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Libros · Clásicos del judaísmo

Las Leyendas de los Judíos II

De Yosef al Éxodo

Louis Ginzberg

5 capítulosHebreo y español

Capítulo I

Prefacio

La disposición y presentación del material en este volumen son las mismas que en el Volumen I. En ambos, mi empeño se ha dirigido a reunir la colección más completa posible de leyendas judías que tratan de personajes y sucesos bíblicos. Las fuentes de esas leyendas y las explicaciones de algunas de ellas se darán en el último volumen de la obra entera —y los números que aparecen a lo largo del trabajo remiten a las notas del volumen final.

Mi intención original era llevar el Volumen II hasta la muerte de Moshé, pero el material legendario que se agolpa en torno a la vida y la muerte de Moshé es tan abundante que consideraciones prácticas exigieron dividirlo, para no hacer demasiado voluminoso el segundo volumen. La división elegida es natural. Este volumen se cierra con el Éxodo, y contiene las hazañas de Moshé en Mitsraim, mientras que el volumen siguiente tratará de Moshé en el desierto.

Que Iyov aparezca situado entre los hijos de Yaakov y Moshé podrá resultar extraño a algunos lectores, pues en la Biblia Iyov es uno de los últimos libros; pero «la leyenda está por encima del tiempo y del espacio» —y por eso le he dado a Iyov el lugar que la leyenda le ha asignado.

LOUIS GINZBERG.

Nueva York, 28 de marzo de 1910.

Capítulo II

Yosef

Capítulo primero

Yaakov no quedó exento de la suerte que toca a todos los piadosos. Cada vez que esperan gozar de la vida en sosiego, el Satán se lo impide. Se presenta ante Dios y dice: «¿No basta con que el mundo venidero esté reservado a los piadosos? ¿Qué derecho tienen, además, a disfrutar de este mundo?» Tras las muchas penalidades y luchas que habían salpicado el camino de Yaakov, creyó que por fin descansaría —y entonces llegó la pérdida de Yosef y le infligió el sufrimiento más agudo. En verdad, pocos y malos habían sido los días de los años de la peregrinación de Yaakov, pues el tiempo pasado fuera de la Tierra de Israel le había parecido sin alegría. Solo la porción de su vida transcurrida en la tierra de sus padres —durante la cual se ocupó de hacer prosélitos, según el ejemplo que le habían dado Avraham y Yitsjak— la consideró digna de haber sido vivida, y ese tiempo dichoso fue de corta duración. Cuando Yosef le fue arrebatado, apenas ocho años habían transcurrido desde su regreso a la casa de su padre.

Y, sin embargo, fue solo por amor a Yosef que Yaakov había estado dispuesto a soportar todas las fatigas y adversidades ligadas a su estancia en la casa de Laván. En efecto, la bendición de Yaakov de tener su aljaba llena de hijos se debió a los méritos de Yosef, y de igual modo la división del mar de los Juncos y del Yardén para los israelitas fue la recompensa por la piedad de su hijo. Pues entre los hijos de Yaakov, Yosef era el que más se parecía a su padre en el aspecto, y era también aquel a quien Yaakov transmitió la enseñanza y el saber que había recibido de sus maestros Shem y Éver. El curso entero de la vida del hijo no es sino una repetición del de su padre. Como la madre de Yaakov permaneció mucho tiempo sin hijos tras su matrimonio, así también la madre de Yosef. Como Rivká había padecido graves sufrimientos al dar a luz a Yaakov, así Rajel al dar a luz a Yosef. Como la madre de Yaakov tuvo dos hijos, así también la madre de Yosef. Como Yaakov, Yosef nació circuncidado. Como el padre fue pastor, así el hijo. Como el padre sirvió por causa de una mujer, así el hijo sirvió bajo una mujer. Como el padre, el hijo tomó para sí la primogenitura de su hermano mayor. El padre fue odiado por su hermano, y el hijo fue odiado por sus hermanos. El padre fue el hijo predilecto frente a su hermano, así el hijo lo fue frente a sus hermanos. Tanto el padre como el hijo vivieron en tierra extraña. El padre se hizo siervo de un amo, también el hijo. El amo a quien sirvió el padre fue bendecido por Dios, así también el amo a quien sirvió el hijo. Al padre y al hijo los acompañaron ángeles, y ambos se casaron fuera de la Tierra de Israel. El padre y el hijo fueron ambos bendecidos con riqueza. Grandes cosas se le anunciaron al padre en un sueño, así también al hijo. Como el padre bajó a Mitsraim y puso fin al hambre, así el hijo. Como el padre exigió a sus hijos la promesa de enterrarlo en la Tierra de Israel, así también el hijo. El padre murió en Mitsraim, allí murió también el hijo. El cuerpo del padre fue embalsamado, también el cuerpo del hijo. Como los restos del padre fueron llevados a la Tierra de Israel para su sepultura, así también los restos del hijo. Yaakov el padre proveyó al sustento de su hijo Yosef durante un período de diecisiete años, así Yosef el hijo proveyó al sustento de su padre Yaakov durante un período de diecisiete años.

Hasta los diecisiete años, Yosef frecuentó el Bet haMidrash, y llegó a ser tan docto que podía transmitir a sus hermanos las halajot que había oído de su padre, y de este modo puede considerársele su maestro. No se detenía en la instrucción formal: también trataba de darles buenos consejos, y se hizo el favorito de los hijos de las siervas, que lo besaban y abrazaban.

A pesar de su erudición, había algo pueril en Yosef. Se pintaba los ojos, se peinaba el cabello con esmero y andaba con paso remilgado. Estas flaquezas de la juventud no eran tan lamentables como su costumbre de llevar malos informes de sus hermanos a su padre. Los acusaba de tratar con crueldad a las bestias a su cargo —decía que comían carne arrancada de un animal vivo— y les imputaba poner los ojos en las hijas de los cananeos y dar trato desdeñoso a los hijos de las siervas Bilhá y Zilpá, a quienes llamaban esclavos.

Por estas acusaciones infundadas Yosef hubo de pagar caro. Él mismo fue vendido como esclavo, porque había acusado a sus hermanos de llamar esclavos a los hijos de las siervas, y la mujer de Potifar puso los ojos en Yosef, porque él había arrojado sobre sus hermanos la sospecha de poner los ojos en las mujeres cananeas. Y cuán poco cierto era que fuesen culpables de crueldad con los animales se ve en el hecho de que, en el mismo momento en que tramaban su crimen contra Yosef, observaron todas las reglas y prescripciones del rito al degollar el cabrito con cuya sangre embadurnaron su túnica de muchos colores.

Las delaciones de Yosef contra sus hermanos hicieron que lo odiaran. Entre todos, Gad estaba particularmente airado, y con razón. Gad era un hombre muy valiente, y cuando una fiera atacaba el rebaño que guardaba de noche, la agarraba por una de sus patas y la hacía girar hasta aturdirla, y entonces la arrojaba a una distancia de dos estadios y así la mataba. Una vez Yaakov envió a Yosef a apacentar el rebaño, pero solo estuvo fuera treinta días, pues era un muchacho delicado y enfermó por el calor, y se apresuró a volver junto a su padre. A su regreso le dijo a Yaakov que los hijos de las siervas tenían por costumbre degollar el mejor ganado del rebaño y comerlo, sin obtener permiso de Yehudá y Reuvén. Pero su informe no era exacto. Lo que había visto era a Gad degollando un cordero que había arrancado de las mismísimas fauces de un oso, y lo mató porque no podía mantenerse vivo tras el susto. El relato de Yosef sonaba como si los hijos de las siervas fueran habitualmente desconsiderados y descuidados en malgastar la hacienda de su padre.

Al resentimiento de los hermanos se sumó la envidia que sentían por Yosef, porque su padre lo amaba más que a todos ellos. La hermosura de Yosef igualaba a la de su madre Rajel, y a Yaakov le bastaba mirarlo para consolarse de la muerte de su amada esposa. Razón suficiente para distinguirlo entre sus hijos. Como prenda de su gran amor por él, Yaakov le dio a Yosef una túnica de muchos colores, tan ligera y delicada que podía estrujarse y ocultarse en la palma cerrada de una mano. El nombre hebreo de la vestidura, Passim, encierra la historia de la venta de Yosef. La primera letra, Pe, representa a Potifar, su amo egipcio; Sámej representa a Soharim, los mercaderes que compraron a Yosef a la compañía de ismaelitas a quienes sus hermanos lo habían vendido; Yod representa a esos mismos ismaelitas; y Mem, a los madianitas que lo obtuvieron de los mercaderes y luego lo entregaron a Potifar. Pero Passim tiene aún otro significado: «hendiduras». Sus hermanos sabían que el mar de los Juncos se hendiría en dos en días venideros por causa de Yosef, y estaban celosos de la gloria que le sería conferida. Aunque estaban llenos de odio hacia él, hay que decir en su favor que no eran de índole hosca ni rencorosa. No ocultaban sus sentimientos: proclamaban su enemistad abiertamente.

Una vez Yosef soñó un sueño, y no pudo abstenerse de contarlo a sus hermanos. Habló y dijo: «Oíd, os ruego, este sueño que he soñado. Mirad, vosotros recogíais fruto, y yo también. Vuestro fruto se pudrió, pero el mío quedó sano. Vuestra descendencia levantará mudas imágenes de ídolos, pero se desvanecerán ante la aparición de mi descendiente, el Mesías de Yosef. Vosotros ocultaréis la verdad sobre mi suerte al conocimiento de mi padre, pero yo me mantendré firme como recompensa por la abnegación de mi madre, y vosotros os postraréis cinco veces ante mí.»

Los hermanos se negaron al principio a escuchar el sueño, pero cuando Yosef insistió una y otra vez, le prestaron atención y dijeron: «¿Acaso reinarás sobre nosotros? ¿O acaso te enseñorearás de nosotros?» Dios puso en sus bocas una interpretación que había de cumplirse en la posteridad de Yosef. Yerovam y Yehú, dos reyes, y Yehoshúa y Guidón, dos jueces, estuvieron entre sus descendientes, en correspondencia con las expresiones dobles y enfáticas que usaron sus hermanos al interpretar el sueño.

Luego Yosef soñó otro sueño, cómo el sol, la luna y once estrellas se inclinaban ante él, y Yaakov, a quien se lo contó primero, se alegró por ello, pues entendió bien su sentido. Sabía que él mismo estaba designado por el sol, el nombre con que Dios lo había llamado cuando pernoctó en el sitio santo del Templo. Había oído a Dios decir a los ángeles en aquel momento: «El sol ha venido.» La luna representaba a la madre de Yosef, y las estrellas a sus hermanos, pues los justos son como las estrellas. Yaakov estaba tan convencido de la verdad del sueño que se animó a creer que viviría para ver la resurrección de los muertos, pues Rajel había muerto, y su retorno a la tierra estaba claramente indicado por el sueño. Ahí se equivocó, pues no se hacía referencia a la propia madre de Yosef, sino a su madre de crianza, Bilhá, que lo había criado.

Yaakov escribió el sueño en un libro, anotando todas las circunstancias, el día, la hora y el lugar, pues el espíritu santo le advirtió: «Ten cuidado, estas cosas ciertamente sucederán.» Pero cuando Yosef repitió su sueño a sus hermanos, en presencia de su padre, Yaakov lo reprendió, diciendo: «Yo y tus hermanos, eso tiene algún sentido, pero yo y tu madre, eso es inconcebible, pues tu madre ha muerto.» Estas palabras de Yaakov provocaron una reprensión de Dios. Dijo: «Así tus descendientes buscarán, en tiempos venideros, impedir a Yirmiyahu pronunciar sus profecías.» A Yaakov se le puede disculpar: había hablado de este modo solo para desviar de Yosef la envidia y el odio de sus hermanos, pero ellos lo envidiaban y odiaban porque sabían que la interpretación que Yaakov daba al sueño se cumpliría.

Una vez los hermanos de Yosef condujeron los rebaños de su padre a los pastos de Shejem, y pensaban tomarse allí su descanso y su recreo. Estuvieron ausentes mucho tiempo, y no se tuvieron noticias de ellos. Yaakov empezó a inquietarse por la suerte de sus hijos. Temía que hubiese estallado una guerra entre ellos y la gente de Shejem, y resolvió enviar a Yosef donde ellos para que le trajera de nuevo razón de si les iba bien a sus hermanos. Yaakov deseaba saber también de los rebaños, pues es deber ocuparse del bienestar de todo aquello de lo que se obtiene provecho. Aunque sabía que el odio de sus hermanos podía acarrear lances desagradables, Yosef, en reverencia filial, se declaró dispuesto a ir a cumplir el encargo de su padre. Más tarde, cada vez que Yaakov recordaba el ánimo dispuesto de su querido hijo, el recuerdo le atravesaba el corazón. Se decía a sí mismo: «Conocías el odio de tus hermanos, y aun así dijiste: Aquí estoy.»

Yaakov despidió a Yosef, con el encargo de que viajara solo de día, diciendo además: «Ve ahora, mira si les va bien a tus hermanos y si le va bien al rebaño, y envíame razón» —una profecía inconsciente. No dijo que esperara volver a ver a Yosef, sino solo tener razón de él. Desde la alianza de las partes, Dios había resuelto, a causa de la pregunta dubitativa de Avraham, que Yaakov y su familia bajaran a Mitsraim a morar allí. La preferencia que el padre mostraba por Yosef, y la envidia que despertaba, que condujo finalmente a la venta de Yosef y a su establecimiento en Mitsraim, no eran sino medios disfrazados creados por Dios, en lugar de ejecutar Su designio directamente llevando a Yaakov a Mitsraim como cautivo.

Yosef llegó a Shejem, donde esperaba hallar a sus hermanos. Shejem fue siempre lugar de mal agüero para Yaakov y su descendencia —allí Diná fue deshonrada, allí las Diez Tribus de Israel se rebelaron contra la casa de David mientras Roboam gobernaba en Yerushaláyim, y allí Yerovam fue instalado como rey. Al no encontrar a sus hermanos ni al rebaño en Shejem, Yosef continuó su viaje en dirección al siguiente lugar de pastoreo, no lejos de Shejem, pero se extravió en el desierto. Gavriel, en figura humana, se le apareció y le preguntó, diciendo: «¿Qué buscas?» Y él respondió: «Busco a mis hermanos.» A lo que el ángel replicó: «Tus hermanos han abandonado las cualidades divinas del amor y la misericordia. Por una revelación profética supieron que los heveos se preparaban para hacerles la guerra, y por eso partieron de aquí para ir a Dotán. Y tuvieron que dejar este lugar por otras razones, también. Oí, mientras aún estaba tras la cortina que vela el trono divino, que este día comenzaría la esclavitud egipcia, y que tú serías el primero en ser sometido a ella.» Entonces Gavriel condujo a Yosef a Dotán.

Cuando sus hermanos lo vieron de lejos, conspiraron contra él para matarlo. Su primer plan fue soltarle perros. Shimón dijo entonces a Leví: «Mira, el señor de los sueños viene con un nuevo sueño, aquel cuyo descendiente Yerovam introducirá el culto a Báal. Venid, pues, ahora, y matémoslo, para que veamos qué será de sus sueños.» Pero Dios habló: «Vosotros decís: Veremos qué será de sus sueños, y yo digo igualmente: Veremos, y el futuro mostrará qué palabra ha de mantenerse en pie, la vuestra o la Mía.»

Shimón y Gad se disponían a matar a Yosef, y él cayó sobre su rostro y les suplicó: «Tened piedad de mí, hermanos míos, tened compasión del corazón de mi padre Yaakov. No pongáis vuestras manos sobre mí para derramar sangre inocente, pues no os he hecho ningún mal. Pero si os he hecho algún mal, castigadme con un castigo, mas no pongáis vuestras manos sobre mí, por amor a nuestro padre Yaakov.» Estas palabras conmovieron a Zevulún, que empezó a lamentarse y a llorar, y el gemido de Yosef se elevó junto con el de su hermano, y cuando Shimón y Gad alzaron las manos contra él para ejecutar su designio malvado, Yosef se refugió tras Zevulún y suplicó a sus otros hermanos que tuvieran piedad de él. Entonces Reuvén se levantó y dijo: «Hermanos, no lo matemos, sino echémoslo en uno de los pozos secos que nuestros padres cavaron sin hallar agua.» Aquello se debió a la providencia de Dios: Él había impedido que el agua brotara en ellos para que la salvación de Yosef pudiera cumplirse, y los pozos permanecieron secos hasta que Yosef estuvo a salvo en manos de los ismaelitas.

Reuvén tenía varias razones para interceder por Yosef. Sabía que él, como el mayor de los hermanos, sería tenido por responsable ante su padre si algún mal le sobrevenía. Además, Reuvén estaba agradecido a Yosef por haberlo contado entre los once hijos de Yaakov al narrar su sueño del sol, la luna y las estrellas. Desde su conducta irrespetuosa hacia Yaakov, no se había creído digno de ser considerado uno de sus hijos. Primero Reuvén trató de apartar a sus hermanos de su propósito, y les habló con palabras llenas de amor y compasión. Pero cuando vio que ni palabras ni súplicas cambiarían su intención, les rogó, diciendo: «Hermanos míos, escuchadme al menos en esto: no seáis tan malvados y crueles como para matarlo. No pongáis mano sobre vuestro hermano, no derraméis sangre, echadlo en este pozo que está en el desierto, y que perezca así.»

Entonces Reuvén se alejó de sus hermanos, y se escondió en los montes, para poder correr de vuelta en un momento favorable y sacar a Yosef del pozo y devolverlo a su padre. Esperaba que su recompensa fuese el perdón por la transgresión que había cometido contra Yaakov. Su buena intención se frustró, mas Reuvén fue recompensado por Dios, pues Dios da recompensa no solo por las buenas obras, sino también por las buenas intenciones. Así como fue el primero de los hermanos de Yosef en intentar salvarlo, así la ciudad de Betser, en la tribu de Reuvén, fue la primera de las ciudades de refugio designadas para salvaguardar la vida del inocente que busca amparo. Además, Dios le habló a Reuvén, diciendo: «Como fuiste el primero en esforzarte por devolver un hijo a su padre, así Hoshea, uno de tus descendientes, será el primero en esforzarse por llevar a Israel de vuelta a su Padre celestial.»

Los hermanos aceptaron la propuesta de Reuvén, y Shimón agarró a Yosef y lo arrojó a un pozo que hervía de serpientes y escorpiones, junto al cual había otro pozo en desuso, lleno de inmundicia. Como si esto no fuera tortura suficiente, Shimón ordenó a sus hermanos arrojar grandes piedras a Yosef. En su trato posterior con este hermano, Shimón, Yosef mostró toda la caridad indulgente de su naturaleza. Cuando Shimón fue retenido preso en Mitsraim como rehén, Yosef, lejos de guardarle rencor, ordenó que en todas sus comidas se le sirviera ave cebada.

No contentos con exponer a Yosef a las serpientes y los escorpiones, sus hermanos lo habían despojado por completo antes de arrojarlo al pozo. Le quitaron su túnica de muchos colores, su prenda exterior, sus calzones y su camisa. Sin embargo, los reptiles no pudieron hacerle daño. Dios oyó su clamor de angustia, y los mantuvo escondidos en las hendiduras y los agujeros, y no pudieron acercársele. Desde el fondo del pozo Yosef apeló a sus hermanos, diciendo: «Oh hermanos míos, ¿qué os he hecho, y cuál es mi transgresión? ¿Por qué no teméis ante Dios a causa del trato que me dais? ¿No soy carne de vuestra carne y hueso de vuestros huesos? Yaakov, vuestro padre, ¿no es también mi padre? ¿Por qué obráis así conmigo? ¿Y cómo podréis alzar vuestro rostro ante Yaakov? Oh Yehudá, Reuvén, Shimón, Leví, hermanos míos, sacadme, os ruego, del lugar oscuro en que me habéis echado. Aunque haya cometido una falta contra vosotros, sois hijos de Avraham, Yitsjak y Yaakov, que fueron compasivos con el huérfano, dieron alimento al hambriento y vistieron al desnudo. ¿Cómo, entonces, podéis negar vuestra piedad a vuestro propio hermano, a vuestra propia carne y hueso? Y aunque haya pecado contra vosotros, escucharéis mi súplica por amor a mi padre. ¡Oh, si mi padre supiera lo que mis hermanos me hacen, y lo que me han dicho!»

Para evitar oír el llanto y los clamores de angustia de Yosef, sus hermanos se alejaron del pozo y se apostaron a un tiro de arco de distancia. El único entre ellos que mostró piedad fue Zevulún. Durante dos días y dos noches ningún alimento pasó por sus labios a causa de su pesar por la suerte de Yosef, que hubo de pasar tres días y tres noches en el pozo antes de ser vendido. Durante este tiempo, sus hermanos encargaron a Zevulún que montara guardia junto al pozo. Fue elegido para vigilar porque no tomaba parte en las comidas. Parte del tiempo, también Yehudá se abstuvo de comer con los demás, y se turnaba en la vigilancia, porque temía que Shimón y Gad saltaran al pozo y acabaran con la vida de Yosef.

Mientras Yosef languidecía así, sus hermanos determinaron matarlo. Primero terminarían su comida, dijeron, y luego lo sacarían y lo matarían. Cuando hubieron acabado de comer, intentaron dar gracias, pero Yehudá los amonestó: «Estamos a punto de quitar la vida a un ser humano, ¿y aun así bendeciríamos a Dios? Eso no es una bendición, eso es despreciar a HaShem. ¿Qué provecho hay en matar a nuestro hermano? Más bien caerá sobre nosotros el castigo de Dios. Tengo un buen consejo que daros. Por allá pasa una caravana de ismaelitas de camino a Mitsraim. Venid, vendámoslo a los ismaelitas, y no esté nuestra mano sobre él. Los ismaelitas lo llevarán consigo en sus viajes, y se perderá entre los pueblos de la tierra. Sigamos la costumbre de días pasados, pues también Kena’an, el hijo de Ham, fue hecho esclavo por sus malas obras, y así haremos con nuestro hermano Yosef.»

Mientras los hermanos de Yosef deliberaban sobre su suerte, siete mercaderes madianitas pasaron cerca del pozo en que él yacía. Advirtieron que muchas aves revoloteaban sobre él, de donde supusieron que debía de haber agua dentro, y, sedientos, hicieron un alto para refrescarse. Al acercarse, oyeron a Yosef gritar y gemir, y miraron dentro del pozo y vieron a un joven de bella figura y agraciado aspecto. Lo llamaron, diciendo: «¿Quién eres tú? ¿Quién te trajo aquí, y quién te echó en este pozo del desierto?» Todos juntos lo sacaron a rastras y lo llevaron consigo al continuar su viaje. Tuvieron que pasar junto a sus hermanos, que gritaron a los madianitas: «¿Por qué habéis hecho tal cosa, robar a nuestro esclavo y llevároslo? Nosotros echamos al muchacho al pozo, porque era desobediente. Devolvednos ahora, pues, nuestro esclavo.» Los madianitas respondieron: «¿Este muchacho, decís, es vuestro esclavo, vuestro siervo? Más probable es que todos vosotros seáis esclavos suyos, pues en hermosura de figura, en agradable semblante y en bella apariencia os supera a todos. ¿Por qué, entonces, nos decís mentiras? No prestaremos oído a vuestras palabras ni os creeremos, pues hallamos al muchacho en el desierto, en un pozo, y lo sacamos, y lo llevaremos con nosotros en nuestro viaje.» Pero los hijos de Yaakov insistieron: «Devolvednos a nuestro esclavo, no sea que halléis la muerte a filo de espada.»

Sin amilanarse, los madianitas desenvainaron sus armas y, entre gritos de guerra, se dispusieron a entrar en combate con los hijos de Yaakov. Entonces Shimón se levantó y, con la espada desnuda, se lanzó sobre los madianitas, lanzando al mismo tiempo un grito que hizo retumbar la tierra. Los madianitas cayeron al suelo presa de gran consternación, y él dijo: «Yo soy Shimón, el hijo del hebreo Yaakov, que destruyó la ciudad de Shejem solo y sin ayuda, y junto con mis hermanos destruí las ciudades de los amorreos. Que Dios me haga esto y aún más, si no es verdad que todos los madianitas, vuestros hermanos, unidos con todos los reyes cananeos para pelear conmigo, no pueden resistirme. Devolved ahora al muchacho que nos quitasteis, o daré vuestra carne a las aves del cielo y a las bestias del campo.»

Los madianitas tuvieron gran temor de Shimón, y, aterrados y avergonzados, hablaron a los hijos de Yaakov con poco valor: «¿No dijisteis que echasteis a este muchacho al pozo porque era de espíritu rebelde? ¿Qué haréis, pues, con un esclavo insubordinado? Mejor vendédnoslo, estamos dispuestos a pagar el precio que deseéis.» Este discurso era parte del designio de Dios. Él había puesto en el corazón de los madianitas insistir en poseer a Yosef, para que no permaneciera con sus hermanos y fuese muerto por ellos. Los hermanos consintieron, y Yosef fue vendido como esclavo mientras estaban sentados a su comida. Dios habló, diciendo: «Vendisteis a vuestro hermano durante una comida, y así Ajashverosh venderá a vuestros descendientes a Hamán durante una comida, y porque vendisteis a Yosef para ser esclavo, por eso diréis año tras año: Esclavos fuimos del Paró en Mitsraim.»

El precio pagado por Yosef por los madianitas fue de veinte piezas de plata, suficiente para un par de sandalias para cada uno de sus hermanos. Así «vendieron al justo por plata, y al necesitado por un par de sandalias.» Para un joven tan apuesto como Yosef la suma pagada era demasiado baja con mucho, pero su aspecto había cambiado grandemente por la horrible angustia que había padecido en el pozo con las serpientes y los escorpiones. Había perdido su tez sonrosada, y se veía macilento y enfermizo, y los madianitas estaban justificados al pagar una suma pequeña por él.

Los mercaderes habían hallado a Yosef desnudo en el pozo, pues sus hermanos lo habían despojado de todas sus ropas. Para que no apareciera ante los hombres en condición indecorosa, Dios envió a Gavriel a él, y el ángel agrandó el amuleto que colgaba del cuello de Yosef hasta que fue una vestidura que lo cubría por entero. Los hermanos de Yosef lo miraban mientras partía con los madianitas, y cuando lo vieron con ropas encima, gritaron tras ellos: «¡Dadnos su vestidura! Lo vendimos desnudo, sin ropas.» Sus dueños se negaron a ceder a su exigencia, pero convinieron en compensar a los hermanos con cuatro pares de sandalias, y Yosef conservó su vestidura, la misma con que iba ataviado cuando llegó a Mitsraim y fue vendido a Potifar, la misma con que fue encerrado en la prisión y compareció ante el Paró, y la misma que llevaba cuando fue gobernante de Mitsraim.

Como expiación por las veinte piezas de plata que sus hermanos recibieron a cambio de Yosef, Dios ordenó que todo hijo primogénito fuese rescatado por el sacerdote con una suma igual, y, además, que todo israelita pagara anualmente al santuario tanto como tocó a cada uno de los hermanos como su parte del precio.

Los hermanos de Yosef compraron sandalias con el dinero, pues dijeron: «No lo comeremos, porque es el precio de la sangre de nuestro hermano, sino que lo pisaremos, pues dijo que se enseñorearía de nosotros, y veremos qué será de sus sueños.» Y por esta razón se ha ordenado el precepto de que aquel que rehúse levantar un nombre en Israel a su hermano que ha muerto sin tener hijo, se le quite la sandalia de su pie, y su rostro sea escupido. Los hermanos de Yosef rehusaron hacer cosa alguna para preservar su vida, y por eso HaShem soltó sus sandalias de sus pies, pues, cuando bajaron a Mitsraim, los esclavos de Yosef les quitaron las sandalias de sus pies al entrar por las puertas, y se postraron ante Yosef como ante un Paró, y, mientras yacían postrados, fueron escupidos y puestos en vergüenza ante los egipcios.

Los madianitas prosiguieron su viaje hacia Guilad, pero pronto se arrepintieron de la compra que habían hecho. Temían que Yosef hubiese sido robado en la tierra de los hebreos, aunque se lo hubieran vendido como esclavo, y que si sus parientes lo encontraban con ellos, se les infligiría la muerte por el rapto de un hombre libre. La manera altanera de los hijos de Yaakov confirmó su sospecha de que podían ser capaces de robar hombres. Su acción malvada explicaría, también, por qué habían aceptado una suma tan pequeña a cambio de Yosef. Mientras discutían estos puntos, vieron venir hacia ellos la caravana de ismaelitas que los hijos de Yaakov habían observado antes, y resolvieron ceder a Yosef a ellos, para al menos no perder el precio que habían pagado, y escapar al mismo tiempo del peligro de ser hechos cautivos por el crimen de secuestrar a un hombre. Y los ismaelitas compraron a Yosef a los madianitas, y pagaron el mismo precio que sus anteriores dueños habían dado por él.

Por regla general, la única mercancía con que los ismaelitas cargaban sus camellos era brea y pieles de bestias. Por una disposición providencial, esta vez llevaban sacos de perfumería en lugar de su acostumbrada carga maloliente, para que una dulce fragancia fuese llevada hasta Yosef en su viaje a Mitsraim. Estas sustancias aromáticas convenían bien a Yosef, cuyo cuerpo emitía un olor agradable, tan grato y penetrante que el camino por donde viajaba quedaba impregnado de él, y a su llegada a Mitsraim el perfume de su cuerpo se extendió por toda la tierra, y las princesas reales, siguiendo el dulce aroma para rastrear su origen, alcanzaron el lugar en que estaba Yosef. Aun después de su muerte, la misma fragancia era esparcida por sus huesos, lo que permitió a Moshé distinguir los restos de Yosef de todos los demás, y cumplir el juramento de los hijos de Israel de enterrarlos en la Tierra de Israel.

Cuando Yosef supo que los ismaelitas lo llevaban a Mitsraim, comenzó a llorar amargamente ante la idea de ser alejado tanto de Kena’an y de su padre. Uno de los ismaelitas notó el llanto y los gritos de Yosef, y, pensando que le resultaba incómodo cabalgar, lo bajó del lomo del camello y le permitió andar a pie. Pero Yosef siguió llorando y sollozando, clamando sin cesar: «¡Oh padre, padre!» Otro de la caravana, cansado de sus lamentos, lo golpeó, causando solo más lágrimas y gemidos, hasta que el joven, exhausto por su pena, fue incapaz de seguir adelante. Entonces todos los ismaelitas de la compañía le repartieron golpes. Lo trataron con implacable crueldad y trataron de acallarlo con amenazas. Dios vio la angustia de Yosef, y envió oscuridad y terror sobre los ismaelitas, y sus manos se volvían rígidas cuando las alzaban para asestar un golpe. Asombrados, se preguntaban por qué Dios les hacía así en el camino. No sabían que era por causa de Yosef.

El viaje continuó hasta que llegaron a Efrat, el lugar del sepulcro de Rajel. Yosef corrió a la tumba de su madre, y arrojándose sobre ella, gimió y lloró, diciendo: «Oh madre, madre, que me diste a luz, levántate, sal y mira cómo tu hijo ha sido vendido a la esclavitud, sin nadie que se apiade de él. Levántate, ve a tu hijo, y llora conmigo por mi desdicha, y observa la crueldad de mis hermanos. Despierta, oh madre, sacúdete de tu sueño, levántate y prepárate para la contienda con mis hermanos, que me despojaron hasta de mi camisa, y me vendieron como esclavo a mercaderes, que a su vez me vendieron a otros, y sin misericordia me arrancaron de mi padre. Levántate, acusa a mis hermanos ante Dios, y ve a quién justificará Él en el juicio, y a quién hallará culpable. Levántate, oh madre, despierta de tu sueño, mira cómo mi padre está conmigo en su alma y en su espíritu, y consuélalo y alivia su corazón apesadumbrado.»

Yosef lloró y clamó sobre la tumba de su madre, hasta que, extenuado de pena, quedó inmóvil como una piedra. Entonces oyó una voz cargada de lágrimas que le hablaba desde las profundidades, diciendo: «Hijo mío Yosef, hijo mío, oí tus quejas y tus gemidos, vi tus lágrimas y conocí tu miseria, hijo mío. Estoy afligida por tu causa, y tu aflicción se añade a la carga de mi aflicción. Pero, hijo mío Yosef, pon tu confianza en Dios y espera en Él. No temas, pues HaShem está contigo, y Él te librará de todo mal. Baja a Mitsraim con tus amos, hijo mío; nada temas, pues HaShem está contigo, oh hijo mío.» Esto y mucho más semejante profirió la voz, y luego calló. Yosef escuchó al principio con gran asombro, y luego rompió en renovadas lágrimas. Enfurecido por ello, uno de los ismaelitas lo apartó de la tumba de su madre a patadas y maldiciones. Entonces Yosef suplicó a sus amos que lo llevaran de vuelta a su padre, que les daría grandes riquezas como recompensa. Pero ellos dijeron: «¡Cómo, si eres un esclavo! ¿Cómo puedes saber dónde está tu padre? Si hubieras tenido a un hombre libre por padre, no te habrían vendido dos veces por una suma miserable.» Y entonces su furia contra él aumentó, lo golpearon y maltrataron, y él lloró amargas lágrimas.

Ahora bien, Dios miró la angustia de Yosef, y envió oscuridad para envolver la tierra una vez más. Una tormenta se desató, los relámpagos fulguraron, y con los rayos toda la tierra tembló, y los ismaelitas perdieron el camino en su terror. Las bestias y los camellos se detuvieron, y, por más que los arrieros los golpearan, se negaban a moverse del lugar, sino que se agazapaban contra el suelo. Entonces los ismaelitas se hablaron unos a otros, y dijeron: «¿Por qué ha traído Dios esto sobre nosotros? ¿Cuáles son nuestros pecados, cuáles nuestras faltas, para que tales cosas nos sucedan?» Uno de ellos dijo a los demás: «Acaso esto ha venido sobre nosotros por razón del pecado que hemos cometido contra este esclavo. Roguémosle encarecidamente que nos conceda perdón, y si entonces Dios se apiada, y deja que estas tormentas pasen de nosotros, sabremos que sufrimos daño a causa del agravio que infligimos a este esclavo.»

Los ismaelitas hicieron conforme a estas palabras, y dijeron a Yosef: «Hemos pecado contra Dios y contra ti. Ora a tu Dios, y suplícale que retire de nosotros esta plaga de muerte, pues reconocemos que hemos pecado contra Él.» Yosef cumplió su deseo, y Dios escuchó su súplica, y la tormenta se apaciguó. Todo alrededor quedó en calma, las bestias se levantaron de su posición yacente, y la caravana pudo proseguir su camino. Ahora los ismaelitas vieron claramente que toda su desgracia había venido sobre ellos por causa de Yosef, y se hablaron unos a otros, diciendo: «Ahora sabemos que todo este mal nos ha acontecido a causa de este pobre muchacho, ¿y por qué habríamos de acarrearnos la muerte con nuestros propios actos? Tomemos consejo juntos sobre qué ha de hacerse con el esclavo.» Uno de ellos aconsejó que se cumpliera el deseo de Yosef y se le llevara de vuelta a su padre. Entonces estarían seguros de recibir el dinero que habían pagado por él. Este plan fue rechazado, porque habían cumplido gran parte de su viaje y no estaban dispuestos a desandar sus pasos. Resolvieron, por tanto, llevar a Yosef a Mitsraim y venderlo allí. Se librarían de él de este modo, y además recibirían un buen precio por él.

Continuaron su viaje hasta los confines de Mitsraim, y allí se encontraron con cuatro hombres, descendientes de Medán, el hijo de Avraham, y a estos vendieron a Yosef por cinco siclos. Las dos compañías, los ismaelitas y los medanitas, llegaron a Mitsraim el mismo día. Estos últimos, al oír que Potifar, un oficial del Paró, el capitán de la guardia, buscaba un buen esclavo, acudieron a él enseguida, para tratar de cederle a Yosef. Potifar estaba dispuesto a pagar hasta cuatrocientas piezas de plata, pues, por alto que fuera el precio, no parecía demasiado por un esclavo que le agradaba tanto como Yosef. Sin embargo, puso una condición. Dijo a los medanitas: «Os pagaré el precio pedido, pero debéis traerme a la persona que os vendió al esclavo, para que pueda estar en posición de averiguar todo acerca de él, pues el joven no me parece ni esclavo ni hijo de esclavo. Parece ser de sangre noble. Debo convencerme de que no fue robado.» Los medanitas trajeron a los ismaelitas ante Potifar, y estos testificaron que Yosef era un esclavo, que ellos lo habían poseído y lo habían vendido a los medanitas. Potifar quedó satisfecho con este informe, pagó el precio pedido por Yosef, y los medanitas y los ismaelitas siguieron su camino.

Apenas fue la venta de Yosef un hecho consumado, los hijos de Yaakov se arrepintieron de su acción. Incluso corrieron tras los madianitas para rescatar a Yosef, pero sus esfuerzos por alcanzarlos fueron vanos, y hubieron de aceptar lo inevitable. Entretanto, Reuvén se había reunido de nuevo con sus hermanos. Había estado tan hondamente absorto en penitencias, en orar y estudiar la Torá, en expiación de su pecado contra su padre, que no había podido permanecer con sus hermanos y apacentar los rebaños, y así ocurrió que no estuvo en el sitio cuando Yosef fue vendido. Su primer diligencia fue ir al pozo, con la esperanza de hallar allí a Yosef. En ese caso lo habría llevado y devuelto a su padre a escondidas, sin conocimiento de sus hermanos. Se apostó en la boca del pozo y llamó una y otra vez: «¡Yosef, Yosef!» Al no recibir respuesta, concluyó que Yosef había perecido, ya fuese por el terror o a resultas de una mordedura de serpiente, y descendió al pozo, solo para hallar que no estaba allí, ni vivo ni muerto. Subió de nuevo a lo alto, y rasgó sus vestiduras, y clamó: «¡El muchacho no está, y qué respuesta daré a mi padre, si ha muerto!» Entonces Reuvén volvió a sus hermanos, y les dijo que Yosef había desaparecido del pozo, de lo cual estaba profundamente apenado, porque él, siendo el mayor de los hijos, era responsable ante su padre Yaakov. Los hermanos confesaron sin rodeos lo que habían hecho con Yosef, y le contaron cómo habían tratado de reparar su acción malvada, y cómo sus esfuerzos habían sido vanos.

Ya no quedaba más que inventar una explicación verosímil de la desaparición de su hermano para darla a Yaakov. Antes que nada, sin embargo, hicieron un juramento de no revelar a su padre ni a ningún ser humano lo que en verdad habían hecho con Yosef. Quien violara el juramento sería pasado a espada por los demás. Luego deliberaron sobre qué decir a Yaakov. Fue consejo de Yisajar rasgar la túnica de muchos colores de Yosef y mojarla en la sangre de un cabrito de las cabras, para hacer creer a Yaakov que a su hijo lo había despedazado una fiera. La razón por la que propuso un cabrito era que su sangre se parece a la sangre humana. En expiación de este acto de engaño, se ordenó que se usara un cabrito como sacrificio de expiación cuando se consagró el Mishkán.

Shimón se opuso a esta propuesta. No quería desprenderse de la túnica de Yosef, y amenazó con derribar a cualquiera que intentara arrancársela por la fuerza. La razón de su vehemencia era que estaba muy encolerizado contra sus hermanos por no haber matado a Yosef. Pero ellos lo amenazaron a su vez, diciendo: «Si no entregas la túnica, diremos que fuiste tú quien cometió la mala acción». Ante eso Shimón la entregó, y Naftalí la llevó a Yaakov, poniéndola en sus manos con estas palabras: «Cuando llevábamos nuestros rebaños de vuelta a casa, encontramos esta prenda cubierta de sangre y polvo en el camino, un poco más allá de Shejem. Reconoce ahora si es la túnica de tu hijo o no». Yaakov reconoció la túnica de Yosef y, deshecho de dolor, cayó postrado y largo rato quedó en tierra inmóvil, como una piedra. Luego se levantó, lanzó un fuerte grito y lloró, diciendo: «Es la túnica de mi hijo».

A toda prisa Yaakov envió a un esclavo a sus hijos, para pedirles que vinieran a él, y así saber más de lo ocurrido. Al atardecer llegaron todos, rasgadas las vestiduras y esparcido polvo sobre sus cabezas. Cuando confirmaron todo lo que Naftalí le había dicho, Yaakov prorrumpió en duelo y lamento: «Es la túnica de mi hijo; una fiera lo ha devorado; sin duda Yosef ha sido despedazado. Os lo envié para ver si estabais bien vosotros y bien el rebaño. Fue a cumplir mi encargo, y mientras yo lo creía con vosotros, sobrevino la desgracia». A esto los hijos de Yaakov respondieron: «No vino a nosotros en absoluto. Desde que te dejamos, no hemos puesto los ojos en él».

Tras estas palabras, Yaakov ya no pudo dudar de que a Yosef lo habían despedazado las fieras, y lloró por su hijo, diciendo: «Oh, hijo mío Yosef, hijo mío, te envié a preguntar por el bienestar de tus hermanos, y ahora te han despedazado las fieras. Por mi culpa te ha sobrevenido esta desgracia. Estoy afligido por ti, hijo mío, hondamente afligido. ¡Qué dulce era tu vida para mí, y qué amarga es tu muerte! Ojalá hubiera muerto yo por ti, oh Yosef, hijo mío, pues ahora estoy afligido por tu causa. Oh, hijo mío Yosef, ¿dónde estás, y dónde está tu alma? Levántate, levántate de tu lugar, y mira mi dolor por ti. Ven y cuenta las lágrimas que ruedan por mis mejillas, y lleva su cuenta ante Dios, para que su ira se aparte de mí. Oh Yosef, hijo mío, ¡qué dolorosa y espantosa fue tu muerte! Nadie ha muerto una muerte como la tuya desde que el mundo existe. Bien sé que ocurrió a causa de mis pecados. ¡Ah, si volvieras y vieras la amarga pena que tu desgracia me ha traído! Pero es verdad, no fui yo quien te creó ni te formó. No te di ni espíritu ni alma, sino que Dios te creó. Él formó tus huesos, los cubrió de carne, sopló el aliento de vida en tus narices, y luego te entregó a mí. Y Dios, que te dio a mí, Él te ha quitado de mí, y de Él me ha venido esta disposición. ¡Lo que HaShem hace, bien hecho está!». Con estas palabras y muchas otras semejantes lloró y lamentó Yaakov a su hijo, hasta que cayó a tierra postrado e inmóvil.

Cuando los hijos de Yaakov vieron la vehemencia del dolor de su padre, se arrepintieron de su acto y lloraron amargamente. Sobre todo Yehudá quedó traspasado de dolor. Puso la cabeza de su padre sobre sus rodillas, y le enjugaba las lágrimas que le brotaban de los ojos, mientras él mismo prorrumpía en violento llanto. Los hijos de Yaakov y sus mujeres buscaron todos consolar a su padre. Dispusieron un gran servicio conmemorativo, y lloraron y guardaron duelo por la muerte de Yosef y por la pena de su padre. Pero Yaakov rehusó ser consolado.

La noticia de la muerte de su hijo le costó a la familia de Yaakov la pérdida de dos de sus miembros. Bilhá y Diná no pudieron sobrevivir a su pena. Bilhá falleció el mismo día en que la noticia llegó a Yaakov, y Diná murió poco después, de modo que tuvo tres pérdidas que llorar en un solo mes.

Recibió la noticia de la muerte de Yosef en el séptimo mes, Tishrí, y en el décimo día del mes; por eso a los hijos de Israel se les manda llorar y afligir sus almas en este día. Además, en este día la ofrenda por el pecado, para expiación, ha de ser un cabrito de las cabras, porque los hijos de Yaakov pecaron con un cabrito, en cuya sangre mojaron la túnica de Yosef, y así trajeron el dolor sobre Yaakov.

Cuando se hubo repuesto un poco del golpe aturdidor que le había dado la noticia de la muerte de su hijo predilecto, Yaakov se levantó del suelo y se dirigió a sus hijos, mientras las lágrimas le corrían sin cesar por las mejillas. «Arriba —dijo—, tomad vuestras espadas y vuestros arcos, salid al campo y buscad; quizá halléis el cuerpo de mi hijo y me lo traigáis, para que pueda enterrarlo. Estad atentos también a las fieras, y atrapad la primera que encontréis. Apresadla y traédmela. Puede que Dios se apiade de mi dolor y ponga en vuestras manos a la fiera que ha despedazado a mi hijo, y me vengaré de ella».

Los hijos de Yaakov partieron al día siguiente a cumplir el mandato de su padre, mientras él quedaba en casa llorando y lamentándose por Yosef. En el desierto hallaron un lobo, que atraparon y llevaron vivo a Yaakov, diciendo: «Aquí está la primera fiera que encontramos, y te la hemos traído. Pero del cuerpo de tu hijo no vimos rastro». Yaakov agarró al lobo y, entre fuertes sollozos, le dirigió estas palabras: «¿Por qué devoraste a mi hijo Yosef, sin ningún temor del Dios de la tierra, y sin pensar en el dolor que traerías sobre mí? Devoraste a mi hijo sin razón, no era culpable de transgresión alguna, y echaste sobre mí la responsabilidad de su muerte. Pero Dios venga al perseguido».

Para dar consuelo a Yaakov, Dios abrió la boca de la fiera, y esta habló: «Por vida de HaShem, que me ha creado, y por tu vida, mi señor, no he visto a tu hijo ni lo he despedazado. De una tierra lejana vine a buscar a mi propia cría, que sufrió una suerte semejante a la tuya. Ha desaparecido, y no sé si está muerta o viva, y por eso vine aquí hace diez días para encontrarla. Hoy, mientras la buscaba, tus hijos me toparon, y me apresaron, y, añadiendo más dolor a mi dolor por mi cría perdida, me trajeron aquí, ante ti. Esta es mi historia, y ahora, oh hijo del hombre, estoy en tus manos, puedes disponer de mí este día como bien te parezca; pero te juro por el Dios que me ha creado, no he visto a tu hijo, ni lo he despedazado, jamás ha entrado carne de hombre en mi boca». Asombrado por el discurso del lobo, Yaakov lo dejó ir, sin estorbo, adondequiera que fuese, pero siguió llorando a su hijo Yosef como antes.

Es ley de la naturaleza que, por mucho que uno se aflija por la muerte de un ser querido, al cabo de un año el consuelo halla su camino al corazón del que está de duelo. Pero la desaparición de un hombre vivo jamás puede borrarse de la memoria. Por eso el hecho de que fuera inconsolable hizo a Yaakov sospechar que Yosef vivía, y no dio entero crédito al relato de sus hijos. Su vaga sospecha se vio reforzada por algo que le sucedió. Subió a las montañas, talló doce piedras de la cantera, y escribió en ellas los nombres de sus hijos, sus constelaciones y los meses correspondientes a las constelaciones —una piedra por cada hijo—, así: «Reuvén, Carnero, Nisán», y lo mismo para cada uno de sus doce hijos. Luego se dirigió a las piedras y les mandó que se inclinaran ante la marcada con el nombre, la constelación y el mes de Reuvén, y no se movieron. Dio la misma orden respecto de la piedra marcada para Shimón, y de nuevo las piedras quedaron quietas. Y así hizo con todos sus hijos, hasta llegar a la piedra de Yosef. Cuando habló acerca de esta, «Os ordeno que caigáis ante Yosef», todas se postraron. Probó lo mismo con otras cosas, con árboles y con gavillas, y siempre el resultado fue el mismo, y Yaakov no pudo menos que sentir que su sospecha era cierta: Yosef vivía.

Había una razón por la que Dios no reveló a Yaakov la verdadera suerte de Yosef. Cuando sus hermanos vendieron a Yosef, el temor de que el relato de su iniquidad llegara a oídos de Yaakov los llevó a pronunciar el anatema contra cualquiera que revelara la verdad sin el consentimiento de todos los demás. Yehudá objetó que un anatema es inválido a menos que se decrete en presencia de diez personas, y no eran más que nueve, pues Reuvén y Binyamín no estaban presentes cuando se cerró la venta de Yosef. Para sortear la dificultad, los hermanos contaron a Dios como la décima persona, y por eso Dios se sintió obligado a abstenerse de revelar a Yaakov el verdadero estado de las cosas. Tuvo miramiento, por así decirlo, por el anatema pronunciado por los hermanos de Yosef. Y como Dios mantuvo la verdad en secreto ante Yaakov, Yitsjak no se sintió con derecho a ponerlo al tanto de la suerte de su nieto, que él conocía bien, pues era profeta. Siempre que estaba en compañía de Yaakov, guardaba duelo con él, pero en cuanto se apartaba de él, dejaba de manifestar pena, porque sabía que Yosef vivía.

Así, Yaakov era el único entre los parientes más cercanos de Yosef que permanecía en la ignorancia de la verdadera fortuna de su hijo, y era el que, de todos ellos, tenía mayor razón para lamentar su muerte. Dijo: «El pacto que Dios hizo conmigo respecto de las doce tribus queda ahora anulado y sin efecto. En vano me esforcé por establecer las doce tribus, ya que ahora la muerte de Yosef ha destruido el pacto. Todas las obras de Dios fueron hechas en correspondencia con el número de las tribus: doce son los signos del zodíaco, doce los meses, doce horas tiene el día, doce la noche, y doce piedras están engastadas en el pectoral de Aharón; y ahora que Yosef se ha ido, el pacto de las tribus queda reducido a nada».

No podía reemplazar al hijo perdido contrayendo un nuevo matrimonio, pues había hecho a su suegro la promesa de no tomar por esposa a ninguna fuera de sus hijas, y esta promesa, según él la interpretaba, seguía vigente tras la muerte de las hijas de Laván tanto como mientras vivían.

Además del dolor por su pérdida y del pesar por la ruptura del pacto de las tribus, Yaakov tenía todavía otra razón para llorar la muerte de Yosef. Dios había dicho a Yaakov: «Si ninguno de tus hijos muere durante tu vida, podrás tenerlo por señal de que no serás puesto en el Gehinom después de tu muerte». Creyendo muerto a Yosef, Yaakov tenía también que llorar su propia suerte, pues ahora creía estar condenado al Gehinom. Su duelo duró veintidós años completos, correspondientes al número de años que había vivido apartado de sus padres, sin haber cumplido con ellos el deber de un hijo.

En su duelo, Yaakov se puso cilicio sobre los lomos, y con ello se hizo modelo para los reyes y príncipes de Israel, pues David, Ajav, Yoram y Mordejái hicieron lo mismo cuando una gran desgracia sobrevino a la nación.

Cuando los hijos de Yaakov vieron cuán inconsolable estaba su padre, fueron a Yehudá y le dijeron: «Esta gran desgracia es culpa tuya». Yehudá respondió: «Fui yo quien os preguntó: ¿Qué provecho hay en matar a nuestro hermano y ocultar su sangre? Y ahora decís que el pecado recae sobre mí». Los hermanos siguieron argumentando: «Pero fuiste tú quien dijo: Venid y vendámoslo a los ismaelitas, y seguimos tu consejo. Si hubieras dicho: Devolvámoslo a su padre, también habríamos atendido esas palabras tuyas».

Los hermanos privaron entonces a Yehudá de su dignidad, pues hasta ese momento había sido su rey, y también lo excluyeron de su compañía, y él hubo de buscar fortuna solo. Por mediación de su pastor principal, Hirá, trabó conocimiento con el rey cananeo de Adulam, llamado Barsán. Aunque conocía bien la corrupción de las generaciones de Kena’an, dejó que la pasión lo dominara, y tomó por esposa a una cananea. El rey de Adulam dio un banquete en su honor, en el que su hija Bat-Shúa escanció el vino, y, embriagado de vino y de pasión, Yehudá la tomó y se casó con ella. La acción de Yehudá puede compararse con la del león que pasa junto a una carroña y come de ella, aunque un perro que lo precedía en el camino se hubiera negado a tocarla. Hasta Esav llegó con el tiempo a reconocer que las hijas de Kena’an eran malvadas, y el león Yehudá hubo de tomar a una de ellas por esposa. El espíritu santo clamó contra Yehudá cuando se casó con la mujer cananea de Adulam, diciendo: «La gloria de Israel bajó a Adulam».

El primogénito de Yehudá de este matrimonio se llamó Er, «el sin hijos», nombre adecuado para quien murió sin engendrar descendencia. Por deseo de Yehudá, Er se casó con Tamar, hija de Aram, hijo de Shem; pero, como ella no era cananea, la madre de él usó artimañas contra ella, y él no la conoció, y un ángel de HaShem lo mató al tercer día después de su boda. Entonces Yehudá dio a Tamar a su segundo hijo, Onán, celebrándose el matrimonio antes de que transcurriera la semana de festejos nupciales por Er. Un año entero vivió Onán con Tamar sin conocerla, y cuando, al fin, Yehudá profirió amenazas contra él por ello, sí tuvo trato con ella, pero, atendiendo a las instrucciones de su madre, se cuidó de no engendrar hijos con ella. También él murió a causa de su iniquidad, y su nombre, Onán, «duelo», estuvo bien escogido, pues muy pronto su padre hubo de guardar duelo por él. Concibió entonces Yehudá el plan de casar a Tamar con su hijo menor, Shelá, pero su mujer no lo consintió. Odiaba a Tamar porque no era de las hijas de Kena’an como ella, y mientras Yehudá estaba fuera de casa, Bat-Shúa escogió esposa para su hijo Shelá de entre las hijas de Kena’an. Yehudá se enojó mucho con Bat-Shúa por lo que había hecho, y también Dios derramó su ira sobre ella, pues a causa de su maldad hubo de morir, y su muerte ocurrió un año después de la de sus dos hijos.

Ahora que Bat-Shúa había muerto, Yehudá bien podría haber cumplido su deseo y casado a Tamar con su hijo menor. Pero esperó a que Shelá creciera, porque temía por su vida, viendo que Tamar había traído la muerte a dos maridos antes que a él. Así que ella permaneció viuda en casa de su padre durante dos años. Dotada del don de profecía, Tamar sabía que estaba destinada a ser la antepasada de David y del Mesías, y resolvió aventurarse en una medida extrema para asegurarse de cumplir su destino. En consecuencia, cuando el espíritu santo le reveló que Yehudá subía a Timná, se despojó de las vestiduras de su viudez, y se sentó a la puerta de la tienda de Avraham, y allí se encontró con Yehudá. En todo el tiempo que vivió en casa de su suegro, él nunca le había visto el rostro, pues en su virtud y castidad siempre lo había llevado cubierto, y ahora, cuando Yehudá la encontró, no la reconoció. Fue como recompensa por su recato que Dios la hizo llegar a ser la madre de la línea real de David, y la antepasada de Yeshayahu, y también de su padre Amóts, ambos profetas y de sangre real.

Yehudá pasó junto a Tamar sin prestarle atención alguna, y ella alzó los ojos al cielo y dijo: «Oh Señor del mundo, ¿saldré vacía de la casa de este hombre piadoso?». Entonces Dios envió al ángel que está encargado de la pasión del amor, y este obligó a Yehudá a volver atrás. Con cautela profética, Tamar exigió que, como prenda de la recompensa que él le prometía, le dejara su sello, su manto y su báculo, los símbolos de la realeza, la judicatura y el mesianismo, las tres distinciones de los descendientes de Tamar de su unión con Yehudá. Cuando Yehudá le envió la recompensa prometida, un cabrito de las cabras, por mano de su amigo, a fin de recobrar las prendas de manos de ella, no se pudo hallar a Tamar, y él temió seguir buscándola, no fuera a quedar en vergüenza. Pero Tamar, que pronto advirtió que estaba encinta, se sintió muy feliz y orgullosa, pues sabía que sería madre de reyes y redentores.

Cuando su estado se hizo notorio, fue arrastrada por la fuerza ante el tribunal, en el que Yitsjak, Yaakov y Yehudá se sentaban como jueces. Yehudá, por ser el más joven de los jueces y el de menor rango, fue el primero en dar sentencia, pues así está prescrito en las causas criminales: que los jueces prominentes no intimiden a los menores ni influyan indebidamente en sus decisiones. Fue parecer de Yehudá que la mujer era reo de pena de muerte por fuego, pues era hija del sumo sacerdote Shem, y la muerte por fuego es el castigo que la ley ordena para la hija de un sumo sacerdote que lleva una vida impúdica.

Comenzaron los preparativos de su ejecución. En vano buscó Tamar las tres prendas que había recibido de Yehudá; no lograba encontrarlas, y casi perdió la esperanza de poder arrancar una confesión a su suegro. Alzó los ojos a Dios y oró: «Suplico tu gracia, oh Dios, tú que prestas oído al clamor del afligido en la hora de su necesidad; respóndeme, para que se me conserve la vida y traiga al mundo a los tres hijos santos, que estarán prontos a sufrir la muerte por fuego, por la gloria de tu Nombre». Y Dios le concedió su petición, y envió abajo al ángel Mijael para socorrerla. Puso las prendas en un lugar donde Tamar no podía dejar de verlas, y ella las tomó, y las arrojó a los pies de los jueces, con estas palabras: «Del hombre de quien son estas cosas estoy encinta; pero, aunque perezca en las llamas, no lo delataré. Espero en el Señor del mundo que Él vuelva el corazón del hombre, para que haga confesión de ello». Entonces Yehudá se levantó y dijo: «Con vuestro permiso, hermanos míos, y vosotros, hombres de la casa de mi padre, hago saber que con la medida con que un hombre mide, se le medirá, sea para bien o para mal; pero dichoso el hombre que reconoce sus pecados. Porque tomé la túnica de Yosef, y la teñí con la sangre de un cabrito, y luego la puse a los pies de mi padre, diciendo: Reconoce ahora si es la túnica de tu hijo o no; por eso debo ahora confesar, ante el tribunal, a quién pertenecen este sello, este manto y este báculo. Pero es mejor que yo sea avergonzado en este mundo, a que sea avergonzado en el otro mundo, ante el rostro de mi padre piadoso. Es mejor que perezca en un fuego que se puede apagar, a que sea arrojado al fuego del Gehinom, que devora otros fuegos. Ahora, pues, reconozco que Tamar es inocente. De mí está encinta, no porque se entregara a una pasión ilícita, sino porque yo detuve su matrimonio con mi hijo Shelá». Entonces se oyó una voz celestial que decía: «¡Ambos sois inocentes! ¡Fue voluntad de Dios que así sucediera!».

La confesión franca de Yehudá indujo a su hermano mayor, Reuvén, a reconocer públicamente el pecado que había cometido contra su padre, pues lo había mantenido en secreto hasta entonces.

Tamar dio a luz hijos mellizos, Péretz y Zéraj, ambos semejantes a su padre en valentía y piedad. Al primero lo llamó Péretz, «poderoso», porque dijo: «Te mostraste de gran poder, y es justo y propio que seas fuerte, pues estás destinado a poseer el reino». Al segundo hijo lo llamó Zéraj, porque asomó del vientre antes que su hermano, pero fue empujado de nuevo hacia atrás para dar paso a Péretz. Estos dos, Péretz y Zéraj, fueron enviados como espías por Yehoshúa, y el cordón que Rajav ató en la ventana de su casa como señal para el ejército de los israelitas lo recibió de Zéraj. Era el hilo escarlata que la partera había atado a su mano, para señalarlo como el niño que asomó primero y se retiró.

Yehudá fue el primero de los hijos de Yaakov en entrar en matrimonio. Tras la venta de Yosef a los madianitas, sus hermanos habían dicho a Yehudá: «Si las cosas fueran como antes, nuestro padre nos proveería ahora de esposas. Tal como están, él está enteramente absorto en su dolor por Yosef, y nosotros debemos buscarnos esposas por nuestra cuenta. Tú eres nuestro jefe, y tú debes casarte primero».

El matrimonio de Yehudá con Alit, hija del noble mercader Shúa, consumado en Adulam, residencia de su amigo Hirá —o, como se le llamó después, Jiram, rey de Tiro—, no fue feliz. Sus dos hijos mayores murieron, y poco después también su mujer. Fue el castigo de Yehudá por haber empezado una buena obra y dejarla sin terminar, pues «quien empieza una buena obra y no la lleva a término, atrae la desgracia sobre su propia cabeza». Yehudá había salvado a Yosef de la muerte, pero fue suya la idea de venderlo como esclavo. Si les hubiera insistido en devolver al muchacho a su padre, sus hermanos habrían obedecido sus palabras. Le faltó constancia para persistir hasta completar la obra de la liberación de Yosef, que había comenzado.

En el mismo año, el año de la desgracia de Yosef, todos sus demás hermanos se casaron también. La mujer de Reuvén se llamaba Elyoram, hija del cananeo Uzí de Timná. Shimón se casó primero con su hermana Diná, y luego con una segunda mujer. Cuando Shimón y Leví masacraron a los hombres de Shejem, Diná se negó a dejar la ciudad y seguir a sus hermanos, diciendo: «¿Adónde llevaré mi vergüenza?». Pero Shimón juró que se casaría con ella, como en efecto hizo después, y cuando ella murió en Mitsraim, él llevó su cuerpo a la Tierra de Israel y allí lo enterró. Diná dio a su hermano un hijo, y de su unión con Shejem, el hijo de Jamor, nació una hija, Asnat de nombre, después esposa de Yosef. Cuando esta hija le nació a Diná, sus hermanos, los hijos de Yaakov, quisieron matarla, para que el dedo de los hombres no señalara el fruto del pecado en la casa de su padre. Pero Yaakov tomó una lámina de estaño, inscribió en ella el Nombre Santo, y la ató al cuello de la niña, y la puso bajo un espino, y la abandonó allí. Un ángel llevó a la criatura abajo, a Mitsraim, donde Potifar la adoptó como hija suya, pues su mujer era estéril. Años después, cuando Yosef viajaba por el país como virrey, las doncellas le arrojaban regalos, para hacer que volviera los ojos hacia ellas y les diera ocasión de contemplar su hermosura. Asnat no poseía nada que sirviera de regalo, así que se quitó el amuleto que le colgaba del cuello y se lo dio. Así conoció Yosef su linaje, y se casó con ella, viendo que no era egipcia, sino allegada a la casa de Yaakov por su madre.

Además del hijo de Diná, Shimón tuvo otro hijo, cuyo nombre era Shaúl, de Buná, la doncella que había tomado cautiva en la campaña contra Shejem.

Leví y Yisajar se casaron con dos hijas de Yovav, nieto de Éver; la mujer del primero se llamaba Adiná, la del segundo, Aridá. La mujer de Dan fue Elflalet, hija del moabita Hamudán. Durante mucho tiempo su matrimonio quedó sin hijos; al fin tuvieron un hijo, al que llamaron Jushim. Gad y Naftalí se casaron con mujeres de Jarán, dos hermanas, hijas de Amorám, nieto de Najor. La mujer de Naftalí, Merimit, era la mayor de las dos, y la menor, la mujer de Gad, se llamaba Uzit.

La primera mujer de Asher fue Adon, hija de Eflal, nieto de Yishmael. Ella murió sin hijos, y él se casó con una segunda mujer, Hadorá, hija de Avimael, nieto de Shem. Esta había estado casada antes, siendo su primer marido Malkiel, también nieto de Shem, y el fruto de este primer matrimonio fue una hija, Séraj de nombre. Cuando Asher llevó a su mujer a Kena’an, la huérfana Séraj, de tres años, vino con ellos. Se crió en casa de Yaakov, y anduvo por el camino de los hijos piadosos, y Dios le dio belleza, sabiduría y sagacidad.

La mujer de Zevulún fue Maroshá, hija de Molad, nieto de Midián, el hijo de Avraham con Keturá.

Para Binyamín, cuando no tenía más que diez años, Yaakov tomó por esposa a Majliá, hija de Aram, nieto de Téraj, y ella le dio cinco hijos. A los dieciocho años se casó con una segunda mujer, Arbat, hija de Zimrán, un hijo de Avraham con Keturá, y con ella tuvo también cinco hijos.

Cuando Yosef fue vendido como esclavo a los ismaelitas, calló por respeto a sus hermanos, y no dijo a sus amos que era hijo de Yaakov, un hombre grande y poderoso. Aun cuando llegó a los madianitas con los ismaelitas, y aquellos preguntaron por su linaje, siguió diciendo que era esclavo, solo para no avergonzar a sus hermanos. Pero el más distinguido de los madianitas reprendió a Yosef, diciendo: «No eres esclavo, tu aspecto te delata», y lo amenazó con la muerte si no reconocía la verdad. Yosef, sin embargo, se mantuvo firme; no quiso obrar con traición contra sus hermanos.

Llegados a Mitsraim, los dueños de Yosef no lograban ponerse de acuerdo respecto de él. Cada uno deseaba tener su posesión única y exclusiva. Decidieron por tanto dejarlo con un tendero hasta que volvieran de nuevo a Mitsraim con sus mercancías. Y Dios hizo que Yosef hallara gracia a ojos del tendero. Todo lo que tenía, toda su casa, lo puso en manos de Yosef, y por eso HaShem lo bendijo con mucha plata y oro, y Yosef permaneció con él tres meses y cinco días.

Por aquel tiempo vino de Menfis la mujer de Potifar, y puso los ojos en Yosef, de cuya hermosura de persona había oído hablar a los eunucos. Contó a su marido cómo cierto tendero se había enriquecido gracias a un joven hebreo, y añadió: «Pero se dice que al muchacho lo robaron de la tierra de Kena’an. Ve, pues, y siéntate a juzgar a su dueño, y lleva al muchacho a tu casa, para que el Dios de los hebreos te bendiga, pues la gracia del cielo reposa sobre el muchacho».

Potifar mandó llamar al tendero, y cuando este compareció ante él, le habló con dureza, diciendo: «¿Qué es esto que oigo? ¿Que robas almas de la tierra de Kena’an y traficas con ellas?». El tendero protestó su inocencia, y no se le pudo hacer retractarse de su afirmación de que una compañía de ismaelitas había dejado a Yosef a su cargo temporalmente, hasta que regresaran. Potifar lo hizo desnudar y azotar, pero él siguió repitiendo la misma declaración.

Entonces Potifar mandó llamar a Yosef. El joven se postró ante este jefe de los eunucos, pues era el tercero en rango entre los oficiales del Paró. Y se dirigió a Yosef y dijo: «¿Eres esclavo u hombre libre de nacimiento?», y Yosef respondió: «Esclavo». Potifar siguió interrogándolo: «¿De quién eres esclavo?». Yosef: «Pertenezco a los ismaelitas». Potifar: «¿Cómo llegaste a ser esclavo?». Yosef: «Me compraron en la tierra de Kena’an».

Pero Potifar rehusó dar crédito a lo que decía, e hizo también a él desnudar y azotar. La mujer de Potifar, que estaba junto a la puerta, vio cómo maltrataban a Yosef, y mandó decir a su marido: «Tu veredicto es injusto, pues castigas al joven libre de nacimiento, que fue robado de su lugar, como si fuera el que ha cometido un crimen». Como Yosef se mantuvo firme en lo que había dicho, Potifar lo mandó a prisión, hasta que sus amos regresaran. En su pecaminoso anhelo por él, su mujer quería tener a Yosef en su propia casa, y le reprochó a su marido con estas palabras: «¿Por qué mantienes preso al esclavo cautivo, de noble cuna? Más bien deberías darle la libertad y ponerlo a tu servicio». Él respondió: «La ley de los egipcios no nos permite tomar lo que pertenece a otro antes de que todos los títulos queden esclarecidos», y Yosef permaneció en prisión veinticuatro días, hasta el regreso de los ismaelitas a Mitsraim.

Entretanto, ellos habían oído en alguna parte que Yosef era hijo de Yaakov, y por eso le dijeron: «¿Por qué fingiste ser esclavo? Mira, tenemos noticia de que eres hijo de un hombre poderoso de Kena’an, y de que tu padre te llora vestido de cilicio». Yosef estuvo a punto de revelar su secreto, pero se contuvo por amor a sus hermanos, y repitió que era esclavo.

No obstante, los ismaelitas decidieron venderlo, para que no se lo hallara en sus manos, pues temían la venganza de Yaakov, quien, lo sabían, gozaba de alto favor ante HaShem y ante los hombres. El tendero rogó a los ismaelitas que lo rescataran de la persecución judicial de Potifar, y lo libraran de la sospecha de robo de hombres. Los ismaelitas, a su vez, celebraron una conferencia con Yosef, y le pidieron que testificara ante Potifar que lo habían comprado por dinero. Así lo hizo, y entonces el jefe de los eunucos lo liberó de prisión, y despidió a todas las partes implicadas.

Con el permiso de su marido, la mujer de Potifar envió a un eunuco a los ismaelitas, mandándole comprar a Yosef, pero este regresó e informó que pedían un precio exorbitante por el esclavo. Despachó a un segundo eunuco, encargándole cerrar el trato, y aunque pidieran una mina de oro, o incluso dos, no debía escatimar dinero: debía asegurarse de comprar al esclavo y traérselo. El eunuco dio a los ismaelitas ochenta piezas de oro por Yosef, aunque dijo a su ama que había pagado cien piezas. Yosef advirtió el engaño, pero calló, para que el eunuco no quedara en vergüenza.

Así se convirtió Yosef en esclavo del sacerdote idólatra Potifar, o Poti-Fera, como a veces se le llamaba. Se había hecho con el apuesto joven para un propósito lascivo, pero el ángel Gavriel lo mutiló de tal manera que no pudo llevarlo a cabo. Pronto tuvo su amo ocasión de notar que Yosef era tan piadoso como hermoso, pues siempre que estaba ocupado en sus tareas, susurraba una oración: «Oh Señor del mundo, tú eres mi confianza, tú eres mi protección. Hazme hallar gracia y favor a tus ojos, y a los ojos de todos los que me ven, y a los ojos de mi amo Potifar». Cuando Potifar notó el movimiento de sus labios, dijo a Yosef: «¿Te propones lanzar un hechizo sobre mí?». «No —respondió el joven—, estoy suplicando a Dios que me haga hallar favor a tus ojos».

Su oración fue escuchada. Potifar se convenció de que Dios estaba con Yosef. A veces ponía a prueba los poderes milagrosos de Yosef. Si le llevaba una copa de hipocrás, decía: «Preferiría vino mezclado con ajenjo», y al punto el vino especiado se convertía en vino amargo. Cualquier cosa que deseara, podía estar seguro de obtenerla de Yosef, y veía con claridad que Dios cumplía los deseos de su esclavo. Por eso puso todas las llaves de su casa en manos de Yosef, y no se ocupaba de nada de lo que tenía, sin retener nada de Yosef salvo su mujer. Viendo que la Shejiná reposaba sobre él, Potifar trataba a Yosef no como a un esclavo, sino como a un miembro de su familia, pues decía: «Este joven no está hecho para el trabajo de esclavo; es digno del puesto de un príncipe». En consecuencia, dispuso que se le instruyera en las artes, y ordenó que tuviera mejor sustento que los demás esclavos.

Yosef dio gracias a Dios por su nuevo y feliz estado. Oró: «Bendito eres tú, oh HaShem, que me has hecho olvidar la casa de mi padre». Lo que hacía tan grata su fortuna presente era que se veía apartado de la envidia y los celos de sus hermanos. Dijo: «Cuando estaba en casa de mi padre, y él me daba algo bonito, mis hermanos me envidiaban el regalo, y ahora, oh HaShem, te doy gracias de que viva en la abundancia». Libre de inquietudes, volvió su atención a su apariencia externa. Se pintaba los ojos, se arreglaba el cabello, y procuraba ser elegante en su andar. Pero Dios le habló, diciendo: «Tu padre está de duelo entre cilicio y ceniza, mientras tú comes, bebes y te arreglas el cabello. Por eso incitaré a tu ama contra ti, y te verás en aprietos». Así se cumplió el secreto deseo de Yosef: que se le permitiera probar su piedad bajo la tentación, como había sido puesta a prueba la piedad de sus padres.

«Arroja el palo al aire, siempre volverá a su lugar de origen». Como Rajel su madre, Yosef era de arrebatadora belleza, y la mujer de su amo se llenó de una pasión invencible por él. Su sentimiento se acrecentó con el pronóstico astrológico de que estaba destinada a tener descendencia por medio de Yosef. Esto era cierto, pero no en el sentido en que ella entendía la profecía. Yosef se casó más tarde con la hija de ella, Asnat, y esta le dio hijos, cumpliéndose así lo que se había leído en las estrellas.

Al principio ella no confesó su amor a Yosef. Primero intentó seducirlo con artificios. Con el pretexto de visitarlo, iba a él de noche, y, como no tenía hijos, fingía un deseo de adoptarlo. Yosef oraba entonces a Dios en favor de ella, y le nació un hijo. Sin embargo, ella siguió abrazándolo como si fuera su propio hijo, y él no advertía sus malvados designios. Al fin, cuando reconoció su lasciva astucia, guardó duelo muchos días, y se esforzó por apartarla de su pasión pecaminosa con la palabra de Dios. Ella, por su parte, a menudo lo amenazaba con la muerte, y lo entregaba a castigos para hacerlo dócil a su voluntad, y cuando estos medios no surtieron efecto en Yosef, buscó seducirlo con halagos. Le decía: «Te prometo que reinarás sobre mí y sobre todo lo que tengo, con tal de que te entregues a mí, y serás para mí lo mismo que mi legítimo esposo». Pero Yosef tenía presentes las palabras de sus padres, y se retiraba a su aposento, y ayunaba, y oraba a Dios para que lo librara de las redes de la mujer egipcia.

A pesar de las mortificaciones que practicaba, y aunque daba a los pobres y a los enfermos el alimento que le correspondía, su amo creía que llevaba una vida de lujo, pues aquellos que ayunan por la gloria de Dios se vuelven hermosos de rostro.

La mujer de Potifar hablaba con frecuencia a su marido alabando la castidad de Yosef, para que él no concibiera sospecha alguna del estado de sus sentimientos. Y, por otro lado, alentaba a Yosef en secreto, diciéndole que no temiera a su marido, que estaba convencido de la pureza de su vida, y que, aunque alguien le llevara chismes acerca de Yosef y de ella, Potifar no les daría crédito. Y cuando vio que todo esto era en vano, se le acercó con el ruego de que le enseñara la palabra de Dios, diciendo: «Si es tu deseo que yo abandone el culto a los ídolos, cumple entonces mi deseo, y persuadiré a ese marido egipcio mío de que abjure de los ídolos, y andaremos en la ley de tu Dios». Yosef respondió: «HaShem no desea que quienes le temen anden en impureza, ni se complace en el adúltero».

Otra vez vino a él y dijo: «Si no haces mi voluntad, mataré al egipcio y me casaré contigo conforme a la ley». Ante lo cual Yosef rasgó su vestidura y dijo: «Oh mujer, teme a HaShem, y no ejecutes esta mala acción, no sea que atraigas la destrucción sobre ti misma, pues yo proclamaré tus impíos propósitos ante todos, en público».

De nuevo le envió un plato preparado con hechizos, con el que esperaba someterlo a su poder. Pero cuando el eunuco se lo puso delante, Yosef vio la imagen de un hombre que le tendía una espada junto con el plato y, advertido por la visión, se cuidó bien de no probar el alimento. Pocos días después su señora vino a él y le preguntó por qué no había comido de lo que le había enviado. Él le reprochó, diciendo: «¿Cómo pudiste decirme tal cosa? Yo no me acerco a los ídolos, sino solo a HaShem. El Dios de mis padres me ha revelado tu iniquidad por medio de un ángel; pero, para que sepas que la malicia de los impíos no tiene poder sobre quienes temen a Dios con pureza, comeré tu alimento ante tus ojos, y el Dios de mis padres y el ángel de Avraham estarán conmigo». La mujer de Potifar cayó de bruces a los pies de Yosef y, entre lágrimas, prometió no volver a cometer este pecado.

Pero su pasión impura por Yosef no la abandonó, y la angustia por su deseo insatisfecho la puso de tan mal semblante que su marido le dijo: «¿Por qué está decaído tu rostro?». Y ella respondió: «Tengo un dolor en el corazón, y los gemidos de mi espíritu me oprimen».

