Libros · Clásicos del judaísmo
La guerra de los judíos
Libros I–VII: la rebelión contra Roma y la destrucción de Yerushaláyim
Flavio Josefo
Capítulo I
Libro primero
La guerra de los judíos contra los romanos fue la mayor no solo de las de nuestro tiempo, sino casi de cuantas hemos conocido de oídas —choques de ciudades contra ciudades o de pueblos contra pueblos—. Y, sin embargo, unos, que no estuvieron presentes en los hechos y reúnen de oídas relatos vanos y contradictorios, los redactan con artificios de retórica; otros, que sí estuvieron, falsean los sucesos por adulación hacia los romanos o por odio hacia los judíos, de modo que sus escritos contienen ora acusación, ora encomio, pero en ninguna parte la exactitud de la historia. Por eso me propuse yo narrar estos hechos a los súbditos del imperio romano, vertiéndolos a la lengua griega a partir de lo que antes compuse en mi lengua patria y envié a los bárbaros del interior. Soy Josefo, hijo de Matityahu, sacerdote de Yerushaláyim, que al principio combatí yo mismo contra los romanos y por necesidad estuve presente en los sucesos posteriores.
Pues al producirse, como dije, esta agitación tan grande, entre los romanos andaban enfermos los asuntos internos, mientras que entre los judíos el partido revolucionario se alzó en aquellos tiempos turbulentos, pujante en hombres y en dinero, hasta el punto de que, por el exceso de tumultos, los asuntos de Oriente quedaban para unos en esperanza de ganancia y para otros en temor de pérdida. Porque los judíos esperaban que todos sus hermanos de raza de más allá del Éufrates se sublevaran junto con ellos, y a los romanos los inquietaban por un lado los galos vecinos, y el mundo céltico no estaba tranquilo; tras Nerón todo estaba lleno de tumultos, y a muchos la ocasión los persuadía a aspirar al trono, mientras la soldadesca ansiaba el cambio con la esperanza de botín. Me pareció, pues, absurdo consentir que la verdad anduviera extraviada en asuntos de tanta magnitud, y que partos, babilonios, los árabes más remotos, nuestros hermanos de raza de más allá del Éufrates y los de Adiabene supieran con exactitud, por mi diligencia, dónde comenzó la guerra, por cuántos padecimientos pasó y cómo acabó, mientras que los griegos y aquellos romanos que no fueron a la campaña lo ignoraran, topándose solo con adulaciones o ficciones.
Y eso que se atreven a titular «historias» a esos escritos, en los que, además de no mostrar nada sano, me parece que yerran también su propio propósito. Pues quieren presentar grandes a los romanos, pero siempre rebajan y menosprecian lo de los judíos. Ahora bien, no veo cómo puedan parecer grandes quienes han vencido a gente pequeña; y ni se avergüenzan de la duración de la guerra, ni de la magnitud del ejército romano que se fatigó, ni de la talla de los generales que tanto sudaron ante Yerushaláyim: creo que, al rebajar su hazaña, ellos mismos quedan sin gloria.
Mas yo no he resuelto engrandecer lo de mis compatriotas por rivalizar con quienes exaltan lo de los romanos; los hechos de ambos los expondré con exactitud, pero los comentarios sobre los sucesos los dejo a mi disposición de ánimo, permitiéndome dar a mis propios sentimientos el desahogo de lamentar las desdichas de mi patria. Pues que a ella la derribó una discordia interna, y que fueron los tiranos judíos quienes, contra su voluntad, atrajeron sobre el Templo las manos de los romanos y el fuego, testigo es el propio César Tito, que la arrasó: durante toda la guerra se compadeció del pueblo, dominado por los sediciosos, y muchas veces, de buen grado, aplazó la toma de la ciudad, dando con el asedio tiempo a que los culpables se arrepintieran. Si alguien, pues, censura lo que decimos en tono de acusación contra los tiranos y su bandidaje, o nos calumnia por gemir ante las desgracias de la patria, que conceda a mi dolor un perdón que va contra la ley de la historia. Porque sucedió que nuestra ciudad, de todas las sometidas a los romanos, llegó a la cima de la prosperidad y volvió a caer en el extremo de las desdichas. En fin, me parece que todas las desventuras de todos los pueblos desde el principio del mundo quedan por debajo de las de los judíos, si se comparan; y de ellas no fue causante ningún extranjero, de modo que era imposible contener el llanto. Pero si algún juez resulta más duro que la compasión, atribuya los hechos a la historia y los lamentos al que escribe.
Y eso que yo mismo podría con justicia reprochar a los doctos de los griegos: habiendo ocurrido en sus días hechos tan grandes, que por comparación dejan en nada las guerras antiguas, se sientan como jueces de ellos y atacan a quienes se afanan en escribirlos; y aunque a estos los aventajen en el estilo, les son inferiores en la intención. Ellos mismos, en cambio, escriben la historia de asirios y medos, como si los antiguos autores la hubieran narrado peor. Y sin embargo, tanto están por debajo de aquellos en el escribir cuanto lo están también en el juicio; pues cada uno se esforzaba en escribir lo de su propio tiempo, ya que el haber estado presente en los hechos hacía vívido el relato, y mentir ante quienes sabían era vergonzoso. Ciertamente, dar a la memoria lo ya sucedido y componer para la posteridad lo de los propios tiempos es digno de elogio y testimonio; y no es laborioso quien refunde la disposición y el orden ajenos, sino quien, junto con decir cosas nuevas, construye también un cuerpo propio de historia. Y yo, siendo extranjero, con gastos y trabajos enormes ofrezco a griegos y romanos el recuerdo de estas hazañas. En cambio, a los de estirpe, para las ganancias y los pleitos, al punto se les abre la boca y se les suelta la lengua; pero para la historia, donde hace falta decir la verdad y reunir los hechos con mucho esfuerzo, quedan amordazados, dejándola a los más débiles y que ni siquiera conocen los actos de los jefes. Hónrese, pues, entre nosotros la verdad de la historia, ya que entre los griegos se la ha descuidado.
En cuanto a narrar la antigüedad de los judíos —quiénes eran, cómo salieron de Mitsraim, cuánta tierra recorrieron errantes, cuántas comarcas ocuparon después y cómo emigraron—, juzgué que ahora sería inoportuno y por lo demás superfluo, puesto que muchos judíos antes de mí compusieron con exactitud la historia de nuestros antepasados, y algunos griegos, traduciéndola de la lengua patria, no se apartaron mucho de la verdad. Comenzaré, pues, mi composición allí donde cesaron los historiadores de aquello y nuestros profetas. De estos hechos, los de la guerra que me tocó vivir los recorreré con más detalle y con toda la elaboración de que sea capaz; los anteriores a mi edad los pasaré de forma sucinta.
Cómo Antíoco, llamado Epífanes, tomó Yerushaláyim por la fuerza y, tras retenerla tres años y seis meses, fue expulsado del país por los hijos de Asamoneo; después, cómo sus descendientes, enfrentados por el trono, arrastraron a los asuntos a los romanos y a Pompeyo; y cómo Herodes, hijo de Antípatro, derribó su dominio trayendo a Sosio. Cómo el pueblo se sublevó tras la muerte de Herodes, siendo Augusto soberano de los romanos y estando Quintilio Varo en el país; y cómo, en el año duodécimo del gobierno de Nerón, estalló la guerra; lo sucedido con Cestio y cuánto avanzaron los judíos con las armas en sus primeros ímpetus. Cómo fortificaron las poblaciones vecinas; y cómo Nerón, temiendo por la situación general tras los reveses de Cestio, puso a Vespasiano al frente de la guerra; y cómo este, con el mayor de sus hijos, invadió el país de los judíos —con cuánto ejército romano y cuántos aliados se abatió sobre toda Galilea— y cómo tomó las ciudades de esta, unas totalmente y por la fuerza, otras por capitulación.
Allí expondré también lo referente a la disciplina de los romanos en la guerra y al adiestramiento de las legiones; las distancias de una y otra Galilea, su naturaleza, los límites de Judea y, además, la peculiaridad del país, sus lagos y sus fuentes, y con exactitud lo padecido en cada ciudad conquistada, tal como lo vi o lo sufrí. Pues ni siquiera ocultaré nada de mis propias desgracias, ya que voy a hablar ante quienes lo saben. Luego, cómo, cuando ya flaqueaban los asuntos de los judíos, murió Nerón, y Vespasiano, que se había lanzado sobre Yerushaláyim, fue arrastrado en otra dirección por el poder imperial; los presagios que le llegaron sobre esto y los cambios en Roma; y cómo él mismo fue proclamado emperador por los soldados contra su voluntad, y cómo, al partir hacia Mitsraim para administrar el conjunto del imperio, los asuntos de los judíos cayeron en discordia civil; cómo se alzaron contra ellos los tiranos y las disensiones que estos tuvieron entre sí.
Y cómo Tito, partiendo de Mitsraim, invadió el país por segunda vez; cómo reunió sus fuerzas, dónde y cuántas; en qué estado se hallaba la ciudad por la discordia a su llegada; cuántos asaltos dio y cuántos terraplenes levantó; los perímetros de los tres muros y sus medidas, la fortaleza de la ciudad y la disposición del santuario y del Templo; y además de esto, todas las medidas del altar con exactitud, algunas costumbres de las fiestas, las siete purificaciones y los servicios de los sacerdotes; también las vestiduras de los sacerdotes y del sumo sacerdote, y cómo era el Santo del Templo, sin ocultar nada ni añadir nada a lo averiguado. Después expondré la crueldad de los tiranos hacia sus compatriotas y la clemencia de los romanos hacia los extranjeros, y cuántas veces Tito, deseoso de salvar la ciudad y el Templo, invitó a los sediciosos a una capitulación honrosa. Distinguiré los padecimientos del pueblo y sus desgracias: cuánto sufrieron y perecieron por la guerra, cuánto por la discordia y cuánto por el hambre. No omitiré tampoco las desventuras de los desertores ni los castigos de los cautivos; ni cómo el Templo fue incendiado contra la voluntad de César, cuántos de los objetos sagrados se arrebataron del fuego, la toma de toda la ciudad y los signos y prodigios que la precedieron; la captura de los tiranos, la multitud de los reducidos a esclavitud y la suerte que a cada cual le tocó. Y cómo los romanos remataron los restos de la guerra y derribaron las fortificaciones de las plazas; y cómo Tito, tras recorrer todo el país, lo puso en orden; su regreso a Italia y su triunfo. Todo esto lo he abarcado en siete libros, sin dejar a quienes conocen los hechos y estuvieron presentes en la guerra ningún motivo de reproche ni de acusación —para los que aman la verdad, no para el placer—. Y daré a mi exposición el mismo comienzo que di al sumario de los capítulos.
Al surgir una discordia entre los notables judíos, en el tiempo en que Antíoco, llamado Epífanes, disputaba toda Siria a Tolomeo el sexto —la rivalidad era entre ellos por el poder, pues ninguno de los que gozaban de dignidad soportaba estar sometido a sus iguales—, Onías, uno de los sumos sacerdotes, prevaleció y expulsó de la ciudad a los hijos de Tobías. Estos se refugiaron junto a Antíoco y le suplicaron que, tomándolos por guías, invadiera Judea. El rey, que hacía tiempo lo deseaba, se dejó persuadir y, lanzándose él mismo con muchísimas tropas, tomó la ciudad por la fuerza, mató a gran número de los partidarios de Tolomeo, entregó sin freno a sus soldados al saqueo, saqueó él mismo el Templo e interrumpió el sacrificio perpetuo de cada día durante tres años y seis meses. El sumo sacerdote Onías huyó junto a Tolomeo y, recibiendo de él un lugar en el nomo Heliopolita, fundó una pequeña ciudad semejante a Yerushaláyim y un templo parecido; de esto hablaremos de nuevo en su lugar.
A Antíoco, en cambio, no le bastaron ni el haber tomado la ciudad contra toda esperanza, ni los saqueos, ni tanta matanza; llevado por el desenfreno de sus pasiones y por el recuerdo de lo que había padecido durante el asedio, forzó a los judíos a abolir sus costumbres patrias, a dejar sin circuncidar a sus recién nacidos y a sacrificar cerdos sobre el altar. Todos desobedecían a esto, y los más señalados eran degollados. Y Báquides, enviado por Antíoco como jefe de la guarnición, añadiendo a su crueldad natural aquellas órdenes impías, no dejó exceso alguno de iniquidad: torturaba uno por uno a los hombres de nota y a diario ofrecía en público a la ciudad el espectáculo de una toma, hasta que con la desmesura de sus injusticias incitó a las víctimas a la osadía de la venganza. Así, Matityahu, hijo de Asamoneo, uno de los sacerdotes, de una aldea llamada Modiín, cerrando filas con la gente de su casa —pues tenía cinco hijos—, mató a Báquides con cuchillos. Y al punto, temiendo el número de las guarniciones, se refugió en los montes. Pero al sumársele muchos del pueblo, cobró ánimo, bajó, trabó combate, venció a los generales de Antíoco y los expulsó de Judea. Pasando así de la buena fortuna al poder, y gobernando a los suyos, que de buen grado lo aceptaban por haberlos librado de los extranjeros, murió dejando el mando a Yehudá, el mayor de sus hijos.
Este, pues no suponía que Antíoco fuera a estarse quieto, reunió las fuerzas del país, fue el primero en hacer amistad con los romanos y rechazó con dura derrota a Epífanes, que de nuevo invadía el país. Y, aún caliente la hazaña, se lanzó contra la guarnición de la ciudad, pues todavía no había sido desalojada; expulsándola de la ciudad alta, empujó a los soldados a la baja —esta parte de la urbe se llama Acra—. Dueño del Templo, purificó todo el recinto, lo amuralló, fabricó vasos nuevos para el culto y los llevó al santuario, por estar profanados los anteriores, levantó otro altar y reanudó los sacrificios. Cuando apenas recobraba la ciudad su condición sagrada, murió Antíoco, y heredero de su reino y de su odio hacia los judíos quedó su hijo Antíoco.
Reuniendo, pues, cincuenta mil infantes, cinco mil jinetes y ochenta elefantes, penetró por Judea hasta la región montañosa. Tomó la pequeña ciudad de Bet-Sur y, en un lugar llamado Bet-Zacaría, donde el paso era estrecho, Yehudá le salió al encuentro con sus fuerzas. Antes de que las falanges chocaran, Elazar, su hermano, viendo el más alto de los elefantes engalanado con una gran torre y con parapetos dorados, y suponiendo que sobre él iba Antíoco, se adelantó mucho de los suyos y, abriéndose paso entre la masa de los enemigos, llegó hasta el elefante. No pudo alcanzar al que parecía ser el rey, por la altura; pero, hiriendo a la bestia por debajo del vientre, la derribó sobre sí y, aplastado, murió, sin lograr más que haber acometido una gran empresa, poniendo la gloria por encima de la vida. Por lo demás, el que conducía el elefante era un particular; y aunque hubiera resultado ser Antíoco, el audaz no habría conseguido nada más que dar la impresión de haber elegido la muerte por la sola esperanza de una hazaña brillante. Esto fue además un presagio para su hermano de toda la batalla. Pues los judíos combatieron con firmeza y por largo rato, pero los del rey, superiores en número y favorecidos por la fortuna, vencieron; y, muertos muchos, Yehudá, con los restantes, huyó a la toparquía de Gofna. Antíoco entró en Yerushaláyim y, tras permanecer en ella pocos días por falta de provisiones, se retiró, dejando la guarnición que juzgó suficiente y llevándose el resto de sus fuerzas a invernar a Siria. Ante la retirada del rey, Yehudá no se estuvo quieto: al sumársele muchos de la nación y reunir a los supervivientes de la batalla, trabó combate con los generales de Antíoco junto a la aldea de Adasa; y, mostrándose el mejor en la lucha y matando a muchos de los enemigos, cayó él mismo, y pocos días después su hermano Yojanán murió víctima de una conjura de los partidarios de Antíoco.
Sucediéndole su hermano Yonatán, se condujo con cautela hacia los del país, afianzó su poder con la amistad de los romanos e hizo las paces con el hijo de Antíoco. Mas nada de esto le bastó para su seguridad. Pues el tirano Trifón, que era tutor del hijo de Antíoco pero conspiraba contra él ya de antes, intentando deshacerse de sus amigos, prendió con engaño a Yonatán, que había venido con pocos a Ptolemaida, ante Antíoco, y, tras encadenarlo, marchó contra Judea. Luego, rechazado por Shimón, hermano de Yonatán, e irritado por la derrota, dio muerte a Yonatán. Shimón, dirigiendo con nobleza los asuntos, tomó de las poblaciones vecinas Gázara, Yafo y Yavne, y arrasó la Acra tras vencer a la guarnición. De nuevo se hizo aliado de Antíoco contra Trifón, a quien este asediaba en Dora antes de su campaña contra los medos. Pero no logró apartar la codicia del rey por haber contribuido a eliminar a Trifón. Pues no mucho después Antíoco envió a Cendebeo, su general, con un ejército, a asolar Judea y a someter a Shimón. Este, aunque ya anciano, condujo la guerra con brío juvenil. Envió por delante a sus hijos con los más vigorosos, y él mismo, tomando una parte de las fuerzas, atacó por otro lado. Habiendo tendido muchas emboscadas en muchos lugares y también en los montes, venció en todos sus intentos y, tras una victoria brillante, fue proclamado sumo sacerdote y liberó a los judíos del dominio de los macedonios, ciento setenta años después.
También él murió víctima de una conjura en un banquete, a manos de Tolomeo, su yerno, quien, tras encerrar a su mujer y a sus dos hijos, envió a quienes habían de matar al tercero, Yojanán, llamado también Hircano. Pero el joven, sabiendo de antemano el ataque, se apresuró a llegar a la ciudad, confiando muchísimo en el pueblo, tanto por el recuerdo de las hazañas de su padre como por el odio a la iniquidad de Tolomeo. También Tolomeo se lanzó a entrar por otra puerta, pero fue rechazado por el pueblo, que ya había acogido a Hircano. Aquel se retiró al punto a una de las fortalezas de más allá de Yerijó, llamada Dagón. Hircano, recibido el sumo sacerdocio paterno y tras sacrificar a Dios, se lanzó a toda prisa contra Tolomeo para socorrer a su madre y a sus hermanos; y, atacando la fortaleza, en lo demás era superior, pero era vencido por un sentimiento justo. Pues Tolomeo, cada vez que se veía en apuros, sacaba a la madre y a los hermanos de aquel sobre el muro, a la vista, los torturaba y amenazaba con despeñarlos si no se retiraba enseguida. Ante esto, a Hircano más que la ira le entraban compasión y temor; pero la madre, sin ceder ni ante las torturas ni ante la muerte con que la amenazaban, le tendía las manos y suplicaba a su hijo que, sin ablandarse por los ultrajes hechos a ella, no perdonara al impío; que para ella la muerte a manos de Tolomeo era mejor que la inmortalidad, con tal de que él pagara por las iniquidades cometidas contra su casa. Yojanán, cuando pensaba en la entereza de su madre y escuchaba su súplica, se lanzaba a atacar; pero cuando la veía golpeada y desgarrada, se ablandaba y quedaba dominado por la emoción. Alargándose por esto el asedio, sobrevino el año de reposo, que cada siete años guardan los judíos como reposo, igual que los días de la semana. Y en esto Tolomeo, libre del asedio, mató a los hermanos de Yojanán junto con la madre y huyó junto a Zenón, apodado Cotilas, que era tirano de Filadelfia.
Antíoco, encolerizado por lo que había padecido de Shimón, hizo una campaña contra Judea y asedió a Hircano, acampando ante Yerushaláyim. Pero este abrió la tumba de David —que fue el más rico de los reyes— y, sacando de ella más de tres mil talentos, hizo levantar a Antíoco del asedio persuadiéndolo con trescientos talentos, y además fue el primero de los judíos en mantener tropas mercenarias con aquel caudal. De nuevo Antíoco, al emprender campaña contra los medos, le dio ocasión de venganza; pues al punto Hircano se lanzó contra las ciudades de Siria, suponiendo —como así era— que las hallaría vacías de gente de guerra. Tomó, pues, Medaba y Samega con las vecinas, y además Shejem y el Guerizim, y junto a ellas al pueblo de los cuteos, que habitaban en torno al santuario semejante al de Yerushaláyim. Tomó también en Idumea, entre otras muchas, Adoreo y Marisa. Avanzando hasta Shomrón —donde ahora está la ciudad de Sebaste, fundada por el rey Herodes— y amurallándola por todas partes, puso al frente del asedio a sus hijos Aristóbulo y Antígono. Como estos no cejaban, los de la ciudad llegaron a tal punto de hambre que echaron mano incluso de lo más inusitado. Llamaron en su auxilio a Antíoco, apellidado Aspendio; y este, acudiendo prontamente, fue derrotado por los de Aristóbulo. Perseguido por los hermanos hasta Escitópolis, logró escapar; ellos, volviéndose contra los samaritanos, encerraron de nuevo a la multitud tras el muro y, tomando la ciudad, la arrasaron y esclavizaron a sus habitantes. Como las victorias seguían adelante, no enfriaron su ímpetu, sino que, avanzando con el ejército hasta Escitópolis, la asolaron y se repartieron toda la comarca de dentro del monte Carmelo.
Ante las prosperidades de Yojanán mismo y de sus hijos, la envidia suscitó una sedición entre los del país, y muchos, reuniéndose contra ellos, no se estuvieron quietos, hasta que, arrastrados a una guerra abierta, fueron vencidos. El resto de su vida lo pasó Yojanán en prosperidad, y, tras administrar de la mejor manera el gobierno durante treinta y tres años enteros, murió dejando cinco hijos, verdaderamente dichoso y sin haber dado en nada motivo para reprochar a su fortuna. Pues él solo poseía las tres cosas más excelentes: el mando de la nación, el sumo sacerdocio y la profecía. Pues lo divino le acompañaba, de modo que nada de lo por venir ignoraba: incluso respecto a sus dos hijos mayores previó y profetizó que no se mantendrían señores de los asuntos. Su caída es digna de ser narrada, por cuanto se apartaron de la prosperidad paterna.
Pues tras la muerte de su padre, el mayor de ellos, Aristóbulo, transformando el gobierno en monarquía, fue el primero en ceñirse la diadema, cuatrocientos setenta y un años y tres meses después de que el pueblo regresara al país, libre de la esclavitud en Bavel. De sus hermanos, al que le seguía, Antígono —pues parecía quererlo—, lo tenía en igual honor; a los demás los encerró encadenados. Encadenó también a su madre, que disputaba por el poder —pues a ella la había dejado Yojanán señora de todo—, y llegó a tal punto de crueldad que la dejó morir de hambre en la prisión. El castigo por ello recayó sobre su hermano Antígono, a quien amaba y tenía por partícipe del reino; pues también a este lo mató, a causa de calumnias que urdieron los malvados de la corte. Al principio Aristóbulo desconfiaba de lo que se decía, ya que amaba a su hermano y atribuía a la envidia la mayor parte de las habladurías. Pero cuando Antígono, brillante, volvió de la campaña para la fiesta en que es costumbre patria levantar tiendas en honor de Dios, sucedió que en aquellos días Aristóbulo cayó enfermo; y Antígono, al final de la fiesta, subió con los soldados de su séquito, ataviado con el mayor esplendor posible, a orar sobre todo por su hermano. En esto, los malvados, llegándose al rey, le mostraban el cortejo de los soldados y el porte de Antígono, mayor que el de un particular, y que se había presentado con un gran cuerpo de tropa para matarlo; pues no soportaba tener solo un honor de la realeza, pudiendo apoderarse de ella.
Poco a poco, contra su voluntad, Aristóbulo dio crédito a esto; y, cuidando de no hacer manifiesta su sospecha y de asegurarse ante lo incierto, apostó a sus guardias de corps en un subterráneo sin luz —yacía él en la fortaleza antes llamada Baris, luego renombrada Antonia—, con la orden de abstenerse de él si iba desarmado, pero de matar a Antígono si se acercaba con las armas; y envió a quienes le dijeran de antemano que viniera desarmado. Contra esto, muy astutamente, la reina se concertó con los conspiradores: persuadieron a los enviados de que callaran lo del rey y dijeran a Antígono que su hermano, habiendo oído que se había procurado unas armas hermosísimas y un aparato de guerra en Galilea, y no habiendo podido, por su enfermedad, verlo todo en persona, «ahora que estás a punto de partir, con muchísimo gusto te vería con las armas». Al oír esto Antígono —y le impulsaba la disposición de su hermano a no sospechar nada malo—, marchó con las armas como para exhibirse. Pero al llegar al pasadizo oscuro —se llamaba torre de Estratón— fue muerto por los guardias, dejando probado que la calumnia corta toda benevolencia y todo lazo natural, y que ninguno de los buenos afectos es tan fuerte que resista siempre a la envidia.
Cabe admirar en este punto también a Yehudá, de linaje esenio, que nunca había errado ni se había engañado en sus predicciones; el cual, al ver aquella vez a Antígono pasar por el Templo, gritó a sus conocidos —pues no eran pocos los discípulos que se sentaban junto a él—: «¡Ay! Ahora me es bueno morir, ya que se me ha muerto antes la verdad y algo de lo que predije ha resultado falso: pues vive Antígono, este que hoy debía haber muerto. El lugar señalado para su matanza era la torre de Estratón, y esta dista de aquí seiscientos estadios, y son ya cuatro las horas del día; el tiempo, pues, desmiente el vaticinio». Dicho esto, el anciano, sombrío y absorto, aguantaba; y poco después se anunció que Antígono había sido muerto en el paraje subterráneo que también él se llamaba torre de Estratón, homónimo de la Cesarea de la costa. Esto, precisamente, fue lo que había turbado al adivino.
A Aristóbulo, en cambio, al punto el arrepentimiento por el crimen le desató una enfermedad; y, con el alma siempre turbada por el pensamiento del asesinato, se consumía, hasta que, desgarradas las entrañas por la pena sin mezcla, vomitó de golpe sangre. Uno de los muchachos de su servicio, al llevarse esa sangre, por designio divino resbaló justo en el lugar donde Antígono había sido degollado y, sobre las manchas del asesinato aún visibles, derramó la sangre del que había matado. Se alzó al instante un gemido de los que lo vieron, como si el muchacho hubiera vertido allí la sangre adrede. Al oír el clamor, el rey preguntó la causa, y como nadie se atrevía a decirla, más insistía queriendo saberlo; al fin, ante sus amenazas y su violencia, le dijeron la verdad. A él se le llenaron los ojos de lágrimas y, gimiendo cuanto le permitían sus fuerzas, dijo: «No iba, pues, a ocultarse al gran ojo de Dios que yo obrara acciones impías, sino que me persigue veloz la justicia por el asesinato de un pariente. ¿Hasta cuándo, cuerpo desvergonzadísimo, retendrás el alma condenada ante mi hermano y mi madre? ¿Hasta cuándo les iré ofreciendo mi sangre a plazos? ¡Que la tomen toda de una vez, y que la divinidad no siga burlándose con estas libaciones sacadas de mis entrañas!». Dicho esto, murió al punto, tras reinar no más de un año.
Su mujer, liberando a los hermanos de aquel, puso como rey a Alejandro, que parecía aventajar por su edad y por su moderación. Este, al alcanzar el poder, mató a uno de los hermanos, que aspiraba al trono, y al que quedaba, contento con vivir sin complicaciones, lo mantuvo así. Tuvo también un encuentro con Tolomeo, apellidado Latiro, que había tomado la ciudad de Asoquis; y mató a muchos de los enemigos, pero la victoria se inclinó del lado de Tolomeo. Cuando este, perseguido por su madre Cleopatra, se retiró a Mitsraim, Alejandro tomó por asedio Gádara y Amato, que era la mayor fortaleza de las de allende el Yardén, y en ella estaban las más preciadas posesiones de Teodoro, hijo de Zenón. Pero Teodoro, atacando de improviso, se apoderó de lo suyo y del bagaje del rey, y mató hasta unos diez mil judíos. Alejandro se repuso del golpe y, volviéndose hacia la costa, tomó Gaza, Rafía y Antedón —la que después el rey Herodes llamó Agripíade—.
Cuando ya había esclavizado estas ciudades, el pueblo judío se sublevó contra él en una fiesta; pues sobre todo en sus banquetes festivos prende la discordia. Y parecía que no habría podido dominar la conjura si no le hubiera auxiliado su tropa extranjera: eran pisidios y cilicios, pues no admitía mercenarios sirios por la innata aversión de estos hacia la nación. Tras matar a más de seis mil de los rebeldes, atacó Arabia y, sometiéndola, tomó a los galaaditas y a los moabitas y, tras imponerles tributo, regresó a Amato. Como Teodoro quedó espantado ante sus éxitos, Alejandro tomó la fortaleza desierta y la arrasó. Después, al enfrentarse con Obedas, rey de los árabes, que había tendido una emboscada en la Gaulanítide, cayendo en la celada perdió todo su ejército, apiñado en un barranco profundo y aplastado por una multitud de camellos. Escapando él mismo a Yerushaláyim, la magnitud del desastre incitó a la rebelión a la nación, que de antiguo lo odiaba. También entonces se sobrepuso y, en batallas sucesivas, mató a no menos de cincuenta mil judíos en seis años; pero no se alegraba de estas victorias, que consumían su propio reino. Por eso, dejando las armas, intentó reconciliarse de palabra con sus súbditos. Pero ellos aún más odiaban su cambio y la inconstancia de su carácter; y cuando les preguntó cuál era la causa —qué podría hacer para apaciguarlos—, respondieron: «morir»; pues a duras penas se reconciliarían, ni aun muerto, con quien tanto había hecho. Al mismo tiempo llamaron a Demetrio, apellidado el Inoportuno. Este obedeció fácilmente con la esperanza de mayores ganancias y, llegando con un ejército, los judíos se unieron a sus aliados cerca de Shejem.
Alejandro recibió a unos y otros con mil jinetes y ocho mil mercenarios de a pie; estaba también con él la parte judía que le era favorable, hasta unos diez mil. De los contrarios, había tres mil jinetes y catorce mil infantes. Y antes de venir a las manos, los reyes, con proclamas, intentaban provocar deserciones en las filas del otro: Demetrio esperaba ganarse a los mercenarios de Alejandro, y Alejandro a los judíos que iban con Demetrio. Pero como ni los judíos depusieron su furor ni los griegos su fidelidad, se decidieron ya por las armas, chocando en combate. Vence en la batalla Demetrio, aunque muchos de los mercenarios de Alejandro mostraron obras de coraje y de brazo. Mas el desenlace de la contienda resultó contrario a lo esperado por ambos: pues ni permanecieron con Demetrio, vencedor, quienes lo habían llamado, y, por compasión ante el vuelco de su fortuna, se pasaron a Alejandro, refugiado en los montes, seis mil judíos. Este giro no lo soportó Demetrio, sino que, suponiendo que ya Alejandro era de nuevo capaz de combatir y que toda la nación se volvía hacia él, se retiró. Sin embargo, el resto de la multitud, tras retirarse los aliados, no depuso sus diferencias, sino que mantuvo contra Alejandro una guerra continua, hasta que, matando a muchísimos, arrojó a los demás a la ciudad de Bemeselis y, arrasándola, se llevó cautivos a Yerushaláyim. Su crueldad, por exceso de ira, llegó a la impiedad: de los prisioneros, crucificó a ochocientos en medio de la ciudad y degolló ante sus ojos a sus mujeres y a sus hijos; y esto lo contemplaba mientras bebía, recostado con sus concubinas. Tan grande fue el espanto que se apoderó del pueblo, que a la noche siguiente huyeron de toda Judea ocho mil de los del bando contrario, para quienes el término de su destierro fue la muerte de Alejandro. Con tales obras, tarde y a duras penas procuró la quietud a su reino y descansó de las armas.
De nuevo se hace principio de tumultos Antíoco, apellidado también Dioniso, hermano de Demetrio y el último de los descendientes de Seleuco. A este, temiéndolo Alejandro, cuando se disponía a marchar contra los árabes, hizo cortar con un foso profundo el espacio entre la ladera de más allá de Antipátride y los arenales de Yafo, y ante el foso levantó un muro alto y construyó torres de madera, cerrando los pasos fáciles. Mas no logró detener a Antíoco; pues este, incendiando las torres y cegando el foso, cruzó con su ejército. Y, dejando en segundo término la venganza contra el que lo había estorbado, marchó al punto contra los árabes. El rey de estos, retirándose hacia las zonas más ventajosas del país para la batalla, luego, volviendo de repente la caballería —eran diez mil en número—, cayó sobre las tropas de Antíoco en desorden. Trabada una dura batalla, mientras Antíoco vivía resistía su ejército, aunque los árabes los mataban sin freno; pero al caer él —pues siempre se exponía el primero socorriendo a los que flaqueaban—, todos ceden, y la mayor parte de ellos perece tanto en la formación como en la huida; a los restantes, refugiados en la aldea de Cana, sucedió que fueron consumidos por falta de provisiones, todos salvo unos pocos.
Por esto los damascenos, por el odio que tenían a Tolomeo hijo de Menneo, llamaron a Aretas y lo hicieron rey de Celesiria. Este marchó contra Judea, venció a Alejandro en batalla y se retiró conforme a un pacto.
Alejandro, tras tomar Pela, marchó de nuevo contra Gerasa, ávido de las posesiones de Teodoro; cercó a la guarnición con un triple recinto y tomó el lugar por asalto.
Sometió también Gaulana, Seleucia y el llamado barranco de Antíoco; además tomó Gámala, fortaleza poderosa, destituyó allí a su gobernador Demetrio, cargado de muchas acusaciones, y regresó a Judea tras cumplir tres años de campaña. El pueblo lo recibió con gozo por sus éxitos; pero el descanso de la guerra fue el comienzo de una enfermedad.
Aquejado de fiebres cuartanas, creyó que se sacudiría el mal volviendo a los asuntos. Por eso se entregó a campañas inoportunas y forzó su cuerpo más allá de sus fuerzas hacia la acción, y así se agotó. Murió, pues, en medio de aquellos afanes, tras reinar veintisiete años.
Dejó el reino a su mujer Alejandra, convencido de que a ella sobre todo obedecerían los judíos, ya que, muy lejos de su crueldad y opuesta a sus desafueros, se había ganado el afecto del pueblo.
Y no se engañó en su esperanza: aquella mujer se mantuvo en el poder por su fama de piedad, pues observaba con el mayor rigor las tradiciones patrias de la Torá y apartaba de los cargos, desde un principio, a quienes faltaban a las leyes sagradas.
Tenía dos hijos de Alejandro. Al mayor, Hircano, lo nombró sumo sacerdote, tanto por su edad como porque era demasiado indolente para inquietarse por el gobierno; al menor, Aristóbulo, por su carácter ardiente, lo mantuvo como simple particular.
Junto a su poder crecieron los fariseos, una agrupación de judíos que pasaba por más piadosa que las demás y por interpretar las leyes con mayor exactitud.
A estos les prestaba Alejandra una atención extraordinaria, pues era muy escrupulosa con lo divino. Ellos, aprovechándose poco a poco de la simplicidad de la mujer, llegaron a ser los administradores de todo: desterraban y hacían volver a quienes querían, soltaban y encadenaban. En suma, los goces del reino eran de ellos, y los gastos y las molestias, de Alejandra.
Era ella hábil para los grandes asuntos: reuniendo tropas sin cesar, duplicó el ejército y juntó no pocos mercenarios, de modo que no solo reforzó a su propio pueblo, sino que se hizo temible también para los soberanos de fuera. Pero, si ella dominaba a los demás, los fariseos la dominaban a ella.
Así, a un tal Diógenes, hombre notable que había sido amigo de Alejandro, lo mataron acusándolo de haber sido el consejero de la crucifixión de los ochocientos por el rey. E incitaban a Alejandra a que hiciera perecer también a los demás que habían soliviantado a Alejandro contra aquellos; y como ella cedía por superstición, iban matando a quienes querían.
Los más señalados de los amenazados se refugiaron junto a Aristóbulo, y él persuadió a su madre a que, por la dignidad de aquellos hombres, los perdonara, pero que los expulsara de la ciudad si no los tenía por inocentes. Concedida la impunidad, se dispersaron por el país.
Alejandra envió un ejército contra Damasco —el pretexto era que Tolomeo oprimía sin cesar a la ciudad—, pero lo recuperó sin haber logrado nada digno de mención.
A Tigranes, rey de los armenios, que estaba acampado ante Ptolemaida y sitiaba a Cleopatra, lo ganó con pactos y regalos. Pero él se retiró antes por los disturbios de su reino, pues Lúculo había invadido Armenia.
En esto, estando Alejandra enferma, el menor de sus hijos, Aristóbulo, aprovechó la ocasión: con sus servidores —tenía muchos y todos adictos por su ardor— se apoderó de todas las fortalezas y, con el dinero de ellas, reunió mercenarios y se proclamó rey.
Ante los lamentos de Hircano, su madre se compadeció y encerró en la Antonia a la mujer y a los hijos de Aristóbulo. Era esta una fortaleza pegada al lado norte del Templo, antiguamente llamada, como dije, Baris, y que después recibió este nombre cuando dominaba Antonio, así como de Augusto y de Agripa recibieron su nombre las ciudades de Sebaste y Agripíade.
Pero, antes de que Alejandra pudiera castigar a Aristóbulo por el derrocamiento de su hermano, murió, tras haber gobernado el reino nueve años.
Heredero de todo era Hircano, a quien en vida ella había confiado el reino; pero en poder y en ánimo lo aventajaba Aristóbulo. Trabada entre ellos una batalla decisiva junto a Yerijó, muchos abandonaron a Hircano y se pasaron a Aristóbulo.
Este, con los que permanecieron con él, se refugió a tiempo en la Antonia y se hizo dueño de los rehenes que garantizaban su salvación: eran la mujer de Aristóbulo y sus hijos. Con todo, antes de llegar a un mal irreparable, se reconciliaron: Aristóbulo reinaría, e Hircano, apartándose, gozaría del resto de los honores como hermano del rey.
Reconciliados sobre estas bases en el Templo, y rodeados por el pueblo, se saludaron cordialmente y cambiaron de casas: Aristóbulo se fue al palacio real, e Hircano se retiró a la casa de Aristóbulo.
El temor se apoderó de los demás adversarios de Aristóbulo, que contra toda esperanza había vencido, y sobre todo de Antípatro, odiado por él de antiguo. Era este de linaje idumeo y, por sus antepasados, su riqueza y su demás poder, ocupaba el primer puesto de la nación.
Este iba persuadiendo a la vez a Hircano, que se había refugiado junto a Aretas, rey de Arabia, para que recobrara el reino, y a Aretas para que acogiera a Hircano y lo restituyera al poder; denigraba mucho el carácter de Aristóbulo, alababa mucho a Hircano y le aconsejaba acogerlo, diciendo que convenía que quien presidía un reino tan brillante tendiera la mano al agraviado, y que agraviado estaba Hircano, privado del poder que le correspondía por derecho de primogenitura.
Tras preparar de antemano a ambos, tomó de noche a Hircano, huyó de la ciudad y, en veloz fuga, se puso a salvo en la llamada Petra, que es la capital de Arabia.
Allí entregó a Hircano a Aretas y, con muchas palabras y muchos regalos, lo persuadió a darle una fuerza que lo restituyera. Era esta de cincuenta mil entre infantes y jinetes, a la que Aristóbulo no resistió, sino que, derrotado en el primer choque, fue empujado hasta Yerushaláyim.
Y habría sido tomado por la fuerza si Escauro, general de los romanos, no hubiera aparecido en aquel momento y levantado el asedio. Este había sido enviado a Siria desde Armenia por Pompeyo Magno, que guerreaba contra Tigranes; y, llegado a Damasco, recién tomada por Metelo y Lolio, tras relevar a estos, cuando supo lo que pasaba en Judea, acudió como a un golpe de fortuna.
Apenas entró en el país, llegaron enseguida embajadores de ambos hermanos, cada uno pidiéndole ayuda. Pero los trescientos talentos de Aristóbulo pesaron más que la justicia, pues Escauro, recibida tal suma, envió heraldos a Hircano y a los árabes amenazándolos con los romanos y con Pompeyo si no levantaban el asedio.
Aretas, aterrado, se retiró de Judea a Filadelfia, y Escauro de nuevo a Damasco.
A Aristóbulo no le bastó no haber sido tomado, sino que, reuniendo todo su ejército, persiguió a los enemigos y, trabando batalla junto al llamado Papirón, mató a más de seis mil, entre ellos a Falión, el hermano de Antípatro.
Hircano y Antípatro, privados de los árabes, trasladaron su esperanza a los adversarios; y cuando Pompeyo, recorriendo Siria, llegó a Damasco, se refugiaron junto a él y, sin regalos, valiéndose de los mismos alegatos de justicia que ante Aretas, le suplicaban que odiara la violencia de Aristóbulo y restituyera al reino a quien le correspondía por carácter y por edad.
Tampoco Aristóbulo se quedó atrás: confiado en la venalidad de Escauro, se presentó él mismo ataviado con la mayor pompa regia. Pero, desdeñando las servidumbres y no soportando servir a las necesidades de manera más baja que su rango, se apartó de Diospolis.
Indignado por esto Pompeyo, y a instancias de los partidarios de Hircano que le suplicaban, marchó contra Aristóbulo, tomando la fuerza romana y muchos aliados de Siria.
Cuando, dejando atrás Pela y Escitópolis, llegó a Coreas —donde comienza el territorio de los judíos para quien sube por el interior—, al oír que Aristóbulo se había refugiado en Alejandrión, una fortaleza de las más magníficamente equipadas, situada sobre un monte elevado, le envió orden de bajar.
Él tenía el impulso, ante una orden dada con tono demasiado señorial, de arriesgarlo todo antes que obedecer; pero veía al pueblo aterrado, y sus amigos le aconsejaban considerar que la fuerza de los romanos era irresistible. Persuadido por ellos, bajó ante Pompeyo y, tras alegar mucho sobre la justicia de su gobierno, volvió a la fortaleza.
De nuevo, provocado por su hermano, bajó y, tras discutir sobre sus derechos, se marchó sin que Pompeyo se lo impidiera. Estaba entre la esperanza y el temor: bajaba como para persuadir a Pompeyo de que le confiara todo, y volvía a subir a la ciudadela para no dar la impresión de rendirse de antemano.
Cuando, sin embargo, Pompeyo le ordenó abandonar las fortalezas y, como los jefes de las guarniciones tenían orden de obedecer solo a las cartas de su puño y letra, lo obligó a escribir a cada uno que se retirara, hizo lo mandado; pero, indignado, se retiró a Yerushaláyim y se preparó para guerrear contra Pompeyo.
Este, que no dio tiempo a los preparativos, lo siguió enseguida, y avivó su ímpetu la noticia de la muerte de Mitrídates, que le llegó junto a Yerijó, donde está lo más fértil de Judea, que cría abundante palmera y bálsamo. Cortan sus troncos con piedras afiladas y recogen por las incisiones lo que rezuma.
Tras acampar una tarde en aquel lugar, al amanecer se lanzó hacia Yerushaláyim. Espantado por el ataque, Aristóbulo salió a su encuentro como suplicante y, con la promesa de dinero y entregándole la ciudad y a sí mismo, aplacó a Pompeyo, que estaba irritado.
Pero nada de lo convenido se cumplió, pues los partidarios de Aristóbulo no recibieron ni siquiera en la ciudad a Gabinio, enviado para hacerse cargo del dinero.
Indignado por esto, Pompeyo puso a Aristóbulo bajo custodia y, acercándose a la ciudad, examinaba por dónde debía atacar; veía la solidez de los muros, difícil de manejar, el temible barranco que había ante ellos y el Templo, dentro del barranco, fortificado con la mayor firmeza, de modo que, aun tomada la ciudad, sería para los enemigos un segundo refugio.
Mientras dudaba largo tiempo, estalló una discordia entre los de dentro: los partidarios de Aristóbulo pedían guerrear y liberar al rey; los de Hircano, abrir las puertas a Pompeyo. A estos los engrosaba el miedo, con la vista puesta en el buen orden de los romanos.
Vencido, el bando de Aristóbulo se retiró al Templo y, cortando el puente que lo unía a la ciudad, se disponía a resistir hasta el extremo. Como los otros recibían a los romanos en la ciudad y les entregaban el palacio real, Pompeyo envió allí a uno de sus generales, Pisón, con tropas.
Este, distribuyendo guarniciones por la ciudad, como no lograba persuadir con palabras a ninguno de los refugiados en el Templo a rendirse, preparaba los alrededores para los asaltos, contando con los partidarios de Hircano, prontos tanto para los planes como para los servicios.
Él mismo, por el lado norte, iba rellenando el foso y todo el barranco, mientras el ejército acarreaba materiales. Era difícil colmarlo por su inmensa profundidad y porque los judíos lo estorbaban de todos modos desde arriba.
Y el esfuerzo habría quedado inacabado para los romanos si Pompeyo, vigilando los sábados —en los que los judíos, por su culto, se abstienen de toda obra—, no hubiera hecho subir el terraplén reteniendo a los soldados del combate cuerpo a cuerpo, pues en sábado los judíos solo se defienden por su propia vida.
Ya colmado el barranco, levantó altas torres sobre el terraplén y, acercando las máquinas traídas de Tiro, atacaba el muro; las catapultas de piedra rechazaban a los que estorbaban desde arriba. Pero resistían más tiempo las torres de aquella parte, que sobresalían en tamaño y belleza.
Allí, mientras muchos de los romanos sufrían, Pompeyo admiraba, entre otras cosas, la firmeza de los judíos y, sobre todo, que no interrumpieran en nada su culto en medio de los proyectiles; pues, como si una paz profunda dominara la ciudad, los sacrificios de cada día, las ofrendas y todo el servicio se cumplían con exactitud para Dios, y ni siquiera durante la misma toma, degollados junto al altar, abandonaron los ritos diarios prescritos para el culto.
Al tercer mes del asedio, apenas derribada una de las torres, irrumpieron en el Templo. El primero que se atrevió a franquear el muro fue Fausto Cornelio, hijo de Sila, y tras él dos centuriones, Furio y Fabio. A cada uno seguía su propia tropa y, rodeando el Templo por todas partes, mataban a unos que se refugiaban en el santuario y a otros que se defendían un instante.
Allí muchos de los sacerdotes, viendo venir a los enemigos con las espadas desnudas, permanecieron sin turbarse en su culto: fueron degollados mientras hacían libaciones y quemaban incienso, poniendo el servicio de lo divino por encima de su propia salvación. La mayoría fueron muertos por sus compatriotas del bando contrario, y muchos se arrojaron por los precipicios; algunos, enloquecidos por la desesperación, prendieron fuego a lo que rodeaba el muro y se abrasaron con él.
De los judíos perecieron doce mil; de los romanos, muy pocos muertos, aunque hubo bastantes heridos.
Nada, en aquellas desgracias, hirió tanto a la nación como que lo sagrado, hasta entonces invisible, quedara al descubierto ante los extranjeros. En efecto, Pompeyo, entrando con los suyos en el santuario, donde solo al sumo sacerdote le era lícito pasar, contempló lo de dentro: el candelabro y las lámparas, la mesa, los vasos de libación y los incensarios, todo de oro macizo, además de una gran cantidad de aromas amontonados y del tesoro sagrado, por valor de dos mil talentos.
Pero ni de esto ni de ningún otro objeto sagrado tocó nada; es más, al día siguiente de la toma ordenó a los guardianes del Templo que lo purificaran y cumplieran los sacrificios acostumbrados. Repuso de nuevo a Hircano como sumo sacerdote, tanto porque se había mostrado sumamente diligente durante el asedio como porque había apartado a la multitud del campo, dispuesta a combatir junto a Aristóbulo; con ello —lo que convenía a un buen general— se ganó al pueblo más por afecto que por miedo.
Entre los cautivos fue apresado también el suegro de Aristóbulo, que era además su tío. A los más culpables de la guerra los castigó con el hacha; a Fausto y a los que con él habían combatido valerosamente los premió con brillantes recompensas al valor, e impuso un tributo al país y a Yerushaláyim.
Quitó también a la nación las ciudades de Celesiria que habían conquistado y las sometió al general romano allí destinado, encerrando a los judíos dentro de sus solos límites propios. Reconstruyó Gádara, arrasada por los judíos, para complacer a Demetrio de Gádara, uno de sus propios libertos.
Liberó de ellos también las ciudades del interior que no habían alcanzado a arrasar: Hipos, Escitópolis, Pela, Shomrón, Yavne, Marisa, Ashdod y Aretusa; e igualmente las costeras: Gaza, Yafo, Dora y la que antaño se llamaba Torre de Estratón, después reedificada por el rey Herodes con espléndidas construcciones y renombrada Cesarea.
Todas estas, devueltas a sus ciudadanos legítimos, las incorporó a la provincia de Siria. Confiando esta, junto con Judea y las tierras hasta Mitsraim y el Éufrates, a Escauro, con dos de las legiones, para que las gobernara, él mismo se dirigió a Roma por Cilicia, llevando cautivo a Aristóbulo con su familia.
Tenía este dos hijas y dos hijos; de estos, uno, Alejandro, huyó por el camino, mientras que el menor, Antígono, era llevado a Roma con sus hermanas.
En esto, Escauro, invadiendo Arabia, se vio detenido ante Petra por lo escarpado del terreno, pero devastaba los alrededores, aunque también aquí lo pasaba mal, pues el ejército padecía hambre. A esto acudía Hircano en su ayuda, enviándole víveres por medio de Antípatro. A este, que era íntimo de Aretas, lo envió Escauro para que resolviera la guerra a cambio de dinero. El árabe se dejó persuadir a dar trescientos talentos, y con ello Escauro retiró el ejército de Arabia.
Alejandro, el hijo de Aristóbulo que había huido de Pompeyo, con el tiempo reunió una fuerza considerable y era una carga pesada para Hircano, y recorría Judea saqueándola; parecía que pronto lo derribaría, pues ya se atrevía incluso a acercarse para reconstruir el muro de Yerushaláyim derribado por Pompeyo, de no ser porque Gabinio, enviado a Siria como sucesor de Escauro, se mostró esforzado en muchas cosas y marchó contra Alejandro.
Este, temeroso ante el ataque, reunió más fuerzas, hasta llegar a diez mil hoplitas y mil quinientos jinetes, y fortificaba las plazas convenientes: Alejandrión, Hircanión y Maqueronte, junto a los montes de Arabia.
Gabinio, enviando por delante a Marco Antonio con parte del ejército, lo seguía él mismo con toda la fuerza. Los selectos de Antípatro y el resto de la tropa de los judíos, mandados por Málico y Pitolao, uniéndose a los oficiales de Marco Antonio, salieron al encuentro de Alejandro. Y al poco llegó, con la falange, Gabinio.
Alejandro, no aguantando la fuerza enemiga ya unida, se retiró; y, llegado ya cerca de Yerushaláyim, se vio forzado a combatir y, tras perder en la batalla a seis mil —tres mil caídos y tres mil apresados—, huyó con los restantes a Alejandrión.
Gabinio, llegado a Alejandrión, como encontró a muchos acampados, intentó ganarlos antes de la batalla con la promesa de perdón por sus faltas; pero, como no mostraban ningún sentimiento moderado, mató a muchos y encerró al resto en la fortaleza.
En esta batalla se distinguió el oficial Marco Antonio, que siempre se mostró valiente en todas partes, pero en ninguna tanto. Gabinio, dejando a quienes tomarían la fortaleza, avanzó él mismo, restableciendo las ciudades no arrasadas y reconstruyendo las destruidas.
Así, por orden suya, fueron repobladas Escitópolis, Shomrón, Antedón, Apolonia, Yavne, Rafia, Marisa, Adóreo, Gábala, Ashdod y otras muchas, acudiendo con gusto los habitantes a cada una.
Después de atender a estas cosas, volvió a Alejandrión y reforzó el asedio, de modo que Alejandro, desesperando de todo, le envió heraldos pidiendo perdón por sus faltas y entregándole las fortalezas capturadas, Hircanión y Maqueronte; y luego puso también Alejandrión en sus manos.
Todas ellas las arrasó Gabinio, por instigación de la madre de Alejandro, para que no volvieran a ser base de una segunda guerra. Estaba ella allí ablandando a Gabinio por miedo por los cautivos que había en Roma, su marido y sus demás hijos.
Después de esto, Gabinio condujo a Hircano a Yerushaláyim y le confió el cuidado del Templo, mientras organizaba el resto del régimen bajo la dirección de los principales.
Dividió toda la nación en cinco distritos: uno lo asignó a Yerushaláyim, otro a Gádara, otros que tributaran a Amatunte, el cuarto correspondió por sorteo a Yerijó, y para el quinto se designó Séforis, ciudad de Galilea. Libres con gusto del dominio de uno solo, en adelante se gobernaron por una aristocracia.
Mas no mucho después les surgió un principio de disturbios: Aristóbulo, huido de Roma, que de nuevo sublevó a muchos judíos, unos deseosos de cambio, otros que lo apreciaban de antiguo. Al principio se apoderó de Alejandrión e intentaba reconstruir sus muros; pero, cuando Gabinio envió contra él un ejército al mando de Sisena, Antonio y Serviano, al saberlo se retiró hacia Maqueronte.
Se deshizo de la multitud inútil y llevó consigo solo a los armados, unos ocho mil, entre los cuales estaba también Pitolao, el subcomandante de Yerushaláyim, que había desertado con mil. Los romanos los siguieron y, trabada la batalla, durante mucho tiempo los de Aristóbulo aguantaron combatiendo con bravura, pero al fin, forzados por los romanos, cayeron cinco mil, unos dos mil huyeron a una colina y los mil restantes, con Aristóbulo, tras romper la falange de los romanos, se refugiaron en Maqueronte.
Allí, la primera tarde, el rey acampó entre las ruinas y abrigaba la esperanza de reunir otro ejército si la guerra le daba respiro, y fortificaba malamente la fortaleza; pero, al caer sobre él los romanos, tras resistir dos días por encima de sus fuerzas, fue apresado. Con Antígono, su hijo, que había huido con él de Roma, fue llevado prisionero ante Gabinio, y de Gabinio de nuevo a Roma.
A este el senado lo encarceló, pero a sus hijos los envió a Judea, pues Gabinio había declarado por cartas a la mujer de Aristóbulo que así se lo había prometido a cambio de la entrega de las fortalezas.
A Gabinio, dispuesto a hacer campaña contra los partos, le salió al paso un impedimento: Tolomeo. Este, volviendo del Éufrates, lo hizo bajar a Mitsraim, sirviéndose para todo en la campaña de Hircano y Antípatro, pues Antípatro le procuraba dinero, armas, trigo y auxiliares, y persuadió a los judíos que allí guardaban los pasos de Pelusio a que dejaran pasar a Gabinio.
Pero, alborotada el resto de Siria por la marcha de Gabinio, de nuevo Alejandro, el hijo de Aristóbulo, hizo sublevarse a los judíos y, reuniendo una fuerza enorme, se lanzó a exterminar a todos los romanos que había en el país.
Temeroso de esto Gabinio —que ya estaba de vuelta de Mitsraim, apremiado por aquellos disturbios—, enviando por delante a Antípatro convenció a algunos de los sublevados; pero treinta mil permanecieron con Alejandro, y este estaba resuelto a guerrear. Así salió a la batalla. Los judíos le salieron al encuentro y, trabado el combate junto al monte Tabor, diez mil fueron muertos, y el resto de la multitud se dispersó en fuga.
Gabinio, llegado a Yerushaláyim, organizó el régimen conforme a la voluntad de Antípatro. Partiendo de allí, venció en batalla a los nabateos y, a Mitrídates y Orsanes, fugitivos de los partos, los despidió en secreto, aunque ante los soldados decía que se habían escapado.
En esto, Craso llegó como su sucesor y se hizo cargo de Siria. Este, para la campaña contra los partos, se llevó todo el oro del Templo de Yerushaláyim y arrebató los dos mil talentos de los que Pompeyo se había abstenido. Cruzado el Éufrates, pereció él mismo y su ejército; pero de esto no es ahora el momento de hablar.
A los partos, que después de Craso se disponían a pasar a Siria, los contuvo Casio, que se había refugiado en la provincia. Tras asegurarla, se dirigió contra los judíos y, tomando Taríquea, redujo a la esclavitud a unos treinta mil judíos; mató también a Pitolao, que reunía a los sediciosos de Aristóbulo. Consejero de esta muerte fue Antípatro.
Este, casado con una mujer de las notables de Arabia, llamada Cipros, tuvo cuatro hijos: Fasael, y el que luego fue rey, Herodes; además de ellos, Yosef y Feroras, y una hija, Salomé. Emparentado por amistades y hospitalidades con los poderosos de todas partes, se ganó sobre todo al rey de los árabes por el matrimonio; y cuando emprendió la guerra contra Aristóbulo, envió a aquel sus hijos en depósito.
Casio, tras forzar a Alejandro por un pacto a estarse quieto, se volvió al Éufrates para impedir el paso de los partos, de lo cual hablaremos en otro lugar.
César, huidos Pompeyo y el senado más allá del Jónico desde Roma, y dueño ya de todo, soltó de sus cadenas a Aristóbulo y, entregándole dos legiones, lo envió a toda prisa a Siria, esperando ganar fácilmente por medio de él tanto esta como los asuntos de Judea.
Pero la envidia se adelantó al ardor de Aristóbulo y a las esperanzas de César: muerto con veneno por los partidarios de Pompeyo, durante mucho tiempo ni siquiera tuvo sepultura en su tierra patria, sino que su cadáver yació conservado en miel, hasta que Antonio lo envió a los judíos para ser enterrado en los sepulcros reales.
Fue muerto también su hijo Alejandro, con el hacha, por Escipión en Antioquía, por orden escrita de Pompeyo y tras una acusación ante el tribunal por los daños que había causado a los romanos. A sus hermanos los recibió Tolomeo hijo de Menneo, que dominaba Cálcide del Líbano, y envió contra ellos a su hijo Filipión, a Ascalón.
Este arrancó de la mujer de Aristóbulo a Antígono y a sus hermanas y los llevó ante su padre. Prendado de amor, se casó con una de ellas y después fue muerto por su padre a causa de ella, pues Tolomeo se casó con Alejandra tras matar a su hijo; y, por ese matrimonio, se mostró más solícito con los hermanos.
Antípatro, tras la muerte de Pompeyo, se pasó al servicio de César. Y cuando Mitrídates de Pérgamo, con la fuerza que llevaba a Mitsraim, se vio detenido en Ascalón, impedido en los pasos de Pelusio, persuadió a los árabes —de quienes era huésped— a socorrerlo, y él mismo acudió llevando unos tres mil hoplitas judíos.
Incitó también a los poderosos de Siria a acudir en ayuda: al colono del Líbano, Tolomeo, y a Yámblico, gracias a los cuales las ciudades de allí se unieron de buen grado a la guerra.
Y ya, cobrando ánimo Mitrídates por la fuerza que le sobrevino gracias a Antípatro, avanzó hacia Pelusio y, al impedírsele el paso, sitió la ciudad. También en el asalto se hizo notabilísimo Antípatro, pues, rompiendo la parte del muro que le tocaba, fue el primero en irrumpir en la ciudad con los suyos.
Y Pelusio fue tomado. Pero, al avanzar más, lo estorbaron de nuevo los que ocupaban la comarca llamada de Onías, que eran judíos egipcios. A estos, Antípatro no solo los persuadió a no estorbar, sino también a proveer víveres al ejército; por lo cual tampoco los de Menfis llegaron ya a las manos, sino que se sumaron voluntariamente a Mitrídates.
Aquel, rodeando ya el Delta, trabó combate con el resto de los egipcios en un lugar que se llama Campamento de los Judíos. Y cuando corría peligro en la formación, con toda el ala derecha, lo salvó Antípatro, que rodeó por la orilla del río.
Pues él había vencido a los que tenía enfrente, mandando el ala izquierda; luego, cayendo sobre los que perseguían a Mitrídates, mató a muchos y persiguió a los que quedaban hasta tal punto que tomó incluso su campamento. Solo perdió ochenta de los suyos, mientras que Mitrídates, en la derrota, perdió unos ochocientos. Salvado él mismo contra toda esperanza, se convirtió en testigo sin envidia ante César de los éxitos de Antípatro.
César, por entonces, con elogios y esperanzas alentó al hombre a nuevos peligros por él, en todos los cuales se mostró combatiente arriesgadísimo y, herido muchas veces por casi todo el cuerpo, llevaba las señales de su valor.
Más tarde, arreglados los asuntos de Mitsraim, cuando volvió a Siria, lo obsequió con la ciudadanía romana y con la exención de tributos, y con los demás honores y muestras de afecto lo hizo envidiable, y por él confirmó también a Hircano en el sumo sacerdocio.
Por ese mismo tiempo, también Antígono, el hijo de Aristóbulo, presentándose ante César, resultó, contra toda expectativa, causa de mayor promoción para Antípatro. Pues, debiendo lamentarse por su padre —que parecía haber sido envenenado a causa de sus diferencias con Pompeyo— y reprochar la crueldad de Escipión con su hermano, sin mezclar en su súplica ninguna pasión envidiosa, en cambio se adelantó a acusar a Hircano y a Antípatro, diciendo que del modo más ilegal lo habían expulsado, a él y a sus hermanos, de toda la tierra patria; que ellos mismos ultrajaban mucho a la nación por su hartazgo; y que la ayuda enviada a Mitsraim no se la habían mandado por afecto hacia César, sino por miedo a sus antiguas diferencias y para librarse de la sospecha de su amistad con Pompeyo.
Ante esto, Antípatro, arrojando su vestido, mostró la cantidad de sus heridas, y dijo que sobre su afecto a César no le hacía falta hablar, pues su cuerpo gritaba aunque él callara; pero que se admiraba de la audacia de Antígono, que, siendo hijo de un enemigo de los romanos y de un fugitivo de los romanos, y teniendo por herencia paterna el ser revolucionario y sedicioso, se hubiera atrevido a acusar a otros ante el gobernador de los romanos e intentara conseguir algún favor, cuando debería contentarse con estar vivo; que, en efecto, ahora aspiraba al poder no tanto por necesidad, cuanto para, una vez introducido, sublevar a los judíos y valerse de los recursos contra quienes se los dieron.
Oído esto, César declaró a Hircano más digno del sumo sacerdocio y dio a Antípatro a elegir su cargo. Este, dejando la medida del honor en manos de quien lo honraba, fue nombrado procurador de toda Judea, y obtuvo además reconstruir los muros de su patria, que habían sido derribados.
Estos honores mandó César grabarlos en el Capitolio, como señal de su propia justicia y del valor futuro de aquel hombre.
Antípatro, tras escoltar a César fuera de Siria, regresó a Judea. Y lo primero, reedificó el muro de su patria, derribado por Pompeyo, y, recorriendo el país, sofocaba los disturbios, siendo a la vez amenazador y consejero de cada uno: que quienes fueran partidarios de Hircano vivirían en la prosperidad y en calma, disfrutando de sus propios bienes y de la paz común; pero que, si se dejaban llevar por las frías esperanzas de quienes querían provocar cambios en su propio provecho, lo experimentarían a él como amo en vez de protector, a Hircano como tirano en vez de rey, y a los romanos y a César como enemigos en vez de gobernantes y amigos; pues no tolerarían que fuera apartado del poder aquel a quien ellos mismos habían establecido.
Y, al par que decía esto, iba por sí mismo organizando el país, viendo a Hircano indolente y demasiado flojo para reinar. A Fasael, el mayor de sus hijos, lo nombró gobernador de Yerushaláyim y de los alrededores; y al que le seguía, Herodes, con iguales atribuciones, lo envió a Galilea, siendo muy joven.
Este, activo por naturaleza, encontró enseguida materia para su ambición. Sorprendiendo, pues, a Ezequías, el jefe de bandidos, que con una enorme cuadrilla asolaba las regiones limítrofes con Siria, lo apresó y lo mató, junto con muchos de los bandidos.
Esto lo consideraba sobre todo grato a los sirios; así, era celebrado por las aldeas y las ciudades Herodes, como quien les había devuelto la paz y sus posesiones. Por ello se hizo también conocido de Sexto César, pariente del gran César y gobernador de Siria.
Frente al buen renombre de su hermano, también Fasael rivalizaba con la buena emulación, haciendo más adictos a los de Yerushaláyim, teniendo por sí mismo la ciudad y sin ultrajar en nada groseramente su autoridad.
De ahí que Antípatro recibiera de la nación un trato regio y honores de parte de todos, como a señor de todo; pero él en nada mudó su afecto ni su fidelidad a Hircano.
Es imposible escapar a la envidia en la prosperidad. Hircano ya de por sí, en secreto, se corroía ante la gloria de los jóvenes, y sobre todo le dolían los éxitos de Herodes y los mensajeros que, uno tras otro, acudían corriendo con la buena fama de cada uno; y muchos de los envidiosos del palacio lo irritaban, aquellos a quienes molestaba la sensatez de los hijos o la de Antípatro, diciendo que, tras haber cedido el gobierno a Antípatro y a sus hijos, se quedaba sentado con el solo nombre de rey, vacío de poder. ¿Y hasta cuándo seguiría engañándose a sí mismo, criando reyes contra su propia persona? Pues ya ni siquiera fingían actuar como administradores, sino que eran señores manifiestos que lo habían apartado, si es que Herodes había ejecutado a tantos hombres —contra la ley de los judíos— sin que él diera orden alguna ni escribiera nada; y a ese hombre, si no es rey sino todavía un particular, había que llevarlo a juicio para que rindiera cuentas ante él y ante las leyes patrias, que no permiten matar a nadie sin proceso.
Con esto se fue encendiendo Hircano poco a poco y, estallando al fin en cólera, citó a Herodes para juzgarlo. Este, tanto porque su padre se lo aconsejaba como porque la situación le daba libertad, subió, tras asegurar antes Galilea con guarniciones. Fue con una tropa poderosa, para no dar la impresión de querer derrocar a Hircano llevando una fuerza demasiado vistosa, ni caer indefenso en manos de la envidia.
Sexto César, temiendo por el joven —no fuera que, quedando en poder de sus enemigos, sufriera algún daño—, envió a Hircano mensajeros para ordenarle expresamente que absolviera a Herodes del juicio por homicidio. Y él, que por lo demás ya estaba dispuesto a ello, pues amaba a Herodes, lo absolvió.
Y Herodes, creyendo haber escapado contra la voluntad del rey, se retiró a Damasco, junto a Sexto, resuelto a no volver a comparecer si lo llamaban. De nuevo los malvados azuzaron a Hircano, diciéndole que Herodes se había marchado con rencor y que se preparaba contra él; y el rey, dándoles crédito, no sabía qué hacer, al ver que la discordia era cada vez mayor. Y cuando Sexto César lo nombró gobernador militar de Celesiria y de Shomrón, y Herodes se hizo temible no solo por el afecto que le tenía el pueblo, sino también por su poder, Hircano cayó en un miedo extremo, esperando que en cualquier momento marchara contra él con un ejército.
Y no se equivocó en su presentimiento; pues Herodes, irritado por la amenaza del juicio, reunió un ejército y lo condujo contra Yerushaláyim para derrocar a Hircano. Y lo habría hecho antes, de no haber salido a su encuentro su padre y su hermano, que quebraron su ímpetu rogándole que midiera su venganza con la sola amenaza y el gesto intimidatorio, y que perdonara al rey bajo el cual había llegado a tanto poder; y que, si por haber sido citado a juicio estaba irritado, debía más bien dar gracias por la absolución, y no responder con hostilidad ni mostrarse ingrato por su salvación. Y si acaso había que tener en cuenta que también los vaivenes de la guerra los arbitra Dios, la injusticia de la campaña pesaba más. Por eso no debía confiar del todo en la victoria, cuando iba a enfrentarse a un rey, además compañero de crianza y muchas veces benefactor, jamás cruel salvo en la medida en que, dejándose llevar por malos consejeros, había proyectado sobre él la sombra de una injusticia. Herodes se dejó persuadir por estas razones, considerando que, para sus aspiraciones, bastaba con haber mostrado su fuerza al pueblo.
Por ese tiempo se produjo entre los romanos, en torno a Apamea, una revuelta y una guerra civil: Cecilio Baso, por su afecto a Pompeyo, asesinó a traición a Sexto César y se apoderó de sus tropas, mientras los demás generales de César se congregaban con un ejército para vengar el crimen. A estos —amigos ambos, tanto del César muerto como del que aún vivía— envió Antípatro, por medio de sus hijos, un cuerpo de auxilio. Y como la guerra se prolongaba, llegó de Italia Murco como sucesor de Sexto.
Por ese mismo tiempo estalló entre los romanos la gran guerra, cuando Casio y Bruto mataron a traición a César, que había ejercido el poder tres años y siete meses. Como el crimen provocara una conmoción enorme y los poderosos se dividieran en bandos, cada uno marchó, con sus propias esperanzas, hacia lo que juzgaba conveniente; y así también Casio a Siria, para hacerse con las fuerzas de la región de Apamea. Allí, tras reconciliar a Murco con Baso y a las legiones enfrentadas, libera a Apamea del asedio y, poniéndose él mismo al frente del ejército, recorrió las ciudades cobrando tributos y haciendo exacciones por encima de sus posibilidades.
Ordenado también a los judíos aportar setecientos talentos, Antípatro, temiendo la amenaza de Casio, repartió entre sus hijos el cobro del dinero, y también entre algunos otros de sus allegados, con toda rapidez; entre ellos, a un tal Málico, que estaba enemistado con él: tal era la urgencia que lo apremiaba. El primero en apaciguar a Casio fue Herodes, que trajo su parte desde Galilea —cien talentos— y por ello quedó entre sus mayores amigos. A los demás, en cambio, los reprochó por su lentitud, y descargó su cólera contra las ciudades mismas. Así, tras reducir a esclavitud a Gofna, a Emaús y a otras dos de las más humildes, iba dispuesto incluso a matar a Málico, porque no se había apresurado a cobrar; pero Antípatro impidió la ruina de este y la de las demás ciudades, aplacando prontamente a Casio con cien talentos.
Sin embargo, Málico, una vez que Casio se hubo retirado, no guardó memoria del favor recibido de Antípatro, sino que urdió una conjura contra quien tantas veces lo había salvado, apresurándose a eliminar al que estorbaba sus injusticias. Antípatro, temiendo la fuerza y la astucia del hombre, cruzó el Yardén para reunir un ejército con que defenderse de la conjura. Descubierto, Málico se impuso a los hijos de Antípatro por pura desvergüenza; pues, tras embaucar con muchas excusas y juramentos a Fasael, guardián de Yerushaláyim, y a Herodes, a quien se habían confiado las armas, los persuadió de que mediaran en su favor ante el padre. De nuevo, pues, lo salvó Antípatro, que convenció a Murco —entonces gobernador de Siria—, el cual estaba resuelto a matar a Málico por sus intrigas.
Al formarse la guerra contra Casio y Bruto en favor del joven César y de Antonio, Casio y Murco reunieron un ejército de Siria; y como Herodes pareciera de gran ayuda para sus necesidades, lo nombraron por entonces intendente de toda Siria, dándole tropas de infantería y de caballería, y, disuelta la guerra, Casio prometió designarlo además rey de Judea. Pero sucedió que la fuerza del hijo y aquella esperanza fueron causa de la perdición de Antípatro; pues Málico, temeroso de todo ello, sobornó con dinero a uno de los coperos del rey para que diera veneno a Antípatro. Y él, convertido en víctima de la iniquidad de Málico, murió después del banquete: hombre por lo demás enérgico en la conducción de los asuntos, que había recuperado el poder para Hircano y se lo había conservado.
Málico, ante la multitud irritada por la sospecha del envenenamiento, lo negó y logró persuadirla, y se hizo más poderoso reuniendo hombres de armas; pues suponía que Herodes no se quedaría quieto, como en efecto ocurrió: al punto se presentó al frente de un ejército para vengar a su padre. Pero como Fasael, su hermano, le aconsejara no perseguir al hombre abiertamente —pues el pueblo se amotinaría—, por entonces admitió las excusas de Málico y accedió a absolverlo de la sospecha, y celebró un espléndido cortejo fúnebre por su padre.
Dirigiéndose luego a Shomrón, alterada por la sedición, pacificó la ciudad; y después, con motivo de una fiesta, regresaba a Yerushaláyim llevando a sus hombres de armas. Hircano, instigado por Málico, que temía su llegada, le prohibió introducir extranjeros entre los naturales que estaban purificándose. Pero Herodes, despreciando el pretexto y a quien se lo ordenaba, entró de noche. Y de nuevo Málico, acercándose, lloraba por Antípatro; Herodes fingía a su vez, conteniendo a duras penas su furor, y por carta se lamentaba ante Casio de la muerte de su padre —Casio, que por lo demás también odiaba a Málico—. Este le respondió por escrito que persiguiera al asesino de su padre, y en secreto ordenó a sus quiliarcas que ayudaran a Herodes en una acción justa.
Y cuando, tras la toma de Laodicea por Casio, acudían de todas partes los poderosos trayendo regalos y coronas, Herodes reservó ese momento para la venganza. Málico, sospechándolo, al hallarse en Tiro, resolvió sacar en secreto a su hijo, que estaba como rehén entre los tirios, y él mismo se preparaba para huir a Judea; y la desesperación por su salvación lo empujó a concebir designios aún mayores: esperaba sublevar al pueblo contra los romanos —pues Casio andaba distraído en la guerra contra Antonio— y reinar él mismo tras derrocar sin esfuerzo a Hircano.
Mas el destino se reía de sus esperanzas. Herodes, previendo su intención, invitó a cenar tanto a Hircano como a aquel, y luego envió a su propia casa a algunos de los criados que lo acompañaban, como para preparar la cena, cuando en realidad era para avisar de antemano a los quiliarcas de que salieran a la emboscada. Y ellos, recordando las órdenes de Casio, salieron a la playa que hay delante de la ciudad, espada en mano, y allí, rodeando a Málico, lo mataron con muchas heridas. Hircano, en el acto, desfallecido por el espanto, cayó a tierra, y, recobrándose a duras penas, preguntaba una y otra vez a Herodes quién había sido el que mató a Málico. Y como uno de los quiliarcas respondiera que había sido una orden de Casio, «Entonces —dijo— Casio nos salva a mí y a mi patria, al eliminar al que conspiraba contra ambos». Si Hircano hablaba así porque de veras lo pensaba, o por miedo, sumándose al hecho consumado, no quedó claro. Pero, en fin, así fue como Herodes se cobró a Málico.
Retirado Casio de Siria, de nuevo surge en Yerushaláyim una sedición, al levantarse Hélix con un ejército contra Fasael, queriendo vengar en el hermano lo que Herodes había hecho a Málico. Herodes se hallaba entonces junto a Fabio, el gobernador, en Damasco, y, aunque estaba resuelto a acudir en ayuda, lo retuvo una enfermedad. Entretanto, Fasael, imponiéndose por sí solo a Hélix, reprochaba a Hircano su ingratitud, tanto por lo que había colaborado con Hélix como por consentir que el hermano de Málico se apoderara de las fortalezas; pues muchas habían caído en su poder, y la más inexpugnable de todas: Masada.
Sin embargo, de nada le sirvió esto frente a la energía de Herodes, quien, restablecido, recupera lo demás y a aquel lo deja salir de Masada como suplicante. Expulsó también de Galilea a Marión, tirano de los tirios, que ya había ocupado tres de las plazas fuertes; y a los tirios capturados los salvó a todos, y hubo algunos a quienes incluso despidió con regalos, procurándose así el afecto de la ciudad y suscitando odio contra el tirano. Marión había recibido la tiranía de manos de Casio, que había repartido toda Siria en tiranías; y, por su enemistad con Herodes, hizo volver consigo a Antígono, hijo de Aristóbulo, sobre todo gracias a Fabio, a quien Antígono, ganándoselo con dinero, tuvo por auxiliar de su regreso; y el proveedor de todo fue su suegro, Tolomeo, para Antígono. Herodes, formando frente a ellos en las entradas de Judea, los vence en la batalla y, tras expulsar a Antígono, regresó a Yerushaláyim, querido por todos a causa del triunfo; pues incluso quienes antes no lo apoyaban se le allegaron entonces, por su enlace matrimonial con la casa de Hircano. Pues antes había tomado por mujer a una del país, no oscura, llamada Doris, de la que engendró a Antípatro; pero entonces, al casarse con la hija de Alejandro, hijo de Aristóbulo, y nieta de Hircano, Mariamna, se convirtió en pariente del rey.
Cuando, tras matar a Casio en las cercanías de Filipos, se retiraron —César a Italia y Antonio al Asia—, y las demás ciudades enviaban embajadas a Antonio en Bitinia, llegaron también los notables de los judíos a acusar a Fasael y a Herodes: que dominaban los asuntos por la fuerza y que a Hircano solo le quedaba un nombre honroso. Frente a esto, Herodes, que estaba presente y había agasajado a Antonio con no poco dinero, lo dispuso de tal modo que ni siquiera toleró oír una palabra de los enemigos. Y entonces se disolvió así el asunto; pero de nuevo los notables de los judíos, cien hombres, acudieron a Dafne, junto a Antioquía, ante Antonio, ya esclavo del amor de Cleopatra; y, poniendo al frente a los más poderosos de ellos por su dignidad y su elocuencia, acusaron a los hermanos. Les salió al paso Mésala para defenderlos, con Hircano presente a su lado por causa del parentesco. Y Antonio, tras escuchar a unos y a otros, preguntó a Hircano quiénes eran los más idóneos para gobernar; y como este prefiriera al partido de Herodes, Antonio, complacido —pues era, además, huésped de la familia por parte de su padre, recibido con afecto por Antípatro cuando entró en Judea junto a Gabinio—, nombra tetrarcas a los hermanos, confiándoles la administración de toda Judea.
Como los embajadores se indignaran, apresó a quince y los encarceló —incluso estuvo a punto de matarlos— y a los demás los echó con ultraje. Ante ello se produce en Yerushaláyim un tumulto mayor: enviaron de nuevo mil embajadores a Tiro, donde se hallaba Antonio, ya en camino hacia Yerushaláyim. Contra ellos, que daban voces, despachó al gobernador de los tirios, con orden de castigar a cuantos apresara y de ayudar a consolidar el poder de los tetrarcas nombrados por él. Antes de esto, Herodes, adelantándose hasta la playa junto con Hircano, les rogó insistentemente que no se convirtieran en causa de perdición para sí mismos ni de guerra para la patria, porfiando sin razón. Pero como se indignaran aún más, Antonio envió soldados y mató a muchos e hirió a muchos, de los cuales tanto los caídos recibieron sepultura como los heridos, cuidados, por obra de Hircano. Con todo, los que escaparon no se estuvieron quietos, sino que, alborotando los asuntos de la ciudad, exasperaron a Antonio hasta el punto de que hizo matar también a los prisioneros.
Dos años después, cuando Barzafranes, sátrapa de los partos, junto con Pácoro, el hijo del rey, ocupó Siria, Lisanias —que ya había heredado el poder tras la muerte de su padre, el cual era Tolomeo, hijo de Meneo— persuade al sátrapa, con la promesa de mil talentos y quinientas mujeres, de que reponga a Antígono en el trono y derroque a Hircano. Persuadido por esto, Pácoro marchó él mismo por la costa, y ordenó a Barzafranes invadir por el interior. De los pueblos del litoral, los tirios no recibieron a Pácoro, aunque los de Ptolemaida y los sidonios sí lo acogieron. Él entregó a un copero del rey, de su mismo nombre, una parte de la caballería y le ordenó invadir Judea por delante, para espiar la situación de los enemigos y prestar a Antígono la ayuda que hiciera falta.
Y muchos de los judíos que saqueaban el Carmelo, corriendo a unirse a Antígono, se ofrecieron prestos para la invasión. Él los envió por delante a apoderarse del lugar llamado Drimós —el Encinar—; y, trabada allí una batalla, rechazaron a los enemigos y, persiguiéndolos, corrieron hacia Yerushaláyim, y, ya en mayor número, avanzaron hasta el palacio real. Hircano y Fasael, recibiéndolos con una tropa poderosa, se traba en la plaza una batalla en la que los de Herodes, poniendo en fuga a los enemigos, los encierran en el Templo y apostan como guardia sobre ellos a sesenta hombres en las casas contiguas. A estos, el pueblo enfrentado a los hermanos los acomete y les prende fuego; y Herodes, en cólera por los que habían perecido, mata a muchos del pueblo al chocar con ellos; y, saliéndose cada día unos contra otros en cuadrillas, la matanza era incesante.
Al llegar la fiesta que se llama Shavuot, todo el recinto del Templo y la ciudad entera se llenan de una multitud venida del campo, en su mayoría hombres de armas. Fasael guardaba la muralla, y Herodes, con no muchos, el palacio real; y, saliendo de improviso contra los enemigos, que estaban en desorden por el arrabal, mata a muchísimos y a todos los pone en fuga, y a unos los encierra en la ciudad, a otros en el Templo y a otros en la empalizada exterior. Entretanto, Antígono pide que se deje entrar a Pácoro como mediador, y Fasael, persuadido, acoge en la ciudad y como huésped al parto, con quinientos jinetes, que venía con el pretexto de poner fin a la sedición, pero en verdad para ayudar a Antígono. Así, tendiendo una emboscada a Fasael, lo indujo a ir en embajada ante Barzafranes para tratar de un acuerdo, aunque Herodes mucho se lo desaconsejaba y le instaba a matar al conspirador y a no entregarse a las asechanzas —pues los bárbaros son pérfidos por naturaleza—. Fasael salió llevando consigo a Hircano; y Pácoro, para infundir menos sospecha, dejando junto a Herodes a algunos de los jinetes llamados Libres, envió a Fasael por delante con los demás.
Y cuando llegaron a Galilea, encuentran a los naturales sublevados y en armas, y se entrevistaron con el sátrapa, hombre sumamente ladino, que encubría la conjura con muestras de cortesía; pues, tras hacerles regalos, luego los acechó mientras se retiraban. A ellos les llega la percepción de la conjura al descender a uno de los parajes costeros llamado Ecdipa; pues allí oyeron lo de la promesa de los mil talentos, y que Antígono había consagrado a los partos, entre las quinientas mujeres, a la mayoría de las de su propio pueblo, y que las noches eran siempre acechadas de antemano contra ellos por los bárbaros, y que hacía tiempo habrían sido apresados de no haber estado aguardando a echar mano primero de Herodes en Yerushaláyim, para que este no se pusiera en guardia al enterarse antes de lo que les concernía. Y esto ya no era solo un rumor, sino que veían incluso apostados a lo lejos guardias en torno a ellos.
Con todo, Fasael, aunque Ofelio mucho le aconsejaba huir —pues este se había enterado por Saramalla, el más rico de los sirios de entonces, de toda la trama de la conjura—, no se avino a abandonar a Hircano, sino que, presentándose ante el sátrapa, le echó en cara sin rodeos la conjura, y sobre todo que se hubiera vuelto así por dinero; y añadió que él mismo daría, por su salvación, más de lo que Antígono había prometido por el reino. A esto, el parto, disipando astutamente la sospecha con excusas y juramentos, se fue junto a Pácoro. Y al punto, de los partos que habían quedado, aquellos a quienes se les había ordenado apresaron a Fasael y a Hircano, que maldecían su perjurio y su deslealtad.
Entretanto, el copero enviado tramaba prender a Herodes, engañándolo para que saliera fuera de la muralla, tal como tenía por encargo. Pero él, que desde el principio recelaba de los bárbaros, y que entonces se había enterado de que las cartas que le revelaban la conjura habían caído en manos de los enemigos, no quiso salir, por más que Pácoro le insistía muy convincentemente en que debía ir al encuentro de quienes traían las misivas —pues, según él, ni habían sido interceptadas por los enemigos ni contenían conjura alguna, sino solo cuanto había gestionado Fasael—. Pero había sucedido que ya antes le habían dicho otros que su hermano había sido apresado, y se le acercaba Mariamna, la hija de Hircano —la más sensata de las mujeres—, suplicándole con insistencia que no saliera ni se confiara a los bárbaros, que ya abiertamente atentaban contra él.
Y mientras los de Pácoro seguían aún deliberando cómo llevar a cabo la conjura en secreto —pues no era posible imponerse a las claras a un hombre tan poderoso—, Herodes, anticipándose, con las personas más allegadas partió de noche hacia Idumea, a hurtadillas de los enemigos. Los partos, al advertirlo, se lanzaron en su persecución. Y él, tras ordenar que su madre, sus hermanos, la muchacha con la que se había desposado, junto con la madre de esta y el más joven de los hermanos, siguieran camino, en persona, con sus servidores, contenía a salvo a los bárbaros; y, matando a muchos en cada acometida, se apresuraba hacia la fortaleza de Masada. Durante la huida encontró más molestos a los judíos que a los partos, pues lo hostigaron sin tregua y, a sesenta estadios de la ciudad, le presentaron batalla con bastante brío durante largo rato. Vencedor allí Herodes, y tras matar a muchos de ellos, más tarde, en memoria de aquel triunfo, fundó el lugar, lo engalanó con palacios suntuosísimos, levantó una ciudadela inexpugnable y la llamó Herodión, por su propio nombre.
Por entonces, en efecto, día a día se le iban sumando muchos en su huida; y, al llegar a Resa, en Idumea, le salió al encuentro su hermano Yosef, que le aconsejó descargarse de la mayor parte de los que lo seguían, pues Masada no podría acoger a semejante muchedumbre. Eran más de nueve mil. Persuadido, Herodes despidió por Idumea a los que resultaban más carga que utilidad, dándoles provisiones para el camino, y, quedándose con los más aguerridos y con lo más indispensable, se pone a salvo en la fortaleza. Y, dejando allí para las mujeres ochocientos guardias y víveres suficientes para un asedio, él mismo se apresuró hacia Petra de Arabia. Los partos, en Yerushaláyim, entregados al saqueo, irrumpían en las casas de los que habían huido y en el palacio, absteniéndose únicamente del dinero de Hircano, que no pasaba de trescientos talentos. También del resto obtuvieron menos de lo que esperaban; pues Herodes, que hacía tiempo desconfiaba de la deslealtad de los bárbaros, había puesto a salvo de antemano en Idumea lo más espléndido de sus tesoros, y otro tanto hizo cada uno de sus partidarios.
Los partos, tras los saqueos, llegaron a tal grado de insolencia que llenaron todo el país de una guerra sin cuartel, arrasaron la ciudad de Marisa, y no solo instauraron rey a Antígono, sino que además le entregaron a Fasael y a Hircano, encadenados, para que los ultrajara. Y él, arrojándose sobre Hircano, con sus propios dientes le mutila las orejas, para que nunca, en un cambio de fortuna, pudiera recobrar el sumo sacerdocio, pues el sumo sacerdote ha de ser íntegro. De la entereza de Fasael, en cambio, se quedó corto, pues este se le adelantó estrellándose la cabeza contra una roca, ya que se le impedía el uso del hierro y de las manos. Y así aquel, mostrándose hermano legítimo de Herodes y a Hircano como el más innoble, muere con el mayor valor, dando a su fin un remate digno de las obras de su vida. Corre también otra versión: que se repuso del golpe de entonces, y que un médico enviado por Antígono, supuestamente para curarlo, le llenó la herida de fármacos ponzoñosos y lo mató. Cualquiera de las dos que sea verdad, tiene un comienzo glorioso. Cuentan, en efecto, que aun antes de expirar, al enterarse por cierta mujer de que Herodes había escapado, dijo: «Ahora me marcho contento, dejando con vida a quien tomará venganza de los enemigos». Así, pues, muere él. Y los partos, aunque habían fracasado en lo que más deseaban —las mujeres—, ponen en Yerushaláyim los asuntos en manos de Antígono, y se llevan a Hircano encadenado a Partia.
Herodes, entretanto, avanzaba con mayor prisa hacia Arabia, apremiándose como si su hermano viviera aún, para recibir dinero del rey, único medio con que esperaba doblegar la codicia de los bárbaros en favor de Fasael. Pues calculaba que, si el árabe se mostraba demasiado olvidadizo de la amistad paterna y demasiado mezquino para dar un donativo, le pediría prestado el rescate, dejando en prenda al hijo del que había de ser rescatado; y es que llevaba consigo a su sobrino, de siete años; y estaba dispuesto a dar trescientos talentos, poniendo por medio a los tirios, que intercedían. Pero el destino se había adelantado a su diligencia y, muerto ya Fasael, en vano se mostraba Herodes amante de su hermano; y tampoco halló entre los árabes la amistad que suponía. Pues su rey, Málico, enviándole recado por adelantado, le ordenó apresuradamente que se volviera del país, valiéndose como pretexto de los partos —que, decía, habían mandado heraldos exigiendo expulsar a Herodes de Arabia—, cuando en realidad prefería quedarse con las deudas contraídas con Antípatro y no devolver nada a cambio de aquellos favores a los hijos que lo necesitaban, sin sentir vergüenza. Y se servía, para su desvergüenza, de consejeros que igualmente querían despojar a Herodes de los depósitos de Antípatro; y eran los más poderosos de su entorno.
Herodes, pues, hallando enemigos a los árabes por las mismas razones por las que los había esperado amiquísimos, y tras responder a los mensajeros como le dictaba su pesar, se volvió hacia Mitsraim. La primera tarde acampa en cierto santuario de la región, recogiendo a los que habían quedado rezagados, y al día siguiente, al llegar a Rinocorura, se le anuncia lo de la muerte de su hermano. Y, sumando en aflicción tanto como había depuesto en preocupaciones, siguió adelante. Y he aquí que el árabe, arrepintiéndose tarde, envió a toda prisa quienes hicieran volver al que había ofendido. Pero también a estos se les adelantó Herodes, que llegó a Pelusio, donde, al no obtener paso de los que allí estaban fondeados, acude a los jefes; y ellos, por respeto a la fama y a la dignidad del hombre, lo escoltan hasta Alejandría. Él, al entrar en la ciudad, fue recibido espléndidamente por Cleopatra, que esperaba tenerlo como general para lo que estaba preparando; pero, rechazando las invitaciones de la reina y sin temer ni el rigor del invierno ni los tumultos de Italia, zarpó rumbo a Roma.
Corriendo peligro en las costas de Panfilia y arrojando por la borda la mayor parte del cargamento, a duras penas se salva llegando a Rodas, muy asolada por la guerra contra Casio, donde lo acogieron sus amigos Tolomeo y Sapinio. Y, aun estando escaso de dinero, manda construir una trirreme enorme, en la que, tras arribar con sus amigos a Brindis y desde allí apresurarse a Roma, se entrevistó ante todo con Antonio, por causa de la amistad paterna, y le refirió por extenso sus propias desdichas y las de su linaje: que, dejando a sus seres más queridos sitiados en una fortaleza, había navegado hasta él, en pleno invierno, como suplicante. A Antonio lo conmovió la compasión ante aquel vuelco de fortuna y, tanto por el recuerdo de la hospitalidad de Antípatro como, sobre todo, por la valía del que tenía delante, resolvió entonces establecer como rey de los judíos a quien él mismo había hecho antes tetrarca. Lo incitaba, no menos que su afán de honrar a Herodes, su desavenencia con Antígono, a quien tenía por sedicioso y enemigo de los romanos. A César, por su parte, lo tenía aún más dispuesto que a sí mismo, pues renovaba el recuerdo de las campañas de Antípatro —las que había compartido con su padre en Mitsraim—, y de la hospitalidad y del afecto en todo, viendo además la energía de Herodes.
Convocó, pues, el consejo, en el que Mésala, y después de él Atratino, presentando a Herodes, expusieron tanto los beneficios de su padre como el afecto de él mismo hacia los romanos, mostrando a la vez que Antígono era enemigo, no solo por las cosas en que antes se había enfrentado, sino porque incluso entonces había obtenido el poder mediante los partos, con desprecio de los romanos. Y como el senado se conmoviera ante esto, cuando Antonio, tomando la palabra, dijo que también para la guerra contra los partos convenía que Herodes reinara, todos lo votan. Disuelto el consejo, Antonio y César salieron llevando a Herodes en medio, y por delante marchaban los cónsules con las demás magistraturas, para ofrecer sacrificio y depositar el decreto en el Capitolio. Y el primer día del reinado de Herodes, Antonio le ofreció un banquete.
Por ese tiempo, Antígono asediaba a los de Masada, que estaban bien provistos de todo lo demás pero escasos de agua; por lo cual también Yosef, hermano de Herodes, con doscientos de los suyos, meditaba huir hacia los árabes, al oír que Málico se arrepentía de sus agravios contra Herodes. Y se le habría adelantado abandonando la fortaleza, de no haber sucedido que, hacia la noche de la salida, cayó una lluvia abundantísima; pues, llenos los aljibes de agua, ya no tuvo necesidad de huir, sino que salían ya contra los de Antígono y, unas veces trabándose abiertamente, otras tendiendo emboscadas, mataban a muchos. No en todo tenían buena suerte, sin embargo, y hubo ocasiones en que también ellos, tropezando, se retiraban. Entretanto, Ventidio, el general romano enviado desde Siria para contener a los partos, tras ellos cruzó a Judea, de palabra para socorrer a los de Yosef, pero de hecho para sacar dinero a Antígono. Así, tras acampar muy cerca de Yerushaláyim, una vez que se hubo llenado de dinero, él mismo se retiró con el grueso de las tropas y dejó a Silón con una parte, para no hacer manifiesta su ganancia retirándolos a todos. Antígono, esperando de nuevo que los partos acudieran en su ayuda, agasajaba mientras tanto a Silón, para que en nada lo estorbara antes de que llegara aquella esperanza.
Y ya Herodes, tras haber navegado desde Italia a Ptolemaida y reunido una fuerza no pequeña de extranjeros y de compatriotas, marchaba a través de Galilea contra Antígono, con la colaboración de Ventidio y Silón, a quienes Delio, enviado por Antonio, persuadió de ayudar a restablecer a Herodes. Ventidio se hallaba entonces sofocando en las ciudades los disturbios provocados por los partos, y Silón, en Judea, estaba corrompido con dinero por Antígono. Con todo, Herodes no andaba falto de fuerzas: a medida que avanzaba, día a día crecían sus tropas, y, salvo unos pocos, toda Galilea se le sumó. Se le presentaba, pues, como empeño más apremiante Masada, y rescatar primero a los suyos del asedio; pero se interpone Yafo, que, siendo hostil, había que tomar antes, para que, al avanzar hacia Yerushaláyim, no quedara a su espalda ninguna plaza fuerte en poder de los enemigos. Silón se le unió de buen grado, hallando un pretexto para levantar el campo, pues los judíos lo acosaban persiguiéndolo. Contra estos, Herodes, saliendo con una pequeña tropa, los pone rápidamente en fuga y salva a Silón, que se defendía malamente.
Después, tras tomar Yafo, se apresuró hacia Masada para rescatar a los suyos. Y de los naturales, a unos los atraía la amistad con su padre, a otros su propia gloria, a otros la gratitud por los beneficios de ambos, y a la mayoría la esperanza puesta en él como rey seguro; y se había reunido ya una fuerza difícil de mover. A Herodes, que avanzaba, Antígono le tendía emboscadas, acechando de antemano los víveres en los desfiladeros; pero en ello dañaba a los enemigos poco o nada. Herodes, recogiendo de Masada a los suyos y la fortaleza de Resa, marchaba hacia Yerushaláyim; y se le unía la soldadesca de Silón y muchos de los de la ciudad, sobrecogidos por su fuerza.
Acampados junto a la ladera occidental de la ciudad, los guardias de aquel sector les disparaban flechas y jabalinas, mientras otros, saliendo en tropel, tanteaban a las primeras filas. Herodes, en un primer momento, ordenó proclamar en torno a la muralla que venía por el bien del pueblo y por la salvación de la ciudad, sin ánimo de tomar represalias ni siquiera contra los enemigos declarados, y que concedería amnistía incluso a los más hostiles. Pero como los de Antígono, arengando en sentido contrario, no dejaran a nadie escuchar las proclamas ni cambiar de bando, en adelante encomendó a los suyos que respondieran al ataque de los que estaban sobre la muralla; y ellos, con sus proyectiles, en poco tiempo los pusieron a todos en fuga desde las torres.
Fue entonces cuando Silón dejó al descubierto su venalidad; pues, habiendo instruido a muchos de los soldados para que clamaran por la falta de víveres y exigieran dinero para comida, y para que los llevaran a invernar a sus propios lugares —ya que todo en torno a la ciudad estaba yermo, pues los de Antígono habían retirado de antemano las provisiones—, ponía en movimiento el campamento e intentaba retirarse. Herodes, dirigiéndose a los oficiales de Silón y en masa a los soldados, les rogaba que no lo abandonaran, a él, que había sido enviado por César, por Antonio y por el senado; pues ese mismo día resolvería sus penurias. Y, tras la súplica, partiendo él mismo de inmediato al campo, les trajo tal abundancia de víveres que cortó de raíz todos los pretextos de Silón; y, previendo que el abastecimiento no faltara en los días siguientes, escribió a los de Shomrón —pues la ciudad le era afecta— que hicieran bajar a Yerijó trigo, vino, aceite y ganado.
Al oír esto, Antígono despachó por la comarca órdenes de cerrar el paso y tender emboscadas a los que transportaban el grano. Ellos obedecieron, y se congregó una gran multitud de hombres de armas más allá de Yerijó; y se apostaban en los montes, vigilando a los que acarreaban los víveres. Pero Herodes no se estuvo quieto: tomando diez cohortes —cinco de romanos y cinco de judíos, con mercenarios mezclados, y, además de estos, unos pocos jinetes—, se presenta en Yerijó, y encuentra la ciudad abandonada, con quinientos hombres que habían ocupado las alturas junto con sus mujeres e hijos. A estos, tras capturarlos, los deja libres; pero los romanos, irrumpiendo, saquearon el resto de la ciudad, hallando las casas llenas de toda clase de riquezas. Así pues, el rey, dejando una guarnición en Yerijó, se volvió y licenció al ejército romano para que invernara en las regiones que se habían pasado a él: Idumea, Galilea y Shomrón. Y Antígono consiguió, gracias a la venalidad de Silón, alojar una parte del ejército en Lida, agasajando a Antonio.
Y mientras los romanos pasaban el tiempo en la abundancia, relajados de las armas, Herodes no se estuvo quieto, sino que ocupa Idumea con dos mil infantes y cuatrocientos jinetes, enviando a su hermano Yosef, para que no se produjera ninguna revuelta en favor de Antígono; y él mismo, trasladando a su madre y a cuantos de los suyos había sacado de Masada a Shomrón, y tras dejarlos a salvo, marchó a someter el resto de Galilea y a expulsar las guarniciones de Antígono. Y, tras cubrir la marcha hasta Séforis en medio de una nevada durísima, se apodera de la ciudad sin combate, pues los guardias habían huido antes de su llegada. Allí, recogiendo a sus seguidores maltrechos por el temporal —y había gran abundancia de víveres—, se lanzó contra los bandidos de las cuevas, que, recorriendo buena parte del país, infligían a los naturales males no menores que los de una guerra.
Adelantó tres divisiones de infantería y un escuadrón de caballería hacia la aldea de Arbela, y él mismo llegó cuarenta días después con el resto de las tropas. No por eso temieron los enemigos su avance, sino que salieron a su encuentro armados —tenían experiencia militar, aunque su arrojo era de bandidos—. Chocaron, pues, con su ala derecha contra el ala izquierda de Herodes y la pusieron en fuga. Pero Herodes rodeó velozmente el campo desde su propia derecha y acudió en socorro: hizo volver a los suyos de la huida y, cayendo sobre los que perseguían, contuvo su ímpetu hasta que, incapaces de resistir los ataques frontales, cedieron.
Los persiguió matándolos hasta el Yardén, y destruyó gran parte de ellos; los demás se dispersaron al otro lado del río. Así quedó Galilea limpia de temores, salvo por los que aún permanecían agazapados en las cuevas; y con esos hacía falta más tiempo. Por eso, lo primero fue repartir a los soldados el fruto de sus fatigas: entregó a cada uno ciento cincuenta dracmas de plata, y a los oficiales envió sumas mucho mayores a los cuarteles donde invernaban. A Feroras, el menor de sus hermanos, le encargó que se ocupara del abastecimiento de las tropas y que fortificara Alejandrión; y él atendió ambas cosas.
Por entonces Antonio pasaba una temporada en Atenas, y Ventidio, para la guerra contra los partos, mandó llamar a Silo y a Herodes, con la orden de que antes dejaran arregladas las cosas de Judea. Herodes, de buena gana, despidió a Silo hacia Ventidio y él mismo emprendió campaña contra los de las cuevas.
Estas cuevas se abrían en montes escarpados, inaccesibles por cualquier lado, con solo unos senderos laterales estrechísimos; y la roca de su frente descendía a barrancos profundísimos, cortada a pico sobre los precipicios. De modo que el rey estuvo mucho tiempo perplejo ante lo impracticable del lugar, hasta que al fin recurrió a un ardid de lo más arriesgado. Descolgaba a los más valientes dentro de arcones y los introducía por las bocas de las cuevas; y estos degollaban a los de dentro con sus familias y arrojaban fuego contra los que se defendían. Queriendo Herodes salvar a algunos de ellos, hizo pregonar que se pasaran a su lado; pero de entre ellos nadie se entregó por su voluntad, y de los forzados muchos prefirieron la muerte al cautiverio.
Allí uno de los ancianos, padre de siete hijos, cuando estos y su madre le suplicaban que les permitiera salir bajo palabra de salvación, los mató de este modo: mandándolos avanzar de uno en uno, se apostó él mismo junto a la boca de la cueva y degollaba a cada uno de sus hijos según iba saliendo. Herodes, que lo observaba desde un lugar apartado, quedó traspasado de compasión y tendió la mano al viejo, rogándole que perdonara a sus hijos. Pero él, sin ceder en nada a sus palabras —antes bien, reprochando a Herodes su bajeza—, dio muerte también a su mujer, arrojó los cadáveres por el precipicio y por último se lanzó él mismo.
Así se apoderó Herodes de las cuevas y de los que en ellas había. Dejó luego la parte del ejército que juzgó bastante contra posibles rebeliones, y a Tolomeo al frente de ella, y regresó a Shomrón conduciendo tres mil hombres de infantería y seiscientos de caballería contra Antígono. A su marcha, quienes tenían por costumbre alborotar Galilea, aprovechando la impunidad, mataron a Tolomeo, el general, cayendo sobre él por sorpresa, y saquearon el país, refugiándose en los pantanos y en los parajes de difícil acceso. Al enterarse Herodes de la rebelión, acudió a toda prisa en socorro, destruyó a gran multitud de ellos, tomó por asedio todas sus fortalezas y, como castigo por el cambio, exigió a las ciudades cien talentos.
Ya expulsados los partos y muerto Pácoro, Ventidio, por orden de Antonio, envió a Herodes como refuerzos contra Antígono mil jinetes y dos legiones. El general de estas tropas, Maqueras, recibió de Antígono cartas de súplica pidiéndole que acudiera en su ayuda, lamentándose largamente de la violencia de Herodes y prometiéndole dinero. Pero él, que no despreciaba a quien lo había enviado —y menos aún dando Herodes más—, no accedió a la traición; y fingiendo amistad marchó como espía a observar los asuntos de Antígono, sin dejarse disuadir por Herodes, que se lo desaconsejaba. Antígono, sin embargo, presintiendo su intención, le cerró la ciudad y lo rechazó desde las murallas como a un enemigo, hasta que Maqueras, avergonzado, se retiró hacia Herodes a Emaús; e irritado por su fracaso, mataba a cuantos judíos encontraba, sin perdonar siquiera a los partidarios de Herodes, sino tratándolos a todos como si fueran de Antígono.
Herodes, indignado por ello, se lanzó a vengarse de Maqueras como de un enemigo; pero, dominando su ira, cabalgó hacia Antonio para acusar a Maqueras de sus desmanes. Este, cayendo en la cuenta de sus faltas, se apresuró a alcanzar al rey y, tras muchas súplicas, se reconcilió con él. No por eso desistió Herodes de su marcha hacia Antonio. Al enterarse de que este combatía con gran ejército contra Samósata —ciudad fuerte cercana al Éufrates—, se apresuró más aún, viendo la ocasión propicia para dar muestra de su valor y ganarse todavía más el favor de Antonio. En efecto, con su llegada puso fin al asedio: mató a muchos de los bárbaros y se llevó un rico botín, de modo que Antonio, que ya de antiguo admiraba su valor, lo admiró entonces mucho más, y añadió mucho tanto a las demás honras que le concedía como a sus esperanzas respecto al reino; y Antíoco, el rey, se vio obligado a entregar Samósata.
Entretanto se quebrantaron los asuntos de Herodes en Judea. Había dejado al frente de todo a su hermano Yosef, con la orden de no emprender nada contra Antígono hasta su regreso —pues, por lo que había hecho, no era Maqueras aliado seguro—. Pero este, en cuanto supo que su hermano estaba lejísimos, desatendiendo las órdenes marchó hacia Yerijó con cinco cohortes que le había dado Maqueras; iba a arrebatar el trigo en plena siega del verano. Los enemigos lo atacaron en los montes y en los pasos difíciles, y él mismo pereció, mostrándose muy valeroso en la batalla, y toda la fuerza romana fue aniquilada: pues aquellas cohortes eran reclutas recién alistados en Siria, y no había entre ellas ninguno de los llamados veteranos capaz de socorrer a los inexpertos en la guerra.
A Antígono no le bastó la victoria: llegó a tal grado de furor que ultrajó incluso el cadáver de Yosef. Dueño de los cuerpos, le cortó la cabeza, aunque su hermano Feroras ofrecía cincuenta talentos por rescatarla. Tras la victoria de Antígono, los asuntos de Galilea se sublevaron hasta tal punto que los partidarios de Antígono llevaron a los notables adictos a Herodes al lago y los ahogaron en él. También en Idumea hubo muchos cambios, allí donde Maqueras reconstruía una fortaleza llamada Gita.
De todo esto nada sabía aún Herodes. Pues, tras la toma de Samósata, Antonio puso a Sosio al frente de Siria, con la orden de ayudar a Herodes contra Antígono, y él mismo se retiró a Mitsraim. Sosio envió por delante a Judea dos legiones en apoyo de Herodes, y él mismo lo seguía de cerca con el resto de sus fuerzas.
Estando Herodes en Dafne, junto a Antioquía, unos sueños claros le anunciaron de antemano la muerte de su hermano; y cuando, sobresaltado, saltó de la cama, entraron los mensajeros de la desgracia. Tras deplorar un poco su dolor y aplazar lo demás del duelo, se lanzó contra sus enemigos apresurando la marcha más allá de sus fuerzas. Al llegar al Líbano, tomó como aliados a ochocientos hombres de la comarca del monte y les unió una legión romana; y con ellos, sin esperar un solo día, irrumpió en Galilea y puso en fuga a los enemigos que le salieron al paso, hacia el lugar de donde habían salido. Atacaba sin cesar la fortaleza, pero antes de tomarla, forzado por un invierno durísimo, acampó en las aldeas cercanas. Y cuando, pocos días después, se le unió también la segunda legión enviada por Antonio, los enemigos, temiendo su fuerza, abandonaron de noche la posición.
Después marchó por Yerijó, apresurándose a alcanzar cuanto antes a los asesinos de su hermano; y allí le sucedió un prodigio sobrenatural, del que, salvado contra toda esperanza, se ganó fama de varón amadísimo de Dios: pues muchos de los principales cenaron con él aquella noche, y una vez disuelto el banquete, después de que todos hubieran salido, la casa se derrumbó de inmediato. Juzgando que aquello era señal común de peligro y de salvación para la guerra que se avecinaba, al despuntar el día puso en movimiento al ejército. Unos seis mil enemigos, bajando a la carrera desde los montes, tanteaban a la vanguardia: no se atrevían mucho a trabarse cuerpo a cuerpo con los romanos, pero desde lejos lanzaban piedras y jabalinas, hasta herir a muchos. En ese lance, el propio Herodes, mientras cabalgaba adelante, fue alcanzado por una jabalina en el costado.
Queriendo Antígono parecer superior no solo por la audacia de los suyos, sino también por el número, envió alrededor a Shomrón, con un ejército, a un tal Papo, uno de sus compañeros. Para este había allí un adversario, Maqueras; Herodes, por su parte, recorriendo el país enemigo, arrasó cinco aldeas, mató a dos mil de sus habitantes, incendió las casas y regresó a su campamento; había acampado junto a la aldea llamada Caná.
Cada día se le sumaba gran multitud de judíos, procedentes de la propia Yerijó y del resto del país: unos por odio a Antígono, otros movidos por sus éxitos; a la mayoría, empero, los arrastraba un irracional afán de cambio. Él ardía por trabar combate, y los de Papo, sin arredrarse ni ante la multitud ni ante su ímpetu, salieron animosos a su encuentro. Trabada la batalla, las demás partes resistieron un poco; pero Herodes, arriesgándose por la memoria de su hermano asesinado, para vengar a los culpables de su muerte, pronto venció a los que tenía enfrente y, volviéndose luego una y otra vez contra el grueso que aún resistía, a todos los persiguió. Hubo gran matanza: unos eran empujados hacia la aldea de donde habían salido, y él, cargando sobre los rezagados, mataba a innumerables. Irrumpió con los enemigos dentro de la aldea; todas las casas estaban abarrotadas de guerreros armados, y las azoteas repletas por arriba de hombres que se defendían. Cuando acabó con los de fuera, desmontando las casas arrastraba a los de dentro; a muchos los mataba en masa derribándoles los techos encima, y a los que escapaban de entre los escombros los recibían los soldados espada en mano. Tanta fue la muchedumbre de cadáveres amontonados que quedaron cerradas las calles para los vencedores.
Este golpe no lo soportaron los enemigos: en cuanto la multitud que aún se iba reuniendo vio a los que habían perecido por toda la aldea, se dispersó en huida. Y de inmediato, envalentonado con la victoria, Herodes habría marchado sobre Yerushaláyim, de no haberlo impedido un invierno violentísimo. Esto fue lo que le impidió coronar del todo su éxito, y lo que salvó de la derrota a Antígono, que ya deliberaba abandonar la ciudad.
Herodes, hacia la tarde, despidió a sus amigos, fatigados, para que atendieran a su cuerpo, y él mismo, aún acalorado tras las armas, fue a bañarse a la manera de un soldado: un solo criado lo acompañaba. Y antes de entrar en el baño, uno de los enemigos corrió a su encuentro espada en mano, luego un segundo, y un tercero, y en seguida más. Estos se habían refugiado armados en el baño desde la batalla, y hasta entonces habían permanecido agazapados y ocultos; pero al ver al rey, sueltos por el pavor pasaron corriendo junto a él —que estaba desnudo—, temblando, y se dirigieron a las salidas. De los demás, por azar no había allí nadie que apresara a aquellos hombres, y a Herodes le bastó con no haber sufrido daño; así todos escaparon.
