Libros · Clásicos del judaísmo
Las Leyendas de los Judíos IV
De Yehoshúa a Ester
Louis Ginzberg
Capítulo I
Yehoshúa
Capítulo primero
La historia temprana del primer conquistador judío se parece en algunos aspectos a la del primer legislador judío. Moshé fue rescatado de una tumba de agua y criado en la corte de Mitsraim. A Yehoshúa, siendo niño de pecho, se lo tragó una ballena y —cosa admirable— no pereció. En un punto lejano de la costa el monstruo lo escupió ileso. Lo encontraron transeúntes compasivos, y creció sin saber nada de su origen. El gobierno lo nombró para el oficio de verdugo. Quiso la suerte que tuviera que ejecutar a su propio padre. Por la ley del país, la esposa del muerto pasaba a manos de su verdugo, y Yehoshúa estaba a punto de sumar al parricidio otro crimen igual de atroz. Lo salvó una señal milagrosa. Cuando se acercó a su madre, brotó leche de sus pechos. Le surgieron sospechas, y a través de las averiguaciones que emprendió sobre su origen, la verdad quedó manifiesta.
Más tarde Yehoshúa, que era tan ignorante que lo llamaban necio, se convirtió en el ministro de Moshé, y Dios recompensó su fiel servicio haciéndolo sucesor de Moshé. Fue designado como tal ante Moshé cuando, por orden de su maestro, llevaba adelante la guerra contra los amalecitas. En esa campaña se vio con claridad el cuidado de Dios sobre Yehoshúa. Yehoshúa había condenado a muerte por sorteo a una parte de los amalecitas, y la espada celestial los escogió para el exterminio. Con todo, había entre Moshé y Yehoshúa tanta diferencia como entre el sol y la luna. Dios no retiró su ayuda a Yehoshúa, pero de ningún modo estuvo tan cerca de él como de Moshé. Esto se hizo patente en cuanto Moshé partió de este mundo. En el momento en que el caudillo israelita se disponía a emprender su viaje al gran más allá, llamó a su sucesor y le mandó que le preguntara todo aquello sobre lo que se sintiera inseguro. Consciente de su propia aplicación y devoción, Yehoshúa respondió que no tenía preguntas que hacer, puesto que había estudiado con cuidado las enseñanzas de Moshé. En el acto olvidó trescientas halajot, y le asaltaron dudas sobre otras setecientas. El pueblo amenazó la vida de Yehoshúa, porque no era capaz de resolver sus dificultades en la ley. Era inútil recurrir a Dios, pues la Torá, una vez revelada, quedaba sujeta a la autoridad humana, no a la celestial. Justo después de la muerte de Moshé, Dios ordenó a Yehoshúa ir a la guerra, para que el pueblo olvidara su rencor contra él. Pero es falso pensar que el gran conquistador no fuera más que un héroe militar. Cuando Dios se le apareció para darle instrucciones sobre la guerra, lo encontró con el Libro de Devarim en la mano, y entonces Dios le dijo: «Sé fuerte y valiente; el libro de la ley no se apartará de tu boca».
El primer paso en la preparación para la guerra fue la elección de espías. Para evitar que se repitiera lo ocurrido con Moshé, Yehoshúa escogió como mensajeros a Kalev y a Pinjás, en quienes podía confiar en toda circunstancia. Los acompañaron en su misión dos demonios, los esposos de las diablesas Lilit y Mahlá. Cuando Yehoshúa planeaba su campaña, estos demonios le ofrecieron sus servicios; propusieron ser enviados a reconocer la tierra. Yehoshúa rechazó el ofrecimiento, pero les dio un aspecto tan espantoso que los habitantes de Yerijó quedaron atemorizados de ellos. En Yerijó los espías se alojaron con Rajav. Ella había llevado una vida licenciosa durante cuarenta años, pero al acercarse Israel rindió homenaje al Dios verdadero, vivió la vida de una conversa piadosa y, como esposa de Yehoshúa, llegó a ser antepasada de ocho profetas y de la profetisa Juldá. Tuvo ocasión, en su propia casa, de contemplar las maravillas de Dios. Cuando los alguaciles del rey vinieron a hacer sus pesquisas y Rajav quiso ocultar a los espías israelitas, Pinjás la tranquilizó con estas palabras: «Yo soy sacerdote, y los sacerdotes son como los ángeles: visibles cuando quieren ser vistos, invisibles cuando no quieren serlo».
Tras el regreso de los espías, Yehoshúa decidió cruzar el Yardén. El paso del río fue ocasión de maravillas, cuyo propósito era revestirlo de autoridad a ojos del pueblo. Apenas los sacerdotes —que en aquel momento solemne ocuparon el lugar de los leviim como portadores del Arca— pusieron pie en el Yardén, las aguas del río se amontonaron hasta una altura de trescientas millas. Todos los pueblos de la tierra fueron testigos del prodigio. En el lecho del Yardén, Yehoshúa reunió al pueblo en torno al Arca. Un milagro divino hizo que el estrecho espacio entre sus varas contuviera a toda la multitud. Yehoshúa proclamó entonces las condiciones bajo las cuales Dios daría la Tierra de Israel a los israelitas, y añadió que, si esas condiciones no se aceptaban, las aguas del Yardén caerían de golpe sobre ellos. Entonces marcharon a través del río. Cuando el pueblo llegó a la otra orilla, el Arca sagrada, que todo ese tiempo había permanecido de pie en el lecho del río, se puso en marcha por sí misma y, arrastrando tras de sí a los sacerdotes, alcanzó al pueblo.
El día siguió lleno de acontecimientos. Sin ser atacados, los israelitas marcharon setenta millas hasta el monte Guerizim y el monte Eval, y allí cumplieron la ceremonia ordenada por Moshé en Devarim: seis de las tribus subieron al monte Guerizim y seis al monte Eval. Los sacerdotes y los leviim se agruparon en torno al Arca sagrada, en el valle entre las dos cumbres. Con el rostro vuelto hacia Guerizim, los leviim pronunciaron estas palabras: «Feliz el hombre que no hace ídolo, abominación para Adonái», y todo el pueblo respondió Amén. Tras recitar doce bendiciones semejantes a esta en su forma, los leviim se volvieron hacia el monte Eval y recitaron doce maldiciones, contrapartida de las bendiciones, a cada una de las cuales el pueblo respondió de nuevo con Amén. Acto seguido se erigió un altar en el monte Eval con las piedras —cada una del peso de cuarenta seim— que los israelitas habían tomado del lecho del río al cruzar el Yardén. El altar se recubrió de cal, y sobre él se escribió la Torá en setenta idiomas, para que las naciones paganas tuvieran ocasión de aprender la ley. Al final se dijo de manera explícita que los paganos de fuera de la Tierra de Israel, con solo abandonar el culto a los ídolos, serían recibidos con benevolencia por los judíos.
Todo esto ocurrió en un solo día: el mismo día en que se cruzó el Yardén, se celebró la asamblea en Guerizim y Eval, y el pueblo llegó a Guilgal, donde dejaron las piedras con las que se había construido el altar. En Guilgal, Yehoshúa practicó el rito de la circuncisión sobre los nacidos en el desierto, que habían quedado incircuncisos a causa del clima riguroso y por otras razones. Y fue aquí donde se acabó el maná. Había dejado de caer con la muerte de Moshé, pero la provisión que se había guardado duró algún tiempo más. En cuanto el pueblo se vio en la necesidad de proveer a sus necesidades diarias, se volvió negligente en el estudio de la Torá. Por eso el ángel amonestó a Yehoshúa a que se quitara las sandalias de los pies, pues debía guardar duelo por el declive del estudio de la Torá, y los pies descalzos son señal de luto. El ángel le reprochó a Yehoshúa en particular haber permitido que los preparativos de guerra estorbaran el estudio de la Torá y el servicio ritual. La negligencia de lo segundo podía ser un pecado leve, pero la de lo primero es digna del castigo merecido. Al mismo tiempo, el ángel aseguró a Yehoshúa que había venido a ayudarlo, y le rogó que no se apartara de él como Moshé, que había rechazado los buenos oficios del ángel. Quien hablaba con Yehoshúa no era otro que el arcángel Mijael.
La primera victoria de Yehoshúa fue la maravillosa toma de Yerijó. Toda la ciudad fue declarada anatema, porque había sido conquistada en día de Shabat. Yehoshúa razonó que, así como el Shabat es santo, también lo conquistado en Shabat debía ser santo. A la brillante victoria siguió la desdichada derrota en Ai. En ese combate pereció Yair, hijo de Menashé, cuya pérdida fue tan grande como si se hubiera destruido la mayoría del Sanhedrín. Pronto descubrió Yehoshúa que la causa de la derrota era la culpa de Israel, atraída sobre él por Ajan, que había echado mano a parte del botín de Yerijó. Ajan era un transgresor y criminal empedernido de antiguo. Durante la vida de Moshé se había apropiado varias veces, para su propio uso, de cosas declaradas anatema, y había cometido otros crímenes dignos de pena de muerte. Antes de que los israelitas cruzaran el Yardén, Dios no había hecho recaer los pecados de Ajan sobre el pueblo en su conjunto, porque en aquel tiempo aún no formaba una unidad nacional. Pero cuando Ajan sustrajo un ídolo con todos sus aderezos de Yerijó, la desgracia de Ai siguió de inmediato.
Yehoshúa preguntó a Dios por qué había sobrevenido la calamidad a Israel, pero Dios se negó a responder. Él no es delator; el malhechor que había causado el desastre tendría que ser señalado por sorteo. Yehoshúa convocó ante todo al Sumo Sacerdote de entre la asamblea del pueblo. Resultó que, mientras las demás piedras de su pectoral resplandecían brillantes, la que representaba a la tribu de Yehudá estaba apagada. Por sorteo, Ajan fue separado de los miembros de su tribu. Ajan, sin embargo, se negó a someterse a la decisión del sorteo. Le dijo a Yehoshúa: «Entre todos los hombres vivos, tú y Pinjás sois los más piadosos. Y sin embargo, si se echaran suertes sobre vosotros dos, uno u otro sería declarado culpable. Tu maestro Moshé apenas lleva un mes muerto, y tú ya has empezado a extraviarte, pues has olvidado que la culpa de un hombre solo puede probarse mediante dos testigos».
Dotado del espíritu santo, Yehoshúa adivinó que la tierra habría de repartirse entre las tribus y familias de Israel por sorteo, y comprendió que nada debía hacerse para desacreditar ese método de decisión. Por eso trató de persuadir a Ajan de que confesara sin rodeos su transgresión. Entretanto, los de Yehudá, los de la tribu de Ajan, se agruparon en torno a él y, arrojándose sobre las otras tribus, causaron espantosa carnicería y derramamiento de sangre. Esto decidió a Ajan a confesar sus pecados. La confesión le costó la vida, pero lo salvó de perder su parte en el mundo venidero.
A pesar de los reveses en Ai, el terror que inspiraban los israelitas creció entre los pueblos cananeos. Los gabaonitas tramaron burlar a los invasores y hacer una alianza con ellos. Ahora bien, antes de que Yehoshúa emprendiera su campaña, había lanzado tres proclamas: la nación que quisiera abandonar Kena’an podría marcharse sin estorbo; la nación que quisiera concluir la paz con los israelitas debía hacerlo de inmediato; y la nación que eligiera la guerra debía preparar sus disposiciones. Si los gabaonitas hubieran pedido la amistad de los judíos cuando la proclama llegó a sus oídos, no habría habido necesidad de subterfugios más tarde. Pero los cananeos tuvieron que ver con sus propios ojos qué clase de enemigo los aguardaba, y todas las naciones se prepararon para la guerra. El resultado fue que los treinta y un reyes de la Tierra de Israel perecieron, así como los sátrapas de muchos reyes extranjeros que se enorgullecían de poseer bienes en la Tierra Santa. Solo los guirgasitas salieron de la Tierra de Israel, y como recompensa por su docilidad, Dios les dio África en heredad.
Los gabaonitas no merecían mejor suerte que todos los demás, pues el pacto hecho con ellos se apoyaba en un engaño; y sin embargo Yehoshúa les mantuvo su promesa, para santificar el nombre de Dios, mostrando al mundo cuán sagrado es un juramento para los israelitas. En el curso de los acontecimientos se hizo evidente que los gabaonitas de ningún modo eran dignos de ser recibidos en la comunidad judía, y David, siguiendo el ejemplo de Yehoshúa, los excluyó para siempre, sentencia que seguirá en vigor incluso en el tiempo mesiánico.
La tarea de proteger a los gabaonitas, implicada en la alianza ofensiva y defensiva hecha con ellos, la cumplió Yehoshúa escrupulosamente. Había vacilado un instante entre socorrer o no a los gabaonitas en su apuro, pero las palabras de Dios bastaron para recordarle su deber. Dios le dijo: «Si no acercas a los que están lejos, alejarás a los que están cerca». Dios concedió a Yehoshúa un favor singular en su conflicto con los agresores de los gabaonitas. Las ardientes piedras de granizo que, por intercesión de Moshé, habían quedado suspendidas en el aire cuando estaban a punto de caer sobre los egipcios, fueron ahora arrojadas sobre los cananeos. Entonces ocurrió el gran prodigio de detenerse el sol, la sexta de las grandes maravillas desde la creación del mundo.
La batalla tuvo lugar un viernes. Yehoshúa sabía que al pueblo le dolería profundamente verse obligado a profanar el santo día de Shabat. Además, advirtió que los paganos usaban la hechicería para que las huestes celestiales intercedieran por ellos en la lucha contra los israelitas. Por eso pronunció el Nombre de HaShem, y el sol, la luna y las estrellas se detuvieron. El sol se negó al principio a obedecer el mandato de Yehoshúa, alegando que era más viejo que el hombre por dos días. Yehoshúa replicó que no había razón para que un joven nacido libre se abstuviera de imponer silencio a un viejo esclavo suyo, y que acaso no había dado Dios el cielo y la tierra a nuestro padre Avraham. Es más: ¿acaso el sol mismo no se había inclinado como un esclavo ante Yosef? «Pero —dijo el sol— ¿quién alabará a Dios si yo callo?». A lo que respondió Yehoshúa: «Calla tú, que yo entonaré un canto de alabanza». Y cantó así:
1. Cosas poderosas has hecho, oh Adonái; grandes hazañas has realizado. ¿Quién como Tú? Mis labios cantarán a Tu nombre.
2. Bondad mía y fortaleza mía, refugio mío, un cántico nuevo te cantaré; con acción de gracias te cantaré, Tú eres la fuerza de mi salvación.
3. Todos los reyes de la tierra te alabarán, los príncipes del mundo te cantarán, los hijos de Israel se regocijarán en Tu salvación, cantarán y alabarán Tu poder.
4. En Ti, oh Dios, confiamos; dijimos: Tú eres nuestro Dios, pues Tú fuiste nuestro amparo y nuestra torre fuerte contra nuestros enemigos.
5. A Ti clamamos, y no fuimos avergonzados; en Ti confiamos, y fuimos librados; cuando clamamos a Ti, oíste nuestra voz, libraste nuestras almas de la espada.
6. Nos mostraste Tu misericordia, nos diste Tu salvación, alegraste nuestros corazones con Tu fuerza.
7. Saliste para nuestra salvación; con la fuerza de Tu brazo redimiste a Tu pueblo; nos consolaste desde los cielos de Tu santidad, nos salvaste de decenas de millares.
8. El sol y la luna se detuvieron en el cielo, y Tú te alzaste en Tu ira contra nuestros opresores, y ejecutaste sobre ellos Tus juicios.
9. Todos los príncipes de la tierra se levantaron, los reyes de las naciones se habían reunido, no se conmovieron ante Tu presencia, desearon Tus batallas.
10. Te alzaste contra ellos en Tu enojo, y descargaste Tu ira sobre ellos, los destruiste en Tu furor, y los arruinaste en Tu cólera.
11. Las naciones se enfurecieron por temor de Ti, los reinos se tambalearon a causa de Tu ira, heriste a reyes en el día de Tu enojo.
12. Derramaste Tu furor sobre ellos, Tu airada cólera se apoderó de ellos, volviste su iniquidad contra ellos, y los segaste en su maldad.
13. Tendieron una trampa, y en ella cayeron; en la red que escondieron quedó preso su pie.
14. Tu mano halló a todos Tus enemigos, que decían: por su espada poseyeron la tierra, por su brazo habitaron la ciudad.
15. Llenaste de vergüenza sus rostros, abatiste sus cuernos hasta el suelo.
16. Los aterraste en Tu ira, y los destruiste de delante de Ti.
17. La tierra se estremeció y tembló con el estruendo de Tu trueno contra ellos; no retuviste sus almas sobre la tierra, y bajaste sus vidas al sepulcro.
18. Los perseguiste en Tu tormenta, los consumiste en el torbellino, cambiaste su lluvia en granizo, cayeron a raudales, de modo que no pudieron levantarse.
19. Sus cadáveres quedaron como basura arrojada en medio de las calles.
20. Fueron consumidos, y perecieron delante de Ti; libraste a Tu pueblo con Tu poder.
21. Por eso nuestros corazones se regocijan en Ti, nuestras almas exultan en Tu salvación.
22. Nuestras lenguas relatarán Tu poder, cantaremos y alabaremos Tus obras maravillosas.
23. Pues nos salvaste de nuestros enemigos, nos libraste de los que se alzaron contra nosotros, los destruiste de delante de nosotros, y los abatiste bajo nuestros pies.
24. Así perecerán todos Tus enemigos, oh Adonái, y los malvados serán como paja llevada por el viento, y Tus amados serán como árboles plantados junto a las aguas.
El curso victorioso de Yehoshúa no terminó con la conquista de la tierra. Su guerra con los armenios, después de sometida la Tierra de Israel, marcó el punto culminante de sus hazañas heroicas. Entre los treinta y un reyes que Yehoshúa había matado, había uno cuyo hijo, llamado Shobaj, era rey de Armenia. Con el propósito de hacer la guerra a Yehoshúa, unió a los cuarenta y cinco reyes de Persia y Media, y se les sumó el renombrado héroe Yéfet. Los reyes aliados informaron a Yehoshúa de su designio contra él en una carta que decía así: «El noble y distinguido consejo de los reyes de Persia y Media a Yehoshúa, ¡paz! Tú, lobo del desierto, bien sabemos lo que hiciste a nuestros parientes. Destruiste nuestros palacios; sin piedad mataste a jóvenes y viejos; a nuestros padres los segaste con la espada; y sus ciudades las convertiste en desierto. Sabe, pues, que en el plazo de treinta días vendremos a ti, nosotros, los cuarenta y cinco reyes, cada uno con sesenta mil guerreros bajo su mando, todos armados con arcos y flechas, ceñidos de espadas, todos diestros en las artes de la guerra, y con nosotros el héroe Yéfet. Prepárate ahora para el combate, y no digas después que te tomamos por sorpresa».
El mensajero que llevaba la carta llegó la víspera de la Fiesta de las Semanas. Aunque Yehoshúa quedó muy alterado por el contenido de la carta, guardó su consejo hasta pasada la fiesta, para no perturbar la alegría del pueblo. Entonces, al concluir la fiesta, comunicó al pueblo el mensaje que había recibido, tan aterrador que incluso él, el veterano guerrero, temblaba ante la anunciada aproximación del enemigo. No obstante, Yehoshúa resolvió aceptar el desafío. Desde las primeras palabras, su respuesta fue redactada para mostrar a los paganos cuán poco el temor a ellos lo dominaba a él, que tenía puesta su confianza en Dios. La introducción a su epístola dice así: «En el Nombre de HaShem, el Dios de Israel, que quiebra la fuerza del guerrero inicuo y da muerte al pecador rebelde. Él disuelve las asambleas de transgresores saqueadores, y reúne en consejo a los piadosos y a los justos dispersos, Él, el Dios de todos los dioses, el Señor de todos los señores, el Dios de Avraham, Yitsjak y Yaakov. ¡Dios es el Señor de la guerra! De mí, Yehoshúa, el servidor de Dios, y de la santa y elegida congregación, a las naciones impías que rinden culto a las imágenes y se postran ante los ídolos: ¡No haya paz para vosotros, dice mi Dios! Sabed que obrasteis neciamente al despertar al león dormido, al provocar al cachorro del león, al excitar su ira. Estoy dispuesto a pagaros vuestro merecido. Preparaos a enfrentaros conmigo, pues dentro de una semana estaré con vosotros para matar a vuestros guerreros hasta el último hombre».
Yehoshúa pasa luego a recitar todas las maravillas que Dios había hecho por Israel, que no debe temer a poder alguno sobre la tierra; y termina su misiva con estas palabras: «Si el héroe Yéfet está con vosotros, nosotros tenemos en medio de nosotros al Héroe de los héroes, el Altísimo por encima de todos los altos».
Los paganos no se alarmaron poco ante el tono de la carta de Yehoshúa. Su terror creció cuando el mensajero contó la disciplina ejemplar que se mantenía en el ejército israelita, la gigantesca estatura de Yehoshúa, que medía cinco codos de alto, su regia vestidura, su corona grabada con el Nombre de Dios. Al cabo de siete días, Yehoshúa apareció con doce mil hombres. Cuando la madre del rey Shobaj, que era una poderosa bruja, divisó la hueste, ejerció su arte mágico y encerró al ejército israelita dentro de siete murallas. Yehoshúa envió entonces una paloma mensajera para comunicar su apuro a Nabíah, el rey de las tribus de allende el Yardén. Lo instó a acudir presto en su ayuda y a traer consigo al sacerdote Pinjás y las trompetas sagradas. Nabíah no se demoró. Antes de que llegara el destacamento de auxilio, la madre de Shobaj le informó de que veía surgir del Oriente una estrella contra la cual sus maquinaciones eran vanas. Shobaj arrojó a su madre desde la muralla, y él mismo fue muerto poco después por Nabíah. Entretanto llegó Pinjás y, al sonido de sus trompetas, la muralla se derrumbó. Se trabó una batalla campal, y los paganos fueron aniquilados.
Al cabo de siete años de guerra, Yehoshúa pudo por fin aventurarse a repartir la tierra conquistada entre las tribus. Lo hizo de esta manera. El Sumo Sacerdote Elazar, acompañado por Yehoshúa y todo el pueblo, y revestido de los Urim veTumim, se paró ante dos urnas. Una de las urnas contenía los nombres de las tribus, la otra los nombres de los distritos en que se dividía la tierra. El espíritu santo le hizo exclamar: «Zevulún». Cuando metió la mano en la primera urna, he aquí que sacó la palabra Zevulún, y de la otra salió la palabra Ako, es decir, el distrito de Ako. Así ocurrió con cada tribu por turno. Para que las fronteras quedaran fijas, Yehoshúa había mandado plantar la jazubá entre los distritos. Una vez que el cepellón de esta planta se establece en un lugar, solo con la mayor dificultad puede extirparse. El arado puede trazar profundos surcos sobre ella, y aun así echa nuevos brotes, y vuelve a crecer entre el grano, marcando todavía las viejas líneas de división.
Con ocasión del reparto de la tierra, Yehoshúa promulgó diez ordenanzas destinadas, en cierta medida, a restringir los derechos de propiedad privada: el pasto en los bosques había de ser libre para todo el público. A cualquiera le estaba permitido recoger trozos de leña en el campo. La misma autorización para recoger toda clase de hierbas, dondequiera que crecieran, salvo que estuvieran en un campo sembrado de fenogreco, que necesita la hierba para su protección. Para injertar podían cortarse ramitas de cualquier planta, excepto de los olivos. Los manantiales pertenecían a toda la ciudad. Le era lícito a cualquiera pescar en el mar de Tiberíades, con tal de no impedir la navegación. La franja adyacente al lado exterior de la cerca de un campo podía ser usada por cualquier transeúnte para hacer sus necesidades. Desde el fin de la cosecha hasta el día diecisiete de Marjeshván podían cruzarse los campos. Un viajero que se perdiera entre viñedos no podía ser tenido por responsable del daño causado en el empeño de recobrar el buen camino. Un cadáver hallado en un campo había de ser enterrado en el sitio mismo donde se encontrara.
El reparto de la tierra entre las tribus, y la subdivisión de cada distrito entre los miembros de la tribu, tomó tanto tiempo como la conquista de la tierra.
Cuando las dos tribus y media de la tierra de allende el Yardén regresaron a casa tras una ausencia de catorce años, no se asombraron poco al oír que los muchachos que habían sido demasiado jóvenes para ir a las guerras con ellos se habían mostrado entretanto dignos de sus padres. Habían logrado rechazar a las tribus ismaelitas que se habían aprovechado de la ausencia de los hombres capaces de portar armas para asaltar a sus mujeres y a sus hijos.
Tras una jefatura de veintiocho años, señalada por el éxito en la guerra y en la paz, Yehoshúa partió de esta vida. Sus seguidores pusieron en su tumba los cuchillos que había usado para circuncidar a los israelitas, y sobre ella erigieron una columna como memorial del gran prodigio de haberse detenido el sol sobre Ayalón. Sin embargo, el duelo por Yehoshúa no fue tan grande como con justicia cabía esperar. El cultivo de la tierra recién conquistada ocupaba tanto la atención de las tribus que estuvieron a punto de olvidar al hombre a quien principalmente debían su posesión. Como castigo por su ingratitud, Dios, poco después de la muerte de Yehoshúa, puso también fin a la vida del Sumo Sacerdote Elazar y de los demás ancianos, y el monte en que había sido sepultado el cuerpo de Yehoshúa empezó a temblar y amenazó con tragarse a los judíos.
Capítulo II
Los jueces
Capítulo segundo
Tras la muerte de Yehoshúa, los israelitas preguntaron a Dios si debían subir a la guerra contra los cananeos. Se les dio esta respuesta: «Si sois puros de corazón, salid al combate; pero si vuestros corazones están manchados de pecado, absteneos». Preguntaron además cómo poner a prueba el corazón del pueblo. Dios les ordenó echar suertes y apartar a los que la suerte señalara, pues esos serían los pecadores entre ellos. Más tarde, cuando el pueblo suplicó a Dios que le diera un guía y un caudillo, un ángel respondió: «Echad suertes en la tribu de Kalev». La suerte señaló a Kenaz, y fue hecho príncipe sobre Israel.
Su primer acto fue determinar por suertes quiénes eran los pecadores en Israel, y cuál su pensamiento oculto. Declaró ante el pueblo: «Si yo y mi casa somos señalados por la suerte, tratadnos como merecemos, quemadnos con fuego». El pueblo asintió, se echaron las suertes, y fueron señalados 345 de la tribu de Yehudá, 560 de Reuvén, 775 de Shimón, 150 de Leví, 665 de Yisajar, 545 de Zevulún, 380 de Gad, 665 de Asher, 480 de Menashé, 448 de Efráyim y 267 de Binyamín. Así, 6110 personas fueron encerradas en prisión, hasta que Dios diera a conocer qué debía hacerse con ellas. Las oraciones unidas de Kenaz, de Elazar el sumo sacerdote y de los ancianos de la congregación recibieron esta respuesta: «Pedid ahora a estos hombres que confiesen su iniquidad, y serán quemados con fuego». Kenaz entonces los exhortó: «Sabéis que Aján, hijo de Zavdi, cometió la transgresión de tomar de lo consagrado al anatema, pero la suerte cayó sobre él, y confesó su pecado. Confesad vosotros del mismo modo vuestros pecados, para que vengáis a la vida con aquellos a quienes Dios hará revivir en el día de la resurrección».
Uno de los pecadores, un hombre llamado Elá, respondió a esto: «Si deseas sacar a la luz la verdad, dirígete a cada una de las tribus por separado». Kenaz empezó por la suya, la tribu de Yehudá. Los malvados de Yehudá confesaron el pecado de haber adorado el Becerro de Oro, como sus antepasados en el desierto. Los de Reuvén habían quemado sacrificios a los ídolos. Los leviim dijeron: «Quisimos comprobar si el Mishkán es santo». Los de la tribu de Yisajar respondieron: «Consultamos a los ídolos para saber qué sería de nosotros». Los pecadores de Zevulún: «Quisimos comer la carne de nuestros hijos e hijas, para saber si HaShem los ama». Los de Dan admitieron que habían enseñado a sus hijos con los libros de los amorreos, que luego habían escondido bajo el monte Abarim, donde Kenaz en efecto los halló. Los de Naftalí confesaron la misma transgresión, solo que ellos habían ocultado los libros en la tienda de Elá, y allí los encontró Kenaz. Los de Gad reconocieron haber llevado una vida inmoral, y los pecadores de Asher, que habían hallado, y escondido bajo el monte Shejem, los siete ídolos de oro que los amorreos llamaban las ninfas sagradas —los mismos siete ídolos que habían sido fabricados de manera milagrosa tras el diluvio por los siete pecadores: Kena’an, Put, Shélaj, Nimrod, Elat, Diul y Shúaj—. Eran de piedras preciosas de Javilá, que irradiaban luz, tornando la noche clara como el día. Además, poseían una virtud rara: si un amorreo ciego besaba uno de los ídolos, y al mismo tiempo tocaba sus ojos, recobraba la vista. Después de los pecadores de Asher, los de Menashé hicieron su confesión: habían profanado el Shabat. Los de Efráyim reconocieron haber sacrificado a sus hijos a Mólej. Por último, los de Binyamín dijeron: «Quisimos comprobar si la ley procedía de Dios o de Moshé».
Por orden de Dios, estos pecadores y todas sus posesiones fueron quemados con fuego junto al arroyo Pishón. Solo los libros de los amorreos y los ídolos de piedras preciosas quedaron intactos. Ni el fuego ni el agua podían dañarlos. Kenaz decidió consagrar los ídolos a Dios, pero le llegó una revelación que decía: «Si Dios aceptara lo que ha sido declarado anatema, ¿por qué no habría de hacerlo el hombre?». Se le aseguró que Dios destruiría aquellas cosas sobre las que las manos humanas no tenían poder. Kenaz, obrando bajo instrucción divina, los llevó a la cumbre de una montaña, donde se erigió un altar. Se colocaron sobre él los libros y los ídolos, y el pueblo ofreció muchos sacrificios y celebró el día entero como una fiesta. Durante la noche siguiente, Kenaz vio subir un rocío del hielo del Paraíso y descender sobre los libros. Las letras de su escritura quedaron borradas por él, y luego vino un ángel y aniquiló lo que quedaba. Durante esa misma noche, un ángel se llevó las siete gemas y las arrojó al fondo del mar. Entretanto, un segundo ángel trajo otras doce gemas, grabando en ellas los nombres de los doce hijos de Yaakov, un nombre en cada una. No había dos de estas gemas iguales: la primera, que llevaba el nombre de Reuvén, era como el sardio; la segunda, la de Shimón, como el topacio; la tercera, la de Leví, como la esmeralda; la cuarta, la de Yehudá, como el carbunclo; la quinta, la de Yisajar, como el zafiro; la sexta, la de Zevulún, como el jaspe; la séptima, la de Dan, como el jacinto; la octava, la de Naftalí, como la amatista; la novena, la de Gad, como el ágata; la décima, la de Asher, como el crisólito; la undécima, la de Yosef, como el berilo; y la duodécima, la de Binyamín, como el ónice.
Entonces Dios ordenó a Kenaz depositar las doce piedras en el Arca sagrada, y allí habían de permanecer hasta el momento en que Shlomo edificara el Templo y las fijara a los querubines. Además, esta comunicación divina le fue hecha a Kenaz: «Y sucederá que, cuando el pecado de los hijos de los hombres se haya consumado al profanar Mi Templo —el Templo que ellos mismos edificarán—, Yo tomaré estas piedras, junto con las tablas de la ley, y las pondré en el lugar de donde fueron sacadas antiguamente, y allí permanecerán hasta el fin de todos los tiempos, cuando visite a los habitantes de la tierra. Entonces las tomaré, y serán luz eterna para quienes me aman y guardan mis mandamientos».
Cuando Kenaz llevó las piedras al santuario, iluminaron la tierra como el sol al mediodía.
Tras estos preparativos, Kenaz salió al campo contra el enemigo, con trescientos mil hombres. El primer día mató a ocho mil del enemigo, y el segundo día a cinco mil. Pero no todo el pueblo le era leal. Algunos murmuraban contra él, y calumniándolo, decían: «Kenaz se queda en casa, mientras nosotros nos exponemos en el campo». Los servidores de Kenaz le refirieron estas palabras. Ordenó encarcelar a los treinta y siete hombres que se habían quejado de él, y juró matarlos, con tal de que Dios le concediera ayuda por amor a Su pueblo.
Entonces reunió a trescientos hombres de su séquito, los proveyó de caballos, y les ordenó estar preparados para hacer un ataque repentino durante la noche, pero sin revelar a nadie los planes que guardaba en su mente. Los exploradores enviados por delante para reconocer el terreno informaron de que los amorreos eran demasiado poderosos para arriesgar un combate. Kenaz, sin embargo, se negó a apartarse de su propósito. A medianoche, él y sus trescientos fieles del séquito avanzaron sobre el campamento amorreo. Ya cerca de él, ordenó a sus hombres detenerse, pero reanudar la marcha y seguirlo cuando oyeran los toques de la trompeta. Si la trompeta no sonaba, debían regresar a casa.
Solo, Kenaz se aventuró en el mismo campamento del enemigo. Orando fervientemente a Dios, pidió que se le diera una señal: «Sea esta la señal de la salvación que obrarás para mí en este día: sacaré mi espada de su vaina, y la blandiré de modo que centellee en el campamento de los amorreos. Si el enemigo la reconoce como la espada de Kenaz, entonces sabré que los entregarás en mi mano; si no, comprenderé que no has concedido mi oración, sino que te propones entregarme en manos del enemigo por mis pecados».
Oyó a los amorreos decir: «Avancemos a dar batalla a los israelitas, pues nuestros dioses sagrados, las ninfas, están en sus manos, y causarán su derrota». Cuando oyó estas palabras, el espíritu de Dios vino sobre Kenaz. Se levantó y blandió su espada por encima de la cabeza. Apenas habían visto los amorreos su destello en el aire cuando exclamaron: «En verdad, esta es la espada de Kenaz, que ha venido a infligir heridas y dolor. Pero sabemos que nuestros dioses, que están en poder de los israelitas, los entregarán en nuestras manos. ¡Arriba, pues, a la batalla!». Sabiendo que Dios había oído su petición, Kenaz se arrojó sobre los amorreos, y segó a cuarenta y cinco mil de ellos, y otros tantos perecieron a manos de sus propios hermanos, pues Dios había enviado al ángel Gavriel en su ayuda, y este había herido a los amorreos con ceguera, de modo que caían unos sobre otros. A causa de los vigorosos golpes que Kenaz asestaba por todas partes, su espada se le quedó pegada a la mano. Un amorreo que huía, a quien detuvo para preguntarle cómo soltarla, le aconsejó matar a un hebreo y dejar que su sangre caliente corriera sobre su mano. Kenaz aceptó su consejo, pero solo en parte: en lugar de a un hebreo, mató al propio amorreo, y su sangre liberó la mano de la espada.
Cuando Kenaz volvió a sus hombres, los encontró sumidos en un sueño profundo, que los había vencido para que no vieran las maravillas obradas en favor de su caudillo. No poco se asombraron, al despertar, de contemplar toda la llanura sembrada de los cadáveres de los amorreos. Entonces Kenaz les dijo: «¿Son los caminos de Dios como los caminos del hombre? Por medio de mí, HaShem ha enviado la liberación a este pueblo. Levantaos ahora y volved a vuestras tiendas». El pueblo reconoció que había ocurrido un gran milagro, y dijo: «Ahora sabemos que Dios ha obrado la salvación para Su pueblo; no tiene necesidad de números, sino solo de santidad».
A su regreso de la campaña, Kenaz fue recibido con gran regocijo. Todo el pueblo dio ahora gracias a Dios por haberlo puesto sobre ellos como caudillo. Deseaban saber cómo había logrado la gran victoria. Kenaz solo respondió: «Preguntad por mis hazañas a quienes estuvieron conmigo». Sus hombres se vieron así forzados a confesar que nada sabían; solo que, al despertar, habían visto la llanura llena de cadáveres, sin poder explicarse por qué estaban allí. Entonces Kenaz se volvió hacia los treinta y siete hombres que había encarcelado antes de partir a la guerra, por haberlo difamado. «Bien —dijo—, ¿qué cargo tenéis que hacerme?». Viendo que la muerte era inevitable, confesaron que eran de la clase de pecadores a quienes Kenaz y el pueblo habían ejecutado, y que Dios los había entregado ahora a él por sus fechorías. También ellos fueron quemados con fuego.
Kenaz reinó por un período de cincuenta y siete años. Cuando sintió que su fin se acercaba, mandó llamar a los dos profetas, Pinjás y Yavets, junto con el sacerdote Pinjás, hijo de Elazar. A estos les habló: «Conozco el corazón de este pueblo; se apartará de seguir a HaShem. Por eso testifico contra él». Pinjás, hijo de Elazar, respondió: «Como Moshé y Yehoshúa testificaron, así testifico yo contra él; pues Moshé y Yehoshúa profetizaron acerca de la viña, la hermosa plantación de HaShem, que no supo quién la había plantado, ni reconoció a Aquel que la cultivó, de modo que la viña fue destruida y no dio fruto. Estas son las palabras que mi padre me mandó decir a este pueblo».
Kenaz prorrumpió en un gran lamento, y con él los ancianos y el pueblo, y lloraron hasta el atardecer, diciendo: «¿Ha de perecer el pastor por la iniquidad del rebaño? Que HaShem tenga compasión de Su heredad, para que no trabaje en vano».
El espíritu de Dios descendió sobre Kenaz, y contempló una visión. Profetizó que este mundo solo existiría siete mil años, y que luego le seguiría el Reino de los Cielos. Dichas estas palabras, el espíritu profético se apartó de él, y al instante olvidó lo que había pronunciado durante su visión. Antes de expirar, habló una vez más, diciendo: «Si tal es el descanso que los justos obtienen tras su muerte, mejor les sería morir que vivir en este mundo corrupto y ver sus iniquidades».
Como Kenaz no dejó herederos varones, Zevul fue nombrado su sucesor. Consciente del gran servicio que Kenaz había prestado a la nación, Zevul obró como un padre para con las tres hijas solteras de su predecesor. A instancia suya, el pueblo asignó una rica dote a cada una de ellas; se les dieron grandes dominios como propiedad. A la mayor de las tres, llamada Etemá, la casó con Elitsafán; a la segunda, Peilá, con Odihel; y a la menor, Zilpá, con Doel.
Zevul, el juez, instituyó un tesoro en Shiló. Ordenó al pueblo traer contribuciones, ya fueran de oro o de plata. Solo debían cuidar de no llevar allí nada que hubiera pertenecido originalmente a un ídolo. Sus esfuerzos se vieron coronados por el éxito. Las ofrendas voluntarias para el tesoro del santuario ascendieron a veinte talentos de oro y doscientos cincuenta talentos de plata.
El reinado de Zevul duró veinticinco años. Antes de su muerte, amonestó al pueblo solemnemente a ser temeroso de Dios y observante de la ley.
Otniel fue un juez de un tipo muy distinto. Sus contemporáneos decían que, antes de que se pusiera el sol de Yehoshúa, el sol de Otniel, su sucesor en el liderazgo del pueblo, aparecía en el horizonte. El verdadero nombre del nuevo caudillo era Yehudá; Otniel era uno de sus epítetos, como Yavets era otro.
Entre los jueces, Otniel representa la clase de los estudiosos. Su agudeza era tan grande que fue capaz, a fuerza de razonamiento dialéctico, de restaurar las mil setecientas tradiciones que Moshé había enseñado al pueblo, y que habían caído en el olvido durante el tiempo de duelo por Moshé. Ni su celo por promover el estudio de la Torá era inferior a su erudición. Los descendientes de Yitró dejaron Yerijó, el distrito que se les había asignado, y viajaron a Arad, solo para poder sentarse a los pies de Otniel. Su esposa, la hija de su medio hermano Kalev, no estaba tan satisfecha con él. Se quejó a su padre de que la casa de su marido estaba desprovista de todo bien terrenal, y su única posesión era el conocimiento de la Torá.
El primer hecho digno de mención en los cuarenta años del reinado de Otniel es su victoria sobre Adoni-Bézek. Este jefe no ocupaba una posición prominente entre los gobernantes cananeos. Ni siquiera se le tenía por rey, y sin embargo había conquistado a setenta reyes extranjeros. El hecho siguiente fue la toma de Luz por los israelitas. La única manera de entrar en Luz era por una cueva, y el camino a la cueva pasaba a través de un almendro hueco. Si la entrada secreta a la ciudad no hubiera sido delatada por uno de sus habitantes, habría sido imposible para los israelitas alcanzarla. Dios recompensó al delator que puso a los israelitas en el camino de tomar Luz. La ciudad que este fundó quedó indemne tanto ante Senaquerib como ante Nabucodonosor, y ni siquiera el Ángel de la Muerte tiene poder sobre sus habitantes. Nunca mueren, a menos que, hastiados de la vida, abandonen la ciudad.
La misma buena fortuna no marcó todo el reinado de Otniel. Durante ocho años, Israel sufrió opresión a manos de Kushán, el malhechor que en días pasados había amenazado con destruir al patriarca Yaakov, y que ahora se afanaba por destruir a los descendientes de Yaakov, pues Kushán no es sino otro nombre de Laván.
A Otniel, sin embargo, se le tenía por tan poco responsable de las causas que habían traído el castigo del pueblo, que Dios le concedió la vida eterna; es uno de los pocos que llegaron al Paraíso vivos.
La historia de Rut sucedió cien años después del reinado de Otniel. Las condiciones en la Tierra de Israel eran de tal naturaleza que, si un juez decía a un hombre: «Quita la mota de tu ojo», su respuesta era: «Quita tú la viga del tuyo». Para castigar a los israelitas, Dios les envió una de las diez épocas de hambre que había ordenado como medidas disciplinarias para la humanidad, desde la creación del mundo hasta la venida del Mesías. Elimélej y sus hijos, que pertenecían a la aristocracia de la tierra, no intentaron ni corregir a la generación pecadora cuyas transgresiones habían provocado el hambre, ni aliviar la miseria que reinaba en torno a ellos. Dejaron la Tierra de Israel, y así se apartaron de los necesitados que habían contado con su ayuda. Volvieron el rostro hacia Moav. Allí, a causa de su riqueza y alta cuna, fueron hechos oficiales del ejército. Majlón y Kilión, los hijos de Elimélej, se alzaron a una distinción aún mayor: se casaron con las hijas del rey moabita Eglón. Pero esto no ocurrió hasta después de la muerte de Elimélej, que se oponía al matrimonio con los paganos. Ni la riqueza ni las alianzas familiares de los dos hombres los ayudaron ante Dios. Primero cayeron en la pobreza, y, como persistían en sus caminos pecaminosos, Dios les quitó la vida.
Noemí, su madre, resolvió volver a su hogar. Sus dos nueras le eran muy queridas por el amor que habían tenido a sus hijos, un amor fuerte aun en la muerte, pues se negaban a casarse de nuevo. Con todo, no quiso llevarlas consigo a la Tierra de Israel, porque preveía el trato despreciativo que les aguardaba por ser mujeres moabitas. A Orpá se la persuadió con facilidad de que se quedara. Acompañó a su suegra una distancia de cuatro millas, y luego se despidió de ella, derramando solo cuatro lágrimas al darle el adiós. Los hechos posteriores mostraron que no había sido digna de entrar en la comunión judía, pues apenas se hubo separado de Noemí se abandonó a una vida inmoral. Pero con Dios nada queda sin recompensa. Por las cuatro millas que Orpá recorrió con Noemí, fue recompensada dando a luz a cuatro gigantes: Goliat y sus tres hermanos.
El porte y la historia de Rut fueron muy distintos. Estaba decidida a hacerse judía, y su decisión no pudo ser quebrantada por lo que Noemí, conforme al precepto judío, le contó de las dificultades de la ley judía. Noemí le advirtió que a los israelitas se les había mandado guardar los shabatot y los días festivos, y que las hijas de Israel no tenían por costumbre frecuentar los teatros y circos de los paganos. Rut solo afirmó su disposición a seguir las costumbres judías. Y cuando Noemí dijo: «Tenemos una sola Torá, una sola ley, un solo mandamiento; HaShem nuestro Dios es uno, no hay otro fuera de Él», Rut respondió: «Tu pueblo será mi pueblo, tu Dios mi Dios». Así, las dos mujeres viajaron juntas a Bet-Léjem. Llegaron allí el mismo día en que era enterrada la esposa de Bóaz, y la multitud reunida para el funeral vio a Noemí al regresar a su hogar.
Rut se sostenía a sí misma y a su suegra escasamente con las espigas de grano que recogía en los campos. El trato con una mujer tan piadosa como Noemí ya había ejercido gran influencia en su vida y su conducta. Bóaz se asombró de notar que, si los segadores dejaban caer más de dos espigas, ella, a pesar de su necesidad, no las recogía, pues el espigueo asignado a los pobres por la ley no se refiere a cantidades de más de dos espigas dejadas caer inadvertidamente de una vez. Bóaz admiró también su gracia, su conducta decorosa, su porte modesto. Cuando supo quién era, la elogió por su apego al judaísmo. A su elogio ella replicó: «Tus antepasados no hallaron deleite ni siquiera en Timná, la hija de una casa real. En cuanto a mí, soy miembro de un pueblo bajo, aborrecido por tu Dios, y excluido de la asamblea de Israel». Por un momento, Bóaz no acertó a recordar la halajá referente a los moabitas y amonitas. Una voz del cielo le recordó que solo los varones estaban afectados por el mandamiento de exclusión. Esto se lo dijo a Rut, y también le contó de una visión que había tenido acerca de sus descendientes. Por el bien que ella había hecho a su suegra, reyes y profetas brotarían de su seno.
Bóaz mostró bondad no solo con Rut y Noemí, sino también con sus muertos. Tomó a su cargo el entierro decoroso de los restos de Elimélej y sus dos hijos. Todo esto engendró en Noemí la idea de que Bóaz abrigaba la intención de casarse con Rut. Buscó sonsacar el secreto, si es que lo había, a Rut. Cuando halló que nada podía obtener de su nuera, hizo a Rut partícipe de un plan para forzar a Bóaz a dar un paso decisivo. Rut se atuvo a las indicaciones de Noemí en cada detalle, salvo que no se lavó ni se ungió ni se puso finos ropajes hasta después de haber llegado a su destino. Temía atraer la atención de los lujuriosos si caminaba por el camino ataviada con galas inusuales.
Las condiciones morales de aquellos días eran muy reprensibles. Aunque Bóaz era de alta cuna y hombre de fortuna, dormía sin embargo en la era, para que su presencia sirviera de freno contra el libertinaje. En medio de su sueño, Bóaz se sobresaltó al hallar a alguien junto a él. Al principio pensó que era un demonio. Rut calmó su inquietud con estas palabras: «Tú eres la cabeza del tribunal, tus antepasados fueron príncipes, tú mismo eres un hombre honorable, y pariente de mi difunto esposo. En cuanto a mí, que estoy en la flor de mis años, desde que dejé la casa de mis padres, donde se rinde homenaje a los ídolos, he estado constantemente amenazada por los jóvenes disolutos de alrededor. Por eso he venido aquí, para que tú, que eres el redentor, extiendas tu manto sobre mí». Bóaz le dio la seguridad de que, si su hermano mayor Tov le fallaba, él asumiría los deberes de redentor. Al día siguiente compareció ante el tribunal del Sanhedrín para arreglar el asunto. Tov pronto hizo su aparición, pues un ángel lo condujo al lugar donde se le requería, para que Bóaz y Rut no tuvieran que esperar mucho. Tov, que no era versado en la Torá, no sabía que la prohibición contra los moabitas se refería solo a los varones. Por eso rehusó casarse con Rut. Así, fue tomada por esposa por el octogenario Bóaz. La propia Rut tenía cuarenta años en el momento de su segundo matrimonio, y era contra toda expectativa que su unión con Bóaz fuera bendecida con descendencia, un hijo, Oved el piadoso. Rut vivió para ver la gloria de Shlomo, pero Bóaz murió al día siguiente de la boda.
No mucho después de Rut, otra mujer ideal surgió en Israel, la profetisa Devorá.
Cuando murió Ehud, no hubo quien tomara su lugar como juez, y el pueblo se apartó de Dios y de Su ley. Dios, por tanto, les envió un ángel con el siguiente mensaje: «De entre todas las naciones de la tierra, escogí un pueblo para Mí, y pensé: mientras el mundo exista, Mi gloria reposará sobre ellos. Les envié a Moshé, Mi siervo, para enseñarles bondad y justicia. Pero se desviaron de Mis caminos. Y ahora suscitaré a sus enemigos contra ellos, para que los dominen, y clamarán: “Porque abandonamos los caminos de nuestros padres, esto ha venido sobre nosotros”. Entonces les enviaré una mujer, y ella brillará para ellos como una luz durante cuarenta años».
El enemigo que Dios levantó contra Israel fue Yavín, el rey de Jatsor, que lo oprimía duramente. Pero peor que el rey mismo era su general Sisrá, uno de los mayores héroes que la historia conoce. Cuando tenía treinta años, había conquistado el mundo entero. Al sonido de su voz, las murallas más fuertes caían en montón, y los animales salvajes de los bosques quedaban encadenados al sitio por el miedo. Las proporciones de su cuerpo eran vastas más allá de toda descripción. Si tomaba un baño en el río y se sumergía bajo la superficie, se atrapaban en su barba peces suficientes para alimentar a una multitud, y no se requerían menos de novecientos caballos para tirar del carro en que iba.
Para librar a Israel de este tirano, Dios designó a Devorá y a su esposo Barak. Barak era un ignorante, como la mayoría de sus contemporáneos. Era una época singularmente falta de estudiosos. Para hacer algo meritorio en relación con el servicio divino, él llevaba velas, a instancia de su esposa, al santuario, por lo cual se le llamaba Lapidot, «Llamas». Devorá tenía por costumbre hacer las mechas de las velas muy gruesas, para que ardieran largo tiempo. Por eso Dios la distinguió. Dijo: «Tú te esfuerzas por dar luz en Mi casa, y Yo haré que tu luz, tu llama, brille por toda la tierra». Así sucedió que Devorá llegó a ser profetisa y jueza. Dispensaba justicia al aire libre, pues no era decoroso que los hombres visitaran a una mujer en su casa.
Aunque era profetisa, no estaba exenta de las flaquezas de su sexo. Su amor propio era desmedido. Mandó llamar a Barak para que viniera a ella en lugar de ir ella a él, y en su canto habló de sí misma más de lo que era conveniente. El resultado fue que el espíritu profético se apartó de ella por un tiempo mientras componía su canto.
La salvación de Israel se logró solo después de que el pueblo, reunido en el monte de Yehudá, hubo confesado sus pecados públicamente ante Dios y suplicado Su ayuda. Se proclamó un ayuno de siete días para hombres y mujeres, para jóvenes y ancianos. Entonces Dios resolvió ayudar a los israelitas, no por causa de ellos, sino por causa de mantener el juramento que había hecho a sus antepasados, de no abandonar jamás a su simiente. Por eso les envió a Devorá.
La tarea encomendada a Devorá y a Barak, la de dirigir el ataque contra Sisrá, no era en modo alguno leve. No se le puede comparar con nada menos que con la empresa de Yehoshúa de conquistar Kena’an. Yehoshúa había triunfado sobre solo treinta y uno de los sesenta y dos reyes de la Tierra de Israel, dejando en libertad tantos como había sometido. Bajo el mando de Sisrá, estos treinta y un reyes no conquistados se opusieron a Israel. No menos de cuarenta mil ejércitos, cada uno de cien mil guerreros, se alinearon contra Devorá y Barak. Dios ayudó a Israel con agua y con fuego. El río Kishón y todas las huestes ígneas del cielo, salvo la estrella Merós, combatieron contra Sisrá. El Kishón había sido comprometido mucho antes a desempeñar su parte en la caída de Sisrá. Cuando los egipcios se ahogaron en el mar de los Juncos, Dios ordenó al Ángel del Mar arrojar sus cadáveres a tierra, para que los israelitas se convencieran de la destrucción de sus enemigos, y los de poca fe no dijeran después que los egipcios, como los israelitas, habían alcanzado tierra seca. El Ángel del Mar se quejó de la impropiedad de retirar un don. Dios lo apaciguó con la promesa de una compensación futura. El Kishón fue ofrecido como garantía de que recibiría una vez y media los cuerpos que ahora entregaba. Cuando las tropas de Sisrá buscaron alivio del fuego abrasador de los cuerpos celestes en la frescura de las aguas del Kishón, Dios ordenó al río redimir su prenda. Y así los paganos fueron arrastrados hacia el mar por las olas del río Kishón, ante lo cual los peces del mar exclamaron: «Y la verdad de Adonái permanece para siempre».
La suerte de Sisrá no fue mejor que la suerte de sus hombres. Huyó de la batalla a caballo tras presenciar el aniquilamiento de su vasto ejército. Cuando Yael lo vio acercarse, salió a su encuentro ataviada con ricas vestiduras y joyas. Era de una belleza fuera de lo común, y su voz era la más seductora que jamás poseyó mujer. Estas son las palabras que le dirigió: «Entra y refréscate con comida, y duerme hasta la tarde, y luego enviaré a mis servidores contigo para acompañarte, pues sé que no me olvidarás, y tu recompensa no faltará». Cuando Sisrá, al entrar en su tienda, vio el lecho sembrado de rosas que Yael había preparado para él, resolvió llevarla a casa de su madre como esposa, tan pronto como su seguridad estuviera asegurada.
Le pidió leche para beber, diciendo: «Mi alma arde con la llama que vi en las estrellas contendiendo por Israel». Yael salió a ordeñar su cabra, suplicando entretanto a Dios que le concediera Su ayuda: «Te ruego, oh HaShem, que fortalezcas a Tu sierva contra el enemigo. Por esta señal sabré que me ayudarás: si, cuando entre en la casa, Sisrá despierta y pide agua para beber». Apenas había cruzado Yael el umbral cuando Sisrá despertó y pidió agua para saciar su sed ardiente. Yael le dio vino mezclado con agua, lo que lo hizo caer de nuevo en un sueño profundo. La mujer tomó entonces una estaca de madera en su mano izquierda, se acercó al guerrero dormido, y dijo: «Sea esta la señal de que lo entregarás en mi mano: si lo arrastro del lecho hasta el suelo sin que despierte». Tiró de Sisrá, y en verdad no despertó ni siquiera cuando cayó del lecho al suelo. Entonces Yael oró: «Oh Dios, fortalece hoy el brazo de Tu sierva, por Tu causa, por la causa de Tu pueblo, y por la causa de los que esperan en Ti». Con un martillo clavó la estaca en la sien de Sisrá, quien gritó al expirar: «¡Que haya de perder la vida a manos de una mujer!». La réplica burlona de Yael fue: «Desciende al infierno y reúnete con tus padres, y diles que caíste a manos de una mujer».
Barak se hizo cargo del cuerpo del guerrero muerto, y lo envió a la madre de Sisrá, Temaj, con este mensaje: «Aquí tienes a tu hijo, a quien esperabas ver volver cargado de botín». Tenía en mente la visión de Temaj y sus damas de compañía. Cuando Sisrá había salido a la batalla, sus artes de adivinación se lo habían mostrado tendido en el lecho de una mujer judía. Esto lo habían interpretado como que volvería con cautivas judías. «Una doncella, dos doncellas para cada hombre», habían dicho. Grande, por tanto, fue la decepción de la madre de Sisrá. No menos de cien gritos profirió por él.
Devorá y Barak entonaron entonces un canto de alabanza, dando gracias a Dios por la liberación de Israel del poder de Sisrá, y repasando la historia del pueblo desde el tiempo de Avraham.
Tras trabajar por el bien de su nación durante cuarenta años, Devorá partió de esta vida. Sus últimas palabras al pueblo que lloraba fueron una exhortación a no depender de los muertos. Ellos nada pueden hacer por los vivos. Mientras un hombre está vivo, sus oraciones son eficaces para sí mismo y para los demás. Una vez muerto, de nada sirven.
Toda la nación guardó un período de duelo de setenta días en honor de Devorá, y la tierra estuvo en paz durante siete años.
Exaltado por la victoria sobre Sisrá, Israel cantó un himno de alabanza, el canto de Devorá, y Dios, para recompensarlos por sus piadosos sentimientos, perdonó la transgresión del pueblo. Pero pronto recayeron en los viejos caminos, y los viejos males los acosaron. Su recaída se debió a la hechicería de un sacerdote madianita llamado Aud. Hizo brillar el sol a medianoche, y así convenció a los israelitas de que los ídolos de Midián eran más poderosos que Dios, y Dios los castigó entregándolos en manos de los madianitas. Adoraban sus propias imágenes reflejadas en el agua, y fueron heridos con una pobreza espantosa. No podían traer ni siquiera una ofrenda de harina, la ofrenda del pobre. En la víspera de un Pésaj, Guidón profirió esta queja: «¿Dónde están todas las obras maravillosas que Dios hizo por nuestros padres en esta noche, cuando mató a los primogénitos de los egipcios, e Israel salió de la esclavitud con el corazón alegre?». Dios se le apareció, y dijo: «Tú, que eres lo bastante valiente para defender a Israel, eres digno de que Israel sea salvado por tu causa».
Un ángel apareció, y Guidón le pidió una señal de que él lograría la liberación de Israel. Excusó su petición con el precedente de Moshé, el primer profeta, que igualmente había pedido una señal. El ángel le mandó verter agua sobre la roca, y luego le dio a elegir cómo quería que el agua se transformara. Guidón deseó ver una mitad convertida en sangre, y una mitad en fuego. Así sucedió. La sangre y el fuego se mezclaron uno con otro, y sin embargo la sangre no apagó el fuego, ni el fuego secó la sangre. Animado por esta y otras señales, Guidón emprendió llevar la guerra contra los madianitas con una banda de trescientos hombres temerosos de Dios, y tuvo éxito. Del enemigo, ciento veinte mil cadáveres cubrieron el campo, y todos los demás huyeron precipitadamente.
Guidón gozó del privilegio de traer la salvación a Israel porque fue un buen hijo. Su anciano padre temía trillar su grano a causa de los madianitas, y Guidón salió una vez a él en el campo y dijo: «Padre, eres demasiado viejo para hacer este trabajo; vete a casa, y yo terminaré tu tarea por ti. Si los madianitas me sorprendieran aquí fuera, puedo huir, cosa que tú no puedes hacer, a causa de tu edad».
El día en que Guidón obtuvo su gran victoria fue durante Pésaj, y la torta de pan de cebada que puso patas arriba el campamento del enemigo, con la que soñó el madianita, era una señal de que Dios abrazaría la causa de Su pueblo para recompensarlo por traer una torta de pan de cebada como ofrenda del Ómer.
Después de que Dios hubo favorecido a Israel con gran ayuda por medio de él, Guidón mandó hacer un efod. En el pectoral del sumo sacerdote, Yosef estaba representado entre las doce tribus solo por Efráyim, no también por Menashé. Para borrar este desaire a su propia tribu, Guidón hizo un efod que llevaba el nombre de Menashé. Lo consagró a Dios, pero tras su muerte se le rindió homenaje como a un ídolo. En aquellos días los israelitas estaban tan entregados a la adoración de Báal-Zevuv que llevaban constantemente consigo pequeñas imágenes de este dios en sus bolsillos, y de vez en cuando tenían la costumbre de sacar la imagen y besarla fervientemente. De tales idólatras eran los hombres vanos y ligeros que ayudaron a Avimélej, el hijo de Guidón por su concubina de Shejem, a asesinar a los demás hijos de su padre. Pero Dios es justo. Así como Avimélej asesinó a sus hermanos sobre una piedra, así el propio Avimélej halló su muerte a causa de una piedra de molino. Era justo, entonces, que Yotam, en su parábola, comparara a Avimélej con un zarzal, mientras caracterizaba a sus predecesores, Otniel, Devorá y Guidón, como un olivo, una higuera o una vid. Este Yotam, el menor de los hijos de Guidón, era más que un contador de parábolas. Sabía ya entonces que mucho tiempo después los samaritanos reclamarían santidad para el monte Guerizim, a causa de la bendición pronunciada desde él sobre la tribu. Por esta razón eligió el Guerizim desde el cual lanzar su maldición sobre Shejem y sus habitantes.
El sucesor de Avimélej igualó, si no superó, su maldad. Yair erigió un altar a Báal, y bajo pena de muerte forzó al pueblo a postrarse ante él. Solo siete hombres permanecieron firmes en la fe verdadera, y rehusaron hasta el fin cometer idolatría. Sus nombres eran Deuel, Avit Yisreel, Yekutiel, Shalom, Ashur, Yehonadav y Shemiel. Dijeron a Yair: «Somos conscientes de las lecciones que nos dieron nuestros maestros y nuestra madre Devorá. “Cuidaos —dijeron— de que vuestro corazón no os extravíe a la derecha o a la izquierda. Día y noche os consagraréis al estudio de la Torá.” ¿Por qué, entonces, buscas corromper al pueblo de HaShem, diciendo: ‘Báal es Dios, adorémoslo’? Si de verdad es lo que dices, que hable entonces como un dios, y le rendiremos culto». Por la blasfemia que habían proferido contra Báal, Yair ordenó que los siete hombres fueran quemados. Cuando sus servidores estaban a punto de ejecutar su orden, Dios envió al ángel Natanael, el señor sobre el fuego, y este extinguió el fuego, aunque no antes de que los servidores de Yair fueran consumidos por él. No solo escaparon los siete hombres del peligro de sufrir la muerte por fuego, sino que el ángel les permitió huir inadvertidos, hiriendo con ceguera a todo el pueblo presente. Entonces el ángel se acercó a Yair, y le dijo: «Escucha las palabras de HaShem antes de que mueras. Te designé como príncipe sobre Mi pueblo, y tú quebrantaste Mi pacto, sedujiste a Mi pueblo, y buscaste quemar a Mis siervos con fuego, pero fueron animados y liberados por el fuego vivo, el fuego celestial. En cuanto a ti, morirás, y morirás por fuego, un fuego en el que permanecerás para siempre».
Acto seguido, el ángel lo quemó junto con mil hombres, a quienes había sorprendido en el acto de rendir homenaje a Báal.
El primer juez de importancia después de Guidón fue Yiftaj. Tampoco él llegó a ser el gobernante judío ideal. Su padre se había casado con una mujer de otra tribu —algo insólito en una época en que a la mujer que abandonaba su tribu se la miraba con desprecio—. Yiftaj, fruto de esa unión, tuvo que cargar con las consecuencias de la conducta irregular de su madre. Le hicieron tantas afrentas que se vio obligado a dejar su hogar y establecerse en una región pagana.
Al principio Yiftaj rehusó aceptar el mando que el pueblo le ofreció en una asamblea en Mitspá, pues no había olvidado los agravios que había sufrido. Al final, sin embargo, cedió y se puso al frente del pueblo en la guerra contra Getal, el rey de los amonitas. Al partir, hizo voto ante Dios de sacrificarle lo primero que saliera por las puertas de su casa a su encuentro cuando volviera victorioso de la guerra.
Dios se irritó y dijo: «¡Conque Yiftaj ha hecho voto de ofrecerme lo primero que salga a su encuentro! Si un perro fuera el primero en salirle al paso, ¿habría de sacrificárseme un perro? Ahora el voto de Yiftaj recaerá sobre su primogénito, sobre su propia descendencia; sí, su plegaria recaerá sobre su hija única. Pero ciertamente salvaré a mi pueblo, no por Yiftaj, sino por las plegarias de Israel».
La primera en salir a su encuentro tras la exitosa campaña fue su hija Sheilah. Abrumado por la angustia, el padre exclamó: «Con razón se te puso el nombre de Sheilah, "la reclamada", para que fueras ofrecida en sacrificio. ¿Quién pondrá mi corazón en la balanza y mi alma como peso, para que yo pueda detenerme y ver si lo que me ha ocurrido es alegría o dolor? Pero como abrí mi boca ante HaShem y pronuncié un voto, no puedo retractarme». Entonces habló Sheilah, diciendo: «¿Por qué te afliges por mi muerte, si el pueblo ha sido salvado? ¿No recuerdas lo que sucedió en los días de nuestros antepasados, cuando el padre ofreció a su hijo en holocausto, y el hijo no se negó, sino que consintió con gozo, y tanto el que ofrecía como el ofrecido rebosaban de alegría? Haz, pues, conforme a lo que has dicho. Pero antes de morir te pediré un favor. Concédeme ir con mis compañeras a los montes, morar entre las colinas y pisar las rocas para derramar allí mis lágrimas y dejar el duelo por mi juventud perdida. Los árboles del campo llorarán por mí, y las bestias del campo harán duelo por mí. No me aflijo por mi muerte, ni porque deba entregar mi vida, sino porque, cuando mi padre pronunció su voto irreflexivo, no me tenía a mí en mente. Temo, por eso, no ser un sacrificio aceptable, y que mi muerte sea en vano». Sheilah y sus compañeras fueron y expusieron su caso a los sabios del pueblo, pero ninguno de ellos pudo prestarle ayuda. Entonces subió al monte Telag, donde HaShem se le apareció de noche y le dijo: «He cerrado la boca de los sabios de mi pueblo en esta generación, de modo que no puedan responder ni una palabra a la hija de Yiftaj; para que mi voto se cumpla y nada de lo que he pensado quede sin hacer. Sé que ella es más sabia que su padre y que todos los sabios, y ahora su alma será aceptada conforme a su petición, y su muerte será muy preciosa ante mi rostro por siempre». Sheilah empezó a llorar su suerte con estas palabras: «Escuchad, montes, mis lamentos; y vosotras, colinas, las lágrimas de mis ojos; y vosotras, rocas, dad testimonio del llanto de mi alma. Mis palabras subirán al cielo, y mis lágrimas quedarán escritas en el firmamento. No se me ha concedido la alegría de las bodas, ni se completó la guirnalda de mi desposorio. No me han engalanado con adornos, ni me han perfumado con mirra y aromas fragantes. No me han ungido con el aceite que se preparó para mí. Ay, madre, en vano me diste a luz: la tumba estaba destinada a ser mi cámara nupcial. El aceite que preparaste para mí se derramará, y las vestiduras blancas que mi madre cosió para mí, la polilla las comerá; la guirnalda nupcial que mi nodriza trenzó para mí se marchitará, y mis vestidos de azul y púrpura, los gusanos los destruirán, y mis compañeras harán duelo por mí todos sus días. Y ahora, árboles, inclinad vuestras ramas y llorad por mi juventud; bestias del bosque, venid y pisad mi virginidad, porque mis años están segados, y los días de mi vida envejecen en tinieblas».
Sus lamentos fueron tan inútiles como sus razones ante el padre. En vano intentó probarle desde la Torá que la ley habla solo de sacrificios de animales, nunca de sacrificios humanos. En vano citó el ejemplo de Yaakov, que había hecho voto de dar a Dios el diezmo de todas sus posesiones, y sin embargo no intentó después sacrificar a uno de sus hijos. Yiftaj fue inflexible. Lo único que concedió fue un plazo durante el cual su hija podría visitar a diversos eruditos, que habrían de decidir si estaba obligado por su voto. Según la Torá, su voto era del todo inválido. Ni siquiera estaba obligado a pagar en dinero el valor de su hija. Pero los eruditos de su tiempo habían olvidado esta halajá, y decidieron que debía cumplir su voto. El olvido de los eruditos venía de Dios, dispuesto como castigo sobre Yiftaj por haber dado muerte a miles de la tribu de Efráyim.
Vivía por entonces un hombre que, de haber sido consultado sobre el caso, habría podido dar un dictamen. Era el Sumo Sacerdote Pinjás. Pero dijo con orgullo: «¡Cómo! ¿Yo, Sumo Sacerdote e hijo de Sumo Sacerdote, he de humillarme y acudir a un ignorante?». Yiftaj, por su parte, dijo: «¡Cómo! ¿Yo, jefe de las tribus de Israel, primer príncipe de la tierra, he de humillarme y acudir a un cualquiera?». Así, solo la rivalidad entre Yiftaj y Pinjás causó la pérdida de una vida joven. El castigo no los pasó por alto. Yiftaj murió una muerte horrible: miembro a miembro su cuerpo fue desmembrado. En cuanto al Sumo Sacerdote, el espíritu santo se apartó de él, y hubo de renunciar a su dignidad sacerdotal.
Así como Yiftaj había tenido la tarea de rechazar a los amonitas, su sucesor Avdón se ocupó de proteger a Israel contra los moabitas. El rey de Moav envió mensajeros a Avdón, que hablaron así: «Bien sabes que Israel se apoderó de ciudades que me pertenecían. Devuélvelas». La respuesta de Avdón fue: «¿No sabéis cómo les fue a los amonitas? La medida de los pecados de Moav, al parecer, aún no se ha colmado». Y salió contra el enemigo, dio muerte a cuarenta y cinco mil de ellos y puso en fuga a los demás.
El penúltimo de los jueces, Shimshón, no fue el más importante de ellos, pero sí el mayor héroe de su época y, salvo Goliat, el mayor héroe de todos los tiempos. Fue hijo de Manóaj, de la tribu de Dan, y de su esposa Tselalponit, de la tribu de Yehudá, y les nació cuando ya habían perdido toda esperanza de tener hijos. El nacimiento de Shimshón es una notable muestra de la cortedad de vista de los seres humanos. El juez Ivtsán no había invitado a Manóaj ni a Tselalponit a ninguno de los ciento veinte banquetes en honor de las bodas de sus sesenta hijos, celebrados en su casa y en la de los suegros, porque pensaba que «la mula estéril» jamás estaría en condiciones de devolverle la cortesía. Y resultó que los padres de Shimshón fueron bendecidos con un hijo extraordinario, mientras que Ivtsán vio morir a sus sesenta hijos en vida.
La fuerza de Shimshón era sobrehumana, y las dimensiones de su cuerpo, gigantescas: medía sesenta codos entre los hombros. Sin embargo, tenía una imperfección: estaba lisiado de ambos pies. La primera prueba de su fuerza descomunal la dio cuando arrancó de raíz dos grandes montañas y las frotó una contra otra. Tales proezas podía realizarlas cada vez que el espíritu de Dios se derramaba sobre él. Y siempre que esto ocurría, lo anunciaba su cabello: empezaba a moverse y a emitir un sonido como de campana, que se oía a lo lejos. Además, mientras el espíritu reposaba sobre él, podía de una sola zancada cubrir una distancia igual a la que hay entre Tsorá y Eshtaol. Fue la fuerza sobrenatural de Shimshón lo que hizo pensar a Yaakov que él sería el Mesías. Cuando Dios le mostró el final de Shimshón, comprendió que la nueva era no la inauguraría el juez-héroe.
Shimshón obtuvo su primera victoria sobre los filisteos con la quijada del asno sobre el cual Avraham había hecho su camino hasta el monte Moriá. Se había conservado de forma milagrosa. Tras esta victoria ocurrió un gran prodigio. Shimshón estaba a punto de perecer de sed, cuando de su propia boca empezó a manar agua como de un manantial.
Además de proezas físicas, Shimshón poseía también dones espirituales. Era desprendido en grado sumo. Había prestado enorme ayuda a los israelitas, pero nunca pidió para sí el menor servicio. Cuando Shimshón le dijo a Delilá que era «nazir de Dios», ella tuvo la certeza de que le había revelado el verdadero secreto de su fuerza. Conocía demasiado bien su carácter para imaginar que uniría el nombre de Dios a una mentira. También había un lado débil en su carácter: dejaba que los placeres sensuales lo dominaran. La consecuencia fue que «quien se extravió tras sus ojos, perdió los ojos». Ni siquiera este severo castigo obró en él un cambio de corazón. Siguió llevando en la cárcel su antigua vida de disipación, y a ello lo alentaban los filisteos, que dejaban de lado toda consideración de pureza familiar con la esperanza de descendientes que igualaran a Shimshón en fuerza y estatura de gigante.
Como a lo largo de su vida Shimshón había dado pruebas de poder sobrehumano, así también en el momento de la muerte. Suplicó a Dios que realizara en él la bendición de Yaakov y lo dotara de fuerza divina. Expiró con estas palabras en los labios: «¡Señor del mundo! Concédeme en esta vida una recompensa por la pérdida de uno de mis ojos. Por la pérdida del otro, esperaré a ser recompensado en el mundo venidero». Aun después de su muerte, Shimshón fue un escudo para los israelitas. El temor que les inspiraba había amedrentado tanto a los filisteos que durante veinte años no se atrevieron a atacar a los israelitas.
Una parte del dinero que Delilá recibió de los príncipes filisteos como precio del secreto de Shimshón se la dio a su hijo Mijá, y él lo empleó en hacerse un ídolo. Este pecado era tanto más imperdonable cuanto que Mijá debía la vida a un milagro obrado por Moshé. En tiempos de la opresión egipcia, si los israelitas no entregaban el número prescrito de ladrillos, se empleaba a sus hijos como material de construcción. Tal habría sido la suerte de Mijá si no hubiera sido salvado de manera milagrosa. Moshé escribió el Nombre de Dios y puso las palabras sobre el cuerpo de Mijá. El niño muerto volvió a la vida, y Moshé lo sacó del muro del que formaba parte. Mijá no se mostró digno del prodigio obrado en su favor. Aun antes de que los israelitas salieran de Mitsraim, hizo su ídolo, y fue él quien modeló el Becerro de Oro. En tiempos del juez Otniel, fijó su morada a no más de tres millas del santuario de Shiló, y ganó al nieto de Moshé para que oficiara como sacerdote ante su ídolo.
El santuario que Mijá erigió albergaba varios ídolos. Tenía tres imágenes de muchachos y tres de becerros, un león, un águila, un dragón y una paloma. Cuando venía un hombre que deseaba esposa, se le indicaba que invocara a la paloma. Si su deseo eran las riquezas, adoraba al águila. Para tener hijos e hijas, a los becerros; al león, para la fuerza; y al dragón, para una larga vida. A estos ídolos se ofrecían por igual sacrificios e incienso, y ambas cosas había que comprárselas a Mijá con dinero contante: didracmas por un sacrificio, y una por el incienso.
La rápida degeneración en la familia de Moshé se explica por el hecho de que Moshé había desposado a la hija de un sacerdote que servía a los ídolos. Con todo, el nieto de Moshé no era un idólatra del calibre ordinario. Su conducta pecaminosa no carecía de cierta apariencia de moralidad. De su abuelo había oído la regla de que un hombre debe hacer «avodá zará» a sueldo antes que depender de sus semejantes. El sentido de «avodá zará» aquí es, naturalmente, trabajo «ajeno», en la acepción de «insólito»; pero él tomó el término en su acepción corriente de «servicio a dioses ajenos». Lejos de ser un idólatra de alma entera, adoptó métodos ideados para dañar la causa del culto a los ídolos. Cada vez que alguien venía trayendo un animal con intención de sacrificarlo, decía: «¿Qué bien puede hacerte el ídolo? No puede ver, ni oír, ni hablar». Pero como le preocupaba su propio sustento y no quería ofender demasiado groseramente a los idólatras, añadía: «Si traes un plato de harina y unos pocos huevos, bastará». Y esa ofrenda se la comía él mismo.
Bajo David ocupó el cargo de tesorero. David lo nombró porque pensaba que un hombre dispuesto a hacerse sacerdote de un ídolo solo para ganarse el pan debía de ser digno de confianza. Por sincero que fuera su arrepentimiento, recayó en su antigua vida cuando fue apartado de su cargo por Shlomo, que al subir al trono cubrió todos los puestos con nuevos titulares. Finalmente abandonó del todo sus caminos idólatras y llegó a ser un hombre tan puro que Dios lo favoreció con el don de la profecía. Esto ocurrió el día en que el hombre de Dios venido de Yehudá llegó ante Yerovam, pues el nieto de Moshé no es otro que el viejo profeta de Bet-El que invitó al hombre de Dios venido de Yehudá a ir a su casa.
El mal causado por Mijá se extendió cada vez más. Los benjaminitas, en especial, se distinguieron por su celo en rendir homenaje a sus ídolos. Por eso Dios resolvió hacer recaer sobre ellos los pecados de Israel y de Binyamín. La ocasión no tardó en llegar. Poco después los benjaminitas cometieron el ultraje de Guivá. Ante la casa de Betac, un anciano venerable, imitaron la conducta vergonzosa de los sodomitas ante la casa de Lot. Cuando las demás tribus exigieron reparación a los benjaminitas y esta les fue negada, se desataron sangrientos combates. Al principio los benjaminitas prevalecieron, a pesar de que los Urim veTumim, consultados por Pinjás, habían animado a los israelitas a emprender el conflicto con estas palabras: «Subid a la guerra, que yo los entregaré en vuestras manos». Después de que las tribus sufrieran una y otra vez la derrota, reconocieron la intención de Dios de abandonarlos como castigo por sus pecados. Ordenaron entonces un día de ayuno y convocación ante el arca sagrada, y Pinjás, hijo de Elazar, suplicó a Dios en su favor: «¿Qué significa esto, que nos extravías? ¿Acaso el acto de los benjaminitas es recto a tus ojos? Entonces, ¿por qué no nos mandaste desistir del combate? Pero si lo que han hecho nuestros hermanos es malo a tu vista, ¿por qué haces que caigamos ante ellos en la batalla? Oh Dios de nuestros padres, escucha mi voz. Da a conocer hoy a tu siervo si la guerra que se libra contra Binyamín te agrada, o si deseas castigar a tu pueblo por sus pecados. Entonces los pecadores que hay entre nosotros enmendarán sus caminos. Tengo presente lo que sucedió en los días de mi juventud, en tiempos de Moshé. En el celo de mi alma di muerte a dos por el pecado de Zimrí, y cuando los allegados de este buscaron matarme, tú enviaste un ángel que abatió a veinticuatro mil de ellos y me salvó. Pero ahora once de tus tribus han salido a cumplir tu mandato, a vengar y a matar, y, mira, han sido ellas mismas las abatidas, de modo que se las lleva a creer que tus revelaciones son mentira y engaño. Oh HaShem, Dios de nuestros antepasados, nada te está oculto. Manifiesta por qué nos ha sobrevenido esta desgracia».
Dios respondió a Pinjás largamente, exponiendo por qué once tribus habían sufrido con tanta dureza. HaShem había querido castigarlas por haber permitido que Mijá y su madre Delilá siguieran sus malos caminos sin estorbo, aun cuando eran celosas sin medida en vengar el agravio hecho a la mujer en Guivá. Tan pronto como perecieron todos los que eran culpables de haber ayudado y secundado a Mijá en sus prácticas idólatras, directa o indirectamente, Dios se dispuso a ayudarlas en sus luchas con los benjaminitas.
Y así fue. En la batalla que se libró poco después, cayeron muertos setenta y cinco mil benjaminitas. Solo seiscientos de la tribu sobrevivieron. Temiendo permanecer en la Tierra de Israel, el pequeño grupo emigró a Italia y Alemania.
Al mismo tiempo, el castigo que Dios les había prometido alcanzó a los dos principales pecadores. Mijá perdió la vida por el fuego, y su madre se pudrió en vida: de su cuerpo brotaban gusanos.
A pesar del gran mal causado por Mijá, tenía una buena cualidad, y Dios permitió que abogara por él cuando los ángeles se alzaron contra él como acusadores. Era sumamente hospitalario. Su casa siempre estaba abierta de par en par al caminante, y a su hospitalidad debió que se le concediera una parte en el mundo venidero. En el Guehinom, Mijá es el primero de la sexta división, que está bajo la guía del ángel Hadriel, y es el único de la división a quien se le ahorran los tormentos del Guehinom. El hijo de Mijá fue Yerovam, cuyos becerros de oro fueron pecaminosos mucho más allá de cuanto hizo su padre.
En aquellos días Dios habló a Pinjás: «Tienes ciento veinte años, has alcanzado el término natural de la vida del hombre. Ve ahora, retírate al monte Danaben y permanece allí muchos años. Mandaré a las águilas que te sustenten con alimento, de modo que no vuelvas a los hombres hasta el tiempo en que cierres con llave las nubes y las abras de nuevo. Entonces te llevaré al lugar donde están los que te precedieron, y allí morarás hasta que yo visite el mundo y te lleve allá a gustar la muerte».
Capítulo III
Shemuel y Shaúl
Capítulo tercero
El período de los Jueces se enlaza con el período de la Monarquía por medio del profeta Shemuel, que ungió como reyes tanto a Shaúl como a David. No solo Shemuel fue profeta: también lo habían sido sus antepasados, y sus dos padres, Elkaná y Janá, estaban dotados del don de la profecía. Además de este don, Elkaná poseía una virtud extraordinaria. Fue un segundo Avraham —el único hombre piadoso de su generación—, que salvó al mundo de la destrucción cuando Dios, encolerizado por la idolatría de Mijá, estaba a punto de aniquilarlo por completo. Su mérito principal fue que, con su ejemplo, animaba al pueblo a peregrinar a Shiló, el centro espiritual de la nación. Acompañado de toda su casa, parientes incluidos, tenía por costumbre hacer cada año las tres peregrinaciones prescritas y, aunque era hombre de recursos solo modestos, su séquito iba equipado con gran magnificencia. En todas las ciudades por las que pasaba, la procesión causaba revuelo. Los espectadores preguntaban sin falta la razón de aquel espectáculo insólito, y Elkaná les decía: «Vamos a la casa de HaShem en Shiló, pues de allí sale la Torá. ¿Por qué no os unís a nosotros?» Palabras tan suaves y persuasivas no dejaban de surtir efecto. El primer año, cinco casas emprendieron la peregrinación; al siguiente, diez; y así hasta que la ciudad entera siguió su ejemplo. Elkaná elegía una ruta nueva cada año. Así pasaba por muchas ciudades, y llevaba a sus habitantes a realizar una obra piadosa.
A pesar de sus costumbres temerosas de Dios, la vida doméstica de Elkaná no era del todo dichosa. Llevaba diez años casado, y su unión con Janá no había sido bendecida con descendencia. El amor que profesaba a su esposa lo compensaba de no tener hijos, pero fue la propia Janá quien insistió en que tomara una segunda mujer. Peniná aprovechaba cada ocasión para mortificar a Janá. Por la mañana, su saludo burlón era: «¿No piensas levantarte a lavar a tus hijos y mandarlos a la escuela?» Tales pullas buscaban mantener a Janá pendiente de su falta de hijos. Quizá las intenciones de Peniná fueran loables: tal vez quería llevar a Janá a rogar a Dios que le diera hijos. Fuera como fuese que se lo arrancara, la súplica de Janá por un hijo fue fervorosa y devota. Suplica a Dios: «¡Señor del mundo! ¿Acaso has creado algo en vano? Los ojos nos los destinaste para ver; los oídos, para oír; la boca, para hablar; la nariz, para oler con ella; las manos, para trabajar. ¿No creaste estos pechos sobre mi corazón para amamantar a una criatura? Concédeme, pues, un hijo que se alimente de ellos. Señor, tú reinas sobre todos los seres, los mortales y los celestiales. Los seres celestiales ni comen ni beben, no se reproducen ni mueren, sino que viven para siempre. El hombre mortal come, bebe, procrea su especie y muere. Si soy, pues, de los seres celestiales, déjame vivir para siempre. Pero si pertenezco a la humanidad mortal, déjame cumplir mi parte en la continuación de la especie.»
Elí, el Sumo Sacerdote, que al principio malinterpretó la larga oración de Janá, la despidió con esta bendición: «Que el hijo que te ha de nacer adquiera un gran conocimiento de la Torá.» Janá salió del santuario, y al instante su rostro surcado por la pena cambió. Sintió, sin sombra de duda, que la bendición de Elí se cumpliría.
La oración de Janá fue escuchada. Al cabo de seis meses y unos días le nació Shemuel, en el año diecinueve de su vida de casada y el ciento treinta de su edad. Shemuel era de constitución frágil y requería cuidados y crianza delicados. Por eso ni él ni su madre podían acompañar a Elkaná en sus peregrinaciones. Janá mantuvo a su niño apartado del santuario durante algunos años. Antes de su nacimiento, una voz del cielo había proclamado que en poco tiempo nacería un gran hombre, cuyo nombre sería Shemuel. En consecuencia, a todos los niños varones de aquel tiempo se les puso el nombre de Shemuel. A medida que crecían, las madres solían reunirse y contar las hazañas de sus hijos, para determinar cuál de ellos colmaba las expectativas que la profecía había despertado. Cuando nació el verdadero Shemuel y, por su acto admirable, superó a todos sus compañeros, quedó claro a quién se refería la palabra de Dios. Siendo ya indiscutible su preeminencia, Janá se avino a separarse de él.
