Libros · Clásicos del judaísmo
Autobiografía y Contra Apión
La vida del historiador y su defensa de la antigüedad de los judíos
Flavio Josefo
Capítulo I
Autobiografía
Mi linaje no es oscuro: desciende de sacerdotes desde antiguo. Y así como entre cada pueblo hay algún otro fundamento de nobleza, entre nosotros el pertenecer al sacerdocio es prueba de la ilustre calidad de la estirpe. Pero yo no solo procedo de sacerdotes, sino de la primera de las veinticuatro clases —que ya en esto marca una gran diferencia—, y dentro de ella, de la mejor de sus familias. Por parte de madre soy además de sangre real, pues los hijos de Asamoneo, de quienes ella descendía, ejercieron el sumo sacerdocio y reinaron sobre nuestra nación durante muchísimo tiempo.
Referiré la sucesión. Nuestro bisabuelo fue Shimón, apodado el Tartamudo. Este vivió en tiempos en que ejercía el sumo sacerdocio el hijo del sumo sacerdote Shimón, el primero de los sumos sacerdotes que llevó el nombre de Hircano. A este Shimón el Tartamudo le nacieron nueve hijos, y entre ellos Matityahu, llamado el hijo de Efeo. Este se casó con la hija de Yonatán, sumo sacerdote —el primero de la estirpe de los hijos de Asamoneo en ejercer el sumo sacerdocio, y hermano de Shimón, que también fue sumo sacerdote—, y le nació un hijo, Matityahu, apodado el Jorobado, en el primer año del gobierno de Hircano. A este le nació Josefo, en el noveno año del gobierno de Alejandra; y de Josefo, Matityahu, en el décimo del reinado de Arquelao; y de Matityahu nací yo, en el primer año del gobierno de Cayo César. Yo tengo tres hijos: Hircano, el mayor, nacido en el cuarto año del gobierno de Vespasiano César; Justo, en el séptimo; y Agripa, en el noveno.
La sucesión de nuestro linaje, tal como la encontré consignada en los registros públicos, la expongo así, y con ello mando a paseo a quienes intentan calumniarnos.
Mi padre Matityahu fue hombre destacado no solo por su nobleza, sino aún más celebrado por su rectitud; era muy conocido en la ciudad más grande de las nuestras, entre los habitantes de Yerushaláyim. Yo, educado junto a mi hermano —Matityahu de nombre, pues era hermano mío legítimo por ambos padres—, avancé mucho en mi formación, y se me consideraba sobresaliente por la memoria y la inteligencia. Todavía muchacho, hacia los catorce años, todos me elogiaban por mi afición a las letras, y de continuo acudían los sumos sacerdotes y los principales de la ciudad para consultarme y conocer con más precisión algún punto de nuestras leyes.
Hacia los dieciséis años quise adquirir experiencia de las escuelas que hay entre nosotros —son tres: la primera la de los fariseos, la segunda la de los saduceos y la tercera la de los esenios, como muchas veces hemos dicho—, pues pensaba que así podría elegir la mejor, si las conocía todas a fondo. Me sometí, pues, a una vida dura y, tras muchos esfuerzos, recorrí las tres. Y como ni siquiera con esa experiencia me tuve por satisfecho, al enterarme de que un tal Banno vivía en el desierto —vestido con lo que dan los árboles, alimentándose de lo que crece por sí solo y bañándose muchas veces, de día y de noche, en agua fría para conservar la pureza—, me hice discípulo suyo.
Estuve con él tres años y, cumplido mi deseo, regresé a la ciudad. Cuando cumplí diecinueve años empecé a intervenir en la vida pública, siguiendo la escuela de los fariseos, que se asemeja a la que entre los griegos llaman estoica.
Pasados los veintiséis años me tocó subir a Roma por el motivo que voy a explicar. Por aquel tiempo, cuando Félix gobernaba Judea, había hecho encadenar y enviar a Roma, para dar cuenta ante el César, a unos sacerdotes conocidos míos, hombres buenos y honrados, por una acusación insignificante y trivial. Queriendo yo hallar el modo de salvarlos —sobre todo al saber que, aun en medio de sus males, no se olvidaban de su piedad hacia Dios y se sustentaban con higos y nueces—, llegué a Roma tras correr muchos peligros por mar.
Pues nuestro barco naufragó en medio del Adriático, y los que íbamos a bordo, unos seiscientos, tuvimos que nadar toda la noche. Al despuntar el día, por la providencia de Dios, se nos apareció una nave de Cirene, y adelantándonos a los demás, yo y algunos otros —unos ochenta en total— fuimos recogidos en ella. Salvado así, llegué a Dicearquía, que los italianos llaman Puteoli, y allí trabé amistad con Alituro, un actor cómico muy del agrado de Nerón y judío de nacimiento. Por medio de él fui presentado a Popea, la esposa del César, y me apresuré a suplicarle que hiciera liberar a los sacerdotes. Habiendo obtenido de Popea, además de este favor, grandes regalos, regresé a mi tierra.
Encontré ya los comienzos de la revuelta y a muchos exaltados con la idea de rebelarse contra los romanos. Intentaba, pues, contener a los sediciosos y persuadirlos de que recapacitaran, poniéndoles ante los ojos contra quiénes iban a luchar: que a los romanos les eran inferiores no solo en pericia militar, sino también en fortuna; y que no arrastraran de forma temeraria y del todo insensata a sus patrias, a sus familias y a sí mismos al peligro de los mayores desastres. Esto decía y con insistencia me empeñaba en disuadirlos, pues preveía que el fin de la guerra sería para nosotros el más desdichado. Pero no logré convencerlos: pudo mucho más la locura de aquellos desesperados.
Temiendo, pues, que por repetir sin cesar estas cosas acabara por atraerme el odio y la sospecha de que estaba de parte de los enemigos, y que corriera el riesgo de ser apresado y muerto por ellos —tomada ya la Antonia, que era una fortaleza—, me retiré al interior del Templo. Tras la muerte de Menajem y de los cabecillas de la banda de bandoleros, salí del Templo y volví a frecuentar a los sumos sacerdotes y a los principales de los fariseos.
Un miedo nada pequeño se apoderó de nosotros al ver al pueblo en armas, mientras nosotros no sabíamos qué hacer y no éramos capaces de frenar a los revoltosos. Con el peligro manifiesto encima, decíamos que estábamos de acuerdo con sus propósitos, pero les aconsejábamos quedarse quietos y dejar que los enemigos avanzaran, para que se vieran justificados al tomar las armas en legítima defensa. Y esto lo hacíamos con la esperanza de que Cestio, subiendo dentro de poco con un gran ejército, pondría fin a la revuelta.
Pero él vino, trabó combate y fue derrotado, cayendo muchos de los suyos. Y la derrota de Cestio se convirtió en desgracia para toda nuestra nación, pues con ello se envalentonaron aún más los que amaban la guerra, y concibieron la esperanza de vencer a los romanos por completo. Se sumó además otra causa parecida: los habitantes de las ciudades vecinas de Siria, apresando a los judíos que había entre ellos junto con sus mujeres e hijos, los mataban sin poder alegar contra ellos ninguna acusación, pues ni habían tramado nada nuevo en cuanto a la rebelión contra los romanos, ni albergaban hostilidad o intriga alguna contra ellos mismos.
Los de Escitópolis obraron del modo más impío y criminal de todos. Cuando los judíos de fuera vinieron a atacarlos como enemigos, obligaron a los judíos que vivían entre ellos a tomar las armas contra los de su propio pueblo —lo cual nos está prohibido—, y luchando junto a ellos vencieron a los atacantes. Pero una vez que hubieron vencido, olvidando la lealtad debida a sus vecinos y aliados, los mataron a todos, que eran muchas decenas de millares. Lo mismo padecieron los judíos que habitaban Damasco. Pero sobre estos hechos hemos dado cuenta con más detalle en los libros sobre la Guerra de los judíos; ahora los he recordado solo para dejar claro a mis lectores que la guerra contra los romanos no fue una decisión deliberada de los judíos, sino, en su mayor parte, una necesidad.
Derrotado, pues, Cestio, como hemos dicho, los principales de Yerushaláyim, viendo que los bandoleros y los revoltosos estaban bien provistos de armas, y temiendo ellos mismos que, al estar desarmados, cayeran en manos de sus enemigos —como en efecto sucedió después—, y al saber que Galilea no se había apartado toda de los romanos, sino que una parte de ella seguía tranquila, nos enviaron a mí y a otros dos de los sacerdotes, hombres buenos y honrados, Yozar y Yehudá, para persuadir a los malvados de que depusieran las armas y para enseñarles que era mejor que quedaran en manos de los mejores de la nación. Estaba resuelto, sin embargo, que ellos tuvieran siempre las armas preparadas para lo que viniera, y que aguardaran a ver qué harían los romanos.
Tomando, pues, yo estas instrucciones, llegué a Galilea. A los de Séforis los encontré en no poca angustia por su patria, ya que los galileos habían decidido saquearla por su amistad con los romanos y porque habían tendido la diestra y ofrecido lealtad a Cestio Galo, el gobernador de Siria. Pero a todos ellos yo los libré de su temor, persuadiendo en su favor a la multitud y permitiéndoles enviar mensajes a los suyos cuantas veces quisieran, por medio de los parientes que tenían en Dora como rehenes ante Cestio. Dora es una ciudad de Fenicia. A los habitantes de Tiberíades los encontré ya en armas, por la siguiente causa:
Había en la ciudad tres facciones. La primera, de hombres respetables, la encabezaba Julio Capelo. A este y a todos los que estaban con él —Herodes hijo de Miaro, Herodes hijo de Gámalo y Compso hijo de Compso, pues Crispo, hermano de este, que había sido en su día prefecto del gran rey en sus propias posesiones al otro lado del Yardén— a todos los mencionados les parecía bien, en aquel momento, permanecer fieles a los romanos y al rey. Pero de este parecer no participaba Pisto, arrastrado por su hijo Justo, que era además de índole algo enloquecida. La segunda facción, compuesta por gente de la más baja condición, resolvió hacer la guerra.
Justo, el hijo de Pisto, cabecilla de la tercera facción, fingía dudar respecto a la guerra, pero en realidad ansiaba una revuelta, creyendo que del cambio sacaría poder para sí. Adelantándose, pues, en medio de la asamblea, intentaba convencer al pueblo de que la ciudad había mandado siempre sobre Galilea, al menos en tiempos de Herodes el tetrarca, que había sido su fundador, cuando este había querido que la ciudad de Séforis quedara sometida a la de Tiberíades; y que no habían perdido esa primacía ni bajo el rey Agripa, el padre, sino que se había mantenido hasta que Félix gobernó Judea. Pero ahora —decía— habían tenido la desgracia de ser entregados como regalo al joven Agripa por Nerón, pues en cuanto Séforis se sometió a los romanos, pasó a mandar sobre Galilea, y a ellos les fueron suprimidos el erario real y los archivos.
Diciendo esto y muchas otras cosas contra el rey Agripa, para incitar al pueblo a la rebelión, añadía que ahora era el momento de tomar las armas y sumar como aliados a los galileos —pues los mandarían de buen grado, por el odio que tenían a los de Séforis por conservar la lealtad a los romanos— y de lanzarse con una gran fuerza a vengarse de ellos. Con estas palabras arrastró a la multitud, pues era hábil para halagar al pueblo y, con brujería y engaño de palabras, imponerse a quienes decían cosas mejores; y no era ajeno a la cultura de los griegos, confiado en la cual se atrevió incluso a escribir la historia de estos sucesos, como si con ese relato fuera a vencer a la verdad. Pero sobre este hombre —cuán ruin fue su vida y cómo, junto con su hermano, estuvo a punto de ser causa de su propia ruina— lo mostraremos a medida que avance el relato.
Entonces Justo, tras persuadir a los ciudadanos de que tomaran las armas y obligar a muchos que no querían, salió con todos ellos e incendió las aldeas de los gadarenos y de los hipenos, que se hallaban precisamente en la frontera de Tiberíades y del territorio de los escitopolitanos.
Así estaban las cosas en Tiberíades. En cuanto a lo de Gíscala, la situación era esta: Yojanán, el hijo de Leví, viendo que algunos de sus conciudadanos se envalentonaban con la rebelión contra los romanos, intentaba contenerlos y les pedía que mantuvieran la lealtad. Pero no lo consiguió, por mucho que se esforzó, pues los pueblos vecinos —los gadarenos, los baraganeos y los tirios—, reuniendo una gran fuerza y cayendo sobre Gíscala, la tomaron por asalto, la incendiaron y luego, tras arrasarla, regresaron a su tierra. Yojanán, exasperado por esto, armó a todos los suyos y, atacando a los pueblos mencionados, reconstruyó Gíscala mejor que antes y la fortificó con murallas para su seguridad futura.
Gámala permaneció fiel a los romanos por la siguiente causa: Filipo, el hijo de Iaquimo y prefecto del rey Agripa, salvado contra toda esperanza del palacio real de Yerushaláyim mientras estaba sitiado, y logrando huir, cayó en otro peligro, el de ser muerto por Menajem y los bandoleros que estaban con él. Pero lo impidieron unos babilonios, parientes suyos que se hallaban en Yerushaláyim, que no dejaron a los bandoleros cumplir su propósito. Filipo, tras permanecer allí cuatro días, huyó al quinto, sirviéndose de una peluca postiza para no ser reconocido, y llegando a una de sus aldeas, situada en los confines de la fortaleza de Gámala, mandó recado a algunos de sus subordinados ordenándoles que acudieran a él.
Pero mientras meditaba esto, la Providencia se lo impidió para bien suyo, pues de haberse llevado a cabo, sin duda habría perecido. Sobrevino, en efecto, una fiebre que lo aquejó de improviso, y escribió cartas a los reyes Agripa y Berenice y las dio a uno de sus libertos para que las llevara a Varo. Era este, en aquel tiempo, quien administraba el reino, puesto allí por los reyes, pues ellos mismos se dirigían a Berito con intención de salir al encuentro de Cestio.
Recibió, pues, Varo las cartas de Filipo y, al saber que se había salvado, lo llevó a mal, creyendo que en adelante quedaría como inútil a los ojos de los reyes cuando Filipo llegara. Sacó, por tanto, ante la multitud al que traía las cartas y, acusándolo de falsificación y diciendo que mentía al anunciar que Filipo estaba en Yerushaláyim guerreando contra los romanos junto con los judíos, lo hizo matar. Como el liberto no regresaba, Filipo, sin comprender la causa, envió por segunda vez, de nuevo con cartas, a otro que le informara de qué le había ocurrido al enviado para que tardara tanto. Y cuando este se presentó, Varo lo hizo matar tras acusarlo con calumnias; pues los sirios de Cesarea lo habían envanecido, diciéndole que Agripa sería ejecutado por los romanos a causa de los crímenes de los judíos, y que él recibiría el poder, por ser de sangre real: y en efecto, era reconocidamente descendiente de estirpe real, nieto de Sohemo, que había sido tetrarca en la región del Líbano.
Por esto, pues, Varo, engreído, retuvo consigo las cartas maquinando que el rey no diera con ellas, y vigilaba todas las salidas, no fuera que alguien escapara y comunicara al rey lo que se tramaba. Y para congraciarse con los sirios de Cesarea, dio muerte a muchos judíos. Quiso además, tomando las armas junto con los traconitas de Batanea, lanzarse contra los judíos babilonios de Ecbátana, pues así se los llama. Convocó, pues, a doce de los judíos más reputados de Cesarea y les ordenó que, al llegar a Ecbátana, dijeran a sus compatriotas que allí vivían: «Varo, habiendo oído que estáis a punto de lanzaros contra el rey, y no dándolo por cierto, nos ha enviado a persuadiros de que depongáis las armas; pues eso será para él prueba de que hizo bien en no creer a los que hablan contra vosotros». Y ordenó que enviaran también a setenta de sus hombres principales para defenderse de la acusación formulada.
Fueron, pues, los doce a sus compatriotas de Ecbátana y, al hallarlos sin ningún propósito de rebelión, los persuadieron de que enviaran a los setenta. Estos, sin sospechar nada de lo que iba a ocurrir, los enviaron, y bajaron con los doce embajadores a Cesarea. Varo, saliéndoles al encuentro con la fuerza real, los mató a todos junto con los embajadores y emprendió la marcha contra los judíos de Ecbátana. Pero uno de los setenta se adelantó, salvándose, y les dio aviso; y ellos, tomando las armas con sus mujeres e hijos, se retiraron a la fortaleza de Gámala, abandonando las aldeas, que estaban llenas de muchos bienes y tenían muchas decenas de millares de cabezas de ganado.
Filipo, enterado de esto, vino también él a la fortaleza de Gámala. Al llegar, la multitud clamaba, exhortándolo a mandar y a hacer la guerra contra Varo y contra los sirios de Cesarea, pues corría el rumor de que el rey había muerto. Pero Filipo refrenaba sus ímpetus, recordándoles los beneficios del rey hacia ellos, y explicándoles cuán grande era el poder de los romanos, les decía que no convenía emprender guerra contra ellos; y al fin los persuadió. El rey, al enterarse de que Varo estaba a punto de dar muerte en un solo día a los judíos de Cesarea, con sus mujeres e hijos, que eran muchas decenas de millares, lo hizo llamar y envió en su lugar a Equo Monodio como sucesor, según hemos referido en otro lugar. Filipo, por su parte, retuvo la fortaleza de Gámala y la región de alrededor, que permanecía fiel a los romanos.
Cuando yo llegué a Galilea y supe todo esto por los que me lo comunicaron, escribí al consejo de Yerushaláyim acerca de estos asuntos y pregunté qué me ordenaban hacer. Ellos me pidieron que me quedara, y a los otros embajadores, si querían, que se ocuparan del gobierno de Galilea. Pero los otros embajadores, habiéndose provisto de mucho dinero con los diezmos que les daban —que, siendo sacerdotes, recibían como cosa debida—, decidieron volver a su tierra. Y como yo les rogué que se quedaran hasta que hubiéramos ordenado la situación, accedieron.
Partiendo, pues, con ellos de la ciudad de Séforis, llegué a una aldea llamada Betmaús, distante cuatro estadios de Tiberíades, y desde allí envié recado al consejo de Tiberíades y a los principales del pueblo, pidiéndoles que vinieran a mí. Cuando se presentaron —había venido con ellos también Justo—, les dije que había sido enviado por la comunidad de Yerushaláyim, como embajador junto con estos, para persuadirlos de que demolieran la casa construida por Herodes el tetrarca, que tenía figuras de animales, ya que las leyes prohíben construir algo semejante, y les rogaba que nos permitieran hacerlo cuanto antes. Durante largo rato Capelo y sus principales no quisieron consentirlo, pero, forzados por nosotros, accedieron. Se adelantó entonces Yeshúa, el hijo de Sapías —de quien dijimos que había sido el primer cabecilla de la facción de los marineros y de los indigentes—, y tomando consigo a algunos galileos, incendió todo el palacio, creyendo que sacaría de él mucho dinero al ver que algunos techos de las salas estaban dorados.
Y saquearon mucho, actuando contra nuestra voluntad, pues nosotros, tras la conversación con Capelo y los principales de Tiberíades, nos habíamos retirado de Betmaús a la alta Galilea. Los de Yeshúa mataron a todos los griegos que allí habitaban y a cuantos habían sido enemigos suyos antes de la guerra. Al enterarme yo de esto, me irrité muchísimo, y bajando a Tiberíades me ocupé de poner a salvo cuantos objetos reales fuera posible arrebatar a los saqueadores: eran candelabros corintios, mesas reales y una considerable cantidad de plata sin acuñar; y todo cuanto recogí decidí guardarlo para el rey. Mandé, pues, llamar a los diez principales del consejo y a Capelo, el hijo de Antilo, y les entregué los objetos, encargándoles que no los dieran a ningún otro sino a mí.
De allí me dirigí a Gíscala, junto a Yojanán, con los otros embajadores, queriendo saber qué es lo que pretendía. Enseguida advertí que aspiraba a una revuelta y que ansiaba el mando, pues me pedía que le diera autorización para llevarse el trigo del César que estaba almacenado en las aldeas de la alta Galilea, alegando que quería gastarlo en la reparación de las murallas de su patria. Pero yo, comprendiendo su intento y lo que se proponía hacer, le dije que no se lo concedía, pues pensaba guardarlo o bien para los romanos o bien para mí mismo, ya que la comunidad de Yerushaláyim me había confiado a mí la autoridad sobre los asuntos de allí.
No consiguiendo convencerme, se volvió hacia los otros embajadores, que eran imprevisores respecto a lo que iba a suceder y muy dispuestos a aceptar dinero; y los sobornó para que votaran que se le entregara todo el trigo almacenado en su provincia. Y yo, solo y en minoría, guardé silencio y me sometí. Yojanán introdujo entonces una segunda añagaza: dijo que los judíos que habitaban la Cesarea de Filipo, encerrados por orden del rey a cargo de quien administraba el gobierno, le habían enviado a pedirle que, ya que no tenían aceite puro para su uso, se ocupara de proveérselo en abundancia, no fuera que por necesidad, usando aceite griego, transgredieran sus leyes. Pero esto no lo decía Yojanán por piedad, sino por avaricia manifiesta, pues sabía que allí, en Cesarea, dos sextarios se vendían por una sola dracma, mientras que en Gíscala ochenta sextarios costaban cuatro dracmas. Así que envió todo el aceite que había allí, tras obtener autorización también de mí en apariencia; pues yo no lo permitía de buen grado, sino por miedo a la multitud, no fuera que, oponiéndome, me lapidaran. Habiéndoselo, pues, consentido, Yojanán se enriqueció con muchísimo dinero gracias a esta bellaquería.
Tras despedir a los otros embajadores de Gíscala hacia Yerushaláyim, me ocupé de la fabricación de armas y de la fortificación de las ciudades. Mandé llamar a los más valientes de los bandoleros y, viendo que no era posible quitarles las armas, persuadí a la multitud de que les pagara una soldada, diciendo que era mejor darles voluntariamente unas pocas cosas que dejar que saquearan sus bienes. Y tras recibir de ellos juramento de que no vendrían a la región a menos que fueran llamados, o cuando no cobraran su paga, los despedí, ordenándoles que no hicieran la guerra ni a los romanos ni a los pueblos vecinos, pues por encima de todo me preocupaba que Galilea estuviera en paz.
A los principales de los galileos, unos setenta en total, queriendo tenerlos como amigos bajo pretexto de amistad, pero en realidad como rehenes de su lealtad, los hice compañeros de camino, y los llevaba conmigo a los juicios y dictaba las sentencias de acuerdo con su parecer, procurando no errar en la justicia por precipitación y mantenerme limpio en ellas de toda ganancia. Rondaba yo entonces los treinta años, edad en la que, aunque uno se abstenga de deseos ilícitos, es difícil escapar de las calumnias de la envidia, sobre todo teniendo un gran poder; y sin embargo mantuve a toda mujer libre de ultraje, desprecié todo cuanto se me ofrecía como si no lo necesitara, y ni siquiera aceptaba de los que me lo llevaban los diezmos que me eran debidos como sacerdote. Del botín, en cambio, sí tomé una parte tras vencer a los sirios que habitaban las ciudades vecinas, botín que reconozco haber enviado a Yerushaláyim, a mis parientes.
Y aunque tomé por la fuerza dos veces a los de Séforis, cuatro veces a los de Tiberíades, una vez a los de Gádara, y aunque tuve en mi poder a Yojanán, que muchas veces conspiró contra mí, no me vengué de él ni de ninguno de los pueblos mencionados, como mostrará el relato a medida que avance. Por esto pienso que también Dios —pues no se le ocultan quienes obran lo debido— me libró de la mano de aquellos y, cuando después caí en muchos peligros, me protegió; de ellos hablaremos más adelante.
Tan grande era la buena voluntad y la lealtad de la multitud de los galileos hacia mí, que, cuando sus ciudades fueron tomadas por la fuerza y sus mujeres e hijos reducidos a esclavitud, no gimieron tanto por sus propias desgracias como se preocuparon por mi salvación. Al ver esto, Yojanán sintió envidia, y me escribió pidiéndome que le permitiera bajar a usar las aguas termales de Tiberíades para el cuidado de su cuerpo. Y yo, sin sospechar que fuera a obrar mal, no se lo impedí; es más, escribí personalmente a los que yo había encargado de la administración de Tiberíades para que prepararan alojamiento a Yojanán y a los que vinieran con él, y les proveyeran de abundancia de todo lo necesario. Yo me encontraba entonces en una aldea de Galilea llamada Caná.
Yojanán, al llegar a la ciudad de Tiberíades, intentaba persuadir a la gente de que abandonara la lealtad a mí y se pasara a él. Y muchos acogieron con gusto la propuesta, pues deseaban siempre revueltas, eran por naturaleza dados a los cambios y se complacían en las sediciones. Sobre todo Justo y su padre Pisto se apresuraron a apartarse de mí para unirse a Yojanán. Pero yo se lo impedí, adelantándome, pues me llegó un mensajero de parte de Silas —a quien yo había puesto como comandante de Tiberíades, según dije antes— comunicándome el parecer de los de Tiberíades y rogándome que me diera prisa, pues si me demoraba, la ciudad caería bajo la autoridad de otros.
Recibida, pues, la carta de Silas, tomé conmigo a doscientos hombres y marché durante toda la noche, enviando por delante a un mensajero que anunciara mi llegada a los de Tiberíades. Por la mañana, al acercarme yo a la ciudad, la multitud salió a mi encuentro, y Yojanán con ellos; y saludándome muy turbado, temiendo que al descubrirse su acción corriera peligro de perecer, se retiró a toda prisa a su alojamiento. Y yo, llegado al estadio, despedí a los guardias que me acompañaban, salvo uno, y quedándome con él y con diez de mis soldados, intenté arengar a la multitud de los de Tiberíades, subido sobre una tapia alta, y les rogaba que no se apartaran tan de prisa, pues el cambio les acarrearía censura, y quien después estuviera al frente sospecharía de ellos con razón, dando por supuesto que tampoco a él le guardarían lealtad.
Aún no había dicho yo todo, cuando oí a uno de los míos que me ordenaba bajar, pues no era momento de preocuparme por la buena voluntad de los de Tiberíades, sino por mi propia salvación y por cómo escapar de mis enemigos. Yojanán, en efecto, había mandado, escogidos entre los soldados que tenía a su lado los más fieles de entre los mil que eran suyos, y había ordenado a los enviados que me mataran, informado de que yo estaba solo con los míos. Llegaron los enviados y lo habrían hecho, de no haber saltado yo a toda prisa desde la tapia, con mi guardia Yaakov, y de no haberme ayudado un tal Herodes de Tiberíades, que me condujo hasta el lago; y agarrando una barca y embarcando, contra toda esperanza escapé de mis enemigos y llegué a Taríquea.
Los habitantes de esta ciudad, al enterarse de la deslealtad de los de Tiberíades, se irritaron muchísimo. Empuñando, pues, las armas, me pedían que los condujera contra ellos, pues decían que querían tomar venganza en favor de su general. Y difundían lo ocurrido también por toda Galilea, empeñándose en soliviantar a estos contra los de Tiberíades, y les rogaban que, reuniéndose en gran número, acudieran a ellos, para actuar según su decisión con la aprobación del general. Vinieron, pues, muchos galileos de todas partes con armas, y me exhortaban a atacar Tiberíades, tomarla por la fuerza, arrasarla por completo y reducir a esclavitud a sus habitantes con sus mujeres e hijos. Esto mismo me aconsejaban también los amigos que se habían salvado de Tiberíades.
Pero yo no accedía, pues consideraba terrible iniciar una guerra civil, y pensaba que la disputa debía quedar en palabras. Y les decía, además, que ni siquiera a ellos les convenía hacer tal cosa, cuando los romanos aguardaban que ellos mismos perecieran en sus sediciones mutuas. Diciendo esto, aplaqué la cólera de los galileos.
Yojanán, viendo fracasada su conjura, temió por sí mismo, y tomando consigo a los soldados que lo rodeaban partió de Tiberíades hacia Gíscala. Y me escribió acerca de lo ocurrido, disculpándose de que no había sido según su voluntad, y me rogaba que no albergara ninguna sospecha contra él, añadiendo juramentos y terribles imprecaciones, con los que creía ganarse crédito sobre lo que me escribía.
Pero los galileos —pues de nuevo muchos otros de toda la región acudieron con armas—, conociendo al hombre por lo ruin y perjuro que era, me pedían que los condujera contra él, prometiendo aniquilarlo por completo junto con Gíscala. Yo les reconocía mi gratitud por su buena disposición y les prometía corresponder a su buena voluntad, pero aun así les rogaba que se contuvieran, pidiéndoles que me disculparan, ya que me había propuesto sofocar los desórdenes sin derramamiento de sangre. Y tras persuadir a la multitud de los galileos, me dirigí a Séforis.
Los hombres que habitaban esta ciudad, habiendo decidido mantenerse leales a los romanos, pero temiendo mi llegada, intentaron distraerme con otro asunto para quedar tranquilos respecto a sí mismos. Enviaron, pues, recado a Yeshúa, el jefe de bandoleros, a la frontera de Ptolemaida, y le prometieron darle mucho dinero si quería, con la fuerza que tenía consigo —eran ochocientos en número—, encender una guerra contra nosotros. Él, cediendo a sus promesas, quiso caer sobre nosotros cuando estuviéramos desprevenidos y sin saber nada de antemano. Me mandó, pues, recado pidiéndome autorización para venir a saludarme. Habiéndolo yo concedido —pues nada sabía de antemano de la conjura—, tomó consigo la banda de bandoleros y se apresuró contra mí.
Pero no llegó a tiempo su fechoría de tener éxito, pues, cuando ya se acercaba, uno de los que estaban con él desertó y vino a mí revelándome su intento. Y yo, enterado de esto, salí a la plaza fingiendo ignorar la conjura, y llevaba conmigo a muchos soldados galileos, y también a algunos de Tiberíades. Luego, tras ordenar que se vigilaran con la mayor firmeza todos los caminos, mandé a los que estaban en las puertas que dejaran entrar solo a Yeshúa, cuando se presentara, con los primeros de los suyos, pero que cerraran el paso a los demás, y que a los que forzaran la entrada los golpearan. Hecho lo ordenado, entró Yeshúa con unos pocos. Y al ordenarle yo que arrojara enseguida las armas, pues, si desobedecía, moriría, viéndose rodeado por todas partes de mis soldados, atemorizado, obedeció. Los que habían quedado fuera, de entre los que lo acompañaban, al enterarse de su captura, huyeron.
Y yo, llamando aparte a Yeshúa, le dije que no ignoraba la conjura tramada contra mí, ni por quiénes había sido enviado, pero que aun así le perdonaría lo hecho si estaba dispuesto a arrepentirse y a serme leal. Prometiendo él hacerlo todo, lo dejé libre, concediéndole que reuniera de nuevo a los que antes tenía. Y a los de Séforis los amenacé con que, si no cesaban en su insensatez, tomaría venganza de ellos.
Por este tiempo llegaron a mí dos magnates de los que estaban bajo la autoridad del rey, procedentes de la región de los traconitas, que traían consigo sus caballos y armas y transportaban dinero. Como los judíos los obligaban a circuncidarse si querían quedarse entre ellos, no permití que se los forzara, diciendo que cada uno debía honrar a Dios según su propia voluntad y no por la fuerza, y que estos, habiéndose refugiado entre nosotros por su seguridad, no debían tener motivo de arrepentimiento. Y persuadida la multitud, proveí abundantemente a los recién llegados de todo lo necesario para su modo habitual de vida.
El rey Agripa envió una fuerza, con Equo Modio al frente de ella, para tomar la fortaleza de Gámala. Pero los enviados no fueron capaces de rodear la fortaleza, y apostándose en los lugares descubiertos, mantenían el asedio de Gámala. Ebucio, el decurión encargado del gobierno de la gran llanura, al oír que yo me hallaba en Simoníade, una aldea situada en los confines de Galilea y distante de él sesenta estadios, tomando de noche los cien jinetes que tenía consigo y unos doscientos soldados de a pie, y sumando como aliados a los habitantes de la ciudad de Gaba, marchó de noche y llegó a la aldea en la que yo estaba. Y como también yo me dispuse frente a él con una gran fuerza, Ebucio intentaba arrastrarnos a la llanura, pues confiaba mucho en su caballería. Pero no le hicimos caso, pues yo, viendo la ventaja que tendría la caballería si bajábamos a la llanura —ya que todos nosotros éramos de a pie—, decidí trabar combate con el enemigo allí mismo. Y durante un tiempo Ebucio y los suyos resistieron con valentía, pero viendo que en aquel lugar su fuerza de caballería le resultaba inútil, se retiró sin éxito a la ciudad de Gaba, habiendo perdido en el combate a tres hombres.
Yo iba pegado a sus talones con dos mil hoplitas, y al llegar a Bésara —ciudad situada en la frontera de Ptolemaida, a veinte estadios de Gaba, donde estaba acampado Ebucio— aposté a los hoplitas fuera de la aldea y les ordené vigilar bien los caminos, para que el enemigo no nos molestara mientras sacábamos el grano. Pues allí había almacenado mucho trigo de la reina Berenice, reunido en Bésara desde las aldeas de alrededor. Cargué los camellos y los asnos —muchos que había traído conmigo— y despaché el grano a Galilea. Hecho esto, reté a Ebucio a combate; pero él no aceptó —quedó atónito ante nuestra prontitud y audacia— y me volví contra Neopolitano, al enterarme de que estaba saqueando el territorio de Tiberíades. Neopolitano mandaba un escuadrón de caballería y había recibido Escitópolis para protegerla del enemigo. Tras impedirle seguir dañando la tierra de Tiberíades, me dediqué al cuidado de Galilea.
Yojanán, hijo de Leví —que, como dije, residía en Gíscala—, al enterarse de que todo me salía a pedir de boca, y de que yo gozaba del afecto de mis súbditos y del temor de los enemigos, no lo llevó nada bien; y, creyendo que mi buena fortuna era su ruina, se dejó arrastrar por una envidia sin medida. Esperando poder acabar con mi éxito si encendía contra mí el odio de mis súbditos, trató de persuadir a los habitantes de Tiberíades, a los de Séforis y, además, a los de Gábara —que son las ciudades más grandes de Galilea— para que abandonaran su lealtad hacia mí y se pasaran a él, pues afirmaba que él los mandaría mejor que yo. Los de Séforis, que no se inclinaban por ninguno de los dos porque habían elegido a los romanos por señores, no le hicieron caso. Los de Tiberíades no aceptaron la deserción, pero sí consintieron en hacerse amigos suyos. Los habitantes de Gábara, en cambio, se unieron a Yojanán: quien los instaba era Shimón, el principal de la ciudad, que trataba a Yojanán como amigo y compañero. Abiertamente no confesaban la deserción —temían mucho a los galileos, pues más de una vez habían comprobado su buena disposición hacia nosotros—, pero en secreto acechaban el momento oportuno para conspirar. Y, en efecto, llegué a correr el mayor de los peligros por la siguiente causa.