Una vez, estando a solas con Yosef, se abalanzó sobre él gritando: «¡Me estrangularé, o me arrojaré a un pozo o a una fosa, si no te entregas a mí!». Al notar su extrema agitación, Yosef trató de calmarla con estas palabras: «Piensa que, si atentas contra tu vida, Asteho, la concubina de tu marido, tu rival, maltratará a tus hijos y borrará tu memoria de la tierra». Estas palabras, dichas con dulzura, produjeron el efecto contrario al que buscaban. Solo inflamaron más su pasión, al alimentar sus esperanzas. Ella dijo: «¡Ahí lo ves, ahora sí me amas! Me basta con que te preocupes por mí y por la seguridad de mis hijos. Espero ya que mi deseo se cumpla». No sabía que Yosef hablaba así por amor de Dios, y no por ella.

Su señora —o, como la llamaban, Zuleika— lo perseguía día tras día con su charla amorosa y sus halagos, diciendo: «¡Qué hermoso es tu aspecto, qué gallarda tu figura! Nunca he visto un esclavo tan bien parecido como tú». Yosef respondía: «Dios, que me formó en el vientre de mi madre, ha creado a todos los hombres».

Zuleika: «¡Qué hermosos son tus ojos, con los que has cautivado a todos los egipcios, hombres y mujeres!».

Yosef: «Por hermosos que sean mientras vivo, tan espantosos serán de mirar en la tumba».

Zuleika: «¡Qué encantadoras y placenteras son tus palabras! Te ruego, toma tu arpa, tañe y canta también, para que yo oiga tus palabras».

Yosef: «Encantadoras y placenteras son mis palabras cuando proclamo la alabanza de mi Dios».

Zuleika: «¡Qué hermoso es tu cabello! Toma mi peine de oro y péinatelo».

Yosef: «¿Hasta cuándo seguirás hablándome así? ¡Déjalo ya! Mejor sería que te ocuparas de tu casa».

Zuleika: «No hay en mi casa nada que me importe, salvo tú solo».

Pero la virtud de Yosef permanecía firme. Mientras ella hablaba así, él ni siquiera alzaba los ojos para mirar a su señora. Se mantuvo igual de firme cuando ella lo colmó de regalos, pues le proveía vestiduras de una clase para la mañana, otra para el mediodía y una tercera para la tarde. Tampoco las amenazas lograban moverlo. Ella le decía: «Levantaré falsas acusaciones contra ti ante tu amo», y Yosef respondía: «Adonái hace justicia a los oprimidos». O bien: «Te privaré de comida»; y Yosef: «Adonái da pan a los hambrientos». O: «Haré que te echen a la cárcel»; y Yosef: «Adonái libera a los prisioneros». O: «Te impondré trabajos pesados que te doblarán en dos»; y Yosef: «Adonái endereza a los encorvados». O: «Te cegaré los ojos»; y Yosef: «Adonái abre los ojos de los ciegos».

Cuando ella empezaba a prodigarle sus zalamerías, él las rechazaba con estas palabras: «Temo a mi amo». Pero Zuleika decía: «Lo mataré». Yosef respondía con indignación: «¿No te basta con querer hacer de mí un adúltero, sino que además me harías asesino?». Y añadía: «¡Temo a HaShem, mi Dios!».

Zuleika: «¡Tonterías! Él no está aquí para verte».

Yosef: «Grande es Adonái y muy digno de alabanza, y su grandeza es insondable».

Entonces ella llevó a Yosef a su alcoba, donde un ídolo colgaba sobre el lecho. Lo cubrió, para que no fuera testigo de lo que se disponía a hacer. Yosef dijo: «Aunque cubras los ojos del ídolo, recuerda: los ojos de Adonái recorren toda la tierra. Sí —continuó Yosef—, tengo muchas razones para no hacer esto, por amor de Dios. Adam fue desterrado del Paraíso por violar un mandato leve; ¡cuánto más habría yo de temer el castigo de Dios si cometiera un pecado tan grave como el adulterio! HaShem acostumbra a elegir a un miembro predilecto de nuestra familia como ofrenda para sí. Quizá desee escogerme a mí; pero si hago tu voluntad, me vuelvo indigno de ser ofrenda para Dios. También acostumbra HaShem a aparecerse de súbito, en visiones nocturnas, a quienes lo aman. Así se apareció a Avraham, Yitsjak y Yaakov, y temo que se me aparezca en el instante mismo en que me estuviera mancillando contigo. Y así como temo a Dios, temo a mi padre, que retiró el derecho de primogenitura a su hijo mayor, Reuvén, por un acto inmoral, y me lo dio a mí. Si yo cumpliera tu deseo, correría la misma suerte que mi hermano Reuvén».

Con tales palabras, Yosef se esforzaba por curar a la mujer de su amo de la pasión desenfrenada que había concebido por él, mientras se cuidaba de mantenerse lejos de un pecado atroz —no por temor al castigo que seguiría, ni por consideración a la opinión de los hombres, sino porque deseaba santificar el Nombre de Dios, bendito sea, ante todo el mundo. Era este sentimiento suyo lo que Zuleika no lograba comprender; y cuando, al fin, arrebatada por la pasión, le dijo con palabras inequívocas lo que deseaba, y él se apartó de ella, le dijo a Yosef: «¿Por qué te niegas a cumplir mi deseo? ¿No soy acaso una mujer casada? Nadie descubrirá lo que hayas hecho». Yosef respondió: «Si las mujeres solteras de los paganos nos están prohibidas, ¿cuánto más las casadas? ¡Vive HaShem, no cometeré el crimen que me mandas hacer!». En esto Yosef seguía el ejemplo de muchos hombres piadosos, que pronuncian un juramento en el momento en que corren peligro de sucumbir a la tentación, buscando así reunir el coraje moral para dominar sus malos instintos.

Cuando Zuleika no logró persuadirlo, su deseo la sumió en una grave enfermedad, y todas las mujeres de Mitsraim vinieron a visitarla, y le decían: «¿Por qué estás tan lánguida y consumida, tú que de nada careces? ¿No es tu marido un príncipe grande y estimado a los ojos del rey? ¿Es posible que te falte algo de lo que tu corazón desea?». Zuleika les respondió: «Hoy se os dará a conocer de dónde viene el estado en que me veis».

Ordenó a sus criadas que prepararan comida para todas las mujeres, y les dispuso un banquete en su casa. Puso cuchillos sobre la mesa para pelar las naranjas y luego ordenó a Yosef que se presentara, ataviado con vestiduras costosas, a servir a sus invitadas. Cuando Yosef entró, las mujeres no podían apartar los ojos de él, y todas se cortaron las manos con los cuchillos, y las naranjas que tenían en las manos quedaron cubiertas de sangre; pero ellas, sin darse cuenta de lo que hacían, seguían contemplando la belleza de Yosef sin apartar de él la mirada.

Entonces Zuleika les dijo: «¿Qué habéis hecho? Mirad, puse naranjas delante de vosotras para que comierais, y os habéis cortado las manos». Todas las mujeres se miraron las manos y, he aquí, estaban llenas de sangre, que corría y manchaba sus vestiduras. Le dijeron a Zuleika: «Este esclavo de tu casa nos ha hechizado, y no podíamos apartar los ojos de él a causa de su belleza». Ella entonces dijo: «Esto os ha pasado a vosotras, que lo mirasteis solo un instante, y no pudisteis conteneros. ¿Cómo, pues, he de dominarme yo, en cuya casa mora de continuo, que lo veo entrar y salir día tras día? ¿Cómo no habría de consumirme, o de languidecer, por causa de él?». Y las mujeres hablaron, diciendo: «Es cierto, ¿quién puede mirar esta belleza en la casa y refrenar sus sentimientos? ¡Pero es tu esclavo! ¿Por qué no le revelas lo que hay en tu corazón, en vez de dejar que tu vida perezca por esta causa?». Zuleika les respondió: «A diario me esfuerzo por persuadirlo, pero no consiente en mis deseos. Le he prometido todo lo hermoso, y sin embargo no he obtenido de él respuesta alguna; por eso estoy enferma, como podéis ver».

Su enfermedad se agravó. Su marido y su casa no sospechaban la causa de su decaimiento, pero todas las mujeres que eran sus amigas sabían que era por el amor que profesaba a Yosef, y no cesaban de aconsejarle que tratara de seducir al joven. Cierto día, mientras Yosef hacía el trabajo de su amo en la casa, Zuleika llegó y se echó de pronto sobre él; pero Yosef era más fuerte que ella, y la sujetó contra el suelo. Zuleika lloró y, con voz suplicante y amargura de alma, le dijo a Yosef: «¿Has conocido, visto u oído jamás de una mujer que iguale mi belleza, y menos aún de una que la supere? Y sin embargo, a diario trato de persuadirte, decaigo por amor a ti, te colmo de honores, ¡y no quieres escuchar mi voz! ¿Es por temor a tu amo, a que te castigue? ¡Vive el rey, ningún daño te vendrá de tu amo por esta causa! Ahora, pues, te ruego, escúchame y accede a mi deseo por el honor que te he conferido, y quítame esta muerte de encima. Pues ¿por qué he de morir por tu causa?». Yosef permaneció tan firme ante estas importunidades como antes. Zuleika, sin embargo, no se desanimó; continuó sus solicitaciones sin descanso, día tras día, mes tras mes, durante un año entero, pero siempre sin el menor éxito, pues Yosef, en su castidad, no se permitía ni siquiera mirarla; por lo cual ella recurrió a la coacción. Hizo colocar un grillete de hierro en su barbilla, y él se veía obligado a mantener la cabeza en alto y mirarla a la cara.

Al ver que no podía alcanzar su objeto ni con ruegos ni con lágrimas, Zuleika recurrió por fin a la fuerza, cuando juzgó que había llegado la ocasión propicia. No tuvo que esperar mucho. Cuando el Nilo desbordó sus orillas y, según la costumbre anual de los egipcios, todos acudieron al río —hombres y mujeres, pueblo y príncipes, acompañados de música—, Zuleika se quedó en casa con el pretexto de estar enferma. Esta era, pensó, la oportunidad tan largamente esperada. Se levantó y subió a la sala de gala, y se atavió con vestiduras principescas. Se puso piedras preciosas sobre la cabeza, ónices engastados en plata y oro; hermoseó su rostro y su cuerpo con toda clase de afeites para el acicalamiento de las mujeres; perfumó la sala y toda la casa con casia e incienso, esparció mirra y áloe por todas partes, y luego se sentó a la entrada de la sala, en el vestíbulo que daba a la casa, por donde Yosef tenía que pasar para ir a su trabajo.

Y he aquí que Yosef vino del campo, y estaba a punto de entrar en la casa a hacer el trabajo de su amo; pero cuando llegó al lugar donde Zuleika estaba sentada y vio todo lo que ella había hecho, se volvió atrás. Su señora, al advertirlo, le gritó: «¿Qué te pasa, Yosef? Ve a tu trabajo, te haré sitio para que pases a tu asiento». Yosef hizo lo que ella le ordenaba, entró en la casa, tomó su asiento y se puso a la obra de su amo como de costumbre. Entonces Zuleika se plantó de pronto ante él, en toda la belleza de su persona y la magnificencia de su atavío, y le repitió el deseo de su corazón. Fue la primera y la última vez que la firmeza de Yosef lo abandonó, pero solo por un instante. Cuando estaba a punto de ceder al deseo de su señora, la imagen de su madre Rajel se le apareció, y la de su tía Leá, y la de su padre Yaakov. Este último se dirigió a él así: «En el tiempo por venir, los nombres de tus hermanos serán grabados en el pectoral del Sumo Sacerdote. ¿Deseas que tu nombre aparezca junto al de ellos? ¿O renunciarás a este honor por una conducta pecaminosa? Pues sábelo: quien anda en compañía de rameras dilapida su hacienda». Esta visión de los muertos, y en especial la imagen de su padre, hizo volver en sí a Yosef, y su pasión ilícita se apartó de él.

Asombrada por el súbito cambio en su semblante, Zuleika dijo: «Amigo mío, amor verdadero, ¿por qué estás tan espantado que casi te desmayas?».

Yosef: «¡Veo a mi padre!».

Zuleika: «¿Dónde está? Si no hay nadie en la casa».

Yosef: «Tú perteneces a un pueblo que es como el asno: no percibe nada. Pero yo pertenezco a los que pueden ver las cosas».

Yosef huyó fuera, lejos de la casa de su señora —la misma casa en la que antaño se habían obrado maravillas por Sará, cuando el Paró la tenía cautiva allí. Mas apenas estuvo fuera, la pasión pecaminosa volvió a dominarlo, y regresó a la alcoba de Zuleika. Entonces HaShem se le apareció, sosteniendo la Even Shetiyá en su mano, y le dijo: «Si la tocas, arrojaré lejos esta piedra sobre la que está fundada la tierra, y el mundo caerá en ruinas». Sereno de nuevo, Yosef se dispuso a escapar de su señora, pero Zuleika lo agarró por la vestidura y dijo: «¡Vive el rey, si no cumples mi deseo, morirás!»; y mientras así hablaba, sacó con la mano libre una espada de debajo de su vestido y, apretándola contra la garganta de Yosef, dijo: «Haz lo que te mando, o mueres». Yosef salió corriendo, dejando un pedazo de su vestidura en manos de Zuleika al soltarse de la garra de la mujer con un movimiento rápido y enérgico.

La pasión de Zuleika por Yosef era tan violenta que, a falta de su dueño —a quien no había conseguido someter a su voluntad—, besaba y acariciaba el fragmento de tela que le había quedado en la mano. Al mismo tiempo, no tardó en percibir el peligro en que se había puesto, pues temía que Yosef pudiera delatar su conducta, y pensó en los modos y medios de evitar las consecuencias de su locura.

Entretanto, sus amigas regresaron de la fiesta del Nilo y vinieron a visitarla y a preguntar por su salud. La encontraron con muy mal aspecto, a causa de la agitación por la que había pasado y de la angustia en que estaba. Confesó a las mujeres lo que había ocurrido con Yosef, y ellas le aconsejaron que lo acusara de inmoralidad ante su marido, para que así lo echaran a la cárcel. Zuleika aceptó su consejo, y rogó a sus visitantes que respaldaran sus cargos presentando también quejas contra Yosef: que las había estado importunando con propuestas indecorosas.

Pero Zuleika no confió del todo en la ayuda de sus amigas. Ideó además una treta, para estar segura de convencer a su marido de la culpa de Yosef. Dejó a un lado sus ricas vestiduras de gala, se puso su ropa ordinaria y se metió en el lecho de enferma en el que había estado tendida cuando la gente partió hacia la fiesta. También tomó la vestidura rasgada de Yosef y la extendió a su lado. Luego envió a un niño a llamar a algunos de los hombres de su casa, y a ellos les contó el relato del supuesto ultraje de Yosef, diciendo: «Ved al esclavo hebreo que vuestro amo ha traído a mi casa, y que hoy ha intentado hacerme violencia. Apenas os habíais ido a la fiesta cuando entró en la casa y, asegurándose de que no había nadie aquí, trató de forzarme a ceder a su deseo lujurioso. Pero yo agarré sus ropas, las rasgué y grité con fuerte voz. Cuando oyó que alzaba la voz y gritaba, se llenó de miedo y huyó, y salió, pero dejó su vestidura junto a mí». Los hombres de su casa no dijeron palabra, pero, enfurecidos contra Yosef, fueron a su amo y le informaron de lo sucedido. Entretanto, los maridos de las amigas de Zuleika también habían hablado con Potifar, por instigación de sus mujeres, y se habían quejado de su esclavo, de que las molestaba.

Potifar se apresuró a volver a casa y encontró a su mujer alicaída; y aunque la causa de su abatimiento era el disgusto de no haber logrado ganarse el amor de Yosef, fingió que era ira por la conducta inmoral del esclavo. Lo acusó con estas palabras: «¡Oh esposo, ojalá no vivas un día más si no castigas al esclavo malvado que ha querido mancillar tu lecho, que no ha tenido presente quién era cuando vino a nuestra casa —para conducirse con modestia—, ni ha sido consciente de los favores que ha recibido de tu generosidad! Tramó un designio secreto para abusar de tu esposa, y esto en tiempo de fiesta, cuando tú estarías ausente». Estas palabras las pronunció en el momento de la intimidad conyugal con Potifar, cuando estaba segura de ejercer influencia sobre su marido.

Potifar dio crédito a sus palabras e hizo azotar a Yosef sin piedad. Mientras los crueles golpes caían sobre él, clamó a Dios: «¡Oh HaShem, tú sabes que soy inocente de estas cosas! ¿Por qué he de morir hoy por una falsa acusación, a manos de estos hombres incircuncisos e impíos?». Dios abrió la boca del hijo de Zuleika, un bebé de apenas once meses, y este habló a los hombres que golpeaban a Yosef, diciendo: «¿Qué disputa tenéis con este hombre? ¿Por qué le infligís semejante mal? Mentiras dice mi madre, y engaño es lo que profiere su boca. Este es el verdadero relato de lo que sucedió»; y el niño pasó a contar todo lo que había pasado: cómo Zuleika había intentado primero persuadir a Yosef de obrar mal, y luego había intentado forzarlo a hacer su voluntad. La gente escuchaba con gran asombro. Pero, terminado el relato, el niño no dijo palabra, como antes.

Abochornado por el discurso de su propio hijo pequeño, Potifar ordenó a sus alguaciles que cesaran de castigar a Yosef, y el asunto se llevó ante el tribunal, donde los sacerdotes se sentaban como jueces. Yosef proclamó su inocencia y relató todo lo que había ocurrido conforme a la verdad, pero Potifar repitió la versión que su mujer le había dado. Los jueces mandaron traer la vestidura de Yosef que Zuleika tenía en su poder, y examinaron el desgarrón. Resultó estar en la parte delantera del manto, y llegaron a la conclusión de que Zuleika había intentado retenerlo, y que Yosef había frustrado su intento —contra quien ella presentaba ahora una acusación amañada. Decidieron que Yosef no había incurrido en pena de muerte, pero lo condenaron a prisión, porque era la causa de una mancha en el buen nombre de Zuleika.

El propio Potifar estaba convencido de la inocencia de Yosef, y cuando lo arrojó a la cárcel le dijo: «Sé que no eres culpable de crimen tan vil, pero he de encerrarte, no sea que una mancha caiga sobre mis hijos».

A modo de castigo por haber difamado a sus diez hermanos ante su padre, Yosef hubo de languidecer diez años en la prisión a la que, a su vez, las intrigas de difamadores lo habían condenado. Pero, por otra parte, como había santificado el Nombre de Dios ante el mundo con su castidad y su firmeza, fue recompensado. La letra He, que aparece dos veces en el Nombre de Dios, se añadió a su nombre. Se había llamado Yosef, pero ahora se le llamó también Yehosef.

Aunque estaba preso, Yosef no se hallaba aún a salvo de las maquinaciones de su señora, cuya pasión por él en nada había menguado. A decir verdad, fue ella quien indujo a su marido a cambiar su propósito respecto de Yosef; lo instó a encarcelar al esclavo en vez de matarlo, pues esperaba que, como prisionero, se lo pudiera doblegar más fácilmente a sus deseos. Le dijo a su marido: «No destruyas tu propiedad. Echa al esclavo a la cárcel y tenlo allí hasta que puedas venderlo y recuperar el dinero que pagaste por él». Así tuvo la oportunidad de visitar a Yosef en su celda y de tratar de persuadirlo a hacer su voluntad. Le decía: «Tal y tal ultraje he ejecutado contra ti, pero, por tu vida, aún te infligiré otros ultrajes si no me obedeces». Pero Yosef respondía: «Adonái hace justicia a los oprimidos».

Zuleika: «Llevaré las cosas tan lejos que todos los hombres te odiarán».

Yosef: «Adonái ama a los justos».

Zuleika: «Te venderé a una tierra extraña».

Yosef: «Adonái guarda a los extranjeros».

Entonces ella recurría a los halagos para lograr su deseo. Le prometía sacarlo de la cárcel con tal de que accediera a su capricho. Pero él decía: «Mejor es quedarme aquí que estar contigo y cometer una falta contra Dios». Estas visitas a Yosef en la prisión las continuó Zuleika largo tiempo, pero cuando, al fin, vio que todas sus esperanzas eran vanas, lo dejó en paz.

Así como la señora persistía en su amor por Yosef, así también su amo, el marido de ella, no podía separarse de su esclavo predilecto. Aunque prisionero, Yosef seguía atendiendo las necesidades de Potifar, y recibió permiso del guardián de la cárcel para pasar parte de su tiempo en casa de su amo. También de muchos otros modos se mostró el carcelero bien dispuesto hacia Yosef. Al ver el celo y la escrupulosidad del joven en ejecutar las tareas que se le encomendaban, y bajo el hechizo de su encantadora belleza, le hizo la vida en prisión lo más llevadera posible. Hasta ordenó para él platos mejores que la comida común de la cárcel, y le pareció cautela superflua vigilar a Yosef, pues no veía en él nada malo y observaba que Dios estaba con él, en los días buenos y en los malos. Incluso lo nombró supervisor de la prisión, y lo que Yosef mandaba, eso tenían que hacer los demás presos.

Durante mucho tiempo la gente no habló de otra cosa que de la acusación levantada contra Yosef por su señora. Para desviar de él la atención del público, Dios dispuso que dos altos funcionarios, el copero mayor y el panadero mayor, ofendieran a su señor, el rey de Mitsraim, y fueron puestos bajo custodia en la casa del capitán de la guardia. Entonces la gente cesó de hablar de Yosef y solo habló del escándalo de la corte. Los cargos imputados a los nobles prisioneros eran que habían intentado hacer violencia a la hija del Paró, y que habían conspirado para envenenar al propio rey. Además, se habían mostrado negligentes en su servicio. En el vino que el copero mayor había servido al rey se había descubierto una mosca, y el pan que el panadero mayor había puesto en la mesa real contenía una piedrecita. A causa de todas estas transgresiones fueron condenados a muerte por el Paró; pero, por causa de Yosef, la providencia divina dispuso que el rey los retuviera primero en prisión antes de ordenar su ejecución. HaShem había encendido la ira del rey contra sus siervos solo para que se cumpliera el anhelo de libertad de Yosef, pues ellos fueron los instrumentos de su liberación de la cárcel; y aunque estaban condenados a muerte, en consideración al elevado cargo que habían ocupado en la corte, el guardián de la prisión les concedió privilegios, como, por ejemplo, que se les asignara un hombre para servirlos; y el designado para ello fue Yosef.

El copero mayor y el panadero mayor llevaban diez años confinados en prisión cuando soñaron un sueño, ambos; pero, en cuanto a la interpretación, cada uno soñó solo la del sueño del otro. Por la mañana, cuando Yosef les trajo el agua para lavarse, los encontró tristes, abatidos de ánimo, y, a la manera de los sabios, les preguntó por qué tenían aquel día un aspecto distinto del de otros días. Le dijeron: «Hemos soñado un sueño esta noche, y nuestros dos sueños se parecen en ciertos detalles, y no hay quien los interprete». Y Yosef les dijo: «Dios concede al hombre entendimiento para interpretar los sueños. Contádmelos, os lo ruego». Fue como recompensa por atribuir la grandeza y el mérito a Aquel a quien pertenecen que Yosef alcanzó después su elevada posición.

El copero mayor pasó a contar su sueño: «En mi sueño, he aquí, una vid estaba delante de mí; y en la vid había tres sarmientos; y era como si brotara, y sus flores se abrían, y sus racimos daban uvas maduras; y la copa del Paró estaba en mi mano; y yo tomaba las uvas, las exprimía en la copa del Paró, y ponía la copa en la mano del Paró». El copero mayor no sabía que su sueño encerraba una profecía sobre el futuro de Israel, pero Yosef discernió el sentido recóndito, y así interpretó el sueño: los tres sarmientos son los tres Padres, Avraham, Yitsjak y Yaakov, cuyos descendientes en Mitsraim serán redimidos por tres guías, Moshé, Aharón y Miriam; y la copa puesta en la mano del Paró es la copa de ira que él habrá de apurar al final. Esta interpretación del sueño la guardó Yosef para sí, y no le dijo nada de ella al copero mayor; pero, por gratitud por la buena nueva de la liberación de Israel de la esclavitud de Mitsraim, le dio una interpretación favorable de su sueño, y le rogó que se acordara de él cuando le fuera bien, y lo librara de la mazmorra en que estaba confinado.

Cuando el panadero mayor oyó la interpretación del sueño del copero, supo que Yosef había adivinado correctamente su significado, pues en el suyo propio había visto la interpretación del sueño de su amigo, y pasó a contarle a Yosef lo que había soñado por la noche: «También yo estaba en mi sueño, y, he aquí, tres canastos de pan blanco había sobre mi cabeza; y en el canasto de más arriba había toda clase de manjares horneados para el Paró; y las aves los comían del canasto que estaba sobre mi cabeza». También este sueño encerraba una profecía sobre el futuro de Israel: los tres canastos son los tres reinos a los que Israel será sometido: Bavel, Media y Grecia; y el canasto de más arriba señala el dominio impío de Roma, que se extenderá sobre todas las naciones del mundo, hasta que venga el ave —que es el Mashíaj— y aniquile a Roma. De nuevo Yosef mantuvo la profecía en secreto. Al panadero mayor le dio solo la interpretación que se refería a su persona, pero esta le era desfavorable, pues a través de su sueño Yosef había conocido el sufrimiento que Israel habría de padecer.

Y todo sucedió, como Yosef había dicho, al tercer día. El día en que explicó el significado de sus sueños a los dos distinguidos prisioneros, le nació un hijo al Paró; y, para celebrar el gozoso acontecimiento, el rey dispuso un banquete para sus príncipes y siervos que había de durar ocho días. Los invitó a ellos y a todo el pueblo a su mesa, y los agasajó con esplendor regio. El banquete comenzó al tercer día después del nacimiento del niño, y en aquella ocasión el copero mayor fue restituido con honores a su copería, y el panadero mayor fue colgado, pues los consejeros del Paró habían descubierto que no había sido culpa del copero que la mosca cayera en el vino del rey, sino que el panadero había sido culpable de descuido al permitir que la piedrecita se metiera en el pan. Igualmente resultó que el copero no había tenido parte en la conspiración para envenenar al rey, mientras que el panadero fue revelado como uno de los conjurados, y tuvo que expiar su crimen con la vida.

En rigor, Yosef debería haber salido libre de su mazmorra el mismo día que el copero. Para entonces llevaba allí diez años y había reparado la calumnia que había proferido contra sus diez hermanos. Sin embargo, permaneció en prisión dos años más. «Bendito el hombre que confía en Adonái, y cuya esperanza es Adonái»; pero Yosef había puesto su confianza en la carne y la sangre. Había rogado al copero mayor que se acordara de él cuando le fuera bien, y que hiciera mención de él ante el Paró, y el copero olvidó su promesa; por eso Yosef hubo de quedarse en prisión dos años más de los que originalmente se le habían asignado allí. El copero no lo había olvidado a propósito, sino que fue designio de Dios que su memoria le fallara. Cuando se decía a sí mismo: «Si sucede tal y tal cosa, me acordaré del caso de Yosef», las condiciones que había imaginado se invertían sin falta; o si hacía un nudo como recordatorio, un ángel venía y deshacía el nudo, y Yosef no le venía a la mente.

Pero «Adonái pone fin a las tinieblas», y la liberación de Yosef no se demoró ni un solo instante más allá del tiempo que le había sido decretado. Dijo Dios: «Tú, oh copero, tú olvidaste a Yosef, pero yo no»; e hizo que el Paró soñara un sueño que fue la ocasión de la liberación de Yosef.

En su sueño, el Paró vio siete vacas, hermosas y de carnes gruesas, que subían del Nilo, y todas juntas pacían en paz en la ribera del río. En los años en que la cosecha es abundante, reinan entre los hombres la amistad, el amor y la concordia fraterna, y estas siete vacas gordas representaban siete años prósperos así. Tras las vacas gordas, subieron del río otras siete, feas y de carnes flacas, y cada una tenía la espalda vuelta a las demás, pues cuando impera la aflicción, un hombre se aparta del otro. Por un breve espacio el Paró despertó, y cuando volvió a dormirse, soñó un segundo sueño: siete espigas de trigo gruesas y buenas, y siete espigas delgadas y quemadas por el viento del este, y las espigas marchitas se tragaban a las llenas. Despertó al punto, y era de mañana, y los sueños soñados de mañana son los que se cumplen.

No era la primera vez que el Paró tenía estos sueños. Lo habían visitado cada noche durante un período de dos años, y siempre los olvidaba por la mañana. Esta fue la primera vez que los recordó, pues había llegado el día en que Yosef saldría de su prisión. El corazón del Paró latía con violencia cuando, al despertar, trajo a la memoria sus sueños. En especial el segundo, el de las espigas de trigo, lo desasosegaba. Reflexionó que todo lo que tiene boca puede comer, y por eso el sueño de las siete vacas flacas que se comían a las siete gordas no le pareció extraño. Pero las espigas de trigo que se tragaban a otras espigas le turbaban el espíritu. Por eso convocó a todos los sabios de su tierra, y ellos se esforzaron en vano por hallar una interpretación satisfactoria. Explicaron que las siete vacas gordas significaban siete hijas que le nacerían al Paró, y las siete vacas flacas, que enterraría siete hijas; las espigas gruesas significaban que el Paró conquistaría siete países, y las espigas quemadas, que siete provincias se rebelarían contra él. Sobre las espigas de trigo no todos concordaban. Algunos pensaban que las buenas espigas representaban siete ciudades que el Paró edificaría, y las siete espigas marchitas indicaban que esas mismas ciudades serían destruidas al final de su reinado.

Sagaz como era, el Paró sabía que ninguna de estas explicaciones daba en el clavo. Promulgó un decreto que citaba a todos los intérpretes de sueños a comparecer ante él bajo pena de muerte, y ofreció grandes recompensas y distinciones a quien lograra hallar el verdadero significado de sus sueños. Obedeciendo a su llamado, comparecieron todos los sabios, los magos y los escribas sagrados que había en Mitsraim, la ciudad de Mitsraim, así como los de Goshen, Ramsés, Tsóan y todo el país de Mitsraim; y con ellos vinieron los príncipes, oficiales y siervos del rey de todas las ciudades de la tierra.

A todos ellos les narró el rey sus sueños, pero ninguno pudo interpretarlos a su satisfacción. Algunos decían que las siete vacas gordas eran los siete reyes legítimos que gobernarían sobre Mitsraim, y las siete vacas flacas señalaban a siete príncipes que se alzarían contra estos siete reyes y los exterminarían. Las siete buenas espigas de trigo eran los siete príncipes superiores de Mitsraim que entrarían en guerra por su soberano, y serían derrotados por otros tantos príncipes insignificantes, señalados por las siete espigas quemadas.

Otra interpretación era que las siete vacas gordas eran las siete ciudades fortificadas de Mitsraim, que en algún tiempo futuro caerían en manos de siete naciones cananeas, prefiguradas en las siete vacas flacas. Según esta interpretación, el segundo sueño completaba al primero. Significaba que los descendientes del Paró recobrarían la autoridad soberana sobre Mitsraim en un período posterior, y someterían también a las siete naciones cananeas.

Había una tercera interpretación, dada por algunos: las siete vacas gordas son siete mujeres que el Paró tomaría por esposas, pero que morirían en vida de él, y su pérdida se señalaba en las siete vacas flacas. Además, el Paró tendría catorce hijos, y los siete fuertes serían vencidos por los siete débiles, así como las espigas quemadas de su sueño habían tragado a las espigas gruesas.

Y una cuarta: «Tendrás siete hijos, oh Paró; esas son las siete vacas gordas. Estos hijos tuyos serán muertos por los siete poderosos príncipes rebeldes. Pero entonces vendrán siete príncipes menores, y matarán a los siete rebeldes, vengarán a tus descendientes y devolverán el dominio a tu familia».

El rey quedó tan poco complacido con estas interpretaciones como con las otras que había oído antes, y en su ira ordenó que se diera muerte a los sabios, los magos y los escribas de Mitsraim, y los verdugos se dispusieron a ejecutar el decreto real.

Sin embargo, Mirod, el copero mayor del Paró, se asustó, al ver que el rey estaba tan contrariado por no haber conseguido una interpretación de sus sueños que estaba a punto de entregar el alma. Se alarmó ante la muerte del rey, pues era dudoso que el sucesor al trono lo mantuviera en su cargo. Resolvió hacer todo lo que estuviera en su poder para mantener al Paró con vida. Por eso se adelantó ante él y habló, diciendo: «Hoy recuerdo dos faltas mías: me mostré ingrato con Yosef, en que no presenté su petición ante ti, y también te vi afligido a causa de tu sueño sin hacerte saber que Yosef sabe interpretar sueños. Cuando plugo a HaShem Dios irritar al Paró contra sus siervos, el rey me puso bajo custodia en la casa del capitán de la guardia, a mí y al panadero mayor. Y con nosotros había un sencillo joven, uno de la despreciada raza de los hebreos, esclavo del capitán de la guardia, y él nos interpretó nuestros sueños, y sucedió tal como nos había interpretado. Por tanto, oh rey, detén la mano de los verdugos, que no ejecuten a los egipcios. El esclavo del que hablo está aún en la mazmorra, y si el rey consiente en hacerlo venir aquí, con seguridad interpretará tus sueños».

«Malditos los impíos, que nunca hacen una buena obra del todo». El copero mayor describió a Yosef con desprecio como un «esclavo», para que le fuera imposible ocupar un lugar distinguido en la corte, pues era ley en los códigos de Mitsraim que un esclavo nunca pudiera sentarse en el trono como rey, ni siquiera poner el pie en el estribo de un caballo.

El Paró revocó el edicto de muerte que había promulgado contra los sabios de Mitsraim, y mandó llamar a Yosef. Encareció a sus mensajeros que no agitaran ni turbaran a Yosef, para no volverlo incapaz de interpretar correctamente el sueño del rey. Lo sacaron a toda prisa de la mazmorra, pero primero Yosef, por respeto al rey, se afeitó y se puso ropa fresca, que un ángel le trajo del Paraíso, y entonces se presentó ante el Paró.

El rey estaba sentado sobre el trono real, ataviado con vestiduras principescas, con un efod de oro sobre el pecho, y el oro fino del efod centelleaba, y el carbunclo, el rubí y la esmeralda ardían como una antorcha, y todas las piedras preciosas engastadas sobre la cabeza del rey relumbraban como fuego encendido, y Yosef quedó pasmado ante la presencia del rey. El trono en que se sentaba estaba recubierto de oro y plata y de piedras de ónice, y tenía setenta gradas. Si un príncipe u otra persona distinguida venía a tener audiencia con el rey, la costumbre era que avanzara y subiera hasta la grada treinta y uno del trono, y el rey descendía treinta y seis gradas y hablaba con él. Pero si uno del pueblo venía a hablar con el rey, subía solo hasta la tercera grada, y el rey bajaba cuatro gradas de su asiento y le dirigía la palabra desde allí. Era costumbre también que quien conocía las setenta lenguas subiera hasta lo alto de las setenta gradas del trono, pero si un hombre conocía solo algunas de las setenta lenguas, se le permitía subir tantas gradas como lenguas supiera, fueran muchas o pocas. Y otra costumbre de los egipcios era que nadie podía reinar sobre ellos si no dominaba las setenta lenguas.

Cuando Yosef llegó ante el rey, se inclinó hasta el suelo, y subió hasta la tercera grada, mientras el rey se sentaba en la cuarta desde lo alto, y habló con Yosef, diciendo: «Oh, joven, mi siervo da testimonio de ti, de que eres la persona más excelente y perspicaz a quien puedo consultar. Te ruego que me concedas los mismos favores que otorgaste a este siervo mío, y me digas qué sucesos anuncian las visiones de mis sueños. Deseo que no calles nada por temor, ni me halagues con palabras mentirosas, ni con palabras que me complazcan. Dime la verdad, aunque sea triste y alarmante».

Yosef preguntó al rey, primero, de dónde sabía que la interpretación dada por los sabios de su país no era verdadera, y el Paró respondió: «Vi el sueño y su interpretación juntos, y por eso no pueden tomarme por necio». En su modestia, Yosef negó ser diestro en interpretar sueños. Dijo: «No está en mí; está en la mano de Dios, y si es la voluntad de Dios, Él me permitirá anunciar al Paró nuevas de paz». Y por tal modestia fue recompensado con la soberanía sobre Mitsraim, pues HaShem honra a quienes lo honran. Así fue también recompensado Daniel por sus palabras a Nabucodonosor:

«Hay un Dios en el cielo que revela secretos, pero en cuanto a mí, este secreto no me ha sido revelado por sabiduría alguna que yo tenga más que ningún otro viviente, sino para que la interpretación sea dada a conocer al rey, y para que conozcas los pensamientos de tu corazón».

Entonces el Paró comenzó a contar su sueño, solo que omitió algunos puntos y narró otros con inexactitud, para poner a prueba las tan alabadas facultades de Yosef. Pero el joven lo corrigió, y recompuso los sueños exactamente como habían visitado al Paró en la noche, y el rey quedó asombrado. Yosef pudo lograr esta hazaña porque había soñado el mismo sueño que el Paró, a la misma hora que él. Entonces el Paró volvió a contar sus sueños, con todos los detalles y circunstancias, y precisamente como los había visto en su sueño, salvo que dejó fuera la palabra Nilo en la descripción de las siete vacas flacas, porque este río era adorado por los egipcios, y titubeaba en decir que algo malo hubiera salido de su dios.

Y Yosef pasó a dar al rey la verdadera interpretación de los dos sueños. Ambos eran una revelación acerca de los siete años buenos que se avecinaban y los siete años de hambre que les seguirían. En realidad, el propósito de Dios había sido traer sobre Mitsraim un hambre de cuarenta y dos años de duración, pero solo dos años de aquel penoso período cayeron sobre la tierra, en mérito de la bendición de Yaakov cuando bajó a Mitsraim en el segundo año del hambre. Los otros cuarenta años cayeron sobre la tierra en tiempos del profeta Yejezkel.

Yosef hizo más que interpretar los sueños. Cuando el rey dio voz a sus dudas sobre la interpretación, le dio señales y presagios. Dijo: «Sea esto una señal para ti de que mis palabras son verdaderas, y mi consejo excelente: tu esposa, que en este momento está sentada sobre la silla de partos, dará a luz un hijo, y te regocijarás por él, pero en medio de tu alegría te llegará la triste nueva de la muerte de tu hijo mayor, que te nació hace apenas dos años, y habrás de hallar consuelo por la pérdida del uno en el nacimiento del otro».

Apenas se había retirado Yosef de la presencia del rey, cuando llegó al Paró la noticia del nacimiento de un hijo, y poco después también la noticia de la muerte de su primogénito, que de repente había caído al suelo y expirado. Entonces mandó llamar a todos los grandes de su reino, y a todos sus siervos, y les habló, diciendo: «Habéis oído las palabras del hebreo, y habéis visto que las señales que anunció se cumplieron, y yo también sé que ha interpretado el sueño con verdad. Aconsejadme ahora cómo puede salvarse la tierra de los estragos del hambre. Buscad por aquí y por allá si podéis hallar un hombre sabio y entendido, a quien pueda poner sobre la tierra, pues estoy convencido de que la tierra solo puede salvarse si atendemos el consejo del hebreo». Los grandes y los príncipes admitieron que la salvación solo podía asegurarse ateniéndose al consejo dado por Yosef, y propusieron que el rey, en su sagacidad, eligiera a un hombre que considerara a la altura de tan gran tarea. Entonces dijo el Paró: «Aunque recorriéramos y escudriñáramos la tierra de un extremo al otro, no hallaríamos a ninguno como Yosef, un hombre en quien está el espíritu de Dios. Si os parece bien, lo pondré sobre la tierra que ha salvado con su sabiduría».

Los astrólogos, que eran sus consejeros, objetaron, diciendo: «¿A un esclavo, a uno que su dueño actual adquirió por veinte piezas de plata, propones ponernos por señor?». Pero el Paró sostuvo que Yosef no solo era, sin sombra de duda, un hombre libre de nacimiento, sino además vástago de una familia noble. Con todo, los príncipes del Paró no se acallaron, siguieron dando voz a su oposición a Yosef, diciendo: «¿No recuerdas la ley inmutable de los egipcios, que nadie puede servir como rey ni como virrey si no habla todas las lenguas de los hombres? Y este hebreo no conoce sino la suya propia, ¿y cómo sería posible que un hombre gobernara sobre nosotros si ni siquiera sabe hablar la lengua de nuestra tierra? Manda que lo traigan aquí, y examínalo en todas las cosas que un gobernante debe saber y tener, y decide luego como te parezca sabio a tus ojos».

El Paró cedió, prometió hacer como deseaban, y fijó el día siguiente como la ocasión para examinar a Yosef, que entretanto había vuelto a su prisión, pues, a causa de su esposa, su amo temía tenerlo en su casa. Durante la noche, Gavriel se apareció a Yosef y le enseñó las setenta lenguas, y él las adquirió con presteza después de que el ángel cambiara su nombre de Yosef a Yehosef. A la mañana siguiente, cuando llegó a la presencia del Paró y de los nobles del reino, como conocía cada una de las setenta lenguas, subió todas las gradas del trono real, hasta alcanzar la septuagésima, la más alta, sobre la cual se sentaba el rey, y el Paró y sus príncipes se regocijaron de que Yosef cumpliera todos los requisitos que necesitaba quien había de gobernar Mitsraim.

El rey dijo a Yosef: «Tú me diste el consejo de buscar un hombre discreto y sabio, y ponerlo sobre la tierra de Mitsraim, para que en su sabiduría salvara la tierra del hambre. Puesto que Dios te ha mostrado todo esto, y puesto que dominas todas las lenguas del mundo, no hay nadie tan discreto y sabio como tú. Serás, por tanto, el segundo en la tierra después del Paró, y conforme a tu palabra saldrá y entrará todo mi pueblo; mis príncipes y mis siervos recibirán de ti su asignación mensual; ante ti se postrará el pueblo, y solo en el trono seré yo mayor que tú».

Ahora Yosef recogía la cosecha de sus virtudes, y según la medida de sus méritos Dios le concedía la recompensa. La boca que rechazó el beso de la pasión ilícita y del pecado recibió el beso del homenaje del pueblo; el cuello que no se dobló ante el pecado fue adornado con la cadena de oro que el Paró le puso; las manos que no tocaron el pecado llevaron el anillo con sello que el Paró se quitó de su propia mano y puso en la de Yosef; el cuerpo que no entró en contacto con el pecado fue vestido con ropajes de lino fino; los pies que no dieron paso alguno en dirección al pecado reposaron en el carro real, y los pensamientos que se guardaron sin mancha del pecado fueron proclamados sabiduría.

Yosef fue instalado en su alto cargo, e investido con las insignias de su oficio, con solemne ceremonia. El rey se quitó de la mano su anillo con sello, y lo puso en la mano de Yosef, y lo ataviό con ropaje principesco, y colocó una corona de oro sobre su cabeza, y le echó una cadena de oro al cuello. Luego ordenó a sus siervos que hicieran a Yosef montar en su segundo carro, que iba al lado del carro en que se sentaba el rey, y también le hizo montar sobre un caballo grande y fuerte de entre los caballos del rey, y sus siervos lo condujeron por las calles de la ciudad de Mitsraim. Músicos —no menos de mil batiendo címbalos y mil soplando flautas— y cinco mil hombres con espadas desenvainadas relumbrando en el aire formaban la vanguardia. Veinte mil de los grandes del rey, ceñidos con cinturones de cuero bordados en oro, marchaban a la derecha de Yosef, y otros tantos a su izquierda. Las mujeres y las doncellas de la nobleza se asomaban a las ventanas para contemplar la belleza de Yosef, y dejaban caer sobre él cadenas, y anillos y joyas, con tal de que él dirigiera sus ojos hacia ellas. Pero él no alzó la mirada, y en recompensa Dios lo hizo inmune al mal de ojo, y este nunca ha tenido el poder de dañar a ninguno de sus descendientes. Siervos del rey, delante de él y detrás de él, quemaban incienso a su paso, y casia, y toda clase de especias aromáticas, y esparcían mirra y áloes por dondequiera que iba. Veinte heraldos caminaban delante de él, y proclamaban: «Este es el hombre a quien el rey ha escogido para ser el segundo después de él. Todos los asuntos del Estado serán administrados por él, y quien resista sus órdenes, o se niegue a inclinarse hasta el suelo ante él, morirá la muerte del rebelde contra el rey y contra el lugarteniente del rey».

Sin demora se postró el pueblo, y clamaron: «¡Viva el rey, y viva el lugarteniente del rey!». Y Yosef, mirando desde su caballo al pueblo y a su júbilo, exclamó, con los ojos dirigidos al cielo: «Adonái levanta del polvo al pobre, y del muladar alza al menesteroso. Oh Adonái de los ejércitos, bienaventurado el hombre que confía en Ti».

Después de que Yosef, acompañado de los oficiales y príncipes del Paró, hubo recorrido toda la ciudad de Mitsraim, y visto todo cuanto en ella había, volvió al rey ese mismo día, y el rey le dio campos y viñas como presente, y también tres mil talentos de plata, y mil talentos de oro, y piedras de ónice y bedelio, y muchas otras cosas costosas. El rey ordenó, además, que cada egipcio diera a Yosef un regalo, so pena de muerte. Se erigió una plataforma en plena calle, y allí todos depositaron sus presentes, y entre las cosas había muchas de oro y plata, así como piedras preciosas, llevadas allí por el pueblo y también por los grandes, pues veían que Yosef gozaba del favor del rey. Además, Yosef recibió cien esclavos del Paró, que debían cumplir todo cuanto él mandara, y él mismo adquirió muchos más, pues residía en un espacioso palacio. Tres años tomó edificarlo. Especial magnificencia se prodigó en la sala de audiencias, que era su cámara de recepción, y en el trono forjado de oro y plata e incrustado de piedras preciosas, sobre el cual había una representación de toda la tierra de Mitsraim y del río Nilo. Y así como Yosef se multiplicaba en riquezas, así también crecía en sabiduría, pues Dios añadía a su sabiduría para que todos lo amaran y lo honraran. El Paró lo llamó Tsafenat-Panéaj, «el que puede revelar cosas secretas con facilidad, y con ello alegra el corazón del hombre». Cada letra del nombre Tsafenat-Panéaj tiene también un significado. La primera, Tsade, corresponde a Tsofé, vidente; Pe, a Podé, redentor; Nun, a Naví, profeta; Tav, a Tomej, sostén; Pe, a Poter, intérprete de sueños; Áyin, a Arum, avisado; Nun, a Navón, discreto; y Jet, a Jajam, sabio.

El nombre de la esposa de Yosef señalaba su historia del mismo modo. Asnat era hija de Diná y de Jamor, pero fue abandonada en las fronteras de Mitsraim; solo que, para que la gente supiera quién era, Yaakov grabó la historia de su linaje y de su nacimiento en una placa de oro sujeta a su cuello. El día en que Asnat fue expuesta, Potifar salió a pasear con sus siervos junto a la muralla de la ciudad, y oyeron la voz de una criatura. A instancias del capitán, le llevaron a la niña, y cuando leyó su historia en la placa de oro, resolvió adoptarla. La llevó consigo a casa, y la crió como a su hija. El Alef en Asnat corresponde a On, donde Potifar era sacerdote; el Samej, a Setirá, «oculta», pues fue mantenida escondida a causa de su extraordinaria belleza; el Nun, a Nojemet, pues lloró y suplicó que la libraran de la casa del pagano Potifar; y el Tav, a Tamá, «la perfecta», por sus obras piadosas y perfectas.

Asnat había salvado la vida de Yosef cuando aún era una niña de pecho. Cuando Yosef fue acusado de conducta inmoral por la esposa de Potifar y las otras mujeres, y su amo estaba a punto de mandar ahorcarlo, Asnat se acercó a su padre adoptivo, y le aseguró bajo juramento que la acusación contra Yosef era falsa. Entonces habló Dios: «Como que vives, porque intentaste defender a Yosef, tú serás la mujer que dé a luz a las tribus que él está destinado a engendrar».

Asnat le dio dos hijos, Menashé y Efráyim, durante los siete años de abundancia, pues en el tiempo del hambre Yosef se abstuvo de todo goce de los placeres de la vida. Fueron criados en la castidad y el temor de Dios por su padre, y eran sabios, y bien instruidos en todo saber y en los asuntos del Estado, de modo que se volvieron los favoritos de la corte, y fueron educados junto con los príncipes reales.

Antes de que el hambre se abatiera sobre la tierra, Yosef halló ocasión de prestar al rey un gran servicio. Equipó un ejército de cuatro mil seiscientos hombres, proveyendo a todos los soldados de escudos y lanzas y broqueles y yelmos y hondas. Con este ejército, y con la ayuda de los siervos y oficiales del rey, y del pueblo de Mitsraim, hizo la guerra contra Tarshish en el primer año tras su nombramiento como virrey. La gente de Tarshish había invadido el territorio de los ismaelitas, y estos, pocos en número por entonces, se veían en grave aprieto, y acudieron al rey de Mitsraim en busca de ayuda contra sus enemigos. Al frente de su hueste de héroes, Yosef marchó a la tierra de Javilá, donde se le unieron los ismaelitas, y con fuerzas unidas combatieron contra la gente de Tarshish, la derrotaron por completo, poblaron su tierra con los ismaelitas, mientras los vencidos se refugiaban con sus hermanos en Yaván. Yosef y su ejército regresaron a Mitsraim, y no habían perdido a un solo hombre.

Al poco tiempo se confirmó la profecía de Yosef: aquel año y los seis siguientes fueron años de abundancia, tal como había anunciado. La cosecha fue tan copiosa que una sola espiga producía dos montones de grano, y Yosef tomó disposiciones prudentes para proveer con largueza para los años de hambre. Recogió todo el grano, y en la ciudad situada en medio de cada distrito almacenó el producto de los contornos, e hizo esparcir cenizas y tierra sobre el alimento guardado, del mismísimo suelo en que se había cultivado; también conservó el grano en la espiga; todas estas eran precauciones tomadas para guardarlo de la podredumbre y el moho. Los habitantes de Mitsraim también trataron, por su cuenta, de apartar una parte de la sobreabundante cosecha de los siete años fértiles contra la necesidad del futuro, pero cuando llegó el penoso tiempo de la carestía, y fueron a sus graneros a sacar el grano atesorado, he aquí que se había podrido, y quedado inservible para el alimento. El hambre irrumpió sobre el pueblo con tal brusquedad que el pan se agotaba de improviso mientras estaban sentados a sus mesas; no tenían ni un bocado de pan de salvado.

Así se vieron forzados a acudir a Yosef y suplicar su ayuda, y él los amonestó, diciendo: «Renunciad a vuestra lealtad a vuestros ídolos engañosos, y decid: Bendito el que da pan a toda carne». Pero ellos se negaron a renegar de sus dioses mentirosos, y se dirigieron al Paró, solo para que este les dijera: «Id a Yosef; lo que él os diga, hacedlo». Por esto fue recompensado el Paró. Dios le concedió larga vida y un largo reinado, hasta que se volvió arrogante, y un merecido castigo lo alcanzó.

Cuando los egipcios se acercaron a Yosef con la petición de pan, él habló, diciendo: «No doy alimento a los incircuncisos. Idos de aquí, y circuncidaos, y luego volved acá». Entraron a la presencia del Paró, y se quejaron a él respecto de Yosef, pero él dijo como antes: «¡Id a Yosef!». Y ellos replicaron: «Venimos de Yosef, y él nos ha hablado con dureza, diciendo: ¡Idos de aquí y circuncidaos! Te advertimos desde el principio que es un hebreo, y que nos trataría de tal manera». El Paró les dijo: «Oh, necios, ¿no profetizó por el espíritu santo y proclamó al mundo entero que vendrían siete años de abundancia seguidos de siete años de carestía? ¿Por qué no guardasteis el rendimiento de uno o dos años contra el día de vuestra necesidad?».

Llorando, respondieron: «El grano que apartamos durante los años buenos se ha podrido».

El Paró: «¿No os queda nada de la harina de ayer?».

Los egipcios: «¡Hasta el pan del cesto se pudrió!».

El Paró: «¿Por qué?».

Los egipcios: «¡Porque así lo quiso Yosef!».

El Paró: «Oh, necios, si su palabra tiene poder sobre el grano, haciéndolo pudrirse cuando él desea que se pudra, entonces también nosotros hemos de morir, si tal fuera su deseo respecto de nosotros. Id, pues, a él, y haced como os manda».

El hambre, que primero causó penurias a los ricos entre los egipcios, fue extendiendo poco a poco sus estragos hasta Fenicia, Arabia y la Tierra de Israel. Aunque los hijos de Yaakov, siendo hombres jóvenes, frecuentaban las calles y los caminos, ignoraban lo que su viejo padre Yaakov, que se quedaba en casa, sí sabía: que podía conseguirse grano en Mitsraim. Yaakov incluso sospechaba que Yosef estaba en Mitsraim. Su espíritu profético, que lo había abandonado durante el tiempo de su duelo por su hijo, se manifestaba sin embargo de tanto en tanto en visiones difusas, y resolvió enviar a sus hijos a Mitsraim. Había otra razón. Aunque aún no pasaba necesidad, con todo los hizo ir allá por alimento, porque le repugnaba despertar la envidia de los hijos de Esav y de Yishmael con su holgada situación. Por la misma razón, para evitar roces con los pueblos vecinos, mandó a sus hijos que no aparecieran en público con pan en las manos, ni con pertrechos de guerra. Y como sabía que era probable que llamaran la atención, a causa de su heroica estatura y su hermosa presencia, les advirtió que no entraran todos juntos a la ciudad por la misma puerta, ni, en verdad, se mostraran todos juntos en público en parte alguna, para que no se echara sobre ellos el mal de ojo.

El hambre en Kena’an inspiró a Yosef la esperanza de ver a sus hermanos. Para asegurarse de su venida, promulgó un decreto acerca de la compra de grano en Mitsraim, como sigue: «Por orden del rey y de su lugarteniente, y de los príncipes del reino, quede establecido que quien desee comprar grano en Mitsraim no puede enviar a su esclavo a hacer su encargo, sino que ha de encomendarlo a sus propios hijos. El egipcio o el cananeo que haya comprado grano y luego lo revenda será condenado a muerte, pues nadie puede comprar más de lo que necesita para las necesidades de su casa. También, quien venga con dos o tres bestias de carga y las cargue de grano será condenado a muerte».

A las puertas de la ciudad de Mitsraim, Yosef apostó guardias, cuyo oficio era averiguar y anotar el nombre de todo el que viniera a comprar grano, y también el nombre de su padre y de su abuelo, y cada tarde la lista de nombres así hecha se entregaba a Yosef. Estas precauciones habían de hacer bajar a Mitsraim a los hermanos de Yosef, y también informarle de su venida en cuanto entraran en la tierra.

En su viaje, sus hermanos pensaban más en Yosef que en su encargo. Se decían unos a otros: «Sabemos que Yosef fue llevado a Mitsraim, y allí lo buscaremos, y si lo encontramos, lo rescataremos de su amo, y si su amo se niega a venderlo, usaremos la fuerza, aunque perezcamos nosotros mismos».

A las puertas de la ciudad de Mitsraim, se preguntó a los hermanos de Yosef cuáles eran sus nombres, y los nombres de su padre y de su abuelo. Dio la casualidad de que el guardia de turno era Menashé, el hijo de Yosef. Los hermanos se sometieron al interrogatorio, diciendo: «Entremos en la ciudad, y veremos si esta anotación de nuestros nombres es cuestión de impuestos. Si es así, no pondremos reparos; pero si es otra cosa, veremos mañana qué puede hacerse en el caso».

En la tarde del día en que entraron en Mitsraim, Yosef descubrió sus nombres en la lista, que tenía por costumbre examinar a diario, y ordenó que se cerraran todos los puestos de venta de grano, salvo uno solo. Es más, ni siquiera en este puesto se negociaría venta alguna sin obtener primero el nombre del que pretendía comprar. Sus hermanos, cuyos nombres Yosef proporcionó al encargado del lugar, debían ser apresados y llevados ante él en cuanto se presentaran.

Pero el primer pensamiento de los hermanos era para Yosef, y su primera preocupación, buscarlo. Durante tres días lo buscaron por todas partes, hasta en los barrios más infames de la ciudad. Entretanto, Yosef estaba en comunicación con el encargado del puesto que se mantenía abierto para la venta de grano, y, al oír que sus hermanos no habían aparecido allí, despachó a algunos de sus siervos a buscarlos, pero no los hallaron ni en Mitsraim, la ciudad de Mitsraim, ni en Goshen, ni en Ramsés. Entonces envió a dieciséis siervos a hacer una búsqueda casa por casa en la ciudad, y descubrieron a los hermanos de Yosef en un lugar de mala fama y los llevaron a rastras ante su señor.

Con una gran corona de oro sobre la cabeza, ataviado de lino fino y púrpura, y rodeado de sus hombres valientes, Yosef estaba sentado sobre su trono en su palacio. Sus hermanos cayeron ante él con gran admiración de su belleza, su porte majestuoso y su majestad. No lo reconocieron, pues cuando Yosef fue vendido como esclavo era un joven imberbe. Pero él sí reconoció a sus hermanos, cuyo aspecto no había cambiado en nada, pues eran hombres barbados cuando fue separado de ellos.

Estaba inclinado a darse a conocer a ellos como su hermano, pero un ángel se le apareció, el mismo que lo había traído desde Shejem hasta sus hermanos en Dotán, y le habló, diciendo: «Estos han venido aquí con intención de matarte». Más tarde, cuando los hermanos volvieron a casa, y dieron cuenta de sus peripecias a Yaakov, le dijeron que un hombre los había acusado falsamente ante el gobernante de Mitsraim, sin saber que quien había incitado a Yosef contra ellos era un ángel. Fue en referencia a este asunto, y aludiendo a su acusador, que Yaakov, al despachar a sus hijos en su segunda expedición a Mitsraim, oró a Dios: «El Dios Todopoderoso os conceda misericordia ante el hombre».

Yosef se mostró extraño a sus hermanos, y tomó su copa en la mano, la golpeó, y dijo: «Por esta copa mágica sé que sois espías». Ellos replicaron: «Tus siervos vinieron de Kena’an a Mitsraim para comprar grano».

Yosef: «Si es verdad que vinisteis aquí a comprar grano, ¿por qué es que cada uno de vosotros entró en la ciudad por una puerta distinta?».

Los hermanos: «Todos somos hijos de un solo hombre en la tierra de Kena’an, y él nos mandó no entrar juntos en una ciudad por la misma puerta, para no atraer la atención de la gente del lugar». Sin saberlo, habían hablado como videntes, pues la palabra «todos» incluía a Yosef como uno de su número.

Yosef: «En verdad, sois espías. Toda la gente que viene a comprar grano vuelve a casa sin demora, pero vosotros os habéis quedado aquí tres días, sin hacer compra alguna, y todo el tiempo habéis andado callejeando por los parajes infames de la ciudad, y solo los espías suelen hacer tal cosa».

Los hermanos: «Nosotros, tus siervos, somos doce hermanos, hijos de Yaakov, hijo de Yitsjak, hijo del hebreo Avraham. El menor está hoy con nuestro padre en Kena’an, y uno ha desaparecido. A él lo buscábamos en esta tierra, y lo buscamos incluso en las casas infames».

Yosef: «¿Habéis buscado en todos los demás lugares de la tierra, y solo Mitsraim quedaba? Y si es verdad que está en Mitsraim, ¿qué haría un hermano vuestro en una casa de mala fama, si de veras sois los descendientes de Avraham, Yitsjak y Yaakov?».

Los hermanos: «Oímos que unos ismaelitas robaron a nuestro hermano, y lo vendieron como esclavo en Mitsraim, y como nuestro hermano era en extremo hermoso de forma y de rostro, pensamos que quizá lo hubieran vendido para usos ilícitos, y por eso buscamos incluso en las casas infames para encontrarlo».

Yosef: «Habláis palabras engañosas cuando os llamáis hijos de Avraham. Por la vida del Paró, sois espías, y fuisteis de una casa infame a otra para que nadie os descubriera».

La expresión «por la vida del Paró» podría haber revelado a sus hermanos el verdadero sentir de Yosef, de haber ellos conocido su costumbre de hacer este juramento solo cuando pensaba faltar a su palabra después.

Yosef siguió hablando a sus hermanos: «Supongamos que descubrierais a vuestro hermano sirviendo como esclavo, y su amo exigiera una suma alta por su rescate, ¿la pagaríais?».

Los hermanos: «¡Sí!».

Yosef: «Pero supongamos que su amo se negara a entregarlo por precio alguno del mundo, ¿qué haríais?».

Los hermanos: «Si no nos cede a nuestro hermano, mataremos al amo, y nos llevaremos a nuestro hermano».

Yosef: «Ved ahora cuán verdaderas eran mis palabras, que sois espías. Por vuestra propia confesión habéis venido a matar a los habitantes de la tierra. La fama nos ha contado que dos de vosotros masacrasteis a la gente de Shejem a causa del ultraje hecho a vuestra hermana, y ahora habéis bajado a Mitsraim a matar a los egipcios por causa de vuestro hermano. Solo me convenceré de vuestra inocencia si consentís en enviar a casa a uno de vosotros y traer aquí a vuestro hermano menor».

Sus hermanos se negaron a acceder, y Yosef hizo que los metieran en prisión con setenta de sus hombres valientes, y allí permanecieron tres días. Dios nunca permite que los piadosos languidezcan en la aflicción más de tres días, y así fue una disposición divina que los hermanos de Yosef fueran liberados al tercer día, y que Yosef les permitiera volver a casa, con la condición, no obstante, de que uno de ellos quedara atrás como rehén.

Aquí puede verse la diferencia entre Yosef y sus hermanos. Aunque retuvo a uno de ellos para tenerlo preso en la cárcel, aún dijo: «Temo a Dios», y despidió a los demás; pero cuando él estuvo en poder de ellos, no dedicaron pensamiento alguno a Dios. Esta vez, a decir verdad, su conducta fue tal como corresponde a los piadosos, que aceptan su suerte con serena resignación, y reconocen la justicia de Dios, pues Él dispensa recompensa y castigo medida por medida. Reconocieron que su castigo presente era a cambio del trato despiadado que habían dado a Yosef, sin prestar atención a su angustia, aunque él cayó a los pies de cada uno de ellos, llorando, y suplicándoles que no lo vendieran como esclavo. Reuvén recordó a los otros que tenían dos agravios que expiar: el agravio contra su hermano y el agravio contra su padre, que quedó tan afligido que exclamó: «Descenderé a la sepultura junto a mi hijo, de duelo».

Los hermanos de Yosef no sabían que el virrey de Mitsraim entendía el hebreo, y podía seguir sus palabras, pues Menashé estaba de pie y hacía de intérprete entre ellos y él.

Yosef decidió retener a Shimón como rehén en Mitsraim, pues había sido uno de los dos —Leví era el otro— que aconsejaron dar muerte a Yosef, y solo la intercesión de Reuvén y Yehudá lo había salvado. No retuvo también a Leví porque temía que, si ambos quedaban atrás juntos, Mitsraim sufriera a sus manos la misma suerte que la ciudad de Shejem. Además, prefirió a Shimón antes que a Leví, porque Shimón no era un favorito entre los hijos de Yaakov, y no se resistirían con demasiada violencia a su detención en Mitsraim, mientras que podrían aniquilar Mitsraim, como en su día a Shejem, si se los privaba de Leví, su hombre sabio y sumo sacerdote. Por lo demás, había sido Shimón quien bajó a Yosef al pozo, por lo cual le tenía particular rencor.

Cuando los hermanos cedieron a la exigencia de Yosef, y consintieron en dejar atrás a su hermano como rehén, Shimón les dijo: «¡Queréis hacer conmigo lo que hicisteis con Yosef!». Pero ellos replicaron, con desesperación: «¿Qué podemos hacer? Nuestras casas perecerán de hambre». Shimón respondió: «Haced como queráis, pero en cuanto a mí, que yo vea al hombre que se atreva a echarme en prisión». Yosef mandó decir al Paró que le diera setenta de sus hombres valientes, para ayudarlo a arrestar a unos ladrones. Pero cuando los setenta aparecieron en escena, y estaban a punto de echar mano a Shimón, este lanzó un fuerte grito, y sus asaltantes cayeron al suelo y se les saltaron los dientes. Los hombres valientes del Paró, así como toda la gente que rodeaba a Yosef, huyeron espantados; solo Yosef y su hijo Menashé permanecieron calmos e inmutables. Menashé se levantó, asestó a Shimón un golpe en la nuca, le puso esposas en las manos y grillos en los pies, y lo echó en prisión. Los hermanos de Yosef quedaron muy asombrados de la heroica fuerza del joven, y Shimón dijo: «Este golpe no lo asestó un egipcio, sino uno de nuestra casa».

Fue atado y llevado a prisión a los ojos de los demás hermanos de Yosef, pero en cuanto quedaron fuera de vista, Yosef ordenó que le sirvieran buena comida, y lo trató con gran bondad.

Yosef permitió a sus otros nueve hermanos partir, llevando grano consigo en abundancia, pero les recalcó que sin falta debían volver y traer consigo a su hermano menor. En el camino, Leví, que se sentía solo sin su constante compañero Shimón, abrió su saco, y divisó el dinero que había pagado por el grano. Todos temblaron, y les faltó el corazón, y dijeron: «¿Dónde está, pues, la bondad amorosa de Dios para con nuestros padres Avraham, Yitsjak y Yaakov, viendo que nos ha entregado en manos del rey egipcio, para que levante contra nosotros falsas acusaciones?». Y Yehudá dijo: «En verdad, somos culpables respecto de nuestro hermano, hemos pecado contra Dios, en que vendimos a nuestro hermano, nuestra propia carne, ¿y por qué preguntáis: Dónde está, pues, la bondad amorosa de Dios para con nuestros padres?».

Reuvén habló del mismo modo: «¿No os hablé, diciendo: No pequéis contra el niño, y no quisisteis oír? Y ahora Adonái nos lo reclama. ¿Cómo podéis decir: Dónde está, pues, la bondad amorosa de Dios para con nuestros padres, si habéis pecado contra Él?».

Prosiguieron su viaje de vuelta, y su padre les salió al encuentro en el camino. Yaakov se asombró de no ver a Shimón con ellos, y, en respuesta a sus preguntas, le contaron todo lo que les había acontecido en Mitsraim. Entonces Yaakov clamó: «¿Qué habéis hecho? Envié a Yosef a vosotros para ver si os iba bien, y dijisteis: Una fiera lo ha devorado. Shimón salió con vosotros a comprar grano, y decís: El rey de Mitsraim lo ha echado en prisión. Y ahora os llevaréis a Binyamín y lo mataréis también. Haréis descender mis canas con dolor a la sepultura».

Las palabras que Yaakov pronunció, «Me habéis privado de mis hijos», querían dar a entender a sus hijos que sospechaba de ellos por la muerte de Yosef y también por la desaparición de Shimón, y sus relatos acerca de ambos los tenía por invenciones. Lo que lo hacía inconsolable era que ahora, habiendo perdido a dos de sus hijos, no podía esperar ver cumplida la promesa divina de que sería el antepasado de doce tribus. Estaba, por tanto, del todo resuelto en su ánimo a no dejar que Binyamín se fuera con sus hermanos bajo ninguna condición, y no dio a Reuvén respuesta alguna cuando este dijo: «Da muerte a mis dos hijos, si no te lo traigo». Consideró indigno de él dar respuesta a semejante disparate. «Mi hijo primogénito», se dijo, «es un necio. ¿De qué me servirá matar a sus dos hijos? ¿No sabe que sus hijos son igualmente míos?». Yehudá aconsejó a sus hermanos que desistieran entonces de apremiar a su padre; él consentiría, pensaba, a cuantos expedientes se hallaran necesarios, tan pronto como se les agotara el pan, y un segundo viaje a Mitsraim se hiciera imperioso.

Cuando se acabaron las provisiones compradas en Mitsraim y la familia de Yaakov empezó a padecer hambre, los niños pequeños vinieron a él y le dijeron: «Danos pan, para que no muramos de hambre delante de ti». Las palabras de los pequeños arrancaron lágrimas ardientes de los ojos de Yaakov, y llamó a sus hijos y les mandó bajar otra vez a Mitsraim a comprar comida. Pero Yehudá le dijo: «Aquel hombre nos advirtió solemnemente, diciendo que no veríamos su rostro si nuestro hermano Binyamín no venía con nosotros, y no podemos presentarnos ante él con pretextos vanos». Y Yaakov dijo: «¿Por qué me hicisteis tanto mal como para contarle a ese hombre que teníais otro hermano?». Fue la primera y única vez que Yaakov se permitió una palabra ociosa, y Dios dijo: «Yo me encargué de elevar a su hijo al puesto de gobernador de Mitsraim, ¿y él se queja y dice: por qué me hicisteis tanto mal?». Y Yehudá se defendió del reproche de haber iniciado al virrey egipcio en los asuntos de su familia, con estas palabras: «¡Pero si conocía hasta la madera con que están hechas las cunas de nuestros niños! Padre —continuó—, si Binyamín va con nosotros, puede que nos lo quiten, pero también puede que no. Eso es incierto, pero lo cierto es que, si no viene con nosotros, todos moriremos de hambre. Mejor no preocuparse por lo dudoso y guiar los actos por lo seguro. El rey de Mitsraim es un rey fuerte y poderoso, y si vamos a él sin nuestro hermano, todos seremos condenados a muerte. ¿Acaso no sabes, no has oído, que este rey es muy poderoso y sabio, y que no hay otro como él en toda la tierra? Hemos visto a todos los reyes de la tierra, y ninguno como el rey de Mitsraim. Cualquiera diría que entre todos los reyes de la tierra no hay ninguno mayor que Avimélej, rey de los filisteos; y sin embargo el rey de Mitsraim es más grande y más poderoso que él, y Avimélej apenas puede compararse con uno de sus oficiales. Padre, tú no has visto su palacio ni su trono, ni a todos sus siervos de pie ante él. No has visto a ese rey sobre su trono, en toda su magnificencia y con sus insignias reales, revestido de sus ropas regias, con una gran corona de oro sobre la cabeza. No has visto la honra y la gloria que Dios le ha dado, pues no hay otro como él en toda la tierra. Padre, no has visto la sabiduría, el entendimiento y el conocimiento que Dios ha puesto en su corazón. Oímos su voz dulce cuando nos habló. No sabemos, padre, quién le dio a conocer nuestros nombres y todo lo que nos ha pasado. También preguntó por ti, diciendo: ¿Vive todavía vuestro padre, y le va bien? No has visto los asuntos del gobierno de Mitsraim regidos por él, pues nadie consulta al Paró, su señor, acerca de ellos. No has visto el temor y el pavor que impone a todos los egipcios. Hasta nosotros salimos de su presencia amenazando con hacer a Mitsraim lo que se hizo a las ciudades de los amorreos, y furiosos en extremo por todas las palabras que dijo tratándonos de espías; y sin embargo, cuando volvimos de nuevo ante él, su terror cayó sobre todos nosotros, y ninguno pudo dirigirle una sola palabra, ni grande ni pequeño. Por tanto, padre, envía al muchacho con nosotros, y nos levantaremos y bajaremos a Mitsraim, y compraremos comida, para que no muramos de hambre».

Yehudá ofreció su parte en el mundo venidero como fianza por Binyamín, y así prometió solemnemente traerlo de vuelta sano y salvo; y Yaakov accedió a su petición y permitió que Binyamín bajara a Mitsraim con sus otros hijos. Llevaron también consigo regalos escogidos de parte de su padre para el gobernador de Mitsraim, cosas que fuera de la Tierra de Israel despiertan asombro: el múrex, que es el caracol del que se obtiene la púrpura de Tiro, y diversas clases de bálsamo, y aceite de almendras, y aceite de pistacho, y miel dura como la piedra. Además, Yaakov puso en sus manos el doble de dinero, para prevenir una subida de precios entre tanto. Y cuando todo esto quedó dispuesto, habló a sus hijos, diciendo: «Aquí está el dinero, aquí está el regalo, y aquí está también vuestro hermano. ¿Necesitáis alguna otra cosa?». Y ellos respondieron: «Sí, necesitamos además que intercedas por nosotros ante Dios». Entonces su padre oró: «Oh HaShem, Tú que al tiempo de la creación dijiste ¡Basta! al cielo y a la tierra, cuando se extendían más y más hacia el infinito, pon también un límite a mis sufrimientos, diles: ¡Basta! Que Dios Todopoderoso os conceda misericordia ante el gobernador de Mitsraim, para que os devuelva a Yosef, a Shimón y a Binyamín».

Esta oración fue una intercesión no solo por los hijos de Yaakov, sino también por sus descendientes: que Dios librara a las Diez Tribus en el tiempo por venir, como libró a las dos, Yehudá y Binyamín; y que, después de permitir la destrucción de dos Templos, concediera duración sin fin al tercero.

Yaakov puso además en manos de su hijo una carta dirigida al virrey de Mitsraim. La carta decía así: «De tu siervo Yaakov, hijo de Yitsjak, nieto de Avraham, príncipe de Dios, al poderoso y sabio rey Tsafnat-Panéaj, gobernador de Mitsraim, ¡paz! Hago saber a mi señor el rey que el hambre es grave entre nosotros en la tierra de Kena’an, y por eso he enviado a mis hijos a ti, a comprarnos un poco de comida, para que vivamos y no muramos. Mis hijos me rodearon y me pidieron algo de comer, pero, ay, soy muy viejo, y no puedo ver con mis ojos, pues están cargados con el peso de los años, y también a causa de mis lágrimas sin fin por mi hijo Yosef, que me fue arrebatado. Encargué a mis hijos que no pasaran todos juntos por la puerta al mismo tiempo, al llegar a la ciudad de Mitsraim, por consideración a los habitantes de la tierra, para que no repararan demasiado en ellos. También les mandé recorrer la tierra de Mitsraim buscando a mi hijo Yosef, por si acaso lo encontraban allí.

»Así lo hicieron, y por eso tú los tuviste por espías. Hemos oído la fama de tu sabiduría y tu perspicacia. ¿Cómo, pues, puedes mirar sus rostros y aun así declararlos espías? Sobre todo cuando hemos oído que interpretaste el sueño del Paró y anunciaste la llegada del hambre, nos asombra que tú, con tu discernimiento, no pudieras distinguir si son espías o no.

»Y ahora, oh mi señor el rey, te envío a mi hijo Binyamín, como exigiste a mis otros hijos. Te ruego que cuides bien de él hasta que me lo devuelvas en paz con sus hermanos. ¿No has oído, no sabes, lo que nuestro Dios hizo al Paró cuando tomó para sí a nuestra madre Sará? ¿O lo que le sucedió a Avimélej por causa de ella? ¿Y lo que nuestro padre Avraham hizo a los nueve reyes de Elam, cómo los mató y exterminó sus ejércitos, aunque tenía consigo pocos hombres? ¿O no has oído lo que mis dos hijos Shimón y Leví hicieron a las ocho ciudades de los amorreos, que destruyeron a causa de su hermana Diná? Binyamín los consoló de la pérdida de Yosef. ¿Qué, entonces, harán a quien extienda la mano del poder para arrebatárselo?

»¿No sabes, oh rey de Mitsraim, que el poder de nuestro Dios está con nosotros, y que Él siempre escucha nuestras oraciones y nunca nos abandona? Si yo hubiera invocado a Dios para que se alzara contra ti cuando mis hijos me contaron cómo obraste con ellos, tú y tu pueblo, todos vosotros habríais sido aniquilados antes de que Binyamín pudiera bajar a ti. Pero pensé que mi hijo Shimón moraba en tu casa, y que quizá le estabas haciendo bien, y por eso no invoqué sobre ti el castigo de Dios. Ahora mi hijo Binyamín baja a ti con mis otros hijos. Ten cuidado contigo mismo, mantén tus ojos puestos en él, y Dios pondrá su ojo sobre todo tu reino.

»Ya he dicho todo lo que hay en mi corazón. Mis hijos llevan consigo a Mitsraim a su hermano menor; devuélvemelos a todos en paz».

Esta carta la puso Yaakov al cuidado de Yehudá, encargándole que la entregara al gobernador de Mitsraim. Sus últimas palabras a sus hijos fueron una exhortación a cuidar bien de Binyamín y a no perderlo de vista, ni en el camino ni después de su llegada a Mitsraim. Se despidió de ellos, y luego se volvió en oración a Dios, diciendo: «¡Oh Señor del cielo y de la tierra! Recuerda tu alianza con nuestro padre Avraham. Recuerda también a mi padre Yitsjak, y concede gracia a mis hijos, y no los entregues en manos del rey de Mitsraim. Oh Dios mío, hazlo por amor de tu misericordia, redime a mis hijos y sálvalos de manos de los egipcios, y devuélveles a sus dos hermanos».