El siguiente episodio ilustra las cualidades insólitas de Shemuel, manifiestas ya en la primera infancia. Tenía dos años cuando su madre lo llevó a Shiló para dejarlo allí de forma permanente. Enseguida se presentó una ocasión para mostrar su saber y su agudeza —tan grandes que provocaron el asombro del propio Sumo Sacerdote, Elí—. Al entrar en el santuario, Shemuel advirtió que buscaban a un sacerdote para degollar al animal del sacrificio. Shemuel enseñó a los servidores que a un no sacerdote le estaba permitido degollar el sacrificio. El Sumo Sacerdote Elí apareció en el momento en que, siguiendo las indicaciones de Shemuel, un no sacerdote degollaba el sacrificio. Irritado por el atrevimiento del niño, estuvo a punto de mandarlo ejecutar, sin reparar en la súplica de Janá por su vida. «Que muera —dijo—; rogaré por otro en su lugar.» Janá respondió: «Se lo presté a HaShem. Pase lo que pase, no te pertenece a ti ni a mí, sino a Dios.» Solo entonces, a salvo ya la vida de Shemuel, elevó Janá su oración de acción de gracias. Además de expresar su gratitud, contiene también muchas profecías sobre los logros futuros de Shemuel, y recorría la historia de Israel desde el principio hasta la venida del Mesías. De paso, su oración trajo alivio a los hijos de Kóraj. Desde que la tierra los había tragado, no dejaban de hundirse cada vez más. Cuando Janá pronunció las palabras «Dios hace bajar al Sheol, y hace subir», se detuvieron en su descenso.
A Janá le fue concedido presenciar no solo la grandeza de su hijo, sino también la ruina de su rival. Cada vez que Janá daba a luz un hijo, Peniná perdía dos de los suyos, hasta que ocho de sus diez hijos murieron —y habría tenido que entregarlos a todos si Janá no hubiera intercedido por ella con su oración—.
Poco antes de que Shemuel comenzara su noviciado en el santuario, Elí accedió a los tres cargos más altos del país: fue nombrado Sumo Sacerdote, presidente del Sanhedrín y gobernante de los asuntos políticos de Israel. Elí era un hombre piadoso y entregado al estudio de la Torá, por lo cual alcanzó una buena vejez y grandes honores. En su cargo de Sumo Sacerdote sucedía a nada menos que a Pinjás, que había perdido su dignidad sacerdotal por su actitud altiva hacia Yiftaj. Con Elí, la línea de Itamar ascendió al poder en lugar de la línea de Elazar. Sin embargo, la acción inicua de sus dos hijos atrajo una terrible desgracia sobre Elí y sobre su familia —aunque el relato de las Escrituras sobre su conducta no debe tomarse al pie de la letra—. Los hijos de Elí solo pecaron en que a veces hacían esperar a las mujeres que venían al santuario a traer las ofrendas de purificación, y así retrasaban su regreso con sus familias. Ya era bastante grave tratándose de sacerdotes de Dios. Sus faltas recayeron sobre su padre, que no fue lo bastante estricto al reprenderlos. El castigo de Elí fue envejecer prematuramente y, además, tener que renunciar a sus diversos cargos.
En vida de Elí, su hijo menor, Pinjás —el más digno de los dos—, oficiaba como Sumo Sacerdote. El único reproche a que Pinjás se expuso fue no intentar corregir la conducta de su hermano.
Lo peor del decreto de Dios contra Elí se lo comunicó Elkaná, el hombre de Dios que vino a Elí y le anunció que la dignidad sacerdotal le sería arrancada a su casa y conferida de nuevo a la familia de Elazar y que, además, sus descendientes morirían todos en la flor de la edad. Esta última condena puede evitarse con buenas obras, devoción en la oración y estudio ferviente de la Torá. Estos medios se emplearon con éxito muchas veces. Pero contra la pérdida del cargo de Sumo Sacerdote no hay remedio. La casa de Elí lo perdió de modo irrevocable. Evyatar, bisnieto de Pinjás, hijo de Elí, y último de los Sumos Sacerdotes de la línea de Itamar, hubo de resignarse a ver cómo David transfería esa dignidad a Tsadok, en cuya familia permaneció para siempre.
Los hijos de Elí atrajeron la desgracia también sobre todo Israel. A sus pecados —y a la ligereza con que el pueblo los disculpaba— se atribuyó el desdichado desenlace de la guerra con los filisteos. El Arca sagrada, receptáculo de las tablas rotas de la ley, que acompañó al pueblo al campamento, no tuvo el efecto esperado de forzar la victoria de los israelitas. Sucedió lo que Elí temía. Había ordenado a sus hijos que no se presentaran ante él si sobrevivían a la captura del Arca. Pero no sobrevivieron: murieron en el campo de batalla donde su nación había sufrido una amarga derrota. Los filisteos, eso sí, pagaron cara su victoria, sobre todo aquellos que habían pronunciado palabras despectivas cuando el Arca sagrada apareció en el campamento israelita: «El Dios de los israelitas tenía diez plagas, y las gastó todas contra los egipcios. Ya no está en su poder hacer daño.» Pero Dios dijo: «Esperad y veréis. Descargaré sobre vosotros una plaga como no la ha habido jamás.» Esta nueva plaga consistió en ratones que salían reptando de la tierra y arrancaban las entrañas de los cuerpos de los filisteos mientras hacían sus necesidades. Si los filisteos intentaban protegerse usando vasijas de bronce, las vasijas reventaban al contacto de los ratones y, como antes, los filisteos quedaban a su merced. Tras algunos meses de sufrimiento, cuando comprendieron que su dios Dagón era la víctima en lugar del vencedor, resolvieron devolver el Arca a los israelitas. Muchos de los filisteos, con todo, aún no estaban convencidos del poder de Dios. El experimento con las vacas lecheras sobre las que nunca había venido yugo debía zanjarles la cuestión. El resultado fue concluyente. Apenas habían comenzado las vacas a tirar del carro que contenía el Arca cuando alzaron sus voces en un canto:
«¡Álzate, oh Acacia! Remóntate en la plenitud de tu esplendor, tú que estás adornada con bordados de oro, tú que eres venerada en lo más santo del palacio, tú que estás cubierta por los dos querubines!»
Cuando el Arca sagrada fue así llevada al territorio israelita, hubo un regocijo inmenso. Sin embargo, al pueblo le faltó la debida reverencia. Descargaron el sagrado receptáculo mientras seguían con sus tareas de costumbre. Dios los castigó con severidad. Los setenta miembros del Sanhedrín perecieron, y con ellos cincuenta mil del pueblo. El castigo fue justo por otra razón más. A la primera vista del Arca, algunos del pueblo habían exclamado: «¿Quién te agravió para que te sintieras ofendida, y qué te ha aplacado ahora?»
En medio de las derrotas y demás calamidades que abrumaban a los israelitas, la autoridad de Shemuel crecía y el respeto hacia él aumentaba, hasta que fue reconocido como el valedor de su pueblo. Sus primeros esfuerzos se dirigieron a contrarrestar la decadencia espiritual de Israel. Cuando reunió al pueblo en Mitspá para orar, buscó distinguir entre los fieles y los idólatras, a fin de aplicar el castigo a los desleales. Hizo beber agua a todo el pueblo, cuyo efecto era impedir que los idólatras abrieran los labios. La mayoría del pueblo se arrepintió de sus pecados, y Shemuel se dirigió a Dios en su favor: «¡Señor del mundo! No exiges del hombre otra cosa que arrepentirse de sus pecados. Israel está arrepentido; perdónalo tú.» La oración fue atendida y, cuando, tras su sacrificio, Shemuel encabezó un ataque contra los filisteos, la victoria no les fue negada a los israelitas. Dios aterró al enemigo primero con un terremoto y luego con truenos y relámpagos. Muchos se dispersaron y vagaron sin rumbo; muchos fueron precipitados a las grietas abiertas en la tierra; a los demás se les chamuscó el rostro y, en su terror y su dolor, las armas se les cayeron de las manos.
Tanto en la paz como en la guerra, Shemuel fue el modelo de juez desinteresado e incorruptible, que hasta rechazaba compensación por el tiempo, las molestias y los sacrificios pecuniarios que su cargo le imponía. Sus hijos distaron mucho de parecerse a su padre en esto. En lugar de continuar el método de Shemuel de ir de un lugar a otro impartiendo justicia, hacían que el pueblo acudiera a ellos, y se rodeaban de una cuadrilla de funcionarios que esquilmaban al pueblo para su sostén. En cierto sentido, pues, se cumplió la maldición con que Elí amenazó a Shemuel en su juventud: tanto él como Shemuel tuvieron hijos indignos de sus padres. Shemuel al menos tuvo la satisfacción de ver a sus hijos enmendarse. Uno de ellos es el profeta Yoel, cuya profecía forma un libro de la Biblia.
Aunque, según este relato, los hijos de Shemuel no fueron ni de lejos tan inicuos como podría inferirse de las duras expresiones de la Escritura, la demanda de un rey por parte de los dirigentes del pueblo no era, con todo, injustificada. Lo único que deseaban era un rey en lugar de un juez. Lo que encendió la ira de Dios y disgustó a Shemuel fue el modo en que la gente común formuló la petición. «Queremos un rey —decían— para ser como las demás naciones.»
Hubo varias razones para la elección de Shaúl como rey. Se había distinguido como héroe militar en el desdichado enfrentamiento de los filisteos con Israel bajo el mando de los hijos de Elí. Goliat capturó las tablas de la ley. Cuando Shaúl se enteró de esto en Shiló, marchó sesenta millas hasta el campamento, arrebató las tablas al gigante y volvió a Shiló el mismo día, trayendo a Elí la noticia de la desgracia israelita. Además, Shaúl poseía una belleza poco común, lo que explica por qué las doncellas a quienes preguntó por el vidente de su ciudad procuraron enredarlo en una larga conversación. Al mismo tiempo era sumamente modesto. Cuando él y su criado no lograron encontrar las asnas que buscaban, dijo: «Mi padre se preocupará por nosotros», poniendo a su criado a su mismo nivel; y cuando fue ungido rey, se negó a aceptar la dignidad real hasta que se consultaran los Urim veTumim. Su virtud principal, sin embargo, era su inocencia. Estaba tan libre de pecado como «un niño de un año». No es de extrañar, pues, que se le considerara digno del don profético. Las profecías que pronunció versaban sobre la guerra de Gog y Magog y sobre el reparto de recompensa y castigo en el juicio final. Por último, su elección como rey se debió también a los méritos de sus antepasados, en especial de su abuelo Aviel, hombre interesado en el bienestar público, que hacía iluminar las calles para que la gente pudiera acudir a las casas de estudio después del anochecer.
El primer acto de Shaúl como rey fue su exitoso ataque contra Najash, rey de los amonitas, que había ordenado a los galaditas suprimir de la Torá el precepto que excluía a los amonitas de la congregación de Israel. En su siguiente empresa, la campaña contra los filisteos, hizo gala de su piedad. Su hijo Yonatán había caído bajo el severo anatema que Shaúl pronunció contra todo el que probara alimento en cierto día, y Shaúl no vaciló en entregarlo a la muerte. La falta de Yonatán se dio a conocer por las piedras del pectoral del Sumo Sacerdote. Todas las piedras brillaban; solo la que llevaba el nombre de Binyamín había perdido su brillo. Por sorteo se determinó que su lustre apagado se debía al benjaminita Yonatán. Shaúl desistió de su propósito de ejecutar a Yonatán solo cuando se vio que había transgredido la orden de su padre por error. Un holocausto y su peso en oro entregado al santuario se consideraron expiación por él. En esa misma guerra, Shaúl tuvo ocasión de mostrar su celo por la observancia escrupulosa de las ordenanzas de los sacrificios. Reprochó a sus guerreros comer la carne de los sacrificios antes de que la sangre se rociara sobre el altar, y se impuso la tarea de velar por que el cuchillo de degüello se mantuviera en las condiciones prescritas. En recompensa, un ángel le trajo una espada, pues no había en todo el ejército, aparte de Shaúl, quien portara una.
Shaúl manifestó un espíritu distinto en la siguiente campaña, la guerra contra los amalecitas, a quienes, por mandato de Dios, debía exterminar. Cuando el profeta Shemuel le transmitió el mensaje del disgusto de Dios, Shaúl dijo: «Si la Torá ordena que una becerra de la manada sea desnucada en el valle como expiación por la muerte de un solo hombre, ¿cuán grande ha de ser la expiación exigida por la matanza de tantos hombres? Y admitido que sean pecadores, ¿qué mal ha hecho su ganado para merecer el exterminio? Y admitido que los adultos sean dignos de su suerte, ¿qué han hecho los niños?» Entonces una voz proclamó desde el cielo: «No seas demasiado justo.» Más tarde, cuando Shaúl encargó a Doeg abatir a los sacerdotes de Nov, se oyó a la misma voz decir: «No seas demasiado malvado.» Fue este mismo Doeg —destinado a desempeñar un papel tan funesto en su vida— quien indujo a Shaúl a perdonar a Agag, el rey de los amalecitas. Su argumento fue que la ley prohíbe degollar a un animal y a su cría el mismo día. Cuánto menos lícito es, pues, destruir a la vez a viejos y jóvenes, a hombres y niños. Como Shaúl había emprendido la guerra de exterminio contra Amalek solo forzado a ello, fue fácil persuadirlo de que dejara al pueblo conservar viva una parte del ganado. En cuanto a él, no podía tener interés personal alguno en el botín, pues era tan rico que hizo el censo del ejército dando una oveja a cada uno de sus soldados —repartiendo nada menos que doscientas mil ovejas—.
Comparados con los pecados de David, los de Shaúl no eran lo bastante graves para justificar que se le retirara la dignidad real a él y a su familia. La verdadera razón fue la excesiva mansedumbre de Shaúl, un defecto en un gobernante. Además, su familia era de una nobleza tan intachable que sus descendientes podrían haberse vuelto demasiado altivos. Cuando Shaúl desatendió el mandato divino sobre los amalecitas, Shemuel le anunció que su cargo sería concedido a otro. El nombre de su sucesor no se mencionó en aquella ocasión, pero Shemuel le dio una señal para reconocer al futuro rey: quien cortara el borde del manto de Shaúl reinaría en su lugar. Más tarde, cuando David encontró a Shaúl en la cueva y cortó un pedazo del faldón del rey, Shaúl supo con certeza que era su sucesor destinado.
Así perdió Shaúl su corona por causa de Agag y, aun así, no logró su propósito de salvar la vida del rey amalecita, pues Shemuel infligió a Agag una muerte de lo más cruel, y no según las formas de justicia judías, sino paganas. No pudo citarse ante el tribunal a testigos del crimen de Agag, ni pudo probarse que Agag, como la ley exige, hubiera sido advertido cuando estaba a punto de cometerlo. Aunque a Agag se le aplicó el castigo merecido, en cierto sentido llegó demasiado tarde. De haberlo matado Shaúl en el transcurso de la batalla, a los judíos se les habría ahorrado la persecución tramada por Hamán, pues, en el breve lapso que transcurrió entre la guerra y su ejecución, Agag llegó a ser el antepasado de Hamán.
La guerra amalecita fue la última de las hazañas notables de Shaúl. Poco después se apoderó de él el espíritu maligno, y el resto de sus días transcurrió sobre todo persiguiendo a David y a sus seguidores. Shaúl habría muerto inmediatamente después de la guerra amalecita si Shemuel no hubiera intercedido por él. El profeta rogó a Dios que se perdonara la vida del rey desobediente, al menos mientras sus propios años no llegaran a su fin señalado: «Tú me consideras igual a Moshé y a Aharón. Así como Moshé y Aharón no vieron destruida su obra ante sus ojos en vida, que tampoco cese la mía mientras yo viva.» Dios dijo: «¿Qué haré? Shemuel no me deja poner fin a los días de Shaúl, y si dejo que Shemuel muera en la flor de la edad, la gente hablará mal de él. Entretanto, el tiempo de David se acerca, y un reinado no puede solaparse ni un pelo con el tiempo asignado a otro.» Dios decidió hacer envejecer a Shemuel de golpe y, cuando murió a los cincuenta y dos, el pueblo tuvo la impresión de que habían llegado a su fin los días de un anciano. Mientras él vivió, Shaúl estuvo seguro. Apenas hubo muerto, los filisteos empezaron a amenazar a los israelitas y a su rey. Pronto se vio cuán justificados habían estado los ritos de duelo por el profeta difunto en todas las ciudades israelitas. No era de extrañar que el duelo por Shemuel fuera universal. Durante su administración activa como juez, había tenido por costumbre recorrer todas las partes del país, de modo que todo el pueblo lo conocía en persona. Esta práctica suya da testimonio no solo del celo con que se entregaba a su cargo, sino también de su riqueza, pues los gastos que estos viajes acarreaban corrían de su propio bolsillo. Una sola persona en toda la tierra no participó en las manifestaciones de dolor. Durante la misma semana de duelo, Naval celebraba banquetes. «¡Cómo! —exclamó Dios—. Todos lloran y se lamentan por la muerte del piadoso, ¡y este réprobo se entrega a la juerga!» El castigo no se hizo esperar. Tres días después de la semana de duelo por Shemuel, Naval murió.
Nadie sintió la muerte de Shemuel más hondamente que Shaúl. Solo y aislado, no retrocedió ante medidas extremas para entrar en comunicación con el profeta difunto. Con sus dos ayudantes, Avner y Amasá, se dirigió a la madre de Avner, la bruja de Endor. El rey no reveló su identidad, pero la bruja no tuvo dificultad en reconocer a su visitante. En la nigromancia rige la curiosa regla de que, a menos que lo convoque un rey, el espíritu evocado de entre los muertos aparece cabeza abajo y con los pies en el aire. Por eso, cuando la figura de Shemuel se irguió ante ellos, la bruja supo que el rey estaba con ella. Aunque la bruja veía a Shemuel, no podía oír lo que decía, mientras que Shaúl oía sus palabras pero no podía ver su persona —otro fenómeno peculiar de la nigromancia—: el evocador ve al espíritu, y aquel para quien se ha evocado al espíritu solo lo oye. Cualquier otra persona presente ni lo ve ni lo oye.
La agitación de la bruja creció cuando percibió a varios espíritus alzarse junto a Shemuel. El profeta muerto, cuando fue llamado de vuelta a la tierra, creyó que había llegado el día del juicio. Pidió a Moshé que lo acompañara y diera testimonio de que él siempre había cumplido las ordenanzas de la Torá tal como Moshé las había establecido. Con estos dos grandes guías se alzaron varios de los piadosos, todos creyendo que el día del juicio estaba cerca. Shemuel iba vestido con el «manto» que su madre le había hecho cuando lo entregó al santuario. Lo había llevado toda su vida, y con él fue enterrado. En la resurrección, todos los muertos visten sus ropas de sepultura, y así ocurrió que Shemuel se presentó ante Shaúl con su conocido «manto».
Solo fragmentos de la conversación entre Shemuel y Shaúl se han conservado en las Escrituras. Shemuel reprochó a Shaúl haberlo perturbado. «¿No te bastaba —dijo— encender la ira de tu Creador evocando a los espíritus de los muertos, que además tienes que convertirme a mí en un ídolo? Pues ¿no está dicho que, igual que los adoradores, así serán castigados los adorados?» Shemuel consintió entonces en decir al rey el decreto de Dios: que había resuelto arrancar el reino de su mano e investir a David con la dignidad real. A lo que Shaúl repuso: «Estas no son las palabras que me dijiste antes.» «Cuando morábamos juntos —replicó Shemuel—, yo estaba en el mundo de la mentira, y oías de mí palabras mentirosas, pues temía tu ira y tu venganza. Ahora habito en el mundo de la verdad, y oyes de mí palabras de verdad. En cuanto a lo que HaShem te ha hecho, lo has merecido, pues no obedeciste la voz de HaShem ni ejecutaste su ardiente ira contra Amalek.» Shaúl preguntó: «¿Puedo aún salvarme huyendo?» «Sí —respondió Shemuel—; si huyes, estás a salvo. Pero si aceptas el juicio de Dios, mañana estarás unido a mí en el Paraíso.»
Cuando Avner y Amasá interrogaron a Shaúl sobre su entrevista con Shemuel, este respondió: «Shemuel me dijo que mañana iré a la batalla y saldré victorioso. Más aún: a mis hijos se les darán posiciones elevadas en pago de su valor militar.» Al día siguiente, sus tres hijos fueron con él a la guerra, y todos cayeron abatidos. Dios convocó a los ángeles y les dijo: «Contemplad al ser que he creado en mi mundo. Por regla general, un padre se abstiene de llevar a sus hijos siquiera a un banquete, no sea que los exponga al mal de ojo. Shaúl va a la guerra sabiendo que perderá la vida y, sin embargo, lleva consigo a sus hijos y acepta con alegría el castigo que decreto.»
Así pereció el primer rey judío, como héroe y como santo. Sus últimos días transcurrieron entre remordimientos por la ejecución de los sacerdotes de Nov, y su arrepentimiento le procuró el perdón. En verdad, en todos los aspectos su piedad fue tan grande que ni siquiera David lo igualaba: David tuvo muchas esposas y concubinas; Shaúl no tuvo más que una esposa. David se quedó atrás, temiendo perder la vida en la batalla contra su hijo Avshalom; Shaúl entró en el combate sabiendo que no volvería con vida. Manso y generoso, Shaúl llevó vida de santo en su propia casa, observando incluso las leyes sacerdotales de pureza. Por eso Dios reprochó a David haber pronunciado una maldición contra Shaúl en su oración. Además, David, en su vejez, fue castigado por haber cortado el borde del manto de Shaúl, pues ninguna cantidad de ropa lograba darle calor. Por último, cuando una gran hambruna cayó sobre la tierra durante el reinado de David, Dios le dijo que se le había infligido porque los restos de Shaúl no habían sido sepultados con el honor que le correspondía, y en ese instante una voz celestial resonó llamando a Shaúl «el elegido de Dios».
La figura más importante en la corte de Shaúl era su primo Avner, hijo de la bruja de Endor. Era un gigante de tamaño extraordinario. Un muro de seis codos de grosor podía moverse con más facilidad que uno de los pies de Avner. David se coló una vez, por azar, entre los pies de Avner mientras este dormía, y estuvo a punto de morir aplastado cuando, por fortuna, Avner los movió y David logró escapar. Consciente de su enorme fuerza, exclamó una vez: «Si solo pudiera aferrar la tierra por algún punto, podría sacudirla.» Incluso en la hora de su muerte, herido de gravedad por Yoav, agarró a su asesino como si fuera un ovillo de lana. Estaba a punto de matarlo, pero la gente se agolpó en torno a ellos y dijo a Avner: «Si matas a Yoav, quedaremos huérfanos, y nuestras mujeres e hijos serán presa de los filisteos.» Avner respondió: «¿Qué puedo hacer? Estaba a punto de apagar mi luz.» La gente lo consoló: «Encomienda tu causa al Juez verdadero.» Avner soltó entonces a Yoav, que quedó ileso, mientras que Avner cayó muerto al instante. Dios había fallado en contra suya. La razón era que Yoav estaba, en cierta medida, justificado al buscar vengar la muerte de su hermano Asael. Asael, el corredor de rapidez sobrenatural —tan veloz que corría a través de un campo sin quebrar las espigas de trigo—, había sido el agresor. Había intentado quitarle la vida a Avner, y Avner sostenía que, al matar a Asael, no había hecho sino defenderse. Antes de infligir la herida mortal, Yoav celebró un juicio formal sobre Avner. Preguntó: «¿Por qué no dejaste a Asael inofensivo hiriéndolo, en lugar de matarlo?» Avner respondió que no habría podido hacerlo. «¿Cómo? —dijo Yoav, incrédulo—. Si fuiste capaz de golpearlo bajo la quinta costilla, ¿quieres decir que no habrías podido dejarlo inofensivo con una herida y conservarlo con vida?»
Aunque Avner era un santo, incluso «un león en la Torá», perpetró más de una acción que hacía parecer justa su muerte violenta. Jugaba a su favor que se había negado a obedecer la orden de Shaúl de acabar con los sacerdotes de Nov. Pero un hombre de su talla no debería haberse contentado con una resistencia pasiva. Debería haber intervenido de forma activa e impedir que Shaúl ejecutara su designio sangriento. Y admitido que Avner no hubiera podido influir en el ánimo del rey en este asunto, en todo caso es censurable por haber frustrado una reconciliación entre Shaúl y David. Cuando David, sosteniendo en la mano el borde del manto del rey que había cortado, procuró convencer a Shaúl de su inocencia, fue Avner quien puso al rey en contra del fugitivo suplicante. «No te preocupes por eso —dijo a Shaúl—. David encontró ese jirón en un espino en el que se te enganchó el faldón del manto al pasar.» Por otra parte, ninguna culpa recae sobre Avner por haber abrazado la causa del hijo de Shaúl contra David durante dos años y medio. Sabía que Dios había designado a David para el cargo real, pero, según una antigua tradición, Dios había prometido dos reyes a la tribu de Binyamín, y Avner consideraba su deber transmitir el honor de su padre al hijo de Shaúl el benjaminita.
Otra figura de importancia durante el reinado de Shaúl, pero hombre de carácter radicalmente distinto, fue Doeg. Doeg, amigo de Shaúl desde los días de su juventud, murió a los treinta y cuatro años y, sin embargo, a esa temprana edad había sido presidente del Sanhedrín y el mayor erudito de su tiempo. Se le llamaba Edomí, que no significa «edomita», sino «el que hace enrojecer de vergüenza», porque, con su mente aguda y su saber, avergonzaba a todos los que entraban en discusión con él. Pero su erudición residía solo en sus labios; su corazón no estaba en ella, y su único fin era suscitar admiración. No es de extrañar, pues, que su fin fuera desastroso. En el momento de su muerte había caído tan bajo que perdió toda parte en la vida venidera. La vanidad herida fue la causa de su hostilidad hacia David, que le había ganado la partida en una discusión erudita. Desde ese momento volcó todas sus energías en la tarea de arruinar a David. Intentó envenenar el ánimo de Shaúl contra David alabando a este de manera desmedida y despertando así los celos de Shaúl. También insistía una y otra vez en la ascendencia moabita de David y sostenía que, por ella, no podía ser admitido en la congregación de Israel. Shemuel y otros hombres prominentes tuvieron que hacer valer todo el peso de su autoridad para proteger a David de las consecuencias de la sofistería de Doeg.
La transgresión más grave de Doeg, sin embargo, fue delatar a los sacerdotes de Nov, a quienes acusó de alta traición y ejecutó como traidores. Para todas sus acciones inicuas ponía la ley a su servicio y de ella extraía la justificación de su conducta. Avimélej, el Sumo Sacerdote de Nov, admitió que había consultado los Urim veTumim para David. Esto sirvió a Doeg de base para la acusación de traición, y afirmó como halajá inalterable que los Urim veTumim solo pueden consultarse para un rey. En vano Avner y Amasá y todos los demás miembros del Sanhedrín demostraron que los Urim veTumim pueden consultarse para cualquiera cuya empresa concierna al bienestar general. Doeg no cedió y, como no se hallaba a nadie que ejecutara la sentencia, él mismo ofició de verdugo. Cuando lo movía el afán de venganza, tenía en poco por igual la vida y el honor de su prójimo. Consiguió convencer a Shaúl de que el matrimonio de David con Mijal, la hija del rey, había perdido su validez desde el momento en que David fue declarado rebelde. Como tal, dijo, David estaba como muerto, pues un rebelde quedaba proscrito. Por tanto, su esposa ya no estaba ligada a él. El castigo de Doeg se correspondió con sus fechorías. El que había hecho un uso impío de su conocimiento de la ley olvidó por completo la ley, y hasta sus propios discípulos se alzaron contra él y lo echaron de la casa de estudio. Al final murió leproso.
Por espantosa que fuera esta muerte, no se le tuvo por expiación de sus pecados. Un ángel quemó su alma, y otro esparció sus cenizas por todas las casas de estudio y de oración. El hijo de Doeg fue el escudero de Shaúl, a quien David dio muerte por atreverse a matar al rey, aunque este anhelara la muerte.
Junto a Avner y Doeg, Yonatán se distinguió en el reinado de su padre. Su capacidad militar se unía a una profunda erudición. A esta última debía su posición de Av Bet Din. No obstante, fue uno de los hombres más modestos que la historia conoce. Avinadav fue otro de los hijos de Shaúl digno de su padre, por lo cual a veces se le llamaba Ishví. En cuanto al nieto de Shaúl, Mefiboshet, también él tenía fama de gran hombre. El propio David no desdeñaba sentarse a sus pies, y veneraba a Mefiboshet como a su maestro. El agravio que David le hizo al conceder la mitad de sus posesiones a Tsivá, el siervo de Mefiboshet, no quedó sin venganza. Cuando David ordenó la división de los bienes de Mefiboshet, una voz del cielo profetizó: «Yerovam y Rejavam se repartirán el reino entre sí.»
Capítulo IV
David
Capítulo cuarto
David, el «elegido de Dios», descendía de una familia que era ella misma de lo escogido de Israel. Los antepasados suyos que la Biblia enumera por su nombre son todos hombres de excelencia sobresaliente. Además, David descendía de Miriam, la hermana de Moshé, de modo que la vena de la aristocracia real se reforzaba con la aristocracia sacerdotal. Y David no fue el primero de su familia en ocupar el trono de un soberano. Su bisabuelo Boaz era una y la misma persona que Ivtsán, el juez de Bet-Léjem. También Otniel, el primer juez de Israel tras la muerte de Yehoshúa, y Kalev, el hermano de Otniel, estaban emparentados con la familia de David. Como modelos de piedad y virtud, David tuvo delante de sí a su abuelo y, más aún, a su padre. La vida entera de su abuelo fue un servicio continuo a Dios —de ahí su nombre, Oved, «el siervo»— y su padre, Yishái, fue uno de los mayores sabios de su tiempo, y uno de los cuatro que murieron enteramente libres de pecado. Si Dios no hubiera decretado la muerte para todos los descendientes de nuestros primeros padres tras su caída, Yishái habría seguido viviendo para siempre. Tal como fueron las cosas, murió a los cuatrocientos años, y de muerte violenta, a manos del rey moabita, a cuyo cuidado había dejado David a su familia —confiando en los lazos de parentesco entre los moabitas y la descendencia de Rut— cuando huía delante de Shaúl. La piedad de Yishái no quedará sin recompensa. En el tiempo mesiánico será uno de los ocho príncipes que gobernarán el mundo.
Pese a su piedad, Yishái no siempre estuvo a salvo de la tentación. Una de sus esclavas le prendó el capricho, y habría entrado en relaciones ilícitas con ella si su esposa, Natzbat, la hija de Adiel, no hubiera frustrado el plan. Se disfrazó de la esclava, y Yishái, engañado por la treta, se unió a su propia esposa. Del hijo que dio a luz Natzbat se dijo que era el hijo de la esclava liberada, para que el padre no descubriera el engaño que se le había hecho. Ese hijo fue David.
En cierta medida, David debía la vida a Adam. Al principio solo se le habían asignado tres horas de existencia. Cuando Dios hizo pasar en revista ante Adam a todas las generaciones futuras, este suplicó a Dios que diera a David setenta de los mil años que le estaban destinados a él. Se redactó una escritura de donación, firmada por Dios y por el ángel Metatrón. Setenta años fueron traspasados legalmente de Adam a David, y conforme a los deseos de Adam, con ellos se transfirieron también la belleza, el dominio y el don poético.
La belleza y el talento, dones de Adam a David, no libraron a su poseedor de las penalidades. Como supuesto hijo de una esclava, fue apartado del trato con sus hermanos, y pasaba sus días en el desierto cuidando las ovejas de su padre. Fue su vida de pastor la que lo preparó para su elevada posición posterior. Con gentil consideración guiaba a los rebaños que le confiaban. A los corderos jóvenes los llevaba a pastos de hierba tierna; los parajes de hierbas menos jugosas los reservaba para las ovejas; y a los carneros crecidos y robustos les daba por alimento las malezas más duras. Entonces Dios dijo: «David sabe cuidar ovejas; por tanto, será el pastor de mi rebaño Israel».
En la soledad del desierto, David tuvo ocasión de mostrar su extraordinaria fuerza física. Un día mató a cuatro leones y tres osos, aunque no tenía armas. Su aventura más seria fue con el reem. David encontró dormida a la bestia gigantesca y, tomándola por una montaña, empezó a subirla. De pronto el reem despertó, y David se halló muy en lo alto, en el aire, sobre sus cuernos. Hizo voto de que, si era rescatado, edificaría a Dios un templo de cien codos de altura, tan alto como los cuernos del reem. Entonces Dios envió un león. El rey de las bestias infundió temor incluso al reem. El reem se postró, y David pudo descender fácilmente de su altura. En ese momento apareció un ciervo. El león salió tras él, y David se salvó tanto del león como del reem.
Siguió llevando la vida de pastor hasta que, a los veintiocho años, fue ungido rey por Shemuel, a quien una revelación especial había enseñado que el despreciado hijo menor de Yishái sería rey. El primer encargo de Shemuel había sido ungir a uno de los hijos de Yishái, pero no se le dijo a cuál. Cuando vio al mayor, Eliav, lo tuvo por el rey elegido de Dios. Dios había permitido que se engañara, para castigar a Shemuel por su excesiva presunción al llamarse a sí mismo el vidente. Así se le probó que no podía preverlo todo. Con todo, el error de Shemuel era disculpable. La primera elección de Dios había recaído sobre Eliav. Solo a causa de su naturaleza violenta, de su prontitud para la ira contra David, la posición que le estaba destinada fue transferida a su hermano menor. Eliav quedó en cierto modo compensado al ver a su hija convertirse en esposa de Rejavam. Así también él goza de la distinción de estar entre los antepasados de los reyes de Yehudá, y la visión de Shemuel de Eliav como rey no fue del todo falsa.
La elección de David quedó patente por lo que ocurrió con el óleo sagrado con que fue ungido. Cuando Shemuel había intentado derramar el óleo sobre los hermanos de David, este había permanecido en el cuerno; pero al acercarse David, fluyó por sí solo y se derramó sobre él. Las gotas sobre sus vestiduras se convirtieron en diamantes y perlas, y después del acto de ungirlo, el cuerno quedó tan lleno como antes.
Grande fue el asombro de que el hijo de una esclava fuera hecho rey. Entonces la esposa de Yishái reveló su secreto y se declaró madre de David.
La unción de David se mantuvo en secreto por un tiempo, pero su efecto apareció en el don de profecía que se manifestó en David, y en su extraordinario desarrollo espiritual. Sus nuevas dotes le granjearon, naturalmente, la envidia. Ninguno fue más amargamente celoso que Doeg, el mayor sabio de su tiempo. Cuando oyó que Shaúl estaba a punto de hacer venir a David a la corte como su servidor, Doeg empezó a alabar a David desmedidamente, con el propósito de despertar los celos del rey y volver a David odioso a sus ojos. Lo consiguió, y sin embargo Shaúl no renunció a su plan de tener a David en la corte. David se había dado a conocer a Shaúl en su juventud, y en aquel tiempo el rey había concebido gran admiración por él. La ocasión fue una en que David había mostrado tanto ingenio como amor a la justicia. Una mujer rica había tenido que dejar su hogar temporalmente. No podía llevar consigo su fortuna, ni deseaba confiarla a nadie. Recurrió al ardid de esconder su oro en tarros de miel, y estos los depositó con un vecino. Por casualidad, este descubrió lo que había en los tarros, y sustrajo el oro. A su regreso, la mujer recibió sus vasijas, pero el oro escondido en ellas había desaparecido. No tenía prueba alguna que presentar contra su desleal vecino, y el tribunal desestimó su queja. Apeló al rey, pero él fue igualmente incapaz de ayudarla. Cuando la mujer salía del palacio del rey, David estaba jugando con sus compañeros. Al ver su abatimiento, pidió una audiencia con el rey, para que la verdad prevaleciera. El rey lo autorizó a hacer lo que juzgara conveniente. David ordenó que se rompieran los tarros de miel, y se hallaron dos monedas adheridas a la cara interior de las vasijas. El ladrón las había pasado por alto, y probaron su deshonestidad.
A David no se le permitió disfrutar por mucho tiempo del sosiego de la vida en la corte. El talante agresivo que asumió Goliat lo empujó al frente. Fue un curioso azar el que designó a David para ser el matador de Goliat, que estaba unido a él por lazos de sangre. Goliat, se recordará, era hijo de la moabita Orpá, la cuñada de Rut, antepasada de David, y también su hermana, pues ambas habían sido hijas del rey moabita Eglón. David y Goliat diferían tanto como sus abuelas, pues, en contraste con Rut, la piadosa y religiosa judía, Orpá había llevado una vida de infamia indecible. A su hijo Goliat se le escarnecía como «el hijo de cien padres y una madre». Pero Dios no deja nada sin recompensa, ni siquiera en los malvados. A cambio de los cuarenta pasos que Orpá había acompañado a su suegra Noemí, a Goliat el filisteo, su hijo, se le permitió desplegar su fuerza y su destreza durante cuarenta días, y a cambio de las cuatro lágrimas que Orpá había derramado al separarse de su suegra, se le concedió el privilegio de dar a luz cuatro hijos gigantes.
De los cuatro, Goliat era el más fuerte y el más grande. Lo que las Escrituras cuentan de él no es sino una pequeña fracción de lo que podría haberse contado. Las Escrituras se abstienen a propósito de extenderse sobre las proezas del malhechor. Tampoco cuentan cómo Goliat, impío como era, osó desafiar al Dios de Israel a combatir con él, ni cómo intentó por todos los medios a su alcance estorbar a los israelitas en su culto divino. Mañana y tarde aparecía en el campamento justo a la hora en que los israelitas se disponían a decir el Shemá.
Tanto más motivo, pues, para que David odiara a Goliat y resolviera aniquilarlo. Su padre lo animó a enfrentarse a Goliat, pues consideraba deber de David proteger a Shaúl el benjaminita contra el gigante, así como Yehudá, su antepasado, había en tiempos antiguos empeñado su palabra por la seguridad de Binyamín, el antepasado de Shaúl. Porque Goliat estaba empeñado en acabar con Shaúl. Su agravio contra él era que una vez, cuando en una escaramuza entre los filisteos y los israelitas Goliat había logrado capturar las tablas sagradas de la ley, Shaúl se las había arrebatado al gigante. A causa de su dolencia, Shaúl no podía aventurarse a cruzar espadas con Goliat, y aceptó el ofrecimiento de David de entrar en combate en su lugar. David se puso la armadura de Shaúl, y cuando resultó que la armadura del rey, de poderosa complexión, ajustaba al hasta entonces esbelto muchacho, Shaúl reconoció que David había sido predestinado para la grave tarea que iba a emprender, pero al mismo tiempo la milagrosa transformación de David no dejó de despertar sus celos. Por esta razón, David rehusó revestirse como guerrero para su contienda con Goliat. Quiso enfrentarlo como un simple pastor. Cinco guijarros vinieron a David por su propia voluntad, y cuando los tocó, todos se convirtieron en un solo guijarro. Los cinco guijarros representaban a Dios, a los tres Patriarcas y a Aharón. Jofní y Pinjás, los descendientes de este último, habían sido muertos por Goliat solo poco antes.
Apenas comenzó David a avanzar hacia Goliat, el gigante tomó conciencia del poder mágico del joven. El mal de ojo que David lanzó sobre su adversario bastó para afligirlo con lepra, y en ese mismísimo instante quedó clavado al suelo, incapaz de moverse. Goliat estaba tan confundido por su impotencia que apenas sabía lo que decía, y profirió la necia amenaza de que daría la carne de David al ganado del campo, como si el ganado comiera carne. «Se ve —se dijo David— que está loco, y no cabe duda de que está condenado.» Seguro de la victoria, David replicó que arrojaría el cadáver del filisteo a las aves del cielo. Al mencionar las aves, Goliat alzó los ojos al cielo, para ver si había algún pájaro por allí. El movimiento hacia arriba de su cabeza apartó ligeramente su visera de la frente, y en ese instante el guijarro que David había lanzado lo golpeó en el punto descubierto. Un ángel descendió y lo derribó de bruces contra el suelo, para que la boca que había blasfemado contra Dios se ahogara con tierra. Cayó de tal modo que la imagen de Dagón que llevaba sobre el pecho tocó el suelo, y su cabeza vino a quedar entre los pies de David, quien ya no tuvo dificultad en rematarlo.
Goliat estaba encajado, de pies a cabeza, en varias armaduras superpuestas, y David no sabía cómo quitárselas y cortar la cabeza del gigante. En este trance, Uriyá el hitita le ofreció sus servicios, pero con la condición de que David le procurara una esposa israelita. David aceptó la condición, y Uriyá, a su vez, le mostró cómo las distintas armaduras estaban sujetas entre sí en los talones de los pies del gigante.
La victoria de David, naturalmente, echó leña al fuego de los celos de Shaúl. Shaúl envió a Avner, su general, a indagar si David, que él sabía que era de la tribu de Yehudá, pertenecía al clan de Péretz o al clan de Zéraj. En el primer caso, se confirmaría su sospecha de que David estaba destinado a la realeza. Doeg, enemigo de David desde antiguo, observó que David, por ser descendiente de la moabita Rut, ni siquiera pertenecía a la comunión judía, y que Shaúl no debía abrigar temor alguno por ese lado. Surgió una viva discusión entre Avner y Doeg sobre si la ley de Devarim referente a los moabitas afectaba a las mujeres tanto como a los hombres. Doeg, hábil dialéctico, refutó brillantemente todos los argumentos de Avner a favor de la admisión de las mujeres moabitas. Hubo que recurrir a la autoridad de Shemuel para establecer para todos los tiempos la corrección del parecer de Avner. En verdad, la disputa solo pudo zanjarse recurriendo a amenazas de violencia. Itrá, el padre de Amasá —a la manera árabe, razón por la cual a veces se le llamaba el ismaelita—, amenazó con abatir con su espada a quien se negara a aceptar la interpretación de la ley dada por Shemuel: que los moabitas varones y los amonitas varones quedan para siempre excluidos de la congregación de Israel, pero no las mujeres moabitas y amonitas.
Así como Dios estuvo junto a David en su duelo con Goliat, así estuvo junto a él en muchas otras de sus dificultades. A menudo, cuando creía perdida toda esperanza, el brazo de Dios lo socorría de pronto, y de maneras inesperadas, no solo trayéndole alivio, sino también impartiéndole enseñanza sobre el sabio y justo gobierno del mundo por Dios.
Dijo una vez David a Dios: «El mundo es enteramente hermoso y bueno, con la sola excepción de la locura. ¿Qué provecho saca el mundo de un demente, que corre de aquí para allá, rasga sus ropas y es perseguido por una turba de niños que lo abuchean?». «En verdad —respondió Dios—, vendrá un tiempo en que me suplicarás que te aflija con la locura.» Ahora bien, sucedió que David, en su huida delante de Shaúl, llegó a Ajish, el rey de los filisteos, que vivía en Gat, y que los hermanos de Goliat formaban la guardia personal del rey pagano, y exigieron que el asesino de su hermano fuera ejecutado. Ajish, aunque pagano, era piadoso, razón por la cual se le llama Avimélej en los Salmos, por el rey de Guerar, que también era célebre por su piedad. Por eso procuró apaciguar a los enemigos de David. Les hizo notar que había sido Goliat quien había desafiado a los judíos a combate, y que era justo, por tanto, que se le dejara cargar con las consecuencias. Los hermanos replicaron que, si prevalecía ese parecer, entonces Ajish tendría que ceder su trono a David, pues, según las condiciones del combate, el vencedor había de tener dominio sobre los vencidos como sus siervos. En su angustia, David suplicó a Dios que lo hiciera aparecer como un loco a los ojos de Ajish y de su corte. Dios concedió su plegaria. Como la esposa y la hija del rey filisteo estaban ambas privadas de razón, podemos comprender su exclamación: «¿Me faltan a mí locos, para que hayáis traído a este a hacer el loco en mi presencia?». Así fue como David se salvó. Entonces compuso el Salmo que comienza con las palabras «Bendeciré a Adonái en todo tiempo», que incluye incluso el tiempo de la locura.
En otra ocasión, David expresó su duda sobre la sabiduría de Dios al haber formado criaturas tan aparentemente inútiles como las arañas. No hacen sino tejer una tela que no tiene valor alguno. Había de tener una prueba palmaria de que hasta la tela de una araña puede servir a un fin importante. En una ocasión se había refugiado en una cueva, y Shaúl y sus servidores, persiguiéndolo, estaban a punto de entrar y buscarlo allí. Pero Dios envió una araña a tejer su tela a través de la entrada, y Shaúl dijo a sus hombres que desistieran de una búsqueda inútil en la cueva, pues la tela de la araña era prueba innegable de que nadie había pasado por su abertura.
De igual modo, cuando David quedó en deuda con una de ellas por su vida, se curó de su desdén por las avispas. Las había tenido por buenas para nada, salvo para criar gusanos. David sorprendió una vez a Shaúl y a sus servidores mientras dormían profundamente en su campamento, y resolvió llevarse, como prueba de su magnanimidad, la vasija que estaba entre los pies del gigante Avner, que como los demás dormía. Por fortuna, este tenía las rodillas encogidas, de modo que David pudo cumplir su intención sin estorbo. Pero cuando David se retiraba con la vasija, Avner estiró los pies y aprisionó a David como entre dos sólidos pilares. Su vida habría estado perdida si una avispa no hubiera picado a Avner, que maquinalmente, en sueños, movió los pies y liberó a David.
Aún hubo otros milagros que le ocurrieron a David en su huida. Una vez, cuando Shaúl y sus hombres tenían a David rodeado por todas partes, apareció un ángel y lo llamó a casa, para rechazar la incursión de los filisteos sobre la tierra. Shaúl abandonó la persecución de David, pero solo después de que así lo decidiera una mayoría, pues algunos habían sido del parecer de que la captura de David era tan importante como el rechazo de los filisteos. De nuevo, en su batalla con los amalecitas, David gozó de una intervención directa de lo alto. Relámpagos en destellos y láminas iluminaron la noche oscura, permitiéndole así llevar adelante la lucha.
El primer pensamiento de David tras ascender al trono fue arrancar Yerushaláyim —sagrada desde los días de Adam, Nóaj y Avraham— de las manos de los paganos. El plan no era de fácil ejecución por varias razones. Los yevusitas, poseedores de Yerushaláyim, eran la posteridad de aquellos hijos de Jet que habían cedido la cueva de Majpelá a Avraham solo con la condición de que sus descendientes nunca fueran despojados por la fuerza de su ciudad capital, Yerushaláyim. Para perpetuar este acuerdo entre Avraham y los hijos de Jet, se erigieron monumentos de bronce, y cuando David se acercó a Yerushaláyim con intención hostil, los yevusitas señalaron la promesa de Avraham grabada en ellos y todavía claramente legible. Sostenían que, antes de que David pudiera tomar la ciudad, que habían rodeado con una alta muralla, tendría que destruir los monumentos. Yoav ideó un plan para entrar en Yerushaláyim. Plantó un alto ciprés junto a la muralla, lo dobló hacia abajo y, de pie sobre la cabeza de David, agarró la mismísima punta del árbol. Cuando el árbol se enderezó de golpe, Yoav quedó muy por encima de la muralla, y pudo saltar sobre ella. Ya en la ciudad, destruyó los monumentos y se apoderó de Yerushaláyim. Para David había ocurrido un milagro: la muralla se había abajado ante él, de modo que pudo entrar en la ciudad sin dificultad. David, sin embargo, no deseaba emplear medios violentos. Por eso ofreció a los yevusitas seiscientos siclos, cincuenta siclos por cada tribu israelita. Los yevusitas aceptaron el dinero y dieron a David una escritura de venta.
Adquirida Yerushaláyim, David hubo de prepararse para la guerra con los filisteos, en la que el rey dio prueba a la vez de su heroico valor y de su inquebrantable confianza en Dios. Esta última cualidad la desplegó de modo señalado en la batalla que tuvo lugar en el Valle de los Gigantes. Dios había ordenado a David no atacar a la hueste de los filisteos hasta que oyera «el ruido de marcha en las copas de las moreras». Dios deseaba dictar sentencia sobre los ángeles tutelares de los paganos antes de entregar a los paganos mismos a los piadosos, y el movimiento de las copas de los árboles había de indicar que la batalla podía proceder. El enemigo avanzó hasta que no quedaron sino cuatro codos entre ellos y los israelitas. Estos estaban a punto de lanzarse contra los filisteos, pero David los contuvo, diciendo: «Dios me prohibió atacar a los filisteos antes de que las copas de los árboles comiencen a moverse. Si transgredimos el mandato de Dios, ciertamente moriremos. Si nos demoramos, es probable que nos maten los filisteos, pero, al menos, moriremos como hombres piadosos que guardan el mandato de Dios. Por encima de todo, tengamos confianza en Dios». Apenas había terminado su discurso cuando las copas de los árboles susurraron, y David hizo un exitoso asalto sobre los filisteos. Entonces Dios dijo a los ángeles, que le preguntaban constantemente por qué había quitado la dignidad real a Shaúl y se la había dado a David: «Ved la diferencia entre Shaúl y David».
De las demás campañas de David, la más notable es su guerra con Shovaj el arameo, a quien venció pese a su gigantesco tamaño y fuerza. Shovaj era muy alto, tan alto como un palomar, y una sola mirada suya bastaba para infundir terror en el corazón del que lo contemplaba. El general arameo se hacía la ilusión de que David trataría con miramiento a los sirios a causa del monumento —todavía existente en aquel tiempo— que Yaakov y Laván habían erigido en la frontera entre la Tierra de Israel y Aram como señal de su pacto de que ni ellos ni sus descendientes harían guerra el uno contra el otro. Pero David destruyó el monumento. De igual modo, los filisteos habían depositado su confianza en una reliquia de Yitsjak: el freno de una mula que el Patriarca había dado a Avimélej, el rey de los filisteos, como prenda del pacto entre Israel y su pueblo. David se lo quitó por la fuerza.
Con todo, David era tan justo como osado. El desprecio de los pactos hechos por los Patriarcas estaba muy lejos de sus pensamientos. En efecto, antes de partir para las guerras con los arameos y los filisteos, había encargado al Sanhedrín investigar con cuidado las reclamaciones de las dos naciones. Las reclamaciones de los filisteos resultaron ser totalmente infundadas. En ningún sentido eran descendientes de aquellos filisteos que habían concertado un tratado con Yitsjak; habían inmigrado de Chipre en fecha mucho más tardía. Los arameos, por su parte, habían perdido su derecho a un trato benévolo, porque bajo el «arameo» Bilam, y de nuevo más tarde, en tiempos de Otniel, bajo su rey Cushán-rishatáim, habían atacado y hecho guerra a los israelitas.
Entre los cortesanos y servidores de David, un lugar prominente lo ocupa su consejero Ajitófel, con quien el rey estaba unido por lazos de familia, pues Bat-Sheva era su nieta. La sabiduría de Ajitófel era sobrenatural, pues sus consejos coincidían siempre con los oráculos rendidos por los Urim veTumim, y tan grande como su sabiduría era su erudición. Por eso David no vacilaba en someterse a su instrucción, aunque Ajitófel era muy joven —a la hora de su muerte no tenía más de treinta y tres años—. Lo único que le faltaba era una piedad sincera, y fue esto lo que probó su ruina al final, pues lo indujo a tomar parte en la rebelión de Avshalom contra David. Así perdió incluso su parte en el mundo venidero.
A este funesto proceder lo llevaron por mal camino signos astrológicos y de otra índole, que él interpretó como profecías de su propia realeza, cuando en realidad apuntaban al destino real de su nieta Bat-Sheva. Poseído por su creencia errónea, instó astutamente a Avshalom a cometer un crimen inaudito. De ese modo Avshalom nada ganaría con su rebelión, pues, aunque consumara la ruina de su padre, aún sería llamado a rendir cuentas y condenado a muerte por su violación de la pureza familiar, y el camino al trono quedaría expedito para Ajitófel, el gran sabio de Israel.
La relación entre David y Ajitófel había estado algo tirante ya antes de la rebelión de Avshalom. Los sentimientos de Ajitófel habían quedado heridos por haber sido pasado por alto en el momento en que David, poco después de ascender al trono, invistió, en un solo día, nada menos que a noventa mil funcionarios con cargos.
Aquel día ocurrió un incidente notable. Cuando el Arca había de ser subida desde Gueva hasta Yerushaláyim, los sacerdotes que intentaron tomarla fueron alzados por el aire y arrojados violentamente al suelo. En su desesperación, el rey se volvió en busca de consejo a Ajitófel, que replicó con burla: «Pregunta a tus sabios, a los que acabas de instalar en el cargo». Solo cuando David profirió una maldición sobre aquel que conoce un remedio y lo niega al que sufre, aconsejó Ajitófel que se ofreciera un sacrificio en cada paso que dieran los sacerdotes. Aunque la medida resultó eficaz, y no ocurrió ya más desastre en relación con el Arca, con todo, las palabras de Ajitófel habían sido insinceras. Él conocía la verdadera razón del percance, y se la ocultó al rey. En lugar de seguir la ley de llevar el Arca sobre los hombros de los sacerdotes, David la había puesto sobre un carro, y así había incurrido en la ira de Dios.
La hostilidad de Ajitófel hacia David se mostró también en la ocasión siguiente. Cuando David estaba cavando los cimientos del Templo, se halló un fragmento de barro a una profundidad de mil quinientos codos. David estaba a punto de levantarlo cuando el fragmento exclamó: «No puedes hacerlo». «¿Por qué no?», preguntó David. «Porque descanso sobre el abismo.» «¿Desde cuándo?» «Desde la hora en que se oyó la voz de Dios pronunciar las palabras desde el Sinaí, "Yo soy Adonái tu Dios", haciendo temblar la tierra y hundirse en el abismo. Yazgo aquí para cubrir el abismo.» No obstante, David levantó el fragmento, y las aguas del abismo subieron y amenazaron con inundar la tierra. Ajitófel estaba allí de pie, y pensó para sí: «Ahora David hallará su muerte, y yo seré rey». Justo entonces dijo David: «Quien sepa cómo contener la marea de las aguas, y no lo haga, un día se estrangulará a sí mismo». Entonces Ajitófel hizo inscribir el Nombre de Dios sobre el fragmento, y el fragmento fue arrojado al abismo. Las aguas comenzaron enseguida a menguar, pero se hundieron a tan gran profundidad que David temió que la tierra perdiera su humedad, y empezó a cantar los quince «Cánticos de las Ascensiones», para hacer subir de nuevo las aguas.
Con todo, la maldición de David se cumplió. Ajitófel acabó sus días ahorcándose. Su última voluntad contenía las tres reglas de conducta siguientes: 1. Abstente de obrar contra un favorito de la fortuna. 2. Guárdate de alzarte contra la casa real de David. 3. Si la Fiesta de Shavuot cae en un día soleado, entonces siembra trigo.
La posteridad ha sido favorecida con el conocimiento de solo una pequeña parte de la sabiduría de Ajitófel, y esa poca por dos fuentes muy distintas: por Sócrates, que fue su discípulo, y por un libro de adivinación escrito por él.
Yoav, el guerrero, era en todo lo esencial un contraste de Ajitófel. Era la mano derecha de David. Se decía que, si Yoav no hubiera estado allí para dirigir sus guerras, David no habría tenido tiempo libre para dedicarse al estudio de la Torá. Era el modelo de un verdadero héroe judío, distinguido a la vez por su erudición, su piedad y su bondad. Su casa estaba abierta de par en par para todos los que venían, y las campañas que emprendía redundaban invariablemente en beneficio del pueblo. Le debían incluso lujos, y más que eso: velaba por el bienestar de los sabios, siendo él mismo el presidente del Sanhedrín.
A Yoav le interesaba analizar el carácter de los hombres y sus opiniones. Cuando oyó las palabras del rey David: «Como un padre se compadece de sus hijos, así se compadece Adonái de los que le temen», expresó su asombro de que la comparación se hiciera con el amor de un padre por un hijo, y no con el amor de una madre; el amor de madre se considera por regla general el más fuerte y el más abnegado. Se propuso mantener los ojos abiertos y observar si la idea de David se veía corroborada por los hechos. En uno de sus viajes fue a dar a la casa de un pobre anciano que tenía doce hijos, a todos los cuales el padre sostenía, aunque escasamente, con el trabajo de sus propias manos. Yoav le propuso que le vendiera uno de los doce hijos; así se aliviaría del cuidado de uno, y el precio de la venta podría aplicarse al mejor sostén de los demás. El buen padre rechazó bruscamente la proposición. Entonces Yoav se dirigió a la madre, ofreciéndole cien denarios de oro por uno de los hijos. Al principio resistió la tentación, pero al fin cedió. Cuando el padre volvió por la tarde, partió el pan, como era su costumbre, en catorce pedazos, para él, su esposa y sus doce hijos. Al repartir las porciones echó de menos a un hijo, e insistió en que se le dijera su suerte. La madre confesó lo que había sucedido durante su ausencia. Ni comió ni bebió, y a la mañana siguiente se puso en camino, firmemente resuelto a devolver el dinero a Yoav y a matarlo si se negaba a entregar al niño. Después de mucho porfiar, y después de que el padre lo amenazara con la muerte, Yoav entregó el niño al anciano, con esta exclamación: «Sí, David tenía razón cuando comparó el amor de Dios por los hombres con el amor de un padre por su hijo. Este pobre hombre, que tiene doce hijos que mantener, estaba dispuesto a luchar conmigo a muerte por uno de ellos, al que la madre, que tranquilamente se quedaba en casa, me había vendido por un precio».
Entre todas las hazañas heroicas de Yoav, la más notable es la toma de la capital de los amalecitas. Durante seis meses, la flor del ejército israelita, doce mil en número, bajo el mando de Yoav, había estado sitiando la ciudad capital de los amalecitas sin resultado. Los soldados hicieron ver a su general que sería bueno para ellos volver a casa, junto a sus mujeres y sus hijos. Yoav adujo que esto no solo les acarrearía desprecio y escarnio, sino que también atraería nuevo peligro. Los paganos se envalentonarían a unirse contra los israelitas. Propuso que lo arrojaran a la ciudad por medio de una honda, y que luego esperaran cuarenta días. Si al cabo de este plazo veían salir sangre por las puertas de la fortaleza, había de serles señal de que él aún vivía.
Su plan se ejecutó. Yoav tomó consigo mil piezas de dinero y su espada. Cuando fue lanzado desde la honda, cayó en el patio de una viuda, cuya hija lo recogió. Al poco recobró el conocimiento. Fingió ser un amalecita hecho prisionero por los israelitas y arrojado a la ciudad por sus captores, que así querían darle muerte. Como iba provisto de dinero, que repartió con largueza entre quienes lo hospedaban, fue recibido con amabilidad, y se le dio la vestimenta amalecita. Así ataviado, se aventuró, al cabo de diez días, a un recorrido de inspección por la ciudad, que halló de enorme tamaño.
Su primer recado fue ir a un armero, para que le reparara la espada, que se le había roto con la caída. Cuando el artesano examinó el arma de Yoav, retrocedió: nunca había visto una espada como aquella. Forjó una nueva, que se partió en dos casi al instante cuando Yoav la empuñó con firmeza. Así ocurrió con una segunda espada, y con una tercera. Al fin logró forjar una que resultó aceptable. Yoav preguntó al herrero a quién le gustaría que matara con la espada, y la respuesta fue: «A Yoav, el general del rey israelita». «Yo soy ese», dijo Yoav, y cuando el herrero, atónito, se volvió para mirarlo, Yoav lo atravesó con tal destreza que la víctima no tuvo conciencia de lo que sucedía. Luego abatió a quinientos guerreros amalecitas con los que se topó en su camino, y ni uno escapó para delatarlo. Corrió el rumor de que Ashmedai, el rey de los demonios, hacía estragos entre los habitantes de la ciudad, y los mataba en gran número.
Al cabo de otro plazo de diez días, que pasó retirado con sus anfitriones, Yoav salió por segunda vez, y causó tal matanza entre los amalecitas que su arma ensangrentada se pegó a su mano, y su mano derecha perdió toda facultad de movimiento independiente; solo podía moverse en un mismo bloque con su brazo. Se apresuró a su alojamiento para aplicar agua caliente a la mano y liberarla de la espada. En el camino hacia allí, la mujer que lo había recogido cuando cayó en la ciudad le gritó: «Comes y bebes con nosotros, y sin embargo matas a nuestros guerreros». Viéndose delatado, no pudo sino matar a la mujer. Apenas la había tocado su espada cuando esta se separó de su mano, y su mano pudo moverse libremente, pues la mujer muerta había estado encinta, y la sangre del niño no nacido soltó la espada.
Después de que Yoav hubiera matado a millares, los israelitas de fuera, en el mismísimo momento en que empezaban a llorar a su general por muerto, vieron salir sangre de la ciudad, y con júbilo clamaron a una voz: «Escucha, Israel, Adonái es nuestro Dios, Adonái es Uno». Yoav subió a una alta torre y, con voz estentórea, gritó: «Adonái no abandonará a su pueblo». Inspirados con alto y osado ánimo, los israelitas pidieron permiso para asaltar la ciudad y tomarla. Cuando Yoav se volvía para bajar de la torre, advirtió que en su pie había inscritos seis versículos de un Salmo, y el primer versículo decía así: «Adonái te responde en el día de la angustia, el nombre del Dios de Yaakov es tu defensa». Más tarde David añadió tres versículos y completó el Salmo. Entonces los israelitas tomaron la capital de los amalecitas, destruyeron los templos paganos de la ciudad y mataron a todos sus habitantes, salvo al rey, a quien, con su corona de oro puro en la cabeza, llevaron ante David.
Ni sus grandes hazañas en la guerra ni su notable buena fortuna apartaron a David de sus caminos piadosos, ni cambiaron en nada su modo de vida. Aun después de llegar a ser rey, se sentaba a los pies de sus maestros, Irá el yairita y Mefiboshet. A este último sometía siempre sus decisiones sobre cuestiones religiosas, para asegurarse de que estuvieran conformes a la ley. El tiempo libre que sus deberes reales le dejaban, lo pasaba en el estudio y la plegaria. Se contentaba con «sesenta alientos» de sueño. A medianoche, las cuerdas de su arpa, que estaban hechas de las tripas del carnero sacrificado por Avraham en el monte Moriá, empezaban a vibrar. El sonido que emitían despertaba a David, y él se levantaba al punto para dedicarse al estudio de la Torá.
Además del estudio, la composición de salmos reclamaba, naturalmente, una buena porción de su tiempo. El orgullo llenó su corazón cuando hubo completado el Salterio, y exclamó: «Oh Señor del mundo, ¿hay otra criatura en el universo que, como yo, proclame tu alabanza?». Una rana se acercó al rey y dijo: «No seas tan orgulloso; yo he compuesto más salmos que tú, y, además, cada salmo que mi boca ha proferido lo he acompañado de tres mil parábolas». Y, en verdad, si David se dejó llevar por la vanidad, fue solo por un momento. Por regla general era el dechado de la modestia. Las monedas que él acuñó llevaban en el anverso un cayado y un zurrón de pastor, y en el reverso la Torre de David. También en otros aspectos su porte era humilde, como si aún fuera el pastor y no el rey.
Su gran piedad revestía a su plegaria de tal eficacia que podía traer las cosas del cielo a la tierra. Es natural que un rey tan piadoso empleara el primer respiro que le concedieron sus guerras para llevar a cabo su designio de erigir a Dios una casa de culto. Pero en la misma noche en que David concibió el plan de edificar el Templo, Dios dijo a Natán el profeta: «Apresúrate a ir a David. Sé que es un hombre en quien la ejecución sigue de cerca los pasos del pensamiento, y no quisiera que contratara obreros para la obra del Templo y luego, decepcionado, se quejara de mí. Sé además que es un hombre que se obliga por votos a hacer buenas obras, y deseo ahorrarle el apuro de tener que acudir al Sanhedrín para que lo absuelva de su voto».
Cuando David escuchó el mensaje que Natán traía para él, se echó a temblar y dijo: «Ay, en verdad, Dios me ha hallado indigno de erigir Su santuario». Pero Dios le respondió con estas palabras: «No; la sangre que has derramado la considero como sangre de sacrificio, pero no quiero que seas tú quien construya el Templo, porque entonces sería eterno e indestructible». «Pero eso sería excelente», dijo David. Y le fue concedida esta respuesta: «Preveo que Israel cometerá pecados. Descargaré Mi ira sobre el Templo, y así Israel se salvará del exterminio. Con todo, tus buenas intenciones tendrán su justa recompensa. El Templo, aunque lo construya Shlomo, llevará tu nombre».
El pensar y el planear de David estaban enteramente entregados a lo bueno y a lo noble. Es uno de los pocos hombres piadosos sobre quienes la mala inclinación no tuvo poder. Por naturaleza no estaba dispuesto a cometer una falta como la que su relación con Bat-Sheva entrañaba. Fue Dios mismo quien lo llevó a su crimen, para poder decir a otros pecadores: «Id a David y aprended a hacer teshuvá». Ni siquiera puede acusarse a David de asesinato y adulterio graves. Hubo circunstancias atenuantes. En aquellos días era costumbre que los guerreros dieran a sus esposas actas de divorcio, que solo tenían validez si el marido soldado no regresaba al terminar la campaña. Habiendo caído Uriyá en batalla, Bat-Sheva era una mujer regularmente divorciada. En cuanto a la muerte de su marido, no puede achacarse por entero a David, pues Uriyá había incurrido en la pena de muerte al negarse a descansar en su propia casa, conforme a la orden del rey. Es más, desde el principio Bat-Sheva había sido destinada por Dios para David —pero, como castigo por haber prometido a la ligera a Uriyá el hitita una mujer israelita por esposa, a cambio de su ayuda para desabrochar la armadura de Goliat abatido, el rey hubo de pasar por amargas pruebas antes de conquistarla.
Además, el episodio de Bat-Sheva fue castigo por el excesivo amor propio de David. Prácticamente había suplicado a Dios que lo condujera a la tentación, para poder dar prueba de su firmeza. Sucedió así: una vez se quejó a Dios: «Oh Señor del mundo, ¿por qué dice la gente Dios de Avraham, Dios de Yitsjak, Dios de Yaakov, y por qué no Dios de David?». Le llegó la respuesta: «Avraham, Yitsjak y Yaakov fueron probados por Mí, pero tú aún no has sido puesto a prueba». David rogó: «Entonces examíname, oh HaShem, y pruébame». Y Dios dijo: «Te probaré, e incluso te concederé lo que no concedí a los Patriarcas. Te avisaré de antemano que caerás en tentación por causa de una mujer».
Una vez el Satán se le apareció con forma de pájaro. David le arrojó un dardo. En vez de alcanzar al Satán, el dardo se desvió y rompió una celosía de mimbre que ocultaba a Bat-Sheva peinándose los cabellos. Verla despertó la pasión en el rey. David comprendió su transgresión, y durante veintidós años fue un penitente. A diario lloraba una hora entera y comía su «pan con cenizas». Pero hubo de someterse a una penitencia aún más dura. Durante medio año padeció de lepra, y hasta el Sanhedrín, que de ordinario lo acompañaba de cerca, tuvo que dejarlo. Vivió no solo en aislamiento físico, sino también espiritual, pues la Shejiná se apartó de él durante aquel tiempo.
De todos los castigos, sin embargo, que le fueron infligidos a David, ninguno fue tan severo como la rebelión de su propio hijo.
Avshalom era de proporciones tan gigantescas que un hombre que él mismo fuera de estatura extraordinaria, de pie dentro de la cuenca del ojo de su cráneo, se hundía en ella hasta la nariz. En cuanto a su asombrosa cabellera, el relato que de ella da la Biblia no transmite idea de su abundancia. Avshalom había hecho voto de nazareo. Como su voto era de por vida, y como el crecimiento de su cabello era especialmente espeso, la ley le permitía recortárselo un poco cada semana. Era de esta pequeña cantidad de lo que el peso ascendía a doscientos siclos.
Avshalom preparó su audaz rebelión con gran astucia. Se procuró de su regio padre una carta que lo facultaba para elegir a dos ancianos para su séquito en cada ciudad que visitara. Con este documento recorrió toda la Tierra de Israel. En cada ciudad acudía a los dos hombres más distinguidos y los invitaba a acompañarlo, mostrándoles al mismo tiempo lo que su padre había escrito y asegurándoles que habían sido elegidos por él porque les tenía particular afecto. Así logró reunir en torno suyo a los presidentes de doscientos tribunales. Conseguido esto, dispuso un gran banquete, en el que sentó a uno de sus emisarios entre cada dos de sus invitados, con el fin de ganarlos para su causa. El plan no tuvo pleno éxito, pues, aunque los ancianos de las ciudades se pusieron del lado de Avshalom, en su corazón esperaban la victoria de David.
Saber que una parte de los seguidores de Avshalom estaba secretamente de su lado —que, aunque era perseguido por su hijo, sus amigos le seguían siendo fieles— consoló un tanto a David en su aflicción. Pensó que, en tales circunstancias, si lo peor llegaba a ocurrir, Avshalom al menos sentiría compasión por él. Al principio, sin embargo, la desesperación de David no conoció límites. Estaba a punto de rendir culto a un ídolo, cuando su amigo Jushái el arquita se le acercó, diciendo: «La gente se asombrará de que un rey así sirva a los ídolos». David replicó: «¿Ha de morir a manos de su propio hijo un rey como yo? Mejor me es servir a los ídolos que hacer a Dios responsable de mi desgracia, y que así Su Nombre sea profanado». Jushái le reprochó: «¿Por qué te casaste con una cautiva?». «No hay mal en ello», respondió David, «está permitido según la ley». A lo cual Jushái: «Pero pasaste por alto la conexión entre el pasaje que lo permite y el que le sigue casi inmediatamente en las Escrituras, el que trata del hijo desobediente y rebelde, fruto natural de semejante matrimonio».
Jushái no fue el único amigo y partidario fiel que David tuvo. Algunos acudieron en su auxilio de forma inesperada, como por ejemplo Shoví, el hijo de Najash, que es el mismo que el rey amonita Janún, enemigo de David al principio y más tarde su aliado. Barzilái, otro de sus amigos en la necesidad, también lo sorprendió por su lealtad, pues en conjunto su talante moral no era el más elevado que quepa concebir.
El fin de Avshalom estuvo cercado de horrores. Cuando quedó atrapado en las ramas del roble, estaba a punto de cortarse el cabello de un tajo de espada, pero de pronto vio el infierno abriéndose bajo él, y prefirió quedar colgado del árbol a arrojarse vivo al abismo. El crimen de Avshalom era, en efecto, de una naturaleza que merecía el tormento supremo, razón por la cual es uno de los pocos judíos que no tienen parte en el mundo venidero. Su morada está en el infierno, donde se le encarga el mando de diez naciones paganas en la segunda división. Cada vez que los ángeles vengadores se sientan a juzgar a las naciones, quieren descargar el castigo también sobre Avshalom, pero cada vez se oye una voz celestial que clama: «No lo castiguéis, no lo queméis. Es un israelita, hijo de Mi siervo David». Con lo cual Avshalom es puesto sobre su trono, y se le da el trato debido a un rey. Que las penas extremas del infierno le fueran así evitadas se debió a que David repitió ocho veces el nombre de su hijo en su lamento por él. Además, la intercesión de David tuvo el efecto de volver a unir a su cuerpo la cabeza cortada de Avshalom.
A su muerte Avshalom no tenía descendencia, pues todos sus hijos —sus tres varones y su hija— murieron antes que él, como castigo por haber prendido fuego a un campo de grano que pertenecía a Yoav.
Todos estos sufrimientos no bastaron para expiar el pecado de David. Dios le dijo una vez: «¿Cuánto tiempo más ha de estar escondido este pecado en tu mano y quedar sin expiar? Por tu causa fue destruida la ciudad sacerdotal de Nov, por tu causa Doeg el edomita fue expulsado de la comunión de los piadosos, y por tu causa fueron muertos Shaúl y sus tres hijos. ¿Qué deseas ahora: que perezca tu casa, o que tú mismo seas entregado en manos de tus enemigos?». David eligió esta última suerte.
Ocurrió un día, mientras cazaba, que el Satán, disfrazado de venado, lo fue atrayendo cada vez más lejos, hasta el territorio mismo de los filisteos, donde fue reconocido por Ishbí el gigante, hermano de Goliat, su adversario. Deseoso de vengar a su hermano, apresó a David y lo arrojó a un lagar, donde el rey habría sufrido un final atroz si por milagro la tierra bajo él no hubiera comenzado a hundirse, salvándolo así de la muerte instantánea. Su situación, con todo, seguía siendo desesperada, y se necesitó un segundo milagro para rescatarlo.
En aquella hora Avishái, el primo de David, se preparaba para la llegada del Shabat, pues la desgracia del rey ocurrió en viernes, cuando el Shabat estaba a punto de entrar. Al verter agua Avishái para lavarse, de pronto divisó gotas de sangre en ella. Luego lo sobresaltó una paloma que vino hacia él arrancándose las plumas, gimiendo y lamentándose. Avishái exclamó: «La paloma es el símbolo del pueblo de Israel. No puede ser sino que David, el rey de Israel, está en peligro». Al no encontrar al rey en casa, se confirmaron sus temores, y resolvió salir en busca de David sobre el animal más veloz de que disponía: la propia cabalgadura del rey. Pero primero hubo de obtener permiso de los sabios para montar el animal que el rey cabalgaba, pues la ley prohíbe a un súbdito servirse de cosas reservadas al uso personal de un rey. Solo el peligro inminente pudo justificar la excepción hecha en este caso.
Apenas hubo montado Avishái el animal del rey, cuando se halló en la tierra de los filisteos, pues la tierra se había contraído milagrosamente. Se encontró con Orpá, la madre de los cuatro hijos gigantes. Ella estaba a punto de matarlo, pero él se adelantó al golpe y la mató. Ishbí, viendo que ahora tenía dos adversarios, clavó su lanza en el suelo y lanzó a David por los aires, con la esperanza de que, al caer, quedara traspasado por la lanza. En ese momento apareció Avishái, y pronunciando el Nombre de Dios mantuvo a David suspendido entre el cielo y la tierra.
Avishái preguntó a David cómo lo había alcanzado tan mala suerte, y David le contó su conversación con Dios, y cómo él mismo había elegido caer en manos del enemigo antes que permitir la ruina de su casa. Avishái replicó: «Invierte tu plegaria, suplica por ti mismo y no por tus descendientes. Que tus hijos vendan cera, y tú no te aflijas por su destino». Los dos hombres unieron sus plegarias y suplicaron a Dios que apartara la ruina que amenazaba a David. Avishái pronunció de nuevo el Nombre de Dios, y David cayó a tierra ileso. Entonces ambos huyeron a toda prisa, perseguidos por Ishbí. Cuando el gigante supo de la muerte de su madre, las fuerzas lo abandonaron, y fue muerto por David y Avishái.
Entre los pesares de David están las plagas que sobrevinieron a la Tierra de Israel durante su reinado, y las sintió tanto más cuanto que las había atraído por culpa propia. Estuvo primero el hambre, tan devastadora que se cuenta entre las diez más severas que han de ocurrir desde el tiempo de Adam hasta el tiempo del Mesías. Durante el primer año en que prevaleció, David mandó abrir una investigación para descubrir si se practicaba la idolatría en la tierra y ella retenía la lluvia. Su sospecha resultó infundada. El segundo año examinó las condiciones morales de su reino, pues la lascivia puede acarrear el mismo castigo que la idolatría. De nuevo se probó que estaba equivocado. El tercer año dirigió su atención a la administración de la caridad. Quizá el pueblo había incurrido en culpa en este aspecto, pues los abusos en este terreno también se castigaban con el hambre. De nuevo su búsqueda fue infructuosa, y se volvió a Dios para inquirir de Él la causa de la aflicción pública. La respuesta de Dios fue: «¿No era Shaúl un rey ungido con óleo sagrado, no abolió la idolatría, no es el compañero de Shemuel en el Paraíso? Y sin embargo, mientras todos vosotros habitáis en la tierra de Israel, él está "fuera de la tierra"». David, acompañado de los eruditos y los nobles de su reino, marchó al punto a Yavesh-Guilad, exhumó los restos de Shaúl y de Yonatán, y en solemne procesión los llevó por toda la tierra de Israel hasta la heredad de la tribu de Binyamín. Allí fueron sepultados. Los homenajes de afecto rendidos por el pueblo de Israel a su rey muerto despertaron la compasión de Dios, y el hambre llegó a su fin.
El pecado contra Shaúl quedaba ahora absuelto, pero aún restaba la propia culpa de Shaúl en su trato con los gabaonitas, que lo acusaban de haber matado a siete de los suyos. David preguntó a Dios por qué había castigado a Su pueblo a causa de prosélitos. La respuesta de Dios fue: «Si no acercas a los que están lejos, alejarás a los que están cerca». Para satisfacer sus deseos de venganza, los gabaonitas exigieron la vida de siete miembros de la familia de Shaúl. David trató de aplacarlos, haciéndoles ver que no obtendrían provecho alguno de la muerte de sus víctimas, y ofreciéndoles en cambio plata y oro. Pero, aunque David negoció con cada uno de ellos por separado, los gabaonitas se mostraron implacables. Al comprender la dureza de su corazón, exclamó: «Tres cualidades dio Dios a Israel: son compasivos, castos y benévolos en el servicio a sus semejantes. La primera de estas cualidades no la poseen los gabaonitas, y por eso deben ser excluidos de la comunión con Israel».
Los siete descendientes de Shaúl que habían de ser entregados a los gabaonitas se determinaron haciendo pasar a toda su posteridad ante el Arca de la ley. Aquellos que quedaban retenidos ante ella eran las víctimas señaladas. Mefiboshet habría sido uno de los desdichados, de no habérsele permitido pasar sin ser retenido en respuesta a la plegaria de David, para quien era querido no solo como hijo de su amigo Yonatán, sino también como el maestro que lo instruía en la Torá.
El cruel destino que cayó sobre los descendientes de Shaúl tuvo un efecto saludable. Todos los paganos que lo vieron y oyeron exclamaron: «No hay Dios como el Dios de Israel, no hay nación como la nación de Israel; el agravio infligido a míseros prosélitos ha sido expiado por hijos de reyes». Tan grande fue el entusiasmo entre los paganos ante esta manifestación del sentido judío de la justicia, que ciento cincuenta mil de ellos se convirtieron al judaísmo.
En cuanto a David, su culpa en relación con el hambre residió en no haber aplicado su riqueza privada al alivio del sufrimiento del pueblo. Cuando David regresó victorioso del combate con Goliat, las mujeres de Israel le dieron sus adornos de oro y plata. Él los apartó para emplearlos en la construcción del Templo, y ni siquiera durante los tres años de hambre se tocó ese fondo. Dios dijo: «Te abstuviste de rescatar de la muerte a seres humanos, con tal de guardar tu dinero para el Templo. En verdad, el Templo no será construido por ti, sino por Shlomo».
David es aún más reprochable a causa del censo que hizo de los israelitas, en desafío de la ley del Pentateuco. Cuando el rey le encargó la tarea de contar al pueblo, Yoav empleó todo esfuerzo para apartarlo de su propósito. Pero en vano. Irritado, David dijo: «O tú eres rey y yo el general, o yo soy rey y tú el general». Yoav no tuvo más remedio que obedecer. Eligió la tribu de Gad como la primera en ser contada, porque pensaba que los gaditas, independientes y de voluntad firme, estorbarían la ejecución de la orden real, y David se vería forzado a renunciar a su plan de hacer un censo. Los gaditas frustraron las expectativas de Yoav, y él se dirigió a la tribu de Dan, con la esperanza de que, si descendía el castigo de Dios, cayera sobre los idólatras danitas. Como le disgustaba su misión, Yoav pasó nueve meses ejecutándola, aunque podría haberla despachado en mucho menos tiempo. Tampoco cumplió las órdenes del rey al pie de la letra. Él mismo advertía al pueblo del censo. Si veía al padre de una familia de cinco hijos, le indicaba que ocultara a algunos de ellos. Siguiendo el ejemplo dado por Moshé, omitió a los leviim del recuento, y también a la tribu de Binyamín, porque abrigaba temores particularmente graves por esta tribu tan diezmada. Al final, David no fue informado del número real obtenido. Yoav hizo dos listas, con la intención de dar al rey una lista parcial si veía que no sospechaba del ardid.
El profeta Gad vino a David y le dio a elegir entre el hambre, la opresión por los enemigos o la peste, como pena por el grave crimen de censar al pueblo. David estaba en la situación de un enfermo a quien se le pregunta si prefiere ser sepultado junto a su padre o junto a su madre. El rey reflexionó: «Si escojo las calamidades de la guerra, el pueblo dirá: "Poco le importa, tiene a sus guerreros a quienes recurrir". Si escojo el hambre, dirán: "Poco le importa, tiene sus riquezas a las que recurrir". Escogeré la peste, cuyo azote golpea a todos por igual». Aunque la peste hizo estragos solo muy poco tiempo, se cobró un gran número de víctimas. La pérdida más grave fue la muerte de Avishái, cuya piedad y erudición hacían de él el contrapeso de una hueste de setenta y cinco mil.
David alzó los ojos a lo alto, y vio los pecados de Israel amontonados desde la tierra hasta el cielo. En ese mismo instante descendió un ángel, y dio muerte a sus cuatro hijos, al profeta Gad y a los ancianos que lo acompañaban. El terror de David ante esta visión —que no hizo sino aumentar cuando el ángel limpió su espada goteante en las vestiduras del rey— se le asentó en los miembros, y desde aquel día jamás dejaron de temblar.
Una vez David suplicó a Dios que le dijera cuándo moriría. Su petición no le fue concedida, pues Dios ha ordenado que ningún hombre conozca de antemano su fin. Una cosa, sin embargo, le fue revelada a David: que su muerte ocurriría a los setenta años, en día de Shabat. David deseó que se le permitiera morir en viernes. También este deseo le fue negado, porque Dios dijo que se deleitaba más en un solo día pasado por David en el estudio de la Torá que en mil holocaustos ofrecidos por Shlomo en el Templo. Entonces David pidió que se le concediera la vida hasta el domingo; también esto le fue rehusado, porque Dios dijo que sería una violación de los derechos de Shlomo, pues un reinado no puede solaparse ni por un ápice con el tiempo asignado a otro. En adelante David pasó cada Shabat exclusivamente en el estudio de la Torá, para protegerse contra el Ángel de la Muerte, que no tiene poder para matar a un hombre mientras está ocupado en el cumplimiento de los mandamientos de Dios. El Ángel de la Muerte hubo de recurrir a la astucia para apoderarse de David. Un día de Shabat, que resultó ser también la festividad de Shavuot, el rey estaba absorto en el estudio, cuando oyó un ruido en el jardín. Se levantó y bajó la escalera que llevaba de su palacio al jardín, para descubrir la causa del ruido. Apenas hubo puesto el pie en los peldaños, estos se desplomaron, y David murió. El Ángel de la Muerte había causado el ruido a fin de aprovechar el momento en que David interrumpiera su estudio. El cadáver del rey no podía moverse en Shabat, lo cual era penoso para los que estaban con él, pues yacía expuesto a los rayos del sol. Así que Shlomo convocó a varias águilas, que montaron guardia sobre el cuerpo, dándole sombra con sus alas extendidas.
La muerte de David no significó el fin de su gloria y su grandeza. Solo produjo un cambio de escenario. En el reino celestial, como en la tierra, David figura entre los primeros. La corona sobre su cabeza supera en brillo a todas las demás, y cada vez que sale del Paraíso para presentarse ante Dios, soles, estrellas, ángeles, serafines y otros seres santos corren a su encuentro. En la sala del tribunal celestial se erige para él un trono de fuego de dimensiones gigantescas, justo enfrente del trono de Dios. Sentado en este trono y rodeado por los reyes de la casa de David y otros reyes israelitas, entona salmos de maravillosa belleza. Al final cita siempre el versículo: «Adonái reinará por siempre jamás», a lo cual el arcángel Metatrón y los que están con él responden: «¡Santo, santo, santo es Adonái de los ejércitos!». Esta es la señal para que las santas jayot y el cielo y la tierra se unan con alabanzas. Por último, los reyes de la casa de David cantan el versículo: «Y Adonái será rey sobre todo; en aquel día Adonái será uno, y uno Su nombre».