Unos jóvenes audaces, de la aldea de Dabarita, acecharon a la mujer de Tolomeo, administrador del rey, mientras atravesaba la gran llanura con mucho equipaje y escoltada por algunos jinetes por seguridad, viajando desde el territorio tributario de los reyes hacia el dominio de los romanos, y cayeron sobre ellos de improviso. Obligaron a la mujer a huir y saquearon todo cuanto llevaba consigo, y vinieron a mí, a Taríquea, trayendo cuatro mulas cargadas de ropa y enseres; había también no poca plata en peso y quinientas piezas de oro. Yo quería guardar todo aquello para Tolomeo —pues era de nuestro pueblo, y nuestras leyes nos prohíben despojar incluso a los enemigos—, y dije a los que lo habían traído que había que conservarlo, para que con su venta se repararan las murallas de Yerushaláyim. Pero los jóvenes se enojaron al no recibir parte del botín, como esperaban, y, yendo por las aldeas de los alrededores de Tiberíades, andaban diciendo que yo pensaba entregar su país a los romanos —que me había valido de una argucia al decirles que guardaba lo cogido en el saqueo para reparar las murallas de la ciudad de Yerushaláyim, cuando en realidad había decidido devolvérselo a su dueño—. Y en esto no erraron mi intención: pues, apenas se marcharon, mandé llamar a los dos principales, Dasión y Janneo, hijo de Leví —que estaban entre los más allegados amigos del rey—, y les ordené tomar los objetos del saqueo y enviárselos a aquel, amenazándolos de muerte como castigo si lo contaban a otro.
Cuando el rumor se apoderó de toda Galilea de que yo iba a entregar su país a los romanos, y todos se exasperaron pidiendo mi castigo, también los habitantes de Taríquea, dando por ciertas las palabras de los jóvenes, persuadieron a mis guardias de cuerpo y a mis hoplitas de que me dejaran durmiendo y acudieran cuanto antes al hipódromo, para deliberar allí, con todos, acerca de su general. Obedecieron estos y se reunieron; ya se había juntado una gran muchedumbre, y todos a una voz clamaban por castigar al traidor que se había portado tan vilmente con ellos. Quien más los encendía era Yeshúa, hijo de Safías, entonces magistrado de Tiberíades, hombre perverso y con un natural dado a enredar grandes asuntos, sedicioso y revoltoso como ningún otro; y en aquel momento, tomando en sus manos las leyes de Moshé y adelantándose al centro, dijo: «Si no podéis odiar a Josefo por vosotros mismos, conciudadanos, mirad las leyes de vuestros padres, de las que vuestro primer general iba a hacerse traidor, y por odio a la maldad castigad, en defensa de ellas, a quien tales cosas se atrevió a hacer.»
Dicho esto, y con el gentío aclamándolo, tomó a algunos hoplitas y corrió hacia la casa en que me alojaba, dispuesto a matarme. Yo, sin sospechar nada, me había quedado dormido de cansancio antes del tumulto. Pero Shimón, a quien estaba confiada la guardia de mi persona —el único que se había quedado conmigo—, al ver el asalto de los ciudadanos, me despertó y me anunció el peligro que me amenazaba, y me pidió que muriera noblemente, por su mano, como general, antes de que llegaran los enemigos a obligarme a ello o a matarme. Así hablaba él; pero yo, encomendando a Dios lo que a mí tocaba, me lancé a salir ante la multitud. Me puse, pues, una vestidura negra, me colgué la espada del cuello y marché al hipódromo por otro camino, por donde pensé que no me saldría al paso ninguno de los enemigos. Al aparecer de repente, me arrojé de bruces y, empapando la tierra con mis lágrimas, parecí a todos digno de compasión. Al advertir el cambio en la multitud, intenté dividir sus pareceres antes de que los hoplitas regresaran de la casa. Concedía haber obrado mal —según ellos creían—, pero les rogaba que primero me dejaran explicar para qué necesidad guardaba el dinero traído del saqueo, y que entonces me dieran muerte, si lo ordenaban. Cuando la multitud me mandó hablar, llegaron los hoplitas y, al verme, corrieron hacia mí para matarme; pero, al ordenarles la multitud que se detuvieran, obedecieron, esperando que, una vez confesara ante ellos que había guardado el dinero para el rey, me matarían por haber reconocido la traición.
Hecho, pues, silencio por parte de todos, dije: «Hombres de mi pueblo, no rehúso morir, si es justo. Pero quiero, antes de morir, deciros la verdad. Sabiendo que esta ciudad es hospitalaria en grado sumo y que se ha llenado, de buen grado, de tantos hombres que, dejando sus patrias, han venido a compartir nuestra suerte, quise levantar murallas con ese dinero por el que os enfurecéis contra mí, para gastarlo en su construcción.» Ante esto, de parte de los de Taríquea y de los forasteros se alzó una voz que me daba las gracias y me exhortaba a tener ánimo; los galileos y los de Tiberíades, en cambio, persistían en su cólera, y se produjo entre ellos una disputa: unos amenazaban con castigarme; otros, con no hacerme caso. Pero, cuando prometí construir murallas también para Tiberíades y para las demás ciudades suyas que lo necesitaran, dieron crédito y se retiró cada uno a lo suyo. Y yo, habiendo escapado contra toda esperanza del peligro antes dicho, regresé a mi casa con mis amigos y veinte hoplitas.
De nuevo, los bandidos y los causantes de la sedición, temiendo por sí mismos —no fuera que yo les hiciera pagar lo hecho—, tomaron seiscientos hoplitas y vinieron a la casa donde me hospedaba para prenderle fuego. Anunciada la embestida, juzgué impropio huir, y decidí arriesgarme y valerme también de la audacia. Ordené, pues, cerrar las puertas de la casa y, subiendo yo mismo al piso alto, les pedí que enviaran a algunos a recoger el dinero, pues así, dije, se calmaría su cólera. Cuando enviaron al más audaz de ellos, lo hice azotar con látigos y mandé cortarle una de las manos y colgársela del cuello; y en tal estado lo eché fuera, hacia quienes lo habían enviado. A aquellos los invadió un espanto y un miedo nada moderados. Temiendo, pues, sufrir ellos lo mismo si se quedaban —pues suponían que dentro tenía yo a más hombres que ellos—, se lanzaron a la fuga. Y así, valiéndome de semejante estratagema, escapé de la segunda conjura.
Otra vez, algunos incitaban a la muchedumbre, diciendo que los magnates del rey que habían venido a mí no debían vivir, ya que no querían adoptar las costumbres de aquellos entre quienes venían a salvarse; y los calumniaban diciendo que eran hechiceros y que por eso avanzaban los romanos. Pronto la multitud se dejó persuadir, engañada por lo plausible de aquellas palabras dichas para halagarla. Enterado de esto, volví a instruir al pueblo de que no debía perseguirse a quienes se habían refugiado junto a ellos; y me burlé del disparate de la acusación de las hechicerías, diciendo que los romanos no mantendrían tantas decenas de miles de soldados si pudieran vencer a los enemigos con hechizos. Mientras decía esto, por un momento se dejaron convencer; pero, al retirarse, de nuevo los perversos los incitaban contra los magnates, y una vez fueron con armas a la casa de estos, en Taríquea, para matarlos. Al enterarme, temí que, consumado el crimen, la ciudad quedara vedada a quienes quisieran refugiarse en ella. Me presenté, pues, en la casa de los magnates con algunos otros y, cerrándola, abrí desde ella un canal que llevaba hasta el lago; mandé traer una barca y, embarcado con ellos, crucé hasta la frontera del territorio de Hipos. Les pagué el precio de los caballos —pues no había podido llevármelos, dada la forma en que huimos— y los despedí, rogándoles mucho que soportaran con nobleza la necesidad que les había caído encima. Yo mismo me afligí mucho por haberme visto forzado a exponer de nuevo a la tierra enemiga a quienes se habían refugiado en mí, aunque juzgué mejor que murieran entre los romanos, si tal ocurría, antes que en mi territorio. Y, en fin, se salvaron: el rey Agripa les perdonó sus faltas. Este fue el final de aquel asunto.
Los habitantes de la ciudad de Tiberíades escriben al rey pidiéndole que envíe una fuerza que guardara su territorio, pues querían pasarse a él. Esto le escribían. Cuando llegué a ellos, me pidieron que les construyera las murallas, como había prometido; pues habían oído que Taríquea ya estaba amurallada. Accedí, pues, y, preparado todo lo necesario para la obra, ordené a los arquitectos ponerse a trabajar.
Al tercer día, marchando yo de Tiberíades a Taríquea —que dista de ella treinta estadios—, sucedió que se vieron algunos jinetes romanos caminando no lejos de la ciudad, lo que dio la impresión de que la fuerza del rey había llegado. Al punto, pues, prorrumpieron en muchos elogios hacia el rey y en injurias contra mí. Y uno corrió a anunciarme su intención: que habían decidido separarse de mí. Yo, al oírlo, quedé muy turbado; pues resulta que había licenciado a los hoplitas de Taríquea, enviándolos a sus casas, por ser el día siguiente sábado —no quería que la muchedumbre de soldados molestara a los de Taríquea—. En efecto, cuantas veces me alojaba entre ellos, ni siquiera tomaba providencia para la guardia de mi persona, pues muchas veces había comprobado la fidelidad de sus habitantes hacia mí. Teniendo, pues, junto a mí solo a siete de los hoplitas y a mis amigos, no sabía qué hacer. Mandar llamar a mi tropa no me parecía bien, porque el día en curso ya declinaba; y, aun de haber llegado, al día siguiente las leyes nos prohibían tomar las armas, por más apremiante que pareciera la necesidad. Y si permitía a los de Taríquea y a los forasteros que había entre ellos saquear la ciudad, veía que no serían bastantes, y que mi demora se prolongaría muchísimo, pues pensaba que se adelantaría la llegada de la fuerza del rey y que me expulsarían de la ciudad. Deliberé, pues, valerme de alguna estratagema contra ellos. Al instante aposté a los más fieles de mis amigos en las puertas de Taríquea, para vigilar con seguridad a quienes quisieran salir, y, llamando a los principales de las casas, ordené a cada uno de ellos botar una barca, embarcarse llevando consigo al piloto y seguirme hacia la ciudad de Tiberíades. Y yo mismo, con mis amigos y los hoplitas —que, como dije, eran siete en número—, me embarqué y navegué hacia Tiberíades.
Los de Tiberíades, al ver que la fuerza del rey no les había llegado, y al contemplar todo el lago lleno de barcas, temieron por la ciudad y, aterrados, creyendo que las naves iban repletas de combatientes, mudaron de parecer. Arrojando, pues, las armas, salieron a mi encuentro con mujeres y niños, dirigiéndome muchas voces de elogio —pues suponían que yo no me había enterado de antemano de su propósito— y me suplicaban que perdonara a la ciudad. Yo, al acercarme, ordené a los pilotos echar las anclas todavía lejos de tierra, para que a los de Tiberíades no se les hiciera patente que las barcas iban vacías de tripulantes; y, aproximándome yo mismo en una de las barcas, les reproché su insensatez y el que fueran tan fáciles en apartarse, sin causa justa alguna, de su lealtad hacia mí. Con todo, prometí perdonarlos con firmeza para lo sucesivo si me enviaban a diez de los dirigentes del pueblo. Accedieron de buen grado y enviaron a los hombres que dije; y, embarcándolos, los despaché a Taríquea, para que quedaran allí bajo custodia.
Con esta estratagema fui apresando poco a poco a todo el consejo y lo mandé a la ciudad ya dicha; y con ellos hice llevar también a muchos de los principales del pueblo, no menos numerosos que aquellos. La muchedumbre, al ver en qué magnitud de males habían caído, me pedía que castigara al causante de la sedición. Su nombre era Clito, un joven audaz y temerario. Yo, juzgando impío dar muerte a un hombre de mi pueblo, pero forzado a castigarlo, ordené a Leví, uno de mis guardias de cuerpo, que se adelantara y cortara a Clito una de las manos. Pero, como el encargado temiera adelantarse solo ante tan gran multitud, y como yo no quisiera que la cobardía del soldado quedara patente a los de Tiberíades, llamé al propio Clito y le dije: «Puesto que mereces perder ambas manos por haberte mostrado tan ingrato conmigo, sé tú mismo tu verdugo, no vaya a ser que, por desobedecer, sufras un castigo peor.» Como me suplicara mucho que le perdonara una de ellas, a duras penas accedí. Y él, contento por no perder las dos manos, tomó un cuchillo y se cortó la izquierda. Y con esto cesó la sedición.
Los de Tiberíades, cuando llegué a Taríquea y conocieron la estratagema de que me había valido contra ellos, se admiraron de que sin derramamiento de sangre hubiera puesto fin a su insensatez. Yo, mandando traer de la prisión a los de la multitud de Tiberíades —entre los que estaban Justo y su padre Pisto—, los hice compañeros de mesa, y durante el banquete les dije que tampoco yo ignoraba que el poder de los romanos superaba a todos, pero que callaba acerca de ello por causa de los bandidos. Les aconsejaba que hicieran lo mismo, aguardando el momento oportuno, y que no se impacientaran conmigo por general, pues no encontrarían con facilidad a otro tan benévolo. A Justo, además, le recordé que, antes de mi llegada de Yerushaláyim, los galileos habían cortado las manos a su hermano —antes de la guerra— acusándolo de haber falsificado unas cartas, y que, tras la retirada de Filipo, los de Gámala, en su discordia con los babilonios, habían matado a Cares, que era pariente de Filipo; y cómo habían castigado con moderación a Yeshúa, su hermano, marido de la hermana de Justo. Tras conversar de estas cosas durante el banquete con los de Justo, al amanecer ordené que todos fueran liberados de la custodia.
Antes de esto, había sucedido que Filipo, hijo de Jácimo, se marchara de la fortaleza de Gámala por la siguiente causa. Filipo, al enterarse de que Varo había sido destituido por el rey Agripa y de que había llegado como sucesor Modio Ecuo, hombre amigo suyo y conocido de antiguo, le escribió contándole su situación y pidiéndole que hiciera llegar a los reyes las cartas que él le enviaba. Modio, al recibir las epístolas, se alegró mucho al saber por ellas que Filipo estaba a salvo, y envió las cartas a los reyes, que se hallaban cerca de Berito. El rey Agripa, al saber que era falso el rumor sobre Filipo —pues había corrido la voz de que acaudillaba a los judíos en la guerra contra los romanos—, envió jinetes que escoltaran a Filipo. Cuando llegó, lo saludó afectuosamente y lo presentó a los jefes de los romanos, diciendo que aquel era el Filipo del que corría el rumor de que se había rebelado contra los romanos. Le ordenó que, tomando algunos jinetes, marchara cuanto antes a la fortaleza de Gámala para sacar de allí a todos los suyos y restablecer a los babilonios en Batanea. Le encargó también que pusiera todo cuidado en que no se produjera ninguna revuelta entre los súbditos. Filipo, pues, con estas órdenes del rey, se apresuró a cumplir lo mandado.
Pero Yosef, el hijo de la partera, incitando a muchos jóvenes audaces a secundarlo, se sublevó contra los principales de Gámala y los persuadió de separarse del rey y tomar las armas, con la idea de recobrar por ellas la libertad. A algunos los forzaron, y a los que no compartían sus pareceres los mataban. Mataron también a Cares y, con él, a un pariente suyo, Yeshúa; y dieron muerte a la hermana de Justo el de Tiberíades, como ya dijimos antes. Me escriben, además, pidiéndome que les enviara una fuerza de hoplitas y hombres que levantaran las murallas de su ciudad. Y yo no me negué a ninguna de las dos cosas que pedían. También se separó del rey la región de la Gaulanítide, hasta la aldea de Solima. A Seleucia y a Sogane —aldeas por naturaleza fortísimas— les construí murallas; y a las aldeas de la alta Galilea, muy pedregosas, las amurallé de modo parecido. Sus nombres son: Yamnia, Amerot, Ajarabe. Fortifiqué también, en la baja Galilea, las ciudades de Taríquea, Tiberíades y Séforis, y las aldeas de la cueva de Arbela, Bersubé, Selamé, Yotapata, Cafarat, Sogane, Pafa y el monte Tabor. En ellas almacené también mucho grano y armas, para la seguridad venidera.
El odio de Yojanán, hijo de Leví, contra mí iba en aumento, pues llevaba mal mi prosperidad. Resuelto, pues, a quitarme de en medio por todos los medios, construyó murallas a su patria, Gíscala, y envió a su hermano Shimón y a Yonatán, hijo de Sisena, con unos cien hoplitas, a Yerushaláyim, a ver a Shimón, hijo de Gamaliel, para pedirle que persuadiera al común de los de Yerushaláyim de que me quitaran el mando de Galilea y le votaran a él la autoridad sobre ella. Este Shimón era de la ciudad de Yerushaláyim, de linaje muy ilustre y de la escuela de los fariseos, que pasan por aventajar a los demás en la exactitud de las leyes patrias. Era hombre lleno de inteligencia y de sensatez, capaz de enderezar con su prudencia asuntos mal encaminados, antiguo amigo y conocido de Yojanán; y por entonces estaba enemistado conmigo.
Aceptando, pues, el ruego, trató de persuadir a los sumos sacerdotes Anano y Yeshúa, hijo de Gamala, y a algunos de su mismo partido, de que me cortaran cuando aún crecía y no me dejaran encumbrarme a la mayor gloria, diciendo que les convendría que se me privara de Galilea; y exhortaba a los de Anano a no demorarse, no fuera que, sabiéndolo yo antes, marchara sobre la ciudad con gran fuerza. Esto aconsejaba Shimón. Pero el sumo sacerdote Anano declaraba que la empresa no era fácil, pues muchos de los sumos sacerdotes y de los dirigentes del pueblo daban testimonio de que yo gobernaba bien; y que acusar a un hombre contra el cual no podían decir nada justo era propio de gente vil. Shimón, al oír esto de Anano, les pidió que callaran y no divulgaran sus palabras entre muchos, pues él mismo se ocuparía de que yo fuera destituido cuanto antes de Galilea; y, llamando al hermano de Yojanán, le mandó enviar regalos a los de Anano, pues quizá así, dijo, los convencería de mudar de parecer. Y al fin logró Shimón lo que se proponía: pues Anano y los que estaban con él, corrompidos por el dinero, convinieron en expulsarme de Galilea, sin que nadie más de la ciudad lo supiera. Y decidieron enviar hombres de distinto linaje, pero semejantes en instrucción.
De ellos, dos eran del pueblo, Yonatán y Ananías, fariseos de escuela; el tercero, Gózoro, de linaje sacerdotal, también fariseo; y Shimón, de familia de sumos sacerdotes, el más joven de todos. A estos les ordenaron que, al llegar ante la muchedumbre de los galileos, les preguntaran la causa por la que me amaban; y, si respondían que era porque yo era de la ciudad de Yerushaláyim, que dijeran que también ellos, los cuatro, eran de allí; si era por mi conocimiento de las leyes, que declararan que tampoco ellos ignoraban las costumbres patrias; y si, en fin, decían que me apreciaban por el sacerdocio, que respondieran que también dos de ellos eran sacerdotes.
Habiendo dado estas instrucciones a los de Yonatán, les entregaron cuarenta mil monedas de plata de los fondos públicos. Y al oír que un tal Yeshúa, galileo de nombre, que tenía a su alrededor un cuerpo de seiscientos hoplitas, se encontraba en Yerushaláyim, lo mandaron llamar y, dándole la paga de tres meses, le ordenaron seguir a los de Yonatán y obedecerles; y, dando dinero a trescientos ciudadanos para el sustento de todos, les mandaron acompañar a los enviados. Persuadidos, pues, y dispuestos para la salida, partieron los de Yonatán con ellos, llevando consigo también al hermano de Yojanán y cien hoplitas, con estas instrucciones de quienes los enviaban: que, si yo deponía voluntariamente las armas, me enviaran vivo a la ciudad de Yerushaláyim, y que, si me resistía, me mataran sin temor alguno, pues suya era la orden. Escribieron también a Yojanán que se preparara para la guerra contra mí, y ordenaron a los habitantes de Séforis, de Gábara y de Tiberíades que enviaran refuerzos a Yojanán.
Cuando mi padre me escribió estas cosas —se las había revelado Yeshúa, hijo de Gamala, uno de los que estuvieron en aquel mismo consejo, amigo y conocido mío—, me dolí muchísimo al saber que mis conciudadanos se habían mostrado tan ingratos conmigo que, por envidia, habían ordenado que me mataran; y también porque mi padre, en la carta, me rogaba encarecidamente que fuera a verlo, pues decía que deseaba contemplar a su hijo antes de morir. Dije esto a mis amigos, y que al tercer día, dejando su tierra, marcharía a mi patria. La tristeza se apoderó de todos los que me oyeron, y, llorando, me suplicaban que no los abandonara, pues perecerían si se veían privados de mi mando. Como yo no accediera a sus súplicas, sino que pensaba en mi propia seguridad, los galileos, temiendo quedar despreciables ante los bandidos si yo me marchaba, enviaron por toda Galilea mensajeros que anunciaran mi decisión de partir. Muchos, de todas partes, se congregaron al oírlo, con mujeres y niños —no tanto, me parece, por afecto hacia mí cuanto por temor por sí mismos, pues suponían que, mientras yo permaneciera, no les sobrevendría mal alguno—. Vinieron, pues, todos a la gran llanura en que yo me hallaba, cuyo nombre es Asojis.
Durante aquella noche tuve un sueño maravilloso. Pues, cuando me eché a dormir, afligido y turbado por lo que se había escrito, me pareció que alguien, poniéndose junto a mí, me decía: «Cesa de afligir tu alma, buen hombre, y líbrate de todo temor; pues aquello que te aflige te hará grandísimo y dichosísimo en todo, y no solo saldrás airoso de esto, sino de otras muchas cosas. No desfallezcas, pues; recuerda que también has de guerrear contra los romanos.» Tras contemplar este sueño, me levanto deseoso de bajar a la llanura. A mi vista, toda la muchedumbre de los galileos —había entre ellos mujeres y niños—, arrojándose de bruces y llorando, me suplicaba que no los abandonara a los enemigos ni permitiera, al marcharme, que su país quedara como ultraje para sus adversarios. Como con sus ruegos no me persuadieran, trataban de forzarme con juramentos a permanecer entre ellos, y cargaban con muchas injurias contra el pueblo de Yerushaláyim, que no dejaba en paz su territorio. Al oírlos y ver el abatimiento de la multitud, me quebranté de compasión, juzgando digno soportar peligros manifiestos por tan gran muchedumbre. Accedo, pues, a quedarme, y, tras ordenar que se me presentaran cinco mil de ellos como hoplitas, con víveres propios, despedí a los demás a sus casas.
Cuando llegaron los cinco mil, los tomé conmigo, junto con tres mil de los soldados que ya estaban a mis órdenes y ochenta jinetes, y emprendí la marcha hacia Cábolo, aldea fronteriza de Ptolemaida; allí mantenía a las fuerzas preparándose, con el pretexto de la guerra contra Plácido. Llegó este con dos cohortes de infantería y un escuadrón de caballería, enviado por Cestio Galo para incendiar las aldeas de los galileos cercanas a Ptolemaida. Mientras él levantaba una empalizada ante la ciudad de los ptolemaidenses, también yo asenté mi campamento a unos sesenta estadios de la aldea. Muchas veces, pues, sacamos las fuerzas como para combatir, pero no pasamos de escaramuzas; pues Plácido, cuanto más advertía mi afán de combatir, tanto más se retiraba, atemorizado —aunque no se apartaba de Ptolemaida.
Por este tiempo, habiendo llegado Yonatán con los coembajadores que, según dijimos, habían sido enviados desde Yerushaláyim por los de Shimón y por el sumo sacerdote Anano, tramaba prenderme mediante una emboscada, pues no se atrevía a atacarme abiertamente. Me escribe una carta de este tenor: «Yonatán y los enviados con él por los de Yerushaláyim, a Josefo, salud. Nosotros, enviados por los principales de Yerushaláyim, que oyeron que Yojanán, el de Gíscala, ha conspirado muchas veces contra ti, venimos a reprenderlo y a exhortarlo a que en adelante te obedezca. Y, queriendo deliberar contigo sobre lo que hay que hacer en común, te rogamos que vengas pronto a nosotros, no con mucha gente, pues la aldea no podría acoger a una multitud de soldados.» Esto escribían esperando una de dos cosas: o que, viniendo yo a ellos sin armas, me tuvieran en su poder, o que, si traía a muchos, me juzgaran enemigo.
Me trajo la carta un jinete, joven por lo demás audaz, de los que en otro tiempo habían servido a las órdenes del rey. Era ya la segunda hora de la noche, en que yo estaba banqueteando con mis amigos y los principales de Galilea. Este, anunciándome un criado que había llegado cierto jinete judío, entró por orden mía, y ni siquiera me saludó en absoluto; sino que, tendiéndome la carta, dijo: «Esta te la envían los que han venido de Yerushaláyim. Escribe, pues, tú también cuanto antes, que tengo prisa por volver a ellos.» Los que estaban a la mesa se admiraron de la insolencia del soldado, pero yo lo invité a sentarse y a cenar con nosotros. Como se negara, tuve la carta en las manos tal como la había recibido, y me puse a conversar con mis amigos de otros asuntos. No mucho después me levanté y, despidiendo a los demás a dormir, ordené que solo se quedaran conmigo cuatro de mis amigos íntimos, y mandé al criado preparar vino; y, desplegando la carta sin que nadie mirara, y captando enseguida por ella el propósito de lo escrito, volví a sellarla. Y, como si no la hubiera leído, sino teniéndola aún en las manos, ordené que se dieran al soldado veinte dracmas para el viaje. Como las tomara y dijera que quedaba agradecido, comprendí su codicia y que por ahí era sobre todo cogible, y le dije: «Si quisieras beber con nosotros, recibirás una dracma por cada copa.» Aceptó gustoso, y, bebiendo mucho vino para sacar más dinero y embriagándose, ya no pudo guardar los secretos, sino que, sin que se le preguntara, reveló la conjura tramada y que yo estaba condenado a muerte por ellos.
Al oír esto, respondo por escrito de este modo: «Josefo, a Yonatán y a los que están con él, salud. Me alegro de saber que habéis llegado sanos a Galilea, sobre todo porque podré, entregándoos el cuidado de los asuntos de aquí, marchar a mi patria; que esto es lo que desde hace tiempo deseaba hacer. Debiera, pues, haber ido a vosotros no solo hasta Xalot, sino más lejos, y aun sin que lo ordenarais; pero os pido que me disculpéis por no poder hacerlo, ocupado en vigilar en Cábolo a Plácido, que tiene el propósito de subir a Galilea. Venid, pues, vosotros a mí, cuando hayáis leído la carta. Pasadlo bien.»
Escrito esto y dado al soldado para que lo llevara, envié con él a treinta de los galileos más acreditados, encargándoles saludar a aquellos, pero no decir nada más. Aposté junto a cada uno de ellos a un hoplita fiel, para vigilar que no hubiera trato alguno entre los que yo enviaba y los de Yonatán. Y ellos partieron. Los de Yonatán, fallida su primera tentativa, me enviaron otra carta de este tenor: «Yonatán y los que están con él, a Josefo, salud. Te ordenamos que, sin hoplitas, te presentes a nosotros dentro de tres días en la aldea de Gabarot, para que oigamos las quejas que se han presentado contra ti respecto a Yojanán.» Tras escribir esto y saludar a los galileos que yo había enviado, llegaron a Yafa, aldea de las mayores de Galilea, fortísima por sus murallas y llena de muchos habitantes. La multitud les salió al paso con mujeres y niños, y a gritos les mandaba marcharse y no envidiarles a su buen general. Los de Yonatán se exasperaban con estas voces, pero no se atrevían a mostrar su cólera; y, sin dignarse responderles, siguieron hacia las demás aldeas. Semejantes eran los gritos que de parte de todos les salían al paso, clamando que a nadie harían mudar de parecer para dejar de tener a Josefo por general. Habiéndose ido de allí sin lograr nada, los de Yonatán llegaron a Séforis, la mayor ciudad de Galilea. Los hombres de allí, con sus miradas puestas en los romanos, les salieron al encuentro a aquellos, pero a mí ni me elogiaban ni me injuriaban. Bajando de Séforis a Asojis, los de allí clamaban contra ellos de modo semejante a los de Yafa. Estos, no conteniendo ya su cólera, ordenaron a los hoplitas que iban con ellos golpear con palos a los que gritaban. Y, al llegar a Gábara, les sale al encuentro Yojanán con tres mil hoplitas.
Yo, comprendiendo ya por la carta que habían resuelto guerrear contra mí, me levanté de Cábolo con tres mil hoplitas y, dejando en el campamento al más fiel de mis amigos, me trasladé a Yotapata, queriendo estar cerca de ellos, a unos cuarenta estadios, y les escribo lo siguiente: «Si a toda costa queréis que vaya a vosotros, doscientas cuatro son las ciudades y aldeas de Galilea. Iré a la que queráis de ellas, excepto a Gábara y a Gíscala: pues la una es patria de Yojanán, y la otra, aliada y amiga suya.»
«Recibida esta carta, Yonatán y los suyos ya no contestaron por escrito. Reunieron un consejo de sus amigos, llamaron a Yojanán y deliberaron sobre el modo de atacarme. A Yojanán le pareció bien escribir a todas las ciudades y aldeas de Galilea —pues en cada una había, sin falta, uno o dos enemigos míos— y convocarlos como contra un enemigo; y mandó enviar ese decreto también a la ciudad de Yerushaláyim, para que allí, al enterarse de que los galileos me habían declarado enemigo, votaran ellos lo mismo. Ocurrido esto —decía—, hasta los galileos que me eran fieles me abandonarían por miedo. Este consejo de Yojanán agradó mucho también a los demás.
Hacia la tercera hora de la noche llegó a mi conocimiento todo esto, porque uno de los suyos, Saqueo, se pasó a mí y me denunció su plan. Ya no debía, pues, dejar pasar el momento. Juzgándolo digno de confianza, ordené a Yaakov, un soldado de mi guardia y hombre fiel, que tomase doscientos hombres armados y vigilara las salidas de Gábara hacia Galilea, y que a cuantos pasaran los apresara y me los enviase, sobre todo a los que fueran cogidos con cartas. A Yirmiyahu, también uno de mis amigos, lo envié con seiscientos hombres armados a la frontera de Galilea, para que guardara los caminos que de allí conducen a la ciudad de Yerushaláyim, con orden de apresar a quienes viajaran con cartas, retener presos en el sitio a los hombres y remitirme a mí los documentos.
Dadas estas instrucciones a los enviados, transmití a los galileos la orden de tomar las armas al día siguiente y presentarse ante mí en la aldea de Gabarot con provisiones para tres días. A los soldados de mi guardia los dividí en cuatro secciones y aposté a los más fieles en torno a la custodia de mi persona; les puse jefes y les mandé cuidar de que ningún soldado desconocido se mezclara con ellos. Al día siguiente, hacia la quinta hora, llegué a Gabarot y encontré toda la llanura delante de la aldea llena de hombres armados, venidos de Galilea a la alianza tal como yo les había ordenado; y acudía además otra gran multitud de las aldeas.
Cuando me puse en pie ante ellos y empecé a hablar, todos gritaban llamándome bienhechor y salvador de su tierra. Yo, agradeciéndoselo, les aconsejé no combatir a nadie ni mancharse las manos con el saqueo, sino acampar en la llanura contentándose con sus propios víveres; pues les dije que quería sofocar los disturbios sin muertes. Sucedió aquel mismo día que los enviados por Yonatán con las cartas cayeron en los puestos que yo había apostado en los caminos. Los hombres quedaron detenidos en el sitio, según había ordenado; yo, al leer las cartas, llenas de injurias y mentiras, sin decir nada a nadie me disponía a marchar contra ellos.
Al oír Yonatán y los suyos que yo llegaba, tomaron a todos los suyos y a Yojanán y se retiraron a la casa de Yehoshúa —una torre grande, en nada inferior a una ciudadela—. Ocultaron allí un destacamento de hombres armados, cerraron las demás puertas y dejaron una abierta, esperando que yo, recién llegado del camino, fuera a saludarlos. Y en efecto dieron órdenes a los soldados de que, cuando yo llegara, dejaran entrar solo a mí y apartaran a los demás; pues así pensaban tenerme fácilmente en su poder. Pero se vieron burlados en su esperanza, porque yo, presintiendo la emboscada, en cuanto llegué del camino me alojé enfrente de ellos y fingí acostarme a dormir.
Yonatán y los suyos, creyendo que de veras descansaba dormido, bajaron a la multitud para persuadirla contra mí, alegando que yo dirigía mal el mando. Les ocurrió lo contrario. En cuanto los vieron, se alzó al punto entre los galileos un clamor de afecto hacia mí, su general; reprochaban a Yonatán y a los suyos que estuvieran allí sin haber recibido de ellos ningún mal, cuando venían a trastornar sus asuntos, y les exigían marcharse; pues jamás —decían— se dejarían persuadir de tomar otro jefe en mi lugar. Al anunciárseme esto, no vacilé en salir en medio de ellos. Bajé enseguida para oír yo mismo qué decían Yonatán y los suyos. Al aparecer yo, hubo al instante un aplauso de toda la multitud, con aclamaciones y bendiciones, reconociendo su gratitud a mi mando.
Al oír esto, Yonatán y los suyos temieron correr peligro de muerte si los galileos se lanzaban contra ellos por afecto a mí; y pensaron en huir. Pero, no pudiendo marcharse —porque yo les pedí que se quedaran—, se quedaron cabizbajos ante mis palabras. Ordené entonces a la multitud que cesara en las aclamaciones, aposté a los más fieles de mis hombres armados en los caminos para vigilar, no fuera que Yojanán cayera sobre nosotros de improviso, y exhorté también a los galileos a tomar las armas, para que no se turbaran ante un ataque súbito del enemigo si llegaba a producirse. Y primero recordé a Yonatán y a los suyos la carta: cómo habían escrito que venían enviados por la comunidad de Yerushaláyim para resolver mis disputas con Yojanán, y cómo me habían invitado a acudir ante ellos. Y mientras exponía esto, mostré la carta en público, para que no pudieran negar nada, convictos por sus propios escritos.
«Y bien —dije—, Yonatán, y vosotros, sus colegas de embajada: si, sometido a juicio frente a Yojanán para acreditar mi conducta, hubiera traído dos o tres testigos buenos y honrados, es claro que os veríais obligados, examinada primero la vida de esos testigos, a absolverme de las acusaciones. Pues bien, para que sepáis que he obrado bien en lo tocante a Galilea, considero que tres testigos son pocos para quien ha vivido rectamente: a todos estos os los entrego. Preguntadles, pues, de qué modo he vivido, si me he conducido aquí con toda dignidad y toda virtud. Y a vosotros, galileos, os conjuro a no ocultar nada de la verdad, sino a hablar ante estos como ante jueces, por si algo no se ha hecho bien.»
