien que llegó ante Yonatán y su hermano Shimón les anunció que los hijos de Amareo celebraban una boda y traían a la novia desde la ciudad de Nabata —hija de uno de los notables entre los árabes—, y que iba a haber un cortejo de la muchacha espléndido y suntuoso. Yonatán y Shimón, juzgando que se les presentaba la ocasión más propicia para vengar a su hermano y confiando en que con toda holgura obtendrían de ellos el castigo por Yojanán, partieron hacia Medaba y aguardaban, emboscados contra los enemigos en la montaña. Cuando los vieron conduciendo a la doncella y al novio, y con ellos una muchedumbre de amigos cual es de esperar en las bodas, saltando de la emboscada los mataron a todos, y, tomando las joyas y todo el demás botín que entonces seguía a aquellas gentes, se volvieron. Y tal fue la venganza que por su hermano Yojanán tomaron de los hijos de Amareo; pues perecieron estos mismos, y los amigos que los acompañaban, y sus mujeres e hijos, en número de cuatrocientos.

Shimón y Yonatán, regresando a los pantanos del río, permanecían allí. Báquides, tras asegurar toda Judea con guarniciones, se volvió junto al rey. Y entonces, por dos años, los asuntos de los judíos quedaron en calma. Pero los fugitivos y los impíos, viendo que Yonatán y los suyos vivían en el país con gran holgura gracias a la paz, envían mensajeros al rey Demetrio, exhortándolo a mandar a Báquides para prender a Yonatán; pues aseguraban que se lograría sin esfuerzo, y que, cayendo sobre ellos en una sola noche, cuando menos lo esperasen, los matarían a todos. El rey despachó a Báquides, quien, llegado a Judea, escribió a todos sus amigos, judíos y aliados, para que le ayudaran a capturar a Yonatán. Mas, por más que todos se afanaban, no lograban vencer a Yonatán —pues se guardaba con extremo cuidado, al haber advertido la conjura—; y Báquides, irritado contra los fugitivos por haberlo engañado a él y al rey, apresó a cincuenta de sus cabecillas y los mató.

Yonatán, con su hermano y sus compañeros, se retira a Betalaga, aldea situada en el desierto, por temor a Báquides, y, levantando torres y rodeándose de murallas, se mantuvo a salvo tras aquellas defensas. Báquides, al saberlo, conduciendo su ejército y sumando a los aliados judíos, marchó contra Yonatán, y, asaltando sus defensas, lo asedió durante muchos días. Pero él no cedió ante el ímpetu del asedio; antes bien, resistiendo con firmeza, deja a su hermano Shimón en la plaza para que combatiera a Báquides, mientras él mismo, saliendo a escondidas al campo y reuniendo una gran tropa entre los que eran de su bando, cae de noche sobre el campamento de Báquides y, matando a muchos de ellos, deja claro también a su hermano Shimón que ha caído sobre el enemigo. Pues también este, advirtiendo que los enemigos eran muertos por Yonatán, sale contra ellos, e incendia las máquinas de asedio de los macedonios y hace de ellos gran matanza.

Báquides, viéndose cercado por los enemigos —unos acosándolo por delante y otros por detrás—, cayó en desánimo y en turbación del ánimo, trastornado por haber salido el asedio contra sus esperanzas. Con todo, descargó su cólera por estos sucesos sobre los fugitivos que lo habían hecho venir de parte del rey, por haberlo engañado, y deseaba, poniendo fin al asedio, retirarse si le era posible con dignidad a su tierra. Yonatán, conociendo su designio, le envía embajadores para tratar de amistad y alianza, a fin de que se devolvieran mutuamente los cautivos que uno y otro habían tomado. Báquides, juzgando que esta era la retirada más honrosa, pacta amistad con Yonatán, y juraron no volver a hacerse la guerra el uno al otro; y, devolviendo a los cautivos y recobrando a los suyos, se volvió a Antioquía junto al rey, y tras esta retirada ya no invadió Judea. Yonatán, aprovechando esta tranquilidad y fijando su residencia en la ciudad de Mijmás, administraba allí los asuntos del pueblo, y, castigando a los malvados e impíos, purgó así de ellos a la nación.

En el año ciento sesenta sucedió que Alejandro, hijo de Antíoco Epífanes, subiendo a Siria, se apoderó de Ptolemaida por traición de los soldados de dentro; pues estos aborrecían a Demetrio a causa de su soberbia y de lo difícil que era tratar con él. Pues, encerrándose en cierto palacio de cuatro torres que él mismo había edificado no lejos de Antioquía, no admitía a nadie, sino que se mostraba indolente y descuidado en los asuntos, con lo cual se encendía aún más contra él el odio de sus súbditos, como ya hemos expuesto en otro lugar.

Demetrio, al oír que Alejandro había llegado a Ptolemaida, condujo contra él todo su ejército. Envió también embajadores a Yonatán para tratar de alianza y buena voluntad; pues decidió adelantarse a Alejandro, no fuera que este, hablándole antes, obtuviera de él su ayuda. Esto lo hacía por temor de que Yonatán, guardando rencor por la vieja enemistad, se sumara al ataque contra él. Le ordenó, pues, reunir un ejército y fabricar armas, y recobrar a los rehenes de los judíos que Báquides había encerrado en la ciudadela de Yerushaláyim.

Llegadas a Yonatán tales propuestas de parte de Demetrio, este, presentándose en Yerushaláyim, leyó la carta del rey a oídos del pueblo y de los que custodiaban la acrópolis. Leído esto, los impíos y los fugitivos de la acrópolis quedaron muy amedrentados, ya que el rey había concedido a Yonatán reclutar tropas y recobrar a los rehenes. Y él devolvió a cada uno el suyo a sus padres. Y así Yonatán fijó su residencia en Yerushaláyim, renovando la ciudad y disponiendo cada cosa según su voluntad. Pues mandó que también las murallas de la ciudad se levantaran con piedras cuadradas, para que fueran más seguras frente a las guerras. Al ver esto, los guardias de las fortalezas de Judea las abandonaron y huyeron todos a Antioquía, salvo los de la ciudad de Bet-Tsur y los de la ciudadela de Yerushaláyim; pues estos eran la mayor parte de los judíos impíos y fugitivos, y por ello no dejaron las guarniciones.

Alejandro, conociendo las promesas que Demetrio había hecho a Yonatán, y su valentía y cuanto había realizado combatiendo a los macedonios, y, por otra parte, lo que él mismo había padecido de Demetrio y de Báquides, general de Demetrio, decía que, en la presente coyuntura, no podría hallar mejor aliado que Yonatán entre sus amigos —un hombre esforzado en las guerras, que además abrigaba un odio personal contra Demetrio, de quien había recibido muchos males y a quien muchos había causado—. Si, por tanto, le parecía bien ganarlo por amigo contra Demetrio, ahora era el momento más oportuno, y no otro, para invitarlo a la alianza. Pareciéndoles, pues, bien a él y a sus amigos enviar a Yonatán, le escribe la carta siguiente:

«El rey Alejandro a su hermano Yonatán, salud. Desde hace tiempo hemos oído hablar de tu valentía y lealtad, y por eso te hemos enviado mensajeros para tratar de amistad y alianza. Te nombramos hoy sumo sacerdote de los judíos y ordenamos que se te llame amigo mío. Te he enviado también como regalos un manto de púrpura y una corona de oro, y te ruego que, honrado por nosotros, seas para con nosotros de igual disposición.»

Yonatán, al recibir la carta, se reviste con las vestiduras sacerdotales cuando llegó la fiesta de Sukot, cuatro años después de la muerte de su hermano Yehudá; pues durante todo este tiempo no había habido ningún sumo sacerdote. Y reunió un gran ejército y forjó gran cantidad de armas. Esto afligió sobremanera a Demetrio cuando lo supo, y se echaba la culpa de su propia tardanza, por no haberse adelantado a Alejandro en mostrar benevolencia a Yonatán, sino haberle dejado a aquel la ocasión de hacerlo. Escribe, pues, también él una carta a Yonatán y al pueblo, en la que declaraba lo siguiente:

«El rey Demetrio a Yonatán y a la nación de los judíos, salud. Puesto que habéis mantenido la amistad para con nosotros y, cuando mis enemigos os tentaron, no os unisteis a ellos, alabo esta vuestra lealtad y os exhorto a perseverar en lo mismo, con lo que recibiréis de nosotros recompensas y favores. Pues a la mayoría de vosotros os condonaré los tributos y las contribuciones que pagabais a los reyes anteriores a mí y a mí mismo; y desde ahora os perdono los tributos que siempre aportáis. Además de esto, os hago gracia del impuesto sobre la sal y sobre las coronas que solíais traernos; y, en lugar del tercio del grano y de la mitad del fruto de los árboles que me corresponde, os lo cedo desde el día de hoy. Y el impuesto por cada cabeza que debía dárseme de los habitantes de Judea y de las tres toparquías anejas a Judea —Shomrón, Galilea y Perea— os lo cedo desde ahora y para siempre.

Y quiero que la ciudad de los habitantes de Yerushaláyim sea santa e inviolable y libre, hasta sus términos, del diezmo y de los impuestos. En cuanto a la ciudadela, la encomiendo a vuestro sumo sacerdote Yonatán, para que ponga en ella como guarnición a quienes él mismo juzgue fieles y amigos, a fin de que nos la custodien. Y pongo en libertad a los judíos que hayan sido hechos cautivos y esclavizados en nuestro territorio. Ordeno también que no se requisen las bestias de carga de los judíos; y que los Shabatot y toda fiesta, y tres días antes de la fiesta, estén exentos de impuesto. Del mismo modo, dejo libres y sin vejaciones a los judíos que habitan en mi reino, y a quienes quieran servir en mi ejército se lo permito, y que ello sea posible hasta treinta mil; y dondequiera que vayan, recibirán lo mismo que recibe mi propio ejército. A unos de ellos los apostaré en las fortalezas, a algunos en torno a la guardia de mi persona, y a otros los haré jefes de los de mi corte.

Les permito asimismo servirse de las leyes de sus padres y guardarlas, y quiero que las tres comarcas anejas a Judea le queden sometidas, y que sea cuidado del sumo sacerdote que ni un solo judío tenga otro templo donde adorar sino únicamente el de Yerushaláyim. Doy también de mis propios fondos, para el gasto de los sacrificios, cada año ciento cincuenta mil dracmas, y quiero que el sobrante de ese dinero sea vuestro; y las diez mil dracmas que los reyes solían recibir del Templo os las condono, porque corresponden a los sacerdotes que ofician en el Templo. Y cuantos se refugien en el Templo de Yerushaláyim, o en los lugares que dependen de su jurisdicción, ya sea por deber dinero al fisco real, ya por cualquier otra causa, queden libres y estén a salvo sus bienes. Permito también la restauración del Templo y su edificación, corriendo el gasto de ello a cargo de mis fondos; y consiento en que se levanten las murallas de la ciudad y se alcen altas torres, y en erigirlo todo a mis expensas. Y si hay alguna fortaleza que convenga que esté fortificada en el país de los judíos, constrúyase también esta con mis caudales.»

Estas cosas prometía y concedía Demetrio al escribir a los judíos. Pero el rey Alejandro, reuniendo una gran fuerza de mercenarios y de los soldados que se le habían agregado desde Siria, marchó contra Demetrio. Y trabada la batalla, el ala izquierda de Demetrio pone en fuga a los adversarios y los persiguió largo trecho, matando a muchos y saqueando el campamento; pero el ala derecha, donde se hallaba Demetrio, es vencida. Y todos los demás huyeron; pero Demetrio, luchando con bravura, mata a no pocos enemigos, y, persiguiendo a los otros, lanza su caballo a un cenagal profundo y difícil de salir, donde sucedió que, caído el caballo, sin poder escapar, fue muerto. Pues los enemigos, viendo lo que le había ocurrido, se volvieron y, cercando a Demetrio, todos le arrojaban dardos. Él, ya a pie, se defendía con bravura, y al fin, tras recibir muchas heridas y no poder resistir más, cayó. Y tal fue el fin que alcanzó a Demetrio, después de reinar once años, como hemos expuesto en otro lugar.

Onías, hijo del sumo sacerdote Onías y homónimo de su padre —el que, huido a Alejandría, vivía junto al rey Tolomeo llamado Filométor, como antes hemos dicho—, viendo a Judea maltratada por los macedonios y sus reyes, y deseando procurarse gloria y memoria eterna, decidió enviar mensajeros al rey Tolomeo y a la reina Cleopatra para pedirles licencia de edificar en Mitsraim un templo semejante al de Yerushaláyim, y de establecer leviim y sacerdotes de su propio linaje. Esto lo deseaba confiado sobre todo en el profeta Yeshayahu, quien, habiendo vivido más de seiscientos años antes, había predicho que sin falta se edificaría en Mitsraim, por mano de un varón judío, un templo al Dios altísimo. Alentado, pues, por esto, Onías escribe a Tolomeo y a Cleopatra la carta siguiente:

«Habiéndoos prestado muchos y grandes servicios en las empresas de la guerra con el auxilio de Dios, y habiendo estado en la Celesiria y en Fenicia, y llegado a la ciudad de Leontópolis del distrito de Heliópolis con los judíos, y a otros lugares de nuestra nación, y hallando que muchísimos, contra lo debido, poseen templos, y por eso están malquistos entre sí —lo cual ha sucedido también a los egipcios, por la multitud de sus templos y por no ser de un mismo parecer en el culto—, y encontrando un lugar de lo más apropiado en la fortaleza llamada de la Bubastis agreste, rica en toda clase de arbolado y llena de animales sagrados, os ruego que me concedáis, tras purificar ese templo sin dueño y derruido, edificar un templo al Dios altísimo a semejanza del de Yerushaláyim y con sus mismas medidas, en favor de vos y de vuestra esposa e hijos, para que los judíos que habitan en Mitsraim tengan un lugar donde, reuniéndose en él con mutua concordia, sirvan a vuestros intereses. Pues Yeshayahu el profeta predijo esto: “Habrá un altar en Mitsraim a Adonái Dios”; y profetizó otras muchas cosas semejantes acerca de este lugar.»

Esto escribe Onías al rey Tolomeo. Puede advertirse la piedad de él, y la de Cleopatra, su hermana y esposa, por la carta que le respondieron; pues cargaron el pecado y la transgresión de la Torá sobre la cabeza de Onías. Respondieron, en efecto, de este modo: «El rey Tolomeo y la reina Cleopatra a Onías, salud. Hemos leído tu carta, en la que pides que se te permita purificar el templo derruido de Leontópolis, del distrito de Heliópolis, llamado de la Bubastis agreste. Por lo cual nos asombra que pueda ser grato a Dios un templo fundado en un lugar impuro y lleno de animales sagrados. Pero, ya que dices que el profeta Yeshayahu predijo esto hace mucho tiempo, te lo concedemos, si es que ha de ser conforme a la Torá, de suerte que no parezca que hemos cometido pecado alguno contra Dios.»

Onías, pues, tomando el lugar, edificó un templo y un altar a Dios semejante al de Yerushaláyim, aunque más pequeño y más pobre. Sus medidas y sus utensilios no me ha parecido oportuno declararlos ahora, pues están consignados en el séptimo libro de mi Guerra de los judíos. Encontró también Onías algunos judíos semejantes a él, sacerdotes y leviim, que allí oficiaran el culto. Mas acerca de este templo hemos hablado ya bastante.

Los judíos de Alejandría y los samaritanos, que adoraban en el templo del Guerizim, sucedió que, en tiempos de Alejandro, cayeron en disputa unos con otros, y litigaban acerca de sus templos ante el propio Tolomeo, diciendo los judíos que el de Yerushaláyim había sido edificado según las leyes de Moshé, y los samaritanos que el del Guerizim. E invitaron al rey a sentarse con sus amigos para oír los alegatos sobre estas cuestiones y castigar con la muerte a los vencidos. En defensa de los samaritanos hicieron el alegato Sabeo y Teodosio; y en defensa de los habitantes de Yerushaláyim y de los judíos, Andrónico, hijo de Mesálamo. Juraron por Dios y por el rey que en verdad harían sus demostraciones conforme a la Torá, y pidieron a Tolomeo que a quien sorprendiera quebrantando los juramentos lo hiciera morir. El rey, pues, tomando en consejo a muchos de sus amigos, se sentó a escuchar a los oradores.

Los judíos que estaban en Alejandría se hallaban muy angustiados por aquellos hombres, a quienes tocaba indignarse por el Templo de Yerushaláyim; pues llevaban a mal que algunos derribasen uno tan antiguo y el más ilustre de cuantos había en el mundo habitado. Como Sabeo y Teodosio permitieran a Andrónico hablar primero, este comenzó sus demostraciones a partir de la Torá y de las sucesiones de los sumos sacerdotes, mostrando cómo cada uno, recibiendo la dignidad de su padre, había regido el Templo, y que todos los reyes de Asia habían honrado el Templo con ofrendas y con espléndidos dones, mientras que del templo del Guerizim nadie hacía caso ni mención, como si ni siquiera existiera. Diciendo esto y otras muchas cosas semejantes, Andrónico persuade al rey de juzgar que el Templo de Yerushaláyim había sido edificado según las leyes de Moshé, y de hacer morir a Sabeo y a Teodosio. Y tales fueron los sucesos que acaecieron a los judíos de Alejandría bajo Tolomeo Filométor.

Muerto Demetrio en la batalla, según hemos mostrado arriba, Alejandro, tomando posesión del reino de Siria, escribe a Tolomeo Filométor pidiéndole en matrimonio a su hija, alegando que era justo que quien había recobrado el poder de sus padres y, por la providencia de Dios, había sido encumbrado a él y había vencido a Demetrio, y que en lo demás no era indigno de emparentar con él, contrajera con él ese parentesco. Tolomeo, aceptando de buen grado la petición de matrimonio, le responde diciendo que se alegraba de que hubiera recobrado el poder que le venía de sus padres, y le promete dar a su hija, y le mandó salir a su encuentro en Ptolemaida, pues pensaba llevar allí a su hija; que él mismo la escoltaría hasta allí desde Mitsraim y allí le daría a la muchacha por esposa. Y Tolomeo, tras escribir esto, llega a toda prisa a Ptolemaida, trayendo consigo a su hija Cleopatra. Hallando allí a Alejandro, que, según le había escrito, había salido antes a su encuentro, le entrega a la muchacha y, como dote, plata y oro cuanto era propio dar a un rey.

Celebradas las bodas, Alejandro, escribiendo a Yonatán el sumo sacerdote, le ordenó acudir a Ptolemaida. Y este, presentándose ante los reyes y obsequiándolos con espléndidos regalos, gozó del honor de ambos. Alejandro lo obligó incluso a despojarse de su propio vestido y a ponerse la púrpura, y, haciéndolo sentar consigo en el estrado, ordenó a sus jefes que, avanzando con él hasta el centro de la ciudad, pregonaran que a nadie le era lícito hablar contra él ni causarle molestias. Cuando los jefes hicieron esto, los que se habían dispuesto a acusar a Yonatán y le eran hostiles, viendo el honor que el rey le pregonaba, huyeron, temerosos de sufrir algún daño. Y el rey Alejandro empleó tal solicitud para con Yonatán que incluso lo inscribió como el primero entre sus amigos.

En el año ciento sesenta y cinco, Demetrio, hijo de Demetrio, con muchos mercenarios que le proporcionó Lástenes el cretense, partiendo de Creta, arribó a Cilicia. Al oír esto Alejandro, se sumió en angustia y turbación, y al punto se apresuró desde Fenicia hacia Antioquía, para dejar allí las cosas seguras antes de que Demetrio llegara. Dejó como gobernador de la Celesiria a Apolonio el Tao, quien, llegando con un gran ejército a Yavne, envió a decir a Yonatán el sumo sacerdote que era injusto que solo él viviera en seguridad e independencia, sin someterse al rey; que esto le acarreaba a él el reproche de todos, por no haberlo sometido al rey.

«No te engañes, pues, sentado en los montes, creyendo que tienes fuerza; antes bien, si confías en tu propio poder, baja a la llanura y mídete con nuestro ejército, y el desenlace de la victoria mostrará quién es el más valiente. Sabe, sin embargo, que los mejores hombres de cada ciudad militan conmigo; y son precisamente estos los que siempre han vencido a tus antepasados. Librarás el combate contra nosotros en una tierra tal, donde no con piedras sino con armas hay que defenderse, ni hay lugar alguno adonde, si eres vencido, puedas huir.»

Irritado por estas palabras, Yonatán, escogiendo diez mil soldados, partió de Yerushaláyim con Shimón, su hermano, y, llegado a Yafo, acampa fuera de la ciudad, pues los de Yafo le habían cerrado las puertas, ya que tenían dentro una guarnición apostada por Apolonio. Cuando Yonatán se disponía a asediarlos, temiendo que tomara su ciudad por la fuerza, le abren las puertas. Apolonio, al oír que Yafo había sido tomada por Yonatán, tomando tres mil jinetes y ocho mil infantes, vino a Ashdod, y, partiendo de allí, hacía la marcha despacio y a paso lento; y, llegado a Yafo, retirándose, arrastra a Yonatán hacia la llanura, confiado en su caballería y teniendo en ella sus esperanzas de victoria. Pero Yonatán, avanzando, persiguió a Apolonio hasta Ashdod. Y este, cuando el enemigo se halló en la llanura, volviéndose, trabó batalla con él.

Habiendo apostado Apolonio mil jinetes en emboscada en cierto barranco, para que aparecieran a la espalda del enemigo, Yonatán, advirtiéndolo, no se amedrentó; y, formando su ejército en cuadro, se dispuso a rechazar al enemigo por ambos lados, oponiéndose de frente y a los que atacarían por detrás. Prolongándose la batalla hasta la tarde, dando a Shimón, su hermano, una parte de la tropa, le ordenó atacar la falange de los enemigos, mientras él mismo mandó a los suyos que, cubriéndose con los escudos, recibieran los dardos de los jinetes. Y ellos hicieron lo mandado; pero los jinetes enemigos, disparando sus dardos contra ellos hasta agotarlos, ningún daño les causaban; pues los proyectiles no penetraban hasta sus cuerpos, y, lanzados contra hombres cerrados en muro con los escudos unidos por su densidad, quedaban fácilmente retenidos y caían sin efecto.

Cuando los enemigos se agotaron, arrojándoles dardos desde la mañana hasta bien entrada la tarde, Shimón, advirtiendo que estaban fatigados, ataca la falange, y, empleando sus soldados gran ardor, pone en fuga a los enemigos. Los jinetes, viendo huir a la infantería, tampoco ellos aguantan, sino que, extenuados por haber combatido hasta el atardecer y perdida su esperanza en la infantería, huyeron sin orden ni concierto, de modo que, disgregados, se dispersaron por toda la llanura. Yonatán, persiguiéndolos hasta Ashdod y matando a muchos, obligó a los que desesperaban de salvarse a refugiarse en el templo de Dagón, que estaba en Ashdod. Yonatán, tomando por asalto la propia ciudad, la incendió, y con ella las aldeas de sus alrededores. No perdonó tampoco el templo de Dagón, sino que también lo incendió y dio muerte a los que en él se habían refugiado. El número total de los que cayeron en la batalla y se consumieron en el templo, de entre los enemigos, fue de ocho mil.

Tras vencer a tan gran ejército, partiendo de Ashdod llega a Ascalón; y, cuando hubo acampado fuera de la ciudad, los de Ascalón salieron a su encuentro trayéndole presentes de hospitalidad y honrándolo. Él, acogiéndolos por su buena disposición, regresó de allí a Yerushaláyim, llevando mucho botín que había tomado al vencer a los enemigos. Alejandro, al oír que su general Apolonio había sido derrotado, fingió alegrarse, porque este, contra su propio parecer, había trabado combate con Yonatán, que era su amigo y aliado; y envía mensajeros a Yonatán dándole testimonio y otorgándole galardones y honores —un broche de oro, según es costumbre dar a los parientes de los reyes—, y le concede Ecrón y su toparquía como heredad.

Por este tiempo también el rey Tolomeo, apellidado Filométor, conduciendo una fuerza naval y terrestre, vino a Siria para socorrer a Alejandro; pues era su suegro. Y todas las ciudades, por orden de Alejandro, recibiéndolo de buen grado, lo escoltaron hasta la ciudad de Ashdod, donde todos clamaban contra él, acusando a Yonatán, que había destruido su templo de Dagón, incendiado el país y dado muerte a muchos de ellos. Tolomeo, al oír esto, guardó silencio. Yonatán, saliendo al encuentro de Tolomeo en Yafo, obtiene de él espléndidos presentes de hospitalidad y toda clase de honores; luego, tras escoltarlo hasta el río llamado Eléuteros, se volvió de nuevo a Yerushaláyim.

Hallándose en Ptolemaida, contra toda expectativa estuvo Tolomeo a punto de perecer, víctima de una conjura urdida por Alejandro por medio de Amonio, que era amigo suyo. Hecha manifiesta la conjura, Tolomeo escribe a Alejandro reclamando a Amonio para castigarlo, diciendo que había sido objeto de sus asechanzas y juzgando justo que pagara por ello la pena. Mas, al no entregarlo Alejandro, comprendiendo que era este mismo el autor de la conjura, se enemistó gravemente con él. Ya de antes se había malquistado Alejandro con los de Antioquía a causa de Amonio, pues habían padecido muchos males de él. Con todo, Amonio pagó la pena de sus atrevimientos, degollado vergonzosamente como una mujer, por haber intentado ocultarse con vestido de mujer, según hemos expuesto en otro lugar.

Tolomeo, reprochándose el haber casado a su hija con Alejandro y la alianza contra Demetrio, rompe el parentesco con él; pues, arrebatándole a su hija, la envía enseguida a Demetrio, conviniendo con él alianza y amistad, prometiéndole dar a su hija por esposa y restablecerlo en el poder de sus padres. Demetrio, complacido con la embajada, acepta la alianza y el matrimonio. Pero quedaba aún a Tolomeo una última empresa: persuadir a los de Antioquía de que recibieran a Demetrio, hostiles como le eran a causa de los desafueros que su padre Demetrio había cometido contra ellos. Mas también esto lo llevó a cabo; pues los de Antioquía, que odiaban a Alejandro a causa de Amonio, como hemos mostrado, fácilmente lo expulsaron de Antioquía. Y este, arrojado de Antioquía, se fue a Cilicia. Tolomeo, llegando ante los de Antioquía, es proclamado rey por ellos y por los ejércitos, y, forzado, se ciñe dos diademas, una la de Asia, otra la de Mitsraim. Pero, siendo de índole bondadosa y justa, y no codiciando los honores brillantes, y además prudente para calcular el porvenir, resolvió guardarse de parecer odioso a los romanos, y, reuniendo en asamblea a los de Antioquía, los persuade a recibir a Demetrio, diciendo que Demetrio no les guardaría rencor por lo tocante a su padre, pues él mismo había recibido buen trato; y se comprometió a ser para él maestro de cosas buenas y su guía, y prometió que no le consentiría emprender acciones ruines. Para sí, decía, le bastaba con el reino de Mitsraim. Dicho esto, persuade a los de Antioquía de que acojan a Demetrio.

Cuando Alejandro, partiendo de Cilicia con un gran ejército y grandes preparativos, se lanzó sobre Siria e incendió y saqueó el territorio de Antioquía, Tolomeo salió en campaña contra él junto con su yerno Demetrio —pues ya le había entregado a su hija en matrimonio—, y, tras vencer, pusieron en fuga a Alejandro.

Este huyó a Arabia. Sucedió que, en la batalla, el caballo de Tolomeo se espantó al oír el bramido de un elefante y, sacudiéndose, lo derribó; los enemigos, al verlo, se abalanzaron sobre él y, causándole muchas heridas en la cabeza, lo pusieron en peligro de muerte. Aunque sus guardias de corps lo arrancaron de allí, quedó tan malparado que durante cuatro días no pudo entender nada ni articular palabra.

Zábeilo, el señor de los árabes, cortó la cabeza de Alejandro y la envió a Tolomeo, quien al quinto día, repuesto de sus heridas y ya en su juicio, oye y contempla lo más grato de oír y de ver: la muerte de Alejandro y, a la vez, su cabeza.

Y no mucho después, saciado del gozo por la muerte de Alejandro, también él acabó su vida. Alejandro, apellidado Balas, reinó sobre Asia cinco años, como también hemos expuesto en otro lugar.

Demetrio, apellidado Nicátor, al hacerse con el reino, por su maldad empezó a destruir las tropas de Tolomeo, olvidado tanto de la alianza que con él tenía como de que era su suegro y pariente por el matrimonio con Cleopatra. Los soldados, pues, huyen de su acechanza hacia Alejandría, pero Demetrio se apodera de los elefantes.

Yonatán, el sumo sacerdote, reunió un ejército de toda Judea y, atacándola, puso sitio a la ciudadela de Yerushaláyim, que albergaba una guarnición macedonia y a algunos de los impíos y de quienes habían renegado de la costumbre patria.

Estos, al principio, despreciaban lo que Yonatán maquinaba para tomar la plaza, confiados en la solidez del lugar; pero de noche algunos de los malvados que allí estaban salieron, fueron ante Demetrio y le denunciaron el asedio de la ciudadela.

Este, irritado por la noticia, tomó su ejército y vino desde Antioquía contra Yonatán. Al llegar a Ptolemaida, le escribe ordenándole que acudiera a toda prisa a su presencia, a Ptolemaida.

Yonatán no levantó el asedio, pero, tomando consigo a los ancianos del pueblo y a los sacerdotes, y llevando oro, plata, vestiduras y multitud de presentes, se presentó ante Demetrio; y con estos regalos aplaca la cólera del rey, y, honrado por él, obtiene la confirmación segura del sumo sacerdocio, tal como lo había poseído de manos de los reyes anteriores a él.

Aunque los fugitivos lo acusaban, Demetrio no les dio crédito; antes bien, cuando Yonatán le pidió que, por toda Judea y las tres toparquías de Shomrón, Yafo y Galilea, pagara trescientos talentos, se lo concede y le da cartas sobre todo ello, que rezaban de este modo:

«El rey Demetrio saluda a Yonatán, su hermano, y al pueblo de los judíos. Os hemos enviado copia de la carta que escribí a Lástenes, nuestro pariente, para que la conozcáis.»

«El rey Demetrio saluda a su padre Lástenes. Al pueblo de los judíos, que es amigo nuestro y guarda lo justo para con nosotros, he resuelto otorgarle una gracia en pago de su lealtad. Los tres distritos de Afaírema, Lida y Ramatáyim —que fueron agregados a Judea desde la región de Shomrón—, con lo que a ellos pertenece; y además cuanto los reyes anteriores a mí recibían de quienes ofrecen sacrificios en Yerushaláyim, y cuanto se cobraba de los frutos de la tierra y de los árboles, y las demás cosas que nos corresponden, y las salinas y las coronas que se nos entregaban: todo ello se lo condono, y nada de esto les será exigido desde ahora ni en tiempo alguno. Cuida, pues, de que se haga copia de estas disposiciones y se entregue a Yonatán, y se coloque en un lugar señalado del santo Templo.»

Esto era lo escrito. Demetrio, viendo que reinaba la paz y que no había peligro alguno ni temor de guerra, licenció al ejército y les redujo la paga, y solo se la seguía dando a los mercenarios reclutados que habían subido con él desde Creta y desde las demás islas.

De ahí nacieron contra él la enemistad y el odio de los soldados, a quienes ya no daba nada, mientras que los reyes anteriores a él, aun en tiempos de paz, seguían proveyéndoles por igual, para tenerlos bien dispuestos y prontos en los combates librados por ellos, si alguna vez hiciera falta.

En efecto, cierto general de Alejandro, Diodoto —de linaje de Apamea, apodado también Trifón—, al advertir esta mala disposición de los soldados hacia Demetrio, se dirige a Málico el árabe, que criaba a Antíoco, el hijo de Alejandro, y, revelándole la animadversión de los ejércitos contra Demetrio, le persuadía de que le entregase a Antíoco; pues lo haría rey y le restituiría el dominio de su padre.

Este, al principio, se resistía por desconfianza; pero después, al cabo de mucho tiempo, ante la insistencia de Trifón, cede en su propósito a lo que Trifón le pedía. Y así estaban las cosas en cuanto a este hombre.

El sumo sacerdote Yonatán, queriendo expulsar a los de la ciudadela de Yerushaláyim, a los judíos fugitivos e impíos y a las guarniciones repartidas por todo el país, envió a Demetrio regalos y embajadores y le pidió que retirase a los que ocupaban las fortalezas de Judea.

Este le promete concederle no solo eso, sino cosas aún mayores, una vez terminada la guerra que tenía entre manos, pues por el momento estaba ocupado en ella. Le pidió además que le enviase tropas auxiliares, dándole a entender que su ejército se había sublevado. Y Yonatán, escogiendo tres mil soldados, se los envió.

Los de Antioquía, que odiaban a Demetrio por los males que de él habían padecido —y le eran hostiles también a causa de su padre Demetrio, que muchos agravios había cometido contra ellos—, aguardaban la ocasión propicia para atacarlo.

Al advertir que había llegado a Demetrio un refuerzo enviado por Yonatán, y comprendiendo que reuniría una gran fuerza si no se le adelantaban apoderándose de él primero, empuñaron las armas, rodearon su palacio a modo de asedio y, ocupando las salidas, buscaban rendir al rey.

El rey, viendo al pueblo de Antioquía en guerra contra él y en armas, tomó a los mercenarios y a los judíos enviados por Yonatán y traba combate con los antioquenos; pero, arrollado por ellos —pues eran muchas decenas de miles—, es vencido.

Pero los judíos, viendo que los antioquenos llevaban ventaja, subieron a los tejados del palacio y desde allí disparaban contra ellos; y, como por la altura estaban muy lejos de recibir daño alguno, y en cambio les causaban gran perjuicio combatiendo desde arriba, los apartaron de las casas contiguas.

Enseguida prendieron fuego a esas casas, y la llama, extendiéndose por toda la ciudad —pues las casas estaban muy juntas y en su mayoría eran de madera—, la devoró entera.

Los antioquenos, incapaces de socorrer la ciudad ni de dominar el fuego, se dieron a la fuga. Y como los judíos saltaban de terraza en terraza persiguiéndolos de ese modo, la persecución resultó asombrosa.

El rey, viendo que los antioquenos se afanaban en poner a salvo a sus hijos y mujeres y que por eso ya no combatían, los ataca por otras callejuelas y, trabando pelea, mató a muchos de ellos, hasta obligarlos a arrojar las armas y entregarse a Demetrio.

Perdonándoles su osadía, pone fin a la revuelta. Y, tras regalar a los judíos el botín obtenido del pillaje y darles las gracias por haber sido los máximos artífices de su victoria, los despidió a Yerushaláyim, ante Yonatán, dando testimonio de su alianza.

Pero más tarde se volvió malo con él, faltó a sus promesas y amenazó con la guerra si no le pagaba todos los tributos que el pueblo de los judíos debía desde los primeros reyes. Y así lo habría hecho, de no haberlo detenido Trifón, que desvió los preparativos de Demetrio contra Yonatán hacia las inquietudes por sí mismo.

Pues, de regreso de Arabia a Siria con el joven Antíoco —que era un muchacho por su edad—, le ciñe la diadema. Y, al pasarse a su bando todo el ejército, que había abandonado a Demetrio por no recibir la paga, le hace la guerra y, trabando combate, lo vence en la batalla y toma tanto los elefantes como la ciudad de Antioquía.

Demetrio, pues, derrotado, se retiró a Cilicia; y el joven Antíoco, enviando a Yonatán embajadores y cartas, lo hizo amigo y aliado suyo, le confirmó el sumo sacerdocio y le cedió los cuatro distritos que se habían agregado al territorio de los judíos.

Es más, le permitió el uso de vasos de oro, copas y vestiduras de púrpura, y se los envió; le regala también un broche de oro y le concede el título de uno de sus primeros amigos. Y a su hermano Shimón lo nombra general del ejército desde la Escalera de los Tirios hasta Mitsraim.

Yonatán, complacido por lo que Antíoco había hecho a su favor, envió embajadores a él y a Trifón, y se comprometió a ser amigo y aliado y a guerrear a su lado contra Demetrio, alegando que este ni siquiera le había mostrado gratitud tras haber recibido de él muchos favores en lo que necesitaba, sino que le había pagado con agravios el bien recibido.

Como Antíoco le permitió reunir una gran fuerza de Siria y de Fenicia para combatir a los generales de Demetrio, se lanzó al punto sobre las ciudades. Estas lo acogieron con esplendor, pero no le dieron tropas.

Llegado de allí a la ciudad de Ascalón, y saliéndole al encuentro los ascalonitas con gran solicitud y regalos, exhortó tanto a estos como a cada una de las ciudades de la Celesiria a apartarse de Demetrio y ponerse del lado de Antíoco, y a que, combatiendo junto a él, procurasen tomar venganza de Demetrio por los agravios que en algún momento les había hecho; y muchos eran los motivos que tenían para querer pensar así.

Tras persuadir a las ciudades de que se aliaran con Antíoco, se dirigió a Gaza para ganar también la voluntad de sus habitantes para Antíoco. Pero halló a los de Gaza mucho más hostiles de lo que esperaba, pues le cerraron las puertas y, aun habiendo abandonado a Demetrio, no resolvieron pasarse a Antíoco.

Esto incitó a Yonatán al asedio y a la devastación del territorio: apostando una parte del ejército en torno a Gaza, con el resto recorrió él mismo la comarca, arrasándola y prendiéndole fuego. Los de Gaza, al verse sufrir esto y al no llegarles socorro alguno de Demetrio —pues el mal ya estaba presente, mientras que el remedio quedaba aún lejos y era incierto si vendría—, juzgaron sensato desentenderse de aquello y atender a esto.

Enviaron, pues, mensajeros a Yonatán y pactaron amistad y alianza; que los hombres, antes de probar las desgracias, no comprenden lo que les conviene, sino que, cuando han caído en algún mal, entonces, recapacitando, eligen ya con daño lo que, sin haber sufrido perjuicio alguno, mejor les habría estado hacer.

Este, pactando amistad con ellos y tomando rehenes, los envió a Yerushaláyim, mientras él mismo recorría todo el país hasta Damasco.

Cuando se enteró de que los generales de Demetrio habían avanzado hasta Cedasa con un gran ejército —esta ciudad está entre el territorio de Tiro y Galilea—, pues suponían que así lo apartarían de Siria para acudir en auxilio de los galileos, ya que no consentiría que los galileos, que eran suyos, fuesen atacados, les salió al encuentro, dejando en Judea a su hermano Shimón.

Este, reuniendo del país el ejército más numeroso que pudo, puso sitio a Bet-Tsur, la plaza más fortificada de Judea, pues la ocupaba una guarnición de Demetrio. También esto lo hemos referido antes.

Como Shimón levantaba terraplenes, emplazaba máquinas y ponía gran empeño en el asedio de Bet-Tsur, la guarnición temió que, tomada la plaza por la fuerza, la aniquilaran; así que enviaron mensajeros a Shimón pidiéndole que, mediante juramentos de que no sufrirían daño alguno de su parte, se les permitiese abandonar la plaza y marcharse ante Demetrio.

Este, dándoles tales garantías, los echa de la ciudad y establece en ella su propia guarnición.

Yonatán, partiendo de Galilea, desde las aguas llamadas de Genesar —pues allí se hallaba acampado—, avanzó hacia la llanura llamada Jatsor, sin saber que los enemigos estaban en ella.

Los de Demetrio, sabedores un día antes de que Yonatán iba a marchar contra ellos, tendieron una emboscada, apostaron en el monte a los que habían de acechar y ellos mismos, con el ejército, salieron a su encuentro en la llanura. Al verlos dispuestos a la batalla, también Yonatán preparó a sus soldados para el combate lo mejor que pudo.

Pero cuando los apostados en la emboscada por los generales de Demetrio aparecieron a espaldas de los judíos, estos, temiendo perecer cercados en medio, se lanzaron a la fuga.

Todos los demás abandonaron a Yonatán, salvo unos pocos, unos cincuenta, que resistieron, junto con Matityahu, hijo de Avshalom, y Yehudá, hijo de Jápseo, que eran los jefes de toda la fuerza. Lanzándose con audacia y desesperación contra los enemigos, los sobrecogieron con su arrojo y con sus propias manos los pusieron en fuga.

Los soldados de Yonatán que se habían retirado, al ver a los enemigos vueltos en fuga, se reagruparon tras la huida y se lanzaron a perseguirlos, y lo hicieron hasta Cedasa, donde estaba el campamento enemigo.

Yonatán, pues, tras vencer brillantemente en la batalla y matar a dos mil de los enemigos, regresó a Yerushaláyim. Y viendo que todo le salía conforme a sus deseos por la providencia de Dios, envió embajadores a los romanos, con el deseo de renovar la amistad que anteriormente el pueblo había tenido con ellos.

A esos mismos embajadores les encargó que, de regreso de Roma, fueran a los espartanos y les recordaran la amistad y el parentesco que con ellos había. Y cuando llegaron a Roma y, presentándose ante su senado, expusieron el mensaje de Yonatán, el sumo sacerdote —que los había enviado para la ratificación de la alianza—, el senado ratificó lo que antes había decidido acerca de la amistad con los judíos, y les dio cartas para todos los reyes de Asia y de Europa y para los gobernantes de las ciudades, a fin de que por medio de ellas lograran un regreso seguro a su patria; y de vuelta llegaron a Esparta y entregaron a sus gentes las cartas que habían recibido de Yonatán.

La copia era esta: «Yonatán, sumo sacerdote del pueblo de los judíos, y el consejo de ancianos y la comunidad de los sacerdotes, a los éforos, al consejo de ancianos y al pueblo de los lacedemonios, nuestros hermanos, salud. Si os halláis con salud y tanto vuestros asuntos públicos como los privados marchan conforme a vuestro deseo, ello es como queremos; también nosotros gozamos de salud.

En tiempos pasados llegó a Onías, que fue entre nosotros sumo sacerdote, una carta de Areo, que reinó sobre vosotros, traída por Demóteles, acerca del parentesco que existe entre vosotros y nosotros, cuya copia va adjunta más abajo. Recibimos aquella carta con agrado y nos mostramos benévolos con Demóteles y con Areo, aunque no necesitábamos semejante prueba, por estar ya persuadidos de ello por nuestros libros sagrados; y no juzgamos oportuno tomar nosotros la iniciativa del reconocimiento, no fuera a parecer que nos adelantamos a arrebatar la honra que vosotros nos dais; pero, aunque han transcurrido muchos años desde aquel primer parentesco así recordado, en los días sagrados y solemnes ofrecemos sacrificios a Dios y le invocamos por vuestra salvación y vuestra victoria.

Como muchas guerras nos han rodeado a causa de la codicia de nuestros vecinos, resolvimos no importunar ni a vosotros ni a ningún otro de los allegados nuestros. Pero, tras haber vencido a los enemigos, al enviar a los romanos a Numenio, hijo de Antíoco, y a Antípatro, hijo de Jasón —que están entre los miembros de nuestro consejo tenidos en honor—, les dimos también cartas para vosotros, a fin de que renueven el parentesco que con vosotros tenemos.

Bien haréis, pues, en escribirnos vosotros también y en comunicarnos aquello que necesitéis, pues estaremos dispuestos a todo en favor de vuestros deseos.» Los lacedemonios, entonces, acogieron amistosamente a los embajadores, y, redactando un decreto sobre la alianza y la amistad, se lo enviaron.

Por aquel tiempo había tres sectas entre los judíos, que sostenían pareceres distintos acerca de los asuntos humanos: una se llamaba de los fariseos, otra de los saduceos y la tercera de los esenios.

Los fariseos afirman que algunas cosas, y no todas, son obra del destino, y que otras dependen de nosotros mismos, de suerte que suceden o no suceden. La secta de los esenios, en cambio, declara al destino señor de todo, y que nada les ocurre a los hombres que no sea por decisión suya.

Los saduceos, por su parte, suprimen el destino, considerando que no es nada y que los asuntos humanos no alcanzan su desenlace conforme a él, sino que todo reside en nosotros mismos, de modo que nosotros somos causa de los bienes y recibimos los males por nuestra propia insensatez. Pero sobre esto he dado una explicación más detallada en el segundo libro de la Guerra de los judíos.

Los generales de Demetrio, queriendo desquitarse de la derrota sufrida, reunieron una fuerza mayor que la anterior y marcharon contra Yonatán. Este, al saber que se acercaban, salió con presteza a su encuentro en la Amatítide, pues no quiso darles ocasión de invadir Judea.

Acampado a cincuenta estadios de los enemigos, envía exploradores a observar su campamento y cómo se habían atrincherado. Cuando sus espías le informaron de todo y apresaron de noche a algunos, que denunciaron que los enemigos se disponían a atacarlos, prevenido de antemano se puso en guardia: apostó avanzadas fuera del campamento, mantuvo toda su tropa sobre las armas durante toda la noche y les ordenó tener el ánimo firme y disponer el espíritu para combatir, si hacía falta, incluso de noche, de modo que el propósito del enemigo no los tomara desprevenidos.

Los generales de Demetrio, al enterarse de que Yonatán lo había descubierto, ya no tuvieron firme su designio, sino que les turbaba haber quedado al descubierto ante sus enemigos y no poder ya esperar imponerse a ellos por ningún otro medio, malograda su asechanza; pues, arriesgándose a campo abierto, no se creían capaces de medirse con las tropas de Yonatán.

Resolvieron, pues, huir, y, tras encender muchas hogueras para que los enemigos, al verlas, creyeran que permanecían, se retiraron. Yonatán, al amanecer, se acercó a su campamento y, hallándolo desierto, comprendió que habían huido y se lanzó a perseguirlos.

Sin embargo, no logra alcanzarlos, pues ya habían cruzado el río Eléuteros y estaban a salvo. Emprendiendo, pues, desde allí su regreso, entró en Arabia, hizo la guerra a los nabateos, se llevó de ellos un gran botín y tomó cautivos, y, llegado a Damasco, allí lo vendió todo.

Por aquel mismo tiempo, también Shimón, su hermano, recorrió toda Judea y la Tierra de Israel hasta Ascalón y la aseguró con fortines; y, tras hacerlos muy sólidos en sus construcciones y guarniciones, llegó a Yafo y, apoderándose de ella, introdujo una gran guarnición, pues había oído que los de Yafo querían entregar la ciudad a los generales de Demetrio.

Tras arreglar estos asuntos, Shimón y Yonatán vinieron a Yerushaláyim. Y Yonatán, reuniendo a todo el pueblo en el Templo, deliberó sobre reparar las murallas de los habitantes de Yerushaláyim, levantar de nuevo la parte derribada del recinto que rodea el Templo y reforzar con altas torres sus contornos; y, además de esto, edificar otra muralla en medio de la ciudad para incomunicar de la ciudad a los de la guarnición de la ciudadela y cortarles así el abastecimiento de víveres; y, aún más, hacer los fortines del país mucho más sólidos que la seguridad que ya tenían.

Aprobado el plan por la multitud como conveniente, él mismo se ocupó de las obras de la ciudad, mientras enviaba a Shimón a asegurar las del campo.

Demetrio, cruzando a Mesopotamia, llegó con el deseo de apoderarse de ella y de Bavel, y de, tras hacerse dueño de las satrapías superiores, tomar desde allí el punto de partida para dominar todo el reino; pues los griegos y macedonios que habitaban aquella región le enviaban continuamente embajadas, prometiéndole que, si venía a ellos, se le entregarían y le ayudarían a derrotar a Arsaces, el rey de los partos.

Envalentonado con estas esperanzas, se lanzó hacia ellos, resuelto a que, si derrotaba a los partos y adquiría poder, haría la guerra a Trifón y lo expulsaría de Siria. Y, acogiéndolo con entusiasmo los de aquella región, reunió una fuerza y combatió contra Arsaces; pero, perdido todo su ejército, él mismo fue capturado vivo, como también se ha referido en otro lugar.

Trifón, al saber que los asuntos de Demetrio habían tenido tal desenlace, dejó de ser fiel a Antíoco y maquinó matarlo para hacerse él mismo con el reino. Sin embargo, el temor de Yonatán, que era amigo de Antíoco, estorbaba este propósito suyo; por eso decidió quitar de en medio primero a Yonatán y solo entonces echar mano de los de Antíoco.

Resuelto a acabar con él por engaño y astucia, viene desde Antioquía a Bet-Sheán, que los griegos llaman Escitópolis, adonde Yonatán salió a su encuentro con cuarenta mil soldados escogidos, pues suponía que venía a hacerle la guerra.

Pero él, al ver a Yonatán dispuesto al combate, lo agasaja con regalos y muestras de afecto, y ordenó a sus jefes que obedecieran a Yonatán, queriendo con ello granjearse su confianza y disipar toda sospecha, para atraparlo desprevenido, cuando, confiado, nada temiera.

Le aconsejó también que licenciara al ejército, pues ahora lo traía sin necesidad, ya que no había guerra, sino que la paz regía las cosas; le rogaba, con todo, que, reteniendo unos pocos consigo, lo acompañara a Ptolemaida, pues le entregaría la ciudad y pondría en su poder todas las demás fortalezas del país, ya que precisamente para eso había venido.

Yonatán, pues, sin sospechar nada de esto, sino creyendo que Trifón le aconsejaba aquello por benevolencia y con recta intención, licenció al ejército; y, reteniendo solo tres mil, dejó dos mil de ellos en Galilea y él mismo, con los mil restantes, entró en Ptolemaida junto con Trifón.

Cuando los de Ptolemaida cerraron las puertas —pues así se lo había ordenado Trifón—, apresó vivo a Yonatán y mató a todos los que lo acompañaban. Envió también contra los dos mil dejados en Galilea, para aniquilarlos igualmente.

Pero estos, por la noticia de lo sucedido a los hombres de Yonatán, se adelantaron, antes de que llegaran los enviados por Trifón, y, formando en armas, salieron del país. Los enviados contra ellos, viéndolos prontos a luchar por sus vidas, sin molestarlos en nada, se volvieron ante Trifón.

Los de Yerushaláyim, al oír de la captura de Yonatán y de la pérdida de los soldados que lo acompañaban, lo lloraban a él por lo ocurrido, y grande era el pesar por aquel hombre en todos; y un gran temor, no sin razón, cayó sobre ellos y los afligía: que, privados a la vez del valor y de la previsión de Yonatán, los pueblos vecinos —hostiles hacia ellos y que solo por Yonatán se habían mantenido en calma— se alzaran ahora contra ellos y, guerreándolos, los pusieran en el trance de los peligros extremos.

Y en efecto les sucedió tal como lo temían: pues los pueblos, al oír de la muerte de Yonatán, empezaron a guerrear a los judíos como a gente falta de caudillo. Y el propio Trifón, reuniendo tropas, se proponía subir a Judea y combatir a los que allí estaban.

Shimón, viendo consternados por esto a los de Yerushaláyim, y queriendo con su palabra hacerlos más animosos para resistir con brío al avance de Trifón, convocó al pueblo en el Templo y desde allí comenzó a exhortarlos:

«Ya no ignoráis, compatriotas, con qué ánimo, por vuestra libertad, mi padre, mis hermanos y yo mismo nos atrevimos a morir de buen grado. Y teniendo yo tal abundancia de ejemplos, y habiendo estimado los de nuestra casa que era lo mejor morir por las leyes y por el culto, no habrá temor alguno tan grande que expulse de mi alma este propósito y ponga en su lugar el apego a la vida y el desprecio de la gloria.

Por eso, como quienes no carecen de un caudillo capaz de sufrir y de hacer por vosotros las mayores cosas, seguidme con brío contra aquellos a quienes yo os conduzca. Pues ni soy mejor que mis hermanos, para andar cuidando de mi propia vida, ni peor, para rehuir y abandonar lo que a ellos les pareció lo más hermoso: morir por las leyes y por vuestro culto a Dios.

En aquello en que deba mostrarme genuino hermano de ellos, en eso me acreditaré como hermano; pues confío en que he de tomar venganza de los enemigos y librar a todos vosotros, con vuestras mujeres e hijos, de su ultraje, y en que guardaré el Templo intacto, con la ayuda de Dios; que ya veo a los pueblos lanzados a la guerra, tras haberos despreciado por creeros sin caudillo.»

Dichas por Shimón estas palabras, la multitud cobró ánimo, y sus espíritus, abatidos por el miedo, se levantaron hacia una esperanza mejor y buena, hasta el punto de que todo el pueblo a una gritó que Shimón los acaudillara y tuviera el mando en lugar de sus hermanos Yehudá y Yonatán; pues serían obedientes a cuanto ordenase.

Reuniendo al punto a cuantos hombres de guerra tenía de su propia fuerza, se apresuró a reconstruir las murallas de la ciudad y, tras asegurarla con torres altísimas y recias, envió a Yafo, con un ejército, a un tal Yonatán, amigo suyo, hijo de Avshalom, ordenándole que expulsara a los moradores, pues temía que estos entregaran la ciudad a Trifón. Y él mismo, quedándose, custodiaba Yerushaláyim.

Trifón, partiendo de Ptolemaida con un gran ejército, llega a Judea llevando prisionero a Yonatán. Y Shimón le salió al encuentro con su propia fuerza en la ciudad de Adidá, que se halla situada sobre un monte, al pie del cual se extienden las llanuras de Judea.

Trifón, sabedor de que Shimón había sido nombrado caudillo por los judíos, le envió mensaje, queriendo también a este envolverlo con engaño y astucia, y le ordenó que, si quería la liberación de su hermano Yonatán, enviase cien talentos de plata y a dos de los hijos de Yonatán como rehenes, para que este, una vez suelto, no hiciera rebelarse a Judea contra el rey; pues ahora, decía, se lo tenía preso a causa del dinero que, tomado del rey, le adeudaba.

Pero Shimón no ignoraba la treta de Trifón; al contrario, comprendía que, dando el dinero, lo perdería y no liberaría a su hermano, sino que encima entregaría los hijos al enemigo. Con todo, temiendo ser acusado ante la multitud de haber sido él mismo causa de la muerte de su hermano, por no haber dado ni el dinero ni los hijos por él, reunió al ejército y le expuso lo que Trifón proponía, diciendo que aquello encerraba emboscada y asechanza; que, sin embargo, era preferible enviarle el dinero y los hijos, antes que, por no acceder a lo que Trifón proponía, cargar con la culpa de no haber querido salvar a su hermano. Y Shimón envió, en efecto, a los hijos de Yonatán y el dinero.

Pero Trifón, después de recibirlos, no guardó la palabra ni soltó a Yonatán, sino que, tomando su ejército, dio un rodeo por el país y resolvió subir luego, a través de Idumea, hacia Yerushaláyim; y, avanzando, llegó a Adora, ciudad de Idumea. Shimón, en tanto, iba marchando en paralelo con su ejército, acampando siempre frente a él.

Como los de la ciudadela enviaron a Trifón pidiéndole que acudiera aprisa a socorrerlos y les enviara víveres, dispuso la caballería para hallarse en Yerushaláyim aquella misma noche. Pero una gran nevada, caída durante la noche, que cubrió los caminos e hizo la marcha intransitable, sobre todo para los caballos, por su espesor, le impidió llegar a Yerushaláyim.

Por lo cual, partiendo de allí, Trifón viene a la Celesiria y, lanzándose a toda prisa sobre la Galadítide, mata allí a Yonatán y, tras ordenar que se le diera sepultura, se volvió a Antioquía.

Shimón, enviando a la ciudad de Basca, hace trasladar los huesos de su hermano y les da sepultura en Modín, su patria; y todo el pueblo hizo por él gran duelo.

Shimón levantó también un grandioso monumento a su padre y a sus hermanos, de piedra blanca y pulida. Y, elevándolo a gran altura, bien visible, dispone en torno a él pórticos y erige columnas de una sola pieza, cosa admirable de ver; y, además de esto, construyó siete pirámides —una para cada uno de sus padres y hermanos—, hechas para asombro por su tamaño y su hermosura, que se conservan hasta el día de hoy.

Y en cuanto al entierro de Yonatán y a la construcción de los monumentos, sabemos que tal fue el empeño de los allegados de Shimón. Yonatán murió tras haber ejercido el sumo sacerdocio cuatro años, al frente de su pueblo. Y así estaban las cosas en cuanto a su muerte.

Shimón, nombrado sumo sacerdote por la multitud, en el primer año de su sumo sacerdocio libró al pueblo de la servidumbre a los macedonios, de modo que ya no les pagaban tributos; y esta libertad y exención de tributo llegó a los judíos ciento setenta años después de los reyes de Siria, desde el tiempo en que Seleuco, apellidado Nicátor, se apoderó de Siria.

Tan grande era el aprecio de la multitud por Shimón, que en sus contratos mutuos y en los documentos públicos escribían «en el año primero de Shimón, bienhechor de los judíos y etnarca»; pues bajo él prosperaron sobremanera y vencieron a los enemigos de su vecindad.

Pues Shimón sometió la ciudad de Gázara, y Yafo, y Yavne; y, tras tomar por asedio la ciudadela de Yerushaláyim, la arrasó hasta los cimientos, para que no sirviera de base a los enemigos —cuando la ocupasen— para hacer daño, como también entonces. Y, hecho esto, le pareció óptimo y provechoso demoler además el monte sobre el que se hallaba la ciudadela, a fin de que el Templo quedara más alto.

Y, en efecto, persuadió de que así se hiciera: convocando a la multitud en asamblea, les recordó cuánto habían padecido a manos de la guarnición y de los judíos fugitivos, y cuánto padecerían si de nuevo un extranjero se hiciera con el reino y estableciera en él una guarnición.

Diciendo esto, persuade a la multitud, exhortándola a lo que le convenía. Y todos, poniendo manos a la obra, demolían el monte y, sin descansar del trabajo ni de noche ni de día, en tres años en total lo rebajaron hasta el suelo y hasta una lisa llanura. Y desde entonces el Templo sobresalió por encima de todo, una vez demolidos la ciudadela y el monte sobre el que se alzaba. Y así fueron las cosas hechas bajo Shimón.

Poco después de la cautividad de Demetrio, Trifón dio muerte a Antíoco, hijo de Alejandro —el llamado «Dios»—, de quien era tutor y que había reinado cuatro años. Hizo correr la voz de que el joven había muerto durante una operación quirúrgica, y envió a sus amigos y allegados más íntimos a sondear a los soldados, prometiéndoles mucho dinero si lo nombraban rey a él. Les hacía saber que Demetrio había caído prisionero de los partos, y que su hermano Antíoco, si accedía al trono, les haría mucho daño en venganza por la deserción. Ellos, esperando prosperar con el reino que Trifón les daría, lo proclamaron su jefe. Pero, una vez dueño del poder, Trifón dejó ver su verdadera naturaleza, que era ruin: mientras fue un simple particular, halagaba a la multitud y fingía moderación, atrayéndola con eso adonde él quería; pero, alcanzado el trono, se despojó del disfraz y se mostró el Trifón auténtico. Con ello volvió más fuertes a sus enemigos, pues la tropa, aborreciéndolo, se pasó a Cleopatra, la mujer de Demetrio, que entonces estaba encerrada en Seleucia con sus hijos.

Andaba errante también Antíoco, hermano de Demetrio, el apodado Sóter, sin que ninguna ciudad lo acogiera por miedo a Trifón. Cleopatra le envió una embajada llamándolo junto a ella, ofreciéndole matrimonio y el reino. Lo llamaba en estos términos en parte porque sus amigos la persuadieron, en parte porque temía que algunos de Seleucia entregaran la ciudad a Trifón.

Llegado Antíoco a Seleucia, y creciendo su fuerza de día en día, se lanzó a hacer la guerra a Trifón; lo venció en batalla, lo expulsó de la Alta Siria hacia Fenicia y, persiguiéndolo hasta allí, lo sitió en Dora, una fortaleza difícil de tomar donde se había refugiado. Envió además embajadores a Shimón, sumo sacerdote de los judíos, para tratar de amistad y alianza. Shimón acogió de buen grado su petición y, enviando mucho dinero y provisiones a los soldados que sitiaban Dora, abasteció a Antíoco con largueza, hasta el punto de que por un tiempo fue tenido entre sus amigos más necesarios. Trifón, en efecto, huyó de Dora a Apamea, y allí, apresado durante el asedio, fue muerto, tras haber reinado tres años.

Pero Antíoco, por codicia y bajeza, olvidó los servicios que Shimón le había prestado en sus apuros, y entregando a Cendebeo, uno de sus amigos, una fuerza militar, lo despachó a saquear Judea y a apresar a Shimón. Shimón, al enterarse de la deslealtad de Antíoco, aunque ya era anciano, movido por la injusticia con que Antíoco lo trataba y cobrando un ánimo superior a su edad, dirigió la guerra con vigor juvenil. Envió por delante a sus hijos con los soldados más aguerridos, mientras él avanzaba por otra parte con el grueso de la tropa; y apostando a muchos en emboscada por los desfiladeros de los montes, no falló en ninguno de sus ataques: venció por todas partes a los enemigos y pasó el resto de su tiempo en paz, tras haber concertado también él una alianza con los romanos.

Gobernó a los judíos en total ocho años, y murió por una conjura, en un banquete, urdida contra él por su yerno Tolomeo. Este apresó a la mujer de Shimón y a sus dos hijos, y teniéndolos encadenados, envió también hombres contra el tercero, Yojanán —que llevaba asimismo el nombre de Hircano—, para darle muerte. Pero el joven, advirtiendo la llegada de aquellos y escapando del peligro que le tendían, se apresuró a entrar en la ciudad, confiado en la multitud por los beneficios de su padre y por el odio que el pueblo tenía a Tolomeo. Tolomeo se empeñó también en entrar por otra puerta, pero el pueblo lo rechazó, pues ya había acogido a Hircano.

Tolomeo se retiró a una de las fortalezas que hay sobre Yerijó, llamada Dagón. Hircano, recobrado el sumo sacerdocio patrio y habiéndose granjeado a Dios con los primeros sacrificios, marchó contra Tolomeo; y al atacar la plaza lo aventajaba en todo lo demás, pero era vencido tan solo por la compasión hacia su madre y sus hermanos. Pues Tolomeo, subiéndolos a la muralla a la vista de todos, los maltrataba y amenazaba con despeñarlos si Hircano no levantaba el asedio. Y este, pensando que cuanto aflojara en su afán por tomar la plaza sería otro tanto de favor para los suyos más queridos, a fin de que no padecieran mal, dejaba caer su ardor. Sin embargo, su madre, tendiendo las manos, le suplicaba que no se ablandara por ella, sino que, echando mano de la ira, se empeñara aún más en tomar la plaza y en someter al enemigo para vengar a los suyos; pues dulce le sería la muerte entre tormentos, con tal que el enemigo que tal hacía pagara la pena de su crimen contra ellos. Al oír a su madre decir esto, a Hircano le acometía un impulso de tomar la fortaleza; pero cuando la veía golpeada y desgarrada, se desfallecía y quedaba vencido por la compasión de lo que a su madre le hacían.

Prolongándose así el asedio en el tiempo, sobrevino aquel año en que se da que los judíos guardan reposo; esto lo observan cada siete años, como los días de la semana. Y Tolomeo, liberado de la guerra por esta causa, mató a los hermanos de Hircano y a su madre; y hecho esto huyó junto a Zenón, el apodado Cotilas, que ejercía la tiranía sobre la ciudad de los filadelfios.

Antíoco, irritado por lo que había padecido de parte de Shimón, invadió Judea en el cuarto año de su reinado, primero del gobierno de Hircano, en la olimpíada centésima sexagésima segunda. Asoló la tierra y encerró a Hircano en la propia ciudad, que rodeó con siete campamentos; pero al principio no consiguió nada en absoluto, a causa de la solidez de las murallas y del valor de los sitiados, y además por la falta de agua, de la que los libró un aguacero abundante caído al ponerse las Pléyades. Por el lado norte de la muralla, donde se daba que era también llano, levantó cien torres de tres pisos y subió a ellas destacamentos de soldados. Haciendo asaltos cada día, y abriendo un foso hondo, muy ancho y doble, aisló a los de dentro. Ellos, ideando en respuesta muchas salidas, si en algún punto caían sobre los enemigos desprevenidos, les hacían mucho daño, y si eran advertidos se retiraban con facilidad.

Pero cuando Hircano comprendió que la muchedumbre era perjudicial —pues por ella se consumían más deprisa las provisiones y, como es natural con tantas manos, no se hacía obra alguna—, apartó lo inútil de ella y lo expulsó, y retuvo solo lo que estaba en la flor de la edad y era apto para el combate. Antíoco impedía salir a los expulsados, y estos, maltratados entre las dos murallas por los sufrimientos, morían miserablemente. Pero, al llegar la fiesta de Sukot, los de dentro, apiadándose de ellos, los volvieron a acoger. Y como Hircano enviara a Antíoco a pedirle una tregua de siete días por la fiesta, este, cediendo a la piedad hacia lo divino, concedió la tregua y además mandó un sacrificio espléndido: toros con los cuernos dorados y copas de oro y plata llenas de toda clase de aromas. Los que estaban junto a las puertas recibieron el sacrificio de manos de quienes lo traían y lo llevaron al Templo; y Antíoco banqueteó a su ejército, mostrándose muy distinto de Antíoco Epífanes, quien, tras tomar la ciudad, había inmolado un cerdo sobre el altar y rociado el Templo con su caldo, profanando las leyes de los judíos y su piedad ancestral; por lo cual la nación entró en guerra con él y quedó irreconciliable. A este Antíoco, en cambio, por la grandeza de su devoción todos lo llamaron el Piadoso.

Hircano, admirado de su benignidad y conocido su celo por lo divino, le envió una embajada pidiéndole que les devolviera su constitución patria. Antíoco rechazó la propuesta de quienes le aconsejaban exterminar a la nación por su falta de trato con los demás en su modo de vida, y no le hizo caso; persuadido de obrar en todo según piedad, respondió a los embajadores que los sitiados entregaran las armas, le pagaran tributo por Yafo y las demás ciudades fuera de Judea, y que, recibiendo por ello una guarnición, quedaran libres de la guerra. Los judíos aceptaban todo lo demás, pero no convenían en la guarnición, por la falta de trato que les impedía mezclarse con otros. En lugar de la guarnición, sin embargo, daban rehenes y quinientos talentos de plata, de los cuales entregaron enseguida trescientos, junto con los rehenes que el rey aceptó de inmediato —entre ellos estaba también un hermano de Hircano—; y Antíoco derribó las almenas de la ciudad. Con estas condiciones, pues, levantó el asedio y se retiró.

Hircano, abriendo el sepulcro de David —que sobrepasaba en riqueza a todos los reyes de antaño—, sacó de él tres mil talentos de plata, y valiéndose de ese caudal fue el primero de los judíos en empezar a mantener tropas mercenarias. Trabó también amistad y alianza con Antíoco, y recibiéndolo en la ciudad, proveyó a su ejército todo con largueza y esplendidez. Y cuando Antíoco emprendió la campaña contra los partos, Hircano marchó con él. Testigo de esto es también Nicolao de Damasco, que lo cuenta así: «Antíoco, tras erigir un trofeo junto al río Lico por haber vencido a Indates, general de los partos, permaneció allí dos días a ruego de Hircano el judío, por causa de cierta fiesta patria en la que a los judíos no les era lícito ponerse en camino.» Y en esto no miente al hablar: pues cayó la fiesta de Pentecostés después del Shabat, y no nos es permitido ni en los Shabatot ni en la fiesta hacer viaje. Antíoco, trabando combate con Arsaces el parto, perdió gran parte de su ejército y él mismo pereció; y el reino de los sirios lo heredó su hermano Demetrio, a quien Arsaces había soltado de la cautividad en el tiempo en que Antíoco invadió Partia, según ya se ha explicado en otro lugar.

Hircano, al oír la muerte de Antíoco, marchó enseguida contra las ciudades de Siria, creyendo que las hallaría —como en efecto estaban— desprovistas de hombres de guerra capaces de defenderlas. Tomó Médaba en el sexto mes, tras muchas fatigas de su ejército, y luego Samega y sus alrededores; y enseguida se apoderó de Shejem y del Guerizim, y del pueblo de los cuteos, que habita en torno al templo edificado a semejanza del Santuario de Yerushaláyim, el que Alejandro había permitido levantar a Sanbalat el general, en favor de su yerno Menashé, hermano de Yadúa el sumo sacerdote, según antes hemos explicado. Sucedió que este templo quedó desierto al cabo de doscientos años. Hircano tomó también en Idumea las ciudades de Adora y Marisa, y sometiendo a todos los idumeos, les permitió permanecer en su tierra si se circuncidaban y querían servirse de las leyes de los judíos. Ellos, por amor a su tierra patria, se sometieron a la circuncisión y a igualar el resto de su modo de vida con el de los judíos. Y desde entonces les quedó tiempo para ser en adelante judíos.

Hircano el sumo sacerdote, queriendo renovar la amistad con los romanos, les envió una embajada. Y el Senado, recibida su carta, concertó amistad con él de este modo: «Fanio, hijo de Marco, pretor, convocó al Senado el día octavo antes de los idus de febrero en el Comicio, hallándose presentes Lucio Manio, hijo de Lucio, de la tribu Mentina, y Cayo Sempronio, hijo de Cayo, de la tribu Falerna, acerca de aquello sobre lo cual fueron embajadores Shimón, hijo de Dositeo, Apolonio, hijo de Alejandro, y Diodoro, hijo de Jasón, varones buenos y honrados, enviados por el pueblo de los judíos. Estos hablaron sobre la amistad y la alianza que existen entre ellos y los romanos y sobre los asuntos públicos: cómo Yafo, y los puertos, y Gázara, y las fuentes, y cuantas otras ciudades y territorios suyos tomó Antíoco en la guerra contra el decreto del Senado, les sean restituidos; que a los soldados del rey no les sea lícito atravesar su país ni el de sus súbditos; que lo decretado por Antíoco en aquella guerra, contra el decreto del Senado, quede sin efecto; que, enviándose embajadores, se les haga devolver lo que Antíoco les arrebató y se tase el país arruinado en la guerra; y que se les den cartas para los reyes y los pueblos libres, en garantía de un regreso seguro a su patria. Se decidió, pues, sobre esto lo siguiente: renovar la amistad y la alianza con estos varones buenos y enviados por un pueblo bueno y amigo. En cuanto a las cartas, respondieron que deliberarían cuando el Senado tuviera vagar de sus propios asuntos, y que se esforzarían en adelante por que no se cometiera contra ellos ninguna injusticia semejante; y que el pretor Fanio les diera dinero del tesoro público para volver a su tierra.» Fanio, pues, despidió así a los embajadores de los judíos, dándoles dinero del tesoro público y un decreto del Senado para quienes los escoltaran y les procuraran un seguro regreso a casa.

Así estaban las cosas en torno a Hircano el sumo sacerdote. En cuanto a Demetrio el rey, que estaba deseoso de hacer la guerra a Hircano, no se le presentó ocasión ni pretexto, porque los sirios y los soldados le eran hostiles —pues era un hombre malvado— y enviaron embajadores a Tolomeo, el apodado Fiscón, para que les entregara a alguno del linaje de Seleuco que recobrara el reino. Tolomeo envió a Alejandro, el apellidado Zebina, con un ejército, y trabada batalla contra Demetrio, este, vencido en el combate, huyó junto a Cleopatra, su mujer, a Ptolemaida; y no acogiéndolo su mujer, partió de allí a Tiro, donde fue apresado y, tras padecer mucho a manos de quienes lo odiaban, murió. Alejandro, tomado el reino, trabó amistad con Hircano el sumo sacerdote. Después, habiéndole hecho la guerra Antíoco, hijo de Demetrio, el apellidado Grifo, fue vencido en la batalla y pereció.

Antíoco, tomado el reino de Siria, temía marchar contra Judea, pues oía que su hermano de madre —también él llamado Antíoco— reunía en Cízico una fuerza contra él. Quedándose, pues, en su tierra, resolvió prepararse contra el ataque de su hermano, el apellidado Ciziceno por haberse criado en aquella ciudad, hijo que era de Antíoco el apellidado Sóter, muerto entre los partos; y este era hermano de Demetrio, el padre de Grifo. Sucedió, por cierto, que una misma mujer, Cleopatra, estuvo casada con los dos hermanos, según hemos referido también en otro lugar. Antíoco Ciziceno, llegado a Siria, siguió durante muchos años en guerra contra su hermano; y Hircano pasó todo aquel tiempo en paz. Pues él mismo, tras la muerte de Antíoco, se apartó de los macedonios y ya no les prestaba nada ni como súbdito ni como amigo, sino que sus asuntos iban en gran auge y esplendor en los tiempos de Alejandro Zebina, y sobre todo bajo estos hermanos. Pues la guerra que se hacían entre sí daba a Hircano el ocio de disfrutar de Judea con toda seguridad, hasta reunir una cantidad de riquezas sin cuento.

Como el Ciziceno devastaba abiertamente su tierra, también él mostró su intención declarada; y viendo a Antíoco desamparado de sus aliados de Mitsraim, y que tanto él como su hermano andaban mal en sus contiendas mutuas, los despreció a ambos. Marchó contra Shomrón, ciudad fortísima —de la que, por llamarse ahora Sebaste, fundada por Herodes, hablaremos en su lugar—, y atacándola con empeño la sitiaba, odiando a los samaritanos por los agravios que habían hecho a los de Marisa, colonos aliados de los judíos, obedeciendo a los reyes de los sirios. Rodeó, pues, la ciudad por todas partes con un foso y una doble muralla de unos ochenta estadios, y puso al frente a sus hijos Antígono y Aristóbulo. Bajo su acoso, los samaritanos llegaron a tal extremo de necesidad por el hambre que echaron mano hasta de lo insólito, y llamaron en su socorro a Antíoco Ciziceno. Este, acudiendo prontamente a la alianza, fue vencido por las tropas de Aristóbulo y, perseguido hasta Escitópolis por los hermanos, logró escapar. Ellos, volviéndose contra los samaritanos, los encerraron de nuevo dentro de la muralla, de modo que por segunda vez enviaron a llamar como aliado al mismo Antíoco. Este, habiendo hecho venir de Tolomeo Latiro unos seis mil hombres —que aquel, contra la voluntad de su madre y cuando ella estaba a punto de expulsarlo del poder, le mandó—, al principio arrasó la tierra de Hircano con los egipcios a modo de bandidaje, sin atreverse a combatirlo cara a cara —pues su fuerza no era suficiente—, creyendo que con el daño a la tierra obligaría a Hircano a levantar el asedio de Shomrón. Pero como perdía a muchos de sus soldados cayendo en emboscadas, partió a Trípoli, encomendando la guerra contra los judíos a Calímandro y Epícrates.

Calímandro, arremetiendo contra los enemigos con excesiva temeridad, se dio a la fuga y pereció al instante. Epícrates, por avaricia, entregó abiertamente a los judíos Escitópolis y los demás lugares vecinos a ella, sin poder deshacer el asedio de Shomrón. Hircano, pues, tomada la ciudad tras sitiarla un año, no se contentó solo con eso, sino que la borró por completo, anegándola con los torrentes; pues la excavó de modo que se derrumbara en barrancos, y le quitó las señales de haber sido alguna vez ciudad. Se cuenta también algo asombroso acerca del sumo sacerdote Hircano: de qué manera lo divino habló con él. Dicen que, en aquel mismo día en que sus hijos combatieron con el Ciziceno, él, quemando incienso en el Santuario, estando solo como sumo sacerdote, oyó una voz que decía que sus hijos acababan de vencer a Antíoco. Y saliendo del Santuario, lo hizo manifiesto a toda la multitud; y así sucedió que ocurrió. Y así estaban las cosas en torno a Hircano.

Por aquel tiempo se dio que no solo prosperaban los judíos de Yerushaláyim y del país, sino también los que habitaban en Alejandría, en Mitsraim y en Chipre. Pues la reina Cleopatra, en discordia con su hijo Tolomeo, el apellidado Latiro, puso como jefes a Jelcías y a Ananías, hijos de aquel Onías que edificó el templo en el nomo Heliopolita a semejanza del de Yerushaláyim, según antes hemos explicado. Cleopatra, entregándoles el ejército, nada hacía sin el parecer de estos, según atestigua también Estrabón el capadocio, que dice así: «Pues los más, tanto los que se le unieron como los que después envió Cleopatra a Chipre, se pasaron al instante a Tolomeo; solo los judíos del linaje de Onías se mantuvieron fieles, porque sus compatriotas Jelcías y Ananías gozaban de la mayor estima ante la reina.» Esto, pues, dice Estrabón.

La prosperidad de Hircano suscitó envidia entre los judíos, y sobre todo los fariseos estaban mal dispuestos hacia él —siendo una de las sectas de los judíos, según hemos explicado más arriba—. Y tienen tanta fuerza ante la multitud que, aunque digan algo contra un rey o contra un sumo sacerdote, al punto se les cree. Discípulo de ellos era también Hircano, y muy amado por ellos. Habiéndolos invitado un día a un banquete y acogiéndolos con afabilidad, cuando los vio muy complacidos, comenzó a decirles que sabían que él quería ser justo y hacer todo aquello con que pudiera agradar a Dios y a ellos —pues los fariseos filosofan—; y les pedía que, si lo veían pecar y desviarse del camino recto, lo hicieran volver a él y lo corrigieran. Ellos dieron testimonio de que tenía toda virtud, y él se holgó con las alabanzas; pero uno de los reclinados, de nombre Elazar, hombre de mala índole por naturaleza y que gozaba con la discordia, dijo: «Puesto que has pedido conocer la verdad, si quieres ser justo, depón el sumo sacerdocio y básteta solo con gobernar al pueblo.» Al preguntarle Hircano la causa por la que debía deponer el sumo sacerdocio, respondió: «Porque oímos de los ancianos que tu madre fue cautiva bajo el reinado de Antíoco Epífanes.» Era una palabra falsa; y Hircano se irritó contra él, y todos los fariseos se indignaron vivamente.

Uno de la secta de los saduceos, que sostienen el parecer contrario a los fariseos, cierto Yonatán, muy amigo de Hircano, dijo que Elazar había proferido aquellas blasfemias con el parecer común de todos los fariseos, y que esto le sería manifiesto si preguntaba a aquellos de qué castigo era digno por lo dicho. Al preguntar Hircano a los fariseos de qué pena lo juzgaban digno —pues probaría que las blasfemias no se habían proferido con su parecer si lo tasaban con la medida de la justicia—, respondieron que de azotes y cadenas; pues no les parecía bien castigar con la muerte por una injuria, y además, por naturaleza, los fariseos son benignos en cuanto a los castigos. Por esto se irritó sobremanera, y pensó que aquel hombre había proferido las blasfemias con el parecer de ellos. Sobre todo lo aguijoneó más Yonatán, y lo dispuso de tal modo que lo hizo pasarse al bando de los saduceos, apartándose de los fariseos, y abolir para el pueblo las ordenanzas que ellos habían establecido, y castigar a quienes las observaban. De ahí, pues, nació para él y para sus hijos el odio de la multitud.

Pero de esto hablaremos de nuevo. Ahora quiero explicar que los fariseos transmitieron al pueblo ciertas ordenanzas por sucesión de los padres, que no están escritas en las leyes de Moshé, y por esto el linaje de los saduceos las rechaza, diciendo que deben tenerse por ordenanzas las escritas, y que no hay que guardar las que vienen de la tradición de los padres. Y sobre esto sucedía que tenían entre sí grandes disputas y diferencias, teniendo los saduceos de su parte solo a los pudientes, sin que el pueblo llano los siguiera, mientras que los fariseos tenían por aliada a la multitud. Pero sobre estos dos y sobre los esenios se ha explicado con precisión en el segundo libro de mi obra sobre los judíos.

Hircano, sofocada la sedición y viviendo tras ella dichosamente, y administrando el gobierno del mejor modo durante treinta y un años, murió dejando cinco hijos, juzgado digno por Dios de las tres cosas más grandes: el gobierno de la nación, la dignidad sumo sacerdotal y la profecía. Pues lo divino estaba con él y le daba conocer de antemano lo por venir y predecirlo, hasta el punto de que anunció también, respecto de sus dos hijos mayores, que no permanecerían dueños del poder. Vale la pena referir la caída de estos, para saber cuánto quedaron por debajo de la buena fortuna de su padre.

Muerto su padre, el mayor, Aristóbulo, resolviendo transformar el gobierno en reino —pues así lo juzgó—, fue el primero en ceñirse la diadema, cuatrocientos ochenta y un años y tres meses después de que el pueblo, liberado de la esclavitud bajo los babilonios, regresara a su tierra. Amando de entre sus hermanos al que le seguía, Antígono, a este lo tenía por igual suyo, pero a los demás los mantenía encadenados. Encerró también a su madre, que disputaba con él por el poder —pues Hircano la había dejado señora de todo—, y llegó a tal grado de crueldad que la dejó morir de hambre en prisión. A la madre añadió también a su hermano Antígono, a quien parecía amar sobre todo y a quien tenía por partícipe del reino, enajenado de él por calumnias, a las que al principio no daba crédito —en parte por no atender a lo que se decía, por amor a él, en parte por juzgar que se lo calumniaba por envidia—.

Habiendo vuelto una vez Antígono con esplendor de una campaña, y llegando por aquel tiempo la fiesta en que se levantan cabañas a Dios, se dio que Aristóbulo cayó enfermo, y que Antígono, celebrando la fiesta, subió al Templo con gran magnificencia, muy engalanado y con los soldados de su séquito, a orar sobre todo por la salud de su hermano. Los malvados, empeñados en romper la concordia entre ellos, valiéndose como pretexto de la pompa vanidosa de Antígono y de sus éxitos, fueron ante el rey y, con malicia, exageraron desmesuradamente lo de la pompa en la fiesta: que nada de lo que se hacía era propio de un particular, sino que sus actos mostraban una intención regia, y que venía a matarlo llegando con una tropa numerosa, juzgando necio que él reinara pudiendo, con recibir un puesto de honor, parecer que alcanzaba grandes cosas.

Aristóbulo, persuadido a su pesar por estas cosas, y cuidando a la vez de no despertar sospechas en su hermano y de velar por su propia seguridad, apostó a los guardias de su cuerpo en cierto subterráneo sin luz —yacía él en la ciudadela, luego renombrada Antonia—, y les ordenó no tocar a nadie que fuera desarmado, pero matar a Antígono si entraba armado ante él. Envió a decir a Antígono que se presentara desarmado. Pero la reina y los que con ella conspiraban contra Antígono persuadieron al mensajero de decir lo contrario: que su hermano, habiendo oído que se había hecho fabricar unas armas y un atavío guerrero, lo invitaba a presentarse armado, para ver el conjunto. Antígono, sin sospechar nada malo, sino confiado en la buena disposición de su hermano, se presentó ante Aristóbulo tal como estaba, revestido de toda su armadura, para mostrarle las armas. Y cuando llegó a la llamada torre de Estratón, cuyo paso resultaba estar muy a oscuras, los guardias lo mataron.

Su muerte dejó bien claro que nada hay más fuerte que la envidia y la calumnia, ni nada que más disuelva el afecto y la afinidad natural que estas pasiones. Y con razón cabría admirar también a cierto Yehudá, esenio de linaje, que jamás faltó a la verdad en lo que predijo. Este, al ver a Antígono pasar junto al Templo, exclamó entre sus compañeros y conocidos, que permanecían junto a él para aprender a predecir lo por venir, que le convendría morir por haber faltado a la verdad, ya que, habiendo predicho que Antígono moriría aquel mismo día en la llamada torre de Estratón, lo veía vivo y de paso; y estando el lugar donde había predicho que sería asesinado a unos seiscientos estadios de allí, y consumido ya lo más del día, corría peligro de que su vaticinio resultara falso. Mientras así hablaba y estaba abatido, llega la noticia de que Antígono había sido muerto en el subterráneo que se llamaba, él también, torre de Estratón, del mismo nombre que la Cesarea marítima. Esto, pues, turbó al adivino.

A Aristóbulo, en cambio, al punto le entró arrepentimiento del fratricidio, y tras él una enfermedad, maltratada su mente por el horror, hasta el punto de que, arruinadas sus entrañas por lo desmedido del dolor, vomitaba sangre. Y uno de los mozos que lo servían, llevándola —por providencia divina, según creo—, resbaló y la derramó en el mismo lugar donde aún quedaban manchas de la sangre de Antígono, degollado allí. Alzándose un clamor de los que lo vieron, como si el mozo hubiera derramado allí la sangre adrede, Aristóbulo lo oyó y preguntó la causa; y como no la decían, tanto más se empeñaba en saberla, pues por naturaleza los hombres sospechan que en tales casos es peor lo que se calla. Cuando, ante sus amenazas y forzados por el miedo, le dijeron la verdad, se le derramaron muchas lágrimas, herido su ánimo por la conciencia; y gimiendo desde lo hondo, dijo: «No iba yo, pues, a ocultar a Dios tan impías y abominables audacias, sino que una rápida pena por el asesinato de mi sangre me ha alcanzado. ¿Hasta cuándo, oh cuerpo desvergonzadísimo, retendrás para los démones un alma debida a mi hermano y a mi madre? ¿Por qué no la entrego toda de una vez, sino que voy libando por partes mi propia sangre a los que asesiné cruelmente?»

Dicho esto, expiró con sus palabras, tras reinar un año. Se hizo llamar Filoheleno, colmó de beneficios a su patria, guerreó contra los itureos y agregó a Judea buena parte de su tierra, obligando a sus habitantes, si querían permanecer en el país, a circuncidarse y a vivir según las leyes de los judíos. Fue de índole benigna y muy sensible al pudor, según atestigua sobre él también Estrabón, hablando en nombre de Timágenes así: «Fue este hombre benigno y muy útil a los judíos, pues les agregó territorio y ganó para su causa a una parte del pueblo de los itureos, uniéndolos con el vínculo de la circuncisión de sus miembros.»

Muerto Aristóbulo, su mujer Salina —llamada por los griegos Alejandra— soltó a sus hermanos, pues Aristóbulo los tenía encadenados, como hemos dicho antes, y estableció rey a Janneo, el también llamado Alejandro, que aventajaba por su edad y por su moderación. A este se le dio que, nada más nacer, fuera aborrecido por su padre, y que hasta la muerte de este no volviera a presentarse ante sus ojos. Se dice que la causa del odio fue esta: Hircano amaba sobre todo, entre sus hijos, a los mayores, Antígono y Aristóbulo; y habiéndosele aparecido Dios en sueños, le preguntó cuál de sus hijos iba a ser su sucesor. Y como Dios le mostrara las facciones de este, apenado de que fuera él el heredero de todos sus bienes, cuando nació lo dejó criarse en Galilea. Sin embargo, Dios no engañó a Hircano.

Tras la muerte de Aristóbulo, este, tomado el reino, dio muerte a uno de sus hermanos, que intentaba hacerse con el poder, y al otro, que prefería vivir sin ocuparse de asuntos, lo tuvo en honor. Establecido el gobierno del modo que juzgaba convenirle, marchó contra Ptolemaida; y venciendo en la batalla, encerró a sus habitantes en la ciudad y, cercándolos, los sitiaba. Pues de las plazas de la costa solo le quedaban por someter Ptolemaida y Gaza, y además Zoilo, el tirano que se había apoderado de la torre de Estratón, y Dora. Como Antíoco Filométor y su hermano Antíoco, el apellidado Ciziceno, se hacían la guerra entre sí y consumían sus propias fuerzas, no había para los de Ptolemaida ningún socorro de parte de ellos. Pero, en sus apuros por el asedio, se presentó Zoilo, el que se había apoderado de la torre de Estratón y de Dora, manteniendo un cuerpo de tropas y aspirando a la tiranía gracias a la rivalidad de los reyes entre sí, y les prestaba una pequeña ayuda a los de Ptolemaida.

Pues ni siquiera los reyes tenían con ellos tal familiaridad como para que alguien esperara de ellos algún socorro. Los dos rivales padecían lo mismo que aquellos atletas que, agotadas ya sus fuerzas pero avergonzados de ceder, prolongan el combate en la inacción y el descanso.

Les quedaba una sola esperanza: la de los reyes de Mitsraim y la de Tolomeo Latiro, que poseía Chipre —expulsado del poder por su madre Cleopatra, se había refugiado allí—. Los de Ptolemaida enviaron, pues, mensajeros a él para pedirle que viniera como aliado y los salvara del peligro que corrían a manos de Alejandro. Como los embajadores le dieron esperanzas de que, en cuanto cruzase a Siria, tendría de su parte a los gazeos junto con los ptolemaidenses y con Zoilo, y de que además los sidonios y muchos otros se le sumarían, se envaneció y se apresuró a hacerse a la mar.

Entretanto, Deméneto, que por entonces gozaba de crédito entre los de Ptolemaida y los agitaba como demagogo, les hizo cambiar de parecer: dijo que era mejor arriesgarse a una guerra de resultado incierto contra los judíos que aceptar una esclavitud manifiesta entregándose a un amo; y que, además, no tendrían solo la guerra presente, sino otra mucho mayor, la de Mitsraim. Pues Cleopatra no consentiría que Tolomeo se procurase una fuerza en la vecindad, sino que marcharía contra ellos con un gran ejército —tanto empeño ponía en arrojar a su hijo incluso de Chipre—; y Tolomeo, si fallaba en su esperanza, aún tenía en Chipre un refugio, pero para ellos era el peligro extremo.

Así pues, Tolomeo, aunque durante la travesía se enteró del cambio de los de Ptolemaida, no por ello dejó de navegar y, arribando al lugar llamado Sicámino, desembarcó allí sus tropas. Todo su ejército, entre infantes y jinetes, era de unos treinta mil hombres. Los llevó cerca de Ptolemaida y acampó; pero, como no recibían a sus embajadores ni escuchaban sus propuestas, quedó muy preocupado.

Cuando llegaron ante él Zoilo y los gazeos, rogándole que los socorriera, pues los judíos y Alejandro les devastaban el territorio, Alejandro, por temor a Tolomeo, levantó el asedio; y, retirando su ejército a su propia tierra, en adelante llevó las cosas con doblez: en secreto hacía venir a Cleopatra contra Tolomeo, y en público fingía amistad y alianza con él. Le prometió, además, cuatrocientos talentos de plata, pidiendo a cambio que quitara de en medio al tirano Zoilo y adjudicara su territorio a los judíos. Entonces, pues, Tolomeo, complacido de hacer amistad con Alejandro, sometió a Zoilo.

Pero más tarde, al oír que Alejandro había enviado en secreto mensajeros a su madre Cleopatra, rompió los juramentos que le había hecho y, atacando, puso sitio a Ptolemaida, que no lo había acogido. Dejando al frente del asedio a algunos generales y parte de sus tropas, él mismo partió con el resto para someter Judea.

Alejandro, al conocer el propósito de Tolomeo, reunió por su parte unos cincuenta mil hombres del país —según han dicho algunos historiadores, ochenta mil— y, tomando esa fuerza, salió al encuentro de Tolomeo. Pero Tolomeo cayó de improviso, en Shabat, sobre Asoquis, una ciudad de Galilea, la tomó por asalto y capturó unas diez mil personas y mucho otro botín.

Intentó también Séforis, a poca distancia de la ciudad saqueada, pero, perdiendo muchos hombres, marchó a combatir contra Alejandro. Alejandro le salió al encuentro junto al río Yardén, en un lugar llamado Asofón, no lejos del Yardén, y plantó su campamento cerca de los enemigos. Tenía, con todo, ocho mil combatientes de vanguardia, a los que llamaba «centímacos» —los que luchan contra cien—, provistos de escudos alargados revestidos de bronce. También los de vanguardia de Tolomeo llevaban escudos recubiertos de bronce. Pero, inferiores en lo demás, los hombres de Tolomeo entraron en el combate con mayor cautela.

El táctico Filostéfano les infundió no poco ánimo al ordenarles cruzar el río, en medio del cual ambos se habían acampado. Alejandro decidió no impedirles el paso, pues pensaba que, si tenían el río a la espalda, vencería más fácilmente a los enemigos, que no podrían huir del combate.

Al principio, las acciones y el ardor fueron parejos por ambas partes, y hubo gran mortandad en uno y otro ejército; pero, cuando los de Alejandro se imponían, Filostéfano, dividiendo su fuerza, acudió con destreza en apoyo de los que cedían. Como nadie acudía a socorrer a la parte de los judíos que había cedido, ocurrió que estos huyeron, pues los que estaban al lado no los ayudaban, sino que compartían la fuga; en cambio, los de Tolomeo hacían lo contrario: persiguiéndolos, mataban a los judíos, y al final, cuando todos se dieron a la fuga, los persiguieron dando muerte hasta que el hierro se les embotó de tanto matar y las manos se les cansaron. Se dijo, en efecto, que murieron treinta mil de ellos; Timágenes ha dicho que cincuenta mil; de los demás, unos fueron hechos cautivos y otros escaparon a sus propias tierras.

Tolomeo, tras la victoria, siguió recorriendo el país; y, al caer la tarde, se detuvo en unas aldeas de Judea que halló llenas de mujeres y niños, y ordenó a sus soldados que los degollaran, los descuartizaran y luego arrojaran los miembros en calderos hirvientes y los ofrecieran como primicias. Dio esta orden para que los que habían escapado del combate y regresaban a los suyos creyeran que los enemigos comían carne humana y, por ello, viendo aquello, quedaran aún más aterrados. También Estrabón y Nicolao afirman que los trataron de este modo, tal como yo mismo lo he referido antes. Y tomaron Ptolemaida por asalto, como igualmente hemos dejado claro en otro lugar.

Cleopatra, viendo que su hijo crecía en poder, que devastaba impunemente Judea y que tenía sometida la ciudad de Gaza, resolvió no consentir que estuviera a sus puertas y, ya engrandecido, ambicionara el dominio de Mitsraim; al contrario, de inmediato salió contra él con fuerzas navales y terrestres, nombrando jefes de todo el ejército a los judíos Quelcias y Ananías; y, enviando la mayor parte de sus riquezas, a sus nietos y su testamento a Cos, allí los dejó en depósito.

Tras ordenar a su hijo Alejandro que navegara costeando hasta Fenicia con una gran flota, la propia Cleopatra llegó con todo su ejército a Ptolemaida; y, como los ptolemaidenses no la recibieron, puso sitio a la ciudad. Tolomeo, partiendo de Siria, se apresuró hacia Mitsraim, creyendo que la tomaría de improviso por estar sin ejército; pero fracasó en su esperanza. Por ese mismo tiempo sucedió también que Quelcias, uno de los dos jefes de Cleopatra, murió en Celesiria persiguiendo a Tolomeo.

Cuando Cleopatra supo del intento de su hijo y de que sus asuntos en Mitsraim no habían salido como esperaba, envió parte de su ejército y lo expulsó del país. Y él, retrocediendo de nuevo desde Mitsraim, pasó el invierno en Gaza. Cleopatra, entretanto, tomó por asedio la guarnición de Ptolemaida y la ciudad. Y como Alejandro la corteja con regalos y con las atenciones propias de quien había sido maltratado por Tolomeo y no disponía de otro refugio que aquel, algunos de sus amigos le aconsejaron aceptar todo eso y, invadiendo el país, apoderarse de él, y no consentir que tan gran multitud de valiosos judíos quedara a merced de un solo hombre.

Pero Ananías aconsejó lo contrario, diciendo que obraría injustamente si privaba de su propio poder a un hombre aliado, y que además era pariente nuestro: «Pues no quiero que ignores —dijo— que, si cometes injusticia contra este, te conviertes a todos nosotros, los judíos, en enemigos tuyos.» Ante este consejo de Ananías, Cleopatra se dejó persuadir de no hacer ningún daño a Alejandro; al contrario, concertó con él una alianza en Escitópolis, en Celesiria.

Libre ya del temor a Tolomeo, Alejandro emprendió enseguida campaña contra Celesiria; tomó Gádara tras diez meses de asedio, y tomó también Amatunte, la mayor fortaleza de los que habitaban al otro lado del Yardén, donde Teodoro, hijo de Zenón, guardaba sus cosas más hermosas y valiosas. Pero Teodoro cayó sobre los judíos cuando no lo esperaban, dio muerte a diez mil de ellos y saqueó el bagaje de Alejandro. Esto, sin embargo, no acobardó a Alejandro; antes bien, lanzó una expedición contra las regiones costeras, Rafia y Antedón —a la que después el rey Herodes llamó Agripíade—, y también esta la tomó por asalto.

Viendo que Tolomeo se había retirado de Gaza a Chipre, y su madre Cleopatra a Mitsraim, e irritado con los gazeos por haber llamado a Tolomeo en su auxilio, puso sitio a la ciudad y devastó de antemano su territorio. Cuando Apolodoto, el general de los gazeos, cayó de noche sobre el campamento de los judíos con dos mil soldados extranjeros y diez mil sirvientes, mientras duró la noche vencieron los gazeos, dando a los enemigos la impresión de que era Tolomeo quien los había atacado; pero, llegado el día y desvanecido el engaño, los judíos, al conocer la verdad, se rehicieron y, arremetiendo contra los gazeos, mataron a unos mil de ellos.

Los gazeos resistían, sin ceder ni por la escasez ni por la multitud de los muertos —pues estaban dispuestos a padecer cualquier cosa antes que quedar bajo el enemigo—, y Aretas, rey de los árabes, avivaba aún más su empeño, pues se esperaba que acudiera en su auxilio como aliado. Pero sucedió que Apolodoto pereció primero; pues su hermano Lisímaco, celoso de él por su buena fama entre los ciudadanos, lo mató y, reuniendo un cuerpo de soldados, entregó la ciudad a Alejandro.

Este, al entrar, al principio se mantuvo tranquilo; pero después soltó a su ejército contra los gazeos, permitiéndoles tomar venganza; y ellos, desperdigándose por todas partes, mataban a los gazeos. Mas tampoco estos eran de ánimo innoble: defendiéndose de cuantos se les venían encima, mataron a no menos judíos que a los suyos propios. Algunos, quedándose solos, prendían fuego a sus casas para que no quedara de ellas botín alguno que los enemigos pudieran tomar. Otros se hicieron verdugos de sus propios hijos y mujeres, obligados así a librarlos de la esclavitud bajo el enemigo. De los consejeros había en total quinientos que se habían refugiado juntos en el templo de Apolo —pues el ataque ocurrió mientras estaban reunidos en sesión—; y Alejandro los mató y, arrasando sobre ellos la ciudad, regresó a Yerushaláyim después de haberla asediado un año.

Por este mismo tiempo también Antíoco, llamado Grifo, murió, víctima de una conjura de Heracleón, tras haber vivido cuarenta y cinco años y reinado veintinueve. Su hijo Seleuco, que le sucedió en el reino, hizo la guerra al hermano de su padre, Antíoco, llamado Ciziceno, y, tras vencerlo y capturarlo, lo mató. No mucho después, Antíoco, hijo del Ciziceno, llamado Éusebes —el Piadoso—, llegando a Árado y ciñéndose la diadema, hizo la guerra a Seleuco y, imponiéndose, lo expulsó de toda Siria. Seleuco, huyendo a Cilicia y llegando a Mopsuestia, volvió a exigirles dinero. Pero el pueblo de Mopsuestia, indignado, prendió fuego a su palacio y lo mató junto con sus amigos.

Mientras Antíoco, hijo del Ciziceno, reinaba sobre Siria, Antíoco, hermano de Seleuco, le hizo la guerra y, derrotado, pereció con su ejército. Tras él, su hermano Filipo, ciñéndose la diadema, reinó sobre cierta parte de Siria. Tolomeo Latiro, haciendo venir de Cnido al tercero de aquellos hermanos, Demetrio, llamado Ácairo, lo estableció como rey en Damasco. Antíoco, que resistía con firmeza a estos dos hermanos, pronto murió; pues, habiendo acudido como aliado de Laódice, reina de los samenos, que combatía contra los partos, luchó con valor y cayó. Siria quedó en poder de los dos hermanos, Demetrio y Filipo, como se ha mostrado en otro lugar.

En cuanto a Alejandro, los suyos se sublevaron contra él —pues el pueblo se alzó contra él mientras se celebraba una fiesta y él estaba de pie ante el altar, a punto de ofrecer sacrificio, y lo apedrearon con cidras, ya que es ley entre los judíos que en Sukot cada uno lleve ramos hechos de palma y de cidras, cosa que también hemos explicado en otro lugar—; y, por añadidura, lo injuriaron llamándolo descendiente de cautivos e indigno del honor y de sacrificar. Irritado por ello, mató a unos seis mil de ellos y, colocando una barrera de madera en torno al altar y al Templo, hasta el remate —al recinto en que solo a los cohanim les era lícito entrar—, con ella cerró al pueblo el acceso hasta él.

Mantenía además mercenarios extranjeros, pisidios y cilicios; pues, estando en guerra con los sirios, no se servía de ellos. Tras someter, entre los árabes, a los moabitas y a los galaaditas al pago de tributo, demolió también Amatunte, sin que Teodoro se atreviera a enfrentarse a él. Trabando combate con Obedas, rey de los árabes, y cayendo en una emboscada en un paraje escabroso e intransitable, fue precipitado por una multitud de camellos a un profundo barranco junto a la aldea de Gádara, en la Gaulanítide, y a duras penas se salvó; huyendo de allí, llegó a Yerushaláyim.

Y como el pueblo, ante su desdicha, lo atacó, le hizo la guerra durante seis años y mató a no menos de cincuenta mil judíos. Cuando les pedía que pusieran fin a su enemistad contra él, aún más lo odiaban por lo ocurrido. Al preguntarles qué querían, todos gritaron que muriera él, y enviaron mensajeros a Demetrio el Ácairo, llamándolo a la alianza.

Este, viniendo con un ejército y recogiendo a los que lo habían llamado, acampó junto a la ciudad de Shejem. Alejandro, tomando seis mil doscientos mercenarios y unos veinte mil judíos que eran de su parte, marchó contra Demetrio; este tenía tres mil jinetes y cuarenta mil infantes. Mucho intentaron ambos bandos: el uno, hacer desertar a los mercenarios por ser griegos; el otro, a los judíos que estaban con Demetrio. Pero, como ninguno logró persuadirlos, trabaron combate y venció Demetrio; y los mercenarios de Alejandro murieron todos, dando muestra a la vez de lealtad y de valor, y también muchos de los soldados de Demetrio.

Mientras Alejandro huía a los montes, por compasión de su cambio de suerte se le reunieron seis mil judíos. Y entonces Demetrio, atemorizado, se retiró. Después de esto, los judíos hicieron la guerra a Alejandro y, vencidos, muchos murieron en los combates. Encerrando a los más poderosos de ellos en la ciudad de Betome, la asedió; y, tras tomarla y tenerlos en su poder, los hizo subir a Yerushaláyim y cometió la más cruel de todas las acciones: mientras banqueteaba a la vista de todos con sus concubinas, ordenó crucificar a unos ochocientos de ellos y degolló a sus hijos y mujeres, todavía vivos, ante sus propios ojos.

Se vengaba, es cierto, de los agravios que había sufrido; pero, por lo demás, exigía este castigo de un modo que rebasa lo propio de un ser humano —aunque, como era natural, se había visto muy atormentado por las guerras contra ellos y había llegado al extremo peligro, tanto por su vida como por su reino, ya que no se contentaban con combatirlo por sí solos, sino que incluso trajeron extranjeros contra él y, por fin, lo llevaron a tal apuro que hubo de entregar al rey de los árabes la tierra que había conquistado en la Galaaditide y la Moabítide, y las plazas fuertes de los árabes, para que aquel no se les uniese en la guerra contra él— y le hicieron otras mil cosas para ultraje y afrenta suya. Pero, con todo, no parece haber obrado de manera conveniente, hasta el punto de que, por el exceso de su crueldad, los judíos lo apodaron «Tracidas». Sus adversarios, que eran unos ocho mil, huyeron de noche y, mientras vivió Alejandro, permanecieron en el destierro. Y él, liberado del trastorno que estos le causaban, reinó desde entonces con entera tranquilidad.

Demetrio, saliendo de Judea, marchó a Berea y puso sitio a su hermano Filipo, con diez mil infantes y mil jinetes. Estratón, el tirano de Berea, aliado de Filipo, llamó en su auxilio a Azizo, filarca de los árabes, y a Mitrídates Sínaces, sátrapa de los partos. Cuando estos llegaron con una gran fuerza y sitiaron a Demetrio dentro de su empalizada, acosándolo con las flechas y la sed, obligaron a los que estaban con él a entregarse. Saqueando lo que había en la región y apoderándose de Demetrio, lo enviaron a Mitrídates, que entonces reinaba sobre los partos; y a aquellos cautivos que resultaron ser ciudadanos de Antioquía se los devolvieron gratuitamente a los antioquenos. Mitrídates, rey de los partos, tuvo a Demetrio en toda estima hasta que este acabó su vida por enfermedad. Filipo, inmediatamente después de la batalla, llegando a Antioquía y tomando posesión de ella, reinó sobre Siria.

Después, Antíoco, llamado Dioniso, hermano de Filipo, aspirando al poder, se presentó en Damasco y, haciéndose dueño de la situación allí, reinó. Y cuando aquel emprendió campaña contra los árabes, su hermano Filipo, al enterarse, marchó sobre Damasco. Cuando Milesio, que había quedado como guardián de la ciudadela y de los damascenos, le entregó la ciudad, Filipo se mostró ingrato con él y no le dio nada de lo que Milesio había esperado al acogerlo; antes bien, queriendo que pareciera que había tomado la ciudad por el temor que él inspiraba, y no como favor concedido por Milesio a quien debía recompensar, se hizo sospechoso y de nuevo fue expulsado de Damasco; pues, cuando Filipo salió al hipódromo, Milesio le cerró las puertas y guardó Damasco para Antíoco. Este, al oír lo referente a Filipo, regresó de Arabia y, llegando, enseguida emprendió campaña contra Judea con ocho mil hoplitas y ochocientos jinetes.

Alejandro, temiendo su ataque, cavó una zanja profunda que arrancaba de Cabarzaba —hoy llamada Antípatris— hasta el mar, a la altura de Yafo, por el único punto vulnerable; y, levantando un muro, y erigiendo torres de madera y lienzos intermedios a lo largo de ciento sesenta estadios, aguardó a Antíoco. Pero él, prendiendo fuego a todo aquello, hizo pasar por allí su ejército hacia Arabia. El árabe se retiró al principio, y luego apareció de improviso con diez mil jinetes; Antíoco les salió al encuentro y combatió con energía y, en efecto, aun estando vencedor, murió al acudir en socorro de la parte que flaqueaba. Caído Antíoco, también su ejército huyó a la aldea de Caná, donde la mayoría de ellos pereció de hambre.

Después de él reinó sobre Celesiria Aretas, llamado al poder por los que dominaban Damasco a causa de su odio hacia Tolomeo, hijo de Meneo. Emprendiendo desde allí campaña contra Judea y venciendo a Alejandro en batalla junto al lugar de Adida, se retiró de Judea mediante un pacto. Alejandro, marchando de nuevo contra la ciudad de Día, la tomó; y, emprendiendo campaña contra Esa, donde se hallaban las cosas más valiosas de Zenón, rodeó el lugar con tres murallas y, tomando la ciudad sin combate, partió contra Gaulana y Seleucia. Tomando también estas, capturó además el llamado Barranco de Antíoco y la fortaleza de Gámala. Formulando muchas acusaciones contra Demetrio, gobernador de aquellos lugares, lo despojó de ellos; y, cumplido ya el tercer año de campaña, regresó a su propia tierra, donde los judíos lo recibían con entusiasmo por sus éxitos.

Por este tiempo los judíos poseían ya ciudades de los sirios, los idumeos y los fenicios: junto al mar, la Torre de Estratón, Apolonia, Yafo, Yavne, Ashdod, Gaza, Antedón, Rafia y Rinocorura; y en el interior, junto a Idumea, Adora, Marisa y toda Idumea, Shomrón, el monte Carmelo y el monte Tabor, Escitópolis, Gádara, las poblaciones de la Gaulanítide, Seleucia y Gábala; y, en la Moabítide, Jeshbón, Medabá, Lemba, Oronáyim, Guelitón, Zóara, el valle de los cilicios y Pela —esta la arrasó porque sus habitantes no se avinieron a adoptar las costumbres ancestrales de los judíos—; y habían sometido otras ciudades principales de Siria.