La mayor distinción que se le concederá a David está reservada para el día del juicio, cuando Dios prepare un gran banquete en el Paraíso para todos los justos. A petición de David, Dios mismo estará presente en el banquete, y se sentará en Su trono, frente al cual se colocará el trono de David. Al final del banquete, Dios pasará la copa de vino sobre la que se dice la bendición a Avraham, con estas palabras: «Pronuncia la bendición sobre el vino, tú que eres el padre de los piadosos del mundo». Avraham responderá: «No soy digno de pronunciar la bendición, pues soy también el padre de los ismaelitas, que encienden la ira de Dios». Dios se volverá entonces a Yitsjak: «Di tú la bendición, pues fuiste atado sobre el altar como sacrificio». «No soy digno», responderá él, «pues los hijos de mi hijo Esav destruyeron el Templo». Luego a Yaakov: «Habla tú la bendición, tú cuyos hijos fueron irreprochables». También Yaakov declinará el honor, alegando que estuvo casado con dos hermanas a la vez, lo que más tarde fue estrictamente prohibido por la Torá. Dios se volverá entonces a Moshé: «Di la bendición, pues tú recibiste la ley y cumpliste sus preceptos». Moshé responderá: «No soy digno de hacerlo, ya que no fui hallado digno de entrar en la Tierra Santa». Dios ofrecerá luego el honor a Yehoshúa, que tanto condujo a Israel a la Tierra Santa como cumplió los mandamientos de la ley. También él se negará a pronunciar la bendición, porque no fue hallado digno de engendrar un hijo. Finalmente Dios se volverá a David con estas palabras: «Toma la copa y di la bendición, tú, el más dulce cantor de Israel y rey de Israel». Y David responderá: «Sí, yo pronunciaré la bendición, pues soy digno del honor». Entonces Dios tomará la Torá y leerá de ella diversos pasajes, y David recitará un salmo al que se unirán tanto los piadosos en el Paraíso como los malvados en el infierno, con un sonoro Amén. Acto seguido, Dios enviará a Sus ángeles a conducir a los malvados del infierno al Paraíso.
David tuvo seis esposas, entre ellas Mijal, la hija de Shaúl, a la que se llama con el nombre cariñoso de Eglá, «Ternerita», en la lista que da el relato bíblico. Mijal era de belleza cautivadora, y a la vez el modelo de la esposa amante. No solo salvó a David de las manos de su padre, sino que también, cuando Shaúl, como padre suyo y rey suyo, le ordenó casarse con otro hombre, ella consintió solo en apariencia. Contrajo un matrimonio fingido para no despertar la ira de Shaúl, que había anulado su unión con David por motivos que él consideraba legales. Mijal era tan buena como hermosa; mostró tan extraordinaria bondad a los hijos huérfanos de su hermana Merav que la Biblia habla de los cinco hijos de Mijal «que ella dio a luz a Adriel». Adriel, sin embargo, era su cuñado y no su marido, pero ella había criado a sus hijos, tratándolos como si fueran propios. Mijal no fue menos modelo de piedad. Aunque la ley la eximía, como mujer, de ese deber, aun así cumplía el mandamiento de usar tefilín. A pesar de todas estas virtudes, fue severamente castigada por Dios por su desdén hacia David, a quien reprochó falta de dignidad, cuando él solo tenía en mente honrar a Dios. Largo tiempo permaneció sin hijos, y al fin, cuando fue bendecida con uno, perdió la propia vida al darlo a luz.
Pero la más importante entre las esposas de David fue Avigail, en quien se unían la belleza, la sabiduría y los dones proféticos. Con Sará, Rajav y Ester, forma el cuarteto de las mujeres más hermosas de la historia. Era tan hechizante que la mera idea de ella despertaba la pasión en los hombres. Su ingenio se mostró durante su primer encuentro con David, cuando, aun angustiada por la vida de su marido Naval, con la mayor serenidad le planteó una cuestión ritual en medio de su furor. Él se negó a responderla, porque, dijo, era una cuestión que debía investigarse de día, no de noche. Entonces Avigail intervino: que también la sentencia de muerte solo puede dictarse contra un hombre durante el día. Aun si el juicio de David fuera acertado, la ley le exigía esperar hasta el amanecer para ejecutarlo sobre Naval. La objeción de David, de que un rebelde como Naval no tenía derecho al debido proceso legal, la refutó ella con estas palabras: «Shaúl aún vive, y tú todavía no eres reconocido rey por el mundo».
Su encanto habría hecho de David su cautivo en aquella ocasión, si su fuerza moral no lo hubiera mantenido a raya. Por medio de la expresión «y esto no será para ti causa de tropiezo», le dio a entender que el día aún no había llegado, pero que llegaría, cuando una mujer, Bat-Sheva, desempeñaría un papel funesto en su vida. Así manifestó su don de profecía.
Ni siquiera Avigail estuvo libre de la femenina debilidad de la coquetería. Las palabras «acuérdate de tu sierva» nunca debieron ser pronunciadas por ella. Como mujer casada, no debió buscar dirigir hacia sí la atención de un hombre. En el Paraíso de las mujeres ella supervisa la quinta de las siete divisiones en que está repartido, y su dominio linda con el de las esposas de los Patriarcas, Sará, Rivká, Rajel y Leá.
Entre los hijos de David hay que mencionar en particular a Adoniyá, el hijo de Jaguit, el pretendiente al trono. Los cincuenta hombres que preparó para correr delante de él se habían habilitado para el oficio de heraldos extirpándose el bazo y la carne de las plantas de los pies. Que Adoniyá no estaba destinado a la dignidad real quedó manifiesto por el hecho de que la corona de David no le encajaba. Esta corona tenía la notable particularidad de ajustar siempre al rey legítimo de la casa de David.
Kilav era un hijo digno de su madre Avigail. El significado de su nombre es «como el padre», que se le había dado por su llamativo parecido con David en el aspecto, circunstancia que acalló las habladurías contra el matrimonio demasiado precipitado de David con la viuda de Naval. También en lo intelectual Kilav dio testimonio de la paternidad de David. De hecho, superó a su padre en saber, como superó incluso al maestro de David, Mefiboshet, el hijo de Yonatán. A causa de su piedad es uno de los pocos que han entrado vivos en el Paraíso.
Tamar no puede contarse entre los hijos de David, porque nació antes de la conversión de su madre al judaísmo. En consecuencia, su relación con Amnón no es del todo de la naturaleza grave que habría tenido, de haber sido hermana y hermano en el sentido estricto de los términos.
A la casa inmediata de David pertenecían cuatrocientos jóvenes escuderos, hijos de mujeres tomadas cautivas en batalla. Llevaban el cabello a la usanza pagana y, sentados en carros de oro, formaban la vanguardia del ejército, y aterraban al enemigo con su aspecto.
Cuando David fue sepultado, Shlomo puso abundantes tesoros en su tumba. Mil trescientos años después, el sumo sacerdote Hircano tomó mil talentos del dinero allí oculto para emplearlo en impedir el asedio de Yerushaláyim por el rey griego Antíoco. También el rey Herodes sustrajo grandes sumas. Pero ninguno de los saqueadores pudo penetrar hasta el lugar de reposo de los reyes —junto a David fueron sepultados sus sucesores—, pues estaba hundido en la tierra con tal destreza que no podía hallarse.
Cierta vez, un bajá musulmán visitó el mausoleo, y mientras miraba por la ventana de este, un arma suya adornada con diamantes y perlas cayó dentro de la tumba. Se descolgó a un mahometano por la ventana para recuperar el arma. Cuando lo izaron de nuevo, estaba muerto, y otros tres mahometanos que intentaron entrar del mismo modo corrieron la suerte de su compañero. A instancias del cadí, el bajá comunicó al Rabí de Yerushaláyim que se haría responsables a los judíos de la devolución del arma. El Rabí ordenó un ayuno de tres días, que debía pasarse en oración. Luego se echaron suertes para designar al mensajero que sería encargado de la peligrosa misión. La suerte recayó en el sacristán de la sinagoga, un hombre piadoso y recto. Recuperó el arma y se la devolvió al bajá, que manifestó su gratitud tratando con benevolencia a los judíos en adelante. El sacristán contó más tarde sus peripecias en la tumba al Jajam Bashí. Cuando había descendido, apareció de pronto ante él un anciano de aspecto digno, que le entregó lo que buscaba.
Otro relato milagroso acerca de la tumba de David es como sigue: una lavandera judía, pobre pero muy piadosa, fue persuadida en cierta ocasión por el guardián de la tumba para que entrara en ella. Apenas estuvo dentro, el hombre clavó la entrada y corrió al cadí para informarle de que una judía había entrado. Indignado, el cadí se apresuró al lugar, con la intención de hacer quemar a la mujer por su atrevimiento. En su terror, la pobre criatura había empezado a llorar e implorar la ayuda de Dios. De pronto, un raudal de luz iluminó la oscura tumba, y un venerable anciano la tomó de la mano y la condujo hacia abajo, bajo la tierra, hasta que llegó a campo abierto. Allí se separó de ella con estas palabras: «Apresúrate a casa, y que nadie sepa que estuviste fuera de tu hogar». El cadí hizo registrar a fondo la tumba y sus alrededores por sus alguaciles, pero no pudo hallarse rastro alguno de la mujer, aunque el guardián juraba una y otra vez por el Profeta que la mujer había entrado. Entonces regresaron los mensajeros que el cadí había enviado a la casa de la mujer, e informaron de que la habían encontrado lavando afanosamente, y muy asombrada ante su pregunta de si había estado en la tumba de David. El cadí decidió en consecuencia que, por sus falsas declaraciones y su perjurio, el guardián debía sufrir la misma muerte destinada a la mujer inocente, y así fue quemado. La gente de Yerushaláyim sospechó un milagro, pero la mujer no reveló su secreto hasta unas horas antes de su muerte. Contó su historia, y luego legó sus bienes a la congregación, con la condición de que un erudito recitara Kadish por ella en cada aniversario de su muerte.
Capítulo V
Shlomo
Capítulo quinto
A la temprana edad de doce años, Shlomo sucedió a su padre David como rey. Su verdadero nombre era Yedidiá, «el amigo de Dios», pero quedó reemplazado por el de Shlomo a causa de la paz que reinó en todo el reino durante su gobierno. Llevaba, además, otros tres nombres: Ben, Yaké e Itiel. Se le llamaba Ben porque fue el constructor del Templo; Yaké, porque fue el soberano del mundo entero; e Itiel, porque Dios estaba con él.
La rebelión que Adoniyahu pretendía encabezar contra el futuro rey quedó sofocada aún en vida de David, al hacer que Shlomo fuera ungido en público. En aquella ocasión Shlomo montó una mula extraordinaria —extraordinaria porque no era fruto de cruce alguno, sino de un acto especial de creación.
Apenas subió al trono, Shlomo se dispuso a cumplir las instrucciones que su padre le había dado en el lecho de muerte. La primera de ellas era el castigo de Yoav.
A pesar de todas sus excelentes cualidades —que lo hacían apto no solo para ser el primer general de David, sino también presidente de la Academia—, Yoav había cometido grandes crímenes que debían expiarse. Además del asesinato de Avner y de Amasá, de los que era culpable, se había hecho reo de una falta contra el propio David. Los generales del ejército lo habían sospechado de haber quitado de en medio a Uriyá el hitita por interés propio, ante lo cual él les mostró la carta de David que condenaba a Uriyá. David podría haber perdonado a Yoav, pero quería que expiara sus pecados en este mundo, para que quedara libre de castigo en el mundo venidero.
Cuando Yoav advirtió que Shlomo se proponía ejecutarlo, buscó el amparo del Templo. Sabía muy bien que así no podría salvar la vida, pues el brazo de la justicia alcanza más allá de las puertas del santuario, hasta el altar de Dios. Lo que deseaba era que se le concediera un juicio en regla, y no morir por orden del rey. En este último caso perdería tanto la fortuna como la vida, y él quería dejar a sus hijos bien provistos. Entonces Shlomo le mandó decir que no tenía intención de confiscar sus bienes.
Aunque estaba convencido de la culpa de Yoav, Shlomo le concedió sin embargo el derecho de defensa. El rey lo interrogó: «¿Por qué mataste a Avner?».
Yoav: «Yo era el vengador de mi hermano Asael, a quien Avner había dado muerte».
Shlomo: «Pero si fue Asael quien buscó matar a Avner, y Avner obró en defensa propia».
Yoav: «Avner podía haber dejado inutilizado a Asael sin llegar a extremos».
Shlomo: «Eso Avner no podía hacerlo».
Yoav: «¡Cómo! Avner apuntó directo a la quinta costilla de Asael, ¿y tú dirías que no habría sabido herirlo levemente?».
Shlomo: «Muy bien, entonces dejemos el caso de Avner. Pero ¿por qué mataste a Amasá?».
Yoav: «Obró con rebeldía contra el rey David. Dejó de cumplir su orden de reunir un ejército en tres días; por esa falta merecía la pena de muerte».
Shlomo: «Amasá no obedeció la orden del rey porque nuestros sabios le habían enseñado que hasta las órdenes de un rey pueden desatenderse si implican descuidar el estudio de la Torá, como ocurría con la orden dada a Amasá. Y, en realidad —continuó Shlomo—, no fue Amasá, sino tú mismo, quien se rebeló contra el rey, pues estabas a punto de unirte a Avshalom, y si te contuviste, fue por temor a las aguerridas tropas de David».
Cuando Yoav vio que la muerte era inevitable, dijo a Benayahu, a quien se había encargado ejecutar la orden del rey: «Dile a Shlomo que no puede imponerme dos castigos. Si pretende quitarme la vida, ha de levantar la maldición que David pronunció contra mí y contra mi descendencia a causa de la muerte de Avner. Si no, no puede darme muerte». Shlomo reconoció la justicia del alegato. Al ejecutar a Yoav, traspasó la maldición de David a su propia posteridad: Rejavam, su hijo, padeció un flujo; Uziyahu sufrió de lepra; Asá tuvo que apoyarse en un bastón para caminar; el piadoso Yoshiyahu cayó por la espada del Paró, y Yejoniá vivió de la caridad. Así se cumplieron las imprecaciones de David sobre su propia familia, y no sobre la de Yoav.
El siguiente en correr la suerte de Yoav fue Shimí ben Guerá, cuyo trato a David había ultrajado todo sentido de la decencia. Su muerte fue de mal agüero para el propio Shlomo. Mientras vivió Shimí, que era maestro de Shlomo, este no se atrevió a casarse con la hija del Paró. Cuando, tras la muerte de Shimí, Shlomo la tomó por esposa, el arcángel Gavriel descendió del cielo y clavó una caña en el mar. En torno a esa caña se fue depositando poco a poco cada vez más tierra, y, el día en que Yerovam erigió los becerros de oro, se levantó una pequeña choza sobre la isla. Aquella fue la primera de las moradas de Roma.
El banquete de bodas de Shlomo, en celebración de su matrimonio con la princesa egipcia, cayó el mismo día que la consagración del Templo. El regocijo por el casamiento del rey fue mayor que por la terminación del Templo. Como dice el proverbio: «Todos adulan al rey». Fue entonces cuando Dios concibió el plan de destruir Yerushaláyim. Fue como habló el profeta: «Esta ciudad ha sido para mí una provocación de mi ira y de mi furor desde el día en que la edificaron hasta el día de hoy».
En la noche nupcial, la hija del Paró hizo que sus sirvientes tocaran mil instrumentos musicales distintos, que había traído consigo de su tierra, y, al usar cada uno, se pronunciaba en voz alta el nombre del ídolo al que estaba dedicado. Para mejor tener al rey bajo el hechizo de sus encantos, extendió sobre el lecho un dosel de tapiz tachonado de diamantes y perlas, que relumbraban y centelleaban como las constelaciones del cielo. Cada vez que Shlomo quería levantarse, veía esas estrellas y, creyendo que aún era de noche, seguía durmiendo hasta la cuarta hora de la mañana. El pueblo estaba sumido en la aflicción, pues el sacrificio diario no pudo ofrecerse justamente esa mañana de la dedicación del Templo, porque las llaves del Templo yacían bajo la almohada de Shlomo, y nadie osaba despertarlo. Se mandó aviso a Bat-Sheva, quien enseguida despertó a su hijo y lo reprendió por su pereza. «Tu padre —le dijo— era conocido por todos como hombre temeroso de Dios, y ahora la gente dirá: “Shlomo es el hijo de Bat-Sheva; culpa de su madre es si se descarría”. Siempre que las mujeres de tu padre quedaban encinta, hacían votos y rezaban para que les naciera un hijo digno de reinar. Pero mi oración fue por un hijo instruido, digno del don de la profecía. Ten cuidado: “no des tu fuerza a las mujeres ni tus caminos a las que destruyen reyes”, pues la lujuria confunde la razón del hombre. Ten bien presente lo que hace falta en la vida de un rey. “No a los reyes, Lemuel.” No tengas nada en común con los reyes que dicen: “¿Qué necesidad tenemos de un Dios?”. No conviene que hagas como los reyes que beben vino y viven en la lascivia. No seas como ellos. Aquel a quien se revelan los secretos del mundo no debe embriagarse con vino».
Aparte de haberse casado con una gentil, cuya conversión al judaísmo no obedecía a motivos puros, Shlomo transgredió otras dos leyes bíblicas. Mantuvo muchos caballos, cosa que un rey judío no debe hacer, y —lo que la ley aborrece por igual— acumuló mucha plata y oro. Bajo el gobierno de Shlomo, la plata y el oro fueron tan abundantes entre el pueblo que sus utensilios se hacían de ellos en lugar de los metales más viles. Por todo esto tuvo que expiar penosamente más adelante.
Pero la riqueza y la pompa de Shlomo eran nada en comparación con su sabiduría. Cuando Dios se le apareció en Guivón, en un sueño de la noche, y le dio licencia para pedir lo que quisiera —gracia no concedida a ningún otro, salvo al rey Ajaz de Yehudá, y prometida solo al Mesías en el tiempo por venir—, Shlomo eligió la sabiduría, sabiendo que, una vez en su poder, todo lo demás vendría por sí solo. Su sabiduría, atestiguan las Escrituras, era mayor que la de Etán el ezrajita, y Hemán, y Kalkol, y Dardá, los tres hijos de Majol. Esto significa que era más sabio que Avraham, Moshé, Yosef y la generación del desierto. Superaba incluso a Adam. Los proverbios suyos que han llegado hasta nosotros apenas suman ochocientos. No obstante, la Escritura los cuenta como equivalentes a tres mil, por la razón de que cada versículo de su libro admite una interpretación doble y triple. En su sabiduría analizó las leyes reveladas a Moshé, y asignó razones a las ordenanzas rituales y ceremoniales de la Torá que, sin su explicación, habrían parecido extrañas. Las «cuarenta y nueve puertas de la sabiduría» estaban abiertas a Shlomo como lo habían estado a Moshé, pero el sabio rey buscó superar incluso al sabio legislador. Tenía tal confianza en sí mismo que habría impartido justicia sin recurrir a testigos, de no habérselo impedido una voz celestial.
La primera prueba de su sabiduría la dio en su veredicto sobre el caso del niño que dos madres reclamaban como propio. Cuando las mujeres le presentaron su litigio, el rey dijo que Dios, en su sabiduría, había previsto que surgiría tal disputa, y por eso había creado los órganos del hombre en pares, de modo que ninguna de las dos partes del pleito quedara agraviada. Al oír estas palabras del rey, los consejeros de Shlomo se lamentaron: «¡Ay de ti, oh tierra, cuando tu rey es un muchacho!». Al poco tiempo comprendieron la sabiduría del rey, y entonces exclamaron: «¡Dichosa tú, oh tierra, cuando tu rey es un hombre libre!». La disputa había sido provocada adrede por Dios, con el fin de que la sabiduría de Shlomo se diera a conocer. En realidad, las dos litigantes no eran mujeres en absoluto, sino espíritus. Para que se disipara toda duda sobre la justicia del veredicto, una voz celestial proclamó: «Esta es la madre del niño».
En vida de David, cuando Shlomo era aún un muchacho, había resuelto otro caso difícil de manera igualmente brillante. Un hombre rico había enviado a su hijo a un largo viaje de negocios a África. A su regreso, el joven halló que su padre había muerto entretanto, y que sus tesoros habían pasado a manos de un esclavo astuto, que había logrado deshacerse de todos los demás esclavos, o intimidarlos. En vano hizo valer el legítimo heredero su reclamo ante el rey David. Como no podía presentar testigos que declararan en su favor, no había modo de desposeer al esclavo, que también se llamaba a sí mismo hijo del difunto. El niño Shlomo oyó el caso, e ideó un método para llegar a la verdad. Hizo exhumar el cadáver del padre, y tiñó uno de los huesos con la sangre, primero de uno de los reclamantes y luego del otro. La sangre del esclavo no mostró afinidad con el hueso, mientras que la sangre del verdadero heredero lo empapó. Así el hijo verdadero aseguró su herencia.
Tras su ascenso al trono, se presentó ante Shlomo un pleito singular entre herederos para que lo dirimiera. Ashmedai, el rey de los demonios, le dijo una vez a Shlomo: «Tú eres el más sabio de los hombres, y sin embargo voy a mostrarte algo que nunca has visto». Entonces Ashmedai hincó el dedo en la tierra, y surgió un hombre de dos cabezas. Era uno de los cainitas, que viven bajo tierra y son del todo distintos en naturaleza y costumbre de los moradores del mundo de arriba. Cuando el cainita quiso descender de nuevo a su morada, resultó que no podía volver allá. Ni siquiera Ashmedai pudo lograrlo. Así que se quedó en la tierra, tomó esposa y engendró siete hijos, uno de los cuales se parecía a su padre en tener dos cabezas. Cuando el cainita murió, estalló una disputa entre sus descendientes sobre cómo repartir la propiedad. El hijo de dos cabezas reclamaba dos porciones. Tanto Shlomo como el Sanhedrín se hallaban perplejos; no lograban dar con un precedente que los guiara. Entonces Shlomo oró a Dios: «Oh Señor de todo, cuando te apareciste a mí en Guivón y me diste licencia para pedirte un don, no deseé ni plata ni oro, sino solo sabiduría, para poder juzgar a los hombres con justicia».
Dios escuchó su oración. Cuando los hijos del cainita comparecieron de nuevo ante Shlomo, este vertió agua caliente sobre una de las cabezas del monstruo bicéfalo, ante lo cual ambas cabezas se estremecieron y ambas bocas gritaron: «¡Nos morimos, nos morimos! Somos uno solo, no dos». Shlomo resolvió que el hijo de dos cabezas era, al fin y al cabo, un solo ser.
En otra ocasión, Shlomo inventó un pleito para sacar la verdad en un caso enredado. Tres hombres comparecieron ante él, cada uno acusando a los otros de robo. Habían viajado juntos y, al acercarse el Shabat, se detuvieron y se dispusieron a descansar, y buscaron un escondite seguro para su dinero, pues no está permitido llevar dinero encima en Shabat. Los tres juntos ocultaron lo que tenían en el mismo sitio y, cuando pasó el Shabat, acudieron presurosos allá, solo para hallar que se lo habían robado. Estaba claro que uno de los tres debía de ser el ladrón, pero ¿cuál?
Shlomo les dijo: «Sé que sois hombres de negocios expertos y minuciosos. Quisiera que me ayudarais a decidir un pleito que el rey de Roma me ha sometido. En el reino romano vivían una doncella y un joven, que se prometieron mutuamente bajo juramento no contraer matrimonio jamás sin obtener el permiso del otro. Los padres de la muchacha desposaron a su hija con un hombre a quien ella amaba, pero ella se negó a ser su esposa hasta que el compañero de su juventud diera su consentimiento. Tomó mucho oro y plata, y salió a buscarlo para sobornarlo. Dejando a un lado su propio amor por la muchacha, él le ofreció a ella y a su amado sus felicitaciones, y rehusó aceptar la más mínima recompensa por el permiso concedido. En el camino de vuelta, la feliz pareja fue sorprendida por un viejo salteador, que se disponía a robar al joven su prometida y su dinero. La muchacha le contó al bandido la historia de su vida, y cerró con estas palabras: “Si un joven dominó su pasión por mí, cuánto más deberías tú, un anciano, estar lleno de temor de Dios y dejarme seguir mi camino”. Sus palabras surtieron efecto. El anciano salteador no puso las manos ni sobre la muchacha ni sobre el dinero.
»Ahora bien —prosiguió Shlomo dirigiéndose a los tres litigantes—, se me pidió decidir cuál de las tres personas implicadas obró más noblemente: la muchacha, el joven o el salteador, y quisiera conocer vuestro parecer sobre la cuestión».
El primero de los tres dijo: «Mi elogio es para la muchacha, que guardó su juramento con tanta fidelidad». El segundo: «Yo daría la palma al joven, que se dominó y no dejó que su pasión prevaleciera». El tercero dijo: «Recomiendo al bandido, que apartó las manos del dinero, sobre todo cuando, con solo entregar a la mujer, ya habría hecho cuanto podía esperarse de él: podía haberse quedado con el dinero».
La última respuesta bastó para poner a Shlomo sobre la pista correcta. El hombre que se conmovía de admiración por las virtudes del ladrón probablemente estaba él mismo lleno de codicia de dinero. Lo hizo interrogar y, finalmente, le arrancó una confesión. Él había cometido el robo, y señaló el lugar donde había escondido el dinero.
Hasta los animales sometían sus controversias al sabio juicio de Shlomo. Un hombre con un jarro de leche se topó con una serpiente que se lamentaba lastimeramente en un campo. A la pregunta del hombre, la serpiente respondió que la atormentaba la sed. «¿Y qué llevas en el jarro?», preguntó la serpiente. Cuando oyó lo que era, suplicó la leche y prometió recompensar al hombre mostrándole un tesoro oculto. El hombre le dio la leche a la serpiente, y esta lo condujo entonces a una gran roca. «Bajo esta roca —dijo la serpiente— yace el tesoro». El hombre apartó la roca rodándola, y estaba a punto de tomar el tesoro cuando de pronto la serpiente se abalanzó sobre él y se enroscó en su cuello. «¿Qué pretendes con tal proceder?», exclamó el hombre. «Voy a matarte —respondió la serpiente—, porque me estás robando todo mi dinero». El hombre propuso que llevaran su caso al rey Shlomo, y obtuvieran su fallo sobre quién estaba en falta. Así lo hicieron. Shlomo pidió a la serpiente que expusiera qué exigía del hombre. «Quiero matarlo —contestó la serpiente—, porque las Escrituras lo ordenan, diciendo: “Herirás el talón del hombre”». Shlomo dijo: «Primero suelta tu presa del cuello del hombre y baja; en un tribunal ninguna de las dos partes de un pleito puede gozar de ventaja sobre la otra». La serpiente se deslizó al suelo, y Shlomo repitió su pregunta, y recibió de la serpiente la misma respuesta que antes. Entonces Shlomo se volvió al hombre y le dijo: «A ti la orden de Dios fue herir la cabeza de la serpiente: ¡hazlo!». Y el hombre aplastó la cabeza de la serpiente.
A veces las afirmaciones y opiniones de Shlomo, aunque brotaban de una sabiduría profunda, parecían extrañas al común de los hombres. En tales casos, el sabio rey no desdeñaba ilustrar el acierto de sus pareceres. Por ejemplo, tanto los doctos como los ignorantes se sintieron picados a la oposición por este dicho de Shlomo: «Un hombre entre mil he hallado; pero una mujer virtuosa entre todas ellas no la he hallado». Shlomo se comprometió sin vacilar a demostrar que tenía razón. Hizo que sus sirvientes buscaran a un matrimonio con reputación de rectitud y virtud. El marido fue citado ante él, y Shlomo le dijo que había decidido nombrarlo para un cargo elevado. El rey exigía solo, como prenda de su lealtad, que asesinara a su mujer, para quedar libre de casarse con la hija del rey, esposa acorde con la dignidad de su nueva posición. Con el corazón apesadumbrado, el hombre volvió a casa. Su desesperación creció al ver a su bella esposa y a sus pequeños hijos. Aunque resuelto a cumplir el mandato del rey, aún le faltaba valor para matar a su mujer mientras estaba despierta. Esperó a que estuviera profundamente dormida, pero entonces el niño acurrucado en los brazos de la madre reavivó su afecto paterno y conyugal, y volvió la espada a su vaina, diciéndose: «Y aunque el rey me ofreciera todo su reino, no asesinaría a mi mujer». Entonces fue a Shlomo y le comunicó su decisión final. Un mes después, Shlomo mandó llamar a la mujer y le declaró su amor. Le dijo que su felicidad podría consumarse si tan solo se deshacía de su marido. Entonces sería hecha primera esposa de su harén. Shlomo le dio una espada de plomo que relucía como si fuera forjada de acero. La mujer volvió a casa resuelta a dar a la espada el uso previsto. Ni un temblor de sus párpados delató su siniestro propósito. Al contrario, con caricias y palabras tiernas buscó desarmar cualquier sospecha que pudiera recaer sobre ella. En la noche se levantó, sacó la espada y se dispuso a matar a su marido. El instrumento de plomo, como es natural, no causó daño alguno, salvo despertar a su marido, a quien tuvo que confesar su mala intención. Al día siguiente, marido y mujer fueron convocados ante el rey, quien así convenció a sus consejeros de la verdad de su convicción: que en la mujer no puede ponerse confianza alguna.
La fama de la sabiduría de Shlomo se extendió a lo largo y a lo ancho. Muchos entraron al servicio del rey, con la esperanza de aprovecharse de su sabiduría. Tres hermanos habían servido bajo sus órdenes durante trece años y, decepcionados por no haber aprendido nada, se resolvieron a dejar su servicio. Shlomo les dio a elegir: recibir cien monedas cada uno, o que se les enseñaran tres máximas de sabiduría. Decidieron tomar el dinero. Apenas habían salido de la ciudad cuando el menor de los tres, sin hacer caso de las protestas de sus dos hermanos, se apresuró a volver a Shlomo y le dijo: «Mi señor, no entré a tu servicio para ganar dinero; quería adquirir sabiduría. Te ruego que tomes de vuelta tu dinero y me enseñes sabiduría en su lugar». Shlomo entonces le impartió las tres reglas de conducta siguientes: «Cuando viajes lejos, ponte en camino con el alba y recógete para la noche antes de que caiga la oscuridad; no cruces un río que vaya crecido; y nunca reveles un secreto a una mujer». El hombre alcanzó pronto a sus hermanos, pero no les confió nada de lo que había aprendido de Shlomo. Siguieron viaje juntos. Al acercarse la hora novena —tres horas después del mediodía—, llegaron a un lugar apropiado para pasar la noche. El hermano menor, atento al consejo de Shlomo, propuso que se detuvieran allí. Los otros se burlaron de su necedad, que —dijeron— había empezado a mostrar cuando devolvió su dinero a Shlomo. Los dos siguieron su camino, pero el menor dispuso su alojamiento para la noche. Cuando cayó la oscuridad, y con ella un frío cortante, él estaba abrigado y cómodo, mientras que a sus hermanos los sorprendió una tormenta de nieve, en la que perecieron. Al día siguiente prosiguió su viaje, y en el camino halló los cuerpos muertos de sus hermanos. Tras apropiarse de su dinero, los enterró y siguió adelante. Cuando llegó a un río que iba muy crecido, tuvo presente el consejo de Shlomo, y aguardó a cruzar hasta que la crecida bajó. Mientras estaba en la orilla, observó cómo algunos de los siervos del rey intentaban vadear la corriente con bestias cargadas de oro, y cómo la crecida los arrastraba. Después de que las aguas hubieron menguado, cruzó y se apropió del oro atado a los animales ahogados. Cuando volvió a casa, rico y sabio, no contó nada de lo que le había ocurrido, ni siquiera a su mujer, que estaba muy ansiosa por averiguar de dónde había sacado su marido la riqueza. Finalmente, ella lo acosó tan de cerca con preguntas que el consejo de Shlomo sobre confiar un secreto a una mujer quedó del todo olvidado. Una vez, mientras su mujer reñía con él, ella exclamó: «No te basta con haber asesinado a tus hermanos, sino que quieres matarme a mí también». A raíz de ello, sus dos cuñadas lo acusaron del asesinato de sus maridos. Fue juzgado, condenado a muerte, y escapó del verdugo solo cuando contó al rey la historia de su vida, y fue reconocido como su antiguo servidor. Fue en referencia a las aventuras de este hombre que Shlomo dijo: «Adquiere sabiduría; es mejor que el oro y que el oro más fino».
Otro de sus discípulos tuvo una experiencia semejante. Cada año, un hombre venía desde muy lejos a hacer una visita al sabio rey y, cuando partía, Shlomo tenía por costumbre otorgarle un regalo. Una vez el huésped rehusó el regalo, y en su lugar pidió al rey que le enseñara la lengua de las aves y de los animales. El rey estaba dispuesto a concederle su deseo, pero no dejó de advertirle primero del gran peligro que entrañaba tal conocimiento. «Si le dices a otros una sola palabra de lo que oigas de un animal —le dijo—, morirás sin remedio; tu destrucción es inevitable». Sin arredrarse, el visitante insistió en su deseo, y el rey lo instruyó en el arte secreto.
De vuelta en casa, alcanzó a oír una conversación entre su buey y su asno. El asno dijo: «Hermano, ¿cómo te va con esta gente?».
El buey: «Por tu vida, hermano, paso día y noche en labor dura y penosa».
El asno: «Puedo aliviarte, hermano. Si sigues mi consejo, vivirás con holgura y te librarás de todo trabajo pesado».
El buey: «Oh hermano, que tu corazón se incline hacia mí, para apiadarte de mí y ayudarme. Prometo no apartarme de tu consejo ni a la derecha ni a la izquierda».
El asno: «Dios lo sabe, te hablo con la rectitud de mi corazón y la pureza de mis pensamientos. Mi consejo es que esta noche no comas ni paja ni forraje. Cuando nuestro amo lo note, supondrá que estás enfermo. No te impondrá trabajo pesado, y podrás tomar un buen descanso. Así hice yo hoy».
El buey siguió el consejo de su compañero. No tocó nada del alimento que le echaron. El amo, sospechando una argucia por parte del asno, se levantó durante la noche, fue al establo y vio cómo el asno comía a sus anchas del pesebre que pertenecía al buey. No pudo evitar reír a carcajadas, lo que asombró grandemente a su mujer, que, por supuesto, no había notado nada fuera de lo común. El amo eludió sus preguntas. Algo cómico se le acababa de ocurrir, dijo a modo de explicación.
Por la treta artera jugada al buey, resolvió castigar al asno. Ordenó al criado dejar descansar al buey por el día, y hacer que el asno hiciera el trabajo de ambos animales. Al anochecer, el asno entró penosamente en el establo, cansado y exhausto. El buey lo saludó con estas palabras: «Hermano, ¿has oído algo de lo que traman nuestros desalmados amos?». «Sí —respondió el asno—, los oí hablar de mandarte degollar, si te negaras a comer también esta noche. Quieren asegurarse al menos de tu carne». Apenas hubo oído el buey las palabras del asno, cuando se arrojó sobre su comida como un león voraz sobre su presa. No dejó ni una brizna, y el amo se vio de pronto movido a una risa estrepitosa. Esta vez su mujer se empeñó en saber la causa. En vano suplicó e imploró. Juró no volver a vivir con él si no le decía por qué reía. El hombre la amaba tan entrañablemente que estaba dispuesto a sacrificar su vida para satisfacer su capricho, pero antes de despedirse de este mundo deseó ver una vez más a sus amigos y parientes, y los invitó a todos a su casa.
Entretanto, su perro fue advertido del cercano fin del amo, y tal tristeza se apoderó del fiel animal que no tocó ni comida ni bebida. El gallo, en cambio, alegremente se apropió del alimento destinado al perro, y él y sus mujeres disfrutaron de un banquete. Ultrajado por conducta tan insensible, el perro dijo al gallo: «¡Cuán grande es tu desvergüenza, y cuán insignificante tu recato! Tu amo está a un paso de la tumba, y tú comes y te regocijas». La réplica del gallo fue: «¿Es culpa mía que nuestro amo sea un necio y un idiota? Yo tengo diez mujeres, y las gobierno a mi antojo. Ni una osa oponerse a mí y a mis órdenes. Nuestro amo tiene una sola mujer, y a esta no logra controlar ni manejar». «¿Qué debería hacer nuestro amo?», preguntó el perro. «Que tome un buen palo y le zurre bien la espalda a su mujer —aconsejó el gallo—, y te aseguro que no volverá a atormentarlo para que revele sus secretos».
El marido había oído también esta conversación, y el consejo del gallo le pareció bueno. Lo siguió, y la muerte quedó apartada.
En muchas ocasiones, Shlomo puso su agudeza y su sabiduría al servicio de contrarrestar a los gobernantes extranjeros que intentaban urdir maldades contra él. Shlomo necesitaba ayuda para construir el Templo, y escribió al Paró, pidiéndole que enviara artesanos a Yerushaláyim. El Paró accedió a su petición, pero no con honradez. Hizo que sus astrólogos determinaran cuáles de sus hombres estaban destinados a morir dentro del año. A esos candidatos a la tumba se los remitió a Shlomo. El rey judío no tardó en descubrir la treta que le habían jugado. De inmediato devolvió a los hombres a Mitsraim, cada uno provisto de sus mortajas, y escribió: «¡Al Paró! Supongo que no tenías sudarios para esta gente. Con la presente te envío a los hombres, y lo que necesitaban».
Jiram, rey de Tiro, el firme amigo de la dinastía de David, que había prestado a Shlomo servicios tan valiosos en relación con la construcción del Templo, deseaba poner a prueba su sabiduría. Tenía por costumbre enviar a Shlomo preguntas capciosas y acertijos, con el ruego de que los resolviera y lo sacara de su apuro con ellos. Shlomo, por supuesto, lograba responderlos todos. Más adelante hizo un pacto con Jiram: intercambiarían enigmas y acertijos, y se cobraría una multa en dinero a aquel de los dos que no acertara con la respuesta correcta a una cuestión propuesta por el otro. Naturalmente, era Jiram quien siempre perdía. Los tirios sostienen que finalmente Shlomo halló quien lo aventajara en uno de los súbditos de Jiram, un tal Abdamón, que le propuso a Shlomo más de un acertijo que desconcertó su ingenio.
De la sutileza de Shlomo para adivinar acertijos, solo unos pocos ejemplos han llegado hasta nosotros, todos ellos ligados a los acertijos que le propuso la reina de Sabá. La historia de esta reina, de su relación con Shlomo, y de qué la indujo a dejar su lejano hogar y viajar a la corte de Yerushaláyim, forma un capítulo interesante en la accidentada vida del sabio rey.
Ha de recordarse que Shlomo gobernaba no solo sobre los hombres, sino también sobre las bestias del campo, las aves del cielo, los demonios, los espíritus y los espectros de la noche. Conocía la lengua de todos ellos, y ellos entendían la suya.
Cuando Shlomo estaba alegre a causa del vino, convocaba a las bestias del campo, las aves del cielo, los reptiles rastreros, las sombras, los espectros y los fantasmas, para que danzaran ante los reyes, sus vecinos, a quienes invitaba a presenciar su poder y su grandeza. Los escribas del rey llamaban a los animales y a los espíritus por su nombre, uno por uno, y todos se congregaban por su propia voluntad, sin cadenas ni ataduras, sin mano humana que los guiara.
En una ocasión, se echó de menos a la abubilla entre las aves. No se la hallaba por ninguna parte. El rey, lleno de ira, ordenó que la trajeran y la castigaran por su tardanza. La abubilla se presentó y dijo: «Oh señor, rey del mundo, inclina tu oído y escucha mis palabras. Tres meses han pasado desde que empecé a tomar consejo conmigo mismo y a resolverme sobre una línea de acción. No he comido alimento ni bebido agua, para volar por todo el mundo y ver si hay en alguna parte un dominio que no esté sujeto a mi señor el rey. Y hallé una ciudad, la ciudad de Kitor, en el Oriente. Allí el polvo vale más que el oro, y la plata es como el lodo de las calles. Sus árboles son del principio de todos los tiempos, y absorben el agua que fluye del Jardín del Edén. La ciudad está atestada de hombres. Sobre la cabeza llevan guirnaldas trenzadas en el Paraíso. No saben combatir, ni tirar con arco y flecha. Su gobernante es una mujer, se la llama la reina de Sabá. Si ahora te place, oh señor y rey, ceñiré mis lomos como un héroe y viajaré a la ciudad de Kitor, en la tierra de Sabá. A sus reyes encadenaré con cadenas, y a sus gobernantes con grillos de hierro, y los traeré a todos ante mi señor el rey».
El discurso de la abubilla agradó al rey. Se convocó a los escribanos de su tierra, y escribieron una carta y la ataron al ala de la abubilla. El ave se elevó hacia el cielo, lanzó su grito y voló, seguida de todas las demás aves.
Y llegaron a Kitor, en la tierra de Sabá. Era de mañana, y la reina había salido a rendir culto al sol. De pronto las aves oscurecieron su luz. La reina alzó la mano, rasgó su vestidura y quedó sobrecogida de asombro. Entonces la abubilla se posó cerca de ella. Al ver que una carta estaba atada a su ala, la soltó y la leyó. ¿Y qué estaba escrito en la carta? «¡De mí, el rey Shlomo! La paz sea contigo, la paz con los nobles de tu reino. Sabe que Dios me ha nombrado rey sobre las bestias del campo, las aves del cielo, los demonios, los espíritus y los espectros. Todos los reyes del Oriente y del Occidente vienen a traerme saludos. Si vienes y me saludas, te mostraré grandes honores, más que a ninguno de los reyes que me sirven. Pero si no me rindes homenaje, enviaré contra ti reyes, legiones y jinetes. Preguntas: ¿quiénes son estos reyes, legiones y jinetes del rey Shlomo? Las bestias del campo son mis reyes, las aves mis jinetes, los demonios, espíritus y sombras de la noche mis legiones. Los demonios os estrangularán en vuestros lechos por la noche, mientras que las bestias os matarán en el campo, y las aves devorarán vuestra carne».
Cuando la reina de Sabá hubo leído el contenido de la carta, rasgó de nuevo su vestidura y mandó aviso a sus ancianos y a sus príncipes: «¿No sabéis lo que Shlomo me ha escrito?». Ellos respondieron: «Nada sabemos del rey Shlomo, y su dominio lo tenemos por nada». Pero sus palabras no tranquilizaron a la reina. Reunió todas las naves del mar, y las cargó con las más finas clases de madera, y con perlas y piedras preciosas. Junto con estas, envió a Shlomo seis mil jóvenes y doncellas, nacidos en el mismo año, en el mismo mes, en el mismo día, en la misma hora, todos de igual talla y estatura, todos vestidos de púrpura. Portaban una carta para el rey Shlomo, como sigue: «De la ciudad de Kitor a la tierra de Israel hay un viaje de siete años. Como es tu deseo y mandato que te visite, me apresuraré y estaré en Yerushaláyim al cabo de tres años».
Cuando se acercaba el tiempo de su llegada, Shlomo envió a Benayahu, hijo de Yehoyadá, a su encuentro. Benayahu era como el arrebol del cielo oriental al despuntar el día, como el lucero de la tarde que sobrepasa en brillo a todas las demás estrellas, como el lirio que crece junto a los arroyos de agua. Cuando la reina lo divisó, descendió de su carro para honrarlo. Benayahu le preguntó por qué dejaba su carro. «¿No eres tú el rey Shlomo?», inquirió ella a su vez. Benayahu respondió: «No soy el rey Shlomo, sino solo uno de sus siervos que están en su presencia». Entonces la reina se volvió a sus nobles y dijo: «Si no habéis contemplado al león, al menos habéis visto su guarida, y si no habéis contemplado al rey Shlomo, al menos habéis visto la hermosura de aquel que está en su presencia».
Benayahu condujo a la reina ante Shlomo, que había ido a sentarse en una casa de cristal para recibirla. La reina fue engañada por una ilusión. Creyó que el rey estaba sentado en agua y, al cruzar hacia él, alzó su vestidura para no mojarla. En sus pies desnudos notó el rey vello, y le dijo: «Tu hermosura es hermosura de mujer, pero tu vello es de varón; el vello es adorno para el hombre, pero afea a la mujer».
Entonces la reina comenzó y dijo: «He oído de ti y de tu sabiduría; si ahora te pregunto acerca de un asunto, ¿me responderás?». Él respondió: «HaShem da la sabiduría; de su boca vienen el conocimiento y el entendimiento». Ella entonces le dijo:
1. «Siete hay que salen y nueve que entran; dos dan la bebida y uno bebe». Le dijo él: «Siete son los días de la impureza de la mujer, y nueve los meses del embarazo; dos son los pechos que dan la bebida, y uno el niño que la bebe». Ante lo cual ella le dijo: «Eres sabio».
2. Luego lo interrogó más: «Una mujer dijo a su hijo: tu padre es mi padre, y tu abuelo mi marido; tú eres mi hijo, y yo soy tu hermana». «Ciertamente —dijo él—, fue la hija de Lot quien habló así a su hijo».
3. Colocó ante él a cierto número de varones y de mujeres de la misma estatura y atavío, y dijo: «Distínguelos». Al punto hizo él una señal a los eunucos, que le trajeron una cantidad de nueces y de espigas de maíz tostadas. Los varones, que no eran vergonzosos, las cogieron con las manos desnudas; las mujeres las tomaron sacando sus manos enguantadas de debajo de sus vestiduras. Ante lo cual él exclamó: «Aquellos son los varones, estas las mujeres».
4. Le trajo cierto número de hombres, unos circuncidados y otros incircuncisos, y le pidió que los distinguiera. De inmediato hizo él una señal al Sumo Sacerdote, que abrió el Arca de la Alianza, ante lo cual los que estaban circuncidados inclinaron sus cuerpos hasta la mitad de su altura, mientras sus rostros se llenaban del resplandor de la Shejiná; los incircuncisos cayeron de bruces sobre sus rostros. «Aquellos —dijo él— están circuncidados, estos incircuncisos». «Eres sabio, en verdad», exclamó ella.
5. Le planteó otras preguntas, a todas las cuales dio respuesta. «¿Quién es aquel que ni nació ni ha muerto?». «Es HaShem del mundo, bendito sea Él».
6. «¿Qué tierra es aquella que solo una vez ha visto el sol?». «La tierra sobre la cual, tras la creación, se reunieron las aguas, y el lecho del mar de los Juncos el día en que fue dividido».
7. «Hay un recinto con diez puertas: cuando una está abierta, nueve están cerradas; y cuando nueve están abiertas, una está cerrada.» «Ese recinto es el vientre; las diez puertas son los diez orificios del hombre —sus ojos, sus oídos, sus fosas nasales, la boca, las aberturas por donde se expulsan los excrementos y la orina, y el ombligo—. Mientras el niño está en estado embrionario, el ombligo está abierto y los demás orificios cerrados; pero cuando sale del vientre, el ombligo se cierra y los demás se abren.»
8. «Hay algo que, estando vivo, no se mueve, pero que en cuanto le cortan la cabeza se mueve.» «Es el barco en el mar.»
9. «¿Cuáles son los tres que ni comieron, ni bebieron, ni recibieron pan alguno, y sin embargo salvaron vidas de la muerte?» «El sello, el cordón y el bastón son esos tres.»
10. «Tres entraron en una cueva y cinco salieron de ella.» «Lot y sus dos hijas y sus dos hijos.»
11. «El muerto vivió, la tumba se movió y el muerto oró: ¿qué es eso?» «El muerto que vivió y oró, Yoná; y el pez, la tumba que se movía.»
12. «¿Quiénes fueron los tres que comieron y bebieron sobre la tierra y sin embargo no nacieron de varón ni de hembra?» «Los tres ángeles que visitaron a Avraham.»
13. «Cuatro entraron en un lugar de muerte y salieron vivos, y dos entraron en un lugar de vida y salieron muertos.» «Los cuatro fueron Daniel, Jananiá, Mishael y Azariá; y los dos fueron Nadav y Avihú.»
14. «¿Quién fue el que nació y no murió?» «Eliyahu y el Mashíaj.»
15. «¿Qué fue aquello que no nació, y sin embargo le fue dada vida?» «El Becerro de Oro.»
16. «¿Qué es aquello que se produce de la tierra, y sin embargo lo produce el hombre, mientras que su alimento es el fruto de la tierra?» «Una mecha.»
17. «Una mujer estuvo casada con dos, y dio a luz dos hijos, y sin embargo estos cuatro tuvieron un solo padre.» «Tamar.»
18. «Una casa llena de muertos; ningún muerto entró entre ellos, ni salió de ellos ningún vivo.» «Es la historia de Shimshón y los filisteos.»
19. Enseguida la reina mandó traer el tronco aserrado de un cedro y le pidió a Shlomo que señalara en qué extremo había estado la raíz y en cuál las ramas. Él le indicó que lo echara al agua: un extremo se hundió y el otro quedó flotando en la superficie. La parte que se hundió era la raíz, y la que quedó arriba, el extremo de las ramas. Entonces ella le dijo: «Superas en sabiduría y en bondad la fama que había oído, ¡bendito sea tu Dios!»
Los tres últimos acertijos que la reina de Sabá le planteó a Shlomo fueron estos:
20. «¿Qué es esto? Un pozo de madera con cubos de hierro, que sacan piedras y vierten agua.» El rey respondió: «Un estuche de colorete.»
21. «¿Qué es esto? Viene como polvo de la tierra, su alimento es polvo, se vierte como agua y alumbra la casa.» «La nafta.»
22. «¿Qué es esto? Camina delante de todos; grita con voz alta y amarga; su cabeza es como la caña; es la gloria del noble, la deshonra del pobre; la gloria de los muertos, la deshonra de los vivos; el deleite de las aves, la aflicción de los peces.» Él respondió: «El lino.»
Nunca ha vivido hombre con el privilegio de Shlomo de someter a los demonios a su voluntad. Dios lo dotó de la capacidad de convertir el poder maligno de los demonios en una fuerza que obrara en provecho de los hombres. Inventó fórmulas de conjuro con las que se aliviaban las enfermedades, y otras con las que se exorcizaba a los demonios, de modo que quedaran desterrados para siempre. Como servidores personales tenía espíritus y demonios a los que podía enviar de un lado a otro al instante. Podía cultivar plantas tropicales en la Tierra de Israel, porque sus espíritus servidores le procuraban agua desde la India.
Así como los espíritus le estaban sometidos, también lo estaban los animales. Tenía un águila sobre cuyo lomo era transportado al desierto y traído de vuelta en un solo día, para edificar allí la ciudad llamada Tadmor en la Biblia —esta ciudad no debe confundirse con la posterior ciudad siria de Palmira, también llamada Tadmor—. Estaba situada cerca de las «montañas de la oscuridad», el punto de encuentro de los espíritus y los demonios. Hasta allí llevaba el águila a Shlomo en un abrir y cerrar de ojos, y Shlomo dejaba caer entre los espíritus un papel en el que había escrito un versículo, para apartar de sí el mal. Después el águila exploraba las montañas de la oscuridad, hasta que descubría el lugar en el que los ángeles caídos 'Azza y 'Azzael yacen encadenados con grilletes de hierro —un lugar que nadie, ni siquiera un ave, puede visitar—. Cuando el águila hallaba el sitio, tomaba a Shlomo bajo su ala izquierda y volaba hasta los dos ángeles. Por el poder del anillo que llevaba grabado el Nombre Sagrado —el mismo que Shlomo ponía en el pico del águila— 'Azza y 'Azzael se veían forzados a revelarle al rey los misterios celestiales.
Los demonios prestaron a Shlomo el mayor de los servicios durante la construcción del Templo. Sucedió de esta manera: cuando Shlomo comenzó la edificación del Templo, ocurrió en cierta ocasión que un espíritu maligno arrebató el dinero y la comida de uno de los pajes predilectos del rey. Esto se repitió varias veces, y Shlomo no lograba apresar al malhechor. El rey suplicó a Dios con fervor que entregara al espíritu perverso en sus manos. Su plegaria fue atendida. El arcángel Mijael se le apareció y le dio un pequeño anillo cuyo sello consistía en una piedra grabada, y le dijo: «Toma, oh Shlomo, rey, hijo de David, el don que HaShem Dios, el altísimo Tsevaot, te ha enviado. Con él encerrarás a todos los demonios de la tierra, machos y hembras; y con su ayuda edificarás Yerushaláyim. Pero debes llevar este sello de Dios; y este grabado del sello del anillo que se te envía es un pentalfa.» Armado con él, Shlomo convocó ante sí a todos los demonios, y preguntó a cada uno por turno su nombre, así como el nombre de la estrella, la constelación o el signo del zodíaco y del ángel particular a cuya influencia cada uno está sujeto. Uno tras otro los espíritus fueron vencidos y obligados por Shlomo a ayudar en la construcción del Templo.
Ornias, el espíritu vampiro que había maltratado al criado de Shlomo, fue el primer demonio en presentarse, y fue destinado a la tarea de cortar piedras cerca del Templo. Y Shlomo mandó venir a Ornias, y le entregó el sello, diciendo: «Vete, y tráeme aquí al príncipe de todos los demonios.» Ornias tomó el anillo y fue a Beelzeboul, que tiene el reinado sobre los demonios. Le dijo: «¡Ven! Shlomo te llama.» Pero Beelzeboul, al oírlo, le respondió: «Dime, ¿quién es ese Shlomo del que me hablas?» Entonces Ornias le arrojó el anillo al pecho a Beelzeboul, diciendo: «El rey Shlomo te llama.» Pero Beelzeboul clamó a gran voz y despidió una enorme llama ardiente de fuego; y se levantó y siguió a Ornias, y llegó ante Shlomo. Llevado ante el rey, le prometió reunirle todos los espíritus impuros. Beelzeboul se puso a hacerlo, empezando por Onoskelis, que tenía una figura muy hermosa y la piel de una mujer de tez clara, y tras ella vino Ashmedai; ambos dando cuenta de sí mismos.
Beelzeboul reapareció en escena, y en su conversación con Shlomo declaró que él solo había sobrevivido de entre los ángeles que habían descendido del cielo. Reinaba sobre todos los que están en el Tártaro, y tenía un hijo en el mar de los Juncos, que en ocasiones sube hasta Beelzeboul y le revela lo que ha hecho. A continuación se presentó el demonio de las Cenizas, Tephros, y tras él un grupo de siete espíritus femeninos, que se declararon de los treinta y seis elementos de la oscuridad. Shlomo les mandó cavar los cimientos del Templo, pues su longitud era de doscientos cincuenta codos. Y les ordenó ser diligentes, y con un unánime murmullo de protesta comenzaron a ejecutar las tareas impuestas.
Shlomo mandó comparecer ante sí a otro demonio. Y le trajeron un demonio que tenía todos los miembros de un hombre, pero sin cabeza. El demonio le dijo a Shlomo: «Me llaman Envidia, pues me deleito en devorar cabezas, deseoso de procurarme una cabeza para mí; pero no como bastante, y ansío tener una cabeza como la tuya.» Le siguió un espíritu con forma de perro, cuyo nombre era Rabdos, y este le reveló a Shlomo una piedra verde, útil para el adorno del Templo. Aparecieron otros muchos demonios, machos y hembras, entre ellos los treinta y seis regidores del mundo de la oscuridad, a quienes Shlomo ordenó traer agua al Templo. A algunos de estos demonios los condenó a los trabajos pesados de la construcción del Templo; a otros los encerró en prisión; y a otros más les ordenó bregar con el fuego en la fabricación de oro y plata, sentándose junto al plomo y la cuchara, y disponer lugares para los demás demonios, en los que estos habrían de quedar confinados.
Después de que Shlomo, con la ayuda de los demonios, hubo terminado el Templo, los gobernantes —entre ellos la reina de Sabá, que era hechicera— vinieron de lejos y de cerca a admirar la magnificencia y el arte del edificio, y no menos la sabiduría de su constructor.
Un día se presentó ante Shlomo un anciano para quejarse de su hijo, a quien acusaba de haber sido tan impío como para alzar la mano contra su padre y darle un golpe. El joven negó la acusación, pero su padre insistía en que lo pagara con la vida. De pronto Shlomo oyó una carcajada. Era el demonio Ornias, culpable de aquel comportamiento irrespetuoso. Reprendido por Shlomo, el demonio dijo: «Te ruego, oh rey, que no fue por ti por lo que reí, sino por este desdichado anciano y por el infeliz muchacho, su hijo. Pues dentro de tres días su hijo morirá antes de tiempo, y he aquí que el anciano desea acabar con él vilmente.» Shlomo aplazó su veredicto varios días, y cuando al cabo de cinco días llamó ante sí al anciano padre, resultó que Ornias había dicho la verdad.
Al cabo de un tiempo, Shlomo recibió una carta de Adares, el rey de Arabia. Le rogaba al rey judío que librara su tierra de un espíritu maligno que causaba grandes estragos, y al que no se podía atrapar ni volver inofensivo, porque se presentaba en forma de viento. Shlomo dio su anillo mágico y una bota de cuero a uno de sus esclavos, y lo envió a Arabia. El mensajero consiguió confinar al espíritu dentro de la bota. Unos días después, cuando Shlomo entró en el Templo, no se asombró poco al ver una bota que caminaba hacia él y se inclinaba reverentemente ante él; era la bota en la que el espíritu estaba encerrado. Ese mismo espíritu le prestó una vez a Shlomo un gran servicio. Ayudado por los demonios, sacó una piedra gigantesca del mar de los Juncos. Ni los hombres ni los demonios podían moverla, pero él la llevó al Templo, donde se usó como piedra angular.
Por culpa propia Shlomo perdió el poder de realizar hazañas milagrosas que el espíritu Divino le había conferido. Se enamoró de la mujer jebusea Sonmanites. Los sacerdotes de Moloj y de Rafán, los falsos dioses que ella adoraba, le aconsejaron que rechazara su cortejo, a menos que él rindiera homenaje a esos dioses. Al principio Shlomo se mantuvo firme, pero cuando la mujer le pidió que tomara cinco langostas y las aplastara en sus manos en nombre de Moloj, él obedeció. Al instante quedó privado del espíritu Divino, de su fuerza y de su sabiduría, y se hundió tan bajo que, para complacer a su amada, edificó templos a Báal y a Rafán.
Entre las grandes obras de Shlomo, el primer lugar debe asignarse al soberbio Templo que edificó. Estuvo mucho tiempo en duda sobre dónde había de construirlo. Una voz celestial le indicó que fuera de noche al monte Tsiyón, a un campo que poseían en común dos hermanos. Uno de los hermanos era soltero y pobre; el otro estaba bendecido con riqueza y con una familia numerosa de hijos. Era tiempo de cosecha. Al amparo de la noche, el hermano pobre iba añadiendo grano al montón del otro, pues, aunque él era pobre, pensaba que su hermano necesitaba más a causa de su familia numerosa. El hermano rico, de la misma manera clandestina, añadía al montón del hermano pobre, pensando que, aunque él tenía una familia que mantener, el otro carecía de medios. Aquel campo, concluyó Shlomo, que había suscitado tan notable manifestación de amor fraterno, era el mejor sitio para el Templo, y lo compró.
Cada detalle del mobiliario y la ornamentación del Templo da testimonio de la rara sabiduría de Shlomo. Junto al mobiliario necesario, plantó árboles de oro, que dieron fruto todo el tiempo que el edificio se mantuvo en pie. Cuando el enemigo entró en el Templo, el fruto cayó de los árboles, pero volverán a echar flores cuando sea reconstruido en los días del Mashíaj.
Shlomo fue tan diligente que la erección del Templo no llevó más que siete años —cerca de la mitad del tiempo que costó la erección del palacio del rey—, a pesar de la mayor magnificencia del santuario. En este aspecto fue superior a su padre David, que primero edificó una casa para sí mismo y solo después pensó en una casa donde Dios morara. En efecto, fue la obra meritoria de Shlomo en relación con el Templo lo que lo salvó de ser contado por los sabios entre los reyes impíos, entre los cuales sus actos posteriores podrían haberlo situado con razón.
Conforme a la medida del celo desplegado por Shlomo fueron la ayuda y el favor que Dios le mostró. Durante los siete años que llevó edificar el Templo, no murió un solo obrero de los empleados en él, ni tampoco cayó enfermo uno solo. Y así como los obreros estuvieron sanos y robustos de principio a fin, así también la perfección de sus herramientas permaneció intacta hasta que el edificio quedó terminado. De este modo la obra no sufrió interrupción alguna. Después de la dedicación del Templo, sin embargo, los obreros fueron muriendo, para que no edificaran construcciones semejantes para los paganos y sus dioses. Su salario habrían de recibirlo de Dios en el mundo venidero, y el maestro de obras, Jiram, fue recompensado con el permiso de llegar vivo al Paraíso.
El Templo se terminó en el mes de Bul, hoy llamado Marjeshván, pero el edificio permaneció cerrado durante casi un año entero, porque era voluntad de Dios que la dedicación tuviera lugar en el mes del nacimiento de Avraham. Entretanto, los enemigos de Shlomo se regocijaban con malicia. «¿No fue acaso el hijo de Bat-Sheva —decían— quien edificó el Templo? ¿Cómo, entonces, iba a permitir Dios que Su Shejiná reposara sobre él?» Cuando tuvo lugar la consagración de la casa, y «el fuego descendió del cielo», reconocieron su error.
La importancia del Templo se hizo patente de inmediato, pues las lluvias torrenciales que cada año, desde el diluvio, habían caído durante cuarenta días a partir del mes de Marjeshván, por primera vez dejaron de venir, y desde entonces no volvieron a aparecer.
El gozo del pueblo por el santuario fue tan grande que celebraron las ceremonias de consagración en Yom Kipur. Contribuyó no poco a su sosiego el que se oyera una voz celestial proclamar: «Todos vosotros tendréis parte en el mundo venidero.»
La gran casa de oración honró no solo a Shlomo y al pueblo, sino también al rey David. El siguiente episodio lo prueba: cuando el Arca estaba a punto de ser introducida en el Santo de los Santos, la puerta de la cámara sagrada se cerró por sí sola, y fue imposible abrirla. Shlomo oró a Dios con fervor, pero sus súplicas no surtieron efecto hasta que pronunció estas palabras: «Recuerda las buenas obras de David tu siervo.» El Santo de los Santos se abrió entonces por sí mismo, y los enemigos de David hubieron de admitir que Dios había perdonado por completo su pecado.
En la ejecución de la obra del Templo se cumplió un deseo que David acariciaba. Él era contrario a que el oro que había tomado como botín de los lugares de culto paganos durante sus campañas se usara para el santuario de Yerushaláyim, porque temía que los paganos se jactaran, a la destrucción del Templo, de que sus dioses eran valientes y se tomaban venganza destruyendo la casa del Dios de Israel. Por fortuna, Shlomo era tan rico que no hubo necesidad de recurrir al oro heredado de su padre, y así el deseo de David se cumplió.
Después del Templo, es el trono de Shlomo lo que en su magnificencia perpetúa el nombre y la fama del sabio rey. Ni antes de él ni después de él pudo nadie producir una obra de arte semejante, y cuando los reyes, sus vasallos, veían la magnificencia del trono, caían postrados y alababan a Dios. El trono estaba recubierto de oro fino de Ofir, tachonado de berilos, incrustado de mármol y engastado de esmeraldas, rubíes, perlas y toda suerte de piedras preciosas. En cada uno de sus seis escalones había dos leones de oro y dos águilas de oro —un león y un águila a la izquierda, y un león y un águila a la derecha—, dispuestas las parejas cara a cara, de modo que la garra derecha del león quedaba frente al ala izquierda del águila, y su garra izquierda frente al ala derecha del águila. El asiento real estaba en lo alto, que era redondo.
En el primer escalón que conducía al asiento se agazapaba un buey, y frente a él un león; en el segundo, un lobo y un cordero; en el tercero, un leopardo y un cabrito; en el cuarto se posaban un águila y un pavo real; en el quinto, un halcón y un gallo; y en el sexto, un gavilán y un gorrión; todos hechos de oro. En lo más alto reposaba una paloma, con sus garras posadas sobre un gavilán, para significar que llegaría el tiempo en que todos los pueblos y naciones serían entregados en manos de Israel. Sobre el asiento pendía un candelabro de oro, con lámparas, granadas, despabiladeras, incensarios, cadenas y lirios de oro. De cada lado se extendían siete brazos. En los brazos de la derecha estaban las imágenes de los siete patriarcas del mundo: Adam, Nóaj, Shem, Iyov, Avraham, Yitsjak y Yaakov; y en los brazos de la izquierda, las imágenes de los siete hombres piadosos del mundo: Kehat, Amram, Moshé, Aharón, Eldad, Medad y el profeta Jur. Fijado en lo alto del candelabro había un cuenco de oro lleno del más puro aceite de oliva, destinado al candelabro del Templo; y debajo, una jofaina de oro, también llena del más puro aceite de oliva, para el candelabro sobre el trono. La jofaina llevaba la imagen del sumo sacerdote Elí; las de sus hijos Jofní y Pinjás estaban en los dos grifos que sobresalían de la jofaina, y las de Nadav y Avihú en los tubos que unían los grifos con la jofaina.
En la parte superior del trono había setenta sillas de oro para los miembros del Sanhedrín, y dos más para el sumo sacerdote y su lugarteniente. Cuando el sumo sacerdote venía a rendir homenaje al rey, también comparecían los miembros del Sanhedrín, para juzgar al pueblo, y tomaban asiento a la derecha y a la izquierda del rey. Al acercarse los testigos, la maquinaria del trono retumbaba: giraban las ruedas, mugía el buey, rugía el león, aullaba el lobo, balaba el cordero, gruñía el leopardo, gritaba el cabrito, chillaba el halcón, graznaba el pavo real, cantaba el gallo, chirriaba el gavilán, gorjeaba el gorrión —todo para aterrorizar a los testigos e impedirles dar falso testimonio—.
Cuando Shlomo ponía el pie en el primer escalón para subir a su asiento, la maquinaria se ponía en movimiento. El buey de oro se levantaba y lo conducía al segundo escalón, y allí lo dejaba al cuidado de las fieras que lo guardaban, y así era llevado de escalón en escalón hasta el sexto, donde las águilas lo recibían y lo colocaban sobre su asiento. En cuanto quedaba sentado, una gran águila le ponía la corona real sobre la cabeza. Acto seguido, una enorme serpiente se enroscaba contra la maquinaria, empujando a los leones y las águilas hacia arriba hasta que rodeaban la cabeza del rey. Una paloma de oro descendía volando de una columna, sacaba el rollo sagrado de un cofre y se lo entregaba al rey, para que este cumpliera el precepto de las Escrituras de tener consigo la ley y leer en ella todos los días de su vida. Por encima del trono se entrelazaban veinticuatro vides, formando una pérgola sombreada sobre la cabeza del rey, y dulces perfumes aromáticos exhalaban de dos leones de oro, mientras Shlomo ascendía a su asiento en el trono.
Era tarea de siete heraldos mantener a Shlomo recordado de sus deberes como rey y como juez. El primero de los heraldos se le acercaba cuando ponía el pie en el primer escalón del trono, y comenzaba a recitar la ley para los reyes: «No multiplicará para sí mujeres.» En el segundo escalón, el segundo heraldo le recordaba: «No multiplicará para sí caballos»; en el tercero, el siguiente heraldo decía: «Ni multiplicará en gran manera para sí plata y oro.» En el cuarto escalón, el cuarto heraldo le advertía: «No torcerás el juicio»; en el quinto escalón, el quinto heraldo: «No harás acepción de personas»; y en el sexto, el sexto heraldo: «Ni tomarás soborno.» Por fin, cuando estaba a punto de sentarse en el trono, el séptimo heraldo clamaba: «Reconoce ante Quién estás.»
El trono no permaneció mucho tiempo en poder de los israelitas. Durante la vida de Rejavam, el hijo de Shlomo, fue llevado a Mitsraim. Shishak, el suegro de Shlomo, se lo apropió como indemnización por las reclamaciones que hacía contra el Estado judío en favor de su hija viuda. Cuando Senaquerib conquistó Mitsraim, se llevó el trono consigo, pero, en su marcha de regreso, durante la derrota de su ejército ante las puertas de Yerushaláyim, hubo de cederlo a Jizkiyahu. Entonces permaneció en la Tierra de Israel hasta el tiempo de Yehoash, cuando de nuevo fue llevado a Mitsraim por el Paró Nejó. Su posesión del trono le trajo poca alegría. Ignorante de su maravilloso mecanismo, fue herido en el costado por uno de los leones la primera vez que intentó montarlo, y desde entonces quedó cojo para siempre, por lo cual se le dio el sobrenombre de Nejó, el cojo. Nabucodonosor fue el siguiente poseedor del trono. Le cupo en suerte a la conquista de Mitsraim, pero cuando intentó usarlo en Bavel, no le fue mejor que a su predecesor en Mitsraim. El león que estaba junto al trono le asestó un golpe tan severo que nunca más se atrevió a subir a él. Por medio de Darío el trono llegó a Elam, pero, sabiendo lo que sus otros dueños habían padecido, no se aventuró a sentarse en él, y su ejemplo fue imitado por Ajashverosh. Este último intentó que sus artífices le fabricaran una obra de arte semejante, pero, por supuesto, fracasaron. Los soberanos de Media cedieron el trono a los monarcas griegos, y finalmente fue llevado a Roma.
El trono no era el único espectáculo notable en la corte del magnífico rey. Shlomo atraía visitantes a su capital por medio de juegos y espectáculos. En cada mes del año, el funcionario que estaba a cargo de ese mes tenía que organizar una carrera de caballos, y una vez al año se celebraba una carrera en la que los competidores eran diez mil jóvenes, en su mayoría de las tribus de Gad y Naftalí, que vivían en la corte del rey año tras año y eran mantenidos por él. Para los eruditos, sus discípulos, los sacerdotes y los leviim, las carreras se celebraban el último día del mes; el primer día del mes eran espectadores los residentes de Yerushaláyim, y el segundo día, los forasteros. El hipódromo ocupaba un área de tres parasangas en cuadro, con un cuadro interior que medía una parasanga por cada lado, en torno al cual se corrían las carreras. Dentro había dos verjas ornamentadas con toda suerte de animales. De las fauces de cuatro leones dorados, sujetos a las columnas de dos en dos, fluían perfumes y especias para la gente. Los espectadores se dividían en cuatro grupos distinguidos por el color de su atuendo: el rey y sus acompañantes, los eruditos y sus discípulos, y los sacerdotes y los leviim vestían túnicas de azul claro; todos los demás de Yerushaláyim vestían de blanco; los curiosos de las ciudades y aldeas de los alrededores vestían de rojo, y el verde marcaba a los paganos venidos de lejos, que llegaban cargados de tributos y presentes. Los cuatro colores correspondían a las cuatro estaciones. En otoño el cielo es de un azul resplandeciente; en invierno cae la nieve blanca; el color de la primavera es el verde, como el del océano, porque es la estación favorable para los viajes; y el rojo es el color del verano, cuando los frutos se ponen rojos y maduros.
Así como los espectáculos públicos se ejecutaban con pompa y esplendor, la mesa del rey era regiamente suntuosa. Sin reparar en la estación ni en el clima, estaba siempre cargada con las exquisiteces de todas las partes del globo. No faltaban la caza y las aves de corral, incluso de variedades desconocidas en la Tierra de Israel, y cada día venía un ave espléndida de Berbería y se posaba ante el asiento del rey en la mesa. Las Escrituras nos hablan de las grandes cantidades de comida que requería la casa de Shlomo, y aun así no era todo lo que hacía falta. Lo que la Biblia menciona cubre solo los accesorios, como las especias y los ingredientes menores. Las necesidades reales eran mucho mayores, como puede juzgarse por la costumbre de que las mil mujeres de Shlomo dispusieran cada día un banquete, cada una con la esperanza de que el rey cenara con ella.
Por grande y poderoso que fuera Shlomo, y por sabio y justo, no faltaron ocasiones para hacerle comprender la verdad de que ni el más sabio ni el más fuerte de los mortales puede entregarse al orgullo y la arrogancia.
Shlomo tenía una preciosa pieza de tapiz, de sesenta millas en cuadro, sobre la cual volaba por el aire con tal rapidez que podía desayunar en Damasco y cenar en Media. Para ejecutar sus órdenes tenía a su entera disposición a Asaf ben Berejiá entre los hombres, a Ramirat entre los demonios, al león entre las fieras y al águila entre las aves. Ocurrió una vez que el orgullo se apoderó de Shlomo mientras surcaba el aire sobre su alfombra, y dijo: «No hay nadie como yo en el mundo, a quien Dios haya otorgado perspicacia, sabiduría, inteligencia y conocimiento, además de hacerme el soberano del mundo.» En ese mismo instante el aire se agitó, y cuarenta mil hombres cayeron de la alfombra mágica. El rey ordenó al viento que dejara de soplar, con la palabra: «¡Vuelve!» A lo cual el viento: «Si tú vuelves a Dios y sometes tu orgullo, yo también volveré.» El rey comprendió su transgresión.
En cierta ocasión, en el curso de sus andanzas, se extravió en el valle de las hormigas. Oyó a una hormiga ordenar a todas las demás que se retiraran, para no ser aplastadas por los ejércitos de Shlomo. El rey se detuvo y mandó llamar a la hormiga que había hablado. Ella le dijo que era la reina de las hormigas, y le expuso sus razones para la orden de retirada. Shlomo quiso plantearle una pregunta a la reina de las hormigas, pero ella se negó a responder a menos que el rey la levantara y la pusiera sobre su mano. Él accedió, y entonces planteó su pregunta: «¿Hay alguien más grande que yo en todo el mundo?» «Sí», dijo la hormiga.
Shlomo: «¿Quién?»
La hormiga: «Yo.»
Shlomo: «¿Cómo es eso posible?»
La hormiga: «Si yo no fuera más grande que tú, Dios no te habría conducido hasta aquí para ponerme sobre tu mano.»
Exasperado, Shlomo la arrojó al suelo y dijo: «¿Sabes tú quién soy? Soy Shlomo, el hijo de David.»
Nada intimidada, la hormiga le recordó al rey su origen terrenal y lo exhortó a la humildad, y el rey se marchó avergonzado.
Luego llegó ante un edificio magnífico, en el que buscó en vano entrar; no lograba hallar puerta alguna que condujera a él. Tras larga búsqueda, los demonios dieron con un águila de setecientos años, y esta, incapaz de darles información alguna, los envió a su hermano de novecientos años, cuyo nido estaba más alto que el suyo, y que probablemente estaría en condiciones de aconsejarlos. Pero este, a su vez, les indicó que fueran a su hermano aún más viejo. Su edad contaba mil trescientos años, y tenía más conocimiento que él. Este águila, la más vieja de todas, refirió que recordaba haber oído decir a su padre que había una puerta en el lado oeste, pero que estaba cubierta por el polvo de los siglos transcurridos desde la última vez que se usó. Y así resultó ser. Hallaron una vieja puerta de hierro con la inscripción: «Nosotros, los moradores de este palacio, vivimos durante muchos años en holgura y lujo; luego, forzados por el hambre, molimos perlas en lugar de trigo para hacer harina, pero de nada sirvió, y así, cuando estábamos a punto de morir, legamos este palacio a las águilas.» Un segundo texto contenía una descripción detallada del maravilloso palacio, y mencionaba dónde se hallaban las llaves de las distintas cámaras. Siguiendo las indicaciones de la puerta, Shlomo inspeccionó el notable edificio, cuyas estancias estaban hechas de perlas y piedras preciosas. Inscritos en las puertas halló los tres proverbios sabios siguientes, que tratan de la vanidad de todas las cosas terrenales y exhortan a los hombres a la humildad:
1. Oh hijo del hombre, no dejes que el tiempo te engañe; has de marchitarte y dejar tu lugar, para reposar en el seno de la tierra.
2. No te apresures, muévete despacio, pues el mundo se le quita a uno y se le concede a otro.
3. Provéete de alimento para el camino, prepara tu comida mientras dura la luz del día, pues no permanecerás en la tierra para siempre, y no conoces el día de tu muerte.
En una de las cámaras, Shlomo vio unas cuantas estatuas, entre ellas una que parecía viva. Cuando se acercó a ella, esta exclamó a gran voz: «¡Aquí, satanes, Shlomo ha venido a destruiros!» De pronto se levantó un gran ruido y tumulto entre las estatuas. Shlomo pronunció el Nombre, y se restableció la calma. Las estatuas fueron derribadas, y los hijos de los satanes corrieron al mar y se ahogaron. De la garganta de la estatua de aspecto vivo extrajo una placa de plata inscrita con caracteres que no pudo descifrar, pero un joven del desierto le dijo al rey: «Estas letras son griegas, y las palabras significan: 'Yo, Shadad ben Ad, reiné sobre mil millares de provincias, cabalgué sobre mil millares de caballos, tuve mil millares de reyes bajo mi mando, y di muerte a mil millares de héroes, y cuando el Ángel de la Muerte se me acercó, quedé impotente.'»
Cuando Shlomo, en su riqueza y prosperidad, se volvió olvidadizo de su Dios y, en contra de los preceptos establecidos para los reyes en la Torá, multiplicó para sí mujeres, y codició la posesión de muchos caballos y mucho oro, el libro de Devarim se adelantó ante Dios y dijo: «He aquí, oh Señor del mundo, que Shlomo busca quitar de mí una Yod, pues Tú escribiste: 'El rey no multiplicará para sí caballos, ni multiplicará para sí mujeres, ni multiplicará en gran manera para sí plata y oro'; pero Shlomo ha adquirido muchos caballos, muchas mujeres y mucha plata y oro.» A esto respondió Dios: «Por Mi vida, que Shlomo y cien como él serán aniquilados antes de que una sola de tus letras sea borrada.»
La acusación hecha contra Shlomo no tardó en tener consecuencias. Hubo de pagar caro sus pecados. Sucedió de esta manera: mientras Shlomo estaba ocupado con el Templo, tenía gran dificultad para idear el modo de encajar en la construcción la piedra de la cantera, pues la Torá prohíbe expresamente el uso de herramientas de hierro en la erección de un altar. Los eruditos le dijeron que Moshé había usado el shamir —la piedra que hiende las rocas— para grabar los nombres de las tribus en las piedras preciosas del efod que llevaba el sumo sacerdote. Los demonios de Shlomo no pudieron darle información alguna sobre dónde podía hallarse el shamir. Conjeturaron, sin embargo, que Ashmedai, el rey de los demonios, estaba en posesión del secreto, y le dijeron a Shlomo el nombre de la montaña en la que Ashmedai moraba, y describieron también su modo de vida. En aquella montaña había un pozo del que Ashmedai obtenía su agua de beber. Lo tapaba cada día con una gran roca y lo sellaba antes de subir al cielo, adonde iba todos los días para tomar parte en las discusiones de la academia celestial. Desde allí descendía de nuevo a la tierra para estar presente, aunque invisible, en los debates de las casas de estudio terrenales. Luego, tras examinar el sello del pozo para comprobar si había sido manipulado, bebía del agua.
Shlomo envió a su hombre principal, Benayahu, el hijo de Yehoyadá, a capturar a Ashmedai. Para ello lo proveyó de una cadena, el anillo en el que estaba grabado el Nombre de Dios, un fardo de lana y un odre de vino. Benayahu sacó el agua del pozo por un agujero perforado desde abajo y, tras haber tapado el agujero con la lana, llenó el pozo de vino desde arriba. Cuando Ashmedai descendió del cielo, para su asombro halló vino en lugar de agua en el pozo, aunque todo parecía intacto. Al principio no quiso beber de él, y citó los versículos de la Biblia que censuran el vino, para infundirse valor moral. Al cabo, Ashmedai sucumbió a su sed devoradora, y bebió hasta que sus sentidos quedaron vencidos y cayó en un profundo sueño. Benayahu, que lo vigilaba desde un árbol, se acercó entonces y le pasó la cadena en torno al cuello. El demonio, al despertar, trató de liberarse, pero Benayahu le gritó: «El Nombre de tu Señor está sobre ti.» Aunque Ashmedai se dejó llevar entonces sin resistencia, se comportó de manera muy peculiar en el camino hacia Shlomo. Rozó una palmera y la arrancó de raíz; chocó contra una casa y la derribó; y cuando, a petición de una pobre mujer, fue apartado de su choza, se rompió un hueso. Preguntó con humor sombrío: «¿No está escrito: 'La lengua blanda quebranta el hueso'?» A un ciego que se extraviaba lo puso en el camino recto, y a un borracho le hizo una bondad semejante. Lloró cuando pasó una comitiva de boda, y rió de un hombre que le pedía a su zapatero que le hiciera zapatos que duraran siete años, y de un mago que exhibía públicamente su destreza.
Habiendo llegado por fin al término del viaje, Ashmedai, tras varios días de espera, fue conducido ante Shlomo, que lo interrogó acerca de su extraño comportamiento en el camino. Ashmedai respondió que juzgaba a las personas y las cosas conforme a su verdadero carácter, y no conforme a su apariencia a los ojos de los seres humanos. Lloró cuando vio la comitiva de boda porque sabía que al novio no le quedaba un mes de vida, y rió de aquel que quería zapatos que duraran siete años porque el hombre no los tendría siquiera siete días; también del mago que fingía revelar secretos, porque no sabía que un tesoro enterrado yacía bajo sus propios pies; el ciego a quien puso en el camino recto era uno de los «perfectos piadosos», y él quiso ser bueno con él; en cambio, el borracho a quien hizo una bondad semejante era conocido en el cielo como un hombre muy malvado, pero daba la casualidad de que había hecho una buena obra una vez, y fue recompensado en consecuencia.
Ashmedai le dijo a Shlomo que el shamir había sido dado por Dios al Ángel del Mar, y que aquel Ángel no lo confiaba a nadie salvo a la polla de agua, que había prestado juramento de guardar el shamir con cuidado. La polla de agua se lleva el shamir a montañas no habitadas por los hombres, las hiende por medio del shamir, e inyecta semillas, que crecen y cubren las rocas desnudas, y entonces pueden ser habitadas. Shlomo envió a uno de sus criados a buscar el nido del ave y a colocar sobre él una lámina de vidrio. Cuando la polla de agua llegó y no pudo alcanzar a sus crías, se alejó volando y trajo el shamir y lo puso sobre el vidrio. Entonces el hombre dio un grito, y de tal modo asustó al ave que esta dejó caer el shamir y salió volando. Por este medio el hombre logró la posesión del ansiado shamir, y se lo llevó a Shlomo. Pero la polla de agua quedó tan afligida por haber roto su juramento al Ángel del Mar que se quitó la vida.
Aunque Ashmedai había sido capturado solo con el fin de obtener el shamir, Shlomo lo retuvo, no obstante, tras la conclusión del Templo. Un día el rey le dijo a Ashmedai que no entendía en qué residía la grandeza de los demonios, si su rey podía ser mantenido en cadenas por un mortal. Ashmedai replicó que, si Shlomo le quitaba las cadenas y le prestaba el anillo mágico, él probaría su propia grandeza. Shlomo accedió. El demonio se irguió ante él con un ala tocando el cielo y la otra alcanzando la tierra. Arrebatando a Shlomo, que se había desprendido de su anillo protector, lo arrojó a cuatrocientas parasangas de Yerushaláyim, y luego se hizo pasar por el rey.
Desterrado de su casa, despojado de su reino, Shlomo vagó por tierras lejanas, entre extraños, mendigando el pan de cada día. Y su humillación no terminaba ahí: la gente lo tomaba por un loco, porque no se cansaba de asegurarles que él era Shlomo, el grande y poderoso rey de Yehudá. Naturalmente, aquello les parecía a todos una pretensión absurda. Pero tocó el fondo más hondo de la desesperación cuando se encontró con alguien que lo reconoció. Los recuerdos y las evocaciones que entonces se agitaron en su interior volvieron su miseria presente casi insoportable.
Sucedió una vez, en sus peregrinaciones, que se topó con un viejo conocido —un hombre rico y respetado— que ofreció un suntuoso banquete en honor de Shlomo. Durante la comida, su anfitrión no dejaba de hablarle de la magnificencia y el esplendor que él mismo había contemplado en otro tiempo, con sus propios ojos, en la corte del rey. Aquellos recuerdos movieron al rey a las lágrimas, y lloró con tal amargura que, al levantarse del banquete, no estaba saciado de manjares, sino de lágrimas saladas. Al día siguiente ocurrió de nuevo que Shlomo se encontró con un conocido de antaño, esta vez un hombre pobre, que sin embargo le rogó que le hiciera el honor de partir el pan bajo su techo. Todo lo que el pobre podía ofrecer a su ilustre huésped era un magro plato de verduras. Pero intentó por todos los medios aliviar el dolor que oprimía a Shlomo. Le dijo: «Oh mi señor y rey, Dios juró a David que jamás apartaría la dignidad real de su casa; pero es propio de Dios corregir a quienes ama si pecan. Ten por seguro que a su debido tiempo te restituirá tu reino». Estas palabras de su pobre anfitrión fueron más gratas al corazón herido de Shlomo que el banquete que el rico le había preparado. Fue al contraste entre los consuelos de aquellos dos hombres que aplicó el versículo de Mishlé: «Mejor es comida de legumbres donde hay amor, que buey engordado donde hay odio» (Mishlé 15:17).