Mientras aún hablaba, se alzaron voces unánimes de todos, llamándome bienhechor y salvador; daban testimonio de lo hecho y me exhortaban respecto de lo por hacer; y todos juraban que sus mujeres seguían intactas y que jamás habían sufrido de mí agravio alguno. Después leí a los galileos dos de las cartas que los guardias apostados por mí habían interceptado —enviadas por Yonatán y los suyos— y me habían remitido, llenas de muchas injurias y calumnias, según las cuales yo usaba con ellos más de tiranía que de mando militar. Y otras muchas cosas más había escritas, sin que omitieran ninguna descarada mentira. Yo dije a la multitud que había recibido las cartas porque los portadores me las habían entregado de buen grado; pues no quería que los adversarios supieran lo de los puestos de guardia, no fuera que, atemorizados, dejaran de escribir.
Al oír esto, la multitud, muy exasperada, se lanzó contra Yonatán y contra los que con él estaban, dispuesta a matarlos; y lo habrían hecho si yo no hubiera calmado a los galileos de su ira, diciendo que perdonaba a Yonatán y a los suyos lo ya hecho, con tal de que se arrepintieran y, marchando a su patria, contaran a quienes los enviaron la verdad sobre mi gestión. Dicho esto, los dejé ir, aun sabiendo que no cumplirían nada de lo prometido. La multitud ardía en ira contra ellos y me pedía que les permitiera castigar a quienes tales cosas se habían atrevido a hacer. Yo lo intenté todo para persuadirlos de perdonar la vida a aquellos hombres, pues sabía que toda sedición es ruina del bien común; pero la multitud mantuvo su ira contra ellos inmutable, y todos se lanzaron a la casa en que se alojaban Yonatán y los suyos.
Yo, viendo que su ímpetu era incontenible, salté a caballo y ordené a la multitud seguirme hacia la aldea de Sóganes, distante veinte estadios de Gábara. Y con esta estratagema logré que no pareciera que yo iniciaba una guerra civil. Cuando llegué a las cercanías de Sóganes, detuve a la multitud y, tras exhortarlos a no dejarse arrastrar por la ira —y menos hacia castigos irreparables—, mandé a los de edad ya avanzada y a los cien principales de entre ellos que se prepararan para ir a la ciudad de Yerushaláyim a presentar queja ante el pueblo contra quienes sembraban la discordia en el país. «Y si —dije— se ablandan ante vuestras palabras, pedid a la comunidad que me escriba ordenándome permanecer en Galilea y a Yonatán y a los suyos retirarse de allí.» Dadas estas instrucciones, y aprestándose ellos con presteza, al tercer día tras la asamblea hice partir la embajada, enviando con ellos quinientos hombres armados.
Escribí también a mis amigos de Shomrón que se ocuparan de que el viaje les fuera seguro; pues Shomrón estaba ya bajo los romanos, y era del todo necesario que quien quisiera partir con rapidez pasara por allí: por ese camino se puede, en efecto, bajar de Galilea a Yerushaláyim en tres días. Yo mismo acompañé a los embajadores hasta los confines de Galilea y aposté guardias en los caminos para que nadie averiguara fácilmente su partida. Y hecho esto, fijé mi estancia en Yafa.
Yonatán y los suyos, fracasado su plan contra mí, despidieron a Yojanán a Gíscala, y ellos marcharon a la ciudad de Tiberíades esperando tomarla en su poder, pues también Yehoshúa les había escrito por entonces prometiendo persuadir a la multitud para que, a su llegada, los acogiera y eligiera unirse a ellos. Ellos, pues, partieron con tales esperanzas. Pero me lo anunció por carta Silas, a quien —dije— había dejado como encargado de Tiberíades, y me pedía que me diera prisa. Yo, obedeciéndole enseguida y presentándome, me vi en peligro de muerte por la siguiente causa.
Yonatán y los suyos, tras llegar a Tiberíades y persuadir a muchos de los que me eran hostiles a que se apartaran de mí, en cuanto oyeron mi llegada, temiendo por sí mismos, vinieron a mí y, saludándome, decían que me felicitaban por haberme conducido así en Galilea y se congratulaban de verme honrado. Pues decían que mi gloria era adorno suyo, ya que yo había sido maestro de ellos y era su conciudadano; afirmaban que mi amistad hacia ellos era más justa que la de Yojanán, y que ellos deseaban marcharse a su tierra, pero aguardaban a poner a Yojanán en mis manos. Y al decir esto juraron los más terribles juramentos que entre nosotros hay, por los cuales no me pareció lícito desconfiar. Me pidieron, pues, que me alojara en otra parte, porque el día siguiente era Shabat, y decían que no convenía que la ciudad de Tiberíades fuera molestada por ellos.
Yo, sin sospechar nada, me marché a Taríquea, dejando no obstante en la ciudad a quienes averiguaran qué se decía de nosotros. Y a lo largo de todo el camino que va de Taríquea a Tiberíades aposté a muchos, para que se transmitieran unos a otros cuanto supieran de los que había dejado en la ciudad. Al día siguiente, pues, todos se reunieron en la casa de oración, un edificio enorme y capaz de acoger a mucha gente. Yonatán, al entrar, no se atrevió a hablar abiertamente de la deserción, pero dijo que la ciudad necesitaba un general mejor. Yehoshúa, el magistrado, sin disimular nada, dijo a las claras: «Mejor es, ciudadanos, que obedezcamos a cuatro hombres que a uno, ilustres por su linaje y no oscuros por su inteligencia.» Y señalaba a Yonatán y a los suyos.
Justo, adelantándose, elogió lo dicho por Yehoshúa y persuadía a algunos del pueblo. Pero a la multitud no le agradó lo dicho, y del todo habrían llegado a la sedición si no hubiera disuelto la reunión la llegada de la sexta hora, en la cual es costumbre entre nosotros comer en Shabat; y Yonatán y los suyos, aplazando la deliberación para el día siguiente, se retiraron sin haber logrado nada. En cuanto me anunciaron esto, decidí de madrugada ir a la ciudad de Tiberíades, y al día siguiente, hacia esa hora, llegué desde Taríquea. Encontré que la multitud se reunía ya en la casa de oración; pero los congregados no sabían con qué fin era la reunión.
Yonatán y los suyos, al verme presente sin esperarlo, quedaron turbados. Entonces idearon difundir el rumor de que se habían visto jinetes romanos en la frontera, a treinta estadios de la ciudad, en un lugar llamado Homónoia. Anunciado esto por instigación suya, Yonatán y los suyos exhortaban a no consentir que su tierra fuera saqueada por los enemigos. Y esto lo decían con la intención de apartarme con el pretexto de un socorro urgente y, entretanto, poner a la ciudad en contra mía. Yo, aunque conocía su designio, obedecí sin embargo, para no dar a los de Tiberíades la impresión de que no cuidaba de su seguridad. Salí, pues, y, llegado al lugar, como no hallé ni rastro de enemigos, regresé tras marchar a paso forzado, y encontré todo el consejo reunido y a la muchedumbre del pueblo, mientras Yonatán y los suyos lanzaban contra mí muchas acusaciones, como que descuidaba aliviarles la guerra y me pasaba la vida entre placeres.
Y al decir esto sacaron cuatro cartas, como escritas por los de la frontera de Galilea, que pedían acudir en su socorro, pues una fuerza romana de jinetes e infantes iba a saquear su tierra al tercer día, y rogaban que se apresuraran y no los abandonaran. Al oír esto los de Tiberíades, creyendo que decían verdad, prorrumpieron en gritos diciendo que yo no debía quedarme sentado, sino marchar a socorrer a sus compatriotas. A esto yo —pues comprendí el designio de Yonatán y los suyos— respondí que obedecería de buen grado y prometí lanzarme a la guerra sin demora; pero les aconsejé, no obstante, que, ya que las cartas indicaban que los romanos iban a atacar por cuatro puntos, dividiéramos la fuerza en cinco secciones y pusiéramos al frente de cada una de ellas a Yonatán y a sus compañeros; pues conviene a los hombres de bien no solo aconsejar, sino, cuando urge la necesidad, ponerse al frente y socorrer. Yo —dije— no podía mandar más que una sección.
Mi consejo agradó mucho a la multitud, que los obligaba a salir a la guerra. Pero a ellos no poco se les descompusieron los planes, al no lograr lo que habían tramado, porque yo había contrarrestado sus maquinaciones con mi propia estrategia. Uno de ellos, llamado Ananías, hombre malvado y perverso, propuso a la multitud que para el día siguiente se decretara un ayuno público a Dios, y mandaba que a la misma hora todos se presentaran sin armas en el mismo lugar, para mostrar a Dios que, sin recibir su socorro, tienen por inútil toda arma. Esto lo decía no por piedad, sino para cogerme desarmado a mí y a los míos. Y yo obedecí por necesidad, para no parecer que despreciaba una propuesta de piedad.
Cuando nos retiramos a nuestros alojamientos, Yonatán y los suyos escriben a Yojanán ordenándole acudir a ellos al amanecer con cuantos soldados pudiera, pues me tendrían fácilmente en su poder y harían lo que tanto deseaba. Recibida la carta, aquel se dispuso a obedecer. Yo, al día siguiente, ordené a dos de mis guardias de corps, los más probados en valor y de fidelidad segura, que ocultaran puñales bajo sus vestiduras y me acompañaran, para que, si se producía un ataque de los enemigos, nos defendiéramos. Yo mismo tomé una coraza y me ceñí una espada lo más disimuladamente que pude, y fui a la casa de oración.
Yehoshúa, el magistrado, mandó excluir a todos los que iban conmigo —pues él mismo estaba apostado en las puertas— y solo a mí me dejó entrar con mis amigos. Cuando ya cumplíamos los ritos y nos volvíamos a las oraciones, Yehoshúa se levantó y me preguntó por los enseres tomados en el incendio del palacio real y por la plata sin acuñar, dónde estaba depositada. Esto lo decía queriendo ganar tiempo hasta que Yojanán llegara. Yo dije que todo lo tenía Capela y los diez principales de Tiberíades: «Interrogadlos vosotros mismos —dije—, no miento.» Y como ellos afirmaran que lo tenían en su poder, dijo: «¿Y aquellas veinte piezas de oro que recibiste al vender cierta cantidad de plata sin acuñar, qué se han hecho?» Respondí que se las había dado a sus embajadores como provisión para el viaje, enviados a Yerushaláyim. A esto, Yonatán y los suyos dijeron que yo no había obrado bien al dar a los embajadores el sueldo del fondo común.
Exasperada la multitud por esto —pues comprendieron la maldad de aquellos hombres—, yo, entendiendo que iba a estallar una sedición y queriendo aún más excitar al pueblo contra ellos, dije: «Si no obré bien al dar del fondo común el sueldo a vuestros embajadores, dejad de irritaros; yo mismo pagaré las veinte piezas de oro.» Dicho esto, Yonatán y los suyos callaron, pero el pueblo se irritó aún más contra ellos, al mostrarse manifiesta su injusta hostilidad hacia mí. Viendo el cambio de ánimo, Yehoshúa ordenó al pueblo retirarse y pidió al consejo que se quedara; pues no podía —dijo— hacerse el examen de tales asuntos en medio del tumulto.
Como el pueblo gritara que no me dejaría solo entre ellos, llegó alguien anunciando en secreto a Yehoshúa y los suyos que Yojanán se acercaba con sus hombres armados. Entonces Yonatán y los suyos, no conteniéndose ya —quizá también por velar Dios por mi salvación, pues, de no ser así, sin duda habría perecido a manos de Yojanán—, «Dejad, tiberienses —dijo—, la investigación por veinte piezas de oro; que no por ellas merece Josefo la muerte, sino porque ha ambicionado la tiranía y, engañando con palabras a las multitudes de los galileos, se ha ganado el poder para sí.» Al decir esto, al punto me echaron las manos e intentaron matarme. Cuando los que estaban conmigo vieron lo que ocurría, desenvainaron sus espadas y amenazaron con herir si se me hacía violencia; y como el pueblo tomara piedras y se lanzara a apedrear a Yonatán, me arrancaron de la violencia de los enemigos.
Como al avanzar un poco iba a toparme con Yojanán, que se acercaba con sus hombres armados, temiéndolo me desvié de él, y por cierto callejón me puse a salvo hacia el lago; tomé una barca, embarqué y crucé a Taríquea, escapando del peligro cuando menos lo esperaba. Enseguida mandé llamar a los principales de los galileos y les conté de qué modo, traicionada la palabra por Yonatán y los suyos y por los de Tiberíades, por poco había perecido a manos de ellos. Irritada por esto la multitud de los galileos, me instaba a no aplazar ya la guerra contra ellos, sino a permitirles marchar contra Yojanán y aniquilarlo de raíz, a él y a Yonatán y los suyos.
Pero yo los contuve, aun estando tan irritados, y les mandé aguardar hasta que supiéramos qué anunciarían los que ellos habían enviado a la ciudad de Yerushaláyim; pues les dije que obraría con su parecer lo que se decidiera. Y con estas palabras los persuadí. Entonces también Yojanán, al no haber tenido éxito su emboscada, se retiró a Gíscala.
No muchos días después regresaron los que habíamos enviado y anunciaron que el pueblo estaba muy irritado contra Anano y contra Shimón hijo de Gamaliel, porque, sin acuerdo de la comunidad, habían enviado gente a Galilea y tramado expulsarme de ella. Dijeron los embajadores que el pueblo hasta se había lanzado a incendiar sus casas. Traían además cartas por las cuales los principales de Yerushaláyim, tras muchos ruegos del pueblo, me confirmaban el mando de Galilea y ordenaban a Yonatán y a los suyos regresar cuanto antes a su tierra.
Al recibir estas cartas, llegué a la aldea de Arbela, donde, reuniendo una asamblea de los galileos, mandé a los embajadores relatar la ira e indignación por lo hecho por Yonatán y los suyos, y cómo me habían ratificado la presidencia de su país, y lo escrito a Yonatán y a los suyos sobre su marcha. Y a ellos les remití enseguida la carta, ordenando al portador averiguar qué pensaban hacer. Recibida la carta, ellos, turbados no poco, mandan llamar a Yojanán y a los del consejo de Tiberíades y a los principales de Gábara, y proponen una deliberación, mandando examinar qué debían hacer.
A los de Tiberíades les pareció mejor aferrarse a la causa; pues decían que no debía abandonarse su ciudad, una vez unida a ellos, sobre todo no habiendo yo de dejarlos en paz —pues esto mentían, como si yo lo hubiera amenazado—. Yojanán no solo estaba de acuerdo con ellos, sino que aconsejó que dos de ellos fueran a acusarme ante la multitud, alegando que yo administraba mal los asuntos de Galilea, y afirmaba que fácilmente los persuadirían, por su dignidad y porque toda multitud es voluble. Pareciendo, pues, que Yojanán había dado el mejor consejo, se decidió que dos —Yonatán y Ananías— marcharan a los de Yerushaláyim, y que los otros dos se quedaran en Tiberíades. Y llevaron consigo, para su guardia, cien hombres armados.
Los de Tiberíades procuraron reforzar las murallas y ordenan a los habitantes tomar las armas; y mandaron pedir a Yojanán no pocos soldados que los ayudaran, si fuera menester, contra mí. Yojanán estaba en Gíscala. Así pues, Yonatán y los suyos, partiendo de Tiberíades, cuando llegaron a la aldea de Dabaritta, situada en los confines de Galilea, en la gran llanura, hacia la medianoche cayeron en manos de mis guardias, que, mandándoles deponer las armas, los retuvieron presos en el sitio, tal como yo les había ordenado. Me escribe informándome de esto Leví, a quien había confiado la guardia.
Dejé pasar, pues, dos días y, fingiendo no saber nada, envié a los de Tiberíades a aconsejarles que depusieran las armas y despidieran a aquellos hombres a su tierra. Pero ellos, como tenían por seguro que Yonatán y los suyos habían pasado ya a Yerushaláyim, dieron respuestas injuriosas. Yo, sin arredrarme, pensé en vencerlos con estratagema. No juzgaba piadoso encender una guerra contra mis compatriotas; pero, queriendo apartarlos de los de Tiberíades, escogí diez mil hombres armados, los mejores, los dividí en tres secciones y les mandé aguardar ocultos en emboscada, y a mil los introduje en otra aldea, también montañosa, distante de Tiberíades cuatro estadios, con orden de bajar en cuanto recibieran la señal. Yo mismo me adelanté de la aldea y me senté a la vista de todos.
Los de Tiberíades, al verme, salían continuamente y me lanzaban muchas burlas; tanta insensatez se apoderó de ellos que, preparando un lecho fúnebre, lo expusieron y, colocándose en torno a él, me lloraban entre chanzas y risas. Yo disfrutaba en mi ánimo contemplando su necedad. Queriendo coger por emboscada a Shimón y con él a Jozaro, mandé pedirles que salieran un poco lejos de la ciudad con muchos amigos que los protegieran; pues les dije que quería bajar a pactar con ellos y repartir la presidencia de Galilea. Shimón, engañado por su juventud y por la esperanza de ganancia, no vaciló en venir; pero Jozaro, sospechando una emboscada, se quedó. Cuando Shimón subió con los amigos que lo protegían, salí a su encuentro, lo saludé afablemente y le agradecí que hubiera subido.
Poco después, paseando con él como quien quiere decirle algo a solas, cuando lo aparté algo lejos de sus amigos, lo levanté en vilo por la cintura y lo entregué a mis amigos para que lo llevaran a la aldea; y ordenando bajar a los hombres armados, con ellos ataqué Tiberíades. Trabada por ambas partes una recia batalla, y estando los de Tiberíades a punto de vencer —pues los hombres armados de los nuestros habían huido—, al ver lo que ocurría exhorté a los míos y perseguí hasta dentro de la ciudad a los de Tiberíades, que ya vencían. Y enviando otra fuerza a través del lago, ordené que, tomada la primera casa, le prendieran fuego. Sucedido esto, los de Tiberíades, creyendo que su ciudad había sido tomada por la fuerza, arrojaron las armas de miedo y, con mujeres e hijos, suplicaban que se perdonara su ciudad.
Yo, ablandado ante sus ruegos, contuve a los soldados de su ímpetu; y como caía la tarde, me retiré con los hombres armados del asedio y me ocupé del cuidado de mi persona. Invité al banquete a Shimón, lo consolé por lo ocurrido y le prometí que, dándole provisiones a él y a los suyos, los haría escoltar a Yerushaláyim con toda seguridad.
Al día siguiente, llevando conmigo diez mil hombres armados, fui a Tiberíades y, haciendo llamar al estadio a los principales de la multitud, les ordené que dijeran quiénes eran los culpables de la deserción. Cuando señalaron a aquellos hombres, los envié atados a la ciudad de Yotapata; y a Yonatán y a Ananías, soltándolos de sus cadenas y dándoles provisiones, los envié a Yerushaláyim con Shimón y Jozaro y quinientos hombres armados que los custodiaran.
Los de Tiberíades, presentándose de nuevo, me rogaban que les perdonara lo hecho, diciendo que enmendarían sus faltas con su lealtad futura hacia mí, y me pedían que salvara para los despojados lo que hubiera sobrado del saqueo. Yo mandé a los que lo tenían traer todo en público; y como desobedecieran largo rato, al ver a uno de mis soldados llevar puesta una túnica más lujosa de lo habitual, le pregunté de dónde la tenía. Como respondiera que del saqueo de la ciudad, a aquel lo castigué con azotes y a todos los demás les amenacé con imponerles un castigo mayor si no traían a la vista cuanto habían saqueado. Reunidas muchas cosas, devolví a cada uno de los de Tiberíades lo que se reconoció como suyo.
Llegado a este punto del relato, quiero decir unas pocas cosas a Justo —que también él ha escrito una obra sobre estos hechos— y a los demás que prometen escribir historia pero descuidan la verdad y, por enemistad o por favor, no se avergüenzan de la mentira. Pues hacen algo semejante a quienes fraguan documentos falsos sobre contratos; pero, como no temen un castigo igual al de aquellos, desprecian la verdad. Justo, en efecto, al emprender la redacción de estos sucesos —la guerra—, por parecer laborioso mintió contra mí, y ni siquiera dijo la verdad sobre su propia patria. Por eso, teniendo ahora necesidad de defenderme al ser objeto de falso testimonio, diré lo que hasta ahora he callado.
Y que nadie se admire de que no lo haya revelado antes; pues, aunque a quien escribe historia le es necesario decir la verdad, le es lícito no obstante no censurar con acritud las maldades de algunos, no por favor hacia ellos, sino por su propia moderación. ¿Cómo, pues —por decírselo como si estuviera presente—, Justo, habilísimo de los escritores (pues de ti mismo te jactas de eso), hemos sido causa yo y los galileos de que tu patria se rebelara contra los romanos y contra el rey? Pues antes de que yo fuera elegido general de Galilea por la comunidad de Yerushaláyim, tú y todos los de Tiberíades no solo tomasteis las armas, sino que hacíais la guerra a las diez ciudades de Siria; tú, al menos, incendiaste sus aldeas, y tu criado cayó en aquella batalla.
Y esto no lo digo solo yo, sino que también en las memorias del emperador Vespasiano está escrito así, y cómo en Ptolemaida clamaron contra ti los habitantes de las diez ciudades ante Vespasiano, exigiendo que tú, el culpable, sufrieras castigo. Y habrías sido castigado por orden de Vespasiano, si el rey Agripa, que había recibido potestad para matarte, ante los muchos ruegos de su hermana Berenice, no te hubiera dejado con vida y, en cambio, te hubiera tenido preso mucho tiempo. Y tu conducta política posterior manifiesta claramente el resto de tu vida, y que fuiste tú quien apartó a tu patria de los romanos; de lo cual también yo mostraré las pruebas dentro de poco.
Quiero decir además unas pocas cosas a los demás de Tiberíades, por tu causa, y hacer ver a quienes vayan a leer las historias que no fuisteis ni amigos de los romanos ni amigos del rey. De las ciudades de Galilea, las mayores son Séforis y Tiberíades, tu patria, Justo. Pues bien, Séforis, situada en el mismísimo centro de Galilea, con muchas aldeas en torno a ella y capaz incluso de desafiar a los romanos con facilidad si hubiera querido, decidió mantenerse en su fidelidad a sus señores; y me cerró su ciudad e impidió que ninguno de sus ciudadanos militara con los judíos. Y para estar seguros también respecto de nosotros, me engañaron induciéndome a fortificar su ciudad con murallas, y de buen grado aceptaron una guarnición de Cestio Galo, que mandaba las legiones romanas de Siria, despreciándome a mí, que entonces era muy poderoso y a todos infundía temor. Y cuando era asediada nuestra mayor ciudad, Yerushaláyim, y el Templo común de todos corría peligro de caer en poder de los enemigos, no enviaron ayuda, por no querer parecer que tomaban las armas contra los romanos.
Pero tu patria, Justo, situada junto al lago de Genesaret, distante de Hipos treinta estadios, de Gádara sesenta y de Escitópolis ciento veinte —esta última, súbdita del rey—, y sin ninguna ciudad de los judíos cerca, si hubiera querido guardar la fidelidad a los romanos, fácilmente habría podido. Pues erais mucho pueblo y estabais bien provistos de armas. Pero, como tú dices, el culpable fui yo entonces. ¿Y después, quién, Justo? Pues antes del asedio de Yerushaláyim sabes que yo había caído en poder de los romanos, y que Yotapata había sido tomada por la fuerza, y muchas fortalezas, y que gran muchedumbre de galileos había caído en la batalla.
Entonces, pues, os convenía, libres ya de todo temor por mi causa, arrojar las armas y demostrar al rey y a los romanos que no de buen grado, sino forzados, os habíais lanzado a la guerra contra ellos. Pero vosotros aguardasteis a Vespasiano hasta que él mismo, llegando con todo su ejército, se acercó a las murallas, y solo entonces, por miedo, depusisteis las armas; y del todo habría sido tomada vuestra ciudad por la fuerza, si Vespasiano no hubiera cedido a los ruegos del rey, que suplicaba y disculpaba vuestra insensatez. No fui yo, pues, el culpable, sino vosotros, que abrigasteis pensamientos de guerra.
¿O no recordáis que, habiéndoos tenido tantas veces en mi poder, a ninguno maté, mientras que vosotros, en discordia unos con otros —no por afecto a los romanos y al rey, sino por vuestra propia maldad—, matasteis a ciento ochenta y cinco de vuestros ciudadanos, en el tiempo aquel en que yo era asediado en Yotapata por los romanos? ¿Y acaso no, durante el asedio de Yerushaláyim, resultaron dos mil de los de Tiberíades, unos caídos, otros hechos prisioneros? Pero tú dirás que no fuiste enemigo, porque entonces huiste al rey. Y esto también digo que lo hiciste por temor a mí. Y yo soy malvado, según dices; pero el rey Agripa, que te salvó la vida cuando estabas condenado a muerte por Vespasiano, que te agració con tantos bienes, ¿por qué después te encadenó dos veces, y otras tantas veces te ordenó huir de tu patria, y, habiéndote ordenado una vez morir, concedió tu salvación a su hermana Berenice, que mucho se lo rogó?
«Y tras tantas fechorías tuyas, cuando te confió el cargo de la correspondencia y también en esto te halló fraudulento, te apartó de su vista. Pero sobre estas cosas dejo de argumentar con detalle.
Me asombra tu desvergüenza: te atreves a decir que has narrado mejor que todos cuantos han escrito esta historia, tú que ni conocías lo ocurrido en Galilea —pues estabas entonces en Berito, junto al rey— ni seguiste de cerca cuánto padecieron los romanos en el asedio de Yotapata o cuánto nos hicieron, ni pudiste enterarte de lo que yo mismo hice mientras estaba sitiado; porque todos los que hubieran podido informar perecieron en aquella batalla.
Pero quizá dirás que escribiste con exactitud lo sucedido en Yerushaláyim. ¿Y cómo sería posible? Ni estuviste presente en la guerra ni leíste las memorias del César. Y he aquí la prueba mayor: tu relato lo compusiste en contra de las memorias del César.
Y si te jactas de haber escrito mejor que nadie, ¿por qué, en vida de los emperadores Vespasiano y Tito —que llevaron a término la guerra— y viviendo aún el rey Agripa y todos los de su linaje, hombres de vastísima cultura griega, no sacaste a la luz tu historia? Pues la tenías escrita veinte años antes, y de quienes lo sabían podrías haber obtenido el testimonio de su exactitud; en cambio ahora, cuando ellos ya no están con nosotros y crees que no serás refutado, te has envalentonado.
Yo, en cambio, no temí por mi propio escrito como tú, sino que entregué los libros a los mismos emperadores cuando apenas se veían todavía los hechos; porque tenía conciencia de haber guardado la transmisión de la verdad, y, esperando obtener testimonio de ello, no me equivoqué. Y también a muchos otros entregué de inmediato la historia, algunos de los cuales incluso habían estado presentes en la guerra, como el rey Agripa y algunos de sus parientes.
Pues el emperador Tito quiso que el conocimiento de los hechos se transmitiera a los hombres solo a partir de estos libros, hasta el punto de que, tras firmarlos de su propia mano, ordenó publicarlos. Y el rey Agripa escribió sesenta y dos cartas atestiguando la transmisión de la verdad. De ellas he añadido dos, y, si quieres conocer lo escrito, lo tienes a partir de ellas:
«El rey Agripa a Josefo, su queridísimo amigo, salud. Con sumo agrado recorrí el libro, y me pareciste mucho más cuidadoso en la exactitud que quienes han escrito sobre estas cosas. Envíame también los restantes. Que estés bien.»
«El rey Agripa a Josefo, su queridísimo amigo, salud. Por lo que escribiste, no pareces necesitar instrucción alguna para que aprendamos todo desde el principio. Sin embargo, cuando te encuentres conmigo, yo mismo te informaré de muchas cosas que se ignoran.»
Y, una vez concluida mi historia, dio testimonio conforme a la verdad: no para adularme —pues no era propio de él—, ni por ironía, como tú dirás —pues él estaba muy lejos de semejante malicia—, sino que atestiguaba la verdad, igual que todos los que se acercan a las obras históricas. Pero baste con lo dicho hasta aquí sobre Justo, asunto que hemos abordado como digresión necesaria.
Una vez arreglados los asuntos de Tiberíades, reuní un consejo de amigos y deliberé sobre lo que debía hacerse contra Yojanán. A todos los galileos les parecía que había que armar a todos, marchar contra Yojanán y tomar de él venganza, por haber sido el causante de toda la sedición. Pero yo no aprobaba sus pareceres, pues tenía el propósito de sofocar los disturbios sin derramamiento de sangre. Por eso les aconsejé poner todo cuidado en averiguar los nombres de quienes estaban con Yojanán.
Cuando lo hicieron y supe quiénes eran aquellos hombres, publiqué un edicto por el que ofrecía garantía y mano tendida a quienes, estando con Yojanán, quisieran arrepentirse, y concedí un plazo de veinte días a los que desearan deliberar sobre lo que les convenía. Y amenacé con que, si no arrojaban las armas, incendiaría sus casas y confiscaría sus bienes. Al oír esto, los hombres, no poco perturbados, abandonan a Yojanán y, arrojando las armas, vinieron a mí, siendo cuatro mil en número. Solo permanecieron con Yojanán los ciudadanos y algunos forasteros de la metrópoli de los tirios, unos mil quinientos. Así, Yojanán, superado por mi estrategia, quedó en adelante lleno de temor en su patria.
Por aquel tiempo los de Séforis, cobrando ánimo, toman las armas, confiados en la solidez de sus murallas y viéndome ocupado en otros asuntos. Envían, pues, a Cestio Galo —que era gobernador de Siria— pidiéndole que viniera él mismo cuanto antes a hacerse cargo de su ciudad, o que enviara quienes la guarnecieran. Galo prometió venir, pero no aclaró cuándo. Y yo, al enterarme de esto, tomé conmigo a los soldados y, lanzándome contra los de Séforis, tomé su ciudad por la fuerza.
Los galileos, aprovechando la ocasión y no queriendo dejar pasar el momento de su odio —pues también contra esta ciudad estaban resentidos—, se lanzaron como para aniquilar por completo a todos, junto con los colonos. Irrumpiendo, incendiaban sus casas, que hallaban vacías, porque los hombres, atemorizados, se habían refugiado juntos en la acrópolis; y lo saqueaban todo, sin dejar ningún modo de estrago contra sus propios compatriotas. Al ver esto, me afligí sobremanera y les ordenaba cesar, recordándoles que no es lícito hacer tales cosas a los compatriotas.
Pero como no escuchaban ni mis ruegos ni mis órdenes, y el odio vencía a las exhortaciones, mandé a los más fieles de mis amigos difundir el rumor de que los romanos habían irrumpido con una gran fuerza por la otra parte de la ciudad. Hacía esto para que, al correr el rumor, se contuvieran los ímpetus de los galileos y se salvara la ciudad de los de Séforis. Y al fin la estratagema prosperó: pues al oír la noticia temieron por sí mismos y, abandonando el botín, huían, sobre todo porque me veían también a mí, el general, hacer lo mismo —ya que, para dar crédito al rumor, fingía estar tan afectado como ellos—. Así los de Séforis, contra su propia esperanza, se salvaron por mi ardid.
También Tiberíades estuvo a punto de ser saqueada por los galileos, por haberse presentado la siguiente ocasión: los principales del consejo escriben al rey pidiéndole que viniera a ellos a hacerse cargo de la ciudad. El rey prometió venir, y responde por carta y la entrega a uno de los de su cámara —Crispo de nombre, judío de linaje— para que la llevara a los de Tiberíades. A este, que traía las cartas, los galileos, reconociéndolo y prendiéndolo, lo llevan ante mí. Y toda la multitud, al oírlo, irritada, se vuelve a las armas.
Reunidos muchos de muchas partes, al día siguiente vinieron a la ciudad de Asojis, donde yo tenía mi alojamiento, y proferían grandes gritos, llamando a Tiberíades traidora y amiga del rey, y exigían que les permitiera bajar y aniquilarla por completo; pues estaban resentidos con los de Tiberíades igual que con los de Séforis. Yo, al oírlo, no sabía de qué modo arrancar Tiberíades a la ira de los galileos. Pues no podía negar que los de Tiberíades hubieran escrito llamando al rey, ya que las respuestas de aquel a ellos probaban la verdad.
Así pues, tras quedarme pensativo largo rato, dije: «Que los de Tiberíades han obrado mal, también yo lo sé; y no os impediré saquear su ciudad. Pero, aun así, hay que hacer con criterio cosas de tal magnitud. Pues no solo los de Tiberíades se han vuelto traidores a nuestra libertad, sino también muchos de los más reputados de Galilea. Esperad, pues, hasta que averigüe con exactitud a los culpables, y entonces los tendréis a todos en vuestro poder, junto con cuantos podáis atraer por vuestra cuenta.»
Diciendo esto persuadí a la multitud y, cesando de su ira, se dispersaron. Y, tras mandar encadenar al enviado del rey, no muchos días después, con el pretexto de salir del reino por cierta necesidad urgente mía, llamé en secreto a Crispo y le ordené emborrachar al soldado que lo custodiaba y huir hacia el rey, pues no sería perseguido. Y él, persuadido por mis indicaciones, escapó; y Tiberíades, que por segunda vez estaba a punto de ser destruida, escapó de tan agudo peligro por mi generalía y mi previsión respecto de ella.
Por aquel tiempo Justo, el hijo de Pisto, huye a escondidas de mí hacia el rey. Referiré la razón por la que hizo esto. Cuando la guerra contra los romanos tuvo su comienzo para los judíos, los de Tiberíades habían resuelto obedecer al rey y no apartarse de los romanos. Pero Justo los persuade de tomar las armas, deseoso él mismo de una revolución y abrigando la esperanza de gobernar a los galileos y a su propia patria. Sin embargo, no consiguió lo que esperaba; pues los galileos, resentidos con los de Tiberíades por el rencor de lo que habían padecido de ellos antes de la guerra, no toleraban que Justo fuera su general; y yo también, a quien la comunidad de los de Yerushaláyim había confiado el mando de Galilea, muchas veces llegué a tal ira que estuve a punto de matar a Justo, no pudiendo soportar su ruindad. Temiendo, pues, aquel que mi cólera llegara alguna vez a consumarse, se refugió junto al rey, pensando que viviría más seguro a su lado.
Los de Séforis, habiendo escapado inesperadamente del primer peligro, enviaron a Cestio Galo pidiéndole que viniera a ellos cuanto antes a hacerse cargo de la ciudad, o que enviara una fuerza que rechazara las incursiones de los enemigos contra ellos; y al fin persuadieron a Galo de que les enviara una fuerza de caballería e infantería, a la que, llegada de noche, dieron acogida. Como la comarca de alrededor era asolada por el ejército romano, yo, tomando conmigo a los soldados, vine a la aldea de Gareis. Allí, tras plantar una empalizada lejos de la ciudad de los de Séforis, a veinte estadios de distancia, de noche la ataqué y asalté las murallas, y, haciendo subir por escalas a muchos de los soldados, me hice dueño de la mayor parte de la ciudad; pero, al poco, forzados por el desconocimiento del terreno, nos retiramos, tras haber matado a dos jinetes romanos y diez infantes, y a unos pocos de Séforis, mientras que nosotros perdimos uno solo.
