Reflexión de esta semana
הַאֲזִינוּ
Parashat Haazinu
Deuteronomio 32:1 – 32:52
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Cuando la Torá se vuelve canción
יַעֲרֹף כַּמָּטָר לִקְחִי תִּזַּל כַּטַּל אִמְרָתִי
"Gotee como la lluvia mi enseñanza; destile como el rocío mi palabra"
Devarim 32:2
El último mensaje de Moshé no fue un discurso: fue un cántico. Cuando las palabras comunes ya no alcanzan, la Torá se vuelve poesía. "Escucha, cielo, y hablaré; y oiga la tierra los dichos de mi boca" (Devarim 32:1). El cielo y la tierra son citados como testigos: los únicos que estarán presentes en toda la historia venidera.
La metáfora central de la enseñanza es el agua suave: "Gotee como la lluvia mi enseñanza; destile como el rocío mi palabra; como llovizna sobre la grama" (Devarim 32:2). La enseñanza verdadera cae suave, empapa lento y hace brotar. El rocío no hace ruido como el aguacero, pero por la mañana todo está verde. Así enseña el maestro sabio: sin inundar, sin arrasar.
El cántico repasa la historia con una imagen de ternura feroz: "Como el águila que despierta su nido, revolotea sobre sus pollos, extiende sus alas, los toma, los lleva sobre sus plumas; el Eterno solo lo condujo" (Devarim 32:11-12). El águila no empuja a sus polluelos al vacío por crueldad: los obliga a volar porque fueron hechos para el cielo. El desierto fue el vuelo de aprendizaje de un pueblo águila.
Y la descripción del Eterno como "la Roca" aparece una y otra vez: "La Roca, cuya obra es perfecta" (Devarim 32:4). En un desierto de arenas movedizas, Israel aprendió que hay una Roca que no se mueve. Todo lo demás — Egipto, los imperios, los ídolos — es arena con buena publicidad.
El cántico termina con Moshé subiendo al monte Nebó, a mirar la tierra que no pisará. Pero un pueblo que canta ya tiene la tierra dentro. Las canciones del Eterno cruzan fronteras que los pies no pueden cruzar.
— Moré Imanuel ben Efraim
Fuente: Devarim 32:2; 32:11-12