Durante tres largos años anduvo Shlomo peregrinando, mendigando su camino de ciudad en ciudad y de país en país, expiando los tres pecados de su vida por los que había dejado de lado el mandamiento impuesto a los reyes en Devarim: no multiplicar caballos, ni mujeres, ni plata y oro (Devarim 17:16-17). Al cabo de ese tiempo, Dios se apiadó de él por amor a su padre David, y por amor a la piadosa princesa Naamá, la hija del rey de los amonitas, destinada por Dios a ser la antepasada del Mesías. Se acercaba el tiempo en que ella habría de ser la esposa de Shlomo y reinar como reina en Yerushaláyim. Por eso condujo Dios al real vagabundo hasta la capital de Amón. Shlomo entró a servir como pinche del cocinero de la casa real, y se mostró tan diestro en el arte culinario que el rey de Amón lo elevó al puesto de cocinero mayor. Así llegó a los ojos de Naamá, la hija del rey, que se enamoró del cocinero de su padre. En vano se esforzaron sus padres por persuadirla de que eligiera un marido acorde con su rango. Ni siquiera la amenaza del rey de mandar ejecutarla a ella y a su amado logró apartar sus pensamientos de Shlomo. El rey de los amonitas hizo llevar a los amantes a un desierto yermo, con la esperanza de que allí murieran de hambre. Shlomo y su mujer vagaron por el desierto hasta llegar a una ciudad situada a la orilla del mar. Compraron un pez para ahuyentar la muerte. Cuando Naamá preparó el pez, halló en su vientre el anillo mágico de su marido —el que él había dado a Ashmedai, y que, arrojado al mar por el demonio, se había tragado un pez—. Shlomo reconoció su anillo, se lo puso en el dedo, y en un abrir y cerrar de ojos se transportó a Yerushaláyim. A Ashmedai, que durante los tres años se había hecho pasar por el rey Shlomo, lo expulsó, y volvió a subir él mismo al trono.
Más tarde citó al rey de Amón ante su tribunal, y le pidió cuentas por la desaparición del cocinero y de la mujer del cocinero, acusándolo de haberlos matado. El rey de Amón protestó que no los había matado, sino solo desterrado. Entonces Shlomo hizo comparecer a la reina, y, para su gran asombro y su aún mayor alegría, el rey de Amón reconoció a su hija.
Shlomo logró recuperar su trono solo después de pasar por muchas penalidades. La gente de Yerushaláyim lo tenía por un loco, porque decía ser Shlomo. Al cabo de un tiempo, los miembros del Sanhedrín repararon en la extraña conducta del rey e investigaron el asunto. Descubrieron que hacía mucho que a Benayahu, el hombre de confianza del rey, no se le permitía entrar en presencia del usurpador. Además, las mujeres de Shlomo y su madre Bat-Sheva les informaron de que el comportamiento del rey había cambiado por completo —no era propio de la realeza, y en nada se parecía a la manera de ser del antiguo Shlomo—. También resultaba muy extraño que el rey no dejara ver jamás sus pies por nada del mundo, temeroso, claro está, de delatar su origen demoníaco. Por eso el Sanhedrín entregó el anillo mágico del rey al mendigo errante que se llamaba a sí mismo el rey Shlomo, y lo hizo comparecer ante el impostor sentado en el trono. Tan pronto como Ashmedai divisó al verdadero rey protegido por su anillo mágico, salió volando precipitadamente.
Shlomo no salió del todo indemne. La visión de Ashmedai en toda su repulsiva fealdad lo había aterrado de tal modo que, desde entonces, rodeó su lecho por la noche con todos los valientes héroes de su pueblo.
Así como David había estado rodeado de grandes sabios y de héroes de renombre, la corte de Shlomo era el lugar de reunión de los grandes de su pueblo. El más importante de todos era, sin duda, Benayahu hijo de Yehoyadá, que no tuvo igual en saber ni en piedad, ni en tiempos del primer Templo ni del segundo. En su calidad de canciller de Shlomo, era objeto del favor especial del rey. Con frecuencia se le invitaba a acompañar al rey en sus partidas de ajedrez. Naturalmente, el sabio rey siempre ganaba. Un día Shlomo se apartó un momento del tablero; Benayahu aprovechó su ausencia para retirar una de las piezas del rey, y el rey perdió la partida. Shlomo dio muchas vueltas al suceso. Llegó a la conclusión de que su canciller había obrado con él de mala fe, y resolvió darle una lección.
Unos días después, Shlomo reparó en dos individuos sospechosos que merodeaban por el palacio. Obrando de inmediato según una idea que se le ocurrió, se vistió con la ropa de uno de sus criados y se unió a los dos sospechosos. Les propuso que los tres intentaran robar el palacio real, y sacó una llave que les facilitaría la entrada. Mientras los ladrones se ocupaban en recoger el botín, el rey despertó a sus criados, y los malhechores fueron detenidos. A la mañana siguiente, Shlomo se presentó ante el Sanhedrín, presidido entonces por Benayahu, y quiso saber del tribunal qué castigo se imponía a un ladrón. Benayahu, no viendo ante sí a ningún reo, y resistiéndose a creer que el rey se ocupara de la captura de unos ladrones, se convenció de que Shlomo estaba empeñado en castigarlo por su juego deshonesto. Cayó a los pies del rey, confesó su culpa y le pidió perdón. Shlomo se alegró de ver confirmada su sospecha, y también de que Benayahu reconociera su falta. Le aseguró que no abrigaba ningún mal designio contra él, y que, al hacer aquella pregunta al Sanhedrín, tenía en mente a ladrones de verdad, que habían irrumpido en el palacio durante la noche.
Ocurrió otro incidente interesante, en el que Benayahu tuvo parte. El rey de Persia estaba muy enfermo, y su médico le dijo que nada podía curarlo salvo la leche de una leona. En consecuencia, el rey envió una delegación con ricos presentes a Shlomo, el único ser en el mundo que en su sabiduría pudiera dar con el modo de obtener leche de leona. Shlomo encargó a Benayahu que cumpliera el deseo del rey de Persia. Benayahu tomó unos cuantos cabritos y se dirigió a una guarida de leones. Cada día arrojaba un cabrito a la leona, y al cabo de un tiempo las fieras se familiarizaron con él, hasta que por fin pudo acercarse a la leona lo bastante para ordeñar sus ubres.
De regreso hacia el rey de Persia, el médico que había recomendado la cura de leche tuvo un sueño. Todos los órganos de su cuerpo —sus manos, sus pies, sus ojos, su boca y su lengua— reñían entre sí, reclamando cada uno la mayor parte del mérito en la obtención del remedio para el monarca persa. Cuando la lengua expuso su propia contribución al servicio del rey, los demás órganos rechazaron su pretensión por completo infundada. El médico no olvidó el sueño y, cuando se presentó ante el rey, dijo: «Aquí está la leche de perra que fuimos a buscarte». El rey, enfurecido, ordenó que ahorcaran al médico, porque había traído leche de perra en lugar de leche de leona. Durante los preparativos de la ejecución, todos los miembros y órganos del médico se pusieron a temblar, y entonces la lengua dijo: «¿No os dije que ninguno de vosotros sirve de nada? Si reconocéis mi superioridad, os salvaré ahora mismo de la muerte». Todos hicieron la admisión que exigía, y el médico pidió al verdugo que lo llevara ante el rey. Ya en presencia de su señor, le rogó como favor especial que bebiera de la leche que había traído. El rey accedió a su deseo, sanó de su enfermedad y despidió al médico en paz. Así fue como todos los órganos del cuerpo reconocen la supremacía de la lengua.
Además de Benayahu, merecen mención los dos escribas de Shlomo, Elijóref y Ajiyá, los hijos de Shishá. Ambos hallaron la muerte de un modo muy peculiar. Cierta vez, Shlomo advirtió una expresión de angustia en el rostro del Ángel de la Muerte. Cuando le preguntó la razón, recibió por respuesta que se le había encomendado la tarea de llevar a los dos escribas al otro mundo. Shlomo quiso tomar la delantera al Ángel de la Muerte y, a la vez, mantener con vida a sus secretarios. Ordenó a los demonios que llevaran a Elijóref y a Ajiyá a Luz, el único lugar de la tierra sobre el que el Ángel de la Muerte no tiene poder. En un instante, los demonios cumplieron su orden, pero los dos secretarios expiraron en el mismo momento de alcanzar las puertas de Luz. Al día siguiente, el Ángel de la Muerte se presentó ante Shlomo de muy buen humor y le dijo: «Tú mismo transportaste a esos dos hombres al lugar exacto donde yo los quería». El destino que les estaba fijado era morir a las puertas de Luz, y el Ángel de la Muerte no sabía cómo llevarlos hasta allí.
Un incidente muy interesante en el propio círculo familiar de Shlomo está ligado a una de sus hijas. Era de extraordinaria belleza, y en los astros leyó que había de casarse con un joven en extremo pobre. Para impedir la unión indeseable, Shlomo mandó erigir una alta torre en el mar y a ella envió a su hija. Setenta eunucos habrían de custodiarla, y en la torre se almacenó una enorme cantidad de alimentos para su sustento.
El pobre joven a quien el destino había señalado para ser su marido viajaba una noche fría. No sabía dónde reposar la cabeza cuando divisó, tendida en el campo, la res abierta de un buey. Se acostó dentro de ella para conservar el calor. Cuando estuvo allí acurrucado, vino un ave grande que tomó la res y la llevó, con el joven tendido dentro, hasta el techo de la torre en que vivía la princesa; y, posándose allí, comenzó a devorar la carne del buey. Por la mañana, la princesa, según su costumbre, subió al techo para contemplar el mar, y vio al joven. Le preguntó quién era y quién lo había traído hasta allí. Él le contó que era un judío de Akko, y que un ave lo había llevado a la torre. Ella lo condujo a una cámara, donde pudo lavarse, ungirse y vestirse con ropa limpia. Entonces se vio que poseía una belleza poco común. Además, era un sabio de grandes conocimientos y de mente aguda. Así sucedió que la princesa se enamoró de él. Le preguntó si la quería por esposa, y él asintió con alegría. Se abrió una vena y escribió el contrato matrimonial con su propia sangre. Luego pronunció la fórmula de los esponsales, tomando a Dios y a los dos arcángeles Mijael y Gavriel por testigos, y ella se convirtió en su mujer, legalmente casada con él.
Al cabo de un tiempo, los eunucos advirtieron que estaba encinta. Sus preguntas arrancaron a la princesa la verdad que sospechaban, y mandaron llamar a Shlomo. Su hija admitió su matrimonio y el rey, aunque reconoció en su marido al hombre pobre anunciado en las constelaciones, dio no obstante gracias a Dios por su yerno, distinguido tanto por su saber como por su gallarda persona.
VI.
Capítulo VI
Yehudá e Israel
Capítulo sexto
La división del reino en Yehudá e Israel, que se produjo poco después de la muerte de Shlomo, había proyectado su sombra de antemano. Cuando Shlomo, al día siguiente de su boda con la princesa egipcia, trastornó el curso regular del servicio del Templo al quedarse dormido hasta tarde con la cabeza sobre la almohada bajo la cual estaba la llave del Templo, Yerovam se acercó al rey con ochenta mil efraimitas y lo llamó públicamente a rendir cuentas por su negligencia. Dios le hizo a Yerovam una reprensión: «¿Por qué reprochas a un príncipe de Israel? Por tu vida, que probarás su gobierno —y verás que no estás a la altura de sus responsabilidades».
En otra ocasión hubo un choque entre Yerovam y Shlomo. Este había ordenado a sus hombres cerrar las aberturas que David había hecho en la muralla de la ciudad para facilitar el paso de los peregrinos a Yerushaláyim. Ello los obligaba a todos a pasar por las puertas y pagar peaje. El impuesto así recaudado se lo daba Shlomo a su esposa, la hija del Paró, como dinero para sus gastos. Indignado por esto, Yerovam interpeló al rey en público. También de otras maneras dejó de rendir a Shlomo el respeto debido a su condición real —igual que su padre antes que él, Sheva hijo de Bijrí, se había rebelado contra David, engañado por señales y augurios que había interpretado falsamente como indicio de su propia elevación a la dignidad real, cuando en realidad concernían a su hijo.
Fue cuando Yerovam se disponía a partir de Yerushaláyim para siempre, a fin de escapar de los peligros a que lo exponía el disgusto de Shlomo, que Ajiyá de Shiló salió a su encuentro con la noticia divina de su elevación al trono. El profeta Ajiyá, de la tribu de Leví, era venerable no solo por su edad canosa —su nacimiento ocurrió al menos sesenta años antes del éxodo de Mitsraim— sino porque su piedad era tan profunda que un tsadik de la elevada talla de Shimón ben Yojái se asoció a Ajiyá consigo mismo. Shimón exclamó una vez: «Mis méritos y los de Ajiyá juntos bastan para expiar la iniquidad de todos los pecadores desde el tiempo de Avraham hasta la venida del Mesías».
Yerovam era el verdadero discípulo de este gran profeta. Su doctrina era tan pura como la vestidura nueva que Ajiyá llevaba cuando salió a su encuentro cerca de Yerushaláyim, y su saber superaba al de todos los sabios de su tiempo, salvo el de su propio maestro Ajiyá. El profeta acostumbraba discutir con Yerovam secretos y materias de la Torá cuya existencia era del todo desconocida para los demás.
Si Yerovam se hubiera mostrado digno de su alta posición, la duración de su reinado habría igualado a la de David. Fue su orgullo lo que lo llevó a la ruina. Erigió los becerros de oro como objetos de culto para el pueblo, a fin de apartarlos de su costumbre de peregrinar a Yerushaláyim. Sabía que en el Templo solo los miembros de la casa real de David tenían el privilegio de sentarse. No se haría excepción a favor de Yerovam, de modo que él tendría que permanecer de pie mientras Rejavam estaría sentado. Antes que aparecer en público como subordinado del rey de Yehudá, introdujo el culto a los ídolos, que le aseguraba plenas prerrogativas reales.
En la ejecución de su plan procedió con gran astucia, y su reputación de sabio profundo y de tsadik piadoso le fue de gran provecho. Este era su método: sentaba a un hombre impío junto a un hombre piadoso, y luego decía a cada pareja: «¿Pondréis vuestra firma a lo que yo me proponga hacer?». Los dos respondían afirmativamente. «¿Me queréis como rey?», preguntaba entonces, para recibir de nuevo una respuesta afirmativa. «¿Y haréis cuanto yo ordene?», proseguía. «Sí», era la respuesta. «Debo inferir, entonces, que rendiréis culto incluso a los ídolos si os lo mando», decía Yerovam. «¡Dios no lo quiera!», exclamaba el miembro piadoso de la pareja, tras lo cual su compañero impío, que estaba conchabado con el rey, se volvía contra él: «¿Puedes de veras suponer ni por un instante que un hombre como Yerovam serviría a los ídolos? Solo quiere poner a prueba nuestra lealtad». Mediante tales maquinaciones logró obtener las firmas de los más piadosos, hasta la firma del profeta Ajiyá. Ahora Yerovam tenía al pueblo en su poder. Podía exigirle los actos más viles.
Así afianzado, Yerovam llevó a cabo la división entre Yehudá e Israel —consumación que su padre, Sheva hijo de Bijrí, no había podido alcanzar bajo David, porque Dios quería que el Templo se erigiera antes de que ocurriera la escisión. No satisfecho aún, Yerovam buscó arrastrar a las Diez Tribus a una guerra contra Yehudá y Yerushaláyim. Pero el pueblo del reino del norte se negó a entrar en hostilidades con sus hermanos, y con el gobernante de sus hermanos, un descendiente de David. Yerovam apeló a los ancianos de los israelitas, y ellos lo remitieron a los danitas, los más eficaces de sus guerreros; pero estos juraron por la cabeza de Dan, el antepasado de su tribu, que nunca consentirían en derramar la sangre de sus hermanos. Estuvieron incluso a punto de alzarse contra Yerovam, y el choque entre ellos y los seguidores de Yerovam se evitó únicamente porque Dios movió a los danitas a abandonar la Tierra de Israel.
Su primer plan fue viajar a Mitsraim y tomar posesión de la tierra. Lo abandonaron cuando sus príncipes les recordaron la prohibición bíblica de morar en Mitsraim. Del mismo modo se abstuvieron de atacar a los edomitas, amonitas y moabitas, pues la Torá ordena tratarlos con consideración. Finalmente decidieron ir a Mitsraim, pero no para quedarse allí, sino solo para pasar de largo hacia Etiopía. Los egipcios sentían gran terror de los danitas, y sus guerreros más aguerridos ocupaban los caminos por donde ellos pasaban. Llegados a Etiopía, los danitas dieron muerte a una parte de la población y exigieron tributo al resto.
La partida de los danitas libró a Yehudá de la temida invasión de Yerovam, pero surgió peligro por otro lado. Shishak, el gobernante de Mitsraim, que era el suegro de Shlomo, vino a Yerushaláyim y reclamó la dote de su hija. Se llevó el trono de Shlomo, y también el tesoro que los israelitas habían tomado de los egipcios en tiempos del éxodo. Así el dinero egipcio volvió a su origen.
Yerovam no renunció del todo a su plan de una campaña contra Yehudá, pero no se ejecutó hasta que Aviyá hubo sucedido a su padre Rejavam en el trono de Yerushaláyim. El rey de Yehudá salió victorioso. Sin embargo, no pudo gozar por mucho tiempo de los frutos de su victoria. Poco después sobrevino su muerte, provocada por sus propios crímenes. En su guerra contra Yerovam se había entregado a una crueldad excesiva; ordenó que se mutilaran los cadáveres del enemigo y permitió que se les enterrara solo después de que hubiera comenzado la putrefacción. Semejante salvajismo era tanto más execrable cuanto que impidió a muchas viudas contraer segundas nupcias. Al mutilar los cadáveres se había hecho imposible identificarlos, y así quedó en duda si sus maridos estaban entre los muertos.
Además, Aviyá empleó un lenguaje de lo más irrespetuoso acerca del profeta Ajiyá el shilonita; lo llamó «hijo de Belial» en su discurso al pueblo sobre el monte Tsemaráyim. Eso por sí solo merecía severo castigo. Por último, su celo por el verdadero culto a Dios —que Aviyá había esgrimido como causa de la guerra entre él y Yerovam— se enfrió pronto. Cuando obtuvo posesión de Bet-El, no acabó con los becerros de oro.
En este aspecto, su tocayo, el rey israelita Aviyá, hijo de Yerovam, era con mucho su superior. Al retirar los guardias apostados en la frontera, desafió la orden de su padre, que había decretado la pena de muerte para las peregrinaciones a Yerushaláyim. Más aún, él mismo se atrevió a subir a Yerushaláyim en cumplimiento de su deber religioso.
Asá, hijo de Aviyá de Yehudá, fue un gobernante más digno y más piadoso de lo que su padre había sido. Acabó con el burdo culto a Príapo, al cual su madre era devota. Para recompensarlo por su piedad, Dios le dio la victoria sobre Zéraj, el rey de los etíopes. Como resultado de esta victoria volvió a entrar en posesión del trono de Shlomo y de los tesoros que Shishak había tomado de su abuelo, y que Zéraj a su vez había arrebatado a Shishak. Asá mismo no los conservó por mucho tiempo. Baashá, el rey de Israel, junto con Ben-Hadad, el rey arameo, atacaron a Asá, que trató de aplacar a Ben-Hadad dándole los tesoros que acababa de recobrar. El profeta con razón lo reprendió por confiar en príncipes antes que en Dios, y ello a pesar de que la ayuda divina se había hecho visible en sus conflictos con los etíopes y los lubim; pues no había habido necesidad de que trabara batalla con ellos: en respuesta a su mera plegaria, Dios había dado muerte al enemigo. En general, Asá mostraba poca confianza en Dios; se fiaba más bien de su propia habilidad. En consecuencia, hizo alistarse incluso a los sabios de su reino en el ejército enviado contra Baashá. Fue castigado con la aflicción de la gota —él, entre todos los hombres, que se distinguía por la fuerza que residía en sus pies. Además, la división entre Yehudá e Israel se hizo permanente, aunque Dios había pretendido al principio limitar a solo treinta y seis años la exclusión de la casa de David sobre Israel. Si Asá se hubiera mostrado digno, se le habría concedido el dominio sobre todo Israel. De hecho, Asá, por su alianza matrimonial con la casa de Omrí, contribuyó a la estabilidad de la dinastía israelita, pues gracias al apoyo prestado por el gobernante del sur, Omrí logró quitar de en medio a su rival Tivní. Fue entonces cuando Dios resolvió que los descendientes de Asá perecerían al mismo tiempo que los descendientes de Omrí. Este destino se cumplió cuando Yehú mató al rey de Yehudá a causa de su amistad y parentesco con Yoram, el rey de Shomrón.
Los sucesores de Omrí y de Asá, cada uno a su manera, fueron dignos de sus padres. Yehoshafat, el hijo de Asá, era muy rico. Los tesoros que su padre había enviado al gobernante arameo volvieron a él a consecuencia de su victoria sobre los amonitas, quienes a su vez habían sido los vencedores de los arameos, a los que habían despojado de sus posesiones. Su poder era enormemente grande; cada división de su ejército contaba no menos de ciento sesenta mil guerreros. Y sin embargo, con todo lo rico y poderoso que era, era tan modesto que se negó a vestir sus ropas reales cuando fue a la casa del profeta Elishá para consultarlo; se presentó ante él con el atuendo de uno del pueblo. A diferencia de su padre, que tenía poca consideración por los sabios, Yehoshafat era especialmente benévolo con ellos. Cuando un sabio comparecía ante él, se levantaba, se apresuraba a su encuentro y, besándolo y abrazándolo, lo saludaba con «¡Rabí, Rabí!».
Yehoshafat se preocupaba mucho por la pureza y la santificación del Templo. Fue el autor de la ordenanza que prohibía subir al monte del Templo a quien no hubiera cumplido su término de impureza, aunque hubiera tomado el baño ritual. Su confianza plena en Dios lo hacía un completo contraste con su escéptico padre. Se volvía a Dios y le imploraba ayuda cuando, para la razón humana, la ayuda parecía una imposibilidad absoluta. En la guerra con los arameos, un enemigo tenía la espada en la garganta misma de Yehoshafat, listo para asestar el golpe fatal, pero el rey suplicó la ayuda de Dios, y le fue concedida.
En poder y riqueza, Ajav, rey de Shomrón, aventajaba a su amigo Yehoshafat, pues Ajav es uno de ese pequeño número de reyes que han gobernado sobre el mundo entero. No menos de doscientos cincuenta y dos reinos reconocían su dominio. En cuanto a su riqueza, era tan abundante que cada uno de sus ciento cuarenta hijos poseía varios palacios de marfil, residencias de verano y de invierno. Pero lo que da a Ajav su relieve entre los reyes judíos no es ni su poder ni su riqueza, sino su conducta pecaminosa. Para él las transgresiones más graves cometidas por Yerovam eran ligeras faltillas. Por orden suya las puertas de Shomrón llevaban la inscripción: «Ajav niega al Dios de Israel». Estaba tan entregado a la idolatría, a la que lo extravió su esposa Izével, que los campos de la Tierra de Israel estaban llenos de ídolos. Pero no era del todo malvado: poseía algunas buenas cualidades. Era generoso con los sabios, y mostraba gran reverencia por la Torá, que estudiaba con celo. Cuando Ben-Hadad le exigió todo lo que poseía —su riqueza, sus esposas, sus hijos— accedió a sus demandas en todo, salvo en la Torá; eso se negó rotundamente a entregar. En la guerra que siguió entre él y los sirios, estaba tan indignado por la insolencia del advenedizo arameo que él mismo ensilló su caballo de guerra para la batalla. Su celo fue recompensado por Dios; obtuvo una victoria brillante en una batalla en la que no menos de cien mil de los sirios fueron muertos, tal como el profeta Mijáyehu le había predicho. El mismo vidente lo amonestó a no ser benévolo con Ben-Hadad. La palabra de Dios para él había sido: «Sabe que tuve que tender más de una trampa y más de un lazo para entregarlo en tu mano. Si lo dejas escapar, tu vida responderá por la suya».
No obstante, el desastroso fin de Ajav no ha de atribuirse a su desatención a la advertencia del profeta —pues finalmente liberó a Ben-Hadad— sino principalmente al asesinato de su pariente Navot, cuya ejecución bajo la acusación de traición había ordenado, para poder apoderarse de la riqueza de Navot. Su víctima era un hombre piadoso, que acostumbraba peregrinar a Yerushaláyim en las fiestas. Como era un gran cantor, su presencia en la Ciudad Santa atraía allí a muchos otros peregrinos. Una vez Navot no fue a su acostumbrada peregrinación. Fue entonces cuando tuvo lugar su falsa condena —castigo muy severo por la transgresión, pero no del todo injustificable. Bajo la influencia y el consejo de Yehoshafat, Ajav hizo penitencia por su crimen, y el castigo que Dios le impuso quedó por ello mitigado hasta el punto de que su dinastía no fue cortada del trono a su muerte. En el tribunal celestial de justicia, en el juicio de Ajav, los testigos de la acusación y sus defensores se equilibraban exactamente en número y en declaraciones, hasta que apareció el espíritu de Navot e inclinó la balanza contra Ajav. Había sido también el espíritu de Navot el que había extraviado a los profetas de Ajav, haciéndoles usar a todos las mismísimas palabras al profetizar una victoria en Ramot-Guilad. Esta unanimidad literal despertó la sospecha de Yehoshafat, y lo llevó a pedir «un profeta de Adonái», pues la regla es: «El mismo pensamiento se revela a muchos profetas, pero no hay dos profetas que lo expresen con las mismas palabras». La desconfianza de Yehoshafat quedó justificada por el desenlace de la guerra. Ajav fue muerto de manera milagrosa por Naamán, en aquel entonces solo un soldado raso de tropa. Dios permitió que el proyectil de Naamán penetrara la armadura de Ajav, aunque esta era más dura que aquel.
El duelo por Ajav fue tan grande que su memoria llegó a la posteridad. El cortejo fúnebre fue de una solemnidad extraordinaria; no menos de treinta y seis mil guerreros, con los hombros desnudos, marcharon delante de su féretro. Ajav es uno de los pocos en Israel que no tienen parte en el mundo venidero. Mora en la quinta división del mundo inferior, que está bajo la supervisión del ángel Oniel. Sin embargo, está exento de los tormentos infligidos a sus compañeros paganos.
Con lo malvado que era Ajav, su esposa Izével era incomparablemente peor. En verdad, ella es en gran parte la causa de su sufrimiento, y Ajav lo comprendía. Una vez Rabí Leví expuso el versículo de la Escritura en que se tratan la iniquidad de Ajav y la influencia de su esposa sobre él, deteniéndose en la primera mitad durante dos meses. Ajav lo visitó en un sueño y le reprochó haberse extendido sobre la primera mitad del versículo con exclusión de la segunda mitad. En consecuencia, el Rabí tomó la segunda mitad del versículo como texto de sus lecciones durante los dos meses siguientes, demostrando todo el tiempo que Izével fue la instigadora de los pecados de Ajav. Sus fechorías se cuentan en las Escrituras. A las allí referidas hay que añadir su práctica de fijar imágenes lascivas al carro de Ajav con el fin de estimular sus deseos carnales. Por eso aquellas partes de su carro quedaron salpicadas con su sangre cuando cayó a manos del enemigo. Hacía pesar a su marido cada día, y el aumento de su peso en oro lo sacrificaba al ídolo. Izével no solo era hija y esposa de un rey, sino también correinante con su marido, la única reina reinante en la historia judía, salvo Atalía.
Por endurecida pecadora que fuera Izével, aun ella tenía buenas cualidades. Una de ellas era su capacidad de compartir con otros la alegría y la pena. Cada vez que un cortejo fúnebre pasaba ante el palacio real, Izével descendía y se unía a las filas de los que hacían duelo, y también, cuando pasaba una procesión nupcial, tomaba parte en el regocijo en honor de la pareja de novios. En recompensa, los miembros y órganos con que había ejecutado estas buenas obras quedaron intactos por los caballos que la pisotearon hasta la muerte en la parcela de Yizreel.
De Yoram, el hijo de Ajav, solo puede decirse que tuvo los defectos de su padre sin las virtudes de su padre. Ajav era generoso; Yoram, mezquino, más aún, hasta se entregaba a la usura. A Ovadiá, el piadoso protector de los profetas escondidos, le exigía una alta tasa de interés por el dinero necesario para sostenerlos. A consecuencia de ello, a su muerte cayó atravesado entre los brazos, con la flecha saliéndole por el corazón, pues había tendido los brazos para recibir usura y había endurecido el corazón contra la compasión. En su reinado solo un suceso merece mención: su campaña contra Moav, emprendida en alianza con los reyes de Yehudá y de Edom, y que terminó con una espléndida victoria ganada por los reyes aliados. Yoram y su pueblo, apenas hace falta decirlo, no supieron sacar la lección debida de la guerra. Su desobediencia a los mandatos de Dios siguió como antes. El rey de Moav, en cambio, a su manera buscó acercarse más a Dios. Reunió a sus astrólogos y les preguntó por qué los moabitas, exitosos en sus empresas guerreras contra otras naciones, no podían medirse con los israelitas. Ellos explicaron que Dios era propicio a Israel porque su antepasado Avraham había estado dispuesto a sacrificar a Yitsjak por orden Suya. Entonces el rey moabita razonó que, si Dios daba tan alto valor a la mera buena intención, cuánto mayor sería la recompensa por su ejecución efectiva, y él, que de ordinario era adorador del sol, procedió a sacrificar a su hijo, el sucesor al trono, al Dios de Israel. Dios dijo: «Los paganos no me conocen, y su mal proceder nace de la ignorancia; pero vosotros, israelitas, me conocéis, y aun así obráis rebeldemente contra Mí».
A consecuencia de los siete años de hambruna, las condiciones en Shomrón fueron espantosas durante gran parte del reinado de Yoram. En el primer año se comió todo lo almacenado en las casas. En el segundo, la gente se sostuvo con lo que podía rebañar en los campos. La carne de los animales puros bastó para el tercer año; en el cuarto los que sufrían recurrieron a los animales impuros; en el quinto, a los reptiles e insectos; y en el sexto ocurrió lo monstruoso: que mujeres enloquecidas por el hambre consumieron a sus propios hijos como alimento. Pero el colmo de la desdicha se alcanzó en el séptimo año, cuando los hombres buscaban roer la carne de sus propios huesos. A estos sucesos se aplican las profecías de Yoel, pues él vivió en los terribles días de la hambruna en el reinado de Yoram.
Por fortuna, Dios reveló a Yoel al mismo tiempo cómo sería rescatado Israel de la hambruna. El invierno que siguió a los siete años de carestía no trajo alivio, pues la lluvia se contuvo hasta el primer día del mes de Nisán. Cuando comenzó a caer, el profeta dijo al pueblo: «¡Salid y sembrad simiente!». Pero ellos protestaron: «¿Quien haya salvado una medida de trigo o dos medidas de cebada no ha de usar su reserva para comer y vivir, en vez de para sembrar y morir?». Pero el profeta los apremió: «No, salid y sembrad simiente». Y ocurrió un milagro. En los hormigueros y en las madrigueras de los ratones hallaron grano suficiente para sembrar, y lo arrojaron sobre la tierra el segundo, el tercero y el cuarto día de Nisán. Al quinto día del mes volvió a caer la lluvia. Once días después el grano estaba maduro, y la ofrenda del Ómer pudo traerse en el tiempo señalado, el dieciséis del mes. En esto pensaba el salmista cuando dijo: «Los que siembran con lágrimas, con júbilo segarán».
Capítulo VII
Eliyahu
Capítulo séptimo
El relato bíblico del profeta Eliyahu, de su vida y su obra durante los reinados de Ajav y de su hijo Yoram, apenas da una pálida idea de un personaje cuya historia comienza con la estancia de Israel en Mitsraim y solo terminará cuando Israel, bajo la guía del Mesías, haya vuelto a establecer su morada en la Tierra de Israel.
La Escritura nos dice únicamente el nombre del lugar de origen de Eliyahu, pero hay que añadir que era sacerdote, idéntico a Pinjás —el sacerdote celoso por la honra de Dios—, que se distinguió en la travesía por el desierto y desempeñó de nuevo un papel destacado en tiempos de los Jueces.
La primera aparición de Eliyahu en el período de los Reyes fue su encuentro con Ajav en casa de Jiel, el de Bet-El, comandante en jefe del ejército israelita, a quien visitaba para darle el pésame por la pérdida de sus hijos. Dios mismo había encomendado al profeta que ofreciera su condolencia a Jiel, cuya posición exigía que se le rindiera ese honor. Al principio Eliyahu se negó a ir en busca del pecador que había violado el mandato divino contra la reconstrucción de Yerijó, pues decía que las palabras blasfemas de tales malhechores siempre despertaban su ira. Entonces Dios prometió a Eliyahu que se cumpliría cualquier imprecación que, en su cólera, se le escapara contra los impíos por su habla profana. Cuando el profeta entró en la casa del general, oyó a Jiel pronunciar estas palabras: «Bendito sea Adonái, Dios de los piadosos, que da cumplimiento a las palabras de los piadosos». Así reconocía Jiel que había sido justamente castigado por la maldición de Yehoshúa contra quien reconstruyera Yerijó.
Ajav le preguntó con burla: «¿Acaso no fue Moshé más grande que Yehoshúa, y no dijo que Dios no dejaría caer lluvia sobre la tierra si Israel servía y adoraba ídolos? No hay ídolo conocido al que yo no rinda culto, y sin embargo gozamos de todo lo bueno y deseable. ¿Crees tú que, si las palabras de Moshé quedaron sin cumplirse, se cumplirán las de Yehoshúa?». Eliyahu replicó: «Sea como dices: “Vive Adonái, Dios de Israel, ante quien estoy, que no habrá rocío ni lluvia en estos años, sino según mi palabra”». En cumplimiento de Su promesa, Dios no pudo sino ejecutar las palabras de Eliyahu, y ni rocío ni lluvia regaron la tierra.
Sobrevino el hambre, y Ajav buscó vengarse del profeta. Para escapar de las persecuciones del rey, Eliyahu se ocultó. Lo sustentaban con alimento traído de la despensa del piadoso rey Yehoshafat por cuervos, que al mismo tiempo no se acercaban a la casa del inicuo Ajav.
Dios, que se compadece incluso de los impíos, trató de inducir al profeta a que lo liberara de Su promesa. Para persuadirlo, hizo que se secara el arroyo del que Eliyahu sacaba agua para su sed. Como esto no logró ablandar al inflexible profeta, Dios recurrió al expediente de causarle dolor mediante la muerte del hijo de la viuda con quien Eliyahu se hospedaba, y por quien había sido recibido con gran honor. Cuando murió el hijo de ella —el que más tarde sería conocido como el profeta Yoná—, ella pensó que Dios le había sido antes favorable por sus grandes méritos comparados con los de sus vecinos y los habitantes de la ciudad, y que ahora la había abandonado porque sus virtudes se habían vuelto nada ante la presencia del gran profeta. En su angustia, Eliyahu suplicó a Dios que reviviera al niño. Ahora Dios tenía al profeta en Su poder. Solo podía atender la oración de Eliyahu a condición de que el profeta lo liberara de la promesa sobre la sequía, pues la resurrección de entre los muertos se obra por medio del rocío, y este remedio quedaba vedado mientras Eliyahu obligara a Dios a mantener Su palabra de retener el rocío y la lluvia de la tierra. Eliyahu comprendió que no había otra salida que ceder. No obstante, primero se dirigió a Ajav con el propósito de vencer la obstinación del pueblo, sobre el que el hambre no había hecho mella. Prodigios manifiestos exhibidos ante sus ojos habían de enseñarle sabiduría. El combate entre Dios y Báal tuvo lugar en el Carmel. El monte que se había tenido a sí mismo por el lugar apropiado para el acontecimiento más grande de la historia israelita —la revelación de la Torá— quedó compensado, por los muchos milagros que ahora se obraron sobre él, de su decepción por que se hubiera preferido el Sinaí en su lugar.
El primer prodigio ocurrió en relación con la elección de los novillos. Según el acuerdo de Eliyahu con Ajav, uno había de ser sacrificado a Dios y luego otro a Báal. Se trajo ante los contendientes una pareja de gemelos, criados juntos, y se decidió por sorteo cuál pertenecía a Dios y cuál a Báal. Eliyahu no tuvo dificultad con su ofrenda; rápidamente la condujo a su altar. Pero todos los sacerdotes de Báal, ochocientos cincuenta en número, no lograron que su víctima moviera un solo paso. Cuando Eliyahu empezó a hablarle con persuasión al novillo de Báal, instándolo a seguir a los sacerdotes idólatras, este abrió la boca y dijo: «Nosotros dos, aquel novillo y yo, salimos del mismo vientre, tomamos nuestro alimento del mismo pesebre, y ahora él ha sido destinado a Dios, como instrumento para la glorificación del Nombre divino, mientras que a mí se me ha de usar para Báal, como instrumento para enfurecer a mi Creador». Eliyahu insistió: «Sigue tú a los sacerdotes de Báal, para que no tengan excusa, y así tendrás parte en aquella glorificación de Dios para la que se usará mi novillo». El novillo dijo: «Así me aconsejas, pero juro que no me moveré del sitio, a menos que tú con tus propias manos me entregues». Eliyahu entonces condujo al novillo hasta los sacerdotes de Báal.
A pesar de este milagro, los sacerdotes trataron de engañar al pueblo. Socavaron el altar, y Jiel se escondió debajo con el propósito de encender un fuego al mencionarse la palabra Báal. Pero Dios envió una serpiente que lo mató. En vano los falsos sacerdotes gritaron y llamaron: «¡Báal! ¡Báal!»; la llama esperada no brotó. Para aumentar la confusión de los idólatras, Dios había impuesto silencio a todo el mundo. Las potencias de las regiones superiores y de las inferiores enmudecieron; el universo parecía desierto y desolado, como si no hubiera en él criatura viva. Si un solo sonido se hubiera dejado oír, los sacerdotes habrían dicho: «Es la voz de Báal».
Para que todos los preparativos pudieran completarse en un solo día —la erección del altar, la excavación de la zanja y cuanto más fuera necesario—, Eliyahu ordenó al sol que se detuviera. «Por Yehoshúa —dijo— te detuviste para que Israel venciera a sus enemigos; ahora detente, no por mi causa ni por la de Israel, sino para que el Nombre de Dios sea exaltado». Y el sol obedeció sus palabras.
Al caer la tarde, Eliyahu llamó a su discípulo Elishá y le mandó verter agua sobre sus manos. Ocurrió un milagro. El agua fluyó de los dedos de Eliyahu hasta llenar toda la zanja. Entonces el profeta rogó a Dios que hiciera descender fuego, pero de tal modo que el pueblo supiera que era un prodigio del cielo y no lo tomara por truco de mago. Dijo: «Señor del mundo, Tú me enviarás como mensajero “al fin de los tiempos”, pero si mis palabras no se cumplen ahora, no cabe esperar que los judíos me crean en los días postreros». Su súplica fue oída en lo alto, y cayó fuego del cielo sobre el altar, un fuego que no solo consumió lo que tocaba, sino que también lamió el agua. Y no fue todo: también le fue concedida su oración de lluvia. Apenas habían brotado de sus labios estas palabras —«Aunque no tengamos otros méritos, recuerda al menos la señal de la alianza que los israelitas llevan en su cuerpo»—, cuando la lluvia cayó a la tierra.
A pesar de todos estos milagros, el pueblo persistió en sus caminos y pensamientos idólatras. Incluso los siete mil que no se habían inclinado ante Báal eran hijos indignos de Israel, pues rendían culto a los becerros de oro de Yerovam.
Las fechorías del pueblo habían crecido hasta tal número que ya no podían contar con «los méritos de los padres» para interceder por ellos; habían agotado su cuenta. Cuando cayeron al punto de degradación en que renunciaron a la señal de la alianza, Eliyahu ya no pudo dominar su ira, y acusó a Israel ante Dios. En la hendidura de la roca en que Dios se había aparecido en otro tiempo a Moshé, y se había revelado como compasivo y paciente, se encontró ahora con Eliyahu y le dio a entender, mediante diversas señales, que habría sido mejor defender a Israel que acusarlo. Pero Eliyahu, en su celo por Dios, fue inexorable. Entonces Dios le ordenó nombrar a Elishá por sucesor suyo, pues dijo: «No puedo hacer lo que tú quisieras». Además, Dios le encargó: «En lugar de acusar a Mis hijos, viaja a Damasco, donde los gentiles tienen un ídolo para cada día del año. Aunque Israel haya derribado Mis altares y matado a Mis profetas, ¿qué te importa a ti?».
Los cuatro fenómenos que Dios envió antes de Su aparición —viento, terremoto, fuego y una voz suave y apacible— habían de instruir a Eliyahu acerca del destino del hombre. Dios le dijo a Eliyahu que estos cuatro representan los mundos por los que el hombre ha de pasar: el primero significa este mundo, fugaz como el viento; el terremoto es el día de la muerte, que hace temblar y estremecerse al cuerpo humano; el fuego es el tribunal del Guehinom, y la voz suave y apacible es el Juicio Final, cuando no habrá nadie sino Dios solo.
Unos tres años después, Eliyahu fue arrebatado al cielo, pero no sin librar antes una lucha con el Ángel de la Muerte. Este se negaba a dejar entrar a Eliyahu en el cielo en su arrebatamiento, aduciendo que ejercía jurisdicción sobre toda la humanidad, sin exceptuar a Eliyahu. Dios sostuvo que en la creación del cielo y la tierra había ordenado expresamente al Ángel de la Muerte que concediera la entrada al profeta vivo, pero el Ángel de la Muerte insistió en que, con el arrebatamiento de Eliyahu, Dios daba justo motivo de queja a todos los demás hombres, que no podían escapar a la sentencia de la muerte. Entonces Dios dijo: «Eliyahu no es como los demás hombres. Es capaz de desterrarte del mundo, solo que tú no reconoces su fuerza». Con el consentimiento de Dios, tuvo lugar un combate entre Eliyahu y el Ángel de la Muerte. El profeta salió victorioso, y, de no haberlo contenido Dios, habría aniquilado a su adversario. Sujetando bajo sus pies al enemigo vencido, Eliyahu ascendió hacia el cielo.
En el cielo sigue viviendo para siempre. Allí se sienta a registrar las obras de los hombres y las crónicas del mundo. Tiene además otro oficio. Es el conductor de las almas, cuyo deber es estar de pie en los cruces de caminos del Paraíso y guiar a los piadosos a los lugares que les han sido asignados; que trae las almas de los pecadores desde el Guehinom al acercarse el Shabat, y las conduce de nuevo a su merecido castigo cuando el día de reposo está por partir; y que lleva a esas mismas almas, después de que han expiado sus pecados, al lugar de la bienaventuranza eterna.
Las obras milagrosas de Eliyahu se entenderán mejor si recordamos que había sido un ángel desde el principio mismo, aun antes del fin de su carrera terrenal. Cuando Dios estaba por crear al hombre, Eliyahu le dijo: «¡Señor del mundo! Si es de Tu agrado, descenderé a la tierra y me haré útil a los hijos de los hombres». Entonces Dios cambió su nombre de ángel, y más tarde, bajo Ajav, le permitió morar entre los hombres en la tierra, para que convirtiera al mundo a la creencia de que «Adonái es Dios». Cumplida su misión, Dios lo llevó de nuevo al cielo y le dijo: «Sé tú el espíritu guardián de Mis hijos para siempre, y difunde por todo el mundo la creencia en Mí».
Su nombre de ángel es Sandalfón, uno de los más grandes y poderosos de la hueste de ángeles de fuego. Como tal, su deber es trenzar guirnaldas para Dios con las oraciones que Israel envía a lo alto. Además, debe ofrecer sacrificios en el santuario invisible, pues el Templo fue destruido solo en apariencia; en realidad siguió existiendo, oculto a la vista de los mortales comunes.
La partida de Eliyahu de la tierra, lejos de ser una interrupción de sus relaciones con los hombres, marca más bien el comienzo de su verdadera actividad como auxiliador en tiempo de necesidad, como maestro y como guía. Al principio su intervención en los asuntos sublunares no fue frecuente. Siete años después de su arrebatamiento, escribió una carta al perverso rey Yehoram, que reinaba sobre Yehudá. La siguiente ocasión en que tomó parte en un suceso terrenal fue en tiempos de Ajashverosh, cuando les hizo un buen servicio a los judíos asumiendo la figura del cortesano Harboná y, en un momento propicio, incitando al rey contra Hamán.
Estaba reservado a días posteriores, sin embargo —a los tiempos talmúdicos, la edad de oro de los grandes sabios, los tanaítas y los amoraítas—, gozar de la especial vigilancia de Eliyahu como protector de los inocentes, como amigo en la necesidad, que se cierne sobre los justos y los piadosos, siempre presente para guardarlos del mal o arrancarlos del peligro. Con cuatro batidas de sus alas puede Eliyahu recorrer el mundo. Por eso ningún lugar de la tierra está demasiado lejos para su auxilio. Como ángel, goza del poder de adoptar las más diversas apariencias para lograr sus fines. A veces parece un hombre común, a veces toma la apariencia de un árabe, a veces la de un jinete, ora es un funcionario de la corte romana, ora es una ramera.
Sucedió una vez que Najum, el gran y piadoso maestro, cuando viajaba a Roma en una misión política, fue despojado sin saberlo del presente que llevaba al Emperador como ofrenda de parte de los judíos. Cuando entregó el cofre al gobernante, se halló que contenía tierra común, que los ladrones habían sustituido por las joyas que habían sustraído. El Emperador pensó que los judíos se burlaban de él, y su representante, Najum, fue condenado a muerte. En su piedad, el Rabí no perdió la confianza en Dios; solo dijo: «Esto también es para bien». Y así resultó ser. De pronto apareció Eliyahu, y, asumiendo la figura de un funcionario de la corte, dijo: «Quizá la tierra de este cofre sea como la que usaba Avraham para fines de guerra. Un puñado hará el trabajo de espadas y arcos». A instancia suya se pusieron a prueba las virtudes de la tierra en el ataque contra una ciudad que largo tiempo había resistido el valor y la fuerza de Roma. Su suposición quedó confirmada. El contenido del cofre resultó más eficaz que todas las armas del ejército, y los romanos vencieron. Najum fue despedido, cargado de honores y tesoros, y los ladrones, que se habían delatado al reclamar la tierra preciosa, fueron ejecutados, pues, como es natural, Eliyahu no obra ningún prodigio para los malhechores.
Otra vez, con el fin de rescatar a Rabí Shilá, Eliyahu se hizo pasar por persa. Un delator había denunciado al Rabí ante el gobierno persa, acusándolo de administrar la ley según el código judío. Eliyahu compareció como testigo a favor del Rabí y contra el delator, y Shilá fue absuelto con honor.
Cuando los alguaciles romanos perseguían a Rabí Meir, Eliyahu se le unió bajo la figura de una ramera. Los emisarios romanos desistieron de su persecución, pues no podían creer que Rabí Meir eligiera semejante compañía.
Un contemporáneo de Rabí Meir, Rabí Shimón ben Yojái, que pasó trece años en una cueva para escapar de la venganza de los romanos, fue informado por Eliyahu de la muerte del emperador enemigo de los judíos, de modo que pudo dejar su escondite.
Igualmente característica es la ayuda que Eliyahu prestaba a los pobres dignos de ella. Con frecuencia les traía grandes riquezas. Rabí Kahaná era tan necesitado que tenía que sostenerse vendiendo utensilios domésticos por las casas. Una vez, una dama de alta posición se empeñó en forzarlo a cometer un acto inmoral, y Kahaná, prefiriendo la muerte a la iniquidad, se arrojó desde un desván. Aunque Eliyahu se hallaba a una distancia de cuatrocientas parasangas, acudió al lugar a tiempo de recoger al Rabí antes de que tocara el suelo. Además, le dio medios suficientes para que pudiera abandonar un oficio lleno de peligros.
Rabá bar Abahú fue también víctima de la pobreza. Confesó a Eliyahu que, a causa de sus escasos recursos, no le quedaba tiempo para dedicarse a sus estudios. Entonces Eliyahu lo condujo al Paraíso, le mandó quitarse el manto y llenarlo de hojas crecidas en las regiones de los bienaventurados. Cuando el Rabí estaba por salir del Paraíso, con la vestidura llena de hojas, se oyó una voz que decía: «¿Quién desea anticipar su parte en el mundo venidero durante sus días terrenales, como lo hace Rabá bar Abahú?». El Rabí arrojó de inmediato las hojas; no obstante, recibió doce mil denarios por su vestidura exterior, porque conservaba la fragancia maravillosa de las hojas del Paraíso.
La ayuda de Eliyahu no se limitaba a los pobres maestros de la ley; todos los que estaban en necesidad, y eran dignos de su asistencia, tenían derecho a él. Un hombre pobre, padre de familia, en su angustia rogó una vez a Dios: «Señor del mundo, Tú sabes que no hay nadie a quien pueda contar mi historia de dolor, nadie que se apiade de mí. No tengo hermano ni pariente ni amigo, y mis pequeños hambrientos lloran de hambre. Ten Tú piedad y compasión, o deja que venga la muerte y ponga fin a nuestro sufrimiento». Sus palabras hallaron oído en Dios, pues, al terminar, Eliyahu se plantó ante el pobre hombre y le preguntó con simpatía por qué lloraba. Cuando el profeta hubo oído el relato de sus penas, dijo: «Tómame y véndeme como esclavo; con lo que saques bastará para tus necesidades». Al principio el pobre hombre se negó a aceptar el sacrificio, pero finalmente cedió, y Eliyahu fue vendido a un príncipe por ochenta denarios. Esta suma formó el núcleo de la fortuna que el pobre hombre amasó y disfrutó hasta el fin de sus días. El príncipe que había comprado a Eliyahu quería construir un palacio, y se alegró de saber que su nuevo esclavo era arquitecto. Prometió a Eliyahu la libertad si en seis meses terminaba el edificio. Caída la noche de ese mismo día, Eliyahu elevó una oración, y al instante el palacio se alzó en su sitio, en completa perfección. Eliyahu desapareció. A la mañana siguiente, el príncipe no se asombró poco al ver el palacio terminado. Pero cuando buscó a su esclavo para recompensarlo, y lo buscó en vano, comprendió que había tenido tratos con un ángel. Eliyahu, entretanto, se dirigió al hombre que lo había vendido, y le contó su historia, para que supiera que no había estafado al comprador de su precio; al contrario, lo había enriquecido, pues el palacio valía cien veces más que el dinero pagado por el supuesto esclavo.
Algo semejante le ocurrió a un hombre acomodado que perdió su fortuna y quedó tan pobre que tuvo que hacer trabajo manual en el campo de otro. Una vez, mientras trabajaba, se le acercó Eliyahu, que había tomado la apariencia de un árabe: «Estás destinado a gozar de siete años buenos. ¿Cuándo los quieres, ahora o como los años finales de tu vida?». El hombre respondió: «Eres un hechicero; vete en paz, no tengo nada para ti». Tres veces se le hizo la misma pregunta, tres veces se dio la misma respuesta. Por fin el hombre dijo: «Pediré consejo a mi mujer». Cuando Eliyahu volvió y repitió su pregunta, el hombre, siguiendo el consejo de su mujer, dijo: «Haz que los siete años buenos nos lleguen todos a la vez». Eliyahu respondió: «Vete a casa. Antes de que cruces tu umbral, tu buena fortuna habrá llenado tu casa». Y así fue. Sus hijos habían hallado un tesoro en la tierra, y, cuando estaba por entrar en su casa, su mujer salió a su encuentro y le contó el afortunado hallazgo. Su mujer era una mujer estimable y piadosa, y le dijo a su marido: «Vamos a gozar de siete años buenos. Usemos este tiempo para practicar toda la caridad que podamos; quizá Dios prolongue nuestro período de prosperidad». Al cabo de siete años, durante los cuales marido y mujer aprovecharon toda ocasión de hacer el bien, Eliyahu apareció de nuevo y anunció al hombre que había llegado el momento de retirar lo que le había dado. El hombre respondió: «Cuando acepté tu don, fue tras consultar con mi mujer. No quisiera devolverlo sin antes ponerla al corriente de lo que va a suceder». Su mujer le encargó decir al anciano que había venido a recobrar posesión de su propiedad: «Si puedes hallar a alguien que sea administrador más concienzudo de las prendas que se nos han confiado de lo que nosotros hemos sido, con gusto te las cederé». Dios reconoció que esta gente había hecho un uso apropiado de su riqueza, y se la concedió como posesión perpetua.
Si Eliyahu no podía aliviar la pobreza de los piadosos, al menos procuraba infundirles esperanza y confianza. Rabí Akivá, el gran sabio, vivió en extrema pobreza antes de convertirse en el famoso Rabí. Su rico suegro no quería saber nada de él ni de su mujer, porque la hija se había casado con Akivá contra la voluntad de su padre. En una amarga noche de invierno, Akivá no pudo ofrecer a su mujer, que había estado acostumbrada a los lujos que la riqueza puede comprar, nada más que paja como lecho para dormir, y trató de consolarla con expresiones de su amor por las privaciones que ella sufría. En ese momento Eliyahu apareció ante su choza y clamó en tono suplicante: «¡Oh, buena gente, dadme, os lo ruego, un pequeño haz de paja! Mi mujer ha dado a luz un hijo, y soy tan pobre que ni siquiera tengo paja bastante para hacerle un lecho». Ahora Akivá pudo consolar a su mujer con el hecho de que su propia miseria no era tan grande como podría haber sido, y así Eliyahu logró su fin: sostener el ánimo de los piadosos.
Bajo la forma de un árabe, apareció una vez ante un hombre muy pobre, cuya piedad igualaba a su pobreza. Le dio dos siclos. Estas dos monedas le trajeron tan buena fortuna que alcanzó grandes riquezas. Pero en su afán de amontonar tesoros mundanos, no tenía tiempo para obras de piedad y caridad. Eliyahu apareció de nuevo ante él y le quitó los dos siclos. En poco tiempo el hombre quedó tan pobre como antes. Una tercera vez Eliyahu vino a él. Lloraba amargamente y se lamentaba de su desgracia, y el profeta dijo: «Te haré rico una vez más, si me prometes bajo juramento que no dejarás que la riqueza arruine tu carácter». Lo prometió, se le devolvieron los dos siclos, recobró su riqueza, y la conservó para siempre, porque su piedad no se vio menguada por sus bienes.
La pobreza no era la única forma de aflicción que Eliyahu remediaba. Ejerció las funciones de médico con Rabí Shimí bar Ashí, que había tragado un reptil dañino. Eliyahu se le apareció como un jinete imponente y lo obligó a aplicar los remedios preventivos contra la enfermedad que cabía esperar en esas circunstancias.
También curó a Rabí Yehudá ha-Nasí de un prolongado dolor de muelas poniéndole la mano encima, y al mismo tiempo logró la reconciliación de Rabí Yudán con Rabí Jiyá, cuya forma había asumido. Rabí Yehudá rindió el mayor respeto a Rabí Jiyá después de descubrir que Eliyahu lo había considerado digno de tomar su apariencia.
En otra ocasión, Eliyahu restableció la armonía entre un marido y su mujer. La mujer había llegado a casa muy tarde en la tarde del viernes, por haberse dejado retener por el sermón que predicaba Rabí Meir. Su despótico marido juró que ella no entraría en la casa hasta que hubiera escupido en la mismísima cara del muy estimado Rabí. Entretanto Eliyahu fue a ver a Rabí Meir y le contó que una mujer piadosa había caído en un grave apuro por causa suya. Para ayudar a la pobre mujer, el Rabí recurrió a una treta. Anunció que buscaba a alguien que supiera echar hechizos, lo cual se hacía escupiendo en el ojo del afligido. Cuando divisó a la mujer que Eliyahu le había señalado, le pidió que probara su poder con él. Así ella pudo cumplir la exigencia de su marido sin faltar al respeto al Rabí; y por medio de Eliyahu se restauró la felicidad conyugal de una esposa inocente.
La versatilidad de Eliyahu se muestra en el siguiente suceso. Un hombre piadoso legó un jardín de especias a sus tres hijos. Se turnaban para guardarlo de los ladrones. La primera noche vigiló el jardín el hijo mayor. Eliyahu se le apareció y le preguntó: «Hijo mío, ¿qué prefieres tener: conocimiento de la Torá, o grandes riquezas, o una mujer hermosa?». Él eligió riqueza, grandes riquezas. En consecuencia, Eliyahu le dio una moneda, y se hizo rico. El segundo hijo, a quien Eliyahu se apareció la segunda noche, eligió el conocimiento de la Torá. Eliyahu le dio un libro, y «supo toda la Torá». El tercer hijo, la tercera noche, cuando Eliyahu le puso delante la misma elección que a sus hermanos, deseó una mujer hermosa. Eliyahu invitó a este tercer hermano a hacer un viaje con él. Su primera noche la pasaron en casa de un notorio malvado, que tenía una hija. Durante la noche Eliyahu oyó por casualidad que las gallinas y los gansos se decían unos a otros: «¡Qué pecado tan terrible ha debido de cometer este joven, para estar destinado a casarse con la hija de tan gran malvado!». Los dos viajeros siguieron su camino. La segunda noche se repitieron las experiencias de la primera. La tercera noche se alojaron con un hombre que tenía una hija muy bonita. Durante la noche Eliyahu oyó que las gallinas y los gansos se decían unos a otros: «¡Qué grandes deben de ser las virtudes de este joven, si tiene el privilegio de casarse con una mujer tan hermosa y piadosa!». Por la mañana, cuando Eliyahu se levantó, se hizo al punto casamentero; el joven se casó con la bonita doncella, y marido y mujer viajaron a casa llenos de alegría.
Si se hacía necesario, Eliyahu estaba dispuesto a prestar incluso los servicios de un sepulturero. Cuando Rabí Akivá murió en prisión, Eliyahu se dirigió al fiel discípulo del difunto, Rabí Yehoshúa, y los dos juntos fueron a la cárcel. No hubo quien les impidiera la entrada; un profundo sueño había caído por igual sobre los carceleros y los presos. Eliyahu y Rabí Yehoshúa se llevaron el cadáver, cargándolo Eliyahu sobre su hombro. Rabí Yehoshúa, asombrado, preguntó cómo él, un sacerdote, se atrevía a contaminarse con un cadáver. La respuesta fue: «¡Dios me libre! Los piadosos nunca pueden causar impureza». Toda la noche caminaron los dos con su carga. Al despuntar el día se hallaron cerca de Cesarea. Una cueva se abrió ante sus ojos, y dentro vieron una cama, una silla, una mesa y una lámpara. Depositaron el cadáver sobre la cama y salieron de la cueva, que se cerró tras ellos. Solo la luz de la lámpara, que se había encendido por sí sola después de que salieron, brillaba a través de las rendijas. Entonces Eliyahu dijo: «¡Salve, justos! ¡Salve a vosotros, que os consagráis al estudio de la ley! ¡Salve a vosotros, hombres temerosos de Dios, pues vuestros lugares están apartados, y conservados, y guardados en el Paraíso para el tiempo venidero! ¡Salve a ti, Rabí Akivá, que tu cuerpo sin vida halló alojamiento por una noche en un hermoso lugar!».
La bondad y la compasión no pintan por entero el carácter de Eliyahu. Siguió siendo el censor severo e inexorable a quien Ajav temía. El antiguo celo por lo verdadero y lo bueno nunca lo perdió; testigo de ello, una vez mató a un hombre porque no había realizado sus devociones con la debida reverencia.
Había dos hermanos, uno de ellos rico y avaro, el otro pobre y de buen corazón. Eliyahu, con la vestidura de un viejo mendigo, se acercó al rico y le pidió limosna. Rechazado por él, se volvió hacia el hermano pobre, que lo recibió con amabilidad y compartió con él su escasa cena. Al despedirse de él y de su esposa, igualmente hospitalaria, Eliyahu dijo: «¡Que Dios os recompense! Lo primero que emprendáis será bendecido, y no tendrá fin hasta que vosotros mismos gritéis “¡Basta!”». Al poco, el pobre hombre se puso a contar los pocos peniques que tenía, para convencerse de que bastaban para comprar pan para su próxima comida. Pero los pocos se hicieron muchos, y contó y contó, y aun así su número seguía aumentando. Contó un día entero, y la noche siguiente, hasta quedar exhausto y tener que gritar «¡Basta!». Y, en efecto, era bastante, pues se había convertido en un hombre muy rico. Su hermano no se asombró poco al ver el afortunado cambio en la situación de su pariente, y cuando oyó cómo había ocurrido, resolvió, si la oportunidad se presentaba de nuevo, mostrar su lado más amable al viejo mendigo del milagroso poder de bendecir. No tuvo que esperar mucho. Pocos días después vio pasar al anciano. Se apresuró a abordarlo y, excusándose por su falta de cortesía en su encuentro anterior, le rogó que entrara en su casa. Cuanto había en la despensa se puso delante de Eliyahu, que fingió comer de los manjares. Al partir, pronunció una bendición sobre sus anfitriones: «Que lo primero que hagáis no tenga fin, hasta que sea bastante». La señora de la casa entonces dijo a su marido: «Para que podamos contar oro sobre oro sin ser molestados, atendamos primero a nuestras más urgentes necesidades corporales». Así lo hicieron, y tuvieron que seguir haciéndolo hasta que la vida se les extinguió.
El extremo de su rigor lo mostró Eliyahu con los maestros de la ley. De ellos exigía más que la obediencia a la mera letra de un mandamiento. Por ejemplo, censuró con severidad a Rabí Yishmael ben Yosé porque estaba dispuesto a actuar como alguacil en la persecución de ladrones y criminales judíos. Aconsejó a Rabí Yishmael que siguiera el ejemplo de su padre y abandonara el país.
Su distanciamiento de su amigo Rabí Yehoshúa ben Leví es característico. Alguien a quien buscaban los agentes de la ley se refugió con Rabí Yehoshúa. Sus perseguidores fueron informados de su lugar de ocultamiento. Amenazando con pasar a espada a todos los habitantes de la ciudad si no se lo entregaban, exigieron su rendición. El Rabí instó al fugitivo de la justicia a que se resignara a su suerte. Mejor que muera un solo individuo, dijo, que exponer al peligro a toda una comunidad. El fugitivo cedió al argumento del Rabí y se entregó a los alguaciles. Después de esto, Eliyahu, que había tenido la costumbre de visitar a Rabí Yehoshúa con frecuencia, se mantuvo alejado de su casa, y solo se le indujo a volver mediante los largos ayunos y las fervientes oraciones del Rabí. En respuesta a la pregunta del Rabí de por qué lo había rehuido, dijo: «¿Acaso supones que me agrada tener trato con delatores?». El Rabí citó un pasaje de la Mishná para justificar su conducta, pero Eliyahu quedó sin convencerse. «¿Consideras esto una ley para un hombre piadoso? —dijo—. Otros podrían haber obrado bien haciendo lo que tú hiciste; tú debiste haber obrado de otro modo».
Se conocen varios casos que muestran qué elevado criterio fijaba Eliyahu para quienes quisieran ser considerados dignos de su trato. De dos hermanos piadosos, uno proveía a sus siervos como a su propia mesa, mientras que el otro permitía a sus siervos comer en abundancia solo del primer plato; de los demás platos no podían tener más que las sobras. En consecuencia, con el segundo hermano Eliyahu no quería tener nada que ver, mientras que a menudo honraba al primero con sus visitas.
Una actitud semejante mantuvo Eliyahu hacia otra pareja de hermanos piadosos. Uno de ellos tenía la costumbre de proveer a sus siervos después de satisfacer sus propias necesidades, mientras que el otro atendía primero las necesidades de sus siervos. A este último fue a quien Eliyahu dio la preferencia.
Disolvió una amistad de muchos años porque su amigo construyó un vestíbulo hecho de tal modo que las súplicas de los pobres apenas podían oírse desde dentro de la casa.
Rabí Yehoshúa ben Leví incurrió en el disgusto de Eliyahu por segunda vez, porque un hombre fue despedazado por un león en las cercanías de su casa. En cierta medida Eliyahu responsabilizó al Rabí, porque no había orado para prevenir tales desgracias.
La historia que se cuenta de Eliyahu y Rabí Anán constituye la ilustración más notable de la severidad del profeta. Alguien trajo a Rabí Anán un plato de pececillos como regalo, y al mismo tiempo le pidió al Rabí que actuara como juez en un pleito que le interesaba. En estas circunstancias, Anán se negó a aceptar un regalo del litigante. Para demostrar su rectitud de intención, el solicitante instó al Rabí a que tomara los peces y asignara el caso a otro juez. Anán accedió, y pidió a uno de sus colegas que actuara por él, porque estaba incapacitado para servir de juez. Su colega dedujo que el litigante que le habían presentado era un pariente de Rabí Anán, y en consecuencia se mostró particularmente complaciente con él. Como resultado, la otra parte del pleito se sintió intimidada. No presentó su caso de forma tan convincente como podría haberlo hecho de otro modo, y así perdió el pleito. Eliyahu, que había sido amigo de Anán y también su maestro, desde entonces rehuyó su presencia, porque consideraba que el daño causado a la segunda parte del pleito se debía al descuido de Anán. Anán, en su angustia, guardó muchos ayunos y elevó muchas oraciones antes de que Eliyahu volviera a él. Aun entonces el Rabí no pudo soportar su vista; hubo de contentarse con escuchar las palabras de Eliyahu sin mirar su rostro.
A veces Eliyahu consideraba su deber forzar a la gente a abandonar un mal hábito. Un hombre rico iba una vez a una feria de ganado, y llevaba una buena suma de dinero para comprar bueyes. Se le acercó un desconocido —nada menos que Eliyahu— que le preguntó el propósito de su viaje. «Voy a comprar ganado», respondió el aspirante a comprador. «Di: “si Dios quiere”», le instó Eliyahu. «¡Tonterías! Compraré ganado quiera Dios o no. Llevo el dinero conmigo, y el negocio se hará». «Pero no con buena fortuna», dijo el desconocido, y se marchó. Llegado al mercado, el comprador de ganado descubrió la pérdida de su bolsa, y tuvo que volver a casa para proveerse de otro dinero. De nuevo emprendió su viaje, pero esta vez tomó otro camino para evitar al desconocido de mal agüero. Para su asombro, se encontró con un anciano con quien tuvo exactamente la misma aventura que con el primer desconocido. De nuevo tuvo que volver a casa a buscar dinero. A estas alturas ya había aprendido la lección. Cuando un tercer desconocido le preguntó por el objeto de su viaje, respondió: «Si Dios quiere, tengo la intención de comprar bueyes». El desconocido le deseó éxito, y el deseo se cumplió. Para sorpresa del mercader, cuando le ofrecieron una yunta de hermosos bueyes, y su precio excedía la suma de dinero que llevaba encima, encontró las dos bolsas que había perdido en su primer y segundo viaje. Más tarde vendió esa misma yunta de bueyes al rey por un precio considerable, y se hizo muy rico.
Así como Eliyahu obligó a este mercader a la humildad ante Dios, del mismo modo hizo aprender una lección al gran tanaíta Eliézer, hijo de Rabí Shimón ben Yojái. Este Rabí necesitaba corrección a causa de su desmedida vanidad. Una vez, al volver de la academia, dio un paseo por la playa, henchido el pecho de orgullo al pensar en sus logros en la Torá. Se encontró con un hombre horriblemente feo, que lo saludó con estas palabras: «La paz sea contigo, Rabí». Eliézer, en lugar de corresponder cortésmente al saludo, dijo: «¡Oh, criatura! ¡Qué feo eres! ¿Es posible que todos los habitantes de tu ciudad sean tan feos como tú?». «No lo sé —fue la respuesta—, pero es al Maestro Artífice que me creó a quien deberías haber dicho: “¡Qué feo es este vaso que has modelado!”». El Rabí comprendió el mal que había cometido, y humildemente pidió perdón al hombre feo —otra de las formas cambiantes que adoptó Eliyahu—. Este siguió remitiéndolo al Maestro Artífice del vaso feo. Los habitantes de la ciudad, que se habían apresurado a honrar al gran Rabí, instaron con vehemencia al hombre ofendido a que concediera el perdón, y finalmente se declaró apaciguado, con tal de que el Rabí prometiera no volver nunca a cometer el mismo mal.
El rigor que Eliyahu practicaba con sus amigos llevó a uno de ellos, el tana Rabí Yosí, a acusarlo de ser apasionado e iracundo. A raíz de ello, Eliyahu no quiso tener trato con él durante mucho tiempo. Cuando reapareció y confesó el motivo de su alejamiento, Rabí Yosí dijo que se sentía justificado, pues su reproche no podía haber recibido confirmación más rotunda.
Las relaciones puramente humanas de Eliyahu con el mundo se revelaron en plenitud no en sus obras de caridad ni en su rigor censor, sino más bien en su trato afable y erudito con los grandes de Israel —en especial con los doctos Rabíes de la época talmúdica—. Es a la vez su discípulo y su maestro. A uno acude en busca de instrucción sobre puntos difíciles; a otro él mismo se la imparte. Como es natural, su conocimiento íntimo del mundo sobrenatural hace que aparezca con más frecuencia en el papel de quien da que en el de quien recibe. Más de un fragmento de saber secreto aprendieron de Eliyahu los maestros judíos, y fue él quien, con la rapidez del rayo, llevaba las enseñanzas de un Rabí a otro que moraba a cientos de leguas de distancia.
Así fue Eliyahu quien enseñó a Rabí Yosí el sentido profundo escondido en el pasaje de la Escritura donde se designa a la mujer como la ayuda idónea del hombre. Con ejemplos le demostró al Rabí cuán indispensable es la mujer para el hombre.
Rabí Nehorai se benefició de su explicación de por qué Dios creó insectos inútiles, e incluso nocivos. La razón de su existencia es que la vista de criaturas superfluas y dañinas impide a Dios destruir Su mundo en las ocasiones en que, a causa de la maldad y la iniquidad que en él reinan, se arrepiente de haberlo creado. Si Él conserva criaturas que en el mejor de los casos son inútiles y en el peor perjudiciales, cuánto más habrá de conservar a los seres humanos, con todas sus potencialidades para el bien.
Al mismo Rabí Nehorai le dijo Eliyahu que Dios envía terremotos y otros fenómenos destructivos cuando ve prósperos y florecientes los lugares de diversión, mientras el Templo yace convertido en montón de polvo y ceniza.
A Rabí Yehudá le transmitió estas tres máximas: no dejes que la ira te domine, y no caerás en el pecado; no dejes que la bebida te domine, y te ahorrarás el dolor; antes de emprender un viaje, toma consejo de tu Creador.
Cuando había diferencia de opinión entre los sabios, solía preguntarse a Eliyahu cómo se interpretaba el punto discutido en la academia celestial. Una vez, no estando los sabios de acuerdo sobre las intenciones de Ester al invitar a Hamán a sus banquetes con el rey, Eliyahu, a quien Rabá bar Abahú pidió que le revelara su verdadero propósito, dijo que cada uno y todos los motivos que los distintos sabios le atribuían eran ciertos, pues sus invitaciones a Hamán tenían más de un fin.
Una respuesta semejante dio al amorá Evyatar, que disputaba con sus colegas sobre por qué el efraimita que provocó la guerra contra la tribu de Binyamín primero repudió a su concubina y luego se reconcilió con ella. Eliyahu informó a Rabí Evyatar de que en el cielo la cruel conducta del efraimita se explicaba de dos maneras: según la interpretación de Evyatar y también según la de su adversario Yonatán.
Acerca de la gran contienda entre Rabí Eliézer ben Hurkanós y el cuerpo entero de los sabios —en la que la mayoría sostuvo la validez de su opinión aunque una voz celestial declaró correcta la de Rabí Eliézer—, Eliyahu contó a Rabí Natán que Dios, en Su cielo, había exclamado: «¡Mis hijos han prevalecido sobre Mí!».
En una ocasión le fue mal a Eliyahu por haber revelado a sus sabios los sucesos celestiales. Asistía a diario a la academia de Rabí Yehudá ha-Nasí. Cierto día —era Rosh Jódesh— llegó tarde. La razón de su tardanza, dijo, era que su deber cotidiano consistía en despertar a los tres Patriarcas, lavarles las manos para que pudieran ofrecer sus plegarias y, tras sus devociones, conducirlos de regreso a sus lugares de reposo. Ese día sus oraciones se prolongaron mucho, pues se habían añadido con el rezo de Musaf a causa de la celebración de Rosh Jódesh, y por eso no compareció a tiempo en la academia. Eliyahu no terminó ahí su relato, sino que siguió contándole al Rabí que aquella tarea suya resultaba más bien fatigosa, pues a los tres Patriarcas no se les permitía ofrecer sus plegarias al mismo tiempo. Avraham oraba primero, luego venía Yitsjak y por último Yaakov. Si todos oraran juntos, las súplicas unidas de tres dechados de piedad tales serían tan eficaces que forzarían a Dios a cumplirlas, y Él se vería inducido a traer al Mesías antes de tiempo. Entonces Rabí Yehudá quiso saber si había entre los piadosos de la tierra alguno cuya plegaria poseyera igual eficacia. Eliyahu admitió que ese mismo poder residía en las plegarias de Rabí Jiyá y sus dos hijos. Rabí Yehudá no perdió tiempo en proclamar un día de oración y ayuno, y en convocar a Rabí Jiyá y a sus hijos para que oficiaran como guías en la plegaria. Comenzaron a recitar las Dieciocho Bendiciones. Al pronunciar la palabra referida al viento, se levantó una tormenta; cuando continuaron y suplicaron por la lluvia, la lluvia descendió al instante. Pero al acercarse los oficiantes al pasaje sobre la resurrección de los muertos, se produjo gran conmoción en el cielo, y cuando se supo que Eliyahu había revelado el secreto del maravilloso poder que residía en las plegarias de aquellos tres hombres, fue castigado con golpes de fuego. Para frustrar el propósito de Rabí Yehudá, Eliyahu tomó la forma de un oso y puso en fuga a la congregación que oraba.
A la inversa, Eliyahu también solía referir en las regiones celestiales los sucesos terrenales. Contó a Raba bar Shilá que la razón por la que a Rabí Meir nunca se le citaba en la academia de lo alto era que había tenido un maestro tan malvado como Elishá ben Abuyá. Raba explicó la conducta de Rabí Meir con una parábola. «Rabí Meir —dijo— encontró una granada; disfrutó del corazón del fruto y desechó la cáscara.» Eliyahu quedó persuadido de lo justo de esta defensa, y con él todas las potencias celestiales. Desde entonces, una de las interpretaciones de Rabí Meir fue citada en la academia celestial.
Eliyahu no se interesaba menos por las personas de los sabios que por sus enseñanzas, sobre todo cuando había que proporcionar a los estudiosos los medios de consagrarse a sus estudios. Fue él quien, cuando Rabí Eliézer ben Hurkanós —más tarde una gran celebridad— resolvió dedicarse a la ley, le aconsejó dirigirse a Yerushaláyim y sentarse a los pies de Rabán Yojanán ben Zakai.
Se encontró una vez con un hombre que se burlaba de sus exhortaciones al estudio, y que decía que, en el gran día del juicio, se disculparía por haber descuidado los afanes del intelecto alegando que no le habían sido concedidas ni inteligencia ni sabiduría. Eliyahu le preguntó cuál era su oficio. «Soy pescador», fue la respuesta. «Bien, hijo mío —le preguntó Eliyahu—, ¿quién te enseñó a tomar el lino, hacer redes y echarlas al mar para pescar?» Él respondió: «Para esto el cielo me dio inteligencia y discernimiento.» A lo cual Eliyahu: «Si posees inteligencia y discernimiento para echar redes y pescar, ¿por qué habrían de abandonarte esas cualidades cuando te ocupas de la Torá, que, como sabes, está muy cerca del hombre para que la cumpla?» El pescador se conmovió y rompió a llorar. Eliyahu lo tranquilizó diciéndole que lo que había dicho valía para muchos otros además de él.
De otro modo transmitió Eliyahu la lección del gran valor que reside en la entrega al estudio de la Torá. Disfrazado de Rabí, se le acercó un hombre que le prometía librarlo de toda preocupación material con tal de que se quedara a vivir con él. Negándose a abandonar Yavne, centro de la erudición judía, dijo al tentador: «Aunque me ofrecieras mil millones de denarios de oro, no dejaría la morada de la ley para habitar en un lugar en el que no hay Torá.»
Por Torá, claro está, se entiende la ley tal como la conciben e interpretan los sabios y los estudiosos, pues Eliyahu ponía particular empeño en afianzar la autoridad de la ley oral, así como se afanaba en demostrar la verdad de las promesas de la Escritura que a primera vista parecían increíbles. Por ejemplo, cumplió una vez el deseo de Rabí Yehoshúa ben Leví de ver las piedras preciosas que en los tiempos mesiánicos ocuparán el lugar del sol para iluminar Yerushaláyim. Un barco en medio del océano estaba a punto de naufragar. Entre un gran número de pasajeros gentiles había un solo joven judío. A él se le apareció Eliyahu y le dijo que salvaría la nave a condición de que el muchacho fuera a ver a Rabí Yehoshúa ben Leví, lo llevara a cierto lugar apartado de la ciudad y de toda habitación humana, y le mostrara las gemas. El muchacho dudaba de que un hombre tan grande consintiera en seguir a un simple mozalbete hasta un paraje remoto, pero, tranquilizado por Eliyahu —que le habló de la extraordinaria modestia de Rabí Yehoshúa—, aceptó el encargo, y la nave con su carga humana se salvó. El muchacho fue al Rabí, le rogó que lo acompañara adonde él lo guiara, y Yehoshúa, que en efecto poseía gran modestia, siguió al muchacho tres millas sin siquiera preguntar el propósito de la expedición. Cuando por fin llegaron a la cueva, el muchacho dijo: «¡Mira, aquí están las piedras preciosas!» El Rabí las asió, y un torrente de luz se extendió hasta Lod, la residencia de Rabí Yehoshúa. Sobresaltado, arrojó las piedras preciosas lejos de sí, y desaparecieron.
Este Rabí era un favorito especial de Eliyahu, que hasta le consiguió una entrevista con el Mesías. El Rabí halló al Mesías entre la muchedumbre de pobres afligidos reunidos junto a las puertas de la ciudad de Roma, y lo saludó con estas palabras: «¡La paz sea contigo, maestro y guía mío!» A lo cual el Mesías respondió: «¡La paz sea contigo, hijo de Leví!» El Rabí le preguntó entonces cuándo aparecería, y el Mesías dijo: «Hoy.» Más tarde Eliyahu explicó al Rabí que lo que el Mesías quería decir con «hoy» era que, por su parte, estaba dispuesto a traer a Israel la redención en cualquier momento. Con que Israel se mostrara digno, cumpliría al instante su misión.
Eliyahu quiso también poner a Rabí Yehoshúa en comunicación con el difunto Rabí Shimón ben Yojái, pero este no lo consideró de importancia suficiente para honrarlo con su conversación. Rabí Shimón le había dirigido una pregunta, y Rabí Yehoshúa, en su modestia, había dado una respuesta poco a propósito para inspirar una alta opinión de sí mismo. En realidad Rabí Yehoshúa poseía cualidades tan excelentes que, cuando entró en el Paraíso, Eliyahu caminó delante de él pregonando: «¡Abrid paso al hijo de Leví!»
Entre las muchas y variadas enseñanzas que Eliyahu impartía a sus amigos, ninguna hay tan importante como su teodicea, las enseñanzas que vindican la justicia de Dios en el gobierno de los asuntos terrenales. Aprovechaba más de una ocasión para demostrarla con el precepto y el ejemplo. Una vez concedió a su amigo Rabí Yehoshúa ben Leví el cumplimiento de cualquier deseo que expresara, y todo lo que el Rabí pidió fue que se le permitiera acompañar a Eliyahu en sus andanzas por el mundo. Eliyahu estaba dispuesto a satisfacer este deseo. Solo le impuso una condición: que, por extrañas que le parecieran al Rabí las acciones de Eliyahu, no le pidiera explicación alguna. Si alguna vez preguntaba por qué, tendrían que separarse. Así, Eliyahu y el Rabí partieron juntos, y anduvieron hasta llegar a la casa de un hombre pobre cuya única posesión terrenal era una vaca. El hombre y su mujer eran gentes de muy buen corazón, y recibieron a los dos caminantes con cordial acogida. Invitaron a los forasteros a su casa, les pusieron delante lo mejor que tenían de comer y de beber, y les prepararon un lecho cómodo para la noche. Cuando, al día siguiente, Eliyahu y el Rabí se disponían a proseguir su viaje, Eliyahu oró para que la vaca de su anfitrión muriera. Antes de que salieran de la casa, el animal había expirado. Rabí Yehoshúa quedó tan consternado por la desgracia que había caído sobre aquella buena gente que casi perdió el sentido. Pensó: «¿Es esta la recompensa del pobre por todos sus bondadosos servicios?» Y no pudo contenerse de plantearle la pregunta a Eliyahu. Pero Eliyahu le recordó la condición impuesta y aceptada al comienzo del viaje, y siguieron adelante, con la curiosidad del Rabí sin saciar. Aquella noche llegaron a la casa de un hombre rico, que no tuvo con sus huéspedes la cortesía de mirarles a la cara. Aunque pasaron la noche bajo su techo, no les ofreció ni comida ni bebida. Este rico deseaba que le reparasen un muro que se había derrumbado. No tuvo necesidad de dar paso alguno para hacerlo reconstruir, pues, al salir Eliyahu de la casa, oró para que el muro se levantara por sí mismo, y —¡he aquí!— quedó en pie. Rabí Yehoshúa se asombró en gran manera, pero, fiel a su promesa, reprimió la pregunta que le subía a los labios. Así siguieron viaje de nuevo, hasta que llegaron a una sinagoga ornamentada, cuyos asientos eran de plata y oro. Pero los fieles no correspondían en carácter a la magnificencia del edificio, pues, llegado el momento de atender las necesidades de los peregrinos rendidos por el camino, uno de los presentes dijo: «No falta agua ni pan, y los viajeros forasteros pueden quedarse en la sinagoga, adonde se les puede llevar este refrigerio.» Muy de mañana al día siguiente, al partir, Eliyahu deseó a los presentes en la sinagoga donde se habían alojado que Dios los elevara a todos a ser «cabezas». De nuevo Rabí Yehoshúa hubo de ejercer gran dominio de sí mismo y no poner en palabras la pregunta que hondamente lo turbaba. En el pueblo siguiente fueron recibidos con gran afabilidad y servidos en abundancia con todo lo que sus cuerpos fatigados ansiaban. A estos bondadosos anfitriones, al marcharse, Eliyahu les otorgó el deseo de que Dios les diera una sola cabeza. Ya el Rabí no pudo contenerse por más tiempo, y exigió una explicación de las caprichosas acciones de Eliyahu. Eliyahu consintió en aclarar su conducta a Yehoshúa antes de separarse el uno del otro. Habló así: «La vaca del pobre fue muerta porque yo sabía que ese mismo día se había decretado en el cielo la muerte de su mujer, y oré a Dios para que aceptara la pérdida del bien del pobre en sustitución de la mujer del pobre. En cuanto al rico, había un tesoro escondido bajo el muro derruido, y, si lo hubiera reconstruido, habría hallado el oro; por eso levanté el muro milagrosamente, para privar al avaro del valioso hallazgo. Deseé que la gente inhospitalaria reunida en la sinagoga tuviera muchas cabezas, porque un lugar de numerosos jefes está destinado a arruinarse por la multiplicidad de pareceres y disputas. A los habitantes de nuestro último lugar de descanso, en cambio, les deseé una sola cabeza, pues donde uno solo guía a la población, el éxito acompañará todas sus empresas. Sabe, pues, que si ves prosperar a un malhechor, no siempre es para su ventaja, y si un justo padece necesidad y aflicción, no pienses que Dios es injusto.» Tras estas palabras, Eliyahu y Rabí Yehoshúa se separaron, y cada uno siguió su camino.
Cuán difícil es formarse un juicio verdadero sin más guía que las apariencias externas, se lo probó Eliyahu a Rabí Beroká. Caminaban una vez por una calle concurrida, y el Rabí pidió a Eliyahu que le señalara a alguno entre la multitud destinado a ocupar un puesto en el Paraíso. Eliyahu respondió que no había ninguno, para contradecirse al minuto siguiente y señalar a un transeúnte. Su aspecto era tal que en él, menos que en cualquier otro, habría sospechado el Rabí a un hombre piadoso. Su atuendo ni siquiera indicaba que fuera judío. Más tarde Rabí Beroká descubrió, interrogándolo, que era guardia de una cárcel. En el cumplimiento de sus deberes como tal ponía particular cuidado en que no se violara la virtud de la castidad en la prisión, en la que se retenía tanto a hombres como a mujeres. Además, su cargo lo ponía a menudo en relación con las autoridades gentiles, y así podía mantener a los judíos informados de la disposición que hacia ellos tenían los poderes vigentes. Aprendió así el Rabí que ninguna condición en la vida impide a quien la ocupa hacer el bien y obrar noblemente.
Otra vez señaló Eliyahu a dos hombres a quienes estaba asignado un gran porvenir en el Paraíso. ¡Y aquellos hombres no eran más que bufones! Se habían propuesto en la vida disipar el descontento y la tristeza con sus bromas y su alegre humor, y aprovechaban las ocasiones que les brindaba su oficio para componer las diferencias y las querellas que perturban la armonía de las gentes que viven en estrecho trato.