Después de esto, el rey Alejandro, cayendo de la embriaguez en la enfermedad y aquejado durante tres años por unas fiebres cuartanas, no desistió de sus campañas hasta que, consumido por las fatigas, murió en los confines de los gerasenos, mientras asediaba Rágaba, una fortaleza al otro lado del Yardén. La reina, viéndolo próximo a la muerte y sin que ya diera esperanza alguna de salvación, llorando y golpeándose el pecho, se lamentaba del desamparo que se avecinaba para ella y para sus hijos, y le decía: «¿A quién nos dejas así, a mí y a los hijos, que necesitamos el auxilio de otros, y eso sabiendo cuán hostil te es el pueblo?»

Él le aconsejó que obedeciera lo que iba a indicarle para conservar el reino con seguridad junto con sus hijos: que ocultara su muerte a los soldados hasta que hubiera tomado la plaza. Después, presentándose en Yerushaláyim como si volviera de una brillante victoria, que concediese cierto poder a los fariseos; pues estos, alabándola en pago del honor recibido, le harían al pueblo benévolo; y decía que ellos tenían gran influencia entre los judíos, tanto para dañar a los que odiaban como para favorecer a aquellos con quienes eran amigos; pues eran los más creídos por la multitud, incluso cuando por envidia decían algo duro; y afirmaba que él mismo había chocado con el pueblo por causa de estos, a quienes había ofendido.

«Tú, pues —dijo—, cuando estés en Yerushaláyim, manda llamar a sus partidarios y, mostrándoles mi cuerpo, permíteles con toda seguridad tratarme como quieran: ya sea que deseen ultrajar mi cadáver dejándolo sin sepultura, por lo mucho que han padecido de mí, ya sea infligir a mi cuerpo algún otro agravio en su cólera. Y promételes no hacer nada en el reino sin su parecer. Cuando les hayas dicho esto, ellos me juzgarán digno de un funeral más espléndido del que yo habría recibido de ti, pues, aun estando en su mano maltratar mi cadáver, no querrán causarle daño; y tú reinarás con firmeza.» Tras dar este consejo a su mujer, murió, después de haber reinado veintisiete años y vivido cincuenta y uno.

Alejandra, tras haber tomado la fortaleza según las instrucciones de su marido, se entrevistó con los fariseos y, poniendo todo en sus manos —tanto lo relativo al cadáver como al reino—, apaciguó su ira contra Alejandro y los hizo benévolos y amigos. Ellos, presentándose ante la multitud, pronunciaron discursos en que narraban las hazañas de Alejandro y que había muerto para ellos un rey justo, y con sus alabanzas movieron al pueblo al duelo y al abatimiento por él, de modo que lo sepultaron con más esplendor que a ninguno de los reyes anteriores a él.

Alejandro dejó dos hijos, Hircano y Aristóbulo, pero legó el reino a Alejandra. De los hijos, Hircano era inepto para llevar los asuntos y prefería más bien una vida tranquila, mientras que el menor, Aristóbulo, era enérgico y audaz. La mujer era querida por la multitud, porque se pensaba que le desagradaban las faltas que su marido había cometido. Nombró sumo sacerdote a Hircano por su edad, pero mucho más por su carácter apacible, y dejó a los fariseos hacerlo todo; y ordenó también a la multitud que les obedeciera; y cuanto de las ordenanzas había abolido Hircano, su suegro —de aquellas que los fariseos habían introducido conforme a la tradición de los padres—, todo eso lo restableció de nuevo.

Así, ella tenía el nombre del reino, pero el poder lo tenían los fariseos; pues repatriaban a los desterrados y liberaban a los presos, y en suma en nada se diferenciaban de unos amos. Con todo, también la mujer se ocupaba del reino: reunió un gran cuerpo de mercenarios y duplicó su propia fuerza, de modo que atemorizó a los tiranos vecinos y tomó rehenes de ellos. Toda la tierra estaba en paz, salvo por los fariseos; pues estos perturbaban a la reina, persuadiéndola de matar a los que habían aconsejado a Alejandro dar muerte a los ochocientos. Después ellos mismos degollaron a uno de aquellos, Diógenes, y tras él a otros, uno tras otro, hasta que los poderosos acudieron al palacio, y con ellos Aristóbulo —pues parecía indignado por lo que ocurría, y era evidente que, si en algún momento hallaba ocasión, no lo dejaría en manos de su madre—, y le recordaron cuánto habían logrado en medio de tantos peligros, con lo que habían demostrado la firmeza de su lealtad hacia su señor, a cambio de lo cual él los había juzgado dignos de los mayores honores.

Y le suplicaban que no volviera del todo sus esperanzas hacia lo contrario; pues, tras haber escapado del peligro de los enemigos, eran degollados en su propia patria por sus adversarios, como reses, sin que hubiera venganza posible. Decían que, si sus adversarios se contentaban con los ya muertos, ellos soportarían con moderación lo sucedido, por su fidelidad hacia sus señores; pero que, si pensaban proseguir del mismo modo, pedían ante todo que se les concediera la licencia; pues no soportarían siquiera procurarse la salvación sin ella, sino que morirían de buen grado ante el palacio, con tal de no incurrir en deslealtad. Y era una vergüenza tanto para ellos como para la reina reinante que, desatendidos por ella, fueran acogidos por los enemigos de su marido; pues Aretas el árabe y los monarcas valorarían por encima de todo contratar como mercenarios a tantos hombres, ante cuyo solo nombre quizá antes se estremecían con solo oírlo. Y, si no, al menos —en segundo lugar—, si estaba resuelta a preferir los fariseos a ellos, que apostara a cada uno de ellos en las fortalezas; pues, si alguna divinidad había descargado así su cólera sobre la casa de Alejandro, ellos, al menos, se mostrarían dispuestos a vivir incluso en condición humilde.

Como decían muchas cosas de este tenor e invocaban a los espíritus de Alejandro para que se apiadaran de los muertos y de los que corrían peligro, todos los que estaban alrededor prorrumpieron en lágrimas, y sobre todo Aristóbulo dejó ver su opinión, reprochando mucho a su madre. Pero, en verdad, ellos mismos fueron la causa de sus propias desgracias, por haber confiado el poder, contra toda razón, a una mujer enfurecida por el afán de mando, habiendo una generación de hijos en la flor de la edad. Y ella, no sabiendo qué hacer que resultara decoroso, les confió la custodia de las fortalezas, salvo Hircania, Alejandrión y Maqueronte, donde estaban sus cosas más valiosas.

Y no mucho después envió a su hijo Aristóbulo con un ejército contra Damasco, contra el llamado Tolomeo, hijo de Meneo, que era un vecino gravoso para la ciudad. Pero regresaron sin haber logrado nada digno de mención. Por este tiempo se anunció que Tigranes había invadido Siria con un ejército de trescientos mil hombres y que vendría contra Judea. Esto, como era de esperar, atemorizó a la reina y al pueblo. Le enviaron, pues, regalos numerosos y de valor, y embajadores, mientras él sitiaba Ptolemaida. Pues la reina Selene, llamada también Cleopatra, poseía por entonces algunas ciudades de Siria, y ella había inducido a sus habitantes a cerrar las puertas a Tigranes; y los enviados le rogaban que tuviera benévolos sentimientos hacia su reina y su pueblo. Él, acogiéndolos por su deferencia a la distancia, les dio buenas esperanzas. Pero, apenas tomada Ptolemaida, se le anunció a Tigranes que Lúculo, persiguiendo a Mitrídates, no había dado con él —pues Mitrídates había huido hacia los iberos— y que, tras devastar Armenia, la asediaba. Tigranes, al enterarse también de esto, se retiró a su patria.

Después de esto, al caer la reina en una grave enfermedad, Aristóbulo, decidido a intentar apoderarse del poder, se escabulló de noche con uno de sus servidores y se dirigió a las fortalezas, en las que estaban apostados los amigos de su padre. Pues, resentido desde hacía tiempo por lo que hacía su madre, temía ahora mucho más que, si ella moría, toda la nación quedara en poder de los fariseos; porque veía la incapacidad del hermano que había de sucederle en el mando. Solo su mujer estaba al tanto del asunto, a la que dejó allí con su familia. Y llegó primero a Ágaba, donde estaba Galestes, uno de los poderosos, y fue acogido por él.

Al día siguiente la reina advirtió la fuga de Aristóbulo, y por un tiempo creyó que su partida no había sido con miras a una rebelión; pero, cuando llegaron unos tras otros anunciando que se había apoderado de la primera plaza, y de la segunda, y de todas —pues, en cuanto uno dio comienzo, todo se precipitó hacia su voluntad—, entonces sí que la reina y el pueblo se hallaron en la mayor turbación. Pues sabían que a Aristóbulo poco le faltaba para poder afianzar el poder en sus manos, y temían que exigiera venganza por los agravios que habían inferido a su casa. Resolvieron, pues, poner a su mujer y a su familia en la fortaleza situada sobre el Templo.

A Aristóbulo, como de muchas partes, le llegaban abundantes recursos, con los que ya tenía en torno a sí un aparato regio; pues en apenas quince días se hizo dueño de veintidós plazas, desde donde, teniéndolas como bases, reunió un ejército del Líbano, del Tracón y de los monarcas; pues los hombres, arrastrados por el bando más fuerte, obedecían de buen grado; y, además, pensando que, si lo ayudaban, no cosecharían menos frutos de su reino que de aquello con lo que no contaban, ya que ellos mismos habrían sido el pretexto de su triunfo.

Los ancianos de los judíos y Hircano se presentaron ante la reina y le rogaron que aconsejara sobre la situación presente; pues Aristóbulo era ya dueño de casi todo, al haberse apoderado de tantas plazas; y era absurdo que, aun estando ella gravísimamente enferma, deliberaran ellos por su cuenta mientras aún vivía; y el peligro los amenazaba de cerca. Ella les mandó hacer lo que juzgaran útil; muchos recursos les quedaban: la nación vigorosa, el ejército y el dinero de los tesoros; pues a ella misma ya poco le importaban los asuntos, estando ya su cuerpo desfalleciendo.

Dicho esto, no mucho después murió, tras haber reinado nueve años y vivido en total setenta y tres —una mujer que en nada se sirvió de la debilidad de su sexo; pues, siendo ávida de poder como pocas, demostró con los hechos tanto la eficacia de su juicio como la insensatez de aquellos hombres que sin cesar tropiezan en el ejercicio del mando. Pues, teniendo en más lo presente que lo por venir y poniéndolo todo por debajo de gobernar con firmeza, no se preocupaba ni de lo honroso ni de lo justo a cambio de ello. En todo caso, condujo los asuntos de la casa a tal desgracia que el poder que había adquirido en medio de los mayores peligros y penalidades le fue arrebatado, no muchos años después, a causa de su deseo de lo que no conviene a una mujer —pues sumó su propio parecer al de los que eran hostiles a su linaje y dejó el reino privado de protectores. Y con lo que hizo en su gobierno mientras vivía llenó el palacio de calamidades y turbulencias aun después de su muerte; y, sin embargo, pese a haber gobernado de este modo, mantuvo a la nación en paz y sosiego. Tal fue, pues, el final de los asuntos relativos a la reina Alejandra; y paso a referir lo que les sucedió a sus hijos, Aristóbulo e Hircano, tras la muerte de ella, en el libro que sigue a este.

Capítulo IV

Libro decimocuarto

Habiendo expuesto en el libro anterior lo relativo a la reina Alejandra y a su muerte, diremos ahora lo que sigue y se enlaza con aquello, con el único cuidado de no omitir ninguno de los hechos por ignorancia o por fatiga de la memoria.

Pues la historia y la exposición de hechos que la mayoría ignora por su antigüedad requieren, sí, cierta belleza en el relato —la que nace de las palabras, de su armonía y de cuanto contribuye a adornar el discurso—, para que los lectores reciban ese conocimiento con gracia y agrado; pero, por encima de todo, los que escriben deben apuntar a la exactitud, sin anteponer nada al decir la verdad a quienes van a confiar en ellos sobre cosas que ellos mismos no conocen.

Al recibir Hircano el reino en el tercer año de la olimpíada ciento setenta y siete, siendo cónsules de los romanos Quinto Hortensio y Quinto Metelo —el que era llamado Crético—, Aristóbulo le declaró enseguida la guerra; y trabada la batalla junto a Yerijó, muchos de sus soldados desertaron y se pasaron a su hermano. Sucedido esto, Hircano huyó a la ciudadela, donde se hallaban encerrados la mujer y los hijos de Aristóbulo por orden de su madre, como ya dijimos; y a los adversarios que se habían refugiado en el recinto del Templo los sometió atacándolos.

Y tras tratar con su hermano sobre un acuerdo, puso fin a la enemistad con esta condición: que Aristóbulo reinara, y que él viviera sin sobresaltos, disfrutando en paz de los bienes que poseía. Convenido esto en el Templo, y confirmados los pactos con juramentos y apretones de manos, se abrazaron a la vista de toda la multitud y se retiraron: uno al palacio real, e Hircano, ya como simple particular, a la casa de Aristóbulo.

Pero cierto amigo de Hircano, un idumeo llamado Antípatro, que abundaba en riquezas, de carácter enérgico y amigo de discordias, estaba mal dispuesto hacia Aristóbulo y en desacuerdo con él por su afecto a Hircano. Nicolao de Damasco, sin embargo, dice que este era de linaje de los primeros judíos que vinieron de Bavel a Judea. Pero lo dice por complacer a Herodes, su hijo, que llegó a ser rey de los judíos por cierto azar, y de quien hablaremos en su momento.

Este Antípatro se llamaba al principio Antipas, lo mismo que su padre —pues ese era su nombre—, a quien el rey Alejandro y su mujer nombraron gobernador de toda la Idumea; y dicen que hizo amistad con sus vecinos, los árabes, los gazeos y los ascalonitas, ganándoselos con muchos y cuantiosos regalos.

El joven Antípatro, receloso y temeroso del poder de Aristóbulo —no fuera a sufrir algún daño por el odio que le tenía—, conspiró contra él hablando en secreto con los notables de los judíos: decía que era injusto tolerar que Aristóbulo tuviera el mando injustamente, habiendo expulsado de él a su hermano, que era el mayor, y reteniéndolo cuando le correspondía a aquel por su primogenitura. Y no dejaba de repetir estas mismas palabras a Hircano: que correría peligro de muerte si no se ponía a salvo apartándose; pues —decía— los amigos de Aristóbulo no perdían ocasión de aconsejarle que lo matara, para tener así el poder asegurado.

Hircano no daba crédito a estas palabras, por ser de índole bondadosa y no admitir fácilmente la calumnia por su mansedumbre. Pero su falta de ambición y la blandura de su ánimo hacían que quienes lo veían lo tuvieran por innoble y cobarde; en cambio, Aristóbulo era de carácter opuesto: enérgico y de espíritu despierto.

Así pues, viendo Antípatro que Hircano no atendía a sus palabras, no cesó ni un solo día de urdir intrigas y de calumniar ante él a Aristóbulo, como si quisiera matarlo; y a fuerza de insistir, apenas logró persuadirlo de huir a Aretas, rey de los árabes, pues le prometía que, si se dejaba convencer, él mismo sería su aliado. Al oír esto Hircano, le pareció conveniente huir a donde Aretas —Arabia limita con Judea—; y primero envía Hircano a Antípatro ante el rey de los árabes para recibir garantías de que no lo entregaría a sus enemigos si acudía a él como suplicante.

Recibidas las garantías, Antípatro volvió a donde Hircano, a Yerushaláyim, y poco después, tomándolo consigo, salió a escondidas de la ciudad de noche y, tras recorrer un largo camino, llegó conduciéndolo a la llamada Petra, donde estaba la residencia real de Aretas. Y como era muy amigo del rey, le pedía que restituyera a Hircano en Judea; y haciéndolo cada día sin descanso, y ofreciéndole además regalos, persuade a Aretas.

Es más, Hircano le prometió que, una vez restituido y recobrado el reino, le devolvería el territorio y las doce ciudades que Alejandro, su padre, había quitado a los árabes. Eran estas: Médaba, Liba, Nabalot, Arabata, Galantone, Zoira, Oronaidigobasilisarida, Alusa y Oribda.

Hechas estas promesas, Aretas marchó contra Aristóbulo con cincuenta mil jinetes y también infantería, y venció en la batalla. Después de la victoria, como muchos se pasaron a Hircano, Aristóbulo, quedando solo, huyó a Yerushaláyim. El rey de los árabes, llevando todo su ejército y atacando el Templo, sitió a Aristóbulo, mientras el pueblo se unía a Hircano y colaboraba en el asedio; solo los sacerdotes permanecían con Aristóbulo.

Aretas, pues, disponiendo en orden los campamentos de los árabes y de los judíos, apretaba con fuerza el asedio. Y como esto ocurría en el tiempo de la fiesta de los ácimos, que llamamos Pésaj, los más distinguidos de los judíos, abandonando el país, huyeron a Mitsraim.

Había cierto hombre llamado Onías, justo y amado de Dios, que en una ocasión, durante una sequía, había rogado a Dios que pusiera fin a la falta de lluvia, y Dios, escuchándolo, había enviado la lluvia. Este se había escondido, al ver que la sedición persistía con fuerza; pero, llevado al campamento de los judíos, le pedían que, así como con su plegaria había puesto fin a la sequía, del mismo modo lanzara maldiciones contra Aristóbulo y sus partidarios. Y como se negaba y se excusaba, fue forzado por la multitud; puesto en medio de ellos, dijo:

«Oh Dios, rey del universo, ya que los que están conmigo son tu pueblo, y los sitiados son tus sacerdotes, te ruego que no escuches a estos contra aquellos ni lleves a cabo contra aquellos lo que estos te piden.» Y a él, que así rogaba, los malvados de entre los judíos lo rodearon y lo lapidaron.

Pero Dios los castigó al punto por esta crueldad y exigió venganza por el asesinato de Onías de este modo: mientras los sacerdotes y Aristóbulo estaban sitiados, sucedió que llegó la fiesta llamada Pésaj, en la que es costumbre entre nosotros ofrecer a Dios muchas víctimas. Faltos de víctimas, los de Aristóbulo pidieron a sus compatriotas que se las proporcionaran, recibiendo a cambio dinero por las víctimas, cuanto quisieran. Y como aquellos, si querían recibirlas, les mandaban pagar mil dracmas por cada cabeza, Aristóbulo y los sacerdotes accedieron de buen grado y, descolgando el dinero por los muros, se lo dieron.

Pero aquellos, tras recibirlo, no entregaron las víctimas, sino que llegaron a tal grado de maldad que violaron su palabra e impiaron contra Dios, no proporcionando lo necesario para los sacrificios a quienes lo necesitaban. Traicionados en el pacto, los sacerdotes rogaron a Dios que tomara venganza de ellos por medio de sus compatriotas; y Dios no aplazó el castigo, sino que, enviando un viento fuerte y violento, arruinó el fruto de toda la tierra, de modo que entonces compraban el modio de trigo por once dracmas.

Entretanto, Pompeyo envía a Escauro a Siria, estando él mismo en Armenia y todavía en guerra con Tigranes. Escauro, llegado a Damasco y encontrando que Lolio y Metelo habían tomado poco antes la ciudad, se apresuró él mismo hacia Judea. Llegado allí, acudieron a él embajadores de parte de Aristóbulo y de Hircano, cada uno pidiéndole alianza. Y como Aristóbulo prometía darle cuatrocientos talentos, y Hircano no menos que estos, aceptó la promesa de Aristóbulo. Pues Aristóbulo era rico y magnánimo, y pedía cosas más moderadas; en cambio, el otro era pobre y mezquino, y ofrecía una promesa increíble a cambio de cosas mayores. Porque no era lo mismo tomar por la fuerza una ciudad de las más fortificadas y poderosas, que expulsar a unos fugitivos con la muchedumbre de los nabateos, poco dispuestos para la guerra.

Así pues, aliándose con este por las razones dichas, tomó el dinero y levantó el asedio, ordenando a Aretas que se retirara, o sería declarado enemigo de los romanos. Y Escauro se retiró de nuevo a Damasco, mientras Aristóbulo, con una gran fuerza, marchó contra Aretas e Hircano; y trabando combate con ellos junto al llamado Papirón, venció en la batalla y mató a unos seis mil de los enemigos, entre los que cayó también Falión, el hermano de Antípatro.

Poco después, llegado Pompeyo a Damasco y recorriendo Celesiria, acudieron a él embajadores de toda Siria, de Mitsraim y de Judea; pues Aristóbulo le había enviado un gran regalo: una vid de oro de quinientos talentos. Menciona este regalo también Estrabón el Capadocio, que dice así: «Llegó también de Mitsraim una embajada y una corona de cuatro mil piezas de oro, y de Judea, bien una vid, bien un jardín: 'Deleite' llamaban a la obra.» Este regalo, sin embargo, también nosotros lo hemos visto expuesto en Roma, en el templo de Júpiter Capitolino, con una inscripción que decía: «De Alejandro, rey de los judíos». Se estimó su valor en quinientos talentos. Se dice, pues, que fue Aristóbulo, el soberano de los judíos, quien lo envió.

Poco después llegaron de nuevo embajadores ante él: Antípatro por parte de Hircano, y Nicodemo por parte de Aristóbulo; este acusaba a los que habían recibido dinero —a Gabinio primero y a Escauro después—, trescientos talentos el uno y cuatrocientos el otro, granjeándose así, además de los demás, a estos dos como enemigos. Ordenando venir a los que disputaban, al comenzar la primavera tomó su ejército de los cuarteles de invierno y se dirigió hacia la Damascena. Y de paso arrasó la ciudadela de Apamea, que había fortificado Antíoco el Ciziceno, y examinó el territorio de Tolomeo hijo de Meneo, hombre malvado y en nada inferior a Dionisio de Trípoli, el que fue decapitado y con quien estaba emparentado; este, sin embargo, compró con mil talentos el castigo por sus delitos, dinero con el que Pompeyo pagó a los soldados. Tomó también la plaza de Lisíade, cuyo tirano era Silas el judío. Y atravesando las ciudades de Heliópolis y Cálcide, y pasando el monte que separa del resto la llamada Celesiria, llegó a Damasco.

Allí escuchó a los judíos y a sus dirigentes, que estaban en pugna entre sí —Hircano y Aristóbulo— y con el pueblo contra ambos; pues el pueblo no quería ser gobernado por un rey, ya que era costumbre patria obedecer a los sacerdotes del Dios que ellos honran, y decía que estos dos, siendo descendientes de los sacerdotes, pretendían llevar a la nación a otra forma de gobierno para hacerla esclava. Hircano acusaba a Aristóbulo de que, siendo él el mayor, le había arrebatado la primogenitura, y de que solo tenía bajo su poder una pequeña parte del territorio, habiéndose apoderado Aristóbulo del resto por la fuerza; y lo denunciaba como autor de las incursiones contra los vecinos y de los actos de piratería en el mar, y decía que la nación no se habría rebelado contra él si no hubiera sido violento y amigo de revueltas. Apoyaban estas palabras más de mil de los judíos más distinguidos, dispuestos a ello por Antípatro.

Pero Aristóbulo alegaba que la causa de que él perdiera el mando había sido la propia índole de Hircano, inactiva y por ello despreciable; y decía que él mismo había asumido el poder por necesidad, temiendo que pasara a otros, y que se le daba el mismo título —el de rey— que a su padre Alejandro. Y llamaba como testigos de esto a unos jóvenes altaneros, cuyas vestiduras de púrpura, cabelleras, faleras y demás adorno causaban repugnancia, pues los llevaban puestos como quienes no van a comparecer en juicio, sino a desfilar en una procesión.

Pompeyo, oído esto y condenando la violencia de Aristóbulo, entonces los despidió tras hablarles con benignidad, diciendo que, cuando llegara al país de ellos, dispondría cada cosa, en cuanto viese primero los asuntos de los nabateos. Mientras tanto, les ordenó estarse quietos, halagando a la vez a Aristóbulo, para que no sublevara el país y le cerrara los pasos. Sin embargo, esto es justamente lo que hizo Aristóbulo; pues, sin esperar nada de lo que Pompeyo había tratado con él, marchó a la ciudad de Delo, y de allí partió hacia Judea.

Se irritó Pompeyo por esto y, tomando el ejército destinado a los nabateos, con las tropas auxiliares de Damasco y del resto de Siria, junto con las legiones romanas que tenía, marchó contra Aristóbulo. Y cuando, dejando atrás Pela y Escitópolis, llegó a Coreas —que es el comienzo de Judea para quien la atraviesa por el interior—, allí, como Aristóbulo se había refugiado en una hermosísima fortaleza levantada en la cima del monte, llamada Alejandrión, envió a ordenarle que acudiera a él. Y este, como muchos le aconsejaban no hacer la guerra a los romanos, bajó; y tras alegar ante su hermano sobre el mando, subió de nuevo a la ciudadela con permiso de Pompeyo.

E hizo esto dos y tres veces, en parte halagando la esperanza que Pompeyo le daba sobre el reino y fingiendo obedecer a cada una de sus órdenes, y en parte retirándose a la fortaleza para no rendirse y para procurarse un punto de apoyo para la guerra, temiendo que el mando pasara a Hircano. Pero como Pompeyo le ordenaba entregar las fortalezas y escribir de su propia mano a los comandantes de las guarniciones —pues se les había prohibido recibir órdenes de otro modo—, obedeció, aunque, disgustado, se retiró a Yerushaláyim y se puso a preparar la guerra. Y poco después, mientras Pompeyo conducía el ejército contra él, en el camino llegaron algunos del Ponto anunciando la muerte de Mitrídates, que había sido causada por su hijo Farnaces.

Acampado junto a Yerijó —donde crecen la palmera y el bálsamo, el más excelente de los ungüentos, que, cuando se cortan los arbustos con una piedra afilada, brota como savia—, al amanecer marchó sobre Yerushaláyim. Y Aristóbulo, arrepentido, acude a Pompeyo, y ofreciéndole dinero y disponiéndose a recibirlo en Yerushaláyim, le pedía que pusiera fin a la guerra e hiciera en paz lo que quisiera. Pompeyo, cediendo a sus ruegos, envía a Gabinio con soldados por el dinero y la ciudad. Pero nada de esto se cumplió, sino que Gabinio regresó, tras haber sido excluido de la ciudad y no haber recibido el dinero, porque los soldados de Aristóbulo no permitieron que se cumpliera lo pactado.

La ira se apoderó de Pompeyo por esto, y poniendo a Aristóbulo bajo custodia, marchó él mismo contra la ciudad, que en todo lo demás era fuerte, y solo por su lado norte estaba mal defendida; pues la rodea un barranco ancho y profundo que deja dentro el Templo, amurallado con un recinto de piedra muy sólidamente. Había entre los de dentro una discordia, pues no estaban de acuerdo sobre la situación: a unos les parecía entregar la ciudad a Pompeyo, mientras los partidarios de Aristóbulo aconsejaban cerrar las puertas y hacer la guerra, ya que aquel estaba preso. Estos, adelantándose, ocupan el Templo y cortan el puente que va de él a la ciudad, preparándose para el asedio. Los otros, en cambio, recibieron al ejército y entregaron a Pompeyo la ciudad y el palacio real. Pompeyo, enviando a Pisón, su lugarteniente, con tropas, custodiaba la ciudad y el palacio, y fortificaba las casas próximas al Templo y cuanto había fuera, en torno al Templo.

Y primero ofreció a los de dentro palabras de acuerdo, pero, como no atendían a lo que proponía, fortificó los lugares de alrededor, sirviéndole Hircano con presteza en todo. Pompeyo, al amanecer, acampa por el lado norte del Templo, que era el vulnerable. Se alzaban también allí grandes torres, y había una fosa excavada, y lo rodeaba un profundo barranco; pues la parte que daba a la ciudad estaba cortada, al haberse derribado el puente. Frente a ello, Pompeyo iba levantando cada día, con gran esfuerzo, el terraplén, cortando los romanos la madera de los alrededores. Y cuando este estuvo suficientemente alto —apenas colmada la fosa, por su profundidad inmensa—, acercando las máquinas e instalando los ingenios traídos de Tiro, batía el Templo con las catapultas.

Y si no fuera costumbre patria entre nosotros descansar los días séptimos, no se habría podido levantar el terraplén, por impedirlo aquellos; pues la Torá permite rechazar a quienes inician el combate y golpean, pero no consiente hacerlo cuando los enemigos hacen otra cosa. Y los romanos, comprendiendo esto, en aquellos días que llamamos Shabat, ni disparaban contra los judíos ni venían a las manos con ellos, sino que amontonaban tierra, levantaban torres y acercaban las máquinas, de modo que al día siguiente estuvieran listas para actuar.

De aquí puede aprenderse la superioridad de la piedad que tenemos hacia Dios y de la observancia de las leyes, pues en nada se veían impedidos por el asedio, por miedo, en cuanto a los ritos sagrados, sino que dos veces al día, por la mañana y hacia la hora novena, oficiaban sobre el altar, y no interrumpían los sacrificios ni siquiera si algo penoso ocurría con los ataques. Y en efecto, tomada la ciudad hacia el tercer mes, el día del ayuno, en la olimpíada ciento setenta y nueve, siendo cónsules Cayo Antonio y Marco Tulio Cicerón, los enemigos, irrumpiendo, degollaban a los que estaban en el Templo, y aquellos, junto a los sacrificios, no dejaban de oficiar, sin verse forzados a huir ni por el miedo por su vida ni por la multitud de los que ya eran asesinados, considerando mejor soportar allí, junto a los altares, cuanto tuvieran que padecer, antes que omitir algo de lo prescrito. Y que esto no es solo un relato que exhibe el elogio de una piedad falsa, sino la verdad, lo atestiguan todos los que escribieron sobre los hechos de Pompeyo, entre ellos Estrabón, Nicolao y, además de ellos, Tito Livio, el autor de la historia romana.

Y cuando, acercada la máquina, la mayor de las torres, sacudida, se vino abajo y abrió una brecha en un tramo, los enemigos se precipitaron dentro; el primero de ellos, Cornelio Fausto, hijo de Sila, con sus soldados subió al muro; tras él, el centurión Furio con sus seguidores por otro lado, y por el medio Fabio, también centurión, con una fuerte columna. Todo estaba lleno de matanza. Y de los judíos, unos eran muertos por los romanos, otros por los suyos mismos; había también quienes se arrojaban por los precipicios y quienes, prendiendo fuego a sus casas, se abrasaban, no soportando aguantar lo que sucedía. Cayeron de los judíos unos doce mil, y de los romanos muy pocos.

Fue tomado prisionero también Avshalom, tío y a la vez suegro de Aristóbulo. Se cometieron no pocos ultrajes contra el santuario, que antes había sido inaccesible e invisible; pues Pompeyo entró dentro, y con él no pocos de los suyos, y vieron lo que no era lícito ver a los demás hombres, sino solo a los sumos sacerdotes. Y aunque había allí una mesa de oro, el candelabro sagrado, los vasos de libaciones y gran cantidad de aromas, y aparte de esto, en los tesoros, dinero sagrado por valor de dos mil talentos, no tocó nada por piedad, sino que también en esto obró de manera digna de su virtud. Y al día siguiente, ordenando a los ministros del Templo purificarlo y ofrecer a Dios los sacrificios prescritos, devolvió el sumo sacerdocio a Hircano, tanto por los demás servicios que le había prestado, como porque había impedido que los judíos del país combatieran junto a Aristóbulo; y a los culpables de la guerra los ejecutó con el hacha. A Fausto y a los demás que habían subido al muro con arrojo los honró con los premios que merecían.

E hizo a Yerushaláyim tributaria de los romanos; y las ciudades de Celesiria que antes sus habitantes habían sometido se las quitó y las puso bajo el general romano; y a toda la nación, antes ensalzada a gran altura, la redujo dentro de sus propios límites. Reconstruyó Gádara, poco antes destruida, por complacer a Demetrio el gadareo, su liberto; y las demás —Hipos, Escitópolis, Pela, Dío, Shomrón, y también Marisa, Ashdod, Yavne y Aretusa— las devolvió a sus habitantes. Y estas en el interior, aparte de las arrasadas; y Gaza, junto al mar, y Yafo, y Dora, y la Torre de Estratón —que, reconstruida magníficamente por Herodes y adornada con puertos y templos, fue rebautizada como Cesarea—: a todas ellas Pompeyo las dejó libres y las agregó a la provincia.

De esta desgracia para Yerushaláyim fueron causantes Hircano y Aristóbulo, por haberse enfrentado entre sí; pues perdimos la libertad y quedamos sometidos a los romanos, y el territorio que habíamos adquirido con las armas, arrebatándoselo a los sirios, nos vimos forzados a devolverlo a los sirios, y además los romanos nos exigieron en poco tiempo más de diez mil talentos, y la realeza, antes dada por linaje a los sumos sacerdotes, pasó a ser honra de hombres del pueblo. Pero de esto hablaremos en su lugar.

Pompeyo, entregando a Escauro la Celesiria, el resto de Siria hasta el río Éufrates y Mitsraim, junto con dos legiones romanas, partió hacia Cilicia, apresurándose hacia Roma. Se llevaba consigo, con su familia, también a Aristóbulo encadenado; pues tenía dos hijas y otros tantos hijos, de los cuales Alejandro huyó, mientras el menor, Antígono, era conducido a Roma junto con sus hermanas.

Como Escauro marchara contra Petra de Arabia y, por ser esta difícil de tomar, devastara los alrededores, y como el ejército padeciera hambre, Antípatro, por orden de Hircano, le proporcionó trigo de Judea y las demás cosas que faltaban. Enviado como embajador ante Aretas por Escauro, a causa de la hospitalidad que los unía, lo persuade a dar dinero para que su territorio no fuera devastado, y él mismo se hace fiador de trescientos talentos. Y con estas condiciones Escauro puso fin a la guerra, no menos porque él mismo lo quería que porque coincidía con el deseo de Aretas de que así fuera.

Tiempo después, mientras Alejandro, el hijo de Aristóbulo, recorría Judea, Gabinio llegó de Roma a Siria como general; entre otras cosas dignas de mención, marchó contra Alejandro, ya que Hircano no podía resistir su fuerza, sino que este intentaba ya levantar de nuevo el muro de Yerushaláyim que Pompeyo había derribado. Pero de esto lo apartaron los romanos de allí. Recorriendo el país en derredor, Alejandro armaba a muchos de los judíos y reunió pronto diez mil hoplitas y mil quinientos jinetes; y fortificaba Alejandrión, la fortaleza junto a Coreas, y Maqueronte, junto a los montes de Arabia.

Marcha, pues, contra él Gabinio, enviando por delante a Marco Antonio con otros jefes; estos, armando a los romanos que los seguían y con ellos a los judíos sometidos, cuyos jefes eran Pitolao y Málico, y tomando además la tropa de allegados de Antípatro, salieron al encuentro de Alejandro; seguía también Gabinio con la falange. Y Alejandro se retira cerca de Yerushaláyim; pero, al encontrarse allí unos con otros y trabarse batalla, los romanos matan a unos tres mil de los enemigos y capturan vivos a no menos.

Entonces Gabinio, llegado a Alejandrión, invitaba a los de dentro a un acuerdo, prometiendo perdonarles las faltas antes cometidas. Pero, como acampaban muchos enemigos ante la fortaleza, contra los cuales subían los romanos, Marco Antonio, luchando con brillantez y matando a muchos, pareció haberse distinguido más que nadie. Gabinio, pues, dejando allí parte del ejército hasta que la plaza fuera tomada, recorrió él mismo el resto de Judea, y a cuantas ciudades encontraba derruidas ordenaba reconstruirlas. Y fueron reconstruidas Shomrón, Ashdod, Escitópolis, Antedón, Rafia, Adora, Marisa, Gaza y otras no pocas. Y como los hombres obedecían las órdenes de Gabinio, sucedió entonces que quedaron firmemente pobladas las ciudades que durante mucho tiempo habían estado desiertas.

Tras realizar esto por el país, regresa a Alejandrión; y, como reforzara su asedio, Alejandro le envía embajadores pidiéndole perdón por sus faltas y entregándole las fortalezas de Hircania y Maqueronte, y después también Alejandrión. Y estas Gabinio las arrasó. Y como la madre de Alejandro acudiera a él —ella favorecía a los romanos, pues su marido y sus otros hijos estaban retenidos en Roma—, le concedió cuanto pedía; y, tras arreglar con ella los asuntos, restituyó a Hircano en Yerushaláyim para que tuviera el cuidado del Templo. Y, estableciendo cinco consejos, dividió la nación en partes iguales; y se gobernaban unos en Yerushaláyim, otros en Gádara, otros en Amato, los cuartos en Yerijó, y el quinto en Séforis de Galilea. Y así, liberados del poder de uno solo, vivían bajo un régimen aristocrático.

Como Aristóbulo hubiera escapado de Roma a Judea y se propusiera reconstruir Alejandrión, que había sido arrasada poco antes, Gabinio envía contra él soldados y a los jefes Sisena, Antonio y Servilio, para impedirle ocupar la plaza y para prenderlo. Muchos de los judíos se sumaban a Aristóbulo por su antigua gloria, y también por complacerse siempre en novedades; así, cierto Pitolao, lugarteniente en Yerushaláyim, se pasó a él con mil hombres. Pero la mayoría de los que se le sumaban estaban desarmados. Aristóbulo había decidido retirarse a Maqueronte; a estos, pues, los despidió por ser pobres —no le eran útiles para la acción—, y, tomando a los armados, que eran unos ocho mil, partió.

Y como los romanos cayeran sobre ellos con fuerza, los judíos son vencidos en la batalla tras luchar con valentía y arrojo; y, forzados por los enemigos, se dan a la fuga. Son muertos unos cinco mil de ellos, y los demás, dispersados, intentaban salvarse como podían. Aristóbulo, sin embargo, con más de mil, escapó a Maqueronte y fortificaba la plaza; y, aunque le iba mal, no por ello dejaba de abrigar buena esperanza. Pero, tras resistir dos días el asedio y recibir muchas heridas, es capturado junto con Antígono, su hijo, que también había huido con él de Roma, y es llevado ante Gabinio.

Y así, tras correr tal suerte, Aristóbulo es enviado de nuevo a Roma, y allí, encadenado, quedó retenido, habiendo reinado y ejercido el sumo sacerdocio tres años y seis meses, hombre ilustre y magnánimo. A sus hijos, sin embargo, los soltó el senado, por haber escrito Gabinio que se lo había prometido a la madre cuando entregó las fortalezas. Y estos regresan a Judea.

Y cuando Gabinio marchaba contra los partos y ya había cruzado el Éufrates, cambió de parecer y, volviendo a Mitsraim, restableció allí a Tolomeo. Pero esto ya se ha expuesto en otro lugar. A Gabinio, en la campaña que emprendió contra Hircano, le sirvió Antípatro con trigo, armas y dinero; y este le ganó a los judíos de más allá de Pelusio y los hizo aliados, siendo ellos guardianes de las entradas a Mitsraim.

Al regresar de Mitsraim, encuentra Siria enferma de sedición y desorden; pues Alejandro, el hijo de Aristóbulo, habiendo vuelto de nuevo al poder por la fuerza, sublevó a muchos de los judíos, y, recorriendo el país con un gran ejército, mataba a cuantos romanos encontraba, y asediaba a los que se habían refugiado en el monte llamado Guerizim. Gabinio, hallando así los asuntos de Siria, envía a Antípatro —pues era hombre sensato— a los sublevados, por si podía hacerlos cesar de su locura y persuadirlos de volver a un juicio mejor. Este, llegado, hizo entrar en razón a muchos y los atrajo a lo debido; pero a Alejandro no pudo contenerlo, pues este, teniendo un ejército de treinta mil judíos, salió al encuentro de Gabinio y, trabando combate, es derrotado, cayéndole diez mil junto al monte Tabor.

Habiendo arreglado Gabinio los asuntos de la ciudad de Yerushaláyim conforme al deseo de Antípatro, marcha contra los nabateos y los vence en batalla; y a Mitrídates y Orsanes, fugitivos partos que habían acudido a él, los dejó marchar, aunque de palabra se dijo que se le habían escapado. Y Gabinio, tras realizar en su generalato grandes y brillantes empresas, partió hacia Roma, entregando el mando a Craso. Sobre la expedición de Pompeyo y de Gabinio contra los judíos escriben Nicolao de Damasco y Estrabón el Capadocio, sin decir el uno nada más nuevo que el otro.

Craso, cuando iba a marchar contra los partos, llegó a Judea y se dispuso a llevarse el dinero del Templo que Pompeyo había dejado —eran dos mil talentos— y a despojar del santuario todo el oro, que ascendía a ocho mil talentos. Toma también una viga de oro macizo, hecha de trescientas minas —la mina equivale entre nosotros a dos libras y media—. Le entregó esta viga el sacerdote guardián de los tesoros, llamado Elazar, no por maldad, pues era bueno y justo, sino que, teniendo a su cargo la custodia de los velos del santuario —admirables por su belleza y costosos en su hechura—, que colgaban de esta viga, al ver a Craso ocupado en la recogida del oro, temiendo por todo el ornamento y por el santuario, le dio la viga de oro como rescate a cambio de todo, recibiendo de él juramento de que no tocaría ninguna otra cosa del santuario y se contentaría solo con lo que él le daría, que valía muchas decenas de miles. Esta viga estaba dentro de otra viga de madera hueca, y esto lo ignoraban todos los demás; solo Elazar lo sabía.

Pero Craso toma también esta, como quien no iba a tocar ninguna otra cosa de las del Templo, y, quebrantando los juramentos, se llevó todo el oro que había en el santuario. Y que nadie se asombre de que hubiera tanta riqueza en nuestro santuario, cuando todos los judíos del mundo habitado y los que veneran a Dios —y además los de Asia y de Europa— llevaban a él sus aportaciones desde tiempos muy antiguos.

La magnitud de las sumas que acabo de mencionar no carece de testimonio, ni la eleva a tal cantidad ninguna jactancia mía ni afición a exagerar. Muchos otros historiadores lo atestiguan, y en particular Estrabón el capadocio, que dice así: «Mitrídates envió a Cos y recogió el dinero que la reina Cleopatra había depositado allí, y los ochocientos talentos de los judíos.» Ahora bien, nosotros no tenemos dinero público sino el consagrado a Dios; y es evidente que fueron los judíos de Asia quienes trasladaron esas sumas a Cos por miedo a Mitrídates. Pues no es verosímil que los de Judea, que tenían una ciudad fortificada y el Templo, enviaran su dinero a Cos, ni tampoco es creíble que lo hicieran los judíos que habitaban en Alejandría, ya que a Mitrídates no le temían en absoluto.

El mismo Estrabón atestigua también, en otro pasaje, que en la época en que Sila cruzó a Grecia para combatir a Mitrídates y envió a Luculo a sofocar la revuelta de nuestro pueblo en Cirene, el mundo habitado estaba lleno de los nuestros. Dice así: «Cuatro clases había en la ciudad de los cireneos: la de los ciudadanos, la de los labradores, la tercera la de los metecos y la cuarta la de los judíos. Esta última ya se ha extendido a toda ciudad, y no es fácil hallar en el mundo habitado un lugar que no haya acogido a este pueblo ni esté dominado por él.»

«También Mitsraim y la región de los cireneos, por haber tenido los mismos gobernantes, coincidieron en imitar en muchas otras cosas a los judíos, y de modo particular en mantener y hacer crecer sus comunidades organizadas conforme a las leyes patrias de los judíos. En Mitsraim, por ejemplo, hay una residencia asignada por separado a los judíos, y en la ciudad de Alejandría se ha reservado a este pueblo una gran parte. Se les nombra además un etnarca, que gobierna al pueblo, dirime pleitos y vela por los contratos y las disposiciones, como quien preside un Estado autónomo. Así pues, en Mitsraim el pueblo se hizo fuerte, porque los judíos eran de origen egipcio y porque quienes de allí partieron establecieron su residencia cerca; y pasó a la Cirenaica porque también esta linda con el dominio de los egipcios, igual que Judea, o más bien perteneció antes a aquel dominio.» Esto es lo que dice Estrabón.

Craso, tras disponer de todo del modo que él quiso, partió con premura contra Partia. Él mismo pereció con todo su ejército, como también se ha referido en otro lugar; y Casio, que huyó a Siria y se apoderó de ella, cerró el paso a los partos que se lanzaban contra la provincia envalentonados por su victoria sobre Craso. Después, llegado a Tiro, subió también a Judea. Atacó de inmediato Taríquea y la tomó, redujo a esclavitud a unos treinta mil hombres, y dio muerte a Pitolao, que había tomado el relevo de la facción de Aristóbulo, incitado a ello por Antípatro.

Antípatro tenía mucho poder junto a Casio, y era entonces hombre de gran valía también ante los judíos, en cuyo territorio residía. Tomó por esposa a una mujer de las principales de Arabia, llamada Cipros, de la que tuvo cuatro hijos: Fasael, y Herodes —que más tarde llegó a ser rey—, y Yosef y Feroras, y una hija, Salomé. Este Antípatro había trabado amistad y hospitalidad con los otros dinastas, y sobre todo con el rey de los árabes, a quien confió sus hijos mientras guerreaba contra Aristóbulo. Casio, por su parte, tras levantar de nuevo su campamento, marchó a toda prisa hacia el Éufrates para salir al encuentro de los que avanzaban desde allí, como también otros han referido.

Tiempo después, César, dueño ya de Roma tras la huida de Pompeyo y del senado al otro lado del Jónico, resolvió liberar de sus cadenas a Aristóbulo y enviarlo a Siria, entregándole dos legiones, para que pusiera en orden los asuntos de aquella provincia, pues era hombre capaz. Pero Aristóbulo no llegó a gozar de las esperanzas que le abría el poder recibido de César: los partidarios de Pompeyo se le adelantaron y lo eliminaron con veneno, y le dieron sepultura los que servían la causa de César. Su cadáver quedó embalsamado en miel largo tiempo, hasta que Antonio, más tarde, lo envió a Judea e hizo que lo depositaran en los sepulcros reales.

En cuanto a Alejandro, hijo de Aristóbulo, Escipión, por orden de Pompeyo, lo hizo comparecer, le imputó las ofensas que en un principio había cometido contra los romanos, y lo ejecutó con el hacha. Así murió, en Antioquía. A sus hermanos los acogió Tolomeo, hijo de Meneo, que era señor de Cálcide, al pie del monte Líbano; y envió a su hijo Filipión a Ascalón, junto a la mujer de Aristóbulo, con orden de que le enviara a su hijo Antígono y a sus hijas. Filipión se enamoró de una de ellas, Alejandra, y la tomó por esposa; pero después su padre, Tolomeo, dio muerte a Filipión, se casó él mismo con Alejandra y siguió cuidando de los hermanos de ella.

Tras la muerte de Pompeyo y la victoria sobre él, mientras César guerreaba en Mitsraim, Antípatro, el administrador de los judíos, por encargo de Hircano le prestó muchos y grandes servicios. Pues cuando Mitrídates de Pérgamo, que traía tropas de refuerzo, no lograba hacer la marcha a través de Pelusio y se demoraba en la región de Ascalón, llegó Antípatro conduciendo a tres mil hombres de armas judíos, y gestionó además que acudieran como aliados los magnates de Arabia. Gracias a él, todos los de Siria prestaron auxilio, sin querer quedarse atrás en el celo por César: el dinasta Yámblico, y Tolomeo hijo de Sohemo, que habitaba en el monte Líbano, y casi todas las ciudades.

Mitrídates, partiendo de Siria, llegó a Pelusio; y como los habitantes no lo acogieran, puso sitio a la ciudad. Antípatro se distinguió sobre todos: derribó un trozo de la muralla y abrió a los demás el camino para irrumpir en la ciudad. Así cayó Pelusio. Cuando Antípatro y Mitrídates, de camino hacia César, quisieron avanzar, se lo impidieron los judíos que habitaban la comarca llamada de Onías. Pero Antípatro los persuadió también a ellos de tomar el partido de los suyos, apelando a la común estirpe, y sobre todo mostrándoles las cartas de Hircano, el sumo sacerdote, en las que les rogaba que fueran amigos de César y suministraran víveres y todo lo necesario al ejército. Ellos, al ver que Antípatro y el sumo sacerdote querían lo mismo, obedecieron. Y al enterarse los de la región de Menfis de que estos se habían sumado, llamaron también a Mitrídates junto a sí; y él, al llegar, los recibió igualmente.

Cuando ya había rodeado la comarca llamada el Delta, se enfrentó a los enemigos junto al lugar llamado el Campamento de los judíos. Mitrídates mandaba el ala derecha, y Antípatro la izquierda. Trabada la batalla, el ala de Mitrídates cedió y habría corrido el mayor peligro de no ser porque Antípatro, que había vencido ya a los enemigos, acudió corriendo a lo largo de la orilla del río con sus propios soldados: lo salvó y puso en fuga a los egipcios ya vencedores. Se apoderó también de su campamento manteniendo la persecución, y llamó a Mitrídates, que en la derrota se había alejado mucho. De los hombres de Mitrídates cayeron ochocientos; de los de Antípatro, cincuenta.

Mitrídates escribió a César sobre estos hechos, declarando que Antípatro había sido para ellos la causa a la vez de la victoria y de la salvación. Por eso César lo elogió entonces, y a lo largo de toda la guerra se sirvió de Antípatro para las misiones más peligrosas; y así ocurrió que resultó herido en los combates.

Concluida la guerra al cabo de un tiempo, César zarpó hacia Siria y lo honró grandemente: a Hircano le confirmó el sumo sacerdocio, y a Antípatro le concedió la ciudadanía en Roma y la exención de tributos en todas partes. Muchos afirman que Hircano tomó parte en aquella campaña y fue a Mitsraim, y respalda mi relato también Estrabón el capadocio, que, citando a un tal Asinio, dice así: «Después de Mitrídates entró en Mitsraim también Hircano, el sumo sacerdote de los judíos.» Y este mismo Estrabón, en otro pasaje, citando a un tal Hipsícrates, dice así: «Mitrídates salió solo, pero Antípatro, el administrador de Judea, llamado por él a Ascalón, le preparó tres mil soldados e indujo a los demás dinastas; y participó también en la campaña Hircano, el sumo sacerdote.» Esto dice Estrabón.

También Antígono, hijo de Aristóbulo, se presentó ante César, deploró la suerte de su padre, y cómo por culpa de César había muerto Aristóbulo, eliminado con veneno, y su hermano ejecutado con el hacha por Escipión; y le pidió que se compadeciera de él, despojado de su reino. Y además acusaba a Hircano y a Antípatro de gobernar al pueblo por la violencia y de haber obrado injustamente contra él. Presente Antípatro, se defendió de aquellas acusaciones que veía formuladas contra él: mostró que los de Antígono eran revoltosos y sediciosos, y recordó cuánto había padecido él mismo y en cuánto había colaborado en las campañas, poniendo por testigo de sus palabras aquello mismo de lo que había sido protagonista. Decía, con razón, que Aristóbulo había sido llevado a Roma por haber sido siempre enemigo y jamás bienintencionado con los romanos, y que su hermano, castigado por bandidaje por Escipión, había recibido lo que merecía, y no había sufrido aquello por violencia e injusticia de quien lo ejecutó.

Cuando Antípatro hubo pronunciado estas palabras, César proclamó a Hircano sumo sacerdote y concedió a Antípatro el cargo de gobierno que él mismo prefiriera. Y como este dejó a criterio de César la elección, lo nombró procurador de Judea. Autorizó además a Hircano a reconstruir las murallas de su patria, pues él lo había solicitado como gracia —aún estaban derruidas desde que Pompeyo las derribó—, y ordenó que esto se comunicara a los cónsules en Roma para inscribirlo en el Capitolio. El decreto que emitió el senado dice así:

«Lucio Valerio, hijo de Lucio, pretor, consultó al senado el día de los idus de diciembre en el templo de la Concordia. Al redactarse el decreto estaban presentes Lucio Coponio, hijo de Lucio, de la tribu Colina, y Papirio, de la tribu Quirina. Sobre lo tratado por Alejandro hijo de Jasón, Numenio hijo de Antíoco y Alejandro hijo de Doroteo, embajadores de los judíos, hombres buenos y aliados, que expusieron renovando las gracias y la amistad antes concertadas con los romanos, y trajeron un escudo de oro, símbolo de la alianza, del valor de cincuenta mil piezas de oro, y pidieron que se les dieran cartas para las ciudades autónomas y para los reyes, a fin de que su territorio y sus puertos gozaran de seguridad y no sufrieran agravio alguno: se acordó concertar con ellos amistad y favores, otorgarles cuanto pidieron obtener y aceptar el escudo traído. Esto se hizo bajo Hircano, sumo sacerdote y etnarca, en el año noveno, en el mes de Pánemo.»

Hircano obtuvo honores también del pueblo de los atenienses, pues él mismo les había prestado muchos servicios; y le enviaron un decreto redactado de este modo: «Bajo el pritano y sacerdote Dionisio hijo de Asclepíades, el quinto día del final del mes de Pánemo, se entregó a los estrategos un decreto de los atenienses. Bajo el arconte Agatocles, siendo secretario Eucles hijo de Menandro, del demo de Alimunte, el día undécimo del mes Muniquión de la pritanía, celebrándose la asamblea en el teatro, Doroteo del demo de Ercia y sus copresidentes sometieron a votación del pueblo la propuesta; y Dionisio hijo de Dionisio dijo:

“Puesto que Hircano hijo de Alejandro, sumo sacerdote y etnarca de los judíos, no cesa de mostrarse benévolo con el pueblo en su conjunto y con cada uno de los ciudadanos en particular, y emplea toda diligencia respecto de ellos, y recibe amistosamente a los atenienses que acuden a él, ya en embajada ya a título privado, y los despide velando por el regreso seguro de ellos —de lo cual ya antes se dio testimonio—, se ha resuelto ahora también, a propuesta de Dionisio hijo de Teodoro, del demo de Sunio, que recordó al pueblo la virtud de este hombre y que tiene el propósito de hacernos todo el bien que pueda: honrar a este hombre con una corona de oro por su mérito, conforme a la ley, y erigirle una estatua de bronce en el recinto sagrado del Pueblo y de las Gracias; y proclamar la corona en el teatro durante las Dionisias, en la representación de las tragedias nuevas, y en las Panateneas, en las Eleusinias y en los certámenes gimnásticos; y que los estrategos velen, mientras él persevere y mantenga su benevolencia hacia nosotros, por hacer cuanto imaginemos en honor y gratitud del celo y la generosidad de este hombre, a fin de que, obrando así, se muestre nuestro pueblo agradecido con los hombres buenos y digno de la debida correspondencia, y para que estos emulen el celo de quienes ya han sido honrados por nosotros. Elíjanse además embajadores de entre todos los atenienses, que le lleven el decreto y lo exhorten a que, aceptando los honores, procure hacer siempre algún bien a nuestra ciudad.”» Estos son, pues, los honores que de los romanos y del pueblo de los atenienses recibió Hircano, el sumo sacerdote, y que por medio de estos documentos hemos mostrado.

César, tras arreglar los asuntos de Siria, zarpó. Cuando Antípatro, después de despedir a César desde Siria, regresó a Judea, de inmediato levantó de nuevo la muralla que Pompeyo había derribado y, recorriendo el país, sofocó los disturbios, amenazando a la vez que aconsejando calma. Decía que quienes fueran partidarios de Hircano pasarían la vida en bonanza y gozarían sin sobresaltos de sus propios bienes; pero quienes se aferrasen a las esperanzas de una revuelta y a las ganancias que de ella esperaban, tendrían en él, en lugar de un protector, un amo, y en Hircano, en lugar de un rey, un tirano, y a los romanos y a César, en lugar de gobernantes, unos enemigos implacables; pues no tolerarían que se apartara a quien ellos mismos habían instituido. Diciendo esto, iba poniendo en orden el país.

Viendo que Hircano era lento e indolente, nombró a Fasael, el mayor de sus hijos, estratego de Yerushaláyim y de sus alrededores, y confió a Herodes, el que le seguía, el gobierno de Galilea, aunque era todavía muy joven, pues no tenía más que quince años. Pero en nada le perjudicó la juventud: como el joven era de ánimo noble, encontró enseguida ocasión de mostrar su valía. Sorprendió a Ezequías, el jefe de bandidos, que recorría con una gran cuadrilla las comarcas fronterizas de Siria; lo apresó y le dio muerte, junto con muchos de los bandidos que lo acompañaban. Esta hazaña le granjeó el gran aprecio de los sirios, pues limpió el país del bandidaje que ansiaban ver desaparecer. Por ello lo celebraban por aldeas y ciudades, como a quien les había traído la paz y el disfrute seguro de sus bienes. Por esto llegó a ser conocido también de Sexto César, pariente del gran César y gobernador de Siria.

A Fasael, su hermano, le entró celo de las hazañas de Herodes; y, movido por su buena fama, se afanaba en no quedar por debajo del mismo renombre: se ganó a los de Yerushaláyim para tenerlos más favorables y, aunque tenía la ciudad en sus manos por sí solo, ni se conducía sin tacto en los asuntos ni abusaba de su autoridad. Esto hacía que Antípatro recibiera del pueblo un trato digno de un rey y honores como los que se tributan al señor de todo. Sin embargo, en medio de este esplendor, en nada faltó —como suele suceder tantas veces— a su lealtad y fidelidad hacia Hircano.

Los notables de los judíos, viendo que Antípatro y sus hijos se engrandecían tanto por la benevolencia del pueblo y por las rentas que percibían de Judea y de la fortuna de Hircano, le tomaron ojeriza. En efecto, Antípatro había trabado amistad con los generales romanos y, tras persuadir a Hircano de que enviara dinero, lo tomó él mismo y se apropió del regalo, pues lo envió como si fuera propio y no como dádiva de Hircano. Hircano oía esto y no se inquietaba; pero los principales de los judíos vivían con temor, al ver a Herodes violento, audaz y ávido de tiranía. Y presentándose ante Hircano, acusaron ya abiertamente a Antípatro: «¿Hasta cuándo —le decían— vas a permanecer impasible ante lo que ocurre? ¿No ves que Antípatro y sus hijos se han ceñido el poder, mientras que tú solo oyes el nombre de la realeza? No pases esto por alto ni te creas a salvo por tu negligencia respecto de ti mismo y del reino. Pues Antípatro y sus hijos ya no son ahora administradores de tus asuntos —no te engañes creyéndolo—, sino que se han declarado abiertamente amos. Su hijo Herodes, en efecto, ha dado muerte a Ezequías y a muchos con él, transgrediendo nuestra ley, que prohíbe quitar la vida a un hombre, aun siendo malvado, si antes no ha sido condenado a ello por el Sanhedrín. Sin recibir de ti autorización, ha osado hacer esto.»

Hircano, al oírlo, se dejó persuadir. Encendieron aún más su cólera las madres de los que habían sido asesinados por Herodes, pues cada día suplicaban en el Templo al rey y al pueblo que Herodes rindiera cuentas ante el Sanhedrín por lo que había hecho. Movido por ellos, Hircano citó a Herodes a juicio por las acusaciones que se le imputaban. Este acudió, tras haberle aconsejado su padre que no entrara como un particular, sino con seguridad y escolta para su persona, y que asegurara los asuntos de Galilea como juzgara conveniente. Dispuestas así las cosas, y con una comitiva suficiente para el camino —de modo que ni pareciera amenazador a Hircano por presentarse con un destacamento mayor, ni fuera desnudo e indefenso—, se dirigió al juicio.

Sexto, el gobernador de Siria, escribió rogando a Hircano que absolviera a Herodes del juicio, y añadía amenazas por si desoía la petición. La carta de Sexto le sirvió a Hircano de pretexto para absolver a Herodes sin que sufriera nada del Sanhedrín, pues lo quería como a un hijo. Cuando Herodes compareció en el Sanhedrín con el destacamento que lo acompañaba, dejó a todos atónitos, y en adelante ninguno de los que antes de su llegada lo calumniaban se atrevió a acusarlo; reinaba el silencio y la perplejidad sobre qué debía hacerse.

Estando así las cosas, uno llamado Semaías, hombre justo y por ello superior al temor, se levantó y dijo: «Consejeros, y tú, rey: no sé de nadie, entre cuantos hasta ahora han sido citados ante vosotros a juicio, que se haya presentado así, ni creo que vosotros podáis mencionarlo. Todo aquel que ha comparecido ante este Sanhedrín para ser juzgado se presenta humilde, con aire de temor y buscando vuestra compasión, con el cabello crecido y vestido de negro. Pero el excelente Herodes, procesado por una causa de homicidio y citado por semejante cargo, se presenta ceñido de púrpura, con la cabeza adornada por el arreglo de su cabello y rodeado de hombres de armas, para que, si lo condenamos conforme a la ley, nos mate a nosotros y se salve él, violentando la justicia. Mas no reprocharía a Herodes que anteponga su propio interés a lo legal; a vosotros y al rey os reprocho que le hayáis dado tal impunidad. Sabed, con todo, que Dios es grande, y este mismo, a quien ahora, por Hircano, queréis absolver, os castigará a vosotros y al rey en persona.»

En nada erró de cuanto dijo. Pues Herodes, una vez que se hizo con el reino, dio muerte a todos los del Sanhedrín, y al propio Hircano, excepto a Semaías. A este lo honró grandemente por su justicia, y porque, después, cuando la ciudad fue sitiada por Herodes y Sosio, aconsejó al pueblo acoger a Herodes, diciendo que a causa de sus pecados no podían escapar de él. Pero de estas cosas hablaremos en su lugar.

Hircano, viendo a los del Sanhedrín decididos a dar muerte a Herodes, aplazó el juicio a otro día, y enviando en secreto un mensaje a Herodes, le aconsejó que huyera de la ciudad, pues así escaparía del peligro. Herodes se retiró a Damasco, como quien huye del rey; y presentándose ante Sexto César, aseguró sus asuntos y adoptó tal actitud que, si de nuevo lo citaban al Sanhedrín a juicio, no acudiría. Los del Sanhedrín se indignaban e intentaban hacer ver a Hircano que todo aquello iba dirigido contra él. Hircano se daba cuenta, pero no podía hacer nada por cobardía y necedad.

Cuando Sexto nombró a Herodes estratego de Celesiria —pues le vendió el cargo por dinero—, Hircano vivía con miedo de que Herodes marchara en armas contra él. Y no tardó mucho su temor en cumplirse, pues Herodes llegó conduciendo un ejército contra él, irritado por el juicio y por haber sido citado a rendir cuentas ante el Sanhedrín. Le impidieron atacar Yerushaláyim su padre Antípatro y su hermano, que le salieron al encuentro; contuvieron su ímpetu y le pidieron que no emprendiera nada de hecho, sino que, tras infundir temor solo con la amenaza, no fuera más lejos contra quien le había permitido alcanzar tal dignidad. Le pedían que, ya que se indignaba por haber sido citado a juicio, recordara también su absolución y le estuviera agradecido por ella, y que no respondiera con lo más sombrío mostrándose ingrato por su salvación; que considerara que, si bien la divinidad decide el fiel de la balanza en la guerra, pesa más la injusticia de la campaña, y por eso no debía esperar del todo la victoria quien iba a hacer la guerra contra un rey y compañero de crianza, que muchos beneficios le había hecho y ningún daño le había causado, y que en aquello por lo que se le reprochaba —a causa de malos consejeros y no por sí mismo— solo le había dado motivo de sospecha y una sombra de algún disgusto. Herodes se dejó persuadir por estas razones, considerando que, para sus esperanzas, le bastaba con haber mostrado su fuerza al pueblo. Así estaban, pues, las cosas en Judea.

César, llegado a Roma, estaba dispuesto a navegar hacia África para hacer la guerra a Escipión y a Catón; y Hircano, enviándole una embajada, le rogó que confirmara la amistad y la alianza con él. Me ha parecido necesario exponer todos los honores y alianzas otorgados por los romanos y sus generales a nuestro pueblo, para que a nadie se le oculte que también los reyes de Asia y de Europa nos tuvieron en gran estima, apreciando nuestra valentía y nuestra lealtad. Pero como muchos, por su hostilidad hacia nosotros, no dan crédito a lo escrito acerca de nosotros por persas y macedonios —por el hecho de que ya no se conserva en todas partes ni en lugares públicos, sino entre nosotros mismos y entre algunos otros pueblos bárbaros—, mientras que contra los decretos de los romanos no cabe replicar —pues están depositados en los lugares públicos de las ciudades y aún hoy se hallan inscritos en el Capitolio en columnas de bronce, y además Julio César, con la columna de bronce que hizo para los judíos de Alejandría, dejó constancia de que son ciudadanos de Alejandría—, de estos documentos tomaré también mi demostración. Aduciré los decretos emitidos por el senado y por Julio César respecto de Hircano y de nuestro pueblo.

«Cayo Julio César, imperator y sumo sacerdote, dictador por segunda vez, a los magistrados, al consejo y al pueblo de los sidonios, salud. Si os halláis bien, estará bien; también yo me hallo bien con el ejército. Del registro consignado en la tabla respecto de Hircano, hijo de Alejandro, sumo sacerdote y etnarca de los judíos, os he enviado copia, para que se deposite en vuestros archivos públicos. Quiero que esto se grabe también en griego y en latín, en tabla de bronce.

Es como sigue: Julio César, imperator por segunda vez y sumo sacerdote, he decidido, con el parecer del consejo, lo siguiente. Puesto que Hircano hijo de Alejandro, judío, ha mostrado, tanto ahora como en tiempos anteriores, en paz y en guerra, lealtad y celo por nuestros asuntos, como muchos generales le han atestiguado, y en la reciente guerra de Alejandría acudió como aliado con mil quinientos soldados y, enviado por mí junto a Mitrídates, superó en valentía a todos los que estaban en formación: por estos motivos dispongo que Hircano hijo de Alejandro y sus hijos sean etnarcas de los judíos, y tengan a perpetuidad el sumo sacerdocio de los judíos conforme a las costumbres patrias, y que él y sus hijos sean aliados nuestros y se cuenten además entre nuestros amigos personales; y cuantas prerrogativas del sumo sacerdocio existen conforme a sus propias leyes, ordeno que las conserven él y sus hijos. Y si entretanto surge alguna cuestión acerca de la conducta de los judíos, quiero que el juicio se resuelva entre ellos mismos. En cuanto a acuartelamiento de invierno o a exacción de dinero, no lo apruebo.»

«Concesiones, privilegios y disposiciones otorgados por Cayo César, imperator y cónsul, son estos: que sus hijos gobiernen al pueblo de los judíos, que disfruten de los territorios que se les han dado, y que el sumo sacerdote y etnarca de los judíos en persona proteja a los que sufren agravio. Que se envíe a Hircano hijo de Alejandro, sumo sacerdote de los judíos, y a los embajadores, quienes tratarán sobre la amistad y la alianza; y que se coloque una tabla de bronce que contenga esto en el Capitolio, en Sidón, en Tiro, en Ascalón y en los templos, grabada en letras romanas y griegas. Y que este decreto lo comuniquen a todos los cuestores de las ciudades y a sus superiores, y a los amigos, que se ofrezcan presentes de hospitalidad a los embajadores, y que las disposiciones se envíen a todas partes.»

«Cayo César, imperator, dictador, cónsul, en atención al honor, la virtud y la benevolencia, concedió, en provecho a la vez del senado y del pueblo de los romanos, que Hircano hijo de Alejandro y sus hijos sean sumos sacerdotes y sacerdotes de Yerushaláyim y del pueblo, con los mismos derechos con que también sus antepasados tuvieron el sumo sacerdocio.»

«Cayo César, cónsul por quinta vez, decretó que estos posean y fortifiquen la ciudad de los habitantes de Yerushaláyim, y que la conserve Hircano hijo de Alejandro, sumo sacerdote de los judíos y etnarca, según él mismo prefiera. Y que a los judíos, en el segundo año del arrendamiento, se les descuente de la renta un coro, y que ni se les impongan contratos de recaudación ni paguen los mismos tributos.»

«Cayo César, imperator por segunda vez, estableció que paguen anualmente por la ciudad de los habitantes de Yerushaláyim —exceptuada Yafo—, salvo en el séptimo año, al que llaman año sabático, puesto que en él ni recogen el fruto de los árboles ni siembran. Y que en Sidón, en el segundo año, entreguen el tributo, la cuarta parte de lo sembrado; y que, además de esto, paguen a Hircano y a sus hijos los diezmos que pagaban también a sus antepasados. Y que ningún magistrado, ni vicemagistrado, ni pretor, ni legado que levante en los confines de los judíos tropas aliadas y soldados esté autorizado a exigirles dinero, ni para acuartelamiento de invierno ni con ningún otro pretexto, sino que estén libres de todo agravio por doquier. Y cuanto adquirieron o compraron después, y poseyeron y disfrutaron, todo eso lo conserven. Y en cuanto a la ciudad de Yafo, que los judíos tuvieron desde el principio cuando trabaron su amistad con los romanos, nos place que sea suya, tal como al principio; y que Hircano hijo de Alejandro y sus hijos perciban por tributo de esta ciudad, de parte de los que cultivan la tierra, en concepto de derecho de salida del puerto, anualmente, en Sidón, veinte mil seiscientos setenta y cinco modios, exceptuado el séptimo año, al que llaman sabático, en el cual ni aran ni recogen el fruto de los árboles.

Y respecto de las aldeas de la gran llanura, que Hircano y sus antepasados poseyeron antes que él, place al senado que Hircano y los judíos las conserven con los mismos derechos con que antes las tenían. Que permanezcan también los derechos que desde el principio tenían entre sí los judíos y sus sumos sacerdotes y sacerdotes, y las prerrogativas que obtuvieron por voto del pueblo y del senado; y que gocen de estos derechos también en Lida. En cuanto a los lugares, el territorio y las heredades que reyes de Siria y de Fenicia, aliados de los romanos, disfrutaban por concesión, el senado aprueba que los posean Hircano el etnarca y los judíos.

Y que se conceda a Hircano, a sus hijos y a los embajadores por él enviados que, en los combates de gladiadores y de fieras, tengan asiento entre los senadores para contemplarlos; y que, si lo solicitan al dictador o al maestre de la caballería para presentarse ante el senado, se les introduzca, y se les den las respuestas dentro de un plazo total de diez días desde que se dicte el decreto.»

«Cayo César, imperator, dictador por cuarta vez y cónsul por quinta, designado dictador vitalicio, pronunció acerca de los derechos de Hircano hijo de Alejandro, sumo sacerdote y etnarca de los judíos, las siguientes palabras: “Habiendo los generales que me precedieron dado testimonio en las provincias en favor de Hircano, sumo sacerdote de los judíos, y de los judíos, ante el senado y el pueblo de los romanos, y habiéndoles expresado su gratitud también el pueblo y el senado, es justo que también nosotros lo tengamos presente y velemos por que a Hircano, al pueblo de los judíos y a los hijos de Hircano se les corresponda, por parte del senado y del pueblo de los romanos, con una gratitud digna de su benevolencia hacia nosotros y de los beneficios que nos hicieron.”»

«Julio Cayo, hijo de Julio, pretor y cónsul de los romanos, a los magistrados, al consejo y al pueblo de los parianos, salud. Se me presentaron los judíos de Delos y algunos de los judíos residentes allí, en presencia también de vuestros embajadores, y me hicieron ver que vosotros, por un decreto, les impedís seguir sus costumbres patrias y sus ritos sagrados. A mí no me place que contra nuestros amigos y aliados se dicten tales decretos, y que se les impida vivir según sus costumbres y aportar dinero para banquetes comunes y para sus ritos, siendo así que ni siquiera en Roma se les prohíbe hacerlo. Pues también Cayo César, nuestro pretor y cónsul, en su edicto que prohibía reunirse en asociaciones por la ciudad, solo a estos no se lo prohibió, ni aportar dinero en común ni celebrar banquetes comunes. Igualmente yo, aunque prohíbo las demás asociaciones, solo a estos les permito reunirse y celebrar banquetes conforme a sus costumbres y leyes patrias. Bien está, pues, que también vosotros, si algún decreto habéis dictado contra nuestros amigos y aliados, lo anuléis, en atención a su virtud y benevolencia hacia nosotros.»

Después de la muerte de Cayo, Marco Antonio y Publio Dolabela, siendo cónsules, reunieron al senado, presentaron a los embajadores de Hircano, trataron sobre lo que pedían e hicieron amistad con ellos; y el senado votó concederles todo cuanto quisieran obtener. He incluido también el decreto, para que quienes lean esta obra tengan cerca la prueba de lo que digo. Era como sigue:

«Decreto del senado, copiado del erario, de las tablas públicas de los cuestores, a cargo de Quinto Rutilio y Quinto Cornelio, cuestores urbanos, tabla segunda, y de las primeras la primera. Tres días antes de los idus de abril, en el templo de la Concordia. Al redactarse estaban presentes Lucio Calpurnio Pisón, de la tribu Menenia; Servio Papinio Quinto, de la tribu Lemonia; Cayo Caninio Rébilo, de la tribu Teretina; Publio Tedecio, hijo de Lucio, de la tribu Polia; Lucio Apuleyo, hijo de Lucio, de la tribu Sergia; Flavio, hijo de Lucio, de la tribu Lemonia; Publio Plaucio, hijo de Publio, de la tribu Papiria; Marco Selio, hijo de Marco, de la tribu Mecia; Lucio Erucio, hijo de Lucio, de la tribu Estelatina; Marco Quinto Plancino, hijo de Marco, de la tribu Polia; Publio Serrio. Publio Dolabela y Marco Antonio, cónsules, pronunciaron un discurso acerca de lo que Cayo César había decretado, por decreto del senado, en favor de los judíos, y que no había llegado a depositarse en el erario: sobre esto nos place que se haga, tal como pareció bien a los cónsules Publio Dolabela y Marco Antonio, que se consigne en tablas y se comunique a los cuestores urbanos, para que también ellos se ocupen de consignarlo en tablas dobles.»

Se hizo cinco días antes de los Idus de febrero, en el templo de la Concordia. Los que iban como embajadores de parte de Hircano, el sumo sacerdote, eran estos: Lisímaco hijo de Pausanias, Alejandro hijo de Teodoro, Patroclo hijo de Quéreas y Yojanán hijo de Onías.

Hircano envió también a uno de estos embajadores a Dolabela, entonces gobernador de Asia, pidiéndole que eximiera a los judíos del servicio militar y les permitiera guardar sus costumbres patrias y vivir conforme a ellas. Y lo consiguió con facilidad, pues Dolabela, al recibir las cartas de Hircano, sin siquiera deliberar escribió a todos los de Asia, dirigiéndose acerca de los judíos a la ciudad de Éfeso, la principal de Asia. La carta decía así:

«Siendo pritano Artemón, el día primero del mes Leneón. Dolabela, imperator, a los magistrados, al consejo y al pueblo de los efesios, salud. Alejandro hijo de Teodoro, embajador de Hircano hijo de Alejandro, sumo sacerdote y etnarca de los judíos, me expuso que sus conciudadanos no pueden servir en el ejército, porque no les es lícito portar armas ni marchar en los días de shabat, ni proveerse durante ellos de los alimentos patrios y acostumbrados. Por tanto yo, igual que los gobernadores anteriores a mí, les concedo la exención del servicio y les permito seguir sus usos patrios, reunirse por causa de sus ritos sagrados y de sus asambleas santas, como es su ley, y recoger las ofrendas destinadas a los sacrificios; y quiero que vosotros escribáis esto a las ciudades.»

Esto concedió Dolabela a los nuestros cuando Hircano le envió una embajada. Lucio Léntulo, cónsul, dijo: «A los ciudadanos romanos judíos que tienen y practican ritos judíos en Éfeso, ante el tribunal, por causa de su religión los eximí del servicio militar, doce días antes de las calendas de octubre, siendo cónsules Lucio Léntulo y Cayo Marcelo. Estuvieron presentes: Tito Ampio Balbo, hijo de Tito, de la tribu Horacia, legado; Tito Tongio, hijo de Tito, de la tribu Crustumina; Quinto Cesio, hijo de Quinto; Tito Pompeyo Longino, hijo de Tito; Cayo Servilio Braco, hijo de Cayo, de la tribu Teretina, tribuno militar; Publio Clusio Galo, hijo de Publio, de la tribu Etoria; Cayo Sentio, hijo de Cayo, de la tribu Sabatina.»

«Tito Ampio Balbo, hijo de Tito, legado y propretor, a los magistrados, al consejo y al pueblo de los efesios, salud. A los judíos de Asia, Lucio Léntulo, el cónsul, por intercesión mía, los eximió del servicio militar. Y habiéndolo pedido después también a Fanio, el propretor, y a Lucio Antonio, el procuestor, lo obtuve; y quiero que vosotros os ocupéis de que nadie los moleste.»

«Decreto de los delios. Bajo el arconte Beoto, el día veinte del mes Targelión, resolución de los pretores. Marco Pisón, legado, residente en nuestra ciudad y encargado además del reclutamiento, nos convocó a nosotros y a un buen número de ciudadanos y ordenó que, si hay algunos judíos ciudadanos romanos, nadie los moleste respecto al servicio militar, por cuanto el cónsul Lucio Cornelio Léntulo, por causa de su religión, eximió a los judíos del servicio. Por tanto debemos obedecer al pretor.» Y algo semejante a esto decretaron acerca de nosotros también los sardianos.

«Cayo Fanio, hijo de Cayo, pretor y cónsul, a los magistrados de los coos, salud. Quiero que sepáis que unos embajadores de los judíos vinieron a mí pidiendo recibir los decretos del senado dictados acerca de ellos. Van adjuntos los que se han resuelto. Quiero, pues, que os ocupéis y proveáis por estos hombres conforme al decreto del senado, para que a través de vuestro territorio sean llevados con seguridad hasta su patria.»

«Lucio Léntulo, cónsul, declara: A los ciudadanos romanos judíos que me parecía que tenían y practicaban ritos judíos en Éfeso, por causa de su religión los eximí. Esto se hizo doce días antes de las calendas de Quintilis.»

«Lucio Antonio, hijo de Marco, procuestor y propretor, a los magistrados, al consejo y al pueblo de los sardianos, salud. Los judíos, conciudadanos nuestros, viniendo a mí me mostraron que tienen desde el principio una asociación propia conforme a sus leyes patrias, y un lugar propio en el que resuelven sus asuntos y sus disputas mutuas; y habiendo pedido que se les permitiera mantenerlo, resolví concederlo y permitírselo.»

«Marco Publio, hijo de Espurio, y Marco, hijo de Marco Publio, y Lucio declaran: Habiéndonos presentado ante Léntulo el procónsul, le instruimos acerca de lo que expuso Dositeo hijo de Cleopátrides, alejandrino: que a los ciudadanos romanos judíos, acostumbrados a practicar ritos judíos, si le parecía, los eximiera por causa de su religión; y los eximió doce días antes de las calendas de Quintilis, siendo cónsules Lucio Léntulo y Cayo Marcelo. Estuvieron presentes: Tito Ampio Balbo, hijo de Tito, de la tribu Horacia, legado; Tito Tongio, de la tribu Crustumina; Quinto Cesio, hijo de Quinto; Tito Peyo Longino, hijo de Tito, de la tribu Cornelia; Cayo Servilio Broco, hijo de Cayo, de la tribu Teretina, tribuno militar; Publio Clusio Galo, hijo de Publio, de la tribu Etoria; Cayo Teucio, hijo de Cayo, de la tribu Emilia, tribuno militar; Sexto Atilio Serrano, hijo de Sexto, de la tribu Emilia; Cayo Pompeyo, hijo de Cayo, de la tribu Sabatina; Tito Ampio Menandro, hijo de Tito; Publio Servilio Estrabón, hijo de Publio; Lucio Pacio Capitón, hijo de Lucio, de la tribu Colina; Aulo Furio Tercio, hijo de Aulo; Apio Menas. Ante estos, Léntulo promulgó el decreto: A los ciudadanos romanos judíos que acostumbran practicar ritos judíos, en Éfeso, ante el tribunal, por causa de su religión los eximí.»

«Los magistrados de los laodicenos a Cayo Rabelio, hijo de Cayo, cónsul, salud. Sópatro, embajador de Hircano el sumo sacerdote, nos entregó tu carta, por la cual nos declarabas que habían venido de parte de Hircano, el sumo sacerdote de los judíos, algunos que traían cartas escritas acerca de su nación —para que les fuera lícito guardar los shabatot y cumplir los demás ritos sagrados conforme a sus leyes patrias, y que nadie les diera órdenes, por ser amigos y aliados nuestros, y que ninguno les hiciera agravio en nuestra provincia—; y como los tralianos, oponiéndose cara a cara, dijeron que no les agradaba lo decretado acerca de ellos, tú ordenaste que se hiciera así; y se te pidió que también a nosotros nos escribieras acerca de ellos. Nosotros, pues, siguiendo lo que nos mandaste, recibimos la carta entregada y la depositamos en nuestros archivos públicos, y proveeremos respecto a lo demás que nos mandaste, de modo que no haya nada que reprochar.»

«Publio Servilio Galba, hijo de Publio, procónsul, a los magistrados, al consejo y al pueblo de los milesios, salud. Pritanis hijo de Hermas, ciudadano vuestro, viniendo a mí mientras celebraba la audiencia en Tralles, me declaró que, contra nuestro parecer, vosotros tratáis mal a los judíos y les impedís guardar los shabatot, cumplir los ritos patrios y disponer de sus frutos según su costumbre, y que él, conforme a las leyes, había presentado el justo decreto. Quiero, pues, que sepáis que, oídos los argumentos de una y otra parte en contradictorio, dictaminé que no se impida a los judíos usar de sus propias costumbres.»

«Decreto de los pergamenos. Bajo el pritano Cratipo, el día primero del mes Desio, resolución de los pretores. Puesto que los romanos, siguiendo la conducta de sus antepasados, asumen los peligros por la común seguridad de todos los hombres y se afanan por establecer a sus aliados y amigos en prosperidad y en paz firme; y habiendo enviado a ellos la nación de los judíos y Hircano su sumo sacerdote como embajadores a Estratón hijo de Teodoto, Apolonio hijo de Alejandro, Eneas hijo de Antípatro, Aristóbulo hijo de Aminta y Sosípatro hijo de Filipo —hombres buenos y honrados—, y habiendo estos expuesto los asuntos punto por punto, el senado decretó acerca de aquello sobre lo que hablaron: que Antíoco el rey, hijo de Antíoco, en nada perjudique a los judíos, aliados de los romanos; que se les devuelvan las fortalezas, los puertos, el territorio y cuanto otra cosa les quitó, y que les sea lícito exportar desde sus puertos; que nadie —ni rey ni pueblo— quede exento de derechos al exportar desde el territorio de los judíos o desde sus puertos, salvo únicamente Tolomeo, el rey de los alejandrinos, por ser aliado y amigo nuestro; y que se expulse la guarnición de Yafo, según pidieron. De nuestro consejo, Lucio Petio, hombre bueno y honrado, ordenó que nos ocupáramos de que esto se hiciera así, conforme el senado lo decretó, y de proveer al seguro regreso de los embajadores a su casa. Recibimos también a Teodoro ante el consejo y la asamblea; y habiendo recibido de él la carta y el decreto del senado, y habiendo él hablado con mucho empeño y puesto de manifiesto la virtud y magnanimidad de Hircano —y cómo hace bien a todos en común y en particular a cuantos acuden a él—, depositamos las cartas en nuestros archivos públicos, y nosotros mismos, siendo aliados de los romanos, votamos hacer todo en favor de los judíos, conforme al decreto del senado. Teodoro, además, al entregarnos la carta, pidió a nuestros pretores que enviaran a Hircano la copia del decreto y embajadores que le manifestaran el empeño de nuestro pueblo y lo exhortaran a conservar y acrecentar su amistad hacia nosotros y a ser causa de algún bien —como quien ha de recibir las recompensas debidas—, recordando que ya en los tiempos de Avram, que fue padre de todos los hebreos, nuestros antepasados fueron amigos de ellos, según lo hallamos también en los archivos públicos.»

«Decreto de los halicarnasenses. Siendo sacerdote Memnón hijo de Aristides, y por adopción de Euónimo, en el mes Antesterión, resolvió el pueblo a propuesta de Marco Alejandro. Puesto que en toda ocasión tenemos por empeño la piedad y la santidad hacia la divinidad, siguiendo al pueblo de los romanos, que es benefactor de todos los hombres, y a lo que escribió a nuestra ciudad acerca de la amistad y alianza con los judíos, para que se les cumplan los ritos sagrados a Dios, las fiestas acostumbradas y las asambleas: resolvimos también nosotros que los judíos, hombres y mujeres, que lo quieran, guarden los shabatot y cumplan los ritos sagrados conforme a las leyes de los judíos, y hagan sus oraciones junto al mar según su costumbre patria. Y si alguno lo impide, sea magistrado o particular, quede sujeto a esta multa y la deba a la ciudad.»

«Decreto de los sardianos. Resolvió el consejo y el pueblo, a propuesta de los pretores. Puesto que los judíos que habitan en nuestra ciudad, ciudadanos desde el principio, han recibido siempre del pueblo muchos y grandes favores, y ahora, presentándose ante el consejo y el pueblo, rogaron —al serles restituidas sus leyes y su libertad por el senado y el pueblo de los romanos— que, conforme a sus usos consagrados, puedan reunirse, gobernarse y juzgar sus pleitos entre sí, y que se les dé un lugar en el que, congregándose con sus mujeres e hijos, cumplan las plegarias y sacrificios patrios a Dios: resolvió el consejo y el pueblo concederles que, reuniéndose en los días señalados, hagan lo que es conforme a sus leyes, y que los pretores les asignen también un lugar para su edificación y morada, el que juzguen apto para ello, y que los ediles de la ciudad se ocupen de que se les traigan los alimentos apropiados para su sustento.»

«Decreto de los efesios. Bajo el pritano Menófilo, el día primero del mes Artemisio, resolvió el pueblo; Nicanor hijo de Eufemo lo propuso, a instancia de los pretores. Puesto que los judíos de la ciudad se dirigieron a Marco Julio Bruto, hijo de Poncio, procónsul, para poder guardar los shabatot y hacerlo todo conforme a sus costumbres patrias sin que nadie se lo impidiese, y el pretor lo concedió: resolvió el pueblo que, siendo el asunto de la incumbencia de los romanos, nadie sea impedido de observar el día de shabat ni se le imponga multa, sino que se les permita hacerlo todo conforme a sus propias leyes.»

Muchos son, en efecto —y aún otros semejantes—, los decretos hechos por el senado y por los emperadores de los romanos en favor de Hircano y de nuestra nación, y los decretos de las ciudades y las cartas de los gobernadores en respuesta a las peticiones acerca de nuestros derechos. De todos ellos, por lo que hemos citado, es posible que los lectores nos den crédito sin malevolencia hacia nuestro escrito. Pues como presentamos pruebas claras y visibles de la amistad que tuvimos con los romanos, mostrándolas grabadas en columnas de bronce y en tablillas que hasta hoy permanecen en el Capitolio y permanecerán, renuncié a citarlas todas, por ser cosa a la vez superflua y desagradable; y es que no juzgué a nadie tan necio que no crea también en la benevolencia de los romanos hacia nosotros —ya que la mostraron por medio de muchos decretos— ni suponga que no decimos la verdad en aquello que afirmamos, a la vista de lo que hemos demostrado. Así pues, hemos dejado en claro la amistad y alianza que se dio con los romanos en aquellos tiempos.

Ocurrió por aquel mismo tiempo que se turbaron las cosas de Siria, por una causa como esta. Cecilio Baso, uno de los partidarios de Pompeyo, tramó una conjura contra Sexto César, lo mató y, tomando su ejército, se hizo dueño de la situación; y estalló una gran guerra cerca de Apamea, al venir contra él los generales de César con caballería y fuerzas de infantería. A estos les envió Antípatro refuerzos con sus hijos, en memoria de los beneficios que habían recibido de César, y por ello juzgando justo vengarlo y exigir castigo al que lo había asesinado.

Prolongándose la guerra, Murco vino de Roma a hacerse cargo del gobierno de Sexto, y César fue muerto por los partidarios de Casio y Bruto en la sala del senado, tras haber retenido el poder tres años y seis meses. Esto, por lo demás, se ha expuesto en otro lugar.

Estallada la guerra por la muerte de César, y dispersos por aquí y por allá todos los que ocupaban cargos, ocupados en reclutar ejércitos, Casio llegó a Siria para hacerse cargo de las tropas de Apamea; y, levantando el asedio, atrajo a su bando a ambos, a Baso y a Murco. Recorriendo las ciudades, reunía armas y soldados y les imponía grandes tributos. Sobre todo maltrató a Judea, exigiéndole setecientos talentos de plata.

Antípatro, viendo las cosas en gran temor y turbación, dividió la recaudación del dinero y encargó a cada uno de sus hijos reunirla: una parte a Málico —que estaba malintencionado con él—, y otra parte ordenó recaudarla a otros. Y Herodes, el primero, tras recaudar de Galilea cuanto se le había ordenado, fue muy amigo de Casio; pues le pareció cosa prudente cortejar ya a los romanos y granjearse su benevolencia a costa del esfuerzo ajeno.

Se vendían con sus habitantes los administradores de las demás ciudades, y cuatro ciudades redujo entonces Casio a esclavitud, de las cuales las más poderosas eran Gofna y Emaús, y además de estas Lida y Tamna. Y Casio, movido por la ira, habría llegado incluso a matar a Málico —pues se había lanzado contra él— si Hircano, por medio de Antípatro, no le hubiera enviado cien talentos de su propio peculio y contenido su ímpetu.

Cuando Casio partió de Judea, Málico tramó contra Antípatro, creyendo que la muerte de este sería seguridad para el poder de Hircano. Pero no le pasó inadvertido a Antípatro que él pensaba así; antes bien, dándose cuenta, cruzó al otro lado del Yardén y reunió un ejército árabe junto con otro del país. Málico, hombre astuto, negaba la conjura, defendiéndose con juramentos ante él y ante sus hijos; y como Fasael guardaba Yerushaláyim y Herodes tenía a su cargo la custodia de las armas, decía que ni siquiera se le habría pasado por la mente semejante cosa. Viendo su apuro, se reconcilia con Antípatro, y llegaron a un acuerdo siendo general de Siria Murco, quien, al advertir que Málico revolvía las cosas de Judea, estuvo a punto de matarlo, pero por intercesión de Antípatro le perdonó la vida.

Mas resultó que Antípatro, al salvarle la vida a Málico, había salvado a su propio asesino. Pues Casio y Murco, reuniendo un ejército, encomendaron todo el cuidado a Herodes y lo hicieron general de Celesiria, dándole naves y una fuerza de caballería e infantería, y prometiéndole nombrarlo rey de Judea después de la guerra; pues por entonces sostenían la causa de Antonio y del joven César. Málico, temiendo entonces sobre todo a Antípatro, se lo quitó de en medio: sobornando con dinero al copero de Hircano, en cuya casa ambos eran agasajados, mató al hombre con veneno, y, teniendo hombres de armas, disponía a su favor las cosas de la ciudad. Al enterarse Herodes y Fasael de la conjura contra su padre e indignarse gravemente, Málico volvió a negar y renegaba del asesinato.

Y así murió Antípatro, hombre que sobresalió por su piedad, su justicia y su celo por la patria. De sus hijos, Herodes decidió en seguida vengar a su padre marchando contra Málico con un ejército; pero a Fasael, el mayor, le pareció mejor deshacerse del hombre con astucia, para que no los tuvieran por iniciadores de una guerra civil. Así pues, acepta la defensa de Málico y finge creer que él nada malo hizo en la muerte de Antípatro, y adornaba un sepulcro para su padre. Y Herodes, llegando a Shomrón y hallándola maltratada, la restauró y apaciguó las discordias de sus gentes.

No mucho después, al llegar la fiesta en Yerushaláyim, se presentó con sus soldados en la ciudad; y Málico, atemorizado, persuadió a Hircano de que no le permitiera entrar. Hircano se dejó persuadir, alegando como causa de la prohibición que no convenía admitir a una muchedumbre extranjera mientras el pueblo se hallaba en estado de pureza. Pero Herodes, haciendo poco caso de los mensajeros, entra de noche en la ciudad y era temible para Málico; este, sin embargo, no cejaba en su disimulo, sino que lloraba a Antípatro y lo evocaba abiertamente como amigo, mientras en secreto se procuraba una guardia personal. Y a los de Herodes les pareció bien no denunciar su fingimiento, sino ellos mismos, para no despertar sospechas, corresponder con muestras de afecto a Málico.

Herodes, con todo, escribió a Casio acerca de la muerte de su padre; y aquel, sabiendo cómo era Málico en su carácter, le respondió que vengara a su padre, y en secreto envió recado a los tribunos militares de Tiro ordenándoles que colaboraran con Herodes en la justa acción que iba a emprender. Como Casio hubiera tomado Laodicea y ellos fueran a su encuentro llevándole coronas y dinero en común, Herodes esperaba que Málico pagaría allí su castigo al llegar; pero este, hallándose cerca de Tiro de Fenicia, sospechando el asunto, se lanzó a cosas mayores. Como su hijo estaba en Tiro como rehén, entró en la ciudad y decidió sacarlo a escondidas y partir hacia Judea —mientras Casio se apresuraba contra Antonio— para sublevar a la nación y hacerse él mismo con el poder.

Pero a sus planes se opuso el destino, y Herodes, hábil para penetrar su propósito, envió por delante a un sirviente con el pretexto de preparar un banquete —pues había anunciado que los agasajaría a todos—, aunque en realidad para tratar con los tribunos militares; y los persuade de que salieran contra Málico con dagas. Ellos, saliendo y topándose con él cerca de la ciudad, en la playa, acuchillan al hombre. Hircano, por el estupor de lo sucedido, quedó sin habla; y recobrándose a duras penas, preguntaba a los de Herodes qué era lo que había pasado y quién había matado a Málico. Al decirle que Casio lo había ordenado, aprobó la acción, pues era un hombre muy malvado y traidor a la patria. Y así pagó Málico esta pena por su crimen contra Antípatro.

Partido Casio de Siria, se produce una turbación en Judea; pues Élix, que había quedado en Yerushaláyim con un ejército, se lanzó contra Fasael, y el pueblo estaba en armas. Herodes marchaba hacia Fabio, que era general en Damasco, y aunque quería acudir a su hermano se lo impidió una enfermedad, hasta que Fasael, por sí mismo, se impuso a Élix, lo encerró en una torre y luego lo dejó ir bajo tregua; y reprochaba mucho a Hircano el que, habiendo recibido de ellos tantos beneficios, colaborara con sus enemigos. Pues el hermano de Málico, sublevándose entonces, guardaba con guarniciones no pocas plazas, y Masada, la más fortificada de todas. Contra este, Herodes, restablecido de su enfermedad, se presenta, y quitándole todas las plazas que tenía, lo dejó ir bajo tregua.

A Antígono, hijo de Aristóbulo, que había reunido un ejército y ganado a Fabio con dinero, lo restauraba Tolomeo hijo de Meneo, por el parentesco político. Le ayudaba también Marión, a quien Casio había dejado como tirano de los tirios; pues este hombre había dividido Siria en tiranías y la mantenía con guarniciones. Marión invadió también Galilea, que era limítrofe, y ocupando tres fortalezas las tenía con guarnición. Pero Herodes, viniendo también contra este, se lo quitó todo, y a los guarnicioneros de los tirios los dejó ir con benevolencia, dando incluso a algunos regalos, por su buena disposición hacia la ciudad.

Hecho esto, salió al encuentro de Antígono y, trabando batalla con él, lo vence y lo expulsó cuando ya casi había puesto pie en las alturas de Judea. Y cuando llegó a Yerushaláyim, Hircano y el pueblo lo ciñeron con coronas. Ya se había emparentado por acuerdo con la familia de Hircano, y por ello lo defendía tanto más, pues iba a casarse con la hija de Alejandro hijo de Aristóbulo, nieta de Hircano, de la cual llega a ser padre de tres varones y dos mujeres. Antes había tomado también una mujer del pueblo llano, de nombre Doris, de la nación, de la que le nace su primogénito, Antípatro.

A Casio, pues, lo vencen Antonio y César cerca de Filipos, como también se ha expuesto en otro lugar. Tras la victoria, César marchó hacia Italia, y Antonio partió hacia Asia; y estando en Bitinia, acudían a él embajadas de todas partes. Estaban presentes también los principales de los judíos, acusando a Fasael y a Herodes, diciendo que Hircano tenía la mera apariencia de la realeza, pero que estos tenían todo el poder. Sin embargo, Antonio tuvo en gran honra a Herodes, que había venido a él para defenderse de los acusadores; y por ello ocurrió que sus adversarios ni siquiera lograron ser oídos. Esto lo había conseguido Herodes con dinero, de parte de Antonio.

Cuando Antonio llegó a Éfeso, Hircano el sumo sacerdote y nuestra nación le enviaron una embajada, que le llevaba una corona de oro y le rogaba que escribiera a los de las provincias para liberar a los judíos que Casio había hecho cautivos contra la ley de la guerra, y que devolviera el territorio que en tiempos de Casio les había sido arrebatado. Juzgando Antonio que los judíos pedían cosas justas, escribió al punto a Hircano y a los judíos, y también a los tirios, y envió un edicto que contenía lo siguiente:

«Marco Antonio, imperator, a Hircano, sumo sacerdote y etnarca, y a la nación de los judíos, salud. Si estáis bien, está bien; también yo estoy bien, junto con el ejército. Lisímaco hijo de Pausanias, Yosef hijo de Meneo y Alejandro hijo de Teodoro, embajadores, encontrándose conmigo en Éfeso, renovaron la embajada que antes habían cumplido en Roma, y llevaron a cabo con empeño la actual en favor tuyo y de la nación, manifestando la benevolencia que tienes hacia nosotros. Persuadido, pues, tanto por los hechos como por las palabras, de que estáis muy allegados a nosotros, y habiendo advertido vuestro carácter firme y piadoso, lo tengo por cosa que me toca de cerca. Cuando los que se opusieron a nosotros y al pueblo de los romanos recorrieron devastando toda Asia, sin respetar ni ciudades ni santuarios de héroes, ni guardar los juramentos que habían hecho, nosotros —como en una lucha no solo por interés propio, sino por el bien común de todos— tomamos venganza de los responsables tanto de los crímenes contra los hombres como de las ofensas contra los dioses; por lo cual creemos que hasta el sol apartó su rostro, él que también con desagrado contempló el crimen cometido contra César. Sus conjuras impías, que Macedonia acogió como si fuera para ellos el aire propio de sus acciones sacrílegas, y la confusión de su malicia medio enloquecida, las urdieron en Filipos de Macedonia; y ocupando lugares favorables, amurallados por montes hasta el mar, de modo que el paso quedaba cerrado por una sola puerta, los vencimos, habiéndolos condenado los dioses por sus injustas empresas. Y Bruto, huyendo hacia Filipos y cercado por nosotros, compartió con Casio la ruina. Castigados estos, esperamos gozar en adelante de paz y que Asia descanse de la guerra. Hacemos, pues, común también a nuestros aliados la paz que Dios nos ha dado; de modo que, como de una gran enfermedad, el cuerpo de Asia se recobra ahora gracias a nuestra victoria. Teniéndote, pues, a ti en la memoria, y a la nación, me ocuparé de acrecentar lo que os conviene. He publicado también cartas por las ciudades, para que, si algunos —libres o esclavos— fueron vendidos bajo la lanza por Cayo Casio o por los que estaban a sus órdenes, sean liberados; y quiero que gocéis de los beneficios concedidos por mí y por Dolabela. Prohíbo a los tirios que sean violentos con vosotros, y les ordeno que restituyan cuanto retienen de los judíos. La corona que enviaste, la he recibido.»

«Marco Antonio, imperator, a los magistrados, al consejo y al pueblo de los tirios, salud. Como en Éfeso me lo manifestaron los embajadores de Hircano, el sumo sacerdote y etnarca, y como dicen que vosotros retenéis un territorio suyo, en el que entrasteis durante el dominio de los que se nos oponían: puesto que emprendimos la guerra por la hegemonía y, cuidando de lo piadoso y lo justo, tomamos venganza de los que ni recordaron favor ni guardaron juramentos, quiero que la paz de parte vuestra alcance también a nuestros aliados, y que no os sea permitido retener cuanto recibisteis de nuestros adversarios, sino que sea devuelto a quienes se lo arrebataron. Pues ninguno de aquellos recibió provincias ni ejércitos por concesión del senado, sino que, arrebatándolos por la fuerza, los repartieron violentamente entre quienes les resultaban útiles para las injusticias que cometían. Habiendo, pues, pagado ellos su castigo, exigimos que nuestros aliados retengan sin estorbo cuanto poseían; y a vosotros os exigimos que, si tenéis ahora algunas plazas que eran de Hircano, el etnarca de los judíos, desde un día antes de que Cayo Casio, llevando una guerra no autorizada, invadiera nuestra provincia, se las devolváis, y que no les hagáis violencia alguna con el fin de debilitarlos para que no sean dueños de lo suyo. Y si tenéis contra él alguna justificación legal, cuando lleguemos a esos lugares os será posible valeros de ella, ya que a cada uno de nuestros aliados le guardamos por igual sus derechos según los juicios.»

«Marco Antonio, imperator, a los magistrados, al consejo y al pueblo de los tirios, salud. Os he enviado un edicto mío, del cual quiero que os ocupéis, para que lo inscribáis en las tablillas públicas en caracteres romanos y griegos y lo tengáis escrito en el lugar más visible, de modo que pueda ser leído por todos.»

«Marco Antonio, imperator, uno de los tres varones constituidos para los asuntos públicos, dijo: Puesto que Cayo Casio, con este pretexto, saqueó una provincia ajena, ocupada por ejércitos y siendo aliada, y asedió a la nación de los judíos, que es amiga del pueblo de los romanos, habiendo vencido con las armas su locura, enmendamos con edictos y juicios lo que él saqueó, de modo que sea restituido a nuestros aliados; y cuanto de los judíos fue vendido, ya personas de judíos, ya bienes, sea puesto en libertad: las personas, libres como eran desde el principio, y los bienes, a sus anteriores dueños. Y al que no obedezca mi edicto, quiero que se le forme causa; y si entonces es hallado culpable, me ocuparé de proceder contra el que no obedeció, según lo merezca el asunto.»

Lo mismo escribió también a los sidonios, a los antioquenos y a los aradios. Hemos citado también esto oportunamente, como pruebas que servirán de aquella providencia que decimos que los romanos tuvieron en favor de nuestra nación.

Después de esto, al llegar Antonio a Siria, Cleopatra, saliéndole al encuentro en Cilicia, lo tuvo dominado por el amor. Y de nuevo cien de los judíos más poderosos se presentan ante él acusando a Herodes y a los suyos, poniendo al frente a los más hábiles de ellos para hablar. Les replicaba Mesala en favor de los jóvenes, estando presente también Hircano, que ya se había hecho su pariente por matrimonio. Habiendo oído Antonio a ambas partes, preguntó a Hircano, en Dafne, cuáles de los dos gobernaban mejor a la nación; y al responder este que los de Herodes, Antonio —que ya desde antes tenía buena disposición hacia ellos por la hospitalidad paterna que, cuando estuvo con Gabinio, había trabado con el padre de ambos— constituye a los dos tetrarcas y les confía los asuntos de los judíos, y escribe además cartas; y encadenó a quince de sus adversarios, y cuando iba también a matarlos, los de Herodes intercedieron.

Ni aun así se quedaron quietos al volver de la embajada, sino que de nuevo salieron al encuentro de Antonio mil de ellos en Tiro, adonde este había decidido llegar. Y Antonio, ya corrompido con mucho dinero por Herodes y su hermano, ordenó al magistrado del lugar que castigara a los embajadores de los judíos, deseosos de novedades, y que consolidara el poder junto con los de Herodes. Rápidamente Herodes —pues estaban asentados sobre la arena, delante de la ciudad—, adelantándose, los exhortaba a marcharse, y estaba con ellos también Hircano, pues sería un gran mal si llegaban a la contienda. Pero ellos no obedecían. Al punto, saliendo los romanos con puñales, mataron a algunos de ellos e hirieron a muchos más; los demás huyeron y se quedaron quietos en sus casas. Y como el pueblo clamaba contra Herodes, Antonio, irritado, mató a los que tenía encadenados.

Al segundo año, ocuparon Siria Pácoro, hijo del rey, y Barzafarnes, que era sátrapa de los partos. Muere también Tolomeo hijo de Meneo, y su hijo Lisanias, tomando el poder, hace amistad con Antígono hijo de Aristóbulo, valiéndose para esto del sátrapa, que tenía gran poder junto a él. Antígono prometía dar a los partos mil talentos y quinientas mujeres, si, quitándole el poder a Hircano, se lo entregaban a él y mataban a los de Herodes. Sin embargo, no lo dio; pero los partos, por esto, hicieron campaña contra Judea para restaurar a Antígono: Pácoro por la costa, y el sátrapa Barzafarnes por el interior.

Los tirios, pues, le cierran el paso a Pácoro, pero los sidonios y los de Ptolemaida lo recibieron. Con todo, Pácoro envió a Judea un escuadrón de caballería para reconocer el país y colaborar con Antígono, y como jefe al copero homónimo del rey. Como los judíos de la región del monte Carmelo se pasaron a Antígono y estaban dispuestos a invadir con él —Antígono esperaba tomar alguna parte del territorio; el lugar se llama Drimos—, y como algunos les salieran al paso, los hombres irrumpen hasta Yerushaláyim. Y sumándose otros, muchos, agrupados, llegaron al palacio y lo asediaban. Al acudir en socorro los de Fasael y Herodes, y trabada batalla en el ágora, los jóvenes vencen a los enemigos; y persiguiéndolos hasta el Templo, envían algunos hombres de armas a las casas vecinas para guardarlas; a estos, aislados y sin refuerzos, el pueblo sublevado los quemó junto con las casas mismas. Por esta injusticia, Herodes, poco después, toma venganza de los adversarios, trabando con ellos batalla y matando a muchos de ellos.

Como cada día había escaramuzas, los enemigos aguardaban a la multitud que había de llegar del campo para la fiesta llamada Shavuot.

Llegado el día, se reunieron junto al Templo muchas decenas de miles de hombres, armados y desarmados. Los que habían acudido ocupaban la ciudad y el Templo, salvo el recinto del palacio: este lo guardaban Herodes y los suyos con unos pocos soldados. Fasael defendía la muralla; Herodes salió con una compañía contra los enemigos por el arrabal y, tras combatir con dureza, puso en fuga a muchos millares —unos huían hacia la ciudad, otros hacia el Templo, y algunos hacia la empalizada exterior, pues allí había una—. También Fasael acudió en su ayuda.

Pácoro, el general de los partos, entró en la ciudad con unos pocos jinetes a petición de Antígono, de palabra para sofocar la sedición, pero en verdad para ayudarle a hacerse con el poder. Fasael salió a su encuentro y lo acogió como huésped; Pácoro lo persuadió de ir él mismo como embajador ante Bazafranes, urdiendo con ello un engaño. Y Fasael, sin sospechar nada, se dejó convencer, aunque Herodes no aprobaba lo que hacía, por la falta de fe de los bárbaros, sino que le aconsejaba atacar a Pácoro y a los que habían venido.

Partieron, pues, como embajadores Hircano y Fasael; Pácoro, dejando con Herodes doscientos jinetes y diez de los llamados libres, los escoltó en su marcha. Cuando llegaron a Galilea, les salieron al encuentro con armas los enemigos apostados en aquella región. Bazafranes al principio los recibió de buen grado y les hizo regalos, pero luego tramó contra ellos. Fasael y los suyos fueron alojados cerca, con sus jinetes, junto al mar; y allí, al oír que Antígono había prometido a los partos mil talentos y quinientas mujeres a cambio de ellos, empezaron a desconfiar de los bárbaros.

Es más, alguien les avisó de que también de noche maquinaban contra ellos, pues una guardia los rodeaba en secreto; y los habrían apresado allí mismo, si no hubieran esperado a que los partos de Yerushaláyim prendieran a Herodes, por temor a que este, al enterarse si los mataban antes, se les escapara. Y así estaban las cosas: hasta se veían sus guardianes.

