Libros · Clásicos del judaísmo
Las Leyendas de los Judíos I
De la Creación a Yaakov
Louis Ginzberg
Capítulo I
Prefacio
Was sich nie und nirgends hat begeben, das allein veraltet nie.
El término «rabínica» fue aplicado a la literatura judía de los tiempos posbíblicos por quienes concebían el judaísmo de la época tardía como algo distinto del judaísmo de la Biblia, algo en realidad opuesto a él. Tales observadores sostenían que la nación judía dejó de existir en el momento en que su independencia política fue destruida. Para ellos, el judaísmo de la época tardía ha sido un judaísmo de la Sinagoga, cuyos portavoces han sido los eruditos, los rabinos. Y lo que produjo esta fase del judaísmo lo han considerado producto de las escuelas más que producto de la vida práctica y palpitante. Fantasmagorías poéticas —a menudo los desvaríos de visionarios enfermizos— son el material con que estos eruditos construyen el sistema teológico de los rabinos; y los cuentos de hadas, creaciones espontáneas del pueblo que en la literatura judía toman la forma de leyenda sagrada, se denominan exégesis escrituraria de los rabinos y se condenan sin más como nugae rabbinorum.
Así como el nombre de un hombre se le adhiere, los hombres se adhieren a los nombres. Para el salvaje primitivo, el nombre es parte de la esencia de una persona o de una cosa, y aun en las etapas más avanzadas de la cultura los juicios no siempre se forman de acuerdo con los hechos tal como son, sino más bien según los nombres con que se los designa. La estimación corriente de la literatura rabínica es un caso al respecto. Con la etiqueta «rabínica», las edades posteriores heredaron de las anteriores cierta visión distorsionada de la literatura así designada. Hasta el día de hoy, e incluso entre los eruditos que abordan su investigación con mente libre de prejuicios, prevalece la opinión de que se trata de un producto puramente erudito. Y sin embargo, la verdad es que el rasgo más destacado de la literatura rabínica es su carácter popular.
La escuela y el hogar no se oponen mutuamente en la concepción de los judíos. Estudian en sus hogares y viven en sus escuelas. Del mismo modo, no hay entre ellos una clase distinta de eruditos, una clase que se retire de la participación en los asuntos de la vida práctica. Aun en el dominio de la halajá, los rabinos no se ocupaban tanto de los principios teóricos del derecho como de los fenómenos concretos de la existencia cotidiana. A estos buscaban asir y dar forma. Y lo que es cierto de la halajá lo es con mayor énfasis de la agadá, que es popular en el doble sentido de apelar al pueblo y de ser producida en lo esencial por el pueblo. Hablar de la agadá de los tanaím y los amoraím es tan ajeno a los hechos como hablar de las leyendas de Shakespeare y Scott. Los autores antiguos y sus hermanos modernos del gremio elaboran por igual el material legendario que hallaron a mano.
Algunos han sostenido que la agadá no contiene leyendas populares, que es por entero un producto artificial y académico. Una mirada somera a la literatura seudoepigráfica de los judíos —más antigua que la literatura agádica por varios siglos— muestra cuán insostenible es esta opinión. Que una literatura haya bebido de la otra queda descartado por los hechos históricos. En época muy temprana la Sinagoga renegó de la literatura seudoepigráfica, que era la lectura predilecta de los sectarios y los cristianos. No obstante, la relación interna entre ambas es de la índole más estrecha. La única diferencia esencial es que en la agadá prevalece la forma midráshica, y en los seudoepígrafos la forma parenética o apocalíptica. El elemento común debe, por tanto, ser distinto del midrash por un lado y de la parénesis por el otro.
El folclore, los cuentos de hadas, las leyendas y todas las formas de relato afines a estas se comprenden, en la terminología de la literatura posbíblica de los judíos, bajo la descripción abarcadora de agadá, un nombre que puede explicarse mediante un rodeo, pero no traducirse. Aquello a lo que se aplica queda caracterizado, primero, como derivado de las Sagradas Escrituras, y luego, como de la naturaleza de un relato. Y, de hecho, este dualismo resume los rasgos distintivos de la leyenda judía. Hace más de dieciocho siglos, el historiador judío Josefo observó que «aunque se nos prive de nuestra riqueza, de nuestras ciudades o de las demás ventajas que tenemos, nuestra ley permanece inmortal». La palabra que quería usar no era ley, sino Torá, solo que no pudo hallar un equivalente para ella en griego. Un cantor de la Sinagoga, mil años después de Josefo, que expresó sus sentimientos en hebreo, formuló el mismo pensamiento: «La Ciudad Santa y todas sus ciudades hijas están profanadas, yacen en ruinas, despojadas de sus ornamentos, su esplendor oscurecido a la vista. Nada nos queda salvo un solo tesoro eterno: la santa Torá». Cuanto más triste era la vida del pueblo judío, más sentía la necesidad de refugiarse en su pasado. La Escritura —o, para usar el término judío, la Torá— era el único vestigio de su antigua independencia nacional, y la Torá era el medio mágico de hacer que una realidad sórdida retrocediera ante un recuerdo glorioso. A la Escritura se le asignó la tarea de nutrir tanto la mente como el alma, tanto el intelecto como la imaginación, y el resultado son la halajá y la agadá.
La fantasía del pueblo no se extinguió en el tiempo posbíblico, pero la inclinación de su actividad quedó determinada por el pasado.
Los hombres ansiaban entretenimiento en los tiempos posteriores tanto como en los primeros, solo que, en lugar de recurrir para su materia a lo que ocurría ante sus ojos, bebían del manantial del pasado. Los sucesos de la historia antigua de Israel —que no solo se estudiaba, sino que se revivía a diario— estimulaban el deseo de juzgarla. Las reflexiones religiosas sobre la naturaleza consignadas en los mitos del pueblo, los cuentos de hadas —cuyo único objeto es agradar— y las leyendas —que son el veredicto del pueblo sobre la historia—: todo ello se fundió en un solo producto. La fantasía del pueblo judío estaba absorta en el pasado reflejado en la Biblia, y por esta razón todas sus creaciones llevan un tinte bíblico. Esto explica la forma peculiar de la agadá.
Pero lo que el pueblo produce espontáneamente a menudo se conserva solo en la forma que le imprimen el sentimiento y el pensamiento del poeta, o las especulaciones de los eruditos. También las leyendas judías rara vez se han transmitido en su forma original. Se han perpetuado en la forma del midrash, es decir, la exégesis escrituraria. Los maestros de la agadá, llamados en el Talmud Rabbanan d'Aggadta, no eran folcloristas, de quienes cabría esperar una reproducción fiel del material legendario. Eran ante todo homiletas, que usaban las leyendas con fines didácticos, y su objetivo principal era establecer una estrecha conexión entre la Escritura y las creaciones de la fantasía popular, dar a estas una base firme y asegurarles un largo período de vida.
Una de las tareas más importantes de la investigación moderna de la agadá es hacer una separación limpia entre los elementos originales y las adiciones eruditas posteriores. Apenas se ha dado un comienzo en esta dirección. Pero mientras no se haya llevado a cabo la tarea de distinguirlos, es imposible poner por escrito las leyendas bíblicas de los judíos sin incluir la obra suplementaria de los eruditos en los productos de la fantasía popular.
En la presente obra, «Las Leyendas de los Judíos», he hecho el primer intento de reunir de las fuentes originales todas las leyendas judías, en la medida en que se refieren a personajes y sucesos bíblicos, y de reproducirlas con la mayor completitud y exactitud alcanzables. Uso la expresión «judías», más que «rabínicas», porque las fuentes de las que he recaudado aportes no se limitan a la literatura rabínica. Como espero tener ocasión de entrar en otra parte en una descripción detallada de las fuentes, los siguientes datos han de bastar por ahora.
Las obras de la literatura talmúdico-midráshica son de primera importancia. Abarcando el período del siglo segundo al decimocuarto, contienen la mayor parte del material legendario judío. Afín a esto en el contenido, si no siempre en la forma, es lo derivado de los Targumim, cuyas versiones más antiguas no se produjeron antes del siglo cuarto, y las más recientes no después del décimo. La literatura midráshica se ha conservado solo en forma fragmentaria. Muchas agadot que no se encuentran en nuestras colecciones existentes son citadas por los autores de la Edad Media. En consecuencia, un número nada desdeñable de las leyendas aquí impresas está tomado de comentaristas bíblicos y homiletas medievales. Tuve la fortuna de poder valerme también de fragmentos de midrashim de los que solo subsisten copias manuscritas.
Las obras de la Cábala más antigua son igualmente tesoros de citas de midrashim perdidos, y fue entre los cabalistas, y más tarde entre los jasidim, donde surgieron nuevas leyendas. Las literaturas producidas en estos dos círculos son, por tanto, de gran importancia para el presente propósito.
Además, las leyendas judías pueden espigarse no solo en los escritos de la Sinagoga; aparecen también en los de la Iglesia. Ciertas obras judías repudiadas por la Sinagoga fueron acogidas y amparadas por la Iglesia. Es la literatura que suele denominarse apócrifo-seudoepigráfica. Desde el punto de vista de las leyendas, los libros apócrifos son de importancia subordinada, mientras que los seudoepígrafos son de valor fundamental. Aun cuantitativamente, estos últimos son una masa imponente. Además de los escritos griegos de los judíos helenistas, contienen productos latinos, sirios, etíopes, arameos, árabes, persas y eslavos antiguos, traducidos directa o indirectamente de obras judías de origen palestinense o helenístico. El uso de estos seudoepígrafos exige gran cautela. Casi todos ellos están adornados con interpolaciones cristianas, y en algunos casos las porciones insertadas han sofocado la forma original tan por completo que resulta imposible determinar a primera vista si lo que se examina es una leyenda judía o una cristiana. Creo, sin embargo, que el material seudoepigráfico del que me he servido es judío más allá de toda duda, y por ello no podía dejarse fuera de consideración en una obra como la presente.
No obstante, en la apreciación de las leyendas judías, son los escritores rabínicos los que deben constituir el punto de partida, y no los seudoepígrafos. Los primeros representan la corriente principal del pensamiento y el sentimiento judíos; los segundos, solo una corriente subterránea. Si la Sinagoga expulsó los seudoepígrafos y la Iglesia los adoptó con gran muestra de favor, estas respectivas actitudes no se determinaron de manera arbitraria ni por azar. Los seudoepígrafos se originaron en círculos que albergaban los gérmenes de los que más tarde se desarrolló el cristianismo. La Iglesia pudo así apropiárselos como suyos con razón justa.
En el uso de algunos de los escritos apócrifos y seudoepigráficos, me pareció conveniente citar las traducciones inglesas que otros hicieron de ellos, en la medida en que podían armonizarse con el estilo general del libro, propósito para el cual me permití la libertad de leves cambios verbales. En los pormenores me guié, naturalmente, por mi propia concepción del tema, que las Notas justifican en detalle.
Además de los seudoepígrafos, hay otras fuentes judías con ropaje cristiano. En la rica literatura de los Padres de la Iglesia yace embalsamada más de una leyenda judía que en vano se buscaría en los libros judíos. Fue, por tanto, mi especial empeño usar los escritos de los Padres hasta donde fue posible.
La lujuriante abundancia del material por presentar hizo imposible dar una versión literal de cada leyenda. Ello habría requerido más del triple del espacio de que dispongo. Solo puedo, por tanto, reivindicar la completitud de mi obra en cuanto al contenido. En la forma, hubo de sufrir recortes. Cuando existían varias versiones en conflicto de una misma leyenda, di solo una en el texto, reservando la otra —o las otras varias— para las Notas, o bien, cuando resultaba practicable, se fundieron en una leyenda típica cuyas partes componentes se analizan en las Notas. En otros casos recurrí al expediente de citar una versión en un lugar y las demás en otros lugares apropiados, en aras de mi propósito de dar una presentación fluida del asunto, con las menos interrupciones posibles al curso del relato. Por esta razón evité frases de transición como «Algunos dicen», «Se ha sostenido», etc. Que mi método a veces separe cosas que van juntas no puede considerarse una desventaja grave, ya que el Índice al final de la obra presentará una reordenación lógica del material en beneficio del estudiante interesado. Tampoco vacilé en tratar del mismo personaje en distintos capítulos, como, por ejemplo, muchas de las leyendas relativas a Yaakov: las conectadas con los últimos años del Patriarca no aparecen en el capítulo que lleva su nombre, sino que se hallarán en las secciones dedicadas a Yosef, por la razón de que, una vez que el hijo entra en escena, se convierte en la figura central, a la cual quedan subordinados la vida y los hechos del padre. Asimismo, en consideración a la falta de espacio, hubo que omitir los relatos bíblicos que subyacen a las leyendas —sin duda no una omisión grave en un tema cuyo amplio conocimiento puede presuponerse como cosa natural.
Como tercera consecuencia de la amplitud del material, se juzgó aconsejable dividirlo en varios volúmenes. Las referencias, las explicaciones de las fuentes usadas y las interpretaciones dadas, y, en especial, numerosas enmiendas del texto de los midrashim y los seudoepígrafos —que determinaron mi concepción de los pasajes así enmendados— se hallarán en el último volumen, el cuarto, que contendrá también una Introducción a la Historia de las Leyendas Judías, cierto número de Excursos y el Índice.
Como los tres primeros volúmenes están en manos del impresor casi por entero, me atrevo a expresar la esperanza de que la obra completa aparezca dentro de un plazo mensurable, siguiéndose las partes unas a otras a breves intervalos.
LOUIS GINZBERG.
Nueva York, 24 de marzo de 1909
Capítulo II
La creación del mundo
Capítulo primero
En el principio, dos mil años antes que el cielo y la tierra, fueron creadas siete cosas: la Torá, escrita con fuego negro sobre fuego blanco y reposando en el regazo de Dios; el Trono Divino, erigido en el cielo que más tarde estaría sobre las cabezas de las jayot; el Paraíso, a la derecha de Dios, y el Infierno, a la izquierda; el Santuario Celestial, justo enfrente de Dios, con una piedra preciosa sobre su altar grabada con el Nombre del Mesías, y una Voz que clama en alto: «Volved, hijos de los hombres».
Cuando Dios resolvió crear el mundo, se aconsejó con la Torá. Su consejo fue este: «Oh HaShem, un rey sin ejército, sin cortesanos ni servidores, apenas merece el nombre de rey, pues no hay nadie cerca que le rinda el homenaje debido». La respuesta agradó sobremanera a Dios. Así enseñó Él, con Su ejemplo divino, a todos los reyes de la tierra a no emprender nada sin consultar antes a sus consejeros.
El consejo de la Torá vino con ciertas reservas. Ella dudaba del valor de un mundo terrenal, a causa de la maldad de los hombres, que sin falta desatenderían sus preceptos. Pero Dios disipó sus dudas. Le dijo que la teshuvá había sido creada mucho antes, y que los pecadores tendrían la ocasión de enmendar su camino. Además, el servicio del Templo estaría dotado de poder expiatorio, y el Paraíso y el Infierno servirían de recompensa y de castigo. Por último, el Mesías había sido designado para traer la salvación, que pondría fin a toda maldad.
Ni siquiera este mundo habitado por el hombre es lo primero terrenal que Dios creó. Hizo varios mundos antes del nuestro, pero a todos los destruyó, porque ninguno le complació hasta que creó el nuestro. Y aun este último mundo no habría tenido permanencia si Dios hubiera ejecutado Su plan original de regirlo según el principio de la justicia estricta. Solo cuando vio que la justicia por sí sola socavaría el mundo asoció la misericordia a la justicia, y las hizo reinar juntas. Así, desde el comienzo de todas las cosas prevaleció la bondad divina, sin la cual nada habría podido seguir existiendo. De no ser por ella, las miríadas de espíritus malignos habrían acabado pronto con las generaciones de los hombres. Pero la bondad de Dios ha ordenado que en cada Nisán, en el tiempo del equinoccio de primavera, los serafines se acerquen al mundo de los espíritus y los intimiden, para que teman hacer daño a los hombres. Y también, si Dios en Su bondad no hubiera dado protección a los débiles, los animales mansos habrían sido exterminados hace mucho por las fieras. En Tammuz, en el tiempo del solsticio de verano, cuando la fuerza de behemot está en su apogeo, ruge tan fuerte que todos los animales lo oyen, y durante un año entero quedan asustados y temerosos, y sus actos se vuelven menos feroces que su naturaleza. Y también, en Tishrí, en el tiempo del equinoccio de otoño, la gran ave ziz bate sus alas y lanza su grito, de modo que las aves de rapiña —las águilas y los buitres— palidecen, y temen abatirse sobre las otras y aniquilarlas en su avidez. Y, de nuevo, si no fuera por la bondad de Dios, la enorme cantidad de peces grandes habría acabado pronto con los pequeños. Pero en el tiempo del solsticio de invierno, en el mes de Tevet, el mar se agita, pues entonces leviatán arroja agua a chorros, y los peces grandes se inquietan. Refrenan su apetito, y los pequeños escapan de su rapacidad.
Por último, la bondad de Dios se manifiesta en la preservación de Su pueblo Israel. No habría sobrevivido a la enemistad de las naciones si Dios no le hubiera designado protectores, los arcángeles Mijael y Gavriel. Siempre que Israel desobedece a Dios y es acusado de faltas por los ángeles de las otras naciones, es defendido por sus guardianes designados, con tan buen resultado que los demás ángeles conciben temor de ellos. Una vez que los ángeles de las otras naciones quedan aterrados, las naciones mismas no se atreven a llevar a cabo sus perversos designios contra Israel.
Para que la bondad de Dios reine en la tierra como en el cielo, a los Ángeles de la Destrucción se les asigna un lugar en el extremo más lejano de los cielos, de donde jamás pueden moverse, mientras que los Ángeles de la Misericordia rodean el Trono de Dios, a Su mandato.
Cuando Dios estaba a punto de crear el mundo por Su palabra, las veintidós letras del alfabeto descendieron de la terrible y augusta corona de Dios, donde estaban grabadas con una pluma de fuego llameante. Se pusieron en torno a Dios, y una tras otra hablaron y suplicaron: «¡Crea el mundo a través de mí!». La primera en dar un paso adelante fue la letra Tav. Dijo: «¡Oh HaShem del mundo! Sea Tu voluntad crear Tu mundo a través de mí, pues es por mí que darás la Torá a Israel por mano de Moshé, como está escrito: “Moshé nos ordenó la Torá”». Hakadosh Baruj Hu respondió y dijo: «¡No!». Tav preguntó: «¿Por qué no?», y Dios respondió: «Porque en los días venideros te pondré como señal de muerte sobre las frentes de los hombres». En cuanto Tav oyó estas palabras salir de la boca de Hakadosh Baruj Hu, se retiró de Su presencia decepcionada.
Entonces la Shin dio un paso adelante y suplicó: «¡Oh HaShem del mundo, crea Tu mundo a través de mí, pues Tu propio nombre Shadai comienza conmigo!». Por desgracia, es también la primera letra de Shav, vanidad, y de Shéker, falsedad, y eso la descalificó. La Resh no tuvo mejor suerte. Se le hizo ver que era la letra inicial de Ra, malo, y de Rashá, perverso, y después de eso, la distinción de que goza por ser la primera letra en el Nombre de Dios, Rajum, el Misericordioso, no contó para nada. La Kof fue rechazada, porque Kelalá, maldición, pesa más que la ventaja de ser la primera en Kadosh, el Santo. En vano llamó la Tsade la atención sobre Tsadik, el Justo; ahí estaba Tsarot, las desgracias de Israel, para testificar en su contra. La Pe tenía a su favor Podé, redentor, pero Peshá, transgresión, reflejaba deshonra sobre ella. La Áyin fue declarada inhábil porque, aunque comienza Anavá, humildad, presta el mismo servicio a Ervá, inmoralidad. La Sámej dijo: «Oh HaShem, sea Tu voluntad comenzar la creación conmigo, pues eres llamado Sámej, según mí, el Sostén de todos los que caen». Pero Dios dijo: «Se te necesita en el lugar en que estás; debes seguir sosteniendo a todos los que caen». La Nun introduce Ner, «la lámpara de HaShem», que es «el espíritu del hombre», pero también introduce Ner, «la lámpara del malvado», que será apagada por Dios. La Mem inicia Mélej, rey, uno de los títulos de Dios. Como es también la primera letra de Mehumá, confusión, no tuvo ocasión de cumplir su deseo. El reclamo de la Lámed llevaba en sí mismo su refutación. Adujo el argumento de que era la primera letra de Lujot, las tablas celestiales de los Diez Mandamientos; olvidó que las tablas fueron hechas pedazos por Moshé. La Kaf estaba segura de la victoria: Kisé, el trono de Dios, Kavod, Su honor, y Kéter, Su corona, todos comienzan con ella. Dios tuvo que recordarle que golpearía juntas Sus manos, Kaf, en desesperación por las desgracias de Israel. La Yod, a primera vista, parecía la letra apropiada para el comienzo de la creación, por su asociación con Yah, Dios, si tan solo Yétser haRá, la inclinación al mal, no comenzara también con ella. La Tet se identifica con Tov, el bien. Sin embargo, el bien verdadero no está en este mundo; pertenece al mundo por venir. La Jet es la primera letra de Janún, el Clemente; pero esta ventaja queda contrarrestada por su lugar en la palabra para pecado, Jatat. La Zayin sugiere Zajor, memoria, pero es ella misma la palabra para arma, la que hace el daño. La Vav y la He componen el Nombre Inefable de Dios; son, por tanto, demasiado excelsas para ser puestas al servicio del mundo terrenal. Si la Dálet solo hubiera representado Davar, la Palabra Divina, habría sido usada, pero representa también Din, justicia, y bajo el imperio de la ley sin amor el mundo se habría desmoronado en ruinas. Por último, a pesar de recordar a Gadol, grande, la Guímel no serviría, porque Guemul, retribución, comienza con ella.
Después de que los reclamos de todas estas letras fueron desestimados, la Bet se presentó ante Hakadosh Baruj Hu y suplicó ante Él: «¡Oh HaShem del mundo! Sea Tu voluntad crear Tu mundo a través de mí, pues todos los habitantes del mundo te dan alabanza a diario a través de mí, como se dice: “Bendito sea Adonái para siempre. Amén y amén”». Hakadosh Baruj Hu concedió al instante la petición de la Bet. Dijo: «Bendito el que viene en el nombre de Adonái». Y creó Su mundo a través de la Bet, como se dice: «Bereshit, Dios creó el cielo y la tierra». La única letra que se había abstenido de instar su reclamo fue la modesta Álef, y Dios la recompensó más tarde por su humildad dándole el primer lugar en el Decálogo.
En el primer día de la creación, Dios produjo diez cosas: los cielos y la tierra, Tohu y Bohu, la luz y la oscuridad, el viento y el agua, la duración del día y la duración de la noche.
Aunque los cielos y la tierra constan de elementos por completo distintos, fueron creados como una unidad, «como la olla y su tapa». Los cielos fueron labrados de la luz de la vestidura de Dios, y la tierra, de la nieve que hay bajo el Trono Divino. Tohu es una banda verde que envuelve el mundo entero y dispensa la oscuridad, y Bohu consta de piedras en el abismo, las que producen las aguas. La luz creada al comienzo mismo no es la misma que la luz emitida por el sol, la luna y las estrellas, que aparecieron solo en el cuarto día. La luz del primer día era de una índole que habría permitido al hombre ver el mundo de una sola mirada, de un extremo al otro. Anticipando la maldad de las generaciones pecadoras del diluvio y de la Torre de Bavel, que no eran dignas de gozar de la bendición de tal luz, Dios la ocultó, pero en el mundo por venir aparecerá a los piadosos en toda su gloria prístina.
Se crearon varios cielos —siete, de hecho—, cada uno para servir a un propósito propio. El primero, el visible al hombre, no tiene más función que la de cubrir la luz durante la noche; por eso desaparece cada mañana. Los planetas están sujetos al segundo de los cielos; en el tercero se prepara el maná para los piadosos en el más allá; el cuarto contiene la Yerushaláyim celestial junto con el Templo, en el que Mijael oficia como sumo sacerdote y ofrece las almas de los piadosos como sacrificios. En el quinto cielo residen las huestes de ángeles y cantan la alabanza de Dios, aunque solo durante la noche, pues de día es tarea de Israel en la tierra dar gloria a Dios en lo alto. El sexto cielo es un paraje inquietante; allí se originan la mayoría de las pruebas y calamidades ordenadas para la tierra y sus habitantes. Allí yace la nieve amontonada, y el granizo; hay desvanes llenos de rocío nocivo, almacenes surtidos de tormentas, y bodegas que guardan reservas de humo. Puertas de fuego separan estas cámaras celestiales, que están bajo la supervisión del arcángel Metatrón. Su pernicioso contenido contaminó los cielos hasta los tiempos de David. El piadoso rey rogó a Dios que purgara Su excelsa morada de todo lo que estuviera preñado de mal; no era propio que tales cosas existieran cerca del Clemente. Solo entonces fueron trasladadas a la tierra.
El séptimo cielo, en cambio, no contiene sino lo bueno y lo hermoso: el derecho, la justicia y la misericordia, los depósitos de la vida, la paz y la bendición, las almas de los piadosos, las almas y los espíritus de las generaciones aún no nacidas, el rocío con que Dios revivirá a los muertos en el día de la resurrección, y, por encima de todo, el Trono Divino, rodeado por los serafines, los ofanim, las santas jayot y los ángeles ministrantes.
En correspondencia con los siete cielos, Dios creó siete tierras, cada una separada de la siguiente por cinco capas. Sobre la tierra más baja, la séptima, llamada Érets, yacen en sucesión el abismo, el Tohu, el Bohu, un mar y las aguas. Luego se alcanza la sexta tierra, la Adamá, escenario de la magnificencia de Dios. Del mismo modo, la Adamá está separada de la quinta tierra, la Arká, que contiene el Guehinom, y los Shaaré Mávet, y los Shaaré Tsalmávet, y Beer Shájat, y Tit haYaven, y Abadón, y el Sheol, y allí las almas de los malvados son guardadas por los Ángeles de la Destrucción. Del mismo modo, a Arká le sigue Jarabá, la seca, lugar de arroyos y corrientes a pesar de su nombre, como la siguiente, llamada Yabashá, la tierra firme, contiene los ríos y los manantiales. Tével, la segunda tierra, es la primera tierra firme habitada por criaturas vivientes, trescientas sesenta y cinco especies, todas esencialmente distintas de las de nuestra propia tierra. Algunas tienen cabezas humanas sobre el cuerpo de un león, o de una serpiente, o de un buey; otras tienen cuerpos humanos rematados por la cabeza de alguno de estos animales. Además, Tével está habitada por seres humanos con dos cabezas y cuatro manos y pies, en efecto con todos sus órganos duplicados salvo únicamente el tronco. Sucede a veces que las partes de estas personas dobles riñen entre sí, sobre todo al comer y beber, cuando cada una reclama para sí las porciones mejores y más grandes. Esta especie de humanidad se distingue por su gran piedad, otra diferencia entre ella y los habitantes de nuestra tierra.
Nuestra propia tierra se llama Jéled, y, como las demás, está separada de Tével por un abismo, el Tohu, el Bohu, un mar y las aguas.
Así, una tierra se eleva sobre la otra, de la primera a la séptima, y sobre la séptima tierra se abovedan los cielos, del primero al séptimo, el último de ellos sujeto al brazo de Dios. Los siete cielos forman una unidad, las siete clases de tierra forman una unidad, y los cielos y la tierra juntos forman también una unidad.
Cuando Dios hizo nuestros cielos presentes y nuestra tierra presente, «los cielos nuevos y la tierra nueva» fueron también producidos, sí, y los ciento noventa y seis mil mundos que Dios creó para Su propia gloria.
Se necesitan quinientos años para caminar de la tierra a los cielos, y de un extremo de un cielo al otro, y también de un cielo al siguiente, y se necesita el mismo lapso de tiempo para viajar del este al oeste, o del sur al norte. De todo este vasto mundo solo una tercera parte está habitada; las otras dos terceras partes se reparten por igual entre el agua y el yermo desierto.
Más allá de las partes habitadas, hacia el este, está el Paraíso con sus siete divisiones, cada una asignada a los piadosos de cierto grado. El océano se sitúa al oeste, y está salpicado de islas sobre islas, habitadas por muchos pueblos distintos. Más allá, a su vez, se extienden las estepas sin límite, llenas de serpientes y escorpiones, y desprovistas de toda clase de vegetación, ya sean hierbas o árboles. Al norte están las reservas del fuego del infierno, de la nieve, el granizo, el humo, el hielo, la oscuridad y las tempestades de viento, y en esa vecindad moran toda clase de diablos, demonios y espíritus malignos. Su morada es una gran extensión de tierra; se tardaría quinientos años en atravesarla. Más allá yace el infierno. Al sur está la cámara que contiene las reservas de fuego, la cueva del humo, y la fragua de las ráfagas y los huracanes. Así ocurre que el viento que sopla del sur trae calor y bochorno a la tierra. Si no fuera por el ángel Ben Nez, el Alado, que contiene el viento del sur con sus alas, el mundo quedaría consumido. Además, la furia de su ráfaga es templada por el viento del norte, que siempre aparece como moderador, cualquiera que sea el otro viento que sople.
En el este, el oeste y el sur, el cielo y la tierra se tocan, pero el norte lo dejó Dios sin terminar, para que a cualquier hombre que se proclamara dios se le pudiera imponer la tarea de suplir la carencia, y quedara convicto de impostor.
La construcción de la tierra se comenzó por el centro, con la piedra fundamental del Templo, la Even Shetiyá, pues la Tierra Santa está en el punto central de la superficie de la tierra, Yerushaláyim está en el punto central de la Tierra de Israel, y el Templo se sitúa en el centro de la Ciudad Santa. En el santuario mismo, el Heijal es el centro, y la santa Arca ocupa el centro del Heijal, edificada sobre la piedra fundamental, que así está en el centro de la tierra. De allí brotó el primer rayo de luz, penetrando hasta la Tierra Santa, e iluminando desde allí la tierra entera. La creación del mundo, sin embargo, no pudo tener lugar hasta que Dios hubo desterrado al soberano de la oscuridad. «Retírate», le dijo Dios, «pues deseo crear el mundo por medio de la luz». Solo después de que la luz fue labrada surgió la oscuridad, reinando la luz en el cielo y la oscuridad en la tierra. El poder de Dios se mostró no solo en la creación del mundo de las cosas, sino igualmente en los límites que impuso a cada una. Los cielos y la tierra se extendieron a lo largo y a lo ancho como si aspiraran a la infinitud, y fue menester la palabra de Dios para poner freno a sus avances.
En el segundo día, Dios produjo cuatro creaciones: el firmamento, el infierno, el fuego y los ángeles. El firmamento no es lo mismo que los cielos del primer día. Es el cristal extendido sobre las cabezas de las jayot, del cual los cielos derivan su luz, como la tierra deriva su luz del sol. Este firmamento salva a la tierra de ser tragada por las aguas de los cielos; forma la partición entre las aguas de arriba y las aguas de abajo. Se hizo que cristalizara en el sólido que es por el fuego celestial, que rompió sus límites y condensó la superficie del firmamento. Así el fuego hizo una división entre lo celestial y lo terrestre en el tiempo de la creación, como la hizo en la revelación del monte Sinaí. El firmamento no tiene más de tres dedos de grosor; sin embargo, divide dos cuerpos tan pesados como las aguas de abajo, que son los cimientos del mundo inferior, y las aguas de arriba, que son los cimientos de los siete cielos, del Trono Divino y de la morada de los ángeles.
La separación de las aguas en aguas superiores e inferiores fue el único acto de esa clase realizado por Dios en relación con la obra de la creación. Todos los demás actos fueron unificadores. Por eso causó ciertas dificultades. Cuando Dios ordenó: «Reúnanse las aguas en un solo lugar, y aparezca lo seco», ciertas partes se negaron a obedecer. Se abrazaron unas a otras con más fuerza aún. En Su ira contra las aguas, Dios determinó dejar que la creación entera se resolviera de nuevo en caos. Convocó al Ángel de la Faz y le ordenó destruir el mundo. El ángel abrió los ojos de par en par, y fuegos abrasadores y espesas nubes rodaron de ellos, mientras clamaba: «¡Aquel que divide el mar de los Juncos en dos!», y las aguas rebeldes se detuvieron. El todo, sin embargo, seguía en peligro de destrucción. Entonces comenzó el cantor de las alabanzas de Dios: «Oh HaShem del mundo, en los días venideros Tus criaturas te cantarán alabanzas sin fin, te bendecirán sin medida y te glorificarán sin límite. Apartarás a Avraham de toda la humanidad como Tuyo; a uno de sus hijos lo llamarás “Mi primogénito”; y sus descendientes tomarán sobre sí el yugo de Tu reino. En santidad y pureza les otorgarás Tu Torá, con las palabras: “Yo soy Adonái tu Dios”, a lo que responderán: “Todo lo que Dios ha dicho, haremos”. Y ahora te suplico, ten piedad de Tu mundo, no lo destruyas, pues si lo destruyes, ¿quién cumplirá Tu voluntad?». Dios se aplacó; retiró la orden que ordenaba la destrucción del mundo, pero las aguas las puso bajo las montañas, para que permanecieran allí para siempre. La objeción de las aguas inferiores a la división y la separación no fue su única razón para rebelarse. Las aguas habían sido las primeras en dar alabanza a Dios, y cuando se decretó su separación en superiores e inferiores, las aguas de arriba se regocijaron, diciendo: «Benditas seamos nosotras, que tenemos el privilegio de morar cerca de nuestro Creador y cerca de Su Santo Trono». Jubilosas así, volaron hacia arriba y elevaron canto y alabanza al Creador del mundo. La tristeza cayó sobre las aguas de abajo. Se lamentaron: «¡Ay de nosotras, no hemos sido halladas dignas de morar en la presencia de Dios y de alabarlo junto con nuestras compañeras!». Por eso intentaron subir, hasta que Dios las repelió y las oprimió bajo la tierra. Sin embargo, no quedaron sin recompensa por su lealtad. Siempre que las aguas de arriba desean dar alabanza a Dios, deben primero pedir permiso a las aguas de abajo.
El segundo día de la creación fue un día aciago en más de un sentido, además de que introdujo una brecha donde antes no había habido sino unidad; pues fue el día que vio también la creación del infierno. Por eso Dios no pudo decir de este día, como de los otros, que «vio que era bueno». Una división puede ser necesaria, pero no puede llamarse buena, y el infierno, desde luego, no merece el atributo de bueno. El infierno tiene siete divisiones, una debajo de la otra. Se llaman Sheol, Abadón, Beer Shájat, Tit haYaven, Shaaré Mávet, Shaaré Tsalmávet y Guehinom. Se requieren trescientos años para recorrer la altura, o la anchura, o la profundidad de cada división, y se tardarían seis mil trescientos años en recorrer una extensión de tierra igual en amplitud a las siete divisiones.
Cada una de las siete divisiones tiene a su vez siete subdivisiones, y en cada compartimiento hay siete ríos de fuego y siete de granizo. La anchura de cada uno es de mil codos, su profundidad de mil, y su longitud de trescientos, y fluyen uno del otro, y son supervisados por noventa mil Ángeles de la Destrucción. Hay, además, en cada compartimiento siete mil cavernas, en cada caverna hay siete mil grietas, y en cada grieta siete mil escorpiones. Cada escorpión tiene trescientos anillos, y en cada anillo siete mil bolsas de veneno, de las que fluyen siete ríos de ponzoña mortal. Si un hombre lo toca, revienta al instante, cada miembro le es arrancado del cuerpo, sus entrañas se hienden en dos, y cae de bruces. Hay también cinco clases distintas de fuego en el infierno. Uno devora y absorbe, otro devora y no absorbe, mientras que el tercero absorbe y no devora, y hay todavía otro fuego que ni devora ni absorbe, y además un fuego que devora fuego. Hay carbones grandes como montañas, y carbones grandes como colinas, y carbones tan grandes como el mar Muerto, y carbones como enormes piedras, y hay ríos de pez y de azufre que fluyen y hierven como brasas vivas.
La tercera creación del segundo día fueron las huestes de ángeles, tanto los ángeles ministrantes como los ángeles de la alabanza. La razón de que no fueran llamados a la existencia en el primer día fue para que los hombres no creyeran que los ángeles asistieron a Dios en la creación de los cielos y la tierra. Los ángeles que están hechos de fuego tienen formas de fuego, pero solo mientras permanecen en el cielo. Cuando descienden a la tierra, a cumplir el mandato de Dios aquí abajo, o se convierten en viento, o toman la apariencia de hombres. Hay diez rangos o grados entre los ángeles.
Los más excelsos en rango son los que rodean el Trono Divino por todos lados —a la derecha, a la izquierda, delante y detrás—, bajo la jefatura de los arcángeles Mijael, Gavriel, Uriel y Rafael.
Todos los seres celestiales alaban a Dios con las palabras: «Santo, santo, santo es Adonái de los ejércitos», pero los hombres tienen precedencia sobre los ángeles en esto. No pueden comenzar su canto de alabanza hasta que los seres terrenales hayan rendido su homenaje a Dios. Israel, en especial, es preferido a los ángeles. Cuando rodean el Trono Divino en forma de montañas de fuego y colinas llameantes, e intentan alzar sus voces en adoración del Creador, Dios los silencia con las palabras: «Callad hasta que haya oído los cantos, las alabanzas, las plegarias y las dulces melodías de Israel». Por eso, los ángeles ministrantes y todas las demás huestes celestiales esperan hasta que los últimos tonos de las doxologías de Israel, que ascienden desde la tierra, se hayan extinguido, y entonces proclaman en alta voz: «Santo, santo, santo es Adonái de los ejércitos». Cuando la hora de la glorificación de Dios por los ángeles se acerca, el augusto heraldo divino, el ángel Shamiel, se acerca a las ventanas del cielo más bajo para escuchar los cantos, las plegarias y las alabanzas que ascienden de las sinagogas y las casas de estudio, y cuando terminan, anuncia el final a los ángeles en todos los cielos. Los ángeles ministrantes, los que entran en contacto con el mundo sublunar, se retiran entonces a sus cámaras para tomar su baño de purificación. Se sumergen en una corriente de fuego y llama siete veces, y trescientas sesenta y cinco veces se examinan con cuidado, para asegurarse de que ninguna mancha se adhiere a sus cuerpos. Solo entonces se sienten dignos de subir la escalera de fuego y unirse a los ángeles del séptimo cielo, y rodear el trono de Dios con Jashmal y todas las santas jayot. Adornados con millones de coronas de fuego, ataviados con vestiduras de fuego, todos los ángeles al unísono, con las mismas palabras y con la misma melodía, entonan cantos de alabanza a Dios.
Hasta este momento la tierra era una llanura, y estaba toda cubierta de agua. Apenas se hicieron oír las palabras de Dios, «Reúnanse las aguas», cuando aparecieron montañas por todas partes, y colinas, y el agua se recogió en las cuencas hondas. Pero el agua se mostró recalcitrante, resistió la orden de ocupar los lugares bajos, y amenazó con desbordar la tierra, hasta que Dios la forzó a retroceder al mar, y ciñó el mar con arena. Ahora, cada vez que el agua se ve tentada a transgredir sus límites, contempla la arena, y retrocede.
Las aguas no hicieron sino imitar a su jefe Rajav, el Ángel del Mar, que se rebeló en la creación del mundo. Dios había ordenado a Rajav que recogiera el agua. Pero él se negó, diciendo: «Tengo bastante». El castigo por su desobediencia fue la muerte. Su cuerpo reposa en las profundidades del mar, y el agua disipa el hedor pútrido que emana de él.
La creación principal del tercer día fue el reino de las plantas, las plantas terrestres tanto como las plantas del Paraíso. Ante todo se hicieron los cedros del Líbano y los demás grandes árboles. En su orgullo por haber sido puestos primero, se dispararon muy alto en el aire. Se consideraban los favorecidos entre las plantas. Entonces Dios habló: «Odio la arrogancia y el orgullo, pues solo Yo soy excelso, y ninguno más», y creó el hierro ese mismo día, la sustancia con que se talan los árboles. Los árboles se echaron a llorar, y cuando Dios preguntó la razón de sus lágrimas, dijeron: «Lloramos porque has creado el hierro para arrancarnos de raíz con él. Todo este tiempo nos habíamos creído los más altos de la tierra, y ahora el hierro, nuestro destructor, ha sido llamado a la existencia». Dios replicó: «Vosotros mismos proveeréis al hacha de un mango. Sin vuestra ayuda, el hierro no podrá hacer nada contra vosotros».
La orden de dar semilla según su especie fue dada solo a los árboles. Pero las diversas clases de hierba razonaron que, si Dios no hubiera deseado divisiones según las clases, no habría instruido a los árboles a dar fruto según su especie con la semilla del mismo en él, sobre todo estando los árboles inclinados por su propia cuenta a dividirse en especies. Las hierbas, por tanto, se reprodujeron también según sus especies. Esto suscitó la exclamación del Príncipe del Mundo: «Perdure la gloria de Adonái para siempre; alégrese Adonái en Sus obras».
La obra más importante realizada en el tercer día fue la creación del Paraíso. Dos puertas de carbunclo forman la entrada al Paraíso, y sesenta miríadas de ángeles ministrantes montan guardia sobre ellas. Cada uno de estos ángeles brilla con el lustre de los cielos. Cuando el justo comparece ante las puertas, le quitan las ropas con que fue sepultado, y los ángeles lo revisten con siete vestiduras de nubes de gloria, y le ponen sobre la cabeza dos coronas, una de piedras preciosas y perlas, y la otra de oro de Parvaim, y le ponen ocho mirtos en la mano, y elevan alabanzas ante él y le dicen: «Ve tu camino, y come tu pan con alegría». Y lo conducen a un lugar lleno de ríos, rodeado de ochocientas clases de rosas y mirtos. Cada uno tiene un dosel según sus méritos, y bajo él fluyen cuatro ríos, uno de leche, el otro de bálsamo, el tercero de vino y el cuarto de miel. Cada dosel está cubierto por una vid de oro, y treinta perlas penden de ella, cada una brillando como Venus. Bajo cada dosel hay una mesa de piedras preciosas y perlas, y sesenta ángeles se yerguen a la cabecera de cada justo, diciéndole: «Ve y come con alegría de la miel, pues te has ocupado de la Torá, y ella es más dulce que la miel, y bebe del vino conservado en la uva desde los seis días de la creación, pues te has ocupado de la Torá, y ella es comparada al vino». El menos hermoso de los justos es bello como Yosef y como Rabí Yojanán, y como los granos de una granada de plata sobre la que caen los rayos del sol. No hay luz, «pues la luz de los justos es la luz que resplandece». Y sufren cuatro transformaciones cada día, pasando por cuatro estados. En el primero, el justo es cambiado en niño. Entra en la división de los niños, y gusta de las alegrías de la infancia. Luego es cambiado en joven, y entra en la división de los jóvenes, con quienes goza de los deleites de la juventud. Después se hace adulto, en la plenitud de la vida, y entra en la división de los hombres, y goza de los placeres de la madurez. Por último, es cambiado en anciano. Entra en la división de los ancianos, y goza de los placeres de la vejez.
Hay ochenta miríadas de árboles en cada rincón del Paraíso, el más humilde de ellos más selecto que todos los árboles de especias. En cada rincón hay sesenta miríadas de ángeles cantando con dulces voces, y el árbol de la vida se yergue en medio y da sombra a todo el Paraíso. Tiene quince mil sabores, cada uno distinto del otro, y sus perfumes varían igualmente. Sobre él penden siete nubes de gloria, y los vientos soplan sobre él por los cuatro lados, de modo que su aroma se lleva de un extremo del mundo al otro. Debajo se sientan los eruditos y explican la Torá. Sobre cada uno de ellos se extienden dos doseles, uno de estrellas, el otro de sol y luna, y una cortina de nubes de gloria separa un dosel del otro. Más allá del Paraíso comienza el Edén, que contiene trescientos diez mundos y siete compartimientos para siete clases distintas de piadosos. En el primero están «las víctimas mártires del gobierno», como Rabí Akivá y sus colegas; en el segundo, los que se ahogaron; en el tercero, Rabí Yojanán ben Zakái y sus discípulos; en el cuarto, los que fueron arrebatados en la nube de gloria; en el quinto, los penitentes, que ocupan un lugar que ni siquiera un hombre perfectamente piadoso puede obtener; en el sexto están los jóvenes que no han gustado del pecado en su vida; en el séptimo están aquellos pobres que estudiaron la Biblia y la Mishná, y llevaron una vida de decencia digna. Y Dios se sienta en medio de ellos y les expone la Torá.
En cuanto a las siete divisiones del Paraíso, cada una de ellas tiene doce miríadas de millas de anchura y doce miríadas de millas de longitud. En la primera división moran los prosélitos que abrazaron el judaísmo por su libre voluntad, no por coacción. Las paredes son de vidrio y el revestimiento de cedro. El profeta Ovadiá, él mismo un prosélito, es el supervisor de esta primera división. La segunda división está construida de plata, y su revestimiento es de cedro. Aquí moran los que se han arrepentido, y Menashé, el hijo penitente de Jizkiyahu, preside sobre ellos. La tercera división está construida de plata y oro. Aquí moran Avraham, Yitsjak y Yaakov, y todos los israelitas que salieron de Mitsraim, y toda la generación que vivió en el desierto. También David está allí, junto con todos sus hijos salvo Avshalom, y uno de ellos, Kilav, aún con vida. Y todos los reyes de Yehudá están allí, con la excepción de Menashé, el hijo de Jizkiyahu, que preside en la segunda división, sobre los penitentes. Moshé y Aharón presiden la tercera división. Aquí hay vasijas preciosas de plata y oro, y joyas, y doseles, y lechos, y tronos, y lámparas, de oro, de piedras preciosas y de perlas, lo mejor de todo cuanto hay en el cielo. La cuarta división está construida de hermosos rubíes, y su revestimiento es de madera de olivo. Aquí moran los perfectos y los firmes en la fe, y su revestimiento es de madera de olivo, porque sus vidas fueron amargas como olivas para ellos. La quinta división está construida de plata y oro, y de oro refinado, y del oro más fino, y de vidrio y bedelio, y por en medio de ella fluye el río Guijón. El revestimiento es de plata y oro, y por ella respira un perfume más exquisito que el perfume del Líbano. Los cobertores de los lechos de plata y oro están hechos de púrpura y azul, tejidos por Javá, y de escarlata y pelo de cabras, tejidos por ángeles. Aquí mora el Mesías en un palanquín hecho de la madera del Líbano, «sus columnas de plata, el fondo de oro, el asiento de púrpura». Con él está Eliyahu. Toma la cabeza del Mesías, y la coloca en su regazo, y le dice: «Calla, pues el fin se acerca». Cada lunes y jueves, y en Shabat y en las festividades, los Patriarcas vienen a él, y los doce hijos de Yaakov, y Moshé, Aharón, David, Shlomo, y todos los reyes de Israel y de Yehudá, y lloran con él y lo consuelan, y le dicen: «Calla y pon tu confianza en tu Creador, pues el fin se acerca». También Kóraj y su compañía, y Datán, Aviram y Avshalom vienen a él cada miércoles, y le preguntan: «¿Cuánto falta para que llegue el fin lleno de maravillas? ¿Cuándo nos devolverás a la vida, y de los abismos de la tierra nos levantarás?». El Mesías les responde: «Id a vuestros padres y preguntadles»; y cuando oyen esto, se avergüenzan, y no preguntan a sus padres.
En la sexta división moran los que murieron mientras realizaban un acto piadoso, y en la séptima división, los que murieron de una enfermedad infligida como expiación por los pecados de Israel.
La cuarta jornada de la creación produjo el sol, la luna y las estrellas. Estos cuerpos celestes no fueron formados en realidad ese día; fueron creados el primer día, y en el cuarto solo se les asignó su lugar en los cielos. Al principio, el sol y la luna gozaban de poderes y prerrogativas iguales. La luna habló a Dios y dijo: «Señor, ¿por qué creaste el mundo con la letra bet?». Dios respondió: «Para que sea sabido de mis criaturas que hay dos mundos». La luna: «Señor, ¿cuál de los dos mundos es el mayor, este mundo o el mundo por venir?». Dios: «El mundo por venir es el mayor». La luna: «Señor, creaste dos mundos, uno mayor y otro menor; creaste el cielo y la tierra, y el cielo excede a la tierra; creaste el fuego y el agua, y el agua es más fuerte que el fuego, porque puede apagarlo; y ahora has creado el sol y la luna, y conviene que uno de ellos sea mayor que el otro». Entonces habló Dios a la luna: «Bien sé que querrías que te hiciera mayor que el sol. Como castigo, decreto que conserves solo una sexagésima parte de tu luz». La luna suplicó: «¿Seré castigada con tal severidad por haber dicho una sola palabra?». Dios se aplacó: «En el mundo futuro te devolveré tu luz, para que vuelva a ser como la luz del sol». Pero la luna aún no quedó satisfecha. «Señor —dijo—, y la luz del sol, ¿cuán grande será en aquel día?». Entonces se encendió otra vez la ira de Dios: «¿Cómo, todavía tramas contra el sol? Por tu vida, en el mundo por venir su luz será siete veces la que ahora derrama». El sol recorre su camino como un novio. Se sienta en un trono con una guirnalda en la cabeza. Noventa y seis ángeles lo acompañan en su viaje diario, en relevos de ocho cada hora, dos a su izquierda y dos a su derecha, dos delante y dos detrás. Con toda su fuerza, podría completar su curso de sur a norte en un solo instante, pero trescientos sesenta y cinco ángeles lo retienen con otros tantos garfios. Cada día uno afloja su agarre, y así el sol ha de emplear trescientos sesenta y cinco días en su recorrido. El avance del sol en su circuito es un canto de alabanza ininterrumpido a Dios. Y es solo ese canto lo que hace posible su movimiento. Por eso, cuando Yehoshúa quiso ordenar al sol que se detuviera, tuvo que mandarle que callara. Acallado su canto de alabanza, el sol se detuvo.
El sol tiene dos caras; una, de fuego, mira hacia la tierra, y otra, de granizo, hacia el cielo, para enfriar el calor prodigioso que mana de la otra cara —de lo contrario, la tierra ardería—. En invierno el sol vuelve hacia arriba su cara de fuego, y así se produce el frío. Cuando el sol desciende por el occidente al atardecer, se sumerge en el océano y toma un baño; su fuego se extingue, y por eso durante la noche no reparte ni luz ni calor. Pero en cuanto alcanza el oriente por la mañana, se lava en una corriente de llama que le devuelve calor y luz, y estos los derrama sobre la tierra. Del mismo modo, la luna y las estrellas toman un baño en una corriente de granizo antes de entrar en su servicio de la noche.
Cuando el sol y la luna se disponen a comenzar su ronda de deberes, comparecen ante Dios y le ruegan que los libre de su tarea, para que se les ahorre la vista de la humanidad que peca. Solo por obligación prosiguen su curso diario. Al salir de la presencia de Dios, quedan cegados por el resplandor de los cielos y no aciertan a hallar su camino. Por eso Dios dispara flechas, y con su luz centelleante son guiados. Es a causa de la maldad del hombre —que el sol se ve forzado a contemplar en sus rondas— por lo que se debilita a medida que se acerca la hora de su ocaso, pues los pecados tienen un efecto que mancha y enflaquece; y cae del horizonte como una esfera de sangre, porque la sangre es la señal de la corrupción. Cuando el sol emprende su curso por la mañana, sus alas rozan las hojas de los árboles del Paraíso, y su vibración se comunica a los ángeles y a las santas jayot, a las demás plantas, y también a los árboles y plantas de la tierra, y a todos los seres de la tierra y del cielo. Es la señal para que todos alcen los ojos. En cuanto ven el Nombre Inefable, grabado en el sol, elevan sus voces en cantos de alabanza a Dios. En ese mismo instante se oye una voz celestial que dice: «¡Ay de los hijos de los hombres, que no atienden a la honra de Dios como estas criaturas, cuyas voces ahora se elevan en adoración!». Estas palabras, naturalmente, los hombres no las oyen; tan poco como perciben el roce del sol contra la rueda a la que están sujetos todos los cuerpos celestes, aunque el estruendo que produce es extraordinariamente fuerte. Esta fricción del sol y la rueda produce las motas que danzan en los rayos del sol. Son las portadoras de la curación para los enfermos, las únicas creaciones saludables de la cuarta jornada —en conjunto un día desdichado, sobre todo para los niños, a quienes aflige con enfermedades—. Cuando Dios castigó a la luna envidiosa disminuyendo su luz y su esplendor, de modo que dejó de ser igual al sol como lo había sido en un principio, ella cayó, y de su cuerpo se soltaron hilos diminutos. Estas son las estrellas.
En la quinta jornada de la creación, Dios tomó fuego y agua, y de estos dos elementos hizo los peces del mar. Los animales del agua son mucho más numerosos que los de la tierra. Por cada especie de la tierra —a excepción únicamente de la comadreja— hay una especie correspondiente en el agua, y, además, hay muchas que solo se encuentran en el agua.
El soberano de los animales marinos es el leviatán. Con todos los demás peces fue hecho en la quinta jornada. En un principio fue creado macho y hembra, como todos los demás animales. Pero cuando se vio que una pareja de estos monstruos podría aniquilar la tierra entera con su fuerza unida, Dios mató a la hembra. Tan enorme es el leviatán que, para apagar su sed, necesita toda el agua que fluye del Yardén al mar. Su alimento son los peces que van entre sus fauces por su propia voluntad. Cuando tiene hambre, un aliento ardiente sopla de sus fosas nasales y hace que las aguas del gran mar hiervan. Por formidable que sea behemot, el otro monstruo, se siente inseguro hasta estar cierto de que el leviatán ha saciado su sed. Lo único que puede tenerlo a raya es el espinoso, un pececillo creado para ese fin, al que tiene gran pavor. Pero el leviatán es más que solo grande y fuerte; está además maravillosamente hecho. Sus aletas irradian una luz brillante —el mismísimo sol queda oscurecido por ella—, y también sus ojos derraman tal esplendor que con frecuencia el mar se ilumina de súbito. No es de extrañar que esta bestia prodigiosa sea el juguete de Dios, con quien Él se recrea.
Solo hay una cosa que hace repulsivo al leviatán: su hedor, tan fuerte que, si penetrara allí, haría del Paraíso mismo una morada imposible.
El verdadero propósito del leviatán es ser servido como manjar a los piadosos en el mundo por venir. La hembra fue puesta en salmuera tan pronto como fue muerta, para conservarla hasta el tiempo en que su carne haga falta. El macho está destinado a ofrecer un espectáculo deleitoso a todos los que lo contemplen antes de ser consumido. Cuando llegue su última hora, Dios convocará a los ángeles para que entren en combate con el monstruo. Pero apenas el leviatán fije en ellos su mirada, huirán del campo de batalla llenos de miedo y espanto. Volverán a la carga con espadas, mas en vano, pues sus escamas rechazan el acero como si fuera paja. Igual de infructuosos serán al intentar matarlo arrojándole dardos y lanzándole piedras; tales proyectiles rebotarán sin dejar la menor huella en su cuerpo. Desalentados, los ángeles abandonarán el combate, y Dios ordenará al leviatán y a behemot que se batan en duelo el uno con el otro. El desenlace será que ambos caerán muertos: behemot, degollado por un golpe de las aletas del leviatán, y el leviatán, muerto por un latigazo de la cola de behemot. Con la piel del leviatán, Dios construirá tiendas para cobijar a las compañías de los piadosos mientras disfrutan de los platos hechos con su carne. La porción asignada a cada uno de los piadosos será proporcional a sus méritos, y ninguno envidiará ni escatimará al otro su parte mejor. Lo que quede de la piel del leviatán será extendido sobre Yerushaláyim como un dosel, y la luz que de ella emane iluminará el mundo entero; y lo que quede de su carne, después de que los piadosos hayan aplacado su apetito, se repartirá entre el resto de los hombres, para que comercien con ella.
El mismo día que los peces, fueron creadas las aves, pues estas dos clases de animales están estrechamente emparentadas. Los peces se forman a partir del agua, y las aves a partir del suelo pantanoso saturado de agua.
Así como el leviatán es el rey de los peces, así el ziz está designado para reinar sobre las aves. Su nombre viene de la variedad de sabores que tiene su carne: sabe a esto, zeh, y a aquello, zeh. El ziz es tan monstruoso de tamaño como el leviatán mismo. Sus tobillos descansan sobre la tierra, y su cabeza alcanza el mismísimo cielo.
Ocurrió una vez que unos viajeros a bordo de una nave repararon en un ave. Estando en el agua, esta apenas le cubría los pies, y su cabeza chocaba contra el cielo. Los que la vieron pensaron que en aquel punto el agua no podía tener profundidad, y se dispusieron a bañarse allí. Una voz celestial les advirtió: «¡No os detengáis aquí! Una vez el hacha de un carpintero se le escurrió de la mano en este lugar, y tardó siete años en tocar el fondo». El ave que los viajeros vieron no era otra que el ziz. Sus alas son tan enormes que, desplegadas, oscurecen el sol. Protegen la tierra contra las tormentas del sur; sin su ayuda, la tierra no podría resistir los vientos que soplan de allí. Una vez, un huevo del ziz cayó al suelo y se rompió. El líquido que salió de él inundó sesenta ciudades, y la sacudida aplastó trescientos cedros. Por fortuna, tales accidentes no ocurren con frecuencia. Por regla general, el ave deja resbalar suavemente sus huevos en el nido. Este único percance se debió a que el huevo estaba podrido, y el ave lo arrojó con descuido. El ziz tiene otro nombre, Renanín, porque es el cantor celestial. Por su relación con las regiones celestes se le llama también Sekwi, el vidente, y, además, se le llama «hijo del nido», porque sus polluelos rompen la cáscara sin ser incubados por la madre; brotan directamente del nido, por así decirlo. Como el leviatán, el ziz es una exquisitez que se servirá a los piadosos al fin de los tiempos, para compensarlos de las privaciones que les impuso el abstenerse de las aves impuras.
Así como los peces fueron formados del agua, y las aves de la tierra cenagosa bien mezclada con agua, así los mamíferos fueron formados de la tierra sólida; y así como el leviatán es el representante más notable de la especie de los peces, y el ziz de la de las aves, así behemot es el representante más notable de la de los mamíferos. Behemot iguala al leviatán en fuerza, y hubo que impedirle, como al leviatán, que se multiplicara y aumentara, pues de otro modo el mundo no habría podido seguir existiendo; después de haberlo creado macho y hembra, Dios lo privó al punto del deseo de propagar su especie. Es tan monstruoso que requiere el producto de mil montañas para su alimento diario. Toda el agua que fluye por el lecho del Yardén en un año le basta exactamente para un solo trago. Por eso fue necesario darle una corriente entera para su propio uso, una corriente que mana del Paraíso, llamada Yubal. También behemot está destinado a ser servido a los piadosos como sabroso manjar, pero antes de gozar de su carne, se les permitirá presenciar el combate mortal entre el leviatán y behemot, como recompensa por haberse negado a sí mismos los placeres del circo y sus luchas de gladiadores.
El leviatán, el ziz y behemot no son los únicos monstruos; hay muchos otros, y prodigiosos, como el reem, un animal gigantesco del que solo existe una pareja, macho y hembra. Si hubiera habido más, el mundo apenas habría podido mantenerse frente a ellos. El acto de apareamiento ocurre entre ellos una sola vez cada setenta años, pues Dios lo ha dispuesto así, que el macho y la hembra del reem estén en extremos opuestos de la tierra, el uno en el oriente, la otra en el occidente. El acto de apareamiento causa la muerte del macho. La hembra lo muerde y él muere de la mordedura. La hembra queda preñada y permanece en ese estado nada menos que doce años. Al cabo de ese largo período da a luz mellizos, un macho y una hembra. El año anterior a su parto no puede moverse. Moriría de hambre si no fuera porque su propia saliva, que le fluye en abundancia de la boca, riega y fecunda la tierra cercana, y hace que produzca lo suficiente para su sustento. Durante un año entero, el animal solo puede rodar de un lado a otro, hasta que por fin su vientre se rompe y salen los mellizos. Su aparición es, pues, la señal de la muerte de la madre reem. Ella deja sitio a la nueva generación, que a su vez está destinada a sufrir la misma suerte que la generación que la precedió. Inmediatamente después de nacer, uno va hacia el oriente y el otro hacia el occidente, para encontrarse solo tras el transcurso de setenta años, propagarse y perecer. Un viajero que vio una vez un reem de un día de vida describió su altura como de cuatro parasangas, y la longitud de su cabeza como de una parasanga y media. Sus cuernos miden cien codos, y su altura es mucho mayor.
Una de las criaturas más notables es el «hombre de la montaña», Adné Sadé o, en breve, Adam. Su forma es exactamente la de un ser humano, pero está sujeto al suelo por medio de un cordón umbilical, del cual depende su vida. Roto el cordón, muere. Este animal se mantiene vivo con lo que produce el suelo a su alrededor, hasta donde su atadura le permite arrastrarse. Ninguna criatura puede aventurarse a acercarse dentro del radio de su cordón, pues agarra y destroza cuanto queda a su alcance. Para matarlo, no se puede uno acercar a él: hay que cortar el cordón umbilical desde lejos, por medio de un dardo, y entonces muere entre gemidos y quejidos. Érase una vez un viajero que llegó a la región donde se encuentra este animal. Oyó por casualidad a su anfitrión consultar con su esposa qué hacer para honrar a su huésped, y resolver que servirían «a nuestro hombre», según dijo. Creyendo que había caído entre caníbales, el forastero echó a correr de su anfitrión tan rápido como sus pies lo llevaban, mientras aquel intentaba en vano retenerlo. Después descubrió que no había habido intención de agasajarlo con carne humana, sino solo con la carne del extraño animal llamado «hombre». Así como el «hombre de la montaña» está fijado al suelo por su cordón umbilical, así el ganso percebe crece prendido a un árbol por su pico. Es difícil decir si es un animal, y ha de ser degollado para ser apto como alimento, o si es una planta, y no hace falta ninguna ceremonia ritual antes de comerlo.
Entre las aves, el fénix es la más maravillosa. Cuando Javá dio a todos los animales algo del fruto del árbol del conocimiento, el fénix fue la única ave que se negó a comer de él, y fue recompensada con la vida eterna. Cuando ha vivido mil años, su cuerpo se encoge y las plumas se le desprenden, hasta que queda tan pequeño como un huevo. Este es el núcleo del nuevo pájaro.
El fénix se llama también «el guardián de la esfera terrestre». Corre con el sol en su circuito, y despliega sus alas y atrapa los rayos ardientes del sol. Si no estuviera allí para interceptarlos, ni el hombre ni ningún otro ser animado seguiría con vida. En su ala derecha están inscritas las siguientes palabras, en letras enormes, de unos cuatro mil estadios de alto: «Ni la tierra me produce, ni los cielos, sino solo las alas del fuego». Su alimento consiste en el maná del cielo y el rocío de la tierra. Su excremento es un gusano, cuyo excremento a su vez es la canela que usan los reyes y los príncipes. Janoj, que vio a las aves fénix cuando fue trasladado, las describe como criaturas voladoras, maravillosas y extrañas de aspecto, con patas y colas de leones y cabezas de cocodrilos; su aspecto es de color púrpura, como el arco iris; su tamaño, novecientas medidas. Sus alas son como las de los ángeles, cada una con doce, y escoltan el carro del sol y van con él, trayendo calor y rocío según se lo ordena Dios. Por la mañana, cuando el sol emprende su curso diario, los fénix y los jalkidri cantan, y cada ave bate sus alas, alegrando al Dador de la luz, y cantan un canto por mandato de HaShem. Entre los reptiles, la salamandra y el shamir son los más prodigiosos. La salamandra se origina en un fuego de madera de mirto que se ha mantenido ardiendo sin cesar durante siete años por medio de artes mágicas. No mayor que un ratón, está sin embargo dotada de propiedades peculiares. Quien se unta con su sangre queda invulnerable, y la tela tejida por ella es un talismán contra el fuego. Las gentes que vivieron en el diluvio se jactaban de que, si venía una inundación de fuego, se protegerían con la sangre de la salamandra.
El rey Jizkiyahu debe la vida a la salamandra. Su malvado padre, el rey Ajaz, lo había entregado a los fuegos de Moloc, y habría ardido si su madre no lo hubiera pintado con la sangre de la salamandra, de modo que el fuego no pudo hacerle daño.
El shamir fue hecho al crepúsculo de la sexta jornada de la creación, junto con otras cosas extraordinarias. Es aproximadamente del tamaño de un grano de cebada, y posee la notable propiedad de cortar los diamantes más duros. Por esta razón se empleó para las piedras del pectoral que llevaba el Sumo Sacerdote. Primero se trazaban con tinta los nombres de las doce tribus sobre las piedras que iban a engastarse en el pectoral, luego se pasaba el shamir sobre las líneas, y así quedaban grabadas. Lo maravilloso era que la fricción no desprendía partícula alguna de las piedras. El shamir se usó también para labrar las piedras con que se edificó el Templo, porque la ley prohibía emplear herramientas de hierro en la obra del Templo. El shamir no puede guardarse en un recipiente de hierro, ni en ningún recipiente de metal, pues reventaría en pedazos tal receptáculo. Se conserva envuelto en un paño de lana, y este a su vez se coloca en una cesta de plomo llena de salvado de cebada. El shamir estuvo custodiado en el Paraíso hasta que Shlomo lo necesitó. Envió allá al águila a buscar el gusano. Con la destrucción del Templo, el shamir desapareció. Una suerte semejante corrió el tajash, que había sido creado solo para que su piel se usara en el Mishkán. Una vez completado el Mishkán, el tajash desapareció. Tenía un cuerno en la frente, estaba vistosamente coloreado como el pavo, y pertenecía a la clase de los animales puros. Entre los peces hay también criaturas maravillosas, las cabras marinas y los delfines, por no hablar del leviatán. Un hombre de mar vio una vez una cabra marina en cuyos cuernos estaban inscritas las palabras: «Soy un pequeño animal marino, y sin embargo recorrí trescientas parasangas para ofrecerme como alimento al leviatán». Los delfines son medio hombre y medio pez; incluso tienen trato carnal con seres humanos; por eso se les llama también «hijos del mar», pues en cierto sentido representan a la especie humana en las aguas.
Aunque toda especie del mundo animal fue creada durante las dos últimas de las seis jornadas de la creación, muchas características de ciertos animales aparecieron más tarde. El gato y el ratón, enemigos ahora, fueron amigos en un principio. Su enemistad posterior tuvo una causa precisa. En cierta ocasión, el ratón compareció ante Dios y dijo: «El gato y yo somos socios, pero ahora no tenemos nada que comer». HaShem respondió: «Intrigas contra tu compañera solo para poder devorarla. Como castigo, ella te devorará a ti». Entonces el ratón: «Señor del mundo, ¿en qué he obrado mal?». Dios respondió: «Reptil impuro, deberías haber escarmentado con el ejemplo de la luna, que perdió parte de su luz por haber hablado mal del sol, y lo que perdió fue dado a su adversario. Las malas intenciones que abrigaste contra tu compañera serán castigadas del mismo modo. En vez de devorarla tú, ella te devorará a ti». El ratón: «Señor del mundo, ¿será destruida toda mi especie?». Dios: «Me encargaré de que se salve un resto de ti». En su furia, el ratón mordió al gato, y el gato a su vez se echó sobre el ratón y lo despedazó a dentelladas hasta dejarlo muerto. Desde ese momento, el ratón tiene tal pavor al gato que ni siquiera intenta defenderse de los ataques de su enemigo, y siempre se mantiene escondido. De manera semejante, el perro y el gato mantenían una relación amistosa, y solo más tarde se hicieron enemigos. Un perro y un gato eran socios, y compartían entre sí cuanto tenían. Ocurrió una vez que ninguno pudo hallar nada que comer durante tres días. Entonces el perro propuso que disolvieran su sociedad. El gato iría a casa de Adam, donde sin duda habría comida suficiente para él, mientras que el perro buscaría su fortuna en otra parte. Antes de separarse, juraron no ir nunca al mismo amo. El gato fijó su morada con Adam, y encontró en su casa ratones suficientes para satisfacer su apetito. Al ver lo útil que era para ahuyentar y exterminar ratones, Adam lo trató con la mayor bondad. El perro, en cambio, pasó malos tiempos. La primera noche tras su separación la pasó en la cueva del lobo, que le había concedido alojamiento por una noche. De noche, el perro percibió el ruido de pasos y se lo comunicó a su anfitrión, que le mandó rechazar a los intrusos. Eran animales salvajes. Por poco el perro perdió la vida. Consternado, el perro huyó de la casa del lobo y se refugió con el mono. Pero este no quiso concederle ni una sola noche de alojamiento; y el fugitivo se vio forzado a apelar a la hospitalidad de la oveja. De nuevo oyó el perro pasos en medio de la noche. Obedeciendo el mandato de su anfitrión, se levantó para ahuyentar a los merodeadores, que resultaron ser lobos. Los ladridos del perro advirtieron a los lobos de la presencia de la oveja, de modo que el perro causó inocentemente la muerte de la oveja. Ahora había perdido a su último amigo. Noche tras noche pedía cobijo, sin hallar jamás un hogar. Por fin, decidió acudir a la casa de Adam, que también le concedió refugio por una noche. Cuando unos animales salvajes se acercaron a la casa al amparo de la oscuridad, el perro comenzó a ladrar, Adam despertó, y con su arco y su flecha los ahuyentó. Reconociendo la utilidad del perro, le mandó quedarse con él para siempre. Pero en cuanto el gato divisó al perro en la casa de Adam, empezó a reñir con él y a reprocharle haber roto su juramento. Adam hizo cuanto pudo por apaciguar al gato. Le dijo que él mismo había invitado al perro a hacer allí su hogar, y le aseguró que en modo alguno saldría perdiendo con la presencia del perro; quería que ambos se quedaran con él. Pero fue imposible aplacar al gato. El perro le prometió no tocar nada destinado al gato. Este insistió en que no podía vivir en una misma casa con un ladrón como el perro. Las disputas entre el perro y el gato se hicieron cosa de todos los días. Al fin, el perro no pudo soportarlo más, y dejó la casa de Adam y se marchó a la de Shet. Shet lo acogió con bondad, y desde la casa de Shet siguió haciendo esfuerzos por reconciliarse con el gato. En vano. Sí, la enemistad entre el primer perro y el primer gato se transmitió a toda su descendencia hasta el día de hoy.
Incluso las peculiaridades físicas de ciertos animales no fueron rasgos originales suyos, sino que debieron su existencia a algo ocurrido con posterioridad a los días de la creación. El ratón tenía al principio una boca muy distinta de la que tiene ahora. En el arca de Nóaj —en la que todos los animales, para asegurar la preservación de cada especie, vivían juntos en paz— la pareja de ratones estaba una vez sentada junto al gato. De pronto, este recordó que su padre tenía por costumbre devorar ratones y, pensando que no había mal en seguir su ejemplo, saltó sobre el ratón, que en vano buscó un agujero por donde escabullirse. Entonces ocurrió un milagro: apareció un agujero donde antes no había ninguno, y el ratón se refugió en él. El gato persiguió al ratón y, aunque no pudo seguirlo dentro del agujero, sí pudo meter la pata e intentar sacarlo de su escondrijo. El ratón abrió rápidamente la boca con la esperanza de que la pata entrara en ella y el gato no pudiera clavarle las garras en la carne. Pero como la cavidad de la boca no era bastante grande, el gato logró arañarle las mejillas al ratón. No es que le sirviera de mucho: solo ensanchó la boca del ratón, y su presa al fin escapó del gato. Tras su feliz huida, el ratón acudió a Nóaj y le dijo: «Hombre piadoso, ten la bondad de coserme la mejilla, donde mi enemigo, el gato, me ha hecho un desgarrón». Nóaj le mandó traer un pelo de la cola del cerdo, y con él reparó el daño. De ahí la pequeña línea, como una costura, junto a la boca de todo ratón hasta el día de hoy.
El cuervo es otro animal que cambió de aspecto durante su estancia en el arca. Cuando Nóaj quiso enviarlo a averiguar el estado de las aguas, se escondió bajo las alas del águila. Nóaj, sin embargo, lo encontró y le dijo: «Ve y mira si las aguas han menguado». El cuervo alegó: «¿No tienes a ningún otro entre todas las aves para enviar a este recado?». Nóaj: «Mi poder no se extiende más allá de ti y la paloma». Pero el cuervo no quedó satisfecho. Dijo a Nóaj con gran insolencia: «Me envías solo para que encuentre la muerte, y deseas mi muerte para que mi esposa quede a tu servicio». Entonces Nóaj maldijo al cuervo así: «Que tu boca, que ha hablado mal de mí, sea maldita, y que tu trato con tu esposa sea solo a través de ella». Todos los animales del arca dijeron amén. Y esta es la razón por la que una masa de saliva corre de la boca del cuervo macho a la boca de la hembra durante el acto de apareamiento, y solo así queda fecundada la hembra. En conjunto, el cuervo es un animal poco atractivo. Es cruel con sus propias crías mientras sus cuerpos no están cubiertos de plumas negras, aunque por regla general los cuervos se aman unos a otros. Por eso Dios toma a las crías del cuervo bajo su especial protección. De su propio excremento salen gusanos, que les sirven de alimento durante los tres días que transcurren tras su nacimiento, hasta que sus plumas blancas se vuelven negras y sus padres los reconocen como su prole y cuidan de ellos.
El cuervo tiene que culparse también a sí mismo del torpe brinco de su andar. Observó el paso grácil de la paloma y, envidioso de ella, trató de imitarlo. El resultado fue que por poco se rompe los huesos sin lograr en lo más mínimo parecerse a la paloma, por no hablar de que atrajo sobre sí el desdén de los demás animales. Su fracaso provocó su burla. Entonces decidió volver a su andar original, pero en el intervalo lo había desaprendido, y ya no podía caminar bien ni de un modo ni de otro. Su paso se había convertido en un brinco a medio camino entre ambos. Así vemos cuán cierto es que quien no se contenta con su pequeña porción pierde lo poco que tiene por afanarse en pos de cosas mayores y mejores.
El buey es también uno de los animales que han sufrido un cambio con el correr del tiempo. En un principio su cara estaba enteramente cubierta de pelo, pero ahora no lo tiene en el hocico, y ello se debe a que Yehoshúa lo besó en el hocico durante el asedio de Yerijó. Yehoshúa era un hombre sumamente pesado. Caballos, asnos y mulas, ninguno podía llevarlo; todos se derrumbaban bajo su peso. Lo que ellos no pudieron, lo logró el buey. Sobre su lomo cabalgó Yehoshúa al asedio de Yerijó, y en agradecimiento le dio un beso en el hocico.
La serpiente, también, es distinta de lo que fue al principio. Antes de la caída del hombre era el más astuto de todos los animales creados, y en forma se parecía mucho al hombre. Se erguía sobre sus patas y era de tamaño extraordinario. Después perdió las ventajas mentales que había poseído en comparación con los demás animales, y degeneró también físicamente; fue privada de sus patas, de modo que no pudiera perseguir a otros animales y matarlos. Al topo y a la rana hubo que hacerlos inofensivos de maneras semejantes; el primero no tiene ojos, pues de otro modo sería irresistible, y la rana no tiene dientes, pues de otro modo ningún animal del agua tendría segura su vida.
Mientras que la astucia de la serpiente labró su propia perdición, la astucia de la zorra le sirvió de mucho en más de un aprieto. Después de que Adam cometió el pecado de desobediencia, Dios entregó todo el mundo animal al poder del Ángel de la Muerte, y le ordenó arrojar al agua una pareja de cada especie. Él y el leviatán juntos tienen así dominio sobre todo lo que tiene vida. Cuando el Ángel de la Muerte estaba a punto de ejecutar el mandato divino sobre la zorra, esta empezó a llorar amargamente. El Ángel de la Muerte le preguntó la razón de sus lágrimas, y la zorra respondió que estaba de duelo por la triste suerte de su amiga. Al mismo tiempo señaló la figura de una zorra en el mar, que no era sino su propio reflejo. El Ángel de la Muerte, persuadido de que ya se había arrojado al agua a una representante de la familia de las zorras, la dejó en libertad. La zorra contó su treta al gato, y este a su vez se la jugó al Ángel de la Muerte. Así ocurrió que ni el gato ni la zorra están representados en el agua, mientras que todos los demás animales sí lo están.
Cuando el leviatán pasó revista a los animales y, echando en falta a la zorra, se enteró de la astuta manera en que había eludido su autoridad, despachó a peces grandes y poderosos con el encargo de atraer a la desertora al agua. La zorra, caminando por la orilla, divisó el gran número de peces y exclamó: «¡Dichoso el que siempre pueda saciar su hambre con la carne de estos!». Los peces le dijeron que, si tan solo los seguía, su apetito podría ser fácilmente satisfecho. Al mismo tiempo le informaron de que la aguardaba un gran honor. El leviatán, dijeron, estaba a las puertas de la muerte, y les había encargado instalar a la zorra como su sucesora. Estaban dispuestos a llevarla sobre sus lomos, de modo que no tuviera nada que temer del agua, y así la conducirían hasta el trono, que se alzaba sobre una enorme roca. La zorra cedió a estas persuasiones y descendió al agua. Al poco, se apoderó de ella una sensación de desazón. Empezó a sospechar que se habían vuelto las tornas: era ella quien estaba siendo objeto de burla, en vez de burlarse de otros como de costumbre. Urgió a los peces a que le dijeran la verdad, y estos admitieron que habían sido enviados a apresarla para el leviatán, que quería su corazón, para volverse tan sabio como la zorra, cuya sabiduría había oído ensalzar a muchos. La zorra dijo con reproche: «¿Por qué no me dijisteis la verdad de una vez? Entonces podría haber traído mi corazón conmigo para el rey Leviatán, que me habría colmado de honores. Tal como están las cosas, seguramente sufriréis castigo por traerme sin mi corazón. Las zorras, ¿veis?, no llevan su corazón consigo. Lo guardan en un lugar seguro, y cuando lo necesitan, van a buscarlo allí». Los peces nadaron rápidamente hasta la orilla y desembarcaron a la zorra, para que fuera por su corazón. Apenas sintió tierra firme bajo sus pies, empezó a saltar y a gritar, y cuando la instaron a ir en busca de su corazón y a seguirlos, dijo: «Necios, ¿podría haberos seguido al agua si no hubiera llevado mi corazón conmigo? ¿O existe acaso una criatura capaz de andar por ahí sin su corazón?». Los peces respondieron: «Vamos, vamos, te estás burlando de nosotros». A lo que la zorra: «Necios, si pude jugarle una treta al Ángel de la Muerte, ¡cuánto más fácil fue burlarme de vosotros!». Así que tuvieron que regresar, sin cumplir su encargo, y al leviatán no le quedó sino confirmar el mordaz veredicto de la zorra: «En verdad, la zorra es sabia de corazón, y vosotros sois necios».
«Cuanto Dios creó tiene valor». Incluso los animales y los insectos que a primera vista parecen inútiles y dañinos tienen una vocación que cumplir. El caracol, que arrastra tras de sí un rastro húmedo al reptar, y agota así su vitalidad, sirve de remedio para los forúnculos. El aguijón de un avispón se cura con la mosca doméstica, machacada y aplicada sobre la herida. El mosquito, criatura endeble que toma alimento pero nunca lo excreta, es específico contra el veneno de la víbora, y este mismo reptil venenoso cura las erupciones, mientras que la lagartija es el antídoto contra el escorpión. No solo sirven todas las criaturas al hombre y contribuyen a su bienestar, sino que además Dios «nos enseña por medio de las bestias de la tierra, y nos hace sabios por medio de las aves del cielo». Dotó a muchos animales de admirables cualidades morales como modelo para el hombre. Si la Torá no nos hubiera sido revelada, habríamos podido aprender el respeto por el decoro de la vida del gato, que cubre su excremento con tierra; el respeto por los bienes ajenos de las hormigas, que nunca invaden los depósitos unas de otras; y el respeto por la conducta decorosa del gallo, que, cuando desea unirse a la gallina, promete comprarle un manto lo bastante largo para llegar al suelo, y cuando la gallina le recuerda su promesa, sacude su cresta y dice: «Que me priven de la cresta si no lo compro en cuanto tenga con qué». También el saltamontes tiene una lección que enseñar al hombre. Todo el verano canta, hasta que su vientre revienta, y la muerte lo reclama. Aunque conoce la suerte que le aguarda, sigue cantando. Así debe el hombre cumplir su deber para con Dios, sean cuales fueren las consecuencias. La cigüeña debe tomarse como modelo en dos aspectos. Guarda celosamente la pureza de su vida familiar, y para con sus semejantes es compasiva y misericordiosa. Incluso la rana puede ser maestra del hombre. Junto al agua vive una especie de animales que se sustentan únicamente de criaturas acuáticas. Cuando la rana advierte que uno de ellos tiene hambre, va a él por su propia voluntad y se ofrece como alimento, cumpliendo así el precepto: «Si tu enemigo tiene hambre, dale de comer pan; y si tiene sed, dale de beber agua».
Toda la creación fue llamada a la existencia por Dios para su gloria, y cada criatura tiene su propio himno de alabanza con que ensalzar al Creador. El cielo y la tierra, el Paraíso y el infierno, el desierto y el campo, los ríos y los mares —todos tienen su propia manera de rendir homenaje a Dios—. El himno de la tierra es: «Desde el confín de la tierra oímos cantos: gloria al Justo». El mar exclama: «Por encima de las voces de muchas aguas, de los recios oleajes del mar, Adonái en las alturas es poderoso».
También los cuerpos celestes y los elementos proclaman la alabanza de su Creador: el sol, la luna y las estrellas, las nubes y los vientos, el relámpago y el rocío. El sol dice: «El sol y la luna se detuvieron en su morada, a la luz de tus flechas al cruzar, al resplandor de tu lanza fulgurante»; y las estrellas cantan: «Tú, Adonái, solo tú; tú hiciste el cielo, el cielo de los cielos, con todo su ejército, la tierra y cuanto hay en ella, los mares y cuanto en ellos hay, y tú los conservas a todos; y el ejército de los cielos te adora».
Además, cada planta tiene un canto de alabanza. El árbol fructífero canta: «Entonces todos los árboles del bosque cantarán de júbilo delante de Adonái, porque viene; porque viene a juzgar la tierra»; y las espigas de grano en el campo cantan: «Los prados se cubren de rebaños, y los valles se visten de trigo; dan voces de júbilo, y aun cantan».
Grandes entre los cantores de alabanza son las aves, y la mayor de todas es el gallo. Cuando Dios, a medianoche, va hacia los piadosos en el Paraíso, todos los árboles que allí hay prorrumpen en adoración, y sus cantos despiertan al gallo, que empieza a su vez a alabar a Dios. Siete veces canta, y cada vez recita un versículo. El primer versículo es: «Alzad, oh puertas, vuestras cabezas; alzaos, portones eternos, y entrará el Rey de la gloria. ¿Quién es este Rey de la gloria? Adonái, fuerte y poderoso; Adonái, poderoso en la batalla». El segundo versículo: «Alzad, oh puertas, vuestras cabezas; alzadlas, portones eternos, y entrará el Rey de la gloria. ¿Quién es este Rey de la gloria? Adonái de los ejércitos, Él es el Rey de la gloria». El tercero: «Levantaos, justos, y ocupaos en la Torá, para que vuestra recompensa sea abundante en el mundo venidero». El cuarto: «¡He esperado tu salvación, oh Adonái!». El quinto: «¿Hasta cuándo dormirás, perezoso? ¿Cuándo te levantarás de tu sueño?». El sexto: «No ames el sueño, para que no llegues a la pobreza; abre tus ojos, y te saciarás de pan». Y el séptimo versículo que canta el gallo dice: «Tiempo es de obrar por Adonái, porque han anulado tu ley».
El canto del buitre es: «Les silbaré y los reuniré, porque los he redimido, y se multiplicarán como se multiplicaron» —el mismo versículo con el que el ave anunciará, en el tiempo por venir, la llegada del Mashíaj; con la única diferencia de que, cuando anuncie al Mashíaj, se posará sobre la tierra para cantar su versículo, mientras que en todas las demás ocasiones está posado en otro lugar cuando lo canta.
Tampoco los demás animales alaban a Dios menos que las aves. Hasta las bestias de presa entonan su adoración. El león dice: «Adonái saldrá como un valiente; despertará su celo como un hombre de guerra; gritará, sí, dará grandes voces; prevalecerá contra sus enemigos». Y la zorra exhorta a la justicia con estas palabras: «¡Ay del que edifica su casa con injusticia y sus aposentos con iniquidad; del que hace trabajar a su prójimo sin paga y no le da su salario!».
Sí, hasta los peces mudos saben proclamar la alabanza de su Señor. «La voz de Adonái está sobre las aguas —dicen—; el Dios de gloria truena, Adonái sobre las muchas aguas»; mientras que la rana exclama: «Bendito sea el nombre de la gloria de su reino por siempre jamás».
Por despreciables que sean, hasta los reptiles alaban a su Creador. El ratón ensalza a Dios con estas palabras: «Mas tú eres justo en todo lo que ha venido sobre mí, porque rectamente has obrado, pero yo he obrado con maldad». Y el gato canta: «Todo lo que respira alabe a Adonái. ¡Alabad a Adonái!».
Capítulo III
Adam
Capítulo segundo
Con diez Dichos creó Dios el mundo, aunque un solo Dicho habría bastado. Dios quiso dar a conocer cuán severo es el castigo reservado a los malvados, que destruyen un mundo creado con nada menos que diez Dichos —y cuán generosa la recompensa destinada a los justos, que preservan un mundo creado con nada menos que diez Dichos.
El mundo fue hecho para el hombre, aunque él fuera el último en llegar entre las criaturas. Y fue a propósito. Debía encontrarlo todo dispuesto para él. Dios era el anfitrión que preparó los platos exquisitos, puso la mesa y luego condujo a su huésped hasta su asiento. Al mismo tiempo, la aparición tardía del hombre sobre la tierra encierra una advertencia a la humildad. Guárdese de ser soberbio, no sea que se le responda que el mosquito es más viejo que él.