Al día siguiente decapitó a Papo, el general de Antígono, muerto ya en la batalla, y envió la cabeza a su hermano Feroras como pago por el hermano asesinado de ambos: pues era este el que había matado a Yosef. Cuando remitió el invierno, marchó sobre Yerushaláyim y llevó su ejército hasta la muralla; se cumplía entonces el tercer año desde que había sido proclamado rey en Roma. Acampó frente al Templo, pues por allí era vulnerable la ciudad, por donde también antes la había tomado Pompeyo. Repartió el ejército en tareas, taló los arrabales y ordenó levantar tres terraplenes y edificar torres sobre ellos. Dejando al frente de las obras a los más diligentes de sus compañeros, él mismo marchó a Shomrón para desposar a la hija de Alejandro, hijo de Aristóbulo, prometida ya con él, como dijimos, haciendo de la boda un asunto secundario del asedio: pues ya despreciaba a los enemigos.
Una vez casado, regresó a Yerushaláyim con mayores fuerzas; se le unió también Sosio con un numerosísimo ejército de jinetes y de infantes, que había enviado por delante a través del interior, mientras él mismo hacía la marcha por Fenicia. Reunida toda la fuerza —once divisiones de infantería y seis mil jinetes, aparte de los aliados de Siria, que no eran parte pequeña—, acamparon cerca de la muralla del norte: él, confiado en los decretos del Senado por los que había sido proclamado rey, y Sosio en Antonio, que le había enviado como aliado de Herodes el ejército a su mando.
La multitud de los judíos de la ciudad estaba agitada de diversos modos. La parte más débil, que se congregaba en torno al Templo, deliraba de fervor y fabricaba muchas patrañas —cada vez más portentosas— acomodadas a las circunstancias; y de los más audaces, agrupados en pelotones, salían pillajes de toda clase, sobre todo saqueando los víveres en torno a la ciudad, hasta no dejar alimento ni para los caballos ni para los hombres. En cambio, la parte más disciplinada de los combatientes estaba dispuesta a rechazar el asedio: apartaban de la muralla a los que levantaban los terraplenes y, contra las máquinas, ideaban siempre algún estorbo nuevo. En nada, sin embargo, aventajaban tanto a los enemigos como en las minas subterráneas.
Contra los pillajes, el rey ideó a su vez emboscadas con las que reprimía las incursiones; contra la escasez de víveres, acopios traídos de lejos; y en el combate llevaban ventaja gracias a la pericia de los romanos, aunque los judíos no dejaban por intentar exceso alguno de audacia. A cara descubierta se lanzaban contra los romanos con la muerte a la vista; por los túneles aparecían de pronto en medio de ellos, y antes de que se abatiera una parte de la muralla, ya levantaban otra por dentro. En suma, ni con las manos ni con el ingenio flaqueaban, resueltos a resistir hasta el extremo. Así, cercados por tan gran ejército, soportaron el asedio cinco meses, hasta que algunos de los soldados escogidos de Herodes se atrevieron a escalar la muralla e irrumpieron en la ciudad, y tras ellos los centuriones de Sosio. Primero se tomó lo que rodeaba el Templo, y al precipitarse dentro el ejército, por todas partes hubo matanza innumerable: los romanos, exasperados por la duración del asedio, y las tropas judías de Herodes, empeñadas en no dejar con vida a ningún adversario.
Los degollaban a montones, apiñados en las callejas, apretujados en las casas, refugiados en el Templo. No había piedad para los niños, ni para los ancianos, ni para la debilidad de las mujeres; antes bien, aunque el rey mandaba mensajeros por todas partes exhortando a la clemencia, nadie contuvo su diestra, sino que, como enloquecidos, atacaban a toda edad. Entonces Antígono, sin pensar en su fortuna de antes ni en la de aquel momento, bajó de la fortaleza y se arrojó a los pies de Sosio. Este, sin compadecerse de él por su mudanza, se rio sin freno y lo llamó «Antígona»; pero no lo dejó libre, como a una mujer, ni sin custodia, sino que fue encadenado y puesto bajo guardia.
Herodes, vencedor de los enemigos, se cuidó entonces de vencer también a sus aliados extranjeros; pues la muchedumbre foránea se abalanzaba a contemplar el Templo y las cosas sagradas del santuario. El rey, a unos exhortando, a otros amenazando, y a algunos incluso reprimiendo con las armas, los contuvo, juzgando que la victoria sería más penosa que una derrota si alguno de aquellos objetos vedados era visto por ellos. Impidió ya también los saqueos por la ciudad, insistiendo mucho ante Sosio: ¿acaso, si los romanos vaciaban la ciudad de dinero y de hombres, iban a dejarlo a él por rey de un desierto? ¿Y consideraba él breve compensación por la matanza de tantos ciudadanos incluso el señorío del mundo entero? Como Sosio replicara que, a cambio del asedio, era justo permitir a los soldados los saqueos, Herodes dijo que él mismo repartiría de su propio dinero la paga de cada uno. Así, comprando lo que quedaba de la patria, cumplió sus promesas: con esplendidez agasajó a cada soldado, a los oficiales en proporción, y a Sosio del modo más regio, de suerte que nadie se marchó necesitado de dinero.
Sosio consagró a Dios una corona de oro y partió de Yerushaláyim llevando prisionero a Antígono ante Antonio. A este, que se aferró a la vida hasta el último instante por una fría esperanza, lo esperó un hacha digna de su bajeza. El rey Herodes, distinguiendo a la multitud de la ciudad, colmaba de honras a los que más se le habían mostrado adictos y mataba a los partidarios de Antígono. Y como ya escaseaba de dinero, convirtió en moneda cuanto ornamento tenía y lo envió a Antonio y a los suyos.
No por eso, sin embargo, se compró del todo la impunidad; pues ya Antonio, corrompido por su pasión por Cleopatra, estaba en todo sometido a sus deseos. Cleopatra, tras recorrer su propio linaje hasta no dejar con vida a ninguno de su sangre, ávida de más se cebaba en los de fuera. Calumniando ante Antonio a los notables de los sirios, lo persuadía a matarlos, para hacerse fácilmente señora de las posesiones de cada uno; y extendiendo aún más su codicia a los judíos y a los árabes, maquinaba que fueran eliminados los reyes de ambos, Herodes y Málico.
Antonio, en parte de aquellas órdenes recobrando el juicio, tuvo por impío matar a hombres valiosos y a reyes tan grandes, pero desechó esa cercana amistad: les cercenó buena parte de sus territorios —y en particular el palmeral de Yerijó, donde se produce el bálsamo— y se lo dio a ella, junto con todas las ciudades de la parte de acá del río Eléutero, salvo Tiro y Sidón. Dueña de todo esto, y tras acompañar hasta el Éufrates a Antonio, que marchaba en campaña contra los partos, vino a Judea pasando por Apamea y Damasco. Allí Herodes aplacó su enemistad con grandes regalos, y tomó en arriendo las tierras arrancadas a su reino por doscientos talentos al año, y la escoltó hasta Pelusio prodigándole toda clase de atenciones. Poco después llegó Antonio de vuelta de los partos, trayendo como cautivo a Artabaces, hijo de Tigranes, como regalo para Cleopatra: pues, junto con el dinero y todo el botín, se le obsequió al punto al parto.
Estallada la guerra de Accio, Herodes se disponía ya a partir en campaña con Antonio, libre de los demás tumultos de Judea y dueño de Hircania, plaza que tenía en su poder la hermana de Antígono. Pero Cleopatra, con astucia, le impidió compartir los peligros con Antonio; pues, conspirando —como dijimos— contra los reyes, persuadió a Antonio de que confiara a Herodes la guerra contra los árabes, para hacerse ella señora de Arabia si aquel vencía, o de Judea si era vencido, y derribar así a un dinasta por medio del otro.
El designio, con todo, se inclinó a favor de Herodes; pues primero, haciendo botín contra los enemigos y reuniendo abundante caballería, la lanzó sobre ellos junto a Diospolis y venció, aunque le presentaron dura resistencia. Ante esta derrota se produjo un gran alzamiento de los árabes, y reunidos en Cánata, de Celesiria, en número incontable, aguardaban a los judíos. Allí llegó Herodes con sus tropas y trató de dirigir la guerra con más prudencia, ordenando fortificar el campamento. Pero la multitud no obedeció; envalentonada por la victoria anterior, se lanzó contra los árabes, y a la primera embestida los puso en fuga y los persiguió. Mas en la persecución se tendió una emboscada a Herodes: los naturales de Cánata, azuzados por Atenión —uno de los generales de Cleopatra, siempre hostil a él—. Cobrando ánimo ante este ataque, los árabes se volvieron y, uniéndose en masa en un terreno pedregoso y de difícil acceso, pusieron en fuga a los de Herodes y les causaron enorme mortandad. Los que se salvaron de la batalla se refugiaron en Órmiza, donde también los árabes cercaron su campamento y lo tomaron con toda la gente dentro.
Poco después de la desgracia, Herodes llegó con socorros, ya tarde para lo que hacía falta. Causa de este golpe fue para él la indisciplina de los oficiales; pues, de no haberse trabado el combate de improviso, ni siquiera Atenión habría hallado ocasión para la emboscada. Se vengó, con todo, de los árabes, recorriendo una y otra vez su tierra, hasta hacerles pagar muchas veces aquella única victoria. Pero mientras castigaba a sus enemigos, le sobrevino otra calamidad sobrenatural, al séptimo año de su reinado, cuando estaba en su apogeo la guerra de Accio. Al comenzar la primavera, la tierra tembló y destruyó una muchedumbre incontable de ganado y treinta mil personas; el ejército, en cambio, quedó indemne, pues vivaqueaba a cielo abierto.
Entonces la fama levantó a mayor osadía a los árabes, añadiendo siempre algo más terrible a las noticias sombrías. Creyendo que toda Judea estaba en ruinas, y pensando que dominarían un país desierto, se lanzaron contra él tras sacrificar antes a los embajadores que les habían llegado de parte de los judíos. Aterrada por la invasión, y debilitada por la magnitud de las desgracias sucesivas, Herodes reunió a la multitud e intentó animarla a la defensa hablándoles así:
«Del todo fuera de razón me parece el temor que ahora os aferra. Ante los golpes de la divinidad era natural desanimarse; pero sentir lo mismo ante un ataque humano es de cobardes. Yo estoy tan lejos de acobardarme ante los enemigos después del terremoto, que más bien supongo que Dios ha puesto ante los árabes ese cebo para darnos ocasión de castigarlos; pues no vienen tanto confiados en las armas o en sus brazos cuanto en nuestras calamidades fortuitas. Y frágil es la esperanza que pende, no de la propia fuerza, sino del infortunio ajeno.
»Ni la desdicha ni lo contrario son estables entre los hombres; puede verse a la fortuna mudándose a uno y otro lado. Y esto podéis aprenderlo de vuestros propios ejemplos: en el combate anterior, cuando vencíamos, nos vencieron los enemigos; y es probable que ahora sean derrotados los que se creen vencedores. Pues el exceso de confianza vive descuidado, y los temores enseñan la prudencia; de modo que, para mí, hasta vuestro miedo mismo es motivo de confianza. Cuando os mostrabais audaces más de lo debido y os lanzasteis contra los enemigos contra mi parecer, tuvo su ocasión la emboscada de Atenión; ahora, en cambio, vuestra vacilación y vuestro aparente desaliento me garantizan con seguridad la victoria.
»Conviene, con todo, estar así solo hasta el momento de obrar; pero en la acción hay que levantar el ánimo y convencer a esos impíos de que ningún mal, ni humano ni divino, abatirá jamás el valor de los judíos mientras conserven el aliento, ni ninguno consentirá que un árabe se haga señor de sus bienes, cuando muchas veces lo tuvo casi por cautivo. Que no os turben los estremecimientos de las cosas inanimadas, ni supongáis que el terremoto es presagio de otra desgracia; pues naturales son los padecimientos de los elementos, y no acarrean a los hombres más que el daño en sí mismos. De la peste, del hambre y de las convulsiones subterráneas podría preceder alguna señal más leve; pero estos fenómenos tienen su magnitud circunscrita: ¿qué mayor daño puede hacernos el terremoto que la propia guerra, aun venciéndonos?
»En cambio, el mayor presagio de derrota ha recaído sobre nuestros enemigos, no por azar ni por mano ajena: ellos, que contra la ley común de todos los hombres mataron cruelmente a nuestros embajadores y ofrecieron a Dios tales víctimas para su guerra. Mas no escaparán a su gran ojo ni a su invencible diestra, y en seguida nos pagarán su pena, si, recobrando ya el espíritu de nuestros padres, nos alzamos como vengadores de lo pactado y traicionado. Que vaya cada uno, no en defensa de su mujer, ni de sus hijos, ni de la patria en peligro, sino a vengar a los embajadores: ellos dirigirán la guerra mejor que los vivos. También yo me expondré el primero al peligro, si me obedecéis con docilidad; pues bien sabéis que vuestro valor es irresistible, con tal de que no os perjudique alguna temeridad.»
Con estas palabras alentó al ejército; y al verlo dispuesto, ofreció sacrificio a Dios, y después del sacrificio cruzó el río Yardén con sus fuerzas. Acampó junto a Filadelfia, cerca de los enemigos, y empezó a escaramuzar con ellos por un fuerte que quedaba en medio, queriendo trabar pronto combate; pues también ellos habían enviado por delante a algunos para apoderarse de la posición. Pero a estos los rechazaron con presteza los enviados por el rey y ocuparon la colina; y él, cada día sacando su fuerza, la formaba en orden de batalla y desafiaba a los árabes. Como ninguno salía —pues los tenía preso un terrible espanto, y más aún que la multitud, su general Élthemo estaba paralizado de miedo—, Herodes avanzó y desgarró su empalizada.
Entonces, forzados, salieron al combate desordenados y con la infantería revuelta entre la caballería. En número aventajaban a los judíos, pero les faltaba ardor, aunque, por la desesperación de la victoria, también ellos se mostraban temerarios. Por eso, mientras resistieron, no fue mucha su mortandad; pero en cuanto volvieron la espalda, muchos perecían a manos de los judíos y muchos pisoteados por los suyos mismos. Cinco mil, en efecto, cayeron en la desbandada; el resto de la multitud alcanzó a apiñarse dentro de la empalizada. A estos los cercó Herodes y los asedió; y cuando estaban a punto de ser tomados por las armas, la sed los apremió antes, al faltarles el agua. El rey desdeñaba a los que enviaban embajadas, y como ofrecían quinientos talentos de rescate, aún más los acosaba. Abrasándolos la sed, salían en masa y se entregaban voluntariamente a los judíos, de modo que en cinco días fueron encadenados cuatro mil, y al sexto la multitud restante, por desesperación, salió a combatir; contra ellos cargó Herodes y mató de nuevo a unos siete mil. Con tan gran golpe escarmentó a Arabia y apagó el ánimo de aquellos hombres, hasta el punto de ser elegido protector por aquel pueblo.
Pero al punto se apoderó de él la inquietud por el conjunto de sus asuntos, a causa de su amistad con Antonio, ahora que César había vencido en Accio. Con todo, causaba más temor del que padecía; pues César juzgaba que aún no había vencido a Antonio mientras Herodes permaneciera de su lado. El rey decidió afrontar el peligro de frente: navegó a Rodas, donde se hallaba César, y se presentó ante él sin diadema, en el vestido y el porte un particular, pero en el ánimo un rey. Sin ocultar nada de la verdad, le habló abiertamente:
«Yo, César, hecho rey por Antonio, reconozco haberle sido útil en todo. Y ni siquiera me retraeré de decir esto: que sin duda me habrías hallado, con las armas en la mano, agradecido con él, de no habérmelo impedido los árabes. Alianza le presté en la medida de lo posible, y muchos millares de fanegas de trigo le envié; y ni aun después del golpe de Accio abandoné a mi bienhechor. Fui su mejor consejero, cuando ya no le era útil como aliado, diciéndole que había un solo remedio para sus reveses: la muerte de Cleopatra. Si él la hubiera eliminado, le prometía dinero, murallas para su seguridad, un ejército, y a mí mismo como compañero en la guerra contra ti. Pero, según parece, le cerraron los oídos los deseos por Cleopatra y el dios que a ti te concede el triunfo. He sido vencido junto con Antonio, y con su fortuna he depuesto la diadema. He venido a ti con mi virtud por esperanza de salvación, confiando en que se examine qué clase de amigo he sido, no de quién.»
A esto respondió César: «Vive tranquilo y reina ahora con más firmeza; pues eres digno de gobernar a muchos, tú que así antepones la amistad. Procura permanecer fiel también a los más afortunados, que yo tengo, por tu grandeza de ánimo, las más brillantes esperanzas. Bien hizo, por cierto, Antonio en obedecer a Cleopatra antes que a ti: pues, por su locura, te hemos ganado a ti. Y comienzas, según parece, a hacer el bien, por lo que también Ventidio me escribe: que le enviaste refuerzos contra los gladiadores. Ahora, pues, por decreto te confirmo la seguridad de tu reino; y procuraré también en adelante hacerte algún bien, para que no eches de menos a Antonio.»
Tras agasajar así al rey y ceñirle la diadema, sancionó por decreto la merced, en el cual proclamó, con mucha magnanimidad, el elogio del hombre. Herodes, aplacándolo con regalos, le pidió por uno de los amigos de Antonio, Alejas, que se había hecho su suplicante; pero venció la cólera de César, que reprochaba muchas y graves cosas a aquel por quien se intercedía, y así rechazó la petición. Después, cuando César marchaba a Mitsraim por Siria, Herodes lo recibió con toda la riqueza real y entonces por primera vez cabalgó junto a él mientras se pasaba revista a las tropas cerca de Ptolemaida, y lo festejó junto con todos sus amigos; y tras ellos repartió también a todo el resto del ejército cuanto hacía falta para el banquete. Cuidó asimismo de procurar agua abundante a los que marchaban por el desierto hasta Pelusio, e igualmente a los que regresaban, y no faltó a las tropas nada de lo necesario. Tanto a César como a los soldados les vino, pues, la impresión de que el reino de Herodes era mucho más pequeño de lo que sus servicios merecían.
Por eso, cuando llegó a Mitsraim, muertos ya Cleopatra y Antonio, César no solo lo honró con las demás distinciones, sino que añadió a su reino el territorio cercenado por Cleopatra y, además, Gádara, Hipos y Shomrón, y por añadidura, de las plazas del litoral, Gaza, Antedón, Yafo y la Torre de Estratón. Le regaló también, para guardia de su cuerpo, cuatrocientos galos, que antes habían sido escolta de Cleopatra. Y nada lo movía tanto a las mercedes como la grandeza de ánimo de quien las recibía.
Después de la primera olimpíada de Accio, añadió a su reino la llamada Tracón y la contigua Batanea y la comarca de Auranítide, por la causa siguiente: Zenodoro, que había tomado en arriendo la casa de Lisanias, no dejaba de soltar a los bandidos del Tracón contra los damascenos. Estos, refugiándose ante Varrón, gobernador de Siria, le pidieron que expusiera su desgracia a César; y César, informado, respondió por escrito que se extirpara aquel nido de bandidos. Varrón, pues, emprendió campaña, limpió la tierra de aquellos hombres y se la quitó a Zenodoro; y esa tierra, más tarde, César, para que no fuera de nuevo base de operaciones de los bandidos contra Damasco, se la dio a Herodes. Lo nombró además procurador de toda Siria cuando volvió a la provincia al décimo año, de suerte que a los procuradores no les fuera lícito administrar nada sin su consejo. Y cuando murió Zenodoro, le agregó también toda la tierra situada entre el Tracón y Galilea. Pero lo que para Herodes era mayor que todo esto: era amado por César solo después de Agripa, y por Agripa solo después de César. De ahí que avanzara hasta la cima de la prosperidad y se elevara a mayor grandeza de ánimo, y que lo más de su magnanimidad lo aplicara a la piedad.
Así, en el año decimoquinto de su reinado, restauró el Templo mismo y ensanchó en torno a él un recinto del doble del que había, empleando gastos inmensos y una magnificencia insuperable. Prueba de ello eran los grandes pórticos alrededor del santuario y la fortaleza del norte sobre él: aquellos los edificó desde los cimientos; esta, restaurándola con abundante riqueza en nada inferior a un palacio, la llamó Antonia en honor de Antonio. En cuanto a su propio palacio, edificándolo en la ciudad alta, con dos aposentos, los más grandes y hermosos —con los que ni el Templo, en cierto modo, podía compararse—, los nombró por sus amigos: al uno Cesáreo, al otro Agripeo.
Pero no circunscribió su memoria y sus nombres solo a edificios, sino que su afán de honra se extendió a ciudades enteras. En la región de Shomrón fortificó una ciudad con un hermosísimo recinto amurallado de veinte estadios, estableció en ella seis mil colonos, les repartió una tierra feracísima, y en medio de la fundación erigió un enorme templo y consagró alrededor de él a César un recinto sagrado de tres estadios y medio; a la ciudad la llamó Sebaste, y a sus habitantes les concedió un régimen de excelentes leyes.
Cuando César, además de esto, le concedió más territorio, también allí erigió en honor de este un templo de mármol blanco junto a las fuentes del Yardén. El lugar se llama Panion. Allí una cima de montaña se eleva hasta una altura inmensa, y al pie de la ladera, por el flanco, se abre una gruta cubierta de espesura, por la que se hunde un despeñadero abismal en una sima insondable, llena de agua quieta; a los que descuelgan una sonda para investigar el fondo no les basta ninguna longitud de cuerda. Por fuera, al pie mismo de la gruta, brotan los manantiales, y de ahí —según creen algunos— tiene su origen el Yardén; pero lo exacto lo expondremos más adelante.
También en Yerijó, entre la fortaleza Cipros y el antiguo palacio, el rey levantó otras construcciones mejores y más cómodas para las estancias, y les dio el nombre de esos mismos amigos suyos. En una palabra: no hay lugar apropiado de su reino que dejara desnudo del honor debido a César. Y una vez que llenó de templos su propio país, derramó esos honores por toda la provincia y erigió Cesareas en muchas ciudades.
Al ver en la costa una ciudad ya decadente —se llamaba la Torre de Estratón—, que por la bondad natural del emplazamiento podía acoger su magnanimidad, la reconstruyó entera con piedra blanca y la adornó con palacios espléndidos; en ninguna otra obra mostró tanto su grandeza natural. Pues entre Dora y Yafo, en cuyo punto medio se halla la ciudad, toda la costa carecía de puerto, de suerte que todo el que navegaba desde Fenicia hacia Mitsraim tenía que fondear mar adentro por la amenaza del viento de poniente, que, aun soplando moderadamente, levanta contra las rocas un oleaje tan enorme que el reflujo de las olas encrespa el mar hasta muy lejos. Pero el rey, venciendo la naturaleza con el gasto y la ambición, construyó un puerto mayor que el Pireo, y en sus senos interiores otros fondeaderos profundos.
Aunque tenía por completo en contra el lugar, luchó a porfía contra la dificultad, de modo que la solidez de la fábrica resultara inexpugnable al mar y su belleza quedara ornada como si nada hubiera costado. Calculando la extensión que hemos dicho para el puerto, hundía en el mar bloques de piedra a veinte brazas de profundidad; los más de ellos medían cincuenta pies de largo, nueve de fondo y diez de ancho, y algunos aún mayores. Cuando quedó rellenado el fundamento bajo el agua, el muro que sobresalía del mar tenía ya doscientos pies de anchura; de estos, cien se habían adelantado como contención contra el embate de la ola —por eso se llamó antemural—, y el resto sirve de base al muro de piedra que corre alrededor. Este está distribuido en torres grandísimas, la más saliente y hermosa de las cuales se llama Drusión, por el hijastro de César.
Hay numerosas bóvedas abovedadas para albergar a los que fondean, y ante ellas todo el dique circular ofrece a los que desembarcan un ancho paseo. La bocana mira al norte, pues el bóreas es allí el más despejado de los vientos. En la entrada, a uno y otro lado, se alzan tres colosos sostenidos por columnas: a los de la izquierda del que entra los sostiene una torre maciza, y a los de la derecha dos piedras erguidas y unidas, mayores que la torre del otro lado. Contiguas al puerto se alzan casas, también de piedra blanca, y hacia él bajan las calles de la ciudad, trazadas a una misma distancia unas de otras. Frente a la bocana, sobre una loma, se alza un templo de César, notable por su belleza y su tamaño; dentro hay un coloso de César que no desmerece del Zeus de Olimpia, al que está imitado, y otro de Roma igual a la Hera de Argos. Consagró la ciudad a la provincia, el puerto a los que por allí navegaban, y a César el honor de la fundación: por eso la llamó Cesarea.
En cuanto a las demás obras —anfiteatro, teatro y plazas—, las erigió dignas de ese nombre. Y estableciendo unos juegos quinquenales, los llamó igualmente por César; él mismo fue el primero en ofrecer los premios más altos, en la olimpiada centésima nonagésima segunda, y en ellos no solo los vencedores, sino también los segundos y los terceros participaban de la riqueza real.
Reconstruyó asimismo Antedón, la ciudad costera derribada en la guerra, y la llamó Agripión; y por el exceso de su afecto hacia ese mismo amigo grabó también el nombre de él en la puerta que él mismo levantó en el Templo.
Amaba a su padre como pocos: en memoria suya le dedicó una ciudad, que fundó en la más hermosa llanura de su reino, rica en ríos y arboledas, y la llamó Antipátrida; y a la fortaleza que domina Yerijó, notable por su solidez y su belleza, la amuralló y la dedicó a su madre, dándole el nombre de Cipros. A su hermano Fasael dedicó, en Yerushaláyim, la torre de su mismo nombre, cuya forma y su magnificencia por el tamaño expondremos más adelante. Y fundando otra ciudad en el valle que se recorre al ir desde Yerijó hacia el norte, la llamó Fasaélide.
Habiendo entregado a la eternidad a sus parientes y amigos, tampoco descuidó su propia memoria: levantó una fortaleza sobre la montaña que mira a Arabia y la llamó Herodión, de su propio nombre; y a la colina en forma de pecho, obra de manos humanas, situada a sesenta estadios de Yerushaláyim, la llamó igual, pero la trabajó con mayor esmero. La rodeó en la cima con torres redondas y llenó el recinto con palacios suntuosísimos, de modo que no solo la vista interior de las estancias era espléndida, sino que también por los muros exteriores, las cornisas y los techos se derramaba con largueza la riqueza. Desde lejos, y con enormes gastos, condujo una gran cantidad de agua, y trazó la subida con doscientos peldaños de mármol blanquísimo, pues la colina era bastante alta y toda ella hecha a mano. Al pie construyó además otros palacios capaces de acoger el bagaje y a los amigos, de suerte que por tenerlo todo la fortaleza parecía una ciudad, y por su perímetro, un palacio.
Habiendo fundado tantas obras, mostró también su magnanimidad con muchísimas ciudades de fuera. A Trípoli, a Damasco y a Ptolemaida les dio gimnasios; a Biblos, una muralla; salas, pórticos, templos y plazas construyó para Berito y para Tiro; teatros para Sidón y Damasco; a Laodicea, la costera, un acueducto; a los de Ascalón, baños y fuentes suntuosas, y además peristilos admirables por su labor y su tamaño; y a algunas les consagró bosques y prados. Muchas ciudades, como partícipes de su reino, recibieron incluso territorio de él; a otras las dotó de rentas asignadas para las gimnasiarquías, anuales y perpetuas, como a los de Cos, para que jamás faltara ese honor. A todos los necesitados les suministró trigo, y a Rodas le entregó dinero para la construcción de una flota en muchas ocasiones y muchas veces; y al incendiarse el Pitio, lo reconstruyó más hermoso a su propia costa.
¿Y qué falta hace mencionar los dones a los licios o a los samios, o su largueza por toda Jonia en cuanto cada cual necesitaba? ¿Acaso los atenienses, los lacedemonios, los nicopolitanos y Pérgamo en Misia no están llenos de las ofrendas de Herodes? La avenida de Antioquía en Siria, que por el fango era intransitable, ¿no la pavimentó con mármol pulido —veinte estadios de largo— y, para librarla de las lluvias, la adornó con un pórtico de igual longitud?
Esto podría decirse propio de cada uno de los pueblos beneficiados; pero lo que otorgó a los eleos fue un don no solo común a Grecia, sino a todo el mundo habitado, adonde alcanza la fama de los juegos de Olimpia. Al verlos venir a menos por falta de recursos, y hundirse así el único resto de la antigua Grecia, no solo fue agonoteta de la olimpiada que le cupo cuando pasaba navegando hacia Roma, sino que además les asignó rentas perpetuas, para que jamás quedara sin recuerdo su memoria como agonoteta. Sería interminable recorrer sus condonaciones de deudas o de tributos: así aligeró las contribuciones anuales de los faselitas, de los de Balanea y de las pequeñas ciudades de Cilicia. Pero lo que más quebró su magnanimidad fue el temor: no quería parecer odioso ni dar la impresión de perseguir algún fin mayor beneficiando a las ciudades más que sus propios señores.
Tuvo además un cuerpo a la altura de su alma. Fue siempre cazador excelente, y en ello destacaba sobre todo por su pericia en la equitación; en un solo día llegó a abatir cuarenta fieras. El país cría jabalíes, pero abunda más en ciervos y asnos salvajes. Como guerrero era irresistible; muchos, incluso en los ejercicios, quedaron pasmados al verlo lanzar el venablo con puntería certera y disparar el arco con acierto insuperable. A las ventajas del alma y del cuerpo se sumó también una fortuna propicia: rara vez tropezó en la guerra, y de sus reveses no fue él la causa, sino la traición de algunos o la temeridad de los soldados.
Con todo, la fortuna hizo pagar sus prosperidades al aire libre con las amarguras de su casa, y empezó a ser desdichado por causa de una mujer, aquella por la que más se afanó. Pues cuando accedió al poder, repudió a la esposa que había tomado siendo un particular —era de linaje de Yerushaláyim, se llamaba Doris— y desposó a Mariamna, hija de Alejandro, el hijo de Aristóbulo; por ella le sucedió que su casa cayó en discordia, y ello pronto, pero sobre todo tras su regreso de Roma. Primero, por causa de los hijos de Mariamna, desterró de la ciudad a Antípatro, el hijo de Doris, permitiéndole bajar solo en las fiestas. Después, al abuelo de su mujer, Hircano, que había vuelto junto a él desde los partos, lo hizo matar por sospecha de conjura: a este lo había hecho cautivo Bazafranes al invadir Siria, y sus compatriotas de más allá del Éufrates, por compasión, lo habían rescatado. Y si él hubiera hecho caso a quienes le aconsejaban no pasar junto a Herodes, no habría perecido; pero el matrimonio de su nieta se convirtió en cebo de su muerte, pues, confiado en él y anhelando en exceso su patria, vino. Y no fue por reclamar él la realeza por lo que irritó a Herodes, sino porque el reinar le correspondía por derecho.
De los cinco hijos que tuvo de Mariamna, dos fueron hijas y tres varones. De estos, el menor murió educándose en Roma, y a los dos mayores los criaba con boato regio, tanto por la nobleza de la madre como porque habían nacido cuando él ya reinaba. Pero lo que más obró en su favor fue el amor por Mariamna, que día a día inflamaba a Herodes más ardientemente, hasta el punto de no sentir ninguna de las penas que la amada le causaba; pues tanto era el odio de Mariamna hacia él como el amor de él hacia ella. Teniendo ella una aversión bien fundada en los hechos, y una franqueza nacida de saberse amada, le echaba en cara abiertamente lo del abuelo Hircano y lo de su hermano Yonatán; pues tampoco a este, aun siendo un muchacho, lo respetó: le había dado el sumo sacerdocio a los diecisiete años, y, tras el honor, lo mató enseguida, cuando, al tomar este las vestiduras sagradas y acercarse al altar en una fiesta, la multitud entera rompió a llorar. El muchacho fue enviado de noche a Yerijó, y allí, por orden suya, unos galos lo ahogaron en una piscina y así murió.
Por esto Mariamna reprochaba a Herodes, y a la hermana y a la madre de él las ultrajaba con injurias terribles. Él estaba amordazado por su pasión, pero a las mujeres les entró una indignación tremenda, y para lo que más habían de conmover a Herodes la calumniaron de adulterio. Entre otras muchas cosas que urdían para dar verosimilitud, la acusaron de haber enviado su propio retrato a Mitsraim, a Antonio, y de que, por el colmo de la lascivia, se había mostrado en ausencia a un hombre loco por las mujeres y capaz de forzarla. Esto cayó sobre Herodes como un rayo y lo turbó, sobre todo porque el amor lo hacía celoso, y porque, además, calculaba la crueldad de Cleopatra, por la que habían perecido el rey Lisanias y Málico el árabe; pues no medía el peligro con la pérdida de una esposa, sino con la muerte.
Cuando estaba a punto de ausentarse, confió la mujer a Yosef, el marido de su hermana Salomé —hombre de confianza y bien dispuesto por el parentesco—, dándole en secreto la orden de matarla si también a él lo mataba Antonio. Pero Yosef, no por malicia, sino queriendo hacer ver a la mujer el amor del rey —que ni muerto soportaba separarse de ella—, le reveló el secreto. Y ella, cuando Herodes regresó y le juraba en sus conversaciones cuánto la amaba y que jamás se había enamorado de otra mujer, le dijo: «Buena prueba diste de tu amor por nosotros con las órdenes que le mandaste a Yosef, cuando ordenaste que me mataran.» Al oír el secreto quedó él enseguida fuera de sí; y afirmando que jamás Yosef habría revelado la orden si no la hubiera seducido, enloqueció de pasión, y saltando del lecho iba y venía sin freno por el palacio. Salomé, su hermana, aprovechó ese momento para sus calumnias y afianzó la sospecha contra Yosef. Y él, arrebatado por unos celos sin mezcla, ordenó al punto matar a ambos.
Pero al arrebato siguió enseguida el arrepentimiento, y, caída la cólera, el amor se reavivó de nuevo. Tan grande era el ardor de su deseo que ni siquiera la creía muerta, sino que, por el dolor, le hablaba como si viviera, hasta que, enseñado por el tiempo, tuvo un duelo proporcionado a la pena que había sentido por ella cuando vivía.
Los hijos heredaron la cólera de la madre, y, tomando conciencia del crimen, miraban con recelo a su padre como a un enemigo. Ya antes, al educarse en Roma, pero más aún cuando volvieron a Judea, iba creciendo ese sentimiento con sus edades. Y cuando, llegados a la edad de casarse, el uno tomó por esposa a la hija de su tía Salomé —la que había acusado a su madre— y el otro a la hija de Arquelao, rey de los capadocios, sumaron ya al odio la franqueza. De su audacia sacaban pretextos los calumniadores, y algunos hablaban ya más abiertamente al rey, diciendo que ambos hijos conspiraban contra él, y que el emparentado con Arquelao preparaba la huida, confiado en su suegro, para acusarlo ante César. Colmado de calumnias, Herodes hizo volver, como un baluarte contra sus hijos, a Antípatro, el hijo de Doris, y empezó a preferirlo de todos los modos.
Para ellos era insoportable el cambio, y al ver al hijo de una madre plebeya prosperar por encima de su propia nobleza, no dominaban su indignación, sino que a cada disgusto dejaban estallar su cólera. Así, ellos cada día se hacían más antipáticos, mientras que Antípatro se ganaba ya el favor por sí mismo, hábil como era en las adulaciones a su padre y en urdir contra sus hermanos calumnias de toda clase, unas fabricadas por él, otras difundidas por medio de secuaces suyos que echaba a correr, hasta que apartó del todo a sus hermanos de la esperanza del reino. Pues en el testamento él era ya, abiertamente, el sucesor; como rey fue enviado incluso ante César, sirviéndose del aparato y del demás séquito regio, salvo la diadema. Con el tiempo logró introducir a su madre en el lecho de Mariamna. Y usando dos armas contra sus hermanos, la adulación y la calumnia, dispuso al rey incluso a pensar en la muerte de sus hijos.
Así, el padre arrastró a Alejandro hasta Roma y lo llevó a juicio ante César por intento de envenenamiento contra su persona. El joven, hallando al fin ocasión de quejarse con franqueza y un juez mucho más experto que Antípatro y más sensato que Herodes, encubrió con pudor las faltas del padre, pero rebatió con fuerza las calumnias vertidas contra él. Y demostrando la inocencia también de su hermano, partícipe de los peligros, deploró la maldad de Antípatro y la afrenta de ambos. Le ayudaba, junto a la limpieza de su conciencia, la fuerza de la palabra, pues era en verdad elocuentísimo. Y cuando al final dijo que le era posible a su padre matarlos si presentaba el cargo, movió a todos al llanto y dispuso a César de tal modo que desechó las acusaciones y reconcilió enseguida a Herodes con ellos. Las condiciones de la reconciliación fueron estas: que ellos obedecieran en todo a su padre, y que él dejara el reino a quien quisiera.
Después de esto el rey regresaba de Roma dando la impresión de perdonar a sus hijos las acusaciones, pero no libre de sospecha, pues lo acompañaba Antípatro, causa del odio. Sin embargo, no manifestaba abiertamente su enemistad, por respeto al mediador. Al pasar navegando junto a Cilicia, arribó a Eleusa, donde Arquelao lo agasajó con afecto, agradeciéndole la salvación de su yerno y regocijándose con la reconciliación, tanto más cuanto que ya había escrito a sus amigos de Roma que asistieran a Alejandro en el juicio; y lo acompañó hasta Zefirión, dándole regalos por valor de hasta treinta talentos.
Cuando Herodes llegó a Yerushaláyim, reunió al pueblo y, presentando a sus tres hijos, dio cuenta de su viaje. Dio muchas gracias a Dios y muchas a César por haber puesto en orden su casa turbada y por conceder a sus hijos algo mayor que un reino: la concordia. «Esa concordia —dijo— la afianzaré yo aún más. Él me ha constituido señor del poder y árbitro de la sucesión; y yo, atendiendo a mi propio interés, correspondo también al suyo. A estos tres hijos los declaro reyes, y pido que apruebe mi decisión primero Dios y luego vosotros. A uno lo abona para la sucesión la edad, a los otros la nobleza; y la grandeza del reino basta incluso para más. A quienes César unió y su padre instituye, guardadlos vosotros sin dar honores injustos ni desiguales, sino a cada cual según su rango; pues no alegrará tanto a quien se le honre por encima de su edad como afligirá a quien se le desdeñe.
»En cuanto a los parientes y amigos que hayan de acompañar a cada uno, yo los distribuiré y los pondré como garantes de la concordia, sabiendo bien que las sediciones y las rivalidades las engendra la maldad de los que conviven; y si estos son honrados, conservan los afectos. Y pido que no solo ellos, sino también los oficiales de mi ejército, pongan por ahora en mí solo sus esperanzas; pues no entrego a mis hijos el reino, sino el honor del reino: disfrutarán de sus placeres como gobernantes, pero el peso de los asuntos es mío, aunque no quiera. Considere cada cual mi edad, mi modo de vida y mi piedad: ni soy tan viejo como para que se me desahucie pronto, ni me he entregado al lujo, que consume aun a los jóvenes; y a Dios lo hemos servido de tal manera que puedo llegar a una vida larguísima. Así que quien corteje a mis hijos para derribarme me pagará también por ellos; pues no es por envidia hacia los nacidos de mí por lo que refreno el honor hacia ellos, sino porque sé que en los jóvenes el celo se vuelve pertrecho de audacia.
»Si cada uno de los que se acercan reflexionara en que, siendo honrado, recibirá de mí la recompensa, mientras que, sedicioso, sacará inútil su malicia aun ante aquel a quien corteje, creo que todos pensarán como yo, es decir, en favor de mis hijos; pues a estos les conviene que yo mande y a mí que ellos concuerden. Y vosotros, buenos hijos, considerando primero el vínculo sagrado de la naturaleza, cuyos afectos perduran aun entre las fieras; después, a César, que forjó nuestra reconciliación; y en tercer lugar a mí, que os exhorto en lo que me es lícito mandar, permaneced hermanos. Os doy ya vestidura y séquito regios, y ruego a Dios que guarde mi decisión, si concordáis.»
Dicho esto, y abrazando afectuosamente a cada uno de sus hijos, disolvió a la multitud: unos hacían votos por lo dicho, y cuantos deseaban un cambio fingían no haberlo siquiera oído.
Pero con los hermanos se marchó también la discordia, y se separaron albergando aún peores sospechas unos de otros: Alejandro y Aristóbulo, doloridos por haberse confirmado en Antípatro el rango de primogénito; y Antípatro, indignado incluso de tener que ser segundo respecto de sus hermanos. Pero él, de carácter sumamente taimado, sabía callar y encubría con mucha astucia su odio hacia ellos; mientras que estos, por su nobleza, llevaban en la lengua todo lo que pensaban. Muchos los aguijoneaban de propósito, y aún más de los amigos se les acercaban como espías. Todo lo que se hablaba junto a Alejandro estaba enseguida en manos de Antípatro, y de Antípatro pasaba a Herodes con añadiduras; pues ni una palabra simple decía el joven sin que se le pidieran cuentas: lo dicho se torcía en calumnia, y de una franqueza moderada se fabricaban las mayores cosas a partir de las más nimias. Antípatro echaba siempre por delante a quienes lo provocaran, para que la mentira tuviera puntos de arranque verdaderos; y bastaba que se comprobara uno solo de los rumores para que todo cobrara crédito. Cada uno de sus amigos era por naturaleza hermético, o se lo compraba con regalos para que no revelara nada de los secretos; y no erraría quien llamara a la vida de Antípatro «misterio de maldad». A los que trataban con Alejandro los corrompía con dinero o se los ganaba con adulaciones, y a todos los sometió, convirtiéndolos en traidores y en delatores de lo que se hacía o se decía.
Componiendo todo con estudiada teatralidad, hacía llegar a Herodes sus calumnias por los caminos más artificiosos, poniéndose él mismo la máscara de hermano, mientras echaba por delante a otros como denunciantes. Y cuando se anunciaba algo contra Alejandro, se presentaba fingiendo, y, empezando por desacreditar lo dicho, lo iba luego fabricando en silencio e incitaba al rey a la indignación. Todo lo reducía a conjura y a la apariencia de que Alejandro estaba al acecho para degollar a su padre; pues nada daba tanto crédito a las calumnias como el que Antípatro lo defendiera.
Con estas cosas Herodes se iba enfureciendo, y cuanto cada día restaba a su afecto por los muchachos, otro tanto añadía a Antípatro. En su bando se inclinaron también los del palacio, unos de buen grado, otros por orden; como Tolomeo, el más honrado de los amigos, los hermanos del rey y toda la familia. Pues todo era Antípatro, y —lo más amargo para Alejandro— todo era la madre de Antípatro, consejera contra ellos más dura que una madrastra, y que odiaba a los hijos de la reina más de lo que se odia a unos hijastros. Todos, pues, ya por sus esperanzas cortejaban a Antípatro, y a cada uno lo apartaba de ellos las órdenes del rey, que había mandado a los más honrados no acercarse ni prestar atención a los del círculo de Alejandro. Y Antípatro era temible no solo para los del reino, sino también para los amigos de fuera; pues a ningún rey había dado César tanta autoridad como para poder sacar de una ciudad que no fuera de su jurisdicción incluso a un fugitivo suyo. Los muchachos ignoraban las calumnias, y por eso caían en ellas más incautamente, pues el padre nada les reprochaba a las claras; pero poco a poco lo iban comprendiendo por la frialdad, y ante cada agravio se enconaban más. También indispuso Antípatro contra ellos, con hostilidad, al tío Feroras y a la tía Salomé, tratándola siempre —como si fuera su mujer— y azuzándola.
A la aversión de esta contribuía también Glafira, la mujer de Alejandro, que hacía alarde de su propia alcurnia y de que era señora de todas las del palacio, pues descendía por su padre de Témeno y por su madre de Darío, el hijo de Histaspes. Muchos reproches dirigía por su bajo linaje a la hermana de Herodes y a las mujeres, cada una de las cuales había sido elegida por su hermosura, no por su cuna. Eran muchas, ya que a los judíos les está permitido por costumbre patria tomar varias mujeres, y al rey le agradaba tenerlas en número; y todas ellas, por la altanería de Glafira y sus injurias, odiaban a Alejandro.
En cuanto a Salomé, aunque era su suegra, el propio Aristóbulo la enemistó consigo, irritada ya de antes por las difamaciones de Glafira; pues reprochaba continuamente a su mujer su humildad de origen y que él había desposado a una plebeya, mientras su hermano Alejandro había desposado a una princesa. Esto lo contó llorando la hija a Salomé, y añadió que los del círculo de Alejandro amenazaban con que, cuando tomaran el reino, harían tejedoras junto con las esclavas a las madres de los demás hermanos, y a ellos, escribanos de aldea, burlándose de que estaban esmeradamente instruidos. Ante lo cual Salomé, sin contener la cólera, se lo contó todo a Herodes; y era muy digna de crédito al hablar contra su yerno.
Coincidió con ello otra calumnia que atizó la ira del rey: oyó que ellos invocaban continuamente a su madre y la lloraban maldiciéndolo a él, y que muchas veces, cuando él repartía alguna de las vestiduras de Mariamna entre las mujeres posteriores, amenazaban con que, en lugar de las regias, pronto les pondrían encima otras hechas de pelo.
Por esto, aunque receloso del temple de los jóvenes, no cortó la esperanza de una enmienda; sino que, llamándolos —pues iba a hacerse a la mar hacia Roma—, los amenazó brevemente como rey, pero los amonestó mucho como padre, y los exhortó a amar a sus hermanos, ofreciéndoles el perdón de las faltas pasadas si en adelante se corregían. Ellos rechazaron las calumnias diciendo que eran falsas, y afirmaron que probarían su defensa con los hechos; que él, sin embargo, debía atajar las hablillas no creyéndolas a la ligera, pues no faltarían quienes mintieran contra ellos mientras hubiera quien lo creyera.
Habiendo persuadido de esto pronto a su padre, se libraron del miedo inmediato, pero cobraron pesadumbre para el futuro; pues supieron que Salomé y el tío Feroras eran sus enemigos. Ambos eran gravosos y difíciles, pero Feroras más, que participaba de todo el reino salvo de la diadema, tenía rentas propias de cien talentos y disfrutaba de toda la región de allende el Yardén, recibida como regalo de su hermano, quien lo había hecho también tetrarca, pidiéndolo a César, y lo había juzgado digno de matrimonio regio, casándolo con la hermana de su propia mujer; y tras la muerte de esta le consagró a la mayor de sus propias hijas con una dote de trescientos talentos. Pero Feroras rehuyó el matrimonio regio por el amor de una esclava; Herodes, irritado por ello, casó a la hija con su sobrino, muerto después por los partos; y no mucho más tarde depuso su cólera contra Feroras, perdonándole por su pasión.
Ya de antiguo, viviendo aún la reina, se le calumniaba de conspirar contra él con venenos; y entonces se presentaron muchísimos delatores, de modo que, aun siendo Herodes amantísimo de su hermano, fue llevado a dar crédito a lo dicho y a temer. Tras torturar a muchos de los sospechosos, llegó al fin a los amigos de Feroras. Ninguno de ellos confesó abiertamente una conjura, pero sí que él, tras raptar a su amada, se preparaba a huir a los partos, y que eran cómplices del plan y de la fuga Costobaro, el marido de Salomé, a quien el rey se la había dado en matrimonio tras haber sido ejecutado por adulterio el primero. Tampoco Salomé quedó libre de calumnia; pues su hermano Feroras la acusaba de haber pactado matrimonio con Sileo, el administrador de Obedas, rey de los árabes, hombre enemistadísimo de Herodes. Convicta de esto y de cuanto Feroras le imputaba, obtuvo el perdón; y también al propio Feroras el rey lo absolvió de los cargos.
Pero la tormenta de la casa se desplazó sobre Alejandro y descargó entera sobre su cabeza. Había tres eunucos muy queridos del rey, y se ve por sus funciones: a uno estaba encomendado escanciar el vino, a otro servir la cena, y el tercero lo acostaba y dormía a su lado. A estos los ganó Alejandro para sus placeres con grandes regalos. Delatado el hecho al rey, se los interrogó con tormentos, y confesaron enseguida el trato; revelaron además las promesas que él les había hecho, y cómo habían sido engañados por Alejandro, que les decía que no debían poner sus esperanzas en Herodes, un viejo desvergonzado que se teñía el cabello, si es que por eso no lo tenían también por joven, sino atender a él, que heredaría el reino aun contra la voluntad del padre, y no tardando; que castigaría a los enemigos y haría a los amigos felices y dichosos, y antes que a nadie a ellos mismos. Añadían que también los poderosos rendían a Alejandro un culto secreto, y que los jefes de la milicia y los oficiales se reunían con él a escondidas.
Esto atemorizó tanto a Herodes que no se atrevió siquiera de inmediato a sacar a la luz las delaciones, sino que, enviando espías de noche y de día, escudriñaba cada cosa que se hacía o se decía, y a los sospechosos los mataba al punto. Se llenó el palacio de una tremenda iniquidad: por enemistad u odio particular, cada cual fabricaba sus calumnias, y muchos se servían del furor sanguinario del rey contra sus rivales. La mentira obtenía crédito al instante, y los castigos eran más rápidos que las calumnias. Así, se acusaba a uno que acababa de acusar, y era arrastrado junto con aquel a quien había delatado; pues el peligro de su propia vida abreviaba los interrogatorios del rey. Llegó a tal amargura que ni a los no acusados miraba con benevolencia, y era durísimo aun con sus amigos: a muchos de ellos les prohibió el palacio, y con aquellos sobre los que no tenía poder de mano, era áspero de palabra.
Antípatro se ensañó con las desgracias de Alejandro, y, formando un tropel de los parientes, no hubo calumnia que dejara de emplear. El rey fue llevado a tal grado de temor por sus patrañas y sus montajes que le parecía ver a Alejandro plantado ante él con la espada desnuda. Lo apresó, pues, de improviso, lo encadenó y pasó a torturar a sus amigos. Muchos morían en silencio, sin decir nada por encima de lo que sabían; pero otros, forzados por los dolores a mentir, decían que él conspiraba contra su padre junto con su hermano Aristóbulo, y que estaba al acecho para matarlo mientras cazaba y huir a Roma. A esto, aunque no era verosímil, sino improvisado por la necesidad, el rey lo creyó de buena gana, tomando como consuelo de haber encadenado a su hijo el no parecer que lo había hecho injustamente.
Alejandro, viendo que era imposible hacer cambiar de parecer a su padre, resolvió salir al encuentro de los males, y, componiendo cuatro libros contra sus enemigos, confesó la conjura, pero señaló como cómplices a la mayoría de ellos, y antes que a nadie a Feroras y a Salomé; a esta incluso porque una vez, entrando por fuerza de noche, se había unido a él contra su voluntad. Los libros llegaron a manos de Herodes, clamando muchas cosas terribles contra los más poderosos, y a toda prisa vino a Judea Arquelao, temeroso por su yerno y por su hija. Se hizo su valedor con mucha previsión, y con arte desvió la amenaza del rey. Pues, al encontrarse con él, gritó enseguida: «¿Dónde está mi malvado yerno? ¿Dónde veré la cabeza parricida que he de despedazar con mis propias manos? Y a mi hija se la añadiré a ese hermoso novio; pues aunque no haya participado del plan, por ser mujer de semejante hombre, está mancillada. Y me admiro también de ti, el conspirado, por tu paciencia, si Alejandro vive hasta ahora; yo venía a toda prisa desde Capadocia creyendo que hace tiempo había pagado su pena, y pensando examinar contigo lo de mi hija, a la que se la entregué mirando a tu dignidad. Pero ahora hemos de deliberar acerca de ambos; y si eres demasiado padre, o demasiado flojo para castigar a un hijo conspirador, troquemos las diestras y hagámonos herederos el uno de la cólera del otro.»
Con este alarde se ganó a Herodes, aun estando prevenido; le entregó, pues, los libros compuestos por Alejandro para que los leyera, y, deteniéndose en cada capítulo, los examinaba con él. Arquelao tomaba de ahí ocasión para su estratagema, y poco a poco desviaba las culpas hacia los inscritos en ellos y hacia Feroras. Y cuando vio que el rey lo creía, dijo: «Hay que ver si acaso el muchacho no estará conspirado por tantos malvados, en lugar de tú por el muchacho; pues no veo motivo por el que hubiera caído en semejante crimen, disfrutando ya de la realeza y esperando incluso la sucesión, a no ser que hubiera algunos que lo persuadieran y se sirvieran para el mal de la ligereza de su edad. Pues por tales personas se dejan engañar no solo los mozos, sino también los viejos, y se derrumban las casas más ilustres y reinos enteros.»
Herodes asintió a lo que se le decía, y por un momento aflojó su ira contra Alejandro; pero se enardeció contra Feroras, pues él era el asunto de los cuatro libros. Este, viendo lo pronto que el rey cambiaba de humor y cómo la amistad de Arquelao prevalecía sobre todo ante él, comprendió que no había salvación por vías decorosas y se la procuró por el camino del descaro: abandonó a Alejandro y se refugió en Arquelao.
Arquelao le respondió que no veía cómo podría interceder por él, envuelto como estaba en tantas acusaciones —de las que quedaba claro que había conspirado contra el rey y era el causante de las desgracias presentes del muchacho—, a menos que renunciara a su astucia y a sus negativas, confesara los cargos y pidiera perdón a su hermano, que además lo amaba; que en eso él le ayudaría de todos los modos posibles.
Feroras se deja persuadir. Y arreglándose para parecer lo más lastimoso posible, con vestido negro y lágrimas, se arroja a los pies de Herodes, como tantas veces había logrado el perdón. Se declaró infame —pues había hecho cuanto se le imputaba— y lamentó un extravío de la razón y una locura, cuya causa, decía, era el amor por su mujer.
Habiendo presentado así a Feroras como acusador y testigo de sí mismo, Arquelao intercedió ya por él y aplacó la ira de Herodes, sirviéndose de ejemplos propios: que también él, sufriendo cosas mucho más duras de parte de su hermano, anteponía el derecho de la sangre a la venganza; pues en los reinos, como en los grandes cuerpos, siempre hay alguna parte que se inflama por el peso, y no conviene amputarla, sino tratarla con más suavidad.
Diciendo muchas cosas de este tenor, ablanda a Herodes respecto de Feroras; pero él mismo seguía indignado contra Alejandro, y decía que separaría a su hija y se la llevaría —hasta que puso a Herodes en el trance de rogarle en sentido contrario por el muchacho y de pedir de nuevo a su hija en matrimonio para él. Con gran aire de sinceridad, Arquelao le respondió que la casara con quien quisiera, salvo con Alejandro, pues tenía en muchísimo mantener con él los vínculos del parentesco.
Al decir el rey que le haría un regalo de su hijo si no disolvía el matrimonio —tenían ya hijos, y tanto amaba el muchacho a aquella mujer que, si permanecía, sería un freno para sus faltas, mientras que si se la arrancaba sería causa de desesperación total, porque las audacias se ablandan cuando las distraen los propios afectos—, a duras penas Arquelao consiente, se reconcilia y reconcilia al padre con el joven. Dijo, con todo, que era absolutamente necesario enviarlo a Roma a hablar con César, pues él mismo le había escrito sobre todo el asunto.
Así llegó a su fin la estratagema de Arquelao con la que salvó a su yerno. Después de las reconciliaciones pasaban el tiempo en banquetes y muestras de afecto. Al partir, Herodes lo obsequia con setenta talentos en regalos, un trono de oro con incrustaciones de piedras, eunucos y una concubina que se llamaba Pánnychis, y honró a cada uno de sus amigos según su rango. Igualmente, por orden del rey, todos los parientes dieron a Arquelao espléndidos regalos, y fue escoltado por Herodes y por los poderosos hasta Antioquía.
No mucho después llegó a Judea un hombre mucho más hábil que las estratagemas de Arquelao, que no solo echó por tierra la reconciliación que aquel había gestionado con Alejandro, sino que fue causa de su perdición. Era de linaje laconio, de nombre Euricles, y se había metido en el reino por avidez de dinero; pues Grecia ya no bastaba a su prodigalidad. Habiendo traído a Herodes espléndidos regalos —cebo de lo que iba a cazar— y recibido al punto muchísimo más, tenía por nada el don limpio si no comerciaba con el reino a costa de sangre.
Así, envuelve al rey con adulación, con habilidad de palabra y con falsos elogios sobre él. Como pronto advirtió el carácter de Herodes, diciendo y haciendo en todo lo que le agradaba, se hace amigo suyo entre los primeros; pues tanto el rey, por amor a la patria de aquel, como todos los de su entorno, gustosos daban preferencia al espartano.
Cuando este conoció los puntos podridos de la casa —las discordias entre los hermanos y cómo estaba dispuesto el padre hacia cada uno—, como ya estaba ligado a Antípatro por la hospitalidad, finge amistad con Alejandro, mintiendo que era compañero suyo y de Arquelao desde antiguo; por eso fue recibido enseguida, como quien viene ya acreditado, y Alejandro lo presenta al punto también a su hermano Aristóbulo.
Probando todos los papeles, se insinuaba en cada uno de distinta manera; pero se hace ante todo asalariado de Antípatro y traidor de Alejandro: al uno le reprochaba que, siendo el mayor, dejara pasar a los que acechaban sus esperanzas; a Alejandro, que, habiendo nacido de una reina y viviendo con una reina, dejara heredar el poder al hijo de una mujer del común, teniendo además un tan gran apoyo en Arquelao.
Era para el muchacho un consejero de confianza, fingiendo la amistad de Arquelao. Por eso Alejandro, sin ocultarle nada, le lloraba lo de Antípatro, y decía que no era de extrañar que Herodes, que había matado a la madre de ellos, les quitara también a ellos el reino de aquella. Ante lo cual Euricles fingía compadecerse y dolerse con él. Habiendo cebado también a Aristóbulo para que dijera lo mismo, y enredados ambos en reproches contra el padre, se marchaba llevando los secretos a Antípatro. Añade encima la mentira de una conjura, como si los hermanos lo acecharan a él y casi ya le echaran encima las espadas. A cambio de esto recibió gran cantidad de dinero y se hizo elogiador de Antípatro ante el padre.
Finalmente, contratado para la muerte de Aristóbulo y Alejandro, se convierte en su acusador ante el padre. Presentándose, decía que devolvía a Herodes la vida en pago de sus beneficios y le ofrecía la luz en compensación de la hospitalidad: que hacía tiempo se había afilado contra él una espada y se había tensado la diestra de Alejandro, y que él mismo se había interpuesto, fingiendo cooperar con la prisa. Pues Alejandro —decía— afirmaba que no le bastaba a Herodes haber reinado sobre lo ajeno y, tras el asesinato de la madre de ellos, haber dilapidado el reino de aquella, sino que encima introducía como heredero a un bastardo y ofrecía a Antípatro, el corruptor, el reino que les venía del abuelo. Que él vengaría las almas de Hircano y de Mariamna, pues no le correspondía recibir de tal padre el poder sin derramamiento de sangre.
Que muchas cosas lo exasperaban a diario, hasta el punto de que no le quedaba ni un modo de hablar libre de calumnia. Si se hacía mención de la nobleza de otros, él era ultrajado sin razón, diciendo el padre: «Solo Alejandro es noble, y por su bajo linaje desprecia a su padre.» En las cacerías, si callaba, ofendía; si elogiaba, se le tachaba de burlón. En todas partes hallaba a su padre implacable y cariñoso solo con Antípatro; por él con gusto moriría, aun sin lograr el atentado. Que, si mataba, tenía recursos de salvación: primero Arquelao, su suegro, junto al que escaparía fácilmente; luego César, que hasta ahora ignoraba el carácter de Herodes.
Pues no se presentaría como antes, temblando ante el padre que lo vigilaba, ni hablaría solo de sus propios cargos, sino que primero proclamaría las desgracias del pueblo y a los exprimidos con impuestos hasta el alma; luego, en qué lujos y actos se gastó el dinero obtenido con sangre; quiénes eran los que se habían enriquecido a costa nuestra, y a cambio de qué habían sido agasajadas las ciudades. Que buscaría allí también a su abuelo y a su madre, y proclamaría todas las abominaciones del reino, por lo cual no sería juzgado parricida.
Habiendo inventado tales monstruosidades contra Alejandro, Euricles elogiaba mucho a Antípatro, como que solo él amaba al padre y por eso había sido hasta entonces estorbo del atentado. El rey, aún no bien calmado de lo anterior, se enfurece hasta una ira incurable. Y de nuevo, aprovechando la ocasión, Antípatro envía en secreto a otros acusadores contra los hermanos, para decir que hablaban a escondidas con Yucundo y Tirano —que en otro tiempo habían sido comandantes de caballería del rey, y entonces, por ciertos roces, habían caído de su puesto—. Ante lo cual Herodes, sumamente indignado, al punto sometió a tormento a estos hombres.
Pero ellos no confesaron nada de lo imputado; sin embargo, se presentó cierta carta dirigida al comandante de la guarnición del Alejandrión, de parte de Alejandro, pidiéndole que lo acogiera en la fortaleza con su hermano Aristóbulo, una vez muerto el padre, y les permitiera valerse de las armas y de los demás recursos. Alejandro decía que esta carta era un ardid de Diófanto. Diófanto era secretario del rey, hombre audaz y hábil en imitar la escritura de cualquier mano; tras falsificar muchas, al final por esto mismo fue ejecutado. Herodes sometió también a tormento al comandante de la guarnición, pero tampoco de él oyó nada de lo imputado.
Aun hallando débiles las pruebas, el rey ordenó vigilar a sus hijos, aunque todavía sin encadenarlos; y llamando al corruptor de la casa y autor de todo aquel horror, Euricles, «salvador y benefactor», lo obsequia con cincuenta talentos. Este, adelantándose a la noticia exacta, va a Capadocia y saca dinero también a Arquelao, atreviéndose a decir que había reconciliado a Herodes con Alejandro. Pasando a Grecia, empleó lo adquirido con males en males semejantes. Acusado dos veces ante César —por haber llenado de sediciones Acaya y por despojar a las ciudades—, es desterrado. Y así lo alcanzó a él el castigo por Alejandro y Aristóbulo.
Vale la pena contraponer al espartano a Evaristo de Cos. Pues también este, siendo de los más íntimos amigos de Alejandro, y habiendo llegado por la misma época que Euricles, cuando el rey le preguntó sobre aquello que el otro calumniaba, aseguró con juramentos no haber oído nada de los muchachos. Pero de nada aprovechó a los desdichados; pues Herodes solo era oyente prontísimo de lo malo, y le resultaba grato todo el que creía y se indignaba con él.
También Salomé aguijoneó su crueldad contra los hijos. Pues Aristóbulo, queriendo hacerla partícipe de los peligros, siendo ella su suegra y tía, le manda aviso de que se salvara, advirtiéndole que el rey estaba dispuesto a matarla, calumniada por lo mismo que antes: que, deseando casarse con el árabe Sileo, comunicaba en secreto los secretos del rey a aquel, que era su enemigo. Esto, como una última tempestad, sumergió a los jóvenes ya zarandeados por el temporal; pues Salomé, corriendo hacia el rey, delató la advertencia. Y él, sin poder ya contenerse, encadena a ambos hijos, los separa el uno del otro, y envía a toda prisa a César a Volumnio, el prefecto del campamento, y a Olimpo, de entre sus amigos, llevando por escrito las delaciones.
Ellos, navegando a Roma, entregaron las cartas del rey; César se afligió mucho por los jóvenes, pero no creyó que debiera quitar al padre la autoridad sobre sus hijos. Le responde, pues, constituyéndolo señor del asunto, aunque diciendo que haría bien si examinaba la conjura con un consejo común de sus propios parientes y de los gobernadores de la provincia: y si resultaban culpables, que los matara; pero si solo habían planeado la fuga, que los castigara con más moderación.
Herodes obedece esto, y llegado a Berito, donde César lo había ordenado, reunió el tribunal. Presiden los gobernadores, tal como César les había escrito: Saturnino y los legados en torno a Pedanio, con quienes estaba también Volumnio, el procurador; luego los parientes y amigos del rey, Salomé y Feroras; y tras ellos, los más nobles de toda Siria, salvo el rey Arquelao, pues, por ser suegro de Alejandro, Herodes lo tenía por sospechoso. A sus hijos, muy cautelosamente, no los llevó al juicio; pues sabía que, con solo ser vistos, serían sin duda compadecidos, y que si además se les daba la palabra, Alejandro fácilmente refutaría las acusaciones. Ellos, pues, permanecían custodiados en Platane, aldea de los sidonios.
Puesto en pie, el rey se explayó como si estuvieran presentes, y acusó la conjura débilmente —como quien anda escaso de pruebas para ella—, pero sí injurias, burlas, ultrajes y mil desmanes contra él, que a los del consejo les presentó como más graves que la muerte. Luego, no contradiciéndolo nadie, se lamentó como si él mismo fuera el vencido y venciera una victoria amarga contra sus hijos, y preguntó el parecer de cada uno. Y el primero, Saturnino, dictaminó condenar a los jóvenes, pero no a muerte; pues no le era lícito, teniendo tres hijos presentes, votar la perdición de los hijos de otro. También los dos legados votaron con él, y a estos siguieron algunos otros. Volumnio inició la sentencia sombría, y tras él todos condenan a muerte a los muchachos: unos por adular, otros por odio a Herodes, y ninguno por indignación.
Entonces toda Siria y el pueblo judío estaban en vilo, aguardando el final del drama; pero nadie suponía que Herodes fuera cruel hasta el filicidio. Él, sin embargo, arrastró a sus hijos a Tiro y, cruzando de allí por mar a Cesarea, meditaba el modo de dar muerte a los muchachos. Cierto viejo soldado del rey, de nombre Tirón, que tenía un hijo muy allegado y amigo de Alejandro, y él mismo amaba en privado a los muchachos, por el exceso de indignación se volvía como loco. Al principio iba de un lado a otro gritando que se había pisoteado la justicia, que la verdad estaba perdida, que la naturaleza estaba trastornada, que la vida rebosaba de iniquidad, y cuanto le dictaba la pasión de quien no ahorra su vida.
Al fin, atreviéndose a acercarse también al rey, le dijo: «A mí me pareces el más desdichado, tú que contra los más queridos te dejas persuadir por los más perversos; si, habiendo condenado muchas veces a muerte a Feroras y a Salomé, te fías de ellos contra tus hijos, quienes, cercenándote a tus herederos legítimos, te dejan solo con Antípatro, escogiendo para sí al rey más manejable. Mira, no sea que también a aquel le acarree odio entre los soldados la muerte de sus hermanos; pues no hay quien no se compadezca de los muchachos, y muchos de los oficiales se indignan incluso abiertamente.» Al decir esto, iba nombrando a los que se indignaban. Y el rey al punto los prendió a ellos, a él y a su hijo.
En esto, uno de los barberos de la corte, de nombre Trifón, saltando adelante por cierto extravío enviado por Dios, se hace delator de sí mismo. «Pues también a mí —dijo— este Tirón me instigaba a degollarte con la navaja mientras te atendía, y me prometía grandes recompensas de parte de Alejandro.» Al oír esto, Herodes sometió a tormento a Tirón junto con su hijo y al barbero; y como aquellos negaban y el otro no decía nada más, ordenó torturar a Tirón con más fuerza. El hijo, apiadándose, prometió al rey delatarlo todo si le concedía a su padre. Concedido esto, dijo que su padre, persuadido por Alejandro, había querido matarlo. Unos decían que esto se había fingido para librar al padre del tormento; otros, que era verdad.
Herodes, acusando en asamblea a los oficiales y a Tirón, alistó contra ellos al pueblo; allí mismo, pues, son ejecutados junto con el barbero, apedreados con palos y piedras. Y enviando a sus hijos a Sebaste, que no está lejos de Cesarea, ordenó estrangularlos. Cumplida rápidamente su orden, mandó llevar los cadáveres a la fortaleza del Alejandrión, para ser sepultados junto a Alejandro, el padre de su madre. Tal fue, pues, el fin de Alejandro y de Aristóbulo.
A Antípatro, que tenía la sucesión indiscutida, se le levanta un odio insoportable del pueblo, pues todos sabían que él había urdido todas las calumnias contra los hermanos; y le roía además un temor no pequeño al ver crecer la descendencia de los ejecutados. Pues Alejandro tenía de Glafira dos hijos, Tigranes y Alejandro; y Aristóbulo, de Berenice, la hija de Salomé, tres hijos, Herodes, Agripa y Aristóbulo, y dos hijas, Herodías y Mariamna. A Glafira, con su dote, Herodes la había enviado a Capadocia cuando mató a Alejandro; y a Berenice, la de Aristóbulo, la casó con el tío materno de Antípatro. Pues Antípatro, para ganarse a Salomé, que le era hostil, tramó este matrimonio.
Rondaba también a Feroras con regalos y demás atenciones, y a los amigos de César, enviando no poco dinero a Roma. Los del entorno de Saturnino en Siria se hartaron todos de sus regalos. Pero, cuanto más daba, más odiado era, pues no parecía obsequiar por generosidad, sino gastar por miedo. Sucedía que los que recibían no se hacían por ello más benévolos, mientras que aquellos a quienes no daba se volvían enemigos más duros. Con todo, hacía cada día más espléndidos sus repartos, al ver que el rey, contra sus esperanzas, cuidaba de los huérfanos y mostraba su arrepentimiento por los ejecutados en la compasión con que trataba a los de aquellos.
Pues cierta vez Herodes, reuniendo a parientes y amigos, presentó a los niños y, llenos de lágrimas los ojos, dijo: «A los padres de estos me los arrebató un destino sombrío; a estos me los encomienda, junto con la naturaleza, la compasión por su orfandad. Intento, ya que fui padre desdichadísimo, ser al menos abuelo más solícito, y dejarles, después de mí, como guías a los que me son más queridos. Prometo, Feroras, tu hija al mayor de los hermanos, los hijos de Alejandro, para que le seas tutor obligado; y a tu hijo, Antípatro, la hija de Aristóbulo, para que seas así padre de la huérfana. Y a la hermana de esta la tomará mi Herodes, que por parte de madre tiene por abuelo a un sumo sacerdote. Que mis disposiciones tengan esta sentencia, y que ninguno de los que me aman la rompa. Ruego también a Dios que concierte estas bodas para provecho de mi reino y de mis descendientes, y que mire a estos niños con ojos más serenos que a sus padres.»
Dicho esto, rompió a llorar y juntó las diestras de los niños; luego, abrazando afectuosamente a cada uno, disolvió la asamblea. Al punto Antípatro se heló, y a todos les resultó evidente su congoja; pues suponía que el honor concedido por el padre a los huérfanos era su propia ruina, y que de nuevo correría peligro por todo, si los hijos de Alejandro, además de a Arquelao, tenían por valedor a Feroras, que era tetrarca. Calculaba el odio que él suscitaba y la compasión del pueblo hacia los huérfanos; cuánto anhelo había entre los judíos por los hermanos mientras vivían y cuánta memoria de ellos, muertos por su causa. Resolvió, pues, romper por todos los medios los esponsales.
Temió insinuarse con astucia ante el padre, que era severo y se movía con rapidez a las sospechas; pero se atrevió a acercarse y suplicarle abiertamente que no lo privara del honor de que lo había juzgado digno, ni que él tuviera el nombre de rey y otros el poder; pues no dominaría los asuntos si el hijo de Alejandro sumaba a Arquelao como abuelo y a Feroras como suegro. Le rogaba encarecidamente que, siendo mucha la parentela de la casa real, cambiara las bodas. Pues tenía el rey nueve mujeres, y de ellas siete hijos: el propio Antípatro, de Doris; Herodes, de Mariamna, la hija del sumo sacerdote; Antipas y Arquelao, de Maltace la samaritana, y una hija, Olimpíade, que tenía su sobrino Yosef; de Cleopatra, la de Yerushaláyim, Herodes y Filipo; y de Palas, Fasael.
Le nacieron también otras hijas, Roxana y Salomé, la una de Fedra, la otra de Elpis. Tenía dos mujeres sin hijos, una prima y una sobrina. Y aparte de estas, dos hermanas de Alejandro y de Aristóbulo, las nacidas de Mariamna. Siendo, pues, numerosa la parentela, Antípatro pedía que se cambiaran las bodas. Gravemente se indignó el rey al comprender su talante hacia los huérfanos, y le vino un pensamiento acerca de los ejecutados: no fuera que también ellos hubieran sido presa de las calumnias de Antípatro. Entonces, tras responderle mucho con ira, echa a Antípatro; pero después, seducido por sus adulaciones, cambia de parecer, y le da por mujer a la hija de Aristóbulo, y a su hijo la hija de Feroras.
Podría uno comprender cuánto pudo Antípatro adulando en esto, por el fracaso de Salomé en un caso semejante. Pues a esta, aunque era su hermana y suplicaba muchísimo, por medio de Livia, la mujer de César, casarse con el árabe Sileo, le juró que la tendría por enemiga acérrima si no cesaba en su empeño; y al fin la casó, contra su voluntad, con cierto Alejas, de entre sus amigos, y a una de sus hijas con el hijo de Alejas, y a la otra con el tío materno de Antípatro. De las hijas de Mariamna, la una tenía por marido a Antípatro, hijo de su hermana, y la otra a Fasael, hijo de su hermano.
Habiendo roto las esperanzas de los huérfanos y concertado los matrimonios a su conveniencia, Antípatro se lanzaba sobre firmes esperanzas; pero, sumando a su maldad la confianza, se volvió insoportable. Como no podía apartar de sí el odio de cada uno, procuraba su seguridad haciéndose temer. Le ayudaba también Feroras, como a un rey ya seguro. Se formó, además, una liga de mujeres en la corte, que provocó nuevos alborotos; pues la mujer de Feroras, con su madre y su hermana, sumándoseles también la madre de Antípatro, hacían muchas insolencias en el palacio, y se atrevieron incluso a ultrajar a dos hijas del rey, por lo cual él las tenía en especial aborrecimiento; pero, aun odiadas por él, prevalecían sobre las demás.
La única rival de su concordia era Salomé, que denunciaba al rey aquella asociación como no encaminada al bien de sus asuntos. Ellas, conocedoras de la denuncia y de que Herodes se había indignado, cesaron de su asociación abierta y de sus muestras de afecto, y fingían lo contrario, disputando entre sí cuando el rey las oía; con ellas fingía también Antípatro, chocando en público con Feroras. Pero tenían reuniones a escondidas y francachelas nocturnas, y la vigilancia intensificaba su concordia. Nada de lo que hacían se le escapaba a Salomé, y todo se lo comunicaba a Herodes.
Aquel ardía en ira, sobre todo contra la mujer de Feroras, pues a esta la calumniaba más Salomé. Reunido, pues, un consejo de amigos y parientes, acusaba a la mujer de muchas cosas, entre ellas el ultraje a sus propias hijas, y que había pagado salarios a los fariseos contra él, y le había vuelto enemigo a su hermano, enredándolo con filtros. Al fin volvió el discurso contra Feroras, diciéndole que escogiera una de dos cosas: o a él, su hermano, o a su mujer. Y como aquel respondiera que antes dejaría la vida que a su mujer, Herodes, no sabiendo qué hacer, se volvió hacia Antípatro y le ordenó no hablar ni con la mujer de Feroras, ni con él, ni con ningún otro de los de ella. Antípatro, abiertamente, no transgredía la orden, pero en secreto pasaba las noches con ellos.
Y temiendo a la vigilante Salomé, gestiona, por medio de sus amigos de Italia, su propio viaje a Roma. Pues, habiendo escrito ellos que convenía enviar a Antípatro a César después de un tiempo, Herodes, sin demorarse, lo despachó con espléndido séquito y mucho dinero, y con el testamento que llevar, en el que estaba escrito rey Antípatro, y como sucesor de Antípatro, Herodes, el nacido de Mariamna, la hija del sumo sacerdote.
Navegó también a Roma Sileo el árabe, desatendiendo las órdenes de César, para pleitear contra Antípatro sobre lo que Nicolao había sentenciado antes. No era pequeño su litigio con Aretas, su propio rey, pues había matado a otros amigos de este y a Sohemo, uno de los más poderosos de Petra. Habiendo sobornado con mucho dinero a Fabato, el administrador de César, lo tenía por valedor incluso contra Herodes. Pero Herodes, dando más, aparta a Fabato de Sileo, y por medio de él cobraba lo mandado por César. Sileo, no habiendo devuelto nada, encima acusaba a Fabato ante César, diciendo que era administrador no de los intereses de aquel, sino de los de Herodes.
Irritado por esto Fabato —que era aún muy honrado por Herodes— se hace traidor de los secretos de Sileo, y dice al rey que Sileo había corrompido con dinero a Corinto, su guardaespaldas, del que debía guardarse. El rey se deja persuadir; pues Corinto, aunque criado en el reino, era de linaje árabe. Prende al punto no solo a él, sino también a otros dos árabes que halló con él, el uno amigo de Sileo, el otro jefe de tribu. Estos, sometidos a tormento, confesaron haber persuadido a Corinto, a cambio de mucho dinero, a matar a Herodes. Interrogados, pues, también ante Saturnino, el que regía Siria, fueron enviados a Roma.
Herodes no cejaba en forzar a Feroras a separarse de su mujer, ni hallaba artificio con el que castigar a la mujer, teniendo muchos motivos de odio, hasta que, sumamente indignado, expulsó junto con ella también a su hermano. Feroras, aceptando de buen grado el ultraje, se marcha a su tetrarquía, jurando que tendría un solo término para su destierro, la muerte de Herodes, y que nunca volvería mientras aquel viviera. Y ni siquiera volvió cuando su hermano cayó enfermo, aunque este lo llamaba con insistencia; pues quería dejarle algunas encomiendas, creyendo que iba a morir.
Pero Herodes, contra lo esperado, se salva; y poco después enferma Feroras, y Herodes se mostró más benigno, pues fue a verlo y lo cuidaba con compasión. Con todo, no venció al mal, pues a los pocos días muere Feroras. A este, aunque Herodes lo había amado hasta su último día, corrió sin embargo el rumor de que también lo había matado con veneno. Llevando, no obstante, el cadáver a Yerushaláyim, decretó un gran luto para todo el pueblo y lo honró con un funeral esplendidísimo. Así llegó a tal fin uno de los asesinos de Alejandro y de Aristóbulo.
El castigo pasaba al autor mismo, Antípatro, tomando por principio la muerte de Feroras. Pues algunos de sus libertos, acercándose abatidos al rey, decían que su hermano había sido eliminado con veneno: que su mujer le había servido algo de un guiso preparado de modo inusual, y que, al comerlo, cayó enseguida en la enfermedad. Que dos días antes la madre y la hermana de ella habían traído de Arabia a una mujer experta en venenos, para que preparara un filtro para Feroras, pero que, en su lugar, le había dado uno mortal, por maquinación de Sileo, a quien le era conocida.
Herido, pues, el rey por múltiples sospechas, sometía a tormento a criadas y a algunas de las libres. Una de ellas gritó entre los dolores: «¡Que Dios, que gobierna la tierra y el cielo, castigue a la causante de estos males nuestros, la madre de Antípatro!» Tomando el rey este comienzo, siguió adelante en pos de la verdad. La mujer reveló la amistad de la madre de Antípatro con Feroras y con las mujeres de aquel, y sus reuniones secretas; y que Feroras y Antípatro bebían con ellas, al volver de casa del rey, la noche entera, sin dejar que asistiera ningún siervo ni criada. Una de las libres delató esto.
A las esclavas Herodes las torturaba a cada una por separado. Por todas se dijo lo mismo, de acuerdo: que, según un pacto, Antípatro se retiraría a Roma y Feroras a Perea; pues muchas veces se decían entre sí que, después de Alejandro y Aristóbulo, Herodes se volvería contra ellos y contra sus mujeres, y que, tras Mariamna y los hijos de ella, no perdonaría a ningún otro, de modo que era mejor huir lo más lejos posible de la fiera. Y que muchas veces Antípatro, lamentándose ante su madre, decía que él ya encanecía, mientras que el padre rejuvenecía cada día, y que quizá él mismo moriría antes de empezar a reinar de verdad. Y que, si alguna vez aquel muriera —¿y cuándo sucedería eso?—, el disfrute de la sucesión le resultaría del todo breve.
Que rebrotaban las cabezas de la hidra, los hijos de Aristóbulo y de Alejandro. Que el padre le había quitado incluso la esperanza sobre sus hijos, pues había escrito como sucesor, tras su muerte, no a alguno de sus propios hijos, sino a Herodes, el de Mariamna. Y que en esto chocheaba del todo, si pensaba que su testamento seguiría en vigor; pues él proveería que no quedara nadie de la estirpe. Que, siendo Herodes el más aborrecedor de sus hijos de cuantos padres jamás hubo, era mucho más aborrecedor de sus hermanos; que hacía poco le había dado cien talentos con tal de no hablar con Feroras. Y al decir Feroras: «Pues ¿en qué lo dañábamos?», Antípatro respondió: «¡Ojalá, quitándonoslo todo, nos dejara vivir desnudos! Pero es imposible escapar de fiera tan sanguinaria, ante la cual ni siquiera es lícito amar a nadie abiertamente. Ahora nos juntamos en secreto; podremos hacerlo abiertamente, si alguna vez tenemos ánimo y manos de hombres.»
Esto decían las torturadas, y que Feroras había planeado huir con ellos a Petra. Herodes dio crédito a todo lo dicho por lo de los cien talentos, pues solo con Antípatro había hablado de ellos. Y su furor descarga primero sobre Doris, la madre de Antípatro: despojándola de todo el ajuar que le había regalado —y era de muchos talentos—, la expulsa por segunda vez. A las mujeres de Feroras, tras los tormentos, las trataba con cuidado, ya reconciliado. Pero estaba fuera de sí por el miedo, se inflamaba ante cualquier sospecha, y arrastraba a los tormentos a muchos inocentes, temiendo pasar por alto a alguno de los culpables.
Y en esto se vuelve hacia el samaritano Antípatro, que era administrador de Antípatro. Torturándolo, oyó que Antípatro había mandado traer de Mitsraim un veneno mortal contra él, por medio de uno de sus compañeros, Antífilo; que lo había recibido de aquel Teudión, el tío de Antípatro, y lo había entregado a Feroras; pues a este le había encargado Antípatro matar a Herodes mientras él estuviera en Roma, apartado de toda sospecha; y que Feroras había confiado el veneno a su mujer. El rey, mandándola llamar, le ordenó traer al punto lo recibido. Ella sale como para traerlo, pero se arroja desde el tejado, adelantándose a la prueba y al tormento de parte del rey. Pero, según parece, por providencia de Dios, que perseguía a Antípatro, no cayó de cabeza, sino del otro lado, y se salva.
El rey, cuando la trajeron, la reanimó —pues estaba aturdida por la caída— y le preguntó por qué se había arrojado, jurando que, si decía la verdad, la libraría de todo castigo, pero que, si lo ocultaba, consumiría su cuerpo en tormentos y ni siquiera se lo dejaría para sepultura. Ante esto, la mujer, tras una breve pausa, dijo: «¿Y para qué sigo guardando los secretos, muerto ya Feroras, o salvando a Antípatro, que nos ha perdido a todos? Escucha, rey, y contigo Dios como testigo de mi verdad, que no puede ser engañado. Cuando, al morir Feroras, estabas sentado junto a él bañado en lágrimas, entonces él, llamándome, me dijo: “¡Cuánto, mujer, me equivoqué sobre el sentir de mi hermano hacia mí, odiando al que así me ama y habiendo planeado matar al que ni siquiera muerto yo deja de afligirse por mí! Pero yo recibo el castigo de mi impiedad; tú trae el veneno que guardas contra él, el que nos dejó Antípatro, y hazlo desaparecer pronto ante mis ojos, para que no lleve conmigo, ni siquiera al Hades, al espíritu vengador.” Y como me lo ordenó, lo traje, y la mayor parte la vertí al fuego a la vista de él, pero guardé un poco para mí, ante lo incierto y por temor a ti.»
Dicho esto, saca la cajita, que contenía apenas un poco del veneno. El rey trasladó los tormentos a la madre de Antífilo y a su hermano, y aquellos confesaron que Antífilo había traído la cajita de Mitsraim, y dijeron que había recibido el veneno de un hermano suyo que ejercía la medicina en Alejandría. Rondando por todo el palacio, los espíritus de Alejandro y de Aristóbulo se hacían escudriñadores y delatores de lo oculto, y arrastraban a las pruebas incluso a los más ajenos a toda sospecha. Se descubre así que también Mariamna, la hija del sumo sacerdote, era cómplice de la conjura. Pues, sometidos a tormento, sus hermanos lo demostraron. Y el rey se vengó de la audacia de la madre también en el hijo: al Herodes nacido de ella, que era sucesor de Antípatro, lo borró del testamento.
A esto se sumó también Bátilo entre las pruebas —la confirmación última de cuanto Antípatro había maquinado—. Era liberto suyo, y llegó trayendo otro veneno, ponzoña de víboras y jugos de otros reptiles, para que, si fallaba la primera droga, Feroras y su mujer se armaran con esta contra el rey.
Como añadido de su audacia contra el padre, traía además las cartas que Antípatro había fraguado contra sus hermanos. Pues Arquelao y Filipo eran hijos del rey y se educaban en Roma, ya muchachos y llenos de brío. Antípatro, ansioso por apartar a estos que despuntaban frente a sus esperanzas, forjaba unas cartas contra ellos en nombre de sus amigos de Roma, y a otros los persuadía a escribirlas sobornándolos con dinero: que injuriaban mucho a su padre, que lloraban abiertamente por Alejandro y Aristóbulo, y que se indignaban por haber sido llamados de vuelta —pues el padre ya los mandaba llamar, y eso era lo que más inquietaba a Antípatro—.
Aun antes de su partida, mientras permanecía en Judea, iba comprando en Roma tales cartas contra ellos; y acercándose a su padre como quien está libre de sospecha, salía en defensa de sus hermanos, diciendo que parte de lo escrito era falso y otra parte, errores de juventud. En aquel entonces, dando muchísimo dinero a quienes escribían contra sus hermanos, intentaba confundir la pesquisa: compraba vestidos costosos, cobertores recamados, copas de plata y de oro y muchos otros objetos preciosos, para que, con la magnitud del gasto en estas cosas, hiciera pasar por él los pagos de aquellas. Declaró, en efecto, doscientos talentos de desembolso, y el mayor pretexto era el pleito contra Sileo.
Y aunque por entonces quedaron al descubierto todas sus fechorías, hasta las menores, dentro del mal mayor —cuando todos los tormentos clamaban el parricidio y las cartas clamaban un segundo fratricidio—, con todo, ninguno de los que llegaban a Roma le comunicó lo sucedido en Judea, aun habiendo transcurrido siete meses entre las pruebas y su regreso: tan grande era el odio de todos hacia él. Quizá también los espíritus de los hermanos asesinados amordazaban a los que se proponían informarle. Así, escribe desde Roma anunciando como buena nueva su pronto arribo, y que había sido despedido por César con honores.
El rey, ansioso por echar mano al conspirador y temiendo que este, sabiéndolo de antemano, se pusiera en guardia, fingía a su vez por carta: se mostraba afable en todo lo demás y lo instaba a apresurarse, pues dejaría a un lado también sus quejas contra la madre si él se daba prisa —porque Antípatro no ignoraba la expulsión de su madre—. Antes había recibido en Tarento la carta sobre la muerte de Feroras e hizo grandísimo duelo, que algunos ensalzaban como si fuera por un tío; pero era, según parece, el trastorno por el fracaso del complot, y no lloraba a Feroras, sino al ejecutor. Y ya le sobrevenía cierto temor de lo consumado, no fuera que se descubriera el veneno.
Entonces, en Cilicia, al recibir la carta de su padre que antes mencionamos, al punto se apresuró; pero, cuando arribaba a Celéndris, le vino cierto pensamiento de las desgracias de su madre, presintiéndolas ya su propia alma por sí sola. Los más previsores de sus amigos le aconsejaban no lanzarse a los brazos del padre antes de averiguar con claridad por qué causas había expulsado a su madre, pues temían que ello fuera un aumento de las calumnias contra ella. Pero los más irreflexivos, y los que ansiaban ver la patria más que atender a lo que convenía a Antípatro, le exhortaban a apresurarse y a no dar, con la tardanza, sospecha vil al padre y pretexto a los calumniadores; pues, si algo se había movido ahora contra él, había sido por su ausencia, ya que no se habrían atrevido estando él presente. Y era absurdo verse privado de bienes manifiestos por sospechas inciertas, y no entregarse cuanto antes al padre y recibir el reino, que oscilaba solo sobre él. Se dejó persuadir por estos —pues lo empujaba la divinidad— y, tras la travesía, arriba al puerto de Sebastos, en Cesarea.
Contra lo que esperaba, le salió al encuentro una gran soledad: todos lo esquivaban y ninguno se atrevía a acercarse. Pues era odiado por igual, y ahora el odio tenía libertad para mostrarse; y a muchos los apartaba el miedo al rey, ya que toda ciudad estaba llena del rumor contra Antípatro, y solo Antípatro ignoraba lo que le concernía. A nadie se despidió con más esplendor que a él cuando zarpaba hacia Roma, ni a nadie se recibió con más deshonra. Él ya sospechaba las desgracias de su casa, pero aún lo disimulaba por astucia y, muerto por dentro de miedo, forzaba su rostro a parecer altivo. Ya no había huida ni escapatoria de cuanto lo rodeaba; y ni siquiera allí se le comunicaba nada claro de lo de su casa, por la amenaza del rey, pero le quedaba una esperanza más risueña: acaso nada se había descubierto, y acaso, si algo se había descubierto, lo compondría con desvergüenza y engaños, que eran sus únicos recursos de salvación.
Pertrechado, pues, con ellos, llegó al palacio sin sus amigos —pues estos, ultrajados, fueron detenidos en la primera puerta—. Se hallaba dentro, por casualidad, Varo, el gobernador de Siria. Entra Antípatro hasta su padre y, dándose ánimos con audacia, se acercaba como para saludarlo. Pero aquel, echando por delante las manos y volviendo a un lado la cabeza, exclamó: «¡También esto es propio de un parricida: querer abrazarme cuando pesan sobre él tan graves acusaciones! Aparta, cabeza impiísima, y no me toques antes de librarte de los cargos. Te concedo un tribunal y un juez llegado a punto: Varo. Ve y prepara tu defensa para mañana, que doy plazo a tus astucias». Ante esto, incapaz de responder nada por el estupor, él se retiró; y, viniendo a su encuentro su madre y su mujer, le refirieron todas las pruebas. Y entonces, recobrado el juicio, se puso a meditar su defensa.
Al día siguiente el rey reúne un consejo de parientes y amigos, y hace llamar también a los amigos de Antípatro. Preside él mismo junto con Varo y mandó introducir a todos los delatores; entre ellos se introdujo también a algunos criados de la madre de Antípatro, apresados no mucho antes, que llevaban de parte de ella una carta para su hijo del siguiente tenor: «Puesto que todo aquello ha sido descubierto por tu padre, no te presentes ante él a menos que consigas algún poder de parte de César». Introducidos estos con los demás, entra Antípatro y, cayendo de bruces ante los pies de su padre, dijo: «Te suplico, padre, que no me condenes de antemano, sino que me prestes oídos limpios para la defensa; pues me mostraré inocente, si tú lo quieres».
Pero él, gritándole que callara, dijo a Varo: «Que tú, Varo, y todo juez recto juzgaréis a Antípatro un miserable, de eso estoy convencido. Mas temo que aborrezcas también mi suerte y me juzgues digno de toda desgracia por haber engendrado tales hijos. Y sin embargo, por esto mismo debo ser más compadecido: porque, con seres tan viles, fui el más amoroso de los padres. Pues a los anteriores, aun jóvenes, los juzgué dignos del reino, y, además de su crianza en Roma, los hice amigos de César y envidiados por otros reyes; y los hallé conspiradores, que murieron sobre todo por causa de Antípatro, pues, siendo él joven y mi sucesor, procuraba ante todo su seguridad. Pero esta fiera inmunda, saciada en exceso de mi indulgencia, volvió contra mí su hartazgo. Le parecí vivir demasiado tiempo, y mi vejez le pesó, y no soportó ser rey si no era mediante el parricidio —con justo cálculo, por cierto—: porque lo traje de vuelta cuando andaba desechado, arrojado de la tierra, y, apartando a los que me nacieron de una reina, lo designé sucesor del reino.
»Te confieso, Varo, mi enajenación de juicio: yo mismo irrité contra mí a aquellos hijos, cercenándoles sus justas esperanzas por causa de Antípatro. ¿Y en qué favorecí a ellos tanto como a este? A él, en vida, casi le cedí el poder; en el testamento lo inscribí abiertamente como sucesor del reino; le asigné una renta propia de cincuenta talentos; le proveí de mis bienes sin tasa; y ahora, al zarpar hacia Roma, le di trescientos talentos, y de toda mi estirpe solo a él lo encomendé a César, como salvador de su padre. ¿Qué impiedad tal cometieron aquellos, como Antípatro? ¿O qué prueba se aportó contra ellos, tan grande como la que muestra a este conspirador? Pero el parricida se ha atrevido a decir algo, y de nuevo espera cubrir la verdad con engaños. Varo, tú debes estar en guardia: yo conozco a la fiera y preveo la verosimilitud que vendrá y el llanto fingido. Este es el que en otro tiempo me aconsejaba guardarme del vivo Alejandro y no confiar mi cuerpo a todos; este, el que se llegaba hasta mi lecho y miraba en derredor no fuera que alguien me tendiera una emboscada; este, el guardián de mi sueño y proveedor de mi tranquilidad, el que consolaba mi pena por los asesinados y discernía la buena voluntad de los hermanos vivos, mi escudo, mi guardaespaldas. Cuando recuerdo, Varo, la astucia en cada cosa y la hipocresía, me entra la incredulidad de estar vivo, y me asombro de cómo escapé de conspirador tan grave. Pero, ya que algún demonio deja desierta mi casa y siempre levanta contra mí a los más queridos, lloraré yo el destino injusto y gemiré a solas la soledad; mas no escapará ninguno que haya tenido sed de mi sangre, aunque la prueba pase por todos mis hijos».
Diciendo tales cosas, se interrumpió por el trastorno, y con una seña indicó a Nicolao, uno de sus amigos, que expusiera las demostraciones. Entretanto, Antípatro, alzando la cabeza —pues seguía tendido ante los pies de su padre—, exclama: «Tú, padre, has hecho la defensa por mí. Pues ¿cómo he de ser parricida yo, a quien confiesas haber tenido de guardián sin cesar? Llamas portento e hipocresía a mi piedad. ¿Cómo, siendo tan astuto en lo demás, me volví tan insensato como para no comprender que ni siquiera a los hombres es fácil ocultar tan gran abominación al urdirla, y que es imposible ocultarla al juez del cielo, que todo lo vigila y en todas partes está presente? ¿O ignoraba yo el fin de mis hermanos, a quienes Dios así persiguió por su mala trama contra ti? ¿Y qué me incitó contra ti? ¿La esperanza del reino? Pero yo reinaba. ¿La sospecha de ser odiado? Pero ¿no era yo amado? ¿Algún otro temor de tu parte? Al contrario, velando por ti, yo era temible para otros. ¿La falta de dinero? ¿Y a quién le era más lícito gastar? Pues, aunque hubiera sido el más abominable de todos los hombres y tuviera alma de bestia feroz, padre, ¿no habría sido vencido por tus beneficios —a mí, a quien trajiste de vuelta, como tú mismo dijiste, a quien preferiste a tantos hijos, a quien en vida designaste rey y, por el exceso de los demás bienes, hiciste envidiado—?
»¡Ay, desdichado de mí por el amargo viaje, cuánta ocasión di a la envidia y qué largo plazo a los que conspiraban! Pero por ti, padre, y por tus pleitos partí, para que Sileo no despreciara tu vejez. Roma es testigo de mi piedad, y César, el protector del orbe, que muchas veces me llamó amante de mi padre. Toma, padre, las cartas de su parte: estas son más dignas de fe que las calumnias de aquí, estas son mi única defensa, de estas pruebas de mi ternura hacia ti me valgo. Recuerda que no zarpé de buen grado, conociendo la enemistad que se agazapaba contra mí en el reino. Pero tú, padre, sin quererlo me destruiste, forzándome a dar a la envidia ocasión de calumnia. Aquí estoy para las pruebas, aquí estoy tras tierra y mar, sin haber sufrido en ninguna parte nada, yo, el parricida. Mas no me quieras aún por esta prueba, pues estoy condenado tanto ante Dios como ante ti, padre. Y, condenado, te pido que no confíes en los tormentos de otros: que se lleve contra mí el fuego, que atraviesen mis entrañas los instrumentos, que ningún lamento perdone mi cuerpo inmundo; pues, si soy parricida, no debo morir sin tormento».
Clamando tales cosas entre lamentos y lágrimas, movió a compasión a todos los demás y a Varo; solo la ira mantenía a Herodes sin lágrimas, pues sabía que las pruebas eran ciertas. En esto, Nicolao, por orden del rey, tras decir mucho sobre la astucia de Antípatro y disipar la compasión que había hacia él, extendió luego una amarga acusación, atribuyéndole todas las fechorías del reino, y sobre todo la eliminación de sus hermanos, demostrando que habían perecido por sus calumnias. Decía que conspiraba también contra los que quedaban, como si fueran rivales al acecho de la sucesión; pues quien había preparado veneno para su padre, ¿acaso se abstendría de los hermanos? Pasando luego a la prueba del envenenamiento, exhibió las delaciones en orden y se indignó a propósito de Feroras: que Antípatro había hecho de él también un fratricida y que, corrompiendo a los más queridos del rey, había colmado de abominación toda la casa; y, tras decir muchas otras cosas además de estas y demostrarlas, pone fin a su discurso.
Varo, ordenando a Antípatro que se defendiera, como este no dijo más que «Dios me es testigo de que no cometo injusticia» y quedó tendido en silencio, pidió el veneno y se lo da a beber a uno de los presos condenados a muerte. Y como aquel murió al instante, Varo, manteniendo secretas sus conversaciones con Herodes y escribiendo a César acerca del consejo, se marcha al cabo de un día. El rey encadena a Antípatro y envió a César a quienes habrían de declarar la desgracia.
Después de esto, Antípatro resulta ser también conspirador contra Salomé; pues uno de los criados de Antífilo llegó trayendo desde Roma una carta de parte de una sierva de Livia, llamada Acmé. De parte de esta se comunicaba al rey que había hallado, entre los papeles de Livia, unas cartas de Salomé, y que se las había enviado en secreto por benevolencia. Las cartas de Salomé contenían injurias amarguísimas contra el rey y una gravísima acusación. Antípatro, tras fraguar estas y corromper a Acmé, la persuadió de que se las enviara a Herodes. Pero quedó convicta por su propia carta a él, pues la mujerzuela le escribió también esto: «Como quisiste, escribí a tu padre y le envié aquellas cartas, persuadida de que el rey no perdonará a su hermana cuando las lea. Harás bien, una vez rematado todo, en acordarte de lo que prometiste».
Descubierta esta carta y las urdidas contra Salomé, le viene al rey el pensamiento de que quizá también contra Alejandro se hubieran forjado documentos; y estaba dolidísimo por el sufrimiento, como quien por poco había matado también a su hermana por causa de Antípatro. Ya no aplazó, pues, tomar venganza por todo. Mas, cuando se disponía contra Antípatro, lo detuvo una grave enfermedad. Con todo, acerca de Acmé y de lo maquinado contra Salomé escribió a César. Y, pidiendo el testamento, lo reformó: designaba rey a Antipas, desatendiendo a los mayores, Arquelao y Filipo —pues a estos también los había calumniado Antípatro—. A César le asignó, junto con los regalos en dinero, mil talentos; a su mujer, sus hijos, amigos y libertos, unos quinientos; repartió también a todos los demás no poco de la tierra y del dinero; y con espléndidos dones honró a Salomé, su hermana. Estas correcciones, pues, hizo en el testamento.
La enfermedad le avanzaba hacia lo más penoso, ya que los males cayeron sobre él en la vejez y en el abatimiento; pues tenía ya casi setenta años y estaba humillado en el alma por las desgracias de sus hijos, hasta el punto de que ni aun sano se permitía placer alguno. Y era acicate de la enfermedad que Antípatro siguiera vivo, a quien había resuelto matar no de pasada, sino en cuanto se restableciera.
Se produjo, en medio de sus desgracias, también cierta insurrección popular. Había dos maestros en la ciudad, reputados sobre todo por su exactitud en las tradiciones patrias, y por ello considerados dignos de la mayor fama en todo el pueblo: Yehudá, hijo de Sepféreo, y Matityahu, hijo de Márgalo. A estos acudían no pocos jóvenes mientras exponían las leyes, y a diario congregaban un ejército de mozos. Estos, al enterarse entonces de que el rey se iba consumiendo en abatimiento y enfermedad, dejaron correr entre sus allegados la palabra de que era el momento más oportuno para vengar ya a Dios y derribar las obras erigidas contra las leyes patrias. Pues era ilícito que en el Templo hubiera imágenes, o bustos, o cualquier obra que llevara el nombre de un ser vivo; y el rey había hecho colocar, sobre la gran puerta, un águila de oro, que entonces los maestros los instaban a arrancar, diciendo que era hermoso, aunque surgiera algún peligro, morir por la ley patria; pues a quienes así mueren les queda el alma inmortal y la percepción entre los bienes por siempre, mientras que los innobles, e inexpertos en su propia sabiduría, por ignorancia se aferran a la vida y prefieren la muerte por enfermedad a la que llega por la virtud.
Al tiempo que estas palabras, se difundió también que el rey moría, de modo que los jóvenes emprendieron la empresa con más audacia. En pleno mediodía, pues, con muchos yendo y viniendo por el recinto sagrado, descolgándose desde el techo con gruesas cuerdas, se pusieron a arrancar a hachazos el águila de oro. Se anunció enseguida al general del rey, y aquel, subiendo a la carrera con una tropa no pequeña, prende a unos cuarenta jóvenes y los llevó ante el rey. Cuando este les preguntó, primero, si se habían atrevido a arrancar el águila de oro, lo confesaron. Luego, por orden de quién, respondieron: de la ley patria. Y al preguntarles por qué se alegraban así, estando a punto de ser ejecutados, dijeron que gozarían de mayores bienes tras la muerte.
Ante esto, el rey, por el exceso de ira sobreponiéndose a la enfermedad, sale a la asamblea y, acusando largamente a aquellos hombres de sacrílegos y de intentar, con el pretexto de la ley, algo mayor, exigía castigarlos como impíos. Pero el pueblo, temiendo que la pesquisa alcanzara a muchos, le pedía que, castigando primero a los que habían sugerido el acto y luego a los apresados en él, remitiera su ira a los demás. Se deja persuadir a duras penas el rey, y a quienes se habían descolgado los quemó vivos junto con los maestros; a los demás de los apresados los entregó a los ejecutores para que los mataran.
Desde entonces la enfermedad, apoderándose de todo su cuerpo, se repartía en sufrimientos varios: había fiebre, no violenta, un picor insoportable en toda la superficie de la piel y continuos dolores del colon; en torno a los pies, hinchazones como de un hidrópico; inflamación del vientre y, además, una putrefacción del miembro viril que engendraba gusanos; a esto se añadían la ortopnea, la dificultad de respirar y espasmos en todos los miembros, de modo que los que invocaban lo divino decían que las dolencias eran castigo por los maestros. Pero él, luchando con tantos sufrimientos, se aferraba con todo a la vida, esperaba la curación y discurría remedios. Cruzando, pues, el Yardén, usó las aguas termales de Calírroe —estas desembocan en el lago Asfaltites y, por su dulzura, son incluso potables—. Y, cuando allí les pareció bien a los médicos reconfortar todo el cuerpo con aceite caliente, al bajarlo relajado a una tina llena, se desvaneció y volvió los ojos como muerto. Alzándose un tumulto de sus cuidadores, se recobró a las voces, pero ya, desesperando de salvarse, mandó repartir cincuenta dracmas a cada soldado y mucho dinero a los jefes y amigos.
Él mismo, al regresar, llega a Yerijó ya presa de melancolía y, casi amenazando a la muerte misma, avanzó hasta el proyecto de una acción impía: reuniendo de cada aldea, de toda Judea, a los hombres notables en el llamado hipódromo, ordenó encerrarlos. Y, llamando a Salomé, su hermana, y al marido de esta, Alejas, dijo: «Sé que los judíos festejarán mi muerte; pero puedo ser llorado por otros y tener un espléndido funeral, si vosotros os avenís a servir mis órdenes. A estos hombres que aquí están custodiados, en cuanto yo expire, matadlos al punto, rodeándolos de soldados, para que toda Judea y toda casa, contra su voluntad, lloren por mí».
Esto encargaba, y de parte de los enviados en Roma llegaron cartas, por las cuales se hacía saber que Acmé había sido ejecutada por orden de César, y que Antípatro estaba condenado a muerte; escribían, sin embargo, que, si el padre prefería desterrarlo, César lo permitía. Él se reanimó un poco hacia el buen ánimo, pero de nuevo —pues lo consumían la falta de alimento y una tos convulsiva—, vencido por los dolores, se dispuso a adelantarse a su destino. Tomando una manzana, pidió también un cuchillito, pues acostumbraba comer cortándola; luego, mirando en derredor por si alguien lo impedía, levantó la diestra como para herirse. Pero, acudiendo a la carrera, se lo impidió Ajiav, su primo, sujetándole la mano. Se alzó al instante un enorme gemido por todo el palacio, como si el rey hubiera partido, y Antípatro, al oírlo pronto, cobra ánimo y, gozoso, suplicaba a los guardias que, a cambio de dinero, lo soltaran y lo dejaran ir. Pero el comandante no solo lo impidió, sino que corrió a anunciar al rey el complot. Aquel gritó con más fuerza que la enfermedad y, enviando al punto a los guardias, hace matar a Antípatro. Y, mandando enterrar su cadáver en Hircania, corrige de nuevo el testamento: escribe como sucesor a Arquelao, el hijo mayor y hermano de Antípatro, y como tetrarca a Antipas.
Tras la ejecución del hijo, sobreviviendo cinco días, muere, habiendo reinado —desde que, dando muerte a Antígono, se hizo con el poder— treinta y cuatro años, y desde que fue designado rey por los romanos, treinta y siete; y, si alguno lo fue jamás, gozó en todo lo demás de fortuna favorable —él, que, siendo un particular, conquistó un reino, lo conservó tanto tiempo y lo dejó a sus propios hijos—, pero en los asuntos de su casa fue el más desdichado.
Antes de conocerse su muerte, la tropa —tras adelantarse Salomé con su marido— liberó a los presos que el rey había mandado matar, diciendo que el rey había cambiado de parecer y que devolvía de nuevo a cada uno a los suyos. Idos estos, ya lo revelaron a los soldados y los reunieron en asamblea, con el resto de la multitud, en el anfiteatro de Yerijó. Allí, presentándose Tolomeo —a quien también se había confiado el anillo con el sello real—, ensalza la dicha del rey, exhorta a la multitud y leyó la carta dejada para los soldados, en la que mucho les encarecía la buena voluntad hacia el sucesor. Tras la carta, abriendo el codicilo, lo leyó: en él, Filipo era heredero de la Traconítide y de las regiones vecinas; tetrarca, como antes dijimos, Antipas; y rey se designaba a Arquelao. A este le encargaba llevar a César su propio anillo y las disposiciones del reino selladas, pues César era señor de cuanto hubiera dispuesto y garante del testamento; en lo demás, mantener lo de las disposiciones anteriores.
Se alzó de inmediato un clamor de los que se congratulaban con Arquelao, y en tropel los soldados, acercándose con la multitud, prometían su buena voluntad e imploraban también la de Dios; y después de esto se volvieron hacia la sepultura del rey. Arquelao no escatimó nada en fastuosidad, sino que sacó todo el aparato real para acompañar en procesión al cadáver: había un lecho todo de oro con incrustaciones de piedras, un cobertor de púrpura recamada, el cuerpo sobre él cubierto de púrpura, una diadema sobre la cabeza y, encima de ella, una corona de oro, y el cetro junto a la diestra. Y en torno al lecho iban los hijos y la muchedumbre de los parientes, y tras ellos los guardias, la tropa tracia, y germanos y galos, todos equipados como para la guerra. Delante marchaba el resto del ejército, armado, siguiendo en orden a los jefes y capitanes; y después de ellos, quinientos de los criados y libertos portando aromas. El cuerpo fue trasladado setenta estadios hasta el Herodión, donde, conforme a las órdenes, fue enterrado. Y tal fin tuvieron los asuntos de Herodes.
Capítulo II
Libro segundo
A Arquelao le suscitó nuevos disturbios la necesidad de partir hacia Roma. Después de guardar siete días de duelo por su padre y de ofrecer al pueblo un espléndido banquete fúnebre —costumbre que entre los judíos es causa de pobreza para muchos, pues hay que dar de comer a la multitud por obligación: quien lo omite es tenido por impío—, se vistió de blanco y subió al Templo, donde el pueblo lo recibió con toda suerte de aclamaciones.
Él saludó a la muchedumbre desde un alto estrado y un trono de oro, y les dio las gracias por el celo que habían mostrado en las exequias de su padre y por las atenciones que le dispensaban como a un rey ya seguro; con todo, dijo que por el momento se abstendría no solo de ejercer el poder, sino incluso de los títulos, hasta que César —que según el testamento es señor de todo— le confirmara la sucesión. Por eso —añadió— tampoco en Yerijó, cuando el ejército quiso ceñirle la diadema, la había aceptado; pero recompensaría con largueza su solicitud y su buena voluntad, tanto a los soldados como al pueblo, en cuanto los que mandan lo proclamaran rey en firme; pues se esforzaría por mostrarse en todo mejor que su padre para con ellos.
Complacido con esto, el pueblo puso enseguida a prueba su ánimo con grandes peticiones: unos pedían a gritos que aligerara los tributos, otros que suprimiera los impuestos, algunos que liberara a los presos. Él asintió de buena gana a todo, por congraciarse con la multitud. Después ofreció sacrificios y se puso a banquetear con sus amigos. Fue entonces cuando, al caer la tarde, se reunieron no pocos de los que estaban decididos a la revuelta y empezaron un duelo propio —cuando ya había cesado el del rey—, plañendo a los que Herodes había castigado por el águila de oro arrancada de la puerta del santuario.
El duelo no era discreto: gemidos penetrantes, un treno acompasado y golpes de pecho resonaban por toda la ciudad, como por hombres que —según decían— habían perecido en el fuego por las leyes de sus padres y por el santuario. Clamaban que había que vengarlos en los que Herodes había honrado, y que lo primero era destituir al sumo sacerdote que aquel había nombrado, pues les correspondía elegir a otro más piadoso y más puro.