A Fasael algunos le aconsejaban huir a caballo enseguida y no esperar; sobre todo lo instaba a ello Ofelio, que lo había oído de Saramala, el más rico de cuantos había entonces en Siria, y le prometía naves para la fuga, pues el mar estaba cerca. Pero él no quiso abandonar a Hircano ni poner en peligro a su hermano; y, presentándose ante Bazafranes, le dijo que no obraba con justicia al maquinar tales cosas contra ellos: pues si necesitaba dinero, obtendría de él más de lo que Antígono le daba; y, además, era una infamia matar a unos embajadores que habían venido confiados en su palabra, sin haber cometido agravio alguno. El bárbaro, mientras él hablaba así, juraba que nada de lo que sospechaban era cierto, sino que lo turbaban sospechas falsas; y se marchó hacia Pácoro.

Partidos los partos, algunos ataron a Hircano y a Fasael, que reprochaba con vehemencia a los partos su perjurio. El eunuco enviado contra Herodes tenía orden de sacarlo fuera de la muralla y prenderlo. Sucedió que llegaron unos mensajeros enviados por Fasael para revelar la deslealtad de los partos; y cuando los enemigos los apresaron, Herodes, al saberlo, se acercó a Pácoro y a los partos poderosos, como dueños que eran de los demás. Ellos, aun sabiéndolo todo, disimulaban con astucia y le dijeron que debía salir con ellos delante de la muralla para recibir a los que traían las cartas: pues aún no habían sido apresados por los adversarios, sino que llegaban a anunciar cuánto había logrado Fasael.

Herodes no les creyó, pues había oído por otros la captura de su hermano; y como también se lo aconsejaba la hija de Hircano, cuya niña tenía prometida, sospechaba aún más de los partos. Los demás no le hacían caso en esto, pero él confiaba en aquella mujer sumamente sensata. Mientras los partos deliberaban qué debían hacer —pues no querían atacar a las claras a un hombre de tanta talla— y lo aplazaban para el día siguiente, Herodes, sumido en tal turbación e inclinándose más a lo que había oído sobre su hermano y sobre la conjura de los partos que a lo que decían los contrarios, al caer la tarde decidió aprovecharla para la fuga y no demorarse, como ante peligros inciertos de parte de los enemigos.

Así pues, poniéndose en marcha con los soldados que tenía, y cargando a las mujeres en las bestias —su madre, su hermana, la hija de Alejandro hijo de Aristóbulo con quien iba a casarse, la madre de esta, que era hija de Hircano, su hermano más joven, toda la servidumbre y el resto de la gente que iba con ellos—, tomó el camino de Idumea, sin que los enemigos lo advirtieran. De cuantos estuvieron presentes en aquel trance, ninguno se habría hallado de índole tan dura que no se compadeciera de su suerte: mujeres que llevaban consigo a sus hijos pequeños y que, entre lágrimas y lamentos, dejaban atrás la patria y a sus amigos encadenados, sin esperar ya nada bueno para sí mismas.

Pero Herodes, alzando su ánimo por encima del golpe de la desgracia, se mantenía él mismo esforzado frente al peligro y, recorriendo la fila por el camino, exhortaba a cada uno a tener valor y a no entregarse al dolor, pues eso los perjudicaba para la fuga, en la que únicamente estaba su salvación. Y ellos, tal como Herodes los animaba, intentaban sobrellevar la desgracia. Poco faltó, sin embargo, para que él mismo se quitara la vida cuando volcó el carruaje y su madre estuvo a punto de morir: tanto por el dolor que le causaba ella como por el temor de que los enemigos, al perseguirlo, lo alcanzaran a causa de la demora provocada por el percance.

Sacó, en efecto, la espada y, cuando iba a herirse, lo sujetaron los presentes, dominándolo por su número y diciéndole que no debía abandonarlos para quedar a merced de los enemigos: pues no era propio de un hombre noble, tras librarse él mismo de los peligros, desentenderse de sus amigos en medio de ellos. Forzado, pues, a apartarse de su intento —por respeto a lo que le decían y por el número de los que no permitían que su mano ejecutara lo que había pensado—, reanimó a su madre, dispuso los cuidados que la ocasión exigía y siguió el camino previsto, apresurando la marcha hacia Masada, la fortaleza. Y tras librar muchos combates contra los partos que salían a atacarlo y lo perseguían, en todos venció.

Ni siquiera durante la fuga estuvo a salvo de los judíos: también estos lo atacaron cuando se hallaba a sesenta estadios de la ciudad, arremetiendo contra él y trabándose a mano en el camino. A estos los puso en fuga y los venció, no como quien se halla en semejante apuro y necesidad, sino como el mejor y más ampliamente preparado para la guerra; y en aquel lugar donde venció a los judíos, tiempo después, ya rey, fundó una ciudad, edificó un palacio dignísimo de mención y a la ciudad que lo rodeaba la llamó Herodión.

Cuando llegó a un lugar de Idumea llamado Thresa, le salió al encuentro su hermano Yosef y celebraron consejo sobre la situación general, sobre qué debían hacer: pues llevaban consigo mucha gente, además de los mercenarios a su servicio, y la fortaleza de Masada, a la que se proponían huir juntos, era demasiado pequeña para acoger tanta muchedumbre. Así pues, despidió a la mayor parte —más de nueve mil— ordenándoles ponerse a salvo cada uno por su lado a través de Idumea, y les dio provisiones para el viaje; y tomando a los que iban ligeros y a los más allegados, llegó a la fortaleza. Dejó allí a las mujeres y a los que los seguían —eran unos ochocientos— y, como había en el lugar grano, agua y todo lo demás necesario en cantidad suficiente para ellos, él mismo partió hacia Petra de Arabia.

Al despuntar el día, los partos saquearon todo lo demás de Yerushaláyim y el palacio, y solo se abstuvieron de los bienes de Hircano, que eran unos trescientos talentos. De los de Herodes escapó mucho, y sobre todo cuanto, por la previsión de aquel hombre, había alcanzado a ser llevado por adelantado a Idumea. Pero a los partos no les bastó lo de la ciudad, sino que, saliendo, asolaron también su territorio y arrasaron Marisa, una ciudad poderosa.

Y Antígono, así devuelto a Judea por el rey de los partos, recibió a Hircano y a Fasael como prisioneros. Estaba muy abatido por haber escapado las mujeres, a quienes se había propuesto entregar a los enemigos, prometiéndoles esa paga junto con el dinero. Y temiendo a Hircano —no fuera que la multitud le restituyera el reino—, se le acercó (lo custodiaban los partos) y le cortó las orejas, ideando que el sumo sacerdocio no recayera de nuevo en él por estar mutilado, ya que la ley exige que el honor sea de los íntegros.

De Fasael se admiraría uno por su entereza: al saber que iban a degollarlo, no tuvo por terrible la muerte, sino que, considerando amarguísimo y vergonzosísimo padecerla a manos de un enemigo, como no tenía las manos libres por las cadenas para darse muerte, se estrelló la cabeza contra una roca y se quitó así la vida del modo que le pareció más noble en tal apuro, arrebatando al enemigo el placer de matarlo a su antojo. Dicen, sin embargo, que, tras hacerse una gran herida, Antígono le envió a escondidas unos médicos, en apariencia para curarlo, y lo mató, pues aplicaron venenos mortales a la herida. No obstante, antes de exhalar del todo el alma, Fasael, al oír de una mujer que su hermano Herodes había escapado de los enemigos, soportó la muerte con mucho ánimo, dejando a quien podía vengar su muerte y castigar a sus enemigos.

A Herodes la magnitud de los males que lo rodeaban no lo abatía, sino que lo volvía diestro para hallar planes de empresas arriesgadas. Pues se dirigió a Málico, el rey de los árabes, a quien antes había hecho muchos favores, para cobrar la recompensa cuando más la necesitaba, para recibir dinero —fuera préstamo, fuera regalo— por los muchos beneficios que aquel había recibido de él. En efecto, sin saber lo de su hermano, se apresuraba a rescatarlo de los enemigos, dispuesto a pagar por él un rescate de hasta trescientos talentos. Por esta misma causa llevaba también consigo al hijo de Fasael, de siete años, para entregarlo como prenda a los árabes.

Pero le salieron al encuentro unos mensajeros de parte de Málico, por los que este le ordenaba retirarse, alegando que los partos le habían prohibido acoger a Herodes; usaba ese pretexto para no devolver las deudas, y a ello lo incitaban los magnates de los árabes, con el fin de despojarlo de los depósitos que habían recibido de Antípatro. Herodes les respondió que iba a ellos sin ánimo de causar molestia, solo para tratar de los asuntos que más urgentemente le concernían.

Después, decidido a retirarse, se marchó muy prudentemente por el camino de Mitsraim. Y entonces se alojó en cierto templo, pues había dejado allí a muchos de los que lo seguían; y al día siguiente, llegando a Rinocorura, allí se enteró de lo de su hermano. A Málico, aunque se arrepintió y salió corriendo tras Herodes, de nada le sirvió, pues ya estaba muy lejos, apresurándose hacia Pelusio. Y cuando llegó allí, unas naves ancladas le impedían la navegación hacia Alejandría; se presentó a los capitanes, que por respeto y mucha deferencia lo escoltaron hasta la ciudad, y allí Cleopatra lo retuvo. Con todo, no pudo persuadirlo de quedarse, pues se apresuraba hacia Roma, aunque era invierno y las cosas de Italia se anunciaban en gran agitación y tumulto.

Zarpando, pues, de allí hacia Panfilia, y cayendo en una violenta tormenta, a duras penas se salvó en Rodas, con pérdida de la carga. Y allí lo encontraron dos de sus amigos, Sapino y Tolomeo. Y hallando la ciudad maltrecha por la guerra contra Casio, aunque se encontraba en apuros, no vaciló en favorecerla, sino que, aun por encima de sus fuerzas, contribuyó a levantarla. Mandó construir una trirreme y, zarpando de allí con sus amigos hacia Italia, arribó a Brindisi.

Y de allí, llegando a Roma, primero relató a Antonio lo que le había sucedido en Judea: cómo su hermano Fasael, apresado por los partos, había perecido, cómo Hircano estaba cautivo en su poder, y cómo habían establecido rey a Antígono, que había prometido darles mil talentos y quinientas mujeres —que habían de ser de las principales y de su propio linaje—; y cómo él había sacado a estas de noche y escapado de las manos de los enemigos tras soportar muchas penalidades. Luego, cómo sus allegados corrían peligro, asediados, y cómo él había navegado en pleno invierno y había despreciado todo peligro, apresurándose hacia las esperanzas puestas en Antonio y hacia su único auxilio.

A Antonio le entró compasión del vuelco de la fortuna de Herodes y, aplicando el razonamiento común acerca de quienes se hallan en tan alta dignidad —que también ellos están sometidos a la fortuna—, en parte por el recuerdo de la hospitalidad de Antípatro, y en parte por el dinero que Herodes le prometía darle si llegaba a ser rey, tal como antes había sido nombrado tetrarca —pero mucho más por el odio a Antígono, a quien tenía por sedicioso y enemigo de los romanos—, se mostró dispuesto a colaborar en lo que Herodes le pedía. César, por su parte, tanto por las campañas de Antípatro —que había compartido con su padre en Mitsraim— como por su hospitalidad y su benevolencia en todo, y también por complacer a Antonio, que tanto empeño ponía en Herodes, se mostró más dispuesto a la petición y a colaborar en lo que Herodes quería.

Reunido el Senado, Mesala, y tras él Atratino, presentaron a Herodes, expusieron los beneficios de su padre y recordaron la benevolencia que él mismo tenía hacia los romanos; y al mismo tiempo acusaban a Antígono y lo declaraban enemigo, no solo por aquello en que al principio había chocado con ellos, sino porque además había recibido el poder de manos de los partos, con desprecio de los romanos. Irritado el Senado por esto, Antonio se adelantó y les explicó que también con vistas a la guerra contra los partos convenía que Herodes reinara. A todos les pareció bien y lo votaron.

Y lo mayor del empeño de Antonio por Herodes fue esto: que no solo le procuró el reino sin que él lo esperara —pues no había subido a Roma a pedirlo, ya que no creía que los romanos se lo concederían, acostumbrados como estaban a dárselo a los del linaje real—, sino que había subido con el fin de pedirlo para el hermano de su mujer, Alejandro, que era nieto por parte de padre de Aristóbulo y por parte de madre de Hircano; y con todo, en siete días en total le procuró lo que ni siquiera esperaba y le hizo salir de Italia. A este joven, pues, lo mató Herodes, como contaremos a su debido tiempo. Disuelto el Senado, Antonio y César salieron llevando a Herodes en medio, precedidos por los cónsules y las demás magistraturas, para ofrecer sacrificios y depositar el decreto en el Capitolio. Y el primer día de su reinado Antonio ofreció un banquete. Así recibió Herodes el reino, habiéndolo obtenido en la olimpíada centésima octogésima cuarta, siendo cónsules Gneo Domicio Calvino por segunda vez y Cayo Asinio Polión.

Durante todo este tiempo Antígono asediaba a los que estaban en Masada, que disponían de todo lo demás necesario y solo escaseaban de agua; por lo cual también Yosef, el hermano de Herodes, deliberó huir hacia los árabes con doscientos de los suyos, pues había oído que Málico se arrepentía de sus faltas para con Herodes. Pero lo retuvo Dios, que hizo llover durante la noche: pues, llenándose de agua los aljibes, ya no tuvo necesidad de la fuga, sino que, cobrando ahora ánimo —más aún que con la abundancia de lo que escaseaba—, como si aquello les hubiera venido por providencia de Dios, salieron y se trabaron con los hombres de Antígono, a unos abiertamente y a otros a escondidas, y mataron a muchos de ellos.

Y en esto Ventidio, el general de los romanos, enviado desde Siria para contener a los partos, tras ellos pasó a Judea, de palabra para auxiliar a Yosef, pero todo su ardid era sacar dinero de Antígono: acampando, en efecto, muy cerca de Yerushaláyim, le sacó a Antígono suficiente plata. Y él mismo se retiró con la mayor parte de su ejército; pero, para que no se descubriera el soborno, dejó a Silón con una parte de los soldados, a quien también Antígono agasajaba para que no le causara molestia, esperando que los partos volverían de nuevo a socorrerlo.

Herodes, ya arribado desde Italia a Ptolemaida y habiendo reunido una fuerza no pequeña, tanto de extranjeros como de compatriotas, avanzaba por Galilea contra Antígono. Lo ayudaban Silón y Ventidio, persuadidos por Delio —enviado por Antonio— a restablecer a Herodes. Ventidio, en efecto, estaba ocupado en sofocar los desórdenes que a causa de los partos había en las ciudades, y Silón se hallaba en Judea, corrompido con dinero por Antígono. A Herodes, sin embargo, según avanzaba, la fuerza le crecía día a día, y toda Galilea, salvo unos pocos, se le unió.

Se había lanzado contra los de Masada —pues era forzoso salvar a los parientes asediados en la fortaleza—, pero Yafo se le interpuso: siendo enemiga, era menester tomarla primero, para que no quedara a espaldas de él ningún baluarte de los enemigos mientras avanzaba hacia Yerushaláyim. Y como también Silón puso esto como pretexto para levantar el campo, y los judíos lo perseguían, Herodes salió con una pequeña tropa, puso en fuga a los judíos y salvó a Silón, que se defendía mal; y, tomada Yafo, se apresuró a rescatar a los suyos en Masada. De los del país, unos se le unían por la amistad paterna, otros por su propia fama, otros en correspondencia de los beneficios de ambos, y la mayoría por las esperanzas que ya tenían en él como rey seguro en adelante.

Se había reunido, pues, una fuerza poderosa; y, según avanzaba, Antígono ocupaba con emboscadas y celadas los lugares idóneos de los pasos, aunque con esto no dañaba a los enemigos, o los dañaba muy poco. Herodes, tomando a los suyos de Masada y la fortaleza de Resa, marchó hacia Yerushaláyim; se le unieron las tropas de Silón y muchos de la ciudad, sobrecogidos por su poderío. Cuando acampó del lado occidental de la ciudad, los guardias apostados en aquel sector le arrojaban dardos y flechas, y como algunos salían en tropel y venían a las manos con los que estaban en vanguardia, Herodes mandó primero proclamar en torno a la muralla que él venía por el bien del pueblo y para la salvación de la ciudad, sin guardar rencor ni siquiera a los enemigos declarados, sino dispuesto a conceder incluso a sus mayores adversarios el olvido de las faltas contra él.

Pero Antígono, respondiendo a lo proclamado por Herodes, dijo a Silón y al ejército de los romanos que obrarían contra su propia justicia si daban el reino a Herodes, siendo este un particular y un idumeo, es decir, medio judío, cuando debían dárselo a los del linaje, como es su costumbre. Pues aunque ahora estuvieran irritados contra él y hubieran decidido quitarle el reino por haberlo recibido de los partos, había muchos de su linaje que podían recibir el reino conforme a la ley, quienes, sin haber cometido ellos falta alguna contra los romanos y siendo sacerdotes, no padecerían con justicia el ser privados del honor. Mientras así disputaban entre sí y llegaban a los insultos, Antígono permitió a los suyos rechazar desde la muralla a los de Herodes. Y ellos, disparando flechas con gran ímpetu contra ellos, fácilmente los apartaron de las torres.

Entonces también Silón puso al descubierto su soborno: pues indujo a no pocos de sus propios soldados a clamar por la falta de provisiones, a pedir dinero para el sustento y a exigir ser llevados a lugares idóneos para invernar, ya que los alrededores de la ciudad estaban desiertos, por haber sido saqueados por los soldados de Antígono; y ponía en movimiento el campamento e intentaba retirarse. Pero Herodes se lo impedía, exhortando a los oficiales que estaban bajo Silón y a los soldados a no abandonarlo, a él, a quien César, Antonio y el Senado habían enviado; pues él proveería a su abastecimiento y les procuraría con facilidad abundancia de lo que buscaban.

Y tras esta súplica, saliendo enseguida al campo, no dejó a Silón ningún pretexto para la retirada: pues trajo tal cantidad de provisiones como nadie esperaba, y escribió a los de Shomrón, que eran afectos a él, para que llevaran a Yerijó trigo, vino, aceite y ganado, y todo lo demás, de modo que ni en los días siguientes faltara el abastecimiento a los soldados. No se le ocultó esto a Antígono, sino que enseguida envió por el país a quienes debían impedir y emboscar a los que llevaban el trigo; y ellos, obedeciendo las órdenes de Antígono y reuniendo una gran multitud de hombres armados en torno a Yerijó, apostados en los montes, vigilaban a los que traían las provisiones.

Con todo, Herodes no se quedó quieto mientras esto ocurría, sino que, tomando diez cohortes —cinco de romanos y cinco de judíos—, mercenarios de diversa procedencia y, además, unos pocos jinetes, se presentó en Yerijó; y hallando la ciudad abandonada, pero ocupadas las alturas por quinientos hombres con sus mujeres e hijos, a estos los soltó tras apresarlos, mientras los romanos, irrumpiendo, saquearon la ciudad, encontrando las casas llenas de toda clase de tesoros. Dejando, pues, una guarnición en Yerijó, el rey regresó y repartió el ejército romano para invernar por las regiones que se le habían unido: Idumea, Galilea y Shomrón. Y también Antígono logró de Silón, a cambio del soborno, que acogiera una parte del ejército en Lida, agasajando así a Antonio. Y los romanos pasaban el tiempo en la abundancia, dejadas las armas.

A Herodes, en cambio, no le parecía bien quedarse tranquilo, sino que envió a Idumea a su hermano Yosef con dos mil hombres de a pie y cuatrocientos jinetes; y él mismo, llegando a Shomrón y dejando allí a su madre y a los parientes ya salidos de Masada, partió hacia Galilea para tomar algunos de los lugares ocupados por guarniciones de Antígono. Y pasando a Séforis, mientras Dios enviaba nieve y las guarniciones de Antígono se retiraban a escondidas, se hallaba en abundancia de provisiones. Luego, desde allí, contra unos bandidos que habitaban en cuevas, envió un escuadrón de jinetes y tres cuerpos de infantería, resuelto a poner fin a sus fechorías; estaban estos muy cerca de una aldea llamada Arbel. Y al cuadragésimo día llegó él mismo con todo el ejército; y como los enemigos salieron con audacia, cedió el ala izquierda de su falange, pero, apareciendo él en persona con una tropa, puso en fuga a los que antes vencían e hizo volver a los que huían.

Y apretaba persiguiendo a los enemigos, que huían hasta el río Yardén por otros caminos, y se ganó toda Galilea, salvo los que habitaban en las cuevas; repartió también dinero, dando a cada hombre ciento cincuenta dracmas, y a los oficiales mucho más, y los envió a los cuarteles de invierno. Y en esto llegó a él Silón, junto con los oficiales de los cuarteles de invierno, pues Antígono no quería darles alimento: apenas un mes los había mantenido aquel hombre, y había enviado además a los de alrededor orden de recoger cuanto había en el país y huir a los montes, para que los romanos, no teniendo nada, perecieran de hambre. Herodes confió el cuidado de esto a Feroras, el más joven de sus hermanos, ordenándole que a la vez amurallara el Alejandrión. Y él rápidamente puso a los soldados en gran abundancia de lo necesario y reconstruyó el Alejandrión, que estaba desolado.

Por el mismo tiempo, Antonio pasaba el tiempo en Atenas, y en Siria Ventidio, llamando a Silón contra los partos, le encargó primero auxiliar a Herodes en la guerra y luego convocar a los aliados para la suya propia. Herodes, apremiado contra los bandidos de las cuevas, envió a Silón junto a Ventidio y él mismo partió contra aquellos. Estaban las cuevas en montes totalmente escarpados, y en su parte más central tenían los accesos abruptos, rodeadas de peñas afiladas; en ellas se agazapaban con todos los suyos. El rey mandó fabricar unas cajas y las bajaba, sujetas con cadenas de hierro por medio de una máquina desde la cima del monte, pues los bandidos no podían subir desde abajo por lo escarpado del monte, ni descender desde arriba hacia ellos.

Las cajas estaban llenas de hombres armados que llevaban grandes garfios, con los cuales, atrayéndolos, matarían a los bandidos que resistían, precipitándolos. El descenso de las cajas resultaba peligroso, por hacerse sobre un abismo inmenso; pero dentro tenían también las provisiones. Cuando las cajas fueron descolgadas, y ninguno se atrevía a acercarse a los que estaban en las bocas de las cuevas, sino que por miedo permanecían quietos, uno de los armados se ciñó una espada y, agarrándose con ambas manos a la cadena de la que pendía la caja, descendió hasta las bocas, indignado por la demora de quienes no osaban avanzar.

Y llegando a una de las bocas, primero rechaza con dardos a la mayoría de los que estaban en ella; luego, atrayendo con el garfio a los que resistían, los empuja por el precipicio; y penetrando entre los de dentro, degüella a muchos y, volviendo a la caja, se quedó tranquilo. El miedo se apoderó de los demás al oír los lamentos, y la desesperación por su salvación; con todo, aquella acción contuvo del todo la salida de los sitiados. Y muchos, con permiso del rey, tras parlamentar, se entregaron para serle súbditos.

Del mismo modo emplearon el ataque también al día siguiente, saliendo aún más contra ellos los de las cajas, combatiendo junto a las entradas y arrojando fuego. Y prendiéndose fuego las cuevas —pues había mucha maleza en ellas—, cierto anciano encerrado dentro con siete hijos y su mujer, como estos le rogaban que les permitiera salir hacia los enemigos, plantándose en la boca, iba degollando a cada hijo que salía primero, hasta que a todos los mató; luego también a la mujer, y arrojando los cadáveres por el precipicio, se lanzó él mismo detrás, soportando la muerte antes que la esclavitud. Pero antes reprochó mucho a Herodes su baja condición, aun cuando el rey —pues lo que ocurría estaba a su vista— le tendía la diestra y toda seguridad. Así pues, con lo sucedido, ya todas las cuevas quedaron sometidas.

Y el rey, poniendo al frente de aquel lugar como general a Tolomeo, marchó a Shomrón con seiscientos jinetes y tres mil hombres de a pie, decidido a dirimir la contienda en batalla contra Antígono. Pero a Tolomeo no le fue bien en el mando, sino que los mismos que antes habían perturbado Galilea, saliendo contra él, lo mataron; y hecho esto, huyeron a las marismas y a los parajes de difícil acceso, llevándose y saqueando todo lo de allí. Herodes, al regresar, los castigó: a unos de los rebeldes los mató, y a los que se habían refugiado en lugares fortificados, tras rendirlos por asedio, los ejecutó y arrasó las fortalezas. Y, poniendo así fin a la revuelta, castigó a las ciudades con cien talentos.

Entretanto, caído Pácoro en batalla y derrotados los partos, Ventidio envía a Herodes como refuerzo a Maqueras con dos legiones y mil jinetes, apremiándolo Antonio. Pero Maqueras, invitado por Antígono y corrompido con dinero contra el parecer de Herodes, se marchó como para inspeccionar la situación de aquel. Antígono, sospechando el propósito de su llegada, ni siquiera lo recibió, sino que, hostigándolo con hondas, lo rechazaba, y así dejaba clara su intención. Comprendiendo Maqueras que Herodes le había aconsejado lo mejor y que él mismo había errado por desoír su consejo, se retiró a la ciudad de Emaús; y a cuantos judíos encontraba en el camino los degollaba, enemigos y amigos, encolerizado por lo que había padecido.

Irritado el rey por esto, se dirigió a Shomrón, pues había decidido acudir a Antonio a causa de estas cosas: decía que no necesitaba tales aliados, que lo dañaban más a él que a los enemigos, y que él solo bastaba para derribar a Antígono. Pero Maqueras, siguiéndolo, le rogaba que se quedara; y si de tal modo estaba resuelto, que al menos dejara junto a ellos a su hermano Yosef para combatir con ellos contra Antígono. Y se reconcilia, a mucho ruego de Maqueras, y, dejando allí a Yosef con un ejército, le encareció que no se arriesgara ni entrara en disputa con Maqueras.

Él mismo se apresuraba hacia Antonio, que se hallaba asediando Samósata, plaza junto al Éufrates, con jinetes e infantes que le asistían como aliados. Y llegando a Antioquía y encontrando a muchos reunidos que deseaban ir a toda prisa junto a Antonio, pero que por miedo no se atrevían a partir —porque los bárbaros atacaban por los caminos y mataban a muchos—, tras infundirles ánimo, se hizo él mismo guía del camino. Y en la segunda jornada de Samósata, una emboscada de los bárbaros acechaba allí a los que iban hacia Antonio; y, como unos bosques cerraban las entradas a las llanuras, apostaron allí de antemano a no pocos jinetes que aguardarían quietos hasta que los que pasaban llegaran al terreno llano para la caballería.

Cuando los primeros hubieron pasado, Herodes, que cubría la retaguardia, es atacado de improviso por los de la emboscada, unos quinientos; y, puestos en fuga los primeros, el rey, acometiendo con el ímpetu de su escolta, al punto rechaza a los enemigos, reanima el ánimo de los suyos y los vuelve audaces; y como los que antes huían combatían ahora de vuelta, los bárbaros eran muertos por todas partes. El rey los perseguía matándolos, y, recuperando todo lo saqueado —había muchas acémilas y esclavos—, siguió adelante. Y como los atacaran más aún los que estaban en los bosques, cercanos a la salida hacia la llanura, también contra estos, arremetiendo él mismo con una tropa aguerrida, los pone en fuga y, matando a muchos de ellos, abría a los que lo seguían un camino seguro; y ellos lo llamaban salvador y protector.

Cuando estuvo cerca de Samósata, Antonio envió el ejército a su encuentro con su propia comitiva de gala, rindiendo a Herodes ese honor y en son de auxilio: pues había oído del ataque de los bárbaros contra ellos. Y viéndolo presente con agrado, y enterándose de lo que había hecho en el camino, lo saludó y admiró su valor; y el propio Antonio, abrazándolo en cuanto lo vio, lo acogió y lo distinguió, a él, recién nombrado rey. Y no mucho después, entregando Antíoco la plaza y cesando por ello la guerra, Antonio la confía a Sosio y, tras encargarle que auxiliara a Herodes, él mismo marchó hacia Mitsraim. Y Sosio envió por delante a Herodes dos legiones de refuerzo a Judea, y él mismo lo seguía con el grueso del ejército.

Sucedió que ya había muerto en Judea Yosef, de este modo: olvidó las órdenes que su hermano le había dado al partir hacia Antonio y, acampando por los montes —pues Maqueras le había dado cinco cohortes—, se apresuró hacia Yerijó con ánimo de segar el trigo de aquellos; y como el ejército romano era de reciente leva e inexperto en la guerra —pues gran parte de lo reclutado era de Siria—, al atacarlo allí los enemigos, cercado en un terreno difícil, muere él mismo combatiendo con valentía y perdió todo el ejército: pues seis cohortes fueron aniquiladas.

Tras apoderarse de los cadáveres, Antígono corta la cabeza de Yosef, aunque su hermano Feroras ofrecía cincuenta talentos por rescatarla. Después de esto, los galileos se sublevaron contra los poderosos de su tierra y ahogaron en el lago a los partidarios de Herodes; y por toda Judea hubo muchas revueltas. Macheras, por su parte, fortificaba la plaza de Gitta.

Llegaron al rey mensajeros con lo sucedido, y en Dafne, cerca de Antioquía, le comunicaron la suerte de su hermano —aunque él ya la esperaba, pues unas visiones en sueños le habían mostrado con claridad su muerte—.

Apresurándose entonces en la marcha, al llegar a la altura del monte Líbano recogió a ochocientos de los de allí y, con una legión romana que también traía, llegó a Ptolemaida; y partiendo de allí de noche con el ejército, avanzó a través de Galilea.

Le salieron al encuentro los enemigos y, vencidos en la batalla, quedaron encerrados en la plaza de la que habían salido el día anterior. Herodes lanzó desde entonces asaltos al amanecer, pero al desatarse una gran tormenta no pudo hacer nada y retiró el ejército a las aldeas cercanas. Cuando le llegó de parte de Antonio una segunda legión, los que ocupaban la plaza, atemorizados, la abandonaron de noche.

El rey marchó a toda prisa sobre Yerijó, con ánimo de vengarse de ellos por su hermano. Una vez acampado, ofreció un banquete a los principales y, tras el convite, se retiró a su aposento despidiendo a los presentes.

Aquí podría verse el favor de Dios hacia el rey: se desplomó el techo de la sala, pero no alcanzó a nadie ni mató a ninguno, de modo que todos creyeron que Herodes era amado por Dios, habiendo escapado de tan grande e increíble peligro.

Al día siguiente, seis mil de los enemigos, bajando de las cumbres de los montes, amenazaban con presentar batalla y atemorizaban a los romanos. Las tropas ligeras, acercándose, lanzaban dardos y piedras contra los que habían salido en torno al rey, y uno alcanzó al propio rey con un dardo en el costado.

Antígono envió a Shomrón a un general llamado Papo con muchas tropas, queriendo dar a los enemigos la impresión de que guerreaba con recursos de sobra. Papo se apostó frente al general Macheras; pero Herodes, tras tomar cinco ciudades, mató a los que quedaron dentro —unos dos mil— e, incendiando las propias ciudades, volvió contra Papo.

Este había acampado junto a una aldea llamada Isana. Como muchos afluían a Herodes desde Yerijó y del resto de Judea, cuando estuvo cerca los enemigos salieron contra ellos con audacia; Herodes trabó combate y venció en la batalla, y vengando a su hermano los persiguió hasta la aldea, matándolos.

Estando las casas llenas de hombres armados y refugiándose algunos en los tejados, se apoderó de ellos; y arrancando los techos de las casas, veía abajo los recintos repletos de soldados apiñados y atrapados. A estos los mataban arrojándoles piedras desde arriba, amontonándolos unos sobre otros; y fue este el espectáculo más terrible de toda aquella guerra: una multitud incontable de muertos dentro de los muros, tendidos unos sobre otros.

Esta acción, más que ninguna, quebró el ánimo de los enemigos, que aguardaban lo que había de venir; pues se veían a lo lejos muchísimos que se habían congregado en torno a la aldea. Entonces huyeron, y si un crudo invierno no lo hubiera impedido, el ejército del rey, envalentonado por la victoria, habría llegado hasta Yerushaláyim y lo habría rematado todo; pues ya Antígono pensaba en la huida total y en abandonar la ciudad.

Entonces el rey —pues era ya de noche— ordenó a los soldados prepararse la cena; y él, que estaba fatigado, entró en una sala para bañarse. Allí le sobrevino un gravísimo peligro, del que escapó por providencia de Dios. Pues mientras se bañaba desnudo, acompañado de un solo criado, en la habitación interior, unos enemigos armados que se habían refugiado allí por miedo —el primero de ellos, mientras el rey se bañaba— salió a hurtadillas con la espada desnuda y ganó la puerta, y tras él un segundo y un tercero igualmente armados, sin causar daño alguno al rey a causa de su propio pavor, contentándose con escapar hacia adelante sin sufrir ellos ningún mal.

Al día siguiente cortó la cabeza de Papo —pues había muerto— y se la envió a Feroras como castigo por lo que su hermano había padecido; pues este Papo había sido el que con su propia mano lo mató.

Cesado el invierno, levantó el campo de allí y avanzó hacia Yerushaláyim, acampando cerca de la ciudad; era este el tercer año desde que había sido proclamado rey en Roma. Trasladando el campamento y acercándose a la muralla por el punto más vulnerable, frente al Templo, acampó decidido a atacar, como también en otro tiempo Pompeyo. Rodeó el lugar con tres terraplenes y levantó torres, empleando muchos brazos en la obra y talando el bosque de alrededor.

Puestos al frente de las obras los hombres idóneos, mientras el ejército seguía asentado, él mismo partió hacia Shomrón para su boda, a fin de tomar por esposa a la hija de Alejandro hijo de Aristóbulo; pues estaba desposado con ella, como ya antes he dicho.

Después de la boda, Sosio vino a través de Fenicia, tras enviar por delante sus fuerzas por el interior; y llegó también el ejército, una multitud de jinetes e infantes; y se presentó igualmente el rey desde el territorio de Shomrón, trayendo no pocas tropas además de las antiguas. Eran unos treinta mil. Todos se congregaban ante la muralla de Yerushaláyim, y acampaban junto al muro norte de la ciudad: un ejército de once cuerpos de infantería pesada, seis mil jinetes y otras tropas auxiliares de Siria. Había dos jefes: Sosio, enviado por Antonio como aliado, y Herodes por su propia causa, para que, arrebatando el poder a Antígono —declarado enemigo en Roma—, fuese él rey en lugar de aquel, conforme al decreto del senado.

Con mucho ardor y encono —pues toda la multitud estaba reunida— los judíos combatían contra los de Herodes, encerrados dentro del muro; y proferían muchos vaticinios sobre el Templo y muchas aclamaciones al pueblo, como si Dios hubiera de librarlos de los peligros. Habían despejado cuanto había fuera de la ciudad, de modo de no dejar ni siquiera lo que pudiera servir de alimento a hombres o bestias de carga; y valiéndose en secreto de bandidajes, causaban escasez.

Al advertir esto, Herodes tendió emboscadas contra los saqueadores en los lugares más oportunos, y para los víveres envió cuerpos de infantería que traían provisiones de lejos, de modo que en poco tiempo tuvieron gran abundancia de lo necesario. Los tres terraplenes se alzaban ya sin cesar, trabajando muchas manos con facilidad; pues era verano y nada estorbaba la construcción, ni el clima ni los trabajadores. Acercando las máquinas, sacudían el muro y ponían a prueba todos los recursos.

Sin embargo, no amedrentaban a los de dentro, sino que también estos ingeniaban no pocas cosas contra lo que aquellos hacían: en salidas incendiaban unas obras a medio hacer y otras ya terminadas, y al llegar a las manos no eran en audacia inferiores a los romanos, aunque los superaban estos en pericia. Contra las máquinas levantaban contramuros cuando caían las primeras construcciones; y enfrentándose bajo tierra en las minas, combatían. Sirviéndose más de la desesperación que de la previsión, se aferraban a la guerra hasta el extremo, y eso teniendo un gran ejército acampado en torno a ellos, atormentados por el hambre y la falta de víveres —pues coincidió que aquel era el año sabático—.

Subieron a la muralla primero veinte hombres escogidos, y después los centuriones de Sosio; pues el primer muro fue tomado en cuarenta días, y el segundo en quince. Se incendiaron algunos de los pórticos que rodeaban el Templo, incendio que Herodes achacó a Antígono, procurándose así que los judíos lo odiaran.

Tomados el atrio exterior del Templo y la ciudad baja, los judíos se refugiaron en el recinto interior del Templo y en la ciudad alta. Temiendo que los romanos les impidieran celebrar los sacrificios diarios a Dios, enviaron una embajada rogando que se les permitiera al menos introducir las víctimas; y Herodes, creyendo que iban a rendirse, se lo concedió. Pero cuando vio que no hacían nada de lo que él suponía, sino que resistían con firmeza en favor del reino de Antígono, atacó con todas sus fuerzas y tomó la ciudad.

Al punto todo se llenó de matanzas: los romanos estaban enfurecidos por lo prolongado del asedio, y la tropa judía de Herodes se afanaba por no dejar ningún adversario con vida. Se degollaba a muchísimos, apretujados en las callejuelas y dentro de las casas, o refugiados en el santuario; no había piedad ni para los niños ni para los ancianos, ni miramiento por la debilidad de las mujeres. Y aunque el rey enviaba emisarios por todas partes exhortando a contenerse, nadie dominó su diestra, sino que, como enloquecidos, arremetían contra toda edad.

Entonces también Antígono, sin recordar ni su antigua ni su presente fortuna, bajó de la fortaleza y se echó a los pies de Sosio; pero este, sin compadecerse de él por su mudanza, se rió sin freno y lo llamó «Antígona», mas no por eso lo dejó libre de custodia como a una mujer, sino que fue encadenado y puesto bajo guardia.

Herodes, ya dueño de los enemigos, se preocupó de dominar también a los aliados extranjeros; pues la turba forastera se lanzaba a contemplar el Templo y lo sagrado del santuario. El rey, a unos con ruegos, a otros con amenazas, y a algunos incluso con las armas, los contenía, juzgando que la victoria le sería más penosa que una derrota si se veía por ellos algo de lo que no debe mirarse.

Impedía también los saqueos en la ciudad, protestando con insistencia ante Sosio si los romanos, dejando la ciudad vacía de riquezas y de hombres, lo abandonaban como rey de un desierto; y decía que, tras semejante matanza de ciudadanos, tenía por poca compensación aun el dominio del mundo entero. Como Sosio replicara que era justo permitir a los soldados el saqueo en pago del asedio, Herodes dijo que él mismo repartiría de su propio dinero las recompensas a cada uno. Y así, rescatando el resto de la ciudad, cumplió sus promesas: espléndidamente a cada soldado, en proporción a los jefes, y de la manera más regia obsequió al propio Sosio, de modo que todos se marcharon bien provistos de dinero.

Esta desgracia sobrevino a la ciudad de Yerushaláyim siendo cónsules en Roma Marco Agripa y Canidio Galo, en la olimpíada centésima octogésima quinta, en el tercer mes, en la fiesta del ayuno, como por un retorno de la desgracia que había caído sobre los judíos en tiempos de Pompeyo; pues por aquel fueron tomados el mismo día, veintisiete años antes. Sosio, tras consagrar a Dios una corona de oro, partió de Yerushaláyim llevando a Antígono prisionero ante Antonio.

Herodes, temiendo que Antígono, custodiado por Antonio y llevado por él a Roma, defendiera su causa ante el senado —mostrando que él descendía de reyes y Herodes era un particular, y que correspondía reinar a sus hijos por su linaje, aunque él mismo hubiera delinquido contra los romanos—, temiendo esto, con mucho dinero persuade a Antonio de que mate a Antígono. Sucedido lo cual, Herodes se libra de su temor, y así acaba el gobierno de los asmoneos, ciento veintiséis años después. Casa ilustre y señalada fue esta, por su linaje y por la dignidad sacerdotal, y por cuanto sus antepasados hicieron por la nación. Pero estos, por la discordia entre ellos, perdieron el poder, que pasó a Herodes hijo de Antípatro, de familia plebeya y de linaje particular, sujeto a los reyes. Y este es el final de la estirpe de los asmoneos, según lo hemos recibido.

Capítulo V

Libro decimoquinto

Cómo Sosio y Herodes tomaron por la fuerza Yerushaláyim y, con ella, al propio Antígono cautivo, lo mostró el libro anterior; lo que siguió a aquello es lo que ahora contaremos.

Una vez que a Herodes se le entregó el gobierno de toda Judea, del gentío de la ciudad promovía a cuantos, siendo simples particulares, habían sido de su bando, mientras que a los que habían tomado el partido contrario no cesaba de castigarlos y escarmentarlos cada día. Los más honrados junto a él eran Polión el fariseo y Sameas, discípulo suyo. Cuando Yerushaláyim estaba sitiada, estos habían aconsejado a los ciudadanos que recibieran a Herodes, y por ello recibían ahora la recompensa. Este mismo Polión, en cierta ocasión en que se juzgaba a Herodes en causa de muerte, había predicho —reprochándoselo a Hircano y a los jueces— que Herodes, si se salvaba, acabaría persiguiéndolos a todos; y esto se cumplió con el tiempo, pues Dios llevó a término sus palabras.

Dueño entonces de Yerushaláyim, Herodes reunía cuanto de valioso había en el reino, despojando incluso a los acaudalados, y habiendo juntado una gran masa de plata y oro, con todo ello obsequió a Antonio y a los amigos que lo rodeaban. Dio muerte a cuarenta y cinco de los principales del partido de Antígono, y apostó guardias en las puertas de las murallas para que nadie fuera sacado junto con los muertos; registraban además los cadáveres, y toda plata, oro o alhaja que se hallaba se llevaba al rey. No había fin de los males: por una parte, la codicia del vencedor, hallándose en apuros, lo arrasaba todo; por otra, el año sabático obligaba a que la tierra quedara sin cultivar —pues justo entonces caía, y sembrar la tierra en ese año nos está vedado.

Antonio, teniendo cautivo y encadenado a Antígono, resolvió guardarlo hasta el triunfo; pero cuando oyó que la nación se agitaba y que, por su odio a Herodes, seguía bien dispuesta hacia Antígono, decidió decapitarlo en Antioquía, pues los judíos apenas podían mantenerse en calma.

Da testimonio de mi relato Estrabón el capadocio, que dice así: «Antonio, llevado Antígono el judío a Antioquía, lo decapita. Y pareció ser este el primero de los romanos en decapitar a un rey, pues creyó que de ningún otro modo cambiaría el ánimo de los judíos para que aceptaran a Herodes, puesto en su lugar; pues ni aun torturados soportaban proclamarlo rey, tan alto era el concepto que tenían de su primer rey. Pensó, pues, que aquella deshonra menguaría el recuerdo de este, y menguaría también el odio hacia Herodes.» Esto dice Estrabón.

Cuando Herodes tomó el reino, Hircano el sumo sacerdote —que estaba cautivo entre los partos— al saberlo se presentó ante Herodes, liberado de su cautiverio de este modo. Bazafranes y Pácoro, los generales de los partos, habían apresado a Hircano —que primero fue sumo sacerdote y luego rey— y a Fasael, hermano de Herodes, y los habían llevado a Partia. Fasael, no soportando la vergüenza de las cadenas y juzgando la muerte con gloria mejor que toda vida, se hizo asesino de sí mismo, como ya conté. A Hircano, en cambio, cuando fue llevado allá, Fraates, el rey de los partos, lo trató con más benignidad, informado de antemano de la distinción de su noble linaje. Por eso lo soltó de las cadenas y le permitió residir en Bavel, donde había también una multitud de judíos. Estos honraban a Hircano como sumo sacerdote y rey, y así toda la nación de los judíos que se extendía hasta el Éufrates; y a él le eran gratas estas cosas.

Pero al enterarse de que Herodes había tomado el reino, mudó de esperanzas: desde el principio estaba afectuosamente dispuesto hacia él y esperaba que le recordase el favor, pues cuando Herodes fue juzgado y estuvo a punto de ser condenado a muerte, lo había librado del peligro y del castigo. Dirigió, pues, palabras a los judíos, empeñado en ir junto a él. Ellos lo retenían y le pedían que se quedara, mencionándole los servicios y a la vez las honras: le decían que de parte de ellos no le faltaba nada del honor debido a sumos sacerdotes o reyes, y —lo más importante— que allá no podría participar de estas cosas a causa de la mutilación de su cuerpo, que había sufrido a manos de Antígono; que los favores, además, no los devuelven de igual modo los reyes que los que recibieron siendo particulares, pues la fortuna los cambia, y no sin razón.

Mientras le insinuaban tales cosas según su conveniencia, Hircano sentía deseo de partir; y Herodes, escribiéndole, lo instaba a rogar a Fraates y a los judíos de allí que no le escatimaran gozar del reino en común con él, pues era ahora el momento de que él pagara los favores que había recibido —criado y salvado por él— y de que aquel los cobrara. Escribiendo esto a Hircano, envía también a Fraates un embajador, Saramala, y muchos regalos, para que no estorbara los favores hacia su bienhechor, mostrándose él igualmente afable. Mas su afán no venía de ahí: como no reinaba con títulos merecidos, temía los cambios que pudieran surgir por causas razonables, y se apresuraba a tener a Hircano bajo su mano, o incluso a quitarlo del todo de en medio; y esto fue lo que hizo después.

Por entonces, sin embargo, una vez que Hircano se presentó, persuadido —tras permitírselo el parto y proveerle dinero los judíos—, lo recibió con toda honra: en las asambleas le asignaba el primer lugar, y en los banquetes lo reclinaba a la cabecera; lo engañaba llamándolo padre y de todos los modos maquinando que la trama quedara sin sospecha. Disponía también lo demás en provecho de su gobierno, y de ahí surgió la discordia en su propia casa. Pues guardándose de nombrar sumo sacerdote de Dios a alguno de los hombres notables, mandó traer de Bavel a un sacerdote de los más oscuros, llamado Ananel, y a este le da el sumo sacerdocio.

Al punto no soportó Alejandra el agravio —hija de Hircano y esposa de Alejandro, hijo del rey Aristóbulo, con hijos de aquel: uno hermosísimo en su flor, llamado Aristóbulo, y otra que convivía con Herodes, Mariamna, de notable belleza. Estaba turbada y llevaba mal la deshonra de su hijo, que viviendo él, uno de los forasteros fuese juzgado digno del sumo sacerdocio; y escribe a Cleopatra —cooperando con ella cierto músico en lo relativo al envío de las cartas— para pedir a Antonio el sumo sacerdocio para su hijo. Como Antonio respondiera con bastante indiferencia, un amigo suyo, Delio, que había venido a Judea por ciertos asuntos, al ver a Aristóbulo quedó prendado de su lozanía y admiró el porte y la belleza del muchacho, y no menos a Mariamna, que convivía con el rey; y era claro que tenía a Alejandra por madre de hijos hermosos. Cuando ella entabló conversación con él, la persuade a que, mandando pintar retratos de ambos, se los envíe a Antonio, pues al verlos no le negaría nada de cuanto pidiese. Exaltada por estas palabras, Alejandra envía los retratos a Antonio; y Delio contaba maravillas, diciendo que le parecían no de hombres, sino nacidos de algún dios. Se afanaba, por su propia cuenta, en arrastrar a Antonio hacia esos placeres.

Pero él tuvo reparo en hacer venir a la muchacha, casada con Herodes, guardándose de las calumnias que por ello vendrían de parte de Cleopatra; en cambio mandó recado de que le enviaran al muchacho, añadiendo «con decoro, si no le pareciera pesado». Llevadas estas cosas a Herodes, juzgó que no era seguro enviar a Antonio a Aristóbulo, que era hermosísimo en su flor —pues resultaba tener dieciséis años— y aventajado en linaje: Antonio era el más poderoso de los romanos en aquel tiempo y estaba dispuesto a entregarse a amoríos y a procurarse placeres sin recato, gracias a su poder. Escribió, pues, en respuesta que, con solo que el mozo saliera del país, todo se llenaría de guerra y de tumulto, esperando los judíos un cambio y una revolución en torno a otro rey.

Habiéndose así excusado ante Antonio, resolvió no seguir deshonrando del todo al muchacho y a Alejandra, sino —insistiendo también con ahínco su esposa Mariamna— devolver el sumo sacerdocio a su hermano; y juzgándolo conveniente para sí, a fin de que, honrado, no pudiera ya ausentarse, reunió a sus amigos y acusó largamente a Alejandra, diciendo que en secreto tramaba contra el reino y obraba por medio de Cleopatra, para que él mismo fuera despojado del gobierno y el mozo, en su lugar, tomara los asuntos por medio de Antonio. Y que ella quería esto injustamente, cuando con ello despojaría también a su propia hija del honor que tenía y maquinaba turbaciones sobre el reino, después de haber él penado mucho y adquiridolo con no pocos peligros. Sin embargo —dijo—, no recordaría lo que ella había obrado mal, ni por eso dejaría de ser justo con ellos; antes bien, también ahora daba el sumo sacerdocio al muchacho, y ya de antaño había puesto a Ananel por ser Aristóbulo entonces enteramente un niño.

Diciendo tales cosas no sin cálculo, sino —lo que más pretendía— muy premeditadamente para engañar a las mujeres y a los amigos allí reunidos, Alejandra, entre la emoción, la alegría de lo inesperado y el temor de la sospecha, se defendía con lágrimas. Decía que en cuanto al sacerdocio se había afanado por todos los medios movida por la deshonra, pero que ni aspiraba al reino ni, aun si se le ofreciera, querría tomarlo; que ahora tenía honra bastante por el gobierno de él y por la seguridad que nacía de que él, capaz de mandar más que otros, se sostuviera sobre toda su familia. Y que ahora, vencida por sus beneficios, aceptaba para su hijo el honor y sería obediente en todo, y pedía perdón si por su linaje y por la franqueza que le era propia hubiera obrado con alguna precipitación, movida por su indignación. Habiendo así conversado y estrechado la diestra con más empeño que prisa, se separaron, apartada —según creían— toda sospecha.

El rey Herodes, al punto, retira el sumo sacerdocio a Ananel, que era —como ya dijimos— no del país, sino de los judíos establecidos allende el Éufrates; pues no pocas miríadas de este pueblo fueron trasladadas a la región de Bavel. De allí era Ananel, de linaje sacerdotal y de antiguo favorecido por Herodes según su trato. A este él mismo lo había honrado cuando recibió el reino, y él mismo lo depuso para acallar las turbaciones de su casa, obrando contra la ley; pues ningún otro, una vez recibido el honor, había sido despojado de él. Fue Antíoco Epífanes el primero que quebrantó la ley, quitándoselo a Yeshúa y poniendo a su hermano Onías; el segundo, Aristóbulo, se lo quitó a su hermano Hircano; y Herodes, tercero, traspasó el cargo al muchacho Aristóbulo.

Y entonces pareció haber sanado los asuntos de su casa. Pero no continuó, como era natural, sin sospecha en la reconciliación, pues juzgaba que debía temer a Alejandra tanto por lo ya intentado como por una revolución, si se le presentaba la ocasión. Le ordenó, pues, que permaneciera en el palacio y que nada hiciera por su propia autoridad; y había vigilancias cuidadosas, sin que se le ocultara ni lo que pudiera emprenderse en su vida cotidiana. Todo esto poco a poco la exasperaba y le crecía el odio; pues, llena de orgullo femenil, resentía la vigilancia nacida de la sospecha, teniendo cualquier cosa por preferible a vivir privada de la franqueza honrosa, entre apariencias, con servidumbre y temores. Enviaba, pues, mensajes a Cleopatra, lamentando de continuo la situación en que se hallaba y rogándole que la socorriera cuanto pudiese. Y ella le mandó que a escondidas huyera hacia ella, a Mitsraim, con su hijo.

Le pareció bien y trama lo siguiente: preparando dos ataúdes, como para el traslado de cadáveres, se metió en ellos a sí misma y a su hijo, ordenando a los de sus criados que estaban al tanto que los sacaran de noche. Tenían desde allí un camino hasta el mar y una nave, dispuesta, que había de cruzar a Mitsraim. Esto lo denuncia Esopo, criado de ella, a Sabión, uno de los amigos de Alejandra, dándose con él y hablándole como a quien ya lo sabía. Pero Sabión, al enterarse —pues había sido antes enemigo de Herodes, ya que se lo tenía por uno de los que atentaron contra Antípatro con veneno—, esperó cambiar aquel odio por la buena voluntad de la delación, y refiere al rey la conjura de Alejandra. Él la dejó avanzar hasta el momento de la ejecución, y la sorprendió en el acto mismo de la fuga; pero pasó por alto la falta, sin atreverse a nada duro —aunque bien lo deseara—, pues Cleopatra no lo habría tolerado, tomando por pretexto su odio hacia él, sino mostrando más bien magnanimidad, como si por clemencia los hubiese perdonado. Con todo, tenía enteramente resuelto quitar de en medio al mozo, pero le parecía más verosímil, para pasar inadvertido, que no fuera pronto ni a la vez que lo sucedido.

Estando cerca la fiesta de Sukkot —que es entre nosotros una de las más celosamente guardadas—, pasó aquellos días, y él mismo y el resto del pueblo estaban en fiestas. Sin embargo, aun desde tales circunstancias, la envidia lo movió a acelerar su propósito, azuzándolo abiertamente. Pues el muchacho Aristóbulo, cumplidos los diecisiete años, cuando conforme a la ley subió al altar para consumar los sacrificios, vistiendo el ornato de los sumos sacerdotes y cumpliendo los ritos del culto —hermosísimo en belleza y de una talla más que propia de su edad, y mostrando en su porte lo más de la dignidad de su linaje—, provocó en el gentío un arrebato de simpatía, y les vino vivo el recuerdo de las hazañas de Aristóbulo, su abuelo. Vencidos poco a poco, delataban sus sentimientos, gozosos a la vez y turbados, y lanzando hacia él voces de bendición mezcladas con votos, de modo que se hizo manifiesta la simpatía de las multitudes, y su reconocimiento de lo que habían sufrido pareció demasiado temerario bajo una monarquía.

Ante todo esto, Herodes resolvió llevar a término el designio que tenía contra el muchacho. Pasada la fiesta, celebraba un banquete en Yerijó, donde los recibía Alejandra; y, tratando con afabilidad al mozo y atrayéndolo a una bebida sin recelo, se prestaba a jugar y a hacer chanzas de joven, para agradarle. Como la naturaleza del lugar resultaba ser más bien calurosa, reunidos allí salieron pronto a distraerse, y, apostándose junto a las piscinas —que eran grandes, en torno al patio—, se refrescaban en lo más ardiente del mediodía. Primero contemplaban nadar a los criados y amigos; luego, arrastrado también el muchacho por instigación de Herodes, los amigos a quienes esto se había encomendado —mientras caía la oscuridad—, hundiéndolo una y otra vez y sumergiéndolo como en juego mientras nadaba, no lo soltaron hasta ahogarlo del todo. Y así pereció Aristóbulo, sin haber vivido enteros los dieciocho años, habiendo retenido el sacerdocio un año, que Ananel volvió a recibir.

Anunciada la desgracia a las mujeres, al instante, por el vuelco, hubo llanto sobre el cadáver tendido y un duelo incontenible; y la ciudad, difundida la noticia, sufría en extremo, haciendo cada hogar suya la desgracia, como si no le hubiera ocurrido a un extraño. Alejandra, más aún, estaba fuera de sí por comprender bien la muerte, sintiendo mayor dolor por saber cómo se había obrado, pero imponiéndose la entereza en previsión de un mal mayor. Muchas veces vino a poner fin a su vida por su propia mano, pero se contuvo, por si viviendo pudiera contribuir a la venganza del que había sido destruido sin ley, por asechanzas; y aún más por esto se esforzaba en seguir viviendo, y juzgaba que no dar sospecha alguna de que sabía que su hijo había perecido por designio bastaba para tener ocasión de desquite. Ella, pues, sobrellevaba la sospecha con firmeza.

Herodes, por su parte, ante todos los de fuera se disculpaba con verosimilitud de que la muerte del muchacho no hubiera sido premeditada, no solo haciendo cuanto atañe al luto, sino usando también lágrimas y mostrando una genuina turbación del alma —acaso porque en verdad la emoción lo vencía ante la vista de aquella flor y belleza, aun cuando la muerte del mozo se tuviera por asunto de seguridad—; pero es claro que maquinaba todo aquello como defensa. En la suntuosidad de las exequias se lució todavía más, disponiendo gran aparato para el sepulcro y multitud de perfumes, y sepultando con él mucho ornato, para deslumbrar la penosa aflicción de las mujeres y consolarla por esa parte.

Mas a Alejandra nada de aquello la venció; antes bien, siempre más el recuerdo del mal, dándole dolor, la hacía llorosa y porfiada, y escribe a Cleopatra la conjura de Herodes y la muerte de su hijo. Y ella, que de antiguo se afanaba en socorrerla en su necesidad y se compadecía de las desdichas de Alejandra, hizo suyo del todo el asunto y no dejaba en paz a Antonio, azuzándolo a vengar el asesinato del muchacho; pues no era justo que Herodes, hecho rey por él sobre un reino que en nada le pertenecía, desplegara tales iniquidades contra los reyes verdaderos. Persuadido por esto, Antonio, cuando marchó hacia Laodicea, envía a ordenar a Herodes que venga a descargarse de lo tocante a Aristóbulo, pues la conjura se había obrado sin rectitud, si es que había sido por medio de él.

Herodes, temiendo la acusación y la enemiga de Cleopatra —que no cesaba de trabajar para malquistarle a Antonio—, resolvió obedecer, pues no cabía hacer otra cosa; y dejando a su tío Yosef como regente del reino y de los asuntos de allí, le encomendó en secreto que, si él sufría algo a manos de Antonio, matara al punto también a Mariamna. Pues él la amaba con ternura y temía el ultraje de que, aun muerto, otro la pretendiera por su hermosura. Y todo ello revelaba un afán de Antonio hacia esa mujer, ya que de antiguo había oído hablar de su hermosura. Herodes, pues, habiendo dado estas órdenes y sin esperanzas seguras acerca del conjunto, partió hacia Antonio.

Yosef, al frente de la administración de los asuntos del reino y por ello en trato continuo con Mariamna —tanto por los negocios como por la honra que le debía a ella como reina—, deslizaba conversaciones incesantes sobre la buena voluntad y el afecto de Herodes hacia ella. Como las mujeres, a modo femenil, se burlaban de sus palabras —sobre todo Alejandra—, Yosef, empeñado en demostrar la disposición del rey, se dejó llevar a hablar también de la orden, aduciéndolo como prueba de que ni siquiera sin ella podía vivir y de que, si sufría algo terrible, no juzgaba justo verse separado de ella ni por la muerte. Esto dijo Yosef. Pero las mujeres, como era de esperar, no vieron la parte tierna de la disposición de Herodes, sino la cruel: que ni muriendo dejaría de acarrearle destrucción y una muerte tiránica; y anticipándose, tomaron una sospecha dura de lo dicho.

Por ese tiempo corrió también un rumor en la ciudad de los de Yerushaláyim, de parte de quienes tenían a Herodes en odio, de que Antonio, tras torturarlo, lo había matado. La noticia turbó a todos los del palacio, como era natural, y sobre todo a las mujeres. Alejandra persuade entonces a Yosef de que, saliendo del palacio con ellas, se refugiara junto a las enseñas de la legión romana que a la sazón acampaba en torno a la ciudad para guarda del reino, al mando del hijo de Yehudá. Pues por ello, primero, si sobrevenía algún tumulto en torno a la corte, ellas mismas estarían más seguras teniendo a los romanos benévolos; y luego, esperaban que Mariamna lo obtendría todo una vez que Antonio la viera, y que por medio de él recuperarían el gobierno y no les faltaría nada de lo propio de quienes han nacido en la nobleza real.

Cuando estaban en tales cálculos, llegaron cartas de Herodes sobre el conjunto de los asuntos, contrarias al rumor y a lo antes hablado. Pues cuando llegó junto a Antonio, pronto se lo reconquistó con los regalos que traía de Yerushaláyim, y pronto, con sus conversaciones, lo apartó de estar áspero con él; y las palabras de Cleopatra pudieron menos contra el favor que él le mostraba. Pues Antonio decía que no estaba bien que a un rey se le pidieran cuentas de lo obrado durante su gobierno, pues así ni siquiera sería rey; que quienes le habían dado el honor y lo habían juzgado digno del poder debían dejarlo usar de él. Y lo mismo convenía a Cleopatra: no andar entrometiéndose en lo tocante a los gobiernos.

Sobre esto escribía Herodes, y refería las demás honras que tenía junto a Antonio: sentado con él en los juicios y comiendo con él cada día; y cómo obtenía esto aun siéndole Cleopatra dura en las calumnias, pues por deseo del país, pidiendo que se le añadiera el reino, se afanaba de todos los modos en quitarlo de en medio. Sin embargo, hallando justo a Antonio, ya no esperaba nada penoso, sino que vendría incluso más pronto, tras haber cobrado más firme la buena voluntad de aquel para su reino y sus asuntos; y que a Cleopatra ya no le quedaba la esperanza de su codicia, pues Antonio le había dado, en lugar de lo que pedía, la Celesiria, y con ello la había aplacado y a la vez se había librado de las súplicas que hacía por causa de Judea.

Llegadas estas cartas, cesaron de aquel impulso que tenían, como si él hubiera perecido, de refugiarse en los romanos; mas su intención no quedó oculta. Cuando el rey, tras escoltar a Antonio contra los partos, regresó a Judea, al punto su hermana Salomé y su madre le revelaron el propósito que los de Alejandra habían tenido. Y Salomé habló además contra su propio marido, Yosef, poniéndolo en calumnia de que se había estado uniendo con Mariamna. Decía esto por estar dispuesta con dureza hacia ella desde hacía tiempo, porque en sus disensiones Mariamna, valiéndose de mayor altivez, les echaba en cara su baja alcurnia.

Herodes, siempre ardiente y enamorado de Mariamna, al instante quedó trastornado y no sobrellevó los celos; pero conteniéndose siempre para no hacer nada precipitado por su amor, aguijoneado por la vehemencia de la pasión y de los celos, interrogó a Mariamna a solas acerca de lo tocante a Yosef. Como ella lo negara con juramentos y alegara en su defensa cuanto asiste a quien en nada ha faltado, el rey se fue persuadiendo poco a poco y mudaba, vencida la ira por el afecto hacia la mujer, hasta disculparse de lo que le pareció haber creído al oírlo, y confesarle mucho agradecimiento por su decoro. Él mismo declaraba cuánta ternura y buena voluntad tenía hacia ella; y al fin, como suele ocurrir en los amores, prorrumpieron en lágrimas, abrazados el uno al otro con mucho ardor.

Y como el rey cada vez más le aseguraba su disposición, Mariamna le dijo que aquella orden —que si él sufría algún mal a manos de Antonio, también ella, que ninguna culpa tenía, muriera con él— no era propia de quien ama. Escapada esta palabra, el rey, hondamente conmovido, al punto la soltó de sus brazos, gritaba y se arrancaba sus propios cabellos, diciendo que tenía prueba manifiesta del trato de Yosef con ella; pues no habría revelado lo que había oído en privado de no haberse forjado entre ellos una gran intimidad. En tal estado, por poco mata a la mujer; pero vencido por el amor hacia ella, dominó ese impulso, aguantando con dolor y a duras penas. A Yosef, en cambio, sin que ni siquiera llegara a su presencia, mandó darle muerte; y a Alejandra, como causante de todo, la encadenó y la tuvo bajo guarda.

Por entonces también los asuntos de Siria tenían turbaciones, pues Cleopatra no dejaba en paz a Antonio para que a todos atacara; y lo persuadía de que, quitando a cada uno su dominio, se lo diera a ella, y tenía grandísimo poder por el deseo que él le tenía. Gozando por naturaleza de la rapiña, no dejó iniquidad alguna: a su hermano, a quien sabía que le tocaría el reino, lo había hecho matar antes con venenos, cuando tenía quince años; y a su hermana Arsínoe, suplicante en Éfeso ante el templo de Ártemis, la hizo matar por medio de Antonio. Por causa de dinero, con solo que se lo esperara en algún sitio, se violaban templos y sepulcros, sin que hubiera santuario tenido por tan inviolable que no se le arrancara el ornato que en él había, ni lugar profano que no padeciera cuanto está prohibido, con tal de que fuera a parar a los recursos para la codicia de aquella malhechora. En suma, nada bastaba a una mujer a la vez fastuosa y esclava de sus deseos, de modo que todo le quedaba corto respecto de lo que se proponía. Por eso apremiaba siempre a Antonio a que la gratificara quitando algo a los demás; y habiendo pasado con él a Siria, ideaba hacerla posesión suya.

A Lisanias, hijo de Tolomeo, lo mata acusándolo de traer a los partos sobre aquellos asuntos, y pedía a Antonio tanto Judea como el país de los árabes, exigiendo que se despojara a los que reinaban sobre ellos. A Antonio le sucedía, en conjunto, verse vencido por la mujer, hasta parecer que le obedecía —no solo por su trato, sino incluso por filtros— en cualquier cosa que ella quisiese; sin embargo, lo palmario de la injusticia le daba vergüenza de hacerse tan sumiso como para pecar en las mayores cosas. Así pues, para no negárselo del todo ni, cumpliendo cuanto ella ordenaba, parecer abiertamente malvado, tomando partes del país de cada uno de los dos se las obsequió a ella. Le da además las ciudades de dentro del río Eleuterio hasta Mitsraim, salvo Tiro y Sidón, que sabía libres desde sus antepasados, por más que ella suplicara mucho que se las diera.

Obtenido esto, Cleopatra, tras escoltar hasta el Éufrates a Antonio, que marchaba contra Armenia, se volvía, y pasa por Apamea y Damasco, y entró también en Judea, saliéndole Herodes al encuentro y arrendándole a ella las partes concedidas de Arabia y las rentas de la comarca de Yerijó. Produce esa tierra el bálsamo, lo más precioso de cuanto allí hay y que crece solo entre ellos, y la palmera, abundante y hermosa. Estando en estos lugares, y creciendo su familiaridad con Herodes, tanteaba unirse carnalmente con el rey, valiéndose por naturaleza sin recato de tales placeres, o acaso sintiendo hacia él algo de amor, o —lo más verosímil— preparando el comienzo de una emboscada, el ultraje que sobre ella habría de recaer; pero en suma dejaba ver que estaba vencida por la lascivia.

Herodes, que ya de antiguo no era benévolo con Cleopatra, sabiéndola dura para con todos, y que entonces la juzgaba digna de odio, si por lujuria llegaba a esto, y pensaba en anticiparse castigándola, si emprendía tales cosas tendiéndole una emboscada, rechazó sus palabras, e hizo consejo con sus amigos sobre matarla, teniéndola bajo su mano; pues así libraría de muchos males a todos aquellos con quienes ya se había mostrado dura y de quienes se temía; y esto mismo aprovecharía también a Antonio, pues tampoco con él sería fiel, si alguna ocasión o necesidad lo apremiaba y hubiera de menester de tales servicios.

Al meditar esto, sus amigos se lo impidieron. Primero le enseñaban que no valía la pena, emprendiendo cosas mayores, cargar con el más manifiesto de los peligros; e insistiendo y rogándole, que nada hiciera por precipitación. Pues Antonio no lo toleraría, ni aun si alguien le pusiera muy delante de los ojos la conveniencia; que el parecer que se veía privado de ella por fuerza y por asechanza avivaría más su amor, y nada mesurado aparecería para la defensa, siendo el atentado contra una mujer que tenía la mayor dignidad de las de aquel tiempo, y apareciendo el provecho —si es que alguien lo tuviera por tal— unido a la soberbia y a la condena de la disposición de Antonio. De lo cual no era oscuro que sus asuntos, en cuanto al gobierno y a su linaje, se llenarían de grandes e incesantes males, siéndole posible, rechazando el pecado al que ella lo convidaba, aprovechar la ocasión con decoro. Espantándolo con tales cosas y mostrándole con verosimilitud el peligro, lo contuvieron del intento. Y él, obsequiando a Cleopatra con regalos, la escoltó rumbo a Mitsraim.

Antonio, tomada Armenia, envía a Artabazes, hijo de Tigranes, con sus hijos, sátrapas, encadenado a Mitsraim, obsequiando con estos a Cleopatra, y con todo el ornato del reino que de allí tomó. Reinó sobre Armenia Artaxias, el mayor de los hijos de aquel, escapado por entonces. Y a este, Arquelao y Nerón César, expulsándolo, restablecieron en el reino a Tigranes, el hermano menor. Mas esto fue después.

En cuanto a los tributos que había que pagar por el país concedido por Antonio, Herodes era puntual, teniendo por poco seguro dar a Cleopatra motivo de odio. Pero el árabe, una vez que Herodes se hizo cargo del pago, por algún tiempo le proveía los doscientos talentos; después, sin embargo, se hizo maligno y remiso en las entregas, y a duras penas, aun cuando saldaba algunas partes, ni siquiera esas parecía entregarlas sin merma.

Herodes, portándose aquel de este modo desconsiderado y no queriendo al fin cumplir ya nada de lo justo, tenía ánimo de marchar contra él, pero se valió, como plazo de espera, de la guerra romana. Pues esperándose la batalla de Actio —que sucedió en la olimpíada centésima octogésima séptima—, César iba a contender con Antonio por el conjunto de los asuntos, y Herodes, cuya tierra le estaba de tiempo atrás bien abastecida y hallados ya rentas y ejército, alistó una tropa auxiliar para Antonio, empleándose con el mayor cuidado en los preparativos. Pero Antonio dijo que no necesitaba de su alianza, y le ordenó marchar contra el árabe —pues había oído de él y de Cleopatra su deslealtad. Cleopatra, en efecto, juzgaba que esto le convenía, creyendo que uno padecería mal a manos del otro.

Dicho esto por Antonio, Herodes se volvió y mantuvo reunido el ejército, como para invadir al punto Arabia; y preparadas fuerzas de caballería e infantería, llega a Diospolis, donde le salían al encuentro los árabes, pues no se les había ocultado lo tocante a la guerra; y habida una recia batalla, vencieron los judíos. Después de esto, un gran ejército de árabes se congregó en Kanata —son estos lugares de la Celesiria—; y Herodes, avisado de antemano, vino conduciendo contra ellos lo más de la fuerza que tenía, y acercándose resolvió acampar en un buen sitio, y, levantada una empalizada, atacar en las batallas a la ocasión oportuna.

Mientras él disponía esto, el gentío de los judíos clamaba que, dejándose de dilaciones, los llevara contra los árabes; y estaban impulsados a confiar tanto en su buen orden como en su mayor arrojo, cuantos habían ganado la primera batalla sin haber permitido siquiera a los enemigos llegar a las manos. Alborotando, pues, y mostrando todo empeño, el rey resolvió aprovechar el ardor del gentío; y habiendo dicho antes que no se quedaría atrás de su valor, marchó el primero, en armas, siguiéndolo todos según sus propias unidades. Cundió al punto el espanto entre los árabes, pues tras resistir un poco, al verlos indomables y llenos de brío, los más huían cediendo, y habrían sido destruidos si Atenión no hubiera dañado a Herodes y a los judíos.

Pues este hombre, que era general de Cleopatra sobre las fuerzas de allí y estaba enemistado con Herodes, observaba el desenlace no sin preparativos, decidido a estarse quieto si los árabes hacían algo brillante, y, si eran vencidos —lo que sucedió—, dispuesto, con los del país reunidos entre los suyos, a caer sobre los judíos. Y entonces, arrojándose de improviso sobre ellos, cansados y creyéndose vencedores, hizo gran matanza; pues los judíos, gastado su ardor contra los enemigos declarados y valiéndose con descuido de la victoria, pronto fueron vencidos por los que los atacaban y recibieron muchas heridas en parajes impracticables para la caballería y pedregosos, de los cuales tenían mayor experiencia quienes hicieron la acometida.

Mientras ellos sufrían este castigo, los árabes se rehicieron y, volviéndose de nuevo, mataban ya a los que huían. La matanza cobró toda clase de formas, y de los que se dispersaban pocos lograron refugiarse juntos en el campamento.

El rey Herodes, desesperado del curso de la batalla, se lanzó a caballo para traer refuerzos; mas, por mucho que se apresuró, no llegó a tiempo de socorrer a los suyos: el campamento de los judíos fue tomado, y los árabes —contra todo cálculo— alcanzaron una fortuna nada moderada, pues recuperaron una victoria que estaban lejísimos de merecer y despojaron al enemigo de buena parte de sus fuerzas.

Desde entonces Herodes recurrió a incursiones de saqueo y, corriendo sin cesar el país de los árabes, lo maltrataba con sus correrías, acampado sobre la frontera. En conjunto evitaba llegar a las manos abiertamente, pero no dejaba de causar daño con su constancia y su tesón, y de todos modos cuidaba de los suyos, empeñado en enmendar el revés.

Por ese tiempo, cuando ya se había trabado la batalla de Accio entre César y Antonio —era el séptimo año del reinado de Herodes—, la tierra de los judíos tembló como nunca se recordaba, y causó una gran mortandad en el ganado del país.

Perecieron también unos treinta mil hombres bajo las casas derrumbadas; en cambio, la tropa, que vivía a cielo abierto, no sufrió daño alguno por la catástrofe.

Al enterarse de esto los árabes —y quienes se lo anunciaban lo agrandaban más allá de la verdad, pues por odio a los oyentes adornaban los relatos de lo ocurrido—, se envalentonaron, creyendo que, arrasado el país por sus enemigos y muertos sus hombres, ya no quedaba nadie capaz de hacerles frente. Y apresando a los embajadores de los judíos —que habían venido a tratar de lo sucedido— los mataron, y con todo ardor marcharon contra su ejército. Pero los judíos ni siquiera aguardaron el ataque: abatidos por las desgracias, abandonaban la causa, presos del mayor desaliento; pues no cabía esperanza ni de combatir en igualdad, vencidos ya en las batallas, ni de recibir socorro, arruinados como estaban sus asuntos en casa.

Estando así las cosas, el rey los animaba, persuadiendo a los jefes con sus palabras e intentando levantar sus abatidos ánimos. Habiendo movido antes y alentado a algunos de los mejores, se atrevió ya a hablar también a la multitud —cosa que antes vacilaba en hacer, no fuera que le respondiera con dureza a causa de las desdichas—, y dirigió al gentío un discurso como este:

«No ignoro, soldados, que en esta ocasión se han presentado muchos obstáculos a nuestra empresa, y es natural que en tales trances ni siquiera los más señalados por su valor conserven la confianza. Pero, puesto que la guerra apremia y nada de lo ocurrido es de tal índole que no pueda repararse con una sola acción bien realizada, he preferido a la vez animaros y enseñaros por qué medios podéis manteneros firmes en vuestro habitual ánimo.

Quiero primero demostrar que combatimos con justicia, obligados por la insolencia de nuestros adversarios —pues, si comprendéis esto, será para vosotros el mayor motivo de coraje—; y después mostraros que nada hay de temible en nuestra situación y que tenemos las mayores esperanzas de vencer.

Comenzaré por lo primero, tomándoos a vosotros por testigos de lo que digo. Bien conocéis la iniquidad de los árabes: se comportan sin fe con todos los demás, como es propio de gente bárbara y sin noción de Dios, pero contra nosotros han chocado más que contra nadie, por codicia y envidia, acechándonos de improviso en nuestras turbulencias.

¿Y qué falta hace enumerar tantas cosas? Cuando ellos mismos corrían el peligro de perder su propio dominio y de servir a Cleopatra, ¿quién sino nosotros los libró de aquel temor? Pues mi amistad con Antonio y la disposición de él hacia nosotros fueron la causa de que tampoco ellos padecieran nada irreparable, ya que aquel hombre se guardaba de emprender nada que pudiera resultarnos sospechoso.

Y como, aun así, Antonio quiso ceder a Cleopatra ciertas partes de uno y otro reino, también eso lo arreglé yo: le entregué muchos regalos de mi bolsillo y procuré la seguridad de ambos, tomando sobre mí los gastos —doscientos talentos entregados y fiador de otros doscientos—, sumas que fueron a parar a las rentas de Cleopatra, y de las cuales nosotros mismos hemos quedado despojados por culpa de ellos.

Y con todo, no era justo que los judíos pagaran a nadie tributo ni parte de su tierra; y si acaso a alguien, desde luego no en favor de aquellos a quienes nosotros mismos hemos salvado. Ni tampoco los árabes, que reconocieron deberme la intervención y el favor de haber conservado su dominio, tenían derecho a agraviarnos despojándonos —y eso no siendo enemigos, sino amigos. Porque la buena fe, que debe guardarse incluso con los más enconados enemigos, es todavía más obligada entre amigos; mas no para estos, que tienen por lo más bello ganar por cualquier medio, y por no dañoso lo injusto, con tal de poder sacar provecho.

¿Cabe, pues, todavía en vosotros la duda de si se debe castigar a los injustos, cuando eso lo quiere el propio Dios y siempre nos manda aborrecer la insolencia y la injusticia, y cuando emprendemos una guerra no solo justa, sino también necesaria? Pues lo que griegos y bárbaros reconocen por lo más criminal, eso hicieron ellos con nuestros embajadores, degollándolos: los griegos declaran sagrados e inviolables a los heraldos, y nosotros hemos aprendido de Dios, por medio de ángeles, las más hermosas de nuestras doctrinas y las más santas de nuestras leyes —pues ese mismo título de mensajero hace manifiesto a Dios ante los hombres y es capaz de reconciliar a enemigos con enemigos.

¿Qué mayor impiedad podría darse que matar a embajadores que vienen a tratar de lo justo? ¿Cómo podrían ya gozar de estabilidad en la vida o de fortuna en la guerra, después de haber obrado así? A mí no me lo parece en modo alguno.

Se dirá quizá que, aunque lo santo y lo justo están de nuestra parte, ellos han resultado más valientes o más numerosos. Pero, ante todo, no es digno de vosotros decir tal cosa: con quienes está la justicia, con ellos está Dios; y donde está Dios, allí están también la muchedumbre y el valor.

Y si examinamos también lo nuestro: vencimos en la primera batalla; y cuando se trabó la segunda, ni siquiera nos resistieron, sino que huyeron al punto, sin aguantar el ataque ni nuestro coraje. Cuando ya vencíamos, Atenión nos atacó, trayéndonos una guerra sin declaración. ¿Es esto valentía de su parte, o una segunda iniquidad y emboscada? ¿Por qué, entonces, vamos a tener menos ánimo allí donde debemos abrigar mayores esperanzas? ¿Cómo habríamos de temer a quienes, cuando combaten con verdad, son siempre vencidos, y cuando parecen vencer, lo consiguen por la injusticia?

Y aun si alguien los tuviera por bravos, ¿no sería precisamente eso mayor acicate? Porque la fortaleza no está en atacar a los más débiles, sino en poder vencer también a los más fuertes.

Y si a alguno lo amedrentan las desgracias propias y lo ocurrido con el terremoto, considere ante todo que eso mismo engaña también a los árabes, que han supuesto lo sucedido mayor de lo que en verdad fue; y luego, que no está bien que una misma causa dé a ellos audacia y a nosotros cobardía. Pues ellos no sacan su ánimo de ningún bien propio, sino de la esperanza de que nosotros estamos ya rendidos por los males; nosotros, en cambio, marchando contra ellos, les quitaremos esa soberbia y recobraremos el valor de combatir a quienes ya no se sienten seguros.

Porque ni estamos tan quebrantados, ni —como algunos piensan— lo ocurrido revela la ira de Dios: estas cosas son accidentes y calamidades naturales. Y si algo se ha hecho por voluntad de Dios, claro está que también ha cesado por voluntad suya, satisfecho con lo sucedido; pues, si quisiera dañarnos aún más, no habría cambiado.

Que él quiere que se lleve a cabo esta guerra y la sabe justa, lo ha mostrado él mismo: perecieron algunos en el país durante el terremoto, pero de los que estaban en armas ninguno sufrió nada, sino que todos os salvasteis. Con ello Dios deja claro que, aun cuando hubierais salido en campaña con todo el pueblo, con hijos y mujeres, habríais sobrevivido sin padecer nada irreparable.

Meditando esto, y sobre todo que en todo momento tenéis a Dios por defensor, marchad con justa valentía contra quienes son injustos para la amistad, implacables en las batallas, impíos con los embajadores y siempre inferiores a vuestro valor.»

Al oír estas palabras, los judíos se sintieron mucho más animados para el combate. Herodes, tras ofrecer los sacrificios según lo acostumbrado, los tomó consigo con presteza y los condujo contra los árabes; y, cruzando el río Yardén, acampó cerca del enemigo.

Le pareció conveniente apoderarse de una fortaleza situada en medio: así se beneficiaría, tanto para trabar antes la batalla como, si convenía demorarla, para tener un campamento bien fortificado. Como los árabes buscaban lo mismo, se entabló una porfía por aquel lugar: primero con escaramuzas y luego, entrando más en combate por ambas partes, hasta que los de los árabes, vencidos, se retiraron.

Esto en seguida dio a los judíos no poca esperanza. Y Herodes, advirtiendo que el enemigo quería todo antes que venir a la batalla, con mayor audacia emprendió romper su empalizada y, acercándose, atacar el campamento. Forzados así, los árabes salieron en desorden, sin el menor coraje ni esperanza de vencer. Con todo, llegaron a las manos, por ser más numerosos y por estar la necesidad empujándolos a la temeridad. Y se libró un combate encarnizado, cayendo no pocos de uno y otro bando, hasta que al fin, vueltos en fuga, los árabes huyeron.

Y hubo gran mortandad entre los que cedían, de modo que no solo morían a manos del enemigo, sino que ellos mismos se causaban su ruina, pisoteados por la muchedumbre y el ímpetu desordenado, y cayendo sobre sus propias armas. Cinco mil de ellos quedaron muertos. El resto de la multitud alcanzó a refugiarse dentro del atrincheramiento, pero no tenía firme la esperanza de salvación, por falta de provisiones y sobre todo de agua. Los judíos, persiguiéndolos, no lograron irrumpir con ellos, pero, cercando la empalizada y vigilándola, impedían tanto la entrada a quienes venían en socorro como la salida a quienes querían huir.

En tal situación, los árabes enviaron embajadas a Herodes: primero para tratar la paz; luego —pues la sed apremiaba— dispuestos a aceptar cualquier cosa y pidiendo obtener por el momento salvo el pellejo. Pero él no admitía ni embajadores, ni rescate por los cautivos, ni ninguna otra propuesta moderada, empeñado en vengar las iniquidades que aquellos habían cometido contra los judíos. Forzados por todo, y sobre todo por la sed, iban entregándose a que los llevaran y encadenaran; y en cinco días se rindieron así hasta cuatro mil. Al sexto, todos los que quedaban resolvieron salir y, según la ley de la guerra, marchar contra el enemigo y atacarlo, prefiriendo, aun a riesgo de padecer algo, eso a perecer de a poco y sin gloria.

Con esta decisión salieron del atrincheramiento, pero de ningún modo resistieron en la batalla: quebrantados de alma y de cuerpo, sin espacio para pelear con brillo, y teniendo por ganancia el morir en la desgracia antes que seguir viviendo. Cayeron de ellos, en aquel primer choque, unos siete mil. Tras semejante golpe, perdieron todo el ánimo que antes tenían; y, admirando en medio de sus propias desdichas la pericia militar de Herodes, en adelante cedieron y lo proclamaron protector de su nación. Él, teniéndose por muy digno de orgullo tras estos éxitos, regresó a su tierra, habiendo ganado además prestigio por esta hazaña.

En lo demás, pues, todo le iba bien, habiéndose vuelto en todo difícil de atacar; pero le sobrevino un peligro al decidirse la suerte del conjunto, cuando César venció a Antonio en la batalla de Accio. Pues entonces se dieron por perdidos los asuntos, tanto para el propio Herodes como para cuantos lo rodeaban, lo mismo enemigos que amigos; no era verosímil que quedara impune tras haber tenido tan grande amistad con Antonio. Así, sus amigos desesperaban de las esperanzas puestas en él, y cuantos le eran hostiles fingían de puertas afuera compartir su pena, pero por dentro se regocijaban en secreto, aguardando alcanzar un cambio para mejor.

El propio Herodes, viendo que solo Hircano gozaba de dignidad real, juzgó conveniente no dejarlo ya como estorbo: si él mismo se salvaba y escapaba del peligro, lo tenía por seguro para que en tales trances no hubiera un hombre más digno del reino aguardando la ocasión de arrebatárselo; y si algo le ocurría por obra de César, deseaba, por envidia, eliminar al único que podría quedar en el trono.

Mientras revolvía esto en su mente, algo cedió también de parte de aquellos. Hircano, por la benignidad de su carácter, ni entonces ni en ningún otro tiempo quiso entrometerse ni tramar novedades, contentándose con amar cuanto le venía de la fortuna. Pero Alejandra era pendenciera y, llevando sin freno la esperanza del cambio, hablaba a su padre para que no aguardara hasta el extremo la iniquidad de Herodes contra su casa, sino que se adelantara asegurando de antemano sus esperanzas futuras, y le pedía que escribiera sobre esto a Málico, que tenía el mando de Arabia, para que lo acogiese y lo tuviera a salvo; pues, si se retiraban de allí y los asuntos de Herodes iban —como era verosímil, estando en enemistad con César— a tal punto, ellos mismos serían los únicos en recuperar el poder, tanto por el linaje como por el afecto de las multitudes.

Ante estas persuasiones, Hircano rechazaba tales palabras; pero como ella, presa de algo pendenciero y muy femenino, no lo dejaba ni de noche ni de día, hablándole siempre de esto y de las asechanzas de Herodes contra ellos, al fin lo convenció de entregar una carta a un tal Dositeo, de los amigos que lo rodeaban, en la que se disponía que el árabe le enviara jinetes que los recogieran y escoltaran hasta el lago Asfaltites —que dista de la frontera de los habitantes de Yerushaláyim trescientos estadios. Confiaba en Dositeo porque este servía tanto a él como a Alejandra, y no tenía pequeños motivos de malquerencia hacia Herodes: era pariente de aquel Yosef a quien Herodes había hecho matar, y hermano de los que antes habían sido asesinados en Tiro por Antonio.

Sin embargo, esto no llevó a Dositeo a serle fiel a Hircano en el encargo, sino que, anteponiendo a los intereses de aquel las esperanzas puestas en el que reinaba, entregó la carta a Herodes. Este, agradeciéndole su lealtad, le pidió además que le prestara todavía este servicio: que plegara la carta, la sellara y se la entregara a Málico, y recibiese la respuesta de aquel; pues no importaba poco conocer también el parecer de Málico. Cumplido esto con presteza por Dositeo, el árabe contestó por escrito que acogería tanto a Hircano como a todos los que fueran con él y a cuantos judíos pensaran como él, y que enviaría una fuerza que los condujera con seguridad, y que nada les faltaría de cuanto pedían.

Cuando Herodes recibió también esta carta, mandó llamar en seguida a Hircano y lo interrogó sobre los pactos que había hecho con Málico. Como aquel lo negara, mostró las cartas al Sanhedrín e hizo dar muerte al hombre.

Esto lo escribimos nosotros tal como se contenía en las memorias del rey Herodes. Pero otros no concuerdan en ello: opinan que Herodes no lo mató por tales motivos, sino más bien por asechanza, achacando a Hircano la culpa, según su costumbre. Escriben, en efecto, así: que en cierto banquete, sin dar ningún motivo de sospecha, Herodes preguntó a Hircano si había recibido algunas cartas de Málico; y que aquel reconoció haber recibido una carta de saludo; y que le preguntó de nuevo si había recibido también algún regalo; y como respondiera que no había recibido más que cuatro caballos de monta que le había enviado, Herodes, tomando eso por acusación de soborno y traición, mandó ahorcar al hombre.

Como pruebas de que sin culpa cayó en semejante fin, aducen la benignidad de su carácter y el que ni en su juventud dio muestra de osadía o temeridad, ni cuando él mismo tenía el reino, sino que aun en él dejó a Antípatro la mayor parte de la administración. Tenía entonces más de ochenta años, y sabía que Herodes gobernaba con toda seguridad; había cruzado además el Éufrates, dejando atrás a quienes al otro lado lo honraban, para ponerse por entero en manos de aquel. Emprender, pues, alguna novedad y meterse en tales cosas es de lo más increíble y ajeno a su índole: todo esto fue un pretexto de Herodes.

Tal fue el fin que le tocó a Hircano en su vida, tras haber experimentado en ella suertes varias y de todo género. En efecto, desde el principio, reinando su madre Alejandra, fue nombrado sumo sacerdote de la nación de los judíos y retuvo el cargo nueve años. Y al recibir el reino a la muerte de su madre, tras conservarlo tres meses, fue expulsado por su hermano Aristóbulo; pero fue repuesto luego por Pompeyo y, recuperando todas sus dignidades, permaneció en ellas cuarenta años. Despojado por segunda vez por Antígono y mutilado en su cuerpo, cayó prisionero entre los partos. Y de allí volvió con el tiempo a su patria, por las esperanzas que Herodes le ofrecía, ninguna de las cuales se cumplió como esperaba, tras una vida llena de padecimientos; y lo más penoso, como hemos dicho antes, fue hallar en la vejez un fin indigno de él. Parece, en efecto, haber sido benigno y moderado en todo, y haber llevado la mayor parte del gobierno por medio de administradores, sin ser entrometido ni capaz de estar al frente de un reino. Antípatro y Herodes llegaron hasta donde llegaron precisamente por su benignidad; y él, al cabo, recibió de ellos un fin que no fue ni justo ni piadoso.

Herodes, una vez que quitó de en medio a Hircano, apresurándose hacia César y sin poder esperar nada bueno para sus asuntos a causa de la amistad que había tenido con Antonio, sospechaba de Alejandra, no fuera que, aprovechando la ocasión, sublevara a la multitud y perturbara los asuntos del reino. Confió, pues, todo a su hermano Feroras, y a su madre Cipros, a su hermana y a toda su parentela las instaló en Masada, ordenando que, si oían algo grave acerca de él, se hicieran cargo del poder.

En cuanto a Mariamna, su esposa —pues no era posible que, en desavenencia con la hermana y la madre de él, tuviera con ellas la misma morada—, la instaló en Alejandrión junto con Alejandra, su madre, dejando sobre ellas al tesorero Yosef y al itureo Sohemo, hombres que le habían sido desde el principio fidelísimos, y que entonces, con el pretexto de honrarlas, quedaban como guardianes de las mujeres. Tenían también estos la orden de que, si sabían algo grave acerca de él, dieran muerte de inmediato a ambas mujeres, y conservaran en lo posible el reino para sus hijos junto con su hermano Feroras.

Dadas estas instrucciones, él mismo se apresuró a Rodas para encontrarse con César. Y cuando arribó a la ciudad, se despojó de la diadema, mas sin ceder nada de su restante dignidad; y al ser admitido a conversar en la entrevista, mostró mucho más la grandeza de su ánimo, pues no recurrió a súplicas, como era de esperar en tales circunstancias, ni presentó ruego alguno como por faltas cometidas, sino que dio cuenta de sus actos sin rebajarse.

Dijo, en efecto, a César que había tenido grandísima amistad con Antonio y que había hecho todo cuanto estuvo en su poder para que el poder quedara en manos de aquel; que no había participado en la campaña por estar ocupado con los árabes, pero que le había enviado dinero y grano. Y que aun esto era menos de lo que debía haber hecho: pues quien se reconoce amigo y sabe que el otro es su bienhechor debe compartir el peligro con toda su alma, su cuerpo y su hacienda —y en eso él había obrado menos de lo debido. Pero al menos tenía la buena conciencia de haber obrado bien en no abandonar a Antonio ni siquiera tras la derrota de Accio, ni haber pasado con las esperanzas cuando ya visiblemente cambiaba la fortuna, sino haberse conservado, si no como aliado bastante, al menos como el más hábil consejero de Antonio, indicándole la única causa de que pudiera salvarse y no caer de su poder: eliminar a Cleopatra.

«Pues, muerta ella de antemano, le quedaba a él gobernar los asuntos, y le sería más fácil hallar un acuerdo contigo que la enemistad. Nada de esto meditó él, y con perjuicio suyo, pero en provecho tuyo, prefirió la insensatez. Ahora bien, si por tu cólera contra Antonio juzgas también mi lealtad, no negaré lo hecho ni me avergonzaré de declarar a las claras mi afecto por aquel. Pero si, apartando la persona, examinas quién soy yo para con mis bienhechores y qué clase de amigo, podrás conocernos por la prueba de lo ya ocurrido; pues, cambiado el nombre, no por eso valdrá menos entre nosotros la firmeza misma de la amistad.»

Diciendo tales cosas y mostrando por completo la nobleza de su alma, atrajo no poco a César, que era hombre magnánimo y espléndido, hasta el punto de que las mismas causas de las acusaciones se le volvieron ya en fundamento de su afecto por él. Le restituyó la diadema y, exhortándolo a mostrarse hacia él no menos que antes lo había sido hacia Antonio, lo colmó de honores, añadiendo que también Quinto Didio le había escrito que Herodes le había prestado con todo empeño ayuda contra los gladiadores.

Estimado de tan gran acogida y viendo, contra sus esperanzas, que de nuevo desde el principio se le confirmaba el reino más firmemente por donación de César y decreto de los romanos —lo cual aquel gestionó para su seguridad—, escoltó a César hacia Mitsraim, obsequiándolo por encima de sus posibilidades, a él y a sus amigos, y mostrando toda magnanimidad. Pidió también que Alejandro, uno de los íntimos de Antonio, no sufriera nada irreparable; pero no lo consiguió, pues César estaba ya ligado por un juramento.

Regresó de nuevo a Judea con mayor honor y libertad, y causó asombro a quienes esperaban lo contrario, como quien de los peligros sacaba siempre, por la benevolencia de Dios, algo más brillante. Al punto se ocupó del recibimiento de César, que estaba a punto de invadir Mitsraim desde Siria. Y cuando llegó, lo recibió en Ptolemaida con toda la pompa real, y ofreció también a la tropa dones de hospitalidad y abundancia de provisiones. Se contaba entre los más adictos, cabalgando junto a César mientras este ordenaba sus fuerzas, y agasajándolo a él y a sus amigos con ciento cincuenta hombres de servicio adiestrados en todo para el lujo y la opulencia.

Les proporcionó también, al atravesar la región sin agua, el abastecimiento de lo urgente, de modo que no faltase ni vino ni agua —lo que más necesitaban los soldados. Y al propio César lo obsequió con ochocientos talentos, e hizo que todos advirtieran que en sus servicios mostraba algo mucho mayor y más espléndido que el reino que poseía. Esto lo acreditó aún más en fe de su afecto y buena voluntad, y le reportó grandísimo provecho al ajustar su magnanimidad a la necesidad del momento. Y cuando de nuevo regresaban de Mitsraim los principales, no se mostró inferior a ninguno en los servicios.

Entonces, sin embargo, al hallarse en su reino, encontró revuelta su casa y en malos términos a su mujer Mariamna y a la madre de esta, Alejandra. Pues, creyendo —como era de sospechar— que no las habían puesto en aquella plaza por seguridad de sus personas, sino como en prisión, sin poder de disponer ni de los demás ni de sí mismas, lo llevaban a mal. Y Mariamna suponía que el amor del rey no era sino una ficción y un engaño urdido en provecho de él, y se dolía de que, si algo grave le sucedía a Herodes, no le quedara a ella esperanza de vivir por su causa; y recordaba las instrucciones dadas a Yosef, de suerte que ya se ganaba con halagos a los guardianes, y sobre todo a Sohemo, sabiendo que en él estaba todo.

Sohemo, al principio, era fiel y no descuidaba nada de lo que Herodes le había encargado; pero, como las mujeres lo cortejaban con palabras y regalos cada vez más insistentes, fue cediendo poco a poco y al fin les reveló todas las instrucciones del rey, sobre todo por no esperar ya que este volviera con el mismo poder; en lo cual creía además que, escapando del peligro que de él le venía, haría no pequeño favor a las mujeres, quienes, según lo probable, no perderían su dignidad presente, sino que aun tendrían más con qué recompensarlo, ya reinando ellas mismas, ya quedando cerca del que reinara. Y no menos lo animaba pensar que, aun si Herodes regresaba habiéndolo logrado todo a su gusto, este en nada podría contradecir a su mujer si ella algo quería; pues sabía que el amor del rey por Mariamna era mayor de lo que se puede decir.

Cuando Sohemo, cediendo a esto, le reveló las instrucciones, Mariamna lo oyó con pesar, viendo que no habría para ella término de los peligros que le venían de Herodes; y quedó en tal disposición que rogaba que a él no le tocara suerte igual, juzgando insoportable la vida a su lado si él regresaba. Y esto lo dejó ver después, sin ocultar en nada su sentimiento.

Pues él, habiendo arribado tras grandes éxitos alcanzados contra toda esperanza, primero, como era natural, a su mujer le anunciaba estas buenas nuevas, y solo a ella, entre todas, por el amor y la intimidad que con ella tenía, la abrazaba con predilección. Pero a ella, al referirle él sus prosperidades, le ocurría dolerse más que alegrarse, y no le era posible ocultar su sentimiento. Antes bien, por altivez y por la nobleza que la sobraba, ante sus abrazos gemía, y ante sus relatos mostraba fastidio más que compartir la alegría, de modo que aquello, no solo sospechoso sino manifiesto, turbaba a Herodes.

Se afligía, en efecto, viendo el desmedido odio de su mujer hacia él, sin disimulo alguno; le pesaba el asunto y, sin poder soportar su amor, no permanecía ni en la ira ni en la reconciliación, sino que, pasando siempre de lo uno a lo otro, en ambos extremos se hallaba en gran perplejidad. Así, cogido en medio entre el odio y el amor, y muchas veces dispuesto a castigar su altanería, por estar su alma cautiva se volvía demasiado débil para apartar de sí a aquella mujer. En suma, aunque de buena gana la habría castigado, temía que, muerta ella, sin advertirlo se cobraría de sí mismo un castigo mayor.

Al ver la hermana y la madre que él estaba así respecto de Mariamna, juzgaron haber hallado el mejor momento para su odio contra ella, y con sus habladurías azuzaban no poco a Herodes con calumnias capaces de infundir a la vez odio y celos. Él ni oía a disgusto tales palabras, ni se atrevía a hacer algo contra su mujer, como quien confiaba en ella; pero cada vez estaba peor con ella, y su pasión se encendía en respuesta, pues ni ella ocultaba su disposición, ni él dejaba de mudar siempre el amor en ira.

Y en seguida se habría cometido alguna cosa irreparable; pero, anunciándose que César vencía en la guerra y que, muertos Antonio y Cleopatra, se había apoderado de Mitsraim, apresurándose a salir al encuentro de César, dejó los asuntos de su casa tal como estaban. Al partir él, Mariamna le presentó a Sohemo y le manifestó mucho agradecimiento por su cuidado, y le pidió al rey para él un mando de distrito. Y aquel obtuvo el honor.

Herodes, hallándose en Mitsraim, conversó con César con mayor franqueza, ya como amigo, y fue estimado de grandísimas mercedes: pues le regaló cuatrocientos de los gálatas que habían sido guardia de Cleopatra, y le devolvió la tierra que por causa de ella le había sido quitada. Añadió además a su reino Gádara, Hipos y Shomrón, y del litoral Gaza, Antedón, Yafo y la Torre de Estratón.

Logrado también esto, se hizo más ilustre; y escoltó a César hasta Antioquía. Él mismo, al regresar, cuanto veía crecer su prosperidad por lo de fuera, tanto padecía en lo doméstico, y sobre todo en lo tocante a su matrimonio, en el cual antes parecía más afortunado; pues sentía por Mariamna un amor no menor que ninguno de los que se cuentan, y con justicia. Ella, en lo demás, era casta y fiel para con él, pero tenía algo a la vez femenino y áspero por naturaleza, y abusaba a placer de quien estaba esclavizado por el deseo; sin tener en cuenta que era otro el que reinaba y la dominaba, muchas veces se comportó con él de manera insolente, y él lo sobrellevaba con entereza, disimulándolo, y aun magnánimamente. Y a las claras se burlaba de la madre y de la hermana por su bajo linaje y las denostaba, de suerte que ya había entre las mujeres discordia y odio implacable, y por entonces también mayores calumnias.

Y la sospecha, alimentándose, se prolongó por espacio de un año desde que Herodes regresó de junto a César. Al fin, lo que desde hacía tiempo se venía fraguando estalló, dándose esta ocasión: recostándose el rey para descansar, siendo el mediodía, llamó a Mariamna por el cariño que siempre le tenía. Ella entró, mas no se recostó, y, despreciando su deseo, lo injurió, reprochándole que había dado muerte a su padre y a su hermano.

Como él llevara a mal aquel ultraje y estuviera pronto a la temeridad, la hermana del rey, Salomé, advirtiendo el creciente alboroto, envió al copero —de tiempo atrás preparado— mandándole decir que Mariamna lo había persuadido a componerle un filtro amoroso para el rey. Y si aquel se turbaba y preguntaba qué era eso, debía decir que se trataba de un veneno que ella tenía y a él le rogaba administrar; pero, si no se conmovía por lo del filtro, debía dejar caer el asunto, pues ningún peligro le acarreaba. Instruido así de antemano, en aquel momento lo envió a hablar.

El copero entró con aire persuasivo y a la vez con presteza, diciendo que Mariamna le había hecho regalos y lo instaba a darle al rey un filtro. Turbado con esto y preguntando qué filtro era, dijo que un veneno que ella le había dado, cuya virtud él mismo no conocía, y que por eso había juzgado más seguro para él y para el rey denunciarlo. Al oír Herodes tales palabras, y estando ya de antes mal dispuesto, se irritó aún más, y sometió a tormento al eunuco, que era el más fiel a Mariamna, para averiguar lo del veneno, sabiendo que sin él no era posible que se hubiese hecho nada, ni mayor ni menor.

Puesto el hombre en el tormento, nada podía decir de aquello por lo que era atormentado; pero dijo que el odio de la mujer hacia él nacía de las palabras que Sohemo le había referido. Aún estaba diciendo esto, cuando el rey, con un gran grito, exclamó que Sohemo, que en todo el demás tiempo le había sido fidelísimo a él y al reino, no habría traicionado sus instrucciones de no haber ido más allá en su trato con Mariamna.

Y en seguida mandó prender y matar a Sohemo. En cuanto a su mujer, le concedió un juicio: reuniendo a sus más íntimos, presentó con empeño la acusación acerca de los filtros y venenos de las calumnias. Estuvo desmedido en su discurso y más airado de lo que convenía a un juicio; y al fin, los presentes, viéndolo en tal estado, votaron su muerte. Emitida la sentencia, le vino sin embargo a él y a algunos de los presentes la idea de no matarla tan precipitadamente, sino recluirla en alguna de las fortalezas del reino. Pero las gentes de Salomé se empeñaron en quitar de en medio a aquella mujer, y persuadieron más al rey aconsejándole que se guardara de las turbulencias de la multitud si ella quedaba con vida. Así, pues, Mariamna era conducida a la muerte.

Alejandra, al comprender la situación —y que poca esperanza le quedaba de no correr ella misma la misma suerte a manos de Herodes—, mudó de actitud de modo contrario a su primer atrevimiento y muy indecoroso. Pues, queriendo aparentar que ignoraba los cargos por los que su hija estaba presa, se abalanzó e injurió a Mariamna a la vista de todos, gritando que se había vuelto una mala mujer, ingrata con su marido, y que sufría un castigo justo por haberse atrevido a tales cosas —pues no había correspondido como debía al bienhechor de todos ellos.

Mientras Alejandra representaba así, de forma indecente, esta comedia, atreviéndose incluso a tirarle del cabello, muchos —como era de esperar— reprobaron su impropia farsa; pero quien más la puso en evidencia fue la propia condenada. Porque no le dirigió palabra alguna ni se turbó ante aquel arrebato; solo la miró, y dejó ver que, por grandeza de ánimo, le dolía la falta y sobre todo el que su madre se degradara de manera tan manifiesta. Ella misma marchó a la muerte con semblante sereno y sin que se le mudara el color del rostro, mostrando su nobleza sin equívoco, aun en el trance final, a cuantos la contemplaban.

Así murió aquella mujer, dotada como la que más para el dominio de sí y para la grandeza de alma. Le faltaba, eso sí, la mesura, y había en su carácter demasiado espíritu de porfía; en cambio, en hermosura de cuerpo y en la dignidad de su trato superaba a las mujeres de su tiempo más de lo que puede decirse. De ahí venía, en buena parte, que no viviera de manera grata al rey ni conforme a su gusto: como era cortejada por el amor de él y no temía de él ningún mal, se tomaba una libertad de palabra sin medida. Le dolían también los agravios hechos a los suyos, y creía tener derecho a reprocharle todo aquello, tal como lo había padecido. Al final consiguió con ello que se le volvieran enemigas la madre y la hermana del rey, y el rey mismo, el único de quien confiaba no recibir daño alguno.

Muerta ella, la pasión del rey se encendió aún más. Ya antes hemos mostrado cómo era: su amor por ella no era sereno ni de esos que nacen de la costumbre, sino que había comenzado con arrebato, y ni la excesiva franqueza de la convivencia logró que dejara de acrecentarse sin cesar. Entonces pareció acometerlo con más fuerza, como por una especie de venganza divina por la muerte de Mariamna. Una y otra vez la llamaba a voces; una y otra vez rompía en llanto indecoroso. Ideaba cuanto pudiera servirle de distracción —banquetes y reuniones—, y nada de esto le bastaba. Descuidó, pues, el gobierno del reino, y de tal modo lo vencía el dolor que llegó a ordenar a sus criados que llamaran a Mariamna, como si aún viviera y pudiera responder.

Estando así las cosas, sobrevino una peste que se llevó a la mayor parte del pueblo y a los más honrados de sus amigos, y dio a todos motivo para sospechar que aquello había caído sobre ellos por castigo divino, a causa del crimen cometido contra Mariamna. Esto empeoró todavía más al rey. Al fin, retirándose a los desiertos y atormentándose en ellos con el pretexto de la caza, no habían pasado muchos días cuando cayó en una dolencia gravísima. Consistía en una inflamación, un dolor en la nuca y una perturbación de la mente. Ninguno de los remedios lograba aliviarlo; al contrario, obrando en su daño, lo llevaban a la desesperación. Los médicos que lo asistían, viendo que la enfermedad no cedía en nada a los remedios que aplicaban, y que el rey no podía llevar otro régimen que el que la violencia del mal le imponía, resolvieron concederle todo cuanto se le antojara, confiando a la fortuna la escasa esperanza de salvación que quedaba en la libertad de ese régimen. Y de este modo se curaba en Shomrón, la llamada Sebaste.

Alejandra, que residía en Yerushaláyim y se enteraba de su estado, se afanó por hacerse con las fortalezas de la ciudad. Eran dos: una de la ciudad misma, y otra del Templo. Quienes las dominaban tenían en su mano a toda la nación, pues sin ellas no podían celebrarse los sacrificios, y no cumplir estos resultaba imposible para cualquier judío, dispuestos como estaban a entregar antes la vida que el culto que acostumbran rendir a Dios. Así que Alejandra se dirigió con sus palabras a los que custodiaban aquellas plazas: convenía —les decía— entregárselas a ella y a los hijos de Herodes, no fuera que, si él moría, algún otro se adelantara a apoderarse del poder; y si sanaba, nadie las guardaría con más seguridad que sus propios parientes. No recibieron con agrado tales palabras; al contrario, fieles ya de antes, se mantuvieron entonces aún más firmes, por odio a Alejandra y por juzgar impío darlo por perdido mientras Herodes viviera. Eran amigos suyos desde tiempo atrás, y uno de ellos, Aquiab, era incluso primo del rey.