Entre las muchas obras benévolas de Eliyahu, mención especial merece el rescate de aquellos condenados por un decreto celestial a caer en las garras del ángel de la muerte. Obraba estos rescates advirtiendo a las víctimas señaladas de su destino inminente y exhortándolas a hacer buenas obras, que serían protección contra la muerte.
Había una vez un hombre piadoso y rico, con una hija hermosa y santa. Había tenido la desgracia de perder tres maridos, uno tras otro, cada uno al día siguiente de la boda. Estas penas la determinaron a no entrar nunca más en el estado del matrimonio. Un primo suyo, sobrino de su padre, movido por la pobreza de sus padres, viajó desde su lejano hogar para pedir ayuda a su rico tío. Apenas había puesto los ojos en su encantadora prima cuando cayó víctima de sus encantos. En vano procuró su padre disuadir a su sobrino de casarse con su hija. Pero la suerte de sus predecesores no lo amedrentó, y la boda se celebró. Mientras estaba de pie bajo el palio nupcial, Eliyahu vino a él con la apariencia de un anciano y le dijo: «Hijo mío, quiero darte un consejo. Mientras estés sentado en el banquete de bodas, se te acercará un mendigo andrajoso y sucio, con el pelo como clavos. En cuanto lo veas, apresúrate a sentarlo a tu lado, ponle delante comida y bebida, y prepárate a concederle cuanto te pida. Haz lo que te digo, y estarás protegido contra todo mal. Ahora te dejo y sigo mi camino.» En el festín de bodas apareció un forastero tal como Eliyahu lo había descrito, y el novio obró conforme al consejo de Eliyahu. Pasada la boda, el forastero reveló su identidad, presentándose como el mensajero de HaShem enviado a tomar la vida del joven marido. Las súplicas del novio no lograron moverlo; se negó a conceder ni un solo día de prórroga. Todo lo que cedió fue permitir al joven marido despedirse de su recién desposada. Cuando la novia vio que lo que había temido se cumplía, acudió al ángel de la muerte y discutió con él: «La Torá exime expresamente al recién casado de todos los deberes durante un año entero. Si privas a mi marido de la vida, desmentirás a la Torá.» Entonces Dios ordenó al ángel de la muerte que desistiera, y, cuando los parientes de la novia vinieron a preparar la sepultura del novio, lo hallaron sano y sin daño.
Algo semejante le sucedió al hijo del gran y sumamente piadoso sabio Rabí Reuvén. A él vino el ángel de la muerte y le anunció que su único hijo habría de morir. El piadoso se resignó: «Nada podemos los mortales para oponernos a un decreto divino —dijo—, pero te ruego que le des treinta días de prórroga, para que pueda verlo casado.» El ángel de la muerte accedió. El Rabí no contó a nadie este encuentro, esperó a que el plazo señalado tocara a su fin y, el último día, el trigésimo, dispuso el festín de bodas de su hijo. Ese día, el futuro novio se encontró con Eliyahu, que le habló de su muerte cercana. Digno hijo de su padre, dijo: «¿Quién puede oponerse a Dios? ¿Y soy yo mejor que Avraham, Yitsjak y Yaakov? También ellos tuvieron que morir.» Eliyahu le dijo además que el ángel de la muerte se le aparecería con la apariencia de un mendigo andrajoso y sucio, y le aconsejó recibirlo del modo más bondadoso posible, y en particular insistir en que tomara de él comida y bebida. Todo sucedió tal como Eliyahu lo había predicho, y su consejo, también, resultó eficaz, pues el corazón del ángel de la muerte —que al fin reveló ser el mendigo— se ablandó ante las súplicas del padre, unidas a las lágrimas de la joven esposa, que recurrió al argumento antes citado del año de exención del deber concedido al recién casado. El ángel de la muerte, desarmado por el amable trato que se le dio, fue él mismo ante el trono de Dios y presentó la petición de la joven esposa. El desenlace fue que Dios añadió setenta años a la vida del hijo de Rabí Reuvén.
Los frecuentes encuentros entre Eliyahu y los maestros de la ley de la época talmúdica estaban revestidos de un interés meramente personal. Sobre el desarrollo de la Torá no tuvieron influencia alguna. Su relación con la ciencia mística era de índole muy distinta. Puede afirmarse sin temor que lo que Moshé fue para la Torá, Eliyahu lo fue para la Cábala.
Su relación más temprana con ella se estableció por medio de Rabí Shimón ben Yojái y su hijo Rabí Eliézer. Durante trece años los visitó dos veces al día en su escondite subterráneo, y les impartió los secretos de la Torá. Mil años después, Eliyahu dio de nuevo el impulso al desarrollo de la Cábala, pues fue él quien reveló misterios, primero al nazareo Rabí Yaakov, y luego al discípulo de este, Avraham ben David. Los misterios de los libros «Peliá» y «Kaná» el autor Elkaná se los debió por entero a Eliyahu. Se le había aparecido en forma de un venerable anciano y le había comunicado el saber secreto que se enseña en la academia celestial. Además, lo condujo a una roca de fuego en la que estaban grabados caracteres misteriosos, que Elkaná descifró.
Cuando su discípulo quedó así plenamente impregnado de enseñanzas místicas, Eliyahu lo llevó al sepulcro de los Patriarcas, y de allí a la academia celestial. Pero los ángeles, poco complacidos por la intrusión de uno «nacido de mujer», le infundieron tal terror que rogó a Eliyahu que lo devolviera a la tierra. Su mentor apaciguó sus temores, y por largo tiempo siguió instruyéndolo en la ciencia mística, según el sistema que su discípulo ha consignado en sus dos obras.
Los cabalistas en general poseían el poder de citar a Eliyahu, de conjurarlo mediante ciertas fórmulas. Uno de ellos, Rabí Yosef della Reyna, invocó una vez a Eliyahu de este modo, pero ello resultó su propia perdición. Era un sabio santo, y había concebido nada menos que el propósito de traer la redención del hombre mediante la derrota del ángel Samael, el Príncipe del Mal. Tras muchas plegarias y vigilias, y un largo entregarse al ayuno y a otras prácticas ascéticas, Rabí Yosef se unió con sus cinco discípulos con el fin de conjurar a Eliyahu. Cuando el profeta, obedeciendo a la convocatoria, se plantó de pronto ante él, Rabí Yosef habló así: «¡La paz sea contigo, maestro nuestro! Profeta verdadero, portador de la salvación, no te disgustes conmigo por haberte molestado en venir aquí. Dios sabe que no lo he hecho por mí, ni por mi propia honra. Estoy celoso por el nombre y la honra de Dios, y sé que tu deseo es el mismo que el mío, pues es tu vocación hacer que la gloria de Dios prevalezca en la tierra. Te ruego, por tanto, que concedas mi petición: dime con qué medios puedo vencer al Satán.» Eliyahu al principio se esforzó por disuadir al Rabí de su empresa. Le describió el gran poder del Satán, que crece sin cesar al alimentarse de los pecados de la humanidad. Pero no hubo modo de hacer desistir a Rabí Yosef. Eliyahu enumeró entonces las medidas y tácticas que debería observar en su combate con el ángel caído. Enumeró las obras piadosas y santas que ganarían el interés del arcángel Sandalfón para su empresa, y de este ángel aprendería el método de guerra que había de seguir. El Rabí cumplió cuidadosamente las instrucciones de Eliyahu, y logró convocar a Sandalfón en su ayuda. Si hubiera continuado obedeciendo las instrucciones al pie de la letra, y hubiera llevado a cabo cuanto Sandalfón le aconsejó, el Rabí habría triunfado sobre el Satán y apresurado la redención del mundo. Por desgracia, en un punto el Rabí cometió una indiscreción, y perdió las grandes ventajas que había obtenido sobre el Satán, quien usó su poder recobrado para llevar la ruina sobre él y sus discípulos.
La transformación radical en el carácter de la enseñanza cabalística que va ligada al nombre de Rabí Yitsjak Luria es también prueba de la actividad de Eliyahu. Eliyahu buscó a este «padre del renacimiento cabalístico» y le reveló los misterios del universo. En efecto, había mostrado su interés por él mucho antes de que nadie sospechara la futura grandeza de Rabí Yitsjak. Inmediatamente después de su nacimiento, Eliyahu se apareció al padre del niño y le encomendó no realizar el rito de la circuncisión hasta que Eliyahu le indicara proceder. Llegó el octavo día de vida del niño, toda la congregación se reunió en la sinagoga para presenciar la solemne ceremonia, pero, ante el gran asombro de sus paisanos, el padre la demoró. La gente, naturalmente, no sabía que esperaba a que Eliyahu apareciera, y una y otra vez lo instaron a que se celebrara la ceremonia. Pero él no permitió que la impaciencia de los reunidos lo apartara de su propósito. De pronto, Eliyahu, invisible por supuesto para los demás, se le apareció y le mandó que se realizara la ceremonia. Los presentes tenían la impresión de que era el padre quien sostenía al niño sobre sus rodillas durante la circuncisión; en realidad, sin embargo, era Eliyahu. Concluido el rito, Eliyahu devolvió al niño al padre con estas palabras: «Aquí tienes a tu hijo. Cuídalo bien, porque esparcirá una luz brillante sobre el mundo.»
Fue también Eliyahu quien de modo semejante informó a Rabí Eliézer, padre de Rabí Israel Baal Shem Tov —aquel cuyo nombre no tiene rival en los anales de la Cábala jasídica—, de que le nacería un hijo que iluminaría los ojos de Israel. Este Rabí Eliézer tenía justa fama de ser muy hospitalario. Acostumbraba apostar guardias a las entradas de la aldea en que vivía, y estos tenían el encargo de llevar a su casa a todos los forasteros. En el cielo se dispuso que los instintos hospitalarios de Rabí Eliézer fueran puestos a prueba. Eliyahu fue elegido para el experimento. Una tarde de Shabat, ataviado con el atuendo de un mendigo, entró en la aldea con zurrón y bastón. Rabí Eliézer, sin reparar en que el mendigo profanaba el Shabat, lo recibió con bondad, atendió a sus necesidades corporales y, a la mañana siguiente, al despedirse de él, le dio además algo de dinero. Conmovido por su buen corazón, Eliyahu reveló su identidad y el propósito de su disfraz, y le dijo que, por haber soportado tan bien la prueba, sería recompensado con el nacimiento de un hijo que «iluminaría los ojos de Israel».
Por múltiple que sea la participación de Eliyahu en el curso de los sucesos históricos, no puede compararse con lo que se espera de él en los días del Mesías. Se le confía la misión de ordenar rectamente el tiempo venidero y restaurar las tribus de Yaakov. Su actividad mesiánica ha de ser, pues, doble: será el precursor del Mesías, y a la vez él mismo realizará en parte el prometido plan de salvación. Su primera tarea será inducir a Israel a la teshuvá cuando el Mesías esté por venir, y establecer la paz y la armonía en el mundo. Por eso habrá de resolver todas las dificultades legales, y solucionar todos los problemas legales, que se han acumulado desde tiempos inmemoriales, y decidir cuestiones espinosas de ritual sobre las que los autores sostienen pareceres contradictorios. En suma, toda diferencia de opinión ha de apartarse del camino del Mesías. Este oficio de expositor de la ley seguirá ocupándolo Eliyahu aun después de que el reino de paz se haya establecido en la tierra, y su relación con Moshé será la misma que Aharón mantuvo antaño.
La obra preparatoria de Eliyahu comenzará tres días antes de la venida del Mesías. Entonces aparecerá en la Tierra de Israel, y entonará un lamento por la devastación de la Tierra Santa, y su gemido se oirá por todo el mundo. Las últimas palabras de su elegía serán: «¡Ahora la paz vendrá sobre la tierra!» Cuando los malhechores oigan este mensaje, se alegrarán. Al segundo día aparecerá de nuevo y proclamará: «¡El bien vendrá sobre la tierra!» Y al tercero se oirá su promesa: «La salvación vendrá sobre la tierra.» Entonces Mijael tocará la trompeta, y una vez más Eliyahu hará su aparición, esta vez para presentar al Mesías. Para asegurarse de la identidad del Mesías, los judíos exigirán que realice ante sus ojos el milagro de la resurrección, devolviendo a la vida a aquellos muertos que hubieran conocido personalmente. Pero el Mesías hará las siete maravillas siguientes: hará vivir a Moshé y a la generación del desierto; a Kóraj y a su banda los levantará de dentro de la tierra; resucitará al Mesías efraimita, que fue muerto; mostrará los tres santos utensilios del Templo —el Arca, la vasija del maná y el frasco del aceite sagrado—, los tres desaparecidos misteriosamente; blandirá el cetro que Dios le dio; triturará las montañas de la Tierra Santa hasta reducirlas a polvo como paja, y revelará el secreto de la redención. Entonces los judíos creerán que Eliyahu es el Eliyahu prometido, y que el Mesías presentado por él es el Mesías verdadero.
El Mesías hará que Eliyahu toque la trompeta, y, al primer sonido, la luz primordial, que brilló antes de la semana de la Creación, reaparecerá; al segundo sonido los muertos se levantarán, y con la rapidez del viento se congregarán en torno al Mesías desde todos los confines de la tierra; al tercer sonido, la Shejiná se hará visible para todos; las montañas serán arrasadas al cuarto sonido, y el Templo se alzará en perfección completa tal como Yejezkel lo describió.
Durante el reino de paz, Eliyahu será uno de los ocho príncipes que formarán el consejo del Mesías. Ni siquiera la llegada del gran día del juicio pondrá fin a su actividad. Ese día, los hijos de los malvados que hubieron de morir en la infancia a causa de los pecados de sus padres se hallarán entre los justos, mientras que sus padres serán colocados al otro lado. Los pequeños implorarán a sus padres que vengan a ellos, pero Dios no lo permitirá. Entonces Eliyahu irá hacia los pequeños y les enseñará cómo interceder en favor de sus padres. Se presentarán ante Dios y dirán: «¿No es acaso la medida del bien, la misericordia de Dios, mayor que la medida de los castigos? Si, pues, morimos por los pecados de nuestros padres, ¿no habría de concedérseles ahora, por amor a nosotros, el bien, y de permitírseles reunirse con nosotros en el Paraíso?» Dios dará su asentimiento a sus ruegos, y Eliyahu habrá cumplido la palabra del profeta Malají; habrá hecho volver los padres a los hijos.
El último acto de la brillante trayectoria de Eliyahu será la ejecución de la orden de Dios de dar muerte a Samael, y desterrar así el mal para siempre.
Capítulo VIII
Elishá y Yoná
Capítulo octavo
Las voces de los miles de profetas de su tiempo enmudecieron cuando Eliyahu fue arrebatado de la tierra al cielo. Con él se desvaneció el espíritu profético de quienes, en tiempos pasados, en nada le habían sido inferiores. Elishá fue el único entre ellos cuyos poderes proféticos no menguaron. Al contrario, se fortalecieron, como recompensa por la prontitud sin titubeos con que obedeció el llamado de Eliyahu —dejó el campo que araba, y todo lo demás que poseía, en favor de la comunidad—. Desde entonces fue el compañero incansable de Eliyahu. Cuando el ángel descendió del cielo para tomar a Eliyahu de la tierra, encontró a los dos tan absortos en una discusión de estudio que no logró atraer su atención, y hubo de volverse sin cumplir su encargo.
La promesa de Eliyahu de conceder a su discípulo una porción doble de su prodigioso espíritu se cumplió al instante. A lo largo de su vida, Elishá realizó dieciséis milagros, y ocho era todo cuanto había hecho su maestro. El primero de ellos, el cruce del Yardén, fue más notable que el prodigio correspondiente obrado por Eliyahu, pues Elishá atravesó el río solo, mientras que a Eliyahu lo había acompañado Elishá. Dos santos siempre tienen más poder que uno por sí solo.
Su segundo milagro, la «sanación» de las aguas de Yerijó, para que fueran aptas de beber, le acarreó daño a sí mismo, pues las gentes que se ganaban el sustento con la venta de agua salubre se enfurecieron mucho contra el profeta por haberles arruinado el negocio. Elishá, cuyos poderes proféticos le permitían leer tanto el pasado como el futuro de estos comerciantes, sabía que ellos, sus antepasados y su descendencia «no tenían ni el aroma de lo bueno». Por eso los maldijo. De pronto surgió un bosque, y los osos que lo infestaban devoraron a los comerciantes murmuradores. Aquellos malvados no eran inmerecedores del castigo que recibieron; con todo, Elishá hubo de padecer una enfermedad muy grave, a modo de corrección por haberse dejado llevar por la pasión. En esto se asemejó a su maestro Eliyahu: dejó que la ira y el celo se enseñorearan de él. Dios quiso que los dos grandes profetas quedaran purgados de este defecto. Así, cuando Elishá reprendió al rey Yehoram de Israel, el espíritu de profecía lo abandonó, y hubo de recurrir a medios artificiales para despertarlo de nuevo en su interior.
Como su maestro, Elishá estaba siempre dispuesto a ayudar al pobre y al necesitado, según da testimonio su compasión por la viuda de uno de los hijos de los profetas y la ayuda eficaz que le prestó. Su marido no había sido otro que Ovadiá, quien, aun siendo profeta, había sido al mismo tiempo uno de los más altos funcionarios en la corte del rey pecador Ajav. Edomita de nacimiento, Ovadiá había sido inspirado por Dios para pronunciar la profecía contra Edom. En su propia persona encarnaba la acusación contra Esav, que había vivido con sus padres piadosos sin seguir su ejemplo, mientras que Ovadiá, por el contrario, vivió en trato constante con el inicuo rey Ajav y con su aún más inicua esposa Izével sin ceder a la influencia funesta que ejercían. Este mismo Ovadiá no solo empleó su propia fortuna, sino que llegó al extremo de pedir dinero a interés al futuro rey, para tener con qué sostener a los profetas que estaban escondidos. A su muerte, el rey quiso hacer responsables a los hijos de la deuda del padre. En su desesperación, la piadosa esposa de Ovadiá fue al cementerio, y allí clamó: «¡Oh, hombre temeroso de Dios!». Al punto se oyó una voz celestial que le preguntaba: «Hay cuatro hombres temerosos de Dios: Avraham, Yosef, Iyov y Ovadiá. ¿A cuál de ellos deseas hablar?». «A aquel de quien se dice: “Temía en gran manera a Adonái”.»
La condujeron a la tumba del profeta Ovadiá, donde derramó el relato de su pena. Ovadiá le dijo que llevara el poco aceite que aún le quedaba al profeta Elishá y le pidiera que intercediera por él ante Dios, «pues Dios —dijo— es mi deudor, ya que proveí a cien profetas no solo de pan y agua, sino también de aceite para alumbrar su escondite; ¿acaso no dicen las Escrituras: “El que se apiada del pobre presta a Adonái”?». Sin demora, la mujer cumplió su encargo. Fue a Elishá, y él la ayudó haciendo que su pequeña vasija de aceite llenara vasijas y más vasijas sin número; y cuando se acabaron las vasijas, ella trajo tiestos, diciendo: «Que la voluntad que llenó las vasijas vacías haga perfectas las vasijas rotas». Y así fue. El aceite dejó de manar solo cuando se agotaron tanto los tiestos como las vasijas. En su piedad, la mujer quería pagar la ofrenda del diezmo, pero Elishá era del parecer de que, como el aceite le había sido concedido milagrosamente, podía quedárselo entera y totalmente para su propio uso. Además, Elishá la tranquilizó respecto al poder de los príncipes reales para hacerle daño: «El Dios que cerrará las fauces de los leones lanzados contra Daniel, y que cerró las fauces de los perros en Mitsraim, ese mismo Dios cegará los ojos de los hijos de Ajav y ensordecerá sus oídos, para que no puedan hacerte ningún daño». No solo se ayudó a la pobre viuda a salir de sus apuros: se proveyó a sus descendientes por todos los tiempos. El aceite subió de precio, y rindió tanta ganancia que nunca padecieron necesidad.
La gran mujer de Shunem, hermana de Avishag y esposa del profeta Idó, también tuvo motivo para estar hondamente agradecida a Elishá. Cuando Elishá llegó a Shunem en su viaje por la tierra de Israel, su santidad causó una impresión profunda en la sunamita. En verdad, el ojo del profeta era tan sobrecogedor que ninguna mujer podía mirarlo a la cara y seguir con vida. Al contrario del hábito de la mayoría de las mujeres, empeñadas en reducir sus gastos y su trabajo, la sunamita se deleitaba en el privilegio de acoger al profeta en su casa como huésped. Observó que ni una mosca osaba acercarse al santo varón, y que de su persona exhalaba una fragancia grata. «Si no fuera tan gran santo —dijo—, y si la santidad de HaShem no lo revistiera, no habría en torno a él tan agradable fragancia.» Para que no se le molestara, asignó al profeta las mejores estancias de la casa. Él, por su parte, deseando mostrar su aprecio por la hospitalidad, no halló mejor retribución para su bondad que prometerle que sería bendecida con un hijo dentro de un año. La mujer protestó: «Oh, mi marido es un hombre anciano, ni yo estoy en edad de tener hijos; la promesa no puede cumplirse». Sin embargo, sucedió como el profeta había predicho. Antes de que pasaran doce meses, era madre.
Unos años después, su hijo murió de muerte repentina. La madre acudió al profeta y se lamentó ante él: «Ojalá la vasija hubiera quedado vacía, antes que llenarse primero y luego quedar vacía de nuevo». El profeta admitió que, aunque por regla general conocía todas las cosas que habían de suceder, Dios lo había dejado a oscuras acerca de la desgracia que le había sobrevenido. Con confianza en Dios, entregó su bastón a su discípulo Guejazí y lo envió a devolver la vida al niño. Pero Guejazí era indigno de su maestro. Su conducta hacia la sunamita no era propia de un discípulo del profeta y, sobre todo, no tenía fe en la posibilidad de cumplir la misión que se le había confiado. En lugar de obedecer el mandato de Elishá —no hablar palabra en su camino hacia el hijo de la sunamita—, Guejazí se burló de la tarea que se le había impuesto. A cualquier hombre que encontraba le dirigía la pregunta: «¿Crees tú que este bastón puede devolver la vida a los muertos?». El resultado fue que perdió el poder de ejecutar el encargo que se le había encomendado. El propio Elishá hubo de obrar el milagro. El profeta pronunció la oración: «¡Señor del mundo! Así como hiciste maravillas por medio de mi maestro Eliyahu, y le permitiste devolver los muertos a la vida, así, te lo ruego, obra un prodigio por medio de mí, y déjame restaurar la vida a este muchacho». La oración fue concedida, y el niño revivió. El acto del profeta prueba el deber de la gratitud en retorno por la hospitalidad. Elishá no intentó resucitar a los suyos, a los de su propia carne y sangre, que la muerte había reclamado; invocó un milagro por el bien de la mujer que lo había acogido amablemente en su casa.
Guejazí, cuya conducta en esta ocasión lo había mostrado indigno de confianza, provocó de nuevo la ira del profeta cuando desatendió la orden de no aceptar dinero de Naamán, el capitán sirio. No logró engañar al profeta. A su regreso de junto a Naamán, encontró a Elishá ocupado en el estudio del capítulo de la Mishná Shabat que trata de los ocho reptiles. El profeta Elishá lo recibió con la reprensión: «¡Villano! Ha llegado el momento de que yo sea recompensado por el estudio de la Mishná sobre los ocho reptiles. Sea mi recompensa que la enfermedad de Naamán te aflija a ti y a tu descendencia para siempre». Apenas habían salido estas palabras de sus labios cuando vio brotar la lepra en el rostro de Guejazí. Guejazí merecía el castigo a causa de su carácter vil. Era sensual y envidioso, y no creía en la resurrección de los muertos. Sus indignas cualidades se manifestaron en su conducta hacia la sunamita y hacia los discípulos de Elishá. Cuando la hermosa sunamita vino al profeta afligida por la muerte de su hijo, Guejazí la tomó apasionadamente entre sus brazos, con el pretexto de apartarla del profeta, a quien ella se había aferrado en sus súplicas.
En cuanto a los demás discípulos de Elishá, se esforzaba por mantenerlos alejados de la casa del profeta. Tenía la costumbre de quedarse plantado fuera de la puerta. Esto inducía a muchos a dar media vuelta y regresar a casa, pues razonaban que, si la casa no estaba llena a rebosar, Guejazí no estaría de pie afuera. Solo tras la expulsión de Guejazí aumentaron maravillosamente los discípulos de Elishá. Que Guejazí no tenía fe en la resurrección de los muertos lo muestra su incredulidad respecto al hijo de la sunamita.
A pesar de todos estos defectos, Elishá lamentó haber repudiado a su discípulo, que era un gran erudito en la ley, sobre todo porque Guejazí se entregó a una vida de pecado tras abandonar al profeta. Mediante el magnetismo hizo que los becerros de oro de Bet-El flotaran en el aire, y a muchos se los llevó a creer en la divinidad de estos ídolos. Es más, grabó el grande y temible Nombre de Dios en la boca de ellos. Así quedaron habilitados para hablar, y proferían las mismas palabras que Dios había proclamado desde el Sinaí: «Yo soy Adonái tu Dios; no tendrás otros dioses delante de Mí». En consecuencia, Elishá se dirigió a Damasco para devolver a Guejazí a las sendas de la rectitud. Pero él permaneció impenitente, pues dijo: «De ti mismo he aprendido que no hay retorno para quien no solo peca él mismo, sino que además induce a otros a pecar». Así murió Guejazí sin haber hecho nada para expiar sus transgresiones, que eran tan grandes que es uno de los pocos judíos que no tienen parte en el Paraíso. Sus hijos heredaron su lepra. Él y sus tres hijos son los cuatro leprosos que informaron al rey de Israel de la huida precipitada del ejército sirio.
La severidad excesiva de Elishá hacia su siervo Guejazí y hacia los muchachos burlones de Yerijó no quedó sin castigo. Hubo de soportar dos períodos de enfermedad, y la tercera dolencia que lo aquejó le causó la muerte. Es el primero conocido en la historia que sobrevivió a una enfermedad. Antes de él, la muerte había sido la compañera inevitable de la enfermedad.
Un gran milagro marcó el final de una vida rica en hechos milagrosos: un muerto revivió al tocar el féretro de Elishá, y se puso en pie. Fue por un personaje digno por quien se obró el prodigio: Shalum, hijo de Tikvá, el marido de la profetisa Juldá, hombre de noble linaje que había llevado una vida de bondad amorosa. Tenía la costumbre de salir a diario más allá de la ciudad llevando el cántaro de agua, del que daba de beber a todo viajero, buena obra que recibió doble recompensa. Su esposa llegó a ser profetisa, y cuando él murió y su funeral, al que asistió un gran concurso de gente, se vio perturbado por la invasión de los arameos, le fue dada nueva vida al contacto con los huesos de Elishá. Vivió lo bastante para tener un hijo, Janamel de nombre.
La muerte de Elishá fue una gran desgracia para los israelitas. Mientras estuvo con vida, ninguna tropa aramea entró en la Tierra de Israel. La primera invasión de ellos ocurrió el día de su entierro.
Entre los muchos miles de discípulos que Elishá reunió en torno a sí durante los sesenta años y más de su actividad, el más destacado fue el profeta Yoná. Estando aún vivo el maestro, a Yoná se le encomendó la importante misión de ungir rey a Yehú. La siguiente tarea que se le impuso fue proclamar su destrucción a los habitantes de Yerushaláyim. La condena no se cumplió, porque se arrepintieron de su mal proceder, y Dios tuvo misericordia de ellos. Entre los israelitas, por tanto, Yoná era conocido como «el falso profeta». Cuando fue enviado a Ninve para profetizar la caída de la ciudad, reflexionó: «Sé con certeza que los paganos harán penitencia, el castigo amenazado no se ejecutará, y también entre los paganos me ganaré la reputación de ser un falso profeta». Para escapar de esta deshonra, resolvió fijar su morada en el mar, donde no había nadie a quien hubiera de entregar profecías que nunca se cumplirían.
A su llegada a Yafo, no había ninguna nave en el puerto. Para ponerlo a prueba, Dios hizo que se levantara una tormenta, y esta arrastró de vuelta a Yafo una nave que se había alejado dos días de viaje del puerto. El profeta interpretó esta casualidad como que Dios aprobaba su plan. Tanto se alegró de la ocasión favorable para dejar tierra firme que pagó por adelantado el importe entero de todo el cargamento, suma nada menor que cuatro mil denarios de oro. Tras un día de navegación mar adentro, se desató una tormenta terrible. Cosa admirable de contar, no dañó a ninguna nave salvo a la de Yoná. Así se le enseñó la lección de que Dios es Señor sobre el cielo, la tierra y el mar, y que el hombre no puede esconderse en ninguna parte de Su faz.
En la misma nave iban representantes de las setenta naciones de la tierra, cada uno con sus ídolos particulares. Todos resolvieron implorar socorro a sus dioses, y el dios de quien viniera la ayuda sería reconocido y adorado como el único Dios verdadero. Pero de ninguno vino ayuda. Fue entonces cuando el capitán de la nave se acercó a Yoná, donde yacía dormido, y le dijo: «Estamos suspendidos entre la vida y la muerte, y tú yaces aquí dormido. Dime, te ruego, ¿a qué nación perteneces?». «Soy hebreo», respondió Yoná. «Hemos oído —dijo el capitán— que el Dios de los hebreos es el más poderoso. Clama a Él por ayuda. Quizá obre por nosotros los mismos milagros que obró en tiempos antiguos por los judíos en el mar de los Juncos.»
Yoná confesó al capitán que él tenía la culpa de toda la desgracia, y le rogó que lo echara a la deriva y aplacara la tormenta. Los demás pasajeros se negaron a consentir un acto tan cruel. Aunque la suerte decidió contra Yoná, primero trataron de salvar la nave arrojando el cargamento por la borda. Sus esfuerzos fueron en vano. Entonces colocaron a Yoná al costado de la nave y dijeron: «¡Señor del mundo! No nos imputes esto como sangre inocente, pues no conocemos el caso de este hombre, y él mismo nos manda arrojarlo al mar». Aun entonces no se resolvían a dejarlo ahogar. Primero lo sumergieron hasta las rodillas en el agua del mar, y la tormenta cesó; lo volvieron a subir a la nave, y al punto la tormenta bramó con su antigua furia. Dos pruebas más hicieron. Lo bajaron al agua hasta el ombligo, y lo alzaron de las profundidades cuando la tormenta se apaciguó. De nuevo, cuando la tormenta estalló otra vez, lo bajaron hasta el cuello, y por segunda vez lo tomaron de vuelta a la nave cuando el viento amainó. Pero, al fin, la renovada furia de la tormenta los convenció de que su peligro se debía a las transgresiones de Yoná, y lo abandonaron a su suerte. Fue arrojado al agua, y al instante el mar se calmó.
En la creación del mundo, Dios hizo un pez destinado a albergar a Yoná. Era tan grande que el profeta estaba tan cómodo dentro de él como en una espaciosa sinagoga. Los ojos del pez servían a Yoná de ventanas y, además, había un diamante que brillaba tan resplandeciente como el sol al mediodía, de modo que Yoná podía ver todas las cosas del mar hasta su mismísimo fondo.
Es ley que, cuando les llega su hora, todos los peces del mar deben dirigirse al Leviatán y dejar que el monstruo los devore. El término de vida del pez de Yoná estaba a punto de expirar, y el pez advirtió a Yoná de lo que iba a suceder. Cuando llegó, con Yoná en su vientre, ante el Leviatán, el profeta dijo al monstruo: «Por tu causa he venido aquí. Convenía que yo conociera tu morada, pues mi tarea señalada es capturarte en la vida venidera y degollarte para la mesa de los justos y los piadosos». Cuando el Leviatán observó la señal de la alianza en el cuerpo de Yoná, huyó espantado, y Yoná y el pez se salvaron. Para mostrar su gratitud, el pez llevó a Yoná adondequiera que hubiera algo digno de verse. Le mostró el río del que fluye el océano, le mostró el lugar por donde los israelitas cruzaron el mar de los Juncos, le mostró el Guehinom y el Sheol, y muchos otros lugares misteriosos y maravillosos.
Tres días había pasado Yoná en el vientre del pez, y todavía se sentía tan cómodo que no pensaba en implorar a Dios que cambiara su condición. Pero Dios envió una pez hembra preñada de trescientos sesenta y cinco mil pececillos al anfitrión de Yoná, para exigir la entrega del profeta; de lo contrario, ella se tragaría tanto a él como al huésped que albergaba. El mensaje fue recibido con incredulidad, y el Leviatán tuvo que venir a corroborarlo: él mismo había oído a Dios despachar a la pez hembra en su encargo. Así sucedió que Yoná fue trasladado a otra morada. Sus nuevos aposentos, que hubo de compartir con todos los pececillos, distaban mucho de ser cómodos, y desde lo hondo de su corazón se elevó a Dios en lo alto una oración de liberación. Las últimas palabras de su larga súplica fueron: «Cumpliré mi voto», tras lo cual Dios ordenó al pez que vomitara a Yoná. A una distancia de novecientas sesenta y cinco parasangas del pez, quedó en tierra firme. Estos milagros indujeron a la tripulación de la nave a abandonar la idolatría, y todos se hicieron piadosos prosélitos en Yerushaláyim.
Yoná fue derecho a Ninve, la ciudad descomunal que abarcaba cuarenta parasangas cuadradas y contenía un millón y medio de seres humanos. No perdió tiempo en proclamar su destrucción a los habitantes. La voz del profeta era tan sonora que llegaba a cada rincón de la gran ciudad, y todos los que oyeron sus palabras resolvieron apartarse de sus caminos impíos. A la cabeza de los penitentes estaba el rey Osnapar de Ashur. Descendió de su trono, se quitó la corona, esparció ceniza sobre su cabeza en su lugar, se despojó de sus vestiduras de púrpura y se revolcó en el polvo de los caminos. Por todas las calles, los heraldos reales proclamaban el decreto del rey, que mandaba a los habitantes ayunar tres días, vestir cilicio y suplicar a Dios con lágrimas y oraciones que apartara la condena amenazada. Las gentes de Ninve prácticamente forzaron a la misericordia de Dios a descender sobre ellas. Alzaban a sus criaturas hacia el cielo y, entre lágrimas que corrían, clamaban: «Por amor de estos niños inocentes, escucha nuestras oraciones». Separaron las crías de su ganado estabulado de las madres; las crías quedaron dentro del establo, las madres fueron puestas fuera. Así separadas unas de otras, crías y madres comenzaron a bramar a voz en grito. Entonces los ninivitas clamaron: «Si Tú no te apiadas de nosotros, nosotros no nos apiadaremos de estas bestias».
La penitencia de los ninivitas no se detuvo en el ayuno y la oración. Sus obras mostraron que estaban decididos a llevar una vida mejor. Si un hombre había usurpado la propiedad de otro, procuraba reparar su iniquidad; algunos llegaron al extremo de derribar sus palacios con tal de poder devolver un solo ladrillo a su legítimo dueño. Otros, por propia voluntad, comparecían ante los tribunales de justicia y confesaban sus crímenes y pecados secretos, que nadie más que ellos conocía, y se declaraban dispuestos a someterse al castigo bien merecido, aunque fuera la muerte lo que se decretara contra ellos.
Un incidente ocurrido por aquel tiempo ilustrará la contrición de los ninivitas. Un hombre halló un tesoro en el solar que había adquirido de su vecino. Tanto el comprador como el vendedor se negaban a tomar posesión del tesoro. El vendedor insistía en que la venta del solar llevaba consigo la venta de todo lo que contenía. El comprador sostenía que había comprado el terreno, no el tesoro escondido en él. Ninguno de los dos quedó satisfecho hasta que el juez logró averiguar quién había escondido el tesoro y dónde estaban sus herederos; y grande fue la alegría de ambos cuando pudieron entregar el tesoro a sus legítimos dueños.
Viendo que los ninivitas habían experimentado un verdadero cambio de corazón, Dios se apiadó de ellos y los perdonó. Entonces también Yoná se sintió animado a interceder por sí mismo ante Dios, para que le perdonara su huida. Dios le habló: «Fuiste celoso de Mi honor —el profeta no había querido parecer un mentiroso, para que la confianza de los hombres en Dios no se quebrantara—, y por esta razón te echaste a la mar. Por eso obré misericordiosamente contigo y te rescaté de las entrañas del Sheol».
El profeta no podía apartar fácilmente de su mente su estancia en el interior del pez, ni esta quedó sin consecuencias visibles. El calor intenso en el vientre del pez había consumido sus ropas y hecho caer su cabello, y lo atormentaban enjambres de insectos. Para dar protección a Yoná, Dios hizo crecer el kikayón. Cuando una mañana abrió los ojos, vio una planta con doscientas setenta y cinco hojas, cada hoja de más de un palmo, de modo que le brindaba alivio del calor del sol. Pero el sol hirió a la calabacera, y esta se marchitó, y de nuevo Yoná fue molestado por los insectos. Se puso a llorar y a desear la muerte que lo liberara de sus penas. Pero cuando Dios lo llevó a la planta y le mostró qué lección podía sacar de ella —cómo, aunque no había trabajado por la planta, se compadecía de ella—, comprendió su error al desear que Dios fuera implacable con Ninve, la gran ciudad, con sus muchos habitantes, con tal de que su reputación de profeta no sufriera menoscabo. Se postró y dijo: «¡Oh Dios, guía el mundo conforme a Tu bondad!».
Dios fue benévolo con las gentes de Ninve mientras siguieron siendo dignas de Su bondad amorosa. Pero al cabo de cuarenta días se apartaron de la senda de la piedad, y se volvieron más pecadores que nunca. Entonces el castigo con que Yoná los había amenazado los alcanzó, y fueron tragados por la tierra.
El sufrimiento de Yoná en el abismo de las aguas había sido tan severo que, a modo de compensación, Dios lo eximió de la muerte: en vida se le permitió entrar en el Paraíso. Como Yoná, su esposa era conocida a lo largo y a lo ancho por su piedad. Había alcanzado fama sobre todo por su peregrinación a Yerushaláyim, deber que, en razón de su sexo, no estaba obligada a cumplir. Fue en una de estas peregrinaciones cuando el espíritu profético descendió por primera vez sobre Yoná.
Capítulo IX
Los últimos reyes de Yehudá
Capítulo noveno
Cuando el profeta Yoná, cumpliendo el encargo de su maestro Elishá, ungió a Yehú como rey de Israel, derramó el aceite de un jarro y no de un cuerno —para indicar que la dinastía de Yehú no ocuparía el trono por mucho tiempo—. Al principio Yehú, aunque un rey algo necio, fue al menos piadoso; pero abandonó sus caminos temerosos de Dios desde el momento en que vio el documento con la firma del profeta Ajiyá de Shiló, que obligaba a los firmantes a prestar obediencia ciega a Yerovam. El rey tomó esto como prueba de que el profeta había aprobado el culto a los becerros de oro. Así ocurrió que Yehú, el destructor del culto a Báal, no hizo nada por oponerse al servicio idolátrico que Yerovam había establecido en Bet-El. Los sucesores de Yehú no fueron mejores; al contrario, fueron peores, y por eso, en la quinta generación, la dinastía de Yehú llegó a su fin a manos del asesino.
Los reyes de Yehudá no se diferenciaban en nada esencial de sus colegas del norte. Ajaziá, a quien Yehú mató, fue un pecador desvergonzado; hizo que el Nombre de Dios se borrara de cada pasaje en que aparecía en las Sagradas Escrituras, y que en su lugar se insertaran los nombres de los ídolos.
Tras la muerte de Ajaziá siguió el reinado de terror bajo la reina Ataliá, cuando Dios exigió a la casa de David el pago de su culpa relacionada con el exterminio de los sacerdotes en Nov. Así como Evyatar había sido el único descendiente varón de Avimélej que sobrevivió a la persecución de Shaúl, así el único representante de la casa de David que quedó después de que la espada de Ataliá se hubo desatado fue Yoash —el niño mantenido oculto, en el Santo de los Santos del Templo, por el sumo sacerdote Yehoyadá y su esposa Yehosheva—. Más tarde Yehoyadá reivindicó el derecho de Yoash al trono, y lo instaló como rey de Yehudá. La misma corona que llevaban los soberanos de la casa de David daba testimonio de la legitimidad del joven príncipe, pues tenía la particularidad de no ajustarse a nadie salvo a los sucesores legítimos de David.
Por instigación de Yehoyadá, el rey Yoash emprendió la restauración del Templo. La obra se completó tan deprisa que quien vivía en la época en que Shlomo erigió el Templo pudo ver la nueva estructura poco antes de morir. Esa fortuna le tocó al propio Yehoyadá, hijo de Benayahu, comandante en jefe del ejército bajo Shlomo. Mientras Yoash siguió bajo la tutela de Yehoyadá, fue un rey piadoso. Cuando Yehoyadá dejó esta vida, los cortesanos vinieron a Yoash y lo adularon: «Si no fueras un dios, no habrías podido permanecer seis años en el Santo de los Santos, un lugar en el que ni siquiera al sumo sacerdote le está permitido entrar más que una vez al año». El rey prestó oído a sus lisonjas, y permitió que el pueblo le rindiera homenaje divino. Pero cuando la necedad del rey llegó al extremo de impulsarlo a erigir un ídolo en el Templo, Zejariá, hijo de Yehoyadá, se apostó en la entrada y, cerrándole el paso, dijo: «No lo harás mientras yo viva». Aunque Zejariá era sumo sacerdote, profeta y juez, y encima yerno de Yoash, el rey no se abstuvo de hacerlo matar por sus palabras atrevidas —ni lo detuvo el hecho de que sucediera en un Yom Kipur que caía en Shabat—. La sangre inocente que enrojeció el atrio de los sacerdotes no quedó sin venganza. Durante doscientos cincuenta y dos años no dejó de hervir y palpitar, hasta que, por fin, Nevuzaradán, capitán de la guardia de Nabucodonosor, ordenó una gran matanza entre los de Yehudá, para vengar la muerte de Zejariá.
El propio Yoash, el asesino de Zejariá, tuvo un mal fin. Cayó en manos de los sirios, y ellos abusaron de él a su manera bárbara e inmoral. Antes de que pudiera reponerse del sufrimiento que le infligieron, sus servidores lo mataron.
Amatsiá, hijo y sucesor de Yoash, se parecía a su padre en muchos aspectos. Al comienzo de su reinado fue temeroso de Dios, pero cuando, con la ayuda de Dios, obtuvo una brillante victoria sobre los edomitas, no supo mostrar mejor su gratitud que estableciendo en Yerushaláyim el culto del ídolo que adoraban sus enemigos vencidos. Para procurar su castigo, Dios inspiró a Amatsiá la idea de provocar una guerra con Yoash, el soberano del reino del norte. Amatsiá exigió que Yoash reconociera voluntariamente la soberanía del reino del sur, o que dejara que la suerte de la batalla decidiera la cuestión. Al principio Yoash intentó apartar a Amatsiá de su propósito con una parábola que le recordaba la suerte de Shejem, la que los hijos de Yaakov habían descargado sobre él por haber violentado a su hermana Diná. Amatsiá se negó a escuchar la advertencia. Persistió en su desafío, y se desató una guerra. La fortuna de la batalla se decidió contra Amatsiá. Sufrió la derrota, y más tarde fue torturado hasta la muerte por sus propios súbditos.
El reinado de Uziyahu, que por un breve tiempo ocupó el trono en vida de su padre Amatsiá, es notable sobre todo porque marca el comienzo de la actividad de tres de los profetas: Hoshéa, Amós y Yeshayahu. El mayor de los tres fue Hoshéa, hijo del profeta y príncipe Beerí —el Beerí que más tarde fue llevado cautivo por Tiglat-Pileser, el rey de Ashur—. De las profecías de Beerí solo tenemos dos versículos, que Yeshayahu ha conservado para nosotros.
El singular matrimonio que Hoshéa contrajo por mandato del propio Dios no carecía de una buena razón. Cuando Dios habló al profeta acerca de los pecados de Israel, esperando que defendiera o excusara a su pueblo, Hoshéa dijo con severidad: «¡Oh Señor del mundo! Tuyo es el universo. En lugar de Israel, elige a otro como tu pueblo predilecto entre las naciones de la tierra». Para dar a conocer al profeta la verdadera relación entre Dios e Israel, se le ordenó que tomara por esposa a una mujer de pasado dudoso. Después de que ella le hubo dado varios hijos, Dios de pronto le planteó la pregunta: «¿Por qué no sigues el ejemplo de tu maestro Moshé, que se privó de las alegrías de la vida familiar tras su llamado a la profecía?». Hoshéa respondió: «No puedo ni despedir a mi esposa ni divorciarme de ella, pues me ha dado hijos». «Pues bien —le dijo Dios—, si tú, que tienes una esposa de cuya honestidad estás tan poco seguro que ni siquiera puedes estar cierto de que sus hijos sean tuyos, y aun así no puedes separarte de ella, ¿cómo, entonces, podría yo separarme de Israel, de mis hijos, los hijos de mis elegidos, Avraham, Yitsjak y Yaakov?». Hoshéa suplicó a Dios que lo perdonara. Pero Dios dijo: «Mejor sería que rezaras por el bienestar de Israel, pues por tu causa dicté contra ellos tres decretos fatídicos». Hoshéa rezó como se le mandaba, y su oración desvió la triple condena que se cernía.
Hoshéa murió en Bavel en una época en que el viaje desde allí a la Tierra de Israel estaba lleno de peligros. Deseoso de que sus restos terrenales descansaran en tierra sagrada, pidió antes de morir que su féretro se cargara sobre un camello, y que se dejara al animal seguir su camino a su antojo. Dondequiera que se detuviera, allí habría de enterrarse su cuerpo. Como lo mandó, así se hizo. Sin un solo percance, el camello llegó a Safed. En el cementerio judío de la ciudad se quedó quieto, y allí fue enterrado Hoshéa en presencia de una gran concurrencia.
La actividad profética de Amós comenzó después de que la de Hoshéa hubiera terminado, y antes de que empezara la de Yeshayahu. Aunque tenía un impedimento en el habla, obedeció el llamado de Dios, y se dirigió a Bet-El para proclamar a sus pecaminosos habitantes el mensaje divino que se le había encomendado. La denuncia del sacerdote Amatsiá, de Bet-El, que delató al profeta ante el rey Yerovam de Israel, no le hizo daño, pues el rey, aunque idólatra, sentía profundo respeto por Amós. Se decía a sí mismo: «Dios no permita que crea al profeta culpable de abrigar planes traidores; y si así fuera, seguramente sería por mandato de Dios». Por esta piadosa disposición Yerovam fue recompensado; nunca había alcanzado el reino del norte tanto poder como bajo él.
Sin embargo, la intrepidez de Amós causó al fin su muerte. El rey Uziyahu le infligió un golpe mortal en la frente con un hierro al rojo vivo.
Dos años después de que Amós dejara de profetizar, Yeshayahu fue favorecido con su primera comunicación divina. Fue el día en que el rey Uziyahu, cegado por el éxito y la prosperidad, se arrogó los privilegios del sacerdocio. Intentó ofrecer sacrificios sobre el altar, y cuando el sumo sacerdote Azariá se atrevió a contenerlo, amenazó con matarlo a él y a cualquier sacerdote que simpatizara con él, a menos que guardaran silencio. De pronto la tierra tembló con tal violencia que se abrió una gran brecha en el Templo, por la cual penetró un brillante rayo de sol que cayó sobre la frente del rey y le hizo brotar la lepra. Y ese no fue todo el daño causado por el terremoto. En el lado oeste de Yerushaláyim, la mitad de la montaña se desgajó y fue arrojada hacia el este, a un camino, a una distancia de cuatro estadios. Y no solo el cielo y la tierra se indignaron por la atrocidad de Uziyahu y buscaron aniquilarlo; hasta los ángeles de fuego, los serafines, estaban a punto de descender y consumirlo, cuando una voz de lo alto proclamó que el castigo destinado a Uziyahu no era como el que se aplicó a Kóraj y a su compañía, a pesar de la semejanza de sus crímenes.
Cuando Yeshayahu contempló el augusto trono de Dios en aquel día memorable, quedó sobrecogido de espanto, pues se reprochaba no haber intentado apartar al rey de su deseo impío. Absorto, escuchó los himnos de alabanza que cantaban los ángeles, y perdido en la admiración no logró unir su voz a las de ellos. «¡Ay de mí —exclamó—, que callé! ¡Ay de mí, que no me uní al coro de los ángeles que alaban a Dios! Si lo hubiera hecho, yo también, como los ángeles, habría llegado a ser inmortal, ya que se me permitió contemplar visiones que a otros hombres, por verlas, les han traído la muerte». Entonces empezó a excusarse: «Soy un hombre de labios impuros, y habito en medio de un pueblo de labios impuros». Al instante resonó la voz de Dios en reproche: «De ti mismo eres dueño, y de ti mismo puedes decir lo que quieras, pero ¿quién te dio el derecho de calumniar a mis hijos de Israel y llamarlos "un pueblo de labios impuros"?». Y Yeshayahu oyó a Dios ordenar a uno de los serafines que le tocara los labios con una brasa encendida, como castigo por haber difamado a Israel. Aunque la brasa estaba tan caliente que el serafín necesitó tenazas para sostener las tenazas con que había tomado la brasa del altar, el profeta escapó ileso; pero aprendió la lección de que era su deber defender a Israel, no denigrarlo. Desde entonces la defensa de su pueblo fue el resorte principal de la actividad del profeta, y fue recompensado con más revelaciones acerca de Israel y de las demás naciones de las que se concedieron a cualquier otro profeta antes o después de él. Más aún, Dios designó a Yeshayahu como «el profeta del consuelo». Así ocurrió que el mismo Yeshayahu cuyas primeras profecías anunciaron el exilio y la destrucción del Templo, más tarde describió y proclamó, en términos más claros que ningún otro profeta, el brillante destino reservado a Israel.
Aquejado de lepra, Uziyahu no estaba en condiciones de reinar, y Yotam administró los asuntos de Yehudá durante veinticinco años antes de la muerte de su padre. Yotam poseía tanta piedad que sus virtudes, sumadas a las de otros dos hombres muy piadosos, bastan para expiar todos los pecados de toda la humanidad, cometidos desde la hora de la creación hasta el fin de todos los tiempos.
Ajaz, hijo de Yotam, era muy distinto de él. «De principio a fin fue un pecador». Abolió el verdadero culto a Dios, prohibió el estudio de la Torá, erigió un ídolo en la cámara alta del Templo, y desatendió las leyes judías del matrimonio. Sus transgresiones son tanto menos perdonables cuanto que pecó contra Dios conociendo su grandeza y su poder, como se desprende de su respuesta al profeta. Yeshayahu le dijo: «Pide una señal a Dios, como, por ejemplo, que los muertos resuciten, que Kóraj suba del Sheol, o que Eliyahu descienda del cielo». La respuesta del rey fue: «Sé que tienes el poder de hacer cualquiera de estas cosas, pero no quiero que el Nombre de Dios sea glorificado a través de mí».
La única buena cualidad que poseía Ajaz era el respeto por Yeshayahu. Para evitar sus reproches, Ajaz se disfrazaba cuando salía, de modo que el profeta no lo reconociera. Solo a esta circunstancia —unida al hecho de que era padre de un hijo piadoso e hijo de un padre igualmente piadoso— se debe que, a pesar de su maldad, Ajaz no sea de aquellos que han perdido su porción en el mundo venidero. Pero no escapó al castigo; al contrario, su castigo fue severo, no solo como rey sino también como hombre. En la desdichada guerra contra Pékaj, el rey del reino del norte, perdió a su hijo primogénito, un gran héroe.
A Pékaj, sin embargo, no le fue dado gozar de los frutos de su victoria, pues el rey de Ashur invadió su imperio, capturó el becerro de oro en Dan, y llevó al exilio a las tribus del lado oriental del Yardén. El desmembramiento del reino de Israel avanzó a paso rápido durante algunos años. Después los asirios, en el reinado de Hoshéa, se llevaron el segundo becerro de oro junto con las tribus de Asher, Yisajar, Zevulún y Naftalí, dejando apenas una octava parte de los israelitas en su propia tierra. La mayor parte de los desterrados fue llevada a Damasco. Después de eso, la condena de Israel lo alcanzó a pasos de gigante, y el último soberano de Israel de hecho apresuró el fin de su reino con un acto piadoso. Una vez que los asirios se llevaron los becerros de oro, Hoshéa, el rey del norte, abolió la práctica de apostar guardias en la frontera entre Yehudá e Israel para impedir las peregrinaciones a Yerushaláyim. Pero el pueblo no hizo uso de la libertad que se le concedía. Persistieron en su culto idolátrico, y esto aceleró su castigo. Mientras sus reyes habían puesto obstáculos en su camino, podían excusarse ante Dios por no adorarlo de la manera verdadera. La medida tomada por su rey Hoshéa los dejó sin defensa. Cuando los asirios hicieron su tercera incursión en Israel, el reino del norte fue destruido para siempre, y el pueblo, todos sin excepción, fue llevado al exilio.
Las naciones paganas asentadas en Shomrón por los asirios en lugar de las diez tribus deportadas fueron obligadas por Dios a aceptar la verdadera religión de los judíos. No obstante, siguieron adorando a sus antiguos ídolos: los babilonios rendían devoción a una gallina, la gente de Cutá a un gallo, los de Jamat a un carnero; el perro y el asno eran los dioses de los aveos, y el mulo y el caballo los dioses de los sefarveos.
Mientras el reino del norte descendía rápidamente al pozo de la destrucción, Yehudá recibió un poderoso impulso hacia arriba, tanto espiritual como material, de la mano de su rey Jizkiyahu. En su infancia, el rey había sido destinado como sacrificio a Moloc. Su madre lo había salvado de la muerte solo frotándolo con la sangre de una salamandra, lo que lo hizo a prueba de fuego. En todos los aspectos era lo opuesto de su padre. Así como este es contado entre los peores pecadores, así Jizkiyahu es contado entre los más piadosos de Israel. Su primer acto como rey es prueba de que tenía por su preocupación principal el honor de Dios, más importante que cualquier otra cosa. Se negó a conceder a su padre exequias regias; sus restos fueron enterrados como si hubiera sido pobre y de rango plebeyo. Impío como era, Ajaz no merecía nada más digno. Dios mismo le había dado a conocer a Jizkiyahu, mediante una señal, que a su padre no se le debía ninguna consideración. El día del funeral del rey muerto, la luz del día duró solo dos horas, y su cuerpo tuvo que ser sepultado cuando la tierra estaba envuelta en tinieblas.
A lo largo de su reinado, Jizkiyahu se dedicó principalmente a la tarea de disipar la ignorancia de la Torá que su padre había causado. Mientras Ajaz había prohibido el estudio de la ley, las órdenes de Jizkiyahu decían: «Quien no se ocupe de la Torá se hace merecedor de la pena de muerte». Las academias cerradas bajo Ajaz se mantuvieron abiertas día y noche bajo Jizkiyahu. El propio rey suministraba el aceite necesario para el alumbrado. Poco a poco, bajo este sistema, creció una generación tan bien instruida que se podía recorrer la tierra desde Dan hasta Beer-Sheva sin encontrar un solo ignorante. Hasta las mujeres y los niños, tanto varones como niñas, conocían las leyes de lo «puro y lo impuro». En recompensa por su piedad, Dios concedió a Jizkiyahu una brillante victoria sobre Senaquerib.
Este rey asirio, que había conquistado el mundo entero, equipó contra Jizkiyahu un ejército como no lo hay otro —salvo, quizá, el ejército de los cuatro reyes a quienes Avraham derrotó, o el ejército que Dios ha de levantar con Gog y Magog en la época mesiánica—. El ejército de Senaquerib constaba de más de dos millones y medio de jinetes, entre ellos cuarenta y cinco mil príncipes sentados en carros y rodeados de sus concubinas, ochenta mil soldados con armadura, y sesenta mil espadachines. El campamento se extendía por un espacio de cuatrocientas parasangas, y las bestias de silla, puestas lomo con lomo, formaban una línea de cuarenta parasangas de largo. La hueste estaba dividida en cuatro divisiones. Después de que la primera de ellas cruzó el Yardén, este quedó casi seco, pues todos los soldados habían apagado su sed con el agua del río. La segunda división no halló con qué saciar su sed salvo el agua acumulada bajo los cascos de los caballos. La tercera división se vio obligada a cavar pozos, y cuando la cuarta división cruzó el Yardén, levantaron grandes nubes de polvo.
Con este vasto ejército, Senaquerib se apresuró hacia adelante, conforme a las revelaciones de los astrólogos, que le habían advertido que fracasaría en su objetivo de capturar Yerushaláyim si llegaba allí más tarde del día que ellos habían fijado. Como su viaje había durado un solo día en vez de diez, según había esperado, descansó en Nov. Allí se erigió una plataforma elevada para Senaquerib, desde donde podía contemplar Yerushaláyim. Al ver por primera vez la capital de Yehudá, el rey asirio exclamó: «¡Cómo! ¿Es esta Yerushaláyim, la ciudad por cuya causa reuní todo mi ejército, por cuya causa conquisté primero todas las demás tierras? ¿No es más pequeña y más débil que todas las ciudades de las naciones que sometí con mi fuerte mano?». Se estiró y sacudió la cabeza, y agitó la mano con desdén hacia el monte del Templo y el santuario que lo coronaba. Cuando sus guerreros lo instaron a lanzar el ataque contra Yerushaláyim, les mandó tomarse un descanso por una noche, y estar preparados para asaltar la ciudad al día siguiente. No parecía una gran empresa. A cada guerrero le bastaría con recoger del muro tanto mortero como se necesita para sellar una carta, y toda la ciudad desaparecería. Pero Senaquerib cometió el error de no proceder directamente al ataque contra la ciudad. Si hubiera hecho el asalto de inmediato, habría tenido éxito, pues el pecado de Shaúl contra los sacerdotes en Nov aún no estaba del todo expiado; ese mismo día quedó plenamente expiado. En la noche siguiente, que era la noche de Pésaj, cuando Jizkiyahu y el pueblo empezaron a cantar los salmos del Halel, la gigantesca hueste fue aniquilada. El arcángel Gavriel, enviado por Dios para hacer madurar los frutos del campo, recibió el encargo de aplicarse a la tarea de acabar con los asirios, y cumplió su misión tan bien que, de todos los millones del ejército, solo Senaquerib se salvó, con sus dos hijos, su yerno Nabucodonosor y Nevuzaradán. La muerte de los asirios sobrevino cuando el ángel les permitió oír el «canto de los seres celestiales». Sus almas se quemaron, aunque sus vestiduras quedaron intactas. Un fin así era demasiado bueno para Senaquerib. A él le correspondió una muerte vergonzosa. En su huida de Yerushaláyim, se encontró con una aparición divina bajo la forma de un anciano. Este le preguntó a Senaquerib qué diría a los reyes aliados con él, en respuesta a su pregunta sobre la suerte de sus hijos en Yerushaláyim. Senaquerib confesó su pavor a un encuentro con esos reyes. El anciano le aconsejó que se cortara el cabello, lo que cambiaría su aspecto hasta hacerlo irreconocible. Senaquerib asintió, y su consejero lo envió a una casa cercana a buscar unas tijeras. Allí encontró a unas personas —ángeles disfrazados— atareadas con un molino de mano. Le prometieron darle las tijeras, con tal de que les moliera una medida de grano. Así se hizo tarde y oscuro para cuando Senaquerib regresó junto al anciano, y tuvo que procurarse una luz antes de que pudiera cortarse el cabello. Al avivar el fuego hasta hacerlo llama, una chispa saltó a su barba y la chamuscó, y tuvo que sacrificar tanto la barba como el cabello. A su regreso a Ashur, Senaquerib encontró una tabla, a la que adoró como ídolo, porque era parte del arca que había salvado a Nóaj del diluvio. Hizo voto de que sacrificaría a sus hijos a este ídolo si prosperaba en sus próximas empresas. Pero sus hijos oyeron sus votos, y mataron a su padre, y huyeron a Kardu, donde liberaron a los cautivos judíos allí confinados en gran número. Con estos marcharon a Yerushaláyim, y allí se hicieron prosélitos. Los célebres sabios Shemaiá y Avtalión fueron descendientes de estos dos hijos de Senaquerib.
La destrucción de la hueste asiria libró a Jizkiyahu de un enemigo interno tanto como externo, pues tenía adversarios en Yerushaláyim, entre ellos el sumo sacerdote Shevná. Shevná tenía en la ciudad un séquito más numeroso que el propio rey, y él y su líder habían favorecido la paz con Senaquerib. Apoyado por Yoaj, otro personaje influyente, Shevná había atado una carta a un dardo, y había disparado el dardo al campamento asirio. El contenido de la carta era: «Nosotros y todo el pueblo de Israel deseamos concertar la paz contigo, pero Jizkiyahu y Yeshayahu no lo permiten». La influencia de Shevná era tan poderosa que Jizkiyahu empezó a dar muestras de ceder. De no haber sido por el profeta Yeshayahu, el rey se habría sometido a las exigencias de Senaquerib.
La traición de Shevná y sus demás pecados no quedaron sin castigo. Cuando él y su banda de adeptos salieron de Yerushaláyim para unirse a los asirios, el ángel Gavriel cerró la puerta en cuanto Shevná la hubo traspasado, y así quedó separado de sus seguidores. A la pregunta de Senaquerib acerca de los muchos simpatizantes de los que había escrito, no pudo dar más respuesta que la de que habían cambiado de parecer. El rey asirio pensó que Shevná se había burlado de él. Por eso, ordenó a sus servidores que le perforaran los talones, que lo ataran por ellos a la cola de un caballo, y que espolearan al caballo para que corriera hasta que Shevná fuera arrastrado hasta la muerte.
La inesperada victoria obtenida por Jizkiyahu sobre los asirios —a quienes el reino de Shomrón había caído en presa poco tiempo antes— demostró cuán equivocados estaban quienes se habían burlado de Jizkiyahu por sus modales frugales. Un rey cuya comida consistía en un puñado de verduras difícilmente podía llamarse un soberano digno, habían dicho. Estos críticos habrían visto con agrado que su reino pasara a manos de Pékaj, el rey de Shomrón, cuyo postre, por no hablar de otra cosa, consistía en cuarenta seim de pichones.
En vista de todas las maravillas que Dios había hecho por él, era imperdonable que Jizkiyahu no se sintiera movido al menos a entonar un canto de alabanza a Dios. En efecto, cuando el profeta Yeshayahu lo instó a ello, se negó, diciendo que el estudio de la Torá, al que se entregaba con celo asiduo, era un sustituto de las expresiones directas de gratitud. Además, pensaba que los milagros de Dios se darían a conocer al mundo sin que él tuviera que hacer nada, de estas maneras: después de la destrucción del ejército asirio, cuando los judíos registraron los campamentos abandonados, encontraron al Paró, el rey de Mitsraim, y al rey etíope Tirhacá. Estos reyes se habían apresurado a socorrer a Jizkiyahu, y los asirios los habían tomado cautivos y echado grilletes, en los que languidecían cuando los judíos dieron con ellos. Liberados por Jizkiyahu, los dos soberanos regresaron a sus respectivos reinos, difundiendo por todas partes la noticia de la grandeza de Dios. Y de nuevo, todas las tropas vasallas del ejército de Senaquerib, puestas en libertad por Jizkiyahu, aceptaron la fe judía, y de camino a casa proclamaron el reino de Dios en Mitsraim y en muchas otras tierras.
Por faltar a la gratitud, Jizkiyahu perdió una gran oportunidad. El plan divino había sido hacer de Jizkiyahu el Mesías, y de Senaquerib, Gog y Magog. La Justicia se opuso a este plan, dirigiéndose a Dios así: «¡Oh Señor del mundo! A David, rey de Israel, que te cantó tantos cantos e himnos de alabanza, a él no lo hiciste Mesías, ¿y ahora conferirías la distinción a Jizkiyahu, que no tiene una palabra de alabanza para ti, a pesar de las múltiples maravillas que has obrado por él?». Entonces la tierra compareció ante Dios, y dijo: «¡Señor del mundo! Yo te cantaré un canto en lugar de este hombre justo; hazlo a él el Mesías»; y la tierra entonó al punto un canto de alabanza. Del mismo modo habló el Príncipe del Mundo: «¡Señor del mundo! Cumple la voluntad de este hombre justo». Pero una voz del cielo anunció: «Este es mi secreto, este es mi secreto». Y de nuevo, cuando el profeta exclamó con dolor: «¡Ay de mí! ¿Hasta cuándo, oh Señor, hasta cuándo!», la voz respondió: «El tiempo del Mesías llegará cuando hayan venido "los traidores y los traidores"».
El pecado que Jizkiyahu cometió dormido, tuvo que expiarlo despierto. Si se negó a dedicar un canto de alabanza a Dios por su escape del peligro asirio, no pudo abstenerse de hacerlo después de su recuperación de la peligrosa enfermedad que le sobrevino. Esta enfermedad fue castigo por otro pecado además de la ingratitud. Había «pelado» el oro del Templo, y lo había enviado al rey de los asirios; por eso la enfermedad que lo aquejó hizo que su piel se «pelara». Más aún, esta dolencia de Jizkiyahu le fue traída por Dios, para dar ocasión a que el rey y el profeta Yeshayahu se acercaran el uno al otro. Los dos habían tenido una disputa sobre un punto de etiqueta. El rey aducía como precedente el proceder de Eliyahu, que «fue a mostrarse a Ajav», y exigía que Yeshayahu también compareciera ante él. El profeta, por su parte, modelaba su conducta según la de Elishá, que permitía que los reyes de Israel, de Yehudá y de Edom vinieran a él. Pero Dios zanjó la disputa afligiendo a Jizkiyahu con la enfermedad, y entonces mandó a Yeshayahu ir al rey y hacerle la visita que se debe al enfermo. El profeta cumplió el mandato de Dios. Cuando se presentó ante el rey doliente, dijo: «Pon en orden tu casa, pues morirás en este mundo y no vivirás en el venidero» —suerte en la que Jizkiyahu incurrió porque no había tomado esposa ni engendrado descendencia—. La defensa del rey, que había preferido una vida célibe porque había visto en el espíritu santo que estaba destinado a tener hijos impíos, el profeta no la consideró válida. La refutó con estas palabras: «¿Por qué te ocupas de los secretos del Todo Misericordioso? A ti solo te toca cumplir con tu deber. Dios hará lo que le plazca». Entonces Jizkiyahu pidió en matrimonio a la hija del profeta, diciendo: «Quizá mis méritos, unidos a los tuyos, hagan que mis hijos sean virtuosos». Pero Yeshayahu rechazó la propuesta de matrimonio, porque sabía que el decreto de Dios que ordenaba la muerte del rey era inalterable. A lo que el rey respondió: «Hijo de Amots, deja tu profecía y vete; pues así se me ha transmitido desde la casa de mi antepasado: aunque una espada afilada descanse sobre la garganta misma de un hombre, no debe por ello abstenerse de elevar una oración por misericordia».
Y el rey tenía razón. Aunque se había decretado la muerte contra él, su oración la desvió. En su oración suplicó a Dios que lo mantuviera con vida por los méritos de sus antepasados —que habían edificado el Templo y traído muchos prosélitos al seno judío— y por sus propios méritos, pues, dijo: «Escudriñé los doscientos cuarenta y ocho miembros de mi cuerpo que Tú me diste, y no hallé ninguno que hubiera usado de manera contraria a tu voluntad».
Su oración fue escuchada. Dios añadió quince años a su vida, pero le hizo comprender con toda claridad que debía esa misericordia únicamente a los méritos de David, y en absoluto a los suyos propios, como Jizkiyahu se figuraba complacido. Antes de que Yeshayahu saliera del patio del palacio, Dios le ordenó volver junto al rey y anunciarle su recuperación. Yeshayahu temía que Jizkiyahu depositara poca confianza en sus palabras, ya que hacía muy poco había predicho su fin, que se acercaba raudo. Pero Dios tranquilizó al profeta. En su modestia y su piedad, el rey no albergaría ninguna duda que menoscabara la fiabilidad del profeta. El remedio empleado por Yeshayahu —una torta de higos aplicada al tumor— acrecentó la maravilla de la recuperación de Jizkiyahu, pues era más propio para agravar la dolencia que para aliviarla.
Otros varios milagros se asociaron a la recuperación de Jizkiyahu. En sí misma fue notable, por ser el primer caso registrado de una recuperación. Antes, a la enfermedad la seguía inevitablemente la muerte. Antes de haber caído enfermo, el propio Jizkiyahu había implorado a Dios que cambiara este orden de la naturaleza. Sostenía que una enfermedad seguida de la restauración a la salud induciría a los hombres a hacer teshuvá. Dios le había respondido: «Tienes razón, y el nuevo orden comenzará contigo». Además, el día de la recuperación de Jizkiyahu estuvo marcado por el gran milagro de que el sol brilló diez horas más que su tiempo acostumbrado. Las tierras más remotas quedaron asombradas de ello, y Baladán, el soberano de Bavel, se sintió movido por ello a enviar una embajada a Jizkiyahu, que había de llevar sus felicitaciones al rey judío por su recuperación. Baladán, dicho sea de paso, no era el verdadero rey de Bavel. El trono lo ocupaba su padre, cuyo rostro se había transformado en el de un perro. Por eso el hijo tenía que administrar los asuntos del Estado, y se le conocía tanto por el nombre de su padre como por el suyo propio. Este Baladán tenía la costumbre de comer al mediodía, y luego echaba una siesta hasta las tres de la tarde. El día de la recuperación de Jizkiyahu, cuando despertó de su sueño y vio el sol en lo alto, estuvo a punto de mandar ejecutar a sus guardias, porque pensó que lo habían dejado dormir toda una tarde y la noche siguiente. Desistió solo cuando se le informó de la milagrosa recuperación de Jizkiyahu, y comprendió que el Dios de Jizkiyahu era mayor que su propio dios, el sol. Se dispuso enseguida a enviar saludos al rey judío. Su carta decía así: «Paz a Jizkiyahu, paz a su gran Dios, y paz a Yerushaláyim». Después de despachada la carta, se le ocurrió a Baladán que no había sido redactada como debía. Se había mencionado a Jizkiyahu antes que a Dios. Hizo llamar de vuelta a los mensajeros, y ordenó que se escribiera otra carta, en la que se enmendara el descuido. Como recompensa por su minuciosidad, tres de sus descendientes —Nabucodonosor, Evil-Merodac y Baltasar— fueron designados por Dios como monarcas del mundo. Dios dijo: «Te levantaste de tu trono, y diste tres pasos para honrarme, al hacer reescribir tu carta; por eso te concederé tres descendientes que serán conocidos de un extremo del mundo al otro».
La embajada enviada por el monarca babilonio era un acto de homenaje a Dios por su poder de obrar milagros. Jizkiyahu, sin embargo, lo tomó como un acto de homenaje hacia sí mismo, y tuvo el efecto de volverlo arrogante. No solo comió y bebió con los paganos que componían la embajada, sino que, además, en la soberbia de su ánimo, exhibió ante ellos todos los tesoros que había capturado a Senaquerib, y muchas otras curiosidades más, entre ellas hierro magnético, una peculiar clase de marfil, y miel tan sólida como la piedra.
Lo que fue peor, hizo que su esposa participara del banquete en honor de la embajada, y —el más atroz de todos los crímenes— abrió el arca sagrada y, señalando las tablas de la ley que había en ella, dijo a los paganos: «Con ayuda de estas emprendemos guerras y ganamos victorias». Dios envió a Yeshayahu a reprochar a Jizkiyahu estos actos. El rey, en lugar de confesar su falta de inmediato, respondió al profeta con altivez. Entonces Yeshayahu le anunció que los tesoros arrebatados a Senaquerib volverían a Bavel en algún momento del futuro, y que sus descendientes, Daniel y los tres compañeros de Daniel, servirían al soberano babilonio como eunucos.
A pesar de su orgullo en este caso, Jizkiyahu fue uno de los reyes más piadosos de Yehudá. Especialmente es digno de elogio por sus esfuerzos por poner por escrito la literatura hebrea, pues fue Jizkiyahu quien mandó hacer copias de los libros de Yeshayahu, Kohélet, el Cantar de los Cantares y los Proverbios. Por otro lado, había ocultado los libros que contenían remedios médicos.
Grande fue el duelo por él a su muerte. Nada menos que treinta y seis mil hombres con los hombros desnudos marcharon delante de su féretro, y —distinción aún más rara— se colocó un rollo de la ley sobre su féretro, pues se dijo: «El que reposa en este féretro ha cumplido todo lo ordenado en este libro». Fue enterrado junto a David y Shlomo.
Jizkiyahu había cedido al fin a las amonestaciones de Yeshayahu, y había tomado esposa, la hija del profeta. Pero entró en el matrimonio con el corazón apesadumbrado. Su espíritu profético le anunciaba que la impiedad de los hijos que engendraría haría que su muerte fuera preferible a su vida. Estos temores se confirmaron demasiado pronto. Sus dos hijos, Rabshaké y Menashé, mostraron su completa desemejanza con sus padres desde la primera infancia. Una vez, cuando Jizkiyahu llevaba a sus dos pequeños sobre los hombros al Bet ha-Midrash, alcanzó a oír su conversación. Uno decía: «La cabeza calva de nuestro padre serviría para freír pescado». El otro replicó: «Serviría bien para ofrecer sacrificios a los ídolos». Enfurecido por estas palabras, Jizkiyahu dejó que sus hijos resbalaran de sus hombros. Rabshaké murió por la caída, pero Menashé escapó ileso. Mejor habría sido que Menashé hubiera compartido la temprana suerte de su hermano. Fue salvado para nada más que el asesinato, la idolatría y otras abominables atrocidades.
Después de que Jizkiyahu dejó esta vida, Menashé dejó de servir al Dios de su padre. Hizo todo lo que su malvada imaginación le sugería. El altar fue destruido, y en el espacio interior del Templo erigió un ídolo de cuatro rostros, copiados de las cuatro figuras del trono de Dios. Estaba colocado de tal modo que, por cualquier dirección que uno entrara al Templo, un rostro del ídolo lo enfrentaba.
Así como Menashé fue sacrílego para con Dios, fue malévolo con sus semejantes. Había mandado hacer una estatua tan enorme que hacían falta mil hombres para transportarla. Cada día se destinaba a esa tarea una cuadrilla nueva, porque Menashé hacía matar a cada grupo de cargadores al terminar la jornada. Todos sus actos iban calculados para arrojar desprecio sobre el judaísmo y sus preceptos. No le bastaba con borrar el nombre de Dios de las Sagradas Escrituras: llegó incluso a dar conferencias públicas cuyo único fin era ridiculizar la Torá. Yeshayahu y los demás profetas —Mijá, Yoel y Javakuk— abandonaron Yerushaláyim y se retiraron a una montaña del desierto, para ahorrarse la vista de las abominaciones que practicaba el rey. Pero su escondite fue revelado al rey. Un samaritano, descendiente del falso profeta Tsidkiyahu, se había refugiado en Yerushaláyim tras la destrucción del Templo. No permaneció allí mucho tiempo: se presentaron cargos contra él ante el piadoso rey Jizkiyahu, y se retiró a Bet-Léjem, donde reunió a su alrededor a un grupo de seguidores. Fue este samaritano quien siguió el rastro de los profetas hasta su refugio y presentó acusaciones contra ellos ante Menashé. El rey impío se sentó a juzgar a Yeshayahu y lo condenó a muerte. La acusación contra él era que sus profecías encerraban enseñanzas contrarias a la ley de Moshé. Dios había dicho a Moshé: «No podrás ver Mi rostro, porque el hombre no puede verme y seguir viviendo»; mientras que Yeshayahu había dicho: «Vi a Adonái sentado sobre un trono, alto y sublime». Además, Yeshayahu había comparado a los príncipes de Israel y al pueblo con los impíos habitantes de Sedom y Amorá, y había profetizado la caída de Yerushaláyim y la destrucción del Templo. El profeta no ofreció explicación alguna. Estaba convencido de la inutilidad de defenderse, y prefería que Menashé obrara por ignorancia antes que por maldad. Sin embargo, huyó para ponerse a salvo. Cuando oyó a los alguaciles del rey persiguiéndolo, pronunció el Nombre de Dios, y un cedro lo tragó. El rey ordenó que aserraran el árbol en pedazos. Cuando la sierra llegó a la parte de la corteza bajo la cual quedaba oculta la boca de Yeshayahu, este murió. Su boca era la única parte vulnerable de su cuerpo, porque en el momento en que fue llamado a su misión profética había empleado las palabras despectivas «un pueblo de labios impuros» al referirse a Israel. Yeshayahu murió a la edad de ciento veinte años, a manos de su propio nieto.
Dios es paciente, pero al final Menashé recibió el castigo merecido por sus pecados y crímenes. En el año vigésimo segundo de su reinado, vinieron los asirios y se lo llevaron a Bavel encadenado, junto con el viejo ídolo danita, la imagen de Mijá. En Bavel, el rey fue metido en un horno que se calentaba desde abajo. Al verse en semejante trance, Menashé empezó a invocar a un dios tras otro para que lo sacara de su apuro. Como esto no dio resultado, recurrió a otro medio. «Recuerdo —dijo— que mi padre me enseñó el versículo: “Cuando estés en tribulación, si en los días venideros vuelves a Adonái tu Dios y escuchas Su voz, Él no te abandonará”. Ahora clamo a Dios. Si me presta oído, bien está; y si no, entonces todos los dioses son iguales». Los ángeles taparon las ventanas del cielo para que la oración de Menashé no ascendiera hasta Dios, y dijeron: «¡Señor del mundo! ¿Estás dispuesto a escuchar con clemencia a quien ha rendido culto a los ídolos y ha levantado un ídolo en el Templo?». «Si no aceptara la penitencia de este hombre —respondió Dios—, estaría cerrando la puerta en la cara de todos los pecadores arrepentidos». Dios hizo una pequeña abertura bajo el Trono de Su Gloria, y por ella recibió la oración de Menashé. De pronto se levantó un viento que devolvió a Menashé a Yerushaláyim. Su retorno a Dios no solo lo socorrió en su angustia, sino que también le trajo el perdón de todos sus pecados, de modo que ni siquiera se le retiró su parte en el mundo venidero.
La gente de aquel tiempo se sentía atraída hacia la idolatría con una fuerza tan irresistible que la vasta erudición de Menashé —que conocía cincuenta y dos interpretaciones distintas del Libro de Vayikrá— no le dio fuerza moral suficiente para resistir su influencia. Rab Ashi, el famoso compilador del Talmud, anunció una vez una lección sobre Menashé con estas palabras: «Mañana hablaré de nuestro colega Menashé». Por la noche, el rey se le apareció a Ashi en sueños y le planteó una cuestión ritual que el Rabí no supo responder. Menashé le dio la solución, y Ashi, asombrado por la sabiduría del rey, le preguntó por qué alguien tan erudito había servido a los ídolos. La respuesta de Menashé fue: «Si hubieras vivido en mi época, habrías agarrado el borde de mi manto y habrías corrido tras de mí».
Amón, el hijo de Menashé, superó a su padre en maldad. Solía decir: «Mi padre fue pecador desde la primera infancia, y en su vejez hizo penitencia. Yo haré lo mismo. Primero satisfaré los deseos de mi corazón, y después volveré a Dios». En efecto, se hizo culpable de pecados más graves que su predecesor: quemó la Torá; bajo su reinado el lugar del altar quedó cubierto de telarañas; y, como si a propósito quisiera reducir a la nada la religión judía, cometió la peor clase de incesto, un grado más execrable que el crimen semejante de su padre. Así cumplió al pie de la letra la primera mitad de su máxima. Para el arrepentimiento, en cambio, no se le concedió tiempo: la muerte lo segó en plena carrera de pecado.
Que no se le aplicara a Amón toda la medida del castigo —pues sus malas obras eran tales que debería haber perdido su parte en el mundo venidero— se debió a que tuvo un hijo piadoso y justo. Yoshiyahu ofrece un modelo luminoso de arrepentimiento verdadero y sincero. Aunque al principio siguió las huellas de su padre Amón, pronto abandonó los caminos de la maldad y se convirtió en uno de los reyes más piadosos de Israel, cuya principal empresa fue el esfuerzo por devolver a todo el pueblo a la fe verdadera. Todo empezó cuando se halló en el Templo una copia de la Torá, una copia que había escapado a la hoguera encendida por su padre y predecesor Amón con el propósito de exterminar las Sagradas Escrituras. Al abrir las Escrituras, el primer versículo que le saltó a la vista fue el de Devarim: «Adonái te llevará a ti y a tu rey al destierro, a una nación que no has conocido». Yoshiyahu temió que aquel destino de exilio estuviera cerca, y buscó reconciliarse con Dios mediante la reforma de su pueblo.
Su primer paso fue procurarse la intercesión de los profetas en su favor. Dirigió su petición, no a Yirmiyahu, sino a la profetisa Juldá, sabiendo que las mujeres se conmueven a la compasión con más facilidad. Como Yirmiyahu era pariente de la profetisa —sus antepasados comunes eran Yehoshúa y Rajav—, el rey no temió que el profeta tomara a mal su preferencia por Juldá. La respuesta altiva y digna de la profetisa fue que la desgracia no podía apartarse de Israel; pero la destrucción del Templo, añadió a modo de consuelo, no sucedería hasta después de la muerte de Yoshiyahu. En vista de la inminente destrucción del Templo, Yoshiyahu escondió el Arca sagrada y todos sus utensilios, a fin de protegerlos de la profanación a manos del enemigo.
Los esfuerzos del rey en favor de Dios y de Su ley no hallaron eco en la gran mayoría del pueblo. Aunque el rey logró impedir el culto público a los ídolos, sus súbditos supieron engañarlo. Yoshiyahu envió a sus piadosos partidarios a inspeccionar las casas del pueblo, y quedó satisfecho con su informe de que no habían hallado ídolos, sin sospechar que aquella gente desleal había fijado media imagen en cada hoja de las puertas, de modo que los moradores quedaban frente a sus ídolos domésticos al cerrar la puerta tras los inspectores de Yoshiyahu.
Aquella generación impía, contemporánea de Yoshiyahu, tuvo la culpa de su muerte. Cuando el rey Paró, en su campaña contra los asirios, quiso atravesar la Tierra de Israel, Yirmiyahu aconsejó al rey que no negara a los egipcios el paso por su tierra. Citó una profecía de su maestro Yeshayahu, que había previsto la guerra entre Ashur y Mitsraim. Pero Yoshiyahu replicó: «Moshé, el maestro de tu maestro, dijo: “Yo daré paz en la tierra, y ninguna espada pasará por vuestra tierra”, ni siquiera la espada que no se alza contra Israel con intención hostil». El rey, ignorante del engaño que practicaba el pueblo, no sabía que eran adoradores de ídolos, a quienes no alcanzan las promesas de la Torá. En el combate que siguió entre los judíos y los egipcios, no menos de trescientos dardos alcanzaron al rey. En su agonía no pronunció ni una palabra de queja; solo dijo: «Adonái es justo, porque me rebelé contra Su mandamiento», reconociendo así su culpa por no haber atendido el consejo del profeta.
Así terminaron los días de este rey justo, tras una trayectoria brillante: el único rey desde Shlomo que reinó sobre Yehudá e Israel a la vez, pues Yirmiyahu había traído de vuelta a la Tierra de Israel a las diez tribus desterradas del norte y las había puesto bajo el dominio de Yoshiyahu. El duelo por él fue profundo. Hasta Yirmiyahu perpetuó su memoria en sus Ejá.
Al Paró de Mitsraim no le fue dado gozar plenamente de los frutos de su victoria, pues poco después de esto, al intentar subir al maravilloso trono de Shlomo, fue derribado por los leones y quedó cojo del golpe.
El pueblo puso a Yehoajaz en el trono de Yehudá para suceder a Yoshiyahu, aunque su hermano Yehoyakim era dos años mayor. Para acallar las reclamaciones legítimas de Yehoyakim, el nuevo rey se sometió a la ceremonia de la unción. Pero su reinado fue muy breve. Al cabo de tres meses el Paró lo llevó al destierro en Mitsraim, y Yehoyakim reinó en su lugar.
Yehoyakim fue otro de los monarcas pecadores de los judíos, despiadado con los hombres y desobediente a Dios y a las leyes de Dios. Sus vestiduras estaban hechas de dos clases de tela mezcladas, su cuerpo estaba tatuado con los nombres de los ídolos y, para parecer un no judío, se sometió a una operación para borrar la señal de la alianza. Cometió diversas formas de incesto y, además, tenía por costumbre dar muerte a los hombres para violar a sus mujeres y confiscar sus bienes. Blasfemo como era, dijo: «Mis predecesores no supieron provocar la ira de Dios. En cuanto a mí, lo digo con franqueza: no necesitamos de Él en absoluto; hasta la luz que nos da podemos prescindir de ella, porque el oro de Parváyim bien puede reemplazarla».