También las mujeres y los niños de la casa de Yaakov oraron a Dios entre lágrimas, y le suplicaron que redimiera a sus maridos y a sus padres de manos del rey de Mitsraim.

Grande fue el gozo de Yosef cuando sus hermanos estuvieron ante él y Binyamín venía con ellos. En su hermano menor veía el retrato fiel de su padre. Ordenó a su hijo Menashé, el mayordomo de su casa, que llevara a los hombres al palacio y les preparara una comida. Pero debía cuidar de preparar los platos de carne en presencia de los huéspedes, para que vieran con sus propios ojos que las reses habían sido sacrificadas conforme a las prescripciones rituales, y que se había retirado el nervio ciático que está sobre el hueco del muslo.

La comida a la que Yosef invitó a sus hermanos fue una comida de Shabat, pues él observaba el séptimo día ya antes de la revelación de la Torá. Los hijos de Yaakov rechazaron la invitación del mayordomo, y se armó un forcejeo. Mientras él intentaba meterlos por la fuerza en el salón del banquete, ellos intentaban sacarlo a él, pues temían que fuera solo una argucia para apoderarse de ellos y de sus asnos, a causa del dinero que habían hallado en sus sacos al volver de su primer viaje a Mitsraim. En su modestia, ponían la pérdida de sus bestias al mismo nivel que la pérdida de su propia libertad. Para el hombre común, la propiedad es tan preciosa como la vida misma.

De pie a la puerta de la casa de Yosef, hablaron al mayordomo y dijeron: «Estamos en muy mala situación. En nuestra tierra sosteníamos a otros, y ahora dependemos de ti para que nos sostengas». Tras estas palabras de introducción, le ofrecieron el dinero que habían hallado en sus sacos. El mayordomo los tranquilizó acerca del dinero, diciendo: «Sea como sea, ya sea por vuestros propios méritos, ya por los méritos de vuestros padres, Dios os ha hecho encontrar un tesoro, pues el dinero que pagasteis por el grano llegó a mi mano». Entonces les sacó a Shimón. Su hermano parecía un odre de cuero, tan gordo y redondo se había puesto durante su estancia en Mitsraim. Contó a sus hermanos qué buen trato le habían dado. En el mismo instante en que ellos salieron de la ciudad, él fue liberado de la prisión, y desde entonces lo habían agasajado con esplendor en la casa del gobernador de Mitsraim.

Cuando Yosef apareció, Yehudá tomó a Binyamín de la mano y lo presentó al virrey, y todos se inclinaron ante él hasta la tierra. Yosef les preguntó por el bienestar de su padre y de su abuelo, y ellos respondieron: «Tu siervo, nuestro padre, está bien; aún vive», y Yosef supo por sus palabras que su abuelo Yitsjak ya no existía. Había muerto en el momento en que Yosef fue liberado de la prisión, y el gozo de Dios por la liberación de Yosef quedó ensombrecido por su dolor por Yitsjak. Entonces Yehudá entregó a Yosef la carta de su padre, y él se conmovió tanto al ver la letra tan conocida que tuvo que retirarse a su cámara y llorar. Cuando volvió, mandó a Binyamín que se acercara a él, y puso la mano sobre la cabeza de su hermano menor y lo bendijo con estas palabras: «Dios te sea propicio, hijo mío». Su padre había mencionado una vez «los hijos que Dios ha dado por gracia a tu siervo», y como Binyamín no estaba entre los hijos así nombrados, pues nació después, Yosef lo compensó ahora bendiciéndolo con la gracia de Dios.

La mesa se dispuso en tres partes: para Yosef, para sus hermanos y para los egipcios. Los hijos de Yaakov no se atrevían a comer de los platos que les pusieron delante; temían que no hubieran sido preparados conforme a las prescripciones rituales —un castigo sobre Yosef por haber calumniado a sus hermanos, a quienes una vez acusó de no ser escrupulosos en la observancia de las leyes dietéticas—. Los egipcios, por su parte, no podían sentarse a la misma mesa que los hijos de Yaakov, porque estos comían la carne de los animales a los que aquellos rendían culto divino.

Cuando todo estuvo listo y los huéspedes iban a sentarse, Yosef alzó su copa y, fingiendo aspirar de ella su conocimiento, dijo: «Yehudá es rey, por tanto que se siente a la cabecera de la mesa, y que Reuvén el primogénito ocupe el segundo lugar»; y así asignó a todos sus hermanos lugares que correspondían a su dignidad y a su edad. Además, sentó juntos a los hermanos que eran hijos de una misma madre, y cuando llegó a Binyamín, dijo: «Sé que el menor de vosotros no tiene un hermano nacido de su propia madre junto a quien pueda sentarse, y yo tampoco tengo ninguno; por tanto, que ocupe su lugar junto a mí».

Los hermanos se maravillaban unos con otros de todo esto. Durante la comida, Yosef tomó su porción y se la dio a Binyamín, y su esposa Asnat siguió su ejemplo, y también Efráyim y Menashé, de modo que Binyamín tuvo cuatro porciones además de la que había recibido como los otros hijos de Yaakov.

Se sirvió vino en la comida, y era la primera vez en veintidós años que Yosef y sus hermanos lo probaban, pues habían llevado vida de nazareos: sus hermanos porque se arrepentían del mal que habían hecho a Yosef, y Yosef porque se afligía por la suerte de su padre.

Yosef entabló conversación con su hermano Binyamín. Le preguntó si tenía un hermano nacido de su propia madre, y Binyamín respondió: «Tenía uno, pero no sé qué ha sido de él». Yosef continuó sus preguntas: «¿Tienes esposa?».

Binyamín: «Sí, tengo esposa y diez hijos».

Yosef: «¿Y cómo se llaman?».

Binyamín: «Bela, y Béjer, y Ashbel, Guerá, y Naamán, Ejí, y Rosh, Mupim, y Jupim, y Ard».

Yosef: «¿Por qué les diste nombres tan singulares?».

Binyamín: «En memoria de mi hermano y de sus sufrimientos: Bela, porque mi hermano desapareció entre los pueblos; Béjer, porque era el primogénito de mi madre; Ashbel, porque fue arrebatado de mi padre; Guerá, porque habita como extranjero en tierra extraña; Naamán, porque era en extremo agradable; Ejí, porque era mi único hermano por parte de padre y madre a la vez; Rosh, porque estaba a la cabeza de sus hermanos; Mupim, porque era hermoso en todo; Jupim, porque fue calumniado; y Ard, porque era hermoso como una rosa».

Yosef mandó que le trajeran su astrolabio mágico, con el cual conocía todo cuanto sucede, y dijo a Binyamín: «He oído que los hebreos están versados en toda sabiduría, pero ¿tú sabes algo de esto?». Binyamín respondió: «Tu siervo también es diestro en toda sabiduría, que mi padre me ha enseñado». Entonces miró el astrolabio, y para su gran asombro descubrió con su ayuda que aquel que estaba sentado en el trono ante él era su hermano Yosef. Notando el asombro de Binyamín, Yosef le preguntó: «¿Qué has visto, y por qué te asombras?». Binyamín dijo: «Veo por esto que Yosef mi hermano está aquí sentado ante mí sobre el trono». Y Yosef dijo: «¡Yo soy Yosef, tu hermano! No reveles la cosa a nuestros hermanos. Te enviaré con ellos cuando se vayan, y les mandaré que los traigan de nuevo a la ciudad, y te apartaré de ellos. Si arriesgan sus vidas y luchan por ti, entonces sabré que se han arrepentido de lo que me hicieron, y me daré a conocer a ellos. Pero si te abandonan, te quedarás conmigo. Se irán, y no me daré a conocer a ellos».

Entonces Yosef preguntó a Binyamín qué habían dicho sus hermanos a su padre después de haberlo vendido como esclavo, y oyó la historia de la túnica mojada en la sangre de un cabrito. «Sí, hermano —dijo Yosef—, cuando me despojaron de la túnica, me entregaron a los ismaelitas, que me ataron un delantal a la cintura, me azotaron y me mandaron correr. Pero un león atacó al que me golpeaba y lo mató, y sus compañeros se alarmaron y me vendieron a otra gente».

Despedidos por Yosef con palabras amables, sus hermanos emprendieron el viaje de regreso en cuanto amaneció, pues es buena regla «salir de una ciudad después de la salida del sol, y entrar en una ciudad antes de la puesta del sol». Además, Yosef tenía una razón concreta para no dejar que sus hermanos partieran de la ciudad de noche. Temía un encuentro entre ellos y sus siervos, y que sus hombres llevaran la peor parte, pues los hijos de Yaakov eran como las fieras salvajes, que dominan de noche.

Aún no se habían alejado mucho de las puertas de la ciudad cuando Yosef despachó a Menashé, el mayordomo de su casa, para que fuera tras ellos y buscara la copa de plata que había escondido en el saco de Binyamín. Conocía bien a sus hermanos, y no se arriesgó a dejar que se alejaran demasiado de la ciudad antes de intentar forzar su regreso. Esperaba que la cercanía de la ciudad los intimidara y les hiciera acatar sus órdenes. Menashé recibió, pues, el encargo de detenerlos, con buenas palabras si podía, o con palabras duras si debía, y de traerlos de vuelta a la ciudad. Obró conforme a sus instrucciones. Cuando los hermanos oyeron la acusación de robo, dijeron: «Aquel de tus siervos en cuyo poder se halle la copa, que muera, y nosotros también seremos siervos de mi señor». Y Menashé dijo: «Como decís, así sería justo hacerlo, pues si diez personas son acusadas de robo y el objeto robado se halla en poder de una de ellas, todas son responsables. Pero yo no seré tan duro. Aquel en cuyo poder se halle la copa será el siervo, y los demás quedarán sin culpa».

Registró todos los sacos, y para no despertar la sospecha de que sabía dónde estaba la copa, empezó por Reuvén, el mayor, y terminó por Binyamín, el menor, y la copa se halló en el saco de Binyamín. Enfurecidos, sus hermanos le gritaron a Binyamín: «¡Oh ladrón e hijo de ladrona! Tu madre avergonzó a nuestro padre con su hurto, y ahora tú nos avergüenzas a nosotros». Pero él replicó: «¿Es este asunto tan malo como el asunto del cabrito, como el acto de los hermanos que vendieron a su propio hermano como esclavo?».

En su furia y su despecho, los hermanos rasgaron sus vestiduras. Dios les pagó con su propia moneda. Ellos habían hecho que Yaakov rasgara sus ropas en su duelo por Yosef, y ahora se veían obligados a hacer lo mismo por sus propias desgracias. Y así como rasgaron sus ropas por su hermano Binyamín, así Mordejái, descendiente de Binyamín, había de rasgar las suyas por sus hermanos, el pueblo de Israel. Pero como la mortificación fue infligida a los hermanos por medio de Menashé, el mayordomo de Yosef, el territorio asignado a la tribu de Menashé fue «desgarrado» en dos: la mitad de la tribu hubo de vivir a un lado del Yardén, y la otra mitad al otro lado. Y Yosef, que no había titubeado en atormentar a sus hermanos tan amargamente que rasgaron sus ropas en su abatimiento, fue castigado: su descendiente Yehoshúa se vio llevado a tal desesperación tras la derrota de Ai que él también rasgó sus vestiduras.

Convictos de robo más allá de toda duda, los hermanos de Yosef no tuvieron más remedio que acatar la orden del mayordomo y volver a la ciudad. Lo acompañaron sin demora. Cada uno cargó él mismo su asno, levantando la carga con una sola mano del suelo al lomo de la bestia, y luego desanduvieron el camino hacia la ciudad; y mientras andaban, golpeaban a Binyamín rudamente en el hombro, diciendo: «¡Oh ladrón e hijo de ladrona, nos has traído la misma vergüenza que tu madre trajo sobre nuestro padre!». Binyamín soportó los golpes y las palabras injuriosas en paciente silencio, y fue recompensado por su humildad. Por someterse a los golpes sobre su hombro, Dios dispuso que su Shejiná «morara entre sus hombros», y lo llamó también «el amado de HaShem».

Los hermanos de Yosef volvieron a la ciudad sin temor. Aunque era una gran metrópoli, a sus ojos parecía apenas una aldea de diez personas, que podían borrar de un manotazo. Fueron conducidos a la presencia de Yosef, quien, contra su costumbre, no estaba celebrando ese día audiencia en el foro. Se había quedado en casa, para que sus hermanos no quedaran expuestos a la vergüenza en público. Cayeron a tierra ante él, y así se cumplió su sueño de las once estrellas que se le inclinaban. Pero aun mientras rendía homenaje a Yosef, Yehudá hervía por dentro de rabia contenida, y dijo a sus hermanos: «En verdad, este hombre me ha forzado a volver aquí solo para que hoy destruya la ciudad».

Custodiado por sus valientes a derecha e izquierda, Yosef se dirigió a sus hermanos, gruñendo: «¿Qué acto es este que habéis hecho, robarme mi copa? Bien sé que la tomasteis para descubrir con su ayuda el paradero de vuestro hermano desaparecido». Yehudá tomó la palabra y respondió: «¿Qué diremos a mi señor acerca del primer dinero que halló en la boca de nuestros sacos? ¿Qué diremos del segundo dinero que también estaba en nuestros sacos? ¿Y cómo nos justificaremos acerca de la copa? No podemos reconocernos culpables, pues nos sabemos inocentes en todos estos asuntos. Y sin embargo no podemos declararnos inocentes, porque Dios ha descubierto la iniquidad de tus siervos, como un acreedor que anda de aquí para allá tratando de cobrar una deuda que se le debe. Dos hermanos cuidan de no entrar juntos en una casa de alegría y festejo, para no exponerse al mal de ojo; pero nosotros fuimos apresados todos juntos en un mismo lugar, a causa del pecado que cometimos en común».

Yosef: «Pero si vuestro castigo es por haber vendido a Yosef, ¿por qué ha de sufrir este hermano vuestro, el menor, que no tuvo parte en vuestro crimen?».

Yehudá: «El ladrón y sus compañeros son apresados juntos».

Yosef: «Si fuisteis capaces de contar a vuestro padre acerca de un hermano que no había robado ni os había traído vergüenza alguna, que una fiera lo había despedazado, con facilidad os convenceréis de decirlo acerca de un hermano que sí ha robado y os ha traído vergüenza. Id, pues, y decid a vuestro padre: “La cuerda sigue al cubo del agua”. Pero —continuó Yosef, sacudiendo su manto de púrpura— líbreme Dios de acusaros a todos de robo. Solo el joven que robó la copa para adivinar el paradero de su hermano quedará conmigo como siervo; en cuanto a vosotros, subid en paz a vuestro padre».

El espíritu santo exclamó: «¡Grande paz tienen los que aman tu ley!».

Todos los hermanos consintieron en entregar a Binyamín al gobernador de Mitsraim; solo Yehudá se opuso, y gritó: «¡Ahora se acabó toda la paz!», y se dispuso a usar la fuerza, si era preciso, para rescatar a Binyamín de la esclavitud.

Yosef despidió a sus hermanos y se llevó a Binyamín a la fuerza, y lo encerró en una cámara. Pero Yehudá echó abajo la puerta y se plantó ante Yosef con sus hermanos. Resolvió emplear por turno los tres medios de liberar a Binyamín de que disponía. Estaba dispuesto a convencer a Yosef con argumentos, o a moverlo con súplicas, o a recurrir a la fuerza, con tal de lograr su fin.

Habló: «Nos haces un agravio. Tú, que dijiste “yo temo a Dios”, te muestras como el Paró, que no teme a Dios. Los juicios que pronuncias no concuerdan con nuestras leyes, ni concuerdan con las leyes de las naciones. Según nuestra ley, el ladrón debe pagar el doble del valor de lo que ha robado. Solo si no tiene dinero es vendido como esclavo, pero si tiene el dinero, hace la restitución doble. Y según la ley de las naciones, al ladrón se le despoja de todo lo que posee. Hazlo así, pero déjalo libre. Si un hombre compra un esclavo y luego descubre que es un ladrón, la transacción queda anulada. Y sin embargo tú pretendes hacer esclavo a uno a quien acusas de ser ladrón. Sospecho que quieres tenerlo en tu poder para fines ilícitos, y en esa lujuria te asemejas al Paró. También te pareces al Paró en que haces una promesa y no la cumples. Dijiste a tus siervos: Traedme a vuestro hermano menor, para que ponga mis ojos sobre él. ¿A esto llamas poner tus ojos sobre él? Si no desearas nada más que un esclavo, con seguridad aceptarías nuestra oferta de servirte como siervos en lugar de Binyamín. Reuvén es mayor que él, y yo lo supero en fuerza. No puede ser sino como digo: tienes un propósito lujurioso en mente con nuestro hermano.

»Por tanto, que estas palabras que voy a decir hallen entrada en tu corazón: por causa de la abuela de este muchacho, el Paró y su casa fueron heridos con graves plagas, porque él la retuvo en su palacio una sola noche contra su voluntad. Su madre murió una muerte prematura, a causa de una maldición que su padre pronunció con precipitación irreflexiva. Cuídate, pues, de que la maldición de este hombre no te alcance y te dé muerte. Dos de nosotros destruimos una ciudad entera por causa de una sola mujer; cuánto más lo haríamos por causa de un hombre, y ese hombre el amado de HaShem, en cuyo territorio está dispuesto que more Dios.

»Si tan solo profiero un sonido, una pestilencia mortal recorrerá la tierra hasta No. En esta tierra el Paró es el primero, y tú eres el segundo después de él; pero en nuestra tierra mi padre es el primero, y yo soy el segundo. Si no accedes a nuestra demanda, desenvainaré mi espada y te derribaré a ti primero, y luego al Paró».

Cuando Yehudá profirió esta amenaza, Yosef hizo una señal, y Menashé golpeó el suelo con el pie de modo que todo el palacio tembló. Yehudá dijo: «¡Solo alguien de nuestra familia puede golpear así!», e intimidado por esta muestra de gran fuerza, moderó su tono y sus modos. «Desde el principio —siguió diciendo— recurriste a toda clase de pretextos para ponernos en aprietos. Los habitantes de muchos países bajaron a Mitsraim a comprar grano, pero a ninguno de ellos preguntaste por sus relaciones familiares. En verdad, no vinimos aquí a pedir a tu hija en matrimonio; ¿o acaso deseas tú una alianza con nuestra hermana? A pesar de todo, dimos respuesta a todas tus preguntas».

Yosef respondió: «¡En verdad, hablas con soltura! ¿Hay otro charlatán como tú entre tus hermanos? ¿Por qué hablas tanto, mientras tus hermanos que son mayores que tú, Reuvén, Shimón y Leví, permanecen callados?».

Yehudá: «Ninguno de mis hermanos tiene tanto en juego como yo, si Binyamín no vuelve a su padre. Yo fui fiador ante mi padre por él, diciendo: Si no te lo traigo y lo pongo delante de ti, cargue yo con la culpa para siempre, en este mundo y en el mundo venidero».

Los demás hermanos se abstuvieron deliberadamente de tomar parte en la disputa entre Yehudá y Yosef, diciendo: «Hay reyes disputando, y no nos corresponde interponernos entre ellos». Hasta los ángeles descendieron del cielo a la tierra para ser espectadores del combate entre Yosef el toro y Yehudá el león, y dijeron: «Es cosa del curso natural que el toro tema al león, pero aquí los dos se enzarzan en combate igual y furioso».

En respuesta a Yehudá, cuando este explicó que su gran interés por la seguridad de Binyamín se debía a la promesa que había dado a su padre, Yosef habló: «¿Por qué no fuiste fiador de tu otro hermano, cuando lo vendisteis por veinte piezas de plata? Entonces no reparaste en el dolor que infligías a tu padre, sino que dijiste: Una fiera ha devorado a Yosef. Y sin embargo Yosef no había hecho mal alguno, mientras que este Binyamín ha cometido robo. Por tanto, sube y di a tu padre: La cuerda ha seguido al cubo del agua».

Estas palabras hicieron tal efecto en Yehudá que rompió en sollozos y gritó en alta voz: «¿Cómo subiré a mi padre, si el muchacho no está conmigo?». Su clamor llegó hasta una distancia de cuatrocientas parasangas, y cuando Jushim, hijo de Dan, lo oyó en Kena’an, saltó a Mitsraim de un solo brinco y unió su voz a la de Yehudá, y toda la tierra estuvo a punto de derrumbarse por el gran estruendo que produjeron. Los valientes de Yosef perdieron los dientes, y las ciudades de Pitom y Ramsés quedaron destruidas, y así permanecieron en ruinas hasta que los israelitas las reconstruyeron bajo capataces. También los hermanos de Yehudá, que hasta ese momento habían guardado silencio, montaron en cólera y golpearon el suelo con los pies hasta que pareció que un arado hubiera abierto en él profundos surcos. Y Yehudá se dirigió a sus hermanos: «Sed valientes, portaos como hombres, y muestre cada uno de vosotros su heroísmo, pues las circunstancias exigen que demos lo mejor de nosotros».

Entonces resolvieron destruir Mitsraim, la ciudad de Mitsraim, y Yehudá dijo: «Yo alzaré mi voz, y con ella destruiré a Mitsraim».

Reuvén: «Yo alzaré mi brazo, y la aplastaré hasta hacerla desaparecer».

Shimón: «Yo alzaré mi mano, y arrasaré sus palacios».

Leví: «Yo desenvainaré mi espada, y mataré a los habitantes de Mitsraim».

Yisajar: «Yo dejaré la tierra como Sedom».

Zevulún: «Como Gomorra la dejaré yo».

Dan: «Yo la reduciré a un desierto».

Entonces la rabia desbordante de Yehudá empezó a dar señales de estallar: su ojo derecho derramó lágrimas de sangre; el vello sobre su corazón se erizó tanto que atravesó y rasgó las cinco vestiduras que llevaba puestas; y tomó varillas de bronce, las mordió con los dientes y las escupió hechas polvo fino. Cuando Yosef observó estas señales, el temor cayó sobre él, y para mostrar que él también era un hombre de fuerza extraordinaria, empujó con el pie el pedestal de mármol sobre el que estaba sentado, y este se hizo astillas. Yehudá exclamó: «¡Este es un héroe igual a mí!». Entonces intentó sacar su espada de la vaina para matar a Yosef, pero el arma no quiso moverse, y Yehudá se convenció por ello de que su adversario era un hombre temeroso de Dios, y se puso a la tarea de rogarle que dejara libre a Binyamín, pero él se mantuvo inflexible.

Entonces Yehudá dijo: «¿Qué diremos a nuestro padre cuando vea que nuestro hermano no está con nosotros, y se aflija por él?».

Yosef: «Decid que la cuerda ha seguido al cubo del agua».

Yehudá: «Eres un rey, ¿por qué hablas de este modo, aconsejando una mentira? ¡Ay del rey que es como tú!».

Yosef: «¿Hay mentira mayor que la que dijisteis acerca de vuestro hermano Yosef, a quien vendisteis a los madianitas por veinte piezas de plata, diciendo a vuestro padre: Una fiera lo ha devorado?».

Yehudá: «El fuego de Shejem arde en mi corazón; ahora quemaré con fuego toda tu tierra».

Yosef: «Por cierto, el fuego encendido para quemar a Tamar, tu nuera, que dio muerte a tus hijos, apagará el fuego de Shejem».

Yehudá: «Si me arranco un solo cabello del cuerpo, llenaré con su sangre todo Mitsraim».

Yosef: «Tal es vuestra costumbre; así hicisteis con vuestro hermano a quien vendisteis, y luego mojasteis su túnica en sangre, se la llevasteis a vuestro padre y dijisteis: Una fiera lo ha devorado, y aquí está su sangre».

Cuando Yehudá oyó esto, se enfureció en extremo, y tomó una piedra que pesaba cuatrocientos siclos que estaba ante él, la lanzó al cielo con una sola mano, la atrapó con la mano izquierda, se sentó luego sobre ella, y la piedra se convirtió en polvo. Por orden de Yosef, Menashé hizo lo mismo con otra piedra, y Yosef dijo a Yehudá: «No a vosotros solos se ha dado la fuerza; también nosotros somos hombres poderosos. ¿Por qué, pues, os jactáis todos ante nosotros?». Entonces Yehudá envió a Naftalí, diciendo: «Ve y cuenta todas las calles de la ciudad de Mitsraim, y ven a decirme el número»; pero Shimón se interpuso, diciendo: «Que no te preocupe esto; yo iré al monte, tomaré del monte una piedra enorme, la arrojaré sobre todo Mitsraim, la ciudad de Mitsraim, y mataré a todos los que hay en ella».

Al oír todas estas palabras, que decían en voz alta porque no sabían que él entendía el hebreo, Yosef mandó a su hijo Menashé que se apresurara a reunir a todos los habitantes de Mitsraim, y a todos los hombres valientes, y que vinieran a él a caballo y a pie. Entre tanto, Naftalí había ido rápido a ejecutar el encargo de Yehudá, pues era veloz como el ágil ciervo: podía correr por un campo de grano sin quebrar una sola espiga. Y volvió e informó que la ciudad de Mitsraim estaba dividida en doce barrios. Yehudá mandó a sus hermanos destruir la ciudad; él mismo se encargó de arrasar tres barrios, y asignó los nueve barrios restantes a los otros, un barrio a cada uno.

Entre tanto, Menashé había reunido un gran ejército, quinientos hombres a caballo y diez mil a pie, entre ellos cuatrocientos héroes valientes, capaces de combatir sin lanza ni espada, usando solo sus fuertes manos desnudas. Para infundir más terror a sus hermanos, Yosef les ordenó hacer un gran estruendo con toda clase de instrumentos, y su aparición y el alboroto que produjeron, en efecto, hicieron caer el miedo sobre algunos de los hermanos de Yosef. Yehudá, sin embargo, les gritó: «¿Por qué estáis aterrados, viendo que Dios nos concede su misericordia?». Desenvainó su espada y lanzó un grito salvaje, que sumió a toda la gente en la consternación, y en su huida desordenada muchos cayeron unos sobre otros y perecieron; y Yehudá y sus hermanos persiguieron a la gente que huía hasta la casa del Paró. De vuelta ante Yosef, Yehudá rompió de nuevo en fuertes rugidos, y las reverberaciones causadas por sus gritos fueron tan poderosas que todas las murallas de las ciudades de Mitsraim y de Goshen se derrumbaron, las mujeres encintas dieron a luz antes de tiempo, y el Paró fue arrojado de su trono. Los gritos de Yehudá se oyeron a gran distancia, tan lejos como Sucot.

Cuando el Paró supo la causa del gran alboroto, mandó decir a Yosef que tendría que ceder a las demandas de los hebreos, o la tierra sufriría destrucción. «Puedes escoger —fueron las palabras del Paró— entre yo y los hebreos, entre Mitsraim y la tierra de los hebreos. Si no atiendes mi orden, entonces déjame y vete con ellos a su tierra».

Viendo que sus hermanos estaban, en efecto, a punto de destruir Mitsraim, Yosef resolvió darse a conocer a ellos, y buscó una ocasión propicia que condujera de forma natural a su revelación. A instancia suya, Menashé puso la mano sobre el hombro de Yehudá, y su contacto aplacó la furia de Yehudá, pues notó que estaba en contacto con un pariente suyo, porque tal fuerza no existía en ninguna otra familia. Entonces Yosef se dirigió a Yehudá con dulzura, diciendo: «Me gustaría saber quién le aconsejó robar la copa. ¿Pudo ser alguno de vosotros?». Binyamín respondió: «Ni ellos aconsejaron el robo, ni yo toqué la copa». «Júralo», exigió Yosef, y Binyamín accedió a la petición de su hermano: «¡Juro que no toqué la copa! Tan cierto como que mi hermano Yosef está separado de mí; tan cierto como que nada tuve que ver con los dardos que mis hermanos le arrojaron; tan cierto como que no fui de los que le quitaron la túnica; tan cierto como que no tuve parte en el trato por el cual fue entregado a los ismaelitas; tan cierto como que no ayudé a los otros a mojar su túnica en sangre; así de cierto es mi juramento de que no aconsejaron el robo, y de que yo no cometí robo».

Yosef: «¿Cómo puedo saber que este juramento tuyo, hecho sobre la suerte de tu hermano, es verdadero?».

Binyamín: «Por los nombres de mis diez hijos, que les puse en memoria de la vida y las pruebas de mi hermano, puedes ver cuánto lo amaba. Te ruego, por eso, que no hagas descender a mi padre con dolor a la tumba».

Al oír estas palabras de amor perdurable, Yosef ya no pudo contenerse. No le quedaba sino darse a conocer a sus hermanos. Les dijo estas palabras: «Decís que el hermano de este muchacho murió. ¿Lo visteis vosotros mismos muerto ante vuestros ojos?». Ellos respondieron: «¡Sí!».

Yosef: «¿Estuvisteis junto a su tumba?».

Los hermanos: «¡Sí!».

Yosef: «¿Arrojasteis terrones de tierra sobre su cuerpo?».

Los hermanos: «No».

Entonces Yosef reflexionó, diciéndose a sí mismo: «Mis hermanos son tan piadosos como antes, y no dicen mentiras. Dijeron que yo estaba muerto porque, cuando me abandonaron, yo era pobre —y "un pobre es como un muerto"—; estuvieron junto a mi tumba, esto es, el pozo en el que me echaron; pero no dijeron que hubieran echado tierra sobre mí, pues eso habría sido una falsedad».

Volviéndose hacia sus hermanos, dijo: «Mentís cuando decís que vuestro hermano está muerto. No está muerto. Vosotros lo vendisteis, y yo lo compré. Lo llamaré y lo pondré ante vuestros ojos», y comenzó a llamar: «¡Yosef, hijo de Yaakov, ven acá! ¡Yosef, hijo de Yaakov, ven acá! Habla a tus hermanos que te vendieron». Los otros dirigían la mirada de un lado a otro, hacia los cuatro rincones de la casa, hasta que Yosef les gritó: «¿Por qué miráis aquí y allá? ¡Mirad, yo soy Yosef, vuestro hermano!». Las almas huyeron de ellos y no podían responder, pero Dios permitió que sucediera un milagro, y sus almas volvieron a ellos.

Yosef continuó: «Lo veis con vuestros propios ojos, y también mi hermano Binyamín lo ve con los suyos, que os hablo en hebreo, y que soy verdaderamente vuestro hermano». Pero ellos no querían creerle. No solo se había transformado, de joven imberbe, en un hombre barbado desde que lo abandonaron, sino que el muchacho desamparado estaba ahora ante ellos convertido en gobernante de Mitsraim. Por eso Yosef descubrió su cuerpo y les mostró que pertenecía a los descendientes de Avraham.

Avergonzados quedaron allí, y en su furia quisieron matar a Yosef como causante de su vergüenza y de su sufrimiento. Pero apareció un ángel y los lanzó a los cuatro rincones de la casa. Yehudá alzó un grito tan fuerte que los muros de la ciudad de Mitsraim se desplomaron, las mujeres tuvieron partos prematuros, Yosef y el Paró rodaron ambos de sus tronos, y los trescientos héroes de Yosef perdieron los dientes, y sus cabezas quedaron para siempre inmóviles, mirando hacia atrás, tal como las habían vuelto para descubrir la causa del tumulto. Con todo, los hermanos no se atrevían a acercarse a Yosef, de tan grande que era su vergüenza por su conducta hacia su hermano. Él trató de calmarlos, diciendo: «Ahora no os aflijáis, ni os enojéis con vosotros mismos por haberme vendido acá, pues Dios me envió delante de vosotros para preservar la vida».

Ni siquiera tan amables palabras de aliento disiparon su temor, y Yosef siguió hablando: «Tan poco como guardo en mi corazón pensamientos de venganza contra Binyamín, tan poco los guardo contra vosotros». Y aun así sus hermanos estaban intranquilos, y Yosef prosiguió: «¿Pensáis que me es posible causaros daño? Si el humo de diez velas no pudo apagar una, ¿cómo podría una apagar diez?».

Al fin los hermanos se apaciguaron, y se acercaron a Yosef, que conocía a cada uno por su nombre, y, llorando, los abrazó y besó a todos por turno. La razón de su llanto era que su espíritu profético le mostraba a los descendientes de sus hermanos esclavizados por las naciones. Especialmente lloró sobre el cuello de Binyamín, porque preveía la destrucción decretada para los dos Templos que se alzarían en la heredad de Binyamín. Y Binyamín también lloró sobre el cuello de Yosef, por el santuario de Shiló, en el territorio de Yosef, condenado igualmente a la destrucción.

El Paró quedó muy complacido con la noticia de la reconciliación entre Yosef y los hebreos, pues había temido que sus disensiones pudieran causar la ruina de Mitsraim, y envió a sus siervos donde Yosef, para que tomaran parte en su alegría. También mandó decir a Yosef que le agradaría mucho que sus hermanos fijaran su morada en Mitsraim, y prometió asignarles las mejores partes de la tierra para su lugar de residencia.

No todos los siervos del Paró coincidían con su señor acerca de esta invitación a los hebreos. Muchos de ellos estaban inquietos, diciendo: «Si uno de los hijos de Yaakov vino acá y fue elevado a un alto puesto por encima de nosotros, ¿qué mal nos sobrevendrá cuando vengan diez más?».

Yosef dio a todos sus hermanos dos mudas de ropa, una para los días ordinarios de la semana y otra para el Shabat, pues, cuando la copa fue hallada en poder de Binyamín, ellos habían rasgado sus vestidos, y Yosef no quería que sus hermanos anduvieran con las ropas rotas. Pero a Binyamín le dio cinco mudas, aunque no para distinguirlo por encima de sus hermanos. Yosef recordaba demasiado bien el mal que había causado su padre al darle la túnica de muchos colores, despertando así la envidia de sus hermanos. Solo quería insinuar que Mordejái, descendiente de Binyamín, sería un día ataviado con cinco vestiduras reales.

Yosef presentó a sus hermanos, vestidos con sus ropas bordadas de oro y plata, ante el Paró, quien quedó muy complacido de conocerlos cuando vio que eran hombres de estatura heroica y hermoso aspecto. Les dio carros para traer a sus familias a Mitsraim, pero como estaban adornados con imágenes de ídolos, Yehudá los quemó, y Yosef los reemplazó con otros once carros, entre ellos el que él había montado al asumir su cargo para recorrer la tierra de Mitsraim. Este habría de usarlo su padre en su viaje a Mitsraim. Para cada uno de los hijos de sus hermanos envió vestiduras, y también cien piezas de plata por cada uno, pero para cada uno de los hijos de Binyamín envió diez mudas de ropa. Y para las esposas de sus hermanos les dio ricas vestiduras de gala, como las que llevaban las esposas de los faraones, y también ungüentos y especias aromáticas. A su hermana Diná le envió ropas bordadas de plata y oro, y mirra, áloe y otros perfumes, y tales presentes dio también a la esposa y a las nueras de Binyamín. Para ellos mismos y para sus esposas, los hermanos recibieron toda clase de piedras preciosas y adornos enjoyados, como los que llevaba la nobleza egipcia.

Yosef acompañó a sus once hermanos hasta la frontera, y allí se despidió de ellos con el deseo de que ellos y todas sus familias descendieran a Mitsraim, y les encareció, además, tres máximas que deben observar los viajeros: no dar pasos demasiado largos; no discutir asuntos de halajá, para no perder el camino; y entrar en la ciudad a más tardar con la puesta del sol.

Con ánimo alegre, los hijos de Yaakov subieron a la tierra de Kena’an, pero cuando llegaron a la línea del límite, se dijeron unos a otros: «¿Qué haremos? Si nos presentamos ante nuestro padre y le decimos que Yosef vive, se asustará mucho y no estará dispuesto a creernos». Además, la última recomendación de Yosef había sido que tuvieran cuidado de no sobresaltar a su padre con la noticia de la alegría.

Al acercarse a su morada, divisaron a Séraj, la hija de Asher, una doncella muy hermosa y muy sabia, diestra en tocar el arpa. La llamaron y le dieron un arpa, y le pidieron que tocara ante Yaakov y cantara lo que ellos le indicaran. Ella se sentó ante Yaakov y, con una melodía grata, cantó las siguientes palabras, acompañándose con el arpa: «Yosef, mi tío, vive, gobierna sobre todo Mitsraim, ¡no está muerto!». Repitió estas palabras varias veces, y Yaakov se fue llenando cada vez de más grata emoción. Su alegría despertó en él el espíritu santo, y supo que ella decía la verdad. El espíritu de profecía nunca visita al vidente cuando está en un estado de desaliento o de aflicción; solo llega junto con la alegría. Durante todos los años de la separación de Yosef, Yaakov no había tenido visiones proféticas, porque siempre estaba triste, y solo cuando las palabras de Séraj reavivaron el sentimiento de felicidad en su corazón, el espíritu profético volvió a apoderarse de él. Yaakov la recompensó por ello con estas palabras: «Hija mía, que la muerte nunca tenga poder sobre ti, pues has revivido mi espíritu». Y así fue. Séraj no murió, entró viva en el Paraíso. A instancias de él, ella repitió una y otra vez las palabras que había cantado, y le dieron a Yaakov gran gozo y deleite, de modo que el espíritu santo se hizo cada vez más fuerte dentro de él.

Mientras estaba así sentado conversando con Séraj, sus hijos aparecieron ataviados con toda su magnificencia, y con todos los presentes que Yosef les había dado, y le hablaron a Yaakov, diciendo: «¡Buenas nuevas! ¡Nuestro hermano Yosef vive! Es gobernante sobre toda la tierra de Mitsraim, y te envía un mensaje de alegría». Al principio Yaakov no quería creerles, pero cuando abrieron sus fardos y le mostraron los presentes que Yosef había enviado a todos, ya no pudo dudar de la verdad de sus palabras.

Yosef había tenido el presentimiento de que su padre se negaría a dar crédito a sus hermanos, porque antes habían intentado engañarlo, y «es el castigo del mentiroso que no se crean sus palabras ni siquiera cuando dice la verdad». Por eso les había dicho: «Si mi padre no cree vuestras palabras, decidle que, cuando me despedí de él para ir a ver si os iba bien, me estaba enseñando la ley de la becerra desnucada en el valle». Cuando ellos repitieron esto, desapareció hasta el último vestigio de la duda de Yaakov, y dijo: «Grande es la firmeza de mi hijo Yosef. A pesar de todos sus sufrimientos, ha permanecido constante en su piedad. Sí, grandes son los beneficios que HaShem me ha concedido. Me salvó de las manos de Esav, y de las manos de Laván, y de los cananeos que me perseguían. He gustado muchas alegrías, y espero ver más, pero nunca esperé poner de nuevo mis ojos sobre Yosef, y ahora descenderé hacia él y lo contemplaré antes de mi muerte».

Entonces Yaakov y los miembros de su familia se pusieron las ropas que Yosef había enviado, entre ellas un turbante para Yaakov, e hicieron todos los preparativos para viajar a Mitsraim y morar allí con Yosef y su familia. Al enterarse de su buena fortuna, los reyes y los grandes de Kena’an vinieron a rendir homenaje a Yaakov y a expresarle su afecto en su alegría, y él les preparó un banquete de tres días.

Yaakov, sin embargo, no quería descender a Mitsraim sin averiguar primero si era la voluntad de Dios que dejara la Tierra Santa. Dijo: «¿Cómo puedo dejar la tierra de mis padres, la tierra de mi nacimiento, la tierra en la que mora la Shejiná, e ir a una tierra impura, habitada por esclavos de los hijos de Jam, una tierra en la que no hay temor de Dios?». Entonces ofreció sacrificios en honor de Dios, esperando que descendiera sobre él una visión divina y le indicara si debía bajar a Mitsraim o hacer que Yosef subiera a Kena’an. Temía la estancia en Mitsraim, pues recordaba la visión que había tenido en Bet-El al salir de la casa de su padre, y dijo a Dios: «Me parezco a mi padre. Como él era ávido en llenar su vientre, así lo soy yo, y por eso descendería a Mitsraim a causa del hambre. Como mi padre prefería a un hijo sobre el otro, así también yo tuve un hijo favorito, y por eso descendería a Mitsraim para ver a Yosef. Pero en esto no me parezco a mi padre: él solo tenía que proveer para sí mismo, y mi casa consta de setenta almas, y por eso estoy obligado a descender a Mitsraim. La bendición que mi padre me dio no se cumplió en mí, sino en mi hijo Yosef, a quien sirven los pueblos y ante quien se inclinan las naciones».

Entonces la Shejiná se dirigió a Yaakov, llamándolo por su nombre dos veces en señal de amor, y pidiéndole que no temiera la esclavitud egipcia predicha para los descendientes de Avraham, pues Dios se compadecería del sufrimiento de sus hijos y los libraría de la servidumbre. Dios dijo además: «Descenderé contigo a Mitsraim», y la Shejiná acompañó allá a Yaakov, elevando a setenta el número de la comitiva con la que entró en Mitsraim. Pero como Yaakov abrigaba el temor de que sus descendientes permanecieran allí para siempre, Dios le dio la seguridad de que lo haría salir junto con todos los piadosos que fueran como él. Y Dios también le dijo a Yaakov que Yosef había permanecido firme en su piedad incluso en Mitsraim, y que podía desechar de su mente toda duda al respecto, pues era su inquietud por esto lo que había inducido a Yaakov a considerar el descenso a Mitsraim; solo quería asegurarse de la fidelidad de Yosef y luego regresar a casa, pero Dios le ordenó ir allá y permanecer allí.

Antes de dejar Kena’an, Yaakov fue a Beer-Sheva a cortar los cedros que Avraham había plantado allí, y llevarlos consigo a Mitsraim. Durante siglos estos cedros permanecieron en posesión de sus descendientes; los llevaron consigo cuando salieron de Mitsraim, y los usaron en la construcción del Mishkán.

Aunque Yosef había puesto carros a disposición de sus hermanos para el traslado de su familia de Kena’an a Mitsraim, ellos, con todo, llevaron a Yaakov en sus brazos, y para ello se dividieron en tres grupos, asumiendo la carga un grupo tras otro. Como recompensa por su devoción filial, Dios redimió a sus descendientes de Mitsraim.

Yehudá fue enviado por delante por su padre, para levantar una vivienda en Goshen, y también un Bet haMidrash, de modo que Yaakov pudiera ponerse a instruir a sus hijos apenas llegara. Le encomendó a Yehudá esta honrosa tarea para compensarlo por un agravio que le había hecho. Durante todos los años de la ausencia de Yosef, había sospechado que Yehudá había hecho desaparecer al hijo de Rajel. Cuán poco justificada era la sospecha lo comprendía ahora, cuando Yehudá en particular se había esmerado en asegurar la seguridad de Binyamín, el otro hijo de Rajel. Por eso Yaakov dijo a Yehudá: «Has hecho una obra piadosa, mandada por Dios, y te has mostrado como un hombre capaz de llevar negociaciones con Yosef. ¡Completa la obra que has comenzado! Ve a Goshen, y junto con Yosef prepara todas las cosas para nuestra venida. En verdad —continuó Yaakov—, tú fuiste la causa de nuestro descenso a Mitsraim, pues fue por tu sugerencia que Yosef fue vendido como esclavo, y, también, por medio de tus descendientes será sacado Israel de Mitsraim».

Cuando a Yosef le informaron de la proximidad de su padre, se alegró en extremo, principalmente porque su llegada acallaría las habladurías de los egipcios, que constantemente se referían a él como el esclavo que dominaba sobre ellos. «Ahora —pensó Yosef— verán a mi padre y a mis hermanos, y se convencerán de que soy un hombre de nacimiento libre, de noble estirpe».

En su alegría por la anticipación de ver a su padre, Yosef preparó su carro con sus propias manos, sin esperar a que sus siervos lo atendieran, y esta acción amorosa redundó después en beneficio de los israelitas, pues dejó sin efecto el celo del Paró al preparar su propio carro por sí mismo, con sus propias manos, para perseguir a los israelitas.

Cuando los nobles egipcios observaron a su virrey completando sus preparativos para salir al encuentro de su padre, hicieron lo mismo. En efecto, Yosef había emitido una proclama por toda la tierra, amenazando con la muerte a todos los que no salieran al encuentro de Yaakov. La procesión que lo acompañaba estaba compuesta de innumerables hombres, ataviados de biso y púrpura, y marchando al son de toda clase de instrumentos musicales. Incluso las mujeres de Mitsraim tuvieron parte en las ceremonias de recepción. Subieron a los tejados de las casas y a los muros de las ciudades, listas para saludar a Yaakov con la música de címbalos y panderos.

Yosef llevaba la corona real sobre la cabeza; el Paró se la había cedido para la ocasión. Descendió de su carro cuando estaba a una distancia de unos cincuenta codos de su padre, y recorrió a pie el resto del camino, y su ejemplo fue seguido por los príncipes y nobles de Mitsraim. Cuando Yaakov divisó la procesión que se acercaba, se alegró, y aun antes de reconocer a Yosef, se inclinó ante él, pero por permitir que su padre le mostrara esta señal de honor, se le impuso un castigo a Yosef. Murió antes de tiempo, antes de que hubieran transcurrido los años de vida que le habían sido asignados.

Para que ningún daño le sobreviniera a Yaakov de un encuentro demasiado repentino con él, Yosef envió por delante a su hijo mayor con cinco caballos, siguiéndole de cerca el segundo hijo de la misma manera. A medida que cada hijo se acercaba, Yaakov creía ver a Yosef, y así fue preparándose gradualmente para verlo cara a cara.

Entretanto, Yaakov había divisado, desde donde estaba sentado, a un hombre con vestiduras reales entre los egipcios, una corona sobre la cabeza y un manto de púrpura sobre los hombros, y preguntó a Yehudá quién podría ser. Cuando le dijeron que era Yosef, su alegría fue grande por la alta dignidad alcanzada por su hijo.

Para entonces Yosef ya se había acercado a su padre, y se inclinó ante él hasta la tierra, y todo el pueblo que iba con él se postró igualmente. Entonces Yosef se echó sobre el cuello de su padre y lloró amargamente. Le afligía en particular haber permitido que su padre se inclinara ante él poco antes sin impedirlo. En el momento mismo en que Yosef abrazaba a su padre, Yaakov recitaba el Shemá, y no permitió que se le interrumpiera en su oración, pero luego dijo: «Cuando me trajeron la noticia de la muerte de Yosef, pensé que estaba condenado a una doble muerte —que perdería este mundo y también el mundo venidero—. HaShem había prometido hacerme el antepasado de doce tribus, y como la muerte de mi hijo hacía imposible que esta promesa se cumpliera, temí haber incurrido en la condena por mis propios pecados, y, como pecador, no podía sino esperar perder también el mundo futuro. Pero ahora que te he contemplado vivo, sé que mi muerte será solo para el mundo de aquí abajo».

Tal fue la manera de la llegada de Yaakov a Mitsraim. Vino con toda su familia, sesenta y nueve personas eran en total, pero el número se elevó a setenta con el nacimiento de Yojéved, después madre de Moshé, que tuvo lugar cuando la comitiva había avanzado hasta el espacio entre uno y otro muro de la ciudad. Todos los varones de su familia eran hombres casados; incluso Palú y Jetsrón —este último de apenas un año al tiempo de su migración, y el primero de apenas dos— tenían consigo a las esposas que sus padres habían elegido para ellos. En general, todos los hijos y nietos de Yaakov se habían casado jóvenes, y algunos de ellos habían sido padres a la edad de siete años.

Yosef tomó a algunos de entre sus hermanos y los presentó al Paró. Escogió a los más débiles de ellos, para que el rey no se sintiera tentado de retenerlos a su servicio como guerreros. Y como no deseaba que su familia viviera en estrecho contacto con los egipcios y quizás se mezclara con ellos, los presentó como pastores. Los egipcios adoraban la constelación de la lluvia y rendían honores divinos a los animales, y se mantenían alejados de los pastores. Por eso el Paró se inclinó a conceder el deseo de Yosef, de darles la tierra de pastos de Goshen como lugar de residencia, la tierra que les pertenecía por derecho, pues el Paró que había arrebatado a Sará de Avraham por la fuerza se la había dado a ella como posesión irrevocable.

En su conversación con el Paró, los hermanos de Yosef dejaron claro al rey egipcio que no era su intención permanecer en Mitsraim para siempre; había de ser solo un lugar temporal de morada.

Entonces Yosef presentó a Yaakov, su padre, ante el Paró, y cuando el rey lo vio, le dijo a Og, que en ese momento se hallaba con él: «¡Mira! Solías llamar a Avraham mula estéril, ¡y aquí está su nieto con una familia de setenta personas!». Og no daba crédito a sus propios ojos, pensaba que Avraham estaba de pie ante él, tan grande era el parecido entre Yaakov y su antepasado. Entonces el Paró preguntó por la edad de Yaakov, para averiguar si en verdad era Yaakov y no Avraham. Y Yaakov dijo al Paró: «Los días de los años de mi peregrinación son ciento treinta años», usando la palabra peregrinación en referencia a la vida en la tierra, que los piadosos consideran una estancia temporal en tierras ajenas. «Pocos y malos —continuó— han sido los días de los años de mi vida. En mi juventud tuve que huir a una tierra extraña a causa de mi hermano Esav, y ahora, en mi vejez, debo ir de nuevo a una tierra extraña, y mis días no han alcanzado los días de los años de la vida de mis padres en los días de su peregrinación». Estas palabras bastaron para convencer al Paró y a Og de que el hombre que estaba ante ellos no era Avraham, sino su nieto.

Cuando Yaakov pronunció las palabras «pocos y malos han sido los días de los años de mi peregrinación», Dios le dijo: «Yaakov, te salvé de las manos de Esav y de Laván, te devolví a Yosef y lo hice rey y gobernante, y aun así hablas de días pocos y malos. Por tu ingratitud, no alcanzarás los días de los años de la vida de tus padres», y Yaakov murió a una edad treinta y tres años menor que la de su padre Yitsjak.

Al salir de la presencia del Paró, Yaakov bendijo al rey con estas palabras: «Que los años que aún me estén reservados te sean dados a ti, y que el Nilo desborde sus riberas de nuevo en adelante y riegue la tierra». Sus palabras se cumplieron. Para mostrar que los piadosos son una bendición para el mundo, Dios hizo que el Nilo se elevara sobre su lecho y fecundara la tierra de Mitsraim.

Yaakov y su familia se establecieron ahora en la tierra de Goshen, y Yosef los proveía de todo lo necesario, no solo de comida y bebida, sino también de vestido, y en su amor y bondad agasajaba a su padre y a sus hermanos a diario en su propia mesa. Desterró de su mente el agravio que sus hermanos le habían hecho, y suplicó a su padre que rogara a Dios por ellos, para que les perdonara su gran transgresión. Conmovido por este noble signo de amor, Yaakov exclamó: «¡Oh, Yosef, hijo mío, has conquistado el corazón de tu padre Yaakov!».

Yosef tenía, además, otras virtudes. El título de «el temeroso de Dios», que solo llevan él, Avraham, Iyov y Ovadiá, lo ganó por su bondad de corazón y su generosidad. Lo que fuera que daba a sus hermanos, lo daba con «buen ojo», con espíritu generoso. Si era pan para comer, con seguridad era abundante, no solo para saciar el hambre de todos, sino también para que los niños desmigajaran, como es su costumbre.

Pero Yosef fue más que un sostén para su familia. Como un pastor apacienta su rebaño, así proveyó para el mundo entero durante los años de hambre. El pueblo maldecía al Paró, que guardaba las reservas de grano en sus cámaras de tesoro para su propio uso, y bendecía a Yosef, que se ocupaba de los hambrientos y vendía grano a todos los que venían. La riqueza que adquirió con estas ventas fue ganancia lícita, pues los precios no fueron subidos por él, sino por los egipcios mismos. Una parte de sus bienes, consistente en oro, plata y piedras preciosas, la enterró Yosef en cuatro lugares distintos: en el desierto cerca del mar de los Juncos, en las riberas del Éufrates, y en dos puntos del desierto en las cercanías de Persia y Media. Kóraj descubrió uno de los escondites, y el emperador romano Antonino, hijo de Severo, otro. Los otros dos nunca serán hallados, porque Dios ha reservado las riquezas que guardan para los piadosos, para que las disfruten en los días postreros, los días del Mesías. El resto de los bienes de Yosef lo entregó, en parte a sus hermanos y sus familias, y en parte al Paró, que los puso en su tesoro.

La riqueza del mundo entero afluyó a Mitsraim en aquel tiempo, y permaneció allí hasta el éxodo de los israelitas. Ellos se la llevaron consigo, dejando a Mitsraim como una red sin peces. Los israelitas conservaron el tesoro hasta el tiempo de Rejavam, a quien se lo arrebató el rey egipcio Shishak, y este, a su vez, tuvo que cederlo a Zéraj, el rey de Etiopía. Una vez más pasó a posesión de los judíos cuando el rey Asá venció a Zéraj, pero esta vez lo tuvieron solo por poco tiempo, pues Asá lo entregó al rey arameo Ben-Hadad, para inducirlo a romper su alianza con Baashá, el rey de las Diez Tribus. Los amonitas, a su vez, se lo arrebataron a Ben-Hadad, solo para perderlo en su guerra con los judíos bajo Yehoshafat. De nuevo permaneció con los judíos, hasta el tiempo del rey Ajaz, que se lo envió a Senaquerib como dinero de tributo. Jizkiyahu lo recuperó, pero Tsidkiyahu, el último rey de los judíos, lo perdió ante los caldeos, de quienes pasó a Persia, de allí a los griegos, y finalmente a los romanos, y con estos últimos permaneció para siempre.

El pueblo pronto quedó sin medios para comprar el grano que necesitaba. En poco tiempo tuvieron que desprenderse de su ganado, y cuando el dinero así obtenido se gastó, vendieron sus tierras a Yosef, e incluso sus propias personas. Muchos de ellos se cubrían de barro y se presentaban ante Yosef, y le decían: «¡Oh, señor rey, mírame a mí y mira mis posesiones!». Y así Yosef compró toda la tierra de Mitsraim, y los habitantes se convirtieron en sus arrendatarios, y daban una quinta parte de sus cosechas a Yosef.

La única clase del pueblo a la que se permitió conservar sus tierras fue la de los sacerdotes. Yosef les debía gratitud, pues ellos le habían hecho posible llegar a ser gobernante de Mitsraim. Los egipcios habían vacilado en hacerlo su virrey, porque les repugnaba elegir para tan alto cargo a un hombre acusado de adulterio. Fueron los sacerdotes quienes propusieron examinar la vestidura rasgada de Yosef, que su señora había presentado como prueba de su culpa, y ver si el desgarrón estaba delante o detrás. Si estaba detrás, mostraría su inocencia —él se había vuelto para huir, y su tentadora lo había agarrado de modo que la vestidura se rasgó—. Pero si el desgarrón estaba delante, entonces sería prueba de su culpa —él había usado violencia con la mujer, y ella había rasgado el manto en sus esfuerzos por defender su honra—. Vino el ángel Gavriel y trasladó el desgarrón de la parte delantera a la trasera, y los egipcios quedaron convencidos de la inocencia de Yosef, y se disiparon sus escrúpulos acerca de elevarlo a la realeza.

Tan pronto como los egipcios se enteraron de la posición ventajosa de los sacerdotes, todos trataron de demostrar que eran miembros de la casta. Pero Yosef investigó las listas en los archivos y determinó la hacienda de cada ciudadano.

Los sacerdotes fueron favorecidos de otra manera. Además de conservar sus tierras, recibían porciones diarias del Paró, por lo cual Dios dijo: «Los sacerdotes que sirven a los ídolos reciben cada día todo lo que necesitan, ¡cuánto más los hijos de Avraham, Yitsjak y Yaakov, que son Mis sacerdotes, merecen que Yo les dé cada día lo que necesitan!».

Al resto de los habitantes de Mitsraim, que tuvieron que desprenderse de sus tierras, no se les permitió permanecer en sus provincias natales. Yosef los sacó de sus propias ciudades y los asentó en otras. Su propósito en esto era impedir que los egipcios hablaran despectivamente de sus hermanos como «desterrados, hijos de desterrados»; los hizo a todos igualmente forasteros. Por la misma razón, Dios después, en el tiempo de la salida de los israelitas de Mitsraim, hizo que todas las naciones cambiaran de lugar de residencia, para que a los israelitas no se les pudiera reprochar haber tenido que dejar su hogar. Y, finalmente, cuando Senaquerib llevó a los judíos de su tierra al exilio, también sucedió que este rey mezcló primero a los habitantes de todos los países del mundo.

En recompensa por los diecisiete años que Yaakov había dedicado a criar a Yosef, se le concedieron diecisiete años de estancia con su hijo predilecto en paz y felicidad. Los malvados experimentan el dolor después de la alegría; los piadosos deben sufrir primero, y luego son felices, pues bien está lo que bien acaba, y Dios permite que los piadosos pasen los últimos años de su vida en la dicha.

Cuando Yaakov sintió que su fin se acercaba, convocó a Yosef a su lecho y le dijo todo lo que había en su corazón. Llamó a Yosef antes que a cualquiera de sus otros hijos, porque era el único en condiciones de ejecutar sus deseos.

Yaakov dijo a Yosef: «Si he hallado gracia a tus ojos, te ruego que no me sepultes en Mitsraim. Solo por ti descendí a Mitsraim, y por ti hablé. Ahora puedo morir. Haz esto por mí como verdadero servicio de amor, y no porque tengas miedo, ni porque el decoro lo exija. Y cuando yo duerma con mis padres, me sepultarás en el lugar de sepultura de ellos. Llévame fuera de la tierra de la idolatría, y sepúltame en la tierra donde Dios ha hecho morar Su Nombre, y ponme a descansar en el lugar en el que han de ser sepultados cuatro esposos y esposas, siendo yo el último de ellos».

Yaakov deseaba no ser sepultado en Mitsraim por varias razones. Sabía que el suelo de Mitsraim habría de bullir un día de alimañas, y le repugnaba pensar en su cadáver expuesto a tal inmundicia. Temía, además, que sus descendientes dijeran: «Si Mitsraim no fuera una tierra santa, nuestro padre Yaakov nunca habría permitido ser sepultado allí», y que se animaran con este argumento a elegir Mitsraim como lugar permanente de morada. También, si su tumba estuviera allí, los egipcios podrían acudir a ella cuando les vinieran las diez plagas, y si él fuera inducido a orar por ellos a Dios, estaría abogando por la causa de los enemigos de HaShem. Si, por otra parte, no intercediera por ellos, el Nombre de Dios sería profanado entre los paganos, que dirían: «¡Yaakov es un santo inútil!». Además, era posible que Dios lo considerara a él, la «oveja descarriada» de Israel, como sacrificio por los egipcios, y les remitiera su castigo. Por su conocimiento del pueblo, otro temor estaba justificado: que su tumba se convirtiera en objeto de veneración idólatra, y Dios ha señalado el mismo castigo para los ídolos adorados que para los idólatras que los adoran.

Si Yaakov tenía buenas razones para no querer que su cuerpo reposara en el suelo de Mitsraim, tenía razones igualmente buenas para querer que reposara en la Tierra Santa. En el tiempo mesiánico, cuando los muertos se levanten, los sepultados en la Tierra de Israel despertarán a nueva vida sin demora, mientras que los sepultados en otras partes tendrán que rodar primero de tierra en tierra a través del suelo, ahuecado para ese fin, hasta llegar a la Tierra Santa, y solo entonces tendrá lugar su resurrección. Pero, por encima y más allá de esto, Yaakov tenía una razón especial para desear que su cuerpo fuera sepultado en la Tierra de Israel. Dios le había dicho en Bet-El: «La tierra sobre la que yaces, a ti te la daré, y a tu descendencia», y por eso él hizo todo lo posible por «yacer» en la Tierra Santa, para asegurarse de que le perteneciera a él y a sus descendientes. No obstante, mandó a Yosef que esparciera algo de tierra egipcia sobre su cuerpo muerto.

Yaakov expresó estos sus últimos deseos tres veces. Tal es lo que exige la buena crianza al presentar una petición.

En el último período de la vida de Yaakov, se puede ver cuán cierto es que «hasta un rey depende de favores en tierra extraña». Yaakov, el hombre por cuyos méritos fue creado el mundo entero, por cuya causa Avraham fue librado del horno de fuego, tuvo que pedir servicios a otros mientras estaba entre extraños, y cuando Yosef prometió cumplir su mandato, se inclinó ante su propio hijo, pues es un dicho verdadero: «Inclínate ante la zorra en su día», el día de su poder.

No se contentó con una simple promesa de Yosef, de que cumpliría su deseo; insistió en que prestara un juramento por el signo del pacto de Avraham, poniendo la mano bajo su muslo conforme a la ceremonia acostumbrada entre los Patriarcas. Pero Yosef dijo: «Me tratas como a un esclavo. Conmigo no tienes necesidad de exigir juramento. Tu mandato basta». Yaakov, sin embargo, le insistió, diciendo: «Temo que el Paró te ordene sepultarme en el sepulcro con los reyes de Mitsraim. Insisto en que prestes juramento, y entonces estaré en paz». Yosef cedió, aunque no quiso someterse a la ceremonia que Eliézer había usado para confirmar el juramento que prestó a petición de su señor Avraham. El esclavo actuó conforme a las reglas de la esclavitud, el hombre libre actuó conforme a los dictados de la libertad. Y en un hijo habría sido impropio aquello que en un esclavo era decoroso.

Cuando Yosef juró sepultar a su padre en la Tierra de Israel, añadió estas palabras: «Así como tú me mandas hacer, así también rogaré yo a mis hermanos, en mi lecho de muerte, que cumplan mi último deseo y lleven mi cuerpo de Mitsraim a la Tierra de Israel».

Yaakov, notando a la Shejiná sobre la cabecera del lecho, donde ella siempre reposa en la habitación de un enfermo, se inclinó sobre la cabecera del lecho, diciendo: «Te doy gracias, oh HaShem, mi Dios, de que ninguno indigno haya salido de mi lecho, sino que mi lecho fue perfecto». Estaba particularmente agradecido por la revelación que Dios le había concedido acerca de su primogénito Reuvén, que se había arrepentido de su ofensa contra su padre y la había expiado con penitencia. Quedaba así seguro de que todos sus hijos eran hombres dignos de ser los progenitores de las doce tribus, y fue bendecido con una felicidad tal como no la habían conocido ni Avraham ni Yitsjak, pues ambos habían tenido hijos indignos además de dignos.

Hasta el tiempo de Yaakov, la muerte había venido siempre sobre los hombres de repente, y los arrebataba antes de que fueran advertidos del fin inminente por la enfermedad. Una vez Yaakov habló a Dios, diciendo: «Oh Señor del mundo, un hombre muere de repente, y no es abatido primero por la enfermedad, y no puede dar a conocer a sus hijos sus deseos respecto de todo lo que deja tras de sí. Pero si un hombre cayera primero enfermo y sintiera que su fin se acerca, tendría tiempo de poner en orden su casa». Y Dios dijo: «En verdad, tu petición es sensata, y tú serás el primero en beneficiarte de la nueva disposición», y así sucedió que Yaakov cayó enfermo poco antes de su muerte.

Su enfermedad lo afligía gravemente, pues había pasado por mucho durante su vida. Había trabajado día y noche mientras estuvo con Laván, y sus luchas con el ángel y con Esav, aunque salió vencedor de ambas, lo habían debilitado, y no estaba en condiciones de soportar los rigores de la dolencia.

Durante todos los años de la estancia de Yaakov en Mitsraim, Asnat, la esposa de Yosef, fue su constante cuidadora. Cuando vio que su fin se acercaba, le dijo a Yosef: «He oído que quien es bendecido por un hombre justo es como si hubiera sido bendecido por la Shejiná. Por eso, trae aquí a tus hijos, para que Yaakov les dé su bendición».

Aunque Yosef era un hijo devoto y amoroso con su padre, no lo asistía de continuo, porque quería evitar darle la oportunidad de indagar sobre las circunstancias de su llegada a Mitsraim. Temía que Yaakov pudiera maldecir a sus hijos y traer la muerte sobre ellos, si descubría los hechos relacionados con el trato traicionero que le habían dado. Por eso tenía buen cuidado de no quedarse nunca a solas con su padre. Pero como deseaba estar informado de su bienestar, dispuso un servicio de mensajería entre él y Yaakov.

Ahora bien, cuando Yosef recibió la noticia de que su padre había caído enfermo, por medio de su mensajero, así como por medio de Efráyim, a quien Yaakov instruía en la Torá, se apresuró a la tierra de Goshen, llevando consigo a sus dos hijos. Deseaba tener certeza sobre cinco puntos: ¿Bendeciría su padre a sus dos hijos, nacidos en Mitsraim, y, de ser así, los nombraría cabezas de tribus? ¿Le asignaría a él los derechos de primogenitura, y, de ser así, despojaría a Reuvén de tales derechos por completo? ¿Y por qué había sepultado su padre a su madre Rajel junto al camino, y no había llevado su cuerpo a la tumba familiar de Majpelá?

Yaakov también había albergado dudas sobre cinco puntos, cuando estaba a punto de emigrar de Kena’an a Mitsraim: no sabía si sus descendientes se perderían entre el pueblo de Mitsraim; si él moriría allí y sería sepultado allí; y si le sería concedido ver a Yosef y ver a los hijos de Yosef. Dios le dio la seguridad, diciéndole: «Yo descenderé contigo a Mitsraim, y ciertamente te haré subir de nuevo después de tu muerte, y también a tus descendientes, y Yosef pondrá su mano sobre tus ojos». Cuando se acercó el tiempo del cumplimiento de la promesa divina, Dios se apareció a Yaakov, y le dijo: «Prometí cumplir tu deseo, y ha llegado el tiempo del cumplimiento».

El espíritu santo le dio a conocer a Yaakov que Yosef venía hacia él, y él se fortaleció, y se sentó sobre el lecho para rendir el debido respeto al representante del gobierno. Aunque Yosef era su hijo, era también virrey, y merecedor de señales especiales de honor. Además, Yaakov deseaba dar la impresión de ser un hombre con buena salud. Quería evitar la posibilidad de que su bendición a Yosef y a los hijos de Yosef fuese impugnada como el acto de una persona sin juicio.

Se fortaleció tanto espiritual como físicamente, mediante la oración a Dios, en la cual le rogó que dejara descender sobre él el espíritu santo en el momento de dar la bendición a los hijos de Yosef.

Cuando Yosef apareció acompañado de sus dos hijos, su padre le dijo: «En todos los diecisiete años que has venido a visitarme, nunca trajiste contigo a tus hijos, pero ahora han venido, y sé la razón. Si los bendigo, obraré en contra de la palabra de Dios, que prometió hacerme el progenitor de doce tribus, pues si los adopto como hijos míos, habrá catorce tribus. Pero si no los bendigo, te hundirá en la tristeza. Sea, pues, los bendeciré. Mas no pienses que lo hago porque me sostuviste todos estos años. Hay otra razón muy distinta. Cuando dejé la casa de mi padre para ir a Jarán, elevé una oración en Bet-El, y prometí dar a Dios el diezmo de todo lo que poseyera. En cuanto a mis bienes materiales, cumplí mi voto, pero no pude dar el diezmo de mis hijos, porque según la ley debía retirar de la cuenta a los cuatro hijos, Reuvén, Yosef, Dan y Gad, que son los primogénitos de sus madres. Cuando regresé, Dios se me apareció de nuevo en Bet-El, y me dijo: Sé fecundo y multiplícate. Pero después de esta bendición no me nació ningún hijo salvo Binyamín, y no puede ser sino que Dios se refería a Menashé y Efráyim cuando habló de "una nación y una compañía de naciones". Si ahora he hallado gracia a tus ojos, tus dos hijos Efráyim y Menashé, igual que Reuvén y Shimón, serán míos, y entonces podré dar la décima parte de mis diez hijos a HaShem, y dejaré este mundo libre del pecado de no cumplir mi voto a HaShem en cuanto a la entrega del diezmo».

Yosef consintió en hacer la voluntad de su padre, y Yaakov diezmó a sus hijos, consagrando a Leví a Hakadosh Baruj Hu, y designándolo jefe de sus hermanos. Encargó a sus hijos que cuidaran de que nunca les faltara un hijo de Leví en la sucesión sacerdotal. Y sucedió que, de todas las tribus, Leví fue la única que nunca fue infiel a la alianza de los padres.

Así adoptó Yaakov a Menashé y a Efráyim como hijos suyos, igual que lo eran Reuvén y Shimón. Tenían derecho, como los demás, a una porción en la Tierra Santa, y como los demás, habían de llevar estandartes en su travesía por el desierto.

Satisfecho respecto a las intenciones de Yaakov acerca de sus hijos, Yosef preguntó a su padre por el lugar de sepultura de su madre, y Yaakov habló, diciendo: «Por tu vida, tu deseo de ver a tu madre yaciendo a mi lado en la tumba no supera al mío propio. Tuve alegría en la vida solo mientras ella vivía, y su muerte fue el golpe más duro que jamás cayó sobre mí». Yosef le preguntó: «¿Acaso tuviste que sepultarla en el camino, porque murió durante la estación de las lluvias, y no pudiste llevar su cuerpo a través de la lluvia hasta nuestro sepulcro familiar?». «No», respondió Yaakov, «murió en primavera, cuando los caminos están limpios y firmes». Yosef: «Concédeme permiso para tomar ahora su cuerpo y colocarlo en nuestro sepulcro familiar». Yaakov: «No, hijo mío, eso no lo harás. No quise sepultarla en el camino, pero HaShem lo ordenó». La razón de la orden era que Dios sabía que el Templo sería destruido, e Israel sería llevado al destierro, y los desterrados pedirían a los Patriarcas que intercedieran por ellos ante Dios, pero Dios no los escucharía. En su camino hacia la tierra del extranjero pasarían junto a la tumba de Rajel, y se arrojarían sobre ella, y suplicarían a su madre que intercediera por ellos ante Dios. Y Rajel oraría a Dios en favor de ellos: «Oh Señor del mundo, mira mis lágrimas, y ten compasión de mis hijos. Pero si no te apiadas de ellos, resárceme entonces por el agravio que se me hizo». A su oración escuchará Dios, y tendrá misericordia de Israel. Por eso fue sepultada Rajel en el camino.

Ahora Yaakov deseaba bendecir a los hijos de Yosef, pero el espíritu santo le hizo ver a Yerovam, el descendiente de Efráyim, y a Yehú, el descendiente de Menashé, cómo seducirían a Israel a la idolatría, y la Shejiná lo abandonó cuando estaba a punto de poner sus manos sobre las cabezas de sus nietos. Le dijo a Yosef: «¿Es posible que no te hayas casado con la madre de tus hijos según la ley?». Entonces Yosef trajo a su esposa Asnat ante su padre, y señalando su contrato matrimonial, dijo: «Esta es mi esposa, con quien me casé como es debido, con contrato matrimonial y la ceremonia debida. Te ruego, padre mío, que bendigas a mis hijos aunque sea por el mérito de esta mujer piadosa».

Yaakov mandó a sus nietos que se acercaran a él, y los besó y abrazó, con la esperanza de que su alegría por ellos atrajera de vuelta al espíritu santo, pero su esperanza fue vana. Yosef concluyó que el momento no era propicio para la bendición, y decidió marcharse hasta que se presentara una ocasión más favorable, no sin antes probar a su padre que sus hijos habían sido iniciados en la alianza de Avraham.

Fuera de la cámara de su padre, a solas con sus hijos, se postró ante Dios y le suplicó que le mostrara misericordia, y mandó a sus hijos hacer lo mismo, diciendo: «No os contentéis con vuestra alta posición, pues los honores mundanos son solo por un tiempo. Suplicad a Dios que sea misericordioso y deje descender la Shejiná sobre mi padre, para que os bendiga a ambos». Entonces habló Dios al espíritu santo: «¿Hasta cuándo ha de sufrir Yosef? Revélate pronto, y entra en Yaakov, para que pueda otorgar bendiciones».

En las palabras de Yaakov, «Efráyim y Menashé, igual que Reuvén y Shimón, serán míos», Yosef había notado la preferencia de su padre por su hijo menor, Efráyim. Ello lo tenía muy inquieto respecto a la primogenitura de su hijo mayor, y tuvo cuidado de poner a los dos muchachos ante su padre de tal modo que Menashé quedara frente a la mano derecha de Yaakov, y Efráyim frente a su izquierda. Pero Efráyim, a causa de su modestia, estaba destinado a cosas mayores que su hermano mayor Menashé, y Dios ordenó al espíritu santo que instara a Yaakov a dar la primogenitura a Efráyim. Ahora bien, cuando Yosef observó que su padre ponía la mano derecha sobre la cabeza de Efráyim, intentó pasarla a la cabeza de Menashé. Pero Yaakov lo apartó, diciendo: «¡Cómo! ¿Querrías desplazar mi mano contra mi voluntad, la mano que venció al príncipe de las huestes angélicas, que es grande como la tercera parte del mundo? Sé cosas que tú no sabes: sé lo que Reuvén hizo con Bilhá, y lo que Yehudá hizo con Tamar. ¡Cuánto más sé cosas que tú sí sabes! ¿Crees que no sé lo que tus hermanos te hicieron, porque nunca quisiste revelar nada cuando te preguntaba? Lo sé. Menashé también llegará a ser grande, de él descenderá el juez Guidón, pero su hermano menor será el antepasado de Yehoshúa, quien detendrá el sol y la luna, aunque tienen dominio sobre toda la tierra de un extremo al otro». Así puso Yaakov a Efráyim el menor por encima de Menashé el mayor, y así permaneció para todos los tiempos. En la lista de las generaciones, Menashé viene después de Efráyim, y así fue en el reparto de las porciones en la Tierra Santa, y así fue en la colocación de los campamentos y los estandartes de las tribus, y en la dedicación del Mishkán: en todas partes Efráyim precedía a Menashé.

La bendición que Yaakov otorgó a sus nietos fue esta: «Ojalá sea la voluntad de Dios que andéis en los caminos de HaShem como mis padres Avraham y Yitsjak, y que el ángel que me ha redimido de todo mal preste su ayuda a Yehoshúa y a Guidón, y se les revele. Sean vuestros nombres nombrados en Israel, y como los peces multiplicaos hasta ser una muchedumbre en medio de la tierra, y así como los peces son protegidos por el agua, así seáis vosotros protegidos por los méritos de Yosef».

Las palabras «como los peces» las empleó Yaakov con el propósito de insinuar la clase de muerte que aguardaba a los efraimitas, los descendientes de Yosef. Así como los peces son atrapados por su boca, así los efraimitas, en días posteriores, atraerían su perdición por su peculiar ceceo. Al mismo tiempo, las palabras de Yaakov encerraban la profecía de que Yehoshúa, hijo del hombre Nun, el «pez», conduciría a Israel a la Tierra Santa. Y en sus palabras yacía todavía otra profecía, referente a los sesenta mil varones engendrados en la misma noche que Moshé, todos arrojados al río junto con él, y salvados por el mérito de él. El número de niños arrojados a los peces del río aquella noche era igual al número de hombres de Israel sobre la tierra.

Efráyim recibió de su abuelo una bendición especial y aparte. Yaakov le dijo: «Efráyim, hijo mío, tú eres la cabeza de la Academia, y en los días venideros mis descendientes más excelsos y célebres serán llamados efratitas por ti».

Yosef recibió dos regalos de su padre. El primero fue Shejem, la ciudad que Yaakov había defendido, con espada y arco, contra los saqueos de los reyes amorreos cuando intentaron vengarse de sus hijos por el ultraje cometido allí. Y el segundo regalo fueron las vestiduras hechas por Dios para Adam y pasadas de mano en mano, hasta que llegaron a poder de Yaakov. Shejem fue su recompensa, porque, con su castidad, contuvo la marea de la inmoralidad que se desató en Shejem antes que en ningún otro lugar. Además, tenía sobre la ciudad un derecho anterior. Shejem, hijo de Jamor, el señor de la ciudad, se la había dado a Diná como regalo, y siendo la esposa de Yosef, Asnat, la hija de Diná, la ciudad le pertenecía por derecho.