Sin tardanza enviaron a informarle del propósito de Alejandra. Él, sin dilación alguna, ordenó darle muerte. En cuanto a sí mismo, apenas y con gran padecimiento había escapado de la enfermedad; quedó de ánimo agrio y quebrantado en cuerpo y alma, propenso al malhumor, y por cualquier motivo recurría con más presteza al castigo de quienes caían en sus manos. Dio muerte también a sus amigos más íntimos: Costobaro, Lisímaco, el Antípatro llamado Gadias y, además, Dosíteo, por la causa que sigue.

Costobaro era de linaje idumeo, de los de más alta dignidad entre ellos, y de antepasados que habían ejercido el sacerdocio de Koze —dios que los idumeos veneran. Cuando Hircano había hecho pasar el régimen de aquel pueblo a las costumbres y leyes de los judíos, Herodes, al recibir el reino, nombró a Costobaro gobernador de Idumea y de Gaza, y le dio por esposa a su hermana Salomé —tras haber dado muerte a Yosef, que la había tomado antes, como ya hemos referido. Costobaro, alcanzada de buen grado y contra toda expectativa semejante fortuna, se envaneció con ella y poco a poco se fue extralimitando. No le parecía digno de sí obedecer las órdenes de Herodes mientras este mandara, ni justo que los idumeos, que habían adoptado las costumbres de los judíos, siguieran bajo su dominio. Y envió mensaje a Cleopatra, alegando que Idumea había pertenecido siempre a los antepasados de ella, y que por eso era justo pedir aquella tierra a Antonio; él, por su parte, estaba dispuesto a pasar su lealtad a Cleopatra. Obraba así no porque le agradara más estar bajo el poder de Cleopatra, sino porque pensaba que, si a Herodes se le arrancaba buena parte de su dominio, le sería fácil hacerse por sí mismo con el mando del pueblo idumeo y llegar aún más lejos. Iba, en efecto, más allá con sus esperanzas, pues contaba con no pocos recursos de linaje y de riqueza —amasada con una codicia sin escrúpulos— y no maquinaba nada pequeño.

Cleopatra, pues, pidió aquella tierra a Antonio, pero no lo consiguió. Las palabras de Costobaro llegaron a oídos de Herodes, quien, aunque dispuesto a matarlo, cedió sin embargo a los ruegos de su hermana y de su madre, lo dejó vivir y lo tuvo por digno de perdón; pero en adelante no lo miró libre de sospecha, por aquella intentona.

Pasado algún tiempo, sucedió que Salomé riñó con Costobaro y al punto le envió un escrito por el que disolvía el matrimonio, cosa contraria a las leyes de los judíos. Pues entre nosotros esto le está permitido al varón, pero no a la mujer, que ni separada puede volver a casarse por su cuenta si el marido anterior no lo consiente. Pero Salomé, prefiriendo no la ley de los suyos, sino la del poder, rompió antes la convivencia y dijo a su hermano Herodes que había abandonado a su marido por lealtad hacia él, pues había sabido que Costobaro, junto con Antípatro, Lisímaco y Dosíteo, aspiraba a un cambio de régimen. Y como prueba de sus palabras adujo a los hijos de Sabas: que este los tenía a salvo desde hacía ya doce años. Así era en efecto, y la noticia produjo en el rey gran turbación, por inesperada, y tanto más lo conmovió cuanto más sorprendente le resultó. Pues lo tocante a los hijos de Sabas había querido antes castigarlo, por haberle sido hostiles en su empresa; pero luego, con el paso del tiempo, se le había ido de la memoria.

La enemistad y el odio hacia ellos nacían de esto: cuando Antígono ocupaba el trono, Herodes sitiaba con sus tropas la ciudad de los habitantes de Yerushaláyim, y, por la presión de los males que agobian a los sitiados, eran ya mayoría los que reclamaban a Herodes y volvían hacia él sus esperanzas. Pero los hijos de Sabas, hombres de dignidad y poderosos ante el pueblo, seguían fieles a Antígono; no cesaban de difamar a Herodes y de exhortar a la gente a conservar para sus reyes el mando que les venía de su propia estirpe. En este sentido obraban, juzgándolo además conveniente para sí. Cuando la ciudad fue tomada y Herodes se hizo dueño de la situación, Costobaro, encargado de cerrar las salidas y vigilar la ciudad para que no escaparan de ella los ciudadanos endeudados o los que hacían política contraria al rey, sabedor de que los hijos de Sabas gozaban del aprecio y la estima de todo el pueblo, y pensando que preservarlos sería para él una gran baza ante los vaivenes de la fortuna, los ocultó a escondidas y los escondió en sus propias fincas. Y entonces —pues había corrido ya la sospecha de la verdad— aseguró a Herodes bajo juramento que nada sabía acerca de ellos, y se libró de toda sospecha. Pero más tarde, cuando el rey publicó edictos y recompensas para el delator y discurrió toda clase de pesquisas, Costobaro no llegó a confesar; al contrario, como al principio lo había negado y estaba convencido de que descubrirlos ahora no le saldría impune, se aferró a mantenerlos ocultos —ya no solo por afecto, sino también por necesidad. Cuando su hermana le reveló todo esto, el rey mandó a los lugares donde se había denunciado que se ocultaban, y dio muerte a aquellos y a los acusados con ellos, de suerte que no quedó nada del linaje de Hircano y el reino quedó por entero en su mano, sin que nadie de rango se le interpusiera en sus atropellos.

Por esto se apartó todavía más de las costumbres patrias y, con usos extranjeros, fue corrompiendo poco a poco el antiguo orden, que hasta entonces había permanecido intacto. De ahí nos vino, y no pequeño, un daño también para el tiempo posterior, al descuidarse cuanto antes movía a la piedad a las multitudes. En efecto, instituyó primero un certamen atlético quinquenal en honor de César, y edificó un teatro en Yerushaláyim, y luego, en la llanura, un anfiteatro enorme: ambos vistosos por su lujo, pero ajenos a la costumbre de los judíos, pues ni el uso de tales cosas ni la exhibición de semejantes espectáculos nos han sido transmitidos.

La celebración de aquellos juegos quinquenales la llevó a cabo con el mayor esplendor, anunciándola a los pueblos vecinos y convocando a gente de toda nación. Atletas y demás competidores acudían de todas las tierras, atraídos por los premios ofrecidos y por la gloria de la victoria, y se reunieron los más destacados en cada disciplina. Pues ofrecía premios cuantiosísimos no solo a los del ejercicio gimnástico, sino también a los cultivadores de la música y a los llamados artistas de la escena; y puso gran empeño en que acudieran a la competición todos los más renombrados. Estableció además no pequeñas recompensas para las cuadrigas, las bigas y los caballos de silla, e imitó cuanto en cada pueblo se cultivaba por su magnificencia o solemnidad, ambicioso de que la exhibición le diera renombre.

El teatro estaba rodeado en todo su contorno de inscripciones de César y de trofeos de las naciones que aquel había conquistado en guerra, todos labrados para él en oro puro y plata. En cuanto al aparato, no había nada tan precioso —ni en vestiduras ni en engastes de piedras preciosas— que no se mostrara junto con los espectáculos ofrecidos. Hubo también una provisión de fieras: leones en gran número reunidos para él, y otras bestias, ya de fuerza descomunal, ya de las más raras por su especie. Se organizaban luchas de estas fieras entre sí, y combates contra ellas de hombres condenados: para los extranjeros, asombro a la vez por el gasto y deleite por los peligros del espectáculo; pero para los del país, manifiesta ruina de las costumbres que ellos tenían por sagradas. Pues parecía a las claras impío arrojar hombres a las fieras para gozo de otros hombres que miraban, e impío también trocar sus usos por prácticas extranjeras. Pero más que nada les dolían los trofeos, pues, creyendo que aquellas figuras cubiertas de armas eran imágenes —cosa cuyo culto no les venía de los padres—, se indignaban sin medida.

Su agitación no le pasó inadvertida a Herodes; y, juzgando inoportuno emplear la fuerza, habló con algunos y los consoló, tratando de quitarles aquel escrúpulo religioso. Pero no logró convencerlos; al contrario, molestos por lo que creían una falta suya, clamaban a una que, aunque todo lo demás les pareciera soportable, no tolerarían imágenes de hombres en la ciudad —refiriéndose a los trofeos—, pues no era cosa de sus padres. Herodes, viéndolos alterados y difíciles de apaciguar si no recibían algún consuelo, llamó al teatro a los más notables de ellos y, mostrándoles los trofeos, les preguntó qué les parecía que eran aquello. Cuando ellos gritaron «¡Imágenes de hombres!», mandó despojarlos del ornato removible y les mostró la madera desnuda. Y una vez desmantelados, fueron al punto motivo de risa; y mucho contribuyó a disipar su enojo el darse cuenta de que antes habían tomado por verdaderas imágenes lo que no eran sino simples armazones.

Habiendo desbaratado así a la multitud y disipado el arrebato que la ira les había provocado, la mayoría quedó de tal ánimo que se aplacó y dejó de irritarse. Pero algunos persistían en su rechazo de aquellas prácticas inusitadas, y, teniendo por principio de grandes males la abolición de lo patrio, juzgaron cosa piadosa arriesgarlo todo antes que consentir, mientras se les mudaba el modo de vida, en mirar impasibles cómo Herodes imponía por la fuerza lo que no era de costumbre —rey de nombre, pero de hecho enemigo declarado de toda la nación. A partir de esto, diez ciudadanos se conjuraron para afrontar cualquier peligro, ocultando dagas bajo los mantos. Estaba con ellos, en la conjura, un hombre ciego —movido por la indignación de cuanto oía—, uno de los que habían perdido la vista; no porque pudiera obrar o hacer nada en el atentado, sino ofreciéndose de antemano a padecer, si algún mal les sobrevenía también a ellos, para que su presencia diera a los conjurados un impulso nada escaso.

Tomada esta resolución, a una señal convenida marcharon al teatro, esperando que ni el mismo Herodes escaparía si le caían encima por sorpresa, y creyendo que, aun si no lo alcanzaban a él, matarían a muchos de los suyos. Y con eso les bastaba, aunque hubieran de morir: hacer que el propio rey reparara en los ultrajes que parecía infligir al pueblo. Ellos, pues, apostados de antemano, estaban llenos de tal decisión. Pero uno de los que Herodes tenía encargados de husmear y denunciar estas cosas, habiendo descubierto todo el complot, se lo reveló al rey cuando este iba a entrar en el teatro. Y él —pues no juzgó inverosímil la delación, atendiendo al odio que sabía que le tenía la mayoría y a los tumultos que surgían a propósito de cada una de sus disposiciones— se retiró al palacio y fue llamando por su nombre a los acusados.

Cuando los guardias se les echaron encima y los sorprendieron en flagrante, comprendieron que no podían escapar, pero engalanaron el forzoso desenlace de su muerte no cediendo un ápice de su ánimo. Pues, sin turbarse ni negar el hecho, mostraron las dagas —ya en manos ajenas— y declararon que su conjura había sido noble y piadosa, no por lucro alguno ni por pasiones propias, sino, ante todo, por las costumbres comunes, que a todos conviene o guardar o morir por ellas. Tras hablar así con franqueza del designio de su conjura, se los llevaron rodeados por los hombres del rey y, después de soportar toda clase de tormentos, fueron ejecutados. No mucho después, unos individuos, arrebatando por odio al delator, no solo lo mataron, sino que, descuartizándolo miembro a miembro, lo arrojaron a los perros. Muchos ciudadanos vieron lo ocurrido y ninguno lo denunció, hasta que Herodes, llevando la pesquisa con más encono y saña, hizo torturar a algunas mujeres, que confesaron lo que habían visto hacer. Los autores fueron castigados: el rey persiguió su temeridad hasta con sus familias enteras.

Pero la constancia de su padecer y la firmeza indómita de su lealtad a las leyes le hicieron ver a Herodes que no lo tendría fácil si no dominaba con toda seguridad; y resolvió cercar al pueblo por todos lados, para que ninguna sublevación de los revoltosos pudiera manifestarse. Así, teniendo asegurada la ciudad con el palacio en que residía, y el Templo con la solidez de la fortaleza que lo dominaba —la llamada Antonia, construida por él—, concibió una tercera plaza fuerte contra todo el pueblo: Shomrón, a la que dio el nombre de Sebaste. Pensaba que con ello fortificaría aquel lugar no menos frente al país —pues distaba de Yerushaláyim una jornada de camino y resultaba útil y de provecho común tanto para los de la ciudad como para los del campo—. Y para toda la nación edificó una fortaleza, antes llamada la torre de Estratón, y bautizada por él Cesarea. Y en la gran llanura, tras asignar un terreno a la caballería escogida de su guardia, fundó una colonia lindante con Galilea, llamada Gaba, y en Perea la Esebonítide.

Estas cosas, pues, las iba ideando siempre punto por punto en aras de la seguridad, y, repartiendo a toda la nación en guarniciones, buscaba que lo menos posible se lanzaran a desórdenes por licencia —a los que, al menor movimiento, recurrían sin cesar— y que no pasaran inadvertidos ni aunque intentaran algo, pues siempre había apostados cerca hombres capaces de enterarse y de impedirlo. Por entonces, decidido a amurallar Shomrón, se aplicó a poblarla con muchos de los que habían combatido a su lado en las guerras y con muchos de los pueblos vecinos, tanto por la ambición de levantar una ciudad nueva —que antes de él no figuraba entre las notables— cuanto, sobre todo, porque su afán perseguía su propia seguridad. Le cambió el nombre, llamándola Sebaste, y repartió entre los pobladores la comarca colindante, que era excelente, para que se establecieran de golpe en la abundancia. Rodeó la ciudad con una muralla recia, aprovechando lo escarpado del terreno para hacerla inexpugnable, y abarcó un perímetro que ya no era, como al principio, pequeño, sino tal que no cedía a ninguna de las ciudades más renombradas: eran veinte estadios. En el interior, y hacia el centro, reservó un recinto sagrado de tres medios estadios, adornado de todas las maneras, y en él erigió un templo que, por tamaño y belleza, se contaba entre los más insignes; y en cada una de sus partes engalanó la ciudad por entero, atendiendo a la necesidad de la seguridad —al hacerla, con la solidez de sus murallas, una fortaleza a gran escala— y a la vez a la hermosura, como quien, por amor a lo bello, quiere dejar a la posteridad monumentos de su generosidad.

Ahora bien, en aquel año, el decimotercero del reinado de Herodes, sobrevinieron al país calamidades gravísimas, ya por castigo de Dios, ya porque la desgracia sobreviniera así, por ciclos naturales. Pues primero hubo sequías continuas y, por ello, la tierra quedó estéril, sin brotar siquiera lo que de suyo debía dar; luego, al alterarse la alimentación por la escasez de víveres, se impusieron las enfermedades del cuerpo y ya una peste, encadenándose sin tregua unos males con otros. Pues la falta de remedios y de alimento agravó todavía más la peste, que ya había prendido con fuerza; y la muerte de cuantos así perecían privaba de todo ánimo a los que quedaban, ya que, por más cuidado que pusieran, no podían hacer frente a la penuria. Arruinadas las cosechas de aquel año y agotadas las que antes se habían almacenado, ninguna esperanza buena quedaba; al contrario, como era de temer, el mal arreciaba —y no solo aquel año—, de modo que nada les restaba, y hasta la simiente de lo que sobraba se perdió, pues la tierra no dio fruto por segunda vez.

Y la necesidad, apremiada por las carencias, hizo discurrir muchos recursos. Y sucedió que los apuros no eran menores para el propio rey, privado de los tributos que percibía de la tierra y habiendo gastado su dinero en el afán con que remozaba las ciudades. No había nada que pareciera digno de servir de remedio, pues el mal se había adelantado a todo; y crecía el odio hacia él entre sus súbditos, pues la desdicha inclina siempre a echar la culpa a los que gobiernan. En tal trance meditaba cómo socorrer la coyuntura; pero era difícil, pues ni los vecinos tenían grano que vender —habiendo padecido ellos no menos— ni había dinero, aun si hubiera sido posible conseguir poco a costa de mucho. Con todo, juzgando que por ningún motivo debía desatender el socorro, mandó fundir cuanto adorno de plata y oro había en su palacio, sin perdonar ni el esmero de la factura ni cosa alguna de valor por su arte.

Y envió el dinero a Mitsraim, donde Petronio había recibido de César el gobierno de la provincia. Este —como no pocos habían acudido a él por las mismas necesidades, y siendo además amigo personal de Herodes y deseoso de salvar a los suyos— le concedió antes que a nadie sacar el grano, y colaboró en todo lo tocante a la compra y al embarque, de suerte que gran parte, o el todo, de aquel socorro se debió a él. Pues Herodes, al llegar estos abastecimientos, tomándolos como punto de partida y añadiendo su propio esmero, no solo cambió el ánimo de los que antes le eran hostiles, sino que dio una muestra grandísima de su benevolencia y de su tutela. Pues primero, a cuantos podían por sí mismos procurarse el sustento, les repartió el grano, haciendo el reparto con la mayor exactitud; luego, como eran muchos los que por vejez o por alguna otra debilidad no estaban en condiciones de prepararse los alimentos, cuidó de ellos poniendo panaderos y proporcionándoles la comida ya lista. Se ocupó también de que no pasaran el invierno entre peligros, pues se había sumado la falta de ropa, destruido y por completo consumido el ganado, de modo que no había ni lana que usar ni otros abrigos. Provisto también de esto, se dispuso a extender los beneficios a las ciudades vecinas, distribuyendo simiente entre los de Siria. Y esto le aprovechó no menos, pues su favor acertó a redundar en abundancia, de suerte que los víveres bastaron para todos.

En suma, cuando asomó la siega sobre los campos, envió a la comarca no menos de cincuenta mil personas, a las que él mismo había alimentado y sostenido; y de este modo, habiendo levantado con todo empeño y celo su reino, tan maltrecho, alivió no menos a los pueblos de alrededor que se hallaban en iguales padecimientos. Pues no hubo nadie que, acudiendo a él en su necesidad, se quedara sin hallar auxilio conforme a su condición. Antes bien, pueblos y ciudades, y de los particulares cuantos caían en la indigencia por tener que mantener a muchos, refugiándose en él, alcanzaron lo que precisaban. De suerte que, echando la cuenta, las medidas de grano entregadas fuera de su reino ascendieron a diez mil coros —y un coro equivale a diez medimnos áticos—, y las repartidas dentro del reino mismo a unos ochenta mil.

Este cuidado suyo y la oportunidad de su favor cobraron tal fuerza entre los propios judíos y tal fama entre los demás, que los viejos odios suscitados por su alteración de algunas costumbres desaparecieron de su reino y de toda la nación, y se mostró como compensación su magnificencia en el socorro de las mayores desdichas. Le vino también renombre de fuera, y parece que las penalidades que le sobrevinieron —mayores de lo que puede decirse—, aun habiendo dañado el reino, no poco contribuyeron a su buena fama; pues, mostrando contra toda expectativa su grandeza de alma en medio de las carencias, ganó a la mayoría, de modo que, desde su origen, no lo juzgaron ya según la experiencia de lo pasado, sino según el cuidado que, unido a la necesidad, había desplegado.

Por aquel tiempo envió también a César, como tropa auxiliar, quinientos hombres escogidos de su guardia personal, a los que Elio Galo condujo al mar de los Juncos, y que le fueron de mucho provecho. Luego, prosperando de nuevo sus asuntos en aumento, edificó un palacio en torno a la ciudad alta, levantando salas de enorme tamaño y guarneciéndolas con el más costoso adorno de oro, piedra e incrustaciones —cada una de ellas capaz de acoger a muchísimos hombres—, con sus proporciones y sus nombres: pues a una la llamó de César y a otra de Agripa. Contrajo además matrimonio, movido por un deseo amoroso y sin más miramiento que el de vivir a su propio gusto. El comienzo de estas bodas fue así.

Había un tal Shimón, de Yerushaláyim, hijo de un Boeto alejandrino, sacerdote entre los de renombre; y tenía una hija tenida por la más hermosa de entonces. Y como corría de ella mucha fama entre los de Yerushaláyim, primero se conmovió Herodes por lo que oía; y cuando, al verla, lo cautivó la lozanía de la muchacha, desechó del todo la idea de valerse de su poder, sospechando —y era cierto— que se le tacharía de violento y tiránico; y le pareció mejor tomar a la joven en matrimonio. Y como Shimón era de condición demasiado humilde para emparentar con él, pero demasiado principal para ser despreciado, procuró satisfacer su deseo del modo más honroso, elevándolos y haciéndolos más dignos de estima. Al punto, pues, quitó a Yeshúa, hijo de Fabí, el sumo sacerdocio, e instaló a Shimón en aquella dignidad, y concertó con él el enlace.

Celebradas las bodas, construyó además una fortaleza en los parajes donde había vencido a los judíos, en el tiempo en que, caído Hircano del poder, Antígono regía los asuntos. Esta fortaleza dista de Yerushaláyim unos sesenta estadios; es por naturaleza recia y la más apta para edificar. Cerca se alza una colina de considerable altura, hecha por mano de hombre, de suerte que su contorno tiene forma de pecho; está jalonada de torres circulares y posee una subida empinada, construida con doscientos peldaños de piedra pulida. Dentro hay estancias reales suntuosas, dispuestas a la vez para la seguridad y el ornato. En torno a la base del cerro hay edificaciones dignas de verse —entre otras, la de la conducción de las aguas, pues aquel lugar carecía de ellas—, hecha a lo largo de un gran trecho y con numerosos dispendios. Y las partes llanas de alrededor se poblaron como una ciudad que a ninguna cede, teniendo el cerro por acrópolis del resto del caserío.

Habiéndole salido todo conforme a lo que esperaba, ya no abrigaba temor alguno de tumultos dentro del reino mismo, pues tenía sometidos a sus súbditos por dos caminos: por el miedo a un hombre implacable en los castigos y por la solicitud que se le veía mostrar, magnánimo en las adversidades. Se rodeó asimismo de la seguridad exterior, haciendo también de ella una suerte de baluarte frente a sus gobernados; pues trataba con las ciudades de manera afable y humana, y cortejaba a los dinastas con dádivas oportunas a cada uno, con lo que agrandaba sus favores, y tenía una grandeza de ánimo connatural, propia de la realeza, de modo que todo le prosperaba en todo, avanzando sus asuntos siempre a más. Pero, por su ambición en este sentido y por el afán con que agasajaba a César y a los más poderosos de los romanos, se veía forzado a apartarse de las costumbres y a falsear muchas de las leyes, fundando ciudades por afán de gloria y erigiendo templos —no en la tierra de los judíos. Pues no lo habrían consentido, estándonos prohibidas semejantes cosas, como venerar imágenes y figuras de forma modelada al modo griego; pero la tierra de fuera y sus contornos los edificaba de este modo. Ante los judíos se disculpaba diciendo que no obraba así por su cuenta, sino por orden y mandato; ante César y los romanos, que no atendía tanto a sus propias costumbres cuanto al honor de ellos. Pero, en realidad, todo lo enderezaba a sí mismo, o ambicionaba dejar a los venideros mayores monumentos de su reinado. De ahí que se lanzara a la restauración de las ciudades e hiciera en ello los mayores gastos.

Y habiendo reparado, junto al mar, en un paraje idóneo como el que más para acoger una ciudad —el antes llamado torre de Estratón—, acometió la obra con magnificencia en su trazado y, levantando el conjunto con edificios no de cualquier modo, sino de piedra blanca, lo engalanó con palacios suntuosísimos y con moradas para la vida ciudadana. Pero lo más grande, y lo que más trabajo costó, fue un puerto resguardado del oleaje, del tamaño del Pireo, con fondeaderos interiores y amarraderos secundarios, admirable por su fábrica, ya que el lugar mismo no ofrecía condiciones para obra tan magna, sino que se llevó a término con materiales traídos de fuera y a costa de muchos dispendios. Pues la ciudad se halla en Fenicia, en la ruta de cabotaje hacia Mitsraim, entre Yafo y Dora —villas costeras estas de mal fondeadero, a causa de los vientos del suroeste que, arrastrando siempre la arena del mar hacia la playa, no permiten atracar, de suerte que las más veces los mercaderes han de quedar fondeados mar adentro, sobre anclas.

Remediando esta desventaja del litoral y trazando el contorno del puerto tan amplio como bastara para que grandes flotas fondearan cerca de tierra, hizo hundir en el fondo, hasta veinte brazas de profundidad, piedras descomunales. Las más medían cincuenta pies de largo, no menos de dieciocho de ancho y nueve de fondo; unas mayores y otras menores. El malecón que echó mar adentro llegaba hasta doscientos pies. La mitad de él se adelantaba contra el rompiente, para quebrar allí el oleaje que se enroscaba y estrellaba —se lo llamaba el antemural—; el resto lo ceñía una muralla de piedra jalonada de torres. De ellas, la mayor se llama Drusión —obra en verdad hermosa—, que tomó su nombre de Druso, hijastro de César, muerto joven. Se construyeron bóvedas como alojamientos continuos para los marineros, y ante ellas un ancho desembarcadero coronaba en círculo todo el puerto, paseo gratísimo para quien quisiera. La entrada y bocana se abrieron hacia el norte, el más despejado de los vientos. En la base de todo el recinto, a la izquierda de quienes entraban navegando, se alzaba una torre cimentada para resistir con firmeza a lo largo; a la derecha, dos grandes bloques de piedra, erguidos y trabados entre sí, mayores que la torre del lado opuesto.

En torno al puerto, formando círculo, había una construcción de piedra pulidísima, viviendas seguidas; y en medio, un montículo sobre el que se levantaba un templo de César, visible desde lejos para los que entraban navegando, y una estatua, una de Roma y otra de César. Y la ciudad misma se llama Cesarea, dotada del más bello material y de la más bella fábrica. Las partes que hay debajo de ella —cloacas y galerías subterráneas— no exigieron menos trabajo que los edificios levantados encima. De ellas, unas van a intervalos regulares al puerto y al mar, y una, transversal, las ciñe a todas, de modo que tanto las lluvias como los desechos de los habitantes se evacúan con facilidad, y el mar, cuando empuja desde fuera, fluye por dentro y baña toda la ciudad por debajo. En ella construyó también un teatro y, detrás, al sur del puerto, un anfiteatro capaz de acoger a un gran gentío y situado a propósito para mirar hacia el mar. Así se acabó la ciudad en doce años, sin que el rey desfalleciera en los trabajos ni escatimara en los gastos.

En medio de tales prosperidades, y estando ya Sebaste convertida en ciudad, resolvió enviar a Roma a sus hijos Alejandro y Aristóbulo, para que se presentaran ante César. Cuando llegaron, se alojaron en casa de Polión, uno de los hombres más empeñados en la amistad de Herodes; pero también se les permitió hospedarse en la casa misma de César, pues este recibió a los muchachos con toda benevolencia. Y concedió a Herodes la facultad de confirmar el reino a aquel de sus descendientes que quisiera, y le dio además un territorio: el Tracón, Batanea y la Auranítide. Se lo entregó por la siguiente razón.

Cierto Zenodoro tenía arrendada la casa de Lisanias. Como las rentas no le bastaban, mantenía bandas de salteadores en el Tracón y así sacaba mayores ingresos, pues habitan aquellos parajes hombres que viven de la desesperación, que saqueaban las tierras de los damascenos; y Zenodoro ni los contenía, sino que él mismo participaba de las ganancias. Los vecinos, que sufrían mucho, clamaban ante Varrón, entonces gobernador, y le pedían que escribiera a César sobre la injusticia de Zenodoro. Elevado el asunto, César respondió por escrito que se extirparan las bandas de salteadores, y asignó el territorio a Herodes, pensando que, gracias a su diligencia, los del Tracón ya no molestarían a los vecinos.

Pues no era fácil refrenar a hombres que habían hecho del bandidaje una costumbre y no tenían de qué vivir por otra parte: no poseían ciudades ni tierras de labranza, sino refugios bajo tierra y cuevas, y una vida en común con sus ganados. Habían ingeniado además depósitos de agua y provisiones de grano preparadas de antemano, capaces de sostenerlos largo tiempo ocultos. Las entradas son estrechas, de modo que se pasa de uno en uno, pero el interior está labrado increíblemente amplio y espacioso. El suelo por encima de las viviendas no es alto, sino como a ras de tierra. Todo es roca dura y difícil de transitar, salvo que se siga un sendero con guía; pues ni siquiera esos senderos van rectos, sino que se retuercen en muchas vueltas. Cuando se les impidieron sus fechorías contra los vecinos, volvieron el bandidaje unos contra otros, de suerte que no quedó forma de crimen sin cometer. Herodes, recibida de César esta merced y entrado en la región con guías expertos, puso fin a los malhechores y dio a los de alrededor una paz sin temor.

Zenodoro, disgustado primero por la pérdida de la provincia, y más aún por la envidia de que Herodes hubiera recibido el mando, subió a Roma a acusarlo; pero regresó sin haber logrado nada. Fue enviado Agripa como lugarteniente de César para las tierras más allá del Jonio. Herodes se encontró con él, que invernaba cerca de Mitilene —pues era amigo suyo muy íntimo y familiar—, y luego regresó a Judea.

Algunos gadarenos acudieron a Agripa a acusar a Herodes, y él, sin darles siquiera audiencia, los envió encadenados al rey. También los árabes, que desde antiguo miraban con malos ojos el gobierno de Herodes, se habían agitado e intentaban sublevarle entonces los asuntos, y con un pretexto que, según creían, era más razonable. Pues Zenodoro, desesperando ya de su causa, se había adelantado a venderles una parte de la provincia, la Auranítide, por cincuenta talentos. Como esta estaba comprendida en la donación de César, disputaban alegando que se les despojaba injustamente, ya con incursiones y por la fuerza, ya recurriendo a pleitos. Ganaban además para su causa a los soldados pobres y descontentos, siempre alentando esperanzas y dispuestos a la revuelta, que es lo que más agrada a quienes les va mal en la vida. Herodes, aunque conocía desde tiempo atrás estas maquinaciones, no procedía con hostilidad, sino que con prudencia apaciguaba los disturbios, sin querer dar ocasión a ellos.

Cuando ya iba corriendo el año decimoséptimo de su reinado, César llegó a Siria. Entonces la mayoría de los habitantes de Gádara clamaron contra Herodes, tachándolo de opresor en sus mandatos y de tiránico. Se atrevían a esto sobre todo porque Zenodoro los instigaba y calumniaba a Herodes, y les había dado juramentos de que no cejaría hasta arrancarlos por completo del reino de Herodes y agregarlos a la administración de César. Persuadidos por esto, los gadarenos armaron un clamor no pequeño, con la osadía de que ni siquiera los entregados por Agripa habían sido castigados, pues Herodes los había soltado sin hacerles ningún mal; que si algún otro era difícil de aplacar en las ofensas propias, era magnánimo en perdonar a quienes faltaban contra lo ajeno.

Acusándolo, pues, de ultrajes, rapiñas y demoliciones de templos, Herodes, imperturbable, estaba dispuesto a defenderse; y César lo trataba con afabilidad, sin cambiar en nada su benevolencia por el alboroto de la multitud. El primer día se expusieron los alegatos sobre estos asuntos, pero en los siguientes no siguió adelante el juicio; pues los gadarenos, viendo la inclinación del propio César y del consejo, y previendo lo que era verosímil —que serían entregados al rey—, por miedo al castigo, unos se degollaron aquella noche, otros se arrojaron desde lo alto, y otros, echándose al río, se dieron voluntariamente la muerte. Esto pareció una condena de su temeridad y su culpa; por lo cual César, sin más demora, absolvió a Herodes de las acusaciones. A lo ya sucedido se sumó otra fortuna nada pequeña: Zenodoro, rotas las entrañas y perdiendo mucha sangre en su enfermedad, murió en Antioquía de Siria.

César dio también a Herodes su porción, que no era pequeña, la que estaba entre el Tracón y Galilea: Ulata, Paneas y la comarca circundante. Y lo incorporó a las atribuciones de los gobernadores de Siria, ordenando que todo se hiciera con el parecer de aquel. En suma, llegó a tal grado de fortuna que, aunque dos hombres regían entonces el imperio romano de tan gran magnitud —César y, después de él, Agripa—, César a nadie prefirió, después de Agripa, por encima de Herodes, y Agripa, después de César, daba a Herodes el primer lugar en su amistad.

Gozando de tanta libertad, pidió a César una tetrarquía para su hermano Feroras, y él mismo le asignó del reino una renta de cien talentos, para que, si algo le sucedía, los bienes de aquel quedaran seguros y no cayeran en poder de sus hijos. Tras acompañar a César hasta el mar, cuando este regresó, le levantó en la tierra de Zenodoro un templo hermosísimo de piedra blanca, cerca del lugar llamado el Paneion. Hay allí, en un monte, una cueva hermosísima, y bajo ella un desprendimiento de tierra y una sima escarpada e intransitable, llena de agua inmóvil; encima se alza un monte enorme, y bajo la cueva brotan las fuentes del río Yardén. A este lugar, ya muy señalado, lo engalanó aún más con el templo que consagró a César.

Entonces condonó también la tercera parte de los tributos a los de su reino, con el pretexto de que se repusieran de la esterilidad de la tierra, pero más bien para recuperar el favor de quienes le eran hostiles. Pues, por la ejecución de tales empresas —como si con ellas se disolviera su piedad y se trastocaran sus costumbres—, lo llevaban a mal, y de todos brotaban murmuraciones, siempre irritados y agitados. Él ponía gran cuidado también en esto: les quitaba las ocasiones y les ordenaba estar siempre entregados al trabajo. No se permitía reunión alguna a los de la ciudad, ni comunidad de paseo o de mesa, sino que todo se vigilaba. Y eran duros los castigos de los sorprendidos: muchos, abierta o secretamente, eran llevados a la fortaleza de Hircania y allí morían; y en la ciudad y en los caminos había quienes espiaban a los que se juntaban. Cuentan ya que ni él mismo descuidaba esta tarea, sino que muchas veces, tomando el aspecto de un particular, se mezclaba de noche entre la gente para tantear qué opinión tenían de su gobierno.

A los que se obstinaban del todo en no plegarse a sus disposiciones los perseguía por todos los medios; al resto del pueblo procuraba someterlo a fidelidad por medio de juramentos, y lo forzaba a comprometerse bajo juramento a mantenerle lealtad en su reinado. Los más cedían a lo que exigía, por adulación o por miedo; pero a los que hacían gala de altivez y llevaban a mal la coacción, los quitaba de en medio por todos los medios. Intentaba persuadir también a los del círculo de Polión el fariseo y de Sameas, y a la mayoría de sus discípulos, para que juraran; pero ellos ni accedieron ni fueron castigados como los que se negaron, pues hallaron consideración gracias a Polión.

Quedaron también libres de esta obligación los que entre nosotros se llaman esenios; es este un género de hombres que sigue un modo de vida como el que entre los griegos enseñó Pitágoras. Sobre estos trataré con más claridad en otro lugar. Pero vale la pena decir por qué causa honraba Herodes a los esenios, teniendo de ellos un concepto más alto que el que corresponde a la naturaleza mortal; pues el relato no parecerá impropio del género histórico al mostrar también la opinión que de ellos se tiene.

Hubo cierto esenio, de nombre Menajem, acreditado por la bondad de su conducta en todo lo demás y dotado por Dios del conocimiento anticipado del porvenir. Este, viendo a Herodes cuando aún era niño y acudía a la escuela, lo saludó como rey de los judíos. Herodes, creyendo que aquel lo ignoraba o se burlaba, le recordó que era un particular; pero Menajem, sonriendo con suavidad y dándole con la mano en las nalgas, le dijo: «Reinarás, sin embargo, y llevarás el gobierno con dicha, pues has sido juzgado digno por Dios. Y acuérdate de los golpes de Menajem, para que también esto te sirva de señal de los vaivenes de la fortuna. Pues el mejor pensamiento sería este: que amaras la justicia y la piedad hacia Dios, y la clemencia hacia tus conciudadanos; pero yo sé que no serás así, porque lo conozco todo. En fortuna aventajarás a todos y alcanzarás gloria eterna, pero olvidarás la piedad y la justicia. Y esto no pasará inadvertido a Dios: al término de tu vida se te recordará la ira que por ello merecerás.»

A esto, al principio, Herodes apenas prestó atención, pues le faltaba esperanza de tales cosas; pero, elevado poco a poco hasta el reinado y la prosperidad, en la cumbre de su poder mandó llamar a Menajem y le preguntó cuánto tiempo reinaría. Menajem no lo dijo todo; y como callaba, Herodes le preguntó además si habría diez años de reinado. Aquel respondió veinte y treinta, pero no puso término al plazo señalado. Herodes, contento aun con esto, despidió a Menajem con muestras de afecto, y desde entonces no dejó de honrar a todos los esenios. Estas cosas, aunque asombrosas, hemos querido exponerlas a nuestros lectores y dar noticia de las que ocurren entre nosotros, porque muchos, por tal bondad y por su experiencia de lo divino, son tenidos por dignos de semejante don.

Entonces, cumplido el año decimoctavo del reinado de Herodes, después de las hazañas ya referidas, emprendió una obra nada común: reconstruir por sí mismo el Templo de Dios, ampliar su recinto y levantarlo a una altura más digna, pensando que, de cuanto había hecho, esta obra sería —como en efecto fue— la más ilustre y bastaría para su recuerdo eterno. Pero, sabiendo que el pueblo no estaba dispuesto ni sería fácil de mover ante la magnitud de la empresa, juzgó oportuno prepararlo primero con un discurso antes de acometer la obra entera; y, convocándolos, les habló así:

«De lo demás que he realizado durante mi reinado, compatriotas, creo superfluo hablar. Con todo, se hizo de tal modo que a mí me trajo menor gloria y a vosotros mayor seguridad. Pues ni en las mayores dificultades descuidé lo que importaba a vuestras necesidades, ni en las construcciones busqué para mí más que para todos vosotros la protección; y creo que, con la voluntad de Dios, he llevado a la nación de los judíos a una prosperidad como nunca antes. Enumerar en detalle lo que se ha edificado en el país, y cuántas ciudades hemos levantado en él y en los territorios anexados, adornándolas con el más bello ornato para acrecentar nuestra estirpe, me parece ocioso, pues bien lo sabéis. Pero la empresa que ahora me dispongo a acometer, la más piadosa y hermosa que en nuestros días pueda realizarse, os la voy a revelar: este Templo lo edificaron a Dios altísimo nuestros padres tras el regreso de Bavel, pero le faltan, para su justa medida, sesenta codos de altura, pues en tanto lo superaba aquel primero que Shlomo construyó. Y que nadie condene por ello a nuestros padres como negligentes en la piedad: no fue por culpa de ellos que el Templo resultó menor, sino que estas medidas de la construcción las fijaron Ciro y Darío hijo de Histaspes, a quienes ellos y sus descendientes sirvieron como súbditos, y después de aquellos a los macedonios, sin tener ocasión de restituir aquel primer modelo de piedad a su antigua magnitud. Mas ahora que yo reino por voluntad de Dios, y hay larga paz, abundancia de riquezas y grandes rentas, y —lo más importante— son amigos míos y me favorecen los romanos, dueños, por así decir, de todo, intentaré reparar lo que la necesidad y la servidumbre del tiempo pasado descuidaron, y rendir a Dios plena piedad a cambio del reino que me ha tocado.»

Esto dijo Herodes, y su discurso dejó atónitos a los más, por lo inesperado. Lo increíble de la esperanza no los animaba, y se angustiaban temiendo que, tras derribar toda la obra, no le alcanzaran los recursos para llevar a término su propósito; y el peligro les parecía mayor, y la magnitud de la empresa, difícil de acometer. Estando ellos así dispuestos, el rey los animó, diciendo que no derribaría el Templo antes de tener preparado todo lo necesario para su terminación. Y no faltó a su palabra: pues, tras disponer mil carros que transportaran las piedras, escoger a diez mil de los obreros más expertos, comprar para mil sacerdotes otras tantas vestiduras sacerdotales, e instruir a unos como albañiles y a otros como carpinteros, dio comienzo a la obra, estando ya todo diligentemente preparado.

Removidos los antiguos cimientos y echados otros sobre ellos, levantó un Templo de cien codos de largo y de veinte codos más en altura, los cuales, al asentarse con el tiempo los cimientos, se hundieron; y en tiempos de Nerón habíamos resuelto elevarlos de nuevo. El Templo se construyó con piedras blancas y firmes, de unos veinticinco codos de largo cada una, ocho de alto y cerca de doce de ancho. Y todo él, como también el pórtico real, era más bajo a uno y otro lado y muy alto en el centro, de modo que se divisaba desde muchos estadios por los que habitaban la comarca, sobre todo si vivían enfrente o se acercaban. Las puertas de la entrada, con sus dinteles, de igual altura que el Templo, estaban adornadas con velos multicolores: flores de púrpura y columnas entretejidas. Por encima de ellas, bajo las cornisas, se extendía una vid de oro con racimos colgantes, asombro por su tamaño y su arte para quienes la veían, por la riqueza del material con que estaba hecha.

Rodeó todo el Templo con pórticos grandísimos, cuidando la proporción y superando los gastos de los anteriores, de suerte que ningún otro parece haber adornado así el Templo. Ambos estaban junto al muro, y el muro mismo era la obra mayor de que los hombres hayan oído hablar. Había una colina rocosa, en suave pendiente, que hacia las partes orientales de la ciudad se inclinaba hasta su cima más alta. A esta, nuestro primer rey Shlomo, por inspiración divina, la amuralló con grandes trabajos en torno a la cima por arriba, y la amuralló también por abajo, empezando desde la base, a la que rodea un profundo barranco, con piedras enormes unidas entre sí con plomo; iba ganando siempre parte del espacio interior y avanzando en profundidad, de modo que resultaba inmensa la magnitud de la construcción y su altura, hecha en forma cuadrangular, de suerte que las grandes piedras se veían de frente en la superficie, mientras que las de dentro, aseguradas con hierro, mantenían las junturas inmóviles por todo el tiempo. Ligada así la obra hasta lo alto de la colina, remató su cima, rellenó los huecos junto al muro y lo dejó al nivel de la superficie superior y liso. Tal era todo el recinto, con un perímetro de cuatro estadios, correspondiendo a cada ángulo un estadio de largo.

Más adentro de este, y junto a la propia cima, corría otro muro de piedra por arriba, que por el lomo oriental tenía un pórtico doble de igual largo que el muro, vuelto hacia las puertas del santuario, situado en medio. Este lo construyeron muchos reyes anteriores. En torno a todo el recinto sagrado estaban clavados despojos de guerra de los bárbaros, y todos ellos los consagró el rey Herodes, añadiendo cuantos había tomado también a los árabes.

Por el lado norte se había levantado una ciudadela angular, bien cercada, de notable solidez. La edificaron los reyes y sumos sacerdotes de la estirpe de los asmoneos, anteriores a Herodes, y la llamaron baris, porque allí guardaban la vestidura sacerdotal, que el sumo sacerdote solo viste cuando debe ofrecer sacrificio. El rey Herodes la conservó en aquel lugar, y tras su muerte quedó bajo los romanos hasta los tiempos de Tiberio César. En su tiempo, Vitelio, gobernador de Siria, visitó Yerushaláyim, y como el pueblo lo recibió con toda magnificencia, queriendo corresponder a su hospitalidad, cuando le pidieron tener la vestidura sagrada bajo su propia autoridad, escribió sobre ello a Tiberio César, y aquel lo concedió; y quedó el poder sobre la vestidura en manos de los judíos hasta que murió el rey Agripa. Después de él, Casio Longino, que administraba entonces Siria, y Cuspio Fado, procurador de Judea, mandaron a los judíos depositar la vestidura en la Antonia, pues los romanos debían ser sus dueños, como lo habían sido antes. Enviaron, pues, los judíos embajadores ante Claudio César para suplicar sobre esto. Habiendo subido ellos, el joven rey Agripa, que se hallaba en Roma, pidió al emperador esa potestad y la obtuvo, con orden dada a Vitelio, propretor de Siria. Antes estaba bajo el sello del sumo sacerdote y de los tesoreros; y un día antes de la fiesta, los tesoreros subían adonde el comandante de la guarnición romana y, reconociendo su propio sello, tomaban la vestidura. Luego, pasada la fiesta, la llevaban de nuevo al mismo lugar y, mostrando al comandante que el sello coincidía, la depositaban. Esto lo hemos referido a propósito de las desgracias sobrevenidas después.

Entonces, pues, el rey de los judíos Herodes, tras fortificar más aquella baris para seguridad y guarda del Templo, y por congraciarse con Antonio —amigo suyo y gobernante de los romanos—, la llamó Antonia. En las partes occidentales del recinto se alzaban cuatro puertas: una que conducía a los palacios, cruzando el barranco intermedio dispuesto como paso; dos que daban al arrabal; y la restante que llevaba al resto de la ciudad por muchos escalones, bajando hasta el barranco y volviendo a subir desde él hasta la subida; pues enfrente del Templo se extendía la ciudad, en forma de teatro, rodeada por un profundo barranco a todo lo largo de la vertiente sur. El cuarto frente, el que mira al mediodía, tenía también él puertas en el centro, y sobre él el pórtico real, triple, que se extendía a lo largo desde el barranco oriental hasta el occidental; pues no era posible prolongarlo más allá.

Era la obra más digna de mención de cuantas hay bajo el sol; pues, siendo grande el terraplén del barranco e insoportable de mirar si alguien se asomaba desde arriba al fondo, sobre él se alzaba la enorme altura del pórtico, de modo que, si alguien desde el borde de su techo sumaba ambas profundidades, se le nublaba la vista sin llegar a alcanzar la insondable hondura. Había columnas dispuestas en cuatro filas, unas frente a otras a lo largo, pues la cuarta fila estaba unida al muro de piedra; el grosor de cada columna era tal que tres hombres, juntando las manos, apenas podían abarcarla, y su altura de veintisiete pies, con doble base. El número total de sus capitales era de ciento sesenta y dos, labrados al estilo corintio con relieves que causaban asombro por la grandiosidad del conjunto. Siendo cuatro las filas, tres delimitaban los espacios intermedios de los pórticos. De estos, dos eran paralelos y hechos del mismo modo, con una anchura de treinta pies cada uno, un estadio de largo y más de cincuenta pies de alto; el del medio tenía vez y media de anchura y el doble de altura, pues sobresalía mucho por encima de los de uno y otro lado. Los techos estaban labrados en madera con relieves de muy variadas formas, y la altura del pórtico central se elevaba aún más, ceñida por un muro con frontón sobre los arquitrabes, provisto de columnas empotradas y todo pulido, de modo que resultaba increíble para quien no lo había visto y digno de asombro para quien lo contemplaba.

Tal era el primer recinto. En medio, a no mucha distancia, había un segundo, accesible por unos pocos escalones, rodeado por una balaustrada de piedra con una inscripción que prohibía entrar al extranjero, bajo pena de muerte. El recinto interior tenía, por los lados sur y norte, portales de triple hilera separados entre sí; y por donde salen los rayos del sol, uno solo, el grande, por el cual entrábamos los que estábamos purificados, junto con nuestras mujeres. Más adentro de este, el santuario era inaccesible a las mujeres. Y más adentro aún, un tercer recinto, donde solo a los sacerdotes les era lícito entrar. En él estaba el Templo, y delante de él, el altar sobre el cual ofrecíamos a Dios los holocaustos. En ninguno de estos tres entró el rey Herodes, pues le estaba vedado por no ser sacerdote. Se ocupó, en cambio, en las obras de los pórticos y los recintos exteriores, y estos los edificó en ocho años.

Como el Templo mismo fue construido por los sacerdotes en un año y cinco meses, todo el pueblo se llenó de alegría; y por la rapidez daban gracias primero a Dios, y luego, celebrando también la generosidad del rey, festejaban y aclamaban la reconstrucción. El rey sacrificó a Dios trescientos bueyes, y los demás cuantos según sus posibilidades, cuyo número no es posible decir, pues escapa a toda cuenta verídica. Pues coincidió que el plazo de la obra del Templo cayera en el mismo día del reinado del rey, que celebraban por costumbre, y de ambos resultó una fiesta señaladísima.

Se construyó también para el rey un pasadizo secreto, que iba desde la Antonia hasta el Templo interior, a la puerta oriental, sobre la cual le levantó además una torre, para poder subir a ella por los subterráneos, precaviéndose contra cualquier revuelta del pueblo contra los reyes. Se dice que en aquel tiempo, mientras se edificaba el Templo, no llovía de día, sino que las lluvias caían de noche, para no estorbar la obra. Este relato nos lo transmitieron nuestros padres, y no es increíble, si se atiende a las demás manifestaciones de Dios. Así, pues, se edificó de esta manera lo referente al Templo.

Capítulo VI

Libro decimosexto

Empeñado en la administración general de los asuntos, el rey, deseoso de poner freno a las injusticias particulares que se cometían en la ciudad y en el campo, dictó una ley que en nada se parecía a las antiguas, y él mismo la sancionó: entregaba a los que perforaban muros —los ladrones que asaltan casas— para ser vendidos fuera del reino. Aquello no solo resultaba gravoso como castigo para los que lo sufrían, sino que encerraba además la abolición de las costumbres patrias. Pues ser esclavo de extranjeros que no tenían el mismo modo de vida, y verse forzado a hacer por necesidad cuanto aquellos mandaran, era una ofensa contra la religión, no un castigo de los reos; porque semejante pena había sido evitada en las leyes antiguas. En efecto, las leyes ordenaban que el ladrón restituyera el cuádruplo, y si no tenía con qué, que fuera vendido —pero no a extranjeros, ni de modo que padeciera esclavitud perpetua—, pues debía quedar libre al cabo de seis años. Que la pena, tal como entonces se fijó, fuera dura e ilegal, parecía cosa de soberbia, pues él había ideado el castigo no como rey, sino como tirano, y con desprecio de los intereses comunes de sus súbditos. Todo esto, que iba a tono con el resto de su conducta, era parte de las calumnias y del malestar contra él.

Por ese tiempo emprendió también la travesía a Italia, movido a la vez por encontrarse con César y por ver a sus hijos, que residían en Roma. César lo recibió con toda cordialidad y le devolvió a los muchachos —ya cumplida su formación en los estudios— para que los llevara a casa. Cuando llegaron de Italia, hubo entre las multitudes gran expectación por los jóvenes, que se hicieron notorios a todos: los realzaba la magnitud de la fortuna que los rodeaba y en su porte no desmerecían de la dignidad regia. Al punto se volvieron objeto de envidia para Salomé, la hermana del rey, y para quienes con sus calumnias habían acabado con Mariamna; pues estos temían que, si aquellos llegaban al poder, habrían de pagar por los agravios cometidos contra su madre. Así que trasladaron ese mismo motivo de temor a una calumnia contra ellos, inventando que no trataban de buena gana con su padre a causa de la muerte de la madre, como si ni siquiera fuera piadoso juntarse con el asesino de quien los había engendrado. Al llevar estas cosas desde la verdad hasta lo verosímil de la acusación, lograban dañar y arrebatar el afecto que él tenía a sus hijos; pues no se lo decían de frente, sino que esparcían tales palabras entre el resto de la gente. Y como de ahí iban llegando hasta Herodes, se le fue fraguando por lo bajo un odio que ni siquiera con el tiempo vencía la naturaleza misma.

Con todo, por entonces el rey, movido por un cariño de padre más fuerte que toda sospecha y calumnia, les concedió el honor que les correspondía y, ya que estaban en edad, los casó: a Aristóbulo con Berenice, la hija de Salomé, y a Alejandro con Glafira, la hija de Arquelao, rey de los capadocios.

Arreglados estos asuntos, al enterarse de que Marco Agripa había vuelto a navegar desde Italia hacia Asia, se apresuró hacia él y le pidió que entrara en su reino y recibiera cuanto correspondía de un huésped y amigo. Y aquel, cediendo a su insistente ruego, vino a Judea, y Herodes no descuidó nada de cuanto pudiera agradarle: lo hospedó en las ciudades recién fundadas y, además de mostrarle las construcciones, le ofreció a él y a sus amigos todo goce de vida y magnificencia —en Sebaste y en Cesarea, junto al puerto que él mismo había construido, y en las fortalezas que había levantado a gran costo: el Alejandrión, el Herodión y la Hircania. Lo condujo también a la ciudad de los habitantes de Yerushaláyim, donde todo el pueblo salió a su encuentro con vestiduras de fiesta y recibió al varón entre aclamaciones. Agripa sacrificó a Dios una hecatombe y agasajó al pueblo con un banquete que en número no cedía a ninguno de los mayores. Él mismo, por lo que al placer toca, se habría quedado aún más días; pero la estación lo apremiaba, pues, entrando ya el invierno, no juzgaba segura la travesía para quien había de regresar por fuerza a Jonia.

Así pues, se hizo a la mar, después de que Herodes lo honrara con muchos regalos, a él y a los más señalados de su séquito. Y el rey, tras pasar el invierno en sus propios dominios, en primavera se apresuró a reunirse con él, sabiendo que tenía por delante la campaña contra el Bósforo. Navegando por Rodas y Cos, hizo escala, creyendo alcanzar a Agripa a la altura de Lesbos. Pero allí lo sorprendió un viento del norte que impedía zarpar a las naves. Se detuvo, pues, muchos días en Quíos, y a muchos de los que acudían a él los acogía con regalos regios. Y al ver caído un pórtico de la propia ciudad —derribado en la guerra Mitridática y que, por su tamaño y hermosura, no era fácil levantar de nuevo como los demás—, entregó dinero, tanto que no solo bastaba, sino que sobraba para acabar la obra, y les encargó que no lo dejaran así, sino que lo alzaran cuanto antes, devolviendo a la ciudad su propio ornato. Cuando el viento cesó, él mismo se dirigió a Mitilene y de allí a Bizancio; y al oír que Agripa había navegado ya más allá de las Cianeas, se apresuró tras él cuanto pudo. Y alcanzándolo en Sínope, en el Ponto, se lo vio llegar con sus naves de improviso, y su aparición fue bien recibida; hubo muchas muestras de afecto, pues parecía que Agripa había recibido la mayor prueba de la buena voluntad y del cariño de Herodes hacia él: el rey había cumplido tan larga travesía y no le había faltado en su necesidad, cosa que había antepuesto a dejar el gobierno y la administración de sus propios asuntos.

En todo caso, durante la campaña Herodes lo era todo para él: compañero de fatigas en los asuntos prácticos, consejero en los detalles, y grato también en los ratos de descanso; el único de todos que compartía las penas por afecto y los placeres por honra. Cuando quedaron rematados los asuntos del Ponto, para los que Agripa había sido enviado, ya no les pareció bien hacer el regreso por mar; sino que, atravesando la Paflagonia y la Capadocia, y de allí viajando por la Frigia mayor, llegaron a Éfeso, y de nuevo desde Éfeso cruzaron a Samos. Muchos fueron los beneficios que el rey dispensó en cada ciudad según las necesidades de quienes se le acercaban; pues él mismo no descuidaba nada de cuanto pudiera resolverse con dinero, corriendo con los gastos de su propio bolsillo, y hacía de intermediario en lo que algunos pedían a Agripa, y lograba que ninguno de los suplicantes se quedara sin lo suyo. Y como también Agripa era bueno y magnánimo para conceder cuanto era útil a los que se lo pedían, sin causar perjuicio a nadie, mucho contribuyó el empuje del rey, que lo animaba a los beneficios sin que Agripa se demorase. A los ilienses, en efecto, lo reconcilió con ellos; a los quiotas les saldó la deuda que tenían con los procuradores de César y los liberó de las contribuciones; y a los demás asistió a cada cual según lo que necesitaban.

Por entonces, hallándose ellos en Jonia, una gran multitud de judíos que habitaba en las ciudades se presentó, aprovechando la ocasión y la libertad de hablar, y expuso los agravios que padecían: no se les permitía regirse por sus propias leyes y se los obligaba a comparecer en juicio, por vejación de los magistrados, en días sagrados, y se les despojaba del dinero consagrado para Yerushaláyim, forzándolos a tomar parte en el servicio militar y en las cargas públicas, y a gastar en ello el dinero sagrado, del que siempre habían estado exentos, pues los romanos les habían permitido vivir conforme a sus propias leyes. Mientras clamaban de este modo, el rey dispuso que Agripa los escuchara alegar su causa, y encargó a un tal Nicolao, uno de sus amigos, que expusiera en su favor lo que era justo. Y habiendo tomado Agripa por asesores a los romanos que ocupaban cargos y a los reyes y dinastas que lo acompañaban, Nicolao se puso en pie y habló en favor de los judíos:

«Para todos los que se hallan en necesidad, oh grandísimo Agripa, es forzoso acogerse a quienes puedan librarlos de los agravios; pero a los que ahora acuden les asiste, además, la franqueza de hablar. Pues, habiendo obtenido antes de vosotros aquello que a menudo habían suplicado, piden ahora esto: que no se les arrebaten los favores por medio de vosotros mismos, que fuisteis quienes los concedisteis; y ello cuando los recibieron de aquellos que son los únicos con poder para darlos, y no se ven despojados por nadie superior, sino por gente que ellos saben ser súbditos igual que ellos, sometidos a vosotros del mismo modo. Y por cierto: si se los juzgó dignos de grandes mercedes, es alabanza de quienes las recibieron el haberse mostrado dignos de tanto; y si de pequeñas, es vergonzoso para los que las dieron no confirmar siquiera estas. Y quienes se ponen de por medio y tratan a los judíos con vejación, claro está que agravian a los dos: a los que recibieron las mercedes, si no los tienen por buenos, siendo así que los gobernantes dieron testimonio de ellos al concederles tales cosas; y a los que las otorgaron, si pretenden que sus favores queden anulados.

«Si alguien les preguntara de cuál de estas dos cosas preferirían verse privados —de la vida, o de las costumbres patrias, las procesiones, los sacrificios, las fiestas que ofrecen a los dioses que tienen por suyos—, bien sé que escogerían padecer cualquier cosa antes que abolir algo de lo heredado de sus padres. Pues, de hecho, la mayoría emprende guerras por esto mismo, guardándose de transgredirlas; y la felicidad de que ahora goza, gracias a vosotros, todo el género humano, la medimos por esto: por que a cada cual le sea posible, en su propia tierra, prosperar y pasar la vida honrando lo suyo. Esto, pues, que ellos mismos no querrían padecer, lo imponen por fuerza a otros, como si no fueran igualmente impíos, ya descuiden sus propios deberes sagrados hacia los dioses, ya destruyan sin piedad lo que es propio de otros.

«Consideremos ahora este otro punto: ¿hay pueblo, ciudad o nación alguna de hombres para la que el amparo de vuestro imperio y del poder romano no sea, por naturaleza, el mayor de los bienes? ¿Y querría alguien que las mercedes venidas de ahí quedaran sin valor? Nadie, ni aun estando loco; pues no hay quien no participe de ellas, en lo privado y en lo público. Y por cierto, quienes arrebatan algunas de las cosas que vosotros disteis no dejan nada seguro ni siquiera para sí mismos de cuanto tienen gracias a vosotros. Y en verdad ni siquiera es posible medir los favores de estos; pues, si sopesaran el antiguo reino y el dominio de ahora, aunque son muchas las cosas que este ha añadido a su dicha, por encima de todo basta con que ya no aparezcan como esclavos, sino como libres.

«Y nuestra situación, aun cuando nos va espléndidamente, no da motivo de envidia; pues por vosotros somos felices junto con todos, y solo hemos pedido participar de esta única cosa: conservar sin estorbo la piedad de nuestros padres —lo cual, en sí mismo, no parecería envidiable, y hasta digno de aprobación por parte de quienes lo conceden. Porque la divinidad, si se complace en ser honrada, se complace en quienes permiten honrarla; y de nuestras costumbres nada hay inhumano, sino que todas son piadosas y están consagradas con la justicia que nos es habitual. Ni ocultamos los preceptos que seguimos para la vida, como recordatorios de la piedad y del recto proceder humano; y el séptimo de los días lo dedicamos al aprendizaje de nuestras costumbres y de nuestra Torá, teniendo por bien que también estas sean, como cualquier otra disciplina, un estudio por el cual no erremos. Buenas son, pues, estas costumbres, si uno las examina en sí mismas, y antiguas para nosotros, aunque a algunos no se lo parezca; de suerte que hasta el respeto que les da su antigüedad es difícil de desaprender para quienes las han recibido y las guardan con piedad.

«De estas nos privan con vejámenes: destruyen el dinero que aportamos a Dios y que lleva su nombre, cometiendo a las claras un sacrilegio; nos imponen tributos y, en días de fiesta, nos arrastran a los tribunales y a otros asuntos —no por necesidad de los negocios, sino por vejar una religión de la que están al tanto—, movidos por un odio ni justo ni nacido de su propio criterio. Pues vuestro imperio, hecho uno solo sobre todos, vuelve eficaz la buena voluntad e ineficaz la mala en quienes prefieren esta a aquella. Esto, pues, pedimos, oh grandísimo Agripa: no ser maltratados, ni vejados, ni impedidos de vivir según nuestras costumbres, ni despojados de lo nuestro, ni forzados por esta gente en aquello en que nosotros no los forzamos a ellos; pues no solo es justo, sino que además nos fue concedido antes por vosotros. Y aún más: podríamos leer muchos decretos del Senado y las tablas depositadas en el Capitolio acerca de estas cosas, las cuales, es evidente, se otorgaron tras haberse probado nuestra lealtad hacia vosotros, y siguen en vigor aun cuando no nos hubierais otorgado el disfrute efectivo de nada.

«Pues casi que no solo a nosotros, sino a todos los hombres, tras conservarles lo que tenían y añadirles más de lo que esperaban, hacéis bien con vuestro dominio; y quien fuera repasando las venturas que cada cual disfruta gracias a vosotros haría interminable el discurso. Mas, para mostrar que con justicia alcanzamos todo esto, a nosotros, que hemos callado lo anterior, nos basta para hablar con franqueza con nombrar al que ahora reina sobre nosotros y está sentado a tu lado. ¿Qué muestra de afecto hacia vuestra casa ha dejado él de dar? ¿Qué lealtad le falta? ¿Qué honor no ha ideado? ¿Qué servicio no os mira a vosotros los primeros? ¿Qué impide, pues, que también nuestras mercedes se cuenten en el número de tantos beneficios?

«Y acaso convenga no dejar sin recuerdo el valor de su padre Antípatro, quien, cuando César invadió Mitsraim, acudió en su ayuda con dos mil hoplitas y no fue tenido por inferior a nadie, ni en los combates por tierra ni cuando hizo falta de naves. ¿Y qué falta hace decir cuánto peso aportaron en aquel trance, y de cuántos y cuáles dones los juzgó dignos César, uno por uno, cuando bastaría recordar las cartas que César escribió entonces al Senado, y cómo Antípatro recibió honores y ciudadanía por decreto público? Pues bastarán estas pruebas para mostrar que con razón poseemos nuestras mercedes y que a ti te pedimos su confirmación; a ti, de quien, aun cuando no se hubieran dado antes, cabía esperarlas, viendo la disposición del rey hacia vosotros y la vuestra hacia él.

«Nos cuentan los judíos de allí con qué benevolencia pusiste pie en el país, cómo ofreciste a Dios víctimas perfectas, honrándolo con votos perfectos, cómo agasajaste al pueblo con un banquete y aceptaste los presentes de hospitalidad que él te ofrecía. Pues todo esto debe tenerse, tanto de parte de una nación como de una ciudad hacia un varón que preside asuntos tan grandes, por prendas y señales de la amistad que dispensaste a la nación de los judíos, siendo el hogar de Herodes quien la procuraba. Recordándote esto, y al rey mismo, aquí presente y sentado contigo, no hemos pedido nada excesivo: solo que no consientas, cruzado de brazos, que otros nos arrebaten lo que vosotros mismos nos disteis.»

Cuando Nicolao hubo expuesto todo esto, no hubo réplica alguna por parte de los griegos; pues no trataban los asuntos planteados como en un tribunal, sino que aquello era, más bien, una súplica por los atropellos que se les infligían. Y aquellos no tenían defensa alguna para no obrar así, sino un pretexto: que los judíos, habitando su tierra, ahora los agraviaban en todo. Pero estos demostraban ser oriundos del lugar y que, al honrar lo suyo, vivían allí sin causar daño a nadie. Así pues, Agripa, viendo que se los violentaba, respondió así: que, por la buena voluntad y la amistad de Herodes hacia él, estaba dispuesto a concederles a los judíos cualquier cosa; que lo que pedían parecía justo también en sí mismo; de modo que, si necesitaban aún más, no vacilaría en otorgarles cuanto no dañara el imperio de los romanos. Pero, puesto que solo pedían que no quedara anulado lo que ya habían recibido antes, les confirmaba que siguieran, sin ser molestados, en sus propias costumbres. Dicho esto, disolvió la reunión. Y Herodes, que estaba a su lado, lo abrazó y le expresó su gratitud por la disposición que había mostrado hacia él. Y aquel, cordial también en esto, se comportó a la par, correspondiéndole con abrazos y saludos.

Y entonces se marchó; desde Samos, el rey decidió navegar de regreso a casa y, tras despedirse de Agripa, se hizo a la mar, y arriba a Cesarea pocos días después, al encontrar vientos propicios. Y desde allí, subiendo a Yerushaláyim, convocó una asamblea de todo el pueblo; había también una gran muchedumbre venida del campo. Y presentándose, dio cuenta de todo el viaje, y refirió lo tocante a los judíos —cuantos había por toda Asia—, y cómo, gracias a él, en adelante no serían molestados. Y en general, ufano por su prosperidad y por el gobierno de su reino, en el que nada de lo provechoso para ellos se descuidaba, les condona la cuarta parte de los tributos del año transcurrido. Y ellos, ganados a la vez por el discurso y por la merced, se fueron con grandísima alegría, deseando al rey, en sus votos, toda suerte de bienes.

Entretanto, la discordia de la casa iba siempre a más y cobraba un incremento cada vez más grave. Salomé había heredado, por así decir, el odio contra los jóvenes, y todo lo que había logrado contra la madre de ellos lo llevaba ahora hasta la insensatez y la osadía, empeñada en no dejar con vida a ninguno de los hijos de aquella que pudiera vengar la muerte de la que por su causa había perecido; y los propios jóvenes tenían algo de audaz y de malquerencia hacia su padre, tanto por el recuerdo de su madre —de lo que había padecido sin merecerlo— como por el deseo de reinar. Y de nuevo el mal se había vuelto semejante al de antes: injurias de aquellos contra Salomé y Feroras, y perfidias de estos contra los muchachos, y asechanzas urdidas con maña. Pues el odio era igual por ambas partes, pero no el modo de odiar. Los muchachos, por su inexperiencia, creyendo que era noble no disimular la ira, se lanzaban a insultar y reprochar en público; los otros, en cambio, no obraban así, sino que se servían de las calumnias con cálculo y malicia, provocando sin cesar a los jóvenes y confiando en que su audacia se tornaría violenta contra el padre. Pues el que no se avergonzaran de las faltas de su madre, ni creyeran que ella había padecido con justicia, no podía menos —decían— de llevarlos a castigar, incluso por su propia mano, al que tenían por culpable.

Al fin, pues, toda la ciudad se llenó de tales rumores y, como en las competiciones, se compadecía la inexperiencia de los jóvenes, pero prevalecía el afán de Salomé, que sacaba de aquellos mismos los pretextos para no mentir. Pues ellos, tan afligidos por la muerte de su madre —ya que Salomé hablaba mal de ella y de ellos—, se empeñaban en presentar como digno de lástima el fin de su madre, como en verdad lo era, y como dignos de lástima a sí mismos, forzados a convivir con sus asesinos y a compartir con ellos la misma mesa. Todo esto fue a más, pues la discordia halló ocasión propicia mientras el rey estaba ausente. Pero cuando Herodes regresó y se dirigió al pueblo, como ya dijimos, al punto le llegaron los rumores de parte de Feroras y de Salomé: que corría gran peligro por causa de los jóvenes, que amenazaban abiertamente con no consentir en dejar sin venganza el asesinato de su madre. Añadían aún que se apoyaban en las esperanzas puestas en Arquelao el capadocio, con la idea de que, por medio de él, llegarían hasta César y acusarían a su padre.

Herodes, al oír tales cosas, se turbó de inmediato, y quedó aún más consternado porque también algunos otros se lo referían. Volvió sobre su desdicha y, repasando lo primero, pensaba que ningún provecho había sacado ni de sus seres más queridos ni de la esposa a la que amaba, a causa de las turbaciones surgidas en su casa; y, teniendo por más pesado y mayor que aquello lo que ahora le sobrevenía, andaba con el alma trastornada. Pues, en verdad, la divinidad iba sumando a su fortuna muchísimos bienes, aun más allá de lo esperado, en los asuntos de fuera; pero en los de casa le sobrevenían las mayores desgracias, ni siquiera previstas, avanzando lo uno y lo otro como nadie habría imaginado y presentando una superioridad tan disputada que cabía dudar si valía más trocar tanta ventura en los asuntos externos por los males domésticos, o escapar de tamaña magnitud de desgracias en los suyos a cambio de no poseer las tan admiradas glorias del reino.

Turbado y en tal estado de ánimo, para abatir a los jóvenes, sacó a primer plano a otro hijo que le había nacido cuando aún era un particular, y a este parecía honrarlo; se llamaba Antípatro. No lo hacía como más tarde, cuando quedó por completo rendido a él y todo lo remitía a su persona, sino con la idea de quitar la osadía a los hijos de Mariamna, y más bien manejando la cosa para escarmiento de ellos. Pues la altanería no cabría en ellos si se convencían de esto: que la sucesión del reino no se les debía ni a ellos solos ni por fuerza. Por eso introducía a Antípatro como una especie de rival de reserva, creyendo que proveía con acierto y que, una vez sometidos los jóvenes, podría servirse en su momento de los mejores. Pero no resultó como lo había pensado; pues a los hijos les pareció que se había servido contra ellos de un agravio desmedido, y Antípatro, hombre de índole temible, desde que se atribuyó cierta libertad de palabra —fruto de una esperanza que antes no existía—, tuvo un solo propósito perverso: no ceder a sus hermanos la primacía, sino aferrarse al padre —ya enajenado por las calumnias y fácil de manejar para aquello a que él aspiraba—, para volverlo cada vez mucho más duro con los calumniados.

Así que los rumores no procedían solo de él, pues se guardaba de parecer que él en persona denunciaba tales cosas; antes bien, se valía de auxiliares insospechados y de gente que, por su afecto al rey, sería creída al hacerlo. Y ya eran más los que a la vez cortejaban a Antípatro por lo que esperaban de él y se ganaban a Herodes con la apariencia de decir tales cosas por buena voluntad. Y mientras estos conspiraban juntos, en muchas personas y con fidelidad de unos a otros, aún más se iban acumulando los pretextos que daban los propios jóvenes; pues a menudo había lágrimas por el ultraje de aquello que los deshonraba, e invocaciones de su madre, y se dieron a denunciar ya abiertamente, ante los amigos, que su padre era injusto; y todo esto, acechado con malicia por los de Antípatro y transmitido a Herodes con creces, iba avanzando y obraba no poca discordia en la casa. Pues el rey, irritado por las calumnias y deseoso de humillar a los hijos de Mariamna, concedía cada vez más a la dignidad de Antípatro, y al fin, vencido, hizo venir también a la madre de este, y, escribiendo a menudo a César en su favor, lo recomendaba en privado con mayor empeño. Y cuando Agripa subía a Roma, tras haber durado diez años su administración de Asia, Herodes, navegando desde Judea y saliéndole al encuentro, se llevó consigo a Antípatro solo y lo entregó para que fuera conducido a Roma, con muchos regalos, a fin de que se hiciera amigo de César; de suerte que ya todo parecía pender de aquel y que los jóvenes quedaban del todo apartados del poder.

En cuanto a honor y a parecer el primero, todo le iba bien a Antípatro durante su ausencia; pues aun en Roma, como Herodes había escrito a todos sus amigos, era hombre señalado; pero le pesaba no estar presente ni poder, en el momento oportuno, calumniar sin descanso a sus hermanos, y temía sobre todo un cambio de su padre, no fuera que, por sí mismo, resolviera pensar con algo más de benevolencia respecto a los hijos de Mariamna. Con esto en la mente, no desistía de su propósito, sino que aun desde allí, cuantas veces esperaba apesadumbrar y exasperar a su padre contra sus hermanos, le escribía sin cesar —con el pretexto de estar en extremo angustiado por él, pero, en verdad, especulando, desde la malicia que tenía por índole, con una esperanza grande y que se sostenía por sí sola—, hasta que llevó a Herodes a tal punto de cólera y de maledicencia que, aun estando ya mal dispuesto hacia los jóvenes, y titubeando en entrar en semejante trance —para no errar ni por negligencia ni por precipitación—, juzgó mejor navegar a Roma y acusar allí a sus hijos ante César, y no permitirse nada que, por la magnitud de la impiedad, resultara sospechoso.

Y cuando subió a Roma, se dio el caso de que, apremiado por encontrarse con César, llegó hasta la ciudad de Aquileya; y entrando en conversación y pidiendo audiencia, por los graves males en que se creía desdichado, presentó a sus hijos y los acusó de insensatez y de conspiración: que, animados por la enemistad, se habían afanado por todos los medios en odiar a su propio padre, en quitarlo de en medio y en apoderarse del reino del modo más cruel; siendo así que él tenía de César la potestad de entregarlo —no forzado ni siquiera al morir, sino por su propio juicio— a quien se le mantuviera más piadoso. Mas para ellos no se trataba tanto del poder; antes bien, aun cuando se vieran privados de él y hasta de la vida, poco les importaba, con tal de poder dar muerte a su padre: tan salvaje e inmundo era el odio que se les había infiltrado en el alma. Y esta desdicha, que él arrastraba desde hacía largo tiempo, se veía ahora forzado a exponerla a César y a mancillarle los oídos con tales palabras.

Y con todo, ¿qué cosa dura habían padecido de su parte? ¿De qué le echaban en cara ser gravoso? ¿Cómo es posible y justo que el reino que él mismo adquirió con muchos afanes y peligros no le sea permitido poseerlo como dueño, conservarlo y darlo a quien lo merezca? Pues esto, junto con lo demás, lo propone como premio de la piedad para aquel que un día haya de cuidar de él, siendo tan grande la recompensa que se puede alcanzar. Y que ni siquiera es piadoso que ellos anden entrometiéndose en esto, es cosa clara; pues quien sin cesar cavila algo acerca del reino cuenta también con la muerte de quien lo engendró, ya que, sin ella, no hay otro modo de hacerse con el mando. Él, en cambio, cuanto corresponde a quienes viven bajo un rey y a los hijos de un rey, no había dejado de dárselo hasta el presente: ni ornato, ni servidumbre, ni regalo; antes bien, les había procurado las bodas más señaladas, casando al uno con la hija de su hermana, y a Alejandro con la hija del rey Arquelao. Y —lo mayor de todo— ni aun ante tales agravios había usado contra ellos la potestad que tenía, sino que los había traído ante el común bienhechor, César, y, despojándose de todo el poder que puede tener un padre ofendido o un rey del que se conspira, los había puesto ante él en igualdad de juicio; con todo, era menester que el culpable no quedara del todo impune, ni que él mismo siguiera viviendo entre los mayores temores; pues a ellos tampoco les aprovechaba, dado lo que habían tramado, seguir viendo el sol, si ahora escapaban, habiendo cometido —y habiendo de padecer— las mayores acciones de cuantas hay entre los hombres.

Todo esto imputó Herodes con pasión a sus hijos ante César. Y en los jóvenes, ya mientras él hablaba, había lágrimas y turbación; pero más cuando Herodes puso fin a su discurso: en su conciencia tenían la certeza de que el asunto quedaba fuera de semejante impiedad, pero sabían que era difícil de rebatir —como en efecto lo era— el que las calumnias las levantara su propio padre; pues ni siquiera resultaba decoroso un discurso de franca defensa, dada la ocasión, si habían de convencer, a cada paso por la fuerza y de golpe, de que su padre estaba en un error. Había, pues, una imposibilidad de poder hablar, y lágrimas, y al fin un gemido que movía más a compasión, pues temían parecer que se quedaban sin respuesta por remordimiento de conciencia, y no hallaban una defensa fácil, por su juventud y por la turbación que padecían. Pero César, mirándolos tal como estaban, comprendió que su silencio no venía de una conciencia demasiado monstruosa, sino que titubeaban por inexperiencia y por recato; y se hicieron dignos de lástima para los presentes, y conmovieron también a su padre, preso de un sentimiento verdadero.

Cuando advirtieron cierta benevolencia tanto de su padre como de César, y que también los demás —unos llorando con ellos, todos condoliéndose— se compadecían, uno de ellos, Alejandro, dirigiéndose a su padre, se puso a deshacer las acusaciones, y dijo: «Padre, tu buena voluntad hacia nosotros es manifiesta aun en este mismo juicio; pues no nos habrías traído, si algo grave hubieras pensado de nosotros, ante quien a todos salva; pues, aun teniendo potestad, como rey, y estando presente, como padre, para perseguir a los culpables, el traernos a Roma y poner a este por testigo era propio de quien quiere salvarnos; que nadie que se propone matar a alguien lo lleva a los santuarios y a los templos. Pero lo nuestro es ya peor; pues no soportaríamos seguir viviendo si se creyera que de tal modo hemos agraviado a un padre. Y acaso esto sea peor que morir: que, no cometiendo agravio alguno, vivamos bajo la sospecha de cometerlo. Si, pues, la franqueza diera con la palabra de la verdad, dichoso sería a la vez persuadirte a ti y escapar del peligro; pero si de este modo prevalece la calumnia, nos sobra el sol que ahora vemos, ¿pues para qué habríamos de mirarlo, cargando con la sospecha?

«Decir, en efecto, que ansiamos el reino es acusación cómoda contra jóvenes; y añadir la de nuestra desdichada madre basta para, a partir de la primera desgracia, fabricar la presente. Mas repara en si estas cosas no son comunes y no pueden decirse igualmente contra cualquiera; pues nada impedirá que, si un rey reinante tiene hijos jóvenes y muerta la madre de estos, todos parezcan sospechosos de conspirar contra su padre. Pero la sospecha no basta para tamaña impiedad. Que diga alguien si algo semejante ha sido osado por nosotros —eso a lo que hasta lo increíble suele cobrar crédito por medio de los hechos—. ¿Puede alguien probar una preparación de veneno, o una conjura de compañeros de nuestra edad, o el soborno de criados, o cartas escritas contra ti? Y, sin embargo, cada una de estas cosas, aun sin haber sucedido, alguna vez se ha inventado a partir de la calumnia; pues una casa que no está en concordia es cosa difícil en un reino; y el poder, que tú llamas premio de la piedad, a menudo viene a ser causa de esperanzas para los más perversos, esperanzas por las que no ponen freno alguno a su maldad.

«Nadie, pues, señalará delito nuestro; pero las calumnias, ¿cómo podría deshacerlas quien no quiere oír? Hablamos algo con franqueza. No contra ti —eso sería injusto—, sino contra quienes no callan ni siquiera lo que jamás se dijo. Uno de nosotros lloró a su madre. No porque haya muerto, sino porque, aun muerta, fue maldecida por quienes no lo merecían. ¿Codiciamos un poder que sabemos que tiene nuestro padre? ¿Con qué fin, si lo quisiéramos? Si tenemos honores de reyes, como en verdad los tenemos, ¿no sería afanarnos en vano? Y si no los tuviéramos, ¿acaso no cabría esperarlos? ¿O esperábamos hacernos con el reino tras quitarte a ti de en medio, nosotros, para quienes ni la tierra sería transitable ni el mar navegable después de semejante hazaña? ¿Y habría consentido la piedad y la religión de los súbditos de toda la nación que unos parricidas estuvieran al frente de los asuntos y entraran en el santísimo templo por ti edificado? ¿Y qué, aunque hubiéramos despreciado todo lo demás? ¿Podría quien te asesinara quedar impune viviendo César? Ni tan impíos ni tan insensatos engendraste a tus hijos, sino, quizá, más desdichados de lo que a ti te convenía.

«Mas, si no tienes cargos ni hallas conjuras, ¿qué te basta para dar crédito a tal impiedad? Nuestra madre ha muerto; pero lo tocante a ella no podía exasperarnos, sino más bien servirnos de advertencia. Podríamos defendernos más largamente; pero lo que no ha sucedido no admite razonamiento. Por lo cual, siendo César, señor de todo, el mediador de este trance, cerramos este pacto: si, a partir de la verdad misma, recobras hacia nosotros una disposición libre de sospecha, oh padre, viviremos —aunque ni aun así dichosos, pues terrible es una acusación falsa de grandes males. Pero si te queda algún recelo, permanece tú en tu propia piedad, y nosotros nos daremos cuenta a nosotros mismos. No nos es tan preciada la vida como para conservarla a costa de la injusticia de quien nos la dio.»

Mientras decía tales cosas, César, que ni siquiera antes había dado crédito a la magnitud de la calumnia, se mudó aún más y miraba sin cesar hacia Herodes, viéndolo también a él algo turbado; la inquietud había caído sobre los presentes, y el rumor, difundido por la corte, hacía del rey objeto de malquerencia. Pues lo increíble de la calumnia y la condición digna de lástima de los jóvenes, en la flor y hermosura de sus cuerpos, atraían el socorro; y aún más porque Alejandro había replicado al argumento con destreza y prudencia, ya no era el mismo su semblante, aunque seguían llorando y, cabizbajos, inclinados hacia el suelo, pero empezaba a asomar una esperanza mejor; y el rey, que parecía haber acusado con razón por no tener nada que demostrar, tenía necesidad de alguna disculpa. Y César, tras una breve pausa, dijo que los jóvenes, aun cuando parecían ajenos a la calumnia que se les hacía, en esto mismo habían errado: en no haberse mostrado tales para con su padre que no cupiera dar contra ellos razón alguna.

El [César] exhortaba a Herodes a desechar toda sospecha y reconciliarse con sus hijos, pues no era justo ni siquiera dar crédito a semejantes cosas contra su propia sangre. El arrepentimiento —le decía— podía no solo sanar lo ocurrido a ambas partes, sino avivar el afecto, ya que, al defender cada uno la precipitación de la sospecha, se esforzarían con mayor empeño en tratarse bien el uno al otro.

Con tales advertencias hizo una señal a los jóvenes. Y cuando ellos quisieron postrarse en súplica, el padre se les adelantó y, llorando, los abrazó y estrechó a cada uno por turno, de modo que ninguno de los presentes, libre o esclavo, quedó sin conmoverse.

Entonces, dando gracias a César, partieron juntos, y con ellos Antípatro, que fingía alegrarse de la reconciliación.

En los días siguientes Herodes obsequió a César con trescientos talentos, mientras este ofrecía espectáculos y repartos al pueblo de Roma; y César le concedió la mitad de las rentas de las minas de cobre de Chipre y la administración de la otra mitad, y lo honró además con hospedajes y alojamientos, y le otorgó potestad sobre el reino para nombrar sucesor a cualquiera de sus hijos que eligiera, o incluso repartir a cada uno una parte, de modo que el honor alcanzara a todos. Y como Herodes ya quería hacerlo de inmediato, César le dijo que no le permitiría, mientras viviese, desprenderse del poder sobre el reino y sobre sus hijos.

Con esto regresó de nuevo a Judea. Durante su ausencia, no pequeña parte de su dominio se sublevó —la comarca en torno al Tracón—, pero los generales que había dejado los sometieron y los obligaron a obedecer otra vez.

Herodes, navegando con sus hijos, al llegar a Cilicia, en Eleúsa —hoy llamada Sebaste—, encontró a Arquelao, rey de Capadocia, que lo recibió con afecto, complacido por la reconciliación de sus hijos y porque Alejandro, que tenía por esposa a la hija de Arquelao, había quedado libre de la acusación; y se dieron mutuamente los regalos propios de reyes.

Desde allí Herodes llegó a Judea y, presentándose en el Templo, habló de lo obrado durante su ausencia, refiriendo la benevolencia de César hacia él y todo lo demás que, hecho en detalle, juzgaba conveniente que también los otros conocieran. Concluyó su discurso con una amonestación a sus hijos, exhortando a los de la corte y al resto de la multitud a la concordia, y declarando que sus hijos serían reyes después de él: primero Antípatro, y luego los nacidos de Mariamna, Alejandro y Aristóbulo.

Por el momento, pedía a todos que pusieran los ojos en él y lo tuvieran por rey y señor de todos, pues ni la vejez lo estorbaba —al contrario, en ella tenía la mayor experiencia para el gobierno— ni le faltaban las demás cualidades capaces de regir un reino y mandar a los hijos. Y afirmaba que los comandantes y la tropa, si a él solo miraban, tendrían una vida tranquila y hallarían el uno del otro toda ocasión de dicha.

Dicho esto, disolvió la asamblea, habiendo hablado a gusto de la mayoría, aunque no de todos por igual; pues ya, con la rivalidad y las esperanzas que había dado a sus hijos, se habían removido muchas cosas, y no pocos aspiraban a novedades.

Por este tiempo quedó terminada Cesarea Sebaste, que él edificaba: toda la construcción llegó a su fin en el décimo año, aunque el plazo previsto se prolongó hasta el vigésimo octavo año de su reinado, en la olimpiada centésima nonagésima segunda.

Hubo, pues, en seguida, para la consagración, grandes fiestas y preparativos de suma magnificencia. Había anunciado un certamen de música y de pruebas gimnásticas, y había dispuesto una gran cantidad de gladiadores y de fieras, carreras de caballos y los espectáculos más costosos de cuantos se practican en Roma y en otros lugares. Este certamen también lo dedicaba a César, habiéndolo dispuesto para celebrarlo cada cinco años; y César le envió desde sus propios recursos todo lo necesario para tales fiestas, realzando así su magnificencia. Y por su parte, Julia, la esposa de César, envió muchas de las cosas más costosas de allá, de suerte que nada faltase: todo, en conjunto, valorado en quinientos talentos.

Habiéndose reunido en la ciudad una gran muchedumbre para el espectáculo, junto con las embajadas que enviaban los pueblos por los beneficios que habían recibido, a todos los acogió con alojamientos, banquetes y fiestas continuas: la celebración tenía de día los deleites de los espectáculos, y de noche los regocijos y el lujo dispuesto para ello, de modo que se hizo notoria su magnanimidad. Pues en todo cuanto emprendía se afanaba por superar el despliegue de lo ya realizado antes; y dicen que el propio César y Agripa afirmaban muchas veces que el dominio de Herodes quedaba por debajo de la magnanimidad que había en él, pues era digno de tener el reino de toda Siria y de Mitsraim.

Tras esta celebración y las fiestas, levantó otra ciudad en la llanura llamada Kafarsabá, escogiendo un lugar bien regado y una tierra óptima para los sembrados, con un río que corría alrededor de la ciudad misma y un hermosísimo bosque que la rodeaba por la magnitud de sus árboles. La llamó Antipátrida, por su padre Antípatro. Y edificó también, arriba de Yerijó, una fortaleza que llevaba el nombre de su madre, notable por su seguridad y agradabilísima por sus alojamientos, y la llamó Cipros. A su hermano Fasael le consagró, por el cariño que le había tenido, los más bellos monumentos, alzando en la ciudad misma una torre no menor que la de Faros, a la que dio el nombre de Fasael: era a la vez parte de la seguridad de la ciudad y memoria del difunto por su nombre. Y fundó también una ciudad de su mismo nombre junto al valle de Yerijó, hacia el norte, con la cual hizo más productiva la comarca vecina, que era desierta, gracias al cuidado de sus habitantes. También a esta la llamó Fasaélide.

Los demás beneficios que dispensó a las ciudades de Siria, de Grecia y de cuantos lugares le tocó visitar en sus viajes es imposible enumerarlos, pues parece haber otorgado abundantemente muchas obras públicas, la construcción de edificios comunes y dinero para las obras que lo necesitaban, allí donde las anteriores se habían arruinado. De sus hechos, los mayores y más célebres: a los rodios les levantó el templo Pitio a sus propias expensas y les entregó muchos talentos de plata para la construcción de naves. A los nicopolitanos, cuya ciudad había fundado César junto a Accio, les edificó la mayor parte de los edificios públicos. A los antioquenos de Siria, que habitan una ciudad grandísima, atravesada a lo largo por una ancha avenida, esa misma calle la adornó con pórticos a ambos lados y pavimentó la vía descubierta con piedra pulida, con gran provecho para su ornato y para la comodidad de los habitantes. Y el certamen de Olimpia, que por falta de fondos se hallaba muy por debajo de su nombre, lo hizo más digno estableciendo rentas, y ennobleció la fiesta para los sacrificios y el demás ornato. Por esta liberalidad fue inscrito como presidente perpetuo de los juegos entre los eleos.

A muchos les sobrecoge asombro por lo divergente de su carácter. Pues cuando miramos las liberalidades y beneficios que prodigó a todos los hombres, no hay modo de que alguien, aun entre los menos honrados, niegue que tuvo una naturaleza sumamente benéfica. Pero cuando uno vuelve la vista a los castigos e injusticias que mostró contra sus súbditos y sus más allegados, y advierte la dureza y lo inflexible de su carácter, se verá forzado a juzgarlo bestial y ajeno a toda moderación. Por eso piensan que hubo en él un carácter contradictorio y en pugna consigo mismo. Yo, en cambio, no lo entiendo así, sino que supongo una sola causa para ambas cosas.

Pues siendo ambicioso y estando dominado con fuerza por esta pasión, se dejaba llevar a la magnanimidad allí donde caía la esperanza de una memoria futura o de un elogio presente. Pero, gastando por encima de sus fuerzas, se veía obligado a ser duro con sus súbditos, ya que lo mucho que gastaba en aquellos lo convertía en cobrador de males para con aquellos de quienes recibía. Y consciente de que, por las injusticias que hacía a sus súbditos, era odiado, no juzgaba fácil corregir sus faltas —pues tampoco convenía a las rentas—, sino que se enfrentaba a la propia hostilidad convirtiéndola en fuente de riqueza. En cuanto a los suyos, si alguno no lo halagaba de palabra confesando su sujeción, o parecía intentar algo contra su poder, no era capaz de dominarse, y arremetía por igual contra parientes y amigos, castigándolos como a enemigos, incurriendo en tales faltas por su afán de ser el único honrado.

Testimonio de esta pasión —de que era grandísima en él— es también lo que hacía en los honores a César, a Agripa y a los demás amigos: con lo mismo con que él honraba a los poderosos, con eso pretendía él a su vez ser honrado; y al ofrecer lo más hermoso de cuanto poseía, en el dar dejaba ver el deseo de obtener otro tanto. Pero el pueblo de los judíos es ajeno por ley a todo esto, y está acostumbrado a haber amado la justicia antes que la gloria. Por eso no le resultaba grato que no fuera posible adular la ambición del rey con imágenes, templos o cosas semejantes. Esta es, a mi juicio, la causa de la conducta de Herodes: injusto con los suyos y consejeros, y benéfico con los de fuera y los ajenos.

A los judíos de Asia y a cuantos habitaban en la Libia próxima a Cirene los maltrataban las ciudades. Los reyes anteriores les habían concedido igualdad de derechos, pero por entonces los griegos los vejaban, hasta el punto de arrebatarles el dinero sagrado y perjudicarlos en cosas particulares. Padeciendo así males y no hallando fin a la inhumanidad de los griegos, enviaron también sobre esto una embajada ante César. Y él les concedió la misma igualdad de trato, escribiendo a los gobernadores de las provincias; cuyas copias hemos adjuntado como testimonio de la disposición que hacia nosotros tuvieron desde antiguo los que mandaban.

«César Augusto, sumo sacerdote, con potestad tribunicia, declara. Puesto que el pueblo de los judíos se ha mostrado agradecido no solo en el momento presente, sino también en el pasado, y sobre todo en tiempos de mi padre, el emperador César, hacia el pueblo de los romanos, así como su sumo sacerdote Hircano, me ha parecido bien, a mí y a mi consejo, bajo juramento y por decisión del pueblo romano, que los judíos usen de sus propias instituciones según su ley patria, como las usaban bajo el sumo sacerdote Hircano en honor del Dios altísimo; y que sus bienes sagrados sean inviolables y se envíen a Yerushaláyim y se entreguen a los recaudadores de Yerushaláyim; y que no se los obligue a dar fianzas en sábado ni en la víspera de la preparación desde la hora novena. Y si alguien es sorprendido robando sus libros sagrados o su dinero sagrado de una sinagoga o de una sala de reunión, sea tenido por sacrílego y su patrimonio sea confiscado por el erario de los romanos. Y el decreto que ellos me han dado en honor de mi piedad para con todos los hombres, y en honor de Cayo Marcio Censorino, y este edicto, ordeno que se coloquen en el lugar más señalado, el que me ha asignado la Comunidad de Asia en Ancira. Y si alguien transgrede algo de lo antes dicho, pagará una pena no leve. Grabado en el templo de César.»

«César a Norbano Flaco, salud. Los judíos, cualesquiera que sean, que por antigua costumbre suelen llevar y enviar dinero sagrado, háganlo sin impedimento hacia Yerushaláyim.» Y esto fue lo de César.

También Agripa escribió por su parte en favor de los judíos de esta manera: «Agripa a los magistrados, el consejo y el pueblo de los efesios, salud. Quiero que del dinero sagrado que se lleva al Templo de Yerushaláyim tengan el cuidado y la custodia los judíos de Asia, según sus costumbres patrias. Y a quienes roben los escritos sagrados de los judíos y se refugien en los asilos, quiero que sean arrancados de allí y entregados a los judíos, con el mismo derecho por el que se arranca a los sacrílegos. He escrito también a Silano, el pretor, para que en sábado nadie obligue a un judío a dar fianzas.»

«Marco Agripa a los magistrados, el consejo y el pueblo de los cireneos, salud. Los judíos de Cirene, en cuyo favor ya Augusto envió instrucciones al pretor de Libia entonces en funciones, Flavio, y a los demás encargados de la provincia, para que el dinero sagrado se enviara sin impedimento a Yerushaláyim, según es costumbre patria suya, han acudido ahora a mí quejándose de que son vejados por ciertos calumniadores y de que, con el pretexto de tributos que no se deben, se les impide hacerlo. Ordeno que se les restituya, sin que se los moleste de modo alguno; y si de algunas ciudades se les ha arrebatado dinero sagrado, mando que los encargados de estos asuntos también lo enmienden en favor de los judíos de allí.»

«Cayo Norbano Flaco, procónsul, a los magistrados de los sardianos, salud. César me ha escrito ordenando que no se impida a los judíos, según su costumbre patria, reunir el dinero que sea y enviarlo a Yerushaláyim. Os escribo, pues, para que sepáis que César y yo queremos que así se haga.»

No menos escribió también Julio Antonio, procónsul: «A los magistrados, el consejo y el pueblo de los efesios, salud. Los judíos que habitan en Asia me expusieron, en los idus de febrero, cuando yo administraba justicia en Éfeso, que César Augusto y Agripa les habían concedido usar de sus propias leyes y costumbres, y presentar libremente las primicias que cada uno de ellos, por su propia voluntad y por piedad hacia lo divino, aporta al peregrinar juntos. Y me pidieron que también yo confirmara con mi decisión, del mismo modo, lo concedido por Augusto y Agripa. Quiero, pues, que sepáis que, conforme a las disposiciones de Augusto y Agripa, les permito usar y obrar según sus costumbres patrias sin impedimento.»

Todo esto lo he consignado por necesidad, ya que los relatos de nuestra historia irán a parar sobre todo a manos de los griegos: quiero mostrarles que, alcanzando desde antiguo toda clase de honores, en nada de lo patrio fuimos estorbados por los que gobernaban, sino que hasta fuimos ayudados en cuanto tocaba a nuestro culto y a los honores debidos a Dios. Y hago mención de ellos muchas veces, para reconciliar a los pueblos y suprimir las causas de odio arraigadas en los insensatos de una y otra parte. Pues, en cuanto a las costumbres, no hay pueblo que use siempre las mismas, y aun de ciudad en ciudad hay a veces mucha diferencia; pero la justicia, que todos los hombres practican por igual y que es lo más provechoso tanto para griegos como para bárbaros, es lo que más consideran nuestras leyes, y ellas nos hacen benévolos y amigos de todos, si nos mantenemos puros en ellas. Por eso debemos exigir también esto de aquellos, y conviene no juzgar ajeno lo que está en la diferencia de las costumbres, sino en la disposición para la nobleza de carácter; pues esto es común a todos y lo único suficiente para preservar la vida humana. Vuelvo de nuevo al hilo de la historia.

Herodes, empleando grandes gastos tanto fuera como dentro del reino, y habiendo oído aun antes que Hircano, el rey que le había precedido, al abrir el sepulcro de David había sacado tres mil talentos de plata, quedando aún mucho más allí depositado y suficiente para atender del todo a sus gastos, tuvo desde hacía tiempo en mente el intento. Y entonces, de noche, abriendo el sepulcro, entró, habiendo tomado las precauciones para que la ciudad no se enterase en absoluto, llevando consigo a los más fieles de sus amigos. No halló, como Hircano, dinero depositado, sino ornamentos de oro y muchos objetos preciosos, que se llevó todos. Pero puso mayor empeño y llevó la búsqueda más adentro, hacia las cámaras en que reposaban los cuerpos de David y de Shlomo. Dos de sus guardias perecieron —según se decía— al salirles al paso una llama desde dentro cuando entraban; y él mismo salió aterrado, y por temor mandó construir en la entrada un monumento propiciatorio de piedra blanca, costoso en su gasto.

De esta obra hace mención también Nicolao, su historiador contemporáneo, aunque no de que descendiera al sepulcro, pues sabía que el hecho no era decoroso. Y en lo demás procede en su escritura del mismo modo. Pues, viviendo en el reino y junto a él, escribía de manera que le fuera grata y a modo de servicio, tocando solo lo que le traía gloria, encubriendo en cambio muchas de sus injusticias manifiestas y ocultándolas con todo empeño. Él, queriendo dar apariencia decorosa incluso a la muerte de Mariamna y de sus hijos, tan cruelmente ejecutada por el rey, miente atribuyendo a ella libertinaje y a los jóvenes conjuras; y a lo largo de su escritura no cesa de elogiar en exceso lo que el rey obró con justicia, y de defender con celo los actos injustos. A él, como dije, se le podría tener mucha indulgencia, pues no componía una historia para los demás, sino un servicio al rey. Nosotros, en cambio, siendo de estirpe cercana a los reyes asmoneos, y teniendo por ello el sacerdocio con honor, juzgamos indecoroso mentir en algo acerca de ellos, y exponemos los hechos con pureza y justicia; y aunque tenemos en respeto a muchos de sus descendientes, que todavía reinan, hemos honrado la verdad por encima de ellos, verdad que, cuando se expone con justicia, ha ocurrido que suscite la ira de esos mismos.

Herodes, a causa del intento que hizo en el sepulcro, parecía irle peor en los asuntos de su casa, ya fuera porque la cólera divina, extendiéndose a aquello en que ya antes estaba especialmente enfermo, hizo que su mal creciera hasta desembocar en desgracias sin remedio, ya fuera porque la fortuna dirigía su asalto contra él en un momento en que la oportunidad respecto de la causa daba no poco crédito a que las desgracias le sobrevenían por su impiedad. Pues había en la corte una sedición como de guerra civil, y odios en que unos a otros se superaban con calumnias. Antípatro siempre maniobraba contra sus hermanos, hábil para envolverlos en acusaciones desde fuera, mientras él mismo tomaba muchas veces el papel de defenderlos, para que su aparente benevolencia le diera crédito ante los ataques que planeaba. Y de este modo, con variadas artes, tenía engañado a su padre, que estaba convencido de que él solo hacía todo por su salvación. Recomendaba también a Antípatro a Tolomeo, que era el administrador de los asuntos del reino, y con la madre de aquel deliberaba sobre lo urgente. En suma, estos lo eran todo, tanto para hacer cuanto quisieran como para inclinar al rey a la hostilidad contra los de fuera que juzgaban conveniente.

Los nacidos de Mariamna, en cambio, estaban cada vez más resentidos, y por su noble cuna no llevaban bien la acusación, viéndose apartados y en un rango menos honroso. También las mujeres: Glafira, hija de Arquelao, casada con Alejandro, odiaba a Salomé, tanto por su disposición hacia su marido como porque parecía tratar con altivez a la hija de Salomé —esta estaba casada con Aristóbulo, y Glafira consideraba indigno que se la tuviera por su igual—. Surgida, pues, esta segunda disputa, tampoco el hermano del rey, Feroras, quedaba libre de perturbación, sino que tenía su propio motivo de sospecha y de odio: se había enamorado de una esclava suya, y estaba dominado por la mujer con tal locura que, aun habiéndole sido prometida una hija del rey, la desdeñó y puso su afecto en la esclava. Herodes se dolía del desaire, pues había colmado de beneficios a su hermano y lo tenía por partícipe del poder del reino, y no veía correspondencia semejante; y se sentía humillado hasta en su propia persona.

No habiendo obtenido Feroras a la muchacha con derecho, Herodes la dio al hijo de Fasael; y él mismo, pasado un tiempo, creyendo ya apagado el deseo de su hermano, le reprochó lo primero y le pidió que tomara a la segunda, llamada Cipros. Tolomeo aconsejaba a Feroras que de una vez cesara del desaire hacia su hermano y sofocara su pasión, pues era vergonzoso que, vencido por una esclava, se privara del afecto del rey y se convirtiera además en motivo de perturbación y de odio para él. Feroras, viendo que esto le convenía —él, que ya antes había estado bajo sospecha y quería obtener perdón—, despide a la mujer, de la que ya tenía un hijo, y prometió al rey que tomaría a su segunda hija; y fijó el día trigésimo para la boda, jurando además que no tendría ya trato alguno con la mujer despedida. Pero, pasados los treinta días, estaba tan vencido por el amor que ya no hizo nada de lo acordado, sino que volvió a seguir con la primera.

Esto ya afligía abiertamente a Herodes y lo movía a ira. Salían de él, pues, ciertas palabras que iban dejando caer, y muchos tomaban la cólera del rey como ocasión para calumniar a Feroras. No había día ni hora en que le tocara estar tranquilo, sino que siempre sobrevenía algo nuevo, contiendas urdidas por parientes y por los más queridos unos contra otros. Pues, por un lado, Salomé, dura y malévola con los de Mariamna, ni siquiera dejaba a su propia hija, casada con Aristóbulo, uno de los jóvenes, disfrutar del afecto conyugal hacia él, persuadiéndola de que le contara cuanto él dijera en privado y se lo revelara a ella, y —como suele ocurrir en las desavenencias— introducía muchas sospechas. Por medio de esto ella misma se enteraba de todo lo que concernía a aquellos, y había puesto a la muchacha mal dispuesta hacia su joven esposo. Y esta, por complacer a su madre, decía muchas veces que aquellos, a solas, recordaban a Mariamna y aborrecían a su padre, y que amenazaban de continuo con que, si alguna vez alcanzaban el poder, harían escribanos de aldea a los hijos que Herodes había tenido de las otras mujeres —pues el cuidado y el esmero puestos ahora en su educación los hacía aptos para tal oficio—; y que a las mujeres, si alguna vez las veían participar del ornato de su madre, las amenazaban con que, en vez del lujo presente, quedarían encerradas, vestidas de harapos, sin ver siquiera el sol.

Todo esto era referido en seguida al rey por medio de Salomé; y él lo escuchaba con dolor, e intentaba enmendarlo, pero se atormentaba con las sospechas y, empeorando siempre, acababa creyéndolo todo de todos. No obstante, entonces, tras reprender a sus hijos y haberse ellos justificado, se ablandó por el momento; pero en los días siguientes le sobrevino algo mucho peor. Pues Feroras, yendo a ver a Alejandro —que tenía por esposa a Glafira, la hija de Arquelao, como hemos dicho—, le dijo que había oído decir a Salomé que Herodes estaba vencido por el amor de Glafira y que su pasión era inconsolable. Al oír esto, Alejandro, por su juventud y por celos, se encendió, y las muestras de honra que Herodes dispensaba a la muchacha —tales cortesías eran frecuentes— las tomaba a mal, por las sospechas nacidas de la palabra que se había dejado caer. No soportó el dolor del asunto, sino que, yendo a su padre, le denuncia entre lágrimas lo dicho por Feroras. Herodes, volviéndose mucho más apasionado y no soportando la vergonzosa falsedad de la calumnia, quedó turbado.

Y muchas veces lamentaba la maldad de los suyos —cómo se había portado él con ellos y qué recibía a cambio—; y manda llamar a Feroras y, reprochándoselo, le dijo: «Malvado entre todos, ¿a tal punto de desmedida y desbordada ingratitud has llegado, que concibes tales cosas de nosotros y las divulgas? ¿Acaso no veo tu propósito: que no por lanzar una injuria, sino como conjura y veneno para mi perdición, pusiste tales palabras en boca de mi hijo? Pues ¿quién, si no hubiera tenido, como este muchacho, buenos genios que lo guardaran, habría soportado no vengarse de su padre ante semejante sospecha? ¿Le pusiste, crees, una palabra en el alma o una espada en la diestra contra el que lo engendró? ¿Qué pretendes, aborreciéndolo a él y a su hermano, fingiendo benevolencia solo para la calumnia contra mí, y hablando de estas cosas que fueron de tu impiedad tanto concebir como maquinar? Vete, tú que te has vuelto el peor para con tu benefactor y hermano. Y viva contigo esa conciencia; que yo venza siempre a los míos, sin castigarlos como merecen y colmándolos de beneficios mayores de los que en justicia les corresponde recibir.»

Así el rey. Feroras, sorprendido en flagrante maldad, dijo que Salomé le había persuadido de todo aquello y que las palabras venían de ella. Ella, en cuanto lo oyó —pues se hallaba presente—, exclamó con aire convincente que nada de eso procedía de ella, y que todos ponían empeño en arrastrarla al odio del rey y en perjudicarla de todos los modos, por la benevolencia que tenía hacia Herodes, previendo siempre los peligros; y que ahora se la acechaba aún más, pues, por ser ella la única que persuadía a su hermano de que echase a la mujer que tenía y tomase a la hija del rey, con razón era odiada por aquel. Mientras decía tales cosas, arrancándose una y otra vez los cabellos y golpeándose el pecho, su semblante tenía algo de convincente para la negativa, pero la malignidad de su carácter delataba el fingimiento de aquella escena. Feroras quedó atrapado en medio, sin nada decoroso que alegar en su defensa: había confesado haberlo dicho, pero no se le creía haberlo oído. La confusión y la disputa de palabras entre ambos fue en aumento. Al fin el rey, aborreciendo a la vez a su hermano y a su hermana, los despidió, y alabando a su hijo por su dominio de sí y por haberle referido a él las palabras, ya a hora avanzada se retiró a atender su cuerpo.

Sobrevenida tal contienda, Salomé quedó mal vista, pues parecía que la calumnia había partido de ella; y las mujeres del rey estaban resentidas, sabiéndola de naturaleza dificilísima, ora enemiga ora amiga según las ocasiones. Así que siempre decían a Herodes algo contra ella, y cierto suceso llevó a mayor atrevimiento su libertad de palabra. Pues Obodas, el rey de Arabia, era hombre inactivo y de índole indolente, y Sileo le administraba la mayor parte de los asuntos: hombre astuto, joven todavía en edad y apuesto. Habiendo venido por cierto asunto a ver a Herodes, y cenando con él, vio a Salomé y puso en ella su interés; y sabiendo que era viuda, habló con ella. Salomé, que se hallaba peor que antes con su hermano y que miraba al joven no sin pasión, se inclinó hacia la boda, y en las idas y venidas de la cena mostraba, más de lo debido, señales del acuerdo entre ambos. Las mujeres refirieron esto al rey, burlándose de la indecencia; y Herodes se informó también por Feroras y le pidió que observara durante la cena cómo se comportaban el uno con el otro. Aquel le anunció que, por señas y miradas, no era oscuro el impulso de ambos.