La superioridad del hombre sobre las demás criaturas se manifiesta en el modo mismo de su creación, del todo distinto del de ellas. Es el único que fue creado por la mano de Dios. Los demás brotaron de la palabra de Dios. El cuerpo del hombre es un microcosmos, el mundo entero en miniatura, y el mundo, a su vez, es un reflejo del hombre. El cabello de su cabeza corresponde a los bosques de la tierra; sus lágrimas, a un río; su boca, al océano. También el mundo se parece al globo de su ojo: el océano que rodea la tierra es como lo blanco del ojo; la tierra seca es el iris; Yerushaláyim, la pupila; y el Templo, la imagen reflejada en la pupila del ojo. Pero el hombre es más que una mera imagen de este mundo. Reúne en sí cualidades celestiales y terrenales. En cuatro cosas se asemeja a los ángeles; en cuatro, a las bestias. Su facultad de hablar, su inteligencia que discierne, su andar erguido, la mirada de su ojo —todo ello hace de él un ángel—. Pero, por otro lado, come y bebe, expulsa los desechos de su cuerpo, se reproduce y muere, como la bestia del campo. Por eso dijo Dios antes de la creación del hombre: «Los seres celestiales no se reproducen, pero son inmortales; los seres de la tierra se reproducen, pero mueren. Crearé al hombre como unión de ambos, de modo que, cuando peque, cuando se comporte como una bestia, la muerte lo alcance; pero si se abstiene del pecado, vivirá para siempre». Ordenó entonces Dios a todos los seres del cielo y de la tierra que contribuyeran a la creación del hombre, y Él mismo tomó parte en ella. Así todos amarán al hombre, y si él pecara, se interesarán por su preservación.
El mundo entero fue creado, naturalmente, para el hombre piadoso, temeroso de Dios, al que Israel engendra con la guía provechosa de la ley de Dios que le fue revelada. Fue, por tanto, Israel el que quedó especialmente presente en el momento en que se hizo al hombre. A todas las demás criaturas se les instruyó para que cambiaran su naturaleza, si alguna vez Israel necesitaba su ayuda en el curso de su historia. Al mar se le ordenó dividirse ante Moshé, y a los cielos, prestar oído a las palabras del guía; al sol y a la luna se les mandó detenerse ante Yehoshúa; a los cuervos, alimentar a Eliyahu; al fuego, respetar a los tres jóvenes en el horno; al león, no hacer daño a Daniel; al pez, vomitar a Yoná; y a los cielos, abrirse ante Yejezkel.
En su modestia, Dios se aconsejó con los ángeles, antes de la creación del mundo, acerca de su propósito de hacer al hombre. Dijo: «Por amor a Israel crearé el mundo. Así como haré una separación entre la luz y las tinieblas, así haré en el tiempo venidero por Israel en Mitsraim: espesas tinieblas cubrirán la tierra, y los hijos de Israel tendrán luz en sus moradas; así como haré una separación entre las aguas que están debajo del firmamento y las aguas que están sobre el firmamento, así haré por Israel: dividiré las aguas para él cuando cruce el mar de los Juncos; así como en el tercer día crearé las plantas, así haré por Israel: haré brotar el maná para él en el desierto; así como crearé las lumbreras para separar el día de la noche, así haré por Israel: iré delante de él de día en una columna de nube y de noche en una columna de fuego; así como crearé las aves del aire y los peces del mar, así haré por Israel: traeré codornices para él desde el mar; y así como insuflaré el aliento de vida en las narices del hombre, así haré por Israel: le daré la Torá, el árbol de la vida». Los ángeles se maravillaron de que tanto amor se prodigara a este pueblo de Israel, y Dios les dijo: «En el primer día de la creación haré los cielos y los extenderé; así levantará Israel el Mishkán como morada de Mi gloria. En el segundo día pondré una separación entre las aguas terrenales y las aguas celestiales; así colgará él un velo en el Mishkán para dividir el Lugar Santo del Santísimo. En el tercer día haré que la tierra produzca hierba y planta; así comerá él, en obediencia a Mis mandamientos, hierbas amargas en la primera noche de Pésaj, y preparará para Mí el pan de la proposición. En el cuarto día haré las lumbreras; así hará él para Mí un candelabro de oro. En el quinto día crearé las aves; así modelará él los querubines con las alas extendidas. En el sexto día crearé al hombre; así apartará Israel a un hombre de los hijos de Aharón como Sumo Sacerdote para Mi servicio».
Así pues, toda la creación fue condicional. Dios dijo a las cosas que hizo en los seis primeros días: «Si Israel acepta la Torá, seguiréis existiendo y perduraréis; de lo contrario, volveré a convertirlo todo en caos». El mundo entero quedó, pues, en vilo y en temor hasta el día de la revelación en el Sinaí, cuando Israel recibió y aceptó la Torá, y así cumplió la condición puesta por Dios en el momento en que creó el universo.
Habiendo resuelto Dios en su sabiduría crear al hombre, pidió consejo a todos los que lo rodeaban antes de proceder a ejecutar su propósito —ejemplo para el hombre, por grande y distinguido que sea, de no despreciar el consejo del humilde y del pequeño—. Primero Dios llamó al cielo y a la tierra, luego a todas las demás cosas que había creado, y por último a los ángeles.
No todos los ángeles eran del mismo parecer. El Ángel del Amor favorecía la creación del hombre, porque sería afectuoso y amoroso; pero el Ángel de la Verdad se oponía, porque estaría lleno de mentiras. Y mientras el Ángel de la Justicia la favorecía, porque practicaría la justicia, el Ángel de la Paz se oponía, porque sería pendenciero.
Para invalidar su protesta, Dios arrojó al Ángel de la Verdad del cielo a la tierra, y cuando los demás clamaron contra semejante trato despectivo hacia su compañero, Él dijo: «La verdad brotará de nuevo de la tierra».
Las objeciones de los ángeles habrían sido mucho más fuertes de haber conocido toda la verdad sobre el hombre. Dios les había hablado solo de los piadosos, y les había ocultado que también habría réprobos entre los hombres. Y, sin embargo, aun sabiendo apenas la mitad de la verdad, los ángeles no dejaron de exclamar: «¿Qué es el hombre, para que de él te acuerdes? ¿Y el hijo del hombre, para que lo visites?». Dios respondió: «Las aves del aire y los peces del mar, ¿para qué fueron creados? ¿De qué sirve una despensa llena de exquisiteces apetitosas, y ningún huésped que las disfrute?». Y los ángeles no pudieron sino exclamar: «¡Oh Adonái, Señor nuestro, cuán glorioso es tu nombre en toda la tierra! Haz lo que sea de tu agrado».
Para no pocos de los ángeles su oposición tuvo consecuencias fatales. Cuando Dios convocó a la banda que estaba bajo el arcángel Mijael, y les preguntó su opinión sobre la creación del hombre, respondieron con desdén: «¿Qué es el hombre, para que de él te acuerdes? ¿Y el hijo del hombre, para que lo visites?». Entonces Dios extendió su dedo meñique, y todos fueron consumidos por el fuego, salvo su jefe Mijael. Y la misma suerte cayó sobre la banda dirigida por el arcángel Gavriel; solo él, de entre todos, se salvó de la destrucción.
La tercera banda consultada estaba al mando del arcángel Labbiel. Aleccionado por el horrible fin de sus predecesores, advirtió a su tropa: «Habéis visto qué desgracia les sobrevino a los ángeles que dijeron “¿Qué es el hombre, para que de él te acuerdes?”. Cuidémonos de hacer lo mismo, no sea que suframos el mismo terrible castigo. Pues Dios no dejará de hacer al final lo que ha planeado. Por tanto, nos conviene ceder a sus deseos». Así advertidos, los ángeles hablaron: «Señor del mundo, bien está que hayas pensado en crear al hombre. Créalo conforme a tu voluntad. Y en cuanto a nosotros, seremos sus servidores y sus ministros, y le revelaremos todos nuestros secretos». Entonces Dios cambió el nombre de Labbiel por el de Rafael, el Rescatador, porque su hueste de ángeles había sido rescatada por su sabio consejo. Fue nombrado Ángel de la Sanación, que tiene bajo su custodia todos los remedios celestiales, los modelos de los remedios medicinales que se usan en la tierra.
Cuando por fin se dio el asentimiento de los ángeles a la creación del hombre, Dios dijo a Gavriel: «Ve y tráeme polvo de los cuatro rincones de la tierra, y con él crearé al hombre». Gavriel salió a cumplir el mandato de HaShem, pero la tierra lo ahuyentó y se negó a dejarle recoger polvo de ella. Gavriel protestó: «¿Por qué, oh Tierra, no escuchas la voz de HaShem, que te fundó sobre las aguas sin sostenes ni columnas?». La tierra respondió y dijo: «Estoy destinada a convertirme en maldición, y a ser maldecida por causa del hombre, y si Dios mismo no toma el polvo de mí, ningún otro lo hará jamás». Cuando Dios oyó esto, extendió su mano, tomó del polvo del suelo, y con él creó al primer hombre. De propósito se tomó el polvo de los cuatro rincones de la tierra, para que, si un hombre del este llegara a morir en el oeste, o un hombre del oeste en el este, la tierra no se atreviera a negarse a recibir al muerto y a decirle que se fuera de donde había sido tomado. Dondequiera que un hombre muera, y dondequiera que sea sepultado, allí volverá a la tierra de la que brotó. También el polvo era de diversos colores —rojo, negro, blanco y verde—: rojo para la sangre, negro para las entrañas, blanco para los huesos y las venas, y verde para la piel pálida.
En este temprano instante intervino la Torá. Se dirigió a Dios: «¡Oh Señor del mundo! El mundo es tuyo, puedes hacer con él lo que sea bueno a tus ojos. Pero el hombre que ahora estás creando será de días contados, y lleno de aflicción y pecado. Si no es tu propósito tener paciencia y tolerancia con él, más valdría no llamarlo a la existencia». Dios respondió: «¿Acaso en vano me llaman paciente y misericordioso?».
La gracia y la bondad amorosa de Dios se revelaron en particular al tomar Él una cucharada de polvo del lugar donde en el tiempo venidero se alzaría el altar, diciendo: «Tomaré al hombre del lugar de la expiación, para que perdure».
El cuidado que Dios puso en dar forma a cada detalle del cuerpo del hombre es nada en comparación con su solicitud por el alma humana. El alma del hombre fue creada en el primer día, pues es el espíritu de Dios que se movía sobre la faz de las aguas. Así, en lugar de ser la última, el hombre es en verdad la primera obra de la creación.
Este espíritu, o, para llamarlo por su nombre habitual, el alma del hombre, posee cinco facultades distintas. Por medio de una de ellas, escapa del cuerpo cada noche, se eleva al cielo, y trae de allí nueva vida para el hombre.
Con el alma de Adam fueron creadas las almas de todas las generaciones de los hombres. Están almacenadas en un depósito, en el séptimo de los cielos, de donde se extraen a medida que se necesitan, para un cuerpo humano tras otro.
El alma y el cuerpo del hombre se unen de este modo: cuando una mujer ha concebido, el Ángel de la Noche, Lailah, lleva la simiente ante Dios, y Dios decreta qué clase de ser humano ha de resultar de ella —si será varón o mujer, fuerte o débil, rico o pobre, hermoso o feo, alto o bajo, gordo o flaco, y cuáles serán todas sus demás cualidades—. Solo la piedad y la maldad quedan libradas a la determinación del hombre mismo. Entonces Dios hace una señal al ángel encargado de las almas, diciendo: «Tráeme el alma tal y tal, que está oculta en el Paraíso, cuyo nombre es tal, y cuya forma es tal». El ángel trae el alma designada, y ella se inclina cuando aparece en presencia de Dios, y se postra ante Él. En ese momento, Dios emite la orden: «Entra en esta simiente». El alma abre su boca y suplica: «¡Oh Señor del mundo! Estoy muy contenta con el mundo en el que he vivido desde el día en que me llamaste a la existencia. ¿Por qué deseas ahora que entre en esta simiente impura, yo que soy santa y pura, y parte de tu gloria?». Dios la consuela: «El mundo en el que te haré entrar es mejor que el mundo en el que has vivido hasta ahora, y cuando te creé, fue solo para este fin». El alma es entonces forzada a entrar en la simiente contra su voluntad, y el ángel la lleva de vuelta al vientre de la madre. Se destinan dos ángeles a vigilar que no lo abandone ni se caiga de él, y se coloca una luz sobre ella, con la que el alma puede ver de un extremo del mundo al otro. Por la mañana, un ángel la lleva al Paraíso, y le muestra a los justos, que se sientan allí en su gloria, con coronas sobre sus cabezas. El ángel dice entonces al alma: «¿Sabes quiénes son estos?». Ella responde que no, y el ángel prosigue: «Estos que ves aquí fueron formados, como tú, en el vientre de su madre. Cuando vinieron al mundo, observaron la Torá de Dios y sus mandamientos. Por eso llegaron a ser partícipes de esta dicha que los ves gozar. Sabe que también tú un día partirás del mundo de abajo, y si observas la Torá de Dios, entonces serás hallada digna de sentarte con estos piadosos. Pero si no, serás condenada al otro lugar».
Por la tarde, el ángel lleva el alma al infierno, y allí le señala a los pecadores a quienes los Ángeles de la Destrucción azotan con látigos de fuego, mientras los pecadores gritan sin cesar «¡Ay! ¡Ay!», pero no se les muestra piedad alguna. El ángel pregunta entonces al alma como antes: «¿Sabes quiénes son estos?», y como antes la respuesta es negativa. El ángel continúa: «Estos que son consumidos por el fuego fueron creados como tú. Cuando fueron puestos en el mundo, no observaron la Torá de Dios ni sus mandamientos. Por eso han llegado a esta deshonra que los ves sufrir. Sabe que también tu destino es partir del mundo. Sé justa, por tanto, y no malvada, para que ganes el mundo futuro».
Entre la mañana y la tarde, el ángel lleva el alma de un lado a otro, y le muestra dónde vivirá y dónde morirá, y el lugar donde será sepultada, y la conduce por todo el mundo, y le señala a los justos y a los pecadores y todas las cosas. Por la tarde, la vuelve a colocar en el vientre de la madre, y allí permanece nueve meses.
Cuando llega el momento de que salga del vientre al mundo abierto, el mismo ángel se dirige al alma: «Ha llegado el momento de que salgas al mundo abierto». El alma se resiste: «¿Por qué quieres hacerme salir al mundo abierto?». El ángel responde: «Sabe que, así como fuiste formada contra tu voluntad, así ahora nacerás contra tu voluntad, y contra tu voluntad morirás, y contra tu voluntad rendirás cuentas de ti misma ante el Rey de reyes, Hakadosh Baruj Hu». Pero el alma es reacia a dejar su lugar. Entonces el ángel da un capirotazo al bebé en la nariz, apaga la luz que está sobre su cabeza, y lo trae al mundo contra su voluntad. Al instante el niño olvida todo lo que su alma ha visto y aprendido, y viene al mundo llorando, pues pierde un lugar de amparo, seguridad y descanso.
Cuando llega el momento de que el hombre deje este mundo, el mismo ángel aparece y le pregunta: «¿Me reconoces?». Y el hombre responde: «Sí; pero ¿por qué vienes a mí hoy, cuando no viniste ningún otro día?». El ángel dice: «Para llevarte del mundo, pues ha llegado el momento de tu partida». Entonces el hombre rompe a llorar, y su voz penetra hasta todos los confines del mundo, pero ninguna criatura oye su voz, salvo el gallo solamente. El hombre protesta ante el ángel: «De dos mundos me sacaste, y a este mundo me trajiste». Pero el ángel le recuerda: «¿No te dije que fuiste formado contra tu voluntad, y que nacerías contra tu voluntad, y que contra tu voluntad morirías? Y contra tu voluntad tendrás que rendir cuenta y razón de ti mismo ante Hakadosh Baruj Hu».
Como todas las criaturas formadas en los seis días de la creación, Adam salió de las manos del Creador plena y completamente desarrollado. No era como un niño, sino como un hombre de veinte años de edad. Las dimensiones de su cuerpo eran gigantescas, y llegaban del cielo a la tierra, o —lo que viene a ser lo mismo— de oriente a occidente. Entre las generaciones posteriores de hombres, hubo apenas unos pocos que en alguna medida se asemejaran a Adam en su extraordinario tamaño y en sus perfecciones físicas. Shimshón poseyó su fuerza; Shaúl, su cuello; Avshalom, su cabellera; Asael, su ligereza de pies; Uzías, su frente; Yoshiyahu, sus narices; Tsidkiyahu, sus ojos; y Zerubavel, su voz. La historia muestra que estas excelencias físicas no fueron bendición para muchos de sus poseedores; provocaron la ruina de casi todos. La extraordinaria fuerza de Shimshón causó su muerte; Shaúl se dio muerte cortándose el cuello con su propia espada; mientras corría veloz, Asael fue traspasado por la lanza de Avner; Avshalom quedó atrapado por su cabellera en una encina, y así, suspendido, halló la muerte; Uzías fue herido de lepra en la frente; los dardos que mataron a Yoshiyahu entraron por sus narices, y los ojos de Tsidkiyahu fueron cegados.
La generalidad de los hombres heredó tan poco de la belleza como del portentoso tamaño de su primer padre. Las mujeres más hermosas, comparadas con Sará, son como monos comparados con un ser humano. La relación de Sará con Javá es la misma, y, a su vez, Javá no era sino como un mono comparado con Adam. Su persona era tan bella que la planta misma de su pie oscurecía el esplendor del sol.
Sus cualidades espirituales iban al par de su encanto personal, pues Dios había formado su alma con particular esmero. Ella es la imagen de Dios, y así como Dios llena el mundo, así el alma llena el cuerpo humano; así como Dios ve todas las cosas y no es visto por nadie, así el alma ve, pero no puede ser vista; así como Dios guía el mundo, así el alma guía el cuerpo; así como Dios en su santidad es puro, así lo es el alma; y así como Dios habita en lo secreto, así habita el alma.
Cuando Dios estaba a punto de poner un alma en el cuerpo de barro de Adam, dijo: «¿Por qué punto le insuflaré el alma? ¿Por la boca? No, pues la usará para hablar mal de su prójimo. ¿Por los ojos? Con ellos guiñará con lujuria. ¿Por los oídos? Escucharán la calumnia y la blasfemia. Se la insuflaré por las narices; así como estas disciernen lo impuro y lo rechazan, y aspiran lo fragante, así el piadoso rehuirá el pecado y se adherirá a las palabras de la Torá».
Las perfecciones del alma de Adam se manifestaron tan pronto como la recibió, es más, cuando aún estaba sin vida. En la hora que medió entre el insuflar un alma al primer hombre y su volverse viviente, Dios le reveló toda la historia de la humanidad. Le mostró cada generación y sus dirigentes; cada generación y sus profetas; cada generación y sus maestros; cada generación y sus sabios; cada generación y sus estadistas; cada generación y sus jueces; cada generación y sus miembros piadosos; cada generación y sus miembros comunes y corrientes; y cada generación y sus miembros impíos. El cómputo de sus años, el número de sus días, la cuenta de sus horas y la medida de sus pasos, todo le fue dado a conocer.
Por su propia y libre voluntad, Adam renunció a setenta de los años que le habían sido asignados. Su plazo señalado había de ser de mil años, uno de los días de HaShem. Pero vio que a la gran alma de David solo se le había repartido un único minuto de vida, y le hizo un regalo de setenta años, reduciendo sus propios años a novecientos treinta.
La sabiduría de Adam se mostró con la mayor ventaja cuando dio nombre a los animales. Entonces quedó claro que Dios, al rebatir los argumentos de los ángeles que se oponían a la creación del hombre, había hablado bien cuando insistió en que el hombre poseería más sabiduría que ellos mismos. Cuando Adam apenas tenía una hora de vida, Dios reunió ante él y ante los ángeles a todo el mundo de los animales. Se pidió a estos últimos que nombraran las distintas especies, pero no estuvieron a la altura de la tarea. Adam, en cambio, habló sin vacilar: «¡Oh Señor del mundo! El nombre propio de este animal es buey; el de este, caballo; el de este, león; el de este, camello». Y así llamó a todos por turno por su nombre, ajustando el nombre a la peculiaridad del animal. Entonces Dios le preguntó cuál había de ser su propio nombre, y él dijo Adam, porque había sido creado de Adamá, polvo de la tierra. De nuevo, Dios le preguntó cuál era el Nombre de Dios mismo, y él dijo: «Adonái, Señor, porque Tú eres Señor sobre todas las criaturas» —el nombre mismo que Dios se había dado a sí mismo, el nombre con el que lo llaman los ángeles, el nombre que permanecerá inmutable por siempre—. Pero sin el don del espíritu santo, Adam no habría podido hallar nombres para todos; era en verdad un profeta, y su sabiduría, una cualidad profética.
Los nombres de los animales no fueron la única herencia que Adam legó a las generaciones posteriores, pues la humanidad le debe todos los oficios, en especial el arte de la escritura, y él fue el inventor de las setenta lenguas. Y aún otra tarea llevó a cabo para sus descendientes. Dios mostró a Adam toda la tierra, y Adam señaló qué lugares habrían de ser poblados más tarde por los hombres, y qué lugares habrían de permanecer yermos.
Las extraordinarias cualidades con que Adam fue bendecido, tanto físicas como espirituales, despertaron la envidia de los ángeles. Intentaron consumirlo con fuego, y habría perecido de no haber reposado sobre él la mano protectora de Dios, que estableció la paz entre él y la hueste celestial. En particular, el Satán tenía celos del primer hombre, y sus malos pensamientos lo llevaron finalmente a su caída. Después de que Adam hubo sido dotado de un alma, Dios invitó a todos los ángeles a venir a rendirle reverencia y homenaje. El Satán, el mayor de los ángeles del cielo, con doce alas en vez de seis como todos los demás, se negó a atender el mandato de Dios, diciendo: «Tú nos creaste ángeles del esplendor de la Shejiná, ¡y ahora nos ordenas postrarnos ante la criatura que formaste del polvo del suelo!». Dios respondió: «Sin embargo, este polvo del suelo tiene más sabiduría y entendimiento que tú». El Satán exigió una prueba de ingenio con Adam, y Dios accedió a ello, diciendo: «He creado bestias, aves y reptiles; los haré venir a todos ante ti y ante Adam. Si eres capaz de darles nombre, ordenaré a Adam que te rinda honor, y reposarás junto a la Shejiná de Mi gloria. Pero si no, y Adam los llama por los nombres que Yo les he asignado, entonces quedarás sujeto a Adam, y él tendrá un lugar en Mi jardín, y lo cultivará». Así habló Dios, y se encaminó al Paraíso, siguiéndolo el Satán. Cuando Adam vio a Dios, dijo a su esposa: «Oh, venid, adoremos y postrémonos; arrodillémonos ante HaShem, nuestro Hacedor». Entonces el Satán intentó asignar nombres a los animales. Fracasó con los dos primeros que se presentaron, el buey y la vaca. Dios condujo ante él otros dos, el camello y el asno, con el mismo resultado. Luego Dios se volvió hacia Adam, y lo interrogó acerca de los nombres de esos mismos animales, formulando sus preguntas de tal modo que la primera letra de la primera palabra fuera la misma que la primera letra del nombre del animal que tenía delante. Así Adam adivinó el nombre propio, y el Satán se vio forzado a reconocer la superioridad del primer hombre. No obstante, prorrumpió en gritos salvajes que llegaron hasta los cielos, y se negó a rendir homenaje a Adam como se le había ordenado. La hueste de ángeles dirigida por él hizo lo mismo, a pesar de las apremiantes exhortaciones de Mijael, que fue el primero en postrarse ante Adam para dar buen ejemplo a los demás ángeles. Mijael se dirigió al Satán: «¡Adora la imagen de Dios! Pero si no lo haces, entonces HaShem Dios estallará en cólera contra ti». El Satán respondió: «Si estalla en cólera contra mí, exaltaré mi trono por encima de las estrellas de Dios, seré semejante al Altísimo». Al instante Dios arrojó al Satán y a su hueste fuera del cielo, abajo, a la tierra, y desde ese momento data la enemistad entre el Satán y el hombre.
Cuando Adam abrió los ojos por primera vez, y contempló el mundo a su alrededor, prorrumpió en alabanza a Dios: «¡Cuán grandes son tus obras, oh HaShem!». Pero su admiración por el mundo que lo rodeaba no superó la admiración que todas las criaturas concibieron por Adam. Lo tomaron por su creador, y todas vinieron a ofrecerle adoración. Pero él habló: «¿Por qué venís a adorarme? No; vosotros y yo juntos reconoceremos la majestad y el poder de Aquel que nos ha creado a todos. “Adonái reina”», continuó, «“de majestad está vestido”».
Y no solo las criaturas de la tierra: hasta los ángeles creyeron que Adam era el señor de todo, y estaban a punto de saludarlo con «Santo, santo, santo es Adonái de los ejércitos», cuando Dios hizo caer sobre él el sueño, y entonces los ángeles supieron que no era sino un ser humano.
El propósito del sueño que envolvió a Adam era darle una esposa, para que la raza humana se desarrollara, y todas las criaturas reconocieran la diferencia entre Dios y el hombre. Cuando la tierra oyó lo que Dios había resuelto hacer, empezó a temblar y a estremecerse. «No tengo la fuerza», dijo, «para proveer de alimento a la manada de los descendientes de Adam». Pero Dios la apaciguó con estas palabras: «Yo y tú juntos hallaremos alimento para la manada». En consecuencia, el tiempo se dividió entre Dios y la tierra: Dios tomó la noche, y la tierra tomó el día. El sueño reparador nutre y fortalece al hombre, le brinda vida y descanso, mientras la tierra produce sus frutos con la ayuda de Dios, que la riega. Con todo, el hombre debe trabajar la tierra para ganar su alimento.
La resolución divina de conceder una compañera a Adam venía al encuentro de los deseos del hombre, a quien un sentimiento de aislamiento había embargado cuando los animales acudían a él en parejas para ser nombrados. Para desterrar su soledad, Lilith le fue dada primero a Adam por esposa. Como él, había sido creada del polvo del suelo. Pero permaneció con él solo un breve tiempo, porque insistía en gozar de plena igualdad con su marido. Derivaba sus derechos de su idéntico origen. Con la ayuda del Nombre Inefable, que pronunció, Lilith huyó volando de Adam, y se desvaneció en el aire. Adam se quejó ante Dios de que la esposa que le había dado lo había abandonado, y Dios envió tres ángeles a capturarla. La hallaron en el mar de los Juncos, y trataron de hacerla volver con la amenaza de que, si no iba, perdería cien de sus hijos demonios cada día por la muerte. Pero Lilith prefirió este castigo a vivir con Adam. Se venga dañando a los niños de pecho —a los varones durante la primera noche de su vida, mientras que las niñas quedan expuestas a sus perversos designios hasta los veinte días de edad—. El único modo de conjurar el mal es atar a los niños un amuleto que lleve los nombres de sus tres ángeles captores, pues tal había sido el acuerdo entre ellos.
La mujer destinada a convertirse en la verdadera compañera del hombre fue tomada del cuerpo de Adam, pues «solo cuando lo semejante se une a lo semejante la unión es indisoluble». La creación de la mujer a partir del hombre fue posible porque Adam tenía originalmente dos rostros, que se separaron al nacer Javá.
Cuando Dios estaba a punto de hacer a Javá, dijo: «No la haré de la cabeza del hombre, no sea que lleve la cabeza alta con soberbio orgullo; ni del ojo, no sea que sea de mirada lasciva; ni del oído, no sea que sea fisgona; ni del cuello, no sea que sea insolente; ni de la boca, no sea que sea habladora; ni del corazón, no sea que sea propensa a la envidia; ni de la mano, no sea que sea entrometida; ni del pie, no sea que sea callejera. La formaré de una parte casta del cuerpo», y a cada miembro y órgano que formaba, Dios decía: «¡Sé casta! ¡Sé casta!». No obstante, a pesar de la gran cautela empleada, la mujer tiene todos los defectos que Dios trató de evitar. Las hijas de Tsiyón eran altivas y andaban con el cuello estirado y ojos lascivos; Sará fue fisgona en su propia tienda, cuando el ángel habló con Avraham; Miriam fue chismosa, acusando a Moshé; Rajel tuvo envidia de su hermana Leá; Javá extendió la mano para tomar el fruto prohibido, y Diná fue callejera.
La formación física de la mujer es mucho más compleja que la del hombre, como debe serlo para la función de dar a luz, y asimismo la inteligencia de la mujer madura más pronto que la del hombre. Muchas de las diferencias físicas y psíquicas entre los dos sexos deben atribuirse al hecho de que el hombre fue formado del suelo y la mujer, del hueso. Las mujeres necesitan perfumes, y los hombres no; el polvo del suelo permanece igual por mucho tiempo que se conserve; la carne, en cambio, requiere sal para mantenerse en buen estado. La voz de las mujeres es aguda, no así la de los hombres; cuando se cuecen viandas blandas, no se oye ningún sonido, pero pon un hueso en la olla y al punto crepita. Un hombre se aplaca con facilidad, no así una mujer; unas pocas gotas de agua bastan para ablandar un terrón de tierra; el hueso queda duro, aunque se remojara en agua durante días. El hombre debe pedir a la mujer que sea su esposa, y no la mujer al hombre que sea su marido, porque es el hombre quien ha sufrido la pérdida de su costilla, y sale en busca de recuperar de nuevo lo perdido. Las mismas diferencias entre los sexos en el atuendo y en las formas sociales remontan sus razones al origen del hombre y de la mujer. La mujer se cubre el cabello en señal de que Javá trajo el pecado al mundo; trata de ocultar su vergüenza; y las mujeres preceden a los hombres en el cortejo fúnebre, porque fue la mujer quien trajo la muerte al mundo. Y los mandamientos religiosos dirigidos solo a las mujeres están ligados a la historia de Javá. Adam fue la ofrenda elevada del mundo, y Javá la profanó. Como expiación, a todas las mujeres se les manda separar una ofrenda elevada de la masa. Y porque la mujer apagó la luz del alma del hombre, se le ordena encender la luz de Shabat.
Adam fue hecho primero caer en un sueño profundo antes de que la costilla para Javá fuese tomada de su costado. Pues, de haber presenciado su creación, ella no habría despertado amor en él. Hasta el día de hoy es cierto que los hombres no aprecian los encantos de las mujeres a quienes han conocido y observado desde la infancia. En efecto, Dios había creado una esposa para Adam antes de Javá, pero él no la quiso, porque había sido hecha en su presencia. Conociendo bien todos los detalles de su formación, sintió repulsión por ella. Pero cuando se despabiló de su profundo sueño, y vio a Javá ante él en toda su sorprendente belleza y gracia, exclamó: «¡Esta es la que hizo palpitar mi corazón tantas noches!». Sin embargo, discernió al instante cuál era la naturaleza de la mujer. Ella, lo sabía, buscaría salirse con la suya con el hombre ya con ruegos y lágrimas, ya con halagos y caricias. Dijo, por tanto: «¡Esta es mi campana que nunca calla!».
La boda de la primera pareja se celebró con una pompa jamás repetida en todo el curso de la historia desde entonces. Dios mismo, antes de presentarla a Adam, atavió y adornó a Javá como a una novia. Es más, apeló a los ángeles, diciendo: «Venid, prestemos servicios de amistad a Adam y a su compañera, pues el mundo se sostiene sobre los servicios amistosos, y estos me son más gratos que los sacrificios que Israel ofrecerá sobre el altar». Los ángeles rodearon, en consecuencia, el palio nupcial, y Dios pronunció las bendiciones sobre la pareja de novios, como hace el jazán bajo la jupá. Los ángeles danzaron entonces y tocaron instrumentos musicales ante Adam y Javá en sus diez cámaras nupciales de oro, perlas y piedras preciosas, que Dios había preparado para ellos.
Adam llamó a su esposa Ishá, y a sí mismo se llamó Ish, abandonando el nombre Adam, que había llevado antes de la creación de Javá, por la razón de que Dios añadió su propio nombre, Yah, a los nombres del hombre y de la mujer —la Yod a Ish y la He a Ishá— para indicar que, mientras anduvieran por los caminos de Dios y observaran sus mandamientos, su nombre los protegería de todo daño. Pero si se descarriaban, su nombre les sería retirado, y en lugar de Ish quedaría Esh, fuego, un fuego que sale de cada uno y consume al otro.
El Jardín del Edén fue la morada del primer hombre y de la primera mujer, y las almas de todos los hombres deben pasar por él después de la muerte, antes de llegar a su destino final. Pues las almas de los difuntos han de atravesar siete portales antes de llegar al cielo Aravot. Allí las almas de los piadosos se transforman en ángeles, y allí permanecen para siempre, alabando a Dios y deleitando su vista en la gloria de la Shejiná. El primer portal es la cueva de Majpelá, en las cercanías del Paraíso, que está bajo el cuidado y la supervisión de Adam. Si el alma que se presenta ante el portal es digna, él exclama: «¡Haced sitio! ¡Bienvenida seas!». El alma prosigue entonces hasta llegar a la puerta del Paraíso, custodiada por los querubines y la espada flameante. Si no es hallada digna, es consumida por la espada; de lo contrario, recibe un salvoconducto, que la admite al Paraíso terrenal. Hay allí una columna de humo y de luz que se extiende desde el Paraíso hasta la puerta del cielo, y depende del carácter del alma que pueda ascender por ella y alcanzar el cielo. El tercer portal, Zebul, está a la entrada del cielo. Si el alma es digna, el guardián abre el portal y la admite al Templo celestial. Mijael la presenta a Dios, y la conduce al séptimo portal, Aravot, dentro del cual las almas de los piadosos, transformadas en ángeles, alaban a HaShem, y se alimentan de la gloria de la Shejiná.
En el Paraíso se yerguen el árbol de la vida y el árbol del conocimiento, formando este último un seto en torno al primero. Solo quien se ha abierto camino a través del árbol del conocimiento puede acercarse al árbol de la vida, que es tan enorme que un hombre tardaría quinientos años en recorrer una distancia igual al diámetro de su tronco, y no menos vasto es el espacio que da sombra su copa de ramas. De debajo de él mana el agua que riega toda la tierra, dividiéndose de allí en cuatro corrientes: el Ganges, el Nilo, el Tigris y el Éufrates. Pero fue solo durante los días de la creación cuando el reino de las plantas dependió de las aguas de la tierra para su sustento. Más adelante, Dios hizo que las plantas dependieran de la lluvia, las aguas de arriba. Las nubes se elevan de la tierra al cielo, donde se vierte agua en ellas como desde un conducto. Las plantas empezaron a sentir el efecto del agua solo después de que Adam fue creado. Aunque habían sido producidas en el tercer día, Dios no les permitió germinar ni aparecer sobre la superficie de la tierra, hasta que Adam le rogó que les diera alimento, pues Dios anhela las oraciones de los piadosos.
El Paraíso siendo lo que era, es natural que Adam no tuviera necesidad de trabajar la tierra. Cierto, HaShem Dios puso al hombre en el Jardín del Edén para que lo labrara y lo cuidara, pero eso solo significa que allí debía estudiar la Torá y cumplir los mandamientos de Dios. Había en especial seis mandamientos que todo ser humano ha de guardar: el hombre no debe rendir culto a los ídolos, ni blasfemar contra Dios, ni cometer homicidio, ni incesto, ni hurto y robo; y todas las generaciones tienen el deber de instituir medidas de ley y orden. Había un mandamiento más de esta clase, pero era una disposición temporal. Adam solo debía comer las hierbas del campo. Mas la prohibición de usar animales como alimento fue revocada en tiempos de Nóaj, después del diluvio. Con todo, Adam no quedó privado del disfrute de los platos de carne. Aunque no le estaba permitido degollar animales para saciar su apetito, los ángeles le traían carne y vino, y le servían como criados. Y así como los ángeles atendían a sus necesidades, también lo hacían los animales. Estaban por completo bajo su dominio, y tomaban su alimento de la mano de Adam y de la de Javá. En todo sentido, el mundo animal tenía con Adam una relación distinta de la que tuvo con sus descendientes. No solo conocían la lengua del hombre, sino que respetaban la imagen de Dios, y temían a la primera pareja humana —todo lo cual se trocó en lo contrario tras la caída del hombre.
Entre los animales, la serpiente era notable. De todos ellos era la de cualidades más excelentes, y en algunas se parecía al hombre. Como el hombre, se erguía sobre dos pies, y en estatura igualaba al camello. De no haber sido por la caída del hombre —que también a ella le trajo desgracia—, una sola pareja de serpientes habría bastado para hacer todo el trabajo que el hombre tiene que hacer y, además, le habrían proporcionado plata, oro, gemas y perlas. Lo cierto es que fue justamente la capacidad de la serpiente lo que llevó a la ruina del hombre y a su propia ruina. Sus dotes mentales superiores la hicieron caer en la incredulidad. Eso explica también su envidia del hombre, en especial de sus relaciones conyugales. La envidia la llevó a cavilar modos y medios de causar la muerte de Adam. Conocía demasiado bien el carácter del hombre para intentar sobre él sus artes de persuasión, y se acercó a la mujer, sabiendo que a las mujeres se las engaña con facilidad. La conversación con Javá fue urdida con astucia; ella no podía sino caer en la trampa. Comenzó la serpiente: «¿Es cierto que Dios ha dicho: No comeréis de todo árbol del jardín?». «Podemos —respondió Javá— comer del fruto de todos los árboles del jardín, salvo el que está en medio del jardín, que ni siquiera podemos tocar, no sea que muramos». Hablaba así porque, en su celo por guardarla de transgredir el mandamiento divino, Adam le había prohibido a Javá tocar el árbol, aunque Dios solo había mencionado el comer del fruto. Sigue siendo verdad lo que dice el proverbio: «Mejor un muro de diez palmos que se mantiene en pie, que un muro de cien codos que no se sostiene». Fue la exageración de Adam lo que dio a la serpiente la posibilidad de persuadir a Javá a probar el fruto prohibido. La serpiente empujó a Javá contra el árbol y dijo: «Ves que tocar el árbol no te ha causado la muerte. Tampoco te dañará comer el fruto del árbol. Nada sino la malevolencia ha dictado la prohibición, pues en cuanto comáis de él, seréis como Dios. Así como Él crea y destruye mundos, así tendréis vosotros el poder de crear y destruir. Así como Él mata y da vida, así tendréis vosotros el poder de matar y dar vida. Él mismo comió primero del fruto del árbol, y luego creó el mundo. Por eso os prohíbe comer de él: no sea que creéis otros mundos. Todos saben que 'los artesanos del mismo gremio se aborrecen entre sí'. Además, ¿no habéis observado que cada criatura tiene dominio sobre la criatura formada antes que ella? Los cielos fueron hechos el primer día, y se mantienen en su sitio por el firmamento hecho el segundo día. El firmamento, a su vez, es gobernado por las plantas, creación del tercer día, pues absorben toda el agua del firmamento. El sol y los demás cuerpos celestes, creados el cuarto día, tienen poder sobre el mundo de las plantas: solo mediante su influjo pueden estas madurar sus frutos y prosperar. La creación del quinto día, el mundo animal, gobierna sobre las esferas celestes. Buena prueba es el ziz, que puede oscurecer el sol con sus alas. Pero vosotros sois señores de toda la creación, porque fuisteis los últimos en ser creados. Apresuraos ahora y comed del fruto del árbol que está en medio del jardín, y haceos independientes de Dios, no sea que Él haga surgir aún otras criaturas para que os dominen».
Para dar más peso a estas palabras, la serpiente empezó a sacudir el árbol con violencia y a hacer caer su fruto. Comió de él, diciendo: «Así como yo no muero por comer el fruto, tampoco morirás tú». Ahora Javá no pudo sino decirse: «Todo lo que mi señor —así llamaba a Adam— me ordenó no son sino mentiras», y resolvió seguir el consejo de la serpiente. Con todo, no lograba decidirse a desobedecer del todo el mandamiento de Dios. Hizo un pacto con su conciencia. Primero comió solo la piel exterior del fruto y luego, al ver que la muerte no la abatía, comió el fruto mismo. Apenas había terminado cuando vio ante sí al Ángel de la Muerte. Esperando que su fin llegara de inmediato, resolvió hacer comer también a Adam del fruto prohibido, no fuera que tomara otra esposa tras su muerte. Le costó lágrimas y lamentos convencer a Adam de dar el paso funesto. Aún no satisfecha, dio del fruto a todos los demás seres vivos, para que ellos también quedaran sujetos a la muerte. Todos comieron, y todos son mortales, con la excepción del ave malham, que rehusó el fruto con estas palabras: «¿No os basta con haber pecado contra Dios y haber traído la muerte a otros? ¿Todavía habéis de venir a mí y buscar persuadirme de desobedecer el mandamiento de Dios, para que coma y muera de él? No haré lo que me pedís». Se oyó entonces una voz celestial que decía a Adam y a Javá: «A vosotros se os dio el mandamiento. No lo guardasteis; lo transgredisteis, y buscasteis persuadir al ave malham. Ella se mantuvo firme, y me temió, aunque no le di mandamiento alguno. Por eso jamás gustará de la muerte, ni ella ni sus descendientes: todos vivirán para siempre en el Paraíso».
Adam le dijo a Javá: «¿Me diste del árbol del que te prohibí comer? Me diste de él, pues mis ojos están abiertos y los dientes de mi boca tienen dentera». Javá respondió: «Así como mis dientes tienen dentera, así tengan dentera los dientes de todos los seres vivos». El primer efecto fue que Adam y Javá quedaron desnudos. Antes, sus cuerpos habían estado revestidos de una piel córnea y envueltos en la nube de gloria. Apenas violaron el mandamiento que se les había dado, la nube de gloria y la piel córnea cayeron de ellos, y quedaron allí en su desnudez, avergonzados. Adam intentó recoger hojas de los árboles para cubrir parte de sus cuerpos, pero oyó decir a un árbol tras otro: «Ahí está el ladrón que engañó a su Creador. No, el pie de la soberbia no vendrá contra mí, ni la mano del malvado me tocará. ¡Vete, y no tomes hojas de mí!». Solo la higuera le concedió permiso de tomar de sus hojas. Y ello porque la higuera era el fruto prohibido mismo. A Adam le sucedió lo mismo que a aquel príncipe que sedujo a una de las sirvientas del palacio. Cuando el rey, su padre, lo echó, buscó en vano refugio con las demás sirvientas, y solo aquella que había causado su deshonra quiso prestarle ayuda.
Mientras Adam permaneció desnudo, buscando la manera de escapar de su turbación, Dios no se le apareció, pues no se debe «pretender ver a un hombre en la hora de su deshonra». Esperó hasta que Adam y Javá se hubieron cubierto con hojas de higuera. Pero aun antes de que Dios le hablara, Adam sabía lo que se avecinaba. Oyó a los ángeles anunciar: «Dios se dirige hacia los que moran en el Paraíso». Y oyó más aún. Oyó lo que los ángeles se decían unos a otros sobre su caída, y lo que le decían a Dios. Asombrados, los ángeles exclamaban: «¡Cómo! ¿Todavía anda por el Paraíso? ¿Aún no ha muerto?». A lo cual Dios respondió: «Le dije: 'El día que comas de él, ciertamente morirás'. Ahora bien, no sabéis a qué clase de día me refería: si a uno de mis días, de mil años, o a uno de vuestros días. Le daré uno de mis días. Tendrá novecientos treinta años de vida, y setenta dejará a sus descendientes».
Cuando Adam y Javá oyeron a Dios acercarse, se escondieron entre los árboles —lo que no habría sido posible antes de la caída—. Antes de cometer su falta, la estatura de Adam iba de los cielos a la tierra, pero después quedó reducida a cien codos. Otra consecuencia de su pecado fue el temor que Adam sintió al oír la voz de Dios: antes de su caída no lo había inquietado en lo más mínimo. Por eso, cuando Adam dijo: «Oí tu voz en el jardín, y tuve miedo», Dios replicó: «Antes no tenías miedo, ¿y ahora tienes miedo?».
Al principio Dios se abstuvo de reproches. De pie a la puerta del Paraíso, solo preguntó: «¿Dónde estás, Adam?». Con ello quiso Dios enseñar al hombre una regla de buena conducta: no entrar jamás en la casa de otro sin anunciarse. No puede negarse que las palabras «¿Dónde estás?» iban cargadas de sentido. Pretendían hacer ver a Adam la enorme diferencia entre su estado postrero y el anterior: entre su tamaño sobrenatural de entonces y su tamaño mermado de ahora; entre el señorío de Dios sobre él entonces y el señorío de la serpiente sobre él ahora. Al mismo tiempo, Dios quería dar a Adam la oportunidad de arrepentirse de su pecado, y habría recibido por ello el perdón divino. Pero, lejos de arrepentirse, Adam calumnió a Dios y profirió blasfemias contra Él. Cuando Dios le preguntó: «¿Has comido del árbol del que te ordené que no comieras?», no confesó su pecado, sino que se excusó con estas palabras: «¡Oh Señor del mundo! Mientras estuve solo, no caí en pecado, pero en cuanto esta mujer vino a mí, me tentó». Dios respondió: «Te la di como ayuda, y eres ingrato al acusarla diciendo: 'Ella me dio del árbol'. No debiste obedecerla, pues tú eres la cabeza, y no ella». Dios, que conoce todas las cosas, había previsto exactamente esto, y no había creado a Javá hasta que Adam le pidió una compañera, para que él no tuviera un motivo en apariencia justo de reprochar a Dios el haber creado a la mujer.
Así como Adam intentó descargar de sí la culpa de su mal proceder, así también Javá. Ella, como su marido, no confesó su transgresión ni oró por perdón, que le habría sido concedido. Con todo lo clemente que es, Dios no pronunció la condena sobre Adam y Javá hasta que se mostraron obstinados. No así con la serpiente. Dios lanzó la maldición sobre la serpiente sin oír su defensa, pues la serpiente es un malvado, y los malvados son buenos debatidores. Si Dios la hubiera interrogado, la serpiente habría respondido: «Tú les diste un mandamiento, y yo lo contradije. ¿Por qué me obedecieron a mí, y no a Ti?». Por eso Dios no entró en discusión con la serpiente, sino que decretó al punto los diez castigos siguientes: la boca de la serpiente fue cerrada, y se le quitó el habla; sus manos y pies fueron cortados; se le dio la tierra por alimento; ha de sufrir gran dolor al mudar la piel; ha de existir enemistad entre ella y el hombre; si come los manjares más selectos o bebe las bebidas más dulces, todo se le vuelve polvo en la boca; la preñez de la serpiente hembra dura siete años; los hombres buscarán matarla en cuanto la divisen; aun en el mundo futuro, donde todos los seres serán bienaventurados, no escapará al castigo decretado contra ella; desaparecerá de la Tierra Santa si Israel anda por los caminos de Dios.
Además, Dios habló a la serpiente: «Te creé para que fueras rey sobre todos los animales, tanto el ganado como las bestias del campo; pero no te contentaste. Por eso serás maldita sobre todo el ganado y sobre toda bestia del campo. Te creé de porte erguido; pero no te contentaste. Por eso andarás sobre tu vientre. Te creé para que comieras el mismo alimento que el hombre; pero no te contentaste. Por eso comerás polvo todos los días de tu vida. Buscaste causar la muerte de Adam para desposar a su mujer. Por eso pondré enemistad entre ti y la mujer». ¡Qué cierto es que quien codicia lo que no le corresponde, no solo no alcanza su deseo, sino que además pierde lo que tiene!
Así como los ángeles habían estado presentes cuando se pronunció la condena sobre la serpiente —pues Dios había convocado un Sanhedrín de setenta y un ángeles al sentarse en juicio sobre ella—, así también la ejecución del decreto contra ella fue confiada a los ángeles. Descendieron del cielo y le cortaron manos y pies. Su sufrimiento fue tan grande que sus gritos de agonía se oían de un extremo del mundo al otro.
El veredicto contra Javá consistió también en diez maldiciones, cuyo efecto se percibe hasta el día de hoy en el estado físico, espiritual y social de la mujer. No fue Dios mismo quien anunció su destino a Javá. La única mujer con quien Dios habló alguna vez fue Sará. En el caso de Javá, se valió de los servicios de un intérprete.
Por último, también el castigo de Adam fue décuplo: perdió su vestidura celestial —Dios se la arrancó—; con dolor había de ganar el pan de cada día; el alimento que comía se le tornaba de bueno en malo; sus hijos habían de errar de tierra en tierra; su cuerpo había de exudar sudor; había de tener una inclinación al mal; en la muerte su cuerpo había de ser pasto de los gusanos; los animales habían de tener poder sobre él, pudiendo matarlo; sus días habían de ser pocos y llenos de aflicción; y al final había de rendir cuentas de todos sus actos en la tierra.
Estos tres pecadores no fueron los únicos a quienes se impuso castigo. A la tierra no le fue mejor, pues había sido culpable de varias faltas. En primer lugar, no había obedecido enteramente el mandamiento de Dios dado el tercer día, de producir «árbol de fruto». Lo que Dios había deseado era un árbol cuya madera fuera tan agradable al paladar como su fruto. La tierra, sin embargo, produjo un árbol que daba fruto, sin ser comestible el árbol mismo. Además, la tierra no cumplió todo su deber en relación con el pecado de Adam. Dios había designado al sol y a la tierra por testigos para deponer contra Adam en caso de que cometiera una falta. El sol, en consecuencia, se había oscurecido en el instante en que Adam se hizo culpable de desobediencia, pero la tierra, no sabiendo cómo dar cuenta de la caída de Adam, la desatendió por completo. También la tierra hubo de sufrir un castigo décuplo: independiente antes, en adelante había de esperar a ser regada por la lluvia de arriba; a veces los frutos de la tierra fallan; el grano que produce es herido por el tizón y el añublo; ha de producir toda clase de sabandijas nocivas; desde entonces había de quedar dividida en valles y montañas; ha de criar árboles estériles, que no dan fruto; espinos y cardos brotan de ella; mucho se siembra en la tierra, pero poco se cosecha; en tiempos venideros la tierra habrá de descubrir su sangre, y ya no cubrirá a sus muertos; y, por fin, un día «se envejecerá como un vestido».
Cuando Adam oyó las palabras «Espinos y cardos producirá» acerca del suelo, le brotó un sudor en el rostro y dijo: «¡Cómo! ¿Habré de comer yo y mi ganado del mismo pesebre?». HaShem tuvo misericordia de él y dijo: «En vista del sudor de tu rostro, comerás pan».
La tierra no es lo único creado que fue hecho padecer por el pecado de Adam. La misma suerte le tocó a la luna. Cuando la serpiente sedujo a Adam y a Javá, y expuso su desnudez, ellos lloraron amargamente, y con ellos lloraron los cielos, y el sol y las estrellas, y todos los seres y cosas creados hasta el trono de Dios. Los ángeles mismos y los seres celestiales se afligieron por la transgresión de Adam. Solo la luna rió, por lo cual Dios se airó y oscureció su luz. En vez de brillar de continuo como el sol, a lo largo de todo el día, envejece pronto, y ha de nacer y renacer, una y otra vez. La conducta insensible de la luna ofendió a Dios, no solo por contraste con la compasión de todas las demás criaturas, sino porque Él mismo estaba lleno de piedad por Adam y su mujer. Les hizo vestiduras con la piel arrancada a la serpiente. Y aún habría hecho más. Les habría permitido quedarse en el Paraíso, con tal de que se hubieran arrepentido. Pero rehusaron arrepentirse, y hubieron de partir, no fuera que su entendimiento semejante al de Dios los impulsara a saquear el árbol de la vida, y aprendieran a vivir para siempre. Con todo, cuando Dios los despidió del Paraíso, no dejó que el atributo divino de la justicia prevaleciera del todo. Le asoció la misericordia. Al partir ellos, Él dijo: «¡Oh, qué lástima que Adam no fuera capaz de guardar el mandamiento que se le impuso ni siquiera por un breve lapso de tiempo!».
Para guardar la entrada del Paraíso, Dios apostó a los querubines, llamados también la espada flamígera que gira sin cesar, porque los ángeles pueden mudar de una forma en otra según haga falta. En lugar del árbol de la vida, Dios dio a Adam la Torá, que asimismo es árbol de vida para quienes se aferran a ella, y le fue permitido establecer su morada en las cercanías del Paraíso, al oriente.
Pronunciada la sentencia sobre Adam, Javá y la serpiente, HaShem ordenó a los ángeles que echaran al hombre y a la mujer del Paraíso. Ellos empezaron a llorar y a suplicar amargamente, y los ángeles se compadecieron de ellos y dejaron sin cumplir el mandato divino, hasta poder rogar a Dios que suavizara su severo veredicto. Pero HaShem fue inexorable, y dijo: «¿Acaso fui yo quien cometió la falta, o pronuncié un juicio falso?». También la oración de Adam, de que se le diera del fruto del árbol de la vida, fue desestimada, con la promesa, sin embargo, de que si llevaba una vida piadosa, se le daría del fruto en el día de la resurrección, y entonces viviría para siempre.
Viendo que Dios había resuelto de modo inalterable, Adam empezó a llorar de nuevo e imploró a los ángeles que le concedieran al menos permiso de llevar consigo especias aromáticas fuera del Paraíso, para que también afuera pudiera ofrecer ofrendas a Dios, y sus oraciones fueran aceptadas ante HaShem. Entonces los ángeles se presentaron ante Dios y dijeron: «Rey por toda la eternidad, ordénanos dar a Adam especias aromáticas del Paraíso», y Dios escuchó su ruego. Así Adam reunió azafrán, nardo, cálamo y canela, y toda clase de semillas además para su sustento. Cargados con esto, Adam y Javá dejaron el Paraíso y vinieron a la tierra. Habían disfrutado de los esplendores del Paraíso apenas un breve lapso de tiempo, apenas unas horas. Fue en la primera hora del sexto día de la creación cuando Dios concibió la idea de crear al hombre; en la segunda hora, tomó consejo con los ángeles; en la tercera, reunió el polvo para el cuerpo del hombre; en la cuarta, formó a Adam; en la quinta, lo revistió de piel; en la sexta, la figura sin alma quedó completa, de modo que podía tenerse erguida; en la séptima, se le insufló un alma; en la octava, el hombre fue conducido al Paraíso; en la novena, se le dio el mandamiento divino que prohibía el fruto del árbol que está en medio del jardín; en la décima, transgredió el mandamiento; en la undécima, fue juzgado; y en la duodécima hora del día, fue expulsado del Paraíso, en expiación de su pecado.
Este día tan cargado de acontecimientos fue el primero del mes de Tishrí. Por eso Dios habló a Adam: «Serás el prototipo de tus hijos. Así como Yo te he juzgado en este día y te he absuelto, así tus hijos Israel serán juzgados por Mí en este día de Año Nuevo, y serán absueltos».
Cada día de la creación produjo tres cosas: el primero, el cielo, la tierra y la luz; el segundo, el firmamento, el Guehinom y los ángeles; el tercero, los árboles, las hierbas y el Paraíso; el cuarto, el sol, la luna y las estrellas; y el quinto, los peces, las aves y el leviatán. Como Dios se proponía descansar el séptimo día, el Shabat, el sexto día tuvo que hacer doble labor. Produjo seis creaciones: Adam, Javá, el ganado, los reptiles, las bestias del campo y los demonios. Los demonios fueron hechos poco antes de que entrara el Shabat, y por eso son espíritus incorpóreos: HaShem no tuvo tiempo de crearles cuerpos.
En el crepúsculo, entre el sexto día y el Shabat, fueron producidas diez creaciones: el arco iris, invisible hasta los tiempos de Nóaj; el maná; los manantiales de agua, de donde Israel sacó agua para su sed en el desierto; la escritura sobre las dos tablas de piedra dadas en el Sinaí; el buril con que se grabó la escritura; las dos tablas mismas; la boca de la asna de Bilam; la tumba de Moshé; la cueva en que moraron Moshé y Eliyahu; y la vara de Aharón, con sus flores y sus almendras maduras.
Antes de que el mundo fuera creado, no había quien alabara a Dios y lo conociera. Por eso creó a los ángeles y a las santas jayot, los cielos y su ejército, y también a Adam. Todos ellos habían de alabar y glorificar a su Creador. Durante la semana de la creación, sin embargo, no hubo tiempo propicio para proclamar el esplendor y la alabanza de HaShem. Solo en Shabat, cuando toda la creación reposó, los seres de la tierra y del cielo, todos juntos, prorrumpieron en canto y adoración cuando Dios ascendió a su trono y se sentó en él. Era el Trono de la Alegría en que se sentó, e hizo pasar ante Sí a todos los ángeles: el ángel del agua, el ángel de los ríos, el ángel de las montañas, el ángel de las colinas, el ángel de los abismos, el ángel de los desiertos, el ángel del sol, el ángel de la luna, el ángel de las Pléyades, el ángel de Orión, el ángel de las hierbas, el ángel del Paraíso, el ángel del Guehinom, el ángel de los árboles, el ángel de los reptiles, el ángel de las fieras, el ángel de los animales domésticos, el ángel de los peces, el ángel de las langostas, el ángel de las aves, el ángel jefe de los ángeles, el ángel de cada cielo, el ángel jefe de cada división de las huestes celestiales, el ángel jefe de las santas jayot, el ángel jefe de los querubines, el ángel jefe de los ofanim, y todos los demás jefes de ángeles, espléndidos, terribles y poderosos. Todos comparecieron ante Dios con gran gozo, bañados en un río de alegría, y se regocijaron y danzaron y cantaron, y ensalzaron a HaShem con muchas alabanzas y muchos instrumentos. Los ángeles ministrantes comenzaron: «¡Sea la gloria de Adonái para siempre!». Y el resto de los ángeles prosiguió el canto con las palabras: «¡Alégrese Adonái en sus obras!». Aravot, el séptimo cielo, se llenó de gozo y gloria, de esplendor y fuerza, de poder y potencia y orgullo y magnificencia y grandeza, de alabanza y júbilo, de canto y regocijo, de firmeza y justicia, de honor y adoración.
Entonces Dios ordenó al Ángel del Shabat que se sentara en un trono de gloria, y trajo ante él a los jefes de los ángeles de todos los cielos y de todos los abismos, y les mandó danzar y regocijarse, diciendo: «¡Shabat es para Adonái!», y los excelsos príncipes de los cielos respondieron: «¡Para Adonái es Shabat!». Aun a Adam le fue permitido ascender al cielo más alto, para tomar parte en el regocijo por el Shabat.
Al otorgar el gozo del Shabat a todos los seres, sin exceptuar a Adam, así consagró HaShem su creación. Viendo la majestad del Shabat, su honor y su grandeza, y el gozo que confería a todos, siendo la fuente de todo gozo, Adam entonó un cántico de alabanza al día de Shabat. Entonces Dios le dijo: «¿Entonas un cántico de alabanza al día de Shabat, y no me cantas ninguno a Mí, el Dios del Shabat?». Al punto el Shabat se levantó de su asiento y se postró ante Dios, diciendo: «Bueno es dar gracias a Adonái», y toda la creación añadió: «¡Y cantar alabanzas a tu Nombre, oh Altísimo!».
Este fue el primer Shabat, y esta su celebración en el cielo por Dios y los ángeles. Al mismo tiempo se les hizo saber a los ángeles que en días venideros Israel santificaría el día de manera semejante. Dios les dijo: «Apartaré para Mí un pueblo de entre todos los pueblos. Este pueblo observará el Shabat, y Yo lo santificaré para que sea mi pueblo, y Yo seré Dios para él. De todo cuanto he visto, he elegido por entero a la simiente de Israel, y lo he inscrito como mi hijo primogénito, y lo santifiqué para Mí por toda la eternidad, a él y al Shabat, para que guarde el Shabat y lo santifique de toda labor».
Para Adam el Shabat tuvo una significación particular. Cuando fue hecho salir del Paraíso en el crepúsculo de la víspera de Shabat, los ángeles le gritaron: «¡Adam no permaneció en su gloria ni una noche!». Entonces el Shabat compareció ante Dios como defensor de Adam, y dijo: «¡Oh Señor del mundo! Durante los seis días de labor no fue muerta criatura alguna. Si ahora empiezas por dar muerte a Adam, ¿qué será de la santidad y la bendición del Shabat?». De este modo fue Adam rescatado de los fuegos del infierno, castigo merecido por sus pecados, y en gratitud compuso un salmo en honor del Shabat, que David más tarde incorporó a su Salterio.
Aún se le dio a Adam otra oportunidad de conocer y apreciar el valor del Shabat. La luz celestial, con la cual Adam podía abarcar el mundo de un extremo a otro, debería propiamente haber sido hecha desaparecer inmediatamente después de su pecado. Pero por consideración al Shabat, Dios dejó que esta luz siguiera brillando, y los ángeles, al ponerse el sol del sexto día, entonaron un cántico de alabanza y acción de gracias a Dios por la radiante luz que brillaba a través de la noche. Solo al salir el día de Shabat cesó la luz celestial, para consternación de Adam, que temía que la serpiente lo atacara en la oscuridad. Pero Dios iluminó su entendimiento, y aprendió a frotar dos piedras una contra otra y producir luz para sus necesidades.
La luz celestial era solo uno de los siete dones preciosos que Adam disfrutó antes de la caída, y que solo en los tiempos mesiánicos le serán concedidos otra vez al hombre. Los demás son: el resplandor de su rostro; la vida eterna; su elevada estatura; los frutos del suelo; los frutos del árbol; y las lumbreras del cielo, el sol y la luna, pues en el mundo venidero la luz de la luna será como la luz del sol, y la luz del sol será siete veces mayor.
Expulsados del Paraíso, Adam y Javá se construyeron una choza, y durante siete días permanecieron sentados en ella en gran aflicción, llorando y lamentándose. Al cabo de los siete días, atormentados por el hambre, salieron en busca de alimento. Durante otros siete días, Adam recorrió la tierra de un lado a otro, buscando las delicias de que había disfrutado en el Paraíso. En vano; no halló nada. Entonces Javá le dijo a su marido: «Señor mío, si te place, dame muerte. Quizá Dios te reciba de nuevo en el Paraíso, pues HaShem Dios se airó contigo solo por causa mía». Pero Adam rechazó su propuesta con horror, y ambos salieron de nuevo en busca de alimento. Pasaron nueve días, y aún no hallaban nada que se pareciera a lo que habían tenido en el Paraíso. Solo veían alimento propio del ganado y de las bestias. Entonces Adam propuso: «Hagamos teshuvá, quizá HaShem Dios nos perdone y se apiade de nosotros, y nos dé algo con que sustentar nuestra vida». Sabiendo que Javá no era lo bastante robusta para soportar la mortificación de la carne que él pensaba imponerse, le prescribió una penitencia distinta de la suya. Le dijo: «Levántate y ve al Tigris, toma una piedra y ponte de pie sobre ella en la parte más honda del río, donde el agua te llegue hasta el cuello. Y que no salga palabra alguna de tu boca, pues no somos dignos de suplicar a Dios; nuestros labios están impuros por causa del fruto prohibido del árbol. Quédate en el agua treinta y siete días».
Para sí mismo Adam se impuso cuarenta días de ayuno, mientras permanecía de pie en el río Yardén de la misma manera en que Javá había de plantarse en las aguas del Tigris. Después de haber acomodado la piedra en medio del Yardén y de haberse subido a ella, con las aguas subiéndole hasta el cuello, dijo: «¡Te conjuro, oh agua del Yardén! Aflígete conmigo, y reúne junto a mí a todas las criaturas nadadoras que viven en ti. Que me rodeen y se duelan conmigo, y que no se golpeen su propio pecho de dolor, sino que me golpeen a mí. No han pecado ellas, sino yo solo». Muy pronto vinieron todas, las moradoras del Yardén, y lo rodearon, y desde aquel momento el agua del Yardén se detuvo y dejó de fluir.
La penitencia que Adam y Javá se impusieron despertó recelos en el Satán. Temió que Dios perdonara su pecado, y por eso intentó estorbar a Javá en su propósito. Al cabo de dieciocho días se le apareció bajo la forma de un ángel. Como si estuviera afligido por ella, empezó a llorar, diciendo: «Sal del río y no llores más. HaShem Dios ha oído vuestro lamento, y vuestra penitencia ha sido aceptada por Él. Todos los ángeles suplicaron a HaShem en vuestro favor, y me ha enviado a sacarte del agua y darte el sustento del que disfrutabas en el Paraíso, y por el cual habéis estado de duelo». Debilitada como estaba por sus penitencias y mortificaciones, Javá cedió a las instancias del Satán, y él la condujo a donde estaba su marido. Adam lo reconoció al instante, y entre lágrimas exclamó: «¡Oh Javá, Javá! ¿Dónde está ahora tu penitencia? ¿Cómo pudiste dejar que nuestro adversario te sedujera de nuevo, él que nos robó nuestra morada en el Paraíso y todo gozo espiritual?». Entonces Javá también empezó a llorar y a clamar: «¡Ay de ti, oh Satán! ¿Por qué luchas contra nosotros sin razón alguna? ¿Qué te hemos hecho para que nos persigas con tal astucia?». Con un hondo suspiro, el Satán les contó cómo Adam, de quien había estado celoso, había sido la verdadera causa de su caída. Habiendo perdido su gloria por causa de él, había intrigado para que lo expulsaran del Paraíso.
Cuando Adam oyó la confesión del Satán, oró a Dios: «¡Oh HaShem, Dios mío! En tus manos está mi vida. Aparta de mí a este adversario, que busca entregar mi alma a la destrucción, y concédeme la gloria que él ha perdido». El Satán desapareció al instante, pero Adam prosiguió su penitencia, permaneciendo en las aguas del Yardén cuarenta días.
Mientras Adam estaba en el río, notó que los días se acortaban, y temió que el mundo se oscureciera por causa de su pecado y pereciera pronto. Para conjurar la ruina, pasó ocho días en oración y ayuno. Pero después del solsticio de invierno, cuando vio que los días volvían a alargarse, pasó ocho días en regocijo, y al año siguiente celebró ambos períodos, el anterior y el posterior al solsticio. Por eso los paganos celebran las calendas y las saturnales en honor de sus dioses, aunque Adam había consagrado esos días al honor de Dios.
La primera vez que Adam presenció el hundimiento del sol, también lo asaltaron temores angustiosos. Sucedió al concluir el Shabat, y Adam dijo: «¡Ay de mí! Por mi causa, porque pequé, el mundo se oscurece, y volverá a quedar vacío y sin forma. ¡Así se ejecutará el castigo de muerte que Dios ha pronunciado contra mí!». Toda la noche la pasó en lágrimas, y Javá también lloraba, sentada frente a él. Cuando el día empezó a despuntar, comprendió que lo que había lamentado no era sino el curso de la naturaleza, y trajo una ofrenda a Dios, un unicornio cuyo cuerno fue creado antes que sus pezuñas, y lo sacrificó en el mismo sitio en que más tarde se alzaría el altar en Yerushaláyim.
Tras la expulsión de Adam del Paraíso, oró a Dios con estas palabras: «¡Oh Dios, Señor del mundo! Tú creaste el mundo entero para honra y gloria del Poderoso, e hiciste como te plació. Tu reino es por toda la eternidad, y tu dominio por todas las generaciones. Nada te está oculto, y nada se esconde de tus ojos. Me creaste como obra de tus manos, y me hiciste señor de tus criaturas, para que fuera yo el principal de tus obras. Pero la astuta y maldita serpiente me sedujo con el árbol del deseo y de las pasiones; sí, sedujo a la esposa de mi seno. Mas no me diste a conocer lo que ha de acontecer a mis hijos y a las generaciones que vengan tras de mí. Bien sé que ningún ser humano puede ser justo a tus ojos, y ¿cuál es mi fuerza para presentarme ante Ti con rostro insolente? No tengo boca con que hablar ni ojo con que ver, pues pequé y cometí una falta y, por causa de mis pecados, fui echado del Paraíso. He de labrar la tierra de donde fui tomado, y los demás habitantes de la tierra, las bestias, ya no me guardan, como antes, respeto y temor. Desde que comí del árbol del conocimiento del bien y del mal, la sabiduría se apartó de mí, y soy un necio que nada sabe, un ignorante que no entiende. Ahora, oh Dios misericordioso y clemente, te ruego que vuelvas tu compasión a la cabeza de tus obras, al espíritu que le infundiste y al alma que le insuflaste. Sal a mi encuentro con tu gracia, pues eres clemente, lento para la ira y lleno de amor. ¡Oh, que las palabras de mi boca lleguen al trono de tu gloria, y mi súplica al trono de tu misericordia, y que te inclines hacia mí con benevolencia! Sean aceptables las palabras de mi boca, para que no te apartes de mi petición. Tú fuiste desde siempre, y serás por siempre; Tú fuiste rey, y siempre serás rey. Ahora, ten misericordia de la obra de tus manos. Concédeme conocimiento y entendimiento, para que sepa lo que ha de acontecerme a mí, a mi posteridad y a todas las generaciones que vengan tras de mí, y lo que me sucederá cada día y cada mes, y ojalá no me niegues la ayuda de tus siervos y de tus ángeles».
Al tercer día de haber ofrecido esta oración, mientras estaba sentado a la orilla del río que brota del Paraíso, se le apareció, en lo más ardiente del día, el ángel Raziel, con un libro en la mano. El ángel se dirigió a Adam así: «¡Oh Adam!, ¿por qué estás tan desalentado? ¿Por qué te afliges y te angustias? Tus palabras fueron oídas en el momento en que pronunciaste tu súplica y tus ruegos, y he recibido el encargo de enseñarte palabras puras y hondo entendimiento, de hacerte sabio mediante el contenido del libro sagrado que llevo en la mano, para que sepas lo que te sucederá hasta el día de tu muerte. Y todos tus descendientes y todas las generaciones posteriores, con tal de que lean este libro en pureza, con corazón devoto y espíritu humilde, y obedezcan sus preceptos, llegarán a ser como tú. También ellos sabrán de antemano qué cosas han de suceder, y en qué mes y en qué día o en qué noche. Todo les será manifiesto: sabrán y comprenderán si vendrá una calamidad, un hambre o fieras salvajes, inundaciones o sequía; si habrá abundancia de grano o escasez; si los malvados regirán el mundo; si las langostas devastarán la tierra; si los frutos caerán de los árboles sin madurar; si las llagas afligirán a los hombres; si prevalecerán guerras, o enfermedades o plagas entre los hombres y el ganado; si en el cielo se resuelve el bien o el mal; si correrá la sangre y se oirá en la ciudad el estertor de los muertos. Y ahora, Adam, ven y presta atención a lo que voy a decirte acerca de la índole de este libro y de su santidad».
Raziel, el ángel, se puso entonces a leer del libro, y cuando Adam oyó las palabras del volumen sagrado brotar de la boca del ángel, cayó a tierra sobrecogido. Pero el ángel lo animó. «Levántate, Adam —le dijo—, ten buen ánimo, no temas, toma el libro de mi mano y guárdalo, porque de él sacarás tú mismo conocimiento y te harás sabio, y enseñarás también su contenido a todos aquellos que sean hallados dignos de saber lo que en él se encierra.»
En el instante en que Adam tomó el libro, una llama de fuego se alzó desde la orilla del río, y el ángel subió al cielo con ella. Entonces supo Adam que aquel que le había hablado era un ángel de Dios, y que del propio Rey Santo había venido el libro, y lo usó con santidad y pureza. Es el libro del que se puede aprender toda cosa digna de saberse, y todos los misterios, y enseña también cómo llamar a los ángeles y hacer que aparezcan ante los hombres y respondan a todas sus preguntas. Pero no todos por igual pueden usar el libro, solo aquel que es sabio y temeroso de Dios, y acude a él con santidad. Ese tal está a salvo de todo consejo malvado, su vida es serena, y cuando la muerte lo saca de este mundo, halla reposo en un lugar donde no hay ni demonios ni espíritus malignos, y de las manos de los malvados es rescatado sin tardanza.
Cuando Adam hubo alcanzado los novecientos treinta años de vida, se apoderó de él una enfermedad, y sintió que sus días llegaban a su fin. Convocó a todos sus descendientes y los reunió ante la puerta de la casa de oración en la que siempre había elevado sus plegarias a Dios, para darles su última bendición. Su familia se asombró de hallarlo tendido en el lecho de la enfermedad, porque no sabían qué eran el dolor y el sufrimiento. Pensaron que lo vencía la añoranza de los frutos del Paraíso, y que a falta de ellos estaba abatido. Shet declaró su disposición a ir a las puertas del Paraíso y suplicar a Dios que dejara a uno de Sus ángeles darle de aquellos frutos. Pero Adam les explicó qué son la enfermedad y el dolor, y que Dios se los había infligido como castigo por su pecado. Adam sufría con violencia; lágrimas y gemidos se le arrancaban. Javá sollozaba y decía: «Adam, señor mío, dame la mitad de tu enfermedad, la llevaré con gusto. ¿No es por mi causa que esto ha caído sobre ti? Por mí padeces dolor y angustia.»
Adam mandó a Javá ir con Shet a las puertas del Paraíso y rogar a Dios que tuviera misericordia de él, y enviara a Su ángel a recoger algo del aceite de vida que mana del árbol de Su misericordia y dárselo a sus mensajeros. El ungüento le traería descanso y ahuyentaría el dolor que lo consumía. En el camino al Paraíso, una bestia salvaje atacó a Shet. Javá gritó al agresor: «¿Cómo te atreves a poner la mano sobre la imagen de Dios?» Vino pronta la respuesta: «Es culpa tuya. Si no hubieras abierto tu boca para comer del fruto prohibido, mi boca no se abriría ahora para destruir a un ser humano.» Pero Shet lo reprendió: «¡Calla! Apártate de la imagen de Dios hasta el día del juicio.» Y la bestia cedió, diciendo: «Mira, me retiro de la imagen de Dios», y se escabulló a su guarida.
Llegados a las puertas del Paraíso, Javá y Shet se echaron a llorar amargamente, y con muchos lamentos suplicaron a Dios que les diera aceite del árbol de Su misericordia. Durante horas oraron así. Al fin apareció el arcángel Mijael, y les hizo saber que venía como mensajero de Dios a decirles que su petición no podía ser concedida. Adam moriría en pocos días, y así como él estaba sujeto a la muerte, así lo estarían todos sus descendientes. Solo en el tiempo de la resurrección, y solo entonces a los piadosos, se repartiría el aceite de vida, junto con toda la dicha y todas las delicias del Paraíso. De vuelta con Adam, le contaron lo sucedido, y él dijo a Javá: «¡Qué desgracia trajiste sobre nosotros cuando despertaste tan gran ira! Mira, la muerte es la porción de toda nuestra estirpe. Llama aquí a nuestros hijos y a los hijos de nuestros hijos, y diles de qué manera pecamos.» Y mientras Adam yacía postrado en el lecho del dolor, Javá les narró la historia de su caída.
Después de que fui creada, Dios repartió el Paraíso y todos los animales que en él había entre Adam y yo. El oriente y el norte le fueron asignados a Adam, junto con los animales machos. Yo era señora del occidente y del sur y de todos los animales hembras. El Satán, escociéndole la afrenta de haber sido expulsado de la hueste celestial, resolvió provocar nuestra ruina y vengarse de la causa de su desdicha. Se ganó a la serpiente para su bando, y le señaló que antes de la creación de Adam los animales podían disfrutar de todo cuanto crecía en el Paraíso, y ahora quedaban reducidos a las hierbas. Expulsar a Adam del Paraíso sería, pues, para el bien de todos. La serpiente titubeó, porque temía la ira de Dios. Pero el Satán calmó sus temores y dijo: «No has de hacer más que volverte mi vasija, y yo hablaré una palabra por tu boca con la que lograrás seducir al hombre.»
La serpiente entonces se colgó del muro que rodeaba el Paraíso, para llevar su conversación conmigo desde fuera. Y esto sucedió en el mismo momento en que mis dos ángeles guardianes se habían ido al cielo a suplicar a HaShem. Yo estaba, pues, completamente sola, y cuando el Satán tomó la apariencia de un ángel, se inclinó sobre el muro del Paraíso y entonó cánticos seráficos de alabanza, quedé engañada, y lo tuve por un ángel. Se sostuvo entre nosotros una conversación, hablando el Satán por la boca de la serpiente:
«¿Eres tú Javá?»
«Sí, soy yo.»
«¿Qué haces en el Paraíso?»
«HaShem nos ha puesto aquí para cultivarlo y comer de sus frutos.»
«Eso está bien. Y sin embargo no coméis de todos los árboles.»
«Sí comemos, salvo de uno solo, el árbol que está en medio del Paraíso. Únicamente respecto de él nos ha prohibido Dios comer, pues, dijo HaShem, moriréis.»
La serpiente hizo todo esfuerzo por persuadirme de que nada tenía que temer: que Dios sabía que el día en que Adam y yo comiéramos del fruto del árbol seríamos como Él mismo. Eran los celos los que le habían hecho decir: «No comeréis de él.» Pese a toda su insistencia, me mantuve firme y me negué a tocar el árbol. Entonces la serpiente se comprometió a arrancarme el fruto ella misma. Con eso abrí la puerta del Paraíso, y ella se deslizó dentro. Apenas estuvo adentro, me dijo: «Me arrepiento de mis palabras, preferiría no darte del fruto del árbol prohibido.» No era más que una argucia para tentarme más. Consintió en darme del fruto solo después de que juré hacer que mi esposo comiera también de él. Este es el juramento que me hizo prestar: «Por el trono de Dios, por los querubines y por el árbol de la vida, daré a mi esposo de este fruto, para que también él coma.» Con eso la serpiente subió al árbol e inyectó su veneno, el veneno de la mala inclinación, en el fruto, y dobló hasta el suelo la rama en que crecía. Lo tomé, pero al instante supe que había quedado despojada de la rectitud de la que había estado vestida. Empecé a llorar, por ello y por el juramento que la serpiente me había arrancado.
La serpiente desapareció del árbol, mientras yo buscaba hojas con que cubrir mi desnudez, pero todos los árboles a mi alcance habían soltado sus hojas en el momento en que comí del fruto prohibido. Solo había uno que conservaba sus hojas, la higuera, el mismísimo árbol cuyo fruto me había sido prohibido. Llamé a Adam, y por medio de palabras blasfemas lo persuadí de comer del fruto. En cuanto pasó por sus labios, conoció su verdadera condición, y clamó contra mí: «¡Mujer malvada! ¿Qué has hecho caer sobre mí? Me has apartado de la gloria de Dios.»
En ese mismo instante Adam y yo oímos al arcángel Mijael tocar su trompeta, y todos los ángeles clamaron: «Así dice HaShem: Venid conmigo al Paraíso y escuchad la sentencia que voy a pronunciar sobre Adam.»
Nos escondimos porque temíamos el juicio de Dios. Sentado en Su carro tirado por querubines, HaShem, acompañado de ángeles que proferían Su alabanza, apareció en el Paraíso. A Su venida, los árboles desnudos echaron hojas de nuevo. Su trono fue erigido junto al árbol de la vida, y Dios se dirigió a Adam: «Adam, ¿dónde te tienes escondido? ¿Crees que no puedo hallarte? ¿Puede una casa ocultarse de su arquitecto?»
Adam intentó echar la culpa sobre mí, que había prometido dejarlo a salvo ante Dios. Y yo, a mi vez, acusé a la serpiente. Pero Dios impartió justicia a los tres. A Adam le dijo: «Porque no obedeciste Mis mandatos, sino que escuchaste la voz de tu mujer, maldita es la tierra a pesar de tu trabajo. Cuando la cultives, no te dará su fuerza. Espinos y cardos te producirá, y con el sudor de tu rostro comerás pan. Padecerás muchas fatigas, te cansarás, y aun así no hallarás reposo. Amargamente oprimido, jamás gustarás dulzura alguna. Te azotará el calor, y aun así te aterirá el frío. Te esforzarás en gran manera, y aun así no ganarás riqueza. Engordarás, y aun así dejarás de vivir. Y los animales sobre los que eres el amo se levantarán contra ti, porque no guardaste Mi mandato.»
Sobre mí pronunció Dios esta sentencia: «Padecerás angustia en el parto y grave tormento. Con dolor darás a luz hijos, y en la hora del alumbramiento, cuando estés a punto de perder la vida, confesarás y clamarás: “Adonái, Adonái, sálvame esta vez, y nunca más me entregaré al placer carnal”, y sin embargo tu deseo será siempre y para siempre hacia tu esposo.»
En ese mismo momento fueron decretadas sobre nosotros toda clase de enfermedades. Dios dijo a Adam: «Porque te apartaste de Mi alianza, infligiré setenta plagas sobre tu carne. El dolor de la primera plaga se apoderará de tus ojos; el dolor de la segunda plaga, de tu oído, y una tras otra vendrán sobre ti todas las plagas.» A la serpiente Dios se dirigió así: «Porque te volviste la vasija del Maligno, engañando a la inocente, maldita eres entre todo el ganado y entre toda bestia del campo. Serás despojada del alimento que solías comer, y polvo comerás todos los días de tu vida. Sobre tu pecho y tu vientre andarás, y de tus manos y tus pies serás privada. No conservarás tus orejas, ni tus alas, ni ninguno de tus miembros con los que sedujiste a la mujer y a su esposo, llevándolos a tal extremo que han de ser expulsados del Paraíso. Y pondré enemistad entre ti y la simiente del hombre. Ella herirá tu cabeza, y tú herirás su talón, hasta el día del juicio.»
En el último día de la vida de Adam, Javá le dijo: «¿Para qué he de seguir viviendo, cuando tú ya no estés? ¿Cuánto tiempo habré de arrastrarme tras tu muerte? ¡Dímelo!» Adam le aseguró que no se demoraría mucho. Morirían juntos, y serían sepultados juntos en el mismo lugar. Le mandó no tocar su cadáver hasta que un ángel de Dios hubiera dispuesto lo referente a él, y ella debía empezar de inmediato a orar a Dios hasta que su alma escapara de su cuerpo.
Mientras Javá estaba de rodillas en oración, vino un ángel y le mandó levantarse. «Javá, levántate de tu penitencia —ordenó—. He aquí, tu esposo ha dejado su envoltura mortal. Levántate, y mira su espíritu subir a su Creador, para presentarse ante Él.» Y he aquí que ella contempló un carro de luz, tirado por cuatro águilas resplandecientes, y precedido por ángeles. En ese carro yacía el alma de Adam, que los ángeles llevaban al cielo. Llegados allí, quemaron incienso hasta que las nubes de humo envolvieron los cielos. Entonces oraron a Dios para que tuviera misericordia de Su imagen y de la obra de Sus santas manos. En su sobrecogimiento y espanto, Javá llamó a Shet, y le mandó mirar la visión y explicarle las escenas celestiales que superaban su entendimiento. Preguntó: «¿Quiénes serán esos dos etíopes, que añaden sus oraciones a las de tu padre?» Shet le dijo que eran el sol y la luna, tornados tan negros porque no podían brillar ante el rostro del Padre de la luz. Apenas había hablado, cuando un ángel tocó una trompeta, y todos los ángeles clamaron con voces temibles: «¡Bendita sea la gloria de HaShem por Sus criaturas, pues ha mostrado misericordia a Adam, la obra de Sus manos!» Un serafín entonces tomó a Adam, y se lo llevó al río Aqueronte, lo lavó tres veces, y lo llevó ante la presencia de Dios, que estaba sentado sobre Su trono, y, extendiendo Su mano, alzó a Adam y lo entregó al arcángel Mijael, con estas palabras: «Elévalo al Paraíso del tercer cielo, y allí lo dejarás hasta el gran y temible día ordenado por Mí.» Mijael cumplió el mandato divino, y todos los ángeles entonaron un cántico de alabanza, ensalzando a Dios por el perdón que había concedido a Adam.
Mijael suplicó entonces a Dios que le permitiera ocuparse de preparar el cuerpo de Adam para la sepultura. Concedido el permiso, Mijael bajó a la tierra, acompañado de todos los ángeles. Cuando entraron en el Paraíso terrenal, todos los árboles florecieron, y el perfume que de allí se esparcía adormeció a todos los hombres, excepto a Shet solamente. Entonces Dios dijo a Adam, cuyo cuerpo yacía en el suelo: «Si hubieras guardado Mi mandamiento, no se regocijarían los que te han traído aquí. Pero te digo, tornaré la alegría del Satán y de sus consortes en dolor, y tu dolor se tornará en alegría. Te restauraré a tu dominio, y te sentarás sobre el trono de tu seductor, mientras que él será condenado, junto con los que lo escuchan.»
Con eso, por mandato de Dios, los tres grandes arcángeles cubrieron el cuerpo de Adam con lino, y derramaron sobre él aceite de dulce fragancia. Con él sepultaron también el cuerpo de Hével, que había quedado insepulto desde que Káyin lo matara, pues todos los esfuerzos del homicida por ocultarlo habían sido en vano. El cadáver una y otra vez brotaba de la tierra, y de allí salía una voz que proclamaba: «Ninguna criatura reposará en la tierra hasta que la primera de todas haya devuelto el polvo del que fue formada.» Los ángeles llevaron los dos cuerpos al Paraíso, el de Adam y el de Hével —este último había estado yaciendo todo este tiempo sobre una piedra en la que los ángeles lo habían colocado—, y los sepultaron a ambos en el sitio de donde Dios había tomado el polvo con que hacer a Adam.
Dios llamó al cuerpo de Adam: «¡Adam! ¡Adam!», y este respondió: «Adonái, ¡aquí estoy!» Entonces dijo Dios: «Una vez te dije: Polvo eres, y al polvo volverás. Ahora te prometo la resurrección. Te despertaré en el día del juicio, cuando todas las generaciones de hombres que broten de tus lomos se levanten de la tumba.» Dios selló entonces la tumba, para que nadie pudiera hacerle daño durante los seis días que habrían de transcurrir hasta que su costilla le fuera devuelta por medio de la muerte de Javá.
El intervalo entre la muerte de Adam y la suya propia lo pasó Javá llorando. La afligía en particular no saber qué había sido del cuerpo de Adam, pues nadie salvo Shet había estado despierto mientras el ángel lo sepultaba. Cuando se acercó la hora de su muerte, Javá suplicó ser sepultada en el mismísimo sitio en que reposaban los restos de su esposo. Oró a Dios: «¡Señor de todos los poderes! No apartes a Tu sierva del cuerpo de Adam, del que me tomaste, de cuyos miembros me formaste. Permite a mí, que soy una mujer indigna y pecadora, entrar en su morada. Como estuvimos juntos en el Paraíso, sin separarse el uno del otro; como juntos fuimos tentados a transgredir Tu ley, sin separarse el uno del otro, así, Adonái, no nos separes ahora.» Al final de su oración añadió esta petición, alzando los ojos al cielo: «¡Señor del mundo! ¡Recibe mi espíritu!», y entregó su alma a Dios.
El arcángel Mijael vino y enseñó a Shet cómo preparar a Javá para la sepultura, y tres ángeles descendieron y sepultaron su cuerpo en la tumba, con Adam y Hével. Entonces Mijael habló a Shet: «Así sepultarás a todos los hombres que mueran hasta el día de la resurrección.» Y de nuevo, tras darle este mandato, habló: «Más de seis días no habréis de guardar duelo. El reposo del séptimo día es la señal de la resurrección en el día postrero, pues en el séptimo día HaShem reposó de toda la obra que había creado y hecho.»