Después, trabada una batalla en la llanura contra la caballería, tras arriesgarnos con firmeza durante largo rato, fuimos derrotados; pues, habiéndonos rodeado los romanos, los que estaban conmigo, atemorizados, huyeron hacia atrás. Y cae en aquella batalla uno de los encargados de la guardia de mi persona, Justo de nombre, que en otro tiempo, junto al rey, había tenido el mismo rango.
Por aquel tiempo llegó la fuerza del rey, caballería e infantería, y al frente de ella Sila como comandante, el jefe de los guardias de corps. Este, tras plantar campamento a cinco estadios de Julias, aposta una guardia en los caminos —tanto en el que lleva a Seleucia como en el que va a la fortaleza de Gámala—, con el fin de cerrar a los habitantes los suministros que les llegaban de los galileos. Cuando me enteré de esto, envío dos mil hoplitas y como general suyo a Yirmiyahu, quienes, tras plantar una empalizada a un estadio de Julias, cerca del río Yardén, no hicieron nada más que escaramuzas, hasta que yo mismo, tomando tres mil soldados, vine a ellos.
Al día siguiente, tras apostar una emboscada en un barranco no lejos de su empalizada, provoqué a los del rey a combatir, habiendo aconsejado a mis soldados volver la espalda hasta que atrajeran a los enemigos a avanzar; lo cual, en efecto, ocurrió. Pues Sila, creyendo que los nuestros huían de verdad, se adelantó dispuesto a perseguirlos, y los de la emboscada lo toman por la retaguardia y sembraron entre todos gran confusión. Y yo, sirviéndome enseguida de un rápido giro, con la fuerza salí al encuentro de los del rey y los puse en fuga. Y la acción se me habría logrado aquel día si no se hubiera interpuesto algún genio adverso; pues el caballo sobre el que libraba el combate, cayendo en un lugar pantanoso, me derribó consigo al suelo. Y, al producirse una fractura en la articulación de la muñeca, fui llevado a una aldea llamada Kefarnokón.
Los nuestros, al oír esto y temer que hubiera sufrido algo peor, desistieron de perseguir más y regresaron alrededor de mí, muy angustiados. Así pues, tras mandar llamar a médicos y ser atendido, permanecí allí aquel día con fiebre, y, según pareció bien a los médicos, de noche fui trasladado a Taríquea. Sila y los suyos, al enterarse de lo que me pasaba, cobraron de nuevo ánimo y, al saber que se descuidaba la guardia del campamento, tras apostar de noche un escuadrón de caballería al otro lado del Yardén, cuando se hizo de día nos provocaron a combatir. Y como los nuestros obedecieron y avanzaron hasta la llanura, los jinetes de la emboscada, apareciendo y desordenándolos, los pusieron en fuga y mataron a seis de los nuestros; mas no llevaron la victoria hasta el fin, pues, al oír que algunos hoplitas habían bajado por agua desde Taríquea a Julias, se atemorizaron y se retiraron.
No mucho tiempo después, Vespasiano llega a Tiro, y con él el rey Agripa. Y los tirios empezaron a injuriar al rey, llamándolo enemigo de los tirios y de los romanos; pues decían que su jefe de campamento, Filipo, había traicionado la corte real y las fuerzas romanas que estaban en Yerushaláyim, por orden suya. Vespasiano, al oírlo, reprendió a los tirios por ultrajar a un hombre que era rey y amigo de los romanos, y aconsejó al rey enviar a Filipo a Roma para dar cuenta a Nerón de lo sucedido. Filipo, enviado, no llegó a la presencia de Nerón; pues, hallándolo en trance extremo a causa de los disturbios sobrevenidos y de la guerra civil, se volvió hacia el rey.
Cuando Vespasiano llegó a Ptolemaida, los principales de las diez ciudades de Siria clamaban contra Justo de Tiberíades, porque había incendiado sus aldeas. Vespasiano, pues, lo entregó al rey para que fuera castigado por los tributarios del reino; y el rey lo encadenó, ocultándoselo a Vespasiano, como hemos mostrado más arriba. Los de Séforis, saliendo al encuentro y saludando a Vespasiano, reciben una fuerza y por general a Plácido, y subieron con ellos, siguiéndolos yo, hasta la llegada de Vespasiano a Galilea.
Sobre esta —de qué modo ocurrió, y cómo, junto a la aldea de Gareis, libró la primera batalla contra mí, y cómo desde allí me retiré a Yotapata, y lo que hice durante su asedio, y de qué manera, capturado vivo, fui encadenado y cómo fui liberado, y todo cuanto hice durante la guerra de los judíos y el asedio de Yerushaláyim— lo he referido con exactitud en los libros sobre la guerra de los judíos. Pero es necesario, según creo, añadir ahora también cuanto de los hechos de mi vida no relaté en la guerra de los judíos.
Pues, llegado a su fin el asedio de Yotapata, estando entre los romanos, era custodiado con todo cuidado, teniéndome Vespasiano en honor la mayor parte del tiempo; y, por orden suya, tomé por esposa a una joven de entre las cautivas apresadas en Cesarea, natural del país. Pero esta no permaneció conmigo mucho tiempo, sino que, al ser yo liberado y marchar con Vespasiano a Alejandría, se separó de mí; y tomé otra mujer en Alejandría.
Y desde allí, enviado junto con Tito al asedio de Yerushaláyim, muchas veces corrí peligro de muerte: tanto porque los judíos ponían empeño en tomarme en sus manos para vengarse, como porque los romanos, cada vez que eran derrotados, creyendo padecer aquello por traición mía, alzaban continuos clamores ante el emperador exigiendo que se me castigara como traidor también a ellos. Pero Tito César, no ignorando los azares de la guerra, en silencio disolvía los ímpetus de los soldados contra mí. Y, cuando la ciudad de los de Yerushaláyim ya estaba tomada por la fuerza, Tito César muchas veces me instaba a tomar de las ruinas de mi patria cuanto quisiera, pues él mismo decía consentirlo.
Yo, sin embargo, caída mi patria, no teniendo nada más valioso que, tomado como consuelo de mis desgracias, pudiera guardar, le hacía a Tito la petición de personas libres, y recibí libros sagrados, por gracia de Tito. Y no mucho después, tras pedir también a mi hermano con cincuenta amigos, no fracasé. Y, habiendo entrado en el Templo por autorización de Tito, donde estaba encerrada una gran multitud de cautivos, mujeres y niños, a cuantos reconocí que eran amigos y conocidos míos rescaté —siendo unos ciento noventa en número—, y los liberé sin que ni siquiera depositaran rescate, devolviéndoles su suerte anterior.
Enviado por Tito César con Cereal y mil jinetes a cierta aldea llamada Tekóa, para examinar de antemano si el lugar era apto para recibir una empalizada, al regresar de allí vi a muchos cautivos crucificados, y reconocí a tres que se habían hecho conocidos míos; me dolió el alma y, acercándome a Tito con lágrimas, le hablé. Y él enseguida ordenó que, descolgados, recibieran el más esmerado tratamiento. Y dos murieron mientras eran atendidos, pero el tercero vivió.
Cuando Tito puso fin a los disturbios en Judea, conjeturando que las tierras que yo tenía en Yerushaláyim me resultarían inútiles a causa de la guarnición romana que iba a asentarse allí, me dio otro territorio en la llanura; y, a punto de partir hacia Roma, me acogió como compañero de travesía, dispensándome todo honor. Y cuando llegamos a Roma, obtuve mucha solicitud de parte de Vespasiano; pues me dio alojamiento en la casa que había sido suya antes de su gobierno, me honró con la ciudadanía romana, me concedió una asignación de dinero y no cesó de honrarme hasta su partida de esta vida, sin restar nada de su bondad hacia mí —lo cual, por la envidia, me acarreó un peligro—: pues cierto judío llamado Yonatán, tras suscitar una sedición en Cirene y arrastrar consigo a dos mil de los naturales, fue causa de perdición para aquellos, y él mismo, apresado por el gobernador del país y enviado al emperador, afirmaba que yo le había enviado armas y dinero.
Pero no le pasó inadvertida a Vespasiano su mentira, sino que lo condenó a muerte, y, entregado, murió. Y muchas veces también después de esto, cuando los que envidiaban mi buena fortuna urdieron acusaciones contra mí, por la providencia de Dios escapé de todas. Y recibí de Vespasiano, como regalo, no poca tierra en Judea.
Por aquel tiempo también, no complaciéndome los modos de mi mujer, la repudié, después de que hubiera sido madre de tres hijos, de los cuales dos murieron, y uno, al que llamé Hircano, sobrevive. Después de esto tomé por esposa a una mujer que residía en Creta, judía de linaje, de padres nobilísimos y los más ilustres del país, superior en carácter a muchas mujeres, como lo demostró su vida posterior. De ella, en efecto, me nacen dos hijos: el mayor, Justo, y después de aquel, Simónides, apodado también Agripa.
Estos son mis asuntos domésticos. Y semejantes permanecieron también los de parte de los emperadores; pues, muerto Vespasiano, Tito, sucediéndole en el mando, me conservó un honor igual al de su padre, y, aunque muchas veces se me acusó, no dio crédito. Y Domiciano, sucediendo a Tito, aumentó aún los honores hacia mí; pues castigó a los judíos que me habían acusado, y ordenó que un esclavo eunuco, ayo de mi hijo, que me había acusado, fuera castigado; y a mí me concedió la exención tributaria de la tierra en Judea, que es el mayor honor para quien lo recibe. Y también Domicia, la esposa del César, no cesó de colmarme de favores.
Estos son los hechos de toda mi vida, y juzguen otros mi carácter a partir de ellos como quieran. Habiéndote entregado, excelentísimo entre los hombres, Epafrodito, todo el registro de las Antigüedades, pongo aquí, por el momento, fin a mi discurso.
Capítulo II
Contra Apión, libro 1
Considero, excelentísimo Epafrodito, que ya con mi obra sobre la antigüedad dejé bastante claro a quienes la lean lo relativo a nuestro linaje, el de los judíos: que es antiquísimo y que tuvo desde el principio una consistencia propia, y de qué modo colonizó la tierra que ahora poseemos. En efecto, compuse en lengua griega, a partir de nuestros libros sagrados, una historia que abarca un lapso de cinco mil años. Pero como veo que muchos prestan oído a las calumnias que algunos han proferido por malevolencia, y desconfían de lo que escribí sobre la antigüedad, y toman como prueba de que nuestro linaje es reciente el hecho de que ninguno de los ilustres historiadores griegos lo haya juzgado digno de mención, por todo ello he creído que debía escribir de forma concisa: para refutar la malevolencia de los que nos injurian y su mentira deliberada, corregir la ignorancia de otros e instruir a todos cuantos quieran conocer la verdad acerca de nuestra antigüedad. Como testigos de lo que afirmo emplearé a los que los propios griegos tienen por más dignos de crédito en toda materia de antigüedad; y a los que han escrito sobre nosotros con calumnia y falsedad los presentaré refutados por sí mismos. Intentaré además dar las razones por las cuales no muchos griegos mencionaron a nuestra nación en sus historias; y aun así mostraré a quienes no omitieron nuestra historia, para conocimiento de los que la ignoran o fingen ignorarla.
Lo primero que me sale al paso es un gran asombro ante quienes creen que, tratándose de los hechos más antiguos, hay que atender solo a los griegos y averiguar por ellos la verdad, y desconfiar de nosotros y del resto de los hombres. Yo veo que ha sucedido todo lo contrario —si es que no hay que seguir las opiniones vanas, sino tomar lo justo de los hechos mismos—. Pues entre los griegos todo resulta reciente, de ayer, por así decir, o de anteayer: hablo de las fundaciones de las ciudades, de la invención de las artes y de la redacción de las leyes; y de todo, lo más reciente entre ellos es casi el cuidado por escribir historias. En cambio, lo de los egipcios, caldeos y fenicios —dejo por ahora de contarnos a nosotros junto a ellos— ellos mismos, sin duda, reconocen que tienen una tradición de la memoria antiquísima y firmísima. Pues todos habitan lugares apenas expuestos a los estragos del clima, y pusieron gran cuidado en no dejar sin registrar nada de lo que se hacía entre ellos, sino que siempre lo consagraban en archivos públicos hechos por los más sabios. La región de Grecia, en cambio, la asolaron innumerables catástrofes que borraron la memoria de lo sucedido; y como establecían continuamente nuevos modos de vida, cada uno creía que el mundo empezaba con él, y tarde y a duras penas conocieron la naturaleza de las letras. Los que quieren que su uso sea antiquísimo se jactan de haberlo aprendido de los fenicios y de Cadmo. Pero ni siquiera de aquel tiempo podría nadie mostrar un registro conservado, ni en los templos ni en las ofrendas públicas; puesto que incluso sobre los que marcharon contra Troya, tantos años después, ha habido gran duda e investigación sobre si usaban letras, y prevalece más bien la verdad de que aquellos ignoraban el uso actual de la escritura. En general, entre los griegos no se halla ningún escrito reconocido más antiguo que la poesía de Homero; y este resulta ser posterior a la guerra de Troya. Dicen incluso que ni siquiera él dejó su poesía por escrito, sino que, conservada de memoria a partir de los cantos, se compuso más tarde, y que por eso encierra en sí muchas discordancias. Los que entre ellos intentaron escribir historias —hablo de Cadmo de Mileto, del argivo Acusilao y de otros, si es que se dice que hubo alguno después de este— precedieron en poco tiempo a la expedición de los persas contra Grecia. Y aun a los primeros que entre los griegos filosofaron sobre lo celeste y lo divino —como Ferécides de Siros, Pitágoras y Tales— todos reconocen unánimemente que, siendo discípulos de egipcios y caldeos, escribieron poco; y esto les parece a los griegos lo más antiguo de todo, y apenas creen que fue escrito por ellos.
¿Cómo, entonces, no es absurdo que los griegos se envanezcan como si fueran los únicos que conocen lo antiguo y transmiten con exactitud la verdad sobre ello? ¿O quién no aprendería fácilmente de los propios escritores que escribían sin saber nada con certeza, sino que cada cual conjeturaba sobre los hechos? Al menos, en su mayoría se refutan unos a otros en sus libros, y no vacilan en decir cosas del todo contrarias sobre los mismos asuntos. Prolijo sería yo si enseñara a quienes lo saben mejor que yo cuánto discrepa Helánico de Acusilao en las genealogías, cuánto corrige Acusilao a Hesíodo, o de qué modo Éforo demuestra que Helánico miente en la mayor parte, y Timeo a Éforo, y a Timeo los que vinieron después, y a Heródoto todos. Ni tampoco sobre los asuntos de Sicilia se dignó Timeo concordar con Antíoco, Filisto o Calias; ni tampoco sobre lo ático se siguieron unos a otros los que escribieron las Átidas, ni sobre lo de la Argólide los que narran lo de Argos. ¿Y qué falta hace hablar de las historias de las ciudades y de las de menor monta, cuando sobre la expedición persa y lo que en ella se hizo han discrepado los más reputados? También a Tucídides muchos lo acusan de mentir, aunque parece escribir con la mayor exactitud la historia de su tiempo.
De semejante discordancia hay quizá muchas otras causas que aparecerían a quien quisiera investigar; yo atribuyo la mayor fuerza a las dos que voy a exponer, y diré primero la que me parece la más importante. El que desde el principio no se cuidara entre los griegos de hacer registros públicos de lo que se hacía en cada momento: esto fue, sobre todo, lo que dio el error y la licencia de mentir a quienes después quisieron escribir algo sobre lo antiguo. Pues no solo entre los demás griegos se descuidó lo tocante a los registros, sino que ni siquiera entre los atenienses —a quienes llaman autóctonos y amantes de la cultura— se encuentra que ocurriera nada semejante; antes bien, dicen que los más antiguos de sus documentos públicos son las leyes sobre los homicidios que les escribió Dracón, hombre que vivió poco antes de la tiranía de Pisístrato. Y de los arcadios, ¿qué decir, ellos que se jactan de antigüedad? Pues apenas, y aun después, se educaron en las letras. Así, como no había ningún registro previamente establecido que hubiera de instruir a los que querían aprender y refutar a los que mentían, surgió entre los historiadores esa gran discordancia mutua. Como segunda causa, junto a esta, hay que poner aquella: los que se lanzaron a escribir no se afanaron por la verdad —aunque siempre tienen a mano esa promesa—, sino que hacían gala de su fuerza de palabra; y de cualquier modo que en esto creyeran que aventajarían a los demás, a ese se acomodaban: unos volviéndose a contar mitos, otros adulando, para agradar, a las ciudades o a los reyes; otros se lanzaron a acusar los hechos o a quienes los habían escrito, creyendo que así se distinguirían. En suma, no cesan de hacer lo más contrario a la historia. Pues prueba de una historia verdadera es que todos digan y escriban lo mismo sobre los mismos hechos; ellos, en cambio, creían que, si escribían esas cosas de modo diferente, así parecerían los más veraces de todos. Por la fuerza de las palabras y por la habilidad en ello debemos ceder a los escritores griegos; pero no en la historia verdadera de lo antiguo, y menos aún en la de los asuntos propios de cada pueblo.
Que entre los egipcios y los babilonios, desde tiempos remotísimos, el cuidado de los registros estaba encomendado a quienes correspondía —allí a los sacerdotes, que además filosofaban sobre ello; y entre los babilonios a los caldeos—, y que fueron sobre todo los fenicios, de entre los que trataban con los griegos, quienes usaron las letras tanto para la administración de la vida como para la transmisión de las obras comunes: como todos lo admiten, creo que lo dejaré de lado. En cambio, sobre nuestros antepasados —que pusieron el mismo cuidado en los registros, por no decir aún mayor que el mencionado, encomendando esta tarea a los sumos sacerdotes y a los profetas, y que hasta nuestros tiempos se ha guardado con mucha exactitud, y, si hay que decirlo con más audacia, se guardará— intentaré instruir brevemente. Pues no solo desde el principio pusieron al frente de esto a los mejores y a los consagrados al servicio de Dios, sino que previeron cómo el linaje de los sacerdotes permanecería sin mezcla y puro. En efecto, quien participa del sacerdocio debe engendrar hijos de una mujer de su mismo pueblo, y no atender ni al dinero ni a los demás honores, sino examinar el linaje, tomando la sucesión de los antiguos y presentando muchos testigos. Y esto lo hacemos no solo en la propia Judea, sino dondequiera que haya una comunidad de nuestro linaje; también allí se conserva entre los sacerdotes la exactitud en cuanto a los matrimonios: hablo de los de Mitsraim y Bavel, y de dondequiera del resto del mundo haya algunos sacerdotes de nuestro linaje dispersos; pues envían a Yerushaláyim un escrito con el nombre, por línea paterna, de la esposa y de los antepasados anteriores, y quiénes son los testigos. Y si sobreviene una guerra —como ya ha ocurrido muchas veces, cuando Antíoco Epífanes invadió el país, y Pompeyo Magno, y Quintilio Varo, y sobre todo en nuestros tiempos—, los sacerdotes que quedan componen de nuevo, a partir de los antiguos documentos, otros registros, y examinan a las mujeres que han quedado. Pues no admiten a las que han sido cautivas, sospechando que muchas veces han tenido unión con un extranjero. Y la mayor prueba de la exactitud es esta: nuestros sumos sacerdotes, desde hace dos mil años, figuran por su nombre en los registros como hijos de padre a hijo. Y a quienes incurran en la transgresión de cualquiera de estas normas se les prohíbe acercarse a los altares y participar del resto del culto sagrado.
Con razón, o más bien por necesidad —puesto que ni el escribir está en manos de todos a su arbitrio, ni hay discordancia alguna en lo escrito, sino que solo los profetas aprendieron lo más elevado y antiguo por la inspiración que viene de Dios, y escribieron con claridad lo de su propio tiempo tal como sucedía—, no tenemos entre nosotros miríadas de libros discordantes y en pugna, sino solo veintidós libros que contienen el registro de todo el tiempo, con razón considerados dignos de fe. De estos, cinco son de Moshé, que abarcan las leyes y la tradición desde el origen del hombre hasta su propia muerte; este lapso se queda un poco por debajo de tres mil años. Desde la muerte de Moshé hasta Artajerjes, rey de los persas sucesor de Jerjes, los profetas posteriores a Moshé escribieron lo sucedido en su tiempo en trece libros; los cuatro restantes contienen himnos a Dios y preceptos de vida para los hombres. Desde Artajerjes hasta nuestro tiempo se ha escrito cada cosa, pero no ha merecido igual crédito que lo anterior, por no haberse dado la sucesión exacta de los profetas. Y es evidente por los hechos con qué respeto nos acercamos a nuestros propios escritos: pues, habiendo transcurrido ya tan largo tiempo, nadie se ha atrevido a añadirles nada, ni a quitarles, ni a alterarlos; y a todos los judíos les es connatural, desde el mismo nacimiento, tenerlos por decretos de Dios, permanecer fieles a ellos y, si es preciso, morir gustosos por ellos. Así, ya muchas veces se ha visto a muchos cautivos soportar en los teatros tormentos y toda clase de muertes con tal de no proferir una sola palabra contra las leyes y los registros que las acompañan. ¿Qué griego soportaría eso por lo suyo? Ni siquiera para evitar que se destruyan todos sus escritos afrontaría el menor daño; pues los consideran discursos improvisados según la voluntad de quienes los escribieron, y con razón piensan así incluso de los más antiguos, ya que ven que algunos de los de ahora se atreven a escribir sobre hechos en los que ni ellos mismos estuvieron presentes ni se preocuparon de informarse por quienes los sabían. Sin duda, también sobre la guerra que hace poco tuvimos, algunos, tras ponerle el título de historias, han publicado obras sin haber ido a los lugares ni haberse acercado a donde se desarrollaban los hechos, sino que, componiendo unas pocas cosas de oídas, con gran desvergüenza abusaron del nombre de historia.
Yo, en cambio, tanto de toda la guerra como de lo que en ella ocurrió en detalle, hice un registro verdadero, por haber estado presente en persona en todos los hechos. Pues era general de los nuestros, los llamados galileos, mientras fue posible resistir; y fui hecho prisionero por los romanos. Vespasiano y Tito, teniéndome bajo custodia, me obligaron a estar siempre a su lado —al principio encadenado, y luego, liberado, fui enviado desde Alejandría con Tito al asedio de Yerushaláyim—. En ese tiempo no hubo nada de lo que ocurría que escapara a mi conocimiento; pues lo del campamento romano lo veía y lo anotaba con cuidado, y lo que anunciaban los desertores solo yo lo entendía. Después, disponiendo de tiempo en Roma, con toda la obra ya preparada, valiéndome de algunos colaboradores para la lengua griega, hice así la transmisión de los hechos. Y era tanta mi confianza en la verdad que juzgué digno tomar como testigos, antes que a nadie, a los emperadores que habían sido los comandantes de la guerra, Vespasiano y Tito. Pues a ellos entregué primero los libros, y después de ellos los vendí a muchos romanos que habían combatido conmigo y a muchos de los nuestros, hombres que participaban también de la sabiduría griega, entre los cuales están Julio Arquelao, el venerabilísimo Herodes y el propio admirabilísimo rey Agripa. Todos ellos dieron testimonio de que yo me atuve con cuidado a la verdad; y no se habrían callado ni reservado si por ignorancia o por complacencia hubiera alterado u omitido algo de lo sucedido. Sin embargo, algunos hombres viles han intentado desacreditar mi historia, como si se les propusiera, cual ejercicio escolar de muchachos, una acusación paradójica y una calumnia; cuando debían saber esto: que quien promete a otros la transmisión de hechos verdaderos ha de conocerlos él mismo antes con exactitud, sea por haber seguido de cerca los sucesos, sea por informarse de quienes los sabían. Lo cual creo haber hecho yo especialmente en ambas obras. Pues la antigüedad, como dije, la traduje de los libros sagrados, siendo yo sacerdote de linaje y habiendo participado de la sabiduría que hay en aquellos escritos; y la historia de la guerra la escribí siendo yo mismo protagonista de muchos hechos y testigo ocular de muchísimos, sin ignorar absolutamente nada de lo que se dijo o se hizo. ¿Cómo, pues, no tendría alguien por temerarios a quienes intentaron rivalizar conmigo sobre la verdad? Aunque digan haber leído las memorias de los emperadores, no estuvieron presentes en los asuntos de nuestro bando, el de los que combatíamos enfrente.
Sobre esto he hecho la digresión necesaria, queriendo señalar la ligereza de quienes prometen escribir historias. Habiendo dejado ya bastante claro, según creo, que el registro de lo antiguo es más propio de los bárbaros que de los griegos, quiero primero discutir un poco con quienes intentan presentar como reciente nuestra constitución a partir de que, según dicen ellos, nada se dijo sobre nosotros entre los escritores griegos. Luego aportaré los testimonios de nuestra antigüedad a partir de los escritos de otros, y mostraré que quienes calumniaron nuestro linaje calumnian en exceso con sus palabras.
Nosotros, pues, ni habitamos una tierra costera, ni nos deleitamos con el comercio, ni con el trato con otros por medio de él, sino que nuestras ciudades están edificadas lejos del mar; y, cultivando una buena tierra, la trabajamos, ocupándonos, más que nadie, de la crianza de los hijos, y teniendo por la tarea más necesaria de toda la vida el guardar las leyes y la piedad transmitida conforme a ellas. Añádase a lo dicho la peculiaridad de nuestro modo de vida, que en los tiempos antiguos no producía mezcla alguna con los griegos —como sí la había para los egipcios con lo que exportaban e importaban, y para los que habitan la costa de Fenicia con su afán por el pequeño y el gran comercio, por amor al dinero—. Y tampoco a la piratería, como algunos otros, ni a la guerra por creer que debían tener más, se lanzaron nuestros padres, y eso que el país tenía muchas miríadas de hombres nada faltos de valor. Por eso los fenicios, navegando ellos mismos hacia los griegos por comercio, fueron enseguida conocidos, y por medio de ellos los egipcios y todos aquellos desde donde transportaban su carga a los griegos atravesando grandes mares. Los medos, y después los persas, se hicieron notorios cuando dominaron Asia —y los persas incluso al llevar sus campañas hasta nuestro continente—. Los tracios, por su vecindad, y el pueblo escita fueron conocidos por los que navegaban al Ponto. En general, todos los que habitan junto al mar, tanto por el lado de oriente como por el de occidente, se hicieron más conocidos para quienes querían escribir algo; en cambio, los que tienen sus moradas más arriba de esa franja permanecieron en su mayor parte ignorados. Y esto se ve que sucedió también respecto a Europa, donde ni Heródoto, ni Tucídides, ni ninguno de los que vivieron a la vez que ellos, mencionaron a la ciudad de Roma —que desde antiguo posee tal poder y lleva a cabo tan grandes hazañas guerreras—, sino que tarde y a duras penas llegó su conocimiento a los griegos. Pues sobre los galos y los íberos tanto los ignoraron los que parecen los más exactos historiadores —entre ellos Éforo— que cree que los íberos son una sola ciudad, ellos que habitan una parte tan grande de la tierra occidental; y se atrevieron a escribir sobre costumbres que ni existían entre ellos ni se contaban, como si aquellos las practicaran. Causa de no conocer la verdad fue el excesivo aislamiento; y de escribir falsedades, el querer aparentar que narraban algo más que los demás. ¿Cómo, entonces, convenía aún asombrarse de que tampoco nuestra nación fuera conocida por muchos ni diera ocasión de mención en los escritos, tan apartada como estaba del mar y habiendo elegido vivir así?
Supongamos, pues, que pretendiéramos usar como prueba, sobre los griegos, de que su linaje no es antiguo, el hecho de que nada se haya dicho sobre ellos en nuestros registros. ¿No se reirían por completo, creo yo, aduciendo las mismas razones que yo acabo de exponer y presentando como testigos de su antigüedad a los pueblos vecinos? Pues eso mismo intentaré yo hacer: usaré como testigos sobre todo a egipcios y fenicios, sin que nadie pueda tachar su testimonio de falso; pues resulta que estaban dispuestos muy hostilmente hacia nosotros —en común todos los egipcios, y de los fenicios los tirios—. Sobre los caldeos, en cambio, ya no podría decir lo mismo, puesto que son fundadores de nuestro linaje y, por el parentesco, mencionan a los judíos en sus registros. Y cuando haya aportado las pruebas sobre esto, entonces mostraré también, de entre los escritores griegos, a los que hicieron mención de los judíos, para que ni siquiera este pretexto tengan ya los envidiosos para contradecirnos.
Comenzaré primero por los escritos de los egipcios. Ahora bien, no es posible transcribir los textos de ellos mismos; pero Manetón era de linaje egipcio, un hombre que había participado de la cultura griega, como resulta evidente: pues escribió en lengua griega la historia de su patria, traduciéndola —según él mismo dice— de los libros sagrados, y refuta a Heródoto en muchas cosas de los asuntos egipcios en que mintió por ignorancia. Este Manetón, pues, en el segundo libro de sus Egipcíacas, escribe esto sobre nosotros. Citaré sus mismas palabras, como poniéndolo a él mismo por testigo:
«Había un rey nuestro cuyo nombre era Timeo. Bajo su reinado, no sé cómo, Dios sopló en contra, e inesperadamente, desde las regiones de oriente, unos hombres de linaje oscuro, cobrando audacia, hicieron campaña contra nuestra tierra y, fácilmente, sin combate, la tomaron por la fuerza. Y tras someter a los que la gobernaban, luego incendiaron cruelmente las ciudades y arrasaron los templos de los dioses, y con todos los habitantes se comportaron del modo más hostil, degollando a unos y llevando a esclavitud a los hijos y las mujeres de otros. Finalmente, hicieron rey también a uno de ellos, cuyo nombre era Salitis. Y este residía en Menfis, cobrando tributo del país alto y bajo y dejando guarniciones en los lugares más apropiados. Sobre todo aseguró las partes de oriente, previendo que los asirios, cuando algún día fueran más fuertes, desearían su reino y lo atacarían. Y habiendo hallado en el nomo Setroíta una ciudad muy bien situada —que se hallaba al oriente del río Bubastita y se llamaba, por cierta antigua teología, Áuaris—, la reconstruyó y la hizo fortísima con murallas, instalando en ella también una multitud de hombres armados, hasta veinticuatro miríadas de hombres, como guarnición. Allí venía en verano, en parte para repartir grano y pagar la soldada, y en parte para ejercitarlos con esmero en maniobras, a fin de infundir miedo a los de fuera. Y tras reinar diecinueve años, murió. Después de este reinó otro cuarenta y cuatro años, llamado Beón. Tras él, otro, Apacnas, treinta y seis años y siete meses. Luego también Apofis, sesenta y uno, y Jannas, cincuenta años y un mes. Y sobre todos ellos, Asis, cuarenta y nueve años y dos meses. Estos seis fueron entre ellos los primeros gobernantes, deseando siempre, y cada vez más, arrancar la raíz de Mitsraim. Toda su nación se llamaba Hicsos, esto es, "reyes pastores"; pues "hic", en la lengua sagrada, significa "rey", y "sos", en la lengua común, es "pastor" y "pastores"; y compuesto así resulta "Hicsos".»
Algunos dicen que eran árabes. En otra copia, no se significa "reyes" por la denominación "hic", sino que, al contrario, se indican "pastores cautivos"; pues "hic", de nuevo, en egipcio, y "ac" con aspiración, significan expresamente "cautivos". Y esto me parece más verosímil y más conforme a la historia antigua. Dice Manetón que estos reyes antes nombrados, y los de los llamados pastores, y los nacidos de ellos, dominaron Mitsraim durante quinientos once años. Después de esto, dice que hubo, de parte de los reyes de la Tebaida y del resto de Mitsraim, una sublevación contra los pastores, y que estalló una guerra grande y de larga duración. Y bajo un rey de nombre Misfragmútosis, dice que los pastores, vencidos, fueron expulsados de todo el resto de Mitsraim y encerrados en un lugar que tenía diez mil aruras de perímetro; el nombre del lugar era Áuaris. Manetón dice que todo este lugar lo rodearon los pastores con una muralla grande y fuerte, para tener a resguardo toda su posesión y su botín. Y que Thúmosis, hijo de Misfragmútosis, intentó tomarlos por la fuerza mediante asedio, poniendo sitio a las murallas con cuarenta y ocho miríadas de ejército; pero como desistió del asedio, hizo un pacto para que, abandonando Mitsraim, todos se fueran a salvo adonde quisieran. Y que ellos, según lo convenido, con toda su casa y sus posesiones —no menos de veinticuatro miríadas—, atravesaron desde Mitsraim el desierto hacia Siria. Y temiendo el poderío de los asirios —pues entonces aquellos dominaban Asia—, edificaron, en la que ahora se llama Judea, una ciudad capaz de albergar a tantas miríadas de hombres, y la llamaron Yerushaláyim. En otro libro de sus Egipcíacas, Manetón dice que esta nación, los llamados pastores, figuran como "cautivos" en sus libros sagrados; y lo dice con razón, pues también para nuestros más remotos antepasados el apacentar era cosa patria, y, llevando una vida nómada, así se llamaban "pastores". Y, de nuevo, no sin razón fueron registrados por los egipcios como cautivos, puesto que nuestro antepasado Yosef dijo él mismo al rey de los egipcios que era cautivo, y después hizo venir a Mitsraim a sus hermanos, con permiso del rey. Pero sobre esto haré en otro lugar un examen más exacto.
Ahora presento como testigos de esta antigüedad a los egipcios. Así pues, expondré de nuevo cómo se ordena el texto de Manetón respecto a la cronología. Dice así: «Tras salir de Mitsraim el pueblo de los pastores hacia Yerushaláyim, Téthmosis, el rey que los había expulsado de Mitsraim, reinó después de esto veinticinco años y cuatro meses, y murió; y recibió el poder su hijo Quebrón, trece años. Tras él, Amenofis, veinte años y siete meses; su hermana Amesses, veintiún años y nueve meses; tras ella, Mefres, doce años y nueve meses; tras él, Meframútosis, veinticinco años y diez meses; tras él, Thmosis, nueve años y ocho meses; tras él, Amenofis, treinta años y diez meses; tras él, Oros, treinta y seis años y cinco meses; tras él, su hija Akencheres, doce años y un mes; tras ella, su hermano Rátotis, nueve años; tras él, Akencheres, doce años y cinco meses; tras él, otro Akencheres, doce años y tres meses; tras él, Ármais, cuatro años y un mes; tras él, Ramesses, un año y cuatro meses; tras él, Armesses Miamún, sesenta y seis años y dos meses; tras él, Amenofis, diecinueve años y seis meses; tras él, Sethos, también llamado Ramesses, que tenía fuerza de caballería y de flota, puso a su hermano Ármais como regente de Mitsraim y le confirió todo el resto del poder real; solo le encargó no llevar diadema, ni agraviar a la reina, madre de sus hijos, y abstenerse también de las demás concubinas reales. Él, por su parte, tras hacer campaña contra Chipre y Fenicia, y de nuevo contra asirios y medos, a todos —a unos con la lanza, a otros sin combate, por el miedo de su gran fuerza— los sometió; y muy engreído por sus éxitos, avanzaba aún con más audacia, sojuzgando las ciudades y regiones de oriente. Transcurrido tiempo suficiente, Ármais, el que había quedado en Mitsraim, hacía sin temor todo lo contrario de lo que su hermano le había aconsejado no hacer: poseyó por la fuerza a la reina y usaba sin reparo de las demás concubinas; y, persuadido por sus amigos, llevaba diadema y se alzó contra su hermano. Pero el encargado de los sacerdotes de Mitsraim escribió un libro y lo envió a Sethos, revelándole todo, y que su hermano Ármais se había alzado contra él. Al instante, pues, regresó a Pelusio y se apoderó de su propio reino. Y el país recibió el nombre de Mitsraim por su propio nombre; pues dice que Sethos se llamaba Mitsraim, y su hermano Ármais, Dánao.»