Después de esto, el árabe, viéndose sospechoso, se marchó; pero, dejando pasar dos o tres meses, vuelve como por este mismo motivo y presentó a Herodes su petición, pidiéndole que le dieran a Salomé por esposa; pues no sería desventajosa la alianza por el enlace con el reino de los árabes, que ya ahora estaba en sus manos por su poder y que aún más le era debido. Herodes le trasladó la propuesta y preguntó a su hermana si estaba dispuesta a la boda; ella la aceptó de inmediato, pero Sileo, cuando le pidieron que se inscribiera en las costumbres de los judíos y solo entonces se casara —pues de otro modo no era posible—, no lo consintió, sino que, diciendo que sería lapidado por los árabes si lo hacía, se marcha. Feroras, pues, empezó a calumniar a Salomé de incontinencia, y más aún las mujeres, diciendo que había tenido trato con el árabe.

En cuanto a la muchacha que el rey había prometido a su hermano —a la que Feroras no tomó, como dije antes, vencido por su mujer—, Salomé la pedía para el hijo que había tenido de Costobaro, y Herodes se inclinaba a casarla con él; pero Feroras lo persuade de lo contrario, diciendo que el joven no sería bien dispuesto por la muerte de su padre, y que era más justo que la tomara su propio hijo, que era el sucesor de la tetrarquía. Así pedía perdón por no haberla tomado antes, tras haberse negado; y el rey cedió. De modo que la muchacha, trasladado el compromiso, fue casada con el joven hijo de Feroras, dándole el rey una dote de cien talentos.

No cesaban los asuntos de la casa, que cobraban siempre mayores turbaciones, y sobreviene algo de este género, por una causa poco decorosa, pero que fue a más por la aspereza del rey. Había unos eunucos a los que el rey tenía en no poca estima por su belleza. De ellos, a uno se le confiaba escanciar el vino, a otro servir la cena, a otro acostar al rey, y también los mayores asuntos del gobierno. Y alguien anuncia al rey que estos habían sido corrompidos con mucho dinero por su hijo Alejandro. Interrogados, confesaron acerca del trato y de la intimidad que habían tenido con él, pero nada más grave contra el padre reconocían saber. Pero, sometidos a mayor tortura y en el aprieto —pues los servidores apretaban cada vez más, complaciendo en ello a Antípatro—, declararon que había en Alejandro malquerencia hacia su padre y un odio innato; y que este les aconsejaba desentenderse de Herodes, ya inútil por su avanzada edad, que se hacía un velo de su vejez tiñéndose los cabellos y ocultando la prueba de sus años; y que, si le prestaban atención a él, cuando le tocara el reino —que, aun contra la voluntad del padre, no sería de ningún otro—, pronto tendrían en él el primer puesto. Pues no solo por su linaje, sino ya por sus preparativos, tenía asegurado el dominio: muchos de los comandantes y muchos de los amigos se habían aliado con él, y no eran hombres reacios a cualquier cosa, tanto a obrar como a padecer.

Al oír estas palabras, Herodes se llenó por entero de indignación y de miedo, tomando lo dicho como injuria, con dolor, y lo que apuntaba a sospecha, no sin peligro; de modo que por ambas cosas se irritaba aún más y, amargado, temía que en verdad se hubiera tramado contra él algo más fuerte de lo que pudiera precaverse para aquel momento. Por eso no hacía la investigación abiertamente, sino que envió espías contra los sospechosos. Sospecha y odios había hacia todos, y, tomando la desconfianza como medio de seguridad, la aplicaba con largueza incluso contra los que no la merecían. Y no había fin, sino que los que juzgaba merecedores de vivir, por parecerle más poderosos, le resultaban más temibles; y a aquellos con quienes no tenía trato estrecho, bastaba nombrarlos, y en cuanto los mandaba matar los tenía al punto por una parcela de su seguridad. Al fin, los que lo rodeaban, no teniendo nada seguro para esperar salvarse, se volvieron unos contra otros, pensando que, si uno se adelantaba a calumniar al otro, eso le procuraría la salvación; pero, cuando alguna vez lograban lo que pretendían, se hacían odiosos, y no ganaban sino sufrir con justicia por aquello mismo en que habían agraviado a otros. Así, algunos perseguían enemistades privadas de este modo y, descubiertos, caían en la misma suerte, urdiendo la ocasión como instrumento y trampa contra sus enemigos, pero quedando ellos mismos atrapados en la treta con que conspiraban contra otros. Pues el arrepentimiento le venía pronto al rey por haber dado muerte a quienes no erraban manifiestamente; mas lo funesto de ese arrepentimiento no se resolvía en cesar de hacer lo mismo, sino en castigar con la misma pena a los delatores.

Tal era la agitación en torno a la corte. A muchos de sus amigos ya les había advertido, además, que en adelante no debían presentarse ante él ni entrar en palacio. Y esta orden la dirigía contra aquellos cuya franqueza le había impuesto —en mayor o menor grado— cierto respeto.

Pues a Andrómaco y a Gémelo, hombres amigos suyos desde antiguo, que mucho habían servido a su casa en los negocios del reino, tanto en embajadas como en consejos, y que habían ayudado a educar a sus hijos y, en fin, habían ocupado el primer lugar de la confianza para hablarle con libertad, entonces los apartó: al uno, porque su hijo Demetrio era íntimo de Alejandro; a Gémelo, porque lo sabía bien dispuesto hacia aquel, pues había estado presente en su crianza y en su educación y había compartido con él la estancia en Roma. También a estos los despidió —de buena gana los habría tratado aún peor, pero, como no podía usar de tal licencia contra hombres que no eran oscuros, se contentó con quitarles la dignidad y el poder de estorbarle cuando erraba.

De todo esto era responsable Antípatro, quien, en cuanto advirtió lo enfermizo que se había vuelto su padre respecto de la franqueza, desde hacía tiempo estaba a su lado en el consejo y le insistía, y tanto más parecía adelantar algo cuanto que iba siendo apartado cada uno de los que eran capaces de resistirle. Así pues, cuando Andrómaco y los suyos fueron alejados de la palabra y de la confianza, primero el rey sometió a tormento a cuantos creía fieles a Alejandro, por si sabían de algún atrevimiento contra él; y estos morían sin tener nada que decir. Y a él le era motivo de porfía que no se hallara nada tan perverso como imaginaba; y Antípatro era diestro para calumniar, presentando como dominio de sí y como fidelidad al hombre a quien la propia verdad declaraba inocente, y para buscar cómo azuzarlo aún más, sacando de nuevos interrogatorios lo que de la intriga quedaba oculto.

Y uno, entre los muchos que eran torturados, dijo que sabía que el joven decía a menudo, cada vez que era alabado —que era grande de cuerpo, certero con el arco y superior a todos en las demás cualidades—, que aquello le venía de la naturaleza más como males que como bienes; pues su padre se afligía por ello y lo envidiaba. Y que él mismo, cuando paseaba junto a su padre, se encogía y se rebajaba para no parecer más alto, y que, cuando tiraba con el arco en las cacerías estando aquel presente, disparaba a propósito fuera del blanco, porque conocía el afán de gloria del que lo había engendrado cuando tales cosas eran celebradas. Mientras lo torturaban por sus palabras, y sobreviniendo un respiro para su cuerpo, añadió además que Alejandro, teniendo por cómplice a su hermano Aristóbulo, planeaba tenderle una emboscada en una cacería y huir a Roma, una vez hecho esto, para reclamar el reino. Se hallaron también cartas del joven a su hermano, en las que reprochaba a su padre que no obraba con justicia, al asignar a Antípatro un territorio que rendía doscientos talentos de renta.

Con esto, al punto le pareció a Herodes tener algo digno de crédito, según creía, para su sospecha contra los hijos, y prendió y encadenó a Alejandro. Pero de nuevo, sin dejar de ser duro, tampoco daba entero crédito a lo que había oído; pues, cuando lo meditaba, nada digno de una conjura se desprendía de ello, sino quejas y ambiciones de mozo, y le parecía inverosímil que quien matara abiertamente a su padre se lanzara luego hacia Roma. Con todo, quería obtener alguna prueba mayor de la maldad de su hijo, y ponía empeño en no dar la impresión de haber decretado las cadenas con precipitación. Y torturando a los principales de entre los amigos de Alejandro, dio muerte a no pocos de ellos, que nada decían de lo que él suponía.

Habiendo mucha disposición para semejantes cosas, y temor y trastorno en torno al palacio, uno de los más jóvenes, hallándose bajo tormento, dijo que Alejandro enviaba recado a sus amigos de Roma pidiendo que César lo llamara cuanto antes; pues tenía algo que revelarle: una intriga que se tramaba —que Mitrídates, el rey de los partos, había sido ganado por su padre como aliado contra los romanos— y que había además un veneno preparado en Ascalón. Herodes dio crédito a esto y halló cierto consuelo a su precipitación en medio de sus males, adulado por los peores. Pero el veneno, aunque en seguida se afanó por buscarlo, no fue hallado.

Alejandro, queriendo por porfía reforzar el exceso de aquellos males, no se volvió hacia la negación, sino que superó la temeridad de su padre con una falta aún mayor —tal vez también queriendo con ello avergonzar su presteza para las calumnias, y no menos para que, si por ventura se le daba crédito, resultara que se había empeñado en perjudicarse a sí mismo y a todo el reino. Pues escribió cartas en cuatro libros y las envió, diciendo que no había necesidad alguna de torturar ni de ir más lejos: que la conjura ya existía, y que en ella tomaban parte Feroras y los más fieles de sus amigos; y que Salomé, entrando de noche, se había unido a él contra su voluntad; y que todos convergían en lo mismo, los que, quitándolo cuanto antes de en medio, tendrían tranquilidad frente a la perpetua zozobra. En estas [cartas] quedaban también calumniados Tolomeo y Sapinio, los más fieles al rey.

¿Y qué más? Como si les hubiera caído encima una especie de rabia, los que antes eran los más queridos se enfurecían unos contra otros como fieras, sin que hubiera lugar para la defensa ni para la refutación hasta llegar a la verdad, sino que se producía siempre contra todos una perdición sin juicio: para unos, cadenas; para otros, muertes; para otros, el lamento de que tales cosas estaban por caer sobre ellos. El silencio y el abatimiento despojaron al palacio de su primera prosperidad. Y toda la vida era penosa para Herodes, sumido en el desorden, y el no fiarse de nadie era un gran suplicio para quien vivía en tal expectación; muchas veces, en efecto, veía en su imaginación a su hijo alzándose contra él o incluso plantado a su lado, espada en mano. Así, su alma, ocupada en aquello noche y día, se impregnó de un padecer no menor de locura que de insensatez. Y en tal estado se hallaban las cosas de aquel.

Arquelao, el rey de los capadocios, cuando se enteró de lo que ocurría con Herodes, angustiado por su hija y por el joven, y compartiendo el dolor de un hombre amigo por un trastorno tan grande, acudió sin tomar el asunto como cosa secundaria. Y hallándolo en tal estado, juzgó que reprenderlo o decir que había obrado con alguna precipitación era del todo impropio de la ocasión; pues, herido como estaba, se pondría porfiado y, más empeñado en defenderse, se llenaría de mayor cólera. Siguió, pues, otro orden para enderezar los infortunios: se mostraba airado con el joven y decía que Herodes había obrado con moderación al no hacer nada por arrebato, y afirmaba que disolvería el matrimonio con Alejandro, y que ni a su propia hija perdonaría, si, sabiendo algo con él, no lo había revelado. Siendo esto así, contra lo que Herodes esperaba, y mostrando Arquelao su enojo más bien en favor de él, el rey fue cediendo en su dureza y, convencido de que lo actuado se había hecho con apariencia de justicia, poco a poco se pasó al sentimiento paterno. Era digno de lástima en ambas cosas: cuando algunos absolvían al joven de las calumnias, se agitaba de cólera; pero cuando Arquelao se sumaba a la acusación, pasaba a las lágrimas y a un dolor no exento de padecer. Le rogaba, pues, que ni disolviera el matrimonio ni se enojara tanto por aquello en que el joven había faltado.

Arquelao, tomándolo con mayor mansedumbre, trasladaba las calumnias a los amigos, diciendo que era cosa de ellos haber corrompido a un joven ignorante de la maldad, y hacía recaer más sospecha sobre su hermano [Feroras]. Pues como Herodes estaba también áspero con Feroras, este, no hallando quién lo reconciliara y viendo que Arquelao era el más capaz, habiendo conseguido acceso a él, acudió a aquel vestido de negro y con todas las señales de una ruina inminente. Arquelao ni desdeñó la súplica ni dijo que fuera capaz de hacer cambiar pronto al rey, así dispuesto; pero que era mejor para él acercarse y rogarle, confesándose culpable de todo, pues así rebajaría el exceso de su ira, y que él mismo, estando presente, lo ayudaría. Persuadido Feroras de esto, se logró ambas cosas a la vez: las calumnias contra el joven, contra lo esperado, quedaron desechadas, y Arquelao, habiendo reconciliado a Feroras, partió así hacia Capadocia, habiéndose hecho para Herodes, en aquella coyuntura de los tiempos, más grato que ningún otro. Por lo cual lo honró con regalos de gran valor y, en lo demás, magníficamente, teniéndolo entre los más queridos. Concertó también ir a Roma, puesto que sobre estos asuntos se había escrito a César, y hasta Antioquía marcharon juntos con ese mismo fin. Allí Herodes reconcilió también a Titio, el gobernador de Siria, que por una diferencia estaba mal dispuesto hacia Arquelao, y de nuevo regresa a Judea.

Estando ya en Roma y de vuelta de allí, se le trabó una guerra con los árabes por una causa como esta. Los habitantes del Tracón, después de que César se lo quitara a Zenodoro y añadiera aquel territorio a Herodes, ya no tenían licencia para saquear, sino que se veían forzados a cultivar y a vivir apaciblemente. Esto no era de su agrado, ni la tierra les daba provecho por más que la trabajaban. Con todo, al principio, como el rey no lo permitía, se abstenían de agraviar a los vecinos, y por ello grande era la buena fama del cuidado de Herodes. Pero cuando este navegó a Roma —cuando acusaba a su hijo Alejandro y había ido ante César para presentarle a su hijo Antípatro—, los que ocupaban el Tracón, difundiendo el rumor de que había muerto, se rebelaron contra su dominio y de nuevo volvieron a agraviar a los vecinos según su costumbre.

Entonces, en ausencia del rey, sus generales los sometieron. Pero unos cuarenta jefes de bandidos, por miedo a los que habían sido apresados, abandonaron el país y, encaminándose hacia Arabia, donde Sileo los acogió —después de haber fracasado en el matrimonio con Salomé— y les dio una plaza fortificada, allí se establecieron y, con sus correrías, saqueaban no solo Judea, sino toda la Celesiria, proporcionándoles Sileo bases de operaciones e impunidad para hacer el mal. Herodes, de vuelta de Roma, se enteró de que muchas de sus cosas habían sido dañadas, y no pudo apoderarse de los bandidos por la seguridad que se procuraban bajo la protección de los árabes; y, áspero él mismo por los agravios, recorrió el Tracón y degolló a los parientes de aquellos. Por lo cual estos, con tanto más furor por lo que habían padecido —y siendo entre ellos ley perseguir por todos los medios a los asesinos de sus parientes—, siguieron sin cesar saqueando y arrasando toda la tierra de Herodes. Y él trataba de estos asuntos con los gobernadores de César, Saturnino y Volumnio, reclamando a los bandidos para castigarlos.

Por lo cual, hallándose aún más fuertes, se hicieron más numerosos y lo trastornaban todo, aspirando a derribar el reino de Herodes, devastando lugares y aldeas y degollando a los hombres que capturaban, de modo que el agravio parecía una guerra; pues ya habían llegado a ser cerca de mil. Afligido por esto, Herodes reclamaba a los bandidos y también una deuda que había prestado a Obodas por medio de Sileo, sesenta talentos, cuyo plazo había vencido y que exigía recobrar. Sileo, que había apartado a Obodas y lo administraba todo él mismo, negaba que los bandidos estuvieran en Arabia y aplazaba lo de las sumas, sobre lo cual hubo tratos ante Saturnino y Volumnio, los que gobernaban Siria. Al fin convinieron, por medio de aquellos, que dentro de treinta días Herodes recobraría el dinero, y que cada parte entregaría en uno y otro reino a los fugitivos del otro; y en el de Herodes no se halló absolutamente ningún árabe, ni por agravio ni de otro modo, mientras que se probó que los árabes tenían consigo a los bandidos.

Vencido el plazo, Sileo, sin haber cumplido nada de lo justo, sube a Roma. Herodes se cobró en represalia lo de las sumas y lo de los bandidos que estaban entre ellos, y, permitiéndole Saturnino y Volumnio ir contra los que obraban con desvergüenza, con un ejército avanzó hacia Arabia, recorriendo siete etapas en tres días, y, llegado a la fortaleza que albergaba a los bandidos, los toma a todos en el primer asalto y arrasa la plaza llamada Raepta; pero en lo demás no hizo daño alguno. Acudiendo los árabes en socorro, al mando de Nákebos, se traba un combate en el que caen unos pocos de los de Herodes, pero Nákebos, el general de los árabes, y unos veinticinco de los que estaban con él, mientras los demás se dieron a la fuga. Castigados estos, y asentados tres mil idumeos en la Traconítide, mantenía a raya a los bandidos de allí, y sobre esto envió aviso a los gobernadores, que estaban por Fenicia, mostrando que no había hecho nada más que lo necesario: proceder contra los árabes que obraban con desvergüenza. Y ellos, examinándolo con cuidado, hallaron que no mentía.

Pero unos mensajeros, adelantándose para llegar a Roma ante Sileo, le informaban de lo sucedido, engrandeciendo, como es natural, cada uno de los hechos. Él ya se había esforzado por hacerse conocido de César, y entonces, frecuentando la corte, cuando lo oyó, al punto se muda a vestiduras negras y, presentándose ante él, le decía que Arabia había quedado arruinada por la guerra y que todo el reino estaba trastornado, tras haberlo devastado Herodes con un ejército. Y, llorando, decía que habían perecido dos mil quinientos de los principales árabes, y que había sido muerto también su general Nákebos, familiar suyo y pariente, y que había sido saqueada la riqueza de Raepta, y que Obodas había sido despreciado por su debilidad, al no ser capaz de sostener la guerra, porque ni él ni la fuerza árabe habían estado presentes. Diciendo Sileo tales cosas y añadiendo, con malicia, que ni él mismo se habría alejado del país de no haber confiado en que a César le importaba que hubiera paz entre todos, ni, aun de haberse hallado allí presente, habría hecho provechosa la guerra para Herodes, César, irritado por lo que se decía, interrogó a los de Herodes que estaban presentes y a los suyos venidos de Siria solo esto: si Herodes había sacado un ejército. Y como ellos se veían forzados a decir precisamente eso, pero él no escuchaba con qué motivo y de qué modo, se le acrecentó la cólera a César, y escribe a Herodes, entre otras cosas con dureza, y este era el punto principal de la carta: que, tras haberlo tratado antes como amigo, en adelante lo trataría como súbdito.

Escribe también Sileo sobre esto a los árabes. Y ellos, envalentonados, ni entregaron a cuantos de los bandidos habían escapado ni pagaron el dinero, y los pastos que tenían tomados en arriendo de él los aprovechaban sin pagar, humillado el rey de los judíos por la cólera de César. Aprovechan también la ocasión los que dominaban la Traconítide, alzándose contra la guarnición de los idumeos y valiéndose del bandidaje junto con los árabes, que saqueaban su tierra no solo por el provecho, sino más crueles en sus agravios por rencor. Herodes soportaba todo esto y lo aguantaba, cambiada la libertad de palabra que tenía gracias a César, y despojado de lo mayor de su ánimo; pues, aunque envió una embajada para defenderse, César no la admitió, sino que de nuevo despidió sin resultado a los que habían acudido.

Había, pues, ante esto, desaliento y temor, y Sileo lo afligía no poco, contando con el crédito y estando presente en Roma, y entonces poniendo mano en cosas aún mayores; pues Obodas había muerto, y toma el mando de los árabes Eneas, que después cambió su nombre por el de Aretas. A este intentaba Sileo apartarlo con calumnias para hacerse él mismo con el mando, dando mucho dinero a los de la corte y prometiendo que daría mucho a César. Y César estaba irritado con Aretas por haber tomado el trono sin haberle escrito antes. Envía también aquel una carta y regalos a César, y una corona de oro de muchos talentos; y la carta acusaba a Sileo, esclavo malvado, de haber dado muerte a Obodas con venenos, de haberlo dominado mientras aún vivía, de cometer adulterio con las mujeres de los árabes y de tomar dinero en préstamo, con miras a apropiarse del mando. Pero César no atendió tampoco a esto, sino que despidió [a los enviados] sin tomar ninguno de los regalos.

Los asuntos de Judea y de Arabia se agravaban cada vez más, en parte hacia el desorden, en parte porque, arruinándose las cosas, nadie las gobernaba; pues, de los reyes, el uno, sin tener aún seguro el mando, no era capaz de contener a los que hacían agravios, y Herodes, por aquello con que se había defendido —enojado César con él más de la cuenta—, se veía forzado a soportar todas las ilegalidades contra su persona. No viendo fin alguno a los males que lo rodeaban, resolvió enviar de nuevo a Roma, por si podía hallar algún alivio por medio de sus amigos y haciendo la súplica al propio César. Y allí marchó Nicolao el damasceno.

Se habían vuelto a trastornar los asuntos de la casa y de los hijos, mucho peor por aquel tiempo. Y es que ni siquiera en el tiempo anterior era difícil prever cómo la mayor y más penosa de las desgracias humanas amenazaba al reino por obra de la fortuna; pero entonces avanzó y creció aún más, por una causa como esta.

Euricles, de Lacedemonia, no oscuro entre los de allí, pero hombre ruin de alma y diestro en el lujo y en la adulación —capaz a la vez de tener ambas cosas y de no parecerlo—, habiéndose establecido junto a Herodes, le da regalos y, recibiendo más de él, con las ocasiones de las entrevistas maniobró para hacerse amigo del rey entre los primeros. Tenía alojamiento en casa de Antípatro, pero acceso y trato con Alejandro, pues decía que gozaba de estima ante Arquelao el capadocio. Por lo cual fingía también honrar a Glafira, y se afanaba mucho, cultivando a todos en secreto y atendiendo siempre a lo que se decía o se hacía, para, a partir de ello, corresponder con calumnias. Al fin se mostraba con cada uno, según los encuentros, de tal modo que era amigo de aquel, pero parecía a los demás estar de su parte según lo que a cada cual convenía. A Alejandro lo extravía, siendo joven, persuadiéndolo de que sobre lo que había padecido le estaba permitido hablar sin temor a nadie, sino solo a él. Mostraba, pues, su aflicción por cómo su padre se había vuelto ajeno, y le contaba lo que pasaba con su madre y con Antípatro: que este, apartándolos del honor, todo lo podía ya. Y decía que nada de esto era soportable, dispuesto ya su padre al odio, hasta el punto de no aguantarlo ni en banquetes ni en reuniones.

Tales cosas decía aquel, como es natural, por lo que le dolía; y Euricles llevaba estas palabras a Antípatro, diciendo que no lo hacía por su causa, pero que, vencido por el afecto que le tenía, y por la magnitud del asunto, le encarecía que se guardara de Alejandro; pues no decía nada de aquello sin pasión, sino que en las propias palabras estaba [la intención de] matarlo con su mano. Antípatro, pues, teniéndolo por bien dispuesto a partir de esto, le daba grandes regalos en cada ocasión, y al fin lo persuade de llevar el asunto ante Herodes. Y él, al narrar la mala voluntad de Alejandro por lo que decía haber oído, no resultó inverosímil, sino que dispuso de tal modo al rey, envolviéndolo siempre con sus palabras y azuzándolo, que hizo el odio irrevocable. Lo mostró también en la ocasión misma: pues al punto da a Euricles cincuenta talentos de regalo. Y aquel, tomándolos y subiendo ante Arquelao, el rey de los capadocios, alababa a Alejandro y decía que le había sido de mucha utilidad para la reconciliación con su padre. Habiendo sacado dinero también de aquel, antes de ser sorprendido en su maldad, se marchó. Así pues, Euricles, sin dejar tampoco en Lacedemonia de ser un miserable, por muchos agravios fue privado de su patria.

El rey de los judíos ya no estaba, como antes, dispuesto solo a escuchar las calumnias contra Alejandro y Aristóbulo, sino que, llegado ya al odio doméstico, aunque nadie hablara, él mismo las urdía, vigilando cada cosa, inquiriendo y dando pie a todos los que quisieran, por si alguno tenía algo que decir contra ellos —hasta [oír] que Euárato de Cos era cómplice de Alejandro. Y esto, con placer, lo más grato de todo, lo recibía Herodes.

Sobreviene contra los jóvenes algo mayor, tramándose siempre la calumnia contra ellos, y estando propuesto para todos, por así decir, este premio: decir algo enojoso sobre ellos parecía [contribuir] a la salvación del que reinaba. Tenía Herodes dos guardias de corps, honrados por su fuerza y talla, Jucundo y Tirano. Estos, tras haberse indispuesto con el rey y ser apartados, andaban con Alejandro, cabalgando con él y honrados en los gimnasios, y recibieron algún oro y otros regalos. Al punto, pues, el rey, teniéndolos también bajo sospecha, los sometió a tormento, y ellos, resistiendo mucho tiempo, dijeron después que Alejandro los persuadía a asesinar a Herodes, si podía adelantarse [a él] persiguiendo a las fieras en una cacería; pues era posible decir que, caído del caballo, había ido a dar sobre sus propias lanzas, ya que semejante percance le había ocurrido antes. Mostraron también el oro enterrado en una cuadra y acusaron al jefe de cazadores de haberles dado lanzas reales y de haber [entregado] armas a los que servían a Alejandro, por orden de aquel.

Después de estos, apresado el jefe de la guarnición de Alejandrión, fue torturado; pues también él tenía una acusación: que había prometido recibirlos en la fortaleza y proporcionar dinero a los jóvenes, [de] los tesoros reales depositados en aquella plaza. Él, por su parte, no confesó nada, pero su hijo, presentándose, dijo que esto había ocurrido, y entregó una carta que, a juzgar por ella, era de la mano de Alejandro: «Cuando hayamos cumplido, si Dios quiere, todo lo que nos hemos propuesto, iremos a vosotros; pero procurad, como habéis prometido, recibirnos en la fortaleza.» Tras este escrito, Herodes ya no dudaba de la conjura de sus hijos contra él; pero Alejandro dijo que Diofanto el secretario había imitado el trazo, y que el escrito había sido maquinado maliciosamente por medio de Antípatro; pues Diofanto, en efecto, tenía fama de diestro en tales cosas, y más tarde, convicto de otras, murió por ello.

El rey llevó también ante la multitud, en Yerijó, a los que habían sido torturados, para que acusaran a los jóvenes; y a estos la muchedumbre, arrojándoles cosas con la mano, los mató. Y cuando se disponían a matar del mismo modo a Alejandro y a los suyos, el rey lo impidió, conteniendo a la multitud por medio de Tolomeo y de Feroras. Había sobre ellos vigilancia y custodia, y nadie se les acercaba, pero todo lo que hacían y decían era observado; y, ¿qué más?, tenían la infamia y el temor de los condenados. El otro de ellos, Aristóbulo, movido por el abatimiento, [trataba de persuadir] a su tía y suegra [Salomé] de que se doliera con él de sus desgracias y odiara al que tramaba tales cosas, pues le dijo: «¿No hay también para ti peligro de perdición, calumniada ante Sileo con la esperanza de un matrimonio, si delatas de antemano todo lo de aquí?» Ella, muy pronto, lleva estas palabras a su hermano. Y él, sin poder contenerse ya, manda encadenarlos y, separándolos uno de otro, que pongan por escrito todo el mal que habían hecho contra su padre y que lo entreguen. Ellos, ya que esto se les había mandado, escriben que ni concibieron ni tramaron conjura alguna contra el que los engendró, pero que se habían propuesto huir, y esto por necesidad, siéndoles la vida sospechosa y penosa.

Por aquel tiempo, habiendo llegado de Capadocia un embajador de parte de Arquelao, un tal Melas, que era uno de los poderosos de aquel, Herodes, queriendo poner de manifiesto la mala voluntad de Arquelao hacia él, llamó a Alejandro tal como estaba en las cadenas y de nuevo le preguntó sobre la fuga: adónde y cómo habían resuelto retirarse. Y Alejandro dijo que [pensaban ir] a Arquelao y de allí a Roma, habiendo aquel accedido a enviarlos; pero que nada más impropio ni penoso habían pensado contra su padre, ni era verdad nada de cuanto se había maquinado por la malicia de los adversarios. Y que desearía que Tirano y los demás vivieran todavía, para un examen más seguro; pero que también estos habían perecido demasiado pronto, al meter Antípatro a sus propios amigos entre la multitud.

Diciendo él tales cosas, [Herodes] ordenó llevar a la vez a Melas y a Alejandro ante Glafira, la [hija] de Arquelao, y averiguar de ella si no ignoraba nada de lo tramado para la conjura contra Herodes. Cuando llegaron, al punto Glafira, al ver preso a Alejandro, se golpeó la cabeza y, en el colmo del espanto, prorrumpió en un grande y compasivo gemido. Había también lágrimas del joven, y para los presentes un espectáculo doloroso, hasta el punto de no poder por largo rato ni decir ni hacer aquello para lo que habían venido. Al fin, ordenando Tolomeo —pues a él se le había encargado conducirlo— que dijera si su mujer era sabedora de algo de lo tramado, él respondió: «¿Cómo no habría de saberlo, amada por mí más que mi propia alma y compartiendo hijos conmigo?» Y ella, ante esto, exclamó que no era sabedora de nada impropio, pero que, si algo aprovechaba a la salvación de aquel el mentir incluso contra sí misma, lo confesaría todo. Y Alejandro dijo: «Nada impío —ni nada de lo que sospechan aquellos a quienes menos correspondía— concebí yo, ni tú sabes nada, sino que habíamos resuelto retirarnos a casa de Arquelao y de allí a Roma.»

Confesando ella esto, Herodes, dando por convicto a Arquelao de su mala voluntad hacia él, entrega a Olimpo y a Volumnio unas cartas, ordenándoles que, en la travesía, arribando a Elaúsa de Cilicia, entregaran a Arquelao [las cartas] sobre estos asuntos y, tras reprocharle que había tomado parte en la conjura con los hijos, navegaran desde allí a Roma. Y que, si hallaban que Nicolao había logrado algo, de modo que César ya no estuviera irritado con él, entregaran las cartas y las pruebas amañadas contra los jóvenes; así lo instruyó. Arquelao, pues, se defendía, admitiendo que había accedido a recibir a los jóvenes porque convenía tanto a ellos mismos como al padre que nada más duro se añadiera, por cólera, a aquello sobre lo que, recelosos, andaban en disputa; pero que no [había accedido] a enviarlos a César ni había convenido con los jóvenes ninguna otra cosa por mala voluntad hacia aquel.

Llevados a Roma, tuvieron ocasión de entregar las cartas [y] de hallar a César reconciliado con Herodes; pues lo de la embajada de Nicolao resultó de este modo. Cuando subió a Roma y anduvo por la corte, primero juzgó oportuno acusar no solo en aquello por lo que había venido, sino también a Sileo, y era manifiesto, antes de la audiencia, que se hacían la guerra el uno al otro. Los árabes, sospechándolo por esto y acudiendo a Nicolao, le denunciaban todos los agravios y aportaban pruebas evidentes de que todo lo de Obodas había sido arruinado [por Sileo]; pues había también una de sus cartas que ellos, habiéndola sustraído durante la rebelión, esgrimían para convencerlo. Nicolao, viendo que le había sobrevenido esta suerte de buena fortuna, por medio de ella maniobraba para lo venidero, apremiando a que César llegara a una reconciliación con Herodes; pues sabía con claridad que, si [Herodes] quería defenderse de lo que había hecho, no habría libertad para ello, pero que, si [él] quería acusar a Sileo, se le presentaría ocasión de hablar en favor de Herodes.

Enfrentados, pues, el uno con el otro, y dado un día, Nicolao, presentes con él los embajadores de Aretas, acusaba a Sileo, entre otras cosas, hablando de la muerte del rey [Obodas] y de muchos árabes, y de que había tomado dinero en préstamo para nada sano, y probándole adulterios no solo con las mujeres de Arabia, sino también con las de Roma; y añadía lo más grave: que había engañado a César, no enseñándole nada verdadero acerca de lo hecho por Herodes. Cuando llegó a este punto, César lo detuvo, exigiendo que dijera solo esto en favor de Herodes: si había llevado un ejército a Arabia, si había matado a dos mil quinientos de los de allí y si había tomado cautivos tras saquear el país. A esto respondió Nicolao que sobre ello, precisamente, mostraría que nada, o al menos la mayor parte, había sucedido como habías oído y como habría sido justo llevar más a mal.

Cediendo César, contra lo esperado, a escucharlo, [Nicolao], mencionando el préstamo de quinientos talentos y el contrato —en el que estaba también añadido por escrito esto: que era lícito, vencido el plazo, tomar represalias de todo el país—, decía que la expedición no era expedición, sino [ida] para la justa reclamación de lo propio; y ni aun esta hecha pronto ni como permitían los contratos, sino que Herodes había acudido muchas veces a Saturnino y a Volumnio, los gobernadores de Siria, y por último, en Berito, ante ellos, había jurado Sileo por tu fortuna que en verdad, dentro de treinta días, entregaría el dinero y a los que habían huido del reino de Herodes. No habiendo hecho Sileo nada de esto, Herodes acudió de nuevo a los gobernadores, y, permitiéndole ellos tomar las represalias, así, a duras penas, salió con los suyos.

«La guerra, pues, según decían estos con voces de tragedia, y lo de la campaña, fueron tales. Y sin embargo, ¿cómo podría ser una guerra, permitiéndolo tus gobernadores, habiéndolo concedido el contrato, y profanado, junto con los demás dioses, también tu nombre, oh César? Y ahora hay que hablar de lo de los cautivos. Bandidos de los que habitan el Tracón, cuarenta al principio, luego de nuevo más, escapando de los castigos de Herodes, hicieron de Arabia base de operaciones. A estos los acogió Sileo, alimentándolos contra todos los hombres, y les dio tierra para habitar, y él mismo tomaba las ganancias de los bandidos. Convino en devolver también a estos bajo los mismos juramentos, según el mismo plazo del préstamo. Y no podría mostrar, al presente, que ningún otro del país de los árabes, fuera de estos bandidos, haya sido llevado [cautivo], ni tampoco a todos ellos, sino solo a cuantos no lograron pasar inadvertidos. Así, pues, quedando manifiesta también la envidiosa calumnia acerca de la cautividad, aprende, oh César, el mayor embuste y mentira que él ha urdido contra tu cólera. Pues afirmo que, habiendo caído sobre nosotros la fuerza de los árabes y habiendo muerto uno y otro de los de Herodes, entonces, defendiéndose este a duras penas, cayeron Nákebos, su general, y unos veinticinco en total; y de estos, contando cada uno hasta cien, decía él que los muertos eran dos mil quinientos.»

Esto conmovió aún más a César, y, volviéndose hacia Sileo, lleno de cólera, le preguntó cuántos árabes habían muerto. Y como aquel se quedara sin respuesta y dijera que se había equivocado, se leyeron los contratos de los préstamos y las cartas de los gobernadores, y [la relación de] cuantas ciudades acusaban a las bandas de ladrones. Y al fin César llegó a esto: condenar a Sileo a muerte, y reconciliarse con Herodes, arrepentido de lo que, por la calumnia, le había escrito con más amargura, engañado como estaba; y a decir algo así contra Sileo: que lo había forzado, con un relato falso, a ser injusto con un hombre amigo. En suma, Sileo fue remitido [para responder] en los juicios y pagar las deudas a los prestamistas, y luego, así, ser castigado. Con Aretas no estaba benévolo César, porque había tomado el mando no por medio de él, sino por sí mismo. Y había resuelto dar Arabia a Herodes, pero lo impidieron las cartas enviadas por aquel. Pues Olimpo y Volumnio, al enterarse de que César estaba benévolo, al punto, por instrucción de Herodes, juzgaron oportuno entregar las cartas acerca de los hijos y las pruebas. César, tras leerlas, no juzgó bien añadir otro reino a un anciano que lo pasaba mal en lo tocante a sus hijos, sino que, recibiendo [a los enviados] de Aretas y reprochándole solo esto —que había obrado con precipitación al no aguardar a recibir el reino de su mano—, aceptó los regalos y le confirmó el mando.

A Herodes le escribe, ya reconciliado, diciendo que se dolía por lo de los hijos, y que era menester, si habían osado algo más impío, proceder contra ellos como parricidas —pues le concedía a él esta facultad—; pero que, si habían concebido la huida, tras amonestarlos por lo demás, no ejecutara nada irreparable. Y le aconsejaba reunir un consejo, señalándolo cerca de Berito, donde habitan romanos, y, tomando consigo a los gobernadores y a Arquelao, el rey de los capadocios, y a cuantos otros juzgara notables por amistad y por dignidad, determinar, con el parecer de aquellos, lo que se debía resolver. Tales cosas escribía César. Y Herodes, llevadas las cartas ante él, al punto se llenó de gozo por la reconciliación, y de gozo también porque se le permitía todo contra los hijos.

Y, de algún modo, si en el período anterior su mala fortuna, con ser dura, no lo había vuelto ni audaz ni precipitado hacia la perdición de sus hijos, en aquel momento —tomado por un giro más favorable y por la libertad de hablar sin trabas— su odio se ufanaba vanamente del poder que tenía. Envió, pues, a convocar al consejo a cuantos le pareció, salvo a Arquelao: por enemistad no quiso que estuviera presente, o bien porque pensaba que sería un estorbo para su propósito.

Cuando los gobernadores y los demás a quienes había llamado de las ciudades estuvieron en Berito, a los muchachos —pues no juzgó digno hacerlos comparecer ante el consejo— los mantuvo en una aldea de los sidonios llamada Platano, cerca de la ciudad, para tenerlos a mano por si eran llamados a presentarse. Entró él solo, en persona, ante ciento cincuenta hombres allí reunidos, y formuló una acusación nada dolorida, como habría cabido esperar de la desgracia que lo aquejaba, sino muy alejada de lo que un padre diría contra sus hijos. Iba violento; se enredaba en la demostración del cargo y daba señales grandísimas de cólera y de ferocidad. No dejaba que ellos examinaran las pruebas, sino que se erigía en abogado contra ellos —cosa impropia de un padre frente a sus hijos— y leía lo que los propios muchachos habían escrito. En aquellos escritos no había asentada ninguna conjura ni designio impío; solo que planeaban huir, y ciertas injurias que encerraban reproches contra él, nacidas del rencor. Al llegar a ese punto, gritaba más aún, y con esos mismos papeles agrandaba lo restante hasta convertirlo en confesión de la conjura, jurando que preferiría verse privado de la vida antes que oír tales palabras.

Al fin, tras declarar que la autoridad la tenía él tanto por naturaleza como por concesión de César, añadió que una ley patria ordenaba lo siguiente: si los padres, tras acusar a alguien, le ponían las manos sobre la cabeza, era forzoso que los presentes lo apedrearan y lo mataran de ese modo. Y aunque estaba dispuesto a hacerlo él mismo, en su patria y en su reino, no obstante había aguardado el juicio de ellos; que habían venido no tanto como jueces de hechos manifiestos —por los que a punto había estado de sufrir a manos de sus hijos—, cuanto teniendo ocasión de compartir su indignación, pues a nadie, ni de los muy apartados del caso, le convenía desentenderse de semejante conjura.

Dicho esto por el rey, y sin que a los jóvenes se los llevara siquiera hasta la defensa, los del consejo, concordando en que el asunto había ido más allá de toda clemencia y reconciliación, le confirmaron la potestad. Y primero Saturnino, varón de rango consular y de los de dignidad, dio su parecer valiéndose de un temperamento muy desagradable de sostener: dijo que condenaba a los hijos de Herodes, pero que no creía justo matarlos, teniendo él mismo hijos, y siendo mayor el dolor, aun cuando toda su desventura le hubiese venido por ellos. Después de él, los hijos de Saturnino —pues lo acompañaban tres, en calidad de legados— dieron el mismo parecer. Volumnio, en cambio, dijo abiertamente que debía castigar con la muerte a quienes tan impíamente se habían comportado con su padre. Lo mismo opinaron la mayoría de los que siguieron, de modo que no parecía sino que los jóvenes ya habían sido condenados a muerte.

Desde allí, en seguida, Herodes vino trayéndolos a Tiro. Y como Nicolao había navegado a su encuentro desde Roma, tras referirle primero lo ocurrido en Berito, le preguntó qué opinión tenían acerca de sus hijos también sus amigos de Roma. Y aquel respondió: «Impío parece lo que ellos han resuelto acerca de ti; con todo, debes encerrarlos y guardarlos prisioneros. Y si más adelante te pareciera castigarlos, que no aparezcas obrando por ira más que por juicio; pero si al contrario, soltarlos, que la desgracia no te resulte irreparable. Esto mismo opinan también en Roma la mayoría de tus amigos». El rey, callando, quedó sumido en honda cavilación, y le ordenó que navegara con él.

Cuando llegó a Cesarea, corrió en seguida el rumor entre todos acerca de los muchachos, y el reino quedó en suspenso, aguardando adónde iría a parar su suerte. Un temor terrible se deslizaba en todos: que una discordia de antiguo llegara a su mismo desenlace. Se dolían de aquellas desdichas, pero no era posible ni decir nada precipitado ni escuchar sin peligro a quien lo dijera; encerrados en su compasión, sobrellevaban con dolor, aunque en silencio, aquel exceso de sufrimiento. Uno de ellos, en cambio, un antiguo soldado llamado Tirón —que tenía un hijo de la edad de Alejandro y amigo suyo—, todo lo que en los demás se insinuaba calladamente él lo proclamaba por franqueza, y a menudo se veía impelido a gritarlo ante la multitud, diciendo sin embozo que la verdad había perecido, que la justicia había sido arrancada de entre los hombres, que reinaban las mentiras y la malicia, y que tal nube se cernía sobre las cosas que ni siquiera los mayores sufrimientos humanos eran vistos por quienes pecaban.

Siendo así, parecía hablar con franqueza no exenta de peligro; pero lo razonable de sus palabras conmovía a todos, pues se plantaba con hombría ante la ocasión. Por eso escuchaban con gusto, dichas por él, todas las cosas que cada cual habría querido decir; y aun previendo su propia seguridad en el callar, acogían no obstante su franqueza, porque el sufrimiento que se esperaba forzaba a cualquiera a hablar en favor de los muchachos. Él, además, abriéndose paso hasta el rey con toda libertad, pidió hablarle a solas; y concedido esto, sin poder contenerse, dijo: «Oh rey, he preferido a mi propia seguridad perseverar, ante semejante calamidad, en esta audaz franqueza —necesaria y provechosa para ti, si sacas de ella algo útil—. ¿Adónde se te han ido y se te han desplomado del alma las entrañas? ¿Adónde aquella mente sobresaliente con la que llevaste a buen término tantas y tan grandes empresas? ¿Qué desamparo es este de amigos y parientes? Juzgo que ni siquiera los que están presentes son parientes ni amigos, si consienten tamaña abominación sobre el reino en otro tiempo tenido por dichoso. ¿No vas a considerar qué es lo que se está haciendo? ¿Matarás a dos jóvenes nacidos de una reina, cumbres de toda virtud, para dejarte a ti mismo en la vejez pendiente de un solo hijo que mal ha administrado la esperanza puesta en él, y de unos parientes a quienes tú mismo tantas veces has condenado ya a muerte? ¿No adviertes que hasta el silencio de las multitudes ve el crimen y aun así aborrece lo que ocurre, y que todo el ejército, y sus jefes, sienten compasión por los desdichados y odio por quienes esto perpetran?».

Oía el rey estas cosas, al principio no del todo con mal talante; pero —¿qué hay que decir?— Tirón lo sacudió, tocándole al vivo tanto el dolor como la desconfianza para con los suyos. Luego, sin embargo, aquel fue extralimitándose poco a poco, valiéndose de una franqueza desmedida y de soldado, pues su falta de mesura se le escapaba fuera de sazón, y Herodes se llenaba de turbación. Pareciéndole que lo injuriaban más que oír palabras dirigidas a su provecho, y habiéndose enterado de los soldados así dispuestos y de los jefes indignados, mandó que a todos los señalados por su nombre, y a Tirón, los apresaran y los tuvieran bajo custodia.

Ocurrido esto, aprovechó la ocasión también un tal Trifón, barbero del rey, que, presentándose, dijo que Tirón muchas veces lo instaba a que, mientras atendía al rey, le cortara la garganta con la navaja: sería de los primeros junto a Alejandro y recibiría grandes recompensas. Ordenó prender a quien esto decía, y tras ello hubo tormento de Tirón, de su hijo y del barbero. Como Tirón resistía, el joven, viendo a su padre ya en trance penoso, sin esperanza alguna de salvación, y presintiendo por la dureza empleada con el atormentado lo que a él mismo le aguardaba, dijo que revelaría al rey la verdad si, a cambio de hablar, se los eximía del tormento y del maltrato, a él y a su padre. Dada la garantía sobre esto, declaró que había un pacto para que Tirón atacara al rey por su propia mano, pues le era fácil acercarse a él a solas, y que, tras hacerlo, padecer algo verosímil no era innoble, prestando así un favor a Alejandro. Diciendo esto, aquel libró a su padre de la tortura, sin que quede claro si, forzado, decía la verdad, o si había ideado esa treta como reparo de los males para sí y para quien lo había engendrado.

Herodes, si antes le quedaba algún resquicio de duda acerca de dar muerte a sus hijos, no dejó ya en su alma lugar ni sitio para ella, sino que, apartado de sí todo cuanto pudiera procurarle el arrepentimiento de un cálculo mejor, se apresuró a poner fin a su propósito. Sacó a una asamblea a trescientos de los jefes que estaban bajo acusación, y a Tirón con su hijo y con el barbero que lo había delatado, y formuló contra todos ellos su acusación. A aquellos la muchedumbre los mató arrojándoles lo que a mano tenían. Alejandro y Aristóbulo, llevados a Sebaste por orden del padre, fueron muertos por estrangulamiento. Y de noche depositaron sus cuerpos en Alejandrión, donde yacían su abuelo materno y la mayoría de sus antepasados.

Acaso a algunos no les parezca sin razón que un odio nutrido desde antiguo creciera de tal modo y, llegando más lejos, venciera a la naturaleza. Cabría, con todo, detenerse a reflexionar si debe atribuirse tal causa a los jóvenes, que arrastraron al padre a motivo tras motivo y con el tiempo, por su aspereza, prepararon contra sí un mal ya sin remedio; o al propio Herodes, insensible y desmedido en el ansia de mando y de la demás gloria, hasta el punto de creer que a nadie había que perdonar con tal de tener, invicto, cuanto quería; o bien a la fortuna, cuyo poder resultó mayor que todo cálculo sensato —de donde también nos persuadimos de que las acciones humanas están de antemano consagradas por ella, por la necesidad de que sucedan de todo modo, y la llamamos destino, como si nada hubiera que no ocurra por ella—. Este argumento, por ser demasiado alto, bastará esgrimirlo contra aquella opinión, reservándonos a nosotros mismos alguna parte y no dejando sin responsabilidad las diferencias de conducta, cuestiones que ya antes de nosotros han sido filosofadas también por la ley.

De los otros dos personajes, a uno —el de los hijos— podría alguien echarle en cara la culpa, por altivez juvenil y presunción regia: que soportaban las calumnias contra el padre, que no eran benévolos jueces de lo que él hacía en su vida, malintencionados para sospechar e incapaces de callar al hablar, y fácilmente atrapables por ambas cosas ante quienes los espiaban y delataban para congraciarse. El padre, en cambio, no parece merecer siquiera indulgencia por la impiedad cometida con ellos: sin haber recibido prueba clara de conjura ni poder señalar preparativo alguno de atentado, se atrevió a matar a los nacidos de él mismo, óptimos de cuerpo y muy queridos por todos los extraños, y nada inferiores en sus dotes, ya fuera menester cazar, o ejercitarse en las cosas de la guerra, o hablar sobre lo que se presentara. De todo ello participaban, y Alejandro, el mayor, más aún. Pues le habría bastado, aun cuando los hubiera condenado, con tenerlos vivos, encadenados o desterrados del reino, hallándose él rodeado de gran seguridad —el poder de los romanos—, gracias al cual nada podía sufrir ni por asalto ni por violencia. Pero matar de prisa, para complacer a la pasión que lo dominaba, es señal de una impiedad sin atenuante; y, hallándose ya en la vejez, en tal grado se descarrió. Ni la dilación ni la tardanza le traerían perdón alguno: que uno, herido y conmovido de súbito, se lance a algo desatinado, con ser difícil, es cosa que siempre sucede; pero, tras larga deliberación y demora, habiéndose lanzado muchas veces y otras tantas titubeado, resolverse al fin y consumarlo, es propio de un alma sedienta de sangre y difícil de apartar de lo peor. Lo mostró también en lo que siguió, al no abstenerse ni siquiera de los que restaban, de cuantos tenía por más queridos; en ellos la justicia hacía que se los compadeciera menos al perecer, pero la crueldad era igual, pues tampoco a aquellos perdonó. De ellos trataremos a continuación, refiriéndolo por su orden.

Capítulo VII

Libro decimoséptimo

Antípatro, que se había deshecho de sus hermanos con la más extrema impiedad y había envuelto a su padre en la culpa vengadora de aquella sangre, no vio cumplirse como esperaba su porvenir. Libre ya del temor por el trono —pues nadie compartía con él la sucesión, muertos sus hermanos—, encontró en cambio más arduo, y aun imposible, alcanzar la corona: tanto había crecido contra él el odio del pueblo. Y por grave que ya fuera esto, aún más lo afligía el ejército, mal dispuesto hacia él en su ánimo —y era en los soldados donde los reyes tenían cifrada toda la seguridad de su casa cada vez que el pueblo se inclinaba a la revuelta—. Tal fue el peligro que le atrajo la muerte de sus hermanos.

No obstante, gobernaba junto a su padre en todo como si fuera rey, y gozaba de mayor confianza ante él —cosa por la que bien habría convenido que hubiera perecido—, pues había hallado en ello prendas de afecto: aparentaba haber denunciado a sus hermanos por velar por la seguridad y salvación de Herodes, y no por odio hacia ellos y, antes que hacia ellos, hacia su padre; tales maldiciones se derramaban en torno a él. Todo esto se erigía como maquinaria del camino que Antípatro preparaba contra Herodes: se dejaba a sí mismo sin acusadores de lo que se proponía hacer, y dejaba a Herodes sin el refugio de quienes lo socorrieran, una vez que él se declarase abiertamente enemigo. De modo que fue por odio a su padre por lo que urdió la trama contra sus hermanos; pero lo que más lo tenía atrapado era que, una vez emprendida, no podía ya desistir de la empresa. Si Herodes moría, el poder sería firmemente suyo; pero si aquel alcanzaba a vivir más tiempo, se le venían encima los peligros de que la maquinación saliera a la luz, pues, siendo él su autor, forzaba a su padre a volverse su enemigo.

Y para congraciarse era pródigo con quienes rodeaban a su padre, aplacando con grandes dádivas el odio que los hombres le tenían; sobre todo se ganaba la buena voluntad de sus amigos de Roma con envíos de espléndidos regalos, y ante todo la de Saturnino, gobernador de Siria. Esperaba atraerse igualmente al hermano de Saturnino con la magnitud de sus obsequios, y a la hermana del rey, casada con uno de los principales del entorno de Herodes, valiéndose del mismo recurso. Fingiendo amistad con quienes trataba, era hábil como nadie para hacerse creer, y cuando concebía odio contra alguno, sagacísimo para disimularlo. No engañaba, sin embargo, a su tía, que desde mucho antes lo tenía calado y ya no era mujer a quien se pudiera embaucar, y porque estaba dispuesta con todos los medios en contra de su malicia. Y eso que su propia hija estaba casada con el tío materno de Antípatro —por gestión y empeño de este había obtenido a la joven, antes desposada con Aristóbulo—, y a la otra hija la tenía por mujer el hijo de su marido, Calleas. Pero el parentesco no le sirvió de muralla para que no se advirtiera su perfidia, como tampoco el vínculo anterior lo había librado de ser odiado.

A Salomé, que por deseo amoroso ansiaba casarse con Sileo el árabe, Herodes la fuerza a convivir con Alejas, con la colaboración de Julia, que persuadió a Salomé de no rechazar la boda, para que no surgiera abiertamente enemistad entre ellos —pues Herodes había jurado no mostrarse benévolo con Salomé si no aceptaba el matrimonio con Alejas—. Y ella se dejó convencer, tanto por ser Julia la esposa de César como porque le aconsejaba cosas muy provechosas. Por entonces Herodes también devolvió a su padre a la hija del rey Arquelao, que había estado casada con Alejandro, restituyendo la dote de su propio peculio, para que no quedara entre ellos litigio alguno.

Él mismo criaba con gran esmero a los hijos de sus hijos: Alejandro había tenido de Glafira dos varones, y Aristóbulo, de Berenice, hija de Salomé, tres varones y dos hijas. Y una vez, en presencia de sus amigos, hizo comparecer a los pequeños y, llorando la suerte de sus hijos, rogó que nada semejante alcanzara a los niños de aquellos, sino que, crecidos en virtud y en justicia, correspondieran a la crianza que él les daba. Los había prometido en matrimonio, para cuando llegaran a la edad debida: al mayor de los hijos de Alejandro, la hija de Feroras; al de Aristóbulo, la de Antípatro; y destinó a una hija de Aristóbulo para el hijo de Antípatro, y a la otra de las hijas de Aristóbulo para Herodes, hijo suyo —este le había nacido al rey de la hija del sumo sacerdote—; pues entre nosotros es costumbre patria que un hombre conviva con varias mujeres a la vez. El rey concertaba estos desposorios de los niños por compasión hacia los huérfanos, buscando mover a Antípatro a benevolencia con ellos a través del enlace.

Antípatro no dejó de comportarse con la misma disposición que había tenido hacia sus hermanos también con los hijos de estos, y el empeño de su padre por ellos lo irritaba, temiendo que llegaran a ser más poderosos que sus hermanos, sobre todo al hacerse hombres: pues Arquelao, siendo rey, respaldaría a los nietos, y Feroras a quien tomara por esposa a su hija; que también este era tetrarca. También lo azuzaba todo el pueblo, que usaba de compasión hacia los huérfanos y de odio hacia él en todo, pues no se había librado de la infamia por lo de sus hermanos. Maquinó, pues, deshacer lo que su padre había resuelto, considerando terrible que aquellos alcanzaran tan gran poder. Y Herodes cambió de parecer, cediendo a los ruegos de Antípatro, de manera que fuese el propio Antípatro quien se casara con la hija de Aristóbulo, y su hijo con la de Feroras. Así se modificaron los acuerdos matrimoniales, contra la voluntad del rey.

Con el rey Herodes convivían por este tiempo nueve mujeres: la madre de Antípatro y la hija del sumo sacerdote, de la que tuvo un hijo de su mismo nombre; había además una sobrina suya, hija de un hermano, casada con él, y con ella una prima. De estas dos no nació hijo alguno. Había entre las esposas una del pueblo de los samaritanos, y sus hijos eran Antipas y Arquelao, y una hija, Olimpíade. A esta la desposó más tarde Yosef, sobrino del rey; y Arquelao y Antipas se criaban en Roma en casa de un particular. Cleopatra de Yerushaláyim estaba casada con él, y de ella tuvo por hijos a Herodes y a Filipo, que también se criaba en Roma. Y entre sus mujeres estaba Palas, que le dio un hijo, Fasael; y, además de estas, Fedra y Elpis, de las que hubo dos hijas, Roxana y Salomé. Sus hijas mayores, hermanas de madre de Alejandro y los suyos —cuyo matrimonio Feroras había desdeñado—, convivían: una con Antípatro, hijo de la hermana del rey, y la otra con Fasael, que era hijo de un hermano de Herodes. Y esta era la descendencia de Herodes.

Por aquel tiempo, queriendo asegurarse frente a los traconitas, decidió fundar en medio de ellos una aldea judía no inferior a una ciudad en tamaño, para hacer su propio territorio difícil de invadir y, partiendo desde más cerca, poder dañar pronto a los enemigos. Y como sabía de cierto judío de Bavel que, con quinientos jinetes arqueros —todos ellos— y una parentela de hasta cien hombres, había cruzado el Éufrates y residía por azar en Antioquía la de Dafne, en Siria —Saturnino, entonces gobernador, le había dado para vivir un lugar llamado Ulata—, mandó llamarlo con toda la muchedumbre que lo seguía, prometiéndole tierras en la toparquía llamada Batanea, que lindaba con la Traconítide; pues quería hacer de aquel asentamiento un baluarte. Le ofreció la comarca libre de tributo y a ellos exentos de todas las cargas, entregándoles la tierra sin gravamen alguno de los que suelen pesar sobre quienes la habitan.

Persuadido por esto, el babilonio llega y, tomada la tierra, edificó fortines y una aldea, a la que puso por nombre Bathyra. Este hombre fue un baluarte tanto para los del país frente a los traconitas como para los judíos que venían de Bavel a Yerushaláyim a ofrecer sacrificio, protegiéndolos de los saqueos de los traconitas. Muchos acudieron a él de todas partes, todos los que guardan las costumbres patrias de los judíos. Y la comarca llegó a ser muy poblada, gracias a la inmunidad de todo tributo, que les duró mientras vivió Herodes. Filipo, hijo de aquel, al hacerse cargo del gobierno, les exigió poco y sobre pocas cosas. Agripa el Grande, en cambio, y su hijo del mismo nombre, los esquilmaron por completo, aunque no quisieron menoscabar su libertad. De ellos recibieron los romanos el poder, y también ellos les conservan el rango de hombres libres, pero con la imposición de tributos los agobiaron del todo. De esto daré cuenta con detalle, cuando venga a propósito, en el curso del relato.

Muere Zamaris el babilonio, que por la adquisición de esta tierra se había unido a Herodes, tras vivir con virtud y dejar buenos hijos: Yakim, que, hecho famoso por su valentía, adiestró en la equitación al contingente babilonio a su mando, y un escuadrón de estos hombres servía de guardia a aquellos reyes. Y Yakim, al morir anciano, dejó a su hijo Filipo, hombre diestro con las armas y, por lo demás, tan notable en virtud como cualquiera. Por eso nació entre él y el rey Agripa una amistad leal y una benevolencia firme: cuanto ejército mantenía el rey, él lo tenía siempre adiestrado, y lo mandaba dondequiera que fuese menester salir en campaña.

Estando Herodes en las circunstancias que he descrito, todos los asuntos miraban a Antípatro, y en cuanto quería favorecer no carecía de potestad para llevarlo a cabo, pues su padre se la había concedido esperando lealtad y fidelidad. Y se atrevía a apropiarse de una autoridad aún mayor sobre ellos, porque ante su padre pasaba inadvertido en sus fechorías y parecía fidelísimo en cuanto decía. Era temible para todos, no tanto por la fuerza de su poder como por la astucia de su malicia; y Feroras sobre todo lo cortejaba, y era a su vez cortejado con extremo, pues Antípatro lo tenía enteramente cercado y había puesto de su parte el gineceo en cuanto tocaba a Feroras. Pues Feroras era esclavo de su mujer, de la madre de esta y de su hermana, y ello a pesar de odiarlas por el ultraje que habían hecho a sus hijas doncellas; con todo, lo soportaba, y nada podía hacerse al margen de aquellas mujeres, que tenían al hombre por completo dominado y no cesaban de secundarse unas a otras en todo, unidas por mutuo afecto. De modo que Antípatro las tenía sometidas por todos los medios, por sí mismo y por su madre; pues estas cuatro mujeres decían una misma cosa. Y entre Feroras y Antípatro los pareceres solo diferían en asuntos de nada.

Un contrapeso para ellos era la hermana del rey, que desde tiempo atrás lo vigilaba todo y sabía que aquella concordia se ejercía en perjuicio de Herodes, y no rehuía denunciarlo. Y sabiendo que su buena avenencia era mal vista por el rey, tramaron que sus reuniones no fueran manifiestas, sino que fingían odio e insultos cuando venía a cuento, sobre todo estando presente Herodes o quienes se lo iban a referir; pero en secreto estrechaban aún más los lazos de su afecto. Y así lo hacían. Pero no se le escapó a Salomé ni el propósito de ellos desde el primer momento en que se lanzaron a tales manejos, ni, después, dejó de sacarle partido: lo rastreaba todo y, agrandándolo mucho ante su hermano, le denunciaba reuniones ocultas, francachelas y conciliábulos secretamente concertados que, de no haberse tramado para la ruina de él, no habría razón para ocultar. Ahora bien —añadía—, quienes en público se muestran enemigos y todo lo dicen para daño mutuo, pero en privado reservan su afecto lejos de la vista de los demás y, cada vez que se quedan a solas, no dejan de tratarse como amigos, esos confiesan que hacen la guerra a aquel de quien, valiéndose de su mutua concordia, se afanan por esconderla. Y ella rastreaba estas cosas y, alcanzando certeza, se las llevaba a su hermano, que ya de suyo comprendía buena parte; y las acusaciones de la hermana lo afianzaban en la seguridad de que no sospechaba en vano.

Había, en efecto, cierta facción de judíos que se preciaba en extremo de la exacta observancia de la tradición patria y de las leyes en que se complace la Divinidad —se los llama fariseos—, a la que estaba sometido el gineceo: hombres capaces como pocos de enfrentarse a un rey, cautelosos y abiertamente dispuestos a hacer la guerra y el daño. Y así, cuando todo el pueblo judío confirmó con juramento que sería fiel a César y a los intereses del rey, estos hombres —más de seis mil— no juraron; y como el rey los multó en dinero, la mujer de Feroras pagó la multa por ellos. Y ellos, para corresponder a su benevolencia —pues se los tenía por dotados de don profético por visitación de Dios—, predijeron que, habiendo decretado Dios que a Herodes y a su linaje se les acabaría el poder, el reino pasaría a ella, a Feroras y a los hijos que de ellos hubiera. Y esto —pues no se le ocultó a Salomé— fue denunciado al rey, junto con que corrompían a algunos de los de la corte. El rey manda ejecutar a los más culpables de los fariseos, y a Bagoas el eunuco, y a cierto Caro, en aquel tiempo el más sobresaliente por su hermosura y favorito suyo. Mata también a todos los de su casa que se habían sumado a lo que decía el fariseo. Pues a Bagoas lo habían enaltecido con la promesa de que sería llamado padre y bienhechor del rey que, según el vaticinio, habría de establecerse; porque todo estaría en manos de aquel, que le concedería fuerza para casarse y para engendrar hijos legítimos.

Herodes, tras castigar a los fariseos convictos de estos hechos, reúne un consejo de sus amigos y presenta una acusación contra la mujer de Feroras, atribuyendo a la osadía de aquella mujer el ultraje contra las doncellas y haciendo de ello un cargo que lo deshonraba a él mismo. Sostenía que aquella mujer atizaba la discordia entre él y su hermano —una guerra que la naturaleza no había puesto entre ellos—, con palabras y con obras cuanto podía; que había burlado con su dinero la multa que él había impuesto; y que nada de lo ocurrido últimamente se había hecho sin ella. «En pago de lo cual, Feroras, lo justo sería —y no hará falta siquiera que yo lo aconseje— que por tu propia voluntad despidas a esa mujer, pues será causa de guerra entre tú y yo. Y ahora, si aún reclamas mi parentesco, repudia a esa esposa; porque solo así seguirás siendo mi hermano y no dejarás de serme querido.»

Pero Feroras, aunque acosado por la fuerza de aquellos argumentos, respondió que no quebrantaría en nada lo justo de su parentesco con su hermano, ni tampoco el afecto hacia su mujer, y que prefería morir antes que, viviendo, soportar verse privado de una mujer que amaba. Herodes aplazó, por lo que a Feroras tocaba, su cólera por estos asuntos, aunque había tomado ya una venganza sin gozo; pero prohibió a Antípatro y a su madre tratar con Feroras, y les advirtió que se guardaran de reunirse con aquellas mujeres. Ellos lo consintieron de palabra, pero se juntaban en cuanto había ocasión, y Feroras y Antípatro banqueteaban juntos. Corría además el rumor de que Antípatro tenía trato con la mujer de Feroras, y que la madre de Antípatro les concertaba los encuentros.

Receloso de su padre y temiendo que el odio contra él fuera a más, Antípatro escribe a sus amigos de Roma pidiéndoles que instaran a Herodes a enviarlo cuanto antes ante César. Ocurrido esto, Herodes envió a Antípatro, adjuntándole regalos de gran valía y un testamento en el que, después de sí, designaba rey a Antípatro y, si este moría antes, a Herodes, el hijo que le había nacido de la hija del sumo sacerdote. Sileo el árabe partió también al mismo tiempo que Antípatro, sin haber cumplido nada de lo que César le había ordenado, y Antípatro lo acusa ante César por los mismos hechos de que ya lo había acusado antes Nicolao. También lo acusaba Aretas, por haber dado muerte a muchos de los notables de Petra contra su voluntad, y en especial a Sohemo, hombre digno como el que más de ser honrado por su virtud en todo, y por haber matado a Fabato, un esclavo de César.

Y Sileo se veía inculpado por cargos como estos: había un tal Corinto, guardaespaldas del rey Herodes, de su mayor confianza. Sileo persuade a este, a cambio de gran suma, de que matara a Herodes, y él se comprometió. Fabato, enterado de que Sileo se lo había propuesto, lo cuenta al rey. El rey, habiendo prendido a Corinto, lo somete a tortura, y todo se le hizo patente. Prende también a otros dos árabes por denuncia de Corinto: uno era un jefe de tribu, y el otro, amigo de Sileo. También estos —pues el rey los tortura— confesaron que habían acudido a exhortar a Corinto a que no flaqueara y, si fuera preciso, a ayudarle a ejecutar por su mano el crimen. Y Saturnino, una vez que Herodes se lo hubo revelado todo, los envió a Roma.

A Feroras, que se aferraba con obstinación al afecto por su mujer, Herodes le ordena que se retire a su propio territorio. Y él marchó de buen grado a la tetrarquía, tras jurar una y otra vez que no regresaría antes de saber que Herodes había muerto; de modo que, incluso cuando el rey enfermó y le pidió que acudiera para confiarle ciertos encargos, por si iba a morir, no obedeció, por respeto a su juramento. Herodes, sin embargo, no imitó en tales circunstancias la actitud que aquel había declarado de antemano: fue a ver a Feroras cuando este, más tarde, empezó a enfermar, y ello sin que se le hubiera llamado; y, muerto Feroras, lo amortajó, lo llevó a Yerushaláyim, lo juzgó digno de sepultura y decretó por él un gran duelo. Esto vino a ser para Antípatro, aunque había zarpado hacia Roma, el comienzo de los males que le acarreó su fratricidio, pues Dios se lo hizo pagar. Contaré por entero cuanto le atañe, que servirá al género humano de ejemplo para conducirse con virtud en todo.

Cuando Feroras murió, dos libertos suyos, de los que Feroras más apreciaba, se presentaron ante Herodes y le rogaron que no dejara sin venganza el cadáver de su hermano, sino que investigara aquella muerte inexplicable y desdichada. Y como él se dejó mover por sus palabras —pues parecían dignas de crédito—, le contaron que Feroras había cenado con su mujer la víspera de la enfermedad, y que, tras probar un veneno servido en un manjar no acostumbrado, murió por él; que el veneno lo había traído una mujer de Arabia, en apariencia con pretexto de filtros amorosos —pues, en efecto, se lo llamaba «hechizo de amor»—, pero en realidad para dar muerte a Feroras. Las mujeres de Arabia son las más expertas en venenos; y aquella a quien se lo achacaban pasaba, por acuerdo de todos, por íntima amiga de la amante de Sileo. La madre y la hermana de la mujer de Feroras habían ido a aquellas comarcas para persuadirla de que vendiera el veneno, y habían regresado trayéndola consigo un día antes de la cena.

Irritado por estas revelaciones, el rey sometió a tormento a esclavas y a algunas mujeres libres; y como el asunto seguía oscuro porque ninguna confesaba, al fin una de ellas, entre los dolores que la acosaban, no dijo otra cosa sino que rogaba a Dios que descargara semejantes tormentos sobre la madre de Antípatro, que había sido para todos causa de aquellas desgracias. Estas palabras llevan a Herodes a examinar más de cerca, y todo, por el tormento de las mujeres, salió a la luz: las francachelas, las reuniones secretas y hasta la divulgación, a las mujeres de Feroras, de cuanto se había dicho al hijo a solas. Se supo también que había una orden del padre a Antípatro de mantener oculta una dádiva de cien talentos y de romper todo trato con Feroras. Salieron igualmente a la luz su odio hacia el padre y sus lamentaciones ante la madre: que el padre había alcanzado a vivir demasiado tiempo y que sobre él, Antípatro, pesaba una vejez no menor, de suerte que, aun si le llegaba el reino, ya no podría alegrarlo del mismo modo; y que se criaban muchos con miras al trono —hermanos e hijos de hermanos— que no le dejaban una esperanza segura y sin temor. Pues aun ahora, si algo le sucedía, el rey mandaba que el poder se diera a un hermano antes que a su propio hijo. Y acusaba al rey de mucha crueldad y de la matanza de sus hijos; y por temor a que se cebara también en ellos, decía él que había ideado el ardid de marcharse a Roma, y Feroras el de retirarse a su tetrarquía.

Todo esto —pues concordaba con lo que decía su hermana— afianzó al rey en la certeza de la maldad de Antípatro y lo apartó del todo de seguir dudando de la lealtad de su hermana. Despojó a Doris, madre de Antípatro, de cuantas joyas llevaba encima, que valían muchos talentos; luego la despide, y selló una amistosa paz con las mujeres de Feroras. Pero quien más encendió la cólera del rey contra su hijo fue un samaritano, también llamado Antípatro, administrador de Antípatro el hijo del rey. Entre otras cosas que declaró bajo tortura, dijo que Antípatro había preparado un veneno mortal y se lo había entregado a Feroras, con el encargo de administrárselo al padre durante su propia ausencia, para quedar así lo más lejos posible de toda sospecha en tales asuntos. Y que Antífilo, uno de los amigos de Antípatro, había traído el veneno de Mitsraim; que se lo había hecho llegar a Feroras por medio de Teudión, hermano de la madre de Antípatro, el hijo del rey; y que así el veneno vino a parar a manos de la mujer de Feroras, a quien su marido lo había dado a guardar.

Ella confesó cuando el rey la interrogó y, corriendo como para ir a buscarlo, se arroja desde el tejado; sin embargo, no murió, pues la caída fue a dar de pie. Y así, una vez que la hubo hecho volver en sí, prometiéndole impunidad para ella y los suyos si en nada ocultaba la verdad, pero amenazándola con molerla a los peores tormentos si se obstinaba en la ingratitud, ella promete y juró que contaría todo tal como había sucedido; y dijo —como afirmaba la mayoría— que todo era verdad. «El veneno lo trajo de Mitsraim Antífilo, y se lo procuró un hermano suyo, que era médico; y cuando Teudión nos lo hubo traído, yo lo guardé, tras recibirlo de Feroras, preparado contra ti por Antípatro. Cuando Feroras enfermó, y tú viniste a cuidarlo, al ver la benevolencia con que lo tratabas se le quebró el ánimo y, llamándome, me dijo: “Mujer, Antípatro me ha enredado en una trama contra su padre —que es mi hermano—, urdiendo un designio mortal y proveyéndose de un veneno con que ejecutarlo. Ahora, pues, ya que mi hermano se ha mostrado sin quitar nada de la bondad que antes me tenía, y ya que es de esperar que no tarde en dejar la vida, trae el veneno y quémalo ante mis ojos, para que no pague yo a mis antepasados con un designio fratricida.”» Y —según su relato— ella, al traerlo, cumplió sin demora las órdenes de su marido: quemó la mayor parte del veneno, pero dejó un poco, por si, muerto Feroras, el rey la maltrataba, poder así librarse de sus tormentos quitándose la vida.

Dicho esto, sacó al medio el veneno y la cajita. Y otro hermano de Antífilo, y la madre de este, bajo apremio y la crudeza de los tormentos, declararon lo mismo y reconocieron la cajita. También la hija del sumo sacerdote, esposa del rey, fue acusada de haber estado al tanto de todo esto y de haberse afanado por ocultarlo. Por ello Herodes la repudió y borró a su hijo de los testamentos, en los que figuraba como futuro rey; y despojó del sumo sacerdocio a su suegro, Shimón hijo de Boeto, y nombra a Matityahu hijo de Teófilo, de linaje de Yerushaláyim. Por entonces llegó también de Roma Batilo, liberto de Antípatro, y, sometido a tortura, resulta que traía un veneno para dárselo a la madre de aquel y a Feroras, de modo que, si el primero no alcanzaba al rey, con este al menos acabaran con él.

Llegaron a Herodes cartas de sus amigos de Roma, redactadas por designio y al dictado de Antípatro, para acusar a Arquelao y a Filipo: como si estos denigraran a su padre por la matanza de Aristóbulo y Alejandro y se compadecieran de su propia suerte; pues ya el padre los llamaba de vuelta, y no por otra cosa, sino en las mismas circunstancias en que se había ordenado el regreso de aquellos otros que también habían perecido. Todo esto lo hacían por Antípatro sus amigos a cambio de crecidas sumas. Pero el propio Antípatro escribe a su padre sobre ellos, presentando los cargos como gravísimos, aunque declarando a los muchachos del todo inocentes y achacándolo a su juventud. Él, entretanto, litigaba en el asunto de Sileo, cortejaba a los hombres principales y había comprado un fastuoso ornamento por doscientos talentos. Sorprendería a cualquiera que, habiéndose promovido tanto contra él en Judea siete meses antes, nada le llegara a saberse; y la causa era el riguroso control y la vigilancia de los caminos, y el odio de los hombres hacia Antípatro: pues no había nadie que de buen grado, a riesgo propio, se prestara a velar por su seguridad.

Herodes, como Antípatro le había escrito que, cumplido todo como convenía, volvería pronto, ocultando su ira le respondió pidiéndole que no se demorara en el camino, no fuera a sucederle algo durante su ausencia; y, a la vez, acusando a su madre, le prometía que dejaría a un lado los reproches contra ella cuando él llegase; y de todos modos le mostraba afecto, por temor a que, si concebía sospechas, aplazara el viaje de regreso y, quedándose a vivir en Roma y ganando influencia, acechara el trono y aun urdiera algo contra él. Estas cartas lo alcanzaron en Cilicia; pero las que anunciaban la muerte de Feroras las recibió antes, en Tarento. Y la llevó muy a mal, no por afecto a Feroras, sino porque había muerto sin haber consumado el asesinato de su padre como había prometido.

Cuando estuvo cerca de Celéndris, en Cilicia, ya vacilaba sobre la vuelta a casa, hondamente afligido por la expulsión de su madre. De sus amigos, unos lo instaban a contenerse y aguardar a ver cómo iban las cosas; otros, a no diferir el regreso, pues, en llegando, desharía toda acusación, ya que también entonces era su ausencia, y no otra cosa, lo que daba fuerza a sus acusadores. Persuadido por estos, se hizo a la mar y arribó al puerto llamado Sebastos, que Herodes había construido con grandes sumas y nombrado Sebastos en honor de César. Antípatro se hallaba ya en medio de males manifiestos, pues nadie se le acercaba ni lo saludaba como cuando había partido, entre votos y buenos augurios; ahora, en cambio, nada impedía a las gentes recibirlo con las maldiciones más contrarias, persuadidas de que pagaba la pena por sus hermanos.

Quintilio Varo se hallaba por entonces en Yerushaláyim, enviado como sucesor de Saturnino en el gobierno de Siria, y había venido en persona como consejero de Herodes, que le había pedido parecer sobre los asuntos que tenía entre manos. Y mientras ambos deliberaban en consejo, se presentó Antípatro, sin que nada se le hubiera advertido. Entra en el palacio envuelto todavía en su púrpura; y los porteros lo reciben, pero cierran el paso a sus amigos. Ya estaba a las claras turbado, comprendiendo adónde había ido a parar, pues su padre, cuando se acercó a saludarlo, lo rechazó, acusándolo de fratricidio y de haber tramado su ruina, y le anunció que Varo sería, al día siguiente, oidor y juez de todo. Y él, aturdido por la magnitud de semejante desgracia —oída y presente a un tiempo—, se retiró; le salen al encuentro su madre y su mujer —esta era hija de Antígono, que había reinado sobre los judíos antes que Herodes—, y, enterado por ellas de todo, se puso a prepararse para el enfrentamiento.

Al día siguiente, Varo y el rey se reunieron en consejo, y fueron llamados los amigos de ambos, y los parientes del rey, y Salomé su hermana, y luego cuantos iban a aportar información y aquellos de quienes se habían obtenido confesiones bajo tortura; y unos esclavos de la madre de Antípatro, apresados poco antes de que él llegara, portadores de una carta cuyo contenido, en suma, era que no regresase, pues todo había llegado a conocimiento de su padre, y que el único refugio que le quedaba era César, y con él, no ponerse en manos de su padre. Antípatro, echándose a los pies de su padre y suplicándole que no dictara una sentencia ya prejuzgada, sino que, concedida una audiencia, lo juzgara él, su padre, que aún podía mantenerse imparcial, Herodes mandó que lo llevaran al centro y él mismo se lamentó de haber engendrado a sus hijos, y de la suerte que en tales desventuras le había tocado, pues, antes de poder sacudirse las antiguas enemistades, la vejez le echaba encima el caso de Antípatro; y fue enumerando la crianza y la educación que les había dado, y la abundancia de riquezas puesta a su disposición en toda ocasión, cuanto quisieran; nada de lo cual había sido óbice para que lo pusieran en peligro de muerte con su conjura, con tal de arrebatar el reino impíamente y antes de tiempo, en vez de recibirlo por ley de la naturaleza, al morir él, con la bendición paterna y conforme a justicia.

Y se admiraba de qué esperanzas envanecido se había atrevido Antípatro a lanzarse a tales hechos sin retroceder; pues lo había declarado por testamento escrito sucesor en el poder, y en vida no era inferior en nada —ni en el brillo de la dignidad ni en la fuerza de la autoridad—, con cincuenta talentos de renta anual y habiendo recibido como regalo para su viaje a Roma la suma de trescientos talentos. Le reprochó también que, si sus hermanos habían sido perversos y él se había erigido en su acusador, hubiera venido a resultar imitador de ellos; y que, sin fundamento, hubiera urdido semejantes trampas contra sus propios parientes. Pues nada había sabido sino por la denuncia de aquel, y cuanto se había hecho contra ellos lo había hecho por consejo suyo; y a aquel a quien eximía de toda culpa por la sangre de sus hermanos, ahora se erigía él mismo en heredero de aquel parricidio.

Diciendo esto, rompe a la vez en lágrimas y no pudo seguir hablando. Y Nicolao de Damasco, amigo del rey, que compartía por entero su vida y había estado presente en el modo en que se habían llevado los asuntos, a petición del rey se encargó de exponer lo demás, cuanto tocaba a pruebas y refutaciones. Y como Antípatro se volviera a alegar su defensa ante el padre, enumerando cuantas pruebas había dado de su afecto hacia él y aduciendo los honores que se le habían otorgado —que jamás habrían llegado si no se hubiera mostrado digno de virtud ante él—; pues en cuanto requería previsión, en todo había mirado con prudencia por adelantado, y si algo pedía manos, todo se había cumplido con su propio esfuerzo; y que no era verosímil que quien había librado a su padre de las conjuras ajenas se convirtiera él mismo en conjurado, echando a perder la virtud que en aquello se le reconocía para unirse a la infamia que estos hechos acarrearían. Y que, destinado a ser proclamado sucesor y a gozar de los honores que ya de presente disfrutaba, en nada se le estorbaba; y que no era verosímil que quien poseía, sin riesgo y con honra, la mitad, aspirara, entre reproches y peligros, al todo —incierto siquiera de poder alcanzarlo—, y ello tras haber presenciado el castigo de sus hermanos, y haber sido delator y acusador de cosas que podrían haber pasado inadvertidas, y su ejecutor una vez que se mostraron a las claras desleales para con su padre.

Y que lo que allí había alegado eran pruebas de los que se habían conducido con lealtad sin mezcla hacia su padre; y que de lo tocante a Roma era testigo César, a quien, igual que a Dios, no cabía engañar. De ello daban fe las cartas que aquel le había enviado, y no era justo que prevalecieran sobre ellas las calumnias de quienes se habían propuesto sembrar la discordia —calumnias que en su mayor parte se habían fraguado durante su ausencia, aprovechando el ocio que se les brindó a sus enemigos, y que no habrían surgido de haber estado él presente—. Tachaba además los tormentos de conducir a la mentira, pues la coacción tiene la propiedad de enseñar a quienes la sufren a decir, las más de las veces, lo que place a los que la aplican, y se ofrecía él mismo al tormento. Con esto se produjo un vuelco en el consejo —pues sintieron gran lástima de Antípatro, que recurría a las lágrimas y a desfigurarse el rostro, de suerte que hasta sus enemigos se conmovieron; y ya era patente que también Herodes se doblegaba algo en su ánimo, aunque no quisiera que se le notara—. Entonces Nicolao, retomando desde las mismas palabras con que el rey había comenzado, las repite agravándolas mucho más, y fue reuniendo cuantas pruebas del cargo podía extraer de las torturas o de los testimonios.

Sobre todo se extendía en la virtud del rey — la que había puesto en la crianza y la educación de sus hijos —, de la que en modo alguno sacó provecho, sino que fue tropezando con un desastre tras otro. Y no le asombraba tanto, decía, la insensatez de los primeros: jóvenes eran, y corrompidos por la maldad de sus consejeros, que borraron los derechos de la naturaleza por su prisa en apoderarse del mando antes de lo debido. Pero de Antípatro sí que había razón para quedar atónito ante su locura: su corazón no se ablandó ni siquiera por los beneficios recibidos de su padre — como el más venenoso de los reptiles —, y eso que aun en esas alimañas nace cierta blandura que las retrae de dañar a quien las alimenta; ni tampoco la suerte de sus hermanos se le puso por medio para apartarlo de imitar su crueldad.

Y sin embargo, Antípatro, tú mismo fuiste el delator de cuanto tus hermanos se atrevieron a tramar, el que rastreó las pruebas y el que castigó a los convictos. No te reprochamos que emplearas tu cólera contra ellos; lo que nos deja atónitos es tu empeño en imitar su desvergüenza, pues descubrimos que también aquello lo hiciste no por la seguridad de tu padre, sino para la ruina de tus hermanos: querías que, tenido por amante de tu padre gracias a tu odio a la maldad de ellos, se te confiara sin recelo un poder mayor para hacerle daño — cosa que en efecto demostraste con tus obras.

Pues a un tiempo hacías perecer a tus hermanos convictos de perversidad y no entregabas a sus cómplices, dejando claro a todos que habías pactado con ellos contra tu padre y que luego optaste por acusarlos. Querías reservarte a solas la trama del parricidio y cosechar de dos combates un gozo digno de tu carácter: el manifiesto contra tus hermanos, del que te ufanabas como de la mayor de las hazañas — y era natural pensar así, con tal de que tú no fueras peor —; y el oculto, que urdías contra tu padre, odiándolos a ellos no por haber conspirado contra él — pues de otro modo no te habrías lanzado tú mismo a una empresa semejante —, sino porque, con más justicia que tú, habrían llegado a ser tus sucesores en el mando; y tu designio era degollar al padre sobre los hermanos, para que, sin quedar convicto de haberlos calumniado, exigieras a tu desdichado padre la pena que tú mismo merecías pagar. Ideabas un parricidio no común, sino tal como hasta hoy no lo ha registrado la vida.

Porque no conspirabas solo como hijo contra un padre, sino contra uno que te amaba y te había colmado de bienes, siendo tú de hecho copartícipe del reino y proclamado sucesor, sin que nada te impidiera gozar ya de antemano del placer del poder, y con tu esperanza futura asegurada por la voluntad y los escritos de tu padre. Pero tú no medías las cosas por la virtud de Herodes, sino por tu propio designio y tu maldad: querías arrebatar hasta su parte al padre que en todo se te sometía, y buscabas hacer desaparecer con obras a aquel a quien de palabra fingías proteger. Y no solo te hacías malvado a ti mismo, sino que llenabas también a tu madre de cuanto maquinabas, sembrabas la discordia, socavabas el afecto hacia los hermanos y te atrevías a llamar fiera a tu padre — tú, que habías forjado una mente más dañina que la de cualquier reptil, con la que dirigías el veneno de aquellas alimañas contra tus parientes más cercanos y contra bienhechores tan grandes, parapetándote con alianzas de guardias y con artes de hombres y mujeres contra el anciano, como si no bastara tu propia mente para dar cuerpo al odio que anidaba en ella.

Y ahora te has presentado — después de que las torturas de siervos libres, de hombres y mujeres, hayan producido, por tu causa, las delaciones de los conjurados — empeñado en contradecir la verdad; y no solo has maquinado hacer desaparecer a tu padre, arrancando de raíz cuanto hay de humano, sino ya también la ley escrita contra ti, la virtud de Varo y la naturaleza misma de la justicia. ¿Tanto confías en tu descaro que hasta reclamas ser sometido a tormento, y llamas falsas las torturas de los ya torturados, para que quienes salvaron a tu padre queden desacreditados de haber dicho la verdad y tus propios tormentos parezcan dignos de fe?

¿No librarás, Varo, al rey del ultraje de sus parientes? ¿No lo librarás de una fiera perversa que finge afecto por el padre para ruina de los hermanos, pero que — allí donde pudiera arrebatarse a solas y pronto el reino — se revela el más mortífero de todos para él? Sabe que el parricidio es un crimen que ofende por igual a la naturaleza y a la vida, y que la sola intención, una vez manifiesta, no es menos culpable que el hecho consumado; y que hasta quien no lo castiga agravia a la naturaleza.

Añadía ya, además, todo lo tocante a la madre de Antípatro: cuanto había dicho a algunos con la ligereza propia de una mujer, las adivinaciones y sacrificios hechos contra el rey, y todas las torpezas que Antípatro cometió con las mujeres de Feroras entre vino y disolución amorosa, y las actas de los interrogatorios bajo tormento y cuanto tenía que ver con los testimonios. Eran muchas y de toda clase las pruebas: unas preparadas de antemano, otras halladas allí mismo para ser expuestas y confirmadas al instante. Pues los hombres, aun aquello que por miedo a Antípatro — no fuera que se les escapara y se vengara de ellos — habían callado, ahora lo sacaban a la luz, viéndolo ya expuesto a las acusaciones de los que mandaban y viendo que la mucha fortuna que antaño lo acompañaba lo había entregado abiertamente a sus enemigos, los cuales se saciaban de un odio insaciable contra él.

Y por entonces lo arruinaba no tanto la enemistad de quienes se lanzaban a acusarlo cuanto la enormidad de las maldades que había concebido, y su hostilidad hacia el padre y los hermanos, con que había llenado la casa de bandos y matanzas mutuas, sin usar del odio conforme a justicia ni de la amistad por afecto, sino según le fuera a convenir. Todo esto lo tenían muchos considerado de largo — precisamente aquellos que por naturaleza juzgan los asuntos con rectitud, porque votan sobre los hechos libres de ira —, y antes cohibidos de alzar la voz, ahora que llegaba la impunidad, sacaban a plena luz cuanto sabían. Eran pruebas de mil formas de sus maldades, que en modo alguno podían ser tachadas de falsas, porque la mayoría no hablaba ni por afecto a Herodes ni por temor de que se les reprochara el silencio como sospechoso de peligro, sino porque tenían por perversos aquellos hechos y a Antípatro digno de todo castigo — no por la seguridad de Herodes, sino por su propia maldad. Muchas cosas se decían, y por muchos a quienes nadie había mandado hablar, de modo que Antípatro, con ser en grado sumo el más diestro para mentir y desvergonzarse, no pudo aportar en su descargo ni la fuerza de una sola palabra.

Cuando Nicolao puso fin a sus discursos y sus cargos, Varo ordenó a Antípatro que pasara a defenderse de las acusaciones, por si tenía algún medio de mostrarse no culpable de lo que se le imputaba; pues él mismo deseaba — y sabía que el padre deseaba lo mismo — hallarlo libre de culpa. Pero él yacía boca abajo, postrado, invocando a Dios y poniéndolo por testigo ante todos de que no obraba mal, o retándolos a probar con indicios claros que no había conspirado contra su padre.

Es lo acostumbrado en todos los que carecen de virtud: cuando son autores de algún mal, apartan de su mente el que lo divino está presente en todo y avanzan a sus obras por su propia resolución; pero cuando, descubiertos, corren peligro de pagar la pena, invocándolo a Él como testigo pretenden desviarlo todo. Eso mismo le había sucedido a Antípatro: pues, tras haberlo hecho todo como si lo divino estuviera ausente, cuando la justicia lo estrechaba por todas partes ante la falta de otros descargos con que absolverse de los cargos, de nuevo ultrajaba la excelencia de lo divino, apelando a su testimonio sobre el poder de Aquel — el mismo poder que sacó a plena luz cuanto no dejó de atreverse a hacer contra su padre.

Varo, como tras interrogar muchas veces a Antípatro no obtenía más que la invocación de Dios, y viendo que aquello era interminable, mandó traer el veneno para conocer la fuerza que le quedaba. Traído que fue, uno de los condenados a muerte lo bebió por orden de Varo y murió al instante. Entonces, levantándose, se retiró del consejo y al día siguiente partió hacia Antioquía, donde solía pasar la mayor parte del tiempo, por ser esta la capital de Siria. Herodes, por su parte, hizo encadenar de inmediato a su hijo.

Las conversaciones de Varo con él quedaron ocultas para la mayoría, así como lo que dijo al partir. Muchos conjeturaban que Herodes actuaba conforme al parecer de aquel en cuanto hizo respecto de Antípatro. Atado, lo remitió a Roma, ante César, con cartas sobre su caso y con hombres que instruyeran de viva voz a César acerca de la maldad de Antípatro; y por consejo de Coponio quedó todo sometido al dictamen de César.

Por aquellos mismos días fue interceptada también una carta escrita por Antífilo a Antípatro — él mismo residía en Mitsraim —, y, abierta por el rey, decía así: «Te he enviado la carta de Acme, sin reparar en mi propia vida; pues sabes que otra vez corro peligro por parte de dos casas, si llegara a ser descubierto. Ojalá te salga bien el asunto.» Esto decía la carta. El rey buscaba también la otra carta, pero no aparecía, y el esclavo de Antífilo que traía la ya leída negaba haber recibido ninguna otra. Estando el rey perplejo, uno de los amigos de Herodes, al advertir que la túnica interior del esclavo estaba cosida por el borde — pues llevaba dos —, sospechó que la carta se ocultaba dentro del pliegue; y así era. Toman, pues, la carta, y estaba escrito en ella lo siguiente:

«Acme a Antípatro. He escrito a tu padre la carta que querías, y, haciendo una copia, la redacté como si fuera de Salomé para mi señora; leyéndola, sé que castigará a Salomé como conspiradora.» Aquella carta que se atribuía a Salomé para su señora había sido dictada por Antípatro en nombre de Salomé — con cuanto su intención quería —, aunque en la redacción corría por cuenta de la propia Acme. Su contenido era este:

«Acme al rey Herodes. Haciendo por deber que no se te oculte nada de lo que se trama contra ti, al hallar una carta de Salomé dirigida a mi señora, escrita contra ti, la copié — con peligro para mí, pero en provecho tuyo — y te la envié. Ella la escribió porque desea casarse con Sileo. Rompe, pues, la carta, para que yo no ponga en peligro también mi vida.» Y a él, a Antípatro, se le escribía por separado, explicándole que, cumpliendo su encargo, ella misma había escrito a Herodes que Salomé se afanaba pérfidamente en todo contra él, y que le remitía una copia de la carta supuestamente enviada por Salomé a su señora.

Acme era judía de raza y esclava de Julia, la mujer de César, y hacía todo esto por amistad con Antípatro, comprada por él con una gran suma de dinero para conspirar juntos contra el padre y contra la tía. Herodes, pasmado ante la magnitud de la maldad de Antípatro, sintió el impulso de matarlo en el acto, por haberse convertido en fermento de grandes desórdenes y por haber conspirado no solo contra él, sino también contra su hermana, y por haber corrompido la casa de César. También Salomé lo incitaba, golpeándose el pecho y pidiéndole que la matara a ella misma si alguien podía aportar prueba digna de crédito de tales cosas contra ella. Herodes hizo llamar a su hijo y lo interrogó, invitándolo a decir cuanto tuviera que replicar, sin ocultar nada; y como quedara sin habla, le preguntó que, ya que en todo y en todas partes había sido descubierto como perverso, al menos no tardara en denunciar a quienes habían delinquido con él. Él achacó a Antífilo la culpa de todo, y no señaló a ningún otro. Herodes, en su hondo dolor, sintió el impulso de enviar a su hijo a Roma, ante César, para dar cuenta de aquellas maquinaciones; después, temiendo que, con la ayuda de sus amigos, hallara escapatoria del peligro, lo mantuvo preso como antes, y de nuevo envió legados y cartas acusando a su hijo y detallando cómo Acme había delinquido con él, con copias de las cartas.

Los legados se apresuraban hacia Roma, instruidos de antemano sobre cuanto debían decir al ser interrogados y llevando consigo las cartas. Entretanto, el rey, caído en enfermedad, redacta un testamento en el que da el reino al menor de sus hijos, por el odio hacia Arquelao y Filipo nacido de las calumnias de Antípatro; a César le dejaba mil talentos, y a Julia, la mujer de César, y a los hijos, amigos y libertos de César, quinientos. Distribuía también entre sus hijos dinero, rentas y tierras, y entre los hijos de estos; y a su hermana Salomé la enriquecía en gran medida, por haberle sido leal en todo y no haberse atrevido nunca a hacerle daño.

Desesperando ya de sobrevivir — pues andaba por el año setenta —, se enfureció, empleando con todos una ira sin freno y amargura. La causa era la sensación de ser despreciado y de que el pueblo llevaba con placer sus desventuras; y, además, porque algunos hombres del vulgo se habían alzado contra él por el motivo siguiente. Había un tal Yehudá, hijo de Sarifeo, y un Matityahu, hijo de Margaloto, los más doctos de los judíos e intérpretes sin par de las leyes patrias, hombres queridos también del pueblo por la educación de los jóvenes; pues día tras día pasaban las jornadas con ellos cuantos cultivaban el ejercicio de la virtud. Estos, al enterarse de que la enfermedad del rey era incurable, incitaban a la juventud a derribar cuantas obras había levantado el rey contra la ley patria, para ganar de las leyes los premios de la piedad demoliéndolas; pues sostenían que, precisamente por su osadía contra lo que la ley prescribía acerca de las imágenes, le habían sobrevenido las demás calamidades — con las que, fuera de la suerte común de los hombres, se veía afligido — y, en particular, la enfermedad.

Herodes había hecho, en efecto, ciertas cosas contra la ley, que era lo que reprochaban los de Yehudá y Matityahu. El rey había colocado sobre la gran puerta del Templo una ofrenda muy costosa: una gran águila de oro. Pero la ley prohíbe a quienes eligen vivir según ella concebir la erección de imágenes o dedicar figuras de seres vivos. Por eso los maestros mandaban derribar el águila; pues, aunque hubiera algún peligro para quien se exponía a la muerte, mucho más provechosa que el placer de vivir se les mostraba la virtud que con ello se gana a los que van a morir por la salvación y la custodia de la ley patria, porque, forjándose una fama imperecedera de alabanza, serían alabados entre los presentes y dejarían a los venideros una vida siempre recordada. Y, al fin y al cabo, aun para quienes viven sin peligro es inevitable la muerte, de modo que a quienes anhelan la virtud les está bien partir de la vida acogiendo con alabanzas y honores lo que contra ellos se decrete. Pues es gran alivio morir por obras nobles — de las que el peligro es el pretendiente — y a la vez asegurar un beneficio, con la buena fama que de ellos procede, a sus hijos y a cuantos hombres y mujeres de su parentela queden atrás.

Con tales palabras enardecieron a los jóvenes. Y les llegó un rumor que declaraba muerto al rey, y esto favoreció a los maestros. A mediodía subieron, y con hachas derribaron y despedazaron el águila, mientras muchos se hallaban en el Templo. El comandante del rey — pues se le anunció el intento —, suponiéndolo de mayor alcance del que en verdad tenía, subió al frente de una fuerza numerosa, capaz de resistir a la multitud de quienes trataban de arrancar la ofrenda, y cayó sobre ellos cuando no lo esperaban: como suele hacer una muchedumbre, se habían atrevido por una convicción ignorante más que por previsión segura, sin orden y sin haber pensado nada que les fuera útil. Apresó a no menos de cuarenta de los jóvenes, que con valor aguantaron su embestida mientras el resto de la multitud se ponía en fuga, y también a los instigadores de la osadía, Yehudá y Matityahu, que juzgaron deshonroso retroceder ante su ataque, y los condujo ante el rey.

Cuando llegaron ante él, el rey les preguntó si se habían atrevido a derribar su ofrenda. «Sí — respondieron —: lo que pensamos, lo pensamos, y lo que hicimos, lo hicimos, con la virtud más propia de hombres; pues hemos acudido en socorro de la dignidad de lo divino, y nuestra prudencia obedeció a la ley. Y nada tiene de extraño que hayamos juzgado más dignas de guardarse que tus decretos las leyes que Moshé, escribiéndolas por dictado y enseñanza de Dios, nos dejó. Con gozo soportaremos la muerte y cualquier castigo que impongas, porque no habremos de padecerlo por obras injustas, sino por amor a la piedad.» Así hablaban todos, empleando en el discurso una osadía no menor que aquella con que, envalentonados, no habían rehuido la acción. El rey los hizo encadenar y mandó llamar a Yerijó a las autoridades judías; y, presentados estos, los reunió en asamblea en el mismo teatro, tendido en un lecho por no poder tenerse en pie, y enumeró cuántos afanes había soportado por ellos; y cómo la construcción del Templo se había logrado a gran costa suya, mientras que los asmoneos, en los ciento veinticinco años en que reinaron, no habían sido capaces de hacer nada semejante en honor de Dios, ni de adornarlo con ofrendas dignas de mención. A cambio de lo cual él tenía la esperanza de que, aun después de muerto, quedara memoria suya y buen renombre. Y clamaba ya que ni siquiera en vida se habían abstenido de ultrajarlo, sino que, en pleno día y a la vista de la multitud, con insolencia habían echado mano a lo que él había consagrado, cometiendo con ultraje aquella demolición: de palabra, contra él; pero en verdad, si alguien examina lo ocurrido, cometiendo sacrilegio.

Ellos, por temor a su crueldad — no fuera que, enfurecido también contra ellos, les exigiera el castigo —, dijeron que aquello no se había hecho por decisión suya, y que a ellos mismos les parecía que tales hechos no debían quedar sin escarmiento. Con los demás se mostró más benigno, pero a Matityahu el sumo sacerdote lo depuso del sacerdocio, como responsable en parte de aquello, y nombró sumo sacerdote a Yoazar, hermano de su propia mujer. Durante el pontificado de este Matityahu sucedió que se nombró otro sumo sacerdote por un solo día, el que los judíos guardan como ayuno. La razón es esta: Matityahu, el sacerdote, en la noche que precedía al día en que caía el ayuno, soñó que había yacido con una mujer, y, no pudiendo por ello oficiar, Yosef hijo de Élemo, que era pariente suyo, ofició junto con él. Herodes, pues, depuso del sumo sacerdocio a Matityahu; y al otro Matityahu, el que había suscitado la sedición, junto con algunos de sus compañeros, los quemó vivos. Y aquella misma noche hubo un eclipse de luna.

La enfermedad de Herodes se agravaba con mayor encono, exigiendo Dios el castigo de sus transgresiones. Había, en efecto, una fiebre suave, que no revelaba al tacto tanta inflamación cuanto era el daño que añadía por dentro; un ansia terrible de tomar algo, pues era imposible no atenderla; ulceración de los intestinos y, sobre todo, dolores atroces del colon; una flema húmeda y transparente en torno a los pies; y una dolencia semejante en el bajo vientre; más aún, una putrefacción de las partes pudendas que engendraba gusanos; una tensión erguida de la respiración, en sí misma muy penosa por lo repugnante del hedor y por la frecuencia del jadeo; y estaba convulso en cada miembro, con una fuerza de dolor imposible de soportar. Decían, pues, los inspirados, aquellos cuya sabiduría consiste en pronunciar de antemano tales cosas, que Dios cobraba al rey esta pena por su mucha impiedad.

Y aunque padecía más de lo que nadie podría resistir, seguía con esperanza de recobrarse: llamaba a los médicos y no rehusaba emplear cuantos remedios le prescribían, y, cruzando el río Yardén, se entregó a las aguas termales de Calírroe, que, además de su excelencia para todo, son también potables; y esta agua desemboca en el lago llamado Asfaltites. Allí, pareciéndoles a los médicos reanimarlo con calor, lo bajaron a una bañera llena de aceite, y les dio la impresión de expirar. Al prorrumpir sus criados en llanto, volvió en sí; y, no teniendo ya esperanza alguna de salvarse, mandó repartir a los soldados cincuenta dracmas a cada uno, y obsequió con largueza también a sus jefes y a sus amigos. Regresó de nuevo a Yerijó, y una bilis negra se apoderó de él, exasperándolo contra todos, de modo que, agonizante, concibió un plan como este.

Reunió por orden suya a hombres judíos de nota de todo el pueblo, de dondequiera; y fueron muchos, porque se había convocado a toda la nación y todos habían atendido al edicto, ya que estaba decretada la muerte para quienes desoyeran las cartas, enfurecido el rey por igual contra todos, inocentes y culpables. Los encerró a todos en el hipódromo, y, haciendo llamar a su hermana Salomé y a Alejas, el marido de ella, les dijo que no tardaría en morir, con tantos dolores como lo cercaban; y que eso, ciertamente, era llevadero y a todos les llega como amigo, pero que lo que más lo afligía era morir sin lamento y falto del duelo que se tributaría a un rey. Pues no ignoraba el ánimo de los judíos: cuán deseada y grata les sería su muerte, ya que, aun en vida, se afanaban por la rebelión y por el ultraje de lo que él había instaurado. Tarea de ellos era, pues, votarle algún alivio de aquella pena: si no rehusaban plegarse a su designio, su funeral sería grande, tal como no lo tuvo ningún otro rey, y habría duelo por toda la nación, con lamentos salidos del alma — todo ello para su diversión y escarnio. Por tanto, en cuanto lo vieran entregar el alma, debían rodear el hipódromo con la tropa, ignorante todavía de su muerte — pues ordenaba que no se anunciara al pueblo antes de hacer esto —, y abatir a flechazos a los encerrados, de modo que, matándolos a todos de este modo, no dejaran, por partida doble, de complacerlo: cumpliendo lo que les encargaba al morir y honrándolo con un duelo memorable. Y él, suplicando entre lágrimas, invocando el afecto del parentesco y la fe debida a lo divino, los conjuraba, pidiéndoles que no lo dejaran deshonrado; y ellos prometieron no faltar a su palabra.

Bien podría alguien reparar en el ánimo de este hombre — y quien aprobara sus actos anteriores, creyendo que lo que hizo contra sus parientes fue por amor a la vida, cambiaría de opinión ante estas últimas órdenes, que nada tenían de humano —, viendo que, aun al partir de la vida, se preocupó de sumir a toda la nación en duelo y en la orfandad de sus seres más queridos, mandando dar muerte a uno de cada casa, hombres que ninguna injusticia habían cometido ni contra él ni eran acusados de otros cargos; siendo así que quienes hacen profesión de virtud suelen, en tales trances, deponer sus odios incluso contra los que con justicia se habían vuelto sus enemigos.

Mientras daba estos encargos a sus parientes, llegaron cartas de los legados enviados a Roma, ante César. Leídas, su sustancia era que Acme había sido ejecutada por la cólera de César por los crímenes que había cometido con Antípatro; y que a Antípatro mismo lo dejaba al arbitrio de él, como padre y rey, para desterrarlo o darle muerte. Al oír esto, Herodes revivió un poco, exaltado por el gozo de lo escrito, por la muerte de Acme y por el poder de castigar a su hijo; pero, al crecer enormemente los dolores, desfallecía, exhausto por la falta de alimento. Pidió una manzana y un cuchillo, pues antes tenía por costumbre pelarla él mismo y comerla cortándola en trozos pequeños. Tomándolo y mirando en torno, tuvo la intención de herirse, y lo habría hecho de no habérsele adelantado Ajiab, que le sujetó la mano derecha; era primo suyo. Y al dar este un gran grito, hubo de nuevo llanto por todo el palacio y gran tumulto, como si el rey hubiera muerto.

Y Antípatro — pues creyó que su padre había llegado de verdad a su fin — se llenó de audacia ante las voces, del todo convencido de que ya se vería libre de sus cadenas y recibiría el reino en sus manos sin esfuerzo; y trataba con el carcelero acerca de su liberación, prometiéndole grandes cosas para el presente y para después, dado que se ventilaba semejante combate. Pero aquel no solo se negó a hacer lo que Antípatro le pedía, sino que reveló al rey la intención de este, añadiendo mucho de su cosecha. Herodes, que ni antes se había dejado vencer por el afecto a su hijo, al oír al carcelero decir estas cosas, prorrumpió en gritos y se golpeó la cabeza, aun estando en su último trance, y, alzándose sobre el codo, mandó enviar a uno de sus guardias para que, sin demora alguna, con toda presteza, lo matara y le diera sepultura sin honores en Hircania.

De nuevo modificó su testamento, sobrevenido un cambio en su ánimo: a Antipas, a quien había dejado el reino, lo nombraba tetrarca de Galilea y Perea, y otorgaba el reino a Arquelao; y daba a Filipo — hijo suyo y hermano de padre y madre de Arquelao — la Gaulanítide, la Traconítide, Batanea y Paneas como tetrarquía; y a su hermana Salomé le asignaba Yavne, Ashdod y Fasaelis, y quinientas mil dracmas de plata acuñada. Proveyó también a los demás parientes suyos, estableciendo a cada uno en holgura con donaciones de dinero y asignaciones de rentas. A César le dejó diez millones de plata acuñada, y aparte vasijas, unas de oro y otras de plata, y ropajes de muchísimo valor; y a Julia, la mujer de César, y a algunos otros, cinco millones.

Hecho esto, murió al quinto día después de matar a su hijo Antípatro, habiendo reinado treinta y cuatro años desde que dio muerte a Antígono, y treinta y siete desde que fue designado por los romanos: hombre cruel con todos por igual, esclavo de su ira pero por encima de la justicia, y que, si alguno, gozó de una fortuna propicia. Pues de particular llegó a rey, y, rodeado de innumerables peligros, escapó de todos y alcanzó la más larga vida. En cuanto a lo tocante a su casa y a sus hijos, en parte empleó su propio criterio, y muy acertado, en no quedar corto en vencer a quienes juzgaba enemigos; pero, a mi parecer, fue muy desdichado.

Salomé y Alejas, antes de que se supiera la muerte del rey, despacharon a sus casas a los encerrados en el hipódromo, diciendo que el rey les ordenaba, al retirarse a sus campos, atender sus propios asuntos; y con ello prestaron a la nación un beneficio grandísimo. Ya se hacía público el fallecimiento del rey, y Salomé y Alejas, reuniendo a la tropa en el anfiteatro de Yerijó, leyeron primero una carta dirigida a los soldados, que les agradecía su fidelidad y afecto hacia él y los exhortaba a prestar el mismo apoyo a Arquelao, su hijo, a quien instituía rey. Después, Tolomeo, a quien se había confiado el sello del rey, leyó el testamento, que no habría de recibir validez sino con la aprobación de César. Al punto se alzó un clamor honrando a Arquelao como rey, y los soldados, por escuadrones ellos mismos con sus jefes, le prometían su afecto y su celo, e invocaban a Dios como valedor.