Aunque la muerte fue traída al mundo por medio de Adam, no puede tenérselo por responsable de la muerte de los hombres. Cierta vez le dijo a Dios: «No me preocupa la muerte de los malvados, pero no querría que los piadosos me reprocharan y echaran sobre mí la culpa de su muerte. Te ruego que no hagas mención de mi culpa.» Y Dios prometió cumplir su deseo. Por eso, cuando un hombre está por morir, Dios se le aparece y le manda poner por escrito todo lo que ha hecho durante su vida, pues, le dice, «mueres a causa de tus malas obras». Terminado el registro, Dios le ordena sellarlo con su sello. Este es el escrito que Dios sacará en el día del juicio, y a cada uno le serán dadas a conocer sus obras. Tan pronto como se extingue la vida en un hombre, se lo presenta ante Adam, a quien acusa de haber causado su muerte. Pero Adam rechaza el cargo: «Yo cometí una sola transgresión. ¿Hay alguno entre vosotros, por más piadoso que sea, que no se haya hecho culpable de más de una?»
Capítulo IV
Las diez generaciones
Capítulo tercero
Hubo diez generaciones desde Adam hasta Nóaj, para mostrar cuánta paciencia tiene HaShem —pues todas las generaciones lo provocaron a ira, hasta que trajo el diluvio sobre ellas—. A causa de su impiedad, Dios cambió su plan de llamar a la existencia mil generaciones entre la creación del mundo y la revelación de la ley en el monte Sinaí; novecientas setenta y cuatro las suprimió antes del diluvio.
La maldad entró en el mundo con el primer ser nacido de mujer, Káyin, el hijo mayor de Adam. Cuando Dios otorgó el Paraíso a la primera pareja de la humanidad, les advirtió con especial insistencia contra la unión carnal entre ellos. Pero, tras la caída de Javá, el Satán, bajo la apariencia de la serpiente, se le acercó, y el fruto de esa unión fue Káyin —antepasado de todas las generaciones impías que se rebelaron contra Dios y se alzaron contra Él—. La descendencia de Káyin del Satán, que es el ángel Samael, se reveló en su aspecto seráfico. Al nacer él, a Javá se le arrancó esta exclamación: «He adquirido un varón por medio de un ángel de Adonái».
Adam no estuvo junto a Javá durante el tiempo de su embarazo de Káyin. Después de haber sucumbido por segunda vez a las tentaciones del Satán, y de permitir que la interrumpieran en su penitencia, ella dejó a su esposo y viajó hacia el oeste, porque temía que su presencia siguiera trayéndole desdicha. Adam se quedó en el este. Cuando se cumplieron los días de Javá para dar a luz, y comenzó a sentir los dolores del parto, oró a Dios pidiendo ayuda. Pero Él no atendió a sus súplicas. «¿Quién llevará el aviso a mi señor Adam?», se preguntaba. «Astros del cielo, os lo ruego, decídselo a mi señor Adam cuando regreséis al este». En esa misma hora, Adam exclamó: «¡El lamento de Javá ha llegado a mis oídos! Tal vez la serpiente la ha asaltado de nuevo», y corrió hacia su esposa. Al hallarla presa de un dolor terrible, imploró a Dios en su favor, y aparecieron doce ángeles, junto con dos potencias celestiales. Todos ellos tomaron sus puestos a la derecha y a la izquierda de ella, mientras Mijael, de pie también a su derecha, pasó la mano sobre ella, desde el rostro hacia abajo hasta el pecho, y le dijo: «Bendita seas, Javá, por amor de Adam. A causa de sus ruegos y sus oraciones fui enviado a concederte nuestra ayuda. ¡Prepárate para dar a luz a tu hijo!». Al instante nació su hijo, una figura radiante. Un momento después, el niño se puso en pie, salió corriendo y volvió con un tallo de paja en las manos, que dio a su madre. Por esta razón lo llamó Káyin, la palabra hebrea para tallo de paja.
Entonces Adam llevó a Javá y al niño a su hogar en el este. Dios le envió diversas clases de semillas de la mano del ángel Mijael, y se le enseñó a cultivar la tierra y hacerla producir frutos y cosechas, para sostenerse a sí mismo, a su familia y a su descendencia.
Al cabo de un tiempo, Javá dio a luz a su segundo hijo, al que llamó Hével, porque —dijo— había nacido solo para morir.
La muerte de Hével a manos de Káyin no llegó como un suceso del todo inesperado para sus padres. En un sueño, Javá había visto la sangre de Hével fluir hacia la boca de Káyin, que la bebía con avidez, aunque su hermano le suplicaba que no la tomara toda. Cuando contó su sueño a Adam, él dijo, lamentándose: «¡Ojalá esto no presagie la muerte de Hével a manos de Káyin!». Separó a los dos muchachos, asignando a cada uno una morada propia, y a cada uno le enseñó un oficio distinto. Káyin se hizo labrador de la tierra, y Hével, pastor de ovejas. Todo fue en vano. Pese a estas precauciones, Káyin mató a su hermano.
Su hostilidad hacia Hével tenía más de una razón. Empezó cuando Dios miró con favor la ofrenda de Hével y la aceptó, enviando fuego celestial para consumirla, mientras que la ofrenda de Káyin fue rechazada. Trajeron sus sacrificios el día catorce de Nisán, por indicación de su padre, que había hablado así a sus hijos: «Este es el día en que, en tiempos venideros, Israel ofrecerá sacrificios. Por tanto, traed también vosotros sacrificios a vuestro Creador en este día, para que Él se complazca en vosotros». El lugar de la ofrenda que eligieron fue el sitio donde más tarde se alzaría el altar del Templo de Yerushaláyim. Hével eligió lo mejor de sus rebaños para su sacrificio, pero Káyin comió primero su comida, y después de haber saciado su apetito, ofreció a Dios lo que había sobrado, unos pocos granos de linaza. ¡Como si no fuera ya bastante grave su ofensa al ofrecer a Dios fruto de la tierra que Dios había maldecido! ¡No es de extrañar que su sacrificio no fuera recibido con agrado! Además, se le impuso un castigo. Su rostro se volvió negro como el humo. Sin embargo, su disposición no cambió en nada, ni siquiera cuando Dios le habló así: «Si enmiendas tus caminos, tu culpa te será perdonada; si no, serás entregado al poder de la inclinación al mal. Está agazapada a la puerta de tu corazón, pero de ti depende ser tú el dueño de ella, o que ella sea dueña de ti».
Káyin creyó que había sido agraviado, y siguió una disputa entre él y Hével. «Yo creía —dijo— que el mundo había sido creado por la bondad, pero veo que las buenas obras no dan fruto. Dios gobierna el mundo con poder arbitrario; de lo contrario, ¿por qué miró con favor tu ofrenda y no también la mía?». Hével se le opuso; sostenía que Dios recompensa las buenas obras, sin acepción de personas. Si su sacrificio había sido aceptado con benevolencia por Dios, y el de Káyin no, era porque sus obras eran buenas y las de su hermano, malvadas.
Pero esta no fue la única causa del odio de Káyin hacia Hével. En parte, el amor por una mujer provocó el crimen. Para asegurar la propagación del género humano, una niña, destinada a ser su esposa, nacía junto con cada uno de los hijos de Adam. La hermana melliza de Hével era de exquisita belleza, y Káyin la deseaba. Por eso rumiaba constantemente maneras y medios de librarse de su hermano.
La ocasión no tardó en presentarse. Un día, una oveja de Hével pisoteó un campo que Káyin había plantado. Enfurecido, este gritó: «¿Qué derecho tienes a vivir sobre mi tierra y dejar que tus ovejas pasten allí?». Hével replicó: «¿Qué derecho tienes tú a usar los productos de mis ovejas, a hacerte vestidos con su lana? Si te quitas la lana de mis ovejas con que estás vestido, y me pagas por la carne de los rebaños que has comido, entonces dejaré tu tierra como deseas, y volaré por el aire, si puedo hacerlo». Káyin dijo entonces: «Y si yo te matara, ¿quién habría de reclamarme tu sangre?». Hével respondió: «Dios, que nos trajo al mundo, me vengará. Reclamará mi sangre de tu mano, si me matas. Dios es el Juez, que hará recaer sobre los malvados sus obras perversas, y sobre los malos sus obras malas. Si me matas, Dios conocerá tu secreto, y Él te impartirá el castigo».
Estas palabras no hicieron sino aumentar la ira de Káyin, y se abalanzó sobre su hermano. Hével era más fuerte que él, y este habría llevado la peor parte, pero en el último momento suplicó misericordia, y el manso Hével le soltó. Apenas se sintió libre, se volvió de nuevo contra Hével y lo mató. Cuán cierto es el dicho: «No hagas bien al malvado, no sea que el mal caiga sobre ti».
La forma de la muerte de Hével fue la más cruel imaginable. Sin saber qué herida era mortal, Káyin golpeó con piedras todas las partes de su cuerpo, hasta que una lo alcanzó en el cuello y le causó la muerte.
Tras cometer el asesinato, Káyin resolvió huir, diciendo: «Mis padres me pedirán cuentas sobre Hével, pues no hay otro ser humano en la tierra». Apenas había cruzado este pensamiento por su mente cuando Dios se le apareció y le habló con estas palabras: «De tus padres puedes huir, pero ¿puedes salir también de mi presencia? “¿Podrá alguien esconderse en lugares secretos sin que yo lo vea?”. ¡Ay de Hével, que te mostró misericordia y se abstuvo de matarte cuando te tuvo en su poder! ¡Ay de que te concediera la ocasión de matarlo a él!».
Interrogado por Dios: «¿Dónde está Hével, tu hermano?», Káyin respondió: «¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano? Tú eres quien vela sobre todas las criaturas, ¡y aun así me pides cuentas a mí! Es verdad, lo maté, pero fuiste Tú quien creó en mí la inclinación al mal. Tú guardas todas las cosas; ¿por qué, entonces, me permitiste matarlo? Tú mismo lo mataste, pues si hubieras mirado con rostro favorable mi ofrenda como la suya, yo no habría tenido razón para envidiarlo, y no lo habría matado». Pero Dios dijo: «La voz de la sangre de tu hermano, que brota de sus muchas heridas, clama contra ti, y también la sangre de todos los piadosos que podrían haber salido de las entrañas de Hével».
También el alma de Hével denunciaba al asesino, pues no hallaba reposo en ninguna parte. No podía ni remontarse al cielo, ni permanecer en la tumba con su cuerpo, pues ningún alma humana había hecho lo uno ni lo otro antes. Pero Káyin seguía negándose a confesar su culpa. Insistía en que jamás había visto matar a un hombre, y ¿cómo había de suponer que las piedras que arrojaba a Hével le quitarían la vida? Entonces, a causa de Káyin, Dios maldijo la tierra, para que no le diera fruto. Con un solo castigo fueron castigados tanto Káyin como la tierra: la tierra porque retuvo el cadáver de Hével y no lo arrojó a la superficie.
En la obstinación de su corazón, Káyin habló: «¡Oh Señor del mundo! ¿Hay acaso delatores que denuncian a los hombres ante Ti? Mis padres son los únicos seres humanos vivos, y nada saben de mi acto. Tú moras en los cielos, ¿y cómo habrías de saber qué cosas suceden en la tierra?». Dios respondió: «¡Necio! Yo sostengo el mundo entero. Yo lo hice, y yo lo cargaré» —respuesta que dio a Káyin la ocasión de fingir arrepentimiento—. «Tú sostienes el mundo entero —dijo—, ¿y mi pecado no puedes sostenerlo? En verdad, mi iniquidad es demasiado grande para ser soportada. Sin embargo, ayer desterraste a mi padre de tu presencia, y hoy me destierras a mí. En verdad, se dirá que desterrar es tu costumbre».
Aunque esto no era sino disimulo, y no verdadero arrepentimiento, Dios concedió el perdón a Káyin y le quitó la mitad de su castigo. Originalmente, el decreto lo había condenado a ser un fugitivo y un errante sobre la tierra. Ahora ya no había de vagar para siempre, pero fugitivo había de seguir siendo. Y aun eso era bastante duro de soportar, pues la tierra temblaba bajo Káyin, y todos los animales, los salvajes y los mansos, entre ellos la maldita serpiente, se reunieron e intentaron devorarlo para vengar la sangre inocente de Hével. Finalmente, Káyin no pudo soportarlo más y, rompiendo en llanto, gritó: «¿Adónde iré de tu espíritu? ¿O adónde huiré de tu presencia?». Para protegerlo del ataque de las bestias, Dios inscribió una letra de su Santo Nombre sobre su frente, y además se dirigió a los animales: «El castigo de Káyin no será como el castigo de los futuros asesinos. Él ha derramado sangre, pero no hubo quien le instruyera. En adelante, sin embargo, el que mate a otro será él mismo muerto». Entonces Dios le dio el perro como protección contra las fieras, y para señalarlo como pecador, lo afligió con la lepra.
El arrepentimiento de Káyin, insincero como era, dio un buen resultado. Cuando Adam lo encontró y le preguntó qué condena se había decretado contra él, Káyin contó cómo su arrepentimiento había aplacado a Dios, y Adam exclamó: «¡Tan poderoso es el arrepentimiento, y yo no lo sabía!». Entonces compuso un himno de alabanza a Dios, que comenzaba con las palabras: «¡Bueno es confesar tus pecados a Adonái!».
El crimen cometido por Káyin tuvo consecuencias funestas, no solo para él, sino también para toda la naturaleza. Antes, los frutos que la tierra le daba cuando labraba el suelo habían sabido como los frutos del Paraíso. Ahora su labor no producía sino espinas y cardos. La tierra cambió y se deterioró en el mismo instante del violento fin de Hével. Los árboles y las plantas de la parte de la tierra donde la víctima había vivido se negaron a dar sus frutos, por el duelo que sentían por él, y solo al nacer Shet los que crecían en la porción perteneciente a Hével comenzaron a florecer y a dar fruto de nuevo. Pero jamás recobraron sus antiguas facultades. Mientras que antes la vid había dado novecientas veintiséis variedades distintas de fruto, ahora producía una sola clase. Y así fue con todas las demás especies. Solo recobrarán sus facultades primigenias en el mundo por venir.
La naturaleza se modificó también por el entierro del cadáver de Hével. Durante largo tiempo yació allí expuesto, sobre la tierra, porque Adam y Javá no sabían qué hacer con él. Se sentaban a su lado y lloraban, mientras el fiel perro de Hével montaba guardia para que aves y bestias no le hicieran daño. De pronto, los padres en duelo observaron cómo un cuervo escarbaba la tierra en un punto, y luego escondía en el suelo un ave muerta de su misma especie. Adam, siguiendo el ejemplo del cuervo, enterró el cuerpo de Hével, y el cuervo fue recompensado por Dios. Sus crías nacen con plumas blancas, por lo cual las aves viejas las abandonan, al no reconocerlas como su prole. Las toman por serpientes. Dios las alimenta hasta que su plumaje se vuelve negro, y las aves progenitoras regresan a ellas. Como recompensa adicional, Dios atiende su petición cuando los cuervos oran por lluvia.
Cuando Adam fue expulsado del Paraíso, llegó primero a la más baja de las siete tierras, el Erets, que es oscura, sin un rayo de luz, y completamente vacía. Adam quedó aterrorizado, sobre todo por las llamas de la espada que gira sin cesar, que está en esta tierra. Después de haber hecho penitencia, Dios lo condujo a la segunda tierra, el Adamá, donde hay luz reflejada de su propio cielo y de sus estrellas y constelaciones fantasmales. Aquí habitan los seres fantasmales que salieron de la unión de Adam con los espíritus. Están siempre tristes; la emoción de la alegría les es desconocida. Dejan su propia tierra y suben a la habitada por los hombres, donde se convierten en espíritus malignos. Luego regresan definitivamente a su morada, se arrepienten de sus obras perversas y labran la tierra, que, sin embargo, no da ni trigo ni ninguna otra de las siete especies. En este Adamá nacieron Káyin, Hével y Shet. Tras el asesinato de Hével, Káyin fue enviado de vuelta al Erets, donde su oscuridad y las llamas de la espada que gira sin cesar lo empujaron, por el espanto, al arrepentimiento. Aceptando su penitencia, Dios le permitió ascender a la tercera tierra, el Arka, que recibe algo de luz del sol. El Arka fue entregado a los cainitas para siempre, como su dominio perpetuo. Labran la tierra y plantan árboles, pero no tienen ni trigo ni ninguna otra de las siete especies.
Algunos de los cainitas son gigantes, otros son enanos. Tienen dos cabezas, por lo cual nunca pueden llegar a una decisión; están siempre en conflicto consigo mismos. Puede suceder que sean piadosos ahora, solo para inclinarse a hacer el mal al momento siguiente.
En el Gue, la cuarta tierra, vive la generación de la Torre de Bavel y sus descendientes. Dios los desterró allí porque la cuarta tierra no está lejos del Guehinom, y por tanto cerca del fuego llameante. Los habitantes del Gue son diestros en todas las artes, y consumados en todos los campos de la ciencia y el conocimiento, y su morada rebosa de riquezas. Cuando un habitante de nuestra tierra los visita, le dan la cosa más preciosa que poseen, pero luego lo conducen al Neshiá, la quinta tierra, donde queda en olvido de su origen y de su hogar. El Neshiá está habitado por enanos sin narices; respiran por dos agujeros en su lugar. No tienen memoria; una vez que algo ha sucedido, lo olvidan por completo, de donde su tierra se llama Neshiá, «olvido». La cuarta y la quinta tierras son como el Arka; tienen árboles, pero ni trigo ni ninguna otra de las siete especies.
La sexta tierra, el Tsiá, está habitada por hombres apuestos, dueños de abundante riqueza, que viven en residencias palaciegas, pero carecen de agua, como indica el nombre de su territorio, Tsiá, «sequía». Por eso la vegetación es escasa entre ellos, y su cultivo de árboles tiene un éxito mediocre. Se apresuran hacia cualquier manantial que se descubra, y a veces logran deslizarse por él hasta nuestra tierra, donde sacian su agudo apetito por el alimento que comen los habitantes de nuestra tierra. Por lo demás, son hombres de fe firme, más que cualquier otra clase de la humanidad.
Adam permaneció en el Adamá hasta después del nacimiento de Shet. Entonces, pasando la tercera tierra, el Arka, morada de los cainitas, y las tres tierras siguientes también, el Gue, el Neshiá y el Tsiá, Dios lo transportó al Tével, la séptima tierra, la tierra habitada por los hombres.
Káyin sabía demasiado bien que su culpa de sangre recaería sobre él en la séptima generación. Así lo había decretado Dios contra él. Se esforzó, por tanto, en inmortalizar su nombre por medio de monumentos, y se hizo constructor de ciudades. A la primera de ellas la llamó Janoj, por su hijo, porque fue al nacer Janoj cuando comenzó a gozar de una medida de descanso y paz. Además, fundó otras seis ciudades. Esta construcción de ciudades fue un acto impío, pues las rodeó de una muralla, forzando a su familia a permanecer dentro. Todos sus demás actos fueron igualmente impíos. El castigo que Dios le había ordenado no produjo ninguna mejora. Pecaba para asegurar su propio placer, aunque sus vecinos sufrieran daño por ello. Aumentaba los bienes de su casa mediante la rapiña y la violencia; incitaba a sus conocidos a procurarse placeres y botines por el robo, y se convirtió en un gran guía de los hombres hacia caminos perversos. Introdujo también un cambio en las costumbres de sencillez con que los hombres habían vivido antes, y fue el autor de las medidas y los pesos. Y mientras que los hombres vivían inocente y generosamente cuando nada sabían de tales artes, él transformó el mundo en astuta malicia.
Como Káyin fueron todos sus descendientes, impíos y sin Dios, por lo cual Dios resolvió destruirlos.
El fin de Káyin lo alcanzó en la séptima generación de los hombres, y le fue infligido por la mano de su bisnieto Lémej. Este Lémej era ciego, y cuando iba de caza, lo guiaba su hijo pequeño, que avisaba a su padre cuando una presa aparecía a la vista, y Lémej entonces disparaba contra ella con su arco y su flecha. Una vez, él y su hijo fueron a cazar, y el muchacho divisó algo con cuernos a lo lejos. Naturalmente lo tomó por una bestia de una u otra clase, y le dijo al ciego Lémej que soltara su flecha. La puntería fue certera, y la presa cayó a tierra. Cuando se acercaron a la víctima, el muchacho exclamó: «¡Padre, has matado algo que se parece a un ser humano en todo, salvo que lleva un cuerno en la frente!». Lémej supo al instante lo que había ocurrido: había matado a su antepasado Káyin, que había sido marcado por Dios con un cuerno. Desesperado, golpeó una mano contra otra, matando sin querer a su hijo al juntarlas. La desgracia siguió a la desgracia. La tierra abrió su boca y se tragó a las cuatro generaciones surgidas de Káyin: Janoj, Irad, Mejuyael y Metushael. Lémej, ciego como estaba, no podía volver a casa; tuvo que quedarse junto al cadáver de Káyin y al de su hijo. Al caer la tarde, sus mujeres, buscándolo, lo encontraron allí. Cuando oyeron lo que había hecho, quisieron separarse de él, tanto más cuanto que sabían que todo el que descendía de Káyin estaba condenado a la aniquilación. Pero Lémej argumentó: «Si Káyin, que cometió asesinato con premeditación, fue castigado solo en la séptima generación, entonces yo, que no tuve intención de matar a un ser humano, puedo esperar que el castigo se aleje por setenta y siete generaciones». Con sus mujeres, Lémej acudió a Adam, que escuchó a ambas partes y resolvió el caso a favor de Lémej.
La corrupción de aquellos tiempos, y especialmente la depravación de la estirpe de Káyin, se manifiesta en el hecho de que Lémej, así como todos los hombres de la generación del diluvio, tomaban dos esposas: una con el propósito de criar hijos, la otra para entregarse a los placeres carnales, razón por la cual a esta última se la volvía estéril por medios artificiales. Como los hombres de aquel tiempo estaban puestos en el placer más que deseosos de cumplir su deber para con el género humano, daban todo su amor y atención a las mujeres estériles, mientras sus otras esposas pasaban los días como viudas, sin alegría y sumidas en la penumbra.
Las dos esposas de Lémej, Adá y Tsilá, le dieron cada una dos hijos: Adá, dos varones, Yaval y Yuval, y Tsilá, un varón, Tuval-Káyin, y una hija, Naamá. Yaval fue el primero entre los hombres en erigir templos a los ídolos, y Yuval inventó la música que en ellos se cantaba y se tocaba. Tuval-Káyin fue rectamente nombrado, pues completó la obra de su antepasado Káyin. Káyin cometió asesinato, y Tuval-Káyin, el primero que supo afilar el hierro y el cobre, proveyó los instrumentos usados en las guerras y los combates. Naamá, «la encantadora», mereció su nombre por los dulces sonidos que arrancaba de sus címbalos cuando llamaba a los adoradores a rendir homenaje a los ídolos.
Cuando las esposas de Lémej oyeron la decisión de Adam, de que habían de seguir viviendo con su esposo, se volvieron contra él, diciendo: «¡Oh médico, cura tu propia cojera!». Aludían al hecho de que él mismo había estado viviendo apartado de su esposa desde la muerte de Hével, pues había dicho: «¿Por qué habría de engendrar hijos, si es solo para exponerlos a la muerte?».
Aunque evitaba la unión con Javá, era visitado durante el sueño por espíritus femeninos, y de su unión con ellos surgieron sombras y demonios de diversas clases, dotados de dones peculiares.
Una vez vivía en la Tierra de Israel un hombre muy rico y piadoso, que tenía un hijo llamado Rabí Janiná. Sabía de memoria toda la Torá. Cuando estaba a punto de morir, mandó llamar a su hijo, Rabí Janiná, y le pidió, como último deseo, que estudiara la Torá día y noche, cumpliera los mandamientos de la ley y fuera un amigo fiel de los pobres. También le dijo que él y su esposa, la madre de Rabí Janiná, morirían el mismo día, y que los siete días de duelo por ambos terminarían en la víspera de Pésaj. Le encareció que no se afligiera en exceso, sino que fuera al mercado ese día y comprara el primer artículo que le ofrecieran, por costoso que fuese. Si resultaba ser algo comestible, debía prepararlo y servirlo con mucha ceremonia. Su gasto y su molestia recibirían su recompensa. Todo sucedió como se había predicho: el hombre y su esposa murieron el mismo día, y el fin de la semana de duelo coincidió con la víspera de Pésaj. El hijo, a su vez, cumplió el mandato de su padre: acudió al mercado, y allí encontró a un anciano que ofrecía en venta un plato de plata. Aunque el precio pedido era exorbitante, lo compró, como su padre le había ordenado. El plato se colocó sobre la mesa del Séder, y cuando Rabí Janiná lo abrió, encontró un segundo plato dentro, y dentro de este una rana viva, que saltaba y brincaba alegremente. Le dio a la rana comida y bebida, y para el final de la fiesta había crecido tanto que Rabí Janiná le hizo un armario, en el que comía y vivía. Con el tiempo, el armario se volvió demasiado pequeño, y el Rabí construyó una habitación, puso a la rana dentro y le dio comida y bebida en abundancia. Todo esto lo hacía para no violar el último deseo de su padre. Pero la rana crecía y crecía; consumía todo lo que su anfitrión poseía, hasta que, por fin, Rabí Janiná quedó despojado de todos sus bienes. Entonces la rana abrió la boca y comenzó a hablar. «Mi querido Rabí Janiná —dijo—, ¡no te preocupes! Ya que me criaste y cuidaste de mí, puedes pedirme lo que tu corazón desee, y te será concedido». Rabí Janiná respondió: «No deseo nada, salvo que me enseñes toda la Torá». La rana consintió, y en efecto le enseñó toda la Torá, y además las setenta lenguas de los hombres. Su método consistía en escribir unas pocas palabras en un trozo de papel, que hacía tragar a su alumno. Así adquirió no solo la Torá y las setenta lenguas, sino también el lenguaje de las bestias y las aves. Luego la rana habló a la esposa de Rabí Janiná: «Tú me cuidaste bien, y no te he dado recompensa. Pero tu premio te será pagado antes de que me marche de vosotros; solo que ambos debéis acompañarme al bosque. Allí veréis lo que haré por vosotros». En consecuencia, fueron con ella al bosque. Llegada allí, la rana comenzó a gritar con fuerza, y al oírlo toda clase de bestias y aves se reunieron. A estas les ordenó producir piedras preciosas, tantas como pudieran cargar. También habían de traer hierbas y raíces para la esposa de Rabí Janiná, y le enseñó a usarlas como remedios para toda variedad de enfermedad. Todo esto se les mandó llevar a casa consigo. Cuando estaban a punto de regresar, la rana se dirigió a ellos así: «Que Hakadosh Baruj Hu tenga misericordia de vosotros y os recompense por todo el trabajo que os tomasteis por mi causa, sin siquiera preguntar quién soy. Ahora os daré a conocer mi origen. Soy el hijo de Adam, un hijo que él engendró durante los ciento treinta años de su separación de Javá. Dios me ha dotado del poder de asumir cualquier forma o apariencia que desee». Rabí Janiná y su esposa partieron hacia su hogar, y se hicieron muy ricos, y gozaron del respeto y la confianza del rey.
Las exhortaciones de las esposas de Lémej surtieron efecto en Adam. Tras una separación de ciento treinta años, volvió a Javá, y el amor que ahora le tenía era con mucho más fuerte que en el tiempo anterior. Ella estaba en sus pensamientos aun cuando no estaba presente ante él corporalmente. El fruto de su reunión fue Shet, que estaba destinado a ser el antepasado del Mesías.
Shet fue formado desde el nacimiento de tal modo que el rito de la circuncisión pudo prescindirse. Fue así uno de los trece hombres nacidos perfectos en cierto sentido. Adam lo engendró a su semejanza e imagen, a diferencia de Káyin, que no había sido a su semejanza e imagen. Así Shet se convirtió, en un sentido genuino, en el padre del género humano, especialmente el padre de los piadosos, mientras que los depravados y sin Dios descienden de Káyin.
Ya en vida de Adam los descendientes de Káyin se volvieron sumamente malvados, muriendo sucesivamente, uno tras otro, cada uno más malvado que el anterior. Eran intolerables en la guerra, y vehementes en los robos, y si alguno era lento para asesinar gente, sí era en cambio osado en su comportamiento disoluto, obrando injustamente y causando daño por ganancia.
Ahora bien, en cuanto a Shet. Cuando fue criado y llegó a los años en que podía discernir lo que era bueno, se convirtió en un hombre virtuoso, y como él mismo era de excelente carácter, así dejó tras de sí hijos que imitaron sus virtudes. Todos ellos resultaron ser de buena disposición. Habitaron también uno y el mismo país sin disensiones, y en una condición dichosa, sin que ninguna desgracia cayera sobre ellos, hasta que murieron. Fueron también los inventores de esa peculiar clase de sabiduría que se ocupa de los cuerpos celestes y su orden. Y para que sus invenciones no se perdieran antes de ser suficientemente conocidas, hicieron dos columnas —a partir de la predicción de Adam de que el mundo había de ser destruido una vez por la fuerza del fuego y otra por la violencia y la abundancia del agua—. Una era de ladrillo, la otra de piedra, y grabaron sus descubrimientos en ambas, para que, en caso de que la columna de ladrillo fuera destruida por el diluvio, la columna de piedra permaneciera y mostrara estos descubrimientos a la humanidad, e informara también de que había otra columna, de ladrillo, erigida por ellos.
A Enosh le preguntaron quién era su padre, y él nombró a Shet. Los que preguntaban, la gente de su tiempo, continuaron: «¿Quién fue el padre de Shet?». Enosh: «Adam». —«¿Y quién fue el padre de Adam?». —«No tuvo ni padre ni madre; Dios lo formó del polvo de la tierra». —«¡Pero el hombre no tiene apariencia de polvo!». —«Tras la muerte, el hombre vuelve al polvo, como dijo Dios: “Y el hombre volverá de nuevo al polvo”; pero el día de su creación, el hombre fue hecho a imagen de Dios». —«¿Cómo fue creada la mujer?». —«Varón y hembra los creó». —«¿Pero cómo?». —«Dios tomó agua y tierra, y las moldeó juntas en la forma del hombre». —«¿Pero cómo?», insistían los que preguntaban.
Enosh tomó seis terrones de tierra, los mezcló, los moldeó y formó una imagen de polvo y arcilla. «Pero —dijo la gente— esta imagen no camina, ni posee aliento de vida alguno». Entonces intentó mostrarles cómo Dios sopló el aliento de vida en las narices de Adam, pero cuando comenzó a soplar su aliento en la imagen que había formado, el Satán entró en ella, y la figura caminó, y la gente de su tiempo que había estado indagando estas cosas a Enosh se extravió tras ella, diciendo: «¿Qué diferencia hay entre postrarse ante esta imagen y rendir homenaje a un hombre?».
La generación de Enosh fueron así los primeros adoradores de ídolos, y el castigo por su necedad no se demoró mucho. Dios hizo que el mar traspasara sus límites, y una parte de la tierra quedó inundada. Fue también el tiempo en que las montañas se volvieron rocas, y los cuerpos muertos de los hombres comenzaron a descomponerse. Y aún otra consecuencia del pecado de la idolatría fue que los semblantes de los hombres de las generaciones siguientes ya no fueron a la semejanza e imagen de Dios, como lo habían sido los semblantes de Adam, Shet y Enosh. Se asemejaban a centauros y a simios, y los demonios perdieron su temor a los hombres.
Pero hubo una consecuencia aún más grave de las prácticas idolátricas introducidas en el tiempo de Enosh. Cuando Dios expulsó a Adam del Paraíso, la Shejiná se quedó atrás, entronizada sobre un querubín bajo el árbol de la vida. Los ángeles descendían del cielo y acudían allí en huestes, para recibir sus instrucciones, y Adam y sus descendientes se sentaban junto a la puerta para deleitarse en el esplendor de la Shejiná, sesenta y cinco mil veces más radiante que el esplendor del sol. Este resplandor de la Shejiná deja a todos aquellos sobre quienes cae exentos de enfermedad, y ni insectos ni demonios pueden acercarse a ellos para hacerles daño.
Así fue hasta el tiempo de Enosh, cuando los hombres comenzaron a reunir oro, plata, gemas y perlas de todas partes de la tierra, y a hacer con ello ídolos de mil parasangas de altura. Lo que fue peor, por medio de las artes mágicas que les enseñaron los ángeles Uzá y Azael, se erigieron en amos de las esferas celestiales, y forzaron al sol, la luna y las estrellas a servirlos a ellos en lugar de a HaShem. Esto impulsó a los ángeles a preguntar a Dios: «“¿Qué es el hombre, para que te acuerdes de él?”. ¿Por qué abandonaste el más alto de los cielos, sede de tu gloria y de tu excelso Trono en Aravot, y descendiste a los hombres, que rinden culto a los ídolos, poniéndote a Ti a la par de ellos?». La Shejiná se vio inducida a dejar la tierra y ascender al cielo, entre el estruendo y el fragor de las trompetas de las miríadas de huestes angélicas.
La depravación de la humanidad, que había empezado a manifestarse en el tiempo de Enosh, había crecido monstruosamente en el tiempo de su nieto Yéred, a causa de los ángeles caídos. Cuando los ángeles vieron a las bellas y atractivas hijas de los hombres, las codiciaron, y dijeron: «Elegiremos esposas para nosotros solo de entre las hijas de los hombres, y engendraremos hijos con ellas». Su jefe Shemjazai dijo: «Me temo que no llevaréis a cabo este plan vuestro, y yo solo habré de sufrir las consecuencias de un gran pecado». Entonces ellos le respondieron y dijeron: «Todos juraremos un juramento, y nos comprometeremos, por separado y juntos, a no abandonar el plan, sino a llevarlo hasta el final».
Doscientos ángeles descendieron a la cumbre del monte Hermón, que debe su nombre a este mismo suceso, porque allí se comprometieron a cumplir su propósito, bajo pena de Jérem, anatema. Bajo la dirección de veinte capitanes se contaminaron con las hijas de los hombres, a quienes enseñaron encantamientos, fórmulas de conjuro, cómo cortar raíces y la eficacia de las plantas. El fruto de estos matrimonios mixtos fue una raza de gigantes, de tres mil codos de altura, que consumían los bienes de los hombres. Cuando todo se hubo desvanecido, y ya no podían obtener nada más de ellos, los gigantes se volvieron contra los hombres y devoraron a muchos de ellos, y el resto de los hombres comenzó a atentar contra las aves, las bestias, los reptiles y los peces, comiendo su carne y bebiendo su sangre.
Entonces la tierra se quejó de los impíos malhechores. Pero los ángeles caídos siguieron corrompiendo a la humanidad. Azazel enseñó a los hombres a fabricar cuchillos de degüello, armas, escudos y cotas de malla. Les mostró los metales y cómo trabajarlos, y los brazaletes y toda clase de adornos, y el uso del colorete para los ojos, y cómo embellecer los párpados, y cómo engalanarse con las joyas más raras y preciosas y toda clase de afeites. El jefe de los ángeles caídos, Shemjazai, los instruyó en los exorcismos y en cómo cortar raíces; Armaros les enseñó a deshacer hechizos; Barakel, la adivinación por las estrellas; Kawkabel, la astrología; Ezekeel, el augurio por las nubes; Arakiel, los signos de la tierra; Samsaweel, los signos del sol; y Seriel, los signos de la luna.
Mientras todas estas abominaciones contaminaban la tierra, el piadoso Janoj vivía en un lugar secreto. Nadie entre los hombres conocía su morada, ni qué había sido de él, pues moraba con los ángeles vigilantes y los santos. Una vez oyó dirigirse a él el llamado: «Janoj, escriba de la justicia, ve a los vigilantes de los cielos, que han dejado los altos cielos, el eterno lugar de la santidad, contaminándose con mujeres, obrando como obran los hombres, tomando esposas para sí y arrojándose en los brazos de la destrucción sobre la tierra. Ve y proclámales que no hallarán ni paz ni perdón. Pues cada vez que se alegren en su descendencia, verán la muerte violenta de sus hijos, y suspirarán por la ruina de su prole. Rezarán y suplicarán sin cesar, pero jamás alcanzarán misericordia ni paz».
Janoj acudió a Azazel y a los demás ángeles caídos para anunciarles la condena dictada contra ellos. A todos los llenó el miedo. Un temblor se apoderó de ellos, y suplicaron a Janoj que redactara una petición en su favor y la leyera ante HaShem del cielo, pues ya no podían hablar con Dios como antes, ni siquiera alzar los ojos al cielo, avergonzados por sus pecados. Janoj accedió a su ruego, y en una visión se le concedió la respuesta que había de llevar de vuelta a los ángeles. Le pareció a Janoj que era arrebatado a los cielos sobre nubes, y que lo depositaban ante el trono de Dios. Dios habló: «Ve y di a los vigilantes del cielo que te han enviado aquí para interceder por ellos: en verdad, sois vosotros quienes deberíais interceder por los hombres, y no los hombres por vosotros. ¿Por qué abandonasteis los cielos altos, santos y eternos, para mancillaros con las hijas de los hombres, tomando mujeres para vosotros, obrando como las razas de la tierra y engendrando hijos gigantes? Los gigantes engendrados por carne y espíritus serán llamados espíritus malignos en la tierra, y en la tierra estará su morada. Espíritus malignos saldrán de sus cuerpos, porque fueron creados de lo alto, y de los santos vigilantes es su comienzo y su origen primero; serán espíritus malignos en la tierra, y espíritus malignos serán llamados. Y los espíritus del cielo tienen su morada en el cielo, pero los espíritus de la tierra, que nacieron sobre la tierra, tienen su morada en la tierra. Y los espíritus de los gigantes devorarán, oprimirán, destruirán, atacarán, harán guerra y causarán estragos en la tierra, y obrarán aflicción. No tomarán alimento alguno, ni tendrán sed, y serán invisibles. Y estos espíritus se levantarán contra los hijos de los hombres y contra las mujeres, porque de ellas han salido. Desde los días de la matanza y la destrucción y la muerte de los gigantes, cuando los espíritus salieron del alma de su carne para destruir sin incurrir en juicio —así destruirán hasta el día en que se consume la gran consumación del gran mundo. Y ahora, en cuanto a los vigilantes que te han enviado a interceder por ellos, que antes estuvieron en el cielo, diles: estuvisteis en el cielo, y aunque las cosas ocultas aún no os habían sido reveladas, conocíais misterios sin valor, y en la dureza de vuestros corazones se los referisteis a las mujeres, y por medio de esos misterios mujeres y hombres obran mucho mal en la tierra. Diles, pues: ¡No tenéis paz!»
Después de que Janoj hubiera vivido largo tiempo apartado de los hombres, oyó una vez la voz de un ángel que lo llamaba: «Janoj, Janoj, prepárate y deja la casa y el lugar secreto donde te has mantenido escondido, y asume el dominio sobre los hombres, para enseñarles los caminos que han de andar y las obras que han de hacer, a fin de que caminen por las sendas de Dios».
Janoj dejó su retiro y se dirigió a los lugares frecuentados por los hombres. Los reunió en torno a sí y los instruyó en la conducta grata a Dios. Envió mensajeros por todas partes para anunciar: «Vosotros que deseáis conocer los caminos de Dios y la conducta recta, ¡venid a Janoj!» Entonces una vasta multitud se agolpó a su alrededor para oír la sabiduría que enseñaría y aprender de su boca lo que es bueno y justo. Hasta reyes y príncipes, en número no menor de ciento treinta, se congregaron junto a él y se sometieron a su dominio, para ser enseñados y guiados por él, como enseñaba y guiaba a todos los demás. Así reinó la paz sobre el mundo entero durante los doscientos cuarenta y tres años en que prevaleció la influencia de Janoj.
Al término de este período, en el año en que murió Adam y fue sepultado con grandes honores por Shet, Enosh, Janoj y Metushélaj, Janoj resolvió retirarse de nuevo del trato con los hombres y consagrarse por entero al servicio de Dios. Pero se apartó gradualmente. Primero pasaba tres días en oración y alabanza a Dios, y al cuarto día volvía a sus discípulos y les impartía enseñanza. Muchos años pasaron así; luego aparecía entre ellos una sola vez por semana; más tarde, una vez al mes; y, por último, una vez al año. Los reyes, los príncipes y todos los demás que deseaban ver a Janoj y escuchar sus palabras no se atrevían a acercarse a él durante los tiempos de su retiro. Tan terrible majestad se posaba sobre su rostro que temían por su propia vida con solo mirarlo. Por eso resolvieron que todos los hombres presentaran sus peticiones ante Janoj el día en que se mostrara a ellos.
La impresión que las enseñanzas de Janoj producían en todos los que las oían era poderosa. Se postraban ante él y clamaban: «¡Viva el rey! ¡Viva el rey!» Cierto día, mientras Janoj daba audiencia a sus seguidores, apareció un ángel y le dio a conocer que Dios había resuelto instalarlo como rey sobre los ángeles del cielo, así como hasta entonces había reinado sobre los hombres. Convocó a todos los habitantes de la tierra y les habló así: «He sido llamado a subir al cielo, y no sé en qué día iré allá. Por eso os enseñaré sabiduría y rectitud antes de partir de aquí». Unos días más pasó Janoj entre los hombres, y todo el tiempo que le quedaba lo dedicó a instruir en sabiduría, conocimiento, conducta temerosa de Dios y piedad, y estableció ley y orden para regir los asuntos de los hombres. Entonces los que estaban reunidos junto a él vieron descender del cielo un corcel gigantesco, y se lo dijeron a Janoj, quien respondió: «El corcel es para mí, pues ha llegado el tiempo y el día en que os dejo, para no ser visto nunca más». Y así fue. El corcel se acercó a Janoj, y él montó sobre su lomo, sin dejar de instruir al pueblo, exhortándolo, encareciéndole que sirviera a Dios y anduviera por Sus caminos. Ochocientas mil personas lo siguieron una jornada de camino. Pero al segundo día Janoj instó a su séquito a volverse atrás: «Id a casa, no sea que la muerte os alcance si me seguís más lejos». La mayoría atendió sus palabras y regresó, pero algunos permanecieron con él seis días, aunque a diario los amonestaba a que volvieran y no atrajeran la muerte sobre sí. Al sexto día del viaje dijo a los que aún lo acompañaban: «Id a casa, pues mañana ascenderé al cielo, y quien esté entonces cerca de mí, morirá». Sin embargo, algunos de sus compañeros permanecieron con él, diciendo: «Adondequiera que vayas, iremos. Por el Dios viviente, solo la muerte nos separará».
Al séptimo día Janoj fue llevado a los cielos en un carro de fuego tirado por corceles de fuego. Al día siguiente, los reyes que se habían vuelto atrás a tiempo enviaron mensajeros a averiguar la suerte de los hombres que se habían negado a separarse de Janoj, pues habían anotado su número. Hallaron nieve y grandes granizos en el lugar de donde Janoj se había elevado, y, al buscar debajo, descubrieron los cuerpos de todos los que se habían quedado con Janoj. Solo él no estaba entre ellos; estaba en lo alto, en el cielo.
No era esta la primera vez que Janoj había estado en el cielo. Una vez antes, mientras moraba entre los hombres, se le había permitido ver todo cuanto hay en la tierra y en los cielos. En una ocasión en que dormía, una gran pena vino sobre su corazón, y lloró en su sueño, sin saber qué significaba aquella pena ni qué le sucedería. Y se le aparecieron dos hombres muy altos. Sus rostros brillaban como el sol, y sus ojos eran como lámparas encendidas, y fuego salía de sus labios; sus alas eran más brillantes que el oro, sus manos más blancas que la nieve. Se pusieron a la cabecera del lecho de Janoj y lo llamaron por su nombre. Despertó de su sueño, se apresuró a hacerles reverencia y quedó aterrado. Y aquellos hombres le dijeron: «Ten ánimo, Janoj, no temas; el Dios eterno nos ha enviado a ti, y, ¡mira!, hoy ascenderás con nosotros al cielo. Y di a tus hijos y a tus siervos que nadie te busque, hasta que HaShem te devuelva a ellos».
Janoj hizo como se le dijo, y después de haber hablado a sus hijos, instruyéndolos para que no se apartaran de Dios y guardaran Su juicio, aquellos dos hombres lo llamaron, lo tomaron sobre sus alas y lo colocaron sobre las nubes, que se movían más y más alto, hasta que lo depositaron en el primer cielo. Allí le mostraron los doscientos ángeles que rigen las estrellas, y su servicio celestial. Allí vio también los tesoros de la nieve y del hielo, de las nubes y del rocío.
De allí lo llevaron al segundo cielo, donde vio a los ángeles caídos encarcelados, los que no obedecieron los mandamientos de Dios y siguieron el consejo de su propia voluntad. Los ángeles caídos dijeron a Janoj: «¡Oh, hombre de Dios! Ruega por nosotros a HaShem», y él respondió: «¿Quién soy yo, un hombre mortal, para orar por ángeles? ¿Quién sabe adónde voy, ni qué me aguarda?»
De allí lo llevaron al tercer cielo, donde le mostraron el Paraíso, con todos los árboles de hermosos colores, y sus frutos, maduros y deliciosos, y toda clase de alimentos que producían, brotando con fragancia deleitosa. En medio del Paraíso vio el árbol de la vida, en aquel lugar donde Dios reposa cuando viene al Paraíso. Este árbol no puede describirse por su excelencia y su dulce fragancia, y es hermoso, más que cualquier cosa creada, y por todos sus lados es como oro y carmesí en apariencia, y transparente como el fuego, y lo cubre todo. De su raíz en el jardín salen cuatro corrientes, que vierten miel, leche, aceite y vino, y descienden al Paraíso del Edén, que se halla en los confines entre la región terrenal de la corruptibilidad y la región celestial de la incorruptibilidad, y de allí van a lo largo de la tierra. Vio también los trescientos ángeles que guardan el jardín, y con voces incesantes y canto bendito sirven a HaShem cada día. Los ángeles que guiaban a Janoj le explicaron que este lugar está preparado para los justos, mientras que el lugar terrible preparado para los pecadores está en las regiones septentrionales del tercer cielo. Vio allí toda suerte de tormentos, y una oscuridad impenetrable, y no hay allí luz alguna, sino un fuego lóbrego que arde sin cesar. Y todo aquel lugar tiene fuego por todos lados, y por todos lados frío y hielo, así arde y se hiela. Y los ángeles, terribles y sin piedad, llevan armas salvajes, y su tormento es despiadado.
Los ángeles lo llevaron entonces al cuarto cielo, y le mostraron todas las entradas y salidas, y todos los rayos de la luz del sol y de la luna. Vio las quince miríadas de ángeles que salen con el sol y lo asisten durante el día, y los mil ángeles que lo asisten de noche. Cada ángel tiene seis alas, y van delante del carro del sol, mientras cien ángeles mantienen caliente el sol y lo iluminan. Vio también las criaturas maravillosas y extrañas llamadas fénix y calquidri, que asisten al carro del sol y van con él, trayendo calor y rocío. Le mostraron también las seis puertas del oriente del cuarto cielo, por las que sale el sol, y las seis puertas del occidente por donde se pone, y también las puertas por las que sale la luna, y aquellas por las que entra. En medio del cuarto cielo vio una hueste armada que servía a HaShem con címbalos y órganos y voces incesantes.
En el quinto cielo vio muchas huestes de los ángeles llamados Grigori. Su aspecto era como el de los hombres, y su tamaño mayor que el de los gigantes; sus semblantes estaban marchitos, y sus labios callados. A su pregunta de quiénes eran, los ángeles que lo guiaban respondieron: «Estos son los Grigori, que con su príncipe Salamiel rechazaron al santo HaShem». Entonces Janoj dijo a los Grigori: «¿Por qué aguardáis, hermanos, y no servís ante el rostro de HaShem, y por qué no cumplís vuestros deberes ante el rostro de HaShem, e irritáis a HaShem hasta el fin?» Los Grigori escucharon la reprensión, y cuando las trompetas resonaron juntas con un fuerte clamor, también ellos comenzaron a cantar a una sola voz, y sus voces se alzaron ante HaShem con tristeza y ternura.
En el séptimo cielo vio las siete bandas de arcángeles que ordenan y estudian las revoluciones de las estrellas y los cambios de la luna y la revolución del sol, y supervisan las condiciones buenas o malas del mundo. Y disponen enseñanzas e instrucciones, y dulce habla y canto y toda clase de gloriosa alabanza. Tienen bajo su sujeción a todos los seres vivientes, tanto en el cielo como en la tierra. En medio de ellos hay siete fénix, y siete querubines, y siete criaturas de seis alas, que cantan a una sola voz.
Cuando Janoj llegó al séptimo cielo y vio todas las ígneas huestes de grandes arcángeles y las potestades incorpóreas y las dominaciones y los principados y las potestades, tuvo miedo y tembló con gran terror. Los que lo guiaban lo tomaron, lo llevaron en medio de ellas y le dijeron: «Ten ánimo, Janoj, no temas», y le mostraron desde lejos a HaShem, sentado en Su elevado trono, mientras todas las huestes celestiales, divididas en diez clases, tras haberse acercado, se erguían sobre los diez peldaños según su rango y hacían reverencia a HaShem. Y así procedían a sus puestos con gozo y alegría y luz sin límites, cantando cánticos con voces bajas y suaves, y sirviéndolo gloriosamente. No se apartan ni se retiran de día ni de noche, de pie ante el rostro de HaShem, cumpliendo Su voluntad, querubines y serafines, en torno a Su trono. Y las criaturas de seis alas cubren con su sombra todo Su trono, cantando con voz suave ante el rostro de HaShem: «Santo, santo, santo es Adonái de los ejércitos; los cielos y la tierra están llenos de Su gloria». Cuando hubo visto todo esto, los ángeles que lo guiaban le dijeron: «Janoj, hasta este momento se nos ordenó acompañarte». Partieron, y no los vio más. Janoj quedó en el confín del séptimo cielo, con gran terror, diciéndose: «¡Ay de mí! ¿Qué ha venido sobre mí?» Pero entonces vino Gavriel y le dijo: «Janoj, no temas, levántate y ven conmigo, y ponte de pie ante el rostro de HaShem para siempre». Y Janoj respondió: «¡Oh, mi señor!, mi espíritu me ha abandonado de miedo y temblor. ¡Llama a los hombres que me han traído a este lugar! En ellos he confiado, y con ellos iría ante el rostro de HaShem». Y Gavriel se lo llevó a toda prisa como una hoja arrastrada por el viento, y lo puso ante el rostro de HaShem. Janoj cayó y adoró a HaShem, quien le dijo: «Janoj, no temas. Levántate y ponte de pie ante Mi rostro para siempre». Y Mijael lo levantó y, por orden de HaShem, le quitó su vestidura terrenal, lo ungió con el óleo santo y lo vistió, y cuando se miró a sí mismo, parecía uno de los gloriosos de Dios, y el miedo y el temblor se apartaron de él. Llamó entonces Dios a uno de Sus arcángeles, más sabio que todos los demás, que había puesto por escrito todas las obras de HaShem, y le dijo: «Trae los libros de Mi depósito, y da una caña a Janoj, e interprétale los libros». El ángel hizo como se le ordenó, e instruyó a Janoj treinta días y treinta noches, y sus labios no cesaron de hablar, mientras Janoj escribía todas las cosas acerca del cielo y la tierra, de los ángeles y los hombres, y todo aquello en que conviene ser instruido. Escribió también todo acerca de las almas de los hombres, las de aquellos que aún no han nacido, y los lugares preparados para ellas para siempre. Todo lo copió con exactitud, y escribió trescientos sesenta y seis libros. Después de haber recibido todas las instrucciones del arcángel, Dios le reveló grandes secretos, que ni siquiera los ángeles conocen. Le contó cómo, de las tinieblas más profundas, fueron creados lo visible y lo invisible, cómo formó el cielo, la luz, el agua y la tierra, y también le narró la caída del Satán y la creación y el pecado de Adam, y le reveló además que la duración del mundo será de siete mil años, y que el octavo milenio será un tiempo en que no habrá cómputo, ni fin, ni años, ni meses, ni semanas, ni días, ni horas.
HaShem concluyó esta revelación a Janoj con estas palabras: «Y ahora te entrego a Samuil y a Raguil, que te trajeron a Mí. Ve con ellos sobre la tierra, y di a tus hijos las cosas que te he dicho, y lo que has visto desde el cielo más bajo hasta Mi trono. Dales las obras escritas por ti, y las leerán, y distribuirán los libros a los hijos de sus hijos, y de generación en generación, y de nación en nación. Y te daré a Mi mensajero Mijael para tus escritos y para los escritos de tus padres, Adam, Shet, Enosh, Kenán, Mahalalel y Yéred, tu padre. Y no se los reclamaré hasta la última edad, pues he instruido a Mis dos ángeles, Ariuk y Mariuk, a quienes he puesto sobre la tierra como sus guardianes, y les he ordenado que a su tiempo los guarden, para que el relato de lo que haré en tu familia no se pierda en el diluvio venidero. Pues a causa de la maldad y la iniquidad de los hombres, traeré un diluvio sobre la tierra, y lo destruiré todo, pero dejaré a un hombre justo de tu linaje con toda su casa, que obrará conforme a Mi voluntad. De su simiente se levantará una numerosa generación, y a la extinción de aquella familia, les mostraré los libros de tus escritos y de tu padre, y los guardianes de ellos en la tierra los mostrarán a los hombres que son veraces y Me agradan. Y ellos los contarán a otra generación, y estos, habiéndolos leído, serán glorificados al fin más que antes».
Janoj fue enviado entonces a la tierra para permanecer allí treinta días e instruir a sus hijos, pero antes de que dejara el cielo, Dios le envió un ángel cuyo aspecto era como la nieve, y sus manos eran como el hielo. Janoj lo miró, y su rostro se enfrió, para que los hombres pudieran soportar su vista. Los ángeles que lo habían llevado al cielo lo pusieron sobre su lecho, en el lugar donde su hijo Metushélaj lo esperaba de día y de noche. Janoj reunió a sus hijos y a toda su casa, y les instruyó fielmente acerca de todas las cosas que había visto, oído y escrito, y dio sus libros a sus hijos, para que los guardaran y leyeran, amonestándolos a que no ocultaran los libros, sino que se los contaran a todos los que desearan saber. Cuando se hubieron cumplido los treinta días, HaShem envió tinieblas sobre la tierra, y hubo oscuridad, que ocultó a los hombres que estaban con Janoj. Y los ángeles se apresuraron y tomaron a Janoj, y lo llevaron al cielo más alto, donde HaShem lo recibió y lo puso ante Su rostro, y las tinieblas se apartaron de la tierra, y hubo luz. Y el pueblo vio, y no comprendió cómo Janoj fue llevado, y glorificaron a Dios.
Janoj nació el sexto día del mes de Siván, y fue llevado al cielo en el mismo mes, Siván, el mismo día y a la misma hora en que había nacido. Y Metushélaj se apresuró, y todos sus hermanos, los hijos de Janoj, y edificaron un altar en el lugar llamado Ajuzán, de donde Janoj fue arrebatado al cielo. Los ancianos y todo el pueblo vinieron a la festividad y trajeron sus ofrendas a los hijos de Janoj, e hicieron una gran festividad, regocijándose y alegrándose durante tres días, alabando a Dios, que había dado tal señal por medio de Janoj, quien había hallado favor ante ellos.
La pecaminosidad de los hombres fue la razón por la que Janoj fue arrebatado al cielo. Así lo contó el propio Janoj a Rabí Yishmael. Cuando la generación del diluvio transgredió, y habló a Dios diciendo: «Apártate de nosotros, pues no deseamos conocer Tus caminos», Janoj fue llevado al cielo, para servir allí como testigo de que Dios no era un Dios cruel, a pesar de la destrucción decretada sobre todos los seres vivientes de la tierra.
Cuando Janoj, bajo la guía del ángel 'Anpiel, fue llevado de la tierra al cielo, los seres santos —los ofanim, los serafines, los querubines, todos los que mueven el trono de Dios— y los espíritus servidores cuya sustancia es de fuego consumidor, todos ellos, a una distancia de seiscientos cincuenta millones trescientas parasangas, notaron la presencia de un ser humano, y exclamaron: «¿De dónde el olor de uno nacido de mujer? ¿Cómo llega al cielo más alto de los ángeles que centellean fuego?» Pero Dios respondió: «¡Oh, siervos y huestes Míos, vosotros, Mis querubines, ofanim y serafines, que esto no sea ofensa para vosotros, pues todos los hijos de los hombres Me negaron a Mí y a Mi poderoso dominio, y rindieron homenaje a los ídolos, de modo que trasladé la Shejiná de la tierra al cielo. Pero este hombre, Janoj, es el elegido de los hombres. Tiene más fe, justicia y rectitud que todos los demás, y es la única recompensa que he obtenido del mundo terrenal».
Antes de que Janoj pudiera ser admitido al servicio cerca del trono Divino, se le abrieron las puertas de la sabiduría, y las puertas del entendimiento y del discernimiento, de la vida, la paz y la Shejiná, de la fuerza y el poder, del vigor, la belleza y la gracia, de la humildad y el temor del pecado. Dotado por Dios de extraordinaria sabiduría, sagacidad, juicio, conocimiento, saber, compasión, amor, bondad, gracia, humildad, fuerza, poder, vigor, esplendor, hermosura, gallardía y todas las demás cualidades excelentes, más allá de la dotación de cualquiera de los seres celestiales, Janoj recibió, además, muchos miles de bendiciones de parte de Dios, y su altura y su anchura llegaron a igualar la altura y la anchura del mundo, y treinta y seis alas fueron fijadas a su cuerpo, a derecha e izquierda, cada una tan grande como el mundo, y trescientos sesenta y cinco mil ojos le fueron otorgados, cada uno brillante como el sol. Un trono magnífico se erigió para él junto a las puertas del séptimo palacio celestial, y un heraldo proclamó por todos los cielos acerca de él, que en adelante habría de llamarse Metatrón en las regiones celestiales: «He nombrado a Mi siervo Metatrón príncipe y jefe sobre todos los príncipes de Mi reino, con la sola excepción de los ocho augustos y exaltados príncipes que llevan Mi nombre. Todo ángel que tenga una petición que presentarme comparecerá ante Metatrón, y lo que él ordene por mandato Mío, habréis de observarlo y cumplirlo, pues el príncipe de la sabiduría y el príncipe del entendimiento están a su servicio, y le revelarán las ciencias de los celestiales y de los terrenales, el conocimiento del orden presente del mundo y el conocimiento del orden futuro del mundo. Además, lo he hecho guardián de los tesoros de los palacios en el cielo 'Arabot, y de los tesoros de la vida que están en el cielo más alto».
Por el amor que le tenía a Janoj, Dios lo revistió de una magnífica vestidura, a la que iba prendida toda clase de lumbrera existente, y una corona resplandeciente con cuarenta y nueve joyas, cuyo esplendor penetraba hasta todas las partes de los siete cielos y hasta los cuatro confines de la tierra. En presencia de la familia celestial, colocó esta corona sobre la cabeza de Janoj, y lo llamó «el pequeño HaShem». Lleva también las letras por medio de las cuales fueron creados el cielo y la tierra, y los mares y los ríos, las montañas y los valles, los planetas y las constelaciones, el relámpago y el trueno, la nieve y el granizo, la tormenta y el torbellino —estas y también todas las cosas necesarias en el mundo, y los misterios de la creación. Hasta los príncipes de los cielos, cuando ven a Metatrón, tiemblan ante él y se postran; su magnificencia y majestad, el esplendor y la hermosura que irradian de él los sobrecogen, hasta al malvado Samael, el mayor de ellos, hasta a Gavriel, el ángel del fuego, Bardiel, el ángel del granizo, Ruhiel, el ángel del viento, Barkiel, el ángel del relámpago, Za'miel, el ángel del huracán, Zakkiel, el ángel de la tormenta, Sui'el, el ángel del terremoto, Za'fiel, el ángel de los aguaceros, Ra'miel, el ángel del trueno, Ra'shiel, el ángel del torbellino, Shalgiel, el ángel de la nieve, Matriel, el ángel de la lluvia, Shamshiel, el ángel del día, Leliel, el ángel de la noche, Galgliel, el ángel del sistema solar, Ofaniel, el ángel de la rueda de la luna, Kokabiel, el ángel de las estrellas, y Rahtiel, el ángel de las constelaciones.
Cuando Janoj fue transformado en Metatrón, su cuerpo se convirtió en fuego celestial: su carne se hizo llama, sus venas fuego, sus huesos brasas relucientes, la luz de sus ojos resplandor celeste, sus pupilas antorchas de fuego, sus cabellos una llamarada ardiente, todos sus miembros y órganos chispas encendidas, y su armazón un fuego consumidor. A su derecha centelleaban llamas de fuego, a su izquierda ardían antorchas de fuego, y por todos lados lo ceñían tormenta y torbellino, huracán y truenos.
Después del arrebatamiento de Janoj, Metushélaj fue proclamado gobernante de la tierra por todos los reyes. Anduvo por las huellas de su padre, enseñando la verdad, el conocimiento y el temor de Dios a los hijos de los hombres toda su vida, sin desviarse del camino de la rectitud ni a la derecha ni a la izquierda. Libró al mundo de miles de demonios, la posteridad de Adam que este había engendrado con Lilit, aquella diablesa de las diablesas. Estos demonios y espíritus malignos, cada vez que se topaban con un hombre, buscaban dañarlo e incluso matarlo, hasta que apareció Metushélaj y suplicó la misericordia de Dios. Pasó tres días en ayuno, y entonces Dios le concedió permiso para escribir el Nombre Inefable sobre su espada, con la cual mató a noventa y cuatro miríadas de demonios en un instante, hasta que Agrimus, el primogénito de ellos, vino a él y le rogó que desistiera, entregándole al mismo tiempo los nombres de los demonios y trasgos. Y así Metushélaj puso a sus reyes en grillos de hierro, mientras el resto huyó y se escondió en las cámaras más recónditas y los repliegues del océano. Y es por causa de la maravillosa espada con que fueron muertos los demonios que se le llamó Metushélaj.
Era hombre tan piadoso que componía doscientas treinta parábolas en alabanza de Dios por cada palabra que pronunciaba. Cuando murió, la gente oyó un gran estruendo en los cielos, y vieron novecientas filas de plañideros, correspondientes a los novecientos órdenes de la Mishná que él había estudiado, y lágrimas fluían de los ojos de los seres santos sobre el lugar donde murió. Al ver el duelo de los celestiales, también la gente en la tierra hizo duelo por la muerte de Metushélaj, y Dios los recompensó por ello. Añadió siete días al tiempo de gracia que había ordenado antes de traer la destrucción sobre la tierra mediante un diluvio de aguas.
Capítulo V
Nóaj
Capítulo cuarto
Metushélaj tomó esposa para su hijo Lémej, y ella le dio un hijo varón. El cuerpo del niño era blanco como la nieve y rojo como una rosa en flor, y el cabello de su cabeza y sus largos rizos eran blancos como la lana, y sus ojos como los rayos del sol. Cuando abría los ojos, iluminaba toda la casa, como el sol, y toda la casa se llenaba de luz. Y cuando lo tomaron de la mano de la partera, abrió la boca y alabó a HaShem, el Señor de la justicia. Su padre Lémej sintió temor de él, y huyó, y fue a su propio padre Metushélaj. Y le dijo: «He engendrado un hijo extraño; no es como un ser humano, sino que se parece a los hijos de los ángeles del cielo, y su naturaleza es distinta, y no es como nosotros, y sus ojos son como los rayos del sol, y su rostro es glorioso. Y me parece que no ha salido de mí, sino de los ángeles, y temo que en sus días se obre un prodigio sobre la tierra. Y ahora, padre mío, aquí estoy para pedirte e implorarte que vayas a Janoj, nuestro padre, y aprendas de él la verdad, pues su morada está entre los ángeles.»
Y cuando Metushélaj oyó las palabras de su hijo, fue a Janoj, hasta los confines de la tierra, y clamó en voz alta, y Janoj oyó su voz, y se le apareció, y le preguntó la razón de su venida. Metushélaj le contó la causa de su inquietud, y le rogó que le diera a conocer la verdad. Janoj respondió y dijo: «HaShem hará algo nuevo en la tierra. Vendrá una gran destrucción sobre la tierra, y un diluvio que durará un año. Este hijo que te ha nacido quedará sobre la tierra, y sus tres hijos se salvarán con él, cuando toda la humanidad que hay sobre la tierra muera. Y habrá un gran castigo sobre la tierra, y la tierra será limpiada de toda impureza. Y ahora hazle saber a tu hijo Lémej que el que ha nacido es en verdad su hijo, y ponle por nombre Nóaj, pues él quedará para vosotros, y él y sus hijos se salvarán de la destrucción que vendrá sobre la tierra.» Cuando Metushélaj hubo oído las palabras de su padre, que le mostró todas las cosas secretas, volvió a casa, y llamó al niño Nóaj, porque haría que la tierra se regocijara en compensación por toda la destrucción.
Con el nombre de Nóaj lo llamaba solo su abuelo Metushélaj; su padre y todos los demás lo llamaban Menajem. Su generación era dada a la hechicería, y Metushélaj temía que su nieto fuera embrujado si se conocía su verdadero nombre, por lo cual lo mantuvo en secreto. Menajem, «Consolador», le venía tan bien como Nóaj; indicaba que sería un consuelo, con solo que los malhechores de su tiempo se arrepintieran de sus fechorías. Desde su mismo nacimiento se sintió que traería consuelo y liberación. Cuando HaShem dijo a Adam: «Maldita es la tierra por tu causa», él preguntó: «¿Por cuánto tiempo?», y la respuesta que dio Dios fue: «Hasta que nazca un hijo varón cuya conformación sea tal que no haya necesidad de practicar en él el rito de la circuncisión.» Esto se cumplió en Nóaj: nació circuncidado desde el vientre de su madre.
Nóaj apenas había venido al mundo cuando se hizo notar un cambio marcado. Desde la maldición que la tierra había recibido por el pecado de Adam, ocurría que, sembrado el trigo, brotaba y crecía sin embargo avena. Esto cesó con la aparición de Nóaj: la tierra dio los productos que se plantaban en ella. Y fue Nóaj quien, ya crecido y hecho hombre, inventó el arado, la hoz, la azada y otros instrumentos para cultivar la tierra. Antes de él los hombres habían trabajado la tierra con sus propias manos.
Hubo otra señal que indicaba que el niño nacido a Lémej estaba destinado a un destino extraordinario. Cuando Dios creó a Adam, le dio dominio sobre todas las cosas: la vaca obedecía al labrador, y el surco se dejaba trazar de buena gana. Pero tras la caída de Adam todas las cosas se rebelaron contra él: la vaca se negó a obedecer al labrador, y también el surco se hizo rebelde. Nació Nóaj, y todo volvió a su estado anterior a la caída del hombre.
Antes del nacimiento de Nóaj, el mar solía traspasar sus límites dos veces al día, por la mañana y por la tarde, e inundaba la tierra hasta las tumbas. Después de su nacimiento se mantuvo dentro de sus confines. Y el hambre que afligió al mundo en tiempos de Lémej —la segunda de las diez grandes hambrunas destinadas a venir sobre él— cesó sus estragos con el nacimiento de Nóaj.
Ya hecho hombre, Nóaj siguió los caminos de su abuelo Metushélaj, mientras que todos los demás hombres de aquel tiempo se alzaron contra este piadoso rey. Lejos de observar sus preceptos, seguían la inclinación al mal de sus corazones, y perpetraban toda clase de actos abominables. Sobre todo los ángeles caídos y su descendencia de gigantes causaron la depravación de la humanidad. La sangre derramada por los gigantes clamaba al cielo desde la tierra, y los cuatro arcángeles acusaron a los ángeles caídos y a sus hijos ante Dios, tras lo cual Él les dio las siguientes órdenes: Uriel fue enviado a Nóaj para anunciarle que la tierra sería destruida por un diluvio, y para enseñarle cómo salvar su propia vida. A Rafael se le ordenó poner en cadenas al ángel caído Azazel, arrojarlo a un foso de piedras afiladas y puntiagudas en el desierto de Dudael, y cubrirlo de tinieblas, y así había de permanecer hasta el gran día del juicio, cuando sería arrojado al foso ardiente del infierno, y la tierra sanaría de la corrupción que él había urdido sobre ella. A Gavriel se le encargó proceder contra los bastardos y los réprobos, los hijos de los ángeles engendrados con las hijas de los hombres, y sumirlos en luchas mortales entre sí. Los de la ralea de Shemjazai fueron entregados a Mijael, quien primero les hizo presenciar la muerte de sus hijos en su sangriento combate mutuo, y luego los ató y los clavó bajo las colinas de la tierra, donde permanecerán setenta generaciones, hasta el día del juicio, para ser llevados de allí al foso ardiente del infierno.
La caída de Azazel y Shemjazai sucedió de esta manera. Cuando la generación del diluvio comenzó a practicar la idolatría, Dios se afligió profundamente. Los dos ángeles Shemjazai y Azazel se levantaron y dijeron: «¡Oh, Señor del mundo! Ha sucedido aquello que predijimos en la creación del mundo y del hombre, cuando dijimos: “¿Qué es el hombre, para que de él te acuerdes?”» Y Dios dijo: «¿Y qué será ahora del mundo sin el hombre?» A lo cual los ángeles: «Nosotros nos ocuparemos de él.» Entonces dijo Dios: «Bien lo sé, y sé que si habitáis la tierra, la inclinación al mal os dominará, y seréis más inicuos que los hombres mismos.» Los ángeles suplicaron: «Concédenos solo permiso para morar entre los hombres, y verás cómo santificaremos Tu Nombre.» Dios cedió a su deseo, diciendo: «¡Descended y habitad entre los hombres!»
Cuando los ángeles llegaron a la tierra, y vieron a las hijas de los hombres en toda su gracia y hermosura, no pudieron refrenar su pasión. Shemjazai vio a una doncella llamada Istehar, y perdió el corazón por ella. Ella prometió entregarse a él, si primero le enseñaba el Nombre Inefable, por medio del cual se elevaba al cielo. Él accedió a su condición. Pero una vez que lo supo, ella pronunció el Nombre, y ascendió al cielo por sí misma, sin cumplir su promesa al ángel. Dios dijo: «Por cuanto se mantuvo apartada del pecado, la pondremos entre las siete estrellas, para que los hombres nunca la olviden», y fue colocada en la constelación de las Pléyades.
Shemjazai y Azazel, sin embargo, no se dejaron disuadir de entrar en alianzas con las hijas de los hombres, y al primero le nacieron dos hijos. Azazel comenzó a idear los adornos y las galas por medio de los cuales las mujeres seducen a los hombres. Entonces Dios envió a Metatrón a decirle a Shemjazai que había resuelto destruir el mundo y traer un diluvio. El ángel caído comenzó a llorar y a lamentarse por la suerte del mundo y la suerte de sus dos hijos. Si el mundo se hundía, ¿qué tendrían para comer ellos, que necesitaban cada día mil camellos, mil caballos y mil toros?
Estos dos hijos de Shemjazai, llamados Hivá y Hiyá, tuvieron sueños. El uno vio una gran piedra que cubría la tierra, y la tierra estaba marcada por todas partes con líneas sobre líneas de escritura. Vino un ángel, y con un cuchillo borró todas las líneas, dejando solo cuatro letras sobre la piedra. El otro hijo vio un gran huerto de recreo plantado con toda clase de árboles. Pero se acercaron ángeles con hachas, y talaron los árboles, perdonando uno solo con tres de sus ramas.
Cuando Hivá y Hiyá despertaron, acudieron a su padre, que les interpretó los sueños, diciendo: «Dios traerá un diluvio, y ninguno escapará con vida, salvo solamente Nóaj y sus hijos.» Al oír esto, los dos empezaron a llorar y a gritar, pero su padre los consoló: «¡Calma, calma! No os aflijáis. Cada vez que los hombres corten o acarreen piedras, o boten embarcaciones, invocarán vuestros nombres: ¡Hivá! ¡Hiyá!» Esta profecía los tranquilizó.
Shemjazai entonces hizo penitencia. Se suspendió entre el cielo y la tierra, y en esa posición de pecador penitente cuelga hasta el día de hoy. Pero Azazel persistió obstinadamente en su pecado de descarriar a la humanidad por medio de seducciones sensuales. Por esta razón se sacrificaban dos machos cabríos en el Templo en Yom Kipur, el uno para Dios, para que perdonara los pecados de Israel, y el otro para Azazel, para que cargara con los pecados de Israel.
A diferencia de Istehar, la doncella piadosa, Naamá, la encantadora hermana de Tuval-Káyin, descarrió a los ángeles con su belleza, y de su unión con Shamdón surgió el demonio Ashmedai. Era tan desvergonzada como todos los demás descendientes de Káyin, y tan inclinada a los placeres bestiales. Las mujeres cainitas y los hombres cainitas por igual solían andar desnudos, y se entregaban a toda clase imaginable de prácticas lascivas. De tales mujeres eran aquellas cuya belleza y encantos sensuales tentaron a los ángeles a apartarse del camino de la virtud. Los ángeles, por su parte, tan pronto como se rebelaron contra Dios y descendieron a la tierra, perdieron sus cualidades trascendentes, y fueron revestidos de cuerpos sublunares, de modo que la unión con las hijas de los hombres se hizo posible. Los frutos de estas alianzas entre los ángeles y las mujeres cainitas fueron los gigantes, conocidos por su fuerza y su pecaminosidad; como indica su propio nombre, los Emim, infundían temor. Tienen muchos otros nombres. A veces se los llama Refaim, porque una sola mirada suya hacía desfallecer el corazón; o Guiborim, simplemente «gigantes», porque su tamaño era tan enorme que su muslo medía dieciocho codos; o Zamzumim, porque eran grandes maestros en la guerra; o Anakim, porque tocaban el sol con el cuello; o Ivim, porque, como la serpiente, sabían juzgar las cualidades del suelo; o, por último, Nefilim, porque, llevando el mundo a su caída, ellos mismos cayeron.
Mientras que los descendientes de Káyin se parecían a su padre en su pecaminosidad y depravación, los descendientes de Shet llevaban una vida piadosa y bien ordenada, y la diferencia entre la conducta de los dos linajes se reflejaba en sus moradas. La familia de Shet se había establecido sobre las montañas en las cercanías del Paraíso, mientras que la familia de Káyin residía en el campo de Damasco, el lugar donde Hével fue muerto por Káyin.
Por desgracia, en tiempos de Metushélaj, tras la muerte de Adam, la familia de Shet se corrompió a la manera de los cainitas. Los dos linajes se unieron entre sí para ejecutar toda clase de actos inicuos. El resultado de los matrimonios entre ellos fueron los Nefilim, cuyos pecados trajeron el diluvio sobre el mundo. En su arrogancia reclamaban el mismo linaje que la posteridad de Shet, y se comparaban con príncipes y hombres de noble estirpe.
El desenfreno de esta generación se debía en cierta medida a las condiciones ideales en que la humanidad vivía antes del diluvio. No conocían ni la fatiga ni la preocupación, y como consecuencia de su extraordinaria prosperidad se volvieron insolentes. En su arrogancia se alzaron contra Dios. Una sola siembra producía una cosecha suficiente para las necesidades de cuarenta años, y por medio de artes mágicas podían obligar al mismísimo sol y a la luna a estar prontos para servirles. La crianza de los hijos no les daba trabajo alguno. Nacían tras unos pocos días de embarazo, e inmediatamente después de nacer podían caminar y hablar; ellos mismos ayudaban a la madre a cortar el cordón umbilical. Ni siquiera los demonios podían hacerles daño. Una vez, un recién nacido, corriendo a buscar una luz con la que su madre pudiera cortar el cordón umbilical, se topó con el jefe de los demonios, y se entabló un combate entre los dos. De pronto se oyó el canto de un gallo, y el demonio huyó, gritándole al niño: «¡Ve y cuéntale a tu madre que, de no ser por el canto del gallo, te habría matado!» A lo cual el niño replicó: «¡Ve y cuéntale a tu madre que, de no ser por mi cordón umbilical sin cortar, te habría matado yo a ti!»
Fue su vida despreocupada la que les dio espacio y ocio para sus infamias. Por un tiempo Dios, en Su bondad paciente, pasó por alto las iniquidades de los hombres, pero Su tolerancia cesó cuando comenzaron a llevar vidas impúdicas, pues «Dios es paciente con todos los pecados, salvo con una vida inmoral.»
El otro pecado que apresuró el fin de la generación inicua fue su rapacidad. Sus depredaciones estaban planeadas con tanta astucia que la ley no podía tocarlos. Si un campesino traía al mercado una cesta de verduras, se le acercaban, uno tras otro, y le sustraían un poco, cada porción de escaso valor en sí misma, pero al poco rato el vendedor se quedaba sin nada que vender.
Aun después de que Dios hubiera resuelto la destrucción de los pecadores, todavía dejó prevalecer Su misericordia, pues envió a Nóaj hacia ellos, que durante ciento veinte años los exhortó a enmendar sus caminos, sosteniendo siempre el diluvio sobre ellos como amenaza. En cuanto a ellos, no hacían sino burlarse de él. Cuando lo vieron ocupado en la construcción del arca, preguntaron: «¿Para qué esta arca?»
Nóaj: «Dios traerá un diluvio sobre vosotros.»
Los pecadores: «¿Qué clase de diluvio? Si envía un diluvio de fuego, contra eso sabemos protegernos. Si es un diluvio de aguas, entonces, si las aguas brotan de la tierra, las cubriremos con barras de hierro, y si descienden de lo alto, también conocemos un remedio contra eso.»
Nóaj: «Las aguas rezumarán bajo vuestros pies, y no podréis contenerlas.»
En parte persistían en la obstinación de su corazón porque Nóaj les había dado a conocer que el diluvio no descendería mientras el piadoso Metushélaj morara entre ellos. Cumplido el plazo de ciento veinte años que Dios había fijado como término de su prueba, Metushélaj murió, pero por respeto a la memoria de este hombre piadoso Dios les concedió otra semana de tregua, la semana de duelo por él. Durante este tiempo de gracia, las leyes de la naturaleza quedaron suspendidas: el sol salía por el oeste y se ponía por el este. A los pecadores Dios les dio los manjares que aguardan al hombre en el mundo futuro, con el propósito de mostrarles lo que estaban perdiendo. Pero todo esto resultó inútil, y, habiendo partido de esta vida Metushélaj y los demás hombres piadosos de la generación, Dios trajo el diluvio sobre la tierra.
Se necesitaba gran sabiduría para construir el arca, que debía tener espacio para todos los seres de la tierra, incluso los espíritus. Solo los peces no tenían que ser previstos. Nóaj adquirió la sabiduría necesaria del libro que el ángel Raziel había dado a Adam, en el cual está registrado todo el conocimiento celestial y todo el conocimiento terrenal.
Cuando la primera pareja humana estaba todavía en el Paraíso, sucedió una vez que Samael, acompañado de un muchacho, se acercó a Javá y le pidió que vigilara con atención a su pequeño hijo hasta que él regresara. Javá le dio su promesa. Cuando Adam volvió de un paseo por el Paraíso, encontró junto a Javá a un niño que aullaba y gritaba, y que, en respuesta a su pregunta, ella le dijo que era de Samael. Adam se molestó, y su molestia creció a medida que el muchacho lloraba y gritaba cada vez con más violencia. En su irritación le asestó al pequeño un golpe que lo mató. Pero el cadáver no dejó de gemir y llorar, ni cesó cuando Adam lo cortó en pedazos. Para librarse de la plaga, Adam coció los restos, y él y Javá se los comieron. Apenas habían terminado, cuando apareció Samael y reclamó a su hijo. Los dos malhechores trataron de negarlo todo; fingieron no saber nada de su hijo. Pero Samael les dijo: «¡Cómo! ¿Os atrevéis a decir mentiras, cuando Dios en los tiempos venideros dará a Israel la Torá en la que se dice: “Aléjate de la palabra falsa”?»
Mientras hablaban así, de pronto se oyó la voz del muchacho asesinado, que salía del corazón de Adam y de Javá, y dirigió estas palabras a Samael: «¡Vete de aquí! He penetrado en el corazón de Adam y en el corazón de Javá, y nunca más abandonaré sus corazones, ni los corazones de sus hijos, ni los de los hijos de sus hijos, hasta el fin de todas las generaciones.»
Samael se marchó, pero Adam quedó muy afligido, y se vistió de saco y ceniza, y ayunó muchos, muchos días, hasta que Dios se le apareció y dijo: «Hijo mío, no temas a Samael. Te daré un remedio que te ayudará contra él, pues fue por instancia Mía que él fue a ti.» Adam preguntó: «¿Y cuál es ese remedio?» Dios: «La Torá.» Adam: «¿Y dónde está la Torá?» Dios entonces le dio el libro del ángel Raziel, que estudió día y noche. Después de que pasó algún tiempo, los ángeles visitaron a Adam, y, envidiosos de la sabiduría que había extraído del libro, buscaron destruirlo con astucia llamándolo dios y postrándose ante él, a pesar de su protesta: «No os postréis ante mí, sino engrandeced a HaShem conmigo, y exaltemos juntos Su Nombre.» Sin embargo, la envidia de los ángeles era tan grande que le robaron a Adam el libro que Dios le había dado, y lo arrojaron al mar. Adam lo buscó por todas partes en vano, y la pérdida lo afligió amargamente. De nuevo ayunó muchos días, hasta que Dios se le apareció y dijo: «¡No temas! Te devolveré el libro», y llamó a Rahav, el Ángel del Mar, y le ordenó recobrar el libro del mar y restituirlo a Adam. Y así lo hizo.
A la muerte de Adam, el libro sagrado desapareció, pero más tarde la cueva en que estaba oculto le fue revelada a Janoj en un sueño. Fue de este libro que Janoj sacó su conocimiento de la naturaleza, de la tierra y de los cielos, y se volvió tan sabio por medio de él que su sabiduría superó a la sabiduría de Adam. Una vez que lo hubo aprendido de memoria, Janoj escondió el libro de nuevo.
Ahora bien, cuando Dios resolvió traer el diluvio sobre la tierra, envió al arcángel Rafael a Nóaj, como portador del siguiente mensaje: «Te entrego con esto el libro sagrado, para que todos los secretos y misterios en él escritos te sean manifestados, y para que sepas cómo cumplir su mandato en santidad, pureza, modestia y humildad. Aprenderás de él cómo construir un arca de la madera del árbol gófer, en la que tú, y tus hijos, y tu esposa hallaréis protección.»
Nóaj tomó el libro, y cuando lo estudió, el espíritu santo vino sobre él, y supo todo lo necesario para la construcción del arca y la reunión de los animales. El libro, que estaba hecho de zafiros, lo llevó consigo al arca, tras encerrarlo primero en un cofre de oro. Todo el tiempo que pasó en el arca le sirvió de reloj, para distinguir la noche del día. Antes de su muerte, se lo confió a Shem, y este a su vez a Avraham. De Avraham descendió a través de Yaakov, Leví, Moshé y Yehoshúa hasta Shlomo, que aprendió de él toda su sabiduría, y su destreza en el arte de curar, y también su dominio sobre los demonios.
El arca fue terminada según las instrucciones establecidas en el Libro de Raziel. La siguiente tarea de Nóaj era reunir a los animales. No menos de treinta y dos especies de aves y trescientas sesenta y cinco de reptiles tuvo que llevar consigo. Pero Dios ordenó a los animales dirigirse al arca, y acudieron en tropel hacia allí, y Nóaj no tuvo que hacer siquiera el esfuerzo de extender un dedo. En efecto, se presentaron más de los que se requería que vinieran, y Dios le indicó que se sentara a la puerta del arca y observara cuáles de los animales se echaban al llegar a la entrada y cuáles quedaban en pie. Los primeros pertenecían al arca, pero no los segundos. Ocupando su puesto tal como se le había ordenado, Nóaj observó una leona con sus dos cachorros. Las tres bestias se agazaparon. Pero los dos pequeños empezaron a forcejear con la madre, y ella se levantó y se puso en pie junto a ellos. Entonces Nóaj llevó a los dos cachorros al arca. Las bestias salvajes, y el ganado, y las aves que no fueron aceptados permanecieron en pie alrededor del arca durante siete días enteros, pues la reunión de los animales ocurrió una semana antes de que el diluvio comenzara a descender. El día en que llegaron al arca, el sol se oscureció, y los cimientos de la tierra temblaron, y los relámpagos fulguraron, y el trueno retumbó como nunca antes. Y aun así los pecadores permanecieron impenitentes. En nada cambiaron sus malas acciones durante aquellos últimos siete días.
Cuando por fin el diluvio se desató, setecientos mil de los hijos de los hombres se congregaron alrededor del arca, e imploraron a Nóaj que les concediera protección. Con voz potente él respondió y dijo: «¿No sois vosotros aquellos que fuisteis rebeldes contra Dios, diciendo: “No hay Dios”? Por eso Él ha traído la ruina sobre vosotros, para aniquilaros y borraros de la faz de la tierra. ¿No os he estado profetizando esto durante estos ciento veinte años, y no quisisteis atender a la voz de Dios? ¡Y ahora deseáis que se os mantenga con vida!» Entonces los pecadores clamaron: «¡Sea! Todos estamos dispuestos ahora a volvernos a Dios, con tal de que abras la puerta de tu arca para recibirnos, para que vivamos y no muramos.» Nóaj respondió y dijo: «Eso hacéis ahora, cuando la necesidad os aprieta con dureza. ¿Por qué no os volvisteis a Dios durante todos los ciento veinte años que HaShem os fijó como término de arrepentimiento? Ahora venís, y habláis así, porque la angustia acosa vuestras vidas. Por eso Dios no os escuchará ni os prestará oído; ¡nada lograréis!»
La turba de pecadores intentó tomar por asalto la entrada del arca, pero las bestias salvajes que montaban guardia alrededor del arca se abalanzaron sobre ellos, y muchos fueron muertos, mientras que el resto escapó, solo para hallar la muerte en las aguas del diluvio. Las aguas por sí solas no habrían podido acabar con ellos, pues eran gigantes en estatura y fuerza. Cuando Nóaj los amenazaba con el azote de Dios, respondían: «Si las aguas del diluvio vienen de arriba, jamás llegarán hasta nuestros cuellos; y si vienen de abajo, las plantas de nuestros pies son bastante grandes para represar los manantiales.» Pero Dios hizo que cada gota pasara por el Gehena antes de caer a la tierra, y la lluvia ardiente escaldó la piel de los pecadores. El castigo que les sobrevino fue acorde con su crimen. Así como sus deseos sensuales los habían encendido, e inflamado a excesos inmorales, así fueron castigados por medio de agua calentada.
Ni siquiera en la hora de la agonía pudieron los pecadores sofocar sus viles instintos. Cuando el agua empezó a manar de los manantiales, arrojaron a ellos a sus pequeños hijos, para taponar el diluvio.