Las vestiduras de Adam las había recibido Yaakov de Esav. No se las había quitado a su hermano por la fuerza, sino que Dios había hecho que se las dieran como recompensa por sus buenas obras. Habían pertenecido a Nimrod. Una vez, cuando el poderoso cazador sorprendió a Esav en sus cotos, y le prohibió seguir con la caza, acordaron determinar por combate cuáles eran sus derechos. Esav había consultado con Yaakov, y este le había aconsejado que nunca luchara con Nimrod mientras este estuviera revestido con las vestiduras de Adam. Los dos lucharon entonces uno con otro, y en aquel momento Nimrod no vestía las ropas de Adam. El desenlace fue que fue muerto por Esav. Así las vestiduras que había llevado Adam cayeron en manos de Esav, de él pasaron a las de Yaakov, y él las legó a Yosef.

Yaakov también enseñó a Yosef tres señas por las cuales distinguir al verdadero redentor, que habría de librar a Israel de la esclavitud de Mitsraim. Proclamaría el Nombre Inefable, nombraría ancianos, y usaría la palabra Pakod al dirigirse al pueblo.

Cuando Yosef y sus dos hijos dejaron a Yaakov, sus hermanos, envidiosos de las abundantes bendiciones concedidas a los tres, dijeron: «Todo el mundo ama al favorito de la fortuna, y nuestro padre ha bendecido así a Yosef porque es gobernante de hombres». Entonces habló Yaakov: «Los que buscan a HaShem no carecerán de ningún bien. Tengo bendiciones suficientes para todos».

Yaakov convocó a sus hijos desde la tierra de Mitsraim, y les mandó que vinieran a él a Ramsés, no sin antes ordenarles que se purificaran, para que la bendición que iba a otorgar se adhiriera a ellos. Otra de sus órdenes fue que establecieran una Academia, por cuyos miembros habían de ser gobernados.

Cuando sus hijos fueron traídos a su presencia por los ángeles, Yaakov habló, diciendo: «Cuidad que no surjan disensiones entre vosotros, pues la unión es la primera condición de la redención de Israel», y estaba a punto de revelarles el gran secreto concerniente al fin de los tiempos, pero mientras se hallaban de pie alrededor del lecho de oro sobre el cual yacía su padre, la Shejiná lo visitó por un instante y se marchó con la misma rapidez, y con su partida se fue también todo rastro del conocimiento del gran misterio de la mente de Yaakov. Tuvo la misma experiencia que su propio padre Yitsjak, a quien también le fue infligida por Dios la pérdida de la memoria, para impedirle revelar a Esav el secreto del fin de los tiempos, cuando lo convocó para recibir su bendición.

El suceso hizo que Yaakov temiera que sus hijos no fueran lo bastante piadosos para ser considerados dignos de la revelación acerca de la era mesiánica, y les dijo: «Yishmael y los hijos de Keturá fueron lo tarado entre la descendencia de mi abuelo Avraham; mi padre Yitsjak engendró una descendencia tarada en Esav, y ahora temo que entre vosotros también haya uno que abrigue la intención de servir a los ídolos». Los doce hombres hablaron, y dijeron: «Escucha, oh Israel, padre nuestro, HaShem nuestro Dios es el Único y Solo Dios. Así como tu corazón es uno y unido en reconocer a Hakadosh Baruj Hu como tu Dios, así también nuestros corazones son uno y unidos en reconocerlo a Él». A lo cual respondió Yaakov: «¡Bendito sea el Nombre de la gloria de Su majestad por siempre y para siempre!». Y aunque todo el misterio del tiempo mesiánico no fue comunicado a los hijos de Yaakov, con todo, la bendición de cada uno contenía alguna referencia a los acontecimientos del futuro.

Estas fueron las palabras que Yaakov dirigió a su hijo mayor: «Reuvén, tú eres mi primogénito, mi fuerza, y el principio de mi vigor. Tu porción debían haber sido tres coronas. Debías haber tenido la doble heredad de tu primogenitura, la dignidad sacerdotal, y el poder real. Pero a causa de tu pecado, la primogenitura le es conferida a Yosef, la realeza a Yehudá, y el sacerdocio a Leví. Hijo mío, no conozco remedio sanador para ti, pero el hombre Moshé, que ascenderá hasta Dios, él te hará íntegro, y Dios perdonará tu pecado. Te bendigo: sean tus descendientes héroes en la Torá y héroes en la guerra. Aunque hayas de perder tu primogenitura, con todo serás el primero en entrar en posesión de tu heredad en la Tierra Santa, y en tu territorio estará la primera de las ciudades de refugio, y siempre estará tu nombre el primero en la lista de las familias de las tribus. Sí, también serás el primero cuya heredad sea arrebatada por el enemigo, y el primero en ser llevado a las tierras del exilio».

Después de que a Reuvén le fueran «halados los oídos» de este modo, se retiró, y Yaakov llamó a su lado a sus hijos Shimón y Leví, y les dirigió estas palabras: «Hermanos fuisteis de Diná, pero no de Yosef, a quien vendisteis como esclavo. Las armas de violencia con que heristeis a Shejem eran armas robadas, pues no era propio de vosotros empuñar la espada. Esa era la porción de Esav. A él se le dijo: Por tu espada vivirás. En el concejo de la tribu de Shimón no entrará mi alma cuando se congreguen en Shitim para cometer actos viciosos, y mi gloria no se unirá a la asamblea de Kóraj, los descendientes de Leví. En su ira, Shimón y Leví mataron al príncipe de Shejem, y en su obstinación vendieron como esclavo a Yosef, el toro. Maldita fue la ciudad de Shejem cuando entraron a destruirla. Si permanecen unidos, ningún gobernante podrá alzarse ante ellos, ninguna guerra prosperará contra ellos. Por eso dividiré y dispersaré su posesión entre las posesiones de las otras tribus. De los descendientes de Shimón, muchos serán hombres pobres, que vagarán de tribu en tribu y mendigarán pan, y también la tribu de Leví recogerá sus diezmos y ofrendas de todas las demás».

Las palabras de Yaakov, «los dividiré en Yaakov», dichas de Shimón y Leví, se cumplieron sobre todo en Shimón. Cuando veinticuatro mil de Shimón cayeron en Shitim, las viudas que dejaron atrás se casaron con maridos de todas las demás tribus. Con todo, Yaakov no despidió a Shimón y a Leví sin bendecirlos: la tribu de Shimón había de dar a los maestros y a los oficiales que necesitaba todo Israel, y Leví, a los eruditos que expondrían la Torá y dictarían decisiones conforme a sus enseñanzas.

Cuando los demás hijos de Yaakov oyeron los reproches que su padre dirigió a estos tres, temieron oír recriminaciones semejantes, e intentaron escabullirse de su presencia. Especialmente Yehudá estaba alarmado, por si su padre lo zahería con su falta acerca de Tamar. Pero Yaakov le habló así: «Yehudá, tú mereces tu nombre. Tu madre te llamó Yehudá, porque dio alabanza a Dios en tu nacimiento, y así te alabarán tus hermanos, y todos ellos se llamarán por tu nombre. Y así como confesaste tu pecado abiertamente, así también tus descendientes, Aján, David y Menashé, harán confesión pública de sus pecados, y HaShem oirá su oración. Tus manos lanzarán dardos tras el enemigo que huye, y los hijos de tu padre te rendirán respeto. Tienes la osadía de un perro y la valentía de un león. Salvaste a Yosef de la muerte, y a Tamar y a sus dos hijos de las llamas. Ningún pueblo y ningún reino podrá alzarse contra ti. No cesarán los gobernantes de la casa de Yehudá, ni los maestros de la ley de su posteridad, hasta que venga su descendiente el Mashíaj, y la obediencia de todos los pueblos sea para él. ¡Cuán glorioso es el Mashíaj de la Casa de Yehudá! Ceñidos sus lomos, saldrá a dar batalla a sus enemigos. Ningún rey y ningún gobernante prevalecerá contra él. Las montañas se teñirán de rojo con su sangre, y las vestiduras del Mashíaj serán como las vestiduras del que pisa el vino. Los ojos del Mashíaj serán más claros que el vino puro, pues nunca contemplarán la lujuria ni el derramamiento de sangre; y sus dientes serán más blancos que la leche, pues nunca morderán nada tomado por la violencia».

Aunque Yisajar era el mayor, Zevulún fue bendecido antes que él, como recompensa por el sacrificio que había hecho en favor de su hermano, pues cuando Yisajar eligió el estudio de la Torá como su vocación, Zevulún decidió dedicarse al comercio y sostener a su hermano con las ganancias de su negocio, para que él pudiera entregarse a la ley sin perturbación. Su bendición fue que conquistaría la costa del mar hasta Tsidón.

«Yisajar», dijo Yaakov, «tomará sobre sí la carga del estudio de la Torá, y todas las demás tribus vendrán a él y le pedirán que resuelva sus dudas en cuestiones legales, y sus descendientes serán los miembros del Sanhedrín y los eruditos que se ocuparán de fijar el calendario». Yaakov bendijo también a Yisajar con la bendición de que los frutos de su tierra fueran sumamente grandes, y esto trajo consigo un provecho tanto celestial como terrenal, pues cuando los gentiles a quienes se vendían los frutos se maravillaban de ello, los mercaderes judíos explicaban que su tamaño extraordinario se debía a los méritos de la tribu de Yisajar, a quienes Dios recompensaba por su devoción a la Torá, y así muchos de los gentiles se vieron inducidos a convertirse al judaísmo.

Al bendecir a Dan, los pensamientos de Yaakov estaban ocupados principalmente con su descendiente Shimshón, quien, semejante a Dios, sin ayuda de ninguna clase, otorgó la victoria a su pueblo. Yaakov llegó incluso a creer que el hombre fuerte y heroico era el Mashíaj, pero cuando le fue revelada la muerte de Shimshón, exclamó: «Espero Tu salvación, oh HaShem, pues Tu ayuda es para toda la eternidad, mientras que la ayuda de Shimshón es solo por un tiempo. La redención», continuó Yaakov, «no será obrada por Shimshón el danita, sino por Eliyahu el gadita, que aparecerá al fin de los tiempos».

La bendición de Asher fue la hermosura de sus mujeres, que serían pretendidas en matrimonio por reyes y sumos sacerdotes.

En la tierra de Naftalí todos los frutos madurarían pronto, y serían llevados como presentes a los reyes, y ganarían el favor real para quienes los ofrecían. Esta bendición se cumplió en la llanura de Guinosar. Al mismo tiempo, la bendición de Naftalí era una profecía acerca de su descendiente Devorá, que era como una cierva suelta contra Sisrá para vencerlo, y que dio hermosas palabras en su cántico de la victoria de Israel. El propio Naftalí merecía la descripción aplicada a Devorá, pues era veloz como un ciervo para hacer la voluntad de Dios, y era un raudo mensajero para su padre y las tribus. Lo enviaban a dondequiera que querían, y él cumplía sus encargos con prontitud. Sirvió a los hermanos de Yosef como heraldo, para anunciar a Yaakov la buena nueva: «Yosef todavía vive», y cuando el afligido padre lo vio acercarse, dijo: «He aquí que viene Naftalí el amable, que proclama la paz».

La bendición de Yosef superó la bendición de todos sus hermanos. Yaakov habló: «Oh hijo a quien crie, Yosef, a quien levanté, y que fuiste fuerte para resistir las seducciones del pecado, venciste a todos los magos y sabios de Mitsraim por tu sabiduría y tus obras piadosas. Las hijas de los príncipes arrojaban sus joyas ante ti, para atraer tus ojos sobre ellas cuando pasabas por la tierra de Mitsraim, pero tú no mirabas hacia ellas, y por eso fuiste hecho padre de dos tribus. Los magos y los sabios de Mitsraim buscaron difamarte ante el Paró y calumniarte, pero tú pusiste tu esperanza en el Todopoderoso. Por eso, que Aquel que se me apareció como El Shaddai te bendiga y te conceda suelo fértil y mucho ganado. Que la bendición que tu padre te da ahora, y la bendición que sus padres Avraham y Yitsjak le dieron a él, y que provocó la envidia de los grandes del mundo, Yishmael, Esav y los hijos de Keturá, que todas estas bendiciones sean una corona sobre la cabeza de Yosef, y una cadena sobre el cuello de aquel que fue el gobernante de Mitsraim, y que, con todo, no menguó el honor debido a sus hermanos».

La calumnia de la que habló Yaakov se refería a lo que Potifar había dicho de Yosef ante el Paró. Se había quejado, diciendo: «¿Por qué nombraste a mi esclavo, a quien compré por veinte piezas de plata, para que gobernara sobre los egipcios?». Yosef había asumido entonces su propia defensa, diciendo: «Cuando me compraste como esclavo, cometiste un crimen capital. Solo un descendiente de Kena’an puede ser vendido como esclavo, y yo soy descendiente de Shem, y príncipe por añadidura. Si quieres convencerte de la verdad de mis palabras, no tienes más que compararme con el retrato de mi antepasada Sará que el Paró mandó hacer de ella». Trajeron el retrato de Sará, y, en verdad, resultó que Yosef se parecía a su antepasada, y todos quedaron convencidos de su noble linaje.

La bendición que Yaakov otorgó a Binyamín contiene la profecía de que su tribu proveería a Israel de su primer gobernante y de su último gobernante, y así fue, pues Shaúl y Ester pertenecían ambos a la tribu de Binyamín. Asimismo, la heredad de Binyamín en la Tierra Santa alberga dos extremos: Yerijó madura sus frutos antes que cualquier otra región de la Tierra de Israel, mientras que Bet-El los madura la última. En la bendición de Binyamín, Yaakov se refirió también al servicio en el Templo, porque el Lugar Sagrado se hallaba en el territorio de Binyamín. Y cuando Yaakov llamó a su hijo menor un lobo que despedaza, pensaba en el juez Ehud, el gran erudito, un benjaminita, que venció a Eglón rey de Moav, y también tenía en mente a los benjaminitas que capturaron a sus esposas por astucia y por fuerza.

De nuevo, si llamó a Binyamín lobo, a Yehudá león, y a Yosef toro, quería señalar los tres reinos conocidos como lobo, león y toro, cuya perdición fue y será sellada por los descendientes de sus tres hijos: Bavel, el reino del león, cayó a manos de Daniel de la tribu de Yehudá; Media, el lobo, halló su dueño en el benjaminita Mordejái; y el toro Yosef someterá a la bestia con cuernos, el reino de la maldad, antes del tiempo mesiánico.

Después de que Yaakov hubo bendecido a cada uno de sus hijos por separado, se dirigió a todos ellos juntos, diciendo: «Según mi poder os bendije, pero en días venideros surgirá un profeta, y este hombre Moshé también os bendecirá, y continuará mis bendiciones donde yo las dejé». Añadió, además, que la bendición de cada tribu redundaría en bien de todas las demás tribus: la tribu de Yehudá tendría parte en el fino trigo de la tribu de Binyamín, y Binyamín gozaría de la buena cebada de Yehudá. Las tribus habían de ayudarse mutuamente, una a otra.

Además, les encargó que no se hicieran culpables de idolatría en forma ni figura alguna y que no dejaran pasar de sus labios palabra blasfema, y les enseñó el orden de transportar su féretro, así: «Yosef, siendo rey, no ayudará a llevarlo, ni tampoco Leví, que está destinado a portar el Arca de la Shejiná. Yehudá, Yisajar y Zevulún asirán su extremo delantero, Reuvén, Shimón y Gad su lado derecho, Efráyim, Menashé y Binyamín el extremo trasero, y Dan, Asher y Naftalí su lado izquierdo». Y este fue el orden en que las tribus, llevando cada una su estandarte, habían de marchar por el desierto, morando la Shejiná en medio de ellas.

Entonces habló Yaakov a Yosef, diciendo: «Y tú, hijo mío Yosef, perdona a tus hermanos su falta contra ti, no los abandones, ni los aflijas, pues HaShem los ha puesto en tus manos, para que los protejas todos tus días contra los egipcios».

También amonestó a sus hijos, diciendo que HaShem estaría con ellos si andaban en Sus caminos, y los redimiría de manos de los egipcios. «Sé», continuó, «que gran sufrimiento caerá sobre vuestros hijos y vuestros nietos en esta tierra, pero si obedecéis a Dios, y enseñáis a vuestros hijos a conocerlo, entonces os enviará un redentor, que os sacará de Mitsraim y os conducirá a la tierra de vuestros padres».

Resignado a la voluntad de Dios, Yaakov aguardó su fin, y la muerte lo envolvió con suavidad. No fue el Ángel de la Muerte quien acabó con su vida, sino que la Shejiná tomó su alma con un beso. Aparte de los tres Patriarcas, Avraham, Yitsjak y Yaakov, solo Moshé, Aharón y Miriam exhalaron su último aliento de esta manera, mediante el beso de la Shejiná. Y estos seis, junto con Binyamín, son los únicos cuyos cuerpos no están expuestos a los estragos de los gusanos, y ni se corrompen ni se descomponen.

Así partió Yaakov de este mundo, y entró en el mundo venidero, del cual había gozado aquí abajo un anticipo, como los otros dos Patriarcas, y ninguno más entre los hombres. En otro aspecto su vida en este mundo se asemejaba a su vida en el mundo venidero: la inclinación al mal no tenía poder sobre ellos, ni aquí ni allá, en lo cual David se les asemejaba.

Yosef mandó que el cuerpo de su padre fuera colocado sobre un lecho de marfil, cubierto de oro, tachonado de gemas, y engalanado con colgaduras de biso y púrpura. Se derramó vino fragante a su lado, y especias aromáticas se quemaron junto a él. Héroes de la casa de Esav, príncipes de la familia de Yishmael, y el león Yehudá, el más valiente de sus hijos, rodearon el suntuoso féretro de Yaakov. «Venid», dijo Yehudá a sus hermanos, «plantemos un alto cedro a la cabecera de la tumba de nuestro padre, su copa llegará hasta los cielos, sus ramas darán sombra a todos los habitantes de la tierra, y sus raíces crecerán hondo dentro de la tierra, hasta el abismo. Pues de él han brotado doce tribus, y de él surgirán reyes y gobernantes, órdenes de sacerdotes prestos a realizar el servicio de los sacrificios, y compañías de leviim dispuestas a cantar salmos y a tañer dulces instrumentos».

Los hijos de Yaakov rasgaron sus vestiduras y ciñeron sus lomos con cilicio, se arrojaron al suelo, y esparcieron tierra sobre sus cabezas hasta que el polvo se elevó en una alta nube. Y cuando Asnat, la esposa de Yosef, oyó las nuevas de la muerte de Yaakov, vino, y con ella vinieron las mujeres de Mitsraim, a llorar y hacer duelo por él. Y los hombres de Mitsraim que habían conocido a Yaakov acudieron allí, e hicieron duelo día tras día, y también muchos bajaron a Mitsraim desde Kena’an, para tomar parte en el duelo de setenta días que se hizo por él.

Los egipcios se decían unos a otros: «Lamentémonos por el hombre piadoso Yaakov, porque la aflicción del hambre fue apartada de nuestra tierra por sus méritos», pues en lugar de asolar la tierra durante cuarenta y dos años según el decreto de Dios, el hambre había durado solo dos años, y ello se debió a las virtudes de Yaakov.

Yosef ordenó a los médicos que embalsamaran el cadáver. Esto debió abstenerse de hacerlo, pues desagradó a Dios, quien habló, diciendo: «¿Acaso no tengo yo el poder de preservar de la corrupción el cadáver de este hombre piadoso? ¿No fui yo quien pronunció las palabras tranquilizadoras: No temas al gusano, oh Yaakov, tú Israel muerto?». El castigo de Yosef por esta precaución inútil fue que fue el primero de los hijos de Yaakov en sufrir la muerte. Los egipcios, en cambio, que dedicaron cuarenta días a embalsamar el cadáver y prepararlo para la sepultura, fueron recompensados por la veneración que mostraron. Antes de destruir su ciudad, Dios concedió a los ninivitas un plazo de cuarenta días a causa de su rey, que era el Paró de Mitsraim. Y por los setenta días de duelo que los gentiles hicieron por Yaakov, fueron recompensados en tiempos de Ajashverosh. Durante setenta días, desde el trece de Nisán, fecha del edicto de Hamán que ordenaba el exterminio de los judíos, hasta el veintitrés de Siván, cuando Mordejái lo revocó, les fue permitido gozar de poder absoluto sobre los judíos.

Cuando todos los preparativos para la sepultura de Yaakov estuvieron completos, Yosef pidió permiso al Paró para llevar el cuerpo a Kena’an. Pero no fue él mismo a presentar su petición ante el Paró, pues no podía bien presentarse ante el rey con el atuendo de un enlutado, ni estaba dispuesto a interrumpir su lamento por su padre ni por un breve instante para presentarse ante el Paró y exponer su petición. Solicitó a la familia del Paró que intercediera por él ante el rey por la razón adicional de que deseaba granjearse el favor de los parientes del rey, no fuera que aconsejaran al Paró no cumplir su deseo. Obró conforme a la máxima: «Procura ganarte al acusador, para que no te cause molestia».

Yosef se dirigió primero a la peluquera de la reina, y ella influyó en la reina para que lo favoreciera, y luego la reina intercedió por él ante el rey. Al principio el Paró rehusó el permiso que Yosef ansiaba, quien, sin embargo, lo instó a considerar el solemne juramento que había hecho a su padre moribundo, de sepultarlo en Kena’an. El Paró le pidió que buscara la dispensa del juramento. Pero Yosef replicó: «Entonces solicitaré también la dispensa del juramento que te hice a ti», refiriéndose a un incidente de su historia anterior. Los grandes de Mitsraim habían aconsejado al Paró que no nombrara a Yosef virrey, y no se apartaron de este consejo hasta que Yosef, en su conversación con el rey egipcio, demostró ser dueño de las setenta lenguas del mundo, la condición necesaria que había de cumplirse antes de que uno pudiera llegar a ser gobernante de Mitsraim. Pero la conversación demostró algo más: que el propio Paró no tenía derecho a la realeza egipcia, porque carecía de conocimiento del hebreo. Temía que, si la verdad se supiera, Yosef sería elevado a su propio lugar, pues sabía hebreo además de todas las demás lenguas. En su ansiedad y angustia, el Paró hizo jurar a Yosef que nunca revelaría la ignorancia del rey en cuanto al hebreo. Ahora bien, cuando Yosef amenazó con hacerse dispensar de este juramento tanto como del hecho a su padre moribundo, un gran terror se apoderó del Paró, y con presteza concedió a Yosef permiso para subir a Kena’an y sepultar allí a su padre.

Es más, el Paró promulgó un decreto en todas partes de la tierra amenazando con la muerte a quienes no acompañaran a Yosef y a sus hermanos en su viaje a Kena’an con los restos de su padre, y en consecuencia el cortejo que siguió al féretro de Yaakov estaba compuesto por los príncipes y nobles de Mitsraim así como por el pueblo llano. El féretro era llevado por los hijos de Yaakov. En obediencia a su deseo, ni siquiera a los hijos de estos se les permitió tocarlo. Estaba labrado de oro puro, su borde incrustado de piedras de ónice y bedelio, y la cubierta era obra de oro tejido unida al féretro con hilos que se sujetaban con ganchos de piedras de ónice y bedelio. Yosef colocó una gran corona de oro sobre la cabeza de su padre, y un cetro de oro puso en su mano, ataviándolo como a un rey vivo.

El cortejo fúnebre fue dispuesto en este orden: primero venían los hombres valientes del Paró y los hombres valientes de Yosef, y después el resto de los habitantes de Mitsraim. Todos iban ceñidos de espadas y vestidos de cotas de malla, y los arreos de guerra estaban sobre ellos. Los plañideros y enlutados caminaban, llorando y lamentándose, a cierta distancia del féretro, y el resto del pueblo iba detrás de él, mientras Yosef y su casa seguían juntos tras él, con los pies descalzos y entre lágrimas, y los siervos de Yosef estaban cerca de él, cada hombre con sus pertrechos y armas de guerra. Cincuenta de los siervos de Yaakov precedían al féretro, esparciendo mirra por el camino a su paso, y toda clase de perfumes, de modo que los hijos de Yaakov pisaban las especias aromáticas mientras llevaban el cuerpo adelante.

Así avanzó el cortejo hasta que llegó a Kena’an. Se detuvo en la era de Atad, y allí se lamentaron con un lamento muy grande y doloroso. Pero el mayor honor conferido a Yaakov fue la presencia de la Shejiná, que acompañó al cortejo.

Los cananeos no tenían al principio intención de tomar parte en el duelo hecho por Yaakov, pero cuando vieron los honores que se le mostraban, se unieron al cortejo de los egipcios, soltando los ceñidores de sus vestiduras en señal de dolor. También aparecieron los hijos de Esav, de Yishmael y de Keturá, aunque su designio al venir era aprovechar la ocasión y hacer la guerra a los hijos de Yaakov, pero cuando vieron la corona de Yosef suspendida del féretro, los reyes y príncipes edomitas e ismaelitas siguieron su ejemplo, y prendieron también las suyas de él, y quedó adornado con treinta y seis coronas.

Con todo, el enfrentamiento no se evitó: al final estalló entre los hijos de Yaakov y Esav con sus partidarios. Cuando los primeros se disponían a bajar el cuerpo de su padre a la cueva de Majpelá, Esav quiso impedirlo, alegando que Yaakov había usado la porción que le tocaba en el sepulcro para Leá, y que el único espacio que quedaba para una tumba le pertenecía a él. Porque —continuó Esav— «aunque vendí mi primogenitura a Yaakov, todavía tengo una parte en el sepulcro como hijo de Yitsjak». Los hijos de Yaakov, sin embargo, sabían muy bien que su padre había adquirido la parte de Esav en la cueva, e incluso sabían que existía un contrato de venta; pero Esav, suponiendo con acierto que el documento se había quedado en Mitsraim, negó que jamás se hubiera redactado tal cosa, y los hijos de Yaakov enviaron a Naftalí, el corredor veloz, de vuelta a Mitsraim a buscar el contrato. Entretanto, mientras se desarrollaba este altercado entre Esav y los demás, Hushim, el hijo de Dan, se levantó y preguntó asombrado por qué no seguían con el entierro de Yaakov —pues era sordo y no había entendido las palabras cruzadas entre los que disputaban—. Cuando oyó de qué se trataba, y que las ceremonias quedaban interrumpidas hasta que Naftalí volviera de Mitsraim con el contrato de venta, exclamó indignado: «¡Mi abuelo va a quedarse aquí sin sepultar hasta que Naftalí regrese!», y agarró una maza y le asestó a Esav un golpe tan fuerte que murió; sus ojos se le salieron de las cuencas y cayeron sobre las rodillas de Yaakov, y Yaakov abrió los suyos y sonrió. Muerto Esav, el entierro de su hermano pudo seguir sin estorbo, y Yosef lo sepultó en la cueva de Majpelá conforme a su deseo.

Sus demás hijos habían dejado en manos de su hermano Yosef todo lo relativo al entierro del cuerpo de su padre, pues pensaban que era mayor honra para Yaakov que un rey se ocupara de sus restos, y no simples particulares.

La cabeza de Esav, mientras yacía muerto junto a la tumba de Yaakov, rodó hacia el interior de la cueva y cayó en el regazo de Yitsjak, que rogó a Dios que tuviera misericordia de su hijo; pero sus súplicas fueron en vano. Dios habló y dijo: «Vivo yo, que él no contemplará la majestad de Adonái».

Sepultado Yaakov con pompa real, y pasados los siete días de luto, el enfrentamiento entre los hijos de Yaakov y los hijos de Esav estalló de nuevo. En la escaramuza que se había producido cuando Esav reclamó un lugar en la cueva de Majpelá —mientras los restos de su hermano aún yacían sin sepultar— perdió a cuarenta de sus hombres, y tras su muerte la fortuna favoreció igual de poco a sus hijos. Ochenta de sus partidarios cayeron, mientras que de los hijos de Yaakov no se perdió ni uno. Yosef logró capturar a Tsefó, el hijo de Elifaz, con cincuenta de sus hombres, los cargó de cadenas y se los llevó a Mitsraim. Entonces el resto del ejército atacante, encabezado por Elifaz, huyó al monte Seír, llevándose el cuerpo decapitado de Esav para sepultarlo en su propio territorio. Los hijos de Yaakov los persiguieron, pero no mataron a ninguno, por respeto a los restos de Esav.

Al tercer día se reunió un gran ejército, compuesto por los habitantes de Seír y los hijos del Oriente, y marcharon hacia Mitsraim con el propósito de hacer la guerra a Yosef y a sus hermanos. En la batalla que sobrevino, aquel ejército quedó casi por completo destruido: no menos de seiscientos mil hombres fueron segados por Yosef y sus guerreros, y el pequeño resto huyó a la desbandada. De regreso a su propia tierra tras aquella campaña funesta, los hijos de Esav y los hijos de Seír se enzarzaron entre sí, y los hijos de Seír exigieron que sus antiguos aliados abandonaran el lugar, porque eran ellos quienes habían atraído la desgracia sobre el país.

Los hijos de Esav despacharon entonces en secreto un mensajero a su amigo Agnias, rey de África, para pedirle ayuda contra los hijos de Seír. Él accedió a su petición y les envió tropas de infantería y de jinetes. Los hijos de Seír, por su parte, también buscaron aliados, y se aseguraron la ayuda de los hijos del Oriente y de los madianitas, que pusieron guerreros a su disposición. En los encuentros que siguieron entre las fuerzas enemigas, los hijos de Esav fueron derrotados una y otra vez, en parte por la traición dentro de sus propias filas —pues sus hombres a veces desertaban al enemigo en plena batalla—. Al final, sin embargo, en el combate que tuvo lugar en el desierto de Parán, los hijos de Esav alcanzaron una victoria decisiva. Masacraron a todos los guerreros de los hijos de Seír, y los madianitas y los hijos del Oriente fueron puestos en fuga.

Después los hijos de Esav regresaron a Seír y mataron a todos los habitantes del lugar —hombres, mujeres y niños—, perdonando solo a cincuenta muchachos y muchachas. A ellos los usaron como esclavos, y a ellas las tomaron por esposas. También se enriquecieron con el botín, apoderándose de todos los bienes de los hijos de Seír, y toda la tierra fue repartida entre los cinco hijos de Esav. Ahora bien, estos descendientes de Esav decidieron poner un rey sobre sí; pero, a causa de la traición cometida durante la guerra, reinaba entre ellos tal odio y amargura que resolvieron no nombrar jamás a un gobernante de su propia gente. Su elección recayó en Bela, hijo de Beor, uno de los guerreros que les había enviado el rey Agnias. No se hallaba igual entre las tropas aliadas en valentía, sabiduría y buena presencia. Le pusieron la corona real en la cabeza, le construyeron un palacio y le dieron regalos de plata, oro y piedras preciosas, hasta que vivió en gran opulencia. Reinó feliz durante treinta años, y encontró entonces la muerte en una guerra contra Yosef y sus hermanos.

Esta guerra surgió porque los hijos de Esav no lograban borrar de su memoria la afrenta de la derrota que Yosef y su gente les habían infligido. Habiéndose asegurado la ayuda de Agnias, de los ismaelitas y de otras naciones del Oriente, emprendieron una segunda campaña contra Mitsraim, con la esperanza de liberar a Tsefó y a sus seguidores de manos de Yosef. Pese a su enorme hueste —tenían no menos de ochocientos mil hombres de infantería y caballería— fueron derrotados en Ramsés por Yosef y sus hermanos con su pequeña compañía de seiscientos hombres. Además de su rey Bela, dejaron una cuarta parte de su ejército en el campo. La pérdida de su rey los desalentó gravemente, y se dieron a la fuga, muy acosados por Yosef, que abatió a muchos de los fugitivos.

Cuando regresó de la batalla, Yosef ordenó que pusieran grilletes y cadenas a Tsefó y a sus seguidores, y su cautiverio se les hizo más amargo de lo que había sido antes.

Los hijos de Esav nombraron a Yovav de Botsrá para suceder a su rey muerto Bela. Su reinado duró diez años, pero desistieron de todo nuevo intento de guerrear con los hijos de Yaakov. Su última experiencia con ellos había sido demasiado dolorosa, pero la enemistad que abrigaban contra ellos era tanto más feroz, y su odio nunca amainó.

Su tercer rey fue Husham, y los gobernó durante veinte años. Durante su reinado, Tsefó logró huir de Mitsraim. Fue recibido con benevolencia por Agnias, rey de África, y nombrado comandante en jefe de sus tropas. Empleó todos los medios de persuasión para inducir a su señor soberano a entrar en guerra con Mitsraim, pero en vano, pues Agnias conocía demasiado bien la fuerza y el heroísmo de los hijos de Yaakov. Durante muchos años resistió los argumentos y halagos de Tsefó. De hecho, tal como estaban las cosas, Agnias tenía las manos ocupadas con otras empresas guerreras. Había sucedido por entonces que un hombre de la tierra de Kitim, llamado Uzi, a quien sus paisanos veneraban como a un dios, murió en la ciudad de Pozimana, y dejó tras de sí una hija hermosa y de gran ingenio. Agnias oyó hablar de la belleza y la sabiduría de Yaniá, y pidió su mano, y el pueblo de Kitim le concedió su petición.

Los mensajeros de Agnias se alejaban a toda prisa de Kitim, llevando a su señor la promesa de los habitantes de que Yaniá sería su esposa, cuando llegó Turnus, rey de Benevento, con el mismo propósito. Su pretensión fue rechazada, pues el pueblo de Kitim temía romper la promesa dada a Agnias. En su ira, Turnus fue a Cerdeña a hacer la guerra al rey Lucus, un hermano de Agnias, con la intención de ajustar cuentas con este último en cuanto el otro quedara neutralizado. Al enterarse del plan tramado por Turnus, Agnias se apresuró a ir a Cerdeña en socorro de su hermano, y se libró una batalla en el Valle de Campania. Contra Turnus se alinearon Agnias, su hermano Lucus y el hijo de este, Niblos, a quien su padre había nombrado comandante en jefe de las tropas sardas. En el primer encuentro, Turnus fue el vencedor, y los sardos perdieron a su general Niblos. Pero en el segundo choque el ejército de Turnus fue completamente derrotado, y él mismo quedó muerto en el campo. Su ejército huyó, perseguido de cerca por Agnias hasta el cruce de caminos entre Roma y Albano. El cuerpo de Niblos fue colocado dentro de una estatua de oro, y su padre erigió una torre alta sobre su tumba, y otra sobre la tumba de Turnus, y estas dos construcciones, unidas por un pavimento de mármol, se alzan una frente a la otra, en el cruce de caminos donde Agnias dejó de perseguir al ejército fugitivo.

El rey de África siguió hasta la ciudad de Benevento, pero no tomó medidas duras contra ella ni contra sus habitantes, porque por entonces pertenecía a la tierra de Kitim. En adelante, sin embargo, partidas de soldados de África hacían incursiones, de vez en cuando, en la tierra de Kitim, bajo el mando de Tsefó, el capitán del ejército africano. Agnias, entretanto, fue a Pozimana a celebrar su boda con Yaniá, y regresó con ella a su capital en África.

Durante todo este tiempo Tsefó no cesó de instar a Agnias a que invadiera Mitsraim, y al fin logró persuadir al rey de que considerara su deseo, y se equipó un gran ejército contra Mitsraim y los hijos de Yaakov. Entre los escuderos estaba Bilam, el hijo de Beor, de quince años, un muchacho astuto y ducho en la magia, y el rey le mandó que le comunicara cuál sería el desenlace de la guerra que emprendían. Bilam tomó cera y moldeó las figuras de unos hombres, para representar al ejército de Agnias y al ejército de los egipcios, y los sumergió en agua mágica y los dejó flotar, y resultó que el ejército africano era sometido por los egipcios. Agnias, en consecuencia, renunció a la campaña, y Tsefó, viendo que no podía persuadir a su soberano de guerrear con los hijos de Yaakov, huyó del país y se dirigió a Kitim.

El pueblo de Kitim lo recibió con grandes honores, y le ofrecieron mucho dinero para que se quedara con ellos y dirigiera sus guerras. Sucedió una vez, mientras Tsefó estaba en las montañas de Koptiziá —donde los habitantes de Kitim se habían refugiado ante las tropas del rey africano—, que tuvo que salir en busca de un buey que se había extraviado, y descubrió una cueva cuya entrada estaba cerrada por una gran piedra. Hizo añicos la piedra, y al entrar en la cueva vio un animal con forma de hombre por arriba y de macho cabrío por abajo, y mató a la extraña bestia, que estaba justo en el acto de devorar a su buey perdido. Hubo gran regocijo entre el pueblo de Kitim, pues aquel monstruo llevaba mucho tiempo causando estragos en su ganado, y en agradecimiento apartaron un día del año, al que llamaron con el nombre de Tsefó, en honor de su libertador, y todo el pueblo le trajo regalos y le ofreció sacrificios.

Por este tiempo ocurrió que Yaniá, la esposa del rey Agnias, cayó en una grave enfermedad, y los médicos atribuyeron su dolencia al clima y al agua de África, a los que ella, nativa de la tierra de Kitim, no lograba acostumbrarse, porque tenía por costumbre usar el agua del río Forma, que sus antepasados habían llevado hasta su casa por una conducción. Agnias mandó a la tierra de Kitim y se hizo traer a África parte del agua del Forma. Hallándola mucho más ligera que el agua de su propio país, construyó un enorme canal desde la tierra de Kitim hasta África, y desde entonces la reina tuvo toda el agua del Forma que necesitaba. Además, tomó tierra y piedra de Kitim y construyó un palacio para Yaniá, y ella se recuperó de su enfermedad.

Entretanto Tsefó había obtenido una victoria decisiva sobre las tropas africanas que habían hecho una incursión en la tierra de Kitim, y el pueblo lo eligió por rey. Su primera empresa fue una campaña contra los hijos de Tubal y las Islas del Mar, y de nuevo tuvo éxito: los sometió por completo. A su regreso, el pueblo construyó un gran palacio para Tsefó, y le renovaron la realeza, y él continuó hasta su muerte reinando como rey de Kitim y de Italia.

Durante los primeros trece años de su reinado, los africanos no hicieron intento alguno de perturbar la paz de Kitim, pero luego invadieron la tierra, solo para ser duramente rechazados por Tsefó, que persiguió a las tropas hasta las mismísimas fronteras de África, y el rey Agnias quedó tan consternado que por algún tiempo no se atrevió a tomar represalias. Cuando por fin hizo un segundo intento, sus tropas fueron aniquiladas por Tsefó hasta el último hombre. Entonces Agnias, desesperado, reunió a todos los habitantes de África, tan numerosos como la arena de la orilla del mar, y unió su gran hueste al ejército de su hermano Lucus, y así hizo su tercer intento contra Tsefó y el pueblo de la tierra de Kitim.

Alarmado, Tsefó escribió a sus hermanos de Seír, y suplicó a su rey Hadad que le enviara ayuda. Pero el pueblo de Seír había concertado una alianza con Agnias ya desde tiempos de su primer rey Bela, y rechazaron la petición de Tsefó, y el rey de Kitim tuvo que hacer frente a la hueste de ochocientos mil hombres reunida por Agnias con su pequeña banda de tres mil. Entonces el pueblo de Kitim habló a su rey Tsefó, diciendo: «Ruega por nosotros al Dios de tus antepasados. Quizás Él nos libre de la mano de Agnias y de su ejército, pues hemos oído que es un Dios grande y que libra a todos los que confían en Él». Tsefó rogó a HaShem, diciendo: «Oh Adonái, Dios de Avraham y Yitsjak, mis padres, hágase saber hoy que Tú eres un Dios verdadero, y que todos los dioses de las naciones son vanos e inútiles. Acuérdate hoy en mi favor de Tu alianza con Avraham nuestro padre, que nuestros antepasados nos relataron, y obra hoy con bondad conmigo por amor de Avraham y Yitsjak, nuestros padres, y sálvame a mí y a los hijos de Kitim de la mano del rey de África, que ha venido contra nosotros a la batalla».

Dios prestó oído a la oración de Tsefó, y en la batalla del primer día cayó la mitad del ejército africano. Agnias despachó al punto un decreto a su país, ordenando, so pena de muerte y confiscación de bienes, que todos los varones de la tierra —incluidos los muchachos que hubieran pasado de los diez años— se incorporaran al ejército y lucharan contra el pueblo de Kitim. A pesar de estos nuevos refuerzos, trescientos mil hombres, Agnias fue vencido de nuevo por Tsefó en la segunda batalla. Caído muerto el general africano Sosipater, las tropas se dieron a la fuga, a su cabeza Agnias con Lucus, su hermano, y Asdrúbal, hijo de Agnias. Tras esta terrible derrota, los africanos no hicieron más intentos de perturbar la paz de Kitim, y sus incursiones cesaron para siempre.

A pesar de la gran victoria que Tsefó había obtenido con la ayuda de Dios, el rey de Kitim anduvo por los caminos idólatras del pueblo que gobernaba, y por los caminos de los hijos de Esav, pues, como dice el proverbio de los antiguos, «de los malvados sale la maldad», y Tsefó no era distinto del resto de los hijos de Esav.

La dura derrota infligida a Agnias empujó a Bilam de África a Kitim, y fue recibido con grandes honores por Tsefó, que le dio la bienvenida a causa de su profunda sabiduría.

Ahora Tsefó pensó que había llegado el momento de llevar a cabo su plan de venganza contra la posteridad de Yaakov, tanto más cuanto que entretanto habían muerto Yosef, y también sus hermanos y los hombres valientes del Paró. Se le unieron en la empresa Hadad, rey de Edom, y las naciones del Oriente y los ismaelitas. El ejército aliado era tan vasto que el espacio que cubría formado en filas equivalía a tres días de camino. Se formó en orden de batalla en el Valle de Patros, y le salieron al paso trescientos mil egipcios y ciento cincuenta israelitas de Goshen. Pero los egipcios no confiaban en los israelitas: temían que desertaran a los hijos de Esav y de Yishmael. Por eso hicieron un pacto con ellos: que los israelitas no acudirían en ayuda de los egipcios hasta que se viera que el enemigo llevaba las de ganar.

Tsefó, que tenía en alta estima la habilidad de Bilam, quiso que este usara sus artes mágicas y averiguara cuál sería el desenlace de la guerra, pero el saber de Bilam le falló: no pudo satisfacer el deseo del rey. Los egipcios llevaron la peor parte en el primer choque entre los dos ejércitos enemigos, pero el aspecto de las cosas cambió en cuanto llamaron a los israelitas en su ayuda. Los israelitas rogaron a Dios que los sostuviera con su auxilio, y HaShem oyó su oración. Entonces se arrojaron sobre Tsefó y sus aliados, y después de abatir a varios miles de hombres, tal espanto y confusión se apoderó del enemigo que huyó a toda prisa, perseguido por los israelitas hasta la frontera del país. Los egipcios, en lugar de acudir en ayuda de los israelitas, se habían dado a la fuga, dejando que la pequeña banda de sus aliados se las viera con la enorme hueste de sus adversarios. Amargados por semejante trato, los israelitas mataron hasta doscientos egipcios, con el pretexto de que los habían tomado por enemigos.

Hadad, el rey de Edom, que no había logrado fama ni honor en la campaña egipcia, fue favorecido por la fortuna en otra guerra, una guerra contra Moav. Los moabitas rehuían enfrentarse a Hadad solos, e hicieron una alianza con los madianitas. En lo más recio del combate, los moabitas huyeron del campo de batalla, abandonando a los madianitas a su suerte, y estos aliados suyos, así desamparados, fueron abatidos hasta el último hombre por Hadad y sus edomitas. Los moabitas salvaron el pellejo, y solo sufrieron la molestia de tener que pagar tributo. Para vengar la deslealtad cometida contra ellos, los madianitas, apoyados por sus parientes, los hijos de Keturá, reunieron un poderoso ejército y atacaron a los moabitas al año siguiente. Pero Hadad acudió en ayuda de estos, y de nuevo infligió una dura derrota a los madianitas, que tuvieron que renunciar a su plan de venganza contra Moav. Este es el comienzo de la enemistad enconada entre los moabitas y los madianitas. Si un solo moabita es sorprendido en la tierra de Midián, lo matan sin misericordia, y a un madianita en Moav no le va mejor.

Tras la muerte de Hadad, los edomitas instalaron como rey a Samlá de Masreká, y reinó dieciocho años. Su deseo era abrazar la causa de Agnias, el viejo aliado de los edomitas, y castigar a Tsefó por haber guerreado con él, pero su pueblo, los edomitas, no le permitieron emprender nada que fuera hostil a su pariente, y Samlá tuvo que abandonar el plan. En el año catorce del reinado de Samlá, murió Tsefó, después de haber sido rey de Kitim durante cincuenta años. Su sucesor fue Janus, uno del pueblo de Kitim, que disfrutó de un reinado igual de largo.

Bilam había huido a Mitsraim tras la muerte de Tsefó, y allí fue recibido con grandes demostraciones de honor por el rey y todos los nobles, y el Paró lo nombró consejero real, pues había oído mucho acerca de su sabiduría extraordinaria.

En el reino edomita, a Samlá lo sucedió Shaúl de Petor, un joven de belleza incomparable, cuyo reinado duró cuarenta años. Su sucesor en el trono fue Báal Hamón, rey durante treinta y ocho años, período en el que los moabitas se alzaron contra los edomitas, a quienes venían pagando tributo desde los tiempos de Hadad, y lograron sacudirse el yugo del extranjero.

Los tiempos eran turbulentos en todas partes. Agnias, el rey de África, murió, y también ocurrió la muerte de Janus, el rey de Kitim. Los sucesores de estos dos gobernantes, Asdrúbal, el hijo de Agnias, y Latinus, el rey de Kitim, entraron entonces en una guerra prolongada de muchos años. Al principio la suerte de la guerra favoreció a Latinus. Navegó a África en barcos, e infligió a Asdrúbal una derrota tras otra, y al final este rey de África perdió la vida en el campo de batalla. Después de destruir el canal de Kitim a África, construido muchos años antes por Agnias, Latinus regresó a su propio país, llevándose por esposa a Ushpiziwná, la hija de Asdrúbal, que era de tan asombrosa belleza que sus paisanos llevaban su imagen sobre sus ropas.

Latinus no disfrutó mucho tiempo los frutos de su victoria. Aníbal, el hermano menor de Asdrúbal y su sucesor en el poder real, fue a Kitim en barcos y sostuvo una serie de guerras que duraron dieciocho años, en el curso de las cuales acabó con ochenta mil personas del pueblo de Kitim, sin perdonar a los príncipes ni a los nobles. Al término de este dilatado período regresó a África, y reinó sobre su pueblo en quietud y paz.

Los edomitas, durante los cuarenta y ocho años del reinado de Hadad, el sucesor de Báal Hamón, no corrieron mejor suerte que el pueblo de Kitim. La primera empresa de Hadad fue reducir de nuevo a los moabitas bajo la soberanía de Edom, pero tuvo que desistir, porque no lograba oponer una resistencia eficaz a un rey de ellos recién elegido —uno de su propio pueblo— que se aseguró la ayuda de sus parientes los amonitas. Los aliados mandaban una gran hueste, y Hadad fue arrollado. A estas guerras siguieron otras entre Hadad de Edom y Abimenos de Kitim. Este fue el atacante, e invadió Seír con un poderoso ejército. Los hijos de Seír fueron derrotados sin remedio, su rey Hadad fue hecho prisionero, y luego ejecutado por Abimenos, y Seír fue convertida en provincia sujeta a Kitim y gobernada por un gobernador.

Así terminó la independencia de los hijos de Esav. En adelante tuvieron que pagar tributo a Kitim, sobre la cual Abimenos reinó hasta su muerte, en el año treinta y ocho de su reinado.

Cuando Yosef regresaba del entierro de su padre en la cueva de Majpelá, pasó junto al pozo en el que sus hermanos lo habían arrojado una vez, y miró dentro, y dijo: «¡Bendito sea Dios, que permitió que aquí sucediera un milagro en mi favor!». Los hermanos dedujeron de estas palabras de gratitud —que Yosef solo pronunció en cumplimiento de los preceptos de la ley— que él guardaba el recuerdo del mal que le habían hecho, y temieron que ahora, muerto su padre, su hermano les diera el pago de sus obras. Observaron, además, que desde que su padre ya no estaba, Yosef había dejado la costumbre de acogerlos a su mesa, y lo interpretaron como señal de su odio hacia ellos. En realidad, se debía al respeto y la estima que Yosef sentía por sus hermanos. «Mientras mi padre vivía —se decía Yosef—, me mandaba sentarme a la cabecera de la mesa, aunque Yehudá es rey y Reuvén es el primogénito. Era el deseo de mi padre, y lo cumplí. Pero ahora no es decoroso que ocupe el primer lugar en su presencia, y sin embargo, siendo gobernante de Mitsraim, no puedo ceder mi puesto a ningún otro». Por eso pensó que lo mejor era no tener la compañía de sus hermanos en sus comidas.

Pero ellos, sin penetrar sus motivos, le enviaron a Bilhá con el mensaje que su padre había dejado al morir: que perdonara la transgresión y el pecado de sus hermanos. Por amor a los caminos de la paz habían inventado el mensaje; Yaakov no había dicho nada semejante. Yosef, por su parte, comprendió que sus hermanos hablaban así solo porque temían que pudiera hacerles daño, y lloró de que confiaran tan poco en su cariño. Cuando se presentaron, y se postraron ante su rostro, y dijeron: «Quisiste hacer de uno de nosotros tu esclavo. Míranos, todos estamos dispuestos a ser tus siervos», él les habló con dulzura, y trató de convencerlos de que no abrigaba ningún propósito malo contra ellos. Dijo: «No temáis, no os haré ningún daño, pues temo a Dios, y si pensáis que dejé de sentaros a mi mesa por enemistad hacia vosotros, Dios conoce las intenciones de mi corazón, Él sabe que obré así por consideración al respeto que os debo».

Además dijo: «Sois como el polvo de la tierra, como la arena de la orilla del mar y como las estrellas de los cielos. ¿Puedo yo hacer algo para borrarlas del mundo? Diez estrellas nada podrían contra una sola estrella, ¿cuánto menos podrá una sola estrella algo contra diez? ¿Creéis que tengo el poder de obrar contra las leyes de la naturaleza? Doce horas tiene el día, doce horas la noche, doce meses el año, doce constelaciones hay en los cielos, y también hay doce tribus. Vosotros sois el tronco y yo soy la cabeza; ¿de qué sirve la cabeza sin el tronco? Es por mi propio bien que os trate con afecto fraternal. Antes de vuestra llegada, se me tenía por esclavo en este país; vosotros me acreditasteis como hombre de noble cuna. Ahora bien, si os matara, mi pretensión de un linaje aristocrático quedaría por mentira. Los egipcios dirían: no era su hermano, le eran extraños, los llamó hermanos suyos solo para servir a su propósito, y ahora ha encontrado un pretexto para quitárselos de en medio. O me tendrían por hombre sin probidad. Quien juega sucio con su propia sangre y parentela, ¿cómo va a guardar fe a los demás? Y, en verdad, ¿cómo me atrevería a poner la mano sobre aquellos a quienes Dios y mi padre han bendecido a la vez?».

Así como el trato de Yosef con sus hermanos fue bondadoso y afable, así fue él el auxiliador y consejero de los egipcios, y cuando el Paró partió de esta vida —teniendo Yosef entonces setenta y un años de edad—, el último deseo del rey fue que Yosef fuera un padre para su hijo y sucesor Magrón, y administrara para él los asuntos del Estado. Algunos de los egipcios quisieron hacer rey a Yosef tras la muerte del Paró, pero este plan halló oposición por parte de otros. Objetaban a un extranjero en el trono, y así el título real quedó para Magrón, llamado Paró, según la costumbre establecida el nombre dado a todos los reyes egipcios. Pero a Yosef se le hizo el gobernante efectivo de la tierra, y aunque solo era virrey en Mitsraim, reinó como rey sobre las tierras fuera de Mitsraim hasta el Éufrates, partes de las cuales Yosef había adquirido por conquista. Los habitantes de aquellos países le traían su tributo anual y otros presentes además, y así gobernó Yosef durante cuarenta años, amado por todos, y respetado por los egipcios y las demás naciones, y durante todo ese tiempo sus hermanos moraron en Goshen, felices y contentos en el servicio de Dios. Y también en su propio círculo familiar Yosef fue feliz; llegó a actuar como padrino en la circuncisión de los hijos de su nieto Majir.

Su fin fue prematuro en comparación con el de sus hermanos; a su muerte era más joven que cualquiera de ellos a la suya. Es cierto: «El poder sepulta al que lo ejerce». Murió diez años antes de su tiempo señalado, porque, sin ofenderse, había permitido que sus hermanos llamaran a su padre su «siervo» en su presencia.

Dios da a cada hombre la esposa que merece, y así Asnat era digna de ser la compañera de Yosef el piadoso. Su padre era Potifar, uno de los magnates del Paró, contado entre los más distinguidos de ellos por su sabiduría, su riqueza y su rango. Su hija era esbelta como Sará, hermosa como Rivká, y de aspecto radiante como Rajel. Nobles y príncipes pedían su mano cuando tenía dieciocho años. Hasta el sucesor designado del Paró, su hijo primogénito, la reclamó en matrimonio, pero su padre se negó a acceder a su deseo, porque no la consideraba esposa apropiada para quien estaba destinado a sentarse en el trono. La hija del rey moabita, insistía, era un partido más conveniente para él. Pero Asnat rechazaba toda propuesta de matrimonio, y evitaba todo trato con los hombres. Con siete doncellas nacidas el mismo día que ella, vivía retirada en un palacio magnífico contiguo al de sus padres.

Sucedió en el primero de los siete años de abundancia que Yosef proyectó visitar el lugar donde residía Potifar, y le mandó recado de que se alojaría con él, en su casa. Potifar quedó encantado con la honra que se le anunciaba, y también con la ocasión que le brindaría de concertar un matrimonio entre Asnat y Yosef. Pero cuando reveló su plan a su hija, ella lo rechazó con indignación. «¿Por qué habrías de querer verme unida a un vagabundo, un esclavo —exclamó—, uno que ni siquiera pertenece a nuestra nación, sino que es hijo de un pastor cananeo, un tipo que intentó violar la honra de su señora, y que en castigo por ese desmán fue echado a la cárcel, para ser liberado de allí por el Paró por interpretar su sueño? No, padre, jamás seré su esposa. Estoy dispuesta a casarme con el hijo del Paró, el futuro gobernante y rey de Mitsraim».

Potifar prometió a su hija no volver a hablar del plan. En ese momento se anunció la llegada de Yosef, y Asnat dejó la presencia de sus padres y se retiró a sus propios aposentos. De pie junto a la ventana, vio pasar a Yosef, y quedó tan arrebatada por su belleza divina y su porte indeciblemente noble que rompió a llorar, y dijo: «Pobre necia de mí, ¿qué voy a hacer? Me dejé engañar por amigos que me dijeron que Yosef era hijo de un pastor cananeo. Ahora contemplo el esplendor que emana de él como el esplendor del sol, iluminando nuestra casa con sus rayos. En mi audacia y mi necedad lo había mirado por encima del hombro, y había dicho disparates absurdos contra él. No sabía que era un hijo de Dios, como ha de serlo, pues entre los hombres no existe una belleza como la suya. Te ruego, oh Dios de Yosef, ¡concédeme perdón! Fue mi ignorancia la que me hizo hablar como una necia. Si mi padre me da en matrimonio a Yosef, seré suya para siempre».

Entretanto Yosef había tomado asiento a la mesa de Potifar, y advirtió a una doncella que lo miraba desde una de las ventanas del palacio. Ordenó que la hicieran marchar, pues nunca permitía que las mujeres lo contemplaran ni se le acercaran. Su belleza sobrenatural siempre fascinaba a las nobles damas egipcias, e incansables eran los esfuerzos que hacían por acercársele. Pero sus tentativas eran vanas. Guardaba las palabras de su padre Yaakov, que había amonestado a su hijo a mantenerse apartado de las mujeres de los gentiles.

Potifar explicó a Yosef que la doncella de la ventana era su hija virgen, que nunca permitía que los hombres se le acercaran; él era el primer hombre en quien ella posaba la mirada. El padre continuó e hizo a Yosef la petición de permitir que su hija le presentara sus respetos. Yosef concedió el favor que deseaba, y Asnat se presentó y lo saludó con las palabras: «La paz sea contigo, bendito del Dios Altísimo», a lo que Yosef devolvió el saludo: «Bendita seas tú de Adonái, de quien manan todas las bendiciones».

Asnat quiso además besar a Yosef, pero él rechazó el saludo íntimo con estas palabras: «No conviene que un hombre temeroso de Dios, que bendice al Dios vivo, y come el bendito pan de la vida, que bebe de la bendita copa de la inmortalidad y la incorruptibilidad, y se unge con el fragante aceite de la santidad, bese a una mujer de un pueblo extraño, que bendice a ídolos muertos e inútiles, y come el pan podrido de la idolatría, que ahoga el alma del hombre, que bebe las libaciones del engaño, y se unge con el aceite de la destrucción».

Estas palabras pronunciadas por Yosef conmovieron a Asnat hasta las lágrimas. Compadecido de ella, le otorgó su bendición, invocando a Dios para que derramara su espíritu sobre ella y la hiciera miembro de su pueblo y de su heredad, y le concediera una porción en la vida eterna.

La aparición y las palabras de Yosef causaron una impresión tan honda en Asnat que, apenas hubo llegado a sus aposentos, se despojó de sus ropas de gala y se quitó las joyas, y se vistió de saco en su lugar, esparció ceniza sobre su cabeza, y suplicó a Dios entre lágrimas que le concediera el perdón de sus pecados. De este modo pasó siete días y siete noches en su cámara. Ni siquiera a sus siete servidoras se les permitió entrar en su presencia durante el tiempo de su penitencia. En la mañana del octavo día se le apareció un ángel, y le mandó apartar el saco y la ceniza y ataviarse de gala, pues ese día había nacido de nuevo —dijo— para comer el bendito pan de la vida, beber de la copa de la vida inmortal y ungirse con el aceite de la vida eterna. Asnat estaba a punto de poner comida y bebida ante su huésped, cuando vio un panal de miel de forma y fragancia prodigiosas. El ángel le explicó que lo habían producido las abejas del Paraíso, para servir de alimento a los ángeles y a los elegidos de Dios. Tomó una pequeña porción para sí, y el resto lo puso en la boca de Asnat, diciendo: «Desde este día tu cuerpo florecerá como las flores eternas del Paraíso, tus huesos se harán robustos como los cedros de allí, tuya será una fuerza inagotable, tu juventud nunca se marchitará, y tu belleza jamás perecerá, y serás como una metrópoli rodeada de una muralla». A petición de Asnat, el ángel bendijo también a sus siete servidoras, con estas palabras: «Que Adonái os bendiga y os haga siete columnas en la Ciudad de Refugio».

Acto seguido el ángel la dejó, y ella lo vio ascender al cielo en un carro de fuego tirado por cuatro corceles de fuego. Entonces supo que no había estado agasajando a un ser humano, sino a un ángel.

Apenas se había marchado el mensajero celestial, cuando se anunció una visita de Yosef, y ella se apresuró a ataviarse y engalanarse para recibirlo. Al lavarse el rostro, lo entrevió en el agua, y lo vio de tal belleza como nunca antes, tan grande había sido la transformación obrada por el ángel. Cuando Yosef llegó, no la reconoció. Le preguntó quién era, a lo que ella respondió: «¡Soy tu sierva Asnat! He arrojado mis ídolos, y hoy un visitante ha venido a mí del cielo. Me dio a comer del pan de la vida y a beber de la bendita copa, y me dijo estas palabras: “Te entrego a Yosef como su prometida, para que él sea tu prometido para siempre”. Y además dijo: “Tu nombre no se llamará ya más Asnat, sino que tu nombre será Ciudad de Refugio, adonde las naciones huirán en busca de amparo”. Y añadió: “Voy a Yosef, a contarle todas estas cosas que a ti se refieren”. Ahora, mi señor, tú sabes si el hombre estuvo contigo y te habló en mi favor».

Yosef confirmó todo lo que ella había dicho, y se abrazaron y se besaron en señal de su desposorio, que celebraron con un banquete junto con Potifar y su esposa. La boda tuvo lugar más tarde en presencia del Paró, que puso una corona de oro sobre la cabeza del novio y de la novia, les dio su bendición, e hizo en su honor una fiesta de siete días, a la que invitó a los magnates y príncipes de Mitsraim y de otros países. Y durante los siete días de las fiestas nupciales se prohibió al pueblo, so pena de muerte, hacer trabajo de ninguna clase; todos debían sumarse a la celebración del matrimonio de Yosef.

El día veintiuno del segundo mes, en el segundo de los siete años de hambre, Yaakov bajó a Mitsraim, y su nuera Asnat vino a visitarlo. No poco se maravilló de su hermosura y su fuerza. Sus hombros y sus brazos eran como los de un ángel, y sus lomos como los de un gigante. Yaakov le dio su bendición, y ella regresó a casa con su esposo, acompañada por los hijos de Leá, mientras que los hijos de las siervas —recordando el mal que una vez le habían hecho a Yosef— se mantuvieron apartados. Leví, en particular, había concebido afecto por Asnat. Estaba especialmente cerca del Dios viviente, pues era profeta y sabio, tenía los ojos abiertos y sabía leer los libros celestiales escritos por el dedo de Dios. Le reveló a Asnat que había visto su futura morada de reposo en el cielo, edificada sobre una roca y ceñida por un muro de diamante.

En el camino se encontraron con el hijo del Paró, su sucesor al trono, y de tal modo lo arrebató la hermosura de Asnat que tramó dar muerte a Yosef para hacerse con su esposa. Convocó a Shimón y a Leví, y con halagos y promesas buscó inducirlos a quitar a Yosef de en medio. Shimón se enfureció tanto que lo habría derribado allí mismo, de no ser porque su hermano Leví —dotado del don de profecía— adivinó su intención y la frustró pisándole el pie, mientras le susurraba: «¿Por qué te enojas tanto y te airas contra este hombre? Nosotros, que tememos a Dios, no podemos pagar mal con mal». Volviéndose hacia el hijo del Paró, le dijo que nada los movería a ejecutar la maldad que proponía; más bien le aconsejó no emprender nada contra Yosef, pues de lo contrario lo mataría con la espada que le había servido para dar muerte a los habitantes de Shejem. El culpable fue presa de un pánico frenético y cayó ante Shimón y Leví para implorar su clemencia. Leví lo levantó, diciendo: «No temas, pero abandona tu plan perverso y no abrigues designio alguno de mal contra Yosef».

Con todo, el hijo del Paró no renunció a su propósito criminal. Se acercó a los hijos de Bilhá y de Zilpá, y buscó lograr por medio de ellos lo que había fracasado con Shimón y Leví. Los llamó a su presencia y les habló de una conversación entre Yosef y el Paró que había oído a escondidas. Yosef había dicho que solo esperaba enterarse de la muerte de su padre Yaakov para acabar con los hijos de las siervas, porque ellos habían sido los que lo vendieron como esclavo. Encendida su ira contra Yosef por estas palabras, los hijos de Bilhá y de Zilpá consintieron en la propuesta del hijo del Paró. Se acordó que este mataría al Paró, el amigo de Yosef, mientras ellos caerían sobre su hermano y lo quitarían de en medio. Para ello se les proveyó de seiscientos guerreros aptos y cincuenta lanceros. La primera parte del plan, el asesinato del Paró, fracasó. La guardia del palacio no permitió ni siquiera al sucesor al trono entrar en la alcoba de su padre, y hubo de marcharse sin haber logrado su objetivo.

Entonces Dan y Gad le dieron el consejo de apostarse con cincuenta arqueros en un lugar secreto por el que Asnat debía pasar en su viaje de regreso. Desde allí podría atacar con éxito a su séquito y apoderarse de ella. Naftalí y Asher no querían tener nada que ver con esta empresa hostil contra Yosef, pero Dan y Gad los forzaron a ello, insistiendo en que todos los hijos de las siervas debían mantenerse unidos como hombres y repeler el peligro que los amenazaba.

Desde su emboscada, las fuerzas del hijo del Paró cayeron sobre Asnat y sus seiscientos acompañantes. Lograron abatir a la vanguardia, y Asnat tuvo que darse a la fuga. Para su espanto, se topó con el hijo del Paró y cincuenta jinetes. Binyamín, que iba sentado en el mismo carro que ella, acudió en su auxilio, pues, a pesar de su juventud, era en extremo valiente. Descendió del carro, recogió guijarros y, arrojándolos contra el hijo del Paró, lo golpeó en la frente y le infligió una herida grave. El auriga lo ayudó proveyéndolo de guijarros, que él lanzó contra los cincuenta jinetes con tan diestra habilidad que mató a cuarenta y ocho de ellos con otros tantos proyectiles. Entretanto, los hijos de Leá llegaron al lugar y acudieron en ayuda de Asnat, pues Leví, con su espíritu profético, había visto lo que sucedía y, reuniendo a sus cinco hermanos, se había apresurado hasta allí. Estos seis atacaron a las tropas emboscadas y las abatieron. Pero el peligro para Asnat no quedó en absoluto conjurado. En ese instante, los hijos de las siervas se lanzaron sobre ella y sobre Binyamín con las espadas desnudas. Su intención era matar a ambos y huir a esconderse en lo profundo de los bosques. Pero en cuanto Asnat suplicó ayuda a Dios, las espadas cayeron de las manos de sus atacantes, y estos vieron que HaShem estaba del lado de Asnat. Cayeron a sus pies e imploraron su gracia. Ella calmó su angustia con estas palabras: «Sed valientes y no temáis a vuestros hermanos, los hijos de Leá. Son hombres temerosos de Dios. Solo manteneos ocultos hasta que su ira se apacigüe».

Cuando aparecieron los hijos de Leá, Asnat cayó ante ellos y, entre lágrimas, les rogó encarecidamente que perdonaran a los hijos de las siervas y no pagaran con mal el mal que habían tramado. Shimón no quería oír hablar de concesiones. Insistía en que la medida de sus pecados estaba colmada y debían pagarlos con la vida, pues habían sido ellos los que vendieron a Yosef como esclavo y trajeron incontables desgracias sobre Yaakov y sus hijos. Pero Asnat no cejó, y sus insistentes súplicas se impusieron. Logró aplacar la ira de Shimón, y en Leví tenía un aliado secreto, pues este profeta conocía el escondite de los hijos de las siervas y no se lo reveló a Shimón, no fuera que su ira creciera al verlos. Fue también Leví quien impidió a Binyamín asestar el golpe mortal al malherido hijo del Paró. Lejos de permitir que se le hiciera daño, le lavó las heridas, lo puso en un carro y lo llevó al Paró, que agradeció a Leví de corazón sus servicios de amorosa bondad. Los esfuerzos de Leví fueron en vano: tres días después, el hijo del Paró murió de las heridas que le había infligido Binyamín, y de la pena por la pérdida de su primogénito el Paró lo siguió poco después, dejando esta vida a la edad de ciento setenta y siete años. Su corona la legó a Yosef, que gobernó sobre Mitsraim durante cuarenta y ocho años más. Este, a su vez, pasó la corona al nieto del Paró, que era un niño de pecho a la muerte de su abuelo, y respecto del cual Yosef había hecho las veces de padre toda su vida.

En su lecho de muerte, Yosef tomó juramento a sus hermanos, y les mandó que en su propio lecho de muerte tomaran igualmente juramento a sus hijos, de llevar sus huesos a la Tierra de Israel cuando Dios los visitara y los hiciera subir de la tierra de Mitsraim. Dijo: «Yo, que soy gobernante, pude llevar el cuerpo de mi padre a la Tierra Santa mientras aún estaba entero. De vosotros solo pido que llevéis mis huesos de aquí, y podéis sepultarlos en cualquier lugar de la Tierra de Israel, pues sé que el sepulcro de los padres fue destinado a ser tumba únicamente de los tres Patriarcas y sus tres esposas».

Yosef tomó el juramento —de llevar sus restos consigo cuando salieran de Mitsraim— de sus hermanos, y no de sus hijos, para que lo sepultaran cuanto antes en la Tierra de Israel, pues temía que los egipcios no dieran a estos permiso para transportar sus huesos, aunque recordaran lo que a Yosef se le había permitido hacer con el cuerpo de su padre. Objetarían que Yosef había sido el virrey, y un deseo expresado por alguien de tan alta condición no podía negarse. Además, conjuró a sus hermanos a no salir de Mitsraim hasta que apareciera un redentor y anunciara su mensaje con las palabras «Pakod: ciertamente os he visitado» —una tradición que Yosef había recibido de su padre, quien la tenía de Yitsjak, y Yitsjak, a su vez, la había oído de Avraham—. Y les dijo que Dios redimiría a Israel por medio de Moshé como por medio del Mesías, en este mundo como en el mundo por venir, y que la redención egipcia comenzaría en Tishrí, cuando Israel sería liberado del trabajo esclavo, y se completaría en el Nisán siguiente, cuando saldrían de Mitsraim.

Yosef amonestó también a sus hermanos a andar por los caminos de HaShem, para que se hicieran dignos de Su gracia y Su ayuda. En especial inculcó a sus hermanos y a sus hijos la virtud de la castidad y una vida moral firme. Les contó todo lo que le había sucedido —el odio de sus hermanos, las persecuciones de la mujer de Potifar, la calumnia, la envidia y la malicia de los egipcios— para mostrar cómo aquellos que temen a HaShem no son abandonados por Él en la oscuridad, ni en la servidumbre, ni en la tribulación, ni en la angustia. «Fui vendido como esclavo», dijo, «pero HaShem me libró; fui arrojado a la prisión, pero Su mano fuerte me socorrió. Me atormentó el hambre, pero HaShem mismo me dio sustento. Estaba solo, y Dios me consoló. Y en cuanto a vosotros, si andáis por los caminos de la castidad y la pureza, con paciencia y humildad de corazón, HaShem morará entre vosotros, pues Él ama la vida casta; y si vosotros, hijos míos, guardáis los mandamientos de HaShem, Él os enaltecerá aquí, en este mundo, y os bendecirá allá, en el mundo por venir. Si los hombres buscan haceros mal, orad por ellos, y seréis librados de todo mal por HaShem. Por mi paciente longanimidad recibí por esposa a la hija de mi señor, y su dote fue de cien talentos de oro, y Dios me dio también una hermosura como la hermosura de una flor, mayor que la de todos los hijos de Yaakov, y me conservó hasta mi vejez en vigor y hermosura, pues en todo me parecía a Yaakov».

Yosef prosiguió y les relató las visiones que había tenido, en las que se le reveló el futuro de Israel, y luego cerró con estas palabras: «Sé que los egipcios os oprimirán después de mi muerte, pero Dios ejecutará venganza por vosotros, y os conducirá a la tierra prometida de vuestros padres. Pero llevaréis sin falta mis huesos con vosotros de aquí, pues si mis restos son llevados a Kena’an, HaShem estará con vosotros en la luz, y Beliar estará con los egipcios en la oscuridad. Llevaos también los huesos de vuestra madre Zilpá, y sepultadlos cerca del sepulcro de Bilhá y de Rajel».

Terminadas estas palabras, estiró los pies y durmió su último sueño eterno, y todo Israel lo lloró, y todo Mitsraim quedó sumido en gran duelo, pues también para los egipcios había sido un amigo compasivo, y les había hecho bien, y les había dado sabio consejo y ayuda en todas sus empresas.

El deseo de Yosef, de que sus huesos reposaran en la Tierra Santa, se cumplió cuando los israelitas salieron de Mitsraim, y nada menos que Moshé se ocupó de llevarlo a cabo. Tal fue la recompensa de Yosef por la devoción que había mostrado en la sepultura del cuerpo de su padre, pues él mismo había hecho todo lo necesario, sin dejar nada a otros. Por eso un hombre tan grande como Moshé se afanó en realizar el deseo de Yosef.

Durante tres días y tres noches previos al éxodo, Moshé rastreó de un extremo a otro de la tierra de Mitsraim en busca del féretro de Yosef, porque sabía que Israel no podía salir de Mitsraim sin atender al juramento hecho a Yosef. Pero su empeño fue en vano: el féretro no se hallaba por ninguna parte. Séraj, la hija de Asher, se encontró con Moshé, cansado y agotado, y en respuesta a su pregunta sobre la causa de su fatiga, él le habló de su infructuosa búsqueda. Séraj lo llevó al río Nilo y le dijo que el féretro de plomo que los egipcios habían hecho para Yosef había sido hundido allí después de sellarlo por todos sus lados. Los egipcios lo habían hecho por instigación y con ayuda de los magos, quienes, sabiendo que Israel no podía salir del país sin el féretro, habían usado sus artes para ponerlo en un lugar de donde no pudiera ser sacado.

Moshé tomó entonces la copa de Yosef, cortó de ella cuatro piezas planas y grabó un león en una de ellas, un águila en la segunda, un toro en la tercera y una figura humana en la cuarta. Arrojó la primera, la del león, al río, diciendo a la vez: «Yosef, Yosef, ha llegado la hora de la redención de Israel; la Shejiná se demora aquí solo por tu causa, las nubes de gloria aguardan tu venida. Si te muestras, bien está; si no, entonces quedamos libres de nuestro juramento». Pero el féretro no apareció.

Entonces Moshé arrojó al agua la segunda placa, la de la figura del águila, repitiendo las mismas palabras, pero de nuevo el féretro no subió del lecho del Nilo, y allí siguió también cuando arrojó la tercera placa, la que llevaba la figura del toro, y llamó a Yosef por tercera vez a que saliera. Pero la cuarta placa, con la figura humana, y la cuarta invocación a Yosef, hicieron subir el féretro a la superficie del agua. Moshé lo asió y, lleno de alegría, se lo llevó. Mientras Israel se había ocupado en recoger oro y plata de los egipcios, Moshé no había pensado en nada más que en el féretro de Yosef, y grande fue su dicha por habérsele permitido cumplir el deseo de Yosef.

Durante los cuarenta años de andanzas por el desierto, el féretro estuvo en medio de Israel, como recompensa por la promesa que Yosef había hecho a sus hermanos: «Yo os sustentaré y cuidaré de vosotros». Dios había dicho: «Por tu vida, durante cuarenta años cuidarán de tus huesos».

Todo este tiempo, en el desierto, Israel llevaba consigo dos arcas: la una, el féretro que contenía los huesos del difunto Yosef; la otra, el Arca que contenía la alianza del Dios viviente. Los caminantes que veían los dos receptáculos se admiraban, y preguntaban: «¿Cómo va el arca del muerto junto al arca del Eternamente viviente?». La respuesta era: «El muerto guardado en la una cumplió los mandamientos guardados en la otra. En esta está escrito: "Yo soy Adonái tu Dios", y él dijo: "¿Acaso estoy yo en lugar de Dios?". Aquí está escrito: "No tendrás otros dioses delante de Mi faz", y él dijo: "Yo temo a Dios". Aquí está escrito: "No tomarás en vano el nombre de Adonái tu Dios", y por eso no juró por Dios, sino que dijo: "Por la vida del Paró". Aquí está escrito: "Acuérdate del día de Shabat", y él dijo al mayordomo de su palacio, un viernes: "Degüella y prepara", queriendo decir para el Shabat. Aquí está escrito: "Honra a tu padre y a tu madre", y él dijo, cuando su padre quiso enviarlo a sus hermanos: "Heme aquí", aunque sabía que era peligroso para él ir. Aquí está escrito: "No matarás", y se abstuvo de matar a Potifar cuando la mujer de Potifar lo instó a hacerlo. Aquí está escrito: "No cometerás adulterio", y desdeñó las proposiciones adúlteras de la mujer de Potifar. Aquí está escrito: "No robarás", y no robó nada al Paró, sino que recogió todo el dinero y lo llevó a la casa del Paró. Aquí está escrito: "No darás falso testimonio contra tu prójimo", y no le contó nada a su padre de lo que sus hermanos le habían hecho, aunque lo que podría haber contado era la verdad. Aquí está escrito: "No codiciarás", y no codició a la mujer de Potifar».

A su llegada a la Tierra Santa, los israelitas sepultaron los huesos de Yosef en Shejem, pues Dios habló a las tribus, diciendo: «De Shejem lo robasteis, y a Shejem lo devolveréis».