Esto dice Manetón. Y es evidente, por los años mencionados una vez sumado el tiempo, que los llamados pastores —nuestros antepasados—, tras salir de Mitsraim, colonizaron este país trescientos noventa y tres años antes de que Dánao llegara a Argos; y eso que a este lo tienen los argivos por antiquísimo. Dos cosas, pues, las mayores, nos ha testimoniado Manetón a partir de los escritos de los egipcios: primero, nuestra llegada a Mitsraim desde otra parte; y luego, la partida de allí, tan antigua en el tiempo que precede en cerca de mil años a los sucesos de Troya. En cuanto a lo que Manetón añadió no a partir de los escritos de los egipcios, sino —como él mismo ha reconocido— de mitos sin autor, lo refutaré después en detalle, mostrando su inverosímil mentira.
Quiero, pues, pasar ya de esto a lo que los fenicios tienen registrado sobre nuestro linaje y aportar los testimonios de aquellos. Hay, en efecto, entre los tirios, desde muchísimos años, escritos redactados públicamente y guardados con muchísimo cuidado sobre lo sucedido entre ellos y lo hecho entre sí que fuera digno de memoria. En ellos está escrito que el Templo de Yerushaláyim fue edificado por el rey Shlomo ciento cuarenta y tres años y ocho meses antes de que los tirios fundaran Cartago. Y no sin razón se registró entre ellos la construcción de nuestro Templo; pues Jiram, rey de los tirios, era amigo de nuestro rey Shlomo, habiendo heredado la amistad paterna hacia él. Este, pues, rivalizando en celo por el esplendor de la construcción de Shlomo, dio ciento veinte talentos de oro; y, cortando la más hermosa madera del monte que se llama Líbano, la envió para el techo. Y Shlomo le correspondió con muchas otras cosas y, en particular, con una región de Galilea, en la llamada Kavul. Sobre todo los unía en amistad el deseo de sabiduría; pues se enviaban mutuamente problemas, pidiéndose resolverlos, y en esto era superior Shlomo, más sabio también en lo demás. Y se conservan hasta ahora, entre los tirios, muchas de las cartas que aquellos se escribieron entre sí.
Y de que no es un relato inventado por mí lo referente a los escritos de los tirios, presentaré como testigo a Dío, hombre a quien se cree que fue exacto en la historia fenicia. Este, pues, en sus historias sobre los fenicios, escribe de este modo: «Al morir Abíbalo, reinó su hijo Jiram. Este rellenó las partes orientales de la ciudad y agrandó el casco urbano, y unió a la ciudad el templo de Zeus Olímpico —que estaba aparte, en una isla—, rellenando el espacio intermedio, y lo adornó con ofrendas de oro; y, subiendo al Líbano, cortó madera para la construcción de los templos.» Dicen que Shlomo, el que gobernaba Yerushaláyim, envió enigmas a Jiram y pretendía recibirlos de él, y que quien no pudiera resolverlos pagara dinero al que los resolviera. Y que Jiram, habiéndolo aceptado y no pudiendo resolver los enigmas, gastó mucho de su dinero en la multa. Y que luego un tal Abdémono, hombre tirio, resolvió los propuestos y él mismo propuso otros que, al no resolverlos Shlomo, le obligaron a pagar a Jiram mucho dinero. Así, pues, Dío nos ha testimoniado sobre lo antes dicho.
Pero, junto a este, presentaré también a Menandro de Éfeso. Este ha escrito los hechos ocurridos bajo cada uno de los reyes, entre griegos y bárbaros, esforzándose por aprender la historia de los escritos propios de cada pueblo. Escribiendo, pues, sobre los que habían reinado en Tiro, al llegar a Jiram dice esto: «Al morir Abíbalo, le sucedió en el reino su hijo Jiram, el cual, habiendo vivido cincuenta y tres años, reinó treinta y cuatro. Este rellenó el Eurícoro y consagró la columna de oro que está en el templo de Zeus; y, habiendo ido en busca de madera, cortó del monte llamado Líbano maderas de cedro para los techos de los templos; y, derribando los antiguos santuarios, edificó templos, el de Heracles y el de Astarté. Fue el primero que hizo la ceremonia de la "resurrección" de Heracles, en el mes Peritio; y marchó contra los itíceos, que no pagaban los tributos; y, sometiéndolos a sí, regresó de nuevo. En tiempos de este hubo un joven, Abdémono, que siempre vencía en los problemas que proponía Shlomo, rey de Yerushaláyim.» Y se calcula el tiempo desde este rey hasta la fundación de Cartago así: «Al morir Jiram, le sucedió en el reino su hijo Balbázero, que, habiendo vivido cuarenta y tres años, reinó diecisiete. Después de este, su hijo Abdástarto, habiendo vivido treinta y nueve años, reinó nueve. A este lo mataron, tras conspirar contra él, los cuatro hijos de su nodriza, de los cuales el mayor, Metusástarto, hijo de Leástarto, reinó; y este, habiendo vivido cincuenta y cuatro años, reinó doce. Después de este, su hermano Astárimo, habiendo vivido cincuenta y ocho años, reinó nueve. Este pereció a manos de su hermano Féleto, que, tomando el reino, gobernó ocho meses, habiendo vivido cincuenta años. A este lo mató Eítobalo, sacerdote de Astarté, que, habiendo vivido cuarenta y ocho años, reinó treinta y dos. A este le sucedió su hijo Balézoro, que, habiendo vivido cuarenta y cinco años, reinó seis.»
Su sucesor fue su hijo Metteno, que vivió treinta y dos años y reinó veintinueve. A este lo sucedió Pigmalión, que vivió cincuenta y ocho años y reinó cuarenta y siete. En el séptimo año de su reinado, su hermana huyó y fundó en Libia la ciudad de Cartago. Todo el tiempo transcurrido desde el reinado de Jiram hasta la fundación de Cartago suma ciento cincuenta y cinco años y ocho meses. Y como en el duodécimo año de su reinado se edificó el Templo de Yerushaláyim, van desde la construcción del Templo hasta la fundación de Cartago ciento cuarenta y tres años y ocho meses.
¿Qué más habría que añadir al testimonio de los fenicios? Se ve con claridad que la verdad está firmemente reconocida, y que la llegada de nuestros antepasados a esta tierra precedió con mucho a la construcción del Templo, pues fue cuando se apoderaron de todo el país por las armas cuando levantaron el Templo. Todo esto lo he expuesto con claridad, a partir de los libros sagrados, en mi Arqueología.
Diré ya ahora lo que los caldeos tienen registrado y narran acerca de nosotros, que concuerda en muchos puntos —también en lo demás— con nuestros escritos. Testigo de ello es Beroso, hombre caldeo de origen y bien conocido entre los que se dedican a las letras, pues fue él quien dio a conocer a los griegos, en sus obras, la astronomía y las doctrinas de los caldeos. Pues bien, este Beroso, siguiendo los registros más antiguos, narró —igual que Moshé— acerca del diluvio que sobrevino y de la destrucción de los hombres en él, y acerca del arca en que se salvó Nóaj, cabeza de nuestro linaje, cuando quedó varada en las cumbres de los montes de Armenia. Luego, enumerando a los descendientes de Nóaj y añadiendo sus fechas, llega hasta Nabopalasar, rey de Bavel y de los caldeos; y, al relatar las hazañas de este, cuenta cómo envió a Mitsraim y a nuestra tierra a su propio hijo Nabucodonosor con un gran ejército, al enterarse de que se habían sublevado; cómo los sometió a todos, incendió el Templo de Yerushaláyim y, arrancando de raíz a todo nuestro pueblo, lo trasladó a Bavel; y así la ciudad quedó desierta durante setenta años, hasta Ciro, rey de los persas. Dice también que el babilonio dominó Mitsraim, Siria, Fenicia y Arabia, superando en sus hazañas a todos los que antes de él habían reinado sobre los caldeos y los babilonios.
Un poco más adelante, Beroso vuelve a exponerlo en su historia de la antigüedad. Citaré sus mismas palabras, que dicen así: «Al enterarse su padre Nabopalasar de que el sátrapa puesto al frente de Mitsraim y de las regiones de Celesiria y Fenicia se había rebelado, como él ya no podía soportar las fatigas, encomendó parte de sus tropas a su hijo Nabucodonosor, que estaba aún en la flor de la edad, y lo envió contra el rebelde. Nabucodonosor se enfrentó al rebelde, lo derrotó en batalla y sometió de nuevo aquella tierra a su reino. Por entonces le ocurrió a su padre Nabopalasar que, habiendo caído enfermo en la ciudad de Bavel, dejó esta vida tras haber reinado veintiún años. No mucho después, al saber Nabucodonosor de la muerte de su padre, arregló los asuntos de Mitsraim y del resto del país; y, encomendando a algunos de sus amigos que condujeran a Bavel a los cautivos —judíos, fenicios, sirios y de los pueblos de Mitsraim— junto con el grueso del ejército y el resto del botín, él mismo partió con pocos hombres y llegó a Bavel a través del desierto. Al encontrar los asuntos gobernados por los caldeos y el reino conservado por el mejor de ellos, tomó posesión de todo el dominio paterno. A los cautivos que iban llegando ordenó que se les asignaran lugares de residencia en las zonas más apropiadas de Bavel. Él mismo, con el botín de la guerra, adornó espléndidamente el templo de Belo y los demás, restauró la antigua ciudad y le añadió otra por fuera; y, para que en adelante los sitiadores no pudieran desviar el río contra la ciudad, la rodeó de tres murallas por dentro y tres por fuera, unas de ladrillo cocido y asfalto, otras solo de ladrillo. Y tras fortificar la ciudad de modo notable y adornar sus puertas con dignidad sagrada, edificó junto al palacio de su padre otro palacio contiguo. Describir su altura y su fastuosidad sería quizá largo; baste decir que, con ser una obra descomunal por lo grande y soberbia, se terminó en quince días. En ese palacio levantó terrazas de piedra a gran altura, les dio un aspecto muy semejante al de las montañas y, plantándolas de árboles de toda clase, construyó el llamado jardín colgante, porque su esposa, criada en las regiones de Media, añoraba el paisaje montañoso.»
Esto es lo que narró acerca del rey mencionado, y mucho más además, en el tercer libro de sus Caldaicas, donde reprocha a los escritores griegos que crean sin fundamento que Bavel fue fundada por Semíramis la asiria y que las maravillosas obras en torno a ella fueron levantadas por aquella, cosa que escribieron falsamente. Por tanto, hay que tener por digno de crédito el registro de los caldeos. Y no solo eso: también en los archivos de los fenicios está escrito, en concordancia con lo que dice Beroso sobre el rey de los babilonios, que él subyugó Siria y toda Fenicia. Sobre esto coincide además Filóstrato en sus Historias, al recordar el asedio de Tiro, y Megástenes en el cuarto libro de sus Indias, donde intenta mostrar que el mencionado rey de los babilonios superó a Heracles en valor y grandeza de hazañas, pues dice que conquistó también gran parte de Libia y de Iberia.
En cuanto a lo antes dicho sobre el Templo de Yerushaláyim —que fue incendiado por los babilonios cuando lo atacaron, y que comenzó a reconstruirse una vez que Ciro se hizo con el reino de Asia—, quedará claramente demostrado con los pasajes de Beroso que voy a citar. Dice así en el tercer libro: «Nabucodonosor, pues, después de haber comenzado la muralla mencionada, cayó enfermo y dejó esta vida tras reinar cuarenta y tres años, y el dominio del reino pasó a su hijo Evil-Merodac. Este, gobernando de manera ilegal y licenciosa, fue víctima de una conjura de Neriglisar, marido de su hermana, y murió tras reinar dos años. Muerto él, tomó el poder Neriglisar, el que había conspirado contra él, y reinó cuatro años. Su hijo Laborosoardoc se hizo con el reino siendo un niño, por nueve meses; pero, como daba muestras de muchos malos instintos, sus amigos conspiraron contra él y lo mataron a golpes. Muerto este, los que habían conspirado se reunieron y de común acuerdo confiaron el reino a un tal Nabonido, de Bavel, uno de los de aquella misma conjura. Bajo su gobierno se revistieron de ladrillo cocido y asfalto las murallas junto al río de la ciudad de los babilonios. Cuando corría el año diecisiete de su reinado, Ciro, que había salido de Persia con un gran ejército y sometido todo el resto del reino, se lanzó contra Bavel. Al advertir Nabonido su ataque, le salió al encuentro con su ejército y presentó batalla; pero fue derrotado en el combate y, huyendo con pocos hombres, se encerró en la ciudad de los borsipenos. Ciro, tras tomar Bavel y ordenar que se derribaran las murallas exteriores de la ciudad —porque le pareció demasiado formidable y difícil de tomar—, levantó el campo hacia Borsippa para reducir por asedio a Nabonido. Como Nabonido no resistió el asedio, sino que se entregó de antemano, Ciro lo trató con benevolencia y, dándole Carmania por residencia, lo hizo salir de Bavel. Así, Nabonido pasó el resto de su vida en aquella tierra y allí murió.»
Estos datos coinciden con la verdad de nuestros libros. En ellos está escrito que Nabucodonosor, en el año dieciocho de su reinado, dejó en ruinas nuestro Templo, que estuvo desaparecido cincuenta años, que en el segundo año del reinado de Ciro se echaron sus cimientos y que en el segundo del reinado de Darío quedó terminado.
Añadiré también los registros de los fenicios, pues no hay que omitir la abundancia de pruebas. El cómputo de los años es este: en tiempos del rey Itóbalo, Nabucodonosor sitió Tiro durante trece años. Después de él reinó Baal diez años. Tras él se instituyeron jueces, que juzgaron así: Ecníbalo, hijo de Basleco, dos meses; Quélbes, hijo de Abdeo, diez meses; Ábaro, sumo sacerdote, tres meses; Mítino y Gerástrato, hijo de Abdelimo, jueces, seis años, y entre ellos reinó Balátoro un año. A la muerte de este, enviaron a buscar a Mérbalo desde Bavel, y reinó cuatro años. Muerto Mérbalo, mandaron llamar a su hermano Jiram, que reinó veinte años. Bajo él, Ciro alcanzó el poder sobre los persas. Así pues, todo ese tiempo suma cincuenta y cuatro años y tres meses más: pues en el séptimo año del reinado de Nabucodonosor comenzó el asedio de Tiro, y en el año catorce de Jiram, Ciro el persa tomó el poder.
Concuerdan, pues, con nuestros escritos, en lo tocante al Templo, los registros de los caldeos y de los tirios; y es reconocido e indiscutible el testimonio que he aducido sobre la antigüedad de nuestro linaje. A quienes no sean demasiado porfiados, creo que les bastará con lo dicho.
Pero conviene también satisfacer la exigencia de quienes desconfían de los registros de los bárbaros y solo consideran dignos de crédito a los griegos, y presentar a muchos de estos que conocieron nuestro pueblo y que, cuando venía al caso, hicieron mención de nosotros en sus propias obras. Pitágoras de Samos, hombre antiguo, tenido por superior a todos los filósofos en sabiduría y en piedad hacia lo divino, no solo conoció claramente nuestras cosas, sino que fue desde muy pronto un imitador de ellas. De él no se reconoce ningún escrito propio, pero muchos han narrado lo referente a él, y el más destacado de ellos es Hermipo, hombre cuidadoso en toda investigación histórica. Dice, pues, en el primer libro de su obra sobre Pitágoras, que este, al morir uno de sus discípulos, llamado Califonte, de Crotona, decía que el alma de aquel convivía con él de noche y de día, y que le aconsejaba no pasar por un lugar donde un asno se hubiera derrumbado, abstenerse de las aguas que dan sed y guardarse de toda blasfemia. Y luego añade además esto: «Hacía y decía tales cosas imitando y aplicándose a sí mismo las opiniones de los judíos y de los tracios.» Pues de aquel hombre se cuenta, en verdad, que trasladó a su propia filosofía muchas de las costumbres de los judíos.
Nuestro pueblo tampoco era desconocido de antiguo en las ciudades, y muchas de sus costumbres se habían difundido ya entre algunos y eran tenidas por dignas de imitación por unos cuantos. Lo muestra Teofrasto en su obra sobre las leyes; dice, en efecto, que las leyes de los tirios prohíben pronunciar juramentos extranjeros, y entre ellos, junto con algunos otros, cuenta el llamado juramento korbán. Este no se hallaría en ningún otro pueblo salvo únicamente entre los judíos, y significa, si uno lo traduce de la lengua de los hebreos, «don de Dios».
Y desde luego tampoco Heródoto de Halicarnaso ignoró nuestro pueblo, sino que de algún modo parece haberlo mencionado; pues, al tratar de los colcos en el segundo libro, dice así: «Solos entre todos —dice— los colcos, los egipcios y los etíopes se circuncidan desde el comienzo. Los fenicios y los sirios de la Tierra de Israel reconocen también ellos haberlo aprendido de los egipcios. Los sirios que habitan junto al río Termodonte y el Partenio, y los macrones, sus vecinos, dicen haberlo aprendido hace poco de los colcos. Estos son los únicos hombres que se circuncidan, y es evidente que lo hacen igual que los egipcios. En cuanto a los propios egipcios y etíopes, no puedo decir cuál de los dos lo aprendió del otro.» Así pues, ha dicho que los sirios de la Tierra de Israel se circuncidan; y, de los que habitan la Tierra de Israel, solo los judíos hacen esto; luego, sabiéndolo, lo dijo de ellos.
También Quérilo, poeta más antiguo, menciona nuestro pueblo al decir que fue en campaña con Jerjes, rey de los persas, contra Grecia; pues, tras enumerar todos los pueblos, incluyó en último lugar también el nuestro, diciendo:
«Detrás de ellos avanzaba un pueblo asombroso de ver: de sus bocas dejaban salir lengua fenicia; moraban en los montes Solimos, junto a un ancho lago, con las cabezas rapadas en redondo y mugrientas; y por encima llevaban pieles desolladas de testuces de caballo, endurecidas al humo.»
Es evidente, creo, para todos, que se refería a nosotros, ya que los montes Solimos están en nuestra tierra, la que habitamos, y también el lago llamado Asfaltites; pues este es más ancho y más grande que todos los de Siria. Así, pues, nos menciona Quérilo. Y que no solo conocían a los judíos, sino que además admiraban a cuantos de ellos trataban —y no los más ruines de los griegos, sino los más admirados por su sabiduría—, es fácil de comprobar.
Pues Clearco, que fue discípulo de Aristóteles y no inferior a ninguno de los filósofos del Peripato, dice en su primer libro Sobre el sueño que Aristóteles, su maestro, contaba lo siguiente acerca de cierto hombre judío, poniendo el relato en boca del propio Aristóteles. Está escrito así: «Contar muchas cosas sería largo; pero no está de más exponer las que encierran algo admirable y filosófico de aquel hombre. Sábelo bien, Hiperóquides —dijo—: te parecerá que digo cosas asombrosas, semejantes a sueños.» Y Hiperóquides, con cautela, respondió: «Por eso mismo todos deseamos oírlas.» «Entonces —dijo Aristóteles—, según el precepto de los retóricos, expongamos primero su linaje, para no desobedecer a los maestros del arte de narrar.» «Habla —dijo Hiperóquides—, si algo te parece bien.» «Aquel hombre, pues, era judío de origen, de Celesiria. Estos descienden de los filósofos de la India; y, según dicen, los filósofos se llaman entre los indios calanos, y entre los sirios judíos, nombre que tomaron del lugar, pues el lugar que habitan se llama Judea. El nombre de su ciudad es muy enrevesado: la llaman Yerushaláyim. Este hombre, huésped de muchos, que descendía de las regiones del interior a las de la costa, era griego no solo en la lengua, sino también en el alma. Y por entonces, mientras nosotros pasábamos el tiempo en Asia, llegó a esos mismos lugares y se encontró con nosotros y con algunos otros estudiosos, poniendo a prueba su saber; y como había tratado con muchos hombres cultos, más bien nos transmitía algo de lo que él poseía.» Esto ha dicho Aristóteles según Clearco, y añade además la gran y admirable resistencia del hombre judío en su régimen de vida y su templanza. Quien lo desee puede saber más por el propio libro; que yo me guardo de citar más de lo debido.
Clearco, pues, ha dicho esto de pasada, porque su propósito era otro, y así nos mencionó. Pero Hecateo de Abdera, hombre a la vez filósofo y muy capaz en los asuntos prácticos, que floreció en tiempos del rey Alejandro y trató con Tolomeo hijo de Lago, no de pasada, sino sobre los judíos mismos, escribió un libro, del cual quiero recorrer sumariamente algunas de las cosas dichas. Y primero mostraré la fecha; pues menciona la batalla de Tolomeo contra Demetrio junto a Gaza, que tuvo lugar en el undécimo año tras la muerte de Alejandro, en la olimpíada centésima decimoséptima, según narra Cástor. Pues, al consignar esa olimpíada, dice: «En ella Tolomeo, hijo de Lago, venció en batalla junto a Gaza a Demetrio, hijo de Antígono, el llamado Poliorcetes.» Y que Alejandro murió en la olimpíada centésima decimocuarta lo reconocen todos. Es evidente, pues, que tanto en tiempos de aquel como en los de Alejandro nuestro pueblo estaba en su apogeo.
Dice, pues, de nuevo Hecateo lo siguiente: que después de la batalla de Gaza, Tolomeo se hizo dueño de las regiones de Siria, y muchos hombres, al enterarse de la benevolencia y humanidad de Tolomeo, quisieron partir con él a Mitsraim y tomar parte en sus asuntos. «Uno de ellos —dice— era Jizkiyahu, sumo sacerdote de los judíos, hombre de unos sesenta y seis años de edad, de gran dignidad entre los de su pueblo, nada necio de espíritu y, además, capaz de hablar y experto en los negocios como ninguno. Y eso que todos los sacerdotes de los judíos que reciben el diezmo de los productos y administran los asuntos comunes son alrededor de mil quinientos.» De nuevo, al mencionar al hombre antes citado, dice: «Este hombre, que había alcanzado tal honor y se había hecho familiar nuestro, tomó consigo a algunos de los suyos y les leyó todo el documento, pues tenía por escrito su asentamiento y su constitución.» Luego Hecateo muestra de nuevo cómo nos comportamos respecto de las leyes: que preferimos padecerlo todo antes que transgredirlas, y lo tenemos por algo hermoso. «Por eso —dice—, aun siendo maltratados de palabra por los pueblos vecinos y por cuantos llegan, y ultrajados muchas veces por los reyes y sátrapas persas, no pueden ser apartados de su convicción, sino que por ella afrontan sin reservas tormentos y las muertes más terribles de todas, sin renegar de las tradiciones de sus padres.» Aporta no pocas pruebas de esa firmeza en lo tocante a las leyes; pues dice que, hallándose en cierta ocasión Alejandro en Bavel y habiendo decidido limpiar el templo derruido de Belo, y ordenando a todos sus soldados por igual que acarrearan los escombros, solo los judíos no obedecieron, sino que soportaron muchos azotes y pagaron grandes multas, hasta que el rey los perdonó y les concedió la exención. «Es más —dice—: cuando los que llegaban a su tierra levantaban en ella templos y altares, ellos los derribaban todos, y por unos pagaban una multa a los sátrapas, y por otros obtenían también el perdón.» Y añade que es justo admirarlos por ello.
Habla también de que nuestro pueblo llegó a ser muy numeroso: «pues muchas decenas de miles de nosotros —dice— los persas los deportaron antes a Bavel, y no pocos emigraron también, tras la muerte de Alejandro, a Mitsraim y a Fenicia, a causa de la revuelta en Siria.» Este mismo hombre ha registrado también la extensión de la tierra que habitamos y su belleza: «pues ocupan cerca de tres millones de aruras de la tierra más excelente y fértil —dice—; tan grande es la extensión de Judea.» Y que, además, habitamos desde tiempos antiquísimos la ciudad misma de Yerushaláyim, hermosísima y grandísima, lo cuenta él así, junto con lo relativo a la multitud de sus hombres y a la construcción del Templo: «Los judíos —dice— tienen muchas fortalezas y aldeas por el país, y una sola ciudad fortificada, de unos cincuenta estadios de perímetro, habitada por unas ciento veinte mil personas, a la que llaman Yerushaláyim. Allí, casi en el centro mismo de la ciudad, hay un recinto de piedra de unos cinco pletros de largo y cien codos de ancho, con puertas dobles. En él hay un altar cuadrangular, hecho de piedras sin tallar, recogidas y sin labrar, de veinte codos cada lado y diez codos de alto. Junto a él hay una gran casa, donde hay un altar y un candelabro, ambos de oro, de dos talentos de peso. Sobre ellos hay una luz que no se apaga ni de noche ni de día. No hay imagen alguna ni ofrenda votiva en absoluto, ni planta ninguna, como un bosque sagrado o algo semejante. En él pasan noche y día los sacerdotes, observando ciertas normas de pureza y sin beber vino en absoluto dentro del santuario.»
Además, ha testimoniado que también militaron con el rey Alejandro y luego con sus sucesores. Y lo que él mismo dice haber presenciado, obra de un hombre judío durante la campaña, lo citaré. Dice así: «Yendo yo hacia el mar de los Juncos, nos acompañaba, entre los demás jinetes que nos escoltaban, un judío llamado Meshulam, hombre bien fuerte de ánimo y reconocido por todos —griegos y bárbaros— como el mejor de los arqueros. Este hombre, mientras muchos marchábamos por el camino y cierto adivino observaba el vuelo de las aves y pedía a todos que se detuvieran, preguntó por qué aguardaban. El adivino le mostró el ave y le dijo que, si permanecía quieta, convenía a todos aguardar; si se alzaba y volaba hacia adelante, avanzar; y si se retiraba hacia atrás, volverse de nuevo. Meshulam, sin decir palabra, tensó el arco, disparó y, alcanzando al ave, la mató. El adivino y algunos otros se indignaron y lo maldijeron; pero él dijo: “¿Por qué os enfurecéis, desdichados?” Y, tomando el ave en sus manos, añadió: “¿Cómo iba esta, que no previó su propia salvación, a anunciarnos algo sano sobre nuestro viaje? Pues si hubiera podido conocer de antemano el futuro, no habría venido a este lugar, por temor a que Meshulam el judío la matara de un flechazo.”» Pero basta ya de los testimonios de Hecateo, pues a quienes deseen aprender más les es fácil consultar el libro.
Y no vacilaré en nombrar también a Agatárquides, que hizo mención de nosotros con burla de nuestra simpleza, según él cree. Pues, al narrar lo de Estratónice —cómo vino a Siria desde Macedonia, dejando a su propio marido Demetrio, y cómo Seleuco no quiso casarse con ella, cosa que ella esperaba, y, mientras él realizaba la campaña desde Bavel, promovió una revuelta en torno a Antioquía; y luego, cuando el rey regresó y, al ser tomada Antioquía, ella huyó a Seleucia, pudiendo embarcar y zarpar deprisa, se dejó convencer por un sueño que se lo impedía, fue capturada y murió—; tras contar esto y burlarse de la superstición de Estratónice, toma como ejemplo lo que dice acerca de nosotros, y escribe así: «Los llamados judíos, que habitan la ciudad más fortificada de todas —a la que sus habitantes llaman Yerushaláyim—, tienen por costumbre holgar cada séptimo día, y en los tiempos señalados no empuñan las armas, ni se ocupan de la labranza, ni atienden a ningún otro servicio, sino que, en los santuarios, con las manos extendidas, oran hasta el atardecer. Y cuando Tolomeo, hijo de Lago, entró en la ciudad con su ejército, y aquellos hombres, en vez de guardar la ciudad, mantenían su insensatez, la patria recibió un dueño cruel y quedó al descubierto que la ley encierra una costumbre necia. Ese suceso ha enseñado a todos los demás, salvo a aquellos, a refugiarse entonces en sueños y en la interpretación transmitida sobre la ley, cuando desfallecen en sus razonamientos humanos acerca de lo que los deja perplejos.» Esto a Agatárquides le parece digno de risa; pero, a quienes lo examinan sin malevolencia, se les muestra grande y merecedor de muchos elogios que unos hombres antepongan siempre —aun a costa de su salvación y de su patria— la observancia de las leyes y la piedad hacia Dios.
Y que algunos escritores no por ignorar nuestro pueblo, sino por cierta envidia o por otras causas poco sanas, omitieron mencionarlo, creo poder dar una prueba: pues Jerónimo, el que escribió la historia de los sucesores, vivió en el mismo tiempo que Hecateo, y, siendo amigo del rey Antígono, gobernó Siria. Sin embargo, Hecateo escribió un libro entero sobre nosotros, mientras que Jerónimo en ninguna parte de su historia nos mencionó, y eso que residió casi en aquellos mismos lugares: hasta tal punto difirieron las intenciones de estos hombres. Al uno le parecimos dignos de una mención cuidadosa; al otro, algún sentimiento nada ecuánime le nubló por completo la verdad.
Bastan, con todo, para probar nuestra antigüedad los registros de los egipcios, de los caldeos y de los fenicios, y, junto a ellos, tantos escritores griegos. Y además de los mencionados, Teófilo, Teódoto, Mnaseas, Aristófanes, Hermógenes, Evémero, Conón, Zopirión y quizá muchos otros —pues yo no me he topado con todos los libros— hicieron mención de nosotros no de pasada. Muchos de los hombres citados erraron respecto de la verdad de los hechos originarios, por no haber consultado nuestros libros sagrados; pero en común todos han testimoniado sobre la antigüedad, que es de lo que ahora me he propuesto hablar. Con todo, Demetrio de Falero, Filón el Viejo y Eupólemo no se apartaron mucho de la verdad. A ellos hay que disculparlos, pues no les era posible seguir con toda exactitud nuestros escritos.
Me queda todavía un punto de los que propuse al comienzo del discurso: mostrar que son falsas las calumnias e injurias que algunos han usado contra nuestro linaje, y valerme de quienes las escribieron como testigos contra sí mismos. Que esto mismo les ha ocurrido también a otros muchos, por la malevolencia de algunos, creo que lo saben quienes frecuentan más las historias; pues incluso a algunos pueblos y a las ciudades más ilustres intentaron mancillarles la nobleza e injuriarles sus regímenes: Teopompo, el de los atenienses; Polícrates, el de los lacedemonios; el que escribió el Tripolítico —pues no es Teopompo, como algunos creen— tomó por blanco también a la ciudad de los tebanos; y Timeo, en sus historias, ha blasfemado mucho sobre los ya mencionados y sobre otros. Y esto lo hacen sobre todo cuando se enredan con los más ilustres: unos por envidia y mala índole, otros creyendo que, por decir cosas nuevas, se harán dignos de recuerdo. Entre los insensatos no fallan en esa esperanza; pero los de juicio sano condenan su gran ruindad.
De las blasfemias contra nosotros, los primeros fueron los egipcios; y algunos, queriendo complacerlos, intentaron tergiversar la verdad, sin reconocer cómo fue la llegada de nuestros antepasados a Mitsraim ni decir la verdad sobre la salida. Muchas causas tuvieron para odiarnos y envidiarnos: en un principio, porque nuestros antepasados habían dominado en su país y, al partir de allí y volver de nuevo a su propia tierra, prosperaron; después, la oposición entre unos y otros les infundió una gran enemistad, pues nuestra piedad difiere de la que ellos tienen por costumbre tanto como dista la naturaleza de Dios de la de los animales irracionales. Pues es tradición común entre ellos tener por dioses a esos animales, aunque en particular discrepan entre sí en los honores que les rinden. Hombres del todo frívolos e insensatos, acostumbrados desde el principio a pensar mal de los dioses, no fueron capaces de imitar la solemnidad de nuestra teología y, al vernos admirados por muchos, nos envidiaron. A tal punto de insensatez y de mezquindad llegaron algunos de ellos que no dudaron en contradecir sus propios registros antiguos, e incluso, escribiendo cosas contrarias a sí mismos, por la ceguera de su pasión no lo advirtieron.
Centraré mi discurso en uno primero, a quien poco antes usé también como testigo de la antigüedad. Pues este Manetón, que prometió traducir la historia egipcia a partir de los libros sagrados, tras haber dicho antes que nuestros antepasados llegaron a Mitsraim en muchas decenas de miles y dominaron a sus habitantes, y admitiendo él mismo que después, con el tiempo, fueron expulsados, ocuparon la actual Judea, fundaron Yerushaláyim y construyeron el Templo —hasta ahí siguió los registros. Pero luego, dándose licencia con el pretexto de que iba a escribir lo que se cuenta y se dice como fábula acerca de los judíos, intercaló relatos increíbles, queriendo mezclarnos con una multitud de egipcios leprosos y afectados de otras dolencias que, según él, fueron condenados y huyeron de Mitsraim. Pues, poniendo a un rey Amenofis, nombre falso, y por ello no atreviéndose a fijar la duración de su reinado —aunque en los demás reyes añade los años con exactitud—, a este le atribuye ciertas fábulas, olvidando casi que había narrado que la salida de los pastores hacia Yerushaláyim ocurrió quinientos dieciocho años antes.
Pues Tetmosis era el rey cuando salieron; y desde entonces, según él, entre los reyes intermedios median trescientos noventa y tres años, hasta los dos hermanos Setos y Hermeo —de los cuales dice que Setos fue rebautizado Mitsraim, y Hermeo, Dánao—; a este lo expulsó Setos y reinó cincuenta y nueve años, y después de él el mayor de sus hijos, Rampses, sesenta y seis. Habiendo reconocido, pues, que nuestros padres salieron de Mitsraim tantos años antes, e introduciendo luego a Amenofis como rey interpolado, dice que este deseó ver a los dioses, como Or, uno de los que habían reinado antes de él; y que comunicó su deseo a un homónimo suyo, Amenofis, hijo de Papis, que parecía participar de una naturaleza divina por su sabiduría y su previsión del futuro. Este homónimo le dijo que podría ver a los dioses si limpiaba todo el país de leprosos y de los demás hombres impuros. Complacido el rey, reunió de todo Mitsraim a cuantos tenían el cuerpo tarado, y llegaron a ser una multitud de ochenta mil. A estos los arrojó a las canteras que están en la parte oriental del Nilo, para que trabajaran encerrados aparte de los demás egipcios. Dice que había entre ellos también algunos de los sacerdotes doctos, aquejados de lepra. Y aquel Amenofis, el hombre sabio y adivino, temió la cólera de los dioses contra sí y contra el rey, si aquellos hombres, forzados, eran vistos; y añadió, prediciendo, que ciertos aliados se unirían a los impuros y dominarían Mitsraim durante trece años. No se atrevió a decir esto al rey, pero, dejando por escrito todo, se dio muerte a sí mismo; y el rey quedó abatido.