A continuación prepararon un sepulcro para el rey, empeñado Arquelao en que el cortejo fúnebre de su padre fuera suntuosísimo, sacando para ello todo el aparato que debía acompañar en procesión al difunto. Era llevado en un lecho de oro tachonado de piedras preciosas y variadas; la yacija era de púrpura, y el difunto iba envuelto en mantos purpúreos, ceñido con una diadema, sobre la que se posaba una corona de oro, y con un cetro dispuesto junto a la mano derecha. En torno al lecho estaban sus hijos y la multitud de sus parientes; tras ellos se disponía la tropa, distribuida por naciones o designaciones propias: primero los guardias de corps, después el cuerpo tracio, tras estos cuantos había de germanos, y el cuerpo galo detrás de ellos, todos en formación de guerra. Detrás de estos iba ya todo el ejército, como quien sale a la guerra, conducido por sus capitanes y oficiales. Se les habían agregado quinientos criados portadores de aromas. Marcharon hacia el Herodión, a ocho estadios; pues allí, por orden suya, se hizo su enterramiento. De este modo, en fin, acabó Herodes.

Arquelao siguió honrando el duelo por su padre hasta el séptimo día; pues tantos prescribe la costumbre patria. Tras festejar a las multitudes y levantar el duelo, subió al Templo. Había aclamaciones y elogios por dondequiera que iba, rivalizando unos con otros por parecer que prodigaban las mayores aclamaciones. Él, subiendo a una alta tribuna dispuesta al efecto y sentándose en un trono de oro, correspondía a las multitudes, acogiendo con placer su afecto y el júbilo de las aclamaciones, y les daba las gracias por no guardarle rencor por los agravios que su padre les había inferido, y prometía esforzarse por no quedar corto en recompensar su buena voluntad. Por ahora, sin embargo, se abstendría del título de rey, pues sería honrado con esa dignidad cuando César ratificara con firmeza el testamento que su padre había escrito; y por esa razón, aunque el ejército en Yerijó se mostraba deseoso de ceñirle la diadema, no aceptó el codiciado privilegio de aquel honor, porque aún no estaba manifiesto quien había de otorgarlo con propiedad. Pero si los asuntos venían a recaer en él, no faltaría a la virtud de recompensar su afecto; pues se afanaría en mostrarse en todo, en su trato con ellos, mejor que su padre en todos los aspectos.

Ellos, como suele hacer una muchedumbre — creyendo que los primeros días revelan las intenciones de quienes acceden a tales cargos —, cuanto más apacible y complaciente les hablaba Arquelao, tanto más se prodigaban en alabanzas y se volvían a peticiones de gracias: unos clamando por que se aligeraran los tributos anuales que pagaban, otros por la liberación de los presos encarcelados por Herodes — y eran muchos, y desde mucho tiempo atrás. Otros había que reclamaban con amargura la supresión de los impuestos gravosamente exigidos sobre las ventas y las compras. Arquelao en nada los contradecía, sino que, diligente, procuraba hacerlo todo por las multitudes, considerando que sería gran cosa para la conservación de su poder el afecto del pueblo hacia él. Después, tras ofrecer sacrificio a Dios, se entregó a un banquete con sus amigos.

Por este tiempo, algunos de los judíos, reunidos por afán de novedades, [lloraban a] Matityahu y a los que con él habían muerto bajo Herodes — los cuales, de inmediato, por temor a aquel, habían sido privados del honor de ser llorados, y eran los condenados por el derribo del águila de oro —, y, prorrumpiendo en grandes voces y lamentos, lanzaban contra el rey ciertos reproches, como si aliviaran a los muertos. Reunidos en asamblea, reclamaban que Arquelao ejerciera venganza en favor de ellos, castigando a los honrados por Herodes; y, ante todo y con la mayor insistencia, que depusiera al sumo sacerdote instituido por él y eligiera a un hombre que ejerciera el sumo sacerdocio de modo más legítimo y en pureza. A esto Arquelao, aunque lo llevaba a mal, cedió al ímpetu de ellos, a causa del viaje a Roma que tenía por delante, que debía cumplir con presteza para atender a lo que César resolviera. Envió al comandante a emplear la persuasión, y a que consideraran, apartándose de tal necedad, que la muerte que alcanzó a sus amigos había sido conforme a las leyes, y que sus demandas avanzaban en mucho hacia la insolencia; que los tiempos no eran para tales cosas, sino más bien para la concordia, hasta que él, asentado su poder, volviera a ellos con la aprobación de César — pues entonces deliberaría en común con ellos sobre lo que pedían —; pero que por ahora se contuvieran, no fuera que pareciesen incluso alzarse en sedición.

Y él, tras decirles esto en privado e instruir a su general, lo envió hacia ellos. Pero los amotinados, a gritos, no le dejaban hablar y ponían en peligro de muerte tanto a él como a cualquier otro que se mostrara dispuesto a alzar la voz para llamarlos a la sensatez y apartarlos de seguir aspirando a semejantes cosas, pues todo lo concedían a su propio deseo antes que a la autoridad de los que mandaban.

Consideraban terrible que, en vida de Herodes, se les hubiera privado de sus seres más queridos, y que, muerto él, se les negara el castigo de los culpables. Enfurecidos en sus ánimos, tenían por legítimo y justo cuanto pudiera darles placer, incapaces de prever el peligro que de ello vendría; y aunque alguno lo sospechara, lo vencía el exceso del placer inmediato de vengarse de quienes tenían por sus mayores enemigos.

Y aunque Arquelao enviaba a muchos a hablar con ellos —que se presentaban como enviados por él, pero aparentando actuar por propia iniciativa, para calmarlos y llevarlos a mayor mansedumbre—, no toleraban que ninguno hablara; era un tumulto de gente dominada por la ira, y estaba claro que engrandecerían mucho la sedición, pues cada vez más multitud afluía a ellos.

Al llegar por entonces una fiesta en la que es costumbre patria de los judíos presentar panes ázimos —la fiesta se llama Pésaj, en recuerdo de su salida de Mitsraim, y la celebran con fervor, sacrificando entonces una cantidad de víctimas como en ninguna otra les está permitido inmolar—, baja una muchedumbre incontable desde el país, y ya también desde fuera de las fronteras, para el culto de Dios. Y los revoltosos, que lloraban a Yehudá y a Matityahu, intérpretes de las leyes, reunidos en el Templo, se procuraban abundante sustento para los sediciosos, pues no les daba vergüenza mendigarlo.

Y Arquelao, temiendo que de su desatino brotara algo terrible, envía una cohorte de infantes con un tribuno al frente, para contener el ímpetu de los amotinados antes de que toda la muchedumbre se contagiara de su locura, y para llevar ante él a cualquiera que sobresaliera mucho de los demás en su afán de sedición.

Ante esto, los sediciosos y los intérpretes enfurecieron a la multitud; y, sirviéndose de gritos y consignas, se lanzaron contra los soldados, los rodearon y a pedradas mataron a la mayoría de ellos. Unos pocos, y el tribuno, escaparon heridos. Y, hecho esto, volvieron de nuevo a sus sacrificios como si nada.

A Arquelao le pareció imposible que todo se salvara si no reprimía aquel ímpetu de la muchedumbre, y despacha todo el ejército: la infantería, para impedir que los que acampaban fuera acudieran en ayuda de los del Templo; y la caballería, para dar alcance a los que, empujados por los infantes, huían creyéndose ya a salvo.

Y la caballería mató hasta unos tres mil hombres; el resto huyó a los montes vecinos. Arquelao hizo proclamar que todos se retiraran a sus casas, y ellos se marcharon, abandonando la fiesta por temor a un mal mayor, aunque eran audaces por su falta de instrucción.

Arquelao bajó hacia el mar con su madre, llevando consigo, de entre sus amigos, a Nicolao, a Tolomeo y a Tolas, y encomendando a su hermano Filipo el gobierno entero de la casa y del reino.

Salía también con él Salomé, la hermana de Herodes, llevando a sus propios hijos, y muchos de los parientes: de palabra, como para apoyar a Arquelao en la obtención del reino; en realidad, para oponérsele, y sobre todo para clamar contra lo hecho en el Templo.

En Cesarea sale al encuentro de Arquelao Sabino, procurador de César para los asuntos de Siria, que se dirigía a Judea para hacerse cargo de los bienes de Herodes. Pero Varo, que se presentó, lo apartó de aquel propósito, pues estaba allí, llamado por Arquelao a través de Tolomeo.

Y Sabino, por complacer a Varo, ni se hizo con las fortalezas que había en Judea ni selló los tesoros, sino que dejó que Arquelao los tuviera hasta que César decidiera algo sobre ellos, y se quedó en Cesarea con esa promesa. Pero cuando Arquelao zarpó hacia Roma y Varo se marchó a Antioquía, Sabino fue a Yerushaláyim y se apoderó del palacio real.

Y, tras convocar a los jefes de las guarniciones y a cuantos administraban los asuntos, mostraba a las claras que iba a exigirles cuentas, y disponía las fortalezas a su antojo. Sin embargo, los guardias no tuvieron en poco las cartas de Arquelao, sino que siguieron conservándolo todo tal como se les había ordenado, con el pretexto de que lo guardaban para César.

Por entonces zarpa también hacia Roma Antipas, hijo de Herodes, animado por las promesas de Salomé a disputar el poder, con la pretensión de tomar los asuntos con mucho mejor derecho que Arquelao, por haber sido declarado rey en el testamento anterior, que él tenía por más firme que el redactado después.

Llevaba consigo a su madre y al hermano de Nicolao, Tolomeo, que había sido amigo muy apreciado de Herodes y estaba entregado a él.

Pero quien más lo incitaba a aspirar al reino era Ireneo, un orador a quien, por su fama de elocuencia, se le había confiado la causa del reino. Por eso no atendía a los que le aconsejaban ceder ante Arquelao, mayor que él y designado rey por su padre en los codicilos.

Cuando llegó a Roma, todos los parientes se pasaron a su lado, no por afecto hacia él, sino por odio a Arquelao, deseando sobre todo la libertad y quedar bajo un gobernador romano; y, si algo se oponía a ello, juzgando a Antipas más ventajoso que Arquelao, colaboraban con Antipas por el reino. También Sabino, por carta, acusaba a Arquelao ante César.

César, tras enviarle Arquelao unas cartas en las que exponía sus derechos, junto con el testamento de su padre y las cuentas de los bienes de Herodes —que le llevaba Tolomeo con el sello—, aguardaba lo que iba a suceder.

Y él, leídas aquellas cartas, así como las de Varo y Sabino, y cuánto dinero había, cuánto ingresaba al año, y las cartas que Antipas había enviado reclamando el reino, reunió a sus amigos para deliberar. Entre ellos incluyó también a Cayo, hijo de Agripa y de su propia hija Julia, a quien había adoptado y que ocuparía el primer asiento; y ordenó que hablara quien quisiera sobre los asuntos pendientes.

Y el primero, Antípatro, hijo de Salomé —muy hábil en el hablar y sumamente contrario a Arquelao—, dijo que era una burla que Arquelao discutiera sobre el poder cuando de hecho ya se había apoderado de él antes de que César lo concediera, y le echaba en cara lo osado de la matanza de quienes murieron durante la fiesta.

Aun cuando aquellos hubieran obrado mal, el castigo debía haber quedado reservado a quienes tuvieran autoridad venida de fuera, y no haberlo ejecutado un particular: pues, si obraba como rey, agraviaba a César, cuya decisión sobre él estaba todavía pendiente; y si como simple particular, mucho peor, ya que a quien aspira al reino no cabe consentirle tal licencia, porque con ella César se vería despojado de su autoridad sobre esos asuntos.

Le reprochaba también el traslado de algunos oficiales del ejército, y el haberse sentado en el trono real, y el resolver pleitos como si fuera rey, y el conceder las peticiones a quienes las presentaban en público, y el disponer de todo de tal modo que nada mayor podría haber ideado alguien establecido por César en el gobierno.

Le atribuía asimismo la liberación de los presos del hipódromo, y muchas cosas más, unas ya sucedidas, otras que podían creerse por ser propias de gente joven que, por ambición de mandar, se anticipa a asir el poder; y le reprochaba el descuido del duelo por su padre y las juergas nocturnas celebradas la misma noche de su muerte.

Y que de ahí había tomado la muchedumbre el comienzo de la sedición: que, habiéndolo colmado su padre de tales beneficios y honrado con cosas tan grandes, así pagara al difunto, fingiendo llorar de día, como en un teatro, y gozando cada noche del placer del poder.

Y que Arquelao se mostraría con César, si le concediera el reino, tal como se había mostrado con su padre: pues bailaba y cantaba como si hubiera caído un enemigo, y no un hombre tan cercano por parentesco y que lo había elevado con tan grandes beneficios.

Y declaró que lo más terrible de todo era esto: que viniera ahora a servirse del reino por concesión de César, cuando ya de antemano se lo había tomado todo por sí mismo, cosas que solo podrían hacerse legítimamente por ti, el emperador, una vez que las hubieras otorgado con firmeza.

Sobre todo, en su discurso ponderaba lo espantoso de la matanza junto al Templo y su impiedad: que, estando en curso una fiesta, hubieran sido degollados como víctimas unos —extranjeros—, otros —del país—, y que el Templo se hubiera llenado de cadáveres, y no por mano de un extraño, sino de quien, aspirando al reino incluso con títulos legítimos, cometió tal acción para poder saciar la injusticia, aborrecida por todos los hombres, de una tiranía connatural.

Y que por eso ni en sueños le habría tocado a Arquelao la sucesión del reino por la virtud de su padre; pues este conocía bien su carácter y, precisamente por ello, en el testamento designó rey, con mayor firmeza, a Antipas, enemigo de aquel. Porque a Antipas lo llamó su padre al reino no estando enfermo de cuerpo y de alma, sino cuando gozaba de un juicio íntegro y, con pleno vigor corporal, atendía los asuntos.

Y que, aunque su padre le hubiera mostrado antes a él la misma disposición que ahora, con sus actos había demostrado qué clase de rey sería: pues, siendo César el señor de otorgar el reino, le había arrebatado a este la facultad de concederlo, y, siendo aún un simple particular, no se había abstenido de degollar a sus conciudadanos en el Templo.

Y Antípatro, dicho esto y reforzando lo dicho con la presencia de muchos parientes como testigos, cesó de hablar. Se levanta entonces Nicolao en favor de Arquelao, y dijo que lo del Templo debía atribuirse más al ánimo de quienes lo padecieron que a la autoridad de Arquelao; pues quienes promueven tales cosas son malvados no solo por la insolencia con que ellos mismos ofenden, sino también por forzar a la defensa a quienes preferirían comportarse con sensatez.

Y que, aunque obraron como en guerra —de palabra contra Arquelao, pero en verdad, a las claras, contra César—, pues a los que llegaron para impedir sus desmanes, enviados por Arquelao, los atacaron y mataron, sin tener en cuenta ni a Dios ni a la ley de la fiesta, de todo lo cual Antípatro no se avergonzaba de erigirse en vengador, por servir a su propio odio contra Arquelao antes que a la naturaleza de lo justo. Pues quienes se presentan y ejercen violencia contra los que ni siquiera pensaban en obrar mal, esos son los que fuerzan, aun contra su voluntad, a los que se defienden a tomar las armas.

Y todo lo demás lo atribuía a cuantos formaban el consejo de los acusadores: pues nada de lo sucedido —realizado con la aprobación de ellos mismos— se aducía como injusto porque fuera malo por su propia naturaleza, sino porque parecía que dañaría a Arquelao. Tan grande era su empeño en ultrajar a un hombre pariente suyo, hijo de un padre bienhechor, familiar de ellos y que en todo se había conducido amistosamente con ellos.

En cuanto al testamento, había sido escrito por el rey en su sano juicio, y era más válido que los redactados antes, porque en él se remitía a César, señor de todo, la decisión sobre lo escrito en ellos.

Y que César de ningún modo imitaría la insolencia de aquellos, que, habiéndose aprovechado en todo del poder de Herodes mientras vivió, se lanzaban ahora a ultrajar su voluntad, cuando ni siquiera ellos mismos habían obrado así respecto de su pariente.

Que César, pues, no iba a anular el testamento de un hombre que en todo se había puesto en sus manos, amigo y aliado, escrito confiando en él; ni iba a igualar con la maldad de aquellos la virtud y la fidelidad de César, indudables ante todo el mundo; ni condenaría por locura y extravío de juicio a un hombre que era rey, que había dejado la sucesión a un hijo bueno y se había acogido a su lealtad. Herodes no había errado jamás en el juicio sobre su sucesor, habiendo obrado con sensatez al hacerlo todo conforme a la voluntad de César.

Y Nicolao, dicho esto, puso fin a su discurso. César levantó afablemente a Arquelao, que se le había echado a las rodillas, y dijo que era muy digno del reino, y mostró gran inclinación a no hacer otra cosa que lo que los testamentos disponían y convenía a Arquelao.

Sin embargo, nada quedó ratificado, para que Arquelao no se sirviera de ello como de una garantía y actuara con impunidad. Y, disuelta la reunión, César deliberaba a solas si debía confirmar el reino a Arquelao o repartirlo entre toda la descendencia de Herodes, tanto más cuanto que todos necesitaban mucha ayuda.

Antes de que se ratificara nada de esto, Maltace, la madre de Arquelao, muere de enfermedad, y llegaron cartas de Varo, el gobernador de Siria, que daban cuenta de la sublevación de los judíos.

Pues, tras la partida de Arquelao, todo el pueblo se agitó. Y el propio Varo, que se hallaba presente, después de castigar a los causantes del movimiento y poner freno a la mayor parte de la sedición, se retiró a Antioquía, dejando en Yerushaláyim una legión de su ejército para poner freno a las revueltas de los judíos.

Pero nada se logró que impidiera que siguieran amotinándose. Pues, cuando Varo se marchó y Sabino, el procurador de César, se quedó allí, este hostigaba gravemente a los sediciosos, confiando en la tropa que le habían dejado —creyendo que así los dominaría— y en su propia muchedumbre.

Pues, armando a muchos, se servía de ellos como de guardias, presionando a los judíos y provocándolos a la rebelión; forzaba a que le entregaran las fortalezas y se lanzaba con avidez a rebuscar los bienes reales, por violencia, por afán de lucro y por codicia.

Al llegar Pentecostés —una fiesta patria nuestra así llamada—, no solo acudieron por el culto, sino que, llevando con ira el desmán de la insolencia de Sabino, se reunieron muchísimas decenas de millares de hombres: muchos de Galilea y de Idumea, gran multitud de los de Yerijó y de cuantos habitan al otro lado del río Yardén; y a todos ellos se sumó una muchedumbre de los propios judíos, mucho más resueltos que los demás y lanzados a vengarse de Sabino.

Divididos en tres cuerpos, acamparon en otros tantos lugares: unos ocuparon el hipódromo; de los otros dos cuerpos, unos se situaron al norte del Templo, mirando al mediodía, y otros ocuparon la parte oriental; el tercer cuerpo, la parte de poniente, donde estaba el palacio real. Y todo lo hacían para asediar a los romanos, cercados por todas partes.

Y Sabino —pues temía tanto su número como el arrojo de unos hombres que tenían la muerte en poco con tal de no dejarse vencer, teniendo por virtud el vencer— envió al punto cartas a Varo y, sin cesar, le pedía como de costumbre que acudiera pronto en su ayuda, pues el ejército que había quedado se hallaba en gravísimo peligro y era de temer que en breve, apresado, fuera aniquilado.

Él mismo, tomando la más alta de las torres de la fortaleza —Fasael, así llamada y edificada en honor de Fasael, el hermano de Herodes, muerto a manos de los partos—, hacía señas a los romanos para que atacaran a los judíos, sin atreverse él ni siquiera a bajar hacia sus propios amigos, y teniendo por justo que los demás murieran antes por su codicia.

Cuando los romanos se atrevieron a salir, se trabó una dura batalla, y los romanos vencían en muchos lances; pero el ánimo de los judíos no desfallecía ante la visión del peligro, aunque muchos de ellos caían.

Y, dando un rodeo, subieron a los pórticos que rodeaban el recinto exterior del Templo, y desde allí, sin que nadie pudiera alcanzarlos, arrojaban piedras a muchos, unas con la mano, otras con hondas, pues eran diestros en ese modo de combatir.

Y todos los arqueros, formados en línea, causaban gran daño a los romanos, por hallarse en posición dominante, por ser difíciles de atacar —inaccesibles para quienes intentaban dispararles— y por tener en cambio a los enemigos fáciles de batir. Y durante mucho tiempo se sostuvo así la batalla.

Después, los romanos, indignados por lo que ocurría, prendieron fuego a los pórticos sin que lo advirtieran los judíos que habían subido a ellos. Y el fuego, alimentado por muchos y con materiales capaces de avivar la llama, prendió al punto en el techo.

Y como la armazón tenía abundante pez y cera, y además oro recubriéndola, en seguida ardió, y aquellas obras grandes y dignísimas de mención desaparecieron. Y a los que estaban sobre los pórticos les sobrevino esta ruina inesperada: unos se desplomaron con el techo al hundirse; a otros los alanceaban los enemigos que los rodeaban.

Muchos, ante la imposibilidad de salvarse y el espanto del mal que los cercaba, unos se arrojaban al fuego, otros se daban muerte con sus espadas para escapar de él; y cuantos retrocedieron y descendieron por el camino por el que habían subido, los romanos los mataron a todos, desnudos y con el ánimo quebrado, sin que su desesperación pudiera valerles de nada al estar sin armas.

Y de los que habían subido al tejado no se salvó ni uno solo. Los romanos, abriéndose paso a través del fuego por donde podían, se apoderaron del tesoro en el que estaban los bienes sagrados. Mucho robaron los soldados, pero Sabino puso a la vista, oficialmente, cuatrocientos talentos.

A los judíos les dolía la pérdida de sus compañeros, caídos en aquella batalla, y les dolía también el saqueo de las ofrendas; pero, con todo, lo más compacto y aguerrido de ellos rodeó el palacio real y amenazó con prenderle fuego y matar a todos, ordenándoles marcharse cuanto antes y prometiendo, si obedecían, salvar la vida a ellos y a Sabino con ellos.

Y la mayor parte de las tropas reales se pasó a su lado; pero Rufo y Grato, con tres mil hombres, lo más aguerrido del ejército de Herodes, de cuerpos vigorosos, se unieron a los romanos. Había también cierta caballería de las que mandaba Rufo, que asimismo pasó a reforzar a los romanos.

Los judíos no descuidaban el asedio, sino que socavaban las murallas y pedían a los que se habían pasado que no les estorbaran en recobrar, después de tanto tiempo, la libertad patria que ahora se les presentaba.

A Sabino le habría gustado marcharse con los soldados, pero no era capaz de fiarse, por lo que había hecho, y tenía por sospechosa la excesiva benevolencia de los enemigos, como un cebo para apartarlo de su decisión; y, a la vez, esperando que Varo llegaría, aguantaba el asedio.

Por ese tiempo, otros mil tumultos se apoderaban de Judea, pues en muchos lugares muchos se lanzaban a la guerra por esperanza de ganancias propias y por las enemistades entre los judíos.

Dos mil de los que en otro tiempo habían servido bajo Herodes y ya estaban licenciados, reuniéndose en la propia Judea, hacían la guerra a las tropas reales, aunque les hacía frente Aquiab, primo de Herodes; y este, replegado de los llanos a las alturas por la pericia militar de aquellos hombres, se salvaba por lo escarpado del terreno cuanto le era posible.

Estaba también Yehudá, hijo de Jizkiyahu, el jefe de bandidos que había tenido gran poder y a quien Herodes prendió con grandes esfuerzos. Este Yehudá, reuniendo en torno a Séforis, en Galilea, una multitud de hombres desesperados, hizo una incursión contra el palacio real y, tras apoderarse de cuantas armas allí se guardaban, armó a sus hombres y se llevó cuanto dinero se halló en el lugar.

Y era el terror de todos, saqueando y arrasando a cuantos topaba, por afán de mayores empresas y por ambición del honor real, esperando alcanzar ese premio no por su valía en el arte de la guerra, sino por su desmesura en el ultraje.

Había también Shimón, esclavo del rey Herodes, por lo demás hombre apuesto y muy sobresaliente por su talla y su fuerza corporal, y muy estimado. Este, envanecido por el desorden de los asuntos, se atrevió a ceñirse la diadema.

Y, reunida cierta multitud, él mismo fue proclamado rey por la locura de aquellos y, creyéndose más digno de ello que cualquier otro, incendió el palacio real de Yerijó, arramblando por el saqueo con lo que en él había guardado, y destruyó con fuego otras muchas mansiones reales en diversos lugares del país, permitiendo a sus secuaces llevarse como botín lo que en ellas quedaba.

Y habría cometido algo mayor de no haberse producido una rápida reacción; pues Grato, el de los soldados reales que se había pasado a los romanos, con las fuerzas que tenía, sale al encuentro de Shimón.

Y, trabada entre ellos una gran batalla que se prolongó mucho, la mayor parte de los pereos, por ser gente sin disciplina y combatir más con audacia que con arte, fue aniquilada; y al propio Shimón, que trataba de salvarse por cierto barranco, Grato lo encontró y le cortó la cabeza.

Fue incendiado también el palacio real de Amatús, junto al río Yardén, por unos hombres reunidos, semejantes a Shimón. Tan grande fue la insensatez que arraigó en el pueblo por no haber un rey propio que contuviera a la muchedumbre por su virtud, mientras que los extranjeros que llegaban como enderezadores para que la gente no se sublevara resultaban ser, por su insolencia y su codicia, el combustible de su rebelión.

Pues también Atronges —un hombre que ni por el prestigio de sus antepasados destacaba, ni por eminencia de virtud, ni por abundancia de riquezas, sino un pastor desconocido para todos en todo, aunque por lo demás sobresaliente por su gran talla y por la fuerza de sus manos— se atrevió a aspirar al reino, con tal de gozar, una vez logrado, del placer de ultrajar, y sin tener en gran cosa, al morir, lo que en ello habría de gastar de su propia vida.

Tenía también cuatro hermanos, altos ellos también y con fama de sobresalir grandemente por la fuerza de sus manos, que parecían ser su baza para la conquista del reino; y cada uno mandaba una compañía, pues se le reunió una gran muchedumbre.

Y estos eran sus generales y combatían a sus órdenes, saliendo por su cuenta a cuantas batallas hacía falta; y él, ceñida la diadema, celebraba consejo sobre lo que debía hacerse, y todo lo tenía sometido a su propio criterio.

Y por mucho tiempo se mantuvo el poder de este hombre, llamado rey y sin que se le impidiera hacer lo que quisiera. Tanto él como sus hermanos se entregaron en gran medida a la matanza, obrando por igual con odio hacia los romanos y hacia las tropas reales: hacia estas, por la insolencia con que se habían valido bajo el gobierno de Herodes; hacia los romanos, por los agravios que parecían cometer en el presente.

Con el paso del tiempo se volvieron cada vez más feroces por igual, y no había escape para nadie que cayera en sus manos, ya por esperanza de lucro, ya por la costumbre de matar. Un día atacan incluso a una compañía de romanos junto a Emaús, que llevaba trigo y armas para el ejército. Y, rodeándolos, mataron a lanzazos a Ario, el centurión que mandaba el conjunto, y a cuarenta de los infantes más aguerridos de su tropa.

Los demás, atemorizados por la suerte de aquellos, se salvaron gracias al amparo de Grato con las tropas reales que lo acompañaban, y escaparon dejando atrás a los muertos. Y, sirviéndose durante mucho tiempo de tales modos de combatir, causaron no pocos daños a los romanos y afligieron gravemente al pueblo.

Fueron sometidos tiempo después: uno de ellos, enfrentándose a Grato; otro, a Tolomeo. Y, apresado el mayor por Arquelao, el último —afligido por la suerte de aquel y viendo cada vez más imposible su salvación, despojado de sus fuerzas por el aislamiento y la mucha fatiga— se entregó a Arquelao bajo garantías y con la fe jurada por Dios. Pero esto sucedió más tarde.

Judea estaba llena de bandas de salteadores, y quien topaba con algunos que quisieran amotinarse con él se erigía en rey y se lanzaba a la ruina de la comunidad, causando pocos daños y a pocos romanos, pero provocando entre los de su propio pueblo la mayor mortandad.

Varo, en cuanto se enteró de lo sucedido por lo que le escribió Sabino, temiendo por la legión, tomó las otras dos —pues en Siria había tres en total— y cuatro escuadrones de caballería, junto con cuantas tropas auxiliares le proporcionaban entonces los reyes y tetrarcas, y marchó a socorrer a los que en Judea estaban asediados.

Se había ordenado a todos los que iban por delante que se dirigieran con prontitud a Ptolemaida. También los de Berito, al atravesar él su ciudad, le dieron mil quinientos auxiliares; y Aretas de Petra, por su odio a Herodes, ganándose la amistad de los romanos, envió no pequeña tropa de infantes y jinetes.

Reunidas ya todas las fuerzas en Ptolemaida, entregó una parte de ellas a su hijo y a uno de sus amigos, y los envió a combatir a los galileos que habitan lindando con Ptolemaida.

Este, tras invadir el territorio, puso en fuga a cuantos le hicieron frente en batalla y, tomada Séforis, redujo a esclavitud a sus habitantes e incendió la ciudad. El propio Varo, avanzando con todo el ejército hacia Shomrón, se abstuvo de la ciudad por no ser culpable de las revueltas, y acampó en cierta aldea, propiedad de Tolomeo, llamada Arús.

Y los árabes, por odio a Herodes, la incendiaron, hostiles incluso hacia los amigos de aquel. De allí, avanzando, los árabes saquearon otra aldea, Samfó, y la quemaron, aunque estaba muy fortificada; y nada escapaba a su paso, sino que todo estaba lleno de fuego y de matanza. Es incendiada también Emaús, por orden de Varo, en venganza de los muertos, después de haber sido abandonada por sus habitantes.

Desde allí ya se acercaba a Yerushaláyim; y los judíos que acampaban allí, asediando a la legión, al no soportar la vista de la llegada de los ejércitos, se marcharon dejando el asedio a medio hacer.

Los judíos de Yerushaláyim, ante los duros reproches que Varo les dirigía, se defendían de las acusaciones: que la reunión de la muchedumbre se había debido a la fiesta, y que la guerra no había sido en absoluto por voluntad suya, sino por la audacia de los forasteros; que se habían visto reunidos con ellos y asediados junto a los romanos, más que con afán de asediar.

Habían salido al encuentro de Varo Yosef, primo del rey Herodes, y Grato y Rufo, al frente de sus soldados, y los romanos que estaban asediados. Pero Sabino no se presentó ante Varo, sino que salió a escondidas de la ciudad hacia el mar.

Varo, enviando parte del ejército por el territorio, buscaba a los responsables de la sublevación. Y, cuando le eran señalados, a unos los castigó como a los más culpables, y a otros los dejó ir; los crucificados por esta causa fueron dos mil.

Después de esto, despide a su ejército, viéndolo inútil para cualquier empresa; pues habían cometido muchos desmanes, habían desobedecido las órdenes y lo que Varo exigía, por su afán de lucro, con las ganancias que sacaban de sus fechorías.

Él mismo, al enterarse de que se habían reunido diez mil judíos, se apresuró a apresarlos. Pero estos ni siquiera llegaron a las manos, sino que se entregaron por consejo de Aquiab. Y Varo, perdonando a la muchedumbre las causas de la sublevación, envió a César a cuantos eran sus cabecillas.

César dejó libres a muchos de ellos, y solo castigó a cuantos, siendo parientes de Herodes, habían combatido con ellos, por haber hecho la guerra contra los suyos sin ningún cuidado de la justicia.

Varo, tras arreglar estas cosas y dejar como guarnición de Yerushaláyim la misma legión de antes, marchó a Antioquía. A Arquelao, en Roma, le surgieron los comienzos de otros asuntos por las siguientes causas.

Llegó a Roma una embajada de los judíos, a la que Varo había autorizado a partir en nombre del pueblo para pedir la autonomía. Y los embajadores enviados por decisión del pueblo eran cincuenta, y se les sumaban más de ocho mil de los judíos de Roma.

Reuniendo César un consejo de sus amigos y de los principales romanos en el templo de Apolo, erigido por él a gran costa, se presentan los embajadores con la muchedumbre de los judíos de allí, y Arquelao con sus amigos.

Cuantos parientes del rey había se abstenían de alinearse con Arquelao por el odio que le tenían, pero tenían por vergonzoso votar con los embajadores contra él, pensando que sería una deshonra para ellos mostrarse dispuestos, ante César, a obrar así contra un hombre de su propia familia.

Estaba ya presente también Filipo, venido de Siria por instigación de Varo, en primer lugar para abogar por su hermano —pues Varo le tenía mucho afecto—; pero, dándose un cambio en el reino, y sospechando también Varo que se haría un reparto de él por ser muchos los que ansiaban la autonomía, para no quedarse él mismo atrás en llevarse alguna parte.

Concedida, pues, la palabra a los embajadores de los judíos, que esperaban hablar para la disolución del reino, se dedican a acusar los desmanes de Herodes: que había sido rey solo de nombre, pero que, asumiendo lo más atroz de cada tiranía, lo había reunido todo en uno para ruina de los judíos, y se había valido de ello ampliamente, sin dejar de innovar en el mal por su propia naturaleza.

Que muchos eran, en efecto, los que habían perecido de muertes nunca antes vistas, y que los vivos eran mucho más desdichados que aquellos que las padecieron, no solo por lo que en ellos veían y padecían en su ánimo, sino también por sus haciendas.

Que había adornado las ciudades vecinas, habitadas por extranjeros, para ruina, destrucción y desaparición de las habitadas dentro de su propio reino.

Que había hundido al pueblo en una pobreza sin remedio, habiéndolo recibido próspero con pocas cargas; que, cuando mataba a los nobles por causas sin razón, se llevaba sus haciendas, y a aquellos a quienes concedía el disgusto de seguir viviendo los condenaba al despojo de sus bienes.

Y que, aparte de los tributos que se imponían a cada uno cada año, había que hacer, aparte, cuantiosas dádivas a él, a los suyos y a sus amigos, y a los esclavos que salían a exigir los tributos, porque no era posible verse libre del ultraje ni aun entregando dinero.

En cuanto a las violaciones de doncellas y las deshonras de mujeres, cuantas se cometían por embriaguez y a la manera de las bestias, callaban, porque para las víctimas era igual de placentero que no se supieran a que no hubieran ocurrido; tan grande era el ultraje que Herodes les infligía, cuanto ni una fiera, teniendo poder sobre los hombres, habría cometido.

Que, aunque muchas expulsiones y traslados se habían abatido sobre el pueblo, jamás se recordaba haberle sobrevenido tamaña desgracia como esta, ejemplo del maltrato que Herodes le infligía al pueblo.

Y que con razón habían saludado de buen grado a Arquelao como rey, en la creencia de que cualquiera que fuese a reinar se mostraría más moderado que Herodes; y que habían acompañado su duelo por el padre, halagándolo, por si podían alcanzar un trato moderado, y congraciándose en lo demás.

Pero que este, temiendo no ser tenido por hijo legítimo de Herodes, sin dilación alguna, sino de golpe, había mostrado al pueblo su verdadera intención, y eso sin tener aún consolidado el mando, por depender de César su concesión y no estar la potestad en sus manos.

Y que había dado a sus futuros súbditos una muestra de la clase de virtud, moderación y buen gobierno con que los trataría en adelante, con aquel primer acto suyo, demostrado ante los ciudadanos y ante Dios: la matanza de tres mil hombres de su propio pueblo en el recinto sagrado. ¿Cómo no iba ya, con justicia, a valerse del odio contra ellos, añadiendo a su restante crueldad la acusación de haber resistido y contradicho su poder?

Y el punto capital de su petición era quedar libres del reino y de tales gobiernos, y, agregados a Siria, someterse a los gobernadores que allí se enviaran; pues así se pondría de manifiesto si de verdad eran sediciosos y dados a las revueltas, o no, una vez que tuvieran al frente gobernantes más moderados.

Dicho esto por los judíos, Nicolao absolvía a los reyes de las acusaciones; a Herodes, porque durante su vida no había sido acusado —pues no era justo que quienes, pudiendo denunciarlo ante el vivo por agravios moderados y obtener castigo, urdieran ahora una acusación contra el muerto—.

Los actos de Arquelao los atribuía Nicolao a la insolencia de aquellos: gentes que, aspirando a hacerse con el poder contra las leyes y siendo las primeras en dar muerte a quienes procuraban impedir sus desmanes, ahora presentaban querella cuando lo que hubo fue defensa. Los acusaba de afán de revuelta y de gozarse en la sedición, por no saber someterse a la justicia ni a las leyes, empeñados como estaban en vencer en todo. Esto fue lo que dijo Nicolao.

César, oído el caso, disuelve el consejo. Pocos días después no proclama a Arquelao rey, sino que lo nombra etnarca de la mitad del territorio que había estado sujeto a Herodes, prometiéndole honrarlo con la dignidad real si mostraba mérito para ella.

La otra mitad, dividida en dos, la entregó a otros dos hijos de Herodes, a Filipo y a Antipas —el que había disputado a su hermano Arquelao el gobierno entero—. A Antipas quedaban sujetas Perea y Galilea, y el tributo era de doscientos talentos al año.

Batanea, con el Tracón y la Auranítide, junto con cierta parte de la casa del llamado Zenodoro, rendía a Filipo cien talentos. A Arquelao contribuían Idumea, Judea y el territorio samaritano. A estos se les había perdonado la cuarta parte de los tributos, pues César decretó aliviarlos por no haberse rebelado con el resto de la multitud.

Y había ciudades sujetas a Arquelao: la Torre de Estratón y Sebaste, con Yafo y Yerushaláyim; en cambio Gaza, Gádara e Hipos, por ser ciudades griegas, las separó de su jurisdicción y las agregó a Siria. La renta que le entraba a Arquelao al año, del gobierno que recibió, ascendía a seiscientos talentos.

Esto fue lo que tocó a los hijos de Herodes de la herencia paterna. A Salomé, además de lo que su hermano le asignaba en el testamento —a saber, Yavne, Ashdod y Fasaelis, más quinientos mil de plata acuñada—, le concede César también la residencia real de Ascalón. De todo ello había además una renta de sesenta talentos al año; y su casa quedaba dentro del dominio de Arquelao.

Reciben también los demás parientes del rey cuanto declaraban los testamentos. A sus dos hijas doncellas, aparte de lo que el padre les dejó, César añadió a cada una un donativo de doscientos cincuenta mil de plata acuñada, y las casó con los hijos de Feroras.

Otorga asimismo a los hijos del rey cuanto se le había legado a él mismo —mil quinientos talentos—, reservándose unas pocas piezas del ajuar, no tanto por su valor cuanto por el recuerdo del rey, que se las había regalado con afecto.

Dispuestas así estas cosas por César, un joven de linaje judío, criado en la ciudad de los sidonios en casa de un liberto romano, se introdujo en el parentesco de Herodes por su parecido de rostro, que a ojos de quienes lo veían lo asemejaba a Alejandro, el hijo de Herodes que había sido ejecutado.

Y esto le sirvió de acicate para pretender el gobierno. Tomando por cómplice a un hombre de su misma nación, conocedor de los asuntos de palacio, malvado por lo demás y de natural apto para revolver grandes empresas, que se le hizo maestro en semejante maldad, se hacía pasar por Alejandro, hijo de Herodes, sustraído a escondidas por los mismos que habían sido enviados a matarlo; pues estos, decía, dando muerte a otros que habían de engañar a los observadores, lo salvaron a él y a su hermano Aristóbulo.

Con esto él mismo andaba envanecido, y no cesaba de engañar a cuantos se le acercaban. Arribando a Creta, ganó para su causa a cuantos judíos trató, y bien provisto de dinero por el de aquellos, cruzó a Melos. Mucho mayores fueron aún los caudales que allí le llegaron, por la fe en el parentesco real y la esperanza de que recobrara el gobierno de sus padres y recompensara a sus bienhechores.

Se dirigía presuroso a Roma, escoltado por sus huéspedes particulares. Al tocar en Dicearquía, tampoco dejó de atraerse con igual engaño a los judíos de allí, que acudían a él como a un rey, tanto los demás como cuantos habían tenido hospitalidad y afecto con Herodes.

La causa estaba en que la gente acogía con gusto sus palabras, unido esto a lo fiable de su figura; pues aun a quienes mucho habían tratado a Alejandro les infundía gran confianza de que no era otro, sino él mismo, y así lo juraban ante los cercanos.

De suerte que, cuando corrió por Roma la voz sobre él, toda la nación judía de allí salía a su encuentro, teniendo por cosa divina su salvación contra toda esperanza y haciéndola motivo de júbilo por su ascendencia materna, cada vez que avanzaba por la calle llevado en litera.

Todo aparato regio lo rodeaba, a expensas de sus huéspedes particulares; se formaban grandes gentíos y aclamaciones de buen agüero de la multitud —cuanto es de esperar que reciban quienes así se han salvado contra toda esperanza—: no había nada que no se hiciera.

Cuando llegó a César la noticia sobre él, no la creyó, pues Herodes no se habría dejado engañar fácilmente en asuntos de tanta monta para él; mas, dando algún margen a la sospecha, envía a Celado, uno de sus libertos que había tratado a los muchachos, con orden de traerle a Alejandro a su presencia. Y este lo llevó, sin acertar en el juicio mejor que la multitud.

César, sin embargo, no se dejó engañar. Había, sí, parecido, pero no tal que engañara a quien es capaz de razonar con serenidad; pues el falso Alejandro estaba curtido por el trabajo manual, y, al contrario de la blandura de cuerpo que aquel tenía por su vida regalada y noble, este, por lo opuesto, había salido de cuerpo más endurecido.

Viendo, pues, una conjura de embuste entre maestro y discípulo, y un concierto de palabras temerarias, indagó acerca de Aristóbulo: qué había sido de él, sustraído en secreto junto con este, y por qué razón no había venido a reclamar la dignidad que corresponde alcanzar a los nacidos de tal linaje.

Respondió aquel que lo habían dejado en la isla de los chipriotas por recelo de los peligros del mar: para que, si algo terrible le sobreviniera a él, no se borrara del todo el linaje de Mariamna, sino que, sobreviviendo Aristóbulo, quedara frente a los que habían maquinado su ruina.

Como insistiera en esto y estuviera de acuerdo con él el fraguador del enredo, César, tomando aparte al muchacho a solas, le dijo: «Habrá para ti una recompensa, si no usas también contra mí de engaño: que no perezcas y salves la vida. Dime, pues, quién eres en realidad y quién te movió a atreverte a concebir tales cosas; pues has emprendido una trama de maldad mayor que los años que tienes.» Y él —que no había otro modo de obrar— declara a César la trama, de qué manera y por quién había sido urdida. Y César, viendo que el falso Alejandro —pues no faltó al pacto con él— era vigoroso para trabajar con su cuerpo, lo alista entre los marineros para remar, y da muerte al que lo había persuadido.

En cuanto a los melios, bastó de castigo el haber gastado en vano cuanto habían prodigado en el falso Alejandro. Y así, tan sin gloria acabó todo aquel embuste temerariamente tramado en torno al falso Alejandro.

Arquelao, recibida la etnarquía, cuando llega a Judea, quita el sumo sacerdocio a Yoazar hijo de Boeto, acusándolo de haberse aliado con los sediciosos, y pone en su lugar a Elazar, hermano de aquel.

Reconstruye con magnificencia el palacio real de Yerijó, y desvió la mitad de las aguas que benefician a la aldea de Neará, haciéndolas correr como conducto propio hacia la llanura que él había plantado de palmeras; y, fundando una aldea, le pone por nombre Arquelaida.

Y, cometiendo una transgresión de la ley patria, se casa con Glafira, hija de Arquelao y esposa que había sido de su hermano Alejandro, de quien tenía hijos —siendo cosa vedada a los judíos tomar por mujer a la de un hermano—. Tampoco Elazar permanece en el sacerdocio, pues, en vida suya, fue puesto en su lugar Yehoshúa hijo de Seé.

En el décimo año del gobierno de Arquelao, los hombres principales de entre los judíos y los samaritanos, no soportando su crueldad y tiranía, lo acusan ante César, sobre todo cuando supieron que había quebrantado las órdenes de este de conducirse con moderación hacia ellos.

César, pues, al oírlo, llevándolo con ira, mandó llamar al administrador de los asuntos de Arquelao en Roma —Arquelao era también el nombre de este—; y, teniendo por cosa indigna de sí escribir a Arquelao, le dice: «Tú, embárcate al punto, sin demora alguna, y tráemelo de vuelta.»

Y él, haciendo una rápida travesía y llegando a Judea, sorprende a Arquelao en un banquete con sus amigos, le comunica la resolución de César y lo apremia a partir. Y César, cuando aquel llegó, escucha a ciertos acusadores y también a él mismo, y lo destierra, dándole por morada Viena, ciudad de la Galia, y le confiscó sus bienes.

Antes de ser llamado a subir a Roma, Arquelao había referido a sus amigos un sueño que tuvo: le parecía ver diez espigas de trigo, colmadas y llegadas a su plena sazón, devoradas por unos bueyes. Y al despertar, teniendo la visión por presagio de gran importancia, manda llamar a los adivinos cuyo oficio versaba sobre los sueños.

Como se dispersaran unos en un sentido y otros en otro —pues no coincidían todos en una misma explicación—, Simón, hombre de la secta de los esenios, tras pedir garantías, dijo que la visión traía a Arquelao un cambio de suerte, y no para bien: pues los bueyes significan penalidades, porque el animal se afana en trabajos; y cambios de suerte, porque la tierra, labrada con esfuerzo de ellos, no puede permanecer en el mismo estado; y las espigas, siendo diez, señalan otros tantos años, pues en el giro de cada uno viene una cosecha, y el tiempo del gobierno de Arquelao había tocado a su fin.

Así explicó él el sueño. Y al quinto día después de que su visión se le presentara por primera vez, el Arquelao enviado a llamarlo llegó a Judea.

Algo semejante le acontece también a Glafira, su mujer, hija del rey Arquelao. Con ella, como antes dije, había convivido Alejandro, hijo de Herodes y hermano de Arquelao, tomándola doncella. Cuando ocurrió que Alejandro fue ejecutado por su padre, se casó con Juba, rey de los libios; y muerto el libio, quedando viuda en Capadocia junto a su padre, la toma Arquelao, echando de sí a Mariamna, que convivía con él: tan grande fue el amor de Arquelao por Glafira.

Y conviviendo con Arquelao, tiene tal sueño: le pareció que Alejandro se le presentaba, y ella, al verlo, se alegraba y lo abrazaba con ansia; pero él le hacía reproche y le decía:

«Glafira, das la razón, a fin de cuentas, al dicho de que no hay que fiarse de las mujeres. Pues habiéndome jurado fidelidad y convivido conmigo desde doncella, y habiéndonos nacido hijos, entregas al olvido mi amor por el deseo de un segundo matrimonio. Y ni aun así te has hartado de insolencia, sino que osaste tomar contigo un tercer esposo, entrando de manera impropia y desvergonzada en mi casa, y concertando boda con Arquelao, marido tuyo, pero hermano mío.

Mas yo no echaré al olvido tu cariño, y te libraré de todo cuanto te reprocha, haciéndote mía como antes lo eras.» Habiendo referido esto a sus mujeres allegadas, pocos días después dejó la vida.

Yo, teniendo por no ajenas a esta obra tales cosas —pues ella trata de los reyes, y además sirven de ejemplo tanto de la inmortalidad de las almas como de que lo divino, con su providencia, tiene abarcados los asuntos humanos—, juzgué bien referirlas. Y quien no dé crédito a semejantes cosas, aprovechándose de su propio parecer, en nada estorbaría a quien las sume en pro de la virtud.

Y quedando anexionado el territorio de Arquelao como tributario al de los sirios, es enviado por César Quirinio, varón de rango consular, para hacer el censo de los bienes de Siria y liquidar la hacienda de Arquelao.

Capítulo VIII

Libro decimoctavo

Cirenio, hombre del orden senatorial, que había desempeñado las demás magistraturas y pasado por todas hasta llegar a cónsul, grande también por lo demás en dignidad, llegó a Siria con unos pocos, enviado por César como administrador de justicia de la nación y para hacer el censo de las propiedades. Con él fue enviado también Coponio, del orden ecuestre, que había de gobernar a los judíos con plena autoridad. Y llegó también Cirenio a Judea —que se había agregado a Siria— para tasar los bienes de sus habitantes y liquidar la fortuna de Arquelao.

Ellos, aunque al principio llevaban a mal el oír hablar de censos, cedieron y no siguieron oponiéndose, persuadidos por el sumo sacerdote Yoazar, hijo de Boeto. Vencidos por las palabras de Yoazar, declararon sus bienes sin la menor vacilación. Pero Yehudá el gaulanita, natural de una ciudad llamada Gámala, tomando consigo a Tsadok, un fariseo, se lanzó a la rebelión. Decían que el censo no traía otra cosa que la esclavitud abierta, y exhortaban a la nación a reivindicar su libertad —pues, si les salía bien, dispondrían de una vida feliz al quedar a salvo sus posesiones; y si fracasaban, se ganarían honor y gloria por su grandeza de ánimo—. Añadían que la divinidad no colaboraría de otro modo para el éxito de estos designios sino cuando ellos, hechos en su interior amantes de grandes empresas, no desistieran del esfuerzo que les correspondía.

Los hombres acogían con placer lo que decían, y así la empresa de esta audacia avanzó mucho. No hay mal que no brotara de estos hombres y que no infestara a la nación más allá de lo que puede decirse: guerras encadenadas cuya violencia no daba tregua, la pérdida de amigos que habrían aliviado el sufrimiento, grandes bandas de salteadores en sus asaltos y la muerte de los hombres principales —con el pretexto del bien común, pero en realidad por esperanza de ganancias propias—. De aquí brotaron sediciones y matanzas de ciudadanos: unas por degüellos entre parientes, con hombres enloquecidos que se ensañaban unos contra otros y contra sí mismos por el afán de no quedar por debajo de sus adversarios; otras a manos de los enemigos. El hambre llevada a la última desvergüenza, la toma y destrucción de ciudades —hasta que esta sedición entregó al fuego de los enemigos el propio Templo de Dios—.

Así, la innovación y el cambio de las costumbres patrias arrastran grandes inclinaciones a la ruina de quienes se juntan en ello. Pues Yehudá y Tsadok, al suscitar entre nosotros una cuarta filosofía intrusa y hallar abundancia de partidarios de ella, llenaron de tumultos el estado en el presente y plantaron las raíces de los males que después nos sobrevinieron, por lo insólito que antes era una filosofía como esa. Sobre ella quiero exponer unas pocas cosas, sobre todo porque el celo que los más jóvenes pusieron en ella acarreó la ruina de nuestros asuntos.

Los judíos tenían, desde muy antiguo, tres filosofías de sus tradiciones patrias: la de los esenios, la de los saduceos, y una tercera que profesaban los llamados fariseos. Ya he hablado de ellas en el libro segundo de la Guerra de los judíos, pero las recordaré también ahora brevemente.

Los fariseos simplifican su modo de vida y no ceden en nada a la molicie; siguen la guía de aquello que la razón, tras juzgarlo, transmitió como bueno, y tienen por cosa digna de defenderse a toda costa la observancia de cuanto ella quiso prescribir. Ceden el honor a los mayores en edad y no se atreven, envalentonados por la audacia, a contradecir lo que aquellos han establecido. Aunque sostienen que todo se cumple según el destino, no privan a la voluntad humana de su propio impulso, pues plugo a Dios que hubiera un concierto: que el designio del destino y la voluntad del hombre —con su virtud o su vicio— concurran, cada uno según quiera. Creen que las almas tienen fuerza inmortal, y que bajo la tierra hay premios y castigos para quienes en la vida practicaron la virtud o el vicio: a estas se les impone prisión eterna, a aquellas la facilidad de volver a vivir. Y por ello resultan de lo más persuasivos ante el pueblo, y cuanto toca al culto divino —plegarias y celebración de sacrificios— se hace según su interpretación. Hasta tal punto dieron testimonio de su virtud las ciudades, por su empeño en lo mejor, tanto en el modo de vida como en la doctrina.

Los saduceos, en cambio, sostienen que las almas perecen junto con los cuerpos, y no cuidan de observar nada fuera de las leyes; antes bien, cuentan como una virtud discutir con los maestros de la sabiduría que ellos siguen. Esta doctrina llegó a pocos hombres, pero a los primeros en dignidad. En la práctica no hacen casi nada por sí mismos, pues cuando llegan a las magistraturas, aun a su pesar y por necesidad, se someten a lo que dice el fariseo, porque de otro modo el pueblo no los toleraría.

Los esenios acostumbran dejarlo todo en manos de Dios. Tienen las almas por inmortales y consideran que hay que luchar a toda costa por alcanzar la justicia. Envían ofrendas al Templo, pero celebran los sacrificios con una pureza distinta, según la que ellos observan, y por eso, excluidos del recinto común, ofrecen los sacrificios por su cuenta. Son, por lo demás, hombres excelentes en su carácter, y vuelcan todo su trabajo en la agricultura. Merecen admiración, por encima de todos los que se dedican a la virtud, en esto que nunca se dio entre griegos ni bárbaros, ni siquiera por poco tiempo, y que entre ellos, venido de antiguo, no ha dejado de practicarse: los bienes son comunes, y el rico no disfruta de lo suyo más que el que nada posee. Y así obran hombres que pasan de cuatro mil en número. No toman esposas ni procuran adquirir esclavos, pues consideran que lo uno lleva a la injusticia y lo otro da ocasión a discordias; y viviendo por sí mismos, se sirven unos a otros. Eligen por votación recaudadores de las rentas y de cuanto da la tierra, hombres buenos, y sacerdotes para la preparación del trigo y de los alimentos. Viven sin nada extravagante, y en la mayoría de sus usos se asemejan mucho a los llamados dacios.

De la cuarta de las filosofías fue jefe Yehudá el galileo. En todo lo demás concuerdan con la opinión de los fariseos, pero tienen un amor invencible a la libertad, convencidos de que solo Dios es su jefe y señor. Y las formas más variadas de muerte las tienen en poco, igual que el castigo de parientes y amigos, con tal de no llamar señor a ningún hombre. Como muchos han visto lo inquebrantable de su firmeza en tales cosas, dejo de extenderme más. Pues no temo que nada de lo que se dice de ellos sea tenido por increíble; al contrario, temo que el relato quede por debajo del desprecio con que ellos acogían el padecer del dolor. De esta demencia empezó a enfermar la nación en tiempo de Gesio Floro, que era gobernador; con la insolencia de su poder los empujó a la desesperación de rebelarse contra los romanos. Y esto es cuanto había de filosofías entre los judíos.

Cirenio, una vez liquidada la fortuna de Arquelao y concluidos los censos —que tuvieron lugar en el año trigésimo séptimo después de la derrota de Antonio en Accio por César—, despojó de su dignidad al sumo sacerdote Yoazar, que había caído en desgracia ante la multitud, y estableció como sumo sacerdote a Anano, hijo de Shet.

Herodes y Filipo, habiendo recibido cada uno su tetrarquía, se establecieron en ellas. Herodes fortificó Séforis —ornato de toda Galilea— y la llamó Autocrátoris; y a Betaramfta, que también es una ciudad, la rodeó de muralla y la llamó Julíade, por el nombre de la esposa del emperador. Filipo, por su parte, transformó Paneas —la que está junto a las fuentes del Yardén— y la llamó Cesarea; y a la aldea de Betsaida, junto al lago de Genesaret, le dio rango de ciudad por el número de habitantes y por su otra importancia, y la llamó Julias, con el mismo nombre que Julia, la hija de César.

Mientras Coponio gobernaba Judea —el que dije que había sido enviado con Cirenio—, ocurrió lo siguiente. Al celebrarse la fiesta de los ácimos, que llamamos Pésaj, era costumbre que los sacerdotes, desde media noche, abrieran las puertas del Templo. Aquella vez, pues, en cuanto se hizo la primera apertura, unos samaritanos que habían entrado a escondidas en Yerushaláyim se pusieron a esparcir huesos humanos por los pórticos y por todo el Templo. Por eso, no habiéndose antes montado tal guardia en tales casos, en adelante custodiaron el Templo con mayor vigilancia.

Poco después Coponio regresó a Roma, y le sucedió en el cargo Marco Ambíbulo. Bajo su gobierno, Salomé, la hermana del rey Herodes, al morir dejó a Julia Yavne y toda la toparquía, así como Fasaelis y Arquelaide en la llanura, donde hay muchísimas plantaciones de palmeras y su fruto es excelentísimo. A este le sucede Anio Rufo, bajo cuyo mandato murió César, el segundo emperador de los romanos, que ejerció el poder cincuenta y siete años, más seis meses y dos días; de este tiempo Antonio compartió con él catorce años. Vivió setenta y siete años.

A César le sucede en el gobierno Tiberio Nerón, hijo de su esposa Julia, ya tercer emperador. Envió como quinto prefecto a los judíos, sucesor de Anio Rufo, a Valerio Grato. Este destituyó del sacerdocio a Anano y nombró sumo sacerdote a Ismael, el hijo de Fabí; y a este, poco después, lo removió y designó sumo sacerdote a Elazar, hijo del sumo sacerdote Anano. Pasado un año, también a este lo destituyó y entregó el sumo sacerdocio a Shimón, el de Camito. Tampoco este tuvo el cargo más de un año, y le sucedió Yosef, el llamado Caifás. Grato, hecho esto, regresó a Roma tras pasar once años en Judea, y llegó como sucesor suyo Poncio Pilato.

Herodes el tetrarca —pues había llegado a gran amistad con Tiberio— se edifica una ciudad con el nombre de este, Tiberíades, fundándola en la mejor parte de Galilea, junto al lago de Genesaret. No lejos, en una aldea llamada Amatús, hay aguas termales. La poblaron gentes de aluvión, y no era pequeña la parte galilea; y de los que, de la tierra bajo su dominio, eran llevados forzados y a la fuerza a habitarla, algunos eran incluso de los principales. Admitió también como convecinos a hombres pobres reunidos de todas partes, y aun a algunos que no eran claramente libres; y a muchos de ellos, en muchas ocasiones, los liberó y los benefició, imponiéndoles la obligación de no abandonar la ciudad, con la construcción de viviendas a su costa y con donación de tierras. Sabía que la fundación era ilícita y contraria a la tradición patria de los judíos, porque Tiberíades se había asentado sobre sepulcros —que allí había muchos, y fueron removidos—; y nuestra ley declara impuros por siete días a tales habitantes.

Por aquel tiempo murió también Fraates, rey de los partos, víctima de una conjura de su hijo Fraataces, por la causa siguiente. Fraates, que tenía hijos legítimos, tenía también una esclava italiana llamada Tesmusa. Esta le había sido enviada por Julio César junto con otros regalos; al principio la tuvo por concubina, pero, prendado con el tiempo de su gran belleza y habiéndole nacido de ella un hijo, Fraataces, la declaró su esposa legítima y la tenía en gran estima. Como se había hecho persuasiva ante el rey en todo cuanto decía, y ansiaba que el poder de los partos recayera en su hijo, veía que no lo lograría de otro modo si no maquinaba deshacerse de los hijos legítimos de Fraates.

Lo persuade, pues, de enviar a Roma como rehenes a los hijos legítimos. Y estos —pues no era fácil contradecir a Fraates en los mandatos de Tesmusa— fueron enviados a Roma. Fraataces, criado como único heredero del reino, tenía por cosa grave y demasiado lenta recibir el poder solo cuando su padre se lo diera; por eso conspiró contra su padre con la ayuda de su madre, con la que, según se decía, también mantenía relaciones. Odiado por ambas cosas —pues los súbditos no tenían por menor la abominación del amor a su madre que el parricidio—, envuelto en una sedición antes de hacerse grande, fue expulsado del poder y así murió.

Los más nobles de los partos, comprendiendo que era imposible gobernarse sin rey, y que el rey debía ser del linaje de los Arsácidas —pues no era lícito que otros reinasen—, y considerando que ya bastantes veces, y hasta ahora, había sido ultrajado el reino con los matrimonios de la concubina italiana y su descendencia, llamaron a Orodes enviando una embajada. Este, aunque odioso a la multitud y culpable por su desmesurada crueldad —pues era muy torvo y difícil de aplacar en su cólera—, era uno del linaje. A este, pues, se conjuraron y lo mataron: según unos, entre libaciones y banquetes —pues es costumbre de todos llevar puñal—, y según la versión más difundida, tras sacarlo a una cacería.

Enviando una embajada a Roma, pidieron por rey a uno de los que estaban de rehenes, y fue enviado Vonones, preferido a sus hermanos. Parecía que la fortuna lo favorecía, ya que dos de los mayores imperios bajo el sol se lo ofrecían: el propio y el ajeno. Pero pronto sobreviene a los bárbaros un cambio, pues son por naturaleza inconstantes y proclives a considerarse indignamente tratados: juzgaban indigno obedecer las órdenes de un esclavo ajeno —así llamaban al rehén, esclavitud—, y les disgustaba el desdoro del apelativo, pues no por derecho de guerra se les había dado el que iba a reinar sobre los partos, sino, lo que era en todo peor, por el ultraje de la paz.

Al punto llamaron a Artábano, que reinaba en Media, de linaje arsácida. Artábano acepta y avanza con un ejército. Vonones le sale al encuentro; y al principio, estando la multitud de los partos de su parte, lo derrota en batalla, y Artábano huye a los confines de Media. Pero poco después, reuniendo fuerzas, se enfrenta a Vonones y lo vence; y Vonones huye a caballo a Seleucia con los pocos que lo rodeaban. Artábano, tras hacer gran matanza en la derrota, para espanto de los bárbaros, se retira con la multitud a Ctesifonte. Y aquel ya reinaba sobre los partos, mientras Vonones se refugió en Armenia; al principio aspiró a aquel país y envió embajadas a los romanos. Pero como Tiberio se lo negó —por su cobardía y por las amenazas del parto, que enviaba de nuevo embajadas amenazando con la guerra—, y no había medio de conseguir otro reino, pues también los poderosos de los armenios en torno al Nífates se pasaban a Artábano, se entregó a Silano, gobernador de Siria. Y aquel, por respeto a su crianza en Roma, lo tuvo bajo custodia en Siria; y Artábano dio Armenia a Orodes, uno de sus propios hijos.

Murió también Antíoco, rey de Comagene, y la multitud se enfrentó a los notables, y envían embajadas de una y otra parte: los poderosos pidiendo cambiar la forma de gobierno a provincia, y la multitud queriendo ser regida por reyes según las costumbres patrias. El senado decreta enviar a Germánico a poner orden en Oriente, disponiendo la fortuna para él la ocasión de su muerte; pues, llegado a Oriente y habiéndolo puesto todo en orden, fue eliminado con veneno por Pisón, como se ha mostrado en otro lugar.

Pilato, el gobernador de Judea, llevó desde Cesarea un ejército y lo trasladó a cuarteles de invierno en Yerushaláyim, con la intención de abolir las costumbres judías: introdujo en la ciudad los bustos de César que iban en los estandartes, siendo así que nuestra ley nos prohíbe la fabricación de imágenes. Por eso los gobernadores anteriores hacían su entrada en la ciudad con estandartes sin tales adornos. Pilato fue el primero que, sin saberlo la gente por haberse hecho de noche la entrada, colocó las imágenes llevándolas a Yerushaláyim.

Cuando lo supieron, acudieron en masa a Cesarea, haciendo súplicas durante muchos días para el traslado de las imágenes. Y como él no accedía, por redundar en ultraje a César, ya que no dejaban de insistir, al sexto día apostó en secreto la tropa en armas y él mismo subió al tribunal. Este estaba dispuesto en el estadio, que ocultaba al ejército emboscado. Y como de nuevo los judíos recurrían a la súplica, a una señal hizo rodearlos por los soldados y amenazó con imponerles al instante la pena de muerte si no cesaban de alborotar y se retiraban a sus casas. Pero ellos, arrojándose de bruces y desnudando sus gargantas, dijeron que con gusto recibirían la muerte antes que atreverse a transgredir la sabiduría de las leyes. Pilato, admirado de su firmeza en guardar las leyes, mandó de inmediato devolver las imágenes de Yerushaláyim a Cesarea.

Después llevó a cabo la traída de aguas a Yerushaláyim, costeada con el tesoro sagrado, tomando el nacimiento de la corriente a unos doscientos estadios. Pero ellos no aprobaron lo que se hacía con el agua, y muchas decenas de miles de personas se reunieron y clamaban contra él para que desistiera de tal empeño; algunos, además, lo injuriaban con insultos, como suele hacer la turba. Él hizo pasar entre ellos a una gran multitud de soldados vestidos con el atuendo de aquellos, que llevaban garrotes bajo las ropas, y los distribuyó de modo que los rodearan; y él mismo ordenó a los demás retirarse. Como se habían lanzado a injuriarlo, dio a los soldados la señal convenida de antemano. Y ellos usaron los golpes mucho más de lo que Pilato había ordenado, castigando por igual a los que alborotaban y a los que no. Ellos no ofrecían resistencia alguna, de modo que, sorprendidos desarmados por hombres que los atacaban a propósito, muchos de ellos murieron allí mismo, y otros se retiraron heridos. Y así cesó la sedición.

Por aquel tiempo existió Jesús, un hombre sabio, si es que hay que llamarlo hombre, pues fue autor de obras admirables, maestro de hombres que reciben con gusto la verdad, y atrajo a muchos judíos y a muchos también de los griegos. Este era el Mesías. Y aunque, por denuncia de los primeros hombres entre nosotros, Pilato lo condenó a la cruz, no dejaron de amarlo los que al principio lo habían amado; pues se les apareció al tercer día vivo de nuevo, habiendo dicho de él estas y otras mil maravillas los divinos profetas. Y hasta ahora no ha desaparecido la estirpe de los cristianos, llamados así por él.

Por los mismos tiempos, otra desgracia alborotaba a los judíos; y en torno al templo de Isis que hay en Roma ocurren sucesos que no están libres de vergüenza. Haré primero mención del atrevimiento de los devotos de Isis, y así pasaré el relato a lo sucedido entre los judíos. Había en Roma una tal Paulina, de dignidad por sus antepasados, que cultivaba el ornato de la virtud y había llegado a gran renombre por su nombre; tenía además poder de riquezas, era de hermoso rostro y, en la edad en que más se ufanan las mujeres, dedicaba su vida al recato. Estaba casada con Saturnino, hombre en todo a la altura de la que la distinguía.

De esta se enamora Decio Mundo, uno de los caballeros de entonces de gran dignidad. Y como ella era demasiado grande para dejarse ganar con regalos, y aun despreciaba los que le enviaba en abundancia, se inflamó más aún, hasta el punto de prometer doscientas mil dracmas áticas por una sola noche. Y ni aun así ablandándose ella, no soportando la desdicha de su amor, juzgó que le convenía imponerse la muerte por falta de alimento, para poner fin al mal que se había apoderado de él. Y él decretó para sí ese fin y no dejaba de llevarlo a cabo.

Había una tal Ide, liberta paterna de Mundo, conocedora de toda clase de maldades, que, llevando muy a mal la decisión del joven de morir —pues no iba a perecer sin que se notara—, lo reanima acudiendo a él, y con sus palabras se hizo persuasiva con la promesa de ciertas esperanzas, como si fueran a lograrse encuentros suyos con Paulina. Y como él acogía la súplica con placer, le dijo que solo necesitaría cincuenta mil para conquistar a la mujer. Ella, tras reanimar así al joven y recibir el dinero pedido, no tomó los mismos caminos que los que antes lo habían intentado, pues veía que la mujer no se dejaba conquistar de ningún modo con dinero; pero sabiéndola muy entregada al culto de Isis, tramó algo así.

Acudiendo a algunos de los sacerdotes con grandes garantías, y sobre todo con una donación de dinero —de momento veinticinco mil, y otro tanto una vez lograda la cosa—, les revela el amor del joven, ordenándoles que se empeñaran por todos los medios en conseguir a la mujer. Ellos, ganados por el golpe del oro, prometieron. El más anciano de ellos, abriéndose paso hasta Paulina, pidió, una vez conseguida la entrada, hablar con ella a solas. Concedido esto, dijo que había sido enviado por Anubis, que, vencido por el amor de ella, le ordenaba ir a él. A ella el discurso le fue grato, se ufanaba ante sus amigas de la estima que le mostraba Anubis, y se lo dice a su marido, que se le había anunciado una cena y un lecho de Anubis. Él consintió, conociendo bien el recato de su mujer.

Va, pues, al recinto, y tras cenar, cuando llegó la hora del sueño, cerradas las puertas por el sacerdote dentro del templo y apagadas las luces, también Mundo —pues se había escondido allí antes— no dejó de tener trato con ella, y ella se le entregó toda la noche, creyendo que era el dios. Y habiéndose él marchado antes de que empezaran a moverse los sacerdotes, que conocían la trama, Paulina fue de mañana a su marido y le relató la aparición de Anubis, y ante sus amigas se jactaba con palabras acerca de ello. Ellos, por una parte no lo creían, viendo la naturaleza del hecho, y por otra quedaban asombrados, sin poder juzgarlo increíble, cuando reparaban en su recato y su dignidad.

Al tercer día después del hecho, Mundo, saliéndole al encuentro, dijo: «Paulina, me has ahorrado doscientas mil dracmas, que habrías podido añadir a tu casa, y no dejaste de prestarte a aquello a lo que te invitaba. En cuanto a los ultrajes que intentaste dirigir a Mundo, no me importaron los nombres, sino el placer del hecho, y le puse por nombre Anubis.» Dicho esto, se marchó. Y ella, cayendo entonces por primera vez en la cuenta del atrevimiento, se rasga el vestido y, revelando a su marido la magnitud de toda la maquinación, le rogaba que no la dejara sin socorro. Él denunció el hecho al emperador. Y Tiberio, tras informarse con exactitud mediante el interrogatorio de los sacerdotes, los crucificó a ellos y a Ide, causante de la ruina y que lo había urdido todo para ultraje de la mujer; derribó el templo y mandó arrojar la estatua de Isis al río Tíber. A Mundo lo castigó con el destierro, considerando que el haber pecado por amor era impedimento para castigarlo más gravemente. Tales fueron los ultrajes cometidos por los sacerdotes en torno al templo de Isis.

Vuelvo ahora al relato de lo que sucedió a los judíos de Roma por aquel tiempo, como ya antes anuncié. Había un hombre judío, fugitivo de su tierra por acusación de transgredir ciertas leyes y por miedo al castigo consiguiente, malvado en todo. Y por entonces, viviendo en Roma, pretendía enseñar la sabiduría de las leyes de Moshé. Habiéndose asociado con otros tres hombres del todo semejantes a él, cuando Fulvia —una mujer de dignidad que se había hecho prosélita de las costumbres judías— los frecuentaba, la persuaden de enviar púrpura y oro al Templo de Yerushaláyim; y una vez recibidos, los emplean en sus propios gastos, que era el fin para el que desde el principio se hacía la petición. Y Tiberio —pues se lo denuncia su amigo Saturnino, marido de Fulvia, a instancias de la mujer— manda que todo el judaísmo salga de Roma. Los cónsules reclutaron a cuatro mil hombres de ellos y los enviaron a la isla de Cerdeña, y castigaron a muchísimos que no querían servir en el ejército por guardar las leyes patrias. Y así, por la maldad de cuatro hombres, fueron expulsados de la ciudad.

Tampoco la nación de los samaritanos quedó libre de alboroto. Los subleva un hombre que tenía en poco la mentira y maquinaba todo para complacer a la multitud, mandándoles reunirse con él en el monte Guerizim —que ellos tienen por el más sagrado de los montes— y asegurando que, cuando llegaran, les mostraría los vasos sagrados enterrados allí, donde Moshé los había depositado. Ellos estaban en armas, teniendo por verosímil el discurso, y, apostados en cierta aldea, llamada Tiratana, recibían a los que iban llegando, para hacer la subida al monte con gran multitud. Pero Pilato se les adelanta ocupando de antemano la subida con un destacamento de jinetes y de hoplitas, que, al chocar con los reunidos en la aldea y trabada la batalla, mataron a unos, pusieron a otros en fuga e hicieron muchos prisioneros; y de estos, Pilato mandó matar a los cabecillas y a los más poderosos entre los que habían huido.

Sofocado el alboroto, el consejo de los samaritanos acude a Vitelio, varón consular que tenía el gobierno de Siria, y acusaban a Pilato por la matanza de los muertos; pues no habían ido a Tiratana para rebelarse contra los romanos, sino para escapar de la violencia de Pilato. Y Vitelio, enviando a Marcelo, uno de sus amigos, para que se hiciera cargo de los judíos, ordenó a Pilato marchar a Roma a informar al emperador sobre las acusaciones de los samaritanos. Y Pilato, tras pasar diez años en Judea, se apresuraba a Roma obedeciendo las órdenes de Vitelio, que no podía contradecir. Pero antes de que llegara a Roma, se le adelantó Tiberio muriendo.

Vitelio, llegado a Judea, subió a Yerushaláyim —y era entonces la fiesta patria de ellos, llamada Pésaj—. Recibido magníficamente, Vitelio condona por completo los impuestos sobre la venta de frutos a los habitantes del lugar, y les concedió que la vestidura del sumo sacerdote y todo su ornato, que estaba depositado en el Templo, quedara bajo el cuidado de los sacerdotes, como antes tenían potestad. Pero entonces estaba depositada en la Antonia —que así se llama una fortaleza— por la siguiente causa. Uno de los sacerdotes, Hircano —el primero de los muchos que llevaban este nombre—, como se hubiera construido una torre cerca del Templo, pasaba allí la mayor parte de su vida y guardaba la vestidura, pues era su custodio, ya que solo a él se le había concedido la potestad de vestirla; la tenía depositada allí cuando, bajando a la ciudad, tomaba la ropa de particular. Sus hijos y los hijos de estos acostumbraron a hacer lo mismo.

Herodes, al reinar, reconstruyó suntuosamente esta torre, situada en lugar apropiado, y la llamó Antonia por el nombre de Antonio, de quien era amigo; y retuvo la vestidura, depositada allí tal como la recibió, confiando en que por ello el pueblo no se sublevaría contra él. Lo mismo que Herodes hacía también el rey Arquelao, su hijo, puesto en su lugar; y después de él los romanos, al hacerse con el mando, tomaron el control de la vestidura del sumo sacerdote, depositada en una cámara construida de piedra, bajo el sello de los sacerdotes y de los tesoreros, encendiendo cada día una lámpara el jefe de la guarnición. Siete días antes de la fiesta se les entregaba por el jefe de la guarnición, y el sumo sacerdote, tras purificarla y usarla, un día después de la fiesta la volvía a depositar en la cámara donde estaba antes. Esto se hacía en las tres fiestas de cada año y en el ayuno.

Vitelio, conforme a nuestra tradición patria, dispuso lo tocante a la vestidura, encargando al jefe de la guarnición que no se entrometiera ni en dónde estuviera depositada ni en cuándo hubiera que usarla. Y hecho esto para beneficio de la nación, y apartando del sacerdocio al sumo sacerdote Yosef, llamado Caifás, estableció a Yonatán, hijo del sumo sacerdote Anano. Y de nuevo emprendió el camino a Antioquía.

Envía también Tiberio a Vitelio una carta, ordenándole que trabara amistad con Artábano, rey de los partos; pues le atemorizaba, siendo enemigo y habiéndose apoderado de Armenia, que hiciera más daño; y decía que solo se fiaría de la amistad si le daban rehenes, sobre todo el hijo de Artábano. Al escribir esto Tiberio a Vitelio, con grandes sumas de dinero persuade también al rey de los íberos y al de los albanos a hacer la guerra a Artábano sin vacilar. Ellos por sí mismos se resistían, pero los alanos, dándoles paso por su territorio y abriendo las puertas Caspias, los lanzan contra Artábano. Y de nuevo le fue arrebatada Armenia, y llena de guerras la tierra de los partos, los primeros de sus hombres eran muertos, todo estaba en ruina para ellos, y el hijo del rey cayó en estas batallas con muchas decenas de miles de su ejército.

Y a su padre Artábano, Vitelio, mediante un envío de dinero a los parientes y amigos de aquel, se propuso hacerlo matar por manos de los que habían recibido los regalos; pero Artábano, dándose cuenta de que la conjura era inevitable, por estar tramada por muchos y por los hombres principales sin que cediera hasta llevarse a cabo, y considerando que aun cuanto le estaba unido con pureza también eso estaba corrompido —fingiendo por engaño su lealtad—, o bien que, hecha una prueba, se pasarían a los ya rebelados, se puso a salvo en una de las satrapías superiores. Y después, tras reunir un gran ejército de daos y sacas, y combatir a los que se le oponían, recuperó el poder.

Al oír esto Tiberio, deseó que se hiciera amistad entre él y Artábano; y como también aquel, invitado, acogió de buen grado la propuesta, Artábano y Vitelio se presentaron junto al Éufrates. Tendido un puente sobre el río, en el punto medio del puente se encontraron uno con otro, cada uno con su guardia en torno. Y hechas las conversaciones de concordia, Herodes el tetrarca los agasajó en medio del vado, habiendo levantado sobre él una tienda suntuosa. Y Artábano envía a Tiberio como rehén a su hijo Darío, con muchos regalos, entre ellos un hombre de siete codos de estatura, judío de linaje, de nombre Elazar, que por su tamaño era llamado Gigante.

Después de esto, Vitelio marchaba a Antioquía, y Artábano a Bavel. Herodes, queriendo ser el primero en dar a César noticia de la toma de rehenes, envía correos, habiéndolo escrito todo con exactitud en una carta, sin dejar nada por comunicar al consular. Enviadas por Vitelio unas cartas, y habiendo el César señalado a este que ya lo sabía, por haber Herodes enviado antes la noticia sobre ello, Vitelio se turbó grandemente, y creyendo haber sufrido más de lo que había ocurrido, ocultaba su cólera hasta que la desahogó cuando Cayo tomó el poder de los romanos.

Por entonces también Filipo, que era hermano de Herodes, acaba su vida en el vigésimo año del gobierno de Tiberio, habiendo él gobernado treinta y siete años la Traconítide, la Gaulanítide y, además, la nación de los bataneos, mostrándose en lo que gobernaba de carácter moderado y tranquilo; pues pasaba toda su vida en la tierra que le estaba sometida. Sus salidas eran con pocos de los escogidos, y con el trono en que juzgaba siguiéndolo por los caminos; cuando alguien, saliéndole al encuentro, necesitaba su ayuda, sin dilación alguna, sino al instante, colocado el trono donde tocaba, se sentaba y escuchaba, imponía castigos a los culpables y absolvía a los injustamente acusados.

Murió en Julias. Llevado su cuerpo al mausoleo que él mismo había edificado tiempo atrás, se le tributaron exequias suntuosas. Como no dejó hijos, Tiberio se hizo cargo de su dominio y lo añadió a la provincia de Siria; ordenó, sin embargo, que los tributos que se recaudaran se depositasen en la tetrarquía que había sido de aquél.

Por aquel tiempo estalló un conflicto entre Aretas, el rey de Petra, y Herodes, por el motivo siguiente. Herodes el tetrarca se había casado con la hija de Aretas y llevaba ya mucho tiempo conviviendo con ella. Pero, de camino a Roma, se hospedó en casa de Herodes, hermano suyo por parte de padre —no de la misma madre—, pues este Herodes había nacido de la hija de Shimón el sumo sacerdote.

Enamorado de Herodías, la mujer de este —hija de Aristóbulo, hermano de ellos, y hermana de Agripa el grande—, se atrevió a proponerle matrimonio. Ella aceptó, y acordaron que se trasladaría a vivir con él cuando regresara de Roma. Entre las condiciones estaba que Herodes repudiara a la hija de Aretas.

Con este pacto zarpó hacia Roma. Cuando volvía, tras haber resuelto en Roma aquello para lo que había sido enviado, su esposa —que se había enterado del pacto con Herodías— lo supo todo antes de que él sospechara que ella estuviera al corriente, y le pidió que la enviase a Maqueronte, en la frontera entre el reino de Aretas y el de Herodes, sin revelarle su verdadera intención.

Herodes la envió, sin imaginar que la mujer se hubiera percatado de nada. Ella, que desde bastante antes había mandado recado a Maqueronte —cuyo comandante estaba sometido a su padre—, halló todo dispuesto para el viaje por el general de la plaza; en cuanto llegó, partió de inmediato hacia Arabia, conducida por los generales que se relevaban, y llegó lo antes posible hasta su padre, a quien expuso el propósito de Herodes.

Aretas hizo de esto el comienzo de su enemistad. Surgió además una disputa por las fronteras en el territorio de Gámala. Uno y otro reunieron sus fuerzas y se dispusieron a la guerra, enviando a sus generales en su lugar.

Trabada la batalla, todo el ejército de Herodes fue aniquilado, a causa de una traición de unos fugitivos que, procedentes de la tetrarquía de Filipo, militaban en las filas de Herodes.

Herodes escribió todo esto a Tiberio. Este, indignado por la agresión de Aretas, escribió a Vitelio ordenándole que le declarara la guerra y que, o bien lo capturara vivo y se lo llevara encadenado, o bien, si lo mataba, le enviara su cabeza. Tal fue la orden que Tiberio dio al gobernador de Siria.

A algunos de los judíos les pareció que el ejército de Herodes había perecido por obra de Dios, que con toda justicia lo castigaba en venganza de Yojanán, apodado el Bautista.

En efecto, Herodes lo había hecho matar, siendo como era un hombre bueno, que exhortaba a los judíos a practicar la virtud, a ser justos unos con otros y piadosos para con Dios, y a acudir así al bautismo. Pues de ese modo, decía, el bautismo sería grato a Dios, si lo empleaban no para el perdón de ciertos pecados, sino para la purificación del cuerpo, una vez que el alma hubiera quedado ya limpia de antemano por la justicia.

Y como los demás se congregaban en torno a él —pues se exaltaban sobremanera al escuchar sus palabras—, Herodes, temiendo que un poder de persuasión tan grande sobre la gente desembocara en alguna rebelión, ya que parecían dispuestos a hacer cualquier cosa siguiendo su consejo, juzgó mucho mejor adelantarse y eliminarlo antes de que provocara algún trastorno, en vez de arrepentirse más tarde, cuando ya el cambio hubiera llegado y se viera metido en dificultades.

Así, por esta sospecha de Herodes, Yojanán fue enviado encadenado a Maqueronte, la fortaleza antes mencionada, y allí fue muerto. Y a los judíos les pareció que la destrucción del ejército había sobrevenido en castigo de aquello, por querer Dios afligir a Herodes.

Vitelio, por su parte, preparándose para la guerra contra Aretas con dos legiones de infantes pesados, más las tropas ligeras y la caballería aliada que traía de los reinos sometidos a los romanos, se dirigía hacia Petra y llegó a Ptolemaida.

Cuando ya se disponía a llevar el ejército a través de Judea, le salieron al encuentro los hombres principales y le rogaron que no lo hiciera pasar por su tierra, pues no era conforme a sus tradiciones tolerar que se introdujeran imágenes en ella, y muchas había fijadas en los estandartes.

Persuadido, cambió el plan que sobre tal asunto había concebido: ordenó al ejército marchar por la gran llanura, mientras él, con Herodes el tetrarca y sus amigos, subía a Yerushaláyim a ofrecer sacrificio a Dios, pues estaba próxima una fiesta patria de los judíos.

Acudió a ella, fue recibido con distinción por la multitud de los judíos y se detuvo allí tres días. En ellos privó a Yonatán del sumo sacerdocio y se lo confió a su hermano Teófilo.

Al cuarto día le llegaron cartas que le anunciaban la muerte de Tiberio, e hizo jurar a la multitud fidelidad a Cayo. Retiró también el ejército, cada cual a sus cuarteles de invierno, pues ya no podía hacer la guerra como antes, al haber recaído el poder en Cayo.

Se contaba también que Aretas, tras observar los augurios ante la noticia de la expedición de los soldados de Vitelio, había dicho que el ejército no tenía modo de llegar a Petra, pues moriría uno de los jefes: o el que había ordenado la guerra, o el que se aprestaba a ejecutarla según su parecer, o aquel contra quien se dirigía la expedición.

Vitelio, pues, se retiró a Antioquía. Agripa, hijo de Aristóbulo, un año antes de la muerte de Tiberio había subido a Roma para gestionar algún asunto ante el emperador, ya que disponía de ciertos recursos.

Quiero, pues, hablar con más detenimiento de Herodes y de su linaje, de cómo le fue, ya porque el relato sobre ellos pertenece a esta historia, ya porque ofrece una prueba de lo divino: cómo de nada sirve la muchedumbre ni ninguna otra fuerza de las que los hombres alcanzan, sin la piedad para con la divinidad.

Pues sucedió que, en menos de cien años, salvo unos pocos —y eran muchos—, los descendientes de Herodes fueron destruidos. Conocer su desdicha puede servir también de escarmiento para el género humano.

Y a la vez quiero narrar lo de Agripa, que llegó a ser el más digno de asombro: de simple particular, y contra toda expectativa de quienes lo conocían, se elevó a tan gran poder. Ya he hablado antes de ellos, pero también ahora lo expondré con precisión.

Herodes el Grande tuvo de Mariamna, la hija de Hircano, dos hijas. Una, Salampsio, se casó con Fasael, su primo, hijo de Fasael el hermano de Herodes, a quien su padre la entregó; la otra, Cipros, con Antípatro, también primo suyo, hijo de Salomé, la hermana de Herodes.

De Salampsio tuvo Fasael cinco hijos: Antípatro, Alejandro, Herodes, y las hijas Alejandra y Cipros, con la que se casó Agripa, el hijo de Aristóbulo. A Alejandra la desposó Timio, natural de Chipre, hombre de nota, en cuya casa murió sin hijos.

De Cipros tuvo Agripa dos varones y tres hijas: Berenice, Mariamna y Drusila; los nombres de los varones eran Agripa y Druso, de los cuales Druso murió antes de llegar a la pubertad.

Agripa, el padre de estos, se había criado junto con sus otros hermanos, Herodes y Aristóbulo; su madre era Berenice, y todos ellos eran hijos de Aristóbulo, el hijo de Herodes el Grande. Y Berenice, a su vez, era hija de Costobaro y de Salomé, la hermana de Herodes.

A estos los dejó Aristóbulo siendo niños al morir a manos de su padre junto con su hermano Alejandro, como ya hemos referido. Ya crecidos, este Herodes, el hermano de Agripa, tomó por esposa a Mariamna, hija de Olimpíade —la hija del rey Herodes— y de Yosef, el hijo de Yosef, hermano este del rey Herodes; y tuvo de ella un hijo, Aristóbulo.

El tercer hermano de Agripa, Aristóbulo, se casó con Yotape, hija de Sampsigéramo, el rey de Emesa, y les nació una hija sorda, llamada también Yotape.

Estos eran los hijos varones. Su hermana Herodías se casó con Herodes, hijo de Herodes el Grande y de Mariamna la hija de Shimón el sumo sacerdote, y tuvieron a Salomé. Pero después del nacimiento de esta, Herodías, resuelta a quebrantar las tradiciones patrias, se separó en vida de su marido y se casó con Herodes, hermano de este por parte de padre —el que gobernaba la tetrarquía de Galilea—.

Su hija Salomé se casó con Filipo, hijo de Herodes, el tetrarca de la Traconítide; y, al morir este sin hijos, la tomó por esposa Aristóbulo, el hijo de Herodes, el hermano de Agripa. Tuvieron tres hijos: Herodes, Agripa y Aristóbulo.

Tal es, pues, el linaje de Fasael y Salampsio. De Cipros tuvo Antípatro una hija, Cipros, con la que se casó Alejas Elcías, hijo de Alejas, y de ella nació una hija, Cipros. En cuanto a Herodes y Alejandro, que dije eran hermanos de Antípatro, murieron sin hijos.

A Alejandro, el hijo del rey Herodes ejecutado por su padre, le habían nacido dos hijos, Alejandro y Tigranes, de la hija de Arquelao, rey de Capadocia. Tigranes, que reinó sobre Armenia, murió sin descendencia tras ser acusado en Roma.

A Alejandro le nació un hijo, Tigranes, homónimo de su hermano, a quien Nerón envió como rey de Armenia; y tuvo un hijo, Alejandro. Este se casó con Yotape, hija de Antíoco, rey de Comagene, y Vespasiano lo nombró rey de la Cetis, en Cilicia.

La descendencia de Alejandro, apenas nacida, abandonó el culto de las costumbres judías y se pasó a las tradiciones de los griegos. A las demás hijas del rey Herodes les tocó morir sin hijos.

De los descendientes de Herodes que he enumerado, estos vivían en la época en que Agripa el grande recibió el reino. Expuesto ya su linaje, paso a relatar cuántas venturas le sobrevinieron a Agripa, y cómo, tras escapar de sus apuros, se encumbró a la más alta dignidad y poder.

Poco antes de la muerte del rey Herodes, Agripa, que residía en Roma, había trabado con Druso, el hijo del emperador Tiberio, gran camaradería —criados juntos— y estrecha amistad, y también con Antonia, la esposa de Druso el mayor, pues Berenice, su madre, era muy estimada por ella y le había pedido que promoviera a su hijo.

Agripa, generoso por naturaleza y espléndido en los regalos, mientras vivió su madre no dejó ver la inclinación de su ánimo, empeñado en eludir la ira que semejante conducta suscitaría.

Pero cuando Berenice murió, entregado a su modo de ser, dilapidó su fortuna: parte en el lujo de la vida cotidiana, parte en dádivas prodigadas sin medida —la mayoría a los libertos del César, con la esperanza de valerse de ellos—, y en poco tiempo se vio en la pobreza.

Esto le impedía seguir viviendo en Roma. Además, Tiberio había prohibido a los amigos de su difunto hijo presentarse ante él, porque verlos reavivaba su dolor al recordar al muchacho.

Por todo ello se embarcó rumbo a Judea, abatido y humillado por la ruina de su hacienda y por no tener con qué pagar las deudas a sus acreedores, que eran muchos y no le concedían el menor respiro. Así, sin saber qué hacer y avergonzado de su situación, se retiró a una torre en Málatha, en Idumea, meditando quitarse la vida.

Cipros, su esposa, se dio cuenta de su intención e hizo cuanto pudo por apartarlo de tales propósitos. Escribió también a Herodías, la hermana de Agripa, casada con Herodes el tetrarca, exponiéndole lo que Agripa maquinaba y la necesidad que a ello lo empujaba.

Le pedía que, siendo pariente, acudiera en su ayuda, viendo cómo ella misma se esforzaba por todos los medios en aliviar a su marido, aun disponiendo de recursos semejantes. Ellos lo mandaron llamar, le asignaron por residencia Tiberíades, fijaron cierta cantidad de dinero para su sustento y lo honraron con el cargo de agoránomo de Tiberíades.

Mas no permaneció Herodes mucho tiempo fiel a lo acordado, aunque tampoco era suficiente. Pues en Tiro, durante un banquete, calentados por el vino, llegaron a insultarse, y Agripa, no soportando que Herodes le echara en cara su pobreza y le reprochara el darle hasta el alimento necesario, se dirigió a Flaco, el varón consular, que había sido muy amigo suyo antes en Roma y gobernaba entonces Siria.

Flaco lo acogió y pasaba el tiempo junto a él; pero allí retenía también a Aristóbulo, que, siendo hermano de Agripa, estaba enemistado con él. No por ello, sin embargo, la mutua enemistad les impedía recibir del consular los honores debidos.

Con todo, Aristóbulo no cejaba en su malquerencia contra Agripa, hasta que logró enemistarlo con Flaco, valiéndose para su hostilidad del siguiente pretexto.

Los damascenos, enfrentados a los sidonios por unas fronteras, cuando Flaco iba a juzgar el asunto y supieron que Agripa gozaba de gran influencia con él, le pidieron que se pusiera de su parte, y le prometieron una fuerte suma de dinero.

Agripa se disponía a hacer todo por ayudar a los damascenos. Pero Aristóbulo, que no ignoraba lo pactado del dinero, lo denunció a Flaco. Investigado a fondo el asunto y quedando manifiesto, Flaco expulsó a Agripa de su amistad.

Reducido a la más extrema penuria, Agripa se dirigió a Ptolemaida y, ante la imposibilidad de subsistir en otra parte, resolvió navegar a Italia. Pero, impedido por la falta de dinero, pidió a Marsias, un liberto suyo, que le procurara los medios para ello tomándolos en préstamo de alguien.

Marsias se lo pidió a Proto, liberto de Berenice, la madre de Agripa, pero que por disposición de su testamento estaba adscrito a Antonia; le rogó que le prestara la suma bajo escritura y garantía suya.

Este, sin embargo —pues reclamaba a Agripa cierta deuda—, obligó a Marsias a firmar un pagaré por veinte mil dracmas áticas y a recibir dos mil quinientas menos. Marsias accedió, por no poder hacer otra cosa.

Obtenida esa suma, Agripa se dirigió a Antedón, tomó una nave y se disponía a zarpar. Pero Herenio Capitón, procurador de Yavne, al enterarse, envió soldados a reclamarle trescientas mil dracmas de plata que él adeudaba al tesoro del César en Roma, y lo apremiaban a quedarse.

Por el momento fingió que obedecería lo ordenado, pero, al caer la noche, cortó las amarras y partió navegando hacia Alejandría. Allí pidió a Alejandro el alabarca que le prestara doscientas mil dracmas. Este respondió que a él no se las daría, pero que a Cipros no se las negaba, admirado de su amor conyugal y de todas sus demás virtudes.

Ella se comprometió, y Alejandro les entregó cinco talentos en Alejandría, prometiéndoles el resto cuando llegaran a Dicearquía, pues temía la prontitud de Agripa para el gasto. Y Cipros, tras despedir a su marido, que iba a navegar a Italia, se volvió con sus hijos a Judea.

Agripa arribó a Potioli y escribió una carta a Tiberio César, que residía en Capri, anunciándole su llegada para presentarle sus respetos y verlo, y pidiéndole permiso para pasar a Capri.

Tiberio, sin la menor vacilación, le escribió con benevolencia sobre todo lo demás y le manifestó su alegría de que hubiera regresado sano a Capri. Y cuando llegó, sin restar nada de la cordialidad de la carta, lo saludó y lo hospedó.

Pero al día siguiente le llegaron al César cartas de Herenio Capitón: que Agripa había tomado en préstamo trescientas mil dracmas y, vencido el plazo convenido para la devolución, al reclamársele había huido de las tierras bajo su jurisdicción, dejándolo sin poder para cobrar.

Leída esta carta, el César se afligió profundamente y ordenó cerrarle a Agripa el acceso a su presencia hasta que saldara la deuda. Agripa, sin arredrarse ante la ira del César, suplicó a Antonia, madre de Germánico y de Claudio —el que después fue César—, que le prestara las trescientas mil dracmas, para no perder la amistad de Tiberio.

Ella, en memoria de Berenice, la madre de Agripa —pues ambas mujeres eran muy amigas—, y porque él se había criado con los de Claudio, le dio el dinero; y, una vez pagada la deuda, nada estorbó ya su amistad con Tiberio.

Luego, Tiberio César le encomendó a su propio nieto, ordenándole acompañarlo en todas sus salidas. Pero Agripa, acogido con afecto por Antonia, se dedicó a cortejar a Cayo, que era nieto de ella y a quien la buena voluntad de su padre tenía en la más alta estima.

Había, en efecto, otro hombre, samaritano de origen y liberto del César; de este obtuvo un préstamo de un millón de dracmas, con el que devolvió a Antonia la deuda que le debía y, agasajando a Cayo con lo restante, creció en dignidad ante él.

Al ir en aumento la amistad de Agripa con Cayo, paseando cierta vez en carruaje conversaban sobre Tiberio, y Agripa, volviéndose a los votos —iban ellos dos solos—, deseó que Tiberio dejara pronto el poder y cediera el mando a Cayo, más digno de él en todo. Estas palabras las oyó Eutico, un liberto de Agripa que le hacía de auriga, y por el momento las guardó en silencio.

Pero, acusado por Agripa de robo de unas ropas —y en verdad las había robado—, huyó; capturado y conducido ante Pisón, el prefecto de la ciudad, cuando este le preguntó la causa de su fuga, dijo que tenía que revelar al César unas palabras secretas que atañían a la seguridad de su vida. Pisón lo hizo encadenar y lo envió a Capri. Y Tiberio, fiel a su costumbre, lo mantuvo preso, pues era más dado a la dilación que ningún otro de los reyes o tiranos.

Pues no concedía pronta audiencia a las embajadas, y a los gobernadores o procuradores enviados por él no les nombraba sucesor mientras no hubieran muerto; de ahí que fuera también negligente en escuchar a los presos.

Por eso, cuando sus amigos le preguntaban la razón de tanta demora, respondía que dilataba a las embajadas para que, si las despachaba enseguida, no llegaran otros embajadores nombrados en su lugar y no se viera abrumado con recibirlos y con las pompas de su acogida.

Y que mantenía en sus cargos a quienes él una vez había nombrado, por consideración a los súbditos; pues todo mando es por naturaleza propenso a la codicia, y los que no lo poseen de modo estable, sino por poco tiempo y sin saber cuándo se lo quitarán, se lanzan aún más al pillaje.

Que, si se dejaba a los gobernadores por más tiempo, acabarían saciados de robar por lo mucho ya ganado, y en adelante lo harían con menos ansia; pero si el relevo llegaba pronto, no bastaría para saciar a los que se sucedían en el cargo, al no dárseles tiempo en que, ya hartos, aflojaran su afán de tomar, porque eran removidos antes de saciarse.

Y les ponía como ejemplo este relato: a un herido que yacía en tierra le rodeaban las llagas gran multitud de moscas. Uno de los presentes, compadecido de su desdicha y creyendo que no las espantaba por no poder valerse, se acercó dispuesto a ahuyentarlas.

Pero al pedirle el herido que cesara, y preguntarle el otro, sorprendido, por qué no procuraba librarse del mal que lo aquejaba, respondió: «Aún mayor daño me harías si me las quitaras. Estas, ya saciadas de mi sangre, no me acosan tanto y hasta se me apartan un poco; pero si llegaran otras nuevas, hambrientas, y me tomaran ya extenuado, acabarían por matarme.»

Por eso —decía—, también él, con los súbditos ya arruinados por tantos robos, obraba con previsión al no enviar de continuo gobernadores que, a la manera de las moscas, los devorasen; pues los que por naturaleza se lanzan al lucro tienen por aliada la esperanza de que pronto se les quitará el cargo, y por ello redoblan su afán de disfrutar mientras dura.

En apoyo de mi afirmación sobre esta manera de ser de Tiberio, dará testimonio el hecho mismo: en veintidós años de imperio envió a los judíos solo dos gobernadores para administrar la nación, Grato y Pilato, que le sucedió en el mando.

Y no obraba así solo con los judíos, sino de igual modo con los demás súbditos. En cuanto a los presos, mostraba su extrema lentitud en oírlos porque —decía— la muerte sería, para los condenados, un alivio de los males presentes, y no era justo que quienes por su maldad habían caído en tal suerte lo obtuvieran; en cambio, dejándolos consumirse bajo el peso de su aflicción, se agravaba su desdicha.

Por esto Eutico no obtenía audiencia y seguía preso. Pasado un tiempo, Tiberio volvió de Capri a Túsculo, a unos cien estadios de Roma, y Agripa rogó a Antonia que gestionara que Eutico fuese oído, cualquiera que fuese la acusación que contra él sostenía.

Antonia era en todo estimadísima por Tiberio, tanto por la dignidad del parentesco —pues había sido esposa de Druso, su hermano— como por la virtud de su honestidad. Joven aún, permaneció viuda y rehusó casarse con otro, aun ordenándoselo Augusto, y conservó su vida libre de todo reproche.

Además, en lo privado, fue para Tiberio su mayor bienhechora. Pues, habiéndose fraguado contra él una gran conjura por obra de Seyano —amigo suyo y hombre entonces poderosísimo, por tener el mando de los ejércitos, al que se habían sumado muchos del senado y de los libertos, y estando ganada la tropa—, la conjura avanzaba mucho, y Seyano habría consumado su obra de no haberse valido Antonia de una audacia más sagaz que la maldad de Seyano.

Pues, en cuanto supo lo tramado contra Tiberio, se lo escribió todo con detalle y, entregando la carta a Palante, el más fiel de sus esclavos, la envió a Tiberio a Capri. Este, al saberlo, mató a Seyano y a los cómplices de la conjura, y a Antonia, a quien ya antes tenía en gran aprecio, la tuvo aún en mayor honor y por digna de todo crédito.

Instado, pues, por esta Antonia a que interrogara a Eutico, dijo Tiberio: «Si Eutico ha mentido sobre lo que dijo Agripa, ya recibe de mí castigo bastante, el que yo mismo le he impuesto; pero si, sometido a tormento, sus palabras resultan verdaderas, que Agripa se guarde, no sea que, por su afán de castigar al liberto, atraiga sobre sí mismo la condena.»

Agripa, al decirle esto Antonia, insistió mucho más en pedir que se examinara el asunto. Y Antonia, como Agripa no cesaba de importunarla con tales ruegos, aprovechó la ocasión siguiente.

Estaba Tiberio recostado en una litera y se hacía llevar, mientras marchaban delante Cayo, su nieto, y Agripa —volvían del almuerzo—; Antonia, caminando junto a la litera, le rogó que se llamara a Eutico y se le interrogara.

Tiberio respondió: «Sépanlo los dioses, Antonia, que hago lo que voy a hacer no por mi propio parecer, sino forzado por tu ruego.» Dicho esto, ordenó a Macrón, el sucesor de Seyano, que trajera a Eutico. Y este se presentó sin demora. Tiberio le preguntó qué podía decir contra un hombre que le había dado la libertad.

Eutico dijo: «Señor, iban en carruaje Cayo, aquí presente, y Agripa con él, y yo estaba sentado a sus pies. Entre las muchas palabras que se cruzaban, Agripa dijo a Cayo: “¡Ojalá llegue algún día en que, apartado este viejo, te nombre a ti señor del mundo! Pues su nieto Tiberio en nada nos estorbaría, muriendo a tus manos; y el mundo sería dichoso, y yo antes que él.”»

Tiberio, teniendo por ciertas estas palabras, y a la vez guardando contra Agripa un viejo rencor —porque, habiéndole él ordenado que cortejara a Tiberio, su nieto e hijo de Druso, Agripa lo había tratado con desdén, desatendiendo sus cartas, y se había pasado por entero al bando de Cayo—, dijo:

«A este, Macrón, encadénalo.» Pero Macrón, en parte por no saber con certeza a quién se lo mandaba, en parte porque no habría esperado que ordenara tal cosa contra Agripa, se contuvo para cerciorarse de lo dicho.

Mas cuando el César, tras dar una vuelta por el hipódromo, encontró a Agripa allí de pie, dijo: «A ese, Macrón, es a quien mandé encadenar.» Y al preguntarle Macrón de nuevo a cuál, respondió: «A Agripa.»

Agripa se volvió a las súplicas, invocando al muchacho con quien se había criado y la crianza que había dado a Tiberio; pero de nada le sirvió, y se lo llevaron encadenado, vestido aún de púrpura.

Hacía un calor sofocante y, por el poco vino que había tomado con la comida, lo abrasaba la sed; se angustiaba además y sentía lo indigno de su suerte. Al ver a uno de los criados de Cayo, de nombre Taumasto, que llevaba agua en una vasija, le pidió de beber.

Habiéndosela ofrecido de buen grado, y tras beber, dijo: «Muchacho, si este servicio tuyo ha de traerte bien, en cuanto escape de estas cadenas no tardaré en conseguirte la libertad de manos de Cayo, ya que, incluso preso, no has dejado de servirme como cuando gozaba yo de mi anterior dignidad.» Y no mintió al decirlo, sino que le correspondió.

Pues más tarde, ya rey, obtuvo a Taumasto de Cayo César, que lo había hecho libre, y lo elevó, dándole la libertad y nombrándolo administrador de su hacienda; y al morir se lo dejó a su hijo Agripa y a su hija Berenice para que les sirviera en lo mismo. En tal honor, ya anciano, murió. Pero esto es posterior.

Agripa, encadenado entonces, estaba de pie ante el palacio, recostado por el abatimiento en un árbol, junto con otros muchos que también estaban presos. Y habiéndose posado un ave sobre el árbol en que Agripa se apoyaba —búho llaman los romanos a esta ave—, uno de los presos, un germano, al verla, preguntó al soldado quién era aquel de la púrpura.

Y al saber que se llamaba Agripa, que era judío de nación y uno de los más notables de allí, pidió al soldado a quien iba encadenado que se acercara para hablar con él, pues quería preguntarle algo acerca de sus tradiciones.

Concedido esto, cuando estuvo cerca, le dijo por medio de un intérprete: «Joven, te abate lo repentino de este vuelco, que así, de golpe, te ha traído tamaña desgracia, y no crees en palabras que anuncien la providencia divina para librarte del mal que te oprime.»

«Mas has de saber —lo juro por los dioses de mis padres y por los de este lugar, que nos han deparado estas cadenas— que cuanto voy a decirte no lo digo por el placer de una lengua parlanchina ni por afán de alentarte en vano.»

«Pues los vaticinios de esta clase, cuando falta el hecho que los confirme, añaden mayor pesar que si desde el principio no se los hubiera oído. Con todo, aun exponiéndome a peligro, he juzgado justo declararte el anuncio de los dioses.»

«No hay modo de que no te sobrevenga muy pronto la liberación de estas cadenas y un ascenso a la más alta dignidad y poder. Serás envidiado por todos los que ahora se compadecen de tu suerte, y dejarás una muerte dichosa a los hijos a quienes legarás tu vida. Pero recuerda: cuando vuelvas a ver esta ave, en cinco días te sobrevendrá la muerte.»

«Esto se cumplirá tal como lo anuncia el ave que Dios ha enviado. He juzgado injusto privarte del conocimiento previo de ello, para que, sabiendo el bien que te espera, tengas en poco el pesar del presente. Pero, cuando la dicha esté ya en tus manos y hayas escapado de la desgracia en que ahora nos hallamos, acuérdate de mí.»

El germano, tras vaticinar todo esto, provocó entonces en Agripa la risa; pero luego, por lo que se vio, resultó digno de admiración. Antonia, apenada por la desgracia de Agripa, veía difícil hablar de él a Tiberio, y que además sería en vano; pero obtuvo de Macrón que soldados de trato moderado lo custodiaran atentamente, y un centurión que estuviera al frente de ellos y quedara encadenado con él; que se le permitieran baños diarios, la entrada de sus libertos y amigos, y las demás comodidades que aliviaran su cuerpo.

Entraban a verlo su amigo Silas y, de sus libertos, Marsias y Estico, que le llevaban los alimentos que le gustaban y lo rodeaban de todo cuidado; y, con el pretexto de venderle ropa, cuando caía la noche se la extendían de lecho, con la connivencia de los soldados por orden de Macrón. Y así se hizo durante seis meses. En tal situación estaban las cosas de Agripa.

Tiberio, de regreso a Capri, cayó enfermo, al principio de modo leve; pero, al agravarse el mal y albergando ya malos presagios sobre sí, mandó a Évodo —el más apreciado de sus libertos— que le llevara a los niños, pues quería hablar con ellos antes de morir.

Hijos legítimos ya no le quedaban, pues Druso, el único que había tenido, había muerto; sobrevivía un hijo de este, Tiberio, apellidado Gémelo, y Cayo, hijo de Germánico —hijo, por tanto, de su hermano—, ya joven y de esmerada educación, honrado por el favor del pueblo gracias a la virtud de su padre Germánico.

Pues este había alcanzado grandísima estima entre las multitudes por la firmeza de su carácter y su afabilidad en el trato, siendo nada altanero y ganándose el respeto por querer ser igual a todos.

Por ello no solo el pueblo y el senado lo tenían en gran aprecio, sino también cada uno de los pueblos súbditos: unos, los que lo habían tratado, ganados por la gracia de su compañía; otros, prendados por el relato que de él hacían aquellos.