Con esto Arquelao se irritó, pero contuvo la represalia por la urgencia de su partida, temeroso de que, si enemistaba a la multitud, el tumulto lo retuviera. Por eso intentó calmar a los sediciosos con persuasión más que con fuerza, y envió en secreto a su general para exhortarlos a que desistieran. Pero cuando este entró en el Templo, antes de que pudiera decir palabra, los amotinados lo echaron a pedradas, y lo mismo a cuantos se acercaban con él para amonestarlos. Arquelao envió a muchos más, y a todos respondían con ira, dejando claro que no se calmarían si conseguían reunir a la multitud.
Y, en efecto, al llegar la fiesta de los panes ácimos —que entre los judíos se llama Pésaj y comporta una enorme cantidad de sacrificios—, bajó del campo un pueblo incontable para el culto; y los que lloraban a los doctores de la ley se apiñaban en el Templo, alimentando la sedición. Temiendo esto Arquelao —que el mal se propagara por toda la multitud—, envió a escondidas a un tribuno con una cohorte, con orden de prender por la fuerza a los cabecillas de la sedición. Contra ellos se enardeció todo el pueblo: a muchos de la cohorte los mataron a pedradas, y el tribuno escapó a duras penas, herido.
Luego, como si nada grave hubiera ocurrido, volvieron al sacrificio; pero a Arquelao le pareció que ya no era posible dominar a la multitud sin derramamiento de sangre, y lanzó contra ellos todo el ejército: la infantería en masa por la ciudad, la caballería por la llanura. Estos, cayendo de improviso sobre cada uno mientras sacrificaba, mataron a unos tres mil y dispersaron al resto de la multitud hacia los montes vecinos. Detrás iban los heraldos de Arquelao ordenando a cada cual que se retirara a su casa, y todos se marcharon, abandonando la fiesta.
Él mismo bajó hacia el mar con su madre y con sus amigos Poplas, Tolomeo y Nicolao, dejando a Filipo como administrador del palacio y tutor de la casa. Con ellos partían también Salomé con sus hijos, y los sobrinos y yernos del rey, en apariencia para apoyar a Arquelao en su pleito por la sucesión, pero en realidad para acusarlo por las ilegalidades cometidas en el Templo.
En Cesarea les salió al encuentro Sabino, el procurador de Siria, que subía a Judea para hacerse cargo de los tesoros de Herodes. Varo le impidió seguir adelante, presentándose en persona —pues Arquelao lo había llamado por medio de Tolomeo, tras muchos ruegos—. Entonces Sabino, por complacer a Varo, ni se apresuró hacia las fortalezas ni cerró a Arquelao los tesoros del dinero paterno; prometió mantenerse tranquilo hasta la decisión de César y se quedó en Cesarea. Pero en cuanto los que se lo estorbaban se apartaron —uno marchó a Antioquía y Arquelao se embarcó rumbo a Roma—, Sabino corrió a toda prisa a Yerushaláyim, se apoderó del palacio y, convocando a los jefes de la guarnición y a los administradores, intentó examinar las cuentas del dinero y hacerse con las fortalezas. Pero los guardias no descuidaron las órdenes de Arquelao: siguieron custodiándolo todo, atribuyendo su vigilancia a César más que a Arquelao.
Entretanto Antipas, disputando de nuevo el reino, entabló pleito alegando que el testamento —en el que él mismo figuraba como rey— tenía más fuerza que el codicilo posterior. Salomé le había prometido de antemano su ayuda, y también muchos de los parientes que navegaban con Arquelao. Llevaba consigo a su madre y a Tolomeo, hermano de Nicolao, a quien se tenía por un peso decisivo por el crédito de que había gozado ante Herodes, pues había sido el más honrado de sus amigos. Con todo, en quien más confiaba, por su destreza en la oratoria, era en el retórico Ireneo; y por eso rechazó a los que le aconsejaban ceder ante Arquelao en atención a la primogenitura y a los codicilos. En Roma, el favor de todos los parientes —a quienes Arquelao resultaba odioso— se volvió hacia él; y sobre todo cada uno deseaba la autonomía bajo la administración de un gobernador romano, pero, si fallaban en esto, preferían que reinara Antipas. También Sabino colaboraba con ellos a tal fin por medio de cartas, acusando a Arquelao ante César y elogiando mucho a Antipas.
Redactados sus cargos, el grupo de Salomé los puso en manos de César; y tras ellos Arquelao, después de consignar por escrito los puntos principales de sus derechos, hizo llegar por medio de Tolomeo el anillo de su padre y las cuentas. César, tras sopesar en privado las alegaciones de ambos, la extensión del reino y la cuantía de las rentas, además del número de descendientes de Herodes, y después de haber leído de antemano lo que Varo y Sabino habían escrito al respecto, reunió un consejo de los romanos más principales —en el que por primera vez hizo sentar a Cayo, hijo adoptivo de Agripa y de su hija Julia— y les cedió la palabra.
Allí se levantó Antípatro, hijo de Salomé —el más temible orador de cuantos se oponían a Arquelao—, y lo acusó diciendo que de palabra Arquelao disputaba ahora el reino, pero que de hecho hacía tiempo que era rey, y que ahora se burlaba de los oídos de César; pues no lo había esperado como juez de la sucesión, ya que, tras la muerte de Herodes, había enviado en secreto a agentes que le ciñeran la diadema y, sentándose el primero en el trono y despachando como rey, había alterado los grados del ejército y concedido ascensos, y que, además, había concedido al pueblo todo cuanto pretendía obtener de un rey, y había soltado a los que su padre tenía presos por las causas más graves; y que ahora venía a pedir al soberano la sombra de un reino cuyo cuerpo ya se había arrebatado para sí, haciendo a César dueño no de los hechos, sino de los nombres.
Le reprochó también que se había burlado del duelo por su padre: de día componía el rostro en gesto de aflicción, pero de noche se emborrachaba hasta la orgía; y decía que el tumulto de la multitud había nacido de la indignación por todo esto. Y apoyó todo el peso de su discurso en la muchedumbre degollada en torno al Templo: habían acudido a la fiesta y fueron cruelmente inmolados junto a sus propios sacrificios; y tal montón de cadáveres se había amontonado en el Templo como no lo habría amontonado ni una guerra extranjera caída de improviso sin previa declaración. Esta crueldad suya —dijo— la había previsto ya su propio padre, que jamás lo había juzgado digno ni siquiera de la esperanza del reino, salvo cuando, más enfermo del alma que del cuerpo, no era dueño de un juicio sano y ni siquiera sabía a quién designaba por sucesor en sus codicilos; y eso cuando no podía reprochar nada al designado en el testamento, que había redactado sano de cuerpo y con el alma limpia de toda pasión. Pero aun cuando alguien tuviera por más válido el juicio del enfermo, Arquelao se había votado a sí mismo fuera del reino con los crímenes cometidos contra él; pues ¿qué clase de rey sería, recibiendo el poder de manos de César, quien antes de recibirlo había dado muerte a tantos?
Tras exponer muchas cosas de este tenor y presentar a la mayoría de los parientes como testigos de cada uno de los cargos, Antípatro puso fin a su discurso. Se levantó Nicolao en favor de Arquelao y declaró que la matanza del Templo había sido necesaria, pues los muertos se habían hecho enemigos no solo del reino, sino también de César, que lo estaba juzgando. En cuanto a las demás acusaciones, demostró que los propios acusadores habían sido sus consejeros. Y sostenía que el codicilo era válido, sobre todo por esta razón: porque en él Herodes constituía a César garante del sucesor; pues quien tenía tanta sensatez como para ceder su poder al señor de todo, no erraría, desde luego, en la elección de heredero; y quien elegía a su sucesor, conociendo a quien lo confirmaba, elegía con cordura.
Cuando Nicolao hubo expuesto todo, Arquelao se adelantó y, en silencio, se echó a los pies de César. Este lo levantó con mucha afabilidad y dio a entender que era digno de suceder a su padre, aunque no declaró nada en firme. Disuelto aquel día el consejo, César reflexionó a solas sobre lo que había oído: si debía nombrar sucesor a alguno de los mencionados en los testamentos, o repartir el poder entre toda la familia; pues el número de aspirantes parecía reclamar algún sostén.
Antes de que César resolviera nada sobre esto, murió de enfermedad Maltace, la madre de Arquelao, y llegaron de Siria cartas de Varo acerca de la sublevación de los judíos. Varo, que la había previsto —pues tras la travesía de Arquelao había subido a Yerushaláyim para contener a los agitadores, ya que era manifiesto que la multitud no se quedaría quieta—, dejó en la ciudad una de las tres legiones de Siria, la que llevaba consigo. Él mismo regresó a Antioquía; pero Sabino, presentándose allí, les dio un pretexto para la revuelta: forzaba a los guardias a entregar las fortalezas y rebuscaba con dureza el dinero real, confiado no solo en los soldados que Varo había dejado, sino también en una multitud de esclavos suyos, a todos los cuales armó y empleó como agentes de su codicia.
Al llegar Pentecostés —así llaman los judíos a cierta fiesta que cae tras siete semanas y toma su nombre del número de días—, no fue el culto acostumbrado lo que congregó al pueblo, sino la indignación. En efecto, corrió una multitud incontable desde Galilea y desde Idumea, desde Yerijó y desde Perea, al otro lado del Yardén; pero en número y en ardor de hombres los superaba el pueblo propio de la misma Judea. Repartidos en tres cuerpos, acamparon en tres puntos: por el lado norte del Templo, por el sur junto al hipódromo, y el tercer grupo junto al palacio, hacia poniente. Cercando a los romanos por todas partes, los tenían sitiados.
Sabino, atemorizado por su número y por su arrojo, enviaba mensajeros sin cesar a Varo, rogándole que acudiera pronto en su auxilio, pues, si se demoraba, la legión sería aniquilada; y él mismo, subido a la torre más alta de la fortaleza —que se llamaba Fasael, por el nombre del hermano de Herodes muerto a manos de los partos—, hacía desde allí señas a los soldados de la legión para que atacaran al enemigo; pues, del espanto, ni siquiera se atrevía a bajar hasta los suyos. Persuadidos, los soldados se lanzaron al Templo y trabaron una dura batalla con los judíos, en la cual, mientras nadie los hostigaba desde arriba, aventajaban por su pericia militar a aquellos inexpertos; pero cuando muchos judíos, subidos a los pórticos, les arrojaban proyectiles sobre la cabeza, muchos quedaron destrozados, y no era fácil ni defenderse de los que herían desde lo alto ni resistir a los que combatían cuerpo a cuerpo.
Acosados por ambos flancos, prendieron fuego a los pórticos —obras admirables por su magnitud y su suntuosidad—; y los que estaban sobre ellos, cercados de pronto por la llama, muchos perecieron en ella, muchos a manos del enemigo al saltar entre sus filas, algunos se despeñaron de espaldas muro abajo, y unos pocos, en su desesperación, se adelantaron al fuego con sus propias espadas; y cuantos se descolgaron de los muros y se abalanzaron sobre los romanos fueron presa fácil por su aturdimiento. Así, muertos unos y dispersados otros por el miedo, los soldados se arrojaron sobre el tesoro de Dios, ya abandonado, y saquearon unos cuatrocientos talentos, de los cuales Sabino recogió todo lo que no fue hurtado.
Pero esta destrucción de obras y de hombres reunió contra los romanos a muchos más judíos, y más aguerridos; y, rodeando el palacio, amenazaban con matarlos a todos si no se marchaban cuanto antes; pues ofrecían salvoconducto a Sabino, si quería salir con la legión. La mayoría de las tropas reales se pasó a ellos por deserción. Pero la parte más aguerrida —tres mil sebastenos, y al frente de ellos Rufo y Grato: uno con la infantería de las tropas reales bajo su mando, Rufo con la caballería, siendo cada uno, aun sin la fuerza que le obedecía, un peso decisivo por su valor y su pericia en la guerra— se pasó a los romanos. Los judíos, pues, apretaban el asedio de los muros, atacando a la vez la fortaleza y gritando a los hombres de Sabino que se fueran y no les cerraran el paso, ahora que, después de tanto tiempo, recobraban su independencia ancestral. A Sabino le habría gustado escabullirse, pero desconfiaba de las promesas y sospechaba que su mansedumbre era un cebo para una emboscada; y, a la vez, con la esperanza del socorro de Varo, prolongaba el asedio.
Entretanto también los asuntos del país se agitaban en muchos lugares, y la coyuntura incitaba a muchos a ambicionar el trono. En Idumea, dos mil de los que en otro tiempo habían servido a las órdenes de Herodes se juntaron en armas y combatían contra las tropas reales, a las que Aquiab, primo del rey, hacía la guerra desde las posiciones más escarpadas, evitando el choque en campo abierto; en Séforis de Galilea, Yehudá, hijo de Jizkiyahu —el cabecilla de bandidos que en otro tiempo asolaba la comarca y fue reducido por el rey Herodes—, reunió una tropa nada escasa, forzó los arsenales reales y, armando a los suyos, atacaba a quienes aspiraban al poder.
En Perea, un tal Shimón, uno de los esclavos reales, confiado en la hermosura y la talla de su cuerpo, se ciñó una diadema y, recorriendo la región con los bandidos que había reunido, incendió el palacio real de Yerijó y muchas otras de las lujosas mansiones, procurándose con facilidad botín del fuego. Y habría llegado a incendiar toda vivienda hermosa, si Grato, el comandante de la infantería real, tomando a los arqueros de la Traconítide y a los más aguerridos de los sebastenos, no le hubiera salido al paso. Muchos de los pereos perecieron en la batalla, y al propio Shimón, que huía por un barranco empinado, Grato lo cortó por un flanco y, golpeándolo en el cuello mientras huía, se lo cercenó. También ardieron los palacios cercanos al Yardén, en Betaramata, cuando se juntaron otros hombres de Perea.
Entonces también un pastor se atrevió a reclamar la realeza; se llamaba Atrongeo, y lo que alimentaba su esperanza eran la fuerza del cuerpo y un ánimo que despreciaba la muerte, y además cuatro hermanos semejantes a él. A cada uno de estos le adjudicó una compañía armada y se servía de ellos como de generales y sátrapas para las correrías, mientras él, como un rey, se ocupaba de los asuntos más solemnes. Fue entonces cuando se ciñó una diadema, y después continuó no poco tiempo asolando el país con sus hermanos; y su objetivo primordial era matar, tanto a romanos como a las tropas reales, y tampoco escapaba ningún judío que cayera en sus manos llevando algo de provecho. Una vez se atrevieron a rodear a toda una compañía de romanos en Emaús; estos transportaban trigo y armas a la legión. A su centurión, Ario, y a cuarenta de los más valientes los abatieron a flechazos; los demás, en peligro de correr la misma suerte, escaparon gracias al auxilio de Grato con los sebastenos. Después de causar muchos estragos de esta clase a los del país y a los extranjeros a lo largo de toda la guerra, con el tiempo tres de ellos fueron reducidos: el mayor por Arquelao, y los dos siguientes al caer en manos de Grato y de Tolomeo; el cuarto se entregó a Arquelao bajo palabra. Este fue, en efecto, el fin que más tarde les aguardaba; pero por entonces llenaban toda Judea de una guerra de bandidos.
Cuando Varo recibió las cartas de Sabino y de los oficiales, le entró temor por la legión entera y se apresuró en su socorro. Tomando las dos legiones restantes y los cuatro escuadrones de caballería que las acompañaban, marchó hacia Ptolemaida, con orden de que también los auxiliares de los reyes y príncipes se reunieran allí; y, al atravesar la ciudad de Berito, sumó mil quinientos hoplitas de los beritios. Cuando en Ptolemaida se le hubo reunido el resto de la tropa aliada, y por su odio a Herodes también Aretas el árabe, que traía no pequeña fuerza de caballería e infantería, envió enseguida parte del ejército a Galilea, que linda con Ptolemaida, y por comandante a Cayo, uno de sus amigos, el cual puso en fuga a los que le hicieron frente y, tomando la ciudad de Séforis, la incendió y redujo a esclavitud a sus habitantes.
Con toda su fuerza el propio Varo avanzó hacia Shomrón, y respetó la ciudad al hallar que no se había alterado en medio de los tumultos generales, y acampó junto a cierta aldea llamada Arús; era propiedad de Tolomeo, y por eso los árabes la saquearon, enfurecidos incluso contra los amigos de Herodes. Desde allí avanzó hacia Safo, otra aldea fortificada, que saquearon igualmente, junto con todos los lugares vecinos con que topaban. Todo estaba lleno de fuego y de matanza, y nada resistía al pillaje de los árabes. También Emaús fue incendiada, tras huir sus habitantes, por orden de Varo, en venganza por los muertos en torno a Ario.
Desde allí, al avanzar hacia Yerushaláyim, con solo dejarse ver con su fuerza dispersó los campamentos de los judíos. Y estos se marcharon huyendo por la comarca; pero los de la ciudad lo recibieron e intentaron descargarse de la culpa de la sublevación, alegando que ellos mismos no habían promovido ningún alboroto, sino que por causa de la fiesta habían tenido que acoger a la multitud por necesidad, y que habían sido sitiados junto con los romanos más que combatir del lado de los rebeldes. Le habían salido antes al encuentro Yosef, primo de Arquelao, y Rufo junto con Grato, que conducían, además del ejército real, también a los sebastenos, y asimismo los de la legión romana formados a la usanza acostumbrada; pues Sabino, no atreviéndose siquiera a comparecer ante Varo, se había adelantado a salir de la ciudad hacia el mar.
Varo envió una parte del ejército por el país contra los promotores del alboroto, y, traídos muchos, a los que parecían menos revoltosos los encarceló, pero a los más culpables, unos dos mil, los crucificó. Se le comunicó que en Idumea aún se mantenían reunidos diez mil hoplitas. Al comprobar que los árabes no se comportaban como aliados, sino que hacían la guerra por su propia pasión y, más allá de sus intenciones, dañaban el país por odio a Herodes, los despidió, y con sus propias legiones se apresuró contra los sublevados. Pero ellos, antes de llegar a las manos, por consejo de Aquiab se entregaron; y Varo perdonó a la multitud sus culpas, pero envió a los cabecillas ante César para ser interrogados. César perdonó a los demás, pero mandó castigar a algunos de los parientes del rey —pues había entre ellos algunos emparentados con Herodes por sangre—, porque habían hecho la guerra contra su propio rey. Varo, pues, tras ordenar de este modo los asuntos de Yerushaláyim y dejar como guarnición la misma legión de antes, regresó a Antioquía.
Contra Arquelao surgió en Roma otro pleito con los judíos, quienes antes de la sublevación, con permiso de Varo, habían salido como embajadores en pro de la autonomía de la nación; los presentes eran cincuenta, pero los apoyaban más de ocho mil de los judíos residentes en Roma. Cuando César hubo reunido un consejo de los romanos principales y de sus amigos en el templo de Apolo, en el Palatino —edificio propio suyo, adornado con admirable suntuosidad—, la muchedumbre judía se colocó junto a los embajadores, y enfrente, con sus amigos, Arquelao; pero los amigos de sus parientes no se pusieron de ninguno de los dos lados, pues por odio y envidia no soportaban colocarse junto a Arquelao, y a la vez les daba vergüenza ser vistos por César entre los acusadores. Con estos estaba también Filipo, hermano de Arquelao, enviado por delante por benevolencia de Varo con dos fines: apoyar a Arquelao y, en caso de que César repartiera la casa de Herodes entre todos los descendientes, ser considerado digno de alguna parte.
Autorizados a hablar, los acusadores expusieron primero los desafueros de Herodes, diciendo que habían soportado no a un rey, sino al más cruel de cuantos jamás habían ejercido la tiranía; pues, habiendo dado muerte a muchísimos, a los que dejó con vida les había hecho padecer tales cosas que tenían por dichosos a los muertos; pues había torturado no solo los cuerpos de sus súbditos, sino también las ciudades: las propias las había mutilado, y las de los extranjeros las había embellecido, y había regalado la sangre de Judea a pueblos de fuera. En lugar de la antigua prosperidad y de las leyes patrias, había colmado a la nación de pobreza y de la más extrema iniquidad; y, en suma, los judíos habían soportado de Herodes, en pocos años, más desgracias que las que sus antepasados habían padecido en todo el tiempo transcurrido desde el regreso de Bavel, cuando volvieron en el reinado de Jerjes.
Y, sin embargo, habían llegado a tal grado de resignación y de hábito de la desdicha que se habían sometido incluso a una sucesión, elegida por ellos mismos, de aquella amarga esclavitud; a Arquelao, en efecto, hijo de tan gran tirano, lo habían saludado de buen grado como rey tras la muerte de su padre, y habían llorado con él la muerte de Herodes y unido sus votos por su sucesión. Pero él, como si temiera parecer hijo bastardo de Herodes, había inaugurado su reinado con la matanza de tres mil ciudadanos, y había presentado a Dios tantas víctimas por causa del poder, y había llenado el Templo de tantos cadáveres en plena fiesta. Los que quedaron con vida tras tantos males, con razón se habían vuelto por fin hacia sus desgracias, y querían, según la ley de la guerra, recibir los golpes de frente; y suplicaban a los romanos que se compadecieran de los restos de Judea y no arrojaran lo que de ella quedaba a quienes la desgarraban con crueldad, sino que, uniendo su tierra a Siria, la administraran mediante gobernadores propios; pues demostrarían que los ahora tachados de sediciosos y belicosos sabían soportar a gobernadores moderados.
Los judíos, pues, cerraron su acusación con semejante petición. Nicolao, levantándose, absolvió a los reyes de los cargos, pero acusó a la nación de ser difícil de gobernar y de ser por naturaleza rebelde a sus reyes. Y de paso denunció también a los parientes de Arquelao que se habían pasado a los acusadores. Entonces César, oídas ambas partes, disolvió el consejo; y pocos días después dio a Arquelao la mitad del reino, nombrándolo etnarca, y prometiéndole hacerlo también rey, si se mostraba digno; la otra mitad la dividió en dos tetrarquías y las dio a otros dos hijos de Herodes: una a Filipo, la otra a Antipas, el que disputaba el reino con Arquelao.
Bajo este último quedaban Perea y Galilea, con una renta de doscientos talentos; en cambio Batanea, la Traconítide, la Auranítide y ciertas partes de la casa de Zenón —las de los alrededores de Ínano—, con una renta de cien talentos, se asignaron a Filipo. De la etnarquía de Arquelao formaban parte Idumea, toda Judea y la región de Shomrón, aliviada de una cuarta parte del tributo en premio por no haberse sublevado con los demás. Como ciudades sujetas recibió la Torre de Estratón, Sebaste, Yafo y Yerushaláyim; pues las ciudades griegas —Gaza, Gádara e Hipos— las separó del reino y las agregó a Siria. La renta del territorio dado a Arquelao era de cuatrocientos talentos. Salomé, además de lo que el rey le había dejado en su testamento —Yavne, Ashdod y la Fasaélide—, fue declarada señora; y César le concedió también el palacio de Ascalón. De todo esto se reunía una renta de sesenta talentos; pero su patrimonio lo puso bajo la toparquía de Arquelao. Del resto de la familia de Herodes, cada uno recibió lo que le había sido legado en el testamento. A dos de sus hijas doncellas César, por añadidura, concedió quinientas mil piezas de plata, y las casó con los hijos de Feroras. Tras la herencia familiar, repartió también entre ellos el legado que Herodes le había dejado a él mismo, de mil talentos, reservándose solo algunas alhajas de escaso valor en honor del difunto.
Por aquel tiempo, cierto joven, judío de nacimiento pero criado en Sidón en casa de un liberto romano, valiéndose de un parecido de rostro y haciéndose pasar falsamente por Alejandro —el que Herodes mandó matar—, llegó a Roma con la esperanza de pasar inadvertido. Tenía por cómplice a un compatriota, conocedor de todos los asuntos del reino, aleccionado por el cual afirmaba que los enviados a matarlo a él y a Aristóbulo, movidos de compasión, los habían sacado a escondidas, sustituyéndolos por cuerpos semejantes. Con estos cuentos, pues, engañó a los judíos de Creta y, provisto espléndidamente de recursos, cruzó a Melos; allí, tras recaudar mucho más por lo desmedido de la credulidad, convenció incluso a sus anfitriones particulares de que se embarcaran con él rumbo a Roma. Desembarcado en Dicearquia, recibió gran abundancia de regalos de los judíos de allí y, como un rey, fue escoltado por los amigos de su padre. Hasta tal punto había avanzado en verosimilitud el parecido, que quienes habían visto a Alejandro y lo conocían con certeza juraban que este era él.
Toda la comunidad judía de Roma se derramó a verlo, y había una muchedumbre incontable en las callejuelas por las que era conducido; pues los melios llegaron a tal grado de delirio que lo llevaban en litera y le proporcionaban un séquito regio a sus propias expensas. Pero César, que conocía con exactitud los rasgos de Alejandro —pues Herodes lo había acusado ante él—, advirtió, aun antes de ver al hombre, el engaño del parecido; con todo, concediendo algo a las esperanzas más halagüeñas, envió a un tal Celado, uno de los que conocían bien a Alejandro, con orden de traerle al joven. En cuanto lo vio, descubrió al punto las diferencias del rostro y, al observar que todo el cuerpo era más tosco y de aspecto servil, comprendió toda la trama; y la osadía de lo que el hombre decía lo irritó sobremanera; pues a los que preguntaban por Aristóbulo respondía que también él estaba a salvo, pero que había quedado a propósito en Chipre, precaviéndose de las conjuras, ya que separados eran menos vulnerables a un ataque.
Llevándolo aparte, en privado, le dijo: «César te concede la vida como recompensa por delatar a quien te indujo a extraviarte en semejantes embustes». Y él, diciendo que lo revelaría, lo siguió hasta César y señaló al judío que se había servido de su parecido para lucrarse; pues había recibido en cada ciudad más regalos que los que en vida recibió Alejandro. César, riéndose de esto, alistó al falso Alejandro entre los remeros por su buena constitución, y mandó ejecutar al que lo había persuadido; en cuanto a los melios, los gastos les bastaron de castigo por su necedad.
Después de hacerse cargo de la etnarquía, Arquelao, recordando las viejas rencillas, trató con crueldad no solo a los judíos, sino también a los samaritanos; y, tras enviar unos y otros embajadas contra él ante César, en el noveno año de su gobierno fue desterrado a Viena, una ciudad de la Galia, y sus bienes fueron ingresados en los tesoros de César. Antes de ser convocado por César, cuentan que tuvo un sueño de este tenor: le pareció ver nueve espigas llenas y grandes que unos bueyes devoraban. Mandando llamar a los adivinos y a algunos caldeos, les preguntó qué creían que significaba. Como los intérpretes discrepaban, cierto Shimón, esenio de linaje, dijo que las espigas significaban años, y los bueyes un cambio de las cosas, porque al arar la tierra la revuelven; de modo que reinaría tantos años como espigas y, tras pasar por diversos vuelcos de fortuna, moriría. Al oír esto, Arquelao, cinco días después, fue citado a juicio.
He juzgado digno de mención también el sueño de su mujer Glafira, que era hija de Arquelao, rey de Capadocia, y había sido primero esposa de Alejandro —el cual era hermano del Arquelao de que tratamos, e hijo del rey Herodes, por quien también fue ejecutado, como ya hemos referido—. Tras la muerte de este casó con Juba, el rey de Libia; y, muerto Juba, cuando había regresado y vivía viuda en casa de su padre, el etnarca Arquelao, al verla, se enamoró de tal manera que enseguida repudió a Mariamna, que convivía con él, y la tomó por esposa. Llegada, pues, a Judea, poco tiempo después de su venida le pareció que Alejandro se le presentaba y le decía: «Te habría bastado con el matrimonio de Libia; pero tú, no conforme con aquello, vuelves de nuevo a mi hogar, habiendo elegido un tercer marido y, mujer temeraria, a mi propio hermano. Mas no pasaré por alto el ultraje, sino que te recobraré, quieras o no». Tras contar este sueño, apenas vivió dos días.
Reducido el territorio de Arquelao a provincia, fue enviado como procurador Coponio, del orden ecuestre entre los romanos, con autoridad recibida de César hasta para dar muerte. Bajo su mando, cierto hombre, un galileo llamado Yehudá, incitó a los del país a la rebelión, censurándolos por que consintieran en pagar tributo a los romanos y, después de Dios, soportaran señores mortales. Era maestro de una secta propia, en nada semejante a las demás.
Pues tres son las escuelas de filosofía que se cultivan entre los judíos: de una son secuaces los fariseos, de otra los saduceos, y la tercera —que en verdad pasa por practicar mayor austeridad— son los llamados esenios, judíos de raza, pero más entregados al amor mutuo que los demás. Estos rehúyen los placeres como un vicio, y tienen por virtud el dominio de sí y el no ceder a las pasiones. Entre ellos se desdeña el matrimonio, pero acogen a los hijos ajenos cuando todavía son tiernos y aptos para la enseñanza, los consideran parientes y les imprimen sus propias costumbres, sin abolir el matrimonio ni la descendencia que de él procede, pero guardándose de la lascivia de las mujeres y persuadidos de que ninguna mantiene su fidelidad a un solo hombre.
Son despreciadores de la riqueza, y admirable es entre ellos la comunidad de bienes; ni es posible hallar entre ellos a nadie que sobresalga en posesiones, pues hay una ley por la que quienes entran en la secta ceden su hacienda a la orden, de modo que en todos ellos no se ve ni la humillación de la pobreza ni el exceso de la riqueza, sino que, mezclados los bienes de cada uno, hay un solo patrimonio, como entre hermanos, para todos. Tienen el aceite por una mancha, y si alguno es ungido contra su voluntad, se restriega el cuerpo; pues tienen por bueno andar sin acicalar y vestir siempre de blanco. Por votación a mano alzada se eligen los administradores de los asuntos comunes, y cada uno, sin distribución de cargos, sirve a las necesidades de todos.
No tienen una sola ciudad, sino que en cada una habitan muchos de ellos como forasteros residentes. Y a los correligionarios que llegan de otra parte les está abierto todo cuanto poseen, igual que si fuera propio, y entran en casa de quienes nunca antes han visto como si fueran sus más íntimos; por eso hacen sus viajes sin llevar consigo absolutamente nada, aunque armados a causa de los bandidos. En cada ciudad se designa expresamente a un encargado de la orden para los forasteros, que les dispensa ropa y víveres. Su porte y su aspecto corporal son como los de los niños educados bajo temor. No mudan ni los vestidos ni el calzado hasta que los anteriores se rompen del todo o se consumen con el tiempo.
Entre ellos nadie compra ni vende a otro; cada cual entrega lo que tiene a quien lo necesita y recibe a cambio lo que le es útil de aquel; y aun sin ese trueque pueden tomar libremente cuanto quieran de quien deseen.
Hacia lo divino son piadosos de un modo peculiar: antes de que salga el sol no pronuncian ninguna palabra profana, sino que le dirigen ciertas plegarias heredadas de sus padres, como si le suplicaran que se alzase. Después de esto, los encargados los envían cada uno al oficio que conoce, y tras trabajar con empeño hasta la hora quinta vuelven a reunirse en un mismo lugar; se ciñen con lienzos de lino y así lavan su cuerpo con aguas frías, y tras esa purificación entran en una casa propia, donde a ninguno de otra creencia le está permitido pasar; y ellos mismos, ya puros, acuden al comedor como a un recinto sagrado. Cuando se han sentado en silencio, el panadero dispone los panes por orden, y el cocinero coloca ante cada uno un solo plato con un solo manjar. El sacerdote pronuncia una bendición antes de la comida, y no es lícito probar bocado antes de la oración; terminado el almuerzo, vuelve a orar. Al empezar y al acabar honran a Dios como dispensador de la vida. Luego, dejando a un lado sus vestiduras como cosas sagradas, se vuelven de nuevo al trabajo hasta la tarde. Cenan del mismo modo al regresar, y con ellos se sientan los huéspedes, si acaso están presentes. Ni grito ni tumulto mancha jamás la casa, y ceden la palabra unos a otros por turno. A los de fuera, el silencio de los de dentro se les aparece como un misterio temible; y la causa de ello es su continua sobriedad y el que la comida y la bebida se les midan solo hasta saciarse.
En lo demás, nada hacen sin que lo ordenen los encargados; pero dos cosas quedan a su propio arbitrio: el socorro y la misericordia. Pues auxiliar a los que lo merecen cuando lo necesitan, y ofrecer alimento a los que carecen de él, les está permitido por sí mismos; en cambio, las dádivas a los parientes no pueden hacerse sin los administradores. Justos dispensadores de la ira, dueños de su cólera, defensores de la lealtad, servidores de la paz. Todo lo que dicen tiene más fuerza que un juramento, y el jurar lo evitan, por tenerlo por peor que el perjurio; pues dicen que ya está condenado aquel a quien no se cree sin invocar a Dios. Se afanan de un modo extraordinario en los escritos de los antiguos, escogiendo sobre todo los provechosos para el alma y para el cuerpo; de ahí que, para la curación de las dolencias, investiguen las raíces que sirven de remedio y las propiedades de las piedras.
A los que aspiran a su secta no se les da paso enseguida, sino que, dejándolos un año fuera, les imponen el mismo régimen de vida, y les entregan una pequeña azuela, el ceñidor ya mencionado y una vestidura blanca. Cuando en ese tiempo ha dado prueba de dominio de sí, se acerca más a su forma de vida y participa de aguas más puras para la purificación, pero todavía no es admitido a la convivencia. Pues tras la demostración de firmeza se somete su carácter a prueba durante otros dos años, y solo cuando se ha mostrado digno es admitido en la comunidad. Antes de tocar el alimento común, presta ante ellos juramentos terribles: primero, que será piadoso hacia lo divino; luego, que guardará la justicia para con los hombres, que a nadie dañará ni por decisión propia ni por orden ajena, que odiará siempre a los injustos y luchará junto a los justos; que mantendrá siempre la lealtad hacia todos, y sobre todo hacia los que mandan —pues a nadie le llega el poder sin Dios—, y que, si él mismo llega a mandar, jamás abusará de su autoridad ni se distinguirá de sus subordinados por vestidura alguna o mayor ornato. Que amará siempre la verdad y desenmascarará a los mentirosos; que mantendrá sus manos limpias de robo y su alma libre de ganancia impía; que nada ocultará a los de su secta ni revelará a otros nada de ellos, aunque se lo fuercen hasta la muerte. Además de esto, jura no transmitir a nadie las doctrinas de otro modo que como él mismo las recibió, abstenerse del bandidaje y conservar por igual los libros de su secta y los nombres de los ángeles. Con tales juramentos aseguran a los que ingresan.
A los sorprendidos en faltas graves los expulsan de la comunidad; y el expulsado perece muchas veces de la muerte más lamentable, pues, atado por los juramentos y las costumbres, ni siquiera puede participar del alimento de los demás; comiendo hierba y consumido el cuerpo por el hambre, se va deshaciendo. Por eso, apiadados de muchos, los han recibido de nuevo cuando estaban en sus últimos alientos, considerando suplicio bastante por sus faltas ese tormento hasta el umbral de la muerte.
En los juicios son escrupulosísimos y justos, y para juzgar se reúnen no menos de cien, y lo que ellos deciden es inamovible. Grande es entre ellos la veneración, después de Dios, por el nombre del legislador, y si alguno lo blasfema es castigado con la muerte. Obedecer a los ancianos y a la mayoría lo tienen por bueno: si diez están sentados juntos, ninguno hablaría contra la voluntad de los nueve. Se guardan de escupir en medio de ellos o hacia el lado derecho, y de tocar trabajo alguno en shabat más rigurosamente que todos los judíos; pues no solo se preparan la comida la víspera, para no encender fuego aquel día, sino que ni siquiera se atreven a mover un utensilio ni a hacer sus necesidades. Los demás días cavan con la azadilla —tal es la pequeña azuela que dan a los recién ingresados— un hoyo de un pie de hondo, y, cubriéndose con el manto para no ofender los rayos de Dios, se acomodan sobre él. Luego arrastran de nuevo hacia el hoyo la tierra excavada; y esto lo hacen escogiendo los lugares más apartados. Y aunque la evacuación de los desechos es cosa natural, tienen por costumbre lavarse después de ella como si se hubieran manchado.
Están divididos, según el tiempo de su formación, en cuatro grados, y de tal modo son los más recientes inferiores a los más antiguos, que si estos son tocados por aquellos se lavan como si se hubieran mezclado con un extraño. Son de larga vida —la mayoría pasan de cien años—, por la sencillez de su régimen, según me parece, y su buen orden; y desprecian los peligros, venciendo los dolores con la fortaleza de ánimo, y teniendo la muerte, si llega con gloria, por mejor que la inmortalidad. La guerra contra los romanos probó sus almas en todo: descoyuntados y retorcidos, quemados y quebrantados, sometidos a todos los instrumentos de tortura para que blasfemaran del legislador o comieran algo prohibido, no consintieron en padecer ni lo uno ni lo otro, ni tampoco jamás en adular a sus verdugos ni en llorar. Sonriendo entre los dolores y burlándose de los que les aplicaban los suplicios, entregaban el alma con buen ánimo, como quien va a recobrarla de nuevo.
Pues está firmemente arraigada entre ellos esta creencia: que los cuerpos son corruptibles y su materia no permanente, pero que las almas perduran inmortales para siempre; que, venidas del éter más sutil, quedan enredadas en los cuerpos como en prisiones, atraídas por cierto encanto natural; y que, cuando se sueltan de las ataduras de la carne, entonces, como liberadas de una larga esclavitud, se alegran y se elevan a lo alto. Y de acuerdo con los hijos de los griegos, declaran que a las almas buenas les está reservada una morada más allá del océano, un lugar que no oprimen ni las lluvias ni las nieves ni los calores, sino que un suave céfiro, soplando siempre desde el océano, lo refresca; en cambio, a las malas les asignan un rincón tenebroso y tempestuoso, colmado de castigos incesantes. Me parece que con esa misma idea los griegos reservaron a sus valientes, a los que llaman héroes y semidioses, las islas de los Bienaventurados, y a las almas de los malvados, en el Hades, el lugar de los impíos, donde también cuentan sus fábulas de algunos que sufren castigo, Sísifos y Tántalos, Ixiones y Titios: primero, para sostener que las almas son eternas; luego, para exhortar a la virtud y apartar del vicio. Pues los buenos se hacen mejores en la vida por la esperanza de un premio también tras la muerte, y a los malos se les refrenan los ímpetus por el temor de que, aun si en vida pasan inadvertidos, tras la disolución habrán de sufrir un castigo inmortal. Esto es lo que los esenios enseñan acerca del alma, tendiendo un cebo inevitable a quienes una vez han gustado de su sabiduría.
Hay entre ellos quienes prometen además conocer de antemano lo por venir, adiestrados en libros sagrados, en diversas purificaciones y en las sentencias de los profetas; y rara vez, si acaso, yerran en sus predicciones. Existe también otro orden de esenios, que coincide con los demás en régimen, costumbres y leyes, pero disiente en cuanto al matrimonio; pues piensan que quienes no se casan cercenan la parte más importante de la vida, la sucesión, y más aún, que si todos pensaran lo mismo el género humano se extinguiría muy pronto. Sin embargo, ponen a prueba a sus esposas durante tres años, y solo cuando se han purificado tres veces, en señal de que pueden concebir, las toman. No se unen a las que están encinta, mostrando que se casan no por placer, sino por necesidad de hijos. Las mujeres se bañan cubiertas con vestiduras, como los hombres con un ceñidor. Tales son las costumbres de este orden.
De las dos primeras escuelas, los fariseos son los que pasan por interpretar las leyes con exactitud y constituyen la primera; atribuyen todo al destino y a Dios, y sostienen que el obrar con justicia o no depende en su mayor parte de los hombres, aunque en cada acto también coopera el destino; que toda alma es incorruptible, pero que solo la de los buenos pasa a otro cuerpo, mientras que las de los malos son castigadas con un suplicio eterno. Los saduceos, la segunda escuela, suprimen por completo el destino y colocan a Dios fuera del hacer o siquiera contemplar mal alguno; afirman que el bien y el mal están puestos ante la elección de los hombres, y que cada cual se acerca a uno u otro según su propio parecer. Niegan la persistencia del alma y los castigos y recompensas en el Hades. Los fariseos son afables entre sí y cultivan la concordia con el conjunto; en los saduceos, en cambio, el carácter es más áspero aun entre ellos mismos, y su trato con los iguales es tan hosco como con los extraños. Esto es lo que tenía que decir acerca de los que filosofan entre los judíos.
Cuando la etnarquía de Arquelao se convirtió en provincia, los demás —Filipo y Herodes, el llamado Antipas— gobernaban cada uno su tetrarquía. Salomé, al morir, dejó a Julia, esposa de Augusto, su propia toparquía, además de Yavne y los palmerales de Fasaélide. Al pasar el gobierno de los romanos a Tiberio, hijo de Julia, tras la muerte de Augusto —que había regido los asuntos cincuenta y siete años, seis meses y dos días—, y permaneciendo Herodes y Filipo en sus tetrarquías, este último funda, junto a las fuentes del Yardén, en Paneas, la ciudad de Cesarea, y en la Gaulanítide inferior, Julias; y Herodes funda en Galilea Tiberíades, y en Perea otra que lleva el nombre de Julia.
Pilato, enviado a Judea como procurador por Tiberio, introdujo de noche en Yerushaláyim, cubiertas, las imágenes del César, que se llaman estandartes. Esto, de día, suscitó una enorme agitación entre los judíos: los que estaban cerca quedaron pasmados ante aquella visión, como si se hubieran pisoteado sus leyes —pues no admiten que se coloque ninguna imagen en la ciudad—, y a la indignación de los de la ciudad se sumó, en masa, el pueblo del campo, que acudió en tropel. Se dirigieron a Pilato, a Cesarea, y le suplicaron que sacara de Yerushaláyim los estandartes y les respetara sus tradiciones. Como Pilato se negaba, se echaron boca abajo en torno a su casa y permanecieron inmóviles cinco días con sus cinco noches. Al día siguiente, Pilato, sentado en el tribunal en el gran estadio y llamando a la multitud como si quisiera darles respuesta, hizo a los soldados, según lo convenido, la señal de rodear a los judíos con las armas. Rodeados por la falange en tres filas, los judíos quedaron mudos ante lo inesperado del espectáculo; y Pilato, diciendo que los haría degollar si no aceptaban las imágenes del César, indicó a los soldados que desenvainaran las espadas. Pero los judíos, como de común acuerdo, se arrojaron todos a tierra en masa e, inclinando el cuello, gritaban que estaban prontos a dejarse matar antes que transgredir la ley. Pilato, admirado en extremo por lo inquebrantable de su devoción, ordenó que se sacaran al punto los estandartes de Yerushaláyim.
Después de esto provocó otra revuelta al gastar el tesoro sagrado —llamado corbonás— en una conducción de aguas: la traía desde cuatrocientos estadios. Ante ello hubo indignación en la multitud y, hallándose Pilato en Yerushaláyim, rodearon el tribunal y clamaban contra él. Pero él, que había previsto la agitación, había mezclado entre la multitud soldados armados encubiertos con vestidos de particulares, y, prohibiéndoles usar la espada pero ordenándoles golpear con garrotes a los que gritaran, dio la señal desde el tribunal. Golpeados, muchos judíos perecieron por los palos, y muchos, en la huida, pisoteados por los suyos mismos. Ante la desgracia de los muertos, la multitud, aterrada, enmudeció.
Por entonces Agripa, hijo de aquel Aristóbulo al que su padre Herodes había dado muerte, se presenta ante Tiberio como acusador de Herodes el tetrarca. Como Tiberio no admitió la acusación, se quedó en Roma y cultivaba a los demás notables, y sobre todo al hijo de Germánico, Cayo, que todavía era un particular. Y una vez, agasajándolo en un banquete, tras muchas muestras de afecto, terminó alzando las manos y rogó abiertamente ver pronto a Cayo como señor del mundo entero, muerto ya Tiberio. Uno de sus criados lo denunció a Tiberio, y este, indignado, encarceló a Agripa y lo tuvo con malos tratos seis meses en prisión, hasta que él mismo murió, tras haber gobernado veintidós años, seis meses y tres días.
Proclamado Cayo César, libera a Agripa de las cadenas y lo nombra rey de la tetrarquía de Filipo, pues este había muerto. Llegado al poder, Agripa despertó con su ejemplo las ambiciones de Herodes el tetrarca. Empujaba a este a la esperanza del reino sobre todo su mujer, Herodías, echándole en cara su indolencia y diciendo que, por no querer navegar hasta el César, se privaba de un poder mayor: si a Agripa, de particular lo había hecho rey, ¿acaso vacilaría en hacer otro tanto con él, que era tetrarca? Persuadido por esto, Herodes fue a ver a Cayo, quien lo castigó por su codicia con el destierro a la Galia; pues Agripa lo había seguido como acusador, y a él le añadió Cayo la tetrarquía de aquel. Y Herodes murió en la Galia, adonde también su mujer lo había acompañado en el exilio.
Cayo César llegó a tal extremo de insolencia en su fortuna, que quería que se le tuviera por dios y se le llamara así; decapitó a los hombres más nobles de su patria y extendió su impiedad hasta Judea. Envió a Petronio con un ejército a Yerushaláyim para erigir sus estatuas en el Templo, con orden de que, si los judíos no las aceptaban, matara a los que se opusieran y redujera a esclavitud a todo el resto del pueblo. Pero a Dios le importaban aquellas órdenes. Petronio, con tres legiones y muchos aliados de Siria, avanzó hacia Judea desde Antioquía. De los judíos, unos no daban crédito a los rumores de guerra, y otros, aunque los creían, se hallaban sin recursos para defenderse; pero el miedo cundió pronto entre todos, pues el ejército llegaba ya a Ptolemaida.
Es esta una ciudad de Galilea, situada junto al mar, en el borde de la gran llanura, y está rodeada de montes: por el lado de oriente, a sesenta estadios, el de Galilea; por el sur, el Carmelo, distante ciento veinte estadios; y por el norte el más alto, al que los del lugar llaman la Escalera de los Tirios, que dista también cien estadios. A unos dos estadios de la ciudad corre el río llamado Belo, muy escaso, y junto a él está el monumento de Memnón, que tiene cerca un paraje de cien codos digno de asombro: es circular y hondo, y produce la arena vítrea; y cuando muchas barcas atracan y la vacían, el lugar vuelve a llenarse, pues los vientos arrastran entonces hacia él, como a propósito, la arena inerte de fuera, y todo ese mineral se transforma al punto en vidrio. Pero aún más asombroso me parece que el vidrio que rebosa de aquel lugar se convierta de nuevo en arena común. Tal es la naturaleza que ha tocado en suerte a ese paraje.
Los judíos, reunidos con sus mujeres y sus hijos en la llanura frente a Ptolemaida, suplicaban a Petronio, primero por sus leyes patrias, luego por ellos mismos. Cediendo ante la multitud y sus ruegos, dejó en Ptolemaida las estatuas y las tropas, y, avanzando hacia Galilea, convocó en Tiberíades a la multitud y a todos los notables; les expuso el poder de los romanos y las amenazas del César, y les mostró además que su exigencia era insensata: pues, habiendo todos los pueblos sometidos erigido en sus ciudades, junto a los demás dioses, también las imágenes del César, el que solo ellos se opusieran a ello era casi lo mismo que rebelarse, y con ultraje. Cuando ellos alegaron la ley y la costumbre patria, y que no les era lícito colocar imagen alguna de Dios, ni menos de un hombre, no ya en el Templo, sino ni siquiera en un lugar cualquiera del país, Petronio replicó: «También yo debo guardar la ley de mi señor; pues si la transgredo y os perdono, moriré con justicia. Os hará la guerra el que me ha enviado, no yo; que también a mí, como a vosotros, se me dan órdenes». Ante esto la multitud gritó toda que estaba dispuesta a padecer antes que la ley. Petronio, apaciguando su clamor, dijo: «¿Haréis, entonces, la guerra al César?». Y los judíos respondieron que por el César y por el pueblo de los romanos ofrecían sacrificios dos veces al día, pero que, si quería erigir las imágenes, tendría antes que inmolar a todo el pueblo judío; que allí estaban ellos, prontos al degüello, junto con sus hijos y sus mujeres. Al oírlo, sobrecogieron a Petronio la admiración y la piedad ante la insuperable religiosidad de aquellos hombres y su ánimo dispuesto a la muerte. Y por entonces se separaron sin haber logrado nada.
Los días siguientes, reuniendo ya a los poderosos en privado, ya a la multitud en público, unas veces los exhortaba, otras les aconsejaba, pero sobre todo los amenazaba, esgrimiendo la fuerza de los romanos, la cólera de Cayo y, además de esto, su propia necesidad. Como no cedían a ninguna tentativa, y viendo que el país corría peligro de quedar sin sembrar —pues en plena época de siembra la multitud llevaba cincuenta días ociosa junto a él—, finalmente los reunió y dijo: «Más vale que corra yo el riesgo: o, con la ayuda de Dios, persuadiré al César y me salvaré gustoso con vosotros, o, si se irrita, entregaré de buen grado mi propia vida por tantos hombres». Y despidió a la multitud, que hacía por él muchos votos, y, tomando el ejército de Ptolemaida, regresó a Antioquía. Desde allí escribió enseguida al César sobre su incursión en Judea y las súplicas del pueblo, y le dijo que, si no quería perder, además de a los hombres, también el país, debía permitirles guardar su ley y revocar la orden. A estas cartas respondió Cayo sin ninguna moderación, amenazando a Petronio con la muerte por haberse mostrado tardo servidor de sus órdenes. Pero sucedió que los correos que llevaban esa respuesta fueron zarandeados tres meses por el mar, mientras que otros, que anunciaban la muerte de Cayo, tuvieron buena travesía. Así, Petronio recibió las cartas sobre esto veintisiete días antes que las dirigidas contra él.
Muerto Cayo a traición tras gobernar tres años y ocho meses, Claudio es arrebatado al poder por las tropas que había en Roma. Pero el senado, dirigido por los cónsules Sencio Saturnino y Pomponio Segundo, encomendó a las tres cohortes que le quedaban fieles la custodia de la ciudad, se reunió en el Capitolio y, a causa de la crueldad de Cayo, votó hacer la guerra a Claudio: pues restablecería el gobierno mediante una aristocracia, como antaño se administraba, o elegiría por votación a quien fuera digno del mando. Ocurrió entonces que a Agripa, que se hallaba en Roma, lo llamó a consejo el senado, y también Claudio lo mandó llamar desde el campamento, para que les fuera útil en lo que hiciera falta. Y él, viendo que Claudio era ya César por la fuerza, se pasa a su lado. Claudio lo envía como legado ante el senado para exponer su intención: que, en primer lugar, había sido arrebatado por los soldados contra su voluntad, y que no juzgaba justo abandonar el celo de aquellos ni seguro fiar de su propia fortuna, pues el mismo haber recibido el título imperial entrañaba peligro; y, en segundo lugar, que administraría el poder como buen protector, no como tirano, contentándose con el honor del nombre y dejando a todos la deliberación sobre cada asunto; y que, aunque no fuera moderado por naturaleza, tenía ante sí un ejemplo suficiente de prudencia en la muerte de Cayo.
Esto transmitió Agripa. Pero el senado respondió que, confiado en su ejército y en sus buenos propósitos, no soportaría una servidumbre voluntaria. Cuando Claudio oyó la respuesta del senado, envió de nuevo a Agripa para anunciarles que no consentiría en traicionar a quienes se habían concertado en su favor, pero que haría la guerra, contra su voluntad, a aquellos con quienes menos deseaba hacerla; que, no obstante, debía designarse de antemano un lugar para la batalla fuera de la ciudad, pues no era piadoso que, por la mala decisión de ellos, los recintos sagrados de la patria se mancharan con sangre de compatriotas. Oído esto, Agripa se lo comunicó a los senadores. Entretanto, uno de los soldados que estaban con el senado desenvainó la espada y gritó: «Compañeros de armas, ¿qué nos pasa, que queremos matar a hermanos y lanzarnos contra nuestros parientes que están con Claudio, teniendo un emperador a quien nada se le puede reprochar, y tan justas razones respecto de aquellos contra quienes vamos a marchar con las armas?». Dicho esto, se lanzó por en medio del senado arrastrando consigo a todos sus compañeros. Los patricios, al pronto, quedaron sobrecogidos de temor ante el abandono, pero luego, como no se les ofrecía ningún recurso salvador, se apresuraron por el camino de los soldados hacia Claudio. Salieron a su encuentro, ante los muros y con las espadas desnudas, los que más a fondo adulaban a la fortuna; y habrían corrido peligro los que iban delante, antes de que Claudio conociera el ímpetu de los soldados, si Agripa, corriendo hacia él, no le hubiera advertido del riesgo del lance: que, si no contenía el ímpetu de los que se habían enfurecido contra los patricios, perdería a aquellos por quienes su poder era admirado, y sería rey de un desierto. Al oírlo, Claudio contuvo los ímpetus de la soldadesca, recibió al senado en el campamento y, tras acogerlos con benevolencia, salió con ellos al punto para ofrecer a Dios el sacrificio de acción de gracias por el mando.
Y enseguida agració a Agripa con todo el reino de su padre, añadiéndole por fuera la Traconítide y la Auranítide, dadas por Augusto a Herodes, y, aparte de esto, otro reino, el llamado de Lisanias. Al pueblo dio a conocer la donación por edicto, y a los magistrados les ordenó que, grabada en tablas de bronce, la depositaran en el Capitolio. También agració con el reino de Cálcide a su hermano Herodes, que era además yerno suyo, casado con Berenice. Pronto, como era de esperar de un dominio tan grande, afluyó a Agripa la riqueza, y él mismo no tardó en emplear en exceso aquellos recursos: comenzó a rodear Yerushaláyim de una muralla tan grande que, de haberse terminado, habría hecho imposible el asedio para los romanos. Pero murió en Cesarea antes de elevar la obra, tras haber reinado tres años, después de haber gobernado antes otros tres años sobre las tetrarquías. Dejó tres hijas nacidas de Cipros —Berenice, Mariamna y Drusila— y un hijo, de la misma, Agripa. Como este era todavía un niño de pecho, Claudio hizo de nuevo provincia aquellos reinos y envió como procurador a Cuspio Fado, y luego a Tiberio Alejandro, quienes, sin alterar en nada las costumbres del país, mantuvieron al pueblo en paz. Después de esto muere también Herodes, el rey de Cálcide, dejando dos hijos de su sobrina Berenice, Berniciano e Hircano, y de su primera esposa Mariamna, a Aristóbulo. Le había muerto también otro hermano, Aristóbulo, un particular, que dejó una hija, Jotape. Estos eran, como dije, los hijos de Aristóbulo, hijo de Herodes; y Aristóbulo y Alejandro habían sido hijos de Herodes con Mariamna, a los que el padre dio muerte; el linaje de Alejandro reinó sobre la Gran Armenia.
Tras la muerte de Herodes, el que gobernaba Cálcide, Claudio establece en el reino de su tío a Agripa, hijo de Agripa; y del resto de la provincia recibe la procuraduría, sucediendo a Alejandro, Cumano, bajo el cual empezaron los disturbios y hubo de nuevo mortandad de judíos. Habiéndose reunido la multitud en Yerushaláyim para la fiesta de los ácimos, y estando apostada la cohorte romana sobre el pórtico del Templo —pues siempre vigilan armados las fiestas, no sea que la multitud congregada intente algún desorden—, uno de los soldados, levantándose la vestidura e inclinándose de modo indecente, volvió las posaderas hacia los judíos y emitió, acorde con la postura, un sonido semejante. Ante esto se indignó toda la multitud, y clamaban a Cumano que castigara al soldado, mientras que los menos sensatos entre los jóvenes y los de índole naturalmente sediciosa se lanzaban a la lucha; y, arrebatando piedras, las arrojaban contra los soldados. Cumano, temiendo que se produjera un ataque de todo el pueblo contra él, manda venir más hombres de armas. Al derramarse estos por los pórticos, un pánico irresistible se apoderó de los judíos, que, huyendo del Templo, escapaban hacia la ciudad. Y fue tanto el atropello de la gente apiñándose en las salidas, que, pisoteados y aplastados unos por otros, murieron más de treinta mil, y la fiesta se convirtió en duelo para todo el pueblo y en lamento para cada casa.
A esta desgracia sucedió otro tumulto de bandidos. En el camino público de Bet-Horón, unos bandidos cayeron sobre el equipaje de un tal Esteban, esclavo del César, y lo saquearon. Cumano mandó traer a su presencia, presos, a los de las aldeas cercanas, reprochándoles no haber perseguido y prendido a los bandidos. Allí, uno de los soldados, hallando en cierta aldea el libro de la sagrada Torá, lo rasgó y lo arrojó al fuego. Los judíos, como si les hubieran incendiado el país entero, se conmovieron y, arrastrados todos por su religiosidad como por un resorte, a una sola voz corrieron a Cesarea, ante Cumano, suplicándole que no dejara sin castigo a quien tal ultraje había cometido contra Dios y contra su ley. Él, viendo que la multitud no se calmaría si no obtenía satisfacción, mandó sacar al soldado y ordenó que lo llevaran a la muerte por en medio de los acusadores. Y los judíos se retiraron.
De nuevo se produce un choque entre galileos y samaritanos. En la aldea llamada Gemá, que está en la gran llanura de la Samaritis, mientras muchos judíos subían a la fiesta, uno de los galileos fue muerto. Ante esto acudieron muchísimos desde Galilea con ánimo de guerrear contra los samaritanos, pero sus notables, presentándose ante Cumano, le rogaron que, antes de que ocurriera un mal irreparable, pasara a Galilea y castigara a los culpables del asesinato: solo así, decían, se disolvería la multitud antes de la guerra. Pero Cumano, poniendo las súplicas de aquellos por debajo de los asuntos que tenía entre manos, despidió a los suplicantes sin haber conseguido nada. Anunciada en Yerushaláyim la muerte del asesinado, las multitudes se conmovieron y, abandonando la fiesta, se lanzaron hacia Shomrón sin general y sin obedecer a ninguno de los magistrados que trataban de contenerlos. Los encabezaban un tal Elazar, hijo de Dineo, y Alejandro, hombres de índole salteadora y sediciosa, que, cayendo sobre las aldeas vecinas de la toparquía de Acrabatene, mataban a los habitantes sin perdonar edad alguna e incendiaban las aldeas. Cumano, tomando de Cesarea un escuadrón de caballería llamado de los sebastenos, acudió en auxilio de los saqueados, y prendió a muchos de los de Elazar y mató a muchísimos.
En cuanto al resto de la multitud, decidida a guerrear contra los samaritanos, los magistrados de Yerushaláyim salieron corriendo, vestidos de sacos y derramando ceniza sobre sus cabezas, y les suplicaban que se retiraran y no irritaran a los romanos contra Yerushaláyim por vengarse de los samaritanos; que se apiadaran de la patria y del Templo, de sus propios hijos y mujeres, todo lo cual corría peligro de perderse por vengar a un solo galileo. Persuadidos por esto, los judíos se dispersaron. Pero muchos se dieron al bandidaje por la impunidad, y por todo el país hubo pillajes y levantamientos de los más audaces. Y los poderosos de los samaritanos, presentándose ante Ummidio Cuadrato, que era gobernador de Siria, en Tiro, reclamaban que se castigara a quienes habían asolado su territorio. Estando presentes también los notables de los judíos y el sumo sacerdote Yonatán, hijo de Anano, decían que los samaritanos habían dado comienzo a la revuelta con el asesinato, pero que el culpable de lo sucedido era Cumano, por no haber querido perseguir a los autores de la muerte. Cuadrato, por entonces, aplazó la causa de ambas partes, diciendo que, cuando llegara a aquellos lugares, examinaría cada cosa; y luego, pasando a Cesarea, crucificó a todos los que Cumano había capturado vivos. De allí, llegado a Lida, oyó de nuevo a los samaritanos, y, mandando comparecer a dieciocho judíos que sabía habían tomado parte en el combate, los ejecutó con el hacha. A otros dos de los más poderosos, y a los sumos sacerdotes Yonatán y Ananías, y al hijo de este, Anano, y a algunos otros notables judíos, los envió ante el César, e igualmente a los más ilustres de los samaritanos. Ordenó también a Cumano y a Céler, el tribuno, que navegaran a Roma para rendir cuentas a Claudio de lo ocurrido. Dispuesto esto, subía de Lida a Yerushaláyim, y, hallando a la multitud celebrando sin alboroto la fiesta de los ácimos, regresó a Antioquía.
En Roma, tras oír al César a Cumano y a los samaritanos —estaba presente también Agripa, que defendía con ardor a los judíos, pues a Cumano lo asistían muchos poderosos—, condenó a los samaritanos y mandó dar muerte a tres de sus principales, y a Cumano lo desterró. A Céler lo mandó preso a Yerushaláyim para que se lo entregaran a los judíos para el suplicio, y que, arrastrado por la ciudad, se le cortara así la cabeza. Después de esto envía como procurador de Judea, de Shomrón, de Galilea y de Perea a Félix, hermano de Palas, y a Agripa lo traslada de Cálcide a un reino mayor, dándole la provincia que había sido de Filipo —esto es, la Traconítide, Batanea y la Gaulanítide—, y le añadió el reino de Lisanias y la que había sido tetrarquía de Varo. Y él mismo, tras gobernar el imperio trece años, ocho meses y veinte días, muere dejando como sucesor del poder a Nerón, a quien, por los engaños de su mujer Agripina, había adoptado para la herencia del imperio, aunque tenía un hijo legítimo, Británico, de Mesalina, su primera mujer, y una hija, Octavia, a la que había unido en matrimonio a Nerón; le había nacido además, de Petina, Antonia.
Cuanto Nerón, perdido el juicio por el exceso de prosperidad y de riqueza, hizo con insolencia contra la fortuna, o de qué modo dio muerte a su hermano, a su mujer y a su madre, y cómo desde ellos trasladó su crueldad a los más nobles, y cómo al final, por un trastorno de su juicio, se dejó arrastrar hasta la escena y el teatro, lo pasaré por alto —ya que a todos les resulta cosa sabida— y me volveré a lo que sucedió a los judíos en su tiempo.
Así pues, dio a Aristóbulo, hijo de Herodes, el reino de la Armenia Menor; al reino de Agripa añadió cuatro ciudades con sus toparquías —Ábela y Julias en la Perea, Taríquea y Tiberíades en Galilea— y sobre el resto de Judea puso a Félix como procurador. Este apresó vivo al cabecilla de los bandidos, Elazar, que durante veinte años había saqueado la comarca, junto con muchos de los suyos, y los envió a Roma; y de los bandidos que crucificó y de la gente del pueblo a la que castigó por complicidad con ellos hubo una muchedumbre innumerable.
Limpiada la comarca, brotó en Yerushaláyim otra clase de bandidos, los llamados sicarios, que mataban a los hombres en pleno día y en medio de la ciudad. Sobre todo en las fiestas se mezclaban con la multitud, escondiendo pequeños puñales bajo la ropa, y con ellos herían a sus enemigos; luego, caído el hombre, los propios asesinos se sumaban a los que se indignaban, de modo que, por esa apariencia de honestidad, quedaban por completo sin ser descubiertos. El primero degollado por ellos fue el sumo sacerdote Yonatán, y tras él muchos morían cada día; y el miedo era más penoso que las propias desgracias, pues cada uno, como en plena guerra, esperaba la muerte a cada hora. Vigilaban de lejos a sus enemigos, y no había confianza ni siquiera para los amigos que se acercaban; en medio mismo de las sospechas y las precauciones caían muertos: tan grande era la rapidez de los conspiradores y su arte para pasar inadvertidos.
A estos se sumó, además, otra cuadrilla de malvados, más limpia de manos pero más impía de intenciones, que no menos que los degolladores arruinó la prosperidad de la ciudad. Hombres embusteros y engañadores, so pretexto de inspiración divina, tramaban revueltas y trastornos y persuadían a la multitud a comportarse como poseídos, y la sacaban al desierto, como si allí Dios les fuera a mostrar señales de libertad. Contra ellos Félix —pues le parecía el cimiento de una revuelta— envió jinetes y soldados de a pie, y destruyó a gran número.
Con un golpe mayor que este dañó a los judíos el falso profeta egipcio. Pues llegó a la comarca un hombre charlatán que se atribuyó a sí mismo el crédito de profeta, reunió a unos treinta mil de los engañados y, llevándolos en rodeo desde el desierto hasta el monte llamado de los Olivos, desde allí se disponía a forzar la entrada en Yerushaláyim para, dominando la guarnición romana y al pueblo, ejercer la tiranía valiéndose de los satélites que habían irrumpido con él. Pero Félix se adelantó a su acometida, saliéndole al paso con los soldados romanos, y todo el pueblo se sumó a la defensa, de modo que, trabado el combate, el egipcio huyó con unos pocos, la mayor parte de los que iban con él fueron muertos o apresados, y el resto de la muchedumbre se dispersó y cada uno se escabulló a su casa.
Sofocados también estos, como en un cuerpo enfermo, se inflamó de nuevo otra parte. Pues los charlatanes y los bandidos, unidos, arrastraron a muchos a la revuelta y los incitaban a la libertad, amenazando de muerte a quienes obedecían al mando de Roma y diciendo que arrancarían por la fuerza a los que voluntariamente elegían ser esclavos. Repartidos por la comarca en cuadrillas, saqueaban las casas de los poderosos, los mataban a ellos e incendiaban las aldeas, hasta llenar toda Judea con su locura. Y esta guerra se reavivaba cada día.
Otra revuelta estalló en torno a Cesarea, al enfrentarse los judíos que allí vivían mezclados con los sirios de la ciudad. Pues los unos pretendían que la ciudad era suya, alegando que su fundador había sido judío —y ese era el rey Herodes—; los otros reconocían que el fundador era judío, pero afirmaban que la ciudad misma era de los griegos, pues no habría erigido estatuas y templos si la hubiera consagrado a judíos. Por esto disputaban ambos bandos; y su rivalidad avanzó hasta las armas, y cada día los más audaces de una y otra parte se lanzaban al combate, pues ni los ancianos de los judíos podían contener a sus propios revoltosos, ni a los griegos les parecía sino vergüenza quedar por debajo de los judíos. Estos aventajaban en riqueza y en fuerza corporal; el bando griego, en el amparo de los soldados, pues la mayor parte de la fuerza romana de allí estaba reclutada en Siria y, como si fueran parientes, estaban dispuestos a socorrerlos. Los prefectos, por su parte, se preocupaban de reprimir el desorden, y apresando continuamente a los más belicosos los castigaban con azotes y cadenas. Pero los padecimientos de los apresados no producían en los que quedaban freno ni temor, sino que aún más se exasperaban hacia la sedición. Una vez, venciendo los judíos, Félix salió a la plaza y con amenazas les ordenó retirarse; y como no obedecían, lanzó contra ellos a los soldados y mató a muchos, cuyos bienes, además, fueron saqueados. Como la sedición persistía, escogió de cada bando a los hombres notables y los envió como legados ante Nerón para debatir sobre sus derechos.
Festo, que sucedió a este en la procuraduría, atacó lo que más dañaba a la comarca: apresó, en efecto, a muchísimos de los bandidos y dio muerte a no pocos. Pero Albino, el que vino tras Festo, no condujo los asuntos del mismo modo, sino que no hubo forma de maldad que dejara sin practicar. Pues no solo en los asuntos públicos robaba y saqueaba los bienes de cada uno, ni solo cargaba de tributos a todo el pueblo, sino que además, a los que estaban presos por bandidaje por sentencia del consejo local o de los procuradores anteriores, los liberaba mediante rescate pagado por sus parientes, y solo quien no daba dinero quedaba en las cárceles como malhechor. Entonces también cobraron ánimo las audacias de quienes querían promover novedades en Yerushaláyim: con dinero los poderosos se ganaban a Albino para que les diera vía libre a sediciones, y del pueblo llano la parte que no gustaba de la calma se inclinaba hacia los cómplices de Albino. Cada uno de los malvados, ceñido con su propia cuadrilla, se erguía él mismo como un cabecilla de bandidos o un tirano por encima de su banda, y usaba a sus satélites para saquear a los hombres moderados. Y sucedía que los despojados, sobre aquello por lo que debían indignarse, callaban, y los que no habían sido golpeados, por miedo a padecer lo mismo, hasta adulaban al que merecía castigo. En suma, toda libertad de palabra quedó cortada; había tiranía en manos de muchos, y desde entonces se sembraron en la ciudad las semillas de la futura toma.
Siendo tal Albino, el que vino tras él, Gesio Floro, lo hizo parecer, por comparación, el mejor de los hombres. Aquel hizo la mayor parte de sus fechorías a escondidas y con recato; Gesio, en cambio, hizo alarde de sus atropellos contra el pueblo, y como enviado a modo de verdugo para castigo de condenados, no dejó sin practicar ninguna forma de rapiña ni de ultraje. Era en las cosas que movían a compasión el más cruel, y en las vergonzosas el más desvergonzado. Nadie derramó sobre la verdad más descrédito, ni ideó en el obrar con maldad caminos más engañosos. A él ganar hombre por hombre le parecía poco: desnudaba ciudades enteras, arruinaba pueblos en masa, y poco faltó para que proclamara por toda la comarca que a todos les estaba permitido saquear, con tal de que él mismo tomara una parte del botín. Por su codicia sucedió que quedaron desiertas todas las ciudades, y muchos, abandonando los hogares de sus padres, huyeron a provincias extranjeras.
Mientras Cestio Galo estuvo en Siria administrando la provincia, nadie se atrevió a enviar una embajada contra Floro; pero cuando aquel llegó a Yerushaláyim, hallándose en curso la fiesta de los panes ázimos, el pueblo lo rodeó —no menos de tres millones— suplicándole que se apiadara de las desgracias del pueblo, y clamaban contra Floro, el azote de la comarca. Este, presente y de pie junto a Cestio, se burlaba de aquellas voces. Cestio, por su parte, calmando el ímpetu de la multitud y dando a entender que en adelante haría a Floro más moderado con ellos, regresó a Antioquía. Floro lo acompañó hasta Cesarea, engañándolo, pues ya meditaba la guerra contra el pueblo, con la que solo, según creía, podría encubrir sus propios atropellos: pues, mientras hubiera paz, esperaba tener a los judíos como acusadores ante el César, mientras que, si maquinaba su rebelión, con el mal mayor apartaría la denuncia de las faltas menores. Por eso, para que el pueblo se sublevara del todo, cada día les agravaba las desgracias.
Entretanto, los griegos de Cesarea, que habían ganado ante Nerón el gobierno de la ciudad, trajeron los documentos de la sentencia, y la guerra comenzó su curso en el duodécimo año del gobierno de Nerón, el decimoséptimo del reinado de Agripa, en el mes de Artemisio. Ahora bien, frente a la magnitud de las desgracias que de ella nacieron, tuvo un pretexto indigno. Pues los judíos de Cesarea, que tenían una sinagoga junto a un terreno cuyo dueño era cierto griego de Cesarea, muchas veces se afanaron por adquirir el lugar, ofreciendo un precio muchas veces superior a su valor; pero como aquel desdeñaba sus ruegos, y por afrentarlos aún más edificaba junto al terreno, levantando talleres, y les dejaba un paso estrecho y del todo forzado, al principio los más ardientes de los jóvenes se adelantaban a estorbar la obra. Y como Floro los apartaba de la violencia, los poderosos de los judíos, sin saber qué hacer —entre ellos Yojanán el publicano—, persuaden a Floro, con ocho talentos de plata, a impedir el trabajo. Este, que solo por recibir el dinero prometió cooperar en todo, tomó la suma y salió de Cesarea hacia Sebaste, y dejó la sedición dueña de sí misma, como si hubiera vendido a los judíos licencia para combatir.
Al día siguiente, siendo Shabat, cuando los judíos se habían reunido en la sinagoga, cierto sedicioso de Cesarea volcó una vasija de barro y, colocándola junto a la entrada de ellos, sacrificaba aves sobre ella. Esto irritó a los judíos de manera irremediable, pues veían ultrajadas sus leyes y profanado el lugar. Y mientras la parte serena y apacible creía que había que acudir a los gobernadores, la facciosa e inflamada por la juventud ardía en deseos de combate. Los sediciosos de los cesarienses estaban ya dispuestos —pues habían enviado por acuerdo previo al que hizo el sacrificio— y pronto se produjo el choque. Acudió Jucundo, el comandante de caballería encargado de impedirlo, quita la vasija e intentaba poner fin a la sedición; pero, vencido por la violencia de los cesarienses, los judíos, arrebatando los libros de la Torá, se retiraron a Narbata —así se llama una comarca suya, a sesenta estadios de distancia de Cesarea—. Los notables del grupo de Yojanán, doce hombres, fueron a Sebaste ante Floro, se lamentaron de lo ocurrido y le suplicaron ayuda, recordándole con recato los ocho talentos. Pero él hasta los prendió y encadenó, acusándolos de haber sacado los libros de la Torá de Cesarea.
Ante esto hubo indignación entre los de Yerushaláyim, aunque todavía contenían su cólera. Pero Floro, como si se hubiera contratado para atizar la guerra, envió al tesoro sagrado y saca diecisiete talentos, con el pretexto de las necesidades del César. Al instante se apoderó del pueblo la confusión, y corriendo todos juntos al Templo, con gritos penetrantes invocaban el nombre del César y suplicaban que los liberaran de la tiranía de Floro. Algunos de los sediciosos lanzaban contra Floro los insultos más viles y, llevando en torno una cesta, pedían monedas para él, como para un desdichado y miserable. Con esto no lo apartaron de su avaricia, sino que se enfureció por sacar aún más dinero. Cuando debía haber ido a Cesarea y apagar el fuego de la guerra que allí empezaba y quitar las causas del desorden —tarea por la que además había recibido paga—, marchó en cambio con tropas de caballería e infantería contra Yerushaláyim, para actuar con las armas romanas y despojar a la ciudad mediante el miedo y las amenazas.
El pueblo, queriendo avergonzar su ímpetu, sale al encuentro de los soldados con aclamaciones y se dispuso a recibir a Floro con toda deferencia. Pero aquel, enviando por delante con cincuenta jinetes al centurión Capitón, les ordenó retirarse y no fingir ahora, con muestras de afecto, hacia aquel a quien tan vergonzosamente habían insultado: pues debían —dijo—, si de verdad eran nobles y de lengua libre, burlarse de él también en su presencia, y mostrarse amantes de la libertad no solo en palabras, sino también en las armas. Espantada la multitud por esto, y al mismo tiempo al abalanzarse los jinetes de Capitón por en medio, se dispersó antes de saludar a Floro o de dejar patente a los soldados su docilidad. Retirándose a sus casas, pasaron la noche con miedo y abatimiento.
Floro, por su parte, se alojó entonces en el palacio, y al día siguiente, colocando delante de él un estrado, se sentó, y acudieron al estrado los sumos sacerdotes, los poderosos y lo más granado de la ciudad. A estos Floro les ordenó entregar a los que lo habían insultado, diciendo que ellos mismos sentirían su venganza si no presentaban a los culpables. Ellos declararon que el pueblo tenía intenciones pacíficas y pedían perdón para los que habían proferido palabras: pues en tan gran multitud no era de extrañar que algunos fueran más audaces e insensatos por su edad, pero era imposible distinguir a los que habían faltado, arrepintiéndose cada uno y negando lo que había hecho. Debía él, en cambio, si se preocupaba por la paz del pueblo y quería conservar la ciudad para los romanos, perdonar antes por los muchos inocentes a los pocos que habían delinquido, que por unos pocos malvados turbar a un pueblo tan grande y honrado.
Ante esto, más irritado, grita a los soldados que saqueen la llamada plaza alta y maten a cuantos encuentren. Ellos, con el deseo de ganancia sumado a la orden de su jefe, no solo saqueaban el lugar al que habían sido enviados, sino que, irrumpiendo en todas las casas, degollaban a sus moradores. Había huida por las callejuelas y matanza de los que eran atrapados; no se omitió ningún modo de rapiña, y apresando a muchos hombres moderados los conducían ante Floro, quien, tras haberlos torturado con azotes, los crucificó. El número total de los que perecieron aquel día, con mujeres y niños —pues ni siquiera respetaron a los pequeños—, llegó a unos seiscientos treinta. Y hacía más pesada la desgracia la novedad de la crueldad romana; pues lo que nadie antes había osado, Floro lo osó entonces: azotar ante el estrado a hombres de rango ecuestre y clavarlos en la cruz, hombres que, aunque de origen judío, tenían, sin embargo, dignidad romana.
Por aquel tiempo, el rey Agripa se hallaba de viaje a Alejandría, para felicitar a Alejandro, a quien Nerón había confiado Mitsraim y enviado a gobernarla. A su hermana Berenice, presente en Yerushaláyim y testigo del atropello de los soldados, la asaltó una honda pena, y muchas veces, enviando a sus comandantes de caballería y a sus guardias de corps ante Floro, le rogaba que cesara la matanza. Pero él, sin mirar ni al número de los que morían ni a la nobleza de la que le suplicaba, sino solo al provecho que sacaba de las rapiñas, la desoyó. El furor de los soldados se ensañó incluso contra la reina: pues no solo torturaban y mataban ante sus ojos a los que apresaban, sino que hasta la habrían matado a ella, si no hubiera alcanzado a refugiarse a tiempo en el palacio real; y allí pasó la noche con una guardia, temiendo el asalto de los soldados. Se hallaba en Yerushaláyim cumpliendo un voto a Dios; pues los que están afligidos por enfermedad o por otras necesidades acostumbran a hacer voto, durante los treinta días anteriores a aquel en que van a ofrecer los sacrificios, de abstenerse de vino y de raparse los cabellos. Cumpliendo Berenice también entonces estas cosas, suplicaba a Floro descalza ante el estrado, y además de no obtener respeto, hasta puso en peligro su vida.
Esto sucedió el día dieciséis del mes de Artemisio. Al día siguiente, la multitud, desbordada de dolor, afluyó a la plaza alta y con clamores desmesurados se lamentaba por los muertos; pero, sobre todo, se alzaban voces cargadas de odio contra Floro. Temerosos ante ello, los poderosos con los sumos sacerdotes se rasgaron las vestiduras y, postrándose cada uno, les rogaban que cesaran y que, además de lo ya padecido, no provocaran a Floro a algo irremediable. Y la multitud se dejó persuadir pronto, por respeto a los que suplicaban y con la esperanza de que Floro no cometería ya ningún nuevo atropello contra ellos.
Pero él, apagado el desorden, se molestó, y tramando encenderlo de nuevo, manda llamar a los sumos sacerdotes con los notables y dijo que la única prueba de que el pueblo no volvería a sublevarse sería que salieran a recibir a los soldados que subían de Cesarea —llegaban dos cohortes—. Y mientras aquellos aún convocaban a la multitud, envió por delante aviso a los centuriones de las cohortes de que ordenaran a sus hombres que no devolvieran el saludo a los judíos y que, si decían algo contra él, echaran mano de las armas. Los sumos sacerdotes, reuniendo a la muchedumbre en el Templo, la exhortaban a salir al encuentro de los romanos y a acoger a las cohortes antes de un desastre irremediable. Pero el elemento sedicioso desobedecía, y a causa de los muertos la multitud se inclinaba hacia los más audaces.
Entonces cada sacerdote, cada servidor de Dios, sacando los vasos sagrados y tomando los ornamentos con que solían oficiar, y los citaristas y los cantores de himnos con sus instrumentos, se postraban e imploraban con insistencia que se les conservara aquel sagrado ornato y que no provocaran a los romanos a saquear los tesoros divinos. Y podía verse a los mismos sumos sacerdotes cubriéndose la cabeza de polvo, desnudo el pecho, rotas las vestiduras. Suplicaban a cada uno de los notables por su nombre, y al conjunto del pueblo, que por la más mínima falta no entregaran la patria a los que ansiaban devastarla: pues ¿qué provecho traería a los soldados el saludo de los judíos, o qué remedio de lo sucedido les daría a ellos el no salir ahora? En cambio, si acogían a los que se acercaban, como era costumbre, a Floro se le cortaría el pretexto de guerra, y ellos ganarían su patria y el no padecer nada más. Por lo demás —añadían—, obedecer a unos pocos sediciosos, cuando ellos, siendo un pueblo tan numeroso, debían más bien obligar a aquellos a entrar en razón y a compartir la sensatez, era terrible falta de dominio.
Con estas palabras aplacaban a la multitud, y a la vez contenían a los sediciosos, a unos con amenazas y a otros con respeto. Después, poniéndose al frente, salieron con calma y orden al encuentro de los soldados y, al estar cerca, los saludaron; pero como estos no respondían nada, los sediciosos prorrumpieron en clamores contra Floro. Esa era la señal convenida contra ellos: al punto los soldados, rodeándolos, los golpeaban con palos, y mientras huían, los jinetes, persiguiéndolos, los pisoteaban. Caían muchos golpeados por los romanos, y más aún aplastados unos por otros. Terrible era el amontonamiento en torno a las puertas, y como cada uno se afanaba por adelantarse, la huida se hacía más lenta para todos, y la muerte de los que tropezaban era espantosa: pues asfixiados y quebrados por la muchedumbre de los que los pisaban, desaparecían, y ni siquiera para la sepultura quedaba nadie reconocible para los suyos.
Los soldados caían también sobre ellos, golpeando sin freno a los que atrapaban, y a través del llamado Betezá empujaban a la multitud, forzando el paso para hacerse con el Templo y con la Antonia. También Floro, ansioso por esto, sacó del palacio real a los que estaban con él y pugnaba por llegar a la fortaleza. Pero falló en su intento: pues el pueblo, volviéndose de frente, atajó su acometida, y desplegándose sobre los tejados, arrojaba proyectiles contra los romanos. Abrumados por los proyectiles de arriba, y sin fuerza para abrirse paso a través de la multitud que obstruía las callejuelas, se retiraron al campamento junto al palacio.
Los sediciosos, temiendo que Floro, atacando de nuevo, se apoderara del Templo a través de la Antonia, subiendo enseguida cortaron los pórticos contiguos que unían el Templo con la Antonia. Esto enfrió la codicia de Floro: pues, deseoso de los tesoros de Dios y por eso ansioso de pasar a la Antonia, cuando se rompieron los pórticos, se vino abajo su ímpetu, y mandando llamar a los sumos sacerdotes y al consejo, dijo que él en persona saldría de la ciudad, pero que les dejaría cuanta guarnición quisieran. Y como ellos prometieron todo cuanto tocaba a la seguridad y a que no habría revuelta, con tal de que les dejara una sola cohorte, pero no la que había combatido —pues contra esta guardaba la multitud rencor por lo padecido—, cambió la cohorte, como pedían, y regresó con el resto de sus fuerzas a Cesarea.
Buscando otro pretexto para la guerra, escribió a Cestio, imputando falsamente a los judíos la rebelión, cargándoles el comienzo del combate y diciendo que ellos habían hecho lo que en realidad habían padecido. Pero tampoco callaron los magistrados de Yerushaláyim, sino que ellos mismos y Berenice escribieron a Cestio acerca de los atropellos que Floro había cometido contra la ciudad. Este, leídas las cartas de ambas partes, deliberó con sus oficiales. A unos les parecía que Cestio subiera en persona con un ejército, ya para castigar la rebelión, si había ocurrido, ya para asegurar más firmemente a los judíos y mantenerlos unidos; pero él decidió enviar por delante a uno de sus compañeros para inspeccionar la situación y darle cuenta fielmente de la disposición de los judíos. Envía, pues, a uno de sus tribunos, Neapolitano, quien, encontrándose con el rey Agripa que regresaba de Alejandría junto a Yavne, le reveló quién lo enviaba y las razones.
Allí también los sumos sacerdotes de los judíos, con los poderosos y el consejo, se presentaron a recibir al rey. Y tras los cumplidos hacia él, se lamentaron de sus desgracias y expusieron detalladamente la crueldad de Floro. Agripa se indignaba ante ella, pero, con habilidad de general, desviaba su cólera hacia los mismos judíos a quienes compadecía, queriendo humillar su ánimo y, al no dar la impresión de que hubieran padecido nada injustamente, apartarlos de la venganza. Ellos, pues, como eran hombres escogidos y por sus posesiones deseaban la paz, comprendían que la reprensión del rey era benévola; pero el pueblo, saliendo de Yerushaláyim a sesenta estadios, recibió a Agripa y a Neapolitano. Las mujeres de los degollados salían corriendo y prorrumpían en gritos, y ante su llanto el pueblo, entregándose a los lamentos, imploraba socorro a Agripa, y clamaba ante Neapolitano cuanto habían sufrido a manos de Floro; y, cuando entraron en la ciudad, les mostraban la plaza asolada y las casas saqueadas. Después, por medio de Agripa, persuaden a Neapolitano a recorrer la ciudad, con un solo criado, hasta el Shiloaj, para que comprobara que los judíos cedían ante todos los demás romanos y que solo a Floro odiaban, por el exceso de su crueldad hacia ellos. Y él, tras haberla recorrido y obtenido prueba suficiente de la mansedumbre de aquellos, sube al Templo. Allí, convocando a la multitud y alabándolos mucho por su fidelidad hacia los romanos, y exhortándolos mucho a mantener la paz, y habiendo adorado a Dios desde el lugar permitido, regresó junto a Cestio.
La multitud de los judíos, volviéndose hacia el rey y los sumos sacerdotes, pedía que se enviaran legados contra Floro a Nerón, y que no dejaran sobre sí mismos, callando ante tan gran matanza, la sospecha de rebelión: pues parecería que ellos habían dado comienzo a las armas, si no se adelantaban a señalar quién las había iniciado. Y era evidente que no se quedarían quietos si alguien estorbaba la embajada. Pero a Agripa nombrar acusadores de Floro le parecía cosa odiosa, y tampoco le parecía provechoso a él mismo dejar que los judíos fueran arrastrados a la guerra. Así, convocando a la multitud al Xisto y colocando en lugar bien visible a su hermana Berenice sobre la casa de los Asmoneos —pues esta estaba por encima del Xisto, hacia el otro lado de la ciudad alta, y un puente unía el Xisto con el Templo—, Agripa habló de este modo:
«Si viera que todos vosotros estáis decididos a guerrear contra los romanos, y que no es la parte más pura y sincera del pueblo la que prefiere mantener la paz, ni me habría presentado ante vosotros ni me habría atrevido a aconsejaros; pues todo discurso sobre hacer lo debido sobra cuando entre todos los oyentes hay unanimidad hacia lo peor. Pero como a unos los aguija una edad inexperta en los males de la guerra, a otros una esperanza irracional de libertad, y a algunos cierta codicia y el provecho que sacarían de los más débiles si los asuntos se trastornaran, para que también estos, entrados en razón, cambien de parecer, y para que los buenos no sufran las consecuencias del mal consejo de unos pocos, pensé que debía reuniros a todos en un mismo lugar y deciros lo que considero conveniente. Que nadie me interrumpa con alboroto si no oye cosas de su agrado; pues los que están irremediablemente lanzados a la rebelión pueden seguir pensando así aun después de mi exhortación, pero mi discurso se pierde incluso para los que quieren escuchar, si no hay silencio de parte de todos.
Sé, pues, que muchos hacen tragedia de las afrentas de los procuradores y de las alabanzas de la libertad; pero yo, antes de examinar quiénes sois y contra quiénes emprendéis la guerra, separaré primero la maraña de los pretextos. Porque si os vengáis de los que os agravian, ¿por qué exaltáis la libertad? Y si consideráis insoportable la servidumbre, sobra la queja contra los gobernadores; pues, aun siendo ellos moderados, igualmente vergonzoso es servir. Considerad, en cada uno de estos puntos, cuán pequeña es la causa para la guerra, y primero los cargos contra los procuradores: pues hay que halagar a las autoridades, no provocarlas. Cuando de faltas pequeñas hacéis grandes reproches, denunciáis a los reprochados contra vosotros mismos, y, dejando de haceros daño a escondidas y con recato, os arruinan a las claras. Nada frena tanto los golpes como el soportarlos, y la calma de los agraviados llega a ser un freno para los que agravian.
Mas admitamos que los servidores de los romanos son incurablemente crueles: no por ello os agravian todos los romanos ni el César, contra los que elegís la guerra; pues no viene de ellos ningún malvado por orden suya, ni los de Occidente vigilan a los de Oriente, ni es fácil que se oiga pronto allí lo de aquí. Es absurdo guerrear, por culpa de uno solo y por causas pequeñas, contra tan gran poder, que ni siquiera conoce aquello de que nos quejamos. Y de nuestros agravios podría venir pronto la corrección: pues ni el mismo procurador permanece para siempre, y es probable que los que le sucedan lleguen más moderados; pero una guerra, una vez puesta en movimiento, ni es fácil deponerla sin desgracias ni sobrellevarla.
Ahora bien, desear ahora la libertad es cosa fuera de tiempo, cuando había que haber luchado antes por no perderla; pues dura es la experiencia de la servidumbre, y justo es el combate por no empezar siquiera a padecerla. Pero el que una vez ha sido sometido y luego se rebela es un esclavo terco, no un amante de la libertad. Entonces, por tanto, había que haberlo hecho todo por no admitir a los romanos, cuando Pompeyo entró en el país. Pero nuestros antepasados y sus reyes, que en dinero, en cuerpos y en ánimos estaban mucho mejor dispuestos que vosotros, no resistieron a una pequeña parte del poder romano; ¿y vosotros, que habéis recibido la sumisión por herencia y que en recursos quedáis tan por debajo de los primeros que se sometieron, os enfrentáis a todo el imperio de los romanos?
Y los atenienses, que una vez hasta entregaron su ciudad al fuego por la libertad de los griegos, que persiguieron al arrogante Jerjes —el que navegó a través de la tierra y caminó a través del mar, no cabía en los piélagos y llevaba un ejército más ancho que Europa— como a un fugitivo en una sola nave, y que en torno a la pequeña Salamina quebraron a toda aquella Asia, ahora sirven a los romanos, y la ciudad que fue guía de Grecia se rige por las órdenes que vienen de Italia. Y los lacedemonios, después de las Termópilas y de Platea y de Agesilao, que rastreó Asia, se conforman con esos mismos señores. Y los macedonios, que aún se imaginan a Filipo y ven la fortuna que, con Alejandro, les sembró el imperio del mundo, soportan tan gran cambio y se postran ante aquellos a quienes ha pasado la suerte. Y otros mil pueblos, llenos de mayor franqueza para la libertad, ceden; solo vosotros tenéis por deshonra servir a aquellos a quienes todo está sometido. ¿Con qué ejército, con qué armas confiados? ¿Dónde está vuestra flota que se reparta los mares de los romanos? ¿Dónde los tesoros que basten para vuestras empresas?
¿Acaso pensáis que movéis la guerra contra egipcios y árabes? ¿No mediréis en su justo alcance el imperio de los romanos? ¿No calibraréis vuestra propia debilidad? ¿No es cierto que nuestras fuerzas y las de los pueblos vecinos han sido vencidas muchas veces, mientras el poder de aquellos, a través de todo el mundo, es invencible? Más aún: buscaron algo más que el mundo mismo; pues no les bastó todo el Éufrates por Oriente, ni por el Norte el Íster, ni por el Sur la Libia rastreada hasta las regiones deshabitadas, ni Gádira por Occidente, sino que más allá del océano buscaron otro mundo habitado y llevaron sus armas hasta los britanos, antes desconocidos para la historia. ¿Qué, entonces? ¿Sois vosotros más ricos que los galos, más fuertes que los germanos, más inteligentes que los griegos, más numerosos que todos los del mundo? ¿Qué confianza os enardece contra los romanos? “Dura es la servidumbre”, dirá alguno. ¡Cuánto más para los griegos, que, superando en nobleza a todos los que hay bajo el sol y ocupando tan vasta tierra, ceden ante seis haces de varas romanas! Y ante otras tantas los macedonios, que con más justicia que vosotros deberían reclamar la libertad.
¿Y qué de las quinientas ciudades de Asia? ¿No se postran, sin guarnición, ante un solo gobernador y ante las varas consulares? ¿Qué decir de los heníocos y los colcos y el pueblo de los tauros, de los bosporanos y las naciones que rodean el Ponto y la Meótide? Entre ellos, antes ni siquiera se reconocía un señor propio, y ahora están sometidos a tres mil hoplitas, y cuarenta naves de guerra mantienen en paz aquel mar antes innavegable y salvaje. ¡Cuántas cosas podrían alegar en favor de la libertad Bitinia y Capadocia y el pueblo de los panfilios, y los licios y los cilicios, y sin embargo, sin armas, pagan tributo! ¿Y qué? Los tracios, que ocupan una tierra de cinco días de anchura y siete de longitud, más áspera y mucho más fuerte que la vuestra, y que con su hielo profundo rechaza a los que la invaden, ¿no obedecen a dos mil soldados romanos de guarnición? Y más allá de estos, los ilirios, que habitan la tierra que el Íster corta hasta Dalmacia, ¿no ceden ante solo dos legiones, con las que ellos mismos contienen los embates de los dacios? Y los dálmatas, que tantas veces se encabritaron por la libertad, y que, sometidos siempre solo para reunir de nuevo sus fuerzas y volver a rebelarse, ¿no viven ahora tranquilos bajo una sola legión romana?
Pues bien, si a algunos grandes motivos debieran empujar a la rebelión, sobre todo debería ser a los galos, tan amurallados por la naturaleza: por Oriente con los Alpes, por el Norte con el río Rin, por el Sur con los montes Pirineos, y por el océano hacia el Occidente. Sin embargo, aun rodeados de tan grandes barreras, y siendo trescientos cinco pueblos, y teniendo las fuentes, por así decirlo, de la prosperidad en su propia tierra, e inundando casi todo el mundo con sus bienes, soportan ser tributarios de los romanos y que su propia prosperidad les sea dispensada por ellos. Y esto lo sufren no por blandura de espíritu ni por bajeza —ellos, que sostuvieron ochenta años de guerra por la libertad—, sino por el asombro que les infunden, junto con el poder de los romanos, su fortuna, que les logra más que las armas. Por eso están sometidos a mil doscientos soldados, de los que apenas tienen menos que ciudades. Ni a los iberos les bastó el oro que cultivan para la guerra por la libertad, ni la tan grande distancia que los separa de los romanos por tierra y por mar, ni los belicosos pueblos de los lusitanos y los cántabros, ni el océano vecino, que trae un reflujo temible incluso a los propios naturales.
Pero los romanos llevaron sus armas más allá de las Columnas de Hércules y, abriéndose paso entre las nubes por los montes Pirineos, sometieron también a aquellos pueblos; y para gente tan difícil de combatir y tan apartada bastó como guarnición una sola legión. ¿Quién de vosotros no ha oído hablar de la muchedumbre de los germanos? Su fuerza y la enorme talla de sus cuerpos las habéis visto sin duda muchas veces, pues por todas partes tienen los romanos prisioneros suyos. Pues bien, esos hombres, que ocupan una tierra inmensa, que tienen un orgullo aún mayor que sus cuerpos, un alma que desprecia la muerte y una furia más violenta que la de las fieras más salvajes, tienen sin embargo en el Rin el límite de su ímpetu; domados por ocho legiones romanas, los que caen prisioneros quedan esclavos, y toda su nación se salva sólo huyendo.
Considerad también la muralla de los britanos, vosotros que confiáis en las murallas de Yerushaláyim: aunque están rodeados por el océano y habitan una isla no menor que nuestro mundo conocido, los romanos cruzaron el mar y los sometieron, y cuatro legiones custodian una isla tan grande. ¿Y qué necesidad hay de hablar largamente, cuando hasta los partos, el pueblo más belicoso, señores de tantas naciones y ceñidos de tan gran poder, envían rehenes a los romanos, y puede verse en Italia, so pretexto de paz, a la nobleza de Oriente sometida a servidumbre?
Cuando casi todos los pueblos bajo el sol se postran ante las armas de los romanos, ¿sólo vosotros haréis la guerra, sin siquiera mirar el fin de los cartagineses, que, ufanándose del gran Aníbal y de su nobleza fenicia, cayeron bajo la diestra de Escipión? Ni los cireneos, del linaje de los laconios, ni los marmáridas, pueblo que se extiende hasta el desierto sediento, ni las Sirtes —temibles aun de oír—, ni los nasamones y los mauros, ni la incontable multitud de los númidas, lograron detener el valor de los romanos. Y la tercera parte del mundo, cuyas naciones ni siquiera es fácil enumerar, limitada por el mar Atlántico y las Columnas de Hércules y que alimenta hasta el mar de los Juncos a los innumerables etíopes, la sometieron entera; y aparte de los frutos anuales, que durante ocho meses alimentan a la población de Roma, pagan además toda clase de tributos y aportan de buen grado las contribuciones para las necesidades del imperio, sin tener por ultraje ninguna de las órdenes, a diferencia de vosotros, aunque sólo una legión permanece entre ellos.
¿Y qué necesidad hay de mostraros de lejos el poder de los romanos, cuando podéis verlo en Mitsraim, vuestra vecina? Ella se extiende hasta los etíopes y la Arabia feliz, es puerto de la India, y tiene siete millones quinientas mil almas —sin contar a los habitantes de Alejandría—, como puede colegirse del tributo por cabeza; y sin embargo no se avergüenza del dominio de los romanos, aunque tiene en Alejandría un poderoso acicate de rebelión, por la multitud de hombres, por la riqueza y por su tamaño. Su longitud es de treinta estadios y su anchura no menor de diez; y en un solo mes aporta a los romanos más que vosotros en un año entero de tributo, y, aparte del dinero, provee a Roma trigo para cuatro meses. Está amurallada por todas partes: por desiertos intransitables, por mares sin puertos, por ríos o por marismas. Pero nada de esto resultó más fuerte que la fortuna de los romanos: dos legiones apostadas en la ciudad tienen a raya el profundo Mitsraim junto con la nobleza de los macedonios.
¿A qué aliados, pues, para la guerra tomaréis de la tierra deshabitada? Porque todos los del mundo habitado son romanos, a menos que alguien extienda sus esperanzas más allá del Éufrates y piense que los de su raza en Adiabene acudirán en su ayuda. Pero ni ellos se enredarán en una guerra tan grande por una causa sin razón, ni, si tomaran tan mala decisión, se lo permitiría el parto; pues cuida de su tregua con los romanos, y creería violar los pactos si alguno de sus súbditos marchara contra los romanos. No queda, entonces, sino refugiarse en la alianza de Dios. Pero también eso está de parte de los romanos, porque sin Dios es imposible que se constituya un imperio tan grande.
Considerad además cuán difícil de mantener os resultará el rigor de vuestra religión, aun cuando combatierais contra enemigos fáciles de vencer; y cómo, forzados a transgredir aquello mismo por lo que esperáis a Dios como aliado, lo apartaréis de vosotros. Pues si observáis las costumbres del Shabat y no os movéis a acción alguna, seréis fácilmente vencidos, como vuestros antepasados ante Pompeyo, que apretó el asedio precisamente en aquellos días en que los sitiados descansaban. Y si en la guerra transgredís la ley patria, no sé ya por qué seguiréis combatiendo, pues vuestro único afán es no abolir nada de lo ancestral. ¿Cómo invocaréis a la divinidad en vuestra defensa, si voluntariamente habéis violado el culto que le debéis? Todos los que emprenden una guerra confían o en la ayuda divina o en la humana; pero cuando lo verosímil les corta ambas, los que combaten eligen una derrota manifiesta.
¿Qué impide entonces dar muerte con vuestras propias manos a vuestros hijos y mujeres y reducir a cenizas esta patria hermosísima? Pues así, enloquecidos, al menos os ahorraréis el oprobio de la derrota. Hermoso es, amigos, hermoso, mientras la nave está aún en el puerto, prever la tempestad que se avecina, y no hacerse a la mar en medio de las borrascas para perecer. Pues a quienes las desgracias caen encima desde lo incierto les queda al menos la compasión; pero el que se lanza a una perdición manifiesta encima recibe el reproche. A no ser que alguno imagine que hará la guerra según pactos, y que los romanos, tras venceros, serán moderados y no incendiarán la ciudad santa ni aniquilarán todo vuestro pueblo como escarmiento para las demás naciones. Pues ni aun sobreviviendo hallaréis lugar de refugio, teniendo todos por señores a los romanos, o temiendo tenerlos.
Y el peligro no es sólo de los de aquí, sino también de los que habitan en las demás ciudades; pues no hay en el mundo un solo pueblo que no tenga una parte nuestra. A todos ellos, si hacéis la guerra, los degollarán vuestros adversarios, y por la mala decisión de unos pocos hombres toda ciudad se llenará de matanza de judíos. Perdonables serían quienes lo hicieran; pero si no se hace, pensad cuán impío es alzar las armas contra gente tan benévola. Que os entre la compasión, si no por vuestros hijos y mujeres, al menos por esta metrópoli y por los recintos sagrados. Perdonad al Templo y conservad para vosotros el Santuario con sus cosas sagradas; porque los romanos ya no se contendrán una vez los hayan tomado, cuando por haberlos respetado antes no han recibido más que ingratitud. Yo pongo por testigos a vuestras cosas santas, a los sagrados ángeles de Dios y a la patria común, de que no he omitido nada de lo que os podía salvar; vosotros, si tomáis las decisiones debidas, tendréis conmigo la paz en común; pero si os dejáis arrastrar por la ira, os arriesgaréis sin mí.
Dicho esto, rompió a llorar junto con su hermana, y con sus lágrimas contuvo buena parte de su ímpetu. Pero gritaban que no era contra los romanos, sino contra Floro, contra quien harían la guerra por lo que habían sufrido. A esto el rey Agripa respondió: «Pero vuestros actos son ya de quienes hacen la guerra a los romanos, pues no habéis pagado el tributo al César y habéis derribado los pórticos de la Antonia. Podríais apartar de vosotros la causa de la rebelión si volvéis a unir esos pórticos y pagáis la contribución; porque, desde luego, la fortaleza no es de Floro, ni a Floro daréis el dinero.»
El pueblo se dejó persuadir por estas palabras y, subiendo al Templo con el rey y con Berenice, comenzó la reconstrucción de los pórticos; y los magistrados y consejeros, repartiéndose por las aldeas, recogían los tributos. Pronto se reunieron los cuarenta talentos, pues eso era lo que faltaba. Así contuvo entonces Agripa la amenaza de la guerra. Después intentó persuadir al pueblo de que obedeciera a Floro hasta que el César enviara un sucesor en su lugar; pero, irritados por esto, lo injuriaron, lo expulsaron a gritos de la ciudad, y algunos de los sediciosos se atrevieron incluso a arrojarle piedras. El rey, viendo que el ímpetu de los revoltosos era ya incontenible, e indignado por los ultrajes recibidos, envió a los magistrados de ellos, junto con los notables, a Floro, a Cesarea, para que aquel escogiera de entre ellos a quienes cobrasen los tributos de la región; y él se retiró a su reino.
Entretanto, algunos de los más empeñados en promover la guerra se reunieron y se lanzaron contra cierta fortaleza llamada Masada; tomándola a escondidas, degollaron a la guarnición romana y pusieron otra propia. Al mismo tiempo, en el Templo, Elazar hijo de Ananías el sumo sacerdote —un joven audacísimo que entonces era comandante— persuadió a los que oficiaban en el culto a no aceptar ofrenda ni sacrificio de ningún extranjero. Esto fue el fundamento de la guerra contra los romanos, pues rechazaron el sacrificio que se ofrecía por los romanos y por el César. Y aunque muchos de los sumos sacerdotes y de los notables les rogaban que no abandonaran la costumbre de sacrificar por los gobernantes, no cedieron, confiando mucho en su propio número —pues colaboraba lo más vigoroso de los revoltosos— y sobre todo mirando a Elazar, que era el comandante.
Reuniéndose, pues, los poderosos con los sumos sacerdotes y con los notables de los fariseos, deliberaron sobre la situación general, como ante desgracias ya irremediables; y, decidido intentar disuadir a los sediciosos con palabras, congregaron al pueblo ante la puerta de bronce, que era la del Templo interior orientada hacia el naciente del sol. Primero se indignaron mucho contra la osadía de la rebelión y contra el traer sobre la patria una guerra tan grande; luego pusieron al descubierto lo insensato del pretexto, diciendo que sus antepasados habían adornado el Santuario en gran parte con lo de los extranjeros, aceptando siempre las ofrendas de los pueblos de fuera, y no sólo no habían impedido los sacrificios de nadie —pues eso sería lo más impío—, sino que habían erigido en torno al Templo las ofrendas votivas que aún se ven y permanecen desde hace tanto tiempo. Pero ellos ahora, irritando las armas de los romanos y buscando la guerra con ellos, innovaban un culto extraño, y, junto con el peligro, hacían caer sobre la ciudad la acusación de impiedad, si sólo entre los judíos ningún extranjero podía sacrificar ni adorar. Y que, si alguien introdujera esta ley respecto de un solo particular, se indignarían como ante una definición de inhumanidad; pero que la pasaran por alto cuando los romanos y el César quedaban fuera de los pactos. Temían, sin embargo, que, tras haber rechazado los sacrificios por aquellos, se les impidiera ofrecer también los suyos, y que la ciudad quedara excluida del imperio, si no recobraban pronto la cordura y restituían los sacrificios, y corregían el ultraje antes de que la noticia llegara a aquellos contra quienes lo habían cometido.
Al mismo tiempo que decían esto, presentaban a los sacerdotes expertos en las tradiciones patrias, que explicaban cómo todos los antepasados habían aceptado los sacrificios de los extranjeros. Pero ninguno de los revoltosos les prestaba atención; ni siquiera se acercaban los bandidos, empeñados en poner los cimientos de la guerra. Viendo, pues, los poderosos que la sedición era ya difícil de sofocar por sí mismos, y que el peligro de parte de los romanos recaería primero sobre ellos, procuraron descargarse de las culpas y enviaron embajadores: unos a Floro, encabezados por Shimón hijo de Ananías, y otros a Agripa, entre los que estaban los ilustres Shaúl, Antipas y Costobaro, parientes del rey por linaje. Rogaban a ambos que subieran con tropas a la ciudad y sofocaran la sedición antes de que se hiciera imposible de sofocar. Para Floro fue una terrible buena nueva, y, como se había propuesto encender la guerra, no dio ninguna respuesta a los embajadores. Agripa, en cambio, preocupándose por igual de los que se rebelaban y de aquellos contra quienes se levantaba la guerra, queriendo que los judíos se salvaran para los romanos y que el Templo y la metrópoli se salvaran para los judíos, y sabiendo además que el desorden tampoco a él le convenía, envió en socorro del pueblo dos mil jinetes —auranitas, batáneos y traconitas—, al mando de Darío como comandante de caballería y de Filipo hijo de Iácimo como general.
Animados por estos, los poderosos, junto con los sumos sacerdotes y con toda la parte de la multitud que amaba la paz, ocuparon la ciudad alta; pues la parte sediciosa dominaba la ciudad baja y el Templo. Sin cesar usaban las piedras de honda y los proyectiles, y de una y otra parte había continuos disparos de dardos; a veces también, saliendo en pelotones, luchaban cuerpo a cuerpo, superando los sediciosos en audacia y los del rey en experiencia. El empeño de estos era sobre todo apoderarse del Templo y expulsar a los que profanaban el Santuario; el de los sediciosos de Elazar, además de lo que ya tenían, tomar también la ciudad alta. Durante siete días hubo abundante matanza de ambos bandos, y ninguno cedía la parte que había ocupado.
Al día siguiente era la fiesta de la ofrenda de leña, en la que todos tenían por costumbre llevar madera al altar para que nunca faltara alimento al fuego —pues se mantiene siempre inextinguible—; excluyeron del culto a sus adversarios, y, al colarse con el pueblo indefenso muchos de los sicarios —pues así llamaban a los bandidos que llevaban dagas bajo el manto—, sumándolos a su bando emprendieron con más audacia el ataque. Los del rey eran vencidos en número y en audacia, y ante la presión cedieron la ciudad alta. Los otros, irrumpiendo, incendiaron la casa de Ananías el sumo sacerdote y los palacios de Agripa y Berenice. Después llevaron el fuego a los archivos, ansiosos por destruir los pagarés de los prestamistas e impedir el cobro de las deudas, para ganarse así a la multitud de los deudores y sublevar impunemente a los pobres contra los ricos. Como huyeran los guardianes del registro, le prendieron fuego. Y una vez que hubieron incendiado los nervios de la ciudad, marcharon contra sus enemigos; entonces algunos de los poderosos y de los sumos sacerdotes se escondieron sumergiéndose en las cloacas, y otros huyeron con los del rey al palacio de más arriba y cerraron rápidamente las puertas; entre ellos estaban Ananías el sumo sacerdote, su hermano Jizkiyahu y los que habían ido de embajadores a Agripa. Por entonces, satisfechos con la victoria y con los incendios, descansaron.
Al día siguiente —era el quince del mes de Loos— se lanzaron contra la Antonia, y tras sitiar dos días a la guarnición que había en ella, la tomaron, los degollaron e incendiaron la fortaleza. Después pasaron al palacio en el que se habían refugiado los del rey, y, dividiéndose en cuatro partes, intentaron asaltar los muros. De los de dentro, nadie se atrevía a una salida por la multitud de los sitiadores; distribuyéndose por los parapetos y las torres, disparaban a los que se acercaban, y muchos de los bandidos caían al pie de los muros. Ni de noche ni de día cesaba el combate: los sediciosos creyendo que los de dentro se rendirían por falta de alimento, y los de dentro que los sitiadores se rendirían por el cansancio.
Entretanto, cierto Menajem —hijo de Yehudá el llamado Galileo, sofista habilísimo, el mismo que en tiempos de Quirinio había reprochado a los judíos que se sometieran a los romanos después de Dios— tomó consigo a sus allegados y se retiró a Masada, donde forzó el arsenal del rey Herodes y, tras armar, además de a sus paisanos, a otros bandidos, sirviéndose de estos como guardia de corps, regresó a Yerushaláyim como un rey y, hecho jefe de la sedición, dirigió el asedio. Faltaban máquinas, y no era posible socavar abiertamente la muralla bajo el fuego de arriba; así que, cavando desde lejos una galería subterránea hasta una de las torres, la apuntalaron, luego prendieron fuego a los soportes de madera y salieron. Al consumirse los puntales, la torre se derrumbó de repente; pero apareció otra muralla, construida por dentro. Pues, presintiendo su plan —y acaso al moverse la torre mientras se socavaba—, se habían preparado un segundo baluarte. Al verlo inesperadamente, quienes ya se creían vencedores quedaron consternados. Los de dentro enviaron mensajeros a Menajem y a los cabecillas de la sedición pidiendo salir bajo tregua; y, concedido esto sólo a los del rey y a los del país, estos salieron.