Dios, que tanto se cuida de los cuerpos de los piadosos, se cuida todavía más de sus almas, que están ante Él como ángeles y cumplen su servicio ministrándole.

Capítulo III

Los hijos de Yaakov

Capítulo segundo

Yaakov crió a todos sus hijos en el temor de Dios y les enseñó los caminos de una vida piadosa, con severidad cuando hacía falta que sus lecciones calaran hondo. Recogió el fruto de su esfuerzo, pues todos sus hijos fueron hombres piadosos, de carácter intachable. Los antepasados de las doce tribus se parecían a sus padres en la devoción, y sus actos no fueron menos significativos que los de Avraham, Yitsjak y Yaakov. Como esos tres, merecen ser llamados los Padres de Israel. Dios hizo con ellos una alianza, igual que la había hecho con los tres Patriarcas —y a esa alianza deben sus descendientes su preservación.

Los nombres mismos de las tribus apuntan a la redención de Israel. Reuvén se llama así porque Dios «ve» la aflicción de su pueblo; Shimón, porque «oye» su gemido; Leví, porque Él «se une» a su pueblo cuando Israel sufre; Yehudá, porque Israel «dará gracias» a Dios por su liberación; Yisajar, porque será «recompensado» por su sufrimiento con una paga; Zevulún, porque Dios tendrá una «morada» en Israel; Binyamín, porque juró por su «diestra» socorrer a su pueblo; Dan, porque «juzgará» a la nación que subyugue a Israel; Naftalí, porque otorgó la Torá a Israel, y ella destila dulzura como el «panal»; Gad, porque HaShem dio el maná a Israel, y era como semilla de «cilantro»; Asher, porque todas las naciones llamarán a Israel «dichoso»; y Yosef, porque Dios «añadirá» una segunda redención de Israel a la primera —redención del reino perverso al final, como de Mitsraim en tiempos pasados.

No solo los nombres de los hijos de Yaakov son significativos, sino también los nombres de sus hijos. Así, los nombres de los hijos de Yisajar expresan las actividades de la tribu conocida por su saber por encima de todas las demás. El mayor se llamaba Tolá, «gusano»; como el gusano de seda se distingue por su boca, con la que hila, así también los hombres de la tribu de Yisajar por las palabras sabias de su boca. El segundo es Puvá, «planta de rubia»; como esta planta tiñe todas las cosas, así la tribu de Yisajar tiñe el mundo entero con sus enseñanzas. El tercero es Yashub, «el que retorna», pues por las enseñanzas de Yisajar Israel será devuelto a su Padre Celestial; y Shimrón, el cuarto, es «el que observa», para indicar que la tribu de Yisajar observa la Torá.

Los nombres de los hijos de Gad interpretan igualmente la historia de la tribu. Durante la estancia de Israel en Mitsraim, se había apartado del camino recto —pero cuando Aharón apareció como profeta y amonestador, y llamó a los israelitas a arrojar las abominaciones de sus ojos y abandonar los ídolos de Mitsraim, ellos escucharon sus palabras. De ahí el doble nombre Ozni y Etsbón que lleva uno de los hijos de Gad, pues esta tribu «escuchó» la palabra de Dios y cumplió su «voluntad».

Los nietos de Asher llevan los nombres Héver y Malkiel, porque fueron los «compañeros» de reyes, y su heredad rindió «manjares regios».

En parte, la historia de la tribu de Binyamín puede leerse en los nombres de sus jefes. Constaba originalmente de diez divisiones, descendientes de los diez hijos de Binyamín, pero cinco de ellas perecieron en Mitsraim a causa de sus caminos impíos, de los que ninguna advertencia bastó para apartarlas. De las cinco familias que quedaron, dos —los descendientes de Bela y los de Ashbel— habían sido siempre temerosas de Dios; las otras —los ajiramitas, los shefufamitas y los jufamitas— se arrepintieron de sus pecados, y conforme al cambio de su conducta fue el cambio de sus nombres. Ejí se había vuelto Ajiram, porque quedó sanada la brecha con el «Excelso»; Mupim se llamó Shefufam, porque se «afligieron» en su penitencia; y Jupim se trocó en Jufam, para indicar que se habían «limpiado» del pecado. En recompensa por su piedad, a la familia surgida de Bela se le permitió tener dos subdivisiones, los arditas y los naamitas. Sus nombres los señalan como hombres que saben bien cómo ha de manifestarse el temor de Dios, cuyas obras son en extremo hermosas.

Naftalí fue otra tribu de piedad firme, y los nombres de sus hijos así lo atestiguan: Yajtseel, porque los de la tribu levantaron un «muro de separación» entre Dios y los ídolos, por cuanto confiaron en Dios y despreciaron los ídolos; Guní, porque Dios era su «protección»; y Yétser y Shilem designan a los naftalitas como hombres entregados a Dios con todo su corazón.

Dos años después de la muerte de Yosef, Reuvén cayó enfermo. Sintiendo cercano su fin, reunió a sus hijos, a sus nietos y a sus hermanos, para darles sus últimas amonestaciones desde la plenitud de su experiencia. Habló: «Escuchad, hermanos míos, y vosotros, hijos míos, prestad oído a Reuvén, vuestro padre, en los mandamientos que os impongo. Y he aquí que os conjuro en este día por el Dios del cielo a que no andéis en las locuras de la juventud ni en las fornicaciones a las que yo fui dado, y con las que profané el lecho de mi padre Yaakov. Pues os digo ahora que durante siete meses HaShem afligió mis lomos con una plaga terrible, y si mi padre Yaakov no hubiera intercedido por mí, HaShem me habría arrebatado. Tenía veinte años cuando hice lo que era malo ante HaShem, y durante siete meses estuve enfermo de muerte. Luego hice penitencia durante siete años en lo más hondo de mi alma. No bebí vino ni licor, no probaron mis labios la carne de animales, no gusté manjares, porque lloraba mis pecados, pues eran grandes».

Amonestó a los que lo rodeaban a guardarse de los siete espíritus tentadores, que son el espíritu de la fornicación, la gula, la contienda, el ansia de admiración, la arrogancia, la mentira y la injusticia. Los previno especialmente contra la lujuria, diciendo: «No prestéis atención a las miradas de una mujer, y no os quedéis a solas con una mujer casada, y no os ocupéis de los asuntos de las mujeres. De no haber visto yo a Bilhá bañarse en un lugar apartado, no habría caído en el gran pecado que cometí, pues una vez que mis pensamientos captaron la desnudez de la mujer, no pude dormir hasta consumar el acto abominable. Porque cuando nuestro padre Yaakov fue a ver a su padre Yitsjak, mientras nosotros morábamos en Éder, no lejos de Efrat, que es Bet-Léjem, Bilhá estaba ebria de vino, y yacía dormida, descubierta, en su alcoba —y yo entré y vi su desnudez y cometí el pecado, y salí de nuevo, dejándola dormida. Pero un ángel de Dios reveló al instante mi acto impío a mi padre Yaakov. Él regresó y se afligió por mí, y nunca más se acercó a Bilhá. Hasta el último día de su vida, no tuve el aplomo de mirar a mi padre a la cara ni de hablar a mis hermanos de mi deshonra, y aún ahora mi conciencia me tortura a causa de mi pecado. No obstante, mi padre me dirigió palabras de consuelo, y rogó a Dios por mí, para que la ira de HaShem se apartara de mí, como Él me mostró».

Reuvén amonestó a sus hijos con firmeza a que se unieran a Leví, «porque él conocerá la ley de HaShem —dijo—, y dictará ordenanzas para el juicio, y ofrecerá sacrificios por todo Israel, hasta la consumación de los tiempos, como el sumo sacerdote ungido de quien HaShem habló».

Tras anunciar su última voluntad a sus hijos, Reuvén partió de esta vida a la edad de ciento veinticinco años. Su cuerpo fue puesto en un ataúd hasta que sus hijos lo sacaron de Mitsraim y lo llevaron a Jevrón, donde lo sepultaron en la Cueva Doble.

Como Reuvén confesó su pecado en su lecho de muerte, y advirtió a sus hijos y a su familia que se guardaran de la lujuria, el vicio que había causado su caída, así Shimón, cuando estaba por morir, reunió a sus hijos a su alrededor, y confesó el pecado que había cometido. Se había hecho culpable de una envidia sin límites hacia Yosef, y habló: «Fui el segundo hijo engendrado por mi padre Yaakov, y mi madre Leá me llamó Shimón, porque HaShem había oído su plegaria. Me hice fuerte, y no retrocedí ante obra alguna, y de nada tuve miedo, pues mi corazón era duro, mi hígado inflexible, y mis entrañas sin misericordia. Y en los días de mi juventud tuve celos de Yosef, porque nuestro padre lo amaba más que a todos los demás, y resolví matarlo. Pues el príncipe de la tentación envió el espíritu de los celos a apoderarse de mí, y me cegó de modo que no consideré a Yosef mi hermano, y no perdoné ni siquiera a mi padre Yaakov. Pero su Dios y el Dios de sus padres envió a su ángel y lo salvó de mis manos.

»Cuando fui a Shejem a buscar ungüento para los rebaños, y Reuvén estaba en Dotán, donde se guardaban todas nuestras provisiones y reservas, nuestro hermano Yehudá vendió a Yosef a los ismaelitas. A su regreso, cuando supo lo que había pasado, Reuvén se entristeció mucho, pues había deseado salvar a Yosef y devolverlo a nuestro padre. Pero en cuanto a mí, mi ira se encendió contra Yehudá, por haberlo dejado escapar con vida. Mi enojo permaneció conmigo cinco meses enteros. Pero HaShem me contuvo de usar la fuerza de mis manos, pues mi mano derecha se secó por espacio de siete días. Entonces supe que lo sucedido había sido por causa de Yosef. Me arrepentí y rogué a Dios que restaurara mi mano y me apartara en adelante de toda clase de corrupción, envidia y locura. Durante dos años me entregué al ayuno y al temor de Dios, pues comprendí que la redención de los celos solo podía venir por el temor de Dios.

»Mi padre, al verme abatido, quiso saber la causa de mi tristeza, y yo respondí que sufría del hígado, pero en verdad me afligía más que todos mis hermanos, viendo que yo había sido la causa de la venta de Yosef. Y cuando bajamos a Mitsraim, y Yosef me ató como espía, no me apené, pues sabía en mi corazón que mi sufrimiento era justo castigo. Pero Yosef era bueno, el espíritu de Dios moraba en él. Compasivo y misericordioso como era, no me guardó rencor por mis malas obras contra él, sino que me amó con el mismo amor que mostró a los demás. Nos honró a todos como era debido, y nos dio oro, y ganado, y frutos. Y ahora, hijos míos queridos, amaos los unos a los otros, cada uno a su hermano, con corazón limpio, y apartad de en medio de vosotros el espíritu de los celos».

Como Reuvén, también Shimón conjuró a sus hijos a guardarse de la lujuria, pues este vicio es la madre de todo mal. Separa al hombre de Dios y lo abandona a Beliar. Estas fueron las palabras finales de su exhortación: «En los escritos de Janoj vi que vuestros hijos se corromperían por la lujuria, y maltratarían a los hijos de Leví con la espada. Pero no podrán nada contra Leví, pues la guerra que él librará es la guerra de HaShem, y vencerá a todos vuestros ejércitos. Como un pequeño resto seréis dispersados entre Leví y Yehudá, y ninguno de vosotros se alzará como juez o rey de nuestro pueblo, como profetizó mi padre Yaakov en su bendición».

Habiendo completado sus amonestaciones a sus hijos, Shimón falleció y fue reunido con sus padres, a la edad de ciento veinte años. Sus hijos lo pusieron en un ataúd hecho de madera imperecedera, para poder llevar sus huesos a Jevrón, como en efecto hicieron, en secreto, durante la guerra entre los egipcios y los cananeos. Así hicieron todas las tribus durante la guerra: cada una llevó los restos de su fundador de Mitsraim a Jevrón. Solo los huesos de Yosef permanecieron en Mitsraim hasta que los israelitas salieron de la tierra, pues los egipcios los guardaban en sus cámaras del tesoro real. Sus magos les habían advertido que en cuanto los huesos de Yosef fueran sacados de Mitsraim, una gran oscuridad envolvería toda la tierra, y sería una desgracia terrible para los egipcios, pues nadie podría reconocer a su vecino ni siquiera con la luz de una lámpara.

Cuando se le reveló a Leví que estaba por morir, reunió a todos sus hijos a su alrededor, para contarles la historia de su vida, y también les profetizó lo que harían y lo que les sucedería hasta el día del juicio. Habló: «Cuando apacentábamos los rebaños en Abel-Mejolá, el espíritu de entendimiento de HaShem vino sobre mí, y vi a toda la humanidad, cómo corrompen sus caminos, y que la injusticia se levanta murallas, y la impiedad se sienta entronizada sobre las torres. Y me puse a lamentarme por las generaciones de los hombres, y rogué a HaShem que me salvara. El sueño me envolvió, y contemplé un monte alto, y ¡he aquí!, los cielos se abrieron, y un ángel de Dios me habló, y dijo: “Leví, entra”.

»Entré en el primer cielo, y vi allí colgado un gran mar, y más allá vi un segundo cielo, más luminoso y resplandeciente que el primero. Dije al ángel: “¿Por qué es esto así?”. Y el ángel me dijo: “No te asombres de esto, pues verás otro cielo, brillante sin comparación, y cuando hayas ascendido allá, estarás cerca de HaShem, y serás su ministro, y declararás sus misterios a los hombres; y de la porción de HaShem será tu vida, y Él será tu campo y tu viña y tus frutos y tu oro y tu plata”.

»Entonces el ángel me explicó los usos de los diferentes cielos, y todo lo que sucede en cada uno, y proclamó el día del juicio. Abrió las puertas del tercer cielo, donde contemplé el Templo sagrado, y a Dios sentado sobre el Trono de la Gloria. HaShem me habló: “Leví, sobre ti he otorgado la bendición del sacerdocio, hasta que yo venga y more en medio de Israel”. Luego el ángel me llevó de vuelta a la tierra, y me dio un escudo y una espada, diciendo: “Ejecuta venganza sobre Shejem por Diná, y yo estaré contigo, pues HaShem me ha enviado”. Pregunté al ángel cuál era su nombre, y respondió: “Soy el ángel que intercede por el pueblo de Israel, para que no sea destruido del todo, pues todo espíritu maligno lo ataca”.

»Cuando desperté, me dirigí a mi padre, y por el camino, cerca de Gebal, encontré un escudo de bronce, como el que había visto en mi sueño. Entonces aconsejé a mi padre y a mi hermano Reuvén que ordenaran a los hijos de Jamor circuncidarse, pues yo temblaba de furia por la obra abominable que habían cometido. Maté a Shejem el primero de todos, y luego Shimón mató a Jamor, y todos mis demás hermanos salieron y destruyeron la ciudad entera. Nuestro padre tomó esto a mal, y en su bendición recordó nuestra conducta. Aunque obramos mal al proceder así contra sus deseos, yo reconocí que aquello era el juicio de Dios sobre el pueblo de Shejem a causa de sus pecados, y dije a mi padre: “No te enojes, señor mío, pues Dios exterminará a los cananeos por medio de esto, y dará la tierra a ti y a tu descendencia después de ti. En adelante Shejem se llamará la ciudad de los imbéciles, pues como se burlan de un necio, así hemos hecho de ellos una burla”.

»Cuando viajamos a Bet-Léjem, y habíamos morado allí setenta días, se me concedió otra visión, semejante a la anterior. Vi a siete hombres vestidos de blanco, y me hablaron, diciendo: “Levántate, y revístete de las vestiduras sacerdotales, pon la corona de la justicia sobre tu cabeza, y ponte el efod del entendimiento, y el manto de la verdad, y la placa de la mitra de la fe, y la mitra de la dignidad, y las hombreras de la profecía”. Y cada uno de los hombres me trajo una vestidura y me invistió con ella, y dijo: “En adelante sé sacerdote de HaShem, tú y tu descendencia por la eternidad. Y comeréis todo lo que es hermoso a la vista, y tus descendientes se apropiarán la mesa de HaShem, y de ellos vendrán sumos sacerdotes, jueces y sabios, pues todo lo santo será guardado por su boca”.

»Dos días después de que me visitara este sueño, Yehudá y yo fuimos a nuestro abuelo Yitsjak, quien me bendijo conforme a las palabras que yo había oído. Yaakov también tuvo una visión, y vio, además, que yo era designado para ser el sacerdote de Dios, y por medio de mí apartó un décimo de sus posesiones para HaShem. Y cuando nos establecimos en Jevrón, la residencia de Yitsjak, nuestro abuelo me enseñó la ley del sacerdocio, y me amonestó a mantenerme apartado de la lujuria.

»A la edad de veintiocho años tomé por esposa a Milká, y ella me dio un hijo, y lo llamé Guershom, porque éramos extranjeros en la tierra. Pero percibí que él no estaría en las primeras filas de los hombres. Mi segundo hijo me nació en mi trigésimo quinto año, y vio la luz del mundo al amanecer, y lo contemplé en una visión de pie entre los honrados de la asamblea, y por eso le di el nombre de Kehat. El tercer hijo me lo dio mi esposa en el cuadragésimo año de mi vida, y lo llamé Merarí, porque amargo había sido su parto al darlo a luz. Mi hija Yojéved nació en Mitsraim, cuando yo tenía sesenta y tres años, y la llamé así porque yo era conocido con honra entre mis hermanos en aquellos días. Y en mi nonagésimo cuarto año, Amram tomó por esposa a Yojéved, él que había nacido el mismo día que ella».

Acto seguido Leví amonestó a sus hijos a andar en los caminos de HaShem, y a temerlo con todo su corazón, y les contó lo que había aprendido de los escritos de Janoj: que sus descendientes pecarían contra HaShem en los tiempos venideros, y sufrirían el castigo divino por su transgresión, y entonces Dios levantaría un nuevo sacerdote, a quien serían reveladas todas las palabras de HaShem. Sus últimas palabras fueron: «Y ahora, hijos míos, habéis oído todo lo que tengo que decir. Elegid, pues, la luz o las tinieblas, la ley de HaShem o las obras de Beliar». Y sus hijos respondieron: «Ante HaShem andaremos conforme a su ley». Entonces Leví habló: «HaShem es testigo y los ángeles son testigos, yo soy testigo y vosotros sois testigos, respecto de la palabra de vuestra boca». Y sus hijos replicaron: «Somos testigos».

Así cesó Leví de amonestar a sus hijos. Estiró los pies, y fue reunido con sus padres, a la edad de ciento treinta y siete años, edad mayor que la que alcanzó ninguno de sus hermanos.

Las últimas palabras que Yehudá dirigió a sus hijos fueron estas: «Fui el cuarto hijo engendrado por mi padre, y mi madre me llamó Yehudá, diciendo: “Doy gracias a HaShem por haberme dado un cuarto hijo”. Fui celoso en mi juventud y obediente a mi padre en todas las cosas. Cuando llegué a la hombría, él me bendijo, diciendo: “Serás rey, y prosperarás en todos tus caminos”. HaShem me concedió su gracia en cuanto emprendí, en el campo y en la casa. Podía correr tan veloz como la cierva, y alcanzarla, y preparar un plato de ella para mi padre. A un ciervo lo atrapaba en plena carrera, y a todos los animales del valle. A una yegua salvaje la superaba, la sujetaba y la embridaba. A un león lo maté, y arrebaté un cabrito de sus fauces. A un oso lo agarré por la pata, y lo arrojé por el precipicio, y quedó abajo aplastado. Podía ir a la par del jabalí, y alcanzarlo, y mientras corría lo apresaba, y lo despedazaba. Un leopardo saltó sobre mi perro en Jevrón, y lo agarré por la cola, y lo lancé lejos de mí, y su cuerpo reventó en la costa de Gaza. A un toro salvaje lo hallé paciendo en el campo. Lo tomé por los cuernos, lo hice girar y girar hasta aturdirlo, y luego lo derribé al suelo y lo maté».

Yehudá continuó y contó a sus hijos su heroísmo en las guerras que los hijos de Yaakov libraron con los reyes de Kena’an y con Esav y su familia. En todos esos combates tuvo una parte distinguida, más allá de las proezas de los demás. Su padre Yaakov quedaba libre de toda inquietud cuando Yehudá estaba con sus hermanos en sus contiendas, porque había tenido una visión que le mostraba un ángel de fortaleza de pie al lado de Yehudá en todos sus caminos.

Tampoco ocultó Yehudá sus flaquezas. Confesó cómo la embriaguez y la pasión lo habían arrastrado, primero al matrimonio con una mujer cananea, y luego a relaciones impropias con su nuera Tamar. Dijo a sus hijos:

«No andéis tras el deseo de vuestro corazón, y no os vanagloriéis de las hazañas de vuestra juventud. También esto es malo a los ojos de HaShem. Pues mientras yo me jactaba de que el rostro de una mujer hermosa nunca me había seducido en las guerras, y reprochaba a mi hermano Reuvén su transgresión con Bilhá, el espíritu de la pasión y la lujuria se apoderó de mí, y tomé por esposa a Bat-Shúa, y transgredí con Tamar, aunque ella era la prometida de mi hijo. Primero dije al padre de Bat-Shúa: “Tomaré consejo de mi padre Yaakov, para saber si debo casarme con tu hija”, pero él era rey, y me mostró un montón incalculable de oro asignado a su hija, y la adornó con la magnificencia de las mujeres, en oro y perlas, y le mandó escanciar el vino en la comida. El vino torció mis ojos, y la pasión oscureció mi corazón. En loco amor por ella, violé el mandamiento de HaShem y la voluntad de mi padre, y la tomé por esposa. HaShem me dio una paga conforme al designio de mi corazón, pues no tuve alegría en los hijos que ella me dio.

»Y ahora, hijos míos, os ruego, no os embriaguéis con vino, pues el vino tuerce el entendimiento apartándolo de la verdad, y confunde la vista de los ojos. El vino me extravió, de modo que no sentí vergüenza ante las multitudes de gente en la ciudad, y me desvié y entré a Tamar en presencia de ellos, y cometí un gran pecado. Y aunque un hombre sea rey, si lleva una vida impura, pierde su reino. Di a Tamar mi báculo, que es el sostén de mi tribu, y mi cordón de la cintura, que es poder, y mi diadema con sello, que es la gloria de mi reino. Hice penitencia por todo esto, y hasta la vejez no bebí vino, ni comí carne, ni conocí placer alguno. El vino hace que las cosas secretas de Dios y del hombre se revelen al extraño. Así revelé yo los mandamientos de HaShem y los misterios de mi padre Yaakov a la mujer cananea Bat-Shúa, aunque Dios me había prohibido divulgarlos. También os encargo que no améis el oro, y que no miréis la belleza de las mujeres, pues por el dinero y por la belleza fui extraviado hacia Bat-Shúa la cananea. Sé que mi estirpe caerá en la desgracia por estas dos cosas, pues aun los sabios entre mis hijos serán mudados por ellas, y la consecuencia será que el reino de Yehudá menguará, el dominio que HaShem me dio en recompensa por mi conducta obediente hacia mi padre, pues nunca hablé en contradicción de él, sino que hice todas las cosas conforme a sus palabras. Y Yitsjak, el padre de mi padre, me bendijo con la bendición de que yo sería gobernante en Israel, y sé que de mí surgirá el reino. En los libros de Janoj el justo leí todo el mal que haréis en los días postreros. Solo guardaos, hijos míos, de la lujuria y de la codicia, pues el amor al oro conduce a la idolatría, haciendo que los hombres llamen dioses a los que no lo son, y destronando la razón del hombre. Por causa del oro perdí a mis hijos, y de no haber mortificado mi carne, y humillado mi alma, y de no haber ofrecido mi padre Yaakov plegarias por mí, habría muerto sin hijos. Pero el Dios de mis padres, el misericordioso y clemente, vio que yo había obrado sin saberlo, pues el señor del engaño me había cegado, y yo era ignorante, siendo carne y sangre, y corrupto por los pecados, y en el momento en que me creí invencible, reconocí mi debilidad».

Entonces Yehudá reveló a sus hijos, con palabras claras y breves, toda la historia de Israel hasta la venida del Mesías, y su discurso final fue: «Hijos míos, observad toda la ley de HaShem; en ella hay esperanza para todos los que guardan sus caminos. Muero en este día a la edad de ciento diecinueve años, ante vuestros ojos. Que ninguno me sepulte en una vestidura costosa, ni cortéis mi cuerpo para embalsamarlo, sino que me llevaréis a Jevrón».

Habiendo pronunciado estas palabras, Yehudá se hundió en la muerte.

Cuando Yisajar sintió acercarse su fin, convocó a sus hijos, y les dijo: «Escuchad, hijos míos, a vuestro padre Yisajar, y prestad oído a las palabras del amado de HaShem. Nací para Yaakov como su quinto hijo, en recompensa por las mandrágoras. Reuvén trajo las mandrágoras del campo. Eran manzanas fragantes, que crecían en la tierra de Jarán sobre una altura, al pie de un barranco. Rajel se topó con Reuvén, y le quitó las mandrágoras. El muchacho lloró, y sus gritos trajeron a su madre Leá a su lado, y ella se dirigió a Rajel así: “¿Es poca cosa que me hayas quitado a mi marido? ¿y también te quitarás las mandrágoras de mi hijo?”. Y Rajel dijo: “Mira, Yaakov será tuyo esta noche a cambio de las mandrágoras de tu hijo”. Pero Leá insistió: “Yaakov es mío, y yo soy la esposa de su juventud”, a lo cual Rajel respondió: “No seas jactanciosa ni altiva. A mí me fue desposado primero, y por mi causa sirvió a nuestro padre catorce años. Tú no eres su esposa, a ti te llevaron a él con engaño en mi lugar, pues nuestro padre me engañó, y me apartó del camino la noche de tus nupcias, de modo que Yaakov no pudo verme. No obstante, dame las mandrágoras, y podrás tener a Yaakov por una noche”.

»Entonces Leá me dio a luz, y me llamaron Yisajar, a causa de la recompensa que Rajel había dado a mi madre. En aquel tiempo un ángel de HaShem se apareció a Yaakov, y habló: “Rajel dará a luz solo dos hijos, pues rechazó el desposorio de su marido, y eligió la continencia. Pero Leá dio a luz seis hijos, porque HaShem sabía que ella deseaba estar con su marido, no porque la impulsara la inclinación al mal, sino por amor a los hijos”. También la plegaria de Rajel fue cumplida, a causa de las mandrágoras, pues aunque deseaba comer de las manzanas, no las tocó, sino que las puso en la casa de HaShem, y las dio al sacerdote del Altísimo que había en aquellos días.

»Cuando crecí, hijos míos, anduve en la integridad de mi corazón, y me hice labrador, cultivando la tierra para mi padre y mis hermanos, y recogía el fruto de los campos en su debido tiempo. Mi padre me bendijo, porque vio que yo andaba en sencillez de corazón. No me casé con mujer hasta que cumplí los treinta años, pues el duro trabajo que hacía consumía mis fuerzas, y no tenía deseo de mujer, sino que, vencido por la fatiga, me hundía en el sueño. Mi padre estuvo en todo tiempo bien complacido con mi rectitud. Si mi trabajo se coronaba con buenos resultados, llevaba las primicias de mi labor al sacerdote de HaShem, la siguiente cosecha iba a mi padre, y luego pensaba en mí. HaShem duplicó las posesiones en mi mano, y Yaakov supo que Dios me ayudaba por causa de mi sencillez de corazón, pues en mi sinceridad daba del producto de la tierra a los pobres y a los necesitados.

»Y ahora escuchadme, hijos míos, y andad en sencillez de corazón, pues sobre ella reposa el favor de HaShem en todo tiempo. El hombre sencillo no ansía el oro, no defrauda a su prójimo, no tiene deseo de carnes ni manjares de muchas clases, no se preocupa por el vestido suntuoso, no espera larga vida, solo aguarda la voluntad de Dios. Los espíritus del engaño no tienen poder sobre él, pues no mira la belleza de la mujer, no sea que corrompa su entendimiento. Los celos no entran en sus pensamientos, la envidia no abrasa su alma, y la codicia insaciable no lo hace mirar afuera en busca de rica ganancia. Ahora pues, hijos míos, observad la ley de HaShem, alcanzad la sencillez, y andad en integridad de corazón, sin entrometeros en los asuntos de los demás. Amad a HaShem y amad a vuestros prójimos, tened piedad de los pobres y de los débiles, doblad la espalda para labrar la tierra, ocupaos en el trabajo del campo, y traed ofrendas a HaShem con gratitud. Pues HaShem os ha bendecido con lo mejor de los frutos del campo, como ha bendecido a todos los santos desde Hével hasta nuestros días.

»Sabed, hijos míos, que en el tiempo postrero vuestros hijos abandonarán las sendas de la probidad, y serán gobernados por la codicia. Dejarán la rectitud y practicarán la astucia, se apartarán de los mandamientos de HaShem y seguirán a Beliar, abandonarán la labranza y perseguirán sus malos planes, serán dispersados entre los paganos y servirán a sus enemigos. Contad esto a vuestros hijos, para que, si pecan, se arrepientan pronto, y vuelvan a HaShem, pues Él es misericordioso, y los sacará para traerlos de vuelta a su tierra.

»Tengo ciento veintidós años, y no puedo discernir pecado alguno en mí. Salvo mi esposa, no he conocido mujer. No fui culpable de lujuria alguna por el alzar de los ojos. No bebí vino, para no ser extraviado, no codicié lo que pertenecía a mi prójimo, el engaño no tuvo lugar en mi corazón, la mentira no pasó por mis labios. Suspiré junto con todos los agobiados, y al pobre di mi pan. Amé a HaShem con toda mi fuerza, y a la humanidad también la amé. Haced vosotros lo mismo, hijos míos, y todos los espíritus de Beliar huirán de vosotros, ninguna obra hecha por los malvados tendrá poder sobre vosotros, y venceréis a todas las fieras salvajes, pues tenéis con vosotros al Señor del cielo».

Y Yisajar mandó a sus hijos llevarlo a Jevrón, y sepultarlo allí junto a sus padres en la Cueva, y estiró los pies, y cayó en el sueño de la eternidad, colmado de años, sano de miembros, y en posesión de todas sus facultades.

Cuando Zevulún alcanzó la edad de ciento catorce años, que era dos años después de la muerte de Yosef, reunió a sus hijos, y los amonestó, con estas palabras, a llevar una vida de piedad: «Soy Zevulún, un regalo precioso para mis padres, pues cuando nací, mi padre se hizo muy rico, por medio de las varas listadas, en rebaños de ovejas y hatos de ganado. No soy consciente de pecado alguno en mí, y no recuerdo mal alguno hecho por mí, a no ser el pecado involuntario cometido contra Yosef, en que no revelé a mi padre, por consideración a mis hermanos, lo que le había sucedido a su hijo predilecto, aunque en secreto me afligí en extremo. Temía a mis hermanos, porque habían acordado que quien delatara el secreto sería muerto a espada. Cuando planearon matar a Yosef, les supliqué entre lágrimas que no pecaran así.

»Y ahora, hijos míos, escuchadme. Os exhorto a observar los mandamientos de HaShem, y a tener misericordia de vuestros prójimos, y a obrar con compasión, no solo hacia los hombres, sino también hacia los animales mudos. Pues a causa de mi misericordia HaShem me bendijo; todos mis hermanos cayeron enfermos en un momento u otro, pero yo escapé sin dolencia alguna. También los hijos de mis hermanos hubieron de padecer enfermedad, y estuvieron cerca de la muerte por causa de Yosef, porque no tuvieron piedad en sus corazones. Pero mis hijos se conservaron en perfecta salud, como bien sabéis. Y cuando estuve en Kena’an, pescando en las orillas del mar para mi padre Yaakov, muchos se ahogaron en las aguas del mar, pero yo salí ileso. Pues habéis de saber que fui el primero en construir una barca para remar sobre el mar, y navegaba a lo largo de las costas en ella, y pescaba para la casa de mi padre, hasta que bajamos a Mitsraim. Por piedad compartía mi captura con el pobre extranjero, y si estaba enfermo o entrado en años, le preparaba un plato sabroso, y daba a cada uno según su necesidad, condoliéndome con él en su aflicción y teniéndole piedad. Por eso HaShem trajo abundantes peces a mis redes, pues quien da algo a su prójimo, lo recibe de vuelta de HaShem con gran acrecentamiento. Durante cinco años pesqué en el verano, y en el invierno apacenté los rebaños con mis hermanos.

»Ahora, hijos míos, tened piedad y compasión de todos los hombres, para que HaShem tenga piedad y compasión de vosotros, pues en la medida en que el hombre tiene misericordia de sus semejantes, Dios tiene misericordia de él. Cuando bajamos a Mitsraim, Yosef no nos hizo pagar el mal que había sufrido. Tomadlo por modelo, y no recordéis el mal que se os haya hecho, pues de lo contrario la unidad se rasga, y los lazos de parentesco se desgarran, y el alma se inquieta. ¡Observad el agua! Si corre sin dividirse, arrastra consigo piedra, madera y arena. Pero si se divide y fluye por muchos canales, la tierra la absorbe, y pierde su fuerza. Si os separáis, uno del otro, seréis como aguas divididas. No os partáis en dos cabezas, pues todo lo que HaShem ha hecho tiene una sola cabeza. Él ha dado dos hombros a sus criaturas, dos manos y dos pies, pero todos estos órganos obedecen a una sola cabeza».

Zevulún terminó su exhortación a la unidad con un relato de las divisiones en Israel, sobre las que había leído en los escritos de los padres, que sobrevendrían en días futuros, y traerían amargo sufrimiento sobre Israel. Sin embargo, dirigió palabras de aliento a sus hijos, diciendo: «No os aflijáis por mi muerte, y no perdáis el ánimo por mi partida de vuestro lado, pues me alzaré de nuevo en medio de vosotros, y viviré gozoso entre la gente de mi tribu, los que observan la ley de HaShem. En cuanto a los impíos, HaShem traerá fuego eterno sobre ellos, y los exterminará por todas las generaciones. Ahora me apresuro de aquí a mi reposo eterno con mis padres. Pero vosotros, temed a HaShem vuestro Dios con toda vuestra fuerza todos los días de vuestra vida».

Habiendo puesto fin a estas palabras, se hundió en el sueño de la muerte, y sus hijos lo pusieron en un ataúd, en el que más tarde lo llevaron a Jevrón, para sepultarlo allí junto a sus padres.

Cuando Dan reunió a su familia al final de su vida, habló: «Confieso ante vosotros en este día, hijos míos, que yo había resuelto matar a Yosef, aquel hombre bueno y recto, y me regocijé de su venta, pues su padre lo amaba más de lo que nos amaba a los demás. El espíritu de la envidia y la jactancia me aguijoneaba, diciendo: “Tú también eres hijo de Yaakov”, y uno de los espíritus de Beliar me incitó, diciendo: “Toma esta espada, y mata a Yosef, pues una vez que esté muerto tu padre te amará”. Era el espíritu de la ira el que buscaba persuadirme de aplastar a Yosef, como un leopardo tritura a un cabrito entre sus dientes. Pero el Dios de nuestro padre Yaakov no lo entregó en mi mano, para dejarme encontrarlo a solas, y no me permitió ejecutar esta obra impía, para que dos tribus en Israel no fueran destruidas.

»Y ahora, hijos míos, estoy por morir, y os lo digo en verdad: si no os guardáis del espíritu de la mentira y la ira, y si no amáis la verdad y la generosidad, pereceréis. El espíritu de la ira lanza la red del error en torno a su víctima, y ciega sus ojos, y el espíritu de la mentira tuerce su mente, y nubla su visión. Malvada es la ira, es la tumba del alma. Desistid de la ira y aborreced la mentira, para que HaShem more entre vosotros, y Beliar huya de vuestra presencia. Hablad verdad cada uno a su prójimo, y no caeréis en la ira ni en la turbación, sino que estaréis en paz, y tendréis con vosotros al Señor de la paz, y ninguna guerra os vencerá.

»Hablo así, pues sé que en los días postreros os apartaréis de Dios, y encenderéis la ira de Leví, y os alzaréis en rebelión contra Yehudá, pero no lograréis nada contra ellos, pues el ángel de HaShem es su guía, e Israel perecerá por medio de ellos. Y si os volvéis renegados de HaShem, ejecutaréis toda clase de maldad, y haréis las abominaciones de los paganos, cometiendo lujuria con las mujeres de los impíos, mientras los espíritus tentadores obran entre vosotros. Por eso seréis llevados al cautiverio, y en las tierras del destierro sufriréis todas las plagas de Mitsraim y todas las tribulaciones de los paganos. Pero cuando volváis a HaShem, hallaréis misericordia. Él os llevará a su santuario, y os concederá paz.

»Y ahora, hijos míos, temed a HaShem, y guardaos del Satán y de sus espíritus. Manteneos apartados de toda obra mala, arrojad la ira lejos de vosotros y toda clase de mentira, amad la verdad y la paciencia, y lo que habéis oído de vuestro padre, contadlo a vuestros hijos. Evitad toda suerte de injusticia, aferraos a la integridad de la ley de HaShem, y sepultadme cerca de mis padres».

Habiendo pronunciado estas palabras, besó a sus hijos, y se durmió.

En el año ciento treinta y dos de su vida, Naftalí invitó a todos sus hijos a un banquete. A la mañana siguiente, al despertar, les dijo que se moría, pero ellos no quisieron creerle. Él, sin embargo, alabó a HaShem y les aseguró de nuevo que su muerte llegaría después del banquete del día anterior. Entonces dirigió sus últimas palabras a sus hijos:

«Nací de Bilhá, y porque Rajel había obrado con astucia y había dado a Yaakov a Bilhá en su lugar, me llamaron Naftalí. Rajel me amaba, pues nací sobre sus rodillas, y cuando yo era aún muy pequeño solía besarme y decir: “Ojalá tuviera de mi propio cuerpo un hermano para ti, uno a tu imagen”. Por eso Yosef se me pareció en todo, conforme a la plegaria de Rajel. Mi madre Bilhá era hija de Rotheus, hermano de Devorá, el aya de Rivká, y nació el mismo día que Rajel. En cuanto a Rotheus, era de la familia de Avraham, un caldeo temeroso de Dios, hombre libre y de noble cuna; y cuando fue hecho cautivo, lo compró Laván y lo casó con su esclava Aina. Ella dio a Rotheus una hija, y él la llamó Zilpá, por el nombre de la aldea en que había sido capturado. A su segunda hija la llamó Bilhá, diciendo: “Mi hija es impetuosa”, pues apenas había nacido y ya se apresuraba a mamar.

»Yo era veloz de pies como un ciervo, y mi padre Yaakov me nombró su mensajero, y en su bendición me llamó cierva suelta. Como el alfarero conoce la vasija que modela, cuánto ha de contener, y usa el barro en consecuencia, así HaShem hace el cuerpo en conformidad con el alma, y para que concuerde con la capacidad del cuerpo dispone el alma. El uno corresponde al otro hasta la tercera parte del ancho de un cabello, pues toda la creación fue hecha con peso, medida y regla. Y como el alfarero conoce el uso de cada vasija que modela, así conoce HaShem el cuerpo de su criatura: hasta qué punto se mantendrá firme en el bien, y en qué punto caerá por malos caminos. Ahora bien, hijos míos, que vuestra conducta esté bien ordenada hacia el bien en el temor de Dios; no hagáis nada mal regulado ni fuera de tiempo, pues aunque digáis a vuestro ojo que oiga, no podrá, y tan poco podéis hacer obras de luz mientras moráis en la oscuridad».

Además dijo Naftalí a sus hijos: «No os doy mandato alguno sobre mi plata, ni mi oro, ni ninguna otra posesión que os lego. Y lo que os mando no es cosa difícil, que no podáis cumplir, sino que os hablo de algo fácil, que podéis ejecutar». Entonces sus hijos respondieron y dijeron: «Habla, padre, que escuchamos tus palabras». Naftalí continuó: «No os doy más mandamiento que el del temor de Dios: que le sirváis y le sigáis». Entonces los hijos de Naftalí preguntaron: «¿Por qué requiere nuestro servicio?», y él respondió, diciendo: «Él no necesita de criatura alguna, pero todas las criaturas lo necesitan a Él. Con todo, no creó el mundo en vano, sino para que los hombres le teman, y para que ninguno haga a su prójimo lo que no quisiera que otros le hicieran a él». Sus hijos preguntaron de nuevo: «Padre, ¿has visto que nos hayamos apartado de los caminos de HaShem a la derecha o a la izquierda?». Naftalí respondió: «Dios es testigo, y yo también soy testigo de vosotros, de que es como decís. Pero temo por los tiempos venideros, que os apartéis de los caminos de HaShem y sigáis a los ídolos del extraño, y andéis en los estatutos de los pueblos paganos, y os unáis a los hijos de Yosef en lugar de a los hijos de Leví y Yehudá». Los hijos de Naftalí hablaron: «¿Qué razón tienes para mandarnos esto?». Naftalí: «Porque sé que los hijos de Yosef un día serán desleales a HaShem, el Dios de sus padres, y son ellos quienes llevarán a los hijos de Israel al pecado, y harán que sean expulsados de su heredad, de su hermosa tierra, a una tierra que no es nuestra, así como fue Yosef quien atrajo sobre nosotros la esclavitud de Mitsraim.

»Os contaré, hijos míos, la visión que tuve cuando aún era pastor de rebaños. Vi a mis hermanos apacentando conmigo los ganados, y nuestro padre se acercó y dijo: “Arriba, hijos míos, ¡que cada uno tome lo que pueda en mi presencia!”. Nosotros respondimos y le dijimos: “¿Qué hemos de tomar? No vemos sino el sol, la luna y las estrellas”. Entonces nuestro padre dijo: “¡Eso tomaréis!”. Leví, al oírlo, agarró una aguijada de bueyes, saltó hasta el sol, se sentó sobre él y cabalgó. Yehudá hizo lo mismo. Saltó hasta la luna y cabalgó sobre ella. Y las otras nueve tribus hicieron igual, cada una cabalgó sobre su estrella o su planeta en los cielos. Solo Yosef quedó atrás en la tierra, y nuestro padre Yaakov le dijo: “Hijo mío, ¿por qué no has hecho como tus hermanos?”. Yosef respondió: “¿Qué derecho tienen los nacidos de mujer a estar en los cielos, si al final han de quedarse en la tierra?”. Mientras Yosef hablaba así, apareció ante él un novillo enorme. Tenía grandes alas como las de la cigüeña, y sus cuernos eran tan largos como los del reem. Yaakov instó a su hijo: “¡Arriba, Yosef, monta el novillo!”. Yosef hizo como su padre le ordenaba, y Yaakov siguió su camino. Durante el espacio de dos horas Yosef se lució sobre el novillo, unas veces galopando, otras volando, hasta que llegó junto a Yehudá. Entonces Yosef desplegó el estandarte que tenía en la mano y comenzó a descargar golpes con él sobre Yehudá, y cuando su hermano preguntó la razón de tal trato, dijo: “Porque tú tienes doce varas en la mano, y yo solo una. Dame las tuyas, y reinará la paz entre nosotros”. Pero Yehudá se negó a hacer lo que le pedía, y Yosef lo golpeó hasta que soltó diez varas, y solo dos quedaron en su puño. Entonces Yosef invitó a sus hermanos a abandonar a Yehudá y a seguirlo a él. Todos lo hicieron, salvo Binyamín, que se mantuvo fiel a Yehudá. Leví se afligió por el abandono de Yehudá, y descendió del sol. Hacia el final del día estalló una tormenta que dispersó a los hermanos, de modo que no quedaron dos juntos. Cuando le referí mi visión a mi padre Yaakov, dijo: “No es más que un sueño, no puede ayudar ni dañar”.

»Poco después me fue revelada otra visión. Nos vi a todos junto con nuestro padre a la orilla del mar, y apareció un barco en medio del mar, y no tenía marineros ni tripulación alguna. Nuestro padre habló: “¿Veis lo que yo veo?”. Y cuando respondimos que sí, nos ordenó seguirlo. Se quitó las ropas y se lanzó al mar, y nosotros nos lanzamos tras él. Leví y Yehudá fueron los primeros en trepar por el costado del barco. Nuestro padre les gritó: “Ved qué está escrito en el mástil”, pues no hay barco que no lleve el nombre del dueño en el mástil. Leví y Yehudá escudriñaron la escritura, y lo que leyeron fue esto: “Este barco y todos los tesoros que hay en él pertenecen al hijo de Barajel”. Yaakov dio gracias a Dios por haberlo bendecido, no solo en tierra, sino también en el mar, y nos dijo: “Extended vuestras manos, y lo que cada uno agarre será suyo”. Leví se aferró al mástil grande, Yehudá al segundo mástil, junto al de Leví, y los demás hermanos, con excepción de Yosef, tomaron los remos, y el propio Yaakov empuñó los dos timones para guiar el barco. Le pidió a Yosef que tomara también un remo, pero él se negó a hacer lo que su padre le mandaba, y Yaakov le dio uno de los timones. Después de que nuestro padre nos hubo instruido a cada uno en lo que debíamos hacer, desapareció, tras lo cual Yosef se apoderó también del segundo timón. Todo marchó bien por un tiempo, mientras Yehudá y Yosef obraron juntos en armonía el uno con el otro, y Yehudá mantuvo a Yosef informado de en qué dirección gobernar. Pero estalló una disputa entre ellos, y Yosef no guió la nave por donde su padre le había ordenado, y Yehudá intentó dirigirlo, y la nave se estrelló contra una roca. Leví y Yehudá descendieron de los mástiles, y de igual modo los demás hermanos dejaron el barco y escaparon a la orilla. En ese momento apareció Yaakov, y nos halló dispersos en todas direcciones, y le contamos cómo Yosef había hecho encallar la nave, porque se había negado, por celos de Yehudá y Leví, a gobernarla según sus instrucciones. Entonces Yaakov nos pidió que le mostráramos el lugar donde habíamos perdido el barco, del cual solo los mástiles asomaban sobre el agua. Emitió un silbido convocándonos a todos, y nadó adentrándose en el agua, y levantó la nave como antes. Volviéndose a Yosef, habló así: “Hijo mío, no vuelvas a hacer eso nunca, no permitas jamás que los celos de tus hermanos te dominen. Por poco todos tus hermanos perecen por tu causa”.

»Cuando le conté a mi padre lo que había visto en esta visión, juntó las manos, y las lágrimas brotaron de sus ojos, y dijo: “Hijo mío, porque la visión te fue repetida dos veces, estoy consternado, y tiemblo por mi hijo Yosef. Lo amé más que a todos vosotros, pero por su perversidad seréis llevados al cautiverio y dispersados entre las naciones. Tu primera y tu segunda visión tenían el mismo significado; la visión es una sola”.

»Por eso, hijos míos, os mando que no os unáis a los hijos de Yosef, sino que os unáis a los hijos de Leví y Yehudá. Os digo también que mi heredad será de lo mejor de la Tierra de Israel, el centro de la tierra. Comeréis, y los dones deleitables de mi porción os saciarán. Pero os advierto que no os revolváis en vuestra prosperidad ni os volváis perversos, resistiendo los mandatos de Dios, que os sacia con lo mejor de su tierra, y que no olvidéis a vuestro Dios, a quien vuestro padre Avraham eligió cuando las familias de la tierra fueron divididas en los días de Péleg. HaShem descendió con setenta ángeles, a cuya cabeza estaba Mijael, y les ordenó que enseñaran las setenta lenguas a las setenta familias de Nóaj. Los ángeles hicieron conforme al mandato de Dios, y la santa lengua hebrea permaneció solo en la casa de Shem y Éver, y en la casa de su descendiente Avraham. En este día de la enseñanza de las lenguas, Mijael acudió a cada nación por separado, y le comunicó el mensaje que Dios le había encomendado, diciendo: “Conozco la rebelión y la confusión que habéis obrado contra Dios. Ahora, escoged a quién serviréis, y a quién queréis por mediador vuestro en el cielo”. Entonces habló Nimrod el malvado: “A mis ojos no hay nadie mayor que aquel que me enseñó la lengua de Cush”. Las demás naciones respondieron también con palabras semejantes, cada una designó a su ángel. Pero Avraham dijo: “No elijo a ningún otro sino a Aquel que habló y el mundo fue. En Él tendré fe, yo y mi simiente por siempre jamás”. Desde entonces Dios puso a cada nación al cuidado de su ángel, pero a Avraham y a su simiente los guardó para Sí.

»Por eso os conjuro a que no os extraviéis sirviendo a otros dioses fuera de Aquel a quien nuestros padres eligieron. Algo de su poder podéis percibir en la creación del hombre. De la cabeza a los pies está el hombre maravillosamente hecho. Con sus oídos oye, con sus ojos ve, con su cerebro comprende, con su nariz huele, con los conductos de su garganta emite sonidos, con su esófago traga el alimento, con su lengua articula, con su boca forma palabras, con sus manos hace su trabajo, con su corazón medita, con su bazo ríe, con su hígado se enardece de ira, con su estómago tritura el alimento, con sus pies camina, con sus pulmones respira, y con sus riñones toma decisiones, y ninguno de sus órganos cambia de función: cada uno cumple la suya. Por eso conviene al hombre tomar a pecho quién es el que lo ha creado, y quién lo ha desarrollado desde una gota maloliente en el vientre de la mujer, quién lo ha traído a la luz del mundo, quién ha dado vista a sus ojos, y quién ha concedido el poder del movimiento a sus pies, quién lo hace estar erguido, quién ha infundido en él el aliento de la vida, y quién le ha comunicado de su propio espíritu puro. Feliz, pues, el hombre que no contamina el santo espíritu de Dios que hay en él con malas obras, y bien le irá si lo devuelve a su Creador tal como lo recibió».

Después de que Naftalí hubo instruido así a sus hijos, y con otras muchas enseñanzas como estas, les encargó que llevaran sus restos a Jevrón, para ser sepultado allí junto a sus padres. Entonces comió y bebió con regocijo, se cubrió el rostro y murió, y sus hijos hicieron conforme a todo lo que su padre Naftalí les había mandado.

En el año ciento veinticinco de su vida, Gad reunió a sus hijos, y les habló: «Soy el noveno hijo de Yaakov, y fui un valiente pastor de los rebaños. Guardaba los ganados, y cuando se acercaba un león o cualquier otra fiera, lo perseguía, lo agarraba por la pata, lo arrojaba a un tiro de piedra de mí, y así lo mataba. Una vez, durante un espacio de treinta días, Yosef apacentó los rebaños con nosotros, y cuando regresó a nuestro padre, le contó que los hijos de Zilpá y de Bilhá degollaban lo mejor del ganado y aprovechaban la carne sin conocimiento de Reuvén y de Yehudá. Me había visto arrancar un cordero de las fauces de un oso, matar al oso y degollar al cordero, pues estaba demasiado malherido para vivir. Me irrité con Yosef por su chismorreo, hasta que fue vendido a Mitsraim. No quería ni mirarlo ni oír nada de él, pues en nuestra propia cara nos culpaba por haber comido el cordero sin buscar antes el permiso de Yehudá. Y cualquier cosa que Yosef le contara a nuestro padre, él la creía.

»Ahora confieso mi pecado: que muchas veces anhelé matarlo, pues lo odiaba desde el fondo de mi corazón, y a causa de sus sueños lo odiaba todavía más, y deseaba borrarlo de la tierra de los vivos. Pero Yehudá lo vendió a escondidas a los ismaelitas. Así el Dios de nuestros padres lo salvó de nuestras manos, y no nos permitió cometer un ultraje abominable en Israel.

»Escuchad ahora, hijos míos, las palabras de verdad, para que practiquéis la justicia y toda la ley del Altísimo, y no os dejéis tentar por el espíritu del odio. Malo es el odio, pues es el compañero constante del engaño, siempre contradice la verdad. Una cosa pequeña la agranda hasta hacerla grande, la luz la toma por tinieblas, a lo dulce lo llama amargo, y enseña la calumnia, enciende la ira, trae guerra y violencia, y llena el corazón de veneno diabólico. Os cuento mi propia experiencia, hijos míos, para que expulséis el odio de vuestros corazones y os aferréis al amor de HaShem. La rectitud destierra el odio, y la humildad lo mata, pues el que teme dar ofensa a HaShem no desea obrar mal ni siquiera en sus pensamientos. Esto es lo que reconocí al final, después de haber hecho penitencia a causa de Yosef, pues la verdadera expiación, grata a Dios, ilumina los ojos, alumbra el alma con conocimiento, y crea un consejo de salvación. Mi penitencia me llegó a consecuencia de una enfermedad del hígado que Dios me infligió. De no ser por las plegarias de mi padre Yaakov, mi espíritu se habría apartado de mí, pues por el órgano con que el hombre transgrede, por ese es castigado. Como mi hígado no había tenido misericordia de Yosef, mi hígado me causó un sufrimiento sin misericordia. Mi condena duró once meses, tanto como mi enemistad hacia Yosef.

»Y ahora, hijos míos, que cada uno de vosotros ame a su hermano, y arranquéis el odio de vuestros corazones amándoos unos a otros en palabra, en obra y en los pensamientos del alma. Pues yo hablaba en paz con Yosef en presencia de nuestro padre, pero cuando salía de ante él, el espíritu del odio oscurecía mi entendimiento e incitaba mi alma a asesinarlo. Si veis a alguien que tiene más fortuna que vosotros, no os apenéis, sino rogad por él, para que su dicha sea perfecta; y si aun uno de los malvados se enriqueciera en bienes, como Esav, el hermano de mi padre, no lo envidiéis. Aguardad el fin de HaShem.

»Decid también esto a vuestros hijos: que honren a Yehudá y a Leví, pues de ellos hará surgir HaShem un salvador para Israel. Pues sé que al final vuestros hijos se apartarán de Dios, y tomarán parte en toda maldad, malicia y corrupción, ante HaShem».

Después de que Gad hubo reposado un breve rato, habló de nuevo: «Hijos míos, escuchad a vuestro padre, y sepultadme con mis padres». Entonces recogió sus pies y durmió en paz. Al cabo de cinco años, sus hijos llevaron sus restos a Jevrón, junto a sus padres.

En el año ciento veinticinco de su vida, cuando aún gozaba de robusta salud, Asher convocó a sus hijos ante sí, y los exhortó a andar por los caminos de la virtud y el temor de Dios. Habló: «Escuchad, hijos de Asher, a vuestro padre, y os mostraré todo lo que es recto ante Dios. Dos caminos ha puesto Dios ante los hijos de los hombres, y dos inclinaciones les ha otorgado, dos clases de actos y dos fines. Por eso todas las cosas están de a dos, la una opuesta a la otra. Pero vosotros, hijos míos, no seáis dobles, persiguiendo a la vez la bondad y la maldad. Aferraos solo a los caminos de la bondad, pues HaShem se deleita en ellos, y los hombres los anhelan. Y huid de la maldad, pues así destruiréis la inclinación al mal. Atended bien los mandatos de HaShem, siguiendo la verdad con corazón entero. Observad la ley de HaShem, y no tengáis el mismo cuidado por las cosas malas que por las buenas. Antes bien, mantened los ojos en lo que es verdaderamente bueno, y guardadlo mediante todos los mandatos de HaShem. El fin del hombre, cuando se encuentra con los mensajeros de Dios y del Satán, muestra si fue justo o injusto en su vida. Si su alma sale con agitación, será atormentada por el espíritu malo, a quien sirvió con sus deseos y sus malas obras; pero si parte serenamente, el ángel de la paz la conducirá a la vida eterna.

»No seáis como Sedom, hijos míos, que no reconoció a los ángeles de HaShem, para que no seáis entregados en manos de vuestros enemigos, ni vuestra tierra sea maldecida, ni vuestro santuario destruido, ni seáis dispersados a los cuatro confines de la tierra, y menospreciados en la confusión como agua estancada, hasta que el Altísimo visite la tierra y quebrante las cabezas de los dragones en las aguas. Decid esto, hijos míos, a vuestros hijos, para que no sean desobedientes a Dios, pues he leído en las tablas de los cielos que seréis obstinados y obraréis impíamente hacia Él, en que no tendréis cuidado por la ley de Dios, sino que atenderéis a las leyes humanas, y estas están corrompidas por razón de la impiedad del hombre. Por eso seréis dispersados por tierras extrañas como Gad y Dan, mis hermanos, y no conoceréis ni vuestra tierra, ni vuestra tribu, ni vuestra lengua. Con todo, HaShem os reunirá en su fidelidad, por amor de su misericordia bondadosa, y por amor de Avraham, Yitsjak y Yaakov».

Y cuando hubo terminado de decir estas palabras, les mandó que lo sepultaran en Jevrón. Y se hundió en un dulce sueño, y murió. Sus hijos hicieron como les había mandado, y lo llevaron y lo sepultaron con sus padres.

Binyamín tenía ciento veinticinco años, y llamó a sus hijos para que vinieran a él. Cuando comparecieron, los besó y habló: «Como Yitsjak le nació a Avraham en su vejez, así yo le nací a Yaakov cuando estaba entrado en años. Por eso me llamaron Binyamín, “el hijo de los días”. Mi madre Rajel murió al darme a luz, y Bilhá, su esclava, me amamantó. Rajel no tuvo hijos durante doce años después de dar a luz a Yosef. Por eso oró a Dios y ayunó doce días, y concibió y me dio a luz. Nuestro padre amaba tiernamente a Rajel, y había anhelado en gran manera tener dos hijos de ella.

»Cuando bajé a Mitsraim, y mi hermano Yosef me reconoció, me preguntó: “¿Qué dijeron mis hermanos a mi padre acerca de mí?”. Y yo le conté que habían enviado a Yaakov su túnica manchada de sangre, y habían dicho: “Reconoce ahora si esta es la túnica de tu hijo o no”. Y Yosef dijo: “Esto es lo que me sucedió. Unos mercaderes cananeos me robaron con violencia, y en el camino quisieron esconder mi túnica, para que pareciera que una fiera me había hallado y matado. Pero aquel que iba a ocultarla fue despedazado por un león, tras lo cual sus compañeros, con gran temor, me vendieron a los ismaelitas. Mis hermanos, como ves, no engañaron a mi padre con una mentira”. De esta manera Yosef trató de mantenerme oculto el hecho de nuestros hermanos. Convocó también a mis hermanos, y les encargó que no dieran a conocer a nuestro padre lo que le habían hecho, y les mandó repetir el relato que me había contado a mí.

»Ahora, hijos míos, amad a HaShem, el Dios del cielo y de la tierra, y observad sus mandamientos, tomando a aquel hombre bueno y piadoso, Yosef, como vuestro modelo. Hasta el día de su muerte no quiso revelar lo que sus hermanos le habían hecho, y aunque Dios reveló su acción a Yaakov, él siguió negándolo. Solo después de muchos esfuerzos, cuando Yaakov lo conjuró a confesar la verdad, fue inducido a hablar. Y aun entonces suplicó a nuestro padre Yaakov que orara por nuestros hermanos, para que Dios no les tuviera por pecado el mal que le habían hecho. Y Yaakov exclamó: “Oh, mi buen hijo Yosef, te has mostrado más misericordioso de lo que yo lo fui”.

»Hijos míos, ¿habéis observado la misericordia del hombre bueno? Imitadla con intención pura, para que también vosotros llevéis coronas de gloria. El hombre bueno no tiene ojo envidioso, tiene misericordia de todos, incluso de los pecadores, aunque sus malos designios se dirijan contra él, y con sus buenas obras vence al mal, ya que así fue ordenado por Dios. Si obráis el bien, los espíritus inmundos se apartarán de vosotros, y aun las fieras os temerán. La inclinación del hombre bueno no está en poder del espíritu tentador Beliar, pues el ángel de la paz guía su alma. Huid ante la malicia de Beliar, cuya espada está desenvainada para dar muerte a todos los que le prestan obediencia, y su espada es la madre de siete males: derramamiento de sangre, corrupción, error, cautiverio, hambre, pánico y devastación. Por eso Dios entregó a Káyin a siete castigos. Una vez cada cien años HaShem hacía recaer un escarmiento sobre él. Sus aflicciones comenzaron cuando tenía doscientos años, y en su año novecientos fue destruido por el diluvio, por haber dado muerte a su justo hermano Hével. Y los que sean como Káyin serán castigados para siempre con los mismos castigos que él.

»Sabed ahora, hijos míos, que estoy a punto de morir. Practicad la verdad y la justicia, y observad la ley de HaShem y también sus mandamientos. Esto os lego como vuestra única heredad, y vosotros la dejaréis a vuestros hijos como posesión eterna. Así hicieron Avraham, Yitsjak y Yaakov: nos la transmitieron, diciendo: “Observad los mandatos de Dios, hasta que HaShem revele su salvación a la vista de todos los paganos”. Entonces veréis a Janoj, Nóaj, Shem, Avraham, Yitsjak y Yaakov levantarse con regocijo a una vida nueva a la diestra de Dios, y también nosotros, los hermanos, los hijos de Yaakov, nos alzaremos, cada uno a la cabeza de su tribu, y rendiremos homenaje al Rey de los cielos».

Después de que Binyamín hubo terminado de hablar así, dijo: «Os mando, hijos míos, que llevéis mis huesos fuera de Mitsraim y me sepultéis junto a mis padres».

Y cuando hubo terminado de decir estas cosas, se durmió en una buena vejez, y pusieron su cuerpo en un féretro, y en el año noventa y uno de su estancia en Mitsraim, sus hijos y los hijos de sus hermanos llevaron los huesos de su padre, en secreto, y los sepultaron en Jevrón, a los pies de sus padres. Luego regresaron de la tierra de Kena’an, y habitaron en Mitsraim hasta el día del éxodo de aquella tierra.

Capítulo IV

Iyov

Capítulo tercero

Iyov, el gentil más piadoso que jamás vivió —uno de los pocos que llevó el título de honor «el siervo de Dios»—, tenía doble parentesco con Yaakov. Era nieto de Esav, el hermano de Yaakov, y a la vez yerno del propio Yaakov, pues había tomado a Diná por segunda esposa. Era del todo digno de pertenecer a la familia del Patriarca, pues era perfectamente recto, temeroso de Dios y apartado del mal. De no haber flaqueado en su resignación a la voluntad divina durante la gran prueba a la que fue sometido, y de no haber murmurado contra Dios, se le habría concedido el honor de unir su nombre al Nombre de Dios en la oración, y los hombres habrían invocado al Dios de Iyov como hoy invocan al Dios de Avraham, Yitsjak y Yaakov. Pero no se mostró firme como los tres Padres, y perdió el honor que Dios le había destinado.

HaShem le reprochó su falta de paciencia, diciendo: «¿Por qué murmuraste cuando el sufrimiento cayó sobre ti? ¿Te crees de mayor valía que Adam, la obra de Mis propias manos, sobre quien —junto con su descendencia— decreté la muerte por una sola transgresión? Y aun así Adam no murmuró. No eres, ciertamente, más digno que Avraham, a quien puse a prueba con muchas aflicciones: cuando preguntó "¿En qué conoceré que he de heredar la tierra?", y Yo le respondí "Ten por cierto que tu descendencia será extranjera en una tierra que no es suya, y los servirán, y estos los afligirán cuatrocientos años", tampoco murmuró. No te estimas más digno que Moshé, ¿verdad? A él le negué el favor de entrar en la tierra prometida, porque pronunció las palabras "Oíd ahora, rebeldes: ¿acaso hemos de sacaros agua de esta roca?". Y aun así no murmuró. ¿Eres más digno que Aharón, a quien mostré mayor honor que a criatura alguna, pues por él saqué a los propios ángeles del Santo de los Santos cuando él entró en el lugar? Y sin embargo, cuando murieron sus dos hijos, no murmuró».

El contraste entre Iyov y los Patriarcas se ve en las palabras que dijo el uno y las que dijo Avraham. Dirigiéndose a Dios, Avraham dijo: «Lejos esté de Ti hacer de tal modo, matar al justo con el malvado, de suerte que el justo sea como el malvado». Iyov, en cambio, exclamó contra Dios: «Todo es uno; por eso digo: Él destruye al íntegro y al malvado». Ambos recibieron su justa retribución: Avraham fue recompensado, e Iyov fue castigado.

Convencido de que su sufrimiento era inmerecido e injusto, Iyov tuvo la osadía de decirle a Dios: «Señor del mundo, Tú creaste al buey de pezuña hendida y al asno de pezuña entera; Tú creaste el Paraíso y el infierno; Tú creas al justo y también al malvado. No hay quien lo impida: Tú puedes hacer lo que bien Te parezca». Los amigos de Iyov replicaron: «Es cierto que Dios creó la inclinación al mal, pero también le dio al hombre la Torá como remedio contra ella. Por eso los malvados no pueden echar su culpa de sus hombros y ponerla sobre Dios».

La razón por la que Iyov no se arredraba ante afirmaciones tan desmedidas era que negaba la resurrección de los muertos. Juzgaba la prosperidad de los malvados y las desdichas de los piadosos solo por su suerte terrenal. Partiendo de esta falsa premisa, tenía por posible que el castigo que le había tocado no estuviera destinado a él en absoluto. Dios habría incurrido en un error e impuesto sobre él el sufrimiento que había sido asignado a un pecador. Pero Dios le habló, diciendo: «Muchos cabellos he creado en la cabeza del hombre, y sin embargo cada cabello tiene su propio folículo, pues si dos cabellos tomaran su alimento del mismo folículo, el hombre perdería la vista de sus ojos. Nunca ha ocurrido que un folículo se colocara donde no debía. ¿Habría, entonces, confundido a Iyov con otro? Hago descender muchas gotas de lluvia de los cielos, y para cada gota hay un molde en las nubes, pues si dos gotas salieran del mismo molde, la tierra se volvería tan cenagosa que no podría dar fruto alguno. Nunca ha ocurrido que un molde se colocara donde no debía. ¿Habría, entonces, confundido a Iyov con otro? Muchos rayos lanzo desde los cielos, pero cada uno viene por su propia senda, pues si dos avanzaran por la misma senda, destruirían el mundo entero. Nunca ha ocurrido que una senda se desviara de su sitio. ¿Habría, entonces, confundido a Iyov con otro? La gacela da a luz a su cría en la cima más alta de una roca, y esta caería al abismo y se estrellaría hasta morir si Yo no enviara allí un águila que la recogiera y la llevara a su madre. Si el águila apareciera un minuto antes o después del tiempo señalado, la pequeña gacela perecería. Nunca ha ocurrido que se errara el minuto justo. ¿Habría, entonces, confundido a Iyov con otro? La cierva tiene la matriz estrecha y no podría parir a su cría si Yo no le enviara un dragón en el segundo preciso para que le mordisquee la matriz y la ablande, pues entonces puede parir. Si el dragón llegara un segundo antes o después del momento justo, la cierva perecería. Nunca ha ocurrido que Yo errara el segundo preciso. ¿Habría, entonces, confundido a Iyov con otro?».

A pesar de las palabras imperdonables de Iyov, Dios se disgustó con sus amigos por juzgarlo con dureza. «No se puede responsabilizar a un hombre por lo que hace en su angustia», y la angustia de Iyov era grande, en verdad.

Una vez le preguntaron a Iyov cuál consideraba la aflicción más dura que podía golpearlo, y respondió: «El gozo de mis enemigos ante mi desgracia». Y cuando Dios quiso saber de él, tras las acusaciones del Satán, qué prefería —la pobreza o el sufrimiento físico—, escogió el dolor, diciendo: «Señor del mundo entero, castiga mi cuerpo con toda clase de sufrimientos, solo presérvame de la pobreza». La pobreza le parecía el azote mayor, porque antes de sus pruebas había ocupado una posición brillante por su vasta riqueza. Dios le concedió con gracia este anticipo del tiempo mesiánico. La cosecha seguía de cerca a la labranza de su campo; apenas se esparcían las semillas en los surcos, brotaban, crecían y maduraban en fruto. Igual éxito tenía con su ganado. Sus ovejas mataban lobos, pero jamás eran dañadas por las fieras. De ovejas tenía nada menos que ciento treinta mil, y necesitaba ochocientos perros para guardarlas, sin contar los doscientos perros que hacían falta para asegurar su casa. Además, sus rebaños se componían de trescientos cuarenta mil asnos y tres mil quinientas yuntas de bueyes. Todas estas posesiones no se empleaban en placeres para sí mismo, sino en bien de los pobres y los necesitados, a quienes vestía, alimentaba y proveía de todo lo necesario. Para hacer todo esto, hasta tenía que emplear barcos que llevaban provisiones a todas las ciudades y a los lugares donde moraban los desamparados. Su casa tenía puertas en sus cuatro costados, para que el pobre y el caminante pudieran entrar, cualquiera que fuese la dirección por la que llegaran. En todo momento había en su casa treinta mesas dispuestas y cargadas de manjares, y otras doce solo para las viudas, de modo que todos los que venían encontraban lo que deseaban. La consideración de Iyov por los pobres era tan delicada que mantenía sirvientes para atenderlos sin cesar. Sus huéspedes, cautivados por su caridad, con frecuencia se ofrecían como ayudantes para servir a los pobres en su casa, pero Iyov siempre insistía en pagarles por sus servicios. Si le pedían un préstamo de dinero para fines de negocio, y el que lo pedía prometía dar una parte de sus ganancias a los pobres, no exigía más garantía que una simple firma. Y si sucedía que por algún percance el deudor no podía cumplir su obligación, Iyov le devolvía el pagaré, o lo rompía en pedazos en su presencia.

No se contentaba con satisfacer las necesidades materiales de quienes acudían a él. Se esforzaba también por transmitirles el conocimiento de Dios. Después de una comida solía hacer que se tocara música con instrumentos, y luego invitaba a los presentes a unirse a él en cantos de alabanza a Dios. En tales ocasiones no se tenía por encima de tañer la cítara mientras los músicos descansaban.

Muy en especial se ocupaba Iyov del bienestar y las penas de las viudas y los huérfanos. Solía visitar a los enfermos, ricos y pobres por igual, y cuando era necesario llevaba consigo a un médico. Si el caso resultaba desahuciado, sostenía a la familia afligida con consejo y consuelo. Cuando la esposa del enfermo incurable comenzaba a afligirse y llorar, la animaba con palabras como estas: «Confía siempre en la gracia y la bondad amorosa de Dios. No te ha abandonado hasta ahora, y no te desamparará en adelante. Tu marido recobrará la salud y podrá proveer a su familia como antes. Pero si —líbrelo Dios— tu marido llegara a morir, pongo al Cielo por testigo de que yo proveeré el sustento para ti y tus hijos». Dicho esto, mandaba llamar a un notario y le hacía redactar un documento, que firmaba en presencia de testigos, obligándose a cuidar de la familia si esta perdía a su cabeza. Así ganaba para sí la bendición del enfermo y la gratitud de la esposa apenada.

A veces, en caso de necesidad, Iyov también sabía ser severo, sobre todo cuando se trataba de ayudar a un pobre a obtener lo suyo. Si una de las partes de un pleito citado ante su tribunal era conocida como hombre de violencia, se rodeaba de su ejército y le infundía temor, de modo que el culpable no tenía más remedio que plegarse a su decisión.

Se esforzaba por inculcar a sus hijos sus modos benevolentes, acostumbrándolos a servir a los pobres. A la mañana siguiente de un banquete ofrecía sacrificios en abundancia a Dios, y junto con las porciones sobre el altar sus ofrendas se repartían entre los necesitados. Decía: «Tomad y servíos, y rezad por mis hijos. Puede ser que hayan pecado y renegado de Dios, diciendo en la presunción de sus corazones: "Somos los hijos de este hombre rico. Todas estas cosas son posesiones nuestras. ¿Por qué habríamos de ser siervos de los pobres?"».

La vida feliz y grata a Dios que Iyov llevó durante muchos años despertó el odio del Satán, que le guardaba un viejo rencor. Cerca de la casa de Iyov había un ídolo que el pueblo adoraba. De pronto las dudas asaltaron el corazón de Iyov, y se preguntó: «¿Es este ídolo realmente el creador del cielo y la tierra? ¿Cómo puedo averiguar la verdad sobre él?». En la noche siguiente percibió una voz que llamaba: «¡Yovav! ¡Yovav! Levántate, y te diré quién es aquel que deseas conocer. Este a quien el pueblo ofrece sacrificios no es Dios; es obra del tentador, con la que engaña a los hombres». Al oír la voz, Iyov se arrojó al suelo y dijo: «Señor, si este ídolo es obra del tentador, concédeme destruirlo. Nadie puede impedírmelo, pues soy el rey de esta tierra».

Iyov, o, como a veces se le llama, Yovav, era, en efecto, rey de Edom, la tierra donde se traman planes perversos contra Dios, por lo cual se la llama también Uts, «consejo».

La voz siguió hablando. Se dio a conocer como la de un arcángel de Dios, y le reveló a Iyov que, al destruir el ídolo, atraería sobre sí la enemistad del Satán, y con ella mucho sufrimiento. Sin embargo, si se mantenía firme bajo esos padecimientos, Dios trocaría sus penas en alegrías, su nombre se haría célebre por todas las generaciones de la humanidad, y tendría parte en la resurrección a la vida eterna. Iyov respondió a la voz: «Por amor a Dios estoy dispuesto a soportar todas las cosas hasta el día de mi muerte. Ante nada retrocederé». Entonces Iyov se levantó y, acompañado de cincuenta hombres, se dirigió al ídolo y lo destruyó.

Sabiendo que el Satán trataría de acercársele, ordenó a su guardia que no diera acceso a nadie, y luego se retiró a su aposento. Había acertado. El Satán apareció de inmediato, con apariencia de mendigo, y exigió hablar con Iyov. La guardia cumplió sus órdenes y le prohibió la entrada. Entonces el mendigo le pidió que intercediera por él ante Iyov para conseguir un pedazo de pan. Iyov sabía que era el Satán, y le mandó decir lo siguiente: «No esperes comer de mi pan, pues te está prohibido», y al mismo tiempo puso en la mano del guardia un pedazo de pan quemado para el Satán. Al sirviente le dio vergüenza dar a un mendigo pan quemado, y lo cambió por un buen pedazo. Pero el Satán, sabiendo que el sirviente no había cumplido el encargo de su amo, se lo dijo a la cara; y aquel fue a buscar el pan quemado y se lo entregó, repitiendo las palabras de Iyov. A esto el Satán respondió: «Así como el pan está quemado, así desfiguraré tu cuerpo». Iyov replicó: «Haz lo que quieras y ejecuta tu plan. En cuanto a mí, estoy dispuesto a sufrir lo que sea que hagas caer sobre mí».

Entonces el Satán se presentó ante Dios y le rogó que pusiera a Iyov en su poder, diciendo: «Recorrí la tierra de un lado a otro, y caminé por ella arriba y abajo, y no vi hombre tan piadoso como Avraham. Tú le prometiste toda la Tierra de Israel, y sin embargo no lo tomó a mal no tener siquiera un lugar donde sepultar a Sará. En cuanto a Iyov, es verdad, no hallé a nadie que Te ame como él, pero si lo pones en mi mano, lograré apartar su corazón de Ti». Pero Dios dijo: «Satán, Satán, ¿qué te propones hacer con mi siervo Iyov, como el cual no hay otro en la tierra?». El Satán insistió en su petición respecto a Iyov, y Dios se la concedió: le dio pleno poder sobre las posesiones de Iyov.

Este día de la acusación de Iyov era el día de Año Nuevo, en el que las buenas y las malas acciones del hombre son presentadas ante Dios.

Provisto de poder ilimitado, el Satán se afanó por despojar a Iyov de todo cuanto poseía. Quemó parte de su ganado, y la otra parte se la llevaron sus enemigos. Lo que más dolió a Iyov fue que los que habían recibido su generosidad se volvieron contra él y tomaron de sus bienes.

Entre los adversarios que lo asaltaron estaba Lilit, la reina de Sabá. Vivía a gran distancia de su residencia; a ella y a su ejército les tomó tres años viajar desde su tierra hasta la de él. Cayó sobre sus bueyes y sus asnos y se apoderó de ellos, tras matar a los hombres a cuyo cuidado Iyov los había confiado. Un solo hombre escapó. Herido y magullado, apenas le quedaba vida para contarle a Iyov el relato de sus pérdidas, y luego cayó muerto. Las ovejas, que la reina de Sabá había dejado intactas, se las llevaron los caldeos. La primera intención de Iyov fue ir a la guerra contra estos saqueadores, pero cuando le dijeron que parte de sus bienes había sido consumida por fuego del cielo, desistió y dijo: «Si los cielos se vuelven contra mí, nada puedo hacer».