Al ver semejantes abominaciones, Dios quiso disolver el mundo en su caos original. Si desistió de Su propósito, fue únicamente porque el pueblo llevaba una vida temerosa de Dios en tiempos de Yehoyakim. Después de que este reinara once años, Nabucodonosor puso fin a su dominio. Avanzando con su ejército, el rey babilonio se detuvo en Dafne, un arrabal de Antioquía. Allí salió a su encuentro el Sanhedrín de Yerushaláyim, que deseaba saber si venía con el propósito de destruir el Templo. Nabucodonosor les aseguró que todo lo que quería era la entrega de Yehoyakim, que se había rebelado contra su autoridad. De regreso en Yerushaláyim, el Sanhedrín informó a Yehoyakim de la intención de Nabucodonosor. El rey preguntó a los ancianos si era ético comprar sus vidas sacrificando la suya. Por respuesta, le remitieron al relato del modo en que Yoav trató a la ciudad de Avel de Bet-Maajá, que se salvó entregando al rebelde Sheva, hijo de Bijrí. Las objeciones del rey no disuadieron al Sanhedrín de seguir el ejemplo de Yoav, que había obrado bajo la dirección de David. Hicieron descender a Yehoyakim por los muros de Yerushaláyim atado a una cadena. Abajo, los babilonios estaban listos para recibirlo. Nabucodonosor llevó a Yehoyakim encadenado por todas las ciudades de Yehudá, luego lo mató y, con la ira aún no saciada, arrojó su cadáver a los perros tras haberlo metido dentro del cuerpo de un asno. Los perros no dejaron nada del cuerpo de Yehoyakim salvo el cráneo, en el que estaban escritas estas palabras: «Esto y algo más». Muchos siglos después lo encontró un Rabí cerca de las puertas de Yerushaláyim. En vano intentó darle sepultura: la tierra se negaba a retenerlo, y de ello el Rabí concluyó que pertenecía al cadáver de Yehoyakim. Envolvió el cráneo en un paño y lo guardó en un armario. Un día la esposa del Rabí lo descubrió allí y lo quemó, pensando que el cráneo pertenecía a una antigua esposa de su marido, tan querida por él aun después de muerta que no podía separarse de aquella reliquia.
Cuando Nabucodonosor regresó a Bavel de su expedición por la Tierra de Israel, el pueblo lo recibió con gran pompa y solemnidad. Les anunció que, en lugar de Yehoyakim, a quien había dado muerte, había instalado a Mataniá, el hijo del rebelde, llamado Yehoyajín, como rey sobre Yehudá; y el pueblo pronunció esta advertencia: «No se puede educar a un cachorro de buen porte cuya madre era de mala índole; mucho menos a un cachorro de mala índole cuya madre era de mala índole».
Nabucodonosor regresó a Dafne e informó al Sanhedrín —que se apresuró a salir de Yerushaláyim a su encuentro— de que deseaba la entrega de Yehoyajín. Si se negaban a satisfacer su exigencia, destruiría el Templo. Cuando le comunicaron al rey judío la amenaza de su adversario babilonio, subió al techo del Templo y, sosteniendo en la mano todas las llaves de sus cámaras, habló así a Dios: «Hasta ahora nos considerabas dignos de confianza y nos entregabas Tus llaves. Puesto que ya no nos tienes por dignos de fe, aquí tienes, recobra Tus llaves». Se le tomó la palabra: una mano se extendió desde el cielo y recibió las llaves.
Yehoyajín, bueno y piadoso, no quería que la ciudad de Yerushaláyim quedara expuesta al peligro por su causa. Así que se entregó a los jefes babilonios, después de que estos juraran que ni la ciudad ni el pueblo sufrirían daño. Pero los babilonios no cumplieron su juramento. Poco después llevaron al destierro no solo al rey, sino también a su madre, y a diez mil de la nobleza judía y de los grandes sabios. Este fue el segundo intento de Nabucodonosor de deportar a los judíos. Al hacer cautivo al anterior rey Yehoyakim, había desterrado a trescientos de los más nobles del pueblo, entre ellos al profeta Yejezkel.
El rey Yehoyajín fue encarcelado de por vida, prisionero solitario, separado de su esposa y de su familia. El Sanhedrín, que se contaba entre los deportados con el rey, temía que la casa de David se extinguiera. Por eso rogaron a Nabucodonosor que no separara a Yehoyajín de su esposa. Lograron ganarse la simpatía de la peluquera de la reina, y por medio de ella la de la reina misma, Semíramis, la esposa de Nabucodonosor, quien a su vez persuadió al rey de que diera un trato benévolo al desdichado príncipe desterrado de Yehudá. El sufrimiento había transformado por completo al que en otro tiempo fuera rey pecador, de modo que, pese a su gran alegría por reunirse con su esposa, seguía observando las prescripciones de la ley judía que regulan la vida conyugal. Estaba dispuesto a negarse todo placer cuando el precio era una transgresión de la palabra de Dios. Semejante firmeza abogó ante Dios para que perdonara al rey sus pecados, y el Sanhedrín celestial absolvió a Dios de Su juramento de aplastar a Yehoyajín y despojar a su casa de la soberanía. En recompensa por su continencia, fue bendecido con una descendencia ilustre. No solo Zerubavel, el primer gobernador de la Tierra de Israel tras la destrucción del Templo, fue nieto de Yehoyajín, sino que también el propio Mesías será descendiente suyo.
Capítulo X
El exilio
Capítulo décimo
La ejecución de un rey y la deportación de otro no fueron sino preludios de la gran catástrofe nacional que ocurrió en tiempos de Tsidkiyahu: la destrucción del Templo y el exilio de todo el pueblo. Después de que Nabucodonosor llevara al destierro a Yehoyajín y a una parte del pueblo, se compadeció de los judíos y preguntó si aún vivía algún otro hijo de Yoshiyahu. Solo quedaba Matanyá. Le cambiaron el nombre por el de Tsidkiyahu, con la esperanza de que fuera padre de hijos piadosos. En realidad, el nombre se volvió presagio de los desastres que sobrevendrían en tiempos de este rey.
Nabucodonosor, que había investido a Tsidkiyahu con el cargo real, le exigió juramento de fidelidad. Tsidkiyahu iba a jurar por su propia alma, pero el rey babilonio, no satisfecho, trajo un rollo de la Torá e hizo que su vasallo judío jurara sobre él. Con todo, no guardó fidelidad a Nabucodonosor por mucho tiempo. Y no fue esta su única traición contra su soberano. Cierta vez había sorprendido a Nabucodonosor cortando un trozo de una liebre viva y comiéndolo, como es costumbre de los bárbaros. Nabucodonosor sintió una vergüenza dolorosa y rogó al rey judío que prometiera bajo juramento no mencionar lo que había visto. Aunque Nabucodonosor lo trató con gran amistad —hasta lo hizo señor soberano sobre cinco reyes vasallos—, no justificó la confianza depositada en él. Para halagar a Tsidkiyahu, los cinco reyes le dijeron una vez: «Si todo fuera como debe ser, tú ocuparías el trono de Nabucodonosor.» Tsidkiyahu no pudo contenerse y exclamó: «¡Oh, sí, Nabucodonosor, a quien una vez vi comerse una liebre viva!»
Los cinco reyes acudieron enseguida a Nabucodonosor y le contaron lo que Tsidkiyahu había dicho. Entonces el rey de Bavel marchó a Dafne, cerca de Antioquía, con el propósito de castigar a Tsidkiyahu. En Dafne encontró al Sanhedrín de Yerushaláyim, que se había apresurado a ir allí para recibirlo. Nabucodonosor recibió al Sanhedrín con cortesía, ordenó a sus servidores que trajeran sillas de honor para todos los miembros y les pidió que le leyeran la Torá y se la explicaran. Cuando llegaron al pasaje del libro de Bamidbar que trata de la anulación de los votos, el rey preguntó: «Si un hombre desea ser liberado de un voto, ¿qué pasos ha de seguir?» El Sanhedrín respondió: «Debe acudir a un sabio, y este lo absolverá de su voto.» A lo que Nabucodonosor exclamó: «En verdad creo que fuisteis vosotros quienes liberasteis a Tsidkiyahu del voto que hizo respecto a mí.» Y ordenó a los miembros del Sanhedrín que dejaran sus sillas de honor y se sentaran en el suelo. Se vieron obligados a admitir que no habían obrado conforme a la ley —pues el voto de Tsidkiyahu afectaba a otro además de a sí mismo, y sin el consentimiento de la otra parte, es decir, de Nabucodonosor, el Sanhedrín no tenía autoridad para anular el voto.
Tsidkiyahu fue castigado como correspondía por el grave crimen del perjurio. Cuando Yerushaláyim fue capturada, intentó escapar por una cueva que se extendía desde su casa hasta Yerijó. Dios envió un ciervo al campamento de los caldeos, y en la persecución de esta presa, los soldados babilonios llegaron a la salida más lejana de la cueva justo en el momento en que Tsidkiyahu salía de ella. El rey judío, junto con sus diez hijos, fue llevado ante Nabucodonosor, que se dirigió a Tsidkiyahu así: «Si te juzgara según la ley de tu Dios, merecerías la pena de muerte, pues juraste en falso por el Nombre de Dios; no menos merecerías la muerte si te juzgara según la ley del estado, pues faltaste al deber jurado hacia tu señor.»
Tsidkiyahu pidió la gracia de que su ejecución se realizara antes que la de sus hijos, para que se le ahorrara la visión de su sangre. Sus hijos, por su parte, suplicaron a Nabucodonosor que los matara antes que a su padre, para ahorrarse la deshonra de ver a su padre ejecutado. En su crueldad, Nabucodonosor había resuelto cosas peores de las que Tsidkiyahu preveía. A la vista de su padre, los hijos de Tsidkiyahu fueron muertos, y luego al propio Tsidkiyahu le arrancaron la vista: le cegaron los ojos. Había sido dotado de ojos de fuerza sobrehumana —eran los ojos de Adam—, y las lanzas de hierro que le clavaron en ellos no lograron destruir su visión. La vista lo abandonó solo por las lágrimas que derramó por la suerte de sus hijos. Entonces comprendió cuán verdad había hablado Yirmiyahu cuando profetizó su exilio a Bavel. Aunque viviera allí hasta su muerte, nunca contemplaría la tierra con sus ojos. Por su aparente contradicción, Tsidkiyahu había creído falsa la profecía. Por esta razón no había atendido el consejo de Yirmiyahu de hacer las paces con Nabucodonosor. Ahora todo se había cumplido: fue llevado cautivo a Bavel, pero, ciego como estaba, no vio la tierra de su exilio.
Aunque Tsidkiyahu manchó su reinado con el perjurio, fue con todo un rey tan bueno y justo que, por causa suya, Dios renunció a su propósito de devolver el mundo a su caos original, como castigo por las maldades de una generación perversa. En este tiempo depravado, fue ante todo a Yirmiyahu a quien se le encomendó la tarea de proclamar la palabra de Dios. Era descendiente de Yehoshúa y Rajav, y su padre era el profeta Jilkiyahu. Nació mientras su padre huía de la persecución de Izével, la asesina de profetas. Ya en su nacimiento mostró señales de que estaba destinado a un gran papel. Nació circuncidado, y apenas había salido del vientre de su madre cuando rompió a gemir, y su voz no era la de un recién nacido, sino la de un joven. Gritó: «Mis entrañas, mis entrañas tiemblan, las paredes de mi corazón se estremecen, mis miembros se sacuden; destrucción tras destrucción traigo sobre la tierra.» En este tono siguió lamentándose y gimiendo, quejándose de la infidelidad de su madre, y cuando ella expresó su asombro ante el habla impropia de su hijo recién nacido, Yirmiyahu dijo: «No es a ti a quien me refiero, madre mía, no es a ti a quien alude mi profecía; hablo de Tsiyón, y contra Yerushaláyim se dirigen mis palabras. Ella engalana a sus hijas, las viste de púrpura y les pone coronas de oro sobre la cabeza. Vendrán ladrones y las despojarán de sus adornos.»
Siendo muchacho recibió el llamado a ser profeta. Pero se negó a obedecer, diciendo: «Oh HaShem, no puedo ir como profeta a Israel, pues ¿cuándo hubo un profeta a quien Israel no deseara matar? A Moshé y a Aharón quisieron apedrearlos; de Eliyahu el tishbita se burlaron porque llevaba el cabello largo; y a Elishá le gritaban: "Sube, calvo". No, no puedo ir a Israel, pues no soy todavía más que un muchacho.» Dios respondió: «Amo la juventud, pues es inocente. Cuando saqué a Israel de Mitsraim, lo llamé muchacho, y cuando pienso en Israel con amor, hablo de él como de un muchacho. No digas, pues, que eres solo un muchacho, sino que irás a cualquier encargo que yo te envíe. Ahora bien —continuó Dios—, toma la "copa de la ira" y haz que las naciones beban de ella.» Yirmiyahu preguntó qué tierra habría de beber primero de la «copa de la ira», y la respuesta de Dios fue: «Primero ha de beber Yerushaláyim, cabeza de todas las naciones de la tierra, y luego las ciudades de Yehudá.» Cuando el profeta oyó esto, empezó a maldecir el día de su nacimiento. «Soy como el Sumo Sacerdote —dijo— que ha de administrar las "aguas amargas" a una mujer sospechosa de adulterio, y cuando se acerca a la mujer con la copa, he aquí que reconoce a su propia madre. Y yo, oh madre Tsiyón, pensé, cuando fui llamado a profetizar, que se me designaba para anunciarte prosperidad y salvación, pero ahora veo que mi mensaje te presagia mal.»
La primera aparición pública de Yirmiyahu fue durante el reinado de Yoshiyahu, cuando anunció al pueblo en las calles: «Si abandonáis vuestras malas obras, Dios os elevará por encima de todas las naciones; si no, entregará su casa en manos de los enemigos, y estos harán con ella lo que mejor les parezca.»
Los profetas contemporáneos de Yirmiyahu en sus primeros años fueron Zejariá y Juldá. El ámbito de esta última era entre las mujeres, mientras que Zejariá actuaba en la sinagoga. Más tarde, bajo Yehoyakim, a Yirmiyahu lo respaldaban las profecías de su pariente Uriyá de Kiriat-Yearim, amigo del profeta Yeshayahu. Pero Uriyá fue ejecutado por el rey impío, el mismo que hizo quemar el primer capítulo de Ejá después de borrar el Nombre de Dios dondequiera que aparecía en todo el libro. Pero Yirmiyahu añadió cuatro capítulos.
El profeta cayó en malos tiempos bajo Tsidkiyahu. Tenía en contra tanto al pueblo como a la corte. Y no era de extrañar en unos días en que ni siquiera los sumos sacerdotes del Templo llevaban en su cuerpo la señal de la alianza. Yirmiyahu había suscitado una hostilidad general al condenar la alianza con Mitsraim contra Bavel y favorecer la paz con Nabucodonosor; y esto aunque, en apariencia, la ayuda de los egipcios habría de resultar provechosa para los judíos. Las huestes del Paró Nejó habían partido en efecto de Mitsraim para unirse a los judíos contra Bavel. Pero cuando estaban en alta mar, Dios ordenó a las aguas que se cubrieran de cadáveres. Asombrados, los egipcios se preguntaban unos a otros de dónde venían los cuerpos muertos. Pronto dieron con la respuesta: eran los cuerpos de sus antepasados, ahogados en el mar de los Juncos por causa de los judíos, que se habían sacudido el yugo egipcio. «¿Cómo —dijeron entonces los egipcios—, hemos de socorrer a quienes ahogaron a nuestros padres?» Así que regresaron a su propio país, dando la razón a la advertencia de Yirmiyahu de que no cabía fiarse de las promesas egipcias.
Poco después de este suceso, cuando Yirmiyahu quiso salir de Yerushaláyim para ir a Anatot y tomar allí su porción sacerdotal, el centinela de la puerta lo acusó de querer desertar al enemigo. Fue entregado a sus adversarios de la corte, y estos lo encerraron en prisión. El centinela sabía muy bien que la acusación que lanzaba contra Yirmiyahu era inventada, y que la intención que le atribuía estaba lo más lejos posible de la mente del profeta, pero aprovechó la ocasión para desahogar un viejo rencor familiar. Pues este portero era nieto del falso profeta Jananiá, enemigo de Yirmiyahu, el que había profetizado una victoria completa sobre Nabucodonosor en un plazo de dos años. Sería más propio decir que calculó la victoria en vez de profetizarla. Razonaba: «Si a Elam, que no es más que un aliado de los babilonios contra los judíos, Dios le ha decretado la destrucción por boca de Yirmiyahu, cuánto más caerá la pena extrema sobre los propios babilonios, que han infligido enormes males a los judíos.» La profecía de Yirmiyahu había sido la contraria: lejos de dar esperanza alguna de que se lograra una victoria sobre Nabucodonosor, el estado judío, decía, sufriría el aniquilamiento. Jananiá exigió una señal que atestiguara la verdad de la profecía de Yirmiyahu. Pero Yirmiyahu replicó que no podía haber señal para una profecía como la suya, pues la decisión divina de hacer un mal puede anularse. En cambio, era deber de Jananiá dar una señal, pues profetizaba cosas gratas, y la resolución divina para el bien se cumple sin falta. Por fin, Yirmiyahu esgrimió el argumento decisivo: «Yo, sacerdote, bien puedo estar contento con la profecía; me conviene que el Templo siga en pie. En cuanto a ti, eres gabaonita, tendrás que hacer en él servicio de esclavo mientras exista el Templo. Pero en lugar de inquietar tu mente con el futuro reservado a otros, mejor habrías hecho en pensar en tu propio futuro, pues este mismo año morirás.» Jananiá, en efecto, murió el último día del año fijado como término de su vida, pero antes de morir ordenó que se mantuviera en secreto durante dos días, para desmentir la profecía de Yirmiyahu. Con sus últimas palabras, dirigidas a su hijo Shelemiá, le encargó que buscara todo medio posible de vengarse de Yirmiyahu, a cuya maldición debía atribuirse su muerte. Shelemiá no tuvo ocasión de cumplir el último mandato de su padre, pero no se le borró de la mente, y cuando él, a su vez, yacía en su lecho de muerte, inculcó el deber de la venganza a su hijo Yeriyá. Fue el nieto de Jananiá quien, al ver a Yirmiyahu salir de la ciudad, se apresuró a aprovechar la ocasión para acusar al profeta de traición. Su propósito prosperó. Los enemigos aristócratas de Yirmiyahu, enfurecidos contra él, acogieron la oportunidad de meterlo tras las rejas, y lo pusieron a cargo de un carcelero, Yonatán, que había sido amigo del falso profeta Jananiá. Yonatán se complacía en burlarse de su prisionero: «Mira —decía—, mira qué honor te hace tu amigo, al meterte en una prisión tan fina como esta; en verdad, es un palacio real.»
A pesar de su sufrimiento, Yirmiyahu no ocultó la verdad. Cuando el rey le preguntó si tenía alguna revelación de Dios, respondió: «Sí, el rey de Bavel te llevará al exilio.» Para no irritar al rey, no entró en más detalles. Solo rogó al rey que lo liberara de la prisión, diciendo: «Hasta los hombres malvados como Jananiá y sus descendientes buscan al menos un pretexto cuando quieren vengarse, y su ejemplo no debería perderse en ti, que te llamas Tsidkiyahu, "hombre justo".» El rey concedió su petición, pero Yirmiyahu no gozó de libertad por mucho tiempo. Apenas salido de la prisión, aconsejó de nuevo al pueblo que se rindiera, y los nobles lo prendieron y lo arrojaron a un pozo de cal lleno de agua, donde esperaban que se ahogara. Pero ocurrió un milagro. El agua descendió al fondo, y el lodo subió a la superficie y sostuvo al profeta por encima del agua. El auxilio le vino de Éved-mélej, un «cuervo blanco», el único hombre piadoso de la corte. Éved-mélej se apresuró a ir al rey y le dijo: «Sábelo: si Yirmiyahu perece en el pozo de cal, Yerushaláyim será tomada sin remedio.» Con permiso del rey, Éved-mélej fue al pozo y gritó en voz alta varias veces: «¡Oh, mi señor Yirmiyahu!», pero no llegó respuesta. Yirmiyahu temía que las palabras las pronunciara su antiguo carcelero Yonatán, que no había abandonado la costumbre de burlarse del profeta. Solía acercarse al borde del pozo y llamar con sorna hacia abajo: «No apoyes la cabeza en el lodo y échate un sueñecito, Yirmiyahu.» A tales pullas Yirmiyahu no respondía, y por eso Éved-mélej quedó sin respuesta. Creyendo muerto al profeta, empezó a lamentarse y a rasgarse las vestiduras. Entonces Yirmiyahu, al darse cuenta de que era un amigo y no Yonatán, preguntó: «¿Quién es el que llama mi nombre y llora al hacerlo?», y recibió la seguridad de que Éved-mélej había venido a rescatarlo de su peligrosa situación.
El sufrimiento al que Yirmiyahu estuvo expuesto acabó por fin con la toma de Yerushaláyim por Nabucodonosor. Este rey babilonio era hijo del rey Shlomo y la reina de Sabá. Su primer contacto con los judíos ocurrió en tiempos de su suegro Senaquerib, a quien acompañó en su campaña contra Jizkiyahu. La destrucción del ejército asirio ante las murallas de Yerushaláyim —la gran catástrofe de la que solo Nabucodonosor y otros cuatro escaparon con vida— le infundió temor de Dios. Más tarde, en su condición de secretario del rey babilonio Merodaj-Baladán, fue él quien advirtió a su señor de que el nombre del rey judío se mencionaba antes que el Nombre de Dios. «Lo llamas "el gran Dios" y, sin embargo, lo nombras después del rey», dijo. El propio Nabucodonosor corrió tras el mensajero para recuperar la carta y hacerla cambiar. Apenas había avanzado tres pasos cuando lo detuvo el ángel Gavriel, pues incluso los pocos pasos que había dado por la gloria de Dios le valieron su gran poder sobre Israel. Un paso más habría extendido su capacidad de hacer daño de forma inconmensurable.
Durante dieciocho años, cada día una voz celestial resonaba en el palacio de Nabucodonosor, diciendo: «Oh, esclavo malvado, ve y destruye la casa de tu Señor, pues sus hijos no lo escuchan.» Pero a Nabucodonosor lo asediaba el temor de que Dios le preparara una suerte semejante a la de su antepasado Senaquerib. Practicó la belomancia y consultó otros augurios, para asegurarse de que su campaña contra Yerushaláyim resultaría favorable. Cuando agitaba las flechas y preguntaba si debía ir a Roma o a Alejandría, ninguna flecha saltaba, pero cuando preguntaba por Yerushaláyim, una saltaba. Sembraba semillas y plantaba plantones; para Roma o Alejandría nada brotaba; para Yerushaláyim todo germinaba y crecía. Encendía velas y linternas; para Roma o Alejandría se negaban a arder, para Yerushaláyim daban su luz. Hacía flotar barcas en el Éufrates; para Roma o Alejandría no se movían, para Yerushaláyim navegaban.
Aun así, los temores de Nabucodonosor no se calmaban. Su determinación de atacar la Ciudad Santa maduró solo después de que Dios mismo le mostrara cómo había atado a la espalda las manos del arcángel Mijael, el protector de los judíos, para dejarlo incapaz de socorrer a sus protegidos. Así se emprendió la campaña contra Yerushaláyim.
Si los babilonios creyeron que la conquista de Yerushaláyim sería tarea fácil, se equivocaban de plano. Durante tres años Dios dotó a los habitantes de fuerza para resistir los embates del enemigo, con la esperanza de que los judíos enmendaran sus malos caminos y abandonaran su conducta impía, de modo que el castigo con que estaban amenazados pudiera anularse.
Entre los muchos héroes de la ciudad sitiada que desafiaba a los babilonios, se distinguía especialmente uno de nombre Akivá. Las piedras que el enemigo lanzaba desde fuera contra las murallas de la ciudad con las catapultas, él solía recibirlas con los pies y devolverlas contra los sitiadores. Una vez sucedió que una piedra fue arrojada de tal modo que cayó no sobre la muralla, sino delante de ella. En su veloz carrera hacia ella, Akivá se precipitó al espacio entre la muralla interior y la exterior. Enseguida tranquilizó a sus amigos de la ciudad, asegurándoles que la caída no le había hecho ningún daño. Solo estaba un poco sacudido y débil; en cuanto tomara su comida diaria acostumbrada, un buey asado, podría escalar la muralla y reanudar la lucha con los babilonios. Pero la fuerza y el ingenio humanos de nada sirven contra Dios. Se levantó una ráfaga de viento, y Akivá fue arrojado de la muralla, y murió. Entonces los caldeos abrieron una brecha en la muralla y penetraron en la ciudad.
Igualmente infructuosos fueron los esfuerzos de Janamel, tío de Yirmiyahu, por salvar la ciudad. Conjuró a los ángeles, los armó y los hizo ocupar las murallas. Los caldeos retrocedieron aterrados al ver el ejército celestial. Pero Dios cambió los nombres de los ángeles y los devolvió al cielo. Los exorcismos de Janamel de nada sirvieron. Cuando llamaba, por ejemplo, al ángel del Agua, la respuesta venía del ángel del Fuego, que llevaba el antiguo nombre de su compañero. Entonces Janamel recurrió a la medida extrema de convocar al Príncipe del Mundo, que elevó a Yerushaláyim muy alto por los aires. Pero Dios volvió a hundir la ciudad, y el enemigo entró sin estorbo.
Con todo, la toma de la ciudad no se habría podido lograr si Yirmiyahu hubiera estado presente. Sus obras eran como un pilar firme para la ciudad, y sus oraciones como una muralla de piedra. Por eso Dios envió al profeta a un encargo fuera de la ciudad. Le hicieron ir a su lugar natal, Anatot, a tomar posesión de un campo que le pertenecía por derecho de herencia. Yirmiyahu se alegró; lo tomó como señal de que Dios sería misericordioso con Yehudá, pues de otro modo no le habría ordenado tomar posesión de una parcela de tierra. Apenas había salido el profeta de Yerushaláyim cuando un ángel descendió sobre la muralla de la ciudad e hizo aparecer una brecha, al tiempo que gritaba: «Que venga el enemigo y entre en la casa, pues el Dueño de la casa ya no está en ella. El enemigo tiene licencia para saquearla y destruirla. Entrad en la viña y arrancad las vides, pues el Guardián se ha marchado y la ha abandonado. Pero que nadie se jacte y diga que él y los suyos han vencido a la ciudad. No: una ciudad ya conquistada habéis conquistado, un pueblo ya muerto habéis matado.»
El enemigo irrumpió y subió al monte del Templo, y en el lugar donde el rey Shlomo solía sentarse cuando deliberaba con los ancianos, los caldeos tramaron cómo reducir el Templo a cenizas. Durante sus siniestras deliberaciones, vieron a cuatro ángeles, cada uno con una antorcha llameante en la mano, descender y prender fuego a las cuatro esquinas del Templo. El Sumo Sacerdote, al ver las llamas alzarse, arrojó las llaves del Templo hacia el cielo, diciendo: «Aquí tienes las llaves de tu casa; se ve que soy un custodio indigno de confianza», y, al volverse, el enemigo lo prendió y lo degolló en el mismo lugar donde solía ofrecer el sacrificio diario. Con él pereció su hija, mezclándose su sangre con la de su padre. Los sacerdotes y los leviim se arrojaron a las llamas con sus arpas y trompetas, y, para escapar de la violencia que temían de los licenciosos caldeos, las vírgenes que tejían las cortinas del santuario siguieron su ejemplo. Aún más horrible fue la carnicería que Nevuzaradán causó entre el pueblo, azuzado como estaba por la vista de la sangre del asesinado profeta Zejariá, que hervía en el suelo del Templo. Al principio los judíos trataron de ocultar la verdadera historia ligada a aquella sangre. Al fin tuvieron que confesar que era la sangre de un profeta que había profetizado la destrucción del Templo y que, por su franqueza, había sido muerto por el pueblo. Nevuzaradán, para apaciguar al profeta, ordenó ejecutar en el lugar ensangrentado primero a los sabios del reino, luego a los niños de las escuelas y por último a los jóvenes sacerdotes: más de un millón de almas en total. Pero la sangre del profeta seguía hirviendo y humeando, hasta que Nevuzaradán exclamó: «Zejariá, Zejariá, a los buenos de Israel he degollado. ¿Deseas la destrucción del pueblo entero?» Entonces la sangre dejó de hervir.
A Nevuzaradán lo sobresaltó este pensamiento: si a los judíos, que tenían una sola vida sobre su conciencia, se les hacía expiar con tanta crueldad, ¡cuál no sería su propia suerte! Abandonó a Nabucodonosor y se hizo prosélito.
A su regreso de Anatot, Yirmiyahu vio, a lo lejos, humo que se elevaba en espiral desde el monte del Templo, y su espíritu se alegró. Pensó que los judíos se habían arrepentido de sus pecados y estaban ofreciendo incienso. Ya dentro de las murallas de la ciudad, supo la verdad: que el Templo había sido presa de las llamas. Abrumado por el dolor, gritó: «Oh HaShem, me sedujiste, y me dejé seducir; me sacaste de tu casa para poder destruirla.»
Dios mismo se conmovió profundamente por la destrucción del Templo, que había abandonado para que el enemigo pudiera entrar y destruirlo. Acompañado por los ángeles, visitó las ruinas y dio rienda suelta a su dolor: «Ay de Mí por mi casa. ¿Dónde están mis hijos, dónde mis sacerdotes, dónde mis amados? Pero ¿qué podía hacer por vosotros? ¿No os advertí? Y sin embargo no quisisteis enmendar vuestros caminos.» «Hoy —dijo Dios a Yirmiyahu— soy como un hombre que tiene un hijo único. Le prepara el palio nupcial, y su único amado muere bajo él. Tú pareces sentir bien poca compasión por Mí y por mis hijos. Ve, convoca de sus tumbas a Avraham, Yitsjak, Yaakov y Moshé. Ellos saben llorar.» «Señor del mundo —respondió Yirmiyahu—, no sé dónde está sepultado Moshé.» «Ponte a la orilla del Yardén —dijo Dios— y clama: "Hijo de Amram, hijo de Amram, levántate, mira cómo los lobos han devorado tus ovejas".»
Yirmiyahu se dirigió a la Cueva Doble y habló a los Patriarcas: «Levantaos, se os convoca a comparecer ante Dios.» Cuando le preguntaron el motivo de la convocatoria, fingió ignorancia, pues temía decirles la verdadera razón; podrían haberle reprochado que un desastre tan grande hubiera sobrevenido a Israel en su tiempo. Luego Yirmiyahu prosiguió hasta la orilla del Yardén, y allí clamó como se le había mandado: «Hijo de Amram, hijo de Amram, levántate, se te cita a comparecer ante Dios.» «¿Qué ha ocurrido hoy, para que Dios me llame ante Él?», preguntó Moshé. «No lo sé», respondió de nuevo Yirmiyahu. Moshé fue entonces a los ángeles, y por ellos supo que el Templo había sido destruido e Israel desterrado de su tierra. Llorando y de duelo, Moshé se unió a los Patriarcas, y juntos, rasgándose las vestiduras y retorciéndose las manos, se encaminaron a las ruinas del Templo. Aquí su llanto se acrecentó con las fuertes lamentaciones de los ángeles: «¡Qué desoladas están las calzadas hacia Yerushaláyim, las calzadas destinadas a un caminar sin fin! ¡Qué desiertas las calles que antaño se atestaban en las épocas de las peregrinaciones! Oh Señor del mundo, con Avraham, el padre de tu pueblo, que enseñó al mundo a conocerte como soberano del universo, hiciste una alianza: que por él y por sus descendientes la tierra se llenaría de gente; y ahora has disuelto tu alianza con él. ¡Oh Señor del mundo! Has despreciado a Tsiyón y a Yerushaláyim, que un día fueron tu morada elegida. Has tratado a Israel con mayor dureza que a la generación de Enosh, los primeros idólatras.»
Dios entonces dijo a los ángeles: «¿Por qué os alineáis contra Mí con vuestras quejas?» «Señor del mundo —respondieron—, por Avraham, tu amado, que ha venido a tu casa gimiendo y llorando, y sin embargo no le prestas atención.» A lo que Dios: «Desde que mi amado terminó su carrera terrenal, no ha estado en mi casa. "¿Qué tiene que hacer mi amado en mi casa?"»
Entró entonces Avraham en la conversación: «¿Por qué, oh Señor del mundo, has exiliado a mis hijos, los has entregado en manos de las naciones, que los torturan con toda clase de tormentos y que han asolado el santuario donde yo estuve dispuesto a ofrecerte a mi hijo Yitsjak en sacrificio?» «Tus hijos han pecado —dijo Dios—, han transgredido toda la Torá, han ofendido cada una de sus letras.» Avraham: «¿Quién habrá que atestigüe contra Israel que ha transgredido la Torá?» Dios: «Que la propia Torá comparezca y atestigüe.» La Torá vino, y Avraham se dirigió a ella: «Oh hija mía, ¿de veras vienes a atestiguar contra Israel, a decir que violó tus mandamientos? ¿No sientes vergüenza? Recuerda el día en que Dios te ofreció a todos los pueblos, a todas las naciones de la tierra, y todas te rechazaron con desdén. Entonces mis hijos llegaron al Sinaí, te aceptaron y te honraron. ¿Y ahora, en el día de su angustia, te alzas contra ellos?» Al oír esto, la Torá se hizo a un lado y no atestiguó. «Que vengan las veintidós letras del alfabeto hebreo en que está escrita la Torá y atestigüen contra Israel», dijo Dios. Comparecieron sin demora, y Álef, la primera letra, iba a atestiguar contra Israel cuando Avraham la interrumpió con estas palabras: «Tú, jefe de todas las letras, ¿vienes a atestiguar contra Israel en el tiempo de su angustia? Acuérdate del día en que Dios se reveló en el monte Sinaí, comenzando sus palabras contigo: "Anoji, Adonái tu Dios". Ningún pueblo, ninguna nación te aceptó, solo mis hijos, ¿y ahora vienes a atestiguar contra ellos?» Álef se hizo a un lado y calló. Lo mismo ocurrió con la segunda letra, Bet, y con la tercera, Guímel, y con todas las demás: todas se retiraron avergonzadas y no abrieron la boca. Entonces Avraham se volvió a Dios y dijo: «¡Oh Señor del mundo! Cuando yo tenía cien años, me diste un hijo, y cuando estaba en la flor de la edad, a los treinta y siete años, me ordenaste sacrificártelo, y yo, como un monstruo, sin compasión, lo até sobre el altar con mis propias manos. Que eso interceda ante Ti, y ten piedad de mis hijos.»
Entonces Yitsjak alzó la voz y habló: «Oh Señor del mundo, cuando mi padre me dijo: "Dios se proveerá el cordero para el holocausto, hijo mío", no me resistí a tu palabra. De buen grado me dejé atar al altar, alcé la garganta al encuentro del cuchillo. Que eso interceda ante Ti, y ten piedad de mis hijos.»
Entonces Yaakov alzó la voz y habló: «Oh Señor del mundo, durante veinte años moré en la casa de Laván, y cuando la dejé me topé con Esav, que quería matar a mis hijos, y arriesgué mi vida por la de ellos. Y ahora están entregados en manos de sus enemigos, como ovejas llevadas al matadero, después de que los mimé como a polluelos que rompen su cascarón, después de que padecí angustia por ellos todos los días de mi vida. Que eso interceda ante Ti, y ten piedad de mis hijos.»
Y por último Moshé alzó la voz y habló: «Oh Señor del mundo, ¿no fui un pastor fiel para Israel durante cuarenta largos años? Como un corcel corrí delante de él por el desierto, y cuando llegó el momento de que entrara en la Tierra Prometida, ordenaste: "¡Aquí en el desierto caerán tus huesos!". Y ahora que los hijos de Israel están exiliados, has mandado por mí para que llore y me lamente por ellos. Eso es lo que quiere decir la gente cuando afirma: la buena fortuna del amo no es del siervo, pero la desgracia del amo sí es su desgracia.» Y volviéndose hacia Yirmiyahu, continuó: «Camina delante de mí, yo los haré volver; veamos quién se atreve a levantar la mano contra ellos.» Yirmiyahu respondió: «Los caminos no se pueden transitar, están obstruidos de cadáveres.» Pero a Moshé no había quien lo disuadiera, y los dos, Moshé tras Yirmiyahu, llegaron a los ríos de Bavel. Cuando los judíos vieron a Moshé, dijeron: «El hijo de Amram ha subido de su tumba para redimirnos de nuestros enemigos.» En aquel momento se oyó clamar una voz celestial: «¡Está decretado!» Y Moshé dijo: «Oh hijos míos, no puedo redimiros, el decreto es inalterable; que Dios os redima pronto», y se apartó de ellos.
Los hijos de Israel alzaron la voz en amargas lamentaciones, y el son de su dolor traspasó hasta los mismos cielos. Entretanto, Moshé volvió a los Padres y les refirió a qué terrible sufrimiento estaban expuestos los judíos exiliados, y todos prorrumpieron en desconsolados lamentos. En su amargo dolor, Moshé exclamó: «¡Maldito seas, oh sol!, ¿por qué no se extinguió tu luz en la hora en que el enemigo invadió el santuario?» El sol respondió: «Oh pastor fiel, juro por la vida que no podía oscurecerme. Las potestades celestiales no lo permitían. Sesenta azotes de fuego me dieron, y dijeron: "Ve y haz brillar tu luz".» Otra última queja profirió Moshé: «Oh Señor del mundo, lo has escrito en tu Torá: "Sea vaca o sea oveja, no la degollaréis a ella y a su cría en un mismo día". ¡A cuántas madres han degollado con sus hijos y Tú callas!»
Entonces, con la brusquedad de un relámpago, Rajel, nuestra madre, se presentó ante Hakadosh Baruj Hu: «Señor del mundo —dijo—, Tú sabes cuán desbordante era el amor de Yaakov por mí, y cuando advertí que mi padre pensaba poner a Leá en mi lugar, di a Yaakov señales secretas para que el plan de mi padre quedara en nada. Pero luego me arrepentí de lo que había hecho, y para ahorrar a mi hermana la humillación le revelé las señales. Más aún: yo misma estuve en la cámara nupcial, y cuando Yaakov hablaba con Leá, yo respondía, no fuera que su voz la delatara. Yo, una mujer, criatura de carne y hueso, de polvo y ceniza, no tuve celos de mi rival. Tú, oh Dios, Rey eterno, Tú, Padre eterno y misericordioso, ¿por qué tuviste celos de los ídolos, vanidades vacías? ¿Por qué has expulsado a mis hijos, los has matado a espada, los has dejado a merced de sus enemigos?» Entonces se despertó la compasión del Dios Supremo, y dijo: «Por tu causa, oh Rajel, haré volver a los hijos de Israel a su tierra.»
Cuando Nabucodonosor envió a su general Nevuzaradán a la toma de Yerushaláyim, le dio tres instrucciones sobre el trato benévolo a Yirmiyahu: «Tómalo y vela bien por él, y no le hagas ningún daño; antes bien, haz con él conforme a lo que él te diga.» Al mismo tiempo le mandó emplear una crueldad despiadada con el resto del pueblo. Pero el profeta deseaba compartir la suerte de sus hermanos que sufrían, y cuando vio a un grupo de jóvenes en el cepo, metió en él su propia cabeza. Nevuzaradán siempre lo sacaba de nuevo. Después, si Yirmiyahu veía a un grupo de ancianos encadenados, se les unía y compartía su ignominia, hasta que Nevuzaradán lo soltaba. Por fin, Nevuzaradán dijo a Yirmiyahu: «Mira, eres una de tres cosas: o eres un profeta de falsedades, o eres un despreciador del sufrimiento, o eres un derramador de sangre. Un profeta de falsedades, pues desde hace muchos años vienes profetizando la caída de esta ciudad, y ahora, cuando tu profecía se ha cumplido, te afliges y te lamentas. O un despreciador del sufrimiento, pues yo procuro no hacerte nada dañino, y tú mismo persigues lo que te es dañino, como si dijeras: "Soy indiferente al dolor". O un derramador de sangre, pues el rey me ha encargado que cuide de ti y que no te sobrevenga ningún mal, pero como te empeñas en buscar tu propio mal, forzoso es que el rey se entere de tu desgracia y me dé muerte.»
Al principio Yirmiyahu rechazó el ofrecimiento de Nevuzaradán de dejarlo permanecer en la Tierra de Israel. Se unió a la marcha de los cautivos que iban a Bavel, por las calzadas que manaban sangre y estaban sembradas de cadáveres. Cuando llegaron a los confines de la Tierra Santa, todos, profeta y pueblo, prorrumpieron en fuertes gemidos, y Yirmiyahu dijo: «Sí, hermanos y compatriotas, todo esto os ha sobrevenido porque no escuchasteis las palabras de mi profecía.» Yirmiyahu viajó con ellos hasta que llegaron a las orillas del Éufrates. Entonces Dios habló al profeta: «Yirmiyahu, si te quedas aquí, Yo iré con ellos, y si vas con ellos, Yo me quedaré aquí.» Yirmiyahu respondió: «Señor del mundo, si voy con ellos, ¿de qué les sirve? Solo si su Rey, su Creador, los acompaña, les será de provecho.»
Cuando los cautivos vieron a Yirmiyahu hacer preparativos para volver a la Tierra de Israel, empezaron a llorar y a clamar: «¡Oh padre Yirmiyahu!, ¿tú también nos abandonas?» «Pongo por testigos al cielo y a la tierra —dijo el profeta—: si hubierais llorado una sola vez en Tsiyón, no os habrían desterrado.»
Sembrado de terrores fue el viaje de regreso para el profeta. Por doquier yacían cadáveres, y Yirmiyahu recogía todos los dedos que andaban esparcidos; los apretaba contra su corazón, los acariciaba, los besaba y los envolvía en su manto, diciendo con tristeza: «¿No os lo dije, hijos míos, no os lo advertí: "Dad gloria a Adonái vuestro Dios, antes que haga venir las tinieblas, y antes que vuestros pies tropiecen en los montes oscuros"?»
Abatido, oprimido por su dolor, Yirmiyahu vio el cumplimiento de su profecía contra las coquetas doncellas de Yerushaláyim, que no habían perseguido sino los placeres y goces del mundo. ¡Cuántas veces las había amonestado el profeta a hacer penitencia y llevar una vida temerosa de Dios! En vano; cada vez que las amenazaba con la destrucción de Yerushaláyim, decían: «¿Por qué habríamos de preocuparnos por eso?» «Un príncipe me tomará por esposa», decía una; la otra: «Un prefecto se casará conmigo.» Y al principio pareció que las expectativas de las bellas hijas de Yerushaláyim se cumplirían, pues los más aristócratas de los caldeos vencedores quedaron prendados de la belleza de las mujeres de Yerushaláyim y les ofrecieron su mano y su rango. Pero Dios envió sobre las mujeres enfermedades desfigurantes y repulsivas, y los babilonios las repudiaron, las arrojaron violentamente de sus carros y, sin piedad, pasaron por encima de los cuerpos postrados.
Nabucodonosor había dado orden de apremiar a los cautivos por el camino a Bavel sin descanso ni pausa. Temía que, de otro modo, los judíos hallaran ocasión de implorar la misericordia de Dios —y Él, compasivo como es, los liberaría al instante en cuanto hicieran teshuvá—. Por eso no hubo alto en la marcha hasta que alcanzaron el Éufrates. Allí estaban ya dentro de las fronteras del imperio de Nabucodonosor, y él creyó que nada tenía ya que temer.
Muchos de los judíos murieron apenas bebieron del Éufrates. En su tierra natal estaban acostumbrados al agua sacada de manantiales y pozos. Llorando por sus muertos y por los demás que habían caído en el camino, se sentaron a orillas del río, mientras Nabucodonosor y sus príncipes, en sus embarcaciones, celebraban la victoria entre cantos y música. El rey advirtió que los príncipes de Yehudá, aunque iban encadenados, no llevaban carga alguna sobre los hombros, y llamó a sus siervos: «¿No tenéis ninguna carga para estos?». Tomaron los rollos de pergamino de la Torá, los rasgaron en pedazos, hicieron sacos con ellos y los llenaron de arena; y estos los cargaron sobre las espaldas de los príncipes judíos. Al ver semejante afrenta, todo Israel prorrumpió en amargo llanto. La voz de su dolor traspasó los mismos cielos, y Dios resolvió convertir el mundo de nuevo en caos, pues se dijo que, al fin y al cabo, el mundo no había sido creado sino por amor a Israel. Los ángeles acudieron presurosos y hablaron ante Dios: «Señor del mundo, tuyo es el universo. ¿No basta con que hayas desmembrado tu casa terrenal, el Templo? ¿Destruirás también tu casa celestial?». Dios los contuvo y dijo: «¿Pensáis que soy una criatura de carne y sangre, y que necesito consuelo? ¿Acaso no conozco el principio y el fin de todas las cosas? Id más bien y quitad sus cargas a los príncipes de Yehudá». Con la ayuda de Dios, los ángeles descendieron y llevaron los fardos puestos sobre los cautivos judíos hasta que llegaron a Bavel.
En su camino pasaron por la ciudad de Bari. Sus habitantes no se asombraron poco de la crueldad de Nabucodonosor, que hacía marchar desnudos a los cautivos. La gente de Bari despojó a sus esclavos de sus vestiduras y se los presentó a Nabucodonosor. Cuando el rey manifestó su extrañeza, dijeron: «Pensamos que te complacían de manera especial los hombres desnudos». El rey ordenó al punto que los judíos fueran vestidos con sus ropas. La recompensa concedida a los de Bari fue que Dios los dotó para siempre de belleza y de una gracia irresistible.
Los compasivos habitantes de Bari no encontraron muchos imitadores. La cualidad opuesta la mostraron los amonitas, los moabitas, los edomitas y los árabes. Pese a su estrecho parentesco con Israel, su conducta hacia los judíos estuvo dictada por la crueldad. Los dos primeros mencionados, los amonitas y los moabitas, cuando oyeron al profeta anunciar la destrucción de Yerushaláyim, se apresuraron sin demora alguna a comunicárselo a Nabucodonosor y a instarlo a atacar Yerushaláyim. Los escrúpulos del rey babilonio, que temía a Dios, y todas las razones que él aducía contra un combate con Israel, ellos las refutaron, y al fin lo indujeron a obrar como querían. Al tomar la ciudad, mientras todos los pueblos extranjeros buscaban botín, los amonitas y los moabitas se lanzaron al Templo para apoderarse del rollo de la Torá, porque contenía la cláusula que les prohibía entrar en «la asamblea de Adonái ni siquiera hasta la décima generación». Para deshonrar la fe de Israel, arrancaron los querubines del Santo de los Santos y los arrastraron por las calles de Yerushaláyim, gritando a la vez: «¡Mirad estas cosas sagradas que pertenecen a los israelitas, que andan diciendo siempre que no tienen ídolos!».
Los edomitas se mostraron aún más hostiles en la hora de la necesidad de Israel. Fueron a Yerushaláyim con Nabucodonosor, pero se mantuvieron a distancia de la ciudad, para aguardar allí el desenlace de la batalla entre los judíos y los babilonios. Si los judíos hubieran vencido, habrían fingido que venían a traerles ayuda. Cuando se conoció la victoria de Nabucodonosor, mostraron sus verdaderos sentimientos. A quienes escapaban de la espada de los babilonios, los abatía la mano de los edomitas.
Pero en astucia diabólica a estos pueblos los superaron los ismaelitas. Ochenta mil jóvenes sacerdotes, cada uno con un escudo de oro sobre el pecho, lograron abrirse paso entre las filas de Nabucodonosor y llegar hasta los ismaelitas. Pidieron agua para beber. La respuesta de los ismaelitas fue: «Primero comed, y luego podréis beber», al tiempo que les alargaban comida salada. Su sed aumentó, y los ismaelitas les dieron odres de cuero llenos de nada más que aire en vez de agua. Cuando los alzaron a la boca, el aire entró en sus cuerpos y cayeron muertos.
Otras tribus árabes mostraron su hostilidad abiertamente; como los palmirenos, que pusieron ochenta mil arqueros a disposición de Nabucodonosor en su guerra contra Israel.
Si Nabucodonosor pensó que, una vez tuviera a los judíos en las regiones del Éufrates, quedarían para siempre en su poder, se engañaba de medio a medio. Fue en las mismísimas orillas del gran río donde sufrió la pérdida de un buen número de sus cautivos. Cuando se hizo el primer alto junto al Éufrates, los judíos ya no pudieron contener su dolor, y prorrumpieron en lágrimas y amargos lamentos. Nabucodonosor les ordenó callar, y, como para hacer más dura la obediencia a sus órdenes, mandó llamar a los leviim, los cantores del Templo, a que entonaran los cantos de Tsiyón para diversión de sus invitados en el banquete que había dispuesto. Los leviim deliberaron entre sí. «¿No basta con que el Templo yazga en cenizas por nuestros pecados, para que aún añadamos a nuestras transgresiones arrancando música de las cuerdas de nuestras arpas sagradas en honor de estos "enanos"?», dijeron, y decidieron ofrecer resistencia. Los sanguinarios babilonios los segaron a montones, mas ellos afrontaron la muerte con alto ánimo, pues así salvaban sus instrumentos sagrados de la profanación de ser usados ante ídolos y en provecho de idólatras.
Los leviim que sobrevivieron a la matanza —los hijos de Moshé eran— se mordieron los propios dedos hasta arrancárselos, y cuando les pedían que tocaran, mostraban a sus tiranos las manos mutiladas, con las que era imposible manejar las arpas. Al caer la noche descendió una nube y envolvió a los hijos de Moshé y a todos los suyos. Quedaron ocultos a sus enemigos, mientras su propio camino era iluminado por una columna de fuego. La nube y la columna se desvanecieron al despuntar el día, y ante los hijos de Moshé se extendía una franja de tierra bordeada por el mar por tres de sus lados. Para su completa protección, Dios hizo correr por el cuarto lado el río Sambatión. Este río está lleno de arena y piedras, y en los seis días laborables de la semana estas ruedan unas sobre otras con tal violencia que el estruendo y el fragor se oyen a lo lejos. Pero en Shabat el río tumultuoso se aquieta en calma. Como guardia contra los transgresores en ese día, una columna de nube se tiende a lo largo de todo el río, y nadie puede acercarse al Sambatión a menos de tres millas. Cercados como están, los hijos de Moshé se comunican, con todo, con sus hermanos de las tribus de Naftalí, Gad y Asher, que moran cerca de las orillas del Sambatión. Palomas mensajeras llevan cartas de un lado a otro.
En la tierra de los hijos de Moshé no hay sino animales puros, y en todo sentido sus habitantes llevan una vida santa y pura, digna de su antepasado Moshé. Nunca hacen un juramento, y, si por acaso a alguno de ellos se le escapa un juramento de los labios, al punto se le recuerda el castigo divino ligado a su acto: sus hijos morirán a tierna edad.
Los hijos de Moshé viven en paz y gozan de prosperidad como iguales por su común fe judía. No tienen necesidad ni de príncipe ni de juez, pues no conocen la contienda ni el litigio. Cada uno trabaja por el bienestar de la comunidad, y cada uno toma del acervo común solo lo que satisface sus necesidades. Sus casas están construidas todas a la misma altura, para que nadie se crea por encima de su prójimo, y para que el aire fresco no se vea impedido de circular libremente por igual en torno a todas. Aun de noche sus puertas quedan de par en par abiertas, pues nada tienen que temer de ladrones, ni se conocen fieras en su tierra. Todos alcanzan una buena vejez. El hijo nunca muere antes que el padre. Cuando ocurre una muerte, hay regocijo, porque se sabe que el que partió ha entrado en la vida eterna en fidelidad a su fe. El nacimiento de un niño, en cambio, provoca duelo, pues ¿quién puede decir si el ser traído al mundo será piadoso y fiel? Los muertos se entierran junto a las puertas de sus propias casas, para que a los que sobreviven, en todas sus idas y venidas, se les recuerde su propio fin. La enfermedad les es desconocida, pues nunca pecan, y la dolencia solo se envía para purificar de los pecados.
Los hijos de Moshé no fueron los únicos en escapar de la pesada mano de Nabucodonosor. Aún más milagrosa fue la liberación del piadoso etíope Éved-Mélej de las manos de los babilonios. Se salvó como recompensa por haber rescatado a Yirmiyahu cuando la vida del profeta corría peligro. El día anterior a la destrucción del Templo, poco antes de que el enemigo forzara la entrada en la ciudad, el etíope fue enviado —por el profeta Yirmiyahu, que obraba bajo instrucción divina— a cierto lugar frente a las puertas de la ciudad, para repartir alimento a los pobres de un cestillo de higos que había de llevar consigo. Éved-Mélej llegó al sitio, pero el calor era tan intenso que se quedó dormido bajo un árbol, y allí durmió sesenta y seis años. Cuando despertó, los higos seguían frescos y jugosos, pero todo el entorno había cambiado tanto que no acertaba a saber dónde estaba. Su confusión creció cuando entró en la ciudad a buscar a Yirmiyahu y no halló nada como había sido. Abordó a un anciano y le preguntó el nombre del lugar. Cuando le dijeron que era Yerushaláyim, Éved-Mélej exclamó con asombro: «¿Dónde está Yirmiyahu, dónde está Baruj, y dónde está todo el pueblo?». El anciano no se asombró poco de tales preguntas. ¿Cómo era posible que quien había conocido a Yirmiyahu y a Yerushaláyim ignorara los sucesos ocurridos sesenta años atrás? En breves palabras contó a Éved-Mélej la destrucción del Templo y el cautiverio del pueblo, pero lo que dijo no halló crédito en su oyente. Al fin Éved-Mélej comprendió que Dios había obrado por él un gran milagro, de modo que le había sido ahorrada la vista de la desgracia de Israel.
Mientras derramaba su corazón en gratitud a Dios, un águila descendió y lo condujo hasta Baruj, que vivía no lejos de la ciudad. Entonces Baruj recibió de Dios la orden de escribir a Yirmiyahu que el pueblo apartara de en medio de sí a los extraños, y que entonces Dios los llevaría de vuelta a Yerushaláyim. La carta escrita por Baruj y algunos de los higos que habían conservado su frescura durante sesenta y seis años fueron llevados a Bavel por un águila, que había dicho a Baruj que había sido enviada a servirle de mensajera. El águila emprendió su viaje. Su primera parada fue un paraje desolado y yermo al que sabía que Yirmiyahu y el pueblo habían de acudir: era el cementerio de los judíos que Nabucodonosor había dado al profeta a petición suya. Cuando el águila vio a Yirmiyahu y al pueblo acercarse con un cortejo fúnebre, gritó: «Tengo un mensaje para ti, Yirmiyahu. Que todo el pueblo se acerque a recibir las buenas nuevas». Como señal de que su misión era verdadera, el águila tocó el cadáver, y este volvió a la vida. Entre lágrimas, todo el pueblo clamó a Yirmiyahu: «¡Sálvanos! ¿Qué debemos hacer para volver a nuestra tierra?».
El águila llevó a Baruj la respuesta de Yirmiyahu, y, después de que el profeta despidiera a las mujeres babilonias, regresó a Yerushaláyim con el pueblo. A quienes no quisieron someterse a las órdenes de Yirmiyahu respecto de las mujeres paganas, el profeta no les permitió entrar en la ciudad santa, y, como tampoco se les permitía volver a Bavel, fundaron la ciudad de Shomrón, cerca de Yerushaláyim.
La tarea impuesta a Yirmiyahu había sido doble. Además de darle a su cargo el pueblo en la tierra de su exilio, Dios le había confiado el cuidado del santuario y de todo lo que contenía. El Arca sagrada, el altar del incienso y la tienda santa fueron llevados por un ángel al monte desde el cual Moshé, antes de su muerte, había contemplado la tierra que Dios había asignado a Israel. Allí encontró Yirmiyahu un lugar espacioso, en el que ocultó estos utensilios sagrados. Algunos de sus compañeros habían ido con él para tomar nota del camino a la cueva, pero, con todo, no pudieron encontrarlo. Cuando Yirmiyahu supo de su propósito, los reprendió, pues era voluntad de Dios que el lugar del escondite quedara en secreto hasta la redención, y entonces Dios mismo hará visibles las cosas ocultas.
Incluso los utensilios del Templo que Yirmiyahu no ocultó fueron preservados de caer en manos del enemigo; las puertas del Templo se hundieron en la tierra, y otras partes y utensilios fueron escondidos en una torre de Bagdad por el levita Shimur y sus amigos. Entre estos utensilios estaba el candelabro de siete brazos de oro puro, cada brazo engastado con veintiséis perlas, y, además de las perlas, doscientas piedras de valor incalculable. Más aún, la torre de Bagdad fue el escondite de setenta y siete mesas de oro, y del oro con que habían sido revestidos los muros del Templo por dentro y por fuera. Las mesas habían sido tomadas del Paraíso por Shlomo, y en brillo eclipsaban al sol y a la luna, mientras que el oro de los muros superaba en cantidad y valor a todo el oro que había existido desde la creación del mundo hasta la destrucción del Templo. Las joyas, perlas, oro, plata y piedras preciosas que David y Shlomo habían destinado al Templo fueron descubiertas por el escriba Jilkiyahu, y él las entregó al ángel Shamshiel, que a su vez depositó el tesoro en Borsipa. Los instrumentos musicales sagrados fueron tomados a cargo y escondidos por Baruj y Tsidkiyahu hasta la venida del Mesías, que revelará todos los tesoros. En su tiempo brotará un torrente de debajo del lugar del Santo de los Santos, y fluirá a través de las tierras hasta el Éufrates, y, a su paso, descubrirá todos los tesoros enterrados en la tierra.
En tiempos de la destrucción del Templo, una de las figuras prominentes fue Baruj, el fiel servidor de Yirmiyahu. Dios le ordenó salir de la ciudad un día antes de que el enemigo hubiera de entrar en ella, para que su presencia no la volviera inexpugnable. Al día siguiente, habiéndola abandonado él y todos los demás hombres piadosos, vio desde lejos cómo descendían los ángeles, prendían fuego a los muros de la ciudad y ocultaban los vasos sagrados del Templo. Al principio su duelo por las desgracias de Yerushaláyim y del pueblo no conoció límites. Pero fue consolado en cierta medida al cabo de un ayuno de siete días, cuando Dios le dio a conocer que el día del ajuste de cuentas llegaría también para los paganos. Otras visiones divinas le fueron concedidas. Todo el porvenir de la humanidad se desplegó ante sus ojos, en especial la historia de Israel, y aprendió que la venida del Mesías pondría fin a toda pena y miseria, e inauguraría el reinado de la paz y de la alegría entre los hombres. En cuanto a él, se le dijo, sería apartado de la tierra, pero no por la muerte, y solo para ser guardado a salvo hasta la llegada del fin de todos los tiempos.
Consolado así, Baruj dirigió una amonestación al pueblo que había quedado en la Tierra de Israel, y escribió dos cartas del mismo tenor a los exiliados: una a las nueve tribus y media, la otra a las dos tribus y media. La carta a las nueve tribus y media del cautiverio se la llevó un águila.
Cinco años después de la gran catástrofe, compuso en Bavel un libro que contenía plegarias penitenciales e himnos de consuelo, exhortando a Israel e instando al pueblo a volver a Dios y a su Torá. Este libro lo leyó Baruj al rey Yehoyajín y a todo el pueblo en un día de oración y penitencia. En la misma ocasión se hizo una colecta entre el pueblo, y los fondos así reunidos, junto con los vasos de plata del Templo hechos por orden de Tsidkiyahu después de que Yehoyajín fuera llevado cautivo, fueron enviados a Yerushaláyim, con la petición de que el Sumo Sacerdote Yoakim y el pueblo destinaran el dinero al servicio de los sacrificios y a las oraciones por la vida del rey Nabucodonosor y de su hijo Baltasar. Así asegurarían paz y dicha bajo el dominio babilonio. Sobre todo, habían de suplicar a Dios que apartara su ira de su pueblo.
Baruj envió su libro también a los residentes de Yerushaláyim, y ellos lo leían en el Templo en días señalados, y recitaban las oraciones que contiene.
Baruj es uno de los pocos mortales que han tenido el privilegio de visitar el Paraíso y de conocer sus secretos. Un ángel de HaShem se le apareció mientras se lamentaba por la destrucción de Yerushaláyim y lo llevó a los siete cielos, al lugar del juicio donde se pronuncia la condena de los impíos, y a las moradas de los bienaventurados.
Todavía se contaba entre los vivos en el tiempo en que Ciro permitió a los judíos volver a la Tierra de Israel, pero, a causa de su avanzada edad, no pudo valerse del permiso. Mientras vivió, su discípulo Ezrá permaneció con él en Bavel, pues «el estudio de la Torá es más importante que la construcción del Templo». Fue solo tras la muerte de Baruj cuando decidió reunir a los exiliados que deseaban regresar a la Tierra Santa y reconstruir el Templo en Yerushaláyim.
La piedad de Baruj y el gran favor de que gozaba ante Dios se dieron a conocer a las generaciones posteriores, muchos años después de su muerte, a través de los sucesos maravillosos ligados a su tumba. Cierta vez, un príncipe babilonio ordenó a un judío, de nombre Rabí Shlomo, que le mostrara el sepulcro de Yejezkel, sobre el cual había oído muchos relatos notables. El judío aconsejó al príncipe entrar primero en la tumba de Baruj, que colindaba con la de Yejezkel. Si lo lograba, podría intentar lo mismo con la tumba de Yejezkel, el maestro de Baruj. En presencia de sus grandes y de su pueblo, el príncipe trató de abrir el sepulcro de Baruj, pero sus esfuerzos fueron vanos. Todo el que lo tocaba caía muerto al instante. Un árabe anciano aconsejó al príncipe que llamara a los judíos para que le franquearan la entrada, ya que Baruj había sido judío y sus libros seguían siendo estudiados por judíos. Los judíos se prepararon con ayunos, oraciones, penitencia y limosnas, y lograron abrir el sepulcro sin percance alguno. Baruj fue hallado tendido sobre un féretro de mármol, y el aspecto del cadáver era como si hubiera expirado apenas entonces. El príncipe ordenó que el féretro fuera llevado a la ciudad y que el cuerpo fuera allí sepultado. Le parecía impropio que Yejezkel y Baruj reposaran en el mismo sepulcro. Pero los porteadores hallaron imposible mover el féretro más de dos mil codos del sepulcro original; ni siquiera con la ayuda de numerosas bestias de tiro se lo pudo empujar un solo paso más allá. Siguiendo el consejo de Rabí Shlomo, el príncipe resolvió depositar el féretro en el lugar al que habían llegado y erigir allí también una academia. Estos sucesos milagrosos indujeron al príncipe a ir a La Meca. Allí se convenció de la falsedad del mahometismo, del que hasta entonces había sido adepto, y se convirtió al judaísmo, él y toda su corte.
Cerca del sepulcro de Baruj crece una especie de hierba cuyas hojas están cubiertas de polvo de oro. Como el brillo del oro no se percibe fácilmente de día, la gente busca el lugar de noche, marca el punto exacto en que crece la hierba, y vuelve de día a recogerla.
No menos famoso es el sepulcro de Yejezkel, a una distancia de dos mil codos del de Baruj. Lo cubre un hermoso mausoleo erigido por el rey Yehoyajín después de que Evil-Merodaj lo hubiera liberado del cautiverio. El mausoleo perduró hasta la Edad Media, y llevaba en sus muros los nombres de los treinta y cinco mil judíos que ayudaron a Yehoyajín a erigir el monumento. Fue escenario de muchos milagros. Cuando grandes multitudes viajaban hasta allí para honrar la memoria del profeta, la pequeña y baja portezuela del muro que rodeaba el sepulcro se agrandaba en anchura y altura para dar cabida a cuantos deseaban entrar. Cierta vez, un príncipe hizo voto de dar un potro al sepulcro del profeta, si tan solo su yegua, que había sido estéril, pariera uno. Sin embargo, cuando su deseo se cumplió, no mantuvo su promesa. Pero la potranca corrió una distancia igual a la de un viaje de cuatro días hasta la tumba, y su dueño no pudo recuperarla hasta que depositó su valor en plata sobre el sepulcro. Cuando la gente emprendía largos viajes, tenían por costumbre llevar sus tesoros al sepulcro del profeta y suplicarle que no dejara a nadie sino a los legítimos herederos retirarlos de allí. El profeta siempre concedía su petición. Cierta vez, cuando se intentó tomar unos libros del sepulcro de Yejezkel, el saqueador enfermó de súbito y quedó ciego. Durante un tiempo, una columna de fuego, visible a gran distancia, se alzó sobre el sepulcro del profeta, pero desapareció a causa de la conducta indecorosa de los peregrinos que allí acudían.
No lejos del sepulcro de Yejezkel estaba el sepulcro de Barozak, que cierta vez se apareció en sueños a un judío rico. Le habló: «Soy Barozak, uno de los príncipes que fueron llevados cautivos con Yirmiyahu. Soy uno de los justos. Si me erigieres un hermoso mausoleo, serás bendecido con descendencia». El judío hizo como se le había mandado, y quien había sido sin hijos, poco después se hizo padre.
El miembro más distinguido de la diáspora babilonia fue Daniel. Aunque no era profeta, ninguno lo superaba en sabiduría, piedad y buenas obras. Su firme adhesión al judaísmo la mostró desde su temprana juventud cuando, siendo paje en la corte real, se negó a probar el pan, el vino y el aceite de los paganos, aun cuando su consumo no estaba prohibido por la Torá. En general, su posición prominente en la corte se mantuvo a costa de más de una penuria, pues él y sus compañeros, Jananiá, Mishael y Azariá, eran envidiados por sus distinciones por numerosos enemigos, que buscaban su ruina.
Cierta vez fueron acusados ante el rey Nabucodonosor de llevar una vida impúdica. El rey resolvió ordenar su ejecución. Pero Daniel y sus amigos mutilaron ciertas partes de sus cuerpos, y así demostraron cuán infundados eran los cargos contra ellos.
Siendo joven, Daniel dio prueba de su sabiduría cuando convenció a dos viejos pecadores de haber testificado en falso contra Susana, tan hermosa como buena. Engañado por los testigos perjuros, el tribunal había condenado a Susana a muerte. Entonces Daniel, impelido por un poder superior, apareció entre el pueblo, proclamó que se había cometido una injusticia y exigió que se reabriera el caso. Y así se hizo. Daniel mismo interrogó a los testigos uno tras otro. Las mismas preguntas se dirigieron a ambos, y, como las respuestas no concordaban entre sí, los falsos testigos quedaron convictos, y se les hizo sufrir la pena que habrían querido que el tribunal infligiera a su víctima.
La alta posición de Daniel en el estado data del tiempo en que interpretó el sueño de Nabucodonosor. El rey dijo a los astrólogos y magos: «Conozco mi sueño, pero no quiero deciros cuál fue, pues de lo contrario inventaréis cualquier cosa y pretenderéis que es la interpretación del sueño. Pero si me decís el sueño, entonces tendré confianza en vuestra interpretación de él».
Tras mucho hablar entre Nabucodonosor y sus sabios, ellos confesaron que el deseo del rey podría haberse cumplido si tan solo el Templo hubiera existido aún. El Sumo Sacerdote en Yerushaláyim habría podido revelar el secreto consultando los Urim veTumim. En ese punto el rey se enfureció contra sus sabios, que le habían aconsejado destruir el Templo, aunque debían de haber sabido cuán útil podría llegar a ser para el rey y el estado. Ordenó ejecutarlos a todos. Su vida fue salvada por Daniel, que recitó el sueño del rey y dio su interpretación. El rey quedó tan lleno de admiración por la sabiduría de Daniel que le rindió honores divinos. Daniel, sin embargo, rehusó tan desmedido trato: no deseaba ser objeto de veneración idolátrica. Dejó a Nabucodonosor para escapar de las muestras de honor que se le imponían, y se retiró a Tiberíades, donde construyó un canal. Además, el rey lo encargó de ciertas comisiones: traer forraje para el ganado a Bavel y también cerdos de Alejandría.
Durante la ausencia de Daniel, Nabucodonosor erigió un ídolo, y su culto fue exigido de todos sus súbditos bajo pena de muerte por fuego. La imagen no podía sostenerse por la desproporción entre su altura y su grosor. Se necesitó todo el oro y la plata que los babilonios habían capturado en Yerushaláyim para darle firmeza.
Todos los pueblos sujetos al dominio de Nabucodonosor, incluido hasta el propio Israel, obedecieron la orden real de adorar la imagen. Solo los tres piadosos compañeros de Daniel, Jananiá, Mishael y Azariá, resistieron la orden. En vano les insistió Nabucodonosor, como argumento en favor de la idolatría, que los judíos habían estado tan entregados a las prácticas paganas antes de la destrucción de Yerushaláyim que habían ido a Bavel con el fin de imitar los ídolos de allí y llevar las copias que hacían a Yerushaláyim. Los tres santos no quisieron escuchar estas seducciones del rey, ni cuando los remitió a autoridades tales como Moshé y Yirmiyahu para probarles que estaban obligados a cumplir el mandato real. Le dijeron: «Tú eres nuestro rey en todo lo que concierne al servicio, los impuestos, la capitación y el tributo, pero respecto de tu presente orden no eres más que Nabucodonosor. En eso, tú y el perro sois iguales para nosotros. Ladra como un perro, ínflate como un odre y chirría como un grillo».
Ahora la ira de Nabucodonosor rebasó todo límite, y ordenó que los tres fueran arrojados a un horno al rojo vivo, tan ardiente que las llamas de su fuego se lanzaban a la altura de cuarenta y nueve codos por encima del horno y consumían a los paganos que estaban en torno a él. Nada menos que cuatro pueblos fueron así exterminados. Mientras se empujaba a los tres santos al horno, elevaron una ferviente oración a Dios, suplicando su gracia hacia ellos y rogándole que cubriera de vergüenza a sus adversarios. Los ángeles quisieron descender y rescatar a los tres hombres del horno. Pero Dios lo prohibió: «¿Acaso los tres hombres obraron así por vosotros? No; lo hicieron por Mí, y Yo los salvaré con mis propias manos». Dios también rechazó los buenos oficios de Yurkami, el ángel del granizo, que se ofreció a extinguir el fuego del horno. El ángel Gavriel señaló con razón que tal milagro no sería lo bastante llamativo para atraer la atención. Su propia propuesta fue aceptada. A él, el ángel del fuego, se le encomendó arrancar a los tres hombres del horno al rojo vivo. Cumplió su misión enfriando el fuego dentro del horno, mientras que por fuera el calor seguía creciendo a tal grado que los paganos que estaban en torno al horno fueron consumidos. Los tres jóvenes elevaron entonces juntos sus voces en un himno de alabanza a Dios, agradeciéndole su ayuda milagrosa. Los caldeos observaban a los tres hombres paseando tranquilamente de un lado a otro dentro del horno, seguidos de un cuarto —el ángel Gavriel— como por un servidor. Nabucodonosor, que acudió presuroso a ver el prodigio, quedó pasmado de espanto, pues reconoció en Gavriel al ángel que, bajo la forma de una columna de fuego, había fulminado al ejército de Senaquerib. Ocurrieron otros seis milagros, todos ellos llevando el terror al corazón del rey: el horno de fuego, que había estado hundido en la tierra, se alzó en el aire; se quebró; el fondo se desfondó; la imagen erigida por Nabucodonosor cayó postrada; cuatro pueblos fueron devastados por el fuego; y Yejezkel resucitó a los muertos en el valle de Dura.
De esto último, Nabucodonosor fue advertido de un modo peculiar. Había mandado hacer una copa de beber con los huesos de un judío muerto. Cuando iba a usarla, la vida empezó a agitarse en los huesos, y un golpe se estampó en el rostro del rey, mientras una voz anunciaba: «¡Un amigo de este hombre está resucitando en este mismo momento a los muertos!». Nabucodonosor ofreció entonces alabanza a Dios por los milagros realizados, y, si un ángel no le hubiera asestado pronto un golpe en la boca y lo hubiera forzado al silencio, sus salmos de alabanza habrían superado al Salterio de David.
La liberación de los tres piadosos jóvenes fue una brillante vindicación de su proceder, pero al mismo tiempo causó gran mortificación a las masas del pueblo judío, que habían acatado la orden de Nabucodonosor de adorar su ídolo. Por eso, cuando los tres hombres salieron del horno —cosa que no hicieron hasta que Nabucodonosor los invitó a salir—, los paganos golpeaban en el rostro a todos los judíos que encontraban, burlándose de ellos a la vez: «¡Vosotros, que tenéis un Dios tan maravilloso, rendís homenaje a un ídolo!». Los tres hombres dejaron entonces Bavel y fueron a la Tierra de Israel, donde se unieron a su amigo, el Sumo Sacerdote Yehoshúa.
Su disposición a sacrificar la vida por el honor de Dios había sido tanto más admirable cuanto que el profeta Yejezkel les había advertido que no se haría ningún milagro por ellos. Cuando se publicó la orden del rey de postrarse ante el ídolo, y los tres hombres fueron designados para actuar como representantes del pueblo, Jananiá y sus compañeros acudieron a Daniel en busca de consejo. Él los remitió al profeta Yejezkel, que aconsejó la huida, citando como autoridad a su maestro Yeshayahu. Los tres hombres rechazaron su consejo y se declararon dispuestos a sufrir la muerte de los mártires. Yejezkel les pidió que aguardaran hasta que consultara a Dios, si se haría un milagro por ellos. Las palabras de Dios fueron: «No me manifestaré como su salvador. Ellos hicieron destruir mi casa, quemar mi palacio, dispersar a mis hijos entre los paganos, y ahora apelan a mi ayuda. Vivo Yo, que no me dejaré hallar por ellos».
En lugar de desalentar a los tres hombres, esta respuesta no hizo sino infundirles nuevo ánimo y resolución, y declararon con más decidido énfasis que antes que estaban dispuestos a afrontar la muerte. Dios consoló al profeta lloroso revelándole que salvaría a los tres santos héroes. Había buscado apartarlos del martirio solo para que su piedad y su firmeza aparecieran con mayor brillo.
A causa de su piedad, se hizo costumbre jurar por el Nombre de Aquel que sostiene el mundo sobre tres pilares, siendo los pilares los santos Jananiá, Mishael y Azariá. Su liberación de la muerte por fuego obró un gran efecto en el ánimo de los paganos. Se convencieron de la inutilidad de sus ídolos y con sus propias manos los destruyeron.
Entre los muertos que Yejezkel restituyó a la vida en el mismo tiempo en que los tres hombres fueron rescatados del horno de fuego había distintas clases de personas. Algunos eran los efraimitas que habían perecido en el intento de escapar de Mitsraim antes de que Moshé sacara a toda la nación de la tierra de servidumbre. Algunos eran los impíos entre los judíos que habían contaminado el Templo de Yerushaláyim con ritos paganos, y aquellos aún más impíos que en vida no habían creído en la resurrección de los muertos. Otros de los resucitados por Yejezkel eran los jóvenes de entre los judíos llevados cautivos a Bavel por Nabucodonosor, cuya belleza era tan radiante que oscurecía el mismísimo esplendor del sol. Las mujeres babilonias fueron presa de una gran pasión por ellos, y, a instancias de sus maridos, Nabucodonosor ordenó una sangrienta matanza de los apuestos jóvenes. Pero las mujeres babilonias no quedaron aún curadas de su pasión ilícita; la belleza de los jóvenes hebreos las obsesionó hasta que sus cadáveres yacieron destrozados ante ellas, mutilados sus gráciles cuerpos. Estos eran los jóvenes devueltos a la vida por el profeta Yejezkel. Por último, resucitó a algunos que habían perecido solo poco antes. Cuando Jananiá, Mishael y Azariá fueron salvados de la muerte, Nabucodonosor se dirigió así a los demás judíos, los que habían obedecido su orden respecto del culto al ídolo: «Sabéis que vuestro Dios puede ayudar y salvar; sin embargo, rendisteis culto a un ídolo incapaz de hacer nada. Esto prueba que, así como habéis destruido vuestra propia tierra con vuestras malas obras, ahora tratáis de destruir mi tierra con vuestra iniquidad». Acto seguido ordenó que todos fueran ejecutados, sesenta mil en número. Pasaron veinte años, y a Yejezkel le fue concedida la visión en la que Dios le mandó dirigirse al valle de Dura, donde Nabucodonosor había erigido su ídolo y había masacrado a la hueste de los judíos. Allí Dios le mostró los huesos secos de los muertos con la pregunta: «¿Puedo resucitar estos huesos?». La respuesta de Yejezkel fue evasiva, y, como castigo por su poca fe, hubo de terminar sus días en Bavel, y ni siquiera se le concedió sepultura en el suelo de la Tierra de Israel. Entonces Dios dejó caer el rocío del cielo sobre los huesos secos, y «hubo tendones sobre ellos, y subió la carne, y la piel los cubrió por encima». Al mismo tiempo Dios envió vientos a los cuatro confines de la tierra, que abrieron las cámaras del tesoro de las almas, y llevaron a cada cuerpo su propia alma. Todos volvieron a la vida, excepto un hombre que, según explicó Dios al profeta, quedó excluido de la resurrección porque era usurero.
Pese al maravilloso milagro realizado con ellos, los hombres así restituidos a la vida lloraban, porque temían no tener parte, al fin de los tiempos, en la resurrección de todo Israel. Pero el profeta les aseguró, en nombre de Dios, que su porción en todo lo que había sido prometido a Israel en modo alguno se vería disminuida.
Nabucodonosor, el señor del mundo entero, a quien hasta las fieras rendían obediencia —su animal predilecto era un león con una serpiente enroscada al cuello—, no escapó al castigo por sus pecados. Fue azotado como ninguno antes que él. Aquel a quien el temor de Dios había retenido al principio de una guerra contra Yerushaláyim, y a quien el arcángel Mijael había tenido que arrastrar por la fuerza, sentado como estaba en su caballo, hasta el Santo de los Santos, se volvió luego tan arrogante que se creyó un dios, y acarició el plan de envolverse en una nube, para vivir apartado de los hombres. Una voz celestial resonó: «¡Oh tú, hombre malvado, hijo de un hombre malvado, y descendiente de Nimrod el malvado, que incitó al mundo a rebelarse contra Dios! Mira, los días de los años de un hombre son setenta, o, por razón de vigor, quizá ochenta. Se tardan quinientos años en recorrer la distancia de la tierra hasta el primer cielo, y otro tanto en penetrar desde el fondo hasta la cima del primer cielo, y no son menores las distancias de uno de los siete cielos al siguiente. ¿Cómo, entonces, puedes hablar de ascender como el Altísimo "por encima de las alturas de las nubes"?». Por esta transgresión de creerse más que un hombre, fue castigado a vivir durante un tiempo como una bestia entre bestias, tratado por ellas como si fuera uno de los suyos. Durante cuarenta días llevó esta vida. Desde el ombligo hacia arriba tenía la apariencia de un buey, y la parte inferior de su cuerpo se asemejaba a la de un león. Como un buey comía hierba, y como un león atacaba a la muchedumbre curiosa, pero Daniel pasaba su tiempo en oración, suplicando que los siete años de esta vida bestial asignados a Nabucodonosor se redujeran a siete meses. Su oración fue concedida. Al cabo de cuarenta días la razón volvió al rey; los cuarenta días siguientes los pasó llorando amargamente sus pecados, y en el intervalo que restaba para completar los siete meses volvió a vivir la vida de una bestia.
Jiram, rey de Tiro, fue contemporáneo de Nabucodonosor, y en muchos aspectos se le parecía. También él se tenía por un dios, y buscaba que los hombres creyeran en su divinidad mediante los cielos artificiales que se fabricó. En el mar levantó cuatro pilares de hierro, sobre los cuales edificó siete cielos, cada uno quinientas varas más grande que el de abajo. El primero era una lámina de vidrio de quinientas varas cuadradas, y el segundo una lámina de hierro de mil varas cuadradas. El tercero, de plomo, y separado del segundo por canales, contenía enormes cantos rodados que producían el estruendo del trueno sobre el hierro. El cuarto cielo era de bronce, el quinto de cobre, el sexto de plata, y el séptimo de oro, todos separados unos de otros por canales. En el séptimo, de tres mil quinientas varas de extensión, tenía diamantes y perlas que manipulaba para producir el efecto de destellos y láminas de relámpago, mientras que las piedras de abajo imitaban el retumbar del trueno.
Mientras Jiram flotaba así por encima de la tierra, creyéndose en su vana imaginación superior al resto de los hombres, percibió de pronto al profeta Yejezkel junto a sí. Un viento lo había traído hasta allí. Asustado y atónito, Jiram preguntó al profeta cómo había subido a sus alturas. La respuesta fue: «Dios me trajo aquí, y me ordenó preguntarte por qué eres tan soberbio, tú, nacido de mujer». El rey de Tiro replicó desafiante: «Yo no soy uno nacido de mujer; vivo para siempre, y así como Dios reside en el mar, mi morada está en el mar, y así como Él habita siete cielos, también yo. ¡Mira cuántos reyes he sobrevivido! Veintiuno de la Casa de David, y otros tantos del Reino de las Diez Tribus, y a no menos de cincuenta profetas y diez sumos sacerdotes he sepultado». Entonces Dios dijo: «Destruiré Mi casa, para que en adelante Jiram no tenga motivo de jactancia, porque toda su soberbia le viene únicamente de haber suministrado los cedros para la construcción del Templo». El final de este rey orgulloso fue que Nabucodonosor lo venció, lo despojó de su trono y le hizo padecer una muerte cruel. Aunque el rey babilonio era hijastro de Jiram, no tuvo piedad de él. Cada día le cortaba un trozo de la carne de su cuerpo y forzaba al rey de Tiro a comérselo, hasta que por fin pereció. El palacio de Jiram fue tragado por la tierra, y en las entrañas de la tierra permanecerá hasta que emerja en el mundo venidero como morada de los piadosos.
No solo entre los paganos, sino también entre los judíos había en aquellos días gente muy pecadora. Los pecadores judíos más notorios eran los dos falsos profetas Ajav y Tsidkiyahu. Ajav se presentó ante la hija de Nabucodonosor y le dijo: «Entrégate a Tsidkiyahu», y se lo dijo en forma de mensaje divino. Lo mismo hizo Tsidkiyahu, que solo varió el mensaje sustituyendo por el nombre de Ajav. La princesa no podía aceptar tales mensajes como divinos, y contó a su padre lo ocurrido. Aunque Nabucodonosor era tan dado a prácticas inmorales que acostumbraba a emborrachar a los reyes que tenía cautivos para satisfacer luego en ellos sus apetitos antinaturales —y hubo de mediar un milagro para proteger a los piadosos de Yehudá de esta afrenta—, sabía muy bien que el Dios de los judíos aborrece la inmoralidad. Interrogó, pues, a Jananiá, Mishael y Azariá al respecto, y ellos negaron enfáticamente que semejante mensaje pudiera haber venido de Dios. Los profetas de la mentira se negaron a retractarse de sus palabras, y Nabucodonosor decidió someterlos a la misma prueba de fuego que había decretado para los tres piadosos compañeros de Daniel. Para ser justo con ellos, el rey les permitió elegir a un tercer compañero de suplicio, algún hombre piadoso que compartiera su suerte. Sin ver escapatoria, Ajav y Tsidkiyahu pidieron a Yehoshúa, más tarde sumo sacerdote, como compañero en el horno, con la esperanza de que sus méritos insignes bastaran para salvar a los tres. Se equivocaban. Yehoshúa salió ileso, solo se le chamuscaron las vestiduras, pero los falsos profetas fueron consumidos. Yehoshúa explicó el chamuscado de sus vestiduras por el hecho de haber estado directamente expuesto a todo el furor de las llamas. Pero la verdad era que debía expiar los pecados de sus hijos, que habían contraído matrimonios indignos de su dignidad y su linaje. Por eso su padre escapó de la muerte solo después de que el fuego hubiera quemado sus vestiduras.
No cabe imaginar mayor contraste con Jiram y los falsos profetas Ajav y Tsidkiyahu que el que presenta el carácter del piadoso Daniel. Cuando Nabucodonosor le ofreció honores divinos, rechazó lo que Jiram buscaba obtener por todos los medios a su alcance. El rey babilonio sentía por Daniel una admiración tan ardiente que lo envió fuera del país cuando llegó el momento de rendir culto al ídolo que había erigido en Durá, pues sabía muy bien que Daniel preferiría la muerte en las llamas antes que desatender los mandamientos de Dios, y no podía arrojar al fuego al hombre a quien había rendido homenaje divino. Además, era voluntad de Dios que Daniel no pasara por la prueba del fuego al mismo tiempo que sus tres amigos, para que la salvación de estos no le fuera atribuida a él.