El desánimo se apoderó de los romanos, que habían quedado solos; pues ni podían forzar a tan gran multitud, y pedir garantías lo tenían por deshonra, aparte de que no confiarían en ellas aunque se las dieran. Abandonando, pues, el campamento por indefendible, se refugiaron en las torres reales —la llamada Hípica, la Fasael y la Mariamna. Los de Menajem, irrumpiendo por donde los soldados habían huido, mataron a cuantos alcanzaron antes de que lograran escapar, saquearon los pertrechos e incendiaron el campamento. Esto sucedió el seis del mes de Gorpieo. Al día siguiente, el sumo sacerdote Ananías, que se ocultaba junto al canal del palacio real, fue apresado y muerto por los bandidos junto con su hermano Jizkiyahu; y los sediciosos, rodeando las torres, montaban guardia para que ninguno de los soldados escapara.
A Menajem, la caída de las plazas fuertes y la muerte del sumo sacerdote Ananías lo envanecieron hasta la crueldad; y, creyendo no tener rival alguno en el mando, se hizo un tirano insoportable. Se levantaron contra él los de Elazar, y se dieron entre sí la consigna de que no convenía —habiéndose rebelado contra los romanos por ansia de libertad— entregar esa libertad a un hombre de su propio pueblo y soportar un déspota que, aun sin cometer violencia, era en todo caso más bajo que ellos; y que, si hacía falta que alguien dirigiera el conjunto, a cualquiera correspondía antes que a él. Se pusieron de acuerdo y lo atacaron en el Templo, pues él había subido con arrogancia a adorar, ataviado con vestidura real y arrastrando tras de sí a los celotes armados. Cuando los de Elazar se lanzaron sobre él, y el resto del pueblo, en su furor, arrebató piedras y las arrojó contra el sofista —creyendo que, derribado este, se desbarataría toda la sedición—, los de Menajem resistieron un poco, pero, al ver que toda la multitud se abalanzaba sobre ellos, huyeron por donde cada uno pudo; hubo matanza de los apresados y persecución de los escondidos. Unos pocos se salvaron escapando en secreto a Masada, entre ellos Elazar hijo de Yaír, pariente de Menajem por linaje, que más tarde ejerció la tiranía sobre Masada. Al propio Menajem, que se había refugiado en el lugar llamado Ofla y allí se ocultaba miserablemente, lo cogieron vivo, lo arrastraron a la vista de todos y, atormentándolo con muchos suplicios, lo mataron; e igualmente a los jefes que le obedecían y a Avshalom, el más señalado servidor de su tiranía.
El pueblo, como he dicho, colaboró en esto esperando alguna corrección de toda la sedición; pero ellos no habían matado a Menajem con afán de poner fin a la guerra, sino para hacerla con más libertad. En efecto, aunque el pueblo suplicaba mucho a los soldados que levantaran el asedio, ellos apretaban con más dureza, hasta que, no resistiendo ya los de Metilio —pues este era el prefecto de los romanos—, enviaron a los de Elazar pidiendo salvar sólo sus vidas bajo tregua, y ofreciendo entregar las armas y el resto de sus posesiones. Ellos, aprovechando la súplica, les enviaron a Gorión hijo de Nicomedes, a Ananías hijo de Tsadok y a Yehudá hijo de Yonatán para darles la diestra y los juramentos. Cumplido esto, Metilio bajó a los soldados. Mientras estuvieron con las armas, ninguno de los sediciosos los atacó ni mostró asechanza; pero cuando, según lo pactado, todos depusieron los escudos y las espadas y se retiraban ya sin sospechar nada, los de Elazar se lanzaron sobre ellos y, rodeándolos, los mataban, sin que se defendieran ni suplicaran, gritando sólo los pactos y los juramentos. Así fueron todos degollados cruelmente, salvo Metilio; pues a este, que suplicó y prometió judaizar hasta la circuncisión, lo salvaron, al único. Para los romanos el golpe fue leve, pues de una fuerza inmensa perecieron unos pocos; pero para los judíos pareció el preludio de su ruina. Y viendo que las causas de la guerra eran ya irremediables y que la ciudad estaba manchada por semejante crimen —del que era natural esperar algún castigo divino, si no la venganza de los romanos—, hacían duelo público; la ciudad estaba llena de abatimiento, y cada uno de los moderados se hallaba turbado como si él mismo hubiera de pagar por los sediciosos. Pues, en efecto, sucedió que la matanza se cometió en Shabat, día en que, por su religión, se abstienen incluso de las obras piadosas.
Aquel mismo día y a la misma hora, como por una providencia divina, los habitantes de Cesarea mataban a los judíos que vivían entre ellos, de modo que en una sola hora fueron degollados más de veinte mil, y toda Cesarea quedó vacía de judíos; pues a los que huían Floro los prendía y los llevaba encadenados a los arsenales. Ante el golpe de Cesarea, toda la nación se enfureció, y, dividiéndose, saqueaban las aldeas de los sirios y las ciudades vecinas: Filadelfia, Esbonítide, Gerasa, Pela y Escitópolis. Luego, cayendo sobre Gádara, Hipos y la Gaulanítide, unas las arrasaron, otras las incendiaron, y marcharon contra Cádasa de los tirios, Ptolemaida, Gaba y Cesarea. No resistieron a su ímpetu ni Sebaste ni Ascalón; tras incendiar estas, arrasaron Antedón y Gaza. Y en torno a cada una de estas ciudades muchas aldeas fueron saqueadas, y la matanza de los hombres capturados fue incontable.
Tampoco los sirios mataban a menos judíos, sino que también ellos degollaban a los que capturaban en las ciudades, no sólo por odio, como antes, sino ya para adelantarse al peligro que los amenazaba. Una terrible turbación se apoderó de toda Siria, y cada ciudad estaba dividida en dos campos, y la salvación de los unos consistía en adelantarse a los otros. Pasaban los días entre sangre, y las noches, más penosas aún, entre el miedo. Pues, aunque creían haberse librado de los judíos, cada cual tenía por sospechosos a los que judaizaban; y a los de dudosa lealtad nadie se atrevía a matar sin más, y, aun mezclados, los temían como si fueran ciertamente extranjeros. La codicia incitaba a la matanza de los adversarios incluso a los que antes parecían muy apacibles, pues saqueaban impunemente los bienes de los muertos y, como de un campo de batalla, llevaban a sus propias casas los despojos de los caídos; y era tenido por glorioso el que más ganaba, como quien había podido con más gente. Podían verse las ciudades llenas de cuerpos insepultos, cadáveres de ancianos arrojados junto a niños, mujeres sin siquiera el velo del pudor, y toda la provincia llena de desgracias indecibles; y mayor aún que los actos que a cada momento se cometían era la angustia por lo que se amenazaba.
Hasta aquí los ataques de los judíos fueron contra los extranjeros; pero, al hacer una incursión contra Escitópolis, hallaron enemigos en los judíos de aquella ciudad. Pues estos, poniéndose del lado de los escitopolitanos y anteponiendo su propia seguridad al parentesco, marcharon contra los de su propia raza. Su excesivo celo, sin embargo, resultó sospechoso; así que los escitopolitanos, temiendo que atacaran la ciudad de noche y, con gran desgracia suya, se justificaran ante los suyos por la deserción, les ordenaron que, si querían confirmar la concordia y mostrar su lealtad hacia los de otra nación, se trasladaran con sus familias al bosque sagrado. Hicieron lo mandado sin sospecha. Dos días permanecieron quietos los escitopolitanos, cebando su confianza; pero a la tercera noche, acechándolos —a unos desprevenidos y a otros dormidos—, los degollaron a todos, que eran más de trece mil, y saquearon todas sus posesiones.
Merece la pena referir también el caso de Shimón, hijo de un tal Shaúl, de familia no oscura. Aventajado en fuerza corporal y en audacia, empleó ambas para desgracia de los de su propia raza: cada día avanzaba y mataba a muchos de los judíos de Escitópolis, y muchas veces él solo ponía en fuga a todos ellos y decidía el combate. Pero le alcanzó un castigo digno de aquella matanza fratricida. Cuando los escitopolitanos, rodeándolos, los abatían a lanzazos por todo el bosque, él desenvainó la espada, pero no se lanzó contra ningún enemigo —pues veía que la multitud era invencible—, y gritando con enorme pasión: «Digno castigo sufro de vosotros, escitopolitanos, por lo que hice, nosotros que con tanta matanza de parientes garantizamos nuestra buena voluntad hacia vosotros. Por eso, ya que con razón hemos hallado desleal al extranjero, y hemos cometido la mayor impiedad contra los nuestros, muramos como malditos por nuestras propias manos, pues no conviene morir a manos de los enemigos. Y sea esto para mí a la vez castigo digno de mi crimen y elogio de mi valor, para que ninguno de los enemigos se jacte de mi muerte ni se ufane sobre mi cadáver.» Dicho esto, con ojos a la vez compasivos y encendidos de furor, recorrió con la mirada a su familia —pues tenía mujer, hijos y ancianos padres. Primero, tomando a su padre por las canas, lo atravesó con la espada; después a su madre, que no se resistía, y tras ellos a su mujer y a sus hijos, saliendo casi cada uno al encuentro de la espada, deseoso de adelantarse a los enemigos. Y él, tras recorrer a toda su familia y erguirse bien visible sobre los cuerpos, alzando la diestra para que nadie dejara de verlo, hundió toda la espada en su propia garganta: joven digno de compasión por su fuerza corporal y su entereza de ánimo, pero que, por su lealtad a los extranjeros, sufrió una suerte acorde con ella.
Tras la matanza de Escitópolis, las demás ciudades se levantaron cada una contra los judíos que vivían en ella: los ascalonitas mataron a dos mil quinientos, los de Ptolemaida a dos mil, y encadenaron a no pocos. También los tirios mataron a muchos, pero a los más los guardaban encadenados; los de Hipos y los de Gádara, igualmente, se deshicieron de los más audaces y tuvieron bajo custodia a los que temían; y así las demás ciudades de Siria, según cada una tuviera odio o temor hacia los judíos. Sólo los antioquenos, los sidonios y los apameos respetaron a los que vivían entre ellos, y no se resignaron a matar ni a encadenar a ningún judío —quizá porque, siendo tan numerosos, los despreciaban en sus movimientos, pero más bien, a mi parecer, por compasión hacia quienes no veían tramar nada nuevo. También los gerasenos no maltrataron a los que se quedaron, y a los que quisieron partir los escoltaron hasta las fronteras.
También en el reino de Agripa se urdió una conjura contra los judíos. Él mismo había ido a ver a Cestio Galo a Antioquía, y había dejado el gobierno de los asuntos a uno de sus compañeros, de nombre Noaro, pariente por linaje del rey Sohemo. Llegaron de Batanea setenta hombres, los más estimados entre los ciudadanos por linaje y por prudencia, pidiendo una tropa, para que, si surgía algún movimiento también entre ellos, tuvieran una guardia digna de crédito con que contener a los sublevados. A estos Noaro los mató a todos de noche, valiéndose de algunos hombres de armas del rey. Se atrevió a tal acto sin el consentimiento de Agripa, y por una avaricia desmedida eligió obrar impíamente contra los de su raza, arruinando así el reino. Y siguió delinquiendo cruelmente contra la nación, hasta que Agripa, al enterarse, aunque por respeto a Sohemo no se atrevió a matarlo, lo destituyó del cargo. Los sediciosos, apoderándose de cierta fortaleza llamada Cipros, que dominaba desde lo alto Yerijó, degollaron a la guarnición y arrasaron las defensas hasta el suelo. Por los mismos días, también la multitud de los judíos de Maqueronte persuadió a los romanos que la guarnecían a abandonar la fortaleza y a entregársela. Estos, temiendo que se la arrebataran por la fuerza, pactaron con ellos retirarse bajo tregua y, recibidas las garantías, entregaron la fortaleza, que los de Maqueronte ocuparon reforzándola con una guarnición.
En Alejandría había siempre disensión de los naturales contra los judíos, desde que Alejandro, tras haberse servido de los judíos, empeñadísimos contra los egipcios, les dio como recompensa de su alianza el derecho a habitar en la ciudad en igualdad de condición con los griegos. Este honor les perduró también bajo los sucesores, que hasta les asignaron un barrio propio, para que llevaran una vida más pura al mezclarse menos con los extranjeros, y les permitieron llamarse macedonios. Y cuando los romanos se adueñaron de Mitsraim, ni el primer César ni ninguno de sus sucesores consintió en rebajar los honores de los judíos otorgados por Alejandro. Pero había entre ellos continuos choques con los griegos, y, aunque los gobernadores castigaban cada día a muchos de ambos bandos, la disensión se agriaba más. Entonces, como también entre los demás reinaba el desorden, más se encendió el de allí. Y así, mientras los alejandrinos celebraban una asamblea acerca de la embajada que iban a enviar a Nerón, afluyeron al anfiteatro, junto con los griegos, muchos judíos. Al verlos, sus adversarios al punto gritaron llamándolos enemigos y espías; luego, poniéndose en pie de un salto, les echaron las manos encima. Los demás huyeron y se dispersaron, pero, apresando a tres hombres, los arrastraban para quemarlos vivos.
Se levantó todo el pueblo judío en su defensa, y primero arrojaron piedras a los griegos; luego, arrebatando antorchas, se lanzaron contra el anfiteatro amenazando con quemar dentro a todo el pueblo con sus gentes. Y lo habrían hecho antes de que nadie lo evitara, si Tiberio Alejandro, gobernador de la ciudad, no hubiera contenido su furor. Pero este no empezó a poner cordura por las armas, sino que, enviando en secreto a los notables de ellos, les rogó que desistieran y no provocaran contra sí mismos al ejército romano. Mas los sediciosos, burlándose de la exhortación, injuriaban a Tiberio. Y aquel, comprendiendo que sin una gran desgracia no cesarían de amotinarse, lanzó contra ellos las dos legiones romanas que había en la ciudad, y con ellas dos mil soldados que por azar estaban presentes, venidos de Libia para ruina de los judíos; y les permitió no sólo matar, sino también saquear sus posesiones e incendiar sus casas. Estos, lanzándose contra el llamado Delta —pues allí habitaban en comunidad los judíos—, cumplían las órdenes, aunque no sin sangre; pues los judíos, agrupándose y poniendo delante a los mejor armados de entre ellos, resistieron muchísimo tiempo, pero una vez que cedieron, fueron destruidos sin freno. Y su ruina fue de toda clase: unos sorprendidos en la llanura, otros hacinados en las casas. Los romanos incendiaban también estas, tras saquear antes su interior; y no les entraba compasión de los niños ni respeto de los ancianos, sino que avanzaban matando por todas las edades, hasta que todo el lugar quedó inundado de sangre, y cincuenta mil cadáveres se amontonaron; ni siquiera habría quedado el resto, si no se hubieran vuelto a las súplicas. Compadeciéndose de ellos, Alejandro ordenó a los romanos que se retiraran. Estos, habituados a la obediencia, cesaron de matar a una señal; pero la plebe de los alejandrinos, por el exceso de su odio, era difícil de retener, y a duras penas se apartaba de los cuerpos.
Tal fue el desastre acaecido en Alejandría. A Cestio ya no le pareció bien quedarse quieto, estando los judíos en guerra por todas partes. Tomando de Antioquía la duodécima legión a plena fuerza, y de las demás dos mil hombres escogidos de cada una, seis cohortes de infantería y cuatro alas de caballería, y además de ellas las tropas auxiliares de los reyes —de Antíoco dos mil jinetes y tres mil infantes, todos arqueros, y de Agripa otros tantos infantes y algo menos de dos mil jinetes—, seguía también Sohemo con cuatro mil, de los cuales la tercera parte eran jinetes y la mayoría arqueros. Con esto avanzó hasta Ptolemaida. Se reunieron también muchísimos auxiliares de las ciudades, inferiores a los soldados en experiencia, pero que suplían lo que les faltaba en pericia con su ardor y con su odio a los judíos. Estaba presente también el propio Agripa, guiando a Cestio en el camino y en lo conveniente. Cestio, tomando parte de sus fuerzas, se lanzó contra Cabulón, ciudad fuerte de Galilea, que se llama «de los Varones» y separa a Ptolemaida de la nación judía.
Y al tomarla la halló vacía de hombres —pues la multitud había huido a los montes—, pero llena de toda clase de bienes. Parte los entregó al saqueo de los soldados, y en cuanto a la ciudad misma, aunque admiró su hermosura, con casas edificadas al modo de las de Tiro, Sidón y Berito, le prendió fuego. Después recorrió la comarca saqueando cuanto le salía al paso, incendió las aldeas de los alrededores y regresó a Ptolemaida.
Mientras los sirios —y sobre todo los de Berito— seguían aún entregados al pillaje, los judíos recobraron el ánimo, pues comprendieron que Cestio se había retirado, cayeron de improviso sobre los que habían quedado rezagados y dieron muerte a unos dos mil de ellos.
Cestio, levantando el campo desde Ptolemaida, marchó él mismo a Cesarea, y envió por delante una parte del ejército a Yafo, con orden de que, si podían apoderarse de la ciudad, la guarnecieran, y si eran advertidos de la llegada, esperasen a él y al resto de las fuerzas. Pero unos por mar y otros por tierra se lanzaron a la vez desde ambos lados y tomaron la ciudad con facilidad; y como los habitantes no tuvieron tiempo ni de huir, y mucho menos de prepararse al combate, irrumpieron y los mataron a todos con sus familias, saquearon la ciudad y la incendiaron. El número de los muertos fue de ocho mil cuatrocientos. Del mismo modo envió también numerosa caballería a la toparquía de la Narbatene, vecina de Cesarea; y estos asolaron la tierra, mataron a gran número de los del lugar, saquearon las haciendas e incendiaron las aldeas.
A Galilea envió a Cesenio Galo, comandante de la legión duodécima, entregándole cuantas fuerzas juzgó que bastarían contra aquel pueblo. A este lo recibió con aclamaciones Séforis, la más fuerte de las ciudades de Galilea, y, siguiendo su buen consejo, las demás ciudades permanecieron en calma. Todo el elemento sedicioso y bandolero huyó al monte que se alza en el mismo centro de Galilea, frente a Séforis, llamado Asamón. Contra estos condujo Galo su ejército. Mientras ellos tuvieron la ventaja de la altura, rechazaron con facilidad a los romanos que subían y mataron a unos doscientos de ellos; pero cuando los romanos los rodearon y se situaron en lo más alto, pronto fueron vencidos: ni los de armas ligeras podían resistir cuerpo a cuerpo a los de armadura pesada, ni escapar de la caballería en la huida, de modo que solo unos pocos lograron esconderse en los lugares abruptos, y más de dos mil perecieron.
Galo, pues, viendo que ya nada se agitaba en Galilea, regresó con su ejército a Cesarea. Cestio, en cambio, levantando el campo con todas sus fuerzas, irrumpió en Antipátrida, y, enterado de que en una torre llamada Afeko se había reunido una fuerza judía nada escasa, envió por delante tropas para trabar combate. Pero estos, antes de llegar a las manos, dispersaron a los judíos con solo el miedo, y al avanzar hallaron el campamento desierto e incendiaron las aldeas de los alrededores. Desde Antipátrida, Cestio, adelantándose hasta Lida, encontró la ciudad vacía de hombres, pues con motivo de la fiesta de Sukot toda la multitud había subido a Yerushaláyim. Dio muerte a cincuenta de los que aparecieron, quemó la población y siguió adelante; y subiendo por Bet-Jorón acampó en un lugar llamado Guivón, a cincuenta estadios de Yerushaláyim.
Los judíos, viendo que ya la guerra se acercaba a la metrópoli, abandonaron la fiesta y corrieron a las armas, y, muy confiados en su número, se lanzaron al combate desordenadamente y entre gritos, sin tomar siquiera en cuenta el reposo del séptimo día —pues el Shabat era lo que con más devoción observaban—. Pero la misma pasión que los sacó de su piedad les hizo también prevalecer en la batalla: con tal ímpetu cayeron sobre los romanos que rompieron sus filas y avanzaron por en medio matando. Y si la caballería, rodeándolos, no hubiera acudido en auxilio del punto quebrantado de la falange, y con ella la parte de la infantería que no estaba muy fatigada, Cestio habría corrido peligro con todas sus fuerzas. Murieron de los romanos quinientos quince —de estos, cuatrocientos eran de infantería y el resto de caballería—, y de los judíos veintidós. Los más valientes de ellos parecieron los parientes de Monobazo, rey de Adiabene, Monobazo y Kenedaio, y tras ellos el Peraíta Níger y Silas el Babilonio, que se había pasado a los judíos desde el rey Agripa, pues había servido bajo sus órdenes. Rechazados de frente, los judíos se replegaron hacia la ciudad; pero Shimón, hijo de Gioras, cayó por detrás sobre los romanos, que subían hacia Bet-Jorón, desgarró buena parte de la retaguardia y, arrancándoles muchas bestias de carga, las llevó a la ciudad.
Como Cestio permaneciera tres días en el mismo lugar, los judíos ocuparon las alturas y vigilaron los pasos, y era evidente que no se quedarían quietos cuando los romanos comenzasen a marchar. Entonces Agripa, viendo que ni siquiera la posición de los romanos estaba libre de peligro, rodeados los montes por una muchedumbre incontable de enemigos, decidió probar a los judíos con palabras: o los persuadiría a todos de deponer la guerra, o apartaría de los rebeldes a los que no compartían su parecer. Envió, pues, a los de su séquito más conocidos de aquellos, a Borcio y a Febo, prometiendo garantías de parte de Cestio y un perdón seguro de los romanos por sus faltas, si arrojaban las armas y se pasaban a ellos. Pero los sediciosos, temiendo que toda la multitud, con la esperanza de la impunidad, se pasara a Agripa, se lanzaron a matar a los enviados. Y antes de que hablasen dieron muerte a Febo; Borcio, herido, alcanzó a huir. Y a los del pueblo que se indignaron los golpearon con piedras y palos y los empujaron dentro de la ciudad.
Cestio, viendo oportuno para el ataque aquel desorden de unos contra otros, condujo todas sus fuerzas, los puso en fuga y los persiguió hasta Yerushaláyim. Acampó en el lugar llamado Escopo —que dista siete estadios de la ciudad— y durante tres días no atacó la ciudad, tal vez esperando que desde dentro se le entregara algo, y envió a muchos de sus soldados a las aldeas de los alrededores a apoderarse de grano. Al cuarto día, que era el treinta del mes Hiperberetaio, ordenó su ejército y lo condujo a la ciudad. El pueblo estaba retenido bajo la vigilancia de los sediciosos; pero los sediciosos, atónitos ante el buen orden de los romanos, cedieron las partes exteriores de la ciudad y se retiraron a la parte interior y al Templo. Cestio, avanzando, prendió fuego a la llamada Betezá, a la Ciudad Nueva y al mercado de la madera; luego, llegando a la ciudad alta, acampó frente al palacio real. Y si en aquella misma hora hubiera querido forzar la entrada dentro de las murallas, al instante habría tomado la ciudad y la guerra habría quedado zanjada; pero el prefecto del campamento, Tiranio Prisco, y la mayoría de los jefes de la caballería, sobornados con dinero por Floro, lo apartaron de la empresa. Y por esta causa la guerra se prolongó tanto tiempo y a los judíos les sobrevino colmarse de calamidades sin remedio.
Entretanto, muchos de los ciudadanos notables, persuadidos por Anano, hijo de Yonatán, llamaban a Cestio, con intención de abrirle las puertas. Pero él, tanto por desdeñarlo con enojo como por no fiarse del todo, se demoró, hasta que los sediciosos, al percibir la traición, arrojaron desde la muralla a los de Anano y, golpeándolos con piedras, los empujaron hacia las casas, mientras ellos, apostados en las torres, disparaban contra los que intentaban asaltar la muralla. Durante cinco días, aunque los romanos atacaban por todas partes, el asalto resultó imposible; pero al día siguiente Cestio, tomando a muchos de los escogidos y a los arqueros, atacó el Templo por el lado norte. Los judíos lo defendían desde el pórtico, y muchas veces rechazaron a los que se acercaban a la muralla, pero al fin, contenidos por la multitud de proyectiles, se retiraron. Los primeros de los romanos, apoyando sus escudos contra la muralla, y sobre estos los de detrás, y los siguientes de igual modo, formaron lo que ellos llaman la «tortuga», sobre la cual los proyectiles resbalaban sin efecto; y los soldados, sin sufrir daño alguno, socavaban la muralla y se disponían a prender fuego a la puerta del Templo.
Un terrible espanto se apoderó de los sediciosos; ya muchos huían de la ciudad como si fuera a ser tomada de inmediato. Con esto sucedió que el pueblo cobró ánimo, y por donde los malvados cedían terreno, ellos mismos se adelantaban a abrir las puertas y a recibir a Cestio como a un bienhechor. Y este, si hubiera insistido un poco en el asedio, habría tomado en seguida la ciudad; pero pienso que, a causa de los malvados, Dios, ya vuelto de espaldas, impidió que la guerra y las cosas sagradas llegasen a su fin en aquel día.
Cestio, en efecto, sin comprender ni la desesperación de los sitiados ni la disposición del pueblo, de improviso hizo retirarse a sus soldados y, renunciando a sus esperanzas sin haber sufrido revés alguno, del modo más insensato levantó el campo y se apartó de la ciudad. Ante su inesperada retirada, los bandidos recobraron el ánimo, salieron corriendo contra la retaguardia y dieron muerte a muchos de la caballería y de la infantería. Aquella vez Cestio se alojó en el campamento junto al Escopo; pero al día siguiente, alejándose más adelante, provocó aún más a los enemigos, que, cayendo sobre los últimos, los mataban, y, rodeándolos por ambos lados del camino, les arrojaban dardos por los flancos. Los de la retaguardia no se atrevían a volverse contra los que los herían por detrás, pues creían que los perseguía una muchedumbre incontable, ni resistían para rechazar a los que los acosaban por el costado, ya que ellos eran pesados y temían romper la formación, mientras veían a los judíos ligeros y fáciles para las incursiones; de modo que les sucedía sufrir mucho daño sin causar ninguno a sus enemigos. A lo largo de todo el camino iban cayendo golpeados y arrancados de la falange, hasta que perecieron muchos, entre ellos Prisco, comandante de la legión sexta, Longino, tribuno, y el prefecto de un escuadrón de caballería, de nombre Emilio Iucundo; y a duras penas llegaron a Guivón, al campamento anterior, tras perder buena parte de su bagaje.
Allí Cestio se detuvo dos días, sin saber qué debía hacer; al tercero, viendo a los enemigos mucho más numerosos y todo el contorno lleno de judíos, comprendió que su tardanza había sido en perjuicio propio y que, si aún permanecía, tendría que vérselas con más enemigos. Y para emprender una huida más rápida, ordenó cortar cuanto retardaba al ejército. Muertos los mulos y los asnos, y también las demás bestias de carga —salvo las que transportaban proyectiles y máquinas, pues a estas se aferraban por su utilidad y sobre todo por temor a que cayeran en manos de los judíos y se usaran contra ellos—, condujo sus fuerzas hacia Bet-Jorón. Los judíos, en los terrenos anchos, apretaban menos; pero cuando los romanos quedaron encerrados en los desfiladeros y en la bajada, unos, adelantándose, les cerraban la salida, otros empujaban a los últimos hacia el barranco, y toda la muchedumbre, tendida por encima del cuello del camino, cubría la falange con sus proyectiles. Allí, mientras la infantería no acertaba a defenderse, más peligroso aún era el trance para la caballería: ni podían marchar en orden por el camino bajo los disparos, pues la pendiente hacia los enemigos no era transitable a caballo, y del otro lado había precipicios y barrancos, a los que, al resbalar, se despeñaban y perecían; y nadie tenía sitio para huir ni idea de cómo defenderse, sino que, en su impotencia, se entregaban a los gemidos y a los lamentos de los desesperados; y les respondía, como en eco, la voz de mando de los judíos y el griterío de quienes se alegraban y se enfurecían a la vez. Por poco no destruyeron por completo toda la fuerza que iba con Cestio, si no hubiera sobrevenido la noche, en la que los romanos se refugiaron en Bet-Jorón, y los judíos, rodeándolo todo en derredor, vigilaron su salida.
Entonces Cestio, renunciando al camino abierto, planeó la fuga; y, escogiendo a los soldados más animosos, unos cuatrocientos, los apostó sobre los tejados, con orden de gritar las señales de los centinelas de los campamentos, para que los judíos creyeran que toda la fuerza permanecía en su sitio; él mismo, tomando a los demás, avanzó en silencio treinta estadios. Al amanecer, los judíos, viendo desierto el alojamiento, corrieron contra los cuatrocientos que los habían engañado, los abatieron pronto con sus jabalinas y persiguieron a Cestio. Pero este había ganado buena parte de la noche y huía con más intensidad de día, de modo que los soldados, por el espanto y el miedo, abandonaron las máquinas de asalto, las catapultas y la mayoría de los demás ingenios, que los judíos, tomándolos entonces, usaron a su vez contra quienes los habían dejado. Persiguieron a los romanos hasta Antipátrida; y luego, como no los alcanzaban, dieron media vuelta, se llevaron las máquinas, despojaron a los muertos, reunieron el botín abandonado y, entre cantos de victoria, corrieron de regreso a la metrópoli, habiendo perdido ellos muy pocos, mientras habían dado muerte a cinco mil trescientos infantes de los romanos y sus aliados, y a cuatrocientos ochenta jinetes. Esto sucedió el ocho del mes de Dío, en el año duodécimo del gobierno de Nerón.
Tras el desastre de Cestio, muchos de los judíos ilustres se alejaron de la ciudad a nado, como de una nave que se hunde. Costobaro y Shaúl, hermanos, junto con Filipo, hijo de Iákimo —que era prefecto del campamento del rey Agripa—, escapando de la ciudad, se fueron con Cestio; y en cuanto a Antipas, que había sido sitiado con ellos en el palacio real y desdeñó la huida, cómo fue después muerto por los sediciosos, lo mostraremos más adelante. Cestio envió a Shaúl y a sus compañeros, que se lo pidieron, a Acaya, ante Nerón, para exponerle su apuro y desviar hacia Floro las causas de la guerra; pues esperaba aligerar la ira contra sí mismo y sus propios peligros.
Entretanto, los damascenos, al enterarse de la derrota de los romanos, se apresuraron a matar a los judíos que había entre ellos. Y como los tenían reunidos desde antiguo en el gimnasio —cosa que habían dispuesto por sus recelos—, juzgaban facilísima la empresa; pero temían a sus propias mujeres, todas, salvo unas pocas, adeptas a la religión judía. Por eso su mayor cuidado fue ocultárselo a ellas. Cayendo, pues, sobre los judíos, apiñados en un lugar estrecho, diez mil quinientos en número y todos desarmados, en una sola hora los degollaron sin temor.
Los que habían perseguido a Cestio, al regresar a Yerushaláyim, atrajeron a los que todavía eran partidarios de los romanos, a unos por la fuerza y a otros por la persuasión, y, reunidos en el Templo, nombraron más generales para la guerra. Fueron elegidos Josefo, hijo de Gorión, y el sumo sacerdote Anano como comandantes supremos de todo lo de la ciudad, y en especial para levantar las murallas de la ciudad; pues a Elazar, hijo de Shimón, aunque tenía en su poder el botín de los romanos y el dinero arrebatado a Cestio, además de mucho de los tesoros públicos, no lo pusieron sin embargo al frente de los asuntos, al verlo con talante tiránico y a los zelotes que estaban bajo su mando comportándose como una guardia de corps. Poco a poco, no obstante, la necesidad de dinero y las artes seductoras de Elazar ganaron al pueblo, hasta el punto de obedecerle en todo.
Para Idumea escogieron otros generales: a Yeshúa, hijo de Sapfás, uno de los sumos sacerdotes, y a Elazar, hijo del sumo sacerdote Neo; y a Níger, que era entonces gobernador de Idumea —de linaje de la Perea, junto al Yardén, por lo que se le llamaba el Peraíta—, le ordenaron someterse a los generales. Tampoco descuidaron el resto del país: a Yerijó fue enviado Josefo, hijo de Shimón; a la Perea, Menashé; y a la toparquía de Tamna, Yojanán el esenio, como general; y se le asignaron además Lida, Yafo y Emaús. De la Gofnítide y la Acrabatene es nombrado gobernador Yojanán, hijo de Ananías; y de una y otra Galilea, Josefo, hijo de Matityahu; y a su mando se añadió también Gámala, la más fortificada de las ciudades de allí.
Cada uno de los demás generales administró lo que se le había confiado según su celo o su inteligencia; pero Josefo, al llegar a Galilea, cuidó primero de la buena voluntad de los del lugar hacia su persona, sabiendo que por ella lograría lo más, aunque fallara en lo demás. Y comprendiendo que se ganaría a los poderosos compartiendo con ellos la autoridad, y a toda la multitud si daba la mayoría de las órdenes por medio de gente del lugar y conocida, escogió a setenta de los ancianos más juiciosos del pueblo y los estableció como magistrados de toda Galilea, y siete jueces en cada ciudad para los pleitos de menor cuantía; pues los asuntos mayores y las causas de sangre ordenó que se le remitieran a él mismo y a los setenta.
Tras haber ordenado las leyes de convivencia dentro de cada ciudad, se dedicó a la seguridad de ellas por fuera. Y sabiendo que los romanos invadirían primero Galilea, fortificó los lugares idóneos: Yotapata, Bersabé y Selamé, y también Kafarekjó, Yafá y Sigó, el monte llamado Itaburio, Taríquea y Tiberíades; y, además de estos, las cuevas en torno al lago Genesar, en la llamada Baja Galilea; y de la Alta Galilea, la llamada Roca de Akjabarón, Sef, Yamnit y Meró. En la Gaulanítide fortificó Seleucia, Sogane y Gámala; y solo a los seforitas les permitió levantar por sí mismos su muralla, al verlos bien provistos de dinero y dispuestos a la guerra sin necesidad de orden. Del mismo modo, también Gíscala la fortificaba por su cuenta Yojanán, hijo de Leví, por mandato de Josefo; y en todas las demás plazas fuertes estaba presente él mismo, trabajando a la par y dando órdenes. Alistó además una fuerza de Galilea de más de cien mil jóvenes, a los que armó a todos, equipándolos con las viejas armas que se iban reuniendo.
Después, comprendiendo que la fuerza de los romanos se había vuelto invencible sobre todo por la obediencia y el ejercicio de las armas, renunció a la instrucción, apremiado por la urgencia, y, viendo que la obediencia se obtiene por el número de los jefes, dividió el ejército al modo más romano y estableció más oficiales. Pues fijó distinciones entre los soldados, y a estos los subordinó a decuriones y centuriones, luego a tribunos, y sobre ellos a comandantes que dirigían unidades mayores. Les enseñaba la transmisión de las señales, y los toques de trompeta para la llamada al ataque y para la retirada, las cargas y los giros de las alas, y cómo hay que acudir, desde la reserva, al punto que flaquea y socorrer al que está en apuros. Cuanto contribuía a la firmeza del ánimo o a la resistencia del cuerpo se lo exponía; y sobre todo los adiestraba para la guerra narrándoles a cada paso el buen orden de los romanos, y que iban a combatir contra hombres que, por el vigor del cuerpo y la firmeza del alma, dominan casi todo el mundo habitado. Decía que pondría a prueba su disciplina militar aun antes de la batalla, si se abstenían de sus crímenes habituales —el robo, el bandolerismo, el saqueo, el engaño a los de su propio pueblo y el tener por ganancia propia el daño de sus allegados—; pues las guerras se llevan del mejor modo allí donde todos los que sirven tienen buena conciencia, mientras que los que son perversos en su propia casa usan como enemigo no solo a los adversarios que los atacan, sino también a Dios.
Con muchas exhortaciones semejantes proseguía. Y tenía ya adiestrada para la batalla una fuerza de sesenta mil infantes, trescientos cincuenta jinetes, y, aparte de estos, aquellos en quienes más confiaba, unos cuatro mil quinientos mercenarios; y tenía a su alrededor seiscientos hombres escogidos como guardia de su persona. Excepto a los mercenarios, al resto del ejército lo mantenían con facilidad las ciudades; pues cada una de ellas enviaba al ejército a la mitad de los alistados y retenía al resto para procurarles los víveres, de modo que unos quedaban destinados a las armas y otros al trabajo, y a los que enviaban el grano se les daba a cambio, de parte de los hombres armados, la seguridad.
Mientras Josefo administraba así los asuntos de Galilea, se levanta contra él un hombre intrigante, de Gíscala, hijo de Leví, de nombre Yojanán, el más astuto y falaz de todos los que descollaban en tales fechorías; pobre al principio, y por mucho tiempo con la penuria por freno de su maldad; presto a mentir, y hábil en dar crédito a lo que mentía; que tenía el engaño por virtud y lo empleaba contra los más queridos; hipócrita de filantropía y sanguinario por la esperanza del lucro; siempre ansioso de grandes cosas, pero alimentando sus esperanzas con bajas villanías. Pues era un bandolero solitario; luego halló también compañía para su audacia, al principio escasa, pero cada vez mayor a medida que progresaba. Su cuidado era no admitir a nadie fácil de vencer, sino que escogía a los que sobresalían por su buena condición física, por la firmeza de su ánimo y por su experiencia en las guerras, hasta que reunió una banda de hasta cuatrocientos hombres, en su mayoría fugitivos del territorio de los tirios y de sus aldeas; con los cuales saqueaba toda Galilea y desgarraba a los muchos que estaban en vilo ante la guerra que se avecinaba.
Ya con aspiraciones de mando y anhelando cosas mayores, lo retenía la falta de dinero. Y como veía a Josefo muy complacido con su energía, lo persuade primero de que le confíe reconstruir la muralla de su patria, en lo cual sacó mucho provecho de los ricos; luego, urdiendo un ardid de lo más astuto —el de que todos los judíos de Siria se guardasen de usar un aceite que no hubiera sido manipulado por gente de su propio pueblo—, pidió que se les enviara a la frontera. Comprando por una moneda tiria, que vale cuatro dracmas áticas, cuatro ánforas, vendía por el mismo precio media ánfora. Y como Galilea era muy rica en aceite y entonces había tenido cosecha abundante, enviando mucho y él solo a quienes andaban escasos, reunió una cantidad incontable de dinero, que usó de inmediato contra quien le había proporcionado el negocio. Y suponiendo que, si derribaba a Josefo, él mismo gobernaría Galilea, ordenó a los bandidos que tenía a su mando que se aplicasen con más ahínco a los saqueos, para que, al sublevarse muchos por el país, o bien matara en alguna emboscada al general cuando saliera a socorrer, o bien lo calumniara ante los del lugar por consentir a los bandidos. Después difundió a lo lejos el rumor de que Josefo traicionaba los asuntos a los romanos, y maquinó muchas cosas semejantes para la ruina del hombre.
Por aquel tiempo, unos jóvenes de la aldea de Debarita, de los guardas apostados en la gran llanura, tendieron una emboscada a Tolomeo, administrador de Agripa y de Berenice, y le arrebataron todo el equipaje que llevaba, en el que había no pocos vestidos suntuosos, gran cantidad de copas de plata y seiscientas piezas de oro. No pudiendo disponer del botín a escondidas, lo llevaron todo a Josefo, a Taríquea. Este, reprochándoles su violencia contra la gente del rey, depositó lo traído en manos de Anneo, el más poderoso de los tariqueatas, con intención de devolverlo a sus dueños en el momento oportuno; lo cual le acarreó el mayor peligro. Pues los que habían saqueado, a la vez indignados por no obtener parte alguna de lo traído, y habiendo adivinado la intención de Josefo —que se proponía regalar su esfuerzo a los reyes—, corrieron de noche por las aldeas y ante todos denunciaban a Josefo como traidor; y llenaron de agitación también a las ciudades vecinas, de modo que al amanecer cien mil hombres armados acudieron corriendo contra él. La multitud, reunida en el hipódromo de Taríquea, vociferaba mucho de ira: unos gritaban que había que lapidar al traidor, otros que había que quemarlo; y los excitaba Yojanán, y con él un tal Yeshúa, hijo de Sapfías, entonces gobernador de Tiberíades.
Los amigos y guardias de Josefo, aterrados por el ímpetu de la multitud, huyeron todos salvo cuatro; y él mismo, que dormía aún cuando ya se acercaba el fuego, se levanta, y, aunque los cuatro que habían permanecido lo urgían a huir, sin acobardarse ni por su propio desamparo ni por la muchedumbre de los que se le echaban encima, salta hacia adelante, tras rasgarse el vestido, esparcirse ceniza sobre la cabeza, volver las manos a la espalda y atarse la propia espada al cuello. Ante esto, los que le eran afectos, y sobre todo los tariqueatas, sintieron compasión; pero los del campo y los vecinos, a cuantos les parecía insoportable, lo injuriaban, y le ordenaban sacar cuanto antes el dinero común y confesar los pactos de traición; pues habían supuesto, por su aspecto, que nada negaría de lo que se sospechaba, sino que todo lo había hecho para procurarse el perdón moviendo a la piedad. Pero para él aquel abatimiento era preparación de una estratagema, y, tramando con arte que los que estaban indignados contra él se enfrentaran entre sí sobre aquello que los enfurecía, se disponía a confesarlo todo. Entonces, dada la palabra, dijo: «Yo ni me proponía enviar este dinero a Agripa ni lucrarme con él; que jamás tenga yo por amigo a quien es enemigo vuestro, ni por ganancia lo que reporta daño al bien común. Pero viendo, tariqueatas, que vuestra ciudad, más que ninguna, necesita seguridad y requiere dinero para levantar una muralla, y temiendo al pueblo de Tiberíades y a las demás ciudades que acechaban el botín, opté por retener el dinero en silencio, para rodearos de una muralla. Si no os parece bien, saco lo que se me trajo y lo entrego al saqueo; y si os aconsejé mal, castigad a vuestro bienhechor».
Ante esto, los tariqueatas lo aclamaban, pero los de Tiberíades, con los demás, lo denostaban y amenazaban; y unos y otros, dejando a Josefo, se enzarzaron entre sí. Y él, ya confiado en los que se había ganado —eran unos cuarenta mil los tariqueatas—, habló a toda la multitud con más franqueza. Y tras reprocharles mucho su temeridad, dijo que con los recursos presentes fortificaría Taríquea, y que del mismo modo aseguraría también las demás ciudades; pues no faltaría el dinero, si se ponían de acuerdo sobre aquellos de quienes había que recaudarlo y no se exasperaban contra quien recaudaba. Entonces el resto de la multitud engañada se retiró, aunque enfurecida; pero dos mil se lanzaron armados contra él, y como había alcanzado a entrar antes en la casa, se apostaron amenazantes. Ante ellos, Josefo recurre a un segundo engaño: subiendo al tejado y calmando con la mano derecha su tumulto, dijo que no sabía qué exigían obtener, pues no podía oír por la confusión del griterío; pero que haría cuanto ordenasen, si le enviaban dentro a quienes lo trataran con calma. Al oír esto, los notables, con los magistrados, entraron. Y él, arrastrándolos a lo más recóndito de la casa y cerrando la puerta del patio, los azotó hasta dejar en carne viva las entrañas de todos; mientras tanto, la multitud rodeaba la casa, creyendo que los que habían entrado alegaban más largamente su causa. Pero él, abriendo de repente las puertas, echó fuera a los hombres ensangrentados, y produjo tal espanto en los que amenazaban que, arrojando las armas, huyeron.
Ante esto, Yojanán acrecentó su envidia y aparejó una segunda intriga contra Josefo. Fingiendo enfermedad, le suplicó por carta que le permitiera usar, para su curación, las aguas termales de Tiberíades. Y él —pues aún no sospechaba del intrigante— escribe a los oficiales de la ciudad que dieran a Yojanán hospedaje y los víveres necesarios. Tras gozar de ellos dos días, se puso a lo que había venido, y, corrompiendo a unos con engaños y a otros con dinero, los persuadía a apartarse de Josefo. Al enterarse de esto, Silas, a quien Josefo había puesto para guardar la ciudad, le escribe a toda prisa lo referente a la intriga. Y Josefo, en cuanto recibió la carta, marchando de noche sin descanso, se presentó al amanecer en Tiberíades. Y el resto de la multitud le salió al encuentro; pero Yojanán, aunque sospechaba que aquella llegada era contra él, sin embargo, enviando a uno de sus conocidos, fingió su dolencia y, guardando cama, decía que no podía acudir al tratamiento. Y cuando Josefo, reuniendo a los tiberienses en el estadio, intentaba hablarles de lo escrito, Yojanán, enviando a escondidas hombres armados, les ordenó matarlo. El pueblo, viendo de antemano a estos desenvainar las espadas, dio un grito; y al griterío, Josefo, volviéndose y viendo ya el hierro sobre su garganta, saltó a la orilla —pues estaba arengando de pie sobre un montículo de seis codos de altura—, y, saltando a una barca amarrada cerca, con dos guardias de su persona, huyó al centro del lago.
Sus soldados, tomando rápidamente las armas, avanzaron contra los conjurados. Allí, temiendo Josefo que, encendida una guerra civil, echase a perder la ciudad por la envidia de unos pocos, envía un mensajero a los suyos para que cuidaran solo de su propia seguridad, y que ni mataran a nadie ni acusaran a los culpables. Y ellos, obedeciendo la orden, se calmaron; pero los de la comarca de alrededor, al enterarse de la intriga y de quien la había urdido, se reunían contra Yojanán; mas él se les adelanta huyendo a Gíscala, su patria. Los galileos afluían hacia Josefo por ciudades, y, hechos ya muchas decenas de miles de hombres armados, gritaban que estaban presentes contra Yojanán, el intrigante común; pues incendiarían con él también a la patria que lo había acogido. Pero él decía que aceptaba su buena voluntad, y sin embargo contenía su ímpetu, prefiriendo dominar a los enemigos con la astucia antes que matarlos. Y tomando por su nombre, de cada ciudad, a los que se habían sublevado con Yojanán —pues los del pueblo señalaban de buen grado a los suyos—, y amenazando por medio de heraldos con que, dentro del quinto día, saquearía las haciendas y quemaría las casas junto con las familias de quienes no abandonaran a Yojanán, hizo desertar de inmediato a tres mil, que, presentándose, arrojaron las armas a sus pies; y con los que quedaron —eran unos dos mil fugitivos sirios— Yojanán volvió de nuevo, de las intrigas más abiertas, a las ocultas.
En secreto, pues, enviaba mensajeros a Yerushaláyim, calumniando a Josefo por la magnitud de su poder, y afirmando que muy pronto vendría como tirano de la metrópoli, si no se le prevenía. El pueblo, que lo tenía previsto, no le prestaba atención; pero los poderosos, por envidia, y algunos de los magistrados, enviaron a escondidas dinero a Yojanán para reclutar mercenarios, a fin de que guerreara contra Josefo; y decidieron por su cuenta también destituirlo del mando. Mas no juzgaron que bastara el decreto: enviaron dos mil quinientos hombres armados y cuatro varones eminentes —Ioesdro, hijo de Nomiko, Ananías, hijo de Sadduki, Shimón y Yehudá, hijos de Yonatán—, todos, por así decir, oradores poderosísimos, para que estos apartaran de Josefo la buena voluntad del pueblo; y si acudía por su propia voluntad, dejarlo rendir cuentas; pero si se empeñaba en quedarse, tratarlo como enemigo. A Josefo sus amigos le habían escrito que venía un ejército, pero no le revelaban de antemano la causa, por haber sido esto tramado en secreto por los enemigos. Por eso, como no se puso en guardia, cuatro ciudades se pasaron enseguida a los emisarios que llegaron: Séforis, Gábara, Gíscala y Tiberíades. Pero pronto se las volvió a atraer también, sin necesidad de armas, y, venciendo con estratagemas a los cuatro jefes y a los más poderosos de los hombres armados, los devolvió a Yerushaláyim. Contra ellos el pueblo se indignó sobremanera, y con ellos se lanzó a matar a quienes los habían enviado, de no haber escapado estos primero. Yojanán, en fin, quedó en adelante confinado dentro de la muralla de Gíscala por el miedo a Josefo. Y a los pocos días se sublevó de nuevo Tiberíades, llamando los de dentro al rey Agripa; y como este no llegó en el plazo convenido, sino que aquel día aparecieron unos pocos jinetes romanos, declaraban desterrado a Josefo por medio de heraldos.
La noticia de la deserción llegó enseguida a Taríquea. Josefo había mandado a todos sus soldados a recoger grano, de modo que no podía ni lanzarse solo contra los rebeldes ni resignarse a esperar: temía que, si se demoraba, las tropas del rey se le adelantaran y entraran en la ciudad. Y tampoco podría actuar al día siguiente, pues se le echaba encima el Shabat.
Decidió, pues, sorprender con una estratagema a los sublevados. Mandó cerrar las puertas de Taríquea, para que nadie fuera a delatar de antemano su plan a los que iba a atacar; reunió todas las barcas del lago —resultaron ser trescientas treinta, y en cada una no había más de cuatro tripulantes— y a toda prisa navegó hacia Tiberíades.
Se detuvo a tal distancia de la ciudad que no era fácil advertir que las lanchas de pesca navegaban vacías, y ordenó que se mantuvieran a la vista, meciéndose en el agua; él mismo, con solo siete de sus guardias personales y desarmados, se acercó para dejarse ver de más cerca.
Al divisarlo desde las murallas, sus adversarios —que todavía lo estaban injuriando—, sobrecogidos, creyeron que todas las barcas venían cargadas de soldados: arrojaron las armas y, agitando ramos de súplica, le rogaron que perdonara a la ciudad.
Josefo los amenazó largamente y los reprendió: primero se habían echado encima la guerra contra los romanos y ya malgastaban sus fuerzas en luchas intestinas, haciendo justo lo que más desearían sus enemigos; y luego se apresuraban a arrebatarles al garante de su seguridad y no se avergonzaban de cerrarle la ciudad a quien mismo la había amurallado. Que le enviaran, dijo, a los que quisieran justificarse, y con quienes él aseguraría de nuevo la ciudad.
Bajaron enseguida diez de los ciudadanos más poderosos de Tiberíades. A esos los subió a una de las lanchas y los alejó mar adentro; luego ordenó que se adelantaran otros cincuenta del consejo, los más conocidos, como si quisiera recibir también de aquellos alguna garantía.
Después, ideando pretextos cada vez más nuevos, iba llamando a unos tras otros como si fuera a pactar con ellos.
A los timoneles de las barcas que se iban llenando les mandó remar a toda prisa a Taríquea y encerrar a los hombres en la prisión, hasta que hubo apresado a todo el consejo —seiscientos en total— y a unos dos mil del pueblo, y los llevó en las barcas a Taríquea.
Como los demás gritaban que el principal culpable de la deserción era un tal Clito, y le pedían que descargara su ira sobre aquel, Josefo —que no había resuelto matar a nadie— ordenó a un tal Leví, uno de sus propios guardias, que saliera a cortarle las manos a Clito.
Pero aquel, temiendo verse solo en medio de una turba de enemigos, se negó. Clito, viendo desde la barca que Josefo se indignaba y que estaba a punto de saltar él mismo a ejecutar el castigo, le suplicó desde la orilla que le dejara al menos una de las manos.
Josefo accedió, a condición de que él mismo se cortara la otra; y Clito, desenvainando la espada con la derecha, se cortó la izquierda: hasta tal punto de terror lo llevó Josefo.
Así, con barcas vacías y siete escoltas, tomó cautivo al pueblo y recuperó Tiberíades. Pocos días después, al descubrir que se había sublevado junto con los de Séforis, permitió a los soldados saquearla.
Sin embargo, reunió todo el botín y lo devolvió a los habitantes, y lo mismo hizo con los de Séforis; pues, tras haberlos sometido también a ellos, quiso escarmentarlos con el saqueo, y con la devolución de los bienes los ganó de nuevo para su favor.
Cesaron, pues, las agitaciones en Galilea, y, puesto fin a los tumultos internos, se volcaron en los preparativos contra los romanos.
En Yerushaláyim, Anano el sumo sacerdote y cuantos de los poderosos no simpatizaban con los romanos reparaban la muralla y buena parte de las máquinas de guerra.
Por toda la ciudad se forjaban proyectiles y armaduras; la multitud de los jóvenes se ejercitaba en desordenados entrenamientos, y todo estaba lleno de alboroto. Una honda tristeza pesaba sobre los moderados, y muchos, previendo las desgracias que se avecinaban, se lamentaban.
Circulaban también presagios: de mal agüero para quienes amaban la paz, pero que se improvisaban al gusto de quienes habían encendido la guerra. Y el estado de la ciudad, antes aún de que llegaran los romanos, era el de una plaza destinada a perecer.
Anano, por su parte, se preocupaba de ir apartándose poco a poco de los preparativos bélicos y de doblegar hacia lo conveniente a los sediciosos y a la insensatez de los llamados zelotes; pero fue vencido por su violencia, y más adelante mostraremos qué final le tocó en suerte.
En la toparquía de Acrabatene, Shimón bar Giora, tras haber reunido a muchos de los revoltosos, se lanzó al saqueo: no solo desvalijaba las casas de los ricos, sino que también torturaba sus cuerpos, y ya se veía claramente que desde muy pronto empezaba a comportarse como tirano.
Cuando Anano y los magistrados enviaron tropas contra él, huyó con los suyos hasta los bandidos de Masada, y allí permaneció hasta la muerte de Anano y de los demás enemigos, saqueando entretanto Idumea junto con ellos.
De modo que los magistrados de la nación, por la cantidad de los que morían y los continuos pillajes, reunieron un ejército y mantuvieron guarnecidas las aldeas. Y así estaban las cosas en Idumea.
Capítulo III
Libro tercero
Cuando a Nerón le llegaron noticias de los reveses sufridos en Judea, lo asaltaron —como es natural— un espanto y un miedo que ocultó; pero de puertas afuera se mostró desdeñoso e irritado. Decía que lo ocurrido se debía más a la negligencia de sus generales que al valor del enemigo, y creía propio de él, por el peso de su soberanía, mostrarse altivo ante aquellas malas nuevas y aparentar un ánimo por encima de todo terror. Con todo, la turbación de su alma quedaba al descubierto en sus cavilaciones, mientras meditaba a quién confiaría el Oriente sublevado: alguien que castigara la rebelión de los judíos y se anticipara a los pueblos vecinos, ya contagiados del mismo mal.
Solo encuentra a Vespasiano a la altura de la empresa y capaz de asumir la magnitud de una guerra tan grande —un hombre envejecido en las campañas desde su juventud, que ya antes había pacificado para los romanos el occidente perturbado por los germanos, y había sumado con las armas Britania, hasta entonces ignorada—, con lo que además brindó a su padre Claudio la ocasión de celebrar un triunfo sin sudor propio.
Tomando esto por buen presagio, viendo su edad firme y curtida por la experiencia —y teniendo en sus hijos una gran prenda de su lealtad, y en el vigor de estos una mano al servicio de la prudencia paterna—, y acaso porque Dios ya disponía de antemano el rumbo de todo, envía a este hombre a tomar el mando de los ejércitos de Siria, halagándolo mucho y agasajándolo por adelantado, como las urgencias del momento lo exigían. Y él, desde Acaya, donde acompañaba a Nerón, despachó a su hijo Tito a Alejandría para que trajera de allí la decimoquinta legión; cruzó él mismo el Helesponto y llegó por tierra a Siria, y allí reunió las fuerzas romanas y numerosos aliados de los reyes vecinos.
Los judíos, tras el golpe asestado a Cestio, enardecidos por sus inesperados éxitos, no podían contener su ímpetu y, como avivados por la fortuna, llevaban la guerra más lejos. Reuniendo enseguida a todos sus hombres más aguerridos, se lanzaron contra Ascalón. Es una ciudad antigua, distante de Yerushaláyim quinientos veinte estadios, siempre odiada por los judíos; por eso también entonces les pareció la más a mano para sus primeros embates. Dirigían la incursión tres hombres, sobresalientes en fuerza y en juicio: Níger, de Perea; Silas, el babilonio; y con ellos Yojanán el esenio. Ascalón estaba sólidamente amurallada, pero casi desprovista de socorro: la guarnecían una cohorte de infantería y una sola ala de caballería, al mando de Antonio.
Los judíos, marchando con un ímpetu mucho más tenso, como quienes partían de cerca, ya estaban allí. Pero Antonio, que no ignoraba que su ataque aún se avecinaba, sacó por delante la caballería y, sin temer nada ni el número ni la audacia del enemigo, aguantó con firmeza los primeros embates y rechazó a quienes se abalanzaban contra la muralla. Ellos, inexpertos frente a diestros en la guerra, infantes frente a jinetes, desordenados frente a hombres bien trabados, y armados al desgaire frente a hoplitas pertrechados —conducidos por la pasión más que por el cálculo, y enfrentados a quienes obedecían y lo hacían todo a una señal—, sufrieron sin dificultad. Pues una vez turbadas sus primeras filas, la caballería las puso en fuga; y al chocar contra los que venían detrás, apretados hacia la muralla, se volvieron enemigos unos de otros, hasta que todos, cediendo a las cargas de los jinetes, se desparramaron por toda la llanura —que era amplia y por completo apta para la caballería.
Y esto, favoreciendo a los romanos, causó grandísima mortandad entre los judíos: alcanzaban a los que huían y los hacían volverse, y abriéndose paso entre los que el propio correr amontonaba, mataban a incontables; otros a otros, dondequiera que giraban, los cercaban, los acosaban en círculo y los alanceaban sin esfuerzo. A los judíos su propia muchedumbre les parecía un desierto en medio de su impotencia, mientras que los romanos, aun siendo pocos para la guerra, en su fortuna se creían de sobra. Y como unos porfiaban contra los reveses, por vergüenza de una huida rápida y con la esperanza de un vuelco, y los otros no se cansaban en su buena suerte, la batalla se prolongó hasta la tarde, hasta que cayeron diez mil judíos y dos de sus jefes, Yojanán y Silas. Los demás, la mayoría heridos, huyeron con Níger, el jefe superviviente, a un pueblecito de Idumea llamado Chaalis. Unos pocos romanos también resultaron heridos en aquel encuentro.
Con todo, semejante desastre no abatió el ánimo de los judíos; antes bien, su desgracia despertó su audacia, y despreciando los cadáveres que tenían a sus pies, sus éxitos anteriores los sedujeron hacia un segundo golpe. Sin detenerse siquiera lo justo para curar las heridas, reuniendo toda su fuerza, más enfurecidos y mucho más numerosos, volvieron corriendo contra Ascalón. Y su suerte anterior los acompañó, junto con su inexperiencia y las demás desventajas para la guerra: como Antonio había tendido emboscadas en los pasos, cayeron sin advertirlo en las celadas, y rodeados por la caballería antes de poder formar para el combate, de nuevo caen más de ocho mil, y todos los demás huyeron —entre ellos también Níger, que en la huida dio muchas muestras de bravura. Acosados por el enemigo, se ven empujados a una torre fortificada de una aldea llamada Belzedek. Los de Antonio, para no perder tiempo con la torre, difícil de tomar, ni dejar con vida al jefe y más valiente de los enemigos, prendieron fuego a la muralla. Mientras la torre ardía, los romanos se retiraron alegres, como si también Níger hubiera perecido; pero él, arrojándose a la gruta más recóndita de la fortaleza, se salvó desde la torre, y al cabo de tres días respondió a los que, entre lamentos, lo buscaban para darle sepultura. Al salir, colmó a todos los judíos de un gozo inesperado, como salvado por la providencia de Dios para serles general en lo por venir.
Vespasiano, tras recoger sus fuerzas en Antioquía —que es la metrópoli de Siria y, por su tamaño y demás prosperidad, ocupa sin disputa el tercer lugar del mundo habitado bajo dominio romano, y donde había encontrado al rey Agripa aguardando su llegada con todas sus propias tropas—, se apresuró hacia Ptolemaida. Y en esta ciudad salieron a su encuentro los habitantes de Séforis, ciudad de Galilea, los únicos de la región de sentimientos pacíficos. Ellos, que no habían descuidado ni su propia salvación ni la fuerza de los romanos, antes de que llegara Vespasiano ya habían dado garantías a Cesenio Galo, recibido su diestra y admitido una guarnición. Entonces, en efecto, acogieron cordialmente al general y se ofrecieron de buen grado como aliados contra los de su propio pueblo. A ellos, que lo pedían, el general les entrega por el momento jinetes e infantes, cuantos suponía que resistirían las incursiones si los judíos intentaban algo. Pues no parecía pequeño el riesgo, de cara a la guerra que se avecinaba, de que le arrebataran Séforis, siendo la mayor ciudad de Galilea, levantada en un lugar fortísimo y llamada a ser el baluarte de todo el pueblo.
Siendo dos las Galileas —la llamada Alta y la Baja—, las ciñen Fenicia y Siria; las delimitan, por el poniente, Ptolemaida con las fronteras de la comarca y el Carmelo, monte antaño de los galileos y hoy de los tirios. A este linda Gabaá, ciudad de jinetes, así llamada porque en ella habitan los jinetes licenciados por el rey Herodes. Por el mediodía, la comarca de Shomrón y Escitópolis, hasta las corrientes del Yardén. Por el levante la cortan Hipos, Gádara y la Gaulanítide —allí están también las fronteras del reino de Agripa. Sus zonas septentrionales terminan en Tiro y en el territorio de los tirios. La llamada Galilea Baja se extiende a lo largo desde Tiberíades hasta Chabulón, cuya vecina en la costa es Ptolemaida. Se ensancha desde una aldea situada en la gran llanura —se llama Exaloth— hasta Bersabe, que es también donde comienza en anchura la Galilea Alta, hasta la aldea de Baca, la cual limita con la tierra de los tirios. Y se alarga hasta Meroth, partiendo de la aldea de Thella, vecina del Yardén.
Con ser tan grandes en extensión y rodeadas de tantos pueblos extranjeros, siempre resistieron toda prueba de guerra: los galileos son aguerridos desde niños y siempre numerosos, y nunca la cobardía dominó a los hombres ni la falta de población a la tierra, pues toda ella es fértil, buena para el pasto y plantada de árboles de toda clase, de modo que por su facilidad invita hasta al menos amigo del trabajo del campo. Así que fue toda cultivada por sus moradores, y ninguna parte quedó ociosa; hay además ciudades apiñadas y una multitud de aldeas por doquier, populosas por la abundancia, de suerte que la más pequeña tiene más de quince mil habitantes.
En conjunto, aunque uno rebajara Galilea frente a Perea por el tamaño, la preferiría por su fuerza: la una es toda laborable y fructifica sin interrupción, mientras que Perea, mucho mayor, es en su mayor parte desierta y áspera, y más agreste para el cultivo de frutos domesticados. Con todo, su parte muelle y de todo fruto, y los llanos plantados de árboles variados, están labrados sobre todo con olivo, vid y palmerales, regados por los torrentes de los montes y por manantiales perennes en abundancia, para cuando aquellos se agotan con el calor de la canícula. Su longitud va de Maqueronte a Pela, y su anchura de Filadelfia al Yardén. Por Pela, que ya hemos mencionado, se limita al norte; al poniente, por el Yardén; su confín meridional es Moav, y hacia el levante la cortan Arabia y la Silonítide, y del lado de Filadelfia y de Gerasa.
La comarca de Shomrón está en medio de Galilea y de Judea: comenzando en una aldea situada en la llanura, de nombre Gineá, termina en la toparquía de los acrabetenos; y en nada difiere de Judea por su naturaleza. Ambas son montañosas y llanas, blandas para el cultivo y de gran rendimiento, arboladas y llenas de fruto de monte y de huerta, en cuanto que en ningún punto son naturalmente sedientas, pues las riega la lluvia la mayor parte del tiempo. Toda el agua corriente en ellas es de una dulzura singular, y por la abundancia de buena hierba el ganado da más leche que en otras partes. La mayor prueba de su excelencia y prosperidad es que ambas rebosan de hombres. Su lindero es la aldea llamada Anuath Borceo: esta es el confín de Judea por el norte; su parte sur, medida a lo largo, la delimita una aldea que confina con las fronteras de los árabes, y a la que los judíos de allí llaman Yardán. En anchura se despliega desde el río Yardén hasta Yafo.
La ciudad de Yerushaláyim yace en su mismísimo centro, por lo que algunos, no sin razón, llamaron a la villa el ombligo de la región. Y no está Judea privada de los encantos del mar, pues se extiende por la costa hasta Ptolemaida. Se reparte en once distritos, sobre los cuales manda la regia Yerushaláyim, que se alza por encima de toda la comarca circundante como la cabeza sobre el cuerpo; los demás, después de ella, se dividen en toparquías. Gofna es la segunda, y tras ella Acrabeta; luego Thamna y Lida, Emaús, Pela, Idumea, Engaddai, el Herodión y Yerijó; después de las cuales Yavne y Yafo encabezan sus contornos, y sobre estas la Gamalítide y la Gaulanítide, Batanea y la Traconítide, que son también partes del reino de Agripa. Comenzando en el monte Líbano y en las fuentes del Yardén, la región se ensancha hasta el lago junto a Tiberíades, y desde una aldea llamada Arfá se alarga hasta Julias. La habitan, mezclados, judíos y sirios. Esto es lo que, con la mayor brevedad posible, hemos referido acerca de la tierra de los judíos y de sus contornos.
El socorro enviado por Vespasiano a los sepforitas —mil jinetes y seis mil infantes, bajo el mando del tribuno Plácido—, tras acampar en la gran llanura, se divide: la infantería se aloja en la ciudad para su custodia, y la caballería en el campamento. Avanzando de continuo por uno y otro lado y arrasando los contornos de la región, hacían gran daño a los de Josefo, que se mantenían quietos: saqueaban las ciudades desde fuera y rechazaban a cuantos se atrevían a salir. Josefo, sin embargo, se lanzó contra la ciudad esperando tomarla —él mismo, antes de que Galilea se sublevara, la había amurallado de modo que fuera difícil de tomar incluso para los romanos—; por eso mismo fracasó en su esperanza, hallándose demasiado débil para forzarla o para persuadir a los sepforitas. Con ello no hizo sino azuzar más la guerra sobre la región, y ni de noche ni de día cesaban los romanos, en su rabia por la empresa, de asolar sus llanuras y saquear las haciendas del campo, matando siempre a los combatientes y esclavizando a los débiles. Toda Galilea se llenó de fuego y de sangre, y no quedó libre de sufrimiento ni de calamidad alguna; pues el único refugio para los perseguidos eran las ciudades amuralladas por Josefo.
Tito, tras cruzar de Acaya a Alejandría con mayor rapidez de la que permitía la estación invernal, toma a su cargo la fuerza para la que había sido enviado y, en marcha forzada, llega presto a Ptolemaida. Y allí, hallando a su padre con las dos legiones que lo acompañaban —las más distinguidas, la quinta y la décima—, les une la decimoquinta que él había traído. A estas seguían dieciocho cohortes; y se les sumaron también cinco desde Cesarea y una ala de caballería, y otras cinco de la caballería de Siria. De las cohortes, diez tenían mil infantes cada una, y las trece restantes seiscientos infantes cada una y ciento veinte jinetes. Se reunió también un nutrido contingente aliado de parte de los reyes: Antíoco, Agripa y Sohemo aportaron cada uno dos mil infantes arqueros y mil jinetes, y el árabe Málico envió mil jinetes sobre cinco mil infantes, de los cuales la mayoría eran arqueros. De suerte que la fuerza total, contando junto a ella los jinetes e infantes de los reyes, ascendía a sesenta mil, sin contar los sirvientes, que seguían en gran número y que, por su adiestramiento militar, no se apartarían del grueso combatiente: en la paz se ejercitaban de continuo en las prácticas de sus amos, y en la guerra compartían con ellos el peligro, de modo que ni en experiencia ni en fuerza eran inferiores a nadie salvo a sus amos.
En esto, por cierto, cabría admirar la previsión de los romanos, que se procuran una servidumbre útil no solo para las tareas de la vida, sino también para la guerra. Y si alguien mirara además el resto de la organización de su ejército, comprendería que poseen un dominio tan grande como fruto de su valor, no como regalo de la fortuna. Pues para ellos la guerra no es el comienzo del manejo de las armas, ni mueven las manos solo por necesidad, tras haber holgado en la paz; sino que, como si hubieran nacido pegados a sus armas, jamás conceden tregua al ejercicio ni aguardan las ocasiones. Sus prácticas en nada quedan por debajo del vigor de la guerra real, sino que cada día cada soldado se ejercita con todo empeño como si estuviera en combate. Por eso soportan las batallas con la mayor ligereza: ni el desorden los dispersa de su formación habitual, ni el miedo los saca de sí, ni el esfuerzo los agota, y les sigue una victoria segura sobre quienes no se les asemejan. Y no erraría quien dijera que sus prácticas son batallas sin sangre, y sus batallas prácticas con sangre.
Tampoco son presa fácil del enemigo por un ataque súbito; pues dondequiera que invaden tierra hostil, no traban combate antes de fortificar un campamento. Y no lo levantan al azar ni desnivelado, ni todos a la vez o en desorden: si el terreno resulta desigual, se allana, y se les traza un campamento cuadrado. Los acompaña una multitud de carpinteros y de herramientas para la construcción. El interior lo reparten en tiendas; por fuera, el recinto ofrece el aspecto de una muralla, guarnecido de torres a intervalos iguales. En los tramos entre torres colocan las balistas, las catapultas, las lanzapiedras y toda máquina arrojadiza, todo dispuesto para el disparo. Se construyen cuatro puertas, una en cada lado del recinto, cómodas para la entrada de las acémilas y anchas para las salidas de las tropas, si urgen. Trazan las calles del interior con buen orden, y colocan en el centro las tiendas de los oficiales, y en el mismísimo medio el cuartel general, semejante a un templo. Como si en un instante surgiera una ciudad, se señala también un mercado, un lugar para los artesanos y asientos para los centuriones y capitanes, donde juzguen si algunos tienen disputas. El recinto y todo lo que hay dentro se amuralla más rápido que el pensamiento, por el número y la pericia de los que trabajan; y si urge, se traza también por fuera un foso de cuatro codos de hondo e igual de ancho.
Una vez atrincherados, se alojan por unidades, cada uno con quietud y orden. Todo lo demás lo llevan a cabo con buen orden y seguridad: la leña, el avituallamiento, si lo necesitan, y el acarreo de agua, cada unidad por su cuenta. Ni la cena ni el desayuno son a voluntad de cada cual cuando quiere, sino de todos a la vez; y el sueño, las guardias y los despertares se los anuncian las trompetas, y no hay nada que se haga sin orden. Al amanecer, los soldados acuden cada cual a sus centuriones, y estos a los tribunos para saludarlos, y con ellos todos los capitanes acuden al comandante en jefe. Este les da la contraseña de costumbre y las demás órdenes para transmitirlas a sus subordinados; lo cual hacen también en el combate, y así giran con rapidez a donde haga falta, y para los ataques y las retiradas se repliegan todos a una.
Cuando conviene levantar el campamento, la trompeta da la señal, y nadie queda ocioso: al primer gesto desmontan las tiendas y lo disponen todo para la partida. Y de nuevo las trompetas señalan que estén listos. Ellos, en un momento, cargada la impedimenta sobre los mulos y las bestias, se plantan como junto a la cuerda de salida, prontos a arrancar, y prenden ya fuego al campamento, pues les es fácil fortificarse de nuevo allí, y para que aquello no llegue nunca a ser útil al enemigo. Y una tercera vez las trompetas anuncian la partida, apremiando a los que por algún motivo se demoran, para que ninguno se quede fuera de su puesto. Y el heraldo, apostado a la derecha del comandante, pregunta tres veces en la lengua patria si están listos para la guerra. Y ellos otras tantas responden a gritos, fuerte y con brío, diciendo que están prontos, y se adelantan a quien los interroga, y henchidos de un cierto ardor guerrero alzan la diestra con el clamor.
Luego, avanzando, marchan todos en silencio y con orden, guardando cada uno su puesto como en la guerra: los infantes protegidos con corazas y cascos, y llevando espada a ambos costados. La espada de la izquierda es mucho más larga, pues la del lado derecho no mide más de un palmo. Los infantes escogidos que rodean al general llevan lanza y escudo redondo; el resto de la falange, una pica y un escudo alargado, y además una sierra y un cesto, un azadón y un hacha, y también una correa, una hoz y una cadena, y provisiones para tres días; de suerte que poco le falta al infante para ser una acémila de carga. Los jinetes llevan a la derecha una espada larga y una pica alargada en la mano, y un escudo atravesado al costado del caballo; y del carcaj les cuelgan tres o más venablos, de puntas anchas y no menores en tamaño que las lanzas. Los cascos y las corazas son iguales a los de toda la infantería. Y en nada de armas se diferencian los escogidos que rodean al general de los jinetes de las alas. Por sorteo va siempre en cabeza la legión a la que le toca.
Tales son, pues, las marchas y los campamentos de los romanos, y las diferencias de sus armas; y nada en las batallas es irreflexivo ni improvisado, sino que la deliberación precede siempre a toda acción, y a lo decidido siguen las obras. Por eso yerran lo menos posible, y aun cuando tropiezan, se reponen con facilidad de sus errores. Y tienen por mejores los fallos que siguen a la deliberación que los aciertos debidos al azar, pues el bien que llega solo seduce hacia la imprevisión, mientras que la reflexión, aunque alguna vez fracase, sirve de buen adiestramiento para el futuro. Y de los bienes que vienen por sí solos no es responsable quien los recibe, mas de los reveses que sobrevienen contra lo esperado queda el consuelo de haber al menos deliberado como era debido.
En los ejercicios de las armas preparan no solo los cuerpos, sino también los ánimos, hasta hacerlos valientes; y se templan además con el temor. Pues sus leyes castigan con la muerte no solo la deserción, sino aun la más leve negligencia, y los generales son más temibles que las leyes: con los honores que otorgan a los buenos redimen la apariencia de crueldad hacia los castigados. Tan grande es en ellos la obediencia a los jefes que en la paz es un adorno, y en el combate todo el ejército es un solo cuerpo. Tan seguras son sus filas, tan ágiles sus giros, tan prontos sus oídos a las órdenes, sus ojos a las señales y sus manos a la acción. De ahí que sean siempre rápidos para actuar y los más lentos en padecer; y no hay caso en que, plantados en su puesto, fueran vencidos por el número, por las estratagemas, por lo escarpado del terreno, ni siquiera por la fortuna, pues también sobre esta tienen la victoria más asegurada. Para quienes, pues, la deliberación gobierna el combate, y a lo deliberado sigue un ejército tan resuelto, ¿qué hay de admirable en que, al levante, el Éufrates; al poniente, el océano; al sur, lo más fértil de Libia; y al norte, el Íster y el Rin sean las fronteras de su dominio? Con razón podría decirse que la posesión es menor que sus poseedores.
He expuesto todo esto no tanto por el propósito de alabar a los romanos cuanto por el consuelo de los sometidos y para disuadir a los que se rebelan; y ojalá sirva también, para los aficionados a lo bello que lo ignoran, esta descripción de la disciplina del ejército romano, como acercamiento a la experiencia. Vuelvo, pues, al punto de donde me aparté para tratar estas cosas.
Vespasiano, junto con su hijo Tito, mientras se demoraba aún en Ptolemaida ordenando sus fuerzas, y Plácido, que recorría Galilea saqueándola —pues había dado muerte a gran multitud de los que atrapaba, siendo estos los más débiles de los galileos, extenuados por las huidas—, viendo que los combatientes se refugiaban siempre en las ciudades amuralladas por Josefo, se lanzó contra la más fuerte de ellas, Yotapata, creyendo tomarla con facilidad al primer asalto y granjearse así gran gloria entre los generales y prestarles gran servicio para lo por venir: pues las demás ciudades se rendirían de miedo si caía la más recia. Pero erró de lleno su esperanza; los yotapatanos, advirtiendo de antemano su llegada, lo aguardan delante de la ciudad y, chocando de improviso con los romanos —numerosos, prontos al combate y ardorosos como quienes defienden una patria en peligro, y a sus mujeres e hijos—, los ponen pronto en fuga. Y hieren a muchos de los romanos y matan a siete, porque su retirada no fue desordenada y las heridas fueron superficiales, cubiertos como iban por todas partes; y porque los judíos disparaban de lejos más que atreverse a la lucha cuerpo a cuerpo, ligeros de armas contra hoplitas. Cayeron también tres judíos y unos pocos quedaron heridos. Plácido, hallándose demasiado débil para el asalto a la ciudad, huye.
Vespasiano, deseoso de irrumpir él mismo en Galilea, sale de Ptolemaida disponiendo que el ejército marchara según la costumbre romana. Ordenó que fueran por delante los ligeros de entre los auxiliares y los arqueros, para rechazar las incursiones repentinas del enemigo y explorar los bosques sospechosos y capaces de ocultar emboscadas; a estos seguía un cuerpo de romanos con armamento pesado, infantes y jinetes. A ellos los acompañaban diez hombres de cada centuria, que llevaban su propio equipo y los instrumentos de medir el campamento; y tras ellos los zapadores, para enderezar lo torcido de la calzada, allanar los pasos difíciles y talar de antemano los bosques que estorbaban, de modo que el ejército no penara con las malas veredas. Detrás de estos dispuso su propia impedimenta y la de los oficiales a sus órdenes, y sobre ellas un buen número de jinetes para su seguridad. Tras los cuales marchaba él mismo, con los escogidos de la infantería y la caballería y los lanceros. Le seguía la caballería propia de su legión —pues son propios de cada legión ciento veinte jinetes. A estos seguían los mulos que portaban las máquinas de asedio y los demás ingenios. Después de ellos, los oficiales y prefectos de cohortes con los tribunos, llevando en torno a sí soldados escogidos; luego los estandartes rodeando el águila, que va al frente de cada legión romana, por ser reina de todas las aves y la más brava; ella es para ellos señal de dominio y augurio de que, contra quienes marchen, vencerán. A las enseñas sagradas seguían los trompeteros, y detrás de ellos la falange, ensanchando su masa en columnas de a seis. Junto a ellos iba, por costumbre, un centurión vigilando la formación. La servidumbre de cada legión seguía toda a la infantería, llevando la impedimenta de los soldados sobre los mulos y las bestias; y detrás de todas las legiones, la turba de mercenarios, a la que seguían para su seguridad, como retaguardia, infantes, hoplitas y numerosos jinetes.
Marchando así, Vespasiano llega con su fuerza a los confines de Galilea, donde, tras acampar, contuvo a sus soldados ansiosos de guerra, mostrando el ejército para amedrentar al enemigo y darle ocasión de arrepentirse, si antes del combate cambiaba de parecer; y a la vez se aprestaba para el asedio de las plazas fuertes. Y el general, con solo dejarse ver, obró en muchos el arrepentimiento de la rebelión, y en todos el espanto. Pues los de Josefo, que habían acampado no lejos de Séforis, junto a una ciudad llamada Garis, cuando oyeron que la guerra se acercaba y que los romanos estaban a punto de trabar combate con ellos, no solo antes de la batalla, sino antes aun de ver al enemigo, se dispersan en fuga. Queda Josefo con unos pocos, y viendo que no tenía fuerza bastante para recibir al enemigo, que el ánimo de los judíos había decaído y que la mayoría, con gusto, si se les daba garantías, marcharía a un pacto, ya temía por el conjunto de la guerra; y entonces decidió alejarse lo más posible de los peligros. Tomando a los que habían permanecido con él, se refugia en Tiberíades.
Vespasiano, marchando contra la ciudad de Gádara, la toma al primer asalto, hallándola desprovista de gente combatiente; y entrando dentro, da muerte a todos los que estaban en edad viril, sin que los romanos tuvieran piedad de edad alguna, por odio al pueblo y por el recuerdo del atropello sufrido a manos de ellos en tiempos de Cestio. E incendia no solo la ciudad misma, sino también todas las aldeas y villas de alrededor, unas del todo abandonadas, otras esclavizando él mismo a sus habitantes.
Josefo, la ciudad que había elegido para su seguridad, la llenó él mismo de miedo al refugiarse allí. Los de Tiberíades no creían que él se hubiera vuelto jamás a la fuga de no haber desesperado por completo de la guerra. Y en esto no erraban en cuanto a su pensamiento: pues él veía hacia dónde se inclinarían al fin las cosas de los judíos, y sabía que su única salvación estaba en que cambiaran de rumbo. Pero él, aunque esperaba obtener el perdón de los romanos, prefería morir mil veces antes que, traicionando a su patria y ultrajando el mando que se le había confiado, prosperar entre aquellos contra quienes había sido enviado a combatir. Decidió, pues, escribir con exactitud a los que estaban al frente de Yerushaláyim el estado de las cosas, para no ser tachado de cobardía por exagerar la fuerza del enemigo, ni, por comunicarla más escasa de lo debido, envalentonar acaso a quienes ya se habían arrepentido; y para que, o bien, optando por un pacto, le respondieran pronto por escrito, o bien, resueltos a guerrear contra los romanos, le enviaran una fuerza capaz de combatir. Así pues, escrita esta carta, despacha a toda prisa hacia Yerushaláyim a los portadores del mensaje.
Vespasiano, deseoso de destruir Yotapata —pues había sabido que la mayoría de los enemigos se había refugiado allí y que era, por lo demás, una fuerte base de operaciones suya—, envía infantes y jinetes para allanar de antemano el camino, que era montañoso y rocoso, difícil incluso para los infantes e impracticable para los jinetes. Ellos, en cuatro días, lo dejaron listo y abrieron una ancha calzada para el ejército; y al quinto día Josefo —era el veintiuno del mes de Artemisio— se adelanta y entra en Yotapata desde Tiberíades, y levanta el ánimo abatido de los judíos. A Vespasiano, un desertor le anuncia como buena nueva el traslado de aquel hombre, y lo apremiaba contra la ciudad, como quien tomaría con ella toda Judea si atrapaba a Josefo en sus manos. Él, aferrando la noticia como la mayor de las fortunas, y creyendo que por providencia de Dios el que parecía el más sagaz de los enemigos había entrado en una cárcel de su propia elección, envía enseguida a Plácido con mil jinetes y al decurión Ebucio —hombre distinguido por su brazo y su inteligencia—, ordenándoles cercar por completo la ciudad, para que Josefo no se les escabullera sin ser visto.
Él mismo, un día después, tomando toda la fuerza, los siguió, y tras marchar hasta la tarde llega a Yotapata. Llevando el ejército a su lado norte, acampa en cierto cerro que distaba siete estadios de la ciudad, procurando hacerse todo lo visible posible al enemigo para amedrentarlo; y en efecto, al instante se apoderó de los judíos tal espanto que ninguno se atrevió a salir de la muralla. Los romanos, por su parte, renunciaron enseguida a atacar, pues habían marchado el día entero; pero con una doble falange rodean la ciudad y colocan por fuera, como tercer cerco, la caballería, bloqueándoles todas las salidas. Esto, en su desesperación de salvarse, aguijoneó a los judíos hacia la audacia: pues nada hay en la guerra más combativo que la necesidad.
Al día siguiente, trabado el asalto, al principio los judíos, manteniéndose en su puesto, resistían, acampados frente a los romanos delante de la muralla. Pero cuando Vespasiano, apostando contra ellos a los arqueros, los honderos y toda la multitud de los que disparan de lejos, les ordenó tirar, y él mismo con los infantes empujó cuesta arriba por donde la muralla era fácil de asaltar, Josefo, temiendo por la ciudad, salta afuera, y con él toda la muchedumbre de los judíos. Chocando en masa con los romanos, los apartaron de la muralla y mostraron muchas hazañas de manos y de audacia. Y no padecían menos de lo que causaban: pues cuanto a ellos los espoleaba la desesperación de salvarse, otro tanto espoleaba a los romanos el pudor, y a los unos los armaba la experiencia junto con la fuerza, a los otros la osadía conducida por el ardor. Combatiendo el día entero, se separan al caer la noche, tras haber herido a muchísimos romanos y muerto a trece; de los suyos cayeron diecisiete, y hubo seiscientos heridos.
Al otro día vuelven a atacar a los romanos, saliendo a su encuentro, y formaron mucho más recios, más animosos por haber resistido contra toda previsión la jornada anterior, y encontrando también a los romanos más combativos: pues, por pundonor, ardían de cólera, teniendo por derrota el no vencer pronto. Y hasta el quinto día los asaltos de los romanos fueron incesantes, y las salidas de los yotapatanos y los combates en la muralla, cada vez más recios; y ni los judíos se acobardaban ante la fuerza del enemigo, ni los romanos se cansaban ante lo inexpugnable de la ciudad.
Yotapata es, salvo por un trecho, toda ella un despeñadero: por los demás lados está cortada a pico por todas partes con barrancos inmensos, de suerte que la vista de quienes intentan mirar hacia abajo desfallece antes de llegar al fondo; solo es accesible por el norte, por donde está edificada en la ladera del monte, allí donde este se acaba. También esto lo había incluido Josefo al amurallar la ciudad, para que la cima que la domina no pudiera ser ocupada por el enemigo. Rodeada además por otros montes, antes de que uno llegara hasta ella era del todo invisible. Tal era, pues, la fortaleza de Yotapata.
Vespasiano, empeñado en vencer tanto la naturaleza del terreno como el arrojo de los judíos, resolvió llevar el asedio con mayor firmeza y, convocando a los oficiales bajo su mando, deliberó sobre el asalto. Decidido a levantar un terraplén frente a la parte accesible de la muralla, envió a todo el ejército a acopiar material; talados los montes que rodeaban la ciudad y reunida, junto con la madera, una cantidad enorme de piedra, unos —tendiendo mantas de mimbre sobre estacadas para resguardarse de los proyectiles que llovían desde arriba— amontonaban tierra debajo, sin sufrir daño alguno, o muy poco, por los tiros de la muralla; otros arrancaban los montículos cercanos y les acarreaban tierra sin descanso, y repartida la labor en tres grupos, nadie quedaba ocioso.
Los judíos, por su parte, arrojaban desde las murallas grandes rocas y toda clase de proyectiles sobre aquellas cubiertas; y aunque no alcanzaran, el estruendo era grande y terrible, un estorbo para los que trabajaban. Vespasiano dispuso entonces en círculo las máquinas de lanzar —ciento sesenta ingenios en total— y ordenó batir a los que estaban sobre la muralla. A un tiempo, las catapultas silbaban sus dardos, las piedras de un talento de peso salían disparadas de las máquinas pedreras, y volaban el fuego y una nube compacta de saetas, que no solo dejaban inaccesible la muralla a los judíos, sino también, tierra adentro, todo cuanto alcanzaban. Pues la multitud de arqueros árabes, y todos los lanzadores de jabalina y honderos, disparaban a la vez que las máquinas.
No por eso, impedidos de defenderse desde lo alto, se quedaban quietos: saliendo en pelotones al modo de bandidos, arrancaban las cubiertas de los que trabajaban y golpeaban a los que quedaban al descubierto, y por donde estos cedían, desbarataban el terraplén e incendiaban las estacadas junto con los zarzos. Hasta que Vespasiano, comprendiendo que la separación de las obras era la causa del daño —pues los huecos ofrecían a los judíos un punto por donde atacar—, unió las cubiertas; y juntada al mismo tiempo la tropa con ellas, las incursiones de los judíos quedaron cortadas.
Cuando el terraplén se alzaba ya y casi rozaba las almenas, Josefo, juzgando terrible no idear nada que salvara a la ciudad, reunió a los carpinteros y ordenó levantar más la muralla. Como dijeran que era imposible construir bajo tantos proyectiles, discurrió para ellos este resguardo: mandó fijar armazones y tender sobre ellos cueros de buey recién desollados, para que, al ahuecarse, recibieran las piedras de las pedreras, resbalaran de ellos los demás proyectiles y la humedad contuviera el fuego; y los alzó por delante de los carpinteros. Trabajando a su amparo con seguridad, de día y de noche levantaron la muralla hasta veinte codos de altura, le construyeron numerosas torres y le acoplaron un recio parapeto. Esto, a los romanos, que ya se creían dentro de la ciudad, les causó gran desaliento, y quedaron atónitos ante el ingenio de Josefo y la entereza de los de la ciudad.
Vespasiano se irritaba tanto por la astucia de la estratagema como por el arrojo de los de Jotapata; pues, recobrado el ánimo con el nuevo muro, volvían a salir contra los romanos, y cada día había escaramuzas por pelotones y toda suerte de ardides de bandidos, rapiñas de cuanto encontraban e incendios de las demás obras. Hasta que Vespasiano, dando descanso al ejército de la batalla, resolvió tomar la ciudad sentándose ante ella y rindiéndola por falta de víveres: o, forzados por la penuria, le suplicarían, o, obstinados hasta el final, perecerían de hambre. Y pensaba que los hallaría mucho más manejables en el combate si, tras un intervalo, caía de nuevo sobre ellos ya extenuados. Ordenó, pues, vigilar todas sus salidas.
Tenían dentro grano en abundancia y de todo lo demás, salvo sal, pero escasez de agua, pues no había manantial en la ciudad y sus habitantes se abastecían del agua de lluvia; y rara vez llueve en aquella región durante el verano. Sitiados en esa estación, cundió un desaliento terrible ante la idea de la sed, y ya se afligían como si el agua hubiera faltado por completo. Pues Josefo, viendo la ciudad bien provista de los demás víveres y noble el temple de los hombres, y queriendo prolongar el asedio contra lo que esperaban los romanos, les repartió la bebida por medida desde el principio. Mas ellos tenían el racionamiento por más penoso que la escasez, y el no ser dueños de ella les excitaba aún más el ansia, y como si hubieran llegado ya al extremo de la sed, desfallecían. Y en tal estado no pasaron inadvertidos a los romanos: desde la altura los veían agolparse por encima de la muralla en un solo punto y medir el agua, lugar hasta el que, alcanzándolo con sus máquinas de tiro, mataban a muchos.
Vespasiano esperaba que, vaciados en poco tiempo los aljibes, la ciudad se le rindiera por necesidad. Pero Josefo, resuelto a quebrarle esa esperanza, ordenó a muchos empapar sus ropas y colgarlas en torno a las almenas, de modo que toda la muralla, de repente, chorreaba agua. Ante esto hubo desaliento y estupor entre los romanos, al ver derrochar en son de burla tanta agua a quienes suponían sin siquiera bebida, de suerte que el general, desesperando de tomarla por la escasez, volvió de nuevo a las armas y a la fuerza. Lo cual era precisamente lo que los judíos deseaban; pues, dándose por perdidos ellos mismos y la ciudad, preferían la muerte en la guerra al hambre y la sed.
Josefo, sin embargo, además de esta estratagema ideó otra para procurarse abundancia. Por un barranco de difícil paso y, por eso mismo, descuidado por los centinelas, en la parte occidental de la garganta, enviaba a algunos hombres con cartas para aquellos judíos de fuera que quería, y recibía respuesta de ellos; y así se agenció en abundancia todo víver del que la ciudad andaba escasa. Ordenaba a los que salían arrastrarse casi siempre junto a los puestos de guardia y cubrirse la espalda con pieles, de modo que, si alguien los veía de noche, dieran la impresión de perros. Hasta que los guardias, dándose cuenta del ardid, rodearon el barranco.
Fue entonces cuando Josefo, viendo que la ciudad no resistiría mucho tiempo y en peligro su propia salvación si permanecía, planeó huir junto con los hombres de valía. Pero la multitud, al percatarse, se agolpó a su alrededor y le imploraba que no los abandonara, a ellos que solo en él tenían su apoyo; pues, quedándose, la ciudad tenía esperanza de salvación, ya que todos lucharían por él con ardor, y aun si eran capturados, un consuelo. No le convenía huir de los enemigos, ni abandonar a los amigos, ni saltar de la nave como de una zarandeada por la tempestad, en la que había subido con bonanza; pues hundiría a la ciudad, ya que nadie se atrevería a resistir al enemigo, ido aquel por quien cobraban valor.
Josefo, disimulando el interés por su propia seguridad, alegaba que hacía la salida por el bien de ellos. Pues, quedándose, ni les sería de gran ayuda si se salvaban, y, de ser capturados, perecería con ellos en balde; en cambio, escapando del asedio, los socorrería en grado sumo desde fuera: reuniría cuanto antes a los galileos del país y arrastraría a los romanos, con otra guerra, lejos de su ciudad. No veía de qué utilidad les era ahora quedándose a su lado, salvo la de incitar más a los romanos al asedio, que en nada tenían tanto empeño como en apresarlo; mientras que, si supieran que había escapado, aflojarían mucho su ímpetu contra la ciudad. Pero con esto no los persuadía, sino que más encendió a la multitud a aferrarse a él: niños, ancianos y mujeres con criaturas se echaban ante él gimiendo y, enredándose todos a sus pies, se agarraban a él, y entre alaridos le suplicaban que permaneciera compartiendo su suerte, no por envidia de su salvación —a mi parecer—, sino por esperanza de la propia; pues estaban convencidos de que nada terrible les ocurriría mientras Josefo se quedara.
Él, considerando que aquello era súplica si cedía, pero cárcel si lo forzaban, y quebrantado en buena parte su ímpetu de partir por la compasión que le inspiraban los que lloraban, resolvió quedarse; y, armándose de la común desesperación de la ciudad, dijo: «Ahora es el momento de comenzar el combate, cuando no hay esperanza de salvación. Bello es cambiar la vida por la gloria y caer tras alguna hazaña que quede en la memoria de los que nazcan después.» Y se volvió a la acción.
Saliendo con los más aguerridos, dispersaba a los centinelas y corría hasta el campamento de los romanos: desgarraba los cueros con que se cubrían sobre los terraplenes y arrojaba fuego a las obras. Y al día siguiente lo mismo, y al tercero, y por muchos días y noches combatiendo, no se cansaba.
Vespasiano, viendo a los romanos maltratados por aquellas salidas —pues les avergonzaba ser puestos en fuga por los judíos, y cuando estos huían eran lentos en perseguirlos por el peso de sus armas, mientras que los judíos, obrando siempre antes de sufrir nada, se refugiaban de vuelta en la ciudad—, ordenó a sus soldados de armas pesadas esquivar los embates y no trabarse con hombres que buscaban la muerte; pues nada había más aguerrido que la desesperación, y sus embates, al no tener blanco, se extinguirían como el fuego a falta de leña; y convenía a los romanos vencer con seguridad, ya que no combatían por necesidad, sino por ganancia. Así, contenía en su mayor parte a los judíos con los arqueros árabes y con los honderos y lanzadores de piedra de Siria; ni estaba ociosa la muchedumbre de máquinas de tiro. Ellos cedían ante estas cuando eran maltratados, pero, metiéndose dentro del alcance de los proyectiles de largo tiro, acosaban a los romanos con dureza y combatían sin escatimar vida ni cuerpo, relevándose por turnos ambos bandos para recoger a sus fatigados.
Vespasiano, considerando que la duración del asedio y las salidas hacían que fuera él más bien el asediado, y estando ya los terraplenes junto a las murallas, resolvió acercar el ariete. Es este una viga enorme, semejante al mástil de una nave; va rematada en su extremo con un grueso hierro forjado en forma de cabeza de carnero, de donde recibe su nombre. Pende de cuerdas por su centro, como de una balanza, de otra viga sostenida a ambos lados por firmes postes. Echado hacia atrás por una multitud de hombres, cuando esos mismos vuelven a cargar hacia adelante todos a la vez, golpea las murallas con el hierro que le sobresale. Y no hay torre tan recia ni muro tan ancho que, aunque aguante los primeros golpes, prevalezca contra su insistencia.
A esta tentativa pasó el general de los romanos, ansioso de tomar la ciudad por la fuerza, pues sentarse ante ella resultaba perjudicial, ya que los judíos no se estaban quietos. Los suyos, acercando las catapultas y las demás máquinas de tiro hasta poder alcanzar a los que intentaban estorbar desde la muralla, disparaban; e igualmente se aproximaban arqueros y honderos. Con lo cual, no atreviéndose nadie a subir a los adarves, otros arrimaban el ariete, protegido por zarzos continuos y por arriba resguardado con un cuero, para seguridad tanto suya como de la máquina. Y al primer golpe la muralla se estremeció, y un grandísimo clamor se alzó de los de dentro, como si ya estuvieran vencidos.
Josefo, viéndolos golpear una y otra vez el mismo sitio, y que la muralla no tardaría en venirse abajo, ideó debilitar poco a poco la fuerza de la máquina. Ordenó llenar sacos de paja y descolgarlos por cuerdas allí donde vieran dirigirse el ariete cada vez, para que el embate se desviara y, al recibir los golpes, los amortiguaran con su blandura. Esto ocasionó a los romanos la mayor demora, pues, dondequiera que volvieran la máquina, los de arriba corrían los sacos a ese punto y los metían bajo los golpes, de modo que la muralla no sufría daño alguno por el rebote. Hasta que los romanos, ideando a su vez, ataron largas pértigas con hoces en las puntas y cortaron los sacos.
Vuelta así eficaz la máquina de batir, y cediendo ya la muralla —pues era de reciente construcción—, en adelante los de Josefo se lanzaron a la defensa por el fuego. Prendiendo cuanto material seco tenían, salieron por tres puntos e incendiaron las máquinas, los zarzos y los terraplenes de los romanos. Estos acudían mal en su auxilio, sobrecogidos por el arrojo de aquellos y adelantados por la llama en sus defensas; pues, por la materia seca, y además la brea y la pez, y aún el azufre, el fuego volaba más rápido que el pensamiento, y lo trabajado por los romanos con tanto esfuerzo fue devorado en una sola hora.
Allí se distinguió un hombre de los judíos digno de mención y memoria: era hijo de Samías, se llamaba Elazar, y su patria era Saba, en Galilea. Alzando una roca desmesurada, la arrojó desde la muralla contra la máquina de batir con tal violencia que le rompió la cabeza al ingenio; y, saltando abajo, la recogió de en medio de los enemigos y, con gran temeridad, la llevó hasta la muralla. Convertido en blanco de todos los enemigos y recibiendo los golpes con el cuerpo descubierto, quedó atravesado por cinco proyectiles; mas, sin volverse a ninguno de ellos, cuando hubo subido a la muralla y se irguió a la vista de todos por su bravura, entonces, retorciéndose por las heridas, cayó junto con el ariete.
Después de él se mostraron los mejores dos hermanos, Netiras y Filipo, de la aldea de Ruma, galileos también ellos, que saltaron contra los de la décima legión y cayeron sobre los romanos con tal ímpetu y fuerza que rompieron las filas y pusieron en fuga a cuantos embestían. Tras ellos, Josefo y el resto de la multitud, tomando de nuevo fuego, prendieron las máquinas y los refugios junto con las obras, puesta en fuga la quinta y la décima legión; los demás, adelantándose, sepultaron bajo tierra tanto los ingenios como todo el material.
Hacia el atardecer, levantando otra vez el ariete, lo arrimaron por donde antes se había quebrantado la muralla a fuerza de golpes. Allí uno de los que la defendían hirió a Vespasiano con un proyectil en la planta del pie; la herida fue superficial, pues la distancia había debilitado el tiro, pero causó grandísimo tumulto entre los romanos. Turbados los más cercanos ante la sangre, corrió un rumor por todo el ejército, y la mayoría, abandonando el asedio, acudían en tropel hacia el general con espanto y temor. Antes que todos, Tito, temiendo por su padre, se presentó, de modo que la multitud quedó trastornada tanto por su afecto al jefe como por la angustia del hijo. Con todo, el padre calmó fácilmente al hijo atemorizado y al ejército de su tumulto: sobreponiéndose a los dolores y esforzándose por dejarse ver de todos los que estaban aterrados por su causa, avivó más duramente la guerra contra los judíos; pues cada cual, como vengador del general, quería arriesgarse el primero, y animándose unos a otros con gritos, se lanzaban contra la muralla.
Los de Josefo, aunque caían unos sobre otros bajo las catapultas y las pedreras, no por eso se apartaban de la muralla, sino que con fuego, hierro y piedras herían a los que empujaban el ariete contra los zarzos. Y no conseguían nada, o poco, mientras ellos mismos caían sin cesar, vistos por quienes no eran vistos; pues, iluminados por su propia llama, eran blanco bien visible para los enemigos como en pleno día, y, al no verse las máquinas desde lejos, era difícil guardarse de lo que se disparaba. La fuerza de las máquinas de dardos y de las catapultas atravesaba a muchos de una vez, y el silbido de las piedras lanzadas por el ingenio arrancaba almenas y desgajaba esquinas de las torres. No hay formación de hombres tan compacta que no quede tendida hasta su última fila por la fuerza y el tamaño de la piedra.
Se puede calibrar el poder de la máquina por lo ocurrido durante aquella noche: golpeado por ella uno de los que estaban en pie junto a Josefo sobre la muralla, la piedra le arrancó la cabeza, y el cráneo fue despedido a tres estadios de distancia. Y a una mujer encinta, herida en el vientre de día —salía justo de su casa—, la piedra le hizo saltar la criatura a medio estadio: tan grande era la fuerza de la pedrera. Más temible que las máquinas era, pues, su silbido, y el estruendo de lo que arrojaban. Retumbaban unos tras otros los cadáveres arrojados desde la muralla, y dentro se alzaba un clamor terrible de mujeres, mientras fuera resonaban los lamentos de los que morían. Corría de sangre todo el recinto ante el frente de batalla, y la muralla se volvía escalable por los montones de cuerpos. Los montes, que devolvían el eco, hacían más pavoroso el clamor, y nada quedó aquella noche que no fuera espanto, ni para el oído ni para la vista.
Muchísimos de los de Jotapata cayeron combatiendo con nobleza, muchísimos quedaron heridos, y apenas hacia la guardia del alba cedió la muralla a las máquinas, batida sin descanso. Pero ellos, atrincherándose con sus cuerpos y sus armas, taparon la brecha antes de que los romanos aplicaran los ingenios de asalto.
Al despuntar el día, Vespasiano reunió al ejército para la toma de la ciudad, tras darle un breve descanso del esfuerzo nocturno. Queriendo apartar de las brechas a los que las defendían, hizo desmontar a los más valientes de los jinetes y los dispuso en tres grupos frente a las partes derruidas de la muralla, cubiertos por todos lados con sus armas y con las picas por delante, para que, en cuanto se aplicaran los ingenios de asalto, iniciaran la entrada. Tras ellos apostó lo más granado de la infantería, y desplegó el resto de la caballería a lo largo de la muralla por toda la zona montañosa, para que ninguno de los que huyeran de la toma escapara inadvertido. Detrás de estos colocó en torno a los arqueros, ordenándoles tener los dardos listos para disparar, e igualmente a los honderos y a los sirvientes de las máquinas; y a otros, tomar escalas y arrimarlas por lo alto contra los tramos intactos de la muralla, para que unos, intentando estorbarlos, dejaran la guardia de las brechas, y los demás, forzados por la lluvia de proyectiles, cedieran la entrada.
Josefo, comprendiendo el plan, apostó en el tramo de muralla que seguía en pie a los ancianos junto con los agotados, como quienes ningún daño sufrirían allí, y en las partes derruidas a los más fuertes, y ante todos, en grupos de seis hombres, entre los cuales él mismo se echó a suertes para arriesgarse en primera línea. Les ordenó taponarse los oídos contra el griterío de las legiones, para no dejarse acobardar, y contra la lluvia de proyectiles, agacharse y cubrirse por arriba con los escudos, y retroceder un poco hasta que los arqueros vaciaran sus aljabas. Pero, cuando arrimaran los ingenios de asalto, saltar adelante y salir al encuentro del enemigo con sus propias máquinas, y combatir cada uno no como por una patria que se salvaría, sino como quien defiende una ya perdida; y poner ante sus ojos a los ancianos que iban a ser degollados, a los niños y mujeres que serían aniquilados por el enemigo de un momento a otro, y, reuniendo de antemano la rabia por las desgracias venideras, descargarla sobre los que iban a causarlas.
Así dispuso a unos y a otros. Pero la muchedumbre inútil de la ciudad —mujeres y niños—, al ver la ciudad ceñida por una triple falange (pues nada de las viejas guardias se había desplazado al combate), y junto a las murallas derruidas al enemigo espada en mano, y la montaña de arriba reluciente de armas, y los dardos prestos en los arqueros árabes, prorrumpió en un postrer alarido de captura, como si los males ya no amenazaran, sino que estuvieran ya presentes. Josefo, para que las mujeres no ablandaran con su llanto el ímpetu de los suyos, las encerró en las casas ordenándoles con amenazas que guardaran silencio; y él marchó a las partes derruidas, adonde le había caído en suerte. A los que arrimaban las escalas por otro lado no les prestó atención, sino que aguardó el embate de los proyectiles.
De golpe, los trompeteros de todas las legiones sonaron a una y el ejército lanzó un alarido terrible, y, disparados de todas partes a una señal los proyectiles, hasta la luz quedó cortada. Pero los de Josefo, fieles a sus órdenes, taponaron los oídos contra el griterío y cubrieron los cuerpos contra los tiros, y cuando arrimaron las máquinas, salieron corriendo a través de ellas antes de que los asaltantes montaran; y, trabándose con los que subían, desplegaron toda suerte de proezas de manos y de ánimo, esforzándose, en el trance extremo, por no parecer inferiores a los que hacían gala de valor sin riesgo alguno. De modo que no se desprendían de los romanos sino tras caer o dar muerte.
Pero, como ellos se fatigaban de defenderse sin tregua y no tenían con quién relevar a sus primeras filas, mientras a los romanos cansados los sucedían otros de refresco, y prontamente reemplazaban a los rechazados, animándose unos a otros y juntando los flancos, y protegiéndose por arriba con los escudos, se hicieron una masa impenetrable, y como un solo cuerpo, con toda la falange empujando a los judíos, subían ya a la muralla.
Josefo, en aquel apuro, tomando por consejera la necesidad —que es hábil para el ingenio cuando la desesperación la aguijonea—, ordenó verter aceite hirviendo sobre los que iban en formación cerrada. Los suyos, teniéndolo ya dispuesto, lo derramaron en abundancia por todas partes sobre los romanos, muchos a la vez y a chorros, arrojando incluso las vasijas que borboteaban de calor. Esto, al abrasar a los romanos, deshizo su formación, y entre dolores atroces rodaban muralla abajo; pues el aceite se les escurría con suma facilidad de la cabeza a los pies bajo la armadura, por todo el cuerpo, y devoraba la carne igual que la llama, calentándose por naturaleza deprisa y enfriándose despacio por su untuosidad. Y, aprisionados en corazas y yelmos, no había escape del ardor; saltando y retorciéndose de dolor, caían de las pasarelas; y los que se volvían contra los suyos, que empujaban hacia adelante, quedaban a merced de los de atrás, que los herían.
Ni a los romanos les faltó fuerza en sus reveses, ni a los judíos ingenio: aquellos, aunque veían a los rociados sufrir de modo lastimoso, aun así se arrojaban contra los que vertían el aceite, cada cual reprochando al que tenía delante que estorbaba su empuje; los judíos, con un segundo ardid, hacían resbalar sus avances vertiendo bajo las tablas alholva cocida, sobre la que, patinando, eran arrastrados abajo. Y ni de los que retrocedían ni de los que subían quedaba nadie en pie, sino que unos, cayendo de espaldas sobre los propios ingenios de asalto, eran pisoteados, y muchos se desplomaban sobre el terraplén. Y a los caídos los golpeaban los judíos; pues, trabucados los romanos, aquellos, libres del combate cuerpo a cuerpo, tenían holgura para los tiros. Muy maltratados los soldados en el asalto, el general los mandó retirar hacia el atardecer.
De ellos cayeron no pocos y más resultaron heridos, mientras que de los de Jotapata murieron seis hombres y fueron retirados más de trescientos heridos. La refriega fue el día veinte del mes de Desio.
Vespasiano, consolando al ejército por lo sucedido, como los viera airados y necesitados no de exhortación, sino de acción, ordenó elevar más los terraplenes y construir tres torres, de cincuenta pies de altura cada una, recubiertas de hierro por todos lados, para que fueran estables por su peso y difíciles de tomar por el fuego, y las apostó sobre los terraplenes, subiendo a ellas lanzadores de jabalina, arqueros y las más ligeras de las máquinas de tiro, y además los honderos más recios; los cuales, sin ser vistos por la altura y los parapetos de las torres, disparaban a los de la muralla, que sí quedaban al descubierto. Estos, no pudiendo esquivar con facilidad los proyectiles que les venían de frente a la cabeza, ni defenderse de los invisibles, y viendo la altura de las torres inalcanzable para un tiro a mano y el hierro que las cubría inmune al fuego, huían de la muralla y salían contra los que intentaban el asalto. Y así resistían los de Jotapata, muertos muchos cada día sin causar daño alguno al enemigo, pues no podían rechazarlo sino con peligros.
Por esos mismos días, Vespasiano envía contra una ciudad vecina de Jotapata —se llama Iafa—, que se había sublevado y andaba envalentonada porque los de Jotapata resistían contra toda expectativa, a Trajano, que era comandante de la décima legión, poniéndole a su cargo mil jinetes y dos mil de a pie. Este, encontrando la ciudad difícil de tomar —pues, además de ser fuerte por naturaleza, estaba amurallada con un doble recinto—, y viendo a los que habían salido de ella dispuestos de antemano para el combate, los atacó y, tras resistir estos un poco, los persiguió. Huyendo ellos en tropel hacia el primer muro, los romanos, pisándoles los talones, irrumpieron con ellos. Pero, cuando se lanzaron hacia el segundo muro, sus propios compatriotas los dejaron fuera de la ciudad, temiendo que el enemigo entrara a la vez que ellos.
Fue Dios, sin duda, quien concedió a los romanos los sufrimientos de los galileos, pues también entonces entregó al pueblo de aquella ciudad, con todos sus hombres, encerrado fuera por sus propias manos, a la ruina, expuesto a enemigos sedientos de sangre. Pues, agolpándose en tropel ante las puertas y llamando a gritos por su nombre a los que estaban sobre ellas, eran degollados en plena súplica. Y el primer muro se lo cerraron los enemigos; el segundo, los suyos propios. Apretujados entre los dos recintos, muchos quedaron atravesados por las espadas de los otros, muchos por las suyas propias, e innumerables caían a manos de los romanos sin cobrar ánimo ni siquiera para defenderse; pues, sobre el pavor del enemigo, la traición de los suyos les quebró el alma. Al fin morían maldiciendo no a los romanos, sino a los suyos, hasta que perecieron todos, doce mil en número.