Insatisfecho con el resultado, el Satán se disfrazó de rey de Persia, sitió la ciudad donde residía Iyov, la tomó y habló a sus habitantes, diciendo: «Este hombre, Iyov, se ha apropiado de todos los bienes del mundo, sin dejar nada para los demás, y además ha derribado el templo de nuestro dios; ahora le haré pagar sus malas obras. Venid conmigo y saqueemos su casa». Al principio el pueblo se negó a escuchar las palabras del Satán. Temían que los hijos e hijas de Iyov se alzaran más tarde contra ellos y vengaran los agravios de su padre. Pero después de que el Satán derribó la casa donde estaban reunidos los hijos de Iyov, y estos quedaron muertos entre los escombros, el pueblo hizo lo que él les mandó y saqueó la casa de Iyov.

Viendo que ni la pérdida de todo lo que tenía ni la muerte de sus hijos podían mudar su corazón piadoso, el Satán se presentó ante Dios por segunda vez y pidió que se pusiera en su mano al propio Iyov, su misma persona. Dios concedió la súplica del Satán, pero limitó su poder al cuerpo de Iyov: su alma no podía tocarla. En cierto sentido, el Satán estaba peor que Iyov. Se hallaba en la posición del esclavo al que su amo le ha ordenado romper el cántaro sin derramar el vino.

El Satán hizo entonces que una terrible tormenta estallara sobre la casa de Iyov. Las sacudidas lo derribaron de su trono, y quedó tendido en el suelo durante tres horas. Luego el Satán hirió su cuerpo con lepra, desde la planta del pie hasta la coronilla. Esta plaga obligó a Iyov a salir de la ciudad y sentarse fuera sobre un montón de cenizas, pues sus miembros inferiores estaban cubiertos de llagas supurantes, y el flujo corría sobre las cenizas. La parte superior de su cuerpo estaba costrosa de llagas secas, y para aliviar la picazón que le causaban se rascaba con las uñas, hasta que estas se le cayeron junto con las yemas de los dedos, y tomó un tiesto para rascarse con él. Su cuerpo hervía de gusanos, pero si una de las pequeñas criaturas intentaba alejarse arrastrándose de él, la obligaba a volver, diciendo: «Permanece en el lugar al que fuiste enviado, hasta que Dios te asigne otro». Su esposa, temiendo que no soportara con firmeza su horrible sufrimiento, le aconsejó que le pidiera a Dios la muerte, para que tuviera la certeza de partir de este mundo como hombre recto. Pero él rechazó su consejo, diciendo: «Si en los días de buena fortuna, que suelen tentar a los hombres a negar a Dios, me mantuve firme y no me rebelé contra Él, seguramente podré permanecer firme en la desgracia, que obliga a los hombres a ser obedientes a Dios». E Iyov se aferró a su resolución a pesar de todo el sufrimiento, mientras que su esposa no tuvo la fortaleza suficiente para sobrellevar su suerte con resignación a la voluntad de Dios.

Su suerte era amarga, en verdad, pues había tenido que emplearse como aguadora al servicio de un patán ordinario, y cuando su amo se enteró de que compartía su pan con Iyov, la despidió. Para que su marido no muriera de hambre, se cortó el cabello y con él compró pan. Era todo lo que tenía para pagar el precio que le cobraba el vendedor de pan, que no era otro que el propio Satán, quien quería ponerla a prueba. Le dijo: «Si no hubieras merecido esta gran miseria tuya, no habría caído sobre ti». Estas palabras fueron más de lo que la pobre mujer podía soportar. Fue entonces cuando acudió a su marido y, entre lágrimas y gemidos, lo instó a renegar de Dios y morir. Iyov, sin embargo, no se perturbó por sus palabras, porque adivinó de inmediato que el Satán estaba detrás de su esposa y la inducía a hablar así. Volviéndose hacia el tentador, dijo: «¿Por qué no me enfrentas de frente? Deja tus artimañas solapadas, miserable». A esto el Satán se presentó ante Iyov, admitió que había sido vencido y se alejó avergonzado.

Los amigos de Iyov vivían en lugares distintos, a intervalos de trescientas millas uno de otro. Con todo, se enteraron de la desgracia de su amigo al mismo tiempo, de esta manera: cada uno tenía en su corona los retratos de los demás, y en cuanto alguno de ellos sufría un revés, se manifestaba en su retrato. Así los amigos de Iyov supieron a la vez de su desgracia, y se apresuraron a socorrerlo.

Los cuatro amigos estaban emparentados entre sí, y cada uno estaba emparentado con Iyov. Elifaz, rey de Temán, era hijo de Esav; Bildad, Tsofar y Elihú eran primos, y sus padres —Shúaj, Naamat y Barajel— eran hijos de Buz, que era hermano de Iyov y sobrino de Avraham.

Cuando los cuatro amigos llegaron a la ciudad en la que vivía Iyov, los habitantes los llevaron fuera de las puertas y, señalando a una figura recostada sobre un montón de cenizas a cierta distancia, dijeron: «Allá está Iyov». Al principio los amigos no les dieron crédito, y decidieron mirar más de cerca al hombre para asegurarse de su identidad. Pero el hedor que emanaba de Iyov era tan fuerte que no podían acercársele. Ordenaron a sus ejércitos esparcir perfumes y sustancias aromáticas por todo el contorno. Solo después de haberlo hecho durante horas pudieron acercarse al proscrito lo suficiente para reconocerlo.

Elifaz fue el primero en dirigirse a Iyov: «¿Eres tú de veras Iyov, un rey de igual rango que nosotros?». Y cuando Iyov dijo que sí, prorrumpieron en lamentos y lágrimas amargas, y todos juntos entonaron una elegía, uniéndose al coro los ejércitos de los tres reyes: Elifaz, Bildad y Tsofar. De nuevo comenzó a hablar Elifaz, y se lamentó de la triste suerte de Iyov, y pintó la antigua gloria de su amigo, añadiendo a cada frase el estribillo: «¿Adónde se ha ido el esplendor de tu trono?».

Tras escuchar largamente los gemidos y lamentos de Elifaz y sus compañeros, Iyov habló, diciendo: «Silencio, y os mostraré mi trono y el esplendor de su gloria. Los reyes perecerán, los soberanos desaparecerán, su orgullo y su brillo pasarán como una sombra por un espejo, pero mi reino perdurará por siempre jamás, pues la gloria y la magnificencia están en la carroza de mi Padre».

Estas palabras despertaron la ira de Elifaz, e instó a sus compañeros a abandonar a Iyov a su suerte y seguir su camino. Pero Bildad apaciguó su enojo, recordándole que había que ser indulgente con alguien tan duramente probado como Iyov. Bildad le planteó al doliente una serie de preguntas para comprobar su cordura. Quería sonsacarle a Iyov cómo era que Dios, en quien seguía poniendo sus esperanzas, podía infligirle un sufrimiento tan atroz. Ni siquiera un rey de carne y hueso permitiría que un guardia suyo que le hubiera servido con lealtad llegara a la desdicha. Bildad deseaba también obtener de Iyov información sobre los movimientos de los cuerpos celestes.

Iyov no tenía más que una respuesta para estas preguntas: el hombre no puede comprender la sabiduría divina, ya se revele en la naturaleza inanimada y bruta o en relación con los seres humanos. «Pero —continuó Iyov—, para probaros que estoy en mi sano juicio, escuchad la pregunta que os voy a plantear. El alimento sólido y los líquidos se combinan dentro del hombre, y se separan de nuevo cuando salen de su cuerpo. ¿Quién efectúa la separación?». Y cuando Bildad reconoció que no podía responder a la pregunta, Iyov dijo: «Si no puedes comprender los cambios en tu propio cuerpo, ¿cómo esperas comprender los movimientos de los planetas?».

Tsofar, después de que Iyov hablara así a Bildad, quedó convencido de que el sufrimiento no había afectado su mente, y le preguntó si consentiría en ser tratado por los médicos de los tres reyes, sus amigos. Pero Iyov rechazó el ofrecimiento, diciendo: «Mi curación y mi restablecimiento vienen de Dios, el Creador de todos los médicos».

Mientras los tres reyes conversaban así con Iyov, su esposa Zitidós hizo su aparición vestida de andrajos, y se arrojó a los pies de los amigos de su marido, y entre lágrimas habló, diciendo: «Oh Elifaz, y vosotros demás amigos de Iyov, recordad lo que yo era en otros días, y cómo estoy ahora cambiada, presentándome ante vosotros en harapos y jirones». La visión de la infeliz mujer los conmovió tan hondamente que solo pudieron llorar, y no lograron arrancar de sus bocas ni una palabra. Elifaz, sin embargo, tomó su manto real de púrpura y lo puso sobre los hombros de la pobre mujer. Zitidós pidió un solo favor: que los tres reyes ordenaran a sus soldados retirar los escombros del edificio bajo el cual yacían sepultados sus hijos, para poder dar a sus restos sepultura decente. La orden se dio a los soldados en consecuencia, pero Iyov dijo: «No os toméis molestias en vano. Mis hijos no serán hallados, pues están a buen resguardo con su Señor y Creador». De nuevo sus amigos tuvieron por seguro que Iyov había perdido el juicio. Él, sin embargo, se levantó, oró a Dios y, al terminar sus devociones, mandó a sus amigos mirar hacia el oriente; y cuando obedecieron, contemplaron a sus hijos junto al Soberano del cielo, con coronas de gloria sobre sus cabezas. Zitidós se postró y dijo: «Ahora sé que mi memorial reside con HaShem». Y regresó a la casa de su amo, de la que se había ausentado durante algún tiempo contra la voluntad de él. Él le había prohibido salir de allí, porque temía que los tres reyes se la llevaran consigo.

Al anochecer se acostó a dormir junto al pesebre del ganado, pero nunca volvió a levantarse: murió allí de agotamiento. La gente de la ciudad hizo un gran duelo por ella, y la elegía compuesta en su honor se puso por escrito y quedó registrada.

Cada vez más los amigos de Iyov llegaban a la conclusión de que había incurrido en castigo divino por sus pecados, y como él aseveraba su inocencia una y otra vez, se disponían airados a abandonarlo a su suerte. En especial Elihú fue movido por el Satán a proferir palabras injuriosas contra Iyov, reprochándole su inquebrantable confianza en Dios. Entonces HaShem se les apareció, primero a Iyov, y le reveló que Elihú estaba equivocado y que sus palabras las había inspirado el Satán. Luego se apareció a Elifaz, y a él le habló así: «Tú y tus amigos Bildad y Tsofar habéis cometido un pecado, pues no dijisteis la verdad acerca de mi siervo Iyov. Levantaos y dejad que él ofrezca por vosotros una ofrenda por el pecado. Solo por causa de él me abstengo de destruiros».

El sacrificio ofrecido por Iyov en favor de sus amigos fue aceptado con gracia por Dios, y Elifaz prorrumpió en un himno de acción de gracias a HaShem por haber perdonado la transgresión suya y la de sus dos amigos. Al mismo tiempo anunció la condenación de Elihú, el instrumento del Satán.

Dios se apareció a Iyov una vez más y le dio una faja compuesta de tres cintas, y le mandó ceñírsela a la cintura. Apenas se la hubo puesto, todo su dolor desapareció, se le borró hasta el recuerdo de él y, más aún, Dios le hizo ver todo lo que fue y todo lo que será.

Tras padecer un dolor siete veces mayor durante siete años, Iyov recobró las fuerzas. Con sus tres amigos regresó a la ciudad, y los habitantes hicieron una fiesta en su honor y para gloria de Dios. Todos sus antiguos amigos se le unieron de nuevo, y reanudó su vieja ocupación, el cuidado de los pobres, para lo cual obtuvo los medios de la gente de alrededor. Les dijo: «Dadme, cada uno de vosotros, una oveja para el vestido de los pobres, y cuatro dracmas de plata o de oro para sus demás necesidades». HaShem bendijo a Iyov, y en pocos días su riqueza había aumentado hasta el doble de los bienes que poseía antes de que la desgracia lo alcanzara. Habiendo muerto Zitidós durante los años de sus pruebas, tomó una segunda esposa, Diná, la hija de Yaakov, y ella le dio siete hijos y tres hijas. Nunca había tenido más de una esposa a la vez, pues solía decir: «Si se hubiera querido que Adam tuviera diez esposas, Dios se las habría dado. Solo una esposa le fue concedida, con lo cual Dios indicó que debía tener una sola; por eso a mí también me basta una sola esposa».

Cuando Iyov, tras una vida larga y feliz, sintió que se acercaba su fin, reunió en torno a sí a sus diez hijos y les contó el relato de sus días. Terminada la narración, los amonestó con estas palabras: «Mirad, estoy a punto de morir, y vosotros ocuparéis mi lugar. No abandonéis a HaShem, sed generosos con los pobres, tratad a los débiles con consideración, y no os caséis con las mujeres de los gentiles».

Acto seguido repartió sus posesiones entre sus hijos, y a sus hijas les dio lo que es más precioso que todos los bienes terrenales: a cada una, una cinta de la faja celestial que había recibido de Dios. La virtud mágica de estas cintas era tal que, apenas sus poseedoras se las ceñían a la cintura, quedaban transformadas en seres superiores, y con voces seráficas prorrumpían en himnos a la manera de los ángeles.

Durante tres días Iyov yació en su lecho, enfermo aunque sin sufrir, pues la faja celestial lo hacía inmune al dolor. Al cuarto día vio descender a los ángeles para llevarse su alma. Se levantó de su lecho, entregó una cítara a su hija mayor, Yemimá, «Día»; un incensario a la segunda, Ketsiá, «Perfume»; y un címbalo a la tercera, Amaltea, «Cuerno»; y les mandó dar la bienvenida a los ángeles con el son de la música. Ellas tocaron, cantaron y alabaron a HaShem en la lengua sagrada. Entonces apareció aquel que se sienta en la gran carroza, besó a Iyov y se alejó cabalgando, llevándose consigo su alma hacia el oriente. Nadie los vio partir salvo las tres hijas de Iyov.

El dolor del pueblo, en especial de los pobres, las viudas y los huérfanos, fue inmenso. Durante tres días dejaron el cuerpo sin sepultar, porque no podían soportar la idea de separarse de él.

Así como el nombre de Iyov permanecerá imperecedero por todos los tiempos, en razón de la piedad de aquel hombre, así también sus tres amigos fueron recompensados por Dios por la compasión que le mostraron en su aflicción. Sus nombres se conservaron, el castigo del infierno les fue perdonado y, lo mejor de todo, Dios derramó sobre ellos el espíritu santo. Pero al Satán, causante de la angustia de Iyov, HaShem lo arrojó del cielo, pues había sido vencido por Iyov, quien en medio de su agonía había dado gracias y alabado a Dios por todo lo que le había hecho.

Capítulo V

Moshé en Mitsraim

Capítulo cuarto

Apenas murió Yaakov, se cerraron los ojos de los israelitas, y también sus corazones. Empezaron a sentir el dominio del extraño, aunque la servidumbre verdadera no los esclavizó hasta algún tiempo después. Mientras vivió uno solo de los hijos de Yaakov, los egipcios no se atrevieron a acercarse a los israelitas con malas intenciones. Solo cuando Leví, el último de ellos, partió de esta vida, comenzó su sufrimiento. Un cambio en la relación de los egipcios hacia los israelitas se había notado, es cierto, inmediatamente después de la muerte de Yosef —pero no se quitaron la máscara del todo hasta que Leví ya no estuvo. Entonces la esclavitud de los israelitas sobrevino de veras.

El primer acto hostil por parte de los egipcios fue despojar a los israelitas de sus campos, de sus viñas y de los dones que Yosef había enviado a sus hermanos. No contentos con estas enemistades, buscaron dañarlos también de otras maneras. La razón del odio de los egipcios era la envidia y el miedo. Los israelitas se habían multiplicado de un modo milagroso. A la muerte de Yaakov, las setenta personas que había hecho descender con él habían crecido hasta el número de seiscientos mil, y su fuerza física y su heroísmo eran extraordinarios —y por eso alarmantes para los egipcios. Hubo entonces muchas ocasiones para el despliegue de valentía. No mucho después de la muerte de Leví ocurrió la del rey egipcio Magrón, que había sido criado por Yosef y por eso no carecía del todo de un recuerdo agradecido de lo que él y su familia habían logrado para el bienestar de Mitsraim. Pero su hijo y sucesor Malol, junto con toda su corte, no conocían a los hijos de Yaakov ni sus hazañas, y no tuvieron reparo en oprimir a los hebreos.

La ruptura final entre ellos y los egipcios tuvo lugar durante las guerras que Malol libró contra Tsefó, el nieto de Esav. En el curso de ellas, los israelitas habían salvado a los egipcios de una derrota aplastante —pero en vez de estar agradecidos, solo buscaron la perdición de sus bienhechores, por temor a que la fuerza gigantesca de los hebreos se volviera contra ellos.

Los consejeros y los ancianos de Mitsraim vinieron ante el Paró y le hablaron, diciendo: «Mira, el pueblo de los hijos de Israel es más grande y más poderoso que nosotros. Has visto su fuerza recia, que han heredado de sus padres, pues unos pocos de ellos se alzaron contra un pueblo tan numeroso como la arena del mar, y ninguno cayó. Ahora, pues, danos consejo sobre qué hacer con ellos, hasta que poco a poco los destruyamos de entre nosotros, no sea que lleguen a ser demasiado numerosos en la tierra, porque si se multiplican y estalla alguna guerra, se unirán también con su gran fuerza a nuestros enemigos, y pelearán contra nosotros, nos destruirán de la tierra y se marcharán de ella».

El rey respondió a los ancianos, diciendo: «Este es el plan que yo aconsejo contra Israel, y de él no nos apartaremos. Mirad, Pitom y Ramsés son ciudades no fortificadas contra la batalla. Nos conviene fortificarlas. Ahora, id y obrad con astucia contra los hijos de Israel, y proclamad en Mitsraim y en Goshen, diciendo: “¡Todos vosotros, hombres de Mitsraim, de Goshen y de Patrós! El rey nos ha ordenado edificar Pitom y Ramsés y fortificarlas contra la batalla. Aquellos de entre vosotros en todo Mitsraim, de los hijos de Israel y de todos los habitantes de las ciudades, que estén dispuestos a edificar con nosotros, recibirán su paga cada día, por orden del rey”.

»Id entonces primero vosotros y comenzad a edificar Pitom y Ramsés, y haced que la proclama del rey se pregone cada día, y cuando algunos de los hijos de Israel vengan a edificar, dadles su paga cada día; y después de que hayan edificado con vosotros por su paga diaria, apartaos de ellos día tras día, y uno a uno, en secreto. Entonces os alzaréis y os haréis sus capataces y sus oficiales, y después los tendréis para que edifiquen sin paga. Y si se niegan, forzadlos con todas vuestras fuerzas a edificar. Si hacéis esto, nos irá bien, pues así fortificaremos nuestra tierra de esta manera, y a los hijos de Israel les irá mal, porque disminuirán en número a causa del trabajo, ya que les impediréis estar con sus mujeres».

Los ancianos, los consejeros y todo Mitsraim hicieron conforme a la palabra del rey. Durante un mes los siervos del Paró edificaron con Israel, y luego se retiraron poco a poco, mientras los hijos de Israel seguían trabajando y recibiendo su paga diaria, pues algunos hombres de Mitsraim aún proseguían la obra con ellos. Al cabo de un tiempo, todos los egipcios se habían retirado, y habían pasado a ser los oficiales y capataces de los israelitas. Entonces dejaron de darles paga alguna, y cuando algunos de los hebreos se negaron a trabajar sin salario, sus capataces los golpearon y los obligaron por la fuerza a volver a la labor con sus hermanos. Y los hijos de Israel tuvieron gran temor de los egipcios, y volvieron y trabajaron sin paga, todos excepto la tribu de Leví, que no fue empleada en la obra con sus hermanos. Los hijos de Leví sabían que la proclama del rey se había hecho para engañar a Israel, por eso se abstuvieron de escucharla; y los egipcios no los molestaron después, ya que no habían estado con sus hermanos al principio, y aunque los egipcios amargaron la vida de los demás israelitas con trabajo servil, no importunaron a los hijos de Leví. Los israelitas llamaron a Malol, el rey de Mitsraim, Maror, «Amargura», porque en sus días los egipcios amargaron sus vidas con toda clase de servicios penosos.

Pero el Paró no se dio por satisfecho con su proclama y con la aflicción que imponía a los israelitas. Se colgó del propio cuello un molde de ladrillos y él mismo tomó parte en la obra de Pitom y Ramsés. Después de esto, cada vez que un hebreo se negaba a venir y ayudar con la edificación, alegando que no era apto para servicio tan duro, los egipcios le replicaban, diciendo: «¿Pretendes hacernos creer que eres más delicado que el Paró?».

El rey mismo azuzaba a los israelitas con palabras suaves, diciendo: «Hijos míos, os ruego que hagáis esta obra y me levantéis estos pequeños edificios. Os daré por ello gran recompensa». Por medio de tales artificios y palabras astutas, los egipcios lograron dominar a los israelitas, y una vez que los tuvieron en su poder, los trataron con brutalidad sin disimulo. A las mujeres se las obligaba a hacer trabajo de hombres, y a los hombres, trabajo de mujeres.

La edificación de Pitom y Ramsés no resultó de ningún provecho para los egipcios, pues apenas quedaban terminadas las estructuras, se derrumbaban, o eran tragadas por la tierra; y los obreros hebreos, además de tener que sufrir penalidades durante su levantamiento, perdían la vida al ser precipitados desde alturas enormes cuando los edificios caían en montón.

Pero a los egipcios poco les importaba si sacaban o no provecho del trabajo forzado de los hijos de Israel. Su objetivo principal era impedir su aumento, y por eso el Paró dio una orden: que no se les permitiera dormir en sus propias casas, para que quedaran privados de la ocasión de yacer con sus mujeres. Los oficiales ejecutaron la voluntad del rey, diciendo a los hebreos que la razón era la pérdida de demasiado tiempo en ir y venir, lo cual les impediría completar la cuenta requerida de ladrillos. Así, los maridos hebreos fueron mantenidos apartados de sus mujeres, y se los obligaba a dormir en el suelo, lejos de sus moradas.

Pero Dios habló, diciendo: «A su padre Avraham le di la promesa de que haría a sus hijos tan numerosos como las estrellas de los cielos, y vosotros urdís planes para impedir que se multipliquen. Ya veremos qué palabra se sostiene, si la mía o la vuestra». Y sucedió que cuanto más los afligían los egipcios, más se multiplicaban y más se extendían. Y siguieron aumentando a pesar de la orden del Paró de que quienes no completaran la cuenta requerida de ladrillos fueran emparedados en los edificios, entre las hiladas de ladrillos, y grande fue el número de israelitas que perdieron la vida de este modo. Muchos de sus hijos, además, fueron degollados como sacrificios a los ídolos de los egipcios. Por esta razón Dios trajo castigo sobre los ídolos en el tiempo de la salida de los israelitas de Mitsraim. Habían causado la muerte de los niños hebreos, y a su vez fueron hechos pedazos y se desmenuzaron en polvo.

Cuando ahora, a pesar de todas sus tribulaciones, los hijos de Israel seguían multiplicándose y extendiéndose, de suerte que la tierra estaba llena de ellos como de espesa maleza —pues las mujeres daban a luz muchos hijos de un solo parto—, los egipcios comparecieron de nuevo ante el Paró y lo apremiaron a idear algún otro modo de librar la tierra de los hebreos, viendo que aumentaban poderosamente aunque se los hacía penar y trabajar duro. El Paró no pudo inventar ninguna nueva traza; pidió a sus consejeros que le dieran su parecer sobre el asunto. Entonces habló uno de ellos, Iyov de la tierra de Uts, que está en Aram-Naharáyim, así: «El plan que el rey inventó, de poner una gran carga de trabajo sobre los israelitas, fue bueno en su momento, y debe ejecutarse también en adelante; pero para asegurarnos contra el temor de que, si llegara a estallar una guerra, nos abrumen por razón de su número y nos expulsen de la tierra, que el rey promulgue un decreto: que todo hijo varón de los israelitas sea muerto al nacer. Entonces no tendremos que temerlos si nos sorprende la guerra. Ahora, que el rey convoque a las parteras hebreas, que vengan aquí, y que les ordene conforme a este plan».

El consejo de Iyov halló favor a los ojos del Paró y de los egipcios. Preferían que las parteras asesinaran a los inocentes, pues temían el castigo de Dios si ponían ellos mismos las manos sobre ellos. El Paró citó ante sí a las dos parteras de los hebreos y les ordenó matar a todos los hijos varones, pero dejar con vida a las hijas de las mujeres hebreas, pues a los egipcios les interesaba tanto conservar a las niñas como provocar la muerte de los varones. Eran muy sensuales, y deseaban tener a su servicio la mayor cantidad posible de mujeres.

Sin embargo, el plan, aun de haberse llevado a cabo, no era sabio, pues aunque un hombre puede casarse con muchas mujeres, cada mujer solo puede casarse con un hombre. Así, un número menguado de hombres y un aumento correspondiente en el número de mujeres no constituía una amenaza tan grave para la continuidad de la nación de los israelitas como habría sido el caso contrario.

Las dos parteras hebreas eran Yojéved, la madre de Moshé, y Miriam, su hermana. Cuando comparecieron ante el Paró, Miriam exclamó: «¡Ay de este hombre cuando Dios le traiga castigo por sus malas obras!». El rey la habría matado por estas palabras audaces, si Yojéved no hubiera aplacado su ira diciendo: «¿Por qué haces caso de sus palabras? No es más que una niña, y no sabe lo que dice». Sin embargo, aunque Miriam tenía por entonces solo cinco años, acompañaba a su madre y la ayudaba en sus oficios con las mujeres hebreas, dando de comer a los recién nacidos mientras Yojéved los lavaba y los bañaba.

La orden del Paró decía así: «Al nacer la criatura, si es varón, matadlo; pero si es hembra, no hace falta que la matéis, sino que podéis dejarla con vida». Las parteras replicaron: «¿Cómo hemos de saber si la criatura es varón o hembra?», pues el rey les había mandado matarla mientras estaba naciendo. El Paró respondió: «Si la criatura sale del vientre con el rostro por delante, es varón, pues mira hacia la tierra, de donde fue tomado el hombre; pero si aparecen primero los pies, es hembra, pues mira hacia la costilla de la madre, y de una costilla fue hecha la mujer».

El rey empleó toda clase de ardides para doblegar a las parteras a sus deseos. Se les acercó con propuestas amorosas, que ambas rechazaron, y luego las amenazó con la muerte por fuego. Pero ellas se dijeron para sus adentros: «Nuestro padre Avraham abrió una posada para alimentar a los caminantes, aunque fueran idólatras, ¿y nosotras hemos de descuidar a los niños, más aún, matarlos? No, nos cuidaremos de mantenerlos con vida». Así dejaron de ejecutar lo que el Paró había ordenado. En vez de asesinar a los pequeños, atendían todas sus necesidades. Si una madre que había dado a luz carecía de comida y bebida, las parteras iban a las mujeres pudientes y hacían una colecta, para que la criatura no padeciera carencia. Aún más hacían por los pequeñitos. Suplicaban a Dios, orando: «Tú sabes que no estamos cumpliendo las palabras del Paró, sino que nuestro afán es cumplir las tuyas. Ojalá sea tu voluntad, Señor nuestro, dejar que la criatura venga al mundo sana y salva, no sea que caigamos bajo la sospecha de que intentamos matarla y la lisiamos en el intento». HaShem escuchó su oración, y ninguna criatura nacida bajo los cuidados de Shifrá y Puá —o Yojéved y Miriam, como también se llama a las parteras— vino al mundo coja ni ciega ni aquejada de ningún otro defecto.

Viendo que su orden resultaba ineficaz, el Paró convocó a las parteras por segunda vez y les pidió cuentas de su desobediencia. Ellas respondieron: «Esta nación es comparada a un animal y a otro, y, en verdad, los hebreos son como los animales. Tan poco como los animales necesitan de los oficios de las parteras». Estas dos mujeres temerosas de Dios fueron recompensadas de muchas maneras por sus buenas obras. No solo el Paró no les hizo daño, sino que fueron hechas antepasadas de sacerdotes y de leviim, y de reyes y de príncipes. Yojéved llegó a ser la madre del sacerdote Aharón y del levita Moshé, y de la unión de Miriam con Kalev brotó la casa real de David. La mano de Dios se hizo visible en su vida conyugal. Contrajo una enfermedad grave, y aunque todos los que la veían pensaban que la muerte la alcanzaría con certeza, se recobró, y Dios le restituyó la juventud y le concedió una hermosura inusitada, de modo que una dicha renovada aguardaba a su esposo, que había sido privado de los placeres de la vida conyugal durante su larga enfermedad. Sus alegrías inesperadas fueron la recompensa de su piedad y de su confianza en Dios. Y otra recompensa le fue otorgada a Miriam: se le concedió el privilegio de dar a luz a Betsalel, el constructor del Mishkán, que fue dotado de sabiduría celestial.

En el año ciento treinta después del descenso de Israel a Mitsraim, el Paró soñó que estaba sentado sobre su trono, y alzó sus ojos y vio ante sí a un anciano con una balanza en la mano, y lo vio tomar a todos los ancianos, nobles y grandes de Mitsraim, atarlos juntos y ponerlos en un platillo de la balanza, mientras en el otro colocaba un tierno cabrito. El cabrito hizo bajar el platillo en que yacía hasta que quedó más abajo que el otro, con los egipcios atados. El Paró se levantó temprano por la mañana y reunió a todos sus siervos y a sus sabios para interpretar su sueño, y los hombres tuvieron gran temor a causa de su visión. Bilam, hijo de Beor, habló entonces y dijo: «Esto no significa sino que un gran mal ha de surgir contra Mitsraim, pues le nacerá a Israel un hijo que destruirá toda nuestra tierra y a todos sus habitantes, y sacará a los israelitas de Mitsraim con mano poderosa. Ahora, pues, oh rey, toma consejo sobre este asunto, para que la esperanza de Israel quede frustrada antes de que este mal se alce contra Mitsraim».

El rey dijo a Bilam: «¿Qué haremos a Israel? Hemos probado varios ardides contra este pueblo, pero no hemos podido prevalecer sobre él. Ahora déjame oír tu parecer».

A instancias de Bilam, el rey mandó llamar a sus dos consejeros, Reuel el madianita e Iyov el de Uts, para oír su consejo. Reuel habló: «Si al rey le parece bien, que desista de los hebreos y que no extienda su mano contra ellos, pues HaShem los eligió en los días de antaño y los tomó como la porción de su heredad de entre todas las naciones de la tierra; ¿y quién ha osado extender su mano contra ellos impunemente, sin que su Dios vengara el mal que les fue hecho?». Reuel pasó luego a enumerar algunas de las cosas poderosas que Dios había realizado por Avraham, Yitsjak y Yaakov, y cerró su amonestación con estas palabras: «En verdad, tu abuelo, el Paró de los días de antaño, encumbró a Yosef, hijo de Yaakov, por encima de todos los príncipes de Mitsraim, porque discernió su sabiduría, pues por su sabiduría rescató de la hambruna a todos los habitantes de la tierra, tras lo cual invitó a Yaakov y a sus hijos a descender a Mitsraim, para que la tierra de Mitsraim y la tierra de Goshen fueran libradas de la hambruna por sus virtudes. Ahora, pues, si te parece bien a tus ojos, deja de destruir a los hijos de Israel, y si no es tu voluntad que moren en Mitsraim, envíalos fuera de aquí, para que vayan a la tierra de Kena’an, la tierra donde peregrinaron sus antepasados».

Cuando el Paró oyó las palabras de Yitró-Reuel, se enfureció mucho con él, y fue despedido con deshonra de la presencia del rey, y se fue a Midián.

Habló entonces el rey a Iyov, y dijo: «¿Qué dices tú, Iyov, y cuál es tu consejo respecto a los hebreos?». Iyov respondió: «Mira, todos los habitantes de la tierra están en tu poder. Que el rey haga lo que le parezca bien a sus ojos».

Bilam fue el último en hablar, por mandato del rey, y dijo: «De todo lo que el rey pueda tramar contra los hebreos, serán librados. Si piensas menguarlos con el fuego llameante, no prevalecerás sobre ellos, pues su Dios libró a Avraham, su padre, del horno en que lo arrojaron los caldeos. Quizá pienses destruirlos con la espada, pero su padre Yitsjak fue librado de ser degollado por la espada. Y si piensas reducirlos mediante trabajo duro y penoso, tampoco prevalecerás, pues su padre Yaakov sirvió a Laván en toda clase de labores duras, y aun así prosperó. Si al rey le place, que ordene que todos los hijos varones que nazcan en Israel de este día en adelante sean arrojados al agua. Con ello podrás borrar su nombre, pues ni ninguno de ellos ni ninguno de sus padres fue probado de esta manera».

El consejo de Bilam fue aceptado por el Paró y los egipcios. Sabían que Dios paga medida por medida, por eso creyeron que ahogar a los hijos varones sería el medio más seguro de exterminar a los hebreos, sin acarrearse daño a sí mismos, pues HaShem había jurado a Nóaj no volver jamás a destruir el mundo con agua. Así, supusieron, quedarían exentos de castigo, en lo cual, sin embargo, se equivocaban. En primer lugar, aunque HaShem había jurado no traer un diluvio sobre los hombres, nada impedía traer a los hombres a un diluvio. Además, el juramento de Dios se aplicaba a toda la humanidad, no a una sola nación. El fin de los egipcios fue que hallaron la muerte en las olas del mar de los Juncos. «Medida por medida»: así como habían ahogado a los hijos varones de los israelitas, así fueron ahogados.

El Paró dio ahora los pasos encaminados a la fiel ejecución de su decreto. Envió a sus alguaciles a las casas de los israelitas, para descubrir a todos los recién nacidos, dondequiera que estuviesen. Para asegurarse de que los hebreos no lograran mantener ocultos a los niños, los egipcios tramaron un plan diabólico. Sus mujeres habían de llevar a sus pequeños a las casas de las mujeres israelitas de quienes se sospechaba que tenían criaturas. Cuando los niños egipcios empezaban a llorar o a gorjear, los niños hebreos que se mantenían escondidos se les unían, a la manera de los bebés, y delataban su presencia, con lo cual los egipcios los apresaban y se los llevaban.

Además, el Paró ordenó que las mujeres israelitas no emplearan sino parteras egipcias, que debían obtener información precisa sobre el momento de su parto, y ejercer gran vigilancia, y no dejar escapar con vida a ningún hijo varón. Si hubiera padres que eludieran la orden y guardaran en secreto a un varón recién nacido, ellos y todos los suyos serían muertos.

¿Es de extrañar, entonces, que muchos de los hebreos se mantuvieran apartados de sus mujeres? Sin embargo, quienes ponían su confianza en Dios no fueron abandonados por Él. Las mujeres que seguían unidas a sus maridos salían al campo cuando llegaba el tiempo de su parto, y daban a luz a sus hijos y los dejaban allí, mientras ellas mismas regresaban a casa. HaShem, que había jurado a sus antepasados multiplicarlos, enviaba a uno de sus ángeles a lavar a los recién nacidos, ungirlos, estirarles los miembros y fajarlos. Luego les daba dos guijarros lisos, de uno de los cuales chupaban leche, y del otro miel. Y Dios hacía crecer el cabello de las criaturas hasta las rodillas, para que les sirviera de vestidura protectora, y luego ordenaba a la tierra que recibiera a los recién nacidos, para que quedaran cobijados en ella hasta el tiempo de su crecimiento, cuando la tierra abriría su boca y arrojaría a los niños, y ellos brotarían como la hierba del campo y la yerba del bosque. Después cada uno regresaba a su familia y a la casa de su padre.

Cuando los egipcios vieron esto, salieron, cada hombre a su campo, con su yunta de bueyes, y araron la tierra como se ara en tiempo de siembra. Pero no pudieron hacer daño a las criaturas de los hijos de Israel que habían sido tragadas y yacían en el seno de la tierra. Así el pueblo de Israel aumentó y se acrecentó en gran manera. Y el Paró ordenó a sus oficiales ir a Goshen, a buscar a los niños varones de los hijos de Israel, y cuando descubrían a uno, lo arrancaban del pecho de su madre por la fuerza y lo arrojaban al río. Pero nadie es tan valeroso como para poder frustrar los designios de Dios, aunque urda diez mil sutiles ardides con ese fin. El niño anunciado por los sueños del Paró y por sus astrólogos fue criado y mantenido oculto de los espías del rey. Sucedió de la manera siguiente.

Cuando se promulgó la proclama del Paró, decretando que los hijos varones de los hebreos fueran arrojados al río, Amram, que era el presidente del Sanhedrín, decidió que, en tales circunstancias, lo mejor era que los maridos vivieran del todo separados de sus mujeres. Él dio el ejemplo. Se divorció de su mujer, y todos los hombres de Israel hicieron lo mismo, pues él ocupaba un lugar de gran consideración entre su pueblo, siendo una de las razones que pertenecía a la tribu de Leví, la tribu que fue fiel a su Dios aun en la tierra de Mitsraim, mientras que las demás tribus vacilaban en su lealtad e intentaban aliarse con los egipcios, llegando incluso a renunciar a la seña de la alianza de Avraham. Para castigar a los hebreos por su impiedad, Dios tornó en odio el amor que los egipcios les tenían, de modo que resolvieron su destrucción. Consciente de todo lo que él y su pueblo debían al sabio gobierno de Yosef, el Paró se negó al principio a considerar los planes maliciosos que los egipcios proponían contra los hebreos. Habló a su pueblo: «Necios, a estos hebreos les debemos cuanto disfrutamos, ¿y ahora deseáis alzaros contra ellos?». Pero a los egipcios no se los pudo apartar de su propósito de arruinar a Israel. Depusieron a su rey y lo encarcelaron durante tres meses, hasta que se declaró dispuesto a ejecutar con firmeza lo que habían resuelto, y buscó llevar a la ruina a los hijos de Israel por todos los medios imaginables. Tal fue el castigo que se habían atraído sobre sí por sus propios actos.

En cuanto a Amram, no solo pertenecía a la tribu de Leví, distinguida por su piedad, sino que, por razón de su extraordinaria piedad, sobresalía incluso entre los piadosos de la tribu. Fue uno de los cuatro que fueron inmaculados, no manchados por el pecado, sobre quienes la muerte no habría tenido poder, si la mortalidad no hubiera sido decretada contra cada ser humano a causa de la caída del primer hombre y de la primera mujer. Los otros tres que llevaron la misma vida sin pecado fueron Binyamín, Yishai, el padre de David, y Kilav, el hijo de David. Si la Shejiná fue atraída de nuevo cerca de la morada de los mortales, se debió a la piedad de Amram. Originalmente la residencia verdadera de la Shejiná estaba entre los hombres, pero cuando Adam cometió su pecado, ella se retiró al cielo, al principio al más bajo de los siete cielos. De allí fue desterrada por el crimen de Káyin, y se retiró al segundo cielo. Los pecados de la generación de Enosh la alejaron aún más de los hombres, y estableció su morada en el tercer cielo; luego, sucesivamente, en el cuarto, a causa de los malvados de la generación del diluvio; en el quinto, durante la edificación de la torre de Bavel y la confusión de las lenguas; en el sexto, por razón de los inicuos egipcios en tiempos de Avraham; y, finalmente, en el séptimo, a consecuencia de las abominaciones de los habitantes de Sedom. Seis hombres justos —Avraham, Yitsjak, Yaakov, Leví, Kehat y Amram— atrajeron a la Shejiná de vuelta, uno por uno, desde el séptimo hasta el primer cielo, y por medio del séptimo hombre justo, Moshé, se la hizo descender a la tierra y morar entre los hombres como antaño.

La sagacidad de Amram iba a la par de su piedad y de su saber. Los egipcios lograron esclavizar a los hebreos con promesas seductoras. Al principio les daban un shekel por cada ladrillo que hacían, tentándolos a esfuerzos sobrehumanos con la perspectiva de ganar mucho dinero. Después, cuando los egipcios los forzaron a trabajar sin paga, insistieron en tener tantos ladrillos como los hebreos habían hecho cuando se les pagaba su labor, pero de Amram solo podían exigir un único ladrillo al día, pues él había sido el único a quien no habían extraviado con su artificio. Se había contentado con un solo shekel al día, y por eso había hecho solo un ladrillo al día, que luego tuvieron que aceptar como la medida de su jornada de trabajo.

Como compañera de su vida, Amram escogió a su tía Yojéved, que había nacido el mismo día que él. Era hija de Leví, y debía su nombre, «Esplendor Divino», a la luz celestial que irradiaba de su rostro. Era digna de ser la ayuda de su esposo, pues era una de las parteras que habían puesto en peligro su propia vida para salvar a los pequeños bebés hebreos. En verdad, si Dios no hubiera permitido que sucediera un milagro, ella y su hija Miriam habrían sido muertas por el Paró por haberse resistido a sus órdenes y haber dejado con vida a los niños hebreos. Cuando el rey envió a sus verdugos por las dos mujeres, Dios hizo que se volvieran invisibles, y los alguaciles tuvieron que regresar sin cumplir su cometido.

El primer hijo de la unión entre Amram y Yojéved, su mujer, que tenía ciento veintiséis años en el tiempo de su casamiento, fue una niña, y la madre la llamó Miriam, «Amargura», pues fue en el tiempo de su nacimiento cuando los egipcios comenzaron a emponzoñar la vida de los hebreos. El segundo hijo fue un varón, llamado Aharón, que significa «¡Ay de este embarazo!», porque las instrucciones del Paró a las parteras, de matar a los hijos varones de los hebreos, se proclamaron durante los meses anteriores al nacimiento de Aharón.

Cuando Amram se separó de su mujer a causa del edicto publicado contra los hijos varones de los hebreos, y su ejemplo fue seguido por todos los israelitas, su hija Miriam le dijo: «Padre, tu decreto es peor que el del Paró. Los egipcios buscan destruir solo a los hijos varones, pero tú incluyes también a las niñas. El Paró priva a sus víctimas de la vida en este mundo, pero tú impides que los niños nazcan, y así los privas también de la vida futura. Él resuelve la destrucción, pero ¿quién sabe si la intención del malvado ha de perdurar? Tú eres un hombre justo, y las disposiciones de los justos son cumplidas por Dios, de modo que tu decreto se mantendrá en pie».

Amram reconoció la justicia de su alegato, y se dirigió al Sanhedrín y puso el asunto ante este cuerpo. Los miembros del tribunal hablaron y dijeron: «Fuiste tú quien separó a maridos y mujeres, y de ti debe salir el permiso para volver a casarse». Amram propuso entonces que cada uno de los miembros del Sanhedrín volviera con su mujer y la desposara clandestinamente, pero sus colegas rechazaron el plan, diciendo: «¿Y quién lo dará a conocer a todo Israel?».

Por ello, Amram se plantó públicamente bajo el palio nupcial con su mujer divorciada Yojéved, mientras Aharón y Miriam danzaban alrededor y los ángeles proclamaban: «¡Que la madre de los hijos se alegre!». Su nuevo casamiento se solemnizó con gran ceremonia, con el fin de que los hombres que habían seguido su ejemplo al divorciarse de sus mujeres lo imitaran ahora al tomarlas de nuevo consigo. Y así sucedió.

Con lo anciana que era Yojéved, recobró su juventud. Su piel se volvió tersa, las arrugas de su rostro desaparecieron, los cálidos tintes de la belleza virginal retornaron, y en poco tiempo quedó encinta.

Amram estaba muy inquieto por el embarazo de su mujer; no sabía qué hacer. Se volvió a Dios en oración y le suplicó que se compadeciera de quienes en modo alguno habían transgredido las leyes de su culto, y les concediera liberación de la miseria que padecían, mientras dejaba baldía la esperanza de sus enemigos, que ansiaban la destrucción de su nación. Dios tuvo misericordia de él y se le presentó en el sueño, y lo exhortó a no desesperar de sus futuros favores. Dijo además que no olvidaba su piedad, y que siempre los recompensaría por ella, como en otros días había concedido su favor a sus antepasados. «Sabe, pues —siguió hablando HaShem—, que os proveeré a todos juntos lo que es para vuestro bien, y a ti en particular aquello que te hará célebre; pues el niño por temor a cuyo nacimiento los egipcios han condenado a la destrucción a los hijos israelitas será este hijo tuyo, y quedará oculto de quienes acechan para destruirlo, y cuando haya sido criado, de un modo milagroso, librará a la nación hebrea de la aflicción en que se halla por razón de los egipcios. Su memoria será celebrada mientras dure el mundo, y no solo entre los hebreos, sino también entre los extraños. Y todo esto será el efecto de mi favor hacia ti y hacia tu posteridad. También su hermano será tal que obtendrá para sí mi sacerdocio, y para su posteridad después de él, hasta el fin del mundo».

Después de haber sido informado de estas cosas por la visión, Amram despertó y se lo contó todo a su mujer Yojéved.

Su hija Miriam tuvo asimismo un sueño profético, y se lo relató a sus padres, diciendo: «Esta noche vi a un hombre vestido de lino fino. “Di a tu padre y a tu madre —dijo él— que aquel que les nacerá será arrojado a las aguas, y por medio de él las aguas se secarán, y prodigios y milagros se obrarán por medio de él, y salvará a mi pueblo Israel, y será su guía para siempre”».

Durante su embarazo, Yojéved observó que el niño en su seno estaba destinado a grandes cosas. En todo ese tiempo no sufrió dolor alguno, y tampoco sufrió ninguno al dar a luz a su hijo, pues las mujeres piadosas no están incluidas en la maldición pronunciada sobre Javá, que decretó dolor en la concepción y en el alumbramiento.

En el momento de la aparición del niño, toda la casa se llenó de un resplandor igual al esplendor del sol y de la luna. Un milagro aún mayor siguió. La criatura no tenía todavía un día de nacida cuando comenzó a caminar y a hablar con sus padres, y, como si fuera un adulto, se negó a beber leche del pecho de su madre.

Yojéved dio a luz al niño seis meses después de la concepción. Los alguaciles egipcios, que mantenían estrecha vigilancia sobre todas las mujeres encintas para estar en el sitio a tiempo de llevarse a sus recién nacidos varones, no esperaban su parto hasta tres meses más tarde. Durante estos tres meses los padres lograron mantener oculta a la criatura, aunque toda casa israelita estaba guardada por dos mujeres egipcias, una apostada dentro y otra fuera. Al cabo de este tiempo resolvieron exponer al niño, pues Amram temía que tanto él como su hijo fueran entregados a la muerte si el secreto se filtraba, y le pareció mejor confiar la suerte del niño a la Providencia Divina. Estaba convencido de que Dios protegería al muchacho y cumpliría su palabra en verdad.

Yojéved tomó, pues, un arca de juncos, la untó con brea por fuera y la revistió de arcilla por dentro. La razón por la que usó juncos fue que flotan en la superficie del agua, y puso brea solo por fuera, para proteger al niño en lo posible contra la molestia de un olor desagradable. Sobre el niño, mientras yacía en el arca, extendió un diminuto palio, para dar sombra al bebé, con las palabras: «Quizá no viva para verlo bajo el palio nupcial». Y luego abandonó el arca en las orillas del mar de los Juncos. Sin embargo, no la dejó sin custodia. Su hija Miriam se quedó cerca, para descubrir si se cumpliría una profecía que había pronunciado. Antes del nacimiento del niño, su hermana había predicho que su madre daría a luz a un hijo que redimiría a Israel. Cuando nació, y la casa se llenó de luz brillante, Amram la besó en la cabeza, pero cuando se vio forzado al recurso de exponer al niño, la golpeó en la cabeza, diciendo: «Hija mía, ¿qué ha sido de tu profecía?». Por eso Miriam se quedó, y anduvo a lo largo de la orilla, para observar cuál sería la suerte del bebé y qué resultaría de su profecía acerca de él.

El día en que se expuso al niño fue el veintiuno del mes de Nisán, el mismo en que los hijos de Israel, más tarde, bajo el liderazgo de Moshé, cantaron el canto de alabanza y gratitud a Dios por la redención de las aguas del mar. Los ángeles se presentaron ante Dios y hablaron: «Oh Señor del mundo, aquel que está destinado a cantarte un canto de alabanza en este día de Nisán, para agradecerte el haberlo rescatado a él y a su pueblo del mar, ¿ha de hallar hoy su muerte en el mar?». HaShem respondió: «Bien sabéis que yo veo todas las cosas. La maquinación del hombre nada puede para cambiar lo que ha sido resuelto en mi consejo. No alcanzan su fin quienes usan astucia y malicia para asegurar su propia salvación y se afanan por traer la ruina sobre sus semejantes. Pero aquel que confía en mí en su peligro será llevado de la más profunda aflicción a una dicha inesperada. Así mi omnipotencia se revelará en la fortuna de este bebé».

En el tiempo del abandono del niño, Dios envió un calor abrasador para plagar a los egipcios, y todos padecieron de lepra y de llagas ardientes. Termutis, la hija del Paró, buscó alivio del ardor doloroso en un baño en las aguas del Nilo. Pero el malestar físico no era su única razón para dejar el palacio de su padre. Estaba resuelta a limpiarse también de la impureza del culto a los ídolos que allí imperaba.

Cuando vio la pequeña arca flotando entre los juncos en la superficie del agua, supuso que contenía a uno de los pequeños expuestos por orden de su padre, y ordenó a sus doncellas que la trajeran. Pero ellas protestaron, diciendo: «Oh señora nuestra, sucede a veces que un decreto dictado por un rey es desatendido, y sin embargo lo observan al menos sus hijos y los miembros de su casa, ¿y tú deseas transgredir el edicto de tu padre?». Al punto apareció el ángel Gavriel, prendió a todas las doncellas salvo a una, a la que permitió que la princesa conservara para su servicio, y las sepultó en las entrañas de la tierra.

La hija del Paró obró entonces según su voluntad. Extendió el brazo y —aunque el arca flotaba a sesenta codos de distancia— logró asirla, porque su brazo se alargó por milagro. Apenas la tocó, la lepra que la aquejaba la abandonó. Aquella curación repentina la movió a examinar el contenido del arca, y cuando lo abrió, su asombro fue grande. Vio a un niño de belleza exquisita —pues Dios había formado el cuerpo del pequeño hebreo con singular esmero— y junto a él percibió la Shejiná. Al notar que el niño llevaba la señal de la alianza de Avraham, supo que era uno de los hijos de los hebreos; y recordando el decreto de su padre sobre los varones de los israelitas, estuvo a punto de abandonar a la criatura a su suerte. En ese momento vino el ángel Gavriel y dio al niño un golpe vigoroso, y este rompió a llorar con voz de hombre joven. Su llanto vehemente y el llanto de Aharón, que yacía a su lado, conmovieron a la princesa, y por compasión resolvió salvarlo. Mandó traer a una mujer egipcia para que amamantara al niño, pero el pequeño rehusó el pecho —igual que lo rehusó de una tras otra de las egipcias que trajeron allí—. Así lo había dispuesto Dios, para que ninguna pudiera jactarse después y decir: «Yo amamanté al que ahora habla con la Shejiná». Ni convenía que la boca destinada a hablar con Dios se nutriera del cuerpo impuro de una mujer egipcia.

Entonces Miriam se presentó ante Termutis, como si estuviera allí por casualidad mirando al niño, y habló a la princesa diciendo: «En vano, oh reina, llamas a nodrizas que en nada son parientes del niño; pero si mandas traer a una mujer de los hebreos, quizá acepte su pecho, pues es de su misma nación». Termutis mandó, pues, a Miriam traer a una hebrea, y con pasos alados, veloz como un joven vigoroso, corrió y trajo a su propia madre —la madre del niño—, porque sabía que nadie de los presentes la conocía. La criatura, sin resistirse, tomó el pecho de su madre y se aferró a él con fuerza. La princesa confió el niño al cuidado de Yojéved con estas palabras, que encerraban una profecía inconsciente: «Aquí tienes lo que es tuyo. Cría al niño de ahora en adelante, y yo te daré dos monedas de plata como salario».

El retorno de su hijo, sano y salvo, después de haberlo expuesto, fue la recompensa que Dios dio a Yojéved por sus servicios como una de las parteras que habían desafiado la orden del Paró y salvado con vida a los niños hebreos.

Al exponer a su hijo al peligro, Amram y Yojéved lograron que se retirara la orden del Paró que mandaba exterminar a los varones hebreos. El día en que Moshé fue puesto a la deriva en la pequeña arca, los astrólogos habían acudido al Paró y le habían dado la buena nueva: que el peligro que amenazaba a los egipcios por causa de un niño —cuya perdición estaba en el agua— quedaba ya conjurado. Por eso el Paró puso fin al ahogamiento de los niños de su imperio. Los astrólogos habían visto algo, pero no sabían qué, y anunciaron un mensaje cuyo sentido no comprendían. El agua, en efecto, era la perdición de Moshé, pero no en el sentido de que fuera a morir en las aguas del Nilo. Se refería a las aguas de Merivá, las aguas de la contienda, y a cómo causarían su muerte en el desierto, antes de que completara su tarea de conducir al pueblo a la tierra prometida. El Paró, engañado por la oscura visión de sus astrólogos, pensó que el futuro redentor de Israel perdería la vida ahogado; y para asegurarse de que el niño cuya aparición predecían los astrólogos no escapara a su destino, había ordenado arrojar al agua a todos los niños —incluso a los hijos de los egipcios— nacidos en un lapso de nueve meses.

Por los méritos de Moshé, los seiscientos mil varones de los hebreos concebidos la misma noche que él y arrojados al agua el mismo día fueron rescatados milagrosamente junto con él; no fue, pues, jactancia vana que dijera más tarde: «El pueblo que salió del agua por mis méritos son seiscientos mil hombres».

Durante dos años, el niño rescatado por la hija del Paró permaneció con sus padres y parientes. Le dieron varios nombres. Su padre lo llamó Jéver, porque fue por causa de este niño que se había «reunido» con su esposa. Su madre lo llamó Yekutiel, «porque —dijo— puse mi esperanza en Dios, y Él me lo devolvió». Para su hermana Miriam era Yéred, porque ella había «descendido» al río para averiguar su suerte. Su hermano Aharón lo llamó Aví Zanóaj, porque su padre, que había «repudiado» a su madre, la había tomado de nuevo por causa del niño que iba a nacer. Su abuelo Kehat lo conocía como Aví Gedor, porque el Padre Celestial había «reparado» la brecha en Israel al rescatarlo, y así impidió que los egipcios arrojaran al agua a los varones hebreos. Su nodriza lo llamó Aví Sojó, porque había permanecido oculto en una «tienda» durante tres meses, librándose de la persecución de los egipcios. E Israel lo llamó Shemayá ben Netanel, porque en sus días Dios «escucharía» los suspiros del pueblo y lo libraría de sus opresores, y por medio de él le «daría» su propia ley.

Sus parientes y todo Israel sabían que el niño estaba destinado a grandes cosas, pues apenas tenía cuatro meses cuando empezó a profetizar, diciendo: «En días venideros recibiré la Torá de la antorcha ardiente».

Cuando, al cabo de dos años, Yojéved llevó al niño al palacio, la hija del Paró lo llamó Moshé, porque lo había «sacado» del agua, y porque él «sacaría» a los hijos de Israel de la tierra de Mitsraim en un día por venir. Y este fue el único nombre con que Dios llamó al hijo de Amram: el nombre que le dio la hija del Paró. Dijo a la princesa: «Moshé no era tu hijo, y sin embargo lo trataste como tal. Por eso te llamaré hija Mía, aunque no eres hija Mía»; y por ello la princesa, la hija del Paró, lleva el nombre de Batiá, «la hija de Dios». Más tarde se casó con Kalev, que fue un esposo adecuado para ella. Así como ella se opuso a los perversos consejos de su padre, así Kalev se opuso al consejo de sus compañeros enviados a espiar la tierra de Kena’an. Por haber rescatado a Moshé y por sus demás obras piadosas, se le permitió entrar viva en el Paraíso.

Para que Moshé recibiera en la corte el trato que se daba a un príncipe, Batiá fingió estar encinta durante un tiempo antes de mandar que lo trajeran de la casa de sus padres. Su madre adoptiva, la princesa, lo acariciaba y besaba sin cesar, y a causa de su belleza extraordinaria no le permitía salir nunca del palacio. Quienquiera que posaba los ojos en él no podía dejar de mirarlo, por lo que Batiá temía perderlo de vista.

El entendimiento de Moshé superaba con mucho su edad; sus maestros observaban que mostraba una comprensión más aguda de lo habitual en sus años. Todos sus actos de niño prometían otros mayores cuando llegara a la edad adulta, y cuando apenas tenía tres años, Dios le concedió una estatura notable. En cuanto a su belleza, era tan cautivadora que a menudo quienes lo encontraban mientras lo llevaban por el camino se veían forzados a volverse y mirarlo fijamente. Dejaban lo que estaban haciendo y se quedaban largo rato inmóviles, siguiéndolo con la vista, pues la hermosura del niño era tan prodigiosa que retenía la mirada del que lo contemplaba. La hija del Paró, viendo que Moshé era un muchacho extraordinario, lo adoptó como hijo, pues no tenía hijos propios. Comunicó a su padre su propósito acerca de él con estas palabras: «He criado a un niño de forma divina y de mente excelente; y como lo recibí por la generosidad del río de un modo maravilloso, he juzgado propio adoptarlo como hijo mío y como heredero de tu reino». Y cuando hubo hablado así, puso al niño en manos de su padre, y este lo tomó y lo estrechó contra su pecho.

Cuando Moshé tenía tres años, el Paró comía un día con la reina Alfaranit a su derecha, su hija Batiá con el pequeño Moshé en el regazo a su izquierda, y Bilam hijo de Beor, junto con sus dos hijos y todos los príncipes del reino, sentados a la mesa en presencia del rey. Sucedió que el niño tomó la corona de la cabeza del rey y se la puso sobre la suya. Cuando el rey y los príncipes vieron esto, se aterraron, y cada uno a su turno expresó su asombro. El rey dijo a los príncipes: «¿Qué opináis y qué decís, oh príncipes, sobre este asunto, y qué ha de hacerse con este niño hebreo por este acto?».

Bilam habló y dijo: «Recuerda ahora, oh mi señor y rey, el sueño que soñaste hace muchos días, y cómo tu siervo te lo interpretó. Este es un niño de los hebreos, y en él está el espíritu de Dios. No imagine mi señor el rey en su corazón que, por ser un niño, hizo lo que hizo sin conocimiento. Porque es un niño hebreo, y hay en él sabiduría y entendimiento, aunque todavía es un niño; y con sabiduría ha hecho esto, y ha elegido para sí el reino de Mitsraim. Pues así es la costumbre de todos los hebreos: engañar a los reyes y a sus grandes, y obrarlo todo con astucia para hacer tropezar a los reyes de la tierra y a sus hombres.

»De cierto sabes que así obró Avraham, su padre, que hizo tropezar a los ejércitos de Nimrod, rey de Bavel, y de Avimélej, rey de Guerar, y se apoderó de la tierra de los hijos de Het y de todo el reino de Kena’an. Su padre Avraham descendió a Mitsraim y dijo de Sará, su mujer: “Es mi hermana”, para hacer tropezar a Mitsraim y a su rey.

»Su hijo Yitsjak hizo lo mismo cuando fue a Guerar y habitó allí, y su fuerza prevaleció sobre el ejército de Avimélej; y se propuso hacer tropezar al reino de los filisteos diciendo que Rivká, su mujer, era su hermana.

»También Yaakov obró con engaño contra su hermano, y le quitó la primogenitura y la bendición. Luego fue a Padán-Aram, a Laván, hermano de su madre, y obtuvo de él astutamente a sus hijas, y también su ganado y todos sus bienes, y huyó y volvió a la tierra de Kena’an, a su padre.

»Sus hijos vendieron a su hermano Yosef, y él descendió a Mitsraim y se hizo esclavo, y fue puesto en prisión doce años, hasta que el Paró anterior lo sacó de la cárcel y lo engrandeció por encima de todos los príncipes de Mitsraim por haber interpretado los sueños del rey. Cuando Dios hizo caer el hambre sobre todo el mundo, Yosef mandó llamar a su padre, e hizo descender a Mitsraim a su padre, a sus hermanos y a toda la casa de su padre, y los proveyó de alimento sin pago ni recompensa, mientras se adueñaba de Mitsraim y hacía esclavos a todos sus habitantes.

»Ahora, pues, mi señor el rey, he aquí que este niño se ha levantado en su lugar en Mitsraim, para obrar conforme a sus obras y burlarse de todo hombre, sea rey, príncipe o juez. Si al rey le place, derramemos ahora su sangre en tierra, no sea que crezca y arrebate el gobierno de tu mano, y la esperanza de Mitsraim quede cortada después de que él reine. Convoquemos, además, a todos los jueces y sabios de Mitsraim, para que sepamos si a este niño le corresponde la sentencia de muerte, como he dicho, y entonces lo mataremos».

El Paró mandó llamar a todos los sabios de Mitsraim, y vinieron, y el ángel Gavriel iba disfrazado como uno de ellos. Cuando les pidieron su parecer sobre el asunto, Gavriel tomó la palabra y dijo: «Si al rey le place, póngase ante el niño una piedra de ónice y una brasa de fuego. Si extiende la mano y agarra la piedra de ónice, sabremos que el niño ha hecho con sabiduría todo lo que ha hecho, y lo mataremos. Pero si extiende la mano y agarra la brasa de fuego, sabremos que no obró con conciencia, y vivirá».

El consejo pareció bueno a los ojos del rey; y cuando hubieron puesto la piedra y la brasa ante el niño, Moshé extendió la mano hacia la piedra de ónice e intentó tomarla, pero el ángel Gavriel apartó su mano de ella y la posó sobre la brasa encendida. La brasa le quemó la mano, y él se la llevó a la boca, y se quemó parte de los labios y parte de la lengua, y por el resto de su vida quedó torpe de habla y de lengua tarda.

Al ver esto, el rey y los príncipes supieron que Moshé no había obrado con conocimiento al tomar la corona de la cabeza del rey, y se abstuvieron de matarlo. Dios mismo, que protegía a Moshé, inclinó a la clemencia el ánimo del rey; y su madre adoptiva lo arrebató de allí y lo hizo educar con gran esmero, de modo que los hebreos confiaban en él y alentaban la esperanza de que por su medio se harían grandes cosas. Pero los egipcios recelaban de lo que resultaría de una educación como la suya.

A gran costo se invitó a maestros de tierras vecinas a venir a Mitsraim para educar al niño Moshé. Algunos vinieron por su propia voluntad, a instruirlo en las ciencias y en las artes liberales. Por sus admirables dotes de entendimiento, pronto superó a sus maestros en saber. Su aprendizaje parecía un mero acto de recordar; y cuando había diferencia de opinión entre los sabios, escogía la correcta por instinto, pues su mente rehusaba almacenar nada falso.

Pero merece más elogio por su inusitada fuerza de voluntad que por su capacidad natural, pues logró transformar una disposición originalmente malvada en un carácter noble y elevado —cambio al que también ayudó su determinación, como él mismo reconoció más tarde—. Después del prodigioso éxodo de los israelitas de Mitsraim, un rey de Arabia envió a un artista ante Moshé para que pintara su retrato, y así tener siempre ante sí la imagen del hombre divino. El pintor volvió con su obra, y el rey reunió a sus sabios, en particular a los versados en la ciencia de la fisiognomía. Les mostró el retrato y les pidió su juicio sobre él. El parecer unánime fue que representaba a un hombre codicioso, altivo, sensual; en suma, afeado por todos los rasgos viles posibles. El rey se indignó de que pretendieran ser maestros en fisiognomía, viendo que declaraban que el retrato de Moshé —el hombre santo y divino— era el retrato de un malvado. Ellos se defendieron acusando a su vez al pintor de no haber producido un retrato fiel de Moshé, pues de otro modo no habrían caído en el juicio erróneo que habían expresado. Pero el artista insistía en que su obra se parecía mucho al original.

Sin poder decidir quién tenía razón, el rey de Arabia fue a ver a Moshé, y no pudo menos que admitir que el retrato pintado para él era una obra maestra. El Moshé que veía en carne y hueso era el Moshé del lienzo. No cabía duda de que el tan encomiado saber de sus expertos en fisiognomía era pura palabrería. Contó a Moshé lo sucedido y lo que pensaba de ello. Este respondió: «Tanto tu artista como tus expertos son maestros, cada cual en lo suyo. Si mis buenas cualidades fueran producto de la naturaleza, no valdría más que un leño, que permanece para siempre tal como la naturaleza lo produjo al principio. Sin vergüenza te confieso que por naturaleza poseía todos los rasgos reprensibles que tus sabios leyeron en mi retrato y me atribuyeron, quizá en grado aún mayor de lo que piensan. Pero dominé mis malos impulsos con mi firme voluntad, y el carácter que adquirí mediante una severa disciplina se ha vuelto lo opuesto de la disposición con que nací. Por este cambio, obrado en mí por mi propio esfuerzo, he ganado honra y alabanza tanto en la tierra como en el cielo».

Un día —ya crecido, pasados los años de la niñez— Moshé fue a la tierra de Goshen, donde vivían los hijos de Israel. Allí vio las cargas bajo las cuales gemía su pueblo, y preguntó por qué se les había impuesto tan pesado trabajo. Los israelitas le contaron todo lo que había ocurrido: le hablaron del cruel edicto que el Paró había promulgado poco antes de su nacimiento, y de los perversos consejos que Bilam había dado contra ellos y contra su propia persona cuando él era apenas un niño pequeño y se había puesto la corona del Paró sobre la cabeza. La ira de Moshé se encendió contra el rencoroso consejero, y buscó la manera de dejarlo sin poder de dañar. Pero Bilam, al enterarse de su animosidad, huyó de Mitsraim con sus dos hijos y se dirigió a la corte de Kikanos, rey de Etiopía.

La vista de su pueblo esclavizado conmovió a Moshé hasta las lágrimas, y dijo: «¡Ay de mí por vuestra angustia! Antes moriría que veros sufrir tan gravemente». No desdeñó ayudar a sus desdichados hermanos en sus pesadas tareas cuanto estaba en su poder. Apartó todo pensamiento de su alta posición en la corte, echó sobre sus hombros parte de las cargas impuestas a los israelitas y se afanó en lugar de ellos. El resultado fue que no solo alivió a los agobiados obreros, sino que también ganó el favor del Paró, que creía que Moshé tomaba parte en el trabajo para favorecer el cumplimiento de la orden real. Y Dios dijo a Moshé: «Dejaste todas tus demás ocupaciones y te uniste a los hijos de Israel, a quienes tratas como hermanos; por eso yo también dejaré ahora a un lado todos los asuntos celestiales y terrenales, y hablaré contigo».

Moshé siguió haciendo cuanto podía para aliviar el sufrimiento de sus hermanos con todas sus fuerzas. Les dirigía palabras de aliento, diciendo: «Queridos hermanos míos, ¡sobrellevad vuestra suerte con entereza! No perdáis el ánimo, y no dejéis que vuestro espíritu se fatigue con la fatiga de vuestro cuerpo. Vendrán tiempos mejores, cuando la tribulación se torne en alegría. A las nubes sigue el sol, a las tormentas la calma; todas las cosas del mundo tienden hacia sus contrarios, y nada es más inconstante que la fortuna del hombre».

El favor real, que el rey le concedía en medida cada vez mayor, lo aprovechó para aligerar la carga impuesta a los hijos de Israel. Un día se presentó ante el Paró y dijo: «Oh mi señor, tengo una petición que hacerte, y espero que no me la niegues». «Habla», respondió el rey. «Es cosa admitida —dijo Moshé— que si a un esclavo no se le da descanso al menos un día a la semana, morirá de agotamiento. Tus esclavos hebreos sin duda perecerán, a menos que les concedas un día de cese del trabajo». El Paró cumplió la petición presentada por Moshé, y el edicto del rey se publicó en todo Mitsraim y en Goshen, así: «¡A los hijos de Israel! Así dice el rey: Haced vuestro trabajo y cumplid vuestro servicio durante seis días, pero en el séptimo día descansaréis; en él no haréis labor alguna. Así haréis en todo tiempo, conforme a la orden del rey y la orden de Moshé, hijo de Batiá». Y el día que Moshé señaló como día de descanso fue el sábado, que Dios daría más tarde a los israelitas como el día de Shabat.

Mientras Moshé moraba en Goshen, ocurrió un incidente de gran importancia. Para supervisar el trabajo de los hijos de Israel, se ponía un oficial de entre ellos al frente de cada diez, y diez de tales oficiales estaban bajo la vigilancia de un capataz egipcio. Uno de estos oficiales hebreos, llamado Datán, tenía una esposa, Shelomit, hija de Divrí, de la tribu de Dan, de belleza extraordinaria, pero inclinada a ser muy locuaz. Siempre que el capataz egipcio puesto sobre su marido venía a la casa por asuntos de su cargo, ella lo abordaba con amabilidad y trababa conversación con él. La hermosa israelita encendió en el pecho de él una pasión desenfrenada, y buscó —y halló— una manera astuta de satisfacer su deseo lujurioso. Un día se presentó al despuntar el alba en casa de Datán, lo despertó de su sueño y le ordenó apresurar a su cuadrilla de hombres al trabajo. Apenas perdido de vista el marido, ejecutó la vileza que había tramado y deshonró a la mujer; y el fruto de esta relación ilícita fue el que blasfemó el Nombre, a quien Moshé mandó ejecutar durante la marcha por el desierto.

En el momento en que el egipcio se deslizaba fuera de la alcoba de Shelomit, Datán volvía a casa. Molesto de que su crimen hubiera llegado al conocimiento del marido agraviado, el capataz lo apremió al trabajo con excesivo rigor y le asestó golpe tras golpe con la intención de matarlo. El joven Moshé vino a pasar por el lugar donde trabajaba el hebreo tan maltratado y torturado. Datán corrió hacia él y se quejó de todo el agravio y el sufrimiento que el egipcio le había infligido. Lleno de ira, Moshé —a quien el espíritu santo había revelado el ultraje que el capataz egipcio había hecho al oficial hebreo— gritó a aquel, diciendo: «¿No te basta con haber deshonrado a la mujer de este hombre, que también pretendes matarlo?». Y volviéndose a Dios, prosiguió: «¿Qué será de Tu promesa a Avraham, de que su descendencia será tan numerosa como las estrellas, si sus hijos son entregados a la muerte? ¿Y qué será de la revelación en el Sinaí, si los hijos de Israel son exterminados?».

Moshé quiso ver si alguien daba un paso adelante y, movido por el celo por la causa de Dios y por la ley de Dios, se declaraba dispuesto a vengar el ultraje. Esperó en vano. Entonces resolvió actuar él mismo. Como es natural, vaciló en quitar la vida a un ser humano. No sabía si el malhechor no podría acaso ser llevado al arrepentimiento y luego llevar una vida de piadoso empeño. Consideró también que quizá hubiera, entre los descendientes que salieran del egipcio, algunos por cuya causa su malvado antepasado pudiera con derecho reclamar clemencia. El espíritu santo disipó todas sus dudas. Se le hizo ver que no existía la menor esperanza de que saliera bien alguno ni del malhechor mismo ni de su descendencia. Entonces Moshé estuvo dispuesto a pagarle por sus malas obras. No obstante, consultó primero a los ángeles para oír lo que dijeran, y estos convinieron en que el egipcio merecía la muerte, y Moshé obró conforme a su parecer.

No hicieron falta ni fuerza física ni arma alguna para llevar a cabo su propósito. Simplemente pronunció el Nombre de Dios, y el egipcio quedó cadáver. A los presentes, los israelitas, Moshé dijo: «HaShem os comparó con la arena de la orilla del mar; y así como la arena se mueve de un lugar a otro sin ruido, así os ruego que guardéis en secreto entre vosotros lo que ha sucedido. Que nada se oiga acerca de ello».

El deseo expresado por Moshé no fue atendido. La muerte del egipcio no quedó en secreto, y quienes la delataron fueron israelitas: Datán y Aviram, los hijos de Palú, de la tribu de Reuvén, célebres por su descaro y su afán de pendencia. Al día siguiente de ocurrir el asunto del egipcio, los dos hermanos empezaron con malicia premeditada a reñir entre sí, solo para arrastrar a Moshé a la disputa y crear ocasión de delatarlo. El plan tuvo un éxito admirable. Al ver que Datán alzaba la mano contra Aviram para asestarle un golpe, Moshé exclamó: «¡Malvado eres, por levantar la mano contra un israelita, aunque no sea mejor que tú!». Datán respondió: «Joven, ¿quién te ha puesto por juez sobre nosotros, tú que aún no has llegado a los años de madurez? Bien sabemos que eres el hijo de Yojéved, aunque la gente te llame hijo de la princesa Batiá; y si intentas hacer de amo y juez nuestro, divulgaremos lo que le hiciste al egipcio. ¿O acaso abrigas la intención de matarnos como lo mataste a él, pronunciando el Nombre de Dios?».

No satisfechos con estas pullas, el noble par de hermanos se fueron al Paró y hablaron ante él: «Moshé deshonra tu manto real y tu corona», a lo cual el Paró repuso: «¡Buen provecho le haga!». Pero ellos insistieron en el asunto. «Ayuda a tus enemigos, Paró», prosiguieron, ante lo cual él respondió, como antes: «¡Buen provecho le haga!». Aun así continuaron: «No es el hijo de tu hija». Estas últimas palabras no dejaron de causar impresión en el Paró. Se dictó una orden real para arrestar a Moshé, y fue condenado a muerte por la espada.

Los ángeles vinieron a Dios y dijeron: «Moshé, el familiar de Tu casa, está bajo arresto», y Dios respondió: «Yo tomaré su causa». «Pero —insistieron los ángeles— su sentencia de muerte ha sido pronunciada; sí, lo llevan ya a la ejecución», y de nuevo Dios respondió, como antes: «Yo tomaré su causa».

Moshé subió al cadalso, y una espada, afilada como ninguna, se posó diez veces sobre su cuello, pero siempre resbalaba, porque su cuello era duro como el marfil. Y sucedió un milagro aún mayor. Dios hizo descender al ángel Mijael con figura de verdugo, y el verdugo humano encargado por el Paró de la ejecución fue transformado en la figura de Moshé. A este falso Moshé lo mató el ángel con la misma espada con que el verdugo se había propuesto dar muerte a la víctima. Entretanto, Moshé emprendió la huida. El Paró ordenó su persecución, pero fue en vano. Las tropas del rey quedaron heridas en parte de ceguera y en parte de mudez. Los mudos no podían dar noticia del paradero de Moshé, y los ciegos, aunque sabían dónde estaba, no podían llegar a él.

Un ángel de Dios llevó a Moshé a un lugar apartado a cuarenta días de camino de Mitsraim, tan lejos que todo temor se desvaneció de su mente. En verdad, su inquietud nunca había sido por su propia persona, sino solo por el futuro de Israel. El sometimiento de su pueblo siempre había sido para él un enigma sin resolver. ¿Por qué —se preguntaba— había de sufrir Israel más que todas las demás naciones? Pero cuando sus apuros personales lo iniciaron en la maledicencia y las calumnias que reinaban entre los israelitas, entonces se preguntó: ¿Merece este pueblo ser redimido? Las condiciones religiosas entre los hijos de Israel eran por entonces tales que no les permitían esperar la ayuda divina. Se negaban a escuchar a Aharón y a los cinco hijos de Zéraj, que actuaban entre ellos como profetas y los exhortaban al temor de Dios. Fue a causa de su impiedad que la pesada mano del Paró se posaba sobre ellos cada vez con mayor opresión, hasta que Dios tuvo misericordia de ellos y envió a Moshé para librarlos de la esclavitud de Mitsraim.