Fue por la gracia de Dios, y no por sus méritos, que Nóaj halló refugio en el arca ante la fuerza avasalladora de las aguas. Aunque era mejor que sus contemporáneos, no era todavía digno de que se obraran maravillas por su causa. Tenía tan poca fe que no entró en el arca hasta que las aguas le llegaron a las rodillas. Con él escapó del peligro su piadosa esposa Naamá, la hija de Enosh, y sus tres hijos, y las esposas de sus tres hijos.
Nóaj no se había casado hasta cumplir los cuatrocientos noventa y ocho años. Entonces HaShem le había ordenado tomar esposa. No había deseado traer hijos al mundo, viendo que todos ellos tendrían que perecer en el diluvio, y solo tuvo tres hijos, nacidos poco antes de que el diluvio llegara. Dios le había dado un número tan pequeño de descendientes para que se ahorrara la necesidad de construir el arca a una escala excesiva en caso de que resultaran piadosos. Y si no, si ellos también eran depravados como el resto de su generación, el dolor por su destrucción no haría sino aumentar en proporción a su número.
Así como Nóaj y su familia fueron los únicos que no tuvieron parte en la corrupción de la época, así también los animales recibidos en el arca fueron los que habían llevado una vida natural. Pues los animales de aquel tiempo eran tan inmorales como los hombres: el perro se unía con el lobo, el gallo con el pavo real, y muchos otros no prestaban atención a la pureza sexual. Los que se salvaron fueron los que se habían mantenido incontaminados.
Antes del diluvio el número de animales impuros había sido mayor que el número de los puros. Después la proporción se invirtió, porque mientras que siete pares de animales puros se preservaron en el arca, solo dos pares de los impuros se preservaron.
Un animal, el reem, Nóaj no pudo meterlo en el arca. A causa de su enorme tamaño no cabía dentro. Por eso Nóaj lo ató al arca, y corrió detrás. Tampoco pudo hacer sitio para el gigante Og, el rey de Bashán. Este se sentó encima del arca con firmeza, y de este modo escapó del diluvio de aguas. Nóaj le repartía su comida a diario, por un agujero, porque Og había prometido que él y sus descendientes le servirían como esclavos a perpetuidad.
Dos criaturas de índole muy peculiar también hallaron refugio en el arca. Entre los seres que acudieron a Nóaj estaba la Falsedad, que pedía cobijo. Se le negó la admisión, porque no tenía compañero, y Nóaj recibía a los animales solo por parejas. La Falsedad se fue a buscar una pareja, y se topó con la Desgracia, a quien se asoció con la condición de que ella pudiera apropiarse de lo que la Falsedad ganara. La pareja fue entonces aceptada en el arca. Cuando la abandonaron, la Falsedad notó que todo cuanto reunía desaparecía al instante, y acudió a su compañera para buscar una explicación, que ella le dio con estas palabras: «¿No convinimos en la condición de que yo podría tomar lo que tú ganaras?», y la Falsedad tuvo que marcharse con las manos vacías.
La reunión de los animales en el arca no era sino la parte menor de la tarea impuesta a Nóaj. Su mayor dificultad era proveer alimento para un año y acomodo para ellos. Mucho después, Shem, el hijo de Nóaj, le relató a Eliézer, el siervo de Avraham, la historia de sus experiencias con los animales en el arca. Esto es lo que dijo: «Tuvimos duras penurias en el arca. A los animales diurnos había que alimentarlos de día, y a los nocturnos de noche. Mi padre no sabía qué alimento dar a la pequeña zikta. Una vez cortó una granada por la mitad, y un gusano cayó del fruto, y fue devorado por la zikta. Desde entonces mi padre amasaba salvado, y lo dejaba reposar hasta que criaba gusanos, que se daban de comer al animal. El león padeció de fiebre todo el tiempo, y por eso no molestaba a los demás, porque no le apetecía el alimento seco. Al animal urshana mi padre lo encontró durmiendo en un rincón de la nave, y le preguntó si no necesitaba nada de comer. Él respondió y dijo: “Vi que estabas muy ocupado, y no quise añadir a tus cuitas.” A lo cual mi padre dijo: “Sea la voluntad de HaShem mantenerte vivo para siempre”, y la bendición se cumplió.»
Las dificultades aumentaron cuando el diluvio comenzó a zarandear el arca de un lado a otro. Todos los que estaban dentro de ella eran sacudidos como lentejas en una olla. Los leones empezaron a rugir, los bueyes a mugir, los lobos a aullar, y todos los animales dieron rienda suelta a su angustia, cada uno con los sonidos que tenía el poder de emitir.
También Nóaj y sus hijos, pensando que la muerte estaba cerca, rompieron a llorar. Nóaj oró a Dios: «¡Oh, HaShem, ayúdanos, pues no somos capaces de soportar el mal que nos rodea! Las olas se agitan en torno a nosotros, las corrientes de destrucción nos atemorizan, y la muerte nos mira de frente. ¡Oh, escucha nuestra oración, líbranos, inclínate hacia nosotros, y sé misericordioso con nosotros! ¡Redímenos y sálvanos!»
El diluvio se produjo por la unión de las aguas masculinas, que están por encima del firmamento, y las aguas femeninas que brotan de la tierra. Las aguas de arriba se precipitaron por el espacio que quedó cuando Dios retiró dos estrellas de la constelación de las Pléyades. Después, para poner fin al diluvio, Dios tuvo que trasladar dos estrellas de la constelación de la Osa a la constelación de las Pléyades. Por eso la Osa corre tras las Pléyades. Quiere de vuelta a sus dos hijos, pero no le serán restituidos sino en el mundo futuro.
Hubo otros cambios entre las esferas celestes durante el año del diluvio. Todo el tiempo que duró, el sol y la luna no dieron luz, por lo cual Nóaj fue llamado por su nombre, «el que reposa», pues en su vida el sol y la luna reposaron. El arca era iluminada por una piedra preciosa, cuya luz era más brillante de noche que de día, permitiendo así a Nóaj distinguir entre el día y la noche.
La duración del diluvio fue de un año entero. Comenzó el día diecisiete de Jeshván, y la lluvia continuó durante cuarenta días, hasta el veintisiete de Kislev. El castigo se correspondía con el crimen de la generación pecadora. Habían llevado vidas inmorales, y engendrado hijos bastardos, cuyo estado embrionario dura cuarenta días. Desde el veintisiete de Kislev hasta el primero de Siván, un período de ciento cincuenta días, el agua se mantuvo a una misma altura, quince codos por encima de la tierra. Durante ese tiempo todos los malvados fueron destruidos, recibiendo cada uno el castigo que le correspondía. Káyin estaba entre los que perecieron, y así fue vengada la muerte de Hével. Tan poderosas fueron las aguas en su labor de estrago que ni siquiera el cadáver de Adam fue perdonado en su tumba.
El primero de Siván las aguas comenzaron a menguar, un cuarto de codo por día, y al cabo de sesenta días, el décimo día de Av, se mostraron las cumbres de las montañas. Pero muchos días antes, el diez de Tamuz, Nóaj había soltado al cuervo, y una semana después a la paloma, en la primera de sus tres salidas, repetidas a intervalos de una semana. Desde el primero de Av hasta el primero de Tishrí tardaron las aguas en retirarse por completo de la faz de la tierra. Aun entonces el suelo estaba tan fangoso que los moradores del arca tuvieron que permanecer dentro hasta el día veintisiete de Jeshván, completando un año solar entero, compuesto de doce lunas y once días.
Nóaj había tenido dificultad todo el tiempo para averiguar el estado de las aguas. Cuando quiso despachar al cuervo, el ave dijo: «HaShem, tu Amo, me odia, y tú también me odias. Tu Amo me odia, pues te mandó tomar siete pares de los animales puros en el arca, y solo dos pares de los animales impuros, a los que yo pertenezco. Tú me odias, pues no eliges, como mensajero, un ave de una de las clases de las que hay siete pares en el arca, sino que me envías a mí, y de mi clase no hay más que un par. Supón, ahora, que yo pereciera por causa del calor o del frío, ¿no quedaría el mundo más pobre por toda una especie de animales? ¿O acaso has echado un ojo lujurioso sobre mi pareja, y deseas librarte de mí?» A lo cual Nóaj respondió y dijo: «¡Miserable! Debo vivir apartado de mi propia esposa en el arca. ¡Cuánto menos me pasarían por la mente tales pensamientos como los que me atribuyes!»
El encargo del cuervo no tuvo éxito, pues cuando vio el cuerpo de un hombre muerto, se puso a devorarlo, y no ejecutó las órdenes que Nóaj le había dado. Entonces fue enviada la paloma. Hacia el atardecer regresó con una hoja de olivo en el pico, arrancada en el Monte de los Olivos en Yerushaláyim, pues la Tierra Santa no había sido asolada por el diluvio. Al arrancarla, le dijo a Dios: «¡Oh, Señor del mundo, sea mi alimento tan amargo como la aceituna, pero dámelo de Tu mano, antes que sea dulce y yo quede entregada al poder de los hombres.»
Aunque la tierra recobró su antigua forma al término del año de castigo, Nóaj no abandonó el arca hasta recibir la orden de Dios de dejarla. Se decía a sí mismo: «Así como entré en el arca por mandato de Dios, así solo la dejaré por mandato Suyo.» Sin embargo, cuando Dios le ordenó a Nóaj salir del arca, él se negó, porque temía que, después de haber vivido sobre la tierra seca por algún tiempo, y engendrado hijos, Dios trajera otro diluvio. Por eso no quiso dejar el arca hasta que Dios juró que jamás volvería a visitar la tierra con un diluvio.
Cuando salió del arca al aire libre, empezó a llorar amargamente al ver los enormes estragos causados por el diluvio, y le dijo a Dios: «¡Oh, Señor del mundo! Tú eres llamado el Misericordioso, y deberías haber tenido misericordia de Tus criaturas.» Dios respondió y dijo: «¡Oh, pastor necio, ahora me hablas a Mí! No lo hiciste cuando te dirigí palabras amables, diciendo: “Te he visto como un hombre justo y perfecto en tu generación, y traeré el diluvio sobre la tierra para destruir toda carne. Hazte un arca de madera de gófer.” Así te hablé, contándote todas estas circunstancias, para que suplicaras misericordia por la tierra. Pero tú, tan pronto como oíste que serías rescatado en el arca, no te preocupaste por la ruina que golpearía a la tierra. No hiciste sino construir un arca para ti, en la que te salvaste. Ahora que la tierra está devastada, abres tu boca para suplicar y orar.»
Nóaj comprendió que había sido culpable de necedad. Para propiciar a Dios y reconocer su pecado, trajo un sacrificio. Dios aceptó la ofrenda con favor, por lo cual es llamado por su nombre Nóaj. El sacrificio no fue ofrecido por Nóaj con sus propias manos; los servicios sacerdotales relacionados con él fueron realizados por su hijo Shem. Había una razón para esto. Un día, en el arca, Nóaj olvidó darle su ración al león, y la bestia hambrienta le asestó un golpe tan violento con su zarpa que quedó cojo para siempre, y, teniendo un defecto corporal, no le fue permitido cumplir los oficios de sacerdote.
Los sacrificios consistían en un buey, una oveja, una cabra, dos tórtolas y dos pichones. Nóaj había escogido estas clases porque suponía que estaban destinadas a los sacrificios, viendo que Dios le había ordenado tomar siete pares de ellas consigo en el arca. El altar fue erigido en el mismo lugar donde Adam y Káyin y Hével habían traído sus sacrificios, y donde más tarde había de estar el altar en el santuario de Yerushaláyim.
Después de que se completó el sacrificio, Dios bendijo a Nóaj y a sus hijos. Los hizo gobernantes del mundo como lo había sido Adam, y les dio un mandato, diciendo: «Sed fecundos y multiplicaos sobre la tierra», pues durante su estancia en el arca, los dos sexos, tanto de los hombres como de los animales, habían vivido apartados el uno del otro, porque mientras arrecia una calamidad pública la continencia conviene incluso a quienes quedan indemnes. Esta ley de conducta no había sido violada por nadie en el arca salvo por Jam, por el perro y por el cuervo. Todos recibieron un castigo. El de Jam fue que sus descendientes fueran hombres de piel oscura.
Como señal de que no destruiría más la tierra, Dios puso Su arco en la nube. Aun cuando los hombres volvieran a sumergirse en el pecado, el arco les proclama que sus pecados no causarán daño al mundo. Hubo tiempos, en el curso de las edades, en que los hombres eran lo bastante piadosos como para no tener que vivir con el temor del castigo. En tales tiempos el arco no era visible.
Dios concedió a Nóaj y a sus descendientes el permiso de usar como alimento la carne de los animales, prohibida desde los tiempos de Adam hasta entonces. Pero debían abstenerse del uso de la sangre. Estableció las siete leyes de Nóaj, cuya observancia incumbe a todos los hombres, no solo a Israel. En particular, Dios recalcó el mandato contra el derramamiento de sangre humana. Quien derramara la sangre del hombre, su sangre sería derramada. Aun si los jueces humanos dejaban libre al culpable, su castigo lo alcanzaría igualmente. Moriría una muerte antinatural, la misma que él había infligido a su prójimo. Más aún: hasta a las bestias que mataban hombres se les reclamaría la vida del hombre.
Nóaj perdió su epíteto de «el piadoso» cuando empezó a ocuparse del cultivo de la vid. Se hizo «hombre de la tierra», y este primer intento de producir vino produjo al mismo tiempo al primer hombre en beber sin medida, al primero en proferir maldiciones sobre los suyos y al primero en introducir la esclavitud. Así fue como sucedió todo. Nóaj encontró la vid que Adam se había llevado del Paraíso cuando fue expulsado. Probó sus uvas y, hallándolas gratas al paladar, resolvió plantar la vid y cuidarla. El mismo día en que la plantó, dio fruto; la puso en el lagar, sacó el jugo, lo bebió, se embriagó y quedó deshonrado —todo en un solo día. Su ayudante en la labor de cultivar la vid fue el Satán, que había aparecido justo en el momento en que Nóaj se afanaba en plantar el sarmiento que había hallado. El Satán le preguntó: «¿Qué es eso que plantas aquí?».
Nóaj: «Una viña».
El Satán: «¿Y qué cualidades tiene lo que produce?».
Nóaj: «El fruto que da es dulce, seco o jugoso. Rinde un vino que alegra el corazón del hombre».
El Satán: «Asociémonos en este negocio de plantar una viña».
Nóaj: «¡De acuerdo!».
El Satán degolló entonces un cordero y, a continuación, uno tras otro, un león, un cerdo y un mono. La sangre de cada uno, al ser matado, la hizo correr bajo la vid. Así le mostró a Nóaj cuáles son las cualidades del vino: antes de beberlo, el hombre es inocente como un cordero; si bebe con moderación, se siente fuerte como un león; si bebe más de lo que puede soportar, se asemeja al cerdo; y si bebe hasta la embriaguez, se comporta como un mono —baila de acá para allá, canta, habla obscenidades y no sabe lo que hace.
Esto no disuadió a Nóaj más de lo que lo había disuadido el ejemplo de Adam, cuya caída también se había debido al vino, pues el fruto prohibido había sido la uva, con la que se había embriagado.
En su estado de embriaguez, Nóaj se dirigió a la tienda de su esposa. Su hijo Ham lo vio allí, y contó a sus hermanos lo que había advertido, y dijo: «El primer hombre tuvo solo dos hijos, y uno mató al otro; este hombre, Nóaj, tiene tres hijos, y aun así quiere engendrar un cuarto». Ham no se contentó con estas palabras irrespetuosas contra su padre. A este pecado de irreverencia añadió el ultraje aún mayor de intentar practicar sobre su padre una operación destinada a impedir la procreación.
Cuando Nóaj despertó de su vino y recobró la sobriedad, pronunció una maldición sobre Ham en la persona de su hijo menor, Kena’an. A Ham mismo no podía hacerle daño, pues Dios había conferido una bendición sobre Nóaj y sus tres hijos cuando salieron del arca. Por eso puso la maldición sobre el hijo último del hijo que le había impedido engendrar un hijo menor que los tres que tenía. Los descendientes de Ham por medio de Kena’an tienen, por ello, los ojos rojos, porque Ham miró la desnudez de su padre; tienen los labios deformes, porque Ham habló con sus labios a sus hermanos de la condición indecorosa de su padre; tienen el cabello ensortijado y retorcido, porque Ham volvió y torció la cabeza para ver la desnudez de su padre; y van desnudos, porque Ham no cubrió la desnudez de su padre. Así se le retribuyó, pues es propio de Dios medir el castigo medida por medida.
Kena’an tuvo que sufrir vicariamente por el pecado de su padre. Sin embargo, parte del castigo se le impuso por cuenta propia, pues había sido Kena’an quien había llamado la atención de Ham sobre la repugnante condición de Nóaj. Ham, según parece, no era sino el digno padre de tal hijo. El testamento y última voluntad de Kena’an, dirigido a sus hijos, decía así: «No digáis la verdad; no os apartéis del robo; llevad una vida disoluta; odiad a vuestro amo con un odio grande en extremo; y amaos los unos a los otros».
Así como Ham fue hecho sufrir la retribución de su irreverencia, así Shem y Yéfet recibieron una recompensa por la manera filial y respetuosa en que tomaron un manto y lo pusieron sobre sus dos hombros y, caminando hacia atrás, con los rostros vueltos, cubrieron la desnudez de su padre. Desnudos fueron llevados cautivos y al destierro los descendientes de Ham —los egipcios y los etíopes— por el rey de Ashur, mientras que los descendientes de Shem, los asirios, aun cuando el ángel de HaShem los quemó en el campamento, no quedaron expuestos: sus ropas permanecieron sobre sus cadáveres sin chamuscarse. Y en los tiempos venideros, cuando Gog sufra su derrota, Dios proveerá tanto de mortajas como de un lugar de sepultura para él y toda su multitud, la posteridad de Yéfet.
Aunque Shem y Yéfet mostraron ambos ser cumplidores y respetuosos, fue Shem quien mereció la mayor porción de alabanza. Fue el primero en disponerse a cubrir a su padre. Yéfet se le unió después de que la buena obra había comenzado. Por eso los descendientes de Shem recibieron como recompensa especial el talit, la prenda que ellos visten, mientras que los yefetitas solo tienen la toga. Otra distinción concedida a Shem fue la mención de su nombre junto al de Dios en la bendición de Nóaj. «Bendito sea Adonái, el Dios de Shem», dijo, aunque por regla general el nombre de Dios no se une al nombre de una persona viva, sino solo al de quien ha partido de esta vida.
La relación de Shem con Yéfet quedó expresada en la bendición que su padre pronunció sobre ellos: Dios concederá a Yéfet una tierra de hermosura, y sus hijos serán prosélitos que morarán en las academias de Shem. Al mismo tiempo, Nóaj dio a entender con sus palabras que la Shejiná moraría solo en el primer Templo, erigido por Shlomo, un hijo de Shem, y no en el segundo Templo, cuyo constructor sería Ciro, un descendiente de Yéfet.
Cuando Ham supo que su padre lo había maldecido, huyó avergonzado y, con su familia, se asentó en la ciudad que él había construido, y que llamó Neelatamauk por su esposa. Celoso de su hermano, Yéfet siguió su ejemplo. También él construyó una ciudad, que llamó por su esposa, Adataneses. Shem fue el único de los hijos de Nóaj que no lo abandonó. En las cercanías del hogar de su padre, junto a la montaña, construyó su ciudad, a la que dio igualmente el nombre de su esposa, Zedeketelbab. Las tres ciudades están todas cerca del monte Lubar, la eminencia sobre la que reposó el arca. La primera se halla al sur de él, la segunda al oeste y la tercera al este.
Nóaj se esforzó por inculcar a sus hijos y a los hijos de sus hijos las ordenanzas y los mandatos que él conocía. En particular, los previno contra la fornicación, la impureza y toda la iniquidad que había hecho caer el diluvio sobre la tierra. Les reprochó vivir apartados unos de otros y sus rivalidades, pues temía que, tras su muerte, llegaran incluso a derramar sangre humana. Contra esto los advirtió con fuerza, para que no fueran aniquilados de la tierra como los que los habían precedido. Otra ley que les encargó observar fue la que ordena que el fruto de un árbol no se use durante los tres primeros años en que da fruto, y que aun en el cuarto año sea porción exclusiva de los sacerdotes, después de haber ofrecido una parte de él sobre el altar de Dios. Y habiendo terminado de dar sus enseñanzas y sus encargos, Nóaj dijo: «Pues así exhortó Janoj, vuestro antepasado, a su hijo Metushélaj, y Metushélaj a su hijo Lémej, y Lémej me lo transmitió todo a mí como su padre le había ordenado, y ahora yo os exhorto a vosotros, hijos míos, como Janoj exhortó a su hijo. Cuando vivió, en su generación, que fue la séptima generación del hombre, lo ordenó y lo atestiguó a sus hijos y a los hijos de sus hijos, hasta el día de su muerte».
En el año 1569 después de la creación del mundo, Nóaj repartió la tierra por sorteo entre sus tres hijos, en presencia de un ángel. Cada uno extendió la mano y tomó una papeleta del seno de Nóaj. La papeleta de Shem estaba inscrita con el centro de la tierra, y esta porción se convirtió en la herencia de sus descendientes por toda la eternidad. Nóaj se alegró de que la suerte se lo hubiera asignado a Shem. Así se cumplió la bendición que había pronunciado sobre él, «Y Dios en la morada de Shem», pues tres lugares santos cayeron dentro de sus dominios: el Santo de los Santos en el Templo, el monte Sinaí —el punto medio del desierto— y el monte Tsiyón, el punto medio del ombligo de la tierra.
El sur cayó en suerte a Ham, y el norte se convirtió en la herencia de Yéfet. La tierra de Ham es caliente, la de Yéfet fría, pero la de Shem no es ni caliente ni fría: su temperatura es una mezcla de calor y frío.
Esta división de la tierra tuvo lugar hacia el fin de la vida de Péleg, el nombre que le dio su padre Éver, quien, siendo profeta, sabía que la división de la tierra ocurriría en tiempos de su hijo. Al hermano de Péleg lo llamaron Yoktán, porque la duración de la vida del hombre se acortó en su tiempo.
A su vez, los tres hijos de Nóaj, mientras aún estaban en presencia de su padre, dividieron cada uno su porción entre sus hijos, amenazando Nóaj con su maldición a cualquiera que extendiera la mano para tomar una porción que no le hubiera sido asignada por la suerte. Y todos exclamaron: «¡Que así sea! ¡Que así sea!».
Así fueron divididas ciento cuatro tierras y noventa y nueve islas entre setenta y dos naciones, cada una con una lengua propia, y usando dieciséis conjuntos distintos de caracteres para la escritura. A Yéfet le fueron adjudicadas cuarenta y cuatro tierras, treinta y tres islas, veintidós lenguas y cinco clases de escritura; Ham recibió treinta y cuatro tierras, treinta y tres islas, veinticuatro lenguas y cinco clases de escritura; y Shem, veintiséis tierras, treinta y tres islas, veintiséis lenguas y seis clases de escritura —un conjunto de caracteres escritos más que cualquiera de sus hermanos, siendo el conjunto adicional el hebreo.
La tierra señalada como herencia de los doce hijos de Yaakov fue concedida provisionalmente a Kena’an, Tsidón, Jet, los jebuseos, los amorreos, los guirgaseos, los jiveos, los arkeos, los sineos, los arvadeos, los tsemareos y los jamateos. Era deber de estas naciones cuidar de la tierra hasta que llegaran sus legítimos dueños.
Apenas los hijos de Nóaj y los hijos de sus hijos hubieron tomado posesión de las moradas que les habían sido repartidas, los espíritus impuros comenzaron a seducir a los hombres y a atormentarlos con dolores y toda clase de sufrimientos que conducen a la muerte espiritual y física. Ante las súplicas de Nóaj, Dios envió al ángel Rafael, quien desterró de la tierra a nueve décimas partes de los espíritus impuros, dejando una sola décima para Mastemá, a fin de castigar a los pecadores por medio de ellos. Rafael, con la ayuda del jefe de los espíritus impuros, reveló entonces a Nóaj todos los remedios que residen en las plantas, para que recurriera a ellos según su necesidad. Nóaj los registró en un libro, que transmitió a su hijo Shem. Esta es la fuente a la que se remontan todos los libros de medicina de los que los sabios de la India, Aram, Macedonia y Mitsraim extraen su saber. Los sabios de la India se dedicaron en particular al estudio de los árboles y especias curativos; los arameos eran muy versados en el conocimiento de las propiedades de los granos y las semillas, y tradujeron los antiguos libros de medicina a su lengua. Los sabios de Macedonia fueron los primeros en aplicar prácticamente el conocimiento médico, mientras que los egipcios buscaban obrar curaciones por medio de las artes mágicas y de la astrología, y enseñaban el midrash de los caldeos, compuesto por Kangar, hijo de Ur, hijo de Késed. La destreza médica se difundió cada vez más hasta los tiempos de Esculapio. Este sabio macedonio, acompañado de cuarenta magos eruditos, viajó de país en país, hasta que llegaron a la tierra más allá de la India, en dirección al Paraíso. Esperaban hallar allí algo de la madera del árbol de la vida, y así extender su fama por todo el mundo. Su esperanza quedó frustrada. Cuando llegaron al lugar, hallaron árboles curativos y madera del árbol de la vida, pero, en el momento en que extendían las manos para recoger lo que deseaban, un rayo brotó de la espada siempre giratoria, los derribó al suelo y todos quedaron consumidos por el fuego. Con ellos desapareció todo el conocimiento de la medicina, y no revivió hasta los tiempos del primer Artajerjes, bajo el sabio macedonio Hipócrates, Dioscórides de Baala, Galeno de Caftor y el hebreo Asaf.
Con la difusión de la humanidad, aumentó la corrupción. Mientras Nóaj aún vivía, los descendientes de Shem, Ham y Yéfet nombraron príncipes sobre cada uno de los tres grupos: Nimrod para los descendientes de Ham, Yoktán para los descendientes de Shem y Fénej para los descendientes de Yéfet. Diez años antes de la muerte de Nóaj, el número de los sujetos a los tres príncipes ascendía a millones. Cuando esta gran multitud de hombres llegó a Bavel en sus andanzas, se dijeron unos a otros: «He aquí que llega el tiempo en que, al fin de los días, el vecino será separado del vecino, y el hermano del hermano, y unos harán guerra contra otros. Vamos, edifiquémonos una ciudad y una torre cuya cima alcance hasta el cielo, y hagámonos un gran nombre sobre la tierra. Y ahora hagamos ladrillos, y que cada uno escriba su nombre en su ladrillo». Todos convinieron en esta propuesta, con excepción de doce hombres piadosos, Avraham entre ellos. Se negaron a unirse a los demás. Fueron apresados por el pueblo y llevados ante los tres príncipes, a quienes dieron la siguiente razón de su negativa: «No haremos ladrillos ni permaneceremos con vosotros, pues conocemos un solo Dios, y a Él servimos; aunque nos queméis en el fuego junto con los ladrillos, no andaremos por vuestros caminos». Nimrod y Fénej montaron en tal cólera contra los doce hombres que resolvieron arrojarlos al fuego. Yoktán, en cambio, además de ser hombre temeroso de Dios, era pariente cercano de los hombres enjuiciados, e intentó salvarlos. Propuso a sus dos colegas concederles una tregua de siete días. Su plan fue aceptado, pues se le rendía tal deferencia como al primado entre los tres. Los doce fueron encarcelados en la casa de Yoktán. En la noche, encargó a cincuenta de sus servidores que montaran a los prisioneros sobre mulas y los llevaran a las montañas. Así escaparían del castigo que los amenazaba. Yoktán los proveyó de alimento para un mes. Estaba seguro de que, entretanto, o bien sobrevendría un cambio de parecer y el pueblo desistiría de su propósito, o bien Dios ayudaría a los fugitivos. Once de los prisioneros aceptaron el plan con gratitud. Solo Avraham lo rechazó, diciendo: «He aquí que hoy huimos a las montañas para escapar del fuego, pero si de las montañas salen bestias salvajes y nos devoran, o si falta el alimento y morimos de hambre, seremos hallados huyendo ante el pueblo de la tierra y muriendo en nuestros pecados. Ahora bien, vive Adonái, en quien confío, que no me apartaré de este lugar en que me han encarcelado, y si he de morir por mis pecados, moriré por la voluntad de Dios, conforme a Su deseo».
En vano se esforzó Yoktán por persuadir a Avraham de que huyera. Persistió en su negativa. Se quedó atrás, solo, en la casa de la prisión, mientras los otros once escapaban. Al expirar el plazo fijado, cuando el pueblo regresó y exigió la muerte de los doce cautivos, Yoktán solo pudo presentar a Avraham. Su excusa fue que los demás se habían soltado durante la noche. El pueblo estaba a punto de arrojarse sobre Avraham y echarlo al horno de cal. De pronto se sintió un terremoto, el fuego se lanzó desde el horno, y todos los que estaban alrededor —ochenta y cuatro mil del pueblo— fueron consumidos, mientras que Avraham quedó intacto. Acto seguido, se dirigió a sus once amigos en las montañas y les contó el milagro que había ocurrido por su causa. Todos regresaron con él y, sin ser molestados por el pueblo, dieron alabanza y gracias a Dios.
El primero entre los jefes de los hombres corruptos fue Nimrod. Su padre Cush había desposado a su madre en edad avanzada, y Nimrod, fruto de esta unión tardía, le era especialmente querido como el hijo de su vejez. Le dio las ropas hechas de pieles con que Dios había proveído a Adam y a Javá cuando salieron del Paraíso. Cush mismo las había obtenido por medio de Ham. De Adam y Javá habían pasado a Janoj, y de él a Metushélaj, y a Nóaj, y este último las había llevado consigo al arca. Cuando los ocupantes del arca estaban por dejar su refugio, Ham robó las ropas y las mantuvo ocultas, hasta que finalmente las pasó a su primogénito Cush. Cush, a su vez, las escondió durante muchos años. Cuando su hijo Nimrod cumplió los veinte años, se las dio. Estas ropas tenían una propiedad maravillosa. Quien las vestía era a la vez invencible e irresistible. Las bestias y las aves de los bosques caían postradas ante Nimrod tan pronto como lo veían ataviado con ellas, y era igualmente victorioso en sus combates con los hombres. La fuente de su fuerza invencible no era conocida por ellos. La atribuían a su propia destreza personal, y por eso lo nombraron rey sobre ellos. Esto se hizo tras un conflicto entre los descendientes de Cush y los descendientes de Yéfet, del cual Nimrod salió triunfante, habiendo derrotado por completo al enemigo con la ayuda de un puñado de guerreros. Escogió Shinar como su capital. Desde allí extendió su dominio cada vez más lejos, hasta que se alzó, por astucia y por fuerza, como único gobernante del mundo entero, el primer mortal en ejercer un poder universal, así como el noveno gobernante que posea ese mismo poder será el Mesías.
Su impiedad crecía al paso de su creciente poder. Desde el diluvio no había habido pecador semejante a Nimrod. Fabricó ídolos de madera y de piedra, y les rindió culto. Pero, no contento con llevar él mismo una vida sin Dios, hizo cuanto pudo para tentar a sus súbditos por los caminos del mal, en lo cual lo ayudó e instigó su hijo Mardón. Este hijo suyo superó a su padre en iniquidad. Fueron su tiempo y su vida los que dieron origen al proverbio: «De los malvados sale la maldad».
El gran éxito que acompañaba a todas las empresas de Nimrod produjo un efecto siniestro. Los hombres dejaron de confiar en Dios, y confiaban más bien en su propia destreza y capacidad, actitud a la que Nimrod trataba de convertir al mundo entero. Por eso la gente decía: «Desde la creación del mundo no ha habido nadie como Nimrod, un poderoso cazador de hombres y de bestias, y un pecador ante Dios».
Y todo esto no bastaba al perverso deseo de Nimrod. No le era suficiente apartar a los hombres de Dios: hizo cuanto pudo para que le rindieran a él mismo honores divinos. Se erigió en dios y se hizo un asiento a imitación del asiento de Dios. Era una torre construida a partir de una roca redonda, y sobre ella colocó un trono de madera de cedro, sobre el cual se alzaban, uno encima de otro, cuatro tronos, de hierro, cobre, plata y oro. Coronándolo todo, sobre el trono de oro, yacía una piedra preciosa, redonda de forma y gigantesca de tamaño. Esta le servía de asiento, y mientras se sentaba en ella, todas las naciones venían y le rendían homenaje divino.
La iniquidad y la impiedad de Nimrod alcanzaron su culmen en la construcción de la torre de Bavel. Sus consejeros habían propuesto el plan de erigir tal torre, Nimrod había accedido a él, y fue ejecutado en Shinar por una muchedumbre de seiscientos mil hombres. La empresa no era ni más ni menos que una rebelión contra Dios, y había tres clases de rebeldes entre los constructores. El primer grupo decía: «Subamos a los cielos y hagámosle guerra». El segundo grupo decía: «Subamos a los cielos, levantemos allí nuestros ídolos y rindámosles culto». Y el tercer grupo decía: «Subamos a los cielos y arruinémoslos con nuestros arcos y nuestras lanzas».
Muchos, muchos años se pasaron construyendo la torre. Alcanzó tal altura que se tardaba un año en subir hasta la cima. Por eso un ladrillo era más precioso a los ojos de los constructores que un ser humano. Si un hombre caía y encontraba la muerte, nadie hacía caso, pero si un ladrillo caía, lloraban, porque tomaría un año reemplazarlo. Tan empeñados estaban en cumplir su propósito que no permitían que una mujer interrumpiera su labor de hacer ladrillos cuando le llegaba la hora del parto. Moldeando ladrillos daba a luz a su hijo y, atándolo a su cuerpo con una sábana, seguía moldeando ladrillos.
Nunca aflojaban en su trabajo, y desde su vertiginosa altura disparaban sin cesar flechas hacia el cielo, las cuales, al volver, se veían cubiertas de sangre. Así se afianzaban en su delirio, y gritaban: «Hemos dado muerte a todos los que están en el cielo». Entonces Dios se volvió hacia los setenta ángeles que rodean Su trono, y dijo: «Vamos, descendamos y confundamos allí su lengua, para que no entiendan el habla unos de otros». Así sucedió. Desde entonces, ninguno supo lo que decía el otro. Uno pedía la argamasa, y el otro le alcanzaba un ladrillo; encolerizado, arrojaba el ladrillo a su compañero y lo mataba. Muchos perecieron de este modo, y el resto fueron castigados según la naturaleza de su conducta rebelde. A los que habían dicho «Subamos a los cielos, levantemos allí nuestros ídolos y rindámosles culto», Dios los transformó en monos y fantasmas; a los que se habían propuesto asaltar los cielos con sus armas, Dios los puso unos contra otros de modo que cayeron en el combate; y a los que habían resuelto sostener un combate con Dios en el cielo, los dispersó por toda la faz de la tierra. En cuanto a la torre inconclusa, una parte se hundió en la tierra, y otra parte fue consumida por el fuego; solo un tercio de ella quedó en pie. El lugar de la torre nunca ha perdido su singular propiedad. Todo el que pasa por él olvida cuanto sabe.
El castigo infligido a la pecadora generación de la torre es comparativamente leve. Por causa de la rapiña, la generación del diluvio fue destruida por completo, mientras que la generación de la torre fue preservada a pesar de sus blasfemias y de todos sus demás actos ofensivos a Dios. La razón es que Dios tiene en alta estima la paz y la concordia. Por eso la generación del diluvio, que se entregó al pillaje y se aborrecía entre sí, fue extirpada de raíz, mientras que la generación de la torre de Bavel, que moraba en buena armonía y se amaba entre sí, fue conservada con vida, al menos un remanente de ella.
Aparte del castigo del pecado y de los pecadores mediante la confusión del habla, otra circunstancia notable estuvo ligada al descenso de Dios sobre la tierra —uno de solo diez descensos semejantes que habrían de ocurrir entre la creación del mundo y el día del juicio. Fue en esta ocasión cuando Dios y los setenta ángeles que rodean Su trono echaron suertes sobre las diversas naciones. Cada ángel recibió una nación, e Israel cayó en la suerte de Dios. A cada nación le fue asignada una lengua peculiar, quedando el hebreo reservado para Israel —la lengua de la que Dios se sirvió en la creación del mundo.
Capítulo VI
Avraham
Capítulo quinto
Diez generaciones hubo de Nóaj a Avraham, para mostrar cuán grande es la clemencia de Dios, pues todas ellas provocaron Su ira —hasta que vino Avraham nuestro padre y recibió la recompensa de todas. Por amor a Avraham, Dios se había mostrado paciente y sufrido durante la vida de estas diez generaciones. Más aún: el mundo mismo había sido creado por sus méritos. Su venida había sido anunciada a su antepasado Reú, quien pronunció esta profecía al nacer su hijo Serug: «De este niño nacerá, en la cuarta generación, aquel que fijará su morada por encima de lo más alto, y será llamado perfecto e inmaculado, y será padre de naciones, y su alianza no se disolverá, y su simiente se multiplicará para siempre».
Ya era hora, en verdad, de que el «amigo de Dios» apareciera sobre la tierra. Los descendientes de Nóaj se hundían de depravación en depravación, cada vez más hondo. Empezaban a reñir y a matar, a comer sangre, a levantar ciudades fortificadas y murallas y torres, a poner a un solo hombre como rey sobre toda la nación, a librar guerras —pueblo contra pueblo, nación contra nación, ciudad contra ciudad—, a cometer toda clase de maldad, a fabricar armas y a enseñar a sus hijos el arte de la guerra. Comenzaron también a tomar cautivos y a venderlos como esclavos. Y se hicieron imágenes de fundición, que adoraban, cada uno el ídolo que había fundido para sí, pues los espíritus malignos, bajo su jefe Mastemá, los extraviaban hacia el pecado y la impureza. Por esta razón llamó Reú a su hijo Serug, porque toda la humanidad se había desviado hacia el pecado y la transgresión. Cuando el niño llegó a hombre, se vio que el nombre había sido bien escogido, pues él también adoraba ídolos; y cuando a su vez tuvo un hijo, Najor de nombre, le enseñó las artes de los caldeos: cómo ser adivino y practicar la magia según las señales de los cielos. Cuando, con el tiempo, le nació un hijo a Najor, Mastemá envió cuervos y otras aves para arrasar la tierra y robar a los hombres el fruto de su trabajo. Apenas dejaban caer la semilla en los surcos, y antes de que pudieran cubrirla con tierra, las aves la arrancaban de la superficie del suelo; y llamó Najor a su hijo Téraj, porque los cuervos y las demás aves plagaban a los hombres, devoraban su semilla y los reducían a la miseria.
Téraj se casó con Emtelái, hija de Karnebó, y el fruto de esa unión fue Avraham. Su nacimiento lo había leído Nimrod en las estrellas, pues este rey impío era astrólogo consumado, y le resultó manifiesto que en sus días nacería un hombre que se alzaría contra él y desmentiría triunfante su religión. Aterrado por la suerte que le anunciaban las estrellas, mandó llamar a sus príncipes y gobernadores y les pidió consejo en el asunto. Ellos respondieron y dijeron: «Nuestro parecer unánime es que edifiques una gran casa, apostes una guardia a su entrada y proclames en todo tu reino que todas las mujeres encinta acudan allí junto con sus parteras, que han de permanecer con ellas hasta el parto. Cuando se cumplan los días de una mujer y nazca la criatura, será deber de la partera matarla si es varón. Pero si la criatura es niña, se le dejará vivir, y la madre recibirá dones y vestiduras costosas, y un heraldo proclamará: “¡Así se hace con la mujer que da a luz una hija!”».
Agradó al rey este consejo, e hizo publicar un bando por todo su reino convocando a todos los arquitectos para que le edificaran una gran casa, de sesenta codos de alto y ochenta de ancho. Terminada la obra, promulgó un segundo bando convocando allí a todas las mujeres encinta, que habían de quedarse hasta el alumbramiento. Se designaron oficiales para llevar a las mujeres a la casa, y se apostaron guardias dentro y alrededor para impedir que huyeran. Envió además parteras a la casa y les ordenó degollar a los niños varones sobre el pecho de sus madres. Pero si una mujer daba a luz una niña, la vestían de lino fino, de seda y de ropas bordadas, y la sacaban de la casa de reclusión entre grandes honores. Nada menos que setenta mil niños fueron así degollados. Entonces los ángeles se presentaron ante Dios y hablaron: «¿No ves lo que hace ese pecador y blasfemo, Nimrod hijo de Kena’an, que mata a tantos inocentes que ningún mal han hecho?». Dios respondió y dijo: «Santos ángeles, lo sé y lo veo, pues ni dormito ni duermo. Contemplo y conozco las cosas ocultas y las cosas reveladas, y seréis testigos de lo que haré a este pecador y blasfemo, pues volveré Mi mano contra él para castigarlo».
Fue por este tiempo cuando Téraj tomó por esposa a la madre de Avraham, y ella quedó encinta. Cuando su cuerpo se agrandó al cabo de tres meses de embarazo, y su rostro palideció, Téraj le dijo: «¿Qué te aqueja, mujer, que tu rostro está tan pálido y tu cuerpo tan hinchado?». Ella respondió y dijo: «Cada año padezco este mal». Pero Téraj no se dejó despachar así. Insistió: «Muéstrame tu cuerpo. Me parece que estás encinta. Si es así, no nos corresponde violar el mandato de nuestro dios Nimrod». Cuando pasó la mano por su cuerpo, ocurrió un milagro. La criatura subió hasta quedar bajo sus pechos, y Téraj no pudo palpar nada con las manos. Dijo a su mujer: «Hablaste con verdad», y nada se hizo visible hasta el día del parto.
Cuando se acercó su hora, salió de la ciudad presa de gran terror y vagó hacia el desierto, caminando por el borde de un valle, hasta que dio con una cueva. Entró en aquel refugio, y al día siguiente le sobrevinieron los dolores, y dio a luz un hijo. Toda la cueva se llenó con la luz del rostro del niño, como con el resplandor del sol, y la madre se alegró en gran manera. La criatura que dio a luz era Avraham nuestro padre.
Su madre se lamentó y dijo a su hijo: «¡Ay de mí, que te di a luz en tiempos en que Nimrod es rey! Por tu causa fueron degollados setenta mil niños varones, y me estremezco de terror por ti, no sea que oiga de tu existencia y te mate. Mejor que perezcas aquí, en esta cueva, a que mis ojos te vean muerto sobre mi pecho». Tomó la vestidura que llevaba puesta y envolvió con ella al niño. Luego lo abandonó en la cueva, diciendo: «Que HaShem esté contigo, que no te falle ni te desampare».
Así quedó Avraham abandonado en la cueva, sin nodriza, y empezó a gemir. Dios envió a Gavriel a darle leche para beber, y el ángel la hizo brotar del meñique de la mano derecha del niño, y él la mamó hasta cumplir diez días. Entonces se levantó y echó a andar, salió de la cueva y fue por el borde del valle. Cuando el sol se puso y aparecieron las estrellas, dijo: «¡Estos son los dioses!». Pero llegó el alba, y ya no se veían las estrellas, y entonces dijo: «No rendiré culto a estas, pues no son dioses». Enseguida salió el sol, y habló: «Este es mi dios, a él ensalzaré». Pero de nuevo se puso el sol, y dijo: «No es dios»; y al ver la luna, la llamó su dios, a quien rendiría homenaje divino. Entonces la luna se oscureció, y clamó: «¡Tampoco esta es dios! Hay Uno que los pone a todos en movimiento».
Aún meditaba consigo mismo cuando el ángel Gavriel se le acercó y lo saludó: «La paz sea contigo». Y Avraham respondió: «Contigo sea la paz», y preguntó: «¿Quién eres tú?». Y Gavriel respondió y dijo: «Yo soy el ángel Gavriel, el mensajero de Dios». Y llevó a Avraham a un manantial de agua cercano, y Avraham se lavó el rostro, las manos y los pies, y oró a Dios, inclinándose y postrándose.
Entretanto, la madre de Avraham pensaba en él con dolor y lágrimas, y salió de la ciudad a buscarlo en la cueva donde lo había abandonado. Al no hallar a su hijo, lloró amargamente y dijo: «¡Ay de mí, que te di a luz solo para que fueras presa de las fieras, de los osos, los leones y los lobos!». Fue al borde del valle, y allí encontró a su hijo. Pero no lo reconoció, pues había crecido mucho. Se dirigió al muchacho: «¡La paz sea contigo!», y él respondió: «¡Contigo sea la paz!», y continuó: «¿A qué has venido al desierto?». Ella replicó: «Salí de la ciudad a buscar a mi hijo». Avraham siguió preguntando: «¿Quién trajo aquí a tu hijo?», y la madre respondió: «Quedé encinta de mi marido Téraj, y cuando se cumplieron los días de mi parto, me angustié por el hijo que llevaba en el vientre, no fuera que nuestro rey, el hijo de Kena’an, viniera y lo matara como había matado a los otros setenta mil niños varones. Apenas había llegado a la cueva de este valle cuando me sobrevinieron los dolores del parto, y di a luz un hijo, a quien dejé en la cueva, y volví a casa. Ahora he venido a buscarlo, pero no lo encuentro».
Avraham entonces habló: «Ese niño de que hablas, ¿qué edad tenía?».
La madre: «Tenía unos veinte días».
Avraham: «¿Hay en el mundo mujer que abandone a su hijo recién nacido en el desierto y venga a buscarlo al cabo de veinte días?».
La madre: «¡Quizá Dios se muestre un Dios misericordioso!».
Avraham: «¡Yo soy el hijo que has venido a buscar a este valle!».
La madre: «Hijo mío, ¡cómo has crecido! Apenas veinte días, ¡y ya sabes andar y hablar con tu boca!».
Avraham: «Así es; y de este modo, madre mía, se te da a conocer que hay en el mundo un Dios grande, temible, vivo y eterno, que ve, pero que no puede ser visto. Está en los cielos, en lo alto, y toda la tierra está llena de Su gloria».
La madre: «Hijo mío, ¿hay un Dios aparte de Nimrod?».
Avraham: «Sí, madre, el Dios de los cielos y el Dios de la tierra, Él es también el Dios de Nimrod hijo de Kena’an. Ve, pues, y lleva este mensaje a Nimrod».
La madre de Avraham volvió a la ciudad y contó a su marido Téraj cómo había encontrado a su hijo. Téraj, que era príncipe y magnate en la casa del rey, se dirigió al palacio real y se postró ante el rey rostro en tierra. La regla era que quien se postraba ante el rey no podía alzar la cabeza hasta que el rey se lo ordenara. Nimrod dio permiso a Téraj para levantarse y exponer su petición. Entonces Téraj relató todo lo ocurrido con su mujer y su hijo. Al oír Nimrod su relato, un miedo abyecto se apoderó de él, y preguntó a sus consejeros y príncipes qué hacer con el muchacho. Ellos respondieron y dijeron: «¡Nuestro rey y nuestro dios! ¿Por qué temes a causa de un niño pequeño? Hay miríadas y miríadas de príncipes en tu reino, jefes de miles, jefes de cientos, jefes de cincuentenas y jefes de decenas, y capataces sin número. Que el más insignificante de los príncipes vaya a traer al muchacho y lo eche en prisión». Pero el rey intervino: «¿Habéis visto alguna vez a un niño de veinte días andar con sus pies, hablar con su boca y proclamar con su lengua que hay un Dios en el cielo, que es Uno, y ninguno fuera de Él, que ve y no es visto?». Todos los príncipes reunidos quedaron horrorizados ante estas palabras.
En ese momento apareció el Satán en forma humana, vestido con ropas de seda negra, y se postró ante el rey. Nimrod dijo: «Alza la cabeza y expón tu petición». El Satán preguntó al rey: «¿Por qué estás aterrado, y por qué estáis todos temiendo a causa de un pequeño muchacho? Te aconsejaré lo que has de hacer: abre tu arsenal y entrega armas a todos los príncipes, jefes y gobernadores, y a todos los guerreros, y envíalos a traerlo a tu servicio y bajo tu dominio».
Este consejo del Satán lo aceptó el rey y lo siguió. Envió una gran hueste armada a traerle a Avraham. Cuando el muchacho vio acercarse al ejército, tuvo gran miedo, y entre lágrimas imploró a Dios ayuda. En respuesta a su oración, Dios le envió al ángel Gavriel, que le dijo: «No temas ni te turbes, pues Dios está contigo. Él te librará de las manos de todos tus adversarios». Dios ordenó a Gavriel poner nubes espesas y oscuras entre Avraham y sus atacantes. Espantados por las densas nubes, huyeron y volvieron a Nimrod, su rey, y le dijeron: «Partamos y dejemos este reino»; y el rey dio dinero a todos sus príncipes y siervos, y junto con el rey partieron y viajaron a Bavel.
Ahora bien, por mandato de Dios, el ángel Gavriel ordenó a Avraham seguir a Nimrod hasta Bavel. Objetó él que en modo alguno estaba equipado para emprender una campaña contra el rey, pero Gavriel lo tranquilizó con estas palabras: «No necesitas provisiones para el camino, ni caballo en que montar, ni guerreros para hacer la guerra a Nimrod, ni carros, ni jinetes. Siéntate tan solo sobre mi hombro, y yo te llevaré a Bavel».
Avraham hizo lo que se le ordenó, y en un abrir y cerrar de ojos se halló ante las puertas de la ciudad de Bavel. Por mandato del ángel, entró en la ciudad y clamó a sus habitantes con voz potente: «HaShem, Él es el Único Dios, y no hay otro fuera de Él. Él es el Dios de los cielos, y el Dios de los dioses, y el Dios de Nimrod. Reconoced esto como la verdad, todos vosotros, hombres, mujeres y niños. Reconoced también que yo soy Avraham, Su siervo, el mayordomo de confianza de Su casa».
Avraham encontró a sus padres en Bavel, y también vio al ángel Gavriel, que le mandó proclamar la verdadera fe a su padre y a su madre. Por eso Avraham les habló y dijo: «Servís a un hombre de vuestra propia especie, y rendís culto a una imagen de Nimrod. ¿No sabéis que tiene boca, pero no habla; ojo, pero no ve; oído, pero no oye; ni anda sobre sus pies, y no hay provecho en ella, ni para sí misma ni para los demás?».
Cuando Téraj oyó estas palabras, persuadió a Avraham de que lo siguiera a la casa, donde su hijo le contó todo lo sucedido: cómo en un solo día había hecho un viaje de cuarenta días. Téraj fue entonces a Nimrod y le informó de que su hijo Avraham había aparecido de pronto en Bavel. El rey mandó llamar a Avraham, y él se presentó ante el rey con su padre. Avraham pasó junto a los magnates y dignatarios hasta llegar al trono real, del que se asió, sacudiéndolo y clamando con voz potente: «Oh Nimrod, miserable despreciable, que niegas la esencia de la fe, que niegas al Dios vivo e inmutable, y a Avraham Su siervo, el mayordomo de confianza de Su casa. Reconócelo, y repite conmigo estas palabras: HaShem es Dios, el Único, y no hay otro fuera de Él; Él es incorpóreo, vivo, eterno; no dormita ni duerme, y ha creado el mundo para que los hombres crean en Él. Y confiesa también acerca de mí, y di que yo soy el siervo de Dios y el mayordomo de confianza de Su casa».
Mientras Avraham proclamaba esto con voz potente, los ídolos cayeron de bruces, y con ellos también el rey Nimrod. Por espacio de dos horas y media yació el rey sin vida, y cuando su alma volvió a él, habló y dijo: «¿Es tu voz, oh Avraham, o la voz de tu Dios?». Y Avraham respondió y dijo: «Esta voz es la voz de la más ínfima de todas las criaturas que Dios ha llamado a la existencia». Entonces Nimrod dijo: «En verdad, el Dios de Avraham es un Dios grande y poderoso, el Rey de todos los reyes»; y ordenó a Téraj que tomara a su hijo y se lo llevara, y volviera de nuevo a su propia ciudad; y padre e hijo hicieron como el rey había ordenado.
Cuando Avraham llegó a la edad de veinte años, su padre Téraj cayó enfermo. Habló así a sus hijos Harán y Avraham: «Os conjuro por vuestras vidas, hijos míos, vendedme estos dos ídolos, pues no tengo dinero suficiente para cubrir nuestros gastos». Harán cumplió el deseo de su padre, pero si alguien se acercaba a Avraham a comprarle un ídolo y le preguntaba el precio, él respondía «Tres manés», y luego preguntaba a su vez: «¿Cuántos años tienes?». «Treinta», era la respuesta. «¿Tienes treinta años, y aun así adorarías este ídolo que fabriqué hoy mismo?». El hombre se marchaba y seguía su camino, y otro se acercaba a Avraham y preguntaba: «¿Cuánto cuesta este ídolo?», y «Cinco manés» era la respuesta, y de nuevo Avraham planteaba la pregunta: «¿Cuántos años tienes?». «Cincuenta». «¿Y tú, que tienes cincuenta años, te inclinarías ante este ídolo que fue hecho hoy mismo?». Entonces el hombre se marchaba y seguía su camino. Avraham tomó entonces dos ídolos, les puso una soga al cuello y, con los rostros vueltos hacia abajo, los arrastró por el suelo, clamando en voz alta todo el tiempo: «¿Quién comprará un ídolo en el que no hay provecho, ni para sí mismo ni para quien lo compra a fin de adorarlo? Tiene boca, pero no habla; ojos, pero no ve; pies, pero no anda; oídos, pero no oye».
La gente que oía a Avraham quedaba grandemente asombrada de sus palabras. Mientras iba por las calles, se encontró con una anciana que se le acercó con el propósito de comprar un ídolo, bueno y grande, para adorarlo y amarlo. «Anciana, anciana —dijo Avraham—, no conozco provecho alguno en ellos, ni en los grandes ni en los pequeños, ni para sí mismos ni para los demás». Y siguió hablándole: «¿Y qué ha sido de la gran imagen que compraste a mi hermano Harán para adorarla?». «Ladrones —respondió ella— vinieron de noche y la robaron, mientras yo aún estaba en el baño». «Si es así —siguió preguntándole Avraham—, ¿cómo puedes rendir homenaje a un ídolo que no puede salvarse a sí mismo de los ladrones, y mucho menos salvar a otros, como tú, necia anciana, de la desgracia? ¿Cómo te es posible decir que la imagen que adoras es un dios? Si es un dios, ¿por qué no se salvó a sí mismo de las manos de esos ladrones? No, en el ídolo no hay provecho, ni para sí mismo ni para quien lo adora».
La anciana replicó: «Si lo que dices es verdad, ¿a quién he de servir?». «Sirve al Dios de todos los dioses —respondió Avraham—, el Señor de señores, que ha creado el cielo y la tierra, el mar y cuanto en él hay: el Dios de Nimrod y el Dios de Téraj, el Dios del oriente, del occidente, del sur y del norte. ¿Quién es Nimrod, el perro, que se llama a sí mismo dios, para que se le rinda culto?».
Avraham logró abrir los ojos de la anciana, y ella se hizo celosa misionera del Dios verdadero. Cuando descubrió a los ladrones que se habían llevado su ídolo, y ellos se lo devolvieron, lo hizo pedazos con una piedra, y mientras andaba por las calles, clamaba en voz alta: «Quien quiera salvar su alma de la destrucción y prosperar en todos sus actos, que sirva al Dios de Avraham». Así convirtió a muchos hombres y mujeres a la verdadera creencia.
Los rumores de las palabras y los hechos de la anciana llegaron al rey, y él mandó llamarla. Cuando compareció ante él, la reprendió con dureza, preguntándole cómo se atrevía a servir a otro dios que no fuera él mismo. La anciana respondió: «Tú eres un mentiroso, tú niegas la esencia de la fe, el Único y Solo Dios, fuera del cual no hay otro dios. Vives de Su generosidad, pero rindes culto a otro, y a Él lo repudias, y a Sus enseñanzas, y a Avraham Su siervo».
La anciana tuvo que pagar con su vida su celo por la fe. Con todo, gran temor y espanto se apoderaron de Nimrod, porque el pueblo se apegaba cada vez más a las enseñanzas de Avraham, y no sabía cómo tratar al hombre que socavaba la antigua fe. Por consejo de sus príncipes, organizó una fiesta de siete días, a la que todo el pueblo fue convocado para presentarse con sus vestiduras de gala, sus atavíos de oro y plata. Con semejante despliegue de riqueza y poder esperaba intimidar a Avraham y traerlo de vuelta a la fe del rey. Por medio de su padre Téraj, Nimrod invitó a Avraham a comparecer ante él, para que tuviera ocasión de ver su grandeza y su riqueza, y la gloria de su dominio, y la multitud de sus príncipes y servidores. Pero Avraham rehusó presentarse ante el rey. En cambio, concedió a su padre lo que este le pedía: que en su ausencia se sentara junto a los ídolos de la casa y los del rey y cuidara de ellos.
A solas con los ídolos, y mientras repetía las palabras «¡HaShem, Él es Dios; HaShem, Él es Dios!», derribó de sus tronos a los ídolos del rey y empezó a golpearlos con un hacha. Comenzó por el más grande y terminó por el más pequeño. A uno le cortó los pies, a otro lo decapitó. A este le sacó los ojos, a aquel le trituró las manos. Después de que todos quedaron mutilados, se fue, no sin antes poner el hacha en la mano del ídolo mayor.
Terminada la fiesta, el rey volvió, y cuando vio todos sus ídolos hechos añicos, preguntó quién había perpetrado el estropicio. Se señaló a Avraham como el culpable del ultraje, y el rey lo mandó llamar y lo interrogó sobre el motivo de su acto. Avraham respondió: «Yo no lo hice; fue el mayor de los ídolos quien destrozó a todos los demás. ¿No ves que aún tiene el hacha en la mano? Y si no quieres creer mis palabras, pregúntale a él y te lo dirá».
Ahora bien, el rey se enfureció en gran manera contra Avraham y ordenó que lo echaran a prisión, donde mandó al carcelero no darle ni pan ni agua. Pero Dios escuchó la oración de Avraham y le envió a Gavriel a su calabozo. Durante un año moró el ángel con él y lo proveyó de toda clase de alimentos, y un manantial de agua fresca brotó ante él, y de él bebía. Al cabo de un año, los magnates del reino se presentaron ante el rey y le aconsejaron arrojar a Avraham al fuego, para que el pueblo creyera en Nimrod para siempre. Entonces el rey promulgó un decreto por el que todos sus súbditos en todas sus provincias, hombres y mujeres, jóvenes y viejos, trajeran leña durante cuarenta días; y la hizo echar en un gran horno y le prendió fuego. Las llamas se alzaron hasta los cielos, y el pueblo tuvo gran miedo del fuego. Se ordenó entonces al carcelero sacar a Avraham y arrojarlo a las llamas. El carcelero recordó al rey que Avraham llevaba un año entero sin comida ni bebida, y que por tanto debía de estar muerto; pero Nimrod, con todo, quiso que se pusiera frente a la prisión y lo llamara por su nombre. Si respondía, lo sacarían a la pira. Si había perecido, sus restos recibirían sepultura, y su memoria sería borrada en adelante.
Grandemente asombrado quedó el carcelero cuando su grito, «Avraham, ¿estás vivo?», recibió por respuesta: «Vivo estoy». Preguntó además: «¿Quién te ha estado trayendo comida y bebida todos estos muchos días?», y Avraham respondió: «Comida y bebida me han sido concedidas por Aquel que está sobre todas las cosas, el Dios de todos los dioses y el Señor de todos los señores, el único que hace maravillas; Él, que es el Dios de Nimrod, y el Dios de Téraj, y el Dios del mundo entero. Él dispensa comida y bebida a todos los seres. Ve, pero no puede ser visto; está en los cielos, en lo alto, y está presente en todos los lugares, pues Él mismo supervisa todas las cosas y provee para todas».
El milagroso rescate de Avraham de la muerte por hambre y sed convenció al carcelero de la verdad de Dios y de Su profeta Avraham, y confesó públicamente su fe en ambos. La amenaza de muerte del rey, si no se retractaba, no pudo apartarlo de su nueva y verdadera fe. Cuando el verdugo alzó la espada y se la puso a la garganta para matarlo, exclamó: «HaShem, Él es Dios, el Dios del mundo entero, tanto como del blasfemo Nimrod». Pero la espada no pudo cortar su carne. Cuanto más se apretaba contra su garganta, más se quebraba en pedazos.
Nimrod, sin embargo, no se dejaba disuadir de su propósito de hacer sufrir a Avraham la muerte por fuego. Se envió a uno de los príncipes a sacarlo. Pero apenas se disponía el mensajero a la tarea de arrojarlo al fuego, la llama saltó del horno y lo consumió. Muchos más intentos se hicieron de echar a Avraham al horno, pero siempre con el mismo resultado: quienquiera que lo agarraba para lanzarlo dentro ardía él mismo, y un gran número perdió la vida. El Satán apareció en forma humana y aconsejó al rey colocar a Avraham en una catapulta y lanzarlo al fuego. Así nadie tendría que acercarse a la llama. El Satán mismo construyó la catapulta. Tras probarla apta tres veces con piedras puestas en la máquina, ataron a Avraham de pies y manos y se disponían a entregarlo a las llamas. En ese momento el Satán, aún disfrazado de hombre, se acercó a Avraham y le dijo: «Si quieres librarte del fuego de Nimrod, inclínate ante él y cree en él». Pero Avraham rechazó al tentador con estas palabras: «¡Que HaShem te reprenda, vil, despreciable y maldito blasfemo!», y el Satán se apartó de él.
Entonces la madre de Avraham vino a él y le imploró que rindiera homenaje a Nimrod y escapara de la desgracia inminente. Pero él le dijo: «Oh madre, el agua puede apagar el fuego de Nimrod, pero el fuego de Dios no se extinguirá jamás. El agua no puede sofocarlo». Cuando su madre oyó estas palabras, dijo: «¡Que el Dios a quien sirves te rescate del fuego de Nimrod!».
Avraham fue finalmente colocado en la catapulta, y alzó los ojos al cielo y dijo: «Oh HaShem, Dios mío, ¡Tú ves lo que este pecador se propone hacerme!». Su confianza en Dios era inquebrantable. Cuando los ángeles recibieron el permiso divino para salvarlo, y Gavriel se le acercó y le preguntó: «Avraham, ¿te salvo del fuego?», él respondió: «Dios, en quien confío, el Dios del cielo y de la tierra, me rescatará»; y Dios, viendo el espíritu sumiso de Avraham, ordenó al fuego: «Enfríate y trae sosiego a Mi siervo Avraham».
No hizo falta agua para apagar el fuego. Los leños reventaron en brotes, y todas las distintas clases de madera dieron fruto, cada árbol el suyo propio. El horno se transformó en un jardín de recreo real, y los ángeles se sentaron en él con Avraham. Cuando el rey vio el milagro, dijo: «¡Gran brujería! Das a conocer que el fuego no tiene poder sobre ti, y a la vez te muestras al pueblo sentado en un jardín de placer». Pero los príncipes de Nimrod intervinieron todos a una voz: «No, señor nuestro, esto no es brujería, es el poder del gran Dios, el Dios de Avraham, fuera del cual no hay otro dios; y reconocemos que Él es Dios, y Avraham es Su siervo». Todos los príncipes y todo el pueblo creyeron en Dios en aquella hora, en HaShem, el Dios de Avraham, y todos clamaron: «HaShem, Él es Dios en el cielo arriba y sobre la tierra abajo; no hay otro».
Avraham era superior no solo al impío rey Nimrod y a sus servidores, sino también a los hombres piadosos de su tiempo: Nóaj, Shem, Éver y Ashur. Nóaj no se dio ninguna preocupación en el asunto de difundir la fe pura en Dios. Se interesaba por plantar su viñedo, y estaba inmerso en placeres materiales. Shem y Éver se mantenían escondidos, y en cuanto a Ashur, dijo: «¿Cómo puedo vivir entre tales pecadores?», y se marchó de la tierra. El único que permaneció inconmovible fue Avraham. «No abandonaré a Dios», dijo; y por eso Dios no lo abandonó a él, que no había escuchado ni a su padre ni a su madre.
La milagrosa liberación de Avraham del horno de fuego, junto con su suerte posterior, fue el cumplimiento y la explicación de lo que su padre Téraj había leído en las estrellas. Había visto la estrella de Harán consumida por el fuego y, al mismo tiempo, llenar y regir el mundo entero. Ahora el sentido era claro. Harán era irresoluto en su fe: no lograba decidir si adherirse a Avraham o a los idólatras. Cuando sucedió que a quienes no querían servir a los ídolos se los arrojaba al horno de fuego, Harán razonó de esta manera: «A Avraham, por ser mayor que yo, lo llamarán antes que a mí. Si sale triunfante de la prueba de fuego, declararé mi lealtad a él; de lo contrario, me pondré en contra suya». Después de que Dios mismo rescató a Avraham de la muerte, y le llegó a Harán el turno de hacer su confesión de fe, anunció su adhesión a Avraham. Pero apenas se acercó al horno, fue apresado por las llamas y consumido, porque le faltaba fe firme en Dios. Bien había leído Téraj las estrellas, así se vio ahora: Harán ardió, y su hija Sará se convirtió en la esposa de Avraham, cuyos descendientes llenan la tierra. En otro sentido, la muerte de Harán fue notable. Fue el primer caso, desde la creación del mundo, de un hijo que moría estando su padre todavía vivo.
El rey, los príncipes y todo el pueblo, que habían sido testigos de las maravillas hechas por Avraham, vinieron a él y se postraron ante él. Pero Avraham dijo: «No os inclinéis ante mí, sino ante Dios, el Dueño del universo, que os ha creado. Servidle y andad en Sus caminos, pues fue Él quien me libró de las llamas, y es Él quien ha creado el alma y el espíritu de todo ser humano, quien forma al hombre en el vientre de su madre y lo trae al mundo. Él salva de toda enfermedad a quienes ponen su confianza en Él».
El rey despidió entonces a Avraham, tras colmarlo de abundantes y preciosos dones, entre ellos dos esclavos que se habían criado en el palacio real. Ogui era el nombre de uno, Eliézer el del otro. Los príncipes siguieron el ejemplo del rey, y le dieron plata, oro y piedras preciosas. Pero todos estos dones no alegraron el corazón de Avraham tanto como los trescientos seguidores que se le unieron y se hicieron adeptos de su religión.
Durante un período de dos años pudo Avraham dedicarse sin estorbo a la tarea que había elegido: volver los corazones de los hombres hacia Dios y Sus enseñanzas. En su piadoso empeño lo ayudó su esposa Sará, con quien se había casado entretanto. Mientras él exhortaba a los hombres y buscaba convertirlos, Sará se dirigía a las mujeres. Era una compañera digna de Avraham. En verdad, en dones proféticos ella estaba por encima de su marido. Por eso a veces se la llamaba Iská, «la vidente».
Al cabo de dos años sucedió que Nimrod tuvo un sueño. En su sueño se hallaba con su ejército junto al horno de fuego, en el valle en que Avraham había sido arrojado. Un hombre semejante a Avraham salió del horno y corrió tras el rey con la espada desenvainada, huyendo el rey ante él, aterrado. Mientras corría, el perseguidor arrojó un huevo a la cabeza de Nimrod, y de él brotó un caudaloso torrente en el que se ahogó toda la hueste del rey. Solo el rey sobrevivió, con tres hombres. Cuando Nimrod examinó a sus compañeros, observó que vestían atavío real, y que en forma y estatura se le parecían. El torrente volvió a convertirse en huevo, y de él salió un pollito, que echó a volar, se posó sobre la cabeza del rey y le saltó uno de los ojos.
El rey quedó confundido en su sueño, y cuando despertó, su corazón latía como un martillo pilón, y su miedo era grandísimo. Por la mañana, al levantarse, mandó llamar a sus sabios y a sus magos y les contó su sueño. Uno de sus sabios, Anokó de nombre, se puso en pie y dijo: «Sabe, oh rey, que este sueño señala la desgracia que Avraham y sus descendientes traerán sobre ti. Vendrá un tiempo en que él y sus seguidores harán la guerra a tu ejército, y lo aniquilarán. Tú y los tres reyes, tus aliados, seréis los únicos en escapar de la muerte. Pero más adelante perderás la vida a manos de uno de los descendientes de Avraham. Considera, oh rey, que tus sabios leyeron esta suerte tuya en las estrellas hace cincuenta y dos años, al nacer Avraham. Mientras Avraham viva sobre la tierra, ni tú ni tu reino estaréis afianzados». Nimrod tomó a pecho las palabras de Anokó y despachó a algunos de sus siervos a apresar a Avraham y matarlo. Sucedió que Eliézer, el esclavo que Avraham había recibido como regalo de Nimrod, se hallaba en aquel tiempo en la corte real. Con gran prisa corrió hacia Avraham para inducirlo a huir ante los alguaciles del rey. Su amo aceptó su consejo y se refugió en la casa de Nóaj y Shem, donde permaneció escondido un mes entero. Los oficiales del rey informaron de que, pese a sus celosos esfuerzos, Avraham no aparecía por ninguna parte. Desde entonces el rey no volvió a preocuparse por Avraham.
Cuando Téraj visitó a su hijo en su escondite, Avraham propuso que dejaran la tierra y fijaran su morada en Kena’an, para escapar de la persecución de Nimrod. Dijo: «Considera que no fue por tu bien que Nimrod te colmó de honores, sino por su propio provecho. Aunque siga otorgándote los mayores beneficios, ¿qué son sino vanidad terrenal? Pues las riquezas y las posesiones de nada aprovechan en el día de la ira y la furia. Escucha mi voz, oh padre mío: partamos hacia la tierra de Kena’an y sirvamos al Dios que te creó, para que te vaya bien».
Nóaj y Shem apoyaron y secundaron los esfuerzos de Avraham por persuadir a Téraj, con lo que Téraj consintió en dejar su país; y él, y Avraham, y Lot, el hijo de Harán, partieron hacia Jarán con sus casas. Encontraron agradable la tierra, y también a sus habitantes, que de buen grado cedieron al influjo del espíritu humano de Avraham y de su piedad. Muchos de ellos obedecieron sus preceptos y se hicieron temerosos de Dios y buenos.
La resolución de Téraj de abandonar su tierra natal por amor a Avraham y fijar su morada en tierras extrañas, y su impulso de hacerlo aun antes de que la llamada divina visitara al propio Avraham, esto lo contó HaShem como un gran mérito a Téraj, y se le permitió ver a su hijo Avraham reinar como rey sobre el mundo entero. Pues cuando ocurrió el milagro, y Yitsjak nació de sus ancianos padres, el mundo entero acudió a Avraham y a Sará y quiso saber qué habían hecho para que tan gran cosa se cumpliera en ellos. Avraham les contó todo lo sucedido entre Nimrod y él: cómo había estado dispuesto a ser quemado por la gloria de Dios, y cómo HaShem lo había rescatado de las llamas. En señal de admiración por Avraham y sus enseñanzas, lo nombraron su rey, y en conmemoración del prodigioso nacimiento de Yitsjak, la moneda acuñada por Avraham llevaba la figura de un marido y una mujer ancianos en el anverso, y la de un joven y su mujer en el reverso, pues tanto Avraham como Sará rejuvenecieron al nacer Yitsjak: los cabellos blancos de Avraham se volvieron negros, y las arrugas del rostro de Sará se alisaron.
Durante muchos años siguió viviendo Téraj como testigo de la gloria de su hijo, pues su muerte no ocurrió hasta que Yitsjak fue un joven de treinta y cinco años. Y una recompensa aún mayor aguardaba a su buena acción. Dios aceptó su arrepentimiento, y cuando partió de esta vida, entró en el Paraíso, y no en el infierno, aunque había pasado en pecado el mayor número de sus días. En efecto, había sido culpa suya que Avraham estuviera a punto de perder la vida a manos de Nimrod.
Téraj había sido un alto funcionario en la corte de Nimrod, y el rey y su séquito lo tenían en gran estima. Le nació un hijo, al que llamó Avram, porque el rey lo había elevado a un puesto encumbrado. La noche en que nació Avraham, los astrólogos y los sabios de Nimrod vinieron a casa de Téraj, y comieron y bebieron, y se alegraron con él aquella noche. Al salir de la casa, alzaron los ojos al cielo para mirar las estrellas, y vieron, y he aquí que una gran estrella salió del oriente y recorrió los cielos y se tragó cuatro estrellas en los cuatro puntos. Todos quedaron asombrados ante aquello, pero comprendieron el asunto y conocieron su significado. Se dijeron unos a otros: «Esto no significa sino que el niño que le ha nacido a Téraj esta noche crecerá y será fecundo, y se multiplicará y poseerá toda la tierra, él y sus hijos para siempre, y él y su descendencia darán muerte a grandes reyes y heredarán sus tierras».
Aquella noche se fueron a sus casas, y por la mañana se levantaron temprano y se reunieron en su casa de asambleas. Hablaron y se dijeron unos a otros: «Mirad, la visión que vimos anoche está oculta al rey, no se le ha dado a conocer, y si este asunto llegara a saberse en los días venideros, nos dirá: ¿Por qué me ocultasteis esto?, y entonces todos moriremos. Vayamos ahora y contémosle al rey la visión que vimos, y su interpretación, y así quedaremos libres de este asunto». Y fueron al rey y le contaron la visión que habían visto, y su interpretación, y añadieron el consejo de que pagara a Téraj el valor del niño y matara a la criatura.
Así pues, el rey mandó llamar a Téraj, y cuando llegó, le habló: «Se me ha dicho que anoche te nació un hijo, y que en los cielos se observó un signo prodigioso en su nacimiento. Dame, pues, al muchacho, para que lo matemos antes de que nos venga de él algún mal, y yo te daré tu casa llena de plata y oro a cambio de él». Téraj respondió: «Eso que me prometes es como las palabras que un hombre dijo a un mulo: "Te daré un gran montón de cebada, una casa llena, a condición de que te corte la cabeza". El mulo respondió: "¿De qué me servirá toda la cebada si me cortas la cabeza? ¿Quién la comerá cuando me la des?". Pues lo mismo digo yo: ¿qué haré con la plata y el oro después de la muerte de mi hijo? ¿Quién me heredará?». Pero cuando Téraj vio cómo ardía en el rey la ira por estas palabras, añadió: «Cuanto el rey desee hacer a su siervo, que lo haga; hasta mi hijo está a disposición del rey, sin valor ni cambio, él y sus dos hermanos mayores».
Mas el rey habló, diciendo: «Compraré a tu hijo menor por un precio». Y Téraj respondió: «Que mi rey me conceda tres días de plazo para pensar el asunto y consultarlo con mi familia». El rey accedió a esta condición, y al tercer día mandó decir a Téraj: «Dame a tu hijo por un precio, como te dije, y si no lo haces, enviaré y mataré todo cuanto hay en tu casa, y no te quedará ni un perro».
Entonces Téraj tomó un niño que su sierva le había dado a luz aquel día, y llevó a la criatura al rey, y recibió su valor, y el rey tomó al niño y le estrelló la cabeza contra el suelo, pues creía que era Avraham. Pero Téraj tomó a su hijo Avraham, junto con la madre del niño y su nodriza, y los escondió en una cueva, y allí les llevaba provisiones una vez al mes, y HaShem estaba con Avraham en la cueva, y creció; mas el rey y todos sus siervos creían que Avraham había muerto.
Y cuando Avraham tuvo diez años, él y su madre y su nodriza salieron de la cueva, pues el rey y sus siervos habían olvidado el asunto de Avraham.
En aquel tiempo todos los habitantes de la tierra, con la excepción de Nóaj y su casa, se rebelaron contra HaShem, y cada uno se hizo su propio dios, dioses de madera y de piedra, que ni hablaban, ni oían, ni libraban de la angustia. El rey y todos sus siervos, y Téraj con su casa, fueron los primeros en adorar imágenes de madera y de piedra. Téraj hizo doce dioses de gran tamaño, de madera y de piedra, correspondientes a los doce meses del año, y a cada uno rendía homenaje en su mes, por turno.
Cierta vez Avraham entró en el templo de los ídolos de la casa de su padre, para ofrecerles sacrificios, y encontró a uno de ellos, Marumat de nombre, tallado en piedra, tendido boca abajo ante el dios de hierro de Najor. El ídolo pesaba demasiado para levantarlo él solo, y llamó a su padre para que lo ayudara a poner a Marumat de nuevo en su lugar. Mientras manejaban la imagen, se le desprendió la cabeza, y Téraj tomó una piedra y cinceló otro Marumat, colocando la cabeza del primero sobre el cuerpo nuevo. Luego Téraj siguió e hizo cinco dioses más, y todos ellos se los entregó a Avraham, y le ordenó que los vendiera por las calles de la ciudad.
Avraham ensilló su mulo y fue a la posada donde se hospedaban, camino de Mitsraim, unos mercaderes de Fandana, en Siria. Esperaba deshacerse allí de su mercancía. Cuando llegó a la posada, uno de los camellos de los mercaderes eructó, y el ruido espantó a su mulo, que salió disparado y rompió tres de los ídolos. Los mercaderes no solo le compraron los dos ídolos intactos, sino que le pagaron también el precio de los rotos, pues Avraham les había contado cuánto le apenaba presentarse ante su padre con menos dinero del que esperaba recibir por su obra.
Este incidente hizo a Avraham reflexionar sobre lo poco que valían los ídolos, y se dijo: «¿Qué son estas malas cosas que hace mi padre? ¿No es él el dios de sus dioses, pues no llegan a existir sino por su tallar y cincelar y componer? ¿No sería más propio que ellos le rindieran culto a él que él a ellos, siendo obra de sus manos?». Meditando así, llegó a la casa de su padre, y entró y le entregó el dinero de las cinco imágenes, y Téraj se alegró y dijo: «Bendito seas por mis dioses, porque me trajiste el precio de los ídolos, y mi trabajo no fue en vano». Pero Avraham respondió: «Oye, padre mío Téraj: benditos sean tus dioses por ti, pues tú eres su dios, ya que tú los formaste; y su bendición es destrucción y su ayuda es vanidad. Los que no se ayudan a sí mismos, ¿cómo pueden ayudarte a ti o bendecirme a mí?».
Téraj se enfureció mucho contra Avraham por pronunciar tales palabras contra sus dioses, y Avraham, pensando en la ira de su padre, lo dejó y salió de la casa. Pero Téraj lo llamó de vuelta y le dijo: «Recoge las astillas de la madera de roble con que hice imágenes antes de que volvieras, y prepárame la comida». Avraham se dispuso a cumplir el mandato de su padre, y al recoger las astillas encontró entre ellas un pequeño dios, en cuya frente estaba la inscripción "Dios Barisat". Echó las astillas al fuego y colocó a Barisat junto a él, diciendo: «¡Atención! Cuida, Barisat, de que el fuego no se apague hasta que yo vuelva. Si mengua, sopla en él y hazlo arder de nuevo». Diciendo esto, salió. Cuando volvió a entrar, encontró a Barisat tendido de espaldas, muy quemado. Sonriendo, se dijo: «En verdad, Barisat, sabes mantener vivo el fuego y preparar la comida», y mientras hablaba, el ídolo quedó reducido a cenizas. Luego llevó los platos a su padre, y este comió y bebió y se alegró y bendijo a su dios Marumat. Pero Avraham dijo a su padre: «No bendigas a tu dios Marumat, sino más bien a tu dios Barisat, pues fue él quien, por su gran amor a ti, se arrojó al fuego para que se cocinara tu comida». «¿Dónde está ahora?», exclamó Téraj, y Avraham respondió: «Se ha vuelto ceniza en la furia del fuego». Téraj dijo: «¡Grande es el poder de Barisat! Me haré otro hoy, y mañana me preparará la comida».
Estas palabras de su padre hicieron reír a Avraham por dentro, pero su alma se afligía por aquella obstinación, y prosiguió exponiendo su parecer sobre los ídolos, diciendo: «Padre, no importa a cuál de los dos ídolos bendigas, tu conducta es insensata, pues las imágenes que están en el templo sagrado son más dignas de adoración que las tuyas. Zuqueo, el dios de mi hermano Najor, es más venerable que Marumat, porque está hecho con arte de oro, y cuando envejezca, se trabajará de nuevo. Pero cuando tu Marumat se deslustre, o se haga añicos, no será renovado, porque es de piedra. Y el dios Joauv, que se yergue sobre los demás dioses junto con Zuqueo, es más venerable que Barisat, que es de madera, porque está forjado en plata y adornado por los hombres para mostrar su magnificencia. Pero tu Barisat, antes de que lo formaras dios con tu hacha, estaba arraigado en la tierra, alzándose allí grande y maravilloso, con la gloria de sus ramas y sus flores. Ahora está seco, y se fue su savia. De su altura ha caído a tierra, de la grandeza pasó a la pequeñez, y el aspecto de su rostro se ha marchitado, y él mismo ardió en el fuego, y fue consumido hasta las cenizas, y ya no existe. Y entonces dijiste: "Me haré otro hoy, y mañana me preparará la comida". Padre —continuó Avraham—, el fuego es más digno de adoración que tus dioses de oro y plata y madera y piedra, porque los consume. Pero tampoco al fuego llamo dios, porque está sujeto al agua, que lo apaga. Pero tampoco al agua llamo dios, porque la absorbe la tierra, y llamo a la tierra más venerable, porque vence al agua. Pero tampoco a la tierra llamo dios, porque la seca el sol, y llamo al sol más venerable que la tierra, porque ilumina el mundo entero con sus rayos. Pero tampoco al sol llamo dios, porque su luz se oscurece cuando sube la tiniebla. Ni llamo dioses a la luna y a las estrellas, porque también su luz se apaga cuando pasa su tiempo de brillar. Mas escucha esto, padre mío Téraj, que voy a declararte: el Dios que ha creado todas las cosas, ese es el Dios verdadero; Él ha purpurado los cielos, y dorado el sol, y dado resplandor a la luna y también a las estrellas, y Él seca la tierra en medio de muchas aguas, y también a ti te ha puesto sobre la tierra, y a mí me ha buscado en la confusión de mis pensamientos».
Pero Téraj no se dejaba convencer, y en respuesta a la pregunta de Avraham —quién era el Dios que había creado el cielo y la tierra y a los hijos de los hombres— lo llevó a la sala donde estaban doce grandes ídolos y un gran número de ídolos pequeños, y señalándolos dijo: «He aquí a los que han hecho todo cuanto ves en la tierra, los que nos crearon a mí y a ti y a todos los hombres de la tierra», y se postró ante sus dioses, y salió de la sala con su hijo.
Avraham fue de allí adonde su madre, y le habló diciendo: «Mira, mi padre me ha mostrado a los que hicieron el cielo y la tierra y a todos los hijos de los hombres. Ahora, pues, date prisa y trae un cabrito del rebaño, y prepara con él un guiso sabroso, para que yo lo lleve a los dioses de mi padre; quizá así me haga aceptable a ellos». Su madre hizo conforme a su petición, pero cuando Avraham llevó la ofrenda a los dioses, vio que no tenían voz, ni oído, ni movimiento, y que ninguno de ellos extendía la mano para comer. Avraham se burló de ellos y dijo: «Sin duda, el guiso sabroso que preparé no os agrada, ¿o acaso es poco para vosotros? Por eso prepararé mañana un guiso fresco, mejor y más abundante que este, para ver qué resulta de ello». Pero los dioses siguieron mudos y sin movimiento ante la segunda ofrenda de guiso excelente, igual que ante la primera, y el espíritu de Dios vino sobre Avraham, y clamó diciendo: «¡Ay de mi padre y de su generación malvada, cuyos corazones se inclinan todos a la vanidad, que sirven a estos ídolos de madera y de piedra, que no pueden comer, ni oler, ni oír, ni hablar, que tienen bocas sin habla, ojos sin vista, oídos sin oído, manos sin tacto, y piernas sin movimiento!».
Entonces Avraham tomó un hacha en su mano y rompió todos los dioses de su padre, y cuando acabó de romperlos puso el hacha en la mano del mayor de todos ellos, y salió. Téraj, al oír el golpe del hacha sobre la piedra, corrió a la sala de los ídolos, y llegó en el momento en que Avraham salía de ella, y cuando vio lo que había ocurrido, se apresuró tras Avraham y le dijo: «¿Qué desaguisado es este que has hecho a mis dioses?». Avraham respondió: «Puse ante ellos un guiso sabroso, y cuando me acerqué a ellos para que comieran, todos extendieron las manos para tomar de la carne, antes de que el mayor hubiera adelantado la suya para comer. Este, enfurecido contra ellos por su conducta, tomó el hacha y los rompió a todos, y he aquí que el hacha aún está en sus manos, como puedes ver».
Entonces Téraj se volvió con ira contra Avraham y le dijo: «¡Me dices mentiras! ¿Acaso hay espíritu, alma o poder en estos dioses para hacer todo lo que me has contado? ¿No son madera y piedra? ¿Y no los hice yo mismo? Fuiste tú quien puso el hacha en la mano del dios grande, y dices que él los golpeó a todos». Avraham respondió a su padre y dijo: «¿Cómo, pues, puedes servir a estos ídolos en los que no hay poder para hacer nada? ¿Pueden estos ídolos en los que confías librarte? ¿Pueden oír tus oraciones cuando los invocas?». Tras haber dicho estas palabras y otras semejantes, amonestando a su padre a que enmendara su camino y se abstuviera de adorar ídolos, se levantó de un salto ante Téraj, tomó el hacha de manos del ídolo grande, lo rompió con ella, y echó a correr.
Téraj se apresuró a ir ante Nimrod, se postró ante él y le rogó que escuchara su relato: sobre su hijo, que le había nacido cincuenta años atrás, y lo que había hecho a sus dioses, y lo que había dicho. «Ahora, pues, señor mío y rey —dijo—, manda a buscarlo para que comparezca ante ti, y júzgalo tú conforme a la ley, para que nos veamos libres de su maldad». Cuando Avraham fue llevado ante el rey, le contó la misma historia que había contado a Téraj, sobre el dios grande que rompió a los más pequeños, pero el rey respondió: «Los ídolos ni hablan, ni comen, ni se mueven». Entonces Avraham le reprochó que adorara a dioses incapaces de hacer nada, y lo amonestó a que sirviera al Dios del universo. Sus últimas palabras fueron: «Si tu corazón malvado no escucha mis palabras, para hacerte abandonar tus malos caminos y servir al Dios eterno, entonces morirás con vergüenza en los días venideros, tú, tu pueblo y todos los que se relacionan contigo, que oyen tus palabras y andan en tus malos caminos».
El rey ordenó que Avraham fuera puesto en prisión, y al cabo de diez días hizo comparecer ante sí a todos los príncipes y grandes del reino, y les expuso el caso de Avraham. Su veredicto fue que debía ser quemado, y, en consecuencia, el rey mandó preparar un fuego durante tres días y tres noches en su horno de Kasdim, y Avraham había de ser llevado allí desde la prisión para ser quemado.