Trajano, considerando que la ciudad estaba vacía de combatientes, y que, aun si quedaban algunos dentro, nada osarían por miedo, atribuyó la toma al general, y, enviando mensajeros a Vespasiano, le pidió que le mandara a su hijo Tito para poner el remate a la victoria. Este, calculando que quedaba aún alguna labor, envía a su hijo con una tropa de quinientos jinetes y mil de a pie. Tito, llegando a la ciudad a toda prisa y ordenando el ejército, apostó a Trajano en el ala izquierda, y él, tomando la derecha, dirigió el asedio. Arrimando los soldados escalas a la muralla por todas partes, los galileos, tras defenderse un poco desde lo alto, abandonaron el recinto, y los de Tito, saltando dentro, se apoderaron rápidamente de la ciudad; pero contra los que dentro se les revolvieron en masa se trabó un recio combate: en las callejuelas los hombres de valía caían sobre ellos y desde las casas las mujeres arrojaban cuanto tenían a mano. Durante seis horas resistieron combatiendo, pero, consumidos los combatientes, el resto de la muchedumbre fue degollada al descubierto y en las casas, jóvenes y ancianos por igual; pues no quedó varón alguno, salvo los niños de pecho, a quienes, junto con las mujeres, redujeron a esclavitud. El número de los muertos a lo largo de la ciudad y en la batalla anterior fue de quince mil, y los cautivos, dos mil ciento treinta. Esta desgracia sobrevino a los galileos el día veinticinco del mes de Desio.
Tampoco los samaritanos quedaron libres de calamidades. Reunidos en el monte llamado Guerizim, que les es sagrado, permanecían en su sitio, pero su concentración y sus ánimos encerraban amenaza de guerra. Y ni con los males de sus vecinos escarmentaban, sino que, ante los éxitos de los romanos, en su insensatez engreían su propia debilidad y andaban exaltados hacia la revuelta. Pareció bien a Vespasiano adelantarse al movimiento y cortar sus arranques; pues toda la región de Shomrón estaba ocupada por guarniciones, pero la multitud de los reunidos y su organización resultaban temibles. Envía, pues, a Cereal, que era prefecto de la quinta legión, con seiscientos jinetes y tres mil de a pie. A este no le pareció seguro subir al monte y trabar combate, siendo muchos los enemigos allá arriba; pero, rodeando con su tropa toda la falda de la montaña, los tuvo cercados durante todo el día.
Sucedió, faltos de agua los samaritanos, que estalló entonces también un calor terrible —era estación de verano y la muchedumbre estaba desprovista de víveres—, de suerte que unos murieron el mismo día de sed, y muchos, prefiriendo la esclavitud a semejante ruina, se pasaron a los romanos. Comprendiendo por ello Cereal que también los que aún se mantenían juntos estaban quebrantados por las penalidades, subió al monte y, apostando su tropa en círculo en torno al enemigo, primero los invitó a un pacto y los exhortó a salvarse, garantizando seguridad a quienes arrojaran las armas; mas, al no persuadirlos, cayendo sobre ellos los mató a todos, once mil seiscientos en número. Se hizo el día veintisiete del mes de Desio. Y con tales calamidades toparon los samaritanos.
De los que en Jotapata aguantaban y, contra toda esperanza, resistían los horrores, al día cuadragésimo séptimo los terraplenes de los romanos sobrepasaron la muralla. Ese mismo día se pasa a Vespasiano un desertor, denunciando lo escaso y débil de los que quedaban en la ciudad, y cómo, consumidos por el insomnio continuo y los combates sucesivos, no tenían ya fuerza ni para soportar un asalto por la fuerza, y podían ser tomados por sorpresa si alguien los atacaba. Pues hacia la última guardia, en la que creían tener algún respiro de sus males y en la que sobre todo se apodera de los agotados el sueño del amanecer, los centinelas —decía— se quedaban dormidos, y aconsejaba atacar a esa hora.
El desertor le resultaba sospechoso, pues conocía la lealtad de los judíos entre sí y su desprecio de los suplicios, ya que también antes uno de los de Jotapata, apresado, había resistido todo tormento de torturas y, sin decir nada a los enemigos, que lo interrogaban con fuego acerca de lo de dentro, fue crucificado sonriendo a la muerte. Con todo, la verosimilitud hacía creíble al traidor, y pensando que quizá decía verdad y que él mismo nada grave sufriría de una emboscada, ordenó mantenerlo bajo custodia y preparó al ejército para la toma de la ciudad.
A la hora indicada avanzaron en silencio hacia la muralla. Y el primero en subir es Tito, con uno de los tribunos, Domicio Sabino, llevando a unos pocos de la decimoquinta legión; degollando a los centinelas, entran en la ciudad, y tras ellos un tal Sexto Calvario, tribuno, y Plácido metieron a los que tenían a su mando. Tomada ya la ciudadela y moviéndose el enemigo por en medio, y siendo ya de día, todavía no tenían los vencidos conciencia de la captura; pues los más estaban rendidos de fatiga y sueño, y a los que se levantaban una espesa niebla, derramada por azar sobre la ciudad en aquel momento, les nublaba la vista. Hasta que, caído dentro todo el ejército, se incorporaron solo para tener conciencia de sus males, y creyeron en la captura mientras eran degollados.
A los romanos, por el recuerdo de lo padecido en el asedio, no les entraba miramiento ni piedad con ninguno, sino que, empujando al pueblo cuesta abajo desde la ciudadela, lo iban matando. Allí incluso a los que aún podían combatir la aspereza del terreno les quitó la defensa; pues, apretujados en las callejuelas y resbalando por la pendiente, eran cubiertos por la guerra que fluía desde lo alto. Esto empujó a muchos incluso de los escogidos de Josefo a darse muerte por su propia mano; pues, viendo que no podían matar a romano alguno, se anticiparon a caer a manos de los romanos y, reuniéndose en los extremos de la ciudad, se mataron a sí mismos.
Cuantos guardias alcanzaron a escapar al primer aviso de la toma, subiendo a una de las torres del norte, por un tiempo se defendieron, pero, cercados por la multitud de enemigos, tarde tendieron la diestra en rendición y, con ánimo sereno, ofrecieron la garganta a los que se cernían sobre ellos. Habrían podido los romanos jactarse de un final del asedio sin sangre, de no haber caído uno solo en la toma: era un centurión, Antonio, y muere víctima de una emboscada.
Uno de los que se habían refugiado en las cuevas —y estos formaban una gran multitud— suplica a Antonio que le tienda la diestra en prenda de que salvará su vida y que le ayudará a subir. Antonio le alargó la mano sin recelo, pero el otro se le adelantó y, desde abajo, le clava una lanza bajo la ingle y lo mata al instante.
Aquel día los romanos acabaron con la multitud que estaba a la vista; en los días siguientes, rastreando los escondrijos, fueron tras los que se ocultaban en los pasadizos subterráneos y en las cuevas, y no perdonaron edad alguna, salvo la de los niños de pecho y las mujeres. Los prisioneros reunidos fueron mil doscientos, y los muertos entre la toma de la ciudad y los combates anteriores sumaron cuarenta mil. Vespasiano ordena arrasar la ciudad e incendia todas sus fortificaciones. Así cayó Yotapata, en el año decimotercero del gobierno de Nerón, en el novilunio del mes de Panemo.
Los romanos buscaban a Josefo, movidos por su propia cólera y por el vivo empeño del general —pues, capturado, sería una pieza enorme de la guerra—, y registraban tanto los cadáveres como los rincones ocultos. Pero él, al ser tomada la ciudad, valiéndose de cierta ayuda divina, logra escabullirse de en medio de los enemigos y salta a un pozo profundo, a cuyo costado se abría una amplia cueva, invisible para quienes miraban desde arriba. Allí encuentra a cuarenta hombres de los principales, escondidos, y una provisión de víveres suficiente para muchos días. De día se ocultaba, pues los enemigos lo habían ocupado todo; de noche subía buscando una salida para huir y observaba los puestos de guardia. Pero como por causa suya todo estaba vigilado por doquier y no había modo de pasar inadvertido, volvía a bajar a la cueva.
Durante dos días pasó desapercibido; al tercero, capturada una mujer de las que estaban con ellos, fue delatado, y Vespasiano al punto envía a toda prisa a dos tribunos, Paulino y Galicano, con orden de darle a Josefo la diestra y de instarlo a subir. Llegados, pues, estos exhortaban al hombre y le ofrecían garantías de salvación, mas no lo persuadían: por lo que era verosímil sufrir tras haber causado tanto daño, y no por la natural benignidad de quienes lo llamaban, iba acumulando sospechas, y temía que lo invitaran para el suplicio, hasta que Vespasiano envía a un tercer tribuno, Nicanor, conocido y viejo amigo de Josefo. Este, al presentarse, le expuso la natural clemencia de los romanos con aquellos a quienes una vez han sometido, y cómo él, por su valor, sería más admirado que odiado por los jefes, y que el general se afanaba en llevarlo arriba no para castigarlo —pues eso podía obtenerlo aunque él no se entregara—, sino porque prefería salvar a un hombre de noble temple.
Añadía que Vespasiano, si le tendiera una emboscada, no habría enviado a un amigo, para no anteponer al más vil de los actos el más hermoso de los nombres —la amistad para encubrir la perfidia—, ni él mismo habría accedido a venir a engañar a un amigo. Mientras Josefo dudaba aún ante Nicanor, la tropa, llevada de la ira, se lanzaba a incendiar la cueva, pero los contenía el jefe militar, que ponía su honor en tomar vivo al hombre. Como Nicanor insistía apremiándolo y Josefo advertía las amenazas de la enemiga multitud, le vino a la memoria el recuerdo de sus sueños nocturnos, por los cuales Dios le había anunciado de antemano las desgracias que aguardaban a los judíos y lo que había de ocurrir con los emperadores de los romanos. Era además capaz de interpretar sueños y de descifrar lo que la divinidad decía de modo ambiguo, y, siendo él mismo sacerdote y descendiente de sacerdotes, no ignoraba las profecías de los libros sagrados. En aquella hora, arrebatado por ellas y evocando las imágenes espantosas de sus sueños recientes, eleva a Dios una plegaria en secreto, y dijo: «Puesto que te place, a Ti que lo creaste, que el pueblo de los judíos se doblegue, y toda la fortuna ha pasado a los romanos, y escogiste mi alma para anunciar lo que ha de venir, entrego de buen grado mis manos a los romanos y sigo vivo; pero pongo por testigo que no voy como traidor, sino como servidor tuyo».
Dicho esto, se rendía a Nicanor.
Pero los judíos que se habían refugiado junto a Josefo, al comprender que cedía a quienes lo exhortaban, lo rodearon en tropel y clamaban: «¡Ah, cuánto gemirían las leyes patrias que Dios otorgó a los judíos, Él, que creó almas capaces de despreciar la muerte! ¿Amas tanto la vida, Josefo, y soportas ver la luz siendo esclavo? ¡Qué pronto te has olvidado de ti mismo! ¡A cuántos persuadiste a morir por la libertad! Falsa era, pues, la fama de valor y falsa la de prudencia que tenías, si esperas hallar salvación en aquellos a quienes tan duramente combatiste, y si, aun cuando fuera segura, quieres salvarte por su mano. Mas, aunque la fortuna de los romanos haya vertido sobre ti el olvido de ti mismo, a nosotros nos toca velar por la gloria de nuestros padres. Te daremos la diestra y una espada: si mueres de buen grado, morirás como general de los judíos; si a la fuerza, como traidor». Y al decir esto alzaban las espadas y lo amenazaban con matarlo si se entregaba a los romanos.
Temiendo Josefo aquel asalto, y considerando que sería traicionar los mandatos de Dios morir antes de cumplir el anuncio, se puso a razonar con ellos filosóficamente en aquel trance: «¿Por qué, compañeros —dijo—, tenemos tal sed de nuestra propia sangre? ¿Por qué enemistamos entre sí a lo más querido, el cuerpo y el alma? Dice alguno que he cambiado. Pero eso lo saben bien los romanos. Hermoso es morir en la guerra, mas por la ley de la guerra, esto es, a manos de los vencedores. Si yo rehúyo el hierro de los romanos, entonces merezco de verdad mi propia espada y mi propia mano; pero si a ellos les entra compasión de un enemigo, ¿cuánto más justo sería que a nosotros nos entrara respecto de nosotros mismos? Necio es hacernos a nosotros aquello por lo que disputamos contra ellos. Hermoso es morir por la libertad, digo yo también, pero combatiendo, y a manos de quienes nos la arrebatan. Ahora, en cambio, ni nos salen al combate ni nos matan; y cobarde es por igual el que no quiere morir cuando conviene y el que quiere hacerlo cuando no conviene. ¿Qué tememos, para no subir donde los romanos? ¿Acaso la muerte? Entonces, ¿nos impondremos a nosotros mismos, como cosa segura, aquello que tememos —la muerte— y solo sospechamos de los enemigos? "Pero es la esclavitud", dirá alguno. ¡Muy libres somos ahora, en verdad!
"Es cosa noble darse muerte", dirá otro. No, sino lo más innoble; pues yo tengo por el más cobarde de los pilotos a aquel que, por miedo a la tormenta, hunde su nave con sus propias manos antes de que llegue el temporal. La muerte por la propia mano es ajena a la naturaleza común de todos los seres vivos, e impiedad contra Dios, que nos creó. De los animales no hay ninguno que muera con premeditación o por sí mismo, pues es ley firme de la naturaleza en todos el querer vivir; por eso tenemos por enemigos a quienes abiertamente pretenden arrebatárnoslo, y castigamos a quienes lo hacen a traición. ¿Y no creéis que Dios se indigna cuando el hombre desprecia su don? Pues de Él recibimos el ser, y a Él le devolvemos, a su vez, el dejar de ser. Los cuerpos son en todos mortales y fabricados de materia corruptible, pero el alma es siempre inmortal, y, como porción de Dios, habita en los cuerpos. Ahora bien, si alguien hace desaparecer un depósito que le confió un hombre, o lo administra mal, se le tiene por malvado y desleal; y quien arroja de su propio cuerpo el depósito de Dios, ¿acaso cree que pasa inadvertido al que así es agraviado?
Justo se ha juzgado castigar a los esclavos fugitivos, aun cuando dejen amos malvados; y nosotros, que huimos del mejor de los amos, que es Dios, ¿no vamos a parecer impíos? ¿No sabéis que a quienes salen de la vida según la ley de la naturaleza y pagan la deuda recibida de Dios cuando Aquel que la dio quiere recobrarla, les aguarda gloria eterna, casas y descendencias firmes, y sus almas quedan puras y prontas a escuchar, obtenido por suerte el lugar celeste más santo, desde donde, al cabo del giro de las edades, vuelven de nuevo a habitar cuerpos inmaculados? En cambio, a aquellos cuyas manos se enfurecieron contra sí mismos, un Hades más tenebroso recibe sus almas, y Dios, su padre, castiga en los descendientes a quienes ultrajaron a sus padres. Por eso este acto es aborrecido por Dios y castigado por el más sabio de los legisladores: entre nosotros se ha decidido arrojar sin sepultura, hasta la puesta del sol, a los que se dan muerte, aunque tenemos por lícito sepultar incluso a los enemigos; y otros pueblos ordenaron cortar la diestra de tales cadáveres, esas manos con que se hicieron la guerra a sí mismos, juzgando que, así como el cuerpo es ajeno al alma, también la mano lo es del cuerpo. Es hermoso, pues, compañeros, pensar rectamente, y no añadir a las desdichas humanas la impiedad contra Aquel que nos creó.
Si parece bien salvarse, salvémonos; que no es deshonrosa la salvación de manos de aquellos a quienes, con tantas hazañas, hemos mostrado nuestro valor. Si morir, hermoso es morir a manos de quienes nos vencieron. Pero yo no pasaré a las filas de los enemigos para hacerme traidor de mí mismo; sería mucho más necio que los desertores que se pasan al enemigo, pues ellos lo hacen para salvarse, y yo lo haría para mi propia perdición. Con todo, deseo que los romanos me tiendan una emboscada; porque, si tras darme la diestra me matan, moriré contento, llevándome, como mayor consuelo que una victoria, la perfidia de quienes faltaron a su palabra».
Josefo decía muchas cosas semejantes para apartarlos de darse muerte con su propia mano; pero ellos, con los oídos cerrados por la desesperación, como quienes hacía tiempo se habían consagrado a la muerte, se irritaban contra él, y, corriendo unos de un lado y otros de otro con las espadas desnudas, lo injuriaban por cobarde, y era manifiesto que cada cual iba a herirlo al instante. Él, llamando a uno por su nombre, mirando a otro con aire de general, tomando de la diestra a otro, doblegando con súplicas a quien hacía falta, y desgarrado por encontrados sentimientos en aquella extrema necesidad, mantenía apartado de su garganta el hierro de todos, volviéndose sin cesar hacia el que arremetía, como una fiera cercada. Y como algunos, aun en aquel trance postrero, seguían respetando a su general, se les aflojaban las diestras, se les escurrían las espadas, y muchos, al ir a descargar sus hojas, las dejaban caer por sí solas.
En aquel apuro no le faltó recurso, sino que, confiando su salvación a Dios, su protector, se juega la suerte y dijo: «Puesto que está decidido morir, ea, encomendemos a la suerte el orden en que nos daremos muerte unos a otros: a quien le toque, caiga a manos del que le siga, y así irá recorriendo a todos la fortuna, y que nadie muera por su propia diestra; pues sería injusto que, muertos ya los demás, alguno se arrepintiera y se salvara». Con estas palabras pareció digno de confianza, y, tras persuadirlos, echó suertes con ellos. Aquel a quien tocaba ofrecía de buen grado la garganta al siguiente, pensando que al punto moriría también el general; pues tenían por más dulce que la vida la muerte junto a Josefo.
Quedó él el último —hay que decir si por obra de la fortuna o de la providencia de Dios— con otro más; y, deseando no ser condenado por la suerte ni, en caso de quedar el postrero, manchar su diestra con la sangre de un compatriota, persuadió también a aquel de vivir bajo la fe dada. Así, tras escapar de la guerra de los romanos y de la de los suyos, fue conducido por Nicanor ante Vespasiano. Todos los romanos corrían a contemplarlo, y, apiñándose la multitud en torno al general, había un tumulto confuso: unos se alegraban del que había sido capturado, otros lo amenazaban, otros pugnaban por verlo de cerca. Los de más lejos gritaban que se castigara al enemigo; en cambio, a los de cerca les venía el recuerdo de sus hazañas y el asombro ante su mudanza, y no hubo jefe que, aun habiéndose irritado antes contra él, no se ablandara al verlo.
A Tito, sobre todo, lo ganaban de manera singular la entereza de Josefo en la desgracia y la compasión por su juventud; y, al recordar al que poco antes combatía y ver ahora tendido en manos de sus enemigos, cabía comprender cuánto puede la fortuna, y cuán súbito es el vuelco de la guerra, y que nada humano es seguro. Por eso también entonces dispuso a muchísimos, como a sí mismo, a compadecer a Josefo, y grandísima fue la parte que Tito tuvo en salvarlo ante su padre. Vespasiano, con todo, ordenaba custodiarlo con toda seguridad, con la idea de enviarlo enseguida a Nerón. Al oír esto, Josefo dijo que quería hablarle a solas. Habiendo aquel apartado a todos los demás, salvo a su hijo Tito y a dos amigos, dijo:
«Tú, Vespasiano, piensas haber tomado en Josefo un simple cautivo; pero yo vengo a ti como mensajero de cosas mayores. Pues, de no ser enviado por Dios, sabía yo la ley de los judíos y cómo conviene morir a los generales. ¿Me envías a Nerón? ¿Para qué? ¿Es que los sucesores de Nerón, hasta ti, van a permanecer en el trono? Tú, Vespasiano, eres César y emperador, tú y este hijo tuyo. Encadéname ahora con más seguridad y guárdame para ti mismo; pues eres dueño, César, no solo de mí, sino también de la tierra y del mar y de todo el género humano, y yo pido, para castigo, una prisión más severa, si estoy diciendo temeridades incluso acerca de Dios». Al oír esto, de momento Vespasiano pareció no darle crédito y supuso que Josefo urdía todo aquello por salvarse; pero poco a poco fue llevado a creerlo, ya que Dios lo impulsaba hacia el imperio y le anunciaba de antemano el cetro mediante otras señales.
Y comprobó también en otras cosas que Josefo decía la verdad. Pues uno de los dos amigos presentes en aquella conversación secreta dijo que se admiraba de cómo no había predicho a los de Yotapata su caída, ni a sí mismo su cautiverio, si no era todo aquello mera charlatanería para desviar la ira que caía sobre él. Pero Josefo respondió que había anunciado a los de Yotapata que serían tomados al cabo de cuarenta y siete días, y que él mismo sería capturado vivo por los romanos. Vespasiano, indagando esto en secreto de boca de los cautivos y hallándolo cierto, empezó así a dar crédito a lo que le tocaba. No liberó, pues, a Josefo de la prisión y las cadenas, pero le regalaba vestiduras y otros objetos preciosos, tratándolo con benevolencia y consideración, en lo cual colaboraba en gran parte Tito con sus honores.
El cuatro del mes de Panemo, levantando el campo, pasa a Ptolemaida, y de allí llega a Cesarea, en la costa, la mayor ciudad de Judea, habitada en su mayoría por griegos. Recibían al ejército y al general con toda clase de aclamaciones y agasajos los naturales del lugar, por benevolencia hacia los romanos, pero más aún por odio a los sometidos; por eso, a gritos y en masa, reclamaban que se castigara a Josefo. Vespasiano rechazó con su silencio aquella petición, por juzgarla propia de una multitud irreflexiva. De las legiones, asentó dos a invernar en Cesarea, viendo apropiada la ciudad, y a la décima y la quinta las envió a Escitópolis, para no agobiar a Cesarea con todo el ejército. Y aquella también era templada en la estación del invierno, tanto como sofocante en verano por los calores, por ser llana y estar junto al mar.
Por ese tiempo, reunidos los que habían sido expulsados de las ciudades por las revueltas y los que habían huido de las plazas sometidas —multitud nada escasa—, reconstruyen Yafo como base de operaciones, que antes había asolado Cestio; y, cerrado el paso por tierra al hallarse el país en guerra, resolvieron trasladarse al mar. Construyeron muchísimas naves de piratas y saqueaban las rutas de Siria, Fenicia y Mitsraim, y hacían innavegables aquellos mares para todos. Vespasiano, al enterarse de su concentración, envía contra Yafo infantes y jinetes, que de noche entran en la ciudad como en plaza desguarnecida. Los de dentro presintieron la irrupción y, aterrados, renunciaron a rechazar a los romanos; refugiándose en las naves, pasaron la noche fuera del alcance de los proyectiles.
Yafo carece de puerto por naturaleza, pues termina en una playa áspera, del todo escarpada, aunque un poco recogida hacia dentro en los dos extremos; y allí hay acantilados profundos y arrecifes que sobresalen hacia el mar abierto —donde aún se muestran las huellas de las cadenas de Andrómeda, que dan crédito a la antigüedad del mito—. El bóreas, batiendo de frente la playa y levantando alto el oleaje contra las rocas que lo reciben, hace de aquel fondeadero algo más peligroso que un desierto. Mientras los de Yafo se mecían en él, al rayar el alba se abate sobre ellos un viento violento —los que navegan por allí lo llaman melamboreo—; y unas naves las estrelló allí mismo unas contra otras, otras contra las rocas, y a muchas, que forcejeaban contra el oleaje adverso mar adentro —pues temían la playa rocosa y a los enemigos apostados en ella—, el mar, alzándose en olas enormes, las sumergía. No había lugar para huir ni salvación en quedarse: expulsados del mar por la fuerza del viento, y de la ciudad por los romanos. Grande era el clamor cuando las naves chocaban, y mucho el estruendo al romperse. De aquella multitud, unos perecían cubiertos por las olas, muchos enredados en los restos del naufragio; algunos, teniéndolo por más leve, se adelantaban al mar dándose muerte con el hierro. Pero la mayor parte, arrastrada por las olas, era despedazada contra los peñascos, de modo que el mar se tiñó de sangre en gran extensión y la costa se llenó de cadáveres; pues a los que la corriente arrojaba a la playa, los romanos, apostados allí, los remataban. El número de cuerpos vomitados por el mar fue de cuatro mil doscientos. Los romanos, tomando la ciudad sin combate, la arrasan.
Así cayó Yafo por segunda vez, en poco tiempo, bajo los romanos. Vespasiano, para que los piratas no volvieran a reunirse en ella, levanta un campamento en la acrópolis y deja allí la caballería con unos pocos infantes, a fin de que estos, permaneciendo en su puesto, guarden el campamento, y los jinetes saqueen los alrededores y arrasen las aldeas y villas vecinas a Yafo. Ellos, conforme a lo ordenado, corrían a diario el país, talándolo y asolándolo por entero.
Cuando a Yerushaláyim llegó la noticia de lo ocurrido en Yotapata, la mayoría no lo creyó al principio, tanto por la magnitud del desastre como porque no había allí testigo ocular de lo que se contaba: no se había salvado ni un mensajero, sino que la fama, por sí misma, pregonaba la caída, por la natural inclinación de las malas nuevas a divulgarse. Poco a poco, sin embargo, la verdad se abría paso a través de las comarcas cercanas, y para todos era ya más firme que dudosa; y a lo realmente sucedido se añadía además lo que no había ocurrido: se anunciaba que también Josefo había muerto en la toma de la ciudad. Esto llenó a Yerushaláyim del mayor duelo. En cada casa y en cada familia se lloraba a aquel de los suyos que había perecido; pero el duelo por el general fue público, y unos lloraban a huéspedes, otros a parientes, otros a amigos, y a Josefo lo lloraban todos, de modo que durante treinta días no cesaron los lamentos en la ciudad, y muchos alquilaban flautistas que entonaban con ellos las endechas.
Mas cuando la verdad se fue descubriendo con el tiempo, y lo de Yotapata resultó tal como había sido, y lo de la muerte de Josefo se halló ser invención, y supieron que vivía, que estaba entre los romanos y que era tratado por los jefes con más honor que el que corresponde a la suerte de un cautivo, tanta ira concibieron contra él vivo cuanta benevolencia le habían tenido antes cuando lo creían muerto. Unos lo denostaban por cobarde, otros por traidor, y la ciudad se llenó de indignación y de injurias contra él. Se exasperaban con los golpes recibidos y se encendían más con las desgracias; y el tropiezo, que en los sensatos es causa de cautela y de guardarse de males semejantes, en aquellos se volvía aguijón de nuevas calamidades, y el fin de un mal era siempre el comienzo de otro. Con tanto más ardor, pues, se lanzaban contra los romanos, como si en ellos fueran a vengarse también de Josefo. Tales tumultos dominaban a los de Yerushaláyim.
Vespasiano, por conocer el reino de Agripa —pues el rey lo instaba a ello—, y a la vez porque este quería agasajar al general y a su ejército con la opulencia de su casa y, valiéndose de ellos, sofocar lo que en sus dominios andaba enfermo, partiendo de la Cesarea marítima pasa a la llamada Cesarea de Filipo. Allí, hasta veinte días, dejó descansar al ejército y él mismo se entregó a banquetes, rindiendo a Dios acciones de gracias por sus éxitos. Como le llegara la noticia de que Tiberíades se sublevaba y de que Taríquea se había rebelado —ambas eran parte del reino de Agripa—, y resuelto a someter a los judíos por todas partes, tuvo por oportuna esta campaña contra ellas, también por Agripa, para poner en razón sus ciudades en pago de la hospitalidad. Envía, pues, a su hijo Tito a Cesarea, a trasladar de allí el ejército a Escitópolis, que es la mayor ciudad de la Decápolis y vecina de Tiberíades. Allí, llegando él mismo, aguarda a su hijo y, avanzando con tres legiones, acampa a treinta estadios de Tiberíades, en cierto puesto bien visible para los sublevados, que se llama Énabris. Envía al decurión Valeriano con cincuenta jinetes a tratar de paz con los de la ciudad y a inducirlos a la fidelidad; pues había oído que el pueblo deseaba la paz, pero estaba sojuzgado por algunos que forzaban a la guerra.
Valeriano, avanzando a caballo, cuando estuvo cerca de la muralla, desmonta él mismo y hace apearse a los jinetes que iban con él, para que no pareciera que se acercaban a escaramuzar; y antes de que llegaran a parlamentar, salen contra él los más pujantes de los sediciosos, en armas. Los mandaba un tal Yeshúa, hijo de Tufas, el jefe principal de la banda de bandoleros. Valeriano, no juzgando seguro entablar combate contra las órdenes del general —aun cuando la victoria fuera cierta—, y considerando arriesgado luchar pocos contra muchos, y desprevenidos contra gente presta, y sobrecogido por el inesperado arrojo de los judíos, huye a pie, y otros cinco igualmente abandonaron sus caballos, que los hombres de Yeshúa se llevaron a la ciudad, ufanos como de haberlos tomado en combate y no por sorpresa. Aterrados por esto, los ancianos del pueblo y los que gozaban de preeminencia huyen al campamento de los romanos y, llevando consigo al rey, se postran suplicantes ante Vespasiano, rogándole que no los mirara con desdén ni tuviera la locura de unos pocos por la de toda la ciudad; que perdonara al pueblo, siempre bien dispuesto hacia los romanos, y castigara a los culpables de la rebelión, por quienes ellos mismos habían estado hasta ahora vigilados, a pesar de anhelar desde hacía tiempo la diestra de la paz. A estas súplicas cedió el general, aunque irritado contra toda la ciudad por el robo de los caballos; pues veía además que Agripa se angustiaba por ella.
Obtenida la diestra para el pueblo, los de Yeshúa, no juzgando ya seguro permanecer en Tiberíades, huyen a Taríquea. Al día siguiente, Vespasiano envía por delante, con jinetes, a Trajano hacia la altura, para tantear a la multitud y ver si todos pensaban en la paz. Cuando supo que el pueblo estaba de acuerdo con los suplicantes, tomando consigo sus fuerzas marchó hacia la ciudad. Ellos le abren las puertas y salían a su encuentro con aclamaciones, llamándolo salvador y bienhechor. Como el ejército se demorase por la estrechez de las entradas, Vespasiano manda derribar parte de la muralla del lado del mediodía y les ensancha la entrada. Ordenó, sin embargo, abstenerse del saqueo y de todo ultraje, por complacer al rey, y por él perdonó también las murallas, pues Agripa se hacía garante de que en adelante los de dentro se mantendrían fieles; y así fue reponiendo la ciudad, muy maltratada por la sedición.
Luego, avanzando, acampa entre ella y Taríquea, y fortifica el campamento con más solidez, sospechando que allí se le prolongaría la guerra; pues afluía a Taríquea todo lo que estaba por la revuelta, confiados en la fortaleza de la ciudad y en el lago que los naturales llaman Genesar. La ciudad, en efecto, situada al pie de un monte como Tiberíades, había sido sólidamente amurallada por Josefo en todo su contorno, salvo por donde la bañaba el lago, aunque menos que Tiberíades; pues el recinto de aquella lo había reforzado él, al comienzo de la rebelión, con abundancia de dinero y de medios, mientras que Taríquea recibió solo los restos de su liberalidad. Tenían, además, muchas embarcaciones preparadas en el lago, dispuestas para huir por agua si eran vencidos en tierra y, si hacía falta, para librar combate naval.
Mientras los romanos cercaban el lugar con su campamento, los de Yeshúa, sin arredrarse ni ante el número ni ante el orden de los enemigos, se lanzan a atacar; y, dispersados los constructores de las obras al primer embate, tras destrozar una parte de la fortificación, en cuanto vieron a los legionarios reunirse, se replegaron a los suyos antes de sufrir daño. Los romanos, persiguiéndolos, los empujan hacia las naves. Ellos, tras hacerse a la mar hasta donde podían alcanzar a los romanos con sus tiros, echaron las anclas y, apretando las naves como una falange, las mantenían enfiladas y combatían por mar contra los enemigos de tierra. Vespasiano, al oír que el grueso de ellos se había reunido en la llanura frente a la ciudad, envía a su hijo con seiscientos jinetes escogidos. Este, al hallar excesiva la muchedumbre de los enemigos, manda decir a su padre que le hace falta mayor fuerza; y viendo que la mayoría de los jinetes ardía en deseos de combatir antes de que llegara el refuerzo, pero que algunos, en secreto, estaban acobardados ante la multitud de los judíos, se plantó donde pudieran oírlo y habló de este modo:
«Varones romanos —dijo—, hermoso es, al comienzo de mis palabras, recordaros vuestra estirpe, para que sepáis quiénes somos y contra quiénes vamos a luchar. A nuestras manos nada, en el mundo entero, se les ha escapado hasta ahora; y los judíos —dígase también en favor suyo— no se cansan de ser vencidos. Sería vergonzoso que, manteniéndose ellos firmes en la desgracia, nosotros desfalleciéramos en la prosperidad. Me alegra ver que rebosáis ardor a la vista de todos, pero temo que la muchedumbre de los enemigos infunda a alguno un miedo secreto. Piense, pues, de nuevo, quién es y contra quiénes va a formar en línea, y que los judíos, aunque muy audaces y despreciadores de la muerte, son gente sin orden e inexperta en las guerras, y podrían llamarse más bien una turba que un ejército; mientras que de nuestra pericia y disciplina, ¿qué necesidad hay siquiera de hablar? Para esto solo, aun en tiempo de paz, nos ejercitamos en las armas: para no medirnos en la guerra, número contra número, con el adversario. Pues ¿de qué serviría el servicio continuo de las armas, si formáramos en igualdad frente a gente inexperta? Considerad que combatís como hoplitas contra desarmados, jinetes contra infantes, dirigidos por jefes contra quienes no los tienen, y que estas ventajas os multiplican, mientras que a los enemigos su desventaja les resta mucho de su número. No es la muchedumbre de hombres, por belicosa que sea, la que decide las guerras, sino el valor, aunque esté en pocos: estos son fáciles de formar y de socorrerse mutuamente, mientras que las fuerzas desmesuradas se dañan a sí mismas más que a los enemigos.
A los judíos los guían la audacia, la temeridad y la desesperación, pasiones que en la buena fortuna son vigorosas, pero que se apagan al menor tropiezo; a nosotros, en cambio, el valor, la disciplina y la nobleza de ánimo, que aun en los demás éxitos se hallan en su plenitud y en los reveses no se doblegan hasta el fin. Y lucháis por causas mayores que los judíos: pues si para ellos la guerra se arriesga por la libertad y por la patria, ¿qué hay mayor para nosotros que la gloria y que no parezca, tras el dominio del mundo, que ponemos a los judíos como rivales en la balanza? Hay que considerar, además, que no cabe temer sufrir nada irreparable, pues son muchos y están cerca los que han de socorrernos; y podemos arrebatar la victoria, y conviene adelantarnos a los aliados que mi padre nos envía, para que el triunfo sea nuestro solo y, por ello, mayor. Yo, por mi parte, creo que en esta hora se nos juzga a mi padre, a mí y a vosotros: si él es digno de sus triunfos anteriores, yo hijo suyo, y vosotros soldados míos; pues para él la victoria es costumbre, y yo no soportaría volver a su lado tras haber sido vencido. ¿Y cómo no os avergonzaríais vosotros de ser derrotados yendo el general el primero al peligro? Pues iré el primero al peligro, tenedlo por cierto, y seré el primero en lanzarme contra los enemigos. No os quedéis atrás, persuadidos de que mi ímpetu lo alienta Dios como aliado, y sabed con certeza que lograremos algo mayor que un combate a campo abierto».
Mientras Tito exponía esto, un ardor divino se apodera de los hombres, y como antes de trabar combate se les uniera Trajano con cuatrocientos jinetes, se disgustaban, pensando que su victoria menguaba al tener que compartirla. Envió también Vespasiano a Antonio Silón con dos mil arqueros, con orden de ocupar el monte que hay frente a la ciudad y de rechazar a los que estaban sobre la muralla. Estos, conforme a lo mandado, cerraron el paso a los que intentaban salir por allí en socorro; y Tito, el primero, lanzó su caballo contra los enemigos, y tras él, entre gritos, los demás, extendiéndose por la llanura hasta donde la ocupaban los enemigos, por lo cual parecieron muchos más de los que eran. Los judíos, aunque sobrecogidos por su ímpetu y su orden, resistieron un poco a las embestidas, pero, heridos con las picas y derribados por el ímpetu de los jinetes, eran pisoteados. Muriendo muchos por todas partes, se dispersan y huían hacia la ciudad cada uno con la mayor rapidez que podía. Tito, acosándolos por la espalda, mataba a unos; a otros los atravesaba cargando de frente antes de que huyeran; a muchos, caídos unos sobre otros, los aplastaba saltando encima; y a todos les cortaba las vías de fuga hacia la muralla y los desviaba hacia la llanura, hasta que, forzando el paso por su número y abriéndose camino, se refugiaron en la ciudad.
Allí los aguarda de nuevo una discordia encarnizada: a los naturales del lugar, por sus posesiones y por la ciudad, no les parecía bien la guerra desde el principio, y ahora menos aún, tras la derrota; en cambio, la muchedumbre de los forasteros forzaba con más violencia, y, enfurecidos unos contra otros, había gritos y tumulto, como si de un momento a otro fueran a venir a las armas. Tito, que oyó desde fuera aquel alboroto —pues no estaba lejos de la muralla—, exclama: «¡Esta es la ocasión! ¿A qué esperamos, compañeros de armas, cuando Dios nos entrega a los judíos? ¡Aceptad la victoria! ¿No oís el clamor? Andan en discordia los que escaparon de nuestras manos. Nuestra es la ciudad, si nos damos prisa; pero, además de rapidez, hace falta esfuerzo y coraje, pues ninguna gran cosa suele lograrse sin peligro. Debemos anticiparnos no solo a la concordia de los enemigos, a quienes la necesidad reconciliará pronto, sino también a la ayuda de los nuestros, para que, además de vencer a tan gran multitud siendo pocos, tomemos la ciudad nosotros solos».
Al tiempo que decía esto, saltó sobre su caballo y se pone al frente hacia el lago; y, cabalgando por él, entra el primero en la ciudad, y tras él los demás. El temor, ante su audacia, se apoderó de los que estaban sobre las murallas, y nadie se atrevió a combatir ni a estorbarlo; abandonando la guardia, los de Yeshúa huían a través del campo, y los que se lanzaban hacia el lago iban a topar con los enemigos que les salían al paso. Morían unos al subir a las naves, otros al intentar arremeter contra las que ya se habían hecho a la mar. Grande fue la matanza dentro de la ciudad: resistían los forasteros que no habían alcanzado a huir, pero los naturales no combatían, pues, con la esperanza de la diestra y la conciencia de no haber decidido la guerra, se apartaban del combate, hasta que Tito, dando muerte a los culpables y compadeciéndose de los naturales, puso fin a la matanza. Los que se habían refugiado en el lago, al ver tomada la ciudad, se hicieron a la mar lo más lejos posible de los enemigos. Tito, enviando a uno de los jinetes, anuncia a su padre la buena nueva de la hazaña. Este, como era natural, rebosante de gozo por el valor de su hijo y por el éxito —pues parecía haberse abatido una parte enorme de la guerra—, acudió entonces y ordenó rodear la ciudad y custodiarla, para que nadie escapara de ella, y mandó matar a quienes lo intentaran.
La mañana siguiente bajó al lago y ordenó armar balsas para ir contra los que se habían refugiado en él; se hicieron aprisa, pues abundaban la madera y los artesanos.
El lago se llama Genesaret por la comarca vecina. Mide cuarenta estadios de ancho y ciento más de largo, y con todo su agua es dulce y muy buena para beber. Su corriente es más ligera que el espesor de las aguas pantanosas, y es limpia por todas partes, terminando en playas y arena; además, es de temperatura grata para sacarla —más suave que la de un río o una fuente, pero siempre más fría de lo que cabría esperar en el remanso de un lago—. Su agua no desmerece de la nieve cuando se la deja al raso, cosa que los del lugar suelen hacer en las noches de verano; y hay en él especies de peces distintas de las de otras partes, tanto en sabor como en forma.
Por el medio lo corta el Yardén. Se tiene por fuente del Yardén el Paneion, pero en realidad el agua llega hasta allí por debajo de la tierra, en oculto, desde la llamada Fíala. Esta se halla, subiendo hacia la Traconítide, a ciento veinte estadios de Cesarea, a mano derecha del camino y no lejos de él. Por su forma se la llama con razón Fíala —«copa»—, pues es un lago de figura redonda, y el agua se mantiene siempre a ras de su borde, sin bajar ni desbordarse. Que el Yardén nace de allí se ignoró largo tiempo, hasta que lo comprobó Filipo, el que fue tetrarca de los traconitas: echó paja en la Fíala, y la halló reaparecida en el Paneion, donde los antiguos creían que se engendraba el río.
La hermosura natural del Paneion la realzó luego la magnificencia real, adornada con la riqueza de Agripa. El Yardén, comenzando su curso visible desde aquella gruta, corta los pantanos y cenagales del lago de la Semequonítide, y tras recorrer otros ciento veinte estadios, pasada la ciudad de Julias, atraviesa por el medio el Genesaret; luego, midiendo un largo despoblado, va a salir al lago Asfaltites.
A lo largo del Genesaret se extiende una comarca del mismo nombre, admirable por su naturaleza y su belleza. No hay planta que su suelo rechace, de tan fértil, y los que la cultivan lo plantan todo; y la benignidad del aire se aviene aun con las especies más dispares. Nogales, que son la planta más amiga del frío, crecen allí en abundancia junto a las palmeras, que se nutren del calor; y cerca de estas, higueras y olivos, a los que conviene un aire más templado. Diríase un empeño de la naturaleza, que fuerza a reunir en un solo lugar plantas que se rechazan, y una noble rivalidad de las estaciones, como si cada una disputara la posesión de aquel paraje; pues no solo nutre, contra lo que cabría esperar, frutos tan diversos, sino que además los conserva. Los más excelentes —la uva y el higo— los da sin interrupción durante diez meses, y los demás frutos maduran a lo largo de todo el año. Pues, además de la bondad del aire, la riega una fuente muy fecunda que los del lugar llaman Cafarnaúm. Algunos la tuvieron por una vena del Nilo, ya que cría un pez parecido al coracino del lago de Alejandría. La comarca se extiende a lo largo de la orilla del lago homónimo por treinta estadios, y su anchura es de veinte. Tal es su naturaleza.
Vespasiano, una vez dispuestas las balsas, embarcó cuanta tropa juzgó bastante para acabar con los que estaban en el lago, y se hizo a él. Los acorralados no podían huir a tierra, pues todos estaban en guerra, ni combatir por mar en igualdad de condiciones: sus barcas, pequeñas y de piratas, eran débiles frente a las balsas, y como iban pocos en cada una contra los romanos, que estaban apiñados, no se atrevían a acercarse. Aun así, dando vueltas en torno a las balsas —y a veces arrimándose—, herían de lejos a los romanos con piedras y, al rozarlos de cerca, los golpeaban.
Pero eran ellos los que llevaban la peor parte por ambos lados: con las pedradas no lograban sino un estrépito continuo, pues tiraban contra hombres bien protegidos, mientras ellos quedaban al alcance de los proyectiles romanos; y cuando osaban acercarse, antes de causar daño alguno lo sufrían, y se iban a pique junto con sus barcas. A muchos de los que intentaban abrirse paso los atravesaban con picas al alcanzarlos; a otros los abordaban espada en mano, saltando a las barcas; y a algunos, atrapados en medio cuando las balsas se juntaban, los apresaban con embarcación y todo. A los que se hundían y volvían a asomar, o los alcanzaba un dardo o los cogía una balsa; y cuando, sin salida, procuraban trepar hacia los enemigos, los romanos les cortaban las cabezas o las manos.
Grande y de mil formas era su destrucción por todas partes, hasta que los que quedaban, vueltos en fuga, fueron empujados a tierra, cercados por las barcas. Al desparramarse, muchos fueron asaeteados dentro del lago mismo, y a muchos que saltaban a la orilla los mataron los romanos en tierra. Podía verse el lago entero teñido de sangre y cubierto de cadáveres, pues no se salvó ninguno. Un olor y un espectáculo horribles envolvieron la comarca en los días siguientes: las playas se llenaron de restos de naufragio y de cuerpos hinchados, y los cadáveres, abrasándose y pudriéndose, corrompían el aire, de suerte que la desgracia no solo fue lastimosa para los judíos, sino que llegó a hacerse odiosa incluso a quienes la habían causado. Tal fue el final de aquel combate naval. Murieron, contando a los que antes habían caído en la ciudad, seis mil setecientos.
Vespasiano, después de la batalla, se sentó en un estrado en Taríquea y, apartando a la gente forastera de la del lugar —pues parecían haber sido aquellos los que iniciaron la guerra—, deliberaba con sus oficiales si convenía salvar también a estos. Como ellos dijeran que soltarlos sería dañino —pues, liberados, no se estarían quietos hombres despojados de sus patrias, y podrían forzar a la guerra a aquellos a quienes se refugiaran—, Vespasiano reconoció que ni eran dignos de salvación ni dejarían de volverse contra quienes los soltaran; pero meditaba de qué modo darles muerte. Pues, matándolos allí mismo, sospechaba que pondría en guerra a los del lugar, ya que no tolerarían que tantos suplicantes fueran degollados entre ellos; y atacar, tras haberles dado garantías, a quienes se habían presentado, no lo consentía su ánimo. Vencieron, con todo, sus amigos, diciendo que nada era impío tratándose de los judíos, y que se debe preferir lo conveniente a lo decoroso cuando no es posible tener ambas cosas.
Accediendo, pues, les concedió una seguridad ambigua y les permitió salir únicamente por el camino que lleva a Tiberíades. Ellos, creyendo aprisa lo que deseaban, y marchando a la vista de todos, en apariencia a salvo con sus bienes, por donde se les había permitido, los romanos ocuparon todo el trecho hasta Tiberíades, para que ninguno se desviara, y los encerraron en la ciudad. Y Vespasiano, llegando, los hizo formar a todos en el estadio, y a los ancianos junto con los inútiles —mil doscientos en total— mandó darles muerte; de los jóvenes escogió a los seis mil más robustos y los envió al istmo, a Nerón; y al resto de la multitud, que eran treinta mil cuatrocientos, los vendió, salvo los que había regalado a Agripa. Pues a los que procedían del reino de este le permitió hacer con ellos lo que quisiera; y el rey también los vendió. En cuanto al resto de la gente —traconitas, gaulanitas, los de Hipos y, en su mayor parte, los de la Gadarítide—, como sediciosos, fugitivos y hombres a quienes las afrentas de la paz les habían granjeado la guerra, fueron apresados el día octavo del mes de Gorpieo.
Capítulo IV
Libro cuarto
Todos los galileos que, tras la caída de Yotapata, se habían sublevado contra los romanos se rindieron cuando cayeron los de Taríquea, y los romanos recibieron todas las fortalezas y ciudades salvo Gíscala y los que habían ocupado el monte Tabor. También se les unió Gámala, ciudad situada frente a Taríquea, al otro lado del lago. Pertenecía al lote de Agripa, lo mismo que Sógane y Seleucia; ambas eran de la Gaulanítide: Sógane era parte de la llamada Gaulán superior, y Gámala de la inferior, mientras que Seleucia estaba junto al lago de los semequonitas. Este lago tiene treinta estadios de ancho y sesenta de largo; sus marismas se extienden hasta el paraje de Dafne, lugar de por sí delicioso y con manantiales que, al alimentar el llamado pequeño Yardén junto al templo de la vaca de oro, lo envían hacia el grande.
A los de Sógane y Seleucia los ganó Agripa al comienzo de la sublevación con promesas de paz; Gámala, en cambio, no se rindió, confiada en lo abrupto del terreno aún más que Yotapata. Pues un áspero espolón que baja de un monte elevado se alza en un lomo por el medio; se prolonga desde la cima inclinándose hacia delante tanto como por detrás, de modo que en su forma recuerda a un camello, de donde le viene el nombre —aunque los del lugar no pronuncian con exactitud el término—. Por los flancos y el frente se quiebra en barrancos intransitables; solo por la cola escapa un poco a lo escarpado, allí donde pende del monte, y aun eso lo hicieron los naturales difícil de pasar cortándolo con un foso transversal. En la ladera, edificadas a pico, las casas se apiñaban terriblemente unas sobre otras, y la ciudad, semejante a un despeñadero, parecía precipitarse sobre sí misma por lo empinado. Se inclinaba hacia el mediodía, y su cerro meridional, alzándose a una altura inmensa, era la ciudadela de la ciudad; por encima, sin muralla, un precipicio caía hasta el barranco más hondo; y dentro del muro había un manantial, donde terminaba el caserío.
Siendo así por naturaleza casi inexpugnable, Josefo, al amurallarla, la hizo aún más fuerte con galerías subterráneas y trincheras. Sus habitantes, por la índole del lugar, eran más audaces que los de Yotapata, aunque de combatientes tenían muchos menos; y de tal modo confiaban en la posición que no admitían más gente. Pues la ciudad se había llenado de refugiados por su fortaleza; por eso también resistió siete meses a los que Agripa había enviado antes contra ella para el asedio.
Vespasiano partió de Amato, donde había acampado frente a Tiberíades —Amato, traducido, quiere decir «aguas calientes», pues hay allí un manantial de aguas termales aptas para la curación—, y llegó ante Gámala. No podía rodear con un cerco de vigilancia toda la ciudad, dada su disposición; pero en los puntos accesibles apostó guardias y ocupó el monte que la domina. Fortificados los campamentos de las legiones sobre él, según su costumbre, comenzó los terraplenes por la cola: la parte oriental, donde estaba la torre más alta de la ciudad, la trabajaba la legión decimoquinta; la quinta laboraba frente al centro de la ciudad, y la décima rellenaba las trincheras y los barrancos.
En esto, el rey Agripa se acercó a las murallas e intentaba hablar con los que las guardaban sobre la rendición, cuando uno de los honderos lo alcanzó con una piedra en el codo derecho. A él lo rodearon enseguida los suyos; pero a los romanos los soliviantó para el asedio la ira por lo del rey y el temor por sí mismos: pues quienes contra un hombre de su propia sangre y consejero de lo que les convenía se habían encarnizado así, no dejarían de cometer todo exceso de crueldad contra extranjeros y enemigos.
Terminados, pues, los terraplenes más rápido por la abundancia de brazos y la práctica en tales obras, acercaron las máquinas. Los de Cares y Yosef —que eran los más poderosos en la ciudad—, aunque sus soldados estaban aterrados, los pusieron en orden de batalla, pues no creían poder resistir mucho tiempo el asedio, faltos de agua y de las demás provisiones. Aun así, animándolos, los sacaron a la muralla, y por un momento rechazaron a los que acercaban las máquinas; pero, batidos por los catapultazos y las máquinas arrojapiedras, se retiraron a la ciudad.
Los romanos, acercando los arietes por tres puntos, sacudieron la muralla y, derramándose por lo derribado con gran son de trompetas y estrépito de armas, entre gritos de guerra, chocaron con los de la ciudad. Estos, resistiendo al principio en las primeras entradas, les impedían avanzar y contenían con firmeza a los romanos; pero, forzados por muchos y por todas partes, se volvieron hacia lo alto de la ciudad y, revolviéndose de improviso sobre los enemigos que los seguían de cerca, cayeron sobre ellos, los empujaron hacia abajo y, apretados por la estrechez y lo escabroso del terreno, los mataban. Y estos, que no podían defenderse de los de arriba ni abrirse paso entre los suyos, que empujaban hacia delante, se refugiaron en las casas de los enemigos, que estaban a ras de suelo. Pero estas, llenándose de gente, pronto se venían abajo, sin aguantar el peso; una sola de las de abajo, al caer, arrastraba a muchas de las de arriba, y estas, a su vez, a las que tenían debajo.
Esto acabó con muchísimos romanos: por su desconcierto, aunque las veían hundirse, saltaban a los tejados, y muchos quedaban sepultados bajo los escombros, muchos huían con parte del cuerpo atrapada, y a la mayoría los mataba la polvareda ahogándolos. Los de Gámala creyeron que era ayuda de Dios y, despreocupados de su propio daño, apretaban: empujaban a los enemigos hacia los tejados y, cuando estos resbalaban por las callejuelas escarpadas, sin cesar los golpeaban desde arriba al caer y los mataban. Tenían por munición los propios escombros, llenos de piedras, y el hierro se lo proporcionaban los cadáveres enemigos: arrancando las espadas de los caídos, las usaban contra los que agonizaban. Muchos, desde las casas que ya se derrumbaban, se arrojaban a sí mismos y morían. Ni siquiera para los que se volvían era fácil la huida: por desconocimiento de las calles y por la espesura del polvo, sin reconocerse unos a otros, se amontonaban y caían aplastándose entre sí. Estos, hallando a duras penas las salidas, se retiraron de la ciudad.
Vespasiano, que siempre permanecía junto a los que sufrían —pues lo embargaba una honda pena al ver la ciudad desplomándose sobre su ejército—, olvidado de su propia seguridad, sin darse cuenta fue avanzando poco a poco hasta lo más alto de la ciudad, donde quedó abandonado en medio de los peligros con muy pocos hombres. Pues tampoco su hijo Tito estaba entonces con él, por haber sido enviado a Muciano, a Siria. No juzgó ni seguro ni decoroso volver la espalda; y, acordándose de sus fatigas desde la juventud y de su propio valor, como poseído de un ímpetu divino, cubrió con los escudos, en apretada formación, los cuerpos y las armaduras de los que estaban con él, y aguantó la guerra que se le venía encima desde lo alto: sin acobardarse ante la multitud de hombres ni ante los proyectiles, resistió hasta que los enemigos, viendo que la firmeza de su ánimo tenía algo de sobrehumano, aflojaron su empuje. Al atacar ellos con menos brío, él se retiró paso a paso, sin mostrar la espalda, hasta quedar fuera de la muralla.
Muchísimos romanos cayeron en aquel combate, entre ellos el decurión Ebutio, hombre que no solo en la batalla en que cayó, sino en todas partes y antes, se había mostrado valentísimo y había causado grandísimos males a los judíos. Un centurión llamado Galo, rodeado en la confusión con diez soldados, se metió en cierta casa, y, oyendo desde dentro cómo los que allí estaban comentaban en la cena lo que el pueblo tramaba contra los romanos o acerca de sí mismo —pues él y los suyos eran sirios—, se levantó de noche, los degolló a todos y con sus soldados se puso a salvo entre los romanos.
Vespasiano consolaba a su ejército, abatido por el fracaso de su temeridad y porque hasta entonces en ningún sitio habían sufrido tal desastre, y sobre todo avergonzado de haber dejado al general solo en los peligros. Sobre lo que a él tocaba, se contenía, para no parecer siquiera que se quejaba; había que soportar los reveses comunes con hombría —les decía—, considerando la índole de la guerra: que en ninguna parte la victoria se alcanza sin sangre, y que la fortuna cobra su parte al tiempo que se pone de tu lado. Habiendo dado muerte a tantas decenas de miles de judíos, ellos habían pagado al destino una pequeña contribución. Como es de gente sin gusto engreírse en exceso con los éxitos, así es de cobardes acobardarse en los reveses: rápido es en ambos el vuelco, y el mejor es el que se mantiene sereno también en la buena fortuna, para que perdure, y con buen ánimo rehace en la lucha sus tropiezos.
«Lo ahora ocurrido no ha sido ni por flaqueza vuestra ni por el valor de los judíos, sino que, tanto de su ventaja como de nuestro fracaso, la causa ha sido lo escabroso del terreno. Por lo cual podría uno reprochar de vosotros la falta de mesura en el arrojo: cuando los enemigos se replegaron a lo alto, debíais reteneros y no seguir los peligros exponiéndoos de frente en lo más alto, sino, dueños de la ciudad baja, ir poco a poco atrayendo a los que huían hacia arriba a un combate seguro y firme. Pero ahora, lanzándoos sin freno a la victoria, descuidasteis vuestra propia seguridad. La imprudencia en la guerra y la locura del ímpetu no son propias de romanos, que todo lo llevamos a buen término con pericia y orden, sino de bárbaros, y es aquello por lo que sobre todo son vencidos los judíos. Conviene, pues, volver a vuestro propio valor y enardeceros más que abatiros por un tropiezo inmerecido. Que cada cual busque el mejor consuelo en su propia mano: así vengaréis a los muertos y castigaréis a los que los mataron. Yo, por mi parte, intentaré, como ahora, ir delante de vosotros contra los enemigos en cada batalla y ser el último en retirarme.»
Con tales palabras levantaba el ánimo de su ejército. A los de Gámala, por breve tiempo, les dio ánimo el éxito, sobrevenido de forma tan inesperada y grande; pero, al pensar luego que se habían privado a sí mismos de toda esperanza de un pacto, y reparando en que no podrían escapar —pues ya escaseaban las provisiones—, se descorazonaron terriblemente y decayeron en su ánimo. No por eso descuidaron, en lo posible, su salvación: los más valientes guardaban las brechas de la muralla, y el resto vigilaba lo que quedaba en pie. Como los romanos reforzaban los terraplenes e intentaban de nuevo el asalto, muchos huían de la ciudad por barrancos intransitables, donde no había guardias, y por las galerías subterráneas. Cuantos, por miedo a ser capturados, se quedaron, perecían de hambre; pues toda la comida se juntaba para los que podían combatir.
Y mientras ellos aguantaban en tales penalidades, Vespasiano hizo, como labor accesoria del asedio, la de los que habían ocupado el monte Tabor, que está a mitad de camino entre la gran llanura y Escitópolis. Su altura se eleva unos treinta estadios, apenas accesible por el lado norte; su cima es una explanada de veintiséis estadios, toda amurallada. Tan gran recinto lo levantó Josefo en cuarenta días, abastecido desde abajo tanto del resto de materiales como de agua, pues los moradores solo tenían agua de lluvia. Habiéndose reunido allí, pues, gran multitud, Vespasiano envió a Plácido con seiscientos jinetes. A este le era imposible subir; pero, con la esperanza de pactos y con exhortaciones a la paz, iba atrayendo a la mayoría. Ellos bajaban, a su vez, con el propósito de tenderle una trampa: pues Plácido trataba con ellos con mansedumbre, deseoso de cogerlos en la llanura, y ellos bajaban como si de veras se dejaran persuadir, para caer sobre él descuidado. Pero venció la astucia de Plácido: al empezar los judíos el combate, fingió huir y, arrastrándolos en su persecución largo trecho por la llanura, hizo volver grupas a los jinetes; y, poniéndolos en fuga, mató a muchísimos y, cortando la retirada al resto de la multitud, les impidió el ascenso. Ellos, abandonando el monte Tabor, huyeron hacia Yerushaláyim; y los del lugar, obtenidas garantías —pues les había faltado el agua—, entregaron a Plácido el monte y a sí mismos.
De los de Gámala, los más arrojados escapaban a hurtadillas huyendo, mientras que los débiles perecían de hambre; pero los combatientes resistían el asedio hasta que, el día veintidós del mes de Hiperbereteo, tres soldados de la legión decimoquinta, hacia la guardia del alba, se deslizaron bajo la torre que sobresalía frente a ellos y la socavaron en silencio. Los guardias de encima no advirtieron ni que se acercaban —pues era de noche— ni que habían llegado. Los soldados, evitando todo ruido y sacando rodando las cinco piedras más recias, se lanzaron fuera de un salto. La torre se desplomó de repente con un estruendo enorme, y con ella se precipitaron sus guardias; alborotados, los de las demás guardias huyeron; y a muchos que se atrevían a abrirse paso los mataron los romanos, entre ellos a Yosef, a quien uno alcanzó y mató cuando escapaba por la brecha de la muralla. Toda la ciudad, sacudida por el estruendo, era un correr de un lado a otro y un gran pavor, como si todos los enemigos hubieran irrumpido. Allí también Cares, que yacía enfermo y en tratamiento, expiró, pues el mucho miedo colaboró con la enfermedad para su muerte.
Los romanos, sin embargo, acordándose del anterior desastre, no irrumpieron hasta el día veintitrés del mencionado mes. Tito —que ya estaba de vuelta—, irritado por el golpe que los romanos habían sufrido en su ausencia, escogió doscientos jinetes, más los de a pie, y entró en la ciudad sin ruido. Al entrar él, los guardias, al advertirlo, corrieron a las armas entre gritos; y, hecha pronto patente la irrupción también a los de dentro, unos, arrebatando a sus hijos y arrastrando a sus mujeres, huían hacia la ciudadela entre lamentos y gritos, y otros, saliendo al encuentro de Tito, caían sin cesar; cuantos no lograron subir corriendo a la cima, en su desconcierto iban a dar en las guardias de los romanos. Inmenso era por todas partes el gemido de los que morían, y la sangre inundaba toda la ciudad, corriendo cuesta abajo.
Contra los que huían a la ciudadela acudió en ayuda Vespasiano, metiendo dentro todas sus fuerzas. La cima era por todas partes rocosa y difícil de pasar, alzada a una altura inmensa, rodeada por doquier de precipicios y cortada a pico sobre el abismo. Allí los judíos maltrataban a los que subían con toda clase de proyectiles y haciendo rodar piedras, mientras que ellos, por la altura, eran difíciles de alcanzar con un dardo. Pero se levantó, para perdición suya y de frente contra ellos, una tempestad sobrenatural que llevaba hacia ellos los proyectiles de los romanos y volvía atrás los suyos y los desviaba de través. Ni podían mantenerse al borde de los precipicios, por la violencia del viento, al no tener nada firme donde afianzarse, ni alcanzaban a ver a los que subían. Los romanos treparon y, cercándolos, se adelantaban a matar a unos mientras se defendían y a otros que tendían las manos; y les avivaba el furor contra todos el recuerdo de los caídos en la primera irrupción. Desesperando de la salvación, cercados por todas partes, muchos arrojaron al barranco a sus hijos, a sus mujeres y a sí mismos —aquel barranco hondísimo, socavado al pie de la ciudadela—.
Y resultó que la ira de los romanos pareció más blanda que la desesperación de los propios vencidos: cuatro mil fueron degollados por aquellos, mientras que de los que se arrojaron se hallaron más de cinco mil. No se salvó nadie, salvo dos mujeres: eran hijas de la hermana de Filipo; y Filipo mismo era hijo de un tal Jácimo, hombre distinguido, que había sido tetrarca al servicio del rey Agripa. Estas se salvaron por haber escapado a la ira de los romanos durante la toma; pues entonces ni de los niños de pecho se compadecían, sino que a muchos, una y otra vez, los arrebataban y los despeñaban desde la ciudadela con la honda. Así fue tomada Gámala, el día veintitrés del mes de Hiperbereteo, habiendo comenzado su sublevación el veinticuatro del mes de Gorpieo.
Solo Gíscala, pequeña ciudad de Galilea, quedaba sin conquistar. Su gente pensaba en la paz —pues en su mayoría eran labradores, siempre pendientes de la esperanza de las cosechas—, pero se había infiltrado entre ellos no poca banda de salteadores, con quienes también algunos de los ciudadanos enfermaban del mismo mal. Los empujaba a la sublevación y los agrupaba un tal Yojanán, hijo de Leví, hombre embaucador y de carácter de lo más taimado: pronto a concebir grandes esperanzas y hábil para lograr lo esperado, y para todos era claro que amaba la guerra como medio de alcanzar el poder. Bajo su mando estaba el bando sedicioso de Gíscala; por su culpa, tal vez, el pueblo, aun habiendo enviado una embajada para rendirse, aguardaba la llegada de los romanos como en pie de guerra.
Vespasiano envió contra ellos a Tito con mil jinetes, y trasladó la legión décima a Escitópolis. Él mismo, con las dos restantes, volvió a Cesarea, dando descanso a sus tropas del continuo esfuerzo y pensando que, con la abundancia de las ciudades, alimentaría los cuerpos y el ánimo para los combates venideros; pues veía que le quedaba no poca fatiga en torno a Yerushaláyim, por ser ciudad regia y sobresalir por encima de toda la nación, y por afluir a ella los que huían de la guerra. Lo fuerte de su posición por naturaleza y por la construcción de sus murallas le causaba una inquietud nada común; y suponía que los ánimos de aquellos hombres y sus audacias serían difíciles de manejar aun sin murallas. Por eso adiestraba a sus soldados como a atletas para las lides.
A Tito, al llegar a caballo ante Gíscala, le era fácil tomar la ciudad al primer asalto; pero, sabiendo que, si la tomaba por la fuerza, la multitud sería destruida sin freno por los soldados —y ya estaba harto de matanzas y, más por compasión, le dolía que la gente pereciera indistintamente junto con los culpables—, prefirió reducir la ciudad por capitulación. Y así, estando la muralla llena de hombres —que en su mayoría eran de la banda corrompida—, les dijo que se admiraba de con qué confiaban, cuando toda ciudad había caído, para resistir ellos solos las armas de los romanos, habiendo visto ciudades mucho más fuertes derribadas de un solo asalto, mientras que en seguridad disfrutaban de sus propios bienes cuantos se habían confiado a la mano tendida de los romanos —la que también ahora les ofrecía, sin guardar rencor por su terquedad—. Pues era perdonable la esperanza de libertad, pero ya no la obstinación en lo imposible; que, si no se dejaban persuadir por palabras humanas y por garantías de fe, probarían las armas sin cuartel, y muy pronto verían aplastarse la muralla bajo las máquinas de los romanos, esa muralla en que confiados demostraban ser los únicos galileos que eran cautivos obstinados.
Ante esto, a la gente del pueblo no solo no le era posible responder a nada, sino ni siquiera subir a la muralla, pues todo lo habían acaparado de antemano los salteadores, y eran guardias de las puertas, para que nadie saliera a los tratos ni admitiera dentro a alguno de los jinetes. El propio Yojanán dijo que él aceptaba las propuestas y que a los que no obedecieran los persuadiría o los obligaría; pero que Tito debía concederle aquel día —pues era el séptimo— en gracia de la ley de los judíos, en el cual, así como les está vedado tomar las armas, así también lo está pactar acerca de la paz. Que tampoco los romanos ignoraban que el ciclo del séptimo día es para ellos día de descanso de todo, y que quien fuerza a quebrantarlo no comete menos impiedad que los forzados. A él ninguna pérdida le acarreaba el aplazamiento: pues ¿qué podría tramar nadie de noche, salvo la fuga, siendo posible acampar alrededor y montar guardia? Y para ellos era gran ganancia no quebrantar en nada las costumbres patrias. Convenía, además, a quien contra toda esperanza les regalaba la paz a los salvados, respetar también sus leyes.
Con tales sofismas engañaba a Tito, mirando no tanto por el séptimo día cuanto por su propia salvación; pues temía quedar atrapado de golpe si la ciudad caía de noche, y en la fuga cifraba las esperanzas de su vida. Fue obra de Dios, que salvaba a Yojanán para la ruina de Yerushaláyim, el que no solo Tito se dejara persuadir por el pretexto del aplazamiento, sino que además acampara más lejos de la ciudad, junto a Cidasa; es esta una aldea fuerte de los tirios, tierra adentro, siempre en odio y guerra con los galileos, con abundancia de habitantes y con su fortaleza como recurso para su discordia con la nación.
De noche, Yojanán, al ver que los romanos no tenían ninguna guardia en torno a la ciudad, aprovechó la ocasión y, tomando consigo no solo a sus soldados, sino también a muchos de los más ociosos con sus familias, huyó hacia Yerushaláyim. Hasta unos veinte estadios pudo llevar consigo aquella turba de mujeres y niños un hombre acuciado por el miedo al cautiverio y por su vida; pero, al avanzar más, se iban quedando atrás, y terribles eran los lamentos de los abandonados. Pues cuanto más lejos quedaba cada cual de los suyos, tanto más cerca se creía de los enemigos; y, pensando que ya llegaban los que iban a apresarlos, se espantaban, y al ruido de la carrera de unos y otros se volvían como si ya estuvieran presentes aquellos de quienes huían. Muchos caían por lugares sin camino, y en torno a la calzada la disputa de los que se adelantaban aplastaba a muchos. Lastimosa era la muerte de mujeres y niños, y algunas, cobrando ánimo, llamaban a sus maridos y parientes y, entre gemidos, les suplicaban que esperaran. Pero venció la orden de Yojanán, que gritaba que se salvaran a sí mismos y se refugiaran allí donde pudieran también vengar de los romanos, si eran apresados, a los que dejaban atrás. Así, la multitud de fugitivos se dispersó, cada cual según su fuerza o su rapidez.
Tito, al día siguiente, se presentó ante la muralla para lo pactado. El pueblo le abrió las puertas y, saliendo con sus familias, lo aclamaba como bienhechor y como quien había librado a la ciudad de su guarnición; pues le informaban a la vez de la fuga de Yojanán y le rogaban que los perdonara y que entrara a castigar a los que quedaban de los revoltosos. Él, poniendo en segundo lugar las súplicas del pueblo, envió una parte de la caballería a perseguir a Yojanán; pero no lo alcanzaron —pues se le adelantó, refugiándose en Yerushaláyim—, y de los que habían partido con él mataron a unos seis mil, y a mujeres y niños, poco menos de tres mil, los rodearon y trajeron consigo. Tito se dolía de no haber castigado en el acto la trapacería de Yojanán; pero, teniendo consuelo bastante para su furor frustrado en la multitud de cautivos y de muertos, entró en la ciudad entre aclamaciones, y, mandando a los soldados derribar un trozo de la muralla, según la ley de conquista, refrenaba con amenazas más que con castigo a los que perturbaban la ciudad; pues, si distinguía a los merecedores de castigo, muchos, por odios domésticos y rencillas privadas, denunciarían a inocentes. Mejor era dejar en vilo, en el temor, al culpable, que hacer perecer con él a alguno de los que no lo merecían; pues aquel tal vez escarmentaría por miedo al castigo, avergonzado del perdón de lo pasado, mientras que el castigo de los muertos sin culpa es irreparable. Aseguró, no obstante, la ciudad con una guarnición, con la que pensaba contener a los revoltosos y dejar más confiados a los que deseaban la paz. Así, pues, fue tomada toda Galilea, tras haber ejercitado a los romanos con muchos sudores de cara a Yerushaláyim.
A la entrada de Yojanán, todo el pueblo se derramó por las calles, y en torno a cada uno de los que habían huido con él una turba inmensa, apretujada, indagaba las desgracias de fuera. En ellos, el jadeo aún caliente y entrecortado revelaba su apuro; pero, aun en la desgracia, fanfarroneaban, diciendo que no habían huido de los romanos, sino que venían a combatirlos desde lugar seguro; que era de insensatos e inútiles arriesgarse temerariamente por Gíscala y por débiles aldeas, cuando había que reservar las armas y el vigor para la metrópoli y guardarla en común. Y entonces dejaban entrever la caída de Gíscala, y lo que ellos llamaban con eufemismo «retirada», los más lo entendían como fuga. Sin embargo, cuando se supo lo de los cautivos, no pequeña turbación se apoderó del pueblo, y sacaban grandes indicios de su propia ruina venidera.
Yojanán se avergonzaba poco de los apresados y, yendo de uno en otro, incitaba a todos a la guerra con esperanzas: presentaba a los romanos como débiles y ensalzaba el poder propio, burlándose de la ignorancia de los inexpertos: que ni aunque les nacieran alas franquearían jamás los romanos la muralla de Yerushaláyim, ellos que penaban en las aldeas de Galilea y habían desgastado sus máquinas contra aquellos muros. Con esto se iba corrompiendo la mayor parte de los jóvenes y se enardecía para la guerra; pero de los sensatos y los ancianos no había quien, previendo lo por venir, no llorara como si la ciudad ya estuviera perdida. Así estaba el pueblo en tal confusión; pero, antes que en Yerushaláyim, la sedición había estallado ya en la multitud del campo.
Pues Tito marchó de Gíscala a Cesarea, y Vespasiano, de Cesarea a Yavne y a Ashdod, y, sometiéndolas y estableciendo en ellas guarniciones, se volvió llevándose gran multitud de los que se le habían rendido a la fe dada. En cada ciudad se agitaba el desorden y la guerra civil, y, apenas descansaban de los romanos, volvían las manos unos contra otros. Áspera era la disputa entre los amantes de la guerra y los que ansiaban la paz. Primero prendió el afán de discordia en las casas, entre quienes de antiguo estaban de acuerdo; luego, desligándose unos de otros los más queridos, y agrupándose cada cual con los que sostenían lo mismo, ya se enfrentaban en masa. Y había sedición por todas partes: el bando revoltoso y ávido de armas prevalecía, por su juventud y su audacia, sobre los ancianos y sensatos. Se dieron primero, cada grupo, al pillaje de los del lugar; luego, formando cuadrillas por compañías, al bandidaje por el campo, de suerte que, en crueldad y desafuero, en nada se diferenciaban para ellos los romanos de sus propios compatriotas, y a los saqueados mucho más llevadera les parecía la conquista bajo los romanos.
Las guarniciones de las ciudades, en parte por rehusar penalidades y en parte por odio a la nación, poco o nada socorrían a los maltratados, hasta que, hartos de los pillajes por el campo, los cabecillas de las bandas de todas partes se juntaron y, hechos una cuadrilla de maldad, se infiltraron en Yerushaláyim, ciudad sin general y que, por costumbre patria, acogía sin recelo a todo compatriota, cuando entonces todos creían que cuantos afluían venían por buena voluntad, como aliados. Esto mismo, aun aparte de la sedición, anegó después a la ciudad: pues por una multitud inútil y ociosa se consumieron de antemano las provisiones que habrían bastado a los combatientes, y, sobre la guerra, se acarrearon la sedición y el hambre.
Otros salteadores, llegando del campo a la ciudad y sumándose a los de dentro, más feroces aún, ya no cejaban en ninguna atrocidad: no medían su audacia solo por robos y despojos, sino que llegaban hasta los asesinatos, no de noche, ni a escondidas, ni contra cualquiera, sino a las claras y en pleno día, empezando por los más ilustres. Pues primero prendieron y encarcelaron a Antipas, hombre del linaje real y de los más poderosos de la ciudad, hasta el punto de que se le habían confiado los tesoros públicos; después, a un tal Levías, de los ilustres, y a Sifas hijo de Aregetes —también de linaje real era el de estos—, y a los que en el campo parecían sobresalir. Terrible espanto se apoderó del pueblo, y, como si la ciudad estuviera tomada por guerra, cada cual solo se cuidaba de su propia salvación.
Pero a ellos no les bastaban las cadenas de los apresados, ni juzgaban seguro guardar así, por mucho tiempo, a hombres poderosos: pues sus casas eran capaces de defenderlos, al no ser de pocos hombres, y, además, tal vez el pueblo se levantaría, movido por el desafuero. Decidieron, pues, matarlos, y enviaron a un tal Yojanán, el más pronto de entre ellos para el asesinato —a este lo llamaban, en la lengua del país, «hijo de Dórcada»—; con él entraron diez, espada en mano, en la cárcel y degollaron a los apresados. Ante un crimen tan grande, mentían descaradamente e inventaban pretextos: decían que aquellos habían tratado con los romanos acerca de la entrega de Yerushaláyim y que los habían matado por traidores a la libertad común; y en general se jactaban de sus atrocidades como si se hubieran hecho bienhechores y salvadores de la ciudad.
Y llegó a tal punto el pueblo en abatimiento y miedo, y aquellos en desvarío, que hasta las designaciones de los sumos sacerdotes dependían de ellos. Anulando, en efecto, los linajes de los que por sucesión eran nombrados sumos sacerdotes, ponían a gente oscura y sin abolengo, para tener cómplices de sus impiedades; pues quienes, sin merecerlo, alcanzaban el más alto honor forzosamente obedecían a los que se lo habían dado. Enfrentaban también a los magistrados con toda clase de artimañas y calumnias, procurándose ocasión en las rencillas mutuas de los que se les oponían, hasta que, saciados de injusticias contra los hombres, trasladaron su ultraje a lo divino y, con los pies manchados, entraban en el Santuario.
Y, ya al alzarse contra ellos la multitud —pues la incitaba Anano, el más anciano de los sumos sacerdotes, hombre de la mayor prudencia, que tal vez habría salvado la ciudad de haber escapado de las manos de los conspiradores—, ellos hicieron del Templo de Dios su fortaleza y su refugio contra los tumultos del pueblo, y el Santuario era para ellos guarida de tiranos. A los horrores se mezclaba la burla, más dolorosa que los propios desmanes; pues, para probar el pavor del pueblo y tantear su propia fuerza, se pusieron a designar por sorteo a los sumos sacerdotes, siendo, como dijimos, la sucesión de estos por linaje. El pretexto de la maquinación era una costumbre antigua —pues decían que también antaño el sumo sacerdocio se echaba a suertes—; pero la verdad era la abolición de la ley más firme y una artimaña para hacerse con el poder, nombrando ellos mismos las magistraturas.
Y así, mandando llamar a una de las tribus sacerdotales, la llamada Eniaquín, sortearon un sumo sacerdote, y por azar le tocó el que mejor puso de manifiesto su desafuero: un tal Faní, hijo de Shemuel, de la aldea de Aftia, hombre que no solo no era de estirpe de sumos sacerdotes, sino que ni siquiera sabía a ciencia cierta qué era el sumo sacerdocio, por su rusticidad. Arrastrándolo, en fin, del campo contra su voluntad, como en un escenario, lo engalanaban con una máscara ajena, poniéndole la vestidura sagrada y enseñándole en cada momento qué debía hacer. Para ellos era chanza y juego tamaña impiedad; pero a los demás sacerdotes, que contemplaban de lejos cómo se hacía burla de la ley, les venían las lágrimas y gemían por la abolición de las sagradas dignidades.
Esta osadía suya no la soportó el pueblo, sino que todos se lanzaron como para derribar una tiranía; pues también los que parecían sobresalir entre ellos, Gorión hijo de Yosef y Shimón el de Gamaliel, animaban, tanto en las asambleas a la muchedumbre como en privado, yendo de uno en uno, a castigar de una vez a los corruptores de la libertad y a limpiar el Santuario de los asesinos; y los más estimados de los sumos sacerdotes, Yeshúa hijo de Gamalá y Anano hijo de Anano, reprochando mucho al pueblo su modorra en las reuniones, lo incitaban contra los zelotes —pues así se habían llamado a sí mismos, como si se dedicaran a cosas buenas, y no como quienes emulaban las peores de las obras y aun las sobrepasaban—.
Y así, reunida la multitud en asamblea, e indignados todos por la ocupación del Santuario, por los saqueos y por los asesinatos, pero sin haberse aún lanzado a la defensa, por suponer —lo que era cierto— que los zelotes eran difíciles de acometer, Anano, puesto en medio y dirigiendo una y otra vez la mirada al Templo, con los ojos llenos de lágrimas, dijo: «¡Bien me hubiera estado morir antes de ver la casa de Dios colmada de tantas abominaciones y sus recintos inaccesibles y santos apretujados por los pies de asesinos! Y, sin embargo, revestido de la vestidura de sumo sacerdote y llamado con el más honroso de los nombres venerables, vivo y me aferro a la vida, sin afrontar, ni siquiera por mi vejez, una muerte gloriosa. Mas, si es preciso, no he de estar solo; y, como en un desierto, entregaré mi propia alma, ella sola, por Dios.»
¿Y para qué vivir en un pueblo insensible a sus desgracias, entre gentes que han perdido la capacidad de percibir los males que tienen entre manos? Os saquean y lo soportáis; os golpean y calláis; y ni por los asesinados hay quien gima abiertamente. ¡Oh amarga tiranía! Pero ¿por qué culpo a los tiranos? ¿Acaso no se han criado gracias a vosotros y a vuestra propia paciencia? ¿No fuisteis vosotros quienes, sin hacer caso de los primeros que se conjuraban —eran aún pocos—, los multiplicasteis con vuestro silencio; y quienes, quedándoos quietos mientras se armaban, volvisteis sus armas contra vosotros mismos? Debíais haber cortado sus primeros impulsos, cuando atacaban con injurias a sus propios parientes; pero vosotros, por descuido, aún azuzasteis al pillaje a esos malvados, y cuando saqueaban las casas nadie decía nada. Por eso llegaron a raptar a los mismos dueños, y cuando los arrastraban por en medio de la ciudad nadie salió en su defensa. Y aún fueron más lejos: maltrataron con cadenas a los que vosotros habíais entregado —callo cuántos y de qué condición—; pero a esos hombres sin acusación y sin juicio, encadenados, nadie los socorrió.
Lo que seguía era ver a esos mismos asesinados. También eso lo vimos: como de un rebaño de animales sin razón, siempre era arrastrada la mejor víctima, y nadie soltó siquiera un grito, ni mucho menos movió la mano. Soportad, pues, soportad ver pisoteado lo sagrado; y ya que vosotros mismos habéis puesto a esos impíos todos los peldaños de sus atrevimientos, no os pese ahora su supremacía; porque también ahora habrían llegado más lejos, si hubieran tenido algo mayor que lo sagrado que destruir. Está tomada, pues, la parte más fuerte de la ciudad —llamemos ahora al Templo ciudadela o fortaleza—; y teniendo enfrente una tiranía tan atrincherada, y viendo a los enemigos por encima de vuestras cabezas, ¿qué es lo que deliberáis, y con qué esperanzas calentáis vuestros ánimos?
¿Acaso vais a esperar a los romanos, para que nos socorran a nosotros en nuestras cosas sagradas? A tal punto han llegado los asuntos de la ciudad, a tal grado de desgracia hemos venido, que hasta los enemigos van a compadecernos. ¿No os alzaréis, oh desdichadísimos, y, volviéndoos contra los golpes —cosa que hasta en las fieras se puede ver—, rechazaréis a quienes os golpean? ¿No recordará cada uno sus propias desgracias, ni, poniendo ante los ojos lo que habéis padecido, aguzaréis vuestros ánimos contra ellos para la venganza? ¿Se ha perdido, pues, entre vosotros la más preciosa y natural de las pasiones, el deseo de libertad? ¿Nos hemos vuelto amigos de la esclavitud y amantes del amo, como si hubiéramos heredado de nuestros antepasados el someternos? Pero ellos sí sostuvieron muchas y grandes guerras por su autonomía, y no fueron vencidos ni por el poder de los de Mitsraim ni por el de los medos, con tal de no hacer lo que se les ordenaba.
Mas ¿qué falta hace hablar de los antepasados? La guerra de ahora contra los romanos —dejo de examinar si es provechosa y conveniente, o lo contrario—, ¿qué pretexto tiene? ¿No la libertad? Entonces, quienes no soportamos a los señores del mundo, ¿vamos a aguantar a tiranos de nuestra propia sangre? Someterse a los de fuera podría uno atribuirlo a la fortuna que una vez nos venció; pero ceder a los malvados de casa es propio de gente ruin que lo elige. Y ya que una vez he mencionado a los romanos, no os ocultaré algo que, cayéndome en medio del discurso, ha hecho volverse mi pensamiento: que aunque cayéramos bajo su dominio —lejos esté de nosotros esa prueba—, nada más grave podríamos sufrir que lo que estos nos han hecho. ¿Cómo no es digno de lágrimas ver en el Templo las ofrendas de aquellos, mientras los de nuestra propia sangre han despojado los despojos y han destruido la nobleza de la metrópoli, y han asesinado a hombres de los que aun ellos, si hubieran vencido, se habrían abstenido? Que los romanos nunca hayan traspasado el límite de lo profano, ni hayan violado ninguna de nuestras costumbres sagradas, y hayan sentido escalofrío al ver de lejos los recintos de lo santo; y que, en cambio, unos nacidos en esta tierra, criados según nuestras costumbres y llamados judíos, se paseen por en medio de lo santo con las manos aún calientes de la sangre de sus compatriotas.
¿Y después de esto hay quien tema la guerra de fuera y a quienes, en comparación, son mucho más moderados que los nuestros? Pues, en verdad, si hay que ajustar los nombres verdaderos a las cosas, quizá encontraría uno que los romanos son garantes de nuestras leyes, y enemigos los de dentro. Que son execrables los conspiradores contra la libertad, y que por lo que han hecho nadie podría imaginar un castigo digno de ellos, creo que todos habéis venido convencidos de vuestras casas, y aun antes de mis palabras estáis irritados contra ellos por sus obras, por lo que habéis padecido. Pero acaso muchos se dejan aterrar por su número, por su audacia y, además, por la ventaja del lugar. Mas esto, así como surgió por vuestro descuido, ahora crecerá más si lo aplazáis; porque su número aumenta cada día, pasándose a ellos todo malvado hacia sus semejantes, y su audacia se enciende al no tener hasta ahora ningún obstáculo; y del lugar, estando en lo alto, se servirán —y con preparativos— si les damos tiempo.
Creedme: si avanzamos contra ellos, estarán más abatidos por su propia conciencia, y la razón les quitará la ventaja de la altura. Quizá la divinidad, ultrajada, hará volver contra ellos sus propios proyectiles, y perecerán con sus mismos dardos los impíos. Con solo que nos vean, están deshechos. Y es hermoso, aunque haya algún peligro, morir junto a las puertas sagradas y entregar la vida —si no por los hijos o las mujeres, sí por Dios y por lo santo. Yo me pondré al frente, con el consejo y con la mano; y ni os faltará de nuestra parte idea alguna para vuestra seguridad, ni me veréis escatimar mi cuerpo.
Con estas palabras animaba Anano a la multitud contra los zelotes, no ignorando que ya eran difíciles de someter, por su número, por su juventud y por su temple de ánimo, y sobre todo por la conciencia de lo que habían hecho; pues no esperaba que cedieran, ya que no cabía esperanza de perdón definitivo por sus acciones. Con todo, prefería sufrir cualquier cosa antes que dejar los asuntos en tal confusión. La multitud, por su parte, gritaba que los llevara contra aquellos a quienes exhortaba, y cada uno estaba dispuestísimo a arriesgarse el primero.
Mientras Anano reclutaba y ordenaba a los aptos para el combate, los zelotes, informados del intento —pues tenían quienes les comunicaban todo lo del pueblo—, se irritaron, y saltando del Templo en masa y por bandas no perdonaban a ninguno de los que encontraban. Rápidamente reunió Anano a los del pueblo, superiores en número, pero inferiores a los zelotes en armas y en falta de instrucción. El ardor suplía en ambos bandos lo que faltaba: los de la ciudad habían tomado una cólera más fuerte que las armas, y los del Templo una audacia superior a toda multitud; unos, teniendo por inhabitable la ciudad para sí si no arrancaban de ella a los bandidos; los zelotes, en cambio, sabiendo que, si no vencían, no escaparían a ningún castigo.
Chocaron, pues, conducidos por sus pasiones. Al principio, por la ciudad y ante el Templo, se arrojaban piedras unos a otros y se lanzaban dardos de lejos, pero en los reveses los que vencían usaban las espadas; y hubo gran matanza en ambos bandos, y muchos heridos. A los del pueblo los llevaban a sus casas los suyos; el zelote herido subía al Templo, ensangrentando el suelo divino, y solo podría decirse que la sangre de aquellos manchaba lo santo. En los encuentros, saliendo al ataque, siempre prevalecían los bandidos; pero los del pueblo, enfurecidos y cada vez más numerosos, reprochando a los que cedían, y no dando retirada a los que huían —los de atrás empujaban por la fuerza—, volcaron todo su ímpetu sobre los adversarios. Y como aquellos ya no resistían la violencia, sino que poco a poco se retiraban al Templo, irrumpieron con ellos los de Anano. A los otros les entró espanto al perder el primer recinto, y refugiándose en el interior cerraron rápidamente las puertas.
A Anano no le pareció bien atacar las puertas sagradas —máxime disparando aquellos desde lo alto—, y tenía por ilícito, aunque venciera, introducir a la multitud sin haberla purificado antes. Así que, sacando por sorteo de entre todos unos seis mil hombres de armas, los puso como guardias en los pórticos; otros los relevaban. Todos tenían que acudir por turno a la guardia; pero muchos de los notables, con permiso de los que parecían mandar, alquilando a otros más pobres, los enviaban en su lugar a la guardia.
De la ruina de todos ellos fue causa Yojanán, el que dijimos que había huido de Gíscala, hombre falacísimo, que llevaba en el alma un terrible amor a la tiranía y que desde lejos venía maquinando contra la situación. Y entonces, fingiendo estar de parte del pueblo, andaba con Anano cuando deliberaba con los poderosos y cuando de día y de noche recorría los puestos de guardia, pero comunicaba los secretos a los zelotes; y todo plan del pueblo, antes de quedar bien deliberado, era conocido por los enemigos gracias a él. Y maquinando para no caer en sospecha, empleaba con Anano y con los jefes del pueblo unas atenciones desmedidas. Pero su ambición se volvió contra él: por sus absurdas adulaciones se le sospechaba más, y su estar presente en todas partes sin ser llamado daba impresión de traición de los secretos. Pues veían que los enemigos se enteraban de todos sus planes, y nadie era más verosímil que Yojanán como sospechoso de delatarlos.
No era fácil, con todo, quitárselo de encima, siendo hombre poderoso por su maldad, y por lo demás no de los oscuros, y teniendo armados a muchos de los que se sentaban en el consejo; así que decidieron asegurarse de su lealtad con juramentos. Yojanán juró de buena gana que sería fiel al pueblo, que no traicionaría a los enemigos ni consejo ni acción alguna, y que ayudaría a destruir a los atacantes con la mano y con el consejo. Los de Anano, confiando en los juramentos, lo admitían ya sin recelo en sus deliberaciones, e incluso lo enviaron como embajador a los zelotes para tratar de un arreglo; pues ponían gran empeño en no manchar el Templo por su parte, ni en que cayera en él ninguno de sus compatriotas.
Pero él, como si hubiera jurado a los zelotes lealtad y no contra ellos, pasando dentro y poniéndose en medio, dijo muchas veces que se había arriesgado por ellos, para que no ignorasen nada de los secretos que los de Anano habían tramado contra ellos; y que ahora corría el mayor peligro junto con todos ellos, si no les llegaba algún auxilio divino. Pues Anano ya no aguardaba, sino que, habiendo persuadido al pueblo, había enviado embajadores a Vespasiano para que viniera cuanto antes a tomar la ciudad; y había ordenado una purificación contra ellos para el día siguiente, a fin de que, entrando so pretexto de culto o por la fuerza, se les echaran encima. Y no veía hasta cuándo soportarían el asedio o resistirían frente a tantos. Añadía que él mismo había sido enviado, por providencia de Dios, como embajador para tratar de un arreglo, pues Anano les proponía esas treguas para caer sobre ellos cuando estuvieran más descuidados. Debían, pues, o suplicar por la vida a los que hacían la guardia, o procurarse algún socorro de fuera. Que quienes se acariciaban con la esperanza de perdón, si eran vencidos, habían olvidado sus propios atrevimientos, o creían que, en cuanto se arrepintieran los que habían obrado mal, al punto debían reconciliarse también los que habían padecido. Pero que en los que hacen agravio muchas veces el arrepentimiento se vuelve odio, mientras que en los agraviados las iras, cuando tienen poder, son más duras; y que estaban al acecho de ellos los amigos y parientes de los muertos, y todo un pueblo enfurecido por la destrucción de las leyes y los tribunales; de modo que, aunque hubiera alguna parte que compadeciera, sería aniquilada por la mayor que se indignaba.
Tales cosas iba matizando para amedrentarlos en tropel; y el socorro de fuera no se atrevía a nombrarlo abiertamente, pero aludía a los idumeos. Y para irritar en privado también a los jefes de los zelotes, calumniaba a Anano de crueldad, y decía que amenazaba especialmente a aquellos. Eran estos: Elazar hijo de Gión, que era tenido por el más hábil de entre ellos para concebir lo conveniente y ejecutar lo concebido, y un tal Zejaryá hijo de Anfícalo, ambos de linaje sacerdotal. Estos, al oír, además de las amenazas comunes, las particulares contra ellos, y que además los de Anano, para procurarse el poder, llamaban a los romanos —pues también esto añadió mintiendo Yojanán—, largo rato estuvieron sin saber qué hacer, empujados a un momento tan apremiante: porque el pueblo estaba dispuesto a atacarlos en breve, y la rapidez del complot les había cortado los socorros de fuera; pues todo lo sufrirían antes de que ninguno de los aliados llegara siquiera a enterarse.
Con todo, decidieron llamar a los idumeos, y escribieron una carta breve: que Anano traicionaba la metrópoli entregándola a los romanos tras engañar al pueblo, y que ellos, habiéndose sublevado por la libertad, estaban sitiados en el Templo; que ya poco tiempo les quedaba para decidir su salvación, y que, si aquellos no acudían pronto en su ayuda, ellos caerían bajo Anano y los enemigos, y la ciudad bajo los romanos. Y encargaron mucho a los mensajeros que hablaran con los jefes de los idumeos. Fueron elegidos para el mensaje dos hombres enérgicos, capaces de hablar y de persuadir sobre los asuntos y, lo más útil, sobresalientes por la ligereza de sus pies; pues sabían que los idumeos se dejarían convencer al instante, siendo un pueblo tumultuoso y desordenado, siempre exaltado ante los movimientos y amante de los cambios, que ante la menor adulación de quienes se lo pedían tomaba las armas y se precipitaba a las batallas como a una fiesta. Hacía falta rapidez en el mensaje, y en eso los enviados no descuidaron nada de su celo. Se llamaban ambos Ananías, y en efecto se presentaron ante los jefes de los idumeos.
Estos, atónitos ante la carta y ante lo dicho por los recién llegados, corrían por el pueblo como enloquecidos y proclamaban la expedición. La multitud se reunió más rápido que la orden, y todos, como por la libertad de la metrópoli, echaban mano a las armas. Formados en veinte mil, llegaron a Yerushaláyim, sirviéndose de cuatro jefes: Yojanán y Yaakov hijo de Sosas, y además de estos estaban Shimón hijo de Taqueo y Pinjás hijo de Clusot.
La salida de los mensajeros pasó inadvertida a Anano, lo mismo que a los guardias; pero la llegada de los idumeos ya no: pues, sabiéndolo de antemano, les cerró las puertas y mantuvo guardadas las murallas. Sin embargo, no le pareció bien combatirlos del todo, sino persuadirlos con palabras antes que con las armas. Así que, poniéndose sobre la torre que estaba frente a ellos, Yeshúa, el más anciano de los sumos sacerdotes después de Anano, dijo que, de las muchas y variadas turbulencias que habían asaltado la ciudad, en ninguna admiraba tanto a la fortuna como en que colaborara con los malvados hasta en lo inverosímil: aquí estáis vosotros, con tanto ardor, dispuestos a socorrer a hombres execrables contra nosotros, con cuanto sería razonable venir ni aunque la metrópoli os llamara contra bárbaros. Y si viera que vuestra formación se compone de hombres semejantes a quienes os han llamado, no tendría por irracional vuestro impulso —pues nada estrecha tanto los afectos como el parentesco de caracteres—; pero ahora, si se los examinara uno por uno, se hallaría que cada uno merece mil muertes. Porque la basura y la escoria de la ciudad entera, tras dilapidar sus propios bienes y ejercitar su locura en las aldeas y ciudades de alrededor, al fin se colaron a escondidas en la ciudad santa, bandidos que por el exceso de sus impiedades manchan hasta el suelo inviolable, a quienes ahora se puede ver, sin temor, embriagándose en lo santo y consumiendo en sus insaciables vientres los despojos de los asesinados. En cambio, vuestra multitud y el aparato de vuestras armas se puede ver cual convenía si la metrópoli hubiera llamado por común decreto a unos aliados contra extranjeros. ¿Qué podría llamarse esto sino un ultraje de la fortuna, cuando se ve a toda una nación en armas escudando a un puñado de malvados?
Largo rato me pregunto qué es lo que os ha movido tan rápidamente; pues no habríais tomado las armas completas sin gran causa, en favor de bandidos y contra un pueblo hermano. Pero al oír que los romanos y una traición —esto es lo que algunos de vosotros alborotaban hace poco— estaban presentes para la liberación de la metrópoli, más que ante los demás atrevimientos nos admiramos de la falsa invención de esos malvados en este punto; pues a hombres amantes de la libertad por naturaleza, y por ello sobre todo dispuestos a combatir contra los enemigos de fuera, no era posible enfurecerlos de otro modo contra nosotros sino inventando una traición de la libertad anhelada. Pero a vosotros os toca examinar a los calumniadores y contra quiénes van, y recoger la verdad no de palabras fingidas, sino de los hechos comunes. ¿Pues qué habríamos padecido para vendernos ahora a los romanos, pudiendo, o no habernos sublevado al principio, o pasarnos a ellos rápidamente tras sublevarnos, cuando aún los alrededores estaban sin devastar? Pues ahora, aunque quisiéramos, no es fácil llegar a un arreglo, cuando la Galilea, sometida, ha vuelto altivos a los romanos, y nos trae una vergüenza más dura que la muerte el adularlos estando ya cerca. Y yo, por mi parte, preferiría la paz a la muerte; pero, una vez en guerra y trabado el combate, prefiero una muerte gloriosa a vivir cautivo.
¿Dicen, pues, que nosotros, los que presidimos el pueblo, enviamos en secreto mensajeros a los romanos, o que también el pueblo lo votó en común? Si a nosotros, que nombren a los amigos enviados, a los criados que sirvieron de intermediarios en la traición. ¿Se sorprendió a alguno saliendo? ¿Fue cogido alguno al volver? ¿Se apoderaron de cartas? ¿Y cómo escapamos a tantos ciudadanos, con quienes convivimos a toda hora, mientras que a los pocos, sitiados y sin poder ni salir del Templo a la ciudad, se les hizo conocer lo que a escondidas se tramaba en el país? ¿Y ahora lo han sabido, cuando hay que dar cuenta de sus atrevimientos, mientras que, en tanto ellos estuvieron sin temor, ninguno de nosotros era sospechoso de traición? Y si atribuyen la culpa al pueblo, entonces habrán deliberado a la vista de todos, sin que nadie faltara a la asamblea; de modo que más rápida que la denuncia habría corrido hacia vosotros la noticia, y más clara. ¿Y qué? ¿No habría hecho falta enviar embajadores, tras votar el arreglo? ¿Y quién es el elegido? Que lo digan. Mas esto es un pretexto de gente que muere a duras penas y que aparta de sí los castigos ya próximos; pues, si en verdad estuviera decretado que la ciudad fuera traicionada, solo se atreverían a ello los mismos calumniadores, a cuyos atrevimientos les falta un solo mal: la traición.
Os toca, pues, ya que una vez estáis aquí con las armas, lo más justo: defender a la metrópoli y ayudar a extirpar a los tiranos que han destruido los tribunales, quienes, pisoteando las leyes, han puesto los juicios en la punta de sus espadas. En efecto, a hombres ilustres y sin acusación los arrebataron de en medio del ágora, los maltrataron con cadenas, y sin soportar siquiera su voz ni su súplica los mataron. Os es posible, entrando dentro no por ley de guerra, contemplar las pruebas de lo que digo: casas asoladas por sus rapiñas, mujeres y familias de los degollados vestidas de luto, y por toda la ciudad llanto y lamento; pues no hay nadie que no haya probado la incursión de esos impíos, que a tal punto de locura han encallado que no solo trasladaron desde el país y las ciudades de fuera al rostro y la cabeza de toda la nación su audacia bandidesca, sino también desde la ciudad al Templo. Este ha llegado a ser para ellos base de operaciones, refugio y almacén de sus preparativos contra nosotros; y el lugar venerado por el mundo entero, honrado de oídas por los extranjeros de los confines de la tierra, es pisoteado por unas fieras nacidas aquí; y ya, en su desesperación, se envalentonan enfrentando pueblos con pueblos y ciudades con ciudades, y reclutando a la nación contra sus propias entrañas.
Por lo cual lo más hermoso y conveniente, como dije, es que vosotros ayudéis a extirpar a esos malvados, vengándoos del propio engaño, por haberse atrevido a llamar aliados a quienes debían temer como vengadores. Y si os avergüenzan las llamadas de tales hombres, os es posible, deponiendo las armas y entrando en la ciudad con figura de parientes, tomar el nombre intermedio entre aliados y enemigos, haciéndoos jueces. Y con todo, considerad cuánto ganarán, siendo juzgados ante vosotros por hechos confesados y tan grandes, los que a hombres sin acusación no les concedieron ni palabra; reciban, pues, de vuestra venida ese favor. Pero si ni queréis indignaros con nosotros ni juzgar, queda una tercera opción: dejar a ambos bandos y no pisar nuestras desgracias ni uniros a los conspiradores contra la metrópoli. Pues aunque sospechéis muchísimo que algunos hayan tratado con los romanos, os es posible vigilar los accesos, y si algo de lo denunciado se descubre en la práctica, venir entonces a guardar la metrópoli y castigar a los culpables sorprendidos; que no os tomarían la delantera los enemigos, estando vosotros asentados junto a la ciudad. Pero si nada de esto os parece razonable ni moderado, no os extrañéis de los cerrojos de las puertas, mientras llevéis las armas.
Tales cosas decía Yeshúa; pero ni la multitud de los idumeos le prestaba atención, sino que estaba irritada por no hallar franca la entrada, y los generales se indignaban ante la deposición de las armas, teniendo por cautiverio el que algunos les ordenasen arrojarlas. Shimón hijo de Caatás, uno de los jefes, calmando a duras penas el tumulto de los suyos y poniéndose donde los sumos sacerdotes pudieran oírle, dijo que ya no se admiraba de que los defensores de la libertad estuvieran sitiados en el Templo, si es que algunos cerraban ya a toda la nación la ciudad común, y se disponían a recibir a los romanos —quizá hasta coronando las puertas—, mientras a los idumeos les hablaban desde las torres y les ordenaban arrojar las armas tomadas por la libertad; y que, no confiando a sus parientes la guarda de la metrópoli, se hacían ellos mismos jueces de las diferencias, y, acusando a algunos de haber matado sin juicio, ellos mismos condenaban a la deshonra a toda la nación.
La ciudad que a todos los extranjeros está abierta para el culto, ahora se la habéis amurallado a los vuestros. Bien de prisa corríamos a las matanzas y a la guerra contra los compatriotas los que por eso nos apresuramos, para guardaros libres a vosotros. Tales agravios, según creo, habéis sufrido de parte de los sitiados, y así habéis reunido contra ellos sospechas tan verosímiles. Luego, teniendo presos bajo guardia a cuantos se preocupan de los asuntos comunes, y cerrando la ciudad a naciones enteras emparentadísimas con vosotros, y dando órdenes tan ultrajantes, decís que sufrís tiranía y colgáis el nombre de despotismo a quienes son tiranizados por vosotros. ¿Quién soportaría la ironía de vuestras palabras, mirando a la contradicción de los hechos? A menos que también ahora seáis vosotros a quienes cierran la metrópoli los idumeos, a los que vosotros excluís de los templos patrios. Con razón podría uno reprochar a los sitiados en el Templo que, habiéndose atrevido a castigar a los traidores —a quienes vosotros llamáis hombres ilustres y sin acusación por vuestra complicidad—, no empezaran por vosotros ni cortaran antes las partes más decisivas de la traición. Pero si aun aquellos fueron más blandos de lo necesario, los idumeos guardaremos la casa de Dios y combatiremos por la patria común, rechazando a la vez a los enemigos que atacan desde fuera y a los traidores de dentro. Aquí, ante las murallas, permaneceremos en armas, hasta que los romanos se cansen de prestaros atención, o vosotros, cobrando sentimientos de libertad, cambiéis de parecer.
Ante esto aclamaba la multitud de los idumeos; y Yeshúa se retiró desanimado, viendo a los idumeos sin ningún propósito moderado, y a la ciudad guerreada por ambos lados. Tampoco los idumeos tenían sosegados sus ánimos: pues estaban irritados por el ultraje de haber sido excluidos de la ciudad, y, viendo que las fuerzas de los zelotes, que parecían fuertes, en nada les socorrían, estaban perplejos, y muchos se arrepentían de haber venido. Pero la vergüenza de volverse del todo sin nada hecho vencía al arrepentimiento, de modo que permanecían allí, ante la muralla, malamente acampados; pues durante la noche estalló una tempestad increíble: vientos violentos con lluvias torrencialísimas, relámpagos continuos, truenos horrísonos y bramidos desmesurados de la tierra que se sacudía. Era evidente que la conmoción de todo el conjunto se ordenaba para la ruina de los hombres, y no de un pequeño desastre conjeturaría uno tales prodigios.
Una misma opinión asaltó a los idumeos y a los de la ciudad: aquellos, que Dios se airaba por la expedición y que no escaparían por haber llevado las armas contra la metrópoli; los de Anano, que habían vencido sin batalla y que Dios peleaba por ellos. Pero malos adivinos eran de lo futuro, y vaticinaban para los enemigos lo que a los suyos les tocaría padecer. Pues los idumeos, apretándose los cuerpos, se calentaban unos a otros, y, techando los escudos por encima de la cabeza, sufrían menos con las lluvias; los zelotes, en cambio, más que por su propio peligro se atormentaban por aquellos, y, reuniéndose, examinaban si podrían idear algún medio de socorrerlos. A los más fogosos les parecía forzar con las armas a los que hacían la guardia, y luego, irrumpiendo en medio de la ciudad, abrir abiertamente las puertas a los aliados; pues los guardias cederían, turbados ante lo inesperado, sobre todo siendo la mayoría de ellos inermes e inexpertos en guerras, y la multitud de la ciudad sería difícil de reunir, encerrada por la tempestad en las casas. Y aunque hubiera algún peligro, les convenía sufrir cualquier cosa antes que dejar que tanta multitud pereciera vergonzosamente por su causa.
Pero los más prudentes rechazaban el forzar, viendo no solo que su propia guardia era numerosa, sino también que la muralla de la ciudad estaba cuidadosamente vigilada a causa de los idumeos, y pensaban que Anano estaba presente en todas partes e inspeccionaba a toda hora los puestos. Y así era, en efecto, las demás noches; pero aquella se relajó, no por la desidia de Anano, sino para que él mismo pereciera, junto con la multitud de los guardias, por disposición del destino, el cual, avanzando entonces la noche y arreciando la tempestad, adormeció a los guardias del pórtico, e infundió a los zelotes la idea de tomar unas sierras de las sagradas y cortar los cerrojos de las puertas. Les ayudó, para que no se oyera el ruido, el fragor de los vientos y el estruendo continuo de los truenos.
Pasando inadvertidos, salen del Templo hasta la muralla, y, usando las mismas sierras, abren la puerta que da a los idumeos. A estos, al principio, les entra turbación, creyendo que atacaban los de Anano, y cada uno puso la diestra sobre la espada como para defenderse; pero, reconociendo pronto a los que llegaban, entraron. Ahora bien, si se hubieran vuelto hacia la ciudad, nada habría impedido que pereciera el pueblo entero: tal era su cólera. Pero entonces, apresurándose primero a sacar de la guardia a los zelotes —rogándoles mucho también los que los habían recibido que no abandonaran a aquellos por quienes habían venido en medio de los peligros, ni echaran sobre ellos mismos un peligro más grave—; pues, tomados los guardias, les sería fácil avanzar hacia la ciudad, pero, si primero la conmovían, ya no podrían dominar a aquellos, porque, al advertirlo, se pondrían en orden y les cerrarían las subidas.
Esto pareció bien a los idumeos, y por la ciudad subían hacia el Templo, mientras los zelotes aguardaban en suspenso su llegada. Y al entrar aquellos dentro, también ellos, cobrando ánimo, avanzaron desde el Templo interior. Mezclados con los idumeos, atacaron las guardias, y a algunos de los que dormían en los puestos avanzados los degollaron dormidos; pero al grito de los que velaban se levantó toda la multitud, y con espanto, echando mano a las armas, avanzaron a la defensa. Mientras creyeron que atacaban solo los zelotes, cobraban ánimo esperando vencer por el número; pero al ver que desde fuera se derramaban otros, comprendieron la irrupción de los idumeos, y la mayor parte de ellos, junto con el ánimo, arrojaron las armas y rompieron en gemidos; pero unos pocos jóvenes, formando muro, recibían valientemente a los idumeos y por largo rato protegían a la multitud más inerte. Estos, con gritos, señalaban a los de la ciudad las desgracias; pero de aquellos nadie se atrevió a socorrer, al saber que los idumeos habían irrumpido, sino que respondían con clamores inútiles y con lamentos, y se alzaba gran llanto de mujeres, corriendo peligro cada una por alguno de los guardias.
Los zelotes gritaban al unísono con los idumeos, y la tempestad hacía más terrible el clamor de todos. Los idumeos no perdonaban a nadie, siendo por naturaleza crudelísimos para matar, y, maltrechos por la tempestad, descargaban su furia contra los que los habían excluido; y trataban igual a los que suplicaban y a los que se defendían; y a muchos que les recordaban el parentesco y les rogaban por el común Templo que tuvieran respeto, los atravesaban con las espadas. No había lugar para la huida ni esperanza de salvación, sino que, apretujados unos contra otros, eran despedazados; y los más, forzados —cuando ya no había lugar de retirada y avanzaban los que mataban—, por desesperación se despeñaban a la ciudad, sufriendo, a mi parecer, una ruina voluntaria más lamentable que aquella de la que huían. Quedó anegado en sangre todo el Templo exterior, y el día alcanzó a ocho mil quinientos muertos.
Pero no se saciaron con esto las furias de los idumeos, sino que, volviéndose hacia la ciudad, saqueaban toda casa y mataban al que encontraban. Y el resto de la multitud les parecía gasto inútil, pero buscaban a los sumos sacerdotes, y contra ellos iba el ímpetu de la mayoría. Pronto, apresados, eran destruidos; y, plantándose sobre sus cadáveres, se burlaban de Anano por su afecto al pueblo, y de Yeshúa por sus palabras desde la muralla. Llegaron a tal punto de impiedad que hasta los arrojaron sin sepultura, aun cuando los judíos ponen tanto cuidado en las sepulturas que hasta a los ajusticiados por sentencia y crucificados los bajan y entierran antes de ponerse el sol.
No erraría yo si dijera que la muerte de Anano fue el comienzo de la toma de la ciudad, y que desde aquel día empezó a derribarse la muralla y a arruinarse la causa de los judíos, el día en que vieron degollado, en medio de la ciudad, al sumo sacerdote y guía de su propia salvación. Pues era, además de todo, un hombre venerable y justísimo; y, pese al peso de su nobleza, de su dignidad y del honor que tenía, amaba la igualdad hasta con los más humildes; extraordinariamente amante de la libertad y apasionado de la democracia, poniendo siempre el bien común por delante de sus propios provechos, y estimando por encima de todo la paz, pues sabía que el poder de los romanos era invencible; pero, previendo por necesidad también lo tocante a la guerra, procuraba que, si los judíos no llegaban a un arreglo, la sostuvieran con destreza. En una palabra, viviendo Anano, sin duda habrían llegado a un acuerdo; pues era formidable para hablar y persuadir al pueblo, y ya iba dominando también a los que estorbaban; o, en la guerra, con tal general habrían dado a los romanos muchísimo trabajo. Estaba unido a él también Yeshúa, inferior a él en la comparación, pero superior a los demás.
Pero creo que Dios, habiendo condenado a destrucción a la ciudad como contaminada, y queriendo que lo santo fuera purificado con fuego, cortó a los que se aferraban a ellos y los amaban. Y quienes poco antes vestían la sagrada vestidura, presidían el culto del mundo y eran venerados por los que de todas partes acudían a la ciudad, se les veía arrojados, desnudos, pasto de perros y de fieras. La misma virtud, a mi parecer, gimió por aquellos hombres, lamentándose de haber sido a tal punto vencida por la maldad. Mas así vino a parar el fin de Anano y de Yeshúa.