Cuando logró escapar de las manos del verdugo, Moshé no tenía idea de que lo aguardaba un trono real. Sin embargo, así era. Estalló por este tiempo una guerra entre Etiopía y las naciones del Oriente que hasta entonces le habían estado sujetas. Kikanos, el rey, avanzó contra el enemigo con un gran ejército. Dejó atrás a Bilam y a los dos hijos de Bilam, Janes y Jambres, para que custodiaran su capital y quedaran a cargo de la gente que permanecía en casa. La ausencia del rey dio a Bilam la ocasión de ganarse a los súbditos para su bando, y fue puesto en el trono, y sus dos hijos fueron puestos sobre el ejército como generales. Para cortar a Kikanos el acceso a su capital, Bilam y sus hijos sitiaron la ciudad, de modo que nadie pudiera entrar contra su voluntad. Por dos lados alzaron más los muros; por el tercero cavaron una red de canales, a los que condujeron las aguas del río que ciñe toda la tierra de Etiopía; y por el cuarto lado sus artes mágicas reunieron un gran enjambre de serpientes y escorpiones. Así, nadie podía salir y nadie podía entrar.

Entretanto, Kikanos logró someter a las naciones rebeldes. Cuando regresó al frente de su ejército victorioso y divisó desde lejos el alto muro de la ciudad, él y sus hombres dijeron: «Los habitantes de la ciudad, viendo que la guerra nos retuvo largo tiempo lejos, han levantado los muros y los han fortificado, para que los reyes de Kena’an no puedan entrar». Al acercarse a las puertas de la ciudad, que estaban atrancadas, gritaron a los guardias que las abrieran, pero por instrucciones de Bilam no se les permitió pasar. Se trabó una escaramuza en la que Kikanos perdió ciento treinta hombres. Al día siguiente se reanudó el combate, hallándose el rey con sus tropas en la orilla opuesta del río. Ese día perdió a sus treinta jinetes, que, montados en sus corceles, habían intentado cruzar el río a nado. Entonces el rey mandó construir balsas para transportar a sus hombres. Cuando las embarcaciones llegaron a los canales, se hundieron, y las aguas, arremolinándose una y otra vez como movidas por ruedas de molino, arrastraron a doscientos hombres, veinte de cada balsa. Al tercer día emprendieron el asalto de la ciudad por el lado donde pululaban las serpientes y los escorpiones, pero no lograron alcanzarla, y los reptiles mataron a ciento setenta hombres. El rey desistió de atacar la ciudad, pero durante nueve años la mantuvo cercada, de modo que nadie podía salir ni entrar.

Mientras proseguía el asedio, Moshé apareció en el campamento del rey en su huida ante el Paró, y al instante halló favor con Kikanos y con todo su ejército. Ejercía atracción sobre todos los que lo veían, pues era esbelto como una palmera, su rostro brillaba como el sol de la mañana y su fuerza igualaba la de un león. Tan hondo era el afecto del rey por él que lo nombró comandante en jefe de sus fuerzas.

Al cabo de los nueve años, Kikanos fue presa de una enfermedad mortal, y murió al séptimo día de su dolencia. Sus siervos lo embalsamaron, lo sepultaron frente a la puerta de la ciudad que da hacia la tierra de Mitsraim, y sobre su tumba erigieron una estructura magnífica, fuerte y alta, en cuyos muros grabaron todas las poderosas hazañas y batallas del rey muerto.

Ahora bien, tras la muerte de Kikanos, sus hombres se afligieron grandemente a causa de la guerra. Se decían unos a otros: «Aconséjanos, ¿qué haremos ahora? Nueve años llevamos morando en el desierto, lejos de nuestros hogares. Si combatimos contra la ciudad, muchos de nosotros caerán muertos; y si permanecemos aquí sitiándola, también moriremos. Porque ahora todos los príncipes de Aram y de los hijos del Oriente oirán que nuestro rey ha muerto, y nos atacarán de improviso, y pelearán contra nosotros hasta que no quede un solo resto. Ahora, pues, vayamos y pongamos un rey sobre nosotros, y permaneceremos aquí sitiando la ciudad hasta que se nos rinda».

No hallaron a ninguno sino a Moshé digno de ser su rey. Se apresuraron y cada hombre se despojó de su manto superior, y los echaron todos en un montón sobre el suelo, formando una elevación en cuya cima colocaron a Moshé. Luego tocaron las trompetas y clamaron ante él: «¡Viva el rey! ¡Viva el rey!». Y todo el pueblo y los nobles le juraron darle por esposa a Adoniá, la reina etíope, la viuda de Kikanos. Y aquel día hicieron a Moshé rey sobre ellos.

También promulgaron una proclama, mandando a cada hombre dar a Moshé de lo que poseía; y sobre la elevación tendieron una sábana, en la que cada uno echó algo: este un anillo de oro para la nariz, aquel una moneda, y piedras de ónice, bedelio, perlas, oro y plata en gran abundancia.

Moshé tenía veintisiete años cuando llegó a ser rey de Etiopía, y reinó cuarenta años. Al séptimo día de su reinado, todo el pueblo se reunió y se presentó ante él para pedirle consejo sobre qué debía hacerse con la ciudad que sitiaban. El rey les respondió y dijo: «Si escucháis mis palabras, la ciudad será entregada en nuestras manos. Proclamad con voz fuerte por todo el campamento, a todo el pueblo, diciendo: “¡Así dice el rey! Id al bosque y traed de las crías de la cigüeña, cada hombre un polluelo en su mano. Y si hubiere algún hombre que traspase la palabra del rey y no traiga un ave, morirá, y el rey tomará todo lo que le pertenece”. Y cuando las hayáis traído, quedarán a vuestro cuidado. Las criaréis hasta que crezcan, y les enseñaréis a volar como vuela el halcón».

Todo el pueblo obró conforme a la palabra de Moshé, y una vez que las jóvenes cigüeñas alcanzaron su pleno tamaño, mandó que las tuvieran en ayuno tres días. Al tercer día, el rey les dijo: «Póngase cada hombre su armadura y ciña su espada. Monte cada uno su caballo, y ponga cada uno su cigüeña sobre la mano, y nos levantaremos y pelearemos contra la ciudad por el lado de las serpientes».

Cuando llegaron al lugar señalado, el rey les dijo: «Suelte cada hombre su cigüeña, para que se lance sobre las serpientes». Así lo hicieron, y las aves se abatieron y devoraron todos los reptiles y los destruyeron. Retiradas de este modo las serpientes, los hombres pelearon contra la ciudad, la sometieron y mataron a todos sus habitantes; pero del pueblo que la sitiaba no murió ni uno solo.

Cuando Bilam vio que la ciudad había caído en manos de los sitiadores, ejerció sus artes mágicas, que le permitían volar por el aire, y llevó consigo a sus dos hijos, Janes y Jambres, y a sus ocho hermanos, y todos se refugiaron en Mitsraim.

Viendo que habían sido salvados por el rey, y que la ciudad había sido tomada por su buen consejo, el pueblo se apegó a él más que nunca. Le pusieron la corona real sobre la cabeza y le dieron por esposa a Adoniá, la viuda de Kikanos. Pero Moshé temía al severo Dios de sus padres, y no se llegó a Adoniá ni volvió los ojos hacia ella, pues recordaba cómo Avraham había hecho jurar a su siervo Eliézer, diciéndole: «No tomarás para mi hijo mujer de las hijas de los cananeos, entre quienes habito». También recordaba lo que hizo Yitsjak cuando Yaakov huía ante su hermano Esav: cómo mandó a su hijo, diciendo: «No tomarás mujer de las hijas de Kena’an, ni te unirás por matrimonio con ninguno de los hijos de Jam, porque HaShem, nuestro Dios, dio a Jam, hijo de Nóaj, y a toda su descendencia como esclavos a los hijos de Shem y de Yéfet para siempre».

Por aquel tiempo, Aram y los hijos del Oriente oyeron que Kikanos, el rey de Etiopía, había muerto, y se alzaron contra los etíopes; pero Moshé salió con un poderoso ejército a pelear contra las naciones rebeldes, y las sometió, primero a los hijos del Oriente y después a Aram.

Moshé siguió prosperando en su reino. Condujo el gobierno con justicia, rectitud e integridad, y su pueblo lo amaba y lo temía.

En el cuadragésimo año de su reinado, mientras un día estaba sentado en su trono, rodeado de todos los nobles, la reina Adoniá, que estaba sentada ante él, se levantó y habló: «¿Qué es esto que vosotros, el pueblo de Etiopía, habéis hecho durante tantos días? De cierto sabéis que en los cuarenta años que este hombre ha reinado sobre vosotros, no se ha llegado a mí ni ha adorado a los dioses de Etiopía. Ahora, pues, no reine más este hombre sobre vosotros, porque no es de nuestra carne. He aquí que Monarcos, mi hijo, ya ha crecido; reine él sobre vosotros. Mejor os es servir al hijo de vuestro señor que a un extraño, a un esclavo del rey de Mitsraim».

Un día entero estuvieron el pueblo y los nobles disputando entre sí sobre si debían atender las palabras de la reina. Los oficiales del ejército permanecieron fieles a Moshé, pero la gente de las ciudades se inclinaba por coronar como rey al hijo de su antiguo señor. A la mañana siguiente se levantaron e hicieron rey sobre ellos a Monarcos, el hijo de Kikanos, pero tuvieron miedo de alzar su mano contra Moshé, porque HaShem estaba con él. Recordaban también el juramento que le habían hecho a Moshé, y por eso no le causaron daño. Es más, le dieron muchos presentes y lo despidieron con grandes honores.

Cuando Moshé salió de Etiopía, a los sesenta y siete años de edad, era el momento fijado por Dios desde tiempos antiguos para sacar a Israel de la aflicción de los hijos de Jam. Pero, temiendo volver a Mitsraim a causa del Paró, Moshé se encaminó a Midián.

En la ciudad de Midián —llamada así por un hijo de Avraham y Keturá— había vivido durante muchos años el hombre Yitró, sirviendo como sacerdote ante los ídolos. Con el paso del tiempo, se convenció cada vez más de la vanidad del culto a los ídolos. Su sacerdocio se le hizo repugnante, y resolvió abandonar su cargo. Se presentó ante sus paisanos y dijo: «Hasta ahora he cumplido vuestro servicio ante los ídolos, pero me he vuelto demasiado viejo para los deberes del oficio. Escoged, pues, a quien queráis en mi lugar». Al hablar así, entregó al pueblo todos los enseres pertenecientes al culto de los ídolos, y les mandó que los traspasaran a aquel a quien, según su criterio, confiaran su puesto. Sospechando los motivos ocultos de Yitró, el pueblo lo puso bajo interdicto, y nadie se atrevía a prestarle el menor servicio. Ni siquiera los pastores apacentaban sus rebaños, y no le quedó más remedio que imponer esa tarea a sus siete hijas.

La transformación de Yitró, de sacerdote idólatra en hombre temeroso de Dios, se refleja en sus siete nombres. Se le llamó Yéter, porque la Torá contiene una sección «añadida» acerca de él; Yitró, porque «rebosaba» de buenas obras; Jovav, «el hijo amado de Dios»; Reuel, «el amigo de Dios»; Jéver, «el asociado de Dios»; Putiel, «el que ha renunciado a la idolatría»; y Keni, el que fue «celoso» por Dios y «adquirió» la Torá.

A causa de la relación hostil entre Yitró y los habitantes de la ciudad, sus hijas tenían por costumbre presentarse en los abrevaderos antes de que llegaran allí los demás pastores. Pero la treta no daba resultado. Los pastores las expulsaban y abrevaban sus propios rebaños en las pilas que las muchachas habían llenado. Cuando Moshé llegó a Midián, fue junto al pozo donde hizo alto, y su experiencia fue la misma que la de Yitsjak y la de Yaakov. Como ellos, allí halló a su compañera. Rivká había sido elegida por Eliézer como esposa de Yitsjak mientras sacaba agua para él; Yaakov había visto a Rajel por primera vez mientras abrevaba sus ovejas, y en este pozo de Midián Moshé conoció a su futura esposa, Tsiporá.

La rudeza de los pastores llegó a su colmo el mismo día de la llegada de Moshé. Primero privaron a las muchachas del agua que ellas mismas habían sacado, e intentaron ultrajarlas, y luego las arrojaron al agua con intención de matarlas. En ese momento apareció Moshé, sacó a las muchachas del agua y dio de beber a los rebaños —primero al de Yitró y después a los de los pastores—, aunque estos no merecían sus buenos oficios. Cierto es que les prestó el servicio con muy poco esfuerzo, pues no tuvo más que sacar un cubo, y el agua manaba tan copiosamente que bastó para todos los rebaños, y no dejó de manar hasta que Moshé se apartó del pozo —el mismo pozo junto al cual Yaakov había encontrado a Rajel, su futura esposa, y el mismo pozo que Dios creó al principio del mundo, cuya boca abrió en el crepúsculo de la primera víspera de Shabat.

Las hijas de Yitró le agradecieron a Moshé la ayuda que les había prestado. Pero Moshé rechazó su gratitud, diciendo: «Vuestro agradecimiento se lo debéis al egipcio que maté, por cuya causa tuve que huir de Mitsraim. De no haber sido por él, yo no estaría aquí ahora».

Una de las siete muchachas que Moshé vio en el pozo llamó su atención en particular por su porte recatado, y le hizo una propuesta de matrimonio. Pero Tsiporá lo rechazó, diciendo: «Mi padre tiene un árbol en su jardín con el que pone a prueba a todo hombre que expresa el deseo de casarse con una de sus hijas, y en cuanto el pretendiente toca el árbol, este lo devora».

Moshé: «¿De dónde le vino el árbol?».

Tsiporá: «Es la vara que Hakadosh Baruj Hu creó en el crepúsculo de la primera víspera de Shabat y le dio a Adam. Él se la transmitió a Janoj, de él descendió a Nóaj, luego a Shem, y a Avraham, y a Yitsjak, y finalmente a Yaakov, que la llevó consigo a Mitsraim y se la dio a su hijo Yosef. Cuando Yosef murió, los egipcios saquearon su casa, y la vara, que estaba en su botín, la llevaron al palacio del Paró. En aquel tiempo mi padre era uno de los más prominentes escribas sagrados del rey, y como tal tuvo ocasión de ver la vara. Sintió un gran deseo de poseerla, la robó y se la llevó a su casa. Sobre esta vara está grabado el Nombre Inefable, y también las diez plagas que Dios traerá sobre los egipcios en un día futuro. Durante muchos años estuvo en casa de mi padre. Un día paseaba por su jardín llevándola, y la clavó en la tierra. Cuando intentó sacarla de nuevo, halló que había retoñado y estaba echando flores. Esa es la vara con la que prueba a cualquiera que desea casarse con sus hijas. Insiste en que nuestros pretendientes intenten arrancarla de la tierra, pero en cuanto la tocan, los devora».

Habiéndole dado esta explicación sobre la vara de su padre, Tsiporá se fue a casa, acompañada de sus hermanas, y Moshé las siguió.

Yitró no se asombró poco al ver que sus hijas volvían tan pronto de los abrevaderos. Por lo general, las triquiñuelas que sufrían de los pastores las retenían hasta tarde. En cuanto oyó el relato acerca del egipcio hacedor de maravillas, exclamó: «Acaso sea uno de los descendientes de Avraham, de quien brota bendición para el mundo entero». Reprendió a sus hijas por no haber invitado a entrar en su casa al forastero que les había prestado un servicio tan valioso, y les ordenó que fueran a buscarlo, con la esperanza de que tomara por esposa a una de sus hijas.

Moshé había permanecido fuera todo ese tiempo, y había dejado que las hijas de Yitró lo describieran como un egipcio, sin protestar ni afirmar su nacimiento hebreo. Por esto Dios lo castigó haciéndolo morir fuera de la tierra prometida. Yosef, que había proclamado en público que era hebreo, halló su último lugar de reposo en la tierra de los hebreos, y Moshé, que al parecer no tuvo reparo en ser tenido por egipcio, hubo de vivir y morir fuera de aquella tierra.

Tsiporá se apresuró a cumplir el deseo de su padre, y apenas lo hubo hecho pasar, Moshé pidió su mano en matrimonio. Yitró respondió: «Si eres capaz de traerme la vara que hay en mi jardín, te la daré». Moshé salió, halló la vara de zafiro que Dios le había otorgado a Adam cuando fue expulsado del Paraíso —la vara que había llegado a Yitró tras múltiples vicisitudes y que él había plantado en el jardín. Moshé la arrancó de raíz y se la llevó a Yitró, a quien de inmediato le vino la idea de que él era el profeta en Israel acerca del cual todos los sabios de Mitsraim habían predicho que destruiría su tierra y a sus habitantes. En cuanto lo asaltó este pensamiento, agarró a Moshé y lo arrojó a un foso, esperando que allí encontrara la muerte.

Y, en efecto, habría perecido si Tsiporá no hubiera ideado una estratagema para salvarle la vida. Le dijo a su padre: «Ojalá fuera tu voluntad escuchar mi consejo. No tienes esposa, sino solo siete hijas. ¿Deseas que mis seis hermanas gobiernen tu casa? Entonces saldré yo con las ovejas. Y si no, que mis hermanas apacienten los rebaños, y yo cuidaré de la casa». Su padre dijo: «Bien has hablado. Tus seis hermanas saldrán con las ovejas, y tú te quedarás en la casa y cuidarás de ella y de todo lo mío que en ella hay».

Ahora Tsiporá podía proveer a Moshé de toda clase de golosinas mientras yacía en el foso, y así lo hizo durante siete años. Al cabo de este tiempo, le dijo a su padre: «Recuerdo que una vez arrojaste a aquel foso a un hombre que te había traído la vara del jardín, y con ello cometiste una gran falta. Si te parece bien, destapa el foso y mira dentro. Si el hombre está muerto, arroja su cadáver lejos, para que no llene la casa de hedor. Pero si está vivo, entonces debes convencerte de que es uno de los que son enteramente piadosos, pues de otro modo habría muerto de hambre».

La respuesta de Yitró fue: «Sabiamente has hablado. ¿Recuerdas su nombre?». Y Tsiporá replicó: «Recuerdo que se llamaba a sí mismo Moshé, hijo de Amram». Yitró no perdió tiempo: abrió el foso y llamó: «¡Moshé! ¡Moshé!». Moshé respondió y dijo: «¡Aquí estoy!». Yitró lo sacó del foso, lo besó y dijo: «Bendito sea Dios, que te guardó siete años en el foso. Reconozco que Él da muerte y hace revivir, que tú eres uno de los enteramente piadosos, que por medio de ti Dios destruirá a Mitsraim en el tiempo venidero, sacará a Su pueblo de la tierra y ahogará al Paró y a todo su ejército en el mar».

Acto seguido, Yitró le dio mucho dinero a Moshé, y le concedió a su hija Tsiporá por esposa, entregándosela con la condición de que los hijos nacidos del matrimonio en casa de Yitró se dividieran en dos clases iguales, la una israelita y la otra egipcia. Cuando Tsiporá le dio un hijo, Moshé lo circuncidó y lo llamó Guershom, como recuerdo de la maravilla que Dios había hecho con él, pues, aunque vivía en tierra «extraña», HaShem no le había negado auxilio ni siquiera «allí».

Tsiporá amamantó a su primer hijo durante dos años, y al tercer año dio a luz un segundo hijo. Recordando su pacto con Yitró, Moshé comprendió que su suegro no le permitiría circuncidar también a este, y resolvió volver a Mitsraim, para tener la oportunidad de criar a su segundo hijo como israelita. En el camino de ida, el Satán se le apareció bajo la forma de una serpiente, y se tragó a Moshé hasta las extremidades. Tsiporá supo por esta señal que aquello había sucedido porque su segundo hijo no había sido circuncidado, y se apresuró a subsanar la omisión. En cuanto roció la sangre de la circuncisión sobre los pies de su marido, se oyó una voz celestial que gritaba a la serpiente, ordenándole: «¡Escúpelo!», y Moshé salió y se puso en pie. Así Tsiporá salvó la vida de Moshé dos veces, primero del foso y luego de la serpiente.

Cuando Moshé llegó a Mitsraim, se le acercaron Datán y Aviram, los jefes de los israelitas, y dijeron: «¿Vienes aquí para matarnos, o te propones hacer con nosotros lo mismo que hiciste con el egipcio?». Esto hizo que Moshé volviera de inmediato a Midián, y allí permaneció dos años más, hasta que Dios se le reveló en el Jorev y le dijo: «Ve y saca a Mis hijos de la tierra de Mitsraim».

Los últimos años de la servidumbre de Israel en Mitsraim fueron los peores. Para castigar al Paró por su crueldad hacia los hijos de Israel, Dios lo afligió con una plaga de lepra que le cubrió todo el cuerpo, desde la coronilla de la cabeza hasta las plantas de los pies. En lugar de escarmentar con su enfermedad, el Paró siguió obstinado, y trató de recobrar la salud asesinando niños israelitas. Consultó con sus tres consejeros —Bilam, Yitró e Iyov— cómo podría sanar del terrible mal que se había apoderado de él. Bilam habló, diciendo: «Solo podrás recobrar la salud si degüellas a niños israelitas y te bañas en su sangre». Yitró, reacio a tener parte en semejante atrocidad, dejó al rey y huyó a Midián. Iyov, por su parte, aunque también desaprobaba el consejo de Bilam, guardó silencio y en modo alguno protestó contra él, por lo cual Dios lo castigó con un año de sufrimiento. Pero después lo colmó de todas las dichas de esta vida, y le concedió muchos años, para que este piadoso gentil fuera recompensado en este mundo por sus buenas obras y no tuviera derecho a reclamar la bienaventuranza de la vida futura.

Siguiendo el sanguinario consejo de Bilam, el Paró hizo que sus alguaciles arrancaran a los niños israelitas del pecho de sus madres y los degollaran, y en la sangre de esos inocentes se bañaba. Su enfermedad lo afligió durante diez años, y cada día se mataba un niño israelita para él. Todo fue en vano; es más, al cabo de aquel tiempo su lepra se convirtió en llagas, y sufrió más que antes.

Mientras estaba en esta agonía, le llegó la noticia de que los hijos de Israel en Goshen andaban descuidados y ociosos en su trabajo forzado. La nueva agravó su sufrimiento, y dijo: «Ahora que estoy enfermo, se vuelven y se burlan de mí. Enganchad mi carro, e iré a Goshen a ver el escarnio con que los hijos de Israel se mofan de mí». Y lo tomaron y lo pusieron sobre un caballo, pues no podía montarlo por sí mismo. Cuando él y sus hombres hubieron llegado a la frontera entre Mitsraim y Goshen, el corcel del rey pasó por un lugar angosto. Los demás caballos, corriendo velozmente por el desfiladero, se apretujaron unos contra otros hasta que el caballo del rey cayó mientras él iba montado en él, y al caer, el carro se volcó sobre su rostro, y también el caballo quedó tendido sobre él. La carne del rey se le desgarró, porque esto venía de HaShem: Él había oído los clamores de Su pueblo y su aflicción. Los siervos del rey lo llevaron sobre sus hombros, lo trajeron de vuelta a Mitsraim y lo pusieron en su lecho.

Supo que había llegado su fin, que iba a morir, y la reina Alfaranit y sus nobles se congregaron en torno a su lecho, y lloraron con él un gran llanto.

Los príncipes y sus consejeros aconsejaron al rey que eligiera un sucesor, para que reinara en su lugar, aquel de entre sus hijos que él escogiera. Tenía tres hijos y dos hijas de la reina Alfaranit, además de hijos de concubinas. El nombre de su primogénito era Atro, el del segundo Adikam, y el del tercero Morión. El nombre de la hija mayor era Bitiá, y el de la otra, Akuzit. El primogénito de los hijos del rey era un idiota, precipitado e imprudente en todos sus actos. Adikam, el segundo hijo, era un hombre astuto y hábil, versado en toda la sabiduría de Mitsraim, pero de aspecto desgarbado, corpulento y de baja estatura; su altura era de un codo y un palmo, y su barba le caía hasta los tobillos.

El rey resolvió que Adikam reinaría en su lugar tras su muerte. Cuando este segundo hijo suyo tenía apenas diez años, le había dado por esposa a Guedidá, la hija de Avilat, y ella le dio cuatro hijos. Después Adikam fue y tomó otras tres esposas, y engendró ocho hijos y tres hijas.

La dolencia del rey se agravó grandemente, y su carne despedía un hedor como el de un cadáver arrojado al campo en verano bajo el calor del sol. Cuando vio que su mal lo tenía aferrado con fuerza, ordenó que le trajeran a su hijo Adikam, y lo hicieron rey sobre la tierra en su lugar.

Al cabo de tres años, el viejo rey murió en oprobio y deshonra, objeto de repugnancia para todos los que lo veían, y lo sepultaron en el sepulcro de los reyes de Mitsraim en Tsóan, pero no lo embalsamaron, como era usual con los reyes, pues su carne estaba putrefacta, y no podían acercarse a su cuerpo a causa del hedor, y lo sepultaron a toda prisa. Así HaShem le pagó con mal el mal que había hecho en sus días a Israel, y murió en terror y oprobio tras haber reinado noventa y cuatro años.

Adikam tenía veinte años cuando sucedió a su padre, y reinó cuatro años. El pueblo de Mitsraim lo llamó Paró, como era su costumbre con todos sus reyes, pero sus sabios lo llamaban Akuz, pues Akuz es la palabra que significa «corto» en la lengua egipcia, y Adikam era en extremo torpe y menudo. El nuevo Paró superó a su padre Malol y a todos los reyes anteriores en maldad, y agravó el yugo sobre los hijos de Israel. Fue a Goshen con sus siervos, y aumentó su trabajo, y les dijo: «Completad vuestra labor, la tarea de cada día, y que vuestras manos no aflojen en el trabajo de hoy en adelante, como hacíais en los días de mi padre». Puso sobre ellos oficiales de entre los hijos de Israel, y sobre esos oficiales puso capataces de entre sus siervos. Y les fijó una medida de ladrillos, según el número que debían hacer día por día, y cada vez que se descubría una falta en la medida de sus ladrillos diarios, los capataces del Paró iban a las mujeres de los hijos de Israel y les quitaban sus criaturas, tantas como el número de ladrillos que faltaba en la medida, y a esos niños los metían en la construcción en lugar de los ladrillos que faltaban. Los capataces obligaban a cada hombre de los israelitas a poner a su propio hijo en la obra. El padre colocaba a su hijo en el muro y lo cubría con argamasa, llorando todo el tiempo, con las lágrimas corriéndole sobre su hijo.

Los hijos de Israel gemían cada día a causa de su terrible sufrimiento, pues habían pensado que tras la muerte del Paró su hijo aligeraría su fatiga, pero el nuevo rey era peor que su padre. Y Dios vio la carga de los hijos de Israel, y su pesado trabajo, y determinó librarlos.

Sin embargo, no fue por su propio mérito por lo que Dios resolvió la liberación de los hijos de Israel, pues estaban vacíos de buenas obras, y HaShem sabía de antemano que, una vez redimidos, se alzarían contra Él, y hasta adorarían el Becerro de Oro. Con todo, tuvo misericordia de ellos, pues recordó Su alianza con los Padres, y consideró su arrepentimiento por sus pecados, y aceptó su promesa de cumplir la palabra de Dios tras su salida de Mitsraim, aun antes de haberla oído.

Después de todo, los hijos de Israel no carecían por completo de méritos. En alto grado poseían cualidades de extraordinaria excelencia. No había entre ellos relaciones incestuosas, no eran maldicientes, no cambiaban sus nombres, se aferraban a la lengua hebrea, sin abandonarla jamás, y reinaba entre ellos un gran afecto fraternal. Si a alguno le tocaba terminar su cuenta de ladrillos antes que sus vecinos, tenía por costumbre ayudar a los demás. Por eso Dios dijo: «Merecen que Yo tenga misericordia de ellos, pues si un hombre muestra misericordia a otro, Yo tengo misericordia de él».

Cuando Yitró le concedió su hija Tsiporá por esposa a Moshé, le dijo a su futuro yerno: «Sé que tu padre Yaakov tomó a sus esposas, las hijas de Laván, y se marchó con ellas contra la voluntad de su padre. Ahora júrame que no harás lo mismo conmigo», y Moshé juró no dejarlo sin su consentimiento, y se quedó con Yitró, que lo hizo pastor de sus rebaños. Por el modo en que cuidaba las ovejas, Dios vio su idoneidad para ser el pastor de Su pueblo, pues Dios nunca da un cargo elevado a un hombre hasta haberlo probado en cosas pequeñas. Así, Moshé y David fueron probados como pastores de rebaños, y solo después de que demostraron su capacidad como tales, les dio dominio sobre los hombres.

Moshé velaba por los rebaños con amoroso cuidado. Llevaba primero a pastar a los animales jóvenes, para que tuvieran la hierba tierna y jugosa como alimento; a los algo mayores los sacaba después, y los dejaba pacer las hierbas apropiadas para ellos; y por último venían los vigorosos, que habían alcanzado su pleno desarrollo, y a ellos les daba la hierba dura que quedaba, la que los otros no podían comer, pero que a ellos les servía de buen alimento. Entonces Dios dijo: «El que sabe apacentar ovejas, proveyendo a cada una de lo que le conviene, ese apacentará a Mi pueblo».

Una vez se escapó un cabrito del rebaño, y cuando Moshé lo siguió, vio cómo se detenía en todos los cursos de agua, y le dijo: «Pobre cabrito, no sabía que tenías sed y corrías tras el agua. Estás cansado, me parece», y lo llevó de vuelta al rebaño sobre su hombro. Entonces dijo Dios: «¡Tienes compasión de un rebaño que pertenece a un hombre de carne y hueso! Por tu vida, tú apacentarás a Israel, Mi rebaño».

Moshé no solo cuidaba de que ningún daño les sobreviniera a los rebaños a su cargo, sino que también velaba por que ellos no causaran perjuicio a los hombres. Escogía siempre una pradera abierta como lugar de pastoreo, para evitar que sus ovejas pacieran en propiedades ajenas.

Yitró no tenía motivo para estar descontento con los servicios que le prestaba su yerno. Durante los cuarenta años en que Moshé fue su pastor, ni una sola oveja fue atacada por fieras, y los rebaños se multiplicaron hasta un grado increíble. Una vez condujo las ovejas por el desierto durante cuarenta días, sin hallar un lugar de pastoreo para ellas. Sin embargo, no perdió una sola oveja.

El anhelo de Moshé por el desierto era irresistible. Su espíritu profético le hacía prever que allí se manifestarían su propia grandeza y la grandeza de Israel. En el desierto aparecerían las maravillas de Dios, aunque fuera al mismo tiempo la sepultura del rebaño humano que se le confiaría en el futuro, y también su propio último lugar de reposo. Así, tuvo un presentimiento, desde el mismísimo comienzo de su carrera, de que el desierto sería el escenario de su actividad, lo cual no solo se cumplió en el orden presente de las cosas, sino que también se cumplirá en los días postreros, cuando aparezca de nuevo en el desierto para conducir a la tierra prometida a la generación —surgida de sus tumbas— que él sacó de la servidumbre de Mitsraim.

Andando por el desierto, llegó al monte Jorev, que es llamado por seis nombres, cada uno de los cuales expresa una de sus distinciones. Es «el monte de Dios», donde HaShem reveló Su ley; «Bashán», porque Dios «vino allí»; «monte de jorobas», porque HaShem declaró todos los demás montes inaptos para la revelación, así como los animales «jorobados» se declaran inaptos para los sacrificios; «monte de morada», porque es el monte que Dios deseó para Su «morada»; Sinaí, porque el «odio» de Dios contra los paganos comenzó en el momento en que Israel recibió allí la ley; y Jorev, «espada», porque allí se desenvainó la espada de la ley sobre los pecadores.

Cuando Moshé se acercó al monte Jorev, advirtió de inmediato que era un lugar sagrado, pues notó que las aves que pasaban no se posaban en él. Al acercarse él, el monte empezó a moverse, como para adelantarse y salirle al encuentro, y volvió a la quietud solo cuando su pie se posó sobre él. Lo primero que Moshé notó fue la maravillosa zarza ardiente, cuya parte superior era una llama flameante que ni consumía la zarza ni le impedía dar flores mientras ardía, pues el fuego celestial tiene tres cualidades peculiares: produce flores, no consume el objeto en torno al cual juega, y es de color negro. El fuego que Moshé vio en la zarza era la aparición del ángel Mijael, que había descendido como precursor de la propia Shejiná, que había de bajar en breve. Era el deseo de Dios departir con Moshé, quien, sin embargo, no estaba dispuesto a permitir interrupción alguna del trabajo a su cargo. Por eso Dios lo sobresaltó con el maravilloso fenómeno de la zarza ardiente. Aquello hizo que Moshé se detuviera, y entonces Dios habló con él.

Había buenas razones para escoger la zarza como recipiente de una visión divina. Era «pura», pues los paganos no podían usarla para hacer ídolos. Que Dios eligiera morar en la raquítica zarza le transmitía a Moshé el conocimiento de que Él sufre junto con Israel. Además, se le enseñó a Moshé que no hay nada en la naturaleza, ni siquiera la insignificante zarza, que pueda existir sin la presencia de la Shejiná. Por otra parte, la zarza puede tomarse como símbolo de Israel en varios sentidos. Así como la zarza es la más humilde de todas las especies de árboles, así la condición de Israel en el exilio es la más humilde comparada con la de todas las demás naciones; pero, así como la zarza no suelta a ningún ave que se pose en ella sin desgarrarle las alas, así las naciones que subyugan a Israel serán castigadas. También, así como con la zarza se hace un seto de jardín, así Israel forma el seto para el mundo, el jardín de Dios, pues sin Israel el mundo no podría perdurar. Además, así como la zarza da a la vez espinas y rosas, así Israel tiene miembros piadosos e impíos; y así como la zarza requiere agua abundante para su crecimiento, así Israel solo puede prosperar por medio de la Torá, el agua celestial. Y la zarza, cuya hoja consta de cinco foliolos, había de indicarle a Moshé que Dios había resuelto redimir a Israel solo por los méritos de cinco hombres piadosos: Avraham, Yitsjak, Yaakov, Aharón y Moshé. Los números representados por las letras que componen la palabra hebrea para zarza, seneh, suman ciento veinte, para transmitir que Moshé alcanzaría la edad de ciento veinte años, y que la Shejiná reposaría sobre el monte Jorev durante ciento veinte días. Por último, para darle a Moshé una muestra de Su modestia, Dios descendió de los excelsos cielos y le habló desde una humilde zarza en lugar de la cima de un monte elevado o la copa de un majestuoso cedro.

La visión de la zarza ardiente se le apareció solo a Moshé; los demás pastores que iban con él no vieron nada de ella. Dio cinco pasos en dirección a la zarza, para verla de cerca, y cuando Dios contempló el semblante de Moshé, desencajado por la aflicción y la angustia ante el sufrimiento de Israel, dijo: «Este es digno del cargo de apacentar a Mi pueblo».

Moshé era todavía novicio en la profecía, por eso Dios se dijo a Sí mismo: «Si me revelo a él en tono fuerte, lo alarmaré, pero si me revelo con voz suave, tendrá la profecía en poca estima», y entonces se dirigió a él con la voz de su padre Amram. Moshé se llenó de gozo al oír hablar a su padre, pues le daba la certeza de que aún vivía. La voz llamó su nombre dos veces, y él respondió: «¡Aquí estoy! ¿Qué desea mi padre?». Dios replicó, diciendo: «No soy tu padre. Solo quise abstenerme de aterrarte, por eso hablé con la voz de tu padre. Soy el Dios de tu padre, el Dios de Avraham, el Dios de Yitsjak y el Dios de Yaakov». Estas palabras alegraron mucho a Moshé, pues no solo se pronunció el nombre de su padre Amram en el mismo aliento que los nombres de los tres Patriarcas, sino que vino antes que los de ellos, como si él estuviera por encima de ellos.

Moshé no dijo palabra. En silenciosa reverencia ante la visión divina, se cubrió el rostro, y cuando Dios le reveló la misión que le encomendaba, la de sacar a los israelitas de la tierra de Mitsraim, respondió con humildad: «¿Quién soy yo para ir al Paró y sacar a los hijos de Israel de Mitsraim?». Entonces dijo Dios: «Moshé, tú eres manso, y te recompensaré por tu modestia. Entregaré toda la tierra de Mitsraim en tu mano, y, además, te haré ascender hasta el trono de Mi gloria, y contemplarás a todos los ángeles de los cielos».

Acto seguido, Dios le ordenó a Metatrón, el Ángel de la Faz, que condujera a Moshé a las regiones celestiales entre el son de la música y el canto, y le ordenó además que convocara a treinta mil ángeles, para que sirvieran de guardia personal, quince mil a su derecha y quince mil a su izquierda. En abyecto terror, Moshé le preguntó a Metatrón: «¿Quién eres tú?», y el ángel respondió: «Soy Janoj, el hijo de Yéred, tu antepasado, y Dios me ha encargado acompañarte hasta Su trono». Pero Moshé objetó, diciendo: «No soy más que carne y hueso, y no puedo mirar el semblante de un ángel», con lo cual Metatrón transformó la carne de Moshé en antorchas de fuego, sus ojos en ruedas de la Merkabá, su fuerza en la de un ángel y su lengua en una llama, y lo llevó al cielo con un séquito de treinta mil ángeles, una mitad moviéndose a su derecha y la otra mitad a su izquierda.

En el primer cielo Moshé vio corrientes sobre corrientes de agua, y observó que todo el cielo estaba compuesto de ventanas, en cada una de las cuales había ángeles apostados. Metatrón le nombró y le señaló todas las ventanas del cielo: la ventana de la oración y la ventana de la súplica; del llanto y del gozo; de la abundancia y del hambre; de la riqueza y de la pobreza; de la guerra y de la paz; de la concepción y del nacimiento; de los aguaceros y de las lluvias suaves; del pecado y del arrepentimiento; de la vida y de la muerte; de la peste y de la sanación; de la enfermedad y de la salud; y muchas ventanas más.

En el segundo cielo Moshé vio al ángel Nuriel, de trescientas parasangas de alto, con su séquito de cincuenta miríadas de ángeles, todos formados de agua y fuego, y todos manteniendo sus rostros vueltos hacia la Shejiná mientras cantaban un canto de alabanza a Dios. Metatrón le explicó a Moshé que estos eran los ángeles puestos sobre las nubes, los vientos y las lluvias, que regresan velozmente, en cuanto han ejecutado la voluntad de su Creador, a su estación en el segundo de los cielos, para proclamar allí la alabanza de Dios.

En el tercer cielo Moshé vio un ángel tan alto que a un ser humano le tomaría quinientos años trepar hasta su altura. Tenía setenta mil cabezas, cada cabeza con otras tantas bocas, cada boca con otras tantas lenguas, y cada lengua con otras tantas sentencias, y él, junto con su comitiva de setenta mil miríadas de ángeles hechos de fuego blanco, alababa y ensalzaba a HaShem. «Estos», le dijo Metatrón a Moshé, «se llaman erelim, y están puestos sobre la hierba, los árboles, los frutos y el grano, pero en cuanto han hecho la voluntad de su Creador, regresan al lugar que les fue asignado y alaban a Dios».

En el cuarto cielo Moshé vio un Templo, cuyas columnas eran de fuego rojo, sus varas de fuego verde, sus umbrales de fuego blanco, las tablas y los broches de fuego flameante, las puertas de carbunclos y los pináculos de rubíes. Los ángeles entraban en el Templo y allí daban alabanza a Dios. En respuesta a una pregunta de Moshé, Metatrón le dijo que ellos presidían la tierra, el sol, la luna, las estrellas y los demás cuerpos celestes, y que todos ellos entonan cantos ante Dios. En este cielo Moshé notó también los dos grandes planetas, Venus y Marte, cada uno tan grande como toda la tierra, y acerca de ellos preguntó con qué fin habían sido creados. Metatrón explicó entonces que Venus yace sobre el sol para refrescarlo en verano, pues de lo contrario abrasaría la tierra, y Marte yace sobre la luna para impartirle calor, no sea que ella congele la tierra.

Llegado al quinto cielo, Moshé vio huestes de ángeles cuyas partes inferiores eran de nieve y sus partes superiores de fuego, y sin embargo la nieve no se derretía ni el fuego se extinguía, pues Dios había establecido perfecta armonía entre los dos elementos. Estos ángeles, llamados ishim, no han tenido nada que hacer desde el día de su creación sino alabar y ensalzar a HaShem.

En el sexto de los cielos había millones y miríadas de ángeles alabando a Dios; se llamaban irin y kadishim, «Vigilantes» y «Santos», y su jefe estaba hecho de granizo, y era tan alto que se tardaría quinientos años en recorrer una distancia igual a su altura.

En el último cielo Moshé vio dos ángeles, cada uno de quinientas parasangas de altura, forjados con cadenas de fuego negro y fuego rojo: los ángeles Af, «Ira», y Hemá, «Furor», a quienes Dios creó al principio del mundo para ejecutar Su voluntad. Moshé se inquietó al mirarlos, pero Metatrón lo abrazó y dijo: «Moshé, Moshé, favorito de Dios, no temas ni te aterres», y Moshé se calmó. Había otro ángel en el séptimo cielo, distinto en apariencia de todos los demás, y de aspecto espantoso. Su altura era tan grande que se habría tardado quinientos años en cubrir una distancia igual a ella, y desde la coronilla de su cabeza hasta las plantas de sus pies estaba tachonado de ojos deslumbrantes, ante cuya visión el que lo contemplaba caía postrado de pavor. «Este», dijo Metatrón dirigiéndose a Moshé, «es Samael, que arrebata el alma al hombre». «¿Adónde va ahora?», preguntó Moshé, y Metatrón respondió: «A recoger el alma de Iyov el piadoso». Entonces Moshé oró a Dios con estas palabras: «Sea Tu voluntad, Dios mío y Dios de mis padres, no dejarme caer en manos de este ángel».

Aquí, en el cielo más alto, vio también a los serafines con sus seis alas. Con dos cubren su rostro, para no posar la mirada sobre la Shejiná; y con dos sus pies, que, siendo como pezuñas de becerro, ocultan, para mantener en secreto la transgresión de Israel con el Becerro de Oro. Con el tercer par de alas vuelan y hacen el servicio de HaShem, exclamando todo el tiempo: «Santo, santo, santo es Adonái de los ejércitos; toda la tierra está llena de Su gloria». Las alas de estos ángeles son de tamaño prodigioso; a un hombre le tomaría quinientos años recorrer su largo y su ancho, como de un extremo de la tierra al otro.

Y Moshé vio en el séptimo cielo a las santas jayot, que sostienen el trono de Dios; y contempló también al ángel Zagzagel, el príncipe de la Torá y de la sabiduría, que enseña la Torá en setenta lenguas a las almas de los hombres, y en adelante ellas atesoran los preceptos contenidos en ella como leyes reveladas por Dios a Moshé en el Sinaí. De este ángel de los cuernos de gloria el propio Moshé aprendió los diez misterios.

Habiendo visto lo que hay en los siete cielos, le habló a Dios, diciendo: «No dejaré los cielos a menos que me concedas un regalo», y Dios respondió: «Te daré la Torá, y los hombres la llamarán la Ley de Moshé».

Cuando Moshé estaba a punto de partir del cielo, una voz celestial anunció: «Moshé, viniste hasta aquí y viste el trono de Mi gloria. Ahora verás también el Paraíso y el infierno», y Dios despachó a Gavriel con el encargo de mostrarle el infierno. Aterrado por sus fuegos, cuando los divisó al entrar por los portales del infierno, Moshé se negó a seguir adelante. Pero el ángel lo animó, diciendo: «Hay un fuego que no solo quema, sino que también consume, y ese fuego te protegerá contra el fuego del infierno, de modo que podrás pisar sobre él y no te chamuscarás».

Cuando Moshé entró en el infierno, el fuego se retiró una distancia de quinientas parasangas, y el Ángel del Infierno, Nasarguiel, le preguntó: «¿Quién eres tú?», y él respondió: «Soy Moshé, el hijo de Amram».

Nasarguiel: «Este no es tu lugar; tú perteneces al Paraíso».

Moshé: «He venido aquí para ver la manifestación del poder de Dios».

Entonces dijo Dios al Ángel del Infierno: «Ve y muéstrale a Moshé el infierno, y cómo son tratados allí los malvados». Al instante fue con Moshé, caminando delante de él como un discípulo delante de su maestro, y así entraron juntos en el infierno. Y Moshé vio a hombres sometidos a tormento por los Ángeles de la Destrucción: a algunos de los pecadores los tenían colgados de los párpados, a otros de las orejas, a otros de las manos y a otros de la lengua, y gritaban amargamente. Y había mujeres colgadas del cabello y de los pechos, y de otras maneras, todas en cadenas de fuego. Nasarguiel explicó: «Estos cuelgan de los ojos porque miraron con lujuria a las mujeres de sus prójimos, y con ojo codicioso los bienes de sus semejantes. Estos cuelgan de las orejas porque escucharon palabras vanas y vacías, y apartaron el oído de oír la Torá. Estos cuelgan de la lengua porque hablaron calumnias, y acostumbraron su lengua a la cháchara necia. Estos cuelgan de los pies porque los usaron para espiar a sus semejantes, pero no caminaron a la sinagoga a ofrecer oración a su Creador. Estos cuelgan de las manos porque con ellas robaron a sus prójimos sus bienes, y cometieron asesinato. Estas mujeres cuelgan del cabello y de los pechos porque los descubrieron ante hombres jóvenes, de modo que estos concibieran deseo por ellas, y cayeran en el pecado».

Moshé oyó al infierno gritar con voz fuerte y amarga, diciéndole a Nasarguiel: «Dame algo de comer, tengo hambre». —Nasarguiel: «¿Qué he de darte?». —El infierno: «Dame las almas de los piadosos». —Nasarguiel: «Hakadosh Baruj Hu no te entregará las almas de los piadosos».

Moshé vio el lugar llamado Alucá, donde los pecadores estaban colgados de los pies, cabeza abajo, y sus cuerpos cubiertos de gusanos negros, cada uno de quinientas parasangas de largo. Se lamentaban y gritaban: «¡Ay de nosotros por el castigo del infierno! ¡Danos la muerte, para que muramos!». Nasarguiel explicó: «Estos son los pecadores que juraron en falso, profanaron el Shabat y los días santos, despreciaron a los sabios, llamaron a sus prójimos por apodos indignos, agraviaron al huérfano y a la viuda, y dieron falso testimonio. Por eso los ha entregado Dios a estos gusanos».

Moshé fue de allí a otro lugar, y vio allí a pecadores tendidos boca abajo, con dos mil escorpiones azotándolos, picándolos y atormentándolos, mientras las víctimas torturadas gritaban amargamente. Cada uno de los escorpiones tenía setenta mil cabezas, cada cabeza setenta mil bocas, cada boca setenta mil aguijones, y cada aguijón setenta mil bolsas de ponzoña y veneno, que los pecadores se ven forzados a beber, aunque la angustia es tan atroz que sus ojos se derriten en las cuencas. Nasarguiel explicó: «Estos son los pecadores que hicieron perder su dinero a los israelitas, que se ensalzaron por encima de la comunidad, que avergonzaron a sus prójimos en público, que entregaron a sus hermanos israelitas en manos de los gentiles, que negaron la Torá de Moshé, y que sostuvieron que Dios no es el Creador del mundo».

Entonces Moshé vio el lugar llamado Tit ha-Yaván, en el que los pecadores están de pie en el lodo hasta el ombligo, mientras los Ángeles de la Destrucción los azotan con cadenas de fuego, y les rompen los dientes con piedras de fuego, de la mañana a la tarde, y durante la noche les hacen crecer los dientes de nuevo, hasta el largo de una parasanga, solo para rompérselos otra vez a la mañana siguiente. Nasarguiel explicó: «Estos son los pecadores que comieron carroña y carne prohibida, que prestaron su dinero a usura, que escribieron el Nombre de Dios en amuletos para gentiles, que usaron pesas falsas, que robaron dinero a sus hermanos israelitas, que comieron en Yom Kipur, que comieron grasa prohibida, y animales y reptiles que son una abominación, y que bebieron sangre».

Entonces Nasarguiel dijo a Moshé: «Ven y mira cómo son quemados los pecadores en el infierno», y Moshé respondió: «No puedo ir allí», pero Nasarguiel replicó: «Deja que la luz de la Shejiná vaya delante de ti, y el fuego del infierno no tendrá poder sobre ti». Moshé cedió, y vio cómo eran quemados los pecadores: una mitad de sus cuerpos sumergida en el fuego y la otra mitad en la nieve, mientras gusanos criados en su propia carne se arrastraban sobre ellos, y los Ángeles de la Destrucción los golpeaban sin cesar. Nasarguiel explicó: «Estos son los pecadores que cometieron incesto, asesinato e idolatría, que maldijeron a sus padres y a sus maestros, y que, como Nimrod y otros, se llamaron a sí mismos dioses». En este lugar, que se llama Abadón, vio a los pecadores tomar nieve a hurtadillas y ponérsela bajo las axilas, para aliviar el dolor causado por el fuego abrasador, y quedó convencido de que era cierto el dicho: «Los malvados no enmiendan sus caminos ni siquiera a la puerta del infierno».

Al partir del infierno, Moshé oró a Dios: «Sea Tu voluntad, oh Adonái, Dios mío y Dios de mis padres, salvarme a mí y al pueblo de Israel de los lugares que he visto en el infierno». Pero Dios le respondió, y dijo: «Moshé, ante Mí no hay acepción de personas ni se aceptan dádivas. Quien hace buenas obras entra al Paraíso, y quien hace el mal ha de ir al infierno».

Por orden de Dios, Gavriel condujo entonces a Moshé al Paraíso. Al entrar, dos ángeles vinieron hacia él y le dijeron: «Aún no ha llegado tu hora de dejar el mundo», y Moshé respondió: «Es cierto lo que decís, pero he venido a ver la recompensa de los piadosos en el Paraíso». Entonces los ángeles ensalzaron a Moshé, diciendo: «¡Salve, Moshé, siervo de Dios! ¡Salve, Moshé, nacido de mujer, que has sido hallado digno de ascender a los siete cielos! ¡Salve a la nación a la que perteneces!».

Bajo el árbol de la vida Moshé vio al ángel Shamshiel, el príncipe del Paraíso, que lo condujo a través de él y le mostró todo cuanto en él hay. Vio setenta tronos hechos de piedras preciosas, apoyados sobre pies de oro fino, cada trono rodeado de setenta ángeles. Pero uno de ellos era mayor que todos los demás, y estaba ceñido por ciento veinte ángeles. Este era el trono de Avraham, y cuando Avraham vio a Moshé, y oyó quién era, y cuál era su propósito al visitar el Paraíso, exclamó: «¡Alabad a Adonái, porque es bueno, porque para siempre es Su misericordia!».

Moshé preguntó a Shamshiel por el tamaño del Paraíso, pero ni siquiera él, que es su príncipe, pudo responder a la pregunta, pues no hay quien pueda medirlo. No se puede ni medir ni sondear ni contar. Pero Shamshiel le explicó a Moshé lo de los tronos: que eran diferentes unos de otros, unos de plata, otros de oro, otros de piedras preciosas y perlas y rubíes y carbunclos. Los tronos hechos de perlas son para los estudiosos que estudian la Torá día y noche por ella misma; los de piedras preciosas para los piadosos, los de rubíes para los justos, los de oro para los pecadores arrepentidos, y los de plata para los prosélitos justos. «El mayor de todos —continuó Shamshiel— es el trono de Avraham, luego en tamaño los tronos de Yitsjak y Yaakov, después vienen los tronos de los profetas, los santos y los justos, cada uno conforme al valor de cada hombre, y a su rango, y a las buenas obras que ha realizado en su vida». Moshé preguntó entonces para quién estaba destinado el trono de cobre, y el ángel respondió: «Para el pecador que tiene un hijo piadoso. Por los méritos de su hijo lo recibe como parte suya».

De nuevo Moshé miró, y vio un manantial de agua viva que brotaba de debajo del árbol de la vida y se dividía en cuatro corrientes, que pasaban bajo el Trono de la Gloria, y desde allí rodeaban el Paraíso de un extremo al otro. Vio también cuatro ríos que fluían bajo cada uno de los tronos de los piadosos: uno de miel, el segundo de leche, el tercero de vino, y el cuarto de bálsamo puro.

Al contemplar todas estas cosas deseables y placenteras, Moshé sintió gran gozo, y dijo: «¡Oh, cuán grande es Tu bondad, que has guardado para los que Te temen, que has obrado para los que en Ti confían, ante los hijos de los hombres!». Y Moshé dejó el Paraíso, y volvió a la tierra.

En el momento de su partida, una voz celestial clamó en voz alta: «Moshé, siervo de Adonái, tú que eres fiel en Su casa: así como has visto la recompensa que está reservada para los piadosos en el mundo por venir, así también serás digno de ver la vida del mundo que existirá en el tiempo futuro. Tú y todo Israel veréis la reconstrucción del Templo y la venida del Mesías, contemplaréis la hermosura de Adonái y meditaréis en Su Templo».

En el mundo por venir Moshé, además de compartir las alegrías de Israel, continuará su actividad como maestro de Israel, pues el pueblo irá ante Avraham y le pedirá que lo instruya en la Torá. Él los enviará a Yitsjak, diciendo: «Id a Yitsjak, él ha estudiado más de la Torá de lo que yo jamás estudié», pero Yitsjak, a su vez, los enviará a Yaakov, diciendo: «Id a Yaakov, él ha conversado más con los sabios de lo que yo jamás conversé». Y Yaakov los enviará a Moshé, diciendo: «Id a Moshé, él fue instruido en la Torá por Dios mismo».

En el tiempo mesiánico, Moshé será uno de los siete pastores que serán los líderes de Israel junto con el Mesías.

Cuando Moshé se apartó para ver el gran espectáculo de que la zarza no se consumía, oyó una voz que lo llamaba: «No te acerques aquí». Estas palabras venían a decir que la dignidad que le sería conferida Dios la destinaba a Moshé en persona, no a sus descendientes; y además se le advertía que no se apropiara de honores destinados a otros, como el sacerdocio, que habría de pertenecer a Aharón y a los descendientes de Aharón, o la realeza, que habría de corresponder a David y a la casa de David.

De nuevo habló la voz: «Quítate las sandalias de los pies, porque el lugar en que estás es tierra santa». Estas palabras expresaban el deseo de Dios de que cortara todo vínculo que lo unía a los asuntos terrenales; había de renunciar incluso a su vida conyugal. Ante esto, el ángel Mijael habló a Dios: «Oh Señor del mundo, ¿acaso es Tu propósito destruir a la humanidad? La bendición solo puede prevalecer si el varón y la hembra se unen, y sin embargo Tú mandas a Moshé separarse de su mujer». Dios respondió, diciendo: «Moshé ha engendrado hijos, ha cumplido su deber para con el mundo. Deseo que se una ahora con la Shejiná, para que ella descienda a la tierra por causa de él».

Habló Dios además, dirigiéndose a Moshé: «Tú solo ves lo que ha de suceder en el futuro cercano, que Israel ha de recibir la Torá en el monte Sinaí, pero Yo contemplo lo que viene después: cómo el pueblo adorará al novillo, cuya figura verán en Mi carroza, aun mientras Mi revelación se hace en el Sinaí. Así excitarán Mi ira. Sin embargo, aunque conozco toda la perversidad de sus corazones, con que se rebelarán contra Mí en el desierto, los redimiré ahora, pues Yo doy al hombre el trato que merece por sus actos presentes, no por lo que merecerá en el futuro. Prometí a su padre Yaakov: “Descenderé contigo a Mitsraim, y ciertamente también volveré a hacerte subir”, y ahora Me dirigiré allá, para hacer subir a Israel conforme a Mis palabras a Yaakov, y llevarlos a la tierra que juré a sus padres, que su descendencia la heredaría. Mientras no hubiera pasado el tiempo de aflicción que había fijado para su descendencia en Mi revelación a Avraham, no atendí a la súplica ni al gemido de sus hijos, pero ahora ha llegado el fin. Por tanto, ve ante el Paró, para que despida a Mi pueblo. Si tú no llevas a cabo la redención, ningún otro lo hará, pues no hay ningún otro que pueda hacerlo. En ti espera Israel, y a ti aguarda Israel. El asunto reposa solo en tus manos».

Moshé, sin embargo, se negó a tomar la misión sobre sí. Dijo a Dios: «Tu promesa a Yaakov fue: “Ciertamente volveré a hacerte subir de Mitsraim”. Tú Te comprometiste a hacerlo Tú mismo, y ahora es Tu propósito enviarme a mí allá. Y ¿cómo, en verdad, me sería posible cumplir este gran asunto, sacar a los hijos de Israel de Mitsraim? ¿Cómo les procuraría comida y bebida? Muchas son entre ellos las mujeres que dan a luz, muchas las embarazadas y los niños pequeños. ¿De dónde sacaré manjares para las que han parido, de dónde dulces para las embarazadas, y de dónde golosinas para los pequeños? ¿Y cómo me atrevería a ir entre los bandidos y asesinos egipcios? Pues me mandas ir a mis enemigos, a los que acechan para quitarme la vida. ¿Por qué habría de arriesgar la seguridad de mi persona, sabiendo que ignoro si Israel posee méritos que lo hagan digno de la redención? He calculado los años con cuidado, y he hallado que solo han transcurrido doscientos diez desde la alianza de los trozos hecha con Avraham, y en aquel momento Tú ordenaste cuatrocientos años de opresión para su descendencia».

Pero Dios refutó todas sus objeciones. Habló a Moshé, diciendo: «Yo estaré contigo. Todo lo que desees lo haré, de modo que la redención en verdad se realizará por medio de Mí, conforme a Mi promesa a Yaakov. A los pequeños que Israel sacará de Mitsraim los proveeré de alimento durante treinta días. Esto te probará de qué manera supliré las necesidades de todos. Y como Yo estaré a tu lado, no tienes que temer a ningún hombre. En cuanto a tu duda, si Israel merece ser redimido, esta es Mi respuesta: se les permitirá salir de Mitsraim por los méritos que adquirirán en este monte, donde recibirán la Torá por medio de ti. Y tu cálculo del fin no es correcto, pues los cuatrocientos años de servidumbre comenzaron con el nacimiento de Yitsjak, no con el descenso de Yaakov a Mitsraim. Por tanto, ha llegado el fin señalado».

Persuadido ya de la resolución inalterable de Dios de usarlo como Su instrumento en la redención de Israel de Mitsraim, Moshé rogó a Dios que le impartiera el conocimiento de Su Gran Nombre, para no quedar confundido si los hijos de Israel lo pedían. Dios respondió, diciendo: «¿Deseas conocer Mi Nombre? Mi Nombre es según Mis actos. Cuando juzgo a Mis criaturas, soy llamado Elohim, “juez”; cuando me levanto a hacer batalla contra los pecadores, soy Adonái Tsevaot, “Adonái de los ejércitos”; cuando espero con longánime paciencia la enmienda del pecador, Mi nombre es El Shadai; cuando tengo misericordia del mundo, soy Adonái. Pero a los hijos de Israel les dirás que Yo soy el que fue, el que es, y el que siempre será, y Yo soy el que está con ellos ahora en su servidumbre, y el que estará con ellos en la servidumbre del tiempo por venir».

En respuesta a estas últimas palabras de Dios, Moshé dijo: «Basta a cada día su propio afán», y Dios asintió a ello. Reconoció que no era propio imponer a Israel el conocimiento del sufrimiento futuro en un presente que ya estaba lleno de mal y de dolor. Y HaShem dijo a Moshé: «Mis palabras sobre el futuro eran para ti solo, no también para ellos. Diles a los hijos de Israel, además, que a Mi mandato un ángel puede extender su mano desde el cielo y tocar con ella la tierra, y tres ángeles pueden encontrar sitio bajo un solo árbol, y Mi majestad puede llenar el mundo entero, pues cuando fue Mi voluntad, se le apareció a Iyov en su cabello, y, de nuevo, cuando quise de otro modo, apareció en una zarza».

Pero la comunicación más importante de Dios a Moshé acerca de los Nombres Divinos fueron las palabras que siguen: «Con misericordia creé el mundo; con misericordia lo guío; y con misericordias volveré a Yerushaláyim. Pero a los hijos de Israel les dirás que Mi misericordia sobre ellos es por causa de los méritos de Avraham, Yitsjak y Yaakov».

Cuando Moshé oyó estas palabras, habló a Dios, diciendo: «¿Hay hombres que transgredan después de la muerte?», y cuando Dios le aseguró que no era posible que los muertos pecaran, Moshé preguntó de nuevo: «¿Por qué, entonces, Te revelaste a mí al principio como el Dios de mi padre, y ahora lo pasas por alto?». A lo que Dios dijo: «Al principio fue Mi propósito dirigirme a ti con palabras halagüeñas, pero ahora oyes la verdad entera y exacta: Yo soy solamente el Dios de Avraham, el Dios de Yitsjak y el Dios de Yaakov».

Moshé oró a Dios, rogándole que le revelara Su Gran y Santo Nombre, para poder invocarlo con él y asegurar el cumplimiento de todos sus deseos. HaShem concedió la oración de Moshé, y cuando los celestiales supieron que había revelado el secreto del Nombre Inefable, clamaron: «¡Bendito eres Tú, Adonái, gracioso Dador del conocimiento!».

Dios siempre atiende al honor de los ancianos de un pueblo, y mandó a Moshé reunir a los de Israel y anunciarles la redención cercana. Y como Dios sabía de antemano cómo se manifestaría la obstinación del Paró, se lo hizo saber a Moshé de inmediato, no fuera que este reprochara luego a Dios la terquedad del rey egipcio.

A pesar de todas estas garantías, Moshé aún no estaba dispuesto a aceptar la misión que Dios deseaba imponerle. Persistió en aducir sus temores, diciendo: «Pero he aquí que no me creerán, ni escucharán mi voz, pues dirán: “No se te ha aparecido Adonái”». Y Adonái le dijo: «¿Qué es eso que tienes en la mano?». Y él dijo: «Una vara». Y Adonái dijo: «Mereces ser castigado con ella. Si no tenías intención de tomar Mi misión sobre ti, deberías haberlo dicho desde el principio. En cambio, retuviste tu negativa hasta que te revelé el gran secreto del Nombre Inefable, para que lo conocieras por si los hijos de Israel te preguntaban acerca de él. Y ahora dices: no iré. Ahora, por tanto, si no ejecutas Mi encargo, será ejecutado por esta vara. Era Mi deseo distinguirte y hacerte Mi instrumento para obrar muchos milagros. Pero mereces un castigo por haber sospechado que Mis hijos carecen de fe. Los hijos de Israel son creyentes e hijos de creyentes, pero tú te mostrarás de poca fe en tu camino, y como sigues el ejemplo de la serpiente calumniadora, así serás castigado con lepra, con la que fue castigada la serpiente».

HaShem mandó ahora a Moshé meter la mano en su seno y sacarla de nuevo, y cuando la sacó, he aquí que su mano estaba leprosa, blanca como la nieve. Y Dios le mandó meter la mano de nuevo en su seno, y volvió a ser como el resto de su carne. Además de ser un castigo por sus palabras precipitadas, la plaga en su mano había de enseñarle que, así como el leproso contamina, así los egipcios habían contaminado a Israel, y que así como Moshé fue sanado de su impureza, así Dios limpiaría a los hijos de Israel de la contaminación que los egipcios habían traído sobre ellos.

El segundo prodigio ligado a la vara de Moshé encerraba igualmente un doble sentido, pues apuntaba a la redención venidera de Israel y enseñaba a Moshé una lección concreta. Por orden de Dios, Moshé arrojó su vara al suelo, y se convirtió en serpiente, para mostrarle que cuando difamaba a Israel seguía el ejemplo de la serpiente injuriosa, y también para mostrarle que el gran dragón que yace en medio de los ríos de Mitsraim, aunque ahora hincaba sus dientes en Israel, quedaría inofensivo como la vara de madera, que no tiene poder para morder.

Y, de nuevo, mediante el tercer milagro que se le mandó realizar, Dios comunicó a Moshé lo que sucedería en los últimos años de su propia vida. La señal que le dio era para hacerle saber que, antes de que brotara el agua, saldría sangre de la roca en Merivá, cuando Moshé la golpeara tras pronunciar las palabras precipitadas e impacientes que estaban destinadas a atraer la muerte sobre él.

Durante siete días Dios instó a Moshé a emprender la misión que deseaba que ejecutara. Recurrió a la persuasión, para que los paganos no dijeran que abusaba de Su poder como Gobernante del mundo, forzando a los hombres a servirle contra su voluntad. Pero Moshé permaneció obstinado, no se dejaba convencer. Dijo: «Me haces un agravio al enviarme al Paró. En el palacio del rey egipcio hay personas que saben hablar las setenta lenguas del mundo. No importa qué lengua use un hombre, hay alguien que lo entiende. Si yo fuera como Tu representante, y descubrieran que no soy capaz de conversar en las setenta lenguas, se burlarían de mí, y dirían: “Miren a este hombre, pretende ser el embajador del Creador del mundo, y no sabe hablar las setenta lenguas”». A esto Dios respondió así: «Adam, que no fue enseñado por nadie, supo dar nombres a las bestias en las setenta lenguas. ¿No fui Yo quien lo hizo hablar?».

Moshé aún no estaba satisfecho, siguió aduciendo objeciones, y dijo: «Oh Señor del mundo, Tú me encargarías la tarea de castigar a Mitsraim y redimir a Israel, y yo estoy dispuesto a ser Tu mensajero. Pero ¿es propio que un hombre ejecute dos encargos a la vez? No, mi Señor, pues para esto se necesitan dos hombres». Dios respondió, y dijo: «Moshé, bien sé a quién tienes en mente con tu petición, para que sea tu compañero en la misión que te asigno. Sabe, pues, que el espíritu santo ya ha venido sobre tu hermano Aharón, y aun ahora te aguarda en el camino de Mitsraim, y cuando sus ojos se posen sobre ti se regocijará».

Habló Dios además a Moshé, diciendo: «Cuando me aparecí a ti la primera vez, eras humilde, y escondiste tu rostro para no ver la visión. ¿De dónde viene ahora este descaro tuyo, que te diriges a Mí como un siervo a su amo? Hablas demasiadas palabras. Acaso piensas que no tengo mensajeros, huestes, serafines, ofanim, ángeles ministrantes y ruedas de la Merkabá que enviar a Mitsraim, para traer de allí a Mis hijos, que dices: “Envía por mano de aquel a quien has de enviar”. En verdad, mereces severo castigo. Pero ¿qué puedo hacer, siendo Yo el Dueño de la misericordia? Si escapas sin castigo, se lo debes a tu padre Amram, que rindió grandes servicios en pro de la preservación del pueblo israelita en Mitsraim».

Pero Moshé replicó: «Oh Señor del mundo, yo, profeta e hijo de profeta, obedecí Tus palabras solo tras mucha vacilación, y no puedo esperar que el Paró, un hombre malvado e hijo de hombre malvado, y los egipcios, un pueblo desobediente e hijos de un pueblo desobediente, presten oído a mis palabras. Oh Señor del mundo, Tú me envías a Mitsraim para redimir a sesenta miríadas de Tu pueblo de la opresión de los egipcios. Si se tratara de liberar a un par de cientos de hombres, ya sería una empresa bastante difícil. ¡Cuánto más ardua es la tarea de liberar a sesenta miríadas del dominio del Paró! Si hubieras llamado a los egipcios a abandonar sus malos caminos poco después de que empezaran a esclavizar a Israel, quizá habrían atendido Tus amonestaciones. Pero si yo fuera y les hablara ahora, después de que han estado gobernando a Israel estos doscientos diez años, el Paró diría: “Si un esclavo ha servido a su amo durante diez años, y no se ha oído protesta alguna de ningún lado, ¿cómo puede un hombre concebir de pronto la idea de ponerlo en libertad?”. En verdad, oh Señor del mundo, la tarea que me impones es demasiado pesada para mis fuerzas».

Moshé dijo además: «No soy hombre elocuente, ni veo de qué pueden servir las palabras en este asunto. Me envías a uno que es él mismo un esclavo, al Paró de la tribu de Jam, y a un esclavo no se le corrige con palabras. Consiento en ir en Tu encargo solo si me investes del poder de castigar al Paró con fuerza bruta». A estas palabras dichas por Moshé, Dios respondió: «Que no te aflija no ser un orador elocuente. Soy Yo quien hizo la boca de todo el que habla, y Yo quien hizo a los hombres mudos. A uno lo hago ver, a otro lo hago ciego; a uno lo hago oír, a otro lo hago sordo. Si Yo lo hubiera querido así, habrías sido hombre de palabra pronta. Pero deseé mostrar un prodigio por medio de ti. Cuando Yo lo quiera, las palabras que ponga en tu boca saldrán sin titubeo. Pero lo que dices de un esclavo, que no se le puede corregir con palabras, es cierto, y por eso te doy Mi vara para el castigo del Paró».

Pero Moshé aún se mantuvo firme. Planteó otras objeciones. «Un nieto —dijo— está más cerca de un hombre que un sobrino. Sin embargo, cuando Lot fue tomado cautivo, Tú enviaste ángeles en ayuda del sobrino de Avraham. Pero ahora, cuando está en juego la vida de sesenta miríadas de descendientes directos de Avraham, me envías a mí, y no a los ángeles. Cuando la esclava egipcia Hagar estaba en apuros, Tú despachaste cinco ángeles para asistirla, y para redimir a sesenta miríadas de los hijos de Sará me despachas a mí. Oh Señor, envía, Te ruego, por mano de aquel a quien has de enviar en días venideros». A esto Dios respondió, diciendo: «No dije que te enviaría a Israel, sino al Paró, y a aquel que has mencionado lo enviaré a Israel al fin de los días: Eliyahu se les aparecerá antes del día grande y terrible».

Si Moshé rehusaba hacer el encargo de HaShem, había una razón. Dios le había revelado los tesoros de la Torá, de la sabiduría y del conocimiento, y todo el futuro del mundo. Ahora contemplaba en la cámara interior de Dios filas de estudiosos y jueces interpretando la Torá de cuarenta y nueve maneras diferentes mientras se sentaban en el patio de las piedras labradas; y vio, además, a Rabí Akivá explicando el significado de las coronas sobre las letras. Entonces dijo Moshé: «No me interesa ser el mensajero de Dios. Que envíe más bien a uno de estos grandes estudiosos». Entonces Dios ordenó al Ángel de la Sabiduría llevar a Moshé a un lugar de miríadas de estudiosos, todos interpretando la Torá, y todos haciendo uso de la fórmula: Esta es una halajá revelada a Moshé en el monte Sinaí. Ahora Moshé reconoció que incluso los más grandes estudiosos de las generaciones futuras dependerían de él, y entonces, por fin, estuvo dispuesto a ejecutar la misión que Dios deseaba imponerle.

Pero Moshé tuvo que pagar caro el haber vacilado en la ejecución del mandato Divino. Dios le dijo: «Estaba designado que tú fueras sacerdote, y Aharón fuera el levita. Porque te has negado a ejecutar Mi voluntad, tú serás el levita, y Aharón será sacerdote» —un castigo que no recayó sobre Moshé personalmente, sino solo sobre sus descendientes, todos los cuales son leviim. En cuanto a él mismo, desempeñó un servicio de sacerdote en el Mishkán.

Moshé le había dicho a Dios: «Llevas ya muchos días hablándome, y sin embargo sigo siendo torpe de boca y de lengua tarda». Por esto recibió otro castigo. Dios le dijo: «Yo podría transformarte en un hombre nuevo, y sanarte de tu habla imperfecta, pero porque has pronunciado tales palabras, me abstengo de curarte».

Cuando Moshé finalmente cedió, y se declaró dispuesto a ir a Mitsraim como mensajero de Dios, su aceptación quedaba aún condicionada a la promesa de Dios de cumplir todos sus deseos, y Dios le concedió cuanto deseaba, salvo la inmortalidad y la entrada a la Tierra Santa. Dios también calmó sus temores respecto al peligro que lo amenazaba de parte de sus antiguos enemigos Datán y Aviram, por causa de quienes había tenido que huir de Mitsraim. Le dijo que estos habían caído a la condición de hombres pobres e insignificantes, privados del poder de hacerle daño.

Moshé era leal al juramento que había dado a su suegro Yitró, de no volver jamás a Mitsraim sin obtener su consentimiento. Su primera preocupación fue, por tanto, regresar a Midián y obtener su permiso, que Yitró le dio de buen grado. Entonces Moshé pudo emprender su viaje. Se demoró solo para llevar consigo a su mujer y a sus hijos, lo que hizo decir a su suegro: «Los que están en Mitsraim han de salir de allí, ¿y tú quieres llevar más hacia allá?». Moshé respondió: «Muy pronto los esclavos retenidos en servidumbre en Mitsraim serán redimidos, y saldrán de la tierra, y se reunirán en el monte Sinaí, y oirán las palabras: “Yo soy Adonái tu Dios”, ¿y no habrían de estar presentes allí mis hijos?». Yitró reconoció la justicia de las palabras de Moshé, y le dijo: «Ve en paz, entra en Mitsraim en paz, y deja la tierra en paz».

Por fin Moshé se lanzó a su viaje a Mitsraim, acompañado de su mujer y sus hijos. Iba montado en el mismísimo asno que había llevado a Avraham a la Akedá en el monte Moriá, el asno sobre el cual aparecerá cabalgando el Mesías al fin de los días. Aun ahora, ya comenzado su viaje, Moshé estaba solo a medias entregado a su misión. Viajaba sin prisa, pensando: «Cuando llegue a Mitsraim y anuncie a los hijos de Israel que ha llegado el fin del término de la esclavitud egipcia, dirán: “Sabemos muy bien que nuestra servidumbre debe durar cuatrocientos años, y el fin aún no ha llegado”; pero si yo pusiera esta objeción ante Dios, estallaría en ira contra mí. Lo mejor para mí es consumir en el camino hacia allá el mayor tiempo posible».

Dios quedó disgustado con Moshé por este ardid, y le habló, diciendo: «Yosef profetizó hace mucho que la opresión de Mitsraim duraría solo doscientos diez años». Por su falta de fe Moshé fue castigado mientras iba de camino a Mitsraim. Los ángeles Af y Hemá aparecieron y se tragaron todo su cuerpo hasta los pies, y lo soltaron solo después de que Tsiporá, ágil como un «pájaro», circuncidara a su hijo Gershom, y tocara los pies de su marido con la sangre de la circuncisión. La razón por la que su hijo había permanecido incircunciso hasta entonces era que Yitró había puesto como condición, cuando consintió en el matrimonio de su hija con Moshé, que el primer hijo de su unión fuera criado como gentil.

Cuando Moshé fue liberado por los ángeles, los atacó, y mató a Hemá, cuya hueste de ángeles, sin embargo, resistió al asaltante.

La voz Divina oída por Moshé en Midián, que le decía que volviera a sus hermanos en Mitsraim, cayó al mismo tiempo sobre el oído de Aharón, que moraba en Mitsraim, y le mandó «ir al desierto al encuentro de Moshé». Dios habla de manera maravillosa con Su voz, y por eso la misma revelación pudo entenderse de un modo en Midián y de otro en Mitsraim.

El saludo de los dos hermanos fue muy cordial. La envidia y los celos no tenían lugar entre ellos. Aharón se alegraba de que Dios hubiera escogido a su hermano menor para ser el redentor de Israel, y Moshé se alegraba de que su hermano mayor hubiera sido divinamente designado sumo sacerdote en Israel. Dios conocía sus corazones, pues cuando lo encargó de la misión egipcia, Moshé había dicho: «Todos estos años Aharón ha actuado como profeta en Israel, ¿y habría yo ahora de invadir su terreno y causarle disgusto?». Pero Dios lo tranquilizó, diciendo: «Moshé, tu hermano Aharón ciertamente no se disgustará, más bien se regocijará por tu misión; sí, saldrá a tu encuentro».

Aharón mostró libremente su alegría al ver a su hermano una vez más, tras su separación de muchos años. En cuanto a su gozo por la distinción concedida a Moshé, era demasiado grande para expresarlo en toda su profundidad y extensión. Por su espíritu bondadoso y generoso, recibió una recompensa de Dios, en que le fue permitido llevar los Urim veTumim sobre su corazón, «pues —dijo Dios— el corazón que se regocijó por el enaltecimiento de un hermano llevará los Urim veTumim».

Aharón corrió al encuentro de su hermano, y lo abrazó, y le preguntó dónde había pasado todos los años de su separación. Cuando le dijeron que en Midián, siguió interrogándolo, diciendo: «¿Quiénes son estos que viajan contigo?».