Todos los habitantes de la tierra, unos novecientos mil hombres, además de las mujeres y los niños, acudieron a ver qué se haría con Avraham. Y cuando lo sacaron, los astrólogos lo reconocieron y dijeron al rey: «Sin duda, este es el hombre a quien conocimos de niño, en cuyo nacimiento la gran estrella se tragó las cuatro estrellas. He aquí que su padre traspasó tu mandato, y se burló de ti, pues te trajo otro niño, y a aquel diste muerte».
Téraj se aterró mucho, pues temía la ira del rey, y admitió que había engañado al rey; y cuando el rey dijo: «Dime quién te aconsejó hacer esto. No ocultes nada, y no morirás», acusó falsamente a Harán —que tenía treinta y dos años al tiempo del nacimiento de Avraham— de haberle aconsejado engañar al rey. Por orden del rey, Avraham y Harán, despojados de todas sus ropas salvo los calzones, y atadas las manos y los pies con cordones de lino, fueron arrojados al horno. Harán, porque su corazón no era perfecto con HaShem, pereció en el fuego, y también los hombres que los arrojaron al horno fueron quemados por las llamas que saltaron sobre ellos, y solo Avraham fue salvado por HaShem, y no se quemó, aunque los cordones con que estaba atado se consumieron. Durante tres días y tres noches Avraham anduvo en medio del fuego, y todos los siervos del rey vinieron y le dijeron: «He aquí que hemos visto a Avraham paseándose en medio del fuego».
Al principio el rey no quiso creerlos, pero cuando algunos de sus príncipes fieles corroboraron las palabras de sus siervos, se levantó y fue a verlo por sí mismo. Entonces ordenó a sus siervos que sacaran a Avraham del fuego, pero no pudieron, porque las llamas saltaban hacia ellos desde el horno, y cuando intentaron de nuevo, por orden del rey, acercarse al horno, las llamas se dispararon y les quemaron el rostro, de modo que ocho de ellos murieron. Entonces el rey llamó a Avraham y dijo: «¡Oh siervo del Dios que está en el cielo, sal de en medio del fuego, y ven acá y ponte ante mí!», y Avraham vino y se puso ante el rey. Y el rey habló a Avraham y dijo: «¿Cómo es que no te quemaste en el fuego?». Y Avraham respondió: «El Dios del cielo y de la tierra, en quien confío, y que tiene todas las cosas en su poder, Él me libró del fuego en que me arrojaste».
Con diez pruebas fue probado Avraham, y a todas resistió, mostrando cuán grande era el amor de Avraham. La primera prueba a que fue sometido fue la partida de su tierra natal. Muchas y duras fueron las penalidades que encontró, y, además, le costaba dejar su hogar. Habló a Dios y dijo: «¿No hablará la gente de mí y dirá: "Se esfuerza por traer a las naciones bajo las alas de la Shejiná, y sin embargo deja a su anciano padre en Jarán y se marcha"?». Pero Dios le respondió y dijo: «Aparta de tus pensamientos toda preocupación por tu padre y tus parientes. Aunque te hablen palabras de bondad, todos son de un mismo parecer: arruinarte».
Entonces Avraham dejó a su padre en Jarán y viajó a Kena’an, acompañado por la bendición de Dios, que le dijo: «Haré de ti una gran nación, y te bendeciré, y engrandeceré tu nombre». Estas tres bendiciones venían a contrarrestar las malas consecuencias que, temía él, seguirían a la emigración, pues viajar de un lugar a otro estorba el crecimiento de la familia, mengua los bienes y disminuye la consideración de que uno goza. Con todo, la mayor de todas las bendiciones fue la palabra de Dios: «Y sé tú una bendición». Su sentido era que todo aquel que entrara en contacto con Avraham quedaba bendecido. Hasta los marineros del mar le debían a él sus travesías prósperas. Además, Dios le tendió la promesa de que en el tiempo venidero su nombre sería mencionado en las Bendiciones: Dios sería alabado como el Escudo de Avraham, distinción concedida a ningún otro mortal salvo a David. Pero las palabras «Y sé tú una bendición» solo se cumplirán en el mundo futuro, cuando la descendencia de Avraham sea conocida entre las naciones y su prole entre los pueblos como «la simiente que Adonái bendijo».
Cuando por primera vez se le ordenó a Avraham dejar su hogar, no se le dijo a qué tierra había de viajar —tanto mayor sería su recompensa por ejecutar el mandato de Dios—. Y Avraham mostró su confianza en Dios, pues dijo: «Estoy dispuesto a ir a dondequiera que me envíes». Entonces HaShem le mandó ir a una tierra en la que Él se le revelaría, y cuando más tarde fue a Kena’an, Dios se le apareció, y él supo que era la tierra prometida.
Al entrar en Kena’an, Avraham aún no sabía que era la tierra señalada como su heredad. Sin embargo, se alegró al llegar a ella. En Mesopotamia y en Aram Naharáyim, cuyos habitantes había visto comer, beber y obrar con desenfreno, siempre había deseado: «Ojalá mi porción no esté en esta tierra»; pero cuando llegó a Kena’an, observó que las gentes se dedicaban con diligencia al cultivo de la tierra, y dijo: «¡Ojalá mi porción esté en esta tierra!». Entonces Dios le habló y dijo: «A tu descendencia daré esta tierra». Feliz con estas alegres nuevas, Avraham erigió un altar a HaShem para darle gracias por la promesa, y luego prosiguió su camino hacia el sur, en dirección al lugar donde un día había de alzarse el Templo. En Jevrón erigió de nuevo un altar, tomando así, en cierta medida, posesión de la tierra. Y asimismo levantó un altar en Ai, porque preveía que allí sobrevendría una desgracia a su descendencia, en la conquista de la tierra bajo Yehoshúa. El altar, esperaba, evitaría los malos resultados que pudieran seguir.
Cada altar que levantaba era un centro para su actividad como misionero. Tan pronto como llegaba a un lugar en el que deseaba morar, tendía una tienda primero para Sará y luego para sí mismo, y en seguida se ponía a hacer prosélitos y a traerlos bajo las alas de la Shejiná. Así cumplía su propósito de inducir a todos los hombres a proclamar el Nombre de Dios.
Por el momento, Avraham no era sino un extranjero en su tierra prometida. Tras el reparto de la tierra entre los hijos de Nóaj, cuando todos habían ido a las porciones que les tocaron, sucedió que Kena’an, hijo de Jam, vio que la tierra que se extendía desde el Líbano hasta el río de Mitsraim era hermosa a la vista, y se negó a ir a su propia porción, al occidente junto al mar. Se estableció en la tierra sobre el Líbano, al oriente y al occidente desde la frontera del Yardén y la frontera del mar. Y Jam, su padre, y sus hermanos Kush y Mitsráyim le hablaron y dijeron: «Vives en una tierra que no es tuya, pues no nos fue asignada cuando se echaron las suertes. ¡No hagas así! Pero si persistes, vosotros, tú y tus hijos, caeréis malditos en la tierra, en una rebelión. Tu asentamiento aquí fue rebelión, y por rebelión serán abatidos tus hijos, y tu descendencia será destruida por toda la eternidad. No mores en la tierra de Shem, pues a Shem y a los hijos de Shem les fue repartida por suerte. Maldito eres, y maldito serás ante todos los hijos de Nóaj a causa de la maldición, pues prestamos juramento ante el santo Juez y ante nuestro padre Nóaj».
Pero Kena’an no escuchó las palabras de su padre y de sus hermanos. Habitó en la tierra del Líbano, desde Jamat hasta la entrada de Mitsraim, él y sus hijos. Aunque los cananeos habían tomado posesión ilegítima de la tierra, Avraham respetó, con todo, sus derechos; proveía a sus camellos de bozales, para impedir que pastaran en la propiedad ajena.
Apenas se había establecido Avraham en Kena’an, cuando estalló una hambruna devastadora —una de las diez hambrunas que Dios dispuso para el castigo de los hombres—. La primera de ellas vino en tiempo de Adam, cuando Dios maldijo el suelo por su causa; la segunda fue esta, en tiempo de Avraham; la tercera obligó a Yitsjak a fijar su morada entre los filisteos; los estragos de la cuarta llevaron a los hijos de Yaakov a Mitsraim a comprar grano para comer; la quinta vino en tiempo de los Jueces, cuando Elimélej y su familia hubieron de buscar refugio en la tierra de Moav; la sexta ocurrió durante el reinado de David, y duró tres años; la séptima sucedió en los días de Eliyahu, que había jurado que ni lluvia ni rocío caerían sobre la tierra; la octava fue la de los tiempos de Elishá, cuando una cabeza de asno se vendía por ochenta piezas de plata; la novena es la hambruna que viene sobre los hombres poco a poco, de tiempo en tiempo; y la décima azotará a los hombres antes de la llegada del Mashíaj, y esta última será «no hambre de pan, ni sed de agua, sino de oír las palabras de Adonái».
La hambruna de los tiempos de Avraham prevaleció solo en Kena’an, y había sido infligida a la tierra para probar su fe. Superó esta segunda tentación como había superado la primera. No murmuró, ni mostró señal de impaciencia hacia Dios, que poco antes le había mandado abandonar su tierra natal por una tierra de hambre. La hambruna lo obligó a dejar Kena’an por un tiempo, y se dirigió a Mitsraim, para conocer allí la sabiduría de los sacerdotes y, si era necesario, instruirlos en la verdad.
En este viaje de Kena’an a Mitsraim, Avraham reparó por primera vez en la belleza de Sará. Casto como era, jamás la había mirado antes, pero ahora, cuando vadeaban un arroyo, vio el reflejo de su hermosura en el agua, como el resplandor del sol. Por lo cual le habló así: «Los egipcios son muy sensuales, y te pondré en un cofre para que no me venga daño por tu causa». En la frontera de Mitsraim, los recaudadores de impuestos le preguntaron por el contenido del cofre, y Avraham les dijo que llevaba cebada. «No —dijeron—, contiene trigo». «Muy bien —respondió Avraham—, estoy dispuesto a pagar el impuesto del trigo». Entonces los funcionarios aventuraron: «¡Contiene pimienta!». Avraham accedió a pagar el impuesto de la pimienta, y cuando lo acusaron de esconder oro en el cofre, no rehusó pagar el impuesto del oro, y por fin el de las piedras preciosas. Viendo que no ponía reparo a ningún cargo, por alto que fuera, los recaudadores, ya del todo suspicaces, insistieron en que abriera el cofre y les dejara examinar el contenido. Cuando lo forzaron, todo Mitsraim resplandeció con la belleza de Sará. En comparación con ella, todas las demás bellezas eran como monos junto a hombres. Superaba a la misma Javá. Los siervos del Paró pujaban unos con otros por hacerse con ella, aunque eran del parecer de que hermosura tan radiante no debía seguir siendo propiedad de un particular. Comunicaron el asunto al rey, y el Paró envió una poderosa fuerza armada para llevar a Sará al palacio, y de tal modo lo hechizaron sus encantos, que quienes le habían traído la noticia de su llegada a Mitsraim fueron colmados de espléndidos regalos.
Entre lágrimas, Avraham elevó una oración. Suplicó a Dios con estas palabras: «¿Es esta la recompensa por mi confianza en Ti? Por amor de tu gracia y de tu misericordia, no dejes que mi esperanza sea avergonzada». También Sará imploró a Dios, diciendo: «Oh Dios, Tú mandaste a mi señor Avraham dejar su hogar, la tierra de sus padres, y viajar a Kena’an, y le prometiste hacerle bien si cumplía tus mandatos. Y ahora hemos hecho como nos ordenaste. Dejamos nuestro país y nuestra parentela, y viajamos a una tierra extraña, a un pueblo que antes no conocíamos. Vinimos aquí para salvar a nuestra gente del hambre, y ahora ha sobrevenido esta terrible desgracia. Oh HaShem, ayúdame y sálvame de la mano de este enemigo, y por amor de tu gracia muéstrame el bien».
Un ángel se apareció a Sará mientras estaba en presencia del rey —a quien no era visible—, y le mandó cobrar ánimo, diciendo: «No temas nada, Sará, pues Dios ha oído tu oración». El rey preguntó a Sará por el hombre en cuya compañía había venido a Mitsraim, y Sará llamó a Avraham su hermano. El Paró se comprometió a hacer a Avraham grande y poderoso, a hacer por él cuanto ella deseara. Envió a Avraham mucho oro y plata, y diamantes y perlas, ovejas y bueyes, y esclavos y esclavas, y le asignó una residencia dentro del recinto del palacio real. En el amor que sentía por Sará, le extendió un contrato matrimonial, traspasándole cuanto poseía en oro y plata, y esclavos y esclavas, y además la provincia de Goshen —la provincia que en días posteriores ocuparían los descendientes de Sará, porque era su propiedad—. Y lo más notable de todo: le dio a su propia hija Hagar como esclava, pues prefería ver a su hija sierva de Sará que reinando como señora en otro harén.
Su generosidad sin límites no sirvió de nada. Durante la noche, cuando iba a acercarse a Sará, se apareció un ángel armado con un bastón, y si el Paró apenas tocaba el zapato de Sará para quitárselo del pie, el ángel le asestaba un golpe en la mano, y cuando le agarraba el vestido, seguía un segundo golpe. A cada golpe que iba a descargar, el ángel preguntaba a Sará si debía dejarlo caer, y si ella le pedía que diera al Paró un momento para recobrarse, esperaba y hacía como ella deseaba. Y sucedió otro gran milagro. El Paró, y sus nobles, y sus siervos, las mismísimas paredes de su casa y su lecho, fueron afligidos con lepra, y no pudo satisfacer sus deseos carnales. Esta noche, en que el Paró y su corte sufrieron su bien merecido castigo, fue la noche del quince de Nisán, la misma noche en que Dios, en un tiempo posterior, hirió a los egipcios para redimir a Israel, los descendientes de Sará.
Horrorizado por la plaga que le había sido enviada, el Paró preguntó cómo podría librarse de ella. Recurrió a los sacerdotes, por quienes averiguó la verdadera causa de su aflicción, lo cual fue corroborado por Sará. Entonces mandó llamar a Avraham y le devolvió a su mujer, pura e intacta, y se disculpó por lo ocurrido, diciendo que había tenido la intención de emparentar por matrimonio con él, a quien había creído hermano de Sará. Colmó de ricos regalos al marido y a la mujer, y estos partieron para Kena’an, tras una estancia de tres meses en Mitsraim.
Llegados a Kena’an, buscaron los mismos albergues nocturnos en que habían descansado antes, a fin de saldar sus cuentas, y también para enseñar con su ejemplo que no es propio buscar nuevo alojamiento a menos que uno se vea forzado a ello.
La estancia de Avraham en Mitsraim fue de gran provecho para los habitantes del país, porque les demostró a los sabios de la tierra cuán vacías y vanas eran sus opiniones, y también les enseñó astronomía y astrología, desconocidas en Mitsraim antes de su tiempo.
El gobernante egipcio, cuyo encuentro con Avraham había resultado un suceso tan aciago, fue el primero en llevar el nombre de Paró. Los reyes que le sucedieron se llamaron así en pos de él. El origen del nombre está ligado a la vida y las andanzas de Rakyon —Nada-tengo—, un hombre sabio, apuesto y pobre, que vivía en la tierra de Shinar. Viéndose incapaz de sostenerse en Shinar, resolvió partir hacia Mitsraim, donde esperaba desplegar su sabiduría ante el rey, Ashverosh, hijo de Anam. Quizá hallara gracia a los ojos del rey, que daría a Rakyon la oportunidad de sostenerse y de llegar a ser un gran hombre. Cuando llegó a Mitsraim, se enteró de que era costumbre del país que el rey permaneciera retirado en su palacio, apartado de la vista del pueblo. Solo un día del año se mostraba en público y recibía a todos los que tenían una petición que presentarle. Más rico por una decepción, Rakyon no sabía cómo ganarse el sustento en el país extraño. Se vio forzado a pasar la noche en una ruina, hambriento como estaba. Al día siguiente decidió intentar ganar algo vendiendo verduras. Por una feliz casualidad dio con unos vendedores de verduras, pero como no conocía las costumbres del país, su nueva empresa no fue favorecida por la fortuna. Unos rufianes lo asaltaron, le arrebataron la mercancía e hicieron de él un hazmerreír. La segunda noche, que se vio obligado a pasar de nuevo en la ruina, un astuto plan maduró en su mente. Se levantó y reunió una cuadrilla de treinta mozos robustos. Los llevó al cementerio y les ordenó, en nombre del rey, cobrar doscientas piezas de plata por cada cuerpo que enterraran. De lo contrario, se impediría el entierro. De este modo logró amasar una gran fortuna en ocho meses. No solo adquirió plata, oro y piedras preciosas, sino que además agregó a su persona una fuerza considerable, armada y montada.
El día en que el rey se mostraba ante el pueblo, comenzaron a quejarse de este impuesto sobre los muertos. Dijeron: «¿Qué es esto que infliges a tus siervos, no permitir que nadie sea enterrado a menos que te pague plata y oro? ¿Ha ocurrido cosa semejante en el mundo desde los días de Adam, que no se dé sepultura a los muertos si no se paga dinero por ello? Bien sabemos que es privilegio del rey tomar un impuesto anual de los vivos. Pero tú tomas tributo también de los muertos, y lo exiges día tras día. Oh rey, no podemos soportar esto por más tiempo, pues toda la ciudad queda arruinada por ello».
El rey, que no había tenido sospecha alguna de los manejos de Rakyon, montó en gran cólera cuando el pueblo le dio noticia de ellos. Ordenó que él y su fuerza armada comparecieran ante él. Rakyon no vino con las manos vacías. Lo precedían mil jóvenes y doncellas, montados en corceles y ataviados con vestiduras de gala. Eran un presente para el rey. Cuando él mismo se plantó ante el rey, le entregó oro, plata y diamantes en gran abundancia, y un magnífico corcel de guerra. Estos regalos y el despliegue de esplendor no dejaron de surtir efecto en el rey, y cuando Rakyon, con palabras bien medidas y lengua flexible, describió la empresa, ganó para su lado no solo al rey, sino también a toda la corte, y el rey le dijo: «Ya no te llamarás Rakyon, Nada-tengo, sino Paró, Pagador, pues cobraste impuestos de los muertos».
Tan profunda fue la impresión que causó Rakyon, que el rey, los grandes y el pueblo, todos juntos, resolvieron poner el gobierno del reino en manos del Paró. Bajo la soberanía de Ashverosh administró la ley y la justicia durante todo el año; solo en el único día en que se mostraba al pueblo daba el rey mismo sentencia y decidía los casos. Por el poder que así se le confirió y por prácticas astutas, el Paró logró usurpar la autoridad real, y cobraba impuestos de todos los habitantes de Mitsraim. Con todo, era amado del pueblo, y se decretó que todo gobernante de Mitsraim llevara en adelante el nombre de Paró.
A su regreso de Mitsraim, las relaciones de Avraham con su propia familia se vieron perturbadas por circunstancias enojosas. Surgió una contienda entre los pastores de su ganado y los pastores del ganado de Lot. Avraham proveía a sus rebaños de bozales, pero Lot no tomaba tal precaución, y cuando los pastores que apacentaban los rebaños de Avraham reprendieron a los de Lot por la omisión, estos replicaron: «Es sabido de cierto que Dios dijo a Avraham: "A tu descendencia daré la tierra". Pero Avraham es un mulo estéril. Jamás tendrá hijos. Mañana morirá, y Lot será su heredero. Así que los rebaños de Lot no consumen sino lo que les pertenece a ellos o a su amo». Pero Dios habló: «En verdad, dije a Avraham que daría la tierra a su descendencia, mas solo después de que las siete naciones hayan sido destruidas de la tierra. Hoy los cananeos están en ella, y los perizeos. Aún tienen derecho de habitación».
Ahora bien, cuando la contienda se extendió de los siervos a los amos, y Avraham en vano llamó a cuentas a su sobrino Lot por su comportamiento indecoroso, decidió que tendría que separarse de su pariente, aunque hubiera de obligar a Lot a ello por la fuerza. Lot se separó entonces no solo de Avraham, sino también del Dios de Avraham, y se dirigió a una comarca donde la inmoralidad y el pecado reinaban por completo; por lo cual el castigo lo alcanzó, pues su propia carne lo sedujo más tarde al pecado.
A Dios le desagradó que Avraham no viviera en paz y armonía con su propia parentela, como sí vivía con todo el resto del mundo. Por otro lado, Dios también tomó a mal que Avraham aceptara tácitamente a Lot como heredero, cuando Él le había prometido, con palabras claras e inequívocas: «A tu descendencia daré esta tierra». Después de separarse de Lot, Avraham recibió de nuevo la garantía de que Kena’an pertenecería un día a su descendencia, que Dios multiplicaría como la arena que está a la orilla del mar. Así como la arena llena toda la tierra, la descendencia de Avraham se esparciría por toda la tierra, de un extremo al otro; y así como la tierra solo es bendecida cuando se la humedece con agua, su descendencia sería bendecida por medio de la Torá, que se compara al agua; y así como la tierra dura más que el metal, su descendencia perduraría para siempre, mientras que los paganos se desvanecerían; y así como la tierra es pisada, su descendencia sería pisada por los cuatro reinos.
La partida de Lot tuvo una consecuencia grave, pues la guerra que Avraham libró contra los cuatro reyes está íntimamente ligada a ella. Lot quiso establecerse en el bien regado círculo del Yardén, pero la única ciudad de la llanura que lo acogió fue Sedom, cuyo rey admitió al sobrino de Avraham por consideración a este. Los cinco reyes impíos planearon primero hacer la guerra a Sedom a causa de Lot, y luego avanzar contra Avraham. Pues uno de los cinco, Amrafel, no era otro que Nimrod, el viejo enemigo de Avraham. La ocasión inmediata de la guerra fue esta: Quedorlaomer, uno de los generales de Nimrod, se rebeló contra él después de que los constructores de la torre fueran dispersados, y se erigió a sí mismo como rey de Elam. Luego sometió a las tribus camitas que habitaban en las cinco ciudades de la llanura del Yardén, y las hizo tributarias. Durante doce años le fueron fieles a su soberano Quedorlaomer, pero después se negaron a pagar el tributo, y persistieron en su rebeldía trece años. Aprovechando el apuro de Quedorlaomer, Nimrod condujo una hueste de siete mil guerreros contra su antiguo general. En la batalla librada entre Elam y Shinar, Nimrod sufrió una derrota desastrosa: perdió seiscientos de sus hombres, y entre los caídos estaba Mardón, el hijo del rey. Humillado y abatido, regresó a su país, y se vio forzado a reconocer la soberanía de Quedorlaomer, quien procedió entonces a formar una alianza con Arioc, rey de Elasar, y Tidal, rey de varias naciones, con el fin de aplastar las ciudades del círculo del Yardén. Las fuerzas unidas de estos reyes, que sumaban ochocientos mil hombres, marcharon contra las cinco ciudades, sometiendo cuanto encontraban a su paso y aniquilando a los descendientes de los gigantes. Plazas fortificadas, ciudades sin murallas y campo llano y abierto, todo cayó en sus manos. Avanzaron por el desierto hasta el manantial que brota de la roca en Kadesh, el sitio señalado por Dios como el lugar donde se pronunciaría el juicio contra Moshé y Aharón a causa de las aguas de la discordia. Desde allí giraron hacia la parte central de la Tierra de Israel, la tierra de los dátiles, donde se toparon con los cinco reyes impíos: Bera, el villano, rey de Sedom; Birshá, el pecador, rey de Gomorra; Shinav, el que odia a su padre, rey de Admá; Shemever, el voluptuoso, rey de Tseboim; y el rey de Bela, la ciudad que devora a sus habitantes. Los cinco fueron derrotados en el fértil valle de Sidim, cuyos canales formaron más tarde el mar Muerto. Los que quedaron de la tropa huyeron a los montes, pero los reyes cayeron en los pozos de asfalto y allí quedaron atrapados. Solo el rey de Sedom fue rescatado, milagrosamente, con el propósito de que convirtiera a la fe en Dios a aquellos paganos que no habían creído en la maravillosa liberación de Avraham del horno de fuego.
Los vencedores despojaron a Sedom de todos sus bienes y provisiones, y se llevaron a Lot, jactándose: «Hemos hecho cautivo al hijo del hermano de Avraham», delatando así el verdadero objetivo de su empresa; su deseo más íntimo era herir a Avraham.
Era la primera noche de Pésaj, y Avraham comía del pan ácimo, cuando el arcángel Mijael le trajo la noticia del cautiverio de Lot. Este ángel lleva además otro nombre, Palit, «el que escapó», porque cuando Dios arrojó a Samael y a su hueste de su lugar sagrado en el cielo, el jefe rebelde se aferró a Mijael y trató de arrastrarlo consigo hacia abajo, y Mijael solo se libró de caer del cielo por la ayuda de Dios.
Cuando la noticia de la desdicha de su sobrino llegó a Avraham, apartó de inmediato de su mente todo pensamiento de sus desavenencias con Lot, y solo consideró los modos y los medios de su rescate. Convocó a sus discípulos, a quienes había enseñado la verdadera fe, y que todos se llamaban a sí mismos con el nombre de Avraham. Les dio oro y plata, diciéndoles a la vez: «Sabed que vamos a la guerra con el propósito de salvar vidas humanas. Por tanto, no pongáis vuestros ojos en el dinero; aquí tenéis ante vosotros oro y plata». Además los amonestó con estas palabras: «Nos disponemos a ir a la guerra. Que no se una a nosotros nadie que haya cometido una falta y tema que el castigo divino descienda sobre él». Alarmados por su advertencia, ni uno solo obedeció su llamada a las armas: temían a causa de sus pecados. Solo Eliézer permaneció con él, por lo cual Dios habló y dijo: «Todos te abandonaron salvo Eliézer. En verdad, lo revestiré con la fuerza de los trescientos dieciocho hombres cuya ayuda buscaste en vano».
La batalla librada contra las poderosas huestes de los reyes, de la que Avraham salió victorioso, ocurrió el quince de Nisán, la noche destinada a los hechos milagrosos. Las flechas y las piedras que le arrojaban no surtían efecto alguno, pero el polvo de la tierra, la paja y el rastrojo que él lanzaba contra el enemigo se transformaban en jabalinas y espadas mortíferas. Avraham —alto como setenta hombres puestos de pie, y necesitado de tanta comida y bebida como setenta hombres— avanzaba a pasos de gigante, midiendo cada una de sus zancadas cuatro millas, hasta que alcanzó a los reyes y aniquiló sus tropas. Más allá no pudo ir, pues había llegado a Dan, donde un día Yerovam levantaría los becerros de oro, y en ese lugar aciago la fuerza de Avraham menguó.
Su victoria solo fue posible porque los poderes celestiales tomaron su partido. El planeta Júpiter hizo brillar la noche para él, y un ángel, llamado Lailá, combatió a su favor. En verdad, fue una victoria de Dios. Todas las naciones reconocieron su hazaña más que humana, y le fabricaron un trono a Avraham, y lo erigieron en el campo de batalla. Cuando intentaron sentarlo en él, entre exclamaciones de «¡Tú eres nuestro rey! ¡Tú eres nuestro príncipe! ¡Tú eres nuestro dios!», Avraham los rechazó y dijo: «¡El universo tiene su Rey, y tiene su Dios!». Declinó todos los honores, y devolvió a cada hombre sus bienes. Solo se quedó con los niños pequeños. Los crió en el conocimiento de Dios, y más tarde ellos expiaron la infamia de sus padres.
Con cierta arrogancia salió el rey de Sedom al encuentro de Avraham. Estaba orgulloso de que también para él se hubiera obrado un gran milagro, su rescate del pozo de asfalto. Le hizo a Avraham la propuesta de que se quedara para sí los bienes saqueados. Pero Avraham los rechazó y dijo: «He alzado mi mano a Adonái, Dios Altísimo, que ha creado el mundo por causa de los piadosos, jurando que no tomaré ni un hilo, ni una correa de sandalia, ni nada de lo que es tuyo. No tengo derecho a bien alguno tomado como botín, salvo lo que los jóvenes han comido, y la parte de los hombres que se quedaron junto al bagaje, aunque no bajaron a la batalla misma». El ejemplo de Avraham, al dar una parte del botín incluso a los hombres que no habían tomado parte directa en la batalla, fue seguido más tarde por David, que no atendió a la protesta de los hombres malvados y de la gente vil que lo acompañaban —que sostenían que los que se habían quedado guardando el bagaje no tenían derecho a partes iguales con los guerreros que habían bajado a la batalla.
A pesar de su gran éxito, Avraham quedó, no obstante, inquieto por el desenlace de la guerra. Temía haber transgredido la prohibición de derramar la sangre del hombre, y también temía el resentimiento de Shem, cuyos descendientes habían perecido en el enfrentamiento. Pero Dios lo tranquilizó y dijo: «¡No temas! No has hecho más que arrancar las espinas, y en cuanto a Shem, él te bendecirá antes que maldecirte». Y así fue. Cuando Avraham volvió de la guerra, Shem —o, como a veces se lo llama, Malki-Tsédek, el rey de justicia, sacerdote del Dios Altísimo y rey de Yerushaláyim— salió a su encuentro con pan y vino. Y este sumo sacerdote instruyó a Avraham en las leyes del sacerdocio y en la Torá, y para probarle su amistad lo bendijo, y lo llamó socio de Dios en la posesión del mundo, viendo que a través de él el Nombre de Dios se había dado a conocer por primera vez entre los hombres. Pero Malki-Tsédek dispuso las palabras de su bendición de manera indebida: nombró primero a Avraham y después a Dios. Como castigo, Dios lo depuso de la dignidad sacerdotal, y en su lugar esta pasó a Avraham, con cuyos descendientes permaneció para siempre.
Como recompensa por la santificación del Nombre Sagrado, que Avraham había realizado al negarse a quedarse con nada de los bienes tomados en la batalla, sus descendientes recibieron dos preceptos: el precepto de los flecos en los bordes de sus vestiduras, y el precepto de las correas que han de atarse sobre sus manos y llevarse como frontales entre sus ojos. Así conmemoran que su antepasado se negó a tomar siquiera un hilo o una correa. Y porque no quiso tocar una correa de sandalia del botín, sus descendientes lanzan su calzado sobre Edom.
Poco después de la guerra, Dios se reveló a Avraham para calmar su conciencia respecto al derramamiento de sangre inocente, pues era un escrúpulo que le causaba mucha angustia de espíritu. Al mismo tiempo, Dios le aseguró que haría surgir hombres piadosos entre sus descendientes, que, como él mismo, serían un escudo para su generación. Como distinción adicional, Dios le concedió pedir lo que quisiera —gracia rara, otorgada a ninguno más, salvo a Yaakov, Shlomo, Ajaz y el Mesías. Avraham habló y dijo: «Señor del mundo, si en tiempos venideros mis descendientes provocaran tu ira, mejor sería que yo quedara sin hijos. Lot, por quien viajé hasta Damasco, donde Dios fue mi protección, con gusto sería mi heredero. Además, he leído en las estrellas: “Avraham, no engendrarás hijos”». Entonces Dios elevó a Avraham por encima de la bóveda de los cielos y dijo: «¡Eres un profeta, no un astrólogo!». Ahora Avraham no pidió señal alguna de que sería bendecido con descendencia. Sin gastar una palabra más, creyó en HaShem, y fue recompensado por su fe sencilla con una parte en este mundo y una parte también en el mundo venidero; y, además, la redención de Israel del exilio tendrá lugar como recompensa por su firme confianza.
Pero aunque creyó la promesa que se le hizo con fe plena y perdurable, aun así deseó saber por qué mérito de ellos se sostendrían sus descendientes. Por eso Dios le mandó que le trajera un sacrificio de tres becerras, tres cabras, tres carneros, una tórtola y un pichón, indicándole así a Avraham los diversos sacrificios que un día habrían de ofrecerse en el Templo, para expiar los pecados de Israel y favorecer su bienestar. «Pero ¿qué será de mis descendientes —preguntó Avraham— después de que el Templo sea destruido?». Dios respondió y dijo: «Si leen el orden de los sacrificios tal como quedará consignado en las Escrituras, se lo tendré en cuenta como si hubieran ofrecido los sacrificios, y perdonaré todos sus pecados». Y Dios prosiguió y le reveló a Avraham el curso de la historia de Israel y la historia del mundo entero: la becerra de tres años señala el dominio de Bavel; la cabra de tres años representa el imperio de los griegos; el carnero de tres años, el poder medo-persa; el dominio de Yishmael está representado por el carnero, e Israel es la paloma inocente.
Avraham tomó estos animales y los partió por la mitad. De no haberlo hecho, Israel no habría podido resistir el poder de los cuatro reinos. Pero las aves no las partió, para indicar que Israel permanecerá entero. Y las aves de rapiña bajaron sobre los cadáveres, y Avraham las ahuyentó. Así se anunció la venida del Mesías, que hará pedazos a los paganos; pero Avraham le mandó al Mesías esperar hasta el tiempo que le está señalado. Y así como el tiempo mesiánico se le dio a conocer a Avraham, también el tiempo de la resurrección de los muertos: cuando puso las mitades de las porciones una frente a la otra, los animales volvieron a la vida, al pasar el ave volando sobre ellos.
Mientras preparaba estos sacrificios, le fue concedida a Avraham una visión de gran importancia. El sol se puso, y cayó sobre él un profundo sueño, y contempló un horno humeante, el Gehinom, el horno que Dios prepara para el pecador; y contempló una antorcha encendida, la revelación en el Sinaí, donde todo el pueblo vio antorchas de fuego; y contempló los sacrificios que Israel había de ofrecer; y un horror de gran oscuridad cayó sobre él, el dominio de los cuatro reinos. Y Dios le habló: «Avraham, mientras tus hijos cumplan los dos deberes de estudiar la Torá y realizar el servicio en el Templo, se les ahorrarán las dos aflicciones, el Gehinom y el dominio extranjero. Pero si descuidan los dos deberes, tendrán que sufrir los dos castigos; solo que a ti te toca elegir si serán castigados por medio del Gehinom o por medio del dominio del extraño». Todo el día vaciló Avraham, hasta que Dios lo llamó: «¿Hasta cuándo vacilarás entre dos opiniones? Decídete por una de las dos, ¡y que sea por el dominio del extraño!». Entonces Dios le dio a conocer los cuatrocientos años de servidumbre de Israel en Mitsraim, contados desde el nacimiento de Yitsjak; pues al propio Avraham se le dio la promesa de que él iría a sus padres en paz, y no sentiría nada de la arrogancia del opresor extranjero. Al mismo tiempo, se le dio a conocer a Avraham que su padre Téraj tendría una parte en el mundo venidero, pues había hecho penitencia por sus actos pecaminosos. Además se le reveló que su hijo Yishmael se volvería al camino de la justicia mientras aún vivía su padre, y que su nieto Esav no comenzaría su modo de vida impío hasta que él mismo hubiera partido. Y así como recibió la promesa de su liberación junto con el anuncio de la esclavitud de su descendencia en una tierra que no sería suya, también se le dio a conocer que Dios juzgaría a los cuatro reinos y los destruiría.
El pacto de las porciones, por el cual se le revelaron a Avraham las fortunas de sus descendientes, se hizo en un tiempo en que aún no tenía hijos. Mientras Avraham y Sará moraron fuera de la Tierra Santa, consideraron su falta de hijos como un castigo por no habitar dentro de ella. Pero cuando una estancia de diez años en la Tierra de Israel la halló estéril como antes, Sará comprendió que la culpa estaba en ella. Sin rastro de celos, estuvo dispuesta a dar a Avraham como esposa a su sierva Hagar, tras hacerla primero mujer libre. Pues Hagar era propiedad de Sará, no de su marido: la había recibido del Paró, el padre de Hagar. Enseñada y criada por Sará, caminaba por la misma senda de justicia que su señora, y así era una compañera apropiada para Avraham; e, instruido por el espíritu santo, él accedió a la propuesta de Sará.
Apenas se hubo consumado la unión de Hagar con Avraham, y ella sintió que estaba encinta, comenzó a tratar con desdén a su antigua señora, aunque Sará se mostraba particularmente tierna con ella en el estado en que se hallaba. Cuando venían nobles matronas a visitar a Sará, ella solía instarlas a hacer también una visita a «la pobre Hagar». Las damas complacían su sugerencia, pero Hagar aprovechaba la ocasión para desacreditar a Sará. «Mi señora Sará —decía— no es por dentro lo que aparenta ser por fuera. Da la impresión de ser una mujer justa y piadosa, pero no lo es, pues si lo fuera, ¿cómo se explicaría su esterilidad tras tantos años de matrimonio, mientras que yo quedé encinta enseguida?».
Sará desdeñó reñir con su sierva, pero la ira que sentía halló salida en estas palabras a Avraham: «Eres tú quien me agravia. Oyes las palabras de Hagar y no dices nada para oponerte a ellas, y yo esperaba que tomaras mi parte. Por tu causa dejé mi tierra natal y la casa de mi padre, y te seguí a una tierra extraña con confianza en Dios. En Mitsraim fingí ser tu hermana, para que ningún daño te sobreviniera. Cuando vi que no daría a luz hijos, tomé a la egipcia, mi sierva Hagar, y te la di por esposa, contentándome con la idea de que criaría a los hijos que ella diera a luz. Ahora me trata con desdén en tu presencia. ¡Ojalá Dios mire la injusticia que se me ha hecho, para juzgar entre tú y yo, y se apiade de nosotros, restaure la paz en nuestro hogar y nos conceda descendencia, para que no tengamos necesidad de hijos de Hagar, la sierva egipcia, del linaje de los paganos que te arrojaron al horno de fuego!».
Avraham, modesto y sin pretensiones como era, estaba dispuesto a hacer justicia a Sará, y le confirió pleno poder para disponer de Hagar a su gusto. Solo añadió una advertencia: «Habiéndola hecho una vez señora, no podemos volver a reducirla a la condición de sierva». Sin atender a esta advertencia, Sará le exigió a Hagar los servicios de una sierva. Y no solo eso: la atormentó, y finalmente le echó un mal de ojo, de modo que el hijo aún no nacido se le malogró, y ella huyó. En su huida la encontraron varios ángeles, que le mandaron volver, al tiempo que le daban a conocer que daría a luz un hijo que se llamaría Yishmael —uno de los seis hombres a quienes Dios ha dado nombre antes de su nacimiento, siendo los otros Yitsjak, Moshé, Shlomo, Yoshiyahu y el Mesías.
Trece años después del nacimiento de Yishmael, se le dio a Avraham el mandato de que pusiera la señal de la alianza sobre su cuerpo y sobre los cuerpos de los varones de su casa. Avraham fue al principio reacio a cumplir el mandato de Dios, pues temía que la circuncisión de su carne levantara una barrera entre él y el resto de la humanidad. Pero Dios le dijo: «Bástete que Yo soy tu Dios y tu Señor, como le basta al mundo que Yo soy su Dios y su Señor».
Avraham consultó entonces con sus tres verdaderos amigos, Aner, Eshkol y Mamré, acerca del mandato de la circuncisión. El primero habló y dijo: «Estás cerca de los cien años, ¿y piensas infligirte semejante dolor?». El consejo del segundo fue también contrario. «¿Qué —dijo Eshkol—, eliges marcarte de modo que tus enemigos puedan reconocerte sin falta?». Mamré, el tercero, fue el único en aconsejar obediencia al mandato de Dios. «Dios te socorrió del horno de fuego —dijo—, te ayudó en el combate con los reyes, proveyó por ti durante el hambre, ¿y vacilas en ejecutar su orden acerca de la circuncisión?». En consecuencia, Avraham hizo como Dios le había mandado, en pleno día, desafiando a todos, para que nadie pudiera decir: «Si lo hubiéramos visto intentarlo, se lo habríamos impedido».
La circuncisión se realizó el décimo día de Tishrí, el Día de la Expiación, y sobre el sitio en que más tarde había de erigirse el altar en el Templo, pues el acto de Avraham sigue siendo una expiación que nunca cesa para Israel.
Al tercer día de su circuncisión, cuando Avraham padecía dolores terribles, Dios les habló a los ángeles diciendo: «Vamos, hagamos una visita al enfermo». Los ángeles se negaron y dijeron: «¿Qué es el hombre, para que te acuerdes de él? ¿Y el hijo del hombre, para que lo visites? ¿Y deseas dirigirte a un lugar de impureza, un lugar de sangre e inmundicia?». Pero Dios les respondió: «Así habláis vosotros. Por vuestra vida, el aroma de esta sangre me es más dulce que la mirra y el incienso, y si no queréis visitar a Avraham, iré Yo solo».
El día en que Dios lo visitó fue extremadamente caluroso, pues Él había abierto un agujero en el Gehinom, para que su calor llegara hasta la tierra, y ningún viajero se aventurara por los caminos, y Avraham quedara sin ser molestado en su dolor. Pero la ausencia de forasteros le causó a Avraham gran contrariedad, y envió a su siervo Eliézer a otear en busca de viajeros. Cuando el siervo volvió de su búsqueda infructuosa, el propio Avraham, a pesar de su enfermedad y del calor abrasador, se dispuso a salir al camino y ver si no tendría éxito allí donde Eliézer había fracasado —de quien, en todo caso, no se fiaba del todo, teniendo presente el conocido dicho: «No hay verdad entre los esclavos». En ese momento Dios se le apareció, rodeado de los ángeles. Prontamente Avraham intentó levantarse de su asiento, pero Dios contuvo toda muestra de respeto, y cuando Avraham protestó que era impropio estar sentado en presencia de HaShem, Dios dijo: «Por tu vida, tus descendientes, a la edad de cuatro y cinco años, se sentarán en días venideros en las escuelas y en las sinagogas mientras Yo more en ellas».
Entre tanto Avraham vio a tres hombres. Eran los ángeles Mijael, Gavriel y Rafael. Habían tomado forma de seres humanos para cumplir su deseo de tener huéspedes con quienes ejercer la hospitalidad. A cada uno de ellos, además, Dios le había encomendado una misión especial que ejecutar en la tierra. Rafael había de sanar la herida de Avraham; Mijael, de traerle a Sará la buena nueva de que daría a luz un hijo; y Gavriel, de llevar la destrucción a Sedom y Gomorra. Llegados a la tienda de Avraham, los tres ángeles advirtieron que él estaba ocupado en curarse a sí mismo, y se retiraron. Avraham, sin embargo, se apresuró tras ellos por otra puerta de la tienda, que tenía entradas anchas y abiertas por todos lados. Consideraba el deber de la hospitalidad más importante que el deber de recibir a la Shejiná. Volviéndose a Dios, dijo: «Señor, que te plazca no dejar a tu siervo mientras se ocupa de agasajar a sus huéspedes». Luego se dirigió al forastero que caminaba en medio de los otros dos, a quien por esta señal tuvo por el más distinguido —era el arcángel Mijael—, y le rogó a él y a sus compañeros que se apartaran hacia su tienda. El trato de sus huéspedes, que se comportaban corteses unos con otros, le causó a Avraham buena impresión. Quedó seguro de que eran hombres de valía a quienes agasajaba. Pero como por fuera parecían árabes, y aquel pueblo adoraba el polvo de sus pies, les rogó que primero se lavaran los pies, para que no contaminaran su tienda.
No se fiaba de su propio juicio para leer el carácter de sus huéspedes. Junto a su tienda había plantado un árbol, que extendía sus ramas sobre todos los que creían en Dios, y les daba sombra. Pero si algún idólatra pasaba bajo el árbol, las ramas se volvían hacia arriba, y no arrojaban sombra alguna sobre el suelo. Cada vez que Avraham veía esta señal, se ponía de inmediato a la tarea de convertir a los adoradores de los dioses falsos. Y así como el árbol hacía distinción entre los piadosos y los impíos, también la hacía entre los puros y los impuros. Se les negaba su sombra mientras se abstuvieran de tomar el baño ritual prescrito en el manantial que brotaba de sus raíces, cuyas aguas subían enseguida para aquellos cuya impureza era de carácter leve y podía removerse en el acto, mientras que otros tenían que esperar siete días a que el agua ascendiera. Por eso Avraham les rogó a los tres hombres que se recostaran contra el tronco del árbol. Así sabría pronto su valía o su indignidad.
Siendo de los verdaderamente piadosos, «que prometen poco, pero cumplen mucho», Avraham solo dijo: «Traeré un bocado de pan, y confortad vuestro corazón, ya que acertasteis a pasar junto a mi tienda a la hora de comer. Luego, después de que hayáis dado gracias a Dios, podréis seguir vuestro camino». Pero cuando la comida se sirvió a los huéspedes, fue un banquete real, que superaba al de Shlomo en el momento de su más espléndida magnificencia. El propio Avraham corrió al rebaño, a buscar reses para la carne. Degolló tres terneros, para poder poner una «lengua con mostaza» ante cada uno de sus huéspedes. Para acostumbrar a Yishmael a las obras que agradan a Dios, le hizo preparar los terneros, y le mandó a Sará hornear el pan. Pero como sabía que las mujeres suelen tratar a los huéspedes con mezquindad, fue explícito en su petición a ella. Dijo: «Prepara pronto tres medidas de harina, sí, harina fina». Sucedió que el pan no llegó a la mesa, porque accidentalmente se había vuelto impuro, y nuestro padre Avraham acostumbraba comer su pan de cada día solo en estado puro. El propio Avraham sirvió a sus huéspedes, y le pareció que los tres hombres comían. Pero esto era una ilusión. En realidad los ángeles no comieron; solo Avraham, sus tres amigos, Aner, Eshkol y Mamré, y su hijo Yishmael participaron del banquete, y las porciones puestas ante los ángeles fueron devoradas por un fuego celestial.
Aunque los ángeles seguían siendo ángeles incluso bajo su disfraz humano, con todo, la persona de Avraham era tan excelsa que en su presencia los arcángeles se sentían insignificantes.
Después de la comida, los ángeles preguntaron por Sará, aunque sabían que estaba retirada en su tienda, pero era propio que presentaran sus respetos a la señora de la casa y le enviaran la copa de vino sobre la cual se había dicho la bendición. Mijael, el mayor de los ángeles, anunció entonces el nacimiento de Yitsjak. Trazó una línea sobre la pared, diciendo: «Cuando el sol cruce este punto, Sará estará encinta, y cuando cruce el punto siguiente, dará a luz un hijo». Esta comunicación, que iba dirigida a Sará y no a Avraham, a quien la promesa se le había revelado mucho antes, la hicieron los ángeles a la entrada de su tienda; pero Yishmael se interponía entre el ángel y Sará, pues no habría sido decoroso entregar el mensaje en secreto, sin nadie más presente. Con todo, tan radiante era la belleza de Sará que un rayo de ella alcanzó al ángel y le hizo alzar la vista. En el acto de volverse hacia ella, la oyó reír para sus adentros: «¿Es posible que estas entrañas aún puedan dar a luz un hijo, que estos pechos marchitos amamanten? Y aunque yo pudiera concebir, ¿acaso no es viejo mi señor Avraham?».
Y HaShem le dijo a Avraham: «¿Soy Yo demasiado viejo para hacer maravillas? ¿Y por qué se ríe Sará, diciendo: “¿De veras daré a luz un hijo, siendo vieja?”?». El reproche que hizo Dios iba dirigido tanto contra Avraham como contra Sará, pues él, también, se había mostrado de poca fe cuando se le dijo que le nacería un hijo. Pero Dios mencionó solo la incredulidad de Sará, dejando que Avraham tomara conciencia de su propia falta por sí mismo.
Cuidadoso de la paz de su vida familiar, Dios no le había repetido a Avraham con exactitud las palabras de Sará. Avraham podría haber tomado a mal lo que su esposa había dicho sobre sus años avanzados, y tan preciosa es la paz entre esposo y esposa que hasta Hakadosh Baruj Hu la preservó a costa de la verdad.
Después de haber agasajado a sus huéspedes, Avraham fue con ellos a acompañarlos en su camino, pues, por importante que sea el deber de la hospitalidad, aún más importante es el deber de despedir al huésped que parte. Su camino iba en dirección a Sedom, adonde se dirigían dos de los ángeles, uno a destruirla y el segundo a salvar a Lot, mientras que el tercero, cumplida su encomienda a Avraham, regresó al cielo.
Los habitantes de Sedom y Gomorra y de las otras tres ciudades de la llanura eran pecadores e impíos. En su país había un extenso valle donde se reunían cada año con sus mujeres, sus hijos y todo cuanto les pertenecía, para celebrar una fiesta que duraba varios días y consistía en las orgías más repugnantes. Si un mercader forastero pasaba por su territorio, todos, grandes y pequeños por igual, lo asediaban y le robaban cuanto poseía. Cada uno se apropiaba de una bagatela, hasta que el viajero quedaba despojado por completo. Si la víctima se atrevía a protestar ante uno o ante otro, este le mostraba que solo había tomado una nadería, no digna de mención. Y el final era que lo echaban de la ciudad.
Cierta vez sucedió que un hombre que viajaba desde Elam llegó a Sedom al caer la tarde. No se halló a nadie que le concediera cobijo para la noche. Finalmente, un zorro astuto llamado Hedor lo invitó cordialmente a seguirlo a su casa. Al sodomita lo había atraído una alfombra de rara magnificencia, atada al asno del forastero con una cuerda. Se proponía hacerse con ella. Las persuasiones amistosas de Hedor indujeron al forastero a quedarse con él dos días, aunque había esperado pernoctar solo una noche. Cuando llegó el momento de continuar su viaje, le pidió a su anfitrión la alfombra y la cuerda. Hedor dijo: «Has tenido un sueño, y esta es la interpretación de tu sueño: la cuerda significa que tendrás una vida larga, larga como una cuerda; la alfombra de muchos colores indica que poseerás un huerto en el cual plantarás toda clase de árboles frutales». El forastero insistió en que su alfombra era una realidad, no una fantasía de sueño, y siguió reclamando su devolución. Hedor no solo negó haberle tomado nada a su huésped, sino que hasta exigió pago por haberle interpretado el sueño. Su precio habitual por tales servicios, dijo, era de cuatro piezas de plata, pero en vista de que era su huésped, se contentaría, como favor, con tres piezas de plata.
Tras mucho porfiar, llevaron su caso ante uno de los jueces de Sedom, de nombre Sherek, y este le dijo al demandante: «Hedor es conocido en esta ciudad como intérprete fiable de sueños, y lo que te dice es verdad». El forastero se declaró insatisfecho con el veredicto, y siguió defendiendo su parte del caso. Entonces Sherek echó de la sala del tribunal tanto al demandante como al demandado. Al ver esto, los habitantes se juntaron y persiguieron al forastero fuera de la ciudad, y, lamentando la pérdida de su alfombra, tuvo que seguir su camino.
Así como Sedom tenía un juez digno de ella, también lo tenían las otras ciudades: Sharkar en Gomorra, Zabnak en Admá y Manon en Tseboim. Eliézer, el siervo de Avraham, alteró ligeramente los nombres de estos jueces, conforme a la naturaleza de lo que hacían: al primero lo llamó Shakará, «Mentiroso»; al segundo, Shakrurá, «Gran embustero»; al tercero, Kazbán, «Falsificador»; y al cuarto, Mazle-Din, «Pervertidor del juicio». Por sugerencia de estos jueces, las ciudades pusieron camas en sus ejidos. Cuando llegaba un forastero, tres hombres lo agarraban por la cabeza y tres por los pies, y lo forzaban sobre una de las camas. Si era demasiado corto para encajar en ella exactamente, sus seis servidores le tiraban y le retorcían los miembros hasta que la llenaba; si era demasiado largo para ella, trataban de embutirlo con toda su fuerza combinada, hasta que la víctima quedaba al borde de la muerte. Sus gritos eran respondidos con las palabras: «Así se hará a todo hombre que venga a nuestra tierra».
Al cabo de un tiempo, los viajeros evitaban estas ciudades, pero si algún pobre diablo era engañado en ocasiones y llevado a entrar en ellas, le daban oro y plata, pero jamás pan alguno, de modo que estaba condenado a morir de hambre. Una vez muerto, los residentes de la ciudad venían y recuperaban el oro y la plata marcados que le habían dado, y se peleaban por el reparto de sus ropas, pues lo enterraban desnudo.
Cierta vez, Eliézer, el siervo de Avraham, fue a Sedom, por encargo de Sará, a inquirir por el bienestar de Lot. Entró en la ciudad justo en el momento en que la gente despojaba a un forastero de sus vestiduras. Eliézer tomó la causa del pobre desdichado, y los sodomitas se volvieron contra él; uno le arrojó una piedra a la frente y le causó una considerable pérdida de sangre. Al instante, el agresor, viendo brotar la sangre, exigió pago por haber realizado la sangría. Eliézer se negó a pagar por la herida que le habían infligido, y fue llevado ante el juez Shakará. La decisión fue en su contra, pues la ley de aquella tierra le daba al agresor el derecho a exigir pago. Rápidamente Eliézer recogió una piedra y se la arrojó a la frente al juez. Cuando vio que la sangre manaba en abundancia, le dijo al juez: «Paga mi deuda a ese hombre y dame el resto».
La causa de su crueldad era su enorme riqueza. Su suelo era de oro, y en su avaricia y su codicia por más y más oro, querían impedir que los forasteros disfrutaran nada de sus riquezas. Por eso inundaban los caminos con corrientes de agua, de modo que las rutas hacia su ciudad quedaban borradas, y nadie podía hallar el camino hasta allí. Eran tan despiadados con las bestias como con los hombres. Envidiaban a las aves lo que comían, y por eso las exterminaban. Se comportaban impíamente también unos con otros, sin retroceder ante el asesinato para hacerse con más oro. Si observaban que un hombre poseía grandes riquezas, dos de ellos conspiraban contra él. Lo atraían a las inmediaciones de unas ruinas, y mientras el uno lo retenía en el sitio con conversación amena, el otro socavaba el muro junto al cual estaba de pie, hasta que este se desplomaba de repente sobre él y lo mataba. Entonces los dos conspiradores se repartían su riqueza entre ambos.
Otro método de enriquecerse con la propiedad ajena estaba en boga entre ellos. Eran ladrones diestros. Cuando resolvían cometer un robo, primero le pedían a su víctima que le guardara una suma de dinero, la cual untaban con aceite de olor fuerte antes de entregársela. A la noche siguiente irrumpían en su casa y le robaban sus tesoros ocultos, guiados hasta el lugar del escondite por el olor del aceite.
Sus leyes estaban calculadas para dañar al pobre. Cuanto más rico era un hombre, más favorecido estaba ante la ley. El dueño de dos bueyes estaba obligado a prestar un día de servicio de pastoreo, pero si tenía un solo buey, debía dar dos días de servicio. Un pobre huérfano, forzado así a apacentar los rebaños más tiempo que quienes eran bendecidos con grandes hatos, mató a todo el ganado que le habían encomendado para vengarse de sus opresores, e insistió, cuando se repartieron las pieles, en que el dueño de dos cabezas de ganado tuviera una sola piel, pero el dueño de una cabeza recibiera dos pieles, en correspondencia con el método seguido para repartir el trabajo. Por el uso de la barca, un viajero tenía que pagar cuatro zuz, pero si vadeaba el agua, tenía que pagar ocho zuz.
La crueldad de los sodomitas fue aún más lejos. Lot tenía una hija, Paltit, así llamada porque había nacido poco después de que él escapara del cautiverio por la ayuda de Avraham. Paltit vivía en Sedom, donde se había casado. Una vez llegó un mendigo a la ciudad, y el tribunal proclamó que nadie le diera nada de comer, para que muriera de hambre. Pero Paltit se compadeció del infeliz desdichado, y cada día, cuando iba al pozo a sacar agua, le llevaba un trozo de pan, que escondía en su cántaro. Los habitantes de las dos ciudades pecadoras, Sedom y Gomorra, no lograban entender por qué el mendigo no perecía, y sospecharon que alguien le daba comida en secreto. Tres hombres se ocultaron cerca del mendigo, y sorprendieron a Paltit en el acto de darle algo de comer. Tuvo que pagar su humanidad con la muerte: fue quemada en una pira.
Los habitantes de Admá no eran mejores que los de Sedom. Una vez llegó un forastero a Admá, con la intención de pasar la noche y seguir su camino a la mañana siguiente. La hija de un hombre rico se encontró con el forastero y, a petición suya, le dio agua para beber y pan para comer. Cuando la gente de Admá supo de esta infracción de la ley del lugar, prendieron a la muchacha y la llevaron ante el juez, que la condenó a muerte. La untaron de miel de la cabeza a los pies y la expusieron donde las abejas se sintieran atraídas por ella. Los insectos la mataron a picotazos, y aquella gente insensible no hizo caso de sus gritos desgarradores. Fue entonces cuando Dios resolvió destruir a estos pecadores.
Cuando Dios vio que no había un solo hombre justo entre los habitantes de las ciudades pecadoras —ni lo habría entre sus descendientes, por cuyos méritos pudiera tratarse al resto con clemencia—, resolvió aniquilarlos a todos. Pero antes de ejecutar el juicio, HaShem dio a conocer a Avraham lo que iba a hacer con Sedom, Amorá y las demás ciudades de la llanura, pues formaban parte de Kena’an, la tierra prometida a Avraham; y por eso dijo Dios: «No las destruiré sin el consentimiento de Avraham».
Como un padre compasivo, Avraham imploró la gracia de Dios en favor de los pecadores. Habló a Dios y dijo: «Tú juraste que nunca más toda carne sería exterminada por las aguas de un diluvio. ¿Es justo que eludas tu juramento y destruyas ciudades con fuego? ¿No hará justicia el propio Juez de toda la tierra? En verdad, si quieres mantener el mundo, has de renunciar a la línea estricta de la justicia. Si insistes solo en el derecho, no puede haber mundo». A lo que Dios dijo a Avraham: «Te complaces en defender a mis criaturas y no las llamarías culpables. Por eso no hablé con nadie salvo contigo durante las diez generaciones desde Nóaj». Avraham se atrevió a usar palabras aún más fuertes para asegurar la salvación de los impíos. «Lejos esté de Ti —dijo— matar al justo con el malvado, para que los habitantes de la tierra no digan: ‹Es su oficio destruir de manera cruel a las generaciones de los hombres; pues destruyó la generación de Enosh, luego la generación del diluvio, y después envió la confusión de las lenguas. Siempre se aferra a su oficio›».
Dios respondió: «Haré pasar ante ti todas las generaciones que he destruido, para que veas que no sufrieron el castigo extremo que merecían. Pero si crees que no obré con justicia, entonces instrúyeme en lo que debo hacer, y procuraré actuar conforme a tus palabras». Y Avraham tuvo que reconocer que Dios no había rebajado en nada la justicia debida a cada criatura en este mundo o en el otro. Sin embargo, siguió hablando y dijo: «¿Consumirás las ciudades si hay diez hombres justos en cada una?». Y Dios dijo: «No; si encuentro cincuenta justos en ellas, no destruiré las ciudades».
Avraham: «He osado hablar a HaShem, yo que hace mucho me habría convertido en polvo de la tierra a manos de Amrafel y en cenizas a manos de Nimrod, de no haber sido por tu gracia. Acaso falten cinco para los cincuenta justos de Tsóar, la más pequeña de las cinco ciudades. ¿Destruirás toda la ciudad por falta de cinco?».
Dios: «No la destruiré si encuentro allí cuarenta y cinco».
Avraham: «Acaso haya diez piadosos en cada una de las cuatro ciudades; entonces perdona a Tsóar en tu gracia, pues sus pecados no son tan numerosos como los de las otras».
Dios concedió su petición, pero Avraham siguió suplicando, y preguntó si Dios no se daría por satisfecho con que hubiera solo treinta justos —diez en cada una de las tres ciudades mayores— y perdonaría las dos más pequeñas, aunque no hubiera en ellas justos cuyos méritos intercedieran por ellas. También esto concedió HaShem, y además prometió no destruir las ciudades si tan solo se hallaban en ellas veinte justos; más aún, Dios accedió a preservar las cinco ciudades por diez justos que hubiera en ellas. Avraham no pidió más, pues sabía que ocho justos —Nóaj y su mujer, sus tres hijos y las mujeres de estos— no habían bastado para apartar la sentencia de la generación del diluvio; y además esperaba que Lot, su mujer y sus cuatro hijas, junto con los maridos de sus hijas, completaran el número de diez. Lo que no sabía era que hasta los justos de estas ciudades cargadas de pecado, aun siendo mejores que el resto, distaban mucho de ser buenos.
Avraham no dejó de rogar por la liberación de los pecadores ni siquiera después de que la Shejiná se hubiera apartado de él. Pero sus súplicas e intercesiones fueron en vano. Durante cincuenta y dos años Dios había advertido a los impíos; había hecho temblar y estremecerse las montañas. Pero ellos no escucharon la voz de la amonestación. Persistieron en sus pecados, y su merecido castigo los alcanzó. Dios perdona todos los pecados, salvo una vida inmoral. Y como todos estos pecadores llevaban una vida de libertinaje, fueron consumidos por el fuego.
Los ángeles dejaron a Avraham al mediodía y llegaron a Sedom al caer la tarde. Por regla general, los ángeles anuncian su encargo con la rapidez del relámpago, pero estos eran ángeles de misericordia, y vacilaban en ejecutar su obra de destrucción, esperando siempre que el mal se apartara de Sedom. Con la llegada de la noche, la suerte de Sedom quedó sellada de manera irrevocable, y los ángeles llegaron allí.
Criado en la casa de Avraham, Lot había aprendido de él la hermosa costumbre de dar hospitalidad, y cuando vio ante sí a los ángeles con forma humana, creyéndolos caminantes, les pidió que se desviaran y pasaran la noche en su casa. Pero como el acoger forasteros estaba prohibido en Sedom bajo pena de muerte, no se atrevió a invitarlos sino al amparo de la oscuridad de la noche, y aun así tuvo que tomar toda clase de precauciones, indicando a los ángeles que lo siguieran por caminos apartados.
Los ángeles, que habían aceptado sin demora la hospitalidad de Avraham, se negaron al principio a acceder a la petición de Lot, pues es regla de buena educación mostrar reticencia cuando invita un hombre común, pero aceptar de inmediato la invitación de un gran hombre. Lot, sin embargo, insistió y los metió en su casa a la fuerza. En casa tuvo que vencer la oposición de su mujer, pues ella decía: «Si los habitantes de Sedom se enteran de esto, te matarán».
Lot dividió su vivienda en dos partes, una para él y sus huéspedes, la otra para su mujer, de modo que, si algo sucedía, su mujer se salvara. Sin embargo, fue ella quien lo traicionó. Fue a casa de una vecina y le pidió prestada un poco de sal, y a la pregunta de si no podía haberse abastecido de sal durante las horas del día, respondió: «Teníamos sal suficiente, hasta que nos llegaron unos huéspedes; para ellos necesitábamos más». Así se divulgó por la ciudad la presencia de forasteros.
Al principio los ángeles se inclinaban a escuchar la petición de Lot en favor de los pecadores, pero cuando toda la gente de la ciudad, grandes y pequeños, se agolpó en torno a la casa de Lot con el propósito de cometer un crimen monstruoso, los ángeles rechazaron sus ruegos, diciendo: «Hasta ahora podías interceder por ellos, pero ya no». No era la primera vez que los habitantes de Sedom querían perpetrar un crimen de esta clase. Tiempo atrás habían dictado una ley según la cual todos los forasteros debían ser tratados de esta horrible manera. Lot, nombrado juez principal el mismo día de la llegada de los ángeles, trató de persuadir a la gente de que desistiera de su propósito, diciéndoles: «Hermanos míos, la generación del diluvio fue exterminada a causa de pecados como los que vosotros queréis cometer, ¿y volveríais a ellos?». Pero ellos respondieron: «¡Atrás! Y aunque el mismo Avraham viniera aquí, no tendríamos consideración con él. ¿Acaso vas a dejar sin efecto una ley que administraron tus predecesores?».
Ni siquiera el sentido moral de Lot era lo que debía ser. Es deber de un hombre arriesgar su vida por el honor de su mujer y de sus hijas, pero Lot estaba dispuesto a sacrificar el honor de sus hijas, por lo cual fue castigado severamente más adelante.
Los ángeles dijeron a Lot quiénes eran y cuál era la misión que los había traído a Sedom, y le encargaron que huyera de la ciudad con su mujer y sus cuatro hijas —dos de ellas casadas y dos prometidas—. Lot comunicó su mandato a sus yernos, y estos se burlaron de él y dijeron: «¡Oh necio! Violines, címbalos y flautas resuenan en la ciudad, ¿y tú dices que Sedom será destruida?». Tal escarnio no hizo sino apresurar la ejecución de la sentencia de Sedom. El ángel Mijael tomó de la mano a Lot, a su mujer y a sus hijas, mientras que con el meñique el ángel Gavriel tocó la roca sobre la que estaban edificadas las ciudades pecadoras y las volcó. Al mismo tiempo, la lluvia que caía sobre las dos ciudades se transformó en azufre.
Cuando los ángeles hubieron sacado a Lot y a su familia y los pusieron fuera de la ciudad, les ordenó que corrieran por sus vidas y no miraran atrás, no fuera que contemplaran la Shejiná, que había descendido para obrar la destrucción de las ciudades. La mujer de Lot no pudo dominarse. Su amor de madre la hizo mirar atrás para ver si sus hijas casadas la seguían. Contempló la Shejiná y se convirtió en una columna de sal. Esta columna existe hasta el día de hoy. El ganado la lame todo el día, y al atardecer parece haber desaparecido, pero cuando llega la mañana está allí, tan grande como antes.
El ángel salvador había instado al propio Lot a refugiarse con Avraham. Pero él se negó y dijo: «Mientras viví apartado de Avraham, Dios comparaba mis actos con los de mis conciudadanos, y entre ellos yo aparecía como un hombre justo. Si volviera a Avraham, Dios vería que sus buenas obras superan a las mías con creces». El ángel entonces le concedió lo que pedía: que Tsóar quedara sin destruir. Esta ciudad había sido fundada un año después que las otras cuatro; tenía solo cincuenta y un años, y por eso la medida de sus pecados no estaba tan colmada como la de los pecados de las ciudades vecinas.
La destrucción de las ciudades de la llanura ocurrió al amanecer del día dieciséis de Nisán, por la razón de que entre los habitantes había adoradores de la luna y del sol. Dios dijo: «Si los destruyo de día, los adoradores de la luna dirán: ‹Si la luna estuviera aquí, se mostraría como nuestra salvadora›; y si los destruyo de noche, los adoradores del sol dirán: ‹Si el sol estuviera aquí, se mostraría como nuestro salvador›. Por eso haré que su castigo los alcance el día dieciséis de Nisán, a una hora en que la luna y el sol estén ambos en el cielo».
Los pecadores habitantes de las ciudades de la llanura no solo perdieron su vida en este mundo, sino también su parte en el mundo venidero. En cuanto a las ciudades mismas, sin embargo, serán restauradas en el tiempo mesiánico.
La destrucción de Sedom sucedió en el momento en que Avraham realizaba sus oraciones de la mañana, y por su causa quedó establecida esa como la hora propia de la oración matutina para todos los tiempos. Cuando volvió los ojos hacia Sedom y contempló el humo que se alzaba, oró por la liberación de Lot, y Dios concedió su petición —la cuarta vez que Lot quedó profundamente en deuda con Avraham—. Avraham lo había llevado consigo a la Tierra de Israel, lo había hecho rico en rebaños, ganados y tiendas, lo había rescatado del cautiverio, y con su oración lo salvó de la destrucción de Sedom. Los descendientes de Lot, los amonitas y los moabitas, en lugar de mostrar gratitud a los israelitas —la posteridad de Avraham—, cometieron cuatro actos de hostilidad contra ellos. Buscaron provocar la destrucción de Israel mediante las maldiciones de Bilam, le hicieron guerra abierta en tiempos de Yiftaj y también en tiempos de Yehoshafat, y por último manifestaron su odio contra Israel en la destrucción del Templo. De ahí que Dios designara a cuatro profetas —Yeshayahu, Yirmiyahu, Yejezkel y Tsefanyá— para proclamar el castigo contra los descendientes de Lot, y cuatro veces está registrado su pecado en la Escritura Sagrada.
Aunque Lot debió su liberación a la petición de Avraham, fue al mismo tiempo su recompensa por no haber traicionado a Avraham en Mitsraim, cuando este fingió ser el hermano de Sará. Pero una recompensa aún mayor lo aguarda. El Mashíaj será descendiente suyo, pues la moabita Rut es la bisabuela de David, y la amonita Naamá es la madre de Rejavam, y el Mashíaj es del linaje de estos dos reyes.
La destrucción de Sedom movió a Avraham a viajar a Guerar. Acostumbrado a dar hospitalidad a viajeros y caminantes, ya no se sentía a gusto en una región en la que todo tránsito había cesado a causa de las ciudades arruinadas. Había otra razón para que Avraham dejara su lugar: la gente hablaba demasiado del feo incidente con las hijas de Lot.
Llegado a la tierra de los filisteos, de nuevo, como antes en Mitsraim, se puso de acuerdo con Sará en que ella se llamaría su hermana. Cuando el rumor de su belleza llegó al rey, este ordenó que la trajeran ante él, y le preguntó quién era su acompañante, y ella le dijo que Avraham era su hermano. Cautivado por su belleza, el rey Avimélej tomó a Sará por mujer y colmó de honores a Avraham, conforme a los justos derechos del hermano de la reina. Al caer la tarde, antes de retirarse, mientras aún estaba sentado en su trono, Avimélej cayó en un sueño, y durmió hasta la mañana, y en el sueño soñó que veía a un ángel de HaShem alzando su espada para asestarle un golpe mortal. Muy asustado, preguntó la causa, y el ángel respondió y dijo: «Morirás a causa de la mujer que has tomado en tu casa este día, pues es la esposa de Avraham, el hombre a quien mandaste llamar ante ti. ¡Devuélvele su mujer! Pero si no la restituyes, ciertamente morirás, tú y todo lo tuyo».
Aquella noche se oyó la voz de un gran clamor en toda la tierra de los filisteos, pues vieron la figura de un hombre que andaba de un lado a otro, con la espada en la mano, matando a todo el que se le cruzaba. Al mismo tiempo sucedió que, tanto en los hombres como en las bestias, se cerraron todos los orificios del cuerpo, y la tierra quedó presa de una agitación indescriptible. Por la mañana, cuando el rey despertó, con angustia y terror, llamó a todos sus siervos y contó su sueño a sus oídos. Uno de ellos dijo: «¡Oh señor y rey! Devuelve esta mujer al hombre, pues es su esposo. Es solo su costumbre, en tierra extraña, fingir que ella es su hermana. Así hizo también con el rey de Mitsraim, y Dios envió graves aflicciones sobre el Paró cuando tomó a la mujer para sí. Considera también, oh señor y rey, lo que ha acontecido esta noche en la tierra: hubo gran dolor, lamento y confusión, y sabemos que vino sobre nosotros solo a causa de esta mujer».
Había algunos entre sus siervos que decían: «¡No temas los sueños! Lo que los sueños dan a conocer al hombre no es más que falsedad». Entonces Dios se apareció de nuevo a Avimélej y le mandó dejar libre a Sará, pues de lo contrario sería hombre muerto. Avimélej respondió: «¿Es este tu proceder? Entonces, supongo, ¡también eran inocentes la generación del diluvio y la generación de la confusión de las lenguas! El hombre mismo me dijo: ‹Es mi hermana›, y ella, ella misma dijo: ‹Es mi hermano›, y toda la gente de su casa dijo las mismas palabras». Y Dios le dijo: «Sí, yo sé que aún no has cometido transgresión, pues yo te retuve de pecar. No sabías que Sará era mujer de un hombre. Pero ¿es propio interrogar a un forastero, apenas pone el pie en tu territorio, acerca de la mujer que lo acompaña, si es su esposa o su hermana? Avraham, que es profeta, sabía de antemano el peligro que corría si revelaba toda la verdad. Pero, siendo profeta, sabe también que no tocaste a su mujer, y él orará por ti, y vivirás».
El humo aún se alzaba de las ruinas de Sedom, y Avimélej y su pueblo, al verlo, temieron que una suerte semejante los alcanzara. El rey llamó a Avraham y le reprochó haber causado tan gran desgracia con sus falsas declaraciones acerca de Sará. Avraham excusó su conducta por su temor de que, no habiendo temor de Dios en aquel lugar, los habitantes de la tierra lo mataran por su mujer. Avraham prosiguió y contó la historia de toda su vida, y dijo: «Cuando habitaba en la casa de mi padre, las naciones del mundo buscaban hacerme daño, pero Dios se mostró mi Redentor. Cuando las naciones del mundo intentaron desviarme hacia la idolatría, Dios se me reveló y dijo: ‹Vete de tu tierra, de tu parentela y de la casa de tu padre›. Y cuando las naciones del mundo estaban por extraviarse, Dios envió a dos profetas, mis parientes Shem y Éver, para amonestarlas».
Avimélej dio ricos regalos a Avraham, y en esto obró de otro modo que el Paró en circunstancias semejantes. El rey egipcio dio regalos a Sará, pero Avimélej era temeroso de Dios y deseaba que Avraham orara por él. A Sará le dio una costosa túnica que cubría toda su persona, ocultando sus seductores encantos a la vista de quienes la miraban. Al mismo tiempo, era un reproche a Avraham por no haber vestido a Sará con el esplendor debido a su esposa.
Aunque Avimélej le había hecho gran daño, Avraham no solo le concedió el perdón que anhelaba, sino que también oró por él a Dios. Así es un ejemplo para todos. «El hombre debe ser flexible como la caña, no duro como el cedro». Debe apaciguarse con facilidad y ser lento para la ira, y tan pronto como quien ha pecado contra él le pide perdón, debe perdonarlo de todo corazón. Aun cuando se le haya hecho un daño hondo y grave, no debe ser vengativo ni guardar rencor a su hermano en su corazón.
Avraham oró así por Avimélej: «¡Oh Señor del mundo! Tú creaste al hombre para que se multiplique y propague su especie. ¡Concede que Avimélej y su casa se multipliquen y aumenten!». Dios cumplió la petición de Avraham en favor de Avimélej y su pueblo, y fue la primera vez que sucedió en la historia de la humanidad que Dios cumplió la oración de un ser humano por el bien de otro. Avimélej y sus súbditos fueron sanados de todas sus dolencias, y tan eficaz fue la oración ofrecida por Avraham que la mujer de Avimélej, hasta entonces estéril, tuvo un hijo.
Cuando la oración de Avraham por Avimélej fue escuchada, y el rey de los filisteos sanó, los ángeles alzaron un fuerte clamor y hablaron así a Dios: «¡Oh Señor del mundo! Todos estos años ha estado Sará estéril, como lo estaba la mujer de Avimélej. Ahora Avraham te ha orado, y a la mujer de Avimélej le ha sido concedido un hijo. Es justo y equitativo que Sará sea recordada y se le conceda un hijo». Estas palabras de los ángeles, pronunciadas el día de Año Nuevo —cuando en el cielo se determinan las suertes de los hombres para todo el año—, dieron fruto. Apenas siete meses después, el primer día de Pésaj, nació Yitsjak.
El nacimiento de Yitsjak fue un acontecimiento dichoso, y no solo en la casa de Avraham. El mundo entero se regocijó, pues Dios se acordó de todas las mujeres estériles al mismo tiempo que de Sará. Todas dieron a luz. Y todos los ciegos recobraron la vista, todos los cojos quedaron sanos, los mudos hablaron y los locos volvieron a la razón. Y un milagro aún mayor sucedió: el día del nacimiento de Yitsjak el sol brilló con un esplendor como no se había visto desde la caída del hombre, y como solo volverá a brillar en el mundo venidero.
Para acallar a quienes preguntaban con intención: «¿Puede uno de cien años engendrar un hijo?», Dios ordenó al ángel encargado de los embriones que les diera forma y figura, que modelara a Yitsjak exactamente según el modelo de Avraham, de modo que todos, al ver a Yitsjak, exclamaran: «Avraham engendró a Yitsjak».
Que Avraham y Sará fueran bendecidos con descendencia solo después de haber alcanzado edad tan avanzada tenía una razón importante. Era necesario que Avraham llevara la señal de la alianza en su cuerpo antes de engendrar al hijo destinado a ser el padre de Israel. Y como Yitsjak fue el primer hijo nacido a Avraham después de que fuera marcado con la señal, no dejó de celebrar su circuncisión con mucha pompa y ceremonia al octavo día. Shem, Éver, Avimélej rey de los filisteos y todo su séquito, Pijol el capitán de su ejército entre ellos —todos estaban presentes—, y también Téraj y su hijo Najor; en una palabra, todos los grandes de los alrededores. En esta ocasión Avraham pudo al fin poner fin a las habladurías de la gente, que decía: «¡Mirad a esta vieja pareja! Recogieron a un expósito en el camino y pretenden que es su propio hijo, y para dar crédito a lo que dicen organizan un banquete en su honor». Avraham había invitado a la celebración no solo a hombres, sino también a las esposas de los notables con sus criaturas, y Dios permitió que se obrara un milagro. Sará tenía en sus pechos leche suficiente para amamantar a todos los bebés allí presentes, y quienes mamaron de sus pechos mucho tuvieron que agradecerle. Aquellos cuyas madres solo habían albergado pensamientos piadosos en su mente cuando les dejaron beber la leche que fluía de los pechos de la piadosa Sará, se hicieron prosélitos cuando crecieron; y aquellos cuyas madres dejaron que Sará los amamantara solo para ponerla a prueba, crecieron para ser poderosos gobernantes, y perdieron su dominio solo en la revelación del monte Sinaí, porque no quisieron aceptar la Torá. Todos los prosélitos y los gentiles piadosos son descendientes de estas criaturas.
Entre los invitados de Avraham estaban los treinta y un reyes y los treinta y un virreyes de la Tierra de Israel que fueron vencidos por Yehoshúa en la conquista de la Tierra Santa. Hasta Og rey de Bashán estaba presente, y tuvo que soportar las burlas de los demás invitados, que le echaban en cara haber llamado a Avraham mula estéril que nunca tendría descendencia. Og, por su parte, señaló al niñito con desprecio y dijo: «Si pusiera mi dedo sobre él, quedaría aplastado». A lo que Dios le dijo: «¡Te burlas del don concedido a Avraham! Por tu vida, contemplarás a millones y miríadas de sus descendientes, y al final caerás en sus manos».
Cuando Yitsjak creció, estallaron disputas entre él y Yishmael a causa de los derechos del primogénito. Yishmael insistía en que debía recibir una porción doble de la herencia tras la muerte de Avraham, y que Yitsjak recibiera una sola porción. Yishmael, acostumbrado desde su juventud a usar el arco y la flecha, tenía por hábito dirigir sus proyectiles en dirección a Yitsjak, diciendo al mismo tiempo que solo bromeaba. Sará, sin embargo, insistió en que Avraham traspasara a Yitsjak todo cuanto poseía, para que no surgieran disputas tras su muerte, «pues —dijo— Yishmael no es digno de ser heredero junto con mi hijo, ni con un hombre como Yitsjak, y ciertamente no con mi hijo Yitsjak». Además, Sará insistió en que Avraham se separara de Hagar, la madre de Yishmael, y despidiera a la mujer y a su hijo, de modo que no hubiera nada en común entre ellos y su propio hijo, ni en este mundo ni en el mundo venidero.
De todas las pruebas que Avraham hubo de sufrir, ninguna fue tan dura de soportar como esta, pues le afligía profundamente separarse de su hijo. Dios se le apareció la noche siguiente y le dijo: «Avraham, ¿no sabes que Sará fue destinada a ser tu esposa desde el vientre de su madre? Ella es tu compañera y la mujer de tu juventud, y yo no nombré a Hagar como tu esposa, ni a Sará como tu sierva. Lo que Sará te dijo no fue sino la verdad, y no te resulte penoso a la vista por causa del muchacho y de tu sierva». A la mañana siguiente Avraham se levantó temprano, dio a Hagar su carta de divorcio y la despidió con su hijo, atándole primero una cuerda a la cintura para que todos vieran que era una sierva.
La mirada maligna que Sará lanzó sobre su hijastro lo puso enfermo y febril, de modo que Hagar tuvo que cargarlo, con lo crecido que estaba. En su fiebre bebía a menudo del agua del odre que Avraham le había dado al salir de su casa, y el agua se agotó pronto. Para no ver la muerte de su hijo, Hagar arrojó a Yishmael bajo los sauces que crecían en el mismo lugar donde los ángeles habían hablado una vez con ella y le habían anunciado que tendría un hijo. En la amargura de su corazón, habló a Dios y dijo: «Ayer me dijiste: ‹Multiplicaré en gran manera tu descendencia, que no podrá contarse por su multitud›, y hoy mi hijo muere de sed». El propio Yishmael clamó a Dios, y su oración y los méritos de Avraham les trajeron ayuda en su necesidad, aunque los ángeles se presentaron contra Yishmael ante Dios. Decían: «¿Harás brotar un pozo de agua para aquel cuyos descendientes dejarán perecer de sed a tus hijos de Israel?». Pero Dios respondió y dijo: «¿Qué es Yishmael en este momento: justo o malvado?»; y cuando los ángeles lo llamaron justo, Dios continuó: «Trato al hombre según sus merecimientos en cada momento».
En aquel momento Yishmael era piadoso en verdad, pues oraba a Dios con estas palabras: «¡Oh Señor del mundo! Si es tu voluntad que yo perezca, déjame morir de algún otro modo, no de sed, pues los tormentos de la sed son grandes por encima de todos los demás». Hagar, en lugar de orar a Dios, dirigía sus súplicas a los ídolos de su juventud. La oración de Yishmael fue aceptable ante Dios, y Él ordenó que brotara el pozo de Miriam, el pozo creado en el crepúsculo del sexto día de la creación. Aun después de este milagro, la fe de Hagar no era más firme que antes. Llenó el odre de agua, porque temía que volviera a agotarse y no hubiera otra cerca. Luego viajó a Mitsraim con su hijo, pues «arroja el palo al aire como quieras, siempre caerá sobre su punta». Hagar había venido de Mitsraim, y a Mitsraim volvió, para escoger una esposa para su hijo.
La esposa de Yishmael dio a luz cuatro hijos y una hija, y después Yishmael, su madre, su mujer y sus hijos fueron y volvieron al desierto. Se hicieron tiendas en el desierto en el que moraban, y siguieron acampando y viajando, mes tras mes y año tras año. Y Dios dio a Yishmael rebaños, ganados y tiendas, a causa de Avraham su padre, y el hombre aumentó en ganado. Y algún tiempo después, Avraham dijo a Sará, su mujer: «Iré a ver a mi hijo Yishmael; anhelo contemplarlo, pues hace mucho que no lo veo». Y Avraham cabalgó sobre uno de sus camellos hacia el desierto, a buscar a su hijo Yishmael, pues había oído que moraba en una tienda en el desierto con todo lo suyo. Y Avraham fue al desierto, y llegó a la tienda de Yishmael cerca del mediodía, y preguntó por él. Encontró a la mujer de Yishmael sentada en la tienda con sus hijos, y su esposo y su madre no estaban con ellos. Y Avraham preguntó a la mujer de Yishmael, diciendo: «¿Adónde ha ido Yishmael?». Y ella dijo: «Ha ido al campo a cazar». Y Avraham seguía montado en el camello, pues no quería descender al suelo, ya que había jurado a su mujer Sará que no se bajaría del camello. Y Avraham dijo a la mujer de Yishmael: «Hija mía, dame un poco de agua para beber, pues estoy fatigado y cansado del viaje». Y la mujer de Yishmael respondió y dijo a Avraham: «No tenemos ni agua ni pan», y seguía sentada en la tienda, y no hizo caso alguno de Avraham. Ni siquiera le preguntó quién era. Pero todo el rato estuvo golpeando a sus hijos en la tienda, y los maldecía, y maldijo también a su esposo Yishmael, y habló mal de él; y Avraham oyó las palabras de la mujer de Yishmael a sus hijos, y fue cosa mala a sus ojos. Y Avraham llamó a la mujer a que saliera de la tienda hacia él, y la mujer salió y se puso cara a cara con Avraham, mientras Avraham seguía montado en el camello. Y Avraham dijo a la mujer de Yishmael: «Cuando tu esposo Yishmael vuelva a casa, dile estas palabras: Un hombre muy anciano de la tierra de los filisteos vino aquí a buscarte, y su aspecto era tal y su figura era cual. Yo no le pregunté quién era, y viendo que no estabas aquí, me habló y dijo: Cuando Yishmael, tu esposo, vuelva, dile: Así dijo el hombre: Cuando llegues a casa, quita esta estaca de tienda que has puesto aquí, y pon otra estaca en su lugar». Y Avraham terminó sus instrucciones a la mujer, se volvió y partió en el camello hacia su casa. Y cuando Yishmael volvió a la tienda, oyó las palabras de su mujer, y supo que era su padre, y que su mujer no lo había honrado. Y Yishmael comprendió las palabras de su padre que había dicho a su mujer, y escuchó la voz de su padre, y se divorció de su mujer, y ella se marchó. Y Yishmael fue después a la tierra de Kena’an, y tomó otra mujer, y la llevó a su tienda, al lugar donde moraba.
Y al cabo de tres años, Avraham dijo: «Iré de nuevo a ver a Yishmael, mi hijo, pues hace mucho que no lo veo». Y cabalgó sobre su camello y fue al desierto, y llegó a la tienda de Yishmael cerca del mediodía. Y preguntó por Yishmael, y su mujer salió de la tienda y dijo: «No está aquí, mi señor, pues ha ido a cazar a los campos y a apacentar los camellos»; y la mujer dijo a Avraham: «Entra, mi señor, en la tienda y come un bocado de pan, pues tu alma debe de estar fatigada a causa del viaje». Y Avraham le dijo: «No me detendré, pues tengo prisa por seguir mi camino, pero dame un poco de agua para beber, que tengo sed»; y la mujer se apresuró y corrió a la tienda, y sacó agua y pan a Avraham, que puso ante él, instándolo a comer y beber; y él comió y bebió, y su corazón se alegró, y bendijo a su hijo Yishmael. Y terminó su comida, y bendijo a HaShem, y dijo a la mujer de Yishmael: «Cuando Yishmael venga a casa, dile estas palabras: Un hombre muy anciano de la tierra de los filisteos vino aquí y preguntó por ti, y tú no estabas, y le saqué pan y agua, y comió y bebió, y su corazón se alegró. Y me dijo estas palabras: Cuando Yishmael, tu esposo, venga a casa, dile: La estaca de tienda que tienes es muy buena, no la quites de la tienda». Y Avraham terminó de dar órdenes a la mujer, y partió a caballo hacia su casa, a la tierra de los filisteos; y cuando Yishmael llegó a su tienda, su mujer salió a su encuentro con alegría y corazón contento, y le contó las palabras del anciano. Yishmael supo que era su padre, y que su mujer lo había honrado, y alabó a HaShem. Y Yishmael tomó entonces a su mujer, a sus hijos, a su ganado y todo lo suyo, y partió de allí, y fue a su padre a la tierra de los filisteos. Y Avraham relató a Yishmael todo lo que había pasado entre él y la primera mujer que Yishmael había tomado, según lo que ella había hecho. Y Yishmael y sus hijos moraron con Avraham muchos días en aquella tierra, y Avraham moró en la tierra de los filisteos largo tiempo.