Y luego escribe así, al pie de la letra: «Como los que estaban en las canteras llevaban ya tiempo suficiente padeciendo, el rey, a instancias suyas, para concederles un descanso y un refugio, les cedió la ciudad entonces abandonada por los pastores, Avaris; según la teología, esa ciudad es desde antiguo de Tifón. Los que entraron en ella, teniendo aquel lugar como base para la rebelión, se pusieron como jefe a un tal Osarsef, uno de los sacerdotes de Heliópolis, y le juraron obediencia en todo. Este, en primer lugar, les impuso como ley no adorar a los dioses ni abstenerse de ninguno de los animales sagrados más venerados en Mitsraim, sino sacrificarlos y consumirlos todos, y no unirse a nadie salvo a los que habían jurado con ellos. Tras dictar tales leyes y otras muchísimas, del todo contrarias a las costumbres egipcias, ordenó reparar con muchos brazos las murallas de la ciudad y prepararse para la guerra contra el rey Amenofis. Él mismo, tomando consigo a otros de los sacerdotes y contaminados, envió embajadores a los pastores expulsados por Tetmosis, a la ciudad llamada Yerushaláyim; y, dándoles a conocer su situación y la de los demás que habían sido deshonrados con él, les pidió que marcharan en campaña conjunta y de común acuerdo contra Mitsraim. Les prometió llevarlos primero a Avaris, patria de sus antepasados, y proveer con abundancia lo necesario a las multitudes; luchar por ellos cuando hiciera falta y someterles fácilmente el país.»
Ellos, rebosantes de alegría, se lanzaron todos con entusiasmo —doscientos mil hombres— y al poco tiempo llegaron a Auaris. Cuando Amenofis, rey de Mitsraim, se enteró de aquella incursión, quedó hondamente turbado, pues recordó la advertencia que le había hecho Amenofis, hijo de Paapis.
Primero reunió a una multitud de egipcios y deliberó con los jefes que estaban entre ellos; luego mandó traer junto a sí los animales sagrados —sobre todo los que gozaban de mayor veneración en los templos— y ordenó a los sacerdotes de cada lugar que ocultaran las imágenes de los dioses de la manera más segura posible.
A su hijo Setos —llamado también Ramsés, por el nombre de su padre Rapsés—, que tenía cinco años, lo puso a resguardo en casa de un amigo suyo. Él, con el resto de los egipcios —que sumaban trescientos mil hombres de los más aguerridos— salió al encuentro de los enemigos, pero no trabó combate; pues, creyendo que iba a luchar contra los dioses, dio media vuelta y regresó a Menfis. Allí recogió al Apis y los demás animales sagrados que había hecho traer, y de inmediato se embarcó rumbo a Etiopía con toda la flota y la multitud de los egipcios, porque el rey de los etíopes le estaba obligado por un favor.
Este lo acogió, dio sustento a toda aquella muchedumbre con los productos que la región tenía aptos para el alimento humano, y les asignó ciudades y aldeas suficientes para pasar los trece años que el destino marcaba a Amenofis lejos del poder; además apostó un ejército etíope en las fronteras de Mitsraim para proteger a la gente del rey Amenofis.
Así iban las cosas por Etiopía. Entretanto, los de Solima bajaron junto con los impuros de los egipcios, y trataron a los hombres de manera tan sacrílega que la dominación de los anteriores parecía oro a quienes por entonces contemplaban las impiedades de estos; pues no solo incendiaron ciudades y aldeas, ni se contentaron con saquear los templos y destrozar las imágenes de los dioses, sino que se servían continuamente de esas mismas cocinas para asar los animales sagrados que se veneraban, y obligaban a los sacerdotes y profetas a degollarlos y sacrificarlos, y después los expulsaban desnudos.
Se dice que quien les impuso su régimen político y sus leyes fue un sacerdote de linaje heliopolitano, llamado Osarsif por Osiris, el dios de Heliópolis; y que, al pasarse a este pueblo, cambió de nombre y se hizo llamar Moshé.
Esto es lo que los egipcios cuentan acerca de los judíos, y otras muchas cosas más, que omito por brevedad. Dice de nuevo Manetón que, después de esto, Amenofis avanzó desde Etiopía con un gran ejército, y también su hijo Ramsés con fuerzas propias; y que, atacando ambos a los pastores y a los impuros, los vencieron, mataron a muchos y los persiguieron hasta las fronteras de Siria.
Esto y cosas semejantes escribió Manetón. Que desvaría y miente de forma manifiesta lo voy a demostrar; pero antes quiero dejar sentado un punto, en previsión de lo que más adelante habrá que decir contra otros. Este hombre nos ha concedido y reconocido desde el principio que nuestro pueblo no era egipcio, sino que llegó de fuera, se apoderó de Mitsraim y de nuevo salió de allí.
Que después no se mezclaron con nosotros los egipcios de cuerpo lisiado, y que Moshé, el que condujo al pueblo, no era de esos, sino que había vivido muchas generaciones antes, es lo que intentaré demostrar con sus propias palabras.
En primer lugar, propone como causa de su invención algo ridículo: dice que el rey Amenofis deseó ver a los dioses. ¿A cuáles? Si a los que ellos tienen establecidos por ley —el buey, el macho cabrío, los cocodrilos y los cinocéfalos—, ya los veía.
¿Y a los celestes cómo podía verlos? ¿Y por qué le entró tal deseo? Porque, ¡por Zeus!, otro rey anterior a él ya los había visto. De aquel, pues, habría sabido qué clase de seres eran y de qué modo los había contemplado, de suerte que no le hacía falta ninguna nueva técnica.
Pero —dice— el adivino era sabio, y mediante él confiaba el rey lograrlo. ¿Y cómo no previó que el deseo del rey era imposible? Porque no se cumplió. ¿Y qué sentido tenía que a causa de los mutilados o los leprosos los dioses se hicieran invisibles? Los dioses se irritan por las impiedades, no por los defectos del cuerpo.
¿Y cómo era posible reunir en un solo día, poco más o menos, ochenta mil leprosos y enfermos? ¿Y cómo desobedeció el rey al adivino? Pues este le había mandado expulsar de Mitsraim a los lisiados, y él, en cambio, los arrojó a las canteras, como si necesitara obreros y no se propusiera purificar la tierra.
Dice además que el adivino se quitó la vida, previendo la ira de los dioses y lo que iba a suceder en Mitsraim, y que dejó al rey por escrito su vaticinio. Entonces, ¿cómo no supo el adivino desde el principio su propia muerte? ¿Y cómo no contradijo enseguida al rey cuando este quiso ver a los dioses?
¿Y qué fundamento tenía su miedo a males que no iban a caer sobre él mismo? ¿O acaso, si tuviera que sufrir algo peor, se habría dado prisa en matarse? Pero veamos lo más necio de todo: pues, tras enterarse de esto y temer por lo venidero, a aquellos lisiados —de los cuales se le había dicho que purificara Mitsraim— ni siquiera entonces los expulsó del país, sino que, a petición suya, les dio una ciudad, según dice, habitada antiguamente por los pastores y llamada Auaris.
Reunidos allí —dice—, eligieron por jefe a uno de los que antaño habían sido sacerdotes de Heliópolis, y este les enseñó a no adorar a los dioses ni abstenerse de los animales venerados en Mitsraim, sino a sacrificarlos y comerlos todos, y a no unirse a nadie salvo a los conjurados; y, tras ligar a la multitud con juramentos de mantenerse fieles a estas leyes, fortificó Auaris y llevó la guerra contra el rey.
Añade que envió a Yerushaláyim para invitar a aquella gente a ser sus aliados, prometiéndoles entregarles Auaris —pues, según él, era el hogar ancestral de los que vinieran de Yerushaláyim, y partiendo de allí podrían apoderarse de todo Mitsraim—.
Luego dice que aquellos avanzaron con doscientos mil hombres de ejército, y que Amenofis, el rey de los egipcios, por no creer que debía luchar contra los dioses, huyó al punto a Etiopía, tras confiar el Apis y algunos de los demás animales sagrados a los sacerdotes con orden de custodiarlos.
Y que los de Yerushaláyim avanzaron, arrasaron las ciudades, quemaron los templos, degollaron a los jinetes y, en suma, no se abstuvieron de ningún crimen ni de ninguna crueldad.
El sacerdote que les impuso su régimen y sus leyes era —dice— de linaje heliopolitano, de nombre Osarsif por Osiris, el dios de Heliópolis, y, al mudar de nombre, se hizo llamar Moshé.
Dice que al decimotercer año —pues tanto era el tiempo que el destino marcaba a Amenofis lejos del poder— este avanzó desde Etiopía con un gran ejército, atacó a los pastores y a los impuros, los venció en batalla, mató a muchos y los persiguió hasta las fronteras de Siria.
En todo esto, una vez más, no advierte lo inverosímil de su mentira. Pues aquellos leprosos y la multitud que iba con ellos, aun cuando antes estuvieran irritados con el rey y con los que les habían hecho semejante cosa según el vaticinio del adivino, sin embargo, una vez que salieron de las canteras y recibieron de él una ciudad y un territorio, sin duda se habrían aplacado con él.
Y aunque siguieran odiándolo, habrían conspirado contra él en privado, pero no habrían emprendido una guerra contra todos —está claro, teniendo tantísimos vínculos de parentesco, siendo tan numerosos como eran—.
Y aun decididos a hacer la guerra a los hombres, no se habrían atrevido a guerrear contra sus propios dioses, ni se habrían dado leyes por completo contrarias a las patrias, aquellas en que se habían criado.
Pero hay que dar gracias a Manetón por no decir que los cabecillas de esta iniquidad fueron los venidos de Yerushaláyim, sino que fueron aquellos mismos, egipcios de nacimiento, y sobre todo sus sacerdotes, quienes idearon esto y ligaron con juramentos a la multitud.
Sin embargo, ¿cómo no es absurdo que ninguno de sus parientes ni de sus amigos se sublevara con ellos ni compartiera el riesgo de la guerra, y que en cambio enviaran a los impuros a Yerushaláyim para procurarse la alianza de aquellos?
¿Qué amistad o qué parentesco previo tenían? Al contrario: eran enemigos y diferían muchísimo en sus costumbres. Y dice que aquellos obedecieron enseguida a quienes les prometían que se apoderarían de Mitsraim, ¡como si no conocieran de sobra el país del que a la fuerza habían sido expulsados!
Ahora bien, si estuvieran en apuros o pasaran penurias, quizá se arriesgarían; pero, habitando una ciudad próspera y disfrutando de un vasto territorio mejor que el de Mitsraim, ¿por qué razón iban a exponerse a socorrer a viejos enemigos de cuerpo lisiado, a quienes ni siquiera sus propios parientes soportaban? Pues no podían prever la huida que iba a emprender el rey; al contrario, él mismo ha dicho que el hijo de Amenofis salió al encuentro con trescientos mil hombres hacia Pelusio. Y eso lo sabían de sobra los que allí acudían; pero su arrepentimiento y su fuga, ¿de dónde iban a adivinarlos?
Después dice que, tras apoderarse de Mitsraim, los que vinieron en campaña desde Yerushaláyim cometieron muchas atrocidades, y por ello los reprocha, como si no fuera él quien había traído a unos enemigos contra ellos, o como si hubiera que acusar a los invitados de fuera cuando eran los egipcios de nacimiento quienes hacían esto antes de la llegada de aquellos, y habían jurado hacerlo.
Pero también, tiempo después, Amenofis avanzó, venció en batalla y, matando a los enemigos, los persiguió hasta Siria. ¡Tan fácil de conquistar es Mitsraim, según eso, para cualquiera que la ataque venga de donde venga!
Y los que entonces la dominaban por las armas, aun sabiendo que Amenofis vivía, ni fortificaron los accesos desde Etiopía —teniendo abundantes medios para ello— ni prepararon el resto de sus fuerzas; y él —dice— matándolos incluso hasta Siria, los siguió a través de la arena sin agua, cosa que evidentemente no es fácil ni sin lucha atravesar con un ejército.
Así pues, según Manetón, nuestro linaje ni procede de Mitsraim ni se mezcló con él ninguno de sus gentes; pues de los leprosos y enfermos es de suponer que muchos murieron en las canteras, tras pasar allí largo tiempo padeciendo penalidades, muchos en las batallas posteriores, y la mayoría en la última y en la huida.
Me queda hablarle acerca de Moshé. A este hombre los egipcios lo tienen por admirable y divino, y quieren apropiárselo con una calumnia inverosímil, diciendo que era un heliopolitano, uno de los sacerdotes de allí, expulsado junto con los demás a causa de la lepra.
Pero se demuestra por los registros que vivió quinientos dieciocho años antes y que sacó de Mitsraim a nuestros padres hacia la tierra que ahora habitamos.
Que tampoco padecía tal desgracia en el cuerpo se ve claramente por lo que él mismo dispone: a los leprosos les prohíbe permanecer en la ciudad o vivir en aldea, y les manda andar solos con las vestiduras rasgadas; y a quien los toca o comparte techo con ellos lo tiene por impuro.
Es más: aunque se cure de la enfermedad y recobre su estado natural, prescribe ciertos ritos de purificación —lavarse con baños de aguas de manantial y rasurarse todo el cabello— y ordena que, tras ofrecer numerosos sacrificios de toda clase, entre entonces en la ciudad santa.
Y, sin embargo, lo natural habría sido lo contrario: que quien hubiera sufrido esa desgracia mostrara alguna consideración y humanidad hacia los que padecían el mismo infortunio que él.
No solo legisló así acerca de los leprosos, sino que ni siquiera permitió ejercer el sacerdocio a quienes tuvieran mutilada la menor parte del cuerpo; y si alguno, ya en pleno ejercicio del sacerdocio, sufría tal desgracia, le retiraba la dignidad.
¿Cómo, pues, es verosímil que aquel legislara estas cosas, cuando los que las promulgaban se habían reunido a causa de semejantes desgracias, dándose neciamente contra sí mismos leyes de oprobio y perjuicio?
Es más: también ha alterado el nombre de forma muy inverosímil, pues dice que se llamaba Osarsif. Ahora bien, este nombre no encaja con el cambio, mientras que el nombre verdadero significa «el salvado de las aguas» —Moshé—, ya que los egipcios llaman al agua «mou».
Considero, pues, que ha quedado suficientemente claro que Manetón, mientras siguió los antiguos registros, no se apartó mucho de la verdad; pero, en cuanto se volvió hacia fábulas sin autor, o bien las compuso de manera inverosímil, o bien dio crédito a algunos que hablaban por hostilidad.
Después de este quiero examinar a Queremón; pues también él, diciendo que escribe una historia egipcia y poniendo al rey el mismo nombre que Manetón —Amenofis— y a su hijo Ramsés, dice que durante el sueño se le apareció Isis a Amenofis, reprochándole que su templo hubiera sido destruido en la guerra. Fritibautes, un escriba sagrado, le dijo que, si purificaba Mitsraim de los hombres que tenían contaminación, dejaría de sentir aquel espanto.
Escogió, pues, a doscientos cincuenta mil de los afligidos y los expulsó. Los conducían los escribas Moshé y Yosef —este también escriba sagrado—, cuyos nombres egipcios eran, para Moshé, Tisitén, y para Yosef, Petesef.
Estos llegaron a Pelusio y se encontraron con trescientos ochenta mil hombres que Amenofis había dejado allí, a los cuales no quería llevar a Mitsraim; hicieron amistad con ellos y marcharon en campaña contra Mitsraim.
Amenofis, no resistiendo su ataque, huyó a Etiopía dejando encinta a su mujer, la cual, ocultándose en unas cuevas, dio a luz un hijo llamado Ramsés, quien, ya hecho hombre, expulsó a los judíos hacia Siria —eran unos doscientos mil— y acogió de vuelta de Etiopía a su padre Amenofis.
Esto es lo que dice Queremón. Creo que, por lo dicho, resulta patente la falsedad de ambos; pues, de haber alguna verdad de fondo, era imposible discrepar hasta tal punto, mientras que quienes fabrican mentiras no escriben cosas concordes con las de otros, sino que inventan lo que a cada uno se le antoja.
Aquel, en efecto, dice que el deseo del rey de ver a los dioses fue el origen de la expulsión de los impuros; Queremón, en cambio, ha imaginado un sueño particular, el de Isis.
Aquel dice que fue Amenofis quien predijo al rey la purificación; este, que fue Fritobautes. Y en cuanto al número de la multitud, ¡qué cerca andan!: ochenta mil dice el uno, veinticinco mil el otro.
Además, Manetón primero arroja a los impuros a las canteras, luego les da Auaris para habitarla y los enemista con los demás egipcios, y solo entonces dice que reclamaron el auxilio de los de Yerushaláyim; Queremón, en cambio, dice que, al salir de Mitsraim, encontraron cerca de Pelusio a trescientos ochenta mil hombres dejados allí por Amenofis, y que con ellos volvieron a invadir Mitsraim, mientras Amenofis huía a Etiopía.
Y lo más notable: ni siquiera ha dicho quiénes ni de dónde eran aquellos tantísimos miles del ejército, si egipcios de nacimiento o venidos de fuera; ni tampoco aclaró la razón por la cual el rey no quiso llevarlos a Mitsraim —él, que a propósito de los leprosos había fabulado el sueño de Isis—.
A Moshé, Queremón le añadió como expulsado en el mismo tiempo a Yosef, que era anterior a Moshé y había muerto cuatro generaciones antes, lo que hace casi ciento setenta años.
Es más: Ramsés, el hijo de Amenofis, según Manetón, es un joven que combate junto a su padre y huye con él a Etiopía; este, en cambio, lo presenta nacido en cierta cueva después de la muerte del padre, y luego venciendo en batalla y expulsando hacia Siria a los judíos, que eran unos doscientos mil.
¡Qué ligereza! Pues ni antes dijo quiénes eran los trescientos ochenta mil, ni cómo perecieron los doscientos treinta mil: si cayeron en la batalla o si se pasaron a Ramsés.
Y lo más asombroso: ni siquiera es posible aprender de él a quiénes llama judíos, ni a cuáles de ellos aplica esa denominación: si a los doscientos cincuenta mil leprosos o a los trescientos ochenta mil de Pelusio.
Pero acaso fuera necio refutar con más razones a quienes se refutan a sí mismos; que ser refutado por otros habría sido más llevadero.
Junto a estos añadiré a Lisímaco, que ha tomado la misma premisa de mentira que los anteriores acerca de los leprosos y lisiados, pero que ha superado la inverosimilitud de aquellos con sus invenciones, y que a las claras las compuso movido por gran hostilidad; pues dice que, bajo Bócoris, rey de los egipcios, el pueblo de los judíos, que eran leprosos, sarnosos y aquejados de otras enfermedades, se refugiaba en los templos a mendigar alimento; y que, al caer muchísima gente enferma, hubo esterilidad en Mitsraim.
Bócoris, rey de los egipcios, envió al oráculo de Amón a consultar sobre la esterilidad, y el dios respondió que purificara los templos de hombres impíos e impuros, expulsándolos de los recintos sagrados a lugares desiertos; que a los sarnosos y leprosos los hundiera en el mar, pues el sol se indignaba de que vivieran; y que, purificados los templos, la tierra volvería a dar fruto.
Bócoris, recibidos los oráculos, convocó a los sacerdotes y servidores de los altares y ordenó que, tras hacer una selección de los impuros, los entregaran a los soldados para conducirlos al desierto, y que a los leprosos los envolvieran en láminas de plomo para arrojarlos al mar.
Hundidos los leprosos y sarnosos, los demás fueron reunidos y abandonados en lugares desiertos para que perecieran; pero, congregados, deliberaron sobre su suerte, y, al caer la noche, encendieron fuego y lámparas para guardarse, y la noche siguiente, ayunando, aplacaron a los dioses para que los salvaran.
Al día siguiente, un tal Moshé les aconsejó arriesgarse a abrir un solo camino hasta llegar a lugares habitados, y les recomendó no mostrar buena voluntad a hombre alguno, ni dar los mejores consejos sino los peores, y derribar los templos y altares de los dioses que encontraran a su paso.
Habiendo asentido los demás, hicieron lo acordado y marcharon por el desierto; y, tras sufrir grandes penalidades, llegaron a tierra habitada, y, ultrajando a los hombres, saqueando e incendiando los templos, llegaron a la que ahora se llama Judea, donde fundaron una ciudad y se establecieron.
Esa ciudad se llamó Hierósila —«saqueo de templos»— por la disposición de aquellos. Más tarde, cuando con el tiempo se hicieron poderosos, mudaron el nombre para no ser objeto de oprobio, y llamaron a la ciudad Yerushaláyim y a sí mismos yerushalemitas.
Este ni siquiera acertó a nombrar el mismo rey que aquellos, sino que ha inventado un nombre más novedoso; y, dejando de lado el sueño y el profeta egipcio, se ha ido al oráculo de Amón a traer una respuesta acerca de los sarnosos y leprosos; pues dice que en los templos se congregaba una multitud de judíos. ¿Acaso puso ese nombre a los leprosos, o solo eran judíos los que habían caído en las enfermedades? Porque dice «el pueblo de los judíos». ¿De qué clase?
¿Advenedizo o de linaje autóctono? ¿Por qué, entonces, siendo egipcios, los llamas judíos? Y si eran extranjeros, ¿por qué no dices de dónde? ¿Y cómo, habiendo el rey hundido a muchos de ellos en el mar y arrojado al resto a lugares desiertos, quedó tan gran multitud?
¿O de qué modo atravesaron el desierto, se apoderaron del territorio que ahora habitamos, fundaron una ciudad y edificaron un templo célebre entre todos?
Debía también, del legislador, no solo decir el nombre, sino aclarar de qué linaje era y de qué padres, y por qué se le ocurrió darles tales leyes acerca de los dioses y de la injusticia contra los hombres durante la marcha.
Pues si eran egipcios de nacimiento, no habrían mudado tan fácilmente de las costumbres patrias; y si venían de otra parte, sin duda tendrían algunas leyes guardadas por larga tradición.
Ahora bien, si hubieran jurado no mostrar jamás buena voluntad hacia quienes los expulsaron, tendría un motivo razonable; pero que estos declararan guerra sin cuartel a todos los hombres —cuando, según él mismo dice, lo pasaban mal y necesitaban ayuda de todos— no denota la insensatez de aquellos, sino, y muy grande, la del mentiroso, que hasta se atrevió a decir que pusieron el nombre a la ciudad por el saqueo de templos, y que luego lo alteraron; pues está claro que a los venideros el nombre les traía vergüenza y odio, mientras que los propios fundadores de la ciudad creían honrarse a sí mismos llamándola así. Pero el buen hombre, por su gran desenfreno en injuriar, no comprendió que «saquear templos» no lo nombramos los judíos con la misma palabra que los griegos.
¿Para qué, pues, decir más contra quien miente con tal desvergüenza? Mas, puesto que este libro ya ha alcanzado una extensión proporcionada, comenzando de nuevo intentaré aportar el resto de lo relativo al asunto propuesto.
Capítulo III
Contra Apión, libro 2
En el libro anterior, muy estimado Epafrodito, expuse lo tocante a nuestra antigüedad, confirmando su verdad con los documentos de los fenicios, los caldeos y los egipcios, y presentando como testigos a muchos escritores griegos; y refuté a Manetón, a Queremón y a algunos otros.
Empezaré ahora a rebatir a los demás que han escrito algo contra nosotros. Aunque, sobre atreverme a refutar a Apión el gramático, me asaltó la duda de si valía la pena el esfuerzo.
Pues parte de lo que escribió se parece a lo dicho por otros; parte lo añadió con suma frialdad; y lo más rebosa de bufonería y —si hay que decir la verdad— de una gran ignorancia, como obra de un hombre de carácter ruin y que toda su vida no fue sino un agitador de la plebe.
Pero como la mayoría de la gente, por su propia necedad, se deja cautivar por tales discursos más que por lo escrito con seriedad, y goza con las injurias mientras se fastidia con los elogios, juzgué necesario no dejar tampoco a este sin examen, ya que nos ha acusado abiertamente, como quien presenta cargos ante un tribunal.
Pues también observo que a mucha gente le acompaña este rasgo: disfrutar en extremo cuando alguien que ha empezado a difamar a otro queda él mismo en evidencia por los males que le son propios.
No es fácil recorrer su discurso ni entender con claridad qué quiere decir; pero, en medio de tanta confusión y de tal maraña de mentiras, cabe decir que unas cosas caen en el mismo género de lo ya examinado antes acerca de la emigración de nuestros antepasados desde Mitsraim, otras son una acusación contra los judíos que habitan en Alejandría, y una tercera, mezclada con lo anterior, es una acusación acerca de nuestro culto en el Templo y de las demás observancias.
Que nuestros padres no eran egipcios de raza, ni fueron expulsados de allí por corrupción de sus cuerpos ni por otras calamidades semejantes, creo haberlo demostrado no solo suficientemente, sino incluso más allá de lo debido.
De lo que Apión añade haré mención brevemente.
Dice, en efecto, en el tercer libro de sus Historias de Mitsraim, lo siguiente: «Moshé, según oí de los ancianos de los egipcios, era heliopolitano; y, atado a las costumbres de su patria, elevaba oraciones al aire libre hacia los recintos que tenía el sol, y las dirigía todas hacia el naciente, pues así está orientada también la ciudad de Heliópolis. En lugar de obeliscos erigió columnas, bajo las cuales había esculpida una barca, y sobre ella dispuesta la sombra de un hombre, como significando que este recorre siempre en el éter su camino junto al sol.»
Tal es la admirable prosa del gramático. Su mentira no necesita palabras para refutarse: los hechos mismos la dejan al descubierto. Pues ni el propio Moshé, cuando erigió el primer Mishkán para Dios, puso en él ninguna figura de esa clase ni mandó a los que vinieran después que la hicieran; y quien más tarde construyó el Templo de Yerushaláyim, Shlomo, se abstuvo de todo ese género de extravagancias que Apión ha urdido.
Dice que oyó de los ancianos que Moshé era heliopolitano: es claro que, siendo él mismo más joven, dio crédito a quienes por su edad lo habrían conocido y tratado.
Y siendo gramático, no podría afirmar con certeza cuál es la patria de Homero, el poeta, ni la de Pitágoras, que vivió casi anteayer; pero sobre Moshé, que precede a aquellos en tan enorme número de años, así se pronuncia a la ligera, fiándose del oír decir de unos ancianos, con lo que se ve a las claras que miente.
Y en cuanto a las fechas en que dice que Moshé sacó a los leprosos, los ciegos y los lisiados de los pies, ¡con qué exactitud concuerda con los que le precedieron, según creo, este gramático tan riguroso!
Pues Manetón dice que los judíos salieron de Mitsraim en el reinado de Tetmosis, trescientos noventa y tres años antes de la huida de Dánao a Argos; Lisímaco, que fue en tiempos del rey Bócoris, es decir, mil setecientos años antes; Molón y algunos otros, según a cada cual le pareció.
Pero Apión, el más digno de fe de todos, fijó la salida con precisión en la séptima olimpiada, y en el primer año de esta, aquel en que —dice— los fenicios fundaron Cartago. Añadió sin falta lo de Cartago creyendo que le sería una prueba clarísima de la verdad, sin darse cuenta de que atraía sobre sí mismo la refutación.
Pues si sobre esa cronología hay que fiarse de los registros de los fenicios, en ellos consta que el rey Jiram es anterior a la fundación de Cartago en más de ciento cincuenta años; y de él ya di antes las pruebas sacadas de los registros fenicios, a saber, que Jiram fue amigo de Shlomo, el que edificó el Templo de Yerushaláyim, y contribuyó en mucho a la construcción del Templo. Y el propio Shlomo edificó el Templo seiscientos doce años después de que los judíos salieran de Mitsraim.
En cuanto al número de los expulsados, tras improvisarlo igual que Lisímaco —pues dice que eran ciento diez mil—, aduce una causa admirable y verosímil por la cual, según él, se llamó al Shabat.
«Pues tras caminar —dice— seis días de camino, les salieron tumores en las ingles, y por esa causa reposaron al séptimo día, ya a salvo en la tierra que ahora se llama Judea, y llamaron a ese día sabbaton, conservando la lengua de los egipcios; porque los egipcios llaman al dolor de ingle sabbatosis.»
¿No habría que reírse de semejante disparate o, al contrario, aborrecer la desvergüenza de quien escribe tales cosas? Pues está claro que todos, ciento diez mil hombres, tuvieron a la vez tumores en la ingle.
Ahora bien: si aquellos eran ciegos, cojos y enfermos de toda dolencia, como dice Apión, no habrían podido avanzar ni un solo día de camino; y si eran capaces de andar por un vasto desierto y, encima, de vencer combatiendo a cuantos se les oponían, no les habrían salido a todos tumores de golpe después del sexto día.
Pues ni tal cosa les sobreviene por naturaleza a los que caminan por necesidad —muchas decenas de miles de soldados marchan durante muchos días su jornada regular—, ni es verosímil que ocurriera así por azar: sería lo más absurdo de todo.
Pero el admirable Apión, tras haber dicho antes que en seis días llegaron a Judea, dice luego que Moshé subió al monte que está entre Mitsraim y Arabia, el llamado Sinaí, y allí estuvo oculto cuarenta días, y que al bajar de allí dio a los judíos las leyes. Y sin embargo, ¿cómo es posible que los mismos hombres permanecieran cuarenta días en un lugar desierto y sin agua, y recorrieran todo el trecho intermedio en seis días?
Y la alteración gramatical del nombre del Shabat encierra mucha desvergüenza o una tremenda ignorancia: pues sabbo y sabbaton difieren muchísimo entre sí. El sabbaton, en la lengua de los judíos, significa el descanso de toda obra; mientras que sabbo, según él mismo dice, significa entre los egipcios el dolor de ingle.
Tales novedades acerca de Moshé y de la salida de los judíos de Mitsraim inventó el egipcio Apión, discurriendo por encima de los demás. ¿Y qué tiene de extraño que mienta acerca de nuestros antepasados, diciendo que eran egipcios de raza?
Pues sobre sí mismo mintió al revés: nacido en un Oasis de Mitsraim, siendo el más egipcio de todos los egipcios, por así decirlo, renegó de su verdadera patria y de su raza, y mintiendo al proclamarse alejandrino confiesa la vileza de su linaje.
Con razón, pues, llama egipcios a aquellos a quienes odia y quiere injuriar; porque si no tuviera a los egipcios por gente vilísima, no habría renegado de su raza, ya que los que se enorgullecen de sus patrias se honran a sí mismos llevando su nombre y ponen en evidencia a quienes injustamente lo reclaman.
Respecto a nosotros, los egipcios se hallan en una de dos: o pretenden el parentesco como quien se envanece, o nos arrastran a compartir su mala fama.
Pero el noble Apión parece haber querido ofrecer a los alejandrinos, como una especie de pago por la ciudadanía que le fue concedida, la difamación contra nosotros; y conociendo su aversión hacia los judíos que conviven con ellos en Alejandría, se propuso injuriar a aquellos, pero abarcando también a todos los demás, mintiendo sin vergüenza en ambos casos.
Veamos, pues, cuáles son esas cosas terribles y odiosas de las que ha acusado a los judíos que habitan en Alejandría. «Venidos —dice— de Siria, se establecieron junto a un mar sin puertos, vecinos al lugar donde rompen las olas.»
Pues bien: si el lugar merece injuria, entonces injuria a Alejandría, que él llama —sin ser su patria— la suya; porque también la parte costera pertenece a Alejandría y es, como todos reconocen, la mejor para habitar.
Y si los judíos la ocuparon por la fuerza, sin ser luego expulsados, ello es para ellos prueba de valentía; pero fue Alejandro quien les dio ese lugar para habitar, y obtuvieron entre los macedonios igual honor.
No sé qué habría dicho Apión si se hubieran asentado junto a la necrópolis y no junto al barrio real; pues hasta hoy su tribu lleva el nombre de «los macedonios».
Si hubiera leído las cartas del rey Alejandro y las de Tolomeo hijo de Lago y las de los reyes de Mitsraim que le siguieron, y hubiera dado con los documentos y con la estela erigida en Alejandría que contiene los derechos que el gran César concedió a los judíos —si, digo, conociendo todo esto se atrevió a escribir lo contrario, era un malvado; y si nada de ello sabía, un ignorante.
Y en cuanto a su asombro de que, siendo judíos, se llamen alejandrinos, es de la misma ignorancia; pues todos los que son llamados a una colonia, por mucho que difieran entre sí en su origen, toman el nombre de sus fundadores.
¿Y qué falta hace hablar de los demás? Los propios judíos que habitan en Antioquía se llaman antioquenos, porque el fundador Seleuco les concedió la ciudadanía; y del mismo modo los de Éfeso y del resto de Jonia llevan el mismo nombre que los ciudadanos nativos, por habérselo otorgado los diádocos.
¿Y no ha compartido acaso la magnanimidad de los romanos su propio nombre con casi todos —no solo con hombres, sino con grandes naciones enteras? Así, los antiguos íberos, los tirrenos y los sabinos se llaman romanos.
Y si Apión suprime este modo de conceder la ciudadanía, que deje de llamarse a sí mismo alejandrino; pues, nacido —como dije antes— en lo más hondo de Mitsraim, ¿cómo sería alejandrino si se aboliera la ciudadanía por concesión, tal como él mismo la ha juzgado inválida en nuestro caso? Y eso que solo a los egipcios los romanos, dueños ahora del mundo, les han prohibido acceder a ciudadanía alguna.
Pero él es tan noble que, pretendiendo participar de aquello mismo que se le negaba, se puso a calumniar a quienes la recibieron con justicia; pues no fue por falta de pobladores para la ciudad que fundaba con tanto esmero por lo que Alejandro reunió allí a algunos de los nuestros, sino que, tras examinar cuidadosamente a todos por su valor y su lealtad, otorgó a los nuestros ese honor.
Pues honraba a nuestro pueblo, como también dice de nosotros Hecateo: que, por la equidad y la lealtad que le mostraron los judíos, les añadió la región de Shomrón para que la tuvieran libre de tributo.
De modo semejante a Alejandro pensó también Tolomeo hijo de Lago acerca de los que habitaban en Alejandría; pues les confió las fortalezas de Mitsraim, suponiendo que las guardarían con lealtad y con nobleza a un tiempo; y queriendo dominar firmemente Cirene y las demás ciudades de Libia, envió a ellas parte de los judíos a poblarlas.
Y el que le sucedió, Tolomeo apellidado Filadelfo, no solo devolvió a cuantos de los nuestros tenía cautivos, sino que además les regaló muchas veces dinero, y, lo más grande, se hizo deseoso de conocer nuestras leyes y de leer los libros de las Sagradas Escrituras.