Moshé: «Mi mujer y mis hijos».

Aharón: «¿Adónde vas con ellos?».

Moshé: «A Mitsraim».

Aharón: «¡Cómo! Bastante grande es nuestro dolor por los que han estado en Mitsraim desde el principio, ¿y tú llevas más a la tierra?».

Moshé reconoció que Aharón tenía razón, y envió a su mujer y a sus hijos de vuelta a su suegro Yitró.

No era menos magnánimo que Aharón. Si el hermano mayor no sentía envidia por la dignidad del hermano menor, el hermano menor no le negó al otro las enseñanzas y revelaciones que había recibido. Inmediatamente después de encontrarse con Aharón, Moshé le contó todo lo que Dios le había enseñado, incluso el terrible secreto del Nombre Inefable que se le había comunicado en el monte Jorev.

En obediencia al mandato de Dios, se reunió a los ancianos del pueblo, y ante ellos Moshé realizó los prodigios que habían de ser sus credenciales como el redentor enviado a liberar al pueblo. Sin embargo, las obras que hizo no fueron tan poderosas para convencerlos de la realidad de la misión como las palabras con que Dios le había anunciado la redención cercana, que él repitió a sus oídos. Los ancianos sabían que Yaakov había transmitido a Yosef la señal secreta que designaba al redentor, y Yosef, a su vez, la había confiado a sus hermanos antes de su muerte. El último superviviente de los hermanos, Asher, se la había revelado a su hija Séraj, con estas palabras: «Aquel que venga y proclame la redención con las palabras de Dios, “Ciertamente os he visitado, y he visto lo que se os hace en Mitsraim”, ese es el verdadero redentor». Séraj vivía aún al regreso de Moshé, y los ancianos acudieron a ella, y le contaron las palabras de Moshé anunciando la redención. Cuando oyó que sus palabras habían sido las mismas que Asher había citado, supo que él era el redentor prometido, y todo el pueblo creyó en él.

Entonces Moshé invitó a los ancianos a ir con él ante el Paró, pero les faltó el valor para presentarse ante el rey. Aunque partieron con Moshé, se fueron escabullendo a hurtadillas por el camino, uno a uno, y cuando Moshé y Aharón se hallaron en presencia del rey, se encontraron solos, abandonados por todos los demás. Los ancianos no salieron impunes. Su castigo fue que Dios no les permitió ascender al monte santo con Moshé. Solo se atrevieron a acompañarlo en el camino hacia Dios hasta donde lo habían acompañado en el camino hacia el Paró, y luego tuvieron que quedarse aguardando hasta que él volviera.

El día en que Moshé y Aharón hicieron su aparición ante el Paró resultó ser el aniversario de su nacimiento, y estaba rodeado de muchos reyes, pues era el soberano del mundo entero, y esta era la ocasión en que los reyes de la tierra venían a rendirle homenaje. Cuando los sirvientes anunciaron a Moshé y a Aharón, el Paró preguntó si los dos ancianos le habían traído coronas, y, al recibir una respuesta negativa, ordenó que no se les admitiera a su presencia hasta que hubiera visto y despedido a todos los demás que deseaban presentarle sus respetos.

El palacio del Paró estaba rodeado por un vasto ejército. Estaba construido con cuatrocientas entradas, cien en cada lado, y cada una de ellas guardada por sesenta mil soldados. Moshé y Aharón quedaron sobrecogidos ante este despliegue de poder, y tuvieron miedo. Pero el ángel Gavriel apareció, y los condujo al interior del palacio, sin que ninguno de los guardias los observara, y el Paró decretó severo castigo para los centinelas distraídos por haber admitido a los ancianos sin su permiso. Fueron destituidos, y otros puestos en su lugar. Pero lo mismo sucedió al día siguiente. Moshé y Aharón estaban dentro del palacio, y la nueva guardia no había podido impedir su paso. El Paró interrogó a sus sirvientes cómo había sido posible que los dos ancianos entraran, y ellos dijeron: «¡No lo sabemos! Por las puertas no entraron. Seguramente han de ser magos».

No bastaba con que el palacio estuviera guardado por una hueste; en cada entrada había apostados dos leones, y por temor a ser despedazado nadie osaba acercarse a las puertas, y nadie podía entrar hasta que llegaba el domador y se llevaba a las fieras. Ahora bien, Bilam y todos los demás escribas sagrados de Mitsraim aconsejaron que los guardianes soltaran a los leones al acercarse Moshé y Aharón. Pero su consejo no sirvió de nada. A Moshé le bastó levantar su vara, y los leones saltaron hacia él gozosos, y lo siguieron a sus pies, retozando como perros ante su amo cuando vuelve a casa.

Dentro del palacio, Moshé y Aharón encontraron a setenta secretarios ocupados con la correspondencia del Paró, que se llevaba en setenta lenguas. Al ver a los mensajeros de Israel, se sobresaltaron llenos de temor, pues los dos hombres parecían ángeles. Su estatura era como la de los cedros del Líbano, sus rostros irradiaban un resplandor como el del sol, las pupilas de sus ojos eran como la esfera del lucero del alba, sus barbas como ramas de palmera, y sus bocas despedían llamas cuando las abrían para hablar. Aterrados, los secretarios soltaron pluma y papel, y se postraron ante Moshé y Aharón.

Entonces los dos representantes de los hijos de Israel se presentaron ante el Paró, y dijeron: «El Dios de los hebreos se ha encontrado con nosotros; déjanos ir, te rogamos, camino de tres días al desierto, y ofrecer sacrificios a Adonái nuestro Dios, no sea que Él nos hiera con peste o con espada». Pero el Paró respondió: «¿Cuál es el nombre de vuestro Dios? ¿En qué consisten Su fuerza y Su poder? ¿Cuántos países, cuántas provincias, cuántas ciudades tiene bajo Su dominio? ¿En cuántas campañas venció? ¿Cuántas tierras sometió a Sí mismo? ¿Cuántas ciudades tomó? Cuando va a la guerra, ¿cuántos guerreros, jinetes, carros y aurigas saca al frente?». A lo cual Moshé y Aharón respondieron: «Su fuerza y Su poder llenan el mundo entero. Su voz talla llamas de fuego; Sus palabras hacen pedazos las montañas. El cielo es Su trono, y la tierra el estrado de Sus pies. Su arco es fuego, Sus flechas son llamas, Sus lanzas antorchas, Su escudo nubes, y Su espada relámpagos. Él creó las montañas y los valles, Él trajo a la existencia espíritus y almas, Él extendió la tierra con una palabra, Él hizo las montañas con Su sabiduría, Él forma el embrión en el vientre de la madre, Él cubre los cielos de nubes, a Su palabra el rocío y la lluvia descienden a la tierra, Él hace crecer las plantas del suelo, Él nutre y sostiene al mundo entero, desde los cuernos del rem hasta los huevos de las alimañas. Cada día hace morir a los hombres, y cada día llama a los hombres a la vida».

El Paró respondió, y dijo: «No tengo necesidad de Él. Yo me creé a mí mismo, y si decís que Él hace descender el rocío y la lluvia, yo tengo el Nilo, el río que tiene su fuente bajo el árbol de la vida, y la tierra impregnada por sus aguas da un fruto tan enorme que hacen falta dos asnos para cargarlo. Y es sabroso más allá de toda descripción, pues tiene trescientos sabores distintos».

Entonces el Paró mandó traer de sus archivos los libros de las crónicas de su reino, donde están registrados los nombres de los dioses de todas las naciones, para ver si el nombre del Dios de los hebreos estaba entre ellos. Fue leyendo: «Los dioses de Moav, los dioses de Amón, los dioses de Sidón... ¡No encuentro a vuestro Dios inscrito en los archivos!». Moshé y Aharón exclamaron: «¡Oh necio! Buscas al Viviente en las tumbas de los muertos. Estos que has leído son los nombres de ídolos mudos, pero nuestro Dios es el Dios de la vida y el Rey de la vida eterna».

Cuando el Paró dijo las palabras «No conozco a HaShem», Dios mismo respondió, diciendo: «¡Oh canalla! ¿Le dices a Mis embajadores: “No conozco la fuerza ni el poder de vuestro Dios”? He aquí que te haré comparecer, para mostrarte Mi poder, y para que Mi Nombre sea proclamado por toda la tierra».

Tras haber buscado en vano en su lista de los dioses de las naciones una mención del Dios de los hebreos, el Paró hizo comparecer ante él a los sabios de Mitsraim, y les dijo: «¿Habéis oído alguna vez el nombre del Dios de este pueblo?». Ellos respondieron: «Nos han dicho que es hijo de los sabios, el hijo de reyes antiguos». Entonces habló Dios, diciendo: «¡Oh necios! Os llamáis a vosotros mismos sabios, pero a Mí me llamáis solo hijo de los sabios. En verdad, reduciré a nada toda vuestra sabiduría y vuestro entendimiento».

El Paró persistió en su terquedad, aun después de que Moshé y Aharón hubieron hecho el milagro de la vara. Cuando los dos hebreos lograron entrar en el palacio, guardado como estaba por leones, el Paró había mandado llamar a sus magos, a la cabeza Bilam y sus dos hijos Janes y Jambres, y cuando comparecieron ante él, les contó el suceso extraordinario, cómo los leones habían seguido a los dos ancianos como perros, y les hacían fiestas. Bilam opinó que no eran más que magos como él y sus compañeros, y rogó al rey que los hiciera comparecer junto con ellos mismos, para poner a prueba quiénes eran los maestros de la magia, si los egipcios o los hebreos.

El Paró mandó llamar a Moshé y Aharón, y les dijo: «¿Quién os creerá cuando decís que sois los embajadores de Dios, como pretendéis ser, si no convencéis a los hombres realizando prodigios?». Entonces Aharón arrojó su vara al suelo, y se convirtió en serpiente. El Paró se echó a reír a carcajadas. «¿Cómo?», exclamó, «¿esto es todo lo que vuestro Dios sabe hacer? Es propio de los mercaderes llevar mercancía a un lugar donde no la hay, pero ¿acaso alguien llevaría salmuera a España o pescado a Acco? Se ve que no sabéis que yo soy experto en toda clase de magia». Ordenó que trajeran a niños pequeños de la escuela, y estos repitieron el prodigio hecho por Moshé y Aharón; es más, la propia esposa del Paró lo hizo. Janes y Jambres, los hijos de Bilam, se burlaron de Moshé, diciendo: «¡Lleváis paja a Efráyim!», a lo cual Moshé respondió: «Al lugar donde abundan las hortalizas, allí se llevan hortalizas».

Para mostrar a los egipcios que Aharón podía hacer con su vara algo que sus magos no podían imitar, Dios hizo que la serpiente en que se había transformado Su vara se tragara todas las varas de los magos. Pero Bilam y sus asociados dijeron: «No hay nada maravilloso ni asombroso en esta hazaña. Tu serpiente no ha hecho más que devorar a nuestras serpientes, lo cual está de acuerdo con una ley de la naturaleza: un ser vivo devora a otro. Si quieres que reconozcamos que el espíritu de Dios obra en ti, arroja entonces tu vara a la tierra, y si, siendo madera, se traga nuestras varas de madera, entonces reconoceremos que el espíritu de Dios está en ti». Aharón superó la prueba. Después de que su vara hubo recobrado su forma original, se tragó las varas de los egipcios, y sin embargo su grosor no aumentó en nada. Esto hizo reflexionar al Paró: si acaso aquella vara prodigiosa de Aharón no se lo tragaría también a él y a su trono. No obstante, se negó a obedecer el mandato de Dios de dejar ir a Israel, diciendo: «Si tuviera aquí ante mí al mismísimo Yaakov-Israel, le pondría paleta y cubo sobre los hombros». Y a Moshé y Aharón les dijo: «Porque vosotros, como todo el resto de la tribu de Leví, no estáis obligados a trabajar, por eso decís: “Vayamos a ofrecer sacrificios a HaShem”. Si hubierais pedido mil personas, o dos mil, habría cumplido vuestra petición, pero jamás consentiré en dejar marchar a seiscientos mil hombres».

Además de negarse a despedir a los hijos de Israel, ordenó, el mismo día de la audiencia de Moshé y Aharón con él, que se exigiera al pueblo entregar la cantidad prescrita de ladrillos, aunque los capataces ya no les darían paja para hacerlos, como hasta entonces. Otro decreto fue que a los hijos de Israel no se les permitiera descansar en Shabat, pues el Paró sabía que aprovechaban el tiempo libre para leer los rollos que describían su redención. Todo esto era parte del plan de Dios: la opresión de Israel había de aumentar cuanto más se acercaba el final. Mientras andaban de un lado a otro de la tierra de Mitsraim recogiendo la paja que necesitaban para la debida cantidad de ladrillos, eran maltratados por los egipcios si los sorprendían en sus campos. Tales actos crueles, cometidos por el pueblo entero, hicieron imposible echar toda la culpa de la esclavitud de Israel solo sobre el Paró. Todos los egipcios mostraron crueldad con los israelitas en sus expediciones en busca de paja, y por eso el castigo divino descendió sobre todos por igual.

Este tiempo espantoso del extremo sufrimiento de Israel duró seis meses. Entretanto, Moshé fue a Midián, dejando a Aharón solo en Mitsraim. Cuando Moshé regresó al final del reinado del terror, dos de los oficiales israelitas lo abordaron a él y a Aharón, y los colmaron de reproches por haber aumentado las desgracias de su pueblo en vez de disminuirlas. Dijeron: «Si de verdad sois los embajadores de Dios, que Él juzgue entre nosotros y el Paró. Pero si buscáis lograr la redención de Israel por vuestra propia cuenta, que Dios juzgue entre vosotros e Israel. Sois responsables del hedor que ahora se extiende por todas partes, salido de los cadáveres israelitas usados como ladrillos para construir cuando no completábamos la cuota. Los egipcios apenas sospechaban vagamente que esperábamos nuestra redención. Es culpa vuestra que ahora sean plenamente conscientes de ello. Estamos en el apuro de la pobre oveja que ha sido arrastrada por un lobo. El pastor persigue al ladrón, lo alcanza, e intenta arrancar la oveja de sus fauces, y la desdichada víctima, tirada por un lado por el lobo y por el otro por el pastor, queda hecha pedazos. Así le va a Israel entre vosotros y el Paró».

Los dos oficiales que pronunciaron estas palabras hirientes fueron Datán y Aviram, y no fue ni la primera ni la última vez que causaron un daño a Moshé. Los demás oficiales israelitas eran mansos y bondadosos; se dejaban golpear por los capataces antes que aguijonear a los trabajadores de su propio pueblo puestos bajo su vigilancia.

El cruel sufrimiento al que estaba expuesto su pueblo llevó a Moshé a hablar así a Dios: «He leído entero el libro de Bereshit, y encontré en él la condena pronunciada sobre la generación del diluvio. Fue un juicio justo. Encontré también los castigos decretados contra la generación de la confusión de las lenguas, y contra los habitantes de Sedom. También esos fueron justos. Pero ¿qué te ha hecho esta nación de Israel, para que sea oprimida más que cualquier otra nación de la historia? ¿Es porque Avraham dijo: “¿En qué conoceré que he de heredar la tierra?”, y Tú lo reprendiste por su poca fe, diciendo: “Ten por cierto que tu descendencia será extranjera en una tierra que no es suya”? ¿Por qué, entonces, no están también los descendientes de Esav y de Yishmael en servidumbre? ¿No son igualmente de la descendencia de Avraham? Pero si Tú dijeras: “¿Qué me importa eso a Mí?”, entonces yo te pregunto: ¿Por qué me enviaste aquí como Tu mensajero? Tu grande, excelso y temible Nombre es temido en toda la tierra, y sin embargo el Paró me oyó pronunciarlo, y se niega a obedecer. Sé que redimirás a Israel a Tu debido tiempo, y poco te importa que ahora estén emparedando a israelitas vivos en estos edificios».

Si fuera solo un Dios de justicia, HaShem habría dado muerte a Moshé por la osadía de sus últimas palabras, pero en vista de que había hablado como lo hizo únicamente por compasión de Israel, HaShem lo trató con benevolencia. Le respondió a Moshé, diciendo: «Verás lo que haré al Paró», palabras que le daban a entender a Moshé que, aunque sería testigo del castigo del Paró, no estaría presente en el de los treinta y un reyes de Kena’an. Así fue reprendido por el lenguaje impropio que había usado al dirigirse a Dios. Al mismo tiempo, las palabras de Dios eran una réplica a otro dicho de Moshé. Este había dicho: «Oh Señor del mundo, bien sé que sacarás a Tus hijos de Mitsraim. Ojalá te sirvieras de otro instrumento, pues no soy digno de ser el redentor de Tus hijos». Dios le respondió a esto: «Sí, Moshé, tú eres digno de ello. Por tu mano serán sacados Mis hijos de Mitsraim. Verás lo que haré al Paró».

Al mismo tiempo Dios le pidió cuentas por haber tenido tan poca fe. Dijo: «¡Ay de los que ya no están, no se hallará más quien sea como ellos! Yo me aparecí a Avraham, Yitsjak y Yaakov como El Shaddai, Dios Todopoderoso, pero no fui conocido por ellos con Mi nombre Adonái, Dios Todomisericordioso, como me aparecí a ti. Y sin embargo ellos no pusieron reparos a Mis actos. Le dije a Avraham: “A ti te daré la tierra”, pero cuando fue a sepultar a Sará, tuvo que pagar plata y comprar un lugar de reposo para su cuerpo; y aun así no me reprochó nada. Le dije a Yitsjak: “A ti y a tu descendencia daré todas estas tierras”, pero cuando quiso agua para beber, tuvo que disputar con los pastores de Guerar; y aun así no me reprochó nada. Le dije a Yaakov: “La tierra sobre la que estás acostado, a ti te la daré, y a tu descendencia”, pero cuando quiso plantar su tienda, tuvo que adquirir una parcela de terreno por cien monedas; y aun así no me reprochó nada. Ninguno de ellos pidió conocer Mi Nombre. Pero tú exigiste conocerlo desde el primer momento, cuando quise enviarte a Mitsraim, y después de que te lo revelé, hablaste diciendo: “Me dijiste que te llamas Compasivo y Clemente, Paciente y Misericordioso, pero apenas pronuncié este Nombre ante el Paró, la desgracia cayó sobre el pueblo de Israel”. Ahora quiero cumplir Mi alianza con los tres Patriarcas, y dar a su posteridad la tierra prometida, como recompensa por la fe sin vacilaciones de los Padres, y también como recompensa al pueblo que, a pesar de su sufrimiento, no puso reparos a Mis obras. Por esto les daré la tierra, que por otros motivos no merecen poseer. ¡Juro que así lo haré!». Dios pronunció este juramento para desterrar todo temor de la mente de Moshé: el de que Él actuara únicamente conforme a Su atributo de justicia, y así retrasara por un tiempo la redención de Israel a causa de los pecados del pueblo.

Ahora la redención de Israel era un hecho consumado. Pero antes de que Moshé y Aharón pudieran emprender la obra de liberar a su pueblo, Dios les señaló varios puntos que debían tener presentes en su empresa. Les habló, diciendo: «Mis hijos son obstinados, apasionados y difíciles. Debéis estar dispuestos a soportar sus insultos, hasta el punto de que os apedreen. Os envío al Paró, y aunque yo lo castigaré según merece, no debéis faltar al respeto que le corresponde como gobernante. Además, cuidad de tomar en vuestro consejo a los ancianos del pueblo, y que vuestro primer paso hacia la redención sea hacer que el pueblo abandone el culto a los ídolos».

Lo último era una tarea dificilísima, y las palabras de Dios al respecto le arrancaron a Moshé la exclamación: «Mira, los hijos de Israel no me escucharán. ¿Cómo, entonces, me habrá de escuchar el Paró?». Era la tercera vez que Moshé rehusaba ir en la misión de Dios. Ahora la paciencia divina se agotó, y Moshé fue sometido a castigo. Al principio Dios se había revelado solo a Moshé, y la intención original había sido que él solo realizara todos los milagros, pero de allí en adelante la palabra de Dios se dirigió también a Aharón, y se le dio parte en la realización de los prodigios.

Dios dividió en cuatro partes los diez castigos decretados para Mitsraim: tres de las plagas las encomendó a Aharón, tres a Moshé, una a los dos hermanos juntos, y tres las reservó para Sí mismo. A Aharón le encargó aquellas que procedían de la tierra y del agua, los elementos compuestos de partes más o menos sólidas, de los que se forman todas las entidades corpóreas y distintas, mientras que las tres confiadas a Moshé fueron las que procedían del aire y del fuego, los elementos más pródigos en vida.

HaShem es un guerrero, y así como un rey de carne y hueso urde diversas estratagemas contra su enemigo, así Dios atacó a los egipcios de diversas maneras. Trajo diez plagas sobre ellos. Cuando una provincia se levanta en rebelión, su soberano señor primero envía su ejército contra ella, para rodearla y cortarle el suministro de agua. Si la gente se arrepiente, muy bien; si no, lanza contra ella a los que hacen ruido en el campo de batalla. Si la gente se arrepiente, muy bien; si no, ordena que le disparen dardos. Si la gente se arrepiente, muy bien; si no, ordena a sus legiones que la asalten. Si la gente se arrepiente, muy bien; si no, provoca entre ella derramamiento de sangre y matanza. Si la gente se arrepiente, muy bien; si no, dirige contra ella un chorro de nafta ardiente. Si la gente se arrepiente, muy bien; si no, le arroja proyectiles con sus catapultas. Si la gente se arrepiente, muy bien; si no, hace levantar escalas de asalto contra sus murallas. Si la gente se arrepiente, muy bien; si no, la echa en calabozos. Si la gente se arrepiente, muy bien; si no, da muerte a sus notables.

Así procedió Dios contra los egipcios. Primero les cortó el suministro de agua convirtiendo sus ríos en sangre. Se negaron a dejar ir a los israelitas, y Él envió las ranas ruidosas y croadoras a sus entrañas. Se negaron a dejar ir a los israelitas, y Él trajo contra ellos los piojos, que atravesaban su carne como dardos. Se negaron a dejar ir a los israelitas, y Él envió contra ellos legiones bárbaras, hordas mezcladas de bestias salvajes. Se negaron a dejar ir a los israelitas, y Él trajo sobre ellos la matanza, una peste gravísima. Se negaron a dejar ir a los israelitas, y Él derramó nafta sobre ellos, úlceras ardientes. Se negaron a dejar ir a los israelitas, y Él hizo descender sobre ellos Sus proyectiles, el granizo. Se negaron a dejar ir a los israelitas, y Él apoyó escalas de asalto contra la muralla para las langostas, que las treparon como hombres de guerra. Se negaron a dejar ir a los israelitas, y Él los echó en las tinieblas del calabozo. Se negaron a dejar ir a los israelitas, y Él dio muerte a sus notables, sus hijos primogénitos.

Las plagas que Dios envió sobre los egipcios se correspondían con los actos que ellos habían cometido contra los hijos de Israel. Porque forzaban a los israelitas a sacarles agua, y además les impedían usar los baños rituales, Él convirtió su agua en sangre.

Porque les habían dicho a los israelitas: «Id a pescarnos peces», Él trajo ranas contra ellos, haciendo que pulularan en sus artesas de amasar y en sus alcobas, y que anduvieran saltando y croando en sus entrañas. Fue la más severa de las diez plagas.

Porque les habían dicho a los israelitas: «Id a barrer y limpiar nuestras casas, nuestros patios y nuestras calles», Él convirtió el polvo del aire en piojos, de modo que las alimañas quedaban amontonadas en pilas de un codo de altura, y cuando los egipcios se ponían ropa limpia, al instante quedaban infestados de insectos.

La cuarta plaga fue una invasión de la tierra por hordas de toda clase de animales salvajes: leones, lobos, panteras, osos y otros. Invadían las casas de los egipcios, y cuando estos cerraban sus puertas para dejarlos fuera, Dios hacía salir de la tierra un animalillo que entraba por las ventanas, reventaba las puertas y abría paso a los osos, panteras, leones y lobos, que irrumpían en masa y devoraban a la gente hasta los niños de cuna. Si un egipcio confiaba sus diez hijos a un israelita para que saliera de paseo con ellos, venía un león y arrebataba a uno de los niños, un oso se llevaba al segundo, una serpiente al tercero, y así sucesivamente, y al final el israelita regresaba a casa solo. Esta plaga se les impuso porque tenían la costumbre de mandar a los israelitas a cazar lobos y leones para sus circos, y los enviaban a tales recados para hacerlos morar en desiertos lejanos, donde quedaban separados de sus esposas y no podían propagar su raza.

Entonces Dios trajo una grave peste sobre su ganado, porque habían forzado a los israelitas a su servicio como pastores, asignándoles pastizales remotos para mantenerlos alejados de sus esposas. Por eso vino la peste y se llevó todo el ganado de los rebaños que los israelitas apacentaban.

La sexta plaga fue una llaga que brotaba con úlceras sobre el hombre y sobre la bestia. Este fue el castigo de los egipcios, porque solían decirles a los hijos de Israel: «Id a prepararnos un baño para deleite de nuestra carne y nuestros huesos». Por eso fueron condenados a sufrir con llagas que inflamaban su carne, y a causa de la comezón no podían dejar de rascarse. Mientras los egipcios sufrían así, los hijos de Israel usaban sus baños.

Porque habían enviado a los israelitas a los campos, a arar y sembrar, se hizo caer granizo sobre ellos, y sus árboles y cosechas quedaron destruidos.

Habían tenido la costumbre de decirles a los israelitas: «Salid, plantadnos árboles y guardad su fruto». Por eso Dios trajo las langostas al territorio de Mitsraim, para que comieran lo que había quedado, lo que les había escapado del granizo, pues los dientes de la langosta son dientes de león, y tiene las muelas de un gran león.

Porque solían echar a los israelitas en calabozos, Dios trajo tinieblas sobre ellos, las tinieblas del infierno, de modo que tenían que andar a tientas. El que estaba sentado no podía levantarse sobre sus pies, y el que estaba de pie no podía sentarse. La imposición de las tinieblas sirvió a otro propósito. Entre los israelitas había muchos hombres malvados que se negaban a salir de Mitsraim, y Dios determinó quitarlos de en medio. Pero para que los egipcios no dijeran que habían sucumbido a la plaga como ellos mismos, Dios les dio muerte al amparo de las tinieblas, y en las tinieblas fueron sepultados por sus propios hermanos israelitas, sin que los egipcios supieran nada de lo ocurrido. Pero el número de estos hombres malvados había sido muy grande, y los hijos de Israel que se salvaron para salir de Mitsraim eran solo una pequeña fracción de la población israelita original.

La décima plaga fue la muerte de los primogénitos, y vino sobre los egipcios a causa de su intención de asesinar a los hijos varones de los israelitas al nacer, y, por último, el Paró y su hueste se ahogaron en el mar de los Juncos, porque los egipcios habían hecho arrojar a las aguas a los hijos varones de los israelitas.

Cada una de las plagas infligidas a Mitsraim tenía otro paralelo en el trato cruel dado a los israelitas. La primera fue un castigo por las palabras arrogantes que había pronunciado el Paró: «Mío es mi río Nilo, y yo me lo he hecho para mí mismo».

La plaga de las ranas la hizo descender Dios sobre los egipcios, «porque», dijo, «las ranas, que a veces habitan en el agua, se vengarán de los egipcios por haber querido destruir a la nación destinada a ser portadora de la Torá, y la Torá se compara con el agua».

Dios envió alimañas sobre ellos, diciendo: «Que los piojos, hechos del polvo de la tierra, se venguen de los egipcios por haber querido destruir a la nación cuya descendencia es como el polvo de la tierra».

Hordas de bestias —leones y lobos— y enjambres de serpientes descendieron sobre ellos, «porque», dijo Dios, «estos animales se vengarán de los egipcios por haber querido destruir a la nación que se compara con leones, lobos y serpientes».

Se trajo sobre ellos una peste mortal, «porque», dijo Dios, «la muerte se vengará de los egipcios por haber querido destruir a la nación que afronta la muerte por la glorificación del Nombre de Dios».

Se los hizo sufrir con úlceras ardientes, «porque», dijo Dios, «las llagas venidas de las cenizas del horno se vengarán de los egipcios por haber querido destruir a la nación cuyo antepasado Avraham entró en el horno de fuego por la glorificación del Nombre de Dios».

Hizo descender granizo sobre ellos, «porque», dijo, «el granizo blanco se vengará de los egipcios por haber querido destruir a una nación cuyos pecados se volverán blancos».

Las langostas vinieron sobre ellos, «porque», dijo Dios, «las langostas, que son Mi gran ejército, se vengarán de los egipcios por haber querido destruir a la nación que se llama Mis huestes».

«Las tinieblas», dijo Dios, «que están separadas de la luz, vendrán y se vengarán de los egipcios por haber querido destruir a la nación sobre la que brilla la luz de HaShem, mientras densas tinieblas cubren a los demás pueblos».

La décima plaga, la muerte de los primogénitos, la infligió Dios diciendo: «Me vengaré de los egipcios por haber querido destruir a la nación que es Mi primogénito. Como la noche se dividió para Avraham, para que sus enemigos fueran vencidos, así pasaré yo por Mitsraim en medio de la noche, y como Avraham fue probado con diez pruebas, así enviaré diez plagas sobre Mitsraim, el enemigo de sus hijos».

Desde que se infligió la primera de las plagas hasta que pasó la última, tras la cual los egipcios cedieron a todo lo que Moshé y Aharón exigían, transcurrió un año entero, pues doce meses es el plazo fijado por Dios para la expiación de los pecados. El diluvio duró un año; Iyov sufrió un año; los pecadores deben soportar los tormentos del infierno durante un año, y el juicio sobre Gog al final de los tiempos se ejecutará durante el lapso de un año.

Moshé anunció la primera plaga al Paró una mañana en que el rey se paseaba a la orilla del río. Este paseo matutino le permitía practicar un engaño. Se hacía llamar dios, y pretendía no sentir ninguna necesidad humana. Para mantener la ilusión, iba cada mañana al borde del río y allí hacía sus necesidades, mientras estaba solo y sin ser visto. En uno de esos momentos fue cuando Moshé se le apareció, y le gritó: «¿Acaso hay un dios que tenga necesidades humanas?». «En verdad, no soy ningún dios», respondió el Paró, «solo finjo serlo ante los egipcios, que son tan idiotas que más valdría tenerlos por asnos que por seres humanos».

Entonces Moshé le hizo saber que Dios convertiría el agua en sangre si se negaba a dejar ir a Israel. En la advertencia podemos discernir la diferencia entre Dios y el hombre. Cuando un mortal alberga la intención de hacer daño a un enemigo, acecha el momento en que puede asestar un golpe inesperado. Pero Dios habla sin rodeos. Advertía al Paró y a los egipcios en público cada vez que una plaga estaba por descender, y cada advertencia la repetía Moshé durante un período de tres semanas, aunque la plaga misma durara solo una semana.

Como el Paró no quiso tomar en serio la advertencia, la plaga anunciada por Moshé se desató sobre él y su pueblo: las aguas se convirtieron en sangre. Es un proverbio muy conocido: «Golpea a los ídolos, y los sacerdotes tiemblan». Dios hirió el río Nilo, que los egipcios adoraban como su dios, a fin de aterrorizar al Paró y a su pueblo y forzarlos a hacer la voluntad divina.

Para producir la plaga, Aharón tomó su vara y extendió su mano sobre las aguas de Mitsraim. Moshé no tuvo parte en la realización del milagro, pues Dios le había dicho: «El agua que veló por tu seguridad cuando fuiste expuesto en el Nilo no sufrirá daño por tu mano».

Apenas hubo ejecutado Aharón el mandato divino, toda el agua de Mitsraim se convirtió en sangre, incluso la que se guardaba en vasijas de madera y en vasijas de piedra. La saliva misma de un egipcio se volvía sangre no bien la echaba de la boca, y también goteaba sangre de los ídolos de los egipcios.

La transformación de las aguas en sangre estaba pensada principalmente como castigo para los opresores, pero fue al mismo tiempo una fuente de provecho para los oprimidos. Dio a los israelitas la oportunidad de amasar una gran riqueza. Los egipcios les pagaban grandes sumas por su agua, pues si un egipcio y un israelita sacaban agua del mismo abrevadero, la porción que se llevaba el egipcio quedaba inservible: se convertía en sangre. Y, en verdad, nada aliviaba a los egipcios en su apuro, pues aunque bebieran agua de la misma copa que un israelita, se les volvía sangre en la boca.

Sin embargo, esta plaga no impresionó al Paró como un castigo infligido en nombre de Dios, porque con ayuda de los Ángeles de la Destrucción los magos de Mitsraim produjeron el mismo fenómeno de convertir el agua en sangre. Por eso no atendió a las palabras de Moshé.

La siguiente fue la plaga de las ranas, y de nuevo fue Aharón quien realizó el prodigio. Extendió su mano con su vara sobre los ríos, e hizo subir ranas sobre la tierra de Mitsraim. A Moshé, cuya vida había sido preservada por el agua, se le apartó de envenenar a su salvadora con los reptiles. Al principio apareció una sola rana, pero empezó a croar, convocando a tantas compañeras que toda la tierra de Mitsraim pululaba con ellas. Dondequiera que un egipcio se plantara, aparecían ranas, y de algún modo misterioso eran capaces de atravesar los metales más duros, y ni siquiera los palacios de mármol de los nobles egipcios les servían de protección. Si una rana se les acercaba, los muros se partían al instante. «¡Abre paso», gritaban las ranas a la piedra, «para que yo cumpla la voluntad de mi Creador!», y de inmediato el mármol mostraba una grieta por la que entraban las ranas, y entonces atacaban a los egipcios en su propio cuerpo, y los mutilaban y los abrumaban. En su ardor por cumplir el mandato de Dios, las ranas se arrojaban a las llamas al rojo vivo de los hornos y devoraban el pan. Siglos después, los tres santos jóvenes, Jananiá, Mishael y Azariá, recibieron de Nabucodonosor la orden de rendir culto a sus ídolos so pena de muerte en el horno ardiente, y dijeron: «Si las ranas, que no tenían obligación alguna de glorificar el Nombre de Dios, se arrojaron sin embargo al fuego para ejecutar la voluntad divina sobre el castigo de los egipcios, ¡cuánto más debemos estar nosotros dispuestos a exponer nuestra vida al fuego por la mayor gloria de Su Nombre!». Y a las celosas ranas no se las dejó sin recompensa. Mientras las demás eran destruidas de sobre el Paró y las casas egipcias en el momento señalado como el fin de la plaga, Dios salvó con vida a las que estaban en los hornos: el fuego no tuvo poder para hacerles el menor daño.

Ahora bien, aunque los magos egipcios también hicieron subir ranas sobre la tierra de Mitsraim con la ayuda de demonios, el Paró no obstante se declaró dispuesto a dejar ir al pueblo a ofrecer sacrificios a HaShem. La diferencia entre esta plaga y la primera fue que el agua convertida en sangre no le había causado ninguna molestia personal, mientras que los enjambres de ranas le infligían un sufrimiento físico, y le dio la promesa a Moshé de dejar ir a Israel, con la esperanza de librarse del dolor que padecía. Y Moshé, a su vez, prometió suplicar a Dios por él al día siguiente. No se podía hacer de inmediato, porque el plazo de los siete días aún no había transcurrido. La oración ofrecida por Moshé en favor del Paró fue concedida: todas las ranas perecieron, y su destrucción fue demasiado rápida para que se retiraran al agua. En consecuencia, toda la tierra se llenó del hedor de las ranas en descomposición, pues habían sido tan numerosas que cada egipcio juntó cuatro montones de ellas. Aunque las ranas habían llenado todas las plazas, establos y viviendas, se retiraban ante los hebreos como si hubieran podido distinguir entre las dos naciones, y hubieran sabido a cuál convenía maltratar y a cuál tratar con consideración. Además de respetar a los hebreos en la tierra de Mitsraim, las ranas se mantuvieron dentro de los límites del país, sin invadir en modo alguno el territorio de las naciones vecinas. Es más, fueron el medio para zanjar pacíficamente una vieja disputa de fronteras entre Mitsraim y Etiopía. Dondequiera que aparecían, hasta allí se extendía el dominio egipcio; todo lo que quedaba más allá de su línea pertenecía a Etiopía.

El Paró era como los malvados que claman a Dios en su aflicción, y cuando su fortuna prospera vuelven a recaer en sus antiguas costumbres impías. No bien se hubieron apartado de él las ranas, de sus casas, de sus siervos y de su pueblo, endureció de nuevo su corazón y se negó a dejar ir a Israel. Entonces Dios envió la plaga de los piojos, la última de las traídas sobre Mitsraim por mediación de Aharón. Moshé no podía tener parte en ella, «pues», dijo Dios, «la tierra que te dio protección cuando te permitió ocultar al egipcio muerto no sufrirá por tu mano».

Los magos egipcios, que se habían jactado de ser capaces de producir las dos primeras plagas —jactancia vacía, pues no las provocaron con sus encantamientos, sino solo porque Moshé quiso que lo hicieran—, fueron avergonzados por Dios con la tercera plaga. Intentaron en vano imitarla. Los demonios no pudieron ayudarlos, pues su poder se limita a la producción de cosas más grandes que un grano de cebada, y los piojos son más pequeños. Los magos tuvieron que admitir: «Este es el dedo de Dios». Su fracaso puso fin de una vez por todas a sus intentos de hacer lo que hacía Moshé.

Pero el corazón del Paró se endureció, y Dios le habló a Moshé, diciendo: «Este malvado sigue teniendo el corazón duro, a pesar de las tres plagas. La cuarta será mucho peor que las que la han precedido. Ve, pues, a él, y adviértele: más le valdría dejar ir a Mi pueblo, para que la plaga no venga sobre él».

La cuarta plaga también se le anunció al rey de madrugada a la orilla del río. El Paró iba allí con regularidad, pues era uno de los magos, que necesitan agua para sus encantamientos. Las visitas matutinas diarias de Moshé empezaban a molestarlo, y salía temprano de casa con la esperanza de burlar a su amonestador. Pero Dios, que conoce los pensamientos del hombre, enviaba a Moshé al Paró justo en el momento de su salida.

Como la advertencia de la plaga inminente no había surtido efecto alguno en el Paró, Dios envió la cuarta plaga sobre Mitsraim: una horda mezclada de animales salvajes —leones, osos, lobos y panteras—, y tantas aves de rapiña de distintas clases que la luz del sol y de la luna se oscurecía mientras revoloteaban por el aire. Estas bestias vinieron sobre los egipcios como castigo por haber querido forzar a la descendencia de Avraham a mezclarse con las demás naciones. Dios se lo devolvió trayendo sobre ellos una mezcla que les costó la vida.

Así como el Paró había sido el primero de los egipcios en tramar planes malvados contra los hijos de Israel, así fue el primero sobre quien descendió el castigo. En su casa entró antes que en ninguna la horda mezclada de bestias, y luego en las casas del resto de los egipcios. Goshen, la tierra habitada por los israelitas, fue completamente respetada, pues Dios puso una división entre los dos pueblos. Es cierto que los israelitas habían cometido pecados suficientes para merecer castigo, pero Hakadosh Baruj Hu permitió que los egipcios sirvieran de rescate por Israel.

De nuevo el Paró expresó su disposición a dejar que los hijos de Israel ofrecieran sacrificios a su Dios, pero habían de quedarse en la tierra y hacerlo allí, sin salir al desierto. Moshé le hizo ver al Paró cuán impropio sería que los israelitas sacrificaran, ante los ojos mismos de su pueblo, los animales que los egipcios adoraban como dioses. Entonces el Paró consintió en dejarlos ir más allá de las fronteras de su tierra, solo que no debían alejarse mucho, y Moshé, para despistarlo, pidió un camino de tres días al desierto. Pero, una vez más, cuando Moshé hubo suplicado a Dios en favor del Paró, y la horda de bestias salvajes se hubo desvanecido, el rey endureció su corazón y no dejó ir al pueblo.

El cese de la cuarta plaga fue tan milagroso como la plaga misma. Los animales mismos que habían sido matados por los egipcios en defensa propia volvieron a la vida y partieron de la tierra con el resto. Esto se dispuso para impedir que los malvados opresores sacaran provecho del castigo ni siquiera por el valor de las pieles y la carne de los animales muertos. No había sido así con las inútiles ranas: estas habían muerto en el sitio, y sus cadáveres habían quedado donde cayeron.

La quinta plaga que Dios descargó sobre los egipcios fue una peste terrible, que segó sobre todo el ganado y las bestias, aunque tampoco perdonó del todo a los hombres. Esta peste era una plaga aparte, pero acompañaba también a todas las demás, y a ella se debió la muerte de muchos egipcios. Los israelitas salieron una vez más ilesos. Es más: si un israelita tenía un derecho legítimo sobre una bestia en poder de un egipcio, esa bestia también quedaba a salvo —y la misma suerte alcanzaba al ganado que era propiedad común de israelitas y egipcios.

La sexta plaga, la de las llagas, la produjeron Moshé y Aharón juntos, de modo milagroso. Cada uno tomó un puñado de ceniza del horno; luego Moshé sostuvo el contenido de los dos montones en el hueco de una sola de sus manos, y esparció la ceniza hacia el cielo, y voló tan alto que llegó hasta el Trono divino. Al volver hacia la tierra, se dispersó sobre toda la tierra de Mitsraim, un espacio de cuatrocientas parasangas cuadradas. El polvo fino de la ceniza produjo lepra en la piel de los egipcios, y unas pústulas de índole peculiar, blandas por dentro y secas por encima.

Las primeras cinco plagas los magos habían intentado imitarlas, y en parte lo habían logrado. Pero en esta sexta plaga no pudieron mantenerse ante Moshé, y desde entonces renunciaron a hacer lo que él hacía. Su arte les había sido dañino a ellos mismos todo el tiempo. Aunque podían producir las plagas, no podían imitar a Moshé haciéndolas desaparecer. Metían las manos en el pecho y las sacaban blancas de lepra, exactamente como Moshé —pero su carne quedaba leprosa hasta el día de su muerte. Y lo mismo ocurría con todas las demás plagas que imitaban: hasta el día de su muerte padecían los males que producían.

Como el Paró había endurecido su corazón a sabiendas con cada una de las primeras cinco plagas, y se negaba a apartarse de su propósito pecaminoso, Dios lo castigó de ahí en adelante de tal manera que ya no pudiera enmendar su camino aunque quisiera. Dijo Dios: «Aunque ahora deseara arrepentirse, endureceré su corazón hasta que pague la deuda entera».

El Paró había observado que, cada vez que paseaba por la orilla del Nilo, Moshé le salía al paso. Por eso renunció a su paseo matutino. Pero Dios ordenó a Moshé que buscara al rey en su palacio en las primeras horas del día y lo instara a arrepentirse de sus malos caminos. Así pues, Moshé le habló de este modo, en nombre de Dios: «¡Oh, malvado! Crees que no puedo borrarte del mundo. Considera: si lo hubiera deseado, en vez de herir al ganado, te habría herido a ti y a tu pueblo con la peste, y habrías sido cortado de la tierra. He infligido la plaga solo en la medida necesaria para mostrarte Mi poder, y para que Mi Nombre sea proclamado por toda la tierra. Pero tú no dejas de pisotear a Mi pueblo. He aquí que mañana, cuando el sol pase por este punto» —y en eso Moshé trazó una marca en la pared— «haré caer un granizo tan terrible como no habrá otro, salvo una vez más, cuando aniquile a Gog con granizo, fuego y azufre».

Pero la bondad de Dios es tan grande que aun en Su ira tiene misericordia de los malvados, y como Su objeto principal no era dañar a hombres y bestias, sino arruinar la vegetación en los campos de los egipcios, ordenó a Moshé que advirtiera al Paró que hiciera recoger y poner a resguardo aprisa su ganado y todo lo que tenía en el campo. Pero la advertencia cayó en oídos sordos. Solo Iyov la tomó a pecho, mientras que el Paró y su pueblo no hicieron caso de la palabra de HaShem. Por eso HaShem dejó que el granizo hiriera tanto al hombre como a la bestia, en vez de limitarlo a las hierbas y los árboles del campo, como había sido Su intención desde el principio.

Por regla general, el fuego y el agua son elementos en guerra entre sí, pero en las piedras de granizo que hirieron la tierra de Mitsraim se reconciliaron. Un fuego reposaba dentro del granizo como la mecha encendida flota en el aceite de una lámpara: el líquido que la rodea no puede extinguir la llama. Los egipcios eran heridos ora por el granizo, ora por el fuego. En un caso como en el otro, su carne quedaba abrasada, y los cuerpos de los muchos que morían por el granizo eran consumidos por el fuego. Las piedras de granizo se amontonaban como un muro, de modo que los cadáveres de las bestias muertas no podían retirarse; y si la gente lograba despedazar a los animales muertos y llevarse su carne, las aves de rapiña los atacaban de camino a casa y les arrebataban su botín. Pero la vegetación del campo sufrió aún más que el hombre y la bestia, pues el granizo caía como un hacha sobre los árboles y los quebraba. Que el trigo y la espelta no quedaran aplastados fue un milagro.

Ahora, por fin, el Paró lo reconoció, y dijo: «HaShem es justo, y yo y mi pueblo somos malvados. Justo fue cuando nos mandó recoger aprisa nuestro ganado ante el granizo, y yo y mi pueblo fuimos malvados, pues no atendimos Su advertencia, y hombres y bestias fueron sorprendidos en el campo por el granizo, y muertos». De nuevo rogó a Moshé que suplicara a Dios en su favor, que apartara la plaga, y prometió dejar ir a los hijos de Israel. Moshé accedió a hacer su voluntad, aunque le dijo: «No creas que ignoro lo que sucederá una vez detenida la plaga. Sé que tú y tus siervos temeréis a HaShem, Dios, tan poco después de retirado Su castigo como lo temíais antes. Pero para mostrar Su grandeza, Le rogaré que haga cesar el granizo».

Moshé salió un breve trecho de la ciudad, lejos del Paró, y extendió las manos hacia HaShem, pues no quería orar a Dios dentro, donde había muchos ídolos e imágenes. Al instante el granizo quedó suspendido en el aire. Parte de él cayó mientras Yehoshúa combatía contra los amorreos, y el resto lo enviará Dios en Su furia contra Gog. También los truenos cesaron ante la intercesión de Moshé, y quedaron reservados para un tiempo posterior, pues eran el estruendo que HaShem hizo oír al ejército de los sirios en el asedio de Shomrón, por lo cual se levantaron y huyeron al anochecer.

Tal como Moshé lo había previsto, así ocurrió. Apenas cesó el granizo, el Paró abandonó su resolución y se negó a dejar ir a Israel. Moshé no perdió tiempo en anunciarle la octava plaga, la de las langostas. Al notar que sus palabras habían hecho mella en los consejeros del rey, se volvió y salió de la presencia del Paró, para darles la oportunidad de discutir el asunto entre ellos. Y, en efecto, sus siervos instaron al Paró a dejar ir a los israelitas para que sirvieran a HaShem, su Dios. Pero, de nuevo, cuando Moshé insistió en que todo el pueblo debía ir —los jóvenes y los viejos, los hijos y las hijas—, el Paró puso reparos, diciendo: «Sé que es costumbre que jóvenes y ancianos tomen parte en los sacrificios, pero de ningún modo los niños pequeños; y al exigir también su presencia delatas tu mal propósito. No es más que un pretexto eso de que iréis camino de tres días al desierto y luego volveréis. Lo que pretendéis es escapar y no volver jamás. No quiero saber nada más del asunto. Mi dios Báal-Tsefón se os opondrá en el camino, y os estorbará en vuestra marcha». Las últimas palabras del Paró fueron un vago presentimiento. Como mago, previó que, al salir de Mitsraim, los hijos de Israel se hallarían en aprietos desesperados ante el santuario de Báal-Tsefón.

El Paró no se contentó con negar sin más la petición presentada por Moshé y Aharón. Ordenó que los expulsaran del palacio por la fuerza. Entonces Dios envió la plaga de las langostas que Moshé había anunciado. Comieron toda hierba de la tierra y todo el fruto de los árboles que el granizo había dejado, y no quedó nada verde. Y de nuevo el Paró mandó llamar a Moshé y a Aharón para pedirles perdón, tanto por su pecado contra HaShem, Dios, al no haber escuchado Su palabra, como por su pecado contra ellos, al haberlos echado y haber querido maldecirlos. Moshé, como antes, oró a Dios en favor del Paró, y su petición fue concedida: la plaga fue apartada, y de un modo bastante sorprendente. Cuando los enjambres de langostas empezaron a oscurecer la tierra, los egipcios las atrapaban y las conservaban en salmuera como manjar para comer. Entonces HaShem hizo soplar un viento del oeste sumamente fuerte, que se llevó las langostas y las arrojó al mar de los Juncos. Hasta las que guardaban en sus vasijas alzaron el vuelo y se fueron, y no obtuvieron el provecho esperado.

La penúltima plaga, como las que la habían precedido, duró siete días. Todo ese tiempo la tierra quedó envuelta en tinieblas, solo que no siempre del mismo grado de densidad. Durante los tres primeros días, no eran tan espesas como para impedir que los egipcios cambiaran de postura cuando lo deseaban. Si estaban sentados, podían levantarse, y si estaban de pie, podían sentarse. En los días cuarto, quinto y sexto, las tinieblas eran tan densas que no podían moverse de su sitio. O bien permanecían sentados todo el tiempo, o bien de pie; como estaban al principio, así quedaban hasta el fin. El último día de tinieblas alcanzó a los egipcios no en su propia tierra, sino en el mar de los Juncos, en su persecución de Israel. Las tinieblas no eran de la clase común y terrena; venían del guehinom, y podían palparse. Eran espesas como un dinar, y todo el tiempo que reinaron una luz celestial alumbraba las moradas de los hijos de Israel, gracias a la cual podían ver lo que hacían los egipcios al amparo de la oscuridad. Esto les fue de gran ventaja, pues cuando estaban a punto de salir de la tierra, y pidieron a sus vecinos que les prestaran ropas y objetos de oro y de plata para el viaje, los egipcios intentaron negar tener tales cosas en su poder. Pero los hijos de Israel, que habían espiado todos sus tesoros durante los días de tinieblas, podían describir con exactitud los objetos que necesitaban y señalar sus escondrijos. Los egipcios razonaron que las palabras de los israelitas podían tomarse al pie de la letra tal como las decían, pues si hubieran tenido la menor intención de engañarlos —pidiendo prestado cuando pensaban quedarse con lo que echaran mano—, bien podrían haber tomado sin ser vistos, durante los días de tinieblas, cuanto hubieran deseado. Por eso los egipcios no sintieron reparo alguno en prestar a los hijos de Israel todos los tesoros que pedían.

Las tinieblas eran de tal naturaleza que no podían disiparse por medios artificiales. La luz del fuego encendido para usos domésticos, o bien la apagaba la violencia de la tormenta, o bien quedaba invisible y tragada por la densidad de la oscuridad. La vista, el más indispensable de todos los sentidos externos, aunque intacta, quedaba privada de su función, pues nada podía distinguirse, y todos los demás sentidos quedaban derribados como súbditos cuyo jefe ha caído. Nadie era capaz de hablar ni de oír, ni se atrevía nadie a tomar alimento, sino que se echaban en silencio y con hambre, sus sentidos externos como en trance. Así permanecían, abrumados por la aflicción, hasta que Moshé se compadeció de ellos de nuevo, y suplicó a Dios en su favor, quien le concedió el poder de restaurar el buen tiempo, luz en vez de tinieblas y día en vez de noche.

Intimidado por esta aflicción, el Paró permitió que el pueblo se fuera —los pequeños tanto como los hombres y las mujeres—, solo pidió que dejaran quedarse sus rebaños y sus manadas. Pero Moshé dijo: «Por tu vida, también nuestro ganado irá con nosotros. Es más: si aunque sea la pezuña de un animal pertenece a un israelita, la bestia no quedará atrás en Mitsraim». Este discurso exasperó al Paró a tal punto que amenazó a Moshé con la muerte el día en que volviera a ver su rostro.

En ese mismo momento HaShem se apareció a Moshé, y le mandó informar al Paró de la última plaga, la muerte de los primogénitos. Fue la primera y la última vez que Dios se reveló en el palacio real. Eligió en esta ocasión la residencia del Paró para que Moshé no quedara tildado de mentiroso, pues a la amenaza del Paró de matarlo si volvía a ver su rostro, él había respondido con estas palabras: «Bien has hablado; no volveré a ver tu rostro nunca más».

Con voz potente Moshé proclamó la última plaga, cerrando su anuncio con las palabras: «Y todos estos siervos tuyos descenderán a mí y se inclinarán ante mí, diciendo: “Sal tú, y todo el pueblo que te sigue”; y después de eso saldré». Moshé sabía muy bien que el Paró mismo vendría a rogarle que sacara a Israel con la mayor prisa posible, pero mencionó solo a los siervos del rey, y no al rey mismo, porque nunca olvidaba el respeto debido a un gobernante.

Cuando se acercó el tiempo en que, conforme a la promesa hecha a Avraham, sus hijos serían redimidos, se vio que no tenían obras piadosas en su haber por cuyo mérito merecieran la liberación de la esclavitud. Por eso Dios les dio dos mandamientos: uno que les mandaba sacrificar el cordero pascual y otro circuncidar a sus hijos. Junto con el primero recibieron el calendario en uso entre los judíos, pues la fiesta de Pésaj ha de celebrarse el día quince del mes de Nisán, y con este mes ha de comenzar el año. Pero los cómputos del calendario son tan intrincados que Moshé no pudo entenderlos hasta que Dios le mostró con claridad los movimientos de la luna. Había otras tres cosas igualmente difíciles, que Moshé solo pudo comprender después de que Dios se las hiciera ver con claridad. Eran la composición del aceite santo de la unción, la construcción del candelabro del Mishkán, y los animales cuya carne está permitida o prohibida. También la determinación de la luna nueva fue objeto de enseñanza divina especial. Para que Moshé conociera el procedimiento exacto, Dios se le apareció con una vestidura que llevaba flecos en las esquinas, mandó a Moshé situarse a Su derecha y a Aharón a Su izquierda, y luego, citando a Mijael y a Gavriel como testigos, dirigió preguntas escrutadoras a los ángeles sobre cómo se les había aparecido la luna nueva. Entonces HaShem se dirigió a Moshé y a Aharón, diciendo: «Así proclamarán Mis hijos la luna nueva, sobre el testimonio de dos testigos y por medio del presidente del tribunal».

Cuando Moshé se presentó ante los hijos de Israel y les transmitió el mensaje divino, diciéndoles que su redención llegaría en este mes de Nisán, ellos dijeron: «¿Cómo es posible que seamos redimidos? ¿No está todo Mitsraim lleno de nuestros ídolos? Y no tenemos obras piadosas que mostrar que nos hagan dignos de la redención». Moshé respondió y dijo: «Como Dios desea vuestra redención, no repara en vuestros ídolos; pasa de largo junto a ellos. Ni mira vuestras malas obras, sino solo las buenas obras de los piadosos entre vosotros».

En verdad, Dios no habría liberado a Israel si no hubieran abandonado su culto a los ídolos. Con este fin les mandó sacrificar el cordero pascual. Así habían de mostrar que habían renunciado a la idolatría de los egipcios, que consistía en el culto al carnero. La ley primera era distinta de la práctica de tiempos posteriores, pues se les mandó escoger el animal del sacrificio cuatro días antes del día señalado para la ofrenda, y designarlo públicamente como tal, para mostrar que no sentían temor de los egipcios.

Con el corazón oprimido, los egipcios observaban los preparativos de los israelitas para sacrificar a los animales que ellos adoraban. Sin embargo, no se atrevían a poner objeción, y cuando llegó el momento de hacer la ofrenda, los hijos de Israel pudieron cumplir las ceremonias sin un temblor, viendo que sabían, por la experiencia de muchos días, que los egipcios temían acercárseles con intención hostil. Había otra práctica ligada a la degollación del cordero pascual que había de mostrar a los egipcios cuán poco los temían los israelitas. Tomaban de la sangre del animal y la ponían abiertamente en los dos postes laterales y en el dintel de las puertas de sus casas.

Moshé comunicó a los ancianos las leyes que regían el sacrificio de Pésaj, y ellos a su vez las dieron a conocer al pueblo entero. Los ancianos fueron alabados por haber respaldado al líder en su primera aparición, pues su fe en Moshé hizo que todo el pueblo se le adhiriera al instante. Por eso Dios habló, diciendo: «Recompensaré a los ancianos por infundir al pueblo confianza en Moshé. Tendrán el honor de liberar a Israel. Conducirán al pueblo al sacrificio de Pésaj, y por medio de esto se obrará la redención».

Las ceremonias ligadas al sacrificio de Pésaj tenían el propósito de transmitir a Israel enseñanza sobre el pasado y el futuro por igual. La sangre puesta en los dos postes laterales y en el dintel de sus puertas había de recordarles a Avraham, a Yitsjak y a Yaakov; y el manojo de hisopo para rociar la sangre en las puertas había de dar a entender que, aunque la posición de Israel entre los pueblos de la tierra es tan humilde como la del hisopo entre las plantas, esta pequeña nación está unida como el manojo de hisopo, pues es el tesoro peculiar de Dios.

El sacrificio pascual le brindó a Moshé la ocasión de inducir a los hijos de Israel a someterse a la circuncisión, cosa que muchos se habían negado a hacer hasta entonces, pese a sus apremiantes llamamientos. Pero Dios tiene medios de persuasión. Hizo soplar un viento que llevó los dulces aromas del Paraíso hacia el cordero pascual de Moshé, y la fragancia penetró en todas las partes de Mitsraim, a la distancia de un viaje de cuarenta días. La gente acudía en muchedumbre al cordero de Moshé, y deseaba participar de él. Pero él dijo: «Este es el mandato de Dios: “Ningún incircunciso comerá de él”», y todos decidieron someterse a la circuncisión. Cuando HaShem pasó por la tierra de Mitsraim, bendijo a cada israelita por su cumplimiento de los dos mandatos: el mandato del sacrificio pascual y el mandato relativo a la circuncisión.

HaShem obró un gran milagro en favor de los israelitas. Como ningún sacrificio puede comerse fuera de los confines de la Tierra Santa, todos los hijos de Israel fueron transportados allá sobre nubes, y después de comer del sacrificio, fueron llevados de vuelta a Mitsraim del mismo modo.

Cuando Moshé anunció la muerte de los primogénitos, todas las víctimas designadas acudieron a sus padres y dijeron: «Todo lo que Moshé ha predicho se ha cumplido. Dejad ir a los hebreos, o moriremos todos». Pero los padres respondieron: «Más vale que muera uno de cada diez de nosotros a que los hebreos ejecuten su propósito». Entonces los primogénitos acudieron al Paró, para inducirlo a despedir a los hijos de Israel. Lejos de conceder su deseo, ordenó a sus siervos que cayeran sobre los primogénitos y los golpearan, para castigarlos por su exigencia insolente. Viendo que no podían lograr su fin por medios pacíficos, intentaron conseguirlo por la fuerza.

El Paró y todos los que se oponían a los deseos de los primogénitos eran de la opinión de que la pérdida de un porcentaje tan insignificante de la población era cosa de poca monta. Se equivocaban en su cálculo, pues el decreto divino comprendía no solo a los hijos primogénitos, sino también a las hijas primogénitas, y no solo a los primogénitos de los matrimonios entonces existentes, sino también a los primogénitos nacidos de anteriores uniones de los padres y las madres; y como los egipcios llevaban vidas disolutas, no era raro que cada uno de los diez hijos de una misma mujer fuera el primogénito de su padre. Por último, Dios decretó que la muerte hiriera al miembro de mayor edad de cada casa, fuera o no el primogénito de sus padres. Lo que Dios resuelve se ejecuta. En el instante exacto que marca la mitad de la noche —tan preciso que solo Dios mismo podía determinarlo y discernirlo—, apareció en Mitsraim, acompañado de nueve mil miríadas de los Ángeles de la Destrucción, que están formados unos de granizo y otros de llamas, y cuyas miradas infunden terror y temblor al corazón de quien las contempla. Estos ángeles estaban a punto de lanzarse a la obra de aniquilación, pero Dios los contuvo, diciendo: «Mi ira no se aplacará hasta que Yo mismo ejecute venganza sobre los enemigos de Israel».

Aquellos entre los egipcios que dieron crédito a las palabras de Moshé, e intentaron proteger de la muerte a sus hijos primogénitos, los enviaron a sus vecinos hebreos, para que pasaran con ellos la noche fatídica, con la esperanza de que Dios eximiera de la plaga a las casas de los hijos de Israel. Pero por la mañana, cuando los israelitas se levantaron de su sueño, hallaron junto a ellos los cadáveres de los fugitivos egipcios. Esa fue la noche en que los israelitas rezaron antes de acostarse: «Haznos, HaShem, Dios nuestro, acostarnos en paz, aparta al Satán de delante de nosotros y de detrás de nosotros, y guarda nuestra salida y nuestra entrada para vida y para paz», pues fue el Satán quien había causado espantosa mortandad entre los egipcios.

Entre los muertos había, además de los primogénitos egipcios, también los primogénitos de otras nacionalidades residentes en Mitsraim, así como los primogénitos egipcios que moraban fuera de su propia tierra. Ni siquiera los primogénitos muertos hacía tiempo fueron perdonados. Los perros arrastraban sus cadáveres fuera de las sepulturas en las casas, pues era costumbre egipcia enterrar a los muertos en el hogar. Ante el espantoso espectáculo, los egipcios se lamentaban como si la pérdida les acabara de sobrevenir. Los mismos monumentos y estatuas erigidos en memoria de los primogénitos muertos se convirtieron en polvo, que se dispersó y voló hasta perderse de vista. Es más: sus esclavos hubieron de compartir la suerte de los egipcios, y no menos el primogénito del cautivo que estaba en la mazmorra, pues nadie había tan bajo que no odiara a los hebreos y se alegrara cuando los egipcios decretaron su persecución. Las esclavas que molían grano entre las piedras del molino solían decir: «No lamentamos nuestra servidumbre, con tal de que los israelitas también sean amordazados».

Al repartir el castigo entre estos extranjeros en la tierra de Mitsraim, Dios mostró que era a la vez el Amo de la tierra y el Señor sobre todos los dioses de las naciones, pues si los esclavos y los cautivos de guerra no hubieran sido heridos, habrían dicho: «Poderoso es nuestro dios, que nos ayudó en esta plaga». Por la misma razón, todos los ídolos de los egipcios fueron barridos de la existencia aquella noche. Los ídolos de piedra fueron reducidos a polvo, los ídolos de madera se pudrieron, y los hechos de metal se derritieron, y así se impidió que los egipcios atribuyeran su castigo a la ira de sus propios dioses. Del mismo modo, HaShem, Dios, mató a los primogénitos del ganado, pues los egipcios rendían culto a los animales, y les habrían atribuido a ellos sus desgracias. Por todos estos medios HaShem les mostró que sus dioses no eran sino vanidad.

El Paró se levantó en la noche de la muerte de los primogénitos. No esperó a la tercera hora de la mañana, cuando los reyes suelen levantarse, ni esperó a que lo despertaran, sino que él mismo sacó del sueño a sus esclavos, y a todos los demás egipcios, y juntos salieron a buscar a Moshé y a Aharón. Sabía que Moshé nunca había dicho una falsedad, y como este había dicho: «No volveré a ver tu rostro nunca más», no podía contar con que Moshé viniera a él. No le quedaba otra cosa que hacer sino salir en busca del líder israelita. No sabía dónde vivía Moshé, y le costó gran trabajo y perdió mucho tiempo buscando su casa, pues los muchachos hebreos a quienes preguntaba cuando los encontraba en la calle le gastaban bromas, lo mandaban en dirección equivocada y lo extraviaban. Así anduvo errante largo rato, todo el tiempo llorando y clamando: «¡Oh, Moshé, amigo mío, ruega por mí a Dios!».

Entretanto, Moshé y Aharón y todo Israel con ellos estaban en la comida pascual, bebiendo vino sentados y reclinados hacia un lado, y cantando cánticos en alabanza a Dios —el Halel—, que ellos fueron los primeros en recitar. Cuando el Paró por fin llegó a la puerta de la casa donde Moshé moraba, lo llamó, y de Moshé le llegó la pregunta: «¿Quién eres tú, y cómo te llamas?». «Soy el Paró, que está aquí humillado». Moshé preguntó de nuevo: «¿Por qué vienes a mí en persona? ¿Es costumbre de los reyes demorarse a las puertas de la gente común?». «Te ruego, señor mío», repuso el Paró, «sal e intercede por nosotros, o no quedará un solo ser con vida en Mitsraim». «No puedo salir, pues Dios nos ha ordenado: “Ninguno de vosotros saldrá de la puerta de su casa hasta la mañana”». Pero el Paró siguió suplicando: «Acércate al menos a la ventana, y habla conmigo»; y cuando Moshé cedió a sus ruegos y apareció en la ventana, el rey le dirigió estas palabras: «Ayer dijiste: “Todos los primogénitos en la tierra de Mitsraim morirán”, pero ahora han perecido nada menos que las nueve décimas partes de los habitantes».

Al Paró lo acompañaba su hija Bitiá, madre adoptiva de Moshé. Ella le reprochó su ingratitud, por haber traído el mal sobre ella y sobre sus compatriotas. Y Moshé respondió y dijo: «Diez plagas trajo HaShem sobre Mitsraim. ¿Te ha sobrevenido mal por alguna de ellas? ¿Te afectó una sola?». Y cuando Bitiá reconoció que ningún daño la había tocado, Moshé prosiguió: «Aunque eres la primogénita de tu madre, no morirás, y ningún mal te alcanzará en medio de Mitsraim». Pero Bitiá dijo: «¿De qué me sirve mi seguridad, cuando veo al rey, mi hermano, y a toda su casa, y a sus siervos en esta desdicha, y contemplo a sus primogénitos pereciendo con todos los primogénitos de Mitsraim?». Y Moshé replicó: «En verdad, tu hermano y su casa y los demás egipcios no quisieron escuchar las palabras de HaShem, por eso les sobrevino este mal».

Volviéndose al Paró, Moshé dijo: «A pesar de todo lo que ha sucedido, te enseñaré algo, si deseas aprenderlo, y serás librado, y no morirás. Alza tu voz y di: “Hijos de Israel, sois vuestros propios dueños. Preparaos para vuestro viaje, y partid de en medio de mi pueblo. Hasta ahora fuisteis esclavos del Paró, pero de aquí en adelante estáis bajo la autoridad de Dios. ¡Servid a HaShem, vuestro Dios!”». Moshé le hizo decir estas palabras tres veces, y Dios hizo que la voz del Paró se oyera por toda la tierra de Mitsraim, de modo que todos los habitantes, los nacidos en la tierra y los extranjeros, supieron que el Paró había liberado a los hijos de Israel de la esclavitud en que habían languidecido. Y todo Israel cantó: «Halelu-Ya, alabad, siervos de HaShem, alabad el Nombre de HaShem», pues pertenecían a HaShem, y ya no eran los esclavos del Paró.

Ahora el rey de Mitsraim insistía en que abandonaran la tierra sin demora. Pero Moshé objetó y dijo: «¿Somos acaso ladrones, para escabullirnos al amparo de la noche? Espera hasta la mañana». El Paró, sin embargo, apremiaba y rogaba a Moshé que partiera, confesando que temía por su propia persona, pues era hijo primogénito, y lo aterraba que la muerte también lo abatiera a él. Moshé disipó su alarma, aunque la sustituyó por un nuevo espanto, con las palabras: «No temas, ¡algo peor te aguarda!». El pavor se apoderó de todo el pueblo; cada uno de los egipcios temía perder la vida, y todos unieron sus ruegos a los del Paró, y suplicaron a Moshé que se llevara de allí a los israelitas. Y Dios habló: «¡Todos hallaréis vuestro fin, no aquí, sino en el mar de los Juncos!».

El Paró y los egipcios dejaron a sus muertos sin sepultar, mientras se apresuraban a ayudar a los israelitas a cargar sus posesiones en carros, para sacarlos de la tierra con la menor demora posible. Cuando partieron, se llevaron consigo, además de su propio ganado, las ovejas y los bueyes que el Paró había ordenado a sus nobles darles como presentes. El rey también obligó a sus magnates a pedir perdón a los israelitas por todo lo que habían sufrido, sabiendo como sabía que Dios perdona el agravio que un hombre hace a su prójimo solo después de que el ofensor ha recuperado la buena voluntad de su víctima confesando y lamentando su falta. «Ahora, ¡partid!», dijo el Paró a los israelitas, «no quiero nada de vosotros salvo que oréis a Dios por mí, para que me salve de la muerte».

El odio de los egipcios hacia los israelitas se trocó ahora en su contrario. Concibieron por ellos afecto y amistad, y prácticamente les impusieron ropas y objetos de plata y de oro, para que se los llevaran consigo en su viaje, aunque los hijos de Israel aún no habían devuelto los artículos que habían tomado prestados de sus vecinos tiempo atrás. Esta conducta se explica en parte por la vanidad del Paró y de su pueblo. Deseaban aparentar ante el mundo que eran inmensamente ricos, como todos concluirían al ver desplegada ante los ojos de los observadores semejante riqueza en manos de sus meros esclavos. En efecto, los israelitas se llevaron tanto de Mitsraim que uno solo de ellos habría podido costear la construcción y el ajuar del Mishkán.

Al salir de la tierra, solo la riqueza privada de los egipcios estaba en sus manos, pero cuando llegaron al mar de los Juncos entraron en posesión también del tesoro público, pues el Paró, como todos los reyes, llevaba consigo los caudales del Estado en sus campañas, a fin de estar preparado para contratar un relevo de mercenarios en caso de derrota. Por grande que fuera el otro tesoro, el botín capturado en el mar lo superó con creces.

Pero si los israelitas se cargaron de bienes, joyas y dinero, no fue por complacer un amor a las riquezas, ni, como diría cualquier usurero, porque codiciaran las posesiones de sus vecinos. En primer lugar, podían considerar su botín como salario que se les debía por parte de aquellos a quienes habían servido tanto tiempo; y, en segundo lugar, tenían derecho a desquitarse de aquellos a cuyas manos habían sufrido agravio. Y aun así, les correspondían con una aflicción mucho más leve que cualquiera de todas las que ellos mismos habían padecido.

Las plagas no frenaron la crueldad de los opresores egipcios hacia los hebreos. Continuó sin merma hasta el final mismo de su estancia en la tierra. El día del éxodo, Rajel, hija de Shutélaj, dio a luz un niño mientras ella y su esposo pisaban juntos el barro para los ladrillos. El bebé se le desprendió del vientre y cayó en el barro, y se hundió hasta perderse de vista. Apareció Gavriel, moldeó un ladrillo con el barro que contenía al niño, y lo llevó al más alto de los cielos, donde lo hizo escabel ante el Trono divino. Fue en esa noche cuando Dios miró el sufrimiento de Israel, e hirió a los primogénitos de los egipcios, y es una de las cuatro noches que Dios ha inscrito en el Libro del Memorial. La primera de las cuatro es aquella en que Dios apareció para crear el mundo; todo era caos y vacío, y las tinieblas cernían sobre el abismo, hasta que HaShem vino y esparció luz en torno por Su palabra. La segunda noche es aquella en que Dios se apareció a Avraham en la alianza de las partes. En la tercera noche apareció en Mitsraim, matando a los primogénitos de los egipcios con Su diestra, y protegiendo a los primogénitos de los israelitas con Su izquierda. La cuarta noche registrada será aquella en que se cumplirá el fin de la redención, cuando el yugo de hierro del reino malvado sea quebrado, y los malhechores sean destruidos. Entonces vendrá Moshé del desierto, y el Mashíaj de Roma, cada uno al frente de su rebaño, y la palabra de Dios mediará entre ellos, haciendo que ambos caminen de común acuerdo en la misma dirección.

La redención de Israel en los días venideros ocurrirá el quince de Nisán, la noche de la redención de Israel de Mitsraim, pues así dijo Moshé: «En esta noche protegió Dios a Israel contra los Ángeles de la Destrucción, y en esta noche redimirá también a las generaciones del futuro».

Aunque la liberación efectiva de Mitsraim tuvo lugar en esa noche, los hebreos no dejaron la tierra hasta el día siguiente.

Durante esa misma noche, Dios dio a los egipcios el pago de sus malas obras a la vista de todo el pueblo, siendo la noche tan clara como el día en el momento del solsticio de verano. Ni uno solo pudo escapar al castigo general, pues por disposición divina ninguno estuvo ausente de casa en aquel momento, de modo que ninguno pudiera dejar de ver el castigo.

Los ángeles en el cielo se enteraron de lo que sucedía en la tierra. Cuando estaban a punto de empezar su cántico de alabanza a Dios, Él los acalló con las palabras: «Mis hijos en la tierra están cantando ahora», y las huestes celestiales hubieron de detenerse y escuchar el cántico de Israel.

Por grande que fuera el gozo de los hebreos al liberarse de la esclavitud egipcia, lo superó el del pueblo del Paró al ver partir a sus esclavos, pues con ellos se iba el pavor de la muerte que los había obsesionado. Eran como el señor corpulento que cabalga sobre un asno. El jinete se siente incómodo y ansía el momento de apearse, pero su ansia no puede compararse en intensidad con la del asno que gime bajo la carga rolliza, y cuando llegan al final de su viaje, el asno se alegra más que su amo. Así, los egipcios eran más felices de deshacerse de los hebreos de lo que estos eran de quedar libres.

En general, los israelitas no estaban de humor gozoso. Las fuerzas del hombre se agotan pronto, mental y físicamente, por la tensión de un cambio súbito de la esclavitud a la libertad. No recobraron vigor ni fuerza hasta que oyeron a las huestes angélicas cantar cánticos de alabanza y gozo por la redención de Israel y por la redención de la Shejiná, pues mientras el pueblo elegido está en el exilio, la Shejiná, que mora entre Israel, está también, por así decirlo, en el exilio. Al mismo tiempo, Dios hizo que la tierra exhalara y elevara una fragancia sanadora, que los curó de todas sus dolencias.

El éxodo de los israelitas comenzó en Ramsés, y aunque la distancia de allí a la ciudad de Mitsraim, donde Moshé moraba, era un viaje de cuarenta días, oyeron la voz de su líder instándolos a dejar la tierra. Cubrieron la distancia de Ramsés a Sukot, una marcha de tres días, en un instante. En Sukot, Dios los envolvió en siete nubes de gloria: cuatro cerniéndose delante, detrás y a los dos costados de ellos, una suspendida sobre ellos, para apartar la lluvia, el granizo y los rayos del sol, y una debajo de ellos para protegerlos de espinas y serpientes. La séptima nube los precedía y les preparaba el camino, alzando los valles y rebajando todo monte y colina. Así anduvieron errantes por el desierto durante cuarenta años. En todo ese tiempo no hizo falta luz artificial: un haz de la nube celestial los seguía hasta la más oscura de las cámaras, y si alguien del pueblo tenía que salir fuera del campamento, aun allá lo acompañaba un pliegue de la nube, cubriéndolo y protegiéndolo. Solo que, para que hubiera diferencia entre el día y la noche, una columna de fuego ocupaba el lugar de la nube al atardecer. Ni por un instante quedaba el pueblo sin la una o la otra para guiarlo: la columna de fuego brillaba delante de ellos antes de que la columna de nube se retirara, y por la mañana la nube estaba allí antes de que el fuego se desvaneciera. Las nubes de gloria y la columna de fuego fueron enviadas para protección de Israel únicamente, para ningún otro: ni para los paganos ni para la multitud mezclada que subió con ellos; estos tenían que caminar fuera del recinto de las nubes.

La comitiva la formaban seiscientos mil cabezas de familia a pie, cada uno acompañado de cinco hijos a caballo, y a estos hay que añadir la multitud mezclada, que superaba con creces en número a los hebreos.

Tan honda era la fe de Israel en HaShem, que siguieron a Moshé sin una queja hacia el desierto, sin proveerse de vituallas. Lo único comestible que llevaron fueron los restos del pan ácimo y las hierbas amargas —y no para saciar el hambre, sino porque no querían separarse de aquello que habían preparado con amor por orden de Dios—. Tan queridas les eran estas cosas, que no las confiaron a las bestias de carga: las llevaron sobre sus propios hombros.