Tras una estancia de veintiséis años en la tierra de los filisteos, Avraham partió de allí y se estableció en las cercanías de Jevrón. Allí lo visitó Avimélej con veinte de sus grandes, que le pidieron que hiciera una alianza con los filisteos.
Mientras Avraham no tuvo hijos, los gentiles no creían en su piedad, pero cuando nació Yitsjak, le dijeron: «Dios está contigo». Pero de nuevo albergaron dudas de su piedad cuando repudió a Yishmael. Decían: «Si fuera un hombre justo, no expulsaría de su casa a su primogénito». Pero cuando observaron los actos impíos de Yishmael, dijeron: «Dios está contigo en todo lo que haces». Que Avraham era el favorito de Dios lo vieron también en esto: que, aunque Sedom fue destruida y todo tránsito se había detenido en aquella región, las cámaras del tesoro de Avraham estaban llenas. Por estas razones, los filisteos buscaron formar una alianza con él, que permaneciera en vigor por tres generaciones venideras, pues es hasta la tercera generación que se extiende el amor de un padre.
Antes de concluir la alianza con Avimélej, rey de los filisteos, Avraham lo reprendió a causa de un pozo, pues «la corrección lleva al amor» y «no hay paz sin corrección». Los pastores de Avraham y los de Avimélej habían dejado su disputa sobre el pozo a decisión por ordalía: el pozo pertenecería a la parte por cuyas ovejas subieran las aguas de modo que pudieran beber de ellas. Pero los pastores de Avimélej no respetaron el acuerdo y se apoderaron del pozo para su propio uso. Como testimonio y señal perpetua de que el pozo le pertenecía, Avraham apartó siete ovejas, correspondientes a las siete leyes noájidas que obligan por igual a todos los hombres. Pero Dios dijo: «Le has dado siete ovejas. Por tu vida, los filisteos matarán un día a siete hombres justos —Shimshón, Jofní, Pinjás, y Shaúl con sus tres hijos—, y destruirán siete lugares santos, y guardarán el Arca sagrada en su país como botín de guerra por un período de siete meses, y además solo la séptima generación de tus descendientes podrá regocijarse en la posesión de la tierra que les fue prometida». Tras concluir la alianza con Avimélej, que reconoció el derecho de Avraham sobre el pozo, Avraham llamó al lugar Beer-Sheva, porque allí ambos juraron una alianza de amistad.
En Beer-Sheva moró Avraham muchos años, y desde allí se esforzó por difundir la ley de Dios. Plantó allí un gran bosque e hizo para él cuatro puertas, orientadas hacia los cuatro lados de la tierra —este, oeste, norte y sur—, y plantó en él una viña. Si un viajero pasaba por aquel camino, entraba por la puerta que le quedaba enfrente, y se sentaba en el bosque, y comía y bebía hasta quedar satisfecho, y luego se marchaba. Pues la casa de Avraham siempre estaba abierta para todos los que pasaban, y venían a diario a comer y beber allí. Si alguien tenía hambre y acudía a Avraham, este le daba lo que necesitaba, para que comiera y bebiera y quedara satisfecho; y si alguien estaba desnudo y acudía a Avraham, este lo vestía con las prendas que el pobre eligiera, y le daba plata y oro, y le daba a conocer a HaShem, que lo había creado y puesto sobre la tierra. Después de que los caminantes habían comido, solían dar gracias a Avraham por su amable acogida, a lo que él respondía: «¿Cómo, me dais gracias a mí? Antes bien, dad gracias a vuestro anfitrión, Aquel que por sí solo provee alimento y bebida a todas las criaturas». Entonces la gente preguntaba: «¿Dónde está Él?», y Avraham les respondía y decía: «Él es el Soberano del cielo y de la tierra. Él hiere y Él sana, Él forma el embrión en el vientre de la madre y lo trae al mundo, Él hace crecer las plantas y los árboles, Él mata y Él da vida, Él hace bajar al Sheol y hace subir». Cuando la gente oía tales palabras, preguntaba: «¿Cómo daremos gracias a Dios y le manifestaremos nuestra gratitud?». Y Avraham los instruía con estas palabras: «Decid: ¡Bendito sea HaShem, que es bendito! ¡Bendito sea Aquel que da pan y alimento a toda carne!». De esta manera Avraham enseñaba a quienes habían disfrutado de su hospitalidad a alabar y dar gracias a Dios. Así, la casa de Avraham llegó a ser no solo un albergue para el hambriento y el sediento, sino también un lugar de enseñanza donde se impartía el conocimiento de Dios y de su ley.
En medio de la generosa hospitalidad que se practicaba en casa de Avraham, ocurrió una vez que un pobre —o más bien un supuesto pobre— fue despedido con las manos vacías, y esto fue la causa inmediata de la última de las pruebas de Avraham: el sacrificio de su hijo predilecto, Yitsjak. Era el día en que Avraham celebraba el nacimiento de Yitsjak con un gran banquete, al que estaban invitados todos los magnates de la época con sus esposas. El Satán, que siempre acude a la fiesta en la que no participa ningún pobre, y se mantiene lejos de aquellas a las que se invita a comensales pobres, se presentó en el banquete de Avraham disfrazado de mendigo que pide limosna a la puerta. Había notado que Avraham no había invitado a ningún pobre, y sabía que su casa era el lugar apropiado para él.
Avraham estaba ocupado atendiendo a sus distinguidos invitados, y Sará se esforzaba por convencer a las esposas, las matronas, de que Yitsjak era verdaderamente su hijo, y no un hijo supuesto. Nadie se ocupó del mendigo de la puerta, quien por ello acusó a Avraham ante Dios.
Sucedió un día que los hijos de Dios vinieron a presentarse ante HaShem, y el Satán vino también entre ellos. Y dijo HaShem al Satán: «¿De dónde vienes?». Y el Satán respondió a HaShem, y dijo: «De recorrer la tierra de un lado a otro, y de andar por ella». Y dijo HaShem al Satán: «¿Qué tienes que decir acerca de todos los hijos de la tierra?». Y el Satán respondió a HaShem, y dijo: «He visto que todos los hijos de la tierra te sirven y te recuerdan cuando necesitan algo de ti. Y cuando les das lo que te piden, entonces te abandonan y no te recuerdan más. ¿Has visto a Avraham, el hijo de Téraj, que al principio no tenía hijos, y te sirvió y te levantó altares dondequiera que llegaba, y ofrecía sobre ellos ofrendas, y proclamaba tu nombre de continuo a todos los hijos de la tierra? Y ahora que le ha nacido su hijo Yitsjak, te ha abandonado. Hizo un gran festín para todos los habitantes de la tierra, y a HaShem lo ha olvidado. Pues, en medio de todo lo que ha hecho, no te trajo ofrenda alguna, ni holocausto ni ofrenda de paz, ni un solo cordero ni cabrito de todo lo que degolló el día en que su hijo fue destetado. Aun desde el tiempo del nacimiento de su hijo hasta ahora, siendo treinta y siete años, no te edificó altar alguno, ni te trajo ofrenda, pues vio que le dabas lo que te pedía, y por eso te abandonó». Y dijo HaShem al Satán: «¿Te has fijado en mi siervo Avraham? Pues no hay otro como él en la tierra, hombre perfecto y recto ante Mí para un holocausto, temeroso de Dios y apartado del mal. Vivo Yo, que si le dijera: Ofrece a Yitsjak tu hijo ante Mí, no me lo negaría, y mucho menos si le dijera que me trajera un holocausto de sus rebaños o vacadas». Y el Satán respondió a HaShem, y dijo: «Habla ahora a Avraham como has dicho, y verás si no transgrede y desecha tus palabras en este día».
Dios quiso probar también a Yitsjak. Cierta vez Yishmael se jactó ante Yitsjak, diciendo: «Yo tenía trece años cuando HaShem habló a mi padre para que nos circuncidara, y no transgredí su palabra, la que ordenó a mi padre». Y Yitsjak respondió a Yishmael, diciendo: «¿Por qué te jactas ante mí de esto, de un pedacito de tu carne que quitaste de tu cuerpo, acerca del cual HaShem te ordenó? Vive HaShem, el Dios de mi padre Avraham, que si HaShem dijera a mi padre: Toma ahora a tu hijo Yitsjak y ofrécelo en holocausto ante Mí, yo no me negaría, sino que accedería a ello con alegría».
Y HaShem pensó probar a Avraham y a Yitsjak en este asunto. Y dijo a Avraham: «Toma ahora a tu hijo».
Avraham: «Tengo dos hijos, y no sé cuál de ellos me ordenas tomar».
Dios: «Tu único hijo».
Avraham: «El uno es el único hijo de su madre, y el otro es el único hijo de su madre».
Dios: «Al que amas».
Avraham: «Amo a este y amo a aquel».
Dios: «A Yitsjak».
Avraham: «¿Y adónde iré?».
Dios: «A la tierra que te mostraré, y ofrece allí a Yitsjak en holocausto».
Avraham: «¿Soy yo apto para realizar el sacrificio, soy acaso sacerdote? ¿No debería más bien hacerlo Shem, el Sumo Sacerdote?».
Dios: «Cuando llegues a aquel lugar, Yo te consagraré y te haré sacerdote».
Y Avraham se dijo dentro de sí: «¿Cómo separaré a mi hijo Yitsjak de Sará, su madre?». Y entró en la tienda, y se sentó ante Sará, su mujer, y le habló estas palabras: «Nuestro hijo Yitsjak ha crecido, y todavía no ha estudiado el servicio de Dios. Mañana iré y lo llevaré donde Shem y Éver, su hijo, y allí aprenderá los caminos de HaShem, pues le enseñarán a conocer a HaShem, y a saber orar a HaShem para que le responda, y a conocer el modo de servir a HaShem, su Dios». Y dijo Sará: «Bien has hablado. Ve, mi señor, y haz con él como has dicho, pero no lo alejes mucho de mí, ni dejes que permanezca allí demasiado tiempo, pues mi alma está ligada a su alma». Y Avraham dijo a Sará: «Hija mía, oremos a HaShem, nuestro Dios, para que obre bien con nosotros». Y Sará tomó a su hijo Yitsjak, y él permaneció con ella toda aquella noche, y ella lo besó y lo abrazó, y le hizo encargos hasta la mañana, y dijo a Avraham: «Oh, mi señor, te ruego, cuida de tu hijo y pon tus ojos sobre él, pues no tengo otro hijo ni hija sino a él. No lo descuides. Si tiene hambre, dale pan; y si tiene sed, dale agua a beber; no lo dejes ir a pie, ni dejes que se siente al sol, ni dejes que vaya solo por el camino, ni lo apartes de nada que desee, sino haz con él como él te diga».
Después de pasar toda la noche llorando por Yitsjak, se levantó por la mañana y escogió una vestidura muy fina y hermosa de entre las que Avimélej le había dado. Y con ella vistió a Yitsjak, y le puso un turbante en la cabeza, y prendió una piedra preciosa en lo alto del turbante, y les dio provisiones para el camino. Y Sará salió con ellos, y los acompañó por el camino para despedirlos, y ellos le dijeron: «Vuelve a la tienda». Y cuando Sará oyó las palabras de su hijo Yitsjak, lloró amargamente, y Avraham lloró con ella, y su hijo lloró con ellos, un gran llanto; también los siervos que iban con ellos lloraron mucho. Y Sará se aferró a Yitsjak, y lo sostuvo en sus brazos, y lo abrazó, y siguió llorando con él, y dijo Sará: «¿Quién sabe si volveré a verte alguna vez después de este día?».
Avraham partió con Yitsjak en medio de un gran llanto, mientras Sará y los siervos volvían a la tienda. Tomó consigo a dos de sus criados, Yishmael y Eliézer, y mientras caminaban por el camino, los jóvenes se hablaban el uno al otro estas palabras. Dijo Yishmael a Eliézer: «Ahora mi padre Avraham va con Yitsjak para ofrecerlo en holocausto a HaShem, y cuando regrese me dará todo lo que posee, para heredarlo después de él, pues yo soy su primogénito». Eliézer respondió: «Ciertamente, Avraham te expulsó con tu madre, y juró que no heredarías nada de todo lo que posee. ¿Y a quién dará todo lo que tiene, todas sus cosas preciosas, sino a su siervo, que ha sido fiel en su casa, a mí, que lo he servido de noche y de día, y he hecho todo lo que me pidió?». El espíritu santo respondió: «Ni el uno ni el otro heredarán a Avraham».
Y mientras Avraham y Yitsjak avanzaban por el camino, el Satán vino y se apareció a Avraham en la figura de un anciano, humilde y de espíritu contrito, y le dijo: «¿Eres necio o insensato, que vas a hacerle esto a tu único hijo? Dios te dio un hijo en tus últimos días, en tu vejez, ¿y vas a ir a degollarlo, a él que no cometió violencia alguna, y harás perecer de la tierra el alma de tu único hijo? ¿No sabes ni comprendes que esto no puede venir de HaShem? Pues HaShem no le haría al hombre semejante mal, mandarle: Ve y degüella a tu hijo». Avraham, al oír estas palabras, supo que era el Satán, que se empeñaba en desviarlo del camino de HaShem, y lo reprendió, y se fue. Y el Satán volvió y vino a Yitsjak, y se le apareció en la figura de un joven, apuesto y de buen parecer, diciéndole: «¿No sabes que tu necio y viejo padre te lleva hoy al degüello en vano? Ahora, hijo mío, no lo escuches, pues es un viejo necio, y no dejes que tu preciosa alma y tu hermosa figura se pierdan de la tierra». Y Yitsjak refirió estas palabras a su padre, pero Avraham le dijo: «Ten cuidado con él, y no escuches sus palabras, pues es el Satán que se empeña en desviarnos de los mandatos de nuestro Dios». Y Avraham reprendió de nuevo al Satán, y el Satán se apartó de ellos, y, viendo que no podía prevalecer sobre ellos, se transformó en un gran arroyo de agua en el camino. Y cuando Avraham, Yitsjak y los dos jóvenes llegaron a aquel lugar, vieron un arroyo grande y caudaloso como las aguas poderosas. Y entraron en el arroyo, tratando de cruzarlo, pero cuanto más avanzaban, más hondo se hacía el arroyo, de modo que el agua les llegó hasta el cuello, y todos quedaron aterrorizados a causa del agua. Pero Avraham reconoció el lugar, y supo que antes no había habido allí agua, y dijo a su hijo: «Conozco este lugar, en el que no había ni arroyo ni agua. Ahora, ciertamente, es el Satán quien nos hace todo esto, para apartarnos hoy de los mandatos de Dios». Y Avraham reprendió al Satán, diciéndole: «¡Que HaShem te reprenda, oh Satán! Apártate de nosotros, pues vamos por mandato de Dios». Y el Satán se aterrorizó ante la voz de Avraham, y se apartó de ellos, y el lugar volvió a ser tierra seca como antes. Y Avraham siguió con Yitsjak hacia el lugar que Dios le había dicho.
Entonces el Satán se apareció a Sará en la figura de un anciano, y le dijo: «¿Adónde fue tu marido?». Ella dijo: «A su trabajo». «¿Y adónde fue tu hijo Yitsjak?», preguntó además, y ella respondió: «Fue con su padre a un lugar de estudio de la Torá». El Satán dijo: «Oh, pobre anciana, tus dientes se estremecerán a causa de tu hijo, pues no sabes que Avraham llevó consigo a su hijo por el camino para sacrificarlo». En esa hora los lomos de Sará temblaron, y todos sus miembros se estremecieron. Ya no era de este mundo. Sin embargo, se rehízo, y dijo: «Todo lo que Dios ha dicho a Avraham, que lo cumpla para vida y para paz».
Al tercer día de su viaje, Avraham alzó los ojos y vio a lo lejos el lugar que Dios le había dicho. Observó sobre el monte una columna de fuego que iba de la tierra al cielo, y una densa nube en la que se veía la gloria de Dios. Avraham dijo a Yitsjak: «Hijo mío, ¿ves sobre aquel monte que divisamos a lo lejos lo que yo veo en él?». Y Yitsjak respondió, y dijo a su padre: «Veo, y, he aquí, una columna de fuego y una nube, y la gloria de HaShem se ve sobre la nube». Avraham supo entonces que Yitsjak era aceptado ante HaShem como ofrenda. Preguntó a Yishmael y a Eliézer: «¿Veis también vosotros lo que vemos sobre el monte?». Respondieron: «No vemos nada más que como los otros montes», y Avraham supo que no eran aceptados ante HaShem para ir con ellos. Avraham les dijo: «Quedaos aquí con el asno; sois como el asno: tan poco como él ve, tan poco veis vosotros. Yo y Yitsjak, mi hijo, iremos hasta aquel monte, y adoraremos allí ante HaShem, y esta tarde volveremos a vosotros». Una profecía inconsciente había venido a Avraham, pues profetizó que él y Yitsjak volverían ambos del monte. Eliézer y Yishmael se quedaron en aquel lugar, como Avraham había ordenado, mientras él y Yitsjak seguían adelante.
Y mientras caminaban, Yitsjak habló a su padre: «He aquí el fuego y la leña, pero ¿dónde está el cordero para el holocausto ante HaShem?». Y Avraham respondió a Yitsjak, diciendo: «HaShem te ha escogido a ti, hijo mío, como holocausto perfecto, en lugar del cordero». Y Yitsjak dijo a su padre: «Haré todo lo que HaShem te ha dicho con gozo y alegría de corazón». Y de nuevo Avraham dijo a Yitsjak, su hijo: «¿Hay en tu corazón algún pensamiento o intención acerca de esto que no sea recta? Dímelo, hijo mío, te lo ruego. Oh, hijo mío, no me lo ocultes». Y Yitsjak respondió: «Vive HaShem, y vive tu alma, que no hay nada en mi corazón que me haga desviar ni a la derecha ni a la izquierda de la palabra que Él te ha dicho. Ni miembro ni músculo se ha movido ni estremecido por esto, ni hay en mi corazón pensamiento ni mala intención acerca de ello. Al contrario, estoy gozoso y alegre de corazón en este asunto, y digo: Bendito sea HaShem, que me ha escogido hoy para ser holocausto ante Él».
Avraham se alegró grandemente con las palabras de Yitsjak, y siguieron adelante y llegaron juntos a aquel lugar que HaShem le había dicho. Y Avraham se dispuso a edificar el altar en aquel lugar, y Avraham lo edificó, mientras Yitsjak le alcanzaba piedras y argamasa, hasta que terminaron de levantar el altar. Y Avraham tomó la leña y la dispuso sobre el altar, y ató a Yitsjak, para ponerlo sobre la leña que estaba sobre el altar, para degollarlo como holocausto ante HaShem. Yitsjak habló entonces: «Padre, date prisa, descubre tu brazo, y ata mis manos y mis pies con firmeza, pues soy joven, de solo treinta y siete años, y tú eres un anciano. Cuando vea el cuchillo del degüello en tu mano, quizá comience a temblar ante la vista y empuje contra ti, pues el deseo de vivir es audaz. También podría hacerme una herida y volverme inapto para ser sacrificado. Por eso te conjuro, padre mío, date prisa, ejecuta la voluntad de tu Creador, no te demores. Recoge tu vestidura, ciñe tus lomos, y después de haberme degollado, quémame hasta reducirme a finas cenizas. Luego recoge las cenizas y llévalas a Sará, mi madre, y ponlas en un cofre en su aposento. A todas horas, cuando entre en su aposento, recordará a su hijo Yitsjak y llorará por él».
Y de nuevo habló Yitsjak: «Tan pronto como me hayas degollado, y te hayas separado de mí, y vuelvas a Sará, mi madre, y ella te pregunte: ¿Dónde está mi hijo Yitsjak?, ¿qué le responderás, y qué haréis los dos en vuestra vejez?». Avraham respondió, y dijo: «Sabemos que solo podemos sobrevivirte unos pocos días. Aquel que fue nuestro Consuelo antes de que tú nacieras, nos consolará ahora y en adelante».
Después de haber dispuesto la leña en orden, y de haber atado a Yitsjak sobre el altar, sobre la leña, Avraham afirmó sus brazos, se arremangó las vestiduras, y apoyó sus rodillas sobre Yitsjak con todas sus fuerzas. Y Dios, sentado sobre su trono, alto y sublime, vio cómo los corazones de ambos eran uno mismo, y las lágrimas rodaban de los ojos de Avraham sobre Yitsjak, y de Yitsjak sobre la leña, hasta el punto de quedar esta sumergida en lágrimas. Cuando Avraham extendió su mano, y tomó el cuchillo para degollar a su hijo, Dios habló a los ángeles: «¿Veis cómo Avraham, mi amigo, proclama la unidad de mi Nombre en el mundo? Si os hubiera escuchado a vosotros en el tiempo de la creación del mundo, cuando dijisteis: ¿Qué es el hombre para que de él te acuerdes? ¿Y el hijo del hombre para que lo visites?, ¿quién habría habido para dar a conocer la unidad de mi Nombre en este mundo?». Los ángeles rompieron entonces en fuerte llanto, y exclamaron: «Los caminos están desolados, cesó el caminante, ha quebrantado el pacto. ¿Dónde está la recompensa de Avraham, aquel que acogía a los viajeros en su casa, les daba de comer y de beber, e iba con ellos para encaminarlos? El pacto se quebranta, aquel del que le hablaste, diciendo: “Pues por Yitsjak será llamada tu descendencia”, y diciendo: “Estableceré mi pacto con Yitsjak”, pues el cuchillo del degüello está puesto sobre su garganta».
Las lágrimas de los ángeles cayeron sobre el cuchillo, de modo que este no pudo cortar la garganta de Yitsjak, pero del terror su alma se le escapó. Entonces Dios habló al arcángel Mijael, y dijo: «¿Por qué te quedas ahí parado? No dejes que sea degollado». Sin demora, Mijael, con angustia en la voz, clamó: «¡Avraham! ¡Avraham! No pongas tu mano sobre el muchacho, ni le hagas nada». Avraham respondió, y dijo: «Dios me mandó degollar a Yitsjak, ¡y tú me mandas no degollarlo! Las palabras del Maestro y las palabras del discípulo, ¿a las palabras de quién se atiende?». Entonces Avraham oyó que se le decía: «Por Mí mismo he jurado, dice HaShem, que por cuanto has hecho esto, y no has rehusado a tu hijo, tu único hijo, de cierto te bendeciré, y multiplicaré tu descendencia como las estrellas del cielo, y como la arena que está a la orilla del mar; y tu descendencia poseerá la puerta de sus enemigos, y en tu descendencia serán benditas todas las naciones de la tierra, por cuanto has obedecido mi voz».
Al instante Avraham dejó a Yitsjak, quien volvió a la vida, reanimado por la voz celestial que amonestaba a Avraham a no degollar a su hijo. Avraham soltó sus ataduras, y Yitsjak se puso en pie, y pronunció la bendición: «Bendito eres Tú, Adonái, que resucitas a los muertos».
Entonces habló Avraham a Dios: «¿Me iré de aquí sin haber ofrecido un sacrificio?». A lo cual Dios respondió, y dijo: «Alza tus ojos, y mira el sacrificio detrás de ti». Y Avraham alzó los ojos, y, he aquí, detrás de él un carnero trabado en la maleza, que Dios había creado en el crepúsculo de la víspera de Shabat, en la semana de la creación, y preparado desde entonces como holocausto en lugar de Yitsjak. Y el carnero había estado corriendo hacia Avraham, cuando el Satán lo atrapó y le enredó los cuernos en la maleza, para que no pudiera llegar hasta Avraham. Y Avraham, al ver esto, lo sacó de la maleza, y lo puso sobre el altar como ofrenda en lugar de su hijo Yitsjak. Y Avraham roció la sangre del carnero sobre el altar, y exclamó, y dijo: «Esto es en lugar de mi hijo, y que sea considerado como la sangre de mi hijo ante HaShem». Y cada cosa que Avraham hacía junto al altar, exclamaba, y decía: «Esto es en lugar de mi hijo, y que sea considerado ante HaShem en lugar de mi hijo». Y Dios aceptó el sacrificio del carnero, y fue contado como si hubiera sido Yitsjak.
Así como la creación de este carnero había sido extraordinaria, así también lo fue el uso que se dio a todas las partes de su cuerpo. Ni una sola cosa se desperdició. Las cenizas de las partes quemadas sobre el altar formaron el cimiento del altar interior, sobre el cual se traía la ofrenda expiatoria una vez al año, en Yom Kipur, el día en que tuvo lugar la ofrenda de Yitsjak. De los tendones del carnero, David hizo diez cuerdas para su arpa, en la que tocaba. La piel sirvió a Eliyahu de cinturón, y de sus dos cuernos, el uno fue tocado al final de la revelación en el monte Sinaí, y el otro será usado para proclamar el fin del Exilio, cuando «se tocará el gran shofar, y vendrán los que estaban perdidos en la tierra de Ashur, y los que estaban desterrados en la tierra de Mitsraim, y adorarán a Adonái en el monte santo, en Yerushaláyim».
Cuando Dios ordenó al padre que desistiera de sacrificar a Yitsjak, Avraham dijo: «Un hombre prueba a otro porque no sabe lo que hay en el corazón de su prójimo. Pero Tú de cierto sabías que yo estaba dispuesto a sacrificar a mi hijo».
Dios: «Me era manifiesto, y lo sabía de antemano, que no me negarías ni siquiera tu alma».
Avraham: «¿Y por qué, entonces, me afligiste así?».
Dios: «Era mi deseo que el mundo llegara a conocerte, y supiera que no sin buena razón te he escogido de entre todas las naciones. Ahora ha quedado atestiguado ante los hombres que temes a Dios».
Con esto Dios abrió los cielos, y Avraham oyó las palabras: «¡Por Mí mismo juro!».
Avraham: «Tú juras, y también yo juro: no me apartaré de este altar hasta haber dicho lo que tengo que decir».
Dios: «¡Di cuanto tengas que decir!».
Avraham: «¿No me prometiste que harías salir uno de mis propias entrañas, cuya descendencia llenaría el mundo entero?».
Dios: «Sí».
Avraham: «¿A quién te referías?».
Dios: «A Yitsjak».
Avraham: «¿No me prometiste hacer mi descendencia tan numerosa como la arena de la orilla del mar?».
Dios: «Sí».
Avraham: «¿Por medio de cuál de mis hijos?».
Dios: «Por medio de Yitsjak».
Avraham: «Podría haberte reprochado, y haber dicho: Oh Señor del mundo, ayer me dijiste: Por Yitsjak será llamada tu descendencia, y ahora dices: Toma a tu hijo, tu único hijo, a Yitsjak, y ofrécelo en holocausto. Pero me contuve, y no dije nada. Así, cuando los hijos de Yitsjak cometan faltas y por ellas caigan en tiempos aciagos, acuérdate Tú de la ofrenda de su padre Yitsjak, y perdona sus pecados y líbralos de su sufrimiento».
Dios: «Has dicho lo que tenías que decir, y ahora Yo diré lo que tengo que decir. Tus hijos pecarán ante Mí en tiempos venideros, y me sentaré en juicio sobre ellos en el día de Año Nuevo. Si desean que les conceda perdón, tocarán el shofar en ese día, y Yo, acordándome del carnero que fue sustituido por Yitsjak como sacrificio, les perdonaré sus pecados».
Además, HaShem reveló a Avraham que el Templo, que se erigiría en el sitio de la ofrenda de Yitsjak, sería destruido; y así como el carnero sustituto de Yitsjak se soltó de un árbol para quedar atrapado en otro, así sus hijos pasarían de reino en reino: liberados de Bavel serían sometidos por Media, rescatados de Media serían esclavizados por Grecia, escapados de Grecia servirían a Roma; pero al fin serían redimidos en una redención final, al son del shofar, cuando «HaShem, Dios, tocará la trompeta, e irá con los torbellinos del sur».
El lugar sobre el cual Avraham había erigido el altar era el mismo en el que Adam había traído el primer sacrificio, y donde Káyin y Hével habían ofrecido sus dones a Dios; el mismo donde Nóaj levantó un altar a Dios después de salir del arca. Y Avraham, que sabía que era el lugar destinado al Templo, lo llamó Yiré, pues sería la morada del temor y del servicio de Dios. Pero como Shem le había dado el nombre de Shalem, Lugar de Paz, y Dios no quería agraviar ni a Avraham ni a Shem, unió los dos nombres, y llamó a la ciudad con el nombre de Yerushaláyim.
Después del sacrificio en el monte Moriá, Avraham regresó a Beer-Sheva, escenario de tantas de sus alegrías. Yitsjak fue llevado por ángeles al Paraíso, y allí residió tres años. Así, Avraham volvió a casa solo, y cuando Sará lo vio, exclamó: «El Satán dijo la verdad cuando dijo que Yitsjak había sido sacrificado», y tan afligida quedó su alma que huyó de su cuerpo.
Mientras Avraham estaba ocupado en el sacrificio, el Satán fue a Sará, y se le apareció en la figura de un anciano, muy humilde y manso, y le dijo: «¿No sabes todo lo que Avraham ha hecho hoy a tu único hijo? Tomó a Yitsjak, y edificó un altar, lo degolló, y lo ofreció en sacrificio. Yitsjak gritaba y lloraba ante su padre, pero él no lo miró, ni tuvo compasión de él». Después de decir estas palabras a Sará, el Satán se apartó de ella, y ella lo tuvo por un anciano de entre los hijos de los hombres que había estado con su hijo. Sará alzó su voz, y lloró amargamente, diciendo: «¡Oh, hijo mío, Yitsjak, hijo mío! ¡Ojalá hubiera muerto yo hoy en tu lugar! ¡Me duele por ti! Después de haberte criado y educado, mi gozo se convierte en duelo por ti. En mi anhelo de un hijo, clamé y oré, hasta que te di a luz a los noventa años. Ahora has servido hoy para el cuchillo y el fuego. Pero me consuelo, siendo palabra de Dios, y tú cumpliste el mandato de tu Dios, pues ¿quién puede transgredir la palabra de nuestro Dios, en cuyas manos está el alma de toda criatura viviente? Justo eres, oh HaShem, nuestro Dios, pues todas tus obras son buenas y rectas, pues yo también me alegro con la palabra que ordenaste, y mientras mi ojo llora amargamente, mi corazón se regocija». Y Sará reclinó su cabeza sobre el pecho de una de sus criadas, y quedó inmóvil como una piedra.
Se levantó después y anduvo haciendo averiguaciones acerca de su hijo, hasta que llegó a Jevrón, y nadie pudo decirle qué le había sucedido a su hijo. Sus siervos fueron a buscarlo en la casa de Shem y Éver, y no lo hallaron, y lo buscaron por toda la tierra, y no estaba allí. Y, he aquí, el Satán vino a Sará en la figura de un anciano, y le dijo: «Te hablé con falsedad, pues Avraham no mató a su hijo, y no está muerto». Y cuando oyó la palabra, su gozo fue tan sumamente violento que su alma se le fue de gozo.
Cuando Avraham con Yitsjak regresaron a Beer-Sheva, buscaron a Sará y no la hallaron, y cuando hicieron averiguaciones acerca de ella, les dijeron que había ido hasta Jevrón a buscarlos. Avraham y Yitsjak fueron a ella, a Jevrón, y cuando hallaron que estaba muerta, lloraron amargamente sobre ella, y Yitsjak dijo: «Oh, madre mía, madre mía, ¿cómo me has dejado, y adónde te has ido? Oh, ¿adónde te has ido, y cómo me has dejado?». Y Avraham y todos sus siervos lloraron y guardaron duelo por ella, un duelo grande y pesado, tanto que Avraham no oraba, sino que pasaba el tiempo en duelo y llanto por Sará. Y, en verdad, tenía gran razón para llorar su pérdida, pues aun en su vejez Sará había conservado la belleza de su juventud y la inocencia de su niñez.
La muerte de Sará fue una pérdida no solo para Avraham y su familia, sino para todo el país. Mientras ella vivió, todo iba bien en la tierra. Después de su muerte sobrevino la confusión. El llanto, las lamentaciones y los gemidos por su partida fueron universales, y Avraham, en lugar de recibir consuelo, tuvo que ofrecer consuelo a los demás. Habló a la gente que guardaba duelo, y dijo: «Hijos míos, no toméis demasiado a pecho la partida de Sará. Un mismo destino aguarda a todos, al piadoso y al impío por igual. Os ruego ahora, dadme un lugar de sepultura entre vosotros, no como regalo, sino por dinero».
En estas últimas palabras se expresaba la sencilla modestia de Avraham. Dios le había prometido toda la tierra, y sin embargo, cuando llegó a sepultar a su muerta, tuvo que pagar por la tumba, y no le entró en el corazón lanzar reproche alguno contra los caminos de Dios. Con toda humildad habló a la gente de Jevrón, diciendo: «Forastero y peregrino soy entre vosotros». Por eso le habló Dios, y dijo: «Te has comportado con modestia. Vives Tú, que te nombraré señor y príncipe sobre ellos».
A la gente misma les pareció un ángel, y respondieron a sus palabras, diciendo: «Príncipe de Dios eres entre nosotros. En el mejor de nuestros sepulcros sepulta a tu muerta, entre los ricos si quieres, o entre los pobres si quieres».
Avraham ante todo dio gracias a Dios por el sentimiento amistoso que le mostraron los hijos de Jet, y luego prosiguió sus negociaciones por la cueva de Majpelá. Desde hacía tiempo conocía el valor peculiar de aquel lugar. Adam lo había escogido como sepultura para sí mismo. Había temido que su cuerpo fuera usado para fines idolátricos después de su muerte; por eso designó la cueva de Majpelá como el lugar de su sepultura, y en las profundidades fue depositado su cadáver, para que nadie lo hallara. Cuando enterró allí a Javá, quiso cavar más hondo, porque percibía la dulce fragancia del Paraíso, cerca de cuya entrada se hallaba, pero una voz celestial le llamó: ¡Basta! El propio Adam fue sepultado allí por Shet, y hasta el tiempo de Avraham el lugar fue guardado por ángeles, que mantenían junto a él un fuego encendido perpetuamente, de modo que nadie osaba acercarse y sepultar allí a sus muertos. Ahora bien, sucedió el día en que Avraham recibió a los ángeles en su casa, y quiso degollar un buey para su convite, que el buey se escapó, y en su persecución de él Avraham entró en la cueva de Majpelá. Allí vio a Adam y a Javá tendidos sobre lechos, con velas ardiendo a la cabecera de sus lugares de reposo, mientras un dulce aroma impregnaba la cueva.
Por eso Avraham deseaba adquirir la cueva de Majpelá de los hijos de Jet, los habitantes de la ciudad de Yevús. Le dijeron: «Sabemos que en tiempos venideros Dios dará estas tierras a tu descendencia, y ahora jura tú un pacto con nosotros de que Israel no arrebatará la ciudad de Yevús a sus habitantes sin su consentimiento». Avraham accedió a la condición, y adquirió el campo de Efrón, en cuya posesión se hallaba.
Esto sucedió el mismo día en que Efrón había sido nombrado jefe de los hijos de Jet, y había sido elevado a esa posición para que Avraham no tuviera que tratar con un hombre de bajo rango. Fue también ventajoso para Avraham, pues Efrón al principio se negó a vender su campo, y solo la amenaza de los hijos de Jet de destituirlo de su cargo, a menos que cumpliera el deseo de Avraham, pudo inducirlo a cambiar de disposición.
Disimulando con engaño, Efrón ofreció entonces dar a Avraham el campo sin compensación, pero cuando Avraham insistió en pagarlo, Efrón dijo: «Señor mío, escúchame. Una parcela de tierra que vale cuatrocientos siclos de plata, ¿qué es eso entre tú y yo?», mostrando demasiado bien que el dinero era para él de la mayor importancia. Avraham comprendió sus palabras, y cuando fue a pagar el campo, pesó la suma convenida entre ellos en la mejor moneda corriente. Se redactó una escritura, firmada por cuatro testigos, y el campo de Efrón, que estaba en Majpelá, el campo, y la cueva que en él había, quedaron asegurados para Avraham y sus descendientes para siempre.
La sepultura de Sará tuvo lugar entonces, con gran magnificencia y la simpatía de todos. Shem y su hijo Éver, Avimélej rey de los filisteos, Aner, Eshcol y Mamré, así como todos los grandes de la tierra, siguieron su féretro. Se guardó por ella un duelo de siete días, y todos los habitantes de la tierra vinieron a dar el pésame a Avraham y a Yitsjak.
Cuando Avraham entró en la cueva para depositar allí el cuerpo de Sará, Adam y Javá se negaron a permanecer allí, «porque —dijeron—, tal como están las cosas, estamos avergonzados ante Dios a causa del pecado que cometimos, y ahora estaremos aún más avergonzados a causa de vuestras buenas obras». Avraham calmó a Adam. Le prometió orar a Dios por él, para que le fuera quitada la necesidad de avergonzarse. Adam volvió a ocupar su lugar, y Avraham sepultó a Sará, y al mismo tiempo llevó a Javá, que se resistía, de vuelta a su lugar.
Un año después de la muerte de Sará, también murió Avimélej rey de los filisteos, a la edad de ciento noventa y tres años. Su sucesor en el trono fue su hijo de doce años Benmélej, que tomó el nombre de su padre tras su ascensión. Avraham no dejó de hacer una visita de pésame en la corte de Avimélej.
Lot también murió por ese tiempo, a la edad de ciento cuarenta y dos años. Sus hijos, Moav y Amón, se casaron ambos con mujeres cananeas. Moav engendró un hijo, y Amón tuvo seis hijos, y los descendientes de ambos fueron sumamente numerosos.
Avraham sufrió por esos mismos días una grave pérdida con la muerte de su hermano Najor, cuyos días terminaron en Jarán, cuando había alcanzado la edad de ciento setenta y dos años.
La muerte de Sará asestó a Avraham un golpe del que no se recuperó. Mientras ella vivió, se sentía joven y vigoroso, pero después de que ella hubo partido, la vejez lo alcanzó de pronto. Fue él mismo quien pidió que la edad se delatara con signos y señales apropiadas. Antes del tiempo de Avraham un anciano no se distinguía externamente de un joven, y como Yitsjak era la imagen de su padre, ocurría con frecuencia que padre e hijo fueran confundidos el uno con el otro, y una petición dirigida al uno se hacía al otro. Avraham oró, por tanto, para que la vejez tuviera marcas que la distinguieran de la juventud, y Dios concedió su petición, y desde el tiempo de Avraham el aspecto de los hombres cambia en la vejez. Esta es una de las siete grandes maravillas que han ocurrido en el curso de la historia.
La bendición de Dios tampoco abandonó a Avraham en la vejez. Para que no se dijera que le había sido concedida solo por causa de Sará, Dios lo prosperó también después de la muerte de ella. Hagar le dio una hija, y Yishmael se arrepintió de sus malos caminos y se subordinó a Yitsjak. Y así como Avraham gozaba de una felicidad imperturbable en su familia, así también fuera, en el mundo. Los reyes del oriente y del occidente asediaban con avidez la puerta de su casa para sacar provecho de su sabiduría. De su cuello pendía una piedra preciosa, que poseía el poder de sanar a los enfermos que la miraban. A la muerte de Avraham, Dios la fijó a la rueda del sol. La mayor bendición de que gozó, y ninguno además de él sino su hijo Yitsjak y Yaakov el hijo de Yitsjak, fue que la inclinación al mal no tenía poder sobre él, de modo que en esta vida tuvo un anticipo del mundo venidero.
Pero todas estas bendiciones divinas derramadas sobre Avraham no eran inmerecidas. Era limpio de manos y puro de corazón, uno que no elevaba su alma a la vanidad.
Cumplió todos los mandatos que fueron revelados más tarde, incluso las prescripciones rabínicas, como, por ejemplo, la relativa a los límites del recorrido permitido en Shabat, por lo cual su recompensa fue que Dios le reveló las nuevas enseñanzas que Él exponía a diario en la academia celestial.
Pero una sola cosa faltaba para completar la felicidad de Avraham: el matrimonio de Yitsjak. Por eso llamó a su viejo siervo Eliézer ante sí. Eliézer se asemejaba a su amo no solo externamente, en su apariencia, sino también espiritualmente. Como Avraham, poseía pleno dominio sobre la inclinación al mal, y como el amo, el siervo era experto en la ley. Avraham habló a Eliézer estas palabras: «Estoy entrado en años, y no sé el día de mi muerte. Por tanto, prepárate, y ve a mi tierra, y a mi parentela, y trae de allí una mujer para mi hijo». Así habló a causa de la resolución que había tomado inmediatamente después del sacrificio de Yitsjak en Moriá, pues allí se había dicho dentro de sí que, si el sacrificio se hubiera ejecutado, Yitsjak habría partido de este mundo sin hijos. Estaba incluso dispuesto a escoger una mujer para su hijo de entre las hijas de sus tres amigos, Aner, Eshcol y Mamré, porque los sabía piadosos, y no daba mucha importancia al linaje aristocrático. Entonces le habló Dios, y dijo: «No te preocupes por una mujer para Yitsjak. Una ya ha sido provista para él», y le fue dado a conocer a Avraham que Milká, la mujer de su hermano Najor, sin hijos hasta el nacimiento de Yitsjak, había sido entonces recordada por Dios y hecha fecunda. Ella dio a luz a Betuel, y este, a su vez, en el tiempo del sacrificio de Yitsjak, engendró a la hija destinada a ser la mujer de Yitsjak.
Atento al proverbio «Aunque el trigo de tu propio lugar sea cizaña, úsalo para simiente», Avraham resolvió tomar una mujer para Yitsjak de su propia familia. Razonaba que, como cualquier mujer que escogiera tendría que hacerse prosélita, lo mejor sería usar su propia estirpe, que tenía sobre él el primer derecho.
Eliézer dijo entonces a su señor: —Tal vez ninguna mujer quiera seguirme hasta esta tierra. ¿Podré entonces casar a mi propia hija con Yitsjak? —No —respondió Avraham—, tú eres de la estirpe maldita, y mi hijo es de la estirpe bendita, y maldición y bendición no pueden unirse. Pero cuídate de no llevar a mi hijo de vuelta a la tierra de la que salí, pues si lo llevaras allá, sería como si lo llevaras al infierno. Dios, que pone los cielos en movimiento, Él enderezará también este asunto; y Aquel que me sacó de la casa de mi padre, y que me habló, y que me juró en Jarán y en el pacto de las partes que daría esta tierra a mi descendencia, Él enviará su ángel excelso delante de ti, y tomarás de allá una esposa para mi hijo. Eliézer juró entonces a su señor sobre el asunto, y Avraham le hizo prestar el juramento por la seña del pacto.
Acompañado de diez hombres, montados sobre diez camellos cargados de joyas y alhajas, Eliézer se dirigió a Jarán bajo la escolta de dos ángeles: uno encargado de guardar a Eliézer, el otro de guardar a Rivká.
El viaje a Jarán no llevó más que unas pocas horas; al atardecer de ese mismo día llegó, porque la tierra se apresuró a su encuentro de un modo prodigioso. Hizo un alto en el pozo de agua, y rogó a Dios que le permitiera distinguir, entre las doncellas que venían a sacar agua, a la esposa destinada a Yitsjak, por esta señal: que ella sola, y no las otras, le diera de beber. A decir verdad, este deseo suyo era impropio, pues ¿y si le hubiera dado agua una esclava? Pero Dios le concedió su petición. Todas las doncellas dijeron que no podían darle de su agua, porque tenían que llevarla a casa. Entonces apareció Rivká, viniendo al pozo contra su costumbre, pues era hija de un rey —Betuel, su padre, era rey de Jarán—. Cuando Eliézer dirigió a esta niña joven e inocente su petición de agua para beber, no solo estuvo ella dispuesta a hacer lo que pedía, sino que reprendió a las demás muchachas por su descortesía con un extraño. Eliézer notó también cómo el agua subía hacia ella por sí sola desde el fondo del pozo, de modo que no tenía que esforzarse para sacarla. Habiéndola examinado con cuidado, quedó seguro de que era la esposa elegida para Yitsjak. Le dio un aro para la nariz, en el que había engastada una piedra preciosa de medio siclo de peso, que prefiguraba el medio siclo que sus descendientes habrían de traer un día al santuario año tras año. Le dio también dos brazaletes para las manos, de diez siclos de oro de peso, en señal de las dos tablas de piedra y los Diez Mandamientos grabados en ellas.
Cuando Rivká, portando las joyas, llegó a su madre y a su hermano Laván, este se apresuró hacia Eliézer con el fin de matarlo y apoderarse de sus bienes. Pronto comprendió Laván que no podría hacer mucho daño a un gigante como Eliézer. Lo halló en el momento en que Eliézer aferraba dos camellos y los cargaba a través del arroyo. Además, por el gran parecido de Eliézer con Avraham, Laván creyó tener a Avraham delante, y dijo: —¡Entra, bendito de HaShem! No conviene que te quedes fuera; he limpiado mi casa de ídolos.
Pero cuando Eliézer llegó a la casa de Betuel, trataron de matarlo con astucia. Le pusieron delante comida envenenada. Por fortuna, se negó a comer antes de haber cumplido su encargo. Mientras contaba su historia, Dios dispuso que el plato destinado a él fuera a quedar frente a Betuel, quien comió de él y murió.
Eliézer mostró el documento que llevaba, en el que Avraham legaba todas sus posesiones a Yitsjak, e hizo saber a los parientes de Avraham cuán hondamente apegado a ellos estaba su señor, a pesar de los largos años de separación. Sin embargo, les dio a entender al mismo tiempo que Avraham no dependía por completo de ellos: bien podía buscar esposa para su hijo entre las hijas de Yishmael o de Lot. Al principio los parientes de Avraham consintieron en dejar ir a Rivká con Eliézer, pero como Betuel había muerto entretanto, no querían dar a Rivká en matrimonio sin consultarla. Además, les parecía justo que se quedara en casa al menos durante la semana de duelo por su padre. Pero Eliézer, viendo al ángel esperarlo, no toleraba demora alguna, y dijo: —El hombre que vino conmigo y prosperó mi camino me espera fuera. Y como Rivká se declaró dispuesta a partir de inmediato con Eliézer, su madre y su hermano accedieron a su deseo y la despidieron con sus bendiciones. Pero sus bendiciones no salían del fondo del corazón. En efecto, por regla general, la bendición de los impíos es una maldición, y por eso Rivká permaneció estéril durante años.
El regreso de Eliézer a Kena’an fue tan prodigioso como lo había sido su ida a Jarán. Un viaje de diecisiete días lo cumplió en tres horas. Salió de Jarán a mediodía y llegó a Jevrón a las tres de la tarde, la hora de la oración de Minjá, que había sido instituida por Yitsjak. Estaba en actitud de orar cuando Rivká posó por primera vez los ojos en él, y por eso preguntó a Eliézer quién era ese hombre. Vio que no era una persona corriente. Notó la belleza inusitada de Yitsjak, y también que un ángel lo acompañaba. Así, su pregunta no nacía de mera curiosidad. En ese momento supo, por el espíritu santo, que estaba destinada a ser la madre del impío Esav. El terror se apoderó de ella al saberlo y, temblando, cayó del camello y se hizo una herida.
Después de que Yitsjak oyera las prodigiosas aventuras de Eliézer, llevó a Rivká a la tienda de su madre Sará, y ella se mostró digna de sucederla. Volvió a aparecer la nube que había sido visible sobre la tienda durante la vida de Sará y que se había esfumado a su muerte; volvió a brillar en la tienda de Rivká la luz que Sará había encendido a la llegada del Shabat y que había ardido milagrosamente durante toda la semana; volvió con Rivká la bendición que había reposado sobre la masa amasada por Sará; y las puertas de la tienda se abrieron para los necesitados, anchas y espaciosas, como lo habían sido en vida de Sará.
Durante tres años Yitsjak había guardado duelo por su madre, y no hallaba consuelo en la academia de Shem y Éver, su morada durante ese tiempo. Pero Rivká lo consoló tras la muerte de su madre, pues era el reflejo de Sará en persona y en espíritu.
Como recompensa por haber ejecutado a plena satisfacción la misión que le había encomendado, Avraham dio la libertad a su siervo. La maldición que pesaba sobre Eliézer, como sobre todos los descendientes de Kena’an, se transformó en bendición, porque había servido a Avraham con lealtad. Y la mayor recompensa de todas: Dios lo halló digno de entrar vivo al Paraíso, distinción que cupo a muy pocos.
Rivká vio a Yitsjak por primera vez cuando venía del camino de Beer-lajai-roi, la morada de Hagar, adonde él había ido tras la muerte de su madre con el propósito de reunir a su padre con Hagar —o, como también se la llama, Keturá—.
Hagar le dio seis hijos que, sin embargo, poca honra hicieron a su padre, pues todos eran idólatras. Por eso Avraham, aún en vida, los apartó de la presencia de Yitsjak, para que no se quemaran con la llama de Yitsjak, y les dio instrucción de viajar hacia el oriente lo más lejos posible. Allí les edificó una ciudad, rodeada de un muro de hierro tan alto que el sol no podía alumbrar dentro de la ciudad. Pero Avraham los proveyó de enormes gemas y perlas, de brillo más resplandeciente que la luz del sol, que se usarán en el tiempo mesiánico, cuando «la luna se avergonzará y el sol se cubrirá de rubor». También les enseñó Avraham el arte negro, con el que dominaban demonios y espíritus. Es de esta ciudad del oriente de donde Laván, Bilam y Beor, el padre de Bilam, sacaron sus hechicerías.
Éfer, uno de los nietos de Avraham y Keturá, invadió Libia con una fuerza armada y se apoderó del país. De este Éfer toma su nombre toda la tierra de África. Aram es también un país hecho habitable por un pariente de Avraham. En su vejez, Téraj contrajo nuevo matrimonio con Pelilá, y de esta unión brotó un hijo, Zobá, que a su vez fue padre de tres hijos. El mayor de estos, Aram, era en extremo rico y poderoso, y el viejo hogar de Jarán no bastaba para él y sus parientes, los hijos de Najor, el hermano de Avraham. Por eso Aram, con sus hermanos y todo lo que le pertenecía, partió de Jarán, y se establecieron en un valle, y allí se edificaron una ciudad que llamaron Aram-Zobá, para perpetuar el nombre del padre y de su primogénito. Otra Aram, Aram-naharaim, sobre el Éufrates, fue edificada por Aram, hijo de Kemuel, sobrino de Avraham. Su verdadero nombre era Petor, por el hijo de Aram, pero se la conoce mejor como Aram-naharaim. Los descendientes de Késed, otro sobrino de Avraham, hijo de su hermano Najor, se asentaron frente a Shinar, donde fundaron la ciudad de Késed, la ciudad por la cual a los caldeos se los llama kasdim.
Aunque Avraham sabía muy bien que Yitsjak merecía su bendición paterna por encima de todos sus hijos, se la negó, para que no se despertaran sentimientos de hostilidad entre sus descendientes. Habló, y dijo: —No soy más que carne y sangre, hoy aquí, mañana en la tumba. Lo que pude hacer por mis hijos, lo he hecho. En adelante, que venga lo que Dios quiera hacer en su mundo. Y sucedió que, inmediatamente después de la muerte de Avraham, Dios mismo se apareció a Yitsjak y le dio su bendición.
Cuando se acercó el día de la muerte de Avraham, HaShem dijo a Mijael: —Levántate y ve a Avraham y dile: «Has de partir de la vida». Así podría poner en orden su casa antes de morir. Y Mijael fue y llegó a Avraham y lo halló sentado ante sus bueyes de labranza. Avraham, al ver a Mijael, pero sin saber quién era, lo saludó y le dijo: —Siéntate un momento, y mandaré que traigan una bestia, e iremos a mi casa, para que descanses conmigo, pues cae la tarde; levántate por la mañana y ve adonde quieras. Y Avraham llamó a uno de sus siervos y le dijo: —Ve y tráeme una bestia, para que el forastero se siente sobre ella, pues está fatigado de su viaje. Pero Mijael dijo: —Me abstengo de sentarme jamás sobre bestia de cuatro patas; caminemos, pues, hasta llegar a la casa.
De camino a la casa pasaron junto a un árbol enorme, y Avraham oyó una voz que cantaba entre sus ramas: «Santo eres, porque has guardado el propósito para el que fuiste enviado». Avraham escondió el misterio en su corazón, pensando que el forastero no lo había oído. Llegado a su casa, ordenó a los siervos que prepararan una comida, y mientras ellos se ocupaban de su labor, llamó a su hijo Yitsjak y le dijo: —Levántate y pon agua en la vasija, para que lavemos los pies del forastero. Y él la trajo como se le había ordenado, y Avraham dijo: —Presiento que en esta jofaina nunca más lavaré los pies de ningún hombre que venga a nosotros como huésped. Al oír esto, Yitsjak se echó a llorar, y Avraham, al ver llorar a su hijo, también lloró, y Mijael, al verlos llorar, lloró también, y las lágrimas de Mijael cayeron en el agua y se volvieron piedras preciosas.
Antes de sentarse a la mesa, Mijael se levantó, salió un momento como para aliviar su cuerpo, y ascendió al cielo en un abrir y cerrar de ojos, y se presentó ante HaShem, y le dijo: —Señor y Dueño, sepa tu poder que no soy capaz de recordarle su muerte a ese hombre justo, pues no he visto sobre la tierra un hombre como él: compasivo, hospitalario, justo, veraz, devoto, que se abstiene de toda mala obra. Entonces HaShem dijo a Mijael: —Baja a mi amigo Avraham, y todo lo que él te diga, hazlo tú también, y todo lo que él coma, come tú también con él, y yo pondré el pensamiento de la muerte de Avraham en el corazón de Yitsjak, su hijo, en un sueño, y Yitsjak contará el sueño, y tú lo interpretarás, y él mismo conocerá su fin. Y Mijael dijo: —Señor, todos los espíritus celestiales son incorpóreos, y ni comen ni beben, y este hombre ha puesto delante de mí una mesa con abundancia de todas las cosas buenas, terrenales y corruptibles. Ahora, Señor, ¿qué haré? HaShem le respondió: —Baja a él y no te preocupes por esto, pues cuando te sientes con él, enviaré sobre ti un espíritu devorador, y consumirá de tus manos y por tu boca todo lo que haya en la mesa.
Entonces Mijael entró en la casa de Avraham, y comieron y bebieron y se alegraron. Y cuando terminó la cena, Avraham oró según su costumbre, y Mijael oró con él, y cada uno se recostó a dormir en su lecho en una misma habitación, mientras Yitsjak se fue a su cámara para no importunar al huésped. Hacia la séptima hora de la noche, Yitsjak despertó y vino a la puerta de la cámara de su padre, gritando y diciendo: —Abre, padre, para que te toque antes de que te lleven lejos de mí. Y Avraham lloró junto con su hijo, y cuando Mijael los vio llorar, lloró igualmente. Y Sará, al oír el llanto, llamó desde su alcoba, diciendo: —Mi señor Avraham, ¿por qué este llanto? ¿Te ha dicho el forastero que Lot, el hijo del hermano tuyo, ha muerto? ¿O nos ha sobrevenido algo? Mijael respondió y le dijo: —No, hermana mía Sará, no es como dices, sino que tu hijo Yitsjak, según creo, tuvo un sueño y vino a nosotros llorando, y nosotros, al verlo, nos conmovimos en el corazón y lloramos. Sará, al oír hablar a Mijael, supo de inmediato que era un ángel de HaShem, uno de los tres ángeles que habían hospedado en su casa una vez antes, y por eso hizo una seña a Avraham para que saliera hacia la puerta, a fin de informarle de lo que sabía. Avraham dijo: —Bien lo has percibido, pues yo también, cuando le lavé los pies, supe en mi corazón que eran los pies que había lavado junto al encinar de Mamré, y que fueron a salvar a Lot. Avraham, al volver a su cámara, hizo que Yitsjak contara su sueño, que Mijael les interpretó, diciendo: —Tu hijo Yitsjak ha dicho la verdad, pues has de ir y ser elevado a los cielos, pero tu cuerpo permanecerá en la tierra hasta que se cumplan siete mil edades, pues entonces toda carne resucitará. Ahora, pues, Avraham, pon tu casa en orden, porque has oído lo que está decretado acerca de ti. Avraham respondió: —Ahora sé que eres un ángel de HaShem, y que fuiste enviado a tomar mi alma, pero no iré contigo; haz tú lo que se te ha mandado. Mijael volvió al cielo y contó a Dios la negativa de Avraham a obedecer su llamado, y de nuevo se le ordenó bajar y amonestar a Avraham a que no se rebelara contra Dios, que le había concedido muchas bendiciones, y le recordó que nadie que haya venido de Adam y de Javá puede escapar de la muerte, y que Dios, en su gran bondad hacia él, no había permitido que la hoz de la muerte lo alcanzara, sino que le había enviado a su capitán principal, Mijael. —¿Por qué, entonces —concluyó—, has dicho al capitán principal: «No iré contigo»? Cuando Mijael dirigió estas exhortaciones a Avraham, este vio que era inútil oponerse a la voluntad de Dios, y consintió en morir, pero deseó que se le cumpliera un deseo mientras aún estaba vivo. Dijo a Mijael: —Te ruego, señor, si he de partir de mi cuerpo, deseo ser elevado en mi cuerpo, para ver las criaturas que HaShem ha creado en el cielo y en la tierra. Mijael subió al cielo y habló ante HaShem acerca de Avraham, y HaShem respondió a Mijael: —Ve y eleva a Avraham en el cuerpo y muéstrale todas las cosas, y todo lo que él te diga, hazle como a mi amigo.
El arcángel Mijael descendió y tomó a Avraham sobre un carro de los querubines, y lo elevó por el aire del cielo, y lo condujo sobre la nube, junto con sesenta ángeles, y Avraham ascendió sobre el carro por encima de toda la tierra, y vio todas las cosas que hay abajo en la tierra, tanto las buenas como las malas. Mirando hacia abajo, a la tierra, vio a un hombre cometiendo adulterio con una mujer casada, y volviéndose hacia Mijael dijo: —Envía fuego del cielo para consumirlos. Al instante bajó fuego y los consumió, pues Dios había ordenado a Mijael que hiciera cualquier cosa que Avraham le pidiera. Volvió a mirar y vio ladrones horadando una casa, y Avraham dijo: —Que salgan fieras del desierto y los despedacen. Y de inmediato salieron fieras del desierto y los devoraron. De nuevo miró hacia abajo, y vio a gentes disponiéndose a cometer un asesinato, y dijo: —Que se abra la tierra y los trague. Y, mientras hablaba, la tierra los tragó vivos. Entonces Dios habló a Mijael: —Aparta a Avraham hacia su propia casa y no lo dejes recorrer toda la tierra, porque no tiene compasión de los pecadores, mas yo tengo compasión de los pecadores, para que se vuelvan y vivan y se arrepientan de sus pecados, y sean salvados.
Así pues, Mijael dio vuelta al carro y llevó a Avraham al lugar del juicio de todas las almas. Allí vio dos puertas, una ancha y otra estrecha; la puerta estrecha, la de los justos, que conduce a la vida —los que entran por ella van al Paraíso—. La puerta ancha es la de los pecadores, que lleva a la perdición y al castigo eterno. Entonces Avraham lloró, diciendo: —¡Ay de mí!, ¿qué haré? Pues soy un hombre de gran cuerpo, ¿y cómo podré entrar por la puerta estrecha? Mijael respondió y dijo a Avraham: —No temas ni te aflijas, pues por ella entrarás sin estorbo, y todos los que son como tú. Avraham, al percibir que un alma había sido sentenciada a quedar en el medio, preguntó a Mijael la razón de ello, y Mijael respondió: —Porque el juez halló iguales sus pecados y su justicia, no la entregó al juicio ni a la salvación. Avraham dijo a Mijael: —Oremos por esta alma, y veamos si Dios nos escucha. Y cuando se levantaron de su oración, Mijael informó a Avraham que el alma se había salvado por la oración, y que un ángel la había tomado y llevado arriba, al Paraíso. Avraham dijo a Mijael: —Invoquemos aún a HaShem y supliquemos su compasión e imploremos su misericordia por las almas de los pecadores a quienes yo antes, en mi ira, maldije y destruí, a quienes la tierra tragó, y las fieras despedazaron, y el fuego consumió, por mis palabras. Ahora sé que he pecado ante HaShem, nuestro Dios.
Tras la oración conjunta del arcángel y de Avraham, vino una voz del cielo, diciendo: —Avraham, Avraham, he escuchado tu voz y tu oración, y te perdono tu pecado, y a aquellos que tú crees que destruí, los he llamado de nuevo y los he traído a la vida por mi inmensa bondad, porque por un tiempo les he dado su merecido en juicio; mas a aquellos que destruyo cuando viven sobre la tierra, no se los cobraré en la muerte.
Cuando Mijael trajo a Avraham de vuelta a su casa, hallaron a Sará muerta. Al no ver qué había sido de Avraham, la consumió el dolor y entregó su alma. Aunque Mijael había cumplido el deseo de Avraham, y le había mostrado toda la tierra y el juicio y la recompensa, este aún se negaba a entregar su alma a Mijael, y el arcángel volvió a ascender al cielo, y dijo a HaShem: —Así habla Avraham: «No iré contigo»; y me abstengo de poner mis manos sobre él, porque desde el principio fue tu amigo, y ha hecho todo cuanto agrada a tus ojos. No hay hombre como él sobre la tierra, ni siquiera Iyov, el hombre admirable. Pero cuando se acercó el día de la muerte de Avraham, Dios ordenó a Mijael que ataviara a la Muerte con gran hermosura y la enviara así a Avraham, para que la viera con sus ojos.
Mientras estaba sentado bajo el encinar de Mamré, Avraham percibió un destello de luz y un olor de suave fragancia, y volviéndose vio a la Muerte que venía hacia él con gran gloria y hermosura. Y la Muerte dijo a Avraham: —No pienses, Avraham, que esta hermosura es mía, ni que así vengo a todo hombre. No; sino que, si alguien es justo como tú, tomo así una corona y vengo a él; pero si es pecador, vengo con gran corrupción, y de sus pecados hago una corona para mi cabeza, y los sacudo con gran espanto, de modo que quedan consternados. Avraham le dijo: —¿Y eres tú, en verdad, el que se llama Muerte? Ella respondió y dijo: —Yo soy el nombre amargo. Pero Avraham respondió: —No iré contigo. Y Avraham dijo a la Muerte: —Muéstranos tu corrupción. Y la Muerte reveló su corrupción, mostrando dos cabezas: una tenía el rostro de una serpiente, la otra cabeza era como una espada. Todos los siervos de Avraham, al mirar el feroz semblante de la Muerte, murieron, pero Avraham oró a HaShem, y los resucitó. Como la mirada de la Muerte no logró hacer que el alma de Avraham partiera de él, Dios apartó el alma de Avraham como en un sueño, y el arcángel Mijael la elevó al cielo. Después de que los ángeles que llevaban el alma de Avraham hubieran tributado gran alabanza y gloria a HaShem, y después de que Avraham se inclinara en adoración, vino entonces la voz de Dios, diciendo así: —Lleva a mi amigo Avraham al Paraíso, donde están las moradas de mis justos y las estancias de mis santos Yitsjak y Yaakov en su seno, donde no hay pena, ni aflicción, ni gemido, sino paz y regocijo y vida sin fin.
La actividad de Avraham no cesó con su muerte, y así como en este mundo intercedió por los pecadores, así intercederá por ellos en el mundo venidero. En el día del juicio se sentará a la puerta del infierno, y no permitirá que entren allí quienes guardaron la ley de la circuncisión.
Érase una vez unos judíos que vivían en Jevrón, pocos en número, pero piadosos y buenos, y particularmente hospitalarios. Cuando venían forasteros a la cueva de Majpelá a orar allí, los habitantes del lugar reñían de veras entre sí por el privilegio de agasajar a los huéspedes, y el que se alzaba con la victoria se regocijaba como si hubiera hallado un gran botín.
En la víspera de Yom Kipur resultó que, a pesar de todos sus esfuerzos, los moradores de Jevrón no lograban reunir al décimo hombre necesario para el servicio divino público, y temían quedarse sin él en el día santo. Hacia el atardecer, cuando el sol estaba a punto de ponerse, divisaron a un anciano de barba blanca como la plata, que llevaba un saco al hombro, la ropa hecha jirones y los pies muy hinchados de tanto caminar. Corrieron a su encuentro, lo llevaron a una de las casas, le dieron comida y bebida y, tras proveerlo de nuevas vestiduras blancas, fueron todos juntos a la sinagoga para el rezo. Preguntado por su nombre, el forastero respondió: Avraham.
Al terminar el ayuno, los residentes de Jevrón echaron suertes por el privilegio de agasajar al huésped. La fortuna favoreció al bedel, quien, para envidia de los demás, se llevó a su huésped a su casa. En el camino, este desapareció de repente, y el bedel no pudo hallarlo por ninguna parte. En vano salieron todos los judíos del lugar a buscarlo. Su noche en vela, pasada en la búsqueda, no dio resultado. Al forastero no se lo pudo encontrar. Pero apenas se hubo acostado el bedel, hacia la mañana, cansado y angustiado, para arrancar algo de sueño, vio ante sí al huésped perdido, el rostro luminoso como el relámpago, y las vestiduras magníficas y tachonadas de gemas radiantes como el sol. Antes de que el bedel, pasmado de miedo, pudiera abrir la boca, el forastero habló y dijo: —Yo soy Avraham el hebreo, vuestro antepasado, que reposa aquí en la cueva de Majpelá. Cuando vi cuán afligidos estabais por no tener el número de hombres prescrito para un servicio público, salí hacia vosotros. ¡No temáis! ¡Alegraos y sea alegre vuestro corazón!
En otra ocasión, Avraham concedió su auxilio al pueblo de Jevrón. El señor de la ciudad era un hombre desalmado, que oprimía duramente a los judíos. Un día les ordenó pagar una gran suma de dinero a sus arcas, la suma entera en monedas uniformes, todas acuñadas con el mismo año. No era más que un pretexto para matar a los judíos. Sabía que su exigencia era imposible de cumplir.
Los judíos proclamaron un ayuno y día de oración pública, en el que suplicar a Dios que apartara la espada suspendida sobre ellos. La noche siguiente, el bedel vio en sueños a un anciano imponente, que se dirigió a él con estas palabras: —¡Arriba, deprisa! Corre a la puerta del patio, donde yace el dinero que necesitáis. Yo soy vuestro padre Avraham. He contemplado la aflicción con que los gentiles os oprimen, pero Dios ha oído vuestros gemidos. Con gran terror se levantó el bedel, pero no vio a nadie; aun así, fue al sitio señalado por la visión, y halló el dinero y lo llevó a la congregación, contando su sueño al mismo tiempo. Asombrados, contaron el oro: exactamente la cantidad que les exigía el príncipe, ni más ni menos. Le entregaron la suma, y aquel que había tenido por imposible el cumplimiento de su exigencia reconoció ahora que Dios está con los judíos, y desde entonces hallaron gracia a sus ojos.
Capítulo VII
Yaakov
Capítulo sexto
Yitsjak era el reflejo de su padre en cuerpo y alma. Se le parecía en todo —«en belleza, sabiduría, fuerza, riqueza y obras nobles». Por eso, tan grande honra era para Yitsjak que lo llamaran hijo de su padre como lo era para Avraham que lo llamaran padre de su hijo; y aunque Avraham fue el progenitor de treinta naciones, siempre se lo designa como el padre de Yitsjak.
A pesar de sus muchas virtudes, Yitsjak se casó tarde. Dios le permitió encontrar a la mujer que le convenía solo después de que hubo refutado las burlas de Yishmael, que solía echarle en cara haber sido circuncidado a los ocho días de nacido, mientras que él, Yishmael, se había sometido a la operación por voluntad propia a los trece años. Por eso Dios reclamó a Yitsjak en sacrificio cuando llegó a la plena madurez, a los treinta y siete años, y Yitsjak estuvo dispuesto a entregar la vida. Así quedaron sin aguijón las pullas de Yishmael, y a Yitsjak se le permitió casarse. Pero otra demora vino antes de que la boda pudiera celebrarse. Justo después del sacrificio en el monte Moriá murió su madre, y él la lloró tres años. Al fin se casó con Rivká, que era entonces una doncella de catorce años.
Rivká era «una rosa entre espinas». Su padre era el arameo Betuel, y su hermano era Laván, pero ella no anduvo por los caminos de ellos. Su piedad igualaba a la de Yitsjak. Con todo, su matrimonio no fue del todo feliz, pues vivieron juntos nada menos que veinte años sin engendrar hijos. Rivká rogó a su marido que suplicara a Dios el don de los hijos, como había hecho su padre Avraham. Al principio Yitsjak no quiso hacer lo que ella pedía. Dios había prometido a Avraham una descendencia numerosa, y él pensaba que la esterilidad era probablemente culpa de Rivká, y que a ella le tocaba suplicar a Dios, no a él. Pero Rivká no desistía, y marido y mujer subieron juntos al monte Moriá a orar allí a Dios. Y dijo Yitsjak: «Oh Adonái, Dios del cielo y de la tierra, cuya bondad y misericordia llenan la tierra, Tú que tomaste a mi padre de la casa de su padre y de su lugar natal, y lo trajiste a esta tierra, y le dijiste: A ti y a tu simiente daré la tierra, y le prometiste y le declaraste: Multiplicaré tu simiente como las estrellas del cielo y como la arena del mar, cúmplanse ahora las palabras que hablaste a mi padre. Porque Tú eres Adonái nuestro Dios, nuestros ojos están vueltos a Ti, para que nos des simiente de hombres como nos prometiste, porque Tú eres Adonái nuestro Dios, y nuestros ojos están puestos en Ti». Oró además Yitsjak para que todos los hijos que le estuvieran destinados le nacieran de esta piadosa esposa suya, y Rivká hizo la misma petición respecto de su marido Yitsjak y de los hijos que le estuvieran destinados.
Su oración unida fue escuchada. Con todo, fue sobre todo por causa de Yitsjak que Dios les concedió hijos. Es verdad que la piedad de Rivká igualaba a la de su marido, pero la oración de un hombre piadoso que es hijo de un hombre piadoso es mucho más eficaz que la oración de quien, aun siendo él mismo piadoso, desciende de un padre impío.
La oración obró un gran milagro, pues la constitución de Yitsjak era tal que no cabía esperar que engendrara hijos, y tampoco estaba en el curso de la naturaleza que Rivká diera a luz.
Cuando Rivká llevaba siete meses de embarazo, empezó a desear que no se le hubiera quitado la maldición de la esterilidad. Sufría dolores atroces, porque sus hijos mellizos comenzaban en su vientre las querellas de toda su vida. Pugnaban por matarse el uno al otro. Si Rivká pasaba cerca de un templo levantado a los ídolos, Esav se agitaba en su cuerpo, y si pasaba junto a una sinagoga o un Bet ha-Midrash, Yaakov intentaba salir de su vientre. Las disputas de los niños giraban sobre diferencias como estas. Esav insistía en que no había otra vida sino la vida terrenal de los placeres materiales, y Yaakov le respondía: «Hermano mío, dos mundos hay ante nosotros: este mundo y el mundo por venir. En este mundo los hombres comen y beben, y comercian y se casan, y crían hijos e hijas, pero nada de esto ocurre en el mundo por venir. Si te place, toma tú este mundo, y yo tomaré el otro». Esav tenía por aliado a Samael, que deseaba matar a Yaakov en el vientre de su madre. Pero el arcángel Mijael acudió presto en auxilio de Yaakov. Trató de quemar a Samael, y HaShem vio que era necesario constituir un tribunal celestial para arbitrar la causa de Mijael y Samael. Hasta la disputa entre los dos hermanos por la primogenitura tuvo su comienzo antes de que salieran del vientre de su madre. Cada uno deseaba ser el primero en venir al mundo. Solo cuando Esav amenazó con salirse con la suya a costa de la vida de su madre, cedió Yaakov.
Rivká preguntó a otras mujeres si también ellas habían sufrido tales dolores durante el embarazo, y cuando le dijeron que no habían oído de un caso como el suyo, salvo el del embarazo de la madre de Nimrod, se dirigió al monte Moriá, donde Shem y Éver tenían su Bet ha-Midrash. Les pidió a ellos, y también a Avraham, que preguntaran a Dios cuál era la causa de su terrible padecimiento. Y respondió Shem: «Hija mía, te confío un secreto. Cuida de que nadie lo descubra. Dos naciones hay en tu vientre, ¿y cómo habrá de contenerlas tu cuerpo, siendo así que el mundo entero no será bastante grande para que existan en él juntas en paz? Dos naciones son, cada una dueña de un mundo propio: la una la Torá, la otra el pecado. De la una brotará Shlomo, el constructor del Templo; de la otra, Vespasiano, su destructor. Estas dos son las que faltan para elevar el número de las naciones a setenta. Jamás estarán en igual condición. Esav ostentará señores, mientras que Yaakov engendrará profetas, y si Esav tiene príncipes, Yaakov tendrá reyes. Ellas, Israel y Roma, son las dos naciones destinadas a ser odiadas por todo el mundo. La una superará a la otra en fuerza. Primero Esav sojuzgará al mundo entero, pero al fin Yaakov dominará sobre todos. El mayor de los dos servirá al menor, con tal que este sea puro de corazón; de lo contrario, el menor será esclavizado por el mayor».
Las circunstancias del nacimiento de sus hijos mellizos fueron tan notables como las del período del embarazo de Rivká. Esav fue el primero en ver la luz, y con él salió del vientre toda impureza; Yaakov nació limpio y de cuerpo grato. Esav vino con cabello, barba y dientes, delante y detrás, y era rojo como la sangre, señal de su futura naturaleza sanguinaria. A causa de su aspecto rojizo quedó incircunciso. Yitsjak, su padre, temió que se debiera a una mala circulación de la sangre, y vaciló en practicar la circuncisión. Decidió esperar hasta que Esav cumpliera los trece años, la edad a la que Yishmael había recibido la señal de la alianza. Pero cuando Esav creció, se negó a atender el deseo de su padre, y así quedó incircunciso. Opuesto a su hermano en esto como en todo, Yaakov nació con la señal de la alianza en el cuerpo, distinción rara. Pero también Esav llevaba una marca al nacer, la figura de una serpiente, símbolo de todo lo que es malvado y aborrecido de Dios.
Los nombres impuestos a los hermanos están cargados de sentido. Al mayor lo llamaron Esav, porque era 'Asui, plenamente formado cuando nació, y el nombre del menor se lo dio Dios, para señalar, por el valor numérico de cada letra, ciertos hechos importantes en el futuro de Israel. La primera letra de Ya'akov, la Yod, con valor de diez, representa el decálogo; la segunda, la 'Ayin, igual a setenta, los setenta ancianos, los guías de Israel; la tercera, la Kof, cien, el Templo, de cien codos de altura; y la última, la Bet, las dos tablas de piedra.
Mientras Esav y Yaakov eran pequeños, no se podía juzgar bien su carácter. Eran como el mirto y el zarzal, que en las primeras etapas de su crecimiento se parecen. Después de alcanzar su pleno tamaño, se reconoce al mirto por su fragancia y al zarzal por sus espinas.
En su niñez, ambos hermanos iban a la escuela, pero al llegar a los trece años, ya mayores de edad, sus caminos se separaron. Yaakov continuó sus estudios en el Bet ha-Midrash de Shem y Éver, y Esav se entregó a la idolatría y a una vida disoluta. Ambos eran cazadores de hombres: Esav trataba de atraparlos para apartarlos de Dios, y Yaakov, para volverlos hacia Dios. A pesar de sus obras impías, Esav poseía el arte de ganarse el amor de su padre. Su conducta hipócrita hacía creer a Yitsjak que su primogénito era en extremo piadoso. «Padre —le preguntaba a Yitsjak—, ¿cuál es el diezmo de la paja y de la sal?». La pregunta lo hacía parecer temeroso de Dios a los ojos de su padre, porque esos dos productos son justamente los que están exentos del diezmo. Tampoco advirtió Yitsjak que su hijo mayor le daba a comer alimentos prohibidos. Lo que él tomaba por carne de cabritos era carne de perro.
Rivká veía más claro. Conocía a sus hijos tal como eran, y por eso su amor por Yaakov era grandísimo. Cuanto más oía su voz, más hondo se hacía su cariño por él. Avraham coincidía con ella. También él amaba a su nieto Yaakov, pues sabía que en él serían llamados su nombre y su simiente. Y dijo a Rivká: «Hija mía, vela por mi hijo Yaakov, porque él estará en mi lugar sobre la tierra, y será bendición en medio de los hijos de los hombres, y gloria de toda la simiente de Shem». Habiendo así encomendado a Rivká que guardara a Yaakov, destinado a ser portador de la bendición que Dios había dado a Avraham, llamó a su nieto, y en presencia de Rivká lo bendijo y dijo: «Yaakov, hijo mío amado, a quien mi alma quiere, que Dios te bendiga desde encima del firmamento, y te dé toda la bendición con que bendijo a Adam, y a Janoj, y a Nóaj, y a Shem; y todas las cosas de que me habló, y todas las cosas que prometió darme, que las haga adherirse a ti y a tu simiente para siempre, conforme a los días de los cielos sobre la tierra. Y el espíritu de Mastemá no se enseñoreará de ti ni de tu simiente, para apartarte de HaShem, que es tu Dios desde ahora y para siempre. Y que HaShem Dios te sea padre, y seas tú su primogénito, y sea Él padre de tu pueblo por siempre. Ve en paz, hijo mío».
Y tenía Avraham buena razón para querer de manera particular a Yaakov, pues fue por los méritos de su nieto que había sido rescatado del horno de fuego.
Yitsjak y Rivká, sabiendo del amor de Avraham por su hijo pequeño, enviaron a su padre una comida por mano de Yaakov en la última Fiesta de las Semanas que a Avraham le fue dado celebrar en la tierra, para que comiera y bendijera al Creador de todas las cosas antes de morir. Avraham supo que su fin se acercaba, y dio gracias a HaShem por todo el bien que le había concedido durante los días de su vida, y bendijo a Yaakov y le mandó andar por los caminos de HaShem, y sobre todo que no tomara por esposa a una hija de los cananeos. Luego Avraham se dispuso a morir. Puso dos dedos de Yaakov sobre sus ojos, y así manteniéndolos cerrados cayó en su sueño eterno, mientras Yaakov yacía a su lado en el lecho. El muchacho no supo de la muerte de su abuelo hasta que lo llamó, al despertar a la mañana siguiente: «Padre, padre», y no recibió respuesta.
Aunque Avraham alcanzó una buena vejez, más allá del límite de años concedido a las generaciones posteriores, murió con todo cinco años antes de su tiempo señalado. La intención era dejarlo vivir hasta los ciento ochenta años, la misma edad de Yitsjak a su muerte, pero a causa de Esav puso Dios fin abrupto a su vida. Por algún tiempo Esav había seguido sus malas inclinaciones en secreto. Al fin dejó caer la máscara, y el día de la muerte de Avraham se hizo culpable de cinco crímenes: violó a una doncella desposada, cometió asesinato, dudó de la resurrección de los muertos, despreció la primogenitura y negó a Dios. Entonces dijo HaShem: «Prometí a Avraham que iría a sus padres en paz. ¿Puedo ahora permitir que sea testigo de la rebelión de su nieto contra Dios, de su violación de las leyes de la castidad y de su derramamiento de sangre? Mejor es que muera ahora en paz».
Los hombres muertos por Esav ese día fueron Nimrod y dos de sus lugartenientes. Una vieja enemistad existía entre Esav y Nimrod, porque el poderoso cazador delante de HaShem estaba celoso de Esav, que también se entregaba con ahínco a la caza. Una vez, cazando, sucedió que Nimrod quedó separado de su gente, y solo dos hombres estaban con él. Esav, que estaba al acecho, advirtió su aislamiento, y esperó a que pasara junto a su escondite. Entonces se arrojó de repente sobre Nimrod, y lo derribó a él y a sus dos compañeros, que acudían en su auxilio. Los gritos de estos trajeron a los servidores de Nimrod al lugar donde yacía muerto, pero no antes de que Esav lo hubiera despojado de sus vestiduras y huido con ellas a la ciudad.
Estas vestiduras de Nimrod tenían un efecto extraordinario sobre el ganado, las fieras y las aves. Por su propia voluntad venían a postrarse ante quien iba revestido de ellas. Así pudieron Nimrod, y Esav después de él, dominar sobre hombres y bestias.
Tras matar a Nimrod, Esav corrió hacia la ciudad con gran temor de los seguidores de su víctima. Cansado y exhausto llegó a casa y halló a Yaakov ocupado en preparar un guiso de lentejas. Numerosos esclavos y esclavas había en la casa de Yitsjak. Con todo, Yaakov era tan sencillo y modesto en su porte que, si volvía tarde del Bet ha-Midrash, no molestaba a nadie para que le preparara la comida, sino que la hacía él mismo. En esta ocasión cocinaba lentejas para su padre, para servírselas como comida de duelo tras la muerte de Avraham. Adam y Javá habían comido lentejas después del asesinato de Hével, y lo mismo los padres de Harán, cuando este pereció en el horno de fuego. La razón de que se usen para la comida de duelo es que la lenteja redonda simboliza la muerte: como la lenteja rueda, así la muerte, la aflicción y el duelo ruedan sin cesar entre los hombres, de uno a otro.
Esav abordó a Yaakov así: «¿Por qué preparas lentejas?».
Yaakov: «Porque nuestro abuelo ha fallecido; serán señal de mi pena y mi duelo, para que él me ame en los días por venir».
Esav: «¡Necio! ¿De veras crees posible que un hombre vuelva a la vida después de haber muerto y de haberse corrompido en la tumba?». Y siguió mofándose de Yaakov. «¿Por qué te das tanto trabajo? —dijo—. Alza tus ojos y verás que todos los hombres comen lo que les viene a la mano —pescado, criaturas que reptan y se arrastran, carne de cerdo y toda suerte de cosas semejantes—, y tú te atormentas por un plato de lentejas».
Yaakov: «Si obramos como los demás hombres, ¿qué haremos en el día de HaShem, el día en que los piadosos recibirán su recompensa, cuando un heraldo proclame: ¿Dónde está el que pesa las obras de los hombres, dónde el que lleva la cuenta?».
Esav: «¿Acaso hay un mundo futuro? ¿O serán llamados los muertos de nuevo a la vida? Si así fuera, ¿por qué no ha vuelto Adam? ¿Has oído que Nóaj, por quien el mundo fue levantado de nuevo, haya reaparecido? ¿O que Avraham, el amigo de Dios, más amado de Él que ningún hombre, haya vuelto a la vida?».
Yaakov: «Si opinas que no hay mundo futuro, y que los muertos no resucitan a nueva vida, entonces, ¿para qué quieres tu primogenitura? Véndemela ahora, mientras aún es posible hacerlo. Una vez revelada la Torá, ya no podrá hacerse. En verdad, hay un mundo futuro, en el cual los justos reciben su recompensa. Te lo digo, no sea que luego digas que te engañé».
Poco le importaba a Yaakov la doble porción de la herencia que iba unida a la primogenitura. En lo que pensaba era en el servicio sacerdotal, que en los tiempos antiguos era prerrogativa del primogénito, y Yaakov no soportaba que su impío hermano Esav hiciera de sacerdote, él que despreciaba todo servicio divino.
El desprecio que Esav manifestaba por la resurrección de los muertos lo sentía también por la promesa de Dios de dar la Tierra Santa a la simiente de Avraham. No creía en ella, y por eso estaba dispuesto a ceder su primogenitura y la bendición unida a ella a cambio de un plato de guiso. Además, Yaakov le pagó en moneda, y aún le dio algo que valía más que el dinero: la maravillosa espada de Metushélaj, que Yitsjak había heredado de Avraham y otorgado a Yaakov.
Esav se burló de Yaakov. Invitó a sus compinches a festejar a la mesa de su hermano, diciendo: «¿Sabéis lo que le hice a este Yaakov? Me comí sus lentejas, bebí su vino, me divertí a su costa y le vendí mi primogenitura». Todo lo que Yaakov respondió fue: «Come, y que te aproveche». Pero dijo HaShem: «Tú desprecias la primogenitura; por eso te haré despreciado en todas las generaciones». Y en castigo por negar a Dios y la resurrección de los muertos, los descendientes de Esav fueron cortados del mundo.
Como nada era sagrado para Esav, Yaakov le hizo jurar, acerca de la primogenitura, por la vida de su padre, pues sabía cuán fuerte era el amor de Esav por Yitsjak. Tampoco dejó de hacer redactar un documento, debidamente firmado por testigos, que hacía constar que Esav le había vendido la primogenitura junto con su derecho a un lugar en la cueva de Majpelá.
Aunque ninguna culpa cabe atribuir a Yaakov por todo esto, con todo obtuvo de él la primogenitura con astucia, y por eso los descendientes de Yaakov hubieron de servir a los descendientes de Esav.
La vida de Yitsjak fue fiel reflejo de la vida de su padre. Avraham tuvo que dejar su lugar natal; también Yitsjak. Avraham se vio expuesto al riesgo de perder a su esposa; también Yitsjak. Los filisteos envidiaron a Avraham; también a Yitsjak. Avraham permaneció mucho tiempo sin hijos; también Yitsjak. Avraham engendró un hijo piadoso y un hijo malvado; también Yitsjak. Y, en fin, como en tiempos de Avraham, así también en tiempos de Yitsjak, vino un hambre sobre la tierra.
Al principio Yitsjak pensó seguir el ejemplo de su padre y trasladarse a Mitsraim, pero Dios se le apareció y le dijo: «Tú eres un sacrificio perfecto, sin mancha, y así como una ofrenda quemada queda inservible si se saca fuera del santuario, así serías tú profanado si te encontraras fuera de la Tierra Santa. Permanece en la tierra y esfuérzate por cultivarla. En esta tierra mora la Shejiná, y en días venideros daré a tus hijos los reinos que poseen poderosos gobernantes, primero una parte de ellos, y el todo en el tiempo mesiánico».