Los que quedaban después de aquellos —los zelotes y la multitud de los idumeos— cayeron sobre el pueblo como sobre un rebaño de animales impuros y lo degollaban. A la gente común la mataban allí donde la sorprendían; a los nobles y a los jóvenes los prendían, los cargaban de cadenas y los encerraban en prisión, aplazando su ejecución con la esperanza de que alguno se pasara a su bando. Pero ninguno lo hizo: todos prefirieron la muerte antes que ponerse del lado de los criminales contra la patria. Terrible fue el castigo que padecieron por su negativa —los azotaban y los descoyuntaban en el potro—, y solo cuando el cuerpo ya no resistía los tormentos se les concedía a duras penas la merced de la espada. A los apresados de día los mataban de noche, y sacaban los cadáveres y los arrojaban fuera para que hubiera sitio para nuevos prisioneros.
Tan grande era el espanto del pueblo que nadie se atrevía a llorar abiertamente a un pariente muerto ni a enterrarlo; a escondidas, encerrados en sus casas, derramaban las lágrimas, y gemían con cuidado de que no los oyera ninguno de los enemigos —pues el que hacía duelo padecía al punto lo mismo que aquel a quien lloraba—. Solo de noche recogían con las manos un poco de polvo y lo echaban sobre los cuerpos, y de día lo hacía alguno muy temerario. Doce mil jóvenes de la nobleza perecieron de este modo.
Aquellos, ya hastiados de matar sin freno, se pusieron a remedar tribunales y juicios. Se propusieron dar muerte a uno de los más ilustres, Zejaryá, hijo de Baris; los irritaba el intenso odio del hombre a la maldad y su amor a la libertad, y además era rico, de modo que no solo esperaban saquear su hacienda, sino también quitarse de encima a un hombre capaz de derribarlos. Convocaron, pues, por orden, a setenta de los ciudadanos principales al Templo, y, revistiéndolos como en un escenario con el papel de jueces pero sin autoridad alguna, acusaron a Zejaryá de entregar los asuntos a los romanos y de haber enviado emisarios a Vespasiano ofreciendo traición. No había prueba ni indicio de lo que le imputaban, sino que ellos mismos afirmaban estar bien persuadidos y pretendían que eso bastara como garantía de la verdad.
Zejaryá, viendo que no le quedaba ninguna esperanza de salvación —pues lo habían citado a una emboscada, a una cárcel, no a un tribunal—, no aceptó la desesperación de vivir en silencio: puesto en pie, se burló de la verosimilitud de las acusaciones y en pocas palabras se sacudió los cargos que le echaban encima. Luego, volviendo su discurso contra los acusadores, fue enumerando una por una todas sus iniquidades y se lamentó largamente del caos en que estaban sumidas las cosas. Los zelotes alborotaban y a duras penas contenían las espadas, resueltos a llevar hasta el final la farsa y la mascarada del tribunal, y queriendo además poner a prueba a los jueces, por ver si, aun a riesgo propio, se acordaban de la justicia. Y los setenta dieron todos su voto a favor del acusado, y prefirieron morir con él antes que cargar con la responsabilidad de su muerte. Se alzó un clamor de los zelotes ante la absolución, y todos se indignaban contra los jueces por no haber comprendido que la autoridad que se les había dado era pura farsa. Dos de los más audaces se abalanzaron sobre Zejaryá y lo mataron en medio del Templo, y, mofándose de él caído, le dijeron: «También de nuestra parte tienes tu voto, y una absolución más segura», y sin más lo arrojaron desde el Templo al barranco que hay debajo. A los jueces, para escarnio, los golpearon con el revés de las espadas y los echaron del recinto sagrado; solo por una razón les perdonaron la vida: para que, dispersos por la ciudad, fueran ante todos los mensajeros de la servidumbre.
A los idumeos, entretanto, ya les pesaba haber venido y les repugnaba lo que se estaba haciendo. Uno de los zelotes fue a reunirse con ellos en privado y les mostró los crímenes cometidos junto con quienes los habían llamado, y les expuso todo lo obrado contra la metrópoli: que ellos habían acudido en son de guerra por creer que los sumos sacerdotes entregaban la metrópoli a los romanos, pero que no habían hallado el menor indicio de traición; en cambio, quienes fingían aquello se atrevían a obras de guerra y de tiranía. Habría convenido, pues, impedirlo desde el principio; pero, ya que una vez se habían dejado arrastrar a la complicidad en una matanza entre hermanos, al menos debían poner un límite a los crímenes y no seguir prestando fuerza a los que destruían las instituciones de los padres. Que, si algunos estaban resentidos porque se les habían cerrado las puertas y no se les había dado franca la entrada con las armas, ya se habían vengado de los que se las cerraron: Anano había muerto, y en una sola noche había perecido casi todo el pueblo. Ante esto, muchos de los suyos, según percibía, se arrepentían, mientras que en los que los habían convocado veía una crueldad sin medida, que ni siquiera se avergonzaba ante aquellos gracias a los cuales se habían salvado. En efecto, a la vista de sus propios aliados se atrevían a las mayores infamias, y las iniquidades de aquellos se les achacaban a los idumeos mientras nadie lo impidiera ni se apartara de lo que se hacía. Así pues, ya que la traición había resultado ser una calumnia, ya que no se esperaba ningún ataque de los romanos y ya que sobre la ciudad se había alzado un poder difícil de derribar, convenía que ellos se retiraran a sus casas y, no haciéndose cómplices de los malvados, se justificaran de todo aquello en que, engañados, habían participado.
Persuadidos por estas razones, los idumeos soltaron primero a los que estaban en las cárceles, unos dos mil ciudadanos, que al punto huyeron de la ciudad y se fueron con Shimón, de quien hablaremos poco después; luego partieron de Yerushaláyim y regresaron a sus casas. Su marcha resultó inesperada para ambos bandos: el pueblo, que ignoraba su arrepentimiento, cobró ánimo por un momento como si se hubiera librado de unos enemigos; y los zelotes se envalentonaron aún más, no como abandonados por sus aliados, sino como libres de quienes los frenaban y les daban vergüenza de delinquir. Ya no hubo, pues, ni demora ni reflexión en sus fechorías: para cada una urdían los planes más rápidos, y lo resuelto lo ejecutaban aún más aprisa de lo que lo pensaban. Mataban sobre todo por valentía y por nobleza de linaje: a la una la eliminaban por envidia; a la otra, por miedo; pues juzgaban que su única seguridad estaba en no dejar con vida a ninguno de los poderosos.
Así fue muerto, junto con otros muchos, Gurión, hombre eminente por su dignidad y por su cuna, pero además partidario del gobierno del pueblo y lleno de un espíritu de libertad como pocos judíos; lo que más lo perdió, entre sus demás cualidades, fue su franqueza. Tampoco Níger de Perea escapó de sus manos, hombre que se había mostrado excelente en las guerras contra los romanos; a él, que gritaba una y otra vez y mostraba sus cicatrices, lo arrastraron por medio de la ciudad. Cuando lo sacaron fuera de las puertas, perdida ya toda esperanza de salvarse, suplicó que le dieran sepultura; pero ellos, tras amenazarlo de antemano con negarle precisamente la tierra que tanto ansiaba, lo ejecutaron. Al morir, Níger invocó sobre ellos, como vengadores, a los romanos, y el hambre y la peste sobre la guerra, y, por encima de todo, sus propias manos unas contra otras; y todo esto lo ratificó Dios contra los impíos, y con la mayor justicia: que no tardarían en probar su mutua locura al estallar entre ellos la discordia. La muerte de Níger alivió sus temores de ser derribados, pero no quedaba parte alguna del pueblo para cuya destrucción no se inventara un pretexto. Al que en tiempos había tenido algún roce con ellos ya lo habían eliminado; y al que no los había ofendido en la paz lo acusaban con pretextos oportunos: el que no se les acercaba en absoluto, por soberbio; el que se acercaba con franqueza, por despreciativo; el que los adulaba, por conspirador. Un único castigo había para las mayores y las más leves acusaciones: la muerte; y no escapaba nadie, salvo quien fuese muy humilde por bajeza de cuna o por fortuna.
Los demás generales romanos, teniendo la discordia de los enemigos por un golpe de suerte, ardían por marchar sobre la ciudad e instaban a Vespasiano, como dueño de todo, diciendo que la providencia de Dios los tenía por aliados al haber vuelto a los enemigos unos contra otros; que, con todo, el vaivén era rápido, y pronto los judíos se pondrían de acuerdo, ya cansados de sus males intestinos, ya arrepentidos. Pero Vespasiano respondió que se equivocaban de medio a medio en lo que convenía hacer, deseosos de hacer, como en un teatro, alarde de manos y de armas no sin peligro, en vez de mirar por lo útil y lo seguro. Pues si marchaba de inmediato sobre la ciudad, sería causa de que los enemigos se reconciliaran y volvería contra sí mismo su fuerza en pleno vigor; en cambio, si aguardaba, se las habría con menos, mermados por la discordia. Mejor estratega que él era Dios, que entregaba a los judíos a los romanos sin esfuerzo y regalaba al ejército la victoria sin peligro. Por tanto, mientras los enemigos se destruían con sus propias manos y se consumían en el mayor de los males —la discordia—, más valía que ellos se quedaran sentados como espectadores de los peligros antes que trabar combate con hombres que buscaban la muerte y rabiaban unos contra otros.
Y si alguno pensaba que la gloria de la victoria sería más deslucida sin batalla, que supiera que un éxito logrado con sosiego vale más que lo incierto de las armas; pues no hay que tener por menos gloriosos que a los que brillan por su brazo a quienes con dominio de sí y con prudencia consiguen lo mismo. Además, mientras los enemigos menguaban, él iría reponiendo su propio ejército de las continuas fatigas y lo conduciría más vigoroso. Por lo demás, tampoco era este el momento de ambicionar el brillo de la victoria: pues los judíos no andaban ocupados en fabricar armas o murallas ni en reunir tropas de refuerzo —cosas en que la demora perjudicaría a quien la concediese—, sino que, atormentados a diario por la guerra civil y la discordia, sufrían males peores que los que él mismo les infligiría si cayera sobre ellos y los capturara. De modo que, si uno miraba a la seguridad, debía dejar que se consumieran por sus propias manos; y si miraba a la mayor gloria del triunfo, no debía atacar a quienes enfermaban en su propia casa, pues con razón se diría que la victoria no era suya, sino de la discordia.
En esto los generales estuvieron de acuerdo con Vespasiano, y al punto se hizo patente el acierto de su parecer; en efecto, muchos desertaban cada día huyendo de los zelotes. Pero la huida era difícil, pues estos tenían guarnecidas todas las salidas y mataban, como si se pasara a los romanos, a cualquiera que sorprendieran por poco que fuese en ellas. El que daba dinero, sin embargo, quedaba libre, y solo era traidor el que no lo daba; de suerte que, comprando los ricos su huida, únicamente se degollaba a los pobres. A lo largo de todos los caminos se amontonaban muchísimos cadáveres, y muchos de los que se lanzaban a desertar preferían de nuevo la muerte dentro de la ciudad, pues la esperanza de sepultura hacía parecer más llevadera la muerte en la patria. Pero aquellos llegaron a tal extremo de crueldad que no concedían tierra ni a los muertos dentro ni a los tendidos por los caminos; como si hubieran pactado quebrantar, junto con las leyes de la patria, también las de la naturaleza, y con las injusticias contra los hombres mancillar a la vez lo divino, dejaban los cadáveres pudriéndose al sol. Para el que enterrase a algún pariente el castigo era la muerte, el mismo que para los desertores, y quien concedía sepultura a otro al punto necesitaba él mismo sepultura.
En una palabra, ningún sentimiento noble se perdió tanto en aquellas calamidades como la compasión: lo que debía inspirar lástima era precisamente lo que exasperaba a aquellos malvados, que trasladaban su furor de los vivos a los muertos y de los muertos a los vivos. Y de tanto miedo, el que aún vivía tenía por dichosos a los que ya habían caído, como quienes descansan, y los que eran torturados en las cárceles proclamaban afortunados, en comparación, incluso a los que yacían insepultos. Se pisoteó, pues, toda ley humana, se hizo mofa de lo divino, y de los oráculos de los profetas se burlaban como de embustes de charlatanes. Y sin embargo, muchas cosas habían aquellos vaticinado sobre la virtud y el vicio, que los zelotes, al transgredirlas, dieron cumplimiento a la profecía contra la patria. Pues había un antiguo dicho de varones inspirados: que entonces sería tomada la ciudad y quemado el santuario por derecho de guerra, si estallaba la discordia y manos propias profanaban primero el recinto de Dios. Los zelotes, no dando crédito a estas palabras, se ofrecieron a sí mismos como ejecutores.
Ya por entonces Yojanán, sediento de tiranía, se desdeñaba de la igualdad con sus semejantes, y, ganándose de a pocos a los más perversos, se iba desligando de la facción común. Desobedeciendo siempre los acuerdos de los demás e imponiendo los suyos con aires cada vez más despóticos, era evidente que aspiraba a la monarquía. Algunos se le sometían por miedo, otros por afecto —pues era hábil en atraer con engaños y palabras—, y muchos, juzgándolo más seguro para sí, preferían que la responsabilidad de los atropellos recayera ya en uno solo y no en muchos. Su energía de brazo y de resolución le procuraba no pocos guardias de corps. Con todo, quedaba una gran parte de opositores, entre quienes pesaba la envidia —pues llevaban a mal quedar sometidos a quien antes era su igual—, pero más aún los apartaba el recelo de la monarquía; pues ni esperaban derribarlo con facilidad una vez que se hiciera con el poder, y él tendría un pretexto contra ellos en el haberse opuesto a su mando desde el principio. Cada cual prefería, luchando, sufrir cualquier cosa antes que, esclavo por su propia voluntad, perecer en la condición de un siervo. Así, la facción se dividió por estas causas, y contra sus adversarios Yojanán se erigió en rey rival. Pero sus enfrentamientos mutuos se limitaban a la vigilancia, y a lo sumo, si alguna vez se tiroteaban con las armas, era cosa de poco; en cambio, rivalizaban a porfía contra el pueblo, disputándose cuál de los dos se llevaría mayor botín. Y como la ciudad se veía azotada por los tres mayores males —la guerra, la tiranía y la discordia—, en comparación la guerra resultaba para la gente del pueblo la más benigna; a decir verdad, escapándose de sus propias casas, huían hacia los extranjeros y hallaban entre los romanos la salvación que habían perdido entre los suyos.
Un cuarto mal se movía además para ruina de la nación. Había, no lejos de Yerushaláyim, una fortaleza fortísima, edificada por los antiguos reyes como refugio de sus bienes en los vaivenes de la guerra y para seguridad de sus personas, la cual se llamaba Masada. Los llamados sicarios, que se habían apoderado de ella, hasta entonces se limitaban a correr las comarcas vecinas procurándose apenas lo necesario, pues el miedo los contenía de mayores rapiñas; pero cuando supieron que el ejército romano estaba inactivo y que los judíos de Yerushaláyim andaban divididos por la discordia y la tiranía propia, se lanzaron a empresas más audaces. Durante la fiesta de los ácimos —que los judíos celebran como acción de gracias por la salvación, desde que, liberados de la esclavitud bajo los egipcios, descendieron a la tierra de sus padres—, de noche, burlando a los que podían estorbarlos, cayeron sobre una pequeña ciudad llamada En-Guedi. Allí, a los que eran capaces de defenderse, antes de que echaran mano a las armas y se reunieran, se les adelantaron, los dispersaron y los arrojaron de la ciudad; y a los que menos podían huir —mujeres y niños—, más de setecientos, los mataron. Después, tras vaciar las casas y arrebatar los frutos más maduros, lo subieron todo a Masada. Y saqueaban todas las aldeas en torno a la fortaleza y devastaban toda la comarca, uniéndoseles cada día no pocos de todas partes.
También en las demás regiones de Judea se removió el bandidaje, hasta entonces en calma; y, como en un cuerpo, cuando el miembro principal se inflama todos los demás enferman con él, así, a causa de la discordia y el desorden en la metrópoli, cobraron impunidad los malvados de la comarca para sus rapiñas: cada cual saqueaba sus propias aldeas y luego se retiraba al desierto. Reuniéndose y conjurándose en cuadrillas —menos que un ejército, más que una partida de bandidos—, caían sobre santuarios y ciudades, y sucedía que aquellos contra quienes arremetían quedaban maltratados como capturados en guerra, pero se les adelantaba la defensa, pues, como bandidos, huían con el botín a la vez. No había parte alguna de Judea que no pereciera junto con la ciudad que descollaba sobre todas.
Estas cosas le llegaban a Vespasiano por los desertores. Pues, aunque los sediciosos guarnecían todas las salidas y mataban a cuantos se acercaban por cualquier motivo, aun así había quienes lograban escabullirse y, refugiándose entre los romanos, instaban al general a socorrer la ciudad y a salvar los restos del pueblo, diciéndole que por su buena disposición hacia los romanos habían muerto los más y estaban en peligro los que quedaban. Él, apiadándose ya de sus desgracias, se puso en marcha hacia Yerushaláyim con apariencia de ir a sitiarla, pero en verdad para librarla del asedio. Debía, antes, someter lo que quedaba y no dejar ningún estorbo exterior al asedio; llegó, pues, a Gádara, metrópoli fuerte de Perea, y el cuatro del mes de Dístro entró en la ciudad. Pues los poderosos, a escondidas de los sediciosos, le habían enviado una embajada para entregársela, por deseo de paz y por sus haciendas —pues muchos ricos habitaban Gádara—. De esta embajada nada supieron los del bando contrario, pero, estando ya cerca Vespasiano, lo averiguaron; y, renunciando a poder retener ellos mismos la ciudad, pues eran inferiores en número a los enemigos de dentro y veían a los romanos no lejos, decidieron huir, aunque tenían por deshonra hacerlo sin derramar sangre y sin cobrarse ninguna venganza de los culpables. Apresaron, pues, a Doleso —que no solo era el primero de la ciudad por dignidad y linaje, sino que además parecía el causante de la embajada—, lo mataron y, por exceso de ira, ultrajaron su cadáver, y luego escaparon de la ciudad.
Al acercarse ya la fuerza romana, el pueblo de los gadarenos recibió a Vespasiano con aclamaciones y obtuvo de él la diestra de su palabra, y una guarnición de jinetes e infantes contra las incursiones de los fugitivos; pues ellos mismos, antes de que los romanos se lo pidieran, habían derribado su muralla, para tener así prueba de que amaban la paz al no poder guerrear ni aun queriéndolo. Vespasiano envió contra los que habían escapado de Gádara a Plácido con quinientos jinetes y tres mil infantes, mientras él mismo, con el resto del ejército, regresó a Cesarea. Los fugitivos, en cuanto vieron de improviso a los jinetes que los perseguían, antes de llegar a las manos se refugiaron en aglomeración en una aldea llamada Betennabris. Allí, hallando una muchedumbre no pequeña de jóvenes, los armaron a la ligera, unos de grado y otros por fuerza, y se lanzaron contra la gente de Plácido. Estos, ante el primer choque, cedieron un poco, a la vez maniobrando con arte para atraerlos lejos de la muralla; y, una vez que los tuvieron en terreno conveniente, los rodearon a caballo y los acribillaron a jabalinas: a los que huían los jinetes les cortaban la retirada, y a los que trababan combate la infantería los deshacía con brío.
No mostraban los judíos sino temeridad, y perecían; pues, arremetiendo contra los romanos en formación cerrada y como amurallados en sus armaduras, ni hallaban resquicio para sus dardos ni tenían fuerza para romper la falange, mientras que ellos mismos quedaban ensartados por los dardos de aquellos, y, semejantes a las fieras más salvajes, se arrojaban contra el hierro: unos morían heridos de frente por las espadas, otros dispersados por los jinetes.
El empeño de Plácido era cerrarles el paso hacia la aldea. Cabalgando sin cesar hacia aquel lado y volviéndose luego, a la vez que usaba certeramente sus dardos, mataba a los que se le acercaban y con el miedo hacía retroceder a los de lejos, hasta que los más valientes, abriéndose paso por la fuerza, se refugiaron junto a la muralla. Los guardias de la aldea quedaron perplejos, pues no se resignaban a cerrar la entrada a los de Gádara, por ser de los suyos, y, recibiéndolos, contaban con perecer junto con ellos. Y así sucedió: al agolparse todos contra la muralla, poco faltó para que los jinetes romanos irrumpieran con ellos; pero, aunque los otros se adelantaron a cerrar las puertas, Plácido lanzó el ataque y, tras combatir con bravura hasta la tarde, se hizo dueño de la muralla y de los de la aldea. La turba inútil fue exterminada, los más fuertes huyeron, y los soldados saquearon las casas e incendiaron la aldea.
Los que escaparon de ella soliviantaron a la gente de la comarca y, exagerando sus propias desgracias y diciendo que todo el ejército de los romanos venía sobre ellos, a todos, por doquier, sacudieron con el miedo, y, hechos una gran muchedumbre, huyeron hacia Yerijó; pues solo esta seguía alimentando aún sus esperanzas de salvación, por lo fuerte y por su multitud de habitantes. Plácido, confiado en su caballería y en los éxitos anteriores, los siguió, y hasta el Yardén iba matando a cuantos alcanzaba; y, empujando hacia el río a toda la muchedumbre, cerrado el paso por la corriente —pues, crecida por las lluvias, era intransitable—, se formó en línea frente a ellos. La necesidad empujó al combate a quienes no tenían adónde huir, y, extendiéndose ellos por las orillas cuanto pudieron, recibían los dardos y las cargas de los jinetes, que a muchos de ellos, hiriéndolos, los derribaban en la corriente. Los muertos a manos de ellos fueron quince mil, y el número de los que se vieron forzados a arrojarse por su cuenta al Yardén fue incalculable. Cautivos cayeron unos dos mil doscientos, y un botín inmenso de asnos, ovejas, camellos y bueyes.
Para los judíos esta derrota, aunque no menor que las anteriores, pareció aún mayor de lo que era, porque no solo toda la comarca por la que huían se llenó de matanza y el Yardén se hizo intransitable por los cadáveres, sino que también se colmó de cuerpos el lago Asfaltites, hacia el cual muchísimos fueron arrastrados por el río. Plácido, aprovechando su próspera fortuna, se lanzó contra las pequeñas ciudades y aldeas de alrededor, y, tomando Ábila, Julias y Besimó, y todas las que llegan hasta el lago Asfaltites, estableció en cada una a los desertores más idóneos como guarnición. Luego, embarcando a los soldados en barcas, apresó a los que se refugiaban en el lago. Y toda la Perea, hasta Maqueronte, se le sometió o fue tomada.
Por este tiempo se anuncia la conmoción en torno a la Galia, y que Vindex, junto con los poderosos del país, se había rebelado contra Nerón —cosa de la que se ha escrito con más detalle en otro lugar—. A Vespasiano lo incitó a apresurar la guerra lo que se le anunciaba, previendo ya las inminentes guerras civiles y el peligro que corría todo el imperio; pensaba que, si pacificaba antes el Oriente, aliviaría los temores de Italia. Así pues, mientras el invierno lo retenía, aseguraba con guarniciones las aldeas y las pequeñas ciudades sometidas —poniendo decuriones al frente de las aldeas y centuriones al de las ciudades—, y repoblaba muchos de los lugares arrasados. Al comienzo de la primavera, tomando el grueso de sus fuerzas, las condujo desde Cesarea hacia Antípatris, donde, tras dos días de ordenar la ciudad, al tercero avanzó devastando e incendiando todas las de alrededor. Sometida la comarca en torno a la toparquía de Tamna, marchó hacia Lida y Yavne, y, ganadas ambas, estableció en ellas suficientes colonos de los que se habían pasado a su lado, y llegó a Emaús. Ocupados los desfiladeros que llevan a la metrópoli de aquellos, fortificó un campamento y, dejando en él la quinta legión, avanzó con el resto de sus fuerzas hacia la toparquía de Betleptenfó. Arrasándola con fuego a ella y a la comarca vecina, fortificó en los lugares oportunos las fortalezas de los alrededores de Idumea; y, ocupando dos aldeas de lo más central de Idumea, Bétabris y Cafártoba, mató a más de diez mil personas y cautivó a más de mil; al resto de la multitud lo expulsó y estableció allí no poca parte de sus propias fuerzas, que, corriendo la comarca, devastaron toda la región montañosa. Él, con el resto del ejército, regresó a Emaús, de donde, bajando por la región de Shomrón y junto a la llamada Neápolis —Mabartá para los nativos—, acampó en Corea el dos del mes de Desio. Al día siguiente llegó a Yerijó, donde se le unió Trajano, uno de sus generales, al frente de las fuerzas de Perea, sometido ya lo que hay más allá del Yardén.
La mayor parte de la multitud, adelantándose a su llegada, había huido de Yerijó a la montaña que se alza frente a Yerushaláyim, y la parte que quedó, no escasa, fue exterminada. La ciudad la hallaron desierta; está asentada en un llano, y sobre ella se yergue un monte pelado y estéril, larguísimo, que por el norte se extiende hasta la tierra de los escitopolitanos, y por el sur hasta la comarca de Sedom y los confines del lago Asfaltites. Es todo él desigual e inhabitable por su esterilidad. Enfrente de este se halla el monte que corre junto al Yardén, que empieza en Julias y en los climas del norte y se prolonga hacia el sur hasta Somora, que marca el límite de Petra de Arabia; en él está también el llamado monte de Hierro, que se alarga hasta la Moabítide. La comarca que hay en medio de los dos montes se llama la Gran Llanura, y va desde la aldea de Guinnabris hasta el lago Asfaltites. Su longitud es de mil doscientos estadios, y su anchura, de ciento veinte; en el medio la corta el Yardén, y tiene dos lagos de naturaleza opuesta, el Asfaltites y el de Tiberíades: aquel salobre y estéril, el de Tiberíades dulce y fecundo.
En verano la llanura arde y, por el exceso de sequía, el aire de alrededor se hace insano; pues todo es sin agua salvo el Yardén, por lo cual también los palmerales de las orillas resultan más frondosos y fructíferos, y menos los apartados de él. Junto a Yerijó, sin embargo, hay una fuente abundante y muy propicia para el riego, que brota junto a la antigua ciudad que Yehoshúa, hijo de Nun, general de los hebreos, fue el primero en tomar por las armas en la tierra de los cananeos. De esta fuente cuenta la tradición que al principio no solo malograba los frutos de la tierra y de los árboles, sino también la fecundidad de las mujeres, y que en general era para todos insana y mortífera, pero que se volvió mansa y, al contrario, saludabilísima y fecundísima por obra del profeta Elishá —este era conocido y sucesor de Eliyahu—. Hospedado él por los de Yerijó, y colmándolo aquellos hombres de extraordinarias muestras de hospitalidad, correspondió a ellos y a su tierra con un favor eterno. Pues, acercándose a la fuente y echando a la corriente una vasija de barro llena de sal, luego, tendiendo al cielo su justa diestra y derramando sobre la tierra libaciones propiciatorias, pedía a la una que ablandara la corriente y abriera venas más dulces, y al otro que mezclara con la corriente aires más fecundos y otorgara a la vez a los del lugar abundancia de frutos y sucesión de hijos, y que no les faltara aquella agua engendradora mientras permanecieran justos. Con estas plegarias, y añadiendo muchas operaciones hechas con pericia, transformó la fuente, y el agua que antes les causaba orfandad y hambre se convirtió desde entonces en dispensadora de buena prole y hartura.
Tanta es la fuerza que tiene en el riego que, con solo tocar la tierra, la vuelve más nutritiva que la de otras aguas que se demoran hasta saciarla. Por eso, aunque el provecho de quienes la usan en abundancia es escaso, la de este poco es un don copioso. Riega, en efecto, más que todas las demás, y recorre una llanura de setenta estadios de largo y veinte de ancho, y cría en ella jardines hermosísimos y frondosísimos. De las palmeras que riega hay muchas especies, distintas en el gusto y en sus propiedades reconstituyentes; las más jugosas de ellas, prensadas, dan también miel abundante, no mucho peor que la demás. Es también la comarca criadora de abejas; y produce igualmente el bálsamo, que es el más precioso de los frutos de allí, y el ciprés y el mirobálano, de modo que no erraría quien dijera que es divino ese paraje, en el que se dan en abundancia las cosas más raras y hermosas. Pues, en cuanto a sus demás frutos, difícilmente se le podría comparar clima alguno de la tierra habitada: tan multiplicado devuelve lo que en él se siembra.
La causa, a mi juicio, está en el calor del aire y en el vigor de las aguas: aquel llama a lo que brota y lo despliega, y la humedad arraiga con fuerza cada planta y le suministra su fuerza en el verano; y es tan abrasador ese paraje que nadie avanza por él con facilidad. El agua, sacada antes de la salida del sol y luego expuesta al aire, se vuelve friísima y toma una naturaleza contraria a la del ambiente; en invierno, al revés, se entibia y se hace muy grata a los que se meten en ella. También el ambiente es tan templado que los del lugar se visten de lino cuando el resto de Judea está bajo la nieve. Dista de Yerushaláyim ciento cincuenta estadios, y del Yardén, sesenta; el trecho hasta Yerushaláyim es desierto y pedregoso, y el que llega hasta el Yardén y el lago Asfaltites, más bajo, pero desierto igualmente e infructuoso. Pero baste ya con lo dicho sobre Yerijó, tierra dichosísima.
Vale la pena describir también la naturaleza del lago Asfaltites, que es, como he dicho, amargo y estéril, y que por su ligereza hace subir a la superficie incluso lo más pesado que en él se arroja, y en el cual no es fácil hundirse hasta el fondo ni aunque uno se lo proponga. En efecto, cuando Vespasiano llegó a él para observarlo, mandó arrojar al fondo, atados de manos a la espalda, a algunos que no sabían nadar, y sucedió que todos flotaron arriba como empujados por un soplo. Además de esto, es admirable el cambio de su color: tres veces cada día muda su superficie y reverbera de modos diversos ante los rayos del sol. De su asfalto arroja en muchos lugares terrones negros; estos flotan, semejantes en forma y tamaño a toros sin cabeza. Los obreros del lago se acercan remando y, agarrando la masa cuajada, la arrastran a las barcas; pero, una vez llenas, no es fácil cortarla, sino que, por su tenacidad, la barca queda pegada a la maroma hasta que la disuelven con sangre menstrual de mujer y con orina, las únicas cosas a las que cede. Y es útil no solo para el ensamblaje de las naves, sino también para la curación de los cuerpos: entra, en efecto, en la composición de muchos remedios.
De este lago la longitud es de quinientos ochenta estadios, en cuanto se extiende hasta Tsóar de Arabia, y la anchura, de ciento cincuenta. Linda con él la región de Sedom, en otro tiempo tierra dichosa por sus frutos y por la riqueza de sus ciudades, pero ahora toda calcinada. Dicen que por la impiedad de sus habitantes fue abrasada por rayos; y aún se ven restos del fuego divino, y las sombras de cinco ciudades, y todavía en los frutos ceniza que renace: tienen un color semejante al de los comestibles, pero, al cogerlos con las manos, se disuelven en humo y ceniza. De este modo, lo que se cuenta como leyenda sobre la región de Sedom halla su confirmación en lo que se ve.
Vespasiano, cercando por todas partes a los de Yerushaláyim, levanta campamentos en Yerijó y en Ádida, y establece en ambos guarniciones formadas por tropas romanas y aliadas. Envía también a Gerasa a Lucio Anio, dándole un cuerpo de caballería y numerosa infantería. Este, tomando la ciudad al primer asalto, mata a mil de los jóvenes —cuantos no se adelantaron a huir—, cautivó a las familias y permitió a los soldados saquear las haciendas; luego, incendiando las casas, marchó contra las aldeas de alrededor. Huían los poderosos y perecían los más débiles, y todo lo que quedaba era pasto de las llamas. Y, habiendo abarcado la guerra toda la montaña y todo el llano, a los de Yerushaláyim se les cerraron las salidas; a los que querían desertar los vigilaban los zelotes, y a los que aún no eran de la parte de los romanos los cercaba el ejército, que rodeaba la ciudad por todas partes.
A Vespasiano, que había regresado a Cesarea y se disponía a marchar con todas sus fuerzas contra la mismísima Yerushaláyim, se le anuncia que Nerón había sido muerto, tras reinar trece años y ocho días; de quien queda por decir de qué modo ultrajó el poder confiando los asuntos a los más perversos, Ninfidio y Tigelino, y a libertos indignos; cómo, blanco de sus intrigas, quedó abandonado por todos sus guardias y, huyendo con cuatro libertos fieles, se dio muerte en las afueras de la ciudad; y cómo quienes lo habían derribado pagaron su culpa poco después; cómo terminó la guerra en la Galia; cómo Galba, proclamado emperador, regresó a Roma desde Hispania y, acusado por los soldados de mezquindad, fue asesinado a traición en mitad del foro romano, y en su lugar fue proclamado emperador Otón; su campaña contra los generales de Vitelio y el fracaso de esta; luego los disturbios bajo Vitelio y el combate en torno al Capitolio, y cómo Antonio Primo y Muciano, tras acabar con Vitelio y con las legiones germánicas, sofocaron la guerra civil.
Todo esto renuncié a exponerlo con detalle, pues es de sobra conocido por todos y muchos autores griegos y romanos lo han dejado escrito; pero, para no romper la trabazón de los hechos ni dejar inconexa la historia, señalo cada cosa a grandes rasgos.
Vespasiano, pues, al principio aplazó la campaña contra Yerushaláyim, a la espera de ver hacia quién se inclinaría el poder tras Nerón. Y luego, al enterarse de que Galba era emperador, no emprendió nada antes de que este le enviara instrucciones sobre la guerra, sino que le mandó a su hijo Tito para saludarlo y recibir las órdenes acerca de los judíos. Por los mismos motivos, junto con Tito, también el rey Agripa se hizo a la mar rumbo a Galba. Mientras costeaban a través de Acaya en naves de guerra —pues era invierno—, Galba es asesinado antes de que llegaran, tras siete meses y otros tantos días; y le arrebató el mando Otón, que reclamaba para sí el gobierno.
Agripa, por su parte, decidió seguir hasta Roma, sin arredrarse en absoluto ante el cambio. Tito, en cambio, por un impulso divino, navegó de vuelta desde Grecia hacia Siria y llegó a toda prisa a Cesarea, junto a su padre. Los dos, inquietos por la situación general —pues el imperio romano se tambaleaba—, dejaron de lado la campaña contra los judíos y, por el temor que sentían por su patria, juzgaron inoportuna la ofensiva contra pueblos extraños.
Pero sobre Yerushaláyim se alzó otra guerra. Había un tal Shimón, hijo de Giora, geraseno de origen, joven que en astucia quedaba por debajo de Yojanán —ya dueño de la ciudad—, pero que lo aventajaba en fuerza física y en audacia; por ello, desterrado por el sumo sacerdote Anano de la toparquía de Acrabatene que ocupaba, se pasa a los bandidos que se habían apoderado de Masada. Al principio despertó sus recelos; con todo, le permitieron instalarse en la fortaleza inferior junto con las mujeres que traía consigo, mientras ellos ocupaban la parte más alta. Después, por la afinidad de carácter y porque parecía de fiar, salía con ellos de correría y participaba en el saqueo de los alrededores de Masada.
Sin embargo, cuando los incitó a empresas mayores, no logró convencerlos: acostumbrados a la fortaleza, temían alejarse mucho de su guarida, como fieras de su madriguera. Él, en cambio, ansioso de tiranía y de grandezas, al oír además la muerte de Anano, se retiró a la región montañosa y, proclamando la libertad para los esclavos y recompensa para los libres, fue reuniendo a los malvados de todas partes. Cuando ya tenía una tropa poderosa, recorría saqueando las aldeas de la montaña y, como cada vez se le sumaban más, cobró ánimos para bajar a las tierras llanas. Y cuando ya resultaba temible para las ciudades, muchos hombres poderosos se dejaron ganar por su fuerza y por la racha de sus éxitos, de modo que su ejército ya no era solo de esclavos ni de bandidos, sino también de no pocos ciudadanos que le obedecían como a un rey.
Recorría la toparquía de Acrabatene y las tierras hasta la Gran Idumea; pues junto a una aldea llamada Aín levantó un muro y lo empleaba como fortaleza para su seguridad, y en el barranco llamado Feretaí, tras ensanchar muchas cuevas y encontrar otras muchas ya dispuestas, las usaba como depósitos de tesoros y almacenes del botín. Allí guardaba también las cosechas robadas, y la mayoría de sus compañías se alojaba en esos lugares; estaba claro que adiestraba a su tropa y preparaba lo necesario contra Yerushaláyim.
Por eso los zelotes, temerosos de su plan y queriendo adelantarse a quien se cebaba contra ellos, salieron en armas casi todos; pero Shimón les sale al encuentro y, presentando batalla, mata a muchos y empuja al resto de vuelta a la ciudad. Como todavía no confiaba en sus fuerzas, renunció a atacar las murallas y decidió someter antes Idumea; así que, con veinte mil infantes, avanzó contra sus fronteras. Los jefes de Idumea reunieron a toda prisa a los más aptos para la guerra de todo el país —unos veinticinco mil—, y, dejando a la mayoría custodiando sus propias tierras por las correrías de los sicarios de Masada, recibieron a Shimón en la frontera. Allí trabó combate con ellos y peleó el día entero, y se separaron sin vencedor ni vencido: él se retiró a Aín y los idumeos se dispersaron a sus casas.
Y poco después Shimón marchó de nuevo contra su territorio con fuerzas mayores; y, acampando junto a una aldea llamada Tekoa, envió a Elazar, uno de sus compañeros, a la guarnición del Herodión —que estaba cerca— para persuadirla de entregar la plaza. Los centinelas lo recibieron de buen grado, sin sospechar a qué venía; pero, en cuanto habló de rendición, lo persiguieron con las espadas desenvainadas, hasta que, sin lugar por donde huir, se arrojó desde el muro al barranco que había debajo. Murió en el acto; y los idumeos, que ya temían el poderío de Shimón, decidieron, antes de dar la batalla, explorar el ejército enemigo.
Para ello se ofreció de buen grado como agente Yaakov, uno de los jefes, que meditaba una traición. Partiendo, pues, de Aluro —pues en esa aldea se había concentrado entonces el ejército de los idumeos—, se presenta ante Shimón y acuerda entregarle primero su propia patria, tras recibir juramentos de que siempre gozaría de honores, y prometió colaborar también respecto a toda Idumea. Agasajado por ello con cordialidad por Shimón y envanecido con espléndidas promesas, cuando regresó junto a los suyos, primero mintió diciendo que el ejército de Shimón era muchas veces mayor; luego, ganándose a los jefes y, poco a poco, a toda la tropa, los indujo a acoger a Shimón y a entregarle sin lucha el mando supremo de todos. Al mismo tiempo que urdía esto, llamaba a Shimón por medio de mensajeros, prometiéndole dispersar a los idumeos; y lo cumplió. En efecto, cuando el ejército ya estaba cerca, él fue el primero en saltar sobre su caballo y huir con los que estaban comprometidos con él. El pánico cundió por toda la muchedumbre y, antes de llegar a las manos, rotas las filas, se retiró cada uno a su casa.
Shimón, contra todo pronóstico, entró en Idumea sin derramar sangre y, atacando por sorpresa, toma primero la pequeña ciudad de Jevrón, donde se hizo con abundantísimo botín y saqueó una enorme cantidad de grano. Según cuentan los del lugar, Jevrón es más antigua no solo que las ciudades de aquella región, sino también que Menfis, en Mitsraim: se le cuentan, en efecto, dos mil trescientos años. Cuentan también que fue morada de Avraham, el antepasado de los judíos, tras su migración desde Mesopotamia, y dicen que de allí bajaron sus hijos a Mitsraim; cuyos sepulcros se muestran todavía hoy en esa pequeña ciudad, de mármol muy hermoso y labrados con esmero. Y a seis estadios de la población se muestra un enorme terebinto, y aseguran que el árbol perdura desde la creación del mundo hasta hoy.
Desde allí Shimón avanzó por toda Idumea, arrasando no solo aldeas y ciudades, sino también asolando el campo; pues, aparte de los soldados armados, lo seguían cuarenta mil personas, de modo que ni siquiera los víveres bastaban para semejante multitud. A estas necesidades se sumaban su crueldad y su saña contra su propia gente, por lo que Idumea acabó quedando aún más despoblada. Y así como tras el paso de la langosta se ve todo el bosque pelado, así a espaldas del ejército de Shimón quedaba un desierto: unas cosas incendiándolas, otras derribándolas, aniquilaban cuanto crecía en la tierra, o bien pisoteándolo o bien haciéndolo pacer; y con su marcha dejaban el suelo cultivado más duro que el yermo. En una palabra: a lo saqueado no le quedaba ni rastro de haber existido.
Esto reavivó de nuevo a los zelotes; y aunque no se atrevieron a enfrentarse a él abiertamente, tendiendo emboscadas en los pasos capturaron a la esposa de Shimón y a numerosos criados de su séquito. Luego, como si hubieran hecho prisionero al propio Shimón, volvieron gozosos a la ciudad, esperando que de un momento a otro él depusiera las armas y suplicara por su mujer. Pero en él no entró la compasión, sino la ira por el rapto; y, llegando a la muralla de Yerushaláyim, como las fieras heridas que, al no alcanzar a quienes las hirieron, descargan su furia sobre el primero que encuentran, a cuantos habían salido de las puertas a recoger hortalizas o leña —hombres desarmados y ancianos— los prendía, los atormentaba y los mataba; de tan desmedida su indignación, poco le faltaba para devorar los cadáveres. A muchos les cortó las manos y los devolvió, tratando de aterrar a sus enemigos y, a la vez, de enemistar al pueblo con los culpables. Les había ordenado decir que Shimón juraba por Dios, el que todo lo vigila, que, si no le devolvían pronto a su mujer, rompería la muralla e infligiría lo mismo a todos los de la ciudad, sin perdonar edad alguna ni distinguir a los culpables de los inocentes. Ante estas amenazas, no solo el pueblo, sino también los zelotes, aterrados, le devuelven a su mujer; y entonces él, algo aplacado, descansó un poco de la matanza incesante.
Pero no solo en Judea había sedición y guerra civil, sino también en Italia. En efecto, Galba había sido asesinado en mitad del foro romano, y Otón, proclamado emperador, guerreaba contra Vitelio, que aspiraba al trono, pues las legiones de Germania lo habían elegido. Y, habiéndose librado combate en Bedriaco, en la Galia, contra Valente y Cecina, los generales de Vitelio, el primer día venció Otón, pero el segundo el ejército de Vitelio; y tras una gran carnicería, Otón se dio muerte en Brixelo al enterarse de la derrota, después de gobernar tres meses y dos días, y el ejército se pasó a los generales de Vitelio, y este bajó en persona a Roma con sus tropas.
Entretanto, también Vespasiano, partiendo de Cesarea el cinco del mes de Desio, se lanzó contra las comarcas de Judea aún no sometidas. Y, subiendo a la región montañosa, toma dos toparquías, la llamada de Gofna y la llamada Acrabetene; después de ellas, las poblaciones de Bétega y Efráyim, en las que dejó guarniciones, y cabalgó hasta Yerushaláyim: hubo estrago de muchos, apresados en el camino, y a muchos los hizo cautivos. Cereal, uno de sus generales, tomando un destacamento de jinetes e infantes, asoló la llamada Idumea alta: tras tomar por asalto Cafetra —poco más que un villorrio— la incendia, y, atacando otra llamada Carabis, la sitió. El muro era muy sólido, y cuando esperaba emplear más tiempo, de improviso los de dentro abren las puertas y, saliendo con ramos de suplicantes, se entregaron. Cereal, sometidos estos, marchó contra Jevrón, otra ciudad antiquísima; se halla, como dije, en la región montañosa, no lejos de Yerushaláyim. Forzando las entradas, mató a toda la muchedumbre allí sorprendida, hasta el último hombre en edad adulta, e incendió la ciudad. Y sometido ya todo salvo el Herodión, Masada y Maqueronte —que estaban en manos de los bandidos—, el objetivo que ahora se proponían los romanos era Yerushaláyim.
Shimón, en cuanto rescató a su mujer de manos de los zelotes, volvió de nuevo sobre los restos de Idumea y, acosando por todas partes a aquella gente, obligó a la mayoría a huir a Yerushaláyim. Y él mismo marchó tras ellos contra la ciudad y, rodeando de nuevo la muralla, mataba a cuantos jornaleros sorprendía saliendo al campo. Para el pueblo, Shimón, desde fuera, era más temible que los romanos; pero los zelotes de dentro resultaban más crueles que unos y otros; y entre ellos, la banda de los galileos destacaba en el ingenio para el mal y en la audacia. Pues ellos habían encumbrado a Yojanán, y este, a cambio, desde el poder que había alcanzado, les correspondía permitiendo a cada uno hacer cuanto se le antojaba.
Sus ansias de rapiña eran insaciables; y el registro de las casas ricas, el asesinato de hombres y los ultrajes a las mujeres eran para ellos un juego; y entre sangre engullían lo saqueado, y sin freno se abandonaban a la molicie del hartazgo, rizándose el cabello y vistiendo ropas de mujer, empapándose de perfumes y pintándose los ojos para hermosearse. E imitaban no solo el atavío, sino también las pasiones de las mujeres, y por el colmo del desenfreno idearon amores prohibidos; se revolcaban en la ciudad como en un lupanar y la mancillaron entera con obras impuras. Y, con el rostro afeminado, mataban con la diestra; y contoneándose al andar, de pronto se lanzaban y se volvían guerreros, y, sacando las espadas de debajo de sus mantos teñidos, atravesaban al primero que se cruzaba. A los que huían de Yojanán, Shimón los recibía con mayor saña homicida, y quien lograba escapar del tirano de dentro de la muralla, perecía a manos del que estaba ante las puertas. Y toda vía de fuga quedaba cortada para quienes querían pasarse a los romanos.
El ejército se dividió contra Yojanán, y cuanto había en él de idumeos se apartó y atacó al tirano, tanto por envidia de su poder como por odio a su crueldad. Trabado el combate, matan a muchos zelotes y arrinconan al resto en el palacio real que había edificado Grapte —esta era pariente de Izates, rey de los adiabenos—. Los idumeos irrumpen tras ellos y, expulsando de allí a los zelotes hacia el Templo, se lanzaron a saquear los bienes de Yojanán, pues era en el mencionado palacio donde él se hallaba y donde había depositado el botín de su tiranía. Entretanto, la muchedumbre de zelotes dispersa por la ciudad se congregó en el Templo junto a los que habían escapado, y Yojanán se disponía a lanzarlos contra el pueblo y contra los idumeos. A estos, más aguerridos, no les inquietaba tanto el ataque de aquellos cuanto su desesperación: temían que de noche, deslizándose desde el Templo, los aniquilaran y prendieran fuego a la ciudad.
Así que, reunidos con los sumos sacerdotes, deliberaban de qué modo protegerse del asalto. Pero Dios torció sus decisiones hacia el mal, e idearon, como remedio para su salvación, algo peor que la ruina: para derribar a Yojanán, resolvieron acoger a Shimón y, entre súplicas, introducir para sí mismos a un segundo tirano. Se llevó a cabo el plan y, enviando al sumo sacerdote Matityahu, rogaron a Shimón que entrara —a aquel a quien tanto habían temido—; y se sumaron a la súplica los de Yerushaláyim que huían de los zelotes, por añoranza de sus casas y haciendas. Y él, accediendo con arrogancia a ser su señor, entra como quien va a librar a la ciudad de los zelotes, aclamado por el pueblo como salvador y protector; pero, una vez dentro con su tropa, solo pensaba en su propio dominio y tenía por enemigos, no menos que a aquellos contra quienes lo habían llamado, a los mismos que lo habían llamado.
Shimón, de este modo, en el tercer año de la guerra, en el mes de Xántico, se hizo dueño de Yerushaláyim; y Yojanán y la muchedumbre de zelotes, cerrados los accesos del Templo y perdido cuanto tenían en la ciudad —pues los de Shimón habían saqueado al punto sus bienes—, veían su salvación en un callejón sin salida. Shimón atacó el Templo con la ayuda del pueblo, y aquellos, apostados en los pórticos y las almenas, rechazaban los asaltos. Cayeron muchos de los de Shimón y muchos eran retirados heridos, pues desde su posición dominante los zelotes disparaban con facilidad y sin errar el blanco. Con la ventaja del terreno, construyeron además cuatro torres enormes, para lanzar sus proyectiles desde más arriba: una en el ángulo nordeste, otra por encima del Xisto, y una tercera en otro ángulo, frente a la ciudad baja; y la última se alzó sobre la cima de los pastoforios, allí donde uno de los sacerdotes, por costumbre, se apostaba y anunciaba con la trompeta la entrada de cada semana, por la tarde, y de nuevo su término, hacia el anochecer: unas veces proclamando al pueblo el cese del trabajo y otras el momento de reanudarlo. Y dispusieron sobre las torres catapultas de dardos y máquinas lanzapiedras, junto con arqueros y honderos. Allí, ciertamente, Shimón atacaba con más flojedad, pues la mayoría de los suyos flaqueaba; con todo, resistía gracias a la superioridad de sus fuerzas; y los proyectiles de las máquinas, que llegaban más lejos, mataban a muchos de los combatientes.
Por ese mismo tiempo, también Roma se vio envuelta en graves desgracias. En efecto, Vitelio había llegado de Germania con su ejército, arrastrando tras de sí otra gran muchedumbre; y como no cabía en los recintos asignados a los soldados, convirtió toda Roma en un campamento y llenó de tropas cada casa. Y ellos, contemplando con ojos no habituados la riqueza de los romanos y rodeados por doquier de plata y oro, apenas contenían sus deseos de entregarse al saqueo y de matar a cuantos se les interpusieran. Así estaban las cosas en Italia.
Vespasiano, cuando, sometidos los alrededores de Yerushaláyim, regresó a Cesarea, se entera de los disturbios de Roma y de que Vitelio era emperador. Esto lo llevó a la indignación, aun cuando sabía bien tanto obedecer como mandar; y despreciaba como amo a quien se había abalanzado sobre el imperio como sobre algo sin dueño. Y, hondamente afligido por aquel golpe, no era capaz de soportar el tormento ni, mientras su patria era saqueada, de dedicarse a otras guerras. Pero cuanto la ira lo empujaba a la venganza, otro tanto lo frenaba la idea de la distancia; pues la fortuna podía urdir de antemano muchas jugarretas antes de que él cruzara a Italia, y más navegando en invierno; así que refrenaba su cólera, ya a punto de estallar.
Los generales y los soldados, reuniéndose en corrillos, deliberaban ya abiertamente sobre un cambio, y clamaban indignados que los soldados de Roma, entregados al lujo y sin soportar siquiera oír el rumor de una guerra, elegían para el mando a quien se les antojaba y, con la esperanza de ganancias, proclamaban emperadores, mientras que ellos mismos, que habían pasado por tantas fatigas y envejecían bajo el yelmo, cedían graciosamente a otros esa potestad, y eso teniendo entre ellos a uno más digno de mandar. ¿A quién podrían jamás pagar un tributo más justo por su buena disposición hacia ellos, si dejaban escapar la ocasión presente? Que Vespasiano era tanto más digno de gobernar que Vitelio cuanto ellos mismos lo eran que quienes habían proclamado a aquel; pues no habían librado guerras menores que las de Germania, ni eran inferiores en las armas a quienes habían traído de allí al tirano.
Pero no haría falta ni un combate: ni el Senado ni el pueblo romano tolerarían la lascivia de Vitelio en lugar de la mesura de Vespasiano, ni escogerían, en vez de un buen gobernante, a un tirano crudelísimo, ni, en vez de un padre, a un protector sin hijos; pues lo más importante para la seguridad de la paz son las sucesiones legítimas de los soberanos. De modo que, si el gobierno conviene a la experiencia de la edad, tenían a Vespasiano; y si al vigor de la juventud, a Tito: pues se combinaría lo provechoso de la edad de ambos. Y no solo aportarían ellos mismos la fuerza a los proclamados —pues contaban con tres legiones y con las tropas auxiliares de los reyes—; que ellos habían mantenido a salvo todo el Oriente y cuanto de Europa quedaba lejos de los temores de Vitelio, y también a los aliados de Italia: a saber, al hermano de Vespasiano y a su otro hijo, al primero de los cuales se sumarían muchos de los jóvenes de rango, y al segundo se le había confiado la custodia de la ciudad, no pequeña baza para aspirar al imperio. Y, en suma, que si ellos se demoraban, tal vez el Senado proclamaría a alguien despreciado por los propios soldados que habían salvado el imperio.
Tales cosas se decían los soldados en sus conciliábulos; luego, congregándose y animándose unos a otros, proclaman emperador a Vespasiano y lo instaban a salvar el imperio en peligro. Él llevaba tiempo preocupado por la cosa pública, pero no había querido gobernar por sí mismo: se juzgaba digno por sus hechos, pero prefería a los peligros del esplendor la seguridad de la vida privada. Cuanto más se negaba, más lo apremiaban los generales, y los soldados, rodeándolo con las espadas desnudas, amenazaban con matarlo si no quería vivir a la altura de su dignidad. Y tras alegarles muchas razones para rechazar el poder, al fin, viendo que no los convencía, cede a quienes lo habían nombrado.
Cuando Muciano y los demás generales lo instaban ya como a emperador, y el resto del ejército a marchar contra todo enemigo, él se ocupó primero de los asuntos de Alejandría, sabiendo que Mitsraim era la parte más importante del imperio por el suministro de grano; pues, dueño de ella, esperaba, si aquel se resistía, derribar a Vitelio incluso por la fuerza, ya que la muchedumbre de Roma no soportaría el hambre; y además quería ganarse las dos legiones de Alejandría. Pensaba también en tener aquella tierra como baluarte frente a los reveses imprevisibles de la fortuna, pues es difícil de invadir por tierra y, por el lado del mar, carece de puertos: al oeste la protegen los eriales sin agua de Libia; al sur, Siena, que la separa de los etíopes, y las cataratas innavegables del río; al este, el mar de los Juncos, que remonta hasta Coptos. Su muralla al norte es la tierra que llega hasta Siria y el llamado mar Egipcio, del todo desprovisto de fondeaderos. Así está amurallada Mitsraim por todos lados. Su longitud entre Pelusio y Siena es de dos mil estadios, y la travesía río arriba desde Plintina hasta Pelusio, de tres mil seiscientos estadios. El Nilo es navegable hasta la ciudad llamada Elefantina, más allá de la cual las cataratas ya mencionadas impiden avanzar.
El puerto de Alejandría es de difícil acceso para las naves incluso en tiempo de paz, pues la bocana es estrecha y las rocas sumergidas desvían el rumbo recto. Su lado izquierdo está protegido por espigones hechos a mano, y a la derecha se extiende la isla llamada Faros, con una enorme torre que enciende fuego para los que llegan navegando, a trescientos estadios de distancia, de modo que de noche fondeen lejos por lo peligroso de la entrada. En torno a esa isla se han levantado enormes murallas hechas a mano, contra las que el mar rompe y, quebrándose a un lado y otro de las barreras que tiene enfrente, encrespa el paso y hace peligrosa la entrada por el estrecho. El puerto interior, sin embargo, es segurísimo, de treinta estadios de extensión; a él se trae cuanto le falta al país para su prosperidad, y de él se reparte a todo el mundo habitado el sobrante de los bienes de la región.
Con razón, pues, aspiraba Vespasiano a hacerse con aquellos asuntos para consolidar todo su poder, y escribe de inmediato a Tiberio Alejandro, gobernador de Mitsraim y de Alejandría, revelándole el entusiasmo del ejército y anunciándole que él, habiendo asumido por necesidad el peso del gobierno, lo tomaba como colaborador y auxiliar. Cuando Alejandro leyó en público la carta, hizo prestar de buen grado juramento de fidelidad a las legiones y al pueblo. Unos y otros obedecieron con gusto, pues conocían el valor de aquel hombre por su reciente mando cercano. Y él, encargado ya de los asuntos del gobierno, le preparaba de antemano tanto esto como lo relativo a su llegada; y más veloces que el pensamiento, los rumores anunciaban al emperador de Oriente, y cada ciudad celebraba fiestas y ofrecía sacrificios de acción de gracias en su favor. Las legiones de Misia y de Panonia, agitadas poco antes por la osadía de Vitelio, con mayor alegría juraron fidelidad al imperio de Vespasiano. Y él, levantando el campamento de Cesarea, llegó a Berito, donde le salieron al encuentro muchas embajadas de Siria y muchas de las demás provincias, que le traían coronas de cada ciudad y decretos de felicitación. También estaba presente Muciano, el gobernador de la provincia, que le comunicaba el entusiasmo de los pueblos y los juramentos prestados ciudad por ciudad.
Como la fortuna avanzaba en todo según su deseo y los acontecimientos se habían inclinado en su mayor parte a su favor, empezó Vespasiano a pensar que no sin providencia divina había alcanzado el poder, sino que un justo destino había hecho recaer sobre él el dominio del mundo entero. En efecto, recordaba los demás presagios —muchos se le habían dado por doquier anunciándole el poder— y las palabras de Josefo, que se había atrevido a llamarlo emperador cuando Nerón vivía todavía. Y se maravillaba de aquel hombre, que aún seguía preso en su poder; así que, convocando a Muciano junto con los demás generales y amigos, refirió primero su arrojo y cuánto habían padecido por su causa en Yotapata, luego las profecías, que él mismo había sospechado entonces invenciones del miedo, pero que el tiempo y los hechos habían demostrado ser divinas. «Es vergonzoso, pues —dijo—, que quien me vaticinó el poder y fue ministro de la voz de Dios soporte todavía la condición de cautivo o la suerte de un preso»; y, llamando a Josefo, ordena que lo suelten. A los generales, ante la recompensa concedida al extranjero, les vino la esperanza de cosas espléndidas también para sí mismos; pero Tito, que estaba junto a su padre, dijo: «Es justo, padre, que a Josefo se le quite el oprobio junto con el hierro; pues quedará como quien nunca estuvo encadenado, si en vez de soltarle las cadenas se las cortamos. Así se hace, en efecto, con los que fueron encadenados injustamente». Pareció bien, y alguien, adelantándose, cortó la cadena con un hacha. Y Josefo, que había recibido este honor por sus anteriores vaticinios, era ya digno de crédito también respecto al porvenir.
Vespasiano, tras despachar las embajadas y establecer para cada lugar las magistraturas con justicia y por medio de hombres dignos, llega a Antioquía. Y, deliberando adónde dirigirse, juzgó más urgentes los asuntos de Roma que la marcha a Alejandría, pues veía a esta segura, mientras que aquellos los trastornaba Vitelio. Así que envía a Muciano a Italia, poniendo a su cargo una considerable fuerza de jinetes e infantes. Y este, temiendo navegar por lo crudo del invierno, condujo el ejército por tierra a través de Capadocia y Frigia.
Entretanto, también Antonio Primo, tomando la tercera legión de las de Misia —de la que era comandante allí—, se apresuraba a plantar cara a Vitelio. Vitelio despacha contra él, para salirle al paso con muchas tropas, a Cecina Alieno, en quien confiaba mucho por la victoria sobre Otón. Y este, avanzando a marchas forzadas desde Roma, alcanza a Antonio cerca de Cremona, en la Galia; esta ciudad está en la frontera de Italia. Pero, al ver allí la multitud de los enemigos y su buen orden, no se atrevió a combatir; y, considerando arriesgada la retirada, tramó una traición. Reuniendo a sus centuriones y tribunos, los incitaba a pasarse a Antonio, rebajando el poder de Vitelio y ensalzando la fuerza de Vespasiano, diciendo que en uno estaba solo el nombre del poder, y en el otro la fuerza; y que también a ellos les convenía más adelantarse a la necesidad y convertirla en favor, y, ya que iban a ser vencidos por las armas, anticiparse al peligro con su decisión; pues Vespasiano era capaz, aun sin ellos, de conquistar incluso lo que le faltaba, mientras que Vitelio no podía, ni siquiera con ellos, conservar lo que tenía. Diciendo muchas cosas de este tenor, los persuadió, y se pasa a Antonio con sus tropas.
Pero esa misma noche el arrepentimiento se apodera de los soldados, y el temor de aquel que los había arrastrado, por si acaso prevalecía; y, desenvainando las espadas, se lanzaron a matar a Cecina —y lo habrían hecho, de no haberse arrojado a sus pies los tribunos suplicándoles—. Se abstuvieron de matarlo, pero, encadenando al traidor, se disponían a enviarlo a Vitelio. Al oír esto, Primo levanta al instante a los suyos y los condujo en armas contra los rebeldes. Estos, formados en orden de batalla, resistieron un poco, pero luego, puestos en fuga, huyeron a Cremona. Tomando la caballería, Primo les corta las entradas, cerca a la gran muchedumbre ante la ciudad y la aniquila, y, irrumpiendo con el resto, permitió a sus soldados saquear la plaza. Allí perecieron muchos de los mercaderes extranjeros y muchos de los naturales, y todo el ejército de Vitelio: treinta mil doscientos hombres. De los de Misia, Antonio perdió cuatro mil quinientos. Poniendo en libertad a Cecina, lo envía a Vespasiano para anunciarle lo sucedido. Y este, al llegar, fue acogido por él, que cubrió con honores inesperados el baldón de su traición.
También en Roma cobraba ya ánimos Sabino, al anunciarse que Antonio estaba cerca; y, reuniendo los cuerpos de los soldados de la guardia nocturna, se apodera de noche del Capitolio. De día se le sumaron muchos de los hombres principales, y Domiciano, el hijo de su hermano, la mayor baza de las esperanzas de dominio. Vitelio se inquietaba menos por Primo, pero estaba enfurecido contra los que se habían rebelado con Sabino; y, por su crueldad innata, sediento de la noble sangre del ejército, lanza contra el Capitolio las tropas que habían bajado con él. Muchas hazañas se osaron tanto por parte de estas tropas como de los que combatían desde el templo, pero al fin, superiores en número, los de Germania se hicieron con la colina. Y Domiciano, con muchos de los magistrados romanos, se salvó de un modo casi milagroso; pero todo el resto de la muchedumbre fue pasado a cuchillo, y Sabino, llevado ante Vitelio, es ejecutado, y los soldados, tras saquear las ofrendas, prendieron fuego al templo. Y un día después Antonio entra a caballo con sus tropas, y los de Vitelio le salieron al encuentro y, trabando combate en tres puntos de la ciudad, perecieron todos.
Y Vitelio sale del palacio ebrio y ahíto, como en un último festín, tras haberse hartado con más largueza que nunca en su mesa disoluta. Arrastrado entre la muchedumbre y ultrajado con toda suerte de vejaciones, es degollado en mitad de Roma, tras haber gobernado ocho meses y cinco días. Si le hubiera tocado vivir más tiempo, creo que ni el imperio entero habría bastado a su lascivia. De los demás muertos se contaron más de cincuenta mil. Esto había ocurrido el tres del mes de Apeleo; y al día siguiente Muciano entra con el ejército y puso fin a las matanzas de los de Antonio —pues todavía, registrando las casas, mataban a muchos soldados de Vitelio y a muchos del pueblo como si fueran suyos, con una furia que se adelantaba a la exacta distinción—; y, presentando a Domiciano, lo pone al frente de la muchedumbre como jefe hasta la llegada de su padre. El pueblo, libre ya de sus temores, aclamaba emperador a Vespasiano, y celebraba a la vez tanto su confirmación como la caída de Vitelio.
A Vespasiano, ya llegado a Alejandría, le llegaron las buenas nuevas de Roma y embajadas de todo su mundo que lo felicitaban; y la ciudad, la mayor después de Roma, se reveló demasiado estrecha para tanta gente. Consolidado ya todo el poder, y a salvo, contra toda esperanza, la situación de los romanos, Vespasiano volvió su atención a los restos de Judea. Él mismo, con todo, ansiaba, en cuanto acabara el invierno, hacerse a la mar rumbo a Roma, y arregló con rapidez los asuntos de Alejandría; pero a su hijo Tito lo envió con las tropas escogidas a destruir Yerushaláyim.
Avanzó a pie hasta Nicópolis —que dista veinte estadios de Alejandría—, y allí embarcó a su ejército en naves de guerra y remontó el Nilo, cruzando el nomo mendesio, hasta la ciudad de Tmuis.
Desde allí desembarcó y siguió por tierra, y acampó junto a la pequeña plaza de Tanis. Su segunda etapa fue Heracleópolis, y la tercera, Pelusio.
Tras dar dos días de descanso al ejército en ese punto, al tercero franqueó los desfiladeros de Pelusio y, avanzando una jornada por el desierto, acampó junto al templo de Zeus Casio; al día siguiente, en Ostracine —etapa sin agua, pues sus habitantes se sirven de agua traída de fuera—.
Después descansó en Rinocorura, y desde allí avanzó hasta Rafia, la cuarta etapa —ciudad que marca el comienzo de Siria—.
Estableció su quinto campamento en Gaza; luego pasó a Ascalón, y de allí a Yavne, después a Yafo, y desde Yafo llegó a Cesarea, decidido a reunir allí el resto de sus fuerzas.
Capítulo V
Libro quinto
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Además de su natural grandeza de ánimo y de su empeño por embellecer la ciudad, el rey volcó en la excelencia de estas obras sus propios afectos: consagró la memoria de las tres personas que más quería —un hermano, un amigo y una esposa—, y con sus nombres llamó a las torres. A la esposa, como ya dijimos, la había matado por amor; a los otros dos los había perdido en la guerra, donde combatieron con valentía.
La torre Hípico, llamada así por el amigo, era cuadrada, de veinticinco codos de ancho y otros tantos de largo, y treinta de alto, maciza por completo. Sobre esa parte llena y trabada con las rocas, para recoger las aguas de lluvia, se abría una cisterna de veinte codos de profundidad. Encima había una casa de dos pisos, de veinticinco codos de altura, repartida en distintas estancias; por encima corrían torrecillas de dos codos y almenas de tres, de modo que la altura total sumaba ochenta codos.
La segunda torre, que llamó Fasael por su hermano, tenía el ancho y el largo iguales, cuarenta codos cada uno, y otros cuarenta de altura maciza. Por encima corría un pórtico de diez codos de alto, protegido con parapetos y antepechos. En medio del pórtico se alzaba otra torre, repartida en salas suntuosas y hasta con baño, de suerte que nada le faltaba a la torre para parecer un palacio; su cima estaba coronada de almenas y torrecillas todo alrededor. La altura total era de unos noventa codos, y su forma se asemejaba a la del faro de Faros, que sirve de fanal a los que navegan hacia Alejandría, aunque mucho mayor en su perímetro. En aquel tiempo era la sede tiránica de Shimón.
La tercera torre, la Mariamna —pues así se llamaba la reina—, era maciza hasta veinte codos, con veinte codos de ancho y otro tanto de largo. La vivienda que tenía encima era más costosa y variada que las demás, pues el rey juzgó propio que la que llevaba nombre de mujer estuviera adornada más que las que llevaban nombre de hombres, así como aquellas eran más recias que la de la mujer. Su altura total era de cincuenta y cinco codos.
Con ser tan grandes, las tres torres parecían mucho mayores por el lugar en que se alzaban. La misma muralla antigua, en la que estaban, se había levantado sobre una alta colina, y como una cresta de esa colina sobresalía aún unos treinta codos más; sobre ella, asentadas las torres, ganaban mucho de aquella altura. Asombroso era también el tamaño de las piedras, pues no estaban hechas de cascajo cualquiera ni de peñas que un hombre pudiera acarrear, sino de mármol blanco cortado. Cada bloque medía veinte codos de largo, diez de ancho y cinco de espesor, y estaban tan trabados entre sí que cada torre parecía una sola roca crecida de la tierra, después labrada por manos de artesanos en forma y ángulos; de tal modo que por ninguna parte se advertía la junta del ensamblaje.
Al norte de las torres, por dentro, se adosaba el palacio del rey, superior a toda descripción. No le faltaba extremo alguno de lujo ni de construcción: estaba todo cercado por un muro de treinta codos de alto, con intervalos iguales todo en derredor, y jalonado de torres bien adornadas, de grandísimos salones y de aposentos de huéspedes con cien lechos cada uno. En ellos era indescriptible la variedad de las piedras, pues se había reunido en abundancia lo que en otras partes es raro; los techos eran admirables por lo largo de las vigas y el brillo de sus ornamentos. Había multitud de estancias y mil diferencias de formas entre ellas, todas llenas de mobiliario, y la mayor parte de cuanto allí se guardaba era de plata y oro. Numerosos peristilos se enlazaban unos con otros en círculo, con columnas distintas en cada uno, y todos sus patios estaban verdes: bosquecillos variados, largos paseos entre ellos, y en torno a estos canales hondos y estanques por doquier repletos de figuras de bronce por las que manaba el agua, y muchas torretas de palomas mansas junto a las corrientes. Pero no hay modo de describir dignamente aquel palacio, y el recuerdo trae tormento al evocar los estragos del fuego de los bandidos. Porque no fueron los romanos quienes lo incendiaron, sino los conjurados de dentro, como ya dijimos: al comienzo de la revuelta el fuego empezó en la Antonia, pasó al palacio y consumió los techos de las tres torres.
El Templo se asentaba, como dije, sobre una colina firme, pero al principio apenas bastaba su cima allanada para el santuario y el altar, pues todo alrededor era escarpado y en pendiente. Cuando el rey Shlomo, que fue quien edificó el santuario, amuralló la parte de oriente, se colocó un solo pórtico sobre el terraplén; por los demás lados el santuario quedaba al descubierto. En los siglos siguientes, añadiendo el pueblo tierra sin cesar, la colina se fue nivelando y ensanchando. Rompiendo también el muro del norte, ganaron tanto terreno cuanto ocupó luego el recinto entero del Templo. Y amurallando la colina desde su base por los tres lados, y llevando a cabo una obra mayor de lo que cabía esperar —en la que se consumieron largos siglos y todos los tesoros sagrados que iban colmando los tributos enviados a Dios desde todo el mundo—, construyeron alrededor los recintos de arriba y el templo de abajo. La parte más baja de este la levantaron desde trescientos codos, y en algunos puntos aún más. Con todo, no se veía toda la profundidad de los cimientos, pues rellenaron mucho los barrancos, queriendo nivelar las callejas estrechas de la ciudad. Piedras de cuarenta codos había en la fábrica, pues la abundancia de recursos y el empeño del pueblo hacían las empresas mayores de lo que se puede decir, y lo que ni siquiera se esperaba ver acabado se logró a fuerza de constancia y tiempo.
Dignas de tales cimientos eran también las obras que se alzaban sobre ellos. Los pórticos eran todos dobles, y en ellos se erguían columnas de veinticinco codos de altura, de una sola pieza, de mármol blanquísimo, con artesonados de cedro por techumbre. Su lujo natural, su pulido y su armonía ofrecían un espectáculo digno de verse, sin que los realzara por fuera obra alguna de pintura ni de talla. Tenían treinta codos de anchura, y todo su perímetro medía seis estadios, comprendida la Antonia; el patio entero estaba embaldosado con piedra de toda clase.
Al avanzar por él hacia el segundo recinto, lo cercaba una balaustrada de piedra, de tres codos de alto, primorosamente labrada. En ella se erguían, a intervalos iguales, estelas que anunciaban la ley de pureza —unas en letras griegas, otras en letras latinas—: que ningún extranjero pasara al interior del recinto santo. Pues el segundo recinto se llamaba «santo». Se subía a él desde el primero por catorce gradas; era cuadrado por arriba y estaba cercado con su propia muralla. La altura exterior de esta, aun siendo de cuarenta codos, quedaba oculta por las gradas, mientras que por dentro era de veinticinco, pues, edificada contra un nivel más alto, ya no se veía toda por dentro, tapada por la colina. Tras las catorce gradas, el espacio hasta el muro era de diez codos, todo llano. De allí otras escaleras de cinco peldaños subían a las puertas, que por el norte y el mediodía eran ocho, cuatro por cada lado, y dos por el oriente, forzosamente, pues, estando en ese cuadrante tabicado un espacio propio para las mujeres en el culto, había de haber una segunda puerta, abierta enfrente de la primera. De los demás lados había una puerta al mediodía y otra al norte, por la que se entraba al recinto de las mujeres; pues por las otras no les era lícito a las mujeres pasar, ni siquiera por la suya propia franquear el tabique. El lugar estaba abierto por igual para el culto a las mujeres del país y a las de la misma nación venidas de fuera. La parte de poniente no tenía puerta, sino que el muro se levantaba allí continuo. Los pórticos entre las puertas, vueltos hacia dentro desde el muro, ante las cámaras del tesoro, descansaban sobre columnas muy hermosas y grandes; eran de un solo piso, y salvo en el tamaño no cedían en nada a los de abajo.
De las puertas, nueve estaban revestidas de oro y plata por todas partes, lo mismo que las jambas y los dinteles; pero una, la exterior del santuario, era de bronce de Corinto y superaba con mucho en valor a las plateadas y doradas. Cada puerta tenía dos hojas, de treinta codos de alto cada una y quince de ancho. Pasadas las entradas, ensanchándose hacia dentro, tenían a cada lado cámaras de treinta codos de ancho y de largo, en forma de torre, de más de cuarenta codos de altura; a cada una la sostenían dos columnas de doce codos de perímetro. El tamaño de las demás era igual, pero la que estaba sobre la puerta de Corinto, la que se abría desde el recinto de las mujeres por el oriente, frente a la puerta del santuario, era mucho mayor: pues, teniendo cincuenta codos de altura, tenía hojas de cuarenta y un ornato más costoso, con abundante espesor de plata y oro. Este revestimiento lo puso en las nueve puertas Alejandro, el padre de Tiberio. Quince gradas subían a la puerta mayor desde el tabique de las mujeres, pues eran más bajas que las cinco gradas de las otras.
El santuario mismo, situado en el centro, el recinto santo, se subía por doce gradas. Su frente tenía la altura y la anchura iguales, cien codos cada una, pero por detrás era más estrecho en cuarenta codos, pues por delante, como hombros, sobresalían veinte codos a cada lado. Su primera puerta, de setenta codos de alto y veinticinco de ancho, no tenía hojas, para figurar lo invisible y sin cierre del cielo; todos sus frontales estaban dorados, y a través de ella se veía por fuera toda la primera sala, grandísima, y cuanto rodeaba la puerta interior, resplandeciente de oro, hería la vista de los que miraban. El santuario, por dentro de dos pisos, dejaba delante solo la primera sala, que se alzaba continua en altura: noventa codos hacia arriba, cincuenta de largo y veinte de fondo. La puerta que daba a esta sala estaba toda dorada, como dije, lo mismo que todo el muro que la rodeaba, y tenía sobre ella las vides de oro, de las que colgaban racimos altos como un hombre. Como el santuario ya era de dos pisos, la parte interior quedaba más baja que la vista de fuera y tenía puertas de oro de cincuenta y cinco codos de alto y dieciséis de ancho. Delante de estas había un velo de igual largura, un tapiz babilonio bordado de jacinto, lino fino, grana y púrpura, maravillosamente labrado, y cuya mezcla de materias no carecía de sentido, sino que era como una imagen del universo: pues parecía aludir con la grana al fuego, con el lino a la tierra, con el jacinto al aire y con la púrpura al mar; unos por su color, y el lino y la púrpura por su origen, ya que la tierra produce el uno y el mar la otra. En el tapiz estaba representada toda la bóveda celeste, salvo los signos del zodíaco.
A los que pasaban dentro los recibía la planta baja del santuario. Su altura era de sesenta codos, el largo otro tanto, y el ancho de veinte. La parte de sesenta codos estaba a su vez dividida: la primera, cortada a los cuarenta codos, encerraba tres obras admirabilísimas y famosas entre todos los hombres: el candelabro, la mesa y el altar del incienso. Las siete lámparas figuraban los planetas —pues tantas se ramificaban del candelabro mismo—; los doce panes sobre la mesa, el círculo del zodíaco y el año; y el altar del incienso, con sus trece perfumes, con los que se colmaba del mar y de las tierras despobladas y habitadas, significaba que todo es de Dios y para Dios. La parte más interior era de veinte codos, y se separaba igualmente por un velo de la de fuera. En ella no había nada en absoluto: era intransitable, inviolable e invisible para todos, y se llamaba el Santo de los Santos. En torno a los costados del santuario inferior había muchas cámaras de tres pisos enlazadas unas con otras, con entradas a ellas a cada lado desde la puerta. El piso superior ya no tenía estas cámaras, por ser más estrecho, y se alzaba cuarenta codos, más sencillo que el de abajo; sumado así a los sesenta de la planta, la altura total venía a ser de cien codos.
Su frente exterior no dejaba nada por hacer para el asombro del alma y de los ojos: cubierto por todas partes de macizas planchas de oro, a las primeras luces del alba despedía un fulgor de fuego y apartaba, como los rayos del sol, la vista de quienes se esforzaban por mirarlo. A los forasteros que llegaban de lejos se les aparecía como un monte cubierto de nieve, pues por donde no estaba dorado era blanquísimo. En la cima sostenía agudas puntas de oro, para que ningún ave que se posara lo ensuciara. Algunas de sus piedras medían cuarenta y cinco codos de largo, cinco de alto y seis de ancho. Delante de él, el altar tenía quince codos de alto, y extendiéndose por igual a cincuenta codos de ancho y de largo, se asentaba cuadrado, con cuernos en los ángulos; desde el mediodía subía a él una rampa de suave pendiente. Fue construido sin hierro, y jamás lo tocó el hierro. Ceñía el santuario y el altar una cornisa de piedra, hermosa y graciosa, de un codo de alto, que separaba por fuera al pueblo de los sacerdotes.
A los que padecían flujo y a los leprosos les estaba vedada toda la ciudad; el Templo, a las mujeres con la menstruación, que ni aun limpias podían pasar el límite que dijimos. De los hombres, los que no estaban del todo purificados quedaban excluidos del atrio interior, y de los sacerdotes, a su vez, los que no estaban limpios. De los sacerdotes de linaje, cuantos por algún defecto físico no oficiaban entraban con los sanos dentro de la cornisa y recibían las porciones que les tocaban por su estirpe, pero vestían ropas comunes, pues solo el oficiante se ceñía la vestidura sagrada. Al altar y al santuario subían los sacerdotes sin tacha, vestidos de lino fino, absteniéndose sobre todo del vino puro por temor reverente al culto, para no faltar en nada durante el servicio.
El sumo sacerdote subía con ellos, pero no siempre: en los Shabatot, en las novilunios y en cualquier fiesta patria o asamblea general que se celebrara una vez al año. Oficiaba cubriéndose los muslos hasta las ingles con un ceñidor de lino, poniéndose debajo una túnica de lino y encima un manto talar de color jacinto, redondo y con flecos; de los flecos colgaban campanillas de oro y granadas alternadas: las campanillas, señal de trueno; las granadas, de relámpago. La banda que prendía el manto al pecho estaba recamada con cinco franjas floreadas, de oro, púrpura y grana, y además de lino fino y jacinto, con los que dijimos que se habían tejido también los velos del santuario. Con estos llevaba también un efod de mezcla, en el que había más oro; tenía la forma de una coraza vestida, y lo sujetaban dos broches de oro en los que iban engastados sardónices bellísimos y grandísimos, grabados con los nombres de las tribus de la nación. Del otro lado colgaban otras doce piedras, repartidas de tres en tres en cuatro grupos: sárdica, topacio, esmeralda; carbunclo, jaspe, zafiro; ágata, amatista, ligurio; ónice, berilo, crisólito; en cada una de ellas iba grabado, otra vez, uno de los nombres. La cabeza la cubría una tiara de lino fino, ceñida de jacinto, en torno a la cual había otra corona de oro que llevaba en relieve las letras sagradas; y estas son cuatro vocales. Esta vestidura no la llevaba de continuo, sino que tomaba otra más sencilla, salvo cuando entraba en el santuario más interior; y entraba una sola vez al año, él solo, el día en que es costumbre que todos ayunen ante Dios. De la ciudad, del Templo y de las costumbres y leyes que le atañen hablaremos de nuevo con más detalle, pues no queda poco por decir sobre ellas.
La Antonia se alzaba en el ángulo de dos pórticos del primer recinto del Templo, el de poniente y el del norte, y estaba edificada sobre una roca de cincuenta codos de altura, escarpada por todas partes; era obra del rey Herodes, en la que mostró de manera especial su natural grandeza de ideas. Primero, la roca, desde la base, estaba revestida de lisas losas de piedra, por hermosura y para que resbalase todo el que intentara subir o bajar. Luego, ante la fábrica de la torre, había un muro de tres codos, y por dentro de este se levantaba toda la mole de la Antonia hasta cuarenta codos. El interior tenía el espacio y la disposición de un palacio: estaba repartido en toda clase de salas y usos, con peristilos, baños y anchos patios para acampar tropas, de suerte que, por tener cuanto era necesario, parecía una ciudad, y por su lujo, un palacio. Siendo en su conjunto de forma de torre, se remataba en cada esquina con otras cuatro torres, de las cuales tres eran de cincuenta codos de alto, mientras que la del ángulo sudeste medía setenta, de modo que desde ella se dominaba todo el Templo. Por donde se juntaba con los pórticos del Templo tenía descensos a ambos, por los que bajaban los centinelas; pues en ella se apostaba siempre una legión de romanos, que, distribuidos con sus armas por los pórticos durante las fiestas, vigilaban al pueblo para que no hubiera ningún alboroto. Porque el Templo era una fortaleza que dominaba la ciudad, la Antonia lo era del Templo, y en ella estaban los guardianes de los tres puntos; la ciudad alta, por su parte, tenía su propia fortaleza en el palacio de Herodes. La colina de Bezeta estaba separada, como dije, de la Antonia, y, siendo la más alta de todas, había quedado poblada como parte de la ciudad nueva. Ella sola daba sombra al Templo por el norte. Y sobre la ciudad y las murallas, para los que nos hemos propuesto tratar de nuevo cada cosa con más detalle, baste por ahora con esto.
La muchedumbre combatiente y sediciosa que había en la ciudad se repartía así: en torno a Shimón eran diez mil, aparte de los idumeos, con cincuenta jefes al frente de los diez mil, sobre quienes él era el señor de todo. Los idumeos, aliados suyos, hasta unos cinco mil, tenían diez capitanes; de estos parecían sobresalir Yaakov, hijo de Sosás, y Shimón, hijo de Catlás. Yojanán, dueño del Templo, tenía seis mil hombres de armas bajo veinte jefes; y se le sumaron entonces también los zelotes, que habían cesado de sus disputas, siendo dos mil cuatrocientos, teniendo por caudillos al de antes, Elazar, y a Shimón, hijo de Arino. Peleando estos, como dijimos, el pueblo era presa de unos y otros, y la parte del pueblo que no participaba en la iniquidad era saqueada por ambos bandos.
Shimón ocupaba la ciudad alta y el gran muro hasta el Cedrón, y del muro antiguo cuanto, torciendo desde el Shiloaj hacia el oriente, bajaba hasta el palacio de Monobazo —este era rey de los adiabenos de allende el Éufrates—; ocupaba también la fuente y la parte de la Acra —que era la ciudad baja— hasta el palacio de Helena, madre de Monobazo. Yojanán, por su parte, tenía el Templo y buena porción de sus alrededores, el Ofla y el barranco llamado del Cedrón. Lo que quedaba entre ambos lo habían incendiado en su guerra recíproca y lo dejaron baldío. Pues ni siquiera acampados los romanos junto a las murallas se aquietaba la sedición de dentro: recobrando algo de juicio a la primera salida, recaían enseguida y, volviendo a dividirse entre sí, peleaban, haciendo cuanto podían desear los sitiadores. Ni sufrieron, en verdad, mayor mal de los romanos que el que se hicieron unos a otros, ni después de ellos padeció la ciudad desdicha más nueva; antes bien, sufrió algo más terrible antes de caer, y los que la tomaron llevaron a cabo algo mayor. Porque yo afirmo que a la ciudad la venció la sedición, y a la sedición la vencieron los romanos, que era mucho más recia que las murallas; y lo sombrío podría uno con razón atribuirlo a los suyos, y lo justo, a los romanos. Que piense cada cual como los hechos lo lleven.
Estando así las cosas dentro, Tito, con jinetes escogidos, recorría el exterior observando por dónde atacar las murallas. Perplejo por todas partes —pues por los barrancos no había acceso, y por el otro lado el primer muro parecía más recio que las máquinas—, resolvió atacar por el mausoleo de Yojanán el sumo sacerdote; pues allí el primer parapeto era más bajo y el segundo no empalmaba, por haber descuidado fortificar donde la ciudad nueva no estaba muy poblada, mientras que hasta el tercero había paso franco: por él pensaba tomar la ciudad alta y, a través de la Antonia, el Templo. En esto, mientras hacía su ronda, uno de sus amigos, llamado Nicanor, fue alcanzado por una flecha en el hombro izquierdo, al haberse acercado con Josefo e intentar tratar de paz con los del muro, pues no era desconocido. Al ver César, por este hecho, cuáles eran sus impulsos —que ni siquiera de los que se acercaban para su salvación se abstenían—, se aguzó para el asedio: a la vez mandó a las legiones arrasar los alrededores de la ciudad y ordenó que, acarreando la madera, levantaran terraplenes. Dividido el ejército en tres para las obras, apostó en medio de los terraplenes a los venablistas y arqueros, y delante de ellos los escorpiones, las catapultas y las máquinas lanzapiedras, para contener las salidas del enemigo contra las obras y estorbar a los que desde el muro intentaban impedirlas. Talados los árboles, los arrabales quedaron pronto pelados, y mientras se acarreaba la madera a los terraplenes y todo el ejército se afanaba en la obra, tampoco los judíos estaban quietos.
El pueblo, entre saqueos y matanzas, cobró entonces ánimo, pues suponían que respirarían al estar los facciosos ocupados con los enemigos de fuera, y que ellos mismos tomarían venganza de los culpables si los romanos prevalecían. Yojanán, aunque los suyos ardían por lanzarse contra los enemigos de fuera, se quedaba por temor a Shimón. Este, en cambio, no descansaba, pues estaba más cerca del asedio, y distribuía sobre el muro los ingenios arrojadizos que antes habían quitado a Cestio y los que tomaron al apoderarse de la guarnición de la Antonia. Pero a los más les era inútil la posesión por su impericia; unos pocos, adiestrados por los desertores, manejaban mal las máquinas, y con piedras y arcos herían desde el muro a los que alzaban los terraplenes, y saliendo en formación se trababan con ellos. A los que trabajaban los amparaba de los proyectiles un techo de zarzos tendido sobre las empalizadas, y a los que salían corriendo, los ingenios arrojadizos. Estaban maravillosamente equipadas todas las legiones, pero de modo señalado la décima, con escorpiones más potentes y lanzapiedras mayores, con los que abatían no solo las salidas, sino también a los que estaban sobre el muro. Las piedras arrojadas pesaban un talento y recorrían dos estadios y más; el golpe era irresistible no solo para los primeros que topaban con él, sino, muy adentro, también para los que venían detrás.
Al principio los judíos se guardaban de la piedra, pues era blanca, de modo que no solo la delataba su silbido, sino que también por su blancura se la veía venir. Así, unos vigías apostados en las torres avisaban por anticipado, cuando se disparaba el ingenio y la piedra salía, gritando en la lengua patria: «¡Viene el hijo!». Se apartaban aquellos contra quienes iba y se echaban a tierra de antemano, con lo que, poniéndose en guardia, la piedra pasaba sin causar daño. Idearon los romanos, en respuesta, ennegrecerla; y entonces, al no verse venir igual, acertaban de lleno y mataban a muchos de un solo tiro. Pero ni aun así, maltrechos, dejaban los judíos que los romanos levantaran los terraplenes con seguridad: valiéndose de toda astucia y audacia, de noche y de día lo estorbaban.
Concluidas las obras, los ingenieros midieron con plomo y cordel la distancia al muro, arrojándolos desde los terraplenes, pues no había otro modo, estando expuestos a los tiros desde arriba; y hallando que las helépolis podían alcanzarlo, las acercaron. Tito, apostando los ingenios arrojadizos más cerca, para que no apartaran los arietes del muro, ordenó golpear. Al retumbar de pronto por tres lados un estruendo tremendo en torno a la ciudad, se alzó un clamor de los de dentro y cayó el mismo espanto sobre los sediciosos. Viendo unos y otros común el peligro, decidieron hacer también común la defensa. Gritándose las facciones rivales que lo estaban haciendo todo en favor del enemigo, cuando lo que hacía falta —aunque Dios no les concediera una concordia duradera, al menos por el momento— era dejar de lado su mutua rivalidad y unirse contra los romanos, Shimón proclamó salvoconducto a los del Templo para pasar al muro, y Yojanán lo permitió, aunque desconfiado. Y ellos, echando en olvido el odio y sus propias querellas, se hicieron un solo cuerpo, y rodeando el muro lanzaban desde él fuego en abundancia contra las máquinas y, sin descanso, herían a los que empujaban las helépolis. Los más osados, saltando fuera en grupos, desgarraban los zarzos de las máquinas y, arrojándose sobre los que las manejaban, prevalecían poco por pericia y mucho por audacia.
El propio Tito acudía siempre a socorrer a los que apuraban, y apostando a cada lado de los ingenios la caballería y los arqueros, contenía a los que traían el fuego, rechazaba a los que disparaban desde las torres y mantenía activas las helépolis. Con todo, el muro no cedía a los golpes, salvo en cuanto el ariete de la decimoquinta legión conmovió el ángulo de una torre. El muro quedó intacto, pues no compartió de inmediato el peligro con la torre, que sobresalía mucho y no podía arrastrar con facilidad ninguna parte del recinto.
Cesando por un rato en sus salidas, y acechando a los romanos dispersos en las obras y por los campamentos —pues juzgaban que los judíos se habían retirado por fatiga y miedo—, salen todos de golpe junto a la torre Hípico por una puerta oculta, llevando fuego a las obras y decididos a avanzar contra los romanos hasta sus reductos. A su griterío, los que estaban cerca se reunieron al punto y los de lejos acudieron corriendo. La audacia de los judíos se adelantó al orden de los romanos, y poniendo en fuga a los primeros con que toparon, cargaron también sobre los que iban acudiendo. Se trabó una terrible batalla en torno a las máquinas, esforzándose unos por prenderles fuego y otros por impedirlo; el clamor de ambos bandos era confuso, y muchos de los que combatían en primera línea caían. Los judíos llevaban ventaja por su desesperación, y el fuego ya prendía en las obras, y todo habría corrido peligro de arder junto con los ingenios, de no haber resistido la mayoría de los soldados escogidos de Alejandría, portándose como hombres más allá de lo que de ellos se esperaba; pues aventajaron a los más renombrados en aquella batalla, hasta que César, tomando a los más aguerridos de la caballería, arremetió contra el enemigo. Él mismo mata a doce de los que peleaban en vanguardia, y, cediendo el resto de la multitud ante aquella desgracia, persiguiéndolos los empujó a todos hacia la ciudad y salvó las obras del fuego. Sucedió en esta batalla que fue apresado vivo un judío, a quien Tito mandó crucificar ante el muro, por si los demás, aterrados a la vista, se rendían. Tras la retirada, también Yojanán, el jefe de los idumeos, mientras hablaba delante del muro con cierto soldado conocido suyo, fue alcanzado en el pecho por la flecha de un árabe y murió al instante, dejando el mayor duelo a los idumeos y honda pena a los sediciosos, pues era hombre señalado por su brazo y por su inteligencia.
A la noche siguiente cayó también sobre los romanos un sobresalto inesperado. Pues habiendo mandado Tito construir tres torres de cincuenta codos, para, apostando una en cada terraplén, desalojar desde ellas a los del muro, sucedió que una se desplomó por sí sola en plena noche. Al alzarse un estruendo enorme, el pavor invadió al ejército, y creyendo que el enemigo los atacaba, todos corrieron a las armas. Hubo confusión y tumulto en las legiones, y como nadie sabía decir qué había ocurrido, largo rato anduvieron a la deriva, lamentándose; y sin que apareciera enemigo alguno, se aterraban unos a otros, y cada uno preguntaba a toda prisa la contraseña al que tenía al lado, como si los judíos hubieran irrumpido en los campamentos; parecían hombres cercados por un pánico, hasta que Tito, sabido lo ocurrido, mandó anunciarlo a todos, y a duras penas cesaron del desconcierto.
A los judíos, que en lo demás resistían con firmeza, las torres los maltrataban, pues desde ellas los batían con los ingenios más ligeros y con los venablistas, arqueros y lanzapiedras. Ni ellos alcanzaban a estos por la altura, ni había modo de tomar las torres, que ni se derribaban con facilidad por su peso ni podían incendiarse por el hierro con que estaban revestidas. Retirándose, pues, fuera del alcance de los tiros, ya no estorbaban los embates de los arietes, que, golpeando sin cesar, iban abriendo brecha poco a poco. Cediendo ya el muro a Nico —pues así, «el que todo lo vence», llamaron los propios judíos a la mayor helépolis de los romanos—, estaban ya de tiempo atrás rendidos por los combates y las guardias, pasando las noches lejos de la ciudad, y, por otra parte, por su indolencia y por deliberarlo todo mal, pareciéndoles superfluo aquel muro cuando quedaban tras él otros dos, se ablandaron y la mayoría se retiró. Y montando los romanos por donde Nico había roto, todos, abandonando las guardias, huyen al segundo muro. Los que habían cruzado, abriendo las puertas, dan entrada a todo el ejército. Y los romanos, dueños así del primer muro al decimoquinto día —era el siete del mes de Artemisio—, derriban gran parte de él y las zonas del norte de la ciudad, las que ya antes había arrasado Cestio.
Tito traslada su campamento hacia dentro, al llamado campamento de los Asirios, ocupando todo el espacio intermedio hasta el Cedrón, aunque manteniéndose del segundo muro tan lejos como fuera del alcance de los tiros. En seguida lanzó los ataques. Los judíos, repartidos, defendieron con firmeza el muro: los de Yojanán combatiendo desde la Antonia, desde el pórtico septentrional del Templo y ante los mausoleos del rey Alejandro, el suyo; y la tropa de Shimón, tomando a su cargo el sector junto al mausoleo de Yojanán el sumo sacerdote, se atrincheró hasta la puerta por donde el agua era conducida a la torre Hípico. Saltando muchas veces por las puertas, peleaban cuerpo a cuerpo, y rechazados hasta el muro, en los choques de mano en mano llevaban las de perder, por ser inexpertos en el arte de los romanos, pero se imponían en los combates de muralla. A unos los alentaba la pericia unida a la fuerza; a los judíos, la audacia alimentada por el miedo y su natural entereza en las desgracias. Se añadía, además, la esperanza de salvación, como también a los romanos la de vencer pronto. A ninguno de los dos alcanzaba el cansancio: ataques, combates de muralla y salidas por compañías se sucedían sin cesar durante todo el día, y no quedaba forma alguna de batalla por probar. La noche apenas daba reposo a quienes habían empezado al alba; era insomne para ambos y más penosa que el día: por temor unos de que el muro fuera tomado en cualquier momento, otros de que los judíos cayeran sobre los campamentos; y pasando ambos la noche sobre las armas, a las primeras luces estaban listos para el combate. Entre los judíos había porfía por quién, arrojándose primero al peligro, complacería a los jefes, y sobre todo era grande el respeto y el temor a Shimón, y de tal modo cada uno de sus súbditos se atenía a él, que estaban prontísimos incluso a quitarse la vida si él lo mandaba. A los romanos, en cambio, los movía a la valentía la costumbre de vencer y el no estar hechos a la derrota, la campaña continua, los ejercicios perpetuos y la grandeza del imperio, y, por encima de todo, Tito, presente siempre a todos y en todas partes. Pues aflojar estando presente y combatiendo a su lado el César parecía cosa terrible, y para quien peleaba bien allí estaba, como testigo, el mismo que había de honrarlo; y era ya ganancia el ser reconocido por César como valiente. Por eso muchos se mostraron, por su ardor, mejores que sus propias fuerzas.
En aquellos días, cuando los judíos se habían formado ante la muralla en apretada y firme columna, y ambas legiones aún se arrojaban dardos desde lejos, cierto Longino, uno de los jinetes, saltó fuera de la línea romana y se lanzó en medio de la falange de los judíos; y, dispersándose estos ante la embestida, mató a dos de los más valientes: a uno lo hirió de frente cuando le salía al paso; al otro, arrancando la lanza del primero, lo atravesó por el costado mientras se volvía en fuga; y de en medio de los enemigos corrió, sin una herida, hacia los suyos. Él quedó, pues, señalado por su valor, y muchos se hicieron émulos de su hombría.
Los judíos, despreocupados de padecer, solo miraban a causar daño, y la muerte les parecía levísima si sobrevenía junto con matar a alguno de los enemigos. Tito, en cambio, cuidaba de la seguridad de sus soldados no menos que de vencer, y, llamando locura al ímpetu irreflexivo —y valor únicamente al que va acompañado de previsión y de que quien obra nada padezca—, mandó que se mostraran valientes allí donde no hubiera peligro para ellos.
Él mismo acerca al torreón central de la muralla norte la helépolis —la torre de asalto—, donde cierto judío, un embaucador de nombre Cástor, estaba emboscado con otros diez semejantes, pues los demás habían huido a causa de los arqueros. Estos, por un tiempo, permanecían agazapados y quietos tras los parapetos; pero, al ceder la torre, se incorporaron, y Cástor, tendiendo las manos como si suplicara, llamaba al César y, lamentándose con la voz, le rogaba que se apiadase de ellos.
Tito, creyéndolo por candidez y esperando que ya los judíos se arrepentían, detiene la embestida del ariete e impide que los arqueros disparen a los suplicantes, y ordenó a Cástor que dijese lo que quería. Y como aquel dijera que deseaba bajar bajo garantía, Tito respondió que se alegraba de su buen juicio, y que se alegraría si ya todos pensaban así, y que estaba dispuesto a dar fe a la ciudad. De los diez, cinco fingían con él la súplica; los demás gritaban que jamás serían esclavos de los romanos, pudiendo morir libres.
Y prolongándose largo tiempo la disputa, se dilataba el asalto, y Cástor, enviando recado a Shimón, le decía que a placer deliberaba sobre los asuntos urgentes, dando a entender que se burlaba, y no por poco tiempo, del mando romano. Y mientras enviaba estos mensajes, era visible que llamaba también a los reacios a aceptar la garantía. Pero ellos, como indignados, desnudaron las espadas por encima de los parapetos y, golpeándose las propias corazas, cayeron como si estuvieran degollados.
Un estupor sobrecogió a Tito y a los que lo rodeaban ante el arrojo de aquellos hombres, y, no pudiendo desde abajo ver con exactitud lo sucedido, admiraban su audacia y compadecían su desdicha. En esto, alguien hiere a Cástor de un flechazo junto a la nariz, y él, arrancando al punto el dardo, se lo mostraba a Tito y se quejaba de sufrir cosas injustas. Y el César, indignado contra el que había disparado, envió a Josefo, que estaba a su lado, a dar a Cástor la diestra. Pero este dijo que ni él mismo iría —pues nada sano tramaban los que hacían la petición— y contuvo a los amigos que se habían lanzado a ir. Mas cierto Eneas, uno de los desertores, dijo que él mismo iría.
Y como Cástor llamara para que alguien recibiese también la plata que llevaba consigo, Eneas, con más presteza, corrió hacia él abriendo de par en par el pliegue del manto. Pero Cástor, alzando una piedra, se la arroja, y falló a este, que se guardó, mas hirió a otro soldado que se acercaba. El César, comprendiendo el engaño, reconoció que la compasión en la guerra es dañosa —pues lo más despiadado cae menos en las trampas del astuto— y, por ira ante la burla, hacía más poderosas las embestidas de la helépolis. Y como la torre cediera, los de Cástor le prenden fuego y, saltando a través de la llama a la cripta que había debajo, dieron de nuevo a los romanos impresión de valentía, como si se hubiesen arrojado ellos mismos al fuego.
Toma el César la muralla ese día, el quinto después del primero, y, huyendo de ella los judíos, pasa dentro con mil hoplitas y sus hombres escogidos, por donde, en la ciudad nueva, había mercados de lana, herrerías y un mercado de ropa, y las callejuelas descendían oblicuas hacia la muralla. Si entonces, o hubiera derribado enseguida mayor parte del muro, o, habiendo entrado, hubiera saqueado según ley de guerra lo conquistado, ninguna desgracia, creo, se habría mezclado a su victoria. Pero, esperando avergonzar a los judíos cuando podía dañarlos con no quererlo, no ensanchó la entrada para una retirada fácil; pues no suponía que fueran a maquinar contra él aquellos a quienes creía beneficiar.
Así, una vez dentro, ni permitió matar a ninguno de los que se apresaban ni incendiar las casas, sino que a los sediciosos, si querían combatir sin daño del pueblo, les ofrecía salida franca, y al pueblo prometía dar sus bienes; pues tenía por lo más importante salvar la ciudad para sí, y el Templo para la ciudad. El pueblo estaba dispuesto a lo que él proponía, y lo estaba desde tiempo atrás; mas a los combatientes la clemencia les parecía debilidad, y suponían que Tito ofrecía esto por incapacidad de tomar el resto de la ciudad.
Amenazando de muerte a los ciudadanos si alguno de ellos mencionaba la rendición, y degollando a los que susurraban la paz, atacan también a los romanos que habían entrado: unos saliéndoles al paso por las callejuelas, otros desde las casas, otros lanzándose fuera de la muralla por las puertas de arriba. Ante ellos, turbados los guardias de la muralla, saltaban de las torres y se retiraban a los campamentos. Había un clamor: de los de dentro, cercados por todas partes por los enemigos, y de los de fuera, temerosos por los que quedaban atrás. Y los judíos, aumentando sin cesar en número y llevando gran ventaja por su conocimiento de las callejuelas, herían a muchos y, cayendo sobre ellos, los empujaban afuera.
Ellos aguantaban en su mayor parte por necesidad, pues no era posible escapar en masa por la estrechez de la brecha, y se cree que habrían sido despedazados todos los que habían entrado si Tito no hubiera acudido en su ayuda. Pues, apostando a los arqueros en los extremos de las callejuelas y situándose él mismo en el punto de mayor gentío, contenía a los enemigos con los proyectiles, y con él Domicio Sabino, hombre valeroso que también en esta batalla se mostró tal. Permaneció el César tirando sin cesar e impidiendo a los judíos pasar, hasta que se retiraron todos los soldados.
Los romanos, tras haberse así apoderado de la segunda muralla, fueron expulsados, y los ánimos de los combatientes por toda la ciudad se exaltaron, y andaban engreídos por el éxito, creyendo que ni los romanos se atreverían ya a entrar en la ciudad, ni ellos, si entraban, serían vencidos. Pues Dios les oscurecía el entendimiento a causa de sus iniquidades, y no veían ni cuánto mayor era la fuerza romana que quedaba respecto de la expulsada, ni el hambre que se les venía deslizando encima; pues aún les cabía comer de las desgracias públicas y beber la sangre de la ciudad, pero la penuria oprimía desde tiempo atrás a los buenos, y por la escasez de lo necesario muchos se consumían.
La destrucción del pueblo la tenían los sediciosos por un alivio para sí mismos; pues juzgaban que solo debían salvarse quienes no buscaban la paz y habían elegido vivir contra los romanos, y, al contrario, se gozaban de que la muchedumbre opuesta se consumiese como si fuera enemiga bárbara. Tales eran para con los de dentro. A los romanos, en cambio, que de nuevo intentaban la entrada, los rechazaban, atrincherándose y rehaciendo con sus cuerpos lo que había sido derribado; durante tres días resistieron defendiéndose con firmeza, mas al cuarto no soportaron a Tito, que atacaba con brío, sino que, forzados, huyen adonde también antes. Él, apoderándose de nuevo de la muralla, derribó enseguida toda la parte septentrional y, apostando guarniciones en las torres de la parte meridional, pensó atacar la tercera.
Decidido a suspender por poco el asedio y dar a los sediciosos un plazo de deliberación —por si cedían algo ante la demolición de la segunda muralla, o por temor al hambre, pues no por mucho tiempo les bastaría el pillaje—, empleó la tregua para lo conveniente. Pues, llegado el plazo fijado en que debía repartir la paga a los soldados, mandó a los jefes que, a la vista de los enemigos, formaran la tropa y contaran a cada uno su dinero. Y ellos, según la costumbre, descubriendo las armas, que hasta entonces guardaban cubiertas en fundas, avanzaron revestidos de sus corazas, y los jinetes conduciendo sus caballos engalanados.
En gran extensión, el terreno ante la ciudad relumbraba de plata y de oro, y de aquel espectáculo nada hubo más grato para los suyos ni más temible para los enemigos. Pues se llenaron de espectadores toda la antigua muralla y el lado norte del Templo, y podían verse las casas repletas de gente que se asomaba, y nada de la ciudad que no quedara cubierto por la multitud se dejaba ver. Un pasmo terrible cayó aun sobre los más audaces, al ver toda la fuerza reunida en un mismo punto, la belleza de las armas y el buen orden de los hombres; y me parece que los sediciosos habrían cambiado ante aquella vista, si no hubieran desesperado del perdón de los romanos por el exceso de males que habían hecho al pueblo. Y como les aguardaba la muerte con castigo si desistían, tenían por muy preferible la muerte en la guerra. Y el destino prevalecía: que los inocentes perecieran con los culpables, y la ciudad con la sedición.
Durante cuatro días, pues, los romanos, legión por legión, siguieron recibiendo la paga; pero al quinto, como nada pacífico llegaba de parte de los judíos, Tito, dividiendo en dos las legiones, comenzó los terraplenes junto a la Antonia y junto al monumento de Yojanán, pensando tomar por aquí la ciudad alta, y el Templo por la Antonia; pues, de no ser tomada esta, tampoco era sin peligro retener la ciudad. En cada uno de los dos lugares se levantaban dos terraplenes, uno por cada legión. Y a los que trabajaban junto al monumento los estorbaban, saliendo a la carga, los idumeos y la tropa armada de Shimón; y a los que estaban ante la Antonia, los de Yojanán y la muchedumbre de los zelotes. Llevaban ventaja no solo peleando cuerpo a cuerpo desde lugares más altos, sino que ya habían aprendido a manejar las máquinas, pues el trato diario alimentó poco a poco su pericia. Tenían trescientas catapultas de dardos y cuarenta lanzapiedras, con las cuales hacían penosos a los romanos los terraplenes.
Tito, sabiendo que a él le importaba tanto salvar la ciudad como su destrucción, a la vez apretaba el asedio y no descuidaba exhortar a los judíos al arrepentimiento; y mezclaba a los trabajos el consejo, y, sabiendo muchas veces que la palabra es más eficaz que las armas, él mismo los exhortaba a salvarse entregando la ciudad ya prácticamente tomada, y hacía bajar a Josefo para que hablara en la lengua patria, pensando que quizá cederían ante un compatriota.
Este, recorriendo la muralla e intentando estar fuera del alcance de los dardos pero al alcance del oído, mucho les rogaba que se compadecieran de sí mismos y del pueblo, que se compadecieran de la patria y del Templo, y que no se mostraran ante ello más insensibles que los extranjeros. Pues los romanos, que no tenían parte en ellas, respetaban las cosas santas de sus enemigos y hasta ahora contenían las manos, mientras que los criados entre ellas, aun si se salvaran, serían los únicos que se habían lanzado a su destrucción. Que veían caídas sus murallas más fuertes, y que la que restaba era más débil que las ya tomadas; y que conocían la fuerza irresistible de los romanos, y no les era inexperto el servirles. Pues, aun si es hermoso combatir por la libertad, había que haberlo hecho al principio; pero, una vez caídos bajo el yugo y habiendo cedido por largos tiempos, sacudirlo después es propio de quienes mueren de mala muerte, no de amantes de la libertad.
Que era deshonroso, en efecto, someterse a señores más viles, pero no a aquellos bajo cuya mano está todo. Pues ¿qué había escapado a los romanos, salvo, tal vez, algo inútil por el calor o el frío? Que la fortuna había pasado a ellos desde todas partes, y que Dios, haciendo girar el imperio de nación en nación, estaba ahora sobre Italia. Que se había fijado una ley, poderosísima tanto entre las fieras como entre los hombres: ceder ante los más fuertes, y que el dominio es de aquellos en cuyas manos está el vigor de las armas. Por eso también sus antepasados —superiores en almas, en cuerpos y aun en los demás recursos— cedieron a los romanos, lo que no habrían soportado de no haber sabido que Dios estaba con estos.
¿Y en qué confiaban ellos para resistir, tomada ya la ciudad en su mayor parte, y estando los de dentro, aunque las murallas se mantuvieran, en peor situación que la de una toma? Pues no se les ocultaba a los romanos el hambre en la ciudad, por la cual ahora perecería el pueblo, y dentro de no mucho también los combatientes. Pues, aun si los romanos cesaran del asedio y no cayeran sobre la ciudad con las espadas, tenían de todos modos, sentada dentro junto a ellos, la guerra invencible, que a cada hora se cebaba, a no ser que pudieran también alzar las armas contra el hambre y combatir —los únicos— y vencer los padecimientos.
Añadía que era hermoso mudar de parecer antes de la desgracia irremediable e inclinarse hacia la salvación mientras era posible; pues ni siquiera les guardarían rencor los romanos por lo sucedido, con tal de que no se obstinaran hasta el fin, porque por naturaleza eran benignos en la victoria y antepondrían la conveniencia a la ira. Y esto era no tener la ciudad vacía de hombres ni el país desierto. Por eso también ahora quería el César darles la diestra; pues a nadie salvaría si tomaba la ciudad por la fuerza, sobre todo no habiéndole obedecido ni en las extremas desgracias, cuando los llamaba. Que la tercera muralla sería tomada pronto, prueba de ello eran las ya tomadas; y, aunque el baluarte fuera inexpugnable, el hambre combatiría por los romanos contra ellos.
Mientras Josefo daba estos consejos, muchos se burlaban desde la muralla, muchos lo injuriaban y algunos le arrojaban dardos. Y él, como no los persuadía con exhortaciones abiertas, pasó a las historias de su propia estirpe.
«¡Ah, cobardes —gritaba—, olvidadizos de vuestros propios aliados! ¿Con las armas y con las manos guerreáis contra los romanos? Pues ¿a qué otro enemigo vencimos jamás de ese modo? ¿Cuándo Dios, que nos creó, no fue vengador de los judíos cuando se los agraviaba? ¿No os volveréis a mirar desde dónde partís para combatir, y a qué aliado tan grande habéis mancillado? ¿No recordaréis las obras divinas de vuestros padres, y cuán grandes guerras derribó por nosotros, en tiempos antiguos, este lugar sagrado? Yo tiemblo al referir las obras de Dios a oídos indignos; pero oíd, no obstante, para que sepáis que no solo hacéis la guerra a los romanos, sino también a Dios.