Y a su muerte todos se pusieron de luto, no fingiendo la desgracia por adular al poder, sino apropiándosela con dolor verdadero, porque cada cual tuvo por propia su pérdida.

De tal modo trató a los hombres sin altanería. De ahí que también a su hijo le quedara gran favor entre todos, y sobre todo la tropa se hallaba entregada a él, contando por virtud el estar dispuestos a morir, si fuera menester, por que el poder recayera en aquel.

Tiberio, tras ordenar a Évodo que al día siguiente, al alba, le introdujera a los muchachos, rogó a los dioses de sus padres que le mostraran alguna señal manifiesta acerca de quién habría de sucederle en el mando. Deseaba dejárselo al hijo de su hijo, pero, confiando más en el juicio y la voluntad de Dios que en los suyos, aguardaba lo que este revelara sobre ellos.

Se fijó, pues, este augurio: que el mando recaería en aquel que al día siguiente llegara primero ante él. Decidido esto, mandó recado al pedagogo de su nieto, ordenándole traer al muchacho a primera hora, creyendo que Dios se desentendería de tal designación; pero Dios votó en contra de su elección.

Meditando esto, en cuanto amaneció ordenó a Évodo que hiciera entrar al primero de los muchachos que se presentara. Salió aquel y, hallando a Cayo ante la puerta de la estancia —pues Tiberio, el nieto, no estaba, ya que lo entretenían con el desayuno—, sin saber nada de lo que el señor deseaba, le dijo: «Tu padre te llama», y lo introdujo.

Tiberio, al ver a Cayo, comprendió entonces por primera vez el poder de lo divino, y que la potestad de confirmar a quien él eligiera le había sido por completo arrebatada, al no venirle ya de allí; y, deplorando amargamente que se le hubiera quitado el poder de ratificar lo que había resuelto, y por su nieto Tiberio, que a la vez habría de perder el poder de Roma y la propia vida: pues, al quedar su suerte en manos de otros más fuertes, y siendo insoportable la convivencia que se le imponía bajo ellos, su salvación acabaría dependiendo de un pariente incapaz de socorrerlo, mientras que quien ostentase el mando lo trataría con miedo y con odio —en parte por verlo al acecho del poder, en parte por saber que tampoco él dejaría de tramar a su vez, en defensa de su vida y por hacerse con el gobierno.

Era, además, Tiberio en extremo aficionado a la astrología de las natividades, y había conducido su vida guiándose por ella con más acierto que quienes de propósito se consagran a ese arte. Así, viendo una vez a Galba entrar a su presencia, dijo a sus más íntimos que llegaba un hombre que un día sería honrado con el mando de Roma.

Y de cuantas artes adivinatorias tenía por dignas de crédito, este hombre, más que ningún otro gobernante, se servía, por la verdad que ellas le confirmaban en el curso de los hechos.

Y entonces se hallaba en penosa aflicción ante lo ocurrido, abatido como por la pérdida del hijo de su hijo, y reprochándose su propia previsión en la lectura de los presagios: pues, habiéndole sido posible morir libre de pena, en la ignorancia de lo por venir, ahora se consumía por morir habiendo conocido de antemano la desgracia que aguardaba a los suyos más queridos.

Y aunque trastornado por el paso del poder, contra lo que esperaba, a quienes no quería —a su pesar y sin desearlo—, dice, con todo, a Cayo: «Muchacho, aun siéndome Tiberio más allegado por la sangre que tú, por mi propio juicio y por el voto concorde de los dioses sobre ello, es a ti a quien confío y pongo en tus manos el mando de Roma.

Te pido que, una vez lo tengas, no olvides ni mi benevolencia —yo, que te elevo a tan alta dignidad—, ni tu parentesco con Tiberio; antes bien, sabiendo que, con los dioses y después de ellos, he sido para ti el procurador de tales bienes, correspondas a mi buena disposición hacia ti y, a la vez, veles por Tiberio a causa del parentesco; y, sobre todo, reconozcas que Tiberio, mientras viva, sería para ti muralla a un tiempo de tu mando y de tu salvación, mas, si lo apartas, el comienzo mismo de tu desgracia.

Pues la soledad es peligrosa para quienes se ven puestos bajo el peso de asuntos tan grandes; y no dejan los dioses sin castigo cuantos actos, obrados contra la justicia, borran aquello que la ley invita a hacer de otro modo.» Esto decía Tiberio, pero no logró persuadir a Cayo, por más que este lo prometiera; antes bien, una vez instalado en el poder, hace perecer a Tiberio —conforme a las predicciones de aquel— y él mismo, urdidas contra él conjuras, muere no mucho después.

Tiberio, tras designar a Cayo sucesor del mando, sobrevivió pocos días y murió, después de haber ostentado él mismo el poder durante veintidós años, cinco meses y tres días. Cayo fue el cuarto emperador.

Los romanos tuvieron noticia de la muerte de Tiberio y se alegraban con la buena nueva; con todo, no reunían el valor de darle crédito. No porque no lo desearan —pues habrían pagado muchísimo dinero por que aquellas palabras resultaran ciertas—, sino por temor a que, si la noticia salía falsa, hubieran mostrado antes de tiempo su regocijo y luego perecieran, denunciados por ello.

Pues este hombre, él solo, causó a los patricios de Roma los peores males: irascible con todos y, una vez decidido a actuar, implacable, aunque hubiera tomado el motivo del odio sin razón alguna; de índole tal que se ensañaba en todo lo que juzgaba, y que aun por las faltas más leves imponía como pena la muerte.

De modo que, aunque el escuchar aquella noticia sobre él les traía placer y habrían querido gozar de tal deleite cuanto quisieran, se lo impedían los miedos a los males que preveían si la esperanza los engañaba.

Marsias, el liberto de Agripa, al enterarse de la muerte de Tiberio, corrió a toda prisa a llevar la buena nueva a Agripa; y hallándolo cuando salía camino de los baños, inclinándose hacia él, le dice en lengua de los hebreos: «Ha muerto el león».

Este, comprendiendo el sentido de la frase y arrebatado por el gozo que le producía, exclamó: «Pues nazcan en mí toda clase de agradecimientos hacia ti, por todo y por esta buena nueva; con tal de que solo sea verdad lo que dices». Y el centurión —que estaba al frente de la custodia de Agripa—, viendo con qué premura había llegado Marsias y el gozo que se apoderaba de Agripa a raíz de aquellas palabras, sospechó que había ocurrido alguna novedad y les preguntó por lo que se había dicho.

Ellos por un momento lo esquivaron, pero, como insistía, Agripa se lo revela —pues ya era amigo suyo— sin vacilar lo más mínimo. El otro compartió la alegría de la noticia, ya que traía cosas buenas a Agripa, y le ofreció una cena. Mientras se regalaban y avanzaba la bebida, se presentó alguien diciendo que Tiberio vivía y que en pocos días regresaría a la ciudad.

Y el centurión, terriblemente turbado por aquella noticia —porque había obrado cosas que acarreaban la muerte, al haber convivido con un preso y, sobre el anuncio de la muerte del emperador, haberlo hecho entre alegrías—, aparta a Agripa de su lecho y le dice: «¿Acaso te figuras que se me va a escapar que has mentido sobre la muerte del emperador, y que no habrás de expiar esta palabra con tu propia cabeza?».

Dicho esto, ordena encadenar a Agripa, a quien antes había liberado, y establece sobre él una vigilancia más rigurosa que la de antes. Y aquella noche Agripa la pasó en tales males.

Al día siguiente el rumor corría con más fuerza por la ciudad y se daba ya por cierta la muerte de Tiberio. La gente se atrevía a comentarlo abiertamente, y algunos incluso ofrecían sacrificios. Llegaron además cartas de parte de Cayo: una dirigida al senado, que anunciaba la muerte de Tiberio y que él mismo asumía el gobierno; la otra dirigida a Pisón, prefecto de la ciudad, que decía lo mismo y le ordenaba trasladar a Agripa del campamento a la casa donde antes de ser encadenado tenía su morada. Desde entonces las cosas de Agripa transcurrieron ya con tranquilidad: seguía habiendo guardia y vigilancia, sí, pero con holgura en cuanto a su modo de vida.

Cuando Cayo llegó a Roma trayendo el cuerpo de Tiberio, celebró en su honor unas exequias suntuosas según las costumbres patrias. Estaba dispuesto a liberar a Agripa aquel mismo día, pero Antonia se lo impidió, no por odio hacia el prisionero, sino por cuidar del decoro de Cayo: para que no se llevara la fama de recibir con gozo la muerte de Tiberio, si liberaba sin demora a un hombre encadenado por él.

Con todo, transcurridos no muchos días, lo mandó llamar a su casa, le cortó el pelo y le mudó el vestido; luego le ciñó la diadema a la cabeza y lo nombró rey de la tetrarquía de Filipo, otorgándole además la tetrarquía de Lisanias, y le cambió la cadena de hierro por una de oro del mismo peso. Y envió a Marulo como hiparco a Judea.

En el segundo año del gobierno de Cayo César, Agripa pidió que se le concediera navegar hasta su reino para organizar su gobierno y, tras disponer lo demás como convenía, regresar.

El emperador se lo concedió, y llegó, y contra toda esperanza fue visto por todos como rey. Ante quienes lo contemplaban ponía de manifiesto cuánto poder tiene la fortuna sobre los hombres, cuando reflexionaban sobre su anterior estrechez y su presente prosperidad. Unos lo tenían por dichoso, porque no se había visto defraudado en sus esperanzas; otros no acababan de dar crédito a lo sucedido.

Herodías, hermana de Agripa y esposa de Herodes —tetrarca de Galilea y Perea—, recibía con envidia hacia su hermano aquel poder, al verlo elevado a una dignidad mucho mayor que la de su propio marido. Porque Agripa había salido al destierro incapaz de saldar sus deudas, y sin embargo había regresado con dignidad, y aun con tan grande fortuna.

Se dolía, pues, y llevaba mal un cambio tan enorme en él, sobre todo cuando lo veía recorrer las multitudes con las insignias acostumbradas de la realeza. No soportaba disimular la desdicha de su envidia, y azuzaba a su marido ordenándole que navegara a Roma a pretender lo mismo. Le decía que no era soportable para ellos seguir viviendo así: que Agripa, hijo de Aristóbulo —condenado a muerte por su propio padre—, sumido en una pobreza sin salida hasta el punto de que a duras penas se le aliviaba lo indispensable del día a día, y que había hecho su travesía huyendo de sus acreedores, hubiera vuelto convertido en rey; mientras que él, siendo hijo de un rey y llamado por el parentesco del poder a aspirar a lo mismo, se quedaba sentado, contento de pasar la vida como un simple particular.

«Y aunque antes, Herodes, no te doliera hallarte en menor honra que aquel de quien has nacido, ambiciona ahora al menos la dignidad de tu linaje; no consientas en quedar por debajo de un hombre que ahora te aventaja en honra, cuando antes cortejaba tu riqueza, ni pongas de manifiesto que la pobreza de aquel supo sacar mejor partido, por su valía, que nuestra propia holgura; ni tengas por cosa sin vergüenza ser el segundo de quienes ayer y anteayer vivían de tu compasión.

Vayamos, pues, a Roma, y no haya ahorro ni de esfuerzo ni de gasto de plata y oro, pues no hay mejor destino para su conservación que emplearlos en algo así: lo que se gaste será por la conquista de un reino.»

Él, por un tiempo, se resistía —amaba la tranquilidad y miraba con recelo el bullicio de Roma— e intentaba hacérselo ver a ella. Pero cuanto más lo veía echarse atrás, con más insistencia lo apremiaba, ordenándole que no cejara y lo hiciera todo por la realeza. Y al final no lo dejó hasta que lo venció y lo hizo, contra su voluntad, del mismo parecer que ella, porque no había otro modo de escapar de sus resoluciones en tales asuntos. Así, tras prepararse con toda la magnificencia posible y sin escatimar en nada, se hizo a la mar rumbo a Roma, llevando consigo también a Herodías.

Agripa, al percatarse de sus intenciones y de sus preparativos, se preparó también él; y en cuanto se enteró de que habían zarpado, envió por su parte a Roma a Fortunato, uno de sus libertos, con regalos para el emperador y con cartas contra Herodes, para que instruyera también él a Cayo en persona cuando llegara la ocasión.

Fortunato, que se hizo a la mar tras la comitiva de Herodes y tuvo una travesía favorable, tan poco se quedó rezagado de Herodes que este apenas alcanzó a entrevistarse con Cayo antes de que aquel arribara y entregara las cartas. Ambos habían navegado hasta Dicearquía, y encuentran a Cayo en Bayas.

Es también esta una pequeña población de Campania, situada a unos cinco estadios de Dicearquía. Hay allí residencias imperiales, dotadas de fastuosas construcciones, pues cada uno de los emperadores rivalizaba por superar a sus predecesores. El lugar ofrece además baños de aguas termales que brotan solas de la tierra, saludables para curarse quienes las usan y provechosas, por lo demás, para un modo de vida sosegado.

Cayo, al mismo tiempo que saludaba a Herodes —era esta su primera audiencia con él—, iba leyendo las cartas de Agripa, redactadas como acusación contra aquel. Lo acusaba de un pacto con Seyano contra el gobierno de Tiberio, y ahora, en el presente, de otro con Artábano el parto contra el gobierno de Cayo.

Como prueba de la acusación aducía un armamento capaz de bastar para setenta mil hoplitas, guardado en las armerías de Herodes. Cayo se conmovió con lo dicho y preguntó a Herodes si era cierto lo de las armas.

Y como aquel —pues no le cabía decir otra cosa, ya que la verdad hablaba en su contra— reconoció que las armas existían, Cayo tuvo por creíble lo que se le imputaba sobre la rebelión: le quitó la tetrarquía y la agregó al reino de Agripa, entregó igualmente a Agripa su dinero, y a él lo castigó con destierro perpetuo, señalándole por residencia Lugduno, ciudad de la Galia.

Al enterarse de que Herodías era hermana de Agripa, le ofreció conservar cuanto dinero fuera suyo propio, y, dando por sentado que no compartiría la desgracia de su marido, le dijo que su hermano era su muralla.

Pero ella respondió: «Tú, en verdad, emperador, hablas con generosidad y como corresponde a tu dignidad; mas me impide valerme del favor de tu regalo la lealtad hacia el hombre con quien me casé. No es justo que a quien fue partícipe de su prosperidad lo abandone en la suerte que ahora le ha tocado».

Y él, irritado por aquella grandeza de ánimo, la desterró junto con Herodes y entregó su hacienda a Agripa. Así, a Herodías por la envidia hacia su hermano, y a Herodes por haber prestado oído a las ligerezas de una mujer, les impuso Dios este castigo.

Cayo, durante el primer año y el siguiente, condujo los asuntos con mucha nobleza y, mostrándose moderado, se ganó gran afecto tanto entre los propios romanos como entre los súbditos. Pero, andando el tiempo, dejó de pensar como hombre a causa de la grandeza de su poder: se endiosaba a sí mismo y se dio a gobernarlo todo para deshonra de la divinidad.

Y así, cuando estalló en Alejandría una revuelta entre los judíos que allí habitan y los griegos, cada bando eligió a tres embajadores, que se presentaron ante Cayo. Uno de los embajadores de los alejandrinos era Apión, que lanzó contra los judíos muchas blasfemias, y entre otras cosas dijo que despreciaban los honores debidos al César: en efecto —afirmaba—, cuando todos cuantos están sometidos al imperio de los romanos habían levantado altares y templos a Cayo, y en todo lo demás lo acogían como a los dioses, solo estos tenían por indigno honrarlo con estatuas y jurar por su nombre.

Tras haber dicho Apión muchas cosas y muy graves, con las que esperaba —y no sin razón— inflamar a Cayo, Filón, que encabezaba la embajada de los judíos, hombre en todo ilustre, hermano del alabarca Alejandro y no ajeno a la filosofía, se disponía a salir en defensa contra aquellas acusaciones. Pero Cayo se lo impidió, ordenándole que se quitara de en medio, y, fuera de sí de cólera, era evidente que iba a hacerles algún daño terrible. Filón salió cubierto de ultrajes y dijo a los judíos que lo rodeaban que debían tener ánimo, pues Cayo, aunque de palabra se había enfurecido contra ellos, de hecho ya estaba poniendo a Dios en su contra.

Cayo, llevando muy a mal verse despreciado hasta tal punto solo por los judíos, envió como legado a Siria a Petronio, sucesor de Vitelio en el mando, con la orden de entrar en Judea con fuerzas numerosas y, si lo aceptaban de buen grado, erigir su estatua en el Templo de Dios; y si obraban con obstinación, hacerlo tras vencerlos en guerra.

Petronio, hecho cargo de Siria, se apresuró a cumplir las cartas del César: reunió el mayor número posible de tropas auxiliares y, llevando consigo dos legiones del ejército romano, se presentó en Ptolemaida para invernar allí, dispuesto a no privarse de hacer la guerra al llegar la primavera; y escribió a Cayo acerca de lo que había resuelto. Este lo elogió por su celo y le ordenó no aflojar, sino combatir con firmeza a quienes no obedecieran.

Pero muchas decenas de miles de judíos se presentaron ante Petronio en Ptolemaida, suplicando que no los forzara a violar la ley y a transgredir la ley patria.

«Y si de todos modos estás resuelto a traer la estatua y a erigirla —decían—, mátanos antes a nosotros mismos y luego lleva a cabo lo decidido; porque no podemos, mientras vivamos, contemplar cosas que nos están prohibidas por la autoridad del legislador y de nuestros antepasados, que las prohibieron por convicción de que ello conducía a la virtud.» Petronio, encolerizado, respondió:

«Si yo fuera emperador y pensara hacer esto por decisión propia, justo sería que me dirigierais esas palabras. Pero, habiéndomelo ordenado el César, es de toda necesidad que cumpla lo que él ha decretado de antemano, porque desobedecerlo acarrearía un castigo sin remedio.» «Pues bien, ya que así piensas, Petronio —dijeron los judíos—, del mismo modo que tú no traspasarías las cartas de Cayo, tampoco nosotros transgrediremos el mandato de la ley: nosotros, que confiados en la virtud de Dios y en los esfuerzos de nuestros antepasados hemos permanecido hasta hoy sin quebrantarla, no nos atreveríamos a volvernos tan viles como para transgredir por temor a la muerte aquello que él ha decidido, aunque el no cumplirlo nos acarreara un bien.

Antes bien, afrontando cuanto la suerte nos depare por la custodia de nuestras tradiciones, soportaremos el peligro, sabiendo con certeza que aun así podríamos salir victoriosos: por Dios, que se pondrá de nuestra parte cuando afrontemos estos peligros en honor suyo, y por la suerte, que en los asuntos humanos suele acompañar tanto en un sentido como en otro.

En cambio, obedecerte a ti nos valdría muchos reproches de cobardía, por dar la impresión de transgredir la ley precisamente por ella; y, al mismo tiempo, la gran ira de Dios, que incluso ante ti como juez sería mejor que Cayo.»

Petronio, al ver por estas palabras que su determinación era invencible y que no podría llevar a cabo sin combate el encargo de Cayo de erigir la estatua, sino que habría gran mortandad, tomó consigo a sus amigos y al séquito que le acompañaba y se dirigió a toda prisa a Tiberíades, con el deseo de observar en qué estado se hallaban los asuntos de los judíos.

Y los judíos, que consideraban grande el peligro de una guerra contra los romanos, pero juzgaban mucho mayor el de transgredir la ley, de nuevo salieron al encuentro de Petronio, cuando llegó a Tiberíades, en muchas decenas de miles.

Y valiéndose de súplicas le rogaban que de ningún modo los pusiera en semejante trance ni mancillara la ciudad con la erección de una estatua. «¿Haréis, pues, la guerra a César —dijo Petronio—, sin tener en cuenta ni sus recursos ni vuestra propia debilidad?» Y ellos respondieron: «De ningún modo haremos la guerra, pero moriremos antes que transgredir las leyes.» Y arrojándose sobre el rostro y ofreciendo las gargantas, declaraban estar dispuestos a que se les diera muerte.

Y esto se prolongó durante cuarenta días; y en adelante descuidaron el cultivo de los campos, y eso siendo la estación propia de la siembra. Grande era su resolución y firme su empeño en el afán de morir antes que ver erigida la estatua.

Estando así las cosas, Aristóbulo, el hermano del rey Agripa, y Helcías el Grande, y los demás principales de esta casa, y los primeros junto con ellos, se presentaron ante Petronio para exhortarlo: puesto que veía el ardor de la multitud, que en nada la incitara a la desesperación, sino que escribiese a Cayo lo irreductible de su oposición a admitir la estatua; y cómo, abandonando el cultivo de la tierra, se sentaban en protesta, no queriendo hacer la guerra —pues ni siquiera podrían—, pero dispuestos a morir con gusto antes que transgredir sus costumbres; de modo que, al quedar la tierra sin sembrar, brotaría el bandidaje por la imposibilidad de pagar los tributos.

Pues quizá Cayo, ablandado, no concibiera nada cruel ni pensara en el exterminio de la nación; y, si persistía en la resolución de entonces de hacer la guerra, entonces sí que él mismo emprendiera la empresa.

Así, pues, exhortaban a Petronio los de Aristóbulo en estos términos. Y Petronio, en parte porque los de Aristóbulo lo apremiaban de todas las maneras —ya que hacían su petición en favor de cosas de gran importancia y recurrían a todo recurso en sus súplicas—, y en parte porque contemplaba la firme oposición de la voluntad de los judíos, y consideraba terrible que, por servir a la locura de Cayo, llevase la muerte a tantas decenas de miles de hombres, y tuviera por ello como cargo la piedad que se debe a Dios, y hubiera de pasar el resto de su vida con mala esperanza, tuvo por mucho mejor escribir a Cayo acerca de lo irreductible de aquellos, aunque él suscitara su ira por no haber cumplido con prontitud lo ordenado en sus cartas.

Pues quizá incluso lo persuadiera; y si Cayo persistía en la locura de su primera resolución, entonces emprendería la guerra contra ellos; y si, en fin, volvía algo de su ira contra él mismo, hermoso era para quienes aspiran a la virtud morir por tan gran multitud de hombres. Y así resolvió tener por convincente el razonamiento de quienes se lo pedían.

Reunió a los judíos en Tiberíades, y acudieron muchas decenas de miles; puesto en pie ante ellos, les hizo ver que la campaña presente no era decisión suya, sino un mandato del emperador —cuya ira no admite dilación alguna, sino que cae al instante sobre quienes se atreven a desoírlo—; y que a quien ha alcanzado honra tan grande le está bien no hacer nada contrario a la voluntad de aquel.

«Pero no considero justo escatimar mi propia seguridad y mi honra por vosotros, que sois tantos, con tal de que no perezcáis mientras servís a la virtud de vuestra ley —que, siendo patria, tenéis por digna de que se combata por ella— y a la majestad y al poder de Dios sobre todas las cosas, cuyo Templo no me atrevería a ver caer bajo la insolencia del poder de los que gobiernan.

Envío, pues, recado a Cayo declarándole vuestro parecer y abogando de algún modo en favor de lo nuestro, para que sufra un cambio contra su propósito ante los bienes que os habéis fijado. Y ojalá coopere Dios —pues el poder que a él pertenece es mejor que todo artificio y toda fuerza humana—, procurando a vosotros la conservación de vuestras tradiciones y a él mismo el no verse privado de las honras acostumbradas por designios humanos contrarios a su voluntad.

Y si Cayo, amargado, vuelve contra mí lo implacable de su ira, soportaré todo peligro y toda miseria que sobrevenga a mi cuerpo y a mi fortuna, antes que veros perecer a vosotros, siendo tantos, por obras tan buenas.

Marchaos, pues, cada uno a sus labores y trabajad la tierra. Yo mismo enviaré recado a Roma y no rehusaré servir en todo a vuestro favor, por mí mismo y por medio de mis amigos.»

Dicho esto, disolvió la asamblea de los judíos y pidió a los notables que se cuidaran de la labranza y ganaran al pueblo con buenas esperanzas. Y así se afanaba por levantar el ánimo de la multitud. Pero fue Dios quien mostró a Petronio su presencia y su auxilio en todo aquello: pues en el momento mismo en que acababa el discurso que había pronunciado ante los judíos, al instante soltó una gran lluvia, sobrevenida contra la esperanza de todos, porque aquel día, despejado desde la mañana, nada anunciaba de lluvia en el aspecto del cielo, y el año entero, aferrado por una gran sequía, tenía a los hombres desesperados del agua de lo alto, aun cuando alguna vez vieran encapotado el cielo.

De modo que, llegada entonces tanta agua, fuera de lo acostumbrado y en contra de lo que a cualquier otro le habría parecido, los judíos abrigaron la esperanza de que Petronio no fracasaría en modo alguno en lo que pedía por ellos; y Petronio quedó atónito en grado mayor, al ver con claridad que el Dios de los judíos velaba por ellos y había manifestado su presencia con tanta abundancia, que ni siquiera a quienes de propósito se empeñaran en pensar lo contrario les quedaba fuerza para negarlo.

Y en cuanto a lo que, junto con lo demás, escribió a Cayo —todo ello dispuesto a persuadirlo y a exhortarlo de todas las maneras a que no llevara a la desesperación a tantas decenas de miles de hombres, a quienes, si los mataba (pues no cederían sin guerra en lo legítimo de su culto), se vería privado de la renta que de ellos recibía y quedaría sometido, para el tiempo venidero, a la maldición del trofeo—, por lo demás le presentaba como incontaminado el poder de lo divino que presidía sobre aquella nación, un poder que no dejaba resquicio alguno de duda en cuanto a mostrar su propia fuerza. Y en esto estaba Petronio.

El rey Agripa, que por entonces residía en Roma, progresaba cada vez más en la amistad de Cayo. Y en cierta ocasión, al ofrecerle un banquete, se propuso sobrepasar a todos en el gasto que dedicó a la mesa y en el despliegue de cuanto puede procurar deleite —de suerte que no ya cualquiera de los demás, sino ni el propio Cayo, aunque hubiese querido igualarlo, pudiese confiar en lograrlo, y mucho menos en superarlo—. Tanto aventajó aquel hombre a todos con su despliegue y con el empeño puesto en ofrecer todo aquello que ni siquiera el César habría imaginado.

Y Cayo, admirado de su ingenio y de su magnificencia —de ver cómo se esforzaba por complacerle y por servirse, aun por encima de sus recursos, de una abundancia superior a sus medios—, y queriendo imitar la largueza de Agripa, desplegada toda ella para su propio deleite, relajado por el vino y con el ánimo vuelto hacia lo más festivo, dijo en el banquete, mientras Agripa le convidaba a beber:

«Agripa, ya antes tenía yo presente la honra con que me tratabas y la gran benevolencia que me mostraste aun en medio de los peligros en que te viste por ella bajo Tiberio; y no dejas de emplear conmigo una virtud que va aun más allá de tus fuerzas. Por ello —pues me resulta vergonzoso quedar vencido por tu celo— quiero reparar lo que antes se me quedó corto: poco es todo cuanto hasta ahora te tengo repartido en dones. Todo aquello que pueda añadir peso a la balanza de tu dicha te será servido con mi buena voluntad y con mi poder.»

Esto decía en la creencia de que le pediría muchas tierras de las que rinden renta, o incluso las rentas de algunas ciudades. Pero Agripa, aunque traía dispuesto de antemano cuanto iba a pedir, no descubrió su intención, sino que al punto respondió a Cayo que ni antes le había rendido su servicio con la mira puesta en el provecho que de él pudiera venirle, en contra de las cartas de Tiberio, ni ahora hacía nada de cuanto obraba para complacerle con vistas a ganancias propias en forma de mercedes. Que grandes eran los dones ya recibidos, y por encima de lo que su misma audacia había esperado: «pues aunque hayan quedado por debajo de tu poder, superan con todo el pensamiento y el merecimiento del que los ha recibido.»

Y Cayo, pasmado ante su virtud, más insistía en que dijera con qué favor podría gratificarle. Y él: «Puesto que, señor, con tu buena disposición me declaras digno de dones, no pediré nada de cuanto conduce a la riqueza, pues brillo ya sobradamente con lo que me diste. Pediré, en cambio, algo que te procure a ti fama de piadoso, que ponga a la divinidad de tu parte como aliada en cuanto quisieras, y que a mí me traiga gloria ante quienes lo sepan, al ver que nunca fracasé en nada de cuanto quise valerme de tu autoridad: te pido que la erección de la estatua que ordenas a Petronio levantar en el Templo de los judíos no pienses ya en llevarla a cabo.»

Y él, aunque juzgaba peligroso aquello —pues, si Cayo no lo estimaba admisible, no conducía sino a la muerte—, por tener por grande la causa, y por serlo, se decidió a arrojar el dado que su suerte echaba a rodar.

Cayo, ganado a la vez por los agasajos de Agripa, y considerando además impropio quedar por embustero ante tantos testigos en aquello a lo que él mismo, con tanto empeño, había forzado a Agripa a pedir —de modo que al punto se arrepintió—, y admirado también de la virtud de Agripa, que en tan poco tenía acrecentar su propio poder ya con rentas de dinero, ya con otra clase de fuerza, y en cambio velaba por el bienestar común anteponiendo las leyes y la divinidad, accedió, y escribió a Petronio: lo elogiaba por la reunión del ejército y por haberle consultado a él sobre este asunto.

«Ahora bien: si ya has erigido la estatua, que quede en pie; pero si aún no has hecho la dedicación, no te fatigues más, sino licencia el ejército y vete tú a aquello para lo que primero te envié, pues ya no tengo ninguna necesidad de la erección de la estatua, y se lo concedo a Agripa, hombre a quien honro demasiado para contradecir su ruego y cuanto pidiere.»

Esto escribe Cayo a Petronio antes de leer su carta, pues había dado por cierto que los judíos se aprestaban a la rebelión —ya que su intención no anunciaba otra cosa, sino que amenazaba guerra abierta contra los romanos—.

Y, dolido en lo hondo de que se hubieran atrevido a poner a prueba su autoridad —hombre que en todo era vencido por lo vergonzoso y refractario a lo mejor, presto como ninguno a descargar su ira contra cualquiera que se le antojara, sin ponerle freno alguno, y que cifraba su dicha en satisfacerla—, escribe a Petronio:

«Puesto que has tenido en más los regalos que los judíos te dieron que mis órdenes, y, arrebatado por el placer de complacerlos, te has puesto a servirles en todo transgrediendo mis mandatos, te ordeno que, constituido en juez de ti mismo, deliberes sobre lo que debes hacer, sometido a mi ira; pues quiero hacer de ti un ejemplo, para todos los de ahora y para cuantos vengan después, de que jamás se anulen las órdenes de un emperador.»

Esta carta escribe a Petronio; pero no alcanzó a recibirla mientras Cayo vivía, pues la travesía se demoró tanto a los que la llevaban que antes que ella llegaron a Petronio otras cartas, por las que supo la muerte de Cayo.

Porque Dios no iba, en efecto, a olvidarse de los riesgos que Petronio había afrontado por el favor a los judíos y por Su honra; antes bien, quitando de en medio a Cayo en pago de su ira por lo que se había atrevido a hacer en busca de su propia divinización, saldó esa deuda. Y con Petronio se alegraron Roma y todo el imperio, sobre todo cuantos sobresalían en el senado por su dignidad, pues contra ellos descargaba Cayo su ira sin templanza.

Y muere no mucho tiempo después de escribir a Petronio la carta consagrada a su muerte; mas la causa por la que muere, y el modo de la conjura, los referiré según avance el relato.

A Petronio le llegó primero la carta que le declaraba la muerte de Cayo, y no mucho después la que le ordenaba quitarse la vida por su propia mano. Se alegró de la coincidencia con que la ruina alcanzó a Cayo, y admiró la providencia de Dios, que sin dilación alguna, sino al momento, le pagaba el galardón por la honra hecha al Templo y por el auxilio prestado a la salvación de los judíos. Y así, de un modo que no habría podido conjeturarse, escapó Petronio con facilidad del peligro de muerte.

Sobrevino también a los judíos de Mesopotamia, y de manera muy señalada a los que habitaban Bavel, una calamidad terrible, que a ninguna otra cedía en gravedad: una matanza numerosa como no se había registrado antes. De todo ello daré cuenta con exactitud, y expondré también las causas de las que les vino tal desdicha.

Neerda es una ciudad de Bavel muy poblada y, además, dueña de una tierra buena y extensa; entre otros bienes, abunda también en habitantes. Y no es de fácil asalto para los enemigos, pues el Éufrates, con su rodeo, la ciñe toda por dentro, y a ello se suman las obras de sus murallas.

Está también Nisibis, ciudad situada sobre esa misma vuelta del río. Por eso los judíos, fiados de la naturaleza de aquellos parajes, depositaban allí el didracma que cada uno tiene por costumbre patria pagar a Dios, y cuantas otras ofrendas hubiera, y se servían de estas ciudades como de una tesorería.

Desde allí se enviaba todo a Yerushaláyim cuando llegaba el momento, y muchas decenas de miles de hombres se hacían cargo del transporte de aquellos caudales, temerosos de las rapiñas de los partos, ya que Bavel les pagaba tributo.

Había dos hombres, Asineo y Anileo, naturales de Neerda y hermanos entre sí. Huérfanos de padre, su madre los puso a aprender el oficio de tejer, pues entre los del país no se tiene por impropio que los hombres hilen la lana. El que estaba al frente del taller —bajo el cual habían aprendido— les reprochó llegar tarde y los castigó a golpes.

Ellos, tomando aquel correctivo por una afrenta, descolgaron cuantas armas —que eran muchas— se guardaban en la casa, y se marcharon a un paraje llamado la Hendidura de los ríos, capaz por su naturaleza de ofrecer buenos pastos y todo el forraje que quisieran almacenar para el invierno. Se les fueron juntando los más menesterosos de entre los jóvenes, y armándolos, se hicieron caudillos, y nadie les impedía ser jefes de maldades.

Pues, una vez llegados a punto de resultar inexpugnables y levantada una ciudadela, mandaban recado a los que apacentaban ganado, ordenándoles pagar de sus reses el tributo que bastara para su sustento; a los que obedecieran les ofrecían amistad y defensa contra enemigos venidos de cualquier parte, y a los que se negaran, el degüello de sus rebaños.

Estos, no pudiendo hacer otra cosa que aquello, los escuchaban y les enviaban cuantas ovejas se les mandaba, de modo que se les fue reuniendo aún mayor fuerza, y quedaron dueños de hacer daño con rápidas acometidas sobre lo que decidieran. Todo el que se topaba con ellos empezó a rendirles pleitesía, y eran temibles incluso para quienes pensaran atacarlos, hasta el punto de que la fama de ellos llegó ya al mismo rey de los partos.

El sátrapa de Bavel, sabedor de esto y queriendo atajarlos cuando aún estaban creciendo, antes de que de ellos se levantara un mal mayor, reunió el mayor ejército que pudo, de partos y de babilonios, y marchó contra ellos, deseoso de adelantárseles con el ataque y aniquilarlos antes de que se divulgara que estaba preparando el ejército.

El sátrapa rodeó el pantano y se mantuvo quieto. Al día siguiente —que era el Shabat, jornada en que los judíos se abstienen de toda actividad— pensó que los enemigos no se atreverían a resistirle, sino que los apresaría atados y sin combate; así que fue acercándose poco a poco, con la intención de lanzar un ataque por sorpresa.

Asineo, por su parte, estaba sentado con sus compañeros, y las armas descansaban a su lado. «Hombres —dice—, me ha llegado un relincho de caballos: no de yeguas que pacen, sino como el que producirían monturas con jinetes encima, pues percibo también cierto tintineo de frenos. Temo que los enemigos nos hayan rodeado sin que lo advirtamos. Que se adelante algún explorador y nos traiga un informe claro de lo que ocurre. Ojalá lo que digo resulte falso.» Así habló.

Partieron algunos a reconocer lo que sucedía y, tras acercarse a toda prisa, regresaron: «No te engañas —dijeron—; ves con claridad lo que traman los enemigos, y ellos no nos van a consentir ya un instante más. Estamos cercados por un ardid, en nada distintos del ganado: semejante muchedumbre de jinetes cabalga contra nosotros, que yacemos incapaces de emplear las manos, constreñidos por el precepto de nuestras costumbres patrias a permanecer inactivos.»

Pero Asineo no iba a decidir lo que había de hacerse según el parecer del explorador. Juzgó más conforme a la ley recibirlos con valentía —en razón de la necesidad en que había caído de quebrantar el precepto— y sufrir el castigo, si era preciso morir, antes que morir en la inacción y alegrar a los enemigos. Tomó él mismo las armas e infundió en los suyos coraje para un valor semejante. Van al encuentro de los enemigos y, matando a muchos de ellos —pues avanzaban con desprecio, como hacia una presa segura—, ponen en fuga al resto.

El rey de los partos, cuando le llegó la noticia del combate, quedó atónito ante la audacia de los hermanos y deseó tratarlos cara a cara y de palabra. Envía al más fiel de sus guardias de corps para que dijera: «El rey Artábano, aunque agraviado por vosotros con el atentado contra su poder, teniendo en menos su propia cólera que vuestro valor, me ha enviado a daros la diestra y su palabra. Os concede salvoconducto e inmunidad en los caminos, y desea que os paséis a su amistad, sin engaño ni fraude. Promete además daros presentes y una dignidad que, sumada al valor que ya tenéis, habrá de aprovecharos por el poder de él.» Asineo, con todo, aplazó su viaje allá.

Envió a su hermano Anileo con cuantos regalos pudo procurar. Este partió y obtuvo audiencia ante el rey. Cuando Artábano vio que Anileo venía solo, preguntó la causa de que Asineo se hubiera quedado atrás. Al enterarse de que permanecía en el pantano por temor, juró por los dioses de sus padres que ningún mal les haría si se pasaban confiados en su palabra, y le tendió la diestra —que entre todos los bárbaros de aquellas tierras es la mayor prenda de seguridad para quienes tratan con ellos—, pues nadie faltaría a su palabra una vez dada por él la diestra, ni dudaría en fiarse, si semejante garantía de seguridad procede de quienes estaban bajo sospecha de querer hacer daño. Hecho esto, Artábano despide a Anileo para que persuadiera a su hermano de volver.

El rey obraba así porque deseaba ganarse, mediante el valor de los hermanos judíos, un freno con que asegurar su amistad, ya que algunas de sus satrapías estaban sublevadas o dispuestas a sublevarse, y él iba a marchar contra ellas. Temía, en efecto, que mientras estuviera enredado en la guerra de aquella región, sometiendo a los rebeldes, la gente de Asineo creciera hasta hacerse muy poderosa, y que Bavel o bien se aliara para obedecerlos, o bien, si esto no lograba, no dejara de causar un daño aún mayor.

Con este propósito envía a Anileo, que fue persuasivo con su hermano al exponerle tanto la buena disposición general del rey como el juramento prestado, de modo que ambos se apresuraron hacia Artábano. Este los recibió con agrado a su llegada y se admiró de Asineo por su denuedo en la acción, viendo que era de aspecto del todo pequeño y tal que, a quienes lo encontraban por primera vez, les daba motivos de desprecio, como si en nada lo tuvieran. Dijo a sus amigos que, en la comparación, mostraba un alma más grande que su cuerpo; y, durante la bebida, señalando a Asineo a Abdagases, su jefe de ejército, le explicó su nombre y todo el valor que empleaba en la guerra.

Como Abdagases pedía que se le concediera matarlo y cobrar así desquite por los ultrajes que había inferido al imperio de los partos, «no daría yo —dijo el rey— licencia contra un hombre que ha confiado en su fe hacia mí, y a quien, más aún, he enviado la diestra y me he esforzado por hacerme digno de crédito con juramentos de los dioses. Pero si acaso eres hombre valeroso en la guerra, sin necesidad de mi perjurio, venga al imperio de los partos, que ha sido ultrajado: atácalo cuando regrese y véncelo con tu propia fuerza y sin conocimiento mío.»

Al amanecer, mandó llamar a Asineo. «Es hora, joven —le dice—, de que marches a tu tierra, no sea que provoques la ira de más de los generales de aquí y traten de darte muerte incluso sin mi consentimiento. Te confío en depósito la tierra de Bavel, que bajo tu cuidado quedará libre de saqueo e indemne de males. Merezco encontrarte agradecido, pues te he ofrecido mi propia fe sin tacha, no en asuntos leves, sino en los que atañen a tu salvación.» Dicho esto y entregados los presentes, despidió entonces a Asineo.

Este, llegado a su tierra, levanta fortalezas y fortifica cuanto antes había fortificado, y en poco tiempo se hizo grande, como ningún otro de los que antes se habían atrevido a emprender empresas de tal envergadura desde tan modestos comienzos. Los generales partos enviados a aquellas regiones le rendían pleitesía, pues el honor que le venía de los babilonios parecía escaso e inferior a su valía. Estaba en dignidad y poder, y ya todos los asuntos de Mesopotamia dependían de él, y su prosperidad fue en aumento durante quince años.

Cuando sus bienes estaban en su apogeo, un principio de males los alcanza por la siguiente causa: convirtieron en soberbia el valor con que habían llegado a tanto poder, y transgredieron las costumbres patrias al dejarse arrastrar por los deseos y el placer, a causa de una de las mujeres de los partos. Llegó, en efecto, a aquellas comarcas un general parto, al que acompañaba su esposa, mujer que, entre otras prendas, gozaba de antemano de la fama de ser alabada por encima de todas, y que ejercía sobre él mayor influjo por la admiración de su hermosura.

De esta belleza —ya la conociera de oídas, ya se hubiera vuelto por sí mismo testigo ocular de ella— Anileo, el hermano de Asineo, se hizo a la vez amante y enemigo: en parte porque no esperaba lograr la unión con la mujer sino tomando poder sobre ella como sobre un botín conquistado, y en parte porque juzgaba su deseo difícil de contradecir. Así pues, al mismo tiempo se erigió en enemigo del marido de ella; y, trabada una batalla provocada, caído y muerto el marido, ella fue capturada y desposada con su amante. Mas no sin grandes desgracias vino la mujer a la casa de Anileo y de Asineo, sino con un gran mal, por la causa siguiente.

Pues cuando, muerto su marido, fue llevada cautiva, se trajo consigo las imágenes de los dioses que eran patrios de su marido y de ella misma —es costumbre de todos los de aquellas tierras tener en casa objetos de culto y llevarlos consigo cuando van al extranjero—; guardando también en esto la usanza de sus padres respecto de ellos, se los llevó consigo. Al principio les rendía culto a escondidas, pero, una vez declarada esposa de Anileo, los honraba a su modo acostumbrado y con los mismos ritos que bajo su primer marido.

Los compañeros más honrados entre ellos le reprochaban que, para empezar, no hacía nada según la costumbre hebrea ni conforme a sus leyes, habiendo tomado a una mujer extranjera que quebrantaba la exactitud de los sacrificios y del culto acostumbrados entre ellos; que mirara, pues, no fuera que, por ceder demasiado al placer del cuerpo, perdiese el origen de su buen nombre y la autoridad que hasta entonces le había llegado por obra de lo divino.

Como no conseguían nada, y él además mató a uno de ellos, el más honrado, porque usaba de excesiva franqueza, este, al ver lo que le ocurría, en nombre del amor a las leyes y como castigo por quien lo mataba, imprecó sobre el propio Anileo, sobre Asineo y sobre todos sus compañeros un fin semejante, llevado sobre ellos por sus enemigos: sobre los primeros por haberse hecho cabecillas de transgresiones, y sobre los otros por no socorrerle mientras padecía tales cosas por defender las leyes. Ellos se afligían, pero lo soportaban, recordando que por ninguna otra causa habían llegado a su prosperidad sino por la fuerza de aquellos dos.

Pero cuando oyeron además que se rendía culto a los dioses honrados por los partos, ya no juzgaron tolerable la insolencia de Anileo contra las leyes; acudieron a Asineo y, siendo ya más numerosos, clamaban contra Anileo, diciendo que estaría bien que, si antes no había visto lo que le convenía, al menos ahora enmendara lo sucedido, antes de que el pecado quedase consagrado a la ruina de él y de todos los demás. Alegaban que el matrimonio de aquella mujer no se había contraído entre ellos ni conforme a las leyes que les eran habituales, y que el culto que la mujer practicaba se hacía en deshonra del Dios que ellos veneraban.

Él mismo sabía que el pecado de su hermano era causa de grandes males y lo sería en adelante; pero no se apartaba de él, vencido por el afecto hacia su pariente y concediéndole perdón como a quien se ve vencido por el deseo, mal más fuerte que él. Mas cuando cada día se congregaban más y eran más los clamores, entonces sí habla a Anileo acerca de ellos, censurándole lo primero que había hecho y ordenándole que cesara en lo sucesivo, enviando a la mujer de vuelta con sus parientes.

Pero nada se lograba con palabras. Y la mujer, advirtiendo el murmullo que dominaba a las gentes por causa suya, y temiendo por Anileo, no fuera que sufriera algún daño por el amor que le tenía, dio veneno a Asineo en la comida y se deshizo del hombre, quedando sin temor, pues tenía por juez de cuanto se hiciera respecto de ella a su propio amante.

Anileo, asumido ya el mando en solitario, saca su ejército contra las aldeas de Mitrídates, hombre principal en Partia y casado con la hija del rey Artábano. Se las llevó como botín, y se encuentra allí mucho dinero y esclavos, muchas ovejas y otras muchas cosas de las que aprovechan a sus dueños para acrecentar su prosperidad. Mitrídates —pues se hallaba por allí— cuando oye la toma de las aldeas, llevándolo a mal, en cuanto Anileo había empezado a agraviarle sin que él le hubiera hecho antes ningún mal, y había despreciado su dignidad estando él presente, reunió cuantos jinetes pudo, y de la mayoría los de edad militar, y se puso en marcha para entrar en combate con la gente de Anileo. Deteniéndose en una de sus propias aldeas, se mantuvo quieto, con intención de combatir al día siguiente, por ser jornada de Shabat, que los judíos pasan en reposo.

Anileo, informado de esto por un hombre sirio, extranjero de otra aldea, que le refirió con exactitud todo lo demás y también el lugar donde Mitrídates iba a banquetear, cenó a su hora y marchó de noche, deseando caer sobre los partos cuando ignoraran lo que se hacía. Y hacia la cuarta vigilia, cayendo sobre ellos, mata a unos aún dormidos y pone a otros en fuga; y a Mitrídates, tomándolo vivo, se lo llevó montado sobre un asno sin albarda —lo cual se considera la mayor de las afrentas entre los partos.

Tras conducirlo al bosque, y como sus amigos le urgían a matar a Mitrídates, él les enseñaba lo contrario, esforzándose por lo opuesto: que no estaba bien matar a un hombre del linaje más principal entre los partos y aún más honrado por su emparentamiento con el rey. Pues por ahora lo hecho era tolerable —ya que, aun habiendo sido ultrajado Mitrídates, al recibir el beneficio de que se le salvara la vida, recordaría el favor a quienes se lo habían concedido—; pero si sufría algo irreparable, el rey no quedaría quieto sin hacer una gran matanza de los judíos de Bavel, a quienes convenía perdonar, tanto por el parentesco como porque, si les sobrevenía algún revés, no tendrían dónde replegarse, siendo Bavel la que reunía la flor de su número.

Habiendo él meditado esto y expuéstolo en la asamblea, resultó persuasivo, y Mitrídates es liberado. Pero cuando este llegó a casa, su mujer lo reprochaba: que si, siendo yerno del rey, no tomaba providencias, desentendiéndose de castigar a quienes lo habían ultrajado, sino que se contentaba con la salvación obtenida tras haber sido cautivo a manos de unos judíos... «Ahora corre de nuevo hacia el valor, o juro por los dioses reales que quedaré desligada de mi unión matrimonial contigo.»

Él, en parte por no soportar la molestia diaria de los reproches, en parte por temer la altivez de la mujer, no fuera que se disolviera su matrimonio, contra su voluntad y sin quererlo reúne el mayor ejército que pudo y se pone en marcha, considerando también él ya intolerable su propia salvación, si, siendo parto, era zarandeado por un judío que le hacía la guerra. Anileo, cuando se entera de que Mitrídates avanza con gran fuerza, juzgando indigno quedarse en los pantanos en vez de adelantarse a salir al encuentro de los enemigos, y esperando obrar como en su anterior buena fortuna, y que el valor asiste a quienes se atreven y están habituados a mostrar arrojo, sacó su tropa.

Muchos, además de su propio ejército, se le habían unido, dispuestos a lanzarse al saqueo de lo ajeno y a aterrar con su solo aspecto a los enemigos. Pero cuando habían avanzado noventa estadios, hecho el camino por tierra sin agua y siendo mediodía, entre otros males los abrumaba entonces la sed; y Mitrídates, apareciendo, atacó a hombres extenuados por la falta de bebida e incapaces, por ello y por la hora, de portar las armas. Se produce, pues, la derrota de la gente de Anileo, por enfrentarse agotados a tropas frescas; hubo mucha matanza y cayeron muchas decenas de miles de hombres. Anileo y cuanto quedaba reunido en torno a él se retiraron en fuga al bosque, habiendo procurado a Mitrídates gran gozo por la victoria sobre ellos.

A Anileo se le fue acercando una multitud de hombres indigentes y malvados, que cifraban su salvación en la comodidad del momento presente, de suerte que la incorporación de estos vino a compensar el número de los perdidos; aunque no eran iguales a los caídos, por su falta de instrucción. Con todo, arremete también contra estas aldeas de los babilonios, y todo aquello quedó devastado por la insolencia de Anileo.

Y los babilonios, junto con los que estaban en la guerra, envían a Neerda, a los judíos que allí había, reclamando la entrega de Anileo. Y como estos no aceptaban la propuesta —pues, aun queriéndolo, no habrían podido entregarlo—, les proponían la paz; y ellos respondieron que también deseaban un acuerdo de paz, y envían junto con los babilonios a unos hombres para que trataran con Anileo. Pero los babilonios, hecho un reconocimiento, averiguaron el lugar donde Anileo estaba establecido, y cayendo sobre ellos a escondidas, de noche, mientras estaban ebrios y entregados al sueño, mataron sin temor a cuantos sorprendieron, y al propio Anileo.

Los babilonios, libres ya del agobio de Anileo —que era un freno en su odio contra los judíos, pues casi siempre habían estado enemistados por causa de la oposición de sus leyes, y aquel de los dos bandos que cobraba confianza era el primero en atacar al otro—, aun entonces, perecida la gente de Anileo, los babilonios se lanzaron contra los judíos. Estos, tomando a mal el ultraje de los babilonios y no pudiendo ni presentarles batalla ni juzgando tolerable la convivencia, se marcharon a Seleucia, la más notable ciudad de aquellas tierras, fundada por Seleuco Nicátor. La habitan muchos macedonios, la mayoría griegos, y hay también no poca población siria avecindada en ella.

A esta se refugian, pues, los judíos, y durante cinco años estuvieron libres de males; pero al sexto año, después del primero, ocurrió en Bavel una destrucción de ellos, y nuevas fundaciones que partían de la ciudad, y por causa de ella una llegada a Seleucia, donde los aguarda una calamidad mayor, por la razón que voy a referir. La vida de los seleucios —los griegos frente a los sirios— transcurre, por lo general, en discordia y disensión, y prevalecen los griegos. Entonces, pues, viniendo los judíos a habitar con ellos, se produjo la contienda, y los sirios quedaron por encima gracias a la alianza que los judíos concertaron con ellos, hombres amantes del peligro y prestos a formar en la guerra.

Los griegos, zarandeados por la contienda y viendo un único recurso para recobrar su antigua dignidad —si lograban impedir que judíos y sirios dijeran lo mismo—, conversaban cada uno con aquellos sirios que antes habían sido sus allegados, prometiéndoles paz y amistad. Estos se dejaron persuadir de buen grado. Hubo, pues, tratos de una y otra parte, y, urgiendo las reconciliaciones los hombres principales de cada bando, el acuerdo se hizo rapidísimamente. Puestos de común acuerdo, uno y otro bando quiso ofrecer una gran prueba de mutua buena voluntad: su enemistad contra los judíos. Cayendo de improviso sobre ellos, matan a más de cincuenta mil hombres, y perecieron todos, salvo algunos que, por compasión de amigos o vecinos, cuando se les permitió, huyeron.

A estos les quedaba el repliegue a Ctesifonte, ciudad griega situada cerca de Seleucia, donde el rey inverna todos los años y se halla depositada la mayor parte de su bagaje. Mas habían obrado sin juicio al asentarse allí, pues los seleucios gozaban del favor de la corona. Todo el pueblo judío de aquellas tierras temió tanto a los babilonios como a los seleucios, ya que cuanta población siria estaba avecindada en aquellos lugares decía lo mismo que los seleucios en cuanto a la guerra contra los judíos. Y se congregaron, de modo que en gran número acudieron a Neerda y a Nisibis, procurándose seguridad por la solidez de estas ciudades, en las que, por lo demás, habita toda una multitud de hombres aguerridos. Tal era la situación de los judíos asentados en Bavel.

Capítulo IX

Libro decimonoveno

Cayo no mostró la locura de su soberbia solo contra los judíos de Yerushaláyim y contra cuantos allí habitan, sino que la extendió por toda la tierra y el mar que obedecen a Roma, y la llenó de incontables males como nunca antes se habían registrado. Era sobre todo Roma la que sentía lo terrible de sus actos, pues en nada la tenía por más digna que a las demás ciudades: saqueaba y arrebataba a los demás, y en especial al senado y a cuantos eran nobles y honrados por la ilustre estirpe de sus antepasados. Otras mil acusaciones inventaba contra los llamados caballeros —iguales en dignidad y en poder de riqueza a los senadores, y estimados por la ciudad porque de ellos venían las convocatorias al consejo—; su castigo era la deshonra y el destierro cuando se les mataba y se les despojaba de sus bienes, porque las matanzas ocurrían las más de las veces por quedarse con su dinero. Se hacía dios a sí mismo y exigía que los honores que le rendían sus súbditos no fueran ya humanos; y, frecuentando el templo de Júpiter que llaman el Capitolio —el más venerado de sus santuarios—, se atrevió a llamar hermano suyo a Júpiter.

Y en lo demás no obraba con nada que no fuera locura. Desde Dicearquía, ciudad situada en Campania, hasta Miseno, otra ciudad marítima, teniendo por indigno hacer la travesía en trirreme —y creyendo, además, que como señor del mar le correspondía exigirle lo mismo que a la tierra—, unió con un puente treinta estadios de mar, de un cabo al otro, y, encerrando dentro todo el golfo, condujo por él su carro; pues, siendo dios, le parecía bien abrirse tales caminos. De los templos griegos no dejó ninguno sin saquear: ordenó que le trajesen cuanto tenían de pintura o de escultura, y las demás obras de estatuas y ofrendas votivas, pues lo bello no debía hallarse en otro lugar que en el más bello, y este resultaba ser la ciudad de Roma. Con lo que de allí traía adornaba su casa, sus jardines y cuantas residencias tenía por la tierra de los italianos. Llegó incluso a atreverse a mandar que trasladaran a Roma al Júpiter Olímpico, venerado por los griegos y así llamado, obra de Fidias el ateniense. Pero no lo consiguió, porque los arquitectos advirtieron a Memio Régulo —encargado del traslado de Júpiter— que la obra se destruiría si se la movía. Y se dice que Memio, por esto y por presagios mayores de lo que uno tendría por creíble, aplazó la remoción. Escribe entonces a Cayo excusándose de haber dejado la orden sin cumplir; y, cuando de ello le vino peligro de perecer, se salva porque Cayo se le adelantó en morir.

Hasta tal punto llegó su desvarío que, al nacerle una hija, la subió al Capitolio y la depositó sobre las rodillas de la estatua, declarando que la niña era común a él y a Júpiter, y nombrándole dos padres; y cuál de ellos fuese el mayor, dijo, lo dejaba sin decidir. Y estas cosas le toleraban los hombres. Intentó también que los esclavos acusaran a sus amos de cualquier delito que quisieran; pues era terrible cuanto pudiera decirse, porque casi todo ocurría por su favor y a su instigación. De modo que Polideuces, un esclavo, se atrevió a acusar incluso a Claudio, y Cayo consintió en reunirse para oír una causa capital contra su propio pariente, con la esperanza de recibir el poder de eliminarlo. No le salió, sin embargo. Pero, habiendo llenado de calumnias y de males todo el orbe que gobernaba, y ensalzado en gran medida el dominio de los esclavos sobre sus amos, se formaban ya numerosas conjuras: unos por vengar en su cólera lo que padecían, otros porque juzgaban mejor deshacerse del hombre antes de caer en desgracias grandes.

Por eso, ya que su muerte trajo un gran giro de dicha a las leyes de todos y a la seguridad —y nuestra nación no habría escapado ni por poco a la ruina de no haberle sobrevenido un fin rápido—, quiero recorrer con exactitud todo el relato acerca de él, sobre todo porque encierra mucha prueba del poder de Dios, consuelo para quienes yacen en la desgracia y amonestación para quienes creen eterna la buena fortuna, y que no hay que atribuírsela indebidamente cuando no la acompaña la virtud.

Su muerte se preparó por tres caminos, y de cada uno tuvieron el mando hombres valerosos. Emilio Régulo, de linaje de Córdoba, en Iberia, agrupaba a algunos, dispuesto por medio de ellos o por sí mismo a acabar con Cayo. Otra conjura se formaba, cuyo jefe era el tribuno Querea Casio. Y Anio Minuciano no era pequeña parte de los preparados contra la tiranía. La causa que los unió en el odio hacia Cayo era, en Régulo, su cólera ante todo y su aborrecimiento de cuanto se hacía con injusticia; pues hay en su ánimo algo fogoso y libre que no le dejaba siquiera callar sus planes: a muchos se los comunicó, tanto amigos como otros que le parecían resueltos. Minuciano, en parte por vengar a Lépido —pues era su mayor amigo, y de los pocos ciudadanos a quienes Cayo dio muerte—, y en parte por temer por sí mismo, ya que Cayo descargaba por igual sobre todos su cólera destinada a la muerte, llegó a la empresa. Querea cargaba con la vergüenza y con los reproches de cobardía que Cayo le lanzaba, y además vivía en peligro cada día; y juzgaba que su vida de amistad y servicio junto a Cayo no era en nada la de un hombre libre, por lo que anhelaba su muerte. Otros pensaban que convenía someter a la consideración de todos en común el examen del asunto —de cuantos veían aquella insolencia y deseaban escapar del punto crítico que crecía unos contra otros—, eliminando a Cayo; pues tal vez lograrían su propósito, y si lo lograban bien, alcanzarían tan grandes bienes para la salvación de la ciudad y del imperio, aun a costa de acometer la empresa con riesgo de muerte. Sobre todos apremiaba Querea, por deseo de un nombre mayor y porque, al acercarse a Cayo con menos temor gracias a su tribunado, le sería más fácil matarlo.

Por entonces había carreras de caballos; y este espectáculo lo persiguen los romanos con terrible afán: acuden entusiasmados al hipódromo y, reunidos en masa, piden a los emperadores lo que necesitan, y estos, juzgando que a tales súplicas no se puede negar nada, en modo alguno se muestran ingratos. Rogaron, pues, también a Cayo, con encendida súplica, que rebajara los impuestos y aliviara algo lo gravoso de los tributos. Pero él no lo consintió, y como gritaban más, envió gente por aquí y por allá con orden de prender a los que vociferaban y, sacándolos, matarlos sin demora. Lo ordenó, y quienes tenían el encargo lo cumplieron, y fueron muchísimos los que por tal motivo murieron. El pueblo lo veía, pero lo soportó cesando en sus gritos, viendo con sus propios ojos que en un instante, por causa del dinero, aquella petición les acarreaba la muerte. Esto llevó a Querea a aferrarse más a la conjura y a poner fin a Cayo, que se había vuelto feroz contra los hombres; y muchas veces, incluso durante los banquetes, estuvo a punto de intentarlo, pero se contenía por reflexión: tenía ya por indudable el matarlo, mas acechaba el momento oportuno para no usar sus manos en vano, sino para la consumación de lo planeado.

Servía en el ejército desde hacía mucho, sin llevar con gusto el trato de Cayo. Y cuando Cayo lo puso a cobrar los tributos y cuanto otro ingreso al tesoro del César se había retrasado, por haberse doblado su cuantía, pasó allí un tiempo en la recaudación empleando su propio modo más que la orden de Cayo, porque, obrando con moderación y tomando piedad de la suerte de los sometidos a la cobranza, provocaba a la cólera a Cayo, que le achacaba blandura por reunirle despacio el dinero. Y en lo demás lo ultrajaba: cuando le tocaba el turno de recibir la consigna del día, se la daba con nombres afeminados y llenos de vergüenza; y esto lo hacía él mismo, que no estaba libre de ciertos ritos de misterios que él organizaba, vistiendo ropas de mujer, ideando el ponerse cierta cabellera postiza y cuanto pudiera fingir mujeril en su aspecto; y, siendo así, se atrevía a atribuir a Querea aquella vergüenza. A Querea, cuando recibía la consigna, le sobrevenía la cólera, y aún mayor cuando la transmitía y era objeto de risa de quienes la recibían, hasta el punto de que también sus compañeros de tribunado hacían de él juego; pues, cuando iba a traer la consigna del propio César, algunos de los acostumbrados anunciaban de antemano cuál sería, por chanza. Por esto le venía también valor para tomar algunos cómplices, como quien se irritaba por cosas no pequeñas.

Había un tal Pompedio, senador que había desempeñado casi todas las magistraturas, epicúreo por lo demás y, por ello mismo, cultivador de una vida sin ocupaciones. A este lo denuncia Timidio, que era su enemigo, como que había proferido injurias impropias contra Cayo, tomando por testigo a Quintilia, mujer de las que salen a escena, muy solicitada por muchos por la fama de su hermosura, y también por Pompedio. Y como la mujer —pues era mentira— tenía por terrible dar testimonio para la muerte de su amante, Timidio pidió que se la torturara; y Cayo, irritado, ordena a Querea que sin dilación, en el acto, torture a Quintilia, sirviéndose de Querea para los actos sangrientos y cuanto exigía tormento, porque creía que serviría con mayor crueldad, huyendo del reproche de blandura por lo de la injuria. Quintilia, mientras la llevaban al tormento, pisa el pie de uno de los que estaban en el secreto, indicándole que tuviera ánimo y no temiera sus tormentos, pues los soportaría con hombría. Querea la tortura con crueldad, contra su voluntad, pero forzado por su situación, y, como ella nada cedió, la llevó a presencia de Cayo en un estado que no complació a los que miraban. Y Cayo, conmovido a la vista de Quintilia terriblemente maltrecha por los dolores, absolvió del cargo tanto a ella como a Pompedio, y a ella la honra además con un don de dinero como consuelo del daño que en su belleza había sufrido por lo insoportable de los tormentos.

Esto afligió terriblemente a Querea, por haber sido causante de males a personas dignas de consuelo hasta del propio Cayo, en la medida en que dependió de él el que les sobrevinieran; y dice a Clemente y a Papinio —de los cuales Clemente estaba al mando de los campamentos, y Papinio era también él tribuno—: «Por lo que toca a la guardia, Clemente, nada hemos dejado de hacer por el emperador; pues de los que conspiraban contra su poder, con previsión y esfuerzo a unos hemos matado y a otros hemos atormentado hasta el punto de volverlos dignos de lástima aun a sus ojos; ¿y con cuánta honra, según eso, se nos hace destacar entre las tropas?». Callaba Clemente, mostrando con la mirada y el rubor que llevaba con vergüenza lo que se le mandaba, pero juzgando injusto invocar de palabra la locura del emperador ante ellos, por prudencia y seguridad. Querea, ya con mayor osadía, hablaba con él sin reparar en peligros, recorriendo los males que oprimían a la ciudad y al imperio, y diciendo que de palabra era Cayo quien cargaba con la culpa de tales cosas, «pero, para quienes tratan de examinar la verdad, yo, Clemente, y este Papinio, y antes que nosotros tú, somos quienes aplicamos estos tormentos a los romanos y a todo el género humano, no sirviendo a las órdenes de Cayo, sino por nuestro propio parecer; si, pudiendo poner fin a quien ya usa de tan gran insolencia contra los ciudadanos y súbditos, seguimos sirviéndole, convertidos en lanceros y verdugos en lugar de soldados, y llevando estas armas no por la libertad ni por el gobierno de los romanos, sino por la salvación de quien esclaviza sus cuerpos y sus espíritus, manchándonos cada día con la sangre de sus matanzas y tormentos, hasta que alguien preste también contra nosotros tales servicios a Cayo. Porque no nos tratará con benevolencia por ello, sino más bien con recelo, y sobre todo cuando ya el gran número de los muertos le ha dado motivo; pues la cólera de Cayo nunca se detendrá, ya que su término no es la justicia, sino el placer; y también nosotros quedaremos expuestos como blancos, cuando es preciso asegurar a todos vida libre de conjuras, y votarnos a nosotros mismos la liberación de los peligros». Clemente aprobaba claramente la intención de Querea, pero le mandaba callar, no fuera que, difundiéndose la palabra entre más gente y esparciéndose cuanto convenía ocultar, los castigasen antes de obrar, descubierto el plan; y aconsejaba dejarlo todo al tiempo futuro y a la esperanza que de él viniera, como si alguna ayuda fortuita fuese a llegarles. «Pues a mí —decía— la vejez me ha quitado el atrevimiento para tales cosas; en cuanto a lo tramado y dicho por ti, Querea, algo más seguro quizá pudiera yo proponer, pero ¿cómo podría nadie proponer algo más honroso?».

Y Clemente se retira a sus adentros, dando vueltas en su ánimo a lo que había oído y a cuanto él mismo había dicho. Querea, temeroso, se apresuró hacia Cornelio Sabino, también él tribuno, a quien conocía por hombre de valía, amante de la libertad y, por ello, hostil al estado de las cosas, deseoso de aferrarse cuanto antes a lo decidido, y juzgando bueno sumarlo a la empresa, y por temor de que Clemente los delatara, y además reputando las dilaciones y el dejar pasar las ocasiones como cosa que perjudica a quienes las dejan pasar. Como también a Sabino le complació todo —pues tampoco él andaba corto de igual resolución, aunque, por falta de alguien a quien hablar con seguridad, había guardado en silencio sus intenciones—, y como había hallado un hombre que no solo callaría lo que oyera, sino que además le revelaría su propio parecer, mucho más se animó, y pidió a Querea que no hubiera demora. Se dirigen a Minuciano, afín a ellos por su afán de virtud y por igual celo de grandeza de ánimo, pero sospechoso a Cayo por la muerte de Lépido —pues Minuciano y Lépido habían llegado a ser muy amigos— y temeroso de peligros para sí. Pues Cayo era temible para todos los que ocupaban cargos, como quien no iba a contener su locura contra cada uno y contra quienquiera; y unos a otros se hacían patente su malestar por las cosas, aunque, por temor a los peligros, dejaran de declararse abiertamente su intención y su odio a Cayo; y con todo, percibiendo el mutuo aborrecimiento hacia Cayo, no dejaban por ello de tratarse con benevolencia.

Cuando, al encontrarse, hubo entre ellos los saludos de cortesía —acostumbrados también antes, siempre que coincidían, a tener por digno de honra a Minuciano por la eminencia de su rango, pues era el más noble de los ciudadanos, y por ser alabado en todo—, más bien, al iniciar Querea algún tema, se le adelantó aquel preguntándole qué consigna había recibido aquel día; pues era famosa por toda la ciudad la afrenta que se hacía a Querea con la entrega de las consignas. Y él, alegre por la pregunta, sin demora respondió al gesto de Minuciano de confiarle una conversación sobre tales asuntos: «También tú —dijo— me das una consigna de libertad, y te doy gracias por haberme despertado más de lo que suelo azuzarme a mí mismo. No necesito ya más palabras que me den ánimo, si es que también a ti te parece bien esto, y hemos sido partícipes del mismo parecer ya antes de reunirnos. Una sola espada llevo ceñida, y bastaría para los dos. Así que ven y pongámonos a la obra; sé tú el jefe, mándame ir a donde quieras, que allí avanzaré, confiando en tu ayuda como colaborador. Ni falta el hierro a quienes llevan su alma a las obras, por lo cual el hierro suele ser eficaz. Y me he lanzado a la acción no arrastrado por la esperanza de lo que yo mismo pueda padecer; pues no tengo tiempo de reparar en mis propios peligros, doliéndome de la esclavitud de una patria libérrima, despojada de la virtud de sus leyes, y de que todos los hombres han sido arrebatados a la ruina por causa de Cayo. Y sería digno, teniéndote a ti por juez, de merecer confianza en tales cosas, ya que piensas lo mismo que ellos y tampoco tú estás libre de este odio». Minuciano, viendo el ímpetu de sus palabras, lo acogió con gozo y sostuvo su audacia; y, tras alabarlo y abrazarlo, se despidieron entre votos y súplicas.

Algunos afirmaban con firmeza algo que confirmaba lo dicho: que, al entrar Querea en la sala del senado, se alzó una voz de entre la muchedumbre de alguien que lo animaba, mandándole que consumara lo que debía hacerse y que tomara consigo la ayuda divina. Y que Querea al principio sospechó que, convertido alguno de los conjurados en delator, iba a ser sorprendido, pero que al fin, comprendiendo que era una exhortación, se sintió alzado —fuese por consejo de los cómplices que le hacía señas de respuesta, fuese por el propio Dios, que vela sobre las cosas humanas—. El plan había pasado por muchos, y todos acudían con las armas, unos senadores, otros caballeros y cuantos del ejército estaban en el secreto; pues no había nadie que no contara la desaparición de Cayo entre sus dichas, y por eso todos se afanaban por no quedarse atrás, en la medida de sus fuerzas, en la virtud de tal empresa, sino que, según cada uno tenía de entusiasmo o de poder, se alzaba con palabras y con obras al tiranicidio. Pues hasta Calisto —era un liberto de Cayo, y este solo hombre alcanzó el mayor grado de poder y tenía una fuerza no inferior a la de un tirano, por el miedo que a todos infundía y por la magnitud de su riqueza—; pues era el más venal y el más insolente que nadie, usando de su autoridad más allá de lo razonable; y, por lo demás, conociendo bien la índole de Cayo, incurable y sin freno alguno en cuanto decidía, y teniendo muchos motivos de peligro, y no el menor la magnitud de sus bienes; de modo que hasta cortejaba en secreto a Claudio, pasándose a su lado con la esperanza de que a él llegase el poder si Cayo era eliminado, poniendo por adelantado la base de un honor y una fuerza semejantes, en concepto de favor y de humanidad. Se atrevió, en efecto, a decir que, habiéndosele ordenado acabar con Claudio por medio de veneno, había hallado mil evasivas del asunto. Pero Calisto fingía hacer esa afirmación para cazar el favor de Claudio; pues ni Cayo, una vez decidido a acabar con Claudio, habría tolerado los pretextos de Calisto, ni Calisto, si de veras hubiera recibido la orden, la habría creído deseable —o, de haber desobedecido las cartas de su señor, no habría dejado de cobrar al punto su castigo—. Antes bien, Claudio se salvó de las locuras de Cayo por algún poder divino, y Calisto simuló haber prestado un favor que en modo alguno le hizo.

A los del círculo de Querea las dilaciones se sucedían día tras día, pues muchos vacilaban; que Querea no habría hecho de buen grado ninguna demora en obrar, teniendo por apta toda ocasión para el hecho. Muchas veces hubo oportunidad, cuando Cayo subía al Capitolio y se celebraban los sacrificios por su hija, y cuando, de pie sobre la tribuna real, arrojaba al pueblo monedas de oro y de plata, de precipitarlo de cabeza —pues es alto el tejado que da a la plaza—, y también durante la celebración de los misterios que organizaba; pues Cayo se despreocupaba de todo, confiado en comportarse con decoro en aquellos ritos y sin creer jamás que fuera objeto de atentado alguno; y aun cuando nada precioso lo protegiera —como si los dioses no tuvieran contra él poder de muerte—, a Querea le sobraría fuerza para dar muerte a Cayo entonces, aunque fuera sin arma. De este modo Querea apremiaba a sus cómplices como quien hace una súplica, temeroso de que las ocasiones se escurrieran. Ellos veían que buscaba momentos oportunos y se afanaba por el bien de todos, pero pedían usar de dilación al menos por poco tiempo, no fuera que, sobreviniendo algún tropiezo en la empresa, alborotasen la ciudad, con pesquisas de los cómplices del hecho, y volviesen impracticable la hazaña para quienes fueran a intentar lo mismo, atrincherándose Cayo más fuertemente contra ellos. Convenía, pues, acometer el asunto mientras se celebraban los espectáculos en el Palatino; se dan estos en honor del primer César que trasladó a su persona el gobierno del pueblo, levantándose para ello, un poco delante del palacio, una barraca de tablas; y los nobles romanos asisten junto con sus hijos y mujeres, y el César también. Y les sería fácil, hacinadas muchas miríadas de personas en un lugar pequeño, hacer el atentado sobre él al entrar, sin que estuviera a su alcance el poder de los guardias para socorrerlo, aunque algunos quisieran.

Se mantuvo firme Querea, y llegados los espectáculos, quedó decidido acometer el hecho el primer día; pero más fuerte que su propósito fue el que la fortuna concediera dilaciones, y, sobrepasados los tres días de solemnidades, a duras penas, en el último, se llevó a cabo la obra. Querea, convocando a los conjurados, dijo: «Mucho es ya el tiempo transcurrido para reprocharnos la demora en cosas tan virtuosamente planeadas; y sería terrible que, sobrevenida una delación, fracase el hecho y Cayo nos ultraje más gravemente. ¿O no vemos cuánta libertad quitamos por cada día que regalamos como añadidura a la tiranía de Cayo, cuando debiéramos estar en adelante sin temor y, dando a los demás causa de dicha, quedar por todos los siglos, para los que vengan, en gran admiración y honor?». Y no pudiendo ellos ni contradecir que fuese muy noble, ni aceptar el hecho de plano, sino guardando silencio, atónitos, dijo él: «¿Por qué, hombres nobles, seguimos demorándonos? ¿O no veis que hoy es el último día de los espectáculos, y que Cayo está a punto de embarcar? Pues se ha preparado para navegar a Alejandría a contemplar Mitsraim. ¿Y estaría bien que dejásemos escapar de nuestras manos la ocasión, y que la afrenta quede para desfilar en la jactancia de los romanos por tierra y por mar? ¿Cómo no seríamos con justicia juzgados con vergüenza por lo que ha de suceder, si algún egipcio lo mata, no habiendo tenido su insolencia por soportable para quienes han nacido libres? Yo, pues, no aguantaré ya más vuestros pretextos, sino que iré a los peligros este mismo día, llevando con gusto cuanto de ellos resulte, y no lo aplazaría de ser posible; pues ¿qué habría más mísero para un hombre de espíritu que esto: que otro elimine a Cayo mientras yo vivo, privado yo de la virtud de este acto?».

Dicho esto, él mismo se lanzó a ejecutar la obra e infundió valor en los demás, y todos ardieron en deseo de acometer la empresa sin ninguna demora. Al amanecer solía estar en el Palatino ceñido con la espada de los caballeros; pues es costumbre que los tribunos, ceñidos así, pidan al emperador la consigna, y era aquel el día que le tocaba recibirla. Justo entonces afluía la multitud al Palatino, para ocupar los sitios de antemano, con gran tumulto y empujones, llevando Cayo con alegría el afán de la muchedumbre por tales cosas; por lo cual no se había separado sitio alguno ni para el senado ni para los caballeros, sino que se sentaban revueltos, y con los hombres a la vez las mujeres, y mezclado el libre con el esclavo. Cayo, hechas sus procesiones, sacrificó a Augusto César, en cuyo honor se daba el espectáculo; y, al caer una de las víctimas, sucedió que la toga de Asprenas, uno de los senadores, quedó cubierta de sangre. Esto provocó la risa de Cayo, pero fue para Asprenas un presagio manifiesto, pues es degollado junto con Cayo. Se cuenta que Cayo, contra su propia índole, se mostró aquel día sumamente afable, y que, con la habilidad de su trato, dejó atónitos a cuantos se le acercaban. Después del sacrificio, vuelto al espectáculo, se sentó, y en torno a él los más notables de sus allegados.

Estaba construido el teatro —se armaba de tablas cada año— de este modo: tiene dos puertas, una que da al patio abierto y otra al pórtico, con entradas y salidas, para que no se estorbaran los que quedaban dentro encerrados; y desde la propia barraca, más adentro, había otro recinto separado por tabiques, para el retiro de los actores y de cuantos recitados hubiese. Estando la muchedumbre sentada y Querea, con los tribunos, no lejos de Cayo —el César ocupaba el ala derecha del teatro—, un tal Batibio, senador que había sido pretor, preguntó a Cluvio, sentado a su lado, también él consular, si le había llegado alguna noticia de novedades, cuidando de no ser oído al decirlo. Y como el otro respondiera que nada había sabido: «Pues bien, Cluvio, hay en cartel un certamen de tiranicidio». Y Cluvio dice: «Calla, noble amigo, no sea que algún otro de los aqueos oiga tu relato». Mucha fruta de otoño se derramaba sobre los espectadores, y muchas aves de las que por su rareza son preciadas para quienes las obtienen; y Cayo contemplaba con placer las peleas y rapiñas por ellas, apropiándoselas los espectadores. Allí se advierte que ocurrieron dos presagios: pues se representa un mimo en el que un jefe, apresado, es crucificado, y el danzante saca a escena un drama, «Cíniras», en el que perecen él mismo y su hija Mirra, y hubo mucha sangre artificial derramada tanto en torno al crucificado como a los del cortejo de Cíniras. Se está de acuerdo, además, en que aquel día resultó ser el mismo en que Pausanias, uno de los compañeros, mata a Filipo, hijo de Amintas, rey de los macedonios, cuando entraba en el teatro.

Dudando Cayo entre quedarse hasta el final del espectáculo, por ser el último día, o, tras tomar un baño y comida, volver luego como en los días anteriores, Minuciano, sentado más arriba de Cayo y temeroso de que la ocasión se disolviera en vano, se levantó —al ver que también Querea había salido antes— y se apresuró a salir para animarlo. Cayo lo agarra de la toga, fingiendo cortesía, y dice: «¿Adónde, dichoso amigo?». Y él, aparentando respeto al César, se sienta; pero el miedo era más fuerte, y, tras un breve intervalo, se levanta. Y Cayo no le puso ningún estorbo a su salida, creyendo que la hacía por alguna necesidad. Ambronas por su parte instaba a Cayo a que, como antes, se retirara al baño y al almuerzo y volviera después, deseoso de que se llevara a término lo decidido.

Los del círculo de Querea se distribuían unos a otros según el momento y según convenía a cada cual, quedando cada uno donde se le mandara, sin abandonar su puesto, con gran esfuerzo. Estaban irritados por la tardanza y por la demora de lo que tenían entre manos, pues era ya cerca de la hora novena del día. Y Querea, ante la lentitud de Cayo, estaba ansioso por entrar y caer sobre él en su asiento; con todo, preveía que esto sería con mucha matanza de senadores y de cuantos caballeros estaban presentes; y, aun temeroso, estaba resuelto, juzgando bueno —al comprar para todos seguridad y libertad— tener en poco la suerte de los que perecerían. Y en efecto, cuando ya se volvían hacia la entrada del teatro, se anuncia que Cayo se ha levantado, y hubo tumulto; los conjurados dieron media vuelta y apartaban a la multitud, de palabra porque a Cayo le molestaba, de hecho queriendo, en seguridad, dejándolo en un desierto de defensores, acometer la matanza. Salieron delante Claudio, su tío, y Marco Vinicio, el marido de su hermana, y además Valerio Asiático, a quienes, aunque hubieran querido, no había poder de cerrarles el paso, por respeto a su dignidad, y él mismo seguía con Paulo Arruncio. Cuando estuvo dentro del palacio, deja los caminos rectos, en los que estaban apostados los esclavos que le servían y por donde iban delante los de Claudio, y tuerce por un callejón apartado, hacia un lugar donde iba a tomar los baños y a la vez a inspeccionar a los muchachos que habían venido de Asia, formada de allí una procesión suya para himnos de los misterios que él celebraba, y algunos para danzas guerreras que se harían en los teatros.

Le sale al paso Querea y le pide la consigna. Y como aquel le diera una de las destinadas a la burla, sin vacilar en absoluto profirió injurias contra Cayo y, desenvainando la espada, le asestó un golpe violento; no fue, con todo, mortal. Y aun así algunos dicen que fue por cálculo de Querea el no despachar a Cayo de un solo golpe, sino castigarlo más gravemente con multitud de heridas. Pero a mí este relato no me resulta creíble, porque el miedo no permite usar de cálculo en tales acciones; y tengo a Querea, si así pensó, por el más necio de todos, por conceder placer a su cólera en vez de procurarse a sí mismo y a los conjurados una rápida liberación de peligros, ya que muchos recursos de socorro podían aún acudir a Cayo si no entregaba antes el alma, y entonces Querea habría de dar cuenta no del castigo de Cayo, sino del suyo propio y del de sus amigos; cuando, hecho ya el hecho, le convenía usar del silencio para escapar de la cólera de los vengadores, y no, sin saber siquiera si lo lograría, querer por motivos sin razón perderse a sí mismo y perder la ocasión. Y conjeturar estas cosas quede permitido a quien quiera, como le plazca.

Cayo, sacudido por el dolor del golpe —pues la espada, lanzada entre el hombro y el cuello, fue detenida por la clavícula de seguir adelante—, ni gritó por el espanto ni llamó a ninguno de sus amigos, ya por incredulidad, ya por otra sinrazón, sino que, exhalando un gemido por el dolor, se lanzó hacia adelante en fuga con lo que le quedaba de fuerzas. Y Cornelio Sabino, recibiéndolo —con el ánimo ya dispuesto de antemano—, lo empuja, y, doblado sobre una rodilla, muchos que lo rodeaban, a una sola voz, lo herían con sus espadas, animándose unos a otros y rivalizando entre sí. Por último Áquila —según coinciden todos— le asestó el golpe que lo remató por completo. Podría atribuirse la obra a Querea; pues aunque el hecho se ejecutó con muchos, fue él, sin embargo, quien primero lo concibió, siendo el que con mucho se adelantó a todos, y quien primero se atrevió a declararlo a los demás; y, aceptando ellos la propuesta del asesinato, reunió a los dispersos y, disponiéndolo todo con prudencia —allí donde hacía falta proponer pareceres se mostraba muy superior—, y con buenas palabras persuadió como a quienes no se atrevían, y a todos obligó; y cuando llegó el momento de usar la mano, también allí aparece el primero en lanzarse y en acometer con valor el asesinato, ofreciendo a los demás fácil acceso y a Cayo casi muerto de antemano, de modo que con justicia cuanto por los demás se hizo debe atribuirse al criterio, la virtud y el esfuerzo de las manos de Querea.

Y Cayo, hallando así su fin, yacía sin aliento por la multitud de heridas. Los del círculo de Querea, dado que ya habían despachado a Cayo, veían imposible salvarse yendo por los mismos caminos, tanto por la turbación de lo sucedido —pues no era pequeño el peligro para quienes habían dado muerte al emperador, honrado por la necedad del pueblo y querido, y no yendo los soldados a hacer sin sangre la busca de este—, cuanto por ser además estrechos los caminos por donde habían ejecutado la obra, y por haberlos obstruido una gran muchedumbre, tanto del séquito como de cuantos soldados estaban aquel día presentes para la guardia del emperador. Marchando por otros caminos, llegaron a la casa de Germánico, el padre de Cayo, a quien acababan de matar; y aquella casa estaba unida a esta, porque, siendo uno solo el palacio, se había ido fabricando con las construcciones de cada uno de los que habían llegado al poder, adornado en parte con el nombre de quienes las edificaron, o incluso de quienes comenzaron las estancias en algunos de aquellos días, para darles la denominación. Y, escapando del asalto de la multitud, quedaron por el momento en seguridad, permaneciendo aún oculto el mal que había alcanzado al emperador. Los primeros a quienes llegó la noticia de la muerte de Cayo fueron los germanos. Eran estos guardias, del mismo nombre que la nación de la que habían sido reclutados, y aportaban el cuerpo céltico de los suyos.

Dar rienda suelta a la ira es en ellos costumbre ancestral —cosa rara en cualquier otro pueblo bárbaro—, porque son menos capaces de razonar lo que hacen; robustos de cuerpo, se lanzan sobre el enemigo al primer impulso, contra quienquiera que juzguen tal, y consiguen grandes cosas.

Estos, pues, al enterarse de la muerte de Cayo, se dolieron en extremo —porque no juzgaban las cosas por la virtud, sino por su propio provecho, y Cayo les era particularmente querido, pues se ganaba su favor con dádivas de dinero—; y, desenvainadas las espadas —los encabezaba Sabino, tribuno, no por virtud ni nobleza de antepasados, pues había sido gladiador, sino que se había granjeado por su fuerza física el prestigio que en tales cosas se junta—, recorrían la casa buscando a los asesinos del César.

Y tras despedazar a Asprenas por haberse cruzado el primero en su camino —aquel cuya túnica había manchado la sangre de las víctimas, como antes he referido, señal de que aquel encuentro no era para bien—, como segundo les salió al paso Norbano, de los más nobles ciudadanos y que contaba entre sus antepasados a muchos comandantes supremos. Y aunque en nada respetaron su rango, superior en fuerza les arrebata la espada al trabarse con el primero de los que le acometían, y bien se veía que no moriría sin dar guerra, hasta que, rodeado por muchos de los asaltantes, cayó bajo un sinnúmero de heridas.

El tercero fue Anteyo, del senado, con unos pocos, que no cayó en manos de los germanos por azar como los anteriores, sino por afán de espectáculo y por el placer de hacerse testigo ocular de Cayo caído, para dar satisfacción a su odio contra él; pues Cayo había desterrado al padre de Anteyo, del mismo nombre, y, no contento con ello, lo mata enviando soldados. Por eso estaba allí presente, para gozarse en la contemplación del cadáver; pero, al alborotarse la casa, aunque pensó en esconderse, no escapa a la minuciosidad de los germanos en la búsqueda, que por igual se ensañaron en la matanza de culpables e inocentes. Y así murieron estos.

Cuando llegó al teatro la noticia sobre la muerte de Cayo, hubo estupor e incredulidad; pues quienes recibían su ruina con enorme placer y de mucho tiempo atrás la habrían tenido por un bien, por miedo permanecían incrédulos. Y hay quienes lo tenían por completamente ajeno a sus esperanzas, porque no querían que tal cosa le hubiera sucedido a Cayo ni prestar crédito a la verdad, por parecerles imposible que un hombre desplegara semejante valor.

Estos eran las mujeres y los niños, y todos los esclavos, y algunos de la soldadesca: estos últimos, porque cobraban paga y no hacían otra cosa que tiranizar junto con él y, al servicio de su desmesura, ser esgrimidos contra los mejores de los ciudadanos, obteniendo a la vez honra y ganancias; el gineceo, a su vez, y la gente joven —como suele la muchedumbre—, prendados de los espectáculos, de las exhibiciones de gladiadores y de los placeres de ciertos repartos de carne, cosas que se hacían de palabra en servicio de la multitud, pero que en verdad saciaban la crueldad de la locura de Cayo; y los esclavos, por gozar de trato privilegiado y de desprecio hacia sus amos, siendo el amparo de aquel el refugio del que ultrajaba a su señor; pues fácil les era, mintiendo contra sus dueños, ser creídos, y, denunciando sus bienes, quedar de golpe libres y ricos como recompensa de las acusaciones, porque el premio que se les ponía delante eran las octavas partes de los patrimonios.

De los patricios, aunque a algunos el rumor les pareciera creíble —a unos por conocer de antemano la conjura, a otros por desearla, teniéndola por cosa anhelada—, se entregaba en silencio no solo la alegría por lo anunciado, sino incluso la apariencia de haberlo oído: unos por temor a que, defraudada su esperanza, incurrieran en castigo por haber manifestado prematuramente su pensamiento; otros, que lo sabían con certeza por haber tomado parte en la conjura, lo ocultaban aún más por recíproca ignorancia de unos y otros, y por miedo a que, si se lo decían a alguien para quien la tiranía en pie era provechosa, viviendo aún Cayo fuesen castigados al producirse una denuncia.

Pues había corrido además otro rumor: que había recibido heridas, pero que no había muerto, sino que vivía atendido por los médicos. Y nadie era de fiar para nadie a quien, cobrando ánimo, pudiera declararle su propia opinión; pues, siendo amigo, se hacía sospechoso de simpatía hacia la tiranía, o bien, si usaba de odio contra él, se destruía la credibilidad de lo que decía por el hecho mismo de que en nada le tenía benevolencia. Decían algunos —que sobre todo aguaban a los patricios la alegría de la esperanza— que, hecho despreocupado de los peligros y por completo descuidado de sus heridas, tal como estaba, ensangrentado, se había lanzado al foro y andaba arengando al pueblo. Y esto se conjeturaba por el irrazonable deseo de los que se proponían difundir rumores, y se tomaba en uno y otro sentido según el parecer de los oyentes; con todo, no abandonaban su escondrijo, temiendo la acusación que se lanzaría contra los que salieran antes de tiempo; pues el juicio sobre ellos no sería según la intención que ellos creían justa, sino según la que quisieran conjeturar sus acusadores y sus jueces.

Cuando una multitud de germanos rodeó también el teatro con las espadas desenvainadas, todos los espectadores tuvieron por seguro perecer, y a la entrada de cualquiera el pavor se apoderaba de ellos, como si al punto fueran a ser degollados; y estaban sin recurso, ni cobrando ánimo para salir ni fiándose de que la permanencia en el teatro estuviera libre de peligro. Y como aquellos ya irrumpían, estalla un clamor en el teatro, que se vuelve en súplica a los soldados, [alegando] que a todos había alcanzado la ignorancia tanto de lo tramado por los sublevados —si es que había habido alguna sublevación— como de lo sucedido; que, por tanto, se compadecieran y no cobrasen venganza por la audacia ajena de quienes ni siquiera tenían culpa alguna, sino que desistieran de buscar a los autores de lo que se hubiera hecho. Y esto, y más aún, lo decían entre lágrimas y golpes de rostro, invocando a los dioses y suplicando cuanto les enseñaba el peligro que junto tenían, y cuanto diría quien lucha por su vida.

Se quiebra ante esto la ira de los soldados, y les pesó su designio contra los espectadores —pues era cruel, y aun a ellos, con lo salvajes que eran, se lo parecía—, tras haber apoyado sobre el altar las cabezas de Asprenas y de los suyos. Ante lo cual los espectadores se conmovieron todavía más, por la consideración del rango de aquellos hombres y por compasión de su suerte, de modo que por poco se ven ellos mismos sacudidos por peligros en nada menores, cuya desgracia era incierta si al fin podría evitarse. De suerte que, aun quienes con ardor y con justicia odiaban a Cayo, se veían privados de su gozo por él, por haber llegado a un punto crítico de perecer junto con la situación, ya que la seguridad de sobrevivir ni siquiera entonces era garantía firme de salir con bien.

Había un tal Evaristo Arruntio, uno de los pregoneros de las ventas públicas, y por ello dotado de gran voz y envuelto en riquezas semejantes a las de los más ricos de los romanos, con poder para hacer cuanto quisiera en la ciudad, tanto entonces como después. Este, disponiéndose del modo más luctuoso posible —aunque odiaba a Cayo como el que más, pero pudo en él más el cálculo que el miedo, y la estrategia por lo que aseguraría su salvación más que el placer del presente—, tras adornarse en todo como quien se prepara por la pérdida de los más queridos, anuncia la muerte de Cayo, saliendo al teatro, y puso fin a que la gente siguiera dejándose llevar por más tiempo en la ignorancia de lo sucedido.

Y ya también Estelas Arruntio estaba presente llamando de vuelta a los germanos, y con él los tribunos, ordenándoles deponer el hierro y declarándoles la muerte de Cayo. Esto, con toda claridad, salvó a los reunidos en el teatro y a todos cuantos de un modo u otro se toparan con los germanos; pues, si les hubiera nacido la esperanza de que Cayo yacía aún con vida, no hay mal del que se hubieran abstenido. Tanto les sobraba de la benevolencia hacia él, que, aun al precio de perder su propia vida, le habrían procurado quedar a salvo de asechanzas y estar a su lado en tan gran desgracia. Cesan de su furor hacia la venganza al llegarles conocimiento claro de la muerte, tanto porque exhibirían en vano su celosa benevolencia hacia quien ya no habría de recompensarlos, muerto como estaba, cuanto por miedo a que, si usaban aún más de la desmesura, hubiera una reprensión por parte del senado, si es que el poder recaía en él, o por parte del gobernante que se estableciera. Y los germanos, aunque a duras penas, cesaron con todo del frenesí que se había apoderado de ellos por la muerte de Cayo.

Pero Querea —pues temía en gran manera por Minuciano, no fuera a perecer cayendo en la furia de los germanos— acudía a cada uno de los soldados rogándoles que velaran por su salvación, y haciendo mucha averiguación de si había muerto. Y a Minuciano lo pone en libertad Clemente —pues ante él es llevado—, atestiguando, con muchos otros senadores, la justicia de la acción y la virtud de los que la habían concebido y no habían tenido reparo en ejecutarla; pues la tiranía, aunque por poco tiempo llegue, enaltecida por el placer de ultrajar, no hace felices, entonces, las salidas de la vida, usándose contra ella el odio a la virtud, sino con una desdicha tal como la que tocó a Cayo antes que a los que se sublevaron y concertaron el ataque: él mismo hecho conjurado contra sí, y enseñando, con aquello en que, ultrajando, resultaba insoportable —al abolir la providencia de la ley—, a que sus más queridos usaran la guerra contra él; y ahora, de palabra, son estos los que han dado muerte a Cayo, pero de hecho yace destruido por sí mismo.

Ya también el teatro se disolvía, librándose de la vigilancia que al principio había sido durísima. Causa de que los espectadores pudieran escapar de buen grado fue Alción el médico, arrastrado allí como para atender a algunos heridos, que despachó a sus acompañantes con el pretexto de ir a buscar lo conveniente para la curación de los heridos, pero en verdad para que escaparan del peligro que los había alcanzado.

Entretanto se reúne el senado, y el pueblo, apostado en el foro donde suelen celebrar sus asambleas, andaba en busca de los asesinos de Cayo —el pueblo con muchísimo ardor, y también, en apariencia, el senado—. Y había allí un tal Valerio Asiático, varón de rango consular; este, puesto ante el pueblo, que alborotaba y tenía por terrible que siguieran ocultos los que habían matado al emperador, cuando todos con ardor le preguntaron quién resultaba ser el autor, «¡Ojalá lo fuera yo!», dice. También los cónsules promulgaron un edicto en que acusaban a Cayo y ordenaban tanto al pueblo como a los soldados retirarse cada uno a lo suyo, prometiendo al pueblo mucha esperanza de alivio, y a la soldadesca honores, si permanecían en su acostumbrado orden sin dejarse arrastrar a ningún ultraje; pues había temor de que, si se enfurecían, la ciudad padeciera el mal, volviéndose ellos al saqueo y a la profanación de los templos. Ya se había reunido toda la multitud de los senadores, y sobre todo los que habían tomado parte en la muerte de Cayo, usando ya de audacia y con gran arrogancia, como si en ellos descansaran los asuntos.

Estando así las cosas, de repente Claudio es arrebatado de su casa; pues los soldados, celebrada una asamblea entre ellos y habiéndose dado razón unos a otros sobre lo que había de hacerse, veían que la república era imposible que jamás llegara a regir asuntos tan grandes, y que, aun si se estableciera, no redundaría en su propio bien que ella se hiciera con el poder; y que, si alguien de manera individual obtuviera el mando, les resultaría en todo penoso no quedar constituidos como colaboradores del poder. Bien estaba, pues, estando aún los asuntos sin decidir, elegir por jefe a Claudio —tío paterno del muerto y superior a ninguno de los que se reunían en el senado por virtud de antepasados y por haber cultivado él mismo la educación—; y que, establecido como emperador, les honraría como era debido y les recompensaría con dádivas. Esto pensaron y lo ejecutaron al instante.

Había sido, pues, arrebatado Claudio por los soldados. Pero Gneo Sentio Saturnino, aunque enterado del apresamiento de Claudio y de que reclamaba el poder —en apariencia contra su voluntad, pero en verdad también por deseo propio—, puesto ante el senado y sin turbarse en nada, hace, como conviene a hombres libres y nobles, una exhortación diciendo así:

«Aunque sea increíble, romanos, por venir tras tanto tiempo cuando ya no la esperábamos, tenemos con todo la dignidad del hombre libre —incierta por cuánto tiempo se prolongará y puesta en la voluntad de los dioses que nos la concedieron, pero suficiente para alegrarnos aun si nos fuera arrebatada, pues nos junta con la felicidad—; que basta una sola hora a quienes tienen conciencia de la virtud, vivida en una patria dueña de sí y con leyes bajo las cuales antaño floreció. Yo no puedo recordar la libertad de antes, por haber nacido después de ella; de la de ahora, en cambio, me lleno insaciablemente, y tengo por dichosos a los que nacieron y se criaron en ella, y por dignos de honra no menor que la de los dioses a estos hombres que, tarde al menos y a esta altura de la edad, nos la han hecho gustar.

»Y ojalá permanezca su seguridad por todo el tiempo venidero; pero bastaría también este solo día para los más jóvenes de nosotros y para cuantos hemos envejecido: a los mayores, que han vivido en el trato de sus bienes, les sería honroso partir habiéndolos conocido; a los jóvenes, sería una lección de virtud de parte de los hombres de los que descendemos. Y ahora, para nosotros mismos, por la ocasión presente, nada habría de más provecho que vivir con virtud, la única que procura al hombre la libertad. Pues yo las cosas antiguas las conozco por haberlas recibido de oídas; pero de aquellas con las que me topé con mis propios ojos aprendí de qué males colman las tiranías a los Estados: impiden toda virtud, arrebatan al magnánimo la libertad, se erigen en maestras de adulación y de miedo, porque dejan los asuntos no en la sabiduría de las leyes, sino en la ira de los que mandan.

»Pues desde que Julio César pensó en disolver la república y, forzando el orden de las leyes, trastornó el Estado —hecho más fuerte que la justicia, pero más débil que el placer propio que se lo procuraba—, no hay mal que no haya desgastado a la ciudad, compitiendo entre sí todos los que fueron sus sucesores en el poder por abolir lo patrio y por dejar a la ciudad lo más posible desierta de hombres nobles, porque creían que su seguridad estaba en tratar con hombres viles y no solo en quitar algo del orgullo de los reputados por sobresalir en virtud, sino en señalarlos del todo para la ruina. De todos ellos —muchos en número y que mostraron una pesadez insoportable según cada uno gobernó—, uno solo, Cayo, el que hoy ha muerto, exhibió más terrores que todos, descargando su ira sin freno no solo sobre sus conciudadanos, sino también sobre sus parientes y amigos, e infligiendo por igual a todos males mayores, cobrando venganza injustamente, exasperado por igual contra los hombres y contra los dioses.

»Pues la tiranía no obtiene con ello lo agradable ni sacia su insolencia con dañar en los bienes y en las esposas, sino que todo su lucro está en atormentar a fondo, casa por casa, a quienes tiene por enemigos. Y enemiga de la tiranía es toda cosa libre; no es posible ganarla para la benevolencia ni contentar a quienes tienen en poco cuanto padecen. Pues sabiendo bien de qué males los habría colmado, y habiendo algunos que con magnanimidad y desprecio se enfrentan a su suerte, ella, no pudiendo pasar inadvertida en lo que hace, cree que solo así ganará seguridad frente a la sospecha: si logra suprimirlos por completo.

»Librados, pues, de tales males y hechos responsables unos de otros —lo que es la más firme garantía de los regímenes, tanto para la benevolencia presente como para quedar en adelante libres de asechanzas y para la gloria propia—, es justo que cada uno provea por el buen orden de la ciudad, pues su utilidad redunda en común, y manifieste su parecer; y a quien no le agraden las propuestas ya hechas, en modo alguno le acarrea peligro, porque el que preside no es un amo con poder irresponsable para dañar a la ciudad ni soberano para hacer desaparecer a los que han hablado. Y nada ha alimentado tanto la tiranía como la pereza y el no oponer contradicción alguna a nada de lo que ella quiere; pues, vencidos por el deleite de la paz y habituados a vivir a modo de esclavos, cuantos oíamos de desgracias irremediables y las veíamos caer sobre los prójimos, por miedo a morir con virtud soportábamos muertes con la última vergüenza.

»Lo primero, hay que tributar a los que derribaron al tirano los máximos honores, y sobre todo a Querea Casio; pues, con ayuda de los dioses, este único hombre se ha mostrado, con su decisión y con sus manos, el procurador de nuestra libertad. De él es hermoso no olvidarse, sino que, habiendo él, bajo la tiranía, deliberado y arriesgado antes que nadie por nuestra libertad, votemos ahora, en libertad, los honores, y que este sea el primer decreto que emitamos sin que nadie nos lo imponga. Obra hermosísima y propia de hombres libres es recompensar a los bienhechores, cual ha sido este hombre para con todos nosotros, en nada semejante a Casio y Bruto, los que dieron muerte a Cayo Julio; pues aquellos encendieron para la ciudad los comienzos de la sedición y de las guerras civiles, mientras que este, con el tiranicidio, libró a la ciudad de los males que de ella venían.»

De tales palabras se servía Sentio, recibiéndolas con gusto los senadores y cuantos caballeros estaban presentes. Y uno, Trebelio Máximo, poniéndose en pie de un salto, le arranca a Sentio el anillo —una piedra en la que estaba grabada la imagen de Cayo lo ceñía—, pues en el ardor de lo que decía y de lo que pensaba hacer se le había ido de la memoria, según creía; y el grabado se rompe. Había avanzado ya mucho la noche, y Querea pidió la consigna a los cónsules, y ellos dieron «libertad». Era para ellos motivo de asombro y semejante a incredulidad lo que ocurría; pues a los cien años de que por primera vez les fue arrebatada la república, la entrega de la consigna volvía a los cónsules; porque estos, antes de que la ciudad cayera bajo tiranía, eran los señores de los asuntos militares. Querea, tomada la consigna, la transmitió a los soldados que se habían unido al senado. Eran cuatro cohortes, a quienes el no tener rey les resultaba más honroso que la tiranía. Y estos se retiraron con sus tribunos, y ya se retiraba también el pueblo, rebosante de alegría, de esperanza y de ánimo por haber conseguido el mando para sí, y no ya dependiente del que presidía. Y todo era para ellos Querea.

Pero Querea, teniendo por cosa grave que sobrevivieran la hija de Cayo y su mujer, y que la ruina no le alcanzara a él con toda su casa —pues cuanto de ellos quedara quedaría para ruina de la ciudad y de las leyes—, y además empeñado en llevar a término su propósito y en dar plena satisfacción a su odio contra Cayo, envía a Julio Lupo, uno de los tribunos, a matar a la mujer y a la hija de Cayo. A Lupo, pariente de Clemente, le encomendaron ese servicio, para que, participando también en esto del tiranicidio, se gloriara de su virtud ante los ciudadanos, como quien pareciera partícipe de toda la conjura desde el primer momento con los que la habían tramado. A algunos de los conjurados les parecía cruel usar tal audacia contra la mujer, dado que Cayo lo había hecho todo por su propia índole antes que por consejo de ella, cosa por la cual la ciudad había sucumbido a los males que la habían alcanzado y había perecido cuanto de flor había entre los ciudadanos. Otros, en cambio, le imputaban la responsabilidad de tales designios y le echaban toda la culpa de los males cometidos por Cayo, [diciendo] que ella había dado a Cayo un filtro que esclavizó su mente y le acarreó los arrebatos de amor hacia ella, de suerte que, trastornado hasta la locura, ella era la artífice de todo, la que había armado la nave contra la fortuna de los romanos y del mundo que les está sujeto. Y decidido al fin que ella muriera —pues nada podían los que lo desaconsejaban—, partió Lupo; y no se demoró en nada por dilación propia, para no dejar de servir a tiempo a quienes lo enviaban, queriendo no ser reprochable en nada de lo hecho en provecho del pueblo.

Entrado en el palacio, encuentra a Cesonia —era la mujer de Cayo—, echada junto al cuerpo de su marido, que yacía en el suelo, y privada de todo lo que la ley concede a los muertos, cubierta de sangre por las heridas y sumida en gran aflicción, con su hijita tirada a su lado; y en tal situación no se le oía otra cosa que reproches a Cayo por no haberle hecho caso cuando ella se lo había advertido muchas veces. Estas palabras se interpretaban entonces de dos maneras, y aún ahora quedan sujetas a lo mismo, según el ánimo de los oyentes, que les añaden su propio peso hacia donde quieren. Unos decían que sus palabras significaban que ella le aconsejaba apartarse de sus locuras y de la crueldad contra los ciudadanos, y gobernar con moderación y virtud, y que por no hacerle caso pereció él, usando de su propio modo. Otros, en cambio, [decían] que, habiendo llegado a Cayo el rumor sobre los conjurados, ella le había aconsejado no dar lugar a dilaciones, sino, con presteza, deshacerse de todos ellos aunque en nada delinquieran, para quedar libre de peligros; y que esto era lo que se le reprochaba: que, habiéndoselo advertido ella, él no lo hubiera hecho por haberse ablandado. Tales eran las palabras de Cesonia y lo que la gente pensaba acerca de ella. Y ella, cuando ve acercarse a Lupo, le mostró el cuerpo de Cayo y lo invitó a acercarse, entre lamentos y lágrimas. Pero cuando vio a Lupo firme en su propósito y que no se acercaba como para una acción que a ella le fuera grata, reconociendo a qué venía, desnudó su garganta y, con mucho ánimo, suplicando como es propio de quien tan claramente ha caído en la desesperación de vivir, le mandó no demorarse en dar remate al drama que habían concertado sobre ellos. Y así ella muere con valentía a manos de Lupo, y tras ella su hijita. Y Lupo se apresuró a llevar la nueva a los de Querea.

Cayo, pues, tras haber gobernado a los romanos cuatro años menos cuatro meses, muere de este modo: un hombre que ya antes de llegar al poder era perverso y había alcanzado el colmo de la maldad de carácter, vencido por el placer y amigo de la calumnia, aterrado ante lo temible y, por ello, sanguinario en extremo en aquello en que se atrevía, saciando su poder en una sola cosa —la insolencia—, usando de una soberbia irracional contra quienes menos convenía, y proveedor de dinero a fuerza de matar y de quebrantar la ley. Y aunque se empeñaba en ser y parecer mayor que lo divino y lo legal, era vencido por los elogios de la multitud, y todo lo que la ley, juzgándolo vergonzoso, castiga con pena, él lo tenía por virtud. Olvidadizo de la amistad, aun cuando fuera grandísima y por los mayores servicios, contra aquellos con quienes se enojaba usaba el golpe del castigo hasta por lo más mínimo; y considerando enemigo todo lo que se juntaba con la virtud, tomaba su deseo como indiscutible en cuanto ordenaba. De ahí que tuviera trato incluso con su propia hermana, de lo cual sobre todo empezó a crecerle entre los ciudadanos un odio más vehemente, porque tal cosa, no atestiguada desde hacía mucho tiempo, movía a incredulidad y a enemistad contra el que la cometía.