Yitsjak obedeció el mandato de Dios y se estableció en Guerar. Cuando notó que los habitantes del lugar empezaban a tener designios sobre su esposa, siguió el ejemplo de Avraham y fingió que ella era su hermana. El rumor de la belleza de Rivká llegó al propio rey, pero este tuvo presente el gran peligro al que una vez se había expuesto en ocasión semejante, y dejó a Yitsjak y a su esposa sin molestarlos. Después de haber estado tres meses en Guerar, Avimélej notó que el trato de Yitsjak, que vivía en el patio exterior del palacio real, era de marido hacia Rivká. Le pidió cuentas, diciendo: «Bien pudo haberle ocurrido al propio rey tomar a la mujer que llamaste tu hermana». En efecto, sobre Yitsjak pesaba la sospecha de tener trato ilícito con Rivká, pues al principio la gente del lugar no quería creer que fuera su esposa. Cuando Yitsjak insistió en su declaración, Avimélej envió a sus grandes por ellos, ordenó que los vistieran con ropas reales, e hizo proclamar ante ellos, mientras cabalgaban por la ciudad: «Estos dos son marido y mujer. El que toque a este hombre o a su mujer, morirá sin remedio».
Después el rey invitó a Yitsjak a establecerse en sus dominios, y le asignó campos y viñas para cultivar, los mejores que la tierra ofrecía. Pero Yitsjak no era interesado. El diezmo de todo lo que poseía lo daba a los pobres de Guerar. Así fue el primero en introducir la ley del diezmo para los pobres, como su padre Avraham había sido el primero en separar de su fortuna la porción de los sacerdotes. Yitsjak fue recompensado con cosechas abundantes; la tierra rindió cien veces más de lo esperado, aunque el suelo era estéril y el año infructuoso. Se hizo tan rico que la gente prefería «el estiércol de las mulas de Yitsjak antes que el oro y la plata de Avimélej». Pero su riqueza despertó la envidia de los filisteos, pues es propio de los malvados envidiar a sus semejantes el bien, y alegrarse cuando ven caer el mal sobre ellos, y la envidia trae tras de sí el odio; y así los filisteos primero envidiaron a Yitsjak, y luego lo odiaron. En su enemistad hacia él, cegaron los pozos que Avraham había hecho cavar a sus siervos. Así quebrantaron su alianza con Avraham y fueron desleales, y solo a sí mismos han de culpar si más tarde fueron exterminados por los israelitas.
Yitsjak partió de Guerar y volvió a cavar los pozos de agua que se habían cavado en los días de Avraham su padre, y que los filisteos habían cegado. Tan grande era la reverencia por su padre que hasta les restituyó los nombres con que Avraham los había llamado. Para recompensarlo por su respeto filial, HaShem dejó el nombre de Yitsjak sin cambiar, mientras que su padre y su hijo hubieron de someterse a nombres nuevos.
Después de cuatro intentos por conseguir agua, Yitsjak tuvo éxito; halló el pozo de agua que seguía a los Patriarcas. Avraham lo había obtenido tras tres excavaciones. De ahí el nombre del pozo, Beer-Sheva, «el pozo de las siete excavaciones», el mismo pozo que abastecerá de agua a Yerushaláyim y sus alrededores en el tiempo mesiánico.
El éxito de Yitsjak con sus pozos no hizo sino aumentar la envidia de los filisteos, pues había dado con agua en el lugar menos probable y, además, en año de sequía. Pero «HaShem cumple el deseo de los que le temen». Como Yitsjak ejecutaba la voluntad de su Creador, así Dios cumplía su deseo. Y Avimélej, el rey de Guerar, no tardó en ver que Dios estaba de parte de Yitsjak, pues, para castigarlo por haber instigado la salida de Yitsjak de Guerar, su casa fue saqueada por ladrones durante la noche, y él mismo fue herido de lepra. Los pozos de los filisteos se secaron tan pronto como Yitsjak salió de Guerar, y también los árboles dejaron de dar fruto. Nadie podía dudar de que estas cosas eran el castigo por su descortesía.
Entonces Avimélej suplicó a sus amigos, en especial al administrador de su reino, que lo acompañaran a ver a Yitsjak y lo ayudaran a recobrar su amistad. Avimélej y los filisteos hablaron así a Yitsjak: «Nos hemos convencido de que la Shejiná está contigo, y por eso deseamos que renueves la alianza que tu padre hizo con nosotros, de que no nos harás daño, como tampoco nosotros te tocamos a ti». Yitsjak consintió. Es rasgo notable del carácter de los filisteos que se atribuyeran el mérito de no haberle hecho daño. Muestra que de buena gana le habrían causado perjuicio, pues «el alma del malvado desea el mal».
El lugar en que se hizo la alianza entre Yitsjak y los filisteos fue llamado Shib'á, por dos razones: porque allí se «juró» un juramento, y como memorial de que hasta los gentiles están obligados a observar las «siete» leyes de Nóaj.
Por todas las maravillas que Dios obró en favor de Yitsjak, y todo el bien de que gozó a lo largo de su vida, está en deuda con los méritos de su padre. Por sus propios méritos será recompensado en el futuro. En el gran día del juicio será Yitsjak quien redima a sus descendientes del Guehinom. En ese día HaShem dirá a Avraham: «Tus hijos han pecado», y Avraham responderá: «Entonces sean borrados, para que tu Nombre sea santificado». HaShem se volverá a Yaakov, pensando que quien tanto había sufrido por llevar a sus hijos a la madurez mostraría más amor por su posteridad. Pero Yaakov dará la misma respuesta que Avraham. Entonces dirá Dios: «Los viejos no tienen entendimiento, y los jóvenes no tienen consejo. Iré ahora a Yitsjak. Yitsjak —le dirá Dios—, tus hijos han pecado», y Yitsjak responderá: «Oh Señor del mundo, ¿dices mis hijos, y no los TUYOS? Cuando estuvieron al pie del monte Sinaí y se declararon dispuestos a cumplir todo tu mandato aun antes de oírlo, llamaste a Israel “mi primogénito”, ¿y ahora son MIS hijos, y no los TUYOS? Consideremos. Los años de un hombre son setenta. De estos hay que descontar veinte, pues no impones castigo a los menores de veinte. De los cincuenta años que quedan, la mitad hay que descontarla por las noches pasadas en sueño. Restan solo veinticinco años, y estos han de disminuirse en doce y medio, el tiempo empleado en orar, comer y atender a las demás necesidades de la vida, durante el cual los hombres no cometen pecados. Quedan solo doce años y medio. Si quieres tomarlos sobre Ti, bien está. Si no, toma Tú la mitad de ellos, y yo tomaré la otra mitad». Los descendientes de Yitsjak dirán entonces: «En verdad, tú eres nuestro verdadero padre». Pero él señalará a Dios, y les advertirá: «No, no me deis a mí vuestras alabanzas, sino a Dios solo», e Israel, con los ojos vueltos al cielo, dirá: «Tú, oh Adonái, eres nuestro Padre; nuestro Redentor desde la eternidad es tu Nombre».
Fue Yitsjak, o, como a veces se lo llama, Elihú hijo de Barajel, quien reveló los maravillosos misterios de la naturaleza en sus discusiones con Iyov.
Al término de los años de hambre, Dios se apareció a Yitsjak y le mandó volver a Kena’an. Yitsjak hizo como se le ordenó y se estableció en Jevrón. Por este tiempo envió a su hijo menor Yaakov al Bet ha-Midrash de Shem y Éver, a estudiar la ley de HaShem. Yaakov permaneció allí treinta y dos años. En cuanto a Esav, se negó a aprender y se quedó en la casa de su padre. La caza era su única ocupación, y como perseguía a las fieras, así perseguía a los hombres, buscando atraparlos con astucia y engaño.
En una de sus expediciones de caza, Esav llegó al monte Seír, donde trabó conocimiento con Yehudit, de la familia de Ham, y la tomó por esposa, y la trajo a su padre a Jevrón.
Diez años después, cuando murió Shem su maestro, Yaakov volvió a casa, a la edad de cincuenta años. Pasaron otros seis años, y Rivká recibió la gozosa noticia de que su cuñada 'Adiná, la esposa de Laván, que, como todas las mujeres de su casa, había sido estéril hasta entonces, había dado a luz dos hijas mellizas, Leá y Rajel. Rivká, hastiada de su vida a causa de la mujer elegida por su hijo mayor, exhortó a Yaakov a no casarse con una de las hijas de Kena’an, sino con una doncella de la familia de Avraham. Él aseguró a su madre que las palabras de Avraham, que le mandaban no tomar mujer de los cananeos, estaban grabadas en su memoria, y por esta razón seguía soltero, aunque había llegado a los sesenta y dos años, y Esav lo instaba desde hacía veintidós a seguir su ejemplo y desposar a una hija del pueblo de la tierra en que vivían. Había oído que su tío Laván tenía hijas, y estaba resuelto a elegir a una de ellas por esposa. Hondamente conmovida por las palabras de su hijo, Rivká le dio gracias y alabó a Dios con estas palabras: «Bendito sea HaShem Dios, y bendito sea su santo Nombre por siempre jamás, que me ha dado a Yaakov como hijo puro y simiente santa; porque tuyo es, y tuya será su simiente de continuo y por todas las generaciones para siempre. Bendícelo, oh Adonái, y pon en mi boca la bendición de la justicia, para que yo lo bendiga».
Y cuando el espíritu de HaShem vino sobre ella, puso las manos sobre la cabeza de Yaakov y le dio su bendición materna. Terminaba con estas palabras: «Que el Señor del mundo te ame, como el corazón de tu amorosa madre se regocija en ti, y que Él te bendiga».
El matrimonio de Esav con las hijas de los cananeos fue una abominación no solo a los ojos de su madre, sino también a los de su padre. Él sufrió aún más que Rivká por las prácticas idólatras de sus nueras. Es propio de la naturaleza del hombre oponer menos resistencia que la mujer a las circunstancias enojosas. A un hueso no lo daña un golpe que haría añicos una olla de barro. El hombre, creado del polvo de la tierra, no tiene la resistencia de la mujer, formada de hueso. Yitsjak envejeció antes de tiempo por la conducta de sus nueras, y perdió la vista de los ojos. Rivká estaba acostumbrada, desde la casa de su infancia, al incienso quemado ante los ídolos, y por eso podía soportarlo bajo su propio techo. A diferencia de ella, Yitsjak nunca había tenido tal experiencia mientras vivió con sus padres, y le hería el humo que se alzaba de los sacrificios que sus nueras ofrecían a sus ídolos en su propia casa. Los ojos de Yitsjak habían padecido también antes en la vida. Cuando yacía atado sobre el altar, a punto de ser sacrificado por su padre, los ángeles lloraron, y sus lágrimas cayeron sobre sus ojos, y allí quedaron y debilitaron su vista.
Al mismo tiempo, él mismo había atraído sobre sí el azote de la ceguera por su amor a Esav. Justificaba al malvado por un soborno, el soborno del amor filial de Esav, y la pérdida de la vista es el castigo que sigue al aceptar sobornos. «Un regalo —se dice— ciega los ojos de los sabios».
Con todo, su ceguera resultó un beneficio tanto para Yitsjak como para Yaakov. A consecuencia de sus dolencias físicas, Yitsjak hubo de quedarse en casa, y así se ahorró la pena de que la gente lo señalara como el padre del malvado Esav. Y, además, si su vista no hubiera estado dañada, no habría bendecido a Yaakov. Siendo así, Dios lo trató como un médico trata a un enfermo a quien se le prohíbe beber vino, por el cual, sin embargo, siente fuerte deseo. Para aplacarlo, el médico ordena que se le dé agua caliente en la oscuridad, y se le diga que es vino.
Cuando Yitsjak llegó a los ciento veintitrés años, y se acercaba así a la edad alcanzada por su madre, empezó a meditar en su fin. Es propio que un hombre se prepare para la muerte cuando se acerca a la edad a la que uno de sus padres salió de la vida. Yitsjak reflexionó que no sabía si la edad que le estaba asignada era la de su madre o la de su padre, y por eso resolvió otorgar su bendición a su hijo mayor, Esav, antes de que la muerte lo sorprendiera. Llamó a Esav y dijo: «Hijo mío», y Esav respondió: «Aquí estoy», pero el espíritu santo intervino: «Aunque disfrace su voz y la haga sonar dulce, no pongas confianza en él. Siete abominaciones hay en su corazón. Destruirá siete lugares santos: el Mishkán, los santuarios de Guilgal, Shiló, Nob y Guibón, y el primer y el segundo Templo».
Por dulcemente que Esav siguiera hablando a su padre, con todo anhelaba que le llegara el fin. Pero Yitsjak estaba herido de ceguera espiritual además de física. El espíritu santo lo había abandonado, y no podía discernir la maldad de su hijo mayor. Le mandó afilar sus cuchillos de degüello y guardarse de traerle la carne de un animal que hubiera muerto por sí solo, o hubiera sido despedazado por una fiera, y debía cuidarse también de poner ante Yitsjak un animal que hubiera sido robado a su legítimo dueño. «Entonces —continuó Yitsjak— bendeciré a quien sea digno de ser bendecido».
Este encargo se hizo a Esav en la víspera de Pésaj, y Yitsjak le dijo: «Esta noche el mundo entero cantará el Halel a Dios. Es la noche en que se abren los almacenes del rocío. Prepárame, pues, manjares, para que mi alma te bendiga antes de morir». Pero el espíritu santo intervino: «No comas el pan del que tiene mal ojo». El anhelo de Yitsjak por golosinas se debía a su ceguera. Como los que no ven no pueden contemplar el alimento que comen, no lo disfrutan con pleno gusto, y hay que tentar su apetito con bocados especialmente sabrosos.
Esav salió a procurar lo que su padre deseaba, sin reparar en el de dónde ni el cómo, si por robo o por hurto. Para estorbar la rápida ejecución de la orden de su padre, Dios envió al Satán a la caza con Esav. Debía demorarlo cuanto fuera posible. Esav atrapaba un ciervo y lo dejaba atado en el suelo mientras perseguía otra pieza. En seguida venía el Satán y liberaba al ciervo, y cuando Esav volvía al sitio, su presa no aparecía. Esto se repitió varias veces. Una y otra vez la caza era abatida, y atada, y liberada, de modo que Yaakov pudo entretanto llevar a cabo el plan de Rivká por el cual sería bendecido en lugar de Esav.
Aunque Rivká no había oído las palabras que habían pasado entre Yitsjak y Esav, le fueron con todo reveladas por el espíritu santo, y resolvió impedir que su marido diera un paso en falso. No la movía el amor por Yaakov, sino el deseo de evitar que Yitsjak cometiera un acto detestable. Rivká dijo a Yaakov: «Esta noche se abren los almacenes del rocío; es la noche en que los seres celestiales entonan el Halel a Dios, la noche apartada para la liberación de tus hijos de Mitsraim, en la cual también ellos cantarán el Halel. Ve ahora y prepara un guiso sabroso para tu padre, para que te bendiga antes de su muerte. Haz como te mando, obedéceme como sueles, pues eres mi hijo, cuyos hijos, todos ellos, serán buenos y temerosos de Dios: ni uno solo será indigno».
A pesar del gran respeto por su madre, Yaakov se negó al principio a atender su mandato. Temía cometer un pecado, sobre todo porque así podría atraer sobre sí la maldición de su padre. Podía ocurrir que Yitsjak tuviera aún una bendición para él, después de dar a Esav la suya. Pero Rivká calmó sus inquietudes con estas palabras: «Cuando Adam fue maldecido, la maldición cayó sobre su madre, la tierra, y así yo, tu madre, cargaré con la imprecación, si tu padre te maldice. Además, si lo peor llegara a lo peor, estoy dispuesta a presentarme ante tu padre y decirle: “Esav es un malvado, y Yaakov es un hombre justo”».
Así forzado por su madre, Yaakov, entre lágrimas y con el cuerpo encorvado, fue a ejecutar el plan trazado por Rivká. Como debía proveer una comida de Pésaj, ella le mandó traer dos cabritos, uno para el sacrificio de Pésaj y otro para el sacrificio de la fiesta. Para tranquilizar la conciencia de Yaakov, añadió que su contrato matrimonial le daba derecho a dos cabritos diarios. «Y —continuó— estos dos cabritos te traerán bien, la bendición de tu padre, y traerán bien a tus hijos, pues dos cabritos serán el sacrificio de expiación ofrecido en Yom Kipur».
La duda de Yaakov no se había disipado aún. Temía que su padre lo tocara y comprobara que no era velludo y que, por tanto, no era su hijo Esav. Así pues, Rivká desgarró en tiras las pieles de los dos cabritos y las cosió juntas, pues Yaakov era un gigante tan alto que, de otro modo, no habrían bastado para cubrirle las manos. Y para que el disfraz de Yaakov fuera completo, Rivká se sintió justificada en ponerle las maravillosas vestiduras de Esav. Eran las vestiduras del sacerdocio con las que Dios había vestido a Adam, «el primogénito del mundo», pues en los días anteriores a la erección del Mishkán todos los varones primogénitos oficiaban como sacerdotes. De Adam estas vestiduras pasaron a Nóaj, que las transmitió a Shem, y Shem las legó a Avraham, y Avraham a su hijo Yitsjak, de quien llegaron a Esav como el mayor de sus dos hijos. Rivká opinaba que, habiendo comprado Yaakov la primogenitura a su hermano, había entrado con ello también en posesión de las vestiduras. No tenía por qué ir a buscarlas a la casa de Esav. Él conocía demasiado bien a sus mujeres para confiarles tesoro tan precioso; estaban bajo la custodia de su madre. Además, las usaba con la mayor frecuencia en casa de sus padres. Por lo común, no daba mucha importancia a un atuendo decente. Estaba dispuesto a aparecer en la calle vestido de harapos, pero consideraba su deber atender a su padre ataviado con sus mejores galas. «Mi padre —solía decir Esav— es un rey a mis ojos, y mal me estaría servirle vestido con otra cosa que no fueran ropas de rey.» Al gran respeto que mostraba hacia su padre deben los descendientes de Esav toda su buena fortuna en la tierra. Así recompensa Dios una buena acción.
Rivká condujo a Yaakov, equipado y ataviado de este modo, hasta la puerta de la cámara de Yitsjak. Allí se separó de él con estas palabras: «De aquí en adelante, que tu Creador te asista.» Yaakov entró y se dirigió a Yitsjak con un «Padre», y al recibir la respuesta «¡Aquí estoy! ¿Quién eres tú, hijo mío?», contestó con ambigüedad: «Soy yo; tu hijo primogénito es Esav.» Buscaba evitar la mentira y, a la vez, no delatar que era Yaakov. Yitsjak dijo entonces: «Mucha prisa tienes en asegurarte tu bendición. Tu padre Avraham tenía setenta y cinco años cuando fue bendecido, y tú apenas tienes sesenta y tres.» Yaakov respondió con torpeza: «Porque Adonái tu Dios me dio buena suerte.» Yitsjak concluyó al instante que aquel no era Esav, pues él no habría mencionado el nombre de Dios, y resolvió palpar al hijo que tenía delante para asegurarse de quién era. El terror se apoderó de Yaakov ante las palabras de Yitsjak: «Acércate, te ruego, para que te palpe, hijo mío.» Un sudor frío le cubrió el cuerpo, y su corazón se derritió como la cera. Entonces Dios hizo descender a los arcángeles Mijael y Gavriel. El uno le tomó la mano derecha, el otro la izquierda, mientras que Adonái Dios mismo lo sostenía, para que no le faltara el ánimo. Yitsjak lo palpó y, hallando sus manos velludas, dijo: «La voz es la voz de Yaakov, pero las manos son las manos de Esav», palabras con las que transmitía la profecía de que, mientras la voz de Yaakov se oiga en las casas de oración y de estudio, las manos de Esav no podrán prevalecer contra él. «Sí —prosiguió—, es la voz de Yaakov, la voz que impone silencio a los que están en la tierra y en el cielo», pues ni siquiera los ángeles pueden alzar sus voces en alabanza de Dios hasta que Israel ha terminado sus oraciones.
Los escrúpulos de Yitsjak sobre bendecir al hijo que tenía delante no se habían disipado aún, pues con su ojo profético preveía que este tendría descendientes que irritarían a HaShem. Al mismo tiempo, le fue revelado que hasta los pecadores de Israel se volverían penitentes, y entonces estuvo dispuesto a bendecir a Yaakov. Le mandó acercarse y besarlo, para indicar que sería Yaakov quien imprimiría el último beso sobre Yitsjak antes de que fuera entregado a la tumba —él y ningún otro—. Cuando Yaakov estuvo junto a él, percibió la fragancia del Paraíso que se le adhería, y exclamó: «Mira, el olor de mi hijo es como el olor del campo que Adonái ha bendecido.»
La fragancia que emanaba de Yaakov no era lo único en él que procedía del Paraíso. El arcángel Mijael había traído de allí el vino que Yaakov dio de beber a su padre, para que un estado de ánimo elevado descendiera sobre él, pues solo cuando un hombre está gozosamente excitado reposa sobre él la Shejiná. El espíritu santo llenó a Yitsjak, y dio a Yaakov su bendición décuple: «Dios te dé del rocío del cielo» —el rocío celestial con que Dios despertará a los piadosos a nueva vida en los días venideros—; «y de la grosura de la tierra» —los bienes de este mundo—; «y abundancia de grano y vino» —la Torá y las mitzvot, que otorgan al hombre el mismo gozo que las cosechas abundantes—; «pueblos te servirán» —los yefetitas y los jamitas—; «naciones se inclinarán ante ti» —las naciones semitas—; «serás señor sobre tus hermanos» —los ismaelitas y los descendientes de Keturá—; «los hijos de tu madre se inclinarán ante ti» —Esav y sus príncipes—; «maldito el que te maldiga» —como Bilam—; «y bendito el que te bendiga» —como Moshé.
Por cada bendición invocada sobre Yaakov por su padre Yitsjak, una bendición semejante le fue otorgada por Dios mismo con las mismas palabras. Como Yitsjak lo bendijo con rocío, así también Dios: «Y el resto de Yaakov estará en medio de muchos pueblos como rocío de Adonái.» Yitsjak lo bendijo con la grosura de la tierra, así también Dios: «Y dará la lluvia para tu simiente, con que sembrarás la tierra; y pan del fruto de la tierra, y será abundante y sustancioso.» Yitsjak lo bendijo con abundancia de grano y vino, así también Dios: «Os enviaré grano y vino.» Yitsjak dijo: «Pueblos te servirán», así también Dios: «Reyes serán tus ayos, y sus reinas tus nodrizas; con el rostro en tierra se inclinarán ante ti, y lamerán el polvo de tus pies.» Yitsjak dijo: «Naciones se inclinarán ante ti», así también Dios: «Y te pondrá en alto por encima de todas las naciones que ha hecho, en alabanza, en nombre y en honra.»
A esta doble bendición unió la suya su madre Rivká: «Pues Él ordenará a sus ángeles acerca de ti, que te guarden en todos tus caminos. En sus manos te llevarán, para que tu pie no tropiece en piedra. Sobre el león y la víbora pisarás; hollarás al leoncillo y a la serpiente. Por cuanto ha puesto en mí su amor, yo lo libraré; lo pondré en alto, porque ha conocido mi nombre.»
El espíritu santo añadió a su vez: «Me invocará, y yo le responderé; con él estaré en la angustia; lo libraré y lo honraré. Lo saciaré de larga vida, y le mostraré mi salvación.»
Yaakov salió de la presencia de su padre coronado como un novio, adornado como una novia, y bañado en rocío celestial, que le llenó los huesos de tuétano y lo transformó en un héroe y un gigante.
De un milagro obrado en su favor en aquel mismo instante Yaakov mismo no tuvo conciencia. Si se hubiera demorado con su padre un instante más, Esav lo habría encontrado allí y de seguro lo habría matado. Sucedió que, justo cuando Yaakov estaba a punto de salir de la tienda de su padre, llevando en las manos los platos en que Yitsjak había comido, advirtió que Esav se acercaba, y se ocultó tras la puerta. Por fortuna, era una puerta giratoria, de modo que, aunque él podía ver a Esav, este no podía verlo a él.
Esav llegó tras una demora de cuatro horas. A pesar de todos los esfuerzos que había puesto, no había logrado cazar pieza alguna, y se vio obligado a matar un perro y a preparar su carne para la comida de su padre. Todo esto había puesto a Esav de mal humor, y cuando invitó a su padre a participar de la comida, la invitación sonó áspera. «Que se levante mi padre —dijo— y coma de la caza de su hijo.» Yaakov había hablado de otro modo; había dicho: «Levántate, te ruego, siéntate y come de mi caza.» Las palabras de Esav aterraron mucho a Yitsjak. Su espanto superó al que había sentido cuando su padre estaba a punto de ofrecerlo en sacrificio, y clamó: «¿Quién, pues, es el que ha sido el mediador entre yo y HaShem, para hacer que la bendición llegara a Yaakov?» —palabras con las que quería dar a entender que sospechaba que Rivká había instigado el acto de Yaakov.
La alarma de Yitsjak fue causada por ver el infierno a los pies de Esav. Apenas había entrado este en la casa, las paredes de ella empezaron a calentarse a causa de la cercanía del infierno, que él traía consigo. Yitsjak no pudo menos que exclamar: «¿Quién arderá allá abajo, yo o mi hijo Yaakov?», y HaShem le respondió: «Ni tú ni Yaakov, sino el cazador.»
Yitsjak le contó a Esav que la carne que Yaakov le había servido tenía cualidades maravillosas. Cualquier sabor que uno deseara, ese poseía; estaba incluso dotada del sabor del alimento que Dios concederá a los piadosos en el mundo venidero. «No sé —dijo— qué era la carne. Pero me bastaba desear pan, y sabía a pan, o a pescado, o a langostas, o a carne de animales; en suma, tenía el sabor de cualquier manjar que uno pudiera desear.» Cuando Esav oyó la palabra «carne», se echó a llorar y dijo: «A mí Yaakov no me dio más que un plato de lentejas, y en pago por él me quitó la primogenitura. ¿Qué te habrá quitado a ti por carne de animales?» Hasta entonces Yitsjak había estado en gran angustia por el pensamiento de que había cometido una injusticia al dar su bendición a su hijo menor en lugar del primogénito, a quien le correspondía por ley y costumbre. Pero cuando oyó que Yaakov había adquirido la primogenitura de Esav, dijo: «¡Di mi bendición al que debía!»
En su consternación, Yitsjak había tenido la intención de maldecir a Yaakov por haberle arrebatado la bendición con astucia. Dios le impidió llevar a cabo su plan. Le recordó que no haría sino maldecirse a sí mismo, viendo que su bendición contenía las palabras: «Maldito el que te maldiga.» Pero Yitsjak no estaba dispuesto a reconocer válida su bendición en cuanto aplicada a Yaakov, hasta que fue informado de que su segundo hijo era el poseedor de la primogenitura. Solo entonces dijo: «Sí, bendito será», ante lo cual Esav clamó con un clamor grandísimo y amargo. Como castigo por haber sido la causa de tal aflicción, un descendiente de Yaakov, Mordejái, fue también hecho clamar con un clamor grande y amargo, y su dolor fue provocado por el amalecita Hamán, el descendiente de Esav. Ante las palabras de Yitsjak «Tu hermano vino con astucia, y se ha llevado tu bendición», Esav escupió de despecho y dijo: «Me quitó la primogenitura, y callé, y ahora que me quita la bendición, ¿también he de callar? ¿No se llama con razón Yaakov? Pues me ha suplantado ya dos veces.»
Yitsjak siguió hablando a Esav: «Mira, lo he hecho tu señor, es tu rey, y hagas lo que hagas, tus bendiciones seguirán perteneciéndole a él; a todos sus hermanos se los he dado por siervos, y lo que los siervos poseen pertenece a su dueño. No hay remedio: has de contentarte con recibir tu pan cocido de manos de tu señor.» A HaShem le pareció mal que Yitsjak lo animara con palabras tan bondadosas. «A mi enemigo —le reprochó— le dices: “¿Qué haré por ti, hijo mío?”» Yitsjak respondió: «¡Ojalá halle gracia ante Ti!» Dios: «Es un renegado.» Yitsjak: «¿No obra con rectitud cuando honra a sus padres?» Dios: «En la tierra de la rectitud obrará con perversidad; extenderá su mano en los días venideros contra el Templo.» Yitsjak: «Entonces que goce de mucho bien en este mundo, para que no contemple la morada de HaShem en el mundo venidero.»
Cuando le resultó claro a Esav que no podía inducir a su padre a anular la bendición otorgada a Yaakov, intentó forzar una bendición para sí mediante una treta solapada. Dijo: «¿No tienes más que una sola bendición, padre mío? Bendíceme, también a mí, oh padre mío, no sea que se diga que no tienes más que una bendición que otorgar. Suponte que Yaakov y yo hubiéramos sido ambos hombres justos, ¿no habría tenido entonces tu Dios dos bendiciones, una para cada uno?» El propio HaShem respondió: «¡Silencio! Yaakov bendecirá a las doce tribus, y cada bendición será distinta de todas las demás.» Pero Yitsjak sintió gran compasión por su hijo mayor, y quiso bendecirlo, mas la Shejiná lo abandonó, y no pudo llevar a cabo lo que se proponía. Entonces Esav se echó a llorar. Derramó tres lágrimas: una corrió de su ojo derecho, la segunda de su ojo izquierdo, y la tercera quedó colgando de su pestaña. Dijo Dios: «Este villano llora por su propia vida, ¿y he de dejarlo partir con las manos vacías?», y entonces mandó a Yitsjak que bendijera a su hijo mayor.
La bendición de Yitsjak fue así: «Mira, de la grosura de la tierra será tu morada» —con lo que aludía a la Magna Grecia, en Italia—; «y del rocío del cielo desde lo alto» —refiriéndose a Bet-Gubrin—; «y por tu espada vivirás, y a tu hermano servirás», pero cuando él arroje el yugo de HaShem, entonces «sacudirás su yugo de tu cerviz», y serás su señor.
La bendición que Yitsjak dio a su hijo mayor no estaba sujeta a condición alguna. Mereciéralos o no, Esav había de gozar de los bienes de este mundo. La bendición de Yaakov, en cambio, dependía de sus obras piadosas; por ellas tendría un justo derecho a la prosperidad terrenal. Pensaba Yitsjak: «Yaakov es un hombre justo, no murmurará contra Dios, aunque llegara a ocurrir que se le infligiera sufrimiento a pesar de su vida recta. Pero ese réprobo de Esav, si hiciera una buena acción, o rezara a Dios y no fuera escuchado, diría: “Como en vano rezo a los ídolos, así es en vano rezar a Dios.”» Por esta razón otorgó Yitsjak una bendición incondicional a Esav.
Esav odiaba a su hermano Yaakov a causa de la bendición que su padre le había dado, y Yaakov tenía mucho miedo de su hermano Esav, y huyó a la casa de Éver, el hijo de Shem, y se ocultó allí catorce años a causa de su hermano Esav, y continuó allí aprendiendo los caminos de HaShem y sus mitzvot. Cuando Esav vio que Yaakov había huido y escapado de él, y que Yaakov había obtenido la bendición con astucia, Esav se afligió en extremo, y quedó también resentido con su padre y su madre. Se levantó también y tomó a su mujer, y se marchó de junto a su padre y su madre a la tierra de Seír. Allí se casó con su segunda mujer, Basemat, la hija de Elón el hitita, y la llamó Adá, diciendo que la bendición se le había ido en aquel tiempo. Tras morar en Seír seis meses, Esav regresó a la tierra de Kena’an, e instaló a sus dos mujeres en la casa de su padre en Jevrón. Y las mujeres de Esav afligían y provocaban a Yitsjak y a Rivká con sus obras, pues no andaban por los caminos de HaShem, sino que servían a los dioses de madera y de piedra de sus padres, como sus padres les habían enseñado, y eran más malvadas que sus padres. Sacrificaban y quemaban incienso a los baales, y Yitsjak y Rivká se cansaron de ellas. Y al cabo de los catorce años que Yaakov residió en la casa de Éver, Yaakov deseó ver a su padre y a su madre, y regresó a casa. Esav había olvidado en aquellos días lo que Yaakov le había hecho, al quitarle la bendición, pero cuando Esav vio a Yaakov regresar a sus padres, recordó lo que Yaakov le había hecho, y se encendió mucho contra él, y buscó matarlo.
Pero Esav no mataría a Yaakov mientras su padre viviera aún, no fuera que Yitsjak engendrara otro hijo. Quería tener la certeza de ser el único heredero. Sin embargo, su odio contra Yaakov era tan grande que resolvió apresurar la muerte de su padre y despachar luego a Yaakov. Tales planes homicidas abrigaba Esav en su corazón, aunque negaba albergarlos. Pero Dios habló: «Quizá no sabes que yo examino los corazones de los hombres, pues yo soy HaShem que escudriña el corazón.» Y no solo Dios conocía los deseos secretos de Esav. Rivká, como todas las Madres, era profetisa, y no tardó en advertir a Yaakov del peligro que se cernía sobre él. «Tu hermano —le dijo— está tan seguro de cumplir su malvado propósito como si estuvieras ya muerto. Ahora pues, hijo mío, obedece mi voz, y levántate, huye a casa de Laván, mi hermano, a Jarán, y quédate con él siete años, hasta que se aparte el furor de tu hermano.» En la bondad de su corazón, Rivká no podía menos que creer que la ira de Esav era solo una pasión pasajera, y que desaparecería con el tiempo. Pero se equivocaba: su odio persistió hasta el fin de su vida.
Valiente como era, Yaakov no quería huir del peligro. Dijo a su madre: «No tengo miedo; si quiere matarme, yo lo mataré», a lo que ella respondió: «Que no me vea privada de mis dos hijos en un solo día.» Con estas palabras Rivká mostró de nuevo su don profético. Como habló, así sucedió: cuando llegó su hora, Esav fue muerto mientras tenía lugar el entierro de Yaakov.
Y Yaakov dijo a Rivká: «Mira, tú sabes que mi padre se ha hecho viejo y no ve, y si lo dejo y me voy, se enojará y me maldecirá. No iré; si él me envía, solo entonces iré.»
Así pues, Rivká fue a Yitsjak y, entre lágrimas, le habló de este modo: «Si Yaakov toma mujer de las hijas de Jet, ¿de qué me servirá la vida?» Y Yitsjak llamó a Yaakov, y lo encargó, y le dijo: «No tomarás mujer de las hijas de Kena’an, pues así nos ordenó nuestro padre Avraham conforme a la palabra de HaShem, que Él le había mandado, diciendo: “A tu simiente daré la tierra; si tus hijos guardan mi alianza que he hecho contigo, entonces también cumpliré a tus hijos lo que te he dicho, y no los abandonaré.” Ahora pues, hijo mío, escucha mi voz, todo lo que te mande, y guárdate de tomar mujer de entre las hijas de Kena’an. Levántate, ve a Jarán, a la casa de Betuel, el padre de tu madre, y toma allí mujer de las hijas de Laván, el hermano de tu madre. Ten cuidado, no sea que olvides a Adonái tu Dios y todos sus caminos en la tierra a la que vas, y te unas a la gente de la tierra, y persigas la vanidad, y abandones a Adonái tu Dios. Pero cuando llegues a la tierra, sirve a HaShem. No te apartes ni a la derecha ni a la izquierda del camino que te he mandado, y que aprendiste. Y que el Dios Todopoderoso te conceda favor ante la gente de la tierra, para que tomes allí mujer conforme a tu elección, una que sea buena y recta en el camino de HaShem. Y que Dios te dé, a ti y a tu simiente, la bendición de tu padre Avraham, y te haga fecundo y te multiplique, y llegues a ser una multitud de pueblos en la tierra a la que vas, y que Dios te haga volver a tu tierra, la tierra de la morada de tu padre, con hijos y con grandes riquezas, con gozo y con placer.»
Como el valor de un documento se acredita por sus palabras finales, la firma de los testigos, así confirmó Yitsjak la bendición que había otorgado a Yaakov. Para que nadie pudiera decir que Yaakov la había conseguido por intriga y astucia, lo bendijo de nuevo con tres bendiciones, con estas palabras: «En la medida en que estoy dotado del poder de bendecir, otorgo bendición sobre ti. Que Dios, con quien hay bendición sin fin, te dé la suya, y también la bendición con que Avraham quiso bendecirme, absteniéndose solo por no provocar los celos de Yishmael.»
Viendo con su ojo profético que la simiente de Yaakov se vería una vez obligada a ir al exilio, Yitsjak elevó una petición más: que Dios trajera de vuelta a los desterrados. Dijo: «Él te librará en seis angustias, y en la séptima ningún mal te tocará.» Y también Rivká rezó a Dios en favor de Yaakov: «Oh Señor del mundo, no dejes prosperar el propósito que Esav abriga contra Yaakov. Ponle un freno, para que no logre todo lo que quiere hacer.»
Cuando Esav observó que hasta el amor de su padre había pasado de él a Yaakov, se marchó, a Yishmael, y se dirigió a él de esta manera: «Mira, así como tu padre dio todos sus bienes a tu hermano Yitsjak, y te despidió a ti con las manos vacías, así se propone hacer conmigo mi padre. Prepárate, pues, sal y mata a tu hermano, y yo mataré al mío, y entonces nosotros dos nos repartiremos el mundo entero.» Y Yishmael respondió: «¿Por qué quieres que yo mate a tu padre? Puedes hacerlo tú mismo.» Esav dijo: «Ya ha ocurrido en tiempos pasados que un hombre matara a su hermano: Káyin asesinó a Hével. Pero que un hijo mate a su padre es algo inaudito.»
Esav en realidad no retrocedía ante el parricidio; solo que no encajaba en el plan que había tramado. «Si Yishmael mata a mi padre —se dijo a sí mismo—, yo soy el redentor legítimo, y mataré a Yishmael para vengar a mi padre, y si luego asesino también a Yaakov, todo me pertenecerá, como heredero de mi padre y de mi tío.» Esto muestra que el matrimonio de Esav con Majalat, la hija de Yishmael y nieta de Avraham, no se concertó por consideración a sus padres, que se oponían a sus otras dos mujeres, hijas de los cananeos. Todo lo que deseaba era entrar en relaciones amistosas con Yishmael para ejecutar su plan diabólico.
Pero Esav echó la cuenta sin la huéspeda. La noche anterior a su boda con Majalat, Yishmael murió, y Nevayot, el hijo de Yishmael, ocupó el lugar de su padre, y entregó a su hermana. Cuán poco había estado en la mente de Esav hacer felices a sus padres tomando por mujer a una nieta de Avraham, se ve por el hecho de que conservó a sus otras dos mujeres, las cananeas. La hija de Yishmael siguió el ejemplo de sus compañeras, y así no hizo sino aumentar el dolor causado a los padres de Esav por sus nueras. Y la ocasión podría haber sido de lo más favorable para que Esav se apartara de sus caminos impíos y enmendara su conducta, pues al novio se le perdonan en el día de su boda todos los pecados cometidos en los años pasados.
Apenas había dejado Yaakov la casa de su padre, cuando Rivká empezó a llorar, pues estaba muy afligida por él. Yitsjak la consoló, diciendo: «¡No llores por Yaakov! En paz parte, y en paz volverá. HaShem, el Dios Altísimo, lo guardará de todo mal y estará con él. No lo abandonará en todos los días de su vida. No temas por él, pues anda por el camino recto, es un hombre perfecto, y tiene fe en Dios: no perecerá.»
Cuando Yaakov se marchó para ir a Jarán, Esav llamó a su hijo Elifaz, y en secreto le habló, diciendo: «Ahora date prisa, toma tu espada en tu mano y persigue a Yaakov, y adelántate a él en el camino, y acéchalo y mátalo con tu espada en alguno de los montes, y toma todo lo que le pertenece, y vuelve.» Y Elifaz era diestro y experto con el arco, como su padre le había enseñado, y era un cazador reputado en el campo y un hombre valiente. Y Elifaz hizo como su padre le había mandado. Y Elifaz tenía a la sazón trece años, y se levantó y fue y tomó consigo a diez de los hermanos de su madre, y persiguió a Yaakov. Y lo siguió de cerca, y cuando lo alcanzó, se puso en emboscada contra él en los confines de la tierra de Kena’an, frente a la ciudad de Shejem. Y Yaakov vio a Elifaz y a sus hombres persiguiéndolo, y Yaakov se detuvo en el lugar por el que iba a fin de saber qué era aquello, pues no comprendía su propósito. Elifaz desenvainó su espada y siguió avanzando, él y sus hombres, hacia Yaakov, y Yaakov les dijo: «¿Para qué habéis venido aquí, y por qué me perseguís con vuestras espadas?» Elifaz se acercó a Yaakov, y respondió así: «Esto me ordenó mi padre, y ahora, por tanto, no me desviaré de las órdenes que mi padre me dio.» Y cuando Yaakov vio que Esav había grabado su mandato con apremio en Elifaz, se acercó y suplicó a Elifaz y a sus hombres, diciendo: «Mira, todo lo que tengo, y lo que mi padre y mi madre me dieron, tómalo para ti y apártate de mí, y no me mates, y que esto que hagas conmigo te sea contado por justicia.» Y HaShem hizo que Yaakov hallara favor a los ojos de Elifaz y de sus hombres, y ellos escucharon la voz de Yaakov, y no le dieron muerte, sino que tomaron todos sus bienes, junto con la plata y el oro que había traído consigo de Beer-Sheva. No le dejaron nada. Cuando Elifaz y sus hombres regresaron a Esav, y le contaron todo lo que les había ocurrido con Yaakov, se enojó con su hijo Elifaz y con sus hombres, porque no habían dado muerte a Yaakov. Y ellos respondieron, y dijeron a Esav: «Porque Yaakov nos suplicó en este asunto que no lo matáramos, nuestra piedad se conmovió hacia él, y tomamos todo lo que le pertenecía, y volvimos.» Esav tomó entonces toda la plata y el oro que Elifaz había quitado a Yaakov, y los guardó en su casa.
No obstante, Esav no abandonó la esperanza de interceptar a Yaakov en su huida y matarlo. Lo persiguió, y con sus hombres ocupó el camino por el que aquel había de viajar a Jarán. Allí le ocurrió a Yaakov un gran milagro. Cuando advirtió cuál era la intención de Esav, se desvió hacia el río Yardén, y, con los ojos dirigidos a Dios, hendió las aguas con su cayado de viajero, y logró cruzar a la otra orilla. Pero Esav no se dejó disuadir. Mantuvo la persecución, y llegó a las fuentes termales de Baarus antes que su hermano, que tenía que pasar por allí. Yaakov, sin saber que Esav estaba al acecho de él, decidió bañarse en la fuente, diciendo: «No tengo ni pan ni las demás cosas necesarias, así que al menos calentaré mi cuerpo en las aguas del manantial.» Mientras estaba en el baño, Esav ocupó cada salida, y Yaakov de seguro habría perecido en el agua caliente, si HaShem no hubiera hecho que aconteciera un milagro. Se formó por sí misma una nueva abertura, y por ella escapó Yaakov. Así se cumplieron las palabras: «Cuando pases por las aguas, yo estaré contigo; cuando camines por el fuego, no te quemarás», pues Yaakov fue salvado de las aguas del Yardén y del fuego de la fuente termal.
Al mismo tiempo que Yaakov, un jinete, dejando su caballo y sus ropas en la orilla, se había metido en el río para refrescarse, pero fue arrollado por las olas, y halló la muerte. Yaakov se puso las ropas del muerto, montó su caballo y partió. Fue una feliz casualidad, pues Elifaz lo había despojado de todo, hasta de sus ropas, y el milagro del río había sucedido solo para que no se viera forzado a aparecer desnudo entre los hombres.
Aunque Yaakov fue despojado de todos sus bienes, su ánimo no desfalleció. Dijo: «¿Habría de perder la esperanza en mi Creador? Pongo mis ojos en los méritos de mis padres. Por amor a ellos, HaShem me dará su ayuda.» Y Dios dijo: «Yaakov, tú pones tu confianza en los méritos de tus padres, por eso no dejaré que tu pie resbale; el que te guarda no dormitará. ¡Y aún más! Mientras que un guardián, por regla general, vela solo de día y duerme de noche, yo te guardaré día y noche, pues, mira, el que guarda a Israel no dormitará ni dormirá. HaShem te guardará de todo mal, tanto de Esav como de Laván; guardará tu alma, para que el Ángel de la Muerte no te haga daño; guardará tu salida y tu entrada, te sostendrá ahora que dejas Kena’an, y cuando vuelvas a Kena’an.»
Yaakov era reacio a dejar la Tierra Santa antes de recibir permiso directo de Dios. «Mis padres —reflexionaba— me mandaron salir y morar fuera de la tierra, pero ¿quién sabe si es la voluntad de Dios que yo haga como dicen, y engendre hijos fuera de la Tierra Santa?» Así pues, se encaminó a Beer-Sheva. Allí, donde HaShem había dado permiso a Yitsjak para partir de Kena’an e ir a Filistea, sabría cuál era la voluntad de HaShem respecto de sí mismo.
No siguió el ejemplo de su padre y su abuelo ni se refugió con Avimélej, porque temía que el rey también a él lo forzara a una alianza, y les hiciera imposible a sus descendientes, durante muchas generaciones, tomar posesión de la tierra de los filisteos. Tampoco podía quedarse en casa, por su temor de que Esav pudiera arrebatarle la primogenitura y la bendición, y a eso no accedería ni podía acceder. Tan poco dispuesto estaba a entablar el combate con Esav, pues conocía la verdad de la máxima: «Quien corteja el peligro será vencido por él; quien lo evita lo vencerá.» Tanto Avraham como Yitsjak habían vivido según esta regla. Su abuelo había huido de Nimrod, y su padre se había apartado de los filisteos.
El viaje de Yaakov a Jarán fue una sucesión de milagros. El primero de los cinco que le sucedieron por su causa en el curso de él fue que el sol se puso mientras Yaakov pasaba por el monte Moriá, aunque era pleno mediodía a la sazón. Iba siguiendo el manantial que aparecía dondequiera que los Patriarcas fueran o se asentaran. Acompañó a Yaakov desde Beer-Sheva hasta el monte Moriá, dos jornadas de camino. Cuando llegó a la colina santa, HaShem le dijo: «Yaakov, tienes pan en tu zurrón, y el manantial de aguas está cerca para saciar tu sed. Así tienes comida y bebida, y aquí puedes pernoctar.» Pero Yaakov respondió: «El sol apenas ha pasado la quinta de sus doce etapas diurnas, ¿por qué habría de acostarme a dormir a hora tan impropia?» Pero entonces Yaakov advirtió que el sol estaba a punto de ponerse, y se dispuso a preparar su lecho. Era el propósito divino no dejar que Yaakov pasara el sitio del futuro Templo sin detenerse; había de demorarse allí al menos una noche. Además, Dios deseaba aparecerse a Yaakov, y Él se muestra a sus fieles solo de noche. Al mismo tiempo Yaakov quedó a salvo de la persecución de Esav, que tuvo que desistir a causa de la oscuridad prematura.
Yaakov tomó doce piedras del altar sobre el cual su padre Yitsjak había yacido atado como sacrificio, y dijo: «Era el propósito de Dios hacer surgir doce tribus, pero no han sido engendradas por Avraham ni por Yitsjak. Si ahora estas doce piedras se unen en una sola, entonces sabré con certeza que estoy destinado a ser el padre de las doce tribus.» En ese momento aconteció el segundo milagro: las doce piedras se juntaron y formaron una, que él puso bajo su cabeza, y al instante se volvió blanda y mullida como una almohada. Bien estuvo que tuviera un cómodo lecho. Tenía gran necesidad de descanso, pues era la primera noche en catorce años que no hacía vigilia. Durante todos aquellos años, pasados en la casa de estudio de Éver, había dedicado las noches al estudio. Y durante los veinte años venideros no habría de dormir, pues mientras estuvo con su tío Laván, pasó toda la noche, y cada noche, recitando los Salmos.
En conjunto, fue una noche de maravillas. Soñó un sueño en el que el curso de la historia del mundo se le desplegó. En una escalera apoyada en la tierra, cuya cima llegaba al cielo, contempló a los dos ángeles que habían sido enviados a Sedom. Durante ciento treinta y ocho años habían estado desterrados de las regiones celestiales, porque habían traicionado su misión secreta ante Lot. Habían acompañado a Yaakov desde la casa de su padre hasta allí, y ahora ascendían hacia el cielo. Cuando llegaron allí, los oyó llamar a los demás ángeles y decir: «Venid y ved el rostro del piadoso Yaakov, cuya imagen aparece en el Trono divino, vosotros que anhelasteis largo tiempo verlo», y entonces contempló a los ángeles descender del cielo para contemplarlo. Vio también a los ángeles de los cuatro reinos ascender por la escalera. El ángel de Bavel subió setenta peldaños, el ángel de Media, cincuenta y dos, el de Grecia, ciento ochenta, y el de Edom subió muy alto, diciendo: «Subiré por encima de las alturas de las nubes, seré como el Altísimo», y Yaakov oyó una voz que le replicaba: «Sin embargo, serás derribado hasta el infierno, hasta lo más hondo de la fosa.» Dios mismo reprendió a Edom, diciendo: «Aunque te remontes a lo alto como el águila, y aunque tu nido esté puesto entre las estrellas, de allí te derribaré.»
Además, Dios mostró a Yaakov la revelación en el monte Sinaí, el arrebatamiento de Eliyahu, el Templo en su gloria y en su despojo, el intento de Nabucodonosor de quemar a los tres santos jóvenes en el horno ardiente, y el encuentro de Daniel con Bel.
En este, el primer sueño profético soñado por Yaakov, Dios le hizo la promesa de que la tierra sobre la que yacía le sería dada, pero la tierra sobre la que yacía era la totalidad de la Tierra de Israel, que Dios había plegado y puesto bajo él. «Y —proseguía la promesa— tu simiente será como el polvo de la tierra. Así como la tierra sobrevive a todas las cosas, así tus hijos sobrevivirán a todas las naciones de la tierra. Pero así como la tierra es hollada por todos, así tus hijos, cuando cometan transgresiones, serán hollados por las naciones de la tierra.» Y, además, Dios prometió que Yaakov se extendería hacia el oeste y hacia el este, una promesa mayor que la dada a sus padres Avraham y Yitsjak, a quienes había asignado una tierra limitada. La de Yaakov era una posesión sin límites.
De este prodigioso sueño despertó Yaakov con un sobresalto de espanto, a causa de la visión que había tenido de la destrucción del Templo. Clamó: «¡Cuán temible es este lugar! No es otra cosa que la casa de Dios, donde está la puerta del cielo por la que la oración asciende hasta Él.» Tomó la piedra hecha de las doce, y la erigió como pilar, y derramó aceite sobre su cima, que había fluido del cielo para él, y Dios hundió esta piedra ungida hasta el abismo, para que sirviera de centro de la tierra, la misma piedra, la Éven Shetiyá, que forma el centro del santuario, sobre la cual está grabado el Nombre Inefable, cuyo conocimiento hace al hombre dueño sobre la naturaleza, y sobre la vida y la muerte.
Yaakov se postró ante la Éven Shetiyá, y suplicó a Dios que cumpliera la promesa que le había dado, y también rezó para que Dios le concediera un sustento honroso. Pues Dios no había mencionado pan que comer ni ropa que vestir, para que Yaakov aprendiera a tener fe en HaShem. Entonces hizo voto de dar el diezmo de todo lo que poseía a Dios, si Él le concedía su petición. Así fue Yaakov el primero en tomar sobre sí un voto, y el primero, también, en separar el diezmo de sus ingresos.
Dios le había prometido casi todo lo deseable, pero él temía poder perder las bendiciones prometidas por su pecaminosidad, y de nuevo rezó fervientemente para que Dios lo trajera de vuelta a la casa de su padre incólume en cuerpo, bienes y conocimiento, y lo guardara, en la tierra extraña a la que iba, contra la idolatría, una vida inmoral y el derramamiento de sangre.
Terminada su oración, Yaakov se puso en camino hacia Jarán, y ocurrió el tercer prodigio. En un abrir y cerrar de ojos llegó a su destino. La tierra saltó del monte Moriá a Jarán. Un prodigio como este Dios lo ha ejecutado solo cuatro veces en todo el curso de la historia.
Lo primero que se encontró ante sus ojos en Jarán fue el pozo de donde los habitantes sacaban su provisión de agua. Aunque era una gran ciudad, Jarán sufría de escasez de agua, y por eso el pozo no podía ser usado por la gente de forma gratuita. La estancia de Yaakov en la ciudad produjo un cambio. En virtud de sus obras meritorias, los manantiales de agua fueron bendecidos, y la ciudad tuvo agua suficiente para sus necesidades.
Yaakov vio a un grupo de gente junto al pozo, y les preguntó: «Hermanos míos, ¿de dónde sois?». Así se hizo modelo para que todos lo imitaran. El hombre debe ser sociable, y dirigirse a los demás como hermanos y amigos, sin esperar a que ellos lo saluden. Cada uno ha de esforzarse por ser el primero en dar el saludo de paz, para que los ángeles de la paz y la compasión salgan a su encuentro. Cuando le dijeron que los presentes venían de Jarán, preguntó por el carácter y el oficio de su tío Laván, y si tenían con él trato de amistad. Ellos respondieron con pocas palabras: «Hay paz entre nosotros, pero si deseas saber más, ahí viene Rajel, la hija de Laván. De ella podrás aprender todo lo que quieras saber». Sabían que a las mujeres les gusta conversar, y por eso lo remitieron a Rajel.
A Yaakov le extrañó que tantos estuvieran ociosos junto al pozo, y siguió preguntando: «¿Sois jornaleros? Entonces es demasiado temprano para dejar el trabajo. Pero si apacentáis vuestro propio ganado, ¿por qué no dais de beber a los rebaños y los dejáis pacer?». Le dijeron que esperaban a que todos los pastores trajeran allí sus rebaños, y juntos hicieran rodar la piedra de la boca del pozo. Mientras aún hablaba con ellos, llegó Rajel con las ovejas de su padre, pues Laván no tenía hijos, y como poco antes había estallado una peste entre su ganado, quedaban tan pocas ovejas que una muchacha como Rajel podía cuidarlas sin dificultad. Y cuando Yaakov vio acercarse a la hija del hermano de su madre, hizo rodar la gran piedra de la boca del pozo con la misma facilidad con que se saca un corcho de una botella —el cuarto prodigio de aquel día extraordinario—. La fuerza de Yaakov igualaba la de todos los pastores juntos; con solo sus dos brazos logró lo que suele requerir el esfuerzo unido de una gran multitud de hombres. Había sido dotado por Dios de esta fuerza sobrenatural al salir de la Tierra de Israel. Dios había hecho caer sobre él el rocío de la resurrección, y su vigor físico era tan grande que hasta en un combate con los ángeles salía vencedor.
El quinto y último prodigio del día fue que el agua subió desde las profundidades del pozo hasta el borde mismo, sin que hiciera falta sacarla, y allí se mantuvo durante los veinte años que Yaakov habitó en Jarán.
Que Rajel llegara al pozo justo cuando Yaakov alcanzaba el territorio de Jarán fue un presagio favorable. Encontrar muchachas jóvenes al entrar por primera vez en una ciudad es señal segura de que la fortuna favorece los propósitos de uno. La experiencia lo prueba con Eliézer, Yaakov, Moshé y Shaúl. Todos ellos se toparon con muchachas al acercarse a un lugar nuevo para ellos, y a todos les fue bien.
Yaakov trató enseguida a Rajel como a su prima, lo que provocó no pocos murmullos entre los presentes. Censuraron a Yaakov por su comportamiento con ella, pues desde que Dios envió el diluvio sobre el mundo, a causa de la vida inmoral de los hombres, reinaba una gran castidad, sobre todo entre las gentes del oriente. La habladuría de los hombres hizo llorar a Yaakov. Apenas había besado a Rajel cuando rompió en llanto, pues se arrepintió de haberlo hecho.
Había motivos de sobra para las lágrimas. Yaakov no podía sino recordar con tristeza que Eliézer, el siervo de su abuelo, había traído a Jarán diez camellos cargados de regalos cuando vino a pedir esposa para Yitsjak, mientras que él no tenía siquiera un anillo que dar a Rajel. Además, preveía que su esposa predilecta, Rajel, no yacería a su lado en la tumba, y también esto lo hacía llorar.
En cuanto Rajel oyó que Yaakov era su primo, corrió a casa a contarle a su padre de su llegada. Su madre ya no estaba entre los vivos, pues de otro modo naturalmente habría acudido a ella. A toda prisa corrió Laván a recibir a Yaakov. Pensó: si Eliézer, el siervo, llegó con diez camellos, ¿qué no traería consigo el hijo predilecto de la familia? Y al ver que Yaakov venía sin nada, concluyó que llevaba grandes sumas de dinero en la faja, y le echó los brazos a la cintura para averiguar si su suposición era cierta. Frustrado en esto, no por ello perdió la esperanza de que su sobrino Yaakov fuera hombre acaudalado. Quizá escondía piedras preciosas en la boca, y lo besó para comprobar si había acertado. Pero Yaakov le dijo: «Crees que tengo dinero. No, te equivocas: solo tengo palabras». Y pasó a contarle cómo había sucedido que se presentaba ante él con las manos vacías. Le dijo que su padre Yitsjak lo había enviado provisto de oro, plata y dinero, pero que se había encontrado con Elifaz, quien lo había amenazado de muerte. A este agresor Yaakov le había hablado así: «Sabe que los descendientes de Avraham tienen una deuda que saldar: habrán de servir cuatrocientos años en una tierra que no es suya. Si me matas, entonces vosotros, la simiente de Esav, tendréis que pagar la deuda. Más vale, pues, que tomes todo lo que tengo y me perdones la vida, para que sea yo quien pague lo que se debe». «Por eso —continuó Yaakov— me presento ante ti despojado de toda la hacienda que se llevó Elifaz».
Este relato de la pobreza de su sobrino llenó de consternación a Laván. «¡Cómo! —exclamó—. ¿Tendré que dar de comer y beber durante un mes, o quizá hasta un año, a este mozo que ha venido a mí con las manos vacías?». Recurrió a sus terafim, para pedirles consejo sobre el asunto, y ellos lo previnieron, diciendo: «Guárdate de echarlo de tu casa. Su estrella y su constelación son tan afortunadas que la buena suerte acompañará todos sus empeños, y por su causa la bendición de HaShem reposará sobre todo cuanto hagas, en tu casa o en tu campo».
Laván quedó satisfecho con el consejo de los terafim, pero no sabía de qué modo vincular a Yaakov a su casa. No se atrevía a ofrecerle empleo, no fuera que las condiciones de Yaakov resultaran imposibles de cumplir. De nuevo recurrió a los terafim, y les preguntó con qué recompensa tentar a su sobrino, y le respondieron: «Una esposa es su salario; no te pedirá otra cosa que una esposa. Es de su naturaleza sentirse atraído por las mujeres, y siempre que amenace con dejarte, no tienes más que ofrecerle otra esposa, y no se irá».
Laván volvió a Yaakov y le dijo: «Dime, ¿cuál será tu salario?», y él respondió: «¿Crees que vine aquí a hacer dinero? Vine solo a conseguir esposa», pues no bien Yaakov vio a Rajel se enamoró de ella y le propuso matrimonio. Rajel consintió, pero añadió la advertencia: «Mi padre es astuto, y tú no eres rival para él». Yaakov: «Soy su hermano en astucia». Rajel: «¿Pero acaso conviene el engaño a los piadosos?». Yaakov: «Sí, "con el recto se es recto, y con el tramposo se es tramposo". Pero —continuó Yaakov— dime en qué podría obrar astutamente conmigo». Rajel: «Tengo una hermana mayor, a quien él desea ver casada antes que a mí, y tratará de encajártela a ella en mi lugar». Para estar prevenidos contra la treta de Laván, Yaakov y Rajel convinieron una señal por la que él la reconocería en la noche de bodas.
Advertido así de guardarse de Laván, Yaakov redactó su acuerdo con él respecto a su matrimonio con Rajel con tal precisión que no dejó lugar a tergiversación ni engaño. Yaakov dijo: «Sé que las gentes de este lugar son bribonas, por eso quiero plantearte el asunto con toda claridad. Te serviré siete años por Rajel —así pues, no por Leá—; por tu hija, para que no me traigas alguna otra mujer llamada también Rajel; por la hija menor, para que no cambies entretanto sus nombres».
Nada de esto sirvió: «De nada vale echar a un villano al aserradero» —ni la fuerza ni las buenas palabras pueden con un canalla—. Laván engañó no solo a Yaakov, sino también a los invitados a quienes convocó a la boda.
Después de que Yaakov hubo servido a Laván siete años, dijo a su tío: «HaShem me destinó a ser el padre de doce tribus. Tengo ya ochenta y cuatro años, y si no me ocupo del asunto ahora, ¿cuándo lo haré?». Entonces Laván consintió en darle por esposa a su hija Rajel, y se casó cuarenta y cuatro años después que su hermano Esav. HaShem a menudo aplaza la dicha de los piadosos, mientras permite a los malvados gozar pronto del cumplimiento de sus deseos. Esav, en cambio, había elegido adrede su cuadragésimo año para casarse; había querido dar a entender que seguía los pasos de su padre Yitsjak, quien también se había casado a los cuarenta años. Esav era como el cerdo que estira las patas al echarse, para mostrar que tiene la pezuña hendida como los animales puros, aunque no por ello deja de ser uno de los animales impuros. Hasta los cuarenta años Esav tuvo por costumbre violar a las esposas de otros hombres, y luego, al casarse, hizo como si siguiera el ejemplo de su piadoso padre. En consecuencia, la mujer con quien se casó era de su misma ralea, Yehudit, hija de Het, pues Dios dijo: «Este, que está destinado a ser rastrojo, a ser quemado por el fuego, tomará por esposa a una de un pueblo también destinado a la destrucción total». Ellos, Esav y su mujer, ilustraban el dicho: «No en vano se junta el cuervo con la corneja; son aves del mismo plumaje».
Muy distinto fue con Yaakov. Se casó con las dos hermanas piadosas y hermosas, Leá y Rajel, pues Leá, como su hermana menor, era bella de rostro, figura y estatura. Solo tenía un defecto: sus ojos eran débiles, y este mal se lo había causado ella misma, por su propia acción. Laván, que tenía dos hijas, y Rivká, su hermana, que tenía dos hijos, habían acordado por carta, cuando sus hijos aún eran pequeños, que el hijo mayor del uno se casaría con la hija mayor del otro, y el hijo menor con la hija menor. Cuando Leá llegó a la edad casadera y preguntó por su futuro esposo, todas las noticias hablaban de su carácter villano, y lloró por su suerte hasta que las pestañas se le cayeron de los párpados. Pero Rajel se volvía más y más hermosa día tras día, pues todos los que hablaban de Yaakov lo alababan y ensalzaban, y «las buenas nuevas engordan los huesos».
En vista del acuerdo entre Laván y Rivká, Yaakov se negó a casarse con la hija mayor, Leá. Ya de por sí Esav era su enemigo mortal, por lo ocurrido con la primogenitura y la bendición paterna. Si ahora Yaakov se casaba con la muchacha destinada a él, Esav jamás perdonaría a su hermano menor. Por eso Yaakov resolvió tomar por esposa a Rajel, la hija menor de su tío.
Laván pensaba de otro modo. Se proponía casar primero a su hija mayor, pues sabía que Yaakov consentiría en servirle un segundo período de siete años por amor a Rajel. El día de la boda reunió a los habitantes de Jarán y les habló así: «Bien sabéis que solíamos sufrir por falta de agua, y en cuanto este piadoso Yaakov vino a morar entre nosotros, tuvimos agua en abundancia». «¿Qué tienes en mente hacer?», le preguntaron. Respondió: «Si nada tenéis que objetar, lo engañaré y le daré por esposa a Leá. Ama a Rajel con un amor grandísimo, y por ella se quedará con nosotros otros siete años». «Haz como te plazca», dijeron sus amigos. «Pues bien —dijo Laván—, que cada uno de vosotros me deje una prenda en garantía de que no revelaréis mi propósito».
Con las prendas que le dejaron, Laván compró vino, aceite y carne para el banquete de bodas, y les sirvió una comida que ellos mismos habían pagado. Por engañar así a sus conciudadanos, a Laván se le llama Arami, «el embustero». Festejaron todo el día, hasta bien entrada la noche, y cuando Yaakov manifestó su asombro por las atenciones que le prodigaban, le dijeron: «Por tu piedad nos hiciste un gran servicio de bondad: nuestro caudal de agua creció hasta la abundancia, y queremos mostrarte nuestra gratitud por ello». Y, en efecto, trataron de darle una pista del propósito de Laván. En el canto nupcial que entonaron usaron el estribillo «Haliá», con la esperanza de que lo entendiera como Ha Leá, «Esta es Leá». Pero Yaakov, sin sospechar nada, no lo advirtió.
Cuando la novia fue conducida a la cámara nupcial, los invitados apagaron todas las velas, con gran asombro de Yaakov. Pero la explicación lo dejó satisfecho. «¿Acaso crees —dijeron— que tenemos tan poco sentido del decoro como tus paisanos?». Así que Yaakov no descubrió el engaño de que había sido objeto hasta la mañana. Durante la noche Leá respondía cada vez que él llamaba a Rajel, cosa que él le reprochó amargamente cuando llegó el día. «¡Oh embustera, hija de embustero! ¿Por qué me respondías cuando yo llamaba el nombre de Rajel?». «¿Hay maestro sin discípulo? —replicó Leá a su vez—. No hice sino aprovechar tu enseñanza. Cuando tu padre te llamaba Esav, ¿no decías tú: "Aquí estoy"?».
Yaakov se enfureció mucho contra Laván, y le dijo: «¿Por qué obraste con traición conmigo? Recobra a tu hija y déjame partir, ya que actuaste con maldad hacia mí». Laván, sin embargo, lo apaciguó, diciendo: «No se hace así en nuestro lugar, dar la menor antes que la primogénita», y Yaakov accedió a servir otros siete años por Rajel, y una vez cumplidos los siete días del banquete de la boda de Leá, se casó con Rajel.
Con Leá y Rajel, Yaakov recibió a las siervas Zilpá y Bilhá, otras dos hijas de Laván, que sus concubinas le habían dado.
Los caminos de Dios no son como los caminos de los hombres. El hombre se aferra a su amigo mientras este tiene riquezas, y lo abandona cuando cae en la pobreza. Pero cuando Dios ve a un mortal vacilante y a punto de caer, le tiende la mano y lo levanta. Así ocurrió con Leá. Yaakov la aborrecía, y Dios la visitó con misericordia. La aversión de Yaakov hacia Leá empezó la mañana misma siguiente a su boda, cuando su esposa lo mortificó recordándole que tampoco él estaba del todo libre de astucia y artimaña. Entonces Dios dijo: «A Leá solo puede venirle ayuda si da a luz un hijo; entonces el amor de su esposo volverá a ella». Dios recordó las lágrimas que ella había derramado cuando rogó que se le apartara la suerte que la encadenaba a aquel réprobo de Esav, y tan asombrosos son los efectos de la plegaria que a Leá, además de desviar el decreto que la amenazaba, se le concedió casarse con Yaakov antes que su hermana y ser la primera en darle un hijo. Había otra razón por la que HaShem se inclinaba compasivo hacia Leá. Se había hecho objeto de habladurías. Los marineros en el mar, los viajeros por los caminos, las mujeres en sus telares, todos cotilleaban sobre Leá, diciendo: «No es por dentro lo que aparenta por fuera. Parece piadosa, pero si lo fuera, no habría engañado a su hermana». Para poner fin a toda esta murmuración, Dios le concedió la distinción de dar a luz un hijo al cabo de siete meses de su matrimonio. Era uno de un par de mellizos, siendo el otro una niña. Así fue con once de los hijos de Yaakov: todos, salvo Yosef, nacieron mellizos con una niña, y la hermana y el hermano mellizos se casaron más tarde. Fue en conjunto un parto extraordinario, pues Leá era estéril, no formada por naturaleza para tener hijos.
Llamó a su primogénito Reuvén, que significa «Ved al hombre normal», pues no era ni grande ni pequeño, ni moreno ni rubio, sino exactamente normal. Al llamar Reuvén a su hijo mayor, «Ved al hijo», Leá señalaba su carácter futuro. «Ved la diferencia —insinuaba el nombre— entre mi primogénito y el primogénito de mi suegro. Esav vendió su primogenitura a Yaakov por su propia voluntad, y aun así lo odió. En cambio mi primogénito, aunque su primogenitura le fue arrebatada sin su consentimiento y dada a Yosef, fue no obstante quien rescató a Yosef de manos de sus hermanos».
Leá llamó a su segundo hijo Shimón, «Allá está el pecado», pues uno de sus descendientes fue aquel Zimrí que se hizo culpable de viles transgresiones con las hijas de Moav.
El nombre de su tercer hijo, Leví, se lo dio Dios mismo, no su madre. HaShem lo convocó por medio del ángel Gavriel, y le otorgó el nombre como a quien está «coronado» con los veinticuatro dones que son el tributo debido a los sacerdotes.
Al nacer su cuarto hijo, Leá dio gracias a Dios por una razón especial. Sabía que Yaakov engendraría doce hijos, y que si se repartían por igual entre sus cuatro esposas, cada una daría a luz tres. Pero ahora resultaba que ella tenía uno más de la parte que le correspondía, y lo llamó Yehudá, «gracias a Dios». Fue así la primera desde la creación del mundo en dar gracias a Dios, y su ejemplo lo siguieron David y Daniel, descendientes de su hijo Yehudá.
Cuando Rajel vio que su hermana había dado cuatro hijos a Yaakov, envidió a Leá. No es que le pesara la buena fortuna de que gozaba: solo la envidiaba por su piedad, diciéndose que era a su conducta recta a lo que debía la bendición de tantos hijos. Entonces suplicó a Yaakov: «Ruega a Dios por mí, que me conceda hijos, pues de lo contrario mi vida no es vida. En verdad, hay cuatro que pueden considerarse como muertos: el ciego, el leproso, el sin hijos, y el que fue rico y perdió su fortuna». Se encendió la ira de Yaakov contra Rajel, y dijo: «Mejor harías en dirigir tu súplica a Dios, y no a mí, pues ¿acaso estoy yo en lugar de Dios, que te ha negado el fruto del vientre?». A Dios le disgustó esta respuesta que dio Yaakov a su afligida esposa. Lo reprendió con estas palabras: «¿Así consuelas un corazón traspasado de dolor? Por tu vida, llegará el día en que tus hijos se presentarán ante el hijo de Rajel, y él usará las mismas palabras que tú acabas de usar, diciendo: "¿Estoy yo en lugar de Dios?"».
Rajel también replicó a Yaakov, diciendo: «¿Acaso tu padre no imploró también a Dios por tu madre con palabras fervientes, rogándole que le quitara la esterilidad?». Yaakov: «Es cierto, pero Yitsjak no tenía hijos, y yo tengo varios». Rajel: «¡Recuerda a tu abuelo Avraham, no puedes negar que él tenía hijos cuando suplicó a Dios en favor de Sará!». Yaakov: «¿Harías tú por mí lo que Sará hizo por mi abuelo?». Rajel: «Dime, ¿qué hizo?». Yaakov: «Ella misma trajo una rival a su casa». Rajel: «Si eso es todo lo que hace falta, estoy dispuesta a seguir el ejemplo de Sará, y ruego que, así como a ella se le concedió un hijo por haber invitado a una rival, así también yo sea bendecida». Entonces Rajel dio a Yaakov por esposa a Bilhá, su sierva liberada, y esta le dio un hijo, a quien Rajel llamó Dan, diciendo: «Como HaShem fue benévolo conmigo y me dio un hijo conforme a mi súplica, así permitirá a Shimshón, el descendiente de Dan, juzgar a su pueblo, para que no caiga en manos de los filisteos». Al segundo hijo de Bilhá, Rajel lo llamó Naftalí, diciendo: «Mío es el lazo que ata a Yaakov a este lugar, pues fue por mi causa que vino a Laván». Al mismo tiempo quiso dar a entender con este nombre que la Torá, que es tan dulce como el nófet, «panal de miel», se enseñaría en el territorio de Naftalí. Y el nombre tenía todavía un tercer sentido: «Como Dios ha oído mi ferviente plegaria por un hijo, así atenderá la ferviente plegaria de los naftalitas cuando sean acosados por sus enemigos».
Leá, viendo que había dejado de dar a luz, mientras Bilhá, la sierva de su hermana, daba dos hijos a Yaakov, concluyó que era el destino de Yaakov tener cuatro esposas: su hermana y ella misma, y sus medias hermanas Bilhá y Zilpá. Por eso también ella le dio por esposa a su sierva. Zilpá era la más joven de las cuatro mujeres. Era costumbre de aquel tiempo dar a la hija mayor la sierva mayor, y a la hija menor la sierva menor, como dote, cuando se casaban. Ahora bien, para hacer creer a Yaakov que su esposa era la hija menor por la que había servido, Laván había dado a Leá la sierva menor como su parte de bodas. Esta Zilpá era tan joven que su cuerpo no delataba señal exterior de embarazo, y nada se supo de su estado hasta que nació su hijo. Leá llamó al niño Gad, que significa «fortuna», o bien puede significar «el que corta», pues de Gad descendió el profeta Eliyahu, que trae buena fortuna a Israel, y que también siega al mundo pagano. Leá tenía además otras razones para elegir este nombre de doble sentido. La tribu de Gad tuvo la fortuna de entrar en posesión de su heredad en la Tierra de Israel antes que ninguna otra, y también Gad, el hijo de Yaakov, nació circuncidado.
Al segundo hijo de Zilpá, Leá le dio el nombre de Asher, «alabanza», pues, dijo: «A mí se me debe toda clase de alabanza, pues traje a mi sierva a la casa de mi esposo como esposa. Sará hizo lo mismo, pero solo porque no tenía hijos, y así fue también con Rajel. Yo, en cambio, tenía hijos, y aun así dominé mi pasión, y sin celos di mi sierva a mi esposo por esposa. En verdad, todos me alabarán y ensalzarán». Y añadió: «Así como las mujeres me alabarán, así los hijos de Asher alabarán en el tiempo venidero a Dios por su fructífera heredad en la Tierra de Israel».
El siguiente hijo que le nació a Yaakov fue Yisajar, «una recompensa», y una vez más fue a Leá a quien se le permitió dar a luz al niño, como recompensa de Dios por su piadoso deseo de que las doce tribus vinieran al mundo. Para lograr este fin, no dejó medio sin intentar.
Sucedió una vez que su hijo mayor, Reuvén, cuidaba el asno de su padre durante la cosecha, y lo ató a una raíz de dudaim, y siguió su camino. Al regresar, encontró el dudaim arrancado del suelo, y el asno muerto junto a él. La bestia lo había desenraizado al tratar de soltarse, y la planta tiene una peculiaridad: quien la arranca ha de morir. Como era tiempo de cosecha, en que a cualquiera le está permitido tomar una planta de un campo, y como el dudaim es, además, una planta que el dueño de un campo tiene en poco, Reuvén lo llevó a casa. Como buen hijo, no lo guardó para sí, sino que se lo dio a su madre. Rajel deseó el dudaim, y pidió la planta a Leá, quien se desprendió de ella en favor de su hermana, pero con la condición de que Yaakov, al volver del trabajo por la tarde, se demorara con ella un rato. Fue del todo impropia la conducta de Rajel al disponer así de su esposo. Ganó el dudaim, pero perdió dos tribus. De haber obrado de otro modo, habría dado a luz cuatro hijos en lugar de dos. Y sufrió otro castigo: a su cuerpo no se le permitió reposar en la tumba junto al de su esposo.
Yaakov llegó del campo después de caer la noche, pues observaba la ley que obliga al jornalero a trabajar hasta que anochece, y el celo de Yaakov en los asuntos de Laván fue tan grande en los últimos siete años, después de su boda, como en los primeros siete, mientras servía por la mano de Rajel. Cuando Leá oyó el rebuzno del asno de Yaakov, corrió al encuentro de su esposo, y sin darle tiempo a lavarse los pies, insistió en que se apartara hacia su tienda. Al principio Yaakov se negó a ir, pero Dios lo obligó a entrar, pues Dios sabía que Leá obraba por motivos puros y desinteresados. Su dudaim le procuró dos hijos: Yisajar, padre de la tribu que se consagra al estudio de la Torá, de donde su nombre que significa «recompensa», y Zevulún, cuyos descendientes se dedicaron al comercio, y con sus ganancias permitían a sus hermanos de Yisajar seguir con sus estudios. A este último hijo suyo Leá lo llamó Zevulún, «morada», pues dijo: «Ahora morará mi esposo conmigo, ya que le he dado seis hijos, y también los hijos de Zevulún tendrán una buena morada en la Tierra de Israel».
Leá dio a luz una vez más, y esta última vez fue una hija, un varón convertido en mujer por su plegaria. Cuando concibió por séptima vez, habló así: «Dios prometió a Yaakov doce hijos. Yo le di seis, y cada una de las dos siervas le ha dado dos. Si ahora yo diera a luz otro hijo, mi hermana Rajel no quedaría a la altura ni siquiera de las siervas». Por eso rogó a Dios que cambiara el embrión masculino de su vientre en femenino, y Dios atendió su plegaria.
Entonces todas las esposas de Yaakov, Leá, Rajel, Zilpá y Bilhá, unieron sus plegarias a la plegaria de Yaakov, y juntas suplicaron a Dios que apartara de Rajel la maldición de la esterilidad. En el día de Año Nuevo, el día en que Dios se sienta a juzgar a los habitantes de la tierra, se acordó de Rajel y le concedió un hijo. Y Rajel dijo: «Dios ha quitado mi oprobio», pues toda la gente había dicho que no era mujer piadosa, ya que de otro modo habría tenido hijos, y ahora que Dios la había escuchado y abierto su vientre, tales habladurías ya no tenían razón de ser.
Al dar a luz un hijo, había escapado de otra deshonra. Se había dicho a sí misma: «Yaakov tiene intención de volver a la tierra de su nacimiento, y mi padre no podrá impedir a sus hijas que le han dado hijos seguir allá a su esposo con sus criaturas. Pero a mí, la esposa sin hijos, no me dejará ir, y me retendrá aquí y me casará con uno de los incircuncisos». Dijo además: «Como mi hijo ha quitado mi oprobio, así Yehoshúa, su descendiente, hará rodar un oprobio de los israelitas, cuando los circuncide al otro lado del Yardén».
Rajel llamó a su hijo Yosef, «añadidura», diciendo: «Dios me dará otro hijo más». Profetisa como era, preveía que tendría un segundo hijo. Pero una añadidura puesta por Dios es mayor que el capital original mismo. Binyamín, el segundo hijo, a quien Rajel consideraba mero suplemento, tuvo diez hijos, mientras que Yosef solo engendró dos. Estos doce juntos pueden considerarse las doce tribus dadas a luz por Rajel. De no haber usado Rajel la fórmula «HaShem me añada otro hijo», ella misma habría engendrado doce tribus con Yaakov.
Yaakov solo había estado esperando a que naciera Yosef para comenzar los preparativos de su viaje de regreso a casa. El espíritu santo le había revelado que la casa de Yosef obraría la destrucción de la casa de Esav, y por eso Yaakov exclamó al nacer Yosef: «Ahora no he de temer a Esav ni a sus legiones».
Por este tiempo, Rivká envió a su nodriza Devorá, la hija de Uts, acompañada de dos siervos de Yitsjak, a Yaakov, para instarlo a volver a la casa de su padre, ahora que sus catorce años de servicio habían llegado a su fin. Entonces Yaakov se acercó a Laván, y le habló: «Dame mis esposas y mis hijos, para que vaya a mi propio lugar y a mi tierra, pues mi madre me ha enviado mensajeros ordenándome volver a la casa de mi padre». Laván respondió, diciendo: «¡Ojalá halle yo gracia a tus ojos! Por una señal se me ha dado a conocer que Dios me bendice por tu causa». Lo que Laván tenía en mente era el tesoro que había hallado el día en que Yaakov llegó a él, y lo tenía por prueba de sus poderes benéficos. En efecto, Dios había obrado muchas cosas en la casa de Laván que atestiguaban las bendiciones que difunden los piadosos. Poco antes de la llegada de Yaakov, había estallado una peste entre el ganado de Laván, y con su llegada cesó. Y Laván no había tenido hijo varón, pero durante la estancia de Yaakov en Jarán le nacieron hijos.
Todo el salario que pidió a cambio de su trabajo y de las bendiciones que había traído a Laván fueron los animales manchados y moteados entre las cabras de su hato, y los negros entre las ovejas. Laván aceptó sus condiciones, diciendo: «Mira, ojalá sea conforme a tu palabra». El archivillano de Laván, cuya lengua se meneaba en todas direcciones, y que hacía toda clase de promesas que nunca cumplía, juzgaba a los demás por sí mismo, y por eso sospechó que Yaakov quería engañarlo. Y sin embargo, al final, fue Laván mismo quien faltó a su palabra. Nada menos que cien veces cambió el acuerdo entre ellos. Con todo, su conducta injusta de nada le sirvió. Aunque se había puesto una distancia de tres días de camino entre los rebaños de Laván y los de Yaakov, los ángeles solían traer las ovejas de Laván hasta las ovejas de Yaakov, y los hatos de Yaakov crecían sin cesar en número y calidad. Laván solo había dado a Yaakov las débiles y enfermas, y sin embargo las crías del rebaño, criadas bajo el cuidado de Yaakov, eran de tan excelente calidad que la gente las compraba a alto precio. Y Yaakov no tuvo necesidad de recurrir a las varas descortezadas. Le bastaba con hablar, y los rebaños parían conforme a su deseo. Lo que Laván merecía era la ruina total, por haber permitido que el piadoso Yaakov trabajara para él sin salario, y después de que su paga hubo sido cambiada diez veces, y diez veces Laván trató de engañarlo, Dios lo recompensó de este modo. Pero su buena suerte con los rebaños no era sino lo que Yaakov merecía. Todo jornalero fiel es recompensado por Dios en este mundo, con total independencia de lo que le aguarde en el mundo venidero. Con las manos vacías había llegado Yaakov a Laván, y lo dejó con hatos que sumaban seiscientos mil. Su multiplicación había sido asombrosa, una multiplicación que solo se igualará en el tiempo mesiánico.
La riqueza y la buena fortuna de Yaakov despertaron la envidia de Laván y de sus hijos, que no podían ocultar su enojo en el trato con él. Y HaShem dijo a Yaakov: «El rostro de tu suegro ya no es contigo como antes, ¿y aun así te demoras con él? Vuelve más bien a la tierra de tus padres, y allí dejaré reposar sobre ti mi Shejiná, pues no puedo permitir que la Shejiná resida fuera de la Tierra de Israel». De inmediato Yaakov envió al veloz mensajero Naftalí a Rajel y a Leá para convocarlas a una consulta, y eligió como lugar de encuentro el campo abierto, donde nadie pudiera oír lo que se dijera.
Sus dos esposas aprobaron el plan de volver a su hogar, y Yaakov resolvió partir enseguida con toda su hacienda, sin siquiera poner a Laván al corriente de su intención. Laván había ido a esquilar sus ovejas, de modo que Yaakov podía ejecutar su plan sin demora.
Para que su padre no supiera de su huida por sus terafim, Rajel se los robó, y los tomó y los escondió sobre el camello en que iba sentada, y siguió su camino. Y este era el modo en que fabricaban las imágenes: tomaban a un hombre que fuera primogénito, lo mataban y le quitaban el cabello de la cabeza, luego salaban la cabeza y la ungían con aceite, después escribían «el Nombre» sobre una pequeña tablilla de cobre o de oro, y la colocaban bajo su lengua. La cabeza, con la tablilla bajo la lengua, se ponía entonces en una casa donde ardían luces ante ella, y en el momento en que se prosternaban ante ella, les hablaba de todos los asuntos que le preguntaban, y eso se debía al poder del Nombre que estaba escrito sobre ella.
Yaakov partió y cruzó el Éufrates, y puso rumbo a Guilad, pues el espíritu santo le reveló que Dios traería allí socorro a sus hijos en los días de Yiftaj. Entretanto, los pastores de Jarán observaron que el pozo, que había estado colmado hasta rebosar desde la llegada de Yaakov a su lugar, se secó de repente. Durante tres días velaron y esperaron, con la esperanza de que las aguas volvieran en la misma abundancia que antes. Defraudados, al fin dieron cuenta a Laván de la desgracia, y él adivinó al instante que Yaakov se había marchado de allí, pues sabía que la bendición había sido conferida a Jarán solo por los méritos de su yerno.
A la mañana siguiente Laván se levantó temprano, reunió a toda la gente de la ciudad, y persiguió a Yaakov con la intención de matarlo cuando le diera alcance. Pero el arcángel Mijael se le apareció, y le mandó guardarse de hacer a Yaakov el menor daño, so pena de sufrir él mismo la muerte. Este mensaje del cielo llegó a Laván durante la noche, pues cuando, en casos extraordinarios, Dios halla necesario revelarse a los paganos, lo hace solo en la oscuridad, como a escondidas, mientras que a los profetas de los judíos se muestra abiertamente, a plena luz del día.
Laván recorrió en un solo día el camino para el que Yaakov había empleado siete, y le dio alcance en el monte de Guilad. Cuando llegó junto a Yaakov, lo encontró en el acto de orar y dar alabanza a Dios. De inmediato Laván se puso a reconvenir a su yerno por haberse escabullido a hurtadillas de él. Mostró su verdadero carácter cuando dijo: «Está en el poder de mi mano haceros daño, pero el Dios de tu padre me habló anoche, diciendo: "Guárdate de hablar a Yaakov ni bien ni mal"». Así es como obran los malvados: se jactan del mal que pueden hacer. Laván quería dar a entender a Yaakov que solo el sueño que lo prevenía de hacer nada dañino a Yaakov le impedía llevar a cabo el perverso designio que había fraguado contra él.
Laván siguió reprendiendo a Yaakov, y concluyó con estas palabras: «Y ahora, aunque necesariamente hubieras de irte, porque ansiabas ardientemente la casa de tu padre, ¿por qué me has robado mis dioses?». Cuando pronunció estas últimas palabras, sus nietos lo interrumpieron, diciendo: «Nos avergonzamos de ti, abuelo, de que en tu vejez uses palabras como "mis dioses"». Laván registró todas las tiendas en busca de sus ídolos, yendo primero a la tienda de Yaakov, que era al mismo tiempo la de Rajel, pues Yaakov siempre moraba con su esposa predilecta. Sin hallar nada, pasó de allí a la tienda de Leá, y a las tiendas de las dos siervas, y al advertir que Rajel palpaba de acá para allá, se le despertaron las sospechas, y entró en su tienda por segunda vez. Habría hallado ahora lo que buscaba, si no se hubiera producido un milagro. Los terafim quedaron transformados en vasos para beber, y Laván tuvo que desistir de su infructuosa búsqueda.