«El rey de los egipcios de entonces, Necao —el mismo que se llamaba también Paró—, bajó con una hueste innumerable y arrebató a la reina Sará, la madre de nuestra estirpe. ¿Qué hizo entonces Avraham, su marido y antepasado nuestro? ¿Acaso rechazó al ultrajador con las armas, teniendo trescientos dieciocho capitanes y bajo cada uno de ellos una fuerza incontable? ¿O los tuvo por un desierto sin la presencia de Dios y, alzando puras las manos hacia el lugar que vosotros ahora habéis mancillado, alistó para sí a aquel invencible auxiliador? ¿No fue devuelta la reina, intacta, a su marido tras una sola tarde, mientras el egipcio, adorando el lugar que vosotros habéis ensangrentado con matanza fratricida y temblando por las visiones de la noche, huía y regalaba con plata y oro a los hebreos amados de Dios?
«¿Diré la emigración de nuestros padres a Mitsraim? ¿No fue que, tiranizados y sometidos a reyes extranjeros durante cuatrocientos años, pudiendo defenderse con las armas y con las manos, se entregaron a sí mismos a Dios? ¿Quién no conoce a Mitsraim colmada de toda alimaña y arruinada por toda enfermedad, la tierra estéril, el Nilo que faltaba, las diez plagas sucesivas, y a nuestros padres, por causa de ellas, enviados con escolta, sin sangre y sin peligro, a quienes Dios conducía como servidores de su santuario?
«Y el arca sagrada, arrebatada por los filisteos, ¿no gimió por ella Filistea y Dagón, su ídolo, y no gimió todo el pueblo de los que la habían robado, los cuales, pudriéndoseles las partes ocultas del cuerpo y arrojando por ellas las entrañas junto con los alimentos, la devolvieron con las mismas manos que la habían saqueado, aplacando lo sagrado con el son de címbalos y de tambores y con toda clase de ofrendas propiciatorias? Dios era quien capitaneaba esto para nuestros padres, porque, dejando a un lado las manos y las armas, le confiaron a él el juzgar la contienda.
«El rey de los asirios, Senaquerib, cuando, arrastrando tras de sí toda Asia, acampó en torno a esta ciudad, ¿acaso cayó por manos humanas? ¿No estaban las manos, en reposo de las armas, entregadas a la oración, mientras un ángel de Dios en una sola noche aniquilaba aquel ejército sin número? Y al levantarse al día siguiente, el asirio halló ciento ochenta y cinco mil cadáveres, y con los que quedaban huyó de los hebreos, que estaban desarmados y no lo perseguían.
«Conocéis también la esclavitud en Bavel, donde el pueblo, desterrado durante setenta años, no se irguió hacia la libertad antes de que Ciro concediera esto a Dios: fueron enviados de vuelta por él y de nuevo sirvieron como ministros de su aliado. Y, para decirlo en suma, no hay nada que nuestros padres lograran por las armas, ni que perdieran sin ellas cuando lo confiaron a Dios; pues, permaneciendo en su sitio, vencían según le parecía al Juez, mas combatiendo tropezaron siempre.
«Así, cuando el rey de los babilonios sitiaba esta ciudad, Tsidkiyahu, nuestro rey, al entrar en batalla contra las profecías de Yirmiyahu, fue él mismo capturado y vio la ciudad, con el Templo, arrasada; y eso que aquel rey era mucho más comedido que vuestros jefes, y el pueblo bajo él, más que vosotros. Pues, aunque Yirmiyahu clamaba que eran aborrecidos de Dios por sus faltas contra él, y que serían tomados si no entregaban la ciudad, ni el rey ni el pueblo lo mataron. Pero vosotros —por callar lo de dentro, pues no podría yo expresar dignamente vuestras iniquidades— a mí, que os exhorto a la salvación, me injuriáis y me apedreáis, irritados por el recuerdo de vuestros pecados y sin soportar siquiera las palabras de aquello que a diario hacéis.
«Y así, cuando Antíoco, el llamado Epífanes, acampaba junto a la ciudad tras haber ultrajado gravemente a la Divinidad, los antepasados salieron con las armas: ellos mismos fueron degollados en la batalla, la ciudad fue saqueada por el enemigo y el santuario quedó desolado tres años y seis meses. ¿Y qué falta decir lo demás?
«Pero ¿quién alistó a los romanos contra la nación? ¿No fue la impiedad de los naturales? ¿Y de dónde comenzó nuestra esclavitud? ¿Acaso no de la sedición de nuestros antepasados, cuando la locura de Aristóbulo y de Hircano y su mutua discordia trajeron a Pompeyo contra la ciudad, y Dios sometió a quienes no eran dignos de libertad a los romanos? Sitiados apenas tres meses, se entregaron, y eso sin haber pecado contra las cosas santas y las leyes tanto como vosotros, y usando pretextos mucho mayores para la guerra.
«¿Y no sabemos el fin de Antígono, el hijo de Aristóbulo, bajo cuyo reinado Dios de nuevo llevó al cautiverio al pueblo que faltaba, y Herodes, el hijo de Antípatro, trajo a Sosio, y Sosio, un ejército de romanos, y, cercados durante seis meses, fueron sitiados hasta que, pagando el castigo de sus pecados, fueron tomados y la ciudad fue saqueada por el enemigo? Así, jamás le fueron dadas las armas a la nación, sino que al hacer la guerra le está del todo aparejado también el ser tomada.
«Pues es preciso, creo, que quienes habitan un lugar sagrado lo confíen todo al juicio de Dios y desprecien entonces la mano humana, cuando hayan persuadido al Juez de lo alto. Mas ¿qué de lo bendecido por el Legislador habéis cumplido vosotros? ¿Qué de lo por él maldecido habéis omitido? ¿Cuánto más impíos sois que los que fueron tomados más pronto? ¿No habéis deshonrado los pecados ocultos —hablo de hurtos, de emboscadas, de adulterios—, y rivalizáis en rapiñas y muertes, y abrís caminos nuevos de maldad? El Templo se ha vuelto receptáculo de todo, y por manos fratricidas ha sido mancillado el recinto divino, al que hasta los romanos veneraban de lejos, relajando muchas de sus propias costumbres en favor de vuestra ley.
«¿Y después de esto esperáis al aliado a quien habéis ofendido? Muy justos suplicantes sois, en verdad, y con manos limpias invocáis a vuestro auxiliador. ¿Con manos tales suplicó nuestro rey contra el asirio, cuando Dios tendió por tierra aquel gran ejército en una sola noche? ¿Y hacen los romanos cosas semejantes a las del asirio, para que esperéis un castigo semejante contra ellos? ¿No fue aquel quien, recibiendo dinero de nuestro rey a condición de no saquear la ciudad, bajó, contra sus juramentos, a incendiar el Templo, mientras los romanos solo piden el tributo acostumbrado que nuestros padres pagaron a los padres de ellos? Y obtenido este, ni saquean la ciudad ni tocan las cosas santas, sino que os conceden lo demás —descendencia libre y el disfrute de vuestras posesiones— y os conservan las leyes sagradas.
«Locura es esperar que Dios sea con los justos tal como se mostró contra los injustos. Sabe también vengar al instante cuando es menester: a los asirios que habían acampado la primera noche, los quebrantó. De modo que, si hubiera juzgado a nuestra generación digna de libertad, o a los romanos dignos de castigo, al punto habría caído sobre ellos como sobre los asirios: cuando Pompeyo tocó a la nación, cuando después de él subió Sosio, cuando Vespasiano asolaba Galilea y, por último, ahora, cuando Tito se acercó a la ciudad.
«Y sin embargo, Magno y Sosio, además de no sufrir daño alguno, tomaron la ciudad por la fuerza, y Vespasiano hasta su reinado comenzó a partir de la guerra contra nosotros. Pues para Tito manan más caudalosas las fuentes que antes se os habían secado a vosotros: antes de su llegada, sabéis que Shiloaj se agotaba, y todas las que hay delante de la ciudad, de suerte que el agua se compraba por ánforas; y ahora corren tan abundantes para vuestros enemigos, que bastan no solo para ellos y sus bestias, sino aun para los huertos.
«Este prodigio ya se experimentó antes, ocurrido en la toma de la ciudad, cuando marchó contra ella el babilonio ya mencionado, que, habiéndola tomado, la incendió con el Templo, aunque los de entonces, creo, no habían cometido impiedad tan grande como vosotros. De modo que yo pienso que lo divino ha huido de los lugares santos y se halla del lado de aquellos contra quienes ahora combatís.
«Un hombre bueno huirá de una casa disoluta y aborrecerá a los que en ella moran; ¿y vosotros aún creéis que Dios permanece entre los males domésticos, él que todo lo oculto vigila y oye lo que se calla? Pero ¿qué se calla entre vosotros, o qué se esconde? ¿Qué no se ha hecho manifiesto incluso a los enemigos? Pues desfiláis quebrantando la ley y a diario porfiáis por quién resulta peor, haciendo alarde de la injusticia como si fuera virtud. Y, con todo, aún queda un camino de salvación, si queréis, y la Divinidad es fácil de reconciliar con quienes confiesan y se arrepienten.
«¡Oh, hombres de hierro, arrojad las armaduras, tened ya vergüenza de la patria que se derrumba, volveos y contemplad la hermosura de aquello que traicionáis! ¡Qué ciudad, qué Templo, cuántos dones de tantas naciones! ¿Contra esto guía alguien una llama? ¿Esto quiere alguien que ya no exista? ¿Y qué hay más digno de ser salvado que esto, oh vosotros, inflexibles y más insensibles que las piedras?
«Y si no veis esto con ojos verdaderos, tened al menos piedad de vuestras propias descendencias, y pónganse ante los ojos de cada uno los hijos, la mujer y los padres, a quienes dentro de poco consumirá o el hambre o la guerra. Sé que corren peligro conmigo mi madre, mi mujer, un linaje no oscuro y una casa antaño ilustre, y quizá penséis que por esto os aconsejo. ¡Matadlos!, tomad como paga de vuestra propia salvación mi sangre; también yo estoy dispuesto a morir, si después de mí vais a entrar en razón.»
Mientras Josefo clamaba entre lágrimas tales cosas, los sediciosos ni cedieron ni juzgaron segura la mudanza; pero el pueblo se movió hacia la deserción. Y unos, vendiendo sus bienes por muy poco, otros los más costosos de sus objetos preciosos —las piezas de oro, para no ser descubiertos por los bandidos, se las tragaban—, luego, escapándose hacia los romanos, cuando las expulsaban tenían con qué proveerse de lo que necesitaban. Pues Tito dejaba ir a los más al campo, adonde cada uno quería, y esto mismo animaba más a la deserción, ya que se librarían de los males de dentro y no servirían a los romanos.
Pero los de Yojanán y Shimón vigilaban las salidas de estos más que las entradas de los romanos, y a cualquiera que diera tan solo una sombra de sospecha, al punto lo degollaban. Para los pudientes, incluso quedarse equivalía a la perdición, pues, con el pretexto de la deserción, se mataba a alguno por su hacienda. Con el hambre crecía a la par la insania de los sediciosos, y a diario se atizaban ambos males. Pues grano no había a la vista en ninguna parte; irrumpían y registraban las casas, y luego, si lo hallaban, maltrataban a los dueños por haberlo negado; si no lo hallaban, los torturaban por haberlo escondido con más cuidado. Prueba de si tenían o no la tenían los cuerpos de aquellos desdichados: los que aún se mantenían enteros parecían disponer de alimento, mientras que a los que ya se consumían se los dejaba pasar, y parecía absurdo matar a quienes iban a morir enseguida de indigencia.
Muchos, a escondidas, trocaron sus posesiones por una medida de trigo, si acaso eran más ricos, y los más pobres por una de cebada; luego, encerrándose en lo más recóndito de las casas, unos, por extrema necesidad, comían el grano sin trabajar, y otros lo cocían según aconsejaban la necesidad y el miedo. Y en ninguna parte se ponía mesa, sino que, retirando del fuego los alimentos aún crudos, los devoraban con ansia.
Lamentable era el alimento y digno de lágrimas el espectáculo: los más fuertes se llevaban la mejor parte y los débiles gemían. A todos los padecimientos sobrepuja el hambre, y nada destruye tanto como el pudor; pues lo que en otro caso sería digno de respeto, en este se desprecia. Así, esposas a maridos, y niños a padres, y —lo más lastimoso— madres a criaturas de pecho les arrebataban el alimento de la propia boca, y, mientras sus seres más queridos se marchitaban en sus manos, no había reparo en quitarles las gotas de la vida.
Mas, aun comiendo de tal modo, no pasaban inadvertidos: por todas partes se presentaban los sediciosos también a las rapiñas de estos. Pues, cuando divisaban una casa cerrada, era señal de que los de dentro tomaban alimento; y al punto, forzando las puertas, irrumpían, y por poco no arrancaban de las mismas gargantas los bocados que hacían subir. Eran golpeados los ancianos que se aferraban a la comida, y arrastradas por los cabellos las mujeres que ocultaban lo que tenían en las manos. No había compasión de las canas ni de las criaturas, sino que, alzando a los niños colgados de los mendrugos, los sacudían contra el suelo. Y con los que se habían adelantado a su irrupción y habían tragado de antemano lo que iba a ser saqueado, eran más crueles, como si hubieran sido agraviados.
Discurrían terribles caminos de tormentos para la búsqueda del alimento: taponaban con arvejas a los desdichados los conductos de las partes pudendas, y les atravesaban las sentaderas con varas afiladas; y cosas espantosas aun de oír padecía alguno por la confesión de un solo pan, y para que denunciara un puñado escondido de harina de cebada. Y los torturadores no tenían hambre —pues menos cruel habría sido lo hecho por necesidad—, sino que ejercitaban su insania y se preparaban de antemano provisiones para los días siguientes. Y a los que de noche se deslizaban hacia los puestos de guardia de los romanos para recoger verduras silvestres y hierba, saliéndoles al encuentro cuando ya creían haber escapado de los enemigos, les arrebataban lo que traían; y muchas veces, aunque suplicaban e invocaban el temible nombre de Dios para que les cedieran alguna parte de lo que con peligro habían traído, no les cedían nada en absoluto; y era de agradecer no perecer, además, por lo saqueado.
Los más humildes, pues, tales cosas padecían a manos de los lanceros; mas los de dignidad y riqueza eran llevados ante los tiranos. De estos, unos eran destruidos bajo la falsa acusación de conjuras, otros como si entregaran la ciudad a los romanos, y lo más socorrido era un delator supuesto que afirmaba que habían resuelto desertar. Al despojado por Shimón lo enviaban a Yojanán, y al saqueado por Yojanán lo recibía Shimón; se brindaban uno a otro con la sangre de los ciudadanos y se repartían los cadáveres de aquellos desdichados. En el afán de dominio había entre ambos discordia, pero en las impiedades, concordia; pues el que no daba al otro parte de los males ajenos parecía singularmente perverso, y el que no recibía parte se dolía de verse privado de la crueldad como de algún bien.
Recorrer una por una sus iniquidades es imposible; mas, para decirlo en suma, ni otra ciudad ha padecido cosas tales, ni ha habido desde el principio de los siglos generación más fecunda en maldad, los cuales, al fin, hasta despreciaban la estirpe de los hebreos, para parecer menos impíos ante los extraños, y confesaron ser lo que eran: esclavos, gentuza mezclada y bastardos desechos de la nación. Ellos mismos trastornaron la ciudad y forzaron a los romanos, contra su voluntad, a inscribirse en un lúgubre triunfo, y por poco no arrastraron sobre el Templo el fuego que se demoraba. En efecto, viéndolo arder desde la ciudad alta, ni se dolieron ni lloraron; antes bien, estos sentimientos se hallaron entre los romanos. Y de esto hablaremos más adelante, en su lugar, con la demostración de los hechos.
Para Tito los terraplenes progresaban, aunque los soldados eran muy dañados desde la muralla; y él mismo, enviando una parte de la caballería, ordenó que tendieran emboscadas a los que salían por los barrancos en busca de alimento. Había algunos también de los combatientes que ya no se bastaban con el pillaje, y en su mayor parte pobres del pueblo, a quienes el temor por los suyos apartaba de desertar; pues ni esperaban pasar inadvertidos a los sediciosos huyendo con mujeres e hijos, ni soportaban dejar a los bandidos a estos, que serían degollados en lugar de ellos; mas el hambre los hacía audaces para las salidas, y les quedaba ser apresados mientras pasaban inadvertidos a los enemigos. Y, tomados por necesidad, se defendían, y tras el combate suplicar parecía ya fuera de tiempo. Azotados, pues, y torturados antes de la muerte con todo suplicio, eran crucificados frente a la muralla.
A Tito el padecimiento le parecía lastimoso, pues eran apresados quinientos cada día, y a veces aun más; pero ni era seguro soltar a los tomados por la fuerza, y guardar a tantos veía que sería poner una guardia sobre los guardianes; con todo, en su mayor parte no lo impedía, quizá esperando que cederían ante la vista, por haber de padecer lo mismo si no se entregaban. Los soldados clavaban a los apresados, por ira y por odio, a uno en una postura, a otro en otra, para escarnio; y por la muchedumbre faltaba sitio para las cruces, y cruces para los cuerpos.
Los sediciosos, en cambio, tan lejos estuvieron de mudarse ante el padecimiento, que al contrario ellos mismos urdieron un ardid contra el resto de la muchedumbre. Pues, arrastrando a la muralla a los parientes de los desertores y a aquellos ciudadanos que se inclinaban a darse por fe, les mostraban lo que padecen los que se acogen a los romanos, y llamaban a los apresados suplicantes, no cautivos. Esto retuvo a muchos de los que estaban dispuestos a desertar, hasta que se supo la verdad; y hay quienes incluso al punto huyeron, como hacia un castigo seguro, teniendo la muerte a manos de los enemigos por un descanso en comparación con el hambre.
Tito, habiendo mandado cortar las manos a muchos de los apresados —para que no parecieran desertores y se les creyera a causa de la desgracia—, los envió a Shimón y a Yojanán, exhortándolos a que ya, por fin, desistieran y no lo forzaran a la destrucción de la ciudad, sino que ganaran, con un arrepentimiento a última hora, sus propias vidas, tan gran patria y un Templo que con ningún otro comparten. Y, recorriendo los terraplenes, apremiaba a los trabajadores, como quien no tardaría en seguir sus palabras con las obras.
A esto injuriaban desde la muralla al César mismo y a su padre, y gritaban que despreciaban la muerte —pues cada uno la había escogido noblemente antes que la esclavitud—, y que harían a los romanos cuantos males pudieran mientras alentaran, y que no les importaba una patria que, según él mismo decía, había de perecer, y que, destruido el Templo, mejor templo para Dios que este era el universo. Que, sin embargo, también este sería salvado por Aquel que en él habita, a quien teniendo por aliado se burlarían de toda amenaza que se quedara corta de obras; pues el desenlace era de Dios. Tales cosas gritaban, mezclándolas con injurias.
En esto llegaba también Antíoco Epífanes, con muchos otros hoplitas y en torno a sí una tropa llamada «de los macedonios», todos de una misma edad, altos, poco más que muchachos, armados y adiestrados al modo macedonio, de donde tomaban también el apelativo, aunque los más quedaban por debajo de aquella raza.
Pues resultó que el rey de Comagene fue el más afortunado de cuantos reyes había bajo Roma, antes de probar el cambio de fortuna; pero también él demostró, ya en la vejez, que a nadie debe llamarse dichoso antes de su muerte. Su hijo, en cambio, entonces en la plenitud de sus fuerzas y allí presente, decía extrañarse de por qué los romanos vacilaban en acercarse a la muralla. Era él mismo un guerrero, temerario por naturaleza y de tal vigor que rara vez erraba en sus audacias. Tito, sonriendo, respondió que el esfuerzo era de todos; y Antíoco, tal como estaba, se lanzó con sus macedonios contra la muralla.
Él, por su fuerza y su experiencia, se protegía de los proyectiles de los judíos mientras disparaba contra ellos; pero sus muchachos fueron destrozados casi todos, salvo unos pocos, pues por pundonor ante lo prometido porfiaban en el combate. Y al fin se retiraron muchos heridos, comprendiendo que aun a los verdaderos macedonios, si querían vencer, les hacía falta la fortuna de Alejandro.
Los romanos, que habían comenzado el día doce del mes de Artemisio, apenas terminaron los terraplenes el veintinueve, tras diecisiete días de trabajo sin descanso. Se levantaron cuatro grandes terraplenes: uno de ellos, frente a la Antonia, lo alzó la quinta legión hacia el centro de la alberca llamada Estrutio; el otro lo levantó la duodécima, a unos veinte codos de distancia. La décima legión, muy alejada de estas por el lado norte, trabajaba junto a la alberca llamada Amígdalon; y la decimoquinta, a unos treinta codos de ella, junto al mausoleo del sumo sacerdote.
Cuando ya los acercaban, Yojanán, por dentro, había cavado una galería subterránea bajo la que llevaba a la Antonia, hasta debajo de los terraplenes, y, apuntalando el túnel con maderos, dejó las obras en vilo; luego metió allí materia untada de pez y betún y le prendió fuego. Consumidos los maderos, la galería cedió de golpe y, con estrépito enorme, los terraplenes se desplomaron dentro de ella. Al principio, con el polvo, se alzó un humo denso, pues el derrumbe sofocaba el fuego; pero al ir consumiéndose la masa que lo oprimía, pronto brotó una llama a la vista de todos.
Los romanos quedaron atónitos por lo repentino y abatidos por el ingenio del ardid; y a quienes ya se creían vencedores, lo sucedido les heló también la esperanza en el porvenir. Combatir el fuego parecía inútil, pues aunque lo apagaran, los terraplenes ya habían sido tragados.
Dos días después, los hombres de Shimón atacaron los otros terraplenes; pues los romanos, tras acercar allí sus torres de asalto, sacudían ya la muralla. Un tal Tefteo, de la ciudad de Garis, en Galilea; Magasaro, servidor de la casa real de Mariamna; y con ellos un adiabeno, hijo de Nabateo, apodado por su suerte Jaguiras —que significa «el cojo»—, tomaron antorchas y saltaron adelante contra las máquinas. En toda esta guerra no salieron de la ciudad hombres más audaces ni más temibles que estos. Como si corrieran al encuentro de amigos y no de una masa de enemigos, ni titubearon ni retrocedieron, sino que, lanzándose por en medio de los adversarios, prendieron fuego a las máquinas. Aunque los cubrían de proyectiles y los rechazaban por todas partes a golpes de espada, no se apartaron del peligro hasta que el fuego prendió en los ingenios.
Cuando ya la llama subía, los romanos acudían corriendo desde los campamentos; pero los judíos, desde la muralla, se lo impedían y se trababan con quienes intentaban apagarla, sin ahorrar en nada sus propios cuerpos. Los romanos tiraban de las torres de asalto para arrancarlas del fuego, mientras ardían los zarzos que las cubrían; los judíos, en cambio, aun a través de la llama se aferraban a ellas y, pese a estar el hierro al rojo, agarraban los arietes y no los soltaban. De estas máquinas el fuego se propagó a los terraplenes y se anticipó a los que acudían a defenderlos.
Entretanto, los romanos, rodeados por las llamas y perdida ya la esperanza de salvar las obras, se replegaron a los campamentos. Los judíos apretaban el ataque, cada vez más numerosos por los refuerzos que llegaban de dentro, y, envalentonados por el triunfo, daban rienda suelta a su furia sin medida; llegaron incluso hasta las defensas y ya se trababan con los centinelas. Hay una guardia que, por turnos, se mantiene apostada delante del campamento, y pesa sobre ella una ley romana terrible: el que abandona su puesto, sea cual sea la causa, muere. Estos, prefiriendo una muerte con honor a una muerte con castigo, se mantuvieron firmes; y ante su forzada entereza, muchos de los que huían volvieron sobre sus pasos, avergonzados.
Colocando además los lanzadardos sobre la muralla, contenían a la multitud que salía de la ciudad, gente que no se cuidaba en nada de su seguridad ni de proteger sus cuerpos; pues los judíos se trababan con cuantos hallaban y, arrojándose sin reparo sobre las puntas de las lanzas, golpeaban al enemigo con sus propios cuerpos. No prevalecían tanto por sus hechos cuanto por su arrojo, y los romanos cedían más ante su audacia que ante el daño recibido.
Ya llegaba Tito desde la Antonia, adonde se había apartado para reconocer un emplazamiento para otros terraplenes; y, tras reprender con dureza a los soldados —pues, dueños ya de las murallas enemigas, ponían en riesgo las propias y soportaban ellos mismos la suerte de sitiados, habiendo soltado a los judíos contra sí como quien abre una prisión—, se lanzó él mismo con sus tropas escogidas a atacar de flanco al enemigo. Los judíos, atacados de frente y volviéndose contra él, resistían. Al mezclarse las líneas, el polvo cegaba los ojos y el griterío ensordecía los oídos, y ninguno de los dos bandos podía ya distinguir al enemigo del amigo. Los judíos ya no aguantaban tanto por su fuerza cuanto por la desesperación de salvarse; y a los romanos les daba nuevos bríos el pundonor —por su gloria y por sus armas, y porque el César combatía en el puesto de mayor peligro—. De modo que, a mi juicio, al final, por el exceso de su furia, los romanos habrían llegado a apoderarse de toda la muchedumbre de los judíos, si estos, adelantándose al momento decisivo de la batalla, no se hubieran retirado a la ciudad.
Destruidos los terraplenes, los romanos quedaron abatidos por haber perdido en una sola hora el fruto de tan largo esfuerzo; y muchos desesperaban ya de que la ciudad pudiera tomarse por los medios habituales.
Tito deliberó con sus oficiales. A los más ardorosos les parecía que había que emplear todas las fuerzas y probar la muralla por asalto directo: pues hasta entonces solo se había peleado con los judíos por partes, pero si atacaban todos a la vez, ni siquiera resistirían la embestida, ya que quedarían sepultados bajo los proyectiles. De los más prudentes, unos aconsejaban rehacer los terraplenes; otros, prescindir incluso de ellos y limitarse a cercar la ciudad, vigilando solo sus salidas y la entrada de víveres, y abandonarla al hambre sin trabar combate cuerpo a cuerpo con el enemigo; pues invencible es la desesperación en quienes tienen por deseo caer por la espada, y a quienes, aun sin ella, les aguarda un final más cruel.
A él, en cambio, permanecer del todo inactivo con un ejército tan grande no le parecía decoroso; y combatir era superfluo contra unos hombres que iban a destruirse entre sí. Señalaba que levantar terraplenes era difícil por la falta de madera, y vigilar las salidas aún más difícil, pues rodear la ciudad con el ejército no era cosa fácil por su extensión y lo abrupto del terreno, y resultaba además peligroso frente a las incursiones. Pues aunque se vigilaran los caminos visibles, los judíos idearían sendas ocultas, por necesidad y por su conocimiento del terreno; y si algo lograba introducirse a escondidas, el asedio se prolongaría aún más. Temía además que la duración del tiempo mermara la gloria de su victoria, pues con tiempo todo es factible, pero para la fama lo que cuenta es la rapidez.
Con todo, si quería unir rapidez y seguridad, debía cercar con un muro toda la ciudad; solo así taponaría todas las salidas, y los judíos, o bien, perdida por completo la esperanza de salvarse, entregarían la ciudad, o bien, hambrientos, serían sometidos con facilidad. Pues él, por lo demás, no pensaba quedarse quieto, sino ocuparse de nuevo de los terraplenes en cuanto los que se lo estorbaban estuvieran más debilitados. Y si a alguno le parecía la obra grande y difícil de llevar a cabo, debía considerar que a los romanos no les cuadra emprender nada pequeño, y que lograr algo grande sin esfuerzo no le resulta fácil a nadie.
Persuadidos con estas razones los oficiales, ordenó repartir las tropas para la obra. Un ímpetu como sobrehumano se apoderó de los soldados y, una vez dividido el perímetro, hubo rivalidad no solo entre las legiones, sino también entre las unidades dentro de cada una: el soldado raso quería agradar al decurión, el decurión al centurión, este al tribuno; la emulación de los tribunos llegaba hasta los oficiales superiores, y el certamen de estos lo arbitraba el César, pues él en persona recorría cada día muchas veces la obra para inspeccionarla.
Comenzando por el Campamento de los Asirios, donde él mismo había acampado, condujo el muro hasta la Ciudad Nueva de la parte baja, y de allí, a través del Cedrón, hasta el Monte de los Olivos. Luego, girando hacia el sur, abarcó el monte hasta la roca llamada Peristereón —el Palomar— y la colina contigua, que domina el barranco junto a Shiloaj; y desde allí, torciendo al oeste, bajó al barranco de la Fuente. Después, subiendo junto al sepulcro del sumo sacerdote Anano y abarcando la colina donde Pompeyo había acampado, giró hacia el norte. Y avanzando hasta cierta aldea llamada Casa de los Garbanzos, y abarcando después, por el este, el mausoleo de Herodes, lo enlazó con su propio campamento, de donde había partido.
El muro, pues, medía treinta y nueve estadios —uno menos de cuarenta—; y por su parte exterior se le adosaron trece fortines, cuyos perímetros sumaban en conjunto diez estadios. Todo se levantó en tres días, de modo que la obra bien habría merecido meses, pero su rapidez superaba lo creíble. Cercada la ciudad con el muro y apostada una guarnición en los fortines, él mismo recorría e inspeccionaba la primera guardia de la noche; la segunda la encomendó a Alejandro, y la tercera cupo en suerte a los jefes de las legiones. Los centinelas sorteaban sus turnos de sueño y durante toda la noche recorrían los tramos entre los fortines.
A los judíos, cerradas las salidas, se les cortó toda esperanza de salvación; y el hambre, ahondándose, devoraba al pueblo casa por casa y familia por familia. Los tejados estaban llenos de mujeres y niños desfallecidos, las callejuelas de ancianos muertos; muchachos y jóvenes, hinchados como espectros, vagaban por las plazas y caían allí donde a cada cual lo alcanzaba el mal. Los enfermos no tenían fuerzas para enterrar a los suyos, y quienes aún se sostenían rehuían hacerlo, tanto por la muchedumbre de los muertos como por la incertidumbre de su propia suerte; muchos, en efecto, morían encima de aquellos a quienes sepultaban, y muchos se encaminaban a las tumbas antes de que les llegara el fin.
No había lamento ni gemido en medio de tantas desgracias, pues el hambre ahogaba el dolor; con los ojos secos y la boca desencajada, los que agonizaban lentamente contemplaban a quienes ya habían hallado descanso antes que ellos. Un silencio profundo envolvía la ciudad, y una noche cargada de muerte; y, peores que todo esto, los bandidos. Como saqueadores de tumbas, despojaban las casas y a los muertos, arrancando las mortajas de los cuerpos, y salían riéndose; probaban el filo de sus espadas en los cadáveres y a algunos de los abandonados, aún vivos, los atravesaban para ensayar su hierro. A los que les suplicaban que les prestaran una mano y una espada, los dejaban al hambre con desdén; y cada uno de los moribundos, fijando la mirada en el Templo, apartaba los ojos, dejando con vida a los sediciosos.
Estos, al principio, no soportando el hedor, ordenaron enterrar a los muertos a cargo del erario público; después, como no daban abasto, los arrojaban desde las murallas a los barrancos. Cuando Tito, recorriendo estos barrancos, los vio colmados de cadáveres y la sanguaza espesa que rezumaba de los cuerpos en descomposición, gimió y, alzando las manos, puso a Dios por testigo de que aquella obra no era suya.
Así estaban las cosas dentro de la ciudad. Los romanos, en cambio, como ya ninguno de los sediciosos salía —pues también a estos empezaban a alcanzarlos el desaliento y el hambre—, estaban de buen ánimo, con abundancia de grano y demás provisiones traídas de Siria y de las provincias vecinas. Muchos de ellos, plantándose junto a la muralla y exhibiendo gran cantidad de víveres, atizaban con su propia hartura el hambre de los enemigos.
Como los sediciosos no cedían ni ante semejante calamidad, Tito, apiadándose de lo que quedaba del pueblo y ansioso por arrancar de allí al menos a los supervivientes, emprendió de nuevo los terraplenes, aunque la madera se le procuraba con dificultad. Pues toda la madera de los alrededores de la ciudad se había talado para las obras anteriores, y los soldados tenían que acarrear la nueva desde noventa estadios de distancia. Solo frente a la Antonia levantaron, en cuatro sectores, terraplenes mucho mayores que los primeros. El César, recorriendo las legiones y apremiando la obra, hacía ver a los bandidos que ya los tenía en sus manos.
Pero solo en ellos había desaparecido todo arrepentimiento de sus crímenes; y, separadas ya sus almas de sus cuerpos, disponían de ambos como si fueran ajenos. Pues ningún sufrimiento ablandaba su alma ni dolor alguno hería su cuerpo: hombres que despedazaban como perros al pueblo ya muerto y atestaban las cárceles de enfermos.
Shimón, en efecto, ni siquiera a Matityahu —por quien se había apoderado de la ciudad— lo mató sin tormento. Era este hijo de Boeto, de linaje de sumos sacerdotes, uno de los más fieles y honrados por el pueblo. Este, cuando el pueblo era maltratado por los zelotes —a los que ya se había sumado también Yojanán—, persuadió al pueblo de que admitiera a Shimón como valedor, sin haber pactado con él nada de antemano ni esperar de él ninguna vileza. Pero aquel, una vez que entró y se hizo dueño de la ciudad, tuvo por enemigo, igual que a los demás, hasta al que había abogado por él, por juzgar que lo había hecho por candidez.
Entonces, haciéndolo comparecer y acusándolo de simpatizar con los romanos, lo condenó a muerte sin dignarse siquiera oír su defensa, junto con tres de sus hijos —pues el cuarto se le había adelantado huyendo hacia Tito—. Y como Matityahu suplicaba que lo mataran antes que a sus hijos, pidiendo ese favor a cambio de haberle abierto la ciudad, Shimón ordenó que a él lo mataran el último. Así pues, lo degollaron sobre sus hijos, asesinados ante sus propios ojos, tras haberlo sacado a la vista de los romanos; pues así lo ordenó Shimón a Anano, hijo de Bagadates, el más cruel de sus guardias, burlándose de él y preguntándole si de algo iban a valerle aquellos a quienes había querido pasarse. Y prohibió que se sepultaran los cuerpos.
Después de estos, fueron ejecutados un sacerdote, Ananías hijo de Masbalo, uno de los notables; el secretario del consejo, Aristeo, de familia de Emaús; y con ellos, quince hombres ilustres del pueblo. Al padre de Josefo lo encerraron y lo tuvieron bajo custodia, y proclamaron que nadie en la ciudad conversara con otro ni se reuniera en un mismo lugar, por temor a una traición; y a quienes se lamentaban juntos los mataban sin averiguación alguna.
Viendo esto, un tal Yehudá, hijo de Yehudá, uno de los oficiales de Shimón y a quien este había confiado la custodia de una torre, movido quizá en parte por lástima de los que perecían con tanta crueldad, pero más aún por su propia seguridad, reunió a los diez más fieles de sus subordinados y les dijo:
«¿Hasta cuándo vamos a resistir estos males? ¿O qué esperanza de salvación nos queda si seguimos fieles a un malvado? ¿Acaso no está ya el hambre sobre nosotros, los romanos casi dentro, y Shimón desleal incluso con sus bienhechores? De él ya solo cabe temer el castigo, mientras que de los romanos la palabra empeñada es segura. Ea, entreguemos la muralla y salvémonos a nosotros mismos y a la ciudad. Y no sufrirá Shimón nada terrible si, ya sin esperanza de sí mismo, paga su pena un poco antes.»
Convencidos los diez con estas razones, al amanecer despachó al resto de sus subordinados, a uno acá y a otro allá, para que no se descubriera nada de lo tramado; y él mismo, hacia la hora tercera, llamó a los romanos desde la torre. De estos, unos lo desdeñaban, otros desconfiaban, y la mayoría vacilaba, pensando que dentro de poco tomarían la ciudad sin riesgo alguno. Mientras Tito se acercaba a la muralla con sus hoplitas, Shimón se enteró a tiempo y, con rapidez, se apoderó antes de la torre; y, apresando a los hombres, los mató a la vista de los romanos y, tras mutilar sus cuerpos, los arrojó al pie de la muralla.
En esto, Josefo, que recorría el lugar —pues no cesaba de exhortarlos—, recibió una pedrada en la cabeza y al instante cayó sin sentido. Los judíos hicieron una salida contra el caído, y habría sido arrastrado al interior de la ciudad si el César no hubiera enviado pronto quienes lo protegieran con sus escudos. Mientras estos combatían, Josefo fue retirado, apenas consciente de lo que ocurría; y los sediciosos, creyendo haber matado a aquel a quien más deseaban ver muerto, prorrumpieron en gritos de alegría. La noticia se difundió por la ciudad, y el abatimiento se apoderó de la gente que quedaba, convencida de que había muerto de veras aquel por quien se atrevían a desertar.
La madre de Josefo, al oír en la prisión que su hijo había muerto, dijo a los guardias que ya lo daba por seguro desde lo de Yotapata; pues ni siquiera vivo había podido gozar de él. Pero, en privado, lamentándose ante sus criadas, decía que este era el fruto que había cosechado de su dicha de tener buenos hijos: no poder siquiera enterrar al hijo por quien esperaba ser enterrada ella misma. Mas la falsa noticia ni la afligió por mucho tiempo a ella ni alegró largamente a los bandidos; pues Josefo se recobró pronto del golpe y, adelantándose, gritó a unos que dentro de poco le pagarían la pena de su herida, mientras que al pueblo lo exhortaba de nuevo a fiarse de los romanos. Al verlo, el ánimo renació en el pueblo y el desconcierto cundió entre los sediciosos.
De los desertores, unos, forzados por la necesidad, saltaban a toda prisa desde la muralla; otros avanzaban como para pelear, con piedras en la mano, y luego huían hacia los romanos. Pero a estos los seguía una suerte más dura que la de dentro, y hallaban en la hartura del campo romano una perdición más aguda que la del hambre propia. Pues llegaban hinchados por la inanición, como hidrópicos; luego, atiborrando de golpe sus cuerpos vacíos, reventaban, salvo aquellos que, por experiencia, moderaban su apetito y poco a poco daban alimento a un cuerpo desacostumbrado a soportarlo.
Y aun a los que así se salvaban los alcanzaba otra desgracia: uno de los desertores refugiados entre los sirios fue sorprendido recogiendo monedas de oro de sus propios excrementos; pues, como dijimos, se las tragaban antes de salir, ya que los sediciosos los registraban a todos, y había gran cantidad de oro en la ciudad —tanto que una pieza de oro que antes valía veinticinco dracmas áticas la compraban ahora por doce—. Pero, descubierto el ardid por culpa de uno solo, los campamentos se llenaron del rumor de que los desertores llegaban repletos de oro; y la muchedumbre de árabes y los sirios destripaban a los suplicantes y les registraban las entrañas. Y a mi parecer, ninguna desgracia peor que esta les sobrevino a los judíos: en una sola noche fueron destripados cerca de dos mil.
Al enterarse Tito de esta atrocidad, estuvo a punto de rodear con la caballería a los culpables y hacerlos asaetear, de no ser porque estaba implicada una gran muchedumbre y los que habrían de ser castigados eran muchas veces más numerosos que los asesinados. Convocó, no obstante, a los jefes de los aliados y a los de las legiones —pues también algunos soldados estaban implicados— y les dijo que estaba indignado con unos y con otros: que algunos de los que servían bajo sus órdenes hicieran tales cosas por una ganancia incierta, sin respetar siquiera sus propias armas, hechas de plata y oro; y que los árabes y los sirios, primero, en una guerra que no era la suya, dieran rienda suelta a sus pasiones a su antojo, y luego achacaran a los romanos su crueldad en las matanzas y su odio a los judíos; pues ahora también algunos de sus propios soldados compartían aquella mala fama. A estos, pues, les amenazó con la muerte si alguno era sorprendido de nuevo en lo mismo, y encargó a las legiones que buscaran a los sospechosos y se los llevaran ante él.
Mas la codicia, al parecer, despreciaba todo castigo, pues terrible es el amor a la ganancia arraigado en los hombres, y ninguna otra pasión se compara con la avaricia. O más bien: estas pasiones, en otras circunstancias, tienen su medida y se someten al temor; pero fue Dios quien condenó a todo el pueblo, y quien tornaba en perdición para ellos todo camino de salvación. Lo que el César había prohibido bajo amenaza seguía intentándose en secreto contra los desertores: los bárbaros salían al paso de los fugitivos antes de que todos pudieran verlos y los degollaban; y, mirando en torno por si algún romano los observaba, los destripaban y sacaban de sus entrañas la inmunda ganancia. En pocos se hallaba algo, y a los más los aniquilaba una mera esperanza. Esta desgracia, en efecto, hizo que muchos desertores desistieran de pasarse.
Yojanán, cuando se le agotó el pillaje del pueblo, se volvió al sacrilegio: fundió muchas de las ofrendas votivas del Templo y muchos de los utensilios necesarios para el culto —copas, bandejas y mesas—; y ni siquiera se abstuvo de los vasos de vino puro enviados por Augusto y su esposa. Los emperadores de Roma siempre habían honrado y embellecido el Santuario; pero ahora aquel judío arrancaba hasta lo que habían donado los extranjeros. Y decía a los suyos que era lícito servirse sin escrúpulo de las cosas sagradas en favor de lo divino, y que quienes combatían por el Santuario debían sustentarse de él. Por eso vació también el vino sagrado y el aceite que los sacerdotes guardaban para los holocaustos —y que estaba en el santuario interior— y los repartió a la muchedumbre; y aquellos, sin el menor estremecimiento, se ungían con ellos y los bebían.
No he de reprimir lo que el sentimiento me impulsa a decir: creo que, si los romanos se hubieran demorado contra aquellos criminales, la ciudad habría sido tragada por un abismo, o anegada por un diluvio, o habría recibido los rayos que cayeron sobre Sedom; pues engendró una generación mucho más impía que los que sufrieron aquello. Y así, por la locura de estos, pereció con ellos todo el pueblo.
¿Y qué necesidad hay de referir en detalle todas las calamidades? Baste decir que, en esos días, Maneo, hijo de Lázaro, tras huir hasta Tito, le contó que por una sola puerta, la que a él mismo se le había confiado, se habían sacado ciento quince mil ochocientos ochenta cadáveres, desde el día en que los romanos acamparon, el catorce del mes de Xántico, hasta el novilunio de Pánemo. Estos eran los indigentes; y él llevaba la cuenta no porque estuviera al mando, sino porque, pagando el jornal con fondos públicos, se veía obligado a contarlos. A los demás los enterraban sus parientes; y el entierro consistía en sacarlos de la ciudad y arrojarlos fuera.
Después de él, muchos personajes notables que lograron huir informaron de que, en total, se habían arrojado por las puertas seiscientos mil cadáveres de indigentes, y que el número de los demás era imposible de averiguar. Y añadían que, cuando ya no tuvieron fuerzas para sacar a los pobres, amontonaban los cadáveres en las casas más grandes y las clausuraban. Y que una medida de trigo se vendía por un talento; y que, más tarde, cuando ni siquiera era ya posible recoger hierbas, cercada la ciudad por el muro, algunos llegaron a tal extremo de necesidad que registraban las cloacas y el viejo estiércol de bueyes y se alimentaban de los desperdicios que de allí sacaban, y lo que antes no se podía ni mirar se convirtió entonces en comida. Al oír todo esto, los romanos se compadecieron; pero los sediciosos, aunque lo veían con sus propios ojos, no se arrepentían, sino que dejaban que aquello llegara hasta ellos mismos; pues estaban cegados por el destino que ya se cernía sobre la ciudad y sobre ellos.
Capítulo VI
Libro sexto
Las desgracias de Yerushaláyim iban a peor cada día, pues los sediciosos se enfurecían aún más con las calamidades, y el hambre, que ya había devorado al pueblo, hacía presa también en ellos. La multitud de cadáveres amontonados por toda la ciudad era un espectáculo horrendo y despedía un hedor pestilente, y era además un estorbo para los que salían a combatir: al avanzar como en una batalla campal ejercitada en matanzas incontables, tenían que pisar los cuerpos. Los que los pisaban no se estremecían ni se compadecían ni tomaban por mal augurio propio aquel ultraje a los difuntos, sino que, con las diestras manchadas de sangre de sus propios compatriotas, salían corriendo a la guerra contra los extranjeros, reprochando —a mi parecer— a la Divinidad la lentitud de su castigo. Pues ya no combatían con la esperanza de vencer, sino envalentonados por la desesperación de salvarse.
Los romanos, aunque padecían mucho por la recogida de la madera, levantaron los terraplenes en veintiún días, tras haber talado, como antes se dijo, toda la comarca en torno a la ciudad hasta noventa estadios a la redonda. Lamentable era también la vista de la tierra: lo que antes estaba adornado de árboles y jardines, ahora por todas partes había quedado desolado y con su arboleda cortada. Ningún extranjero que hubiera visto la antigua Judea y los bellísimos arrabales de la ciudad, y contemplara luego aquella desolación, dejaría de gemir y lamentar tan grande cambio. Pues la guerra había destruido todos los signos de su belleza, y nadie que la hubiera conocido antes, si de pronto se hubiera presentado, habría reconocido el lugar, sino que, estando presente, buscaría la ciudad.
El acabamiento de los terraplenes infundía a romanos y judíos igual principio de temor: los judíos esperaban que, si no quemaban también estos, la ciudad sería tomada; los romanos, que, destruidos también aquellos, ya no la tomarían. Pues había escasez de madera, y a los soldados ya les faltaban las fuerzas del cuerpo por las fatigas y las del ánimo por los reveses continuos. Las calamidades de la ciudad resultaban más causa de desánimo para los romanos que para los que estaban dentro de ella; pues, pese a tan grandes sufrimientos, no hallaban a los combatientes más blandos en nada, sino que veían siempre quebrantadas sus esperanzas —vencidos en las emboscadas contra los terraplenes, en la solidez del muro frente a las máquinas, y en la audacia de los que trababan combate cuerpo a cuerpo— y, lo más grande, encontraban que los judíos, en medio de la sedición, el hambre, la guerra y tantos males, mantenían por encima de todo la firmeza del ánimo. Consideraban invencibles los ímpetus de aquellos hombres e inexpugnable su buen ánimo en medio de las desgracias. Pues ¿qué no soportarían, si les tocara la fortuna favorable, quienes, empujados por los males, se volvían hacia el valor? Por esto los romanos hacían más vigorosa la guardia de los terraplenes.
Los de Yojanán, en la Antonia, se aseguraban a la vez para el futuro, por si el muro era derribado, y antes de que se acercaran los arietes, atacaron las obras. Pero no lograron su empresa, sino que, saliendo con antorchas, antes de acercarse a los terraplenes se retiraron más fríos que su esperanza. Primero, porque su plan no parecía concertado: saltaban por partes y a intervalos, con vacilación y miedo, y —por decirlo en suma— no a la manera judía. Pues faltaba lo propio de aquel pueblo: la audacia, el ímpetu, la carrera de todos a una y el no volverse ni aun cuando fracasaban. Salieron más flojos de lo suyo, y encontraron a los romanos más firmemente formados que de costumbre. Con los cuerpos y con las armaduras protegieron los terraplenes por todas partes, de modo que no dejaban al fuego resquicio alguno por donde colarse, y cada uno afirmó su ánimo en no moverse de su puesto antes que morir. Pues, además de que se les cortaban todas las esperanzas si aquellas obras eran incendiadas, un terrible pudor dominaba a los soldados de que en todo prevaleciera la astucia sobre el valor, la desesperación sobre las armas, la muchedumbre sobre la experiencia, y los judíos sobre los romanos. Al mismo tiempo, las máquinas de tiro colaboraban alcanzando a los que saltaban al frente, y el que caía era un estorbo para el que venía tras él, y el peligro de avanzar los hacía más flojos. De los que se lanzaban dentro del alcance de los proyectiles, unos, antes de venir a las manos, aterrados por el buen orden y la compacta formación de los enemigos; otros, heridos por las lanzas, retrocedían. Y al final, reprochándose unos a otros su cobardía, se retiraron sin haber hecho nada. Este ataque fue el primer día del mes de Panemo.
Retirados los judíos, los romanos acercaron las torres de asalto, siendo alcanzados por las piedras desde la Antonia y por el fuego, el hierro y todo proyectil que la necesidad suministraba a los judíos. Pues, aunque muy confiados en el muro y despreciando las máquinas, con todo impedían que los romanos las acercaran. Los romanos, suponiendo que el empeño de los judíos en que la Antonia no fuera golpeada se debía a la debilidad del muro, y esperando que los cimientos estuvieran carcomidos, redoblaban su esfuerzo. Pero lo golpeado no cedía. Con todo, unos, siendo continuamente alcanzados por los proyectiles y sin ceder a ninguno de los peligros de arriba, mantenían en acción las torres de asalto; y como eran menos y quedaban maltrechos por las piedras, otros, techando sobre sus cuerpos los escudos, con las manos y con palancas socavaban los cimientos, y, perseverando, lograron desencajar cuatro piedras. La noche dio reposo a unos y otros; y en ella el muro, sacudido por los arietes, por donde Yojanán, atacando los terraplenes anteriores, había socavado por debajo, al ceder la galería, de repente se desploma.
Ocurrido esto, de modo inesperado quedaron dispuestos los ánimos de unos y otros. Pues a los judíos, que era natural que se desanimaran, les sucedió que cobraron ánimo —porque la caída no había sido contra su esperanza y se habían asegurado de antemano contra ella— como si la Antonia hubiera de mantenerse en pie. En cuanto a los romanos, la inesperada alegría por lo derribado la apagó pronto la vista de otro muro que por dentro los de Yojanán habían construido en su lugar. Con todo, el asalto parecía más fácil que el anterior: subir por los escombros derribados parecía más cómodo, y suponían que el muro, mucho más débil que el de la Antonia y hecho de prisa por ser provisional, se desharía pronto. Sin embargo, nadie se atrevía a subir, pues era manifiesta la perdición para los que empezaran.
Titus, considerando que el ardor de los combatientes se aviva sobre todo con la esperanza y la palabra, y que las exhortaciones y las promesas muchas veces producen olvido de los peligros y a veces incluso desprecio de la muerte, reunió a los más esforzados de sus hombres y los puso a prueba, diciendo:
«Compañeros de armas, exhortar a lo que de suyo no entraña peligro es cosa sin gloria para los exhortados, y sin duda acarrea también al que exhorta la acusación de cobardía. Es menester, creo, la exhortación solo para las empresas peligrosas, pues aquellas otras es digno acometerlas por sí mismos. Así que yo mismo os expongo por delante que la subida al muro es difícil; pero que a los que aspiran al valor les conviene sobre todo combatir en lo arduo, que hermosa es la muerte con gloria, y que no quedará sin fruto para los que la empiecen la nobleza: eso os lo voy a explicar.
Que sea primero exhortación para vosotros lo que quizá a algunos aparta: la longanimidad de los judíos y su fortaleza en los sufrimientos. Pues vergonzoso es que, siendo romanos y soldados míos —que en la paz aprendisteis la guerra y en la guerra tenéis por costumbre vencer—, seáis derrotados por los judíos en la fuerza de la mano o en el ánimo, y eso al término mismo de la victoria y cooperando con nosotros Dios. Pues nuestros reveses son fruto de la desesperación de los judíos, y sus sufrimientos crecen por vuestro valor y la cooperación de Dios. Pues la sedición, el hambre, el asedio y unos muros que caen sin máquinas, ¿qué otra cosa serían sino ira de Dios contra ellos y ayuda para nosotros? Por tanto, no solo ser vencidos por inferiores, sino también traicionar la alianza divina, no sería propio de nosotros.
¿Cómo no ha de ser vergonzoso que los judíos —a quienes no gran deshonra les acarrea ceder, pues han aprendido a servir— desprecien la muerte por no seguir sufriéndolo, y muchas veces se lancen contra nosotros, no con esperanza de vencer, sino por pura ostentación de valentía; y que vosotros, que domináis casi toda la tierra y el mar, para quienes hasta no vencer es un oprobio, no os arrojéis ni una sola vez contra los enemigos, sino que aguardéis el hambre contra ellos y la fortuna, sentados ociosos con tales armas, y eso pudiendo llevarlo todo a buen término con un poco de riesgo? Pues subiendo a la Antonia, tenemos la ciudad. Y aunque hubiera todavía algún combate contra los de dentro —lo cual no creo—, el estar por encima y sentados sobre la respiración misma de los enemigos garantiza pronto la victoria total.
Y yo, por ahora, dejando de cantar la muerte en la guerra y la inmortalidad de los que caen en el furor bélico, desearía como maldición para los que piensan de otro modo la muerte en la paz por enfermedad, aquella en que, junto con el cuerpo, también el alma es condenada a la tumba. Pues ¿quién de los hombres buenos no sabe que las almas separadas de la carne por el hierro en la batalla, el éter, el elemento más puro, las acoge y las asienta entre los astros, y que, convertidas en démones buenos y héroes benévolos, se manifiestan a sus propios descendientes; mientras que las que se consumen en cuerpos enfermos, por más limpias que estén de manchas y contaminaciones, una noche subterránea las hace desaparecer y un profundo olvido las recibe, recibiendo a la vez el término de la vida, del cuerpo y aún de la memoria? Y si a los hombres les está hilado un fin necesario, y el hierro es servidor más ligero para llegar a él que cualquier enfermedad, ¿cómo no ha de ser innoble no dar a la necesidad lo que hemos de pagar al destino?
Y esto lo he expuesto como si los que lo acometieran no pudieran salvarse; pero es posible salvarse, para los que se muestran valientes, aun de lo más peligroso. Pues, primero, lo derribado es fácil de escalar; luego, todo lo edificado es fácil de deshacer; y vosotros, si en mayor número os animáis a la acción, sed unos para otros exhortación y ayuda, y vuestra firmeza quebrará pronto el ánimo de los enemigos. Y quizá el éxito os resulte sin sangre, con solo que empecéis. Pues, cuando subáis, intentarán probablemente impedirlo; pero, una vez que hayáis pasado inadvertidos y forzado el paso, ya no resistirían, aunque solo unos pocos os adelantéis. En cuanto al que empiece, me avergonzaría no hacerlo envidiado en las recompensas: el que viva mandará sobre los que ahora son sus iguales, y galardones dignos de ser tenidos por dichosos seguirán también a los que caigan.»
Mientras Titus exponía tales cosas, el resto de la multitud temió la magnitud del peligro; pero de los que servían en las cohortes, uno llamado Sabino, sirio de nación, hombre excelentísimo tanto de mano como de ánimo, se manifestó. Y sin embargo, quien lo hubiera visto de antemano por su constitución corporal no lo habría tenido ni por soldado corriente: era negro de piel, enjuto, de carnes apretadas; pero habitaba cierta alma heroica en aquel cuerpo delgado y mucho más estrecho que su propia fuerza. Levantándose el primero, dijo: «Me entrego a ti de buena gana, César. El primero subo el muro. Y ruego que a mi fuerza y a mi resolución acompañe tu fortuna; pero, si fuera objeto de envidia en la empresa, sábete que no he caído contra lo esperado, sino que por ti he elegido a conciencia la muerte.»
Dicho esto, alzando con la mano izquierda el escudo sobre la cabeza y desenvainando con la derecha la espada, avanzó hacia el muro hacia la hora sexta del día. Le seguían de entre los demás solo once, únicos émulos de su valentía; pero el hombre iba muy por delante de todos, poseído de cierto ímpetu sobrehumano. Los guardias, desde el muro, los alanceaban, los alcanzaban con proyectiles innumerables por todas partes y hacían rodar sobre ellos piedras enormes, que arrastraron a algunos de los once. Pero Sabino, saliendo al encuentro de los proyectiles y sepultado bajo ellos, no contuvo su ímpetu antes de llegar a lo alto y poner en fuga a los enemigos. Pues los judíos, aterrados de su fuerza y de la firmeza de su ánimo, y creyendo además que habían subido más, se volvieron en fuga.
Aquí bien podría uno reprochar a la fortuna como envidiosa de las virtudes y que siempre estorba las hazañas extraordinarias. Pues este hombre, cuando ya había logrado su empresa, tropezó y, dando contra una piedra, cayó de bruces sobre ella con grandísimo estruendo. Vueltos los judíos y viéndolo solo y caído, lo acribillaban por todas partes. Él, incorporándose sobre una rodilla y cubriéndose con el escudo, al principio se defendía e hirió a muchos de los que se le acercaban; pero luego, por la multitud de heridas, dejó caer la diestra, y al fin, antes de entregar el alma, quedó sepultado bajo los proyectiles: hombre digno, por su valentía, de mejor fortuna, y que cayó de manera acorde con su empresa. De los demás, tres, que estaban ya junto a la cima, los aplastaron a pedradas y los mataron; los otros ocho, heridos, fueron arrastrados y llevados de vuelta al campamento. Esto sucedió el día tercero del mes de Panemo.
Dos días después, veinte de los guardias que velaban ante los terraplenes se reunieron, se atrajeron al portaestandarte de la quinta legión, a dos jinetes de los escuadrones y a un trompeta, y hacia la hora novena de la noche subieron en silencio por las ruinas hasta la Antonia; degollaron a los primeros guardias, dormidos, se apoderaron del muro y ordenaron al trompeta tocar. Ante esto, los demás guardias se levantaron de repente y huyeron antes de que ninguno viera cuántos eran los que habían subido; pues el miedo y la trompeta les daban la impresión de que había subido multitud de enemigos. César, al oír la señal, arma rápidamente la tropa y, con los oficiales, sube el primero, llevando a los soldados escogidos. Habiéndose refugiado los judíos en el Templo, también los romanos irrumpían por la galería que Yojanán había socavado bajo los terraplenes de los romanos. Y separándose por ambos lados los sediciosos de las facciones de Yojanán y de Shimón, los rechazaban sin dejar de mostrar ninguna superioridad ni en fuerza ni en ardor; pues consideraban el colmo de la toma que los romanos penetraran en el lugar santo, y aquellos, el principio de la victoria.
Se traba en torno a las entradas un combate encarnizado: unos forzaban por apoderarse también del Templo; los judíos los empujaban hacia la Antonia. Los proyectiles eran inútiles para ambos, y las lanzas; desenvainadas las espadas, se trababan cuerpo a cuerpo, y en la refriega era indistinguible de qué lado combatía cada uno, pues los hombres estaban mezclados y confundidos en la estrechez, y el griterío llegaba indescifrable por su magnitud. Grande era la matanza por ambas partes, y los combatientes pisaban y destrozaban los cuerpos y las armaduras de los caídos. Y siempre, hacia donde cargaba fluyendo la guerra, había arengas de los que llevaban ventaja y lamentos de los que eran puestos en fuga. Ni las huidas tenían espacio ni las persecuciones, sino que había vaivenes indecisos y cambios, mezclada la formación. Los que estaban delante tenían la necesidad o de morir o de matar, sin haber escapatoria; pues los que por detrás empujaban hacia adelante a los suyos, de una y otra parte, no dejaban ni siquiera espacio intermedio para el combate.
Prevaleciendo los judíos con su furor sobre la experiencia de los romanos, y ya inclinándose del todo la formación —pues combatían desde la hora novena de la noche hasta la séptima del día—, los unos en masa y teniendo como provisión de valentía el peligro de la toma, los romanos con solo una parte de su fuerza —pues aún no habían subido las legiones, y a aquellos que entonces combatían les bastaba con dominar la Antonia—, decidieron que por el momento era suficiente.
Un tal Juliano, centurión de los de Bitinia, hombre no insignificante —de cuantos yo conocí en aquella guerra, el mejor de todos en experiencia de armas, fuerza corporal y firmeza de ánimo—, viendo que los romanos ya cedían y se defendían mal —estaba al lado de Titus en la Antonia—, salta adelante y él solo pone en fuga a los judíos, ya vencedores, hasta el rincón del Templo interior. Huía la multitud en masa, no teniendo por humana ni su fuerza ni su audacia. Él, lanzándose por en medio de los que se dispersaban, ora aquí, ora allá, mataba a los que alcanzaba; y de aquel espectáculo nada hubo ni para César más admirable ni para los demás más horrendo. Pero también él era perseguido por el destino, que es imposible que un mortal escape. Pues, teniendo el calzado tachonado de espesos y agudos clavos, como cada uno de los demás soldados, y corriendo sobre el enlosado, resbala, y al caer de espaldas con grandísimo estruendo de su armadura, hace volverse a los que huían.
De los romanos que estaban en la Antonia se alzó un clamor, temiendo por el hombre; pero los judíos, rodeándolo en masa, lo golpeaban por todas partes con las lanzas y las espadas. Él recibía en el escudo mucho hierro, y muchas veces, intentando levantarse, era derribado por la multitud de los que lo golpeaban; y aun tendido, hería con la espada a muchos. Pues no fue muerto pronto, protegido por el casco y la coraza en todas las partes vitales para la degollación, y encogiendo el cuello; hasta que, cortándosele los demás miembros y no atreviéndose nadie a socorrerlo, cedió. Terrible dolor invadió a César, viendo a un hombre tan valeroso muerto a la vista de tantos; y a él el lugar lo apartaba, aun queriendo socorrerlo, y a los que podían, el espanto. Así pues, Juliano, tras luchar mucho contra la muerte y dejar a pocos de los que lo mataban sin herida, es al fin degollado a duras penas, dejando grandísima gloria no solo entre los romanos y César, sino también entre los enemigos. Los judíos, arrebatando el cadáver, ponen de nuevo en fuga a los romanos y los encierran en la Antonia. Se distinguieron por su valor en esta batalla, de la facción de Yojanán, un tal Alejas y Gifteo; de los de Shimón, Malají y Yehudá el de Mertón, y Yaakov hijo de Sosás, jefe de los idumeos; y de los zelotes, dos hermanos, hijos de Arí, Shimón y Yehudá.
Titus ordenó a los soldados que estaban con él arrasar los cimientos de la Antonia y preparar a toda la tropa una subida fácil. Él mismo, teniendo a su lado a Josefo —pues se había enterado aquel día, que era el diecisiete de Panemo, de que el llamado sacrificio continuo había cesado en honor de Dios por falta de hombres, y de que el pueblo por ello estaba terriblemente abatido—, ordenó decir de nuevo a Yojanán lo que también antes: que si algún funesto amor de combatir lo poseía, podía salir con cuantos quisiera a guerrear, sin arrastrar en su ruina a la ciudad y al Templo; que no siguiera, empero, mancillando el lugar santo ni pecando contra Dios; y que le estaba permitido celebrar los sacrificios interrumpidos por medio de aquellos judíos que él eligiera. Y Josefo, para que fuera oído no solo por Yojanán sino también por la multitud, anunciaba las palabras de César en hebreo, y muchas veces suplicaba que perdonaran a la patria y apartaran del Templo el fuego que ya lo gustaba, y que devolvieran a Dios los sacrificios.
Ante esto, había en el pueblo abatimiento y silencio; pero el tirano, tras injuriar mucho a Josefo y maldecir, añadió al fin que jamás temería la toma, pues la ciudad era de Dios. Y Josefo, ante esto, exclamó: «¡Bien limpia se la has conservado a Dios, y sin mancha permanece el lugar santo! ¡En nada has sido impío contra aquel a quien esperas por aliado, y recibe sus sacrificios acostumbrados! Y si alguien te quitara el alimento de cada día, impiísimo, lo tendrías por enemigo; ¿y a Dios mismo, a quien has privado de su culto eterno, esperas tenerlo por aliado en la guerra? ¿Y atribuyes los pecados a los romanos, que hasta ahora cuidan de nuestras leyes y fuerzan a que se devuelvan a Dios los sacrificios interrumpidos por ti? ¿Quién no gemiría y se lamentaría por la ciudad ante tan inesperado cambio, si extranjeros y enemigos enderezan tu impiedad, y tú, el judío, criado en las leyes, te vuelves para con ellas más duro que aquellos?
Pero, Yojanán, no es vergonzoso arrepentirse de los males aun en el último trance, y tienes ante ti, como hermoso ejemplo para quien quiere salvar a la patria, a Yejonyá, rey de los judíos, que en otro tiempo, cuando el babilonio marchaba contra él por su causa, cedió voluntariamente antes de que la ciudad fuera tomada, y con su familia soportó un cautiverio voluntario, con tal de no entregar a los enemigos estos santos lugares ni ver arder la casa de Dios. Por eso un relato sagrado lo celebra entre todos los judíos, y la memoria, fluyendo por los siglos, siempre nueva, lo transmite inmortal a los que vienen después. Hermoso ejemplo, Yojanán, aunque entrañe peligro; y yo te garantizo incluso el perdón de parte de los romanos. Acuérdate de que, siendo compatriota, te aconsejo, y siendo judío, te lo prometo; y conviene considerar quién es el que aconseja y de dónde. Pues ojalá jamás llegue yo a ser cautivo viviendo de tal modo que reniegue de mi linaje u olvide mis tradiciones. De nuevo te indignas y me gritas injuriándome, cuando soy digno hasta de cosas más duras, yo que, contra el destino mismo, aconsejo algo y fuerzo a salvarse a los condenados por Dios. ¿Quién no conoce los escritos de los antiguos profetas y el oráculo que amenaza a la desdichada ciudad, ya cumpliéndose? Pues predijeron su toma para cuando alguien empezara la matanza de sus propios compatriotas. ¿Y no está la ciudad, y todo el Templo también, llena de vuestros cadáveres? Dios, pues, Dios mismo, trae con los romanos la purificación sobre ella con fuego, y arrebata la ciudad, cargada de tantas contaminaciones.»
Diciendo esto Josefo con gemidos y lágrimas, la voz se le cortó por el sollozo. Y los romanos se compadecieron de su dolor y admiraron su determinación; pero los de Yojanán se irritaron aún más, deseando apoderarse también de él, contra los romanos. Sin embargo, el discurso conmovió a muchos de los nobles; y algunos, temiendo las guardias de los sediciosos, permanecían en su sitio, aunque tenían por perdidos a sí mismos y a la ciudad; y hay quienes, aguardando ocasión de retirada segura, se refugiaron entre los romanos. Entre ellos había sumos sacerdotes: Josefo y Yeshúa; e hijos de sumos sacerdotes, tres de Ismael, el que fue decapitado en Cirene, cuatro de Matityahu, y uno de otro Matityahu, que había huido tras la muerte de su padre, a quien Shimón hijo de Guiorá mató con tres hijos, como antes se dijo. También muchos otros de los nobles se pasaron con los sumos sacerdotes. César los recibió afablemente en todo lo demás, y sabiendo que la estancia entre costumbres extranjeras les resultaría desagradable, los envió a Gofna, aconsejándoles que permanecieran allí por el momento; pues devolvería a cada uno sus posesiones cuando, terminada la guerra, tuviera tiempo. Ellos, pues, se retiraron gustosos con toda seguridad a la pequeña ciudad que se les había dado; pero, al no aparecer, los sediciosos difundieron de nuevo que los desertores habían sido degollados por los romanos, para apartar con el miedo, evidentemente, a los demás de huir. Y les resultó, como antes, la astucia eficaz por un tiempo, pues por el temor se retrajeron de desertar.
Pero de nuevo, cuando Titus hizo volver a los hombres de Gofna y ordenó que, con Josefo, recorrieran el muro para ser vistos por el pueblo, muchísimos huyeron hacia los romanos. Reunidos en masa y de pie ante los romanos, con gemidos y lágrimas suplicaban a los sediciosos, primero, que recibieran a los romanos en toda la ciudad y salvaran de nuevo a la patria; y si no, que al menos se retiraran del Templo y les preservaran el santuario; pues los romanos no se atreverían a incendiar los santos lugares si no era por la mayor necesidad. Ellos se obstinaban más, y, gritando muchas blasfemias contra los desertores, dispusieron sobre las puertas sagradas los lanza-dardos, las catapultas y las máquinas lanzapiedras, de modo que el recinto en torno al Templo parecía, por la multitud de cadáveres, un cementerio, y el Templo mismo, una fortaleza. En los lugares santos e inaccesibles irrumpían con las armas, teniendo las manos aún calientes de las matanzas de sus compatriotas; y llegaron a tal extremo de iniquidad que la indignación que sería natural que sintieran los judíos si los romanos ultrajaran así contra ellos, esa era entonces la de los romanos contra los judíos que profanaban lo suyo propio. Pues no había soldado que no mirara con estremecimiento hacia el Templo y lo reverenciara, y no rogara que los bandidos se arrepintieran antes de un desastre irremediable.
Titus, hondamente afligido, reprochaba de nuevo a los de Yojanán, diciendo: «¿No fuisteis vosotros, malvadísimos, los que pusisteis delante esta balaustrada de los lugares santos? ¿No fuisteis vosotros los que dispusisteis en ella las estelas, grabadas con letras griegas y nuestras, que ordenaban que nadie traspasara el pretil? ¿No os concedimos nosotros dar muerte a los que lo traspasaran, aunque fuera un romano? ¿Por qué, pues, ahora, malhechores, pisoteáis cadáveres dentro de él? ¿Por qué mancháis el Templo con sangre extranjera y del país? Pongo por testigos a los dioses de mi patria, y a cualquiera que en otro tiempo velara por este lugar —pues ahora no lo creo—; pongo por testigos a mi ejército, a los judíos que están conmigo y a vosotros mismos, de que no soy yo quien os obliga a mancillar estas cosas. Y si cambiáis de lugar el combate, ningún romano se acercará a los lugares santos ni los ultrajará, sino que os conservaré el Templo aun contra vuestra voluntad.»
Anunciando esto Josefo de parte de César, los bandidos y el tirano, creyendo que aquellas exhortaciones se hacían no por benevolencia sino por cobardía, las desdeñaban. Titus, viendo que aquellos hombres ni tenían compasión de sí mismos ni miramiento por el Templo, de nuevo, a su pesar, marchó a la guerra. No era posible llevar contra ellos toda la fuerza, por no caber en el lugar; así que, escogiendo de cada centuria a los treinta mejores y entregando mil a cada tribuno, y poniendo al frente de ellos como jefe a Cereal, ordenó atacar las guardias hacia la hora novena de la noche. Estando él mismo con las armas y dispuesto a bajar juntamente, lo retuvieron los amigos por la magnitud del peligro y lo que decían los oficiales; pues afirmaban que lograría más sentado en la Antonia y arbitrando la batalla para los soldados que si, bajando, se arriesgara el primero; pues, viéndolos César, todos serían buenos combatientes. Persuadido César por esto, y diciendo que solo por esta razón permanecía —para juzgar el valor de ellos y que ni ninguno de los buenos quedara sin recompensa ni ninguno de los contrarios sin castigo pasara inadvertido, y para ser testigo ocular de todo aquel que es señor tanto de castigar como de honrar—, envió a aquellos a la acción a la hora antes dicha, y, adelantándose él mismo a un lugar bien visible desde la Antonia, aguardaba lo que iba a suceder.
Sin embargo, los enviados no encontraron a los guardias dormidos, como esperaban, sino que, saltando estos con griterío, al punto se trabaron con ellos; y ante el clamor de los que velaban afuera, los demás salían en tropel desde dentro. Los romanos recibían los ímpetus de los primeros; pero los que venían tras aquellos caían sobre su propia formación, y muchos trataban a los suyos como a enemigos. Pues el reconocimiento por la voz lo quitaba el griterío confundido de ambas partes, y el de los ojos, la noche; y los ánimos, por un lado, y los miedos, por otro, hacían que unos y otros anduvieran a ciegas; por eso golpear al que se encontraba era cosa sin discernimiento. A los romanos, formados en escudos unidos y saltando al frente por secciones, menos les dañaba el desconocimiento; pues cada uno tenía en la memoria la consigna. Los judíos, en cambio, siempre dispersos y haciendo sin orden los ataques y las retiradas, muchas veces se daban unos a otros la impresión de ser enemigos; pues cada uno recibía al que regresaba, siendo de los suyos, a través de la oscuridad, como a un romano que atacaba. Así que más fueron heridos por los suyos que por los enemigos, hasta que, llegado el día, el resto de la batalla se dirimió a la vista, y, separados en falange, usaban ordenadamente los proyectiles y las defensas.
Ninguno de los dos cedía ni se cansaba, sino que los romanos, como contemplándolos César, hombre por hombre y por secciones rivalizaban entre sí, y cada uno suponía que aquel día sería para él el comienzo de su ascenso, si combatía con nobleza. A los judíos les arbitraba la audacia el temor por sí mismos y por el Templo, y el tirano presente, que a unos exhortaba y a otros azotaba y espoleaba con amenazas. Sucedía que la batalla era en su mayor parte de un estadio de extensión, y en poco espacio y rápidamente se invertían las suertes; pues ninguno de los dos tenía largura ni de huida ni de persecución. Y siempre, según lo que ocurría, había el correspondiente alboroto desde la Antonia: gritaban a los suyos que cobraran ánimo cuando vencían, y que resistieran cuando eran puestos en fuga. Era como un teatro de guerra; pues nada de lo de la batalla se le ocultaba ni a Titus ni a los que estaban con él. Al fin, habiendo empezado a la hora novena de la noche, se separaron pasada la quinta del día en el mismo lugar donde habían empezado la refriega, sin que ninguno de los dos hubiera vencido firmemente al otro, sino dejando la victoria en medio, en el fiel de la balanza. De los romanos combatieron con distinción muchos; de los judíos, de la facción de Shimón, Yehudá el de Mareoto y Shimón el de Osaías; de los idumeos, Yaakov y Shimón —este hijo de Acatelas, y Yaakov de Sosás—; de los de Yojanán, Gefteo y Alejas; y de los zelotes, Shimón hijo de Arí.
Entretanto, el resto de la fuerza de los romanos, en siete días, tras haber demolido los cimientos de la Antonia, preparó un ancho camino hasta el Templo. Acercándose las legiones al primer recinto, empezaron los terraplenes: uno frente al ángulo del Templo interior que daba al norte y al oeste; otro frente a la exedra septentrional, que estaba entre las dos puertas; de los dos restantes, uno frente al pórtico occidental del Templo exterior, y el otro afuera, frente al pórtico del norte. Con todo, las obras avanzaban con mucha fatiga y penalidad para ellos, que transportaban la madera desde cien estadios. Y a veces sufrían daño también por emboscadas, siendo ellos, por la abundancia de su dominio, más descuidados, mientras que los judíos, por la desesperación ya de salvarse, se hacían más audaces. Pues algunos de los jinetes, cuando salían a por leña o a recoger forraje, durante el tiempo de la recogida soltaban a pacer los caballos, quitándoles el freno; y los judíos, saltando en tropel, se los arrebataban. Y sucediendo esto continuamente, César, pensando —como era el caso— que los robos ocurrían más por descuido de los suyos que por la valentía de los judíos, decidió volver a los demás más severos hacia la guardia de los caballos. Y ordenando llevar a la muerte a uno de los soldados que habían perdido los caballos, con el miedo conservó para los demás los caballos; pues ya no los dejaban pacer, sino que, como si estuvieran unidos a ellos, salían con ellos para las necesidades. Así pues, ellos seguían combatiendo contra el Templo y levantaban los terraplenes.
Al día siguiente de su subida, muchos de los sediciosos —a quienes ya escaseaban los saqueos y a quienes apremiaba el hambre—, reuniéndose, atacan las guardias romanas junto al monte de los Olivos hacia la hora undécima del día, creyendo que, primero por ser inesperados, luego por estar ya ocupados en el cuidado de su cuerpo, romperían fácilmente. Pero los romanos, advirtiendo de antemano su ataque y acudiendo rápidamente desde los fuertes cercanos, les impedían saltar por encima y romper el muro de circunvalación, que forzaban. Trabada la refriega con encarnizamiento, muchas otras cosas se hicieron con nobleza por ambas partes: los romanos usaban, junto con la fuerza, la experiencia de guerrear; los judíos, ímpetus sin medida y furores incontenibles. Mandaba a unos el pudor, a otros la necesidad; pues soltar a los judíos, cogidos como en redes, parecía a los romanos lo más vergonzoso, y aquellos tenían una sola esperanza de salvación: si, forzando, rompían el muro. Y uno de los jinetes de una cohorte, llamado Pedanio, cuando los judíos ya eran puestos en fuga y empujados hacia el barranco, cabalgando velozmente de costado, arrebata a uno de los enemigos que huía —un joven robusto de cuerpo y bien armado—, agarrándolo por el tobillo.
—se inclinó tanto sobre el caballo a la carrera, y de tal modo desplegó el vigor de su brazo y del resto del cuerpo, y aún su destreza como jinete.
Y así, arrebatando al prisionero como quien se lleva un tesoro, vino a presentárselo a César. Tito admiró la fuerza de quien lo había capturado, pero mandó castigar al capturado por su intentona contra el muro, y él mismo se ocupaba de los combates en torno al Templo y apremiaba los terraplenes.
Entretanto los judíos, maltratados en los encuentros mientras la guerra crecía poco a poco y se arrastraba hacia el Templo, iban cortando —como en un cuerpo que se gangrena— los miembros ya alcanzados, para adelantarse a la propagación del mal. Prendieron fuego al tramo del pórtico del norte y del oeste que empalmaba con la Antonia y luego lo demolieron a lo largo de unos veinte codos, comenzando ellos mismos, con sus propias manos, a quemar lo sagrado. Dos días después —el veinticuatro del mes ya mencionado— los romanos prendieron fuego al pórtico contiguo, y cuando el fuego había avanzado hasta unos quince codos, los judíos, del mismo modo, cortaron el techado, y sin desistir ni un instante de la obra rompieron su empalme con la Antonia. Por eso, aunque podían impedir el incendio, se quedaron quietos ante el avance del fuego, y midieron la propagación según lo que a ellos mismos convenía.
En torno al Templo, pues, no cesaban los choques, y era continua la guerra, con unos y otros lanzándose por turnos al asalto.
Por aquellos días, cierto judío —hombre de cuerpo pequeño y aspecto despreciable, oscuro por su linaje y por lo demás, de nombre Jonatán— se adelantó junto al monumento del sumo sacerdote Yojanán y, entre otras muchas cosas dichas con arrogancia contra los romanos, retaba a singular combate al mejor de ellos. De los que allí estaban formados, los más lo despreciaban, algunos, como es natural, sentían miedo, y a otros los ganaba un razonamiento nada insensato: no trabarse con un hombre que buscaba la muerte. Pues quienes han renunciado a salvarse tienen a la vez ímpetus sin freno y a la divinidad propicia; y arriesgarse contra tales adversarios, cuando vencer no es gran cosa y quedar atrás es peligroso y vergonzoso, no es valor sino temeridad. Como nadie salía por largo rato y el judío no dejaba de escarnecerlos como a cobardes —pues era un fanfarrón desmedido de sí mismo y despreciador de los romanos—, un tal Pudente, de un escuadrón de jinetes, harto de sus palabras y de su insolencia, y quizá también engreído sin reflexión ante la pequeñez de aquel cuerpo, saltó al frente. En lo demás llevaba ventaja en el combate, pero lo traicionó la fortuna: al caer, Jonatán se abalanzó y lo degolló. Luego, de pie sobre el cadáver, blandía la espada ensangrentada y con la izquierda alzaba el escudo, y lanzaba grandes gritos a la tropa, jactándose sobre el caído y burlándose de los romanos que miraban, hasta que a él, que brincaba y hacía necedades, un centurión llamado Prisco lo atravesó de un flechazo. Ante esto se alzó un clamor dispar de judíos y de romanos. Y él, retorcido por el dolor, cayó sobre el cuerpo del enemigo, mostrando cuán presta es en la guerra la venganza contra el que triunfa sin razón.
Los sediciosos del Templo no dejaban de rechazar abiertamente, cada día, a los soldados de los terraplenes; y el veintisiete del mes antes dicho urdieron el siguiente ardid: llenaron de leña seca —y además de betún y de pez— el espacio del pórtico occidental que quedaba entre las vigas y el techo que estaba bajo ellas; después se retiraron como si estuvieran agotados. Ante esto, muchos de los irreflexivos, arrastrados por el ímpetu, se lanzaron sobre los que se retiraban, arrimaron escalas y treparon al pórtico; pero los más sensatos, sospechando de aquella retirada sin motivo de los judíos, se quedaron. Se llenó, con todo, el pórtico de los que habían trepado, y en ese momento los judíos le prendieron fuego por entero. Al alzarse de pronto la llama por todas partes, un pavor terrible se apoderó de los romanos que estaban fuera del peligro, y una angustia sin salida de los que quedaban cercados. Rodeados por el fuego, unos se arrojaban hacia atrás, a la ciudad, otros hacia los enemigos, y muchos, con la esperanza de salvarse, saltando hacia los suyos se rompían los miembros; pero a los más el fuego se adelantaba a su ímpetu, y algunos se anticipaban a la llama con el hierro. El fuego, extendiéndose enseguida muy lejos, alcanzó también a los que perecían de otro modo. A César, aunque irritado con los que se perdían —porque habían subido sin orden—, con todo le entró compasión de aquellos hombres. Y como nadie podía socorrerlos, al menos era este el consuelo de los que morían: ver afligido a aquel por quien entregaban la vida. Pues bien claro estaba que les gritaba, saltaba hacia ellos y exhortaba a los suyos a socorrerlos con cuanto tenían a mano. Y cada uno, llevándose las voces y el gesto de César como una espléndida mortaja, moría animoso.
Algunos, sin embargo, retirándose al muro del pórtico, que era ancho, se salvaron del fuego, pero cercados por los judíos resistieron largo rato, acribillados, hasta que al fin cayeron todos. El último de ellos, un joven de nombre Longo, coronó toda aquella tragedia: siendo dignos de memoria, uno por uno, todos los que perecieron, él se mostró el mejor. Los judíos, admirados de su valor e incapaces por lo demás de matarlo, lo invitaban a bajar hacia ellos bajo palabra; su hermano Cornelio, por el otro lado, le pedía que no deshonrara la propia gloria ni al ejército de los romanos. Persuadido por este, alzando la espada a la vista de ambos bandos, se dio muerte. De los cercados por el fuego, un tal Artorio se salvó por astucia: llamando a gran voz a uno de los soldados, Lucio, con quien compartía tienda, «te dejo por heredero de mis bienes —dijo— si te acercas y me recibes». Acudió aquel de buena gana, y él, dejándose caer sobre él, vivió, pero el que lo recibió, aplastado contra el pavimento por el peso, murió en el acto.
Este desastre causó por un momento abatimiento a los romanos, pero para lo futuro los hizo más precavidos y les sirvió para guardarse mejor de los engaños de los judíos, con los que, por desconocimiento del terreno y del carácter de aquellos hombres, muchas veces sufrían daño. Se quemó el pórtico hasta la torre de Yojanán, la que él había levantado en su guerra contra Shimón sobre las puertas que dan por encima del xisto; el resto lo cortaron los judíos una vez muertos ya los que habían trepado. Al día siguiente, también los romanos incendiaron el pórtico del norte entero hasta el del este, cuyo ángulo de unión se alzaba sobre el barranco llamado del Cedrón, y por eso era espantosa su profundidad. Y así estaban las cosas en torno al Templo.
De los que perecían de hambre en la ciudad caía una multitud incontable, y sucedían padecimientos indecibles. En cada casa, si por alguna parte aparecía siquiera una sombra de alimento, había guerra, y llegaban a las manos los más queridos entre sí, arrebatándose las míseras provisiones de la vida. Ni a los moribundos se les creía su indigencia, sino que aun a los que expiraban los registraban los bandidos, no fuera que alguno, teniendo comida bajo el pecho, fingiera su propia muerte. Y ellos, boquiabiertos de necesidad, como perros rabiosos daban tumbos y se tambaleaban, embistiendo las puertas a la manera de los borrachos, y en su desesperación irrumpían en las mismas casas dos y tres veces en una sola hora. La necesidad les llevaba todo a los dientes, y recogían y se forzaban a comer lo que ni los más inmundos de los animales tomarían: al final no se abstuvieron ni de cinturones ni de calzado, y arrancando el cuero de los escudos lo masticaban. Alimento era para algunos hasta un puñado de heno viejo: recogían las fibras y vendían la mínima porción por cuatro áticos.
Pero ¿a qué hablar de la desvergüenza del hambre con las cosas inanimadas? Voy a exponer una hazaña suya cual no se ha registrado ni entre griegos ni entre bárbaros, horrible de decir e increíble de oír. Y por mi parte, para no parecer que fabulo ante los hombres venideros, de buena gana habría omitido esta desgracia, si no tuviera innumerables testigos de mi tiempo. Por lo demás, frío servicio prestaría a mi patria si silenciara el relato de lo que sus padecimientos han sufrido.
Cierta mujer de las que habitaban al otro lado del Yardén, de nombre María, hija de Elazar, de la aldea de Betezuba —que significa «casa del hisopo»—, distinguida por su linaje y su riqueza, refugiada con el resto de la multitud en Yerushaláyim, se hallaba sitiada. Los tiranos habían saqueado el demás caudal que ella, habiéndolo recogido de Perea, había traído a la ciudad, y los restos de sus alhajas y cuanto se pensara que fuera comida se lo arrebataban los lanceros, irrumpiendo cada día. Terrible indignación entró en la mujer, y muchas veces, injuriando y maldiciendo a los saqueadores, los irritaba contra sí misma. Mas como nadie —ni exasperado ni compadecido de ella— la mataba, y hallar algún alimento se le hacía trabajoso para otros, y ya por todas partes era imposible siquiera hallarlo, y el hambre le penetraba por las entrañas y la médula, y más que el hambre la abrasaba la ira, tomando por consejera la cólera junto con la necesidad, marchó contra la naturaleza. Y a su hijo —era una criatura de pecho— lo tomó y dijo: «Pobre niño, en medio de guerra, hambre y sedición, ¿para quién te voy a guardar? Con los romanos, esclavitud, aun si vivimos hasta llegar a ellos; pero el hambre se adelanta también a la esclavitud, y los sediciosos son más crueles que ambas cosas. Anda, sé para mí alimento, para los sediciosos una furia vengadora, y para el mundo una fábula, la única que aún falta a las desgracias de los judíos». Y diciendo esto a la vez, mata a su hijo; luego, asándolo, come la mitad, y el resto lo guardó cubriéndolo.
Al punto se presentaron los sediciosos y, aspirando el olor de aquel guiso nefando, amenazaron con degollarla en el acto si no mostraba lo que había preparado. Ella, diciendo que les había reservado una buena porción, descubrió los restos del niño. A ellos enseguida los tomó el horror y el pasmo, y quedaron petrificados ante la vista. Pero ella dijo: «Mío es este hijo, y mía la obra. Comed, que también yo he comido. No os hagáis ni más blandos que una mujer ni más compasivos que una madre. Y si sois piadosos y rechazáis mi sacrificio, yo he comido por vosotros, y que también el resto quede para mí». Tras esto, ellos, temblando, salieron —cobardes al menos para esto, y a duras penas cediendo a la madre aquel alimento—. Y enseguida se llenó toda la ciudad de aquella abominación, y cada cual, poniéndose ante los ojos el hecho como si él mismo lo hubiera osado, se estremecía. Grande era el afán de los hambrientos por la muerte, y se tenía por dichosos a los que se habían adelantado antes de oír y ver males tan grandes.
Pronto llegó también a los romanos la noticia del suceso. De ellos, unos no lo creían, otros se compadecían, y a los más les vino a avivar un odio más violento contra aquella nación. César se justificó también de esto ante Dios, diciendo que él había ofrecido a los judíos paz y autonomía, y amnistía de todos sus atrevimientos, pero que ellos, en vez de concordia, habían elegido la sedición; en vez de paz, la guerra; en vez de hartura y abundancia, el hambre; y que con sus propias manos habían comenzado a incendiar el Templo que nosotros les conservábamos: bien merecían, pues, semejante alimento. Con todo, él cubriría la abominación de aquella comida de hijos con la ruina misma de la patria, y no dejaría sobre la tierra que el sol mirara una ciudad en la que las madres se alimentan así. Aunque, en verdad, más propio de los padres que de las madres era tal alimento, pues ellos, aun después de padecimientos tan grandes, seguían en armas. Diciendo todo esto, meditaba también en la desesperación de aquellos hombres: no cabía ya que recobraran el juicio quienes lo habían padecido todo de antemano, cuando lo natural habría sido cambiar antes de sufrirlo.
Terminados ya por las dos legiones los terraplenes, el octavo del mes de Loo mandó acercar los arietes frente a la sala occidental del recinto exterior del Templo. Antes de ellos, durante seis días sin interrupción, la más recia de todas las máquinas de asalto había golpeado el muro sin conseguir nada: tanto de esta como de las demás vencía la magnitud y el ajuste de las piedras. Otros minaban los cimientos de la puerta del norte, y tras muchas fatigas removieron las piedras delanteras; pero, sostenida por las de dentro, la puerta se mantuvo, hasta que, renunciando a las tentativas con máquinas y palancas, arrimaron escalas a los pórticos. Los judíos no llegaron a tiempo de impedirlo, pero, arrojándose sobre los que subían, luchaban, y a unos los empujaban hacia atrás y los despeñaban, a otros, que les salían al encuentro, los mataban; a muchos que bajaban de las escalas, antes de que se cubrieran con los escudos, los alcanzaban a golpes de espada, y algunas escalas llenas de soldados las derribaban de lado desde arriba. No era poca tampoco la mortandad entre ellos mismos. Los que habían subido las enseñas peleaban por ellas, teniendo por terrible y vergonzoso perderlas. Al fin los judíos se apoderaron de las enseñas y mataron a los que habían subido; los demás, aterrados por la suerte de los perdidos, se retiraron. De los romanos, ninguno murió sin haber hecho algo; de los sediciosos, los que habían luchado con bravura en los combates anteriores lo hicieron también entonces, y con ellos Elazar, sobrino del tirano Shimón.
Tito, al ver que la contemplación con los santuarios ajenos redundaba en daño y muerte de sus soldados, mandó pegar fuego a las puertas. En esto se pasaron a él Anano el de Amaús, el más sanguinario de los lanceros de Shimón, y Arquelao, hijo de Magadato, esperando perdón por retirarse cuando los judíos vencían. Pero Tito, teniendo también esto por una añagaza de aquellos hombres, y enterado de su crueldad para con los suyos, estuvo a punto de matar a ambos, diciendo que habían venido por necesidad, no por libre elección, y que no merecían salvación quienes saltaban fuera de la patria ya ardiendo por su culpa. Con todo, venció al enojo la palabra empeñada, y dejó ir a aquellos hombres, aunque no los colocó en la misma condición que a los demás.
Ya los soldados acercaban el fuego a las puertas, y la plata, al fundirse, transmitía rápidamente la llama al maderamen; de allí, propagándose en masa, prendía en los pórticos. A los judíos, al ver el fuego en derredor, se les aflojó el alma junto con el cuerpo, y por el espanto nadie se lanzó a defenderlo ni a apagarlo, sino que se quedaron mirando, secos, sin moverse. Mas, aunque abatidos por lo que se consumía, no por ello recobraron para lo sucesivo la cordura, sino que, como si ya ardiera el santuario mismo, aguzaban su furia contra los romanos. Aquel día, pues, y la noche siguiente, el fuego reinó, pues por partes, no de una vez y por todos lados, pudieron incendiar los pórticos.
Al día siguiente, Tito, mandando a una parte de sus fuerzas apagar el fuego y abrir camino junto a las puertas para una subida más fácil de las legiones, reunió él mismo a los jefes. Congregados seis de los más principales —Tiberio Alejandro, prefecto de todos los ejércitos; Sexto Cereal, al mando de la quinta legión; Larcio Lépido, de la décima; Tito Frigio, de la decimoquinta; junto a los cuales estaban Frontón Eterio, comandante de las dos legiones de Alejandría, y Marco Antonio Juliano, procurador de Judea; y tras estos, reunidos procuradores y tribunos—, propuso deliberar sobre el santuario. A unos les parecía usar la ley de la guerra, pues nunca cesarían los judíos de sublevarse mientras quedara en pie el Templo, hacia el que se congregaban de todas partes. Otros aconsejaban que, si los judíos lo abandonaban y nadie ponía las armas sobre él, lo salvaran, pero que si lo defendían subiendo a él, lo incendiaran, pues sería una fortaleza, y no ya un santuario, y en adelante la impiedad recaería sobre quienes los habían forzado, no sobre ellos. Pero Tito, diciendo que, aun si los judíos subían a él para pelear, no se vengaría de las cosas inanimadas en lugar de los hombres, ni incendiaría jamás obra tan grande —pues el daño sería de los romanos, del mismo modo que era ornato de su imperio mientras se mantuviera en pie—, cobraron ya ánimo y se sumaron a su parecer Frontón, Alejandro y Cereal. Disolvió entonces el consejo y, mandando a los jefes dar descanso a las demás tropas para servirse de ellas más vigorosas en la formación, ordenó a los escogidos de las cohortes abrir camino entre los escombros y apagar el fuego.
Aquel día, la fatiga y el pasmo dominaron los ímpetus de los judíos; pero al siguiente, reunidas sus fuerzas y cobrado ánimo, hicieron una salida por la puerta del este contra los guardias del recinto exterior, hacia la hora segunda. Aquellos recibieron con firmeza su embestida, y, cubriéndose de frente con los escudos como un muro, apretaron la falange; pero era claro que no aguantarían mucho, vencidos por el número de los que salían y por su furia. Adelantándose a la inclinación del combate, César —pues lo observaba desde la Antonia— acudió en socorro con los jinetes escogidos. Los judíos no resistieron la acometida, sino que, caídos los primeros, huyeron los más; y cuando los romanos se retiraban, se les echaban encima volviéndose contra ellos, pero cuando estos daban media vuelta, huían de nuevo, hasta que, hacia la hora quinta del día, fueron forzados y quedaron encerrados en el recinto interior del Templo.
Tito se retiró a la Antonia, resuelto a irrumpir al amanecer del día siguiente con todas sus fuerzas y a cercar el santuario. En cuanto a este, Dios había sentenciado ya de antiguo su entrega al fuego, y llegaba, por los giros de los tiempos, el día señalado por el destino: el décimo del mes de Loo, aquel mismo en que también antes había sido incendiado por el rey de los babilonios. Y las llamas tomaron su comienzo y su causa de los propios judíos: pues, retirado Tito, los sediciosos, tras un breve respiro, atacaron de nuevo a los romanos, y se trabó combate entre los guardias del Templo y los que apagaban el fuego del santuario interior, quienes, puestos en fuga los judíos, los persiguieron hasta el Templo. Entonces uno de los soldados, sin esperar orden ni sentir temor ante empresa tan grande, movido por cierto impulso demoníaco, arrebató fuego de la hoguera y, alzado por un compañero de armas, lo lanzó por una ventanilla de oro que, por la parte norte, daba entrada a las cámaras que rodeaban el Templo. Al alzarse la llama, se elevó de los judíos un clamor digno de la desgracia, y corrían juntos a defenderlo, sin cuidarse ya de vivir ni ahorrar sus fuerzas, pues aquello por lo que antes velaban se estaba perdiendo.
Corrió uno a anunciarlo a Tito; y este —que se hallaba descansando en su tienda tras el combate—, tal como estaba, saltando en pie, corrió hacia el Templo para atajar el fuego. Detrás lo seguían todos los jefes, y tras ellos, sobrecogidas, iban las legiones; y había griterío y tumulto, cual de fuerza tan grande movida sin orden. César, con la voz y con la diestra, hacía señas a los combatientes de apagar el fuego; pero ni lo oían cuando gritaba, con los oídos ocupados por un clamor mayor, ni atendían a los gestos de su mano, unos absortos en pelear, otros en su furia. A las legiones que irrumpían no las contenía ni exhortación ni amenaza, sino que la ira mandaba en todos; y apretujándose en torno a las entradas, muchos eran pisoteados unos por otros, y muchos, cayendo sobre los escombros aún ardientes y humeantes de los pórticos, sufrían la misma suerte de los vencidos. Al acercarse al Templo, fingían no oír siquiera las órdenes de César, y a los que iban delante los animaban a arrojar el fuego. De los sediciosos, ya no había medio de socorrer; por todas partes, matanza y fuga. La mayor parte, gente del pueblo, débil e inerme, era degollada dondequiera que se la sorprendiese, y en torno al altar se amontonaba una multitud de cadáveres, y por las gradas del Templo corría mucha sangre, y se deslizaban abajo los cuerpos de los que arriba eran asesinados.
César, viendo que no podía contener los ímpetus de sus soldados enardecidos y que el fuego iba en aumento, entró con los jefes y contempló el interior, lo santo del Templo y cuanto en él había: mucho mejor que su fama entre los extranjeros, y no inferior a la jactancia y la gloria que gozaba entre los suyos. Como la llama no penetraba aún por ninguna parte al interior, sino que devoraba las cámaras en torno al Templo, pensando —como así era— que todavía podía salvarse la obra, saltó al frente, y él mismo trataba de exhortar a los soldados a apagar el fuego, y mandó a Liberal, centurión de sus lanceros, golpear con palos a los desobedientes y contenerlos. Pero en ellos vencían, sobre el respeto a César y el miedo al que se lo impedía, la furia y el odio a los judíos, y cierto ímpetu bélico más impetuoso; y a los más los arrastraba la esperanza del saqueo, teniendo por seguro que todo el interior estaba lleno de riquezas, al ver de oro cuanto había alrededor. Se adelantó uno de los que ya habían entrado dentro y, habiendo salido César para contener a los soldados, lanzó fuego a los goznes de la puerta, en la oscuridad. Entonces, al aparecer de súbito la llama desde dentro, los jefes se retiraron con César, y a los de fuera nadie les impidió ya prender fuego. Así, contra la voluntad de César, ardió el Templo.
Mucho podría uno lamentarse por la más admirable obra de cuantas hemos conocido por vista y por oído, tanto por su fábrica y magnitud como por la opulencia de cada detalle y la gloria de sus cosas sagradas; pero hallaría grandísimo consuelo en que el destino es inevitable, así para los seres vivos como para las obras y los lugares. Y podría uno admirar en ello la exactitud del ciclo: pues guardó, como dije, el mismo mes y el mismo día en que antes había sido incendiado el Templo por los babilonios. Desde su primera fundación, la que echó el rey Shlomo, hasta la presente destrucción, ocurrida en el año segundo del imperio de Vespasiano, se reúnen mil ciento treinta años, más siete meses y quince días; y desde la posterior, que hizo Jagái en el año segundo del reinado de Ciro, hasta la toma por Vespasiano, seiscientos treinta y nueve años y cuarenta y cinco días.
Mientras ardía el Templo, había saqueo de cuanto caía en manos, y matanza incontable de los que eran capturados; y no había compasión de la edad ni respeto de la dignidad, sino que niños y ancianos, laicos y sacerdotes, por igual eran degollados, y a todo linaje alcanzaba la guerra en su cerco, a la vez a los suplicantes y a los que se defendían. Resonaba la llama, extendiéndose lejísimos, con los gemidos de los que caían; y por la altura de la colina y la magnitud de la obra incendiada, cualquiera habría creído que ardía toda la ciudad. De aquel clamor no cabe imaginar nada mayor ni más espantoso: había el alarido de las legiones romanas que atacaban juntas, y el griterío de los sediciosos cercados por el fuego y el hierro, y del pueblo aislado arriba, en fuga aterrada hacia los enemigos y en lamentos ante su desgracia. Con los de la colina clamaba a coro la multitud de la ciudad; y ya muchos, consumidos por el hambre y con la boca cerrada, al ver el fuego del Templo cobraron fuerzas de nuevo para gemir y gritar. Resonaban a coro Perea y los montes de alrededor, agravando el estruendo.
Pero más espantosos que el tumulto eran los padecimientos. La colina del santuario parecía hervir desde las raíces, tan llena de fuego estaba por todas partes; y era más abundante la sangre que el fuego, y más numerosos los que morían que los que mataban. En ninguna parte se veía la tierra por los cadáveres, sino que los soldados, pisando montones de cuerpos, corrían tras los que huían. La turba de bandidos, empujando a los romanos, a duras penas se abrió paso al recinto exterior y de allí a la ciudad, y lo que quedaba del pueblo se refugió en el pórtico exterior. Algunos de los sacerdotes, al principio, arrancando del Templo los pinchos y sus bases, hechas de plomo, los arrojaban contra los romanos; después, como no conseguían nada y el fuego se lanzaba contra ellos, se retiraron al muro, que tenía ocho codos de ancho, y allí se quedaron. Dos, sin embargo, de los notables, pudiendo salvarse pasándose a los romanos o resistir hasta la suerte común con los demás, se arrojaron al fuego y se abrasaron junto con el Templo: Meír, hijo de Belgás, y Yosef, hijo de Daleo.
Los romanos, juzgando vano perdonar los edificios de alrededor una vez ardiendo el Templo, lo incendiaron todo: los restos de los pórticos y las puertas, salvo dos —una por el lado del este, otra por el sur—, que también más tarde arrasaron. Quemaron asimismo las tesorerías, en las que había cantidad incontable de dinero, incontables vestiduras y otras alhajas; en suma, allí estaba amontonada toda la riqueza de los judíos, pues los ricos habían trasladado allí el ajuar de sus casas. Llegaron también al pórtico que restaba del recinto exterior; a él se refugió, de entre el pueblo, un gentío de mujeres, niños y muchedumbre revuelta, hasta unos seis mil. Y antes de que César resolviera nada sobre ellos o diera orden a los jefes, arrastrados por su furia los soldados prendieron fuego al pórtico, y sucedió que unos, arrojándose desde la llama, perecieron, y otros dentro de ella; y de tantos no se salvó ninguno. La causa de su perdición fue un falso profeta que aquel mismo día había proclamado a los de la ciudad que Dios mandaba subir al Templo para recibir las señales de la salvación. Muchos eran, en efecto, los profetas apostados entonces por los tiranos entre el pueblo, que anunciaban aguardar el socorro de Dios, para que menos desertaran y a los que estaban por encima del miedo y de la vigilancia los sostuviera la esperanza. Y pronto se deja persuadir el hombre en la desgracia; y cuando, además, el que engaña le pinta la liberación de los males que lo oprimen, entonces el que padece se entrega todo a la esperanza.
A aquel pueblo mísero, pues, los impostores y calumniadores de Dios lo extraviaban en aquel tiempo; en cambio, a los prodigios manifiestos que anunciaban de antemano la inminente desolación, ni atendían ni daban crédito, sino que, como aturdidos por un rayo y sin ojos ni alma, desoyeron los pregones de Dios. Así fue cuando sobre la ciudad se detuvo un astro semejante a una espada, y un cometa que se prolongó durante un año; y así también cuando, antes de la rebelión y del alzamiento hacia la guerra, mientras el pueblo se congregaba para la fiesta de los Ázimos —era el octavo del mes de Xántico—, hacia la hora novena de la noche, tanta luz brilló en torno al altar y al Templo que parecía ser día claro, y esto se prolongó por media hora: a los ignorantes les pareció un bien, pero los escribas sagrados lo juzgaron enseguida a la luz de lo que después sobrevino. Y en la misma fiesta, una vaca llevada por alguien al sacrificio parió un cordero en medio del Templo. La puerta oriental del santuario interior, siendo de bronce y macicísima, que apenas cerraban al atardecer veinte hombres, apoyada en barras herradas de hierro y con cerrojos hondísimos hundidos en el umbral, que era de una piedra continua, se vio abrir por sí sola a la hora sexta de la noche. Corrieron los guardias del Templo a anunciarlo al capitán, y este, subiendo, a duras penas logró cerrarla. También esto a los legos les pareció el más hermoso prodigio —que Dios les abría la puerta de los bienes—, pero los doctos comprendieron que se soltaba por sí sola la seguridad del Templo, y que la puerta se abría como un don a los enemigos, y declaraban entre sí que la señal era anuncio de desolación.
No muchos días después de la fiesta, el veintiuno del mes de Artemisio, apareció una aparición sobrenatural, superior a toda credulidad. Y por prodigioso, creo, tendría uno lo que voy a decir, si no fuera porque lo refirieron también los que lo vieron y porque los padecimientos que siguieron fueron dignos de las señales: antes de la puesta del sol se vieron por toda la región, en lo alto, carros y falanges armadas cruzando entre las nubes y cercando las ciudades. Y en la fiesta que se llama Pentecostés, los sacerdotes, entrando de noche al recinto interior para sus servicios, según su costumbre, dijeron haber percibido primero un movimiento y un estrépito, y después una voz en masa: «Partamos de aquí».
Pero más espantoso que esto: cierto Jesús, hijo de Ananías, un campesino de la gente común, cuatro años antes de la guerra, cuando la ciudad estaba en la mayor paz y prosperidad, viniendo a la fiesta en que es costumbre que todos levanten cabañas en honor de Dios, empezó de repente a gritar en el Templo: «¡Voz de oriente, voz de occidente, voz de los cuatro vientos, voz contra Yerushaláyim y el Templo, voz contra los novios y las novias, voz contra todo el pueblo!». Esto lo iba clamando de día y de noche por todas las callejuelas. Algunos notables del pueblo, indignados por aquel mal presagio, prenden al hombre y lo maltratan con muchos golpes. Pero él, sin decir nada en su favor ni en privado a los que lo golpeaban, seguía profiriendo las mismas voces que antes. Pensando los magistrados —como así era— que aquel arrebato del hombre tenía algo de sobrenatural, lo llevaron ante el prefecto romano. Allí, desgarrado a azotes hasta los huesos, ni suplicó ni lloró, sino que, torciendo la voz del modo más lastimero que podía, respondía a cada golpe: «¡Ay de Yerushaláyim!». Y como Albino —pues este era el prefecto— le preguntara insistentemente quién era, de dónde venía y por qué profería aquello, a ello no respondió absolutamente nada, sin dejar de repetir su lamento por la ciudad, hasta que Albino, tomándolo por loco, lo soltó. Durante todo el tiempo hasta la guerra, ni se acercó a ningún ciudadano ni se lo vio hablar, sino que cada día, como quien recita una plegaria aprendida, se lamentaba: «¡Ay de Yerushaláyim!». Ni maldecía a ninguno de los que a diario lo golpeaban, ni bendecía a los que le daban comida; a todos, una sola era la sombría respuesta agorera. Sobre todo en las fiestas gritaba; y esto, durante siete años y cinco meses, sin cansarse ni enronquecer la voz, hasta que durante el asedio, viendo cumplida su profecía, descansó. Pues, recorriendo el muro, gritaba con voz penetrante: «¡Ay de nuevo de la ciudad, del pueblo y del Templo!», y cuando al final añadió «¡ay también de mí!», una piedra disparada por la ballesta lo alcanzó y lo mató en el acto; y con el alma profiriendo aún aquellos presagios, la entregó.
Quien reflexione sobre esto hallará que Dios cuida de los hombres y de todos los modos anuncia de antemano a su pueblo lo que le conviene para salvarse, y que ellos por insensatez y por males de su propia elección se pierden. Así, los judíos, tras la demolición de la Antonia, hicieron cuadrado el santuario, teniendo consignado en sus oráculos que la ciudad y el Templo serían tomados cuando el santuario se hiciera cuadrado. Mas lo que sobre todo los incitó a la guerra fue un oráculo ambiguo, hallado igualmente en las Escrituras sagradas, según el cual, por aquel tiempo, uno de su tierra reinaría sobre el mundo. Esto lo entendieron como cosa propia, y muchos de los sabios se extraviaron en la interpretación, pues el oráculo señalaba en realidad el imperio de Vespasiano, proclamado emperador en Judea. Pero no es posible que los hombres escapen a lo fatal, ni aun previéndolo. Y ellos, de las señales, unas las interpretaron a su gusto y otras las despreciaron, hasta que quedaron convictos de su insensatez por la toma de la patria y por su propia ruina.
Los romanos, refugiados ya los sediciosos en la ciudad, y ardiendo el Templo mismo y todo lo de alrededor, llevaron las enseñas al recinto y, colocándolas frente a la puerta oriental, allí mismo les ofrecieron sacrificios y, con grandísimas aclamaciones, proclamaron a Tito emperador. Y de tal modo se saciaron de botín todos los soldados que, por Siria, el peso del oro se vendía a la mitad de su antiguo valor.
Mientras los sacerdotes seguían resistiendo apostados a lo largo del muro del templo, un muchacho, atormentado por la sed, suplicó a los guardias romanos que le dieran garantía de vida, confesándoles que se moría de sed. Ellos, apiadados de su edad y de su apuro, se la concedieron; el muchacho bajó, bebió él mismo, llenó de agua la vasija que traía y huyó de vuelta, hacia arriba, con los suyos. Ninguno de los guardias logró alcanzarlo, y le reprochaban a gritos su deslealtad. Él respondió que no había quebrantado en nada lo pactado: había recibido garantía no para quedarse con ellos, sino solo para bajar y coger agua, y, habiendo hecho ambas cosas, se consideraba fiel a su palabra. Los engañados quedaron admirados de aquella astucia, sobre todo por la edad del muchacho. Al quinto día, los sacerdotes, muertos de hambre, bajaron y, llevados ante Tito por los guardias, le suplicaron que les concediera la vida. Pero él respondió que ya había pasado para ellos el momento del perdón, que se había ido aquel por quien con razón los habría salvado, y que a los sacerdotes les correspondía perecer junto con el templo; y ordenó ejecutarlos.
Los partidarios de los tiranos, como en la guerra eran vencidos por todas partes y, cercados por el muro, no tenían por dónde escapar, invitaron a Tito a parlamentar. Él, tanto por su humanidad natural —deseoso al menos de salvar la ciudad— como porque sus amigos lo instaban, pues ya suponía que los bandidos se moderaban, se apostó en la parte occidental del recinto exterior del templo; pues por allí, por encima del xisto, había unas puertas, y un puente que unía el templo con la ciudad alta. Este quedaba entonces entre los tiranos y el César. A ambos lados se agolpaba densa la multitud: los judíos en torno a Shimón y Yojanán, en vilo por la esperanza de perdón, y los romanos junto al César, aguardando la decisión de los sitiados. Tito ordenó a los soldados contener la ira y las armas, hizo colocar a su lado al intérprete —lo cual era señal de que él era el vencedor— y comenzó a hablar primero:
«¿Es que ya os habéis saciado de las desdichas de vuestra patria, hombres, vosotros que, sin haber reparado ni en nuestro poder ni en vuestra propia debilidad, con ímpetu irreflexivo y locura habéis destruido al pueblo, a la ciudad y al templo, y que también pereceréis vosotros con justicia, vosotros que, primero, desde que Pompeyo os tomó por la fuerza, no habéis cesado de rebeliones y, después, habéis llevado incluso una guerra abierta contra los romanos? ¿Acaso confiados en el número? Pues bien, una parte mínima del ejército romano os ha bastado como adversario. ¿En la lealtad de aliados, entonces? ¿Y qué nación de las que están fuera de nuestro imperio iba a preferir a los judíos antes que a los romanos? ¿O en la fuerza de vuestros cuerpos? Pues bien, sabéis que los germanos nos sirven. ¿En la solidez de las murallas? ¿Y qué muralla mayor obstáculo que el océano, rodeados por el cual los britanos se postran ante las armas de Roma? ¿En la entereza de ánimo y la astucia de vuestros generales? Pues bien, sabíais también que los cartagineses fueron vencidos.