A pesar de todo esto, Nabucodonosor se empeñó en persuadir a Daniel por medios suaves de que adorara a un ídolo. Hizo insertar la diadema de oro del sumo sacerdote en la boca de un ídolo, y por virtud del poder maravilloso que reside en el Nombre Sagrado grabado en la diadema, el ídolo cobró la facultad de hablar, y dijo estas palabras: «Yo soy tu dios». Así fueron muchos seducidos a adorar la imagen. Pero a Daniel no era tan fácil engañarlo. Obtuvo permiso del rey para besar al ídolo. Poniendo su boca sobre la del ídolo, conjuró a la diadema con estas palabras: «No soy más que carne y sangre, y sin embargo, al mismo tiempo, mensajero de Dios. Por eso te amonesto: cuida de que el Nombre de Hakadosh Baruj Hu no sea profanado, y te ordeno que me sigas». Y así sucedió. Cuando los paganos vinieron con música y canto a honrar al ídolo, este no emitió sonido alguno, sino que se desató una tormenta y lo derribó.
En otra ocasión más, Nabucodonosor intentó persuadir a Daniel de que adorara a un ídolo, esta vez un dragón que devoraba a todos los que se le acercaban, y por eso era venerado como un dios por los babilonios. Daniel le hizo dar de comer paja mezclada con clavos, y el dragón comió y pereció casi de inmediato.
Nada de esto impidió que Daniel tuviera siempre presente el bienestar del rey. Por eso, cuando Nabucodonosor estaba poniendo en orden su casa, quiso mencionar a Daniel en su testamento como uno de sus herederos. Pero el judío se negó con estas palabras: «Lejos esté de mí dejar la herencia de mis padres por la de los incircuncisos».
Nabucodonosor murió tras haber reinado cuarenta años, tanto como el rey David. La muerte del tirano trajo esperanza y gozo a más de un corazón, pues su severidad había sido tal que en vida suya nadie osaba reír, y cuando descendió al Sheol, sus habitantes temblaron, temiendo que hubiera venido a reinar también sobre ellos. Sin embargo, una voz celestial le gritó: «Desciende, y quédate tendido con los incircuncisos».
El entierro de este gran rey fue de todo menos lo que cabría esperar, y por esta razón: durante los siete años que Nabucodonosor pasó entre las bestias, su hijo Evil-Merodaj gobernó en su lugar. Nabucodonosor reapareció tras su período de penitencia y encarceló a su hijo de por vida. Cuando la muerte de Nabucodonosor por fin ocurrió, Evil-Merodaj se negó a aceptar el homenaje que los nobles le rendían como nuevo rey, porque temía que su padre no estuviera muerto, sino que solo hubiera desaparecido como una vez antes, y volviera de nuevo. Para convencerlo de lo infundado de su temor, el cadáver de Nabucodonosor, malamente mutilado por sus enemigos, fue arrastrado por las calles.
Poco después ocurrió la muerte de Tsidkiyahu, el destronado rey de Yehudá. Su sepelio tuvo lugar entre grandes muestras de simpatía y duelo. La elegía por él decía así: «¡Ay, que haya tenido que morir el rey Tsidkiyahu, él, que apuró las heces que todas las generaciones anteriores a él acumularon!».
Tsidkiyahu alcanzó una buena vejez, pues aunque fue en su reinado cuando ocurrió la destrucción de Yerushaláyim, fue la culpa de la nación, y no la del rey, la que había provocado la catástrofe.
XI.
Capítulo XI
El retorno del cautiverio
Capítulo undécimo
Cuando Dios resolvió tomar venganza de Bavel por todos los sufrimientos que había infligido a Israel, eligió a Darío y a Ciro como agentes de esa venganza. Ciro, rey de Persia, y su suegro Darío, rey de Media, marcharon juntos contra Baltasar, señor de los caldeos. La guerra se prolongó bastante tiempo, y la fortuna favoreció primero a un bando y luego al otro, hasta que al fin los caldeos obtuvieron una victoria decisiva. Para celebrar el hecho, Baltasar dispuso un gran banquete, servido en los utensilios que su padre había sacado del Templo de Yerushaláyim. Mientras el rey y sus invitados festejaban, el ángel enviado por Dios trazó sobre el muro el «Mené, Mené, Tekel, Ufarsín» —palabras arameas en caracteres hebreos, escritas con tinta roja—. Nadie vio al ángel salvo el rey. Sus grandes y los príncipes del reino, presentes en la orgía, no percibieron nada. El propio rey no vio la figura del ángel; solo le fueron visibles sus dedos sobrecogedores mientras trazaban las palabras.
La interpretación que Daniel dio a las enigmáticas palabras puso fin al regocijo de los comensales. Se dispersaron llenos de espanto y temor, y no quedó nadie salvo el rey y sus servidores. Esa misma noche el rey fue asesinado por un viejo criado que conocía a Daniel desde los tiempos de Nabucodonosor, y que no dudaba de que su siniestra profecía se cumpliría. Con la cabeza del rey Baltasar se presentó ante Darío y Ciro, y les contó cómo su señor había profanado los vasos sagrados —les habló de la maravillosa escritura sobre el muro y del modo en que Daniel la había interpretado—. Conmovidos por su relato, los dos reyes juraron solemnemente que permitirían a los judíos regresar a la Tierra de Israel y les concederían el uso de los vasos del Templo.
Reanudaron la guerra contra Bavel con mayor energía, y Dios les otorgó la victoria. Conquistaron todo el reino de Baltasar y tomaron posesión de la ciudad de Bavel, cuyos habitantes, jóvenes y ancianos, fueron condenados a muerte. Las tierras sometidas se repartieron entre Ciro y Darío: este recibió Bavel y Media; aquel, Caldea, Persia y Ashur.
Pero esta no es toda la historia de la caída de Bavel. El impío rey Baltasar dispuso el banquete en que se profanaron los vasos sagrados en el quinto año de su reinado, porque creyó del todo seguro que ya había pasado el peligro de que se cumpliera la profecía de Yirmiyahu, la que anunciaba el retorno de los judíos a la Tierra de Israel al cabo de setenta años de dominio babilonio sobre ellos. Nabucodonosor había gobernado veinticinco años, y Evil-Merodaj veintitrés, quedando cinco años en el reinado de Baltasar para el cumplimiento del plazo señalado. No le bastó con burlarse de Dios usando los vasos del Templo: quiso además que la repostería del banquete —ofrecido el segundo día de la fiesta de Pésaj— se hiciera con harina de trigo más fina que la que ese día se empleaba en el Templo para el Ómer.
El castigo siguió de cerca a la atrocidad. Ciro y Darío hacían de porteros del palacio real la noche del banquete. Habían recibido de Baltasar la orden de no admitir a nadie, aunque dijera ser el rey en persona. Baltasar se vio obligado a dejar sus aposentos por un breve momento, y salió sin que lo advirtieran los dos porteros. A su regreso, cuando pidió que le abrieran, lo abatieron muerto —aun mientras aseguraba que era el rey—.
Daniel dejó a Baltasar y huyó a Shushtar, donde lo recibió con benevolencia Ciro, quien le prometió hacer devolver los vasos del Templo a Yerushaláyim, con tal de que Daniel rogara a Dios que le concediera el éxito en su guerra contra el rey de Mosul. Dios escuchó con favor la oración de Daniel, y Ciro cumplió su promesa.
Daniel recibió entonces el encargo divino de instar a Ciro a reconstruir el Templo. Para ello debía presentar al rey a Ezrá y a Zerubavel. Ezrá fue de un lugar a otro llamando al pueblo a volver a la Tierra de Israel. Triste es decirlo, pero solo una tribu y media atendieron su llamado. Es más, la mayoría del pueblo se enfureció tanto contra Ezrá que buscaron matarlo. Escapó del peligro de muerte solo por un milagro divino.
También Daniel se vio expuesto a mucho sufrimiento en ese tiempo. El rey Ciro lo arrojó a un foso de leones porque se negó a postrarse ante el ídolo del rey. Durante siete días Daniel yació entre las fieras, y no se tocó ni un cabello de su cabeza. Cuando el rey, al término de la semana, halló vivo a Daniel, no pudo menos que reconocer la soberana grandeza de Dios. Ciro liberó a Daniel, y en su lugar hizo arrojar a los leones a sus calumniadores. En un instante fueron despedazados.
En general, Ciro estuvo muy lejos de estar a la altura de lo que se esperaba de él en piedad y justicia. Aunque concedió a los judíos permiso para reconstruir el Templo, no debían usar más material que la madera, de modo que fuera fácil de destruir si a los judíos se les ocurría rebelarse contra él. Incluso en lo moral, el rey persa no estaba libre de reproche.
En otra ocasión, Ciro instó con insistencia a Daniel a rendir homenaje al ídolo Bel. Como prueba de la divinidad del ídolo, el rey aducía el hecho de que comía los platos que se le ponían delante —un rumor difundido por los sacerdotes de Bel, que entraban de noche en el templo del ídolo por pasadizos subterráneos, ellos mismos devoraban los platos y luego atribuían su desaparición al apetito del dios—. Pero Daniel era demasiado astuto para dejarse engañar por una historia fabricada. Hizo esparcir ceniza por el suelo del templo, y las huellas visibles a la mañana siguiente convencieron al rey del engaño de los sacerdotes.
Las cordiales relaciones no se mantuvieron para siempre entre Ciro y Darío. Estalló una guerra entre ellos, en la que Ciro perdió la vida y las tierras. Temiendo a Darío, Daniel huyó a Persia. Pero un ángel de Dios se le apareció con este mensaje: «No temas al rey; no te entregaré en sus manos». Poco después recibió una carta de Darío que decía así: «Ven a mí, Daniel. No temas nada; seré aún más bondadoso contigo de lo que fue Ciro». En consecuencia, Daniel regresó a Shushtar y fue recibido con gran consideración por Darío.
Cierto día el rey recordó por azar las vestiduras sagradas que Nabucodonosor había llevado del Templo de Yerushaláyim a Bavel. Habían desaparecido, y no podía hallarse rastro de ellas. El rey sospechó que Daniel tenía algo que ver con su desaparición. De poco le sirvió proclamar su inocencia: fue arrojado a prisión. Dios envió un ángel que había de cegar a Darío, diciéndole a la vez que se le privaba de la luz de sus ojos porque mantenía preso al piadoso Daniel, y que la vista solo le sería restituida si Daniel intercedía por él. El rey liberó de inmediato a Daniel, y juntos viajaron a Yerushaláyim para orar en el lugar sagrado por la curación del rey. Un ángel se apareció a Daniel y le anunció que su oración había sido escuchada. El rey no tenía más que lavarse los ojos, y la visión volvería a ellos. Así ocurrió. Darío dio gracias a Dios, y en su gratitud asignó el diezmo de su grano a los sacerdotes y a los leviim. Además, mostró su aprecio a Daniel colmándolo de regalos, y ambos regresaron a Shushtar. La curación del rey convenció a muchos de sus súbditos de la omnipotencia de Dios, y se convirtieron al judaísmo.
Siguiendo el consejo de Daniel, Darío nombró un triunvirato para hacerse cargo de la administración de su reino, y Daniel fue puesto a la cabeza del consejo de los tres. Su alta dignidad —en la que solo el rey mismo estaba por encima de él— lo expuso a la envidia y la hostilidad por todas partes. Sus enemigos tramaron su ruina. Con astucia indujeron al rey a firmar una orden que imponía la pena de muerte a toda plegaria dirigida a cualquier dios u hombre que no fuera Darío. Aunque la orden no obligaba a Daniel a cometer un pecado, él prefirió dar su vida por el honor del Dios único antes que omitir sus devociones a Él. Cuando sus celosos enemigos lo sorprendieron durante sus oraciones, no se interrumpió. Fue arrastrado ante el rey, que se negó a dar crédito a la acusación contra Daniel. Entretanto llegó la hora de la oración de la tarde, y en presencia del rey y de sus príncipes Daniel comenzó a cumplir sus devociones. Naturalmente, esto dejó sin efecto todos los esfuerzos del rey por salvar a su amigo de la muerte. Daniel fue arrojado a un foso lleno de leones. La entrada del foso se cerró con una roca que, por su propia voluntad, había rodado desde la Tierra de Israel para protegerlo de todo daño que sus enemigos pudieran tramar. Las fieras dieron la bienvenida al piadoso Daniel como perros que halagan a su amo al volver a casa, lamiéndole las manos y moviendo la cola.
Mientras esto ocurría en Bavel, un ángel se apareció al profeta Javakuk en Yehudá. Ordenó al profeta que llevara a Daniel la comida que estaba a punto de llevar a sus jornaleros en el campo. Asombrado, Javakuk preguntó al ángel cómo podría llevarla a tan gran distancia, y al punto fue tomado por el cabello y en un momento depositado ante Daniel. Comieron juntos, y luego el ángel transportó a Javakuk de vuelta a su lugar en la Tierra de Israel. Muy de mañana Darío fue al foso de los leones para averiguar la suerte de Daniel. El rey lo llamó por su nombre, pero no recibió respuesta, porque Daniel recitaba en ese momento el Shemá, tras haber pasado la noche alabando y adorando a Dios. Al ver que aún vivía, el rey convocó al foso a los enemigos de Daniel. Estos opinaron que los leones no habían tenido hambre, y por eso Daniel seguía ileso. El rey les ordenó poner a prueba a las fieras con sus propias personas. El resultado fue que los ciento veintidós enemigos de Daniel, junto con sus mujeres e hijos —doscientas cuarenta y cuatro personas—, fueron hechos pedazos por mil cuatrocientos sesenta y cuatro leones.
La milagrosa salvación de Daniel le trajo una consideración más distinguida y honores mayores que antes. El rey publicó las maravillas que Dios había obrado en todas las partes de su reino, y llamó al pueblo a dirigirse a Yerushaláyim y ayudar en la erección del Templo.
Daniel suplicó al rey que lo relevara de los deberes de su cargo, para cuyo desempeño ya no se sentía apto a causa de su avanzada edad. El rey consintió con la condición de que Daniel designara un sucesor digno de él. Su elección recayó en Zerubavel. Colmado de ricos presentes y entre manifestaciones públicas dispuestas para honrarlo, Daniel se retiró de la vida pública. Se estableció en la ciudad de Shushán, donde permaneció hasta su fin. Aunque no era profeta, Dios le concedió un conocimiento del «fin de los tiempos» que no otorgó a sus amigos, los profetas Hageo, Zejariá y Malají; pero aun él, en la plenitud de sus años, perdió toda memoria de la revelación con que había sido favorecido.
Daniel fue sepultado en Shushán, a causa de lo cual se encendió una áspera disputa entre los habitantes de la ciudad. Shushán está dividida en dos partes por un río. El lado que contenía la tumba de Daniel lo ocupaban los habitantes ricos, y los ciudadanos pobres vivían al otro lado del río. Estos sostenían que también ellos serían ricos si la tumba de Daniel estuviera en su barrio. Las frecuentes disputas y conflictos se zanjaron al fin con un acuerdo: un año el féretro de Daniel reposaba a un lado del río, y al siguiente al otro. Cuando el rey persa Sanjar llegó a Shushán, puso fin a la práctica de arrastrar el féretro de aquí para allá. Recurrió a otro recurso para guardar la paz de la ciudad. Hizo suspender el féretro de cadenas exactamente en medio del puente que salvaba el río. En ese mismo sitio erigió una casa de oración para todas las confesiones, y por respeto a Daniel prohibió pescar en el río a una milla de distancia a cada lado del edificio conmemorativo. La santidad del lugar se hizo patente cuando los impíos intentaban pasar cerca: se ahogaban, mientras que los piadosos quedaban indemnes. Además, los peces que nadaban cerca tenían la cabeza reluciente como el oro.
Junto a la casa de Daniel yacía una piedra bajo la cual él había ocultado los vasos sagrados del Templo. Una vez se intentó hacer rodar la piedra de su sitio, pero todo el que se atrevía a tocarla caía muerto. La misma suerte alcanzó a cuantos más tarde intentaron hacer excavaciones cerca del lugar: estallaba una tormenta y los segaba a todos.
El sucesor de Daniel al servicio del rey, Zerubavel, gozó de igual consideración y afecto reales. Ocupaba una posición más alta que todos los demás servidores y oficiales, y junto con otros dos formaba la guardia personal del rey. Una vez, mientras el rey yacía envuelto en profundo sueño, sus guardias resolvieron escribir cada uno lo que consideraba la cosa más poderosa del mundo, y a quien escribiera la sentencia más sabia el rey le daría ricos presentes y recompensas. Lo que escribieron lo pusieron bajo la almohada en que descansaba la cabeza del rey, para que no tardara en decidir al despertar. El primero escribió: «El vino es la cosa más poderosa que hay»; el segundo escribió: «El rey es el más poderoso de la tierra»; y el tercero, Zerubavel, escribió: «Las mujeres son lo más poderoso del mundo, pero la verdad prevalece sobre todo lo demás». Cuando el rey despertó y leyó el documento, convocó a los grandes de su reino y también a los tres jóvenes. Se pidió a cada uno de los tres que justificara su sentencia. Con palabras elocuentes, el primero describió el poder del vino: cuando se apodera de los sentidos de un hombre, este olvida la pena y el pesar. Aún más bellas y convincentes fueron las palabras del segundo orador, cuando le llegó el turno de establecer la verdad de su dicho: que el rey era el más poderoso de la tierra. Por último, Zerubavel pintó con palabras encendidas el poder de la mujer, que gobierna incluso sobre los reyes. «Pero —continuó—, la verdad es suprema sobre todo. La tierra entera pide la verdad, los cielos cantan las alabanzas de la verdad, toda la creación se estremece y tiembla ante la verdad, no puede hallarse mal alguno en la verdad. A la verdad pertenecen el poder, el dominio, la fuerza y la gloria de todos los tiempos. Bendito sea el Dios de la verdad». Cuando Zerubavel dejó de hablar, la asamblea prorrumpió en estas palabras: «¡Grande es la verdad; es más poderosa que todo lo demás!». Tanto encantó al rey la sabiduría de Zerubavel, que le dijo: «Pide lo que quieras, y te será concedido». Zerubavel no pidió nada para sí; solo solicitó del rey permiso para restaurar Yerushaláyim, reconstruir el santuario y devolver los vasos sagrados del Templo al lugar de donde habían sido llevados. No solo concedió Darío lo que Zerubavel deseaba, no solo le dio cartas de salvoconducto, sino que además otorgó numerosos privilegios a los judíos que acompañaron a Zerubavel a la Tierra de Israel, y envió abundantes presentes al Templo y a sus oficiales.
Como a su predecesor Daniel, así también a Zerubavel Dios le concedió un conocimiento de los secretos del porvenir. En particular, el arcángel Metatrón se mostró benévolo con él. Además de revelarle el tiempo en que el Mesías aparecería, propició un encuentro entre el Mesías y Zerubavel.
En realidad, Zerubavel no era otro que Nejemyá, a quien se le dio este segundo nombre porque había nacido en Bavel. Por muy ricamente dotado que estuviera Zerubavel-Nejemyá de cualidades admirables, no carecía de defectos. Era en exceso complaciente consigo mismo, y no vaciló en marcar públicamente con un estigma a sus predecesores en el cargo de gobernador de la tierra de Yehudá, entre los cuales había un hombre tan excelente como Daniel. Para castigarlo por estas transgresiones, el Libro de Ezrá no lleva el nombre de su verdadero autor, Nejemyá.
Cuando Darío sintió que se acercaba su fin, nombró a su yerno Ciro —que hasta entonces solo había reinado sobre Persia— gobernante también de su reino. Su deseo fue honrado por los príncipes de Media y de Persia. Después de que Darío partió de esta vida, Ciro fue proclamado rey.
En el primerísimo año de su reinado, Ciro convocó ante sí a los más distinguidos de los judíos y les dio permiso para regresar a la Tierra de Israel y reconstruir el Templo de Yerushaláyim. Más aún: se comprometió a contribuir al servicio del Templo en proporción a sus medios, y a rendir honor al Dios que lo había investido de fuerza para someter a los caldeos. Estos actos de Ciro brotaron en parte de sus propias inclinaciones piadosas, y en parte se debieron a su deseo de cumplir la última voluntad de Darío, que le había encarecido dar a los judíos la oportunidad de reconstruir el Templo.
Cuando la compañía de judíos que regresó a Yerushaláyim bajo la conducción de Ezrá, y se puso a restaurar el Templo, iba a ofrecer el primer sacrificio, echaron de menos el fuego celestial que había descendido del cielo sobre el altar en tiempos de Moshé y no se había extinguido mientras el Templo estuvo en pie. Se volvieron en súplica a Dios para que los instruyera. El fuego celestial había sido escondido por Yirmiyahu en el tiempo de la destrucción de la Ciudad Santa, y la ley no les permitía llevar «fuego extraño» sobre el altar de Dios. Un anciano recordó de pronto el sitio en que Yirmiyahu había enterrado el fuego sagrado, y condujo allí a los ancianos. Apartaron la piedra que cubría el lugar, y de debajo apareció un manantial que no manaba agua, sino una especie de aceite. Ezrá ordenó rociar este líquido sobre el altar, y al instante se elevó una llama que todo lo consumía. Los propios sacerdotes se dispersaron de miedo. Pero después de que el Templo y sus vasos fueron purificados por la llama, esta se ciñó al altar para no dejarlo ya nunca más, pues el sacerdote la guardaba para que no se extinguiera.
Entre la banda de exiliados que regresó estaban los profetas Hageo, Zejariá y Malají. Cada uno de ellos tenía un papel de la mayor importancia que cumplir en la reconstrucción del Templo. El primero mostró al pueblo el plano del altar, que era mayor que el que había estado en el Templo de Shlomo. El segundo les informó de la ubicación exacta del altar, y el tercero les enseñó que los sacrificios podían ofrecerse en el lugar sagrado aun antes de la conclusión del Templo. Por autoridad de uno de los profetas, los judíos, a su regreso de Bavel, abandonaron sus caracteres hebreos originales y volvieron a escribir la Torá en los caracteres «asirios» todavía en uso hoy día.
Mientras avanzaba la obra del Templo, los constructores hallaron el cráneo de Aravná, dueño del solar del Templo en tiempos de David. Los sacerdotes, ignorantes como eran, no supieron decidir hasta qué punto el cadáver que allí yacía había profanado el lugar sagrado. Por esto derramó Hageo sus reproches sobre ellos.
El completo repoblamiento de la Tierra de Israel se llevó a cabo bajo la dirección de Ezrá, o, como a veces lo llaman las Escrituras, Malají. No había estado presente en los intentos anteriores de restaurar el santuario, porque no podía dejar a su viejo maestro Baruj, demasiado entrado en años para aventurarse en el difícil viaje a la Tierra Santa.
A pesar de los persuasivos esfuerzos de Ezrá, fue solo una porción comparativamente pequeña del pueblo la que se unió a la procesión que se encaminaba hacia el oeste, a la Tierra de Israel. Por esta razón el espíritu profético no se manifestó durante la existencia del Segundo Templo. Hageo, Zejariá y Malají fueron los últimos representantes de la profecía. Nada fue más sorprendente que la apatía de los leviim. No mostraron deseo alguno de regresar a la Tierra de Israel. Su castigo fue la pérdida de los diezmos, que más tarde se dieron al sacerdote, aunque los leviim tenían el primer derecho sobre ellos.
Al restaurar el Estado judío en la Tierra de Israel, Ezrá abrigaba dos esperanzas: preservar la pureza de la raza judía y difundir el estudio de la Torá hasta que llegara a ser propiedad común del pueblo entero. Para favorecer su primer propósito, se alzó contra los matrimonios entre los judíos y las naciones de alrededor. Él mismo había trazado con cuidado su propia genealogía antes de consentir en dejar Bavel, y a fin de perpetuar la pureza de las familias y grupos que quedaban en Oriente, se llevó consigo a la Tierra de Israel a todos los «no aptos».
En la realización de su segunda esperanza, la difusión de la Torá, Ezrá fue tan celoso y eficaz que con razón se dijo de él: «Si Moshé no se le hubiera adelantado, Ezrá habría recibido la Torá». En cierto sentido fue, en efecto, un segundo Moshé. La Torá había caído en el descuido y el olvido en sus días, y él la restauró y la reafirmó en la mente de su pueblo. A él se debe principalmente que se dividiera en porciones, para leerse anualmente, Shabat tras Shabat, en las sinagogas; y fue él, asimismo, quien concibió la idea de volver a escribir el Pentateuco en caracteres «asirios». Para favorecer todavía más su propósito, ordenó que se establecieran por todas partes escuelas adicionales para los niños, aunque las antiguas bastaban para satisfacer la demanda. Pensaba que la rivalidad entre las instituciones antiguas y las nuevas redundaría en beneficio de los alumnos.
Ezrá es el creador de las instituciones conocidas como «las diez ordenanzas de Ezrá». Son las siguientes: 1. Lecturas de la Torá en las tardes de Shabat. 2. Lecturas de la Torá los lunes y los jueves. 3. Sesiones del tribunal los lunes y los jueves. 4. Hacer la colada los jueves, no los viernes. 5. Comer ajo el viernes por su acción saludable. 6. Cocer el pan temprano por la mañana, para que esté listo para los pobres cuando pidan algo. 7. Que las mujeres cubran las partes inferiores de su cuerpo con una prenda llamada Sinar. 8. Antes de tomar un baño ritual, peinarse el cabello. 9. El baño ritual prescrito para el impuro alcanza también al que desea ofrecer plegaria o estudiar la ley. 10. Permiso a los buhoneros para vender cosméticos a las mujeres en las ciudades.
Ezrá no fue solo un gran maestro de su pueblo y su sabio conductor; fue también su abogado ante los seres celestiales, con quienes mantenía una relación de índole singularmente íntima. Una vez dirigió a Dios una plegaria en la que se quejaba del infortunio de Israel y de la prosperidad de las naciones paganas. Entonces se le apareció el ángel Uriel, que le enseñó cómo el mal tiene su tiempo señalado para seguir su curso, así como los muertos tienen su tiempo señalado para morar en el mundo inferior. Ezrá no pudo darse por satisfecho con esta explicación, y en respuesta a su ulterior pregunta se le concedieron siete visiones proféticas, que el ángel le interpretó. Representaban todo el curso de la historia hasta su día, y le descubrían el futuro a los ojos. En la séptima visión oyó una voz que salía de una zarza, como Moshé en otro tiempo, y lo exhortaba a guardar en su corazón los secretos que le habían sido revelados. La misma voz había dado a Moshé una orden semejante: «Estas palabras publicarás, aquellas guardarás en secreto». Entonces se le anunció su temprana partida de la tierra. Suplicó a Dios que dejara descender sobre él el espíritu santo antes de morir, para poder consignar todo lo que había sucedido desde la creación del mundo tal como estaba puesto por escrito en la Torá, y guiar a los hombres por la senda que lleva a Dios.
A esto Dios le mandó tomar consigo a los cinco escribas experimentados —Sargá, Dabriá, Seleucia, Etán y Aziel— y retirarse con ellos, y dictarles durante cuarenta días. Después de un día pasado con estos escritores en aislamiento, lejos de la ciudad y de los hombres, una voz lo exhortó: «Ezrá, abre tu boca y bebe lo que te doy de beber». Abrió la boca, y se le tendió un cáliz lleno hasta el borde de un líquido que fluía como agua, pero que en color se asemejaba al fuego. Su boca se abrió para beber, y durante cuarenta días no se cerró. Todo ese tiempo, los cinco escribas pusieron por escrito —«en signos que no comprendían», que eran los caracteres hebreos recién adoptados— todo lo que Ezrá les dictaba, y con ello se hicieron noventa y cuatro libros. Al término del período de cuarenta días, Dios habló así a Ezrá: «Los veinticuatro libros de las Sagradas Escrituras publicarás, para que los lean por igual los dignos y los indignos; pero los setenta últimos libros los apartarás del pueblo, para la lectura de los sabios de tu pueblo». A causa de su actividad literaria, se le llama «el Escriba de la ciencia del Ser Supremo por toda la eternidad».
Habiendo terminado su tarea, Ezrá fue apartado de este mundo terrenal, y entró en la vida eterna. Pero su muerte no ocurrió en la Tierra Santa. Le sobrevino en Juzistán, en Persia, en su viaje al rey Artajshasta.
En Raccia, en Mesopotamia, se alzaba todavía, hasta el siglo XII, la sinagoga fundada por Ezrá cuando viajaba de Bavel a la Tierra de Israel.
Junto a su tumba, sobre la cual a menudo se ven flotar de noche columnas de fuego, ocurrió una vez un milagro. Un pastor se quedó dormido al lado de ella. Ezrá se le apareció y le encargó decir a los judíos que trasladaran su féretro a otro sitio. Si el dueño del nuevo lugar se negaba a consentir, se le debía advertir que otorgara el permiso, pues de lo contrario perecerían todos los habitantes de su lugar. Al principio el dueño se negó a permitir que se hicieran las excavaciones necesarias. Solo después de que un gran número de los habitantes no judíos del lugar cayeran muertos de repente, consintió en que se trasladara allí el cadáver. Tan pronto como se abrió la tumba, cesó la plaga.
Poco antes de la muerte de Ezrá, la ciudad de Bavel fue totalmente destruida por los persas. No quedó más que una parte del muro, inexpugnable por la fuerza humana. Todas las profecías lanzadas contra la ciudad por los profetas se cumplieron. Hasta hoy hay en su emplazamiento un sitio que ningún animal puede cruzar a menos que se esparza sobre él algo de la tierra del lugar.
Al mismo tiempo que Ezrá, o, para hablar con más exactitud, bajo su dirección, la Gran Asamblea desplegó sus benéficas actividades, que echaron los cimientos del judaísmo rabínico y constituyeron el eslabón vinculante entre el Profeta judío y el Sabio judío. Los grandes hombres que pertenecían a esta augusta asamblea lograron una vez, por la eficacia de sus oraciones, poner las manos sobre los seductores al pecado y confinarlos, para impedirles hacer más daño. Así desterraron del mundo «el deseo de la idolatría». Intentaron hacer lo mismo con «el deseo de la lujuria». Este malvado adversario les advirtió que no lo eliminaran, pues el mundo dejaría de existir sin él. Durante tres días lo mantuvieron prisionero, pero luego tuvieron que soltarlo y dejarlo en libertad. Descubrieron que ni siquiera podía conseguirse un huevo, pues el apetito sexual había desaparecido del mundo. Sin embargo, no escapó del todo indemne. Le sellaron los ojos, y desde entonces dejó de inflamar las pasiones de los hombres contra sus parientes de sangre.
Entre los decretos y ordenanzas de la Gran Asamblea, el más destacado es la fijación de la oración de las Dieciocho Bendiciones. Las diversas bendiciones que componen esta oración se remontan a tiempos remotos y antiguos. Los Patriarcas fueron sus autores, y la labor de la Gran Asamblea consistió en reunirlas en el orden en que ahora las tenemos. Sabemos cómo se originó cada una de las bendiciones: 1. Cuando Avraham fue salvado del horno, los ángeles dijeron: «Bendito seas Tú, Adonái, Escudo de Avraham», que es la esencia de la primera de las Dieciocho. 2. Cuando Yitsjak yacía aturdido de espanto sobre el monte Moriá, Dios envió su rocío para reanimarlo, y entonces los ángeles dijeron: «Bendito seas Tú, Adonái, que revives a los muertos». 3. Cuando Yaakov llegó a las puertas del cielo y proclamó la santidad de Dios, los ángeles dijeron: «Bendito seas Tú, Adonái, Dios santo». 4. Cuando el Paró estaba por hacer a Yosef gobernante de Mitsraim, y se vio que este no conocía las setenta lenguas que un soberano egipcio debe saber, vino el ángel Gavriel y le enseñó aquellos idiomas, y entonces los ángeles dijeron: «Bendito seas Tú, Adonái, que graciosamente otorgas el conocimiento». 5. Cuando Reuvén cometió la transgresión contra su padre, se pronunció en los cielos sentencia de muerte sobre él. Pero cuando se arrepintió, se le permitió seguir viviendo, y los ángeles dijeron: «Bendito seas Tú, Adonái, que te complaces en la teshuvá». 6. Cuando Yehudá había cometido una falta contra Tamar y, confesando su culpa, obtuvo el perdón, los ángeles dijeron: «Bendito seas Tú, Adonái, que perdonas con largueza». 7. Cuando Israel estaba sumamente oprimido por Mitsraim, y Dios proclamó su redención, los ángeles dijeron: «Bendito seas Tú, Adonái, que redimes a Israel». 8. Cuando el ángel Rafael vino a Avraham a aliviar el dolor de su circuncisión, los ángeles dijeron: «Bendito seas Tú, Adonái, que sanas a los enfermos». 9. Cuando la siembra de Israel en la tierra de los filisteos dio una abundante cosecha, los ángeles dijeron: «Bendito seas Tú, Adonái, que bendices los años». 10. Cuando Yaakov se reunió con Yosef y Shimón en Mitsraim, los ángeles dijeron: «Bendito seas Tú, Adonái, que reúnes a los dispersos de tu pueblo Israel». 11. Cuando la Torá fue revelada y Dios comunicó el código de leyes a Moshé, los ángeles dijeron: «Bendito seas Tú, Adonái, que amas la rectitud y la justicia». 12. Cuando los egipcios se ahogaron en el mar de los Juncos, los ángeles dijeron: «Bendito seas Tú, Adonái, que quebrantas al enemigo y humillas al soberbio». 13. Cuando Yosef puso sus manos sobre los ojos de su padre Yaakov, los ángeles dijeron: «Bendito seas Tú, Adonái, que eres el sostén y el apoyo de los piadosos». 14. Cuando Shlomo edificó el Templo, los ángeles dijeron: «Bendito seas Tú, Adonái, que edificas Yerushaláyim». 15. Cuando los hijos de Israel, cantando himnos de alabanza a Dios, atravesaron el mar de los Juncos, los ángeles dijeron: «Bendito seas Tú, Adonái, que haces brotar la hora de la salvación». 16. Cuando Dios prestó oído benévolo a la plegaria de los israelitas que sufrían en Mitsraim, los ángeles dijeron: «Bendito seas Tú, Adonái, que escuchas nuestra oración». 17. Cuando la Shejiná descendió entre los querubines en el Mishkán, los ángeles dijeron: «Bendito seas Tú, Adonái, que restaurarás tu Divina Presencia en Yerushaláyim». 18. Cuando Shlomo consagró su Templo, los ángeles dijeron: «Bendito seas Tú, Adonái, cuyo Nombre es digno de alabanza». 19. Cuando Israel entró en la Tierra Santa, los ángeles dijeron: «Bendito seas Tú, Adonái, que estableces la paz».
Capítulo XII
Ester
Capítulo duodécimo
El Libro de Ester es el último de los escritos de la Escritura. La historia posterior de Israel y todo su padecer los conocemos solo por tradición oral. Por eso la heroína del último libro canónico recibió el nombre de Ester —esto es, Venus, el lucero del alba—, que derrama su luz cuando todas las demás estrellas han dejado de brillar y el sol aún tarda en salir. Así, los hechos de la reina Ester lanzan un rayo de luz hacia adelante, sobre la historia de Israel en su hora más oscura.
Los judíos en tiempos de Ajashverosh eran como la paloma que se dispone a entrar en su nido, donde yace enroscada una serpiente. Y sin embargo no puede retirarse, porque afuera aguarda un halcón para lanzarse sobre ella. En Shushán los judíos estaban en las garras de Hamán, y en otras tierras quedaban a merced de muchos enemigos sanguinarios de su raza, dispuestos a cumplir el mandato de Hamán de destruirlos, matarlos y hacerlos perecer.
Pero el rescate de los judíos de la mano de sus adversarios es solo una parte de este capítulo admirable de la historia de Israel. No menos importante es la posición encumbrada a la que se elevaron en el reino de Ajashverosh tras la caída de Hamán —en especial el poder y la dignidad que alcanzó la propia Ester—. Por eso el magnífico festín que Ajashverosh preparó para sus súbditos pertenece a la historia de Ester.
El esplendor de su festín es la medida por la que calcular la riqueza y el poder de que ella gozaría después.
Ajashverosh no era rey de Persia por derecho de nacimiento. Debía su posición a su vasta riqueza, con la que compró el dominio sobre el mundo entero.
Tenía varias razones para dar un festín fastuoso. El tercer año de su reinado era el septuagésimo desde el comienzo del gobierno de Nabucodonosor, y Ajashverosh tenía por muy seguro que había pasado ya el tiempo para el cumplimiento de la profecía de Yirmiyahu, que anunciaba el retorno de Israel a la Tierra de Israel. El Templo seguía en ruinas, y Ajashverosh estaba convencido de que el reino judío jamás se restauraría. Huelga decir que no fue Yirmiyahu quien erró. El plazo de años del profeta no había comenzado con el ascenso del rey Nabucodonosor, sino con la destrucción de Yerushaláyim. Contados así, los setenta años de desolación terminaban justo en el tiempo en que Darío, hijo de Ajashverosh, permitió la reconstrucción del Templo.
Además de este motivo equivocado para una celebración, había razones personales por las que Ajashverosh deseaba dar expresión a su alegría. Poco antes había aplastado una rebelión contra su persona, y esa victoria quería celebrarla con pompa y ceremonia. La primera parte de la celebración se dedicó a los ciento veintisiete gobernantes de las ciento veintisiete provincias de su imperio. Su propósito era ganarse la lealtad de aquellos con quienes de otro modo no tenía trato directo. Pero ¿puede decirse con certeza que fuera buena política? Si no se había asegurado antes la fidelidad de su capital, ¿no era peligroso tener a esos gobernantes cerca en caso de una insurrección?
Durante seis meses enteros celebró el festín para los magnates, los nobles y los altos funcionarios —estos últimos, según la constitución, habían de ser todos medos bajo el rey persa Ajashverosh, como habrían tenido que ser persas bajo un rey medo—.
Este era el programa del festín: en el primer mes Ajashverosh mostró sus tesoros a sus huéspedes; en el segundo, los vieron los delegados de los vasallos reales del rey; en el tercero se expusieron los presentes a la vista; en el cuarto se invitó a los huéspedes a admirar sus posesiones literarias, entre ellas el rollo sagrado; en el quinto se exhibieron sus ornamentos de oro tachonados de perlas y diamantes; y en el sexto desplegó los tesoros que le habían sido dados como tributo. Con todo, toda esta vasta riqueza pertenecía a la corona; no era su propiedad personal. Cuando Nabucodonosor sintió acercarse su fin, resolvió hundir sus inmensos tesoros en el Éufrates antes que dejarlos pasar a su hijo Evil-Merodaj: tan grande era su avaricia. Pero, de nuevo, cuando Ciro dio a los judíos permiso para edificar el Templo, su recompensa dispuesta por lo Alto fue que descubrió el punto del río en que estaban hundidos los tesoros, y le fue permitido tomar posesión de ellos. Estos eran los tesoros de los que Ajashverosh se sirvió para glorificar su festín. Tan prodigiosos eran que, durante los seis meses del festín, abría cada día seis cámaras del tesoro para mostrar su contenido a los huéspedes.
Cuando Ajashverosh se jactaba de su riqueza —cosa que no tenía derecho a hacer, pues sus tesoros venían del Templo—, Dios dijo: «En verdad, ¿acaso la criatura de carne y sangre posee bienes propios? Solo yo poseo tesoros, pues ‹mía es la plata y mío es el oro›».
Entre los tesoros exhibidos estaban los vasos del Templo, que Ajashverosh había profanado en sus borracheras. Cuando los judíos nobles que habían sido invitados a la capital los vieron, se echaron a llorar y se negaron a seguir participando en las fiestas. Entonces el rey ordenó que se asignara un lugar aparte a los judíos, para que sus ojos se ahorraran aquella visión dolorosa.
No fue este el único incidente que despertó en ellos recuerdos punzantes, pues Ajashverosh se ataviaba con las vestiduras de gala que en otro tiempo habían pertenecido a los sumos sacerdotes de Yerushaláyim, y esto también hacía escocer de amargura a los judíos. El rey persa había querido además subir al trono de Shlomo, pero en esto se vio frustrado, porque su ingeniosa construcción era un enigma para él. Artífices egipcios intentaron fabricar un trono según el modelo del de Shlomo, pero en vano. Tras dos años de trabajo lograron producir una imitación endeble, y sobre ella se sentó Ajashverosh durante su espléndido festín.
Al cabo de los ciento ochenta días asignados al festín para los nobles, Ajashverosh dispuso una gran celebración para los habitantes de Shushán, la ciudad capital de Elam. Desde la creación del mundo y hasta después del diluvio había estado en vigor la ley no escrita de que el hijo primogénito de los patriarcas fuera el gobernante del mundo. Así, Shet fue el sucesor de Adam, y a él lo siguió a su vez Enosh, y de ese modo continuó la sucesión, de hijo primogénito en hijo primogénito, hasta Nóaj y su hijo mayor Shem. Ahora bien, el hijo primogénito de Shem era Elam, y, según la costumbre, debería habérsele dado el dominio universal que era su herencia. Shem, siendo profeta, sabía que Avraham y su posteridad, los israelitas, no brotarían de la familia de Elam, sino de la de Arpajshad. Por eso nombró a Arpajshad como su sucesor, y a través de él la soberanía descendió hasta Avraham, y así a Yitsjak, Yaakov y Yehudá, y a David y su posteridad, hasta el último rey de Yehudá, Tsidkiyahu, a quien Nabucodonosor despojó de su soberanía.
Fue entonces cuando Dios habló así: «Mientras el gobierno estuvo en manos de mis hijos, estuve dispuesto a ejercer paciencia. Las fechorías de uno eran compensadas por el otro. Si uno de ellos era malvado, el otro era piadoso. Pero ahora que el dominio ha sido arrebatado a mis hijos, que al menos revierta a sus poseedores originales. Elam fue el hijo primogénito de Shem, y a su descendencia se le dará el mando». Y así ocurrió que Shushán, la ciudad capital de Elam, se convirtió en sede del gobierno.
Que hubiera celebración alguna en Shushán se debió a Hamán, que ya en aquellos días tempranos tramaba intrigas contra los judíos. Se presentó ante Ajashverosh y dijo: «Oh rey, este pueblo es un pueblo peculiar. Que te plazca destruirlo». Ajashverosh respondió: «Temo al Dios de este pueblo; es muy poderoso, y tengo presente lo que le sucedió al Paró por su trato perverso a los israelitas». «Su Dios —dijo Hamán— aborrece la vida licenciosa. Prepara, pues, festines para ellos, y ordénales tomar parte en las diversiones. Haz que coman, beban y obren como su corazón desee, para que su Dios se enfurezca contra ellos».
Cuando Mordejái oyó de los festines que se planeaban, aconsejó a los judíos que no se sumaran a ellos. Todos los hombres prominentes de su pueblo y muchos de las clases más bajas tomaron a pecho su consejo. Huyeron de Shushán para evitar verse obligados a participar en las fiestas. Los demás permanecieron en la ciudad y cedieron a la fuerza; tomaron parte en las celebraciones, y hasta se permitieron comer alimentos preparados por los gentiles, aunque el rey había tenido cuidado de no ofender la conciencia religiosa de los judíos en tales detalles. Había sido tan escrupuloso que no había necesidad de que bebieran vino tocado por la mano de un idólatra, y mucho menos de que comieran alimento prohibido. La organización del festín estaba enteramente a cargo de Hamán y de Mordejái, de modo que ni judío ni gentil pudiera ausentarse por motivos religiosos.
El propósito del rey era dejar que cada huésped siguiera la inclinación de su corazón. Cuando Ajashverosh dio la orden de que los oficiales de su casa obraran «conforme al gusto de cada hombre», Dios se irritó con él. «Villano —dijo—, ¿puedes tú cumplir el gusto de cada hombre? Supón que dos hombres aman a la misma mujer, ¿pueden casarse ambos con ella? Dos naves zarpan juntas de un puerto, la una desea viento del sur, la otra viento del norte. ¿Puedes tú producir un viento que satisfaga a las dos? Mañana comparecerán ante ti Hamán y Mordejái. ¿Podrás ponerte de parte de ambos?».
El escenario de las fiestas fueron los jardines reales. Se hizo que las ramas altas de los árboles se entrelazaran unas con otras, formando arcos abovedados, y los árboles menores de follaje aromático fueron sacados de la tierra y colocados en tiendas artificiosamente construidas. De árbol en árbol se tendían cortinas de biso —blancas y de azul zafiro, de verde intenso y de púrpura real—, sujetas a sus soportes por cuerdas que colgaban de vigas redondas de plata, que a su vez descansaban sobre columnas de mármol rojo, verde, amarillo, blanco y de reluciente azul. Los divanes estaban hechos de delicados tapices, sus armazones se alzaban sobre pies de plata, y las varas que los ceñían eran de oro. El suelo estaba enlosado de cristal y mármol, perfilado con piedras preciosas cuyo brillo iluminaba la escena a lo largo y a lo ancho.
El vino y las demás bebidas se bebían solo en vasos de oro, y con todo era Ajashverosh tan rico que ninguna copa se usaba más de una sola vez. Pero, por magníficos que fueran estos utensilios suyos, cuando se trajeron los vasos sagrados del Templo, el esplendor dorado de los otros se apagó: se volvió opaco como el plomo. El vino era en cada caso más viejo que quien lo bebía. Para prevenir la embriaguez por bebidas desacostumbradas, a cada huésped se le servía el vino propio de su lugar natal. En general, Ajashverosh seguía la usanza judía antes que la persa. Era un banquete más que una borrachera. En Persia regía la costumbre de que todo participante en un banquete de vino tuviera que apurar una copa enorme, muy por encima de la capacidad de cualquier ser humano, y hacerlo debía aunque perdiera la razón y la vida. El oficio de copero era, por ello, muy lucrativo, pues los huéspedes en tales orgías solían sobornarlo para comprar la libertad de beber tan poco como quisieran o se atrevieran. Esta costumbre persa de forzar el exceso en la bebida se dejó de lado en el banquete de Ajashverosh; cada huésped obraba a su antojo.
La generosidad real no se mostraba solo en la comida y la bebida. Los huéspedes del rey podían entregarse también a los placeres de la danza, si así lo deseaban. Había bailarines dispuestos, que encantaban a la concurrencia con sus artísticas figuras desplegadas sobre el suelo cubierto de púrpura. Para que el goce de los participantes no se viera empañado en modo alguno —por ejemplo, por la separación de sus familias—, a todos se les permitió traer consigo a los de su casa, y a los mercaderes se los eximió de los impuestos que pesaban sobre ellos.
Tan seguro estaba Ajashverosh de su éxito como anfitrión que se atrevió a decir a sus huéspedes judíos: «¿Podrá vuestro Dios igualar este banquete en el mundo venidero?». A lo cual respondieron los judíos: «El banquete que Dios preparará para los justos en el mundo venidero es aquel del que está escrito: ‹Ningún ojo lo ha visto, salvo el de Dios; Él lo hará cumplir para quienes esperan en Él›. Si Dios nos ofreciera un banquete semejante al tuyo, oh rey, diríamos: como este comimos a la mesa de Ajashverosh».
El banquete que la reina Vashtí ofreció a las mujeres difería solo levemente del de Ajashverosh. Ella buscó emular el ejemplo de su marido hasta en el detalle de exhibir tesoros. Seis cámaras del tesoro mostraba cada día a las mujeres a quienes había invitado como huéspedes; más aún, no se retrajo siquiera de ataviarse con las vestiduras del sumo sacerdocio. Las carnes y los platos, como en la mesa de Ajashverosh, eran de la Tierra de Israel; solo que, en vez de vino, se servían licores y dulces.
Como el sexo débil está sujeto a súbitos accesos de indisposición, el banquete se dio en las salas del palacio, para que las huéspedas pudieran, si lo precisaban, retirarse a las estancias contiguas. Además, los aposentos del palacio, lujosamente ornamentados, resultaban más atractivos al gusto femenino que las bellezas naturales de los jardines reales, «pues una mujer preferiría residir en hermosos aposentos y poseer hermosos vestidos antes que comer terneros cebados». Nada interesaba más a las mujeres que conocer la disposición del interior del palacio, «pues las mujeres son curiosas por saberlo todo». Vashtí satisfizo su deseo. Les mostró cuanto había que ver, describiendo cada lugar a medida que llegaba a él: esta es la sala del comedor, esta la del vino, esta la alcoba.
También a Vashtí la movía un motivo político cuando resolvió dar su banquete. Al invitar a las esposas de rehenes por si los hombres se alzaban en insurrección contra el rey. Pues Vashtí conocía las artes del gobierno. No solo era esposa de un rey, sino también hija de un rey, de Baltasar. La noche del asesinato de Baltasar en su propio palacio, Vashtí, alarmada por la confusión que se produjo y sin saber de la muerte de su padre, huyó a los aposentos en que él solía sentarse. El medo Darío ya había subido al trono de Baltasar, y así ocurrió que Vashtí, en lugar de hallar el refugio esperado junto a su padre, fue a caer directamente en manos de su sucesor. Pero él tuvo compasión de ella y la dio por esposa a su hijo Ajashverosh.
Aunque Ajashverosh había tomado toda precaución para prevenir el desenfreno en el vino, su banquete reveló la diferencia esencial entre las fiestas judías y las paganas. Cuando los judíos se reúnen en torno a una mesa festiva, discuten una halajá, o una agadá, o, cuando menos, un simple versículo de la Escritura. Ajashverosh y sus compañeros de placer remataron el banquete con conversaciones lascivas. Los persas alababan los encantos de las mujeres de su pueblo, mientras que los medos no admitían ninguna superior a las mujeres medas. Entonces «el necio» de Ajashverosh se levantó y habló: «Mi esposa no es ni persa ni meda, sino caldea, y sin embargo aventaja a todas en belleza. ¿Queréis convenceros de la verdad de mis palabras?». «Sí —clamó la concurrencia, ya hundida en sus copas—, pero, para poder juzgar como es debido de sus encantos naturales, que comparezca ante nosotros sin adornos, sí, sin atavío alguno», y Ajashverosh accedió a la vergonzosa condición.
Aquello venía de Dios: que el rey planteara a Vashtí una exigencia tan insensata. Una semana entera había pasado Mordejái en ayuno y oración, suplicando a Dios que impusiera castigo a Ajashverosh por su profanación de los utensilios del Templo. Al séptimo día de la semana, en Shabat, cuando Mordejái tras su largo ayuno tomó alimento —porque ayunar está prohibido en día de Shabat—, Dios escuchó su oración y la oración del Sanhedrín. Envió abajo siete Ángeles de la Confusión para poner fin al placer de Ajashverosh. Se llamaban: Mehumán, Confusión; Biztá, Destrucción de la Casa; Jarboná, Aniquilación; Bigtá y Avagtá, los Pisadores del Lagar, pues Dios había resuelto triturar la corte de Ajashverosh como se prensa el zumo de las uvas en un lagar; Zetar, Observador de la Inmoralidad; y Karkás, el que Golpea.
Hubo una razón particular por la que esta interrupción del festín tuvo lugar en Shabat. Vashtí tenía por costumbre forzar a doncellas judías a hilar y tejer en día de Shabat, y, para colmo de su crueldad, las despojaba de todas sus ropas. Fue en Shabat, por tanto, cuando su castigo la alcanzó, y por la misma razón se puso en el corazón del rey el hacerla comparecer en público despojada de toda vestidura.
Vashtí retrocedió ante la repugnante orden del rey. Pero no ha de suponerse que se resistió a cumplirla porque ofendiera su sentido moral. No era ni un ápice mejor que su marido. En realidad se recreaba en la ocasión que su mandato le daba de entregarse una vez más a los placeres carnales, pues hacía exactamente una semana que había dado a luz un hijo. Pero Dios envió al ángel Gavriel para desfigurarle el rostro. De pronto aparecieron signos de lepra en su frente, y las marcas de otras enfermedades en su cuerpo. En tal estado le era imposible mostrarse ante el rey. Hizo de la necesidad virtud, y formuló con arrogancia su negativa a comparecer ante él: «Decid a Ajashverosh: ‹¡Oh necio y demente! ¿Has perdido la razón de tanto beber? Yo soy Vashtí, hija de Baltasar, que fue hijo de Nabucodonosor, aquel Nabucodonosor que se burlaba de los reyes y para quien los príncipes eran objeto de irrisión; y ni siquiera tú habrías sido considerado digno de correr como heraldo delante del carro de mi padre. De haber vivido él, jamás se me habría dado a ti por esposa. Ni siquiera a quienes sufrieron la pena de muerte durante el reinado de mi antepasado Nabucodonosor se los despojaba desnudos de sus ropas, ¡y tú exiges que yo comparezca desnuda en público! Es por tu propio bien que me niego a acatar tu orden. O el pueblo decidirá que no respondo a la descripción que de mí haces, y te proclamará mentiroso, o, hechizado por mi belleza, te matará para hacerse con mi persona, diciendo: ¿ha de ser este necio el dueño de tanta hermosura?›».
La primera dama de la aristocracia persa alentó a Vashtí a mantenerse en su resolución. «Mejor —le dijo su consejera, cuando le fue entregada a Vashtí la segunda citación de Ajashverosh, junto con su amenaza de matarla si no obedecía—, mejor es que el rey te mate y aniquile tu belleza, y no que tu persona sea admirada por otros ojos que los de tu marido, y así quede deshonrado tu nombre, y el nombre de tus antepasados».
Cuando Vashtí se negó a obedecer la orden repetida de comparecer ante el rey y los ciento veintisiete príncipes coronados del reino, Ajashverosh se volvió hacia los sabios judíos y les pidió que dictaran sentencia sobre su reina. Los pensamientos de ellos corrían así: si condenamos a muerte a la reina, lo pagaremos en cuanto Ajashverosh recobre la sobriedad y oiga que fue por consejo nuestro que ella fue ejecutada. Pero si ahora, mientras está embriagado, lo exhortamos a la clemencia, nos acusará de no rendir el debido acatamiento a la majestad del rey. Resolvieron, por tanto, la neutralidad. «Desde la destrucción del Templo —dijeron al rey—, desde que no habitamos en nuestra tierra, hemos perdido el poder de dar consejo sabio, en particular en asuntos de vida o muerte. Mejor busca consejo con los sabios de Amón y de Moav, que siempre han morado con holgura en su tierra, como el vino que ha reposado sobre sus heces y no ha sido trasegado de vasija en vasija».
Entonces Ajashverosh planteó su acusación contra Vashtí ante los siete príncipes de Persia —Karshená, Shetar, Admatá, Tarshish, Méres, Marsená y Memján—, que provenían de África, la India, Edom, Tarso, Mursa, Resen y Yerushaláyim, respectivamente. Los nombres de estos siete oficiales, cada uno representando su país, aludían a su cargo. Karshená tenía a su cuidado los animales; Shetar, el vino; Admatá, la tierra; Tarshish, el palacio; Méres, las aves de corral; Marsená, la panadería; y Memján proveía a las necesidades de todos en el palacio, y su esposa hacía de ama de llaves.
Este Memján, natural de Yerushaláyim, no era otro que Daniel, llamado Memján, «el designado», porque fue designado por Dios para obrar milagros y provocar la muerte de Vashtí.
Cuando el rey pidió consejo a estos siete nobles, Memján fue el primero en tomar la palabra, aunque en rango era inferior a los otros seis, como se ve por el lugar que su nombre ocupa en la lista. Sin embargo, es costumbre, tanto entre persas como entre judíos, al dictar sentencia de muerte, comenzar la votación por el más joven de los jueces del tribunal, para impedir que los menores y los menos prominentes se dejen intimidar por la opinión de los más influyentes.
Fue consejo de Memján al rey hacer un escarmiento de Vashtí, para que en adelante ninguna mujer osara negar obediencia a su marido. Daniel-Memján había tenido experiencias desagradables en su vida conyugal. Se había casado con una acaudalada dama persa, que se empeñaba en hablarle únicamente en su propia lengua. Además, existía entre Daniel y Vashtí una antipatía personal. Él había sido en cierta medida la causa de que ella se negara a comparecer ante el rey y sus príncipes. Vashtí odiaba a Daniel, porque fue él quien había profetizado su muerte a su padre, y la extinción de su dinastía. No podía soportar su vista, por lo cual no quiso mostrarse a la corte en su presencia. También fue Daniel quien, pronunciando el Nombre de Dios, había hecho desvanecerse la belleza de Vashtí y afeado su rostro. En consecuencia de todo ello, Daniel aconsejó no solo que Vashtí fuera repudiada, sino que se la volviera inofensiva para siempre por mano del verdugo. Su consejo fue respaldado por sus colegas y aprobado por el rey. Para que el rey no demorara la ejecución de la sentencia de muerte, y no corriera así el propio Daniel peligro de su vida, hizo que Ajashverosh jurara el más solemne juramento conocido entre los persas: que se llevaría a cabo de inmediato. Al mismo tiempo se promulgó un edicto real que imponía a las esposas el deber de obedecer a sus maridos. Con especial referencia a las dificultades domésticas de Daniel, se especificó que la esposa debía hablar la lengua de su señor y dueño.
La ejecución de Vashtí trajo consigo las consecuencias más funestas. Su imperio entero —lo que equivale a decir el mundo entero— se alzó contra Ajashverosh. La rebelión, muy extendida, solo fue sofocada tras su matrimonio con Ester, pero no antes de haberle infligido la pérdida de ciento veintisiete provincias, la mitad de su reino. Tal fue su castigo por negar el permiso para reconstruir el Templo. Solo después de la caída de Hamán, cuando Mordejái fue nombrado canciller del imperio, logró Ajashverosh someter las provincias rebeladas.
La muerte de Vashtí no fue castigo inmerecido, pues había sido ella quien había impedido que el rey diera su consentimiento a la reconstrucción del Templo. «¿Vas a reconstruir el Templo —le decía ella, en tono de reproche— que mis antepasados destruyeron?».
Ajashverosh es el prototipo del gobernante inestable y necio. Sacrificó a su esposa Vashtí en aras de su amigo Hamán-Memján, y más tarde, de nuevo, a su amigo Hamán en aras de su esposa Ester. También lo poseyó la necedad cuando dispuso fiestas extravagantes para huéspedes venidos de lejos, antes de haberse granjeado, mediante un trato benévolo, la amistad de quienes lo rodeaban, de los habitantes de su capital. Ridículo es el término que describe su edicto que mandaba a las esposas obedecer a sus maridos. Todo el que lo leía exclamaba: «¡Vaya, un hombre es el amo en su propia casa!». Con todo, el decreto necio cumplió su propósito. Reveló su verdadero carácter a los súbditos de Ajashverosh, y desde entonces dieron poca importancia a sus edictos. Esta fue la razón por la que el decreto de aniquilación dirigido contra los judíos no surtió el efecto que esperaban Hamán y Ajashverosh. La gente lo tuvo por una más de las necias ocurrencias del rey, y por eso estuvo dispuesta a aceptar la revocación del edicto cuando llegó.
El verdadero carácter del rey se hizo patente cuando recobró la sobriedad después del episodio con Vashtí. Al enterarse de que la había mandado ejecutar, estalló furioso contra sus siete consejeros y, a su vez, los condenó a muerte.
Necio es también la única palabra para describir el modo en que se propuso descubrir a la mujer más hermosa de sus dominios. El rey David, en una ocasión semejante, envió sabiamente mensajeros que habían de traerle a la doncella más hermosa del país, y no hubo nadie que no ansiara gozar el honor de dar una hija suya al rey. El método de Ajashverosh consistió en hacer que sus servidores reunieran una multitud de doncellas y mujeres hermosas de todas partes, y entre ellas se proponía hacer su elección. El resultado de este sistema fue que las mujeres se ocultaban para no ser llevadas al harén del rey, cuando no era seguro que fueran halladas dignas de convertirse en su reina.
A su estupidez unía Ajashverosh la lascivia. Ordenó que se empleara la fuerza para arrancar a las doncellas de sus padres y a las esposas de sus maridos, y luego las encerraba en su harén. Por otro lado, el sentido moral de los paganos estaba tan degradado que muchas doncellas exhibían sus encantos a la vista de todos, para asegurarse de atraer la mirada admirada de los emisarios reales.
En cuanto a Ester, durante cuatro años la mantuvo Mordejái oculta en una cámara, para que los batidores del rey no pudieran descubrirla. Pero su belleza era desde hacía tiempo célebre, y cuando ellos regresaron a Shushán tuvieron que confesar al rey que la mujer más soberbiamente hermosa del país escapaba a su búsqueda. Entonces Ajashverosh promulgó un decreto que ordenaba la pena de muerte para la mujer que se ocultara de sus emisarios. No le quedó a Mordejái otra que sacar a Ester de su escondite, y al instante fue avistada y llevada al palacio del rey.
El linaje de Mordejái y de su sobrina Ester se despacha en pocas palabras en la Escritura. Pero él podía remontarlo todo el camino atrás hasta el patriarca Yaakov, del que lo separaban cuarenta y cinco grados. Fuera del padre de Mordejái, el único antepasado suyo mencionado por su nombre es Shimí, y se lo menciona por una razón concreta. Este Shimí no es otro que el tristemente célebre hijo de Guerá, el rebelde que tanto había escarnecido y burlado a David cuando huía de Avshalom, y que habría sido muerto por Avishái de no haber intercedido David generosamente en su favor. El ojo profético de David discernió en Shimí al antepasado del salvador de Israel en tiempos de Ajashverosh. Por esta razón lo trató con indulgencia, y en su lecho de muerte encargó a su hijo Shlomo que reservara la venganza hasta que Shimí hubiera llegado a la vejez y no pudiera engendrar más hijos. Así merece Mordejái ambos apelativos, el de benjaminita y el de yehudita, pues debía su existencia no solo a sus verdaderos antepasados benjaminitas por parte de su padre, sino también al yehudita David, que mantuvo con vida a su antepasado Shimí.
La distinción de Shimí como antepasado del redentor de Israel se debió a los méritos de su esposa. Cuando Yonatán y Ajimáats, los espías de David en su guerra contra su hijo, huían delante de los sicarios de Avshalom, hallaron abierta la puerta de la casa de Shimí. Al entrar, se escondieron en el pozo. Que escaparan a ser descubiertos se debió a la astucia de la piadosa esposa de Shimí. Ella transformó rápidamente el pozo en una cámara de mujer. Cuando los hombres de Avshalom llegaron y miraron alrededor, desistieron de registrar el lugar, porque razonaron que hombres tan santos como Yonatán y Ajimáats no se habrían refugiado en el aposento privado de una mujer. Dios determinó que, por haber rescatado a dos hombres piadosos, la recompensaría con dos descendientes piadosos, que a su vez apartarían la ruina de Israel.
Por parte de madre, Mordejái era, en verdad, miembro de la tribu de Yehudá. En todo caso, era hijo de Yehudá en el sentido pleno de la palabra: se reconocía públicamente como judío, y se negó a probar el alimento prohibido que Ajashverosh puso ante sus huéspedes en su banquete.
Sus demás apelativos apuntan asimismo a su piedad y a sus excelencias. Su nombre Mordejái, por ejemplo, se compone de Mor, que significa «mirra», y Dejái, «puro», pues era tan refinado y noble como la mirra pura. Además, se lo llama Ben Yaír, porque «iluminaba los ojos de Israel»; y Ben Kish, porque cuando llamaba a las puertas de la misericordia divina, se le abrían, lo cual es también el origen de su nombre Ben Shimí, pues era escuchado por Dios cuando elevaba su oración. Otro más de los epítetos de Mordejái era Bilshán, «maestro de lenguas». Siendo miembro del gran Sanhedrín, entendía las setenta lenguas que se hablan en el mundo. Más aún: conocía la lengua de los sordomudos. Ocurrió una vez que no pudo conseguirse grano nuevo en tiempo de Pésaj. Vino un sordomudo y señaló con una mano al techo y con la otra a la choza. Mordejái comprendió que estas señas indicaban una localidad llamada Gagot-Tserifim, «Techos de Chozas», y, en efecto, allí se halló grano nuevo para la ofrenda del Ómer. En otra ocasión un sordomudo señaló con una mano su ojo y con la otra el pasador del cerrojo de la puerta. Mordejái comprendió que se refería a un lugar llamado En-Soker, «pozo seco», pues «ojo» y «manantial» son la misma palabra, En, en arameo, y Sikra tiene también un doble sentido: pasador y agotamiento.
Mordejái pertenecía a la más alta aristocracia de Yerushaláyim, era de sangre real, y fue deportado a Bavel junto con el rey Yejoniá por Nabucodonosor, que en aquel tiempo desterraba solo a los grandes del país. Más tarde regresó a la Tierra de Israel, pero permaneció solo un tiempo. Prefirió vivir en la Diáspora y velar por la educación de Ester. Cuando Ciro y Darío tomaron Bavel, Mordejái, Daniel y la comunidad judía de la ciudad conquistada acompañaron al rey Ciro a Shushán, donde Mordejái estableció su academia.
El nacimiento de Ester causó la muerte de su madre. Su padre había muerto poco antes, de modo que quedó enteramente huérfana. Mordejái y su esposa se interesaron por la pobre criatura. La esposa se hizo su nodriza, y él mismo no vaciló, cuando hubo necesidad de ello, en prestar a la niña servicios que de ordinario solo hacen las mujeres.
Ambos nombres suyos, tanto Ester como Hadasá, describen sus virtudes. Se la llama Hadasá, o «Mirto», porque sus buenas obras extendían su fama a lo lejos, como la dulce fragancia del mirto impregna el aire en que crece. En general, el mirto es símbolo de los piadosos, porque, así como el mirto está siempre verde, lo mismo en verano que en invierno, así los santos nunca padecen deshonra, ni en este mundo ni en el venidero. En otro sentido se parecía Ester al mirto, que, a pesar de su agradable aroma, tiene un sabor amargo. Ester era agradable para los judíos, pero pura amargura para Hamán y todos los suyos.
El nombre de Ester es igualmente significativo. En hebreo significa «la que oculta», nombre apropiado para la sobrina de Mordejái, la mujer que tan bien supo guardar un secreto, y largo tiempo ocultó al rey y a la corte su linaje y su fe. Ella misma había sido mantenida oculta durante años en la casa de su tío, apartada de los ojos escrutadores de los espías del rey. Por encima de todo, era la luz escondida que de pronto brilló sobre Israel en su tiniebla sin rayo de luz.
De estatura, Ester no era ni alta ni baja: era exactamente de talla media, otra razón para llamarla «Mirto», planta que tampoco es ni grande ni pequeña. En realidad, Ester no era una belleza en el sentido propio de la palabra. Al que la contemplaba lo hechizaban su gracia y su encanto, y ello a pesar de su tez algo cetrina, semejante al mirto. Más aún: su gracia cautivadora no era la gracia de la juventud, pues tenía setenta y cinco años cuando llegó a la corte y cautivó los corazones de cuantos la veían, desde el rey hasta el eunuco. Esto fue en cumplimiento de la profecía que Dios hizo a Avraham cuando dejaba la casa de su padre: «Dejas la casa de tu padre a los setenta y cinco años. Como que vivo, el libertador de tus hijos en Media también tendrá setenta y cinco años».
Otro acontecimiento histórico apuntaba de antemano al logro de Ester. Cuando los judíos, tras la destrucción de Yerushaláyim, prorrumpieron en el lamento «Somos huérfanos y sin padre», Dios dijo: «En verdad, la redentora que os enviaré a Media será también huérfana, sin padre ni madre».
Ajashverosh puso a Ester entre dos grupos de bellezas: bellezas medas a su derecha, y bellezas persas a su izquierda. Y sin embargo la hermosura de Ester las eclipsaba a todas. Ni siquiera Yosef podía rivalizar en gracia con la reina judía. Sobre él la gracia estaba suspendida, pero Ester iba literalmente cargada de ella. Todo el que la veía la proclamaba el ideal de belleza de su propia nación. La exclamación general era: «Esta es digna de ser reina». En vano había buscado Ajashverosh esposa durante cuatro años; en vano habían gastado padres tiempo y dinero trayéndole a sus hijas, con la esperanza de que alguna cautivara su fantasía. Ninguna entre las doncellas, ninguna entre las mujeres, agradó a Ajashverosh. Pero apenas puso los ojos en Ester se estremeció con la sensación de que al fin había hallado lo que largo tiempo había anhelado.
Todos aquellos años el retrato de Vashtí había colgado en su cámara. No había olvidado a su reina repudiada. Pero en cuanto contempló a Ester, el retrato de Vashtí fue reemplazado por el de ella. La gracia de la doncella y el encanto de la mujer se unían en ella.
El cambio en su posición mundana no obró cambio alguno en las maneras y el modo de ser de Ester. Como conservó su belleza hasta la vejez, así la reina permaneció tan pura de mente y de alma como lo había sido siempre la sencilla doncella. Todas las demás mujeres que entraban por las puertas del palacio real hacían exigencias desmedidas; el porte de Ester siguió siendo modesto y sin pretensiones. Las otras insistían en que las siete jóvenes pajes asignadas a ellas tuvieran ciertas cualidades peculiares, como que no difirieran de su señora, cada una, en tez y en estatura. Ester no expresó deseo alguno.
Pero sus maneras sin pretensiones distaban de agradar a Hegai, jefe de los eunucos del harén. Temía que el rey descubriera que Ester no hacía nada por conservar su belleza, y que le echara a él la culpa de ello, acusación que podía llevarlo a la horca. Para evitar tal suerte, colmó a Ester de joyas resplandecientes, distinguiéndola por encima de todas las demás mujeres reunidas en el palacio, como Yosef, mediante costosos regalos prodigados sobre él, había singularizado a su antepasado Binyamín de entre sus hermanos.
Hegai prestaba particular atención a lo que Ester comía. Le traía platos de la mesa real que, sin embargo, ella se negaba obstinadamente a tocar. Solo pasaban por sus labios las cosas permitidas a los judíos. Vivía enteramente de alimento vegetal, como Jananiá, Mishael y Azariá lo habían hecho antaño en la corte de Nabucodonosor. Los bocados prohibidos se los pasaba a los servidores no judíos. Sus asistentes personales eran siete doncellas judías tan constantemente piadosas como ella misma, de cuya devoción a la ley ritual podía Ester fiarse.
Por lo demás, Ester estaba apartada de todo trato con judíos, y corría el peligro de olvidar cuándo llegaba el baño de Shabat. Ideó entonces un recurso: dio a sus siete criadas nombres peculiares, para tener presente el paso del tiempo. La primera se llamaba Hultá, «Día de labor», y atendía a Ester los domingos. Los lunes la servía Rokitá, para recordarle a Rekiá, «el Firmamento», que fue creado en el segundo día del mundo. La criada del martes se llamaba Genunitá, «Jardín», pues el tercer día de la creación produjo el mundo de las plantas. El miércoles, el nombre de Nehoritá, «la Luminosa», le recordaba que era el día en que Dios había hecho las grandes lumbreras, para derramar su luz en el cielo; el jueves, con Rujshitá, «Movimiento», porque en el quinto día fueron creados los primeros seres animados; el viernes, día en que vinieron a la existencia las bestias, con Jurfitá, «Corderilla»; y en Shabat cumplía sus órdenes Regoitá, «Descanso». Así se aseguraba de recordar el día de Shabat semana tras semana.
Las visitas diarias de Mordejái a la puerta del palacio tenían un propósito semejante. Así se le daba a Ester la oportunidad de recibir de él instrucción sobre todas las dudas rituales que pudieran asaltarla. Este vivo interés que mostraba Mordejái por el bienestar físico y espiritual de Ester no se debe del todo al desvelo de un tío y tutor por una sobrina huérfana. Un lazo mucho más estrecho, el lazo entre marido y mujer, los unía, pues cuando Ester había llegado a la doncellez, Mordejái la había desposado. Naturalmente, Ester habría estado dispuesta a defender su honor conyugal con su vida. De buena gana habría sufrido la muerte a manos de los alguaciles del rey antes que entregarse a un hombre que no fuera su esposo. Por fortuna, no hubo necesidad de tal sacrificio, pues su matrimonio con Ajashverosh no fue sino una unión fingida. Dios había hecho descender un espíritu femenino con la apariencia de Ester para ocupar su lugar junto al rey. La propia Ester nunca convivió con Ajashverosh como su esposa.
Por consejo de su tío, Ester mantuvo en secreto su linaje y su fe. La orden de Mordejái obedecía a varios motivos. Ante todo, fue su modestia la que aconsejó el secreto. Pensaba que el rey, si oía de Ester que ella había sido criada por él, podría ofrecerle instalarlo en algún alto cargo. De hecho, Mordejái acertaba en su conjetura; Ajashverosh se había comprometido a hacer señores, príncipes y reyes a los amigos y parientes de Ester, con solo que ella los nombrase.
Otra razón para mantener en secreto los vínculos judíos de Ester era el temor de Mordejái a que la suerte de Vashtí alcanzara también a Ester. Si eso le estaba reservado, deseaba al menos evitar que los judíos se convirtieran en sus compañeros de desdicha. Además, Mordejái conocía demasiado bien los sentimientos hostiles que los paganos abrigaban contra los judíos, desde su exilio de la Tierra de Israel, y temía que los enemigos de los judíos, para saciar su hostilidad contra ellos, provocaran la ruina de Ester y de su casa.
Atento a los peligros a los que Ester estaba expuesta, Mordejái no dejaba pasar un solo día sin cerciorarse de su bienestar. Su recompensa por ello vino de Dios: «Haces del bienestar de una sola alma tu íntima preocupación. Por tu vida, el bienestar y el bien de toda tu nación Israel te serán confiados como tu tarea». Y para premiarlo por su modestia, Dios dijo: «Te retiras de la grandeza; por tu vida, te honraré más que a todos los hombres de la tierra».
Vanos fueron los esfuerzos de Ajashverosh por arrancarle a Ester su secreto. Dispuso grandes festividades con ese fin, pero ella lo guardó bien. Tenía una respuesta lista para sus preguntas más insistentes: «No conozco ni a mi pueblo ni a mi familia, pues perdí a mis padres en mi más temprana infancia». Mas como el rey deseaba mucho mostrarse benévolo con la nación a la que pertenecía la reina, eximió a todos los pueblos bajo su dominio del pago de tributos e impuestos. De este modo, pensaba, la nación de ella saldría por fuerza beneficiada.
Cuando el rey vio que la bondad y la generosidad la dejaban intacta, buscó arrancarle el secreto con amenazas. Una vez, cuando ella esquivó sus preguntas del modo acostumbrado, diciendo: «Soy huérfana, y Dios, el Padre de los huérfanos, en su misericordia, me ha criado», él replicó: «Reuniré doncellas por segunda vez». Su propósito era provocar los celos de Ester, «pues de nada está una mujer tan celosa como de una rival».
Cuando Mordejái advirtió que se traía de nuevo mujeres a la corte, lo dominó la angustia por su sobrina. Pensando que la suerte de Vashtí pudiera haberle sobrevenido, se sintió impulsado a hacer indagaciones acerca de ella.
En cuanto a la propia Ester, no hacía sino seguir el ejemplo de su estirpe. Sabía callar con toda modestia, como Rajel, la madre de Binyamín, había guardado un modesto silencio cuando su padre dio a su hermana Leá por esposa a Yaakov en lugar de ella, y como Shaúl el benjaminita se mostró modestamente reservado cuando, interrogado por su tío, le habló del hallazgo de sus asnas, pero nada de su elevación al reinado. Rajel y Shaúl fueron recompensados por su abnegación con que se les diera un descendiente como Ester.
Cierta vez tuvo lugar la siguiente conversación entre Ajashverosh y Ester. El rey preguntó a Ester: «¿De quién eres hija?».
Ester: «¿Y tú de quién eres hijo?».
Ajashverosh: «Soy un rey, e hijo de rey».
Ester: «Y yo soy una reina, hija de reyes, descendiente de la familia real de Shaúl. Si de veras eres un verdadero príncipe, ¿cómo pudiste dar muerte a Vashtí?».
Ajashverosh: «No fue por satisfacer mi propio deseo, sino por consejo de los grandes príncipes de Persia y Media».
Ester: «Tus predecesores no tomaban consejo de inteligencias ordinarias; se guiaban por consejo profético. Arioc llevó a Daniel ante Nabucodonosor, rey de Bavel, y también Baltasar convocó a Daniel ante sí».
Ajashverosh: «¿Queda algo de aquellos sabrosos bocados? ¿Hay todavía profetas por el mundo?».
Ester: «Busca y hallarás».
El resultado fue que a Mordejái se le dio el puesto en la corte que antes ocupaban los chambelanes Bigtán y Téresh. Indignados de que un lugar antes ocupado por senadores se diera a un bárbaro, los funcionarios destituidos resolvieron vengarse del rey y quitarle la vida. Su plan era administrarle veneno, cosa que parecía fácil de lograr, pues eran los coperos reales y podían hallar muchas ocasiones de echar veneno en una copa de agua antes de entregársela al rey. Llevado el plan a buen término, habría satisfecho sus ansias de venganza no solo respecto del rey, sino también respecto de Mordejái. Habría hecho creer que la muerte de Ajashverosh se debía a la circunstancia de haber confiado su persona al cuidado del judío, ya que su vida había estado segura bajo Bigtán y Téresh. Discutían sus planes en presencia de Mordejái, obrando bajo la injustificada suposición de que él no entendería la lengua que hablaban, el tarsio, su lengua materna. Ignoraban que Mordejái era miembro del Sanhedrín y, como tal, conocía todas las setenta lenguas del mundo. Así su propia lengua los traicionó hacia la ruina.
Sin embargo, Mordejái no tuvo necesidad de valerse de su gran conocimiento de lenguas; obtuvo su información acerca del complot de los dos chambelanes por vías proféticas. Así, apareció una noche en el palacio. Por un milagro los guardias de las puertas no lo habían visto, y pudo entrar sin impedimento. De ese modo alcanzó a oír la conversación entre los dos conspiradores.
Mordejái tenía más de una razón para impedir la muerte de Ajashverosh. En primer lugar, deseaba asegurarse la amistad del rey para los judíos, y más en particular su permiso para la reconstrucción del Templo. Además temía que, si el rey era asesinado poco después de su ascenso a un alto puesto en el Estado, los paganos atribuyeran la causa del desastre a su vínculo con los judíos: su matrimonio con Ester y el nombramiento de Mordejái para el cargo.
La confianza de Ester en la piedad de Mordejái era tan grande que sin vacilar dio crédito al mensaje que recibió de él acerca del malicioso complot urdido contra el rey. Creía que Dios ejecutaría los deseos de Mordejái. Aunque Bigtán y Téresh no tuvieran los planes que su tío les atribuía, los concebirían entonces para que las palabras de Mordejái se cumplieran. Que la confianza de Ester estaba justificada se vio de inmediato. Los conspiradores tuvieron noticia de su delación al rey, y a tiempo retiraron el veneno que ya habían puesto en la copa de Ajashverosh. Pero para que no se desmintiera a Mordejái, Dios hizo aparecer veneno donde no lo había, y los conspiradores quedaron convictos de su crimen. El rey mandó analizar el agua que se le daba a beber, y se puso de manifiesto que contenía veneno. Existían además otras pruebas contra los dos conjurados. Se estableció que ambos se habían ocupado a la vez de la persona del rey, aunque el reglamento del palacio asignaba al uno horas de servicio distintas de las asignadas al otro. Esto dejaba claro que se proponían perpetrar juntos una obra tenebrosa.
Los dos conspiradores buscaron escapar del castigo legítimo por su vil acción quitándose la vida. Pero su intención se frustró, y fueron clavados en la cruz.
La conspiración de Bigtán y Téresh decidió al rey a no tener nunca más dos chambelanes que guardaran su persona. En adelante confiaría su seguridad a un solo individuo, y nombró a Hamán para el puesto. Fue un acto de ingratitud hacia Mordejái, quien, como salvador del rey, tenía los títulos más convincentes al cargo. Pero Hamán poseía una ventaja importante: era dueño de una gran riqueza. Con excepción de Kóraj, era el hombre más rico que jamás había vivido, pues se había apropiado de los tesoros de los reyes de Yehudá y del Templo.
Ajashverosh tenía una razón adicional para distinguir a Hamán. Sabía bien del ardiente deseo de Mordejái de ver restaurado el Templo, e instintivamente sentía que no podía negar el deseo del hombre que lo había arrancado de una muerte prematura. Y sin embargo no estaba dispuesto a concederlo. Para escapar del dilema, procuró que Hamán obrara como contrapeso frente a Mordejái, de modo que «lo que uno edificara, el otro lo derribara».
Ajashverosh conocía desde hacía tiempo los sentimientos de Hamán contra los judíos. Cuando estalló entre los judíos y sus adversarios paganos la disputa sobre la reconstrucción del Templo, y los hijos de Hamán denunciaron a los judíos ante Ajashverosh, las dos partes en pugna acordaron enviar cada una un representante ante el rey, para defender su causa. Mordejái fue designado delegado judío, y no podía hallarse enemigo más rabioso de los judíos que Hamán para abogar por la causa de los adversarios de los constructores del Templo.
En cuanto a su carácter, también el rey Ajashverosh había tenido ocasión de verlo bajo su verdadera luz, porque Hamán no es sino otro nombre de Memucán, el príncipe a quien en última instancia cabe imputar la muerte de Vashtí. En el momento de la ira del rey contra la reina, Memucán era aún el más bajo en rango entre los siete príncipes de Persia y, sin embargo, arrogante como era, fue el primero en hablar cuando el rey planteó su pregunta sobre el castigo que merecía Vashtí —ejemplo del dicho popular: «El hombre vulgar se lanza al frente»—. La hostilidad de Hamán hacia Vashtí databa del banquete de la reina, al que ella no había invitado a la esposa de él. Es más, ella lo había insultado una vez dándole un golpe en la cara. Además, Hamán calculaba que, con solo lograr el repudio de Vashtí, podría conseguir casar a su propia hija con el rey. No era el único hombre defraudado en la corte. En parte, la conspiración de Bigtán y Téresh fue una medida de venganza contra Ajashverosh por haber elegido a Ester en lugar de una parienta suya.
Una vez casada Ester con el rey, sin embargo, Hamán se resignó al mal negocio. Intentó por todos los medios a su alcance ganarse la amistad de la reina. Fuera judía o pagana, deseaba reclamar parentesco con ella: como judía, por el lazo fraterno entre Esav y Yaakov; como pagana, con bastante facilidad, «pues todos los paganos están emparentados entre sí».
Cuando Ajashverosh elevó a Hamán a su alto cargo, dictó al mismo tiempo la orden de que todos los que lo vieran se postraran ante él y le rindieran honores divinos. Para dejar manifiesto que el homenaje que se le debía tenía un carácter idolátrico, Hamán mandó fijar la imagen de un ídolo a sus ropas, de modo que quien se inclinara ante él adoraba a la vez a un ídolo. Solo Mordejái, entre todos los de la corte, se negó a obedecer la orden real. Los más altos funcionarios, incluso los jueces más encumbrados, mostraban a Hamán la reverencia ordenada por el rey. Los propios judíos suplicaban a Mordejái que no provocara la furia de Hamán y causara con ello la ruina de Israel. Mordejái, sin embargo, permaneció firme; ninguna persuasión pudo moverlo a rendir a un mortal el tributo debido a la Divinidad.
También los siervos del rey que se sentaban a la puerta del palacio real dijeron a Mordejái: «¿En qué eres tú mejor que nosotros, para que nosotros rindamos reverencia a Hamán y nos postremos, y tú no hagas nada de cuanto se nos ha mandado en el asunto?». Mordejái respondió, diciendo: «¡Oh necios sin entendimiento! Oíd mis palabras y dadles conveniente respuesta. ¿Qué es el hombre para que obre con soberbia y arrogancia, hombre nacido de mujer y de pocos días? En su nacimiento hay llanto y dolores de parto, en su juventud dolor y gemidos, todos sus días están 'llenos de aflicción', y al fin vuelve al polvo. ¿Ante uno así habría yo de postrarme? Solo ante Dios doblo la rodilla, el único Viviente en el cielo, Él que es el fuego que consume todos los demás fuegos; que sostiene la tierra en sus brazos; que despliega los cielos con su poder; que oscurece el sol cuando le place, e ilumina las tinieblas; que ordenó a la arena poner límites a los mares; que hizo saladas las aguas del mar, e hizo que sus olas esparcieran un aroma como de vino; que encadenó el mar como con grilletes, y lo sujetó firme en las profundidades del abismo para que no anegara la tierra; brama, mas no puede pasar sus límites. Con su palabra creó el firmamento, que extendió como una nube en el aire; lo arrojó sobre el mundo como una bóveda oscura, como una tienda está desplegado sobre la tierra. Con su fuerza sostiene todo cuanto hay arriba y abajo. El sol, la luna y las Pléyades corren delante de Él, las estrellas y los planetas no están ociosos ni un solo instante; no descansan, se precipitan ante Él como sus mensajeros, yendo a la derecha y a la izquierda, para hacer la voluntad de Aquel que los creó. A Él se debe la alabanza, ante Él debemos postrarnos».