Envió, en efecto, pidiendo que se le mandaran hombres que le tradujeran la Torá, y encargó el cuidado de que aquello se pusiera bien por escrito no a cualesquiera, sino a Demetrio de Falero, a Andreas y a Aristeas: a Demetrio, que sobresalía en cultura entre los de su tiempo, y a los otros, a quienes tenía encomendada la guardia de su persona, los puso al frente de ese cuidado. No habría deseado aprender a fondo nuestras leyes y nuestra ancestral filosofía si hubiera despreciado a los hombres que las siguen, en lugar de admirarlos grandemente.
Pero a Apión se le pasaron por alto casi por completo, uno tras otro, los reyes macedonios, sus antepasados, que estuvieron con nosotros en los términos más cordiales; pues también el tercer Tolomeo, el llamado Evergetes, tras conquistar por la fuerza toda Siria, no ofreció los sacrificios de acción de gracias por la victoria a los dioses de Mitsraim, sino que, llegando a Yerushaláyim, ofreció a Dios muchos sacrificios según es costumbre entre nosotros, y consagró ofrendas dignas de la victoria.
Y Tolomeo Filométor y su mujer Cleopatra confiaron a los judíos todo su reino, y fueron generales de todo el ejército los judíos Onías y Dositeo, cuyos nombres se burla Apión, cuando debería admirar sus obras y, lejos de injuriarlos, estarles agradecido por haber salvado a Alejandría, cuya ciudadanía él reclama.
Pues cuando aquellos guerreaban contra la reina Cleopatra y estaban en peligro de perecer miserablemente, ellos negociaron un acuerdo y la libraron de los males de la guerra civil. «Pero después de esto —dice— Onías condujo un ejército contra la ciudad, estando allí presente Termo, el legado de los romanos.»
Y yo diría que lo hizo con rectitud y con toda justicia. Pues Tolomeo, el apellidado Fiscón, muerto su hermano Tolomeo Filométor, salió de Cirene con intención de expulsar a Cleopatra del reino y a los hijos del rey, para arrogarse él mismo el trono injustamente.
Por eso, pues, Onías emprendió la guerra contra él en favor de Cleopatra, y la lealtad que había tenido hacia los reyes no la abandonó de ningún modo en la necesidad.
Y Dios, testigo de su justicia, se manifestó claramente; pues Tolomeo Fiscón, cuando se dispuso a combatir contra el ejército de Onías, y habiendo apresado a todos los judíos de la ciudad con sus hijos y mujeres, y arrojándolos desnudos y encadenados bajo los elefantes para que perecieran pisoteados por ellos, y habiendo para ello embriagado a las mismas bestias, obtuvo lo contrario de lo que había preparado.
Pues los elefantes, dejando de lado a los judíos que les habían echado delante, se lanzaron contra sus amigos y mataron a muchos de ellos. Y después de esto, Tolomeo contempló una aparición terrible que le prohibía dañar a aquellos hombres; y como su concubina predilecta —a la que unos llaman Ítaca y otros Irene— le suplicara que no cometiera tamaña impiedad, cedió a ella e hizo penitencia de lo que ya había hecho o iba a hacer. De ahí que con razón los judíos establecidos en Alejandría celebren ese día, por cuanto abiertamente merecieron de Dios la salvación.
Pero Apión, calumniador de todo, se atrevió a acusar a los judíos incluso por la guerra sostenida contra Fiscón, cuando debería haberlos elogiado. Menciona además a la última Cleopatra, reina de los alejandrinos, como reprochándonos que fuera ingrata con nosotros, en lugar de esforzarse por reprobarla a ella; a ella, a quien no le faltó ninguna clase de injusticia ni de malas obras, ni contra los allegados de su linaje, ni contra sus propios maridos, que hasta la amaron, ni, en general, contra todos los romanos y contra los emperadores que la beneficiaron; a ella, que mató en el templo a su hermana Arsínoe, que en nada la dañaba, y que quitó la vida a su hermano mediante asechanzas, y saqueó los dioses paternos y los sepulcros de sus antepasados; y que, habiendo recibido el reino del primer César, se atrevió a rebelarse contra el hijo y sucesor de este, y, corrompiendo a Antonio con artes amorosas, lo hizo enemigo de su propia patria y desleal para con sus amigos, despojando a unos de su condición regia y empujando a otros, enloquecidos, a obrar el mal.
Pero ¿qué falta hace decir más, cuando a él mismo —su marido y el padre de los hijos que tenían en común— lo abandonó en el combate naval y lo obligó a entregar el ejército y el mando y a seguirla a ella?
Y por último, tomada Alejandría por César, llegó a tal punto que juzgó que su única salvación estaba en poder matar por su propia mano a los judíos, por lo cruel y desleal que era con todos. ¿Y crees que no hemos de gloriarnos si, como dice Apión, en tiempo de hambre no se repartió trigo a los judíos?
Pero ella recibió el castigo que merecía; y nosotros tenemos por testigo al gran César de la lealtad y de los servicios que le prestamos contra los egipcios, y además al senado y a sus decretos, y a las cartas de César Augusto, por las cuales se acreditan nuestros méritos.
Esas cartas debía Apión examinar, y sopesar según su clase los testimonios dados bajo Alejandro y bajo todos los Tolomeos, y lo establecido por el senado y por los más grandes emperadores romanos.
Y si Germánico no pudo repartir grano a todos los que residían en Alejandría, eso es indicio de la esterilidad y de la escasez de trigo, no una acusación contra los judíos. Pues qué han pensado todos los emperadores acerca de los judíos residentes en Alejandría, está claro; porque la administración del trigo no se les quitó a ellos más que a los demás alejandrinos, y conservaron la máxima confianza que antiguamente les habían dado los reyes, es decir, la custodia del río y de toda la vigilancia, no juzgándolos en modo alguno indignos de tales cargos.
Pero además de esto: «¿Cómo es —dice—, si son ciudadanos, que no adoran a los mismos dioses que los alejandrinos?» A lo cual respondo: ¿cómo es que vosotros, siendo egipcios, contendéis entre vosotros con gran guerra e implacablemente por la religión?
¿O acaso, por eso, no os llamamos a todos egipcios, y ni siquiera hombres en común, porque adoráis animales contrarios a nuestra naturaleza, alimentándolos con mucho esmero, aunque el género de todos nosotros parezca uno y el mismo?
Y si entre vosotros los egipcios hay tan grandes diferencias de opiniones, ¿por qué te asombras de aquellos que vinieron a Alejandría desde otra parte, si en tales asuntos han permanecido fieles a las leyes establecidas desde el principio?
Y él nos imputa además ser causa de sediciones; pero si con verdad acusa por esto a los judíos establecidos en Alejandría, ¿por qué nos culpa a todos, dondequiera que estemos, por el hecho de que se nos conoce por vivir en concordia? Es más: cualquiera descubrirá que los autores de las sediciones fueron ciudadanos alejandrinos semejantes a Apión. Pues mientras fueron griegos y macedonios los que tenían esa ciudadanía, no promovieron sedición alguna contra nosotros, sino que respetaron nuestras antiguas festividades. Pero cuando la multitud de egipcios creció entre ellos por las convulsiones de los tiempos, también esto se sumó siempre a lo demás. Nuestra raza, en cambio, permaneció pura.
Fueron, pues, ellos el origen de este malestar, ya que el pueblo no tenía ni la constancia macedonia ni la prudencia griega, sino que todos, claro está, seguían las malas costumbres de los egipcios y ejercían contra nosotros sus antiguas enemistades.
Pues al contrario ha sucedido lo que se atreven a echarnos en cara; porque siendo muchos de ellos quienes indebidamente poseen el derecho de esa ciudadanía, llaman extranjeros a quienes es notorio que ese privilegio les fue concedido a todos.
Pues a los egipcios ni ninguno de los reyes parece haberles otorgado el derecho de ciudadanía, ni tampoco ahora ninguno de los emperadores; en cambio, a nosotros nos introdujo Alejandro, los reyes nos lo aumentaron y los romanos se han dignado guardarlo siempre.
Así pues, Apión intentó denigrarnos porque no erigimos imágenes de los emperadores, como si estos lo ignoraran o necesitaran de la defensa de Apión, cuando más bien debía admirar la magnanimidad y la mesura de los romanos, ya que no obligan a sus súbditos a traspasar las leyes patrias, sino que reciben los honores tal como es piadoso y legítimo que los ofrezcan quienes los rinden; pues no agradecen los honores que se les tributan por necesidad y violencia.
A los griegos, pues, y a algunos otros les parece bien erigir imágenes; y hasta se regocijan pintando las figuras de sus padres, esposas e hijos; algunos incluso adquieren imágenes de personas que nada les tocan, y otros lo hacen por afecto a sus siervos. ¿Qué tiene, pues, de extraño que rindan también este honor a sus príncipes y señores?
Además, nuestro legislador —no como quien profetizara que el poder de los romanos no había de ser honrado, sino despreciando una práctica inútil tanto para Dios como para los hombres, y porque probó que toda cosa animada, y mucho más la inanimada, es inferior a Dios— prohibió fabricar imágenes.
Pero no prohibió honrar, con otros honores después de Dios, a los hombres buenos; y con tales dignidades ensalzamos nosotros tanto a los emperadores como al pueblo de los romanos.
Y ofrecemos por ellos sacrificios continuos; y no solo celebramos tales ofrendas cada día a costa común de todos los judíos, sino que, aun no ofreciendo del fondo común ningunas otras víctimas ni siquiera por nuestros hijos, solo a los emperadores rendimos por igual este honor especial, que a ningún otro hombre tributamos.
Sirva, pues, esto en común como respuesta a Apión sobre lo que ha dicho acerca de Alejandría.
Me asombran también quienes le suministraron tal yesca —es decir, Posidonio y Apolonio Molón—, porque, aunque nos acusan de no adorar a los mismos dioses que los demás, mienten a la par componiendo blasfemias impropias contra nuestro Templo, sin creer que obran impíamente, cuando es de lo más vergonzoso mentir por cualquier motivo tratándose de gente libre, y mucho más acerca de un Templo célebre entre todos los hombres y de tanta santidad.
Pues en este santuario se atrevió Apión a afirmar que los judíos colocaron una cabeza de asno, y que la adoran y la tienen digna de tanta veneración; y asegura que ello quedó al descubierto cuando Antíoco Epífanes despojó el Templo, y aquella cabeza fue hallada, hecha de oro y de gran valor.
A esto, ante todo, respondo lo primero: que, aun siendo egipcio, si algo semejante hubiera habido entre nosotros, en modo alguno debía censurarlo, pues no es peor un asno que las comadrejas, los machos cabríos y los demás que entre ellos son dioses.
Y en segundo lugar, ¿cómo no advirtió que los hechos lo desmienten en su increíble embuste? Pues nos regimos siempre por las mismas leyes, en las que nos mantenemos sin cesar; y aunque diversas desgracias han sacudido nuestra ciudad, como también a las demás, y aunque Pío, Pompeyo Magno, Licinio Craso y, por último, Tito César, vencedores en la guerra, se apoderaron del Templo, nada de esa clase hallaron allí, sino la más pura piedad, de la cual nada nos es lícito revelar a los extraños.
Y que Antíoco no hizo un saqueo justo del Templo, sino que llegó a ello por falta de dinero, sin ser enemigo, y que nos atacó a nosotros, sus auxiliares y amigos, sin hallar allí nada digno de burla, lo atestiguan muchos y dignos escritores: Polibio de Megalópolis, Estrabón de Capadocia, Nicolao de Damasco, Timágenes, Cástor el cronista y Apolodoro; todos dicen que Antíoco, necesitado de dinero, quebrantó los tratados con los judíos y despojó el Templo, lleno de oro y plata.
Esto debía haberlo tenido en cuenta Apión, si no hubiera tenido él mismo más bien corazón de asno y la desvergüenza del perro, que entre ellos suele ser adorado; pues no ha mentido por ningún razonamiento venido de fuera.
Nosotros, en cambio, no rendimos a los asnos ni honor ni potestad alguna, como los egipcios a los cocodrilos y a los áspides, cuando tienen por felices y dignos de Dios a quienes son mordidos por estos o arrebatados por los cocodrilos.
Los asnos son para nosotros lo que para otros los hombres sensatos: soportan las cargas que se les imponen; y si al acercarse a las eras comen, o no cumplen el camino que se les señala, reciben muchísimos golpes, puesto que sirven para las labores y para las tareas necesarias de la agricultura.
Pero, o fue Apión el más torpe de todos para componer palabras engañosas, o bien, partiendo de hechos, no fue capaz de llevarlos a término, ya que ninguna blasfemia puede prosperar contra nosotros.
Añadió otra fábula, llena de menosprecio hacia nosotros, tomada de los griegos; sobre la cual bastará decir esto: que quienes se atreven a hablar de piedad deben saber que es menos impuro pasar por los templos que componer palabras criminales contra los sacerdotes.
Pero estos se empeñaron más en defender a un rey sacrílego que en escribir cosas justas y verdaderas acerca de nosotros y de nuestro Templo; pues, queriendo favorecer a Antíoco y encubrir su deslealtad y su sacrilegio —de que usó contra nuestro pueblo por falta de dinero—, nos denigraron mintiendo incluso sobre lo que habría de decirse en el futuro.
Apión se hizo profeta de los demás y dijo que Antíoco halló en el Templo un lecho, y a un hombre tendido en él, y puesta ante él una mesa llena de manjares del mar, de la tierra y de aves, y que aquel hombre quedó atónito.
Que enseguida veneró la entrada del rey, como si fuera a brindarle el mayor consuelo; y postrándose a sus rodillas, con la diestra extendida, le pidió la libertad; y cuando el rey le mandó tener confianza y decir quién era, por qué habitaba allí y cuál era la causa de sus manjares, entonces —dice— el hombre, entre gemidos y lágrimas, refirió lastimosamente su desventura.
Dijo que él era griego, y que, mientras recorría la provincia para ganarse la vida, fue de pronto arrebatado por hombres de otra raza y llevado al Templo y encerrado allí, sin ser visto por nadie, y cebado con toda suerte de manjares.
Y que al principio esos beneficios inesperados le trajeron y le procuraron alegría, luego sospecha, después estupor; y por fin, consultando a los sirvientes que se le acercaban, oyó la inefable ley de los judíos, en virtud de la cual era alimentado, y que ellos hacían esto cada año en un tiempo señalado.
Que apresaban a un griego extranjero, lo cebaban durante un año y, llevándolo a cierto bosque, mataban a aquel hombre y sacrificaban su cuerpo según sus ritos, y gustaban de sus entrañas, y prestaban juramento, al inmolar al griego, de tener enemistad contra los griegos; y luego arrojaban a cierta fosa los restos del hombre que perecía.
Y refiere que el hombre dijo que le quedaban ya pocos días de vida, y que le rogó que, respetando a los dioses de los griegos y burlando en su propia sangre las asechanzas de los judíos, lo librara de los males que le rodeaban.
Semejante fábula no solo está llenísima de todo dramatismo, sino que además rebosa de una crueldad desvergonzada; y, con todo, no libra a Antíoco del sacrilegio, como pensaron quienes escribieron esto para congraciarse con él; pues no emprendió nada semejante para llegar al Templo, sino que —según dicen— halló lo que no esperaba. Fue, pues, por su voluntad, inicuo, impío y no menos ateo, según cuanto ordenó la desmesura de la mentira, que de la cosa misma es facilísimo reconocer.
Pues no solo con los griegos existe, según se dice, discordia de leyes, sino sobre todo con los egipcios y con muchísimos otros. ¿A cuál de estos no le ha tocado alguna vez peregrinar entre nosotros, para que renováramos la conjura solo contra los griegos con derramamiento de sangre?
¿O cómo es posible que todos los judíos se reunieran para tales sacrificios, y que las entrañas de uno bastaran para que las gustaran tantos miles, como dice Apión?
¿O por qué al hombre hallado —quienquiera que fuese, pues no lo consignó con su nombre— no lo devolvió el rey a su patria con pompa, cuando, haciéndolo, podría él mismo ser tenido por piadoso y por eximio amigo de los griegos, y obtener grandes consuelos de todos contra el odio a los judíos?
Pero dejo esto; pues a los insensatos conviene refutarlos no con palabras, sino con hechos. Saben, pues, todos los que han visto cómo era la construcción de nuestro Templo, y la inviolable integridad de su pureza.
Tenía en efecto cuatro pórticos alrededor, y cada uno de ellos tenía su propia guardia según la ley. Al exterior, pues, podían entrar todos, incluso los extranjeros; solo se prohibía el paso a las mujeres en su menstruación.
Al segundo pórtico entraban todos los judíos y sus esposas, cuando estaban limpias de toda impureza; al tercero, los varones judíos que estuvieran limpios y purificados; al cuarto, los sacerdotes revestidos de las vestiduras sacerdotales; y al santuario interior, solo los sumos sacerdotes, ceñidos con su vestidura propia.
Y es tan grande la previsión piadosa en todo, que se estableció que los sacerdotes entraran a ciertas horas; pues, abierto el Templo por la mañana, debían entrar los que iban a ofrecer los sacrificios prescritos, y de nuevo al mediodía, hasta que se cerraba el Templo.
En fin, ni siquiera está permitido llevar vaso alguno al Templo, sino que solo había colocados en él un altar, una mesa, un incensario y un candelabro, todo lo cual está también escrito en la Torá.
Pues nada más se hace allí, ni se celebran misterios inefables de ninguna clase, ni dentro se sirve banquete alguno. Todo lo que se ha dicho tiene el testimonio de todo el pueblo y la evidencia de los hechos.
Pues aunque hay cuatro tribus de sacerdotes, y cada una de estas tribus tiene más de cinco mil hombres, se hace, sin embargo, el servicio por turnos en días determinados; y pasados estos, otros vienen a suceder en los sacrificios, y, reunidos en el Templo a mediodía, reciben de los anteriores las llaves del Templo y todos los vasos según su número, sin que se lleve al Templo nada que atañe a comida o bebida.
Pues está prohibido ofrecer también en el altar tales cosas, salvo aquellas que se preparan para los sacrificios. ¿Qué diremos, entonces, que es Apión, sino alguien que, sin examinar nada de esto, profirió palabras increíbles? Pero es vergonzoso; pues, como gramático, no prometió ofrecer el verdadero conocimiento de la historia.
Y conociendo la piedad de nuestro Templo, la pasó por alto, y en cambio fingió el apresamiento de un hombre griego, y un pasto inefable, y la opulentísima abundancia de manjares, y siervos que entran donde ni a los más nobles de los judíos les es lícito entrar, a no ser que sean sacerdotes.
Esto, pues, es la peor impiedad y una mentira deliberada para seducir a quienes no quieren escudriñar la verdad. Pues con tales males inefables, que se han referido, intentaron denigrarnos.
Y de nuevo, como el más piadoso, se mofa añadiendo a su fábula a Mnaseas. Pues dice que este refirió que, teniendo los judíos guerra contra los judíos durante largo tiempo en cierta ciudad de los judíos llamados dorios, uno de los de aquella ciudad, que adoraba a Apolo, vino a los judíos —dice que el nombre de este hombre era Zabidón— y les prometió que les entregaría a Apolo, dios de los dorienses, y que este vendría a nuestro Templo si todos se retiraban.
Y que toda la multitud de los judíos lo creyó; y que Zabidón fabricó cierto artificio de madera, se lo puso alrededor, y fijó en él tres hileras de lámparas, y así caminó, de modo que, a quienes estaban lejos, les parecía como si estrellas recorrieran la tierra.
Y que los judíos, atónitos ante lo insólito del espectáculo, se mantenían quietos, a distancia; y que Zabidón, con toda tranquilidad, entró en el Templo, arrancó la áurea cabeza del asno —pues así lo escribió con su gracejo— y de nuevo se volvió a toda prisa a Dora.
¿Diríamos también nosotros, entonces, que Apión carga sobre el asno —es decir, sobre sí mismo— y lo hace ir cargado hasta los topes de necedad y de mentiras? Pues escribe de lugares que no existen y, por ignorancia, cambia de sitio ciudades.
En efecto, Idumea linda con nuestra tierra, situada junto a Gaza, y en ella no hay ninguna ciudad llamada Dora; en cambio, en Fenicia, junto al monte Carmelo, hay una ciudad llamada Dora, que nada tiene que ver con los disparates de Apión, pues dista de Judea cuatro días de camino.
¿Por qué, además, nos acusa de no tener dioses comunes con los demás, si tan fácilmente se persuadieron nuestros padres de que Apolo vendría a ellos, y creyeron verlo caminar por la tierra entre los astros?
Pues es evidente que quienes celebran tantas y tan grandes iluminaciones de lámparas jamás habían visto antes una lámpara —ni nadie salió al encuentro de aquel hombre mientras caminaba por la región de tantos millares—, y encontró desguarnecidas de guardias incluso las murallas, hallándose en guerra. Lo demás lo dejo pasar.
Las puertas del Templo tenían sesenta codos de alto y veinte de ancho, todas recubiertas de oro y casi macizas a golpe de martillo; cada día las cerraban no menos de doscientos hombres, y dejarlas abiertas era ilícito. Con facilidad, pues, iba a abrirlas aquel portador de lámparas, que llevaba —según creía él— la cabeza del asno. Ahora bien, ¿la devolvió otra vez a nosotros, o la tomó y se marchó llevándosela, para que Antíoco la encontrara y diera pie a una segunda fábula de Apión?
Miente además al atribuirnos un juramento: que juramos por Dios, el que hizo el cielo, la tierra y el mar, no mostrar buena voluntad a ningún extranjero, y sobre todo a los griegos. Pero, ya que mentía, debió decir de una vez que no la mostraríamos a ningún extranjero, y sobre todo a los egipcios; así lo del juramento habría casado con las patrañas que él mismo inventó desde el principio, si de veras nuestros padres hubieran sido expulsados por los egipcios, sus parientes, no por maldad, sino a causa de desgracias. De los griegos, en cambio, nos separan más los lugares que las costumbres, de modo que no tenemos con ellos enemistad alguna ni rivalidad. Al contrario: muchos de ellos han venido a acogerse a nuestras leyes, y unos han perseverado, mientras que otros, no soportando la disciplina, se apartaron de nuevo. Y de estos nunca ninguno dijo haber oído entre nosotros pronunciar tal juramento; solo Apión, al parecer, lo oyó: pues él mismo fue quien lo compuso.
Muy digna de admiración es, sin duda, la gran sagacidad de Apión también por lo que va a decir a continuación. Afirma, en efecto, que es prueba de que ni nos regimos por leyes justas ni honramos a Dios como corresponde el que estemos sometidos a naciones —unas veces a unas, otras a otras— y el que hayamos padecido ciertas desgracias en nuestra ciudad. ¡Como si ellos fueran de una ciudad soberanísima y estuvieran acostumbrados desde antiguo a mandar sobre los romanos, y no a servirlos! Y sin embargo, cualquiera se abstendría de semejante fanfarronería. Pues no hay hombre alguno que no diga que este argumento de Apión se vuelve suficientemente contra él mismo: a pocos les ha tocado gobernar largo tiempo, y a estos los cambios de fortuna los sometieron de nuevo a servir a otros, mientras que la mayoría de los pueblos ha obedecido muchas veces a otros.
Solo los egipcios, entonces, por haberse refugiado —según dicen— sus dioses en su tierra y haberse salvado transformándose en figuras de animales, ¿habrían obtenido el privilegio excepcional de no servir a ninguno de los que dominaron Asia o Europa, ellos que ni un solo día en toda su historia alcanzaron la libertad, ni siquiera bajo sus propios señores de casa? Del modo en que los trataron los persas, no una sola vez sino muchas, saqueando sus ciudades, arrasando sus templos, degollando a los que ellos tenían por dioses, no voy a hacer reproche; pues no conviene imitar la ignorancia de Apión, que no reparó ni en la suerte de los atenienses ni en la de los lacedemonios, de quienes todos dicen que fueron los unos los más valientes y los otros los más piadosos de los griegos.
Dejo de lado a los reyes célebres por su piedad —entre ellos, Creso— y las desgracias de vida que padecieron; dejo la Acrópolis de los atenienses reducida a cenizas, el templo de Éfeso, el de Delfos, y otros mil, y nadie lo reprochó a los que lo padecieron, sino a los que lo hicieron. Un acusador nuevo nuestro ha resultado ser Apión, olvidado de sus propios males en torno a Mitsraim; pero fue Sesostris, el fabuloso rey de Mitsraim, quien lo cegó. Nosotros, en cambio, no diríamos otro tanto de nuestros reyes David y Shlomo, que sometieron a muchas naciones.
A estos, pues, dejémoslos de lado. Pero lo que todos conocen, Apión lo ha ignorado: que, mientras mandaban en Asia los persas y después de ellos los macedonios, los egipcios servían en nada distintos de esclavos, mientras que nosotros, siendo libres, gobernábamos además sobre las ciudades vecinas cerca de ciento veinte años, hasta Pompeyo el Grande; y cuando todos los reyes de todas partes fueron sometidos por los romanos, solo los nuestros, por su lealtad, fueron conservados como aliados y amigos.
«Pero no hemos producido hombres admirables, como inventores de algún arte o sobresalientes en sabiduría.» Y enumera a Sócrates, a Zenón, a Cleantes y a otros parecidos. Y luego, lo más asombroso de cuanto ha dicho, se añade a sí mismo a los mencionados y felicita a Alejandría por tener semejante ciudadano; pues necesitaba ser testigo de sí mismo, ya que a todos los demás les parecía un demagogo perverso, corrompido en su vida y en su palabra, de suerte que con razón compadecería uno a Alejandría, si de veras se enorgullecía de él. En cuanto a los hombres que ha habido entre nosotros, no menos dignos de elogio que cualquier otro, lo saben quienes se han acercado a nuestras Antigüedades.
Lo demás de lo escrito en su acusación acaso habría valido la pena dejarlo sin réplica, para que fuese él mismo su propio acusador y el de los demás egipcios; pues nos reprocha que sacrifiquemos animales y que no comamos cerdo, y se burla de la circuncisión de los genitales. Ahora bien, lo del sacrificio de animales domésticos es común también a todos los demás hombres, y Apión, al reprochárselo a quienes sacrifican, se ha delatado a sí mismo como de raza egipcia; pues, de ser griego o macedonio, no se habría irritado: estos hacen votos de sacrificar hecatombes a los dioses y usan las víctimas para el banquete, y no por eso ha quedado el mundo despoblado de ganado, como Apión temió. Si, en cambio, todos siguieran las costumbres de los egipcios, el mundo quedaría despoblado de hombres y se llenaría de las bestias más feroces, a las que ellos, teniéndolas por dioses, alimentan con esmero.
Y en verdad, si alguien le preguntara cuáles de todos los egipcios considera más sabios y temerosos de Dios, sin duda respondería que los sacerdotes; pues dicen que dos cosas les fueron encomendadas por los reyes desde el principio: el culto de los dioses y el cuidado de la sabiduría. Pues bien, todos ellos se circuncidan y se abstienen de comer cerdo, y ni uno solo tampoco de los demás egipcios sacrifica un cerdo a los dioses. ¿Estaba, pues, ciego de entendimiento Apión cuando se comprometió a injuriarnos en favor de los egipcios y acabó acusándolos a ellos, que no solo practican las costumbres que él vitupera, sino que enseñaron a los demás a circuncidarse, como ha dicho Heródoto? Por eso me parece justo que Apión pagara la pena debida por su blasfemia contra las leyes de sus padres: fue circuncidado por necesidad, al formársele una úlcera en el miembro, y, sin sacar ningún provecho de la circuncisión, sino pudriéndose entre terribles dolores, murió. Porque los hombres sensatos deben atenerse escrupulosamente a sus propias leyes en materia de piedad y no injuriar las de los demás; él, en cambio, huyó de las suyas y mintió sobre las nuestras. Este fue para Apión el fin de su vida, y sea este también aquí nuestro término del discurso.
Puesto que también Apolonio Molón, y Lisímaco, y algunos otros —unos por ignorancia, pero la mayoría por malevolencia— han hecho sobre Moshé, nuestro legislador, y sobre las leyes, discursos ni justos ni verdaderos, calumniándolo a él como impostor y embaucador, y afirmando que las leyes son para nosotros maestras de maldad y de ninguna virtud, quiero hablar sucintamente, en la medida de mis fuerzas, tanto de toda nuestra constitución política como de sus puntos particulares. Pues creo que quedará claro que, para la piedad, para la vida en común los unos con los otros, para la benevolencia universal hacia el hombre, y además para la justicia, la constancia en las fatigas y el desprecio de la muerte, tenemos las leyes mejor dispuestas.
Ruego a quienes lean este escrito que no hagan la lectura con envidia; pues no me he propuesto componer un elogio de nosotros mismos, sino que, acusados de muchas cosas y falsas, considero que esta es la defensa más justa: la que se apoya en las leyes conforme a las cuales vivimos sin cesar. Además, Apolonio no dispuso su acusación de un modo compacto, como Apión, sino dispersa, y así, diciendo tan pronto una cosa como otra, unas veces nos injuria como ateos y enemigos del género humano, otras nos echa en cara la cobardía, y en cambio, en ocasiones, nos acusa de temeridad y locura. Dice también que somos los más ineptos de los bárbaros y que por eso somos los únicos que no hemos aportado a la vida invención alguna. Todo esto, creo yo, quedará refutado con claridad si se muestra que lo contrario de lo dicho está prescrito por nuestras leyes y es practicado por nosotros con toda exactitud.
Y si, forzado, me viera obligado a mencionar lo que entre otros está establecido de modo contrario, justo es que carguen con la culpa quienes pretenden comparar lo nuestro como si fuera peor; a ellos no les quedará posibilidad de decir ni que no tenemos estas leyes —de las que expondré las más capitales— ni que no somos, más que todos, los más fieles a nuestras propias leyes.
Retomando, pues, el hilo desde un poco atrás, esto diría en primer lugar: que quienes, frente a los que viven sin ley y sin orden, se hicieron amantes del orden y de la comunión bajo la ley, y fueron los primeros en iniciarla, con razón podrían ser reconocidos como los que aventajan en mansedumbre y en virtud natural. Sin duda, cada pueblo intenta remontar sus propias instituciones a lo más antiguo, para no parecer que imitan a otros, sino que ellos mismos han sido guías de los demás en el vivir conforme a la ley. Siendo así las cosas, la virtud del legislador está en discernir lo mejor y persuadir a quienes han de servirse de lo que él establece, mientras que a la multitud le corresponde perseverar en todo lo que se ha resuelto y no cambiar nada de ello ni por prosperidades ni por desgracias.
Afirmo, pues, que nuestro legislador aventaja en antigüedad a cuantos legisladores se recuerdan en cualquier parte; porque los Licurgos, los Solones, Zaleuco el de los locros y todos los admirados entre los griegos aparecen, comparados con aquel, como nacidos apenas ayer o anteayer, hasta el punto de que ni siquiera el nombre mismo de «ley» se conocía antiguamente entre los griegos. Testigo es Homero, que en ninguna parte de su poesía lo usó; pues no existía en su tiempo, sino que las multitudes se gobernaban por decisiones imprecisas y por las órdenes de los reyes, y a partir de entonces siguieron aún mucho tiempo sirviéndose de costumbres no escritas, cambiando muchas de ellas continuamente según lo que se presentaba.
Nuestro legislador, en cambio, siendo antiquísimo —cosa que sin duda reconocen incluso quienes todo lo dicen contra nosotros—, se mostró a sí mismo el mejor guía y consejero de las multitudes, y, abarcando en la ley toda la ordenación de su vida, los persuadió a aceptarla y dispuso que se guardara firmísima para siempre.
Veamos la primera de sus grandes obras. Cuando a nuestros antepasados les pareció bien abandonar Mitsraim y volver a la tierra de sus padres, aquel, tomando a los muchos millares, los salvó y los puso a salvo de muchos e insuperables peligros; pues tuvieron que atravesar el desierto sin agua y mucha arena, vencer a enemigos, y a la vez salvar, combatiendo, a sus hijos, a sus mujeres y su botín. En todo ello fue a la par excelentísimo general, sagacísimo consejero y verísimo protector de todos. Logró que toda la multitud dependiera de él, y, teniéndolos obedientes en todo —en lugar de mandarlos por la fuerza—, no aprovechó nada de esto para provecho propio, sino que, en el mismo momento en que sobre todo los que están al frente se rodean de poderes y de tiranías y acostumbran a las multitudes a vivir en mucho desorden, en ese punto, establecido él en tal autoridad, juzgó, por el contrario, que debía ser piadoso y procurar mucha buena voluntad a los pueblos, pensando que así mostraría del mejor modo su propia virtud y ofrecería la salvación más segura a quienes lo habían hecho su guía.
Como su noble propósito y sus grandes acciones tenían buen éxito, con razón creía tener por guía y consejero a Dios, y, habiéndose persuadido primero a sí mismo de que hacía y pensaba todo según la voluntad de aquel, juzgó que ante todo debía inculcar esa convicción a las multitudes; pues los que creen que Dios vigila sus vidas no soportan pecar en nada. Tal fue, pues, nuestro legislador: no un impostor ni un embaucador, como injustamente dicen los que lo injurian, sino de la clase de aquellos que los griegos se jactan de que fue Minos, y después de él los demás legisladores; pues unos de ellos atribuyen las leyes a Dios, y Minos decía que remitía a Apolo y a su oráculo de Delfos los vaticinios de las leyes, ya fuera porque lo creían así verdaderamente, ya porque suponían que así persuadirían más fácilmente. Cuál fue el que mejor acertó con las leyes y el que alcanzó la más justa fe acerca de Dios, es posible advertirlo comparando las leyes mismas; pues ya es hora de hablar de ellas.
Ahora bien, infinitas son las diferencias particulares de costumbres y leyes entre todos los hombres, pero en resumen podría decirse así: unos confiaron el poder de sus gobiernos a las monarquías, otros a las oligarquías, otros a las multitudes. Nuestro legislador, en cambio, no puso los ojos en ninguna de estas, sino que —por decirlo forzando algo la palabra— constituyó el gobierno como una teocracia, atribuyendo a Dios el mando y el poder. Persuadió a todos a mirar hacia Él como causa de todos los bienes, tanto los que en común pertenecen a todos los hombres como cuantos ellos mismos alcanzaron al pedirlos en situaciones sin salida, y a creer que no es posible ocultar a su pensamiento ninguna de las cosas que se hacen, ni siquiera lo que uno pueda concebir en su interior. Declaró que Él es uno, no engendrado e inmutable por todo el tiempo eterno, superior en belleza a toda forma mortal, conocido para nosotros por su poder, aunque, cuál sea según su esencia, desconocido.
Que esto es lo que acerca de Dios pensaron los más sabios de los griegos porque aquel les dio los principios, lo dejo ahora de decir; pero que es hermoso y conforme a la naturaleza y la majestad de Dios, lo han atestiguado con fuerza; pues Pitágoras, Anaxágoras, Platón y los filósofos del Pórtico posteriores a él, y casi todos, se muestran así en su pensar acerca de la naturaleza de Dios. Pero aquellos, filosofando para unos pocos, no se atrevieron a sacar a la luz la verdad de su doctrina ante las multitudes prevenidas por sus opiniones, mientras que nuestro legislador, ofreciendo hechos acordes con sus palabras, no solo persuadió a los de su tiempo, sino que también en cuantos siempre nacieran de ellos infundió una fe acerca de Dios inconmovible.