Ahora bien, Yaakov, que no sabía que Rajel había robado los terafim de su padre para apartarlo de sus caminos idólatras, se irritó con Laván, y empezó a reñir con él. En la disputa entre ambos se manifestó el noble carácter de Yaakov. A pesar de su agitación, no dejó escapar una sola palabra impropia. Solo le recordó a Laván la lealtad y la entrega con que lo había servido, haciendo por él lo que ningún otro habría querido ni podido hacer. Dijo: «Cargué yo con el perjuicio del león, pues Dios había asignado de las ovejas de Laván para el sustento diario del león, y yo se lo privé. ¿Podría otro pastor haber obrado así? Sí, la gente me injuriaba, llamándome ladrón y ratero furtivo, pues pensaban que solo robando de día y robando de noche podía yo reponer los animales despedazados por las fieras. Y en cuanto a mi honradez —continuó—, ¿es acaso probable que haya otro yerno que, habiendo vivido con su suegro, no haya tomado alguna pequeñez de la casa de su suegro, un cuchillo o cualquier otra menudencia? Pero tú has palpado todos mis enseres, ¿qué has hallado de todos los enseres de tu casa? Ni siquiera una aguja o un clavo».
En su indignación, y consciente de su inocencia, Yaakov exclamó: «Aquel en cuyo poder halles tus dioses, no vivirá», palabras que encerraban una maldición —el ladrón quedaba maldito con muerte prematura, y por eso Rajel hubo de morir al dar a luz a Binyamín—. En verdad, la maldición habría surtido efecto de inmediato, de no haber sido voluntad de Dios que Rajel diera a Yaakov su hijo menor.
Tras la disputa, los dos hombres sellaron un pacto, y con su fuerza descomunal Yaakov levantó una enorme roca por memorial, y un montón de piedras como señal de su alianza. En esto Yaakov siguió el ejemplo de sus padres, que también habían pactado con naciones paganas —Avraham con los jebuseos, y Yitsjak con los filisteos—. Por eso Yaakov no dudó en hacer un tratado con los arameos. Yaakov convocó a sus hijos, llamándolos hermanos, pues eran sus iguales en piedad y en fuerza, y les mandó apilar montones de piedras. Entonces juró a su suegro que no tomaría más esposas fuera de sus cuatro hijas, ni mientras vivieran ni después de su muerte, y Laván, por su parte, juró que no pasaría los montones ni la columna hacia Yaakov con intención hostil, y tomó el juramento por el Dios de Avraham y el Dios de Najor, mientras que Yaakov invocó al Temor de Yitsjak. Se abstuvo de usar la expresión «el Dios de Yitsjak», porque Dios nunca une Su nombre con el de una persona viva, por la razón de que, mientras un hombre no ha cerrado sus años, no cabe poner en él confianza alguna, no sea que lo seduzca la inclinación al mal. Es cierto que, cuando se le apareció a Yaakov en Bet-El, Dios se llamó a Sí mismo «el Dios de Yitsjak». Había una razón para esa expresión insólita. Ciego, Yitsjak llevaba una vida retirada, dentro de su tienda, y la inclinación al mal ya no tenía poder sobre él. Pero, aunque Dios tenía plena confianza en Yitsjak, Yaakov no se atrevió a acoplar el nombre de Dios con el nombre de un hombre vivo, por lo cual tomó su juramento por «el Temor de Yitsjak».
Temprano por la mañana, al día siguiente del pacto, Laván se levantó, besó a sus nietos y a sus hijas, y los bendijo. Pero estos actos y palabras suyos no venían del corazón; en lo más hondo de su pensamiento lamentaba que Yaakov, su familia y sus bienes se le hubieran escapado. Sus verdaderos sentimientos los delató en el mensaje que envió a Esav apenas regresó a Jarán, por mano de su hijo Beor y diez compañeros de su hijo. El mensaje decía: «¿Has oído lo que Yaakov, tu hermano, me ha hecho? Vino a mí primero desnudo y desvalido, y yo salí a su encuentro, lo llevé a mi casa con honor, lo crié, le di a mis dos hijas por esposas y también a dos de mis siervas. Y Dios lo bendijo por causa mía, y creció en abundancia, y tuvo hijos e hijas y siervas, y también un ganado extraordinario de rebaños y hatos, camellos y asnos, y además plata y oro en abundancia. Pero cuando vio que su riqueza crecía, me dejó mientras yo iba a esquilar mis ovejas, y se levantó y huyó a escondidas. Puso a sus esposas y a sus hijos sobre camellos, se llevó todo su ganado y todos los bienes que había adquirido en mi tierra, y resolvió ir a su padre Yitsjak, a la tierra de Kena’an. Y no me permitió besar a mis hijos y a mis hijas, y se llevó a mis hijas como cautivas de la espada, y también robó mis dioses, y huyó. Y ahora lo he dejado en la montaña del arroyo de Yabok, a él y a todo lo suyo, sin que le falte ni un ápice de su hacienda. Si es tu deseo ir contra él, ve, y allí lo hallarás, y podrás hacerle lo que tu alma desee».
Yaakov no tenía por qué temer ni a Laván ni a Esav, pues en su viaje lo acompañaban dos huestes de ángeles: una iba con él desde Jarán hasta las fronteras de la Tierra Santa, donde lo recibió la otra hueste, los ángeles de la Tierra de Israel. Cada una de estas huestes constaba de no menos de seiscientos mil ángeles, y al contemplarlos Yaakov dijo: «Vosotros no pertenecéis ni a la hueste de Esav, que se dispone a salir a la guerra contra mí, ni a la hueste de Laván, que está a punto de perseguirme de nuevo. Sois las huestes de los santos ángeles enviados por HaShem». Y dio el nombre de Majanáyim, Doble Hueste, al lugar donde el segundo ejército relevó al primero.
El mensaje de Laván despertó el viejo odio de Esav hacia Yaakov con furia acrecentada, y reunió a su casa, que constaba de sesenta hombres. Con ellos y trescientos cuarenta habitantes de Seír, salió a dar batalla a Yaakov y matarlo. Dividió a sus guerreros en siete cohortes, dando a su hijo Elifaz su propia división de sesenta, y poniendo las otras seis divisiones bajo otros tantos horeos.
Mientras Esav se apresuraba a salir al encuentro de Yaakov, los mensajeros que Laván había enviado a Esav llegaron a Rivká y le contaron que Esav y sus cuatrocientos hombres estaban por hacer guerra a Yaakov, con el propósito de matarlo y apoderarse de todo lo que tenía. Angustiada de que Esav ejecutara su plan mientras Yaakov aún estaba de viaje, envió apresuradamente a setenta y dos de los criados de la casa de Yitsjak, para darle ayuda. Yaakov, que se demoraba a orillas del arroyo Yabok, se alegró al ver a estos hombres, y los saludó con las palabras: «Esta es la hueste de socorro de Dios», por lo cual llamó Majanáyim, Hueste, al lugar de su encuentro.
Después de que los guerreros enviados por Rivká hubieron satisfecho sus preguntas sobre el bienestar de sus padres, le entregaron el mensaje de su madre, así: «He oído, hijo mío, que tu hermano Esav ha salido contra ti en el camino, con hombres de los hijos de Seír el horeo, y por eso, hijo mío, escucha mi voz, y toma consejo contigo mismo sobre lo que harás, y cuando venga hacia ti, suplícale, y no le hables con dureza, y dale un presente de lo que posees, y de aquello con que Dios te ha favorecido. Y cuando te pregunte por tus asuntos, no le ocultes nada, quizá se aparte de su ira contra ti, y así salvarás tu alma, tú y todos los tuyos, pues es tu deber honrarlo, ya que es tu hermano mayor».
Y cuando Yaakov oyó las palabras de su madre que los mensajeros le habían transmitido, alzó su voz y lloró amargamente, e hizo como su madre le había mandado.
Envió mensajeros a Esav para aplacarlo, y le dijeron: «Así habla tu siervo Yaakov: Señor mío, no pienses que la bendición que mi padre me otorgó me haya aprovechado. Veinte años serví a Laván, y me engañó, y cambió mi salario diez veces, como bien sabes. Con todo, trabajé duramente en su casa, y Dios vio mi aflicción, mi trabajo y la obra de mis manos, y después hizo que hallara gracia y favor a los ojos de Laván. Y por la gran misericordia y bondad de Dios adquirí bueyes y asnos y ganado y siervos y siervas. Y ahora vengo a mi país y a mi hogar, a mi padre y a mi madre, que están en la tierra de Kena’an. Y he enviado a hacer saber todo esto a mi señor para hallar favor a sus ojos, para que no imagine que me he vuelto un hombre de fortuna, ni que la bendición con que mi padre me bendijo me haya beneficiado».
Además dijeron los mensajeros: «¿Por qué me envidias a causa de la bendición con que mi padre me bendijo? ¿Es que el sol brilla en mi tierra y no en la tuya? ¿O acaso el rocío y la lluvia caen solo sobre mi tierra y no sobre la tuya? Si mi padre me bendijo con el rocío del cielo, a ti te bendijo con la grosura de la tierra, y si a mí me dijo, Pueblos te servirán, a ti te ha dicho, Por tu espada vivirás. ¿Hasta cuándo, pues, seguirás envidiándome? Ven ahora, hagamos un pacto entre nosotros, de compartir por igual todas las adversidades que puedan sobrevenir».
Esav no quiso acceder a esta propuesta, sus amigos lo disuadieron de ello, diciendo: «No aceptes estas condiciones, pues Dios ha dicho a Avraham, Sabe de cierto que tu descendencia será extranjera en una tierra que no es suya, y servirá a los pueblos de ella, y los extraños los afligirán cuatrocientos años. Espera, pues, hasta que Yaakov y su familia bajen a Mitsraim a pagar esta deuda».
Yaakov también envió a decir a Esav: «Aunque habité con aquel pagano de los paganos, Laván, no he olvidado a mi Dios, sino que cumplo los seiscientos trece mandamientos de la Torá. Si tu mente está puesta en la paz, me hallarás dispuesto a la paz. Pero si tu deseo es la guerra, me hallarás dispuesto a la guerra. Tengo conmigo hombres de valor y fuerza, no tienen más que pronunciar una palabra, y Dios la cumple. Me demoré con Laván hasta que naciera Yosef, aquel que está destinado a someterte. Y aunque mis descendientes sean tenidos en servidumbre en este mundo, vendrá un día en que gobernarán sobre sus gobernantes».
En respuesta a todas estas palabras amables, Esav habló con arrogancia: «De cierto he oído, y en verdad me han contado lo que Yaakov ha sido para Laván, que lo crió en su casa, y le dio a sus hijas por esposas, y engendró hijos e hijas, y creció abundantemente en riqueza y bienes en casa de Laván y con su ayuda. Y cuando vio que su riqueza era abundante y sus bienes grandes, huyó con todo lo suyo de la casa de Laván, y se llevó a las hijas de Laván de junto a su padre como cautivas de la espada, sin decirle nada. Y no solo a Laván le ha hecho Yaakov esto, sino también a mí me lo ha hecho, y me ha suplantado dos veces, ¿y he de callar? Ahora bien, hoy he venido con mi campamento a su encuentro, y le haré conforme al deseo de mi corazón».
Los mensajeros enviados por Yaakov regresaron entonces a él, y le refirieron estas palabras de Esav. También le contaron que su hermano avanzaba contra él con un ejército compuesto de cuatrocientas cabezas coronadas, cada una al frente de una hueste de cuatrocientos hombres. «Es cierto, tú eres su hermano, y lo tratas como debe tratarse a un hermano —le dijeron a Yaakov—, pero él es un Esav, has de ser advertido de su villanía».
Yaakov tenía presente la promesa de Dios, de que lo devolvería a la casa de su padre en paz, pero el informe sobre el propósito de su hermano lo alarmó grandemente. Un hombre piadoso nunca puede fiarse de promesas de bienes terrenales. Dios no cumple la promesa si uno es culpable de la más pequeña transgresión imaginable, y Yaakov temía haber perdido la dicha por razón de algún pecado cometido por él. Además, le inquietaba que Esav fuera el favorecido por Dios, puesto que durante estos veinte años había estado cumpliendo dos mandamientos divinos que Yaakov había tenido que descuidar. Esav había vivido en la Tierra Santa, Yaakov fuera de ella; el primero había estado al cuidado de sus padres, el segundo morando lejos de ellos. Y por mucho que temía la derrota, Yaakov temía también lo contrario, que pudiera vencer a Esav, o incluso matar a su hermano, lo cual sería tan malo como ser muerto por él. Y lo deprimía otro temor, que su padre hubiera muerto, pues razonaba que Esav no daría tales pasos guerreros contra su propio hermano si su padre aún viviera.
Cuando sus esposas vieron la angustia que dominaba a Yaakov, empezaron a reñir con él, y a reprocharle haberlas apartado de la casa de su padre, aun sabiendo que semejante peligro amenazaba de parte de Esav. Entonces Yaakov resolvió aplicar los tres medios que podían salvarlo del destino inminente: clamaría a Dios por ayuda, aplacaría la ira de Esav con presentes, y se mantendría listo para la guerra si lo peor llegaba a ocurrir.
Oró a Dios: «Oh Tú, Dios de mi padre Avraham, y Dios de mi padre Yitsjak, Dios de todos los que andan por los caminos de los piadosos y obran como ellos. No soy digno de la menor de todas las mercedes, ni de toda la verdad, que has mostrado a Tu siervo. Oh Señor del mundo, así como no permitiste que Laván ejecutara sus malvados designios contra mí, así también frustra el propósito de Esav, que desea matarme. Oh Señor del mundo, en Tu Torá que nos darás en el monte Sinaí está escrito, Y sea vaca u oveja, no la degollaréis a ella y a su cría en un mismo día. Si este miserable viniera y asesinara a mis hijos y a sus madres al mismo tiempo, ¿quién desearía entonces leer Tu Torá que nos darás en el monte Sinaí? Y sin embargo Tú dijiste, Por causa de tus méritos y de los méritos de tus padres te haré bien, y en el mundo venidero tus hijos serán tan numerosos como la arena del mar».
Así como Yaakov oró por su propia liberación, así también oró por la salvación de sus descendientes, para que no fueran aniquilados por los descendientes de Esav.
Tal fue la oración de Yaakov cuando vio a Esav acercarse desde lejos, y Dios oyó su súplica y miró sus lágrimas, y le dio la seguridad de que, por causa suya, sus descendientes también serían redimidos de toda angustia.
Entonces HaShem envió tres ángeles, y fueron delante de Esav, y se aparecieron a Esav y a su gente como cientos y miles de hombres montados a caballo. Iban provistos de toda clase de armas, y divididos en cuatro columnas. Y una división avanzó, y encontraron a Esav que venía con cuatrocientos hombres, y la división corrió hacia ellos y los aterró. Esav cayó de su caballo, presa del espanto, y todos sus hombres se apartaron de él con gran miedo, mientras la columna que se acercaba les gritaba: «En verdad, somos los siervos de Yaakov, el siervo de Dios, ¿y quién puede sostenerse ante nosotros?». Esav les dijo entonces: «Oh, entonces mi señor y hermano Yaakov es vuestro señor, a quien no he visto en estos veinte años, y ahora que hoy he venido a verlo, ¿me tratáis de esta manera?». Los ángeles respondieron: «Vive HaShem, que si no fueras Yaakov tu hermano, no habríamos dejado uno solo de ti y de tu gente, pero por causa de Yaakov no te haremos nada». Esta división se apartó de Esav, y cuando este se hubo alejado de allí como una legua, la segunda división vino hacia él, e hizo también a Esav y a sus hombres como la primera les había hecho, y cuando le permitieron seguir, vino la tercera e hizo como la primera, y cuando la tercera también hubo pasado, y Esav aún continuaba con sus hombres por el camino hacia Yaakov, vino la cuarta división y les hizo como las otras habían hecho. Y Esav temió grandemente a su hermano, porque pensó que las cuatro columnas del ejército con que se había topado eran los siervos de Yaakov.
Después de que Yaakov terminó de orar, dividió a todos los que viajaban con él en dos compañías, y puso al frente de ellas a Damések y a Alinus, los dos hijos de Eliézer, el siervo de Avraham, y a sus hijos. El ejemplo de Yaakov nos enseña a no ocultar toda nuestra fortuna en un solo escondite, no sea que corramos el peligro de perderlo todo de un solo golpe.
De su ganado envió una parte a Esav como presente, dividiéndolo primero en tres hatos para impresionar más a su hermano. Cuando Esav recibiera el primer hato, pensaría que tenía todo el regalo que le habían enviado, y de pronto se asombraría con la aparición de la segunda porción, y de nuevo con la tercera. Yaakov conocía la avaricia de su hermano demasiado bien.
Los hombres que llevaban el presente de Yaakov a Esav fueron encargados del siguiente mensaje: «Esta es una ofrenda para mi señor Esav de parte de su esclavo Yaakov». Pero Dios tomó a mal estas palabras de Yaakov, diciendo: «Profanas lo que es santo cuando llamas señor a Esav». Yaakov se excusó; solo estaba adulando al malvado para escapar de la muerte a sus manos.
Los siervos de Yaakov iban delante de él con el presente para Esav, y él seguía con sus esposas y sus hijos. Cuando estaba por cruzar el vado del Yabok, observó a un pastor, que también tenía ovejas y camellos. El extraño se acercó a Yaakov y le propuso que vadearan juntos el arroyo, y se ayudaran mutuamente a pasar su ganado, y Yaakov consintió, con la condición de que sus posesiones fueran cruzadas primero. En un abrir y cerrar de ojos el pastor trasladó las ovejas de Yaakov a la otra orilla del arroyo. Luego Yaakov había de mover los rebaños del pastor, pero por más que cruzaba a la ribera opuesta, siempre quedaban algunos en la orilla de acá. No había fin al ganado, aunque Yaakov trabajó toda la noche. Al fin perdió la paciencia, se abalanzó sobre el pastor y lo agarró por la garganta, gritando: «¡Oh hechicero, hechicero, de noche ningún encantamiento prospera!». El ángel pensó: «Muy bien, que sepa de una vez por todas con quién ha estado tratando», y con su dedo tocó la tierra, de donde brotó fuego. Pero Yaakov dijo: «¡Cómo! ¿Así piensas atemorizarme a mí, que estoy hecho todo de fuego?».
El pastor no era menos personaje que el arcángel Mijael, y en su combate con Yaakov lo asistía toda la hueste de ángeles bajo su mando. Estaba a punto de infligir a Yaakov una herida peligrosa, cuando Dios apareció, y todos los ángeles, incluso el propio Mijael, sintieron que su fuerza se les escurría. Viendo que no podía prevalecer contra Yaakov, el arcángel tocó la coyuntura de su muslo, y lo lastimó, y Dios lo reprendió, diciendo: «¿Obras como es debido, cuando causas una tara a Mi sacerdote Yaakov?». Mijael dijo con asombro: «Pero ¡si soy yo Tu sacerdote!». Mas Dios dijo: «Tú eres Mi sacerdote en el cielo, y él es Mi sacerdote en la tierra». Entonces Mijael convocó al arcángel Rafael, diciendo: «Compañero mío, te ruego, ayúdame a salir de mi apuro, pues a ti está encomendada la sanación de toda dolencia», y Rafael curó a Yaakov de la herida que Mijael le había infligido.
HaShem siguió reprochando a Mijael, diciendo: «¿Por qué hiciste daño a Mi hijo primogénito?», y el arcángel respondió: «Lo hice solo para glorificarte», y entonces Dios nombró a Mijael ángel guardián de Yaakov y de su descendencia hasta el fin de todas las generaciones, con estas palabras: «Tú eres fuego, y también Yaakov es fuego; tú eres la cabeza de los ángeles, y él es la cabeza de las naciones; tú eres supremo sobre todos los ángeles, y él es supremo sobre todos los pueblos. Por eso, quien es supremo sobre todos los ángeles será designado para aquel que es supremo sobre todos los pueblos, a fin de que interceda por misericordia en su favor ante el Supremo sobre todo».
Entonces Mijael dijo a Yaakov: «¿Cómo es posible que tú, que pudiste prevalecer contra mí, el más distinguido de los ángeles, temas a Esav?».
Cuando rompió el día, Mijael dijo a Yaakov: «Déjame ir, porque despunta el alba», pero Yaakov lo retuvo, diciendo: «¿Eres un ladrón, o un jugador de dados, que temes la luz del día?». En ese momento aparecieron muchas huestes distintas de ángeles, y llamaron a Mijael: «Asciende, oh Mijael, ha llegado la hora del canto, y si no estás en el cielo para guiar el coro, nadie cantará». Y Mijael suplicó a Yaakov con ruegos que lo dejara ir, pues temía que los ángeles de Aravot lo consumieran con fuego, si no estaba allí para entonar los cánticos de alabanza a su debido tiempo. Yaakov dijo: «No te dejaré ir, a menos que me bendigas», a lo cual Mijael replicó: «¿Quién es mayor, el siervo o el hijo? Yo soy el siervo, y tú eres el hijo. ¿Por qué, pues, ansías mi bendición?». Yaakov adujo como argumento: «Los ángeles que visitaron a Avraham no se fueron sin bendecirlo», pero Mijael sostuvo: «Ellos fueron enviados por Dios para ese mismo fin, y yo no». Aun así Yaakov insistió en su demanda, y Mijael le imploró, diciendo: «Los ángeles que revelaron un secreto celestial fueron desterrados de su lugar por ciento treinta y ocho años. ¿Deseas que te dé a conocer lo que causaría igualmente mi destierro?». Al final el ángel tuvo, no obstante, que ceder; a Yaakov no había quien lo moviera, y Mijael tomó consejo consigo mismo así: «Le revelaré un secreto, y si Dios exige saber por qué lo revelé, responderé: Tus hijos se plantan en sus deseos ante Ti, y Tú cedes a ellos. ¿Cómo, entonces, podía yo haber dejado sin cumplir el deseo de Yaakov?».
Entonces Mijael habló a Yaakov, diciendo: «Vendrá un día en que Dios se te revelará, y cambiará tu nombre, y yo estaré presente cuando lo cambie. Tu nombre ya no se llamará Yaakov, sino Israel, pues dichoso tú, nacido de mujer, que entraste en el palacio celestial, y escapaste de allí con vida». Y Mijael bendijo a Yaakov con las palabras: «Sea la voluntad de Dios que tus descendientes sean tan piadosos como tú lo eres».
Al mismo tiempo el arcángel recordó a Yaakov que había prometido dar un diezmo de sus posesiones a Dios, y al punto Yaakov apartó quinientas cincuenta cabezas de ganado de sus hatos, que contaban cinco mil quinientas. Entonces Mijael prosiguió: «Pero tienes hijos, y de ellos no has apartado el décimo». Yaakov pasó revista a sus hijos: Reuvén, Yosef, Dan y Gad, primogénitos, cada uno de su madre, quedaban exentos, y restaban solo ocho hijos, y cuando los hubo nombrado, hasta Binyamín, tuvo que volver atrás y empezar de nuevo con Shimón, el noveno, y terminar con Leví como el décimo.
Mijael llevó a Leví consigo al cielo, y lo presentó ante Dios, diciendo: «Oh Señor del mundo, este es Tu lote, y el décimo que Te pertenece», y Dios extendió Su mano y bendijo a Leví con la bendición de que sus hijos fueran los servidores de Dios en la tierra como los ángeles eran Sus servidores en lo alto. Mijael habló de nuevo: «¿No provee acaso un rey el sustento de sus servidores?», por lo cual Dios asignó a los leviim todo lo que era santo para HaShem.
Entonces Yaakov habló al ángel: «Mi padre me confirió la bendición que estaba destinada a Esav, y ahora deseo saber si tú reconocerás la bendición como mía, o si me acusarás a causa de ella». Y el ángel dijo: «Reconozco que la bendición es tuya por derecho. No la ganaste con astucia y engaño, y yo y todas las potestades celestiales la reconocemos válida, pues te has mostrado dueño de las poderosas potestades de los cielos como sobre Esav y sus legiones».
Y aun entonces Yaakov no dejó partir al ángel; este tuvo que revelarle primero su nombre, y el ángel le hizo saber que era Israel, el mismo nombre que Yaakov había de llevar un día.
Al fin el ángel partió, después de que Yaakov lo hubo bendecido, y Yaakov llamó al lugar de la lucha Penuel, el mismo lugar al que antes había dado el nombre de Majanáyim, pues ambas palabras tienen un solo significado, el lugar del encuentro con los ángeles.
Al romper el día el ángel dejó de luchar con Yaakov. El alba de aquel día fue de duración particularmente corta. El sol salió dos horas antes de su tiempo, a modo de compensación por haberse puesto temprano, el día en que Yaakov pasó por el monte Moriá en su viaje a Jarán, para inducirlo a apartarse y pasar la noche en el futuro lugar del Templo. En verdad, el poder del sol aquel mismo día fue del todo notable. Brilló con el fulgor y el ardor de que fue investido durante los seis días de la creación, y como brillará al fin de los días, para sanar al cojo y al ciego entre los judíos y para consumir a los paganos. Esta misma propiedad sanadora y devastadora tuvo aquel día también, pues Yaakov fue curado, mientras que Esav y sus príncipes por poco fueron abrasados por su terrible calor.
Yaakov tenía apremiante necesidad de ungüentos curativos por la herida que había sufrido en el encuentro con el ángel. El combate entre ellos había sido feroz, el polvo que levantó la refriega subió hasta el mismísimo trono de Dios. Aunque Yaakov prevaleció contra su enorme adversario, tan grande como un tercio del mundo entero, derribándolo al suelo y manteniéndolo sujeto, con todo el ángel lo había lastimado al aferrar el tendón de la cadera que está sobre la coyuntura del muslo, de modo que se dislocó, y Yaakov quedó cojo de su muslo. El poder sanador del sol lo restableció; no obstante, sus hijos se impusieron no comer el tendón de la cadera que está sobre la coyuntura del muslo, pues se reprochaban haber sido la causa de su percance, no debían haberlo dejado solo aquella noche.
Ahora bien, aunque Yaakov se había preparado para lo peor, incluso para hostilidades abiertas, cuando vio a Esav y a sus hombres juzgó prudente hacer divisiones separadas de las familias de Leá, Rajel y las siervas, y repartir los hijos entre cada una de ellas. Y puso a las siervas y a sus hijos delante, y a Leá y sus hijos detrás, y a Rajel y a Yosef los últimos. Fue la estratagema que la zorra usó con el león. Érase una vez que el rey de las bestias estaba airado con sus súbditos, y ellos buscaban por todas partes un portavoz que dominara el arte de apaciguar a su gobernante. La zorra se ofreció para la empresa, diciendo: «Sé trescientas fábulas que aplacarán su furia». Su ofrecimiento fue aceptado con alegría. En el camino hacia el león, la zorra se detuvo de pronto, y en respuesta a las preguntas que le hicieron dijo: «He olvidado cien de las trescientas fábulas». «No importa —dijeron los que la acompañaban—, doscientas servirán al propósito». Un poco más adelante la zorra se detuvo de nuevo de golpe, y, preguntada otra vez, confesó que había olvidado la mitad de las doscientas fábulas restantes. Los animales que iban con ella aún la consolaban diciendo que las cien que sabía bastarían. Pero la zorra se detuvo una tercera vez, y entonces admitió que la memoria le había fallado por completo, y que había olvidado todas las fábulas que sabía, y aconsejó que cada animal se acercara al rey por su propia cuenta y procurara apaciguar su ira. Al principio Yaakov había tenido valor suficiente para entrar en liza con Esav en favor de todos los que iban con él. Ahora llegó a la conclusión de dejar que cada uno intentara hacer lo que pudiera por sí mismo.
Sin embargo, Yaakov era demasiado tierno padre para exponer a su familia al primer embate del peligro. Él mismo pasó delante de todos los demás, diciendo: «Es mejor que me ataquen a mí que a mis hijos». Tras él vinieron las siervas y sus hijos. Su razón para colocarlas allí era que, si Esav se dejaba dominar por la pasión hacia las mujeres, e intentaba violarlas, se toparía así primero con las siervas, y entretanto Yaakov tendría ocasión de prepararse para una resistencia más decidida en defensa del honor de sus esposas. Yosef y Rajel vinieron los últimos, y Yosef caminaba delante de su madre, aunque Yaakov había ordenado lo contrario. Pero el hijo conocía tanto la belleza de su madre como la lujuria de su tío, y por eso intentó ocultar a Rajel de la vista de Esav.
En la vehemencia de su furia contra Yaakov, Esav juró que no lo mataría con arco y flecha, sino que lo mordería hasta darle muerte con su boca, y le chuparía la sangre. Pero estaba condenado a una amarga decepción, pues el cuello de Yaakov se volvió tan duro como el marfil, y en su rabia impotente Esav no pudo sino rechinar los dientes. Los dos hermanos eran como el carnero y el lobo. Un lobo quería despedazar a un carnero, y el carnero se defendió con sus cuernos, hundiéndolos hondo en la carne del lobo. Ambos empezaron a aullar, el lobo porque no podía asegurar su presa, y el carnero por miedo a que el lobo renovara sus ataques. Esav bramaba porque sus dientes se lastimaban con la carne marfileña del cuello de Yaakov, y Yaakov temía que su hermano hiciera un segundo intento de morderlo.
Esav dirigió una pregunta a su hermano. «Dime —le dijo—, ¿qué ejército fue el que encontré?», pues en su marcha contra Yaakov había tenido una experiencia de lo más peculiar con una gran hueste de cuarenta mil guerreros. La componían diversas clases de tropas, soldados revestidos de armadura que iban a pie, montados a caballo y sentados en carros, y todos se arrojaron sobre Esav cuando se toparon con él. Exigió saber de dónde venían, y los extraños soldados apenas interrumpieron su salvaje embestida para responder que pertenecían a Yaakov. Solo cuando Esav les dijo que Yaakov era su hermano cesaron, diciendo: «Ay de nosotros si nuestro amo se entera de que te hicimos daño». Este era el ejército y el encuentro por el que Esav preguntó apenas se topó con su hermano. Pero el ejército era una hueste de ángeles, que a Esav y a sus hombres les parecían guerreros. También los mensajeros enviados por Yaakov a Esav habían sido ángeles, pues no había ser humano alguno que pudiera ser inducido a salir a enfrentarse con el traidor.
Yaakov dio entonces a Esav los presentes destinados a él, un diezmo de todo su ganado, y también perlas y piedras preciosas, y, además, un halcón para la caza. Pero hasta los animales se negaban a abandonar a su apacible amo Yaakov y hacerse propiedad del villano Esav. Todos huyeron cuando Yaakov quiso entregarlos a su hermano, y el resultado fue que los únicos que llegaron a Esav fueron los débiles y los cojos, todos los que no lograron escapar.
Al principio Esav rechazó los presentes que se le ofrecían. Naturalmente, aquello era mero fingimiento. Mientras rechazaba los regalos con palabras, mantenía la mano extendida, presta a recibirlos. Yaakov captó la señal, e insistió en que los aceptara, diciendo: «No, te ruego, si ahora he hallado gracia a tus ojos, recibe mi presente de mi mano, porque he visto tu rostro como quien ve el rostro de los ángeles, y te has complacido en mí». Las palabras finales fueron escogidas con propósito bien calculado. Yaakov quería que Esav dedujera que él tenía trato con ángeles, y que quedara sobrecogido de temor. Yaakov era como el hombre invitado a un banquete por su enemigo mortal, que ha estado buscando ocasión de matarlo. Cuando el invitado adivina el propósito para el que ha sido llevado allí, dice al anfitrión: «¡Qué comida tan magnífica y deliciosa es esta! Pero solo una vez antes en mi vida participé de una igual, y fue cuando el rey me convidó a su mesa» —bastante para llevar el terror al corazón del aspirante a asesino—. ¡Bien se guarda de hacer daño a un hombre en términos tan íntimos con el rey como para ser invitado a su mesa!
Yaakov tenía razón válida para recordar su encuentro con el ángel, pues era el ángel de Esav quien había medido su fuerza con la de Yaakov, y había sido vencido.
Así como Esav aceptó de buen grado los presentes de Yaakov en esta primera ocasión, así siguió aceptándolos durante todo un año; a diario Yaakov le daba presentes como en el día de su encuentro, pues, decía: «“Un regalo ciega los ojos de los sabios”, ¿y cuánto más no ciega a los malvados? Por eso le daré presentes sobre presentes, quizá me deje en paz». Además, no daba mucho valor a las posesiones que había adquirido fuera de la Tierra Santa. Tales posesiones no son una bendición, y no vaciló en desprenderse de ellas.
Aparte de los presentes que Yaakov dio a Esav, también le pagó una gran suma de dinero por la cueva de Majpelá. Nada más llegar a la Tierra Santa, vendió todo lo que había traído consigo de Jarán, y un montón de oro fue el producto de la venta. Habló a Esav, diciendo: «Como yo, tú tienes una parte en la cueva de Majpelá, ¿tomarás este montón de oro por tu porción en ella?». «¿Qué me importa a mí la cueva? —respondió Esav—. Oro es lo que quiero», y por su parte en Majpelá tomó el oro obtenido de la venta de las posesiones que Yaakov había acumulado fuera de la Tierra Santa. Pero Dios «llenó el vacío sin demora», y Yaakov fue tan rico como antes.
La riqueza no era objeto de deseo para Yaakov. De buena gana se habría contentado, por su parte y por la de su familia, con renunciar a todos los tesoros terrenales en favor de Esav y su familia. Dijo a Esav: «Preveo que en días futuros tus hijos infligirán sufrimiento a los míos. Pero no me opongo, puedes ejercer tu dominio y llevar tu corona hasta el tiempo en que el Mesías brote de mis lomos, y reciba de ti el gobierno». Estas palabras dichas por Yaakov se cumplirán en días venideros, cuando todas las naciones se levanten contra el reino de Edom, y le arrebaten una ciudad tras otra, un reino tras otro, hasta llegar a Bet-Gubrín, y entonces aparecerá el Mesías y asumirá su reinado. El ángel de Edom huirá a refugiarse a Botsrá, pero Dios aparecerá allí, y lo matará, pues, aunque Botsrá es una de las ciudades de refugio, HaShem ejercerá en ella el derecho del vengador. Agarrará al ángel por sus cabellos, y Eliyahu lo degollará, dejando que la sangre salpique las vestiduras de Dios. Todo esto tenía Yaakov en mente cuando dijo a Esav: «Pase, te ruego, mi señor delante de su siervo, hasta que yo llegue a mi señor a Seír». Yaakov mismo nunca fue a Seír. Lo que quería decir era el tiempo mesiánico en que Israel irá a Seír, y tomará posesión de él.
Yaakov se demoró en Sucot todo un año, y abrió allí una casa de estudio. Luego prosiguió su viaje hacia Shejem, mientras que Esav se fue a Seír, diciéndose a sí mismo: «¿Hasta cuándo he de ser una carga para mi hermano?», pues fue durante la estancia de Yaakov en Sucot cuando Esav recibía a diario presentes de Yaakov.
Y Yaakov, tras morar tantos años en tierra extraña, llegó a Shejem en paz, íntegro de mente y de cuerpo. No había olvidado nada del conocimiento que había adquirido antes; los regalos que dio a Esav no mermaron su riqueza; la herida infligida por el ángel que luchó con él había sanado, y asimismo sus hijos estaban sanos y salvos.
Yaakov entró en Shejem un viernes, avanzada la tarde, y su primer cuidado fue trazar los límites de la ciudad, para que no se transgredieran las leyes del Shabat. En cuanto se hubo establecido en el lugar, envió presentes a los notables. Un hombre debe estar agradecido a una ciudad de la que obtiene beneficios. No menos disfrutó el pueblo llano de su generosidad. Para ellos abrió un mercado donde vendía toda mercancía a bajos precios.
También no perdió tiempo en comprar una parcela de terreno, pues es el deber de todo hombre de fortuna que llega a la Tierra Santa desde fuera hacerse poseedor de tierra allí. Dio cien corderos por su heredad, cien ovejas de un año y cien piezas de dinero, y recibió a cambio una escritura de venta, a la que puso su firma, usando para ello las letras Yod-He. Y entonces erigió un altar a Dios sobre su tierra, y dijo: «Tú eres el Señor de todas las cosas celestiales, y yo soy el señor de todas las cosas terrenales». Pero Dios dijo: «Ni siquiera el supervisor de la sinagoga se arroga privilegios en la sinagoga, ¿y tú asumes señorío con mano altiva? A fe que, mañana, tu hija saldrá afuera, y será humillada».
Mientras Yaakov y sus hijos estaban sentados en la casa de estudio, ocupados en el estudio de la Torá, Diná salió afuera a ver a las mujeres que danzaban y cantaban, a quienes Shejem había contratado para que bailaran y tocaran en las calles a fin de atraerla a salir. De haberse quedado en casa, nada le habría sucedido. Pero era mujer, y a todas las mujeres les gusta mostrarse en la calle. Cuando Shejem la divisó, la agarró por la fuerza, joven como era, y la violó de manera bestial.
Esta desgracia le sobrevino a Yaakov como castigo por su excesiva confianza en sí mismo. En sus negociaciones con Laván, había usado la expresión: «Mi rectitud responderá por mí en adelante». Además, a su regreso a la Tierra de Israel, cuando se preparaba para encontrarse con su hermano, escondió a su hija Diná en un arca, no fuera que Esav deseara tenerla por esposa, y él se viera obligado a dársela. Dios le habló, diciendo: «En esto has obrado sin bondad hacia tu hermano, y por eso Diná tendrá que casarse con Iyov, uno que no es ni circunciso ni prosélito. Te negaste a dársela a uno que es circunciso, y uno que es incircunciso la tomará. Te negaste a dársela a Esav en matrimonio legítimo, y ahora caerá víctima de la pasión ilícita del violador».
Cuando Yaakov supo que Shejem había mancillado a su hija, envió a doce siervos a traer a Diná de la casa de Shejem, pero Shejem salió a su encuentro con sus hombres y los echó de la casa —no consintió que se acercaran a Diná— y la besó y la abrazó ante sus ojos. Entonces Yaakov envió a dos doncellas, hijas de sus siervos, para que se quedaran con Diná en la casa de Shejem. Shejem mandó a tres de sus amigos donde su padre Hamor, hijo de Hadakum, hijo de Péred, con estas palabras: «Conséguidme a esta muchacha por esposa». Hamor intentó al principio persuadir a su hijo de que no tomara por esposa a una mujer hebrea, pero como Shejem insistió en su ruego, hizo conforme a la palabra de su hijo y salió a tratar el asunto con Yaakov. Entretanto, los hijos de Yaakov volvieron del campo y, encendidos de ira, hablaron a su padre: «De verdad que la muerte le corresponde a este hombre y a su casa, porque HaShem, Dios de toda la tierra, ordenó a Nóaj y a sus hijos que el hombre jamás robara ni cometiera adulterio. Y ahora, mira, Shejem ha violado y fornicado con nuestra hermana, y ni uno solo de toda la gente de la ciudad le dijo una palabra». Y mientras hablaban, llegó Hamor a decirle a Yaakov las palabras de su hijo acerca de Diná, y cuando terminó de hablar, vino el propio Shejem donde Yaakov y repitió el ruego hecho por su padre. Shimón y Leví respondieron a Hamor y a Shejem con engaño, diciendo: «Todo lo que nos habéis dicho lo haremos. Y mirad, nuestra hermana está en vuestra casa, pero apartaos de ella hasta que enviemos a preguntar a nuestro padre Yitsjak sobre este asunto, pues nada podemos hacer sin su consejo. Él conoce los caminos de nuestro padre Avraham, y lo que él nos diga os lo diremos; nada os ocultaremos».
Shejem y su padre se fueron después a casa, satisfechos con el resultado obtenido, y cuando se hubieron ido, los hijos de Yaakov le pidieron que buscara un consejo y un pretexto para matar a todos los habitantes de la ciudad, que habían merecido este castigo por su maldad. Entonces Shimón les dijo: «Tengo un buen consejo que daros. Pedidles que se circunciden. Si no consienten, tomaremos a nuestra hermana y nos iremos. Y si consienten en hacerlo, entonces, cuando estén doloridos, los atacaremos y los mataremos». A la mañana siguiente, Shejem y su padre vinieron otra vez donde Yaakov, para hablar acerca de Diná, y los hijos de Yaakov les hablaron con engaño, diciendo: «Le contamos a nuestro padre Yitsjak todas vuestras palabras, y vuestras palabras le agradaron, pero dijo que así se lo ordenó de parte de Dios su padre Avraham: que todo hombre que no sea de su descendencia, y desee tomar por esposa a una de sus hijas, ha de hacer circuncidar a todo varón que le pertenezca».
Shejem y su padre se apresuraron a cumplir los deseos de los hijos de Yaakov, y persuadieron también a los hombres de la ciudad de que hicieran lo mismo, pues eran muy estimados por ellos, ya que eran los príncipes de la tierra.
Al día siguiente, Shejem y su padre se levantaron temprano por la mañana, reunieron a todos los hombres de la ciudad, llamaron a los hijos de Yaakov y circuncidaron a Shejem, a su padre, a sus cinco hermanos y a todos los varones de la ciudad —seiscientos cuarenta y cinco hombres y doscientos setenta y seis muchachos—. Hadakum, el abuelo de Shejem, y sus seis hermanos no quisieron circuncidarse, y se enfurecieron grandemente contra la gente de la ciudad por someterse a los deseos de los hijos de Yaakov.
Al anochecer del segundo día, Shejem y su padre mandaron traer a ocho niños pequeños que sus madres habían escondido, para que fueran circuncidados. Hadakum y sus seis hermanos se lanzaron sobre los mensajeros y trataron de matarlos, y buscaron matar también a Shejem, a Hamor y a Diná. Reprocharon a Shejem y a su padre haber hecho una cosa que sus padres nunca habían hecho, que despertaría la ira de los habitantes de la tierra de Kena’an contra ellos, así como la ira de todos los hijos de Jam, y todo por una mujer hebrea. Hadakum y sus hermanos concluyeron diciendo: «Mirad, mañana iremos y reuniremos a nuestros hermanos cananeos, y vendremos y os heriremos a vosotros y a todos aquellos en quienes confiáis, de modo que no quede un resto ni de vosotros ni de ellos».
Cuando Hamor y su hijo Shejem y toda la gente de la ciudad oyeron esto, sintieron gran temor, y se arrepintieron de lo que habían hecho, y Shejem y su padre respondieron a Hadakum y a sus hermanos: «Porque vimos que los hebreos no accederían a nuestros deseos respecto de su hija, hicimos esto; pero cuando hayamos obtenido de ellos nuestro ruego, entonces les haremos lo que está en vuestros corazones y en los nuestros, tan pronto como nos hagamos fuertes».
Diná, que oyó sus palabras, se apresuró y despachó a una de sus doncellas —a la que su padre había enviado para cuidarla en la casa de Shejem— e informó a Yaakov y a sus hijos de la conspiración tramada contra ellos. Cuando los hijos de Yaakov oyeron esto, se llenaron de ira, y Shimón y Leví juraron, diciendo: «Vive HaShem, que para mañana no quedará un resto en toda la ciudad».
Comenzaron el exterminio matando a dieciocho de los veinte jóvenes que se habían escondido y no estaban circuncidados, y dos de ellos huyeron y escaparon a unos pozos de cal que había en la ciudad. Entonces Shimón y Leví mataron a toda la ciudad, sin dejar un solo varón, y mientras buscaban despojos fuera de la ciudad, trescientas mujeres se alzaron contra ellos y les arrojaron piedras y polvo, pero Shimón, él solo, las mató a todas, y regresó a la ciudad, donde se juntó con Leví. Luego tomaron de la gente de fuera de la ciudad sus ovejas, sus bueyes, su ganado, y también a las mujeres y a los niños pequeños, y se los llevaron a todos, y los condujeron a la ciudad donde estaba su padre Yaakov. El número de mujeres que no mataron, sino que solo tomaron cautivas, fue de ochenta y cinco vírgenes, entre ellas una joven muchacha de gran belleza llamada Buná, a la que Shimón tomó por esposa. El número de varones que tomaron cautivos y no mataron fue de cuarenta y siete, y todos estos hombres y mujeres fueron siervos de los hijos de Yaakov, y de sus hijos después de ellos, hasta el día en que salieron de Mitsraim.
Cuando Shimón y Leví se hubieron ido de la ciudad, los dos jóvenes que se habían escondido en los pozos de cal, y no fueron muertos entre la gente de la ciudad, se levantaron, y hallaron la ciudad desolada, sin un hombre, solo mujeres que lloraban, y clamaron, diciendo: «Mirad, este es el mal que hicieron los hijos de Yaakov, que destruyeron una de las ciudades de los cananeos y no temieron a toda la tierra de Kena’an».
Dejaron la ciudad y fueron a Tapúaj, y contaron a los habitantes todo lo que los hijos de Yaakov habían hecho a la ciudad de Shejem. Yashuv, el rey de Tapúaj, envió a Shejem para ver si estos jóvenes decían la verdad, pues no les creía, diciendo: «¿Cómo podrían dos hombres destruir una ciudad tan grande como Shejem?». Los mensajeros de Yashuv regresaron e informaron: «La ciudad está destruida, no queda allí un hombre, solo mujeres que lloran, y tampoco hay allí rebaños ni ganado, pues todo lo que había en la ciudad se lo llevaron los hijos de Yaakov».
Yashuv se maravilló de ello, pues cosa semejante no se había oído desde los días de Nimrod, ni siquiera desde los tiempos más remotos —que dos hombres fueran capaces de destruir una ciudad tan grande—, y decidió ir a la guerra contra los hebreos y vengar la causa de la gente de Shejem. Sus consejeros le dijeron: «Si dos de ellos asolaron una ciudad entera, de seguro, si vas contra ellos, todos se alzarán contra nosotros y nos destruirán. Por tanto, envía a los reyes de alrededor, para que todos juntos peleemos contra los hijos de Yaakov y prevalezcamos contra ellos».
Los siete reyes de los amorreos, cuando oyeron el mal que los hijos de Yaakov habían hecho a la ciudad de Shejem, se reunieron con todos sus ejércitos —diez mil hombres con espadas desenvainadas— y vinieron a pelear contra los hijos de Yaakov. Y Yaakov tuvo gran temor, y dijo a Shimón y a Leví: «¿Por qué me habéis traído semejante mal? Yo estaba en paz, y vosotros habéis provocado con vuestros actos a los habitantes de la tierra contra mí».
Entonces Yehudá habló a su padre: «¿Acaso fue en vano que Shimón y Leví mataron a los habitantes de Shejem? En verdad, fue porque Shejem deshonró a nuestra hermana y transgredió el mandato de nuestro Dios a Nóaj y a sus hijos, y ni uno solo de los habitantes de la ciudad intervino en el asunto. Ahora bien, ¿por qué temes, y por qué estás disgustado con mis hermanos? De seguro, nuestro Dios, que entregó en sus manos la ciudad de Shejem y a su gente, también entregará en nuestras manos a todos los reyes cananeos que vienen contra nosotros. Aparta, pues, tus temores, y ruega a Dios que nos asista y nos libre».
Luego Yehudá se dirigió a sus hermanos, diciendo: «¡HaShem, nuestro Dios, está con nosotros! ¡No temáis, pues! Poneos en pie, cada hombre ceñido con sus armas de guerra, su arco y su espada, e iremos a pelear contra los incircuncisos. HaShem es nuestro Dios, Él nos salvará».
Yaakov, sus once hijos y cien siervos pertenecientes a Yitsjak, que habían venido en su ayuda, avanzaron para salir al encuentro de los amorreos, un pueblo sumamente numeroso, como la arena a la orilla del mar. Los hijos de Yaakov enviaron a su abuelo Yitsjak, a Jevrón, pidiéndole que rogara a HaShem que los protegiera de la mano de los cananeos, y él oró así: «Oh HaShem, Dios, Tú prometiste a mi padre, diciendo: multiplicaré tu simiente como las estrellas del cielo, y también a mí me prometiste que establecerías Tu palabra a mi padre. Ahora, oh HaShem, Dios del mundo entero, frustra, te lo ruego, el consejo de estos reyes, para que no peleen contra mis hijos, e infunde en los corazones de sus reyes y de su pueblo el terror de mis hijos, y abate su orgullo para que se aparten de mis hijos. Libra a mis hijos y a sus siervos de ellos con Tu mano fuerte y Tu brazo extendido, pues el poder y la fuerza están en Tus manos para hacer todo esto».
Yaakov también oró a Dios, y dijo: «Oh HaShem, Dios, Dios poderoso y excelso, que has reinado desde los días antiguos, desde entonces hasta ahora y para siempre. Tú eres quien suscita las guerras y quien las hace cesar. En Tu mano están el poder y la fuerza para exaltar y para abatir. Oh, sea aceptable mi oración ante Ti, para que te vuelvas a mí con Tus misericordias, para infundir en los corazones de estos reyes y de su pueblo el terror de mis hijos, y aterrar a ellos y a sus campamentos, y con Tu gran bondad librar a todos los que confían en Ti, pues Tú eres quien somete a los pueblos bajo nosotros, y a las naciones bajo nuestros pies».
Dios oyó las oraciones de Yitsjak y de Yaakov, y llenó los corazones de todos los consejeros de los reyes cananeos de gran miedo y terror, y cuando los reyes, que estaban indecisos sobre si emprender una campaña contra los hijos de Yaakov, los consultaron, ellos dijeron: «¿Sois necios, o no hay entendimiento en vosotros, que proponéis pelear con los hebreos? ¿Por qué os complacéis en vuestra propia destrucción este día? Mirad, dos de ellos llegaron a la ciudad de Shejem sin miedo ni terror, y pasaron a espada a todos los habitantes de la ciudad, y ningún hombre se alzó contra ellos; ¿y cómo podréis vosotros pelear con todos ellos?».
Los consejeros reales pasaron entonces a enumerar todas las cosas poderosas que Dios había hecho por Avraham, por Yaakov y por los hijos de Yaakov, cosas tales como no se habían hecho desde los días antiguos ni por ninguno de los dioses de las naciones. Cuando los reyes oyeron todas las palabras de sus consejeros, temieron a los hijos de Yaakov y no quisieron pelear contra ellos. Aquel día regresaron con sus ejércitos, cada uno a su propia ciudad. Pero los hijos de Yaakov mantuvieron su posición aquel día hasta el anochecer, y viendo que los reyes no avanzaban para presentarles batalla a fin de vengar a los habitantes de Shejem a quienes habían matado, regresaron a casa.
La ira de HaShem descendió hasta el extremo sobre los habitantes de Shejem a causa de su maldad. Pues habían pretendido hacer a Sará y a Rivká lo que hicieron a Diná, pero HaShem lo había impedido. También habían perseguido a Avraham cuando era forastero, y habían maltratado a sus rebaños cuando estaban preñados, y a Eblaen, uno nacido en su casa, lo habían tratado del modo más vergonzoso. Y así hacían a todos los forasteros, tomándoles a sus mujeres por la fuerza.
La destrucción de Shejem por Shimón y Leví aterró a los paganos de todo alrededor. Si dos hijos de Yaakov habían logrado arruinar una gran ciudad como Shejem, razonaban, ¿qué no lograrían Yaakov y todos sus hijos actuando juntos? Yaakov, entretanto, salió de Shejem sin que nadie se lo impidiera, y con todas sus posesiones se puso en marcha para dirigirse a su padre Yitsjak. Pero, tras una marcha de ocho días, se topó con un poderoso ejército que había sido enviado desde Ninve para imponer tributo al mundo entero y someterlo. Al llegar a las cercanías de Shejem, este ejército oyó a lo que la ciudad había sido expuesta a manos de los hijos de Yaakov, y la furia se apoderó de los hombres, que resolvieron hacer guerra contra Yaakov.
Pero Yaakov dijo a sus hijos: «No temáis, Dios será vuestro auxilio, y Él peleará por vosotros contra vuestros enemigos. Solo debéis apartar de vosotros los dioses extraños que tenéis en vuestro poder, y purificaros, y lavar bien vuestras vestiduras».
Ceñido con su espada, Yaakov avanzó contra el enemigo, y en la primera embestida mató a doce mil de los débiles del ejército. Entonces Yehudá le habló, diciendo: «Padre, estás cansado y agotado; déjame pelear yo solo contra el enemigo». Y Yaakov respondió, diciendo: «Yehudá, hijo mío, conozco tu fuerza y tu valentía, que son sobremanera grandes, de modo que nadie en el mundo es como tú en ello». Con su rostro como el de un león e inflamado de ira, Yehudá atacó al ejército y mató a doce miríadas de guerreros probados y famosos. La batalla ardía con furia por delante y por detrás, y Leví, su hermano, se apresuró en su ayuda, y juntos alcanzaron la victoria sobre los ninivitas. Yehudá, él solo, mató a otros cinco mil soldados, y Leví repartía golpes a diestra y siniestra con tal vigor que los hombres del ejército enemigo caían como el grano bajo la guadaña del segador.
Alarmada por su suerte, la gente de Ninve dijo: «¿Hasta cuándo pelearemos con estos demonios? Volvamos a nuestra tierra, no sea que nos exterminen de raíz, sin dejar un resto». Pero su rey quiso contenerlos, y dijo: «Oh héroes, hombres de fuerza y de valor, ¿habéis perdido el juicio, que pedís volver a vuestra tierra? ¿Es esta vuestra valentía? Después de haber sometido a muchos reinos y países, ¿no podéis resistir contra doce hombres? Si las naciones y los reyes a quienes hemos hecho tributarios oyen esto, se alzarán contra nosotros como un solo hombre, y harán de nosotros un hazmerreír, y harán con nosotros conforme a su deseo. Cobrad ánimo, hombres de la gran ciudad de Ninve, para que vuestro honor y vuestro nombre sean exaltados, y no os convirtáis en burla en la boca de vuestros enemigos».
Estas palabras de su rey inspiraron a los guerreros a continuar la campaña. Enviaron mensajeros a todas las tierras para pedir ayuda, y, reforzados por sus aliados, los ninivitas asaltaron a Yaakov por segunda vez. Él habló a sus hijos, diciendo: «Cobrad ánimo y sed hombres, pelead contra vuestros enemigos». Sus doce hijos tomaron entonces posición en doce lugares distintos, dejando intervalos considerables entre uno y otro, y Yaakov, una espada en su mano derecha y un arco en la izquierda, avanzó al combate. Fue para él un encuentro desesperado. Tenía que rechazar al enemigo por la derecha y por la izquierda. No obstante, asestó un golpe severo, y cuando una banda de dos mil hombres lo cercó, saltó por el aire por encima de ellos y desapareció de su vista. Veintidós miríadas mató aquel día, y cuando llegó la tarde, planeó huir al amparo de la oscuridad. Pero de pronto aparecieron noventa mil hombres, y se vio obligado a proseguir la pelea. Se lanzó sobre ellos con su espada, pero esta se quebró, y tuvo que defenderse triturando enormes rocas hasta hacerlas polvo de cal, y esto arrojaba al enemigo y lo cegaba, de modo que no podían ver nada. Por fortuna, la oscuridad estaba a punto de caer, y pudo permitirse descansar por la noche.
Por la mañana, Yehudá dijo a Yaakov: «Padre, peleaste todo el día de ayer, y estás cansado y agotado. Déjame pelear yo este día». Cuando los guerreros divisaron el rostro de león de Yehudá y sus dientes de león, y oyeron su voz de león, sintieron gran temor. Yehudá brincaba y saltaba sobre el ejército como una pulga, de un guerrero al siguiente, haciendo llover golpes sobre ellos sin cesar, y para la tarde había matado a ochenta mil noventa y seis hombres, armados con espadas y arcos. Pero la fatiga lo venció, y Zevulún tomó posición a la izquierda de su hermano, y segó a ochenta mil del enemigo. Entretanto Yehudá recobró algo de su fuerza, y, alzándose con ira y furor, y rechinando sus dientes con un ruido semejante al de los truenos en pleno verano, puso en fuga al ejército. Este corrió una distancia de dieciocho millas, y Yehudá pudo disfrutar de un respiro aquella noche.
Pero el ejército reapareció al día siguiente, listo para la batalla de nuevo, para vengarse de Yaakov y de sus hijos. Tocaron sus trompetas, y entonces Yaakov habló a sus hijos: «Salid y pelead con vuestros enemigos». Yisajar y Gad dijeron que aquel día tomarían ellos el combate sobre sí, y su padre les mandó hacerlo mientras sus hermanos montaban guardia y se mantenían listos para auxiliar y relevar a los dos combatientes cuando dieran señales de cansancio y agotamiento.
Los jefes de aquel día mataron a cuarenta y ocho mil guerreros y pusieron en fuga a otras doce miríadas, que se escondieron en una cueva. Yisajar y Gad trajeron árboles del bosque, apilaron los troncos frente a la entrada de la cueva y les prendieron fuego. Cuando el fuego ardía con llama feroz, los guerreros hablaron, diciendo: «¿Por qué hemos de quedarnos en esta cueva y perecer con el humo y el calor? Mejor saldremos y pelearemos con nuestros enemigos; así quizá tengamos oportunidad de salvarnos». Salieron de la cueva por aberturas laterales, y atacaron a Yisajar y a Gad por delante y por detrás. Dan y Naftalí vieron el aprieto de sus hermanos y corrieron en su auxilio. Repartieron golpes con sus espadas, abriéndose paso hasta Yisajar y Gad, y, unidos a ellos, también ellos se enfrentaron al enemigo.
Era el tercer día del conflicto, y los ninivitas fueron reforzados por un ejército tan numeroso como la arena a la orilla del mar. Todos los hijos de Yaakov se unieron para oponérsele, y derrotaron a la hueste. Pero cuando persiguieron al enemigo, los fugitivos se volvieron y reanudaron la batalla, diciendo: «¿Por qué hemos de huir? Peleemos más bien contra ellos; quizá venzamos, ahora que están cansados». Se entabló un combate encarnizado, y cuando Yaakov vio el vehemente ataque contra sus hijos, él mismo se lanzó al fragor de la batalla y repartió golpes a diestra y siniestra. No obstante, los paganos vencieron y lograron separar a Yehudá de sus hermanos. Tan pronto como Yaakov advirtió el peligro de su hijo, silbó, y Yehudá respondió, y sus hermanos se apresuraron en su ayuda. Yehudá estaba fatigado y reseco de sed, y no había agua para que bebiera, pero clavó su dedo en la tierra con tal fuerza que brotó agua a la vista de todo el ejército. Entonces un guerrero dijo a otro: «Huiré ante estos demonios, pues Dios pelea de su lado», y él y todo el ejército huyeron precipitadamente, perseguidos por los hijos de Yaakov. Mataron a soldados sin número, y luego volvieron a sus tiendas. Al regresar, notaron que faltaba Yosef, y temieron que hubiera sido muerto o tomado cautivo. Naftalí corrió tras el enemigo en retirada, para buscar a Yosef, y lo halló todavía peleando contra el ejército ninivita. Se unió a Yosef, y mató a soldados incontables, y de los fugitivos muchos se ahogaron, y los hombres que cercaban a Yosef huyeron y lo dejaron a salvo.
Al término de la guerra, Yaakov continuó su viaje, sin estorbo, hacia su padre Yitsjak.
Al principio, la gente que vivía en los alrededores de Shejem no hizo intento alguno de molestar a Yaakov, que había regresado allí al cabo de un tiempo, junto con su casa, para fijar su morada y establecerse. Pero al cabo de siete años los paganos empezaron a hostigarlo. Los reyes de los amorreos se reunieron contra los hijos de Yaakov para matarlos en el Valle de Shejem. «¿No basta —decían— con que hayan matado a todos los hombres de Shejem? ¿Se les ha de permitir ahora tomar posesión también de su tierra?», y avanzaron para presentar batalla.
Yehudá saltó en medio de las filas de los soldados de a pie de los reyes aliados, y mató primero de todos a Yashuv, el rey de Tapúaj, que estaba revestido de hierro y bronce de pies a cabeza. El rey iba montado, y desde su caballo arrojaba sus lanzas hacia abajo con ambas manos, por delante y por detrás, sin errar jamás su blanco, pues era un guerrero poderoso, y podía lanzar jabalinas con una mano o con la otra. No obstante, Yehudá no temió ni a él ni a su destreza. Corrió hacia él, arrebatando del suelo una piedra de sesenta selaím y arrojándosela. Yashuv estaba a una distancia de ciento setenta y siete codos y un tercio de codo, y, protegido con armadura de hierro y arrojando lanzas, avanzaba sobre Yehudá. Pero Yehudá lo golpeó en su escudo con la piedra y lo derribó del caballo. Cuando el rey intentó levantarse, Yehudá se apresuró a su lado para matarlo antes de que pudiera ponerse en pie. Pero Yashuv era ágil, se puso listo para atacar a Yehudá, escudo contra escudo, y desenvainó su espada para cortarle la cabeza a Yehudá. Rápidamente Yehudá alzó su escudo para recibir el golpe sobre él, pero se hizo pedazos. ¿Qué hizo Yehudá entonces? Le arrancó el escudo a su adversario y blandió su espada contra los pies de Yashuv, cortándoselos por encima de los tobillos. El rey cayó de bruces, su espada se le escapó de la mano, y Yehudá se apresuró a él y le separó la cabeza del cuerpo.
Mientras Yehudá quitaba la armadura de su adversario muerto, aparecieron nueve de los seguidores de Yashuv. Yehudá lanzó una piedra contra la cabeza del primero de ellos que se le acercó, con tal fuerza que este dejó caer su escudo, que Yehudá arrebató del suelo y usó para defenderse de sus ocho asaltantes. Su hermano Leví vino y se colocó junto a él, y disparó una flecha que mató a Elón, rey de Gaash, y entonces Yehudá mató a los ocho hombres. Y su padre Yaakov vino y mató a Zerorí, rey de Shiló. Ninguno de los paganos pudo prevalecer contra estos hijos de Yaakov; no tuvieron el valor de plantarse ante ellos, sino que se dieron a la fuga, y los hijos de Yaakov los persiguieron, y cada uno mató a mil hombres de los amorreos aquel día, antes de la puesta del sol. Y los demás hijos de Yaakov partieron del Cerro de Shejem, donde habían tomado posición, y también ellos los persiguieron hasta Jatsor. Ante esta ciudad tuvieron otro severo encuentro con el enemigo, más severo que el del Valle de Shejem. Yaakov soltó sus flechas, y mató a Piratón, rey de Jatsor, y luego a Pasusi, rey de Sartán, a Laván, rey de Aram, y a Shevir, rey de Majanáyim.
Yehudá fue el primero en escalar los muros de Jatsor. Al acercarse a lo alto, cuatro guerreros lo atacaron, pero él los mató sin detener su ascenso, y antes de que su hermano Naftalí pudiera prestarle socorro. Naftalí lo siguió, y los dos se plantaron sobre el muro, Yehudá a la derecha y Naftalí a la izquierda, y desde allí repartieron muerte a los guerreros. Los demás hijos de Yaakov siguieron a su vez a sus dos hermanos, y acabaron de exterminar la hueste pagana aquel día. Sometieron a Jatsor, mataron a sus guerreros, no dejaron escapar a nadie con vida, y despojaron a la ciudad de todo cuanto había en ella.
Al día siguiente fueron a Sartán, y de nuevo se libró una batalla sangrienta. Sartán estaba situada sobre terreno alto, y la colina que había ante la ciudad era asimismo muy alta, de modo que nadie podía acercarse a ella, y tampoco podía nadie acercarse a la ciudadela, porque su muro era alto. No obstante, se hicieron dueños de la ciudad. Escalaron los muros de la ciudadela: Yehudá, por el lado oriental, fue el primero en subir; luego Gad por el lado occidental; Shimón y Leví por el norte, y Reuvén y Dan por el sur, y Naftalí y Yisajar prendieron fuego a los goznes sobre los que colgaban las puertas de la ciudad.
Del mismo modo los hijos de Yaakov sometieron otras cinco ciudades —Tapúaj, Arbel, Shiló, Majanáyim y Gaash—, acabando con todas ellas en cinco días. Al sexto día todos los amorreos se reunieron, y vinieron donde Yaakov y sus hijos desarmados, se postraron ante ellos y suplicaron la paz. Y los hijos de Yaakov hicieron la paz con los paganos, que les cedieron Timná y toda la tierra de Hararía. Aquel día también Yaakov concertó la paz con ellos, y le hicieron restitución a los hijos de Yaakov por todo el ganado que habían tomado, dos cabezas por una, y devolvieron todo el botín que se habían llevado. Y Yaakov se volvió para ir a Timná, y Yehudá fue a Arbel, y desde entonces los amorreos no los molestaron más.
Si un hombre hace un voto, y no lo cumple a su debido tiempo, tropezará en tres graves pecados: la idolatría, la impureza y el derramamiento de sangre. Yaakov había sido culpable de no cumplir con prontitud el voto que había tomado sobre sí en Bet-El, y por eso lo alcanzó el castigo: su hija fue deshonrada, sus hijos mataron hombres, y guardaron los ídolos hallados entre los despojos de Shejem. Por tanto, cuando Yaakov se postró ante Dios tras el sangriento ultraje de Shejem, Él le mandó levantarse e ir a Bet-El y cumplir el voto que había hecho allí. Antes de que Yaakov partiera hacia el lugar santo para hacer lo que Dios le mandaba, tomó los ídolos que estaban en poder de sus hijos, y los terafim que Rajel había robado a su padre, y los hizo añicos, y enterró los pedazos bajo un roble en el monte Gerizim, arrancando el árbol con una mano, ocultando los restos de los ídolos en el hueco que quedó en la tierra, y plantando de nuevo el roble con una mano.
Entre los ídolos destruidos había uno con forma de paloma, y a este lo desenterraron después los samaritanos y lo adoraron.
Al llegar a Bet-El erigió un altar a HaShem, y sobre una columna colocó la piedra en la que había reposado su cabeza durante la noche que había pasado allí en su viaje a Jarán. Luego pidió a sus padres que vinieran a Bet-El y tomaran parte en su sacrificio. Pero Yitsjak le envió un mensaje, diciendo: «Oh hijo mío Yaakov, ¡ojalá pudiera verte antes de morir!», ante lo cual Yaakov se apresuró a ir donde sus padres, llevando consigo a Leví y a Yehudá. Cuando sus nietos se presentaron ante Yitsjak, la oscuridad que velaba sus ojos se desvaneció, y dijo: «Hijo mío, ¿son estos tus hijos, pues se parecen a ti?». Y el espíritu de profecía entró en su boca, y tomó a Leví con su mano derecha y a Yehudá con la izquierda para bendecirlos, y dijo estas palabras a Leví: «Que HaShem te acerque a Él, a ti y a tu simiente, por encima de toda carne, para que sirváis en Su santuario como el Ángel de la Faz y los Ángeles Santos. Príncipes, jueces y gobernantes serán para toda la simiente de los hijos de Yaakov. La palabra de Dios proclamarán con rectitud, y todos Sus juicios ejecutarán con justicia, y darán a conocer Sus caminos a los hijos de Yaakov, y a Israel Sus sendas». Y a Yehudá le habló, diciendo: «Sed príncipes, tú y uno de tus hijos, sobre los hijos de Yaakov. En ti estará el socorro de Yaakov, y la salvación de Israel se hallará en ti. Y cuando te sientes sobre el trono de la gloria de tu justicia, una paz perfecta reinará sobre toda la simiente de los hijos de mi amado Avraham».
A la mañana siguiente, Yitsjak dijo a su hijo que no lo acompañaría a Bet-El a causa de su gran edad, pero le mandó no demorar más el cumplimiento de su voto, y le dio permiso para llevar consigo a su madre Rivká al lugar santo. Y Rivká y su nodriza Devorá fueron a Bet-El con Yaakov.
Devorá, la nodriza de Rivká, y algunos de los siervos de Yitsjak habían sido enviados a Yaakov por su madre, cuando aún moraba con Laván, para llamarlo a casa al término de sus catorce años de servicio. Como Yaakov no obedeció de inmediato el mandato de su madre, los dos siervos de Yitsjak regresaron donde su amo, pero Devorá se quedó con Yaakov entonces y siempre. Por eso, cuando Devorá murió en Bet-El, Yaakov guardó luto por ella, y la enterró más abajo de Bet-El, bajo la palmera, la misma bajo la cual se sentó más tarde la profetisa Devorá, cuando los hijos de Israel acudían a ella para juicio.
Pero pasó poco tiempo tras la muerte de la nodriza Devorá, y Rivká murió también. Su fallecimiento no fue ocasión de luto público. La razón era que, como Avraham había muerto, Yitsjak estaba ciego y Yaakov lejos de casa, no quedaba sino Esav como único doliente para aparecer en público y representar a su familia, y se temía que, al contemplar a aquel villano, algún espectador se viera tentado a exclamar: «Malditos sean los pechos que te amamantaron». Para evitar esto, el entierro de Rivká se llevó a cabo de noche.
Dios se apareció a Yaakov para consolarlo en su aflicción, y con Él apareció la familia celestial. Fue una señal de gracia, pues todo el tiempo en que los hijos de Yaakov habían llevado ídolos consigo, HaShem no se le había revelado a Yaakov. En esta ocasión Dios anunció a Yaakov el nacimiento de Binyamín, próximo a ocurrir, y el nacimiento de Menashé y de Efráyim, que también habrían de ser fundadores de tribus, y además le dijo que estos tres contarían reyes entre sus descendientes: Shaúl e Ish-bóshet, de la simiente de Binyamín, Yerovam el efraimita, y Yehú de la tribu de Menashé. En esta visión, Dios confirmó el cambio de su nombre de Yaakov a Israel, prometido por el ángel con quien había luchado al entrar en la Tierra de Israel, y finalmente Dios le reveló que él sería el último de los tres con cuyos nombres aparecería unido el Nombre de Dios, pues Dios es llamado solo el Dios de Avraham, el Dios de Yitsjak y el Dios de Yaakov, y nunca el Dios de ningún otro.
En señal de esta revelación de Dios, Yaakov erigió una columna de piedra, y derramó sobre ella una libación, como en un día posterior los sacerdotes habrían de ofrecer libaciones en el Templo en la Fiesta de las Cabañas, y la libación traída por Yaakov en Bet-El fue tanta como todas las aguas del mar de Tiberíades.
En el tiempo en que murieron Devorá y Rivká, ocurrió también la muerte de Rajel, a la edad de treinta y seis años, pero no antes de que su oración fuera escuchada —que le diera a Yaakov un segundo hijo—, pues murió al dar a luz a Binyamín. Doce años no había tenido hijo alguno; entonces ayunó doce días, y su petición le fue concedida. Dio a luz al hijo menor de Yaakov, a quien él llamó Binyamín, el hijo de los días, porque nació en la vejez de su padre, y con él nació una hermana gemela.
Rajel fue enterrada en el camino a Efrat, porque Yaakov, dotado de espíritu profético, previó que los desterrados pasarían por este lugar en su marcha hacia Bavel, y que, al pasar, Rajel imploraría la misericordia de Dios por los pobres proscritos.
Yaakov prosiguió su viaje hacia Yerushaláyim.
Durante la vida de Rajel, su lecho había estado siempre en la tienda de Yaakov. Tras su muerte, él ordenó que se llevara allí el lecho de su sierva Bilhá. Reuvén se disgustó grandemente por ello, y dijo: «No basta con que Rajel, en vida, recortara los derechos de mi madre; ¡ha de causarle molestia también después de muerta!». Fue y tomó el lecho de su madre Leá y lo colocó en la tienda de Yaakov en lugar del lecho de Bilhá. Los hermanos de Reuvén se enteraron de su acto irrespetuoso por Asher. Este lo había averiguado de un modo u otro, y se lo había contado a sus hermanos, quienes rompieron sus relaciones con él, pues nada querían tener que ver con un delator, y no se reconciliaron con Asher hasta que el propio Reuvén confesó su transgresión. Pues no pasó mucho tiempo antes de que Reuvén reconociera que había obrado reprensiblemente para con su padre, y ayunó y se vistió de cilicio, y se arrepintió de su fechoría. Fue el primero entre los hombres en hacer penitencia, y por eso Dios le dijo: «Desde el comienzo del mundo no había sucedido que un hombre pecara y luego se arrepintiera de ello. Tú eres el primero en hacer penitencia, y, como que vives, un profeta de tu simiente, Hoshéa, será el primero en proclamar: “Oh Israel, vuelve”».
Cuando Yitsjak sintió que se acercaba su fin, llamó a sus dos hijos, les encomendó su última voluntad y su testamento, y les dio su bendición. Dijo: «Os conjuro por el Nombre excelso —el alabado, honrado, glorioso, inmutable y poderoso, que ha hecho el cielo y la tierra y todas las cosas juntas— a que le temáis, y le sirváis, y cada cual ame a su hermano con misericordia y justicia, y ninguno desee mal al otro, ahora y en adelante por toda la eternidad, todos los días de vuestra vida, para que gocéis de buena fortuna en todas vuestras empresas, y no perezcáis».
Además les mandó que lo sepultaran en la cueva de Majpelá, al lado de su padre Avraham, en la tumba que él había cavado para sí mismo con sus propias manos. Luego dividió sus posesiones entre sus dos hijos, dando a Esav la porción mayor, y a Yaakov la menor. Pero Esav dijo: «Vendí mi primogenitura a Yaakov, y se la cedí, y le pertenece a él». Yitsjak se alegró grandemente de que Esav reconociera por su propia voluntad los derechos de Yaakov, y cerró los ojos en paz.
El funeral de Yitsjak no fue perturbado por acto indecoroso alguno, pues Esav estaba seguro de su herencia conforme a la última voluntad expresada por su padre. Pero cuando llegó el momento de dividir las posesiones de Yitsjak entre los dos hermanos, Esav dijo a Yaakov: «Divide los bienes de nuestro padre en dos porciones, pero yo, como el mayor, reclamo el derecho de escoger la porción que desee». ¿Qué hizo Yaakov? Sabía bien que «el ojo del malvado nunca contempla tesoros suficientes para saciarlo», así que dividió su herencia común de la siguiente manera: todas las posesiones materiales de su padre formaban una porción, y la otra consistía en el derecho de Yitsjak sobre la Tierra de Israel, junto con la cueva de Majpelá, la tumba de Avraham y de Yitsjak. Esav escogió el dinero y las demás cosas pertenecientes a Yitsjak como herencia suya, y a Yaakov le quedaron la cueva y el título sobre la Tierra de Israel. Se redactó por escrito un acuerdo a tal efecto en debida forma, y sobre la base del documento Yaakov insistió en que Esav abandonara la Tierra de Israel. Esav accedió, y él, sus mujeres, sus hijos y sus hijas viajaron al monte Seír, donde fijaron su morada.
Aunque Esav cedió ante Yaakov por el momento, volvió a la tierra para hacer guerra a su hermano. Leá acababa de morir, y Yaakov y los hijos que ella le había dado la lloraban, mientras el resto de sus hijos —los que le habían dado sus otras mujeres— intentaban consolarlos, cuando Esav cayó sobre ellos con una hueste poderosa de cuatro mil hombres, bien pertrechados para la guerra, cubiertos de armaduras de hierro y bronce, todos provistos de escudos, arcos y espadas. Rodearon la ciudadela donde Yaakov y sus hijos habitaban entonces con sus siervos, sus niños y sus casas —pues todos se habían reunido para consolar a Yaakov por la muerte de Leá—, y allí estaban sentados sin recelo, sin que nadie sospechara que hombre alguno tramara un asalto contra ellos. Y el gran ejército ya había cercado su castillo, y aún nadie dentro sospechaba mal alguno, ni Yaakov ni sus hijos ni los doscientos siervos. Entonces, cuando Yaakov vio que Esav se atrevía a hacerles guerra, y buscaba matarlos en la ciudadela, y les disparaba dardos, subió a la muralla de la ciudadela y habló a Esav palabras de paz, de amistad y de amor fraternal. Le dijo: «¿Es este el consuelo que has venido a traerme, para confortarme por mi mujer, a quien la muerte se ha llevado? ¿Es esto conforme al juramento que dos veces hiciste a tu padre y a tu madre antes de que murieran? Has violado tu juramento, y en la hora en que juraste a tu padre, fuiste juzgado». Pero Esav respondió: «Ni los hijos de los hombres ni las bestias del campo juran un juramento para guardarlo por toda la eternidad; antes bien, cada día traman el mal unos contra otros, cuando se dirige contra un enemigo, o cuando buscan matar a un adversario. Si el jabalí muda su piel y vuelve sus cerdas tan suaves como la lana, o si logra hacer brotar cuernos en su cabeza como los cuernos de un ciervo o de un carnero, entonces guardaré yo el vínculo de hermandad contigo».
Entonces habló Yehudá a su padre Yaakov, diciendo: «¿Hasta cuándo seguirás gastando en él palabras de paz y de amistad? Nos ataca a traición, como un enemigo, con sus guerreros revestidos de malla, buscando matarnos». Al oír estas palabras, Yaakov empuñó su arco y mató a Adoram el edomita, y por segunda vez tensó su arco, y la flecha alcanzó a Esav en el muslo derecho. La herida era mortal, y sus hijos alzaron a Esav y lo pusieron sobre su asno, y llegó a Adora, y allí murió.
Yehudá hizo una salida por el sur de la ciudadela, y con él iban Naftalí y Gad, ayudados por cincuenta de los siervos de Yaakov; hacia el este salieron Leví y Dan con cincuenta siervos; Reuvén, Yisajar y Zevulún con cincuenta siervos, hacia el norte; y Shimón, Binyamín y Janoj —este último hijo de Reuvén— con cincuenta siervos, hacia el oeste. Yehudá fue en extremo valiente en la batalla. Junto con Naftalí y Gad se abrió paso entre las filas del enemigo, y capturó una de sus torres de hierro. Sobre sus escudos recibían los agudos proyectiles que les arrojaban en tal número que la luz del sol se oscurecía a causa de las piedras, los dardos y las rocas. Yehudá fue el primero en romper las filas del enemigo, del cual mató a seis hombres valientes, acompañado a la derecha por Naftalí y a la izquierda por Gad. Ellos también abatieron a dos soldados cada uno, mientras que su tropa de siervos mató a un hombre cada uno. Con todo, no lograron apartar al ejército del sur de la ciudadela, ni siquiera cuando todos juntos, Yehudá y sus hermanos, hicieron un ataque unido contra el enemigo, escogiendo cada uno una víctima y matándola. Y todavía fracasaron en un tercer ataque conjunto, aunque esta vez cada uno mató a dos hombres.
Cuando Yehudá vio ahora que el enemigo permanecía dueño del campo, y que era imposible desalojarlo, se revistió de fuerza, y un espíritu heroico lo animó. Yehudá, Naftalí y Gad se unieron, y juntos atravesaron las filas del enemigo, matando Yehudá a diez de ellos, y sus hermanos a ocho cada uno. Al ver esto, los siervos cobraron ánimo, y se unieron a sus jefes y pelearon a su lado. Yehudá repartía golpes a diestra y siniestra, siempre ayudado por Naftalí y Gad, y así lograron forzar al enemigo un ris más hacia el sur, lejos de la ciudadela. Pero el ejército enemigo se rehízo, y sostuvo un valiente frente contra todos los hijos de Yaakov, que estaban exhaustos por las fatigas del combate y no podían seguir peleando. Entonces Yehudá se volvió a Dios en oración, y Dios escuchó su súplica, y los ayudó. Soltó una tormenta de una de sus cámaras de tesoros, y sopló contra los rostros del enemigo, y les llenó los ojos de tinieblas, de modo que no veían cómo pelear. Pero Yehudá y sus hermanos veían con claridad, pues el viento soplaba sobre sus espaldas. Entonces Yehudá y sus dos hermanos hicieron estragos entre ellos: abatían al enemigo como el segador siega los tallos de grano y los amontona en gavillas.
Después de haber derrotado a la división del ejército que les había tocado por el sur, se apresuraron a socorrer a sus hermanos, que defendían el este, el norte y el oeste de la ciudadela con tres compañías. Por cada lado sopló el viento contra los rostros del enemigo, y así los hijos de Yaakov lograron aniquilar su ejército. Cuatrocientos cayeron en la batalla, y seiscientos huyeron, entre estos últimos los cuatro hijos de Esav: Reuel, Yeúsh, Lotán y Kóraj. El mayor de sus hijos, Elifaz, no tomó parte en la guerra, porque era discípulo de Yaakov y por eso no quiso alzar armas contra él.
Los hijos de Yaakov persiguieron al resto fugitivo del ejército hasta Adora. Allí los hijos de Esav abandonaron el cuerpo de su padre, y continuaron su huida hacia el monte Seír. Pero los hijos de Yaakov permanecieron en Adora aquella noche, y por respeto a su padre sepultaron los restos de su hermano Esav. Por la mañana siguieron en persecución del enemigo, y los sitiaron en el monte Seír. Entonces los hijos de Esav y todos los demás fugitivos vinieron y cayeron ante ellos, se inclinaron y les rogaron sin cesar, hasta que hicieron las paces con ellos. Pero los hijos de Yaakov les impusieron tributo.
El más digno entre los hijos de Esav era su primogénito Elifaz. Se había criado bajo los ojos de su abuelo Yitsjak, de quien había aprendido el modo de vida piadoso. HaShem incluso lo halló digno de ser dotado con el espíritu de profecía, pues Elifaz el hijo de Esav no es otro que el profeta Elifaz, el amigo de Iyov. Fue de la vida de los Patriarcas de donde sacó las amonestaciones que dirigió a Iyov en sus disputas con él. Elifaz habló: «Te tenías por igual a Avraham, y te maravillabas, por tanto, de que Dios te tratara como a la generación de la confusión de las lenguas. Pero Avraham resistió la prueba de diez tentaciones, y tú desfalleces cuando una sola te toca. Cuando alguno que no estaba entero venía a ti, tú lo consolabas. Al ciego le decías: si te construyeras una casa, sin duda le pondrías ventanas; y si Dios te ha negado la luz, es solo para que Él sea glorificado a través de ti en el día en que “los ojos de los ciegos serán abiertos”. Al sordo le decías: si fabricaras un cántaro de agua, sin duda no olvidarías hacerle asas; y si Dios te creó sin oído, es solo para que Él sea glorificado a través de ti en el día en que “los oídos de los sordos serán destapados”. De tal manera te esforzabas por consolar a los débiles y a los tullidos. Pero ahora te ha llegado a ti, y estás turbado. Dices: soy un hombre recto, ¿por qué me castiga? Mas ¿quién, dime, pereció jamás siendo inocente? Nóaj fue salvado del diluvio, Avraham del horno de fuego, Yitsjak del cuchillo del sacrificio, Yaakov de los ángeles, Moshé de la espada del Paró, e Israel de los mitsritas que se ahogaron en el mar. Así les irá a todos los malvados».
Iyov respondió a Elifaz y dijo: «¡Mira a tu padre Esav!».
Pero Elifaz replicó: «Nada tengo yo que ver con él; el hijo no ha de cargar con la iniquidad del padre. Esav será destruido, porque no obró buenas acciones, y así también perecerán sus caudillos. Pero en cuanto a mí, soy profeta, y mi mensaje no es para Esav, sino para ti, para hacerte rendir cuentas de ti mismo». Pero Dios reprendió a Elifaz y dijo: «Has hablado palabras duras a Mi siervo Iyov. Por tanto, Ovadiá, uno de tus descendientes, pronunciará una profecía de denuncia contra la casa de tu padre, los edomitas».
La concubina de Elifaz era Timna, una princesa de sangre real, que había pedido ser recibida en la fe de Avraham y su familia, pero todos ellos —Avraham, Yitsjak y Yaakov— la habían rechazado, y ella dijo: «Antes seré sierva de la escoria de esta nación que señora de otra nación», y así consintió en ser concubina de Elifaz. Para castigar a los Patriarcas por la afrenta que le habían hecho, se la hizo madre de Amalek, que causó gran daño a Israel.
Otro de los descendientes de Esav, Aná, tuvo una experiencia de lo más insólita. Una vez, mientras apacentaba los asnos de su padre en el desierto, los condujo a uno de los páramos de las orillas del mar de los Juncos, frente al desierto de las naciones, y mientras alimentaba a las bestias, una tormenta muy recia vino del otro lado del mar, y los asnos no podían moverse. Entonces unos ciento veinte animales grandes y terribles salieron del desierto del otro lado del mar, y todos vinieron al lugar donde estaban los asnos, y allí se apostaron. De la cintura para abajo estos animales tenían forma de hombre, y de la cintura para arriba unos tenían semejanza de osos, otros de simios, y todos ellos tenían por detrás una cola como la cola del dukipat, que desde entre sus hombros les bajaba hasta la tierra. Los animales montaron los asnos, y se alejaron cabalgando con ellos, y hasta el día de hoy ningún ojo los ha visto. Uno de ellos se acercó a Aná, y lo golpeó con su cola, y luego escapó corriendo.
Cuando Aná vio todo esto, sintió gran temor por su vida, y huyó a la ciudad, donde relató todo lo que le había sucedido. Muchos salieron a buscar los asnos, pero ninguno pudo encontrarlos. Aná y sus hermanos no volvieron más a aquel lugar desde aquel día, pues temían grandemente por sus vidas.
Este Aná era fruto de un matrimonio incestuoso; su madre era al mismo tiempo la madre de su padre Tsibón. Y así como él nació de una unión antinatural, así trató de provocar uniones antinaturales entre los animales. Fue el primero en cruzar la raza del caballo y el asno y producir el mulo. Como castigo, Dios cruzó la serpiente y el lagarto, y engendraron el habarbar, cuya mordedura es muerte segura, como la mordedura de la mula blanca.
Los descendientes de Esav tuvieron ocho reyes antes de que reinara rey alguno sobre los descendientes de Yaakov. Pero llegó un tiempo en que los judíos tuvieron ocho reyes durante cuyo reinado los edomitas no tuvieron ninguno y estuvieron sujetos a los reyes judíos. Este fue el tiempo que medió entre Shaúl, el primer rey israelita, que gobernó sobre Edom, y Yehoshafat, pues Edom no se independizó del dominio judío hasta el tiempo de Yoram, el hijo de Yehoshafat. Había una diferencia entre los reyes de la simiente de Esav y los reyes de la simiente de Yaakov. El pueblo judío siempre sacaba sus reyes de su propio seno, mientras que los edomitas tenían que acudir a pueblos extraños para conseguir los suyos. El primer rey edomita fue el arameo Bilam, llamado Bela en su condición de gobernante de Edom. Su sucesor Iyov, llamado también Iovav, vino de Botsrá, y por haber dado a Edom un rey, esta ciudad será castigada en el tiempo por venir. Cuando Dios se siente en juicio sobre Edom, Botsrá será la primera en sufrir el castigo.
El dominio de Edom fue de corta duración, mientras que el dominio de Israel será por todos los tiempos, pues el estandarte del Mashíaj ondeará por siempre jamás.