Los funcionarios de la corte hablaron y dijeron: «Y bien sabemos que tu antepasado Yaakov se postró ante Esav, el antepasado de Hamán».
A lo cual respondió Mordejái: «Soy descendiente de Binyamín, que aún no había nacido cuando su padre Yaakov y sus hermanos se echaron a tierra ante Esav. Mi antepasado nunca rindió tal honor a un mortal. Por eso la porción de tierra de Binyamín en la Tierra de Israel tuvo el privilegio de contener el Templo. El lugar donde Israel y todos los pueblos de la tierra se postraron ante Dios pertenecía a aquel que nunca se había postrado ante hombre mortal. Por eso no doblaré mi rodilla ante este malvado Hamán, ni me echaré a tierra ante él».
Hamán intentó al principio aplacar a Mordejái con una muestra de modestia. Como si no hubiera reparado en la conducta de Mordejái, se le acercó y lo saludó con estas palabras: «¡La paz sea contigo, señor mío!». Pero Mordejái respondió sin rodeos: «No hay paz, dice mi Dios, para los malvados».
El odio a Mordejái que abrigaba Hamán se debía a más que a la enemistad hereditaria entre los descendientes de Shaúl y Agag. Ni siquiera la pública negativa de Mordejái a rendir el homenaje debido a Hamán basta para explicar su virulencia. Mordejái tenía conocimiento de cierto incidente del pasado de Hamán. Si lo hubiera divulgado, la revelación habría sido de lo más penosa para este. Esto explica la intensidad de su sentimiento.
Sucedió una vez que una ciudad de la India se rebeló contra Ajashverosh. Con gran premura se despacharon tropas hacia allá bajo el mando de Mordejái y Hamán. Se calculó que la campaña requeriría tres años, y todos los preparativos se hicieron en consecuencia. Al término del primer año, Hamán había dilapidado las provisiones acopiadas para abastecer a la parte del ejército que él mandaba durante todo el plazo de la campaña. Muy apurado, pidió a Mordejái que lo ayudara. Mordejái, sin embargo, le negó socorro; a ambos se les había concedido la misma cantidad de provisiones para igual número de hombres. Hamán se ofreció entonces a tomar prestado de Mordejái y pagarle interés. Esto también se lo negó Mordejái, y por dos razones. Si Mordejái hubiera abastecido de provisiones a los hombres de Hamán, los suyos habrían tenido que sufrir, y en cuanto al interés, la ley lo prohíbe, diciendo: «A tu hermano no le prestarás con usura», y Yaakov y Esav, los respectivos antepasados de Mordejái y Hamán, habían sido hermanos.
Cuando el hambre los miró a la cara, las tropas mandadas por Hamán lo amenazaron de muerte si no les daba sus raciones. Hamán recurrió de nuevo a Mordejái, y prometió pagarle hasta un diez por ciento de interés. El general judío siguió rechazando la oferta. Pero se declaró dispuesto a sacarlo de su apuro con una condición: que Hamán se vendiera a Mordejái como su esclavo. Acorralado, accedió, y el contrato se escribió sobre la rótula de Mordejái, porque no había papel en todo el campamento.
La escritura de venta decía así: «Yo, Hamán, hijo de Hamdata de la familia de Agag, fui enviado por el rey Ajashverosh a hacer guerra contra una ciudad de la India, con un ejército de sesenta mil soldados, provisto de las provisiones necesarias. Exactamente la misma comisión dio el rey a Mordejái, hijo de Shimí de la tribu de Binyamín. Pero yo dilapidé las provisiones que el rey me confió, de modo que no tuve raciones que dar a mis tropas. Quise tomar prestado de Mordejái a interés, pero, en atención a que Yaakov y Esav fueron hermanos, él se negó a prestarme con usura, y me vi forzado a venderme como esclavo suyo. Si ahora, en algún momento, me negara a servirle como esclavo, o negara que soy su esclavo, o si mis hijos y los hijos de mis hijos hasta el fin de todos los tiempos rehusaran servirle, aunque solo fuera un día de la semana; o si yo obrara con hostilidad hacia él a causa de este contrato, como Esav obró hacia Yaakov después de venderle su primogenitura; en todos estos casos, se arrancará una viga de madera de la casa del recalcitrante, y será colgado de ella. Yo, Hamán, hijo de Hamdata de la familia de Agag, sin coacción alguna, consiento por la presente con mi propia voluntad, y me obligo a ser esclavo a perpetuidad de Mordejái, conforme al contenido de este documento».
Más tarde, cuando Hamán alcanzó alto rango en el Estado, Mordejái, siempre que lo encontraba, tenía por costumbre estirar la rodilla hacia él, para que pudiera ver la escritura de venta. Esto lo enfureció de tal modo contra Mordejái y contra los judíos que resolvió exterminar al pueblo judío.
El odio de Hamán, dirigido al principio solo contra Mordejái, creció sin cesar hasta abarcar a los colegas de Mordejái, todos los estudiosos, a quienes buscaba destruir, y no contento ni siquiera con esto, tramó el aniquilamiento de todo el pueblo de Mordejái, los judíos.
Antes de comenzar a trazar sus planes, quiso determinar el momento más favorable para su empresa, lo cual hizo echando suertes.
Ante todo quería decidir el día de la semana. El escriba Shimshái empezó a echar suertes. El domingo pareció inapropiado, por ser el día en que Dios creó el cielo y la tierra, cuya permanencia depende de la existencia de Israel. De no ser por la alianza de Dios con Israel, no habría ni día ni noche, ni cielo ni tierra. El lunes se mostró igualmente poco propicio para las maquinaciones de Hamán, pues fue el día en que Dios efectuó la separación entre las aguas celestiales y las terrestres, símbolo de la separación entre Israel y los paganos. El martes, día en que fue creado el mundo vegetal, se negó a prestar su ayuda para provocar la ruina de Israel, que adora a Dios con ramas de palmera. También el miércoles protestó contra el aniquilamiento de Israel, diciendo: «En mí fueron creadas las lumbreras celestes, y a semejanza de ellas Israel está destinado a iluminar el mundo entero. Destrúyeme primero a mí, y luego podrás destruir a Israel». El jueves dijo: «Oh Adonái, en mí fueron creadas las aves, que se usan para las ofrendas por el pecado. Cuando Israel ya no exista, ¿quién traerá ofrendas? Destrúyeme primero a mí, y luego podrás destruir a Israel». El viernes fue desfavorable a las suertes de Hamán, porque fue el día de la creación del hombre, y Adonái Dios dijo a Israel: «Vosotros sois hombres». Menos que ninguno se inclinó el día de Shabat a hacerse servil a los perversos planes de Hamán. Dijo: «El Shabat es una señal entre Israel y Dios. ¡Destrúyeme primero a mí, y luego podrás destruir a Israel!».
Desconcertado, Hamán abandonó toda idea de fijar un día favorable de la semana. Se aplicó a la tarea de buscar el mes adecuado para su siniestra empresa. Según le pareció, Adar era el único de los doce que no poseía nada que pudiera interpretarse a favor de los judíos. Los demás parecían estar alistados de su lado. En Nisán fue Israel redimido de Mitsraim; en Iyar fue vencido Amalek; en Siván fue derrotado el etíope Zéraj en la guerra con Asá; en Tamuz fueron sometidos los reyes amorreos; en Av vencieron los judíos a Arad, el cananeo; en Tishrí quedó firmemente establecido el reino judío con la dedicación del Templo de Shlomo, mientras que en Jeshván se completó la construcción del Templo de Yerushaláyim; Kislev y Tevet fueron los meses durante los cuales Sijón y Og fueron vencidos por los israelitas, y en Shevat ocurrió la sangrienta campaña de las once tribus contra los impíos hijos de Binyamín. No solo era Adar un mes sin significación favorable en la historia judía, sino en verdad un mes de infortunio, el mes en que murió Moshé. Lo que Hamán no sabía era que Adar fue también el mes en que ocurrió el nacimiento de Moshé.
Entonces Hamán investigó los doce signos del zodíaco en relación con Israel, y de nuevo resultó que Adar era el mes más desfavorable para los judíos. La primera constelación, el Carnero, dijo a Hamán: «'Israel es una oveja descarriada', ¿y cómo puedes esperar que un padre ofrezca a su hijo para el degüello?».
El Toro dijo: «El antepasado de Israel fue 'el primogénito del toro'».
Los Gemelos: «Así como nosotros somos gemelos, así Tamar dio a luz gemelos a Yehudá».
El Cangrejo: «Así como me llaman Saratán, el que araña, así se dice de Israel: 'A todos los que lo opriman, los arañará dolorosamente'».
El León: «A Dios se le llama el león, ¿y es acaso probable que el león permita que la zorra muerda a sus crías?».
La Virgen: «Así como yo soy virgen, así se compara a Israel con una virgen».
La Balanza: «Israel obedece la ley contra las balanzas injustas de la Torá, y por eso debe ser protegido por la Balanza».
El Escorpión: «Israel es semejante a mí, pues también a él se le llama escorpión».
El Arquero: «Los hijos de Yehudá son maestros del arco, y los arcos de los poderosos dirigidos contra ellos serán quebrados».
La Cabra: «Fue una cabra la que trajo bendición a Yaakov, el antepasado de Israel, y es de razón que la bendición del antepasado no pueda causar infortunio al descendiente».
El Aguador: «Su dominio se compara con un cubo, y por eso el Aguador no puede sino traerle bien».
Los Peces fueron la única constelación que, al menos según la interpretación de Hamán, hacía pronósticos desfavorables sobre la suerte de los judíos. Decía que los judíos serían tragados como peces. Dios, sin embargo, habló: «¡Oh villano! A veces los peces son tragados, pero a veces ellos tragan, y tú serás tragado por los tragadores». Y cuando Hamán empezó a echar las suertes, Dios dijo: «¡Oh villano, hijo de villano! Lo que tus suertes te han mostrado es tu propia suerte, que serás colgado».
Tomada su resolución de arruinar a los judíos, Hamán se presentó ante Ajashverosh con su acusación contra ellos. «Hay un cierto pueblo —dijo—, los judíos, esparcido y disperso entre los pueblos en todas las provincias del reino. Son orgullosos y presuntuosos. En Tevet, en lo más crudo del invierno, se bañan en agua caliente, y en verano se sientan en agua fría. Su religión es distinta de la religión de todo otro pueblo, y sus leyes de las leyes de toda otra tierra. A nuestras leyes no prestan atención, nuestra religión no halla favor con ellos, y los decretos del rey no ejecutan. Cuando su ojo cae sobre nosotros, escupen ante nosotros, y nos consideran como vasijas inmundas. Cuando los reclutamos para el servicio del rey, o bien saltan sobre el muro y se esconden en las estancias, o bien abren brecha en las paredes y escapan. Si nos apresuramos a arrestarlos, se vuelven contra nosotros, nos clavan la mirada con sus ojos, rechinan los dientes, patean con los pies, y así nos intimidan de modo que no podemos sujetarlos. No nos dan a sus hijas por esposas, ni toman a nuestras hijas por esposas. Si uno de ellos ha de hacer el servicio del rey, holgazanea todo el santo día. Si quieren comprarnos algo, dicen: 'Este es día para hacer negocios'. Pero si nosotros queremos comprarles algo, dicen: 'Hoy no podemos hacer negocios', y así no podemos comprarles nada en sus días de mercado.
»Su tiempo lo pasan de este modo: la primera hora del día, dicen, la necesitan para recitar el Shemá; la segunda para orar; la tercera para comer; la cuarta para dar gracias, para agradecer a Dios por la comida y la bebida que les ha concedido; la quinta hora la dedican a sus asuntos de negocios; en la sexta ya sienten la necesidad de descansar; en la séptima sus mujeres los llaman, diciendo: '¡Volved a casa, fatigados, que tan agotados estáis por el servicio del rey!'.
»El séptimo día lo celebran como su Shabat; van a las sinagogas ese día, leen de sus libros, traducen pasajes de sus Profetas, maldicen a nuestro rey y execran a nuestro gobierno, diciendo: 'Este es el día en que descansó el gran Dios; así nos conceda Él descanso de los paganos'.
»Las mujeres contaminan las aguas con sus baños rituales, que toman después de los siete días de su impureza. Al octavo día del nacimiento de los hijos varones, los circuncidan sin piedad, diciendo: 'Esto nos distinguirá de todas las demás naciones'. Al cabo de treinta días, y a veces veintinueve, celebran el comienzo del mes. En el mes de Nisán observan ocho días de Pésaj, iniciando la celebración encendiendo un fuego de leña menuda para quemar la levadura. Ponen toda la levadura de sus casas fuera de la vista antes de usar el pan sin levadura, diciendo: 'Este es el día en que nuestros padres fueron redimidos de Mitsraim'. Tal es la fiesta que llaman Pésaj. Van a sus sinagogas, leen de sus libros, y traducen de los escritos de los Profetas, diciendo: 'Así como la levadura ha sido quitada de nuestras casas, así sea quitado de sobre nosotros este dominio malvado'.
»De nuevo, en Siván, celebran dos días, en los que van a sus sinagogas, recitan el Shemá y ofrecen oraciones, leen de la Torá, y traducen de los libros de sus Profetas, maldicen a nuestro rey y execran a nuestro gobierno. Esta es la festividad que llaman Atséret, la fiesta de clausura. Suben a los tejados de sus sinagogas, y arrojan manzanas, que son recogidas por los de abajo, con las palabras: 'Así como se recogen estas manzanas, así seamos nosotros reunidos de nuestra dispersión entre los paganos'. Dicen que observan esta fiesta porque en estos días la Torá fue revelada a sus antepasados en el monte Sinaí.
»El primero de Tishrí celebran el Año Nuevo; de nuevo van a sus sinagogas, leen de sus libros, traducen pasajes de los escritos de sus Profetas, maldicen a nuestro rey, execran a nuestro gobierno, y hacen sonar las trompetas, diciendo: 'En este Día del Recuerdo seamos recordados para el bien, y nuestros enemigos para el mal'.
»El noveno día del mismo mes degüellan reses, gansos y aves de corral, comen y beben y se regalan con manjares, ellos y sus mujeres, sus hijos y sus hijas. Pero el décimo día del mismo mes lo llaman el Gran Ayuno, y todos ellos ayunan, ellos junto con sus mujeres, sus hijos y sus hijas, más aún, hasta atormentan a sus pequeños sin piedad, forzándolos a abstenerse de comer. Dicen: 'En este día nuestros pecados son perdonados, y se añaden a la suma de los pecados cometidos por nuestros enemigos'. Van a sus sinagogas, leen de sus libros, traducen de los escritos de sus Profetas, maldicen a nuestro rey y execran a nuestro gobierno, diciendo: 'Sea borrado este imperio de la faz de la tierra como nuestros pecados'. Suplican y ruegan que el rey muera, y que su gobierno cese.
»El quince del mismo mes celebran la Fiesta de las Cabañas. Cubren de follaje los tejados de sus casas, acuden a nuestros parques, donde cortan ramas de palmera para sus guirnaldas festivas, arrancan el fruto del Etrog, y hacen estragos entre los sauces del arroyo, derribando los setos en su búsqueda de Hoshanot, diciendo: 'Como hace el rey en la procesión triunfal, así hacemos nosotros'. Luego se dirigen a sus sinagogas a orar, y leen de sus libros, y hacen circuitos con sus Hoshanot, todo el tiempo saltando y brincando como cabras, de modo que no hay manera de saber si nos maldicen o nos bendicen. Esto es Sukot, como ellos lo llaman, y mientras dura, no hacen nada del servicio del rey, pues, sostienen, todo trabajo les está prohibido en estos días.
»De este modo malgastan el año entero con tonterías y bagatelas, solo para evitar hacer el servicio del rey. Al expirar cada período de cincuenta años tienen un año de jubileo, y cada séptimo año es un año de reposo, durante el cual la tierra queda en barbecho, pues ni siembran ni cosechan en ella, y no nos venden ni frutos ni otros productos del campo, de modo que aquellos de nosotros que vivimos entre ellos morimos de hambre. Al final de cada período de doce meses observan el Año Nuevo, al final de cada treinta días la Luna Nueva, y cada séptimo día es el Shabat, el día en que, según dicen, descansó el Señor del mundo».
Después de que Hamán hubo concluido su acusación contra los judíos, Dios dijo: «Bien enumeraste las festividades de los judíos, mas omitiste las dos, Purim y Shushán-Purim, que los judíos celebrarán para conmemorar tu caída».
Por ingeniosa que fuera la acusación de Hamán, la vindicación de los judíos no fue en nada menos ingeniosa. Pues hallaron un defensor en el arcángel Mijael. Mientras Hamán pronunciaba su acusación, este habló así a Dios: «¡Oh Señor del mundo! Bien sabes que a los judíos no se les acusa de idolatría, ni de conducta inmoral, ni de derramar sangre; se les acusa solo de observar tu Torá». Dios lo apaciguó: «Por tu vida, no los he abandonado, no los abandonaré».
Las denuncias de Hamán contra el pueblo judío hallaron un eco pronto en el corazón del rey. Respondió: «Yo también deseo el aniquilamiento de los judíos, pero temo a su Dios, pues es poderoso sin comparación, y ama a su pueblo con un gran amor. A quienquiera que se alce contra ellos, Él lo aplasta bajo sus pies. ¡Piensa tan solo en el Paró! ¿No debería su ejemplo servirnos de advertencia? Gobernaba el mundo entero y, sin embargo, por haber oprimido a los judíos, fue visitado con plagas espantosas. Dios los libró de los egipcios, y hendió el mar para ellos, un milagro nunca hecho por ninguna otra nación, y cuando el Paró los persiguió con un ejército de seiscientos mil guerreros, él y su hueste juntos se ahogaron en el mar. Tu antepasado Amalek, oh Hamán, los atacó con cuatrocientos mil héroes, y a todos ellos Dios los entregó en manos de Yehoshúa, que los mató. Sisrá tenía cuarenta mil generales bajo su mando, cada uno comandante de cien mil hombres, y sin embargo todos fueron aniquilados. El Dios de los judíos ordenó a las estrellas consumir a los guerreros de Sisrá, y luego hizo que el gran general cayera en poder de una mujer, para convertirse en objeto de burla y oprobio para siempre. Muchos y valerosos gobernantes se han alzado contra ellos, y todos fueron abatidos por su Dios y aplastados hasta su eterna deshonra. Ahora bien, ¿podemos entonces aventurar algo contra ellos?».
Hamán, sin embargo, insistió. Día tras día apremiaba al rey a consentir en su plan. Ajashverosh entonces convocó un consejo de los sabios de todas las naciones y lenguas. Les sometió la cuestión de si no debían ser destruidos los judíos, viendo que se diferenciaban de todos los demás pueblos. Los sabios consejeros preguntaron: «¿Quién es el que desea inducirte a dar un paso tan fatal? Si la nación judía es destruida, el mundo mismo dejará de existir, pues el mundo existe solo por causa de la Torá que estudia Israel. Más aún, el propio sol y la luna derraman su luz solo por causa de Israel, y de no ser por él, no habría ni día ni noche, ni rocío ni lluvia humedecerían la tierra. Y más todavía: todas las demás naciones fuera de Israel son designadas 'extraños' por Dios, pero a Israel lo llamó Él en su amor 'un pueblo cercano a Él', y sus 'hijos'. Si los hombres no consienten que sus hijos y parientes sean atacados impunemente, ¡cuánto menos se quedará Dios sentado en silencio cuando Israel es asaltado! Dios, el Soberano sobre todas las cosas, sobre las potestades en el cielo arriba y en la tierra abajo, sobre los espíritus y las almas; Dios, en cuya mano está exaltar y degradar, dar muerte y devolver la vida».
Hamán tenía lista una réplica a estas palabras de los sabios: «El Dios que ahogó al Paró en el mar, y que hizo todos los prodigios y señales que habéis referido, ese Dios está ahora en su chochez, no puede ni ver ni proteger. Pues ¿acaso no destruyó Nabucodonosor su casa, no quemó su palacio y no dispersó a su pueblo por todos los rincones de la tierra, y Él no fue capaz de hacer nada contra ello? Si hubiera tenido poder y fuerza, ¿no los habría desplegado? Esta es la mejor prueba de que ha envejecido y se ha vuelto débil».
Cuando los sabios paganos oyeron estos argumentos expuestos por Hamán, accedieron a su plan, y pusieron su firma a un edicto que decretaba la persecución de los judíos.
Este es el texto del decreto que Hamán promulgó ante los jefes de todas las naciones acerca del exterminio de los judíos: «Esto que aquí sigue lo escribo yo, el gran oficial del rey, su segundo en rango, el primero entre los grandes, uno de los siete príncipes y el más distinguido entre los nobles del reino. Yo, de común acuerdo con los gobernadores de las provincias, los príncipes del rey, los caudillos y los señores, los reyes de Oriente y los sátrapas —todos de una misma lengua—, os escribo por orden del rey Ajashverosh este escrito sellado con su anillo, para que no pueda ser revocado, acerca de la gran águila Israel. La gran águila había extendido sus alas sobre el mundo entero; ni ave ni bestia podía resistirla. Pero vino el gran león Nabucodonosor y asestó a la gran águila un golpe punzante. Sus alas se quebraron, sus plumas fueron arrancadas y sus patas cortadas. El mundo entero ha gozado de descanso, alegría y sosiego desde el momento en que el águila fue expulsada de su nido hasta el día de hoy. Ahora advertimos que emplea todos sus esfuerzos por recobrar sus alas. Deja crecer sus plumas con la intención de cubrirnos a nosotros y al mundo entero, como hizo con nuestros antepasados. Por instancia del rey Ajashverosh, todos los magnates del rey de Media y Persia están reunidos, y os escribimos nuestro consejo unánime, que es este: "Tended trampas al águila y capturadla antes de que renueve sus fuerzas y remonte de vuelta a su nido." Os aconsejamos arrancarle el plumaje, romperle las alas, dar su carne a las aves del cielo, partir los huevos que yacen en su nido y aplastar a sus crías, para que su memoria desaparezca del mundo. Nuestro consejo no es como el del Paró, que quiso destruir solo a los varones de Israel y a las mujeres no hizo daño. No es como el plan de Esav, que quería matar a su hermano Yaakov y quedarse con sus hijos como esclavos. No es como la táctica de Amalek, que persiguió a Israel e hirió a los rezagados y débiles, pero dejó ilesos a los fuertes. No es como la política de Nabucodonosor, que los llevó al destierro y los asentó cerca de su propio trono. Y no es como el proceder de Senaquerib, que asignó a los judíos una tierra tan hermosa como la suya había sido. Nosotros, reconociendo con claridad cuál es la situación, hemos resuelto matar a los judíos, aniquilarlos, jóvenes y viejos, para que su nombre y su memoria no existan más, y su descendencia sea cortada para siempre.»
El edicto promulgado por Ajashverosh contra los judíos decía así: «A todos los pueblos, naciones y razas: ¡La paz sea con vosotros! Se os hace saber que vino a nosotros uno que no es de nuestra nación ni de nuestra tierra, un amalecita, hijo de grandes antepasados, y su nombre es Hamán. Me hizo una petición insignificante, diciendo: "Entre nosotros habita un pueblo, el más despreciable de todos, que en todo tiempo es piedra de tropiezo. Son en extremo presuntuosos, y conocen nuestra debilidad y nuestras faltas. Maldicen al rey con estas palabras, que tienen siempre en la boca: 'Dios es el Rey del mundo por los siglos de los siglos: Él hará perecer a los paganos de su tierra: Él ejecutará venganza y castigos sobre los pueblos.' Desde el principio de los tiempos han sido ingratos, como atestigua su conducta con el Paró. Con bondad los recibió a ellos, a sus mujeres y a sus hijos, en tiempo de hambre. Les cedió lo mejor de su tierra. Les proveyó de alimento y de cuanto necesitaban. Luego el Paró quiso edificar un palacio y pidió a los judíos que se lo hicieran. Comenzaron la obra de mala gana, entre murmuraciones, y hasta el día de hoy no está terminada. En mitad de ella, se acercaron al Paró con estas palabras: 'Deseamos ofrecer sacrificios a nuestro Dios en un lugar que está a tres días de camino de aquí, y te pedimos que nos prestes vasijas de plata y de oro, y ropas y vestiduras.' Tanto pidieron prestado, que cada uno se llevó consigo noventa cargas de asno, y Mitsraim quedó vaciada. Cuando, pasados los tres días, no regresaron, el Paró los persiguió para recuperar los tesoros robados. ¿Qué hicieron los judíos? Tenían entre ellos a un hombre llamado Moshé, hijo de Amram, un archihechicero que se había criado en la casa del Paró. Al llegar al mar, este hombre alzó su vara, hendió las aguas y condujo a los judíos por ellas a pie enjuto, mientras el Paró y su hueste se ahogaban.
»'Su Dios los ayuda mientras observan su ley, de modo que nadie puede prevalecer contra ellos. A Bilam, el único profeta que jamás tuvimos los paganos, lo mataron a espada, como hicieron con Sijón y Og, los poderosos reyes de Kena’an, cuya tierra tomaron tras darles muerte. Del mismo modo arruinaron a Amalek, el grande y glorioso soberano, ellos, y Shaúl su rey, y Shemuel su profeta. Más tarde tuvieron un rey despiadado, David de nombre, que hirió a los filisteos, a los amonitas y a los moabitas, y ninguno de ellos pudo vencerlo. Shlomo, hijo de este rey, siendo sabio y sagaz, les edificó una casa de culto en Yerushaláyim, para que no se dispersaran por todas partes del mundo. Pero después de que fueran culpables de muchos crímenes contra su Dios, Él los entregó en manos del rey Nabucodonosor, que los deportó a Bavel.
»'Hasta el día de hoy están entre nosotros, y aunque están bajo nuestra mano, no somos nada a sus ojos. Su religión y sus leyes son distintas de la religión y las leyes de todas las demás naciones. Sus hijos no se casan con nuestras hijas, no adoran a nuestros dioses, no tienen consideración por nuestro honor y se niegan a doblar la rodilla ante nosotros. Llamándose a sí mismos hombres libres, no quieren servirnos, y no atienden a nuestras órdenes.'
»Por tanto, los grandes, los príncipes y los sátrapas se han reunido ante nosotros, hemos deliberado juntos y hemos resuelto una resolución irrevocable, conforme a las leyes de los medos y los persas, de extirpar a los judíos de entre los habitantes de la tierra. Hemos enviado el edicto a las ciento veintisiete provincias de mi imperio, para matarlos a ellos, a sus hijos, a sus mujeres y a sus pequeños, el día trece del mes de Adar; ninguno ha de escapar. Como hicieron a nuestros antepasados, y quisieron hacernos a nosotros, así se hará con ellos, y sus posesiones han de entregarse a los saqueadores. Así lo haréis, para que halléis gracia ante mí. Este es el texto de la carta que os envío, Ajashverosh, rey de Media y Persia.»
El precio que Hamán ofreció al rey por los judíos fue de diez mil quintales de plata. Tomó el número de los judíos a su salida de Mitsraim, seiscientos mil, como base de su cálculo, y ofreció medio shekel por cada alma de ellos, la suma que cada israelita debía pagar anualmente para el mantenimiento del santuario. Aunque la suma era tan enorme que Hamán no podía encontrar moneda suficiente para pagarla, sino que prometió entregarla en forma de lingotes de plata, Ajashverosh rechazó el rescate. Cuando Hamán hizo la oferta, dijo: «Echemos suertes. Si tú sacas a Israel y yo saco el dinero, la venta queda como transacción válida. Si al revés, no es válida.» A causa de los pecados de los judíos, la venta quedó confirmada por las suertes. Pero Hamán no quedó demasiado complacido con su propio éxito. Le disgustaba desprenderse de una suma de dinero tan grande. Al observar su mal humor, Ajashverosh dijo: «Quédate con el dinero; no me importa ni ganar ni perder dinero a causa de los judíos.»
Para los judíos fue una fortuna que el rey no aceptara dinero por ellos, pues de lo contrario sus súbditos no habrían obedecido su segundo edicto, el favorable a los judíos. Habrían podido alegar el argumento de que el rey, al aceptar una suma de dinero por ellos, había renunciado a sus derechos sobre los judíos en favor de Hamán, quien, por tanto, podía disponer de ellos a su antojo.
El acuerdo entre Ajashverosh y Hamán se cerró en una borrachera, a modo de castigo por el crimen de los hijos de Yaakov, que sin compasión vendieron a su hermano Yosef como esclavo a los ismaelitas mientras comían y bebían.
La alegría de esta pareja odiadora de judíos —pues Ajashverosh odiaba a los judíos con un odio no menos feroz que el de Hamán— no la compartió nadie. La ciudad capital de Shushán estaba de luto y sumamente perpleja. Apenas se había promulgado el edicto de exterminio contra los judíos, cuando toda suerte de desgracias empezaron a suceder en la ciudad. Las mujeres que tendían la ropa a secar en los tejados de las casas caían muertas; los hombres que iban a sacar agua caían en los pozos y perdían la vida. Mientras Ajashverosh y Hamán se solazaban en el palacio, la ciudad estaba sumida en la consternación y el luto.
La situación de los judíos, una vez que se conoció el edicto real, supera toda descripción. Si un judío se aventuraba a salir a la calle para hacer una compra, casi lo estrangulaban los persas, que lo escarnecían con estas palabras: «No importa, mañana llegará pronto, y entonces te mataré y te quitaré tu dinero.» Si un judío se ofrecía a venderse como esclavo, era rechazado; ni siquiera el sacrificio de su libertad podía protegerlo contra la pérdida de su vida.
Mordejái, sin embargo, no se desesperó; confiaba en la ayuda divina. De camino desde la corte, después de que Hamán y los suyos le hubieran comunicado con maligna alegría el deseo del rey respecto a los judíos, se encontró con unos niños judíos que salían de la escuela. Preguntó al primer niño qué versículo de las Escrituras había estudiado ese día en la escuela, y la respuesta fue: «No temas el pavor repentino, ni la ruina de los malvados cuando llegue.» El versículo aprendido de memoria por el segundo fue: «Tomad consejo juntos, y será desbaratado; proferid la palabra, y no se sostendrá, porque Dios está con nosotros.» Y el versículo que había aprendido el tercero era: «Y hasta vuestra vejez yo soy el mismo, y hasta las canas yo os sostendré: yo lo hice, y yo os llevaré; sí, yo os cargaré y os libraré.»
Cuando Mordejái oyó estos versículos, prorrumpió en júbilo, con no poco asombro de Hamán. Mordejái le dijo: «Me alegro por las buenas nuevas que me anuncian los niños de la escuela.» Hamán, ante esto, cayó en tal furia que exclamó: «En verdad, ellos serán los primeros en sentir el peso de mi mano.»
Lo que mayor inquietud causaba a Mordejái era la certeza de que el peligro había sido provocado por los propios judíos, con su conducta pecaminosa en relación con los banquetes ofrecidos por Ajashverosh. Dieciocho mil quinientos judíos habían tomado parte en ellos; comieron y bebieron, se embriagaron y cometieron actos de inmoralidad, como Hamán había previsto —esa fue, en efecto, la razón misma por la que había aconsejado al rey celebrar los banquetes.
Fue entonces cuando el Satán acusó a los judíos. Las imputaciones que presentó contra ellos eran de tal naturaleza que Dios ordenó de inmediato que se le trajeran materiales de escritura para el decreto de exterminio, y este fue escrito y sellado.
Cuando la Torá oyó que los designios del Satán contra los judíos habían triunfado, prorrumpió en amargo llanto ante Dios, y sus lamentos despertaron a los ángeles, que también comenzaron a gemir, diciendo: «Si Israel ha de ser destruido, ¿de qué sirve el mundo entero?»
El sol y la luna oyeron los lamentos de los ángeles, y se vistieron sus ropas de luto y también lloraron amargamente y se lamentaron, diciendo: «¿Ha de ser destruido Israel, Israel que vaga de ciudad en ciudad y de tierra en tierra, solo por el estudio de la Torá; que sufre gravemente bajo la mano del pagano, solo porque observa la Torá y la señal de la alianza?»
Con gran premura, el profeta Eliyahu corrió a los Patriarcas y a los demás profetas, y a los santos de Israel, y les dirigió estas palabras: «¡Oh vosotros, padres del mundo! Los ángeles, y el sol y la luna, y el cielo y la tierra, y todas las huestes celestiales lloran amargamente. El mundo entero está preso de dolores como los de una mujer de parto, a causa de vuestros hijos, que han perdido su vida por sus pecados, y vosotros permanecéis quietos y tranquilos.» Ante esto, Moshé dijo a Eliyahu: «¿Conoces a algún santo en la generación presente de Israel?» Eliyahu nombró a Mordejái, y Moshé envió al profeta a él, con el encargo de que él, el «santo de la generación viva», uniera sus oraciones a las oraciones de los santos entre los muertos, y tal vez la condena pudiera apartarse de Israel. Pero Eliyahu vaciló. «Oh pastor fiel —dijo—, el edicto de exterminio promulgado por Dios está escrito y sellado.» Moshé, sin embargo, no desistió; instó a los Patriarcas: «Si el edicto está sellado con cera, vuestras oraciones serán oídas; si con sangre, entonces todo es en vano.»
Eliyahu se apresuró hacia Mordejái, quien, al oír por primera vez lo que Dios había resuelto, rasgó sus vestiduras y quedó poseído de un gran temor, aunque antes había esperado con confianza que la ayuda vendría de Dios. Reunió a todos los niños de la escuela y los hizo ayunar, para que el hambre los moviera a gemir y a plañir. Fue entonces cuando Israel habló a Dios: «¡Oh Señor del mundo! Cuando los paganos se enfurecen contra mí, no desean mi plata ni mi oro, desean solo que yo sea exterminado de la faz de la tierra. Tal fue el designio de Nabucodonosor cuando quiso obligar a Israel a adorar el ídolo. De no ser por Jananiá, Mishael y Azariá, yo habría desaparecido del mundo. Ahora es Hamán quien desea arrancar de raíz la vid entera.»
Entonces Mordejái se dirigió a todo el pueblo así: «¡Oh pueblo de Israel, tan querido y precioso a los ojos de tu Padre celestial! ¿No sabes lo que ha ocurrido? ¿No has oído que el rey y Hamán han resuelto quitarnos de la faz de la tierra, destruirnos de debajo del sol? No tenemos rey en quien apoyarnos, ni profeta que interceda por nosotros con oraciones. No hay lugar adonde podamos huir, ni tierra en la que podamos hallar seguridad. Somos como ovejas sin pastor, como una nave en el mar sin timonel. Somos como un huérfano nacido tras la muerte de su padre, a quien la muerte le arrebata también a su madre, cuando apenas ha comenzado a mamar de su pecho.»
Tras este discurso se convocó una gran asamblea de oración fuera de Shushán. El Arca que contenía el rollo de la ley, cubierta de saco y esparcida de ceniza, fue llevada allí. El rollo se desenrolló, y se leyeron de él los siguientes versículos: «Cuando estés en tribulación, y todas estas cosas vengan sobre ti, en los postreros días te volverás a Adonái tu Dios, y escucharás su voz, porque Adonái tu Dios es un Dios misericordioso: no te desamparará, ni te destruirá, ni olvidará la alianza de tus padres que les juró.»
A esto añadió Mordejái palabras de exhortación: «Oh pueblo de Israel, eres querido y precioso a tu Padre en el cielo; sigamos el ejemplo de los habitantes de Ninve, haciendo lo que ellos hicieron cuando el profeta Yoná vino a ellos a anunciar la destrucción de la ciudad. El rey se levantó de su trono, se quitó su corona, se cubrió de saco, y se sentó en la ceniza, e hizo proclamar y pregonar por Ninve por decreto del rey y de sus nobles, diciendo: 'Que ni el hombre ni la bestia, ni el ganado ni el rebaño, prueben cosa alguna; que no coman, ni beban agua, sino que se cubran de saco, tanto el hombre como la bestia, y que clamen con fuerza a Dios; sí, que se vuelva cada uno de su mal camino, y de la violencia que hay en sus manos.' Entonces Dios se arrepintió del mal que había pensado hacerles, y no lo hizo. Ahora, pues, sigamos su ejemplo, hagamos un ayuno, quizá Dios tenga misericordia de nosotros.»
Además, dijo Mordejái: «¡Oh Señor del mundo! ¿No juraste a nuestros padres hacernos tantos como las estrellas de los cielos? Y ahora somos como ovejas en el matadero. ¿Qué ha sido de tu juramento?» Clamó en voz alta, aunque sabía que Dios oye el más leve susurro, pues dijo: «Oh Padre de Israel, ¿qué me has hecho? Un solo grito de angustia proferido por Esav lo recompensaste con la bendición de su padre Yitsjak, 'Por tu espada vivirás', y ahora nosotros mismos quedamos abandonados a merced de la espada.» Lo que Mordejái no advertía era que él, descendiente de Yaakov, era llevado al llanto y al lamento por Hamán, descendiente de Esav, como castigo, porque el propio Yaakov había llevado a Esav al llanto y al lamento.
Ester, que nada sabía de lo que ocurría en la corte, se alarmó grandemente cuando sus sirvientas le contaron que Mordejái había aparecido en los alrededores del palacio vestido de saco y ceniza. Quedó tan sobrecogida de espanto que se vio privada de los gozos de la maternidad que aguardaba con feliz expectación. Envió ropas a Mordejái, quien, sin embargo, se negó a dejar de lado su atavío de luto hasta que Dios permitiera que se obraran milagros para Israel, en lo cual seguía el ejemplo de grandes hombres de Israel como Yaakov, David y Ajav, y de los habitantes gentiles de Ninve en tiempos de Yoná. De ninguna manera se vestiría con atuendo de corte mientras su pueblo estuviera expuesto a un sufrimiento seguro. La reina mandó llamar a Daniel, llamado también Hataj en las Escrituras, y le encargó que averiguara de Mordejái por qué estaba de luto.
Para escapar de todo peligro de oídos espías, Hataj y Mordejái mantuvieron su conversación a cielo abierto, como Yaakov cuando deliberó con sus mujeres Leá y Rajel acerca de abandonar a su padre Laván. Por medio de Hataj, Mordejái hizo saber a la reina que Hamán era un amalecita que, como su antepasado, buscaba destruir a Israel. Le pidió que se presentara ante el rey y abogara por los judíos, recordándole al mismo tiempo un sueño que él había tenido una vez y le había contado.
Una vez, cuando Mordejái había pasado largo tiempo llorando y lamentándose por la miseria de los judíos en la Dispersión, y había orado fervientemente a Dios para que redimiera a Israel y reconstruyera el Templo, se quedó dormido, y en su sueño lo visitó una visión. Soñó que era transportado a un lugar desierto que nunca antes había visto. Muchas naciones vivían allí revueltas unas con otras, y solo una nación pequeña y despreciada se mantenía aparte, a corta distancia. De pronto, una serpiente se irguió de en medio de las naciones, elevándose más y más, y volviéndose más fuerte y grande a medida que ascendía. Se lanzó en dirección al lugar donde estaba aquella diminuta nación e intentó arrojarse sobre ella. Nubes impenetrables y tinieblas envolvieron a la pequeña nación, y cuando la serpiente estaba a punto de apresarla, se alzó un huracán de los cuatro rincones del mundo, cubriendo a la serpiente como las ropas cubren a un hombre, y la deshizo en pedazos. Los fragmentos se dispersaron de acá para allá como paja ante el viento, hasta que no quedó por ninguna parte ni una mota del monstruo. Entonces la nube y las tinieblas se desvanecieron de sobre la pequeña nación, y el esplendor del sol la envolvió de nuevo.
Este sueño lo registró Mordejái en un libro, y cuando la tormenta empezó a bramar contra los judíos, lo recordó, y exigió que Ester fuera ante el rey como defensora de su pueblo. Al principio ella no se sintió inclinada a acceder a los deseos de Mordejái. Por medio de su mensajero le recordó que él mismo había insistido en que mantuviera en secreto su ascendencia judía. Además, ella siempre había procurado abstenerse de comparecer ante el rey por iniciativa propia, para no ser instrumento de que cayera pecado sobre su alma, pues bien recordaba la enseñanza de Mordejái de que «una mujer judía, cautiva entre los paganos, que por su propia voluntad va a ellos, pierde su parte en la nación judía.» Se había estado alegrando de que sus peticiones hubieran sido concedidas, y de que el rey no se hubiera acercado a ella este último mes. ¿Iba ahora a presentarse ante él voluntariamente? Además, hizo que su mensajero informara a Mordejái de que Hamán había introducido una nueva norma de palacio. Cualquiera que compareciera ante el rey sin haber sido convocado por Hamán sufriría la pena de muerte. Por tanto, no podía, aunque quisiera, ir al rey a abogar por la causa de los judíos.
Ester instó a su tío a que se abstuviera de irritar a Hamán y de darle un pretexto para descargar el odio de Esav a Yaakov sobre Mordejái y su nación. Mordejái, sin embargo, estaba firmemente convencido de que Ester estaba destinada por Dios a salvar a Israel. ¿De qué otro modo podía explicarse su milagrosa historia? En el momento mismo en que Ester fue llevada a la corte, él había pensado: «¿Es concebible que Dios forzara a una mujer tan piadosa a desposarse con un pagano, de no ser porque está designada para salvar a Israel de peligros amenazantes?»
Por firme que fuera Mordejái en su determinación de hacer que Ester tomara parte en los asuntos, no le resultaba, con todo, cosa sencilla comunicarse con ella. Pues Hataj fue muerto por Hamán tan pronto como se descubrió que actuaba de mediador entre Mordejái y Ester. No había nadie que lo reemplazara, hasta que Dios envió a los arcángeles Mijael y Gavriel para llevar mensajes del uno al otro y de vuelta.
Mordejái le hizo saber que, si dejaba pasar la oportunidad de ayudar a Israel, tendría que rendir cuentas por la omisión ante el tribunal celestial. A Israel en apuros, sin embargo, la ayuda le vendría de otra parte. Nunca había abandonado Dios a su pueblo en tiempo de necesidad. Además, le advirtió que, como descendiente de Shaúl, era su deber reparar el pecado de su antepasado por no haber dado muerte a Agag. Si él hubiera hecho lo que se le mandó, los judíos no tendrían ahora que temer las maquinaciones de Hamán, la simiente de Agag. Le encargó que suplicara a su Padre celestial que tratara a los enemigos presentes de Israel como había tratado a sus enemigos en épocas anteriores. Para darle ánimo, Mordejái prosiguió: «¿Es Hamán tan sumamente grande que su plan contra los judíos deba triunfar? ¿Pretendes decir que es superior a su propio antepasado Amalek, a quien Dios aplastó cuando se precipitó sobre Israel? ¿Es más poderoso que los treinta y un reyes que combatieron contra Israel y a quienes Yehoshúa mató 'con la palabra de Dios'? ¿Es más fuerte que Sisrá, que salió contra Israel con novecientos carros de hierro, y sin embargo halló la muerte a manos de una simple mujer, castigo por haber privado a los israelitas del uso de los manantiales de agua e impedido que sus mujeres tomaran los baños rituales prescritos y cumplieran así con su deber conyugal? ¿Es más poderoso que Goliat, que injurió a los guerreros de Israel, y fue muerto por David? ¿O es más invencible que los hijos de Orpá, que hicieron guerra contra Israel, y fueron muertos por David y sus hombres? Por tanto, no retengas tu boca de la oración, ni tus labios de la súplica, porque por los méritos de nuestros padres, Israel ha sido siempre y siempre arrebatado de las fauces de la muerte. Aquel que en todo tiempo ha obrado maravillas por Israel entregará al enemigo en nuestras manos ahora, para que hagamos con él lo que mejor nos parezca.»
Lo que se empeñaba en inculcar a Ester en particular era que Dios traería ayuda a Israel sin su intermediación, pero que a ella le convenía aprovechar la oportunidad —la única razón por la que había alcanzado su elevado lugar— para reparar las transgresiones cometidas por su casa, Shaúl y sus descendientes.
Cediendo por fin a los argumentos de Mordejái, Ester estuvo dispuesta a arriesgar la vida en este mundo para asegurarse la vida en el mundo venidero. Solo hizo una petición a su tío. Debía hacer que los judíos pasaran tres días en oración y ayuno en su favor, para que ella hallara gracia a los ojos del rey. Al principio Mordejái se oponía a la proclamación de un ayuno, porque era tiempo de Pésaj, y la ley prohíbe ayunar en las fiestas. Pero al fin asintió al razonamiento de Ester: «¿De qué sirven las fiestas si no hay Israel que las celebre, y sin Israel no habría siquiera Torá? Por tanto, es aconsejable transgredir una ley, para que Dios tenga misericordia de nosotros.»
En consecuencia, Mordejái dispuso lo necesario para un ayuno y una asamblea de oración. El mismísimo día de la festividad, hizo que lo cruzaran en barca al otro lado de Shushán, donde todos los judíos de la ciudad podían observar el ayuno juntos. Era importante que los residentes judíos de Shushán, por encima de todos los demás judíos, hicieran penitencia y buscaran el perdón de Dios, porque habían cometido el pecado de participar en el banquete de Ajashverosh. Doce mil sacerdotes marchaban en la procesión, con trompetas en la mano derecha y los santos rollos de la ley en la izquierda, llorando y de luto, y clamando ante Dios: «Aquí está la Torá que nos diste. Tu pueblo amado está a punto de ser destruido. Cuando eso suceda, ¿quién quedará para leer la Torá y hacer mención de tu nombre? El sol y la luna se negarán a derramar su luz por el mundo, pues fueron creados solo por causa de Israel.» Entonces cayeron sobre sus rostros y dijeron: «Respóndenos, Padre nuestro, respóndenos, Rey nuestro.» Todo el pueblo se unió a su clamor, y los seres celestiales lloraron con ellos, y los Padres salieron de sus sepulcros.
Tras un ayuno de tres días, Ester se levantó de la tierra y el polvo, e hizo los preparativos para dirigirse al rey. Se ataviaba con una vestidura de seda, bordada con oro de Ofir y tachonada de diamantes y perlas que le habían sido enviados desde África; una corona de oro ceñía su cabeza, y en sus pies llevaba zapatos de oro.
Después de haber completado su atavío, pronunció la siguiente oración: «Tú eres el gran Dios, el Dios de Avraham, Yitsjak y Yaakov, y el Dios de mi padre Binyamín. No porque me considere sin tacha me atrevo a comparecer ante el rey necio, sino para que el pueblo de Israel no sea cortado del mundo. ¿No fue solo por causa de Israel que se creó el mundo entero, y si Israel dejara de existir, quién vendría a exclamar 'Santo, santo, santo' tres veces al día ante ti? Como salvaste a Jananiá, Mishael y Azariá del horno ardiente, y a Daniel de la fosa de los leones, así sálvame de la mano de este rey necio, y hazme aparecer encantadora y agraciada a sus ojos. Te suplico que prestes oído a mi oración en este tiempo de exilio y destierro de nuestra tierra. A causa de nuestros pecados se cumplen sobre nosotros las palabras amenazantes de las Sagradas Escrituras: 'Os venderéis a vuestros enemigos por siervos y por siervas, y no habrá quien os compre.' El decreto de matarnos ha sido promulgado. Somos entregados a la espada para el exterminio, de raíz y rama. Los hijos de Avraham se cubrieron de saco y ceniza, pero aunque los ancianos pecaron, ¿qué agravios han cometido los hijos, y aunque los hijos cometieron agravios, qué han hecho los lactantes? Los nobles de Yerushaláyim salieron de sus sepulcros, porque sus hijos fueron entregados a la espada.
»¡Qué rápido han volado los días de nuestra alegría! El malvado Hamán nos ha entregado a nuestros enemigos para la matanza.
»Voy a recontar ante ti las obras de tus amigos, y por Avraham comenzaré. Lo probaste con todas las tentaciones, y sin embargo lo hallaste fiel. Ojalá sostuvieras a sus amados hijos por su causa, y los ayudaras, de modo que los llevaras como un sello indeleble sobre tu diestra. Pide cuentas a Hamán por el mal que quiere hacernos, y véngate del hijo de Hamedata. Exige el desquite de Hamán y no de tu pueblo, porque buscó aniquilarnos a todos de un solo golpe, él, el enemigo y opresor de tu pueblo, al que se empeña en acorralar por todos lados.
»Con un vínculo eterno nos ataste a ti. Ojalá nos sostuvieras por causa de Yitsjak, que fue atado. Hamán ofreció al rey diez mil talentos de plata por nosotros. Alza tú nuestra voz, y respóndenos, y sácanos del lugar angosto a la anchura. Tú que quebrantas a los más poderosos, aplasta a Hamán, para que nunca más se levante de su caída. Estoy dispuesta a comparecer ante el rey, a implorar gracia por mi heredad. Envía tú un ángel de compasión conmigo en mi misión, y sean la gracia y el favor mis compañeros. Que la rectitud de Avraham vaya delante de mí, que la atadura de Yitsjak me eleve, que el encanto de Yaakov sea puesto en mi boca, y la gracia de Yosef sobre mi lengua. Dichoso el hombre que pone su confianza en Dios; no es confundido. Él me tenderá su diestra y su siniestra, con las que creó el mundo entero. Vosotros, todos vosotros de Israel, orad por mí como yo oro en vuestro favor. Pues cualquier cosa que un hombre pida a Dios en el tiempo de su angustia le es concedida. Miremos las obras de nuestros padres y hagamos como ellos, y Él responderá a nuestras súplicas. La mano izquierda de Avraham sujetaba a Yitsjak por la garganta, y su mano derecha empuñaba el cuchillo. De buena gana cumplía tu mandato, ni se demoró en ejecutar tu orden. El cielo abrió sus ventanas para dar espacio a los ángeles, que clamaban amargamente y decían: '¡Ay del mundo si esto llegara a suceder!' ¡Yo también te invoco! Oh, respóndeme, porque prestas oído a todos los afligidos y oprimidos. Eres llamado el Misericordioso y el Clemente; eres lento para la ira y grande en bondad y verdad. Oye nuestra voz y respóndenos, y sácanos de la angustia a la anchura. Durante tres días he ayunado, conforme al número de días que Avraham caminó para atar a su hijo sobre el altar ante ti. Hiciste con él una alianza, y le prometiste: 'Cuando tus hijos estén en apuros, recordaré la atadura de Yitsjak favorablemente para ellos, y los libraré de sus tribulaciones.' De nuevo, ayuné tres días en correspondencia con las tres clases de Israel, sacerdotes, leviim e israelitas, que estuvieron al pie del Sinaí y dijeron: 'Todo lo que Adonái ha hablado haremos, y obedeceremos.'»
Ester concluyó su oración y dijo: «¡Oh Dios, Señor de los ejércitos! Tú que escudriñas el corazón y las entrañas, en esta hora recuerda los méritos de Avraham, Yitsjak y Yaakov, para que mi petición ante ti no sea rechazada, ni mi ruego quede sin cumplir.»
Tras terminar su oración, Ester se dirigió al rey, acompañada de tres sirvientas, una caminando a su derecha, la segunda al otro lado, y la tercera llevando su cola, cargada con las piedras preciosas de que estaba tachonada. Su principal adorno era el espíritu santo que se derramaba sobre ella. Pero apenas entró en la cámara que contenía los ídolos, el espíritu santo se apartó de ella, y clamó en gran angustia: «¡Elí, Elí, lamá azabtaní! ¿He de ser castigada por actos que hago contra mi voluntad, y solo en obediencia a los apremios de una dura necesidad? ¿Por qué habría de ser mi suerte distinta de la de la Madre? Cuando el Paró apenas intentó acercarse a Sará, cayeron plagas sobre él y su casa, pero a mí se me ha obligado durante años a vivir con este pagano, y tú no me libras de su mano. ¡Oh Señor del mundo! ¿No he prestado escrupulosa atención a los tres mandamientos que ordenaste especialmente para las mujeres?»
Para llegar al rey, Ester tuvo que atravesar siete estancias, cada una de diez codos de largo. Las tres primeras las recorrió sin estorbo; estaban demasiado lejos para que el rey observara su paso por ellas. Pero apenas había cruzado el umbral de la cuarta cámara, cuando Ajashverosh la divisó y, dominado por la ira, exclamó: «¡Oh, por la que se fue, su semejante no vuelve a hallarse en la tierra! Cómo insté y supliqué a Vashtí que compareciera ante mí, pero se negó, y por ello la mandé matar. Esta Ester viene aquí sin invitación, como una prostituta pública.»
Consternada y desesperada, Ester quedó clavada en el centro de la cuarta cámara. Habiéndole permitido ya pasar por las puertas a su cargo, los guardias de las cuatro primeras salas habían perdido su autoridad sobre ella; y a los guardias de las otras tres salas aún no les había dado motivo para interferir con ella. Sin embargo, los cortesanos estaban tan seguros de que Ester estaba a punto de sufrir la pena de muerte, que los hijos de Hamán andaban ya atareados repartiéndose sus joyas y echando suertes por su púrpura real. La propia Ester era perfectamente consciente de su peligrosa posición. En su necesidad, imploró a Dios: «Elí, Elí, lamá azabtaní», y le rezó las palabras que han encontrado su lugar en el salterio compuesto por el rey David. Porque puso su confianza en Dios, Él respondió a su petición, y le envió tres ángeles para ayudarla: el uno envolvió su rostro con «los hilos de la gracia», el segundo le levantó la cabeza, y el tercero extendió el cetro de Ajashverosh hasta que la tocó. El rey volvió la cabeza para no ver a Ester, pero los ángeles lo forzaron a mirar hacia ella y a quedar rendido ante su seductor encanto.
A causa de su largo ayuno, Ester estaba tan débil que no podía extender su mano hacia el cetro del rey. El arcángel Mijael tuvo que acercarla a él. Ajashverosh dijo entonces: «Veo que has de tener una petición muy importante que presentar, pues de lo contrario no habrías arriesgado deliberadamente tu vida. Estoy dispuesto a concedértela, hasta la mitad del reino. Solo hay una petición que no puedo otorgar, y es la reconstrucción del Templo. Hice mi juramento a Guéshem el árabe, a Sanbalat el joronita y a Toviyá el amonita de no permitir que se reconstruyera, por temor a los judíos, no fuera que se levantaran contra mí.»
Por el momento, Ester se abstuvo de proferir su petición. Todo cuanto pidió fue que el rey y Hamán acudieran a un banquete que ella se proponía dar. Tenía buenas razones para esta singular manera de proceder. Deseaba desarmar las sospechas de Hamán acerca de su ascendencia judía, y llevar a sus hermanos judíos a fijar su esperanza en Dios y no en ella. Al mismo tiempo, era su plan despertar celos de Hamán tanto en el rey como en los príncipes. Estaba muy dispuesta a sacrificar su propia vida, con tal de que sus estratagemas implicaran también la vida de Hamán. En el banquete, por tanto, favoreció a Hamán de tal manera que Ajashverosh no pudo menos que sentir celos. Acercó su silla a la de Hamán, y cuando Ajashverosh le tendió su copa de vino, para que ella bebiera de ella primero, la pasó a su ministro.
Después del banquete, el rey repitió su pregunta, y de nuevo hizo la aseveración de que cumpliría todos sus deseos a cualquier precio, salvo únicamente la reconstrucción del Templo. Ester, sin embargo, aún no estaba lista; prefirió esperar otro día antes de emprender el conflicto con Hamán. Tenía ante sus ojos el ejemplo de Moshé, que también reclamó un día de preparación antes de salir contra Amalek, el antepasado de Hamán.
Engañado por la atención y la distinción que Ester le dispensaba, Hamán se sentía seguro en su posición, envaneciéndose no solo del amor del rey, sino también del respeto de la reina. Se sentía el ser más privilegiado de todo el vasto reino gobernado por Ajashverosh.
Lleno de arrogante suficiencia, pasó junto a Mordejái, quien no solo se negó a rendirle los honores decretados en su favor, sino que además señaló su rodilla, inscrita con el contrato de venta por el cual Hamán había pasado a ser esclavo de Mordejái. Doble y triplemente enfurecido, resolvió hacer un escarmiento con el judío. Pero no se contentó con infligir la muerte mediante una simple patada.
Al llegar a su casa, se llevó el chasco de no encontrar a su mujer Zéresh, la hija del sátrapa persa Tatenai. Como siempre que Hamán estaba en la corte, ella se había ido con sus amantes. Mandó llamarla a ella y a sus trescientos sesenta y cinco consejeros, y con ellos deliberó sobre lo que había de hacerse con Mordejái. Señalando una representación de su cámara del tesoro, que llevaba sobre el pecho, dijo: «Y todo esto no vale nada a mis ojos cuando miro a Mordejái, el judío. Lo que como y bebo pierde su sabor si tan solo pienso en él.»
Entre sus consejeros y sus hijos, que eran doscientos ocho, ninguno era tan astuto como Zeresh, su mujer. Ella habló así: «Si el hombre del que hablas es judío, nada podrás hacerle sino por la sagacidad. Si lo arrojas al fuego, no le hará efecto, pues Jananiá, Mishael y Azariá salieron ilesos del horno ardiente; Yosef quedó libre de la prisión; Menashé oró a Dios, y Él lo escuchó, y lo salvó del horno de hierro; expulsarlo al desierto es inútil, bien sabes que el desierto no hizo daño a los israelitas que lo atravesaron; sacarle los ojos no sirve de nada, pues Shimshón ciego causó más estragos que Shimshón con vista. Por tanto, cuélgalo, porque ningún judío ha escapado jamás de la muerte en la horca».
Hamán quedó muy complacido con las palabras de su mujer. Ella mandó traer artesanos de la madera y del hierro —los unos para levantar la cruz, los otros para hacer los clavos—. Sus hijos danzaban alrededor con gran regocijo mientras Zeresh tañía la cítara, y Hamán, en su placentera excitación, dijo: «A los que trabajan la madera les daré paga abundante, y a los que trabajan el hierro los invitaré a un banquete».
Cuando la cruz estuvo terminada, el propio Hamán la probó, para ver que todo funcionaba en orden. Se oyó una voz celestial: «Buena es para Hamán el malvado, y para el hijo de Hamedata resulta apropiada».
La noche en que Hamán levantó la cruz para Mordejái era la primera noche de Pésaj, la misma noche en que se habían obrado milagros sin número para los Padres y para Israel. Pero esta vez la noche de alegría se trocó en noche de duelo y noche de temores. Dondequiera que hubiera judíos, pasaron la noche llorando y lamentándose. Los mayores terrores encerraba para Mordejái, porque su propio pueblo lo acusaba de haber provocado sus desgracias con su altiva conducta hacia Hamán.
La agitación y la consternación reinaban tanto en el cielo como en la tierra. Cuando Hamán se hubo cerciorado de que la cruz destinada a su enemigo estaba bien construida, se dirigió al Bet ha-Midrash, donde encontró a Mordejái y a todos los niños judíos de la escuela —veintidós mil en número— entre lágrimas y pesadumbre. Ordenó que los pusieran en cadenas, diciendo: «Primero acabaré con estos, y luego colgaré a Mordejái». Las madres acudieron presurosas con pan y agua, y trataban de convencer a sus hijos de que tomaran algo antes de tener que afrontar la muerte. Los niños, sin embargo, pusieron sus manos sobre sus libros y dijeron: «Por la vida de nuestro maestro Mordejái, no comeremos ni beberemos, sino que pereceremos extenuados por el ayuno». Enrollaron sus rollos sagrados y los entregaron a sus maestros con estas palabras: «Por nuestra devoción al estudio de la Torá habíamos esperado ser recompensados con una larga vida, según la promesa que ofrecen las Sagradas Escrituras. Como no somos dignos de ello, ¡llevaos los libros!». Los clamores de los niños y de los maestros en el Bet ha-Midrash, y el llanto de las madres afuera, unidos a las súplicas de los Padres, llegaron hasta el cielo en la tercera hora de la noche, y Dios dijo: «¡Oigo la voz de tiernos corderos y ovejas!». Se levantó Moshé y se dirigió a Dios así: «Bien sabes que las voces no son de corderos ni de ovejas, sino de los pequeños de Israel, que durante tres días han ayunado y languidecido entre grillos, solo para ser degollados mañana para deleite del archienemigo».
Entonces Dios sintió compasión de Israel, por amor de sus inocentes pequeños. Rompió el sello con que había sido lacrado el decreto celestial de aniquilación, y el decreto mismo lo hizo pedazos. Desde ese momento Ajashverosh quedó desasosegado, y se hizo huir el sueño de sus ojos, con el fin de que se cumpliera la redención de Israel. Dios envió abajo a Mijael, el capitán de las huestes de Israel, que había de mantener alejado el sueño del rey, y el arcángel Gavriel descendió y arrojó al rey de su lecho al suelo, nada menos que trescientas sesenta y cinco veces, susurrándole sin cesar al oído: «Oh, ingrato, recompensa a quien merece ser recompensado».
Para explicarse su insomnio, Ajashverosh pensó que quizá lo habían envenenado, y estaba a punto de ordenar la ejecución de los encargados de preparar su comida. Pero ellos lograron convencerlo de su inocencia, llamándole la atención sobre el hecho de que Ester y Hamán habían compartido con él la cena de la tarde, y sin embargo no habían sentido ningún efecto desagradable. Entonces comenzaron a surgir en su mente sospechas contra su mujer y contra su amigo. Los acusaba en su interior de haber conspirado juntos para quitarlo de en medio. Buscó desterrar este pensamiento con la reflexión de que, si hubiera existido una conjura contra él, sus amigos le habrían advertido de ella. Pero la reflexión trajo otras consigo: ¿tenía él acaso amigos? ¿No sería posible que, por dejar sin recompensa servicios valiosos, hubiera perdido los sentimientos de amistad hacia él? Ordenó, por tanto, que le leyeran las crónicas de los reyes de Persia. Compararía sus propios actos con lo que habían hecho sus predecesores, e intentaría averiguar si podía contar con amigos.
Lo que le leyeron no le devolvió la tranquilidad de espíritu, pues vio ante sí a un hombre pobre —nada menos que el ángel Mijael— que le gritaba sin cesar: «Hamán quiere matarte y hacerse rey en tu lugar. Que esto te sirva de prueba de que te digo la verdad: mañana temprano se presentará ante ti y te pedirá permiso para matar a quien salvó tu vida. Y cuando le preguntes qué honra debe hacerse al hombre a quien el rey se complace en honrar, pedirá que se le den el atavío, la corona y el caballo del rey como señales de distinción».
La excitación de Ajashverosh solo se apaciguó cuando se llegó en las crónicas al pasaje que describía la lealtad de Mordejái. De haberse consultado los deseos del lector, Ajashverosh nunca habría oído esta entrada, pues era un hijo de Hamán quien ejercía el oficio de lector, y deseaba pasar el incidente en silencio. Pero se obró un milagro: ¡las palabras se oyeron aunque no fueron pronunciadas!
Los nombres de Mordejái y de Israel tuvieron un efecto sosegador sobre el rey, y se quedó dormido. Soñó que Hamán, espada en mano, se le acercaba con mala intención, y cuando, temprano por la mañana, Hamán, de improviso, sin ser anunciado, entró en la antecámara y despertó al rey, Ajashverosh quedó persuadido de la verdad de su sueño. El rey se predispuso aún más contra Hamán por la respuesta que este dio a la pregunta de cómo debía honrarse al hombre a quien el rey se complace en honrar. Creyéndose a sí mismo el objeto de la benevolencia del rey, aconsejó a Ajashverosh que hiciera vestir a su favorito con las ropas de coronación del rey, y que le pusieran la corona real sobre la cabeza. Delante de él había de correr uno de los grandes del reino, haciendo oficio de heraldo, proclamando que a todo aquel que no se postrara e inclinara ante aquel a quien el rey se complace en honrar, le sería cortada la cabeza y su casa entregada al saqueo.
Hamán no tardó en advertir que había cometido un error, pues vio mudarse el color del semblante del rey ante la mención de la palabra corona. Se cuidó, por tanto, muy bien de volver a referirse a ella. A pesar de esta precaución, Ajashverosh vio en las palabras de Hamán una llamativa confirmación de su visión, y quedó convencido de que Hamán abrigaba planes contra su vida y su trono.
Hamán pronto habría de descubrir que se había ido muy lejos al suponerse el hombre a quien el rey se complacía en honrar. La orden del rey decía así: «Date prisa hacia las cámaras del tesoro real; trae de allí un manto de fina púrpura, una vestidura de delicada seda, guarnecida de campanillas de oro y granadas y cuajada de diamantes y perlas, y la gran corona de oro que me fue traída de Macedonia el día en que ascendí al trono. Trae, además, de allí la espada y la cota de malla que me enviaron de Etiopía, y los dos velos bordados de perlas que fueron el don de África. Luego dirígete a las caballerizas reales, y saca el caballo negro sobre el que me senté en mi coronación. Con todas estas insignias de honor, ¡busca a Mordejái!».
Hamán: «¿Cuál Mordejái?».
Ajashverosh: «Mordejái el judío».
Hamán: «Hay muchos judíos llamados Mordejái».
Ajashverosh: «El judío Mordejái que se sienta a la puerta del rey».
Hamán: «Hay muchas puertas reales; no sé a cuál te refieres».
Ajashverosh: «La puerta que lleva del harén al palacio».
Hamán: «Este hombre es mi enemigo y el enemigo de mi casa. Antes le daría diez mil talentos de plata que hacerle esta honra».
Ajashverosh: «Se le darán diez mil talentos de plata, y será hecho señor sobre tu casa, pero estas honras habrás de mostrarle».
Hamán: «Tengo diez hijos. Antes preferiría que corrieran delante de su caballo que hacerle esta honra».
Ajashverosh: «Tú, tus hijos y tu mujer seréis esclavos de Mordejái, pero estas honras habrás de mostrarle».
Hamán: «Oh, mi señor y rey, Mordejái es un hombre común. Nómbralo gobernante de una ciudad, o, si quieres, hasta de una provincia, antes que yo le haga esta honra».
Ajashverosh: «Lo nombraré gobernante sobre ciudades y provincias. Todos los reyes de la tierra y del mar le rendirán obediencia, pero estas honras habrás de mostrarle».
Hamán: «Antes que yo le haga esta honra, manda acuñar monedas que lleven tu nombre junto con el suyo, en lugar del mío como hasta ahora».
Ajashverosh: «El hombre que salvó la vida del rey merece que su nombre se ponga en la moneda del reino. No obstante, estas honras habrás de mostrarle».
Hamán: «Se han expedido edictos y escritos a todas las partes del reino, ordenando que la nación a la que pertenece Mordejái sea destruida. Revócalos antes que yo le haga esta honra».
Ajashverosh: «Los edictos y escritos serán revocados, mas estas honras habrás de mostrar a Mordejái».
Viendo que todos los ruegos y súplicas eran ineficaces, y que Ajashverosh insistía en la ejecución de su orden, Hamán fue a las cámaras del tesoro real, caminando con la cabeza inclinada como la de un doliente, las orejas caídas, los ojos apagados, la boca contraída, el corazón endurecido, las entrañas hechas pedazos, los lomos debilitados y las rodillas chocando una contra otra. Reunió las insignias reales y se las llevó a Mordejái, acompañado en su camino por Harboná y Abzur, quienes, por orden del rey, debían vigilar si Hamán cumplía sus deseos al pie de la letra.
Cuando Mordejái vio acercarse a su enemigo, pensó que había llegado su última hora. Instó a sus discípulos a que huyeran, para que no se «quemaran con sus brasas». Pero ellos se negaron, diciendo: «En la vida como en la muerte deseamos estar contigo». Los pocos instantes que le quedaban, según creía, los pasó Mordejái en devoción. Con palabras de oración en los labios deseaba partir. Hamán, por tanto, hubo de dirigirse a los discípulos de Mordejái: «¿Cuál fue el último tema que os enseñó vuestro maestro Mordejái?». Le dijeron que habían estado tratando la ley del Ómer, el sacrificio que se ofrecía en ese mismo día mientras el Templo estuvo en pie. A petición suya, describieron algunos de los detalles de la ceremonia en el Templo relacionada con la ofrenda. Él exclamó: «Dichosos vosotros, que vuestras diez moneditas, con las que comprasteis el trigo para el Ómer, produjeron mejor efecto que mis diez mil talentos de plata, que ofrecí al rey para la destrucción de los judíos».
Entretanto, Mordejái había terminado su oración. Hamán se acercó a él y dijo: «Levántate, piadoso hijo de Avraham, Yitsjak y Yaakov. Tu saco y tu ceniza valieron más que mis diez mil talentos de plata, que prometí al rey. Ellos no fueron aceptados, pero tus oraciones fueron aceptadas por tu Padre en el cielo».
Mordejái, todavía no desengañado de la idea de que Hamán había venido a llevarlo a la cruz, pidió la gracia de unos minutos para su última comida. Solo las repetidas protestas de Hamán lo tranquilizaron. Cuando Hamán se dispuso a ataviarlo con el atavío real, Mordejái se negó a ponérselo hasta haberse bañado y arreglado el cabello. El atavío real armonizaba mal con su estado después de tres días de saco y ceniza. Quiso la suerte que Ester hubiera dado la orden de que los bañeros y los barberos no ejercieran sus oficios ese día, y no le quedó a Hamán otra cosa que prestar los servicios serviles que Mordejái requería. Hamán intentó jugar con los sentimientos de Mordejái. Lanzando un hondo suspiro, dijo: «¡El más grande del reino del rey hace ahora de bañero y barbero!». Mordejái, sin embargo, no se dejó impresionar. Conocía demasiado bien el origen de Hamán para ser engañado; recordaba a su padre, que había sido bañero y barbero en una aldea.
La humillación de Hamán no era aún completa. Mordejái, extenuado por su ayuno de tres días, estaba demasiado débil para montar en su caballo sin ayuda. Hamán tuvo que servirle de escabel, y Mordejái aprovechó la ocasión para darle una patada. Hamán le recordó el versículo de la Escritura: «No te alegres cuando caiga tu enemigo, ni se regocije tu corazón cuando tropiece». Mordejái, sin embargo, se negó a aplicárselo a sí mismo, pues no castigaba a un enemigo personal, sino al enemigo de su pueblo, y de tales dice la Escritura: «Y tú pisarás sobre las alturas de tus enemigos».
Por último, Hamán hizo que Mordejái cabalgara por las calles de la ciudad, y proclamaba delante de él: «Así se hará al hombre a quien el rey se complace en honrar». Delante de ellos marchaban veintisiete mil jóvenes destinados a este servicio desde la corte. En su mano derecha llevaban copas de oro, y jarras de oro en la izquierda, y ellos también proclamaban: «Así se hará al hombre a quien el rey se complace en honrar». La procesión se engrosó, además, con la presencia de judíos. Ellos, sin embargo, hacían una proclama de distinto tenor. «Así se hará —clamaban— al hombre cuya honra desea el Rey que ha creado el cielo y la tierra».
Mientras cabalgaba, Mordejái alababa a Dios: «Te ensalzaré, oh Adonái, porque me has levantado, y no dejaste que mis enemigos se alegraran de mí. Oh Adonái, Dios mío, a Ti clamé, y me sanaste. Oh Adonái, hiciste subir mi alma del Sheol; me diste vida, para que no descendiera a la fosa». Ante lo cual sus discípulos se unieron con: «Cantad a Adonái, oh santos suyos, y dad gracias a su santo nombre. Porque su ira es solo por un momento; en su favor está la vida; por la noche podrá durar el llanto, pero al amanecer viene la alegría». Hamán añadió a ello el versículo: «En cuanto a mí, dije en mi prosperidad: jamás seré movido. Tú, Adonái, por tu favor habías afirmado mi monte con fuerza. Escondiste tu rostro; quedé turbado». La reina Ester continuó: «A Ti clamé, oh Adonái; y a Adonái supliqué. ¿Qué provecho hay en mi sangre, cuando descienda a la fosa? ¿Te alabará el polvo? ¿Anunciará tu verdad?». Y toda la concurrencia de judíos presentes clamó: «Has cambiado mi duelo en danza; soltaste mi saco y me ceñiste de alegría, para que mi gloria te cante alabanza y no calle. Oh Adonái, Dios mío, te daré gracias para siempre».
Cuando esta procesión pasó ante la casa de Hamán, su hija miraba por la ventana. Tomó al hombre sobre el caballo por su padre, y al que lo conducía, por Mordejái. Alzando un recipiente lleno de inmundicia, lo vació sobre el que conducía —su propio padre—. Apenas había salido el recipiente de su mano, cuando comprendió la verdad, y se arrojó desde la ventana, y quedó destrozada, muerta, en la calle de abajo.
A pesar del súbito cambio en su fortuna, Mordejái terminó aquel accidentado día como lo había comenzado: en oración y ayuno. No bien hubo pasado la procesión, se quitó las ropas reales y, cubriéndose de nuevo con el saco, oró hasta que cayó la noche.
Hamán quedó sumido en el duelo, en parte por la profunda deshonra a la que había sido sometido, en parte por la muerte de su hija. Ni su mujer ni sus amigos pudieron aconsejarle cómo remediar su triste fortuna. Solo podían ofrecerle un pobre consuelo: «Si este Mordejái es de la simiente de los santos, no podrás prevalecer contra él. Con certeza correrás la misma suerte que los reyes en su batalla con Avraham, y Avimélej en su querella con Yitsjak. Como Yaakov venció al ángel con quien luchó, y Moshé y Aharón causaron el ahogamiento del Paró y de su hueste, así Mordejái te vencerá al final».
Mientras aún hablaban, llegaron los chambelanes del rey, y se llevaron a toda prisa a Hamán al banquete que Ester había preparado, para impedir que él y sus influyentes hijos conspiraran contra el rey. Ajashverosh repitió su promesa de dar a Ester cuanto deseara —esperando siempre la restauración del Templo—. Esta vez, alzando los ojos al cielo, Ester respondió: «Si he hallado gracia ante tus ojos, oh Rey Supremo, y si te place, oh Rey del mundo, séame concedida mi vida, y sea rescatado mi pueblo de la mano de su enemigo». Ajashverosh, creyendo que estas palabras iban dirigidas a él, preguntó irritado: «¿Quién es, y dónde está, ese presuntuoso conspirador que pensó obrar así?». Estas fueron las primeras palabras que el rey había dirigido nunca a la propia Ester. Hasta entonces siempre se había comunicado con ella a través de un intérprete. No había quedado del todo convencido de que ella fuera bastante digna de ser dirigida por el rey. Ahora, sabedor del hecho de que era judía, y de estirpe real por añadidura, le habló directamente, sin la intervención de otros.
Ester extendió la mano para señalar al hombre que había buscado quitarle la vida, como en efecto había quitado la de Vashtí, pero en la excitación del momento señaló al rey. Por fortuna, el rey no advirtió su error, porque un ángel guió su mano en el acto en dirección a Hamán, a quien sus palabras describían: «Este es el adversario y el enemigo, el que quiso asesinarte en tu cámara de dormir durante la noche que acaba de pasar; el que este mismo día quiso ataviarse con el atavío real, cabalgar sobre tu caballo y llevar tu corona de oro sobre la cabeza, para alzarse contra ti y despojarte de tu soberanía. Pero Dios frustró su empresa, y las honras que buscaba para sí mismo recayeron en la parte de mi tío Mordejái, a quien este opresor y enemigo pensaba colgar».
La ira del rey ardía ya con tal fiereza que insinuó a Ester que, fuera Hamán el adversario que ella tenía en mente o no, lo designara como tal. Para enfurecerlo aún más, Dios envió diez ángeles con la apariencia de los diez hijos de Hamán, para talar los árboles del parque real. Cuando Ajashverosh volvió los ojos hacia el interior del parque, vio la despiadada destrucción de la que eran culpables. En su furia salió al jardín. Este fue el instante que aprovechó Hamán para implorar gracia para sí mismo a Ester. Gavriel intervino, y arrojó a Hamán sobre el diván en una postura como si fuera a hacer violencia a la reina. En ese momento reapareció Ajashverosh. Enfurecido más allá de toda descripción por lo que vio, gritó: «¡Hamán atenta contra el honor de la reina en mi propia presencia! ¡Venid, pues, oh pueblos, naciones y razas, y pronunciad sentencia sobre él!».
Cuando Harboná —originalmente amigo de Hamán y adversario de Mordejái— oyó la airada exclamación del rey, le dijo: «Ni es este el único crimen cometido por Hamán contra ti, pues fue cómplice de los conspiradores Bigtán y Teresh, y su enemistad hacia Mordejái se remonta al tiempo en que Mordejái descubrió sus viles complots. En venganza por ello, ha levantado una cruz para él». Las palabras de Harboná ilustran el dicho: «Una vez que el buey ha sido derribado, se hallan con facilidad cuchillos de degollar». Sabiendo que Hamán había caído de su alta posición, Harboná estaba empeñado en ganarse la amistad de Mordejái. Harboná tenía toda la razón, pues Ajashverosh ordenó de inmediato que Hamán fuera colgado. Se encargó a Mordejái la ejecución de la orden del rey, y las lágrimas y súplicas de Hamán no lo conmovieron en lo más mínimo. Insistió en colgarlo como al más vil de los criminales, en lugar de ejecutarlo con la espada, el modo de castigo aplicado a los hombres de rango culpables de faltas graves.
La cruz que Hamán, por consejo de su mujer Zeresh y de sus amigos, había levantado para Mordejái, se usó ahora para él mismo. Estaba hecha de madera de un espino. Dios convocó a todos los árboles y preguntó cuál permitiría que la cruz para Hamán se hiciera de él. La higuera dijo: «Estoy dispuesta a servir, pues soy símbolo de Israel, y, además, mis frutos eran llevados al Templo como primicias». La vid dijo: «Estoy dispuesta a servir, pues soy símbolo de Israel y, además, mi vino se lleva al altar». El manzano dijo: «Estoy dispuesto a servir, pues soy símbolo de Israel». El nogal dijo: «Estoy dispuesto a servir, pues soy símbolo de Israel». El árbol del etrog dijo: «A mí me correspondería el privilegio, pues con mi fruto Israel alaba a Dios en Sukot». El sauce del arroyo dijo: «Deseo servir, pues soy símbolo de Israel». El cedro dijo: «Deseo servir, pues soy símbolo de Israel». La palmera dijo: «Deseo servir, pues soy símbolo de Israel». Finalmente vino el espino y dijo: «Yo soy apto para prestar este servicio, pues los impíos son como espinos que pinchan». La oferta del espino fue aceptada, después de que Dios diera una bendición a cada uno de los demás árboles por su disposición a servir.
Una viga de espino lo bastante larga solo pudo hallarse en la casa de Hamán, que hubo de ser demolida para obtenerla. La cruz era lo bastante alta para colgar en ella a Hamán y a sus diez hijos. Se plantó tres codos de hondo en la tierra, cada una de las víctimas requería tres codos de espacio en longitud, se dejó un codo de espacio vacío entre los pies del de arriba y la cabeza del de abajo, y el hijo menor, Vaizata, tenía los pies a cuatro codos del suelo mientras colgaba.
Hamán y sus diez hijos permanecieron colgados largo tiempo, para consternación de quienes lo consideraban una violación de la prohibición bíblica de Devarim, de no dejar un cuerpo humano colgado en un árbol durante la noche. Ester señaló un precedente: los descendientes de Shaúl, a quienes los gabaonitas dejaron colgados medio año, con lo cual se santificó el nombre de Dios, pues cada vez que los peregrinos los contemplaban, decían a los gentiles que aquellos hombres habían sido colgados porque su padre Shaúl había puesto la mano sobre los gabaonitas. «Cuánto más, entonces —continuó Ester—, estamos justificados en permitir que Hamán y su familia cuelguen, ellos que quisieron destruir la casa de Israel».
Además de estos diez hijos, que habían sido gobernadores en varias provincias, Hamán tenía otros veinte, diez de los cuales murieron, y los otros diez quedaron reducidos a la mendicidad. La vasta fortuna que Hamán poseía al morir se dividió en tres partes. La primera parte se dio a Mordejái y a Ester, la segunda a los estudiantes de la Torá, y la tercera se aplicó a la restauración del Templo. Mordejái se convirtió así en un hombre rico. Fue también instituido rey de los judíos. Como tal, hizo acuñar monedas que llevaban la figura de Ester en el anverso, y su propia figura en el reverso. Sin embargo, en la medida en que Mordejái ganaba en poder y consideración mundanos, perdía espiritualmente, porque los asuntos ligados a su alto cargo político no le dejaban tiempo para el estudio de la Torá. Antes ocupaba el sexto lugar entre los eminentes sabios de Israel; ahora descendió al séptimo lugar entre ellos. Ajashverosh, en cambio, salió ganando con el cambio. Tan pronto como Mordejái entró en el oficio de gran canciller, logró someter a su dominio las provincias que se habían rebelado a causa de la ejecución de Vashtí.
El edicto expedido contra los judíos fue revocado por Ajashverosh en los siguientes términos:
«El rey Ajashverosh envía esta carta a todos los habitantes del agua y de la tierra, a todos los gobernantes de provincias, y a los generales del ejército, que moran en cada país; ¡sea grande vuestra paz! Os escribo esto para informaros de que, aunque gobierno sobre muchas naciones, sobre los habitantes de la tierra y del mar, no me enorgullezco de mi poder, sino que caminaré más bien en humildad y mansedumbre de espíritu todos mis días, a fin de procuraros una gran paz. A todos los que moran bajo mi dominio, a todos los que buscan ejercer el comercio por tierra o por mar, a todos los que desean exportar mercancías de una nación a otra, de un pueblo a otro —para todos ellos soy el mismo, de un extremo de la tierra al otro, y que nadie busque causar agitación por tierra o por mar, ni enemistades entre una nación y otra, entre un pueblo y otro—. Escribo esto porque, a pesar de la sinceridad y honestidad con que amamos a todas las naciones, veneramos a todos los gobernantes y hacemos el bien a todos los potentados, hay, sin embargo, personas que estaban cerca del rey, y en cuya mano se confió el gobierno, que con sus intrigas y falsedades engañaron al rey, y escribieron cartas que no son rectas ante el cielo, que son malas ante los hombres y perjudiciales para el imperio. Esta fue la petición que solicitaron del rey: que hombres justos fueran muertos, y que se derramara la sangre más inocente, de quienes no habían hecho ningún mal, ni eran reos de muerte —gente tan justa como Ester, célebre por todas las virtudes, y Mordejái, sabio en toda rama de la sabiduría; no hay mancha que hallar en ellos ni en su nación—. Yo pensé que se me pedía respecto de otra nación, y no sabía que era respecto de los judíos, que son llamados los Hijos del Señor de Todo, que creó el cielo y la tierra, y que los condujo a ellos y a sus padres a través de grandes y poderosos imperios. Y ahora, como él, Hamán, el hijo de Hamedata, de Judea, descendiente de Amalek, que vino a nosotros y disfrutó de mucha bondad, alabanza y dignidad de nuestra parte, a quien engrandecimos y llamamos "padre del rey", y sentamos a la derecha del rey, no supo apreciar la dignidad, ni cómo conducir los asuntos del Estado, sino que abrigó pensamientos de matar al rey y arrebatarle su reino, por tanto ordenamos que el hijo de Hamedata fuera colgado, y todo lo que él deseaba lo hemos hecho recaer sobre su cabeza; y el Creador del cielo y de la tierra hizo recaer sus maquinaciones sobre su cabeza».
Como memorial de la maravillosa liberación de las manos de Hamán, los judíos de Shushán celebraron el día que su archienemigo había señalado para su exterminio, y su ejemplo fue seguido por los judíos de las demás ciudades del imperio persa, y por los de otros países. Con todo, los sabios, cuando Ester se lo rogó, se negaron al principio a hacer de él una fiesta para todos los tiempos, no fuera que se excitara el odio de los gentiles contra los judíos. Cedieron solo después de que Ester les señalara que los sucesos en que se basaba la festividad estaban perpetuados en los anales de los reyes de Persia y Media, y así el mundo de afuera no podría malinterpretar la alegría de los judíos.
Ester dirigió otra petición a los sabios. Les rogó que el libro que contenía su historia fuese incorporado a las Sagradas Escrituras. Como se resistían a añadir nada al triple Canon, compuesto de la Torá, los Profetas y los Hagiógrafos, se negaron de nuevo, y de nuevo hubieron de ceder ante el argumento de Ester. Ella citó las palabras de Shemot: «Escribe esto como memorial en un libro», dichas por Moshé a Yehoshúa después de la batalla de Refidim con los amalecitas. Vieron que era voluntad de Dios inmortalizar la guerra librada con el amalecita Hamán. Ni es el Libro de Ester una historia ordinaria. Sin la ayuda del espíritu santo no habría podido componerse, y por ello su canonización resuelta «abajo» fue ratificada «arriba». Y así como el Libro de Ester llegó a ser parte integral e indestructible de las Sagradas Escrituras, así la Fiesta de Purim se celebrará por siempre, ahora y en el mundo venidero, y la propia Ester, por sus piadosas obras, se ganó un buen nombre tanto en este mundo como en el mundo por venir.