La causa está en que, por el modo mismo de su legislación, sobrepasó siempre con mucho a todos en cuanto a la utilidad; pues no hizo de la piedad una parte de la virtud, sino que hizo de la piedad el todo, y de ella partes las demás virtudes, quiero decir la justicia, la templanza, la constancia y la concordia de los ciudadanos entre sí en todo. Pues todas nuestras acciones, ocupaciones y palabras se refieren a la piedad hacia Dios; nada de esto dejó sin examinar ni sin definir. Dos son, en efecto, los modos de toda educación y de la formación de las costumbres: uno, el de la enseñanza por la palabra; otro, el de la disciplina de las costumbres por la práctica. Los demás legisladores se dividieron en sus criterios y, eligiendo cada uno el que le parecía, descuidaron el otro; así, los lacedemonios y los cretenses educaban por las costumbres, no por la palabra, mientras que los atenienses y casi todos los demás griegos prescribían por las leyes lo que hay que hacer o no hacer, pero descuidaban el acostumbrar a ello mediante los hechos.
Nuestro legislador, en cambio, ajustó con mucho cuidado ambas cosas: ni dejó muda la disciplina de las costumbres, ni consintió que la palabra de la ley quedara sin práctica. Antes bien, empezando desde el primer alimento y desde el régimen doméstico de cada uno, no dejó nada, ni de lo más pequeño, librado al arbitrio y a los deseos de quienes habían de servirse de ello, sino que también acerca de los alimentos —de cuáles hay que abstenerse y cuáles tomar—, y acerca de las personas que comparten el mismo régimen, y de la intensidad de las tareas y, al revés, del reposo, fijó él mismo un límite y una regla: la ley, para que, viviendo bajo ella como bajo un padre y un señor, no pequemos ni por voluntad ni por ignorancia. Pues ni siquiera dejó la excusa de la ignorancia, sino que mostró que la ley es la más hermosa y necesaria enseñanza, no para escucharla una sola vez, ni dos, ni muchas, sino que ordenó que cada semana, dejando las demás tareas, nos reuniéramos a escuchar la ley y a aprenderla con exactitud; cosa que todos los legisladores parecen haber omitido.
Y hasta tal punto la mayoría de los hombres está lejos de vivir conforme a sus propias leyes, que casi ni siquiera las conocen, sino que, cuando pecan, entonces aprenden de otros que han transgredido la ley; y quienes administran entre ellos las magistraturas mayores y más importantes confiesan su ignorancia, pues se ponen al lado, como supervisores de la gestión de los asuntos, a quienes prometen tener experiencia de las leyes. Entre nosotros, en cambio, si alguien preguntara a cualquiera por las leyes, las diría todas más fácilmente que su propio nombre. Por eso, aprendiéndolas de inmediato desde la primera consciencia, las tenemos como grabadas en el alma, y raro es el transgresor e imposible eludir el castigo.
Esto, ante todo, es lo que nos ha infundido esa admirable concordia; pues el tener una sola y la misma opinión acerca de Dios, y el no diferir en nada unos de otros en la vida y en las costumbres, produce la más hermosa armonía en el carácter de los hombres. Solo entre nosotros nadie oirá discursos sobre Dios contradictorios entre sí, como muchos se dicen entre otros, no solo por cualquiera según la pasión que a cada cual sobreviene, sino que también algunos filósofos se han atrevido a ello: unos, emprendiendo con sus palabras suprimir del todo la naturaleza de Dios; otros, quitándole la providencia sobre los hombres. Ni en las ocupaciones de la vida verá uno diferencia, sino que entre nosotros las obras de todos son comunes, y uno solo es el discurso, acorde con la ley, que dice acerca de Dios que Él todo lo vigila. Y en cuanto a las ocupaciones de la vida —que todas las demás cosas deben tener por fin la piedad—, uno podría oírlo hasta de las mujeres y de los sirvientes.
De ahí procede también el reproche que algunos nos hacen: el de no haber producido hombres inventores de obras o de discursos nuevos. Pues los demás juzgan hermoso no atenerse a nada de lo patrio, y a los que se atreven a transgredirlo les atribuyen sobre todo la agudeza de la sabiduría; nosotros, al contrario, hemos entendido que una sola cosa es prudencia y virtud: no hacer ni pensar absolutamente nada contrario a lo que desde el principio fue legislado. Lo cual con razón sería prueba de que la ley fue establecida del mejor modo; pues lo que no es de este modo, la experiencia lo denuncia como necesitado de corrección.
Para nosotros, persuadidos de que la ley fue establecida desde el principio conforme a la voluntad de Dios, ni siquiera sería piadoso no guardarla; pues ¿qué de ella cambiaría uno, o qué cosa más hermosa hallaría, o qué traería de otros como mejor? ¿Acaso toda la constitución del gobierno? ¿Y qué constitución podría ser más hermosa o más justa que la que ha hecho a Dios guía del universo, encomienda a los sacerdotes en común la administración de los asuntos mayores, y de nuevo confía al sumo sacerdote de todos el mando sobre los demás sacerdotes? A estos el legislador, ya desde el principio, no los estableció en el honor por su riqueza ni por sobresalir en algunas otras ventajas fortuitas, sino que a cuantos entre sus compañeros aventajaban a los demás en persuasión y templanza les encomendó sobre todo el culto de Dios. Y esto era el cuidado escrupuloso de la ley y de las demás prácticas; pues los sacerdotes fueron establecidos como inspectores de todo, jueces de lo que se disputa y castigadores de los condenados.
¿Qué gobierno, pues, podría ser más santo que este? ¿Qué honor más adecuado a Dios, estando toda la multitud dispuesta a la piedad, confiado el cuidado excepcional a los sacerdotes, y administrándose toda la vida pública como una especie de rito sagrado? Pues lo que otros, practicándolo por un número escaso de días, no pueden guardar —llamándolo misterios e iniciaciones—, eso lo guardamos nosotros con gozo y con propósito inmutable a lo largo de los siglos. ¿Cuáles son, pues, los preceptos y las prohibiciones? Simples y conocidos. El primero de todos es el que trata de Dios: Dios posee el universo, perfecto y bienaventurado, suficiente para sí mismo y para todos, principio, medio y fin de todas las cosas, manifiesto por sus obras y beneficios, más evidente que cualquier cosa, pero inefable para nosotros en su forma y magnitud. Toda materia, por preciosa que sea, es indigna para hacer una imagen suya, y todo arte es inhábil para concebir su imitación. Nada semejante hemos visto ni concebimos, ni es piadoso representárnoslo. Obras suyas vemos: la luz, el cielo, la tierra, el sol, las aguas, las generaciones de los animales, los frutos que brotan. Estas cosas las hizo Dios, no con manos, ni con fatigas, ni necesitando de colaboradores, sino que, con solo quererlo Él, al punto quedaron hermosamente hechas. A Él hay que honrarlo ejercitando la virtud; pues este es el modo más santo de honrar a Dios.
Un solo Templo para un solo Dios —pues siempre lo semejante es querido para lo semejante—, común a todos, como común es el Dios de todos. A Él lo honrarán continuamente los sacerdotes, y los presidirá siempre el primero por linaje. Este, junto con los demás sacerdotes, ofrecerá sacrificios a Dios, guardará las leyes, juzgará las disputas, castigará a los convictos. Quien no le obedezca pagará la pena como impío contra Dios mismo. Ofrecemos los sacrificios no para embriaguez propia —pues esto es aborrecible a Dios—, sino para templanza. Y en los sacrificios es preciso rogar primero por la salvación común, luego por nosotros mismos; pues hemos nacido para la comunidad, y quien la antepone a su propio interés particular es sobre todo grato a Dios. Sea la súplica a Dios no para que dé los bienes —pues Él mismo los ha dado de buen grado y los ha puesto en medio para todos—, sino para que podamos recibirlos y, una vez recibidos, guardarlos. Prescribió la ley purificaciones para los sacrificios: por un duelo, por un parto, por la unión con la mujer y por muchas otras cosas —que sería largo escribir—. Tal es nuestro discurso acerca de Dios y de su culto, que es a la vez también la ley.
¿Cuáles son las leyes sobre el matrimonio? La ley solo conoce una unión conforme a la naturaleza, la que es con la mujer, y esta, si ha de hacerse por causa de los hijos. La unión de varones con varones la aborreció, y la muerte es su castigo si alguien lo intentara. Ordena casarse sin atender a la dote, ni por raptos violentos, ni tampoco persuadiendo con engaño y astucia, sino pedir en matrimonio a la mujer al que tiene autoridad para darla y es apto por parentesco. La mujer, dice, es inferior al varón en todo. Por tanto, obedezca, no para ultraje, sino para ser gobernada; pues Dios dio al varón el poder. Con ella sola debe unirse el que se casa, y tentar a la mujer de otro es impío. Si alguien lo hiciera, no hay evasión alguna de la muerte, ni si violara a una virgen prometida a otro, ni si persuadiera a una casada. Mandó criar a todos los hijos, y prohibió a las mujeres tanto abortar lo concebido como destruirlo, sino que, si se descubriera, sería como una infanticida que aniquila un alma y disminuye el linaje. Por tanto, tampoco si alguien incurriera en la corrupción del lecho conviene que esté puro entonces. Y aun tras la unión legítima de hombre y mujer, hay que lavarse; pues juzgó que esto tiene algo de separación del alma hacia otra región, ya que el alma, al implantarse en los cuerpos, padece, y de nuevo al separarse de ellos por la muerte. Por ello prescribió purificaciones en todos estos casos.
Ni siquiera con ocasión del nacimiento de los hijos permitió celebrar banquetes y hacer de ello pretextos de embriaguez, sino que ordenó desde el principio un régimen sobrio de crianza. Y mandó educar a los niños en las letras, en lo tocante a las leyes, y hacerles conocer las acciones de los antepasados: estas, para que las imiten; aquellas, para que, criados en ellas, no las transgredan ni tengan excusa de ignorancia.
Se ocupó también del piadoso trato a los difuntos, no con costosos funerales ni con la construcción de monumentos ostentosos, sino que dispuso que los ritos fúnebres los cumplieran los parientes más cercanos, y que todos los que pasaran se acercaran y se lamentaran junto con ellos. Mandó purificar la casa y a sus habitantes tras un duelo, para que esté lo más lejos posible de parecer puro quien ha cometido un homicidio.
El honor a los padres lo situó en segundo lugar, después del honor a Dios, y a quien no corresponde a los favores recibidos de ellos, sino que falta en cualquier cosa, lo entrega para ser lapidado. Y dice que los jóvenes deben honrar a todo anciano, puesto que Dios es el más anciano. No permite ocultar nada a los amigos; pues no es amistad la que no confía todo. Y aun si sobreviniera alguna enemistad, prohibió revelar los secretos. Si un juez recibiera regalos, la pena es la muerte. Quien desatiende a un suplicante, pudiendo socorrerlo, es culpable. Lo que uno no ha depositado no lo tomará; de lo ajeno no tocará nada; no cobrará interés. Estas cosas, y muchas semejantes a ellas, mantienen unida nuestra comunidad de unos con otros.
Vale la pena ver también cómo se cuidó el legislador de la equidad hacia los extranjeros; pues se mostrará que proveyó del mejor modo de todos para que ni corrompamos lo nuestro ni tengamos envidia a quienes eligen participar de lo nuestro. A cuantos quieren venir a vivir bajo nuestras mismas leyes, los recibe con amabilidad, considerando que la afinidad no está solo en el linaje, sino también en la elección del modo de vida. A los que se acercan de paso, en cambio, no quiso que se mezclaran en la convivencia. Prescribió además otras cosas cuya comunicación es necesaria: proporcionar a todos los que lo necesiten fuego, agua y alimento; indicar los caminos; no dejar a nadie sin sepultura; y ser equitativos incluso con los que han sido juzgados enemigos. Pues no permite incendiar su tierra ni cortar los árboles frutales, y prohibió despojar a los caídos en el combate; y proveyó por los cautivos, para que se mantenga apartado de ellos todo ultraje, y sobre todo de las mujeres.
De tal modo nos educó en la mansedumbre y en la humanidad que ni siquiera permitió despreocuparse de los animales irracionales, sino que solo autorizó su uso legítimo y prohibió todo otro; y mandó no matar a los que, como suplicantes, se refugian en las casas. Ni siquiera permitió llevarse a las crías junto con sus padres, y ordenó tener compasión, aun en tierra enemiga, de los animales de labor y no matarlos. Así, por todas partes atendió a la equidad, sirviéndose para lo dicho de leyes preceptivas, y estableciendo, a su vez, contra los transgresores, otras punitivas sin excusa. Pues la pena para la mayoría de los transgresores es la muerte: si alguien comete adulterio, si viola a una doncella, si se atreve a intentar el trato con un varón, si el tentado consiente en padecerlo. También respecto a los esclavos es igualmente inexorable la ley.
Y aun en lo tocante a medidas y pesos, si alguien cometiera fraude, o en una venta injusta y hecha con engaño, o si alguien sustrajera lo ajeno, o tomara lo que no depositó, para todo hay castigos, no como los de otros, sino mayores. Pues en cuanto a la injusticia contra los padres o a la impiedad contra Dios, si alguien tan solo lo intentara, al punto perece. Para quienes viven conforme a la ley, en cambio, el premio no es plata, ni oro, ni corona de acebuche o de apio, ni proclamación semejante alguna, sino que cada uno, teniendo como testigo su propia conciencia, ha creído —habiéndolo profetizado el legislador y dado Dios firme garantía de la fe— que a quienes guardan las leyes, y aun si fuera preciso morir por ellas mueren de buen grado, Dios les concedió nacer de nuevo y recibir en el cambio de los tiempos una vida mejor. Vacilaría yo en escribir esto si no fuera manifiesto a todos por los hechos que muchos de los nuestros, muchas veces ya, prefirieron soportar noblemente todo antes que pronunciar una sola palabra contra la ley.
Y aunque no hubiera sucedido que nuestra nación fuera conocida por todos los hombres, y que estuviera a la vista nuestro seguimiento voluntario de las leyes, si alguien leyera a los propios griegos un escrito, o dijera haber encontrado, fuera de la tierra conocida, hombres que tienen tan augusta opinión acerca de Dios y que han permanecido firmemente por larga edad en tales leyes, creo que todos se admirarían, por los continuos cambios que hay entre ellos mismos. Sin duda, a quienes emprendieron escribir algo parecido sobre una constitución y unas leyes, los acusan de haber compuesto cosas maravillosas, afirmando que tomaron supuestos imposibles. Y a los demás filósofos que trataron algo semejante en sus escritos los dejo de lado; pero Platón, admirado entre los griegos por haber sobresalido en la dignidad de su vida y por haber superado a todos los que ha habido en la filosofía en fuerza de palabra y persuasión, no cesa de ser casi burlado y ridiculizado por quienes se dicen expertos en asuntos políticos. Y sin embargo, examinando sus obras, se encontraría que muchas veces son más fáciles y más cercanas a las costumbres de la mayoría; y el propio Platón ha reconocido que no era seguro sacar a la luz, ante la insensatez de la muchedumbre, la verdadera opinión acerca de Dios.
Pero algunos consideran que los escritos de Platón son discursos vacíos, compuestos con mucha libertad y bello estilo, y sobre todo de entre los legisladores han admirado a Licurgo, y todos ensalzan a Esparta porque perseveraron largísimo tiempo en las leyes de aquel. Quede, pues, reconocido esto como prueba de virtud: el obedecer a las leyes. Que, entonces, los que admiran a los lacedemonios comparen el tiempo de aquellos con los más de dos mil años de nuestra constitución, y consideren, además, que los lacedemonios, durante todo el tiempo en que tuvieron la libertad, parecieron guardar escrupulosamente las leyes, pero, cuando les sobrevinieron cambios de fortuna, casi de todas las leyes se olvidaron. Nosotros, en cambio, habiendo pasado por innumerables adversidades a causa de los cambios de quienes reinaron en Asia, ni en los peores de los males traicionamos las leyes, cuidándolas no por ociosidad ni por molicie, sino que, si alguien quisiera examinarlo, mucho mayores pruebas y fatigas nos fueron impuestas que la constancia que se atribuye a los lacedemonios.
Pues aquellos, sin trabajar la tierra ni fatigarse en las artes, sino libres de toda labor, lustrosos y ejercitando sus cuerpos para la belleza, pasaban la vida en la ciudad, sirviéndose de otros como servidores para todo lo de la vida y recibiendo de ellos el alimento ya listo, decididos a hacer y padecer todo por esta única obra —a su juicio hermosa y humanitaria—: dominar a todos aquellos contra quienes fueran en campaña. Y que ni siquiera esto lograron, lo dejo de decir; pues no uno solo, sino muchos, muchas veces y en masa, descuidando los preceptos de la ley, se entregaron con sus armas a los enemigos.
¿Acaso, pues, entre nosotros —no digo tantos, sino dos o tres— ha conocido alguien que se hicieran traidores de las leyes o que temieran la muerte? No hablo de aquella muerte facilísima que sobreviene a los que combaten, sino de la que va acompañada del tormento de los cuerpos, que parece ser la más terrible de todas. A esta, creo yo, algunos que nos vencieron la infligieron a los sometidos no por odio, sino queriendo ver un espectáculo asombroso: si hay hombres que creen que el único mal para ellos es verse forzados a hacer algo contra sus propias leyes o a pronunciar una palabra en contra de ellas. No hay que asombrarse de que, ante la muerte, nos mostremos valientes por las leyes más que todos los demás; pues ni siquiera lo que parece más fácil de nuestras prácticas lo soportan otros con facilidad: hablo del trabajo con las propias manos, de la frugalidad en el alimento, y del no comer ni beber nada al azar y como a cada uno se le antojara, ni acercarse al trato conyugal ni al lujo, y, de nuevo, del someterse a un orden inmutable en el reposo. Pero los que van al encuentro de las espadas y ponen en fuga a los enemigos al primer asalto no soportaron los preceptos sobre el régimen de vida. Para nosotros, en cambio, del obedecer con gusto a la ley en estas cosas resulta que también allí podemos mostrar nuestra nobleza.
Y luego, Lisímacos, Molones y algunos otros escritores semejantes —sofistas de mala fama, embaucadores de jovenzuelos— nos injurian como si fuéramos los más viles de los hombres.
Yo no querría entrar a examinar las costumbres de los demás, pues lo que nos viene de nuestros padres es guardar lo nuestro, no acusar lo ajeno. Y en cuanto a no burlarnos ni blasfemar de los que otros tienen por dioses, nuestro legislador nos lo prohibió de plano, por respeto a la palabra misma «Dios».
Pero como nuestros acusadores creen refutarnos por vía de comparación, no cabe callar —tanto más cuanto que lo que voy a decir no lo compongo yo ahora para rebatirlos, sino que ya lo han dicho muchos, y muy acreditados—.
Porque ¿quién de los que entre los griegos son admirados por su sabiduría no ha reprochado a los poetas más ilustres y a los legisladores más acreditados el haber sembrado desde el principio en las multitudes tales ideas acerca de los dioses? De ellos afirman cuantos se les antoja en número, nacidos unos de otros y por toda clase de modos de generación; y los reparten por lugares y moradas, como las especies de los animales: a unos bajo tierra, a otros en el mar, y a los más ancianos de ellos encadenados en el Tártaro.
Y a aquellos a quienes asignaron el cielo, les ponen encima uno a quien de palabra llaman padre, pero de hecho tirano y déspota; y por eso, según cuentan, se traba contra él una conjura de su mujer, su hermano y una hija que él engendró de su propia cabeza, para prenderlo y encerrarlo, tal como él mismo había hecho con su propio padre.
Con razón juzgan todo esto merecedor de mucho reproche los que sobresalen en discernimiento, y además se ríen de que a unos dioses haya que tenerlos por imberbes y muchachos, a otros por ancianos y barbados; que unos estén puestos a los oficios —uno herrero, otra tejedora—, que aquel guerree y pelee entre los hombres, y que otros toquen la cítara o se deleiten en el tiro con arco.
Y luego que surjan entre ellos discordias unos con otros y rivalidades por causa de los hombres, hasta el punto no solo de ponerse las manos encima unos a otros, sino incluso de ser heridos por los hombres y lamentarse y sufrir.
Y lo más desvergonzado de todo: ¿cómo no ha de ser absurdo atribuir a casi todos ellos —a los dioses varones y a las hembras— el desenfreno en los ayuntamientos y los amoríos?
Después, los más nobles, y el propio padre en primer lugar, dejan que las mujeres seducidas por él, ya encinta, sean encerradas o arrojadas al mar; y a los que él engendró ni puede salvarlos, dominado como está por el destino, ni soportar sin lágrimas sus muertes.
¡Hermosas cosas, en verdad, y muy en consonancia con las demás! El adulterio se contempla en el cielo tan sin pudor por parte de los dioses, que algunos hasta confiesan envidiar a los que fueron encadenados por él. ¿Y cómo no habrían de hacerlo, cuando ni el más anciano y rey de todos fue capaz de refrenar el ímpetu de unirse a su mujer siquiera lo bastante para retirarse a la alcoba?
Y esos dioses que sirven a los hombres —ora edificando a jornal, ora apacentando rebaños, y otros atados a modo de malhechores en una prisión de bronce—, ¿a quién de los sensatos no lo irritarían, hasta reprender a los que urdieron tales fábulas y condenar la mucha simpleza de quienes las admitieron?
Y algunos, incluso al Terror y al Miedo, y hasta a la Locura y al Engaño —¿y qué pasión de las más viles no?—, les dieron figura y naturaleza de dios; y a los de nombre más decoroso persuadieron a las ciudades a ofrecerles sacrificios.
Por eso se ven forzados a tener a unos de esos dioses por dadores de bienes y a llamar a otros «apartadores de males»; y a estos, como a los peores de los hombres, tratan de quitárselos de encima con favores y regalos, esperando recibir de ellos algún gran mal si no les pagan su salario.
¿Cuál es, pues, la causa de tanta incoherencia y de tanto desatino acerca de lo divino? Yo entiendo que fue el que sus legisladores no comprendieron desde el principio la verdadera naturaleza de Dios, ni, en la medida en que pudieron alcanzar un conocimiento exacto, lo definieron para ordenar conforme a él el resto del régimen político.
Antes bien, como si se tratara de cualquier otra cosa sin importancia, dejaron a los poetas introducir los dioses que quisieran, sujetos a todo padecer, y a los oradores dar carta de ciudadanía por decreto al dios extranjero que les conviniera.
También los pintores y escultores gozaron entre los griegos de mucha libertad para esto, ideando cada uno alguna figura: uno la modela en barro, otro la pinta; y los artífices más admirados tienen en el marfil y el oro la materia de una eterna novedad.
[Y de los templos, unos están del todo abandonados, mientras otros se cuidan con esmero y se adornan con purificaciones de toda clase.] Luego, los dioses que antes florecieron en honores han envejecido; [y los que crecen tras ellos han quedado relegados a segundo rango] —pues así resulta más decoroso decirlo—.
Otros, nuevos, son introducidos y reciben culto, [de modo que, como dijimos de pasada, dejan desiertos los lugares antes dichos]; y de los templos, unos quedan abandonados y otros se erigen de nuevo según el capricho de cada cual, cuando debieran, por el contrario, conservar inmutable su idea acerca de Dios y el honor debido a Él.
Apolonio Molón, pues, era uno de aquellos necios y engreídos; pero a los que de verdad filosofaron entre los griegos no se les escapó nada de lo dicho, ni ignoraron las frías excusas de las alegorías; por lo cual, con razón despreciaron aquellas fábulas y coincidieron con nosotros en la verdadera y digna idea acerca de Dios.
Partiendo de ella, Platón dice que no se debe admitir en la república a ningún otro de los poetas, y a Homero lo despide cortésmente, tras coronarlo y derramar perfume sobre él, para que no borre con sus mitos la recta idea acerca de Dios.
En esto sobre todo imitó Platón a nuestro legislador: en prescribir a los ciudadanos, como ningún otro aprendizaje, el que todos aprendan exactamente las leyes; y también en cuanto a que nadie de fuera se mezcle a la ligera, sino que se conserve puro el cuerpo político de quienes permanecen en las leyes.
Nada de esto tuvo en cuenta Molón Apolonio cuando nos acusó de no admitir a los que tienen de antemano otras ideas acerca de Dios, ni querer tener trato con quienes eligen vivir según otra manera de vida.
Pero ni siquiera esto es propio nuestro, sino común a todos —y no solo a los griegos, sino también a los más acreditados entre ellos—. Los lacedemonios, en efecto, practicaban de continuo la expulsión de extranjeros y no permitían a sus propios ciudadanos ausentarse fuera, temiendo que por ambas cosas se corrompieran sus leyes.
A ellos, tal vez, con razón podría alguien reprocharles su aspereza, pues a nadie hacían partícipe ni de su ciudadanía ni de la convivencia entre ellos.
Nosotros, en cambio, no juzgamos digno imitar lo de los demás, pero a los que quieren participar de lo nuestro los acogemos con gusto. Y esto sería, creo, prueba a la vez de humanidad y de grandeza de alma.
Dejo de hablar más extensamente de los lacedemonios. Y los atenienses, que creyeron que su ciudad era abierta a todos, ¿cómo se portaban en estas cosas? Lo ignoró Apolonio: que a quienes pronunciaban una sola palabra acerca de los dioses contra las leyes de ellos, los castigaban sin remisión.
Pues ¿por qué otra causa murió Sócrates? No entregó, por cierto, la ciudad a los enemigos, ni saqueó nada de los templos; sino que, porque juraba con juramentos nuevos y afirmaba que cierto genio divino le hacía señas —o, como algunos dicen, porque bromeaba con ello—, por eso fue condenado a morir bebiendo cicuta.
Y su acusador lo culpaba también de corromper a los jóvenes, porque los impulsaba a despreciar el régimen y las leyes de la patria. Tal castigo, pues, padeció Sócrates, ciudadano de los atenienses.
Anaxágoras era de Clazómenas, pero porque, creyendo los atenienses que el sol era un dios, él dijo que era una masa incandescente, lo condenaron a muerte por pocos votos.
Y a Diágoras de Melos pusieron precio de un talento a quien lo matara, porque se decía que se burlaba de sus misterios. Y Protágoras, si no huye pronto, habría sido apresado y muerto, por haber parecido escribir algo no conforme con lo que los atenienses sostenían acerca de los dioses.
¿Y qué hay que asombrarse de que trataran así a hombres tan dignos de crédito, si ni siquiera perdonaron a las mujeres? Pues dieron muerte a una sacerdotisa, cuando alguien la acusó de iniciar en dioses extranjeros; y esto lo tenían prohibido por ley, y estaba fijada la pena de muerte contra los que introdujeran un dios extranjero.
Y los que se servían de semejante ley, claro está que no creían que existieran los dioses de los demás; pues, de otro modo, no se habrían negado a disfrutar de un número mayor de ellos.
Quede, pues, bien lo de los atenienses. Los escitas, que se gozan en matanzas de hombres y en poco se diferencian de las fieras, piensan, sin embargo, que deben guardar lo suyo: a Anacarsis, admirado por los griegos por su sabiduría, cuando volvió junto a ellos lo mataron, porque les pareció que venía cargado de costumbres griegas. Y muchos entre los persas hallaría uno castigados por la misma causa.
Pero es evidente que a Apolonio le agradaban las leyes de los persas y los admiraba, porque los griegos disfrutaron de su valentía y de la concordia que tenían acerca de los dioses —esa concordia que mostraban en los templos que incendiaron—, y porque estuvieron a punto de quedar esclavos de esa valentía. En todas sus prácticas se hizo imitador de las de los persas, ultrajando a mujeres ajenas y castrando niños.
Entre nosotros, en cambio, está fijada la pena de muerte aun para quien maltrate a un animal irracional; y de estas leyes ni el miedo a los que nos vencieron logró apartarnos, ni la envidia de lo que entre los demás es honrado.
Ni ejercitamos la valentía para emprender guerras por afán de más, sino para guardar las leyes. Por eso, aunque soportamos con mansedumbre las demás pérdidas, cuando algunos nos fuerzan a alterar nuestras costumbres, entonces, incluso más allá de nuestras fuerzas, elegimos la guerra y aguantamos en las desgracias hasta el extremo.
Pues ¿por qué habríamos de envidiar las leyes de otros, viéndolas no guardadas ni siquiera por quienes las establecieron? ¿Cómo no habrían de condenar los lacedemonios su régimen cerrado al extranjero y su descuido en materia de matrimonios, y los eleos y tebanos la unión contra naturaleza y del todo desenfrenada con los varones?
Aquellas cosas que antaño tenían por lo más hermoso y provechoso de hacer, aun cuando no las hayan del todo evitado en los hechos, ya no las confiesan.
Es más, reniegan hasta de las leyes que sobre ellas antaño tuvieron tanta fuerza entre los griegos, que llegaron a atribuir a los dioses las uniones con varones, y por la misma razón los matrimonios entre hermanos de padre y madre, componiéndose así una disculpa para sus placeres absurdos y contra naturaleza.
Dejo ahora de hablar de los castigos: de cuántos medios de eludirlos concedieron desde el principio la mayoría de los legisladores a los malhechores —estableciendo por leyes multas de dinero para el adulterio y matrimonios para la seducción—, y de cuántos pretextos de negación encierran en materia de impiedad, si alguien se pusiera a examinarlo; pues ya entre los más se ha vuelto costumbre el transgredir las leyes.
No así entre nosotros: aunque nos veamos privados de riqueza, de ciudades y de los demás bienes, al menos nuestra ley permanece inmortal, y ningún judío se alejaría tanto de su patria ni temería a un amo tan cruel como para no temer, antes que a él, a la ley.
Si, pues, es por la excelencia de las leyes que nos disponemos así hacia ellas, concédannos que tenemos las mejores leyes. Y si suponen que perseveramos en unas leyes tan malas, ¿qué no sufrirían ellos con justicia, no guardando las mejores?
Puesto, pues, que el mucho tiempo es tenido por el más veraz de todos los examinadores, a él tomaría yo por testigo de la excelencia de nuestro legislador y de la fama que él transmitió acerca de Dios; porque, siendo infinito el tiempo transcurrido, si alguien lo comparara con las edades de los demás legisladores, lo hallaría a él anterior a todos.
Y nuestras leyes, puestas a prueba por nosotros mismos, han suscitado siempre, y cada vez más, en todos los demás hombres el deseo de imitarlas.
Pues los primeros que filosofaron entre los griegos, en apariencia guardaban las costumbres de sus padres, pero en los hechos y en su filosofar siguieron a aquel, pensando lo mismo acerca de Dios y enseñando la sencillez de vida y la comunidad de unos con otros.
Y aún más: también entre las multitudes hay ya, desde antiguo, mucho celo por nuestra piedad, y no hay ciudad de griegos, sea cual sea, ni pueblo alguno bárbaro, ni una sola nación, adonde no haya llegado la costumbre del séptimo día, en que nosotros holgamos, y donde no se observen los ayunos, el encendido de lámparas y muchas de las prohibiciones que tenemos en materia de alimentos.
Tratan de imitar también nuestra concordia mutua, el repartir de lo que se posee, la laboriosidad en los oficios y la constancia en las necesidades que se sufren por las leyes.
Pues lo más admirable es que, sin el atractivo cebo del placer, la ley por sí misma tuvo fuerza; y así como Dios se ha extendido por todo el mundo, del mismo modo la ley ha caminado por entre todos los hombres. Que cada cual observe su propia patria y su propia casa, y no dejará de creer lo que yo digo.
Es preciso, por tanto, o condenar en todos los hombres una maldad voluntaria, si han deseado imitar lo ajeno y malo antes que lo propio y hermoso, o que nuestros acusadores dejen de envidiarnos.
Pues no pretendemos nada digno de envidia al honrar a nuestro propio legislador y al haber creído en lo que él profetizó acerca de Dios; porque, aun cuando nosotros mismos no comprendiéramos la excelencia de las leyes, por la sola multitud de quienes las imitan nos veríamos llevados a enorgullecernos de ellas.
Pero acerca de las leyes y del régimen político he hecho una exposición exacta en los libros que escribí sobre la Antigüedad. Ahora las he recordado solo en la medida en que era necesario, sin proponerme ni censurar lo de los demás ni elogiar lo nuestro, sino para refutar a quienes escribieron injustamente acerca de nosotros, contendiendo desvergonzadamente contra la verdad misma.
Y ya me parece haber cumplido suficientemente, con este escrito, lo que prometí de antemano; pues demostré que nuestro pueblo es de gran antigüedad, cuando los acusadores afirmaban que es novísimo, y presenté como testigos a muchos autores antiguos que nos mencionaron en sus obras, mientras que ellos afirman con firmeza que no existe ninguno.
Decían, además, que nuestros antepasados eran egipcios; y se ha demostrado que llegaron a Mitsraim desde otra parte. Mintieron al decir que fueron expulsados por una infección de sus cuerpos; y se ha visto que regresaron por propia elección y con sobra de fuerzas a su propia tierra.
Unos injuriaron a nuestro legislador como al más vil de los hombres; pero de su excelencia se ha hallado por testigo, antaño, Dios, y después de Él, el tiempo.
Acerca de las leyes no hizo falta más discurso, pues por sí mismas quedaron a la vista, enseñando no impiedad, sino la más verdadera piedad; llamando no a la misantropía, sino a la comunidad de bienes; enemigas de la injusticia, cuidadosas de la justicia; desterrando la ociosidad y el lujo; enseñando a bastarse a sí mismos y a ser amantes del trabajo; apartando de las guerras por afán de más, pero preparando a los hombres a ser valientes en su defensa; inflexibles ante los castigos, no sofísticas en preparativos de palabras, siempre confirmadas por las obras. Pues estas ofrecemos nosotros siempre, más claras que los escritos.
Por lo cual yo diría con confianza que nos hemos hecho, para los demás, introductores de las cosas más numerosas y más hermosas a la vez. Pues ¿qué hay más hermoso que una piedad inviolable? ¿Qué más justo que obedecer a las leyes?
¿O qué más provechoso que la concordia mutua —el no separarse en las desgracias ni amotinarse en las prosperidades con insolencia, sino despreciar la muerte en la guerra y, en la paz, dedicarse a los oficios o a las labores del campo, persuadidos de que en todo y en todas partes Dios lo vigila y lo gobierna todo?
Si esto entre otros se hubiera escrito antes o se hubiera guardado con más firmeza, nosotros les deberíamos gratitud como discípulos suyos. Pero si se ve que somos nosotros quienes más de todos lo practicamos, y hemos demostrado que su primer hallazgo fue nuestro, queden refutados los Apiones, los Molones y cuantos se gozan en mentir y en injuriar.
Y a ti, Epafrodito, que amas sobre todo la verdad, y por medio de ti a cuantos quieran del mismo modo conocer acerca de nuestro pueblo, quede escrito este libro y el que le precede.