Nadie podría decir que él hubiera realizado obra grande o regia, ni en provecho de sus contemporáneos ni de los hombres futuros, salvo la proyectada en Regio y Sicilia para la acogida de los barcos de grano procedentes de Mitsraim; y esta, según se reconoce, era la más grande y provechosa para los que navegan; sin embargo, no llegó a término, sino que quedó a medio hacer porque él se afanaba en ella con demasiada tibieza. La causa era su empeño en cosas inútiles y el que, gastando en placeres que solo a él habían de aprovechar, se restaba a sí mismo del afán por las cosas mejores, universalmente reconocidas. Por lo demás, orador excelente y muy ejercitado tanto en la lengua griega como en la lengua patria de los romanos, comprendía al instante, y replicando de improviso a lo compuesto por otros y preparado con mucha antelación, se mostraba en el acto más persuasivo que nadie en el asunto más grave, tanto por la facilidad de su naturaleza para ello como por añadirle, para reforzarla, la práctica del esfuerzo. Pues, siendo nieto de un hermano de Tiberio —de quien viene a ser sucesor—, había una gran obligación de aferrarse a la educación, porque también el propio Tiberio descollaba por sobresalir en lo primero de ella; y Cayo compartía ese amor a lo bello, cediendo a las cartas de un hombre pariente y soberano, y llegó a ser el primero entre los ciudadanos de su tiempo. Con todo, los bienes reunidos por la educación no fueron capaces de sostenerle frente a la ruina que le sobrevino por el poder; tan difícil de alcanzar es la virtud de la templanza para quienes tienen a mano, con toda facilidad, el obrar sin rendir cuentas. Al principio se afanó por rodearse de amigos, y todos de nota, por educación y por celo de la reputación de las cosas mejores, hasta que, por el exceso de su insolencia, se despojó de aquella benevolencia: la que le tenían se les tornó odio, y, objeto de sus asechanzas, muere.

Claudio, como dije más arriba, habiéndose separado del camino de Cayo y estando la casa en tumulto por la desgracia de la muerte del César, sin salida en cuanto a su salvación, refugiado en cierto pasadizo estrecho, se ocultaba, sin sospechar otra causa de peligro que su nobleza; pues, siendo un particular, se conducía con moderación y se contentaba con todo, dedicado a la cultura y sobre todo a la griega, y apartándose por todos los medios de cuanto se prestaba al tumulto. Pero entonces, habiendo hecho presa el pavor en la multitud, y estando todo el palacio lleno de frenesí soldadesco y de cobardía y desorden de particulares —como guardias de corps sin amo—, los del llamado pretorio, que es lo más selecto del ejército, deliberaban sobre lo que había de hacerse; y cuantos se hallaban presentes, teniendo en poco el castigo de Cayo por haberle sobrevenido su suerte con justicia, examinaban más bien su propia situación, de qué modo saldría bien, estando los germanos entregados a la venganza contra los asesinos por gusto de su propia crueldad más que por lo conveniente a todos. Por todo lo cual Claudio estaba turbado, temiendo por su salvación, sobre todo porque había visto pasar las cabezas de Asprenas y los suyos; y se había apostado en cierto lugar accesible por unos pocos escalones, retirado en la oscuridad de aquel sitio.

Y Grato, uno de los soldados del palacio, al verlo —incapaz de precisar la vista por la oscuridad, pero no dejando de juzgar que el que se emboscaba era un hombre—, se acercó más y, cuando Claudio le rogó que se retirara, insistió, y prendiéndolo lo reconoce: «Este es Germánico», dice a los que le seguían, «hagámoslo nuestro jefe llevándolo con nosotros.» Claudio, viéndolos dispuestos a apresarlo y temiendo morir por causa de Cayo, les rogó que tuvieran clemencia, sugiriéndoles el recuerdo de su propia inofensividad y de su ignorancia de lo sucedido. Y Grato, sonriendo, lo toma de la mano derecha y «Cesa», le dice, «de andar con menudencias sobre tu salvación, cuando debes pensar en grande sobre el imperio, que los dioses, tras arrebatárselo a Cayo, han concedido a tu virtud, tomando providencia del mundo. Ven, pues, y recibe el trono de tus antepasados.» Y lo levantaba en vilo, pues apenas podía andar con sus pies por el miedo y por la alegría de lo dicho.

Se agrupaban ya en torno a Grato muchos más de los guardias y, viendo a Claudio conducido —con la idea de que era arrastrado al castigo de tales delitos, como hombre inofensivo toda su vida y que no pocos peligros había pasado bajo el gobierno de Cayo—, algunos de ellos pedían remitir a los cónsules el juicio sobre él. Y como se agrupaban más de los soldados, había fugas de la muchedumbre y dificultad de avance para Claudio por la debilidad de su cuerpo, ya que también los que llevaban su litera, al producirse la huida en el momento de su apresamiento, se ponían a salvo, dando por perdida la esperanza de la salvación de su señor. Pero al llegar al espacio abierto del Palatino —que, según cuenta la tradición sobre él, fue lo primero que se habitó de la ciudad de los romanos—, y estando ya en la parte pública, mucho mayor era la afluencia de los soldados, que recibían con alegría la vista de Claudio; y les importaba sobremanera erigir emperador a aquel hombre, por la benevolencia hacia Germánico —que era su hermano—, el cual había dejado gran gloria de sí a todos los que lo habían tratado.

Y les vino a la mente un cálculo de la codicia de los que dominaban en el senado y de cuánto se había obrado mal en el gobierno anterior. Además, consideraban lo impracticable del asunto: que, si de nuevo todo pasaba al mando de uno solo tomado por otro y no por ellos, les traería peligros; en cambio, Claudio, recibiéndolo por concesión y benevolencia suya, se acordaría y les devolvería el honor de la gratitud, que en tal caso bastaría. Esto lo iban repasando entre sí y consigo mismos, y se lo contaban a cuantos se les iban uniendo. Y ellos, al enterarse, recibían de buen grado la propuesta y, cerrando filas y estrechándose en torno, lo llevaron al campamento, alzándolo en vilo para que su prisa no se viera estorbada. Diferían los pareceres del pueblo y de los del senado: estos, ansiando su dignidad de antes y afanosos por escapar de la servidumbre que se les había impuesto por la insolencia de los tiranos, ahora que el momento lo permitía; el pueblo, en cambio, puesto en recelo hacia aquel y sabiendo que los emperadores eran freno de su codicia y refugio para sí, se alegraba del apresamiento de Claudio, y suponía que, establecido este como emperador, los libraría de una guerra civil como la que había ocurrido en tiempos de Pompeyo.

El senado, al saber que Claudio había llegado al campamento llevado por los soldados, le envía a los hombres más señalados por su virtud de entre ellos, para que le instruyeran de que no debía usar la fuerza para retener el poder, sino ceder al senado, siendo un hombre solo sometido a tantos, y dejar a la ley la providencia del orden sobre los asuntos comunes, recordando los males con que los tiranos anteriores habían maltratado la ciudad y aquellos en que él mismo había peligrado con ellos bajo Cayo, y no —él, que había odiado el peso de la tiranía cuando la insolencia era practicada por otros— atreverse voluntariamente a la desmesura contra su patria. Y si obedecía, mostrando la virtud de su antigua inofensividad, tendría honores seguros, votados por ciudadanos libres, y, cediendo a la ley en su parte, gobernando y siendo gobernado, ganaría el elogio de la virtud. Pero si enloquecía, en nada escarmentado por la muerte de Cayo, ellos no lo permitirían; pues mucho del ejército estaba unido a su lado, había abundancia de armas y una multitud de servidores de los que podían valerse. Y gran parte es la esperanza y la fortuna, y los dioses no se alían con otros sino con los que libran sus combates con virtud y honor; y estos son los que luchan por la libertad de su patria.

Y los embajadores —Veranio y Bronco, ambos tribunos del pueblo— usaban estas palabras y suplicaban, cayendo a sus rodillas, que de ningún modo arrojase la ciudad a guerras y males, aunque veían a Claudio pertrechado con la multitud del ejército y a los cónsules como nada en comparación con él. Y si ansiaba el poder, que lo recibiera dado por el senado; pues lo usaría más auspiciosa y felizmente quien lo tomara no con insolencia, sino con la benevolencia de los que lo dan.

Claudio sabía con qué insolencia le habían sido enviados aquellos hombres del senado, y de momento, por decisión propia, se inclinaba a una actitud más moderada; pero el temor que ellos le inspiraban lo hizo reaccionar, animado a la vez por el arrojo de los soldados y por el rey Agripa, que le urgía a no dejar escapar de sus manos un poder tan grande, llegado por sí solo.

Agripa se había comportado con Cayo como correspondía a un hombre a quien aquel había colmado de honores: se ocupó de su cadáver, lo tendió sobre un lecho, lo amortajó como las circunstancias permitían y se retiró hacia la guardia personal, anunciando que Cayo seguía vivo y que, como padecía por las heridas, se le traerían médicos.

Pero al enterarse de que los soldados se habían apoderado de Claudio, corrió hacia él y, encontrándolo turbado y a punto de ceder ante el senado, lo reanimó, urgiéndole a hacerse con el mando.

Tras decir esto a Claudio, se unió a él; y cuando el senado lo llamó, se ungió la cabeza con perfumes, como si viniera de disolverse un banquete, se presentó ante los senadores y les preguntó qué había hecho Claudio.

Cuando le contaron los hechos y le preguntaron a su vez qué opinión tenía sobre el conjunto de la situación, se declaró de palabra dispuesto a morir por la gloria de ellos, pero les instó a considerar lo que convenía, dejando de lado todo lo que solo buscaba el halago.

Pues quienes aspiran al poder necesitan armas y soldados que los protejan, no sea que, sorprendidos sin preparación, fracasen en la empresa.

El senado respondió que aportaría abundancia de armas y dinero, y que, en cuanto al ejército, una parte ya estaba constituida y la otra la reunirían liberando esclavos. «Ojalá, senadores —replicó Agripa—, podáis hacer todo cuanto vuestro ánimo desea; pero debo hablar sin vacilar, porque mi discurso mira a vuestra salvación.

Sabéis bien que el ejército que combatirá por Claudio lleva largo tiempo adiestrado en las armas, mientras que nuestras fuerzas —una muchedumbre de gente heterogénea, a la que se sumará una multitud de recién liberados de la esclavitud contra toda expectativa— serán difíciles de gobernar. Y combatiremos contra hombres expertos, sacando al campo a hombres que ni siquiera saben desenvainar la espada.

Por eso me parece que debemos enviar mensajeros a Claudio para persuadirle de que deponga el mando; y yo estoy dispuesto a ir como embajador.»

Así habló, y como estuvieron de acuerdo, fue enviado con otros. A solas con Claudio le describió la confusión que reinaba en el senado y le enseñó a responder de manera más propia de un soberano, sirviéndose de la dignidad del poder.

Dijo entonces Claudio que no se extrañaba de que el senado no soportara de buen grado ser gobernado, agotado como estaba por la crueldad de quienes antes se habían hecho con el mando; que él, en cambio, les daría a probar tiempos moderados por su propia clemencia; que el poder sería suyo solo de nombre, pero de hecho quedaría puesto en común, al alcance de todos; y que, habiendo pasado por asuntos numerosos y variados a la vista de ellos, hacían bien en no desconfiar.

Los embajadores, ganados por escuchar tales palabras, fueron despedidos. Y Claudio, dirigiéndose al ejército reunido, le tomó juramento de que en verdad mantendrían su lealtad hacia él; regaló a los guardias cinco mil dracmas por cabeza, a sus oficiales una cantidad proporcional al número, y a las legiones, dondequiera que estuviesen, les prometió otro tanto.

Los cónsules convocaron al senado en el templo de Júpiter Vencedor; era todavía de noche. De los senadores, unos, escondiéndose en la ciudad, vacilaban en acudir a la convocatoria; otros habían salido hacia sus propias fincas, previendo hacia dónde iría todo, ahora que la libertad se había vuelto desesperada, pues consideraban mucho mejor vivir sin peligro en la ociosidad, lejos del esfuerzo, que, tratando de conservar la dignidad de sus padres, quedar en la incertidumbre sobre su propia salvación.

Con todo, no se reunieron más de cien; y mientras deliberaban sobre los asuntos entre manos, se alzó de pronto un griterío de la soldadesca allí congregada, que ordenaba al senado elegir un único comandante supremo y no arruinar el gobierno con el mando de muchos.

Por su parte, los senadores declaraban que el poder no debía buscarse para todos, sino para uno solo, pero dejaban a los soldados la decisión de ver quién era digno de tan alta jefatura. Así, los asuntos de los senadores estaban en mucha mayor angustia, por haber fallado su orgullo de libertad y por el temor a Claudio.

Con todo, había quienes aspiraban al poder por la dignidad de su linaje y por sus alianzas matrimoniales. Pues tanto Minuciano como Marco —este último notable por su propia nobleza y casado, además, con Julia, la hermana de Cayo— estaban deseosos de disputar el poder, pero los cónsules los contenían, urdiendo un pretexto tras otro.

En cuanto a Valerio Asiático, Minuciano lo apartaba de tales designios por venir de entre los asesinos de Cayo. Y no habría sido menor la matanza si se hubiera dejado hacer a los que deseaban el poder, hasta el punto de enfrentarse a Claudio, sobre todo porque también los gladiadores —cuya multitud era considerable—, y de los soldados los que hacían la guardia nocturna en la ciudad, y cuantos remeros afluían al campamento, estaban de su parte; de modo que, de los que pretendían el poder, unos desistieron por respeto a la ciudad y otros por temor a lo que podía ocurrirles.

Al despuntar el día, Querea y los suyos se adelantaron e intentaron dirigir la palabra a los soldados. Pero la multitud, al verlos hacer señas con las manos para que callaran y disponerse a hablar, prorrumpió en un tumulto para no dejarlos hablar, porque todos se habían lanzado a favor de que los gobernara un solo monarca, y reclamaban a quien había de mandarlos, como quienes no van a tolerar más dilaciones.

El senado se hallaba sin salida, tanto sobre cómo gobernar como sobre de qué modo serían gobernados, pues ni los soldados los aceptaban ni los asesinos de Cayo consentían en ceder ante los soldados.

En tal situación, Querea, sin poder contener su ira ante la petición de un emperador, prometió proporcionar un general con tal de que alguien le trajera una señal de parte de Eutico.

Este Eutico era un auriga del bando llamado de los Verdes, muy querido de Cayo, y en las obras de las caballerizas de aquel escuadrón de jinetes se agotaba la soldadesca, sometida a trabajos indignos.

Por todo ello Querea les hacía reproches, y otros muchos semejantes, y prometía que llevaría la cabeza de Claudio; pues sería terrible que, tras la locura de Cayo, entregaran el mando a un demente.

Sin embargo, no se dejaron disuadir por las palabras, sino que, desenvainando las espadas y alzando sus estandartes, partieron hacia Claudio para unirse a quienes le prestaban juramento. Y el senado quedó desamparado de defensores, y los cónsules en nada se distinguían de simples particulares.

Había consternación y abatimiento, sin que los hombres supieran qué hacer consigo mismos, pues Claudio había sido irritado contra ellos; se injuriaban unos a otros, y les sobrevino el arrepentimiento.

Y Sabino, uno de los asesinos de Cayo, adelantándose en medio, amenazaba con darse muerte él mismo antes que ver a Claudio establecido como soberano y la esclavitud apoderándose de todo; y reprochaba a Querea su apego a la vida, si, tras haber despreciado a Cayo, era el primero en tener por bien la vida cuando ni aun así podía devolverse la libertad a la patria.

Querea respondió que en cuanto a morir no albergaba la menor vacilación, pero que quería sondear la intención de Claudio.

En esto estaban ellos. En el campamento, en cambio, todos se agolpaban de todas partes en señal de acatamiento. Y de los cónsules, el otro, Quinto Pomponio, era objeto de mayor animadversión por parte de la soldadesca, por haber exhortado al senado en pro de la libertad; se lanzaron sobre él desenvainando las espadas, y lo habrían matado de no haberlo impedido Claudio.

Arrancando al cónsul del peligro, lo hizo sentar a su lado; pero a los senadores que estaban con Quinto no los recibió con igual honor; algunos de ellos hasta recibieron golpes al ser rechazados de la audiencia con él, y Aponio se retiró herido, y el peligro se cernía sobre todos ellos.

Y el rey Agripa, acercándose a Claudio, le rogó que se mostrara más benigno con los senadores; pues, si algún mal le sucedía al senado, no tendría a otros a quienes gobernar.

Claudio se dejó persuadir y convocó al senado en el Palatino, siendo llevado por la ciudad mientras la soldadesca lo escoltaba con mucho maltrato de la multitud.

De los asesinos de Cayo se adelantaron, ya a la vista de todos, Querea y Sabino, aunque tenían prohibido presentarse por cartas de Polión, a quien poco antes había elegido Claudio como prefecto de la guardia.

Claudio, cuando llegó al Palatino, reuniendo a sus allegados, sometió a votación el caso de Querea. A ellos la acción les parecía brillante, pero reprochaban al que la había ejecutado su deslealtad, y juzgaban justo imponerle un castigo, para escarmiento del tiempo venidero.

Fue llevado, pues, a la muerte, y con él Lupo y muchos más romanos. Se dice que Querea soportó su desgracia con grandeza de ánimo, no solo por lo inmutable de su porte, sino también por los reproches que dirigió a Lupo, que se había deshecho en lágrimas.

Al quitarse Lupo la túnica y quejarse del frío, dijo Querea que a un lobo jamás le había hecho daño el frío. Y como una multitud lo seguía para mirar, al llegar al lugar preguntó al soldado si las ejecuciones le venían de práctica o si empuñaba la espada por primera vez, y mandó traer aquella con la que él mismo había dado muerte a Cayo.

Murió dichosamente, con un solo golpe. Lupo, en cambio, no salió del trance con la misma destreza, por su desánimo y porque, al ofrecer flácidamente el cuello, fueron necesarios varios golpes.

Pocos días después, cuando llegaron las ofrendas a los muertos, la multitud de los romanos, al llevar ofrendas a los suyos, honró también a Querea con porciones puestas en el fuego, suplicándole que fuera propicio y sin cólera por la ingratitud que habían tenido con él. Tal fue el fin de vida que le tocó a Querea.

En cuanto a Sabino, aunque Claudio no solo lo absolvió de la acusación, sino que le permitió conservar el cargo que tenía, juzgó injusto faltar a la lealtad hacia sus compañeros de conjura, y se dio muerte arrojándose sobre su espada, hasta que la empuñadura misma se juntó con la herida.

Claudio, tras librarse con presteza de todo lo que en la soldadesca resultaba sospechoso, publicó un decreto en el que confirmaba a Agripa el reino que Cayo le había concedido y elogiaba al rey. Le añadió, además, todo cuanto había gobernado Herodes, que era su abuelo: Judea y Shomrón.

Y estas cosas se las devolvía como debidas al parentesco de su linaje; pero Ábila, la de Lisanias, y cuanto había en el monte Líbano se lo añadió de sus propios dominios, y selló un pacto con Agripa en medio del foro, en la ciudad de los romanos.

A Antíoco, en cambio, le quitó el reino que tenía y le regaló una parte de Cilicia y de Comagene. Liberó también a Alejandro el alabarca, antiguo amigo suyo, que había administrado los bienes de Antonia, la madre de Claudio, y a quien la cólera de Cayo mantenía preso; y un hijo de este se casa con Berenice, la hija de Agripa.

Y a esta —pues Marco, el hijo de Alejandro, muere tras haberla tomado siendo virgen— Agripa la da a su propio hermano Herodes, tras haber pedido a Claudio que le concediera a este el reino de Cálcide.

Por aquel mismo tiempo estalló en la ciudad de Alejandría un conflicto de los judíos contra los griegos. Pues, muerto Cayo, la nación judía —humillada bajo su gobierno y ultrajada terriblemente por los alejandrinos— recobró el ánimo y al punto se puso en armas.

Y Claudio escribió al gobernador de Mitsraim para que sofocara la revuelta, y envió también un decreto —a instancias de los reyes Agripa y Herodes— dirigido a Alejandría y a Siria, redactado de este modo:

«Tiberio Claudio César Augusto Germánico, con potestad tribunicia, declara:

Habiendo sabido desde antiguo que los judíos de Alejandría, llamados alejandrinos, se establecieron junto con los primeros alejandrinos desde los tiempos más tempranos y obtuvieron de los reyes una ciudadanía igual, como quedó de manifiesto por los documentos que obran en su poder y por los decretos; y que, después de que Alejandría quedara sometida a nuestro imperio por obra de Augusto, sus derechos fueron preservados por los prefectos enviados en distintas épocas, sin que surgiera disputa alguna sobre estos derechos suyos; y que también, en la época en que Aquila estaba en Alejandría, al morir el etnarca de los judíos, Augusto no impidió que se nombraran etnarcas, deseando que cada cual permaneciera sometido, atenido a sus propias costumbres y sin ser obligado a transgredir la religión de sus padres; pero que los alejandrinos se levantaron contra los judíos que había entre ellos en tiempos de Cayo César, quien, por su gran insensatez y desvarío, humilló a la nación judía porque no quiso transgredir la religión de sus padres ni llamarlo dios a él; quiero que nada de los derechos de la nación judía se haya perdido a causa del desvarío de Cayo, sino que se les conserven también los derechos anteriores, permaneciendo fieles a sus propias costumbres; y ordeno a ambas partes que pongan el mayor cuidado en que no se produzca ninguna perturbación una vez publicado mi decreto.»

Así estaba redactado el decreto dirigido a Alejandría en favor de los judíos; el destinado al resto del mundo decía así:

«Tiberio Claudio César Augusto Germánico, pontífice máximo, con potestad tribunicia, cónsul electo por segunda vez, declara:

Habiéndome pedido el rey Agripa y Herodes, muy queridos míos, que concediera que los mismos derechos se conservaran también a los judíos de todo el imperio bajo el dominio de los romanos, igual que a los de Alejandría, con muchísimo gusto lo concedí, no solo por complacer a quienes me lo pedían, sino también porque juzgué dignos de ello a aquellos en cuyo favor se me suplicaba, por su fidelidad y amistad hacia los romanos, y sobre todo porque consideré justo que ninguna ciudad, ni siquiera griega, quedara privada de estos derechos, ya que también bajo el divino Augusto les habían sido conservados.

Está bien, pues, que también los judíos de todo el mundo bajo nuestro dominio guarden sin estorbo las costumbres de sus padres, a los cuales ordeno ahora que usen de esta benevolencia mía con mayor moderación y no desprecien las supersticiones de las demás naciones, sino que guarden sus propias leyes.

Y quiero que los magistrados de las ciudades, colonias y municipios, tanto en Italia como fuera de ella, y los reyes y dinastas, por medio de sus propios enviados, hagan inscribir este decreto mío y lo mantengan expuesto durante no menos de treinta días, en un lugar desde donde, a ras de suelo, pueda leerse bien.»

Con estos decretos, enviados a Alejandría y a todo el mundo, mostró Claudio César la opinión que tenía sobre los judíos; y al punto despidió a Agripa para que tomara posesión del reino con honores más brillantes, escribiendo por cartas a los gobernadores de las provincias y a los procuradores que lo trataran con afecto.

Y él, como era natural en quien ascendía a fortunas mejores, regresó con rapidez; y, llegado a Yerushaláyim, cumplió sacrificios de acción de gracias sin omitir nada de lo que la Torá prescribe.

Por eso mandó también rasurar a muchísimos nazireos; y la cadena de oro que Cayo le había dado, de igual peso que la de hierro con que habían sido atadas sus manos reales, la colgó dentro del recinto sagrado, sobre el tesoro, como recuerdo de su sombría fortuna y como testimonio de su cambio hacia lo mejor, para que fuera prueba a la vez de que las cosas grandes pueden alguna vez caer y de que Dios levanta lo caído.

Pues a todos ponía de manifiesto la ofrenda de la cadena que el rey Agripa, por un motivo insignificante, se había despojado de su antigua dignidad hasta quedar prisionero, y que, poco después, salido de los grilletes, fue elevado a rey más espléndido que antes.

Que se considere, por tanto, que es propio de la naturaleza humana que las grandezas caigan y resbalen, y que lo abatido puede recobrar de nuevo una altura eminente.

Así pues, tras haber rendido cabal culto a Dios, Agripa apartó del sumo sacerdocio a Teófilo, el hijo de Anano, y confirió aquel honor a Shimón, el hijo de Boeto, apellidado Cantheras. Tenía Shimón dos hermanos y un padre, Boeto, con cuya hija había convivido en matrimonio el rey Herodes, como se ha mostrado más arriba.

De modo que Shimón obtuvo el sacerdocio junto con sus hermanos y con su padre, tal como antes lo tuvieron los hijos de Shimón, el hijo de Onías —tres en total—, bajo el gobierno de los macedonios, según lo transmitimos en los escritos precedentes.

Habiendo dispuesto así lo tocante a los sumos sacerdotes, el rey recompensó a los habitantes de Yerushaláyim por la buena voluntad que le tenían: les condonó el impuesto que gravaba a cada casa, teniendo por bueno devolver cariño a quienes le habían mostrado afecto. Y nombró prefecto de todo el ejército a Silas, hombre que había compartido con él muchas fatigas.

No había transcurrido apenas nada de tiempo cuando unos jóvenes de Dora, que anteponían la audacia a la piedad y eran por naturaleza temerariamente osados, llevaron una estatua del César a la sinagoga de los judíos y la erigieron en ella.

Esto irritó sobremanera a Agripa, pues equivalía a la abolición de las leyes de sus padres. Sin demora se presenta ante Publio Petronio —que era gobernador de Siria— y denuncia a los de Dora.

Y este, no menos indignado por lo ocurrido —pues también él juzgaba que la transgresión de las leyes era una impiedad—, escribió con enojo lo siguiente a los rebeldes de Dora:

«Publio Petronio, legado de Tiberio Claudio César Augusto Germánico, dice a los principales de Dora:

Puesto que algunos de vosotros llegaron a tal audacia de locura que ni siquiera por haberse publicado el edicto de Claudio César Augusto Germánico —acerca de que se permite a los judíos guardar las costumbres de sus padres— os dejasteis persuadir por él, sino que hicisteis todo lo contrario, impidiendo que la sinagoga de los judíos lo fuera, al trasladar a ella la estatua del César, obrando ilegalmente no solo contra los judíos, sino también contra el emperador —cuya estatua mejor estaría en su propio templo que en uno ajeno, y ello en el lugar de la sinagoga—, cuando la propia naturaleza otorga a cada cual el derecho de ser dueño de sus propios lugares, conforme al decreto del César; pues resulta ridículo mencionar mi decreto después del edicto del emperador, que permitió a los judíos servirse de sus propias costumbres y aun ordenó que convivieran como ciudadanos con los griegos: a quienes se atrevieron a tales cosas contra el edicto de Augusto —cosa de la que se indignaron incluso los que entre ellos parecen sobresalir, diciendo que no había sucedido por decisión propia, sino por el impulso de la multitud—, he ordenado que sean conducidos ante mí por el centurión Próculo Vitelio para que rindan cuentas de lo hecho; y a los primeros magistrados les advierto que, si no quieren que parezca que la injusticia se cometió por decisión suya, señalen a los culpables al centurión, sin dejar ocasión alguna de sedición ni de pelea, la cual me parece que andan buscando mediante tales actos, cuando ni yo ni mi muy honrado rey Agripa nos preocupamos de nada más que de que la nación judía, aprovechando una ocasión, so pretexto de defenderse, no se agrupe y se lance a la desesperación.

Y para que sea más notorio lo que Augusto pensó sobre todo este asunto, he añadido sus edictos publicados en Alejandría, los cuales, aunque parezcan conocidos de todos, entonces también leyó desde el estrado mi muy honrado rey Agripa, alegando con justicia que no se les debía privar de la merced de Augusto.

Para lo sucesivo, pues, ordeno que no se busque pretexto alguno de sedición ni de disturbio, sino que cada cual practique el culto según sus propias costumbres.»

De este modo, pues, proveyó Petronio para que la transgresión ya cometida obtuviera enmienda y para que nada semejante volviera a sucederles.

El rey Agripa quitó el sumo sacerdocio a Shimón Cantheras y volvió a llevar a él a Yonatán, el hijo de Anano, reconociendo que este era más digno del honor. Pero a él no le pareció grato recobrar tan alta dignidad, y la rehusó diciendo:

«A ti, oh rey, me alegra deberte la honra, y guardo en el alma este galardón que me da tu voluntad; y, sin embargo, Dios no me juzgó digno en nada del sumo sacerdocio. Una sola vez me vestí el atuendo sagrado, y con eso me basta; pues entonces lo vestí más santamente de lo que ahora lo recibiría.

Pero tú, si quieres que reciba ahora el galardón alguien más digno que yo, entérate: tengo un hermano puro de todo pecado, tanto ante Dios como ante ti, oh rey; a este lo propongo como adecuado para el honor.»

Complacido el rey con estas palabras, admiró a Yonatán por su criterio y dio el sacerdocio a su hermano Matityahu. Y no mucho después, Marso sucedió a Petronio y administró Siria.

Silas, el prefecto del rey, como en toda circunstancia le había sido fiel, sin rehusar jamás compartir peligro alguno, sino que muchas veces se había echado encima las fatigas más arriesgadas, estaba lleno de presunción, pues creía que le correspondía igualdad de honores por la firmeza de su amistad.

Así pues, en nada se sometía al rey, sino que mantenía una franqueza sin freno en todo trato, y en sus muestras de afecto se volvía pesado, ensalzándose a sí mismo sin medida y trayendo a menudo a la memoria del rey los momentos sombríos de su fortuna, para exhibir así el celo que él había mostrado entonces; y de continuo andaba refiriendo cuánto se había afanado por él.

El exceso de todo esto parecía un reproche; por eso el rey recibía a disgusto la franqueza desmedida del hombre, pues no son gratos los recuerdos de los tiempos sin gloria, y es necio quien continuamente saca a relucir aquello en que una vez fue útil.

Al fin, pues, Silas irritó en extremo el ánimo del rey, y este, dándose más a la ira que a la razón, no solo apartó a Silas de la prefectura, sino que lo entregó para que fuera encadenado, enviándolo a la patria de aquel.

Con el tiempo, sin embargo, su ira se embotó, y sometió a razonamientos serenos el juicio sobre aquel hombre, teniendo en cuenta cuántas fatigas había soportado en su favor. Así, celebrando el día de su cumpleaños, cuando entre todos sus súbditos reinaba la alegría y se organizaban festines, mandó llamar en el acto a Silas para que fuera su comensal.

Pero a este —pues era de carácter independiente— le pareció que tenía un justo motivo de enojo, que no ocultaba, diciendo a quienes iban a buscarlo:

«¿A qué honra me llama el rey, una que dentro de poco se desvanecerá? Pues ni siquiera me conservó los primeros galardones de mi buena voluntad hacia él, sino que me los arrebató, ultrajándome.

¿O acaso ha creído que he cesado en mi franqueza? Con qué buena conciencia proclamaré más bien de cuántos peligros lo libré, cuántas fatigas soporté procurándole salvación y honra, y de todo ello recibí por galardón cadenas y una oscura prisión.

Nunca me olvidaré de esto; quizá mi alma, aun separada de la carne, se lleve consigo el recuerdo de mi valor.» Esto clamaba y encargaba que se lo dijeran al rey. Y este, al verlo incurablemente dispuesto, de nuevo lo dejó en prisión.

Las murallas de Yerushaláyim que dan hacia la ciudad nueva las fortificaba a expensas públicas, ensanchándolas aquí en anchura y elevándolas allá en altura, y las habría terminado de manera superior a toda fuerza humana, si Marso, el gobernador de Siria, no hubiera comunicado por cartas a Claudio César lo que se hacía.

Y Claudio, sospechando alguna intención de revuelta, escribió a Agripa con urgencia que cesara en la construcción de las murallas; y él no juzgó oportuno desobedecer.

Era este rey, por naturaleza, benéfico en sus dádivas y magnánimo con los pueblos, amante de la gloria, y se elevaba a la notoriedad con muchos gastos hechos de golpe, gozándose en dar y complaciéndose en vivir entre buena fama; en nada se asemejaba en su modo de ser a Herodes, el rey anterior a él; pues aquel tenía un carácter malvado, tajante en el castigo e implacable contra quienes le eran odiosos, y se reconocía que trataba con más familiaridad a los griegos que a los judíos: a las ciudades de otros pueblos las honraba dando dinero, con la construcción de baños y teatros en distintos lugares, en algunas de las cuales levantó templos y en otras pórticos, pero a ninguna ciudad de los judíos la juzgó digna ni de una pequeña mejora ni de una dádiva que mereciera recordarse.

En cambio, apacible era el carácter de Agripa, e igual para con todos su beneficencia. Con los de otros pueblos era humano, mostrando también a aquellos su generosidad, y, en proporción, era bondadoso y aún más compasivo con los de su propia nación.

Grata le era, en efecto, una residencia continua en Yerushaláyim, y guardaba puramente las costumbres de sus padres. Se conducía, pues, en toda pureza, y no dejaba pasar un solo día privado del sacrificio prescrito.

Y he aquí que cierto hombre de Yerushaláyim, natural del lugar, que pasaba por conocer con exactitud las leyes —Shimón era su nombre—, habiendo congregado a una muchedumbre en asamblea en el momento en que el rey se había ausentado hacia Cesarea, se atrevió a acusarlo de que no era santo y de que con justicia se le podría prohibir la entrada al templo, que correspondía a los nacidos en el país.

Esto se lo comunica por cartas al rey el comandante de la ciudad: que Shimón había arengado tales cosas; y el rey manda llamarlo y —pues se hallaba entonces sentado en el teatro— le ordenó sentarse junto a él. Y con calma y suavidad le dijo: «Dime, ¿qué hay de ilegal en cuanto aquí se hace?»

Y él, sin nada que decir, pidió obtener perdón. Pero el rey se reconcilió con él más de lo que nadie esperaba, juzgando la mansedumbre más regia que la ira, y sabiendo que a las grandezas les conviene la clemencia más que el arrebato. Así pues, tras juzgar a Shimón digno incluso de un regalo, lo despidió.

Habiendo construido muchas cosas para muchos pueblos, honró de manera especial a los beritios: les levantó un teatro que aventajaba a muchos en suntuosidad y belleza, un anfiteatro de mucho gasto y, además, baños y pórticos, sin perjudicar en ninguna de las obras la belleza ni la magnitud por escatimar en el gasto.

Prodigó con magnificencia su inauguración: en el teatro ofreció espectáculos, presentando toda clase de obras de música y de variado deleite poético; y en el anfiteatro mostró su grandeza de ánimo con una multitud de gladiadores.

Allí, queriendo que también el enfrentamiento en masa fuera un deleite para los espectadores, hizo entrar a setecientos hombres a combatir contra otros setecientos, destinando a esta acción a cuantos malhechores tenía, para que unos fueran castigados y la obra de la guerra se volviera deleite de la paz. A todos estos, pues, los aniquiló por completo.

Terminado en Berito lo antedicho, pasó a Tiberíades, ciudad de Galilea. Era, por cierto, admirado entre los demás reyes. Vinieron, en efecto, a verlo Antíoco, rey de Comagene, Sampsigéramo de Emesa, y Cotis —este reinaba sobre la Armenia Menor—, y Polemón, que poseía el señorío del Ponto, y Herodes; este era hermano suyo y gobernaba Cálcide.

Trató con todos, en las recepciones y agasajos, de modo que dejó ver sobre todo la altura de su prudencia, y por ello parecía con justicia honrado con la presencia del rey.

Pero, mientras estos aún se demoraban junto a él, llegó Marso, el gobernador de Siria. Guardando, pues, el respeto debido a los romanos, el rey se adelantó siete estadios fuera de la ciudad para salirle al encuentro.

Esto, sin embargo, iba a ser el comienzo de su diferencia con Marso; pues, sentándolos consigo en el carruaje, llevaba consigo a los demás reyes, y a Marso le resultó sospechosa la concordia de estos y su amistad recíproca llevada a tal punto, ya que no consideraba ventajoso para los romanos el acuerdo de tan grandes dinastas. Enseguida, pues, enviando a algunos de sus allegados a cada uno, les ordenó partir sin demora hacia sus propios dominios.

Esto lo recibió Agripa con disgusto; y a partir de entonces quedó en desacuerdo con Marso. Y, quitando el sumo sacerdocio a Matityahu, estableció en su lugar como sumo sacerdote a Elioneo, el hijo de Citero.

Se cumplió el tercer año de su reinado sobre toda Judea, y se presentó en la ciudad de Cesarea, que antes se llamaba la Torre de Estratón. Celebraba allí espectáculos en honor del César, por su salvación, sabiendo que aquello era una fiesta señalada; y con ese motivo se había reunido una multitud de los que ocupaban cargos y de los avanzados en dignidad de toda la provincia.

Al segundo día de los espectáculos, vestido con un manto hecho todo de plata, de un tejido admirable, entró en el teatro al comenzar el día. Allí, a los primeros embates de los rayos del sol, la plata, iluminada, resplandecía maravillosamente, despidiendo un fulgor que infundía temor y estremecimiento a quienes lo miraban fijamente.

Y al punto los aduladores, cada cual de un lado, alzaban voces —que ni siquiera para aquel eran de buen agüero—, llamándolo dios y añadiendo: «Séanos propicio; si hasta ahora te temimos como a un hombre, en adelante te reconocemos superior a la naturaleza mortal.» El rey no reprendió esto ni rechazó aquella adulación impía. Pero, alzando la vista poco después, vio un búho posado sobre su cabeza, en una cuerda. Al instante comprendió que aquel era mensajero de males, el que en otro tiempo lo había sido de bienes, y sintió un dolor en el corazón, y le sobrevino de golpe un agudo dolor de vientre, que comenzó con violencia.

Incorporándose, pues, hacia sus amigos, dijo: «Yo, vuestro dios, recibo ya la orden de poner fin a la vida, pues el destino refuta al instante las voces que hace poco falsamente se dijeron sobre mí; a quien vosotros llamasteis inmortal ya se me lleva a morir. Mas hay que aceptar la suerte que Dios ha querido; pues no hemos vivido de ningún modo miserablemente, sino en el esplendor que se tiene por dichoso.»

Al decir esto, se veía a la vez abrumado por la intensificación del dolor; con premura, pues, fue llevado al palacio, y corrió la voz entre todos de que dentro de poco moriría sin remedio.

La multitud, al punto, con mujeres y niños, sentándose sobre sacos según la ley de sus padres, suplicaba a Dios por el rey, y todo estaba lleno de gemidos y lamentos. Y el rey, tendido en una cámara elevada y mirándolos abajo caer de bruces, tampoco él se mantuvo sin lágrimas.

Consumido durante cinco días seguidos por el dolor de vientre, puso fin a su vida, teniendo cincuenta y cuatro años desde su nacimiento y el séptimo de su reinado.

Cuatro años, en efecto, reinó bajo Cayo César —habiendo gobernado la tetrarquía de Filipo durante un trienio, y al cuarto año habiendo recibido además la de Herodes—, y tres años tomó del imperio de Claudio César, en los cuales reinó sobre lo antes dicho y sumó Judea, Shomrón y Cesarea.

Recaudó de sus rentas cuanto pudo —doce millones de dracmas—, pero pidió además muchos préstamos; pues, por ser generoso, gastaba con más largueza de lo que le entraba, y era despilfarrador su afán de gloria.

Como su fallecimiento era aún ignorado por las multitudes, Herodes, que gobernaba Cálcide, y Helcías, el prefecto y amigo del rey, poniéndose de acuerdo, enviaron a Aristón, el más apropiado de los servidores, y degollaron a Silas —pues era enemigo suyo—, como si el rey lo hubiera ordenado.

El rey Agripa, pues, puso fin a su vida de tal manera. Le quedaba por descendencia un hijo, Agripa, que corría su decimoséptimo año, y tres hijas, de las cuales una, Berenice, de dieciséis años, había sido dada en matrimonio a Herodes, hermano de su padre; las otras dos eran vírgenes, Mariamna y Drusila, la una de diez años, y Drusila de seis; y habían sido prometidas por su padre en matrimonio: Mariamna a Julio Arquelao, el hijo de Helcías, y Drusila a Epífanes, que era hijo de Antíoco, rey de Comagene.

Pero cuando se supo que Agripa había dejado la vida, los habitantes de Cesarea y de Sebaste, olvidando sus beneficios, obraron como los más hostiles enemigos; lanzaban blasfemias impropias contra el difunto; y cuantos por entonces servían en las armas —que eran muchos— se marcharon a sus casas, arrebataron las estatuas de las hijas del rey y las llevaron todos juntos a los burdeles, las plantaron en los tejados y las ultrajaron cuanto pudieron, haciendo cosas más vergonzosas de lo que puede contarse.

Tendidos en los lugares públicos celebraban banquetes multitudinarios, coronados y perfumados, derramando libaciones a Caronte y brindándose unos a otros por la muerte del rey.

Y no guardaban memoria ni de Agripa, que tantas muestras de generosidad había tenido con ellos, ni de su abuelo Herodes: aquel les había fundado ciudades y les había levantado puertos y templos con espléndidos dispendios.

El hijo del difunto, Agripa, se hallaba por aquel tiempo en Roma, criándose en la corte de Claudio César.

Cuando César se enteró de que Agripa había muerto y de que los de Sebaste y los de Cesarea lo habían ultrajado, se dolió por él y se irritó contra los desagradecidos.

Al punto se dispuso a enviar al joven Agripa para que sucediera en el reino, queriendo a la vez cumplir los juramentos prestados; pero los libertos y amigos que mayor influencia tenían sobre él lo disuadieron, diciendo que era peligroso confiar un reino de tal magnitud a alguien tan joven, que ni siquiera había salido de los años de la niñez y que no podría sobrellevar las cargas del gobierno —pues aun para un hombre maduro es pesada carga un reino.

Le pareció, pues, a César que hablaban con razón. Así que envió a Cuspio Fado como gobernador de Judea y de todo el reino, y honró al difunto no poniendo al frente del reino a Marso, que había estado enemistado con él.

Había resuelto, ante todo, escribir a Fado que reprendiera a los de Cesarea y a los de Sebaste por su ultraje al muerto y por su desenfreno de borrachos contra las que aún vivían, y que trasladara al Ponto el escuadrón de los cesarienses y los sebastenos y las cinco cohortes, para que sirvieran allí, y que escogiera un número igual de soldados de las legiones romanas de Siria para llenar su puesto.

Sin embargo, los que recibieron la orden no fueron trasladados: enviaron una embajada a Claudio, lo aplacaron y lograron quedarse en Judea; y estos, en los tiempos venideros, fueron el comienzo de las mayores desdichas para los judíos, pues sembraron las semillas de la guerra bajo Floro. Por eso Vespasiano, una vez vencedor —como diremos poco más adelante—, los sacó de la provincia.

Capítulo X

Libro vigésimo

Muerto el rey Agripa —como referimos en el libro anterior a este—, Claudio César envió a Casio Longino como sucesor de Marso, concediendo esto a la memoria del rey; pues en vida este le había pedido muchas veces por carta que Marso no siguiera al frente de los asuntos de Siria.

Cuando Fado llegó a Judea como procurador, encontró en sedición a los judíos que habitaban Perea, enfrentados a los filadelfios por los límites de una aldea llamada Mia, poblada de hombres belicosos. Y en efecto, los de Perea, sin contar con el parecer de sus principales, tomaron las armas y dieron muerte a muchos de los filadelfios. Enterado de esto, Fado se irritó sobremanera, porque no le habían dejado a él el juicio si es que se creían agraviados por los filadelfios, sino que habían recurrido a las armas. Así pues, tomó a los tres primeros entre ellos, que eran también los causantes de la sedición, y mandó encadenarlos; luego a uno de ellos lo hizo matar —Aníbal se llamaba—, y a los otros dos, Amarán y Elazar, les impuso destierro.

También fue ejecutado Tolomeo, el jefe de los bandidos, poco tiempo después, llevado ante él tras haber causado gravísimos males a Idumea y a los árabes; y desde entonces toda Judea quedó limpia de partidas de salteadores, por la previsión y el cuidado de Fado. Este, además, convocando por entonces a los sumos sacerdotes y a los principales de los habitantes de Yerushaláyim, les recomendó que depositaran la túnica talar y la vestidura sagrada —que solo el sumo sacerdote acostumbra a llevar— en la Antonia, que es una fortaleza, para que quedara bajo la autoridad de los romanos, como también antes había estado.

Ellos no se atrevían a oponerse, pero rogaron a Fado y a Longino —pues este también había llegado a Yerushaláyim con una fuerza numerosa, por temor a que las órdenes de Fado obligaran a la multitud de los judíos a amotinarse— que primero les permitieran enviar embajadores ante César, para pedirle tener la vestidura sagrada bajo su propia autoridad, y que después aguardaran hasta saber qué respondería Claudio a ello. Aquellos dijeron que les permitirían enviar a los embajadores si recibían a sus hijos como rehenes. Como accedieron de buena gana y los entregaron, los embajadores fueron enviados.

Cuando llegaron a Roma, el joven Agripa, hijo del difunto, al enterarse de la causa por la que venían —pues se hallaba junto a Claudio César, como también dijimos antes—, pidió a César que concediera a los judíos lo que solicitaban acerca de la vestidura sagrada y que escribiera a Fado sobre estas cosas. Claudio, llamando a los embajadores, dijo que lo concedía, y les ordenó dar las gracias a Agripa, pues hacía esto a petición suya; y junto con la respuesta les entregó una carta de este tenor:

«Claudio César Germánico, investido de la potestad tribunicia por quinta vez, cónsul designado por cuarta, aclamado imperator por décima, padre de la patria, a los magistrados, al consejo y al pueblo de los habitantes de Yerushaláyim y a toda la nación de los judíos, salud. Habiéndome presentado mi querido Agripa —a quien yo crié y tengo conmigo, y que es hombre piadosísimo— a vuestros embajadores, que me daban las gracias por el cuidado que he tenido de vuestra nación, y habiéndome pedido con empeño y celo que la vestidura sagrada y la corona estén bajo vuestra autoridad, lo concedo, tal como lo hizo el excelentísimo y para mí honradísimo Vitelio. Consentí en esta decisión, primero por mi propia piedad y por el deseo de que cada cual rinda culto según las costumbres de sus padres; y después, sabiendo que con ello complazco también al propio rey Herodes y a Aristóbulo el joven, cuya piedad hacia mí y celo por vosotros conozco bien, hombres con quienes me unen muchísimos lazos justos de amistad, excelentes y para mí honrados. He escrito sobre esto también a Cuspio Fado, mi procurador. Los portadores de la carta son: Cornelio hijo de Cerón, Trifón hijo de Teudión, Doroteo hijo de Natanael, Yojanán hijo de Yojanán. Escrita cuatro días antes de las calendas, siendo cónsules Rufo y Pompeyo Silvano.»

También Herodes —hermano del difunto Agripa y a quien por aquel tiempo se había confiado el gobierno de Cálcide— pidió a Claudio César la autoridad sobre el Templo, sobre los tesoros sagrados y sobre el nombramiento de los sumos sacerdotes, y todo lo obtuvo. Y desde entonces esa autoridad permaneció en todos sus descendientes hasta el fin de la guerra. Así pues, Herodes apartó del sumo sacerdocio al llamado Cantheras, y dio la sucesión de la dignidad a Yosef, hijo de Camei, en lugar de aquel.

Por este tiempo, Helena, reina de los adiabenos, y su hijo Izates cambiaron su vida a las costumbres de los judíos, por la siguiente razón. Monobazo, rey de los adiabenos —que tenía también el sobrenombre de Bazeo—, prendado de amor por su hermana Helena, la tomó en matrimonio y la dejó encinta. Durmiendo una vez con ella, cuando se había quedado dormido con la mano apoyada sobre el vientre de su mujer, le pareció oír una voz que le ordenaba retirar la mano del vientre y no oprimir a la criatura que había en él, la cual, por providencia de Dios, alcanzaría un comienzo afortunado y un final igualmente feliz. Turbado por la voz, se despertó al punto y contó esto a su mujer, y al hijo lo llamó Izates.

Tenía además a Monobazo, mayor que este, nacido también de Helena, y otros hijos de otras mujeres; pero era manifiesto que ponía todo su afecto en Izates como si fuera hijo único. De ahí brotó en el muchacho la envidia de sus hermanos de padre, y por ello creció el odio, doliéndose todos de que el padre honrara a Izates por encima de ellos. El padre, aunque percibía claramente esto, los disculpaba, considerando que no lo sufrían por maldad, sino porque cada uno pretendía gozar del afecto de su padre; pero al joven —pues temía mucho por él, no fuera que, odiado por sus hermanos, sufriera algún daño— lo colmó de regalos y lo envió ante Abenérigo, rey del Cárax de Espasines, confiándole la seguridad del muchacho. Abenérigo recibió gustoso al joven y, tratándolo con mucho afecto, le dio por esposa a su hija —llamada Samaco— y le concedió un territorio del que obtendría grandes rentas.

Monobazo, siendo ya anciano y viendo que le quedaba poco tiempo de vida, quiso ver a su hijo antes de morir. Lo hizo llamar, lo abrazó con el mayor cariño y le dio una comarca llamada Carras. La tierra es buena para producir abundante amomo; y hay en ella también los restos del arca en que —según cuenta el relato— Nóaj se salvó del diluvio, y hasta ahora esto se muestra a quienes quieren verlo. Izates, pues, permaneció en aquella comarca hasta la muerte de su padre. El día en que Monobazo dejó la vida, la reina Helena mandó llamar a todos los magnates, a los sátrapas del reino y a los encargados de las fuerzas armadas. Cuando llegaron, les dijo: «Que mi esposo pidió que Izates fuera su sucesor en el reino y lo juzgó digno de ello, no creo que se os haya ocultado; con todo, aguardo también vuestro juicio, pues dichoso no es quien recibe el poder de uno solo, sino de muchos y de buen grado.»

Ella dijo esto para poner a prueba el parecer de los convocados. Ellos, al oírlo, primero se postraron ante la reina, según su costumbre, y luego declararon que confirmaban la voluntad del rey y que obedecerían con alegría a Izates, justamente preferido por su padre a sus hermanos, conforme a los deseos de todos. Y añadieron que querían dar muerte primero a sus hermanos y parientes, para que Izates ejerciera el poder con seguridad; pues, eliminados aquellos, se disiparía todo el temor nacido del odio y de la envidia de ellos. A esto Helena respondió que les agradecía el afecto hacia ella y hacia Izates, pero les rogó que aplazaran la decisión sobre la muerte de los hermanos hasta que Izates llegara y diera también su aprobación. Ellos, como no lograron persuadirla de matarlos, la exhortaron a mantenerlos presos hasta la llegada de aquel, en garantía de la propia seguridad, y le aconsejaron que entretanto pusiera al frente del reino a un administrador de su mayor confianza. Helena se dejó convencer, y nombró rey a su hijo mayor Monobazo, ciñéndole la diadema, entregándole el anillo con el sello de su padre y la que ellos llaman sampsera, y le encomendó que administrara el reino hasta la llegada de su hermano. Este vino pronto, al enterarse de la muerte de su padre, y sucedió a su hermano Monobazo, que le cedió el poder.

Durante el tiempo en que Izates residía en el Cárax de Espasines, cierto mercader judío llamado Ananías, que frecuentaba a las mujeres del rey, les enseñaba a adorar a Dios como era costumbre patria de los judíos; y por medio de ellas llegó a conocer a Izates, a quien persuadió del mismo modo. Y cuando este fue llamado por su padre a la Adiabene, Ananías partió con él, cediendo a muchos ruegos. Había ocurrido, además, que también Helena, instruida igualmente por otro judío, se había pasado a aquellas leyes. Izates, cuando tomó el reino y, llegado a la Adiabene, vio a sus hermanos y demás parientes encadenados, se disgustó por lo sucedido. Y como consideraba impío matarlos o mantenerlos encadenados, y peligroso tenerlos consigo sueltos con su rencor, envió a unos como rehenes, con sus hijos, a Roma, ante Claudio César, y a otros los remitió a Artábano el parto con pretextos semejantes.

Al saber que su propia madre se complacía mucho en las costumbres de los judíos, él mismo se apresuró a abrazarlas, y creyendo que no sería firmemente judío si no se circuncidaba, estaba dispuesto a hacerlo. Al enterarse, su madre trató de impedírselo, diciendo que le acarrearía peligro: pues era rey, y pondría a sus súbditos en gran hostilidad cuando supieran que había deseado usos extranjeros y ajenos, y no soportarían que un judío los gobernara. Así hablaba, y de todos modos se lo impedía. Él trasladó estas palabras a Ananías, quien, coincidiendo con la madre e incluso amenazando con marcharse si no lo persuadía, decía que temía que, hecho el asunto manifiesto a todos, corriera él peligro de sufrir castigo por ser el causante y maestro de tales acciones impropias para el rey; y le dijo que podía adorar a la Divinidad aun sin circuncidarse, si de veras había decidido seguir del todo las costumbres patrias de los judíos, pues eso era más importante que circuncidarse; y añadió que también Dios le concedería el perdón por no realizar el acto, forzado por la necesidad y por el temor a sus súbditos. Con estas palabras el rey se dejó convencer por entonces.

Pero después —pues no había desechado del todo el deseo— cierto otro judío, venido de Galilea, llamado Elazar, que pasaba por muy riguroso en las costumbres patrias, lo incitó a realizar el acto. Pues cuando entró a saludarlo y lo halló leyendo la Torá de Moshé, le dijo: «Ignoras, oh rey, que agravias en lo más grave las leyes, y por medio de ellas, a Dios; pues no debes solo leerlas, sino, antes que nada, cumplir lo que ellas mandan. ¿Hasta cuándo permanecerás incircunciso? Si aún no has leído la ley sobre esto, para que sepas cuál es la impiedad, léela ahora.» Al oír esto, el rey no aplazó la acción, sino que, retirándose a otra estancia y llamando al médico, cumplió lo prescrito; y mandando llamar a su madre y a su maestro Ananías, les dio a entender que había realizado el acto. Al punto los tomó el espanto y un temor no pequeño, no fuera que, si el hecho se descubría, el rey corriera peligro de perder el poder —al no tolerar los súbditos ser gobernados por un hombre celoso de las costumbres de otros— y peligraran también ellos mismos, al recaer la culpa sobre ellos. Pero fue Dios quien impidió que sus temores llegaran a cumplirse; pues al propio Izates, caído en muchos peligros, y a sus hijos los salvó, procurándoles un camino de salvación en trances desesperados, mostrando que, para quienes ponen en Él la mirada y solo en Él han confiado, el fruto de la piedad no se pierde. Pero esto lo referiremos más adelante.

Helena, la madre del rey, viendo el reino en paz y a su hijo dichoso y envidiado por todos, incluso por los pueblos extranjeros, gracias a la providencia venida de Dios, concibió el deseo de ir a la ciudad de Yerushaláyim para adorar en el Templo de Dios, célebre entre todos los hombres, y ofrecer sacrificios de acción de gracias, y rogó a su hijo que se lo permitiera. Como él accedió de muy buen grado a la súplica de su madre, preparó abundante equipaje para el viaje y le dio muchísimo dinero, ella bajó a la ciudad de Yerushaláyim, escoltada por su hijo un largo trecho. Su llegada resultó muy provechosa para los habitantes de Yerushaláyim; pues como en aquel tiempo una hambruna oprimía la ciudad y muchos perecían por falta de recursos, la reina Helena envió a algunos de los suyos, unos a Alejandría a comprar mucho trigo con abundante dinero, otros a Chipre a traer un cargamento de higos secos. Cuando volvieron pronto con ello, distribuyó alimento a los necesitados y dejó a toda nuestra nación el más grande recuerdo de esta buena obra. También su hijo Izates, enterado de lo de la hambruna, envió mucho dinero a los principales de Yerushaláyim. Pero los beneficios que estos reyes hicieron a nuestra ciudad los expondremos después.

Artábano, rey de los partos, al advertir que los sátrapas habían tramado una conjura contra él y viendo que no era seguro permanecer entre ellos, resolvió partir hacia Izates, con la esperanza de hallar en él un medio de salvación y, de ser posible, un regreso al trono. Y en efecto llega, llevando consigo a parientes y criados, unos mil en total, y se encuentra con Izates en el camino. Él conocía bien a aquel, pero no era reconocido por Izates; y poniéndose a su lado, primero se postró ante él según la costumbre patria, y luego dijo: «Oh rey, no desdeñes a este tu suplicante ni me desprecies cuando te ruego; pues, abatido por el vuelco de la fortuna y de rey convertido en simple particular, necesito tu auxilio. Mira, pues, la inestabilidad de la fortuna, considérala común y provee también por ti mismo; que si se me deja sin desagravio, muchos se envalentonarán también contra los demás reyes.» Esto decía llorando y con la cabeza inclinada.

Izates, en cuanto oyó el nombre y vio a Artábano de pie ante él como suplicante, saltó del caballo y dijo: «Ten ánimo, oh rey, y que lo presente no te abata como irremediable, pues rápido será el vuelco de tu pena. Hallarás en mí un amigo y aliado mejor de lo que esperas: o te restituiré al reino de los partos, o abdicaré del mío.» Dicho esto, hizo montar a Artábano en el caballo y él lo seguía a pie, rindiéndole ese honor como a un rey mayor. Al verlo, Artábano lo llevó a mal y juró por la fortuna y la dignidad que aún tenía que desmontaría si aquel no volvía a montar y a ir delante. Él, persuadido, saltó sobre el caballo, y tras conducirlo a su reino le rindió todo honor en los consejos y en la precedencia de los asientos en los banquetes, sin mirar a su fortuna presente, sino a su antigua dignidad, y dando también algo a la reflexión de que los vuelcos de la fortuna son comunes a los hombres.

Escribió luego a los partos persuadiéndolos de que recibieran a Artábano, ofreciéndoles como garantía de amnistía por lo hecho su diestra, juramentos y su propia mediación. Los partos no negaban que quisieran recibirlo, pero decían que no podían, porque habían confiado el poder a otro —Cínamo se llamaba el que lo había asumido—, y temían que de ahí les sobreviniera una sedición. Cínamo, conocida la intención de ellos, escribió él mismo a Artábano —pues había sido criado por él y era por naturaleza bueno y noble— exhortándolo a que, confiando en él, viniera a recobrar su poder. Y Artábano, confiado, se presentó. Cínamo salió a su encuentro y, postrándose y saludándolo como rey, le puso en la cabeza la diadema, quitándosela de la suya propia.

Así, gracias a Izates, Artábano fue restituido al trono del que antes había caído por culpa de los magnates. Y no se mostró desmemoriado de los beneficios recibidos, sino que recompensó a Izates con los mayores honores entre ellos: le permitió llevar la tiara erguida y dormir en lecho de oro, prerrogativas y distinciones exclusivas de los reyes de los partos. Le dio también un territorio extenso y fértil, arrebatándoselo al rey de los armenios —la tierra se llama Nísibis, y en ella los macedonios habían fundado antes una ciudad, Antioquía, a la que llamaron Epimigdonia—. Con tales honores fue honrado Izates por el rey de los partos.

No mucho tiempo después, Artábano murió, dejando el reino a su hijo Bardanes. Este, acudiendo a Izates, trataba de persuadirlo, pues iba a emprender la guerra contra los romanos, de que combatiera a su lado y preparara una alianza. Pero no lo persuadía; pues Izates, conociendo el poder y la fortuna de los romanos, juzgaba que aquel emprendía cosas imposibles. Además, como había enviado a cinco de sus hijos, jóvenes de edad, a aprender a fondo nuestra lengua patria y nuestra instrucción, y a su madre a adorar en el Templo, según dije antes, se mostraba más reacio y refrenaba a Bardanes, refiriéndole sin cesar las fuerzas y las hazañas de los romanos, creyendo que así lo atemorizaría y le quitaría el deseo de la campaña contra ellos. Irritado por esto, el parto declaró al punto la guerra a Izates. Pero no obtuvo provecho alguno de la campaña contra él, pues Dios truncó todas sus esperanzas; en efecto, los partos, al conocer el propósito de Bardanes y que había resuelto guerrear contra los romanos, lo matan y entregan el poder a su hermano Cotardes. Y a este también, muerto poco después a causa de una conjura, lo sucede su hermano Vologeso, quien confió señoríos a sus dos hermanos de padre: a Pácoro, el mayor, la Media, y a Tirídates, el menor, Armenia.

El hermano del rey, Monobazo, y los parientes, viendo que Izates se había hecho envidiable entre todos los hombres por su piedad hacia Dios, concibieron también ellos el deseo de abandonar las costumbres patrias y adoptar las de los judíos. Su proceder se hizo patente a los súbditos, y los magnates, irritados por ello, no manifestaban su cólera, pero, teniéndolo en mente, buscaban una ocasión propicia para tomar venganza de ellos, apremiados por hacerlo. Y en efecto, escriben a Abías, rey de los árabes, prometiéndole mucho dinero si quería emprender una campaña contra su rey, y anunciándole que abandonarían al monarca en el primer encuentro; pues querían castigarlo por haber odiado sus costumbres. Y afianzando con juramentos su fidelidad mutua, lo exhortaban a apresurarse.

El árabe se dejó convencer y, con una fuerza numerosa, vino contra Izates. Cuando el primer encuentro estaba por producirse, antes de venir a las manos, todos abandonan a Izates según lo concertado, como presa de un terror pánico, y volviendo la espalda al enemigo huyeron. Mas Izates no se acobardó, sino que, comprendiendo que los magnates habían urdido una traición, se retiró también él al campamento, y buscando la causa, cuando supo que se habían confabulado con el árabe, dio muerte a los culpables, y al día siguiente, trabando combate, mató a muchísimos y forzó a todos a huir; y persiguiendo al propio rey lo acorraló en una fortaleza llamada Arsamo, y atacándola con vigor la tomó, saqueando todo el botín que había en ella —que era mucho—, y regresó a la Adiabene sin haber apresado vivo a Abías: pues, viéndose cercado, se dio muerte a sí mismo.

Fracasados en su primer intento los magnates de los adiabenos, entregados por Dios en manos del rey, ni aun así se aquietaron, sino que escriben de nuevo a Vologeso —que era rey de los partos—, rogándole que matara a Izates y les nombrara otro soberano, de linaje parto; pues decían que odiaban a su propio rey, que había abolido las costumbres patrias y se había hecho amante de usos extranjeros. Al oír esto, el parto se dispuso a la guerra, y como no tenía ningún fundamento para un pretexto justo, envió a reclamar los honores que le había concedido su padre, declarando la guerra a quien se negara. Izates se turbó en su ánimo no poco al oír esto, considerando que le acarreaba deshonra el parecer renunciar a los dones, obligado por el miedo. Pero sabiendo que, aun recobrando el parto los honores, no se estaría quieto, decidió confiar a Dios, su protector, el peligro que corría su vida; y teniéndolo por el más grande de los aliados, deposita a sus hijos y mujeres en las más seguras de sus fortalezas, y quema todo el trigo de las torres, el heno y los pastos, y, así prevenido, aguardaba al enemigo.

Cuando el parto llegó con una gran fuerza de infantería y caballería, más pronto de lo esperado —pues marchó a paso forzado— y comenzaba a levantar una empalizada junto al río que separa la Adiabene de la Media, también Izates asienta su campamento no lejos, con seis mil jinetes en torno a él. Llega a Izates un mensajero enviado por el parto, que le anunciaba cuán grande era el poder de los partos, fijando sus límites desde el río Éufrates hasta Bactra y enumerando a los reyes que le estaban sometidos. Y le amenazaba con que pagaría el castigo por haberse mostrado ingrato con sus propios señores, y que ni siquiera el Dios que adora podría arrancarlo de las manos del rey. Cuando el mensajero dijo esto, Izates respondió que sabía que el poder de los partos superaba con mucho el suyo, pero que sabía todavía mejor que Dios es más poderoso que todos los hombres. Y tras dar tal respuesta, se volvió a la súplica de Dios: arrojándose al suelo, cubriéndose la cabeza de ceniza, ayunaba con su mujer y sus hijos, invocando a Dios y diciendo: «Si no en vano, oh HaShem, he conocido tu bondad, y con justicia te tengo por único y primer Señor de todo, ven como aliado y véngame, no solo por mí mismo contra los enemigos, sino porque también contra tu poder se han atrevido.» Esto imploraba entre lágrimas y lamentos.

Y Dios lo escuchó, pues aquella misma noche Vologeso recibió cartas en que se le informaba de que una gran hueste de los dahas y de los sacas, despreciando su ausencia, había emprendido campaña y saqueaba el país de los partos; y sin haber logrado nada, se retiró. Así, por la providencia de Dios, Izates escapa de las amenazas del parto. No mucho tiempo después, cumplido el año quincuagésimo quinto de su edad y tras haber reinado veinticuatro años, dejando veinticuatro hijos varones y veinticuatro hijas, terminó su vida. Ordenó que la sucesión del reino la tomara su hermano Monobazo, recompensándolo porque, durante su ausencia y tras la muerte del padre, le había guardado fielmente el poder. La madre, Helena, al oír la muerte de su hijo, la llevó con dolor, como es natural en una madre privada de un hijo piadosísimo; pero tenía, con todo, el consuelo de saber que la sucesión había recaído en su hijo mayor, y se apresuró a reunirse con él. Llegada a la Adiabene, no sobrevivió mucho tiempo a su hijo Izates. Monobazo, enviando los huesos de ella y los de su hermano a Yerushaláyim, mandó sepultarlos en las pirámides que la madre había mandado construir, tres en total, a tres estadios de la ciudad de Yerushaláyim. Pero cuanto hizo el rey Monobazo durante su vida, lo referiremos después.

Siendo Fado procurador de Judea, cierto embaucador llamado Teudas persuade a una gran muchedumbre a tomar sus bienes y seguirlo hasta el río Yardén; pues decía que era profeta y que, dividiendo el río por su mandato, les daría un paso fácil. Diciendo esto engañó a muchos. Pero Fado no les permitió sacar provecho de su locura, sino que envió contra ellos un escuadrón de jinetes, que cayendo sobre ellos por sorpresa mató a muchos y tomó a muchos vivos; y al propio Teudas lo apresaron vivo, le cortaron la cabeza y la llevaron a Yerushaláyim. Esto es lo que les sucedió a los judíos durante el tiempo de la procuratela de Cuspio Fado.

Como sucesor de Fado llegó Tiberio Alejandro, hijo de aquel Alejandro que había sido alabarca en Alejandría y había sido el primero de los de allí en linaje y riqueza en su tiempo. El padre superó también en piedad hacia Dios a su hijo Alejandro, pues este no permaneció en las costumbres patrias. En su tiempo ocurrió también la gran hambruna en Judea, durante la cual la reina Helena, comprando trigo con mucho dinero en Mitsraim, lo distribuyó a los necesitados, como dije antes. Además, fueron llevados a la muerte los hijos de Yehudá el galileo —aquel que había sublevado al pueblo contra los romanos cuando Quirino hacía el censo de Judea, según hemos mostrado en los libros anteriores—, Yaakov y Shimón, a quienes Alejandro mandó crucificar. Herodes, rey de Cálcide, apartando del sumo sacerdocio a Yosef, hijo de Camus, dio la sucesión de la dignidad a Ananías, hijo de Nebedeo. Y a Tiberio Alejandro le llegó como sucesor Cumano. Por entonces murió Herodes, hermano del gran rey Agripa, en el octavo año del reinado de Claudio César, dejando tres hijos: Aristóbulo, nacido de su primera mujer, y de Berenice, hija de su hermano, Bereniciano e Hircano. César Claudio dio su reino a Agripa el joven.

Habiendo estallado una sedición en la ciudad de Yerushaláyim mientras Cumano administraba los asuntos de Judea, muchos de los judíos perecieron en ella. Y primero narraré la causa por la que esto sucedió. Al llegar la fiesta llamada Pésaj, durante la cual es costumbre nuestra ofrecer panes sin levadura, y reunida una gran multitud venida de todas partes para la fiesta, Cumano, temiendo que de ella surgiera algún desorden, ordena que una compañía de soldados, tomando las armas, se aposte en los pórticos del Templo para sofocar el amotinamiento, si acaso lo hubiera. Esto también lo hacían durante las fiestas los que antes que él habían sido procuradores de Judea. Pero al cuarto día de la fiesta, cierto soldado, descubriéndose, mostró a la multitud sus vergüenzas, y ante esto los que lo vieron se llenaron de ira y de furor, diciendo que no era a ellos a quienes se insultaba, sino a Dios a quien se ofendía; y algunos de los más audaces injuriaban a Cumano, diciendo que él había apostado al soldado. Cumano, al oírlo, se irritó también no poco por las injurias, pero los exhortó a cesar en su deseo de desórdenes y a no encender sediciones en la fiesta.

Como no lograba persuadirlos —pues más bien insistían en injuriarlo—, ordena a todo el ejército tomar las armas completas y acudir a la Antonia, que era una fortaleza, según dijimos antes, que dominaba el Templo. La multitud, viendo llegar a los soldados y presa de miedo, se lanzó a huir; y como las salidas eran estrechas, creyendo que eran perseguidos por el enemigo y apiñándose en la fuga, se aplastaban unos a otros y perecían muchos, prensados en los pasos angostos. Al menos veinte mil se contaron entre los que murieron en aquella sedición. Y hubo luto en lugar de la fiesta, y todos, olvidados de las oraciones y de los sacrificios, se entregaron a lamentos y llantos. Tales desgracias ocasionó el desenfreno de un solo soldado.

Aún no había cesado su primer luto cuando les sobrevino otra desgracia. Pues algunos de los amotinados, en el camino público a unos cien estadios de la ciudad, asaltando a Esteban, un esclavo de César que iba de viaje, le saquean todos sus bienes. Enterado de lo ocurrido, Cumano envía al punto soldados, ordenándoles saquear las aldeas vecinas y traer ante él, encadenados, a los más notables de ellas. Durante el saqueo, uno de los soldados, tomando la Torá de Moshé que se hallaba en una aldea, la sacó a la vista de todos y la rasgó, profiriendo blasfemias y muchas burlas. Al oír esto los judíos, y acudiendo muchos en tropel, bajan a Cesarea —pues allí se hallaba Cumano—, suplicándole que vengara no a ellos, sino a Dios, cuyas leyes habían sido ultrajadas; pues decían que no soportaban vivir con sus tradiciones patrias así de vejadas. Y Cumano, temiendo que la multitud volviera a amotinarse, por consejo también de sus amigos, hizo decapitar con hacha al soldado que había ultrajado las leyes, y así puso fin a la sedición que estaba a punto de encenderse por segunda vez.

Surge también una enemistad de los samaritanos contra los judíos, por la siguiente causa. Era costumbre de los galileos que, cuando iban a la ciudad santa por las fiestas, viajaran a través del territorio de los samaritanos. Y entonces, en el camino, junto a una aldea llamada Ginea, situada en la frontera de Shomrón y de la gran llanura, algunos samaritanos trabaron combate con ellos y mataron a muchos. Al enterarse de lo ocurrido, los principales de los galileos acudieron a Cumano y le rogaron que persiguiera el asesinato de los muertos. Pero él, sobornado con dinero por los samaritanos, hizo caso omiso.

Indignados por esto, los galileos persuadían a la multitud de los judíos a recurrir a las armas y a aferrarse a la libertad; pues decían que la servidumbre era ya de por sí amarga, pero unida al ultraje, del todo insoportable. Cuando los que ocupaban cargos trataban de calmarlos y prometían persuadir a Cumano de exigir justicia a los asesinos, no les hicieron caso, sino que, tomando las armas y llamando en su ayuda a Elazar, hijo de Dineo —que era un bandido que llevaba muchos años morando en la montaña—, prendieron fuego a algunas aldeas de los samaritanos y las saquearon. Cumano, llegada a él la noticia del hecho, tomando el escuadrón de los sebastenos y cuatro compañías de infantería, y armando a los samaritanos, salió contra los judíos; y trabando combate, mató a muchos de ellos y tomó vivos a más.

Los principales de Yerushaláyim por rango y linaje, al ver a qué magnitud de males habían llegado, se vistieron de saco y se cubrieron de ceniza la cabeza, y por todos los medios suplicaban a los sublevados y trataban de persuadirlos. Que pusieran ante sus ojos —les decían— su patria arrasada, el Templo entregado a las llamas, y a ellos mismos con sus mujeres e hijos vendidos como esclavos; que cambiaran de propósito, arrojaran las armas y en adelante se quedaran quietos, retirándose cada uno a lo suyo. Con estas palabras los convencieron: unos se dispersaron, y los bandidos volvieron de nuevo a sus reductos fortificados. Desde entonces toda Judea se llenó de partidas de bandidos.

Los principales de los samaritanos se presentaron ante Umidio Cuadrato, gobernador de Siria, que por aquel tiempo se hallaba en Tiro, y acusaron a los judíos de haber incendiado y saqueado sus aldeas. Decían que no les indignaba tanto lo que ellos mismos habían sufrido como el hecho de que los judíos hubieran despreciado a los romanos —ante quienes debían haber acudido como jueces, si es que se les había hecho algún agravio—, en vez de arremeter contra ellos como si los romanos no fueran sus gobernantes; por eso venían ahora ante él en busca de justicia. Esto alegaban los samaritanos. Los judíos, por su parte, afirmaban que los causantes del tumulto y de la lucha habían sido los samaritanos, y sobre todo Cumano, corrompido por sus regalos y que había pasado en silencio el asesinato de los muertos.

Cuadrato, tras oírlos, aplazó el juicio, diciendo que dictaría su fallo cuando, llegado a Judea, conociera con más exactitud la verdad. Y ellos se marcharon sin haber logrado nada. No mucho después Cuadrato llegó a Shomrón, donde, tras oír a las partes, estimó que los causantes del disturbio habían sido los samaritanos. A cuantos, samaritanos y judíos, supo que se habían amotinado, los crucificó, aquellos que Cumano había apresado. Desde allí pasó a una aldea llamada Lida, que en tamaño no era inferior a una ciudad, y, sentado en el tribunal, oyó por segunda vez a los samaritanos. Cierto samaritano le informó de que un judío principal, de nombre Doeto, y con él otros cuatro amotinados, habían persuadido a la multitud a rebelarse contra los romanos. A aquellos ordenó Cuadrato darles muerte; pero al sumo sacerdote Ananías y al comandante Anano los cargó de cadenas y los envió a Roma para que rindieran cuentas de lo hecho ante Claudio César.

Ordenó también a los principales de los samaritanos y a los de los judíos, y a Cumano el procurador y a Céler —que era tribuno—, partir hacia Italia, ante el emperador, para ser juzgados por él acerca de sus disputas mutuas. Él mismo, temiendo que la multitud de los judíos volviera a amotinarse, se dirigió a la ciudad de Yerushaláyim; la encontró en paz, celebrando una fiesta patria a Dios. Confiado, pues, en que de ellos no vendría revuelta alguna, los dejó en su fiesta y regresó a Antioquía.

Los del séquito de Cumano y los principales de los samaritanos, enviados a Roma, recibieron del emperador un día en el que habrían de exponer sus disputas mutuas. Cumano y los samaritanos contaban con el máximo empeño de los libertos y amigos del César, y habrían prevalecido sobre los judíos si Agripa el joven, que se hallaba en Roma y vio en qué apuro estaban los principales de los judíos, no hubiera rogado con insistencia a Agripina, la esposa del emperador, que persuadiera a su marido a oír la causa y a castigar, como convenía a su justicia, a los culpables de la sublevación. Claudio, ya predispuesto por esta súplica y tras oír la causa, cuando halló que los samaritanos habían sido los promotores de aquellos males, ordenó dar muerte a los que se habían presentado ante él, impuso el destierro a Cumano y mandó que a Céler el tribuno lo llevaran a Yerushaláyim y, a la vista de todos, lo arrastraran por toda la ciudad y así lo mataran.

Envió además a Claudio Félix, hermano de Palante, para hacerse cargo de los asuntos de Judea. Cumplido ya el duodécimo año de su reinado, concedió a Agripa la tetrarquía de Filipo y la Batanea, añadiéndole la Traconítide junto con Abila —esta había sido la tetrarquía de Lisanias—, y le quitó la Cálcide, que había gobernado cuatro años. Recibido el don del César, Agripa dio en matrimonio a su hermana Drusila a Azizo, rey de Emesa, que había accedido a circuncidarse; pues Epífanes, hijo del rey Antíoco, había rehusado la boda, no queriendo adoptar las costumbres de los judíos, aunque antes lo había prometido al padre de ella. Dio también a Mariamna, antes prometida por su padre Agripa a Arquelao, hijo de Helcías, y les nació una hija de nombre Berenice.

El matrimonio de Drusila con Azizo se disolvió no mucho después, por la siguiente causa. Por el tiempo en que Félix era procurador de Judea, la vio —pues aventajaba en belleza a todas las mujeres— y concibió deseo de ella; y, enviándole a uno de sus amigos, un judío de nombre Átomo, chipriota de origen y que se hacía pasar por mago, la persuadió a abandonar a su marido y casarse con él, prometiéndole hacerla dichosa si no lo desdeñaba. Ella, que lo pasaba mal y quería escapar de la envidia de su hermana Berenice —pues por su belleza esta le hacía no poco daño—, se dejó persuadir a transgredir las leyes patrias y a casarse con Félix. De él tuvo un hijo, al que llamó Agripa. Mas de qué modo este joven, junto con su mujer, desapareció durante la erupción del monte Vesubio, en tiempos de Tito César, lo relataré más adelante.

Berenice, tras la muerte de Herodes, que había sido su marido y su tío, quedó viuda largo tiempo; y como corría el rumor de que mantenía relaciones con su hermano, persuadió a Polemón, que era rey de Cilicia, a circuncidarse y tomarla por esposa, pues así creía refutar las calumnias. Y Polemón se dejó persuadir sobre todo por la riqueza de ella. Pero el matrimonio no duró mucho: Berenice, por su desenfreno —según decían—, abandona a Polemón, y este quedó libre a la vez del matrimonio y de la observancia de las costumbres de los judíos. Por ese mismo tiempo también Mariamna, tras repudiar a Arquelao, se unió a Demetrio, uno de los primeros judíos de Alejandría por linaje y riqueza —a la sazón ejercía él la alabarquía—. Un hijo que le nació de él lo llamó Agripino. Pero de cada una de estas cosas daremos noticia con detalle más adelante.

Muere Claudio César, tras reinar trece años, ocho meses y veinte días; y corría entre algunos la versión de que había sido eliminado con veneno por su esposa Agripina. El padre de ella era Germánico, hermano del César, y su marido había sido Domicio Enobarbo, uno de los hombres notables de la ciudad de Roma. Muerto este, y estando ella viuda largo tiempo, Claudio la tomó por esposa; traía consigo un hijo, Domicio, del mismo nombre que su padre. Claudio había hecho matar antes a su mujer Mesalina por celos, de la que había tenido hijos: Británico y Octavia. Pues estaba también Antonia, la mayor de aquellos hermanos, que había tenido de Petina, su primera esposa. Y desposó a Octavia con Nerón; pues así —Nerón— lo llamó después el César, cuando lo adoptó como hijo.

Agripina, temiendo que Británico, al hacerse hombre, recibiera de su padre el poder, y queriendo arrebatarlo de antemano para su propio hijo, tramó lo referente a la muerte de Claudio —según se decía—, y al punto envía a Burro, prefecto de los ejércitos, y con él a los tribunos y a los más influyentes de los libertos, para llevar a Nerón al campamento y proclamarlo emperador. Nerón, habiendo recibido así el poder, mató a Británico con veneno, a escondidas de la mayoría; y abiertamente, no mucho después, asesinó a su propia madre, pagándole así el precio no solo de haberle dado la vida, sino de haber obtenido, por las maquinaciones de ella, el poder de los romanos. Mató también a Octavia, con la que convivía, y a muchos hombres ilustres, so pretexto de que conspiraban contra él.

Pero de estas cosas me abstengo de escribir más, pues muchos han compuesto la historia de Nerón; de ellos, unos, bien tratados por él, descuidaron la verdad por gratitud, y otros, por odio y enemistad hacia él, se dejaron llevar tan desvergonzadamente por las mentiras que merecen ser condenados. Y no me asombra que hayan mentido sobre Nerón, cuando ni siquiera al escribir sobre los anteriores a él guardaron la verdad de la historia, aunque ningún odio les tenían, habiendo nacido mucho tiempo después de ellos. Pero, en fin, que los que no se cuidan de la verdad escriban como quieran, pues en eso parecen complacerse; nosotros, que nos hemos propuesto la verdad como meta, juzgamos digno de mención somera lo ajeno a la obra que tenemos entre manos, mientras que lo que nos ha sucedido a nosotros los judíos lo exponemos sin descuido, sin rehuir esclarecer ni las desgracias ni las culpas. Vuelvo, pues, a la narración de nuestros propios asuntos.

En el primer año del reinado de Nerón, muerto Azizo, señor de Emesa, le sucede en el mando su hermano Sohemo. Y el gobierno de la Armenia Menor lo confía Nerón a Aristóbulo, hijo de Herodes, rey de la Cálcide. También al César regala a Agripa cierta porción de Galilea, ordenando que Tiberíades y Taríquea le obedecieran, y le da además Julias, una ciudad de Perea, y las catorce aldeas de su entorno.

Los asuntos de Judea iban de continuo a peor, pues la tierra se llenó de nuevo de partidas de bandidos y de hombres embaucadores que engañaban a la multitud. Pero Félix, apresando cada día a muchos de estos junto con los bandidos, les daba muerte; y a Elazar, hijo de Dineo, que había formado la banda de bandidos, lo capturó vivo mediante una emboscada, pues, ofreciéndole garantía de que no sufriría ningún mal, lo persuadió a presentarse ante él, y, tras cargarlo de cadenas, lo envió a Roma. Félix estaba además enemistado con el sumo sacerdote Yonatán, porque este a menudo lo amonestaba a administrar mejor los asuntos de Judea —no fuera que él mismo incurriera en reproche de las multitudes, pues había sido a petición suya que el César lo envió como procurador de Judea—. Así que ideó un pretexto para apartar de sí al que continuamente le resultaba molesto; pues la amonestación constante es cosa pesada para quienes quieren obrar mal. Y por tal motivo Félix persuade al más fiel de los amigos de Yonatán, un jerosolimitano de origen, de nombre Doras, prometiéndole mucho dinero, para que atrajera sobre Yonatán a los bandidos que lo mataran. Aquel obedeció y maquinó que el asesinato se ejecutara por medio de los bandidos de esta manera: algunos de ellos subieron a la ciudad como para adorar a Dios, llevando dagas bajo las vestiduras, y, mezclándose con Yonatán, lo matan.

Como este asesinato quedó impune, en adelante, con toda impunidad, los bandidos subían en las fiestas llevando el hierro igualmente oculto, y, mezclándose con las multitudes, mataban a algunos de sus propios enemigos, y a otros al servicio de terceros por dinero, no solo en el resto de la ciudad, sino incluso en el Templo a algunos; pues aun allí se atrevían a degollar, sin creer siquiera con ello cometer impiedad. Por eso pienso yo que también Dios, aborreciendo la impiedad de ellos, se apartó de nuestra ciudad y, juzgando que el Templo ya no era morada pura para Él, atrajo sobre nosotros a los romanos y arrojó sobre la ciudad un fuego purificador, imponiéndonos esclavitud junto con mujeres e hijos, queriendo así corregirnos con las desgracias.

Las obras de los bandidos llenaban, pues, la ciudad de semejante impiedad; y los embaucadores e impostores persuadían a la gente a seguirlos al desierto, pues decían que les mostrarían prodigios y señales evidentes, que ocurrirían según la providencia de Dios. Y muchos, convencidos, pagaron el castigo de su necedad, pues Félix, llevándolos apresados, los castigó. Llegó por ese tiempo a Yerushaláyim uno procedente de Mitsraim, que decía ser profeta y aconsejaba a la muchedumbre del pueblo ir con él al monte llamado de los Olivos, que se alza frente a la ciudad, a cinco estadios de distancia; pues afirmaba querer mostrarles desde allí que, a una orden suya, caerían las murallas de Yerushaláyim, por las cuales, prometía, les daría entrada. Félix, en cuanto lo supo, ordenó a los soldados tomar las armas y, saliendo de Yerushaláyim con muchos jinetes e infantes, cayó sobre los del egipcio: mató a cuatrocientos de ellos y tomó vivos a doscientos. El egipcio mismo, escapando de la batalla, se hizo invisible. De nuevo los bandidos incitaban al pueblo a la guerra contra los romanos, diciéndoles que no les obedecieran en nada, e incendiaban y saqueaban las aldeas de los que no les hacían caso.

Se produce también un conflicto entre los judíos que habitaban Cesarea y los sirios de allí, acerca de la igualdad de derechos ciudadanos. Los judíos reclamaban la primacía, porque Herodes, el fundador de Cesarea, su rey, había sido de linaje judío; los sirios reconocían lo relativo a Herodes, pero decían que Cesarea antes se llamaba Torre de Estratón y que entonces ningún habitante de su ciudad había sido judío. Al oír esto, los gobernadores de la región tomaron de ambos bandos a los causantes del conflicto, los castigaron con azotes y así sofocaron el disturbio por poco tiempo. Pues de nuevo los judíos de la ciudad, confiados en su riqueza y despreciando por ello a los sirios, los injuriaban esperando provocarlos. Aquellos, inferiores en dinero pero muy engreídos porque la mayoría de los que allí servían bajo los romanos eran cesarienses y sebastenos, hasta cierto punto injuriaron también de palabra a los judíos; luego se arrojaban piedras unos a otros, hasta que sucedió que muchos de ambas partes resultaron heridos y cayeron, aunque los judíos vencían. Félix, al ver que la rivalidad se había vuelto a modo de guerra, se lanzó al frente y exhortó a los judíos a cesar; y como no obedecían, armó a los soldados y los soltó contra ellos, matando a muchos y tomando vivos a más, y permitió saquear algunas casas de la ciudad muy repletas de dinero. Los más moderados de los judíos y los preeminentes por su dignidad, temiendo por sí mismos, rogaron a Félix que llamara de vuelta a los soldados con la trompeta, que en adelante los perdonara y les concediera enmendar lo hecho. Y Félix se dejó persuadir.

Por este tiempo el rey Agripa da el sumo sacerdocio a Ismael, que era hijo de Fabi. Se enciende también un conflicto entre los sumos sacerdotes, por un lado, y los sacerdotes y los principales del pueblo de Yerushaláyim, por otro; y cada uno de ellos, formándose una banda de los hombres más audaces y amotinados, se erigía en cabecilla, y, al chocar entre sí, se injuriaban unos a otros y se arrojaban piedras. Y no había nadie que los reprendiera, sino que, como en una ciudad sin gobierno, esto se hacía con total libertad. Tanta desvergüenza y osadía se apoderó de los sumos sacerdotes que hasta se atrevían a enviar esclavos a las eras a apoderarse de los diezmos debidos a los sacerdotes, y sucedía que los sacerdotes menesterosos morían de necesidad. Así la violencia de los facciosos se imponía a toda justicia.

Enviado por Nerón Porcio Festo como sucesor de Félix, los principales de los judíos que habitaban Cesarea suben a Roma acusando a Félix; y sin duda este habría pagado el castigo por sus agravios contra los judíos, si Nerón no hubiera hecho muchas concesiones a su hermano Palante, que intercedía por él, teniéndolo entonces en muy especial honor. Y los principales de los sirios de Cesarea persuaden con mucho dinero a Berilo —que era el ayo de Nerón, encargado del cargo de las cartas griegas— a solicitar de Nerón para ellos una carta que anulara la igualdad de derechos de los judíos con ellos. Y Berilo, intercediendo ante el emperador, logró que la carta se escribiera. Esta dio a nuestro pueblo las causas de los males posteriores; pues los judíos de Cesarea, al enterarse de lo escrito, se aferraron más al conflicto con los sirios, hasta que encendieron la guerra.

Llegado Festo a Judea, ocurría que la región era asolada por los bandidos, con todas las aldeas incendiadas y saqueadas. Y los llamados sicarios —que son bandidos— proliferaban entonces sobre todo, sirviéndose de dagas semejantes en tamaño a las acínaces de los persas, pero curvas y parecidas a las que los romanos llaman sicas, de las cuales tomaron su nombre los bandidos, que mataban a muchos. Pues, mezclándose en las fiestas —como ya dijimos antes— con la multitud de los que de todas partes acudían a la ciudad por piedad, degollaban con facilidad a quien querían; y a menudo, llegando también con armas a las aldeas de sus enemigos, saqueaban e incendiaban. Festo envía una fuerza de caballería e infantería contra los engañados por cierto hombre embaucador, que les prometía salvación y cese de males si accedían a seguirlo hasta el desierto; y los enviados destruyeron tanto al propio embaucador como a los que lo seguían.

Por este tiempo el rey Agripa hizo construir en el palacio de Yerushaláyim, junto al Xisto, una estancia de tamaño extraordinario. El palacio había sido edificado antaño por los hijos de Asmoneo y, asentado en un lugar elevado, ofrecía la más agradable vista a quienes desde él querían contemplar la ciudad; anhelando esto, el rey observaba desde allí, recostado, lo que se hacía en el Templo. Al ver esto, los preeminentes de Yerushaláyim se irritaron enormemente, pues no era conforme a la costumbre patria que lo que se hacía en el Templo fuera observado, y sobre todo los ritos sagrados. Levantaron, pues, un muro alto sobre la exedra que, en el recinto interior del Templo, estaba orientada hacia poniente. Este, una vez construido, cortaba la vista no solo del triclinio real, sino también del pórtico occidental que daba al recinto exterior del Templo, donde los romanos montaban sus guardias durante las fiestas a causa del Templo. Por ello se indignaron tanto el rey Agripa como, sobre todo, Festo el prefecto, y les ordenó demolerlo. Pero ellos rogaron que se les diera licencia para enviar una embajada sobre esto a Nerón, pues no soportaban vivir si se derribaba alguna parte del Templo. Concediéndolo Festo, envían de entre ellos a Nerón a los diez principales, junto con Ismael el sumo sacerdote y Helcías el tesorero. Nerón, tras oírlos, no solo perdonó lo hecho, sino que consintió en dejar así la construcción, complaciendo a su esposa Popea —pues era piadosa— que intercedió por los judíos; ella ordenó a los diez marcharse, pero retuvo consigo a Helcías y a Ismael como rehenes. El rey, en cuanto lo supo, da el sumo sacerdocio a Yosef, hijo de Shimón, apodado Kabi.

El César envía a Judea como prefecto a Albino, al enterarse de la muerte de Festo. El rey quitó a Yosef el sacerdocio y dio la sucesión del cargo al hijo de Anano, llamado también él Anano. De este Anano el mayor dicen que fue el más afortunado, pues tuvo cinco hijos, y sucedió que todos ellos sirvieron como sumos sacerdotes a Dios, tras haber gozado él mismo primero de la dignidad durante muchísimo tiempo, lo cual no le ocurrió a ninguno de nuestros sumos sacerdotes. El Anano más joven, que dijimos había recibido el sumo sacerdocio, era osado de carácter y en extremo temerario, y seguía la secta de los saduceos, que son los más crueles de todos los judíos en los juicios, como ya hemos mostrado. Siendo, pues, de tal índole Anano, y creyendo tener una ocasión propicia por estar muerto Festo y hallarse Albino aún de camino, reunió un Sanhedrín de jueces y, llevando ante él al hermano de Yeshúa el llamado Cristo —Yaakov era su nombre— y a algunos otros, tras formularles la acusación de haber transgredido la ley, los entregó para ser lapidados. Cuantos parecían los más moderados de la ciudad y escrupulosos en cuanto a las leyes lo llevaron a mal, y envían en secreto al rey suplicándole que ordenara a Anano no volver a obrar de tal modo, pues ni siquiera la primera vez había actuado con rectitud. Algunos de ellos salieron incluso al encuentro de Albino, que venía de camino desde Alejandría, y le hicieron ver que a Anano no le estaba permitido reunir un Sanhedrín sin su consentimiento. Albino, persuadido de lo dicho, escribe con ira a Anano, amenazando con tomar venganza de él. Y el rey Agripa, por este motivo, tras quitarle el sumo sacerdocio, después de haber ejercido tres meses, estableció a Yeshúa, hijo de Damneo.

Cuando Albino llegó a la ciudad de Yerushaláyim, puso todo su empeño y cuidado en que la región estuviera en paz, dando muerte a muchos de los sicarios. El sumo sacerdote Ananías crecía cada día en gran gloria y era honrado espléndidamente con la benevolencia y la estima de los ciudadanos, pues era hábil en procurarse dinero; cada día, en efecto, agasajaba con regalos a Albino y al sumo sacerdote. Tenía criados de lo más ruines, quienes, juntándose con los más audaces, iban a las eras y tomaban por la fuerza los diezmos de los sacerdotes, y no se abstenían de golpear a los que no los entregaban. Y los sumos sacerdotes hacían lo mismo que los esclavos de aquel, sin que nadie pudiera impedirlo. Y de los sacerdotes, los que antes se sustentaban de los diezmos morían entonces por falta de alimento.

De nuevo los sicarios, durante la fiesta —pues había llegado esta—, entrando de noche en la ciudad, capturan vivo al escriba de Elazar, que era comandante —este era hijo de Ananías el sumo sacerdote—, y, atándolo, lo sacaron. Luego, enviando aviso a Ananías, dijeron que le devolverían al escriba si persuadía a Albino a soltar a diez de sus presos capturados. Y Ananías, por la necesidad, tras persuadir a Albino, logró su petición. Esto dio comienzo a mayores males, pues los bandidos maquinaban por todos los medios capturar a algunos de los allegados de Ananías, y, apresándolos de continuo vivos, no los soltaban hasta recuperar a algunos de los sicarios; y, hechos de nuevo un número nada escaso, cobrando ánimos, asolaban toda la región.

Por este tiempo el rey Agripa, tras engrandecer la Cesarea llamada de Filipo, la denominó Neroníade en honor de Nerón; y a los beritios regaló un teatro construido con mucho dinero para los espectáculos anuales, gastando en ello muchas miríadas. Pues daba trigo al pueblo, repartía aceite, y adornaba toda la ciudad con dedicatorias de estatuas e imágenes copiadas de las antiguas, y a poco más trasladó allí todo el ornato del reino. Crecía, pues, el odio hacia él de parte de sus súbditos, porque despojaba lo suyo para adornar una ciudad extranjera. Yeshúa, hijo de Gamaliel, recibe también la sucesión del sumo sacerdocio de manos del rey, que se lo quitó a Yeshúa, hijo de Damneo; y por ello surgió un conflicto entre ellos, pues, formando una banda de los más audaces, a menudo pasaban de las injurias al lanzamiento de piedras. Prevalecía Ananías por su riqueza, ganándose a los dispuestos a recibir. Costobaro y Shaúl, por su parte, reunían ellos mismos muchedumbres de malhechores; eran de linaje real y gozaban de favor por su parentesco con Agripa, pero eran violentos y prontos a arrebatar lo de los más débiles. Sobre todo desde aquel tiempo sucedió que nuestra ciudad enfermó, avanzando todo hacia lo peor.

Cuando Albino oyó que le llegaba como sucesor Gesio Floro, queriendo parecer que había hecho algo por los jerosolimitanos, sacó a los presos, y a cuantos de ellos eran manifiestamente dignos de morir mandó darles muerte; en cambio, a los que por causa nimia y trivial habían sido metidos en la cárcel, tomando dinero, él mismo los soltaba. Y así la prisión quedó limpia de presos, pero la región se llenó de bandidos.

De los leviim —que es una tribu—, cuantos eran cantores de himnos persuaden al rey, reuniendo un Sanhedrín, a permitirles vestir túnica de lino igual que los sacerdotes, pues decían que convenía a los tiempos de su gobierno introducir novedades por las que se le recordara. Y no fracasaron en su solicitud, pues el rey, con el parecer de los que asistían al Sanhedrín, concedió a los cantores, dejada la vestidura anterior, vestir el lino como quisieran. Y a cierta parte de la tribu que oficiaba en el Templo le permitió también aprender los himnos, como pedían. Todo esto iba contra las leyes patrias, y, transgredidas estas, no podía menos que sobrevenir el castigo.

Ya para entonces también el Templo estaba terminado. Viendo, pues, el pueblo que los artesanos —que eran más de dieciocho mil— quedaban ociosos y quedarían faltos de salario, porque de la obra del Templo se procuraban el sustento; y no queriendo que el dinero quedara guardado ocioso, por miedo a los romanos, sino velando por los artesanos y deseando gastar en ellos los tesoros —pues, aunque uno trabajara una sola hora del día, recibía en el acto el salario por ella—, persuadieron al rey a levantar el pórtico oriental. Este pórtico era del recinto exterior del Templo; asentado sobre una profunda barranca, tenía sus muros de cuatrocientos codos, construidos de piedra escuadrada y muy blanca, con una longitud de veinte codos cada piedra y una altura de seis, obra del rey Shlomo, primero en edificar todo el Templo. Pero el rey —pues Claudio César le había confiado el cuidado del Templo—, considerando que la demolición de cualquier obra es fácil, mas difícil su construcción, y en el caso de este pórtico más aún, porque haría falta tiempo y mucho dinero para la obra, rehusó a los que se lo pedían; aunque no impidió que pavimentaran la ciudad con piedra blanca. Y, quitando el sumo sacerdocio a Yeshúa, hijo de Gamaliel, se lo dio a Matityahu, hijo de Teófilo, en cuyo tiempo también la guerra contra los romanos tuvo su comienzo para los judíos.

Considero necesario y propio de esta historia relatar acerca de los sumos sacerdotes: cómo comenzaron, a quiénes está permitido acceder a esta dignidad y cuántos ha habido hasta el fin de la guerra. Primero de todos dicen que Aharón, el hermano de Moshé, sirvió como sumo sacerdote a Dios; y muerto aquel, le sucedieron enseguida sus hijos, y de ellos permaneció la dignidad en todos sus descendientes. De ahí que sea norma patria que nadie reciba el sumo sacerdocio de Dios sino el de la sangre de Aharón, y que uno de otro linaje, aunque llegara a ser rey, no alcance el sumo sacerdocio. Fueron, pues, en número, desde Aharón —como dijimos, el primero— hasta Fanaso, proclamado sumo sacerdote durante la guerra por los facciosos, ochenta y tres.

De estos, en el desierto, en los tiempos de Moshé, mientras estuvo en pie el Mishkán que Moshé erigió para Dios, hasta la llegada a Judea, donde el rey Shlomo levantó el Templo a Dios, oficiaron como sumos sacerdotes trece. Pues al principio conservaban los sumos sacerdocios hasta el fin de su vida, mas luego los transmitían incluso en vida. Estos trece, siendo descendientes de los dos hijos de Aharón, recibían la dignidad por sucesión. Su primer régimen fue aristocrático; después de este, monárquico; y el tercero, de reyes. El número de años que gobernaron aquellos trece, desde el día en que nuestros padres salieron de Mitsraim bajo la conducción de Moshé hasta la construcción del Templo que el rey Shlomo levantó en Yerushaláyim, es de seiscientos doce años.

Después de aquellos trece sumos sacerdotes, otros dieciocho tuvieron el sumo sacerdocio, sucediéndose en él desde el rey Shlomo en Yerushaláyim, hasta que Nabucodonosor, rey de los babilonios, marchando contra la ciudad, incendió el Templo, deportó a nuestro pueblo a Bavel y tomó cautivo al sumo sacerdote Yehotsadak. El tiempo de estos en el sacerdocio es de cuatrocientos sesenta y seis años, seis meses y diez días, gobernados ya los judíos por reyes. Después de un lapso de setenta años desde la caída acaecida a manos de los babilonios, Ciro, rey de los persas, dejó volver a los judíos de Bavel a su propia tierra y les concedió reconstruir el Templo. Entonces, de los cautivos que regresaron, Yeshúa, hijo de Yehotsadak, siendo uno de ellos, recibe el sumo sacerdocio. Lo reciben él mismo y sus descendientes, quince en total, hasta el rey Antíoco Éupator, y se gobernaron democráticamente durante cuatrocientos catorce años.

El primero, el ya mencionado Antíoco y su general Lisias, destituyen del sumo sacerdocio a Onías, de sobrenombre Menelao, dándole muerte en Berea, y establecen como sumo sacerdote a Álcimo, del linaje de Aharón, pero no de esta casa. Por eso también Onías, primo del difunto Onías y del mismo nombre que su padre, llegado a Mitsraim y habiendo entrado en amistad con Tolomeo Filométor y con Cleopatra su esposa, los persuade a que, edificado en el nomo de Heliópolis un templo a Dios semejante al de Yerushaláyim, lo establezcan a él como sumo sacerdote. Pero acerca del templo construido en Mitsraim ya hemos hablado a menudo. Álcimo, tras retener el sumo sacerdocio tres años, murió. No le sucedió nadie, sino que la ciudad permaneció siete años sin sumo sacerdote. De nuevo los descendientes de los hijos de Asmoneo, a quienes se había confiado la dirección del pueblo y que habían guerreado contra los macedonios, establecen como sumo sacerdote a Yonatán, que gobernó siete años. Muerto este por una conjura y emboscada tramada por Trifón, como más arriba hemos dicho, recibe el sumo sacerdocio Shimón, su hermano. Y a este, eliminado con engaño en un banquete por su yerno, le sucedió su hijo, de nombre Hircano; este retuvo el sacerdocio más tiempo que su hermano —un año más—: tras haber disfrutado Hircano de la dignidad treinta y un años, muere anciano, dejando la sucesión a Yehudá, llamado también Aristóbulo. A este lo hereda a su vez su hermano Alejandro, muerto Yehudá de enfermedad, tras haber retenido el sacerdocio junto con la realeza —pues Yehudá fue el primero en ceñirse una diadema—, un año. Alejandro, tras reinar y ejercer el sacerdocio veintisiete años, acaba su vida, habiendo encomendado a Alejandra, su esposa, designar a quien había de ejercer el sumo sacerdocio. Ella da el sumo sacerdocio a Hircano, y, reteniendo ella misma el reino nueve años, acaba su vida; el mismo tiempo tuvo el sumo sacerdocio su hijo Hircano. Pues tras la muerte de ella, su hermano Aristóbulo, guerreando contra él y venciéndolo, le arrebata el mando, y él mismo reinó y ejerció como sumo sacerdote del pueblo.

En el tercer año de su reinado, y otros tantos meses, llegó Pompeyo, tomó por la fuerza la ciudad de los habitantes de Yerushaláyim, y a él —cargado de cadenas junto con sus hijos— lo envió a Roma. A Hircano le devolvió el sumo sacerdocio y le confió el gobierno de la nación, pero le prohibió llevar diadema.

Hircano gobernó, sumados a los nueve primeros años, otros veinticuatro. Entonces Bazafranes y Pácoro, los caudillos de Partia, cruzaron el Éufrates, hicieron la guerra a Hircano, lo capturaron vivo y pusieron por rey a Antígono, hijo de Aristóbulo.

Cuando este llevaba tres años y tres meses de gobierno, Sosio y Herodes lo sitiaron y lo vencieron, y Antonio lo mandó ejecutar al ser conducido a Antioquía.

Herodes, una vez que los romanos le confiaron el reino, ya no nombró sumos sacerdotes salidos del linaje de los asmoneos, sino que otorgó ese honor a ciertos hombres oscuros, de mera ascendencia sacerdotal, con la sola excepción de un tal Aristóbulo.

A este Aristóbulo —nieto de Hircano, el que fue apresado por los partos— lo nombró sumo sacerdote, y se casó con su hermana Mariamna, buscando ganarse el favor del pueblo por el recuerdo de Hircano. Después, temeroso de que todos se inclinaran hacia Aristóbulo, lo hizo matar: tramó que muriera ahogado mientras nadaba en Yerijó, según ya lo hemos referido.

A partir de él ya no confió el sumo sacerdocio a los descendientes de los hijos de los asmoneos. Y en cuanto al nombramiento de los sacerdotes obraron igual que Herodes su hijo Arquelao y, después de este, los romanos, cuando se hicieron cargo del gobierno de los judíos.

Así pues, los que ejercieron el sumo sacerdocio desde los tiempos de Herodes hasta el día en que Tito tomó e incendió el Templo y la ciudad fueron en total veintiocho, y el tiempo de todos ellos sumó ciento siete años.

Algunos de ellos ejercieron su cargo bajo el reinado de Herodes y bajo el de su hijo Arquelao; y tras la muerte de estos el régimen fue una aristocracia, en la que a los sumos sacerdotes se les confió el gobierno de la nación. Sobre los sumos sacerdotes, con esto basta.

Gesio Floro, a quien Nerón envió como sucesor de Albino, colmó de males a los judíos. Era clazomenio de origen, y traía consigo a su mujer Cleopatra, gracias a la cual —pues era amiga de Popea, la esposa de Nerón, y en nada le iba a la zaga en maldad— obtuvo el cargo.

Y llegó a ser en el poder tan malvado y violento que, por el exceso de sus crímenes, los judíos alababan a Albino como a un bienhechor.

Pues aquel disimulaba su perversidad y se cuidaba de no quedar del todo al descubierto; en cambio Gesio Floro, como si lo hubieran enviado a hacer alarde de maldad, exhibía en desfile sus atropellos contra nuestra nación, sin dejar sin practicar ningún modo de rapiña ni de castigo injusto.

Era, en efecto, impenetrable a la compasión e insaciable de toda ganancia; tanto, que ni siquiera distinguía entre robar mucho o poco, sino que hasta se asoció con los bandidos. Y es que muchos se dedicaban a ello sin temor, convencidos de tener en él garantía de impunidad a cambio de una parte del botín.

Y esto no conocía medida. Los desdichados judíos, incapaces de soportar los saqueos que cometían los bandidos, se veían obligados a abandonar sus propias tierras y huir todos, juzgando mejor habitar en cualquier parte, entre extranjeros.

¿Y qué más hace falta decir? El que nos forzó a alzar la guerra contra los romanos fue Floro, pues juzgamos preferible perecer de golpe antes que poco a poco. Y la guerra tuvo su comienzo en el año segundo del gobierno de Floro y el duodécimo del reinado de Nerón.

Pero cuanto nos vimos obligados a hacer, o cuanto tuvimos que padecer, puede conocerlo con exactitud quien quiera consultar los libros que escribí sobre la guerra de los judíos.

Aquí terminará mi obra de las antigüedades, después de la cual empecé también a escribir la guerra. Abarca esta la tradición desde el primer origen del hombre hasta el año duodécimo del gobierno de Nerón, y cuanto nos aconteció a nosotros los judíos en Mitsraim, en Siria y en la Tierra de Israel; y cuanto padecimos a manos de los asirios y de los babilonios; qué nos hicieron los persas y los macedonios, y, después de aquellos, los romanos. Pues creo haberlo compuesto todo con exactitud.

He procurado conservar también el registro de los sumos sacerdotes que hubo a lo largo de dos mil años. Y he expuesto sin errar la sucesión de los reyes, refiriendo sus hechos, sus gobiernos y las dinastías de los monarcas, tal como los libros sagrados contienen el registro de todo ello; pues esto prometí hacer al comienzo de la historia.

Y digo ya con confianza, por haber llevado a término lo que me propuse, que ningún otro —ni judío ni extranjero— habría podido, por más que lo quisiera, verter esta obra a los griegos con tanta exactitud.

Pues cuento con el reconocimiento de mis compatriotas de que los aventajo con mucho en el saber propio de nuestra tierra; y también me esforcé por participar de las letras griegas, adquiriendo el dominio de su gramática, aunque la costumbre patria me impidió alcanzar precisión en la pronunciación.

Porque entre nosotros no se estima a quienes aprenden a fondo la lengua de muchos pueblos, ya que se tiene ese ejercicio por cosa común, propia no solo de cualquier hombre libre, sino incluso de los siervos que lo deseen; y solo reconocen sabiduría a quienes conocen con claridad las leyes y saben interpretar el sentido de las Escrituras sagradas.

Por eso, aunque muchos se han afanado en ese estudio, apenas dos o tres lo lograron, y al punto recogieron el fruto de sus fatigas.

Quizá no despierte envidia que exponga también brevemente mi linaje y los hechos de mi vida, mientras tengo aún vivos a quienes podrían desmentirme o dar testimonio de mí.

Con esto pondré fin a las antigüedades, comprendidas en veinte libros y sesenta mil líneas; y, si Dios lo permite, volveré a recordar de forma resumida la guerra y cuanto nos ha sucedido hasta el día de hoy, que es el año decimotercero del reinado de Domiciano César y el quincuagésimo sexto desde mi nacimiento.

Me he propuesto además componer, conforme a nuestras creencias judías, cuatro libros acerca de Dios y de su esencia, y acerca de las leyes: por qué, según ellas, unas cosas nos está permitido hacerlas y otras nos están vedadas.