»Así pues, lo que os incitó contra los romanos fue la humanidad de los romanos, nosotros que, primero, os dimos la tierra para que la habitarais y os pusimos al frente reyes de vuestro propio pueblo; luego respetamos las leyes patrias y os permitimos vivir no solo entre vosotros, sino también frente a los demás, como quisierais; y —lo más grande— os permitimos recaudar tributos para Dios y reunir ofrendas, y a quienes las traían ni los amonestamos ni se lo impedimos, para que os hicierais más ricos a nuestra costa y os preparaseis con nuestro propio dinero contra nosotros. Luego, disfrutando de bienes tan grandes, arrojasteis vuestra hartura contra quienes os los dieron y, como reptiles indómitos, descargasteis vuestro veneno sobre quienes os acariciaban.
»Sea, pues: despreciasteis la indolencia de Nerón y, como grietas o desgarros que el resto del tiempo permanecen taimadamente en calma, os manifestasteis en la peor enfermedad y extendisteis vuestros deseos hacia esperanzas desvergonzadas y desmedidas. Vino mi padre a este país, no para castigaros por lo de Cestio, sino para amonestaros; pues, si hubiera venido para exterminar a la nación, lo procedente habría sido correr a vuestra raíz y arrasar de inmediato esta ciudad; en cambio, devastó Galilea y sus alrededores, dándoos tiempo para el arrepentimiento. Pero a vosotros la humanidad os pareció debilidad, y con nuestra clemencia alimentasteis vuestra audacia.
»Muerto Nerón, hicisteis lo que corresponde a los más perversos: os envalentonasteis con nuestras discordias internas y, cuando mi padre y yo nos apartamos hacia Mitsraim, aprovechasteis la ocasión para los preparativos de la guerra, y no os avergonzasteis de perturbar a quienes se habían convertido en emperadores, a quienes antes habíais probado como generales benévolos. Así, cuando el poder recayó en nosotros, y todo dentro de él permanecía en calma, y las naciones de fuera enviaban embajadas y se congratulaban, de nuevo los judíos, enemigos: embajadas vuestras a los pueblos de más allá del Éufrates con miras a la rebelión, nuevos recintos de murallas reconstruidos, sediciones, rivalidades de tiranos y guerra civil, lo único propio de hombres tan perversos.
»Vine yo a la ciudad de parte de mi padre, que a su pesar me dio sombríos encargos. Al oír que el pueblo quería la paz, me alegré. Os exhorté a cesar antes de la guerra; largo tiempo, mientras combatíais, os perdoné la vida; di garantías a los desertores; a quienes se refugiaban les mantuve mi palabra; me apiadé de muchos cautivos; solo a los que porfiaban por seguir la guerra los castigué, tras someterlos a tormento. Contra vuestras murallas acerqué las máquinas a mi pesar; refrené siempre a mis soldados, ansiosos de mataros; tras cada victoria os invité a la paz como si fuera yo el vencido. Al llegar cerca del templo, de nuevo, deliberadamente, olvidé las leyes de la guerra y os supliqué que perdonaseis vuestros propios lugares santos y que salvaseis el templo para vosotros mismos, ofreciéndoos salida libre y garantía de vida y, si lo queríais, incluso ocasión de combate en otro lugar.
»De todo hicisteis caso omiso y con vuestras propias manos incendiasteis el templo. Y luego, malvadísimos, ¿me invitáis ahora a parlamentar? ¿Para salvar qué, algo semejante a lo que ha perecido? ¿Qué salvación pretendéis para vosotros mismos después del templo? Pero incluso ahora estáis en pie con las armas y, ni siquiera en el extremo, fingís al menos ser suplicantes. ¡Desdichados! ¿En qué confiáis? ¿No está muerto vuestro pueblo, no se ha ido el templo, no está la ciudad bajo mi poder, no tenéis vuestras vidas en mis manos? ¿Y aun así consideráis gloria de valor el empeño en morir peleando? Yo, sin embargo, no rivalizaré con vuestra demencia: a quienes arrojen las armas y entreguen sus cuerpos les concedo la vida, como un amo clemente en su casa que castiga lo incurable y conserva lo demás para sí.»
A esto responden que no pueden recibir de él garantía, pues han jurado no hacerlo jamás, y le piden salida a través del muro de asedio con sus mujeres e hijos, pues se marcharían al desierto y le dejarían la ciudad. Indignado por esto Tito —que, teniendo la suerte de vencidos, le propusieran condiciones como de vencedores—, mandó proclamar entre ellos que ni desertaran ya más ni esperaran garantía alguna, pues no perdonaría a nadie, sino que combatieran con todas sus fuerzas y se salvaran como pudieran, pues él ya lo haría todo según la ley de la guerra; y a los soldados les permitió incendiar y saquear la ciudad. Ellos se contuvieron aquel día, pero al siguiente prendieron fuego al archivo, a la Acra, a la sala del consejo y al llamado Ofla; y el fuego avanzó hasta el palacio de Helena, que estaba en medio de la Acra. Ardían las callejuelas y las casas, llenas de cadáveres consumidos por el hambre.
Ese mismo día, los hijos y hermanos del rey Izates, y con ellos muchos ciudadanos notables allí reunidos, suplicaron al César que les diera garantía. Y él, aunque irritado con todos los demás supervivientes, no cambió su carácter y acogió a aquellos hombres. Por entonces los mantuvo a todos bajo custodia; más tarde, tras encadenar a los hijos y parientes del rey, los llevó a Roma para que sirvieran de rehenes en prenda de fidelidad.
Los sediciosos, lanzándose sobre el palacio real —donde muchos, por su solidez, habían depositado sus bienes—, expulsaron de él a los romanos y, tras dar muerte a toda la multitud del pueblo allí reunida, que eran unos ocho mil cuatrocientos, saquearon las riquezas. Capturaron vivos también a dos romanos, uno de caballería y otro de infantería; al de infantería lo degollaron y en seguida lo arrastraron por la ciudad, como si en un solo cuerpo se vengaran de todos los romanos. El jinete, diciendo que les sugeriría algo útil para su salvación, fue llevado ante Shimón; como ante él no tuvo nada que decir, fue entregado a un tal Ardalas, uno de los jefes, para ser castigado. Este le ató las manos a la espalda, le vendó los ojos con una cinta y lo condujo frente a los romanos para decapitarlo; pero el hombre se le adelantó y escapó hacia los romanos mientras el judío desenvainaba la espada. A este, que había huido de los enemigos, Tito no se resignó a matarlo; pero, juzgándolo indigno de ser soldado romano por haber sido capturado vivo, le quitó las armas y lo expulsó de la legión, cosa que para un hombre de honor era más dura que la muerte.
Al día siguiente los romanos, tras rechazar a los bandidos de la ciudad baja, incendiaron todo hasta el Siloé, y se alegraban de ver consumirse la ciudad, aunque se quedaban sin botín, pues los sediciosos, tras vaciarlo todo, se habían retirado a la ciudad alta. Pues no tenían arrepentimiento alguno de sus males, sino jactancia como si de bienes se tratara; viendo arder la ciudad, con rostros alegres decían que aguardaban de buen ánimo el final, ya que, muerto el pueblo, quemado el templo e incendiada la ciudad, nada dejaban a los enemigos. Y, sin embargo, Josefo no dejó de suplicarles hasta el extremo por los restos de la ciudad; pero, aunque dijo mucho contra su crueldad e impiedad y les aconsejó mucho en favor de su salvación, no cosechó más que burlas.
Como ni se resignaban a entregarse, por causa del juramento, ni podían ya combatir en igualdad con los romanos, cercados como en una prisión, y como la costumbre de matar les movía las manos, dispersándose por las afueras de la ciudad se emboscaban entre las ruinas al acecho de quienes se disponían a desertar. Muchos eran capturados, y a todos los degollaban —pues por la debilidad ni siquiera podían huir— y arrojaban sus cadáveres a los perros. Toda forma de muerte parecía más llevadera que el hambre, de modo que, aun habiendo perdido ya toda esperanza de clemencia por parte de los romanos, con todo se refugiaban en ellos y caían de buena gana en manos de los sediciosos que los mataban. No quedaba en la ciudad un solo lugar vacío, sino que en todos había un muerto por el hambre o por la sedición, y estaban llenos de cadáveres de quienes habían perecido por la sedición o por el hambre.
Alentaba a los tiranos y a la banda de bandidos que los acompañaba una última esperanza en los subterráneos, a los que se refugiaban esperando no ser buscados, y donde, tras la toma total de la ciudad y una vez que los romanos se retirasen, saldrían e intentarían escapar. Pero aquello no era sino un sueño para ellos, pues no iban a pasar inadvertidos ni a Dios ni a los romanos. Entonces, sin embargo, confiados en los subterráneos, ellos mismos prendían más fuego que los romanos, y a quienes desde los edificios en llamas se refugiaban en los túneles los mataban sin reparo, los despojaban y, si a alguno le encontraban algo de comida, se lo arrebataban y lo devoraban empapado en sangre. Y ya había guerra entre ellos mismos por el botín; y me parece que, de no haberlos sorprendido antes la toma de la ciudad, por el exceso de su crueldad habrían llegado incluso a probar los cadáveres.
El César, como era imposible tomar sin terraplenes la ciudad alta, escarpada por todas partes, distribuyó sus fuerzas para los trabajos el día veinte del mes de Loos. Difícil era el acarreo de la madera, pues todo, como he dicho, en torno a la ciudad hasta cien estadios había quedado pelado para los terraplenes anteriores. Los trabajos de las cuatro legiones se levantaban en la ladera occidental de la ciudad, frente al palacio real, mientras la multitud de tropas auxiliares y el resto de la turba trabajaba junto al xisto, el puente y la torre de Shimón, que este había construido como fortaleza cuando guerreaba contra Yojanán.
Por aquellos días, los jefes de los idumeos, reuniéndose en secreto, deliberaron sobre su propia rendición y, enviando cinco hombres a Tito, le suplicaron que les diera garantía. Él, esperando que también los tiranos cederían una vez apartados los idumeos, que eran una gran parte de la guerra, aunque despacio, con todo les concedió la salvación y despachó de vuelta a los hombres. Pero, mientras se preparaban para retirarse, Shimón se percata, y de inmediato mata a los cinco que habían ido a ver a Tito, y a los jefes —de quienes el más notable era Yaakov, hijo de Sosas— los prende y encierra; y la multitud de los idumeos, sin saber qué hacer por la pérdida de sus jefes, la mantenía vigilada y repartía el muro entre guarniciones más cuidadosas. Sin embargo, los centinelas no lograban contener las deserciones, sino que, aunque muchísimos eran asesinados, muchos más eran los que escapaban.
Los romanos a todos los acogían, pues Tito, por clemencia, dejaba de lado sus órdenes anteriores, y los soldados mismos se abstenían de matar por hartura y por la esperanza de ganancia: pues, dejando solo a los del pueblo llano, vendían al resto de la muchedumbre junto con sus mujeres e hijos, cada uno a ínfimo precio, tanto por la cantidad de los que se vendían como por la escasez de compradores. Y, aunque había proclamado que nadie desertara solo, para que sacaran también a sus familias, con todo también a estos los acogía; puso, no obstante, a quienes discernieran entre ellos si alguno era digno de castigo. E incontable era la multitud de los vendidos; en cambio, los del pueblo llano se salvaron más de cuarenta mil, a quienes el César dejó ir adonde a cada uno le placía.
Por esos mismos días, también uno de los sacerdotes, hijo de Thebuti, de nombre Yeshúa, tras recibir del César juramentos por su salvación a condición de entregar algunos de los objetos sagrados, sale y entrega, desde el muro del templo, dos candelabros semejantes a los que estaban depositados en el santuario, y mesas, cráteras y copas, todo de oro macizo y del más pesado; entrega también los velos y las vestiduras de los sumos sacerdotes con sus piedras, y muchos otros de los utensilios destinados a los oficios sagrados. Capturado también el tesorero del templo, de nombre Pinjás, mostró las túnicas y los ceñidores de los sacerdotes, mucha púrpura y grana, que se guardaban para las reparaciones del velo, y con ello mucho cinamomo y casia y multitud de otros aromas, que mezclaban y quemaban a diario como incienso a Dios. Fueron entregados por él también muchos otros objetos preciosos y no poco ornamento sagrado, lo cual, aunque él había sido capturado por la fuerza, le valió el perdón concedido a los desertores.
Terminados ya también los terraplenes en dieciocho días, el séptimo del mes de Gorpieo, los romanos acercaban las máquinas; de los sediciosos, unos, desesperando ya de la ciudad, se retiraban del muro a la fortaleza, otros se hundían en los subterráneos; muchos, sin embargo, apostados aquí y allá, rechazaban a los que acercaban las torres de asalto. Pero también a estos los vencían los romanos, por número y por fuerza y, sobre todo, porque combatían con buen ánimo a hombres ya desanimados y agotados. Cuando se derrumbó una parte del muro y algunas de las torres, batidas por los arietes, cedieron, al punto los defensores emprendieron la huida, y también a los tiranos les entró un miedo más violento que el propio apremio; pues, antes de que los enemigos franquearan el muro, estaban paralizados y dispuestos a huir. Y podía verse a quienes antes eran arrogantes y jactanciosos en sus impiedades, entonces humillados y temblorosos, de suerte que era digna de lástima aquella mudanza, aun tratándose de los más perversos.
Se lanzaron, pues, corriendo contra el muro de asedio para expulsar a los centinelas y, rompiéndolo, salir; pero, al no ver por ninguna parte a sus antiguos fieles —pues habían huido cada uno a donde el apremio le aconsejaba— y al acudir corriendo unos anunciando que todo el muro occidental estaba derribado, otros que los romanos habían irrumpido y estaban ya cerca buscándolos, y otros diciendo que veían enemigos desde las torres —pues el miedo les extraviaba la vista—, cayeron de bruces y lloraban su propia demencia y, como si tuvieran cortados los tendones, no acertaban a huir. Aquí sobre todo podría uno comprender el poder de Dios sobre los impíos y la fortuna de los romanos; pues los tiranos se despojaron ellos mismos de su seguridad y bajaron voluntariamente de las torres, en las cuales por la fuerza jamás habrían podido ser tomados, sino solo por el hambre. Y los romanos, que tanto habían penado ante murallas más débiles, tomaron por fortuna lo que no podían con las máquinas; pues más fuertes que cualquier ingenio eran las tres torres, sobre las que ya hemos hablado antes.
Abandonándolas, o más bien derribados de ellas por Dios, se refugian al punto en el barranco que hay bajo el Siloé y, poco después, recobrándose un tanto del miedo, se lanzaron contra el muro de asedio de aquel lado. Pero, empleando una audacia más cobarde que su apremio —pues ya tenían quebrada la fuerza, a la vez por el miedo y por las desgracias—, fueron rechazados por los centinelas y, dispersándose unos de otros, se hundieron en los subterráneos. Los romanos, dueños de las murallas, plantaron los estandartes sobre las torres y, entre aplausos y alegría, entonaron el peán por la victoria, habiendo hallado el final de la guerra mucho más ligero que su comienzo; pues, al subir sin derramamiento de sangre a la última muralla, no lo creían, y, al no ver adversario alguno, quedaban verdaderamente perplejos.
Precipitándose por las callejuelas, espada en mano, mataban sin reparo a cuantos apresaban e incendiaban con sus moradores las casas de quienes se habían refugiado juntos. Al saquear muchas, cuando entraban en busca de botín, encontraban familias enteras de muertos y las estancias llenas de las víctimas del hambre; entonces, horrorizados ante la visión, salían con las manos vacías. Mas, aunque compadecían a los que así habían perecido, no sentían lo mismo por los vivos, sino que, atravesando a cuantos se topaban, obstruyeron las callejuelas con cadáveres e inundaron de sangre toda la ciudad, de suerte que muchos de los incendios se apagaron con la matanza. Y dejaron de matar al caer la tarde, pero durante la noche el fuego prevaleció; y sobre una Yerushaláyim en llamas despuntó el día octavo del mes de Gorpieo, sobre una ciudad que había sufrido en el asedio tantas desgracias cuantos bienes, de haberlos gozado desde su fundación, la habrían hecho del todo envidiable; y que no merecía tan grandes infortunios por ninguna otra cosa sino por haber engendrado una generación tal, por la que fue arruinada.
Al entrar Tito y ver la fortaleza de la ciudad, quedó admirado, entre otras cosas, de las torres que los tiranos, en su demencia, habían abandonado. Contemplando, en efecto, su compacta altura y el tamaño de cada piedra y la exactitud del ensamblaje, y cuán anchas y cuán altas eran en su elevación, dijo: «Con Dios hemos combatido, y fue Dios quien derribó a los judíos de estas fortalezas, pues ¿qué pueden manos de hombres o máquinas contra estas torres?» Entonces conversó mucho de esto con sus amigos y liberó a los prisioneros de los tiranos que habían sido capturados en las fortalezas. Más tarde, cuando arrasaba el resto de la ciudad y demolía las murallas, dejó estas torres como monumento de su fortuna, la cual, habiéndola tenido por compañera de armas, le dio la victoria sobre lo que no podía ser tomado.
Como los soldados ya estaban cansados de matar y aún aparecía una gran multitud de supervivientes, el César ordena matar solo a los armados y a quienes opusieran resistencia, y capturar viva al resto de la muchedumbre. Ellos, además de lo ordenado, mataban a los ancianos y a los débiles, pero a los que estaban en la flor de la edad y eran útiles los reunieron a la fuerza en el templo y los encerraron en el recinto de las mujeres. El César puso como guardián a uno de sus libertos, y a Frontón, uno de sus amigos, para que decidiera sobre la suerte que cada uno merecía. Este dio muerte a todos los sediciosos y bandidos, denunciados unos por otros, y, escogiendo a los más altos y hermosos de los jóvenes, los reservó para el triunfo. Del resto de la multitud, a los mayores de diecisiete años los encadenó y los envió a los trabajos de Mitsraim, y a muchísimos Tito los repartió por las provincias para que perecieran en los teatros por el hierro y por las fieras; a los menores de diecisiete años los vendieron. Perecieron de ellos, en los días en que Frontón hacía la selección, once mil por indigencia, unos por no recibir alimento a causa del odio de los guardias, otros por no aceptar el que se les daba; y para tal multitud había también escasez de grano.
El número total de cautivos, de cuantos fueron tomados a lo largo de toda la guerra, ascendió a noventa y siete mil, y el de los que perecieron durante todo el asedio, a un millón cien mil. La mayor parte de estos era de la misma nación, pero no de la ciudad; pues, habiéndose reunido de todo el país para la fiesta de los ácimos, se vieron de pronto envueltos por la guerra, de suerte que primero el hacinamiento les produjo una mortandad pestilente y luego un hambre más rápida. Y que la ciudad diera cabida a tantos es claro por el recuento hecho en tiempos de Cestio, quien, queriendo mostrar a Nerón —que despreciaba a la nación— el vigor de la ciudad, pidió a los sumos sacerdotes que, si de algún modo era posible, contaran la multitud. Ellos, llegada la fiesta que se llama Pésaj, en la cual sacrifican desde la hora novena hasta la undécima, y como en torno a cada sacrificio se forma una especie de cofradía de no menos de diez hombres —pues no está permitido banquetear a solas, y muchos se agrupan incluso de veinte en veinte—, contaron doscientas cincuenta mil víctimas, y otras cinco mil seiscientas. Resultan, poniendo diez comensales por cada una, dos millones setecientos mil hombres, todos puros y santificados; pues ni a los leprosos, ni a los que padecían flujo, ni a las mujeres en su menstruación, ni a los impuros por cualquier otra causa les era lícito participar de este sacrificio, ni tampoco a los extranjeros, cuantos acudían por devoción, de los que gran multitud se reúne de fuera.
Pero entonces, como en una prisión por obra del destino, toda la nación quedó encerrada, y la guerra rodeó la ciudad repleta de hombres. Así pues, el número de los que perecieron supera toda mortandad humana o divina; pues, de los que estaban a la vista, a unos los mataron los romanos y a otros los hicieron cautivos, y a los que estaban en los subterráneos los buscaban y, abriendo el suelo, mataban a cuantos encontraban; y también allí se hallaron más de dos mil cadáveres, unos muertos por su propia mano, otros unos por otros, pero la mayoría consumidos por el hambre. Un olor terrible salía al encuentro de quienes entraban, de suerte que muchos se retiraban al punto, mientras que otros, por codicia, se adentraban pisoteando los cadáveres amontonados; pues muchos objetos preciosos se hallaban en los túneles, y la ganancia hacía lícito todo camino. Fueron sacados también muchos prisioneros de los tiranos, pues ni siquiera en el extremo cesaron de su crueldad.
Con todo, Dios castigó a ambos como merecían: Yojanán, hambriento con sus hermanos en los subterráneos, suplicó recibir de los romanos la garantía que tantas veces había despreciado, y Shimón, tras luchar mucho contra el apremio, como expondremos en lo que sigue, se entrega. Fue reservado el uno, Shimón, como víctima para el triunfo, y Yojanán, para prisión perpetua. Los romanos incendiaron los arrabales de la ciudad y arrasaron las murallas.
Así fue tomada Yerushaláyim, en el segundo año del gobierno de Vespasiano, el día octavo del mes de Gorpieo; tomada ya antes cinco veces, esta era la segunda vez que quedaba asolada. Pues Asoqueo, rey de los egipcios, y después de él Antíoco, luego Pompeyo y, tras estos, Sosio junto con Herodes, tras tomarla, la conservaron. Antes de estos, el rey de los babilonios, tras conquistarla, la asoló, mil cuatrocientos sesenta y ocho años y seis meses después de su fundación. El primero que la fundó fue un soberano de los cananeos, llamado en la lengua patria «rey justo» —pues tal era, en efecto—; por eso fue el primero en ejercer el sacerdocio para Dios y, tras construir el primero el santuario, dio a la ciudad el nombre de Yerushaláyim, antes llamada Shalem.
Así pues, el rey de los judíos, David, tras expulsar al pueblo de los cananeos, estableció allí al suyo propio; y, cuatrocientos setenta y siete años y seis meses después de él, es arrasada por los babilonios. Y desde el rey David, que fue el primer judío que reinó sobre ella, hasta la destrucción llevada a cabo por Tito, mil ciento setenta y nueve años. Y desde la primera fundación hasta la última toma, dos mil ciento setenta y siete años. Pero ni la antigüedad, ni la profunda riqueza, ni la nación difundida por toda la tierra habitada, ni la gran gloria de su religión le sirvieron de nada para evitar su ruina. Tal fue, pues, el fin del asedio de Yerushaláyim.
Capítulo VII
Libro séptimo
Como el ejército ya no tenía a quién matar ni qué saquear —a todos les faltaban ya objetos para su furia, y no era ciertamente por clemencia como se habrían abstenido de obrar, de haber tenido sobre quién hacerlo—, César ordenó arrasar la ciudad entera y el Templo, dejando en pie solo las torres que sobresalían por encima de las demás —Fasael, Hípico y Mariamna— y todo el tramo de muro que ceñía la ciudad por poniente. El muro, para que sirviera de campamento a la guarnición que iba a quedar allí; las torres, para que mostraran a la posteridad qué clase de ciudad, y cuán fortificada, había sometido el valor de los romanos. Todo el resto del recinto de la ciudad lo allanaron de tal modo los que la demolían, que a nadie que llegara le habría quedado motivo para creer que aquello había estado jamás habitado. Tal fue el final que la insensatez de los revoltosos trajo sobre Yerushaláyim —ciudad espléndida y celebrada entre todos los hombres.
César resolvió dejar allí de guarnición la décima de las legiones, con algunos escuadrones de caballería y compañías de infantería. Como ya tenía resueltos todos los asuntos de la guerra, deseaba elogiar al ejército entero por sus hazañas y otorgar las recompensas debidas a quienes más se habían distinguido. Se le levantó, pues, un gran estrado en medio del campamento anterior, y allí, puesto sobre él con los oficiales, y de modo que todo el ejército lo oyera, dijo que les guardaba mucha gratitud por la buena voluntad que le habían mostrado sin desmayo. Alabó su disciplina en cada momento de la guerra —la que habían mantenido en tantos y tan grandes peligros, junto con su propio valor—, acrecentando por sí mismos el poder de la patria y dejando claro a todos los hombres que ni la multitud de enemigos, ni lo fortificado de las posiciones, ni el tamaño de las ciudades, ni la audacia irreflexiva y la fiereza bestial de los adversarios pueden nunca escapar al valor de los romanos, aunque algunos encuentren a la fortuna luchando de su lado en muchas cosas.
Bello era, dijo, que hubieran puesto fin a una guerra tan larga —pues nada mejor podían haber deseado cuando entraron en ella—; pero aún más hermoso y glorioso para ellos era esto: que a los que iban a mandar y a administrar el imperio de los romanos, elegidos por ellos mismos y enviados a la patria, todos los reciben de buen grado y se atienen a lo que ellos han decidido, agradecidos a quienes los eligieron. Los admiraba, pues, y los quería a todos —dijo—, sabiendo que ninguno había mostrado un empeño menor que su capacidad. A los que habían combatido con mayor brillo y con más fuerza, y que habían adornado su propia vida con hazañas y hecho su campaña más ilustre por sus éxitos, les daría de inmediato las recompensas y los honores, y ninguno de los que habían querido esforzarse más que otro se vería privado de la justa recompensa. De ello pondría, en efecto, el mayor cuidado, pues prefería honrar las virtudes de sus compañeros de armas a castigar a los que faltaban.
En seguida ordenó, pues, a los encargados de ello que leyeran en voz alta a cuantos habían realizado alguna acción brillante en la guerra. Y, llamándolos por su nombre, elogiaba a los que se adelantaban como quien se regocija en exceso con logros propios, les ceñía coronas de oro, les daba collares de oro, pequeñas lanzas de oro y estandartes hechos de plata, y ascendía a cada uno a un rango superior; y, además, de los despojos les repartió abundantemente plata y oro, vestidos y demás botín. Cuando todos hubieron sido honrados según él mismo juzgó digno a cada uno, hechas las plegarias por todo el ejército, bajó entre grandes aclamaciones y se volvió a los sacrificios de victoria; y, tras inmolar la gran multitud de bueyes que estaba junto a los altares, los repartió todos al ejército para un banquete. Él mismo festejó tres días con los oficiales, y despidió al resto del ejército según convenía que cada uno partiera; pero a la décima legión confió la guarda de Yerushaláyim, sin enviarlos ya de vuelta al Éufrates, donde antes estaban. Acordándose de la duodécima legión, que bajo el mando de Cestio había cedido ante los judíos, la expulsó por completo de Siria —pues antiguamente estaba en Rafanea— y la envió al lugar llamado Melitene: está junto al Éufrates, en los confines de Armenia y Capadocia. Dos legiones dispuso que permanecieran con él hasta su llegada a Mitsraim: la quinta y la decimoquinta. Y, bajando con el ejército hasta Cesarea, la que está junto al mar, depositó allí la multitud de despojos y ordenó que los cautivos quedaran custodiados en ella; pues el invierno impedía la travesía a Italia.
En el tiempo en que Tito César estaba acampado ante Yerushaláyim en el asedio, Vespasiano, embarcado en una nave mercante, cruzaba de Alejandría a Rodas. Navegando desde allí en trirremes, y visitando todas las ciudades del recorrido costero, que lo recibían con agrado, pasó de Jonia a Grecia, y de allí, desde Corcira, al cabo de Yapigia, desde donde ya hizo el viaje por tierra.
Tito, levantando el campamento desde Cesarea la marítima, llegó a la que se llama Cesarea de Filipo, y se detuvo en ella un tiempo considerable, celebrando toda clase de espectáculos; y muchos de los cautivos perecieron allí, unos arrojados a las fieras, otros obligados en masa a servirse unos de otros como enemigos. Allí supo también de la captura de Shimón hijo de Gioras, ocurrida de este modo. Este Shimón, durante el asedio de Yerushaláyim, se hallaba en la ciudad alta; cuando el ejército romano, ya dentro de los muros, saqueaba la ciudad entera, entonces tomó a los más fieles de sus amigos y, con ellos, a canteros y al hierro apto para el trabajo, y víveres capaces de bastar para muchos días, y con todos ellos se descolgó a uno de los pasadizos subterráneos ocultos. Mientras hubo excavación antigua, avanzaban por ella; pero cuando les salió al paso tierra firme, la fueron socavando, con la esperanza de que, avanzando más lejos, pudieran salir a lugar seguro y ponerse a salvo. Mas la experiencia de los hechos demostró falsa la esperanza: los que excavaban apenas avanzaban un poco, y los víveres, aun racionados, estaban a punto de agotarse.
Entonces, pensando que por el efecto del asombro podría engañar a los romanos, se puso unas túnicas blancas y, prendiéndose un manto de púrpura, surgió de la tierra en aquel mismo lugar donde antes estaba el Templo. Al principio el estupor sobrecogió a los que lo vieron, y quedaron clavados en su sitio; luego, acercándose más, preguntaron quién era. Y Shimón no se lo declaraba, sino que les mandaba llamar al jefe. Corrieron pronto hacia él, y acudió Terencio Rufo —pues había quedado como comandante del ejército—; y, enterándose de él de toda la verdad, lo mantuvo atado e informó a César de cómo había sido apresado. Así hizo Dios que Shimón cayera, para justo castigo de su crueldad contra los ciudadanos —a quienes él mismo había tiranizado con dureza—, en poder de los enemigos que más lo odiaban; y no sometido a ellos por la fuerza, sino entregándose voluntariamente al castigo, aquel por el que él mismo había dado muerte cruel a muchos, imputándoles falsas acusaciones de defección a los romanos. Pues la maldad no escapa a la ira de Dios, ni es débil la justicia, sino que con el tiempo persigue a los que han delinquido contra ella y trae un castigo aún peor a los malvados, precisamente porque esperaron haber escapado de ella al no ser castigados en el acto. Esto lo supo también Shimón, al caer en la cólera de los romanos. Su salida de la tierra hizo que, por aquellos días, una gran multitud de los demás sediciosos fuera también descubierta en los pasadizos subterráneos. A César, ya de regreso en Cesarea la marítima, le fue llevado Shimón atado; y ordenó que lo custodiaran para el triunfo que se disponía a celebrar en Roma.
Mientras se demoraba allí, celebró con esplendor el día del cumpleaños de su hermano, atribuyendo en su honor buena parte del castigo de los judíos. Pues el número de los muertos en los combates con fieras, de los quemados y de los caídos en las matanzas mutuas superó los dos mil quinientos. Con todo, a los romanos todo esto les parecía, pereciendo los judíos de innumerables maneras, un castigo demasiado escaso. Después de esto llegó César a Berito —ciudad de Fenicia, colonia de romanos—, y allí hizo una estancia más larga, desplegando mayor esplendor con motivo del cumpleaños de su padre, en la magnificencia de los espectáculos y en el demás derroche de gastos. Y la multitud de cautivos perecía del mismo modo que antes.
Sucedió por este tiempo que también los judíos que quedaban en Antioquía se vieron envueltos en acusaciones y en peligro de exterminio, al alborotarse contra ellos la ciudad de Antioquía, tanto por las calumnias que en aquel momento se les levantaron como por lo ocurrido poco tiempo antes; de todo lo cual es necesario hablar primero de forma breve, para hacer fácil de seguir el relato de lo que después sucedió. El pueblo judío está muy esparcido por toda la tierra habitada entre los naturales de cada país, y en particular está muy mezclado con Siria por la vecindad, siendo especialmente numeroso en Antioquía a causa del tamaño de la ciudad; y sobre todo les procuraron allí una residencia tranquila los reyes que sucedieron a Antíoco. Pues Antíoco, el llamado Epífanes, tras saquear Yerushaláyim, despojó el Templo; pero los que recibieron el reino después de él devolvieron a los judíos de Antioquía todas las ofrendas votivas que estaban hechas de bronce, consagrándolas en su sinagoga, y les concedieron participar de la ciudad en igualdad con los griegos. Del mismo modo se comportaron con ellos los reyes posteriores, y así aumentaron en número y engalanaron su santuario con la factura y la riqueza de las ofrendas votivas, atrayendo siempre a su culto a gran multitud de griegos, a los que, en cierto modo, hicieron parte de sí mismos.
Por el tiempo en que se había proclamado la guerra, y Vespasiano acababa de arribar a Siria, y el odio contra los judíos estaba en su punto más alto entre todos, entonces un tal Antíoco, uno de ellos y muy honrado a causa de su padre —pues era jefe de los judíos de Antioquía—, presentándose ante la asamblea del pueblo de Antioquía en el teatro, denunció a su propio padre y a los demás, acusándolos de haber resuelto incendiar en una sola noche la ciudad entera, y entregó a algunos judíos forasteros como cómplices del plan. Al oír esto, el pueblo no contuvo su ira, sino que ordenó que en seguida trajeran fuego contra los entregados, y al instante todos fueron quemados allí, en el teatro; y se lanzaron contra la multitud de los judíos, creyendo salvar su propia patria si los envolvían cuanto antes en el castigo. Antíoco atizaba aún más la ira, pensando dar prueba de su propia conversión y de su odio a las costumbres de los judíos ofreciendo sacrificios a la manera de los griegos; y ordenaba que también a los demás los obligaran a hacer lo mismo, pues los conjurados quedarían al descubierto por su negativa. Al poner los antioquenos a prueba esto, unos pocos accedieron, pero los que no quisieron fueron muertos. Antíoco, tomando soldados del comandante romano, se ensañó con sus propios conciudadanos, no permitiéndoles descansar en el séptimo día, sino forzándolos a hacer todo cuanto se hace también en los demás días. Y de tal modo apretó la coacción, que no solo en Antioquía quedó abolido el séptimo día como día de descanso, sino que, empezando allí la cosa, también en las demás ciudades ocurrió lo mismo por un breve tiempo.
Habiendo caído sobre los judíos de Antioquía tales males en aquel tiempo, se les vino encima de nuevo una segunda desgracia, en cuyo relato hemos entrado también al exponer todo esto. Pues, cuando sucedió que ardió el mercado cuadrangular, junto con los edificios públicos, el archivo y las basílicas, y a duras penas se logró contener el fuego —a fuerza de mucho esfuerzo—, que se extendía por toda la ciudad, Antíoco imputó esta acción a los judíos. Y a los antioquenos —aunque antes no les fueran hostiles—, arrastrados muy pronto por la calumnia, en medio de la conmoción provocada por lo ocurrido, los indujo mucho más, a partir de lo antes sucedido, a dar crédito a lo que él decía, como si prácticamente hubieran visto con sus propios ojos a los judíos prender el fuego; y, como enloquecidos, con gran frenesí todos se lanzaron contra los difamados. A duras penas pudo un tal Gneo Colega, legado, refrenar sus ímpetus, pidiendo que se permitiera informar a César de lo sucedido; pues a Cesenio Peto, gobernador de Siria, ya lo había enviado Vespasiano, pero se daba el caso de que aún no había llegado. Colega, haciendo una investigación cuidadosa, halló la verdad: ninguno de los judíos a quienes Antíoco había imputado la culpa había tenido parte alguna, sino que toda la acción la habían cometido ciertos hombres perversos que, por la presión de sus deudas, creyeron que, si incendiaban el mercado y los registros públicos, se librarían de la reclamación. Así pues, los judíos, con las acusaciones aún en el aire y aguardando todavía lo que vendría, se debatían en terribles temores.
Tito César, cuando le fue traída la noticia acerca de su padre —que había llegado como figura deseada a todas las ciudades de Italia, y que sobre todo Roma lo había recibido con mucho entusiasmo y esplendor—, se entregó a gran alegría y contento, liberado de la manera más grata de sus preocupaciones por él. Pues a Vespasiano, aún ausente y lejano, todos los hombres de Italia lo rodeaban en su ánimo como si ya hubiera llegado, tomando la expectación, por la fuerza de su deseo, como si fuera su venida, y guardándole una benevolencia libre de toda coacción. Al senado, en efecto, recordando las desgracias ocurridas en los cambios de gobernantes, le era muy deseable recobrar un gobernante adornado con la dignidad de la vejez y la plenitud de las hazañas guerreras, cuya preeminencia sabían que sería solo para la salvación de los gobernados. Y también el pueblo, agotado por los males de las guerras civiles, aún más ansiaba que viniera, suponiendo que entonces se vería firmemente libre de las desgracias y confiando en que recobraría la seguridad junto con la prosperidad. Sobre todo la soldadesca ponía en él los ojos; pues estos, más que nadie, conocían la magnitud de las guerras que él había llevado a buen término, y, habiendo experimentado la impericia y la cobardía de los demás jefes, deseaban librarse de mucha vergüenza y suplicaban recobrar al único capaz de salvarlos y honrarlos.
Existiendo de parte de todos semejante benevolencia, a los hombres más eminentes por su rango ya no les era soportable esperar, sino que se apresuraban a salir a su encuentro muy lejos de Roma. Ni tampoco ninguno de los demás toleraba el aplazamiento del encuentro, sino que todos se derramaron en tal masa, y a todos les parecía más fácil y cómodo partir que quedarse, que la ciudad misma tuvo entonces por primera vez conciencia propia de su escasez de gente; pues eran menos los que quedaban que los que salían. Cuando se anunció que se aproximaba, y los que habían salido a su encuentro daban a conocer la afabilidad de su trato con cada uno, ya toda la multitud restante, con mujeres y niños, lo aguardaba a lo largo de los caminos, y cada grupo por el que pasaba, por el placer de la vista y la dulzura de su semblante, prorrumpía en toda clase de gritos, llamándolo benefactor, salvador y único digno gobernante de Roma; y la ciudad entera estaba, como un templo, llena de guirnaldas e inciensos. A duras penas, por la multitud que se agolpaba en torno a él, pudo llegar al palacio; y él mismo ofrecía a los dioses domésticos sacrificios de acción de gracias por su llegada, y exhortaba a las multitudes al banquete; y estas, celebrando sus festines por tribus, linajes y barrios, elevaban votos a Dios, haciendo libaciones, para que Vespasiano mismo permaneciera el mayor tiempo posible en el mando de los romanos, y para que a sus hijos y a los que de ellos siempre nacieran se les conservara el poder sin rival. Así, la ciudad de Roma, tras recibir con entusiasmo a Vespasiano, avanzó en seguida hacia una gran prosperidad.
Antes de estos tiempos, cuando Vespasiano se hallaba por Alejandría y Tito estaba acampado en el asedio de Yerushaláyim, gran parte de los germanos se movió a la rebelión, y con ellos la mayoría de los galos, poniéndose de acuerdo, concibieron en común grandes esperanzas de librarse del dominio de los romanos. Lo que incitó a los germanos a emprender la rebelión y desencadenar la guerra fue, primero, su carácter, privado de buenos razonamientos y presto, con poca esperanza, a arriesgarlo todo; luego, también el odio hacia sus dominadores, pues saben que solo a los romanos ha sido forzada a servir su raza. Mas, por encima de todo, fue la ocasión lo que les infundió audacia; pues, viendo el imperio de los romanos turbado en sí mismo por los continuos relevos de emperadores, y enterándose de que toda parte del mundo bajo su dominio estaba en vilo y temblaba, pensaron que esta era la mejor ocasión que les brindaban las desdichas y las disensiones de aquellos. Impulsaban el proyecto y los henchían con estas esperanzas un tal Clásico y Vitilo, jefes de entre ellos, quienes evidentemente ambicionaban desde hacía tiempo esta revolución, y, animados por la ocasión a atreverse, revelaron su parecer; e iban a llevar la tentativa a las multitudes, dispuestas de buena gana.
Cuando ya gran parte de los germanos había acordado la rebelión, y los demás no pensaban de otro modo, como por providencia divina Vespasiano envía una carta a Petilio Cereal —que antes había sido gobernador de Germania—, otorgándole el honor consular y ordenándole que fuera a gobernar Britania. Marchando, pues, aquel adonde se le había mandado, y enterándose de lo de la rebelión de los germanos, cayó sobre ellos cuando ya estaban reunidos y, presentándoles batalla, mata a gran número de ellos en el combate y, poniendo fin a su insensatez, los obligó a entrar en razón. Pero, aun de no haber llegado él pronto a aquellas regiones, no habrían tardado en pagar su culpa; pues, cuando la noticia de su rebelión llegó por primera vez a Roma, Domiciano César, al enterarse, no vaciló —no como habría hecho otro a esa edad, pues era todavía muy joven— en asumir tal magnitud de asuntos, sino que, teniendo de su padre un valor innato y habiéndose ejercitado más de lo que su edad daba, marchó de inmediato contra los bárbaros. Ellos, al rumor de su llegada, se vinieron abajo y se le rindieron, hallando un gran provecho de su miedo en verse sometidos de nuevo, sin desastres, bajo el mismo yugo. Domiciano, tras imponer a todos los asuntos de la Galia el orden conveniente, de modo que jamás volvieran a alborotarse con facilidad aquellas regiones, regresó a Roma brillante y admirado por éxitos superiores a su edad y dignos de su padre.
Con la mencionada rebelión de los germanos coincidió por esos mismos días también una audacia escita contra los romanos. Pues los llamados sármatas de los escitas, siendo una gran multitud, sin ser advertidos cruzaron el Íster hacia esta orilla, y, cayendo con mucha violencia y de forma temible por lo del todo inesperado de la incursión, matan a muchos de los romanos que estaban de guardia, y dan muerte al legado consular Fonteyo Agripa, que les salió al paso y luchó con firmeza, y recorrieron todo el territorio bajo su dominio, saqueando y arrasando cuanto encontraban. Vespasiano, enterado de lo sucedido y del saqueo de Misia, envía a Rubrio Galo a castigar a los sármatas. Por su mano murieron muchos de ellos en los combates, y lo que sobrevivió huyó con espanto a su propia tierra. El general, poniendo fin a la guerra, proveyó también a la seguridad futura; pues cubrió el lugar con guarniciones más numerosas y mayores, de modo que el paso resultara del todo imposible a los bárbaros. Así, la guerra en torno a Misia tuvo tan rápido desenlace.
Tito César permaneció algún tiempo en Berito, como antes hemos dicho, y, levantando el campamento desde allí, atravesando las ciudades de Siria por las que iba pasando, celebrando en todas costosos espectáculos y sirviéndose de los cautivos judíos para exhibir su propia ruina, contempla en el camino un río de naturaleza digna de ser referida. Corre en medio de Arcas, del reino de Agripa, y de Rafanea, y tiene una peculiaridad asombrosa: siendo caudaloso cuando fluye, y nada perezoso en su curso, luego se agota por completo desde sus fuentes y durante seis días deja ver seco su lecho; y después, como si no se hubiera producido cambio alguno, brota igual al séptimo día, y siempre se ha observado que guarda con exactitud este orden; por lo cual lo han llamado el Sabático, dándole ese nombre a partir del sagrado séptimo día de los judíos.
El pueblo de Antioquía, al enterarse de que Tito estaba cerca, no soportaba de alegría quedarse dentro de los muros, sino que se apresuraba a salir a su encuentro; y avanzaron más de treinta estadios, no solo los hombres, sino también una multitud de mujeres con niños, derramándose fuera de la ciudad. Y cuando lo vieron aproximarse, apostándose a uno y otro lado del camino, le tendían la mano derecha saludándolo y, con toda clase de aclamaciones, se volvían con él; y, entre todas sus aclamaciones, insistente era la petición de expulsar de la ciudad a los judíos. Tito no cedió en nada a esta petición, sino que escuchaba en silencio lo que decían; y, no estando claro qué pensaba y qué haría, grande y penoso era el temor para los judíos. Pues Tito no se detuvo en Antioquía, sino que en seguida encaminó su marcha hacia Zeugma, la del Éufrates, donde vinieron a él, de parte del rey de los partos, Vologeso, unos enviados que le traían una corona de oro por la victoria sobre los judíos. Recibiéndola, agasajó a los emisarios reales, y de allí regresa a Antioquía. Como el consejo y el pueblo de Antioquía le hicieran muchas peticiones para que fuera al teatro, en el que toda la multitud reunida lo aguardaba, accedió con amabilidad. Pero, al insistir ellos de nuevo con gran vehemencia y pedirle sin cesar que expulsara de la ciudad a los judíos, dio una respuesta certera, diciendo: «Pero la patria de ellos, a la que habría que expulsarlos, siendo judíos, ha sido destruida, y ya ningún lugar los recibiría.» Los antioquenos se volvieron entonces a una segunda petición, abandonando la primera: le pidieron que suprimiera las tablas de bronce en las que estaban escritos los derechos de los judíos. Mas tampoco esto les concedió Tito, sino que, dejándolo todo en su sitio para los judíos de Antioquía tal como antes lo tenían, partió hacia Mitsraim.
Y en el camino, llegando a Yerushaláyim, y contrastando la triste desolación que se veía con el esplendor de otro tiempo de la ciudad, y trayendo a la memoria la magnitud de las construcciones derruidas y su antigua belleza, se compadeció de la ruina de la ciudad; no como quien se jactara de haber tomado por la fuerza una ciudad tan grande y tan poderosa, sino maldiciendo una y otra vez a los que habían sido causa de la rebelión y habían provocado que este castigo cayera sobre la ciudad; tan evidente era que no habría querido obtener el lucimiento de su valor a costa de la desgracia de los castigados. De la mucha riqueza de la ciudad, no poca parte se hallaba aún entre los escombros; pues los romanos desenterraban mucho, y sacaban lo más gracias a las revelaciones de los cautivos: oro, plata y lo más precioso del demás ajuar, que los propietarios habían escondido bajo tierra ante las inciertas suertes de la guerra. Tito, prosiguiendo la marcha prevista hacia Mitsraim, cruzando el desierto lo más rápido posible, llegó a Alejandría; y, habiendo resuelto navegar hacia Italia —lo habían acompañado dos legiones—, envió cada una de vuelta al lugar de donde había venido: la quinta a Misia y la decimoquinta a Panonia. De los cautivos, a los jefes Shimón y Yojanán, y a otros setecientos hombres escogidos por su tamaño y su belleza corporal sobresalientes, ordenó que fueran conducidos de inmediato a Italia, queriendo exhibirlos en el triunfo.
Cumplida la travesía a su gusto, del mismo modo estuvo Roma dispuesta en cuanto a la recepción y los recibimientos que en el caso de su padre, pero fue más glorioso para Tito que el propio padre saliera a su encuentro y lo recibiera. Y a la multitud de los ciudadanos les procuraba un gozo casi sobrenatural el ver ya a los tres reunidos en un mismo lugar. No muchos días después, resolvieron celebrar un único triunfo común por los éxitos, aunque el senado había votado uno propio para cada uno. Anunciado de antemano el día en que iba a tener lugar la procesión de la victoria, nadie de la incontable muchedumbre quedó en casa dentro de la ciudad, sino que todos, adelantándose hasta donde solo había sitio para estar de pie, tomaron los lugares, dejando apenas lo necesario para el paso de aquellos que iban a ser contemplados.
Toda la soldadesca, aún de noche, por compañías y unidades bajo sus jefes, había salido en formación y estaba junto a las puertas, no las del palacio de arriba, sino cerca del templo de Isis —pues allí habían pasado el descanso los emperadores aquella noche—; y, hacia el mismísimo comienzo del alba, avanzan Vespasiano y Tito, coronados de laurel y vestidos con las púrpuras vestiduras patrias, y pasan a los pórticos de Octavia. Pues allí el senado, las supremas magistraturas y los caballeros del censo aguardaban su llegada. Se había levantado un estrado ante los pórticos, con sillas de marfil dispuestas sobre él, en las que, adelantándose, se sentaron; y en seguida la soldadesca los aclamó, dándoles todos muchos testimonios de su valor; y ellos estaban sin armas, con vestiduras de seda y coronados de laureles. Vespasiano, recibiendo su aclamación, aunque aún querían seguir hablando, hizo la señal del silencio; y, hecha por parte de todos mucha quietud, poniéndose en pie y cubriéndose con el manto la mayor parte de la cabeza, hizo las plegarias de rigor; e igualmente oró Tito. Tras las plegarias, Vespasiano, dirigiéndose brevemente a todos en común, despidió a los soldados a la comida que los emperadores acostumbraban tenerles preparada, y él mismo se retiró a la puerta que ha recibido su nombre del hecho de enviarse siempre por ella los triunfos. Allí prueban antes el alimento y, vistiéndose las ropas triunfales y sacrificando a los dioses apostados junto a la puerta, hicieron partir el triunfo, conduciéndolo a través de los teatros, para que el espectáculo fuera más cómodo para las multitudes.
Es imposible describir dignamente la cantidad de aquellos espectáculos y su magnificencia en todo cuanto pueda concebirse —ya en obras de arte, ya en muestras de riqueza, ya en rarezas de la naturaleza—; pues casi todo lo maravilloso y costoso que jamás adquirieron, pieza a pieza, unos u otros hombres afortunados, unas cosas entre unos pueblos y otras entre otros, todo aquello, en aquel día, reunido, mostró la grandeza del imperio de los romanos. Pues de plata, oro y marfil, en toda suerte de manufacturas, cabía ver una multitud llevada no como en una procesión, sino como quien dijera un río que fluye; y unos tejidos hechos de la más rara púrpura eran portados, y otros bordados en pinturas primorosas con arte babilonio; y piedras transparentes, unas engastadas en coronas de oro, otras en otras labores, pasaron en tal número que se aprendía que en vano habíamos supuesto rara alguna de ellas. Eran llevadas también imágenes de sus dioses, maravillosas por su tamaño y no descuidadas en su arte, y ninguna de ellas sino de material costoso; y muchas especies de animales eran conducidas, todas ceñidas con su propio ornato.
También la muchedumbre de hombres que transportaba cada una de estas cosas iba adornada con vestiduras de púrpura y tejidas de oro, y los seleccionados para la procesión misma llevaban en torno a sí un fasto de ornamento excepcional y sobrecogedor. Con todo, ni siquiera el gentío de cautivos se veía sin adorno, sino que la variedad y la belleza de las vestiduras hurtaban a la vista lo desagradable del maltrato de sus cuerpos. Asombro provocaba, más que nada, la construcción de las plataformas que se llevaban; pues por su tamaño había hasta para temer, desconfiando de la firmeza de su porte: muchas de ellas se habían hecho de tres pisos y de cuatro, y con la suntuosidad de su factura cabía deleitarse a la vez que asombrarse. Pues tejidos entretejidos de oro las cubrían en muchas, y oro y marfil labrado estaban fijados por todas partes.
Mediante muchas representaciones, la guerra, repartida en unos y otros cuadros, ofrecía de sí misma la más vívida imagen; pues cabía ver una tierra próspera siendo devastada, falanges enteras de enemigos siendo aniquiladas, unos huyendo y otros llevados al cautiverio, murallas de descomunal tamaño siendo derribadas por máquinas, y las defensas de las fortalezas siendo tomadas, y los populosos recintos de las ciudades ocupados desde lo alto, y un ejército derramándose dentro de los muros, y todo lugar rebosante de matanza, y las súplicas de los que no podían alzar la mano, fuego arrojado a los santuarios y derrumbes de casas sobre sus dueños, y, tras mucha desolación y abatimiento, ríos que corrían no sobre tierra cultivada, ni como bebida para hombres o ganados, sino a través de un país que ardía por todas partes; pues a padecer todo esto se entregaron los judíos con la guerra. El arte y la grandiosa ejecución de las obras mostraban a quienes no lo habían visto suceder aquello como si estuvieran presentes. Y estaba dispuesto sobre cada una de las plataformas el general de la ciudad tomada, en la actitud en que fue apresado. Seguían también muchas naves. Los despojos, unos eran llevados a granel, pero descollaban entre todos los tomados en el Templo de Yerushaláyim: una mesa de oro de muchos talentos de peso, y un candelabro de oro, hecho de modo semejante, aunque su labor se apartaba de la que es habitual en nuestro uso. Pues su fuste central estaba fijado desde la base, y de él se prolongaban unos brazos delgados, dispuestos de manera parecida a la forma de un tridente, forjado cada uno de ellos con una lámpara en el extremo; y eran siete de estos, mostrando la honra del séptimo día entre los judíos. Y la Torá de los judíos era llevada la última de estos despojos.
Tras estos pasaban muchos portando imágenes de la Victoria; la factura de todas era de marfil y de oro. Detrás de ellas cabalgaba en cabeza Vespasiano, y le seguía Tito, mientras Domiciano iba a su lado, él mismo espléndidamente ataviado y mostrando un caballo digno de verse. El final de la procesión estaba en el templo de Júpiter Capitolino; llegados a él, se detuvieron, pues era antigua costumbre de los padres aguardar hasta que alguien anunciara la muerte del general enemigo. Este era Shimón, el de Gioras, que entonces había desfilado entre los cautivos; y, echado un lazo al cuello, era arrastrado al lugar del foro, mientras los que lo conducían lo maltrataban; y es costumbre entre los romanos matar allí a los condenados a muerte por malhechores. Cuando se anunció que había recibido su fin y todos prorrumpieron en aclamaciones, comenzaron los sacrificios, los cuales, ofrecidos con las plegarias de rigor y favorables augurios, celebraron, y luego se retiraron al palacio. Y a unos los recibieron ellos mismos para el banquete, y para todos los demás estaban dispuestos, cada cual en su casa, los preparativos del festín. Pues este día lo celebraba la ciudad de Roma como fiesta de victoria por la campaña contra los enemigos, como término de los males de las guerras civiles y como comienzo de las esperanzas de prosperidad.
Después de los triunfos y del más firme afianzamiento del imperio de los romanos, Vespasiano resolvió construir un recinto consagrado a la Paz; y muy pronto, y por encima de toda concepción humana, quedó terminado. Pues, sirviéndose de los recursos casi sobrenaturales de su riqueza, lo engalanó además con las obras de pintura y de escultura logradas en tiempos antiguos.
Para todo aquello quedó reunido y depositado en aquel templo —cosas por ver las cuales, antes, los hombres andaban errantes por toda la tierra habitada, deseosos de contemplar lo que se hallaba disperso entre unos pueblos y otros. Allí consagró también los objetos de oro tomados del Templo de los judíos, ufanándose de ellos. Pero su Torá y los velos de púrpura del santuario mandó guardarlos, depositados en el palacio.
Enviado a Judea como legado, Lucilio Baso recibió el ejército de manos de Cereal Vetiliano y se apoderó de la fortaleza del Herodión junto con quienes la ocupaban. Después, reuniendo toda la tropa que había —muy repartida en destacamentos— y con la décima legión, decidió marchar contra Maqueronte; pues era del todo necesario tomar aquella fortaleza, no fuera que su solidez arrastrara a muchos a la rebelión. En efecto, la naturaleza del lugar bastaba de sobra para dar a quienes la ocupaban una firme esperanza de salvación, y a los atacantes, vacilación y miedo.
Pues lo amurallado en sí es un cerro rocoso, alzado hasta una altura enorme, de modo que ya por eso resulta difícil de tomar; y la naturaleza lo ha dispuesto para que ni siquiera sea accesible. Está rodeado por todos lados de barrancos de una profundidad que la vista no alcanza, imposibles de cruzar con facilidad y del todo imposibles de rellenar. El que lo ciñe por poniente se extiende sesenta estadios y termina en el lago Asfaltites; por ese lado, más o menos, el propio Maqueronte tiene su cima más alta, que se alza por encima de todo. Los barrancos del norte y del sur son menores que el ya mencionado, pero igualmente imposibles para un asalto. El de oriente tiene una profundidad que no baja de cien codos, y termina frente a un monte situado enfrente de Maqueronte.
Habiendo advertido esta naturaleza del lugar, Alejandro, rey de los judíos, fue el primero en fortificar allí una fortaleza, que después Gabinio, en su guerra contra Aristóbulo, derribó. Pero a Herodes, ya rey, le pareció más digna que ninguna otra de cuidado y de la fortificación más sólida, sobre todo por la vecindad de los árabes; pues está situada en punto estratégico, mirando hacia la tierra de aquellos. Así pues, rodeando de murallas y torres un gran espacio, fundó allí una ciudad, desde la cual un camino de subida llevaba a la propia cima. Y no solo eso: también en torno a la cima misma levantó una muralla y erigió torres en las esquinas, cada una de sesenta codos. En medio del recinto construyó un palacio, suntuoso por el tamaño y la belleza de sus estancias. Y en los lugares más apropiados dispuso muchas cisternas para recoger agua y asegurar un abasto abundante, como compitiendo con la naturaleza, para superar con fortificaciones hechas a mano lo que de por sí el lugar tenía de inexpugnable. Pues todavía guardó allí gran cantidad de proyectiles y de máquinas, e ideó tener preparado todo cuanto pudiera dar a los habitantes el desdén del asedio más largo.
Crecía en el palacio una ruda digna de admirar por su tamaño: en altura y grosor no le iba a la zaga a ninguna higuera. Se decía que duraba desde los tiempos de Herodes, y quizá habría durado muchísimo más, de no ser cortada por los judíos que se apoderaron del lugar. En el barranco que rodea la ciudad por el norte hay un paraje llamado Baaras, que produce una raíz del mismo nombre. Esta se parece a una llama en el color, y al atardecer despide un resplandor; no es fácil de coger para quien se acerca y quiere arrancarla, sino que huye y no se queda quieta antes de que se derrame sobre ella orina de mujer o sangre menstrual. Y aun entonces, para quienes la tocan es muerte segura, a no ser que uno lleve esa misma raíz colgando de la mano.
Se coge también de otro modo, sin peligro, que es este: cavan todo alrededor de ella, de manera que quede oculta muy poca parte de la raíz. Luego atan a ella un perro, y cuando este se lanza a seguir al que lo ató, la raíz se arranca fácilmente, pero el perro muere al instante, como entregado en lugar de aquel que iba a arrancar la planta; pues después de eso ya no hay ningún peligro para quienes la cogen. Y a pesar de tantos peligros es muy codiciada por una sola virtud: los llamados demonios —que son espíritus de hombres malvados que se meten en los vivos y matan a los que no reciben auxilio— esta raíz los expulsa deprisa, con solo acercarla a los enfermos.
Manan también en el lugar fuentes de aguas calientes de sabor muy distinto entre sí: unas son amargas, otras no ceden en dulzura a ninguna. Brotan asimismo muchos manantiales de aguas frías, que no solo en la parte más baja tienen sus fuentes unas junto a otras, sino que —y esto asombraría aún más— se ve cerca una cueva, poco profunda en su hueco, cubierta por una roca que sobresale. Por encima de ella se alzan como dos pechos, poco distantes uno de otro, y uno da un manantial frigidísimo y el otro uno calidísimo; al mezclarse forman un baño agradabilísimo y sanador de enfermedades, sobre todo remedio de los nervios. El lugar tiene también minas de azufre y de alumbre.
Baso, tras examinar el terreno, decidió abrir el acceso rellenando el barranco de oriente, y se puso a la obra, empeñándose en levantar cuanto antes el terraplén y hacer con él fácil el asedio. Los judíos encerrados dentro, separándose ellos por su cuenta de los extranjeros, obligaron a estos —a quienes tenían por mera turba inútil— a quedarse en la ciudad baja y a recibir los primeros peligros, mientras que la fortaleza de arriba la ocuparon y la retuvieron ellos, tanto por la fuerza de su solidez como por procurar su propia salvación; pues suponían que obtendrían el perdón si entregaban el lugar a los romanos. Pero primero querían poner a prueba las esperanzas de escapar del asedio. Por eso hacían de buen grado salidas cada día, y al trabar combate con los que levantaban el terraplén, muchos morían, pero también daban muerte a muchos romanos. Y siempre la ocasión otorgaba la victoria más a uno u otro bando: a los judíos, si caían sobre gente descuidada; a los del terraplén, si preveían la salida y la recibían protegidos.
Pero el fin del asedio no iba a llegar por esos medios, sino que un hecho ocurrido por azar, inesperado, impuso a los judíos la necesidad de entregar la fortaleza. Había entre los sitiados un joven audaz en el atrevimiento y diligente de mano, de nombre Elazar. Este se había hecho notable en las salidas, animando a muchos a salir y a impedir el terraplén, y en los combates causando a los romanos muchos y graves daños; a los que con él se atrevían a lanzarse les hacía fácil el ataque y les procuraba una retirada sin peligro, pues salía el último.
Y he aquí que una vez, terminado el combate y habiéndose retirado ambos bandos, él, por desdén y creyendo que ninguno de los enemigos volvería ya a entablar lucha, se quedó fuera de las puertas conversando con los del muro, con toda su atención puesta en ellos. Aprovecha la ocasión uno del campamento romano, Rufo, egipcio de origen, y cuando nadie lo esperaba, lanzándose de repente con los suyos, lo levantó en vilo con las armas y —mientras el pasmo retenía a los que miraban desde los muros— se adelantó a trasladar al hombre al campamento de los romanos. Cuando el general ordenó desnudarlo, ponerlo bien a la vista de los que miraban desde la ciudad y azotarlo con látigos, el sufrimiento del joven conturbó muchísimo a los judíos, y toda la ciudad prorrumpió en gemidos, y hubo un duelo mayor que el que corresponde a la desgracia de un solo hombre.
Al advertirlo, Baso inició una estratagema contra los enemigos, y queriendo acrecentar su dolor para forzarlos a entregar la fortaleza a cambio de la salvación del hombre, no erró en su esperanza. Pues ordenó clavar una cruz, como si fuera a colgar al punto a Elazar; y a los de la fortaleza, al verlo, les sobrevino un dolor mayor, y gemían a grandes voces gritando que aquella desgracia era insoportable. Entonces Elazar les suplicaba que no lo dejaran sufrir la más lastimosa de las muertes, y que se procuraran a sí mismos la salvación, cediendo a la fuerza y la fortuna de los romanos, ya que todos los demás estaban sometidos.
Ellos, quebrantados por sus palabras y como muchos de dentro intercedían por él —pues era de una familia grande y muy numerosa—, contra su propia índole se ablandaron a la compasión. Y enviando aprisa a algunos, trataron de hacer la entrega de la fortaleza, pidiendo retirarse sin temor llevándose a Elazar. Cuando los romanos y el general aceptaron esto, la multitud de la ciudad baja, al enterarse del acuerdo que los judíos habían hecho por su cuenta, decidió huir de noche a escondidas. Pero, en cuanto abrieron sus puertas, llegó a Baso el aviso de parte de los que habían pactado con él, ya fuera porque les envidiaban la salvación, ya por miedo de cargar ellos con la culpa de la fuga de aquellos. Así pues, los más valientes de los que salían se adelantaron a abrirse paso y escapar; de los que quedaron dentro fueron muertos mil setecientos hombres, y las mujeres y los niños fueron reducidos a esclavitud. Baso, creyendo que debía guardar los pactos con quienes le habían entregado la fortaleza, los dejó libres y devolvió a Elazar.
Arreglado esto, se apresuró llevando el ejército hacia el bosque llamado Jardes; pues le avisaron que en él se habían reunido muchos de los que antes, durante los asedios, habían huido de Yerushaláyim y de Maqueronte. Llegado, pues, al lugar y comprobando que el aviso no era falso, primero rodea todo el paraje con la caballería, para que la fuga resultara imposible a los judíos que se atrevieran a abrirse paso, a causa de los jinetes; y a la infantería ordenó talar el bosque en el que se habían refugiado. Por eso los judíos se ven forzados a hacer algo valeroso, a combatir como en un lance arriesgado, por si acaso lograban escapar, y en masa, con gritos, se lanzaron sobre los que los cercaban. Estos los recibieron con firmeza, y como unos ponían desesperación y otros porfía, no poco tiempo se prolongó por ello el combate, pero su desenlace no resultó igual para unos y otros. Pues de los romanos cayeron en total doce, y unos pocos fueron heridos; de los judíos, de aquel combate no escapó ninguno, sino que, siendo no menos de tres mil, todos murieron, y con ellos su general Yehudá, hijo de Arí, del que antes dijimos que, estando al frente de cierta compañía en el asedio de Yerushaláyim, se escabulló por algunas de las cloacas y huyó sin ser visto.
Por el mismo tiempo, el César escribió a Baso y a Laberio Máximo —este era procurador— ordenando vender toda la tierra de los judíos. Pues no fundó allí ninguna ciudad propia, reservándose el país para sí; solo a ochocientos licenciados del ejército les dio para habitar un lugar llamado Emaús, que dista treinta estadios de Yerushaláyim. Impuso además un tributo a los judíos dondequiera que estuvieran, mandando que cada uno llevara cada año dos dracmas al Capitolio, tal como antes contribuían al Templo de Yerushaláyim. Y tal era entonces la situación de los judíos.
Ya cuando Vespasiano administraba el imperio en su cuarto año, sucedió que Antíoco, rey de Comagene, cayó con toda su casa en grandes desgracias, por la siguiente causa. Cesenio Peto, que era entonces gobernador de Siria, ya fuera diciendo verdad, ya por su enemistad con Antíoco —pues no se llegó a comprobar del todo lo cierto—, envió cartas al César, diciendo que Antíoco, con su hijo Epífanes, había decidido rebelarse contra los romanos, tras hacer un pacto con el rey de los partos; que era, pues, necesario adelantarse a ellos, no fuera que, tomando ellos la iniciativa, sumieran en guerra a todo el imperio romano.
El César no iba a desentenderse de un aviso así llegado a él; pues la vecindad de los reyes hacía el asunto digno de mayor previsión: Sámosata, la mayor ciudad de Comagene, está situada junto al Éufrates, de modo que para los partos, si algo tal habían tramado, el paso sería facilísimo y segura la acogida. Así pues, Peto, acreditado y con licencia para obrar lo que le pareciera conveniente, no se demoró, sino que de repente, cuando los de Antíoco nada esperaban, invadió Comagene, llevando de las legiones la sexta y, además, cohortes y algunos escuadrones de jinetes. Combatían aliados suyos también los reyes Aristóbulo, de la llamada Calcídica, y Sohemo, de la llamada Emesa. El paso de la invasión no encontró resistencia: pues ninguno de los del país quiso alzar las manos contra ellos.
Antíoco, al caerle el aviso de improviso, ni siquiera concibió la idea de guerra contra los romanos, sino que decidió dejar todo el reino tal como estaba, en su forma, y retirarse con su mujer e hijos, creyendo que así se mostraría limpio ante los romanos de la acusación que se le imputaba. Y adelantándose ciento veinte estadios de la ciudad hacia la llanura, acampó en ella. Peto envía a Sámosata a los que habían de tomarla, y por medio de ellos tuvo la ciudad; él mismo, con el resto de la fuerza, se lanzó contra Antíoco. Mas el rey ni aun por la necesidad se dejó llevar a hacer nada bélico contra los romanos, sino que, lamentando su fortuna, soportaba cuanto tuviera que sufrir. Pero a sus hijos, jóvenes, expertos en guerras y aventajados en fuerza física, no les era fácil soportar la desgracia sin lucha; se vuelven, pues, a la defensa Epífanes y Calínico. El combate fue violento y duró todo el día; ellos mostraron un valor sobresaliente, y con su fuerza en nada mermada se separaron al atardecer.
Pero a Antíoco, ni aun después de un combate resuelto de ese modo, le parecía tolerable quedarse; y tomando a su mujer y a sus hijas, con ellas emprendió la huida a Cilicia, y con ello quebrantó el ánimo de sus propios soldados. Pues, como si él mismo hubiera dado por perdido el reino, se pasaron a los romanos, y en todos era manifiesta la desesperación. Antes, pues, de quedarse del todo sin aliados, era forzoso que los de Epífanes se salvaran de los enemigos; y en total llegan a ser diez los jinetes que con ellos cruzaron el Éufrates. Desde allí, ya sin temor, llevados ante Vologeso, rey de los partos, no fueron despreciados como fugitivos, sino que, como si conservaran aún su antigua prosperidad, fueron honrados con toda dignidad.
A Antíoco, llegado a Tarso de Cilicia, Peto le envió un centurión y, encadenado, lo remitió a Roma. Pero Vespasiano no consintió que el rey le fuera conducido así, juzgando más digno guardar respeto a la antigua amistad que mantener, con el pretexto de la guerra, una cólera inexorable. Ordena, pues, que, estando él aún en camino, se le quiten las cadenas, y que, renunciando a su llegada a Roma, resida por ahora en Lacedemonia; y le da grandes rentas de dinero, para que tuviera un modo de vida no solo abundante, sino regio. Al enterarse de esto los de Epífanes, que antes temían mucho por su padre, sus ánimos se aliviaron de una grande e insoluble preocupación. Y les nació también a ellos la esperanza de reconciliarse con el César, pues Vologeso escribió en su favor; que, aun viviendo prósperamente, no soportaban vivir fuera del imperio de los romanos. Y habiéndoles concedido el César amablemente el salvoconducto, se presentaron en Roma; y como su padre viniera enseguida a ellos desde Lacedemonia, honrados con toda dignidad, se quedaron allí.
Que la nación de los alanos son escitas que habitan en torno al Tanais y la laguna Meótide, ya lo hemos mostrado antes. Por esos tiempos, decididos a irrumpir en Media, y aun más allá, para el saqueo, entablan tratos con el rey de los hircanos; pues este es dueño del paso que el rey Alejandro cerró con puertas de hierro. Y como aquel les diera la entrada, en masa y cayendo sobre los medos, que nada sospechaban, saquearon una región muy poblada y llena de toda clase de ganados, sin que nadie se atreviera a resistirles. Pues el rey del país, Pácoro, huyendo por miedo a lugares escarpados, había cedido todo lo demás, y a duras penas rescató de ellos a su mujer y a sus concubinas, hechas cautivas, dando cien talentos.
Así pues, con gran facilidad, haciendo el saqueo sin combate, avanzaron hasta Armenia, arrasándolo todo. Reinaba en ella Tirídates, quien, saliéndoles al encuentro y trabando combate, estuvo a punto de ser apresado vivo en la misma batalla: pues uno le había echado un lazo y estaba a punto de tirar de él, si aquel no hubiera cortado antes la cuerda con la espada y logrado escapar. Ellos, todavía más enfurecidos por el combate, devastaron el país, y llevándose una gran muchedumbre de hombres y el resto del botín de ambos reinos, regresaron de nuevo a su tierra.
En Judea, muerto Baso, Flavio Silva le sucede en el gobierno; y viendo que todo el resto había sido sometido por la guerra, y que solo una fortaleza seguía en rebeldía, marchó contra ella reuniendo toda la fuerza de aquellos lugares; la fortaleza se llama Masada. Estaba al frente de los sicarios que la ocupaban un hombre poderoso, Elazar, descendiente de aquel Yehudá que persuadió a no pocos judíos —como antes hemos mostrado— a no hacer los censos, cuando Quirino fue enviado a Judea como censor. Pues entonces los sicarios se conjuraron contra los que querían obedecer a los romanos y de toda forma los trataban como a enemigos, saqueándoles los bienes y arreándoselos, y prendiendo fuego a sus casas; pues decían que en nada se diferenciaban de los extranjeros quienes tan cobardemente abandonaban la libertad por la que los judíos habían combatido y consentían elegir la esclavitud bajo los romanos.
Mas esto no era sino un pretexto que ellos alegaban para encubrir su crueldad y su codicia; y lo dejaron claro con sus obras. Pues aquellos que participaron con ellos en la rebelión y colaboraron en la guerra contra los romanos, aun de estos recibieron peores atropellos; y, convencidos de nuevo de mentir en el pretexto, maltrataban aún más a los que reprochaban su maldad apelando a la justicia. Fue aquel tiempo, en efecto, tan fecundo en toda clase de maldad entre los judíos que no dejó sin practicar ninguna obra de perversidad, ni, aunque la imaginación quisiera inventar algo, habría podido hallar nada más nuevo. Así enfermaron todos, en lo privado y en lo público, y rivalizaron en superarse unos a otros tanto en las impiedades contra Dios como en las injusticias contra el prójimo: los poderosos maltratando a las multitudes, y las multitudes afanándose por destruir a los poderosos. Pues aquellos tenían el ansia de tiranizar, y estos la de violentar y saquear los bienes de los ricos.
Los primeros en comenzar la iniquidad y la crueldad contra sus propios parientes fueron los sicarios, sin dejar sin decir palabra ultrajante ni sin intentar obra alguna para la ruina de aquellos contra quienes conspiraban. Pero aun a estos los mostró Yojanán más moderados que él; pues no solo daba muerte a todos cuantos aconsejaban lo justo y lo conveniente —tratando a los tales como a los más enemigos de los ciudadanos—, sino que también en común llenó a la patria de mil males, cual los que había de cometer un hombre que ya se había atrevido a ser impío con Dios: pues servía en su mesa manjares prohibidos y abandonó la pureza establecida por la tradición patria, de modo que ya no sea de admirar que quien tan enloquecido estaba respecto a la piedad hacia Dios no guardara tampoco la mansedumbre y la comunión con los hombres.
De nuevo, pues, ¿qué mal no obró Shimón, el hijo de Guiora? ¿O de qué ultraje sobre cuerpos libres se abstuvieron quienes lo alzaron a él como tirano? ¿Qué amistad, qué parentesco no los hizo más audaces para los asesinatos de cada día? Pues tenían por obra de una perversidad vil el hacer daño a los extraños, y juzgaban brillante muestra la crueldad contra los más allegados. Rivalizó con la locura de estos la demencia de los idumeos; pues aquellos, los más impuros, tras degollar a los sumos sacerdotes para que no se conservara ni parte alguna de la piedad hacia Dios, arrancaron cuanto quedaba aún de forma de gobierno civil, e introdujeron la más completa iniquidad en todo, en la cual floreció la casta de los llamados zelotes, que hicieron verdadero con sus obras el sobrenombre: pues imitaron toda obra de maldad, sin dejar sin emular ni aun aquello que la memoria hubiera transmitido de tiempo antes. Y eso que se pusieron el sobrenombre de quienes rivalizan por el bien, o burlándose de los agraviados por su índole fiera, o teniendo por bienes los mayores de los males.
Por eso cada uno halló el fin que le correspondía, otorgándoles Dios sobre todos ellos el castigo merecido: pues cuantos suplicios puede soportar la naturaleza humana, todos cayeron sobre ellos hasta el último término de su vida, que sufrieron muriendo entre tormentos de mil formas. Aunque bien podría decirse que padecieron menos de lo que hicieron; pues la justa medida no cabía en su caso. Mas llorar según su merecimiento a los que cayeron bajo la crueldad de aquellos no es cosa del momento presente; vuelvo, pues, de nuevo a la parte que resta del relato.
Contra Elazar y los sicarios que con él ocupaban Masada, el general de los romanos vino trayendo sus fuerzas, y al punto se apoderó de toda la comarca, apostando guarniciones en sus partes más estratégicas, y rodeó de un muro todo el contorno de la fortaleza, para que a ninguno de los sitiados le fuera fácil escapar, y distribuyó a los que habían de vigilar. Él mismo acampó eligiendo el lugar más apropiado para el asedio, allí donde las rocas de la fortaleza se acercaban al monte vecino, aunque por lo demás incómodo para el abasto de provisiones: pues no solo el alimento se traía de lejos y con gran fatiga de los judíos destinados a ello, sino que también la bebida había que acarrearla al campamento, ya que el lugar no daba cerca ninguna fuente.
Dispuesto esto de antemano, Silva se volvió al asedio, que requería mucho ingenio y fatiga por la solidez de la fortaleza, cuya naturaleza era la siguiente. Una roca no pequeña en contorno y de gran altura está por todas partes rodeada de profundos barrancos, escarpados desde un fondo que la vista no alcanza, e inaccesibles a la pisada de todo animal, salvo por dos puntos donde la roca cede a una subida no fácil. De los caminos, uno viene del lago Asfaltites, hacia el sol naciente, y otro, desde poniente, por donde es más fácil andar. Al primero lo llaman «la serpiente», comparándolo por su estrechez y por sus continuos recodos; pues se quiebra en torno a los salientes de los precipicios, y muchas veces, volviendo sobre sí mismo y alargándose poco a poco de nuevo, apenas alcanza a seguir adelante. El que anda por él ha de apoyarse alternadamente en uno y otro pie. Y la perdición está a la vista: pues a ambos lados se abre un abismo de precipicios, con un espanto capaz de aterrar toda audacia. Andando, pues, por tal camino treinta estadios, lo que queda es la cima, no reunida en punta aguda, sino llana en lo más alto.
Sobre ella, primero el sumo sacerdote Yonatán edificó una fortaleza y la llamó Masada; después, para el rey Herodes, la construcción del lugar fue objeto de gran empeño. Pues levantó una muralla en torno a todo el contorno de la cima, que era de siete estadios, hecha de piedra blanca, de doce codos de alto y ocho de ancho, y se alzaban en ella treinta y siete torres de cincuenta codos, desde las cuales se pasaba a las estancias construidas por dentro a lo largo de todo el muro. Pues la cima, fértil y más blanda que cualquier llanura, la dejó el rey para el cultivo, para que, si alguna vez faltaba el alimento de fuera, tampoco por esa parte padecieran quienes confiaban su salvación a la fortaleza. También construyó allí un palacio en la subida de poniente, por debajo de los muros de la ciudadela y vuelto hacia el norte. La muralla del palacio era de gran altura y sólida, con cuatro torres angulares de sesenta codos.
El aparejo de las estancias interiores, de los pórticos y de los baños era de toda clase y suntuoso, con columnas monolíticas por todas partes, y las paredes y los suelos de las estancias adornados con revestimiento de piedra. Junto a cada uno de los lugares habitados, arriba, en torno al palacio y ante la muralla, había excavado en las rocas muchos y grandes aljibes como depósitos de agua, procurando que hubiera un abasto tan grande como el de quienes disponen de fuentes. Un camino excavado subía del palacio a lo más alto de la cima, oculto a los de fuera. Y ni siquiera por los caminos visibles podían los enemigos servirse con facilidad: pues el de oriente, por su naturaleza, como dijimos, es intransitable, y el de poniente lo cortó con una gran torre en su punto más estrecho, que distaba de la ciudadela no menos de mil codos, la cual no era posible ni rebasar ni fácil de tomar; y aun para quienes andaban sin peligro estaba hecha de difícil paso. Así, pues, contra los asaltos de los enemigos estaba fortificada la fortaleza, por naturaleza y por mano del hombre.
De las provisiones almacenadas dentro aún más se admiraría uno por su magnificencia y su conservación: pues estaba almacenado trigo en abundancia, suficientísimo para bastar mucho tiempo, y había vino en abundancia y aceite, y además toda clase de legumbre y dátiles amontonados. Todo esto lo halló Elazar cuando se hizo con la fortaleza por engaño, junto con los sicarios, en sazón y en nada inferior a lo recién almacenado; y eso que desde su almacenamiento hasta la toma por los romanos era un tiempo de cerca de cien años; y aun los romanos hallaron incorruptos los frutos que habían quedado. Y no erraría quien supusiera que la causa de esa conservación era el aire, que a la altura de la ciudadela está libre de toda mezcla terrosa y turbia. Se halló también gran cantidad de armas de toda clase, atesoradas por el rey, como para bastar a diez mil hombres, y hierro sin labrar, y bronce, y aun plomo, ya que aquel abastecimiento se había hecho por grandes causas.
Pues se dice que Herodes preparaba para sí esta fortaleza como refugio, temiendo un doble peligro: uno por parte de la multitud de los judíos, no fuera que, derribándolo a él, restablecieran en el poder a los reyes anteriores; y el mayor y más grave, por parte de Cleopatra, reina de Mitsraim. Pues esta no ocultaba su intención, sino que muchas veces se dirigía a Antonio, pidiéndole que hiciera matar a Herodes y rogándole que le regalara a ella el reino de los judíos. Y más asombraría a uno que Antonio no hubiera obedecido todavía tales órdenes —miserablemente esclavizado por el amor que le tenía— que el que ella confiara en que no se lo negaría. Por tales temores, pues, tenía Herodes preparada Masada, que había de dejar a los romanos como obra última de la guerra contra los judíos.
Pues cuando el general de los romanos, como dijimos, había ya amurallado por fuera todo el lugar y tomado la más exacta previsión para que nadie huyera, emprendió el asedio, hallando un solo punto capaz de recibir la construcción de terraplenes. Pues detrás de la torre que cerraba el camino que desde poniente lleva al palacio y a la cima, había un saliente de roca bien grande de anchura y que se adelantaba mucho, situado trescientos codos por debajo de la altura de Masada; la llamaban «la Blanca». Subiendo, pues, a ella y ocupándola, Silva mandó al ejército acarrear tierra. Y como trabajaran con empeño y con muchas manos, se elevó firme el terraplén hasta doscientos codos. Mas no parecía esa medida ni segura ni suficiente como base para las máquinas, sino que sobre él se hizo una plataforma de grandes piedras ensambladas, de cincuenta codos de ancho y de alto.
La construcción de las demás máquinas era semejante a las ideadas antes por Vespasiano, y después por Tito, para los asedios; y se terminó una torre de sesenta codos toda revestida de hierro, desde la cual los romanos, disparando con muchas catapultas y lanzapiedras, rechazaron pronto a los que combatían desde el muro y les impidieron asomarse. Al mismo tiempo, Silva, tras construir un gran ariete, mandó dar golpes continuos al muro, y a duras penas, pero al fin, abrió una brecha y derribó una parte.
Pero los sicarios se adelantan a construir enseguida por dentro otro muro, que no había de sufrir nada semejante por obra de las máquinas; pues, blando y capaz de amortiguar la violencia del golpe, lo hicieron de este modo: juntaron grandes vigas a lo largo, unidas unas a otras por sus cortes. Había dos hileras paralelas de estas, separadas tanto cuanto es el ancho de un muro, y en medio de ambas metían tierra. Y para que, al elevarse el terraplén, la tierra no se desparramara, ataban de nuevo con otras vigas transversales las que estaban colocadas a lo largo. Era, pues, para ellos la obra semejante a una construcción, y los golpes de las máquinas, al chocar contra algo que cedía, se amortiguaban, y con la sacudida, al asentarse, lo hacían más compacto.
Al advertirlo, Silva pensó que tomaría el muro mejor con fuego, y ordenó a los soldados arrojar en masa antorchas encendidas. Este, hecho en su mayor parte de madera, prendió pronto del fuego, y encendido por su esponjosidad, hizo brotar de lo hondo una gran llama. Al principio, mientras el fuego comenzaba aún, un viento del norte que soplaba era temible para los romanos; pues, desviándolo desde arriba, empujaba la llama contra ellos, y casi desesperaron ya de sus máquinas, como si fueran a arder con todo; pero después, de repente, un viento del sur, cambiando como por providencia divina y soplando con fuerza en contra, la llevó contra el muro y la arrojó sobre él, y ya todo ardía de lo hondo. Los romanos, pues, sirviéndose de la alianza de Dios, se retiraron gozosos al campamento, resueltos a atacar a los enemigos al día siguiente, y de noche hicieron más cuidadosas las guardias, no fuera que algunos de ellos escaparan a escondidas.
Pero ni el propio Elazar concibió en su mente huir, ni había de permitir a ningún otro hacerlo. Viendo el muro consumido por el fuego, y no ideando ningún otro modo de salvación ni de defensa, y poniéndose ante los ojos lo que los romanos habrían de hacer a ellos, a sus hijos y a sus mujeres si vencían, resolvió la muerte para todos. Y juzgando esto lo mejor en las circunstancias presentes, reuniendo a los más varoniles de sus compañeros, los exhortaba a la acción con palabras como estas:
«Desde hace mucho, hombres valientes, teníamos resuelto no servir ni a los romanos ni a ningún otro sino a Dios, pues solo Él es el verdadero y justo señor de los hombres; ha llegado ahora el momento que nos manda hacer verdadera esa determinación con las obras.»
—ante quien no hemos de deshonrarnos, nosotros que ni antes soportamos una servidumbre libre de peligro, y que ahora, con la servidumbre, escogeríamos castigos sin remedio si quedamos vivos bajo los romanos; pues fuimos los primeros de todos en sublevarnos y somos los últimos en combatirlos. Creo, además, que también de Dios se nos ha concedido esta gracia: la de poder morir con honra y en libertad, lo que no les ocurrió a otros, vencidos contra toda esperanza. Para nosotros es manifiesto que mañana llegará la caída; pero libre queda la elección de una muerte noble junto a los seres más queridos. Pues ni esto pueden impedirlo del todo los enemigos, por más que anhelen tomarnos vivos, ni nosotros podemos ya vencerlos combatiendo.
Acaso debíamos, tal vez, desde el comienzo mismo —cuando, queriendo reivindicar nuestra libertad, todo nos salía duro, de unos y de otros, de nosotros mismos y peor aún de los enemigos— conjeturar el parecer de Dios y reconocer que la nación de los judíos, en otro tiempo amada por Él, había sido condenada. Pues si permaneciera benévolo, o al menos moderadamente irritado, no habría consentido la ruina de tantos hombres ni habría abandonado su ciudad santísima al fuego y a la demolición de los enemigos. ¿Y acaso nosotros, solos de todo el linaje de los judíos, esperábamos sobrevivir tras haber conservado la libertad —como si fuéramos irreprochables ante Dios y no hubiéramos tomado parte en falta alguna—, nosotros que hasta enseñamos a los demás? Ved, pues, cómo nos reprocha nuestras vanas expectativas, al traer sobre nosotros, en medio de estos males, una necesidad más fuerte que nuestras esperanzas.
Pues ni siquiera la índole de la fortaleza, siendo inexpugnable, nos ha servido para salvarnos; antes bien, aun teniendo abundancia de víveres, multitud de armas y el resto de pertrechos de sobra, hemos sido despojados —por el propio Dios, manifiestamente— de la esperanza de salvación. Pues el fuego lanzado contra los enemigos no se volvió por sí solo contra el muro construido por nosotros, sino que esto es la cólera por las muchas injusticias que, enloquecidos, osamos contra los de nuestra propia sangre. Por ellas paguemos la pena, no a los odiosísimos romanos, sino a Dios por nuestras propias manos; y estas penas son más moderadas que aquellas. Mueran, pues, nuestras mujeres sin haber sido ultrajadas, y nuestros hijos sin haber conocido la esclavitud; y después de ellos, prestémonos unos a otros un noble favor, conservando la libertad como hermosa mortaja. Pero antes destruyamos con fuego los bienes y la fortaleza; pues se afligirán los romanos, bien lo sé, al no haberse apoderado de nuestros cuerpos y al fallarles el botín. Dejemos solo los víveres; pues estos, muertos nosotros, atestiguarán que no fuimos vencidos por escasez, sino que, como decidimos desde el principio, escogimos la muerte antes que la esclavitud.
Esto decía Elazar. Pero no coincidía con el sentir de todos los presentes: unos se apresuraban a obedecer y casi se colmaban de gozo, teniendo por hermosa la muerte; a otros, más blandos, les entró compasión de sus mujeres y de sus hijos, y también, sin duda, de su propia muerte, ya manifiesta; y, mirándose unos a otros, con sus lágrimas señalaban la renuencia de su ánimo. Al verlos Elazar acobardarse y quebrárseles el alma ante la magnitud de la resolución, temió que también los que habían escuchado con firmeza sus palabras se ablandaran con ellos, gimiendo y llorando. Así que no cejó en la exhortación, sino que, animándose y colmándose de gran arrojo, emprendió palabras más brillantes acerca de la inmortalidad del alma; y, indignándose grandemente y clavando la mirada en los que lloraban, dijo:
«Mucho me engañé al creer que combatiría junto a hombres valientes en las luchas por la libertad, hombres resueltos a vivir con honra o a morir. Pero vosotros no os distinguíais en nada, ni en valor ni en audacia, de los hombres corrientes, vosotros que teméis la muerte que os libra de los mayores males, cuando por ello no deberíais vacilar ni esperar consejero. Pues desde antiguo, ya desde nuestra primera conciencia, no cesaban de instruirnos las palabras patrias y divinas —confirmadas por las obras y los pensamientos de nuestros antepasados— en que la desgracia para los hombres es la vida, no la muerte. Pues esta, dando libertad a las almas, las deja marchar a su lugar propio y puro, donde quedarán libres de toda desgracia; pero mientras están atadas a un cuerpo mortal y colmadas de sus males, a decir la pura verdad, están muertas. Pues la comunión de lo divino con lo mortal es impropia. Mucho puede, cierto, el alma aun ligada al cuerpo, pues hace de él su instrumento sensible, moviéndolo de modo invisible y llevándolo con sus actos más allá de la naturaleza mortal; mas cuando, liberada del peso que la arrastra hacia la tierra y de ella pende, recobra su lugar propio, entonces participa de una fuerza bienaventurada y de un poder por doquier sin trabas, permaneciendo invisible a los ojos humanos, como el propio Dios. Pues ni siquiera mientras está en el cuerpo se la ve: llega imperceptible y, sin ser vista, de nuevo se aparta, teniendo ella una sola naturaleza, la incorruptible, aunque para el cuerpo es causa de mudanza. Pues aquello que el alma toca, vive y florece; y aquello de lo que se aparta, marchito, muere: tanta es la sobreabundancia de inmortalidad que hay en ella.
»Séaos el sueño la prueba más clara de mis palabras: en él las almas, no distraídas por el cuerpo, gozan del más dulce reposo estando en sí mismas y, en trato con Dios por su parentesco, van por todas partes y vaticinan muchas de las cosas futuras. ¿Por qué, pues, hay que temer la muerte, si amamos el reposo que se da en el sueño? ¿Y cómo no es insensato que, buscando la libertad en la vida, nos envidiemos a nosotros mismos la eterna? Deberíamos, pues, nosotros, educados en casa, ser para otros ejemplo de disposición ante la muerte; mas, si acaso necesitamos la garantía de gentes extrañas, miremos a los indios, que profesan cultivar la sabiduría. Pues aquellos, siendo hombres buenos, soportan de mala gana el tiempo de la vida como una especie de servicio necesario a la naturaleza, y se apresuran a liberar sus almas de los cuerpos; y, sin que ningún mal los apremie ni los expulse, por anhelo de la vida inmortal anuncian a los demás que van a partir, y no hay quien se lo impida, sino que todos, felicitándolos, les entregan cartas para los suyos; hasta tal punto tienen por firme y verdaderísima la convivencia de las almas unas con otras. Y ellos, después de escuchar lo que se les ha encomendado, entregando el cuerpo al fuego —para separar así, purísima, el alma del cuerpo—, mueren entre himnos; pues sus seres más queridos los despiden hacia la muerte con más facilidad que los demás hombres a sus conciudadanos hacia el más largo de los viajes, y se lloran a sí mismos, pero a aquellos los tienen por bienaventurados, ya que recobran su rango inmortal. ¿No nos avergonzamos, pues, de pensar peor que los indios y de ultrajar torpemente, por nuestra propia cobardía, las leyes patrias, que suscitan la emulación de todos los hombres?
»Pero, aunque desde el principio nos hubieran educado en las doctrinas contrarias —que el mayor bien para los hombres es la vida y la muerte una desgracia—, con todo, la ocasión nos exhorta a soportarla con buen corazón, muriendo por voluntad de Dios y por necesidad; pues desde antiguo, según parece, dictó Dios esta sentencia contra todo el común linaje de los judíos: que nos apartáramos de la vida por no habernos servido de ella como es debido. No os atribuyáis, pues, a vosotros mismos las culpas ni deis ese favor a los romanos, como si a todos nos hubiera destruido la guerra contra ellos; pues no ha sucedido esto por la fuerza de aquellos, sino que una causa más poderosa les ha concedido parecer vencedores. ¿Con qué armas romanas murieron los judíos que habitaban en Cesarea? Antes bien, sin que ellos siquiera pensaran en sublevarse contra aquellos, mientras celebraban el séptimo día, la muchedumbre de los cesarienses cayó sobre ellos y, sin que alzaran las manos, los degolló junto con mujeres e hijos, sin respeto siquiera a los propios romanos, que solo a nosotros, los sublevados, teníamos por enemigos. Pero dirá alguno que los cesarienses tenían siempre desavenencia con los que vivían entre ellos y que, aprovechando la ocasión, saciaron su antiguo odio. ¿Qué diremos, entonces, de los de Escitópolis? Pues aquellos, por causa de los griegos, osaron hacernos la guerra, en vez de defenderse de los romanos junto con nosotros, sus parientes. Mucho, pues, les aprovechó su benevolencia y lealtad hacia aquellos: fueron asesinados por ellos mismos, cruelmente, con casas enteras, recibiendo esta recompensa por su alianza; pues lo que impidieron que aquellos hicieran contra nosotros, lo padecieron ellos mismos, como si hubieran querido cometerlo. Largo sería ahora hablar en particular de cada caso; pues sabéis que, de las ciudades de Siria, no hay ninguna que no haya dado muerte a los judíos que en ella habitaban, más enemigos nuestros que de los romanos; hasta el punto de que los de Damasco, sin poder inventar siquiera un pretexto plausible, llenaron su ciudad de una matanza abominabilísima, degollando a dieciocho mil judíos junto con sus mujeres y sus hijos. Y de la muchedumbre de los que en Mitsraim fueron muertos con tormentos, nos enterábamos de que sobrepasaba unos sesenta mil. Aquellos, tal vez, en tierra ajena, al no hallar nada con que oponerse a los enemigos, murieron así; pero a quienes en su propia tierra emprendieron la guerra contra los romanos, ¿no les sobró todo cuanto podía brindar firme esperanza de victoria? Pues tanto las armas como las murallas, y las fortalezas de difícil conquista, y un ánimo inquebrantable ante los peligros por la libertad, alentaron a todos a la sublevación. Pero esto, que bastó por breve tiempo y nos alzó en esperanzas, resultó ser el comienzo de mayores males; pues todo fue tomado, y todo cayó en manos de los enemigos, como si hubiera sido dispuesto para su más gloriosa victoria y no para la salvación de quienes lo prepararon.
»Y a los que mueren en las batallas conviene tenerlos por dichosos, pues murieron defendiéndose y sin entregar la libertad; pero a la muchedumbre de los que cayeron bajo los romanos, ¿quién no la compadecería? ¿Quién no se apresuraría a morir antes de padecer lo mismo que aquellos? De estos, unos murieron torturados, maltratados con fuego y con azotes; otros, medio devorados por las fieras, fueron guardados vivos como segundo alimento para ellas, ofreciendo risa y juego a los enemigos. De aquellos, pues, hay que tener por más desdichados a los que aún viven, que muchas veces, rogando alcanzar la muerte, no la obtienen. ¿Y dónde está la gran ciudad, la metrópoli de todo el linaje de los judíos, fortificada con tantos recintos de murallas, que oponía tantas fortalezas propias y torres de tal magnitud, que apenas contenía los pertrechos para la guerra y tenía tantas miríadas de hombres que combatían por ella? ¿Dónde ha ido a parar aquella de la que se creía que tenía a Dios por fundador? De raíz ha sido arrancada, desde los cimientos, y solo le queda por monumento el que todavía se asienta sobre los restos de los que perecieron. Y ancianos desdichados se sientan junto a las cenizas del santuario, y unas pocas mujeres reservadas por los enemigos para el ultraje más vergonzoso. ¿Quién de nosotros, poniendo esto en su mente, soportará ver el sol, aunque pudiera vivir sin peligro? ¿Quién es tan enemigo de la patria, o tan cobarde y apegado a la vida, que no se arrepienta de haber vivido hasta ahora?
»¡Ojalá todos hubiéramos muerto antes de ver aquella ciudad santa arrasada por manos de enemigos, antes de ver el santo Templo tan impíamente removido de cuajo! Pero, ya que una esperanza no innoble nos sedujo —la de que tal vez pudiéramos vengarnos de los enemigos por ella—, y ahora se ha desvanecido y nos ha dejado solos en la necesidad, apresurémonos a morir con honra, apiadémonos de nosotros mismos, de nuestros hijos y de nuestras mujeres, mientras nos es posible recibir de nosotros mismos la compasión. Pues para la muerte nacimos, y para ella engendramos a los nuestros; y ni siquiera los afortunados pueden escapar de ella; pero el ultraje, la esclavitud y el ver a las mujeres llevadas a la deshonra con sus hijos no son un mal necesario por naturaleza para los hombres, sino que estos los soportan por su propia cobardía, cuando, pudiendo morir antes, no lo quisieron. Nosotros, en cambio, orgullosos de nuestra valentía, nos sublevamos contra los romanos, y ahora, en el último momento, cuando nos invitan a salvarnos, no les hemos obedecido. ¿A quién, pues, no le es evidente su furor, si nos apresan vivos? Desdichados los jóvenes, cuyo vigor corporal bastará para muchos tormentos; desdichados los ya entrados en años, cuya edad no puede soportar las desgracias. Uno verá a su mujer arrastrada por la fuerza; otro oirá la voz de su hijo clamando al padre, con las manos atadas. Pero, mientras están libres y tienen espada, préstennos un hermoso servicio: muramos no esclavizados por los enemigos, salgamos libres de la vida junto con nuestros hijos y nuestras mujeres. Esto nos ordenan las leyes, esto nos suplican las mujeres y los hijos; esta necesidad la ha enviado Dios, esto es lo contrario de lo que quieren los romanos, que temen que alguno de nosotros muera antes de la captura. Apresurémonos, pues, a dejarles, en lugar del disfrute que esperan a costa nuestra, el estupor por nuestra muerte y la admiración por nuestra audacia.»
Todavía quería seguir exhortándolos, pero todos lo interrumpieron y se lanzaron a la acción, colmados de un ímpetu incontenible; y como poseídos partían, ansiando cada uno adelantarse al otro y creyendo que esto era prueba de valor y de buen juicio: que ninguno fuera visto entre los últimos. ¡Tan grande cayó sobre ellos el ansia de dar muerte a sus mujeres, a sus niños y a sí mismos! Y, lo que cualquiera habría creído, no se ablandaron al acercarse a la acción, sino que conservaron el ánimo tan firme como el que tuvieron al escuchar las palabras, aun cuando en todos permanecía el afecto propio y entrañable, mientras la razón, por haber deliberado lo mejor para sus seres más queridos, prevalecía. Pues a la vez saludaban a sus mujeres abrazándolas, tomaban en brazos a sus hijos y se aferraban a ellos con los últimos besos, llorando; y a la vez, como servidos por manos ajenas, cumplían su resolución, teniendo, como consuelo de la necesidad de matar, el pensamiento de los males que padecerían si caían en manos de los enemigos. Y al fin nadie se mostró inferior a tan gran audacia, sino que todos atravesaron a los suyos más queridos, desdichados por la necesidad, para quienes matar con sus propias manos a sus mujeres y a sus hijos les pareció el más leve de los males.
Así pues, no soportando ya el dolor por lo hecho, y creyendo que agraviaban a los muertos si les sobrevivían aunque fuera breve tiempo, rápidamente amontonaron en un mismo lugar toda la hacienda y le prendieron fuego; y, habiendo elegido por sorteo entre ellos a diez que serían los degolladores de todos, cada uno se tendió junto a su mujer y sus hijos yacentes y, rodeándolos con los brazos, ofrecían dispuestas las gargantas a los que cumplían el desdichado servicio. Y estos, tras matar sin vacilar a todos, fijaron entre sí la misma ley del sorteo: que el que resultara elegido, tras matar a los nueve, se diera muerte a sí mismo sobre todos; tanta confianza tenían todos en sí mismos, de no diferir unos de otros ni en el obrar ni en el padecer. Y al fin unos ofrecieron sus gargantas, mientras el único y último, contemplando la multitud de los yacentes, por si acaso alguno, en tan gran matanza, quedaba aún necesitado de su mano, cuando comprobó que todos estaban muertos, prendió mucho fuego al palacio y, con la mano reunida en un solo golpe, hundiendo por entero la espada a través de sí mismo, cayó junto a los suyos. Y ellos habían muerto convencidos de no dejar con vida, sometido a los romanos, a ninguno de los suyos; pero pasó inadvertida una anciana, y otra pariente de Elazar, que superaba en prudencia y educación a la mayoría de las mujeres, y cinco niños, ocultándose en los canales subterráneos que conducían agua potable por debajo de la tierra, mientras los demás tenían sus mentes puestas en la matanza. Eran estos, en número, novecientos sesenta, contando también a las mujeres y a los niños. Y esta desgracia se consumó el día quince del mes de Xántico.
Los romanos, esperando todavía combate, al amanecer se aprestaron y, tendiendo puentes con pasarelas desde los terraplenes hacia los accesos, dieron el asalto. Pero, no viendo a ninguno de los enemigos, sino una terrible soledad por todas partes, y fuego dentro, y silencio, no acertaban a comprender lo sucedido; y al fin, como para el disparo de una flecha, lanzaron el grito de guerra, por si provocaban a alguno de los de dentro. El clamor llegó a oídos de las mujeres, y, saliendo de los subterráneos, revelaron a los romanos lo ocurrido tal como había sido, narrando una de ellas con claridad todo lo que se había dicho y de qué modo se había ejecutado. Pero no le prestaban fácilmente atención, incrédulos ante la magnitud de la audacia, e intentaban apagar el fuego; y, abriéndose pronto un camino a través de él, penetraron en el palacio. Y al toparse con la multitud de los muertos, no se alegraron como ante enemigos, sino que admiraron la nobleza de la resolución y aquel desprecio de la muerte, inquebrantable en tantos hombres a la hora de ejecutarlo.
Consumada de este modo la captura, el general deja una guarnición en la fortaleza, y él mismo, con las tropas, partió hacia Cesarea. Pues ya no quedaba ningún enemigo en el país, sino que toda la región, tras una guerra larga, había sido subyugada; guerra que había causado a muchos, aun de los que habitaban muy lejos, alarma y peligro de perturbación. Y todavía después de esto sucedió, en torno a Alejandría de Mitsraim, que murieron muchos judíos; pues a los que, procedentes de la facción de los sicarios, habían podido huir allí no les bastó salvarse, sino que de nuevo emprendieron acciones aún más revolucionarias, y persuadían a muchos de los que los habían acogido a reivindicar la libertad, a tener a los romanos por en nada superiores a ellos mismos y a considerar a Dios como único señor. Y como algunos judíos no oscuros se les oponían, a unos los degollaron, y a los demás los apremiaban exhortándolos a la sublevación. Al ver su locura, los principales del consejo de ancianos ya no juzgaron seguro pasarlo por alto, sino que, reuniendo en asamblea a todos los judíos, denunciaron la insensatez de los sicarios, mostrándolos como culpables de todos los males; y decían ahora que aquellos, puesto que ni huyendo tenían esperanza firme de salvación —pues, en cuanto fueran reconocidos por los romanos, al punto perecerían—, colmaban de la desgracia que a ellos les correspondía a quienes no habían tenido parte en ninguna de sus faltas. Exhortaban, pues, a la muchedumbre a guardarse de la ruina que de aquellos vendría y a disculparse ante los romanos entregándolos. Comprendiendo la magnitud del peligro, se dejaron convencer por lo dicho, y, lanzándose con gran ímpetu contra los sicarios, los apresaron. De ellos, seiscientos fueron capturados al punto; y cuantos huyeron a Mitsraim y a las Tebas de allí, apresados no mucho después, fueron traídos de vuelta.
En ellos no hay quien no quedara asombrado de su firmeza —llámese locura o fuerza del ánimo—; pues, ideado contra ellos todo género de tortura y de suplicio corporal con este solo fin: que reconocieran al César por señor, ninguno cedió ni estuvo a punto de decirlo, sino que todos conservaron su resolución por encima de la necesidad, recibiendo, como con cuerpos insensibles y con un alma casi gozosa, los tormentos y el fuego. Y sobre todo la edad de los niños dejó atónitos a los espectadores; pues ni siquiera alguno de ellos se dejó vencer para nombrar al César por señor. ¡Hasta tal punto la fuerza de la audacia prevalecía sobre la debilidad de los cuerpos!
Lupo gobernaba entonces Alejandría, y acerca de este movimiento escribió a toda prisa al César. Este, receloso de la incesante propensión de los judíos a la revuelta, y temiendo que de nuevo se juntaran en un solo cuerpo y arrastraran consigo a algunos, ordenó a Lupo demoler el templo de los judíos en el llamado distrito de Onías. Este está en Mitsraim, y por tal causa fue fundado y recibió su nombre: Onías, hijo de Shimón, uno de los sumos sacerdotes de Yerushaláyim, huyendo de Antíoco, el rey de Siria que hacía la guerra a los judíos, llegó a Alejandría; y, habiéndolo recibido Tolomeo con benevolencia por su enemistad hacia Antíoco, le dijo que haría del pueblo de los judíos un aliado suyo, si se atenía a lo que él le proponía. Y, habiendo el rey convenido en hacer lo posible, le pidió que le permitiera construir en algún lugar de Mitsraim un templo y rendir culto a Dios según las costumbres patrias; pues así —decía— los judíos se volverían aún más hostiles a Antíoco, que había saqueado el templo de Yerushaláyim, y para con él estarían mejor dispuestos, y muchos, por la seguridad de practicar su piedad, se congregarían junto a él.
Persuadido Tolomeo por lo dicho, le da una región a ciento ochenta estadios de Menfis; este distrito se llama Heliopolita. Allí Onías construyó una fortaleza y edificó el santuario, no semejante al de Yerushaláyim, sino parecido a una torre, de grandes piedras, levantado hasta sesenta codos; la construcción del altar la imitó del original y lo adornó de igual modo con ofrendas votivas, salvo en lo tocante a la fábrica del candelabro; pues no hizo un candelabro, sino que, forjándose una lámpara de oro que despedía resplandor, la colgó de una cadena de oro. Y todo el recinto sagrado estaba rodeado de un muro de ladrillo cocido, con puertas de piedra. El rey le asignó además mucha tierra como renta de dinero, para que hubiera abundancia para los sacerdotes y muchos medios para el culto de Dios. Con todo, no obraba Onías esto con recta intención, sino que sentía rivalidad hacia los judíos de Yerushaláyim, guardando rencor por su destierro, y pensaba que, construyendo este templo, atraería hacia él a la muchedumbre, apartándola de aquellos. Había existido también un antiguo vaticinio, unos seiscientos años antes: Yeshayahu era el nombre del que había anunciado la construcción de este templo en Mitsraim por un varón judío. Así, pues, fue edificado este santuario.
Lupo, el gobernador de Alejandría, recibida la carta del César y presentándose en el templo, tras sacar algunas de las ofrendas votivas, cerró el santuario. Y, muerto Lupo poco después, Paulino, que lo sucedió en el gobierno, no dejó ninguna de las ofrendas —pues amenazó gravemente a los sacerdotes si no las presentaban todas— ni permitió acercarse al recinto a los que querían dar culto, sino que, cerrando las puertas, lo hizo del todo inaccesible, de modo que no quedara ya ni rastro del culto a Dios en aquel lugar. El tiempo transcurrido, desde su construcción hasta el cierre del santuario, fue de trescientos cuarenta y tres años.
El desvarío de los sicarios alcanzó también a las ciudades en torno a Cirene, como una enfermedad. Pues, tras infiltrarse en ella Jonatán —hombre malísimo, tejedor de oficio—, persuadió a no pocos de los pobres a seguirlo, y los condujo al desierto, prometiendo mostrarles señales y apariciones. Y a los demás les pasaba inadvertido que hacía esto y los engañaba; pero los judíos de Cirene más destacados por su dignidad anunciaron su salida y sus preparativos a Catulo, el gobernador de la Pentápolis de Libia. Este, enviando jinetes e infantes, fácilmente venció a los desarmados; y la mayor parte pereció en el combate, aunque algunos, capturados vivos, fueron llevados ante Catulo. El cabecilla de la conjura, Jonatán, escapó entonces; pero, hecha por todo el país una búsqueda grande y muy minuciosa, fue apresado y, conducido ante el gobernador, maquinó para sí mismo la manera de librarse del castigo, y a Catulo le dio ocasión de injusticias. Pues él, mintiendo, decía que los más ricos de los judíos habían sido sus instigadores en la conjura, y aquel acogía de buen grado las calumnias y revestía el asunto de mucha pompa, dramatizándolo grandemente, para que pareciera que también él había llevado a buen término cierta guerra judía. Y lo más grave aún era esto: pues, además de creer fácilmente, era también maestro de los sicarios en la mentira; así, ordenando a aquel nombrar a un tal Alejandro —un judío con el que hacía tiempo se había enemistado y a quien había manifestado abiertamente su odio— y enredando en las acusaciones también a la mujer de aquel, Berenice, a estos los mató primero, y tras ellos dio muerte a todos los que sobresalían por su riqueza, cerca de mil hombres; y creía obrar esto con seguridad, porque tomaba las haciendas de aquellos para las rentas del César.
Y para que tampoco en otra parte algunos judíos reprocharan su injusticia, extendió la mentira aún más lejos y persuadió a Jonatán y a algunos de los apresados con él a presentar acusación de sedición contra los judíos más estimados de Alejandría y de Roma. Uno de los acusados por esta intriga fue Josefo, el que escribió esta obra. Sin embargo, no le salió a Catulo la maquinación según su esperanza; pues llegó a Roma llevando encadenados a Jonatán y a los suyos, y creía que el fin de la investigación sería la mentira urdida ante él y por medio de él. Pero Vespasiano, sospechando del asunto, indaga la verdad y, sabiendo que la acusación levantada contra aquellos hombres era injusta, los absuelve de los cargos por diligencia de Tito, e impuso a Jonatán la pena que le correspondía: pues fue quemado vivo, tras haber sido antes torturado. A Catulo, en aquel momento, le fue dado, por la clemencia de los emperadores, no sufrir nada más allá de la reprobación; pero, no mucho después, preso de una enfermedad multiforme y de difícil cura, penosamente se consumía, castigado no solo en el cuerpo, sino que la dolencia de su alma le era aún más grave. Pues se agitaba de terrores y sin cesar gritaba que veía junto a sí los espectros de los que había asesinado; y, no pudiendo contenerse, saltaba del lecho como si le aplicaran tormentos y fuego. Y, tomando el mal siempre gran incremento, y cayéndosele las entrañas por corrosión, murió así, convertido, no menos que ningún otro, en prueba de la providencia de Dios: que a los malvados impone castigo.
Aquí está para nosotros el fin de la historia, que prometimos transmitir con toda exactitud a quienes quisieran aprender de qué modo se libró esta guerra de los romanos contra los judíos. Y cómo ha sido narrada, quede reservado para juicio de los que la lean; pero, en cuanto a la verdad, no vacilaría en decir con confianza que solo a ella, en toda la redacción, apunté.